Archivo Gatopardo

La gente piensa que el obispo no es católico

Raúl Vera López, el obispo de Saltillo, canta mambos, celebra misa con
prostitutas, denuncia santos falsos, acoge a la comunidad homosexual y
piensa que la salvación en el Cielo no es posible sin la liberación en
la Tierra.

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotografía Ana Lorezana
El obispo de Saltillo es muy odiado y muy amado al mismo tiempo.

El obispo de Saltillo es muy odiado y muy amado al mismo tiempo.

El obispo de Saltillo es muy odiado y muy amado al mismo tiempo.

El obispo de Saltillo es muy odiado y muy amado al mismo tiempo.

Bergen, Noruega. Raúl Vera López se enfunda el hábito de dominico y se peina el delgado cabello blanco para tomarse una fotografía con defensores de derechos humanos de todo el mundo, entre ellos una premio Nobel de la Paz. Mientras tanto cuenta un chiste. Y luego otro. Y otro. Los de curas son su especialidad: curas borrachos, curas que desobedecen el celibato, y luego vienen los de presidentes de México. El miércoles 3 de noviembre es un día excepcional en Bergen, Noruega, la ciudad más lluviosa de Europa, porque el sol calienta el patio de la Escuela de Economía de Noruega, donde se reúnen para una fotografía grupal hombres y mujeres que han sobrevivido a condenas de muerte, que han pasado años o décadas en la cárcel o exiliados, que fueron torturados y perseguidos por pertenecer a minorías étnicas, religiosas o sexuales. Raúl Vera, obispo de Saltillo, se acomoda el solideo mientras cuenta el último chiste, ahora en inglés, para que le entienda un noruego que se acerca a pedirle que no se ría ni haga reír a los demás mientras les toman la fotografía, o de lo contrario su imagen saldrá borrosa.

El obispo de Saltillo, Raúl Vera López, recibió en 2010 el premio de la Fundación Rafto para los Derechos Humanos, uno de los más importantes del mundo —cuatro laureados de Rafto obtuvieron después el Nobel de la Paz—, cuando el comité de selección valoró el número de batallas en las que estaba involucrado: la defensa de los transmigrantes centroamericanos, los mineros de carbón, los homosexuales, los indígenas, las trabajadoras sexuales, los familiares de desaparecidos de la guerra contra el narcotráfico, los deudos de la mina de Pasta de Conchos, donde sesenta y cinco mineros murieron sepultados; los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas, despedidos en masa de una empresa paraestatal en octubre de 2009… A Raúl Vera no lo han torturado o exiliado, pero ya tomó precauciones: en su muñeca izquierda porta una pulsera de acero con su nombre, sus datos de contacto, su tipo de sangre, su alergia a los antibióticos: “Para el día que me disparen sepan quién soy”, me dice. La misma pulsera la lleva su compañera de batallas, Jackie Campbell, quien sí tuvo que salir de México tras casi tres años acosada por los paramilitares, las incursiones a su departamento, donde le cortaban los cables del teléfono sin tocar sus pertenencias, y los robos temporales de su vehículo.

Entre los premiados Rafto, Raúl Vera López goza de fama de trasnochador y fiestero. Y bien ganada: el obispo de Saltillo se siente tan cómodo en el bullicio de una cantina como en el silencio de su reclinatorio, y tan a gusto celebrando misa con prostitutas en Viernes Santo como discutiendo dogmas de fe con teólogos del mundo. Siempre está conversando —ya sea con alguien más o consigo mismo—, y por eso tarda eternidades en las pequeñas tareas de la vida cotidiana, como vestirse o estacionar el coche. Pero esa torpeza con el volante se compensa con el dominio de sus gadgets. Chico Mac —como lo define Campbell—, carga con laptop, iPhone, iPad y BlackBerry y si acaso no hay Wi-Fi sabrá cómo compartir la red de internet desde su teléfono. Y es tan celoso de su dosis diaria de oración que a menudo se disculpa en medio de una sobremesa, sube a la capilla del segundo piso de su casa y celebra la misa en soledad.

Sencillo en las necesidades de su vida diaria, Vera López duerme en una camita igual a la de sus tiempos de novicio y vive en una casa de amueblado rústico en cuya sala cuelga un cuadro que le regalaron indígenas de Chiapas cuando dejó la diócesis de San Cristóbal, con decenas de pequeñas manos y la leyenda: “Jtatik, no existe lejanía”. Maneja un Honda Accord blanco después de que el anterior coche de la diócesis, un Pontiac de modelo viejo, se perdiera completamente en una volcadura cuando el conductor esquivó un tráiler y Vera López saliera ileso. Deportista en su juventud, aunque impedido de correr tras una fractura mal cuidada en la pierna izquierda, dedica unos cincuenta minutos diario a caminar, tiempo en el que prepara mentalmente su sermón del día.

La primera semana de noviembre de 2011, la Fundación Rafto —nombrada en honor a Thorolf Rafto, economista noruego y promotor de la democracia en Europa del Este, que fue torturado por la policía soviética en Praga— cumplió su veinticinco aniversario y una decena de sus veinticinco premiados acudieron a celebrarlo. No todos pudieron venir: el vietnamita Thích Quàng ô vive bajo arresto domiciliario; José Ramos-Horta es el presidente de Timor Oriental, por mencionar dos destinos divergentes. Seguí al obispo Raúl Vera hasta esta ciudad de la costa occidental de Noruega y atestigüé algunos rasgos de la personalidad del obispo de los que ya me habían platicado sus amigos y colaboradores.

La noche del sábado 5, unas jóvenes voluntarias de la fundación lo llevan a tomar una cerveza al bar Biskopen, y cuando le dicen que el nombre del bar significa “obispo”, Vera López canta el merengue puertorriqueño: “Mamita, llegó el obispo, llegó el obispo de Roma, / si tú lo vieras, mamita, qué cosa linda, qué cosa mona”, y da algunos pasos de baile a las puertas del local frente a unas sorprendidas y emocionadas voluntarias. Unas horas antes, sin embargo, se apasiona, manotea, levanta la voz cuando le pido que me explique, una vez más, la teología de Santo Tomás de Aquino y que me cuente la vida de Domingo de Guzmán, Vicente Ferrer y Catalina de Siena, tres santos de su congregación.

Su rasgo de carácter es el apasionamiento. Pareciera indignado cuando su tez blanca —fue pelirrojo y pecoso antes de encanecer— se torna rosada, aumenta la potencia de su voz y agita el índice de la mano derecha. En las reuniones con obreros despedidos, campesinos despojados, transmigrantes extorsionados, homosexuales perseguidos y esposas de hombres desaparecidos, es un diapasón que vibra al ritmo de las denuncias que oye. Pero de inmediato la indignación abre paso a una calidez de abuelo: con las dos manos estrecha la cara de las mujeres y después les planta un beso por mejilla: “Raúl Vera trata a la gente que acaba de conocer como si fuera su amigo de toda la vida”, me dice una colaboradora de la Rafto.

Al igual que los sacerdotes y obispos que fueron teólogos de la Liberación en la décadas de los setenta y ochenta del siglo XX, Raúl Vera López emplea un lenguaje marxista, como cuando explica la realidad con términos como “valor de uso” y “valor de cambio”. Le pregunto si, por tanto, se definiría marxista él mismo: “Marx se cerró a la trascendencia y a Dios —me dice—, pero en lo económico sí le atina”.

Lo observo en Bergen, Noruega, durante el almuerzo en la Escuela de Economía el jueves 3 de noviembre. Conversa con Trivimi Velliste, político estonio que recibió el galardón en 1988 por su participación en la “Revolución Cantada” de ese país. Velliste se lanza contra el socialismo, Lenin, Trotski y Stalin. Entre ellos tres sólo crearon un imperio que oprimió tanto a sus conacionales como a los de países vecinos. Célebre por su vehemencia como predicador, el rostro de Vera López refleja la frustración de quien debe argumentar en una lengua que no domina (en un simposio dice “pedazos de queso” en lugar de “piezas de ajedrez”, cheese por chess). Pausado, defiende el principio de compartir la riqueza y le recuerda a Velliste que el imperialismo estadounidense de nuestros días igual oprime y empobrece a los vecinos. Al término de la charla con el político estonio, el obispo me cuenta que su tío, Salvador Méndez Vera, perteneció como anestesista al equipo médico que trató de salvar la vida a Trotski en 1940.

Es un hombre de buena estrella, como dice su correligionario Miguel Concha. Fue el primer fraile dominico mexicano en ser elevado a obispo en casi dos siglos, y a la temprana edad de cuarenta y dos años. Tuvo la rara suerte de ser ordenado sacerdote y luego obispo por dos pontífices, Pablo VI el 29 de junio de 1975, y Juan Pablo II el 6 de enero de 1988, respectivamente. “Dos papas me ordenaron y me he desordenado solo”, dice.

Raúl Vera cuenta su propia vida como una sucesión de pérdidas personales y cambios de mentalidad que lo llevaron de la autosuficiencia intelectual de teólogo boloñés a terminar, según se define, como un pastor entre los excluidos. Primero le bajaron los humos los habitantes de San Pedro Nexapa, una comunidad a sesenta kilómetros al oriente de la ciudad de México, donde se desempeñó como maestro de novicios al terminar sus estudios sacerdotales en Italia. Ahí, Raúl Vera predicaba un evangelio que sólo conocía en la teoría, mientras los campesinos lo vivían todos los días partiendo el pan con sus vecinos: “Me cuestioné muy seriamente quién estaba enseñando a quién”, recuerda. Al ser enviado a Chiapas tuvo que enfrentar una pérdida más: despojarse de las estructuras culturales que le impedían sintonizarse con las comunidades indígenas, quienes le enseñaron que el culto a Dios no se limita a las misas, sino que se le rinde con el comportamiento digno en la vida cotidiana. “Todas estas pérdidas me han bajado del aire, de las nubes en las que me movía cómodamente”.

Esta historia, la de sus pérdidas personales, Raúl Vera López la compartió con los ministerios lésbico-gays de Estados Unidos, a donde les fue a dar una plática el 24 de septiembre de 2008. “Me han ayudado mucho estas pérdidas personales, pues por encima de conservar una buena fama está mi decisión de acompañar la vida de quien es maltratado en la sociedad. Éste es el sentido profundo de la compasión: caminar con quien padece”. Al lado de otros defensores de derechos humanos que han recibido el premio Rafto, el miércoles 2 de noviembre pasado, Raúl Vera López hizo una flor de loto de papel y la soltó en el estanque de la ciudad. En ella escribió: “El camino a la paz es la justicia”.

Temblor de luna llena
El ingeniero Carlos Vera López había retomado las lecciones de inglés tras la insistencia de su esposa Lourdes. Ella le había dicho que se encargaría de despertarlo, hacerle el desayuno y llevar a la escuela a su hijo Rodrigo, de nueve años, para que él pudiera salir de la casa temprano, asistir a clases y después correr a la compañía de artículos de baño, donde trabajaba. La mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 el terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter lo hizo regresar de prisa a las calles de Edison y Serapio Rendón, en la céntrica colonia San Rafael de la ciudad de México, donde sólo encontró los escombros de su edificio.

Esa mañana, el fraile Raúl Vera López pensaba ir al templo de Santo Domingo, en el Centro Histórico. Alarmado por la intensidad del sismo, llamó a su hermano Carlos, pero las líneas telefónicas estaban muertas. Ante la falta de transporte público, caminó los 13 kilómetros desde la Parroquia Universitaria, en el sur de la ciudad, hasta la colonia San Rafael.

—¿Y Lourdes? —le preguntó Raúl a Carlos en cuanto llegó y lo vio.
—Ahí está —respondió Carlos señalando la montaña de piedras.
—¡Pues consigue ayuda a ver si podemos sacarla!

Su hermano Carlos y su cuñada Lourdes fue a la primera pareja a la que Raúl Vera había casado como sacerdote. Lourdes debió resignarse a aplazar su luna de miel hasta que su cuñado Raúl recibiera la ordenación sacerdotal y pudiera celebrar su matrimonio. Carlos (5 de mayo de 1944) era un año mayor que Raúl (21 de junio de 1945), pero los papeles de hermano mayor y menor se habían invertido desde la infancia. Carlos pasaba meses convaleciendo en casa porque las enfermedades comunes lo ponían al borde de la muerte: era el niño frágil, tímido y seco; Raúl, el robusto, cariñoso y simpático. Pronto coincidieron en el mismo año en la escuela de monjas josefinas a la que acudieron hasta tercero de primaria, cuando a su padre ya no le alcanzó el dinero para las colegiaturas.

Acámbaro, un pequeño pueblo de Guanajuato, un estado al centro del país, se desarrollaba gracias a la estación de tren. José Vera había renunciado a su oficio de maestro de educación básica para emplearse en la compañía ferroviaria como almacenista. Los líderes sindicales de la región le ofrecieron el puesto de oficial mayor en la sección sindical regional debido a sus conocimientos de contabilidad, mecanografía y taquigrafía. Además de su empleo en el sindicato, al que entraba a la una de la tarde, colectaba miel en un apiario y por las mañanas estudiaba inglés por correspondencia por si acaso el desempleo lo obligaba a alcanzar a sus primos braseros en Estados Unidos.

A la casa de los Vera López no le faltó lo esencial, pero tampoco la habitaron los lujos. Las paredes de adobe poco a poco se fueron mudando por ladrillos. Se cocinaba con el carbón que se transportaba a lomo de mula y que se almacenaba en un cuartito ennegrecido. El matrimonio creció con la llegada de Irma, Pilar, los gemelos Guillermo y Octavio —bebés prematuros que murieron a los pocos días—, Carlos, Raúl, Elvira y Magdalena.

La madre, Elvira López Sierra, había llegado a profesora de primaria y era una lectora voraz. En casa siempre había un periódico nacional y la revista Jueves de Excélsior. Elvira leía cuanto papel impreso se aparecía en casa, ya fuera la prensa sindical, los libros de texto de sus hijos, y los manuales de etimologías grecolatinas de su esposo, y con un radio de onda corta, escuchaba las noticias en español que se transmitían en otras partes del planeta, que acababa de salir de la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Habitantes de un pueblo de arraigado catolicismo, Elvira López Sierra soportaba las habladurías de sus vecinas, a quienes les irritaba que las niñas de la familia vistieran pantalones y anduvieran en bicicleta como si fueran muchachos. También las escandalizó que se fueran solas a estudiar apenas se cerraron sus horizontes en Acámbaro. Los varones de la familia crecieron entre campesinos, a quienes ayudaban a cortar maíz o recolectar cacahuates y con quienes se organizaban para subir cerros e ir a pescar al río Lerma. En las ligas del barrio, el zurdo Raúl jugaba de delantero tirado a la izquierda.

José Vera tenía dos hermanos en la Orden de Frailes Menores: Enrique y Emilio, que se cambiaron los nombres por fray Raúl y fray Víctor cuando se enlistaron de religiosos franciscanos. El tío Raúl Vera gozaba de una fama de excelente predicador, y los párrocos de la zona lo requerían para animar a sus comunidades. En su honor, al segundo varón de la familia lo bautizaron José Raúl Vera López. José Vera y Elvira López nunca faltaron a la misa del domingo. Cada tanto, la familia iba de excursión a los balnearios de la zona, que quedaban a dos horas de camino a pie —no tenían automóvil—, y en esas ocasiones se levantaban temprano para acudir a las seis de la mañana a la Iglesia de la Virgen de la Soledad. El pequeño niño Raúl estaba al pendiente de los ejercicios espirituales y se aprendía los cantos en latín. Sin embargo, fueron precisamente los tíos franciscanos los que sugirieron a la familia que no le hicieran caso cuando decía que quería ser sacerdote: recomendaron no meterlo al seminario y esperar a que lo decidiera de adulto. Con el tiempo, los seis hijos del matrimonio Vera López emigraron de Acámbaro para acceder a la educación superior.

Carlos Vera López siguió la vida que Raúl había imaginado para sí mismo: obtener un empleo como ingeniero químico, casarse y formar un hogar. Pero esa vida se la arrancó el sismo de 1985. La misma noche del 19 de septiembre recuperaron los restos de su esposa Lourdes. Siguieron en busca de Rodrigo. Carlos y Raúl se alternaban las noches en vela en las labores de rescate para reclamar el cuerpo del niño en caso de que apareciera, o de lo contrario su cadáver hubiera sido destinado a la fosa común. Los rescatistas demoraron una semana en encontrar al niño.

“Fue de noche cuando rescataron a mi hijo. Los hornos crematorios estaban saturados y un amigo me hizo favor de traer una camioneta y lo llevamos al panteón de San Lorenzo. Rodrigo estaba boca abajo. Traía una playerita que le gustaba mucho, del ET. Yo quería verle la carita, pero Raúl me dijo:

“—No, no le veas la carita, imagínatelo jugando, riendo, estudiando, como él era. Ahorita déjalo, no lo despiertes, está dormidito.
“—¿Sabes, Raúl?, quiero renunciar a mi trabajo e irme de ‘mojado’ a Estados Unidos —le dije.
“—Estoy de acuerdo en cómo te debes de sentir, pero planéalo, no vayas a crear otro problema, no te dejes guiar por impulsos. Si nosotros (los religiosos), que escogimos por nuestra decisión y por nuestro albedrío este ministerio, tenemos momentos de soledad muy terribles, ya me imagino para ti. Tú vas a pasar por ellos, vas a tener problemas, pero yo voy a pedir por tu sensatez, por que madures —me consoló Raúl y rezó por el niño.
“Lo metí en su caja y vámonos. A las once de la noche lo estábamos sepultando. Lo único bonito ese día era la luna llena”, recuerda Carlos.

1968
Si ha habido en la historia un momento ideal para ser joven, estudiante y universitario, ése fue 1968. Las cafeterías de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) hervían de entusiasmo y la politización alcanzaba a los alumnos más celosos de sus estudios, como el muchacho pelirrojo y flacucho llamado Raúl Vera López, estudiante de la Facultad de Química, que siempre andaba con los bolsillos vacíos pero con la memoria repleta de chistes.

En la universidad había de todo: marxistas-leninistas, anarquistas, maoístas, trotskistas, guevaristas, priistas y hasta grupos de choque de ultraderecha. Las búsquedas eran múltiples y las discusiones interminables. Ahí el Güero Raúl Vera templó su fe y su capacidad de argumentación escuchando los discursos de sus amigos comunistas y explicándoles religión y fe. Su mejor amiga era una filocomunista de nombre Graciela Martínez, quien le daba la bienvenida a las marchas del movimiento estudiantil con una expresión entre sorprendida e irónica: “¡Tú… tan católico!”.

Los hermanos Carlos y Raúl Vera López llegaron a la ciudad de México en 1963 en busca de instrucción universitaria. Después de la preparatoria pública, Acámbaro ya no tenía nada más que ofrecerles. Su hermana Irma Vera López, la mayor de la familia, había tomado su propio camino a la Universidad de Guanajuato, donde estudió para química farmacobióloga. Sus padres se habían propuesto darle una carrera profesional a cada uno de sus seis hijos, pero no podían sostener a los dos varones en la universidad. Para su fortuna, algunos de sus amigos de Acámbaro habían encontrado una manera de estudiar y vivir en la ciudad de México: acogerse a la hospitalidad del Pentathlón Universitario, una organización filantrópica semimilitarizada que proveía alojamiento y comida a estudiantes sin recursos económicos, a cambio de que se concentraran en sus estudios y se sujetaran a una disciplina deportiva y militar.

Ubicado en Sadi Carnot 70, en el céntrico barrio de San Rafael de la ciudad de México, los Vera López pagaron su cuota de “novatadas” cuando llegaron, de diecinueve y dieciocho años, a la escuela: los hicieron pasar por un arco formado por los brazos de sus compañeros, donde recibieron el latigazo de las fajillas y las falanges, y los arrojaron de madrugada al agua helada de las piletas. Se pasaba lista a las cinco de la mañana y se servía un desayuno de frijoles, pan y café. Además de las carreras, la formación de pirámides humanas y los saltos en tumbling, se jugaba futbol y se repasaban las formaciones marciales, porque el Pentathlón aportaba un contingente al desfile militar del 16 de septiembre, día de la Independencia de México. La disciplina incluía caminatas del barrio de San Ángel al cerro del Ajusco, en las afueras de la ciudad de México. Las luces se apagaban a las diez de la noche y había que comprarse una lamparita para estudiar a deshoras. Los Vera López compartieron dormitorios de dieciocho camas con jóvenes de diversas partes del país que estudiaban en la UNAM, en el Instituto Politécnico Nacional y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas.

En la Facultad de Química, por las mañanas se impartían las clases teóricas y por las tardes se realizaban prácticas en los laboratorios. Los viernes, diez minutos antes de las ocho de la noche, se apresuraban a cerrar las gavetas y a guardar los materiales para alcanzar el concierto de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, que costaba sólo un peso para estudiantes. Y por más técnica que pudiera ser la carrera de Ingeniería Química, se enseñaba con una perspectiva nacionalista y de izquierda. Raúl Vera recuerda a dos profesores, Jorge Noé Martínez Pepín y Alberto Urbina del Raso, además de su asesor de tesis, Germán Gleason, quienes insistían en la dimensión ética de la ingeniería y su responsabilidad frente a la sociedad y el país. El Güero dedicó su último año en la UNAM, el de 1968, a su tesis: la construcción de una curva de inundación en una torre empacada.

Pero donde Raúl Vera López encontró un espacio de discusión social, política y religiosa fue en la Parroquia Universitaria, que no consistía —o consiste, porque sobrevive hasta nuestros días— sólo de un templo en la calle de Odontología 35, justo contra el muro de la UNAM, sino que se extendía al Centro Universitario Cultural (CUC): un edificio con aulas, capilla, comedor, cine, oficinas y dormitorios para frailes. Desde el CUC, la Orden de Predicadores se encargaba —se encarga aún— de la pastoral universitaria. En la Parroquia Universitaria, Raúl Vera López encontró su espacio de discusión y activismo. Ahí se debatían las encíclicas Populorum progressio de Pablo VI y Pacem in terris de Juan XXIII, hoy consideradas de avanzada. Sergio Méndez Arceo, el obispo mexicano más célebre de la Teología de la Liberación, acudía a impartir conferencias.

El joven Raúl Vera López se imaginaba casado y con un buen empleo. Pero su entorno lo fue interpelando: los amigos comunistas, el movimiento de 1968, los consejos del sacerdote Manuel Jiménez, a quien tomó como director espiritual, cuestionaron sus aspiraciones de profesionista de clase media. Vera López rechazó adherirse a una rama progresista del Partido Revolucionario Institucional (PRI), opción que le ofrecía un viejo colaborador de Lázaro Cárdenas, y tampoco siguió el camino de otros universitarios a las organizaciones marxistas. Fue en la Parroquia Universitaria donde se sintió en casa, y los dominicos advirtieron su talento: lo nombraron primero su delegado en la Facultad de Química y después lo hicieron su representante, como joven y laico, en el Consejo Pastoral de la Arquidiócesis de México.

“Los dominicos tenían una visión social amplia y discutían los fenómenos del primer y tercer mundo. Eso me fue seduciendo: que el sacerdote forma parte de una Iglesia que debe estar al servicio del mundo. Le aposté al evangelio cuando vi que con él podía transformarse el mundo, no obstante lo que sí me dio trabajo fue renunciar a mis aspiraciones de pequeño burgués”, me dijo el obispo cuando lo entrevisté en julio pasado en la ciudad de México.

El Güero se había hecho amigo de Agustín Désobry, quien le había ayudado a discernir si realmente tenía vocación de fraile. Cuando Raúl llegó con él a pedirle que lo admitiera en el convento, le respondió: “Recíbete y después hablamos”. Su examen profesional se había programado para septiembre de 1968: imposible celebrarlo entonces porque el Ejército había ocupado la universidad. Le dijeron que tenía que acudir el 2 de octubre a la oficina de servicios escolares, lo cual Raúl lamentó porque no se había perdido ni una de las marchas del movimiento. Mientras él tramitaba una nueva fecha, los tanques del Ejército ocupaban la Plaza de las Tres Culturas y los soldados abrían fuego contra los jóvenes en Tlatelolco. Ocho días después, el 10 de octubre, Vera López rendía su examen y recibía su diploma de ingeniero químico.

El 4 de noviembre de 1968 entró al Convento de Nuestra Señora de Fátima, en León, Guanajuato, a hacer el noviciado. Tras ese primer año, los dominicos trasladaron a los novicios a la ciudad de México, de regreso a la Parroquia Universitaria, a cursar el segundo semestre de Filosofía. Para entonces, el espíritu rebelde del 68 había llegado a la Iglesia católica y había creado esa peculiaridad latinoamericana llamada Teología de la Liberación, que produjo marxistas con sotana. Un grupo de sacerdotes liberacionistas, Miguel Concha entre ellos, organizó una serie de conferencias sobre la Teología de la Liberación en la Parroquia Universitaria, donde estudiaba Raúl Vera.

Miguel Concha: “Yo pienso que eso inquietó realmente a los estudiantes. Se suscitó en el estudiantado una especie de búsqueda de formas nuevas de vivir su vocación religiosa dominica. Raúl vivió eso en medio de un compromiso muy exigente de su vida espiritual”. Gonzalo Ituarte, hoy provincial de la Orden de Predicadores, coincidió en el convento con Vera López. Ituarte me relata cómo la simpatía por la Teología de la Liberación alarmó a los padres dominicos:

“A principios de los setentas, cuando llegó aquí la Teología de la Liberación, nosotros, incluyendo a Raúl, nos entusiasmamos como estudiantes con vivir la vida cristiana más comunitaria dentro del convento. Nos animó la visión de una Iglesia mucho más viva, más latinoamericana. Organizamos cuatro comunidades, que celebrábamos la misa cada grupo y teníamos una vida más amistosa y cercana, y esto no le gustó al provincial de entonces. Al principio ‘nos dio el avión’ y después puso en el avión a varios, entre ellos a Raúl. A mí me mandan a Oakland, Estados Unidos, a varios los mandan a Europa, unos a España, a otros a sus casas. Nos dispersan y tenemos diferentes historias personales. Fue un tiempo que se suspendió la formación aquí en México y poco después se volvió a abrir y ya fue más formalita, más estable”.

Sigue Ituarte, quien ahora es amigo y aliado de causas de Vera López: “A Raúl lo mandaron a Bolonia, que es un centro de estudios de la Orden de Predicadores muy clásico, un lugar muy conservador, de buena teología, pero tradicional y tomista. Cuando Raúl regresa acá, llega a la Parroquia Universitaria, pero es un hombre formado en el centro de la vida dominicana de la más tradicional, sólida; no tradicionalista ñoña, sino de la tradición fuerte, exigente, virtuosa, no reaccionaria, pero sí conservadora, tradicional. Y Raúl asimiló muy bien la formación de Bolonia”.

Tras ocho años en Bolonia, el joven “sesentayochero” que se había alistado para predicador con el sueño de transformar al mundo a través del evangelio regresaba como un teólogo tan tradicional que lo designaron maestro de novicios, con el objetivo, dice Ituarte, de que transmitiera la esencia del carisma dominicano a los futuros hermanos: “[Para esta posición] se buscan frailes que tengan muy bien integrada esa identidad, que sean muy dominicos, y éste es muy dominico y conservador; cuida de todas estas dimensiones y es muy ortodoxo y muy jerárquico en temas como el papel del papa. Tiene mucha claridad y por eso lo proponen de obispo (en 1988)”.
Había surgido así el teólogo conservador que buscaría el Vaticano en 1995 para someter al teólogo de la liberación más relevante del Episcopado Mexicano en los noventa, Samuel Ruiz García.

El inquisidor
Samuel Ruiz era un hombre de un carisma discreto, casi tímido, que se ponía la primera corbata y el primer traje que hallaba en el ropero, lo que resultaba en combinaciones más de animador de feria que de obispo; un especialista en la Biblia que predicaba en tzotzil y tzeltal, y quien había sido uno de los prelados más jóvenes del Concilio Vaticano II. Pero sobre todo era un organizador brillante y un ferviente indigenista. En 1959, cuando recibió la entonces diócesis de Chiapas, se había encontrado, en términos eclesiales, con un desierto, y treinta y cinco años después estaba en condiciones de entregar un vergel.

Ruiz García atrajo sacerdotes religiosos de México y el mundo y se dio cuenta de que los indígenas difícilmente aceptarían ministros de culto que no estuvieran casados. Por ello ordenó a trescientos cuarenta y un diáconos permanentes indígenas —todos ellos con esposa— además de que formó a unos quince mil catequistas. Cambió la lógica de la Iglesia en un estado que mantenía prácticas semiesclavistas de la Colonia, como el derecho de pernada y la venta de haciendas con todo y los indígenas que las habitaban: Ruiz García recorría la selva a caballo o en avioneta y no predicaba en las fincas de los terratenientes —como era la costumbre—, sino en las chozas de los campesinos. Ideológicamente abrazó la Teología de la Liberación —que reconcilia la fe en Dios con la teoría marxista de la enajenación— y le incorporó el elemento indigenista. Pionero en la construcción de organizaciones de derechos humanos, atrajo a intelectuales como Jan de Vos y Andrés Aubry, historiador y antropólogo, respectivamente, que se quedaron para siempre en la diócesis de San Cristóbal.

La insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que ocurrió precisamente en la zona de influencia de la diócesis de San Cristóbal, el 1 de enero de 1994, colocó al obispo de San Cristóbal de las Casas en el centro de la polémica. Después del cese al fuego que el gobierno federal concedió doce días después del levantamiento, Samuel Ruiz fue aceptado por ambas partes como intermediario para los diálogos de paz. Sus detractores, sin embargo, los finqueros de Chiapas, lo acusaron de instigar la rebelión e incluso de ser uno de sus líderes.

El Vaticano mandó a Raúl Vera, un brillante teólogo dominico —dominico, igual que muchos perseguidores de la Inquisición— para que controlara al obispo Ruiz García y, de ser posible, destruyera lo que había construido en treinta y cinco años. Se sospechaba que el obispo compraba las armas del EZLN con el dinero de la diócesis.

Obispo coadjutor, el nombramiento con el que Vera llegó a San Cristóbal, no sólo significa tener derecho a sucesión: al coadjutor se le envía como mandamás de un obispo titular que resulta incómodo e ingobernable para la Santa Sede. Las herejías doctrinarias y las desobediencias de Samuel Ruiz a Roma estaban plenamente acreditadas a los ojos del nuncio Gerónimo Prigione, que gobernó la Iglesia católica en México como un “vicepapa” entre 1978 y 1997. Samuel Ruiz se había inventado la “teología india”, una doctrina que promovía la inculturación del cristianismo en la cosmovisión indígena; se había mantenido fiel a la opción preferencial por los pobres a pesar de que el Vaticano casi había terminado con ella y, para colmo, había desobedecido la instrucción de renunciar a su cargo de obispo residente, una orden que Prigione le había traído de Roma en octubre de 1993.

Fray Raúl Vera López aparentaba ser el hombre adecuado para domeñar a Samuel Ruiz. Veinte años más joven, era un teólogo con summa cum laude por la Facultad de Teología de la Universidad de Santo Tomás, en Bolonia, famosa por su rigor escolástico-tomista y su apego a la ortodoxia de la Iglesia. Ya había probado su eficacia como gestor de conflictos: su primera experiencia episcopal se remitía a Ciudad Altamirano, a donde fue enviado en 1988 a resolver una grave división interna en el presbiterio. Entre sus tareas de sacerdote dominico se le había encomendado la inspección de seminarios en los que se sospechaba desviaciones dogmáticas y, durante ocho años, había sido el encargado de transmitir la doctrina a los jóvenes novicios que ingresaban a la Orden de Predicadores.

La noche del 13 de agosto de 1995, Raúl Vera López llegó a la ciudad de México, buscó a su hermano Carlos y le pidió que lo acompañara a ver a sus papás. “Me mandan a San Cristóbal de las Casas. Mañana aparece la noticia. Voy a ser el coadjutor de Samuel Ruiz”, le dijo a su familia. La primera de las miles de recriminaciones que habría de leer y escuchar provino de la delgada y casi inaudible voz de Carlos Vera López:

—¡Ay, hermano, espero que no vayas a acabar con la obra de don Samuel! Es una obra muy buena: está trabajando con los fregados, con los marginados.

Samuel Ruiz le ofreció a Vera López su renuncia si eran incapaces de ponerse de acuerdo en la conducción de la diócesis y le dio acceso a todos los archivos. Raúl Vera pronto reconoció la popularidad y la autoridad moral de Samuel Ruiz y le correspondió la confianza: le dijo que no tomaría una sola decisión sin consultarle. “Las facultades que me dieron las vamos a ejercer juntos, porque tú tienes autoridad moral sobre esta diócesis y yo sólo tengo poder”. Ésa fue la primera desobediencia del coadjutor a la nunciatura apostólica: la diócesis de San Cristóbal, en efecto, pasó a tener dos cabezas.

La estrategia oficial contra el zapatismo consistió en una combinación de militarización y paramilitarización. Grupos como Paz y Justicia y Los Chinchulines se abocaron a destruir el agua en la que nadaban los peces insurrectos: hostigar a las comunidades solidarias con los guerrilleros y también a las que se mantuvieron neutrales en el conflicto. Tila, un municipio priista que los zapatistas no controlaban, se había convertido en el santuario de los paramilitares.

En junio de 1996, Vera López acudió a la Parroquia del Señor de Tila, donde pasó quince días, para reunirse con catequistas y diáconos indígenas, quienes, para encontrarse con él, tuvieron que dar rodeos a pie de un día completo con el fin de evadir la zona donde serían asesinados por paramilitares. Esas dos semanas le causaron un impacto tan profundo que modificaría la vida del obispo coadjutor. “Me contemplé a mí mismo frente a su situación: yo tenía todas las garantías de la Iglesia y la seguridad de las autoridades políticas al más alto nivel, pues querían ver destruida la obra de don Samuel Ruiz, y confiaban en que yo haría eso.

“Me dije a mí mismo: ‘O me hago compañero de su camino martirial o me voy de esta diócesis, porque de otra manera no merezco ser su obispo’. Lo pensé un rato y decidí quedarme, haciéndome un perseguido como ellos. Empecé a denunciar las injusticias que padecían y la persecución de parte del gobierno contra ellos, porque los paramilitares los creaban las autoridades. Eso significó perder mi fama ante los que me valoraban desde su visión negativa de aquella diócesis y de su obispo, y también quedé expuesto a perder mi vida”, ha contado Vera López.

Y en efecto, hubo ataques. En esa misma región, en noviembre de 1997, el convoy en que viajaban los dos obispos fue atacado a tiros, y salieron ilesos, pero dos indígenas resultaron heridos de bala. El presidente Ernesto Zedillo lo llamó, con Samuel Ruiz, “teólogo de la violencia”, con lo que sepultó su papel de intermediario ante el EZLN. La Iglesia no sólo le retiró la confianza sino el derecho a suceder a Ruiz García y lo mandó al lado opuesto del país, a la desértica y conservadora diócesis de Saltillo.

Después de Tila, en efecto, Raúl Vera modificó su discurso: ya no pedía la “colaboración generosa” de los finqueros para que moderaran la explotación de los indios, como cuando había llegado a Chiapas, sino que se convirtió en un vehemente denunciante de la injusticia. El antiguo perseguidor pasó a llamar “hermano” a Samuel Ruiz García y los indígenas le concedieron el título de Jtatik, “papá” en tzotzil. El Vaticano envió entonces a otro obispo con fama de tradicional y moderado, Felipe Arizmendi, quien, con el tiempo, ha reivindicado la memoria de Ruiz García: “Gracias, Jtatik Samuel, por haber hecho conciencia de que quien no asuma la opción por los pobres no tiene lugar en esta diócesis”, dijo en las exequias del obispo Ruiz García, en enero pasado.

Saltillo
Removido el 30 de diciembre 1999 de San Cristóbal de las Casas, a Raúl Vera López lo mandaron a la frontera noreste de México, la diócesis de Saltillo, entonces la más grande de América Latina con ciento veinte mil kilómetros cuadrados. Ahí Raúl Vera López asumió una agenda a favor de los sindicatos independientes y de los trabajadores de las minas del carbón, fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Juan de Larios; hospedó dentro de la curia a una organización de homosexuales y lesbianas, la Comunidad de San Elredo, y fundó una asociación civil para la defensa de los migrantes indocumentados, Frontera con Justicia y su albergue Belén Posada del Migrante, por el que han pasado unos cincuenta mil transmigrantes indocumentados entre 2001 y 2011.

Cuatro historias ilustran el paso de Vera López por Saltillo:
Una: agosto de 2002. Su teléfono celular timbró: le informaron que la policía estaba desalojando por la fuerza a las enfermeras que se habían ido a la huelga en el Hospital Universitario en demanda de mejores condiciones laborales. El obispo de Saltillo apuró los tacos que cenaba en la calle con don Toño, un amigo que había caído esa noche de sorpresa a su casa. Fue a su casa, se puso el hábito de dominico y manejó a toda prisa al hospital. Cuando llegó, la policía ya había detenido a las enfermeras. Siguió las camionetas con las huelguistas arrestadas hasta las oficinas de la Procuraduría, en donde las encerraron. Golpeó las puertas, entró, alegó. Una abogada a la que había llamado en el camino se sumó a la discusión. Los agentes estaban desconcertados de ver a su obispo, con la ropa con la que decía misa, exigiendo la excarcelación de las trabajadoras. Los agentes del ministerio público finalmente les entregaron a las mujeres, que fueron a celebrar su liberación con una misa que presidió Vera López a las tres de la mañana.

Dos: mayo-agosto de 2005. Un muchacho coahuilense, Alberto Solís, de dieciocho años, apareció con estigmas en las manos afirmando que la Virgen María hablaba a través de su voz. De la boca de el Niño Betito, como se le conoció popularmente, brotaban hostias con sangre de Cristo, y una figura de San Charbel que poseía en su casa sudaba un aceite milagroso que, decía, curaba enfermedades. Pronto se convirtió en un espectáculo mediático y atrajo a personas que hacían fila a las puertas de su casa para rezar rosarios. Vera López sospechó de un fraude, ordenó que se suspendieran los rosarios y que sus sacerdotes lo investigaran. Entonces Betito salió de Saltillo y fue a promoverse al estado vecino de Nuevo León y su capital, Monterrey.

Betito encontró eco a sus alardes en Monterrey. La sucursal de TV Azteca de esa ciudad divulgó uno de los mensajes que la Virgen, supuestamente, hacía llegar a través de su vidente: que se aparecería en el Cerro de Arteaga el 2 de agosto de ese año. Por casualidad, la aparición se daría en una zona cercana a un terreno de retiros de los legionarios de Cristo, la orden religiosa ultraconservadora y millonaria que fundara Marcial Maciel.

De acuerdo con un reportaje de Arturo Rodríguez García, reportero de la revista Proceso, empresarios afines a Betito pagaron cuatrocientos mil dólares por el terreno donde se aparecería la Virgen y promovieron por medio de TV Azteca la venta de lugares VIP a mil dólares por persona. Raúl Vera se propuso desenmascarar el fraude y se involucró personalmente en la investigación. Consultó con un tatuador profesional, quien le dio un curso exprés sobre los tatuajes que ocasionaran estigmas como los del vidente. Vera López localizó el local en donde Betito había solicitado que le tatuaran los estigmas. Los tatuadores se negaron a marcarlo porque Betito era todavía menor de edad cuando acudió, pero le dijeron que la técnica más adecuada para lo que estaba buscando se llamaba branding. Raúl Vera López amonestó a Betito y desmintió públicamente sus supuestos milagros. La aparición de la Virgen terminó en chasco. Pero Raúl Vera pagó también un precio por ello: durante años se le cerraron las puertas para celebrar misas en Monterrey —que se considera un enclave religioso de los legionarios de Cristo—, a pesar de que la diócesis de Saltillo se ubica dentro de la provincia eclesiástica de esa ciudad.

Tres: 19 de febrero de 2006. Sesenta y cinco mineros quedaron sepultados tras una explosión en la mina Pasta de Conchos, del municipio de San Juan de Sabinas. Ese municipio, dentro de la zona carbonífera de Coahuila, formaba parte de la diócesis de Saltillo hasta 2003, cuando el Vaticano la dividió y formó la diócesis de Piedras Negras. La compañía propietaria de la mina, Grupo México, y el gobierno federal argumentaron que era imposible rescatar los cuerpos.

La Iglesia católica mostró sus dos rostros. El obispo de Piedras Negras, Alonso Garza Treviño, afirmaba que las condiciones laborales de la mina Pasta de Conchos eran muy seguras y exhortaba a los deudos a la resignación, la reconciliación y el perdón. Vera López, por su parte, denunciaba la cultura laboral de la muerte en la industria carbonífera, y promovió que un equipo de abogados y activistas, agrupados en el Equipo Nacional de Pastoral Laboral, interpusiera cuarenta y tres procesos legales a favor de los familiares de los mineros desaparecidos. La teóloga Cristina Auerbach, integrante de ese equipo, documentó negligencias y apuntó a posibles responsables. Una parte de su investigación la retomó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en la recomendación 26/2006, en la que resolvió que se había violado el derecho a la vida y la integridad de los mineros. Auerbach pagaría el costo: la asaltaron y golpearon a las puertas de su casa, en agosto de 2007. No le robaron un peso, pero se llevaron su computadora portátil y sus memorias USB. La volvieron a atacar tres veces más.

Cuatro: 11 de julio de 2006. Soldados del Ejército mexicano violaron tumultuariamente a catorce trabajadoras sexuales de los bares Pérsico Dancing y Las Playas Cabaret, en la zona de tolerancia de Castaños, dentro del territorio de la diócesis de Saltillo. El obispo Vera López y Jackie Campbell, entonces portavoz del obispado, acudieron a Castaños en cuanto se enteraron de la violación. El obispo y su vocera emprendieron su propia investigación, ella dentro de los bares, preguntando a sexoservidoras y empleados, y el religioso afuera, indagando entre policías y testigos. Tres militares recibieron sentencias de entre veintiuno y cuarenta y cinco años de prisión, y la CNDH denunció el caso en la recomendación 37/2007. Al recordar la historia, Campbell me cuenta una anécdota singular. El obispo llevó a dos de las víctimas a comer a un convento de monjas dominicas de clausura. Para una de ellas era la primera vez que probaba bocado desde el abuso de los uniformados. Relajada, pidió una cerveza, que Vera López fue a comprar a la tienda más cercana. Las monjas estaban escandalizadas de que sexoservidoras ingresaran al convento; por su parte, las trabajadoras sexuales estaban escandalizadas de conocer a mujeres que se habían retirado de cualquier ejercicio de la sexualidad.

Por sus lances en Saltillo, Raúl Vera ha pagado costos. A su llegada a la diócesis lo recibieron pintas anónimas: “Comandante Vera, el EZLN te saluda”. Cuando fue a Castaños a documentar las violaciones sexuales, se publicó en columnas periodísticas que se había ido de table dance. Tras su apoyo a las uniones civiles de homosexuales, se le tachó a él mismo de homosexual. En televisión se le ha exhibido en los bares bebiendo cerveza, a veces con llamas sobrepuestas como si ardiera en el infierno. La descalificación más reciente fue con unas mantas que aparecieron en la catedral en junio de este año con la leyenda: “Queremos un obispo católico”.

Jackie Campbell
Para escándalo de las buenas conciencias de Saltillo, la persona más cercana a Raúl Vera López es una mujer joven, laica, guapa, soltera y feminista. Vera López la nombró en 2004 portavoz y encargada de la pastoral de comunicación de la diócesis de Saltillo, el primer nombramiento de ese tipo en México para una mujer sin votos religiosos. Pronto le cayó el escarnio de la prensa local. En columnas periodísticas se le llamó “la obispa” y se insinuó una relación sentimental con Vera López.

A fines de la década de los noventa, Jackie Campbell pasaba dos o tres meses al año en la comunidad indígena de Polhó, en el municipio de Chenalhó, en Chiapas. Al igual que cientos de jóvenes, a Campbell la atrajo la rebelión zapatista y la pastoral indígena de Samuel Ruiz García. Cuando la presión de los paramilitares se agudizaba en Polhó, Campbell se instalaba en San Cristóbal de las Casas y ofrecía su tiempo a la curia diocesana, donde ayudaba en la oficina de comunicación. El día que la conoció, Vera López la confundió con alguna de las italianas que pululaban en Chiapas y, al saludarla, se soltó a contarle chistes en esa lengua. A los ojos de Campbell, el hombre de cabello blanco no era gracioso en absoluto, sino el enviado del Vaticano que iba a fastidiar el trabajo de Samuel Ruiz.

En 2001, ya instalado en Saltillo, a Raúl Vera le llegó la noticia de que aquella joven estaba desempleada y la mandó llamar. En 2004 la hizo jefa de prensa y ya para entonces Campbell era su compañera en la batalla de los derechos humanos. Con ella fue a Castaños a documentar las violaciones sexuales de militares contra las prostitutas de ese municipio. Por medio de sus contactos adquirió los conocimientos en tatuajes para desenmascarar el fraude del Niño Betito. Campbell lo acompañó en decenas de actos de solidaridad con grupos que denunciaban abusos. Y sobre ella recayó el hostigamiento: seguimientos de paramilitares, incursiones a su casa, cables de teléfono cortados, empleadas domésticas acosadas.

Jackie Campbell acompañó a Raúl Vera López a la celebración del veinticinco aniversario de la Fundación Rafto. La miro desenvolverse: su carácter extrovertido fascina a los nórdicos, acostumbrados a la distancia y las formalidades. Con su inglés fluido establece contactos con activistas de todo el mundo, bromea, reparte souvenirs mexicanos, pacta próximos encuentros, intercambia correos, convoca a firmar cartas de apoyo, propicia fotografías simbólicas, invita “cheves” a africanos y europeos. Y lo disfruta tanto como Vera López.

Campbell tuvo que salir de México en 2009 presionada por un acoso soterrado pero eficaz. En la Universidad Nacional de la Plata, en Argentina, estudió una maestría en derechos humanos, y su aprendizaje teórico se reflejó también en el discurso del obispo: “Después de que tomamos la materia de feminismo, los discursos de don Raúl se volvieron gender-sensitive“, me cuenta una compañera de maestría y amiga de Campbell. Raúl Vera López empezó a hablar no sólo de seres humanos sino de “seres humanas” y acentuó su militancia a favor de los homosexuales y de las mujeres encarceladas por practicarse abortos (el obispo está en contra del aborto, pero a favor de su despenalización) y se convirtió en un crítico del machismo y la sociedad patriarcal. Jackie Campbell es quien lo apura a presentarse personalmente si le reportan algún abuso grave en la diócesis. Es el propio obispo quien me insiste en la relevancia de Campbell en el énfasis que él ha puesto en la defensa de las minorías.

Esa complicidad militante se expresa en ternura. Campbell está pendiente de que el agua que bebe Raúl Vera, y aun la que usa para lavarse los dientes, esté hervida, porque es altamente sensible a las bacterias. En algún momento Vera López y Campbell han bromeado con la posibilidad de que, si llegaran a correr al obispo de la Iglesia católica, establecerían una vida en común con otros defensores de derechos humanos.

La comunidad de San Elredo
En pijama, el joven de diecisiete años entró a las oficinas del sacerdote Robert Coogan, encargado de la pastoral penitenciaria de la diócesis de Saltillo. Llevaba todo el día vagando por la ciudad sin saber a quién recurrir. Sus padres le habían descubierto el recado de un amigo en el que se revelaba su homosexualidad. En medio del desayuno, su papá le lanzó: “¡Prefiero tener un hijo drogadicto que un hijo joto!”, y lo corrió de su casa. Marco, así se llamaba el adolescente, pensó que nadie lo comprendería en aquella ciudad en la que había nacido. Recordó entonces al curita gringo que trabajaba en el obispado y pensó que él, por venir de fuera, sería el único que lo entendería. A las tres de la tarde, caminó a las oficinas de la diócesis y pidió hablar con el padre Robert.

De esa reunión entre Marco y Robert Coogan nació la Comunidad de San Elredo, un grupo que promueve los derechos de la comunidad lésbico-gay y transgénero y que pertenece orgánicamente a la diócesis de Saltillo. Era 2002, Raúl Vera cumplía su primer año al frente de la Iglesia católica de esa ciudad y aceptó que una pastoral para la comunidad homosexual se integrara de pleno derecho a la diócesis. Por las actividades de la Comunidad de San Elredo —llamada así en honor al religioso medieval Elredo de Rieval, quien escribió sobre el amor como virtud teologal— han pasado unas seiscientas personas. Hasta hace poco, un grupo estable de unos treinta miembros se reunía una vez a la semana, organizaba retiros, celebraba una misa mensual y un festival anual de cine lésbico-gay, conmemoraba el día internacional de la lucha contra el VIH-sida e hizo una Pasión gay en el centro de la ciudad, en la que comparó las caídas de Jesús con la persecución a los homosexuales. Las invitaciones a los integrantes de la comunidad se hacían en los bares y centros nocturnos de la diversidad sexual y a través de las instancias de comunicación de la diócesis.

La pastoral gay fue un factor de presión para que el Congreso del estado legalizara las uniones civiles entre parejas del mismo sexo. Incluso los padres de Marco se convirtieron en soportes de su hijo. Al mismo tiempo, los miembros de la comunidad no estuvieron a salvo de burlas en la prensa local y de golpizas, como la que le propinaron a su entonces coordinador Noé Ruiz en 2010 frente a una iglesia.

El sector duro de la Iglesia les cobró caro el atrevimiento. La agencia católica de noticias ACI Prensa —protegida por el arzobispo de Lima y miembro del Opus, Dei Juan Luis Cipriani— afirmó que el obispo promovía la homosexualidad y de paso también el aborto. La acusación se basó en declaraciones de Noé Ruiz, quien pidió pasar de la unión civil, reconocida ya en la legislación estatal, al matrimonio homosexual con plenos derechos. Ese discurso chocaba con la posición de Raúl Vera, que se había obstinado en defender el derecho a la unión civil mientras no se le llamara matrimonio.

Camilo Maccise, un teólogo liberacionista que es amigo suyo desde hace décadas, me cuenta que, en septiembre pasado, Raúl Vera llegó una mañana a desayunar a su casa, en la ciudad de México, sin siquiera desempacar de su viaje desde Saltillo. Lo habían llamado de la  Congregación para los Obispos del Vaticano para que explicara su supuesta promoción de la homosexualidad. Maccise había vivido doce años en Roma como superior general de los carmelitas descalzos y conocía la alta burocracia de la Santa Sede. Maccise lo tranquilizó: había en el Vaticano tres altísimos funcionarios —de nivel prefecto y secretario de Congregación— suficientemente abiertos a quienes podría recurrir en caso de crisis.

Como resultado de su encuentro en el Vaticano, la Comunidad de San Elredo suspendió sus actividades temporalmente y su coordinación quedó acéfala. Noé Ruiz, por su parte, dijo que la comunidad rompía con la diócesis para que la demanda de derechos no interfiriera con la disciplina religiosa a que se tenía que sujetar Vera López como obispo. En Bergen, a principios de noviembre, Raúl Vera me dice que está pendiente reanimar el trabajo de ese grupo. Pero eso no disminuye la pasión del obispo al defender la causa.

Este año, la Fundación Rafto le otorgó un galardón a Frank Mugisha en representación de Sexual Minorities Uganda (Smug). En Uganda, la comunidad homosexual ha sido usada como el chivo expiatorio de los problemas del país y se le ha acorralado a la clandestinidad. La presión internacional detuvo un proyecto de ley, a punto de ser aprobado, que imponía cadena perpetua para quien se reivindique homosexual y pena de muerte a los reincidentes. Pero los miembros de Smug han pagado ya su cuota de sangre: David Kato, fundador y abogado de Smug, fue asesinado en enero pasado en su domicilio.

El galardón a Mugisha representó para Vera López una reivindicación personal. El 3 de noviembre, en la brasería del hotel Grand Terminus, se celebra la cena de apertura de una semana de seminarios, conferencias y ceremonias sobre derechos humanos. El pacifista congolés Bulambo Lembelembe Josué, premiado con el Rafto en 2008, le pregunta a Raúl Vera su opinión sobre los homosexuales. Bulambo es un pastor evangélico. La rama a la que pertenece, el pentecostalismo, se ha caracterizado por una lectura literal de la Biblia que, entre otras cosas, interpreta como pecado grave la homosexualidad.

El obispo católico, con un escaso inglés pero con una vehemencia que ocupa sus manos y sus gestos, defiende el derecho a la diferencia y afirma que defender a los homosexuales es un deber cristiano. Bulambo escucha y se queda callado.
En una pausa de su conversación con Bulambo, le pregunto a Raúl Vera en qué momento se convirtió a la defensa de los homosexuales.—Cuando me di cuenta de cuánto sufrían —me dice.

Después de la cena, el obispo de Saltillo invita a Frank Mugisha y a los jóvenes de Smug a tomar una cerveza. En el camino al bar, Raúl Vera abunda sobre el origen de su compromiso con las minorías sexuales. “Jackie Campbell me ha impulsado mucho a que me comprometa con estos temas”. Acostumbrado a las carreras largas, a Raúl Vera le queda todavía combustible para un rato más cuando el novio de Mugisha dormita en el sillón del bar. Mugisha le acaricia el rostro, lo despierta con palabras dulces y lo lleva a dormir.

Con Vera se quedan Pepe Onziema y Kasha Jacqueline, dos jóvenes líderes de Smug. Kasha, una chica lesbiana de cabello trenzado, le cuenta cuán difícil es la lucha en Uganda. Las tres grandes confesiones religiosas, la Iglesia católica, el islam y los cristianos evangélicos en lo único que están de acuerdo es en la persecución a los homosexuales. Lo más difícil, añade Kasha, es cambiar la mentalidad de la gente. Raúl Vera se apasiona de nuevo. Repite la palabra must. Debemos pelear, dice. Y vuelve a su elocuencia plena de movimientos de las manos y de gestos que tornan su tez pálida en rosada. Me llama la atención que un viejo de sesenta y seis años, jerarca de una institución homofóbica, soltero, célibe, nacido en el Bajío cristero, vestido con clergyman, anillo de obispo y cruz pectoral, hasta hace poco tiempo acostumbrado a razonar de acuerdo con la escolástica de la Edad Media, le inyecte optimismo a una mujer que no ha cumplido treinta años y que se juega la vida cada día por ser quien es. Cuanto más insiste ella en lo imposible de la batalla cultural, más se emociona el obispo al reiterar que ésa es la más relevante.

A partir de entonces, Raúl Vera y Frank Mugisha se mantienen cerca durante la semana en Bergen, donde la Fundación Rafto organiza seminarios, talleres y cenas. En sus discursos, Vera expone que la lucha por los derechos de las minorías sexuales es una lucha de todos (lo cual no necesariamente cae bien en un auditorio donde hay tradicionalistas de varias religiones e ideologías, que miran con suspicacia la diversidad sexual). En un taller celebrado el sábado 5 de noviembre, Vera López pide perdón a nombre de las confesiones cristianas por la persecución a los homosexuales. Mugisha le devuelve la cortesía: en su discurso de recepción del premio Rafto, el domingo 6 de noviembre, lo cita: “Como dice el obispo Raúl Vera, los derechos de las personas homosexuales deberían estar consignados en todas las constituciones, cartas y convenciones de derechos humanos”.

Al término de la entrega del premio, los asistentes recogen una antorcha y dan una vuelta por la plaza central de Bergen. La procesión la encabezan Frank Mugisha y el obispo de Saltillo. La semana de actividades se clausura con una cena informal en la casa que sirve de sede a esa fundación. Antes de partir se registra una escena que atrae la atención de los fotógrafos: de un lado, el hombre mayor de hábito blanco y solideo rojo, y del otro, un joven delgado y bajito de treinta y dos años, de piel oscura y mate como el cacao, se dan un abrazo largo y fraterno, ríen, se acarician las espaldas, se dan ánimos al oído.

Renuncia, salvación y liberación
Jesús de Nazaret eligió la mayor de las renuncias: abandonó su condición divina para nacer como pobre y perseguido, rechazó las tentaciones de poder y riqueza que le ofreció el diablo en el desierto y culminó su vida despojada con la muerte en la cruz. Por medio de estas humillaciones, el nazareno compartió el dolor de los pequeños, los despreciados y los excluidos y practicó la plena solidaridad con los hombres y mujeres del tramo de la historia que le tocó vivir.

Esta lectura de los evangelios le da a Raúl Vera López sentido a su vida y a su actividad diaria como predicador, pastor de la Iglesia católica y defensor de los derechos humanos. Sencilla y poderosa, la historia de (un) Dios que se mezcla entre carpinteros, pescadores, campesinos, lavanderas y madres de familia y se pone del lado de los leprosos y las prostitutas se torna en un modelo de vida para Vera López quien, incluso, interpreta su propia biografía como una imitación de esa renuncia: de la arrogancia del teólogo boloñés que fue elevado a obispo a la decisión consciente de dedicar su tiempo y la influencia de su cargo episcopal a la defensa de quienes padecen injusticias.

Su propia mundanidad, sus veladas con jóvenes en un barrio popular o en una cantina, su lenguaje coloquial y su sentido del humor integran esa decisión de asemejarse al ser humano común y corriente. El pensamiento científico al que nunca renunció y la sociología marxista que le dio la Teología de la Liberación le proveen un soporte teórico, pero la clave de su militancia a favor de lo que hoy llamamos derechos humanos reside en esa peculiar forma de entender el evangelio, un evangelio por el que “vale la pena dar la vida”, como le decía a los candidatos a frailes dominicos cuando fue maestro de novicios.

La casa de Raúl Vera López suele estar llena de gente. Su agenda prácticamente no tiene huecos, pues, como dice el sacerdote Pedro Pantoja, coordinador del albergue Belén Posada del Migrante, “no se le escapa ninguna causa”, y va de reunión en reunión ya para escuchar abusos, ya para denunciarlos, a veces adormilado por el desvelo y aprovechando los minutos de traslado y los tiempos de espera para trabajar en su tableta electrónica o su computadora portátil. Y eso le ha costado hostigamientos: “Es una persona muy odiada y muy querida al mismo tiempo. Hay medios que lo están atacando constantemente para ridiculizarlo y vulnerar su tarea como pastor”, me dice Pantoja.

Roma siempre ha representado, para Vera López, la comunión de la fe. Su conversión a la izquierda no llegó tan lejos como para que rompiera con los dogmas del magisterio de la Iglesia, o no completamente. Vera López reivindica los derechos de los gays y las lesbianas, pero ocupa tanto tiempo como sea necesario para explicar por qué las uniones civiles de homosexuales no deben ser equiparadas ni mucho menos llamadas matrimonio. Es un feminista que, para no provocar al Vaticano, no se atreve a decir públicamente (se lo pregunté) si está o no a favor de que a las mujeres, además de los hombres casados, se les permita convertirse en sacerdotisas y sacerdotes. Cuando era coadjutor en San Cristóbal, a los indígenas de Chiapas que le exigieron reconocer el sacerdocio uxorado les respondió: “Imposible, no soy el papa, no puedo modificar la Iglesia”.

Aun dentro de esos límites, Raúl Vera López es uno de los defensores de derechos humanos más significativos y entrañables del país, cuya trayectoria se reconoció internacionalmente con el premio Rafto en 2010, que fue concedido por primera vez a un originario del continente americano. Su causa se resume en que los seres humanos —y las seres humanas— se vuelvan sujetos de su propia historia. Según esta interpretación del evangelio, la salvación en el Cielo no será posible sin la liberación en la Tierra.

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