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Jorge Álvarez: Una de rock por las que van de letras

Jorge Álvarez revolucionó la industria editorial argentina en los años sesenta y setenta. Después, en los ochenta, hizo lo propio con la música en España. Ésta es su historia.

Por Mónica Yemayel / Fotografía Félix Busso

La sala está en penumbra y él, parado en el centro de un círculo de sillas, sostiene el micrófono como si fuese a cantar.
—Hoy he escuchado tanto “Jorge Álvarez” que me siento abrumado.

Gira el cuerpo lentamente, abarcando con su mirada la ronda completa de invitados.
—…pero para que el acto de recordar sea sano: ¿no tendríamos que empezar de nuevo?

Afuera soplan los primeros vientos de otoño del 22 de marzo de 2012. En la ciudad de Buenos Aires, la sala de la Biblioteca Nacional está repleta de escritores, editores, críticos, músicos y periodistas que se reunieron para homenajear a este argentino de setenta y nueve años que, entre 1963 y 1969, con una editorial independiente llamada Jorge Álvarez, revolucionó la edición tal como se la conocía hasta entonces —entre otras cosas, fue pionero en pagar adelantos por obras aún no escritas—, publicó a autores todavía inéditos como Manuel Puig y Ricardo Piglia, fue el primero en reunir en libro la tira cómica de Mafalda, de Quino. Y con apenas trescientos títulos sentó las bases de una leyenda: la de su editorial como creadora del mapa del futuro literario de Argentina, la de su librería como epicentro del mundo cultural de los años sesenta, y la de ambas cosas como uno de los motores de lo que el semanario Primera Plana, dirigido por Tomás Eloy Martínez, en aquel tiempo bautizó “el boom del libro argentino”, basado en la existencia misma de la editorial de Jorge Álvarez, en las ventas fabulosas de la editorial Sudamericana —que publicaría Cien años de soledad de un novatísimo Gabriel García Márquez en 1967—, y en la fundación de las editoriales Eudeba y Centro Editor de América Latina, que en su Serie del Encuentro lanzada en 1966 publicó a cuarenta y tres autores argentinos.

Jorge Álvarez fue uno de los artífices de esos años en los que el libro se hizo fuerte en el país y comenzó a trascender sus fronteras. Pero hizo algo más: en 1968 fundó Mandioca, un sello discográfico que produjo los primeros trabajos de bandas y músicos como Vox Dei, Manal o Miguel Abuelo, próceres en embrión de lo que sería el rock nacional.
—Yo sólo he sido un facilitador para que se crearan cosas maravillosas —dice Álvarez frente al micrófono.

Los invitados aplauden, él agradece, las luces se encienden, los mozos sirven champagne. Es la inauguración de la muestra “Pidamos peras a Jorge Álvarez” que organizó la Biblioteca Nacional para recibirlo ahora que regresó al país después de treinta y cinco años. En la sala, las vitrinas guardan una selección de obras que son parte de la historia: Los oficios terrestres, de Rodolfo Walsh; La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig; La invasión, de Ricardo Piglia; Responso, de Juan José Saer, y algunos de los discos seminales de Mandioca. Álvarez camina rodeado de periodistas y una cámara que filma sus gestos teatrales, y dice que decidió volver para provocar un pequeño desastre en el mundillo cultural.
—Parecerá pedante, pero esta década necesita a alguien como yo.

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Jorge Álvarez se fue de Argentina en 1976, al comenzar la dictadura militar que terminaría recién en 1983. De la leyenda que dejó tras de sí se habla tanto en estos días que las tres décadas y media parecen desvanecerse. El escritor Ricardo Piglia dice que Álvarez “no sólo publicó mi primer cuento sino que a los veinte años me ofreció un trabajo en su librería”. Nito Mestre dice que Sui Generis, el grupo que creó con Charly García a los diecinueve años, le debe a Álvarez ser un hito del rock a partir de Vida, el primer disco que Álvarez les grabó en 1972 en el sello Talent, que fundó para Microfón tras el cierre de Mandioca. Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional, entra a la sala de reuniones y ofrece café.

—Álvarez era un juntador de vidas; las reunía en su librería de la calle Talcahuano y eso le daba un lugar en el cosmos cultural, casi místico, que hoy no podría tener nadie. Es inquietante conocerlo. Saber que fue el centro de un vastísimo movimiento cultural imposible de reproducir. Y él va por ahí, contando generosamente sus historias, caminando con sus jóvenes amigos por la calle Corrientes como un fantasma que viene a recordarnos que lo que él hizo, hace más de cuarenta años, ya no puede volver a ser.

Es un domingo de abril y buscar un restaurante mexicano es la excusa perfecta para recorrer Buenos Aires sin prisa. Álvarez, en el asiento del acompañante, hace gestos cargados de las buenas maneras de otros tiempos. No es demasiado alto, tiene un cuerpo robusto, el pelo engominado y peinado hacia atrás, ojos oscuros detrás de anteojos redondos. Usa un pantalón verde musgo y un saco marrón con un pin de Pluto prendido en la solapa, camisa a cuadros al tono y cárdigan anaranjado, bufanda de seda y zapatos color bordó. En Madrid ha dejado cien cajas de zapatos y decenas de corbatas.
—Traje una maleta pequeña. Hasta que decida si me instalo aquí.

Acomoda el morral de lona negra sobre sus piernas.
—¿Qué llevás, ahí? Parece pesado.
—De todo, como si fuera mi escritorio. Tres manuscritos de novelas de ciencia ficción que a los jóvenes les encanta y a mí no; aunque una podría ser un best seller. Y mis memorias que estoy corrigiendo.

Y una libreta con teléfonos escrita a mano en completo desorden alfabético; un teléfono móvil viejo que se descarga con facilidad; una carta de póquer que aviva los recuerdos de su madre Clotilde, una jugadora impenitente que lo inició en el juego a los once años.
—Y libros de autores argentinos que me han regalado para que reponga en parte lo que no leí en estos años.
—Nunca intentaste ser editor en España.
—Si no conocés la sensibilidad de la ciudad que estás pisando y la de su gente y sus escritores es imposible. Sos un extranjero sin recuerdos que compartir.

Abraza el morral y antes de bajar del auto dice:
—Pero aquí sí me animaría: ahora mismo podría volver a ser un editor.

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Nació en Buenos Aires el 19 de mayo de 1932 en una familia española. Su padre, Ramón, tenía una elegante sastrería a medida, propiedades en alquiler, mucamas, chofer, y una esposa llamada Clotilde. Una vez por año viajaban a Europa en barco llevando con ellos al hijo mayor, Rodolfo, mientras que el más chico, Jorge, se quedaba en la casa con el personal doméstico que siempre tenía a mano el teléfono del mejor médico de la ciudad, por si acaso el niño empezaba con problemas para respirar. Él se encerraba en su cuarto y leía los policiales de la Colección El Séptimo Círculo y los relatos de H. Bustos Domecq que escribían Borges y Bioy Casares. Cuando a los doce años comenzó sus estudios en el emblemático Colegio Nacional de Buenos Aires, era un chico del elegantísimo Barrio Norte que se bronceaba jugando al rugby y al tenis, delgado, no muy alto, el pelo abundante y ondulado, cuidadoso en el vestir, inquieto, contestatario, que crecía leyendo a Lacan, Sartre y Barthes, y agotando los anocheceres con partidas de póquer en las que “desplumaba” a sus adversarios con la intuición e intrepidez de los grandes jugadores. A escondidas tomaba clases de teatro mientras estudiaba sólo para satisfacer a sus padres. Contabilidad, Economía, Abogacía y Filosofía fueron cuatro carreras universitarias que nunca terminó.

—Mi madre vivió empeñada en que yo hiciera cosas útiles. Tenía un piano que no me dejaba tocar. Yo quería aprender, me encantaba la música. Pero se cansó de que insistiera y lo vendió. Tenía esas cosas mi madre. Del futuro, la seguridad. Un verano me mandó a la curtiembre de mi tío. Ahí estaba yo, entre esos cueros de olores horrendos. Me volví a los veinte días y fue una catástrofe. Me decía que tenía que ganarme mi dinero, que la cultura del trabajo, bla, bla, bla.

En los cincuenta, la sastrería de su padre empezó a quedar acorralada por la fabricación de trajes de manera industrial. La familia fue incapaz de cambiar su estilo de vida y comenzó a vender lo que tenía, hasta que quedó poco o nada. Su padre murió en 1955, Álvarez consiguió un trabajo ordenando anaqueles en una librería y siguió viviendo con su madre y hermano en un departamento alquilado.

—Mi madre tenía unos aros con tres piedras de varios quilates. Cuando todo empezó a desmoronarse, ella iba quitando las piedras una por una. Y las llevaba a empeñar. Era una mujer guapa. Guapa, guapa, guapa. Meterete, inteligente, charlatana. Peronista, ¿podés creer? Y yo estaba perdidamente enamorado de ella.

Los restaurantes mexicanos de la guía de Palermo están cerrados. “No abren al mediodía”, dice un hombre que cuida los autos estacionados en la calle. Le gusta este barrio arbolado, las mesas en las veredas, las tiendas de diseño, la sensación de fiesta que no acaba. Por ahora, vive en Parque Chacabuco, al sur de la ciudad.
—Me siento lejos de todo. Apenas salga algún proyecto, voy a buscar un departamentito con una cocina, un living que me sirva de oficina, un lugar bien a donde la gente me pueda visitar.

Este mediodía elige un restaurante de estilo minimalista, con muebles blanquísimos y floreros con margaritas naturales, y donde sólo queda una mesa sin ocupar.

La leyenda empezó a escribirse a mediados de los cincuenta cuando consiguió su primer trabajo en la librería y editorial Abeledo especializada en derecho. Los sobrinos del dueño jugaban con él al rugby y las visitas ocasionales terminaron en un empleo. Desempacó cajas, ordenó libros y más tarde fue vendedor. Tenía veinticinco años y su personalidad aguda seducía al ordenanza y al dueño, al cartero y al más célebre abogado. Un día, su nombre llegó hasta los oídos del dueño de la editorial Depalma, también especializada en derecho, quien le ofreció convertirse en el encargado de su librería. Él aceptó y empezó a llenar los anaqueles con obras de literatura, cine, psicoanálisis, filosofía, política, y a entrar en contacto con escritores e intelectuales que, gracias al efecto boca a boca, se convirtieron en sus clientes. Así conoció al escritor David Viñas, uno de los más importantes intelectuales argentinos, ya fallecido y fundador en 1953 de Contorno, la revista que —en apenas seis años y diez ejemplares— renovó la crítica cultural en el país.

—David fue el culpable de que decidiera fundar mi editorial —dice Álvarez—. Una tarde, me contó que estaba escribiendo la biografía de Eva Perón y yo, casi sin pensarlo, le dije: “Bueno, la quiero editar yo”. No creí que las ideas antiperonistas de Depalma, donde yo trabajaba, fueran un impedimento. Le dije que si no la publicaba me iba. Y me fui. Pedí dinero prestado a unos abogados, amigotes míos, y alquilé un local enfrente: Talcahuano 485. Se sumaron dos empleados de Depalma y una prima mía. Montamos la librería y abrimos en julio de 1963. Y aunque el único libro que tenía era el de Viñas, todo fue sucediendo naturalmente. Yo tenía lo que se necesitaba. Sabía apretar el acelerador. Sin miedo.

El restaurante está por cerrar y el mozo desliza la cuenta sobre la mesa. Álvarez la mira y dice que nunca antes dejó que lo invitara una mujer. Que hasta hace apenas un par de años, aunque los comensales fueran diez o treinta, la cuenta la pagaba siempre él. Quienes lo conocieron dicen que también era capaz de pagar pasaje y estadía a los periodistas que viajaban a entrevistarlo cuando se instalaba por meses en Nueva York, y traerle de Europa regalos de miles de dólares a su colega y amiga Pirí Lugones, una talentosa escritora, periodista y traductora argentina, nieta de Leopoldo Lugones, desaparecida en 1977 durante la dictadura militar. Pero ahora, para Álvarez, las cosas son muy diferentes. Afuera, el sol cae y el frío se siente.

—Las cosas siempre pueden cambiar —dice Álvarez, caminando lento en la tarde apacible—. Tal vez algún día podamos tomarnos un Cristal Rosé.

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El prestigioso crítico y editor de Alianza, el argentino Jorge Lafforgue, formó en aquellos años parte del Centro Editor de América Latina, y aunque no perteneció al círculo de Álvarez admite que el hombre fue un visionario: “Ricardo Piglia solía decirles a sus alumnos en la Universidad de Princeton que, en el post-boom de la literatura latinoamericana, los tres escritores que marcaron la narrativa argentina fueron Manuel Puig, Juan José Saer y Rodolfo Walsh. Y casualmente —o no casualmente— a los tres los editó Álvarez. Había dos editoriales grandes apuntando a la renovación del campo intelectual, Sudamericana y Eudeba; y también la de Álvarez que aunque chica metió mucha bulla. Sin un catálogo excepcional ni demasiado ordenado, sí tuvo éxitos que fueron el resultado de su olfato e intuición”.

El catálogo fue el resultado de talentos que Álvarez encontraba casi por azar y no tardaba en sumar a la editorial. Eso incluía a los que ya tenían un nombre en el ambiente periodístico y cultural, como Rodolfo Walsh, Pirí Lugones, Julia Chiquita Constenla (una reconocida periodista, biógrafa de Ernesto Sabato) o Rogelio García Lupo (un periodista argentino emblemático, fundador de la agencia cubana de noticias Prensa Latina), y los que recién se iniciaban como Ricardo Piglia o el ahora influyente agente literario Guillermo Schavelzon, que tuvieron en la editorial sus primeros trabajos.

Daniel Divinsky, editor de Ediciones de la Flor, donde publica Quino, donde publicaron Fontanarrosa y Maitena, fue testigo de esa época: “Yo era un abogado a disgusto que compraba libros en Depalma, y cuando Jorge decidió poner su propia librería-editorial canalizó y aprovechó las inquietudes intelectuales de todos sus amigos. Yo hice traducciones completas y colaboré en otras. Nos encantaba trabajar con libros, aunque él no nos pagara un peso. Cosa que ejerció puntillosamente”.

Jorge Álvarez sube al auto y se abrocha el cinturón de seguridad moviéndose con una vitalidad serena. Habla con un tono rioplatense que mantiene intacto salvo cuando las emociones lo hacen perder un poco su compostura. Entonces el acento madrileño se hace presente con un “joder”, que se antepone a lo que seguirá después.

—A Pirí Lugones la conocí porque era novia de un amigo fotógrafo. Con Rodolfo Walsh nos encontrábamos en el anticuario de la esquina de casa. A García Lupo le vendía su libro, La rebelión de los generales, en Depalma —por debajo del mostrador porque estaba prohibido—, y Chiquita Constenla me vino a ver porque Ernesto Sábato le había regalado un cuento y ella no tenía la menor idea de qué hacer con él.

El auto deja atrás el barrio de Palermo y se interna en calles que, poco a poco, empiezan a hacerse de empedrado.
—Eran brillantes, Pirí, Rogelio, Chiquita, pero ellos no eran la editorial. A los autores los conseguía yo. Muchos no tenían circulación. Hacían sus propias ediciones y yo vendía sus libros en Depalma. Los busqué y les ofrecí una reedición.

Álvarez menciona nombres que, aunque poco conocidos fuera del país, fueron clásicos de la literatura argentina. Es el caso de Cabecita negra y otros cuentos, de Germán Rozenmacher reeditado por Álvarez en el lanzamiento de su editorial en 1963. Enseguida se publicó Hay hambre dentro de tu pan, de Dalmiro Sáenz, un escritor popular por su estilo desopilante y mordaz, que estaba en boga y la editorial incorporó buscando visibilidad. En 1964, David Viñas —que había abandonado la idea de escribir la biografía de Eva Perón— publicó en la editorial Literatura argentina y realidad política, un ensayo fundamental para la crítica cultural de entonces y de ahora. Con nombres importantes y buenas ventas la editorial estaba en marcha. La librería, a su vez, era una especie de salón literario que reunía a intelectuales y artistas. Las ediciones eran tan austeras como creativos los diseños de Rubén Fontana, Juan Fresán y Ronald Shakespear, dibujantes soberbios que Álvarez sumó a la aventura. Eran libros no demasiado grandes, fáciles de sostener con una sola mano para que se pudieran leer incluso de pie, en el metro o el bus. Álvarez viajaba a Nueva York y a París y volvía a Talcahuano 485 lleno de ideas, con una necesidad furiosa de que se hicieran realidad. En una época en que no era usual, le adelantó dinero al escritor y periodista Rodolfo Walsh —víctima de la dictadura militar en 1977 y autor de Operación masacre, un libro considerado bisagra en la no ficción en español— mientras escribía Los oficios terrestres, que publicó en 1965.

—Walsh se pasaba días y días, a veces meses, escribiendo hasta que aparecía con diez páginas en las manos. Hablábamos un rato largo y cuando se iba, yo me encerraba y las devoraba. Eran perfectas.

El auto se detiene frente a la casa vieja donde vive. Las paredes son blancas con ventanas de marcos verdes y hay un tablón de madera sobre la vereda para evitar pisar el agua que se ha juntado por la lluvia o algún caño roto. Él permanece sentado, sin intenciones de abrir la puerta, como si estuviese esperando que alguien apareciera trayendo en las manos diez páginas perfectas.

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Narradores Argentinos, Nuevos Narradores Argentinos, Perfiles, Narradores Americanos, Política Concentrada fueron algunas de las colecciones del catálogo. Pero quizá la más celebrada fue la Colección de Crónicas.

—Constenla llegó a la editorial con el cuento que le había regalado Sábato; yo lo leí y le pregunté: “¿Te animás a elegir otros relatos sobre el pasado, y escribir minibiografías ocurrentes de los autores?”. Cuando me trajo la propuesta supe que habíamos encontrado una forma totalmente novedosa. Le pedí que preparara tres más, sobre el amor, América y la burguesía. Cuando los lanzamos, uno cada mes, los tres mil ejemplares se agotaban en días. De algunos llegamos a imprimir más de veinte mil.

Las crónicas reunían, en torno a un tema, relatos de escritores desconocidos con los de celebridades como Hemingway, Truman Capote, William Faulkner, Juan Rulfo, García Márquez o Mario Vargas Llosa. Con los autores argentinos vivos, Álvarez aplicó una forma de trabajo innovadora: les encargaba un cuento sobre el tema de la antología que estaba en preparación.

—Funcionó con las crónicas, y con libros. A Ricardo Rojo, un abogado argentino amigo personal del Che, le encargué la primera biografía que se hizo sobre Ernesto Guevara, Mi amigo el Che, que publicamos poco después de su muerte.

Crónicas del pasado, el primer libro de la colección, se publicó en 1965 con el relato inédito “20 de junio de 1820”, de Ernesto Sábato —que apenas antes, en 1961, había publicado Sobre héroes y tumbas— y con el cuento de Rodolfo Walsh, “Esa mujer”, que sería mencionado una y otra vez como el mejor de la literatura argentina. Ese mismo año, en Crónicas de la violencia, se publicó “Las dos muertes”, el primer cuento de Ricardo Piglia, por entonces un autor inédito de veintitrés años recién llegado de la ciudad de La Plata y a quien Álvarez le había dado empleo en su librería. Esa antología incluyó un relato de García Márquez, quien todavía no había publicado Cien años de soledad —lo haría recién en 1967—, y un cuento de Paco Urondo, un gran poeta argentino, editor de García Márquez y Cortázar, víctima de la dictadura militar en 1976. Piglia tenía veinticinco años cuando Álvarez editó su primer libro de relatos, La invasión, trece años antes de que el escritor publicara Respiración artificial, la novela que lo consagraría.

En 1967, lo condenaron a un año de prisión en suspenso por Crónicas del sexo, que incluía el cuento “La seducción” del director de cine Leopoldo Torre Nilsson, considerado “obsceno”. Aun así, cuando poco después Paco Porrúa, por entonces editor de Sudamericana, lo llamó para ofrecerle una novela que él no podía publicar, Álvarez no dudó. El libro era La traición de Rita Hayworth, la primera novela de Manuel Puig que publicó en 1968 a riesgo de ser otra vez condenado. Ese mismo año, Nanina, de Germán García, fue prohibido apenas se publicó; el libro, hoy de culto, ha sido reeditado este año por primera vez en la colección Serie del Recienvenido, dirigida por Ricardo Piglia en el Fondo de Cultura Económica.

—De Puig y Germán García vendimos más de treinta mil novelas. Mafalda fue otro exitazo. Recuerdo que iba a la verdulería y veía las tiras de Quino, que se publicaban sólo en diarios y revistas, pegadas en la balanza. Iba a la carnicería y lo mismo. Le llamé a Quino y le dije: “¿Querés que te haga un libro?”. Salió en la Navidad de 1966 y se agotó en dos días. Vendimos más de cien mil.

Es 19 de mayo y la voz de Jorge Álvarez, en el teléfono, no tiene la exaltación de un día de fiesta. Hoy cumple ochenta años.
—Sí, sí, gracias. La pasé muy bien. Uno de los chicos que me hizo una nota en estos días me invitó a su casa y trajo a unos amigos escritores, poetas. Estuvo muy bien. Comimos, fumamos, de todo. Fue un cumpleaños bien familiar. Sin familia y con amigos que no elegí yo. Pero estuvo muy bien. ¿Almorzamos mañana?

Al día siguiente, camina por Barrio Norte. Aquí vivió antes del exilio y aquí estaba su local. En Talcahuano 485 todavía hay una librería. Se llama Platero. Es sábado y está cerrada pero él la visitó y dice que está igual: el salón de ventas angosto y larguísimo, una escalera caracol para subir hasta el entrepiso donde él tenía su escritorio. A unas cuadras de allí, en el restaurante, elige una mesa al fondo, apartada. No hay demasiada gente y, en pocos minutos, el mozo ya está sirviéndole su Don Julio dorado con una sangrita. Álvarez se pone un poco de sal sobre la lengua antes de beber el tequila y, para no olvidarse, deja sobre la mesa los remedios que tiene que tomar desde que lo operaron del corazón, y también por una deficiencia respiratoria.

Aunque cerró la editorial a fines de 1969, Álvarez no quiere oír la palabra “quiebra”.
—La editorial terminó porque las cosas habían cambiado. La mística de las palabras se transformaron en armas, y Pirí y Walsh pasaron a la lucha armada. El equipo se fue desintegrando. Sentí que lo que pensamos que podíamos hacer ya no era posible. Además, yo no tenía capital propio, todo lo hacía a base de crédito, y cuando el crédito se terminó, se terminó la plata.

Daniel Divinsky cuenta otra versión: “Decir que la editorial cerró porque Pirí y Walsh pasaron a la lucha armada es hacer poesía. Quebró porque usó el dinero para financiar el sello discográfico que había creado. A Jorge le debo muchísimo. No sé si me hubiese dedicado a esto sin su influencia. En 1966, cuando decidí abrir mi librería tenía trescientos dólares. Él me propuso hacer una sociedad y así se fundó Ediciones de la Flor. Tiene todo mi reconocimiento. Pero esos últimos años, con los autores fue sumamente descuidado, para no decir inescrupuloso que suena excesivo”.

Cuando la editorial cerró, la relación de Álvarez con los escritores quedó en un estado de tensión. Uno de los perjudicados fue Quino, que pasó a publicar en Ediciones de la Flor. “Álvarez fue un editor valiosísimo, un innovador que publicó Mafalda cuando nadie pensaba en hacer un libro con la tira. Pero cuando empezó con la música, actuó muy mal. Eran tiempos difíciles y pretendía que yo aceptara joyas o pieles como pago. Él tenía esas cosas”, dice Quino. En la muestra “Pidamos peras a Jorge Álvarez” se expuso una gigantografía en la que Manolito, el amigo de Mafalda, está mirando una dedicatoria que dice: “A Jorge Álvarez–Quino201D. El dibujo es de 1967. “No volvimos a vernos más —dice Quino— y ese agradecimiento no expresa de ninguna manera lo que siento hoy”.

Si García Lupo fue, como dicen, otro de los perjudicados, no lo comenta. En la inauguración de “Pidamos peras…”, fue uno de los oradores más entusiastas.

—Todo eso que se dice, que utilicé el dinero de la editorial para grabar los discos de Mandioca, es una reverenda estupidez. Sin embargo, Divinsky tiene razón cuando dice que mi pasión ya estaba puesta en otro lado.

Antes de salir del restaurante mexicano, Álvarez se sirve un vaso de agua y toma sus medicamentos.

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Un atardecer de 1968, Pirí Lugones lo invitó a su casa para que escuchara tocar a la banda de unos amigos de su hijo. Avanzada la noche, Javier Martínez, integrante de lo que después sería el grupo Manal, tocó “Avellaneda Blues”. Un blues cantado en español era un género totalmente nuevo y, decidido, usó su fama de editor para presentar a los jóvenes músicos en las grandes compañías —RCA, EMI, Microfón—, pero ninguna se interesó. Así nació Mandioca, La Madre de los Chicos, el sello que creó junto a Javier Arroyuelo, Rafael López Sánchez y Pedro Pujó, todos de menos de veinte años, quienes eligieron el nombre de esa raíz comestible que se cultiva en el norte argentino, como un modo de “dialogar” con la manzana de Los Beatles. La Madre de los Chicos, fue un homenaje a la madre de un amigo que les daba alojamiento y comida cuando se reunían en su departamento. En poco tiempo, la música seminal de Manal, Miguel Abuelo, Vox Dei, Moris, empezó a expandirse entre un público muy joven al que Mandioca llegaba por medio de discos y recitales que organizaban en teatros de barrio los domingos al mediodía.

Es casi de noche y en un bar sobre la calle Corrientes, junto a las tazas de café hay algunas crónicas rescatadas de las librerías de viejo y una foto de Álvarez en el verano de 1968, durante el lanzamiento de Mandioca en Mar del Plata: está sentado en un escalón, distraído y de perfil, mirando hacia el escenario. Usa unos pantalones ajustados, camisa a rayas fuera del pantalón y zapatos marca Gucci. Las ondas largas del pelo se ven cuidadosamente despeinadas.

—En esa fiesta ya me sentía bien. Hacía unos meses, en una reunión, me habían presentado a Alberto Fontana, un psicoanalista muy conocido entre intelectuales, que experimentaba con ácido lisérgico. “Así que usted es el famoso Jorge Álvarez”, me dijo mientras tomábamos algo. Conversamos y unas horas después me preguntó: “¿No quiere que lo cure?”. Y me curó. Pero sin ácido. Fui otra persona, más feliz. Yo era una especie de lord inglés incapaz de asumirme gay, hasta que dije: “Joder, ya está bien, me harté, hasta aquí llegué, al que le gusta, le gusta, y al que no, no sé”.

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Con su camisa leñadora, jeans y zapatillas con estrellas a los costados, Álvarez se acomoda cerca de la estufa en el día más frío de junio. Es la casa de Aníbal Esmoris, el productor y director de Mandioca, la madre de los chicos, un documental que está grabando para la televisión pública. Álvarez toma cerveza y mira las imágenes que lo muestran inmensamente joven caminando con amigos, fumando hierba, tomados de las manos.

—Cómo no iba a arriesgarme. Estaban haciendo algo revolucionario y nadie quería escucharlos. Los ayudé y estuvo bien. Cambiamos la historia del rock, ¿no? Con los músicos pasó lo mismo que con los escritores. Me venían a buscar ellos a mí. Pero todo se termina y la ilusión se acabó en ocho años. Los músicos se fueron porque otras compañías les pagaban más. ¿Qué podía hacer? ¿Un juicio que duraría años? No es mi estilo. Tenía que seguir adelante. Acepté la propuesta de Microfón y me convertí en el director de Talent.

Y en Talent, desde 1971, se siguieron encontrando su intuición y el talento de jóvenes artistas. Una tarde, Charly García y Nito Mestre tocaron en su oficina “Canción para mi muerte” y Álvarez no vaciló. “Prepárense para lo que viene”, les dijo y Sui Generis comenzó a grabar. Siguieron Tanguito, Pappo, Invisible, músicos y bandas emblemáticas de Argentina. En 1973, cuando produjo uno de los álbumes más inspirados del rock nacional —Artaud, de Luis Alberto Spinetta—, su madre estaba gravemente enferma.

—Al final me confundía con su marido o su otro hijo. Me quedé con ella hasta que se murió en 1975 y unos meses después me fui.

Era 1976 y en el país había comenzado la dictadura militar. Él y su amigo, el director de cine Leopoldo Torre Nilsson, solían cruzarse en el Hipódromo de Buenos Aires con dos almirantes, quienes una tarde le preguntaron: “Usted, ¿qué hace paseándose tan tranquilo por las calles de la ciudad?”. Esa misma noche planificó su partida hacia Nueva York.

—No tengo nada para recordar. Yo no estoy para hacer cuentos sobre la quema de las naves a lo Hernán Cortés, ni quedarme atado a nostálgicas efemérides. ¿Qué dejé aquí? Nada.

En Argentina se supo tan poco de la vida de Álvarez en el exilio que muchos creyeron que había muerto, aunque él viajó a Buenos Aires cada tanto, para visitar a su hermano y a unos pocos músicos. Vivió en Nueva York dos años y gastó el último dinero que le quedaba en la producción de un grupo de rock que no llegó a triunfar. Entonces decidió probar suerte en Madrid. Terminaba 1978 y la ciudad parecía estar esperándolo, exaltada en el comienzo de “La gran movida española”. Apenas llegó, conoció a Juan Tarodo, un hombre tres décadas menor por el que se quedó en España todos estos años.

—Nunca conocí a nadie como Juanito. De una bondad infinita. Me convertí un poco en su padre, ya que no podía amarlo de otro modo. Estudiaba Medicina pero siempre quiso ser músico, sólo necesitaba el empujoncito que yo le di. Tomó clases de batería y fue fantástico. Él me ayudó a instalarme, a ser un exiliado menos triste. Trabajo conseguí enseguida. ¡Imaginate cuando me presenté en CBS con mi currículum! El presidente creyó que era una broma pero después me contrató de inmediato. “Necesito que inventes el Sui Generis español”, me dijo. Y claro, en dos años lo inventé.

Álvarez buscó uno a uno a los integrantes del grupo y encastró cada pieza hasta obtener lo que sería un tremendo éxito de ventas. El grupo se llamó Mecano y significó su ingreso a la industria discográfica española por la puerta grande. En 1982, después de varios singles, produjo el primer álbum con el que obtuvo dos discos de oro y medio millón de copias vendidas en pocos meses. Unos años después, y con Juan Tarodo listo para ser un gran baterista, armó Olé Olé, un grupo tecno pop que tuvo como voz a Marta Sánchez, la Madonna española, y que, entre 1983 y 1993, fue una de las bandas más populares en España y Latinoamérica. Cuando Olé Olé se disolvió, en 1993, Álvarez y Tarodo crearon una discográfica independiente que produjo a músicos de distintas nacionalidades y géneros musicales.

“Jorge es el productor latino más importante, el que más ha vendido, descubierto y potenciado artistas. Un tipo tan ecléctico que puede producir rock o zarzuela —dice Juan Tarodo desde algún lugar en Madrid—. Llegó aquí y en menos de un mes, ya era un productor exclusivo de CBS. Sin embargo, siempre mantuvo un perfil bajísimo, como si hubiese llegado hastiado”. Tarodo tiene cincuenta y un años, y dos hijos a los que Álvarez llama nietos.

A los éxitos de Mecano y Olé Olé, se sumaron los del mexicano Juan Gabriel, el español Manolo Otero y un disco con la Filarmónica de Londres y los músicos de Paco de Lucía. La lista es extensa y justifica la bonanza económica que, según el propio Álvarez, fue desmedida. Tanto como para pagar por años placeres caros y lujos exóticos. Era exitoso pero en silencio. Como si hubiese abandonado en Buenos Aires al personaje glamuroso que él mismo había creado en los años sesenta. Las cosas empezaron a cambiar cuando las nuevas tecnologías transformaron la industria discográfica y la falta de reglas en defensa de la propiedad intelectual lo dejaron arrinconado. En Puerta de Hierro, Madrid, Álvarez llegó a tener un chalet de tres plantas. Dos veces hipotecó esa casa y dos veces canceló la deuda. Pero la última vez, el dinero no le alcanzó y el banco se quedó con la propiedad.

“Jorge estaba anclado aquí pero la realidad lo ha arrastrado —dice Tarodo—. En Argentina, él es una personalidad y pueden surgir cosas para hacer. La repercusión en la prensa y los homenajes lo tienen encantado. Y también la preparación de sus memorias. Aunque le he dicho que debe ser cuidadoso; no puede ir llevándose a todo el mundo por delante”.

Álvarez aterrizó en Buenos Aires en mayo de 2010, en uno de esos viajes medio fantasmales que lo traían al país por pocos días. La ciudad parecía estar esperándolo. El Bicentenario argentino se festejaba con recitales en las calles, museos abiertos la noche entera, salas de cine que proyectan de forma continua cortos de los directores más importantes, presentaciones de libros y debates en la Biblioteca Nacional. Durante esos días estuvo con representantes de la cultura, artistas y funcionarios. Argentina podía ser una posibilidad. Cuando regresó a España lo habló con Juanito y juntos resolvieron que lo mejor sería que se estableciera en Buenos Aires. Vació la casa, dejó sus cosas guardadas en una baulera y, unos meses después, subió a un avión. Llegó a fines de 2011 con las mismas ganas furiosas de que las ideas se hagan realidad.

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El Café del Monasterio Santa Catalina es un sitio inesperadamente silencioso en el centro de Buenos Aires. Hay que caminar entre jardines y galerías antes de llegar hasta las mesas de madera rústica, los botellones con lirios blancos y el aroma del café recién molido. Álvarez está sentado en una mesa cerca de la estufa. No quiere sacarse el abrigo que lo cubre hasta los pies. El frío de fin de agosto se queda adherido a los huesos. Cruza las piernas y se acomoda el sobretodo; acaricia el paño y va quitando las arrugas.

—Hoy me llamó Juanito y sacó a relucir mi mal carácter. Entonces ha tenido que escucharme. Claro que estoy de pésimo humor, le dije. Hace frío, tengo catarro, estoy solo, una pared de mi casa está por derrumbarse. Los huéspedes se han ido todos. Sólo quedo yo. Me dicen que me mude. Cómo si fuera tan fácil mudarse en esta ciudad. A veces me siento culpable, sabés. Mi madre decía que había que llegar tranquilo a la vejez. Yo espero morirme rápido para no pasar vejeces, como me decía siempre Viñas. Pero de ahí a estar tranquilo. No sé. Tranquilo, ¿por qué? Yo no quiero estar tranquilo. Quiero seguir.

Cuando más tarde, desde los jardines del monasterio, llegue el sonido de las campanadas de las cinco de la tarde, la camarera se acercará con la cuenta y él, con voz firme y orgullosa, dirá:
—Hoy invito yo.  //

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