Archivo Gatopardo

Mamando gallo en Ginebra

Presentamos un fragmento del libro “Gabo periodista” (Fondo de Cultura Económica, Fundación Nuevo Periodismo Ibroamericano), se trata de una antología de los textos periodísticos de Gabriel García Márquez, seleccionados y comentados por colegas y amigos periodistas y escritores. El fragmento que escogimos corresponde a la etapa en que García Márquez cubría asuntos internacionales para el diario “El Espectador” a mediados de los años cincuenta. Va precedido por un ensayo de Jon Lee Anderson (con traducción de Héctor Feliciano) sobre cómo se las arregló García Márquez para seguir mamando gallo como corresponsal extranjero en plena Guerra Fría.

Por Jon Lee Anderson

En julio de 1955, a los veintiocho años de edad, Gabo viajó por primera vez en un avión intercontinental. Un Super Constellation, diseñado por Howard Hughes, lo llevó de Colombia, cruzando el Océano Atlántico, con escala en Bermudas y Lisboa, hasta Ginebra. Lo enviaban a Europa como corresponsal de El Espectador. Su primera tarea sería cubrir la reunión cumbre de jefes de Estado de Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, a quienes, en aquellos días previos a la crisis de Suez, se les conocía como los Cuatro Grandes.

Los envíos trasmitidos por García Márquez desde Suiza —entonces, como hoy, un país neutral inquietantemente sereno—, son un recuerdo agridulce de un momento casi olvidado de los tiempos modernos, en el que el destino del hombre yacía suspendido entre la esperanza de una paz mundial y la perspectiva de un apocalipsis nuclear, un tiempo, en nuestra memoria colectiva, que se recuerda extrañamente como uno de sencillez e inocencia infantiles.

Apenas una década había transcurrido desde el fin de ese gran horror conocido como la Segunda Guerra Mundial, y muchas de las ciudades de Europa yacían aún en ruinas. La Guerra Fría se encontraba en su apogeo, el puente aéreo de Berlín se había establecido, pero todavía no existía el muro. La sublevación húngara y la invasión militar soviética que la aplastó ocurrirían en un plazo de menos de un año; Kruschev había tomado el poder en la URSS dos años antes, y había denunciado los excesos de Stalin, aunque con cierto eufemismo; el mundo desconocía todavía el verdadero alcance de los horrores del camarada Iósif Vissariónovich. Entre tanto, cientos de miles de prisioneros políticos rusos se pudrían aún en los campos de trabajo forzado de Siberia. En Estados Unidos, el anticomunismo estaba a la orden del día. A la ejecución de los Rosenberg, en 1953, habían sucedido las audiencias senatoriales estilo caza de brujas de McCarthy, que habían petrificado y horrorizado al país el año anterior, mientras que en Guatemala el gobierno de Dwight Ike Eisenhower había intervenido exitosamente, por medio de la CIA, para derrocar militarmente al gobierno de Jacobo Arbenz, el primero de izquierda del hemisferio occidental.

La carrera armamentista había comenzado, al igual que la carrera espacial, y en dos años los soviéticos lanzarían el Sputnik. Todavía, la televisión era una novedad primitiva; la mayoría de la gente se informaba por medio del radio y de los diarios. La mayoría de las naciones de África eran todavía colonias de Europa, mientras que en América Latina era la época de los tiranos, con dictadores militares reaccionarios que gobernaban el hemisferio entero. Perón, Stroessner, Pérez Jiménez, Somoza y Trujillo eran sólo una parte de la concurrida cola. Dos años antes, el gansteril presidente cubano Fulgencio Batista había suprimido con sangre un intento de revuelta dirigida por un joven abogado, Fidel Castro, quien habría de languidecer ulteriormente en una prisión. Mientras Gabo estaba en Ginebra, Batista cometió el más grande error político de su vida al amnistiar a Castro, un acto que pronto ocasionaría su caída y el ascenso de este último al poder.

"Sus instintos eran, en cualquier caso, más literarios que clásicamente periodísticos..."

“Sus instintos eran, en cualquier caso, más literarios que clásicamente periodísticos…” / Fotografía: Getty Images

Colombia se encontraba, también, bajo un gobierno militar, con el general del ejército Gustavo Rojas Pinilla como presidente. Hacía unos años había comenzado la matanza nacional conocida como La Violencia, una serie de asesinatos políticos y de masacres que ocasionaría más de trescientas mil muertes antes de que concluyera a finales de los años cincuenta.

La Violencia se inició en 1948 a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el carismático candidato presidencial liberal, que llevó al enfrentamiento a sus seguidores con sus rivales tradicionales, los conservadores.

Gabo mismo albergaba simpatías de izquierda, pero trabajaba para El Espectador, un diario establecido, y guardaba esas simpatías para sí. Sus instintos eran, en cualquier caso, más literarios que clásicamente periodísticos, rasgo que surge repetidas veces, y con geniales resultados, en los artículos que escribió desde Europa.

El talento de escritor de Gabo le permitió obtener lo más que pudo dentro del ámbito de una fastidiosa tarea en Ginebra, donde no era más que uno entre muchos cientos de reporteros de todo el mundo enviados a cubrir un acontecimiento que se les impedía observar. Sin embargo, sin dejar inmutarse por las circunstancias, y sabiendo que lo mejor que sabía era contar historias, se dedicó a buscar algún buen cuento que narrar, con el ferviente interés de un crítico de teatro que anda suelto merodeando tras bastidores durante los preparativos para la función principal, y comenzó a relatar lo que observaba, en un tono menor de drama y de complicidad y un sentido del absurdo altamente desarrollado.

En sus primeros envíos, Gabo preparó la escena para la cumbre que estaba por comenzar. Describió a Ginebra mientras comenzaba a llenarse de periodistas y de diplomáticos con sus comitivas. Era una ciudad en pleno verano, escribió, cuyos habitantes parecían más interesados en los detalles de la Vuelta a Francia en curso que en el acaecer de la trascendental cumbre que debía determinar la política nuclear en el mundo de la posguerra.

Gabo estableció enseguida un tono de guía de pueblo pequeño, desglosando jocosamente lo ancho y lo ajeno y lo incomprensible para los lectores de su tierra. Los ojos del mundo podían muy bien estar centrados en Ginebra, confesaba, pero la ciudad suiza “tiene menos movimiento que Manizales”. Más tarde, en la misma vena, les diría: “Hay tantos perros por las calles como en Magangué. Y tal vez más. Pero éstos son perros civilizados, que no le ladran a nadie y obedecen las señales del tránsito”.

Tales frases estaban destinadas a provocar risas burlonas en Colombia, y sus lectores, sin duda, se habrán acomodado en sus butacas más a gusto y con mayor entusiasmo para seguir leyendo. En su primer envío, Gabo transmitió una nota portentosa, con una evaluación irónica de sus colegas: “Mientras esperamos nerviosamente, los periodistas nos conocemos y de paso cambiamos impresiones sobre la conferencia. Los egipcios están escépticos. Los hindúes, en cambio, se muestran seguros por el triunfo de la política de la coexistencia pacífica preconizada por Nehru. Los periodistas chinos callan. Y los rusos, invisibles, son nuestra mayor preocupación”.

Estas frases parecen pura mamadera de gallo de parte de Gabo. En periodismo, entrevistar a un colega como fuente para un artículo equivale a entrevistar al chofer de taxi que lo lleva a uno del aeropuerto al hotel. Es algo que no se hace. Pero Gabo es tan buen narrador que no nos importa, y apenas advertimos que proyecta sus pensamientos en vez de obtener citas de otros periodistas. Lo hace en todos los correos desde Ginebra, y observamos lo que crea y lo disfrutamos. Aquí y allá, también, Gabo salpica sus textos con pequeñas anécdotas que destacan lo absolutamente ridículo de la cumbre: un pavo real errante se aparece ante la puerta del augusto palacio en donde tiene lugar el encuentro y detiene momentáneamente el acto; más tarde, el pavo real aparece en medio del tráfico. Estos apartes contrastan con referencias a noticias de acontecimientos graves que ocurren más allá en el mundo, “mientras en Ginebra se habla de paz, en Marruecos moros y europeos se matan.”

En los bocetos de los primeros tres de los cuatro grandes líderes que llegan —los rusos aterrizan con retraso— “míster Anthony Eden”, “míster Dwight Eisenhower” y “monsieur Faure”, el ojo de Gabo descubre el tipo de detalle intrascendente, pero revelador: según cuenta, Eden llegó vestido con un estrujado traje gris de franela, como si hubiera dormido con las manos en los bolsillos en el viaje de aeroplano en el que cruzó el Canal de la Mancha, mientras que, por su parte, a pesar del calor de verano, madame Faure llevaba guantes que nunca se retiró.

En otra de las crónicas, la llegada de Ike merece su propio subtítulo, “Como en Hollywood”. Mientras que el aeródromo de Ginebra zumbaba con la presencia de dos enormes helicópteros estadounidenses, el impresionante Constellation de Eisenhower —el Air Force One de su día— aterrizó lanzando “relámpagos metálicos” —cual dios—, mientras que un ejército de detectives estilo Hollywood, que vestía gabardinas claras abultadas por ametralladoras y pistolas, se desplegaba estratégicamente por el lugar. “En un minuto” habían bloqueado las entradas y salidas y, acto seguido, como “si surgieran de la tierra misma”, dos detectives más aparecieron directamente en frente de la tribuna de la prensa. Cuando se presentó, Eisenhower lucía sereno, aunque “rojo como un tomate” y, contrariamente a su homólogo inglés Anthony Eden, salió de su avión primero, antes que su esposa. Una vez en suelo suizo, escribió Gabo, no menos de “veinticinco Cadillacs” esperaban por Dwight Ike Eisenhower para transportarlo por doquier.

La primera primicia de Gabo en Ginebra trata sobre el divertidísimo recuento de una excursión del presidente Eisenhower a una juguetería, La Cochinelle, para comprar regalos para sus nietos. Obviamente, Gabo se divirtió escribiendo: “Mi amable cliente Ike“, y compensó su falta de meticulosidad con los hechos involucrando a sus lectores en una presentación paso por paso del paseo del presidente estadounidense.

[…] imagínese que el hotel del Rhône, donde se hospeda la delegación de los Estados Unidos, está situado en la gobernación de Cundinamarca. […]. De acuerdo con esto, frente al hotel del Rhône pasaría la calle quince. Imagínese usted que la avenida Jiménez de Quesada no ha sido construida y que por allí pasa todavía el río San Francisco. Por donde en Bogotá pasaba el río San Francisco pasa aquí en Ginebra el río Rhône. […]. El largo boulevard de cemento que separa la avenida Jiménez de la calle quince, en Bogotá, también existe en Ginebra. Y aquí también se forman colas, sólo que no son colas de pasajeros para los buses, sino de silenciosos y pacientes pescadores aficionados […]

Así, con guiños a sus lectores —”¿Estamos?”—, Gabo los guía a través de la ciudad hasta La Cochinelle, adornada con un rótulo de una cochinilla roja y las palabras “Jouets, voitures d’enfants“.

Fue aquí, les cuenta, “…donde el señor Eisenhower compró esta tarde una muñeca y un aeroplano de juguete para sus nietos. Uno de esos niños lo vio usted hace dos meses en El Espectador, levantándose la manga de la camisa para que le aplicaran la vacuna Salk”.

En la mismísima puerta de La Cochinelle, Gabo se detiene y sonsaca todavía un poco más su relato explicando que se había topado de pura suerte con su primicia. Se le habían acabado los francos suizos y regresó a su hotel para buscar dólares, acababa de entrar al Banque Populaire Suisse, para cambiar dinero, y se encontraba en la calle contándolo, cuando escuchó sirenas. Vio camiones de bomberos y comenzó a correr, pensando que podía ser que el Hotel del Rhône estuviera en llamas “con toda la delegación norteamericana dentro”. En cambio, se encontró con una excitada muchedumbre concentrada afuera de La Cochinelle. Los camiones de bomberos no eran más que una pista falsa, ya que sólo estaban pasando. Y allí Gabo descubrió que dentro de la tienda el presidente de Estados Unidos se encontraba comprando regalos para sus nietos.

En minutos, la tienda estaba atiborrada con —según Gabo— treinta y dos fotógrafos que intentaban tomar una foto de Ike, a pesar de que “dentro de La Cochinelle es imposible que puedan moverse cinco personas al mismo tiempo”.

Después, en testimonio “exclusivo” para El Espectador, el propietario, Albert Barbier, exclamó que Eisenhower era “extremadamente sencillo y amable” y que, a fin de cuentas, había sido el “día más agitado” de su vida. Gabo concluye con el espectáculo de la desamparada mujer de Barbier. “Junto a la puerta, pensativa, estaba su esposa mirando sombríamente las banderas del Hotel del Rhône. Tenía razón para estar triste: cuando trató de regresar a su almacén se lo impidió la multitud. Y no vio al presidente”.

Los soviéticos fueron los últimos en llegar a Ginebra, y Gabo encontró que, eran de quienes era más fácil burlarse. (En efecto, en las descripciones de Gabo, las nacionalidades se acoplan perfectamente a sus estereotipos internacionales: los rusos eran torpes, los estadounidenses ricos y prepotentes, mientras que los británicos eran remilgadamente excéntricos y los franceses lucían acicaladamente presumidos e intrascendentes. Los suizos, en lo poco que se les menciona en las crónicas de Gabo, eran placenteros aunque aburridos e irrelevantes transeúntes).

El líder soviético era “el señor Bulganin”, un primer ministro que, al igual que monsieur Faure de Francia, es uno de esos personajes que la historia ha olvidado. A Bulganin le habían precedido en Ginebra sus ministros, el diminuto Molotov y un sudoroso Gromyko, y, según Gabo (quien fue al aeródromo a ver aterrizar a cada uno de los líderes), cuando llegó parecía vestir un traje hecho de la misma tela azul claro que Molotov. Así como la delegación de Ike contaba con Cadillacs estadounidenses, los soviéticos habían traído sus propias “limosinas Zis [sic]” [En realidad, se trataba de los automóviles soviéticos Zil]. Gabo nos dice que supo, por medio de un colega francés poco caritativo, que los Zil eran esencialmente versiones rusas recientes de los Packard estadounidenses de la preguerra.

Los soviéticos destacan también en “Los cuatro alegres compadres”, una escena cómica en la que Gabo toca un ostinato sobre las sonrisas de los respectivos líderes, según llegaba cada uno a Ginebra:

Eden, sonriendo a la inglesa: muy discretamente por debajo de su pequeño bigote color de plomo. […]. Eisenhower sonreía [también]. Su sonrisa —todo el mundo lo sabe— parece más la de un beisbolista saludando a la multitud después de un cuadrangular de fondo, que la de un presidente. […]. El señor Faure parece sonreír por cortesía, como celebrando un mal chiste nada más que por la buena educación.

Cuando Bulganin se presentó, sin embargo, “llegó más serio que un ladrillo, y así aparece en las fotografías de prensa y de cine que se tomaron en el aeródromo”. Pero, según las conjeturas de Gabo, Molotov, quien recibió a Bulganin y lo acompañó en su limosina Zil hasta su residencia, le debe de haber dicho que debía sonreír, “[…] porque cuando salieron del automóvil todos estaban sonriendo. Toda la delegación soviética en masa y muchos de sus miembros secundarios sonriendo al vacío, sonriéndole a la nada. Desde entonces, nadie ha dejado de sonreír en Ginebra”.

Luego de la orgía de sonrisas llegó la ronda de almuerzos de la cumbre, que, según Gabo, representaba “la mayor cantidad de almuerzos que se recuerde en la historia de la diplomacia de los últimos tiempos. Ya se perdió la cuenta de cuántas veces ha almorzado quién con quién, y dónde. Cuando sale el sol —a las cuatro de la mañana— ya todos los minutos de todos los delegados están comprometidos”.

Gabo tomó notas —para entonces debe de haber estado fuera de sí del aburrimiento— sobre la puntualidad respectiva de los diferentes líderes. Durante la primera reunión de los Cuatro Grandes, comunicó solemnemente: “El señor Faure se dio el gusto de llegar tarde a una reunión de fondo sin que estallara una guerra”.

En una nota sobre la cena de banquete en el Palacio Eynard, Gabo escribe que Eden se presentó demasiado bien vestido con un esmoquin blanco, y que fue recibido por una señora que gritaba “¡viva Eisenhower!”, mientras que el propio Eisenhower entró unos minutos después sonriendo con un caminar marcial exacto al de Johnnie Walker, el personaje de la botella de whisky. El mariscal Zhukov tropezó al salir de su Zil, en tanto que Faure llegaba, “patrióticamente, a bordo de un Citroën”.

En tanto los Cuatro Grandes asistían al banquete en el Palacio Eynard, sus esposas se reunían en el hotel de la Rue des Granges y, en el imaginar de Gabo, recordaron su aventura de esa tarde en el lago, a bordo de un yate, el Elna, prestado para su excursión por el propietario, el joyero francés Cartier. Mientras se encontraban en el agua, “una tempestad en cinemascope, con sonido estereofónico […], se desató sobre Ginebra…”, y, simultáneamente, un relámpago ocasionó un cortocircuito durante la cumbre que produjo un apagón en el mismo instante en que Eisenhower hablaba sobre el sensible tópico de los aviones espía.

Una vez que los líderes se encontraron a puerta cerrada, y agotados sus apartes sobre los vaivenes protocolarios, Gabo concentró su atención en “el hormiguero de la prensa”, la Maison de la Presse, donde, alegaba, era uno entre más de mil periodistas que habían presenciado “la ceremonia de inauguración, casi a la misma distancia a que se presencian las explosiones atómicas: tres kilómetros”.

En una exagerada letanía de estadísticas, en un estilo que desde entonces se ha hecho conocer sencillamente, y por buenas razones, como garcíamarquiano, Gabo escribe con abundancia sobre la Maison de la Presse, “la auténtica torre de Babel”, donde “1 143 periodistas acreditados, procedentes de todo el mundo, trabajaron durante veinticuatro horas todos los días, en ochocientos máquinas de escribir”. Describe un mundo dentro de otro creado para el propósito expreso de servirles a los reporteros durante la reunión, con su propia oficina de correos, un cuadro telefónico y su propia sucursal del Banco de Suiza, al igual que un restaurante con capacidad para cuatrocientas personas y un bar que podía atender a cien bebedores a la vez. Al concluir la cumbre, Gabo escribió, que se habían transmitido 6 343 223 palabras al mundo exterior por medio de la oficina cablegráfica de la Maison, mientras que, por su parte, el restaurante había servido siete mil tazas de café, 5 516 botellas de cerveza, etc., y etc.

Gabo, entonces, agregó las sumas de dinero que se habían movilizado allí, y calculó que en los seis días de la cumbre se había gastado lo suficiente para financiar la construcción de una nueva Maison de la Presse.

En una de las últimas historias que refiere, “La batalla del traje”, sobre un almuerzo que ofreció madame Faure a las otras primeras damas y a las esposas de los ministros de Relaciones Exteriores, Gabo escribe que tal almuerzo había iniciado un debate, casi un escándalo: parecía que los fotógrafos invitados para retratar a las señoras habían olido pollo asado, lo que era imposible, ya que “no es de buen recibo, que la residencia de un primer ministro huela a pollo asado. Pero los fotógrafos aseguran que en la mansión del señor Faure olía a pollo asado. Y lo cierto es que las señoras comieron pollo. Pero no asado”.

En Europa, Gabo llegaría a escribir con seriedad, y algo furtivamente, sobre lo que observó detrás de la “cortina de hierro”, en Moscú y en Hungría, pero lo cierto es que, en sus primeros días como mero corresponsal extranjero de El Espectador, se las arregló mamando gallo, y lo hizo de maravilla.

Los Cuatro Grandes, en tecnicolor
Por Gabriel García Márquez

El presidente Eisenhower y señora asistieron a una ceremonia religiosa esta mañana, a las nueve y treinta. Dos horas después Anthony Eden y Edgar Faure fueron a saludarlos a la villa de Creux de Genthod —su residencia en Ginebra— y el Presidente les dijo que se quedaran a almorzar. Los periódicos de esta tarde consideran que allí comenzó —con los tres mandatarios occidentales— la conferencia de los Cuatro Grandes.

El primer personaje de grueso calibre que llegó a esta limpia y hermosa ciudad, donde hay un establecimiento que se llama Café Lyrique, fue el señor Molotov. Llegó ayer a las diez y treinta de la mañana a bordo de un pequeño avión militar soviético, Ilichine 14, acompañado del señor Gromyko, que sudaba a 30 grados de temperatura, con un grueso abrigo de pieles colgando del brazo.

Molotov es más pequeño de lo que parece en las fotografías y tal vez apenas unos centímetros más alto que el doctor Silvio Villegas. Traía puesto un delgado vestido de verano, azul claro, y un sombrero flexible que agitó sonriente al pasar frente a la tribuna de los periodistas.

“PRIMERO USTED, SEÑORA”
A las cinco y treinta p. m., en su avión especial, llegó el señor Eden. Cuando se abrió la puerta y el Presidente de Suiza, señor Max Petitpierre, se adelantó a saludar al Primer Ministro británico, trescientos camarógrafos se volvieron locos preparando sus teleobjetivos en la tribuna de prensa. Pero no fue el señor Eden quien salió el primero. Primero salió su esposa —que por ningún motivo físico parece sobrina de su tío, el señor Churchill— con un traje azul oscuro y un sombrero claro. La esposa del Presidente suizo, con los guantes y el sombrero puestos a pesar del intenso calor, entregó a la esposa del Primer Ministro británico un enorme ramo de rosas rojas. Entonces fue cuando salió el señor Eden, con un vestido de franela, gris claro, arrugado el saco sobre los bolsillos del pantalón, como si el Primer Ministro hubiera hecho el viaje desde Inglaterra, durmiendo en el asiento del avión, con las manos en los bolsillos.

ROSAS PARA FRANCIA
Los camarógrafos tuvieron que esperar tres horas, sudando a chorros, a que llegara el personaje siguiente: el señor Edgar Faure, acompañado de su señora y del señor Pinay, sin la suya. La recepción fue exactamente igual a la del señor Eden: un apretón de manos del Presidente suizo; un ramo de rosas, enorme, de su señora para la señora de Faure (y todavía la primera no se había quitado los guantes), y los acordes del himno nacional francés, interpretado por la banda militar del regimiento 26. Un periódico de París decía ayer que ese conjunto disponía con anterioridad de las partituras de todos los himnos, salvo del soviético, que a última hora debió ser transcrito apresuradamente de un disco.

COMO EN HOLLYWOOD
El final del desfile de ayer fue reservado al presidente Eisenhower. Fue de una espectacularidad cinematográfica. Antes de que la torre de control anunciara el inminente arribo del Presidente, decolaron dos gigantescos helicópteros que durante todo el tiempo habían estado allí, y nadie sabía en la tribuna de prensa con qué objeto.

A las nueve de la noche —cuando apenas empezaba a oscurecer— se supo para qué servían aquellos helicópteros: para escoltar al impresionante Constellation presidencial, que aterrizó lanzando relámpagos metálicos, a los últimos rayos del sol. Cuando el avión se detuvo, fue cuando se desarrolló en el aeródromo un espectacular episodio de película norteamericana.

Un ejército de detectives disfrazados de detectives de Hollywood con gabardinas claras bajo el peso del verano y el pecho abultado por las pistolas y las ametralladoras se repartió estratégicamente —en un minuto— por todo el aeródromo. Todas las entradas fueron bloqueadas. Frente a la tribuna de la prensa, dos detectives surgieron de la tierra, según parece.

En medio de aquel despliegue de sensacionalismo, el presidente Eisenhower descendió del avión serenamente, rojo como un tomate y tratando de protegerse la vista del resplandor del crepúsculo con un sombrero flexible. El Presidente vestía de gris. Al contrario de lo que hizo el señor Eden, salió del avión primero que su esposa.

Veinticinco Cadillac esperaban al primer mandatario de los Estados Unidos. Le Journal du Dimanche de París decía esta mañana:
“Fue un minuto histórico. Por primera vez un presidente de los Estados Unidos, en ejercicio, ha posado su planta en el suelo helvético”.

“AQUÍ NO HA PASADO NADA”
Mientras en el aeródromo de Cointrin se desarrollaba ese acontecimiento histórico, nadie parecía sospecharlo en la ciudad de Ginebra, donde el hombre de la calle —y con este calor todos los ginebrinos se vuelven, necesariamente, hombres de la calle— no parece muy interesado en la conferencia. Los periódicos suizos, que publicaron esta tarde una voluminosa información sobre la conferencia, no la han destacado en la forma en que supongo lo estarán haciendo los periódicos de Colombia, dentro de seis horas. Si esto ocurre en Ginebra, la cosa es más notable en París. Hace dos noches, allí nadie parecía preocuparse por la conferencia: todo el interés estaba concentrado en la Vuelta a Francia en bicicleta.

“UN BARRANQUILLERO DE EGIPTO”
Todos los periódicos de París tienen aquí sus enviados especiales. Algunos disponen de canales de transmisión exclusivos, según entiendo. El enorme edificio del Palacio de la Prensa parece un hormiguero, con hormigas que hablan todos los idiomas, pero en proporción escandalosamente baja el español. Esas hormigas venidas de todo el mundo son los únicos habitantes de Ginebra que no parecen pensar en otra cosa distinta de la conferencia.

Los otros se pasaron la tarde paseando en bicicleta, o tomando el fresco en las terrazas llenas de mesas y de frondosas flores rojas, a la orilla del lago. Otros, tal vez los más escépticos, sacaron a sus hermosos perros de paseo. En cada cuadra de esta ciudad que —en verdad— es apenas un poco más grande que Manizales, se vieron esta tarde por lo menos dos personas paseando con sus perros.

Pero hay algo que no permite dudar de que esto es hoy una decisión encrucijada del mundo: el hormiguero del Palacio de la Prensa. Agotado después de dos días de estar desportillando su francés de aldabonazos, este corresponsal se acercó a un colega alto y delgado, moreno y de fino bigote, ejemplar típico del camaján barranquillero. Le preguntó si hablaba español. Y el otro, sonriente, dijo que no. Era el enviado especial de un periódico egipcio.

PRIMER BOLETÍN PRIVADO
1.° Sobre Ciudad Trujillo (5.45 p. m.). La primera tempestad: Estoy asombrado del poderío del Super Constellation. ¿Cómo es posible que lo haya diseñado Hughes, diseñador de tan malas películas?
2.° Que alguien me explique por qué hay sobre Santo Domingo una tormenta que tiene exactamente el mismo tamaño y la misma forma de la isla.
3.° A 450 kilómetros por hora, hacia el oriente, se gana una hora de cada cinco. Esto es como un perro dando vueltas para morder su propia cola.
4.° Estoy avergonzado: ¡He dormido nueve horas sin interrupción! Y como el doctor Bejarano: ¡sin un trago! Después de esta humillante claudicación de haber tirado por la borda una de las pocas cosas nobles que me quedaban —mi miedo al avión— no me extrañaría volverme “hincha” del cinemascope.
5.° Con dos motores apagados, el Super Constellation puede seguir volando: pierde 100 kilómetros por hora de velocidad y 300 metros de altura en ese mismo tiempo.
6.° El salto fue Bermudas-Lisboa, y es algo estúpido: la capacidad de los depósitos del Super Constellation le permite volar catorce horas consecutivas, hasta la última gota. ¡Y el vuelo Bermudas-Lisboa dura diez horas en condiciones ideales! ¡Con un retraso de cuatro horas, esto se va al…!
7.° Hay una cabinera de dos metros de alto y uno de ancho. Me hace falta Ulises, pero me hace más falta aún la metáfora que él hubiera soltado a esta cabinera.
8.° Se me había olvidado que existían las Bermudas. Es el aeródromo más triste y solitario del mundo, con un mostrador donde venden los mismos souvenirs típicos que venden en Cartagena, fabricados en USA. \\

El Espectador, Bogotá, 22 de julio de 1955.

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