¿Por qué algunos escapan a la muerte? Presentamos un adelanto del más reciente libro del periodista argentino Javier Sinay, publicado por Tusquets. Se trata de una indagación acerca del azar y el destino a partir de la tragedia del Chapecoense, club de fútbol brasileño.

El 28 de noviembre de 2016, el avión que llevaba al Chapecoense a la final de la Copa Sudamericana se estrelló contra una montaña en Colombia. El equipo era la revelación del fútbol brasileño. Murieron 71 personas, sobrevivieron seis. ¿Por qué esas seis y no las demás? La pregunta parece metafísica, pero este libro demuestra que también es política.
A lo largo de diez años de investigación, Javier Sinay reconstruye lo que ocurrió y, con una arquitectura precisa, hace dialogar la crónica deportiva, el expediente judicial, la catástrofe aeronáutica y los misterios filosóficos. En el centro, una sola cuestión: la voluntad humana que a veces se impone ante la incertidumbre y que, así, resguarda el secreto de los sobrevivientes.
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Fragmento de la segunda parte de El secreto de los sobrevivientes
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18
Adentro del avión de LaMia los jugadores bromean. Acaban de ingresar y es difícil ser pesimistas en este sitio: en el pasillo que separa las dos hileras de asientos nadie termina de quedarse quieto.
Es un jet AVRO RJ85, algo así como un Jumbo en miniatura para unos cien pasajeros, al que los pilotos llaman «Jumbolino» o, simplemente, «RJ». En su diseño se lucen las alas elevadas que sostienen a los cuatro motores fabricados por Honeywell —una compañía que abastece, por ejemplo, a la NASA. En resumen, es una buena máquina con buenos motores. Pero la época de gloria del AVRO RJ85 ya pasó: en Sudamérica no llega a cubrir cómodamente las distancias largas y en Europa es poco práctico porque esos cuatro motores necesitan mantenimiento y consumen demasiado combustible. En esta jornada, además del comandante Quiroga Murakami, viajan otros ocho tripulantes de LaMia. Todos son muy amables; acaso la más simpática sea la aeromoza Ximena Suárez Otterburg, que lleva un flequillo negro desmechado y viste el uniforme de dos piezas: falda tubo roja, saco rojo. Suárez Otterburg ya ha volado con otros equipos de fútbol en la misma nave, pero en ninguno ha visto la alegría de estos atletas: ella es quien recibe a bordo a los jugadores, los directivos y los periodistas. Cuando terminan de subir, la aeromoza mira su reloj. Un vuelo chárter no sigue las mismas obligaciones de horario que un vuelo regular.
«Estamos retrasados», le dice la aeromoza a otro de los tripulantes.
Esto tiene algunas derivaciones.
La más delicada es la decisión del comandante Miguel Quiroga Murakami de no hacer escalas antes de Medellín. Debería detenerse, en verdad, porque viaja con el combustible justo. Pero sus opciones son los aeropuertos de Cobija (en Bolivia) y de Leticia (en Colombia): lugares de paso que cierran sus puertas con la caída del sol. El avión —demorado— no llegará a tiempo.
Se puede pensar, tal vez, que el vuelo será directo porque una parada de reabastecimiento es costosa: unos 5.000 dólares por el uso del aeródromo y por el combustible en Cobija. Hoy el comandante Quiroga Murakami no va a pagar esa cifra, y además conoce el AVRO RJ85. Sabe que es un vehículo duro, sabe que puede exigirlo. Ya lo ha hecho antes. Al menos tres veces. Quizás ocho.
Al mismo tiempo, un piloto con su experiencia no ignora que ir sin reserva de combustible está prohibido o es fuertemente desalentado en todos los países. Un avión debe llevar suficiente como para permanecer en el aire hasta unos 45 minutos de más. Es regla de la Organización de Aviación Civil Internacional, la OACI —y las reglas de la OACI no se discuten. Los aviones sufren contingencias; cuando eso ocurre, el combustible es como agua en un desierto a 10.000 metros de altura. Es lo que eventualmente te salvará la vida.
Por eso ahorrar en esta cuestión es carecer de visión estratégica y de cualquier tipo de criterios, y alguien podría pensar que el comandante Quiroga Murakami es eso: un hombre sin estrategia ni criterios. Pero quizás Quiroga Murakami es otra cosa. Quizás es un piloto formado para el combate que ha terminado como socio de una empresa que, aunque genera muchas operaciones, está mal administrada y está jaqueada por un rompecabezas financiero que nadie logra armar: hay deudas y más deudas, y desde hace ocho meses no se pagan salarios, ni siquiera los de los pilotos.
Tal vez Quiroga Murakami es alguien atormentado, tal vez alguien fuera de sí que el 28 de noviembre de 2016 no debería tomar las decisiones importantes que va a tomar.
Y entonces, mientras los pasajeros se acomodan, un equipo de televisión del canal boliviano Gigavisión sube a la nave y hace entrevistas. «Estamos muy orgullosos de representar a Brasil y de llegar a esta final», dice el entrenador Caio Júnior frente al micrófono. «Somos un equipo considerado mediano o pequeño en Brasil. Esto nos fortalece aún más y nos enorgullece mucho más. Pasar por Bolivia también es un orgullo para nosotros porque nos trae suerte».
El vuelo 2933 de LaMia está a punto de despegar.
19
Al mismo tiempo que el comandante Quiroga Murakami enciende los cuatro motores, Celia Castedo Monasterio —una funcionaria de la Administración de Aeropuertos y Servicios Auxiliares a la Navegación Aérea— apoya un teléfono en su oreja. Trabaja en la oficina del servicio de información aeronáutica, en el aeropuerto de Viru Viru. En Santa Cruz de la Sierra son las seis de la tarde.
Escucha un ring, otro ring y luego otro.
Nadie atiende.
*
Dos horas antes, a las cuatro, de pie en lo alto de una escalera plegable, esta misma mujer se apoyaba con una mano en la pared y con la otra sostenía una carta de rutas aeronáuticas que debía pegar ahí arriba, junto a otros mapas. Estaba calculando el sitio preciso para colocar la carta cuando la puerta de su oficina (letrero: «ARO-AIS», por las siglas de Airport Regulatory Office y de Aeronautical Information Service) se abrió intempestivamente.
Apareció un hombre agitado. Traía unos papeles en la mano y acababa de cruzar todo el largo salón del aeropuerto a paso rápido.
Celia Castedo Monasterio lo observó y le sonrió. Un meteorólogo y un encargado de comunicaciones, ambos sentados y trabajando en la misma oficina, no le sonrieron.
«¿Qué pasa, Alex? ¿Cuál es el apuro?», le preguntó Castedo Monasterio, bajándose de la escalera.
«Doña Celita, por favor…», respondió el sujeto, estirando la mano y ofreciéndole sus papeles. «Este avión ya tiene que salir…».
Él se llamaba Alex Richard Quispe García. Era el despachador de vuelo: su trabajo consistía en asistir al comandante en algunas cuestiones relativamente sencillas.
«¿Qué es?», le preguntó ella. Hablaba melodiosamente, cantaba de sílaba en sílaba. En dos pasos llegó hasta Alex Quispe, tomó los papeles que él le ofrecía y encontró un plan de vuelo y un formulario para la identificación del avión y del viaje. Mientras ella los leía, él continuaba: «… Por eso estoy apurado, señora Celia, es que mi vuelo está atrasadísimo…».
«¿Pero qué es?», preguntó Celia Castedo Monasterio.
«Este vuelo de LaMia».
«Ah… el que llegó ahorita de Cochabamba, ¿no?».
Alex Quispe asintió.
«Tenemos que salir rápido, tenemos el permiso…»,siguió él, y dejó ver entonces un formulario de autorización de la Dirección General de Aeronáutica Civil.
«Ya, ya, Alex…», dijo la mujer.
Celia Castedo Monasterio selló y firmó el plan de vuelo de LaMia tal como establecía el protocolo de trabajo. La ruta era correcta. Pero antes de devolvérselo, lo volvió a mirar. Algo no estaba bien. Ya le parecía.
«Alex, esto falta», le dijo, señalando un error.
Luego encontró otro, y otro, y otro más. El tiempo estimado en el aire y la autonomía de vuelo eran equivalentes en cuatro horas y 22 minutos —o sea que no había combustible de más para maniobrar ante cualquier problema—, uno de los aeropuertos alternativos era el de Bogotá —demasiado lejos— y el otro no estaba informado, además el nombre de Alex Quispe no figuraba debajo de su firma y, por último, era necesario hacer cambios en el esquema. El trabajo de Celia Castedo Monasterio consistía en revisar el plan de vuelo y hacer sugerencias.
«Por favor, Celita, pásemelo que se me va a atrasar y no me van a autorizar a despegar…».
«Pero pues dale, mire lo que pasa…», le dijo ella, todavía señalando los errores.
No podía ordenarle a Alex Quispe que hiciera cambios, pero le pidió que intentara corregir esas cosas con el comandante Quiroga Murakami.
«Me ha puesto el mismo tiempo en ruta que tiempo de combustible, Alex… Se han equivocado, ustedes que todo lo hacen automático en computadoras, no es como en nuestros tiempos, que era manual todo… Vaya rápido».
«Yo ahorita se lo traigo corregido», dijo Quispe.
Se fue.
Volvió poco tiempo después con una expresión como avergonzada.
«No, señora Celia, esa autonomía me han pasado, nos alcanza bien… Así nomás lo presento, lo hacemos en menos tiempo, no se preocupe».
La mujer lo miró.
«Dice mi capi que eso nomás es…».
Ella ya lo había firmado pero pensaba que habría una corrección. Volvió a explicarle que el tiempo de autonomía debía ser mayor al tiempo de vuelo hasta el aeropuerto final. Se lo explicó deteniéndose en las palabras, como si le hablara a un niño. Alex Quispe le prometió que lo cambiaría y se fue corriendo.
Pasaron algunos minutos. El plan de vuelo, sin ajustes, fue enviado entonces a los encargados de control en Santa Cruz de la Sierra y a los de control nacional boliviano, y en ambas estaciones recibió un visto bueno. La autoridad colombiana se demoró, pero también lo autorizó.
De pronto ya eran casi las seis de la tarde.
El comandante Quiroga Murakami encendió los motores del avión.
Sin saber que todo eso estaba ocurriendo mientras ella esperaba por el regreso de Alex Quispe, Celia Castedo Monasterio se preguntó adónde estaría el despachador y por qué no había vuelto, y llamó por teléfono a su oficina.
Escuchó ring, ring, ring.
Finalmente alguien atendió.
«¿Me pasan con Alex?», pidió ella.
«Alex ya está en el avión. Va a despegar».
20
Alex Quispe, el despachador de vuelo, se acomoda en su asiento, en la nave. Ha pasado un momento desde que Ximena Suárez Otterburg, la tripulante de cabina, hizo un chequeo general: equipo de emergencia, oxígeno portátil, máscara, manómetro, botiquín de primeros auxilios, megáfono, extintores, hacha, guantes, linternas, toboganes. Todo estaba donde tenía que estar. Y han pasado algunos minutos más desde que hubo una inspección de rutina en busca de narcóticos que no tuvo ningún resultado especial.
Ximena Suárez Otterburg mantiene ahora una reunión de planificación de vuelo con su jefe de cabina, un hombre sonriente que viste un saco ancho de hombros. Una reunión como esa se llama briefing. Los pilotos hacen un briefing entre ellos y luego hay otro briefing general en el que el comandante Quiroga Murakami le informa a su gente que van a llevar al Chapecoense, que hay 68 pasajeros y 9 tripulantes, que van a Medellín. Da detalles sobre el tiempo de vuelo, el clima y la posible turbulencia, y pronuncia una palabra clave en caso de emergencia y otra en caso de secuestro.
Entonces ingresan al avión los jugadores.
La tripulante Ximena Suárez Otterburg hace la demostración de seguridad. Después se sienta en un jump seat —un asiento plegable—, y observa que en el jump seat de al lado viaja un muchacho discreto. Es Erwin Tumiri, el mecánico aéreo. Un dolor en el pie derecho interrumpe los pensamientos de ella: un dolor punzante, difícil de soportar. La aeromoza lo ha padecido un rato antes y no sabe qué es.
Ximena. Con X. Tiene 28 años. La primera vez que se elevó fue a los 4 años, junto con su padre y su madre, para visitar a su abuela en Trinidad. Las aeromozas de ese avión —uniformadas y sonrientes— la cautivaron y ella tuvo una especie de revelación: quería ser como esas mujeres. Al crecer se volvió atractiva y su foto estuvo en el catálogo de la agencia del famoso John Casablancas y en la de un brasilero algo excéntrico llamado Ronaldo Wellington. Al mismo tiempo, se formó como tripulante de cabina y pronto consiguió un empleo en una aerolínea que se llamaba AeroSur. Luego esa aerolínea entró en una crisis económica y ella se fue. Llegó a LaMia porque unos colegas la recomendaron. Ahora es madre de dos niños y estudia, mientras tanto, la carrera de Ingeniería en Control de Procesos. Parece difícil encontrar en esta mujer a la chica rebelde que era cuando se graduó del bachillerato, con tatuajes y piercings. Solía llevar los labios pintados de negro y los ojos delineados; solía ser una testigo del amanecer.
Ximena, con X: sentada en el jump seat se dice que nunca antes había sentido un dolor tan extraño en el pie y le parece que habría sido mejor que alguien la reemplazara en este vuelo.
21
Es lunes, 28 de noviembre de 2016. Cada cual ha llegado donde tenía que llegar.
A cierto avión.
A cierto asiento.
A las 18:22, hora boliviana, el AVRO RJ85 corre por la pista de Viru Viru hacia el horizonte. El ruido invade la cabina, los pasajeros y los tripulantes sienten la aceleración en el pecho. Pronto el avión estará entre las nubes.
El comandante Miguel Quiroga Murakami sostiene el timón. Hace unos minutos respondió unas preguntas frente a la cámara de Gigavisión. Dijo: «LaMia Corporation es una empresa nueva, que recién está ingresando al mercado, pero creo que ya nos hemos abierto campo con todo lo que es equipos de fútbol…». ¿Realmente lo cree? Dos meses atrás le había contado a un empresario aeronáutico colombiano que estaba a punto de romper relaciones con el dueño del avión de LaMia. Eso podría provocar el cierre de la compañía. Mientras acelera, acaso lee el tablero de botones y relojes: el despegue consume hasta un 15 por ciento de combustible.
Ximena Suárez Otterburg, la tripulante con el traje rojo, va sentada en el jump seat. Desesperada por el dolor extraño en el pie, un momento atrás le había dicho a su jefe que no podía trabajar así. El jefe, corpulento y simpático, pensó en dos posibles reemplazantes. Los llamó. Ninguno estaba en condiciones de tomar el puesto en ese momento: Suárez Otterburg debía volar, no había alternativa. Así que ella se quitó el zapato y se hizo masajes, preocupada y no demasiado segura de poder estar de pie durante el vuelo. Pero pasaron unos minutos y el dolor se fue. Así, sin explicación. Así, tan naturalmente como había llegado.
Por eso en el rostro de Ximena Suárez Otterburg ahora, mientras el avión se desplaza por la pista, hay rutina, hay decenas de despegues.
Erwin Tumiri, el mecánico aéreo, va en el jump seat de al lado. En algún momento se pondrá a hablar con Suárez Otterburg. Mis hijos esto, mis hijos lo otro, le dirá ella. La primera experiencia aérea de Tumiri había sido al mismo tiempo su primer vuelo de instrucción en el curso de mecánica: fue una vuelta por el cielo de Cochabamba en la que él no disfrutó del paisaje porque tenía que atender a la lección del día y porque el piloto guía era riguroso y exigente. Los controles del avión se veían complicados. Solo después de varias lecciones, Erwin Tumiri bajó convertido en un profesional.
La prisa del AVRO RJ85 en su carrera por la pista se multiplica como si fuera a escapar del mundo.
Alan Ruschel, un defensor, viaja al lado del arquero Danilo. «¡Estamos yendo a Colombia!», acaba de decir en un video que grabó con su teléfono, y Danilo, con auriculares blancos en las orejas, puso los dedos en forma de V. Ruschel lleva su anillo de compromiso. Es casi como un amuleto. Sueña con casarse con su novia, una chica que fue elegida reina de Juventude, de Caxias do Sul. Sí, ese es un equipo rival —¿algún problema?
Rafael Henzel, relator de Rádio Oeste Capital, está satisfecho porque el despegue del vuelo de BoA en San Pablo se retrasó una hora y él aprovechó el tiempo para entrevistar a Helio Neto.
Sandro Pallaoro, el presidente del club, es visto como un candidato a la presidencia de la Federação Catarinense de Futebol para 2019. Le gusta la idea. ¿Piensa en eso o en la Copa Sudamericana? O quizás todavía está impresionado porque se enteró en el aeropuerto de San Pablo de que la esposa de João Carlos Maringá, su amigo, acababa de fallecer. En un impulso quiso dejarlo todo y acompañarlo, pero llovía y no había taxis. Al final, sólo lo llamó por teléfono desde el aeropuerto. Lo consoló, lo abrazó con la voz, le dijo que al regreso lo visitaría.
Los cuatro motores del avión rugen con ferocidad: de lejos, el AVRO RJ85 se ve como una flecha.
Jakson Follmann, el arquero suplente, viaja sentado en una de las filas de atrás. Demasiado joven, aún conserva algo de cara de niño, y con esa cara va a tener que reemplazar al heroico Danilo si a este le pasa algo.
Helio Neto, el defensor número 4, le concedió la entrevista a Rafael Henzel y le habló de Dios, del mérito, del destino. Dijo: «Torcedores…, estamos aquí, en el aeropuerto de Guarulhos, y contamos con la fe y con las oraciones de ustedes para que podamos fortalecernos cada vez más en este partido que vamos a jugar. Agradecemos el apoyo que nos han dado frente a San Lorenzo y esperamos hacer un gran partido, y traer un buen resultado para el partido de vuelta en Curitiba». Pero no piensa en eso. Está inquieto. Tiene una mala sensación en el cuerpo. Mira por la ventanilla, ve el ala. Viaja adelante de Alan Ruschel —el del anillo de compromiso— y se pasa el rato conversando con Bruno Rangel, un delantero. Un tiempo atrás, cuando Neto no sabía qué camino tomar porque había errado ese penal en la final contra Ituano y acababa de quedarse fuera del plantel de Santos, sin contrato y por ende sin empleo, Bruno Rangel le había dicho: «Cara, tu habilidad nos va a ayudar aquí en Chapecoense, firma contrato con este equipo». Ahora Bruno Rangel le cuenta algo sobre alguna casa que está construyendo en algún lugar.
Danilo —Marcos Danilo Padilha—: ¿piensa en Marcos Angeleri?
La potencia de la velocidad los aturde hasta que por fin el avión se separa del suelo.
El aire es cada vez más liviano en la altura.
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