Valle de los Caídos, portada

El franquismo vive en el Valle de los Caídos

Conoce el sitio donde Francisco Franco construyó un faraónico y polémico monumento a los caídos en la guerra civil española.

Por Sandra Lafuente / Fotografía Corina Arranz

La oscuridad cae de pronto en plena misa. Una penumbra repentina que parece devolver el recinto a su estado primitivo, las profundidades de un peñón de granito. Ahora es una iglesia, pero hasta hace poco más de setenta años era nada más que un risco de 1 400 metros de alto, el de La Nava. Presos y obreros asalariados lo horadaron a dinamita limpia por órdenes de un caudillo que quería hacer de la piedra un monumento faraónico que sería basílica, panteón, cripta de criptas. Apagar la luz forma parte del rito. Ocurre en el momento de la consagración. Todo es noche menos el Cristo del altar mayor: lo alumbra un foco cenital que baja de la cúpula. Se ve más prominente el gesto sufrido de Jesús, más nítida la corteza de enebro de la cruz que lo sostiene.

Son ocho sacerdotes (a veces siete), dos filas frente a frente. Dos de ellos dan la espalda a los bancos del crucero, los otros al coro. Rezan, las manos en plegaria o tocando el altar. Cuando el oficiante cita a Jesús en la última cena, se inclina y eleva la hostia hacia el Cristo, el ayudante agita una campana y las luces desaparecen. Se instala un silencio subterráneo que dura segundos, hasta que el sacerdote recita el pasaje en el que Jesús ofreció su sangre para ser derramada “por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Se inclina y eleva el cáliz hacia el Cristo. El ayudante hace sonar la campana: la luz vuelve.

Es domingo 5 de febrero a las once, pero podría ser martes o viernes. Es 2017 pero así ha sido, y sigue siendo, desde 1959, cuando inauguraron este lugar: todos los días, menos los lunes, los monjes de la orden benedictina del Valle de los Caídos celebran con la misma solemnidad la misa conventual cantada. El oficiante, el ayudante y tres monaguillos entran siempre en procesión con los primeros acordes del órgano, y en procesión se van con los últimos. Visten trajes sacerdotales verde y blanco (rojos en Semana Santa). El sacerdote dice el salmo y anuncia la lectura del evangelio, cantando; el monaguillo más grande rocía los textos con incienso tres veces y otras tres lo esparce hacia los feligreses. Los niños del coro acompañan o responden con un canto gregoriano.

Cada día repite lo mismo el oficiante: “Oremos al Señor nuestro Dios”, y a continuación, entre las peticiones, lee la frase idéntica:

—Te rogamos, Señor, que preserves los destinos de España, la herencia de la fe católica y el respeto a su santa ley, bajo la protección maternal de Santa María y la intercesión de los beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica. Roguemos al Señor.

Y el coro replica:

—Te rogamos, óyenos.

Las voces resuenan en los muros de granito. Parecen agrandar las alas de los cuatro arcángeles de piedra de ocho metros de la circunferencia del altar.

—Para que los caídos asociados a la muerte redentora de Cristo descansen eternamente y su recuerdo fomente la paz entre los españoles. Roguemos al Señor.

—Te rogamos, óyenos.

El cerco del altar mayor queda solo al terminar la misa. La funcionaria de Patrimonio Nacional, que estuvo dando vueltas por la basílica durante la ceremonia, despeja el paso. Hay una primera tumba a la vista, bajo la cara frontal del altar, pero no es esa hacia la que se apresura el puñado de feligreses. Continúan hacia la parte trasera, donde hay otra lápida, losa de tonelada y media, claveles rojos y blancos frescos. Se santiguan, entrelazan las manos en el regazo, con la cabeza gacha mueven los labios: rezan. Otros pasan sin detenerse y en una reverencia se hacen la señal de la cruz. La inscripción de la lápida dice “Francisco Franco”.

La misma funcionaria deja pasar a los turistas que durante la misa recorrieron la nave central. Un grupo de ellos y su guía se detienen frente a esa primera tumba, claveles rojos blancos y frescos. La guía les habla de la guerra civil española y dice que el cuerpo aquí enterrado es un caído. “José Antonio” [Primo de Rivera, su apellido, no está escrito], se lee en la inscripción. Algunos de los feligreses pasan por aquí y también rezan.

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Purificación Lapeña, de 59 años, es nieta y sobrina nieta de los hermanos Lapeña. Ella lucha por identificar los restos de sus familiares.

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Francisco, 59 años, es asiduo desde los 23. Él y su esposa Nieves practicaron devotos el ritual de la misa, rezaron delante de las dos tumbas.

—Venimos aquí a misa siempre. Primero —dice Francisco, de camino a la salida—, porque es una misa solemne, seria, que se dice como hay que decirlas, con recogimiento, con devoción. Y luego también porque de paso saludamos a don Francisco, saludamos a José Antonio y tenemos aquí caídos enterrados.

—¿Por qué los saludan?

—Para mí es un personaje histórico esencial y posiblemente el más importante después de nuestro Siglo de Oro. Un señor que en circunstancias dificilísimas se subleva por salvar a España de lo que se le venía encima, que era ser un satélite de la Unión Soviética, como después se demostró con los países del Este. Creo que hay que rendirse ante eso.

Nieves, su esposa, de 58 años, dice después, en la cafetería del funicular, que así se llama por estar junto al ídem que subía hasta la cruz sobre el risco de La Nava —hace años no funciona—:

—Vienes de niña con tus padres, vienes de excursión, escuchas la misa y tal. Luego, ya a raíz de que muere Franco, empezamos a venir con un motivo un poco político. Llevo 15 años metida en la misa tradicional, no tiene que ver nada con la misa moderna. Me gustan mucho las homilías, me gusta mucho cómo hacen las consagraciones; por supuesto, vengo primeramente por motivo religioso y no quita que en segundo término vengo también por los motivos políticos. Y además tengo aquí un abuelo enterrado.

Con ella están Almudena y Silvia.

—Yo ahora vengo por motivos prácticamente religiosos —tercia Almudena, un año mayor—. Lo que pasa es que voy todos los domingos a rezar en la tumba de Franco y en la de José Antonio, y a pedirles que intercedan por España, que buena falta nos hace.

—¿Y qué les pide?

—Pues que salve Dios a España, y la Virgen. Y que ellos se lo pidan. Porque dentro de nada España va a dejar de ser España, va a desaparecer, la van a partir en trozos. Y además para que los españoles recuperen la fe, que ya no hay nadie que tenga fe, o cuatro gatos.

—Y esto lo levantó Franco —interviene Nieves—, siempre encomendado a Dios, y, bueno, me parece una obra maestra, generosa y divina.

Silvia es la menor de las tres. Tiene 47 años:

—Ese fue el legado que nos dejó Franco y es por eso que venimos a este lugar, un lugar de reconciliación. Que de hecho existía, yo tengo un abuelo de cada bando. En las familias es que no había ningún problema.

Francisco Franco Bahamonde, dictador de España entre 1939 y 1975, mandó a construir El Valle de los Caídos para homenajear el triunfo del bando sublevado —el suyo— en la guerra civil española, o la victoria de la “Gran Cruzada Nacional”, como llamó su régimen al golpe de estado militar del 18 de julio de 1936 contra la Segunda República, que desembocó en aquella guerra de tres años y terminó en la dictadura de 37 que Franco acaudilló. Escogió en persona el risco de La Nava y esta locación ubicada a 55 kilómetros de Madrid, en la Sierra de Guadarrama. Valle de Cuelgamuros es su nombre geográfico: la antigua finca Pinar de Cuelga Moros, de 1 377 hectáreas, expropiada para su causa.

El decreto iniciaba las obras de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, de fecha 1 de abril de 1940 y con firma de Franco, y decía en su exposición de motivos: “La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la Victoria encierra, y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos. Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor. A estos fines responde la elección de un lugar retirado, donde se levanta el templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de Peregrinación en que lo grandioso de la Naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada”.

La dictadura llevaba entonces sólo un año. Franco contaba con que las obras estuvieran listas en uno más y no en los casi 20 que tardaron. Las dimensiones faraónicas lo hicieron imposible. Por ejemplo, 300 metros de la cripta/basílica comidos al risco, una nave central de 262 metros, 41 metros de altura máxima desde la entrada hasta el crucero. “A esto le faltan dimensiones”, dijo Franco en plena construcción; había muerto Pedro Muguruza, el primer arquitecto a cargo, y le dijo a Diego Méndez, que la continuara. La edificación había llegado hasta la mitad de lo que hoy tiene; entonces la llevaron al doble. La cruz en la punta del risco, el emblema máximo del régimen, se ve ya clara desde el kilómetro 40 de la carretera a La Coruña, cuando faltan todavía 15 para llegar al monumento. Tiene una altura de 150 metros, los brazos, una longitud de 46 y está hecha con más de 180 000 toneladas granito, cemento, grava, hormigón. Es la más alta del mundo cristiano. A sus pies las esculturas de los cuatro evangelistas, de 18 metros, que pesan 20 000 toneladas. La Piedad en el capitel de la entrada de la cripta tiene 151 piezas, 96 metros cúbicos de mármol negro, 12 metros de ancho, cinco de alto. Adentro, la cúpula que corona el altar y las dos tumbas tiene cinco millones de teselas de mosaico, que dibujan santos y mártires católicos y banderas afines al franquismo.

En los años cuarenta había una España devastada, de postguerra: hambre, productos básicos racionados, mercado negro, el llamado estraperlo. La recia represión llenaba las cárceles.

Para una buena parte de la mano de obra que levantó el monumento, y durante al menos siete de los 19 años que tardó su construcción, el régimen echó mano del sistema de redención de penas por trabajo. Entre 1943 y 1950, tres destacamentos de presos (políticos y comunes) trabajaron bajo las órdenes de tres empresas constructoras, para reducir condena con trabajo a razón de dos días por uno y un salario de dos a cinco pesetas diarias. Cada destacamento construyó la cripta y el monumento, el monasterio que está detrás —que ahora es una hospedería—, y la carretera de cinco kilómetros desde la entrada principal. El periodista Fernando Olmeda escribe en el libro El Valle de los Caídos: una memoria de España (2009) que la mayoría de los presos políticos de los primeros años eran “condenados por delitos de rebelión y adhesión a la rebelión, combatientes republicanos con penas de muerte conmutadas y largas condenas por delante”, y que también llegaron otros con condenas por “delitos posteriores” a la guerra.

No hay exactitud sobre el número de presos políticos que construyeron el monumento. Olmeda apunta que el total de reclusos varió de 275 hasta 800. También trabajaron obreros libres. Sobre los accidentes en las obras también hay fluctuaciones, si se contrastan los datos: 200 accidentes, con 14 muertos, o 58; 40 o 50 fallecidos más por silicosis, tras inhalar el polvillo de la roca.

Francisco Franco supervisó las obras en persona, aparecía por sorpresa a media noche, aprobaba y dibujaba planos, bocetó la cruz.

El 1 de abril de 1959, el día de la inauguración, el general Franco atravesó la nave central bajo palio, como los obispos, pero con uniforme militar. Afuera, en la explanada de 30 600 metros cuadrados pronunció un discurso. Dijo, entre otras cosas, antes miles de afiliados al Movimiento Nacional, pivote del régimen: “Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidada, pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos. La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta”.

Han pasado 57 años desde entonces, 42 desde que Franco murió y comenzó la transición hacia la democracia que se instituyó como una monarquía parlamentaria con las primeras elecciones libres hace 40 años recién cumplidos. Y, sin embargo, todo sigue allí: las piedras, intactos los símbolos que albergan.

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Vista de la cruz desde la hospedería.

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Esos símbolos los estudió en 2011 Carme Molinero, profesora y directora del Centro de Estudios sobre las Épocas Franquistas de la Universidad Autónoma de Barcelona. Era miembro de una Comisión de Expertos que el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero nombró ese año para estudiar el destino del Valle de los Caídos. En sus notas escribió: “El mosaico de la bóveda fija quién tiene derecho a formar parte del ‘cortejo de los bienaventurados’; aparecen 3 banderas: la utilizada por los nacionales —no la de España en el momento de la contienda—, la de Falange y la del Requeté. De ello se deduce que las víctimas representadas son las de la autoproclamada zona ‘nacional’; pues esas son las banderas. (…) La Cruz de los Caídos simboliza la lucha y la victoria, es el emblema del nacionalcatolicismo, no un elemento de religiosidad. Los escudos son franquistas, como es bien sabido. El régimen pretendía conectar con la España imperial y utiliza sus referentes, pero ello no significa continuidad con el pasado: el escudo es nuevo, no existió así ni en el siglo xix ni en el xx hasta aquel momento”.

En su oficina de la universidad dice ahora: “Era la idea de la hispanidad del siglo xvi, del inicio de la construcción del imperio. ‘Con Franco volverá a ser grande, Una, grande y libre.’ No es tan solo un recuerdo del pasado, sino que tiene una funcionalidad para el presente. De recoger esos elementos de los reyes católicos, la idea de que la unidad España es grande cuando se ha conseguido hacer una”.

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José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco murieron un 20 de noviembre. El primero en 1936, al comienzo de la

guerra civil, ejecutado en Alicante, Valencia. El segundo, en 1975, por enfermedad, en un hospital de Madrid.

La dictadura de Franco absorbió en el Movimiento Nacional a La Falange Española, el partido que fundó Primo de Rivera en 1933, e hizo de este hombre su símbolo. En 1939, el régimen lo enterró en el monasterio del Escorial —que construyó Felipe II en el siglo xvi—. Veinte años después, en marzo de 1959, tres días antes de la inauguración, ordenó su traslado al Valle. Como lo habían hecho ya en 1939 desde Alicante, los seguidores de Primo de Rivera peregrinaron con el féretro a hombros por los 12 kilómetros que separan los dos sitios.

A Franco lo enterraron en El Valle tres días después de su muerte, por una decisión que ratificó por escrito el rey Juan Carlos I, nombrado por Franco como sucesor en la jefatura del Estado. Según la guía oficial del monumento, la tumba estaba preparada con anterioridad. El arquitecto Méndez contó a Daniel Soueiro, en su libro La verdadera historia del Valle de los Caídos (1976) que Franco le dijo el día de la inauguración: “En su momento yo aquí, ¡eh!”. La familia de Franco sostiene que nunca quiso que lo enterraran allí.

Pero hay más cuerpos que esos dos: son miles y sus tumbas no están a la vista. En concreto, son 33 847, según consta en los tres tomos oficiales que guardan los monjes benedictinos.

El público no puede entrar a ver sus lápidas o nichos —los deudos tampoco a dejarles flores—, porque no hay tales: están depositados en columbarios, cajas colectivas que guardan restos mezclados de varios individuos, dispuestas unas sobre otras en niveles sellados con hormigón.

La mayoría están en los brazos del crucero de la basílica, en la cripta del Santísimo y en la del Santo Sepulcro, detrás de puertas que dicen “Caídos por Dios y por España (1936-1939)”. El 8 de mayo de 2017 el sitio web de Cadena Ser publicó fotos del interior: despojos inconexos, cráneos sueltos, huesos largos confundidos con la madera rota y enmohecida, amalgamado todo por la humedad: en 2010 habían abierto las criptas para un estudio forense encomendado por Patrimonio Nacional. Una parte menor está depositada en cinco de las seis capillas de las vírgenes de la nave central, patronas de los ejércitos en su mayoría.

Son los “mártires” por “cuyas reliquias” piden los sacerdotes en misa diaria. Un encargo que el régimen de Franco dejó a la Abadía Benedictina de la Santa Cruz en 1958, por un convenio entre la orden religiosa y la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos que había creado un año antes. Con la tarea de “rogar a Dios por las almas de los muertos en la Cruzada Nacional, impetrar las bendiciones del Altísimo para España”, le otorgó, además, la administración “de la basílica y edificios existentes”.

Al principio iban a enterrar aquí sólo los restos del bando ganador. Pero cuando se acercaba la inauguración, el régimen empezaba a abrir la economía y la diplomacia a aliados externos: el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, iba a visitar España en diciembre de 1959. Además, coinciden los libros de Olmeda y Soueiro, había que llenar de huesos aquellos espacios colosales que estaban destinados a ser el “templo grandioso de nuestros muertos”, según el decreto de 1940.

Desde Madrid ordenaron a los ayuntamientos de toda España, en 1958, hacer una relación de los enterramientos en cementerios, parroquias, iglesias y panteones, para exhumar y trasladar cuerpos “de los dos bandos”, el argumento que el régimen usaría para hablar del Valle de los Caídos como un lugar de reconciliación. La prerrogativa inicial era pedir la autorización de los familiares del bando franquista y hasta trasladar a los republicanos que hubieran sido católicos. Muchos familiares se negaron, incluso en el bando ganador. Hubo exhumaciones masivas en el país de todas formas, en una operación a gran escala.

Se establecieron cuatro categorías para los traslados. La primera, urnas individuales, cuerpos identificados con nombres y apellidos que iban registrando los monjes a su llegada. La última, cadáveres sin nombre no individualizados, provenientes de fosas comunes, depositados en cajas colectivas, apuntados sólo con lugar de procedencia y número de caja. Los llevaron al monumento entre 1959, el año de la inauguración, y 1963 (aunque el último cuerpo llegó 20 años después).

“Con El Valle de los Caídos, Franco pretendía crear una nueva dinastía fundamentada en los restos óseos de los caídos por Dios y por España. Una nueva dinastía franquista. Si no era con sus hijos, sería con otro generalato, como una continuidad de un régimen que no se terminase —analiza Queralt Solé, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona, en su despacho—. Pero cambian las circunstancias y tienen que aceptar poner restos de republicanos.” En 2015, Solé publicó un censo en el que encontró que hasta 7 000 personas sólo de Cataluña habían sido trasladadas hasta El Valle. Muchos familiares se enteraron por esa lista.

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Detalle de un despacho de la Fundación Francisco Franco.

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El Valle de los Caídos se convirtió así en la fosa común más grande de España, una tajada gruesa de la inmensa deuda funeraria del país (que además suma más de 114 000 desaparecidos de la guerra civil en todo el territorio, unas 2 000 fosas sin excavar). De los 33 847 cuerpos depositados en las criptas del monumento hay al menos 12 100 sin identificar. El 30 de marzo de 2016, José Manuel Delgado, juez de primera instancia número 2 de San Lorenzo de El Escorial, dictó un auto civil en el que ordena las “acciones pertinentes” para dar “digna sepultura” a dos de ellos, los cuerpos de los hermanos Manuel y Antonio Lapeña, porque “existe una alta probabilidad” de que estén en el tercer nivel de la cripta del Santo Sepulcro, en los columbarios 2061 al 2069: nueve cajas con unos 81 cadáveres que llegaron allí el 8 de abril de 1959, provenientes del pueblo de Calatayud, provincia de Zaragoza, en Aragón.

A Manuel Lapeña, fundador de la anarquista cnt de Calatayud, lo fusilaron en julio de 1936 —la guerra civil comenzando apenas— en el barranco de La Bartolina del mismo pueblo, y dejaron su cuerpo en una fosa común cercana. A su hermano Antonio, de igual filiación política, lo fusilaron días después en la tapia del cementerio de Calatayud, y dejaron sus restos en una fosa común allí mismo. Los exhumaron 23 años después y los llevaron, sin el conocimiento de sus descendientes, al Valle de los Caídos.

Para cumplir el auto del juez habría que hacer una exhumación de esa zona de la cripta y un reconocimiento del adn de los restos. El auto no se ha cumplido. Por eso, en nombre de Purificación Lapeña, nieta de Manuel, sobrina nieta de Antonio, el abogado Eduardo Ranz demandó a España ante la Organización de Naciones Unidas el 1 de junio de 2017.

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Salida de misa durante el aniversario de la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 2016.

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El padre de Purificación Lapeña, hijo de Manuel, sobrino de Antonio, se llama también Manuel y tiene 92 años. No aparece durante la videollamada de Skype: no aparece ya en casi ninguna entrevista. Purificación tiene 59 y habla por él desde la casa donde viven en la ciudad de Zaragoza. Al lado está su esposo, Miguel Ángel Capapé, que ahora preside la asociación de memoria Arico de Aragón (Asociación por la Recuperación e Investigación Contra el Olvido). La fundaron los dos en 2007, a partir de la Ley de Memoria Histórica aprobada entonces, que reconocía a las víctimas de la guerra y la dictadura con medidas para la localización e identificación de los enterrados en fosas comunes. Fue cuando estaban por excavar las fosas en las que creían que estaban los cuerpos de los hermanos Lapeña como se enteraron, a través de testigos, de que los habían trasladado al Valle. Así lo supieron otros familiares sobre los suyos. Reunidos cada año entre 2008 y 2011, cuando aún gobernaba el Partido, Socialista, pidieron subvenciones al Estado para exhumar las criptas de la basílica. La respuesta siempre fue negativa. (A finales de 2011, Mariano Rajoy, del Partido Popular, ganó las elecciones. En 2012 cerró la oficina de ayuda a las víctimas y eliminó las dotaciones de dinero destinadas a ella y, por tanto, a las excavaciones.)

Una tarde de septiembre de 2010, varios de esos descendientes atravesaron la puerta de la cripta del Santo Sepulcro del Valle de los Caídos. Patrimonio Nacional había encargado al forense Andrés Bedate Gutiérrez un informe que concluyó que la identificación individual de los restos quedaba “casi imposibilitada dado el estado de los columbarios observados y el esparcimiento de los restos por las criptas y/o capillas”, y que la “falta de sistematización” al momento del traslado de los restos “dificulta en gran medida” tal identificación. Es lo que los familiares vieron cuando subieron al primero y segundo nivel, los huesos inconexos, la masa mezclada. Pero el tercero —donde dice el juez que pueden estar los hermanos Lapeña— estaba completamente tapiado y en el cuarto las cajas de madera estaban enteras, intactas, unas sobre otras, con números y lugar de procedencia. La posibilidad de que también estén enteros los columbarios del tercer nivel es una rendija para insistir en la exhumación y el reconocimiento de los cuerpos, como indicó el juez Delgado. Pero Lapeña hijo no cree, dice Purificación.

—Está muy descreído de todo esto —cuenta por Skype—. No tiene ninguna esperanza. Es que el gobierno, ni psoe ni pp, ni siquiera ha admitido que hubo golpe de estado, ni que hay culpables. Mi padre delegó en mí. Dice: “Vosotros haced lo que queráis”. Se alegra cuando salen restos, pero no tiene ninguna confianza en lo que hagan los gobiernos.

—Cuando empezamos sí estaba más animado, él pensaba que iba a ser más fácil y que se iba a conseguir —sigue Miguel—. Van pasando los años, pero ve que no se consigue nada, entonces va perdiendo la esperanza.

—Ese lugar simboliza la intención de los fascistas de mostrar su poderío —dice Purificación—. Si están allí los restos de mis familiares, que no creían en la Iglesia, que tenían ideas totalmente contrarias al franquismo… enterrados en un sitio donde se celebra misa diaria y al lado de Franco. No sólo mis familiares: hay otros obligados a estar ahí. Eso es una humillación constante.

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Exterior de la hospedería. Valle de los Caídos.

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Silvia: Mi abuela nunca habla de este tema, se muere callada. Nunca.

Pepa: Nunca.

Silvia: Yo recuerdo haber ido con ella, con 11 años, a su casa, que tenía todo lleno de fotos del tío debajo de un cristal de la mesa en el salón. Y me dice: “¿Tú sabes quién era ése?”. Yo le dije que no. “Éste era mi hermano Pepe, que era muy bueno y lo mataron y no hizo nada”. Cuando ella muere se encuentran fotos de José Antonio, redondas, cuadradas, entre las sábanas, mantas, armarios, en los baúles.

Pepa: No se lo pudo quitar de la cabeza, pero no hablaba de eso. Mi madre se muere aquí en Madrid. Unos días antes dijo que le gustaría que la enterrasen en Torrelodones. Nos quedamos así un poco, pero como mi madre veraneaba en la sierra, dijimos “Le ha cogido cariño a la sierra”.

Silvia: Desde la tumba de la abuela se ve todo, se ve la cruz.

Mientras habla, Pepa Pablos, de 73 años, dobla y desdobla una servilleta en la mesa del salón de la casa de su hija Silvia Navarro, de 46, que vive en Madrid. Pepa es la descendiente más directa —sobrina por parte de madre— de José Antonio Marco (Pepe), fusilado en septiembre de 1936, en Calatayud, frente a la tapia del cementerio. Era masón y de filiación republicana. Dejaron su cuerpo en una fosa común.

La mesa está cubierta de documentos acumulados por Silvia desde que emprendió la búsqueda de los restos de José Antonio con la asociación de memoria Arico. Estaba entre los descendientes que entraron a las criptas aquella tarde de 2010. Ahora es presidenta de la Asociación de Familiares Pro Exhumación de los Republicanos enterrados en El Valle de los Caídos, que desde 2014 agrupa a ocho familias, entre ellos los Lapeña.

Pepa: Mi hermana me lo cuenta, nunca me lo había contado, que el tío estaba en una fosa. La fosa común está pegada a la tapia del cementerio de Calatayud. Estaba entrando a mano izquierda, y los nichos de mi familia estaban al fondo.

Silvia: Empiezo a ir a Calatayud. Se aprueba la Ley de Memoria Histórica en 2007. En 2008 las asociaciones de memoria

remiten una lista de desaparecidos a la Audiencia Nacional. Empiezo a mirar y veo el nombre del tío. Con la gente de Arico vamos a exhumar todo los años una o dos fosas en Aragón. Al cabo de unos meses me dice el presidente de Arico: “Tengo que hablar contigo, tengo una mala noticia. Dice Nacho, el historiador, que la fosa en la que estaba tu tío abuelo fue exhumada y que fue trasladado al Valle de los Caídos”. Digo: “¿Pero cómo, los restos sólo de él o de más gente?”. Dice: “No, no, todo lo que pudieron, y lo que no se pudieron llevar lo tiraron al osario general o al basurero de detrás”. Era vox populi, porque resulta que el día que van a exhumar, el 4 de abril de 1959, se presentan unos camiones en Calatayud con restos de otros sitios. Se corre la voz, la gente se entera y se presentan muchísimos familiares en el cementerio. Las familias piden “por favor, por favor, que no se los lleven”. El alcalde llama a la guardia civil, que les niega la posibilidad de entregarles los restos. Hay constancia de que fueron inhumados en el osario del Valle de los Caídos en el tercer nivel del Santo Sepulcro, de que llegaron allí el 8 de abril de 1959. Con los hermanos Lapeña. Creemos que están allí y sabemos que están ahí.

Pepa: Es que si no están ahí, que digan qué han hecho, pues. Primero los dieron por desaparecidos, pero ahora al meterlos en un sitio sin identificar, dentro de nada no existieron.

Además de los Lapeña y Marco, hay otros apellidos, nietos, sobrinos nietos, sobrinos, con una historia análoga, el mismo reclamo: los Canales, Luna, Pinyol, Serrano, Cansado. A todos representa o representó en el último lustro el abogado Eduardo Ranz, con el fin de exigir la exhumación de los restos de sus familiares del Valle de los Caídos. Ha llevado los casos a tribunales españoles, penales y civiles, y en el Tribunal Supremo y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Sin éxito hasta ahora porque, aunque el caso Lapeña es el que más avanzó en los juzgados españoles, aún no hay resultados.

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Pepa Pablo Marco y su hija Silvia Navarro con la foto de José Antonio Marco.

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—Están secuestrados —dice en su despacho de Madrid el abogado Ranz, 33 años, en febrero de 2017, sobre los restos de los hermanos Lapeña.

Cuatro meses después repite varias veces la palabra —secuestrados— en la nota en la que informa de la demanda y que envía por correo electrónico: Ranz denuncia a España ante la onu en nombre de Purifación Lapeña “por la vulneración reiterada del derecho a la tutela judicial efectiva de la familia Lapeña, quien desde hace un año tiene el derecho judicial reconocido a exhumar a su abuelo y tío fusilados y secuestrados en El Valle de los Caídos”. Por ello, el Estado español, según Ranz, viola el artículo 3 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos, de 1976, en el que los estados miembros “se comprometen a garantizar a hombres y mujeres la igualdad en el goce de todos los derechos civiles y políticos”.

“Lo que se busca es un fallo humanitario de Naciones Unidas contra España —escribe Ranz en el texto— (…) Los familiares ya tienen reconocido su derecho judicial a exhumar, ahora falta liberarles de su secuestro en un monumento en que el asesino preside a los asesinados.”

La titularidad de la gestión del Valle de los Caídos se ha movido en una zona borrosa que durante largos años ha dificultado cualquier intervención del Estado en el monumento. En 1960, el papa Juan xxiii lo erigió como basílica menor. Los llamados Acuerdos con la Santa Sede de 1979 (Franco ya muerto) declararon la “inviolabilidad de la Basílica por parte de la autoridad estatal”, lo cual reforzó la autoridad de los monjes sobre las criptas. La abadía de los benedictinos sigue teniendo la administración del monumento, según el decreto que creó en 1957 la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con el patronato del jefe del Estado —entonces Franco, hoy el rey— y el convenio con los benedictinos de 1958. Por una ley de 1982, las funciones del patronato pasaron al Consejo de Administración de Patrimonio Nacional —que depende de la Vicepresidencia del Gobierno—, al que corresponde la conservación y la vigilancia de las instalaciones. “Jurídicamente, la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no existe aunque se la mencione reiteradamente. Tampoco el Patronato. No hay constancia de actividad en ambas instituciones. Llegada la democracia, ese vacío legal está sin resolver desde hace 30 años.” Eso escribía en 2008 el periodista Luis Gómez en El País. La situación no ha cambiado.

Frente al auto judicial sobre los hermanos Lapeña, Patrimonio Nacional pidió un informe a la Abogacía del Estado, que registra, entre otras cosas, una negativa oficial del prior administrador de la abadía de permitir actuaciones en las criptas. Santiago Cantera es ese prior, con 15 años en la abadía.

En una conversación breve en la portería del monasterio benedictino acepta hablar del rito de la misa, cuenta que su solemnidad es característica de los benedictinos, que la liturgia viene del siglo iii, que apagan la luz en la consagración para realzar el momento central, que la cruz representa la redención, que los restos que allí reposan están hermanados después de muertos, que en esta congregación hay 21 monjes. Pero no accede a hablar sobre los “temas polémicos”. Él y el resto de los monjes, asegura, lo decidieron en asamblea: que de estos asuntos ya no tratarán con la prensa.

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Crepita la lluvia helada. Los cuervos grajean en el cielo cargado. En los días de semana como estos —febrero: viernes por la mañana o martes— llegan goteados los visitantes: familias, parejas, grupos se toman selfies. Pasan la puerta con los carteles: “Se ruega decoro en el vestir” y “Silencio, este es un lugar sagrado”. Adentro dan una vuelta de reconocimiento y a la salida ojean la tienda de souvenirs —a la venta la guía oficial del Valle, pesebres, libros de la guerra civil (incluso sobre la República), imanes de la cruz, esculturas de la cruz con la basílica, trajes de las Cruzadas para niños—. Daniel, de 23 años, es de Madrid. María, de 24, también, pero vive en Londres con Mike, de 29. Daniel los trajo a ambos.

María: Es la primera vez que vengo. Simplemente vine a verlo, porque tiene mucha historia, para aprender un poco más. Es la arquitectura que es muy impresionante, y sobre todo por dentro, la cúpula, muy grande y muy bonita.

Mike: Es interesante porque para mí lo impactante es que no es como una iglesia ordinaria, sino que es más como un tumba, ¿se dice en español? Like a cript. Big cript. It’s very striking.

—¿Qué impresión se llevan, siendo de una generación que no tiene que ver con la guerra y la dictadura?

María: A mí me ha costado venir, porque no soy amiga de Franco. Pero a él (señala a Mike) le gusta mucho la historia y quería verlo y me ha hecho cambiar de opinión. Me ha gustado mucho, la verdad.

—¿Saben la historia?

Daniel: En los columbarios hay 50 000 personas enterradas, y están los republicanos y los de derechas, pero no sabemos si están separados o están juntos los cuerpos.

—¿Y con qué sensación te quedas?

—Daniel: Pues a mí me gusta mucho. Yo vengo mucho aquí. Me gusta mucho venir.

—¿Por qué?

Daniel: Pues, me gusta mucho la historia, me gusta mucho la época de Franco, la guerra civil, y es un lugar al que me gusta mucho venir a rezar. Es un sitio más oscuro, el arte que hay es distinto a cualquier otro monumento de España. Lo que más me impresiona es la cúpula y la cruz en el altar. Eso me ayuda mucho a la hora de rezar.

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El abogado Eduardo Ranz, de 33 años, ha representado a varias familias que piden la exhumación de los restos de sus parientes.

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Alicia Fernández, guía turística, espera a sus clientes en el aparcamiento de la cafetería. Van a terminar el tour de la mañana, El Escorial-El Valle de los Caídos-Madrid.

—Me gusta ser exhaustiva. Les cuento toda la información del monumento, alguna anécdota, curiosidades.

—¿La gente se sorprende de que lo hayan construido presos? ¿Conoce la información menuda?

—Lo que pasa es que ellos piensan que puede ser como un cementerio de Arlington, donde van andando y viendo las tumbas, entonces sí que choca.

—¿Sientes libertad para decir todo?

—Ahí tienes que tener cuidado. Imagínate aquí el 20 de noviembre, pleno aniversario de Franco. Date cuenta de que lucharon unos contra otros, se hicieron daño ambos bandos, por eso tienes que tratar de ser lo más objetiva posible. Por ejemplo, mucha gente me dice: “¿Una dictadura?, ¿qué es una dictadura?”. Imagínate que por entonces la mujer no tenía ningún derecho, estaba supeditada al hombre, si quería abrir una cuenta bancaria tenía que hacerlo su marido o su padre. Estaba la ley de holgazanes y borrachos, que no pudieran reunirse en grupo ni siquiera en las universidades. Entonces ahí lo explico y digo: “¿Ahora lo entienden?”. Y mucha gente dice: “Ay, pues es que no sé”. Incluso gente española cree que estábamos mejor antes que ahora. Dicen: “Pero es que no robaban”. Digo: “Sí que robaban, lo que pasa es que no lo sabíamos”.

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Una mañana de domingo una familia —pareja, tres niños, uno de nombre Pelayo— baja las escalinatas de la explanada hasta el borde final para tener la panorámica completa del monumento. Ella le dice al marido: “Ven, que te tomo la foto”. Él posa: levanta rígido el brazo derecho en el saludo fascista, tímido y veloz.

Pero los 20 de noviembre, aniversario de la muerte de Franco y de Primo de Rivera, los brazos derechos se yerguen menos tímidos, por más rato; en las fotos emerge, además, la bandera española del franquismo, desplegada al máximo: el águila en el centro, Una, grande, libre en la insignia. Este año, los bancos de la basílica se llenaron, gente de pie en los corredores. Hicieron fila bajo los paraguas para entrar a la misa. Familias completas, hombres de mediana edad o jóvenes de veinte años. Algunos con la bandera en el brazo o con uniforme de los combatientes de la Falange, camisa azul manga corta, pantalón negro. Al terminar la ceremonia un grupo minoritario rodeó la tumba de Franco, dejaron flores en ramos y coronas. Brazos derechos enhiestos, bandera franquista, “¡Viva España, Viva Franco, Viva El Cristo Rey!”, cantaron el Cara al Sol, el himno de la Falange. Uno de los monjes benedictinos en su hábito de diario —negro cerrado—, los detuvo: “Señores, por favor, respeten un lugar sagrado”. Más tarde, afuera, siguieron posando: el brazo, la bandera.

Antes, hasta 2007, los actos eran más grandes. Poblaban la explanada, los falangistas peregrinaban desde la capital. La Ley de Memoria Histórica aprobada ese año declaró que el Valle se rige por las normas de los lugares de culto y los cementerios, y prohíbe actos que exalten la guerra y el franquismo.

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Pepa Pablo Marco y su hija Silvia Navarro con la foto de José Antonio Marco.

* * *

Las humedades que nacen del propio granito carcomen el monumento. Los cubos para las goteras son casi una decena; en la fachada y los revestimientos hay manchas de agua y moho. El gobierno de Zapatero cerró El Valle en 2009 y durante 33 meses, después de que un brazo de La Piedad se desprendiera y casi hiriera a un turista. En 2012, el gobierno de Rajoy lo reabrió.

Los fieles que lo frecuentan —religiosos, políticos— son acaso un grupo residual, y el número de turistas ha bajado en comparación con años pasados. En los noventa las cifras se acercaban al millón anual, registraba la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos, y ahora no llegan a los 300 000 en Madrid, según Patrimonio Nacional, que no quiso decir nada más para este reportaje. Conservarlo da pérdidas al Estado español. Aunque entre 2014 y 2016 El Valle recaudó por las entradas 3,8 millones de euros, para mantenerlo gastó 2,5 millones más.

Y, sin embargo, discutir sobre su destino es siempre motivo de disputa y resistencias, sobre todo institucionales.

El gobierno de Zapatero nombró en 2011 una Comisión de Expertos para que trabajara sobre un posible destino para El Valle de los Caídos. Quedaban los últimos seis meses de sus dos mandatos de ocho años, que además terminaron en unas elecciones adelantadas, con el triunfo de Rajoy, aún presidente. En 1984, otro gobierno socialista que llevaba dos años en el poder, el de Felipe González —que terminaría gobernando hasta 1996—, había creado una comisión para diseñar un régimen jurídico de los bienes que Franco adscribió al monumento, que nunca se reunió.

La Comisión de Expertos de 2011 produjo un documento final, fechado el 29 de noviembre de ese año, en el que propuso convertir el monumento en un memorial de las víctimas de la guerra civil y un centro de interpretación integral de la época acompañado de un programa de investigación sobre las personas enterradas, dignificar los osarios que están en las criptas, renovar el convenio con la Iglesia sobre la gestión del monumento sin alterar la basílica. También recomendó trasladar los restos de Franco fuera del Valle y mover los de Primo de Rivera a un lugar no preeminente en el recinto: disolver lo que Francisco Ferrándiz, miembro de esa comisión, antropólogo experto en memoria y violencia, llama la “jerarquía funeraria”. El gobierno de Rajoy engavetó ese documento final.

“El Valle de los Caídos es el principal agujero negro de la memoria en España —comenta Ferrándiz en su oficina del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid—. Es la última frontera del franquismo, el último bastión más importante y como tal se defiende.” Su trabajo en la comisión fue como una carrera contra “obstáculos, bloqueos, cerrojos” que pusieron, incluso miembros del Partido Socialista. “Parecía que estabas cometiendo herejías cada vez que decías algo.”

El relator especial de Naciones Unidas, Pablo de Grieff, hizo recomendaciones similares tras su visita a España en 2014: resignificar El Valle, atender los reclamos de las víctimas. El abogado Ranz, el exjuez Baltasar Garzón y Manuel Ollé introdujeron ante el Tribunal Supremo una petición similar, que incluía la exhumación del cuerpo de Franco. El Tribunal lo desestimó el 28 de febrero pasado.

El 11 de mayo, sin embargo, ocurrió algo inédito: por primera vez el Congreso de los Diputados decidió por mayoría, con la abstención del Partido Popular, sacar el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos. Pero la decisión no se va a cumplir, porque no tiene fuerza de ley. Íñigo Méndez de Vigo, portavoz del gobierno, usó frases ya conocidas para confirmarlo: que “no es buena idea conmemorar los 40 años de la transición intentando reabrir viejas heridas”, que “al gobierno le preocupa seguir creando puestos de trabajo, sostenibilidad, derechos para los españoles, y le parece que esos debates son antiguos”.

* * *

El estado del WhatsApp de Pablo Linares, 47 años, decía hace unos meses: “El Valle no se toca. Por encima de mi cadáver”. Y ahora: “No nos moverán”. Preside la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos creada en 2009, cuando el gobierno de Zapatero cerró el monumento aquellos 33 meses. Linares y el segundo de la asociación, José María Manrique, escribieron un libro que ellos mismos editaron en 2011: El Valle de los Caídos. Crónica de una persecución salvaje. Linares comenzó a ir los 14 años, con su abuelo que, dice, era un obrero republicano que trabajó haciendo los revestimientos. La asociación hace a demanda visitas guiadas.

—Soy bastante menos antifranquista que franquista, pero franquista no soy, y eso le choca mucho a la gente porque dicen: “Joder, ¿cómo puede uno que no es franquista defender El Valle de los Caídos?”. Pues porque hay muchos otros temas que defender.

—¿Cómo desarrolla esta defensa acérrima?

—Fui extraordinariamente bien tratado por la comunidad benedictina, hay relación de amistad y conocimiento desde que voy yendo al Valle.

Bajo el sol invernal de febrero, habla en un banco de la Plaza de Oriente, centro de Madrid, delante de la sede de Patrimonio Nacional que visita con frecuencia para mirar archivos, introducir documentos. Trae una carta firmada por más de 40 personas que no quieren que excaven en las criptas para no tocar a los suyos. La asociación suele usar la vía judicial. Por ejemplo, inició hace años una querella contra un exdirector de Patrimonio Nacional por falta de mantenimiento del monumento, y otra reciente contra el periodista Jon Lee Anderson e Ignacio Escolar, director del diario.es, por un artículo en el que Anderson pedía que dinamitaran el Valle.

—¿Por qué las querellas?

—El Valle de los Caídos debe ser una cosa muy clara, un lugar religioso, que lo es, un enclave turístico de primer orden, que no lo es porque no quieren, un enclave ecológico. Que se diga en un programa de televisión “Allí está esa puta cruz”, es una falta de respeto a determinadas creencias religiosas. Cualquier cuestión que entendamos que, bajo nuestro criterio, falta el respeto, nos tiene a nosotros en frente. Son las líneas rojas de la libertad de expresión.

—¿Cuáles son esas líneas rojas?

—Es absolutamente subjetivo, pero nosotros entendemos que la falta de mantenimiento que tiene El Valle es una cuestión que no es tolerable.

—¿Y qué otras?

—Somos muy cuidadosos a la hora de plantear las querellas. Volarlo, eso no puede quedar sin castigo. Entendemos que no es una cuestión tolerable en absoluto. Se puede ser extraordinariamente crítico con una profesión religiosa y, sin embargo, se puede decir sin faltar al respeto a muchas otras personas que la profesen.

Una de las denuncias, por “delitos de odio y contra los sentimientos religiosos”, fue admitida en abril en una apelación por la audiencia provincial de Madrid. El Gran Wyoming y Dani Mateo, presentadores del programa satírico de televisión El Intermedio, dijeron al aire en 2016: “(…) Franco quería que esa cruz se viera de lejos, normal, porque quien va a querer ver esa mierda de cerca”. Los dos ya declararon en el tribunal.

* * *

Francisco Ferrándiz, el antropólogo experto en memoria, escribió en 2012 un informe pericial sobre las víctimas del franquismo al que él llama un peritaje del miedo: “La investigación sobre exhumaciones de fosas comunes del siglo xxi ha permitido constatar la persistencia en la actualidad del miedo o el temor asociado a estos enterramientos y a los efectos a largo plazo que el terror político tuvo sobre el tejido social, más específicamente sobre los derrotados en la guerra, durante la dictadura. (…) lo que algunas corrientes de investigación social denominan un ‘miedo ambiente’. (…) El proceso político democratizador puesto en marcha en España tras la muerte de Franco todavía no ha llegado plenamente a estos espacios de experiencia social, política y emocional”. Ferrándiz habla todavía hoy del “franquismo sociológico”, término que comparte con Emilio Silva, fundador en el año 2000 de la pionera Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, con quien ha trabajado directamente en las excavaciones de fosas. Además de ese miedo, patente en los mayores, se refiere a una herencia del franquismo que persiste en ciertos estamentos del Estado.

La historiadora Queralt Solé lo explica como un legado de los victoriosos de la guerra: “En las zonas donde la guerra se ganó desde el principio, ha habido una perpetuidad y una ideología de los que ganaron. Y los que la perdieron se fueron. Hay zonas del estado donde está muy instaurada una forma de pensar muy conservadora. La gente que perdió la guerra, tuvo que marcharse a las capitales. No tienen forma de sobrevivir donde han perdido la guerra, te han matado al padre, al marido, están en una fosa, eres un paria. Hay toda una España que va trasladando esto de padres a hijos. Hay gente que aun se ve reflejada, no en el franquismo y en la dictadura, pero sí en una España muy nacionalista, con unos valores que la dictadura enervó mucho”.

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La escolanía del Valle de los Caídos en la Basílica.

* * *

Es lo primero que se ve con los brotes del día al descorrer las cortinas, cubierta por la membrana de niebla: la cruz sobre el risco. El marco de la imagen es la ventana de esta habitación conventual doble económica, 48 euros con 50 céntimos la noche —entrada de nueve euros al monumento incluida—, en la hospedería Santa Cruz del Valle de los Caídos, reservas en Booking, anuncios en Trip Advisor, 120 cuartos en total, capacidad para 220 plazas, dos auditorios para 200 personas, bar restaurante. En el cuarto hay dos camas individuales de roble, arriba de la cabecera un crucifijo. Sobre la mesa hay un volumen de La biblia cultural. Debe guardarse silencio a partir de las 12 de la noche.

No hay señal de móvil ni conexión Wi-Fi, excepto en un punto junto al antiguo Centro de Estudios Sociales (eliminado en 1982), que conserva los residuos de una biblioteca.

Es jueves 8 de febrero por la noche. Ayer se reservaron ocho habitaciones. El fin de semana que viene vendrán 140 personas; el pasado vinieron 200.

—Son comunidades cristianas que hacen ejercicios espirituales— comenta la recepcionista.

Este edificio iba a ser el monasterio que ahora está al frente. En 1948, de este edificio sólo había “las tripas”, ladrillos que iban a ser revestidos de piedra, y un barracón de madera para los presos del destacamento que construían lo que terminó siendo esta hospedería. Nicolás Sánchez-Albornoz, 92 años, compartía litera con un preso italiano condenado a cadena perpetua. Pero él era un preso político, estudiante de Filosofía que con otros compañeros reorganizaba la Federación Universitaria Española, condenado a seis años por un consejo de guerra. Historiador, escritor, profesor, recuerda esa parte de su vida con memoria notarial y distancia académica, en su libro Cárceles y exilios (2012), y ahora, cuando habla en su apartamento de Madrid.

—Había presos de todos los partidos políticos, había muchos socialistas, comunistas y después había algunos presos comunes, curiosamente para cumplir condenas muy largas, varios asesinos. Teníamos una relación de tú a tú, no íbamos a discriminar.

Pasó allí cinco meses. No completó los 15 que le restaban de la condena. Había estado en la cárcel de Carabanchel y luego en la de Alcalá de Henares, donde le avisaron que se lo llevaban.

—Me dijeron: “Pues mañana vienen a por ti para llevarte a Cuelgamuros”, a mí y a Manolo Lamana. Hicimos nuestro bulto, había un oficial que había venido con una camioneta. Yo me alegré. La alternativa era ir a un penal en Burgos, un régimen carcelario en una celda todavía peor. Dejar la cárcel e ir al campo, yo lo prefería. Y aparte de eso tenía la idea que era mas fácil pensar en escaparse. Tuve la suerte de que nada más llegar el jefe del destacamento me dijo: “Te necesito en la oficina”. Era por la tarde. “No vas a ir a trabajar al monasterio.” Nos decían que se nos consideraba privilegiados, porque horadar la cripta era más duro y más peligroso. En ese sentido, de lo malo era lo mejor.

Sánchez-Albornoz pasaba las jornadas llenando planillas. Le tocó diseñar la dieta de sus compañeros del destacamento, 2 800 calorías al día de dieta balanceada para las tres comidas con los cargamentos que llegaban desde los despachos oficiales.

—Era un ejercicio de imaginación. Los alimentos que enviaban en los camiones no eran desembarcados todos. Suponíamos que se iban al estraperlo, el contrabando. En mi caso, y en el de varios presos más, también recibíamos paquetes de la familia. Lo que pasa es que había algunos campesinos andaluces; las familias de esos no estaban y no tenían dinero, no recibían nada.

Entonces se escapó con Manuel Lamana. Urdieron el plan durante un tiempo y ese domingo se cambiaron la ropa y se echaron al monte en un descuido de la visita familiar. Llegaron al monasterio de El Escorial, donde los esperaba el escritor Paco Benet, compañero de universidad, con dos mujeres estadounidenses, Barbara Solomon entre ellas. Conducían el carro de Norman Mailer, que él les había prestado. Pasaron a Francia y Nicolás Sánchez-Albornoz comenzó su largo exilio. Se desentendió de aquel lugar al que todavía llama Cuelgamuros.

—¿Qué haría usted con El Valle?

Mira hacia la ventana que desnuda una parte del sur de Madrid y deja ver en el oído el aparato para la sordera.

—El problema es un problema político. La medida urgente es sacar a Franco, y a José Antonio, y entregárselo a la familia. Y también resolver el problema religioso, que es esa encomienda a la orden benedictina de hacer rezos y misas en la memoria de todos esos. Esa es la razón de la presencia de la orden. Si se quita el objeto del culto, desaparecen los que rinden el culto. ¿Qué es lo que queda? Pues queda una edificación, y ya entonces se puede discutir qué se hace con ello. Se mantiene cerrado o se hace un museo de la memoria. Pero ninguna de esas soluciones sería posible mientras estén los huéspedes.

* * *

¿Qué harían ellos con El Valle de los Caídos?

Miguel: Es importante recuperar los restos, su memoria y su historia. Posiblemente no están completos, pero es lo que queremos, saberlo.

Purificación: Cualquier persona que tenga unos familiares muertos por el motivo que sea quiere darles el destino que hubieran querido. Sería un reconocimiento general de lo que pasó y recuperar la historia verdadera de ese periodo. Pasó, se reconoce, se devuelven a los familiares los restos y la historia sigue.

Miguel: La idea es poder recuperar las nueve cajas. Aquí hicimos un memorial, lo dejamos preparado para poder meter todos los restos, con placas. Si algún día podemos recuperarlos.

Purificación: Si fuera yo, hay un cerro allí que le llaman el cerro Lapeña. Mi abuelo hizo un servicio de veterinario a un señor pero le dijo que le diera ese cerrico en vez de pagarle. Sembraron árboles, hicieron un pequeño merendero, mi padre acarreó agua para que creciera vegetación. Yo esparciría sus restos por ahí.

Pepa sigue doblando y desdoblando la servilleta sobre la mesa, mientras reflexiona una respuesta. Hasta que dice:

Pepa: Pues hablar públicamente de lo que ha pasado, buscar un final para estas personas. Eso sería un poquito ya tener en cuenta nuestra opinión. Un final más parecido a la reconciliación. Que los exhumen, que se identifiquen, que en el registro figuren esas personas. Que se sepan que tenían nombres y apellidos.

Silvia: Y que existieron.

Pepa: Y darle al Valle de los Caídos otra utilidad. Que se vea, que pudiera ir allí todo el mundo a enterarse de qué historia es esa, por qué el destino que se le ha dado y el que ahora le queremos dar. A lo mejor pasaría porque se llevaran de allí a Franco y a José Antonio, y los demás podrían quedarse.

Silvia: No sé si es muy digno que se queden ahí los republicanos, mamá.

Pepa: Pero sobre todo redefinir eso, que no puede ser un sitio donde se mete a la gente para hacerla desaparecer.

Silvia: Nosotros nos queremos llevar los restos. El monolito lo diseñamos y dejamos un hueco.

Pepa: Si ahora se quedará en cuatro cenizas, Silvia, se quedarán en nada los restos de los 80 y tantos.

Silvia: Quedan, mamá. Vi muchos huesos allí el día que estuve. Lo que no es digno es que estén allí.

* * *

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