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Los marinos sí lloran

Así viven nueve hombres solos en la base militar chilena más antigua y alejada de la Antártica, Arturo Prat. Fragmento de uno de los capítulos del libro “Porfiados” (Random House) que ya está en las librerías.

Por Patricio De la Paz

Nueve hombres han soñado durante un año con un solo día.

Con este día que es hoy.

Lo han esperado con ansiedad. Se ha convertido casi en una obsesión. Durante doce meses han preparado sus cuerpos y sus almas para que todo salga bien a partir de este día preciso. Han hablado con sus familias para que desde entonces se acostumbren a estar sin ellos. Han blindado sus propios corazones para no sucumbir, desde ese día, a la nostalgia de estar tan lejos.

Es sábado 26 de noviembre y sobre la playa de la Bahía Fildes, en la isla Rey Jorge, en las Shetland del Sur, hay nueve hombres vestidos exactamente iguales. Parkas celestes, pantalones térmicos grises, gorros negros, lentes de sol. Cada cual carga una mochila y un portaterno, ambos oscuros.

Son nueve hombres que acaban de llegar a la Antártica con 1,2 grados de temperatura. Con vientos moderados de veintidós kilómetros por hora.

Este sábado es el primer día de los trescientos sesenta y cinco que pasarán sin moverse de este territorio blanco y remoto.

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El cabo Daniel De la Fuente tiene 29 años y llegó a la Antártica a trabajar como meteorólogo de la base Arturo Prat.

* * *

Octavio Rodríguez es infante de marina, comando, capitán de fragata. Lleva treinta y cuatro años en la armada. Entró cuando tenía dieciocho, recién salido del colegio en San Miguel, en Santiago. Se debatía entre estudiar flauta traversa o convertirse en marino, pero decidió por lo segundo pese a que lo único que sabía de esto era lo que había visto en un folleto: dos comandos navales desembarcando en una playa. Octavio Rodríguez es un hombre alto, atlético, que habla poco pero que tiene mucho sentido del humor. Es de talla rápida y se las celebra a sí mismo con sonoras carcajadas.

Este sábado 26 de noviembre, Octavio Rodríguez es parte de los nueve hombres que recién llegaron a la Antártica, después de estar un año esperando este preciso día.

Octavio Rodríguez es el que manda. El comandante a cargo de este grupo que ahora está parado en la playa de Fildes. El jefe de la nueva dotación de marinos que se hará cargo durante el 2017 de la base antártica Arturo Prat. El líder de un equipo cuyos miembros suman todas las habilidades necesarias para sobrevivir por cuenta propia: un marino enfermero, un marino electrónico, un marino de abastecimiento, un marino meteorólogo, un marino mecánico electricista, un marino experto en calderas y generadores, un marino cocinero, un marino que sabe de radiocomunicaciones.

Aunque él y sus hombres acaban de pisar suelo antártico, después de viajar tres horas en un avión Fach desde Punta Arenas, aún les falta para llegar al destino final.

Por eso, este mediodía de sábado, Octavo Rodríguez da instrucciones. Ordena a sus muchachos —algunos se han dejado llevar por la emoción del momento y se han alejado un poco para fotografiar pingüinos y focas— y coordina la subida a los dos zodiac que los trasladan desde esta orilla hasta el buque Lautaro que los espera más allá, mar adentro.

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Durante el verano, aprovechando que el tiempo mejora de diciembre a marzo, se realizan los trabajos de mantenimiento de la base Prat.

* * *

El viaje en el Lautaro es tranquilo. Muy distinto al que hace diez días viví en el Aquiles, camino de Punta Arenas a la Antártica. Una travesía donde el temido paso Drake mostró sin vergüenza su mala fama de mar maldito. Zangoloteó al buque de tal manera, que hasta las sillas de comedor debieron ser amarradas para que no rodaran por el suelo.

Ahora, pura calma. A bordo del Lautaro, los nueve marinos de parkas celestes almuerzan sin apuros. Comen el que para varios de ellos es el primer bocado de este día importante: un trozo de pescado frito con arroz.

Cuatro horas después, el buque se detiene. Los nueve marinos aparecen por la cubierta y unos a otros se indican los diminutos puntos rojos que se ven a lo lejos, perdidos entre la nieve y el hielo antárticos. Manchitas oscuras que apenas se notan en medio de la inmensidad del blanco. Eso es desde aquí la base Arturo Prat. Su nueva casa.

Es el primer impacto.

La base no tiene alrededor nada más que naturaleza y soledad. Mar, montañas nevadas, glaciares. No hay bases vecinas, nadie cerca. Es la imagen perfecta de lo remoto.

Dos zodiac esperan al lado del Lautaro para llevarlos a la isla Greenwich, una de las más australes de las Shetland del Sur. En la mitad de esa isla, frente a una ensenada, está la base que hasta ahora no es más que un conjunto de puntitos rojos.

—Estoy más nervioso que jugador de primera división —dice Carlos Sepúlveda, el marino que se hará cargo del abastecimiento de la base Prat. Y Carlos Sepúlveda sabe de fútbol. Es hábil en la cancha, y alguna vez jugó en tercera división.

—Por fin, por fin, por fin —repiten eufóricos varios de sus compañeros, que empiezan a bajar detrás de Carlos Sepúlveda a los botes de goma.

Hay alegría. Hay nerviosismo. Hay expectación.

Cuando ya ha descendido todo el grupo, Octavio Rodríguez se despide con solemnidad de la tripulación del Lautaro y es el último en bajar a los zodiac.

Se inicia entonces la marcha de nueve hombres a su nueva vida.

El paisaje antártico se empieza a revelar en toda su magnificencia. Desde los botes se ven murallas de hielo de varios metros de altura. Se ven trozos de esos muros congelados que han caído al mar y ahora flotan a la deriva. Se ven planicies nevadas que se extienden libres hasta donde se pierde la vista. Se ven cerros tan perfectamente cubiertos de blanco, que parecen con una cobertura de merengue emparejada con espátula y pulso firme.

Cuando los botes están a punto de llegar, la base toma su real dimensión. Los que eran puntitos oscuros son ahora varias construcciones, cubiertas de lata firme y pintadas de rojo intenso suman en total 2.122 metros cuadrados. Casi la mitad de la supercie de la catedral de Santiago.

Rodríguez es el primero en desembarcar. En la mano derecha carga uno de los gustos que decidió traerse a la Antártica. El comandante se vino al fin del mundo con su palo de golf.

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Es una tradición que los marinos recién llegados a la base Prat se sumerjan en las frías aguas de la ensenada Iquique, frente al glaciar Fuerza Aérea.

* * *

Francisco Mayorga es capitán de corbeta, un marino de cuarenta y ocho años especializado en maniobras en alta mar. Salió a los quince años de Puerto Montt a la escuela de grumetes en Talcahuano, y luego armó una carrera que incluye doce años de navegación. Sabe bien lo que es avanzar con viento en contra, en medio de tempestades, con el mar enojado.

Francisco Mayorga es un marino al que le gusta estudiar. Su buen desempeño lo convirtió en oficial de mar. Pero él quería más. Sin abandonar sus labores navales, estudió ingeniería en mantenimiento industrial en la Universidad Santa María. Se matriculó a los 35 años. Era el alumno más viejo del curso. Terminó con el premio al mejor estudiante.

Este sábado, Francisco Mayorga es la cara inversa de Octavio Rodríguez.

Francisco Mayorga ha estado un año a cargo de la base Prat. Ya lleva un año en la Antártica. Y ahora, parado en la orilla de la ensenada Iquique, espera a su sucesor.

El que llega y el que sale se saludan con un abrazo afectuoso.

Sus marinos hacen lo mismo. Muchos se conocen de antes. Han coincidido en trabajos. Han compartido estudios. Se han encontrado en cursos. Están contentos de abrazarse en un lugar al que tan pocos llegan. Hay algo heroico en encontrarse aquí, en medio de esta tierra blanca.

En la base Prat, esta tarde hay nueve hombres ansiosos porque empiezan su misión antártica y deben acostumbrarse a estar lejos de todo.

En la base Prat, esta tarde hay nueve hombres ansiosos porque terminan su misión antártica y van a volver con sus familias después de un año sin verlas.

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La base fue levantada en 1947 en la isla Greenwich. Es la más antigua de Chile en la Antártica.

* * *

Llegar a la Antártica no es fácil. Tampoco para un marino.

Quienes ahora se abrazan en el frontis de la base Prat vivieron antes tiempos de estrés. Pasaron un estricto proceso de selección. Debieron acreditar que tienen un buen currículum en su especialidad, una salud de acero —que se certifica con exámenes y visitas al doctor— y una mente sana. Esto último es clave.

Estos son hombres que tendrán que vivir en la más completa soledad, en el sitio más remoto del planeta. En medio de un clima cambiante, con veranos sin noches, con inviernos sin días. No pueden caer en nostalgias profundas que interfieran en su trabajo ni tristezas sin remedio que los conviertan en una carga para el resto del equipo.

Estos son hombres que deben resistir.

Por eso, en la selección hay entrevistas sicológicas para evaluar si las emociones de los postulantes están en su sitio.

Ser seleccionado no es el fin del proceso. Es apenas el comienzo. Los nueve marinos que se irán a la base Prat son convocados un año antes de partir. Deben dejar el lugar donde hasta entonces han trabajado, en cualquier ciudad de Chile, y reunirse en la Central de Abastecimiento de la Armada en Valparaíso. Allí arman durante un año su centro de operaciones. Allí ven las tareas administrativas —hacer la lista de los víveres, decidir la ropa que llevarán, elegir los menús— y desde allí se trasladan a realizar los cursos que los preparan para vivir en un lugar agreste y lejano.

Hay cursos de supervivencia en aguas frías, en terrenos nevados y en alta montaña. De rescate en grietas. De primeros auxilios. De panadería y pastelería. De refrigeración y electricidad. De soldadura y operación de tornos. De peluquería. De combate de incendios. De manejo de botes de goma. Y así unos veinte cursos más.

En ese año de trabajo previo los nueve marinos se conocen. Estrechan lazos, arman camaradería. Estar unidos es vital. En la Antártica sólo se tendrán unos a otros. Nada más.

A los nueve les extirpan el apéndice. La Armada elimina riesgos: en un territorio tan lejos y de difícil acceso, con un clima que da posibilidades inciertas de evacuación, una simple apendicitis puede convertirse en un problema mortal.

La idea es tener de antemano el mayor control.

Aunque a veces hay imprevistos.

Lo sabe Daniel De la Fuente.

* * *

Daniel De la Fuente es el tercer hijo de una familia de Chillán. Su padre es garzón. Su madre es dueña de casa, pero ahora, dice el hijo, hace decoración en fiestas para ganarse unos pesos. En la escuela de grumetes, Daniel De la Fuente sacó la especialidad de meteorólogo. Pero la Armada le dio más que eso. Trabajando en Talcahuano, conoció a Yesenia, su esposa hace tres años. Una mujer que, además de marino, es una a afinadísima cantante de rancheras. Muy solicitada para las fiestas navales.

Daniel De la Fuente tiene veintinueve años, es cabo primero y postuló sólo una vez a la Antártica. Tuvo éxito en su primer intento. Es el nuevo meteorólogo de la base Prat.

Lo veo feliz en medio de la nieve, metido en su parka celeste. Daniel De la Fuente es un hombre de pocas palabras, introvertido, observador, siempre sonriente. Estar aquí este sábado es una prueba superada. Una doblada de mano al destino. Porque Daniel De la Fuente estuvo a punto de no llegar.

En los meses de preparación para venirse, recibió una noticia que le movió el piso. Su mujer le anunció que estaba embarazada. Y eso a Daniel De la Fuente le trajo de vuelta el miedo. Yesenia había tenido una pérdida el año anterior y fue demoledor para los dos. A Daniel De la Fuente, un nuevo embarazo lo ponía alerta no sólo porque temía que se repitiera la experiencia anterior. También porque si todo iba bien, él no iba a estar para el nacimiento. Él iba a estar en la Antártica. A 4.355 kilómetros al sur.

Pero al final no fue eso lo que puso en jaque su arribo a la base Prat.

El embarazo de su mujer pronto dejó de ser una dificultad, porque el niño se afirmó en el vientre de su madre y Yesenia le dijo que ella iba a estar bien, que no se preocupara. Que un marino, ambos lo saben, siempre debe cumplir con su deber.

Lo que de verdad complicó a Daniel De la Fuente fue un desmayo.

En el curso de montaña, hace cuatro meses, perdió el conocimiento. Cayó al suelo y estuvo un minuto ido de todo. Lo trasladaron al hospital, le hicieron exámenes al cerebro, algunos salieron regulares. Él y su mujer se preocuparon. Octavio Rodríguez y todo su grupo antártico también.

A Daniel De la Fuente lo dejaron en observación. Con trabajo mínimo.

—Estaba tan asustado. Primero, porque podía tener algo malo; y luego y porque no sabía qué iba a pasar con la Antártica —dice.

Con el tiempo los exámenes se normalizaron. Y hace apenas un mes, el neurólogo del Hospital Naval en Viña del Mar autorizó a Daniel De la Fuente a venirse a la base Prat.

—Pienso que el desmayo puede haber sido por la altura, que dormí mal la noche anterior, que estaba cansado —dice hoy, suavizando ese tiempo de pesadilla.

Ya en la Antártica, Daniel De la Fuente no piensa más en desmayos ahora. Piensa en asuntos más felices. Piensa que en dos meses más, el 26 de enero según lo planificado, va a nacer su hija Maite.

Este sábado, Daniel De la Fuente no puede saber los detalles. No adivina el futuro. Pero las cosas se darían finalmente así: Maite nacería el 18 de enero, tras una larga noche en que su padre no pegaría un ojo después de que le avisaran por WhatsApp que su mujer se iba al hospital; que a la hora exacta en que Maite nacería, 9:45 de la mañana, su padre estaría al aire libre en la Antártica, recibiendo unos helicópteros de la Fach; que recién cuando volviera de eso y revisara su celular, se encontraría con la primera foto de su hija, durmiendo plácida. Que entonces se iría a su camarote y se pondría a llorar.

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Cuando la nieve está blanda, hay que caminar con raquetas en los pies. Si no, los marinos pueden hundirse de improvisto hasta la altura del pecho.

* * *

Es fuerte estar en la Antártica y perderse el nacimiento de un hijo. Subraya lo lejos que estás y te llena de sentimientos mezclados. Todo eso me dijo Néstor Palma.

Néstor Palma no está en la base Prat, pero es un marino en la Antártica. Es una de las diez personas que se instalaron hace doce meses en la Gobernación Marítima de la Bahía Fildes, donde la armada también manda dotación por un año. Viven en una casona pintada blanco y azul, que está al lado de la misma playa antártica en la isla Rey Jorge donde Octavio Rodríguez y sus muchachos estarían unos días después, ese sábado 26 de noviembre, esperando los zodiac que los llevarían al Lautaro.

Néstor Palma habla antes de que ellos lleguen. Habla una tarde mientras yo me gasto los días en Fildes, a la espera de que llegue la nueva dotación de la base Prat. Néstor Palma, encargado del abastecimiento en esta gobernación marítima, cuenta las horas para partir de aquí. Quiere tomar en brazos por primera vez a su hija menor.

Antonia Palma tiene diez meses. Su padre nunca le ha dado un beso.

—Yo había pensado que conocerla unos meses después de que naciera no sería tan complicado. Pero sí lo fue —dice Néstor Palma.

Cuando su hija nació en febrero, tan lejos de él, en Quilpué, a Néstor Palma algo se le movió adentro. Se sintió mal. Lo define como una gran frustración. Él se había prometido que para el nacimiento de un nuevo hijo iba a estar presente. No cumplió. Su mujer entró a pabellón acompañada por una hermana, quien después le mandó a Néstor Palma un audio con el primer llanto de la niña.

Sus compañeros en Fildes destaparon una botella de champagne y brindaron por Antonia. Néstor Palma no consiguió sacarse de encima la sensación de derrota.

—No me voy de la Antártica con cuentas alegres —dice.

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Frente al muelle de la base Prat está el picacho López, con sus 251 metros de altura. Lo miran con respeto: en 1961 le cobró la vida a un marino.

* * *

La isla Greenwich es un trozo de tierra de doscientos kilómetros cuadrados. El doble de la isla Robinson Crusoe, en Juan Fernández. Un veinte por ciento más grande que la Isla de Pascua.

En su lado noreste, la isla está masticada por una gran bahía que hace entrar el mar. En una de las orillas de esa bahía llamada Chile, está la pequeña ensenada Iquique frente a ella, la rojísima base naval antártica Arturo Prat.

La base tiene un pequeño muelle de fierro, pintado también rojo, al cual llegan en zodiacs quienes vienen a visitarlos. Nunca es mucha gente. Y es sólo en verano. Son algunas visitas oficiales de la Armada, o autoridades nacionales en viaje de trabajo, o pasajeros civiles de algún buque naval que viene a reabastecer la base. En invierno, nada. Todo este mar se congela y por meses es un solo gran bloque de hielo.

Frente a la base hay un glaciar. Una enorme muralla de hielo que esta tarde de noviembre, como ya hace un poco más de calor, deja caer pedazos que hacen ruido al tocar el agua. Como caen trozos de todos los tamaños, es frecuente que desde la base vengan en zodiac a llevarse tres o cuatro de los pedazos más pequeños. Los cargan con cuidado, porque las aristas irregulares de ese hielo milenario pueden ser filosas como un cuchillo. Ya de vuelta en tierra, los dejan enterrados en la nieve alrededor de la base. Y los desentierran cuando hay fiesta: lo pican en trocitos que entren en un vaso.

Dicen los marinos de la base Prat que el hielo milenario dura tres o cuatro veces más dentro de un trago y que su sabor es absolutamente neutro. Que no tiene comparación con el que se hace en cubeta.

El paisaje que rodea la base es siempre blanco. Distintos tonos de blanco. Uno afina el ojo en pocas horas. Se da cuenta de que el blanco de la nieve es perfectamente albo. Inmaculado. Que el blanco del hielo es más brillante y resplandeciente. Y que cuando está metido en un glaciar, se va tiñendo con un intenso celeste.

Mientras los nueve que llegan y los nueve que los reciben se sacan fotos frente a la base, miro hacia la izquierda. El terreno va subiendo en altura, todo tapado de nieve. Al cerro más grande lo llaman picacho López, y lo miran con respeto. Hay recuerdos tristes de esa montaña. En abril de 1961, el comandante de la base, Pedro González, fue a escalarlo para observar las condiciones glaciológicas. Pero resbaló y cayó a un ventisquero. Murió mientras su equipo le daba los primeros auxilios. Su cadáver tardó semanas en poder ser evacuado.

Hacia la derecha de la base, se extiende una gran llanura blanca. Cuando el terreno se acerca a la orilla de la ensenada, se convierte en pura piedra. Pero más adentro es sólo nieve. Y tampoco hay que fiarse. En esta época la nieve se ha reblandecido, y hay que tener cuidado donde uno pisa. Un mal paso puede terminar con el cuerpo enterrado hasta la cintura. En verano, las caminatas deben ser siempre con raquetas en los pies.

Esta tarde de sábado está nublada. Eso provoca un efecto que veré muchas veces en la Antártica. El día gris confunde el blanco del suelo con el de las nubes. Los mezcla. Y entonces el paisaje pierde el horizonte. No hay una línea clara donde termina la tierra y donde empieza el cielo. Como si uno estuviera envuelto en una gran sábana blanca.

Eso es hermoso. Y es también raro.

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