La muchacha que no quería ser cantante

Julieta Venegas dice que se ve a sí misma como una pianista que se disfraza con un acordeón en los escenarios. Ella marcó a una generación de mujeres en los años noventa, cuando rompió con el arquetipo de las cantantes “famosas”, rubias y operadas. Ahora está de vuelta con uno de los discos más arriesgados –y oscuros– de toda su carrera, “Los momentos”.

Por Tryno Maldonado / Fotografía Zony Maya
La niña que estrena su disco más oscuro, "Los momentos".

La niña que estrena su disco más oscuro, “Los momentos”.

La niña que podría ser escritora

Por la tarde. Finales de febrero. Sur de la ciudad de México. El sol, cerca de los treinta grados, parece ser el último en enterarse de que aún estamos en invierno. De costumbres provincianas como soy, llego caminando sin problema a mi destino, ajeno al tráfico y al caos de las horas punta. Llego a la casa de Julieta. Toco el timbre y se abre el portón automático. Entro por un corredor empedrado al aire libre y, a través de esa privada, busco el número. “Diga”, me dice una chica con la respiración agitada cuando me abre la puerta. Detrás de ella oigo la voz de una niña. Es Simona, pienso, la hija de dos años y medio de Julieta.

“Hola —le digo—. Vengo a ver a Julieta”. La muchacha me observa, luego devuelve la mirada a la sala. “Están ensayando en el estudio”, responde. Intento agregar algo más a mi favor, pues no sé dónde queda el estudio. Ella regresa a la sala y oigo que dice: “¡Simona, ya te dije que eso no es para pintar!”. Una risa infantil y contagiosa se oye al fondo y luego unos pasos rápidos y titubeantes emprenden la huida.

“Es en la primera casa”, me dice la chica ahora sin quitarle la vista a Simona. Me asomo y la saludo. Simona se queda quieta un segundo, observando al extraño que acaba de aparecerse en su puerta. En una mano tiene un libro ilustrado de tapas duras abierto por la mitad y una crayola naranja en la otra. Me sonríe. Luego reanuda su carrera por la sala, más divertida que antes. Por alguna extraña razón, no puedo evitar sonreír también por primera vez en lo que va del día.

El año pasado, durante la gira de Otra cosa, la mamá de Simona y su banda estuvieron tocando mucho. A lo largo de 2012 dieron unos setenta shows en Sudamérica y Europa. La diferencia es que ahora Julieta Venegas tiene un ser humano que depende de ella las veinticuatro horas del día. “A los viajes Simona se va conmigo. Nunca he hecho una gira sin ella desde que nació”, es lo que me dice cuando le pregunto cómo le hace para compaginar ambos mundos. “El ritmo de todo cambió; no sólo la gira. Incluso ahora que empecé a escribir este disco dije: ‘Sí, claro, terminamos la gira y en junio lo tengo escrito y listo’. Y no. Me tardé mucho más en escribirlo, me tardé más en grabarlo. De hecho no salió el año pasado como estaba previsto”.

El estudio está situado en una casa aledaña a la de la de Julieta, dentro de la misma privada. El sonido es el que me guía. Julieta me da la bienvenida. Acaba de salir de un evento de promoción para la ONU, con la que ha colaborado antes en diversas campañas. Se levanta del enorme piano de cola en el que ensaya y me presenta a su nueva banda. Es el grupo con el que estará tocando en la gira de Los momentos —su nuevo disco— y del que, orgullosa, me había platicado unos días antes. Nada qué ver ya, por ejemplo, con la alineación que escuché todavía en mayo del año anterior en el Wirikuta Fest del Foro Sol. En el estudio ya no hay más percusiones afroamericanas, cavaquinhos, clarinetes, trompetas ni instrumentos exóticos. Todo lo que puedo ver alrededor es, de hecho —salvo el piano de cola en el que ensaya Julieta—, lo que un extraño calificaría como los instrumentos de una banda de rock o una banda de garage. Han vuelto a los básicos.

Los momentos lo grabamos aquí en la casa y en el estudio de Yamil, que es también un estudio muy casero”, dice refiriéndose a Yamil Rezc, coproductor del álbum junto a la propia Julieta. “Este estudio es en realidad una casa que adapté, entonces te sientes más relajado; todo en este disco fue mucho más relajado. Había ocasiones en que decía: ‘Saben qué, son las ocho. Voy a bañar a mi hija; síganle dando y ahorita vuelvo’. Nos podíamos adaptar bastante y pude seguir con mi ritmo de vida en mi casa, con mi hija, comer con ella, y grabar al mismo tiempo”.

Yo también me siento como en mi casa, así es que le tomo la palabra a uno de los técnicos de sonido y acepto una cerveza fría que saca del refrigerador. Las dos plantas de la casa-estudio son utilizadas para almacenar el equipo y los instrumentos. Para entrar a la sala donde ensayan, por ejemplo, hay que pasar forzosamente por la cocina. Es un lugar acogedor. En efecto, muy casero: como si de pronto un adolescente hubiera quitado los muebles de la sala de sus padres para organizar una tocada. Rápidamente me siento como en el ensayo de una banda de amigos, y no en el estudio de un grupo profesional que debe tener listo un setlist de treinta canciones en cinco días para iniciar una gira europea que arrancará en Barcelona y continuará en Madrid y Zurich.

“¿Cambió de alguna forma el método desde que compones hasta que produces?”.
“Cambió. Primero porque cambié de espacio —me dice Julieta señalando a nuestro alrededor—. Antes todo lo hacía en mi casa: desde la composición, los demos y toda la primera parte. Ahora todo lo saqué de mi casa y todo lo del estudio está aquí, al otro lado. Toda la vida había pensado en mi espacio creativo como mi espacio vital también. Es parte del cambio de haber tenido una hija. Te genera otras necesidades. Yo también ahora necesito un espacio para mi familia, para relajarme. Ya no es todo solamente pensar en escribir todo el tiempo, ¿sabes?”.

Y no exagera. A lo largo de esa tarde y noche, a Julieta le suele preocupar ya no nada más el setlist, los nuevos arreglos o las armonías en los coros de las canciones. En cierto momento del ensayo, por ejemplo, hace una pausa y recuerda de pronto que el viaje a Barcelona será de día. “Vamos a tener que comprar cuadernos, plumones y lápices para dibujar —dice—. El iPad es nada más el último recurso para tener tranquila a Simona en esos casos”.
“A Simona le gustan mucho los libros. ¿No te da miedo que quiera ser escritora?”.
“Pobrecita, ¿no? —Julieta no puede evitar soltar una carcajada—. ¡Sufren mucho!”.
“Pues veme a mí…”, digo y le doy otro trago a la cerveza.
La carcajada de Julieta sube de volumen.
“Pero estaría increíble —dice—. Le sigue gustando que le cuenten historias; a mí me encanta y me encanta leerle”.

La muchacha que no quería ser cantante
“Yo no decidí ser cantante. Nunca lo pensé ni veía cantantes en la tele y decía que iba a ser como ellos. En mi casa había mucho amor por la música de una manera muy cotidiana, pero no había músicos”, escribió Julieta en el libro de testimonios Gritos y susurros II (Aguilar, 2009) coordinado por Denise Dresser.

Julieta Venegas Percevault, tal como lo acredita su marcado acento norteño, es tijuanense. Pero nació en Los Ángeles, California, hace cuarenta y dos años. Sus padres, como muchos otros padres de la frontera norte, creyeron que dar a luz del otro lado sería el inicio más óptimo y la mejor ayuda que podrían aportar para el futuro de su hija. En su casa se hablaba inglés de manera tan natural como el español. Julieta es una de cinco hijos de un fotógrafo de bodas, bautizos y XV años. Hasta que se separaron, su madre trabajó con él. “Tú vas a Tijuana y todo mundo siempre dice: ‘Ay, tu papá me tomó las fotos de mis XV años. Tu papá tomó las fotos de todos mis hijos, de todas las bodas'”. Sólo ella se dedicó a la música, y su hermana gemela, Yvonne Venegas, adoptó de forma profesional la fotografía artística. La Tijuana donde Julieta Venegas pasó su adolescencia y primera juventud fue la misma que la revista Newsweek enlistó como uno de los nuevos centros nodales de la cultura y el arte del mundo, un hybrid happening. Había la sensación de que algo grande estaba pasando. Todos querían irse a vivir a Tijuana. Sin embargo, Julieta hizo lo opuesto: emigrar.

Con veintidós años de edad, Julieta se fue a probar suerte definitivamente al DF. “En esa época no me gustaba mi voz, era muy insegura”, recuerda Julieta, aunque en 1995 fue vocalista de La Milagrosa —título tomado de la novela de Carmen Boullosa publicada por Editorial Era en 1992—, al lado de Fratta, Iván Moreno y el Señor González de Botellita de Jerez. “En esos días Julieta abría los conciertos de Fratta con un par de canciones y, enseguida, se integraba a la banda”, recuerda el Señor González.

“Conocí a Julieta casi recién desempacada en el DF —me cuenta Raúl David Vázquez, Rulo, por entonces locutor en la extinta estación Radioactivo—. Era novia de Joselo Rangel, buen amigo. Su hermana Yvonne luego fue novia de Quique Rangel. Nos llevábamos todos. Julieta recién acababa de firmar con BMG. Cuando salió su primer disco había mucha expectativa y, aunque no tuvo ventas multimillonarias, dejó una huella profunda en una generación de chicas que vieron en Julieta Venegas un reflejo de sus sueños, miedos y anhelos”.

La muchacha buena que dejó la frontera y descubrió su lado oscuro
“Me encontré una cosa que dejaste en Tijuana —le digo a Julieta—. Mira”.
“¡Ay! ¡Qué risa! —dice sorprendida—. Soy puro cachete en esa foto”.

A Julieta le brillan los ojos, deja de lado lo que está haciendo para observar la copia de su credencial de la Casa de la Cultura de Tijuana. 1988. “Taller de Canto y Piano”, se lee en la cartulina maltratada. La credencial tiene una foto en tamaño infantil de Julieta a los diecisiete. La de la foto es una niña buena. Cachetes colorados como Heidi, listón en el cabello y una sonrisa encantadora. Un amigo en común, el escritor Rafa Saavedra, de Tijuana, me la pasó para darle la sorpresa.
“¡Está buenísima!”, dice Julieta sin quitar la vista de su credencial.
“¿En esos años empezaste con el acordeón?”.
“No. El acordeón ya fue en el DF. Empecé con el piano y el piano sigue siendo mi base. Siempre digo que soy pianista disfrazada de acordeonista”.
“No sé qué tan importante es la técnica para ti”.
“Siempre he sido un desastre. De repente hay épocas en que me pongo a ejercitarme más y a estudiar para no tener las manos duras, pero no soy disciplinada, nunca lo he sido. Creo más en sentarme a escribir, a escuchar música o a leer. De hecho creo que paso más tiempo leyendo que tocando o practicando”.
“¿Y eso influye en tu estilo?”.
“Mi estilo, mi manera de cantar, mi manera de escribir vienen de la búsqueda, de no saber realmente lo que estoy haciendo. Y hasta el día de hoy, siempre que me meto a un estudio, no sé qué va a pasar. Creo que es algo que tiene que suceder: por más que tengas años de práctica y toda la técnica, siempre queda en ese momento una incógnita. La incógnita es parte del encanto”.

Los momentos, el nuevo disco de Julieta, es una respuesta inédita en su carrera a esa incógnita y, muy probablemente, uno de sus discos más arriesgados. Es un álbum muy cargado hacia lo electrónico en el que predominan los sintetizadores. Es la impresión que me queda cuando lo escucho; pero allí, en su estudio, mis sospechas son confirmadas. Los teclados de Marian Ruzzi —tecladista y guitarrista de la banda— se asemejan más a una consola de Atari de los años setenta que a un sintetizador. Son analógicos o, como muchas cosas en esta era, simulan serlo. El set de Marian incluye un Prophet 08 analógico réplica del modelo original de los años setenta y un Nord Stage 88 rojo con aplicaciones de imitación de madera que da, en efecto, la apariencia de una consola de videojuegos antigua, pero que no es otra cosa que un gadget sueco de última generación para emular teclados vintage. La instrumentación y las texturas resultantes en las canciones de Los momentos —lo mismo que las letras— son melancólicas; no hay ya tonalidades felices: las rolas no están escritas en escalas mayores como muchas de las de Otra cosa, su disco anterior; pero tampoco están elaboradas en escalas oscuras u opresivas. Julieta y Yamil Rezc juegan con esa ambigüedad tonal a muchos niveles. Y vaya que es evidente la mano del productor de Bestia, el tremendo disco debut de Hello Seahorse.

“Queríamos sumergirnos en un nuevo ecosistema musical —dice Yamil—. Algo que sonara diferente a lo que ella venía haciendo, pero que tuviera fuerza. Teníamos muchos teclados y decidimos darles un papel protagónico dentro de la estética del disco. Sólo hay una guitarra y la toca Natalia Lafourcade. La forma de usar las percusiones también siento que definió el espíritu del álbum. Es un momento muy diferente en la vida emocional y musical de Julieta. Hoy tiene otras inspiraciones. Ella ha jugado con muchos estilos musicales y eso ha generado que consolide un estilo vocal único”.

Rulo, locutor y programador de Reactor 105, concuerda: “Los momentos es el disco más atrevido de Julieta. Representa un cambio necesario en su carrera. La fórmula de ir a Argentina y grabar con Óscar Cachorro López a mí me parece que ya estaba más que agotada. Me gusta que lo haya hecho en casa, que esté afectado por las cosas que le sucedieron en ese periodo, como su maternidad y la situación del país”.

No puedo obviar que tanto Julieta como Yamil pertenecen a la generación que transitó de un mundo completamente analógico a un mundo por entero digital; una generación que, teniendo la mejor tecnología de la historia al servicio de la música, subraya por oposición esa nostalgia idealizada de aquel mundo analógico ya extinto. Si no, ¿cómo se explica que en plena era digital sean tan populares los emuladores de lo análogo entre la gente más joven?: Instagram para simular fotos de cámaras de plástico, emuladores digitales de música en ocho bits, grabaciones lo-fi que simulan estar hechas en casetes magnéticos, video en VHS, diseño gráfico a base de gruesos pixeles…

“Mucha gente me pregunta por qué un disco de electro-pop —dice Julieta—. Para mí es un disco de canciones. Igual que todos mis discos. Lo que pasa es que el sonido tiene más sintetizadores. En Los momentos, quería buscar otro sonido, entonces me fui más por una onda sintetizador. Me di cuenta inmediatamente de que estaba perfilando algo muy de teclados y muchas bases; todas las bases están muy derechas, no quería moverme en los ritmos. Cuando me junté con Yamil, ya estaba la dirección planteada y fue fácil para nosotros”.

“¿Dónde quedó el acordeón? —le pregunto—. Lo escuché en dos o tres canciones nada más: en ‘Por qué’, por ejemplo”.
“Lo metí con efectos y no se reconoce muy bien”.
“¿Quisiste dejar descansar el acordeón un rato?”.
“Sí. En ese momento me di cuenta de que tenía cierto rechazo por cualquier instrumento que fuera acústico. Hice dos discos anteriores —el Unplugged de MTV, donde reinventé todas mis canciones en un sonido acústico, y Otra cosa— que tenían mucha influencia de eso. Cuando salimos de gira llevamos cavaquinhos, cuatros, clarinetes, flautas, trompetas…, un mundo de instrumentos acústicos. Cuando terminé ese proceso no tenía ganas de seguir con lo acústico. Quiero justo buscar qué pasa si ahora, de repente, lo evito. De hecho cambié a todo mi grupo nada más por eso”.

Cuando apareció (2003), sus fans de Aquí y Bueninvento se mostraron decepcionados. Pero Julieta jamás se ha considerado punk o siquiera roquera. Insiste en definirse simplemente como una escritora de canciones, una “desgenerada”. Nada más.

Los momentos es un disco más oscuro. Cuando hice tenía necesidad de hacer canciones felices; siempre había hecho canciones superatormentadas: sabía expresar sentimientos como la melancolía, la tristeza, la pérdida, pero no sabía cómo expresar sentimientos más positivos. Y tenía ganas de hacerlo. ¿Por qué como compositora no puedo contar de todo? Quería hacer crecer la paleta de emociones”.
“Pero hay canciones optimistas en Los momentos, como ‘Hoy'”.
“Pues creo que ‘Hoy’ es la única”.
Julieta es de risa fácil; dice eso último y suelta una carcajada.

La muchacha a la que no le gusta ser fotografiada
Mi primer encuentro de la semana con Julieta no ocurrió en su casa durante los ensayos, sino en una sesión de fotos, fuera de su ambiente natural. El contraste entre las dos versiones de Julieta que me toca presenciar es enorme. Una, la que disfruta haciendo música en su casa, podríamos decir que es la normal. La otra, la que es casi obligada a encajar en un mundo sustentado en la imagen, puede decirse que no es del todo ella. Ese primer día, nuestra cita es a las diez de la mañana en un estudio de la colonia Roma.

Suena el timbre y alguien abre la puerta principal del estudio. Entra una mujer de algo más de 1.60. Vestida con blusa rosa y cárdigan azul. El cabello recogido en una cola de caballo. Blanca y sin maquillaje. No representa su edad; se ve más joven. Es la muchacha geek de la prepa que socializaba poco y que se interesaba más bien por música rara y libros raros, pero de la que uno se enamoraba en secreto. Es Julieta. Me reconoce desde la puerta, sonríe y viene a saludarme. “¡Ey! Por fin nos vemos”, dice con su marcado acento de Tijuana. Nos damos un abrazo. Quiero decirle que me da gusto verla, pero antes de que pueda abrir la boca, un séquito abrumador viene a llevársela para preparar la sesión. ¿Puede alguien llegar a sentirse tan solo en medio de tanta gente? Es la inquietud que me queda al ver trabajar a Julieta durante esa larguísima mañana.

Un rato después, Julieta reaparece con el primer cambio. Me cuesta reconocerla. Lleva una blusa amarilla con cuello negro, tacones de aguja y una falda muy corta con estampado. “Animal print”, me susurra la vestuarista cuando se da cuenta de que batallo con mi libreta para describirla.

Para mi alivio, no soy la única persona que parece sentirse fuera de lugar. Julieta, vestida y maquillada de una manera que no es la suya, se vuelve muy tímida delante de las cámaras; se diría que está incómoda. Todo lo opuesto a su desenvoltura cálida y vaciladora durante los ensayos con su banda. El fotógrafo hace intentos por sacarle un sonrisa, pero casi nunca lo consigue. En cierto momento, mientras examinan las primeras pruebas en el monitor, Julieta aprovecha la pausa para sujetarse de su iPhone como de una tabla de flote. De vez en cuando revisa Instagram o Twitter, donde tiene casi tres millones de seguidores. ¿Cómo sentirse solo cuando el equivalente de la población de una capital europea está al pendiente de ti?

“No quiero convertirme en una persona que no soy y a veces los demás te van empujando a hacer algo que no reconoces y es raro”, escribe Julieta en el testimonio personal editado por Denise Dresser. “Todo el tiempo tengo que luchar contra eso y decir ‘No, espérame’. Lo que más me cuesta trabajo tiene que ver con la percepción de los demás, con cómo manejarla. Me sorprende ser ‘famosilla’ porque no creo tener la personalidad para serlo. No era el estereotipo de la niña que le gusta ser cantante porque le gusta que la miren”.

A decir de Denise Dresser: “Julieta es una mujer a la que le ha costado construir su propio modelo alternativo, hacerse de un espacio propio en un país que está acostumbrado a ver a las cantantes que Televisa ha creado —mujeres rubias por lo general, que corresponden a un molde específico para el mercado—. Y Julieta no forma parte de ese arquetipo”.

En el testimonio de vida de aquel libro coordinado por Denise Dresser en 2009, Julieta también escribe: “Creo que es difícil ser mujer y ser cantante en México. La gente todavía no sabe cómo ver a una mujer creativa, cómo acomodarla y cómo percibirla. Yo culpo de eso a Televisa. La imagen de la mujer se quedó un poco atorada y atrofiada por eso. Se banalizó. Se volvió parte de una fórmula para vender a las mujeres en la televisión. No tengo por qué decir nombres, pero sabemos lo que es el perfil”.

La muchacha que lee libros raros y que le enoja la reinstauración del PRI
Son cerca de las cuatro de la tarde cuando Julieta y yo —ya sin la veintena de personas rondándola como una nube—, salimos del estudio fotográfico para ir a comer a un restaurante muy cercano de la colonia Roma. Nada más poner un pie fuera del estudio, de nuevo vestida con su propia ropa —suéter, leggings y zapatillas de piso—, Julieta cambia radicalmente. Vuelve a ser ella. Como si le volviera el alma al cuerpo. Durante nuestra conversación se torna muy elocuente. A veces, incluso, se le va la respiración por la velocidad con la que te cuenta algo —sobre todo cuando habla de los libros que está leyendo o de su hija—, y todo el tiempo está sonriente y animada. Es muy cálida. Muchas veces le brillan los ojos. Otras no puede ocultar conmoverse. Nada que ver con la Julieta inexpresiva y tensa de la sesión de fotos.

Es la hora de comer y mucha gente pasa por la banqueta en la que desemboca nuestra mesa. Hay buen sol. En la plaza Río de Janeiro se escucha el rumor de la fuente, de los niños jugando y los ladridos de los perros. Las personas alrededor, inevitablemente, reconocen a Julieta. Aprovecho para echarle un ojo al libro que trae consigo.
“Tus últimos libros leídos en Goodreads son de Raymond Carver, Kazuo Ishiguro, Joseph Roth y Eça de Queirós”.
“¡Sí! Todo Carver es increíble —dice entusiasmada—. La capital de Eça de Queirós me lo leí y también está increíble”.
“Me lo han recomendado mucho”.
“Es supermoderno; a mí me sorprendió y me encantó. Acabo también de terminar Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz. Es una especie de biografía novelada. Él menciona que en alguna época soñaba con vivir en Nueva York y hacer vida de escritor hasta que leyó Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson; allí se dio cuenta de que realmente hay que escribir sobre lo que uno vive, no pretender ser alguien más. Así que ahora empecé con Sherwood Anderson…”.
“¿En serio? Estoy escribiendo un relato inspirado en un cuento de Sherwood Anderson sobre caballos. Llegué a él porque Hemingway lo menciona todo el tiempo”.
“Eso está lindo, porque es lo que dice Amos Oz: él pensaba que para ser escritor debía ser como Hemingway: irse a la guerra, vivir cosas increíbles… Y de repente dijo: ‘No; tengo que contar las cosas de la gente común que está aquí’. Eso, en todos los aspectos de la vida, está padre. Valorar las cosas cotidianas y en apariencia triviales”.

Quiero decirle a Julieta que acaba de dar en el blanco. Que, al hablar de Amos Oz, acaba de definir también en una sola frase la esencia de sus propias letras. La esencia de su música. Contar las cosas de la gente común. Escribir sobre lo que uno vive, no pretender ser alguien más. De eso se trata, pienso. Honestidad y congruencia. Es como Julieta se ha ganado el respeto que tiene. Sus letras no hablan más que de asuntos cotidianos y en apariencia simples —cómo vive, cómo sufre, cómo es feliz, cómo se enamora y se desenamora la gente—; por su sinceridad terminan conectando con un gran público antes que letras o composiciones más elaboradas. Quisiera decirle eso mientras da un trago a su vaso de agua. Pero me abstengo.

“Y siendo lectora, ¿qué opinas de que el presidente constitucional de este país sea incapaz de nombrar tres libros seguidos?”.
Julieta, por primera vez, hace una pausa.
“Aguas, tiene espinas”.
“¿Perdón?”.
“El pescado”, dice señalando mi plato.
Mira hacia la calle, como si tratara de darle un peso determinado a sus palabras. Un oficinista guapo, joven y trajeado a la moda pasa en su EcoBici delante de nosotros. El mismo arquetipo de modelo “exitoso” que el gobierno de Peña Nieto emplea como personificación de su México en los spots oficiales de televisión.
“Pues es supertriste, pero es imposible no vernos reflejados en el gobierno que tenemos”, dice al fin Julieta.

“¿Entonces tú crees que tenemos el gobierno que nos merecemos?”.
“Es muy triste pero, de alguna manera, está ahí por algo. Para mí ha sido muy doloroso el regreso del PRI. Por más que el camino sea difícil —y en México hemos vivido momentos muy difíciles— siempre hemos ido hacia delante. Y siento que esto fue como volver atrás. Ha sido muy desesperanzador para mí. Tiene su cosa de humor decir: ‘Este hombre no lee’, o el hecho de que parezca ser alguien que no es capaz de hablar por sí mismo. Pero me resulta muy doloroso: es alguien sustentado en la imagen, toda una estructura sustentada en la imagen; parece que en México lo que se impone es la imagen para un montón de gente”.
“¿Piensas respecto a Simona que va a crecer en el mismo México de la dictadura perfecta del PRI en el que nos tocó crecer a ti y a mí como generación?”.
“Yo creo que nuestros hijos son una nueva generación y que no van a vivir lo mismo que nosotros. Siempre hay un quiebre. En cada generación hay un quiebre. Incluso en cómo te crían. Yo no creo que mi hija, por más que crezca en un país que políticamente sea lo que sea, vaya a vivir lo mismo: ya de entrada ella es diferente en muchos niveles. La forma en que estamos educando a nuestros hijos es diferente y espero que eso a futuro plantee un camino distinto a pesar del mismo partido político. Quizá sea muy idealista de mi parte, pero creo que todo empieza por la casa: hay mil maneras de criar un hijo, mil formas de familia, de crecer…”.

Los momentos narra historias de rupturas, de amores que no prosperaron o que jamás sucedieron. Pero es inevitable, a la vez, darles una lectura política. Eso ocurre en canciones como “Tuve para dar” o “Vuelve”. Quizá las de Los momentos son canciones muy íntimas, de rupturas individuales, sí; pero pueden leerse también como historias de la ruptura de un tejido social. “Vuelve”, por ejemplo, es una canción sobre México: alguna vez un amigo suyo le escribió desde el extranjero porque estaba indeciso acerca de si venir o no a México; le habían advertido que ni de broma viajara a Monterrey, y esta canción parece ser la respuesta a esa desconfianza y miedo generalizados por el clima de violencia que asola al país.

Lo quiera o no, Julieta Venegas ejerce mucha influencia sobre su entorno. Es lo que suele llamarse un agente de cambio. Ella es modesta y jamás lo diría, pero es una mujer que tiene mucho poder. Así es como se lo digo. No poder político o económico, pero sí un poder simbólico tremendo. No sé si ella sea consciente de esto al momento de hacer presentaciones, entrevistas o, por ejemplo, al externar sus opiniones en Twitter para sus cientos de miles de seguidores. No hay que olvidar que, entre otras cosas, manifestó abiertamente su preferencia por Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales de 2012. Aunque en la mayoría de sus asuntos privados, Julieta ha mantenido un perfil bajo a lo largo de su carrera, su opinión política no resulta ser exactamente un secreto.

“En mi vida diaria no pienso que ejerzo una influencia para nada —dice Julieta mientras comemos—. Pero siempre he tratado de ser congruente con las elecciones que tomo, con mi manera de pensar, con lo que expreso. Tampoco soy una persona que va diciendo su opinión todo el día; pero si me la piden la doy. ¿Por qué no voy a hacerlo? La idea de que los artistas no opinaban es una idea antigua que viene de la costumbre de Televisa y de la costumbre priista. Era como decir: ‘No, yo soy artista. No tengo opinión’. ¡No, qué horror! Soy artista, soy una persona, vivo en este país y tengo una opinión. Pero no voy por ahí aleccionando a la gente”.

La muchacha que se reinventó a sí misma
Julieta confiesa que su modelo es Caetano Veloso —con quien compartió escenario el año pasado durante el homenaje que se le rindió en la ceremonia del Grammy Latino—, a quien ella describe como “alguien que tiene la capacidad de crecer y cambiar, de transformarse todo el tiempo y de seguir adelante”. Para Los momentos, Julieta, como haría su gurú espiritual, decidió salirse una vez más de su zona de confort. Mientras conversamos en la cocina de la casa-estudio, Yamil Rezc me confiesa que, cuando la gente de la disquera se enteró de la decisión de Julieta, se mostraron con reservas. Tomando como referencia las bandas indie con las que Yamil había trabajado, temían que el disco fuera a sonar muy “dark” o, peor aún, “¡que sonara a Joy Division!”. “Afortunadamente escucharon el disco el día que mezclamos la última canción”, dice Yamil sin poder ocultar una cara de haberse salido con la suya.

Entre las colaboraciones para Los momentos —que incluyen a Natalia Lafourcade, Anita Tijoux y Rubén Albarrán— Julieta no dudó en llamar además a su amiga y paisana Ceci Bastida, con quien ha trabajado en repetidas oportunidades desde la época de Tijuana No y que, encima, se estrenaba como madre igual que su amiga. “Mi participación en Los momentos fue divertida —me contó Ceci—. Me fui a grabar al DF con mi hija de apenas cinco meses; Julieta no la conocía todavía. Estuve en casa de Juli casi todos los días, dejábamos a mi hija y a Simona en su casa encargadas con alguien y me iba al estudio a hacer los coros para tres de las canciones”.

Sin darme cuenta, nos da la cuarta hora durante el último de los ensayos a los que asisto. Esta vez la banda no ha parado ni un minuto para descansar. La gira en Europa está a la vuelta de la esquina y saben que no hay tiempo que perder. Dentro de una semana estarán abriendo el tour en Barcelona. Cuando comienzan a tocar lo que en broma Yamil y Julieta llaman el “mexican setlist“, el “mexican curious” o simplemente “las rancheras“, aparece por primera vez el acordeón. Yo lo había echado de menos durante la semana. “Éste es el primerito”, dice Julieta alzando su acordeón carey y dorado, más modesto y pequeño que los suntuosos Gabbanelli que la he visto usar en vivo. Lo estudio con atención. Es El Acordeón, pienso cuando lo tengo delante de mí. Ni siquiera tiene marca. Sólo unas calcomanías de arcoíris pegadas en el tablero. “Está blandito”, dice cuando comienza a tocarlo y hace un ruido como de pitido. Su acordeón está tan gastado que se le sale el aire por el fuelle. “Sí, está viejito”, dice ella como para justificarlo. No hace falta.

La muchacha que odiaba el heavy metal y que hubiera sido maestra de literatura
Por su espíritu inquieto y por sus gustos musicales fuera de lo ordinario, imagino en algún momento a Julieta haciendo un proyecto alternativo. Algo totalmente diferente y experimental. El propio Rulo concuerda con esa opinión: “A mí me gustaría que fuera aún más audaz y que su gusto por la música experimental y marginal se reflejara más en lo que graba. Nunca he entendido bien por qué no se va lejos de su zona de confort, pero agradezco que para este disco, que además me parece de gran potencial comercial —porque una cosa no está peleada con la otra—, se haya movido a otro sitio”.

“La verdad que sí se me antoja —dice Julieta—. Siempre con la gente de mi grupo estamos diciéndolo. Estaría divertido. Hay un montón de cosas que me encantarían, pero no sé si las voy a hacer”.
“¿Un disco de heavy metal?”.
“¡No, de metal no!”.
Se escuchan carcajadas. Parece que es el chiste del día. Empiezo a avergonzarme por primera vez de mi playera de Metallica.
“¿No te gusta el heavy metal?”.
“La verdad que no. Tampoco el country”.
“Bueno, lo del country lo entiendo perfectamente, pero… ¿el heavy metal?”.
Más carcajadas.

Para la quinta hora de ensayo se comienza a notar el cansancio en los miembros de la banda. Sin ponerse de acuerdo, hacen una corta pausa, pero sin abandonar sus instrumentos. Julieta aprovecha para revisar su cuenta de Twitter: “Ahora resulta que el papa renunció por un escándalo de corrupción y una red de prostitución”, dice. El técnico de sonido que se encuentra a mi lado es sabio y agrega: “¡Fue más fácil que renunciara el papa a que renunciara Elba Esther Gordillo!”. Este último comentario desata las carcajadas y el ambiente vuelve a relajarse. Ninguno de nosotros podría haberse imaginado ni por asomo que la líder vitalicia del sindicato magisterial iba a ser encarcelada apenas unos días más tarde.

Llega el momento de la despedida. Ellos seguirán ensayando toda la noche, “hasta morir”. Les deseo buen viaje a Barcelona. Julieta se levanta del piano y me acompaña a la puerta. Desde allí es posible escuchar la voz de Simona desde algún lugar.
Afuera, en la privada, la noche refresca. Volteamos al mismo tiempo en dirección de la casa, como si en cualquier momento su hija fuera a reaparecer corriendo por ahí.
“Oye, Julieta —le digo antes de marcharme—. ¿Y qué hubieras sido si no te dedicaras a la música?”.
“Maestra de literatura”.

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