Daniel Ballesteros, nacido en México y criado en Ecuador, se gana la vida rapeando en el Metro de Nueva York, después de haber trabajado en construcción, o hasta como recolector de basura. Como @pinchepelon119, tiene 19 700 seguidores en Instagram, y ha ofrecido conciertos en Estados Unidos, México, y Sudamérica. Compone canciones y rapea desde los siete años. A sus 30, parece haber vivido más de siete vidas.
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La foto muestra a Daniel Ballesteros a un costado, haciendo la V de victoria con la mano izquierda. Sonríe a medias, de puro alivio. No lo parece, pero acababa de recibir el susto de su vida. Junto a él se planta un policía neoyorkino, con pinta de latino y una sonrisa de anuncio de dentífrico, mientras sujeta el celular y toma la selfie de ambos. En su uniforme azul marino se destacan insignias y el bordado amarillo de la NYPD.
Están en la plataforma de la estación Union Square y Calle 14 del subway, en pleno downtown de Manhattan. Es la ruta del Tren 4, de la Gran Central Station hasta el puente Brooklyn, la preferida de Daniel para montar su performance de rap, acompañado de una pequeña bocina.
El 18 de diciembre de 2025, cerca de las dos de la tarde, Daniel bajó del tren después de tres horas de rapear. Con la reciente captura indiscriminada de migrantes a manos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) no solo en el edificio de las cortes de migración, si no también en lugares tan al azar como Chinatown, y la perfilación racial empleada en las capturas, Daniel —un migrante mexicano-ecuatoriano de 30 años— no se confiaba de la policía. No le ayudaba ser moreno ni el elaborado tatuaje negro en letra cursiva, que dice “Family”, sobre su ceja derecha (lo primero que notas al verlo). Por eso, cuando observó de reojo al oficial caminando detrás de él, comenzó a acelerar el paso.
Daniel tenía concertada una cita con un juez de migración en 2026, y había entrado al país por un puesto fronterizo oficial, pero eso no le hizo tener menos miedo.
“Yo dije ‘¿Qué onda? Si no tengo problema’, pero también pensé que tal vez me querían agarrar”, recuerda Daniel. “Así que caminé más rápido, más rápido, más rápido, pero el policía seguía detrás mío, hasta que me alcanzó. Me asustó cuando se me puso enfrente, y me agarró el brazo. Entonces, me dijo, ‘¡Ey! Yo te sigo [en Instagram], es que me gusta tu música, y quería conocerte. ¡Soy tu fan!’”. Daniel sintió que le volvió la sangre al cuerpo. Ahora se ríe de la anécdota.
Antes de irse, el policía le advirtió que tuviera cuidado con ICE.
Para Daniel, la foto con el oficial es un símbolo de su perseverancia. Once meses antes, un video suyo rapeando en el subway se había vuelto viral en la cuenta @NewYorkers de Instagram, con 1.2 millones de seguidores. Su anterior abogada de migración, en un primer encuentro en Texas, también lo reconoció por un video suyo.
Y de repente, la fama
Un día Daniel estaba sentado en una banca en la estación del subway de la Calle 86. “Aparece un muchacho que se llamaba Welkis, o Wilkins Mejía, y me dice, ‘Oh, tú cantas, ¿no?’. Le dije que sí, y me dijo, ‘yo tengo muchos seguidores, ¿tú quieres ser famoso?’, y le dije ‘OK’. Él me grabó rapeando, se fue, y no volví a verlo. Al día siguiente salgo para los trenes, y me dice una persona, ‘Ey, yo, te vi en un video’. Yo no sabía que ya era viral”.
El 19 y 20 de enero de 2025, la cuenta @NewYorkers en Instagram reprodujo videos de Daniel rapeando en el tren que tienen 8 925 y 16 300 likes. En la misma cuenta, otro video publicado tres días después ya tiene 79 600 likes. “Yo le agradezco mucho a esta persona, que me ayudó porque ahora vivo más de la música”, dice este rapero. “Ya me habían grabado antes. Pero él me dio el impulso. Mira, hago rap desde hace mucho tiempo y no se me pasó por la cabeza que me iba a volver así, como famosito. Y pasó”.
Daniel comenzó grabando canciones en estudios caseros en todas partes, de niño, y luego de adolescente. Ahora, lo hace en un estudio profesional, con productores, contratos para discos y conciertos, pero aun así, siempre toma el ocasional empleo en construcción —uno de los primeros trabajos que tuvo al llegar a Estados Unidos—. Igual pega tabla yeso, que saca basura a la calle junto a otros trabajadores migrantes, en sitios donde algunos de sus compañeros lo reconocen por los videos virales.
“Mi jefe ya sabía que soy músico cuando llega otro muchacho y dice, ‘Ohhh, eres el cantante, trabaja para ti [los señala con el índice], a ver, canta’, y mi jefe me pregunta, ‘Bueno, ¿te pago para cantar o trabajar?’”.
Daniel también elabora rótulos, letras en 3D, giratografía, y anuncios para tiendas. En un mismo día, puede cumplir con un empleo que le paga $15 la hora, y cantar en los trenes donde puede reunir unos 200 dólares. Una vez alguien le dio 500, algo en su lista de lo más loco que le ha sucedido.
Su participación en conciertos con otros raperos, o como solista, le ha llevado a las Carolinas, Texas, Louisiana, Atlanta, California, Filadelfia y Nueva Jersey, además de casi por toda Nueva York. “Eso me encanta de aquí; siempre hay alguien que me invita a rapear”, explica.
“Que no conozcas ni las drogas ni el alcohol”
Registró su música porque quería ser famoso, y quería plata, pero también porque necesitaba cantar. Rapear se convirtió en un desahogo cuando su vida personal no marchaba bien. “No aproveché volverme viral porque estaba pasando un mal momento”, recuerda. “Ya había problemas en mis relaciones. Estaba peleado con las drogas, con las madres de mis hijos. Me casé y me fabriqué un infierno más grande, donde no sabía que le haría daño a la gente que me rodeaba”.
Nunca dejó de escribir canciones. Desde chico descubrió que, cuando se aturde, solo necesita escribir y cantar. “Todas mis canciones son un recuerdo”, dice. “Son lo que me pasó, son mis experiencias (…). Un día andaba despechado. No tenía plata. La tarjeta andaba vacía. Tenía un valde de monedas que comencé a contar, y se me vino esa canción”.
Las últimas monedas hoy las estoy contando,
Otra botella que hoy estoy comprando.
Al verme acabado y derrotado sé que tú te la estás gozando
Por cierto, no sé cómo tú te la estás pasando,
pero espero que te vaya mucho mejor,
que no conozcas ni las drogas ni el alcohol.
“Yo hasta a veces sueño que compongo, y me levanto a escribir lo que soñé, y a veces estoy en el tren, o trabajando, y (pienso) ‘Esta parte me gusta’, creo unas rimas y las apunto”, explica.
Daniel nació en Guadalupe, al este de Monterrey, en Nuevo León, México. A los seis años se trasladó a Quito, Ecuador, junto con su familia —sus padres, dos hermanas, un hermano—. Y entonces, todo voló en mil pedazos.
“Mi papá es guitarrista”, cuenta Daniel. “Le gusta la banda Elefante en México, y los Tigres del Norte. Fue cristiano mucho tiempo, pero cuando mi mamá se fue de la casa, él dejó la iglesia y se metió a la bebida, como dicen mis canciones. Cambió mucho. Mi papá siempre llegaba ebrio a casa, agarraba la guitarra y tocaba, y yo lo escuchaba”.
Le gustaba la misma música que a su padre. Daniel ni pensaba en ser rapero, pero cantaba en varios géneros, incluyendo el reguetón. “Un día, en su escuela, una compañerita me dijo, ‘Tú deberías cantar’, porque yo ya vestía ropa holgada, ancha”, recuerda, y entonces lo empujó hacia un círculo de chicos que tenían una competencia de rap. “Tiré unas palabras, y no sé qué onda, pero dicen que gané, ¿OK? Y desde entonces soy músico”, afirma. “Me fui contento a la casa, y le conté a mi hermana la mayor, ‘¿Sabés qué? Ahora soy cantante, soy rapero’”. Tenía siete años.
Sus hermanos le contaban que su mamá llegaba a la casa, y luego se marchaba de nuevo, porque Daniel siempre estaba en la calle. Aun así, lloraba mucho por ella. “La quería ver”, recuerda. “Entonces comencé a escribirle y dedicarle canciones, pidiéndole que volviera, cosas de niños”.
Después tomó una decisión radical. Dejó la escuela a los 10 años y se marchó a Colombia, donde comenzó a cantar en los buses.
“Escribía una canción, comenzaba a lanzarla y me iba bien”, recuerda. “Grabé muchas canciones y hasta un disco de rap cristiano en una iglesia de Cali, donde yo era siervo”. Lo dice entre carcajadas, como si no se la creyera. Cantaba en la iglesia también, y subía sus presentaciones a Facebook. “A mucha gente le gustaba”, agrega, pero le hackearon la cuenta y nunca la recuperó. Esto pareció detonar un giro de 180 grados.

Un giro gangsta
Comenzó a tatuarse a los 12 años. “Yo me decía que, uuuh, yo era malo”, relata. Luego viajó a Perú, y regresó a Ecuador a los 15. Allí cayó preso.
“Supuestamente, no sé… Me, me, me culparon de asesinato”, admite. “No tenía memoria de eso, pero aparecí con arma y todo. Fue la primera vez que me drogué. Y… bueno, me sentenciaron a ocho años, la máxima pena para un menor de edad. Yo me resigné a todo. Luego tuve audiencia, y me quitaron todos los cargos. Había pruebas y todo, pero la esposa de una de las víctimas dijo, ‘Él no es’, y la persona que sí hizo todo eso también dijo, ‘No, él no es’”.
“Mi familia no me quería ni ver, ni yo mismo me pude ver mucho tiempo en el espejo”, confiesa. “Entonces, me fui del país porque ya me habían marcado. Desaparecí del mapa. Nadie sabía que estaba en Estados Unidos”. Llegó indocumentado. Lo capturaron y permaneció en la cárcel durante un mes. Salió con fianza. Estaba en Mercedes, Texas, 34 kilómetros al este McAllen, y 36 kilómetros al norte de Ciudad Río Bravo, en Tamaulipas.
¿Qué hizo al recién salir? “Andaba de vago”, dice sin desparpajo.
“Cuando la he pasado en la calle, gracias a la vida siempre hay alguien que me ha dado una mano, aun si fumaba mucha yerba (mariguana) y otras cosas. [Esa vez], conocí un muchacho que me dijo, ‘Te puedes quedar en mi casa’. Yo ya trabajaba en todo, incluyendo en construcción. Luego vendí yerba —se ríe, como con pena, y luego explota en una carcajada— pero de forma legal. Trabajaba en un dispensario autorizado (era 2014, cuando el uso del uso medicinal de la mariguana en Texas era limitado, aunque se amplió en 2015).
“Por el dinero, he hecho un chingo de cosas”, dice. “Lo de caer preso [en Ecuador] también fue por eso”.
El rap del pata de perro
Después de dos años en Texas, regresó a Bogotá. Tenía 19. Grabó más canciones con otros artistas, y por cuenta propia, y divulgó su música en YouTube y otras redes sociales. Se quedó cinco meses, y también viajó a Perú, Chile y Ecuador. De uno de esos retornos a Colombia data el tatuaje sobre su ceja derecha.
“Me lo hice cuando tenía 20 años, creo yo”, dice. “Yo estaba en Bogotá, después de hacer un show de rap que no me pagaron. Me dijeron que les gustó mi performance, pero que no había plata, y me preguntaron si quería un tatuaje a cambio. Tenía todo el cuerpo para tatuarme, pero justo ese día andaba yo como con rabia, y digo, ‘tatúame Family aquí, en la frente’. Andaba peleando con la familia, una en la que simplemente, por cosas de la vida, todo se fue al carajo, aunque siempre sea una motivación para mí”.
Permaneció en Sudamérica hasta los 25 años. Luego, pasó por Guatemala, donde cantaba por dinero en el Transmetro, una línea de autobuses en la capital. En México cantó en Puebla, Tuxtepec (Oaxaca), y Monterrey (Nuevo León), en medios de transporte, conciertos, y donde quisieran escucharlo.
En 2022, emprendió otro viaje a EE. UU. acompañando a un amigo, cuya única hermana había desaparecido en el trayecto hacia ese país. Habían perdido contacto en la selva del Darién, entre Colombia y Panamá.
“Yo acababa de llegar de Perú a Ecuador, cuando mi amigo me dice, ‘Vámonos de viaje’, y como no le tengo miedo a nada, ese día bebimos en la noche, y a las tres de la mañana salimos. Semanas después, él cruzó a Estados Unidos y se encontró con su hermana”.
Daniel se quedó en México porque se enamoró, dice. Fue la antesala de otro desengaño, el que le empujó a también seguir hacia el norte.
Cruzando el Bravo
El rapero desenrollaba sus múltiples vidas mientras conversábamos en el sofá de la sala-cocina, en el apartamento que comparte con dos personas más en Coney Island, a casi una hora en tren desde el centro de Manhattan. Según lo muestra su cuenta en Instagram, las gradas de la fachada del edificio es uno de los sitios donde se le suele ver rapeando o texteando. Otra parte de la entrevista ocurrió ahí mismo, después que a media conversación recordó que debía ir por su ropa a la lavandería. Es el 9 de marzo de 2026, un lunes soleado, con un ocasional viento frío que sugiere el recuerdo del inverno anterior. Daniel viste un holgado pantalón salta charcos y una camiseta negra sin mangas, con una enorme calavera blanca al centro.
Mientras conversamos, camina frente al edificio una anciana anglosajona con una expresión de alarma en los ojos. Lo ve de reojo mientras avanza con sigilo. Los tatuajes de Daniel sobre su ceja y cuello pueden tener ese efecto. Otros vecinos lo saludan con familiaridad. La administradora china de la lavandería a dos cuadras de su apartamento no se inmuta. Es usuario frecuente de las lavadoras y secadoras. Lo mismo ocurre con el sujeto que regenta una bodega en el vecindario, donde compra una botella de jugo. Confiesa que anda de cruda por una parranda de la noche anterior. Habla con soltura y risa fácil, aun cuando menciona la vida retratada en sus canciones, y un episodio de tres años antes, cuando nadó desde México a Estados Unidos.
“Un día, hablando con los de La Maña, los que controlan la frontera (del lado del Río Grande, en Tamaulipas, México), me dice uno, ‘Qué onda carnal, ¿sabes qué? Apostemos 5 mil pesos a que no te nadas el Río Bravo’”, relata. Eran cerca de 300 dólares más o menos para nadar un río cuyo ancho mínimo es de 100 metros, y el máximo es de 700.
“Yo, despechado, uff, hago muchas cosas”, explica, al borde de la carcajada. “También soy algo raro, y ese día me santigüé a la muerte. Le dije, ‘OK, lo que tú quieras Santa Muerte’. Me desnudé y nadé el río. Tenía una cuerda larga amarrada a una bolsa con mi ropa, donde [el de La Maña] me puso el dinero. Era una persona mala para unos, pero a mí me motivó. Me dijo, ‘Que te vaya muy bien; eres una persona que se arriesga, y la persona que se arriesga merece mucho, te deseo suerte. Cuando llegues del otro lado cambia el dinero a dólares’. El vato me había explicado antes, ‘¿Sabes qué güey? Te vas a cruzar, y te vas a ir, pero si te regresas te meto los tablazos, porque no se puede cruzar así nada más, siempre se paga impuesto, y si no te dan con una tabla ¡pá! ¡pá! ¡pá!’”.
Daniel iba solo. Era mediodía. La corriente no estaba fuerte, pero el agua estaba helada. Era febrero.
“No había nadie más cruzando, y [el tipo] me dice, ‘¡Oh cabrón! ¡Güey! ¡Ey Joe, eres loco! You crazy!’ porque era un compa que ya había estado acá (en EE. UU.)”, relata.
Ese día el rapero caminó casi cinco horas, para que la migra no lo viera. Llegó a Brownsville, Texas, donde se entregó a oficiales de migración. “Les dije, ‘Yo soy artista’, y me dijeron ‘Bienvenido a Estados Unidos’, después de extenderle una cita con un juez de migración, que después consiguió que le reprogramaran para el 17 de abril de 2026.
Era el tercer año en la administración de Joe Biden (2021-2025), cuando la política migratoria en EE. UU. era benevolente en contraste con la actual.
Dice que se curó, aunque no olvida el pasado
Su plan era regresar a Estados Unidos para trabajar, no para hacer música, pero la dificultad para encontrar empleo en Texas le orilló a buscar oportunidades en otra parte, y a explorar hacer plata con el rap. Así llegó a Nueva York.
“Por un tiempo, por dedicarme a la música, no trabajaba, no hacía nada, y el dinero que hacía era muy poco”, recuerda. Tenía problemas con las madres de sus tres hijos, y volvió a consumir drogas. Aun así, Daniel dice que su pareja de entonces se mantuvo a su lado, y decidieron casarse. Fue justo en esa época que su performance en los trenes se hizo viral.
“Me dieron oportunidades muchas personas que querían fama, gente que se aprovechó mucho de mí”, explica. “Me veían como un pastel, y querían su parte. Cuando llegó la fama, no creía que [también] venían responsabilidad y consecuencias duras. Llegó mi primer contrato, que iba a firmar era casi por medio millón de dólares, en una disquera de Los Ángeles, y quise meter a todos, al productor, incluso a mi esposa como manager. Todos iban a ganar un porcentaje. Pero solo me querían a mí, y por querer subirlos a todos, al final me quedé sin nada. Perdí una oportunidad. Luego me separé. Ella lloraba mucho por mí, pero ya no quiere saber nada más de mí, y yo acepto eso. Aunque quedó embarazada y la niña nació hace poco, me voy a divorciar”.
Su expareja le dijo, sostiene Daniel, que el problema es que en su familia nunca hubo amor. “Y sí, sufrí mucho y siento que eso tiene mucho que ver”, admite. “Yo seguía perdido, bebiendo alcohol y fumando más acá, por ahí algunos quimiquitos (ríe con sorna), y un día que estaba en un sillón recostado me dije, ‘Wow, me estoy acabando’”. Ya le había escrito siete canciones a su esposa. Pero ese día ella lo bloqueó de todas sus cuentas en redes sociales, entonces se lanzó a escribirle otra canción. Luego, siguió bebiendo y paró 15 días después.
La canción era, “Para esto no existe medicina”. Mientras rapea, se le quiebra la voz:
Te soy honesto, ya no me siento vivo
Dime por qué te has ido
Tanta promesa y ni una cumplimos, ni siquiera al despedirnos
Tanta felicidad y en el fondo solo siento que fingimos
Vivo, pero ya nada tiene sentido,
Vivo y tan vacío, otra botella y de nuevo caigo pa’l vacío…
Hay un precio y yo qué más le hago, maldita situación a mí me está matando…
A medida que pasa el tiempo, este corazón más te ama
Para esto no existe medicina, sólo un rap que es para el alma
Me toca que creer en las palabras de que el tiempo trae la calma.
“Esta es una canción que amo, aunque me duele, aún me duele, pero lo tengo que aceptar y continuar”, admite Daniel. “Situaciones como esas hacen que escriba”. En este caso, produjo un disco completo para su esposa. El lanzamiento será en septiembre.
“Escribo mis canciones, y me acuerdo de las veces que me he portado mal, que me han fallado, que he fallado, pero rapeando me siento mejor”, reconoce. “Eso me libera mucho, me mantiene vivo. He fallado en todo, pero no pienso fallar en esto de la música. Y [pasa que] cuando sufro hago las rolas más cabronas, las más chidas, y sé que alguien que está pasando una situación dura la va a escuchar”.
Es música que a ratos es gasolina y hace arder todo, y a ratos es apaga incendios y catarsis.
“Volví a escribir canciones que me curaron el alma”, dice. Otro disco que le trajo estabilidad, aunque hable de su familia y de su vida, de su vaivén en 30 años. “Gracias a la vida he hecho cositas, y ya tengo donde caer muerto”. Se refiere al rescate de sus finanzas personales, y a que consiguió grabar en otro estudio con buenos productores, y otro contrato. Espera que esto le alcance para quedarse en Estados Unidos, y viajar a otros países. “Ahora que viene el nuevo disco, y sé que vamos para arriba”, afirma. “La música ya me paga, pero quiero más, y ahorita tengo la oportunidad”.
Que su rap atraviese Europa y más allá
Para el 9 de marzo, Daniel no parecía nervioso por la cita ante un juez de migración el 17 de abril, su primera cita en una corte, aunque no son pocos los migrantes que han sido detenidos en esas circunstancias y después deportados. Si tiene que salir de EE. UU., anuncia, se quiere ir a España. “Quiero que mi rap atraviese Europa”, dice. “Igual tengo entrada en Rusia”, de donde es su pareja anterior.
“Si me extienden [la estadía], pienso pedir la visa de artista”, afirma. Un día después de la cita, en un intercambio por chat, revela que le dieron dos meses más en el país. Para entonces, deberá haber salido. Todavía no sabe qué va a hacer. “Estoy listo para lo que sea, para lo que tenga que pasar”, añade. Explica que “hay trámites en curso, y no se ha dicho la última palabra”.
La conversación en Coney Island ocurrió casi 15 meses después de un primer intercambio por el chat de Instagram, y que sus videos se hicieran virales. También hubo un intento fallido para que aceptara hablar en persona. Decía que no le gustaba dar entrevistas, pero luego habló casi dos horas. Parece que esto, como su rap, también fue catarsis.
Después de que hablamos, tomamos el tren a Manhattan. Se despidió en la estación del subway de Times Square, y se perdió entre la multitud al bajar del tren. Iba a una cita con su tatuador, que estaba a medio camino de tatuarle un trío de calaveras demoníacas que le cubrirán la cabeza por completo.
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