Un joven zeta mexicano

Un adelanto del libro ‘La guerra de los zetas. Viaje por la frontera de la necropolítica’, editado por Grijalbo.

Por Diego Enrique Osorno / Fotografía Omar Hernández
"No puedo escaparme: soy parte de la generación zeta".

“No puedo escaparme: soy parte de la generación zeta”.

El año que comencé a trabajar como reportero no hubo ningún colapso informático por el efecto 2000, pero nacieron los Zetas. En el noreste de México escuchabas comentarios acerca de la gente de la última letra sin prestar demasiada atención. La derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el inicio de la supuesta transición eran los temas mejor valorados en las redacciones de los periódicos.

Como había furor democrático, me la pasé reporteando sobre las nuevas y viejas mafias de políticos que practicaban el robo sistemático del dinero público. Cada nota que redactaba sobre bonos millonarios cobrados en secreto por diputados o de contratos otorgados por presidentes municipales corruptos a sus socios o familiares me hacía sentir parte de algo vibrante como el Watergate. En el México norteño, durante los inicios del siglo XXI, antes de que los editores se resignaran a escribir sus titulares con un vocabulario medieval que incluía palabras como guerra, torturados, decapitación, fosas y masacre, las notas principales solían usar términos como Bonogate, Parquegate, Amigogate, Asesorgate y Gobernadorgate.

Parece que en el Distrito Federal hasta hubo un Toallagate.

Manadas de periodistas entreabríamos emocionados la caja de Pandora tras la caída del régimen priista y aparecían excreciones flamantes o acumuladas durante largo tiempo, que sacábamos y envolvíamos con términos ingleses, como papel de regalo, antes de ponerlas a la luz.

Escribí mi primera nota sobre los Zetas en abril de 2001, a los veinte años de edad. Trataba sobre un operativo que marcó un antes y un después en el mundo del narcotráfico de la Frontera Chica, como llamamos a la pequeña zona de Tamaulipas colindante con Texas. Soldados de fuerzas especiales descendieron de madrugada del cielo, en paracaídas camuflados, en Guardados de Abajo, ranchería de Ciudad Miguel Alemán donde operaba Gilberto García Mena, un traficante veterano no muy conocido, que hasta el día de su captura fue un regulador entre los intereses económicos de empresarios narcos del noreste y de los comerciantes sinaloenses pioneros que exportaban la mercancía requerida por consumidores estadounidenses.

Esa vez realicé mi primer enlace como corresponsal para un noticiero de la televisión de Monterrey desde una casa de dos pisos de apariencia normal por fuera, pero que por dentro tenía las habitaciones, el comedor, la cocina y los baños retacados de toneladas de mariguana envuelta en cajas de cartón plastificadas. El fotoperiodista Omar Hernández me acompañó en aquella misión. Diez años después encontró los negativos de aquel evento que era clave en la historia del narcotráfico mexicano, aunque entonces no lo supiéramos. Mirar sus fotografías a la distancia ilustra, pero desconcierta.

En aquel pueblo sitiado por el Ejército conocí y entrevisté, entre el aroma de hierba verde, al fiscal a cargo del operativo, entonces un desconocido: José Luis Santiago Vasconcelos, quien años después sería el zar antidrogas y fallecería en noviembre de 2008, cuando el avión en el que volaba se estrelló a causa de un accidente —sí, por increíble que parezca— en la principal avenida de la ciudad de México a la hora pico del tráfico.

El aparatoso operativo que ocurrió en la Frontera Chica ese año —que incluyó la detención de algunos mandos de los cuarteles de la zona militar— se olvidó pronto. La región desapareció de nuevo del mapa. Los reporteros del noreste regresamos a escribir de las letras más longevas del abecedario mexicano: P, R, I.

Como era de esperarse, la derrota electoral y las incontenibles ambiciones de poder desataron un cisma en el estómago del Dinosaurio, que derivó en la excreción de varios priistas connotados, como la cacique sindical Elba Esther Gordillo. Después, el país se enfrascó en un escandoloso y bruto proceso de desafuero promovido por el gobierno de Vicente Fox contra el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, no por la corrupción del acomodaticio séquito perredista —bien disimulada con un Tsuru—, sino por una absurda obra vial.

Así llegamos a 2006, a unas ríspidas elecciones presidenciales ganadas por un margen de apenas 0.56% en un país escéptico, aun de las urnas, tras la tradición de celebrar setenta años los comicios más ficticios del mundo.

Ese año, el presidente que tomó protesta, Felipe Calderón Hinojosa, lo hizo en medio de una crisis que, en lugar de atender políticamente (el candidato perdedor nunca lo reconoció y ni siquiera se reunió con él), decidió encubrir con una vieja estrategia recomendada a los gobiernos débiles y que ha sido usada por presidentes cobardes de otras épocas y lugares del mundo: declarando una guerra.

¿Contra quién? Aunque cambió muy seguido su discurso, a veces parece que él, y sólo él, supo contra quién.

Siete años después del emocionante año 2000, cuando vimos vestido de militar al presidente, invocando ese 3 de enero de 2007 al Ejército para legitimar su naciente gobierno, algunos pensamos que nuestro México rocambolesco no se había convertido de forma necesaria en un país más democrático. Además, la corrupción institucional, quizá la causa principal por la que perdió el priismo, se mantuvo intacta, o en algunos casos cobró proporciones inhumanas (basta revisar el siniestro de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, para probarlo).

En ese tiempo, en el noreste mexicano presenciamos también cómo legiones de alcaldes, en pos de conseguir financiamiento lícito o ilícito para la siguiente campaña electoral y para algo más, cuando llegaban al cargo renunciaban a gobernar sus ciudades y se dedicaban a administrar la destrucción de éstas. Con ese ánimo político, los cuerpos policiales municipales no sólo dejaron de combatir al crimen: se convirtieron en una fuerza criminal en sí mismos.

El fiasco de nuestra incipiente democracia no surgió una mañana de forma repentina. Se gestó con lentitud e indiferencia general. La Realpolitik es cínica, ya se sabe, pero vivir con esta resignación fue veneno para aquello a lo que se llama ciudadanía, la cual en México parece que acabó creyendo que lo mejor que podía hacer ante la devastación que ocurría ante sus ojos era evadirse de la política y la realidad.

Lo que sí empezó a notarse con algo más de claridad por esos días fue que el escrutinio minucioso del ejercicio cotidiano del gobierno pasó, ante “la guerra”, a un segundo plano en los medios de comunicación. Si usted es mexicano, ¿recuerda algún caso de corrupción gubernamental documentado a fondo en algún periódico mediante una investigación periodística propia en los años recientes? Hay unos cuantos, pero sobran dedos de una mano para enumerarlos.

De contar hasta la cantidad y el precio de las toallas compradas en la residencia presidencial de Los Pinos, se pasó a contar el número de cadáveres que entraban a diario a la morgue más cercana a tu redacción.

Cuando desaparecieron del radar de interés los asuntos sociales que me había tocado reportear antes de 2007, tuve una suerte de curso intensivo de realidades nacionales que incluyó La Otra Campaña del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); el siniestro de Pasta de Conchos; las huelgas mineras en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y Cananea, Sonora; la represión en Atenco, y la insurrección de Oaxaca. Hubo un momento en el que también, en lo personal, me sentí fuera de todo radar. La inercia que había ese año en el país me llevó a estar un día montado en un camión de asalto del Ejército, usando chaleco antibalas y casco militar, acompañando a decenas de soldados a buscar zetas en Apaztingán, Michoacán, hasta donde se supone que ya había llegado la plaga proveniente de mi tierra natal: Monterrey. La experiencia resultó algo así como ir con una caña de pescar a un acuario. No tardé mucho en darme cuenta de que detestaba ser un “Rambo-periodista” que contaba muertes en lugar de intentar contar las historias que había detrás de ellas.

Aunque de 2000 a 2010 redacté y publiqué más o menos siete mil notas (la respectiva carpeta de mi computadora indica eso), mi anhelo suele ser involucrarme y contar lo que veo y escucho en los lugares a los que voy, sobre todo cuando viajo adonde casi nadie puede o tiene a qué ir. A partir de 2007, la necesidad de narrar, más que de registrar lo que pasaba de acuerdo con un preformato, se volvió imperativo. Peor aún: un deber moral, porque veía cómo iba gestándose un esperpento que luego adquirió el tétrico y aún cambiante rostro de sesenta mil personas muertas.

Quizás es prematuro afirmarlo con todas sus letras, pero es probable que la lógica seguida por los medios de comunicación, de aproximarse con vocación estadística, cuasi deportiva, a la violencia desatada en varios lugares del país —una lógica que también seguí—, en algo sea cómplice de la tragedia nacional. Ya se verá después, cuando otros analicen con suficiente distancia este periodo tan triste que, además, por razones paramilitares, es complicado de documentar al momento y de forma frontal en ciertos lugares del país.

Para expresarse ante la devastación, cada quien reacciona con los recursos que tiene a la mano. Suelen buscarse respuestas en ciertos aprendizajes íntimos. Una vieja lección de periodismo de Alma Guillermoprieto parece hoy más valiosa que nunca. En ella aconsejaba algo que en el grueso de las escuelas de comunicación te prohiben: que los reporteros mezclemos la información recopilada con la observación, el análisis y nuestras reacciones personales. Alma resaltaba el poder del periodismo narrativo frente a la información dura. Un poder superior por una razón: las historias permiten que el lector pueda pensar sin reservas, entender realmente algo, mientras que con una nota breve (o siete mil) se alimenta en los lectores una tramposa sensación consoladora de que el mundo gira demasiado rápido y de que no tenemos tiempo de detenernos para hacer algo a lo que sí te obliga una historia bien narrada: pensar.

Otra lectura, pero reciente y de ficción, 2666, del espiritifláutico Roberto Bolaño, acabó por mostrarle al reportero que soy el valor de cierta narración exhaustiva, hasta maratónica, cuando se hace lo que en apariencia es imposible hacer: hablar del narcotráfico sin mostrar narcotraficantes. Hoy entiendo que la violencia mexicana exige un compromiso personal total y algo extravagante para tratar de entenderla. Cuando comprendí esto, debí asumir un pacto con el periodismo narrativo —al que me refiero a veces como periodismo infrarrealista— no sé bien por qué, aunque seguro que influye el hecho de que fui un pésimo poeta precoz, y, por supuesto, por haber estado más de una vez caminando de noche por las calles de Santa Teresa, Sonora.
A queridos colegas, a quienes comentaba esta decisión, les preocupaba mi manera de pensar. Lo veían como una especie de claudicación, de rendición frente al diarismo, que conciben como la única forma posible de hacer el periodismo, y que de hecho es así en términos estrictos.

Ellos me decían con palabras cariñosas que al dejar de trabajar en un periódico estaba dando un salto al vacío.

Pero el pacto estaba firmado. La conciencia te mueve y tienes que caminar junto a ella, no sin una sensación interior bien oculta de vértigo y desamparo, tras haber militado desde los quince años en redacciones informativas protectoras, narcisistas, alocadas y entrañables.

“Para vivir mejor” —como nombraron a uno de esos demagógicos programas gubernamentales— quizá lo que cualquiera debe hacer es no asumir la conciencia histórica y burlarse de la tentación de hacerle caso, equiparándola con una voz de ultratumba. La conciencia histórica no es cool: es acúfena, anacrónica y antipatriótica —aunque el término conciencia histórica algunas veces es usado por los peores patrioteros para su verborrea—. Espacios como NuestraAparenteRendición.com, enhorabuena, le dan un lugar digno en internet a la conciencia histórica para que recorra sus páginas, sin brassiere, todos los días.

Sin embargo, la batalla me sigue pareciendo difusa, porque me he ido dando cuenta de que se trata a la vez de una batalla contra la generación a la que pertenezco. He ahí la motivación principal para hacer este libro presentado en forma de un viaje intermitente que empezó hace varios años por la región donde nací y crecí: aunque el alfabeto del español está compuesto por veintisiete signos, soy parte de una generación de mexicanos que será recordada, entre unas pocas cosas más, por la última letra. No puedo escaparme: soy parte de esta generación zeta. La guerra de los Zetas nos marca.

Acepto (y reniego) dicha condición generacional. La acepto creyendo que mi oficio de reportero se vuelve más necesario. Pese a que circulan decenas de miles de notas sobre los Zetas (Google dice que cuatro millones y medio), todavía no está claro para muchos lo que significa esa letra que siempre estuvo olvidada, y por la que ahora hay días en que parece que comienza el alfabeto de México: ¿son los Zetas la sofisticada organización de misólogos que el gobierno se empeña en promover en que se convirtió aquel grupo de militares de élite entrenados en Estados Unidos, de los cuales oímos, acá en la orilla del río Bravo, desde el año 2000? ¿Un zeta es el nombre con el que se camufla todo objetivo de la limpieza social promovida por entes que, con diversos intereses, aprovechan esta crisis política encubierta desde 2007 con una guerra presidencial necropolítica?, ¿se trata de una utopía social posmoderna o de una saudade colectiva derivada de la Guerra Fría? ¿Son Los Zetas un grupo como cualquier otro del narcotráfico nacional, que sólo como un dato curioso tiene la joven edad de la democracia mexicana?

Ni siquiera puede establecerse un consenso al respecto del nombre de la banda: ¿por qué usar la última letra del abecedario para autonombrarse?, ¿porque después de la “z” no hay más allá —como me dijo un día el escritor Marco Lagunas en la ciudad de México—, o, como se cree allá en el noreste, por las claves de radio que identificaban a los militares en Tamaulipas tiempo atrás?

En 2009, después de conocer a detalle el caso de un antiguo vecino de treinta años de edad, detenido y presentado en forma pública como líder zeta, aunque en realidad se trataba de un vendedor de discos piratas de poca monta que trabajó en eso al mismo tiempo en que yo empecé a reportear, le pedí a un alto oficial del Ejército su definición de lo que era un zeta. La respuesta fue: un infractor perteneciente a los Zetas. ¿Y qué son los Zetas? Me puse a buscar en documentos oficiales y me topé con que no existe una versión objetiva ni unánime sobre qué son los Zetas. No hay rigor de datos ni de fechas en informes de la Procuraduría General de la República (PGR), del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) y del Ejército en torno a la existencia de algo con lo que nuestro pensamiento convive casi todos los días, por medio de la lectura de los periódicos, en las pláticas de los cafés o, si tenemos mala suerte, en circunstancias trágicas. Carecemos de una versión clara de lo que son los Zetas. Ante ello existe una resonancia carnavalesca de dicha letra. Esta confusión debe tener felices a quienes les importa un bledo la convivencia democrática, a quienes les gusta vivir en la tenebra.

“Más que progresista, soy de izquierda”, se autodefinió Héctor Hugo Olivares, también autodefinido como uno de los pilares de la doctrina priista; “el PRI es así, porque así es México”, explicó alguna vez el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Estos eufemismos del lenguaje político representan algo de lo que quiso dejarse atrás en el año 2000: lo Revolucionario Institucional es a todas luces contradictorio, no puede existir, pero el siglo pasado fue inventado en México un partido que asumía ese rimbombante postulado, y en el comienzo de este siglo se fue produciendo una especie de alzamiento de la letra más inútil del abecedario, a la que suele adjudicársele la causa de los padecimientos más graves de nuestra realidad.

Un amigo me dijo que exageraba al decir que ésta es la generación zeta y diagnosticó mi caso como “culpa del sobreviviente”. Me puse a revisar mi censo personal de muertes ocurridas en el contexto actual y la cifra llegó a quince personas. Se trata de cuatro mujeres y once hombres con los que conviví poco, en situaciones de trabajo rutinarias (una rueda de prensa, una visita a un barrio, un recorrido oficial), pero que un día murieron en medio de esta neblina roja. Otros cuatro vecinos del barrio donde crecí, en San Nicolás de los Garza, fueron desaparecidos de manera forzada por alguno de los bandos, oficiales y extraoficiales, que alimentan esta guerra.

Tal vez mi amigo tiene razón. Este medio ambiente sangriento es crítico, claro que te altera. Después de enterarme de los asesinatos de gente que alguna vez vi, había un momento en el que me preguntaba: ¿por qué están muriendo ellos y yo no?, ¿me tocará un día?, ¿acabaré con uno de esos epitafios de daño colateral que ahora no son extraños en los panteones mexicanos? A otros reporteros, carpinteros, amas de casa o comerciantes del noreste que conozco (y que también deben llevar un censo personal mortuorio de la época) se les aparece ciertos días la misma culpa y el mismo miedo.

Cabe aclarar que hay días con más desasosiego que otros. Ataques comanches como el del 25 de agosto de 2011 al Casino Royale logran sacarte de la monotonía del miedo para provocarte terror. Y el terror socava primero la moralidad, luego la razón. Monterrey, la ciudad (o el campo de tiro) en la que nací, alberga una sociedad a un balazo de perder la razón.

La moralidad para combatir el crimen ya se le olvidó.

Tengo esperanza en el futuro nordestal, porque sé que el miedo y el terror no son enfermedades incurables. Algún día van a desempolvarse viejos sueños como el de que este país sea menos desigual, o que haya democracia efectiva, justicia… Se va a cerrar este libro de cuentos de terror con el que nos acostamos a dormir por la noche.
Algún día.

El lunes 15 de agosto de 2011 estuve en Nuevo Laredo, Tamaulipas, uno de los lugares donde es probable que hayan nacido los Zetas. Antes había ido unas quince veces. Una de las primeras que hice como reportero fue a finales de 2003, para registrar un enfrentamiento de varias horas, con granadas y bazucas, en una de las avenidas principales y el cual había ocurrido porque los Zetas habían estado a punto de capturar —o asesinar— a Joaquín el Chapo Guzmán. Yo acababa de regresar a México. Recién bajado del avión procedente de Madrid, con la misma maleta del largo periplo europeo, me fui a Nuevo Laredo con un fotógrafo del periódico que pasó por mí al aeropuerto de Monterrey. Estuvimos varios días. En hospitales y casas entrevisté a transeúntes heridos por el combate, platiqué con policías y funcionarios y visité una agencia de automóviles y un taller mecánico que tenían en sus paredes incontables impactos de bala a causa de la refriega. La batalla acabó reconstruida en uno de los capítulos de mi libro El cártel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco.

Pero en el viaje que hice en agosto no vi nada de aquello. Estuve intrigado con la historia de Juan Antonio Rosas, a quien un día antes de mi llegada le había dado un infarto cuando arbitraba un partido de béisbol en uno de los campos llaneros del ejido El Bayito. Juan Antonio esperaba una ambulancia en el centro del diamante, protegido del caliente sol del verano norteño con una sombrilla que algún beisbolista colocó encima de su cadáver. Mientras los paramédicos encontraban la perdida cancha de Nuevo Laredo, los veteranos jugadores se quitaron los guantes y las gorras e improvisaron una guardia de honor para despedir al árbitro que falleció en la frontera sin derramar una sola gota de sangre. Entre la hermandad de esos obreros de lunes a viernes y beisbolistas de domingo había unos cuantos jóvenes con el semblante serio: jóvenes zetas mexicanos.

Pedí a los escritores mexicanos Eduardo Antonio Parra, Martín Solares y Yuri Herrera, reconocidos narradores del mundo fronterizo, que me recomendaran una novela sobre Nuevo Laredo o Reynosa. No se les vino ninguna a la mente. Crucé a Estados Unidos e hice la misma pregunta a escritores como Francisco Goldman, John Gibler y Sergio Troncoso, pero tuve la misma respuesta.

Quizá sí hay alguna novela por ahí, pero por ahora no ha sido descubierta. A diferencia de la abundante cantidad de novelas sobre Tijuana, Sinaloa, Sonora y Ciudad Juárez, todavía no se ha oído la voz de esa incógnita frontera noreste de México, donde nacieron los Zetas, y donde los periódicos locales, tras una masacre de setenta y dos migrantes en agosto de 2010, amenazados por alguna de las máquinas de guerra existentes, minimizaron la cobertura de uno de los mayores crímenes masivos en la historia reciente del país.

Por lo menos de los que hoy se sabe.
¿Por qué hay aquí tanto silencio?
Hablé por teléfono con el corresponsal de guerra de la revista The New Yorker Jon Lee Anderson, un día antes de que partiera de Londres a África para atestiguar el nacimiento de un nuevo país, Sudán del Sur, y le pregunté lo mismo. Me dijo: “En Estados Unidos, y quizás en buena parte de Europa, si tú dices Tijuana, Sonora, Sinaloa o Ciudad Juárez, es muy probable que la gente tenga una idea de dónde están esos lugares, e incluso sabrán más o menos lo difícil que se la pasa ahí. Pero si tú dices Tamaulipas, lo más probable es que nadie sepa de qué estás hablando”.

¿Por qué?
Alma Guillermoprieto fue bailarina de ballet en los años sesenta y setenta, primero en Nueva York y luego en La Habana. Después se fue a las guerras de los ochenta en Centroamérica, para empezar una carrera como periodista. En esa época escribió crónicas con títulos trágicos interminables como: “Los cuerpos arrojados en el mar de lava salvadoreño ponen de manifiesto la violencia contra civiles”; narró El Mozote, la masacre más grande del siglo XX en Occidente: soldados salvadoreños que habían sido entrenados por asesores militares estadounidenses quemaron vivos y cortaron a machetazos a ochocientos hombres, mujeres y niños. The Washington Post publicó su historia en primera plana y después no hubo seguimiento alguno. Ningún editorial, ninguna cobertura en la televisión, ninguna nota en los demás periódicos. Algunos medios liberales y activistas mantuvieron la insistencia en esclarecer lo que había sucedido.

Doce años después, un equipo de antropólogos forenses argentinos fue a excavar al sitio de la matanza y documentó las muertes, hueso por hueso.

En el siglo siguiente, septiembre de 2010, Alma, periodista consagrada que traduce América Latina para los lectores de Estados Unidos, convocó a escritores, reporteros, fotógrafos, músicos y cineastas a colaborar en un altar virtual en recuerdo del asesinato de los setenta y dos migrantes de San Fernando. Los hombres y las mujeres camino al sueño americano que fueron hallados con un tiro en la cabeza el 23 de agosto de 2010, gracias a la iniciativa de Alma, tuvieron quienes contaran sus historias en medio del páramo de silencio tamaulipeco.

Cuando lanzó el proyecto del altar al público, por medio de la página www.72migrantes.com, Alma dijo en un comunicado que esto se hacía a sabiendas que no han sido sólo setenta y dos los viajeros que han perdido la vida en su travesía rumbo a la frontera con Estados Unidos. Dijo que quizá sumen miles las víctimas cuyos huesos yacen en algún desierto, en algún galpón, sin que se vaya a saber jamás de su muerte. La idea del altar, en el que un escritor o bien un periodista cuenta la historia de uno de los migrantes víctimas de la masacre, es “abrir un pequeño espacio para su voz”.

Le escribí a la antigua bailarina para pedirle que me describiera cómo se había enterado de la masacre y la forma en que había decidido tomar la iniciativa de hacer el proyecto que luego cobró forma de cápsulas de radio, libro y un altar levantado el 2 de noviembre en el patio de la comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

Alma me contestó:
Fue de esas ocasiones en que a uno se le fija para siempre qué es lo que estaba haciendo en el momento de.
Me acababa de sentar a desayunar, que es un tiempo que disfruto, y vi el encabezado y no entendí nada. Aun para los horrores a los que estamos acostumbrados, lo que nos estaba describiendo la nota, muy a grandes rasgos, era insólitamente horrendo, arbitrario, cruel, no tanto por las torturas a las que se hubiera sometido a las víctimas, pues parece que no hubo, sino por la frialdad con la que se asesinó a gente (¡Seis docenas de seres humanos!) que, por decirlo así, no tenía vela en este entierro”.

En una línea recta con horizonte hermoso aceleran los coches al máximo. A los lados la acompaña una pradera verdiazul, a ratos incluso color oro. No bordea a la carretera ninguna curva peligrosa. Cero acantilados de vértigo o barrancos del diablo a la vista.

Sin embargo, en el llano de las orillas, mientras los automóviles avanzan, sobresalen cruces cristianas de pequeños altares. No es una o dos, son varias, levantadas en memoria de los muchos muertos del camino. Muertos viejos, porque las cruces cristianas están oxidadas y la pintura de los basamentos descarapelada.

Tantas cruces no pasan desapercibidas. Más en una carretera de apariencia benévola, en la que los riesgos no se ven. El nombre correcto de los pequeños monumentos fúnebres es el de cenotafios. Los cenotafios nos recuerdan un México que, en el inicio de su transición democrática, conseguirá tener bajo su tierra una población de habitantes muertos tan vasta como la de sus habitantes vivos. Es ese México-panteón que ciertas carreteras nos recuerdan, nos piden tenerlo presente.

Esta carretera en la que aparece el desierto de lo real va de Torreón a Durango, a la altura del tramo de Cuencamé, donde se acaba el noreste mexicano. O donde se empieza, según se quiera ver.

¿Por qué una carretera recta y bien pavimentada se convirtió en una carretera asesina?
La historia de los muertos incesantes de la carretera de Cuencamé comenzó en los ochenta. Algunas vacas pastaban en llanos aledaños y entraban al camino cuando se les daba la gana. Los traileros que no alcanzaban a esquivarlas o a frenar impactaban sus moles en movimiento y podían morir ipso facto. Con más de un trailero sucedió así.

Los traileros suelen ser una manada nómada muy unida cuando se une. En los paradores de los alrededores —cuevas ruidosas con cerveza y café en las que para entrar no hay tanto problema, aunque salir ileso o incluso vivo implica conocer la contraseña adecuada—, un grupo de traileros acordó hacer algo en torno al problema de las vacas de Cuencamé. Porque pese a los accidentes, nadie impedía que esas vacas anduvieran por la carretera como por su llano, provocando la lenta masacre de traileros norteños.

Había que ser prácticos (en el norte mexicano, se constatará más adelante, el pragmatismo es arte). Lo que se decidió fue que todos los traileros deberían armarse de ahora en adelante. Cuando vieran vacas de Cuencamé pastando, incluso a cinco metros de la carretera, dispararían contra ellas de inmediato desde el volante. La doctrina del ataque preventivo no la inventó Rumsfeld para invadir Iraq, sino aquel grupo de traileros en pie de guerra.

La medida hizo que disminuyera el índice de mortalidad trailera en esa zona. Vacas perforadas a tiros y rodeadas por nubes de moscos amanecían en los llanos entre Torreón y Durango.

El problema fue que los dueños de las vacas reaccionaron. Decidieron armarse y turnar a sus mejores capataces, o ellos mismos, para esperar, atrincherados, en la orilla del camino, a traileros que disparaban contra vacas.

Repuntó de nuevo el índice de mortalidad trailera en Cuencamé.
Y se tuvo que crear un índice de mortalidad para ganaderos locales.
Los Zetas todavía no existían y Felipe Calderón apenas acababa de hacer la primera comunión en Morelia. No había a quién echarle la culpa, más que a la carretera, del moridero.
Aquella estúpida matazón en Cuencamé duró semanas.

Luego la Policía Federal de Caminos, con ayuda de una reforma legislativa exprés, consiguió el armisticio de los bandos: de ahora en adelante, los ganaderos no debían permitir que ninguna vaca pastara asfalto y, en caso de que hubiera una haciéndolo, los mismos policías contaban con la facultad legal para disparar y matarla.
De aquella carretera ahora sólo quedan cruces de traileros y ganaderos muertos absurdamente.

Hago en estos días de abril de 2012 un viaje geométrico por ciudades y pueblos del norte mexicano, acompañado por una canción de rock hecha en Coahuila. Se llama “Huracán”, y la toca el grupo Madrastras, cuyo vocalista es el escritor Julián Herbert, autor de la novela Canción de tumba (Mondadori, 2012). “Huracán” es un terco zumbido musical que me persigue día y noche. Como el terco zumbido que quizá persiga a ciertas conciencias por la matazón en el norte mexicano.

Desde que oí la canción de Madrastras, no sé bien por qué, me puse a pensar en la carretera de Cuencamé: si un pequeño tramo carretero de México pudo volverse un sitio tan criminal y asesino de un momento a otro, a causa de unas vacas, ¿cómo hacer un análisis preciso e iluminador sobre las razones detrás de la muerte incesante hoy en día, en Nuevo León y Tamaulipas, donde, haya cenotafios o no, ha ocurrido la mayor parte de la matazón nacional de los tiempos de la democracia?

De lo que sucede en el noreste mexicano y todavía no se sabe si habrá que empezar por las cruces. Miles de cruces.
Es hora de hacer el viaje.
Es hora de irnos para aquellas tierras.

GUARDADOS DE ABAJO
Sobre las fotos de Omar Hernández en la Frontera Chica:
Tocaban en el cuarto 22 del hotel El Tío, en Ciudad Miguel Alemán. Caminé a la puerta con miedo. La tarde anterior había llegado a la Frontera Chica de Tamaulipas para averiguar sobre un operativo militar en Guardados de Abajo, ranchería en la que operaba una banda cuyo nombre —en aquel 2001— parecía una extravagancia literaria del narco: los Zetas. Por la mirilla vi a un tipo flaco, de rostro alargado y lentes con el armazón chueco. Parecía más un distraído profesor escolar que un matón. Abrí la puerta: “Félix Fernández, periodista de aquí, de Tamaulipas. Tengo pruebas de la narcopolítica”, dijo. Bromeé sobre su homónimo portero del Atlante con dotes de intelectual, pero Félix Fernández no se rio. Entró. Quería contarme de nexos de políticos con el narco. En ese entonces, el gobernador de Tamaulipas era Tomás Yarrington. Félix llevaba un sobre abultado de papeles y amarrado con un hilito rojo, que se iba desdoblando mientras aclaraba que me había investigado y sabía que ni yo ni Omar Hernández, el gran fotógrafo que me acompañaba, éramos narcoperiodistas. Pregunté que cómo lo sabía, y me dijo que no habíamos ido a la oficina en la que un abogado de la mafia daba fajos de dólares a ciertos reporteros. En ese encuentro, el abogado entregaba dinero con la copia de una queja que habían hecho pobladores de Guardados de Abajo ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), en contra del batallón de soldados que tenía sitiado al pueblo, en busca de Gilberto García Mena, el June. García Mena era un capo oculto en un escondite subterráneo, del cual no podía salir debido al cerco militar. La intención de su abogado era que con la presión de la prensa, la CNDH ordenara al Ejército quitar el sitio de la zona, para que así, el June pudiera salir de su guarida. Para mala suerte del abogado y de su cliente, el refugio fue descubierto y el June detenido.

Le dije a Félix que qué tal si nosotros no hubiéramos ido a la oficina del abogado porque no nos habíamos enterado. Hizo una sonrisa que pudo haber significado cualquier cosa y dijo que se había informado con gente de Monterrey. Luego mencionó el nombre de dos respetables colegas de allá. “Además te faltan unos años para que seas corrupto”, remató. En ese entonces yo tenía veinte años. Trabajaba para el Diario de Monterrey. El operativo en Guardados de Abajo era la primera cobertura que hacía sobre narcotráfico. Recuerdo que al llegar al poblado había encarado con torpeza a un teniente que no permitía el paso de reporteros y que había dispuesto para ello una fila de soldados en posición de firmes. La realidad quedaba protegida por una muralla humana verde olivo, hasta que apareció un hombre vestido de civil (pantalón de mezclilla azul, camisa celeste de manga larga, cinto y mocasines color guinda, sin calcetines). Dijo que era el fiscal a cargo: José Luis Santiago Vasconcelos. “¿Quieres acción? En una hora paso por ti”. Una hora después pasó por nosotros. Subimos a su Durango blindada y entramos al pueblo. Presenciamos el asalto militar de casas de apariencia modesta por fuera, aunque atiborradas de armas y droga por dentro, o bien de dinero en efectivo y equipo de espionaje. Guardados de Abajo era una mentira: parecía un caserío sin agua; sin embargo, era un sitio cuya pobreza se usaba como fachada para operaciones de narcos del noreste mexicano.

En aquellos días, con aquel fiscal Vasconcelos y aquel periodista Félix, me di cuenta de que el narco no escapaba de la máxima de la vida que dice que nada es lo que parece.
Nunca lo es.

Aquella semana de 2001 acompañé a José Luis Santiago Vasconcelos, durante el operativo de Guardados de Abajo. El fiscal me explicaba la lógica real del mundo del narco. Me lo decía no para contarlo en las notas que mandaba al día siguiente a la redacción de mi diario, sino para que entendiera de qué se trataba el asunto. “Si se publicara toda la verdad en los periódicos, la gente estaría muerta de miedo. Hay que decirla, pero de a poquito”, filosofó. Vasconcelos asumió el papel de maestro. Era algo muy cercano a un policía científico, una cosa inusual en las salvajes comandancias mexicanas. Después supe que Félix Fernández, el periodista que me había visitado en el hotel El Tío, era uno sus “discípulos”.

Me fui de la Frontera Chica y mantuve contacto con el periodista Félix y con el fiscal Vasconcelos, quien después fue el zar antidrogas a nivel nacional. Luego ambos murieron. Primero Félix, al año siguiente, atacado con varios cuernos de chivo al salir de un restaurante; tiempo después Vasconcelos, a causa de un accidente aéreo increíble.

Ni Vasconcelos ni Félix eran profesionales pulcros con una casa en las colinas de la ciudad y una mujer tocando el arpa. Eran dos hombres que apostaron con su vida por el control del narcotráfico y el periodismo, respectivamente. Esto hay quienes se lo reconocen a Vasconcelos.

Sin embargo, no es el caso de Félix. Su nombre está perdido en la lista de periodistas mexicanos asesinados, e incluso hay quienes a veces escatiman incluirlo. Félix es uno de esos periodistas asesinados dos veces. Primero con cuernos de chivo canallas, y luego cuando “colegas” justifican sus muertes diciendo que andaban en malos pasos.

En México, la mafia (que abarca a narcos, políticos y empresarios) mata a periodistas con la complicidad de colegas ruines. He ahí la tragedia de Félix.
Y del periodismo de aquí, de México. \\

* Una primera versión de este texto fue publicada en Gatopardo.com

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