frank báez escritor, portada

Karate Kid / Hay Festival 2017

Cinco miradas novedosas a la realidad latinoamericana desde el Hay Festival Querétaro 2017. Bullying escrito desde la pluma de Frank Báez.

Por Frank Báez / Ilustración Diego Huacuja

Narrar un continente
Entre el siete y el 10 de septiembre se llevará a cabo una nueva versión del Hay Festival en México, por segunda vez en la ciudad de Querétaro. A comienzos de año, el festival presentó la lista Bogotá39-2017, una selección de autores menores de 40 años. Para celebrar estos dos eventos les pedimos a algunos de los escritores seleccionados que nos enviaran una muestra de su trabajo de no ficción. Los fragmentos que publicamos en este especial son cinco maneras diferentes de aproximarse a un continente y una mirada novedosa a la realidad latinoamericana.

Más información sobre el Hay Festival Querétaro 2017 y Bogotá39-2017 en hayfestival.org

* * *

Sin embargo, a las pocas semanas de la partida de mi tío, sufrí mi primer acoso. Retornaba de comprarle una media Marlboro a mi papá, cuando me topé con Carlitos que paseaba a su dóberman. No es que fuera la primera vez, ya que siempre que me los topaba el perro me ladraba y Carlitos payaseaba con que soltaba la cadena, pero esa tarde no hizo el amague, sencillamente la soltó y el dóberman se abalanzó hacia mí y me mordió la pierna derecha. Creo que me la hubiera arrancado si no me hubiese escabullido. Inmediatamente mis padres notaron mis lagrimones, la sangre goteando y la herida, soltaron lo que tenían agarrado y arrancamos a Emergencias. Mientras era atendido, ellos fueron a la casa de Carlitos para averiguar si el perro estaba vacunado contra la rabia. En caso de que no lo estuviera, tendrían que puyarme con una inyección gigantesca en el ombligo, como esas que usaban los extraterrestres con sus víctimas. La mamá de Carlitos no estaba segura de las vacunas y el doctor me inyectó por si las moscas, aunque no en el ombligo como me habían advertido, sino en un hombro.

Pero era raro que mis padres se dieran cuenta del bullying. Esto se debía a que los abusadores de mi barrio, rara vez golpeaban en la cara, ya que eso podía dejar marcas y los adultos se podían dar cuenta de lo sucedido y denunciarlos. Por lo general, teníamos morados, cicatrices y quemaduras en las partes menos visibles del cuerpo. Sin embargo, una noche llegué sangrando por la nariz. Me habían golpeado en la cara sin querer. Eso mismo les conté a mis padres mientras me curaban la nariz.

—Eso fue queriendo —insistió mi madre.

Tan pronto detuvieron la hemorragia, mi papá trajo de su biblioteca algunos de sus libros de artes marciales. Hasta me enseñó algunas técnicas de patadas y bloqueos para servirme de ellas cuando me enfrentara a los agresores, pero contribuyeron más bien a que me atacaran con más saña. Una noche regresé cojeando, y se decidió que me apuntarían en clases de karate. No sólo me inscribieron a mí sino también a mi hermana. Que ella me acompañara a las clases de karate les daría ideas a los abusadores para nuevos insultos. Cuando uno sufre de bullying suele analizar todas estas cosas. Ahora bien, quien estaba realmente molesta era mi hermana que en vez de karate quería que la apuntaran en clases de manejo. Antes de que mi tío se alistara en el ejército, le había estado enseñando a escondidas. Sin embargo, la decisión estaba tomada y el lunes mi mamá se apareció con dos kimonos.

frank báez escritor, interior

La academia estaba ubicada en el segundo piso del club Miramar y consistía en un amplio salón que tenía paredes cuarteadas, ventanas desvencijadas y techo descascarado. Desde la calle se escuchaban los gritos de los estudiantes. Hacían fila para patear una placa de radiografía que el sensei les tendía. Las buenas patadas le sacaban los mejores sonidos. Al asomarme me ocurrió lo mismo que a Daniel Larusso cuando entra en la academia de los Cobra Kai con la intención de apuntarse y se topa con que los estudiantes son aquellos que lo acosaban. De pie en la fila, aguardando su turno para patear la radiografía, estaba Carlitos y tras él los demás abusadores. Ya no había marcha atrás.

Calculé que tenía dos posibilidades. La primera era que los abusadores se cansaran de acosarme. Pero a medida que pasaban los días los insultos y los empujones incrementaban. La segunda era que el sensei intercediera por mí. Esto lo pensaba porque una vez comentó que el tae kwon do era un arte espiritual y que el practicante nunca debía abusar de los más débiles. Aquello me infundió esperanzas y hasta pensé que se había dado cuenta de lo que sucedía, pero nunca volvió a traer el tema a colación. No era muy común que se despachara con un discurso de motivación o dijera cosas zen a la manera de Míster Miyagi. Se conocía bien. Sabía que no era un buen orador y que su fuerte estaba en su destreza física. Por lo que solía explicarnos las cosas con ejemplos concretos. Por ejemplo, una vez colocó una pila de ladrillos en medio del salón y se agachó con los ojos cerrados por unos minutos hasta que llegase el momento adecuado para asestarle el golpe. Cuando logró el grado más alto de concentración y de expectativa de parte nuestra, profirió un grito, luego lanzó un golpe e hizo puré los ladrillos. Era como una escena de Karate Kid.

Frank Báez (Santo Domingo, 1978). Su libro Postales fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña en 2009 y a la fecha lleva ocho ediciones. Es autor también de Anoche soñé que era un DJ, Págales tú a los psicoanalistas y La trilogía de los festivales. Éste es un fragmento de la crónica “Karate Kid” publicada en el libro Lo que trajo el mar (Ediciones Aguadulce, 2017).

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