Una estrella distante

Cómo la pesada lápida de la moda aplastó a John Galliano.

Por Santiago Rosero
La tragedia de John Galliano y su caída en el mundo de la moda.

La tragedia de John Galliano y su caída en el mundo de la moda.

El viernes 4 de marzo de 2011, cerca de las dos de la tarde, en la entrada del Museo Rodin de París se formó un pequeño tumulto. Camarógrafos, invitados, policías y curiosos se amontonaron en un sitio poco acostumbrado a la multitud. Era el cuarto día de la Semana de la Moda; la casa Christian Dior estaba a punto de presentar su colección prêt-à-porter otoño-invierno 2011-2012, y más fuerte que el deseo de admirar los últimos despliegues creativos de la marca era el de ponerse al corriente sobre el curso que había tomado el escándalo. Nueve días antes, alrededor de las ocho de la noche del jueves 24 de febrero, John Galliano, director artístico de la casa Dior, había descargado una ráfaga de insultos a una pareja que, como él, tomaba algo en el bar La Perle, un popular reducto hipster del barrio parisino Le Marais, donde reside el diseñador. Según testimonios de la mujer recogidos por la prensa francesa, Galliano le habría dicho: “Judía cabrona, sucia de cara judía, deberías estar muerta” (la mujer, de todos modos, no es judía), y a su acompañante de origen asiático: “Maldito bastardo asiático, voy a matarte”. Poco después, aquel encontronazo devino en un escándalo mundial.

La tarde del 4 de marzo, el ingreso al Museo Rodin fue ordenado, los asistentes se acomodaron en sus sitios, y cuando se encendieron las luces de la pasarela, el zumbido de los murmullos hizo pensar en un enjambre de abejas desatado. Nadie hablaba de otra cosa: ¿quién saldría a saludar al terminar el desfile? Durante catorce años se había visto a Galliano aparecer al final, cerrar el espectáculo vestido de Napoleón, de torero, de pirata, personajes que redondeaban los conceptos de la puesta en escena. Su contoneo presumido era tan esperado como la genialidad que desplegaba en cada nueva colección. Pero esa noche, todos se preguntaban quién aparecería en el lugar de la efigie en su procesión habitual de veinte pasos bajo el tiroteo de los flashes.

La pareja insultada nueve días antes en el bar La Perle había puesto, esa misma noche, una denuncia en una comisaría del tercer distrito de París. Tras recibir la queja, agentes de policía arrestaron a Galliano y lo llevaron a la dependencia para realizarle una prueba de alcoholemia que marcó 1.01 gramos de alcohol en la sangre, un nivel elevado. Después lo llevaron a un hospital y, tras no encontrársele más anomalía que una borrachera perturbada, fue puesto en libertad con cargos que, de confirmarse en la audiencia prevista para el verano europeo, cobrarían la figura de injurias públicas de carácter racial y le significarían el castigo de seis meses de prisión y 22 500 euros de multa. Hacia el final de la noche, los policías lo acompañaron hasta su casa. Al día siguiente, la estrella de Dior, el hombre que quince años atrás había logrado revitalizar una de las casas de moda más prestigiosas del mundo, se despertó para darse cuenta de que ya no era un genio revolucionario, sino un hombre repudiado.

El incidente del jueves 24 se hizo público inmediatamente en los medios franceses. El sábado 26 de febrero, al enterarse por la prensa de lo sucedido, una mujer de cuarenta y ocho años presentó una segunda acusación contra Galliano, bajo los mismos cargos y por un incidente aparentemente idéntico que habría ocurrido en el mismo bar en octubre de 2010. Según dijo la mujer, Galliano la había atacado con insultos antisemitas, pero decidió no denunciarlo en ese momento porque pensó que se trataba de un hecho aislado, provocado por la embriaguez. Las cosas no terminaron allí. El lunes 28 de febrero de 2011, el periódico británico The Sun publicó en su sitio web un video registrado dos meses antes, en diciembre de 2010, cuyos responsables decidieron mostrarlo a raíz de los acontecimientos que, a esas alturas, empezaban a ser noticia mundial. En el video se ve a John Galliano hundido en la profunda soledad de su embriaguez, de nuevo instalado en su refugio vecinal, el bar La Perle. Tambaleándose como un muñeco enclenque y enfatizando con rabia, escupe la enunciación de su condena: “[…] Amo a Hitler […] personas como ustedes hoy estarían muertas […] sus madres, sus antepasados estarían jodidamente gaseados y muertos”. El video fue repetido al infinito, y la exposición desbordada a través del panóptico de la red marcó un signo de los tiempos. Cero “I like” para un video en el que John Galliano se desploma. Sin embargo, el video no muestra cómo se originó la discusión que termina con las frases de Galliano. Ese extracto ha sido reclamado por la justicia como un elemento que quizá permitiría relativizar el caso y comprenderlo en su contexto. En una notificación que envió a todos los medios, Galliano dijo que esa noche había sido provocado por los denunciantes a causa de su vestimenta, pero aceptó la necesidad de buscar ayuda para superar el periodo turbio por el que atravesaba y presentó sus “excusas sin reservas por haber producido ofensas con su conducta”.

El martes 29 de febrero, un día después de la publicación del video y pocos antes del desfile de la Semana de la Moda, Sidney Toledano, director general de Dior, anunció, por medio de un comunicado de prensa, el despido definitivo del diseñador.

La tarde del 4 de marzo, en el Museo Rodin, la modelo Karlie Kloss inauguró el desfile de Dior que mostró el acento poco estrafalario, livianamente teatral y claramente más comercial de las últimas colecciones prêt-à-porter de la firma. Los colores pastel y las piezas de lana, tul, muselina y organza mostraban texturas terrosas pero delicadas que invitaban a dotar el momento de más sutileza que drama. En última instancia, y a pesar de la tensión, el desfile era de Dior, y hasta hacía poco Dior era Galliano, y por lo tanto no iba a faltar hechizo en esa cancha tantas veces conquistada. El murmullo del público, desatado por las especulaciones acerca de cómo se cerraría el desfile esa tarde, se volvió silencio cuando Sidney Toledano, antes del comienzo, leyó una introducción terminante: “El genio y el legado de Christian Dior han contribuido a realzar la imagen y la cultura de Francia durante más de sesenta años. Ha sido muy doloroso verlo asociado a las desgraciadas afirmaciones que se atribuyen a su diseñador, por muy brillante que éste sea […] Resultan intolerables por nuestro deber colectivo de no olvidar nunca el Holocausto y a sus víctimas, y por el respeto a la dignidad humana”. En el año en que se cumplía el aniversario número quince de su trabajo en la casa Dior, el nombre de Galliano ni siquiera fue mencionado. Después de las cuarenta y dos pasadas que las modelos realizaron esa noche, cuando el telón estaba por cerrarse, en vez del artista pródigo que había logrado devolverle a la marca el glamour que durante años había permanecido de capa caída, aparecieron cuarenta obreros de los talleres de Dior: estilistas, costureros y bordadoras que, ataviados en sus mandiles blancos impecables, hicieron que el recinto estallara con júbilo. Ese cierre quería dejar un mensaje claro: a la maquinaria Dior no la hace una sola cabeza sino también sus manos, les petites mains, como se les llama a los obreros de la moda, los mismos que, poco después, según reseñas de medios franceses, en los camerinos aflojaron lágrimas recordando a quien, a fin de cuentas, durante tanto tiempo había sido para ellos Napoleón, pirata y torero.

Ese mismo día, mientras en el Museo Rodin terminaba el desfile, la prensa informaba que John Galliano había ingresado a una clínica de rehabilitación de adictos en Arizona. Stephane Zerbib, su abogado francés de origen judío, a propósito de los incidente declaró entonces no tener explicaciones para el comportamiento de su cliente, aunque reconoció que tenía relación con su estado de extrema vulnerabilidad y los cocteles inflamables que estaba consumiendo.

En mayo de este año, Galliano cortó relaciones con Zerbib y lo denunció penalmente por abuso de confianza y por malversar tres millones de euros de sus arcas. Zerbib le devolvió el gesto acusándolo por calumnias e injurias.

Le Marais se encuentra en el tercer distrito de París y es reconocido por tener tres identidades: la del Marais bobo (el bourgeois-bohème de las galerías de arte, las tiendas de diseñador y los cafés de moda), la del Marais gay y la del Marais judío. Esta última identidad yace en sus cimientos más profundos, pues desde el siglo XIII fue poblándose con inmigrantes judíos que asentaron su impronta comercial y le pusieron rostro tradicional y ritualista a la zona.

John Galliano vive en este escenario de diferencias respetadas entre sí, donde los sectores se distinguen pero no se demarcan, exactamente en el número 5 de la calle La Perle, en un departamento de doble acceso en un antiguo hôtel particulier del siglo XVII, de los que en la Francia de otros tiempos eran residencias suntuosas de nobles y personas adineradas. En el interfono que da a la calle su nombre no se disimula: en letras sin serifas aparece impreso JOHN G 1 y JOHN G 2, pero el portón de cinco metros de alto y un paredón de granito perlado, que apenas deja ver las buhardillas rectangulares, manifiestan la exclusividad del edificio. Sin embargo, fuera de él, John Galliano es conocido como otro vecino más. Stéphane es maestrante de Sociología, vive desde hace diez años en Le Marais y también es habitué de La Perle. Cuando se enteró de que ese tipo que siempre se sentaba solo en alguna mesa alejada era John Galliano, se dio cuenta de que “era el mismo que varias veces había visto pasar por la calle vestido con un buzo deportivo y llevando bolsas con compras, como cualquier persona común en una mañana de domingo”.

En La Perle ningún trabajador quiere hablar, el tema está vedado por órdenes del patrón, y Stéphane lo hace a condición de que se lo identifique sólo parcialmente, porque en la comunidad judía de su barrio, comenta extrañado, se activa una rara estela de sensibilidad cuando la conversación la roza. “Desde hace algunos años, hablar de los judíos se volvió casi un tabú, es como si hubiera proliferado una sensibilidad extrema a su alrededor, por eso tengo recelo de decir que lo que dijo monsieur Galliano, más que una muestra de verdadero racismo, me parece un acto torpe que superó su conciencia debido al estado en que se encontraba. En realidad, ni yo ni quienes lo conocemos del barrio creemos que sea racista. Más bien, si algo puedo decir de él es que siempre fue una persona discreta, solitaria y apreciada por los demás”.

Antes de pedirme que terminemos la entrevista, por temor a “hablar más de la cuenta”, Stéphane me comenta que a ese tipo discreto y solitario también “se le ha visto pasar a las siete de la mañana, ebrio y con una botella de vodka asomándose por la ventana polarizada de su 4×4 negro”.

En paralelo a la controversia que desató el video, en debates televisivos en Francia y en artículos publicados por El País, de España, o por sitios especializados en moda como WWD, se reparó en lo extraño que resultaba ver a Galliano perdido en su solitaria embriaguez, sin que ningún miembro de seguridad estuviera cerca para cuidarlo, a él y al nombre de la empresa que representaba y que, según palabras de Sidney Toledano, ha contribuido a enaltecer la imagen y la cultura francesas frente al mundo entero. ¿Cómo era posible que a semejante figura, cuyos actos podían tener tamaña repercusión pública, se la dejara abandonada a la deriva en sus noches frenéticas?

Otra de las efigies corporativas que ostenta atributos similares a los de Dior es la firma Chanel, cuyo director artístico, al igual que Galliano, no es francés. Karl Lagerfeld es alemán, y entre los diseñadores estrella que se han pronunciado sobre el caso es quizás quien ha arrojado los comentarios más tajantes. Según recogió WWD, Lagerfeld estaría “furioso” porque el incidente de su colega habría creado una “imagen horrible para la moda que haría pensar que todos los diseñadores son así”, y porque “cuando se está en un mundo de negocios como el de la moda hay que cuidarse las espaldas y hay cosas que no se pueden hacer, como ir por la calle estando borracho”. En el documental Lagerfeld Confidential (Rodolphe Marconi, 2007), una escena muestra el control que sobre el diseñador alemán tiene su personal de servicio: después de ofrecerle la cena le desean las buenas noches y lo dejan encerrado en su habitación de hotel para que descanse, seguro y alejado de cualquier tentación. Así, después del incidente de La Perle, la figura de Lagerfeld se encumbró como antagonista a la del derruido Galliano, alimentando las preguntas acerca de su desamparo en medio de los escándalos.

Pero para las personas que se relacionaban frecuentemente con él, aquellas dudas tenían respuestas bastantes más concretas. Lauren Voute es bartender en el Café Saint Gervais, otro de los reductos frecuentados por Galliano. El Saint Gervais está a una cuadra de La Perle, pero a diferencia de éste, suele estar menos atestado. El modisto lo prefería en ocasiones porque le permitía conseguir con más facilidad la mesa alejada y discreta que siempre buscaba. Como tantas otras noches, la del jueves 24 de febrero Lauren Voute le sirvió a Galliano —que pasó por allí antes de continuar hacia La Perle— algunas copas del champaña modesto Nicolas Feuillatte. Se lo veía circunspecto, recuerda Lauren Voute, ensimismado en un aislamiento que buscaba no ser perturbado. No obstante, la estampa no le pareció muy distinta a la habitual. “A veces lo acompañaba su chofer, que lo esperaba afuera y entraba para pagar la cuenta, pero lo normal era que él pasara por aquí solo, que se tomara un par de copas y que se fuera, como cualquier otra persona que vive a la vuelta de la esquina”.

Pero si para quienes lo conocen del barrio su habitual soledad podría no ser más que una escena cotidiana, para quienes lo han tratado en el terreno laboral la cuestión podría trepar a otro estrato. Daniel Tobar fue gerente de exportaciones entre 2005 y 2008 en la firma John Galliano, la marca personal del diseñador, que pertenece en 91% al conglomerado de lujo Louis Vuitton-Moët Hennessy (LVMH) que a la vez es parte del gran holding Christian Dior, S.A. Para Tobar, los interrogantes no giran en torno a la soledad de Galliano en medio de una noche de copas, sino al abandono en el que lo dejó la empresa frente a lo que se revelaba como una clara crisis personal y anímica. El genio de la moda había venido dando muestras de fatiga creativa y de deterioro emocional. Su periodo de oscuridad que empantanaba con drogas y alcohol no era secreto para nadie en la casa Dior. La obsesión por mantenerse delgado y por mostrarse joven revestía signos patológicos. Así y todo, se le alentaba para que continuara con su tarea de conmocionar al mundo. Según Tobar, si en medio de esa crisis nadie se ocupó de salvarlo, fue porque querían deshacerse de él. Las causas podían haber sido muchas: “El proceso creativo ya no era lo que Dior buscaba, había perdido su ADN, se había vuelto muy ‘Galliano’, y la empresa quería reinventar la marca; por otro lado, la firma Galliano era muy cara de mantener y nunca produjo beneficios. Además, sus excesos ya no podían canalizarse y, por último, cada vez que renegociaba su contrato, que era cada tres años, todos pensábamos que no lo iban a volver a contratar, porque siempre pedía mucho dinero”.

Los incidentes, las causas judiciales y el video fueron, cree Tobar, leña para la hoguera. Luego, sólo quedaba la estocada final: “Al despedirlo de la dirección artística de Dior lo que hicieron fue darle el golpe de gracia, como al toro cuando está debilitado y ya no puede más”.

La primera reunión fue en los años ochenta, en Londres. Steven Robinson y John Galliano se encontraron cuando ambos no tenían más que talento en cultivo y muchas ideas por resolver. Galliano montó un pequeño estudio de confección y Robinson se inició ahí como pasante pegando botones. Más tarde, con el título obtenido en la Epsom School of Art and Design, Robinson se volvió su mano derecha, su confidente, su álter ego. Al graduarse Galliano del prestigioso Central Saint Martins College of Arts & Design, ambos emprendieron un viaje por la más exquisita estratósfera de la moda que los llevó a aterrizar, en 1996, en los predios de Givenchy y, tan sólo un año más tarde, a anclar en los cuarteles generales de Dior. Nombrar o imaginar a Robinson es, entonces, ponerle justa rúbrica a la otra mitad de un dúo fantástico, aunque su nombre y su figura resulten ajenos al público debido al perfil modesto que siempre prefirió mantener.

Mientras Galliano era la fuerza creativa que demarcaba los conceptos, los patrones, las texturas y los colores, Robinson era el engranaje que articulaba los procesos desdoblándose entre Dior y la marca Galliano. Conocido por su espléndido sentido del detalle y su devota entrega a infinitas jornadas de trabajo que alentaba con el afable humor que emergía de su timidez, tomaba a su cargo las tareas administrativas que fueran necesarias además de revisar la perfección en los bordados y el cumplimiento de horarios en la entrega de materias primas. Ante eventuales ausencias de Galliano ejecutaba decisiones concernientes al diseño, y en su presencia era el único que se atrevía a hacerle observaciones sobre lo que podía estar mal encaminado. John Galliano decía de él que era su roca y el adhesivo que mantenía unida toda la magia. El 1 de abril de 2007, luego de haber permanecido incondicionalmente a su lado por casi veinte años, Steven Robinson fue encontrado muerto en su departamento de París. Tenía treinta y ocho años. Ocurrió tres meses antes del desfile en el que Dior iba a celebrar su aniversario sesenta y Galliano su décimo año al frente de la marca. Los comunicados informaron que había sufrido un ataque cardiaco y se deslizó, sin confirmarse, la tesis de una sobredosis de medicamentos. Testimonios anónimos más cercanos dijeron luego que no pudo más con la presión y el estrés, que el mundo de la moda le había caído encima.

Daniel Tobar se remite a ese hecho para marcar un punto de inflexión en la estabilidad anímica de Galliano. “Steven era como una barrera entre Galliano y el mundo real, lo preservaba de muchas cosas; por ejemplo, cuando se tenían que presentar los resultados de los showrooms que se organizan luego de los desfiles, no se podían decir cosas negativas ni contar si los clientes habían detestado determinadas piezas. Siempre había que hablar de los puntos buenos, lo malo sólo se trataba con Steven, jamás con Galliano”. Si en el barrio Galliano pasaba por discreto y solitario, en el entorno laboral era una gema delicada protegida por un séquito. La estrategia tenía su base en la necesidad de resguardar a toda costa lo que se consideraba su capital más valioso, pero que podía también convertirse en su sombra: la sensibilidad del artista y la fragilidad de la persona en un solo corazón. “Tanto lo preservaron —continúa Tobar— que cuando Steven ya no estuvo, Galliano se encontró con demasiado para enfrentar. Fue difícil seguir manteniéndolo aislado, porque debió involucrarse más en los procesos, mientras que antes era Steven el que hacía todo el trabajo sucio”.

Desaparecida su roca, Galliano habría empezado a resbalar por una espiral de deterioro que se mostró bajo la forma de obsesiones, adicciones e incidentes públicos, como los de febrero pasado. Recurrentes inyecciones de Botox, regímenes implacables de adelgazamiento, cirugías estéticas y un rampante apego al alcohol y las drogas fueron dejando rastro en su apariencia y en su estado de salud. Las doce colecciones que llegó a montar al año, entre las de Dior y las de su propia marca, comenzaban a ser, para esa última época, un buen recuerdo de su brillantez.

Antes del último incidente en el bar La Perle, en el exacto momento en que la industria de la moda atravesaba el violento vértigo que antecede a una nueva semana de presentaciones, sus colaboradores comentaban que prácticamente no lo habían visto aparecer por los talleres.

Mientras tanto, en Le Marais, durante el mismo periodo, la galería Convergences empezó a recibir a un visitante ilustre. Su propietaria, la restauradora y marchante de arte Valérie Grais, acogió a Galliano al menos cinco veces en el lapso de un mes. “Venía a distintas horas del día y siempre estaba solo, y siempre, también, se le notaba que había bebido o que había tomado alguna droga, porque olía a alcohol y sus ojos parecían encendidos, pero nunca dejó de ser gentil y de mostrar una vivaz curiosidad. Tenía la mirada franca y hablaba calmadamente, era como que buscaba contacto, pero a la vez mantenía su justa distancia”. Galliano llegaba fatigado e inmediatamente se acomodaba en una silla. Luego, observaba las obras en silencio y demostraba tímidas reacciones de entusiasmo ante imágenes que parecían agradarle. Valérie lo observaba y se daba cuenta de que una sensibilidad superlativa operaba en su interior en lo que ella cree era una “búsqueda de inspiración para su arte”, y al mismo tiempo le impresionaba el agotamiento que se le notaba en el rostro. Para ella, Galliano no es como tantos coleccionistas que compran obras por el prestigio simbólico de las firmas. “Él —dice— tiene una verdadera mirada artística que lo que busca es conmoverse con las expresiones del arte”. En cada visita Galliano le compró una obra, regateo de por medio, y pagó entre setecientos y seis mil euros por cuadros de distintos tamaños y épocas, entre ellos uno del pintor judío Gabriel Zendel.

La historia se repite, aunque por un periodo más amplio de tiempo, en la galería de fotos David Guiraud. Durante los últimos meses, Galliano se había hecho asiduo del lugar, y sus búsquedas, según Guiraud, estaban conducidas por la misma facultad inasible que todos a su alrededor reconocen como su nirvana y su fatalidad, y que nadie puede expresar de otra manera que como una “profunda sensibilidad de artista”. “Galliano ha trabajado mucho con fotógrafos —comenta Guiraud— y por eso era alguien extremadamente sensible a la imagen y poseía una cultura fotográfica muy grande, más importante de la que podríamos imaginar, pero a priori no estaba interesado por nada en particular, sino que venía a observar las imágenes para, eventualmente, lograr una suerte de inspiración”. Aquí, las escenas se duplican en espejo: Galliano fatigado, levemente ebrio y con la mirada en una taciturna lejanía; Galliano fascinado con los retratos que le hizo Bert Stern a Marilyn Monroe; Galliano hechizado ante las imágenes homoeróticas de Wilhelm von Gloeden que recrean las efigies más espléndidas del antiguo mundo griego; Galliano con una urgencia indescriptible por comprar obras de arte.

Poco antes de que fuera despedido de Dior, el modisto visitó por última vez la galería y le hizo a Guiraud dos pedidos: que le permitiera conocer su colección privada de fotos y que le trajera de Nueva York, a donde el galerista tenía planeado viajar, una fotografía de Herb Ritts, el fotógrafo estadounidense conocido por plantear con la simplicidad gráfica de sus imágenes un desafío a las nociones convencionales sobre género y raza. Guiraud no pudo cumplir con ninguno, porque para el 4 de marzo Galliano había desaparecido de París.

El periplo de Galliano por la galaxia de la moda fue el de una supernova, el astro que cuando explota ilumina el espacio con un brillo superior. Su recorrido profesional ha sido detalladamente documentado por Collin MacDowell, periodista inglés considerado uno de los más importantes fashion commentators del mundo, en el libro Galliano (Assouline, 1997), cuyas primeras líneas advierten que no se trata de una biografía, sino de un documento que propone el estudio de una obra en curso y el repaso de los momentos fuertes de una carrera. Una biografía completa, señala, deberá escribirse cuando haya corrido más agua bajo el puente.

Como hito iniciático, todas las brújulas apuntan al evento de graduación de Galliano en el Central Saint Martins College of Art & Design. Era 1984 y el novel diseñador presentaba como proyecto final una colección inspirada en la Revolución Francesa, que llevó por título Les Incroyables. Las chaquetas y los chalecos usados al revés, los vestidos y los pantalones de apariencia harapienta, las espadas, las medallas, los lentes de aumento trizados usados como accesorios y las cintas con los colores del arcoiris cosidas en el interior de los abrigos demostraban el ánimo provocador de sus prendas, concebidas en un momento en que la deconstrucción todavía no era parte de la moda vernácula. Esto, balanceado finamente con el espíritu y la estética del acontecimiento histórico, empezaron a definir un concepto y un estilo sin precedentes. El éxito de esa colección le significó que Joan Burstein la adquiriera, completa, para exhibirla en las vitrinas de su afamada tienda, Brown’s, de Londres. En adelante, Burstein sería considerada el hada madrina que dio a Galliano el primer impulso y que lo alentó a salir de Inglaterra para conquistar las grandes casas de moda francesas. Actualmente, a la luz de lo acontecido con el diseñador, no deja de mencionarse el origen judío de Burstein y las paradojas o respuestas que ese detalle podría contener. Se apunta también el dato no comprobado de que los antepasados del mismo Galliano tendrían la sangre de los judíos sefardíes.

Ya como profesional, Galliano emprendió la creación de su propia firma apoyándose en otros diseñadores y recibiendo el aporte financiero de varios benefactores que le ayudaron a sostener el negocio de manera intermitente. Memorable es la colección de 1985 titulada Afghanistan Repudiates Western Ideals, que asocia técnicas tradicionales de sastres europeos con diseños y textiles orientales. Luego vendría una etapa de declive financiero, debido a que sus colecciones demandaban presupuestos suntuosos que no siempre alcanzó a capitalizar, hasta que llegó la bancarrota y con ella el deseo de salir a buscar nueva suerte en otro destino. No obstante, durante los mejores momentos de aquella época, llegó a ser reconocido como Diseñador Británico del Año en 1987 y 1994, y en 1997 compartió el galardón con otro modisto genial que en los últimos meses ha vuelto a ser recordado por compartir con Galliano algunas coronas y otras tantas espinas: Alexander McQueen, que en 1996 lo sucedió en la dirección artística de Givenchy y en marzo de 2010, a los cuarenta años, se ahorcó en su casa. Los informes posteriores aseguraron que cargaba una profunda depresión debido a la muerte de su madre. Su suicidio ocurrió días antes de que empezara la Semana de la Moda en Londres.

En 1990, Galliano se instaló en París, donde recibió el apoyo de Anna Wintour, la editora jefe de la edición estadounidense de la revista Vogue, y de André Leon Talley, el corresponsal en Europa de Vanity Fair, quienes lo presentaron a las socialités de la moda y a emprendedores financieros que, de a poco, lo ayudaron a ganar terreno y reconocimiento. Todavía sin firmar para ninguna casa de alta costura, en 1993 logró montar un desfile, modesto para los alcances habituales de la gran industria, en el que se presentaron apenas diecisiete conjuntos confeccionados con tela negra, pero que tuvieron como protagonistas a las entonces relucientes Kate Moss, Christy Turlington y Naomi Campbell, que desfilaron gratis para él como muestra de admiración a su genio y de una amistad que empezaba a solidificarse.

En 1996, luego de un año a la cabeza de Givenchy, ante el escepticismo de medios especializados y de firmas colegas, Galliano fue contratado como director artístico de la casa Dior. El suceso pasó a sumarse a los grandes momentos de la historia de la moda y a imbricarse con el que, según McDowell, es el más importante de todos los tiempos. El 12 de febrero de 1947, a las 10:30 de la mañana, en París empezaban los rumores sobre un nuevo escándalo. Christian Dior, “el hombre de temperamento moderado, tímido y sensible”, con el respaldo del magnate textil Marcel Boussac, había creado una casa de alta costura y lanzado lo que luego fue definido por una periodista especializada como el new look, ese ensamble flamante de elegancia atildada y extravagancia teatral que hacía que todo lo demás, de pronto, pareciera demodé. Los hombros estrechos, la “cintura de avispa”, las caderas redondeadas y las faldas anchas en forma de corola que dejaban las piernas descubiertas, aparecieron para inquietar las aguas de la moda que se habían quedado congeladas desde hacía siete años, cuando había empezado la Segunda Guerra Mundial. Al cabo de tres temporadas, costureros y modistos de todo el mundo comenzaron a copiar el estilo, y las mujeres que en un principio veían ridícula la nueva ola, comenzaron a sentir el deseo de agradar y el agrado por provocar deseo vestidas de Dior. Para McDowell, un momento similar jamás habría de repetirse.

Al cabo de diez años al mando de su empresa, y cuando ésta ya se había convertido en una transnacional que empleaba a más de dos mil trabajadores, Christian Dior murió de un ataque cardiaco cuando atravesaba por un periodo crítico en el que debía suministrarse inyecciones tanto para despertarse como para dormir. Su sucesor inmediato, de acuerdo a su propia voluntad, fue un joven de veintiún años llamado Yves Saint Laurent, quien al cumplir con éxito su tercer año a la cabeza de la casa tuvo que renunciar forzosamente para enlistarse en el servicio militar francés, en plena guerra de la independencia de Argelia. Las temporadas posteriores a esta época son para Dior las de una estabilidad honorable, pero difícil de asimilar luego de haber vivido la gloria. Los diseñadores Marc Bohan y Gianfranco Ferrè, que sucesivamente estuvieron a cargo de la dirección creativa de la casa hasta 1996, lograron mantener una imagen de respetabilidad pero con los brillos atenuados, y eso, a Bernard Arnault, el magnate que en 1987 había formado el conglomerado LVMH del que Dior —su marca favorita— era la cabeza, empezaba a incomodarle.

En 1997 debía celebrarse el aniversario cincuenta de la casa Dior. Para impactar al mundo con la potencia de aquella mañana de 1947 era necesario un artífice con genio. Entonces John Galliano saltó a la cancha, y no sólo impresionó, sino que marcó una nueva ruta. El New York Times reseñó el evento señalando desde su título que Galliano había sido el más destacado de los couturiers debutantes que ese año presentaban sus primeros desfiles para casas de moda reputadas (entre ellos, Alexander McQueen para Givenchy), y tras alabar “los detalles étnicos y la sutil mezcla de culturas globales (por ahí un batik de Indonesia, por allá una falda china con la tela volteada, más allá los tonos azul polvoriento y marrón arcilla de la África negra)”, anticipó que Dior empezaría a recibir la atención que Galliano iba a generarle y para la cual había sido contratado y, más, aseguró que Dior volvería a vender a gran escala sus colecciones. Además de las prendas de alta costura y de las prêt-à-porter, el subidón en las ventas de bolsos y calzado, perfumería y cosmética que la casa experimentó durante la gran etapa Galliano confirmarían el vaticinio.

Tras el buen arranque, y siempre acompañado de Steven Robinson, Galliano se sumergió en las bodegas del edificio de la empresa para embeberse de las claves que en bocetos y esquemas habían trazado Dior, Saint Laurent y Bohan. Después de semanas de analizar muestras de distintos materiales, texturas, colores y cortes, y de estudiar con minuciosidad Les signes de reconnaissance, una suerte de libro blanco con todos los mandamientos técnicos y artísticos de la casa, Galliano asimiló la “esencia del estilo y el espíritu de la tradición”, como menciona en su libro McDowell. De ahí en más se encargaría de consolidar sus búsquedas e intereses, su propia mirada de autor.

En el savoir faire de Galliano se cuentan varias marcas personales, pero la que primero aparece es la reinvención del corte de textiles en biais, original de los años treinta, que al trazar diagonalmente el sentido del tramado de la tela, cuando se hace con la perfección que él logró, le otorga a la prenda el volumen y la ergonomía de la feminidad sensual que proyectaban sus piezas. Su concepción al respecto era clara: “Mi rol es el de seducir y mi objetivo es muy simple: que cuando un hombre vea a una mujer vistiendo uno de mis vestidos se diga a sí mismo ‘tengo que tirármela'”.

Su universo narrativo apuntaba a la configuración de relatos mágicos. Galliano no buscó sólo crear piezas bonitas lanzadas al vacío, sino hilvanarlas en historias que provocaran preguntas y que constituyeran ellas mismas vertientes de interpretación. La concepción demandaba trabajo de campo. Por eso, como cuenta Steven Robinson en el libro de McDowell, durante algún tiempo viajaron hasta ocho veces al año al Londres de su juventud para “alimentar el espíritu”, lo cual significó servirse por igual de la calle, de las discotecas, de las bibliotecas y de los mercados de pulgas para apuntar las ideas que luego pondrían en escena.

Cuando se recorre su orbe conceptual, los caminos se disparan y pueden tomar matices tanto de la pintura impresionista como de la estética de los tatuajes egipcios, de los atuendos circenses o del punk. Su curiosidad y su capacidad de sorpresa no encontraron límites, y en consecuencia no se mantuvieron exentas de polémica. En 2000, Galliano presentó una colección inspirada en los llamados clochards, los vagabundos de París. Asociaciones que trabajan en favor de los ciudadanos sin domicilio fijo (SDF) lo acusaron de explotar su condición, pero él declaró que lo que quiso fue rendir un homenaje romántico al “ingenio que despliegan los más desfavorecidos para vestirse”. A raíz de aquello y por medio de su provocadora apuesta se empezó a hablar de un nuevo subgénero en la galaxia de la moda: el porno chic. Pero si a su vasto cosmos hubiera que definirlo, habría que hablar de multiculturalidad e historia. Las diversas culturas y los momentos claves de la historia del mundo han sido, en la obra de Galliano, leitmotiv y musas.

Caroline Lioger trabajó como diseñadora en los talleres de la marca Galliano y reconoce en él su perpetua capacidad de sorpresa. “Mientras muchos diseñadores creen haberlo visto todo o no se mueven de sus estudios, él siempre fue capaz de ver lo novedoso en cualquier lugar, en la gente, en los fenómenos sociales y sobre todo en las diferentes culturas. Por eso hizo tantos viajes de investigación. No para quedarse en hoteles de cinco estrellas, sino para empaparse de lo que las distintas personas podían enseñarle y para experimentar directamente las diferentes formas de vida. Eso significa tener una inmensa curiosidad y una profunda apertura de espíritu”. Como corroborando esta apreciación, el hombre de origen asiático que puso la denuncia en contra del modisto la noche del último incidente en La Perle, identificado como Phillipe, después de unos días declaró haber investigado sobre la vida y la obra del diseñador y haberse convencido de que es imposible que alguien que celebra las diversidades de tal forma sea antisemita o racista, pero que es posible que esté enfermo. No pudo retirar la denuncia, pero expresó su deseo de que no lo destruyeran.

John Galliano fue bautizado como Juan Carlos Antonio Galliano-Guillén. Nació en Gibraltar el 28 de noviembre de 1960, y cuando tenía seis años su familia se mudó a un suburbio de Londres habitado por africanos, asiáticos e indios. Es hijo de un plomero gibraltareño y de una española aficionada a la costura y al flamenco que siempre lo mandó a la escuela con la ropa pulcra y almidonada. No era un alumno ejemplar, pero se distinguía de sus compañeros por su talento para el dibujo. En una ocasión, una maestra le preguntó qué quería expresar cuando dibujaba, y él respondió que las cosas que recordaba de sus sueños. Años más tarde, una periodista le preguntó si al haber sido contratado por Dior había cumplido con sus anhelos, y él respondió que sí, porque en sus sueños se imaginaba creando belleza y aventura para que este mundo fuera menos gris y aburrido. \\

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