Bhopal, la nube de la tragedia

Hace 30 años varias toneladas de químicos tóxicos se fugaron en las instalaciones de una fábrica de pesticidas de la empresa estadounidense Union Carbide, ubicada en Bhopal, una ciudad en el centro de India. Miles de personas murieron y más de medio millón fueron afectadas por graves problemas de salud. Las nuevas generaciones de bhopalíes nacen con enfermedades y malformaciones. La zona aún no ha sido descontaminada y los tóxicos se filtraron en el agua y el subsuelo. Las víctimas piden
justicia, pero los culpables siguen sin castigo.

Por Ana Gabriela Rojas / Fotografía Felipe Luna

Muchos no despertaron después de esa noche. Muchos otros despertaron para vivir vidas marchitas. Bhopal, en el centro de India, tiene dos caras. Por un lado está la ciudad de los lagos, limpia, verde, moderna, que avanza hacia el progreso. Como en muchas otras ciudades de India, sus habitantes miran hacia el futuro, pero pocos se atreven a mirar el pasado.

Por otra parte, está la vieja Bhopal, gris, sobrepoblada y descuidada, donde es imposible olvidar el accidente que hace tres décadas sembró la ciudad con muerte. Todavía hoy miles de sus habitantes sufren las secuelas. La noche del 2 de diciembre de 1984 se fugaron 42 toneladas de gas tóxico de las instalaciones de Union Carbide, la empresa norteamericana que una vez prometió a la ciudad cumplir sus sueños de desarrollo. Esa fuga, uno de los peores desastres industriales de los últimos años, desató una pesadilla que, 30 años después, sigue teniendo secuelas.

Ese día Omvati Yadav se despertó en medio de la noche. La sorprendió la tos de sus hijos pequeños. Sintió como si el aire que respiraban tuviera picante, y le cerraba la garganta. Su esposo, Pana Yadav, también despertó. Los niños lloraban más fuerte, mientras que la neblina que había entrado a su casa se volvía más densa. Los ojos le ardían y la vista se le nublaba. Entonces la familia escuchó que sus vecinos salían a la calle. Se oían quejidos y, entre ellos gritos, Omvati y Pana salieron como pudieron con sus cinco hijos. La más pequeña, Sashi, de dos años, iba en los brazos de su madre. Al salir a la calle, la niebla, la gente desorientada, los gritos, el caos hicieron que la familia se separara. “Vi que las personas caían al suelo como moscas. Se quedaban tiradas en la calle y los demás teníamos que seguir corriendo. Sin saber qué estaba pasando, sin saber a dónde íbamos”, dice Pana.

En esos momentos no se imaginó que la nube tóxica venía de la fábrica de Union Carbide, que se había instalado 15 años antes en su ciudad, y que se suponía que traería prosperidad junto con los mil empleos que había creado y los químicos baratos que producía para las cosechas. La explosión en uno de los tanques provocó que escaparan, en forma de gas, 42 toneladas de isocianato de metilo, un compuesto utilizado para la fabricación de pesticidas. La nube que se expandía por los barrios pobres cercanos a la fábrica iba matando a su paso. El frío del invierno evitó que el gas se dispersara. Se concentró en los alrededores de la fábrica, ensañándose contra los más pobres de la ciudad, que vivían en casas hechas con poco más que bambú y láminas.

En medio del río de gente y la oscuridad de la calle, Omvati se encontró a uno de sus tíos, que la llevó a un hospital. Podía ver poco, pero sabía que allí había cientos de personas como ella, desorientadas, perdidas, que no sabían lo que había pasado. No había comida, no había medicina, algunos doctores y enfermeras atendían, pero no eran suficientes. Cuando pudo ver, se dio cuenta de que los ojos oscuros de su niña se habían vuelto blancos. Gritó de espanto. Alguien le puso unas gotas a la pequeña, pero sólo sirvieron para que su llanto arreciara. En el hospital la familia se reunió poco a poco. A todos les costaba respirar, estaban cansados y traumatizados. Sashi nunca mejoró. Sus ojos dejaron de ver. No quería comer y la piel se le fue cayendo a trozos. “Era tan pequeñita. Y se fue mermando en mis brazos. Cada vez ocupaba menos espacio y su piel quedaba en los trapos con los que la envolvía. Un día se murió sin que yo pudiera hacer nada”, cuenta Omvati comiéndose las lágrimas. Está sentada en el piso desnudo del oscuro y frío salón de su casa, ocupado sólo por una pequeña televisión y algunas sillas de plástico. Treinta años después todavía guarda la ropa de su hija.

Como Sashi miles de personas murieron ese día y en los siguientes de la tragedia, que muchos llaman la peor catástrofe industrial de la historia, que por el número de afectados sólo puede ser comparado con Chernobyl. “Tantas personas murieron que en las calles había montañas de cadáveres. Ni siquiera recibieron los rituales funerarios. Fueron quemados con gasolina para evitar que se propagaran las enfermedades”, recuerda Omvati.

El médico forense D.K. Satpathy, que trabajaba en el hospital Hamidia, del gobierno, reconoce que no todos los cadáveres pasaron por la morgue. Dice que cuando él llegó al hospital, la madrugada del 3 de diciembre, había 500 cuerpos. Para el final del día ya eran 876. Solo había cuatro expertos forenses disponibles, y no se daban abasto. Así que escogieron una muestra de cuerpos a los que les practicaron la autopsia: todos habían muerto de fallo respiratorio, tenían espuma en la boca y la nariz. Los pulmones, ojos y piel estaban muy dañados.

Un paciente en Sambhavna Trust, una clínica que les da tratamiento médico gratuito a los afectados.

Un paciente en Sambhavna Trust, una clínica que les da tratamiento médico gratuito a los afectados.

A pesar de que ha pasado tanto tiempo, todavía hay muchas incógnitas. Cada vez es menos probable que se sepa con exactitud el número de personas que murieron. La cifra oficial de muertos es 5 295, pero los activistas a favor de las víctimas hablan de más de 20 mil y de medio millón de personas que estuvieron expuestas al gas y que sufren secuelas. La fábrica fue abandonada, sin limpiar. En ella y sus alrededores quedaron toneladas de desechos tóxicos. Con las lluvias y el paso del tiempo, estos contaminantes se han filtrado al subsuelo y al agua. En un reporte que hizo en 2009 el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente, un prestigioso think-tank en Nueva Delhi, se demostró que dentro y alrededor de la fábrica la tierra y el agua contienen grandes cantidades de pesticidas, clorobenceno y metales pesados. La concentración de pesticidas encontrada en el agua en promedio fue de 12 veces la permitida para los estándares del país, y en los peores casos es de hasta 59 veces. “Los pesticidas que se encontraron en el agua subterránea 25 años después de que la planta cerrara, demuestra que ésta actúa como una fuente continua de contaminación. Por más de 25 años los residentes han sido expuestos a agua que ha sido contaminada con químicos”, concluye el reporte.

Poco se ha logrado en tres décadas y en los cuatro juicios que han iniciado las víctimas y el gobierno, tanto en India como en Estados Unidos. Más de 25 años después de la fuga, ocho ex empleados indios fueron condenados a dos años de prisión, aunque uno ya había muerto. La condena fue calificada por las víctimas como “una burla”, y eso antes de que todos los culpables fueran dejados en libertad tras pagar una fianza.

Warren Anderson, que era el presidente de Union Carbide en ese entonces, estaba en Estados Unidos y voló a India cuatro días después del accidente. Fue arrestado acusado de homicidio, pero pasó pocas horas bajo custodia. Tras pagar una fianza y prometer volver al juicio fue puesto en libertad. Nunca regresó a India, donde se le consideraba prófugo de la justicia. Murió en septiembre pasado en un asilo en Florida. “Debido a la protección del gobierno de Estados Unidos y la deliberada negligencia del gobierno indio para traerlo ante la justicia, el peor criminal empresarial del mundo murió libre”, escribió en un comunicado la asociación de víctimas tras saber de su muerte, casi un mes después, pues su familia la había mantenido en secreto. Ese día los sobrevivientes de la catástrofe se juntaron afuera de la planta de Union Carbide para escupirle y tirarle piedras a su fotografía. La imagen de Anderson, con sus canas muy peinadas, gafas redondas e impoluto traje negro contrastaba con los coloridos pero baratos saris de las mujeres que fueron a desquitar su coraje.

La mayoría de los afectados asegura que la compensación no fue suficiente y que no todos la recibieron, entre otras cosas porque el número de afectados nunca ha quedado claro. Después de tres años de juicios, en 1989, el gobierno y Union Carbide llegaron a un acuerdo en el que la empresa pagó 470 millones de dólares, basado en números provisionales de afectados en diferentes grados. El gobierno asegura que sólo recibió 14% de los 3 300 millones de dólares que inicialmente pedía. En la versión de la empresa, lo máximo que se pidió fueron 630 millones de dólares. Un reporte de Amnistía Internacional asegura que cuando se dio el acuerdo se habían registrado 205 000 afectados, pero que para 2010 éstos habían aumentado a 568 293.

Tal vez una de las victorias más importantes de los juicios y una de las pequeñas luces que ha alumbrado a las víctimas en esta larga oscuridad fue cuando, en 2004, el tribunal supremo ordenó al gobierno estatal instalar un sistema de tuberías de agua limpia para las 22 comunidades más afectadas. Aunque este proyecto tardó 10 años en implementarse y hasta el año pasado se completaron los suministros a todas las casas. “Por mucho tiempo dimos veneno de beber a nuestros hijos, pero no había nada que hacer”, dice una maestra de una escuela cercana, Kalpana Rajarat.

A los Yadav les llega agua limpia desde hace tres años. Las nueve de la mañana es un momento muy importante: es cuando empieza a correr el líquido por una manguera instalada en la puerta principal. En la callejuela renace la vida. Las madres bañan a sus hijos pequeños a manguerazos o cubetazos. Las cabras y los perros beben de los trastes de acero inoxidable que esperan su turno para ser lavados.

El reclamo de los bhopalíes se hizo más difícil en 2001, cuando Union Carbide fue comprada por la empresa Dow Chemicals, también estadounidense, que se niega a asumir ninguna responsabilidad. Dow Chemicals dice que nunca operó la planta. Asegura que el gobierno indio tomó la fábrica en 1998, asumiendo todas las responsabilidades incluyendo la limpieza. “Aunque Union Carbide sigue teniendo el máximo respeto y compasión, encontramos que muchos de los asuntos que se están discutiendo ahora ya han sido resueltos y que las responsabilidades para los que quedan han sido asignadas”, aseguró recientemente Tomm F. Sprick, del centro de información de Union Carbide a la agencia de noticias Reuters.

Dow Chemicals es una de las tres empresas de químicos más grande del mundo, que gana más de 50 mil millones de dólares al año y está presente en 160 países. Dow Chemicals es también uno de los patrocinadores globales de los Juegos Olímpicos. De hecho fue la empresa que se encargó del recubrimiento del estadio de Londres 2012, lo que causó grandes protestas, mayoritariamente en India e Inglaterra. En ese entonces, el jefe de Dow Chemicals en el Reino Unido, Keith Wiggins, admitió los “terribles legados” de su compañía y dijo que era tiempo de concentrarse en las cosas buenas que los químicos pueden hacer. Dow es repudiada también porque produjo el agente naranja con el que Estados Unidos provocó enfermedades y malformaciones en Vietnam.

Satinath Sarangi, un ingeniero originario del este de la India, dejó sus estudios de doctorado para ayudar en la emergencia. Se quedó en Bhopal desde entonces y se ha vuelto una de las caras más visibles del activismo contra el crimen industrial y la rehabilitación de las víctimas. Usa las tradicionales kurtas indias, camisas largas, y esconde su cabello largo bajo una tela a modo de turbante, que hace juego con una barba muy cuidada. Dirige Sambhavna Trust, una clínica que da tratamiento médico gratuito a los afectados. Explica que hay una lista enorme de males que sufren las personas que fueron expuestas al gas. Los más comunes son problemas respiratorios, dolor en el cuerpo y las articulaciones, fatiga, parálisis, pérdida de sensibilidad y fuerza en las extremidades y cáncer. También abundan los problemas psicológicos como ataques de pánico, trastornos de ansiedad, depresión e insomnio. Las mujeres sufren problemas hormonales y reproductivos.

Sarangi denuncia que los números de víctimas fueron reducidos de manera intencional desde el principio. “Ya en la mañana siguiente del desastre se lanzaron cuerpos al río o al bosque porque el gobierno siempre ha estado más interesado en proteger a las empresas que a sus ciudadanos. Se ha asegurado que se escapen de todo este desastre”. A principios de noviembre de 2013 el activista se mostró muy pesimista de que la situación cambiara para las víctimas. Aseguraba que ningún nivel del gobierno quiere mover las cosas, para no poner en riesgo el clima de inversión en el país, particularmente el de las compañías de Estados Unidos. Menos cuando la mayoría de la gente afectada son musulmanes o hindúes de casta baja, “de los más pobres entre los pobres de la ciudad, los que no importan a nadie”.

Omvati y su esposo Pana dicen que han vivido a medias. Que desde ese día no pueden trabajar porque están siempre cansados, les duele el pecho y se les va el aliento. Como muchos de los afectados, Pana se ganaba la vida usando la fuerza de su cuerpo, lo contrataban a veces en la construcción o como cargador, un tiempo incluso traía y llevaba cosas en la fábrica de Union Carbide. Pero desde el desastre quedó flaquísimo y maltratado, no pudo trabajar más que vendiendo cacahuates en la calle, con lo que gana lo equivalente a dos o tres dólares al día.

La familia Yadav recibió como compensación, en varios pagos, la cantidad de 25 mil rupias (400 dólares de hoy) por cada uno de los cinco afectados en la familia y 100 mil rupias (1 600 dólares) por Sashi, la niña que murió. En otros lugares del mundo este dinero podría parecer poco, pero ellos con esa cantidad cambiaron su casa de bambú por una de ladrillos. No es muy lujosa, sólo tiene una cocina, una habitación donde duermen todos, un pequeño lugar para guardar cosas y un baño. Lo más importante para ellos es que ahora duermen protegidos de la lluvia y el viento. En J.P. Nagar, como se llama esta zona, muchas viviendas fueron reconstruidas con ladrillos con el dinero que les dieron por sus víctimas. Con casa de ladrillos y todo, lamentan que ese dinero no les regresó la salud. Se les acabó pronto y no compensó porque el gas les ahogó las fuerzas para trabajar, su posibilidad de ganarse la vida.

“A veces me pregunto si hubiera sido mejor morir. Los que murieron ya no tienen problemas, mientras que nosotros seguimos sufriendo cada día”, dice Omvati. La tragedia de su familia, como la de muchas familias de Bhopal, se ha perpetuado en las nuevas generaciones. Sus nietos, Vikas y Aman, dos niños de 14 y 16 años, tienen larguiruchas extremidades inmóviles y retorcidas por la severa parálisis cerebral. No pueden hablar, ni comer ni ir al baño por sí mismos. “Mis niños siempre están sonriendo. A veces hasta cuando yo estoy llorando por ellos. Yo vivo desesperada, ¿qué va a pasar cuando yo no esté aquí para cuidarlos?”, se pregunta su madre, Sharada. Todos los días carga a cada uno de los niños hasta el pequeñísimo cuarto de baño en la entrada de la casa, que tiene tela de costales en lugar de azulejos. Ahí los limpia. Pero los niños son tan grandes y ella tan pequeña, que los pies les van arrastrando.

Un paciente en Sambhavna Trust, una clínica que les da tratamiento médico gratuito a los afectados.

La familia está convencida de que Vikas y Aman son víctimas también de Union Carbide, aunque nacieran años después del accidente. Los dos padres, Sanjay y Sharada, respiraron el gas cuando eran niños. Como todos los vecinos que vivían cerca de la fábrica, bebieron agua contaminada por muchos años. Uno de los mayores problemas es que no hay estudios oficiales, pero los expertos y activistas están seguros de que las nuevas generaciones han sido afectadas. “Es muy claro que hay demasiados niños nacidos con malformaciones congénitas en la población expuesta al gas y al agua contaminada. Y no sabemos cuantas generaciones más nacerán así”, explica Sarangi, en su clínica. El relator especial en derechos humanos y desechos tóxicos de la ONU, Baskut Tuncak, dice que es posible que las siguientes generaciones sufran de los efectos de la contaminación.

En la ONG Chingari Trust hay muchos niños con terribles malformaciones, muchos no pueden hablar o caminar. Mozamed tiene 11 años, pero tiene el tamaño de un bebé. Su cara es muy dulce, pero demasiado grande para su débil y encogido cuerpo, que le da para mantenerse sentado, pero no para caminar. Sweetie, de cinco años y con grandes ojos azules, está sorda y no puede hablar. Preety necesita aparatos para mal caminar. Mohamed tiene que llevar una protección en la cabeza para que no se haga daño cuando cae y sus labios torcidos dejan escapar la saliva. Así 200 niños con graves problemas asisten diariamente a esta ONG que se ocupa de su rehabilitación. “Atendemos niños cuyos padres estuvieron expuestos al gas o al agua contaminada. Tenemos registrados a 700 niños, pero sabemos que hay muchos más en esta área”, explica Rashida Bi, una de las fundadoras, que fue víctima también.

Rashida es una mujer musulmana de 60 años, tiene una mirada firme pero compasiva. Habla fuerte y claro. Dice que su destino era ser ama de casa, pero que, tras el desastre, no le quedó otra opción que ponerse a hacer algo. Que de tanta rabia le salió el coraje para ayudar. Es difícil imaginarla antes del accidente, cuando no se atrevía siquiera a hablar con extraños por la timidez, como cuenta. No sabía cuál era la capital de India, hasta que un día se encontró marchando los 800 kilómetros que hay hasta Nueva Delhi para pedir justicia.

Chingari quiere decir chispa en hindi. “No somos una flor delicada, somos una chispa pequeña, pero que puede prender un enorme fuego” es el eslogan de la ONG que cantan con los niños y sus madres.

Muy cerca de la estación de tren de Bhopal está lo que queda de la fábrica de Union Carbide, a la vista de muchas de las víctimas, como si les fuera posible olvidar la tragedia. Allí están estructuras de las gigantes maquinarias, oxidadas por todas partes. La vegetación se ha adueñado del lugar y trepa por sus tuberías. En el cuarto de control de máquinas queda poco más que polvo sobre polvo y un letrero que dice: “Safety is everyone’s business”. Algo así como “la seguridad es asunto de todos”. El profesor Ronald J. Willey, de la Northeastern University en Boston, experto en el tema, explica que de haber tomado la seguridad en serio, la fuga se habría evitado. Que todos estos muertos y enfermos podrían haberse salvado. Que si Union Carbide hubiera puesto en práctica su mantra de seguridad, Bhopal no sería una ciudad enferma. Pero los directivos de la fábrica estaban bajo presión para disminuir costos. Por eso quitaron tres medidas de seguridad en sus instalaciones. Cada una esas tres medidas podría haber mitigado el daño de una manera significativa. Una de ellas era una tubería que pudo haber llevado al isocianato de metilo a una llama que lo habría convertido en gases menos peligrosos. De la necesidad de esta “reparación” se sabía semanas antes, explica el profesor.

Aunque la fábrica está rodeada por una barda y su entrada está custodiada por dos adormilados vigilantes, a pocos metros hay sendos agujeros por los que los niños de las colonias vecinas se meten a explorar o a jugar críquet. Otras personas se meten con sus cabras para que coman, porque es uno de los pocos lugares con vegetación en el centro de la ciudad. Detrás de la fábrica se ha instalado una colonia de pobladores, paralela a las vías del tren. Las casas tienen pocos ladrillos y muchas láminas y plásticos. El drenaje es al abierto y apesta. Nafiza cuenta que llegó hace cinco años con su familia a rentar una casa que alguien había construido ilegalmente. Al final, este lugar es céntrico, y el resto de la ciudad, de 1.4 millones de habitantes oficiales, se está encareciendo. “Sé que el lugar está muy contaminado, ¿pero qué puedo hacer si no puedo pagar nada más?”, se pregunta.

A mediados de noviembre pasado, cientos de víctimas, sobre todo mujeres y niños, se subieron en un tren a Nueva Delhi. Montaron otra de sus tantas protestas en el centro de la capital. Acamparon con pocos trapos en el frío del cemento en invierno. Cinco mujeres hicieron huelga de hambre. Después de cuatro días el gobierno aceptó que revisará el número de damnificados, con respecto a los archivos del Consejo Indio de Investigación Médica, que se encargó de registrar los muertos y afectados por el accidente, pero cuyas cifras no fueron publicadas. Los activistas dicen que el número oficial de muertos se podría duplicar y creen que esto también tendría que resultar en más compensaciones, aunque no está claro de dónde saldría el dinero. Las víctimas celebraron esto como una pequeña victoria en su larga y hasta ahora interminable lucha; cantaron y comieron dulces. Sarangi, el combativo activista del turbante, se suavizó un poco. Dijo que hay que darle oportunidad a este nuevo gobierno de cumplir sus promesas. Aseguró que Bhopal es un caso emblemático para el mundo y, hasta que no se haga justicia allí, las empresas de todo el mundo, sobre todo en países en desarrollo, van a seguir matando y enfermando a la gente con contaminación. Los cientos de víctimas volvieron a sus casas en Bhopal, la ciudad en la que la tragedia ha durado ya 30 años. Y nadie sabe cuántos más.

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