Una vuelta al Tercer Mundo: La ruta salvaje de la globalización.

Para su más reciente libro, el cronista chileno Juan Pablo Meneses decidió darle una vuelta al llamado Tercer Mundo. El primer capítulo de “Una vuelta al Tercer Mundo” (Debate) cuenta cómo el poder político latinoamericano llegó hasta el Vaticano, de la mano del papa Francisco y de varios presidentes de la región.

Por Juan Pablo Meneses / Ilustración Diego Huacuja T.

1
Annuntio vobis gaudium magnum. Habemus Papam: Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Georgium Marium, Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Bergoglio, qui sibi nomen imposuit Franciscum.

2
El centro de la ciudad de Buenos Aires está tapizado con carteles que llevan la foto del nuevo Papa y la leyenda: Francisco I. ARGENTINO Y PERONISTA.

Las portadas de los periódicos y revistas muestran la imagen del último jefe mundial de los católicos. Los peatones aún no salen del asombro de hace pocos días, cuando luego de la fumata blanca se anunció en vivo y directo para todo el planeta que el nuevo pontífice era de aquí, de Argentina; el primer latinoamericano, el primer tercermundista en liderar la iglesia de Pedro.

En los días posteriores al nombramiento todo ha girado en torno al nuevo Papa. Un vendedor callejero me ofrece banderas del Vaticano. Me como un bife de chorizo jugoso y con ensalada mixta, mientras en el televisor de la parrillada pasan un especial sobre la vida del nuevo santo padre. Me cruzo con dos unidades móviles de televisión que transmiten desde las afueras de la catedral. La barman de un local de moda me dice que está reorgullosa. Una exnovia me comenta, en tono de broma, lo grosso que son los argentinos. Un amigo ateo vaticina alarmado que esto recién comienza y que de atrás vendrá una ola de conservadurismo eclesiástico para todo el país. Veo a personas comprar velas santificadas con los colores celeste y blanco. Un taxista peruano me pregunta si quiero ir a conocer la zona donde vivía Jorge Mario Bergoglio hasta hace pocos días, mientras en la radio de su Renault se escucha a un comentarista explicando por qué este nombramiento es un gran triunfo la- tinoamericano. Un seminarista me cuenta cómo se están preparando para seguir desde aquí, desde el barrio del Papa, su entronización. Una bailarina dominicana me asegura que en el cabaret todo ha sido fiesta. Durante el desayuno en el hotel veo a turistas brasileños aguantando las bromas de los argentinos que mezclan fútbol y religión, y nosotros tenemos a Maradona y a Messi y ahora al Papa y ustedes a Pelé, que debutó con un pibe.

El Primer Mundo está obligado a mirar a nuestros países, o van a desaparecer, escribe un columnista especialista en temas del Vaticano. Los futbolistas de San Lorenzo, el equipo del que Bergoglio es hincha, dan entrevistas a los corresponsales de los medios italianos. Los programas de farándula explican paso a paso cómo será la ceremonia de asunción. Aumenta la cantidad de gente que va a misa y cae en Buenos Aires una lluvia de enviados especiales. En el barrio de Flores, donde nació y se crió el Papa latinoamericano, hay bolsones de inmigrantes bolivianos, asiáticos y paraguayos. Francisco solía hacer misas en la iglesia San José de Flores, una construcción sostenida por gruesas columnas en la entrada y que en la cúpula, debajo de la cruz, tiene un reloj imponente que le da la hora al barrio.

—No lo podemos creer. Todavía no podemos creer que el nuevo Papa sea de acá. Que sea uno de nosotros, me dan ganas de llorar —y la mujer se emociona, casi llora, se tapa la boca con su mano vieja y pecosa y con artritis, y los ojos se le humedecen de emoción.

Gabriel, el párroco de la iglesia San José, dice que Bergoglio siempre venía a hacer aquí, a esta iglesia, a su barrio, la misa de Semana Santa, pero que ya no, que ahora la hará en el Vaticano, en Roma, en directo para todo el mundo, pero le pondrá su sello, porque él siempre fue muy austero, él sabe lo que son los pobres, él vivió con los pobres, él era muy sencillo, muy pobre en términos materiales, y eso será su sello, tengo esa ilusión, que el mundo entero va a entender mejor a los pobres con este Papa, con Francisco, que cambiará la visión, ¿me entendés?, que será otra cosa; lo mismo lo de los zapatos, por tradición tenía que usar unos zapatos rojos carísimos, pero él decidió que asumirá su papado con sus zapatos negros de siempre, con los que tenía aquí, con los que caminaba estas calles pobres.

Los jefes de Estado del Primer Mundo reaccionaron con alegría diplomática frente a la vaticana noticia. Los presidentes latinoamericanos no ocultaron su entusiasmo, adornando sus redactados mensajes con palabras del calibre de alegría, reconocimiento, triunfo, esperanza, esperanzador y esperanzados.

Hasta ese momento todavía no sospechaba que esa historia, la de estar en Buenos Aires los días posteriores al nombramiento, la de vivir toda esa fiebre porteña del Papa «argentino y peronista», me llevaría, un par de días más tarde, hasta el Vaticano para presenciar en vivo la ceremonia de entronización del papa Francisco. Y que en esos días romanos del Papa latinoamericano estaría con las presidentas de Argentina y de Brasil, y los presidentes de México y de Chile.

La historia comenzó a cambiar en Buenos Aires, cuando me llegó un correo electrónico con un extraño remitente: presidencia de Chile. Estaba invitado a formar parte de la comitiva de periodistas que viajaría a Roma, en el avión presidencial, junto al presidente Sebastián Piñera, para asistir a la ceremonia de entronización de Francisco. Se agregaba la hora y el lugar donde debía presentarme: en el aeropuerto de Santiago, mañana temprano.

Las horas que siguen son una carrera. Me voy a Roma, pero antes me voy a Santiago, pero antes debo adelantar mi billete de regreso a Chile, pero antes debo cancelar mi hotel en Buenos Aires, las dos noches que me quedan en la ciudad del nuevo Papa.

Suspendo y suspendo planes. Tacho programas sin asco, sin compasión, como un asesino serial de baja intensidad. El correo de la presidencia de Chile cambió la historia. Hablo por teléfono con muchos call centers. Aviso a mis amigos porteños que no podré verlos, me olvido de los encargos, como a la rápida, me voy al aeropuerto de Ezeiza; fumo antes de entrar en la terminal, embarco y me subo al avión a Santiago mirando mensajes en el teléfono; ya tengo la cabeza puesta en Europa, en pocas horas estaré en el viejo continente, recorriendo las calles del Primer Mundo; para allá voy, me abrocho el cinturón de seguridad, miro a la chica que va sentada a mi lado, hablo con la chica que va sentada a mi lado. Ella me detiene. Su historia me frena en seco.

Me freno y la escucho.

Ojo: viene de Europa, escapando de Europa, dejando la crisis en su piso de Madrid para poder trabajar en Latinoamérica. No da más.

Se llama Mónica, habla con un tono afónico, tiene menos de treinta años, nariz grande, pelo negro y corto, ojos miel, dientes moderadamente torcidos, una pulsera de cuero, una mochila verde agua de la que asoma una Lonely Planet de Chile y un cuello hinchable desinflado.

Compró el billete Madrid-Santiago, con escala en Buenos Aires, porque era más barato. Viaja con dos españoles. Ellos están sentados más atrás. Vienen a buscar trabajo. El mayor, el dentista, tiene un amigo de la universidad que está probando suerte en México y su cuñada lleva seis meses en Ecuador. El otro, el más joven, es periodista y, según cuenta Mónica, se aburrió de buscar oportunidades en España, que la crisis es más grave de lo que parece, que la solución no llegará en la próxima década, y que está entusiasmada con una oferta que recibió por internet desde Chile.

Mónica es diseñadora y lleva más de un año sin trabajo, es que en España no hay empleo, que la corrupción, que ustedes no se crean lo del fin de la crisis, que joder, que la crisis es más profunda y estaremos en crisis aunque no haya crisis y qué fuerte lo del Papa argentino y que te vas para allá, yo estaba en un bar de Madrid, un poco borracha, bebiendo con unas amigas que me hacían una despedida, cuando anunciaron que el nuevo Papa es argentino, hostia, joder, muy fuerte.

Me da un par de recomendaciones para Roma, pero a los pocos minutos ya vuelve a la crisis, a su crisis, crisis, crisis, crisis, crisis, crisis, crisis, crisis, crisis, crisis, crisis de esto y crisis de lo otro y crisis total y crisis por falta de trabajo, a que es así, que esto es más grave de lo que parece y que hay que definirlo, yo lo defino… ¿Sabes cómo lo defino?, ¿sabes cómo se podría explicar qué le pasó a España?, ¿sabes cómo veo todo lo que está pasando en los países que fuimos pobres, muy pobres de Europa, y después fuimos ricos, muy ricos? ¿Sabes lo que está pasando en España? ¿Sabes lo que se viene para Europa? ¿Sabes cómo lo defino? ¿Sabes cómo?

—¿Cómo lo defines?
—Una vuelta al Tercer Mundo.

4
El avión presidencial despega sin ceremonias. El piloto anuncia que haremos vuelo directo a Roma, y un par de suboficiales de la Fuerza Área explican las normas del viaje y qué hacer en caso de emergencia. El avión es un Boeing 767-300ER. En la parte delantera está el despacho, una cama de dos plazas y un escritorio, del presidente de Chile. Luego, en clase business, los invitados, entre ellos un ministro, un senador, el cardenal arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, el jefe de los jesuitas chilenos, y los respectivos secretarios. Más atrás, siempre de la punta a la cola de la aeronave, están los guardias del presidente y el equipo de comunicaciones; más atrás, los asientos de la prensa acreditada y al final la tripulación de la Fuerza Área.

La mayoría de los periodistas se conocen bien. Son una suerte de guardia de palacio con micrófono, que se pasa todos los días en La Moneda cubriendo al mandatario y que lo acompañan en los viajes. Entre ellos se hacen bromas en clave, juegan a dejar claro quiénes son los que tienen más tiempo, más grado, y están llenos de códigos. Aquí adentro son todos oficialistas, aun quienes trabajan en medios de oposición.

No llevamos una hora de vuelo cuando aparecen Sebastián Piñera y su mujer, Cecilia Morel. Preguntan si estamos cómodos, y nos felicitan porque estaremos en un momento histórico, un momento para no olvidar, un Papa latinoamericano, un Papa que dirá che, ¿qué hacés, che?, ¿cómo andás, che?, me entusiasma mucho como presidente conocer a un Papa que va a tomar mate.

—¡Ah!, y llevamos varios curitas, de todo tipo, para que se confiesen todos —agrega Piñera.
Risas de los periodistas.
—En el colegio nosotras elegíamos confesarnos con el más sordo —dice la primera dama.
Risas de los periodistas.

Los cuatro o cinco periodistas que más viajan con el presidente lo rodean rápido, y lo bombardean con preguntas que más bien le dan pie al mandatario para que haga una broma. A veces todo parece un sketch.
—Presidente, hicimos las bandejas con doble ración de comida para que los periodistas no reclamen —dice un oficial de la Fuerza Aérea de Chile al presidente.

Risas del presidente. Risas de los periodistas.
 Piñera lleva una camisa blanca, y del bolsillo sobresale un bic de color rojo, un bic de color negro y una regla pequeña. Dice que, además de saludar al Papa, aprovechará para tener reuniones con Cristina Fernández, la presidenta de Argentina, Enrique Peña Nieto, el presidente de México, y para saludar a Dilma Rousseff.

Y luego de explicar el itinerario, y de soltar nuevas bromas, se pone serio.
Alguien le nombra a Bachelet. Hace pocos días la expresidenta de Chile ha anunciado que volverá a postularse a la presidencia. Y que también estará en Roma, saludando a Francisco:
—Presidente, ¿usted también va a volver a presentarse a la presidencia? —pregunta una de los reporteras.

Piñera se queda en silencio unos segundos. Rompe la seriedad con una sonrisa traviesa y dice:
—Saben, yo nunca voy a volver. Porque nunca me voy a ir. Risas de los periodistas.
El presidente de Chile cambia de tema. Con un tono de profesor nos da una lección práctica:
—Ustedes tienen que dormir la última parte del viaje. Si llegamos a Roma a las cuatro de la madrugada, entonces duérmanse cuando sean las nueve de la noche de Italia. Así van a evitar el jet lag.

El presidente se despide con bromas, cuenta que está viendo Escobar, el patrón del mal, la serie que cuenta la vida de Pablo Escobar, el capo de la mafia colombiano, que está de moda en el país. El ring-
tone de su teléfono es la voz de Escobar. Hace que los periodistas la escuchen.

Risas de los periodistas.

Se da la vuelta y se va seguido por su personal de prensa. Al rato aparece el ministro secretario general de la Presidencia y el senador Carlos Larraín. Todos, con una amabilidad que no se suele ver en los noticieros, hacen bromas y chistes con los periodistas.

La cena, pastas o pollo, se puede acompañar con vino tinto chileno. Después de eso, el personal de la Fuerza Área saca una caja con películas y equipos personales para ver DVD, pero los periodistas que van en el avión ya las han visto casi todas. Un par de ellos leen, otros escuchan música, y hay dos o tres grupos de conversación. El cansancio que traigo de Buenos Aires comienza a pasarme la cuenta, y no es extraño que me quede dormido. La mayoría ya está durmiendo, y sus caras aprovechan para descansar de tanta risa.

Alcanzamos a dormir un rato cuando de pronto unos gritos y un alboroto desarman el sueño. Abro los ojos sin muchas ganas. Al levantar la cabeza veo al presidente despertando uno a uno a los que van durmiendo.
—¡Les dije que duerman en las últimas horas! ¡Despierten!, despierten, arriba, arriba —va gritando Piñera, como un jefe al que le gusta tener el control sobre todo, mientras recorre el pasillo zamarreando a los periodistas para que no se duerman.

Un par de camarógrafos balbucean algo que parece un insulto y siguen durmiendo. Dos chicas de la televisión hacen un chiste al mandatario. Saco mi libreta y anoto que el presidente de Chile ha venido a despertarnos, desde el dormitorio oficial, para que no tengamos jet lag. La libreta tiene tapas gruesas, de color gris, hojas blancas y anillado negro. Y luego a volver a dormir.

Piñera aparece otra vez, cuando queda menos de una hora para aterrizar, con preguntas para los periodistas:
—Buenos días, niños. ¿Descansaron? ¿Durmieron bien? ¿Pudo dormir usted? ¿Y usted todavía se casa? ¿Y usted no se casa? ¿Por qué? ¿Qué pasa?

5
¡Maradooona! ¡Maradooona! ¡Maradooona!

Así gritaban un par de niños, en medio de la plaza, a un hombre igual al Diego. Y ahí estaba él, sonriendo, vestido con la camiseta de la selección argentina, el número 10 en la espalda y el pelo crespo como el de la leyenda. No fue el único que llegó con camiseta de fútbol, pero era el que más se notaba, el único que algunos italianos vitoreaban.

—Estoy feliz con este Papa. Yo lo conocí en persona, en Buenos Aires —me dice el Maradona de la plaza de San Pedro. Su nombre verdadero: Querubín Pelayo. Nació hace treinta y dos años en Santander, Colombia, y hace dos vive en Roma como seminarista scalabriniano.

Querubín está vestido como Maradona, y además se parece al Diego, y se mueve como el Diego en su época de jugador. Querubín hace todo esto —el disfraz, los gestos y los saludos a la gente que lo felicita en medio de la plaza de San Pedro— como un homenaje al nuevo Papa. Eso dice, mientras posa para una foto. Y luego cuenta cómo lo conoció. Fue hace tres años, en la Villa 21 de Buenos Aires. Ahí trabajaba él con la gente de la iglesia, de su iglesia, y a veces llegaba a visitarlos el entonces obispo Bergoglio. Mucha pobreza. Mucha droga. Mucha miseria. Mucha delincuencia. Pero también, agrega, mucho trabajo comunitario, mucha catequesis, mucho por hacer.

—Era muy sencillo. Llegaba caminando, y siempre nos animaba en la fe. Estoy muy feliz, como latinoamericano, que sea nuestro Papa. Cuando él hable de la pobreza, sabrá de qué está hablando. Yo doy fe —dice Querubín antes de sacarse otra foto con unos chicos que bromean con el Diego.

¡Maradooona! ¡Maradooona! ¡Maradooona! ¡Maradooona!

Todo esto sucedió en espera del Ángelus, del primer Ángelus del primer Papa latinoamericano. Por eso, cuando Francisco asomó por el balcón, la plaza de San Pedro explotó como un estadio de futbol. Estaban delegaciones religiosas y de turistas de todas partes del mundo; sin embargo, el entusiasmo y los gritos eufóricos de los latinoamericanos acallaron rápidamente a los del resto. Faltaron los bombos, pero no mucho más. Como si de pronto, y por primera vez, se le quisiera decir al Vaticano que ahora el Tercer Mundo juega de local.

Después del rezo del Ángelus, Francisco habló. Pidió misericordia y dijo que Dios nunca termina de perdonar. Aunque lo que arrancó más aplausos fue una anécdota, de Buenos Aires, cuando conversaba con su abuela. Las banderas latinoamericanas se volvieron a levantar.

Mariana León es de Recreo, en Viña del Mar, y llegó a la plaza con sus hijos Ítalo, Lucca y Renzo.
—Esto es maravilloso. Nos tocó de suerte, porque andábamos de vacaciones. Mañana volvemos a Chile, es un recuerdo imborrable para toda la familia —dijo la madre, antes de posar para la foto con sus hijos.

La entronización. La ceremonia más oficial, diplomática, a la que asistirán presidentes de varios países, es la de mañana. Y ahí comenzará oficialmente su pontificado.
—Ya era hora de un latinoamericano. Acá en Roma están todos contentos. Les gustó de inmediato, porque es un Papa que dice poco, pero bueno.

Un grupo de españoles, con la bandera de España, celebra al nuevo Papa con entusiasmo. Dos del grupo ya estaban viviendo en Roma y los otros tres han ve-
nido especialmente en un viaje motivado por la crisis. Y al rato todos, los que vinieron especialmente y los que estaban aquí, comentan que esperan que la crisis, la crisis, la crisis, la crisis pase pronto, aunque no parece que vaya a terminar incluso después de que pase la crisis, crisis. Crisis.

Más allá, un grupo de venezolanas, de Maracaibo, gritan viva el Papa. Y viva Venezuela. Y viva Argentina. Y se acerca un grupo de mexicanos, vestidos de mariachis y gritan viva la Virgen de Guadalupe. Y viva Jalisco. Y unos peruanos, de Arequipa, que están abrazados a una bandera de Perú, gritan viva Perú. Y viva Francisco. Y de pronto, entre todos, gritan Argentina, Argentina, Argentina.

Alguien grita viva Dios. Y busco al Maradona de la plaza de San Pedro, pero parece que ya se ha ido.

6
Crisis. cRisis. crIsis. criSis. crisIs. crisiS. crisis. Crisis. cRisis. crIsis. criSis. crisIs. crisiS. Crisis. cRisis. crIsis. criSis. crisIs. crisiS. crisis. Crisis. cRisis. crIsis. criSis. crisIs. crisiS. CRISIS. Crisis. cRisis. crIsis. criSis. crisIs. crisiS. crisis. Crisis. cRisis. crIsis. criSis. crisIs. crisiS. crisis.

7
Los periodistas italianos se ponen a protestar al mismo tiempo:
¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!

Hace más de dos horas que debió comenzar la conferencia de prensa de Cristina Fernández, la presidenta de Argentina, del país del Papa, pero ella no aparece.

Estamos en un salón del hotel Edén, un cinco estrellas en la via Ludovisi, en el área de la via Veneto. El personal de la embajada argentina ofrece café, té, galletas, y un periodista llegado de Buenos Aires, del canal Telefé, dice que el problema de esta conferencia es que la armó la embajada, y una conferencia no la puede armar una embajada, que no tienen idea de armar una conferencia de prensa, y en ese momento, otra vez, los guardias que están en la calle y los que están dentro se hacen señas como si Cristina viniera, y vienen los empujones y los córranse por las cámaras, salí de ahí hijo de puta, no entra más gente, qué pasa, no viene, otra falsa alarma, otro café, y los periodistas italianos vuelven a protestar, y los argentinos reclaman por la organización, y dentro del salón estamos todos apretados, esperando a Cristina, que viene de estar con Francisco, de almorzar con él en el Vaticano, un día antes de que Bergoglio asuma como Papa.

—Parece que ahí viene —dice Mónica Gutiérrez, una periodista famosa en Argentina, en comunicación directa con Buenos Aires, pero esta vez, como tantas otras, tampoco viene.

¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!

—Estos tanos creen que estamos en misa. Protestan como en misa —dice un fotógrafo cordobés.

También hay periodistas japoneses, alemanes, mexicanos, españoles, esperando a la presidenta del país del Papa. Un italiano grita ¡estamos en directo! Y más empujones.

Y de pronto, luego de varias escaramuzas, entra Cristina en el salón. Ahí está, vestida de negro, los párpados pintados de negro y en contraste un blanquísimo collar de perlas. Se le ve risueña, pese a las dos horas de atraso. Los empujones no se detienen. A su lado hay dos guardias, y la escenografía es una bandera argentina y una pequeña mesa, de mantel celeste, sobre la cual un asistente pone un termo.

Ella comienza saludando a todos y todas.
—Les agradezco la presencia de tantísimos periodistas, de tantísimos medios italianos, internacionales y argentinos. Les pido disculpas, también, si los hice demorar mucho y se pusieron nerviosos, sé de la urgencia de la noticia.

Cristina dice que viene de estar con nuestro Papa, y aclara que no dice «nuestro» porque sea argentino, sino porque es el Papa de todos los que somos católicos. Se detiene un momento, para que haga su labor la traductora, aunque rápidamente se muestra incómoda con las interrupciones de la intérprete al italiano.

Cuenta que recibió muchos regalos de Francisco, y que ella también le hizo algunos. Y los enumera:
—Un termo, una yerbera, una azucarera, y un mate con su respectiva bombilla, para que siga tomando siempre mate —y muestra un mate, frente a los fotógrafos, similar al que le regaló al Papa, agregando que fue hecho por trabajadores cooperativistas argentinos.

Añade que le regaló un poncho de vicuña, hecho en la provincia de Catamarca, para que se abrigue del frío romano, del frío europeo, durante el invierno.

Cristina Fernández cuenta que notó que el nuevo Papa asumió sereno, tranquilo y seguro. Y que entre sus principales preocupaciones está la unidad en Latinoamérica para lograr la patria grande de San Martín y Bolívar. Y que le pidió al nuevo pontífice que interceda por la soberanía de Argentina sobre Malvinas.

En la tarde noche, en el mismo hotel Edén, pero en otro salón, Cristina recibió a puertas cerradas al presidente de Chile, Sebastián Piñera.
—Se juntan porque no tienen ninguna otra actividad oficial, y deben llenar la agenda con algo —comentó entre dientes uno de los periodistas de la delegación, esos que siempre ríen. Esta vez estaba muy serio.

A esa misma hora llegaba Enrique Peña Nieto, el presidente de México, que saludó rápido y pasó muy peinado y con muchos guardias de seguridad, que le sacaban una cabeza de altura, sin levantar la vista.
—Quiere la foto con el Papa. Para eso vino —dice un periodista del D.F. que llegó con la delegación mexicana.

Todos los presidentes latinoamericanos han venido por lo mismo: una foto con Francisco.

Es probable que los treinta y un jefes de Estado y las más de doscientas delegaciones que han llegado a saludar al primer Papa del Tercer Mundo también hayan venido por la foto.

Todos los que estamos aquí, esperamos lo mismo. Aunque, para ser justos con el colega mexicano, a los que más se les notaban esas ganas era a Peña Nieto y a Piñera.

8
Son las cinco de la madrugada en Roma. Aún es de noche, y por las calles ya se ven grupos con banderas, bufandas, carteles con la foto del nuevo Papa. Todos van caminando hacia la plaza de San Pedro.
—Queremos verlo en vivo en su primer día —dice Marta Flores, una monja de México que viene con un grupo de estudiantes de Querétaro.

En la entrada de la plaza de San Pedro hay controles que separan a los periodistas, a los invitados y a los asistentes que llegan sin invitación.

Los periodistas acreditados somos más de seis mil. La mayoría ya está en sus lugares cuando sale el sol pasadas las seis de la mañana.

Las cámaras de televisión ya están instaladas en el Brazo de Carlomagno, un techo sobre la plaza desde donde se ve la ceremonia. A las 8:50 el Papa sale de la Casa Santa Marta en un papamóvil sin vidrios blindados. Cuando aparece el todoterreno blanco, la plaza estalla en aplausos. Las fotos se multiplican. Los camarógrafos del Primer y Tercer Mundo se empujan por un mejor ángulo.

Perón, el padre del «peronismo», el general Juan Domingo Perón, el expresidente argentino, intentó instalar la idea de la «Tercera Posición». Según él, los abusos del capitalismo son la causa y el comunismo el efecto. Buena parte de su primer mandato tuvo un fuerte acento en esa idea, en plantear desde Argentina una alternativa real contra el orden mundial. Y pese a que hubo acciones concretas y en distintos países latinoamericanos para darle cuerpo a la idea, de aquel intento de un planteamiento tercerposicionista, apenas quedó una frase que algunos militantes repiten hasta hoy: «Ni yanquis, ni marxistas. Peronistas». Ernesto Guevara, el Comandante, otro argentino, también jugó su propia cruzada internacionalista en la unión de los países menos desarrollados. Hoy, de aquella apuesta, el resultado más concreto es que por todo el mundo hay esparcidas camisetas con la cara del Che.

Al igual que Perón y el Che, el tipo que ahora se asoma por la plaza San Pedro vestido de blanco y moviendo su mano derecha también es argentino.

Ahí entra el nuevo Papa. El Papa argentino. El Papa latinoamericano. El hijo de Mario José Bergoglio, empleado ferroviario, y de Regina María Sívori, dueña de casa. El pibe de Flores, que estudió en una escuela pública. El técnico eléctrico, que sabe soldar. El seminarista jesuita. El cura que estudió en Santiago de Chile, que vivía en Buenos Aires hasta hace una semana, el que algunos ven como un buen cambio de humildad y sencillez para la curia. Viene saludando desde el papamóvil sin vidrios blindados. Saluda a los hinchas argentinos, que tienen la mayoría de las banderas en la plaza. Saluda a los invitados, a los seminaristas que se emocionan mientras le sacan fotos con sus teléfonos celulares. Saluda durante la vuelta que da a la plaza, antes de entrar a la basílica.

La señal internacional muestra una ceremonia privada en la que se celebran los ritos del comienzo del pontificado. Francisco ingresa a la basílica de San Pedro, donde visita la tumba del primer Papa del catolicismo. Luego recibe el anillo del Pescador por parte de Angelo Sodano, decano de los cardenales.

El papa Francisco se sienta en el sillón y comienza la misa del inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma, nombre oficial de la ceremonia que nos tiene a todos mirando fijamente al mismo punto.

A la entrada de la basílica, a la izquierda, están los arzobispos y obispos, que son unos doscientos cincuenta. También están las delegaciones de otras iglesias cristianas. A la derecha, las delegaciones de los distintos países. El presidente Sebastián Piñera está en primera fila, junto a su mujer, en el mismo banco que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Al frente de ellos, Cristina Fernández, y un poco más allá Enrique Peña Nieto, de México.

—Esto es muy emotivo, estamos esperando que el Papa argentino cambie muchas cosas —comenta un periodista español casado con una argentina. Es uno de los pocos que más tarde toma la comunión cuando un sacerdote sube a la zona de prensa con un cuenco lleno de hostias.

Durante la ceremonia, el Papa pide abrir los brazos para proteger a los débiles y a los pobres:
—Seamos custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente. No dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro.

Una parte importante de los habitantes del Tercer Mundo son católicos y otra buena parte es musulmana. Es posible que si existiera un pensamiento global tercermundista, la vocería de los pobres ya no la harían las religiones. Eso, siempre y cuando existiera un pensamiento global tercermundista.

Al finalizar la ceremonia, Francisco saluda a todos los jefes de las delegaciones oficiales. Todos los presidentes, especialmente los de México y Chile, lo saludan con afecto, le toman el brazo, y sonríen mientras los flashes destellan rebotando en el techo de la basílica de San Pedro.

Francisco camina entre los invitados, con esos zapatos negros, simples, modestos que se trajo de Buenos Aires. Unos zapatos pobres. Es probable que, en algún momento después de los saludos, le pregunte a algún asistente cómo salió todo, cómo estuvo la ceremonia y cómo estuvo él. Seguramente, rezará algo antes de que termine el día. Por ahora no tiene pensado viajar a Buenos Aires, la ciudad que en este momento está empapelada con carteles que dicen Francisco I. Argentino y peronista, donde se celebran misas en iglesias repletas de público como estadios de futbol y las portadas de los periódicos y revistas muestran la imagen del nuevo jefe mundial de los católicos y en la calle ofrecen banderas del vaticano por diez pesos y las unidades móviles de televisión transmiten desde las afueras de la catedral. Los vendedores de carteles ya colocaron el del nuevo pontífice junto a los de otros argentinos emblemáticos, como Evita, Gardel, Maradona, Perón y el Che Guevara.

Ha sido un día largo para Francisco, que esta noche llamará por teléfono a Argentina, hablará con su hermana en Buenos Aires y con el párroco de la iglesia de su barrio. Conversarán cosas domésticas, aprovechará para mandar un recado al vendedor de diarios que lo atendía todos los días y dará un par de instrucciones. Antes de dormir su primera noche como jefe mundial de la Iglesia, se quitará los zapatos modestos y pensará en lo que viene.

Habemus Papam.

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