Archivo Gatopardo

Tiendópolis

Mientras en las principales ciudades estadounidenses el movimiento Occupy Wall Street tomaba forma, en los campamentos de desempleados, en los bosques de Estados Unidos, se vive desde hace tiempo una especie de
resistencia anticapitalista y un nuevo sentido de comunidad.

Por Federico Mastrogiovanni

Un gran trozo de leña arde en una hoguera improvisada a la mitad del claro de un bosque en el condado de Ocean, Nueva Jersey. Nina enciende un cigarro con la colilla del anterior, farfullando en voz baja y para sí misma algunas palabras en polaco. Intenta calentarse las manos cubiertas por guantes sin dedos cerca del fuego, en una tarde de octubre que llega a su fin y anuncia un invierno muy frío.

Hay otras personas en torno al fuego. Cinco son mexicanos y el sexto es un gringo, Peter, de unos veinticinco años, de espesa barba rojiza y cuerpo atlético. Escucha a los demás hablar en español y se queda callado, fumando. El grupo platica tomando cerveza Pabst Blue Ribbon, la más económica que se puede encontrar en las tiendas del pueblo.

Alrededor de la fogata se persiguen gallinas y pollos, en un espacio común que hace las veces de plaza entre las tiendas de campaña de una comunidad que hace años encontró refugio en medio de este bosque.

Si se toma un autobús en el Port Authority Bus Terminal, la enorme central de autobuses que salen de la isla de Manhattan en dirección a Nueva Jersey, en menos de dos horas se llega a Lakewood, un poblado de alrededor de noventa mil habitantes, en el condado de Ocean. Es un pueblo como muchos en esta zona, muy tranquilo, con avenidas amplias, rodeado por bosques de diferentes variedades de pinos y abetos. Además del lago que le da el nombre a la localidad, el pequeño pueblo tiene muy pocas atracciones, lo que lo hace un lugar de descanso y relax dominguero para neoyorquinos jubilados.

En el bosque, la gente intenta reconstruir su vida.

En el bosque, la gente intenta reconstruir su vida.

Para llegar a este bosque hay que tomar la County Route 528. No es fácil arribar al campamento, porque lo único que se alcanza a ver desde el camino es un pequeño sendero que se desprende de entre los árboles. Cuando uno se adentra en la vegetación, poco a poco aparecen las primeras casas de tela. Decenas de tiendas de acampar y leña acumulada para el invierno que se avecina, en medio de un gran silencio.

En el pequeño espacio robado a los árboles está la entrada de lo que ahora se conoce en la zona con el nombre de Tent City, una de las tantas “tiendópolis” en las que han encontrado resguardo cientos de personas que con la crisis económica perdieron su casa, su trabajo, los ahorros de toda una vida, la esperanza, todo.

“Esperamos que este invierno no sea como los últimos dos —comenta preocupada Nina, con el cigarro eternamente encendido entre los dedos— porque, en serio, cada día nos arriesgamos a no despertar. No pensaba que terminaría así cuando dejé Polonia”.

Nina tiene sesenta años. Llegó a la comunidad de Tent City hace tres años, después de que su marido la corriera de su casa por problemas económicos, luego de meses de violencia. Hoy son más de setenta las personas que viven en esta “reserva” junto con Nina, en el bosque de Lakewood, provenientes de sitios y experiencias diversas, pero unidos por un accidente común: no pudieron oponer resistencia a la crisis económica que golpeó a Estados Unidos en el año 2008.

En el bosque, la gente intenta reconstruir su vida.

En el bosque, la gente intenta reconstruir su vida.

La comunidad es heterogénea y las dinámicas de grupo a veces se tornan complicadas de manejar, por problemas de comunicación, proveniencia e historia personal. Sin embargo, encima de toda divergencia, lo que funge como adhesivo social es principalmente la convicción de que sólo unidos se puede resistir en condiciones tan precarias.

“Incluso entre pobres hay sentimientos de envidia y agresión —explica Joel, conocido como el Coyote, ex guerrillero mexicano, ex guardaespaldas, ahora responsable de la seguridad en Tent City—: de vez en cuando llega alguno con malas intenciones y ganas de hacer desmanes, o simplemente grupos de vándalos enviados por la comunidad acaudalada de Lakewood, para provocarnos, agredirnos y así forzarnos a salir de este lugar. Pero no, rendirnos no está dentro de nuestras opciones, por eso estamos organizados y listos para afrontar esa violencia”.

El Coyote vive en una casita cercana a la entrada, que custodia celosamente Tormenta, su pitbull blanca con motas negras. Joel tenía una empresa de instalación de aparatos de aire acondicionado y calefacción, con siete personas a su cargo, en Phoenix, Arizona. En 2008, la crisis lo obligó a reducir significativamente la cantidad de trabajo y tuvo que mandar a casa a algunos de sus colaboradores, todos mexicanos migrantes.

Después de un periodo en Carolina del Norte, los negocios continuaban empeorando y él seguía moviéndose hacia el norte, donde suben las ganancias pero también el costo de la vida. Hace siete meses se vio obligado a dejar el departamento donde vivía, aquí mismo en Lakewood, para no vender la furgoneta que le es indispensable para trabajar, y se sumó a los habitantes de Tent City.

Al Coyote lo acompaña Peter, su empleado y lugarteniente. Peter es un ex soldado del ejército estadounidense, que recién regresó de Irak. Sufre el trastorno por estrés postraumático, un padecimiento psicológico que tienen muchos veteranos. De regreso a su patria no recibió ningún apoyo, ni médico ni económico, y terminó literalmente en la calle.

Hay otros ex militares en situaciones parecidas a la suya en Tent City, que buscan sobrevivir como pueden. No todos han encontrado un sentido a sus días. “No es lo que esperas cuando sirves a tu patria y arriesgas tu vida en un escenario de guerra —reflexiona Peter fumando un cigarro y midiendo atentamente cada palabra que pronuncia—. Regresas y todo se colapsa en tu espalda. Yo, por ejemplo, no supe qué hacer porque sólo sé ser soldado, recibir órdenes. Ahora lo hago aquí, dando una mano al Coyote, que sabe lo que hace y lo hace para la comunidad. Poco a poco saldremos de este lugar y encontraremos algo mejor. Espero”. El Coyote lo considera su sargento, y aprecia su capacidad militar, la eficacia, la fiabilidad, precisamente las características necesarias para la protección y seguridad que ha organizado en el campo.

Los otros mexicanos del grupo son en su mayoría jornaleros que en los últimos meses han encontrado trabajos esporádicos relacionados con la construcción, la plomería y la jardinería. Pero desde octubre se reducirán también las posibilidades de ser contratados. Entonces se dedicarán con empeño al cuidado de la comunidad. Es un motivo de orgullo participar en la recolección de leña y en la construcción de pequeños albergues para el invierno.

“La recesión nos forzó a reducir los negocios —dice el Coyote—, a mí me iba bien, considerando que soy mexicano y que éste no es mi país, ni el inglés mi lengua. En los años que he pasado aquí, siempre pensé que en el fondo bastaba con trabajar mucho para hacer dinero, pero esto funcionó sólo por un rato. Trabajé como escolta de un político por cinco años, luego empecé con las instalaciones eléctricas. Me iba bien, tenía empleados y nunca pensé que se iba a terminar todo. Al contrario, me decía que si se torcía el rumbo era culpa mía, y resultó que el problema se esparció. Son millones las personas que están perdiendo todo lo que tienen, ya de golpe o poco a poco. Cuando llegué fue extraño al principio, porque no existen las mismas reglas que en otros lugares. No importa mucho el color de tu piel o tu proveniencia, importa sobrevivir y vivir juntos de la mejor forma. Ése es el esfuerzo que debemos reconocerle a Steve”.

Steve Brigham es lo que más se parece a la autoridad de Tent City. Activista por los derechos de los homeless, trabajó durante casi veinte años en una empresa de electricidad de alto voltaje. Es pastor protestante. Vive dentro de un viejo autobús escolar estacionado en el centro de la “tiendópolis” y, además de mantener las relaciones con los abogados que voluntariamente apoyan a los ocupantes del bosque, es, de hecho, el punto de referencia de la comunidad.

“Tal vez sea por mi estatura —bromea Steve con tono sosegado y una sonrisa delicada en el rostro serio, desde lo alto de sus casi dos metros— o quizá porque quien está aquí sabe lo comprometido que estoy, desde siempre, con las luchas de quienes no tienen casa. De vez en cuando siento que soy más un soporte moral que otra cosa. Aquí se hace muy difícil la supervivencia a veces, no sólo por las condiciones climáticas, sino porque se crean tensiones e incomprensión, y yo busco ayudar, convenciendo a las personas, incluso imponiendo mi presencia física”.

Hay mucho trabajo por hacer. El que no logra encontrar alguna fuente de ingreso tiene derecho a la asistencia comunitaria. Cada día se reparten raciones de comida que organizaciones de beneficencia o algunas iglesias locales regalan. Steve se encarga de recolectar estas donaciones, de organizarlas, almacenarlas y distribuirlas. “Debemos asegurarnos de que cada día haya lo suficiente para los que no tienen qué comer. Hay una pequeña comunidad de inmigrantes mexicanos de Oaxaca que está alejada del resto del grupo. Son nuevos aquí y casi no hablan inglés. Están alejados de los demás mexicanos porque son indígenas, y últimamente no han encontrado mucho trabajo; además, uno de ellos tuvo un accidente en el pie y tiene una infección que lleva días. Entonces vienen aquí y se les da de comer y medicinas para curarse. Quienes pueden comprarse de comer, por orgullo y por sentido comunitario, no vienen a pedir comida, pero siempre hay para todos, aunque sea pan, o frijoles o atún”.

A contrapelo de esta solidaridad, la élite de Lakewood, formada principalmente por una comunidad de judíos ortodoxos  está buscando la manera de evacuar la zona verde. La reglamentación prohíbe la ocupación del suelo público para instalar tiendas de campaña u otras unidades habitacionales. En septiembre, para no ser desalojados, los inquilinos debieron desmontar las estructuras semipermanentes de madera, que habían sido construidas para soportar la dureza del invierno que hace un año, en 2010, trajo un metro y medio de nieve. Tuvieron que desmantelar también la pequeña iglesia que la comunidad había construido y que funcionaba tanto de punto de encuentro como de lugar de protección contra el frío. Este año, en vista de la helada, los ocupantes se están equipando con viejas estufas de leña, reparadas por algunos voluntarios y pilas de leña por arder.

En Tent City se reutiliza todo, tanto una vieja estufa como una lavadora, que están a disposición de la comunidad y funcionan gracias a un pequeño generador de energía que se trata de usar lo menos posible. En una tienda, cerca del autobús de Steve, se almacena la comida que se puede conservar, como frijoles, atún, comida enlatada y galletas. Hay también letrinas comunes. Se trata de mantener el bosque limpio lo más posible. No faltan elementos que no colaboran, pero el papel de Steve es mantener la calma y tratar de evitar conflictos. “Josh es un tipo poco cooperativo —observa Steve después de haber pasado diez minutos intentando convencer, hasta con gritos, al ocupante de una tienda verde militar, para que dejara de insultar a los latinos desde el interior de su “hogar”—; no es malo, pero de repente la gente aquí pierde la dimensión de los problemas. Josh era dueño de una empresa que quebró y ahora descarga su frustración con los latinos, porque es el alivio más grande que ha podido encontrar. Se la pasa molestando. A veces rebasa la línea, y hay que hacerlo callar por el bien de todos. No es violento y lo sabemos, pero puede llegar a crear problemas, y es lo último que necesitamos en este lugar”.

El bosque no es simplemente un refugio para los que ya no tienen nada. También se ha transformado en el lugar donde la gente intenta reconstruir su propia vida. Hay quienes, como Elwood y Cynthia, han decorado su tienda de manera amorosa para convertirla en un lugar lo más acogedor posible, con ornamentos florales, pequeños letreros de colores, una empalizada blanca, una mesa con sillas de jardín y un letrero que dice “Home sweet home“. El cariño con el que cuidan su hogar es testimonio de la fuerte voluntad de no dejarse derrumbar por los eventos y de no ceder a la indigencia. “Vivir en una ‘tiendópolis’ no quiere decir que tienes que estar como las bestias, que no puedes embellecer tu casa —explica Cynthia tomando un café en el pequeño patio de su casa—, y nosotros trabajamos con gran afán para hacer de nuestra tienda un lugar que sintamos como nuestra casa, nuestro hogar. Por eso nos esforzamos tanto. Compramos las cosas de segunda mano, en las tiendas de usado o en las de a un dólar, y mantenemos limpieza y orden en un lugar que de hecho ya es nuestra comunidad”.

Mike y Marilyn son una pareja de Nueva York. A los sesenta años perdieron el trabajo debido a la recesión, y decidieron que la única opción que podían permitirse era vivir en una tienda de campaña. Desde hace dos años viven en Tent City. Crían aves y tienen el deseo de sacar una enseñanza de esta experiencia.

“Desde hace tiempo sabía que iba a perder mi trabajo —cuenta sonriendo Marilyn afuera de su tienda, mientras Mike la corrige y apoya cada frase que dice—. Trabajaba como diseñadora textil, era directora de diseño en una empresa importante, donde estuve más de treinta y cinco años. Ganaba ciento cincuenta mil dólares al año, vivía en Manhattan. Mi jefe decidió renovar mi área y me despidió. Al principio logramos salir adelante con los ahorros que teníamos: habíamos podido apartar un poco de dinero, a pesar de que la vida en Manhattan es muy cara. Al inicio nos avergonzábamos por lo que nos había sucedido y no se me antojaba hablar con nadie de nuestra situación. Pero después, poco a poco, nos dimos cuenta de que la mayor parte de nuestros amigos y conocidos se encontraban en la misma condición, la mayoría de ellos había perdido su trabajo. Aquellos que habían logrado protegerse con algunos ahorros pudieron resistir, pero la mayor parte perdió el empleo, y con ello la posibilidad de sobrevivir como antes. Después la crisis nos tocó también a nosotros y comenzamos a endeudarnos para costear nuestro estilo de vida, que ya no nos podíamos permitir. Hemos tenido que abandonar nuestra casa, y la única solución que encontramos fue ir a vivir con nuestra hija, su esposo y sus tres hijos, en Queens. Por desgracia, la convivencia fue perjudicial, riñas continuas, incomprensión. En este país, los lazos familiares se rompen cuando los hijos se van a la universidad. No pasamos de cinco meses viviendo con ellos, y hace dos años nos enteramos de este lugar por internet, por medio de la página del reverendo Steve. Entonces nos miramos a los ojos, Mike y yo, y nos dijimos que tal vez ésta podría ser una solución aceptable. De inmediato compramos una tienda de campaña bastante grande y nos vinimos acá, a vivir en el bosque.

Mike era un productor radiofónico. Le gustaba tocar todos los domingos un viejo piano medio roto en la pequeña iglesia que fue construida en medio del bosque y que hace poco tuvieron que desarmar. También tiene una gran pasión por los pájaros. Desde hace más de dieciocho años se ha ocupado de curar, medicar y rehabilitar pájaros de todos los tipos que se encuentran heridos o enfermos. Y esta pasión se volvió su razón de vida en el bosque de Lakewood.

Mike: “Aquí está lleno de pájaros que podemos curar y criar. No sólo las gallinas y los pollos, que por cierto producen huevos para todos, sino también otro tipo de pájaros que son típicos de esta zona. Nuestra tienda se volvió un refugio para estos animales. Algunos habitantes de Lakewood ya lo saben y nos empezaron a traer sus pájaros enfermos o heridos, así le encontramos un sentido a nuestros días”.

Mike y Marilyn no tienen la intención de quedarse a vivir aquí para siempre, pero están conscientes de que a su edad es imposible una reinserción en el mercado laboral, sobre todo en un sistema como el de Estados Unidos. Para ellos ya no hay espacios, por lo que tienen que inventarse una forma de sobrevivir. Sin embargo quieren subrayar cómo esta experiencia, además de poner en evidencia las contradicciones y las brutalidades de un sistema que no protege a sus ciudadanos, les está dando la posibilidad de reflexionar a fondo sobre el sentido y la calidad de la vida.

“No ha sido nada fácil decidirnos a vivir en el bosque a nuestra edad, ni lo es ahora, después de dos años —explica Marilyn, mientras las sombras se hacen largas y los rostros casi no se distinguen en la luz cinérea de la tarde—, pero encontrarnos improvisamente sin nada nos dio la posibilidad de ver con ojos diferentes nuestra vida. Para empezar nos damos cuenta de cómo la mayoría de las necesidades básicas son en realidad necesidades inducidas. Y en Estados Unidos, la mayoría de los bienes se considera indispensable e intocable. Bueno, hasta sin electricidad, sin agua corriente, sin calefacción y viviendo en un bosque vivimos dignamente, aunque claro, esas comodidades nos gustaría tenerlas. Pero aun así podemos vivir. La cosa a la que de verdad no podemos renunciar es al sentido comunitario. Es la comunidad, que poco a poco se va destruyendo en este capitalismo loco, el verdadero bien de primera necesidad, y aquí volvimos a hallarlo y encontramos la manera de apreciarlo. No quiero decir que sea bonito pasar por lo que hemos pasado para apreciar las cosas que son en realidad importantes. Tranquilamente me hubiera evitado el frío, el miedo, la desesperación, la frustración y la incomodidad, pero ya que estamos aquí, aparte del cielo lleno de estrellas todas las noches, que durante décadas se me había olvidado, más vale encontrar un lado positivo, ¿no?”.

La oscuridad llega temprano entre los árboles del bosque de Lakewood, y la pequeña comunidad se reúne para convivir un poco alrededor de la fogata. Joel vigila a los más ancianos de la comunidad, actuando como un guardaespaldas discreto y presente. “Ellos son los más vulnerables en esta comunidad, son los que menos oportunidad tienen de salir de aquí —explica Joel y prende un cigarro enfrente de la tienda de Mike y Marilyn, después de que ellos se han retirado—. Nosotros somos jóvenes, fuertes, y con un poco de suerte, si seguimos buscando, podemos encontrar la manera de sobrevivir, pero para ellos, cada día en este bosque es un día que los aleja de una posibilidad de trabajo. Y lo saben bien. Por eso tratamos de cuidarlos, porque a final de cuentas son nuestra familia. No tienen a nadie más que nosotros”.

En las últimas semanas en muchas ciudades de Estados Unidos, los movimientos que se inspiran en el Occupy Wall Street se manifestaron en contra de un sistema económico injusto, que deja desprotegido por completo a un número siempre mayor de ciudadanos. También aquí en Lakewood han llegado los relatos de las manifestaciones en todas las grandes ciudades del país, y se vive con interés y esperanza lo que está pasando. Sin embargo, la mayoría de los que viven aquí no puede gastarse los treinta y cinco dólares que se necesitan para ir a Nueva York.

Steve reivindica con fuerza la importancia de ocupar no sólo las plazas, sino también todos los espacios públicos para que se devuelva la dignidad a los pueblos. “Nosotros somos la demostración viviente de lo insostenible del sistema —observa Steve, mientras arregla algunos documentos en la parte trasera del autobús escolar que desde hace casi cuatro años se ha convertido en su casa y oficina—. Miles de personas están perdiendo su trabajo, su casa ya no vale nada, están llenos de deudas y no existen los vínculos familiares que hay en otros lugares.

“En Estados Unidos, que según el cuento oficial debería de ser el centro del imperio, donde se concentra la mayor parte de la riqueza del planeta, es donde familias enteras se están yendo a vivir a lugares como éste. En todo el país hay Tent Cities. Estos niveles de pobreza, de injusticia social, crean crisis tremendas en las familias. Pero, ¿cómo darse cuenta de que una familia que parece normal está en crisis cuando trata de esconderla? Es imposible, porque la verdad se esconde. Aquí, al contrario, todo se hace más visible y claro, se comprende mejor. En este lugar, la forma en que vivimos y nuestra procedencia social son la demostración de la falacia económica de este país, de la incapacidad o de la falta de voluntad por parte de las instituciones estadounidenses de enfrentar los graves problemas de la gente. Y no hablo sólo del gobierno de Barack Obama, sino de la mentira que es el sistema mismo. Aquí no es lugar de alcohólicos o inadaptados, es el refugio que encontraron decenas de personas en una situación que se había vuelto insostenible”.

La llegada de la noche se acompaña de charlas íntimas. Los habitantes de Tent City dejan escapar sus recuerdos, sus sueños más secretos. Es difícil no darse cuenta de la enorme frustración que vive esta pequeña comunidad.

Cuando se sale de Tent City, se tiene la sensación de haber estado en un lugar en resistencia. Las calles limpias y ordenadas de Lakewood ahora tienen un aspecto siniestro: es como si esta limpieza, este orden, fueran la fachada de un mundo en decadencia, cuya verdadera cara está en el bosque. De camino, en la carretera de regreso a Nueva York se lee el anuncio publicitario de una pequeña empresa de almacenamiento que ahora adquiere un sentido grotesco: “Recuerda, si dejas la ciudad, tendrás que vivir en América”. \\

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