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"Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética."
Durante dos décadas, Marion Reimers, comentarista deportiva —y deportista excepcional— ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto: hoy vive una especie de pausa reflexiva. Juan Villoro se encontró con ella, y volvió a hablar con claridad inigualable.
Desde hace 20 años, hablar de futbol en México significa escuchar a Marion Reimers. Sus opiniones han modificado la percepción de un deporte que refleja a la sociedad entera, pero donde no todos participan. La “opinión pública” del futbol ha dependido de locutores que vociferan con viril estruendo y tertulias de aficionados que beben cerveza. ¿Había modo de que una mujer modificara esa costumbre centenaria? Marion Reimers surgió como la rigurosa excepción de un medio que no tomaba en cuenta a la mitad de la población. En 2019 se convirtió en la primera mujer de habla hispana que comentó una final de la Champions.
Otras mujeres, como Majo González, han destacado en la narración puntual de los partidos. Marion aporta ideas y argumentos que, por novedosos e inesperados, no siempre son bienvenidos. El mundo del futbol suele confundir la hombría con el primitivismo. Si un jugador piensa o muestra sensibilidad, significa que le faltan huevos. Esa misma lógica cavernaria excluyó a las mujeres.
La comentarista de ascendencia alemana irrumpió en un ámbito “prohibido” con un doble atrevimiento: era mujer y “sabía demasiado”. “Me obsesioné en prepararme y tener credenciales, incluso estudié para directora técnica”, comenta. “Me parece respetuoso con el espectador. No pienso que mi audiencia sea tonta, todo lo contrario”.
Egresada del Colegio Alemán y del Tecnológico de Monterrey, Marion habla con solvencia español, alemán, inglés e italiano; cursó estudios de fotografía e historia del arte en Florencia y una maestría en periodismo en la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires. En el campo del deporte, fue campeona nacional de karate en la categoría de menos de 57 kilos, y tercer lugar en combate contra una sombra (Kata). También ha practicado el tenis, el golf y el futbol rápido. Fue la primera mujer mexicana nominada al Emmy deportivo y obtuvo en España el Premio Ondas. Preside la Fundación Somos Versus, que lucha por visibilizar a la mujer en el deporte.
La paradoja de estos méritos es que molestan a algunos. Los periodistas de la fuente deportiva suelen ser personas que saben todo de muy poco. Cuando alguien se interesa en los aspectos históricos, sociales o simbólicos del balompié (o incluso en la pronunciación correcta de los apellidos extranjeros), eso suele ser visto como una extravagancia innecesaria o incluso como una ofensa a la medianía que se atribuye al público. Con frecuencia, Marion recibe el consejo de simplificar sus palabras, y su respuesta es clara: “Esas palabras existen, no estoy inventando un lenguaje: ¡no soy Tolkien! Si alguien no entiende una palabra, y le interesa, la va a buscar; eso ya no es una responsabilidad mía”.
Las redes sociales han permitido un segundo deporte. Los desahogos y exabruptos que antes decoraban las paredes de los baños públicos ahora inundan el espacio virtual: “Hay una tendencia generalizada a hablar de quien habla del juego”, comenta Marion. “Con la doble pantalla, el celular y la televisión, tenemos un mundo paralelo. Los medios retoman eso y se someten a la dictadura del clic. He tenido que prepararme el doble o el triple para que piensen que soy buena, pero después me regañan porque dicen que soy mamona”.
El mejor locutor mexicano de todos los tiempos, Ángel Fernández, tenía un repertorio intelectual amplísimo. Bautizó al goleador Enrique Borja, de pronunciada nariz, como el “Gran Cyrano”, en alusión a Cyrano de Bergerac. Así supimos que existía ese personaje. Sin embargo, lo que en Ángel era visto como una virtud desconcierta en una mujer, que dice sin empacho: “Aprendí muchas cosas con el fútbol, geografía, historia, y es mi responsabilidad compartirlo”.
A veces, las opiniones de Marion desentonan en un ambiente donde las ideas importan menos que la pasión sin matices. A mediados de los noventa, cuando Jorge Valdano entrenaba al Real Madrid, sus adversarios le dedicaban un raro insulto: “filósofo”. No soportaban que alguien que publicaba en la Revista de Occidente y leía a Borges triunfara en un territorio de “cojones”. No en balde, la selección española recibía entonces el apodo de “La Furia” (en tiempos más inclusivos se transformaría en “La Roja”). El entrenador argentino pagó caro su intelectualismo. Lo mismo le ha sucedido a Marion en México con el agravante de ser mujer y asumir abiertamente su homosexualidad.
La controversia en torno a su figura ha escalado a niveles de delirio. La jauría virtual la ha amenazado de muerte y algunos colegas se han negado a compartir transmisiones con ella.
Marion hace pensar en los pilotos de pruebas que rompieron la barrera del sonido. Como ellos, ha sufrido el desgaste de sus misiones de vuelo. A los 40 años decidió hacer un alto en su carrera y recorrió en soledad el Camino de Santiago. Regresaba de esa experiencia cuando sufrió una apendicitis que derivó en peritonitis. Estuvo 14 días en un hospital español, cinco de ellos sin recibir visitas. Fue un momento de obligada reflexión: “Casi me muero, caminé sola durante seis días: 128 kilómetros. En el tren a Madrid se me gangrenó el apéndice y llegué al hospital al límite. Luego tuve toda clase de infecciones y un shock anafiláctico. Veía Wimbledon en la tele y trataba de sobrevivir. Eso te hace replantear las cosas, no a todo mundo, pero a mí sí”.
Conocí a Marion hace 10 años, a bordo de una trajinera de Xochimilco, cuando varios amigos celebrábamos nuestro cumpleaños. Ella era entonces un joven talento de la televisión, pero ya era obvio que avanzaría rápido, sin freno alguno.
El 9 de septiembre de 2025 la visité en la colonia Condesa. Tenía el número de la calle, pero no el de su departamento. Le mandé un whats para que lo confirmara. Sospeché que viviría en el piso más alto por una sencilla razón: es alguien que llega al límite. En efecto, me esperaba en el sexto piso.
Entré a un departamento soleado, de amplios ventanales, animado por dos gatos. Un libro de Mario Benedetti descansaba en la mesa de la cocina. La decoración no aludía al mundo del deporte. Si las jóvenes profesoras de la universidad ganaran bien, vivirían así.
Mientras oía mis preguntas, Marion sonreía sin abrir los labios. Su gesto revelaba una empatía en tensión: anunciaba que, en cuanto abriera la boca, tendría mucho que decir.
En un país caracterizado por los titubeos verbales, Marion habla con precisión quirúrgica, sin necesidad de buscar otro adjetivo o enmendar lo dicho; no necesita corregirse: improvisa una versión definitiva.
Al revisar la grabación, lo único que sobraban eran mis preguntas.
Vivir para jugar
Pasé mis primeros años en la colonia Florida. Luego nos fuimos a Xochimilco, cerca del Colegio Alemán. Mi mamá es alemana, de un pueblo de mineros; vino a México a los 22 años, siguiendo a su hermano, que ya vivía aquí. Mi papá nació y creció aquí, también de familia alemana. En mi casa sólo se hablaba alemán, no querían que se perdiera ese idioma, que no podíamos hablar en otras partes. Tengo una hermana 10 años más chica, con la que hablaba en español.
En el Colegio estudié todas las materias en alemán. Ya no había la disciplina de otros tiempos, pero sí una severidad oculta. No te revisaban la falda ni a los hombres los regresaban a la casa porque tuvieran la patilla larga; podías tener piercings, la expresión de tu identidad estaba muy reforzada, pero había una severidad académica brutal; no te ibas a extraordinario o segunda vuelta como en otras escuelas: reprobabas y ya. También había cierto tipo de discriminación; pude sobrellevar muchas cosas porque era blanca, hablaba alemán y era buena en los deportes. Eso me ayudó a integrarme. Jugaba mucho handball, fut y básquet. Fuera del Colegio hacía tenis en el Club Alemán y luego karate. Fui a camps de tenis en Estados Unidos, hubiera querido ser profesional, pero mentalmente no me dio. Nací en una familia que no estaba dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios para tener un deportista profesional; no lo digo desde un lugar malo; lo veían como una manera de protegerme, sabiendo que el estudio era mejor.
Me han dicho que en mi carta astral está muy presente el eclipse, tengo esa contradicción. Soy Leo con ascendente Cáncer: determinada y melancólica. Me encantaban los deportes de conjunto y estar con mis amigas, pero también me gustaba la soledad, tanto del karate como del tenis. Hay situaciones de mi vida en las que esto se vuelve a manifestar: soy muy melancólica, pero también muy entregada al mundo exterior.
En el futbol aprendí que una cosa es jugar a la pelota y otra jugar futbol. Yo sabía jugar a la pelota; a las mujeres y a las niñas nos enseñan de ese modo, es una limitación. El hecho de tener que ponerte zapatos diseñados para hombre y camisetas que te quedan como piyama te hacen sentir que te estás disfrazando. Y uno no incorpora un disfraz como parte de su identidad. Desde ahí viene la primera barrera para jugar futbol: es algo que aparentas hacer.
Hay cambios innegables a lo que yo encontré hace 25 años, pero todavía falta mucho. Cuando no hay nada, lo poco parece todo. Si ahorita tuviera 18 años encontraría nuevos mecanismos, pero sigue siendo una cuestión estructuralmente difícil; la mayoría de las futbolistas enfrentan obstáculos familiares y sociales tremendos. Hoy es normal que los hombres estén en la cantina jugando dominó mientras las mujeres juegan en la televisión, pero hay que recordar que las 11 mujeres que participan en un equipo también representan más o menos la tasa diaria de feminicidios en el país.
El deporte de las mujeres se va a empezar a reconocer en tanto y en cuanto sea un negocio, lo cual es preocupante. Y hasta el capitalismo voraz tiene rezagos: en Estados Unidos se tardaron en reconocer a las futbolistas que ya daban más dinero que los hombres. ¡Ni siquiera alimentando al monstruo del capitalismo parecíamos ser suficiente!
Lo más importante es lo que pasó antes para que ahora haya cambios. Yo no sabía que en México había habido un Mundial femenil en 1971. Dicen que una verdad a medias es una mentira y eso pasó con ese Mundial. Me enteré de la existencia de esas jugadoras en 2011, cuando me invitaron a formar parte del comité de selección del Salón de la Fama. La “Peque” Rubio era candidata e investigué sobre ella. Entendí que el silencio en torno a ese Mundial no era una casualidad; formaba parte de una tendencia. Sus compañeras fueron a la investidura con una manta para apoyar a la “Peque”; me asombró esa solidaridad tantos años después. Las conocí a todas, el año pasado me invitaron a su aniversario y las acabo de ver en un evento con la jefa de gobierno. En 2021 se cumplieron 50 años del Mundial. Peleé mucho con gente de la Liga y los clubes para que les hicieran un reconocimiento, pero eso era muy delicado, porque se trataba del reconocimiento de un error, de aceptar que históricamente las dejaste fuera. Entonces hicimos un evento con la ONG que presido, Somos Versus. Esa conmemoración fue única para nosotras, pero ellas se ven todos los años. Es algo increíble. Cuando vi el documental Copa 71 supe que las jugadoras de Inglaterra no se habían vuelto a ver en 50 años, pero las mexicanas siguen unidas. Ese Mundial no ha terminado para ellas. Al verlas, me doy cuenta de que siempre ha habido muchas más. Es un ejercicio importante que debemos hacer desde el feminismo. Todos los grupos que han sido marginados deben entender que caminas en los hombros de otras. Eso te da un sentido vital, permite que te des cuenta de que lo que haces no es en vano, que si abres una puerta debes abrirla para todas las demás. Hollywood nos ha vendido la idea de que si hacen lo correcto los héroes se van caminando hacia el atardecer con una música inspiradora, pero muchas veces no es así. A veces el reconocimiento no llega nunca.
Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética.
Hay una regla no escrita de la milicia estadounidense respecto a la orientación sexual: “Don’t ask, don’t tell”. En el deporte de los hombres la sexualidad se maneja así, con la verticalidad de la milicia: están el capitán, el director técnico, el presidente del club, no existe la horizontalidad, que es lo bello de los deportes de conjunto.
Fui al Mundial Femenil en Australia y Nueva Zelanda en 2023 y resultó como si fuera otro deporte, porque hay otro público: familias, lesbianas, familias de lesbianas, algunos hombres que acompañan, parejas heterosexuales más abiertas; es el espacio que hemos creado nosotras. El futbol femenil mainstream ha traído consigo esa narrativa. Ves historias como la de Ingrid Engen y Mapi León; se peleaban la posición en el Barcelona y eran pareja. La naturalidad con que expresaban su relación es algo que no existe en el futbol masculino.
Holanda fue revolucionaria en los años setenta, cuando le permitió a los jugadores que convivieran con sus familias durante el Mundial. Fue algo insólito. Para el futbol femenil eso es algo normal, que por supuesto está atravesado por el tema de la maternidad. Sigue habiendo puntos ciegos; por ejemplo, en los contratos de las jugadoras el embarazo se ha tratado como una lesión, no como un derecho. A nadie le importa con quién deja Cristiano Ronaldo a sus hijos, alguien lo hace por él. Pero ya hay figuras como Irene Paredes, conocida como “Mamá Irene”, que viaja con sus hijes. Se está luchando por tener guarderías en los centros deportivos, se discute cómo convivir con la lactancia, hay toda una incorporación del entorno. En cambio, el futbolista masculino se ve abstraído de su vida durante las concentraciones.
Estos cambios molestan a muchos. Hace tiempo, cuando Twitter era feliz, le contestaba a la gente que discrepaba conmigo. Luego vino la voracidad y el neonazismo de las redes, porque eso es lo que es. La ultraderecha se empezó a apoderar de esos espacios y empezamos a ver fenómenos muy particulares, como el odio de género y los bots: una construcción artificial de la opinión. Es como ese capítulo de Los Simpson en el que una multitud va a linchar al alcalde con antorchas y picos, la gente no sabe qué pasa, pero le dicen que se sume al linchamiento y lo hace.
Tuve una época más confrontativa, de un despertar feminista en el que había muchas cosas que me enojaban; es difícil no llevar tus sentimientos al plano personal. Justo ayer (8 de septiembre de 2025) estuve en la Secretaría de las Mujeres, junto a otras activistas, para proponer un entorno digital más seguro para las mujeres. El 85% de las mujeres hemos presenciado violencia de género en las redes. ¿Qué significa esto? Que hay una “pedagogía de la crueldad”, como dice Rita Segato. Algunos ataques ni siquiera tienen que ver conmigo sino con lo que represento: “Ni se te ocurra hacer lo mismo que esta morra porque te va a ir mal”. Las chicas que presentan programas o se concentran en narrar son menos controversiales porque opinan menos. A mí me quieren contrapuntear con Majo González, que es estupenda narradora, pero no tiene una función crítica. La ponen a ella como la Buena y a mí como la Mala, siguiendo estereotipos. Eso se acentuó con mi salida del clóset y mi postura feminista. Durante el MeToo tuve un episodio de acoso muy fuerte en los Juegos Olímpicos de Río; me sentí culpable por algo de lo que era inocente. Mi jefe y mi compañera de trabajo me respaldaron de manera increíble y me aconsejaron que denunciara. Al regresar a México tuve otro acoso y, ya con la ola del MeToo y las marchas de las mujeres, asumí una postura más franca. La mayoría de las mujeres tenemos acosos desde los cuatro años; debemos hacer algo con esos traumas. En Brasil las colectivas de mujeres usan el término “doloridad”; se trata de reconocer, compartir y trascender el dolor.
Posicionarme con claridad me empezó a pasar una factura muy alta, en mi salud mental, con mi familia, con mis seres queridos. Ya había tenido un episodio con una persona que fue a mi lugar de trabajo y me intentó lastimar, así es que tuve que tomar las amenazas en serio.
En un antiguo trabajo me dijeron: “No te vamos a poner con tal compañero porque no queremos manchar su imagen”. He tenido compañeros que han sido estupendos; saben que si yo brillo ellos también lo harán; la tele tiene que ser un juego de luces, no de sombras.
En el Camino de Santiago hice muchas reflexiones y una de ellas fue que llevo demasiado tiempo con presión y visibilidad. Desde los 21 años estoy en esto, con la sensación de representar a todas las demás, no por decisión propia, sino porque nos lo hacen sentir, como si la mujer que tiene una oportunidad fuera la presidenta de todas las otras: si ella se equivoca, no habrá chance para nadie más.
Acabo de firmar un pacto conmigo misma para entender que mi valor como persona no tiene nada que ver con mi desempeño profesional. Puedo ser una persona digna de cuidado, cariño, seguridad, independientemente de lo que haga para ganarme la vida. En esta industria es muy difícil ver las cosas así. Si no tienes el partido del América te sientes menos. Veo gente devorada por su personaje: la tele es una droga. Se glorifica que dediques la vida a la pantalla y olvides todo lo demás. Después de 20 años de carrera es refrescante ver tu propia herida, tu propia sombra, tu propia oscuridad, para evitar que eso te arruine.
Siendo la hija mayor, la expectativa familiar hacia mí era más alta. El Colegio Alemán también me inculcó severidad. Empecé a vivir sola a los 22 años y en mi familia tuvimos que superar un episodio de rechazo hacia mi orientación sexual; nos distanciamos y fue difícil. Afortunadamente ellos han cambiado mucho, son supercálidos y adoran a mi novia.
Aprendí a empujarme a los límites porque sentí que no tenía otra opción. Eso nos pasa mucho a los gays; nos decimos: “Tienes que ser un gay respetable”. Hay una cuestión casi metafórica en relación con mi peritonitis. Me subí al tren enferma, como si tuviera que demostrar algo; ahora sé que no tengo nada que demostrar; debo reconocer mi fragilidad, soy falible. El cuerpo y el alma avisan. Mi fortaleza radica en lo opuesto; de pronto me dije: “¿Qué tal si abrazamos la debilidad?”. Si vuelvo a las cámaras lo importante no va a ser la actividad, sino cómo la paso yo.
Hay veces que me sueño en transmisiones y me equivoco, pero como deportista no me sueño así. El deporte es algo esencialmente placentero, si no te gusta no lo puedes hacer. Te frustras, pero eso te ayuda a superarte. En el plano profesional eso adquiere otra dimensión. Cristiano y Messi son el gran producto de la frustración. Cada uno de sus logros es la superación de muchos errores. En cierta forma, el deporte profesional tendría que estar contraindicado. Ves a Nadal, que tiene mi edad, y parece que atravesó tres divorcios, cuatro mares y una guerra. La vida del deportista profesional obliga a vivir con dolor, de manera permanente. Vemos a gente sufrir como un gran espectáculo. También en esto creo que el deporte de las mujeres nos enseña algo. La voracidad de romper récords ahí es menos determinante. Pero hay un riesgo importante: cuando truene la burbuja del futbol varonil, que va a tronar porque es insostenible, las aves de rapiña van a querer llenar ese vacío con el futbol femenil. Por suerte, veo liderazgos como el de Vero Boquete (española que juega en Italia) que permiten augurar otra cosa.
El futbol es como una gran secundaria: todos quieren hacer lo mismo que los chicos populares. Veo usos y costumbres distintos en las mujeres. Debemos entender que su riqueza radica precisamente en eso, en su diferencia.
El combate interior
Marion no ha olvidado la disciplina de la que llegó a ser campeona nacional: el karate. A los 13 años descubrió que podía canalizar sus emociones y soportar de ese modo el dolor físico y mental. Antes de ser médico, su padre era acupunturista y se interesaba en la filosofía Zen; a los ocho años, ella ya había tomado un primer curso de meditación. Durante el diálogo precisó que el karate es un recurso esencialmente defensivo; es “el camino de la mano vacía”: carece de otras armas que la mente y el cuerpo.
Durante 20 años, Marion ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto.
Me encontré con ella en un momento de pausa reflexiva. Otro camino, el de Santiago, confirmó su deseo de encontrar un equilibrio interior, y el cuerpo le dio otra lección: debía parar.
De manera elocuente, en la plática recurrió con frecuencia a las imágenes de eclipses y sombras. Entre los deportes que ha practicado, ninguno define mejor la nueva etapa de su vida que la más solitaria variedad del karate.
Marion Reimers sólo tiene un adversario: su propia sombra.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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Durante dos décadas, Marion Reimers, comentarista deportiva —y deportista excepcional— ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto: hoy vive una especie de pausa reflexiva. Juan Villoro se encontró con ella, y volvió a hablar con claridad inigualable.
Desde hace 20 años, hablar de futbol en México significa escuchar a Marion Reimers. Sus opiniones han modificado la percepción de un deporte que refleja a la sociedad entera, pero donde no todos participan. La “opinión pública” del futbol ha dependido de locutores que vociferan con viril estruendo y tertulias de aficionados que beben cerveza. ¿Había modo de que una mujer modificara esa costumbre centenaria? Marion Reimers surgió como la rigurosa excepción de un medio que no tomaba en cuenta a la mitad de la población. En 2019 se convirtió en la primera mujer de habla hispana que comentó una final de la Champions.
Otras mujeres, como Majo González, han destacado en la narración puntual de los partidos. Marion aporta ideas y argumentos que, por novedosos e inesperados, no siempre son bienvenidos. El mundo del futbol suele confundir la hombría con el primitivismo. Si un jugador piensa o muestra sensibilidad, significa que le faltan huevos. Esa misma lógica cavernaria excluyó a las mujeres.
La comentarista de ascendencia alemana irrumpió en un ámbito “prohibido” con un doble atrevimiento: era mujer y “sabía demasiado”. “Me obsesioné en prepararme y tener credenciales, incluso estudié para directora técnica”, comenta. “Me parece respetuoso con el espectador. No pienso que mi audiencia sea tonta, todo lo contrario”.
Egresada del Colegio Alemán y del Tecnológico de Monterrey, Marion habla con solvencia español, alemán, inglés e italiano; cursó estudios de fotografía e historia del arte en Florencia y una maestría en periodismo en la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires. En el campo del deporte, fue campeona nacional de karate en la categoría de menos de 57 kilos, y tercer lugar en combate contra una sombra (Kata). También ha practicado el tenis, el golf y el futbol rápido. Fue la primera mujer mexicana nominada al Emmy deportivo y obtuvo en España el Premio Ondas. Preside la Fundación Somos Versus, que lucha por visibilizar a la mujer en el deporte.
La paradoja de estos méritos es que molestan a algunos. Los periodistas de la fuente deportiva suelen ser personas que saben todo de muy poco. Cuando alguien se interesa en los aspectos históricos, sociales o simbólicos del balompié (o incluso en la pronunciación correcta de los apellidos extranjeros), eso suele ser visto como una extravagancia innecesaria o incluso como una ofensa a la medianía que se atribuye al público. Con frecuencia, Marion recibe el consejo de simplificar sus palabras, y su respuesta es clara: “Esas palabras existen, no estoy inventando un lenguaje: ¡no soy Tolkien! Si alguien no entiende una palabra, y le interesa, la va a buscar; eso ya no es una responsabilidad mía”.
Las redes sociales han permitido un segundo deporte. Los desahogos y exabruptos que antes decoraban las paredes de los baños públicos ahora inundan el espacio virtual: “Hay una tendencia generalizada a hablar de quien habla del juego”, comenta Marion. “Con la doble pantalla, el celular y la televisión, tenemos un mundo paralelo. Los medios retoman eso y se someten a la dictadura del clic. He tenido que prepararme el doble o el triple para que piensen que soy buena, pero después me regañan porque dicen que soy mamona”.
El mejor locutor mexicano de todos los tiempos, Ángel Fernández, tenía un repertorio intelectual amplísimo. Bautizó al goleador Enrique Borja, de pronunciada nariz, como el “Gran Cyrano”, en alusión a Cyrano de Bergerac. Así supimos que existía ese personaje. Sin embargo, lo que en Ángel era visto como una virtud desconcierta en una mujer, que dice sin empacho: “Aprendí muchas cosas con el fútbol, geografía, historia, y es mi responsabilidad compartirlo”.
A veces, las opiniones de Marion desentonan en un ambiente donde las ideas importan menos que la pasión sin matices. A mediados de los noventa, cuando Jorge Valdano entrenaba al Real Madrid, sus adversarios le dedicaban un raro insulto: “filósofo”. No soportaban que alguien que publicaba en la Revista de Occidente y leía a Borges triunfara en un territorio de “cojones”. No en balde, la selección española recibía entonces el apodo de “La Furia” (en tiempos más inclusivos se transformaría en “La Roja”). El entrenador argentino pagó caro su intelectualismo. Lo mismo le ha sucedido a Marion en México con el agravante de ser mujer y asumir abiertamente su homosexualidad.
La controversia en torno a su figura ha escalado a niveles de delirio. La jauría virtual la ha amenazado de muerte y algunos colegas se han negado a compartir transmisiones con ella.
Marion hace pensar en los pilotos de pruebas que rompieron la barrera del sonido. Como ellos, ha sufrido el desgaste de sus misiones de vuelo. A los 40 años decidió hacer un alto en su carrera y recorrió en soledad el Camino de Santiago. Regresaba de esa experiencia cuando sufrió una apendicitis que derivó en peritonitis. Estuvo 14 días en un hospital español, cinco de ellos sin recibir visitas. Fue un momento de obligada reflexión: “Casi me muero, caminé sola durante seis días: 128 kilómetros. En el tren a Madrid se me gangrenó el apéndice y llegué al hospital al límite. Luego tuve toda clase de infecciones y un shock anafiláctico. Veía Wimbledon en la tele y trataba de sobrevivir. Eso te hace replantear las cosas, no a todo mundo, pero a mí sí”.
Conocí a Marion hace 10 años, a bordo de una trajinera de Xochimilco, cuando varios amigos celebrábamos nuestro cumpleaños. Ella era entonces un joven talento de la televisión, pero ya era obvio que avanzaría rápido, sin freno alguno.
El 9 de septiembre de 2025 la visité en la colonia Condesa. Tenía el número de la calle, pero no el de su departamento. Le mandé un whats para que lo confirmara. Sospeché que viviría en el piso más alto por una sencilla razón: es alguien que llega al límite. En efecto, me esperaba en el sexto piso.
Entré a un departamento soleado, de amplios ventanales, animado por dos gatos. Un libro de Mario Benedetti descansaba en la mesa de la cocina. La decoración no aludía al mundo del deporte. Si las jóvenes profesoras de la universidad ganaran bien, vivirían así.
Mientras oía mis preguntas, Marion sonreía sin abrir los labios. Su gesto revelaba una empatía en tensión: anunciaba que, en cuanto abriera la boca, tendría mucho que decir.
En un país caracterizado por los titubeos verbales, Marion habla con precisión quirúrgica, sin necesidad de buscar otro adjetivo o enmendar lo dicho; no necesita corregirse: improvisa una versión definitiva.
Al revisar la grabación, lo único que sobraban eran mis preguntas.
Vivir para jugar
Pasé mis primeros años en la colonia Florida. Luego nos fuimos a Xochimilco, cerca del Colegio Alemán. Mi mamá es alemana, de un pueblo de mineros; vino a México a los 22 años, siguiendo a su hermano, que ya vivía aquí. Mi papá nació y creció aquí, también de familia alemana. En mi casa sólo se hablaba alemán, no querían que se perdiera ese idioma, que no podíamos hablar en otras partes. Tengo una hermana 10 años más chica, con la que hablaba en español.
En el Colegio estudié todas las materias en alemán. Ya no había la disciplina de otros tiempos, pero sí una severidad oculta. No te revisaban la falda ni a los hombres los regresaban a la casa porque tuvieran la patilla larga; podías tener piercings, la expresión de tu identidad estaba muy reforzada, pero había una severidad académica brutal; no te ibas a extraordinario o segunda vuelta como en otras escuelas: reprobabas y ya. También había cierto tipo de discriminación; pude sobrellevar muchas cosas porque era blanca, hablaba alemán y era buena en los deportes. Eso me ayudó a integrarme. Jugaba mucho handball, fut y básquet. Fuera del Colegio hacía tenis en el Club Alemán y luego karate. Fui a camps de tenis en Estados Unidos, hubiera querido ser profesional, pero mentalmente no me dio. Nací en una familia que no estaba dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios para tener un deportista profesional; no lo digo desde un lugar malo; lo veían como una manera de protegerme, sabiendo que el estudio era mejor.
Me han dicho que en mi carta astral está muy presente el eclipse, tengo esa contradicción. Soy Leo con ascendente Cáncer: determinada y melancólica. Me encantaban los deportes de conjunto y estar con mis amigas, pero también me gustaba la soledad, tanto del karate como del tenis. Hay situaciones de mi vida en las que esto se vuelve a manifestar: soy muy melancólica, pero también muy entregada al mundo exterior.
En el futbol aprendí que una cosa es jugar a la pelota y otra jugar futbol. Yo sabía jugar a la pelota; a las mujeres y a las niñas nos enseñan de ese modo, es una limitación. El hecho de tener que ponerte zapatos diseñados para hombre y camisetas que te quedan como piyama te hacen sentir que te estás disfrazando. Y uno no incorpora un disfraz como parte de su identidad. Desde ahí viene la primera barrera para jugar futbol: es algo que aparentas hacer.
Hay cambios innegables a lo que yo encontré hace 25 años, pero todavía falta mucho. Cuando no hay nada, lo poco parece todo. Si ahorita tuviera 18 años encontraría nuevos mecanismos, pero sigue siendo una cuestión estructuralmente difícil; la mayoría de las futbolistas enfrentan obstáculos familiares y sociales tremendos. Hoy es normal que los hombres estén en la cantina jugando dominó mientras las mujeres juegan en la televisión, pero hay que recordar que las 11 mujeres que participan en un equipo también representan más o menos la tasa diaria de feminicidios en el país.
El deporte de las mujeres se va a empezar a reconocer en tanto y en cuanto sea un negocio, lo cual es preocupante. Y hasta el capitalismo voraz tiene rezagos: en Estados Unidos se tardaron en reconocer a las futbolistas que ya daban más dinero que los hombres. ¡Ni siquiera alimentando al monstruo del capitalismo parecíamos ser suficiente!
Lo más importante es lo que pasó antes para que ahora haya cambios. Yo no sabía que en México había habido un Mundial femenil en 1971. Dicen que una verdad a medias es una mentira y eso pasó con ese Mundial. Me enteré de la existencia de esas jugadoras en 2011, cuando me invitaron a formar parte del comité de selección del Salón de la Fama. La “Peque” Rubio era candidata e investigué sobre ella. Entendí que el silencio en torno a ese Mundial no era una casualidad; formaba parte de una tendencia. Sus compañeras fueron a la investidura con una manta para apoyar a la “Peque”; me asombró esa solidaridad tantos años después. Las conocí a todas, el año pasado me invitaron a su aniversario y las acabo de ver en un evento con la jefa de gobierno. En 2021 se cumplieron 50 años del Mundial. Peleé mucho con gente de la Liga y los clubes para que les hicieran un reconocimiento, pero eso era muy delicado, porque se trataba del reconocimiento de un error, de aceptar que históricamente las dejaste fuera. Entonces hicimos un evento con la ONG que presido, Somos Versus. Esa conmemoración fue única para nosotras, pero ellas se ven todos los años. Es algo increíble. Cuando vi el documental Copa 71 supe que las jugadoras de Inglaterra no se habían vuelto a ver en 50 años, pero las mexicanas siguen unidas. Ese Mundial no ha terminado para ellas. Al verlas, me doy cuenta de que siempre ha habido muchas más. Es un ejercicio importante que debemos hacer desde el feminismo. Todos los grupos que han sido marginados deben entender que caminas en los hombros de otras. Eso te da un sentido vital, permite que te des cuenta de que lo que haces no es en vano, que si abres una puerta debes abrirla para todas las demás. Hollywood nos ha vendido la idea de que si hacen lo correcto los héroes se van caminando hacia el atardecer con una música inspiradora, pero muchas veces no es así. A veces el reconocimiento no llega nunca.
Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética.
Hay una regla no escrita de la milicia estadounidense respecto a la orientación sexual: “Don’t ask, don’t tell”. En el deporte de los hombres la sexualidad se maneja así, con la verticalidad de la milicia: están el capitán, el director técnico, el presidente del club, no existe la horizontalidad, que es lo bello de los deportes de conjunto.
Fui al Mundial Femenil en Australia y Nueva Zelanda en 2023 y resultó como si fuera otro deporte, porque hay otro público: familias, lesbianas, familias de lesbianas, algunos hombres que acompañan, parejas heterosexuales más abiertas; es el espacio que hemos creado nosotras. El futbol femenil mainstream ha traído consigo esa narrativa. Ves historias como la de Ingrid Engen y Mapi León; se peleaban la posición en el Barcelona y eran pareja. La naturalidad con que expresaban su relación es algo que no existe en el futbol masculino.
Holanda fue revolucionaria en los años setenta, cuando le permitió a los jugadores que convivieran con sus familias durante el Mundial. Fue algo insólito. Para el futbol femenil eso es algo normal, que por supuesto está atravesado por el tema de la maternidad. Sigue habiendo puntos ciegos; por ejemplo, en los contratos de las jugadoras el embarazo se ha tratado como una lesión, no como un derecho. A nadie le importa con quién deja Cristiano Ronaldo a sus hijos, alguien lo hace por él. Pero ya hay figuras como Irene Paredes, conocida como “Mamá Irene”, que viaja con sus hijes. Se está luchando por tener guarderías en los centros deportivos, se discute cómo convivir con la lactancia, hay toda una incorporación del entorno. En cambio, el futbolista masculino se ve abstraído de su vida durante las concentraciones.
Estos cambios molestan a muchos. Hace tiempo, cuando Twitter era feliz, le contestaba a la gente que discrepaba conmigo. Luego vino la voracidad y el neonazismo de las redes, porque eso es lo que es. La ultraderecha se empezó a apoderar de esos espacios y empezamos a ver fenómenos muy particulares, como el odio de género y los bots: una construcción artificial de la opinión. Es como ese capítulo de Los Simpson en el que una multitud va a linchar al alcalde con antorchas y picos, la gente no sabe qué pasa, pero le dicen que se sume al linchamiento y lo hace.
Tuve una época más confrontativa, de un despertar feminista en el que había muchas cosas que me enojaban; es difícil no llevar tus sentimientos al plano personal. Justo ayer (8 de septiembre de 2025) estuve en la Secretaría de las Mujeres, junto a otras activistas, para proponer un entorno digital más seguro para las mujeres. El 85% de las mujeres hemos presenciado violencia de género en las redes. ¿Qué significa esto? Que hay una “pedagogía de la crueldad”, como dice Rita Segato. Algunos ataques ni siquiera tienen que ver conmigo sino con lo que represento: “Ni se te ocurra hacer lo mismo que esta morra porque te va a ir mal”. Las chicas que presentan programas o se concentran en narrar son menos controversiales porque opinan menos. A mí me quieren contrapuntear con Majo González, que es estupenda narradora, pero no tiene una función crítica. La ponen a ella como la Buena y a mí como la Mala, siguiendo estereotipos. Eso se acentuó con mi salida del clóset y mi postura feminista. Durante el MeToo tuve un episodio de acoso muy fuerte en los Juegos Olímpicos de Río; me sentí culpable por algo de lo que era inocente. Mi jefe y mi compañera de trabajo me respaldaron de manera increíble y me aconsejaron que denunciara. Al regresar a México tuve otro acoso y, ya con la ola del MeToo y las marchas de las mujeres, asumí una postura más franca. La mayoría de las mujeres tenemos acosos desde los cuatro años; debemos hacer algo con esos traumas. En Brasil las colectivas de mujeres usan el término “doloridad”; se trata de reconocer, compartir y trascender el dolor.
Posicionarme con claridad me empezó a pasar una factura muy alta, en mi salud mental, con mi familia, con mis seres queridos. Ya había tenido un episodio con una persona que fue a mi lugar de trabajo y me intentó lastimar, así es que tuve que tomar las amenazas en serio.
En un antiguo trabajo me dijeron: “No te vamos a poner con tal compañero porque no queremos manchar su imagen”. He tenido compañeros que han sido estupendos; saben que si yo brillo ellos también lo harán; la tele tiene que ser un juego de luces, no de sombras.
En el Camino de Santiago hice muchas reflexiones y una de ellas fue que llevo demasiado tiempo con presión y visibilidad. Desde los 21 años estoy en esto, con la sensación de representar a todas las demás, no por decisión propia, sino porque nos lo hacen sentir, como si la mujer que tiene una oportunidad fuera la presidenta de todas las otras: si ella se equivoca, no habrá chance para nadie más.
Acabo de firmar un pacto conmigo misma para entender que mi valor como persona no tiene nada que ver con mi desempeño profesional. Puedo ser una persona digna de cuidado, cariño, seguridad, independientemente de lo que haga para ganarme la vida. En esta industria es muy difícil ver las cosas así. Si no tienes el partido del América te sientes menos. Veo gente devorada por su personaje: la tele es una droga. Se glorifica que dediques la vida a la pantalla y olvides todo lo demás. Después de 20 años de carrera es refrescante ver tu propia herida, tu propia sombra, tu propia oscuridad, para evitar que eso te arruine.
Siendo la hija mayor, la expectativa familiar hacia mí era más alta. El Colegio Alemán también me inculcó severidad. Empecé a vivir sola a los 22 años y en mi familia tuvimos que superar un episodio de rechazo hacia mi orientación sexual; nos distanciamos y fue difícil. Afortunadamente ellos han cambiado mucho, son supercálidos y adoran a mi novia.
Aprendí a empujarme a los límites porque sentí que no tenía otra opción. Eso nos pasa mucho a los gays; nos decimos: “Tienes que ser un gay respetable”. Hay una cuestión casi metafórica en relación con mi peritonitis. Me subí al tren enferma, como si tuviera que demostrar algo; ahora sé que no tengo nada que demostrar; debo reconocer mi fragilidad, soy falible. El cuerpo y el alma avisan. Mi fortaleza radica en lo opuesto; de pronto me dije: “¿Qué tal si abrazamos la debilidad?”. Si vuelvo a las cámaras lo importante no va a ser la actividad, sino cómo la paso yo.
Hay veces que me sueño en transmisiones y me equivoco, pero como deportista no me sueño así. El deporte es algo esencialmente placentero, si no te gusta no lo puedes hacer. Te frustras, pero eso te ayuda a superarte. En el plano profesional eso adquiere otra dimensión. Cristiano y Messi son el gran producto de la frustración. Cada uno de sus logros es la superación de muchos errores. En cierta forma, el deporte profesional tendría que estar contraindicado. Ves a Nadal, que tiene mi edad, y parece que atravesó tres divorcios, cuatro mares y una guerra. La vida del deportista profesional obliga a vivir con dolor, de manera permanente. Vemos a gente sufrir como un gran espectáculo. También en esto creo que el deporte de las mujeres nos enseña algo. La voracidad de romper récords ahí es menos determinante. Pero hay un riesgo importante: cuando truene la burbuja del futbol varonil, que va a tronar porque es insostenible, las aves de rapiña van a querer llenar ese vacío con el futbol femenil. Por suerte, veo liderazgos como el de Vero Boquete (española que juega en Italia) que permiten augurar otra cosa.
El futbol es como una gran secundaria: todos quieren hacer lo mismo que los chicos populares. Veo usos y costumbres distintos en las mujeres. Debemos entender que su riqueza radica precisamente en eso, en su diferencia.
El combate interior
Marion no ha olvidado la disciplina de la que llegó a ser campeona nacional: el karate. A los 13 años descubrió que podía canalizar sus emociones y soportar de ese modo el dolor físico y mental. Antes de ser médico, su padre era acupunturista y se interesaba en la filosofía Zen; a los ocho años, ella ya había tomado un primer curso de meditación. Durante el diálogo precisó que el karate es un recurso esencialmente defensivo; es “el camino de la mano vacía”: carece de otras armas que la mente y el cuerpo.
Durante 20 años, Marion ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto.
Me encontré con ella en un momento de pausa reflexiva. Otro camino, el de Santiago, confirmó su deseo de encontrar un equilibrio interior, y el cuerpo le dio otra lección: debía parar.
De manera elocuente, en la plática recurrió con frecuencia a las imágenes de eclipses y sombras. Entre los deportes que ha practicado, ninguno define mejor la nueva etapa de su vida que la más solitaria variedad del karate.
Marion Reimers sólo tiene un adversario: su propia sombra.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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"Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética."
Durante dos décadas, Marion Reimers, comentarista deportiva —y deportista excepcional— ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto: hoy vive una especie de pausa reflexiva. Juan Villoro se encontró con ella, y volvió a hablar con claridad inigualable.
Desde hace 20 años, hablar de futbol en México significa escuchar a Marion Reimers. Sus opiniones han modificado la percepción de un deporte que refleja a la sociedad entera, pero donde no todos participan. La “opinión pública” del futbol ha dependido de locutores que vociferan con viril estruendo y tertulias de aficionados que beben cerveza. ¿Había modo de que una mujer modificara esa costumbre centenaria? Marion Reimers surgió como la rigurosa excepción de un medio que no tomaba en cuenta a la mitad de la población. En 2019 se convirtió en la primera mujer de habla hispana que comentó una final de la Champions.
Otras mujeres, como Majo González, han destacado en la narración puntual de los partidos. Marion aporta ideas y argumentos que, por novedosos e inesperados, no siempre son bienvenidos. El mundo del futbol suele confundir la hombría con el primitivismo. Si un jugador piensa o muestra sensibilidad, significa que le faltan huevos. Esa misma lógica cavernaria excluyó a las mujeres.
La comentarista de ascendencia alemana irrumpió en un ámbito “prohibido” con un doble atrevimiento: era mujer y “sabía demasiado”. “Me obsesioné en prepararme y tener credenciales, incluso estudié para directora técnica”, comenta. “Me parece respetuoso con el espectador. No pienso que mi audiencia sea tonta, todo lo contrario”.
Egresada del Colegio Alemán y del Tecnológico de Monterrey, Marion habla con solvencia español, alemán, inglés e italiano; cursó estudios de fotografía e historia del arte en Florencia y una maestría en periodismo en la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires. En el campo del deporte, fue campeona nacional de karate en la categoría de menos de 57 kilos, y tercer lugar en combate contra una sombra (Kata). También ha practicado el tenis, el golf y el futbol rápido. Fue la primera mujer mexicana nominada al Emmy deportivo y obtuvo en España el Premio Ondas. Preside la Fundación Somos Versus, que lucha por visibilizar a la mujer en el deporte.
La paradoja de estos méritos es que molestan a algunos. Los periodistas de la fuente deportiva suelen ser personas que saben todo de muy poco. Cuando alguien se interesa en los aspectos históricos, sociales o simbólicos del balompié (o incluso en la pronunciación correcta de los apellidos extranjeros), eso suele ser visto como una extravagancia innecesaria o incluso como una ofensa a la medianía que se atribuye al público. Con frecuencia, Marion recibe el consejo de simplificar sus palabras, y su respuesta es clara: “Esas palabras existen, no estoy inventando un lenguaje: ¡no soy Tolkien! Si alguien no entiende una palabra, y le interesa, la va a buscar; eso ya no es una responsabilidad mía”.
Las redes sociales han permitido un segundo deporte. Los desahogos y exabruptos que antes decoraban las paredes de los baños públicos ahora inundan el espacio virtual: “Hay una tendencia generalizada a hablar de quien habla del juego”, comenta Marion. “Con la doble pantalla, el celular y la televisión, tenemos un mundo paralelo. Los medios retoman eso y se someten a la dictadura del clic. He tenido que prepararme el doble o el triple para que piensen que soy buena, pero después me regañan porque dicen que soy mamona”.
El mejor locutor mexicano de todos los tiempos, Ángel Fernández, tenía un repertorio intelectual amplísimo. Bautizó al goleador Enrique Borja, de pronunciada nariz, como el “Gran Cyrano”, en alusión a Cyrano de Bergerac. Así supimos que existía ese personaje. Sin embargo, lo que en Ángel era visto como una virtud desconcierta en una mujer, que dice sin empacho: “Aprendí muchas cosas con el fútbol, geografía, historia, y es mi responsabilidad compartirlo”.
A veces, las opiniones de Marion desentonan en un ambiente donde las ideas importan menos que la pasión sin matices. A mediados de los noventa, cuando Jorge Valdano entrenaba al Real Madrid, sus adversarios le dedicaban un raro insulto: “filósofo”. No soportaban que alguien que publicaba en la Revista de Occidente y leía a Borges triunfara en un territorio de “cojones”. No en balde, la selección española recibía entonces el apodo de “La Furia” (en tiempos más inclusivos se transformaría en “La Roja”). El entrenador argentino pagó caro su intelectualismo. Lo mismo le ha sucedido a Marion en México con el agravante de ser mujer y asumir abiertamente su homosexualidad.
La controversia en torno a su figura ha escalado a niveles de delirio. La jauría virtual la ha amenazado de muerte y algunos colegas se han negado a compartir transmisiones con ella.
Marion hace pensar en los pilotos de pruebas que rompieron la barrera del sonido. Como ellos, ha sufrido el desgaste de sus misiones de vuelo. A los 40 años decidió hacer un alto en su carrera y recorrió en soledad el Camino de Santiago. Regresaba de esa experiencia cuando sufrió una apendicitis que derivó en peritonitis. Estuvo 14 días en un hospital español, cinco de ellos sin recibir visitas. Fue un momento de obligada reflexión: “Casi me muero, caminé sola durante seis días: 128 kilómetros. En el tren a Madrid se me gangrenó el apéndice y llegué al hospital al límite. Luego tuve toda clase de infecciones y un shock anafiláctico. Veía Wimbledon en la tele y trataba de sobrevivir. Eso te hace replantear las cosas, no a todo mundo, pero a mí sí”.
Conocí a Marion hace 10 años, a bordo de una trajinera de Xochimilco, cuando varios amigos celebrábamos nuestro cumpleaños. Ella era entonces un joven talento de la televisión, pero ya era obvio que avanzaría rápido, sin freno alguno.
El 9 de septiembre de 2025 la visité en la colonia Condesa. Tenía el número de la calle, pero no el de su departamento. Le mandé un whats para que lo confirmara. Sospeché que viviría en el piso más alto por una sencilla razón: es alguien que llega al límite. En efecto, me esperaba en el sexto piso.
Entré a un departamento soleado, de amplios ventanales, animado por dos gatos. Un libro de Mario Benedetti descansaba en la mesa de la cocina. La decoración no aludía al mundo del deporte. Si las jóvenes profesoras de la universidad ganaran bien, vivirían así.
Mientras oía mis preguntas, Marion sonreía sin abrir los labios. Su gesto revelaba una empatía en tensión: anunciaba que, en cuanto abriera la boca, tendría mucho que decir.
En un país caracterizado por los titubeos verbales, Marion habla con precisión quirúrgica, sin necesidad de buscar otro adjetivo o enmendar lo dicho; no necesita corregirse: improvisa una versión definitiva.
Al revisar la grabación, lo único que sobraban eran mis preguntas.
Vivir para jugar
Pasé mis primeros años en la colonia Florida. Luego nos fuimos a Xochimilco, cerca del Colegio Alemán. Mi mamá es alemana, de un pueblo de mineros; vino a México a los 22 años, siguiendo a su hermano, que ya vivía aquí. Mi papá nació y creció aquí, también de familia alemana. En mi casa sólo se hablaba alemán, no querían que se perdiera ese idioma, que no podíamos hablar en otras partes. Tengo una hermana 10 años más chica, con la que hablaba en español.
En el Colegio estudié todas las materias en alemán. Ya no había la disciplina de otros tiempos, pero sí una severidad oculta. No te revisaban la falda ni a los hombres los regresaban a la casa porque tuvieran la patilla larga; podías tener piercings, la expresión de tu identidad estaba muy reforzada, pero había una severidad académica brutal; no te ibas a extraordinario o segunda vuelta como en otras escuelas: reprobabas y ya. También había cierto tipo de discriminación; pude sobrellevar muchas cosas porque era blanca, hablaba alemán y era buena en los deportes. Eso me ayudó a integrarme. Jugaba mucho handball, fut y básquet. Fuera del Colegio hacía tenis en el Club Alemán y luego karate. Fui a camps de tenis en Estados Unidos, hubiera querido ser profesional, pero mentalmente no me dio. Nací en una familia que no estaba dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios para tener un deportista profesional; no lo digo desde un lugar malo; lo veían como una manera de protegerme, sabiendo que el estudio era mejor.
Me han dicho que en mi carta astral está muy presente el eclipse, tengo esa contradicción. Soy Leo con ascendente Cáncer: determinada y melancólica. Me encantaban los deportes de conjunto y estar con mis amigas, pero también me gustaba la soledad, tanto del karate como del tenis. Hay situaciones de mi vida en las que esto se vuelve a manifestar: soy muy melancólica, pero también muy entregada al mundo exterior.
En el futbol aprendí que una cosa es jugar a la pelota y otra jugar futbol. Yo sabía jugar a la pelota; a las mujeres y a las niñas nos enseñan de ese modo, es una limitación. El hecho de tener que ponerte zapatos diseñados para hombre y camisetas que te quedan como piyama te hacen sentir que te estás disfrazando. Y uno no incorpora un disfraz como parte de su identidad. Desde ahí viene la primera barrera para jugar futbol: es algo que aparentas hacer.
Hay cambios innegables a lo que yo encontré hace 25 años, pero todavía falta mucho. Cuando no hay nada, lo poco parece todo. Si ahorita tuviera 18 años encontraría nuevos mecanismos, pero sigue siendo una cuestión estructuralmente difícil; la mayoría de las futbolistas enfrentan obstáculos familiares y sociales tremendos. Hoy es normal que los hombres estén en la cantina jugando dominó mientras las mujeres juegan en la televisión, pero hay que recordar que las 11 mujeres que participan en un equipo también representan más o menos la tasa diaria de feminicidios en el país.
El deporte de las mujeres se va a empezar a reconocer en tanto y en cuanto sea un negocio, lo cual es preocupante. Y hasta el capitalismo voraz tiene rezagos: en Estados Unidos se tardaron en reconocer a las futbolistas que ya daban más dinero que los hombres. ¡Ni siquiera alimentando al monstruo del capitalismo parecíamos ser suficiente!
Lo más importante es lo que pasó antes para que ahora haya cambios. Yo no sabía que en México había habido un Mundial femenil en 1971. Dicen que una verdad a medias es una mentira y eso pasó con ese Mundial. Me enteré de la existencia de esas jugadoras en 2011, cuando me invitaron a formar parte del comité de selección del Salón de la Fama. La “Peque” Rubio era candidata e investigué sobre ella. Entendí que el silencio en torno a ese Mundial no era una casualidad; formaba parte de una tendencia. Sus compañeras fueron a la investidura con una manta para apoyar a la “Peque”; me asombró esa solidaridad tantos años después. Las conocí a todas, el año pasado me invitaron a su aniversario y las acabo de ver en un evento con la jefa de gobierno. En 2021 se cumplieron 50 años del Mundial. Peleé mucho con gente de la Liga y los clubes para que les hicieran un reconocimiento, pero eso era muy delicado, porque se trataba del reconocimiento de un error, de aceptar que históricamente las dejaste fuera. Entonces hicimos un evento con la ONG que presido, Somos Versus. Esa conmemoración fue única para nosotras, pero ellas se ven todos los años. Es algo increíble. Cuando vi el documental Copa 71 supe que las jugadoras de Inglaterra no se habían vuelto a ver en 50 años, pero las mexicanas siguen unidas. Ese Mundial no ha terminado para ellas. Al verlas, me doy cuenta de que siempre ha habido muchas más. Es un ejercicio importante que debemos hacer desde el feminismo. Todos los grupos que han sido marginados deben entender que caminas en los hombros de otras. Eso te da un sentido vital, permite que te des cuenta de que lo que haces no es en vano, que si abres una puerta debes abrirla para todas las demás. Hollywood nos ha vendido la idea de que si hacen lo correcto los héroes se van caminando hacia el atardecer con una música inspiradora, pero muchas veces no es así. A veces el reconocimiento no llega nunca.
Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética.
Hay una regla no escrita de la milicia estadounidense respecto a la orientación sexual: “Don’t ask, don’t tell”. En el deporte de los hombres la sexualidad se maneja así, con la verticalidad de la milicia: están el capitán, el director técnico, el presidente del club, no existe la horizontalidad, que es lo bello de los deportes de conjunto.
Fui al Mundial Femenil en Australia y Nueva Zelanda en 2023 y resultó como si fuera otro deporte, porque hay otro público: familias, lesbianas, familias de lesbianas, algunos hombres que acompañan, parejas heterosexuales más abiertas; es el espacio que hemos creado nosotras. El futbol femenil mainstream ha traído consigo esa narrativa. Ves historias como la de Ingrid Engen y Mapi León; se peleaban la posición en el Barcelona y eran pareja. La naturalidad con que expresaban su relación es algo que no existe en el futbol masculino.
Holanda fue revolucionaria en los años setenta, cuando le permitió a los jugadores que convivieran con sus familias durante el Mundial. Fue algo insólito. Para el futbol femenil eso es algo normal, que por supuesto está atravesado por el tema de la maternidad. Sigue habiendo puntos ciegos; por ejemplo, en los contratos de las jugadoras el embarazo se ha tratado como una lesión, no como un derecho. A nadie le importa con quién deja Cristiano Ronaldo a sus hijos, alguien lo hace por él. Pero ya hay figuras como Irene Paredes, conocida como “Mamá Irene”, que viaja con sus hijes. Se está luchando por tener guarderías en los centros deportivos, se discute cómo convivir con la lactancia, hay toda una incorporación del entorno. En cambio, el futbolista masculino se ve abstraído de su vida durante las concentraciones.
Estos cambios molestan a muchos. Hace tiempo, cuando Twitter era feliz, le contestaba a la gente que discrepaba conmigo. Luego vino la voracidad y el neonazismo de las redes, porque eso es lo que es. La ultraderecha se empezó a apoderar de esos espacios y empezamos a ver fenómenos muy particulares, como el odio de género y los bots: una construcción artificial de la opinión. Es como ese capítulo de Los Simpson en el que una multitud va a linchar al alcalde con antorchas y picos, la gente no sabe qué pasa, pero le dicen que se sume al linchamiento y lo hace.
Tuve una época más confrontativa, de un despertar feminista en el que había muchas cosas que me enojaban; es difícil no llevar tus sentimientos al plano personal. Justo ayer (8 de septiembre de 2025) estuve en la Secretaría de las Mujeres, junto a otras activistas, para proponer un entorno digital más seguro para las mujeres. El 85% de las mujeres hemos presenciado violencia de género en las redes. ¿Qué significa esto? Que hay una “pedagogía de la crueldad”, como dice Rita Segato. Algunos ataques ni siquiera tienen que ver conmigo sino con lo que represento: “Ni se te ocurra hacer lo mismo que esta morra porque te va a ir mal”. Las chicas que presentan programas o se concentran en narrar son menos controversiales porque opinan menos. A mí me quieren contrapuntear con Majo González, que es estupenda narradora, pero no tiene una función crítica. La ponen a ella como la Buena y a mí como la Mala, siguiendo estereotipos. Eso se acentuó con mi salida del clóset y mi postura feminista. Durante el MeToo tuve un episodio de acoso muy fuerte en los Juegos Olímpicos de Río; me sentí culpable por algo de lo que era inocente. Mi jefe y mi compañera de trabajo me respaldaron de manera increíble y me aconsejaron que denunciara. Al regresar a México tuve otro acoso y, ya con la ola del MeToo y las marchas de las mujeres, asumí una postura más franca. La mayoría de las mujeres tenemos acosos desde los cuatro años; debemos hacer algo con esos traumas. En Brasil las colectivas de mujeres usan el término “doloridad”; se trata de reconocer, compartir y trascender el dolor.
Posicionarme con claridad me empezó a pasar una factura muy alta, en mi salud mental, con mi familia, con mis seres queridos. Ya había tenido un episodio con una persona que fue a mi lugar de trabajo y me intentó lastimar, así es que tuve que tomar las amenazas en serio.
En un antiguo trabajo me dijeron: “No te vamos a poner con tal compañero porque no queremos manchar su imagen”. He tenido compañeros que han sido estupendos; saben que si yo brillo ellos también lo harán; la tele tiene que ser un juego de luces, no de sombras.
En el Camino de Santiago hice muchas reflexiones y una de ellas fue que llevo demasiado tiempo con presión y visibilidad. Desde los 21 años estoy en esto, con la sensación de representar a todas las demás, no por decisión propia, sino porque nos lo hacen sentir, como si la mujer que tiene una oportunidad fuera la presidenta de todas las otras: si ella se equivoca, no habrá chance para nadie más.
Acabo de firmar un pacto conmigo misma para entender que mi valor como persona no tiene nada que ver con mi desempeño profesional. Puedo ser una persona digna de cuidado, cariño, seguridad, independientemente de lo que haga para ganarme la vida. En esta industria es muy difícil ver las cosas así. Si no tienes el partido del América te sientes menos. Veo gente devorada por su personaje: la tele es una droga. Se glorifica que dediques la vida a la pantalla y olvides todo lo demás. Después de 20 años de carrera es refrescante ver tu propia herida, tu propia sombra, tu propia oscuridad, para evitar que eso te arruine.
Siendo la hija mayor, la expectativa familiar hacia mí era más alta. El Colegio Alemán también me inculcó severidad. Empecé a vivir sola a los 22 años y en mi familia tuvimos que superar un episodio de rechazo hacia mi orientación sexual; nos distanciamos y fue difícil. Afortunadamente ellos han cambiado mucho, son supercálidos y adoran a mi novia.
Aprendí a empujarme a los límites porque sentí que no tenía otra opción. Eso nos pasa mucho a los gays; nos decimos: “Tienes que ser un gay respetable”. Hay una cuestión casi metafórica en relación con mi peritonitis. Me subí al tren enferma, como si tuviera que demostrar algo; ahora sé que no tengo nada que demostrar; debo reconocer mi fragilidad, soy falible. El cuerpo y el alma avisan. Mi fortaleza radica en lo opuesto; de pronto me dije: “¿Qué tal si abrazamos la debilidad?”. Si vuelvo a las cámaras lo importante no va a ser la actividad, sino cómo la paso yo.
Hay veces que me sueño en transmisiones y me equivoco, pero como deportista no me sueño así. El deporte es algo esencialmente placentero, si no te gusta no lo puedes hacer. Te frustras, pero eso te ayuda a superarte. En el plano profesional eso adquiere otra dimensión. Cristiano y Messi son el gran producto de la frustración. Cada uno de sus logros es la superación de muchos errores. En cierta forma, el deporte profesional tendría que estar contraindicado. Ves a Nadal, que tiene mi edad, y parece que atravesó tres divorcios, cuatro mares y una guerra. La vida del deportista profesional obliga a vivir con dolor, de manera permanente. Vemos a gente sufrir como un gran espectáculo. También en esto creo que el deporte de las mujeres nos enseña algo. La voracidad de romper récords ahí es menos determinante. Pero hay un riesgo importante: cuando truene la burbuja del futbol varonil, que va a tronar porque es insostenible, las aves de rapiña van a querer llenar ese vacío con el futbol femenil. Por suerte, veo liderazgos como el de Vero Boquete (española que juega en Italia) que permiten augurar otra cosa.
El futbol es como una gran secundaria: todos quieren hacer lo mismo que los chicos populares. Veo usos y costumbres distintos en las mujeres. Debemos entender que su riqueza radica precisamente en eso, en su diferencia.
El combate interior
Marion no ha olvidado la disciplina de la que llegó a ser campeona nacional: el karate. A los 13 años descubrió que podía canalizar sus emociones y soportar de ese modo el dolor físico y mental. Antes de ser médico, su padre era acupunturista y se interesaba en la filosofía Zen; a los ocho años, ella ya había tomado un primer curso de meditación. Durante el diálogo precisó que el karate es un recurso esencialmente defensivo; es “el camino de la mano vacía”: carece de otras armas que la mente y el cuerpo.
Durante 20 años, Marion ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto.
Me encontré con ella en un momento de pausa reflexiva. Otro camino, el de Santiago, confirmó su deseo de encontrar un equilibrio interior, y el cuerpo le dio otra lección: debía parar.
De manera elocuente, en la plática recurrió con frecuencia a las imágenes de eclipses y sombras. Entre los deportes que ha practicado, ninguno define mejor la nueva etapa de su vida que la más solitaria variedad del karate.
Marion Reimers sólo tiene un adversario: su propia sombra.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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Durante dos décadas, Marion Reimers, comentarista deportiva —y deportista excepcional— ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto: hoy vive una especie de pausa reflexiva. Juan Villoro se encontró con ella, y volvió a hablar con claridad inigualable.
Desde hace 20 años, hablar de futbol en México significa escuchar a Marion Reimers. Sus opiniones han modificado la percepción de un deporte que refleja a la sociedad entera, pero donde no todos participan. La “opinión pública” del futbol ha dependido de locutores que vociferan con viril estruendo y tertulias de aficionados que beben cerveza. ¿Había modo de que una mujer modificara esa costumbre centenaria? Marion Reimers surgió como la rigurosa excepción de un medio que no tomaba en cuenta a la mitad de la población. En 2019 se convirtió en la primera mujer de habla hispana que comentó una final de la Champions.
Otras mujeres, como Majo González, han destacado en la narración puntual de los partidos. Marion aporta ideas y argumentos que, por novedosos e inesperados, no siempre son bienvenidos. El mundo del futbol suele confundir la hombría con el primitivismo. Si un jugador piensa o muestra sensibilidad, significa que le faltan huevos. Esa misma lógica cavernaria excluyó a las mujeres.
La comentarista de ascendencia alemana irrumpió en un ámbito “prohibido” con un doble atrevimiento: era mujer y “sabía demasiado”. “Me obsesioné en prepararme y tener credenciales, incluso estudié para directora técnica”, comenta. “Me parece respetuoso con el espectador. No pienso que mi audiencia sea tonta, todo lo contrario”.
Egresada del Colegio Alemán y del Tecnológico de Monterrey, Marion habla con solvencia español, alemán, inglés e italiano; cursó estudios de fotografía e historia del arte en Florencia y una maestría en periodismo en la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires. En el campo del deporte, fue campeona nacional de karate en la categoría de menos de 57 kilos, y tercer lugar en combate contra una sombra (Kata). También ha practicado el tenis, el golf y el futbol rápido. Fue la primera mujer mexicana nominada al Emmy deportivo y obtuvo en España el Premio Ondas. Preside la Fundación Somos Versus, que lucha por visibilizar a la mujer en el deporte.
La paradoja de estos méritos es que molestan a algunos. Los periodistas de la fuente deportiva suelen ser personas que saben todo de muy poco. Cuando alguien se interesa en los aspectos históricos, sociales o simbólicos del balompié (o incluso en la pronunciación correcta de los apellidos extranjeros), eso suele ser visto como una extravagancia innecesaria o incluso como una ofensa a la medianía que se atribuye al público. Con frecuencia, Marion recibe el consejo de simplificar sus palabras, y su respuesta es clara: “Esas palabras existen, no estoy inventando un lenguaje: ¡no soy Tolkien! Si alguien no entiende una palabra, y le interesa, la va a buscar; eso ya no es una responsabilidad mía”.
Las redes sociales han permitido un segundo deporte. Los desahogos y exabruptos que antes decoraban las paredes de los baños públicos ahora inundan el espacio virtual: “Hay una tendencia generalizada a hablar de quien habla del juego”, comenta Marion. “Con la doble pantalla, el celular y la televisión, tenemos un mundo paralelo. Los medios retoman eso y se someten a la dictadura del clic. He tenido que prepararme el doble o el triple para que piensen que soy buena, pero después me regañan porque dicen que soy mamona”.
El mejor locutor mexicano de todos los tiempos, Ángel Fernández, tenía un repertorio intelectual amplísimo. Bautizó al goleador Enrique Borja, de pronunciada nariz, como el “Gran Cyrano”, en alusión a Cyrano de Bergerac. Así supimos que existía ese personaje. Sin embargo, lo que en Ángel era visto como una virtud desconcierta en una mujer, que dice sin empacho: “Aprendí muchas cosas con el fútbol, geografía, historia, y es mi responsabilidad compartirlo”.
A veces, las opiniones de Marion desentonan en un ambiente donde las ideas importan menos que la pasión sin matices. A mediados de los noventa, cuando Jorge Valdano entrenaba al Real Madrid, sus adversarios le dedicaban un raro insulto: “filósofo”. No soportaban que alguien que publicaba en la Revista de Occidente y leía a Borges triunfara en un territorio de “cojones”. No en balde, la selección española recibía entonces el apodo de “La Furia” (en tiempos más inclusivos se transformaría en “La Roja”). El entrenador argentino pagó caro su intelectualismo. Lo mismo le ha sucedido a Marion en México con el agravante de ser mujer y asumir abiertamente su homosexualidad.
La controversia en torno a su figura ha escalado a niveles de delirio. La jauría virtual la ha amenazado de muerte y algunos colegas se han negado a compartir transmisiones con ella.
Marion hace pensar en los pilotos de pruebas que rompieron la barrera del sonido. Como ellos, ha sufrido el desgaste de sus misiones de vuelo. A los 40 años decidió hacer un alto en su carrera y recorrió en soledad el Camino de Santiago. Regresaba de esa experiencia cuando sufrió una apendicitis que derivó en peritonitis. Estuvo 14 días en un hospital español, cinco de ellos sin recibir visitas. Fue un momento de obligada reflexión: “Casi me muero, caminé sola durante seis días: 128 kilómetros. En el tren a Madrid se me gangrenó el apéndice y llegué al hospital al límite. Luego tuve toda clase de infecciones y un shock anafiláctico. Veía Wimbledon en la tele y trataba de sobrevivir. Eso te hace replantear las cosas, no a todo mundo, pero a mí sí”.
Conocí a Marion hace 10 años, a bordo de una trajinera de Xochimilco, cuando varios amigos celebrábamos nuestro cumpleaños. Ella era entonces un joven talento de la televisión, pero ya era obvio que avanzaría rápido, sin freno alguno.
El 9 de septiembre de 2025 la visité en la colonia Condesa. Tenía el número de la calle, pero no el de su departamento. Le mandé un whats para que lo confirmara. Sospeché que viviría en el piso más alto por una sencilla razón: es alguien que llega al límite. En efecto, me esperaba en el sexto piso.
Entré a un departamento soleado, de amplios ventanales, animado por dos gatos. Un libro de Mario Benedetti descansaba en la mesa de la cocina. La decoración no aludía al mundo del deporte. Si las jóvenes profesoras de la universidad ganaran bien, vivirían así.
Mientras oía mis preguntas, Marion sonreía sin abrir los labios. Su gesto revelaba una empatía en tensión: anunciaba que, en cuanto abriera la boca, tendría mucho que decir.
En un país caracterizado por los titubeos verbales, Marion habla con precisión quirúrgica, sin necesidad de buscar otro adjetivo o enmendar lo dicho; no necesita corregirse: improvisa una versión definitiva.
Al revisar la grabación, lo único que sobraban eran mis preguntas.
Vivir para jugar
Pasé mis primeros años en la colonia Florida. Luego nos fuimos a Xochimilco, cerca del Colegio Alemán. Mi mamá es alemana, de un pueblo de mineros; vino a México a los 22 años, siguiendo a su hermano, que ya vivía aquí. Mi papá nació y creció aquí, también de familia alemana. En mi casa sólo se hablaba alemán, no querían que se perdiera ese idioma, que no podíamos hablar en otras partes. Tengo una hermana 10 años más chica, con la que hablaba en español.
En el Colegio estudié todas las materias en alemán. Ya no había la disciplina de otros tiempos, pero sí una severidad oculta. No te revisaban la falda ni a los hombres los regresaban a la casa porque tuvieran la patilla larga; podías tener piercings, la expresión de tu identidad estaba muy reforzada, pero había una severidad académica brutal; no te ibas a extraordinario o segunda vuelta como en otras escuelas: reprobabas y ya. También había cierto tipo de discriminación; pude sobrellevar muchas cosas porque era blanca, hablaba alemán y era buena en los deportes. Eso me ayudó a integrarme. Jugaba mucho handball, fut y básquet. Fuera del Colegio hacía tenis en el Club Alemán y luego karate. Fui a camps de tenis en Estados Unidos, hubiera querido ser profesional, pero mentalmente no me dio. Nací en una familia que no estaba dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios para tener un deportista profesional; no lo digo desde un lugar malo; lo veían como una manera de protegerme, sabiendo que el estudio era mejor.
Me han dicho que en mi carta astral está muy presente el eclipse, tengo esa contradicción. Soy Leo con ascendente Cáncer: determinada y melancólica. Me encantaban los deportes de conjunto y estar con mis amigas, pero también me gustaba la soledad, tanto del karate como del tenis. Hay situaciones de mi vida en las que esto se vuelve a manifestar: soy muy melancólica, pero también muy entregada al mundo exterior.
En el futbol aprendí que una cosa es jugar a la pelota y otra jugar futbol. Yo sabía jugar a la pelota; a las mujeres y a las niñas nos enseñan de ese modo, es una limitación. El hecho de tener que ponerte zapatos diseñados para hombre y camisetas que te quedan como piyama te hacen sentir que te estás disfrazando. Y uno no incorpora un disfraz como parte de su identidad. Desde ahí viene la primera barrera para jugar futbol: es algo que aparentas hacer.
Hay cambios innegables a lo que yo encontré hace 25 años, pero todavía falta mucho. Cuando no hay nada, lo poco parece todo. Si ahorita tuviera 18 años encontraría nuevos mecanismos, pero sigue siendo una cuestión estructuralmente difícil; la mayoría de las futbolistas enfrentan obstáculos familiares y sociales tremendos. Hoy es normal que los hombres estén en la cantina jugando dominó mientras las mujeres juegan en la televisión, pero hay que recordar que las 11 mujeres que participan en un equipo también representan más o menos la tasa diaria de feminicidios en el país.
El deporte de las mujeres se va a empezar a reconocer en tanto y en cuanto sea un negocio, lo cual es preocupante. Y hasta el capitalismo voraz tiene rezagos: en Estados Unidos se tardaron en reconocer a las futbolistas que ya daban más dinero que los hombres. ¡Ni siquiera alimentando al monstruo del capitalismo parecíamos ser suficiente!
Lo más importante es lo que pasó antes para que ahora haya cambios. Yo no sabía que en México había habido un Mundial femenil en 1971. Dicen que una verdad a medias es una mentira y eso pasó con ese Mundial. Me enteré de la existencia de esas jugadoras en 2011, cuando me invitaron a formar parte del comité de selección del Salón de la Fama. La “Peque” Rubio era candidata e investigué sobre ella. Entendí que el silencio en torno a ese Mundial no era una casualidad; formaba parte de una tendencia. Sus compañeras fueron a la investidura con una manta para apoyar a la “Peque”; me asombró esa solidaridad tantos años después. Las conocí a todas, el año pasado me invitaron a su aniversario y las acabo de ver en un evento con la jefa de gobierno. En 2021 se cumplieron 50 años del Mundial. Peleé mucho con gente de la Liga y los clubes para que les hicieran un reconocimiento, pero eso era muy delicado, porque se trataba del reconocimiento de un error, de aceptar que históricamente las dejaste fuera. Entonces hicimos un evento con la ONG que presido, Somos Versus. Esa conmemoración fue única para nosotras, pero ellas se ven todos los años. Es algo increíble. Cuando vi el documental Copa 71 supe que las jugadoras de Inglaterra no se habían vuelto a ver en 50 años, pero las mexicanas siguen unidas. Ese Mundial no ha terminado para ellas. Al verlas, me doy cuenta de que siempre ha habido muchas más. Es un ejercicio importante que debemos hacer desde el feminismo. Todos los grupos que han sido marginados deben entender que caminas en los hombros de otras. Eso te da un sentido vital, permite que te des cuenta de que lo que haces no es en vano, que si abres una puerta debes abrirla para todas las demás. Hollywood nos ha vendido la idea de que si hacen lo correcto los héroes se van caminando hacia el atardecer con una música inspiradora, pero muchas veces no es así. A veces el reconocimiento no llega nunca.
Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética.
Hay una regla no escrita de la milicia estadounidense respecto a la orientación sexual: “Don’t ask, don’t tell”. En el deporte de los hombres la sexualidad se maneja así, con la verticalidad de la milicia: están el capitán, el director técnico, el presidente del club, no existe la horizontalidad, que es lo bello de los deportes de conjunto.
Fui al Mundial Femenil en Australia y Nueva Zelanda en 2023 y resultó como si fuera otro deporte, porque hay otro público: familias, lesbianas, familias de lesbianas, algunos hombres que acompañan, parejas heterosexuales más abiertas; es el espacio que hemos creado nosotras. El futbol femenil mainstream ha traído consigo esa narrativa. Ves historias como la de Ingrid Engen y Mapi León; se peleaban la posición en el Barcelona y eran pareja. La naturalidad con que expresaban su relación es algo que no existe en el futbol masculino.
Holanda fue revolucionaria en los años setenta, cuando le permitió a los jugadores que convivieran con sus familias durante el Mundial. Fue algo insólito. Para el futbol femenil eso es algo normal, que por supuesto está atravesado por el tema de la maternidad. Sigue habiendo puntos ciegos; por ejemplo, en los contratos de las jugadoras el embarazo se ha tratado como una lesión, no como un derecho. A nadie le importa con quién deja Cristiano Ronaldo a sus hijos, alguien lo hace por él. Pero ya hay figuras como Irene Paredes, conocida como “Mamá Irene”, que viaja con sus hijes. Se está luchando por tener guarderías en los centros deportivos, se discute cómo convivir con la lactancia, hay toda una incorporación del entorno. En cambio, el futbolista masculino se ve abstraído de su vida durante las concentraciones.
Estos cambios molestan a muchos. Hace tiempo, cuando Twitter era feliz, le contestaba a la gente que discrepaba conmigo. Luego vino la voracidad y el neonazismo de las redes, porque eso es lo que es. La ultraderecha se empezó a apoderar de esos espacios y empezamos a ver fenómenos muy particulares, como el odio de género y los bots: una construcción artificial de la opinión. Es como ese capítulo de Los Simpson en el que una multitud va a linchar al alcalde con antorchas y picos, la gente no sabe qué pasa, pero le dicen que se sume al linchamiento y lo hace.
Tuve una época más confrontativa, de un despertar feminista en el que había muchas cosas que me enojaban; es difícil no llevar tus sentimientos al plano personal. Justo ayer (8 de septiembre de 2025) estuve en la Secretaría de las Mujeres, junto a otras activistas, para proponer un entorno digital más seguro para las mujeres. El 85% de las mujeres hemos presenciado violencia de género en las redes. ¿Qué significa esto? Que hay una “pedagogía de la crueldad”, como dice Rita Segato. Algunos ataques ni siquiera tienen que ver conmigo sino con lo que represento: “Ni se te ocurra hacer lo mismo que esta morra porque te va a ir mal”. Las chicas que presentan programas o se concentran en narrar son menos controversiales porque opinan menos. A mí me quieren contrapuntear con Majo González, que es estupenda narradora, pero no tiene una función crítica. La ponen a ella como la Buena y a mí como la Mala, siguiendo estereotipos. Eso se acentuó con mi salida del clóset y mi postura feminista. Durante el MeToo tuve un episodio de acoso muy fuerte en los Juegos Olímpicos de Río; me sentí culpable por algo de lo que era inocente. Mi jefe y mi compañera de trabajo me respaldaron de manera increíble y me aconsejaron que denunciara. Al regresar a México tuve otro acoso y, ya con la ola del MeToo y las marchas de las mujeres, asumí una postura más franca. La mayoría de las mujeres tenemos acosos desde los cuatro años; debemos hacer algo con esos traumas. En Brasil las colectivas de mujeres usan el término “doloridad”; se trata de reconocer, compartir y trascender el dolor.
Posicionarme con claridad me empezó a pasar una factura muy alta, en mi salud mental, con mi familia, con mis seres queridos. Ya había tenido un episodio con una persona que fue a mi lugar de trabajo y me intentó lastimar, así es que tuve que tomar las amenazas en serio.
En un antiguo trabajo me dijeron: “No te vamos a poner con tal compañero porque no queremos manchar su imagen”. He tenido compañeros que han sido estupendos; saben que si yo brillo ellos también lo harán; la tele tiene que ser un juego de luces, no de sombras.
En el Camino de Santiago hice muchas reflexiones y una de ellas fue que llevo demasiado tiempo con presión y visibilidad. Desde los 21 años estoy en esto, con la sensación de representar a todas las demás, no por decisión propia, sino porque nos lo hacen sentir, como si la mujer que tiene una oportunidad fuera la presidenta de todas las otras: si ella se equivoca, no habrá chance para nadie más.
Acabo de firmar un pacto conmigo misma para entender que mi valor como persona no tiene nada que ver con mi desempeño profesional. Puedo ser una persona digna de cuidado, cariño, seguridad, independientemente de lo que haga para ganarme la vida. En esta industria es muy difícil ver las cosas así. Si no tienes el partido del América te sientes menos. Veo gente devorada por su personaje: la tele es una droga. Se glorifica que dediques la vida a la pantalla y olvides todo lo demás. Después de 20 años de carrera es refrescante ver tu propia herida, tu propia sombra, tu propia oscuridad, para evitar que eso te arruine.
Siendo la hija mayor, la expectativa familiar hacia mí era más alta. El Colegio Alemán también me inculcó severidad. Empecé a vivir sola a los 22 años y en mi familia tuvimos que superar un episodio de rechazo hacia mi orientación sexual; nos distanciamos y fue difícil. Afortunadamente ellos han cambiado mucho, son supercálidos y adoran a mi novia.
Aprendí a empujarme a los límites porque sentí que no tenía otra opción. Eso nos pasa mucho a los gays; nos decimos: “Tienes que ser un gay respetable”. Hay una cuestión casi metafórica en relación con mi peritonitis. Me subí al tren enferma, como si tuviera que demostrar algo; ahora sé que no tengo nada que demostrar; debo reconocer mi fragilidad, soy falible. El cuerpo y el alma avisan. Mi fortaleza radica en lo opuesto; de pronto me dije: “¿Qué tal si abrazamos la debilidad?”. Si vuelvo a las cámaras lo importante no va a ser la actividad, sino cómo la paso yo.
Hay veces que me sueño en transmisiones y me equivoco, pero como deportista no me sueño así. El deporte es algo esencialmente placentero, si no te gusta no lo puedes hacer. Te frustras, pero eso te ayuda a superarte. En el plano profesional eso adquiere otra dimensión. Cristiano y Messi son el gran producto de la frustración. Cada uno de sus logros es la superación de muchos errores. En cierta forma, el deporte profesional tendría que estar contraindicado. Ves a Nadal, que tiene mi edad, y parece que atravesó tres divorcios, cuatro mares y una guerra. La vida del deportista profesional obliga a vivir con dolor, de manera permanente. Vemos a gente sufrir como un gran espectáculo. También en esto creo que el deporte de las mujeres nos enseña algo. La voracidad de romper récords ahí es menos determinante. Pero hay un riesgo importante: cuando truene la burbuja del futbol varonil, que va a tronar porque es insostenible, las aves de rapiña van a querer llenar ese vacío con el futbol femenil. Por suerte, veo liderazgos como el de Vero Boquete (española que juega en Italia) que permiten augurar otra cosa.
El futbol es como una gran secundaria: todos quieren hacer lo mismo que los chicos populares. Veo usos y costumbres distintos en las mujeres. Debemos entender que su riqueza radica precisamente en eso, en su diferencia.
El combate interior
Marion no ha olvidado la disciplina de la que llegó a ser campeona nacional: el karate. A los 13 años descubrió que podía canalizar sus emociones y soportar de ese modo el dolor físico y mental. Antes de ser médico, su padre era acupunturista y se interesaba en la filosofía Zen; a los ocho años, ella ya había tomado un primer curso de meditación. Durante el diálogo precisó que el karate es un recurso esencialmente defensivo; es “el camino de la mano vacía”: carece de otras armas que la mente y el cuerpo.
Durante 20 años, Marion ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto.
Me encontré con ella en un momento de pausa reflexiva. Otro camino, el de Santiago, confirmó su deseo de encontrar un equilibrio interior, y el cuerpo le dio otra lección: debía parar.
De manera elocuente, en la plática recurrió con frecuencia a las imágenes de eclipses y sombras. Entre los deportes que ha practicado, ninguno define mejor la nueva etapa de su vida que la más solitaria variedad del karate.
Marion Reimers sólo tiene un adversario: su propia sombra.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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"Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética."
Durante dos décadas, Marion Reimers, comentarista deportiva —y deportista excepcional— ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto: hoy vive una especie de pausa reflexiva. Juan Villoro se encontró con ella, y volvió a hablar con claridad inigualable.
Desde hace 20 años, hablar de futbol en México significa escuchar a Marion Reimers. Sus opiniones han modificado la percepción de un deporte que refleja a la sociedad entera, pero donde no todos participan. La “opinión pública” del futbol ha dependido de locutores que vociferan con viril estruendo y tertulias de aficionados que beben cerveza. ¿Había modo de que una mujer modificara esa costumbre centenaria? Marion Reimers surgió como la rigurosa excepción de un medio que no tomaba en cuenta a la mitad de la población. En 2019 se convirtió en la primera mujer de habla hispana que comentó una final de la Champions.
Otras mujeres, como Majo González, han destacado en la narración puntual de los partidos. Marion aporta ideas y argumentos que, por novedosos e inesperados, no siempre son bienvenidos. El mundo del futbol suele confundir la hombría con el primitivismo. Si un jugador piensa o muestra sensibilidad, significa que le faltan huevos. Esa misma lógica cavernaria excluyó a las mujeres.
La comentarista de ascendencia alemana irrumpió en un ámbito “prohibido” con un doble atrevimiento: era mujer y “sabía demasiado”. “Me obsesioné en prepararme y tener credenciales, incluso estudié para directora técnica”, comenta. “Me parece respetuoso con el espectador. No pienso que mi audiencia sea tonta, todo lo contrario”.
Egresada del Colegio Alemán y del Tecnológico de Monterrey, Marion habla con solvencia español, alemán, inglés e italiano; cursó estudios de fotografía e historia del arte en Florencia y una maestría en periodismo en la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires. En el campo del deporte, fue campeona nacional de karate en la categoría de menos de 57 kilos, y tercer lugar en combate contra una sombra (Kata). También ha practicado el tenis, el golf y el futbol rápido. Fue la primera mujer mexicana nominada al Emmy deportivo y obtuvo en España el Premio Ondas. Preside la Fundación Somos Versus, que lucha por visibilizar a la mujer en el deporte.
La paradoja de estos méritos es que molestan a algunos. Los periodistas de la fuente deportiva suelen ser personas que saben todo de muy poco. Cuando alguien se interesa en los aspectos históricos, sociales o simbólicos del balompié (o incluso en la pronunciación correcta de los apellidos extranjeros), eso suele ser visto como una extravagancia innecesaria o incluso como una ofensa a la medianía que se atribuye al público. Con frecuencia, Marion recibe el consejo de simplificar sus palabras, y su respuesta es clara: “Esas palabras existen, no estoy inventando un lenguaje: ¡no soy Tolkien! Si alguien no entiende una palabra, y le interesa, la va a buscar; eso ya no es una responsabilidad mía”.
Las redes sociales han permitido un segundo deporte. Los desahogos y exabruptos que antes decoraban las paredes de los baños públicos ahora inundan el espacio virtual: “Hay una tendencia generalizada a hablar de quien habla del juego”, comenta Marion. “Con la doble pantalla, el celular y la televisión, tenemos un mundo paralelo. Los medios retoman eso y se someten a la dictadura del clic. He tenido que prepararme el doble o el triple para que piensen que soy buena, pero después me regañan porque dicen que soy mamona”.
El mejor locutor mexicano de todos los tiempos, Ángel Fernández, tenía un repertorio intelectual amplísimo. Bautizó al goleador Enrique Borja, de pronunciada nariz, como el “Gran Cyrano”, en alusión a Cyrano de Bergerac. Así supimos que existía ese personaje. Sin embargo, lo que en Ángel era visto como una virtud desconcierta en una mujer, que dice sin empacho: “Aprendí muchas cosas con el fútbol, geografía, historia, y es mi responsabilidad compartirlo”.
A veces, las opiniones de Marion desentonan en un ambiente donde las ideas importan menos que la pasión sin matices. A mediados de los noventa, cuando Jorge Valdano entrenaba al Real Madrid, sus adversarios le dedicaban un raro insulto: “filósofo”. No soportaban que alguien que publicaba en la Revista de Occidente y leía a Borges triunfara en un territorio de “cojones”. No en balde, la selección española recibía entonces el apodo de “La Furia” (en tiempos más inclusivos se transformaría en “La Roja”). El entrenador argentino pagó caro su intelectualismo. Lo mismo le ha sucedido a Marion en México con el agravante de ser mujer y asumir abiertamente su homosexualidad.
La controversia en torno a su figura ha escalado a niveles de delirio. La jauría virtual la ha amenazado de muerte y algunos colegas se han negado a compartir transmisiones con ella.
Marion hace pensar en los pilotos de pruebas que rompieron la barrera del sonido. Como ellos, ha sufrido el desgaste de sus misiones de vuelo. A los 40 años decidió hacer un alto en su carrera y recorrió en soledad el Camino de Santiago. Regresaba de esa experiencia cuando sufrió una apendicitis que derivó en peritonitis. Estuvo 14 días en un hospital español, cinco de ellos sin recibir visitas. Fue un momento de obligada reflexión: “Casi me muero, caminé sola durante seis días: 128 kilómetros. En el tren a Madrid se me gangrenó el apéndice y llegué al hospital al límite. Luego tuve toda clase de infecciones y un shock anafiláctico. Veía Wimbledon en la tele y trataba de sobrevivir. Eso te hace replantear las cosas, no a todo mundo, pero a mí sí”.
Conocí a Marion hace 10 años, a bordo de una trajinera de Xochimilco, cuando varios amigos celebrábamos nuestro cumpleaños. Ella era entonces un joven talento de la televisión, pero ya era obvio que avanzaría rápido, sin freno alguno.
El 9 de septiembre de 2025 la visité en la colonia Condesa. Tenía el número de la calle, pero no el de su departamento. Le mandé un whats para que lo confirmara. Sospeché que viviría en el piso más alto por una sencilla razón: es alguien que llega al límite. En efecto, me esperaba en el sexto piso.
Entré a un departamento soleado, de amplios ventanales, animado por dos gatos. Un libro de Mario Benedetti descansaba en la mesa de la cocina. La decoración no aludía al mundo del deporte. Si las jóvenes profesoras de la universidad ganaran bien, vivirían así.
Mientras oía mis preguntas, Marion sonreía sin abrir los labios. Su gesto revelaba una empatía en tensión: anunciaba que, en cuanto abriera la boca, tendría mucho que decir.
En un país caracterizado por los titubeos verbales, Marion habla con precisión quirúrgica, sin necesidad de buscar otro adjetivo o enmendar lo dicho; no necesita corregirse: improvisa una versión definitiva.
Al revisar la grabación, lo único que sobraban eran mis preguntas.
Vivir para jugar
Pasé mis primeros años en la colonia Florida. Luego nos fuimos a Xochimilco, cerca del Colegio Alemán. Mi mamá es alemana, de un pueblo de mineros; vino a México a los 22 años, siguiendo a su hermano, que ya vivía aquí. Mi papá nació y creció aquí, también de familia alemana. En mi casa sólo se hablaba alemán, no querían que se perdiera ese idioma, que no podíamos hablar en otras partes. Tengo una hermana 10 años más chica, con la que hablaba en español.
En el Colegio estudié todas las materias en alemán. Ya no había la disciplina de otros tiempos, pero sí una severidad oculta. No te revisaban la falda ni a los hombres los regresaban a la casa porque tuvieran la patilla larga; podías tener piercings, la expresión de tu identidad estaba muy reforzada, pero había una severidad académica brutal; no te ibas a extraordinario o segunda vuelta como en otras escuelas: reprobabas y ya. También había cierto tipo de discriminación; pude sobrellevar muchas cosas porque era blanca, hablaba alemán y era buena en los deportes. Eso me ayudó a integrarme. Jugaba mucho handball, fut y básquet. Fuera del Colegio hacía tenis en el Club Alemán y luego karate. Fui a camps de tenis en Estados Unidos, hubiera querido ser profesional, pero mentalmente no me dio. Nací en una familia que no estaba dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios para tener un deportista profesional; no lo digo desde un lugar malo; lo veían como una manera de protegerme, sabiendo que el estudio era mejor.
Me han dicho que en mi carta astral está muy presente el eclipse, tengo esa contradicción. Soy Leo con ascendente Cáncer: determinada y melancólica. Me encantaban los deportes de conjunto y estar con mis amigas, pero también me gustaba la soledad, tanto del karate como del tenis. Hay situaciones de mi vida en las que esto se vuelve a manifestar: soy muy melancólica, pero también muy entregada al mundo exterior.
En el futbol aprendí que una cosa es jugar a la pelota y otra jugar futbol. Yo sabía jugar a la pelota; a las mujeres y a las niñas nos enseñan de ese modo, es una limitación. El hecho de tener que ponerte zapatos diseñados para hombre y camisetas que te quedan como piyama te hacen sentir que te estás disfrazando. Y uno no incorpora un disfraz como parte de su identidad. Desde ahí viene la primera barrera para jugar futbol: es algo que aparentas hacer.
Hay cambios innegables a lo que yo encontré hace 25 años, pero todavía falta mucho. Cuando no hay nada, lo poco parece todo. Si ahorita tuviera 18 años encontraría nuevos mecanismos, pero sigue siendo una cuestión estructuralmente difícil; la mayoría de las futbolistas enfrentan obstáculos familiares y sociales tremendos. Hoy es normal que los hombres estén en la cantina jugando dominó mientras las mujeres juegan en la televisión, pero hay que recordar que las 11 mujeres que participan en un equipo también representan más o menos la tasa diaria de feminicidios en el país.
El deporte de las mujeres se va a empezar a reconocer en tanto y en cuanto sea un negocio, lo cual es preocupante. Y hasta el capitalismo voraz tiene rezagos: en Estados Unidos se tardaron en reconocer a las futbolistas que ya daban más dinero que los hombres. ¡Ni siquiera alimentando al monstruo del capitalismo parecíamos ser suficiente!
Lo más importante es lo que pasó antes para que ahora haya cambios. Yo no sabía que en México había habido un Mundial femenil en 1971. Dicen que una verdad a medias es una mentira y eso pasó con ese Mundial. Me enteré de la existencia de esas jugadoras en 2011, cuando me invitaron a formar parte del comité de selección del Salón de la Fama. La “Peque” Rubio era candidata e investigué sobre ella. Entendí que el silencio en torno a ese Mundial no era una casualidad; formaba parte de una tendencia. Sus compañeras fueron a la investidura con una manta para apoyar a la “Peque”; me asombró esa solidaridad tantos años después. Las conocí a todas, el año pasado me invitaron a su aniversario y las acabo de ver en un evento con la jefa de gobierno. En 2021 se cumplieron 50 años del Mundial. Peleé mucho con gente de la Liga y los clubes para que les hicieran un reconocimiento, pero eso era muy delicado, porque se trataba del reconocimiento de un error, de aceptar que históricamente las dejaste fuera. Entonces hicimos un evento con la ONG que presido, Somos Versus. Esa conmemoración fue única para nosotras, pero ellas se ven todos los años. Es algo increíble. Cuando vi el documental Copa 71 supe que las jugadoras de Inglaterra no se habían vuelto a ver en 50 años, pero las mexicanas siguen unidas. Ese Mundial no ha terminado para ellas. Al verlas, me doy cuenta de que siempre ha habido muchas más. Es un ejercicio importante que debemos hacer desde el feminismo. Todos los grupos que han sido marginados deben entender que caminas en los hombros de otras. Eso te da un sentido vital, permite que te des cuenta de que lo que haces no es en vano, que si abres una puerta debes abrirla para todas las demás. Hollywood nos ha vendido la idea de que si hacen lo correcto los héroes se van caminando hacia el atardecer con una música inspiradora, pero muchas veces no es así. A veces el reconocimiento no llega nunca.
Cuando me preguntan qué debe hacer el futbol de las mujeres para ser como el de los hombres, digo que ojalá siga siendo diferente. Debemos valorar la expresión de ser mujer. Entrevisté a una jugadora de rugby y me dijo algo muy sencillo y profundo: el deporte es su manera de expresarse. Entender el deporte como expresión de una vida te permite asumir una postura ética.
Hay una regla no escrita de la milicia estadounidense respecto a la orientación sexual: “Don’t ask, don’t tell”. En el deporte de los hombres la sexualidad se maneja así, con la verticalidad de la milicia: están el capitán, el director técnico, el presidente del club, no existe la horizontalidad, que es lo bello de los deportes de conjunto.
Fui al Mundial Femenil en Australia y Nueva Zelanda en 2023 y resultó como si fuera otro deporte, porque hay otro público: familias, lesbianas, familias de lesbianas, algunos hombres que acompañan, parejas heterosexuales más abiertas; es el espacio que hemos creado nosotras. El futbol femenil mainstream ha traído consigo esa narrativa. Ves historias como la de Ingrid Engen y Mapi León; se peleaban la posición en el Barcelona y eran pareja. La naturalidad con que expresaban su relación es algo que no existe en el futbol masculino.
Holanda fue revolucionaria en los años setenta, cuando le permitió a los jugadores que convivieran con sus familias durante el Mundial. Fue algo insólito. Para el futbol femenil eso es algo normal, que por supuesto está atravesado por el tema de la maternidad. Sigue habiendo puntos ciegos; por ejemplo, en los contratos de las jugadoras el embarazo se ha tratado como una lesión, no como un derecho. A nadie le importa con quién deja Cristiano Ronaldo a sus hijos, alguien lo hace por él. Pero ya hay figuras como Irene Paredes, conocida como “Mamá Irene”, que viaja con sus hijes. Se está luchando por tener guarderías en los centros deportivos, se discute cómo convivir con la lactancia, hay toda una incorporación del entorno. En cambio, el futbolista masculino se ve abstraído de su vida durante las concentraciones.
Estos cambios molestan a muchos. Hace tiempo, cuando Twitter era feliz, le contestaba a la gente que discrepaba conmigo. Luego vino la voracidad y el neonazismo de las redes, porque eso es lo que es. La ultraderecha se empezó a apoderar de esos espacios y empezamos a ver fenómenos muy particulares, como el odio de género y los bots: una construcción artificial de la opinión. Es como ese capítulo de Los Simpson en el que una multitud va a linchar al alcalde con antorchas y picos, la gente no sabe qué pasa, pero le dicen que se sume al linchamiento y lo hace.
Tuve una época más confrontativa, de un despertar feminista en el que había muchas cosas que me enojaban; es difícil no llevar tus sentimientos al plano personal. Justo ayer (8 de septiembre de 2025) estuve en la Secretaría de las Mujeres, junto a otras activistas, para proponer un entorno digital más seguro para las mujeres. El 85% de las mujeres hemos presenciado violencia de género en las redes. ¿Qué significa esto? Que hay una “pedagogía de la crueldad”, como dice Rita Segato. Algunos ataques ni siquiera tienen que ver conmigo sino con lo que represento: “Ni se te ocurra hacer lo mismo que esta morra porque te va a ir mal”. Las chicas que presentan programas o se concentran en narrar son menos controversiales porque opinan menos. A mí me quieren contrapuntear con Majo González, que es estupenda narradora, pero no tiene una función crítica. La ponen a ella como la Buena y a mí como la Mala, siguiendo estereotipos. Eso se acentuó con mi salida del clóset y mi postura feminista. Durante el MeToo tuve un episodio de acoso muy fuerte en los Juegos Olímpicos de Río; me sentí culpable por algo de lo que era inocente. Mi jefe y mi compañera de trabajo me respaldaron de manera increíble y me aconsejaron que denunciara. Al regresar a México tuve otro acoso y, ya con la ola del MeToo y las marchas de las mujeres, asumí una postura más franca. La mayoría de las mujeres tenemos acosos desde los cuatro años; debemos hacer algo con esos traumas. En Brasil las colectivas de mujeres usan el término “doloridad”; se trata de reconocer, compartir y trascender el dolor.
Posicionarme con claridad me empezó a pasar una factura muy alta, en mi salud mental, con mi familia, con mis seres queridos. Ya había tenido un episodio con una persona que fue a mi lugar de trabajo y me intentó lastimar, así es que tuve que tomar las amenazas en serio.
En un antiguo trabajo me dijeron: “No te vamos a poner con tal compañero porque no queremos manchar su imagen”. He tenido compañeros que han sido estupendos; saben que si yo brillo ellos también lo harán; la tele tiene que ser un juego de luces, no de sombras.
En el Camino de Santiago hice muchas reflexiones y una de ellas fue que llevo demasiado tiempo con presión y visibilidad. Desde los 21 años estoy en esto, con la sensación de representar a todas las demás, no por decisión propia, sino porque nos lo hacen sentir, como si la mujer que tiene una oportunidad fuera la presidenta de todas las otras: si ella se equivoca, no habrá chance para nadie más.
Acabo de firmar un pacto conmigo misma para entender que mi valor como persona no tiene nada que ver con mi desempeño profesional. Puedo ser una persona digna de cuidado, cariño, seguridad, independientemente de lo que haga para ganarme la vida. En esta industria es muy difícil ver las cosas así. Si no tienes el partido del América te sientes menos. Veo gente devorada por su personaje: la tele es una droga. Se glorifica que dediques la vida a la pantalla y olvides todo lo demás. Después de 20 años de carrera es refrescante ver tu propia herida, tu propia sombra, tu propia oscuridad, para evitar que eso te arruine.
Siendo la hija mayor, la expectativa familiar hacia mí era más alta. El Colegio Alemán también me inculcó severidad. Empecé a vivir sola a los 22 años y en mi familia tuvimos que superar un episodio de rechazo hacia mi orientación sexual; nos distanciamos y fue difícil. Afortunadamente ellos han cambiado mucho, son supercálidos y adoran a mi novia.
Aprendí a empujarme a los límites porque sentí que no tenía otra opción. Eso nos pasa mucho a los gays; nos decimos: “Tienes que ser un gay respetable”. Hay una cuestión casi metafórica en relación con mi peritonitis. Me subí al tren enferma, como si tuviera que demostrar algo; ahora sé que no tengo nada que demostrar; debo reconocer mi fragilidad, soy falible. El cuerpo y el alma avisan. Mi fortaleza radica en lo opuesto; de pronto me dije: “¿Qué tal si abrazamos la debilidad?”. Si vuelvo a las cámaras lo importante no va a ser la actividad, sino cómo la paso yo.
Hay veces que me sueño en transmisiones y me equivoco, pero como deportista no me sueño así. El deporte es algo esencialmente placentero, si no te gusta no lo puedes hacer. Te frustras, pero eso te ayuda a superarte. En el plano profesional eso adquiere otra dimensión. Cristiano y Messi son el gran producto de la frustración. Cada uno de sus logros es la superación de muchos errores. En cierta forma, el deporte profesional tendría que estar contraindicado. Ves a Nadal, que tiene mi edad, y parece que atravesó tres divorcios, cuatro mares y una guerra. La vida del deportista profesional obliga a vivir con dolor, de manera permanente. Vemos a gente sufrir como un gran espectáculo. También en esto creo que el deporte de las mujeres nos enseña algo. La voracidad de romper récords ahí es menos determinante. Pero hay un riesgo importante: cuando truene la burbuja del futbol varonil, que va a tronar porque es insostenible, las aves de rapiña van a querer llenar ese vacío con el futbol femenil. Por suerte, veo liderazgos como el de Vero Boquete (española que juega en Italia) que permiten augurar otra cosa.
El futbol es como una gran secundaria: todos quieren hacer lo mismo que los chicos populares. Veo usos y costumbres distintos en las mujeres. Debemos entender que su riqueza radica precisamente en eso, en su diferencia.
El combate interior
Marion no ha olvidado la disciplina de la que llegó a ser campeona nacional: el karate. A los 13 años descubrió que podía canalizar sus emociones y soportar de ese modo el dolor físico y mental. Antes de ser médico, su padre era acupunturista y se interesaba en la filosofía Zen; a los ocho años, ella ya había tomado un primer curso de meditación. Durante el diálogo precisó que el karate es un recurso esencialmente defensivo; es “el camino de la mano vacía”: carece de otras armas que la mente y el cuerpo.
Durante 20 años, Marion ha ejercido la palabra sin rehuir las controversias ni deponer sus convicciones. El peaje de esa ruta ha sido alto.
Me encontré con ella en un momento de pausa reflexiva. Otro camino, el de Santiago, confirmó su deseo de encontrar un equilibrio interior, y el cuerpo le dio otra lección: debía parar.
De manera elocuente, en la plática recurrió con frecuencia a las imágenes de eclipses y sombras. Entre los deportes que ha practicado, ninguno define mejor la nueva etapa de su vida que la más solitaria variedad del karate.
Marion Reimers sólo tiene un adversario: su propia sombra.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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