Vicentico: la historia más alucinante

Gabriel Fernández Capello, más conocido como Vicentico, es una de las grandes figuras del rock en español. Fue, durante varios años, el desaforado cantante de Los Fabulosos Cadillacs, una banda argentina con la que grabó trece discos que vendieron millones de copias.

Por Germán Maggiori / Fotografía Vera Rosemberg

Oculto en una calle del barrio de Parque Chacabuco de Buenos Aires hay un paredón alto, grafiteado, con una puertita de chapa y un portero eléctrico. Al otro lado, florece un edén secreto. Gramilla, árboles, palmeras, jazmines, enredaderas que cubren como un paño de terciopelo vivo la casa que su dueño prefiere llamar “castillo”. Al fondo hay una piscina de donde ahora emerge Gabriel y me anuncia:
—Voy a comprar cigarrillos.

Es enero del presente año. Hace un calor asfixiante. Gabriel anda por el barrio con el torso desnudo, el short chorreando agua y unas zapatillas muy estropeadas. Me dice que el vecino de al lado es retrasado mental, un hombre de unos cincuenta años que vive con su madre, que tiene como ochenta. Hace unos días se lo cruzó y el vecino le preguntó:
—¿Vos quién sos?
—Gabriel.
—No, decime tu apellido.
—Fernández.
—No —volvió a negar—, yo sé quién sos, vos te llamás Gabriel Fernandeztico.

Compositor e intérprete, con cincuenta años recién cumplidos y con treinta de carrera a cuestas. Casado con la actriz Valeria Bertuccelli. Padre de dos varones: Florián, que anda en los diecinueve años, y Vicente, que va por los siete. Dueño de una voz personalísima que barrena al filo del quiebre, una voz madura que se jacta de su inmadurez. Alguien que grabó trece discos junto a Los Fabulosos Cadillacs y cinco como solista y, en ambos casos, vendió millones. Que grabó canciones con Debbie Harry, con Celia Cruz, con Mick Jones, con Tony Bennett. Que logró apropiarse de temas de Rubén Blades, Palito Ortega, Franco Simone, Roberto Carlos, ABBA, Rod Stewart y su amigo Andrés Calamaro, pero también de los Beatles, los Clash, los Rolling Stones. Alguien que compartió escenarios con los Red Hot Chili Peppers, Sex Pistols o Santana. Que ganó Grammys antes que ningún otro artista latino los ganara. Ése es Gabriel Fernández Capello: “Vicentico”.

Es el atardecer del 9 de febrero de este año. La casa de Gabriel, en un pueblito de la costa uruguaya, es moderna, luminosa, pero, por sobre todo, blanca. Está frente al mar y tiene algo de etéreo, entre lo impersonal y lo íntimo. Gabi me conduce a la cocina.
—¿Qué tomás? —me pregunta.

Prepara unos tés con sabor a frutos del bosque. Subimos a la planta alta, atravesamos un pasillo y el dormitorio principal. Salimos al balcón, dejamos los tés sobre una mesita plegable y nos sentamos en unas sillas de aluminio.  Le pido que me hable de sus primeros años de vida. Es un hombre parco, huidizo —dice él—, lleno de silencios, que termina contando la historia más alucinante de todas.

Hacia 1963, Ariel Bufano, discípulo del titiritero Javier Villafañe y pionero de lo que más tarde se llamó “teatro de objetos”, era un hombre casado y con tres hijos que mantenía una relación clandestina con Adelaida Mangani, casada a su vez con Manuel Fernández Capello, médico entonces, prestigioso genetista luego. En medio de ese romance prohibido, Adelaida quedó embarazada y el 24 de julio de 1964 dio a luz a Gabriel, un hijo sobre cuya paternidad no tenía ninguna certeza.

—Es extraña la historia —dice Gabriel—. Mi mamá tenía 23 años, estaba casada con Fernández Capello, y a su vez estaba enamorada de Ariel Bufano. A mis treinta y tres años me enteré de que ella no sabía de cuál de los dos yo era hijo. No sabía, y no se animó a decirme. Igual, con Fernández Capello se llevaban muy mal y se separaron después que nací.

Prende un cigarrillo, habla mirando el mar. La narración avanza retrocediendo, dice y se desdice. Uno tarda en acostumbrarse a la forma, al titubeo deliberado, a las frases que quedan truncas. Cuenta que cuando tenía cuatro años, su madre se los llevó, a él y a su hermana menor, Ariadna, a vivir con Ariel Bufano y sus tres hijos, Pablo, Alma y Tamara, al barrio de Caballito, en Buenos Aires. Fue por entonces que Gabriel perdió todo contacto con su padre legal, Manuel Fernández Capello.

El flamante ensamble familiar resultó complicado. Era una frágil armonía sustentada por el hombre temperamental, apasionado y estricto que era Bufano, y por la sumisión, hija de la admiración ilimitada, que suscitaba en Adelaida. Era 1968, la dictadura de Juan Carlos Onganía imprimía su sesgo anticomunista, occidental y cristiano. El divorcio no existía, el concubinato era un delito. Debían cuidar las apariencias, y la forma que encontraron para explicarle la situación al pequeño Gabriel fue la menos feliz de todas.

—Cuando nos fuimos a vivir con Bufano, mi vieja me dijo: “Él es el tío Ariel”. Me acuerdo perfecto que al tiempo, tendría cinco años, le dije: “Che, ¿pero yo te puedo decir papá? Si estamos todos acá viviendo juntos”. “Sí, claro, por supuesto, decime papá”. Pero cuando yo tenía ocho años empecé a preguntarle a mi vieja: “Pero, ¿cómo es? ¿tío, papá? ¿Es mi papá o no es mi papá?”, y mi vieja: “Sí, hijo, es tu papá”. Pero había algo raro.

Era raro en extremo porque, además, él no era el único que dudaba.

—Bufano me crió asumiendo la paternidad, pero con una reserva de duda. Era muy incómoda la relación. A los diez le pregunté a mi vieja y ella me dijo: “Bufano es tu papá, nunca más preguntes de esto, y basta”. Igual, de más grande, el tema volvió. Pero por más que insistía, nadie me decía nada, nadie sabía qué decirme. Yo vivía perdiendo los documentos a cada rato. Los documentos, el registro de conducir. Había una zona nebulosa, que no tenía clara, que recién se aclaró después, cuando logré ir a ver a Fernández Capello.

Pero para que eso sucediera pasarían años. Treinta y tres años en los que Gabriel conocería al amor de su vida, tendría hijos y se transformaría en una estrella de rock.

El sol desaparece bajo la línea que hilvana el mar con el firmamento. Apaga el cigarrillo en el fondo de su taza de té.
—¿No tenés frío? ¿Vamos para adentro?

El 6 de marzo siguiente acordamos reunirnos en mi departamento del barrio de Belgrano. Son pasadas las cinco de la tarde. Está nublado. No hace calor ni frío. Gabriel usa una camisa escocesa arremangada sobre una camiseta agujereada, jeans y zapatillas muy gastadas. Lleva el pelo corto y despeinado, barba de algunos días. Nos atrincheramos en dos reposeras en el balcón. Gabi prende un cigarrillo. Me cuenta que en 1983 conoció a Flavio Cianciarulo, cuando su hermana Ariadna lo llevó a la casa familiar en calidad de novio. A Gabi y Flavio los unía una casualidad astrológica (ambos habían nacido el mismo día en el mismo hospital con algunas horas de diferencia), y una casualidad cultural: la música. Flavio se terminó convirtiendo en cómplice de lo que hasta ese momento había sido un entretenimiento solitario. Ninguno sabía tocar bien un instrumento pero eso, en lugar de desalentarlos, afianzó una amistad que perduró aún cuando Flavio y Ariadna dejaron de estar juntos.

—Yo tendría dieciocho o diecinueve. Empecé a ir a su casa a pasar el rato y a tocar un poco, después había como pseudobandas, les poníamos nombres pero no hacíamos nada.

Una noche, Flavio le contó que estaba armando una banda con Mario Siperman, el tecladista de Los Encargados, y lo invitó a sumarse.

—Nos juntamos a tocar un par de veces en la casa de Mario. En un ensayo canté un tema que se llama “Put Your Head on My Shoulder”, y quedé como cantante. Ahí empezamos a armar algo. Todo eso en seis meses. Entró otro baterista, Hernán, y se unió Luciano Junior a tocar la percusión, y ahí nos bautizamos Los Cadillacs 57 y empezamos a buscar fechas para tocar.

—¿Y de qué vivías?
—Vivía con mis viejos, de lo que me daban ellos. Nosotros decíamos que éramos un grupo y hablábamos del grupo. Y ese verano nos fuimos todos a Mar del Plata, a la casa que Mario, el tecladista, tenía allá, y nos pusimos a ensayar. Inventábamos temas, escribíamos canciones. Un día, un flaco dueño de un barcito vino a un ensayo y, no sé por qué, dijo: “Yo los voy a hacer tocar”. Entonces nos cedió su bar, nos hizo unos volantes. Tocamos y el recital fue como una explosión, un éxito para nosotros, vinieron como treinta o cuarenta personas. Y después ese mismo flaco nos llevó a tocar en otro lado. Cuando volvimos de las vacaciones dijimos: “Esto es serio”.

Así es como Gabi se terminó convirtiendo en la voz de una manada, una voz que se refugiaba en el anonimato de una banda de nueve integrantes y en los vicios, que habían empezado a despuntar con la circulación nocturna.

—Tampoco es que éramos la banda de los drogadictos, pero chupábamos mucho.

Fue por ese entonces que Mario Siperman consiguió una serie de fechas para tocar en Buenos Aires. Un buen día, aparecieron por allí dos emisarios de Rubén “Pelo” Aprile, fundador de Interdisc y uno de los popes de la industria musical vernácula, a ofrecerles un contrato por un disco.

—Nos juntamos con Pelo y firmamos un contrato. Mientras tanto seguíamos tocando en cualquier lado. Mario y Aníbal (“el Vaino” Rigozzi, actual manager) estudiaban arquitectura, entonces Flavio y yo, como nuestros viejos nos apretaban para que hiciéramos algo, dijimos: “Vamos a estudiar arquitectura”. Nos anotamos y fuimos. Aguanté dos meses. Salíamos todas las noches, había una movida en un par de discotecas donde se juntaba la gente freak del momento. Una mañana, después de una noche sin dormir, estábamos en el comedor de la facultad tomando algo y una chica dijo: “Mañana tocan los Cadillacs”. Yo estaba ahí en la mesa pero la mina obviamente ni sabía quién era yo. Y escucho que sigue: “Está bueno, pero yo igual no voy a ir a verlos porque el cantante putea mucho, es un borracho que dice cualquier cosa”, algo que era verdad. Pero me acuerdo de esa sensación, de pensar: “Uy, alguien está hablando de nosotros”.

Son las seis de la tarde. Gabi prende otro cigarrillo. Vuelve a los años ochenta, al primer disco, Bares y fondas. El disco refleja en clave ska la arrogancia y el desparpajo de una banda que tenía mucho que decir, y que tenía claro cómo quería decirlo.

—Nos gustaba eso, lo simple llevado a lo más simple del mundo, punk rock. Éramos diferentes a lo que había. Escuchábamos ska, reggae, música two tone.

Tras la salida del disco, los hits “Silencio hospital” y “Yo quiero morirme acᔠempezaron a sonar en las radios porteñas. Pero a pesar de la buena repercusión y del acompañamiento de un público cada vez más numeroso, la crítica especializada se encarnizaba con su falta de profesionalismo, la poca destreza musical y la banalidad de sus letras.

—La prensa nos mataba, pero nosotros tocábamos todas las noches.

Para entonces, ya había dejado los estudios y la casa paterna. Vivía de la música. Aparecieron un manager, Alejandro Taranto, y una agencia de artistas, Ares, que les consiguieron un contrato con CBS. El segundo disco, Yo te avisé, del año 1987, fue un éxito rotundo. La banda sonaba mejor, había incorporado el dub, una forma más cadenciosa de reggae, y trabajado en la composición de los temas; la voz de Gabi, si bien era dispareja, había mejorado notablemente. El disco se convirtió en doble platino gracias a temas como “El genio del dub”, “Mi novia se cayó en un pozo ciego” o “Yo te avisé”, que sonaban en radios y discotecas de toda Argentina, pero también a otros como “Botellas rotas”, en los que seguían exaltando su forma de vida, noctámbula y etílica. Si en el plano musical las cosas iban encontrando su rumbo, en el personal todavía seguían en una nebulosa de alcohol y asuntos pendientes.

—Estaba de novio con una chica que se llamaba Cecilia y me casé. Yo tendría veintidós o veintitrés años. Ni sé por qué me casé. Llegué a la boda riéndome y diciendo: “¿Qué estoy haciendo?”. Ella era una mina muy formal. El viejo medio militar. Alguien que nada que ver conmigo, de hecho duré poco. Pero fue un desastre. En un momento de la luna de miel en Punta del Este me encontré con una amiga y quedamos en vernos. Le dije a mi mujer: “Ahora vengo, tengo que ir a no sé donde”, y me fui y no volví por tres días. Un delirio total.

En 1988 los Cadillacs editaron su tercer disco El ritmo mundial, en el que mestizaron el rock con otros ritmos latinoamericanos, algo que luego se convertiría en un movimiento regional con notables epígonos como Café Tacuba, Maldita Vecindad o Caifanes. “Para muchos, Los Fabulosos Cadillacs siguen siendo ‘aquellos gorditos que tocan desafinados’. Eso fue hace mucho tiempo. Ahora son el grupo más popular de la nueva generación del rock en Argentina”, decía entonces el periodista Marcelo Fernández Bitar. No obstante la buena recepción y el lugar consolidado de la banda en la escena local, el álbum terminó devorado por la grave crisis hiperinflacionaria que azotaba el país. Vendió apenas 30 mil copias, una caída estrepitosa con respecto a las 250 mil que había vendido su segundo disco. El año siguiente los encontró desorientados, con un disco irregular en preparación, enfrentando la partida de Luciano Jr., el percusionista estrella de la banda, y la expulsión del manager.

—Hizo eclosión todo lo que chupábamos y todo empezó a desbarrancarse. Estábamos grabando El satánico Dr. Cadillac. La banda tenía más tensiones internas. Había cuestionamientos, sobre todo hacia mí.

"La prensa nos mataba, pero nosotros tocábamos todas las noches."

“La prensa nos mataba, pero nosotros tocábamos todas las noches.”

En 1990, en medio de ese clima enrarecido y sin el apoyo de la discográfica, editaron Volumen V, un álbum de transición, más logrado y maduro que su predecesor, pero que tampoco atrajo público.

—Después hicimos Sopa de Caracol, que es un desastre. Estábamos muy mal. No se vendía un puto disco, no tocábamos nunca. O sea, tocábamos y cuando llegábamos los lugares estaban vacíos. Hicimos cosas horribles, como tocar en fiestas de quince.

Aceptaron entonces la invitación que les hizo su amigo, el productor internacional Tomás Cookman, de ir a girar por Los Ángeles, y así terminaron tocando en bares emblemáticos como Whisky a Go Go o House of Blues, y en antros mucho menos reputados de Tijuana y Mexicali desde donde arrancaron su tenaz conquista del público mexicano.

—El viaje nos hizo muy bien. Volvimos y acá se puso de vuelta un poco mejor todo. Ya habíamos tocado en lugares grandes y después desaparecimos, así que al principio nos daba no sé qué tocar en lugares chicos, pero nos dimos cuenta que estaba buenísimo tocar en esos lugares. Empezamos de vuelta.

Este segundo comienzo de la banda se ve reflejado en su disco El León, que resume mejor que ningún otro el espíritu de los noventa en esta parte del planeta, una mezcla de ritmos latinoamericanos con rock, funk, reggae. Salió en agosto de 1992, y en octubre de ese mismo año falleció Ariel Bufano, su padre (¿Su padre?). Fue por entonces que Gabriel decidió dejar el alcohol. Poco después, conoció a Valeria.

—La vi y pensé: “Qué chica extraña”. Era muy graciosa. Nos enamoramos y empezamos a curtir, y nunca más nos separamos. Al año y medio nació Florián. A mí la familia me cayó justo. Me tranquilizó, me sacó toda la problemática pelotuda de estrella de rock. Me acomodó todo.

lamo por teléfono al ex guitarrista y actual manager de los Cadillacs y de Vicentico, Anibal “el Vaino” Rigozzi. Habla en un tono monocorde, hipnótico.

—Gabi para mí tiene claro qué es lo que quiere y no sólo en la parte artística. La primera vez qué lo noté fue en el 92. Era la época de Ritmo de la Noche, el programa de Tinelli, que arrasaba, pero que no tenía nada que ver con nosotros. Y Gabi fue el primero que dijo: “Para mí no habría que ir más a la televisión”. Y todos dijimos: “Sí, tenés razón”. Fuimos y nos plantamos en la compañía discográfica. Estaba por salir un nuevo disco y dijimos que no íbamos a ir a la televisión. El presidente de la compañía nos dijo en la cara que nos hacía la cruz, que nos quitaba todo el apoyo, y fue así. El disco salió sin nada.

—¿Y cuál fue ese disco?
—Vasos vacíos. Sin apoyo llegó a siete platinos. Traía como temas nuevos “Matador” y “V Centenario”. Eso salió a fines del 93, principios del 94.

Corre el año de 1997, Florián, el hijo de Gabi, vuelve del jardín de infantes con una consigna: debe llevar el árbol genealógico familiar. Cuando llega al casillero de los abuelos paternos, Gabi se encuentra con un incómodo dilema, no sabe qué nombre poner, Ariel Bufano o Manuel Fernández Capello.

—Dije: “Bueno, me voy a ocupar del tema, tengo treinta y tres años”, y en cuanto dije eso las cosas empezaron a ordenarse solas. Al otro día, Vale va a una filmación y se encuentra con una actriz, Lucrecia Capello, y le dice: “Yo soy tía de tu marido. Yo soy la hermana de Fernández Capello”, y Vale le dice: “¿Tenés el teléfono?”. “Claro, lo tengo”, y se lo da. O sea que de la nada conseguí el teléfono del tipo.

—¿Y el tipo dónde estaba?
—El tipo vivía en España. Se había hecho un genetista muy prestigioso. Entonces lo llamo y le dejo un mensaje: “Hola Manuel, soy Gabriel —hace una pausa—, tu hijo”. Porque hasta ahí estaba seguro que era hijo de él, qué se yo, tenía su apellido. Era más probable que fuera su hijo que el de Bufano. A la noche llego a casa y pongo el contestador, y escucho: “Hola, Gabriel, hijo mío, soy tu padre”. Hablaba en gallego. Nos vamos a España con Vale y Florián. Llegamos y me voy directo a su casa. Toco el timbre. Abren la puerta. Hay un tipo, lo miro, bastante parecido a mí. Los ojos del mismo color. “Uy, es mi viejo”, me digo. Me empieza a mostrar que es genetista, me muestra fotos con el rey. Un delirio, tenía taquicardia todo el tiempo, una cosa muy rara, sentía que por fin iba a descubrir mi identidad.

Llegado ese momento, abordaron el aspecto formal del asunto. Gabi le propuso hacerse una prueba de ADN para despejar cualquier duda. Al día siguiente, el genetista fue con su supuesto hijo a un hospital donde les tomaron una muestra de sangre. La respuesta que Gabi había esperado a lo largo de toda su vida estaba ahora a un pinchazo y quince días de distancia.

—Nos volvimos a Buenos Aires. Pasan dos semanas y me llama. “Hola Gabriel, mira, no eres mi hijo”, el tipo ya medio rayado. “Mira, quería preguntarte, porque esto es muy gordo para mí, qué vas a hacer, porque tengo miedo que reclames una herencia que no te pertenece”. “No, olvidate”, le digo, “qué me importa a mí tu herencia, estás loco”. Ahí cortamos y nunca más.

—Pero después no te hiciste prueba de ADN con tus hermanos.
—No, no, después yo la volví a ver a mi vieja y le dije: “Boluda, decime la verdad, no sea cosa que después aparezca…”. “No, no, no, esto es así”, me dice. Yo soy parecido a mi viejo, a Bufano, tengo rasgos de él, las manos, no sé. Entonces ya está, ahí frené porque ya era cualquiera.

Mondomix, el estudio donde se está cocinando el próximo disco solista de Gabriel, queda en el barrio de Saavedra, en Buenos Aires. Allá voy el 3 de abril por la mañana. Cachorro, impecable, elegante, atlético, me recibe y luego me conduce a un patio interno.

—A Gabi lo conozco de hace tiempo, nos hemos cruzado por la música desde hace décadas. Él es hipercreativo, tiene mucha música en la cabeza. Es muy exigente con lo que escribe. Y después, para mí es un intérprete excepcional, es el cantante más expresivo que hay acá en la Argentina, es nuestro crooner, el crooner argentino. Un tipo que puede hacer un cover de Blades, un estándar con Tony Bennett, cualquier tipo de canción y ponerle su impronta. Uno lo escucha y suena a Vicentico. Es un tipo muy relajado, la pasa bien. Está siempre de buen humor, reagradecido con las cosas buenas que le pasan.

En el año 98 los Cadillacs grabaron su disco más ambicioso y experimental: Fabulosos Calavera. Según la revista Rolling Stone, este álbum ocupa el puesto número dos entre los diez mejores discos de rock latino de todos los tiempos.

Por ese trabajo recibieron además el primer Grammy a una banda latina. El premio fue también un pasaporte a la consagración internacional. Los Cadillacs regresaron a Estados Unidos para hacer una mega gira por todo el país. En Latinoamérica empezaron a llenar estadios de fútbol. En Europa, a tocar en los festivales más importantes. De vuelta en la Argentina, alquilaron una quinta en Don Torcuato, en los suburbios de Buenos Aires, y se encerraron a grabar su siguiente álbum, La marcha del golazo solitario, otro regodeo en la experimentación y el delirio. Zapadas, improvisaciones instrumentales, conviven en el disco con hits como “Vos sabés” o “CJ”, la balada filosófica con que Gabi celebra su unión con Valeria Bertuccelli. Pero el peso de las familias de los músicos empezó a gravitar sobre la estructura de la banda y marcó el comienzo del fin.

—Flavio quería hacer lo suyo, yo quería hacer lo mío. Un día estábamos de gira por México y hubo una reunión. Había un clima medio de mucha queja. Todos viajábamos con las familias, éramos nueve, más nueve esposas, más hijos. Treinta, cuarenta personas de gira, todo el tiempo… Nos juntamos en un cuarto y dijimos: “Che, tenemos que parar”. Sobre todo Flavio y yo dijimos: “El año que viene paramos”. Ese año fue un suplicio, porque tocábamos y a la vez había mucha mala onda. Y en un momento llegó ese último show en México, y después fue un salto al vacío. Me acuerdo de volver a casa y no tener nada que hacer. Y dije “Bueno, voy a grabar un disco”.

Con ese gesto mínimo, entre la resignación y el asombro, se inauguró una prolífica carrera solista. Al primer disco del año 2002 titulado Vicentico, le siguieron Los Rayos en 2004 y Los Pájaros en 2006. A una progresiva maduración como intérprete sumó la incursión en nuevos géneros como el bolero, la bossa nova o los ritmos gitanos. Una fórmula que encontraría su modo más acabado de la mano de Cachorro López, que lo acompaña desde Solo un momento, su exitoso cuarto disco solista, del año 2011, que terminó posicionándolo entre los artistas más importantes de la escena latina actual.

—Hice tres discos así, durante unos seis o siete años, y antes de Solo un momento nos juntamos de nuevo. Nos volvimos a hacer amigos. Cada cual con lo suyo pero con mucho más respeto entre nosotros y muy felices de volver.

Sergio Rotman, saxofonista de los Cadillacs, accede a responderme unas preguntas vía mail. Hace años radica en Puerto Rico, de donde es su mujer, la cantante Mimi Maura. Sus respuestas me llegan el 29 de abril. Transcribo algunos pasajes:

—La situación de LFC en 1997 era bastante crítica, pues cuando empezamos éramos niños que vivían con sus familias y 12 años después éramos estrellas de rock esquizofrénicas con más dinero que el que podíamos gastar… ¡una combinación letal! Mi salida ayudó a aflojar un poco la tensión pero evidentemente no alcanzó, ya que al tiempo el grupo implosionó… La reunión se empezó a charlar desde el mismo momento que volvimos a conectarnos y se dio cuando todo el mundo tuvo ganas… La muerte de Toto Rotblat (percusionista) fue el impulso terrible que nos unió para siempre. Era un tipo súper especial y su fallecimiento nos dio una perspectiva de lo que es importante en la vida… nos queremos mucho y disfrutamos de tocar juntos.

Las sombras inundan el balcón donde seguimos conversando. Gabi prende un cigarrillo, lleva cinco o seis desde que arrancamos. Le pregunto si alguna vez tuvo una crisis con Valeria que lo llevara a pensar en separarse.

—Hace veinte años que estamos juntos, nunca estuvimos separados, nunca tuvimos una crisis jodida. Peleas, cientos de millones, por locuras personales. Pero creo que los dos sabemos… yo por lo menos sé lo que quiero. Y lo que quiero es estar así. A mí me gusta volver a mi casa y que esté mi familia. Yo reconozco cuando algo me hace bien, cuando algo me deja en un estado de paz conmigo. Y cuando descubro eso no tengo la necedad o la torpeza de arruinarlo.\\

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