Baño ritual

Cada 12 años aparece una ciudad provisional a la orilla del Ganges que acoge a millones de personas para el festival religioso más importante del hinduismo. Ésta es la crónica de una semana en el Kumbh Mela.

Por Ana Gabriela Rojas / Fotografía James Hervey
"Nunca me hubiera podido imaginar tanta gente junta y que tal vez nunca vuelva a ver algo así"

“Nunca me hubiera podido imaginar tanta gente junta y que tal vez nunca vuelva a ver algo así”

"Nunca me hubiera podido imaginar tanta gente junta y que tal vez nunca vuelva a ver algo así"

“Nunca me hubiera podido imaginar tanta gente junta y que tal vez nunca vuelva a ver algo así”

Por Ana Gabriela Rojas / Fotos de James Hervey

Dicen que a mi alrededor hay treinta millones de personas, que esta ciudad provisional levantada de la nada en tres meses, en la periferia de Allahabad, en el norte de la India, es por este día, o al menos por estas horas, la más poblada del planeta.

Miles de hombres desnudos emprenden una carrera frenética hacia el agua. Los babas, o renunciantes que han abandonado hasta la ropa y sólo se cubren sus morenas pieles con cenizas para recordar que todo en este mundo es perecedero, corren desquiciados y con sus espadas o tridentes apartan cualquier cosa que se les cruce en el camino hacia el agua. Chapotean en el río que les llega un poco más arriba de las rodillas. Gritan, bailan. Uno presume sus largas rastas; se las moja y las sacude para hacer líneas con el agua.

Hay un mundo de público: en primera fila, cientos de periodistas han venido de todo el mundo a ver este acto de devoción que, según los más críticos, se ha convertido en un circo. A los fotógrafos les es difícil tomar imágenes sin que salga otro fotógrafo o un indeseable occidental que le quite exotismo a su cuadro. Además, entre los fotógrafos y los babas está un dispositivo policial muy importante; los fotógrafos se tienen que colar entre ellos para lograr sus imágenes. La policía los golpea con sus varas de bambú y cuando alguno logra llegar hasta los babas, hay dos posibilidades: que el hombre esté loco por ser retratado y pose haciendo su mejor gracia, o que intente también pegarle. Es una locura total. Por momentos parece una fiesta, en otros una guerra campal. El baño de los naga babas –los “santones desnudos”– es el momento culminante del Kumbh Mela.

Estamos en el Sangam, el lugar más sagrado del hinduismo, el punto en que el muy venerado río Yamuna entrega sus verdosas aguas a las más turbias, pero todavía más veneradas del Ganges. Aquí se celebra, una vez cada doce años, el Kumbh Mela, el festival más importante del hinduismo y tal vez, la máxima congregación humana de la historia. Dicen que en los cincuenta y cinco días que durará el festival, pasarán por aquí unas cien millones de almas y que ahora, hoy, son más de treinta.

Para recibir a tanta gente, se edificó una ciudad provisoria de veinte kilómetros cuadrados, en la que hace tres meses no había nada. Sobre la arena brillante, que se descubre cuando el río baja, se tendieron más de ciento cincuenta kilómetros de placas de metal para formar calles y avenidas por las que pudieran circular los coches, las motos y las bicicletas. Se pusieron setecientos setenta kilómetros de tendido eléctrico, que tienen bastantes cortes, como todo sistema eléctrico en este país. Se hicieron pozos y tanques para proveer de agua limpia y se hicieron cañerías para alejar los deshechos de toda esta población flotante. Se instalaron miles y miles de tiendas de campaña y baños. Catorce hospitales alopáticos, doce homeopáticos y doce ayurvédicos, la medicina tradicional del sur de la India. Treinta estaciones de policía y otras treinta de bomberos.

En la ciudad provisoria hay ríos de gente. Hombres, mujeres, niños. Muchos cargan sus pertenencias en costales sobre la cabeza; en los brazos, cobijas. El murmullo de multitud es ensordecedor. Van tranquilos, contentos, pero es imposible no empujarse o no chocar. De tanto en tanto hay que parar, esperar a ver hacia donde te mueve la corriente y entonces ir poniendo los pies hacia donde sea necesario para no caer. Las familias se agarran de las manos para no perderse; una que otra va amarrada con un lazo de color. Algunos patriarcas llevan un palo con una tela de un color distintivo para que su prole los siga. Los que no tiene un palo, cortan una rama para usarla de estandarte.

Aunque en el Sangam se vea la confluencia de dos ríos, la gente dice que en realidad son tres: también está el Sarasvati, pero no se ve porque es subterráneo, no lo ve cualquiera porque es un río místico. Los más científicos aseguran que hay vestigios de que existió, pero que no se sabe qué pasó con él. Recuerdo cómo me frustraban esas explicaciones incomprensibles cuando llegué a vivir a este país, sobre todo aterrizando de la racional Alemania. Pero ahora, después de seis años aquí, he aprendido a aceptar, a fuerza de muchos golpes, que hay cosas que jamás entenderé. Al menos desde el punto de vista lógico. Aquí la vida cotidiana se rige por las creencias religiosas, el misticismo, y luchar no sirve de nada; sólo en mi obstinada mentalidad occidental estas cosas se contraponen.

Al principio de los tiempos los dioses y los demonios agitaron el océano primigenio. Entre otras muchas cosas salió de ahí el amrita, o néctar de la inmortalidad. Los demonios rompieron el pacto de compartirlo, así que uno de los dioses escapó con el líquido. El Sol, la Luna y Júpiter protegieron la huida que duró doce días divinos, equivalentes a doce años en escala humana. Pero en la arrebatiña, cuatro gotas fueron derramadas sobre la geografía de la India. Allahabad fue uno de esos lugares privilegiados al ser bañado por el néctar.

Es por eso que ahora, con una determinada conjunción de los astros que pasa cada doce años, el agua del Ganges, considerado la madre para los hinduistas, tiene un poder especial para limpiar los pecados de los hombres. Con suerte también los ayudará a escapar del círculo de reencarnaciones a los que están condenados y podrán alcanzar la inmortalidad. Así me lo explica Binduji Maharaj (le dicen Bindú, de cariño), un regordete doctor de medicina tradicional que acaba de cumplir cincuenta y cinco años, pero que a muy corta edad se dio cuenta de que era un santo. Una decena de largos y llamativos collares, uno de pequeñas imitaciones de cráneos, le caen por el cuello y le rodean la barriga.

– Veo que usted tiene algunas posesiones, ¿no se contrapone con su vida espiritual?
– Lo importante es estar listo para dejarlo todo en cualquier momento.
– Y además de tomar el baño, ¿qué hace un santo como usted en el Kumbh Mela?
– He venido a ayudar a las personas.
– ¿Cómo?
– Escucho sus problemas: les digo que se preocupan por tonterías.
– ¿Cuáles?
– Dinero, empleo, hijos. Los pensamientos los atrapan y no los dejan ser libres. Una mente descontrolada atormenta con pensamientos que no llevan a ninguna parte.
– ¿Y cómo es que se controla la mente?

Con delicadeza aparta su cetro con la punta de calavera. Se quita sus picudas sandalias para poder sentarse en flor de loto y coloca sus manos llenas de enormes anillos en sus rodillas. Cierra sus ojos escondidos tras unos lentes polarizados y hace un pequeño círculo con sus labios, enmarcado por sus cachetes.

– Ooommm…

Al ritmo de su exhalación expulsa suave, constante y larguísimo el sonido de la creación del universo, que los creyentes aún pueden escuchar durante la meditación. Me dice que lo repita tres veces por día. Controlar la respiración ayuda a controlar los pensamientos. No le hace falta mucho esfuerzo para convencerme. Todavía no controlo mi mente, pero llevo cuatro años haciendo yoga.

El hinduismo es una concepción creada por los ingleses para intentar aglutinar a todas las diferentes sectas religiosas que existían en la India. En realidad cada una tiene un dios favorito o una forma diferente de llevar los rituales. Eso sí, dentro de la diversidad hay una cierta unidad y tolerancia. Tras el baño de los santones desnudos aquí todos esperan su turno para llegar al Sangam. El orden es una cosa muy seria, ya que en el pasado los babas pelearon y se mataron entre ellos por entrar primero. Una interminable fila de tractores y jeeps lleva en el techo santones cubiertos por sombrillas doradas. Algunos traen largos collares hechos con flor de cempasúchil, originaria de México, pero que aquí es la más usada en rituales. El color naranja, que es característico del hinduismo, porque significa renuncia, predomina más o menos deslavado en todos los vestuarios, en las telas que traen alrededor de las cabezas, enrolladas en la cintura o en los hombros. Uno tras otro, los tractores avanzan. Un grupo de hombres en calzoncillos blancos pasa haciendo una cadena humana para proteger a su gurú, que va en el centro. Otros traen pancartas con las fotos de su maestro, un hombre rapado y con la mirada perdida en el infinito. Hay miles y miles de personas y parece un río de gente; algunos fluyen más rápido que otros; algunos van en contrasentido, pero dentro del caos, hay un cierto orden orgánico.

Gente por todos lados. La multitud abarca toda lo que puedo ver por los cuatro puntos cardinales. Pienso que nunca me hubiera podido imaginar tanta gente junta y que tal vez nunca vuelva a ver algo así.

Es imposible ubicarse en la ciudad provisional porque es enorme y caótica y no tiene referentes que le permitan a uno orientarse. Perdidas, confundidas están las representaciones de las diferentes sectas del hinduismo que, a grandes rasgos, se dividen en tres: sivaites o que creen que el destructor dios Shiva es el mejor del panteón hinduista, los vishnavitas, que le apuestan al preservador dios Vishnú y los kalpwasis que siguen al creador Brahma.

Cada una tiene un espacio y diferentes fachadas falsas: una copia barata del Taj Mahal, otra un templo y así. En la noche se encienden bailarinas luces de colores que dan un aspecto de feria, una Disneylandia del hinduismo. En una de las tiendas más estridentes hay un elefante de plástico de tamaño natural. A su lado, ciervos, pavorreales, vacas y un soldado con turbante y rifle. El gurú del lugar se retiró del ejército para dedicarse al yoga y la vida espiritual. Algo nada fuera de lo común. Otro de los líderes más populares entre los extranjeros es precisamente Pilot Baba, que dejó de volar aviones para dedicarse a salvar almas. A Baba Ramdev, uno de los más mediáticos, se le conoce también como Helicopter Baba, porque salió ileso de un accidente que tuvo en uno de esos aparatos que le fue regalado por uno de sus seguidores.

Paseo por los pasillos que conectan las diferentes tiendas. La escena más común es grupos de babas sentados en flor de loto discutiendo del bien y del mal. Algunos se van pasando el chillum, una pipa hecha de barro en la que se fuma charas, como se le conoce aquí al hashish. Se usa con motivos religiosos y hasta los años ochenta era posible comprarlo en tiendas del gobierno. Ahora sólo se puede comprar legalmente mariguana o bhang, que es una bebida hecha de las hojas y flores del cannabis. El centro de reunión más común son unas fogatas hechas también de barro donde se quema leña. Lo adorna un tridente –que es señal del dios Shiva– y flores de cempasúchil.

En uno de mis recorridos encuentro a Amar Bharti Baba, un asceta que hace más de treinta años decidió dejar su brazo derecho levantado para siempre. Todavía lo tiene arriba, pero se le ha secado, parece más bien el tronco flaco de un árbol, y las uñas de esos dedos se le enroscan de tan largas. La gente hace círculo para verlo. Uno de sus seguidores, Datt Bharati, un alemán que ha vivido muchos de sus cincuenta y siete años en la India, me explica que comenzó esta práctica como forma de trascender el dolor físico, en su afán de controlar la mente. Oigo mucho de Ganesh Baba, cuyo rostro deformadísimo por un tumor le hace parecerse al dios elefante y le ha ganado muchos seguidores, pero a pesar de buscarlo por horas, no logro encontrar su tienda.

A la orilla del Sangam es casi imposible concentrar la mirada. Millones de historias suceden al mismo tiempo y se entrecruzan. Intento enfocarme en una a la vez. Unas mujeres adornadas con enormes aretes en los oídos y la nariz y con pulseras en las muñecas y los tobillos preparan una ofrenda al río. Aquí estos rituales se conocen como puyas (lo escribo como se pronuncia. Se escribe aquí poojas). Una de ellas pone en un barco hecho de papel periódico unas flores de cempasúchil y prende fuego a una pequeña velita hecha con un trozo de manteca. Con delicadeza deja flotando el barquito en el río. La corriente se lo lleva unos metros y luego lo sumerge. Otra mujer prende inciensos y los acomoda entre los sacos de arena cubiertos por paja que se han improvisado como playa para que entren al agua los peregrinos.

Junto a ellas, hay un hombre al que se le notan las costillas al respirar. Su largo cabello despeinado y canoso se confunde con su barba. Sólo lleva un trozo de tela naranja alrededor de su cintura. Entra en el río y en su espalda también trasluce el rosario de su columna, agarra un poco de agua entre sus palmas y las sube por encima de su cabeza, en dirección al sol; deja escapar el líquido poco a poco. Con la luz del sol el agua se descompone en los siete colores del arcoíris. Un estudioso del hinduismo me explicó que esto estimula los chakras o centros de energía distribuidos en la columna vertebral. Por coincidencia son siete y cada uno tiene un color. A su vez, el creyente está reflejando los siete colores de sus chakras hacia el agua, que a la vez la transforma en luz blanca y la devuelve al sol en señal de gratitud.

Unas mujeres ayudan a un hombre a entrar en el agua. El viejo no puede esconder su felicidad, los pocos dientes que le quedan y sus ojos quieren salírsele de la cara. Una madre obliga a sus dos flacos hijos a entrar al agua. Uno de cada mano. Ella sonríe, ellos gritan y se resisten. El agua está muy fría. Uno logra soltarse de la madre y echa a correr en dirección contraria. Pero es alcanzado y regresado al agua.

Un sadhu, como se conocen aquí a los ascetas o monjes vagabundos, que canta sin parar “Sitaram Sitaram Sitaram”, se envuelve las rastas a modo de chongo y se da su chapuzón. Su cuerpo es perfecto, fibroso y firme, pero a escala reducida. Tiene los ojos rasgados. Se frota de manera frenética el cuerpo y luego camina hasta donde el agua no le cubre mucho. Tratándose de tapar con una tela amarrada a modo de falda, ahí aprovecha para cambiarse el calzón, que es en realidad una cuerda alrededor de la cintura y una tela amarrada a ésta, que le cubre los genitales y que le pasa por las nalgas a modo de tanga. Un muchacho usa su pierna enflaquecida por la polio como bastón para salir del agua. Pienso que, salvo el ocasional celular que suena o que es utilizado para tomar fotos, esta escena podría haber sido en el Kumbh Mela de hace 12, 24, 36 o 48 años. Tal vez la religión sea el aspecto más atemporal de este país, que por otra parte está en frenético desarrollo económico.

El agua es más bien de color café. Por ella pasan flotando flores, velas, barquitos de periódico y cocos que han sido ofrendados. También mucho cabello que los peregrinos se han cortado en señal de renuncia. Navegan río abajo bolsas de plástico y muchas chanclas sueltas.

En las orillas del río, un ejército de policías y voluntarios se encargan, con un silbato de muchos decibeles y un palo de bambú, de acelerar el baño de los peregrinos. Hay muchos esperando entrar. Y nadie debe tardarse demasiado, sobre todo en los días de los baños más auspiciosos. También hay muchos limpiadores que se encargan de sacar las ofrendas que fueron tiradas al río con una red que parece para cazar mariposas. Otros barren las orillas con escobas comunes y corrientes. Para estándares indios el Kumbh Mela es un festival limpio y organizado.

Los hombres van en su mayoría con telas blancas o anaranjadas alrededor de sus cinturas. Pero también son famosos los calzones con la palabra “macho” en el elástico.

Casi todas las mujeres van en saris, los tradicionales vestidos indios, que en realidad son sólo una tela de ocho metros que se enrollan alrededor de una falda tipo fondo y una blusa corta. Son muy coloridos y exquisitos, de seda o de algodón. Antes de entrar al agua las mujeres se quitan la blusa. Los saris mojados se les pegan al cuerpo y se les traslucen los senos. Pero también los dejan libres al viento y al agua. Me sorprendo sorprendida. En seis años en la India no había visto los senos de una india. Y en mis días en el Kumbh Mela he visto cientos de pares, de todos tamaños y formas. Aquí parece algo natural, a pesar de que en la India la modestia de la mujer se privilegia ante cualquier cosa. Eso sí, supe de tres fotógrafos arrestados, uno de ellos japonés, porque fueron sorprendidos por la policía sacando fotos de las turgencias. En estos momentos hay mucha sensibilidad al tema del acoso a las mujeres a causa de la violación perpetrada por seis hombres, en Nueva Delhi, la capital, a una estudiante de fisioterapia, de veintitrés años, que le causaron la muerte en diciembre. No fue la primera vez ni la última que pasó algo así, pero por la brutalidad del caso y porque mucha gente se identificó con la víctima, empezó una serie de protestas que concienciaron a la población sobre la inseguridad y desigualdad en la que viven las mujeres.

Hare hare, hare krishna, krishna krishna, hare hare“, cantan a gritos los entusiastas seguidores del juguetón dios azul que me encuentro en mi peregrinar. Me acerco al más entusiasta, un neozelandés, en cuanto deja el micrófono. En las pausas de nuestra conversación sigue recitando quedito: “Hare hare, hare Krishna“.

– ¿Por qué eres krishna?
– Porque antes era infeliz. Y ahora soy feliz.
– ¿Cómo lo hiciste?
– Cantando sin parar el nombre de Krishna.
– ¿Y que más?
– Dejé de comer carne.
– ¿Y eso como influye en tu felicidad?
– Porque no daño a los animales y además, cuando los comes, te están pasando también su karma.

Un baba pequeño y flaco, vestido sólo con cenizas me lleva a sentarme a un costal que tiene sobre el piso. Aprovecha que soy extranjera para llamar la atención de la gente, que está muy curiosa por ver a extraños. El público empieza a rodearnos. El baba entonces saca la rama de un árbol y comienza a enrollarse el pene en ella. Cuando ha dado varias vueltas e incluso los testículos han quedado en la vara, pasa una pierna por encima de ella, luego la otra. Pide a otro baba que se suba en la vara, un pie de cada lado y lo carga así por unos momentos. “¡Om namo narayana!”, surge un grito de exclamación. Luego el santón trae un trozo de tubería y pide a algunos del público que intenten cargarla. Pocos pueden porque está muy pesada.

Entonces se enreda un trozo de tela en el pene y luego lo pasa alrededor del tubo. Se agarra el extremo de sus partes íntimas y carga el tubo. Expresiones de terror en las caras del público. El baba suelta rápido la tubería y se va a tirar con cara de dolor al costal en que yo estoy sentada. La gente comienza a darle muchos billetes de diez rupias, lo equivalente a dos pesos y medio.

Después de un rato, cuando retoma la compostura, me explica que él es célibe, que siempre lo fue. Que los babas como él hacen este tipo de sacrificios para evitar las pasiones carnales y dedicarse a la vida contemplativa. El estudioso del hinduismo me había explicado que en su iniciación, con un tirón, a los naga babas se les desconecta el flujo de sangre a los cuerpos cavernosos del pene, para que así no tengan erecciones. Me quedo impactada. Por el resto de la tarde me vienen a la mente imágenes de la brutal e innecesaria demostración de fuerza.

Dentro de las tiendas hay todo tipo de personajes, entre ellos sadhus cenizos que dan la bendición a cambio de dinero. Una chica francesa intenta tomar una foto a uno. Pero él se tapa la cara y le dice que primero le ponga dinero. Las personas serias con las que he hablado me han alertado de que la gran mayoría de los sadhus que están en este festival son charlatanes. Que los verdaderos ascetas tienen una vida contemplativa y que están casi siempre en las montañas. Si vienen al Kumbha Mela es sólo por darse un baño en los días más auspiciosos. Pero que harán sus rituales y se retirarán en silencio, sin interés alguno de interactuar con los mundanos.

Me alegra saber que sí, aunque pocos, hay personas que practican la filosofía que a mí me atrae del hinduismo: se es más feliz mientras menos se desea. “El deseo es en realidad miedo. Cuando quieres algo y no confías en que el universo te lo volverá a dar o te dará otra cosa, entonces surge un impulso de almacenar. Y ni siquiera disfrutas lo que tienes porque estás pensando en su finitud”, me decía un hombre al lado de una fogata. Él estaba convencido, como es normal aquí, de la reencarnación. El hombre nació para volverse infinito. Al sistema consumista en el que vivimos le conviene que no creamos, porque entonces nos concentramos en las cosas materiales y no examinamos nuestro interior, dice.

En las orillas del Sangam hay una playa de paja. Ahí la gente se cambia la ropa después del baño. Hay unos señores que tienen puestos de espejos y peines, que prestan a cambio de una propina. Los peregrinos pueden ir ahí a embellecerse tras el chapuzón. También tienen los polvos de colores para que se pinten en medio de la frente el tercer ojo, el de la intuición y que las mujeres se pongan bermellón en la raya de en medio del pelo, lo que significa que están casadas. En los días de festival menos congestionados la gente puede sentarse y secarse al sol. Los largos saris vuelan al viento. Uno rojo con espirales doradas, otro azul con flores amarillas, uno morado con triángulos lilas. Las mujeres agarran una orilla cada una y los detienen por horas al sol. Como si no tuvieran nada más importante que hacer de tendedero.

En una tienda de campaña improvisada con plásticos y palos está la familia de Ram Pal Sahu. Los once han viajado más de veinte horas en tren para estar aquí. Han prometido estar un mes renunciando a todo lo que sea posible, a vivir con lo mínimo. Comen sólo una vez al día y se bañan diario en el Ganges.

– El agua del Ganges da vida. Purifica.
– Está turbia, llena de basura, las industrias echan sus desechos y las cañerías de muchas ciudades desembocan ahí.
– Sí.
– ¿Entonces?
– Eso no importa. El agua es sagrada y es el néctar de la vida. Por mucha basura que tenga, sigue limpiando.

No me sorprenden sus palabras. Las he oído muchas veces. Incluso de un ingeniero que es de los principales activistas para limpiar el Ganges. Su trabajo es denunciar los graves niveles de contaminación del agua y se la pasa alertando que la gente puede morir por ello. Pero aún así, él mismo bebe todos los días un traguito para purificarse. A nadie le importa que las ONG adviertan que el agua del río puede causar todo tipo de enfermedades gastrointestinales y que contiene cancerígenos. Para ellos el Ganges es la fuente de la vida.

En lo alto una colina de arena que se forma fuera del Sangam está situada la torre de control de la policía. Al lado de una imponente fortaleza de piedra caliza construida en el siglo XVI por el conciliador emperador Akbar. Desde ahí la policía da órdenes que resuenan demasiado fuerte por todo el Sangam. De ahí también se escuchan los gritos desesperados de las mujeres y los niños que se han perdido. Pasa un policía con dos niños de la mano. Los dos lloran y miran para todos lados. Cuarenta mil familias han sido reunidas hasta ahora. Y no se sabe cuántas han quedado separadas durante este festival.

Los negocios sí que prosperaron con las multitudes, me contó el director de la tienda provisional que la cadena de comida rápida india Haldiram’s ha puesto durante los dos meses del festival. Es fácil ver que todos los negocios están llenos y la mercancía agotada. También los mendigos hicieron su agosto, pues los peregrinos les daban dinero cuando pasaban a su lado en las filas en las que se ponían en los caminos hacia el Sangam. Leprosos, con polio y niños disfrazados de dioses eran los que se beneficiaban más de la caridad.

Los ladrones también aprovecharon la oportunidad. Vinieron hasta veinticinco mil, según la policía. En todo mi tiempo en la India me he sentido muy segura y no he sufrido ningún robo. Pero esta vez algunos me han pasado muy cerca. Supe de dos fotógrafos a los que les robaron todo su equipo. Cuando me tomaba un té al aire libre, una turista rubia hizo un drama porque su bolsa había desaparecido. A un viajero mexicano, lo dejaron sin pasaporte, visa, ni siquiera un par de calzones extras.

Aunque el Ganges unifica a los indios, la gran mayoría de los millones de peregrinos que acuden al Kumbh Mela son pobres, vienen de sus aldeas y pueblos. La mayoría viene sólo por un día. Es por eso que el flujo de personas se mantiene constante. Es común que en festivales de tal magnitud algo se salga de control, que ocurra alguna tragedia. Y así sucedió esta vez, aunque no fue dentro del Kumbh Mela.

Cuando llegué a la estación de trenes ya sólo había zapatos en los andenes. Zapatos perdidos es de lo más común en todo el festival, pero la concentración aquí era mayor. Uno pequeñito azul, que era de un bebé. Una sandalia roja, una alpargata rota. Seña de que aquí, una noche antes, tras el baño principal, más de ciento cincuenta mil personas se aglomeraban esperando el tren para volver a sus casas. Por los altavoces se anunció que uno de los trenes iba a salir de otra plataforma. Esto causó mucho desconcierto y entre la multitud, los policías comenzaron a presionar a la gente, según los testigos. Así que en un momento la masa humana cayó por una de las escaleras y los más débiles, sobre todo mujeres ancianas murieron. Treinta y seis vidas se perdieron. Aunque muy valiosas, fueron pocas considerando lo que pudo haber pasado teniendo en cuenta que eran más de treinta millones de personas.

Pasé la última noche intentando dormir sobre paja en una habitación compartida con otras siete personas en un ashram, o uno de los tantos centros pensados para la práctica espiritual que hay en este país. Al principio íbamos a ser sólo dos, pero luego por la falta de lugar llegó otro, luego otros tres y al final otros dos. Era difícil caminar los corredores y los patios del lugar porque dormían a cielo abierto cientos de personas. Sólo había dos letrinas y conseguir la llave para entrar era un triunfo. De ducharse ni imaginarlo. La niebla era densa. Las interminables líneas de bultos tiradas al lado del pavimento, sobre la tierra, eran en realidad durmientes que estaban cubiertos con cobijas de la cabeza a los pies. Intentaban protegerse del frío que durante las noches de invierno no conoce de clemencia. A las cuatro de la mañana la policía les pegaba con palos de bambú para que se levantaran y no obstruyeran el paso.

Los cortes en la electricidad, los fallos en las líneas de teléfono, la falta de agua y la suciedad también sucedieron por la presencia de tanta y tanta gente. De por sí, casi la mitad de casas en la India no tienen baño. Así que aquí era de lo más común ver a la gente haciendo sus necesidades en la calle, en la playa del río sagrado o en cualquier lugar que fuera posible. Aunque los servicios de limpieza eran relativamente eficientes, no se daban abasto. Los días de calor la pestilencia era insoportable, además, había polvo por todas partes, pero era imposible pensar en darme un baño. Tenía que mendigar por un poco de electricidad para recargar mi computadora y mi teléfono. Eso, unido a los diferentes altavoces de los ashrams promoviendo a todo volumen sus gurús y sus cánticos para conseguir la liberación, me alteró los nervios. Justo encima de la habitación en la que estaban hacinadas con otras siete personas pusieron unas bocinas que durante cuarenta y ocho horas no dejaron de sonar. Tres veces fui a bajar el volumen yo misma, pero al cabo de segundos lo volvieron a subir. Sólo alguien que ama tanto este país como yo, puede odiarlo tanto algunas veces. A la mañana siguiente, cuando el amanecer rompió con una línea rojiza el azul profundo y el suave golpeteo de los remos de la barca en la que iba rompía el silencio, me reconcilié otra vez con la India.

Cuando le conté emocionada a mi mamá que iba de camino al Kumbh Mela, ella, que ha estado en el Ganges, me pidió por favor que no me metiera en el río. Que estaba sucio. Que podría contraer alguna enfermedad. Es verdad. Cuando estaba dentro hasta las rodillas pensaba en las infecciones, de estómago, de oídos, de ojos. En mis pies se enredó algo de consistencia babosa que flotaba en el agua. Me lo quité con un poco de asco. Pero luego intenté no pensar en ello y no ver los pelos que flotaban. A veces lo mejor es no pensar. Tomé agua entre mis manos y la ofrecí al sol. Me sumergí tres veces. Todavía no sé porqué.

Después de los días de baños importantes el éxodo vuelve a comenzar, pero ahora con gente de vuelta, del Sangam a sus casas. Yo me subo en una barca que me llevará del otro lado del río. Tardamos en salir porque hay tráfico de barcas. Los barqueros empujan a las barcas de al lado, pero todos en distinta dirección. En la barca donde voy hay tres mujeres viejas. Una de ella me da un puño de arroz y una moneda de una rupia. Me dice que pida un deseo y la aviente al río. Lo hago. Al llegar al otro extremo las señoras se despiden y se pierden entre la niebla. Cada vez hay menos gente. Se han marchado en los trenes y autobuses extra que han puesto. Aunque según la tradición los peregrinos tendrían que venir a pie y sin zapatos. Pronto se desmontará esta ciudad provisional. La vecina Allahabad se quedará con sus modestos 1.2 millones habitantes. El río volverá a crecer. Y así pasarán doce años hasta que los astros se vuelvan a conjuntar y den al agua del Ganges poderes especiales para limpiar los pecados y dar la inmortalidad. Entonces, se volverá a montar en la brillante arena la ciudad más poblada del mundo.

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