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Caen las Águilas, caen los paracaidistas. Es el 22 de mayo de 1983, semifinal del torneo de liga, América contra Guadalajara. Chivas lo va ganando 0-1, pero hace ya muchos minutos que queda claro que todo se saldrá de control. Pierna fuerte, ánimos de pelea y, en eso, poco antes del medio tiempo, la señal: tres paracaidistas aterrizan en el verde. Secuencia de la transmisión de TV.
Lo que iba ocurriendo poco antes del silbatazo de medio tiempo en aquella semifinal entre América y Chivas se acercó tanto al compendio perfecto del futbol mexicano que necesitó redondearse con una intervención divina (o, en propiedad, una invasión de campo proveniente del cielo). Era 1983, era el pasto sagrado del Estadio Azteca, y dos de los protagonistas, en la cancha y en el aire, levantan el recuerdo y comprueban que no fue un sueño.
Clásico de clásicos
La portería es un portal infinito: el gol llega más allá de las redes. Lionel Messi levanta el índice para dedicar la anotación a su difunta abuela. El único ganador de ocho Balones de Oro sabe que la auténtica meta del futbol no son los trofeos, sino el cielo.
El futbolista que anota establece contacto con algo que lo trasciende, es el intermediario que logra que las plegarias lleguen a su destino. Todos los sistemas de creencias necesitan de esos intercesores. Los mayas confiaban en los bacabs, jinetes celestes que provocaban lluvias, y la religión católica se amparó en querubines, serafines, ángeles y arcángeles para anunciar las novedades de la fe. Manuel Vázquez Montalbán definió al futbol como “una religión en busca de un Dios” y toda religión necesita mensajeros que la conecten con lo sobrenatural.
El Estadio Azteca ha sucumbido a toda clase de supersticiones, pero solo una vez estableció un contacto directo con el cielo: el 22 de mayo de 1983 tres paracaidistas llegaron a la cancha.
Ese día se disputaba el partido de vuelta de la semifinal del campeonato de liga entre los equipos con más seguidores del país, América y Guadalajara. La tensión anímica comenzó en el vigoroso terreno de las especulaciones: el América había ganado 1-2 como visitante y su entrenador, Carlos Reinoso, anunciaba con jactancia la segura victoria de los suyos. De ese modo se reanimaba la rivalidad iniciada en los años sesenta, cuando las Chivas eran el “Campeonísimo” que, al jugar solo con mexicanos, parecía representar a la nación entera: “La mitad del país, más uno, le va a las Chivas”, decía un dicho. En los globalizados y promiscuos tiempos modernos solo el Athletic de Bilbao puede ufanarse de un prestigio similar.
El arraigo del club tapatío es tan intenso que modifica el ánimo de su ciudad. En una ocasión asistí al Estadio Jalisco en compañía de Juan José Doñán, erudito que conoce los antecedentes de cada sacerdote, cada poeta y cada goleador que han oficiado en Jalisco. Ese domingo, las Chivas perdieron de manera aparatosa. Tomamos una rampa para salir de las gradas. A la distancia se veían las jacarandas en flor; el paisaje era idílico, pero la multitud se desplazaba en abrumado silencio: “Mañana no habrá tortillas”, dijo mi amigo. Pensé que se trataba de una metáfora, pero, en efecto, al día siguiente los comercios cerraron por desolación.
Si al Guadalajara le va bien eso beneficia a la selección. El partido más memorable del Tri ocurrió en Chile 62, cuando México venció 3-1 a Checoslovaquia, que sería subcampeona del Mundial. Esa escuadra legendaria estaba alimentada por jugadores de las Chivas Rayadas: Héctor Hernández, el “Tigre” Sepúlveda, el “Jamaicón” Villegas, Chava Reyes, el “Chololo” Díaz y el “Cura” Chaires.
Por su parte, el América surgió como el atractivo antihéroe del balompié nacional. Si no lo amas, sencillamente lo odias. El propio club ha sabido capitalizar este encono. En 2005 Nike lo patrocinó con un eslogan incuestionable: “Ódiame más”.
El rencor antiamericanista tiene sus motivos. En 1959, el equipo fue adquirido por Televisa y la cobertura de los locutores se volvió parcial, especialmente la de Fernando Marcos, capaz de provocar incendios reales e imaginarios.
Después de jugar en el España y el Asturias, Marcos se convirtió en árbitro y tuvo a su cargo el partido más polémico de nuestra agitada tradición. El 26 de marzo de 1939 el Asturias recibió al Necaxa, cuyos jugadores se entendían tan bien que recibían el mote de “Los Once Hermanos”. El consentido de la afición era Horacio Casarín. La gente quería ver sus gambetas, pero el virtuoso fue pateado sin misericordia ante los ojos de Marcos, que se tragó el silbato. El ídolo abandonó el campo herido. En esa época no había cambios y esto dejó al Necaxa en desventaja. Para colmo, el árbitro concedió un penalti en favor del Asturias, lo cual desató la ira de la porra rojiblanca, que encendió antorchas con periódicos y las lanzó sobre las gradas de madera. En un santiamén, el estadio ardió en llamas.
Veinte años después de aquel partido, Marcos se hizo cargo de la dirección técnica del América. En la temporada 1959-60 venció a los tres equipos de Jalisco (Guadalajara, Atlas y Oro) con idéntico marcador: 2-0. Orgulloso, comentó: “El nuevo número para llamar a Guadalajara es ‘2-0, 2-0, 2-0’”. La declaración provocó un incendio emocional. El clásico de clásicos había nacido.
Algo similar antecedió al partido que protagoniza esta crónica.
El Guadalajara tenía un equipo goleador que superó al León con un global de 6-0. Los Panzas Verdes eran entrenados por el uruguayo Ricardo Faccio, exjugador del Inter de Milán. Hombre caballeroso, describió a sus rivales con una frase que llegó a las portadas de los periódicos deportivos: “Lindo equipo”.
En cambio, el entrenador del América, Carlos Reinoso, hablaba de las Chivas como si el espíritu de Fernando Marcos reencarnara en su cuerpo. El mediocampista chileno ha sido el mejor extranjero que ha militado en el futbol mexicano, pero la camiseta amarilla se le impregnó como una segunda piel. “El América era un equipo muy mentalizado, pero parte de esa mentalidad implicaba el sentirse superior a los demás”, comenta Roberto Gómez Junco, personaje decisivo de la semifinal de 1983.
En su origen, el Guadalajara era un equipo desorganizado que mereció su apodo de Chivas por correr a lo loco. Cuando adquirió histórica relevancia, se transformó en el Rebaño Sagrado. Por su parte, los americanistas fueron los Canarios, de camiseta color crema, hasta que sus aires de grandeza forzaron un upgrade en el reino de las aves y se convirtieron en las Águilas de pecho amarillo.
El Guadalajara de 1983 recordaba al de los años sesenta, pero Reinoso no quería saber nada de eso. De poco sirvió que antes de enfrentarse al América, las Chivas derrotaran a un Atlante en el que militaban dos grandes mundialistas, el polaco Grzegorz Lato y el argentino Rubén “Ratón” Ayala, por un marcador global de 6-1. A pesar de esas victorias, el chileno desdeñaba a su rival y prohibía que sus jugadores intercambiaran camisetas al término del partido. Muchos años después diría en una entrevista: “Jugar contra Chivas era un odio natural”.
Aunque las Chivas atravesaban una racha favorable, en el América destacaban los argentinos Eduardo Bacas y Norberto Outes, y los mexicanos Cristóbal Ortega y Alfredo Tena. Después de derrotar al Atlético Potosino con un global de 6-0, visitaron al Guadalajara. El partido transcurrió como si las palabras de Reinoso fueran una profecía: el América ganó 1-2.
Todo estaba servido para que el antihéroe del futbol mexicano dominara el partido de vuelta en su propia casa: 90 minutos de trámite rumbo a la gloria.
América y Guadalajara son los únicos equipos que juegan de local en todos los estadios. Cuando se enfrentan, la pasión se divide en partes iguales; sin embargo, esa devoción parecía insuficiente para revertir el marcador.
El 20 de mayo, día de San Bernardino, los feligreses tapatíos encendieron veladoras a la Virgen de Zapopan, protectora del Guadalajara. Los teólogos del futbol recordaron entonces que el gran Bernardino del futbol tapatío, Berna García, no había jugado para las Chivas, sino para el Atlas. Mal augurio. Hubiera sido mejor esperar hasta el 22, día de Santa Rita de Siena, patrona de las causas imposibles, pero la fe tiene prisa y las velas se encendieron tres días antes del cotejo.
Las plegarias subían al cielo sin saber que algo extraño bajaría de ahí.
Un domingo anormal
En febrero de 2024, Roberto Gómez Junco, exjugador de Chivas y gran comentarista, presentó mi libro No fue penal. En el público se encontraba Félix Fernández, exportero del Atlante que también destaca como intérprete del juego. En la sesión de preguntas, Félix recordó el clásico más turbulento entre América y Guadalajara, cuando Roberto corrió hacia la banca del Águilas para festejar un gol épico con un gesto que para muchos fue obsceno y desató una bronca monumental.
La televisión ha convertido las tertulias deportivas en un género neurótico donde uno habla mientras otro grita. En ese escenario arrebatado, Gómez Junco mantiene la sensatez. En buena medida, esto se debe a su formación como lector y escritor. Ha publicado tres novelas y un poema que emula a “La suave Patria”, de Ramón López Velarde; escribe una muy leída columna semanal, y cada 2 de noviembre versifica ingeniosas “calaveras” sobre la fauna política del país. Sin embargo, el más aplomado de los comentaristas deportivos provocó un episodio que Félix recordó con la picardía que otorga la confianza.
Más de 40 años después de lo ocurrido, Gómez Junco explicó que toda euforia es incontrolable: sus ademanes fueron producto de la pasión, no de la ofensa. Y agregó un dato aun más extraño: ese partido fue tan inusual que tres paracaidistas cayeron a la cancha.
Días después, el periodista René Delgado organizó un festejo en el que coincidí con Miguel Nieto, dueño del Salón Los Ángeles. Entre los invitados se encontraba Roberto Zamarripa, director del periódico Reforma y buen conocedor del futbol. En 2010, en vísperas del Mundial de Sudáfrica, Gómez Junco, Zamarripa y yo habíamos participado en un programa de televisión con el técnico nacional, Javier Aguirre. Recordé ese encuentro y mencioné lo que acababa de escuchar en la presentación de mi libro acerca del partido interrumpido por paracaidistas.
Miguel Nieto oía la plática con amable resignación porque no le interesa el futbol, pero de pronto dijo: “Yo fui uno de ellos”. El 22 de mayo de 1983 se había tirado en paracaídas al Estadio Azteca.
En un lapso de 10 días me había topado con dos protagonistas de un encuentro insólito, jugado en el cielo y en la tierra. Recordé una frase de Nabokov: el destino es un “fantasma sincronizador”. No había manera de no contar esa historia.
En términos deportivos, el Estadio Azteca ha atestiguado escenas insuperables: el Brasil de Pelé en 1970, el “partido del siglo” entre Alemania e Italia en ese mismo Mundial y la Argentina de Maradona en 1986. Pero el futbol no solo consta de récords evidentes.
Un clásico es una excepción que se repite y augura lo improbable. Aun así, nada podía vaticinar lo que pasó en 1983.
Cuarenta y dos años después, dos participantes narran lo ocurrido.

Miguel: los números no mienten
A los 75 años, Miguel Nieto Applebaum transmite la calma que por lo visto solo se conquista tirándose en caída libre. Se ve 10 años más joven y aún se define como paracaidista. Ha vivido las más intensas noches de rumba como dueño del Salón Los Ángeles; afecto a las paradojas, dice: “Ya debo ponerme a trabajar porque todo lo anterior ha sido fiesta”.
El Salón Los Ángeles, orgullo de la colonia Guerrero, se inauguró en 1937 con la orquesta de Gonzalo Curiel. Fue fundado por Miguel Nieto Alcántara, abuelo del paracaidista, quien se hizo cargo del negocio hasta 1948. El padre de Miguel lo tomó entonces, pero murió en 1961 en un accidente. El abuelo retomó el timón sin mucho impulso: “Estaba muy deprimido —comenta Miguel—; entonces otra familia, de apellido Parrales, se hizo cargo del Salón; eso reforzó la raigambre popular porque ellos eran amigos de La Sonora Santanera y lograron que aquí debutaran Margarita la Diosa de la Cumbia y La Sonora Dinamita. Yo tomé el Salón en 1972, a los 22 años”.
Siendo el mayor de cuatro hermanos, Miguel se hizo cargo de la familia: “Tres años después mi mamá vino a ayudar, pero ya no salió de aquí y apoyó mucho el danzón, género tradicional al que no se le ha dado suficiente importancia, a pesar de que se baila en todas las plazas del país. Es ideal para gente mayor; está probado que es la mejor solución para prevenir la demencia senil y el alzhéimer. En los setenta yo promoví el ritmo del momento, que era la salsa; traje a Rubén Blades, Óscar d’León y otros. Tuve mucho que ver en demostrar, como decía Willie Colón, que la salsa no es un ritmo, sino un concepto”.
Desde los años cincuenta, la Unión de Saloneros organizó ahí bailes en las tardes para las familias del barrio. La costumbre prendió con tal fuerza que se conserva hasta la fecha y consolidó el lema que define al local: “El que no conoce Los Ángeles no conoce México”.
Fue ahí donde Benny Moré estrenó su canción “Bonito y sabroso”, dedicada a quienes mueven sus rutilantes zapatos en la pista: “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos”, cantó el astro cubano para celebrar al público de Los Ángeles.
También ahí el aire se encendió con los saxofones y las trompetas del Rey del Mambo, Dámaso Pérez Prado, y la pista recibió la impronta de Cantinflas y Diego Rivera. Los más diversos músicos han pasado por esa sala, de Gustavo Dudamel a Rigo Tovar y Café Tacvba. La película Danzón es una de las muchas que se han filmado en ese icónico escenario, y la obra de teatro Aventurera, de Carlos Olmos, inspirada en la película de Alberto Gout, se representó ahí durante tres años.
Me encontré con Miguel a la una de la tarde en el sitio que ha visto bailar a generaciones de mexicanos. Solo nosotros ocupábamos una mesa. La luz mortecina, el mobiliario anticuado, las fotos en las paredes, la rústica tarima del escenario tenían un aire de tiempo detenido, pero distinto al que produce un museo; el Salón Los Ángeles no propone una vuelta al pasado, sino algo más misterioso: continuar una época que ocurre desde siempre.
Nadie entiende mejor las virtudes que un rival. En 1954 surgió la principal competencia del Salón Los Ángeles. Se llamó California Dancing Club para sugerir mayor grandeza. Como suele pasar, la rivalidad realzó la importancia del enemigo. El negocio de la familia Nieto resistió esa y otras amenazas. En buena medida, esto se debió a una persona que odia hablar de problemas y busca soluciones. Por si fuera poco, además de esa sala de baile, Miguel Nieto Applebaum se hizo cargo, junto con la actriz María Rojo, de la resurrección del Salón México, antro legendario que había inspirado una película del “Indio” Fernández y una pieza para orquesta de Aaron Copland.
En cuanto nos encontramos, Miguel pidió dos botellas de agua, pero no probó la suya. Es alguien que se siente cómodo en forma austera. Después de la plática, sugirió que comiéramos en una fonda oaxaqueña. No recomendó el sitio (que resultó espléndido) como lo hubiera hecho un sibarita, sino al modo de un excursionista o un misionero: “Nunca me he enfermado ahí”.
Miguel creció en la colonia Lindavista, suburbio de clase media en el norte de la capital. Dos colegios religiosos dominaban la zona: el Guadalupe para las niñas y el Tepeyac para los varones, donde los alumnos eran azotados con una tira de hule Neolite. No es casual que en un sitio donde los “neolitazos” se consideraban edificantes, el deporte más popular fuera el futbol americano. Durante siete años (de los 11 a los 18), Miguel jugó de halfback con los Frailes del Tepeyac: “Decían que nuestro campo era de tierra, pero en verdad era de tierra y piedras; cuando íbamos a un campo de pasto nos parecía una alfombra”. Entre los maestros del colegio destacaba el severo padre Edwin, para quien las tacleadas eran una forma de la prédica.
Una de las características de Miguel es la de preservar lazos afectivos. Hasta la fecha sigue en contacto con los exalumnos del Tepeyac, aunque algunos le parecen demasiado conservadores: “El colegio tenía una tendencia disciplinaria que a veces era casi nazi, pero se salvaba gracias al lema benedictino: ora et labora”. Sus ojos brillan al decir esta frase: el trabajo es su moral.
De manera profética, el primer empleo de quien encontraría una diversión en las alturas fue el de elevadorista. Siendo menor de edad, aprovechó sus vacaciones para subir y bajar huéspedes en el Hotel del Prado. “En una ocasión entró una pareja al elevador y me tuve que hacer el tonto porque estaban dándose besos y arrumacos: ¡resultó que era un sacerdote del Colegio Tepeyac, que estaba con una maestra! Ese maestro acabó dejando la orden; la verdad, era mejor que resolviera sus asuntos de ese modo que abusando de menores”.
El vestíbulo del Hotel del Prado estaba decorado por el célebre mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que retrata a las principales celebridades de 1947. A partir de los 16 años, Miguel comenzó a reunirse con una fauna equivalente en el Salón Los Ángeles. No es casual que en 1998 Carlos Fuentes celebrara ahí sus 70 años, que coincidían con los 40 de la publicación de su novela sobre la Ciudad de México, La región más transparente.
Hay diversas formas de participar en las parrandas. Para Miguel, el reventón es cuestión de método. Willie Colón lo eligió como compadre y Celia Cruz como representante porque se puede confiar en él. Ha transitado por las noches en las que ruedan botellas y se alteran reputaciones con el temple de quien hace sumas y restas. Cuando tuvo que elegir una carrera, decidió ser actuario y estudió en la Facultad de Ciencias de la UNAM: “Siempre fui bueno para los procesos lógicos —dice con la sonrisa que rara vez abandona sus frases—. Me caía muy gordo que en un examen de historia o de ética el resultado pudiera estar sujeto a la interpretación del maestro; en cambio, los números no mienten: dos más dos da cuatro en cualquier sistema ideológico”.
Hacia 1970 entró a trabajar en la gerencia de planeación de la Cervecería Moctezuma; luego pasó por Procter & Gamble y en 1972 tomó el Salón México: “Durante un tiempo combiné dos trabajos, porque el del Salón era de noche”, dice quien promueve el jolgorio con rigor benedictino.
La política entró a su vida en forma inesperada. El movimiento estudiantil del 68 comenzó cuando él estaba en la Facultad de Ciencias y algunos de los principales líderes —Marcelino Perelló, Salvador Martínez della Rocca, Gilberto Guevara Niebla— iban en los cursos superiores. “Yo no participé en el movimiento —aclara—. Solo asistí a algunas manifestaciones, como la del Silencio. El 2 de octubre no iba a ir al mitin, pero tenía cita para renovar mi pasaporte en la Secretaría de Relaciones, en Tlatelolco. Estaba en la planta baja del edificio, como a las seis de la tarde, cuando oí disparos. Me quedé en estado de shock y peor cuando vi cuerpos que eran llevados a ambulancias. Me fui caminando muy despacio hasta mi coche, me desplomé en el volante y me puse a llorar. Estuve chille y chille, era una experiencia demasiado fuerte para un joven de 18 años. Entonces empezó mi concientización política”.
Le pregunto si eso definió el activismo que también caracteriza a su salón. “Muchos sindicatos y todos los partidos han organizado actos aquí, menos el PAN —agrega con orgullo—: De manera natural, aquí se hacían los acuerdos de los ferrocarrileros, aprovechando que la estación de Buenavista estaba cerca; sus principales líderes, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, sesionaron aquí antes de que los metieran en la cárcel de Lecumberri. En los setenta, cuando me hice cargo, apoyé proyectos como la firma de los documentos del Frente Zapatista y establecimos equidad de género: este fue uno de los primeros lugares donde una mujer pudo decir ‘no’ cuando la sacaban a bailar”.
Por la combinación de la barba y la sonrisa, el avatar de Miguel en dibujos animados podría ser un zorro o un mapache de astuta simpatía. No habla como un diplomático dedicado a las relaciones públicas, sino como alguien que es tolerante por sensatez; elogia a un amigo que trabaja como subgerente de la compañía de jabones Camay con el mismo entusiasmo con que habla de otro que pasó por el Partido Comunista.
Miguel desempeña un oficio donde el éxito llega con champaña y bailarinas. Cuando le pregunto al respecto, contesta en forma objetiva: “Siempre separé mi vida personal del negocio; no por falta de oferta, sino por decisión”. Durante siete años enfrentó la línea de golpeo del futbol americano y se decantó por los números, que no saben mentir. Ese rigor y esa disciplina requerían de una extraña compensación: saltar a 3 000 metros de altura.

Roberto: un hombre de palabra
“Ser futbolista no depende de ti —dice Roberto Gómez Junco en su habitual tono asertivo—. Si me preguntan si un joven debe ser médico o futbolista, aconsejo que sea médico porque su camino va a ser menos fortuito”.
La historia del futbol es una cruel trama de descartes. En sus memorias, Tostão, campeón del mundo en 1970, dice que los mejores jugadores que conoció se quedaron misteriosamente en el camino. La frase resulta aún más demoledora si se piensa que la dice alguien que militó en el Brasil de Pelé, Rivelino, Jair, Gérson y Carlos Alberto.
Los dos futbolistas que más me han impresionado en el futbol mexicano tuvieron una trágica vida breve. Alberto Onofre sufrió una fractura antes del Mundial de 1970 y nunca volvió a ser el mismo, y Manuel Manzo cayó en una borrasca alcohólica que truncó su carrera. Ambos eran constructores de juego con vocación goleadora y jamás hacían un lance desprovisto de elegancia. Gómez Junco estuvo con Manzo en el Atlético Español y atestiguó las jugadas de fantasía que los virtuosos solo hacen en los entrenamientos.
Tuve oportunidad de hablar con Manzo después de su retiro y lo oí decir con entereza: “Mi verdadero camino no era el futbol, sino el que ahora tengo”. Se refería a los albergues en los que ayuda a que la gente se recupere del alcoholismo. Podía estar satisfecho de su rendimiento como amateur en el Torneo de los Barrios, su paso por Atlético Español, Guadalajara y Pumas y su máximo día de gloria, cuando la selección nacional empató con Brasil en Maracaná con un gol suyo. Pero esos momentos luminosos tenían un sombrío reverso: los amigos que le entregaban afecto a cambio de que mantuviera el tren de las parrandas; el traslado a un equipo en Estados Unidos; el salto desde un trampolín después de haber bebido; la caída que casi lo desnucó. En su opinión, todo eso, tanto las luces como las sombras, fue una preparación para enmendarse.
Manzo no olvida el momento en que recuperó la conciencia después de su absurdo clavado. Temió haber quedado paralítico; dirigió la mirada a sus pies y pudo mover los dedos. No estaba inválido, y supo que debía tomar otro rumbo. Fue una conversión casi religiosa: salvar su vida sirvió para salvar otras vidas. “Era mi camino verdadero”, confiesa el inolvidable mediocampista.
En El loro de Flaubert, Julian Barnes afirma que toda vocación se define por la cancelación de opciones diferentes; para asumir un destino hay que “pacificar apócrifos”, y a veces se elige un oficio que conduce a otro: Manuel Manzo pasó por el futbol para rescatar náufragos del alcohol; su compañero de equipo, Roberto Gómez Junco, tuvo un primer destino apócrifo: se inscribió en Ingeniería en la UNAM, pero solo fue a tres clases porque lo fichó el Atlético Español; sin embargo, el deporte lo preparó para una aventura posterior, la de intérprete del juego, que domina como nadie.
En el horóscopo chino, Roberto responde al signo de mono, experto en travesuras y en convencer por medio del lenguaje. No hay duda de que es un hombre de palabra: fue expulsado 10 veces de la cancha, casi siempre por protestar.
Nos reunimos en su casa en Monterrey. Es un sitio agradable, cómodo y de buen gusto pero nada ostentoso, donde él y su esposa Maru fungen como insuperables anfitriones de reuniones, donde gente del futbol convive con artistas, profesores, traductores y colegas de la escritura. Cuando recibe a sus nietas, Roberto finge dormir una siesta eterna para que ellas le pinten la cara. Atesora las pocas noches en que el clima de Monterrey permite cenar al aire libre, en el patio de su casa, presidido por una fuente. A diferencia de Miguel Nieto, que vive con contención en medio de las farras ajenas, Roberto es un hedonista que se recupera a diario de las privaciones que tuvo como atleta profesional. El mejor intérprete de nuestro futbol también es el mejor invitado a un festejo.
La mañana en que nos encontramos, el aire acondicionado se había descompuesto. Roberto y yo “sudamos la camiseta”, pero no solo por el clima. Debía esforzarme para que el exjugador hablara de sí mismo, algo que no le gusta, y él debía esforzarse aún más para hacerlo. Aceptó el reto de volver a su pasado cuando le conté de mi encuentro con Miguel Nieto. Aun así, la entrevista le interesaba menos que la comida posterior, en la que ordenaría dosis exactas de frijol con “veneno”, queso fundido y parrillada; luego me arrebataría la cuenta con la habilidad con que recuperó balones en el césped.
Si Miguel Nieto es un hombre metódico que administra el riesgo, Gómez Junco —caso peculiar en el futbol— tiene un temperamento sensible y pasional, más cercano a un artista que a un atleta.
Hugo Sánchez ve el futbol imaginando lo que él podría hacer en cada jugada; por el contrario, Roberto se interesa en lo que hacen o dejan de hacer los demás. Es el futbolista menos autorreferente que conozco. El compromiso ante la grabadora lo hizo regresar a anécdotas que rara vez comenta.
Su pasión futbolística comenzó con los Jabatos de Nuevo León, en su natal Monterrey: “No olvido el partido Jabatos 4-Monterrey 2. Nunca disfrutaré más otro resultado”. Ese equipo, que solo permaneció tres años en la liga, le reveló lo que Vinicius de Moraes diría en un aforismo: “El amor es eterno mientras dura”. Roberto no se aficionó a otros colores. La camiseta verde perdura en su memoria como un talismán mágico. Ninguna otra escuadra, ni la Holanda de Cruyff, ni el Barcelona de Xavi, Iniesta y Messi, le parecería superior a los Jabatos que admiró cuando empezaba a chutar balones en el Colegio Regiomontano Contry. “Me cautivó que fueran un equipo diferente, aquí todos le van a Tigres o a Monterrey —señala con temple iconoclasta—. Seguramente me gustaba darle la contra a alguien; además, era un equipo que yo sentía del pueblo y el Monterrey era de la élite. Cuando descienden después de tres años, la decepción es tan grande que dejé de ser aficionado y concentré mis pasiones en jugar. Cumplí con mi cuota y ahora disfruto del que juegue bien”.
En un principio, el futbol fue una forma de relacionarse mejor con los compañeros de clase, pero la devoción aumenta cuando se tienen facultades y el pasatiempo se convirtió en una forma de vida. Gómez Junco acababa de cumplir 20 años cuando debutó como mediocampista del Atlético Español. No olvida la fecha: 9 de mayo de 1976. Ese equipo se había quedado con la franquicia del Necaxa y contrataba a jóvenes de talento, como Manuel Manzo, José Luis Trejo, Juan Manuel Álvarez y Jesús Rico.
El paso por el futbol le reveló el magnetismo de la cancha y el horror que la rodea. Una de las cosas más arduas para un futbolista son las concentraciones en los hoteles. Roberto se acostumbró a compartir cuarto con compañeros que escupían sobre la alfombra y se protegió de ese mundo con los libros: “La lectura era un refugio; en ocasiones incluso aparentaba que leía para que me dejaran en paz”, comenta.
Después de dos años en el Atlético, jugó en los dos equipos de Monterrey, Tigres y Rayados. A diferencia de países similares al nuestro, como Chile, Colombia o Argentina, México carece de un sindicato que defienda a los futbolistas. Inermes fuera de la cancha, suelen tener poca confianza dentro de ella. La preparación física ha mejorado, lo mismo que las condiciones técnicas; además, México ha sido varias veces campeón mundial sub-17. No falta potencial. Pero quienes despuntan como adolescentes se vienen abajo al cumplir la mayoría de edad. El principal déficit de nuestro futbol es mental.
Cuando Manuel Lapuente acababa de terminar su etapa de entrenador de la selección nacional, tuve oportunidad de preguntarle cuál era la principal característica del futbolista mexicano y contestó sin vacilar: “La obediencia”. Disciplinado en extremo (y en cierta forma amedrentado), el futbolista nacional no asume tareas imprevistas, pero lo que distingue a un crack es, precisamente, el ejercicio de lo improbable.
Una anécdota de Gómez Junco ilustra la debilidad del futbolista mexicano. En el Monterrey, él y otros tres jugadores —los mejor pagados del equipo— recibieron una mala oferta de renovación. Se pusieron de acuerdo para rechazar ese trato. Cada uno fue llamado a negociar por separado. Según lo discutido, Roberto se negó a firmar. Luego supo que los otros tres aceptaron por miedo a las consecuencias.
La temporada 1982-83 comenzó para él sin equipo. En ese momento le dijeron: “Las Chivas quieren hablar contigo”. El mensaje equivalía a una redención. Viajó a Guadalajara y una comida bastó para convencerlo del fichaje. Ahí empezó la etapa más importante de su carrera; poco después se casó con Maru, su excepcional compañera, y consolidó una trayectoria peculiar, que no solo se basaba en el rendimiento deportivo, sino en sostener convicciones dentro y fuera de la cancha.
La estupidez no ayuda al futbol, pero a veces la inteligencia sobra en ese medio. Con la pelota en los pies, Messi es el más sagaz de los humanos; sin ella, es un hombre bueno y monótono. Maradona dijo frases célebres con picardía de barrio, pero también profirió tantos dislates que su compañero de equipo Jorge Valdano lamentó que no opinara con el pie izquierdo. Gómez Junco es alguien que piensa, virtud que trae problemas. Su entrenador en Chivas era Alberto Guerra, que había destacado como futbolista en esa institución y que hablaba mucho con sus jugadores. En un principio, eso cautivó a Roberto. Después comprobó que hablar sirve para coincidir, pero también para discrepar.
En Argentina un futbolista puede ser figura sin recurrir al disciplinado arte de callarse. Jorge Valdano fue campeón del mundo desplegando los recursos retóricos que había perfeccionado con otro torrencial discutidor, César Luis Menotti. En cambio, en México, el entrenador se suele sentir desafiado por los jugadores que hablan.
Gómez Junco fue un caso aparte en un ambiente donde las crisis se enfrentan con evasivas. Al colgar los botines, prefirió ejercer el futbol desde la palabra y no quiso ser entrenador o directivo: “No tengo capacidad vocacional para dirigirme a ese universo; siempre pensé: ‘Aguanto este entorno porque me encanta la cancha’, sin jugar, no soportaría lo que rodea al futbol: el nivel educativo de los jugadores, las componendas de los dirigentes, la improvisación de directores técnicos —dice en forma contundente—. Pero al retirarme sentí un vacío tremendo —agrega, bajando la mirada—: dejar de jugar futbol no es como dejar de ir a una fábrica; vives en una isla, eres un privilegiado, apapachado por la afición. A mediados del 88, a los 32 años, me doy cuenta de que ya no voy a jugar. Con lo que había ganado podía vivir dos años, según yo, pero eran cuentas alegres. Me gustaba escribir, a un nivel elemental, y llegué ahí un poco por accidente. Osvaldo Batocletti, gran jugador argentino, ya escribía en el periódico Metro y eso me animó. Mandé cinco artículos a Editora El Sol y pensé que era asunto archivado; para mi sorpresa, después me llamaron de El Norte para ofrecerme una columna”.
El 14 de enero de 1989, ochos meses después de su retiro, inició sus colaboraciones semanales con un artículo sobre el clásico Tigres-Monterrey. Admiraba al mítico Ignacio Matus, cronista del Esto, y había leído numerosos libros con pasión y desorden. “Siempre me quedó la espina de no haberme retirado a los 36 o 37 años. Escribir me ayudó a alejarme menos dolorosamente de las canchas y me permitió aclarar conceptos. Entonces creía que mis artículos eran muy meticulosos y ahora me sorprendo de que los hayan publicado, como si no hubiera escrutinio. Luego me llamaron para la televisión y se consolidó la segunda parte de mi vida”, comenta.
Gómez Junco no vive rodeado de trofeos y camisetas ejemplares como otros colegas del oficio. Lleva el pasado en la mente, lo cual confirma su vocación de narrador.

Miguel: budismo de alta velocidad
Como gerente del Salón Los Ángeles, Miguel Nieto descubrió que la mejor manera de sobrevivir a los riesgos de la parranda consiste en asumir otros riesgos. A los 13 años aprendió a manejar y sorteó una posible detención con un memorándum de Tránsito que lo facultaba para acelerar en compañía de un adulto. De los coches pasó al vehículo de la contracultura: la motocicleta. No es casual que conociera a su esposa dándole un aventón en una Honda 750.
De acuerdo con Miguel, la pasión del motociclista no se basa en la rapidez del desplazamiento: “Se trata de una sensación de libertad”. La recompensa no es controlar el motor, sino el paisaje.
Su recorrido más largo vinculó dos países. Compró una moto en San Francisco, remontó la carretera número 1 de Estados Unidos, atravesó la península de Baja California, tomó el ferry de La Paz a Mazatlán y desembocó en la Ciudad de México. “Casi siempre llegaba al límite de velocidad: 210 o 220 kilómetros por hora en las motos de entonces”, dice con tranquilidad.
Hay oficios en los que la caída es un recurso de trabajo. Miguel habla de las suyas con la naturalidad de un portero que se refiere al arte de venirse abajo. No olvido el momento en que hablé con Félix Fernández de nuestras hijas recién nacidas. Le conté de mi angustia al ver caer a mi hija de la cama y el guardameta del Atlante contestó: “Caerse es natural”. Lo mismo piensa el administrador de las noches capitalinas; habla de sus accidentes en moto como de simples gajes del oficio.
Meticuloso en extremo, Miguel calcula la cantidad exacta de cubitos de hielo y bebidas para apagar la sed de 2 000 gargantas. Este cuidado engranaje requiere de un desfogue: la velocidad, que no concibe como un peligro, sino como una expansión espiritual. Es fácil suponer que las endorfinas generadas por su cuerpo se parecen a las del maratonista; más complejo, y acaso más genuino, es entender que también se parecen a las de un monje en estado de meditación.
Los autos y las motos fueron el prólogo de otra extraña forma de relajación. En 1976, año en que su madre comenzó a acompañarlo en el trabajo, se enteró por un amigo de unos cursos de paracaidismo: “Nos entrenó un capitán de la brigada de paracaidistas y comenzamos a saltar en Tequesquitengo. La gente piensa que va a sentir vértigo, pero el viento te impulsa y te mueve; lo manejas como manejas el agua en el nado; lo único que no puedes hacer es volver hacia arriba; la sensación de desplomarte solo ocurre cuando saltas de un cuerpo fijo”.
Quise saber a qué se refería con “cuerpo fijo” y habló de los amigos que saltan de edificios. Contrarrestó este dato escalofriante diciendo: “Nunca sentí miedo; me apasionó el deporte y llegué a ser presidente de la Sociedad de Paracaidistas”. Compitió en un campeonato panamericano y participó en Francia en un cotejo de precisión en el aterrizaje: “En aquel entonces tenías que caer en un círculo de 10 centímetros, ahora es de cinco. La verdad es que he hecho muy pocos saltos”, añade quien se ha lanzado 1 300 veces desde un avión. En tierra, Miguel es un actuario al que no se le escapa una cifra; en el cielo, todo número le parece insuficiente.
Su sonrisa se convierte en carcajada cuando habla de la gente que solo salta una vez, besa la tierra y jura que no lo volverá a hacer: “La adrenalina del que repite es diferente; aprendes a moverte en el aire”. Le pregunto si alguna vez sintió la tentación de combinar la experiencia del salto con la mariguana: “Solo una vez, de joven, pero no me gustó estar fuera de control —responde en forma previsible—. Pierdes la apreciación del tiempo, los segundos se te pueden hacer muy largos y eso es peligroso cuando estás cayendo a 200 kilómetros por hora”.
En su trayectoria como paracaidista asumió riesgos como lanzarse, en Veracruz, en un salto de exhibición en medio de un temporal, con el resultado de que cayó al mar. También participó en un festival aéreo en Ciudad Universitaria (“Leí en el periódico que solo se iban a lanzar americanos y propuse una competencia de precisión con mexicanos”) y fue uno de los intrépidos que desafiaron el aire revolvente del Estadio Querétaro. Lanzarse ahí era como entrar en un ciclón de viento. Esa experiencia lo convirtió en candidato ideal para recibir una invitación del Club América, que marcaría la semifinal de 1983.
Miguel Nieto Applebaum ha vivido al margen del futbol, a pesar de que su hermano Gil Enrique es promotor de futbolistas. Cuando lo invitaron a lanzarse al Azteca no pensó en la importancia de ese lance. Menciono la dimensión metafórica de que unos paracaidistas cayeran al campo de las Águilas y responde con amable desinterés: “Era algo así”.
El 22 de mayo amaneció con cielo despejado. El único problema para realizar el salto eran los cables que atravesaban el Estadio Azteca y de los que pendía el sonido local. Durante 52 años, esa gigantesca bocina transmitió la entonada voz de Melquiades Sánchez Orozco. Mi generación no olvidará sus frases: “Alineaciones para el juego de hoy…”, “Gol anotado por Evaristo, número 7…”, “Brandy Bobadilla 103 informa…”. De niño, tenía la fantasía de perderme en el estadio para que Melquiades dijera: “Los padres del niño Juan son esperados en el túnel número 1”. Una de mis emociones más intensas ocurrió en 2016, cuando presenté el libro La década inolvidable: el futbol mexicano de los setenta, de Heriberto Murrieta. En la sección de preguntas, un hombre ya mayor pidió la palabra y se refirió a algo que yo había dicho. Con indecible asombro escuché… “¡la voz del Azteca!”: Esa noche, Melquiades nos trasladó a los domingos de sol en el estadio.
Para los aficionados, el sonido local era un estuche de la magia; para Miguel Nieto era un obstáculo: “En lo único que pensaba era en el cuadrante en el que debía caer; la bocina ni siquiera estaba en el mero centro, los cables formaban una equis que debíamos sortear. No nos pagaban tan bien para el nivel de riesgo, pero era un reto emocionante”.
El espectáculo aéreo constaba de cuatro paracaidistas. Uno de ellos, Gustavo Kramer, moriría años después, saltando en paracaídas en el mar (“No recuerdo si ese domingo cayó en el estadio o en el estacionamiento”, comenta Miguel). Los otros tres sí llegaron a la cancha, pero solo Miguel dio en el centro: “Me desplomé ahí de sentón y recuerdo que un locutor dijo: ‘Así como ese paracaidista se desplomó el América’”. Lo acompañaban Gustavo Sumano, quien luego se mudó a Guadalajara y trabajó como piloto e instructor de caída libre, y Juan Manuel Saavedra, que ha hecho espectaculares saltos desde puentes y edificios en China y que en México se lanzó desde el World Trade Center y el Hotel Hilton de la Alameda.
El 22 de mayo debían hacer un “salto base” de poca altitud. A las 12:55, durante el intermedio del partido, dispondrían de 11 segundos para llegar al césped. Todo era perfecto, menos la comunicación por radio del avión Cessna 206. En el momento crucial se quedaron sin noticias del estadio. Calcularon el tiempo transcurrido, se asomaron al óvalo del Azteca y vieron que no había jugadores (ignoraban que todos estaban discutiendo al borde del campo por las decisiones del árbitro). Se lanzaron al vacío justo en el momento en que se reanudaba el juego.
Miguel Nieto Applebaum tocó la cancha que consagró a Pelé y a Maradona. ¿Qué pensó en ese momento? “En no chocar con ningún jugador, lo único que me importaba era no matarme”.
Al decir esto desvía la vista hacia las fotos enmarcadas de los célebres asistentes al Salón Los Ángeles. Esas imágenes integran el retablo barroco de su vida. Vistas de lejos, adquieren una condición borrosa y piden ser recuperadas a través de la memoria. Ahí está el más importante legado de su vida. Sin embargo, no deja de pensar en la pasión que lo complementa: “Tal vez salte a fin de este año —Miguel retoma la conversación—: mis hijas no quieren por mi presión alta. No tengo nada que demostrar, eso ya lo hice, pero ahí tengo mi paracaídas”.
Le pregunto si se considera arriesgado o prudente. Guarda un largo silencio: “Arriesgado —responde, después de pensar la pregunta con una calma que demuestra que también es prudente—. En cualquier actividad los accidentes se dan en la gente con más experiencia o con menos experiencia —añade—: los de en medio somos más precavidos: el peligro está en el exceso de confianza o la falta de preparación”.

Roberto: “Me perdono a mí mismo”
“En 1983 yo era otra persona: un futbolista de 27 años”, dice Roberto. Lo conozco desde hace décadas y me cuesta trabajo asociarlo con un temperamento impulsivo. Como he dicho, su vida gira en torno al lenguaje, pero en 1983 las palabras lo llevaron a un estado de ebullición: “Después de perder el primer partido en el Estadio Jalisco nos dábamos por derrotados y Reinoso nos lo recordaba con sus declaraciones; pero no queríamos que les resultara sencillo llegar a la final. Hablé mucho con mis compañeros. Recuerdo estar en un entrenamiento con Demetrio Madero, Sergio Lugo y Celestino Morales, con los que mejor relación tenía (aunque nunca fui de tener muchos amigos en el futbol), y les propuse hacer todo lo posible para que ellos no salieran completos del partido: ‘Que les cueste caro, que lo sientan, estarán en la final: felicidades, enhorabuena, pero no llegarán completos’. Voy camino al aeropuerto con Álex Guerrero, entrañable compañero que ya falleció, y también a él le parece imposible ganar el partido, pero ya había permeado lo de perjudicar al máximo al América, todos estábamos en esa sintonía”.
En pocas palabras, se trataba de lesionar a varios jugadores: “Entonces yo estaba físicamente mejor que ahorita, mentalmente peor —aclara Roberto; hace una pausa reflexiva y continúa—: Me veo en otra vida, me cuesta reconocerme a mí mismo, pero sí: tenía un espíritu competitivo innegable; sentía un dolor tremendo después de cada derrota y una euforia incomparable con el triunfo. Desde niño quieres ganar y quieres ganarles a jugadores cada vez mejores. Una de las cosas que te enseña el futbol es a vivir con esos altibajos —Roberto acelera el ritmo de la narración, pero de pronto se detiene—: No me gusta hablar de esa semifinal, en primer lugar porque no me gusta seguir viviendo en el pasado, algo que veo en muchos jugadores. El presente abruma demasiado al futbolista y yo lo disfruto mucho, atesoro lo que pasó, pero no vivo de eso. En este caso, además, al año siguiente se jugó la única final entre Chivas y América, y la perdimos. Fue mi mayor trauma: en 1984 volvimos a enfrentarnos al América de Reinoso y nos ganaron con un hombre menos. Quizá eso hizo que el gozo de la semifinal fuera efímero”.
Dicho esto, su plática da un viraje emocional: “Fue muy especial jugar con Chivas. Durante mucho tiempo fue un equipo en el que básicamente jugaban tapatíos; me veían como un fuereño, me observaban de manera particular; no venía de las fuerzas básicas y se preguntaban: ‘¿Por qué llega este cuate?’. Después eso ha proliferado, pero entonces era raro. Con Atlético Español, Tigres y Monterrey me acostumbré a tener seguidores locales, pero Chivas tenía aficionados en todo el país, incluso en casa de su máximo adversario, el América. Ese poder de convocatoria me abrió a un mundo muy distinto. No hay otro país donde el estadio se llene a la mitad con el público de su acérrimo rival. Ahí entendí la responsabilidad de jugar con Chivas, en un tiempo en que era posible competir con jugadores mexicanos, algo que ha cambiado por completo”.
Le pido que volvamos a la semifinal de 1983: “El partido en el Azteca rebasó a Alberto Guerra, a lo mejor se enteró de que íbamos a romper piernas, pero no recuerdo que haya dado indicaciones al respecto. Tal vez pensó que esa furia llevaría al milagro. Fue uno de mis mejores entrenadores; pero ese día habló poco, dejó que las cosas sucedieran y nosotros tomamos la iniciativa. Salimos a la cancha dispuestos a todo. Habíamos perdido 1-2 en la ida, confirmando que el América era un equipo poderoso que rompía todos los récords. Estamos hablando de los tiempos en que había campañas largas, de 38 partidos, y las victorias valían dos puntos. Ellos habían arrasado en el torneo con una maquinaria de futbol tremenda. Pero metimos dos goles y todo salía bien: ¡no queríamos que acabara el primer tiempo! Desde los roces iniciales, la intensidad era tal que superó al árbitro, Edgardo Codesal, que pitaría la final de Alemania contra Argentina en 1990. Codesal expulsó a dos del América y a uno del Guadalajara, que no había intervenido. Hay imágenes que no se te olvidan y eso que estamos hablando de algo que pasó hace 42 años; el de la bronca había sido Cisneros, pero expulsaron a Javier Cárdenas, que en paz descanse. Lo recuerdo jurando por sus hijos que no había hecho nada. De todos modos, Codesal lo expulsó. “¡Ya créele!”, le decíamos, pero no nos hizo caso. Cuando volvimos a la cancha, después de la discusión, cayeron los paracaidistas. Pensé que eran “hombres águila” para un show del medio tiempo. Lo tomamos como algo anecdótico, bastante irreal, y llegamos al vestidor eufóricos, muy estimulados. En esa época había mucho dopaje, que estaba solapado, pero nuestra droga era la euforia. Nos fuimos al descanso con un global de 3-2 a nuestro favor y nueve de ellos contra 10 de nosotros, no se podía pedir más. La sensación era incomparable y esa confianza aumentó en el segundo tiempo”.
El marcador favorecía a las Chivas, pero el partido aún no era perfecto. En el segundo tiempo, después de haber estado a punto de anotar de media distancia, Gómez Junco filtró un pase para que llegara el tercer gol, de Sammy Rivas. El mediocampista que había empezado la temporada sin equipo alcanzó un logro inusitado. En estado de éxtasis, corrió por la banda y se encontró frente a la banca del América: “Hice un gesto impulsivo, involuntario, automático, pero que podía ser obsceno. Ocho americanistas salieron sobre mí. Fue una locura. Cuando llegamos al hotel después del partido me amenazaron con llevarme a la delegación. Me recrimino por no haber pensado en la final. Nuestra obsesión era perjudicar al América y nos encontramos con la sorpresa de que ganamos. Me suspendieron por el festejo y no pude jugar la final contra el Puebla. Perdimos unos cinco titulares entre lesionados y suspendidos y aun así nos fuimos a penales en ese partido” (que perdió Chivas).
Si la FIFA tuviera sentido del rigor, no le habría confiado una final de Copa del Mundo al árbitro que gestionó tan mal ese partido. Pero México había sido excluido de Italia 90 por el caso de los “cachirules” para favorecer a Estados Unidos y la FIFA quería compensar a la Federación Mexicana de Futbol, siempre dócil ante sus abusos. En Italia, Codesal actuó como un soldado de la burocracia mundialista y marcó penal dudoso en favor de Alemania, perjudicando a Argentina y a Maradona, que criticaba la corrupción del jerarca de la FIFA, João Havelange.
Para Gómez Junco, la derrota en la final de 1984 tuvo un epílogo que no le gusta recordar: “Me ilusionaba llegar al Mundial del 86, pero salí de Chivas y todo fue diferente”.
¿Por qué abandonó al equipo que lo había encumbrado? La memoria es un aparato singular: olvida contextos y situaciones generales, pero recuerda escenas con minucia de laboratorio. En 1983, el entusiasmo de vencer al América fue tan poderoso que borró todo lo demás; en cambio, la derrota ante el mismo América en la final de 1984 convirtió el suceso en algo dolorosamente recordable.
Al volver al tema, emerge la segunda vocación de Gómez Junco: el lenguaje. En su opinión, la final trágica se perdió porque Alberto Guerra no supo transmitir sus ideas en el medio tiempo. “Curiosamente, no recuerdo lo que Guerra dijo en la semifinal de 1983, pero no olvido el mensaje erróneo de la final de 1984; en el primer tiempo jugamos mejor que el América; tuvimos un penalti que fallamos y acabamos con un hombre más; todo nos beneficiaba, pero no sé si la molestia del penal fallado hizo que Alberto diera un mensaje equívoco: ‘Estamos de la patada, no puede ser’. Cundió un desconcierto que nos afectó. Me imagino que en el vestidor del América pasaba lo contrario: con un hombre menos salieron a dar otro partido. Es fácil eludir responsabilidades y culpar al técnico, pero eso nos afectó. Retrospectivamente me cuestiono a mí mismo la decisión de salir de Chivas. Ahora me considero menos impulsivo; mi salida fue un encabronamiento mal procesado. Recuerdo el encuentro con Guerra cuando regresamos de vacaciones para preparar la temporada 84-85. Yo estaba sentado en su oficina, frente a su escritorio, cuando me dijo: ‘Te queda un año de contrato, pero vas a tener que pelear por el puesto’. Lo sentí como una amenaza; yo no sabía que los puestos se ‘garantizaban’. Durante dos años había sido titular porque me lo había ganado partido a partido. Eso me confirmó que debía salir de Chivas. Pagué lo que debía de contrato y me fui a Toluca. Mi nivel cayó, no superé el cambio, fue un deterioro psicológico. Traía un desánimo que tal vez era un arrepentimiento que no quería reconocer. Hay cosas que solo extrañas cuando las pierdes”.
Le pregunto si habló del tema con las dos personas que eran su principal referente, su padre y su esposa: “Primero decidía y luego consultaba. Le dije a Maru, que siempre me ha apoyado: ‘Te aviso que nos vamos en tres meses de Guadalajara’”.
La cancha tiene un efecto transfigurador. Dentro de ella, Maradona era el más entregado de los compañeros; afuera, resultaba incontrolable. Gómez Junco es el caso opuesto; la persona reflexiva que tengo enfrente se convertía en un mediocampista temperamental al oler el césped.
Le hablo de este contraste y responde: “El impulso repentino que me llevó a festejar como festejé en aquella final es muy distinto al que me sacó de Chivas, que fue un impulso sostenido; no quería jugar un partido más en ese equipo. Me gustaba el incomparable apoyo de los seguidores, pero también ellos estaban frustrados. Teníamos el título en bandeja y no lo ganamos. El año anterior les dimos una satisfacción que no tenían contemplada, pero fallamos ante lo más obvio. No me quería retirar y para sentirme bien en la cancha tenía que estar en otro equipo. Equivocadamente pensaba eso y todo cambió para mí; el Toluca no pasaba por un buen momento y mi nivel bajó. Físicamente estaba bien porque tenía 28 años, pero era un asunto mental; no entendía que se tuviera que jugar a las 11 de la mañana en Toluca, nadie nos seguía como visitantes, no llenábamos estadios, todo me afectaba. En 1985 ya sabía que no me iban a convocar para el Mundial del 86”.
Cuando Pep Guardiola era futbolista, Jorge Valdano dijo que se trataba de un entrenador con el balón en los pies. De Gómez Junco se puede decir que era un comentarista con el balón en los pies: “Con el Toluca me expulsaban de inmediato por reclamarle al árbitro. Siempre fui discutidor y había árbitros que me saludaban con la amarilla. Pero cambiar de equipo trajo una diferencia radical. ‘¡Es que estoy en Toluca!’, pensé: al séptimo partido ya llevaba tres tarjetas rojas. No tenía la investidura de Chivas; en Toluca el árbitro me expulsaba por voltear a verlo. Ahí empezó un declive sostenido hasta mi retiro en el 88 —agrega con la calma de quien triunfó en la siguiente etapa de su vida. Sin embargo, la comezón del juego no lo abandona—: Acabo de soñar que me convocan a un partido y siento que no estoy para jugar. Me veo como soy ahora y me pregunto: ‘¿No saben que tengo sobrepeso?’. A veces sueño que entro al campo y no sé dónde termina la cancha o que la pelota es de trapo y se convierte en otra cosa. Hace 10 años ya tenía sobrepeso y ahora estoy peor, pero en el sueño se supone que soy un futbolista de alto rendimiento. También sueño que se atraviesan personas o familiares en la cancha que no me dejan jugar”.
En 1983, la realidad fue más sorprendente que este último sueño: tres paracaidistas invadieron la cancha.

Formas de ver el cielo
A diferencia de Gómez Junco, Miguel Nieto dice: “No recuerdo mis sueños. Soy un hombre tan infeliz como cualquiera, pero no tengo pesadillas. O más bien tan feliz: creo que la vida me ha tratado mejor de lo que merezco”.
Termino mi botella de agua sin que él toque la suya. Miguel ha dado cientos de entrevistas sobre las noches del Salón México y su impacto cultural en la ciudad, pero nunca consideró que su afición a saltar tuviera relevancia. Cuando le recuerdo el momento en que tocó el pasto sagrado, se concentra en un detalle del todo ajeno a la épica: “El inspector autoridad nos pidió que nos apuráramos a recoger los paracaídas”.
En el Estadio Azteca la acústica se concentra en el centro del campo, justo donde él cayó. Rodeado de jugadores y ante el estruendo de la multitud, tenía la oportunidad de pedirle la camiseta a un protagonista del juego, pero eso no le interesaba en lo más mínimo. Le pregunto si se quedó a ver el segundo tiempo. Una vez más su sonrisa se convierte en carcajada: “¡Claro que no!, lo único que queríamos era salir rápido de ahí”.
Su peculiar intromisión en la historia del futbol mexicano se había cumplido. Miguel Nieto Applebaum abandonó el campo con la indiferencia de quien solo juega en el cielo.
La situación de Roberto Gómez Junco era la opuesta: “Nunca olvidaré el grito de ‘¡Chivas, Chivas!’ con el estadio lleno —recuerda emocionado—: Estamos hablando de un Azteca con más de 100 000 espectadores, antes de la remodelación. Entonces el público no llevaba tantas playeras de equipos como ahora, la mercadotecnia no era tan fuerte. Si anotabas, sentías que todo el estadio era Chiva. Esa sublimación, ese sentirme realizado, difícilmente lo podré sentir en otro lugar”.
Le pregunto si pensó en quiénes eran los paracaidistas: “No —sonríe—: eso me sucedió contigo, 42 años después, cuando me dijiste que habías conocido a uno de ellos. Nunca me pregunté quiénes eran. Fue algo anecdótico: tres cuates que de pronto cayeron en la cancha. Lo importante era eliminar al América, todo lo demás era secundario. Ahora lo veo de otro modo. Quiero conocer a ese paracaidista. Estuvimos a 15 metros en el momento más importante de mi vida profesional”.
Se atribuye poca capacidad reflexiva a los futbolistas. Para destacar con el balón hay que tener una disciplina cuyos acicates suelen ser la pobreza, la discriminación, las carencias que se trascienden con tiros de insólita puntería. La introspección no parece formar parte de ese repertorio. Gómez Junco representa una anomalía en ese ámbito. Los fogonazos que disparaba de media distancia ahora aparecen en sus palabras. Guarda un silencio, como quien busca el ángulo de la portería, y lanza la frase que resume el interminable 22 de mayo de 1983: “Los paracaidistas cayeron del cielo cuando yo me elevaba ahí”.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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Lo que iba ocurriendo poco antes del silbatazo de medio tiempo en aquella semifinal entre América y Chivas se acercó tanto al compendio perfecto del futbol mexicano que necesitó redondearse con una intervención divina (o, en propiedad, una invasión de campo proveniente del cielo). Era 1983, era el pasto sagrado del Estadio Azteca, y dos de los protagonistas, en la cancha y en el aire, levantan el recuerdo y comprueban que no fue un sueño.
Clásico de clásicos
La portería es un portal infinito: el gol llega más allá de las redes. Lionel Messi levanta el índice para dedicar la anotación a su difunta abuela. El único ganador de ocho Balones de Oro sabe que la auténtica meta del futbol no son los trofeos, sino el cielo.
El futbolista que anota establece contacto con algo que lo trasciende, es el intermediario que logra que las plegarias lleguen a su destino. Todos los sistemas de creencias necesitan de esos intercesores. Los mayas confiaban en los bacabs, jinetes celestes que provocaban lluvias, y la religión católica se amparó en querubines, serafines, ángeles y arcángeles para anunciar las novedades de la fe. Manuel Vázquez Montalbán definió al futbol como “una religión en busca de un Dios” y toda religión necesita mensajeros que la conecten con lo sobrenatural.
El Estadio Azteca ha sucumbido a toda clase de supersticiones, pero solo una vez estableció un contacto directo con el cielo: el 22 de mayo de 1983 tres paracaidistas llegaron a la cancha.
Ese día se disputaba el partido de vuelta de la semifinal del campeonato de liga entre los equipos con más seguidores del país, América y Guadalajara. La tensión anímica comenzó en el vigoroso terreno de las especulaciones: el América había ganado 1-2 como visitante y su entrenador, Carlos Reinoso, anunciaba con jactancia la segura victoria de los suyos. De ese modo se reanimaba la rivalidad iniciada en los años sesenta, cuando las Chivas eran el “Campeonísimo” que, al jugar solo con mexicanos, parecía representar a la nación entera: “La mitad del país, más uno, le va a las Chivas”, decía un dicho. En los globalizados y promiscuos tiempos modernos solo el Athletic de Bilbao puede ufanarse de un prestigio similar.
El arraigo del club tapatío es tan intenso que modifica el ánimo de su ciudad. En una ocasión asistí al Estadio Jalisco en compañía de Juan José Doñán, erudito que conoce los antecedentes de cada sacerdote, cada poeta y cada goleador que han oficiado en Jalisco. Ese domingo, las Chivas perdieron de manera aparatosa. Tomamos una rampa para salir de las gradas. A la distancia se veían las jacarandas en flor; el paisaje era idílico, pero la multitud se desplazaba en abrumado silencio: “Mañana no habrá tortillas”, dijo mi amigo. Pensé que se trataba de una metáfora, pero, en efecto, al día siguiente los comercios cerraron por desolación.
Si al Guadalajara le va bien eso beneficia a la selección. El partido más memorable del Tri ocurrió en Chile 62, cuando México venció 3-1 a Checoslovaquia, que sería subcampeona del Mundial. Esa escuadra legendaria estaba alimentada por jugadores de las Chivas Rayadas: Héctor Hernández, el “Tigre” Sepúlveda, el “Jamaicón” Villegas, Chava Reyes, el “Chololo” Díaz y el “Cura” Chaires.
Por su parte, el América surgió como el atractivo antihéroe del balompié nacional. Si no lo amas, sencillamente lo odias. El propio club ha sabido capitalizar este encono. En 2005 Nike lo patrocinó con un eslogan incuestionable: “Ódiame más”.
El rencor antiamericanista tiene sus motivos. En 1959, el equipo fue adquirido por Televisa y la cobertura de los locutores se volvió parcial, especialmente la de Fernando Marcos, capaz de provocar incendios reales e imaginarios.
Después de jugar en el España y el Asturias, Marcos se convirtió en árbitro y tuvo a su cargo el partido más polémico de nuestra agitada tradición. El 26 de marzo de 1939 el Asturias recibió al Necaxa, cuyos jugadores se entendían tan bien que recibían el mote de “Los Once Hermanos”. El consentido de la afición era Horacio Casarín. La gente quería ver sus gambetas, pero el virtuoso fue pateado sin misericordia ante los ojos de Marcos, que se tragó el silbato. El ídolo abandonó el campo herido. En esa época no había cambios y esto dejó al Necaxa en desventaja. Para colmo, el árbitro concedió un penalti en favor del Asturias, lo cual desató la ira de la porra rojiblanca, que encendió antorchas con periódicos y las lanzó sobre las gradas de madera. En un santiamén, el estadio ardió en llamas.
Veinte años después de aquel partido, Marcos se hizo cargo de la dirección técnica del América. En la temporada 1959-60 venció a los tres equipos de Jalisco (Guadalajara, Atlas y Oro) con idéntico marcador: 2-0. Orgulloso, comentó: “El nuevo número para llamar a Guadalajara es ‘2-0, 2-0, 2-0’”. La declaración provocó un incendio emocional. El clásico de clásicos había nacido.
Algo similar antecedió al partido que protagoniza esta crónica.
El Guadalajara tenía un equipo goleador que superó al León con un global de 6-0. Los Panzas Verdes eran entrenados por el uruguayo Ricardo Faccio, exjugador del Inter de Milán. Hombre caballeroso, describió a sus rivales con una frase que llegó a las portadas de los periódicos deportivos: “Lindo equipo”.
En cambio, el entrenador del América, Carlos Reinoso, hablaba de las Chivas como si el espíritu de Fernando Marcos reencarnara en su cuerpo. El mediocampista chileno ha sido el mejor extranjero que ha militado en el futbol mexicano, pero la camiseta amarilla se le impregnó como una segunda piel. “El América era un equipo muy mentalizado, pero parte de esa mentalidad implicaba el sentirse superior a los demás”, comenta Roberto Gómez Junco, personaje decisivo de la semifinal de 1983.
En su origen, el Guadalajara era un equipo desorganizado que mereció su apodo de Chivas por correr a lo loco. Cuando adquirió histórica relevancia, se transformó en el Rebaño Sagrado. Por su parte, los americanistas fueron los Canarios, de camiseta color crema, hasta que sus aires de grandeza forzaron un upgrade en el reino de las aves y se convirtieron en las Águilas de pecho amarillo.
El Guadalajara de 1983 recordaba al de los años sesenta, pero Reinoso no quería saber nada de eso. De poco sirvió que antes de enfrentarse al América, las Chivas derrotaran a un Atlante en el que militaban dos grandes mundialistas, el polaco Grzegorz Lato y el argentino Rubén “Ratón” Ayala, por un marcador global de 6-1. A pesar de esas victorias, el chileno desdeñaba a su rival y prohibía que sus jugadores intercambiaran camisetas al término del partido. Muchos años después diría en una entrevista: “Jugar contra Chivas era un odio natural”.
Aunque las Chivas atravesaban una racha favorable, en el América destacaban los argentinos Eduardo Bacas y Norberto Outes, y los mexicanos Cristóbal Ortega y Alfredo Tena. Después de derrotar al Atlético Potosino con un global de 6-0, visitaron al Guadalajara. El partido transcurrió como si las palabras de Reinoso fueran una profecía: el América ganó 1-2.
Todo estaba servido para que el antihéroe del futbol mexicano dominara el partido de vuelta en su propia casa: 90 minutos de trámite rumbo a la gloria.
América y Guadalajara son los únicos equipos que juegan de local en todos los estadios. Cuando se enfrentan, la pasión se divide en partes iguales; sin embargo, esa devoción parecía insuficiente para revertir el marcador.
El 20 de mayo, día de San Bernardino, los feligreses tapatíos encendieron veladoras a la Virgen de Zapopan, protectora del Guadalajara. Los teólogos del futbol recordaron entonces que el gran Bernardino del futbol tapatío, Berna García, no había jugado para las Chivas, sino para el Atlas. Mal augurio. Hubiera sido mejor esperar hasta el 22, día de Santa Rita de Siena, patrona de las causas imposibles, pero la fe tiene prisa y las velas se encendieron tres días antes del cotejo.
Las plegarias subían al cielo sin saber que algo extraño bajaría de ahí.
Un domingo anormal
En febrero de 2024, Roberto Gómez Junco, exjugador de Chivas y gran comentarista, presentó mi libro No fue penal. En el público se encontraba Félix Fernández, exportero del Atlante que también destaca como intérprete del juego. En la sesión de preguntas, Félix recordó el clásico más turbulento entre América y Guadalajara, cuando Roberto corrió hacia la banca del Águilas para festejar un gol épico con un gesto que para muchos fue obsceno y desató una bronca monumental.
La televisión ha convertido las tertulias deportivas en un género neurótico donde uno habla mientras otro grita. En ese escenario arrebatado, Gómez Junco mantiene la sensatez. En buena medida, esto se debe a su formación como lector y escritor. Ha publicado tres novelas y un poema que emula a “La suave Patria”, de Ramón López Velarde; escribe una muy leída columna semanal, y cada 2 de noviembre versifica ingeniosas “calaveras” sobre la fauna política del país. Sin embargo, el más aplomado de los comentaristas deportivos provocó un episodio que Félix recordó con la picardía que otorga la confianza.
Más de 40 años después de lo ocurrido, Gómez Junco explicó que toda euforia es incontrolable: sus ademanes fueron producto de la pasión, no de la ofensa. Y agregó un dato aun más extraño: ese partido fue tan inusual que tres paracaidistas cayeron a la cancha.
Días después, el periodista René Delgado organizó un festejo en el que coincidí con Miguel Nieto, dueño del Salón Los Ángeles. Entre los invitados se encontraba Roberto Zamarripa, director del periódico Reforma y buen conocedor del futbol. En 2010, en vísperas del Mundial de Sudáfrica, Gómez Junco, Zamarripa y yo habíamos participado en un programa de televisión con el técnico nacional, Javier Aguirre. Recordé ese encuentro y mencioné lo que acababa de escuchar en la presentación de mi libro acerca del partido interrumpido por paracaidistas.
Miguel Nieto oía la plática con amable resignación porque no le interesa el futbol, pero de pronto dijo: “Yo fui uno de ellos”. El 22 de mayo de 1983 se había tirado en paracaídas al Estadio Azteca.
En un lapso de 10 días me había topado con dos protagonistas de un encuentro insólito, jugado en el cielo y en la tierra. Recordé una frase de Nabokov: el destino es un “fantasma sincronizador”. No había manera de no contar esa historia.
En términos deportivos, el Estadio Azteca ha atestiguado escenas insuperables: el Brasil de Pelé en 1970, el “partido del siglo” entre Alemania e Italia en ese mismo Mundial y la Argentina de Maradona en 1986. Pero el futbol no solo consta de récords evidentes.
Un clásico es una excepción que se repite y augura lo improbable. Aun así, nada podía vaticinar lo que pasó en 1983.
Cuarenta y dos años después, dos participantes narran lo ocurrido.

Miguel: los números no mienten
A los 75 años, Miguel Nieto Applebaum transmite la calma que por lo visto solo se conquista tirándose en caída libre. Se ve 10 años más joven y aún se define como paracaidista. Ha vivido las más intensas noches de rumba como dueño del Salón Los Ángeles; afecto a las paradojas, dice: “Ya debo ponerme a trabajar porque todo lo anterior ha sido fiesta”.
El Salón Los Ángeles, orgullo de la colonia Guerrero, se inauguró en 1937 con la orquesta de Gonzalo Curiel. Fue fundado por Miguel Nieto Alcántara, abuelo del paracaidista, quien se hizo cargo del negocio hasta 1948. El padre de Miguel lo tomó entonces, pero murió en 1961 en un accidente. El abuelo retomó el timón sin mucho impulso: “Estaba muy deprimido —comenta Miguel—; entonces otra familia, de apellido Parrales, se hizo cargo del Salón; eso reforzó la raigambre popular porque ellos eran amigos de La Sonora Santanera y lograron que aquí debutaran Margarita la Diosa de la Cumbia y La Sonora Dinamita. Yo tomé el Salón en 1972, a los 22 años”.
Siendo el mayor de cuatro hermanos, Miguel se hizo cargo de la familia: “Tres años después mi mamá vino a ayudar, pero ya no salió de aquí y apoyó mucho el danzón, género tradicional al que no se le ha dado suficiente importancia, a pesar de que se baila en todas las plazas del país. Es ideal para gente mayor; está probado que es la mejor solución para prevenir la demencia senil y el alzhéimer. En los setenta yo promoví el ritmo del momento, que era la salsa; traje a Rubén Blades, Óscar d’León y otros. Tuve mucho que ver en demostrar, como decía Willie Colón, que la salsa no es un ritmo, sino un concepto”.
Desde los años cincuenta, la Unión de Saloneros organizó ahí bailes en las tardes para las familias del barrio. La costumbre prendió con tal fuerza que se conserva hasta la fecha y consolidó el lema que define al local: “El que no conoce Los Ángeles no conoce México”.
Fue ahí donde Benny Moré estrenó su canción “Bonito y sabroso”, dedicada a quienes mueven sus rutilantes zapatos en la pista: “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos”, cantó el astro cubano para celebrar al público de Los Ángeles.
También ahí el aire se encendió con los saxofones y las trompetas del Rey del Mambo, Dámaso Pérez Prado, y la pista recibió la impronta de Cantinflas y Diego Rivera. Los más diversos músicos han pasado por esa sala, de Gustavo Dudamel a Rigo Tovar y Café Tacvba. La película Danzón es una de las muchas que se han filmado en ese icónico escenario, y la obra de teatro Aventurera, de Carlos Olmos, inspirada en la película de Alberto Gout, se representó ahí durante tres años.
Me encontré con Miguel a la una de la tarde en el sitio que ha visto bailar a generaciones de mexicanos. Solo nosotros ocupábamos una mesa. La luz mortecina, el mobiliario anticuado, las fotos en las paredes, la rústica tarima del escenario tenían un aire de tiempo detenido, pero distinto al que produce un museo; el Salón Los Ángeles no propone una vuelta al pasado, sino algo más misterioso: continuar una época que ocurre desde siempre.
Nadie entiende mejor las virtudes que un rival. En 1954 surgió la principal competencia del Salón Los Ángeles. Se llamó California Dancing Club para sugerir mayor grandeza. Como suele pasar, la rivalidad realzó la importancia del enemigo. El negocio de la familia Nieto resistió esa y otras amenazas. En buena medida, esto se debió a una persona que odia hablar de problemas y busca soluciones. Por si fuera poco, además de esa sala de baile, Miguel Nieto Applebaum se hizo cargo, junto con la actriz María Rojo, de la resurrección del Salón México, antro legendario que había inspirado una película del “Indio” Fernández y una pieza para orquesta de Aaron Copland.
En cuanto nos encontramos, Miguel pidió dos botellas de agua, pero no probó la suya. Es alguien que se siente cómodo en forma austera. Después de la plática, sugirió que comiéramos en una fonda oaxaqueña. No recomendó el sitio (que resultó espléndido) como lo hubiera hecho un sibarita, sino al modo de un excursionista o un misionero: “Nunca me he enfermado ahí”.
Miguel creció en la colonia Lindavista, suburbio de clase media en el norte de la capital. Dos colegios religiosos dominaban la zona: el Guadalupe para las niñas y el Tepeyac para los varones, donde los alumnos eran azotados con una tira de hule Neolite. No es casual que en un sitio donde los “neolitazos” se consideraban edificantes, el deporte más popular fuera el futbol americano. Durante siete años (de los 11 a los 18), Miguel jugó de halfback con los Frailes del Tepeyac: “Decían que nuestro campo era de tierra, pero en verdad era de tierra y piedras; cuando íbamos a un campo de pasto nos parecía una alfombra”. Entre los maestros del colegio destacaba el severo padre Edwin, para quien las tacleadas eran una forma de la prédica.
Una de las características de Miguel es la de preservar lazos afectivos. Hasta la fecha sigue en contacto con los exalumnos del Tepeyac, aunque algunos le parecen demasiado conservadores: “El colegio tenía una tendencia disciplinaria que a veces era casi nazi, pero se salvaba gracias al lema benedictino: ora et labora”. Sus ojos brillan al decir esta frase: el trabajo es su moral.
De manera profética, el primer empleo de quien encontraría una diversión en las alturas fue el de elevadorista. Siendo menor de edad, aprovechó sus vacaciones para subir y bajar huéspedes en el Hotel del Prado. “En una ocasión entró una pareja al elevador y me tuve que hacer el tonto porque estaban dándose besos y arrumacos: ¡resultó que era un sacerdote del Colegio Tepeyac, que estaba con una maestra! Ese maestro acabó dejando la orden; la verdad, era mejor que resolviera sus asuntos de ese modo que abusando de menores”.
El vestíbulo del Hotel del Prado estaba decorado por el célebre mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que retrata a las principales celebridades de 1947. A partir de los 16 años, Miguel comenzó a reunirse con una fauna equivalente en el Salón Los Ángeles. No es casual que en 1998 Carlos Fuentes celebrara ahí sus 70 años, que coincidían con los 40 de la publicación de su novela sobre la Ciudad de México, La región más transparente.
Hay diversas formas de participar en las parrandas. Para Miguel, el reventón es cuestión de método. Willie Colón lo eligió como compadre y Celia Cruz como representante porque se puede confiar en él. Ha transitado por las noches en las que ruedan botellas y se alteran reputaciones con el temple de quien hace sumas y restas. Cuando tuvo que elegir una carrera, decidió ser actuario y estudió en la Facultad de Ciencias de la UNAM: “Siempre fui bueno para los procesos lógicos —dice con la sonrisa que rara vez abandona sus frases—. Me caía muy gordo que en un examen de historia o de ética el resultado pudiera estar sujeto a la interpretación del maestro; en cambio, los números no mienten: dos más dos da cuatro en cualquier sistema ideológico”.
Hacia 1970 entró a trabajar en la gerencia de planeación de la Cervecería Moctezuma; luego pasó por Procter & Gamble y en 1972 tomó el Salón México: “Durante un tiempo combiné dos trabajos, porque el del Salón era de noche”, dice quien promueve el jolgorio con rigor benedictino.
La política entró a su vida en forma inesperada. El movimiento estudiantil del 68 comenzó cuando él estaba en la Facultad de Ciencias y algunos de los principales líderes —Marcelino Perelló, Salvador Martínez della Rocca, Gilberto Guevara Niebla— iban en los cursos superiores. “Yo no participé en el movimiento —aclara—. Solo asistí a algunas manifestaciones, como la del Silencio. El 2 de octubre no iba a ir al mitin, pero tenía cita para renovar mi pasaporte en la Secretaría de Relaciones, en Tlatelolco. Estaba en la planta baja del edificio, como a las seis de la tarde, cuando oí disparos. Me quedé en estado de shock y peor cuando vi cuerpos que eran llevados a ambulancias. Me fui caminando muy despacio hasta mi coche, me desplomé en el volante y me puse a llorar. Estuve chille y chille, era una experiencia demasiado fuerte para un joven de 18 años. Entonces empezó mi concientización política”.
Le pregunto si eso definió el activismo que también caracteriza a su salón. “Muchos sindicatos y todos los partidos han organizado actos aquí, menos el PAN —agrega con orgullo—: De manera natural, aquí se hacían los acuerdos de los ferrocarrileros, aprovechando que la estación de Buenavista estaba cerca; sus principales líderes, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, sesionaron aquí antes de que los metieran en la cárcel de Lecumberri. En los setenta, cuando me hice cargo, apoyé proyectos como la firma de los documentos del Frente Zapatista y establecimos equidad de género: este fue uno de los primeros lugares donde una mujer pudo decir ‘no’ cuando la sacaban a bailar”.
Por la combinación de la barba y la sonrisa, el avatar de Miguel en dibujos animados podría ser un zorro o un mapache de astuta simpatía. No habla como un diplomático dedicado a las relaciones públicas, sino como alguien que es tolerante por sensatez; elogia a un amigo que trabaja como subgerente de la compañía de jabones Camay con el mismo entusiasmo con que habla de otro que pasó por el Partido Comunista.
Miguel desempeña un oficio donde el éxito llega con champaña y bailarinas. Cuando le pregunto al respecto, contesta en forma objetiva: “Siempre separé mi vida personal del negocio; no por falta de oferta, sino por decisión”. Durante siete años enfrentó la línea de golpeo del futbol americano y se decantó por los números, que no saben mentir. Ese rigor y esa disciplina requerían de una extraña compensación: saltar a 3 000 metros de altura.

Roberto: un hombre de palabra
“Ser futbolista no depende de ti —dice Roberto Gómez Junco en su habitual tono asertivo—. Si me preguntan si un joven debe ser médico o futbolista, aconsejo que sea médico porque su camino va a ser menos fortuito”.
La historia del futbol es una cruel trama de descartes. En sus memorias, Tostão, campeón del mundo en 1970, dice que los mejores jugadores que conoció se quedaron misteriosamente en el camino. La frase resulta aún más demoledora si se piensa que la dice alguien que militó en el Brasil de Pelé, Rivelino, Jair, Gérson y Carlos Alberto.
Los dos futbolistas que más me han impresionado en el futbol mexicano tuvieron una trágica vida breve. Alberto Onofre sufrió una fractura antes del Mundial de 1970 y nunca volvió a ser el mismo, y Manuel Manzo cayó en una borrasca alcohólica que truncó su carrera. Ambos eran constructores de juego con vocación goleadora y jamás hacían un lance desprovisto de elegancia. Gómez Junco estuvo con Manzo en el Atlético Español y atestiguó las jugadas de fantasía que los virtuosos solo hacen en los entrenamientos.
Tuve oportunidad de hablar con Manzo después de su retiro y lo oí decir con entereza: “Mi verdadero camino no era el futbol, sino el que ahora tengo”. Se refería a los albergues en los que ayuda a que la gente se recupere del alcoholismo. Podía estar satisfecho de su rendimiento como amateur en el Torneo de los Barrios, su paso por Atlético Español, Guadalajara y Pumas y su máximo día de gloria, cuando la selección nacional empató con Brasil en Maracaná con un gol suyo. Pero esos momentos luminosos tenían un sombrío reverso: los amigos que le entregaban afecto a cambio de que mantuviera el tren de las parrandas; el traslado a un equipo en Estados Unidos; el salto desde un trampolín después de haber bebido; la caída que casi lo desnucó. En su opinión, todo eso, tanto las luces como las sombras, fue una preparación para enmendarse.
Manzo no olvida el momento en que recuperó la conciencia después de su absurdo clavado. Temió haber quedado paralítico; dirigió la mirada a sus pies y pudo mover los dedos. No estaba inválido, y supo que debía tomar otro rumbo. Fue una conversión casi religiosa: salvar su vida sirvió para salvar otras vidas. “Era mi camino verdadero”, confiesa el inolvidable mediocampista.
En El loro de Flaubert, Julian Barnes afirma que toda vocación se define por la cancelación de opciones diferentes; para asumir un destino hay que “pacificar apócrifos”, y a veces se elige un oficio que conduce a otro: Manuel Manzo pasó por el futbol para rescatar náufragos del alcohol; su compañero de equipo, Roberto Gómez Junco, tuvo un primer destino apócrifo: se inscribió en Ingeniería en la UNAM, pero solo fue a tres clases porque lo fichó el Atlético Español; sin embargo, el deporte lo preparó para una aventura posterior, la de intérprete del juego, que domina como nadie.
En el horóscopo chino, Roberto responde al signo de mono, experto en travesuras y en convencer por medio del lenguaje. No hay duda de que es un hombre de palabra: fue expulsado 10 veces de la cancha, casi siempre por protestar.
Nos reunimos en su casa en Monterrey. Es un sitio agradable, cómodo y de buen gusto pero nada ostentoso, donde él y su esposa Maru fungen como insuperables anfitriones de reuniones, donde gente del futbol convive con artistas, profesores, traductores y colegas de la escritura. Cuando recibe a sus nietas, Roberto finge dormir una siesta eterna para que ellas le pinten la cara. Atesora las pocas noches en que el clima de Monterrey permite cenar al aire libre, en el patio de su casa, presidido por una fuente. A diferencia de Miguel Nieto, que vive con contención en medio de las farras ajenas, Roberto es un hedonista que se recupera a diario de las privaciones que tuvo como atleta profesional. El mejor intérprete de nuestro futbol también es el mejor invitado a un festejo.
La mañana en que nos encontramos, el aire acondicionado se había descompuesto. Roberto y yo “sudamos la camiseta”, pero no solo por el clima. Debía esforzarme para que el exjugador hablara de sí mismo, algo que no le gusta, y él debía esforzarse aún más para hacerlo. Aceptó el reto de volver a su pasado cuando le conté de mi encuentro con Miguel Nieto. Aun así, la entrevista le interesaba menos que la comida posterior, en la que ordenaría dosis exactas de frijol con “veneno”, queso fundido y parrillada; luego me arrebataría la cuenta con la habilidad con que recuperó balones en el césped.
Si Miguel Nieto es un hombre metódico que administra el riesgo, Gómez Junco —caso peculiar en el futbol— tiene un temperamento sensible y pasional, más cercano a un artista que a un atleta.
Hugo Sánchez ve el futbol imaginando lo que él podría hacer en cada jugada; por el contrario, Roberto se interesa en lo que hacen o dejan de hacer los demás. Es el futbolista menos autorreferente que conozco. El compromiso ante la grabadora lo hizo regresar a anécdotas que rara vez comenta.
Su pasión futbolística comenzó con los Jabatos de Nuevo León, en su natal Monterrey: “No olvido el partido Jabatos 4-Monterrey 2. Nunca disfrutaré más otro resultado”. Ese equipo, que solo permaneció tres años en la liga, le reveló lo que Vinicius de Moraes diría en un aforismo: “El amor es eterno mientras dura”. Roberto no se aficionó a otros colores. La camiseta verde perdura en su memoria como un talismán mágico. Ninguna otra escuadra, ni la Holanda de Cruyff, ni el Barcelona de Xavi, Iniesta y Messi, le parecería superior a los Jabatos que admiró cuando empezaba a chutar balones en el Colegio Regiomontano Contry. “Me cautivó que fueran un equipo diferente, aquí todos le van a Tigres o a Monterrey —señala con temple iconoclasta—. Seguramente me gustaba darle la contra a alguien; además, era un equipo que yo sentía del pueblo y el Monterrey era de la élite. Cuando descienden después de tres años, la decepción es tan grande que dejé de ser aficionado y concentré mis pasiones en jugar. Cumplí con mi cuota y ahora disfruto del que juegue bien”.
En un principio, el futbol fue una forma de relacionarse mejor con los compañeros de clase, pero la devoción aumenta cuando se tienen facultades y el pasatiempo se convirtió en una forma de vida. Gómez Junco acababa de cumplir 20 años cuando debutó como mediocampista del Atlético Español. No olvida la fecha: 9 de mayo de 1976. Ese equipo se había quedado con la franquicia del Necaxa y contrataba a jóvenes de talento, como Manuel Manzo, José Luis Trejo, Juan Manuel Álvarez y Jesús Rico.
El paso por el futbol le reveló el magnetismo de la cancha y el horror que la rodea. Una de las cosas más arduas para un futbolista son las concentraciones en los hoteles. Roberto se acostumbró a compartir cuarto con compañeros que escupían sobre la alfombra y se protegió de ese mundo con los libros: “La lectura era un refugio; en ocasiones incluso aparentaba que leía para que me dejaran en paz”, comenta.
Después de dos años en el Atlético, jugó en los dos equipos de Monterrey, Tigres y Rayados. A diferencia de países similares al nuestro, como Chile, Colombia o Argentina, México carece de un sindicato que defienda a los futbolistas. Inermes fuera de la cancha, suelen tener poca confianza dentro de ella. La preparación física ha mejorado, lo mismo que las condiciones técnicas; además, México ha sido varias veces campeón mundial sub-17. No falta potencial. Pero quienes despuntan como adolescentes se vienen abajo al cumplir la mayoría de edad. El principal déficit de nuestro futbol es mental.
Cuando Manuel Lapuente acababa de terminar su etapa de entrenador de la selección nacional, tuve oportunidad de preguntarle cuál era la principal característica del futbolista mexicano y contestó sin vacilar: “La obediencia”. Disciplinado en extremo (y en cierta forma amedrentado), el futbolista nacional no asume tareas imprevistas, pero lo que distingue a un crack es, precisamente, el ejercicio de lo improbable.
Una anécdota de Gómez Junco ilustra la debilidad del futbolista mexicano. En el Monterrey, él y otros tres jugadores —los mejor pagados del equipo— recibieron una mala oferta de renovación. Se pusieron de acuerdo para rechazar ese trato. Cada uno fue llamado a negociar por separado. Según lo discutido, Roberto se negó a firmar. Luego supo que los otros tres aceptaron por miedo a las consecuencias.
La temporada 1982-83 comenzó para él sin equipo. En ese momento le dijeron: “Las Chivas quieren hablar contigo”. El mensaje equivalía a una redención. Viajó a Guadalajara y una comida bastó para convencerlo del fichaje. Ahí empezó la etapa más importante de su carrera; poco después se casó con Maru, su excepcional compañera, y consolidó una trayectoria peculiar, que no solo se basaba en el rendimiento deportivo, sino en sostener convicciones dentro y fuera de la cancha.
La estupidez no ayuda al futbol, pero a veces la inteligencia sobra en ese medio. Con la pelota en los pies, Messi es el más sagaz de los humanos; sin ella, es un hombre bueno y monótono. Maradona dijo frases célebres con picardía de barrio, pero también profirió tantos dislates que su compañero de equipo Jorge Valdano lamentó que no opinara con el pie izquierdo. Gómez Junco es alguien que piensa, virtud que trae problemas. Su entrenador en Chivas era Alberto Guerra, que había destacado como futbolista en esa institución y que hablaba mucho con sus jugadores. En un principio, eso cautivó a Roberto. Después comprobó que hablar sirve para coincidir, pero también para discrepar.
En Argentina un futbolista puede ser figura sin recurrir al disciplinado arte de callarse. Jorge Valdano fue campeón del mundo desplegando los recursos retóricos que había perfeccionado con otro torrencial discutidor, César Luis Menotti. En cambio, en México, el entrenador se suele sentir desafiado por los jugadores que hablan.
Gómez Junco fue un caso aparte en un ambiente donde las crisis se enfrentan con evasivas. Al colgar los botines, prefirió ejercer el futbol desde la palabra y no quiso ser entrenador o directivo: “No tengo capacidad vocacional para dirigirme a ese universo; siempre pensé: ‘Aguanto este entorno porque me encanta la cancha’, sin jugar, no soportaría lo que rodea al futbol: el nivel educativo de los jugadores, las componendas de los dirigentes, la improvisación de directores técnicos —dice en forma contundente—. Pero al retirarme sentí un vacío tremendo —agrega, bajando la mirada—: dejar de jugar futbol no es como dejar de ir a una fábrica; vives en una isla, eres un privilegiado, apapachado por la afición. A mediados del 88, a los 32 años, me doy cuenta de que ya no voy a jugar. Con lo que había ganado podía vivir dos años, según yo, pero eran cuentas alegres. Me gustaba escribir, a un nivel elemental, y llegué ahí un poco por accidente. Osvaldo Batocletti, gran jugador argentino, ya escribía en el periódico Metro y eso me animó. Mandé cinco artículos a Editora El Sol y pensé que era asunto archivado; para mi sorpresa, después me llamaron de El Norte para ofrecerme una columna”.
El 14 de enero de 1989, ochos meses después de su retiro, inició sus colaboraciones semanales con un artículo sobre el clásico Tigres-Monterrey. Admiraba al mítico Ignacio Matus, cronista del Esto, y había leído numerosos libros con pasión y desorden. “Siempre me quedó la espina de no haberme retirado a los 36 o 37 años. Escribir me ayudó a alejarme menos dolorosamente de las canchas y me permitió aclarar conceptos. Entonces creía que mis artículos eran muy meticulosos y ahora me sorprendo de que los hayan publicado, como si no hubiera escrutinio. Luego me llamaron para la televisión y se consolidó la segunda parte de mi vida”, comenta.
Gómez Junco no vive rodeado de trofeos y camisetas ejemplares como otros colegas del oficio. Lleva el pasado en la mente, lo cual confirma su vocación de narrador.

Miguel: budismo de alta velocidad
Como gerente del Salón Los Ángeles, Miguel Nieto descubrió que la mejor manera de sobrevivir a los riesgos de la parranda consiste en asumir otros riesgos. A los 13 años aprendió a manejar y sorteó una posible detención con un memorándum de Tránsito que lo facultaba para acelerar en compañía de un adulto. De los coches pasó al vehículo de la contracultura: la motocicleta. No es casual que conociera a su esposa dándole un aventón en una Honda 750.
De acuerdo con Miguel, la pasión del motociclista no se basa en la rapidez del desplazamiento: “Se trata de una sensación de libertad”. La recompensa no es controlar el motor, sino el paisaje.
Su recorrido más largo vinculó dos países. Compró una moto en San Francisco, remontó la carretera número 1 de Estados Unidos, atravesó la península de Baja California, tomó el ferry de La Paz a Mazatlán y desembocó en la Ciudad de México. “Casi siempre llegaba al límite de velocidad: 210 o 220 kilómetros por hora en las motos de entonces”, dice con tranquilidad.
Hay oficios en los que la caída es un recurso de trabajo. Miguel habla de las suyas con la naturalidad de un portero que se refiere al arte de venirse abajo. No olvido el momento en que hablé con Félix Fernández de nuestras hijas recién nacidas. Le conté de mi angustia al ver caer a mi hija de la cama y el guardameta del Atlante contestó: “Caerse es natural”. Lo mismo piensa el administrador de las noches capitalinas; habla de sus accidentes en moto como de simples gajes del oficio.
Meticuloso en extremo, Miguel calcula la cantidad exacta de cubitos de hielo y bebidas para apagar la sed de 2 000 gargantas. Este cuidado engranaje requiere de un desfogue: la velocidad, que no concibe como un peligro, sino como una expansión espiritual. Es fácil suponer que las endorfinas generadas por su cuerpo se parecen a las del maratonista; más complejo, y acaso más genuino, es entender que también se parecen a las de un monje en estado de meditación.
Los autos y las motos fueron el prólogo de otra extraña forma de relajación. En 1976, año en que su madre comenzó a acompañarlo en el trabajo, se enteró por un amigo de unos cursos de paracaidismo: “Nos entrenó un capitán de la brigada de paracaidistas y comenzamos a saltar en Tequesquitengo. La gente piensa que va a sentir vértigo, pero el viento te impulsa y te mueve; lo manejas como manejas el agua en el nado; lo único que no puedes hacer es volver hacia arriba; la sensación de desplomarte solo ocurre cuando saltas de un cuerpo fijo”.
Quise saber a qué se refería con “cuerpo fijo” y habló de los amigos que saltan de edificios. Contrarrestó este dato escalofriante diciendo: “Nunca sentí miedo; me apasionó el deporte y llegué a ser presidente de la Sociedad de Paracaidistas”. Compitió en un campeonato panamericano y participó en Francia en un cotejo de precisión en el aterrizaje: “En aquel entonces tenías que caer en un círculo de 10 centímetros, ahora es de cinco. La verdad es que he hecho muy pocos saltos”, añade quien se ha lanzado 1 300 veces desde un avión. En tierra, Miguel es un actuario al que no se le escapa una cifra; en el cielo, todo número le parece insuficiente.
Su sonrisa se convierte en carcajada cuando habla de la gente que solo salta una vez, besa la tierra y jura que no lo volverá a hacer: “La adrenalina del que repite es diferente; aprendes a moverte en el aire”. Le pregunto si alguna vez sintió la tentación de combinar la experiencia del salto con la mariguana: “Solo una vez, de joven, pero no me gustó estar fuera de control —responde en forma previsible—. Pierdes la apreciación del tiempo, los segundos se te pueden hacer muy largos y eso es peligroso cuando estás cayendo a 200 kilómetros por hora”.
En su trayectoria como paracaidista asumió riesgos como lanzarse, en Veracruz, en un salto de exhibición en medio de un temporal, con el resultado de que cayó al mar. También participó en un festival aéreo en Ciudad Universitaria (“Leí en el periódico que solo se iban a lanzar americanos y propuse una competencia de precisión con mexicanos”) y fue uno de los intrépidos que desafiaron el aire revolvente del Estadio Querétaro. Lanzarse ahí era como entrar en un ciclón de viento. Esa experiencia lo convirtió en candidato ideal para recibir una invitación del Club América, que marcaría la semifinal de 1983.
Miguel Nieto Applebaum ha vivido al margen del futbol, a pesar de que su hermano Gil Enrique es promotor de futbolistas. Cuando lo invitaron a lanzarse al Azteca no pensó en la importancia de ese lance. Menciono la dimensión metafórica de que unos paracaidistas cayeran al campo de las Águilas y responde con amable desinterés: “Era algo así”.
El 22 de mayo amaneció con cielo despejado. El único problema para realizar el salto eran los cables que atravesaban el Estadio Azteca y de los que pendía el sonido local. Durante 52 años, esa gigantesca bocina transmitió la entonada voz de Melquiades Sánchez Orozco. Mi generación no olvidará sus frases: “Alineaciones para el juego de hoy…”, “Gol anotado por Evaristo, número 7…”, “Brandy Bobadilla 103 informa…”. De niño, tenía la fantasía de perderme en el estadio para que Melquiades dijera: “Los padres del niño Juan son esperados en el túnel número 1”. Una de mis emociones más intensas ocurrió en 2016, cuando presenté el libro La década inolvidable: el futbol mexicano de los setenta, de Heriberto Murrieta. En la sección de preguntas, un hombre ya mayor pidió la palabra y se refirió a algo que yo había dicho. Con indecible asombro escuché… “¡la voz del Azteca!”: Esa noche, Melquiades nos trasladó a los domingos de sol en el estadio.
Para los aficionados, el sonido local era un estuche de la magia; para Miguel Nieto era un obstáculo: “En lo único que pensaba era en el cuadrante en el que debía caer; la bocina ni siquiera estaba en el mero centro, los cables formaban una equis que debíamos sortear. No nos pagaban tan bien para el nivel de riesgo, pero era un reto emocionante”.
El espectáculo aéreo constaba de cuatro paracaidistas. Uno de ellos, Gustavo Kramer, moriría años después, saltando en paracaídas en el mar (“No recuerdo si ese domingo cayó en el estadio o en el estacionamiento”, comenta Miguel). Los otros tres sí llegaron a la cancha, pero solo Miguel dio en el centro: “Me desplomé ahí de sentón y recuerdo que un locutor dijo: ‘Así como ese paracaidista se desplomó el América’”. Lo acompañaban Gustavo Sumano, quien luego se mudó a Guadalajara y trabajó como piloto e instructor de caída libre, y Juan Manuel Saavedra, que ha hecho espectaculares saltos desde puentes y edificios en China y que en México se lanzó desde el World Trade Center y el Hotel Hilton de la Alameda.
El 22 de mayo debían hacer un “salto base” de poca altitud. A las 12:55, durante el intermedio del partido, dispondrían de 11 segundos para llegar al césped. Todo era perfecto, menos la comunicación por radio del avión Cessna 206. En el momento crucial se quedaron sin noticias del estadio. Calcularon el tiempo transcurrido, se asomaron al óvalo del Azteca y vieron que no había jugadores (ignoraban que todos estaban discutiendo al borde del campo por las decisiones del árbitro). Se lanzaron al vacío justo en el momento en que se reanudaba el juego.
Miguel Nieto Applebaum tocó la cancha que consagró a Pelé y a Maradona. ¿Qué pensó en ese momento? “En no chocar con ningún jugador, lo único que me importaba era no matarme”.
Al decir esto desvía la vista hacia las fotos enmarcadas de los célebres asistentes al Salón Los Ángeles. Esas imágenes integran el retablo barroco de su vida. Vistas de lejos, adquieren una condición borrosa y piden ser recuperadas a través de la memoria. Ahí está el más importante legado de su vida. Sin embargo, no deja de pensar en la pasión que lo complementa: “Tal vez salte a fin de este año —Miguel retoma la conversación—: mis hijas no quieren por mi presión alta. No tengo nada que demostrar, eso ya lo hice, pero ahí tengo mi paracaídas”.
Le pregunto si se considera arriesgado o prudente. Guarda un largo silencio: “Arriesgado —responde, después de pensar la pregunta con una calma que demuestra que también es prudente—. En cualquier actividad los accidentes se dan en la gente con más experiencia o con menos experiencia —añade—: los de en medio somos más precavidos: el peligro está en el exceso de confianza o la falta de preparación”.

Roberto: “Me perdono a mí mismo”
“En 1983 yo era otra persona: un futbolista de 27 años”, dice Roberto. Lo conozco desde hace décadas y me cuesta trabajo asociarlo con un temperamento impulsivo. Como he dicho, su vida gira en torno al lenguaje, pero en 1983 las palabras lo llevaron a un estado de ebullición: “Después de perder el primer partido en el Estadio Jalisco nos dábamos por derrotados y Reinoso nos lo recordaba con sus declaraciones; pero no queríamos que les resultara sencillo llegar a la final. Hablé mucho con mis compañeros. Recuerdo estar en un entrenamiento con Demetrio Madero, Sergio Lugo y Celestino Morales, con los que mejor relación tenía (aunque nunca fui de tener muchos amigos en el futbol), y les propuse hacer todo lo posible para que ellos no salieran completos del partido: ‘Que les cueste caro, que lo sientan, estarán en la final: felicidades, enhorabuena, pero no llegarán completos’. Voy camino al aeropuerto con Álex Guerrero, entrañable compañero que ya falleció, y también a él le parece imposible ganar el partido, pero ya había permeado lo de perjudicar al máximo al América, todos estábamos en esa sintonía”.
En pocas palabras, se trataba de lesionar a varios jugadores: “Entonces yo estaba físicamente mejor que ahorita, mentalmente peor —aclara Roberto; hace una pausa reflexiva y continúa—: Me veo en otra vida, me cuesta reconocerme a mí mismo, pero sí: tenía un espíritu competitivo innegable; sentía un dolor tremendo después de cada derrota y una euforia incomparable con el triunfo. Desde niño quieres ganar y quieres ganarles a jugadores cada vez mejores. Una de las cosas que te enseña el futbol es a vivir con esos altibajos —Roberto acelera el ritmo de la narración, pero de pronto se detiene—: No me gusta hablar de esa semifinal, en primer lugar porque no me gusta seguir viviendo en el pasado, algo que veo en muchos jugadores. El presente abruma demasiado al futbolista y yo lo disfruto mucho, atesoro lo que pasó, pero no vivo de eso. En este caso, además, al año siguiente se jugó la única final entre Chivas y América, y la perdimos. Fue mi mayor trauma: en 1984 volvimos a enfrentarnos al América de Reinoso y nos ganaron con un hombre menos. Quizá eso hizo que el gozo de la semifinal fuera efímero”.
Dicho esto, su plática da un viraje emocional: “Fue muy especial jugar con Chivas. Durante mucho tiempo fue un equipo en el que básicamente jugaban tapatíos; me veían como un fuereño, me observaban de manera particular; no venía de las fuerzas básicas y se preguntaban: ‘¿Por qué llega este cuate?’. Después eso ha proliferado, pero entonces era raro. Con Atlético Español, Tigres y Monterrey me acostumbré a tener seguidores locales, pero Chivas tenía aficionados en todo el país, incluso en casa de su máximo adversario, el América. Ese poder de convocatoria me abrió a un mundo muy distinto. No hay otro país donde el estadio se llene a la mitad con el público de su acérrimo rival. Ahí entendí la responsabilidad de jugar con Chivas, en un tiempo en que era posible competir con jugadores mexicanos, algo que ha cambiado por completo”.
Le pido que volvamos a la semifinal de 1983: “El partido en el Azteca rebasó a Alberto Guerra, a lo mejor se enteró de que íbamos a romper piernas, pero no recuerdo que haya dado indicaciones al respecto. Tal vez pensó que esa furia llevaría al milagro. Fue uno de mis mejores entrenadores; pero ese día habló poco, dejó que las cosas sucedieran y nosotros tomamos la iniciativa. Salimos a la cancha dispuestos a todo. Habíamos perdido 1-2 en la ida, confirmando que el América era un equipo poderoso que rompía todos los récords. Estamos hablando de los tiempos en que había campañas largas, de 38 partidos, y las victorias valían dos puntos. Ellos habían arrasado en el torneo con una maquinaria de futbol tremenda. Pero metimos dos goles y todo salía bien: ¡no queríamos que acabara el primer tiempo! Desde los roces iniciales, la intensidad era tal que superó al árbitro, Edgardo Codesal, que pitaría la final de Alemania contra Argentina en 1990. Codesal expulsó a dos del América y a uno del Guadalajara, que no había intervenido. Hay imágenes que no se te olvidan y eso que estamos hablando de algo que pasó hace 42 años; el de la bronca había sido Cisneros, pero expulsaron a Javier Cárdenas, que en paz descanse. Lo recuerdo jurando por sus hijos que no había hecho nada. De todos modos, Codesal lo expulsó. “¡Ya créele!”, le decíamos, pero no nos hizo caso. Cuando volvimos a la cancha, después de la discusión, cayeron los paracaidistas. Pensé que eran “hombres águila” para un show del medio tiempo. Lo tomamos como algo anecdótico, bastante irreal, y llegamos al vestidor eufóricos, muy estimulados. En esa época había mucho dopaje, que estaba solapado, pero nuestra droga era la euforia. Nos fuimos al descanso con un global de 3-2 a nuestro favor y nueve de ellos contra 10 de nosotros, no se podía pedir más. La sensación era incomparable y esa confianza aumentó en el segundo tiempo”.
El marcador favorecía a las Chivas, pero el partido aún no era perfecto. En el segundo tiempo, después de haber estado a punto de anotar de media distancia, Gómez Junco filtró un pase para que llegara el tercer gol, de Sammy Rivas. El mediocampista que había empezado la temporada sin equipo alcanzó un logro inusitado. En estado de éxtasis, corrió por la banda y se encontró frente a la banca del América: “Hice un gesto impulsivo, involuntario, automático, pero que podía ser obsceno. Ocho americanistas salieron sobre mí. Fue una locura. Cuando llegamos al hotel después del partido me amenazaron con llevarme a la delegación. Me recrimino por no haber pensado en la final. Nuestra obsesión era perjudicar al América y nos encontramos con la sorpresa de que ganamos. Me suspendieron por el festejo y no pude jugar la final contra el Puebla. Perdimos unos cinco titulares entre lesionados y suspendidos y aun así nos fuimos a penales en ese partido” (que perdió Chivas).
Si la FIFA tuviera sentido del rigor, no le habría confiado una final de Copa del Mundo al árbitro que gestionó tan mal ese partido. Pero México había sido excluido de Italia 90 por el caso de los “cachirules” para favorecer a Estados Unidos y la FIFA quería compensar a la Federación Mexicana de Futbol, siempre dócil ante sus abusos. En Italia, Codesal actuó como un soldado de la burocracia mundialista y marcó penal dudoso en favor de Alemania, perjudicando a Argentina y a Maradona, que criticaba la corrupción del jerarca de la FIFA, João Havelange.
Para Gómez Junco, la derrota en la final de 1984 tuvo un epílogo que no le gusta recordar: “Me ilusionaba llegar al Mundial del 86, pero salí de Chivas y todo fue diferente”.
¿Por qué abandonó al equipo que lo había encumbrado? La memoria es un aparato singular: olvida contextos y situaciones generales, pero recuerda escenas con minucia de laboratorio. En 1983, el entusiasmo de vencer al América fue tan poderoso que borró todo lo demás; en cambio, la derrota ante el mismo América en la final de 1984 convirtió el suceso en algo dolorosamente recordable.
Al volver al tema, emerge la segunda vocación de Gómez Junco: el lenguaje. En su opinión, la final trágica se perdió porque Alberto Guerra no supo transmitir sus ideas en el medio tiempo. “Curiosamente, no recuerdo lo que Guerra dijo en la semifinal de 1983, pero no olvido el mensaje erróneo de la final de 1984; en el primer tiempo jugamos mejor que el América; tuvimos un penalti que fallamos y acabamos con un hombre más; todo nos beneficiaba, pero no sé si la molestia del penal fallado hizo que Alberto diera un mensaje equívoco: ‘Estamos de la patada, no puede ser’. Cundió un desconcierto que nos afectó. Me imagino que en el vestidor del América pasaba lo contrario: con un hombre menos salieron a dar otro partido. Es fácil eludir responsabilidades y culpar al técnico, pero eso nos afectó. Retrospectivamente me cuestiono a mí mismo la decisión de salir de Chivas. Ahora me considero menos impulsivo; mi salida fue un encabronamiento mal procesado. Recuerdo el encuentro con Guerra cuando regresamos de vacaciones para preparar la temporada 84-85. Yo estaba sentado en su oficina, frente a su escritorio, cuando me dijo: ‘Te queda un año de contrato, pero vas a tener que pelear por el puesto’. Lo sentí como una amenaza; yo no sabía que los puestos se ‘garantizaban’. Durante dos años había sido titular porque me lo había ganado partido a partido. Eso me confirmó que debía salir de Chivas. Pagué lo que debía de contrato y me fui a Toluca. Mi nivel cayó, no superé el cambio, fue un deterioro psicológico. Traía un desánimo que tal vez era un arrepentimiento que no quería reconocer. Hay cosas que solo extrañas cuando las pierdes”.
Le pregunto si habló del tema con las dos personas que eran su principal referente, su padre y su esposa: “Primero decidía y luego consultaba. Le dije a Maru, que siempre me ha apoyado: ‘Te aviso que nos vamos en tres meses de Guadalajara’”.
La cancha tiene un efecto transfigurador. Dentro de ella, Maradona era el más entregado de los compañeros; afuera, resultaba incontrolable. Gómez Junco es el caso opuesto; la persona reflexiva que tengo enfrente se convertía en un mediocampista temperamental al oler el césped.
Le hablo de este contraste y responde: “El impulso repentino que me llevó a festejar como festejé en aquella final es muy distinto al que me sacó de Chivas, que fue un impulso sostenido; no quería jugar un partido más en ese equipo. Me gustaba el incomparable apoyo de los seguidores, pero también ellos estaban frustrados. Teníamos el título en bandeja y no lo ganamos. El año anterior les dimos una satisfacción que no tenían contemplada, pero fallamos ante lo más obvio. No me quería retirar y para sentirme bien en la cancha tenía que estar en otro equipo. Equivocadamente pensaba eso y todo cambió para mí; el Toluca no pasaba por un buen momento y mi nivel bajó. Físicamente estaba bien porque tenía 28 años, pero era un asunto mental; no entendía que se tuviera que jugar a las 11 de la mañana en Toluca, nadie nos seguía como visitantes, no llenábamos estadios, todo me afectaba. En 1985 ya sabía que no me iban a convocar para el Mundial del 86”.
Cuando Pep Guardiola era futbolista, Jorge Valdano dijo que se trataba de un entrenador con el balón en los pies. De Gómez Junco se puede decir que era un comentarista con el balón en los pies: “Con el Toluca me expulsaban de inmediato por reclamarle al árbitro. Siempre fui discutidor y había árbitros que me saludaban con la amarilla. Pero cambiar de equipo trajo una diferencia radical. ‘¡Es que estoy en Toluca!’, pensé: al séptimo partido ya llevaba tres tarjetas rojas. No tenía la investidura de Chivas; en Toluca el árbitro me expulsaba por voltear a verlo. Ahí empezó un declive sostenido hasta mi retiro en el 88 —agrega con la calma de quien triunfó en la siguiente etapa de su vida. Sin embargo, la comezón del juego no lo abandona—: Acabo de soñar que me convocan a un partido y siento que no estoy para jugar. Me veo como soy ahora y me pregunto: ‘¿No saben que tengo sobrepeso?’. A veces sueño que entro al campo y no sé dónde termina la cancha o que la pelota es de trapo y se convierte en otra cosa. Hace 10 años ya tenía sobrepeso y ahora estoy peor, pero en el sueño se supone que soy un futbolista de alto rendimiento. También sueño que se atraviesan personas o familiares en la cancha que no me dejan jugar”.
En 1983, la realidad fue más sorprendente que este último sueño: tres paracaidistas invadieron la cancha.

Formas de ver el cielo
A diferencia de Gómez Junco, Miguel Nieto dice: “No recuerdo mis sueños. Soy un hombre tan infeliz como cualquiera, pero no tengo pesadillas. O más bien tan feliz: creo que la vida me ha tratado mejor de lo que merezco”.
Termino mi botella de agua sin que él toque la suya. Miguel ha dado cientos de entrevistas sobre las noches del Salón México y su impacto cultural en la ciudad, pero nunca consideró que su afición a saltar tuviera relevancia. Cuando le recuerdo el momento en que tocó el pasto sagrado, se concentra en un detalle del todo ajeno a la épica: “El inspector autoridad nos pidió que nos apuráramos a recoger los paracaídas”.
En el Estadio Azteca la acústica se concentra en el centro del campo, justo donde él cayó. Rodeado de jugadores y ante el estruendo de la multitud, tenía la oportunidad de pedirle la camiseta a un protagonista del juego, pero eso no le interesaba en lo más mínimo. Le pregunto si se quedó a ver el segundo tiempo. Una vez más su sonrisa se convierte en carcajada: “¡Claro que no!, lo único que queríamos era salir rápido de ahí”.
Su peculiar intromisión en la historia del futbol mexicano se había cumplido. Miguel Nieto Applebaum abandonó el campo con la indiferencia de quien solo juega en el cielo.
La situación de Roberto Gómez Junco era la opuesta: “Nunca olvidaré el grito de ‘¡Chivas, Chivas!’ con el estadio lleno —recuerda emocionado—: Estamos hablando de un Azteca con más de 100 000 espectadores, antes de la remodelación. Entonces el público no llevaba tantas playeras de equipos como ahora, la mercadotecnia no era tan fuerte. Si anotabas, sentías que todo el estadio era Chiva. Esa sublimación, ese sentirme realizado, difícilmente lo podré sentir en otro lugar”.
Le pregunto si pensó en quiénes eran los paracaidistas: “No —sonríe—: eso me sucedió contigo, 42 años después, cuando me dijiste que habías conocido a uno de ellos. Nunca me pregunté quiénes eran. Fue algo anecdótico: tres cuates que de pronto cayeron en la cancha. Lo importante era eliminar al América, todo lo demás era secundario. Ahora lo veo de otro modo. Quiero conocer a ese paracaidista. Estuvimos a 15 metros en el momento más importante de mi vida profesional”.
Se atribuye poca capacidad reflexiva a los futbolistas. Para destacar con el balón hay que tener una disciplina cuyos acicates suelen ser la pobreza, la discriminación, las carencias que se trascienden con tiros de insólita puntería. La introspección no parece formar parte de ese repertorio. Gómez Junco representa una anomalía en ese ámbito. Los fogonazos que disparaba de media distancia ahora aparecen en sus palabras. Guarda un silencio, como quien busca el ángulo de la portería, y lanza la frase que resume el interminable 22 de mayo de 1983: “Los paracaidistas cayeron del cielo cuando yo me elevaba ahí”.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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Caen las Águilas, caen los paracaidistas. Es el 22 de mayo de 1983, semifinal del torneo de liga, América contra Guadalajara. Chivas lo va ganando 0-1, pero hace ya muchos minutos que queda claro que todo se saldrá de control. Pierna fuerte, ánimos de pelea y, en eso, poco antes del medio tiempo, la señal: tres paracaidistas aterrizan en el verde. Secuencia de la transmisión de TV.
Lo que iba ocurriendo poco antes del silbatazo de medio tiempo en aquella semifinal entre América y Chivas se acercó tanto al compendio perfecto del futbol mexicano que necesitó redondearse con una intervención divina (o, en propiedad, una invasión de campo proveniente del cielo). Era 1983, era el pasto sagrado del Estadio Azteca, y dos de los protagonistas, en la cancha y en el aire, levantan el recuerdo y comprueban que no fue un sueño.
Clásico de clásicos
La portería es un portal infinito: el gol llega más allá de las redes. Lionel Messi levanta el índice para dedicar la anotación a su difunta abuela. El único ganador de ocho Balones de Oro sabe que la auténtica meta del futbol no son los trofeos, sino el cielo.
El futbolista que anota establece contacto con algo que lo trasciende, es el intermediario que logra que las plegarias lleguen a su destino. Todos los sistemas de creencias necesitan de esos intercesores. Los mayas confiaban en los bacabs, jinetes celestes que provocaban lluvias, y la religión católica se amparó en querubines, serafines, ángeles y arcángeles para anunciar las novedades de la fe. Manuel Vázquez Montalbán definió al futbol como “una religión en busca de un Dios” y toda religión necesita mensajeros que la conecten con lo sobrenatural.
El Estadio Azteca ha sucumbido a toda clase de supersticiones, pero solo una vez estableció un contacto directo con el cielo: el 22 de mayo de 1983 tres paracaidistas llegaron a la cancha.
Ese día se disputaba el partido de vuelta de la semifinal del campeonato de liga entre los equipos con más seguidores del país, América y Guadalajara. La tensión anímica comenzó en el vigoroso terreno de las especulaciones: el América había ganado 1-2 como visitante y su entrenador, Carlos Reinoso, anunciaba con jactancia la segura victoria de los suyos. De ese modo se reanimaba la rivalidad iniciada en los años sesenta, cuando las Chivas eran el “Campeonísimo” que, al jugar solo con mexicanos, parecía representar a la nación entera: “La mitad del país, más uno, le va a las Chivas”, decía un dicho. En los globalizados y promiscuos tiempos modernos solo el Athletic de Bilbao puede ufanarse de un prestigio similar.
El arraigo del club tapatío es tan intenso que modifica el ánimo de su ciudad. En una ocasión asistí al Estadio Jalisco en compañía de Juan José Doñán, erudito que conoce los antecedentes de cada sacerdote, cada poeta y cada goleador que han oficiado en Jalisco. Ese domingo, las Chivas perdieron de manera aparatosa. Tomamos una rampa para salir de las gradas. A la distancia se veían las jacarandas en flor; el paisaje era idílico, pero la multitud se desplazaba en abrumado silencio: “Mañana no habrá tortillas”, dijo mi amigo. Pensé que se trataba de una metáfora, pero, en efecto, al día siguiente los comercios cerraron por desolación.
Si al Guadalajara le va bien eso beneficia a la selección. El partido más memorable del Tri ocurrió en Chile 62, cuando México venció 3-1 a Checoslovaquia, que sería subcampeona del Mundial. Esa escuadra legendaria estaba alimentada por jugadores de las Chivas Rayadas: Héctor Hernández, el “Tigre” Sepúlveda, el “Jamaicón” Villegas, Chava Reyes, el “Chololo” Díaz y el “Cura” Chaires.
Por su parte, el América surgió como el atractivo antihéroe del balompié nacional. Si no lo amas, sencillamente lo odias. El propio club ha sabido capitalizar este encono. En 2005 Nike lo patrocinó con un eslogan incuestionable: “Ódiame más”.
El rencor antiamericanista tiene sus motivos. En 1959, el equipo fue adquirido por Televisa y la cobertura de los locutores se volvió parcial, especialmente la de Fernando Marcos, capaz de provocar incendios reales e imaginarios.
Después de jugar en el España y el Asturias, Marcos se convirtió en árbitro y tuvo a su cargo el partido más polémico de nuestra agitada tradición. El 26 de marzo de 1939 el Asturias recibió al Necaxa, cuyos jugadores se entendían tan bien que recibían el mote de “Los Once Hermanos”. El consentido de la afición era Horacio Casarín. La gente quería ver sus gambetas, pero el virtuoso fue pateado sin misericordia ante los ojos de Marcos, que se tragó el silbato. El ídolo abandonó el campo herido. En esa época no había cambios y esto dejó al Necaxa en desventaja. Para colmo, el árbitro concedió un penalti en favor del Asturias, lo cual desató la ira de la porra rojiblanca, que encendió antorchas con periódicos y las lanzó sobre las gradas de madera. En un santiamén, el estadio ardió en llamas.
Veinte años después de aquel partido, Marcos se hizo cargo de la dirección técnica del América. En la temporada 1959-60 venció a los tres equipos de Jalisco (Guadalajara, Atlas y Oro) con idéntico marcador: 2-0. Orgulloso, comentó: “El nuevo número para llamar a Guadalajara es ‘2-0, 2-0, 2-0’”. La declaración provocó un incendio emocional. El clásico de clásicos había nacido.
Algo similar antecedió al partido que protagoniza esta crónica.
El Guadalajara tenía un equipo goleador que superó al León con un global de 6-0. Los Panzas Verdes eran entrenados por el uruguayo Ricardo Faccio, exjugador del Inter de Milán. Hombre caballeroso, describió a sus rivales con una frase que llegó a las portadas de los periódicos deportivos: “Lindo equipo”.
En cambio, el entrenador del América, Carlos Reinoso, hablaba de las Chivas como si el espíritu de Fernando Marcos reencarnara en su cuerpo. El mediocampista chileno ha sido el mejor extranjero que ha militado en el futbol mexicano, pero la camiseta amarilla se le impregnó como una segunda piel. “El América era un equipo muy mentalizado, pero parte de esa mentalidad implicaba el sentirse superior a los demás”, comenta Roberto Gómez Junco, personaje decisivo de la semifinal de 1983.
En su origen, el Guadalajara era un equipo desorganizado que mereció su apodo de Chivas por correr a lo loco. Cuando adquirió histórica relevancia, se transformó en el Rebaño Sagrado. Por su parte, los americanistas fueron los Canarios, de camiseta color crema, hasta que sus aires de grandeza forzaron un upgrade en el reino de las aves y se convirtieron en las Águilas de pecho amarillo.
El Guadalajara de 1983 recordaba al de los años sesenta, pero Reinoso no quería saber nada de eso. De poco sirvió que antes de enfrentarse al América, las Chivas derrotaran a un Atlante en el que militaban dos grandes mundialistas, el polaco Grzegorz Lato y el argentino Rubén “Ratón” Ayala, por un marcador global de 6-1. A pesar de esas victorias, el chileno desdeñaba a su rival y prohibía que sus jugadores intercambiaran camisetas al término del partido. Muchos años después diría en una entrevista: “Jugar contra Chivas era un odio natural”.
Aunque las Chivas atravesaban una racha favorable, en el América destacaban los argentinos Eduardo Bacas y Norberto Outes, y los mexicanos Cristóbal Ortega y Alfredo Tena. Después de derrotar al Atlético Potosino con un global de 6-0, visitaron al Guadalajara. El partido transcurrió como si las palabras de Reinoso fueran una profecía: el América ganó 1-2.
Todo estaba servido para que el antihéroe del futbol mexicano dominara el partido de vuelta en su propia casa: 90 minutos de trámite rumbo a la gloria.
América y Guadalajara son los únicos equipos que juegan de local en todos los estadios. Cuando se enfrentan, la pasión se divide en partes iguales; sin embargo, esa devoción parecía insuficiente para revertir el marcador.
El 20 de mayo, día de San Bernardino, los feligreses tapatíos encendieron veladoras a la Virgen de Zapopan, protectora del Guadalajara. Los teólogos del futbol recordaron entonces que el gran Bernardino del futbol tapatío, Berna García, no había jugado para las Chivas, sino para el Atlas. Mal augurio. Hubiera sido mejor esperar hasta el 22, día de Santa Rita de Siena, patrona de las causas imposibles, pero la fe tiene prisa y las velas se encendieron tres días antes del cotejo.
Las plegarias subían al cielo sin saber que algo extraño bajaría de ahí.
Un domingo anormal
En febrero de 2024, Roberto Gómez Junco, exjugador de Chivas y gran comentarista, presentó mi libro No fue penal. En el público se encontraba Félix Fernández, exportero del Atlante que también destaca como intérprete del juego. En la sesión de preguntas, Félix recordó el clásico más turbulento entre América y Guadalajara, cuando Roberto corrió hacia la banca del Águilas para festejar un gol épico con un gesto que para muchos fue obsceno y desató una bronca monumental.
La televisión ha convertido las tertulias deportivas en un género neurótico donde uno habla mientras otro grita. En ese escenario arrebatado, Gómez Junco mantiene la sensatez. En buena medida, esto se debe a su formación como lector y escritor. Ha publicado tres novelas y un poema que emula a “La suave Patria”, de Ramón López Velarde; escribe una muy leída columna semanal, y cada 2 de noviembre versifica ingeniosas “calaveras” sobre la fauna política del país. Sin embargo, el más aplomado de los comentaristas deportivos provocó un episodio que Félix recordó con la picardía que otorga la confianza.
Más de 40 años después de lo ocurrido, Gómez Junco explicó que toda euforia es incontrolable: sus ademanes fueron producto de la pasión, no de la ofensa. Y agregó un dato aun más extraño: ese partido fue tan inusual que tres paracaidistas cayeron a la cancha.
Días después, el periodista René Delgado organizó un festejo en el que coincidí con Miguel Nieto, dueño del Salón Los Ángeles. Entre los invitados se encontraba Roberto Zamarripa, director del periódico Reforma y buen conocedor del futbol. En 2010, en vísperas del Mundial de Sudáfrica, Gómez Junco, Zamarripa y yo habíamos participado en un programa de televisión con el técnico nacional, Javier Aguirre. Recordé ese encuentro y mencioné lo que acababa de escuchar en la presentación de mi libro acerca del partido interrumpido por paracaidistas.
Miguel Nieto oía la plática con amable resignación porque no le interesa el futbol, pero de pronto dijo: “Yo fui uno de ellos”. El 22 de mayo de 1983 se había tirado en paracaídas al Estadio Azteca.
En un lapso de 10 días me había topado con dos protagonistas de un encuentro insólito, jugado en el cielo y en la tierra. Recordé una frase de Nabokov: el destino es un “fantasma sincronizador”. No había manera de no contar esa historia.
En términos deportivos, el Estadio Azteca ha atestiguado escenas insuperables: el Brasil de Pelé en 1970, el “partido del siglo” entre Alemania e Italia en ese mismo Mundial y la Argentina de Maradona en 1986. Pero el futbol no solo consta de récords evidentes.
Un clásico es una excepción que se repite y augura lo improbable. Aun así, nada podía vaticinar lo que pasó en 1983.
Cuarenta y dos años después, dos participantes narran lo ocurrido.

Miguel: los números no mienten
A los 75 años, Miguel Nieto Applebaum transmite la calma que por lo visto solo se conquista tirándose en caída libre. Se ve 10 años más joven y aún se define como paracaidista. Ha vivido las más intensas noches de rumba como dueño del Salón Los Ángeles; afecto a las paradojas, dice: “Ya debo ponerme a trabajar porque todo lo anterior ha sido fiesta”.
El Salón Los Ángeles, orgullo de la colonia Guerrero, se inauguró en 1937 con la orquesta de Gonzalo Curiel. Fue fundado por Miguel Nieto Alcántara, abuelo del paracaidista, quien se hizo cargo del negocio hasta 1948. El padre de Miguel lo tomó entonces, pero murió en 1961 en un accidente. El abuelo retomó el timón sin mucho impulso: “Estaba muy deprimido —comenta Miguel—; entonces otra familia, de apellido Parrales, se hizo cargo del Salón; eso reforzó la raigambre popular porque ellos eran amigos de La Sonora Santanera y lograron que aquí debutaran Margarita la Diosa de la Cumbia y La Sonora Dinamita. Yo tomé el Salón en 1972, a los 22 años”.
Siendo el mayor de cuatro hermanos, Miguel se hizo cargo de la familia: “Tres años después mi mamá vino a ayudar, pero ya no salió de aquí y apoyó mucho el danzón, género tradicional al que no se le ha dado suficiente importancia, a pesar de que se baila en todas las plazas del país. Es ideal para gente mayor; está probado que es la mejor solución para prevenir la demencia senil y el alzhéimer. En los setenta yo promoví el ritmo del momento, que era la salsa; traje a Rubén Blades, Óscar d’León y otros. Tuve mucho que ver en demostrar, como decía Willie Colón, que la salsa no es un ritmo, sino un concepto”.
Desde los años cincuenta, la Unión de Saloneros organizó ahí bailes en las tardes para las familias del barrio. La costumbre prendió con tal fuerza que se conserva hasta la fecha y consolidó el lema que define al local: “El que no conoce Los Ángeles no conoce México”.
Fue ahí donde Benny Moré estrenó su canción “Bonito y sabroso”, dedicada a quienes mueven sus rutilantes zapatos en la pista: “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos”, cantó el astro cubano para celebrar al público de Los Ángeles.
También ahí el aire se encendió con los saxofones y las trompetas del Rey del Mambo, Dámaso Pérez Prado, y la pista recibió la impronta de Cantinflas y Diego Rivera. Los más diversos músicos han pasado por esa sala, de Gustavo Dudamel a Rigo Tovar y Café Tacvba. La película Danzón es una de las muchas que se han filmado en ese icónico escenario, y la obra de teatro Aventurera, de Carlos Olmos, inspirada en la película de Alberto Gout, se representó ahí durante tres años.
Me encontré con Miguel a la una de la tarde en el sitio que ha visto bailar a generaciones de mexicanos. Solo nosotros ocupábamos una mesa. La luz mortecina, el mobiliario anticuado, las fotos en las paredes, la rústica tarima del escenario tenían un aire de tiempo detenido, pero distinto al que produce un museo; el Salón Los Ángeles no propone una vuelta al pasado, sino algo más misterioso: continuar una época que ocurre desde siempre.
Nadie entiende mejor las virtudes que un rival. En 1954 surgió la principal competencia del Salón Los Ángeles. Se llamó California Dancing Club para sugerir mayor grandeza. Como suele pasar, la rivalidad realzó la importancia del enemigo. El negocio de la familia Nieto resistió esa y otras amenazas. En buena medida, esto se debió a una persona que odia hablar de problemas y busca soluciones. Por si fuera poco, además de esa sala de baile, Miguel Nieto Applebaum se hizo cargo, junto con la actriz María Rojo, de la resurrección del Salón México, antro legendario que había inspirado una película del “Indio” Fernández y una pieza para orquesta de Aaron Copland.
En cuanto nos encontramos, Miguel pidió dos botellas de agua, pero no probó la suya. Es alguien que se siente cómodo en forma austera. Después de la plática, sugirió que comiéramos en una fonda oaxaqueña. No recomendó el sitio (que resultó espléndido) como lo hubiera hecho un sibarita, sino al modo de un excursionista o un misionero: “Nunca me he enfermado ahí”.
Miguel creció en la colonia Lindavista, suburbio de clase media en el norte de la capital. Dos colegios religiosos dominaban la zona: el Guadalupe para las niñas y el Tepeyac para los varones, donde los alumnos eran azotados con una tira de hule Neolite. No es casual que en un sitio donde los “neolitazos” se consideraban edificantes, el deporte más popular fuera el futbol americano. Durante siete años (de los 11 a los 18), Miguel jugó de halfback con los Frailes del Tepeyac: “Decían que nuestro campo era de tierra, pero en verdad era de tierra y piedras; cuando íbamos a un campo de pasto nos parecía una alfombra”. Entre los maestros del colegio destacaba el severo padre Edwin, para quien las tacleadas eran una forma de la prédica.
Una de las características de Miguel es la de preservar lazos afectivos. Hasta la fecha sigue en contacto con los exalumnos del Tepeyac, aunque algunos le parecen demasiado conservadores: “El colegio tenía una tendencia disciplinaria que a veces era casi nazi, pero se salvaba gracias al lema benedictino: ora et labora”. Sus ojos brillan al decir esta frase: el trabajo es su moral.
De manera profética, el primer empleo de quien encontraría una diversión en las alturas fue el de elevadorista. Siendo menor de edad, aprovechó sus vacaciones para subir y bajar huéspedes en el Hotel del Prado. “En una ocasión entró una pareja al elevador y me tuve que hacer el tonto porque estaban dándose besos y arrumacos: ¡resultó que era un sacerdote del Colegio Tepeyac, que estaba con una maestra! Ese maestro acabó dejando la orden; la verdad, era mejor que resolviera sus asuntos de ese modo que abusando de menores”.
El vestíbulo del Hotel del Prado estaba decorado por el célebre mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que retrata a las principales celebridades de 1947. A partir de los 16 años, Miguel comenzó a reunirse con una fauna equivalente en el Salón Los Ángeles. No es casual que en 1998 Carlos Fuentes celebrara ahí sus 70 años, que coincidían con los 40 de la publicación de su novela sobre la Ciudad de México, La región más transparente.
Hay diversas formas de participar en las parrandas. Para Miguel, el reventón es cuestión de método. Willie Colón lo eligió como compadre y Celia Cruz como representante porque se puede confiar en él. Ha transitado por las noches en las que ruedan botellas y se alteran reputaciones con el temple de quien hace sumas y restas. Cuando tuvo que elegir una carrera, decidió ser actuario y estudió en la Facultad de Ciencias de la UNAM: “Siempre fui bueno para los procesos lógicos —dice con la sonrisa que rara vez abandona sus frases—. Me caía muy gordo que en un examen de historia o de ética el resultado pudiera estar sujeto a la interpretación del maestro; en cambio, los números no mienten: dos más dos da cuatro en cualquier sistema ideológico”.
Hacia 1970 entró a trabajar en la gerencia de planeación de la Cervecería Moctezuma; luego pasó por Procter & Gamble y en 1972 tomó el Salón México: “Durante un tiempo combiné dos trabajos, porque el del Salón era de noche”, dice quien promueve el jolgorio con rigor benedictino.
La política entró a su vida en forma inesperada. El movimiento estudiantil del 68 comenzó cuando él estaba en la Facultad de Ciencias y algunos de los principales líderes —Marcelino Perelló, Salvador Martínez della Rocca, Gilberto Guevara Niebla— iban en los cursos superiores. “Yo no participé en el movimiento —aclara—. Solo asistí a algunas manifestaciones, como la del Silencio. El 2 de octubre no iba a ir al mitin, pero tenía cita para renovar mi pasaporte en la Secretaría de Relaciones, en Tlatelolco. Estaba en la planta baja del edificio, como a las seis de la tarde, cuando oí disparos. Me quedé en estado de shock y peor cuando vi cuerpos que eran llevados a ambulancias. Me fui caminando muy despacio hasta mi coche, me desplomé en el volante y me puse a llorar. Estuve chille y chille, era una experiencia demasiado fuerte para un joven de 18 años. Entonces empezó mi concientización política”.
Le pregunto si eso definió el activismo que también caracteriza a su salón. “Muchos sindicatos y todos los partidos han organizado actos aquí, menos el PAN —agrega con orgullo—: De manera natural, aquí se hacían los acuerdos de los ferrocarrileros, aprovechando que la estación de Buenavista estaba cerca; sus principales líderes, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, sesionaron aquí antes de que los metieran en la cárcel de Lecumberri. En los setenta, cuando me hice cargo, apoyé proyectos como la firma de los documentos del Frente Zapatista y establecimos equidad de género: este fue uno de los primeros lugares donde una mujer pudo decir ‘no’ cuando la sacaban a bailar”.
Por la combinación de la barba y la sonrisa, el avatar de Miguel en dibujos animados podría ser un zorro o un mapache de astuta simpatía. No habla como un diplomático dedicado a las relaciones públicas, sino como alguien que es tolerante por sensatez; elogia a un amigo que trabaja como subgerente de la compañía de jabones Camay con el mismo entusiasmo con que habla de otro que pasó por el Partido Comunista.
Miguel desempeña un oficio donde el éxito llega con champaña y bailarinas. Cuando le pregunto al respecto, contesta en forma objetiva: “Siempre separé mi vida personal del negocio; no por falta de oferta, sino por decisión”. Durante siete años enfrentó la línea de golpeo del futbol americano y se decantó por los números, que no saben mentir. Ese rigor y esa disciplina requerían de una extraña compensación: saltar a 3 000 metros de altura.

Roberto: un hombre de palabra
“Ser futbolista no depende de ti —dice Roberto Gómez Junco en su habitual tono asertivo—. Si me preguntan si un joven debe ser médico o futbolista, aconsejo que sea médico porque su camino va a ser menos fortuito”.
La historia del futbol es una cruel trama de descartes. En sus memorias, Tostão, campeón del mundo en 1970, dice que los mejores jugadores que conoció se quedaron misteriosamente en el camino. La frase resulta aún más demoledora si se piensa que la dice alguien que militó en el Brasil de Pelé, Rivelino, Jair, Gérson y Carlos Alberto.
Los dos futbolistas que más me han impresionado en el futbol mexicano tuvieron una trágica vida breve. Alberto Onofre sufrió una fractura antes del Mundial de 1970 y nunca volvió a ser el mismo, y Manuel Manzo cayó en una borrasca alcohólica que truncó su carrera. Ambos eran constructores de juego con vocación goleadora y jamás hacían un lance desprovisto de elegancia. Gómez Junco estuvo con Manzo en el Atlético Español y atestiguó las jugadas de fantasía que los virtuosos solo hacen en los entrenamientos.
Tuve oportunidad de hablar con Manzo después de su retiro y lo oí decir con entereza: “Mi verdadero camino no era el futbol, sino el que ahora tengo”. Se refería a los albergues en los que ayuda a que la gente se recupere del alcoholismo. Podía estar satisfecho de su rendimiento como amateur en el Torneo de los Barrios, su paso por Atlético Español, Guadalajara y Pumas y su máximo día de gloria, cuando la selección nacional empató con Brasil en Maracaná con un gol suyo. Pero esos momentos luminosos tenían un sombrío reverso: los amigos que le entregaban afecto a cambio de que mantuviera el tren de las parrandas; el traslado a un equipo en Estados Unidos; el salto desde un trampolín después de haber bebido; la caída que casi lo desnucó. En su opinión, todo eso, tanto las luces como las sombras, fue una preparación para enmendarse.
Manzo no olvida el momento en que recuperó la conciencia después de su absurdo clavado. Temió haber quedado paralítico; dirigió la mirada a sus pies y pudo mover los dedos. No estaba inválido, y supo que debía tomar otro rumbo. Fue una conversión casi religiosa: salvar su vida sirvió para salvar otras vidas. “Era mi camino verdadero”, confiesa el inolvidable mediocampista.
En El loro de Flaubert, Julian Barnes afirma que toda vocación se define por la cancelación de opciones diferentes; para asumir un destino hay que “pacificar apócrifos”, y a veces se elige un oficio que conduce a otro: Manuel Manzo pasó por el futbol para rescatar náufragos del alcohol; su compañero de equipo, Roberto Gómez Junco, tuvo un primer destino apócrifo: se inscribió en Ingeniería en la UNAM, pero solo fue a tres clases porque lo fichó el Atlético Español; sin embargo, el deporte lo preparó para una aventura posterior, la de intérprete del juego, que domina como nadie.
En el horóscopo chino, Roberto responde al signo de mono, experto en travesuras y en convencer por medio del lenguaje. No hay duda de que es un hombre de palabra: fue expulsado 10 veces de la cancha, casi siempre por protestar.
Nos reunimos en su casa en Monterrey. Es un sitio agradable, cómodo y de buen gusto pero nada ostentoso, donde él y su esposa Maru fungen como insuperables anfitriones de reuniones, donde gente del futbol convive con artistas, profesores, traductores y colegas de la escritura. Cuando recibe a sus nietas, Roberto finge dormir una siesta eterna para que ellas le pinten la cara. Atesora las pocas noches en que el clima de Monterrey permite cenar al aire libre, en el patio de su casa, presidido por una fuente. A diferencia de Miguel Nieto, que vive con contención en medio de las farras ajenas, Roberto es un hedonista que se recupera a diario de las privaciones que tuvo como atleta profesional. El mejor intérprete de nuestro futbol también es el mejor invitado a un festejo.
La mañana en que nos encontramos, el aire acondicionado se había descompuesto. Roberto y yo “sudamos la camiseta”, pero no solo por el clima. Debía esforzarme para que el exjugador hablara de sí mismo, algo que no le gusta, y él debía esforzarse aún más para hacerlo. Aceptó el reto de volver a su pasado cuando le conté de mi encuentro con Miguel Nieto. Aun así, la entrevista le interesaba menos que la comida posterior, en la que ordenaría dosis exactas de frijol con “veneno”, queso fundido y parrillada; luego me arrebataría la cuenta con la habilidad con que recuperó balones en el césped.
Si Miguel Nieto es un hombre metódico que administra el riesgo, Gómez Junco —caso peculiar en el futbol— tiene un temperamento sensible y pasional, más cercano a un artista que a un atleta.
Hugo Sánchez ve el futbol imaginando lo que él podría hacer en cada jugada; por el contrario, Roberto se interesa en lo que hacen o dejan de hacer los demás. Es el futbolista menos autorreferente que conozco. El compromiso ante la grabadora lo hizo regresar a anécdotas que rara vez comenta.
Su pasión futbolística comenzó con los Jabatos de Nuevo León, en su natal Monterrey: “No olvido el partido Jabatos 4-Monterrey 2. Nunca disfrutaré más otro resultado”. Ese equipo, que solo permaneció tres años en la liga, le reveló lo que Vinicius de Moraes diría en un aforismo: “El amor es eterno mientras dura”. Roberto no se aficionó a otros colores. La camiseta verde perdura en su memoria como un talismán mágico. Ninguna otra escuadra, ni la Holanda de Cruyff, ni el Barcelona de Xavi, Iniesta y Messi, le parecería superior a los Jabatos que admiró cuando empezaba a chutar balones en el Colegio Regiomontano Contry. “Me cautivó que fueran un equipo diferente, aquí todos le van a Tigres o a Monterrey —señala con temple iconoclasta—. Seguramente me gustaba darle la contra a alguien; además, era un equipo que yo sentía del pueblo y el Monterrey era de la élite. Cuando descienden después de tres años, la decepción es tan grande que dejé de ser aficionado y concentré mis pasiones en jugar. Cumplí con mi cuota y ahora disfruto del que juegue bien”.
En un principio, el futbol fue una forma de relacionarse mejor con los compañeros de clase, pero la devoción aumenta cuando se tienen facultades y el pasatiempo se convirtió en una forma de vida. Gómez Junco acababa de cumplir 20 años cuando debutó como mediocampista del Atlético Español. No olvida la fecha: 9 de mayo de 1976. Ese equipo se había quedado con la franquicia del Necaxa y contrataba a jóvenes de talento, como Manuel Manzo, José Luis Trejo, Juan Manuel Álvarez y Jesús Rico.
El paso por el futbol le reveló el magnetismo de la cancha y el horror que la rodea. Una de las cosas más arduas para un futbolista son las concentraciones en los hoteles. Roberto se acostumbró a compartir cuarto con compañeros que escupían sobre la alfombra y se protegió de ese mundo con los libros: “La lectura era un refugio; en ocasiones incluso aparentaba que leía para que me dejaran en paz”, comenta.
Después de dos años en el Atlético, jugó en los dos equipos de Monterrey, Tigres y Rayados. A diferencia de países similares al nuestro, como Chile, Colombia o Argentina, México carece de un sindicato que defienda a los futbolistas. Inermes fuera de la cancha, suelen tener poca confianza dentro de ella. La preparación física ha mejorado, lo mismo que las condiciones técnicas; además, México ha sido varias veces campeón mundial sub-17. No falta potencial. Pero quienes despuntan como adolescentes se vienen abajo al cumplir la mayoría de edad. El principal déficit de nuestro futbol es mental.
Cuando Manuel Lapuente acababa de terminar su etapa de entrenador de la selección nacional, tuve oportunidad de preguntarle cuál era la principal característica del futbolista mexicano y contestó sin vacilar: “La obediencia”. Disciplinado en extremo (y en cierta forma amedrentado), el futbolista nacional no asume tareas imprevistas, pero lo que distingue a un crack es, precisamente, el ejercicio de lo improbable.
Una anécdota de Gómez Junco ilustra la debilidad del futbolista mexicano. En el Monterrey, él y otros tres jugadores —los mejor pagados del equipo— recibieron una mala oferta de renovación. Se pusieron de acuerdo para rechazar ese trato. Cada uno fue llamado a negociar por separado. Según lo discutido, Roberto se negó a firmar. Luego supo que los otros tres aceptaron por miedo a las consecuencias.
La temporada 1982-83 comenzó para él sin equipo. En ese momento le dijeron: “Las Chivas quieren hablar contigo”. El mensaje equivalía a una redención. Viajó a Guadalajara y una comida bastó para convencerlo del fichaje. Ahí empezó la etapa más importante de su carrera; poco después se casó con Maru, su excepcional compañera, y consolidó una trayectoria peculiar, que no solo se basaba en el rendimiento deportivo, sino en sostener convicciones dentro y fuera de la cancha.
La estupidez no ayuda al futbol, pero a veces la inteligencia sobra en ese medio. Con la pelota en los pies, Messi es el más sagaz de los humanos; sin ella, es un hombre bueno y monótono. Maradona dijo frases célebres con picardía de barrio, pero también profirió tantos dislates que su compañero de equipo Jorge Valdano lamentó que no opinara con el pie izquierdo. Gómez Junco es alguien que piensa, virtud que trae problemas. Su entrenador en Chivas era Alberto Guerra, que había destacado como futbolista en esa institución y que hablaba mucho con sus jugadores. En un principio, eso cautivó a Roberto. Después comprobó que hablar sirve para coincidir, pero también para discrepar.
En Argentina un futbolista puede ser figura sin recurrir al disciplinado arte de callarse. Jorge Valdano fue campeón del mundo desplegando los recursos retóricos que había perfeccionado con otro torrencial discutidor, César Luis Menotti. En cambio, en México, el entrenador se suele sentir desafiado por los jugadores que hablan.
Gómez Junco fue un caso aparte en un ambiente donde las crisis se enfrentan con evasivas. Al colgar los botines, prefirió ejercer el futbol desde la palabra y no quiso ser entrenador o directivo: “No tengo capacidad vocacional para dirigirme a ese universo; siempre pensé: ‘Aguanto este entorno porque me encanta la cancha’, sin jugar, no soportaría lo que rodea al futbol: el nivel educativo de los jugadores, las componendas de los dirigentes, la improvisación de directores técnicos —dice en forma contundente—. Pero al retirarme sentí un vacío tremendo —agrega, bajando la mirada—: dejar de jugar futbol no es como dejar de ir a una fábrica; vives en una isla, eres un privilegiado, apapachado por la afición. A mediados del 88, a los 32 años, me doy cuenta de que ya no voy a jugar. Con lo que había ganado podía vivir dos años, según yo, pero eran cuentas alegres. Me gustaba escribir, a un nivel elemental, y llegué ahí un poco por accidente. Osvaldo Batocletti, gran jugador argentino, ya escribía en el periódico Metro y eso me animó. Mandé cinco artículos a Editora El Sol y pensé que era asunto archivado; para mi sorpresa, después me llamaron de El Norte para ofrecerme una columna”.
El 14 de enero de 1989, ochos meses después de su retiro, inició sus colaboraciones semanales con un artículo sobre el clásico Tigres-Monterrey. Admiraba al mítico Ignacio Matus, cronista del Esto, y había leído numerosos libros con pasión y desorden. “Siempre me quedó la espina de no haberme retirado a los 36 o 37 años. Escribir me ayudó a alejarme menos dolorosamente de las canchas y me permitió aclarar conceptos. Entonces creía que mis artículos eran muy meticulosos y ahora me sorprendo de que los hayan publicado, como si no hubiera escrutinio. Luego me llamaron para la televisión y se consolidó la segunda parte de mi vida”, comenta.
Gómez Junco no vive rodeado de trofeos y camisetas ejemplares como otros colegas del oficio. Lleva el pasado en la mente, lo cual confirma su vocación de narrador.

Miguel: budismo de alta velocidad
Como gerente del Salón Los Ángeles, Miguel Nieto descubrió que la mejor manera de sobrevivir a los riesgos de la parranda consiste en asumir otros riesgos. A los 13 años aprendió a manejar y sorteó una posible detención con un memorándum de Tránsito que lo facultaba para acelerar en compañía de un adulto. De los coches pasó al vehículo de la contracultura: la motocicleta. No es casual que conociera a su esposa dándole un aventón en una Honda 750.
De acuerdo con Miguel, la pasión del motociclista no se basa en la rapidez del desplazamiento: “Se trata de una sensación de libertad”. La recompensa no es controlar el motor, sino el paisaje.
Su recorrido más largo vinculó dos países. Compró una moto en San Francisco, remontó la carretera número 1 de Estados Unidos, atravesó la península de Baja California, tomó el ferry de La Paz a Mazatlán y desembocó en la Ciudad de México. “Casi siempre llegaba al límite de velocidad: 210 o 220 kilómetros por hora en las motos de entonces”, dice con tranquilidad.
Hay oficios en los que la caída es un recurso de trabajo. Miguel habla de las suyas con la naturalidad de un portero que se refiere al arte de venirse abajo. No olvido el momento en que hablé con Félix Fernández de nuestras hijas recién nacidas. Le conté de mi angustia al ver caer a mi hija de la cama y el guardameta del Atlante contestó: “Caerse es natural”. Lo mismo piensa el administrador de las noches capitalinas; habla de sus accidentes en moto como de simples gajes del oficio.
Meticuloso en extremo, Miguel calcula la cantidad exacta de cubitos de hielo y bebidas para apagar la sed de 2 000 gargantas. Este cuidado engranaje requiere de un desfogue: la velocidad, que no concibe como un peligro, sino como una expansión espiritual. Es fácil suponer que las endorfinas generadas por su cuerpo se parecen a las del maratonista; más complejo, y acaso más genuino, es entender que también se parecen a las de un monje en estado de meditación.
Los autos y las motos fueron el prólogo de otra extraña forma de relajación. En 1976, año en que su madre comenzó a acompañarlo en el trabajo, se enteró por un amigo de unos cursos de paracaidismo: “Nos entrenó un capitán de la brigada de paracaidistas y comenzamos a saltar en Tequesquitengo. La gente piensa que va a sentir vértigo, pero el viento te impulsa y te mueve; lo manejas como manejas el agua en el nado; lo único que no puedes hacer es volver hacia arriba; la sensación de desplomarte solo ocurre cuando saltas de un cuerpo fijo”.
Quise saber a qué se refería con “cuerpo fijo” y habló de los amigos que saltan de edificios. Contrarrestó este dato escalofriante diciendo: “Nunca sentí miedo; me apasionó el deporte y llegué a ser presidente de la Sociedad de Paracaidistas”. Compitió en un campeonato panamericano y participó en Francia en un cotejo de precisión en el aterrizaje: “En aquel entonces tenías que caer en un círculo de 10 centímetros, ahora es de cinco. La verdad es que he hecho muy pocos saltos”, añade quien se ha lanzado 1 300 veces desde un avión. En tierra, Miguel es un actuario al que no se le escapa una cifra; en el cielo, todo número le parece insuficiente.
Su sonrisa se convierte en carcajada cuando habla de la gente que solo salta una vez, besa la tierra y jura que no lo volverá a hacer: “La adrenalina del que repite es diferente; aprendes a moverte en el aire”. Le pregunto si alguna vez sintió la tentación de combinar la experiencia del salto con la mariguana: “Solo una vez, de joven, pero no me gustó estar fuera de control —responde en forma previsible—. Pierdes la apreciación del tiempo, los segundos se te pueden hacer muy largos y eso es peligroso cuando estás cayendo a 200 kilómetros por hora”.
En su trayectoria como paracaidista asumió riesgos como lanzarse, en Veracruz, en un salto de exhibición en medio de un temporal, con el resultado de que cayó al mar. También participó en un festival aéreo en Ciudad Universitaria (“Leí en el periódico que solo se iban a lanzar americanos y propuse una competencia de precisión con mexicanos”) y fue uno de los intrépidos que desafiaron el aire revolvente del Estadio Querétaro. Lanzarse ahí era como entrar en un ciclón de viento. Esa experiencia lo convirtió en candidato ideal para recibir una invitación del Club América, que marcaría la semifinal de 1983.
Miguel Nieto Applebaum ha vivido al margen del futbol, a pesar de que su hermano Gil Enrique es promotor de futbolistas. Cuando lo invitaron a lanzarse al Azteca no pensó en la importancia de ese lance. Menciono la dimensión metafórica de que unos paracaidistas cayeran al campo de las Águilas y responde con amable desinterés: “Era algo así”.
El 22 de mayo amaneció con cielo despejado. El único problema para realizar el salto eran los cables que atravesaban el Estadio Azteca y de los que pendía el sonido local. Durante 52 años, esa gigantesca bocina transmitió la entonada voz de Melquiades Sánchez Orozco. Mi generación no olvidará sus frases: “Alineaciones para el juego de hoy…”, “Gol anotado por Evaristo, número 7…”, “Brandy Bobadilla 103 informa…”. De niño, tenía la fantasía de perderme en el estadio para que Melquiades dijera: “Los padres del niño Juan son esperados en el túnel número 1”. Una de mis emociones más intensas ocurrió en 2016, cuando presenté el libro La década inolvidable: el futbol mexicano de los setenta, de Heriberto Murrieta. En la sección de preguntas, un hombre ya mayor pidió la palabra y se refirió a algo que yo había dicho. Con indecible asombro escuché… “¡la voz del Azteca!”: Esa noche, Melquiades nos trasladó a los domingos de sol en el estadio.
Para los aficionados, el sonido local era un estuche de la magia; para Miguel Nieto era un obstáculo: “En lo único que pensaba era en el cuadrante en el que debía caer; la bocina ni siquiera estaba en el mero centro, los cables formaban una equis que debíamos sortear. No nos pagaban tan bien para el nivel de riesgo, pero era un reto emocionante”.
El espectáculo aéreo constaba de cuatro paracaidistas. Uno de ellos, Gustavo Kramer, moriría años después, saltando en paracaídas en el mar (“No recuerdo si ese domingo cayó en el estadio o en el estacionamiento”, comenta Miguel). Los otros tres sí llegaron a la cancha, pero solo Miguel dio en el centro: “Me desplomé ahí de sentón y recuerdo que un locutor dijo: ‘Así como ese paracaidista se desplomó el América’”. Lo acompañaban Gustavo Sumano, quien luego se mudó a Guadalajara y trabajó como piloto e instructor de caída libre, y Juan Manuel Saavedra, que ha hecho espectaculares saltos desde puentes y edificios en China y que en México se lanzó desde el World Trade Center y el Hotel Hilton de la Alameda.
El 22 de mayo debían hacer un “salto base” de poca altitud. A las 12:55, durante el intermedio del partido, dispondrían de 11 segundos para llegar al césped. Todo era perfecto, menos la comunicación por radio del avión Cessna 206. En el momento crucial se quedaron sin noticias del estadio. Calcularon el tiempo transcurrido, se asomaron al óvalo del Azteca y vieron que no había jugadores (ignoraban que todos estaban discutiendo al borde del campo por las decisiones del árbitro). Se lanzaron al vacío justo en el momento en que se reanudaba el juego.
Miguel Nieto Applebaum tocó la cancha que consagró a Pelé y a Maradona. ¿Qué pensó en ese momento? “En no chocar con ningún jugador, lo único que me importaba era no matarme”.
Al decir esto desvía la vista hacia las fotos enmarcadas de los célebres asistentes al Salón Los Ángeles. Esas imágenes integran el retablo barroco de su vida. Vistas de lejos, adquieren una condición borrosa y piden ser recuperadas a través de la memoria. Ahí está el más importante legado de su vida. Sin embargo, no deja de pensar en la pasión que lo complementa: “Tal vez salte a fin de este año —Miguel retoma la conversación—: mis hijas no quieren por mi presión alta. No tengo nada que demostrar, eso ya lo hice, pero ahí tengo mi paracaídas”.
Le pregunto si se considera arriesgado o prudente. Guarda un largo silencio: “Arriesgado —responde, después de pensar la pregunta con una calma que demuestra que también es prudente—. En cualquier actividad los accidentes se dan en la gente con más experiencia o con menos experiencia —añade—: los de en medio somos más precavidos: el peligro está en el exceso de confianza o la falta de preparación”.

Roberto: “Me perdono a mí mismo”
“En 1983 yo era otra persona: un futbolista de 27 años”, dice Roberto. Lo conozco desde hace décadas y me cuesta trabajo asociarlo con un temperamento impulsivo. Como he dicho, su vida gira en torno al lenguaje, pero en 1983 las palabras lo llevaron a un estado de ebullición: “Después de perder el primer partido en el Estadio Jalisco nos dábamos por derrotados y Reinoso nos lo recordaba con sus declaraciones; pero no queríamos que les resultara sencillo llegar a la final. Hablé mucho con mis compañeros. Recuerdo estar en un entrenamiento con Demetrio Madero, Sergio Lugo y Celestino Morales, con los que mejor relación tenía (aunque nunca fui de tener muchos amigos en el futbol), y les propuse hacer todo lo posible para que ellos no salieran completos del partido: ‘Que les cueste caro, que lo sientan, estarán en la final: felicidades, enhorabuena, pero no llegarán completos’. Voy camino al aeropuerto con Álex Guerrero, entrañable compañero que ya falleció, y también a él le parece imposible ganar el partido, pero ya había permeado lo de perjudicar al máximo al América, todos estábamos en esa sintonía”.
En pocas palabras, se trataba de lesionar a varios jugadores: “Entonces yo estaba físicamente mejor que ahorita, mentalmente peor —aclara Roberto; hace una pausa reflexiva y continúa—: Me veo en otra vida, me cuesta reconocerme a mí mismo, pero sí: tenía un espíritu competitivo innegable; sentía un dolor tremendo después de cada derrota y una euforia incomparable con el triunfo. Desde niño quieres ganar y quieres ganarles a jugadores cada vez mejores. Una de las cosas que te enseña el futbol es a vivir con esos altibajos —Roberto acelera el ritmo de la narración, pero de pronto se detiene—: No me gusta hablar de esa semifinal, en primer lugar porque no me gusta seguir viviendo en el pasado, algo que veo en muchos jugadores. El presente abruma demasiado al futbolista y yo lo disfruto mucho, atesoro lo que pasó, pero no vivo de eso. En este caso, además, al año siguiente se jugó la única final entre Chivas y América, y la perdimos. Fue mi mayor trauma: en 1984 volvimos a enfrentarnos al América de Reinoso y nos ganaron con un hombre menos. Quizá eso hizo que el gozo de la semifinal fuera efímero”.
Dicho esto, su plática da un viraje emocional: “Fue muy especial jugar con Chivas. Durante mucho tiempo fue un equipo en el que básicamente jugaban tapatíos; me veían como un fuereño, me observaban de manera particular; no venía de las fuerzas básicas y se preguntaban: ‘¿Por qué llega este cuate?’. Después eso ha proliferado, pero entonces era raro. Con Atlético Español, Tigres y Monterrey me acostumbré a tener seguidores locales, pero Chivas tenía aficionados en todo el país, incluso en casa de su máximo adversario, el América. Ese poder de convocatoria me abrió a un mundo muy distinto. No hay otro país donde el estadio se llene a la mitad con el público de su acérrimo rival. Ahí entendí la responsabilidad de jugar con Chivas, en un tiempo en que era posible competir con jugadores mexicanos, algo que ha cambiado por completo”.
Le pido que volvamos a la semifinal de 1983: “El partido en el Azteca rebasó a Alberto Guerra, a lo mejor se enteró de que íbamos a romper piernas, pero no recuerdo que haya dado indicaciones al respecto. Tal vez pensó que esa furia llevaría al milagro. Fue uno de mis mejores entrenadores; pero ese día habló poco, dejó que las cosas sucedieran y nosotros tomamos la iniciativa. Salimos a la cancha dispuestos a todo. Habíamos perdido 1-2 en la ida, confirmando que el América era un equipo poderoso que rompía todos los récords. Estamos hablando de los tiempos en que había campañas largas, de 38 partidos, y las victorias valían dos puntos. Ellos habían arrasado en el torneo con una maquinaria de futbol tremenda. Pero metimos dos goles y todo salía bien: ¡no queríamos que acabara el primer tiempo! Desde los roces iniciales, la intensidad era tal que superó al árbitro, Edgardo Codesal, que pitaría la final de Alemania contra Argentina en 1990. Codesal expulsó a dos del América y a uno del Guadalajara, que no había intervenido. Hay imágenes que no se te olvidan y eso que estamos hablando de algo que pasó hace 42 años; el de la bronca había sido Cisneros, pero expulsaron a Javier Cárdenas, que en paz descanse. Lo recuerdo jurando por sus hijos que no había hecho nada. De todos modos, Codesal lo expulsó. “¡Ya créele!”, le decíamos, pero no nos hizo caso. Cuando volvimos a la cancha, después de la discusión, cayeron los paracaidistas. Pensé que eran “hombres águila” para un show del medio tiempo. Lo tomamos como algo anecdótico, bastante irreal, y llegamos al vestidor eufóricos, muy estimulados. En esa época había mucho dopaje, que estaba solapado, pero nuestra droga era la euforia. Nos fuimos al descanso con un global de 3-2 a nuestro favor y nueve de ellos contra 10 de nosotros, no se podía pedir más. La sensación era incomparable y esa confianza aumentó en el segundo tiempo”.
El marcador favorecía a las Chivas, pero el partido aún no era perfecto. En el segundo tiempo, después de haber estado a punto de anotar de media distancia, Gómez Junco filtró un pase para que llegara el tercer gol, de Sammy Rivas. El mediocampista que había empezado la temporada sin equipo alcanzó un logro inusitado. En estado de éxtasis, corrió por la banda y se encontró frente a la banca del América: “Hice un gesto impulsivo, involuntario, automático, pero que podía ser obsceno. Ocho americanistas salieron sobre mí. Fue una locura. Cuando llegamos al hotel después del partido me amenazaron con llevarme a la delegación. Me recrimino por no haber pensado en la final. Nuestra obsesión era perjudicar al América y nos encontramos con la sorpresa de que ganamos. Me suspendieron por el festejo y no pude jugar la final contra el Puebla. Perdimos unos cinco titulares entre lesionados y suspendidos y aun así nos fuimos a penales en ese partido” (que perdió Chivas).
Si la FIFA tuviera sentido del rigor, no le habría confiado una final de Copa del Mundo al árbitro que gestionó tan mal ese partido. Pero México había sido excluido de Italia 90 por el caso de los “cachirules” para favorecer a Estados Unidos y la FIFA quería compensar a la Federación Mexicana de Futbol, siempre dócil ante sus abusos. En Italia, Codesal actuó como un soldado de la burocracia mundialista y marcó penal dudoso en favor de Alemania, perjudicando a Argentina y a Maradona, que criticaba la corrupción del jerarca de la FIFA, João Havelange.
Para Gómez Junco, la derrota en la final de 1984 tuvo un epílogo que no le gusta recordar: “Me ilusionaba llegar al Mundial del 86, pero salí de Chivas y todo fue diferente”.
¿Por qué abandonó al equipo que lo había encumbrado? La memoria es un aparato singular: olvida contextos y situaciones generales, pero recuerda escenas con minucia de laboratorio. En 1983, el entusiasmo de vencer al América fue tan poderoso que borró todo lo demás; en cambio, la derrota ante el mismo América en la final de 1984 convirtió el suceso en algo dolorosamente recordable.
Al volver al tema, emerge la segunda vocación de Gómez Junco: el lenguaje. En su opinión, la final trágica se perdió porque Alberto Guerra no supo transmitir sus ideas en el medio tiempo. “Curiosamente, no recuerdo lo que Guerra dijo en la semifinal de 1983, pero no olvido el mensaje erróneo de la final de 1984; en el primer tiempo jugamos mejor que el América; tuvimos un penalti que fallamos y acabamos con un hombre más; todo nos beneficiaba, pero no sé si la molestia del penal fallado hizo que Alberto diera un mensaje equívoco: ‘Estamos de la patada, no puede ser’. Cundió un desconcierto que nos afectó. Me imagino que en el vestidor del América pasaba lo contrario: con un hombre menos salieron a dar otro partido. Es fácil eludir responsabilidades y culpar al técnico, pero eso nos afectó. Retrospectivamente me cuestiono a mí mismo la decisión de salir de Chivas. Ahora me considero menos impulsivo; mi salida fue un encabronamiento mal procesado. Recuerdo el encuentro con Guerra cuando regresamos de vacaciones para preparar la temporada 84-85. Yo estaba sentado en su oficina, frente a su escritorio, cuando me dijo: ‘Te queda un año de contrato, pero vas a tener que pelear por el puesto’. Lo sentí como una amenaza; yo no sabía que los puestos se ‘garantizaban’. Durante dos años había sido titular porque me lo había ganado partido a partido. Eso me confirmó que debía salir de Chivas. Pagué lo que debía de contrato y me fui a Toluca. Mi nivel cayó, no superé el cambio, fue un deterioro psicológico. Traía un desánimo que tal vez era un arrepentimiento que no quería reconocer. Hay cosas que solo extrañas cuando las pierdes”.
Le pregunto si habló del tema con las dos personas que eran su principal referente, su padre y su esposa: “Primero decidía y luego consultaba. Le dije a Maru, que siempre me ha apoyado: ‘Te aviso que nos vamos en tres meses de Guadalajara’”.
La cancha tiene un efecto transfigurador. Dentro de ella, Maradona era el más entregado de los compañeros; afuera, resultaba incontrolable. Gómez Junco es el caso opuesto; la persona reflexiva que tengo enfrente se convertía en un mediocampista temperamental al oler el césped.
Le hablo de este contraste y responde: “El impulso repentino que me llevó a festejar como festejé en aquella final es muy distinto al que me sacó de Chivas, que fue un impulso sostenido; no quería jugar un partido más en ese equipo. Me gustaba el incomparable apoyo de los seguidores, pero también ellos estaban frustrados. Teníamos el título en bandeja y no lo ganamos. El año anterior les dimos una satisfacción que no tenían contemplada, pero fallamos ante lo más obvio. No me quería retirar y para sentirme bien en la cancha tenía que estar en otro equipo. Equivocadamente pensaba eso y todo cambió para mí; el Toluca no pasaba por un buen momento y mi nivel bajó. Físicamente estaba bien porque tenía 28 años, pero era un asunto mental; no entendía que se tuviera que jugar a las 11 de la mañana en Toluca, nadie nos seguía como visitantes, no llenábamos estadios, todo me afectaba. En 1985 ya sabía que no me iban a convocar para el Mundial del 86”.
Cuando Pep Guardiola era futbolista, Jorge Valdano dijo que se trataba de un entrenador con el balón en los pies. De Gómez Junco se puede decir que era un comentarista con el balón en los pies: “Con el Toluca me expulsaban de inmediato por reclamarle al árbitro. Siempre fui discutidor y había árbitros que me saludaban con la amarilla. Pero cambiar de equipo trajo una diferencia radical. ‘¡Es que estoy en Toluca!’, pensé: al séptimo partido ya llevaba tres tarjetas rojas. No tenía la investidura de Chivas; en Toluca el árbitro me expulsaba por voltear a verlo. Ahí empezó un declive sostenido hasta mi retiro en el 88 —agrega con la calma de quien triunfó en la siguiente etapa de su vida. Sin embargo, la comezón del juego no lo abandona—: Acabo de soñar que me convocan a un partido y siento que no estoy para jugar. Me veo como soy ahora y me pregunto: ‘¿No saben que tengo sobrepeso?’. A veces sueño que entro al campo y no sé dónde termina la cancha o que la pelota es de trapo y se convierte en otra cosa. Hace 10 años ya tenía sobrepeso y ahora estoy peor, pero en el sueño se supone que soy un futbolista de alto rendimiento. También sueño que se atraviesan personas o familiares en la cancha que no me dejan jugar”.
En 1983, la realidad fue más sorprendente que este último sueño: tres paracaidistas invadieron la cancha.

Formas de ver el cielo
A diferencia de Gómez Junco, Miguel Nieto dice: “No recuerdo mis sueños. Soy un hombre tan infeliz como cualquiera, pero no tengo pesadillas. O más bien tan feliz: creo que la vida me ha tratado mejor de lo que merezco”.
Termino mi botella de agua sin que él toque la suya. Miguel ha dado cientos de entrevistas sobre las noches del Salón México y su impacto cultural en la ciudad, pero nunca consideró que su afición a saltar tuviera relevancia. Cuando le recuerdo el momento en que tocó el pasto sagrado, se concentra en un detalle del todo ajeno a la épica: “El inspector autoridad nos pidió que nos apuráramos a recoger los paracaídas”.
En el Estadio Azteca la acústica se concentra en el centro del campo, justo donde él cayó. Rodeado de jugadores y ante el estruendo de la multitud, tenía la oportunidad de pedirle la camiseta a un protagonista del juego, pero eso no le interesaba en lo más mínimo. Le pregunto si se quedó a ver el segundo tiempo. Una vez más su sonrisa se convierte en carcajada: “¡Claro que no!, lo único que queríamos era salir rápido de ahí”.
Su peculiar intromisión en la historia del futbol mexicano se había cumplido. Miguel Nieto Applebaum abandonó el campo con la indiferencia de quien solo juega en el cielo.
La situación de Roberto Gómez Junco era la opuesta: “Nunca olvidaré el grito de ‘¡Chivas, Chivas!’ con el estadio lleno —recuerda emocionado—: Estamos hablando de un Azteca con más de 100 000 espectadores, antes de la remodelación. Entonces el público no llevaba tantas playeras de equipos como ahora, la mercadotecnia no era tan fuerte. Si anotabas, sentías que todo el estadio era Chiva. Esa sublimación, ese sentirme realizado, difícilmente lo podré sentir en otro lugar”.
Le pregunto si pensó en quiénes eran los paracaidistas: “No —sonríe—: eso me sucedió contigo, 42 años después, cuando me dijiste que habías conocido a uno de ellos. Nunca me pregunté quiénes eran. Fue algo anecdótico: tres cuates que de pronto cayeron en la cancha. Lo importante era eliminar al América, todo lo demás era secundario. Ahora lo veo de otro modo. Quiero conocer a ese paracaidista. Estuvimos a 15 metros en el momento más importante de mi vida profesional”.
Se atribuye poca capacidad reflexiva a los futbolistas. Para destacar con el balón hay que tener una disciplina cuyos acicates suelen ser la pobreza, la discriminación, las carencias que se trascienden con tiros de insólita puntería. La introspección no parece formar parte de ese repertorio. Gómez Junco representa una anomalía en ese ámbito. Los fogonazos que disparaba de media distancia ahora aparecen en sus palabras. Guarda un silencio, como quien busca el ángulo de la portería, y lanza la frase que resume el interminable 22 de mayo de 1983: “Los paracaidistas cayeron del cielo cuando yo me elevaba ahí”.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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Lo que iba ocurriendo poco antes del silbatazo de medio tiempo en aquella semifinal entre América y Chivas se acercó tanto al compendio perfecto del futbol mexicano que necesitó redondearse con una intervención divina (o, en propiedad, una invasión de campo proveniente del cielo). Era 1983, era el pasto sagrado del Estadio Azteca, y dos de los protagonistas, en la cancha y en el aire, levantan el recuerdo y comprueban que no fue un sueño.
Clásico de clásicos
La portería es un portal infinito: el gol llega más allá de las redes. Lionel Messi levanta el índice para dedicar la anotación a su difunta abuela. El único ganador de ocho Balones de Oro sabe que la auténtica meta del futbol no son los trofeos, sino el cielo.
El futbolista que anota establece contacto con algo que lo trasciende, es el intermediario que logra que las plegarias lleguen a su destino. Todos los sistemas de creencias necesitan de esos intercesores. Los mayas confiaban en los bacabs, jinetes celestes que provocaban lluvias, y la religión católica se amparó en querubines, serafines, ángeles y arcángeles para anunciar las novedades de la fe. Manuel Vázquez Montalbán definió al futbol como “una religión en busca de un Dios” y toda religión necesita mensajeros que la conecten con lo sobrenatural.
El Estadio Azteca ha sucumbido a toda clase de supersticiones, pero solo una vez estableció un contacto directo con el cielo: el 22 de mayo de 1983 tres paracaidistas llegaron a la cancha.
Ese día se disputaba el partido de vuelta de la semifinal del campeonato de liga entre los equipos con más seguidores del país, América y Guadalajara. La tensión anímica comenzó en el vigoroso terreno de las especulaciones: el América había ganado 1-2 como visitante y su entrenador, Carlos Reinoso, anunciaba con jactancia la segura victoria de los suyos. De ese modo se reanimaba la rivalidad iniciada en los años sesenta, cuando las Chivas eran el “Campeonísimo” que, al jugar solo con mexicanos, parecía representar a la nación entera: “La mitad del país, más uno, le va a las Chivas”, decía un dicho. En los globalizados y promiscuos tiempos modernos solo el Athletic de Bilbao puede ufanarse de un prestigio similar.
El arraigo del club tapatío es tan intenso que modifica el ánimo de su ciudad. En una ocasión asistí al Estadio Jalisco en compañía de Juan José Doñán, erudito que conoce los antecedentes de cada sacerdote, cada poeta y cada goleador que han oficiado en Jalisco. Ese domingo, las Chivas perdieron de manera aparatosa. Tomamos una rampa para salir de las gradas. A la distancia se veían las jacarandas en flor; el paisaje era idílico, pero la multitud se desplazaba en abrumado silencio: “Mañana no habrá tortillas”, dijo mi amigo. Pensé que se trataba de una metáfora, pero, en efecto, al día siguiente los comercios cerraron por desolación.
Si al Guadalajara le va bien eso beneficia a la selección. El partido más memorable del Tri ocurrió en Chile 62, cuando México venció 3-1 a Checoslovaquia, que sería subcampeona del Mundial. Esa escuadra legendaria estaba alimentada por jugadores de las Chivas Rayadas: Héctor Hernández, el “Tigre” Sepúlveda, el “Jamaicón” Villegas, Chava Reyes, el “Chololo” Díaz y el “Cura” Chaires.
Por su parte, el América surgió como el atractivo antihéroe del balompié nacional. Si no lo amas, sencillamente lo odias. El propio club ha sabido capitalizar este encono. En 2005 Nike lo patrocinó con un eslogan incuestionable: “Ódiame más”.
El rencor antiamericanista tiene sus motivos. En 1959, el equipo fue adquirido por Televisa y la cobertura de los locutores se volvió parcial, especialmente la de Fernando Marcos, capaz de provocar incendios reales e imaginarios.
Después de jugar en el España y el Asturias, Marcos se convirtió en árbitro y tuvo a su cargo el partido más polémico de nuestra agitada tradición. El 26 de marzo de 1939 el Asturias recibió al Necaxa, cuyos jugadores se entendían tan bien que recibían el mote de “Los Once Hermanos”. El consentido de la afición era Horacio Casarín. La gente quería ver sus gambetas, pero el virtuoso fue pateado sin misericordia ante los ojos de Marcos, que se tragó el silbato. El ídolo abandonó el campo herido. En esa época no había cambios y esto dejó al Necaxa en desventaja. Para colmo, el árbitro concedió un penalti en favor del Asturias, lo cual desató la ira de la porra rojiblanca, que encendió antorchas con periódicos y las lanzó sobre las gradas de madera. En un santiamén, el estadio ardió en llamas.
Veinte años después de aquel partido, Marcos se hizo cargo de la dirección técnica del América. En la temporada 1959-60 venció a los tres equipos de Jalisco (Guadalajara, Atlas y Oro) con idéntico marcador: 2-0. Orgulloso, comentó: “El nuevo número para llamar a Guadalajara es ‘2-0, 2-0, 2-0’”. La declaración provocó un incendio emocional. El clásico de clásicos había nacido.
Algo similar antecedió al partido que protagoniza esta crónica.
El Guadalajara tenía un equipo goleador que superó al León con un global de 6-0. Los Panzas Verdes eran entrenados por el uruguayo Ricardo Faccio, exjugador del Inter de Milán. Hombre caballeroso, describió a sus rivales con una frase que llegó a las portadas de los periódicos deportivos: “Lindo equipo”.
En cambio, el entrenador del América, Carlos Reinoso, hablaba de las Chivas como si el espíritu de Fernando Marcos reencarnara en su cuerpo. El mediocampista chileno ha sido el mejor extranjero que ha militado en el futbol mexicano, pero la camiseta amarilla se le impregnó como una segunda piel. “El América era un equipo muy mentalizado, pero parte de esa mentalidad implicaba el sentirse superior a los demás”, comenta Roberto Gómez Junco, personaje decisivo de la semifinal de 1983.
En su origen, el Guadalajara era un equipo desorganizado que mereció su apodo de Chivas por correr a lo loco. Cuando adquirió histórica relevancia, se transformó en el Rebaño Sagrado. Por su parte, los americanistas fueron los Canarios, de camiseta color crema, hasta que sus aires de grandeza forzaron un upgrade en el reino de las aves y se convirtieron en las Águilas de pecho amarillo.
El Guadalajara de 1983 recordaba al de los años sesenta, pero Reinoso no quería saber nada de eso. De poco sirvió que antes de enfrentarse al América, las Chivas derrotaran a un Atlante en el que militaban dos grandes mundialistas, el polaco Grzegorz Lato y el argentino Rubén “Ratón” Ayala, por un marcador global de 6-1. A pesar de esas victorias, el chileno desdeñaba a su rival y prohibía que sus jugadores intercambiaran camisetas al término del partido. Muchos años después diría en una entrevista: “Jugar contra Chivas era un odio natural”.
Aunque las Chivas atravesaban una racha favorable, en el América destacaban los argentinos Eduardo Bacas y Norberto Outes, y los mexicanos Cristóbal Ortega y Alfredo Tena. Después de derrotar al Atlético Potosino con un global de 6-0, visitaron al Guadalajara. El partido transcurrió como si las palabras de Reinoso fueran una profecía: el América ganó 1-2.
Todo estaba servido para que el antihéroe del futbol mexicano dominara el partido de vuelta en su propia casa: 90 minutos de trámite rumbo a la gloria.
América y Guadalajara son los únicos equipos que juegan de local en todos los estadios. Cuando se enfrentan, la pasión se divide en partes iguales; sin embargo, esa devoción parecía insuficiente para revertir el marcador.
El 20 de mayo, día de San Bernardino, los feligreses tapatíos encendieron veladoras a la Virgen de Zapopan, protectora del Guadalajara. Los teólogos del futbol recordaron entonces que el gran Bernardino del futbol tapatío, Berna García, no había jugado para las Chivas, sino para el Atlas. Mal augurio. Hubiera sido mejor esperar hasta el 22, día de Santa Rita de Siena, patrona de las causas imposibles, pero la fe tiene prisa y las velas se encendieron tres días antes del cotejo.
Las plegarias subían al cielo sin saber que algo extraño bajaría de ahí.
Un domingo anormal
En febrero de 2024, Roberto Gómez Junco, exjugador de Chivas y gran comentarista, presentó mi libro No fue penal. En el público se encontraba Félix Fernández, exportero del Atlante que también destaca como intérprete del juego. En la sesión de preguntas, Félix recordó el clásico más turbulento entre América y Guadalajara, cuando Roberto corrió hacia la banca del Águilas para festejar un gol épico con un gesto que para muchos fue obsceno y desató una bronca monumental.
La televisión ha convertido las tertulias deportivas en un género neurótico donde uno habla mientras otro grita. En ese escenario arrebatado, Gómez Junco mantiene la sensatez. En buena medida, esto se debe a su formación como lector y escritor. Ha publicado tres novelas y un poema que emula a “La suave Patria”, de Ramón López Velarde; escribe una muy leída columna semanal, y cada 2 de noviembre versifica ingeniosas “calaveras” sobre la fauna política del país. Sin embargo, el más aplomado de los comentaristas deportivos provocó un episodio que Félix recordó con la picardía que otorga la confianza.
Más de 40 años después de lo ocurrido, Gómez Junco explicó que toda euforia es incontrolable: sus ademanes fueron producto de la pasión, no de la ofensa. Y agregó un dato aun más extraño: ese partido fue tan inusual que tres paracaidistas cayeron a la cancha.
Días después, el periodista René Delgado organizó un festejo en el que coincidí con Miguel Nieto, dueño del Salón Los Ángeles. Entre los invitados se encontraba Roberto Zamarripa, director del periódico Reforma y buen conocedor del futbol. En 2010, en vísperas del Mundial de Sudáfrica, Gómez Junco, Zamarripa y yo habíamos participado en un programa de televisión con el técnico nacional, Javier Aguirre. Recordé ese encuentro y mencioné lo que acababa de escuchar en la presentación de mi libro acerca del partido interrumpido por paracaidistas.
Miguel Nieto oía la plática con amable resignación porque no le interesa el futbol, pero de pronto dijo: “Yo fui uno de ellos”. El 22 de mayo de 1983 se había tirado en paracaídas al Estadio Azteca.
En un lapso de 10 días me había topado con dos protagonistas de un encuentro insólito, jugado en el cielo y en la tierra. Recordé una frase de Nabokov: el destino es un “fantasma sincronizador”. No había manera de no contar esa historia.
En términos deportivos, el Estadio Azteca ha atestiguado escenas insuperables: el Brasil de Pelé en 1970, el “partido del siglo” entre Alemania e Italia en ese mismo Mundial y la Argentina de Maradona en 1986. Pero el futbol no solo consta de récords evidentes.
Un clásico es una excepción que se repite y augura lo improbable. Aun así, nada podía vaticinar lo que pasó en 1983.
Cuarenta y dos años después, dos participantes narran lo ocurrido.

Miguel: los números no mienten
A los 75 años, Miguel Nieto Applebaum transmite la calma que por lo visto solo se conquista tirándose en caída libre. Se ve 10 años más joven y aún se define como paracaidista. Ha vivido las más intensas noches de rumba como dueño del Salón Los Ángeles; afecto a las paradojas, dice: “Ya debo ponerme a trabajar porque todo lo anterior ha sido fiesta”.
El Salón Los Ángeles, orgullo de la colonia Guerrero, se inauguró en 1937 con la orquesta de Gonzalo Curiel. Fue fundado por Miguel Nieto Alcántara, abuelo del paracaidista, quien se hizo cargo del negocio hasta 1948. El padre de Miguel lo tomó entonces, pero murió en 1961 en un accidente. El abuelo retomó el timón sin mucho impulso: “Estaba muy deprimido —comenta Miguel—; entonces otra familia, de apellido Parrales, se hizo cargo del Salón; eso reforzó la raigambre popular porque ellos eran amigos de La Sonora Santanera y lograron que aquí debutaran Margarita la Diosa de la Cumbia y La Sonora Dinamita. Yo tomé el Salón en 1972, a los 22 años”.
Siendo el mayor de cuatro hermanos, Miguel se hizo cargo de la familia: “Tres años después mi mamá vino a ayudar, pero ya no salió de aquí y apoyó mucho el danzón, género tradicional al que no se le ha dado suficiente importancia, a pesar de que se baila en todas las plazas del país. Es ideal para gente mayor; está probado que es la mejor solución para prevenir la demencia senil y el alzhéimer. En los setenta yo promoví el ritmo del momento, que era la salsa; traje a Rubén Blades, Óscar d’León y otros. Tuve mucho que ver en demostrar, como decía Willie Colón, que la salsa no es un ritmo, sino un concepto”.
Desde los años cincuenta, la Unión de Saloneros organizó ahí bailes en las tardes para las familias del barrio. La costumbre prendió con tal fuerza que se conserva hasta la fecha y consolidó el lema que define al local: “El que no conoce Los Ángeles no conoce México”.
Fue ahí donde Benny Moré estrenó su canción “Bonito y sabroso”, dedicada a quienes mueven sus rutilantes zapatos en la pista: “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos”, cantó el astro cubano para celebrar al público de Los Ángeles.
También ahí el aire se encendió con los saxofones y las trompetas del Rey del Mambo, Dámaso Pérez Prado, y la pista recibió la impronta de Cantinflas y Diego Rivera. Los más diversos músicos han pasado por esa sala, de Gustavo Dudamel a Rigo Tovar y Café Tacvba. La película Danzón es una de las muchas que se han filmado en ese icónico escenario, y la obra de teatro Aventurera, de Carlos Olmos, inspirada en la película de Alberto Gout, se representó ahí durante tres años.
Me encontré con Miguel a la una de la tarde en el sitio que ha visto bailar a generaciones de mexicanos. Solo nosotros ocupábamos una mesa. La luz mortecina, el mobiliario anticuado, las fotos en las paredes, la rústica tarima del escenario tenían un aire de tiempo detenido, pero distinto al que produce un museo; el Salón Los Ángeles no propone una vuelta al pasado, sino algo más misterioso: continuar una época que ocurre desde siempre.
Nadie entiende mejor las virtudes que un rival. En 1954 surgió la principal competencia del Salón Los Ángeles. Se llamó California Dancing Club para sugerir mayor grandeza. Como suele pasar, la rivalidad realzó la importancia del enemigo. El negocio de la familia Nieto resistió esa y otras amenazas. En buena medida, esto se debió a una persona que odia hablar de problemas y busca soluciones. Por si fuera poco, además de esa sala de baile, Miguel Nieto Applebaum se hizo cargo, junto con la actriz María Rojo, de la resurrección del Salón México, antro legendario que había inspirado una película del “Indio” Fernández y una pieza para orquesta de Aaron Copland.
En cuanto nos encontramos, Miguel pidió dos botellas de agua, pero no probó la suya. Es alguien que se siente cómodo en forma austera. Después de la plática, sugirió que comiéramos en una fonda oaxaqueña. No recomendó el sitio (que resultó espléndido) como lo hubiera hecho un sibarita, sino al modo de un excursionista o un misionero: “Nunca me he enfermado ahí”.
Miguel creció en la colonia Lindavista, suburbio de clase media en el norte de la capital. Dos colegios religiosos dominaban la zona: el Guadalupe para las niñas y el Tepeyac para los varones, donde los alumnos eran azotados con una tira de hule Neolite. No es casual que en un sitio donde los “neolitazos” se consideraban edificantes, el deporte más popular fuera el futbol americano. Durante siete años (de los 11 a los 18), Miguel jugó de halfback con los Frailes del Tepeyac: “Decían que nuestro campo era de tierra, pero en verdad era de tierra y piedras; cuando íbamos a un campo de pasto nos parecía una alfombra”. Entre los maestros del colegio destacaba el severo padre Edwin, para quien las tacleadas eran una forma de la prédica.
Una de las características de Miguel es la de preservar lazos afectivos. Hasta la fecha sigue en contacto con los exalumnos del Tepeyac, aunque algunos le parecen demasiado conservadores: “El colegio tenía una tendencia disciplinaria que a veces era casi nazi, pero se salvaba gracias al lema benedictino: ora et labora”. Sus ojos brillan al decir esta frase: el trabajo es su moral.
De manera profética, el primer empleo de quien encontraría una diversión en las alturas fue el de elevadorista. Siendo menor de edad, aprovechó sus vacaciones para subir y bajar huéspedes en el Hotel del Prado. “En una ocasión entró una pareja al elevador y me tuve que hacer el tonto porque estaban dándose besos y arrumacos: ¡resultó que era un sacerdote del Colegio Tepeyac, que estaba con una maestra! Ese maestro acabó dejando la orden; la verdad, era mejor que resolviera sus asuntos de ese modo que abusando de menores”.
El vestíbulo del Hotel del Prado estaba decorado por el célebre mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que retrata a las principales celebridades de 1947. A partir de los 16 años, Miguel comenzó a reunirse con una fauna equivalente en el Salón Los Ángeles. No es casual que en 1998 Carlos Fuentes celebrara ahí sus 70 años, que coincidían con los 40 de la publicación de su novela sobre la Ciudad de México, La región más transparente.
Hay diversas formas de participar en las parrandas. Para Miguel, el reventón es cuestión de método. Willie Colón lo eligió como compadre y Celia Cruz como representante porque se puede confiar en él. Ha transitado por las noches en las que ruedan botellas y se alteran reputaciones con el temple de quien hace sumas y restas. Cuando tuvo que elegir una carrera, decidió ser actuario y estudió en la Facultad de Ciencias de la UNAM: “Siempre fui bueno para los procesos lógicos —dice con la sonrisa que rara vez abandona sus frases—. Me caía muy gordo que en un examen de historia o de ética el resultado pudiera estar sujeto a la interpretación del maestro; en cambio, los números no mienten: dos más dos da cuatro en cualquier sistema ideológico”.
Hacia 1970 entró a trabajar en la gerencia de planeación de la Cervecería Moctezuma; luego pasó por Procter & Gamble y en 1972 tomó el Salón México: “Durante un tiempo combiné dos trabajos, porque el del Salón era de noche”, dice quien promueve el jolgorio con rigor benedictino.
La política entró a su vida en forma inesperada. El movimiento estudiantil del 68 comenzó cuando él estaba en la Facultad de Ciencias y algunos de los principales líderes —Marcelino Perelló, Salvador Martínez della Rocca, Gilberto Guevara Niebla— iban en los cursos superiores. “Yo no participé en el movimiento —aclara—. Solo asistí a algunas manifestaciones, como la del Silencio. El 2 de octubre no iba a ir al mitin, pero tenía cita para renovar mi pasaporte en la Secretaría de Relaciones, en Tlatelolco. Estaba en la planta baja del edificio, como a las seis de la tarde, cuando oí disparos. Me quedé en estado de shock y peor cuando vi cuerpos que eran llevados a ambulancias. Me fui caminando muy despacio hasta mi coche, me desplomé en el volante y me puse a llorar. Estuve chille y chille, era una experiencia demasiado fuerte para un joven de 18 años. Entonces empezó mi concientización política”.
Le pregunto si eso definió el activismo que también caracteriza a su salón. “Muchos sindicatos y todos los partidos han organizado actos aquí, menos el PAN —agrega con orgullo—: De manera natural, aquí se hacían los acuerdos de los ferrocarrileros, aprovechando que la estación de Buenavista estaba cerca; sus principales líderes, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, sesionaron aquí antes de que los metieran en la cárcel de Lecumberri. En los setenta, cuando me hice cargo, apoyé proyectos como la firma de los documentos del Frente Zapatista y establecimos equidad de género: este fue uno de los primeros lugares donde una mujer pudo decir ‘no’ cuando la sacaban a bailar”.
Por la combinación de la barba y la sonrisa, el avatar de Miguel en dibujos animados podría ser un zorro o un mapache de astuta simpatía. No habla como un diplomático dedicado a las relaciones públicas, sino como alguien que es tolerante por sensatez; elogia a un amigo que trabaja como subgerente de la compañía de jabones Camay con el mismo entusiasmo con que habla de otro que pasó por el Partido Comunista.
Miguel desempeña un oficio donde el éxito llega con champaña y bailarinas. Cuando le pregunto al respecto, contesta en forma objetiva: “Siempre separé mi vida personal del negocio; no por falta de oferta, sino por decisión”. Durante siete años enfrentó la línea de golpeo del futbol americano y se decantó por los números, que no saben mentir. Ese rigor y esa disciplina requerían de una extraña compensación: saltar a 3 000 metros de altura.

Roberto: un hombre de palabra
“Ser futbolista no depende de ti —dice Roberto Gómez Junco en su habitual tono asertivo—. Si me preguntan si un joven debe ser médico o futbolista, aconsejo que sea médico porque su camino va a ser menos fortuito”.
La historia del futbol es una cruel trama de descartes. En sus memorias, Tostão, campeón del mundo en 1970, dice que los mejores jugadores que conoció se quedaron misteriosamente en el camino. La frase resulta aún más demoledora si se piensa que la dice alguien que militó en el Brasil de Pelé, Rivelino, Jair, Gérson y Carlos Alberto.
Los dos futbolistas que más me han impresionado en el futbol mexicano tuvieron una trágica vida breve. Alberto Onofre sufrió una fractura antes del Mundial de 1970 y nunca volvió a ser el mismo, y Manuel Manzo cayó en una borrasca alcohólica que truncó su carrera. Ambos eran constructores de juego con vocación goleadora y jamás hacían un lance desprovisto de elegancia. Gómez Junco estuvo con Manzo en el Atlético Español y atestiguó las jugadas de fantasía que los virtuosos solo hacen en los entrenamientos.
Tuve oportunidad de hablar con Manzo después de su retiro y lo oí decir con entereza: “Mi verdadero camino no era el futbol, sino el que ahora tengo”. Se refería a los albergues en los que ayuda a que la gente se recupere del alcoholismo. Podía estar satisfecho de su rendimiento como amateur en el Torneo de los Barrios, su paso por Atlético Español, Guadalajara y Pumas y su máximo día de gloria, cuando la selección nacional empató con Brasil en Maracaná con un gol suyo. Pero esos momentos luminosos tenían un sombrío reverso: los amigos que le entregaban afecto a cambio de que mantuviera el tren de las parrandas; el traslado a un equipo en Estados Unidos; el salto desde un trampolín después de haber bebido; la caída que casi lo desnucó. En su opinión, todo eso, tanto las luces como las sombras, fue una preparación para enmendarse.
Manzo no olvida el momento en que recuperó la conciencia después de su absurdo clavado. Temió haber quedado paralítico; dirigió la mirada a sus pies y pudo mover los dedos. No estaba inválido, y supo que debía tomar otro rumbo. Fue una conversión casi religiosa: salvar su vida sirvió para salvar otras vidas. “Era mi camino verdadero”, confiesa el inolvidable mediocampista.
En El loro de Flaubert, Julian Barnes afirma que toda vocación se define por la cancelación de opciones diferentes; para asumir un destino hay que “pacificar apócrifos”, y a veces se elige un oficio que conduce a otro: Manuel Manzo pasó por el futbol para rescatar náufragos del alcohol; su compañero de equipo, Roberto Gómez Junco, tuvo un primer destino apócrifo: se inscribió en Ingeniería en la UNAM, pero solo fue a tres clases porque lo fichó el Atlético Español; sin embargo, el deporte lo preparó para una aventura posterior, la de intérprete del juego, que domina como nadie.
En el horóscopo chino, Roberto responde al signo de mono, experto en travesuras y en convencer por medio del lenguaje. No hay duda de que es un hombre de palabra: fue expulsado 10 veces de la cancha, casi siempre por protestar.
Nos reunimos en su casa en Monterrey. Es un sitio agradable, cómodo y de buen gusto pero nada ostentoso, donde él y su esposa Maru fungen como insuperables anfitriones de reuniones, donde gente del futbol convive con artistas, profesores, traductores y colegas de la escritura. Cuando recibe a sus nietas, Roberto finge dormir una siesta eterna para que ellas le pinten la cara. Atesora las pocas noches en que el clima de Monterrey permite cenar al aire libre, en el patio de su casa, presidido por una fuente. A diferencia de Miguel Nieto, que vive con contención en medio de las farras ajenas, Roberto es un hedonista que se recupera a diario de las privaciones que tuvo como atleta profesional. El mejor intérprete de nuestro futbol también es el mejor invitado a un festejo.
La mañana en que nos encontramos, el aire acondicionado se había descompuesto. Roberto y yo “sudamos la camiseta”, pero no solo por el clima. Debía esforzarme para que el exjugador hablara de sí mismo, algo que no le gusta, y él debía esforzarse aún más para hacerlo. Aceptó el reto de volver a su pasado cuando le conté de mi encuentro con Miguel Nieto. Aun así, la entrevista le interesaba menos que la comida posterior, en la que ordenaría dosis exactas de frijol con “veneno”, queso fundido y parrillada; luego me arrebataría la cuenta con la habilidad con que recuperó balones en el césped.
Si Miguel Nieto es un hombre metódico que administra el riesgo, Gómez Junco —caso peculiar en el futbol— tiene un temperamento sensible y pasional, más cercano a un artista que a un atleta.
Hugo Sánchez ve el futbol imaginando lo que él podría hacer en cada jugada; por el contrario, Roberto se interesa en lo que hacen o dejan de hacer los demás. Es el futbolista menos autorreferente que conozco. El compromiso ante la grabadora lo hizo regresar a anécdotas que rara vez comenta.
Su pasión futbolística comenzó con los Jabatos de Nuevo León, en su natal Monterrey: “No olvido el partido Jabatos 4-Monterrey 2. Nunca disfrutaré más otro resultado”. Ese equipo, que solo permaneció tres años en la liga, le reveló lo que Vinicius de Moraes diría en un aforismo: “El amor es eterno mientras dura”. Roberto no se aficionó a otros colores. La camiseta verde perdura en su memoria como un talismán mágico. Ninguna otra escuadra, ni la Holanda de Cruyff, ni el Barcelona de Xavi, Iniesta y Messi, le parecería superior a los Jabatos que admiró cuando empezaba a chutar balones en el Colegio Regiomontano Contry. “Me cautivó que fueran un equipo diferente, aquí todos le van a Tigres o a Monterrey —señala con temple iconoclasta—. Seguramente me gustaba darle la contra a alguien; además, era un equipo que yo sentía del pueblo y el Monterrey era de la élite. Cuando descienden después de tres años, la decepción es tan grande que dejé de ser aficionado y concentré mis pasiones en jugar. Cumplí con mi cuota y ahora disfruto del que juegue bien”.
En un principio, el futbol fue una forma de relacionarse mejor con los compañeros de clase, pero la devoción aumenta cuando se tienen facultades y el pasatiempo se convirtió en una forma de vida. Gómez Junco acababa de cumplir 20 años cuando debutó como mediocampista del Atlético Español. No olvida la fecha: 9 de mayo de 1976. Ese equipo se había quedado con la franquicia del Necaxa y contrataba a jóvenes de talento, como Manuel Manzo, José Luis Trejo, Juan Manuel Álvarez y Jesús Rico.
El paso por el futbol le reveló el magnetismo de la cancha y el horror que la rodea. Una de las cosas más arduas para un futbolista son las concentraciones en los hoteles. Roberto se acostumbró a compartir cuarto con compañeros que escupían sobre la alfombra y se protegió de ese mundo con los libros: “La lectura era un refugio; en ocasiones incluso aparentaba que leía para que me dejaran en paz”, comenta.
Después de dos años en el Atlético, jugó en los dos equipos de Monterrey, Tigres y Rayados. A diferencia de países similares al nuestro, como Chile, Colombia o Argentina, México carece de un sindicato que defienda a los futbolistas. Inermes fuera de la cancha, suelen tener poca confianza dentro de ella. La preparación física ha mejorado, lo mismo que las condiciones técnicas; además, México ha sido varias veces campeón mundial sub-17. No falta potencial. Pero quienes despuntan como adolescentes se vienen abajo al cumplir la mayoría de edad. El principal déficit de nuestro futbol es mental.
Cuando Manuel Lapuente acababa de terminar su etapa de entrenador de la selección nacional, tuve oportunidad de preguntarle cuál era la principal característica del futbolista mexicano y contestó sin vacilar: “La obediencia”. Disciplinado en extremo (y en cierta forma amedrentado), el futbolista nacional no asume tareas imprevistas, pero lo que distingue a un crack es, precisamente, el ejercicio de lo improbable.
Una anécdota de Gómez Junco ilustra la debilidad del futbolista mexicano. En el Monterrey, él y otros tres jugadores —los mejor pagados del equipo— recibieron una mala oferta de renovación. Se pusieron de acuerdo para rechazar ese trato. Cada uno fue llamado a negociar por separado. Según lo discutido, Roberto se negó a firmar. Luego supo que los otros tres aceptaron por miedo a las consecuencias.
La temporada 1982-83 comenzó para él sin equipo. En ese momento le dijeron: “Las Chivas quieren hablar contigo”. El mensaje equivalía a una redención. Viajó a Guadalajara y una comida bastó para convencerlo del fichaje. Ahí empezó la etapa más importante de su carrera; poco después se casó con Maru, su excepcional compañera, y consolidó una trayectoria peculiar, que no solo se basaba en el rendimiento deportivo, sino en sostener convicciones dentro y fuera de la cancha.
La estupidez no ayuda al futbol, pero a veces la inteligencia sobra en ese medio. Con la pelota en los pies, Messi es el más sagaz de los humanos; sin ella, es un hombre bueno y monótono. Maradona dijo frases célebres con picardía de barrio, pero también profirió tantos dislates que su compañero de equipo Jorge Valdano lamentó que no opinara con el pie izquierdo. Gómez Junco es alguien que piensa, virtud que trae problemas. Su entrenador en Chivas era Alberto Guerra, que había destacado como futbolista en esa institución y que hablaba mucho con sus jugadores. En un principio, eso cautivó a Roberto. Después comprobó que hablar sirve para coincidir, pero también para discrepar.
En Argentina un futbolista puede ser figura sin recurrir al disciplinado arte de callarse. Jorge Valdano fue campeón del mundo desplegando los recursos retóricos que había perfeccionado con otro torrencial discutidor, César Luis Menotti. En cambio, en México, el entrenador se suele sentir desafiado por los jugadores que hablan.
Gómez Junco fue un caso aparte en un ambiente donde las crisis se enfrentan con evasivas. Al colgar los botines, prefirió ejercer el futbol desde la palabra y no quiso ser entrenador o directivo: “No tengo capacidad vocacional para dirigirme a ese universo; siempre pensé: ‘Aguanto este entorno porque me encanta la cancha’, sin jugar, no soportaría lo que rodea al futbol: el nivel educativo de los jugadores, las componendas de los dirigentes, la improvisación de directores técnicos —dice en forma contundente—. Pero al retirarme sentí un vacío tremendo —agrega, bajando la mirada—: dejar de jugar futbol no es como dejar de ir a una fábrica; vives en una isla, eres un privilegiado, apapachado por la afición. A mediados del 88, a los 32 años, me doy cuenta de que ya no voy a jugar. Con lo que había ganado podía vivir dos años, según yo, pero eran cuentas alegres. Me gustaba escribir, a un nivel elemental, y llegué ahí un poco por accidente. Osvaldo Batocletti, gran jugador argentino, ya escribía en el periódico Metro y eso me animó. Mandé cinco artículos a Editora El Sol y pensé que era asunto archivado; para mi sorpresa, después me llamaron de El Norte para ofrecerme una columna”.
El 14 de enero de 1989, ochos meses después de su retiro, inició sus colaboraciones semanales con un artículo sobre el clásico Tigres-Monterrey. Admiraba al mítico Ignacio Matus, cronista del Esto, y había leído numerosos libros con pasión y desorden. “Siempre me quedó la espina de no haberme retirado a los 36 o 37 años. Escribir me ayudó a alejarme menos dolorosamente de las canchas y me permitió aclarar conceptos. Entonces creía que mis artículos eran muy meticulosos y ahora me sorprendo de que los hayan publicado, como si no hubiera escrutinio. Luego me llamaron para la televisión y se consolidó la segunda parte de mi vida”, comenta.
Gómez Junco no vive rodeado de trofeos y camisetas ejemplares como otros colegas del oficio. Lleva el pasado en la mente, lo cual confirma su vocación de narrador.

Miguel: budismo de alta velocidad
Como gerente del Salón Los Ángeles, Miguel Nieto descubrió que la mejor manera de sobrevivir a los riesgos de la parranda consiste en asumir otros riesgos. A los 13 años aprendió a manejar y sorteó una posible detención con un memorándum de Tránsito que lo facultaba para acelerar en compañía de un adulto. De los coches pasó al vehículo de la contracultura: la motocicleta. No es casual que conociera a su esposa dándole un aventón en una Honda 750.
De acuerdo con Miguel, la pasión del motociclista no se basa en la rapidez del desplazamiento: “Se trata de una sensación de libertad”. La recompensa no es controlar el motor, sino el paisaje.
Su recorrido más largo vinculó dos países. Compró una moto en San Francisco, remontó la carretera número 1 de Estados Unidos, atravesó la península de Baja California, tomó el ferry de La Paz a Mazatlán y desembocó en la Ciudad de México. “Casi siempre llegaba al límite de velocidad: 210 o 220 kilómetros por hora en las motos de entonces”, dice con tranquilidad.
Hay oficios en los que la caída es un recurso de trabajo. Miguel habla de las suyas con la naturalidad de un portero que se refiere al arte de venirse abajo. No olvido el momento en que hablé con Félix Fernández de nuestras hijas recién nacidas. Le conté de mi angustia al ver caer a mi hija de la cama y el guardameta del Atlante contestó: “Caerse es natural”. Lo mismo piensa el administrador de las noches capitalinas; habla de sus accidentes en moto como de simples gajes del oficio.
Meticuloso en extremo, Miguel calcula la cantidad exacta de cubitos de hielo y bebidas para apagar la sed de 2 000 gargantas. Este cuidado engranaje requiere de un desfogue: la velocidad, que no concibe como un peligro, sino como una expansión espiritual. Es fácil suponer que las endorfinas generadas por su cuerpo se parecen a las del maratonista; más complejo, y acaso más genuino, es entender que también se parecen a las de un monje en estado de meditación.
Los autos y las motos fueron el prólogo de otra extraña forma de relajación. En 1976, año en que su madre comenzó a acompañarlo en el trabajo, se enteró por un amigo de unos cursos de paracaidismo: “Nos entrenó un capitán de la brigada de paracaidistas y comenzamos a saltar en Tequesquitengo. La gente piensa que va a sentir vértigo, pero el viento te impulsa y te mueve; lo manejas como manejas el agua en el nado; lo único que no puedes hacer es volver hacia arriba; la sensación de desplomarte solo ocurre cuando saltas de un cuerpo fijo”.
Quise saber a qué se refería con “cuerpo fijo” y habló de los amigos que saltan de edificios. Contrarrestó este dato escalofriante diciendo: “Nunca sentí miedo; me apasionó el deporte y llegué a ser presidente de la Sociedad de Paracaidistas”. Compitió en un campeonato panamericano y participó en Francia en un cotejo de precisión en el aterrizaje: “En aquel entonces tenías que caer en un círculo de 10 centímetros, ahora es de cinco. La verdad es que he hecho muy pocos saltos”, añade quien se ha lanzado 1 300 veces desde un avión. En tierra, Miguel es un actuario al que no se le escapa una cifra; en el cielo, todo número le parece insuficiente.
Su sonrisa se convierte en carcajada cuando habla de la gente que solo salta una vez, besa la tierra y jura que no lo volverá a hacer: “La adrenalina del que repite es diferente; aprendes a moverte en el aire”. Le pregunto si alguna vez sintió la tentación de combinar la experiencia del salto con la mariguana: “Solo una vez, de joven, pero no me gustó estar fuera de control —responde en forma previsible—. Pierdes la apreciación del tiempo, los segundos se te pueden hacer muy largos y eso es peligroso cuando estás cayendo a 200 kilómetros por hora”.
En su trayectoria como paracaidista asumió riesgos como lanzarse, en Veracruz, en un salto de exhibición en medio de un temporal, con el resultado de que cayó al mar. También participó en un festival aéreo en Ciudad Universitaria (“Leí en el periódico que solo se iban a lanzar americanos y propuse una competencia de precisión con mexicanos”) y fue uno de los intrépidos que desafiaron el aire revolvente del Estadio Querétaro. Lanzarse ahí era como entrar en un ciclón de viento. Esa experiencia lo convirtió en candidato ideal para recibir una invitación del Club América, que marcaría la semifinal de 1983.
Miguel Nieto Applebaum ha vivido al margen del futbol, a pesar de que su hermano Gil Enrique es promotor de futbolistas. Cuando lo invitaron a lanzarse al Azteca no pensó en la importancia de ese lance. Menciono la dimensión metafórica de que unos paracaidistas cayeran al campo de las Águilas y responde con amable desinterés: “Era algo así”.
El 22 de mayo amaneció con cielo despejado. El único problema para realizar el salto eran los cables que atravesaban el Estadio Azteca y de los que pendía el sonido local. Durante 52 años, esa gigantesca bocina transmitió la entonada voz de Melquiades Sánchez Orozco. Mi generación no olvidará sus frases: “Alineaciones para el juego de hoy…”, “Gol anotado por Evaristo, número 7…”, “Brandy Bobadilla 103 informa…”. De niño, tenía la fantasía de perderme en el estadio para que Melquiades dijera: “Los padres del niño Juan son esperados en el túnel número 1”. Una de mis emociones más intensas ocurrió en 2016, cuando presenté el libro La década inolvidable: el futbol mexicano de los setenta, de Heriberto Murrieta. En la sección de preguntas, un hombre ya mayor pidió la palabra y se refirió a algo que yo había dicho. Con indecible asombro escuché… “¡la voz del Azteca!”: Esa noche, Melquiades nos trasladó a los domingos de sol en el estadio.
Para los aficionados, el sonido local era un estuche de la magia; para Miguel Nieto era un obstáculo: “En lo único que pensaba era en el cuadrante en el que debía caer; la bocina ni siquiera estaba en el mero centro, los cables formaban una equis que debíamos sortear. No nos pagaban tan bien para el nivel de riesgo, pero era un reto emocionante”.
El espectáculo aéreo constaba de cuatro paracaidistas. Uno de ellos, Gustavo Kramer, moriría años después, saltando en paracaídas en el mar (“No recuerdo si ese domingo cayó en el estadio o en el estacionamiento”, comenta Miguel). Los otros tres sí llegaron a la cancha, pero solo Miguel dio en el centro: “Me desplomé ahí de sentón y recuerdo que un locutor dijo: ‘Así como ese paracaidista se desplomó el América’”. Lo acompañaban Gustavo Sumano, quien luego se mudó a Guadalajara y trabajó como piloto e instructor de caída libre, y Juan Manuel Saavedra, que ha hecho espectaculares saltos desde puentes y edificios en China y que en México se lanzó desde el World Trade Center y el Hotel Hilton de la Alameda.
El 22 de mayo debían hacer un “salto base” de poca altitud. A las 12:55, durante el intermedio del partido, dispondrían de 11 segundos para llegar al césped. Todo era perfecto, menos la comunicación por radio del avión Cessna 206. En el momento crucial se quedaron sin noticias del estadio. Calcularon el tiempo transcurrido, se asomaron al óvalo del Azteca y vieron que no había jugadores (ignoraban que todos estaban discutiendo al borde del campo por las decisiones del árbitro). Se lanzaron al vacío justo en el momento en que se reanudaba el juego.
Miguel Nieto Applebaum tocó la cancha que consagró a Pelé y a Maradona. ¿Qué pensó en ese momento? “En no chocar con ningún jugador, lo único que me importaba era no matarme”.
Al decir esto desvía la vista hacia las fotos enmarcadas de los célebres asistentes al Salón Los Ángeles. Esas imágenes integran el retablo barroco de su vida. Vistas de lejos, adquieren una condición borrosa y piden ser recuperadas a través de la memoria. Ahí está el más importante legado de su vida. Sin embargo, no deja de pensar en la pasión que lo complementa: “Tal vez salte a fin de este año —Miguel retoma la conversación—: mis hijas no quieren por mi presión alta. No tengo nada que demostrar, eso ya lo hice, pero ahí tengo mi paracaídas”.
Le pregunto si se considera arriesgado o prudente. Guarda un largo silencio: “Arriesgado —responde, después de pensar la pregunta con una calma que demuestra que también es prudente—. En cualquier actividad los accidentes se dan en la gente con más experiencia o con menos experiencia —añade—: los de en medio somos más precavidos: el peligro está en el exceso de confianza o la falta de preparación”.

Roberto: “Me perdono a mí mismo”
“En 1983 yo era otra persona: un futbolista de 27 años”, dice Roberto. Lo conozco desde hace décadas y me cuesta trabajo asociarlo con un temperamento impulsivo. Como he dicho, su vida gira en torno al lenguaje, pero en 1983 las palabras lo llevaron a un estado de ebullición: “Después de perder el primer partido en el Estadio Jalisco nos dábamos por derrotados y Reinoso nos lo recordaba con sus declaraciones; pero no queríamos que les resultara sencillo llegar a la final. Hablé mucho con mis compañeros. Recuerdo estar en un entrenamiento con Demetrio Madero, Sergio Lugo y Celestino Morales, con los que mejor relación tenía (aunque nunca fui de tener muchos amigos en el futbol), y les propuse hacer todo lo posible para que ellos no salieran completos del partido: ‘Que les cueste caro, que lo sientan, estarán en la final: felicidades, enhorabuena, pero no llegarán completos’. Voy camino al aeropuerto con Álex Guerrero, entrañable compañero que ya falleció, y también a él le parece imposible ganar el partido, pero ya había permeado lo de perjudicar al máximo al América, todos estábamos en esa sintonía”.
En pocas palabras, se trataba de lesionar a varios jugadores: “Entonces yo estaba físicamente mejor que ahorita, mentalmente peor —aclara Roberto; hace una pausa reflexiva y continúa—: Me veo en otra vida, me cuesta reconocerme a mí mismo, pero sí: tenía un espíritu competitivo innegable; sentía un dolor tremendo después de cada derrota y una euforia incomparable con el triunfo. Desde niño quieres ganar y quieres ganarles a jugadores cada vez mejores. Una de las cosas que te enseña el futbol es a vivir con esos altibajos —Roberto acelera el ritmo de la narración, pero de pronto se detiene—: No me gusta hablar de esa semifinal, en primer lugar porque no me gusta seguir viviendo en el pasado, algo que veo en muchos jugadores. El presente abruma demasiado al futbolista y yo lo disfruto mucho, atesoro lo que pasó, pero no vivo de eso. En este caso, además, al año siguiente se jugó la única final entre Chivas y América, y la perdimos. Fue mi mayor trauma: en 1984 volvimos a enfrentarnos al América de Reinoso y nos ganaron con un hombre menos. Quizá eso hizo que el gozo de la semifinal fuera efímero”.
Dicho esto, su plática da un viraje emocional: “Fue muy especial jugar con Chivas. Durante mucho tiempo fue un equipo en el que básicamente jugaban tapatíos; me veían como un fuereño, me observaban de manera particular; no venía de las fuerzas básicas y se preguntaban: ‘¿Por qué llega este cuate?’. Después eso ha proliferado, pero entonces era raro. Con Atlético Español, Tigres y Monterrey me acostumbré a tener seguidores locales, pero Chivas tenía aficionados en todo el país, incluso en casa de su máximo adversario, el América. Ese poder de convocatoria me abrió a un mundo muy distinto. No hay otro país donde el estadio se llene a la mitad con el público de su acérrimo rival. Ahí entendí la responsabilidad de jugar con Chivas, en un tiempo en que era posible competir con jugadores mexicanos, algo que ha cambiado por completo”.
Le pido que volvamos a la semifinal de 1983: “El partido en el Azteca rebasó a Alberto Guerra, a lo mejor se enteró de que íbamos a romper piernas, pero no recuerdo que haya dado indicaciones al respecto. Tal vez pensó que esa furia llevaría al milagro. Fue uno de mis mejores entrenadores; pero ese día habló poco, dejó que las cosas sucedieran y nosotros tomamos la iniciativa. Salimos a la cancha dispuestos a todo. Habíamos perdido 1-2 en la ida, confirmando que el América era un equipo poderoso que rompía todos los récords. Estamos hablando de los tiempos en que había campañas largas, de 38 partidos, y las victorias valían dos puntos. Ellos habían arrasado en el torneo con una maquinaria de futbol tremenda. Pero metimos dos goles y todo salía bien: ¡no queríamos que acabara el primer tiempo! Desde los roces iniciales, la intensidad era tal que superó al árbitro, Edgardo Codesal, que pitaría la final de Alemania contra Argentina en 1990. Codesal expulsó a dos del América y a uno del Guadalajara, que no había intervenido. Hay imágenes que no se te olvidan y eso que estamos hablando de algo que pasó hace 42 años; el de la bronca había sido Cisneros, pero expulsaron a Javier Cárdenas, que en paz descanse. Lo recuerdo jurando por sus hijos que no había hecho nada. De todos modos, Codesal lo expulsó. “¡Ya créele!”, le decíamos, pero no nos hizo caso. Cuando volvimos a la cancha, después de la discusión, cayeron los paracaidistas. Pensé que eran “hombres águila” para un show del medio tiempo. Lo tomamos como algo anecdótico, bastante irreal, y llegamos al vestidor eufóricos, muy estimulados. En esa época había mucho dopaje, que estaba solapado, pero nuestra droga era la euforia. Nos fuimos al descanso con un global de 3-2 a nuestro favor y nueve de ellos contra 10 de nosotros, no se podía pedir más. La sensación era incomparable y esa confianza aumentó en el segundo tiempo”.
El marcador favorecía a las Chivas, pero el partido aún no era perfecto. En el segundo tiempo, después de haber estado a punto de anotar de media distancia, Gómez Junco filtró un pase para que llegara el tercer gol, de Sammy Rivas. El mediocampista que había empezado la temporada sin equipo alcanzó un logro inusitado. En estado de éxtasis, corrió por la banda y se encontró frente a la banca del América: “Hice un gesto impulsivo, involuntario, automático, pero que podía ser obsceno. Ocho americanistas salieron sobre mí. Fue una locura. Cuando llegamos al hotel después del partido me amenazaron con llevarme a la delegación. Me recrimino por no haber pensado en la final. Nuestra obsesión era perjudicar al América y nos encontramos con la sorpresa de que ganamos. Me suspendieron por el festejo y no pude jugar la final contra el Puebla. Perdimos unos cinco titulares entre lesionados y suspendidos y aun así nos fuimos a penales en ese partido” (que perdió Chivas).
Si la FIFA tuviera sentido del rigor, no le habría confiado una final de Copa del Mundo al árbitro que gestionó tan mal ese partido. Pero México había sido excluido de Italia 90 por el caso de los “cachirules” para favorecer a Estados Unidos y la FIFA quería compensar a la Federación Mexicana de Futbol, siempre dócil ante sus abusos. En Italia, Codesal actuó como un soldado de la burocracia mundialista y marcó penal dudoso en favor de Alemania, perjudicando a Argentina y a Maradona, que criticaba la corrupción del jerarca de la FIFA, João Havelange.
Para Gómez Junco, la derrota en la final de 1984 tuvo un epílogo que no le gusta recordar: “Me ilusionaba llegar al Mundial del 86, pero salí de Chivas y todo fue diferente”.
¿Por qué abandonó al equipo que lo había encumbrado? La memoria es un aparato singular: olvida contextos y situaciones generales, pero recuerda escenas con minucia de laboratorio. En 1983, el entusiasmo de vencer al América fue tan poderoso que borró todo lo demás; en cambio, la derrota ante el mismo América en la final de 1984 convirtió el suceso en algo dolorosamente recordable.
Al volver al tema, emerge la segunda vocación de Gómez Junco: el lenguaje. En su opinión, la final trágica se perdió porque Alberto Guerra no supo transmitir sus ideas en el medio tiempo. “Curiosamente, no recuerdo lo que Guerra dijo en la semifinal de 1983, pero no olvido el mensaje erróneo de la final de 1984; en el primer tiempo jugamos mejor que el América; tuvimos un penalti que fallamos y acabamos con un hombre más; todo nos beneficiaba, pero no sé si la molestia del penal fallado hizo que Alberto diera un mensaje equívoco: ‘Estamos de la patada, no puede ser’. Cundió un desconcierto que nos afectó. Me imagino que en el vestidor del América pasaba lo contrario: con un hombre menos salieron a dar otro partido. Es fácil eludir responsabilidades y culpar al técnico, pero eso nos afectó. Retrospectivamente me cuestiono a mí mismo la decisión de salir de Chivas. Ahora me considero menos impulsivo; mi salida fue un encabronamiento mal procesado. Recuerdo el encuentro con Guerra cuando regresamos de vacaciones para preparar la temporada 84-85. Yo estaba sentado en su oficina, frente a su escritorio, cuando me dijo: ‘Te queda un año de contrato, pero vas a tener que pelear por el puesto’. Lo sentí como una amenaza; yo no sabía que los puestos se ‘garantizaban’. Durante dos años había sido titular porque me lo había ganado partido a partido. Eso me confirmó que debía salir de Chivas. Pagué lo que debía de contrato y me fui a Toluca. Mi nivel cayó, no superé el cambio, fue un deterioro psicológico. Traía un desánimo que tal vez era un arrepentimiento que no quería reconocer. Hay cosas que solo extrañas cuando las pierdes”.
Le pregunto si habló del tema con las dos personas que eran su principal referente, su padre y su esposa: “Primero decidía y luego consultaba. Le dije a Maru, que siempre me ha apoyado: ‘Te aviso que nos vamos en tres meses de Guadalajara’”.
La cancha tiene un efecto transfigurador. Dentro de ella, Maradona era el más entregado de los compañeros; afuera, resultaba incontrolable. Gómez Junco es el caso opuesto; la persona reflexiva que tengo enfrente se convertía en un mediocampista temperamental al oler el césped.
Le hablo de este contraste y responde: “El impulso repentino que me llevó a festejar como festejé en aquella final es muy distinto al que me sacó de Chivas, que fue un impulso sostenido; no quería jugar un partido más en ese equipo. Me gustaba el incomparable apoyo de los seguidores, pero también ellos estaban frustrados. Teníamos el título en bandeja y no lo ganamos. El año anterior les dimos una satisfacción que no tenían contemplada, pero fallamos ante lo más obvio. No me quería retirar y para sentirme bien en la cancha tenía que estar en otro equipo. Equivocadamente pensaba eso y todo cambió para mí; el Toluca no pasaba por un buen momento y mi nivel bajó. Físicamente estaba bien porque tenía 28 años, pero era un asunto mental; no entendía que se tuviera que jugar a las 11 de la mañana en Toluca, nadie nos seguía como visitantes, no llenábamos estadios, todo me afectaba. En 1985 ya sabía que no me iban a convocar para el Mundial del 86”.
Cuando Pep Guardiola era futbolista, Jorge Valdano dijo que se trataba de un entrenador con el balón en los pies. De Gómez Junco se puede decir que era un comentarista con el balón en los pies: “Con el Toluca me expulsaban de inmediato por reclamarle al árbitro. Siempre fui discutidor y había árbitros que me saludaban con la amarilla. Pero cambiar de equipo trajo una diferencia radical. ‘¡Es que estoy en Toluca!’, pensé: al séptimo partido ya llevaba tres tarjetas rojas. No tenía la investidura de Chivas; en Toluca el árbitro me expulsaba por voltear a verlo. Ahí empezó un declive sostenido hasta mi retiro en el 88 —agrega con la calma de quien triunfó en la siguiente etapa de su vida. Sin embargo, la comezón del juego no lo abandona—: Acabo de soñar que me convocan a un partido y siento que no estoy para jugar. Me veo como soy ahora y me pregunto: ‘¿No saben que tengo sobrepeso?’. A veces sueño que entro al campo y no sé dónde termina la cancha o que la pelota es de trapo y se convierte en otra cosa. Hace 10 años ya tenía sobrepeso y ahora estoy peor, pero en el sueño se supone que soy un futbolista de alto rendimiento. También sueño que se atraviesan personas o familiares en la cancha que no me dejan jugar”.
En 1983, la realidad fue más sorprendente que este último sueño: tres paracaidistas invadieron la cancha.

Formas de ver el cielo
A diferencia de Gómez Junco, Miguel Nieto dice: “No recuerdo mis sueños. Soy un hombre tan infeliz como cualquiera, pero no tengo pesadillas. O más bien tan feliz: creo que la vida me ha tratado mejor de lo que merezco”.
Termino mi botella de agua sin que él toque la suya. Miguel ha dado cientos de entrevistas sobre las noches del Salón México y su impacto cultural en la ciudad, pero nunca consideró que su afición a saltar tuviera relevancia. Cuando le recuerdo el momento en que tocó el pasto sagrado, se concentra en un detalle del todo ajeno a la épica: “El inspector autoridad nos pidió que nos apuráramos a recoger los paracaídas”.
En el Estadio Azteca la acústica se concentra en el centro del campo, justo donde él cayó. Rodeado de jugadores y ante el estruendo de la multitud, tenía la oportunidad de pedirle la camiseta a un protagonista del juego, pero eso no le interesaba en lo más mínimo. Le pregunto si se quedó a ver el segundo tiempo. Una vez más su sonrisa se convierte en carcajada: “¡Claro que no!, lo único que queríamos era salir rápido de ahí”.
Su peculiar intromisión en la historia del futbol mexicano se había cumplido. Miguel Nieto Applebaum abandonó el campo con la indiferencia de quien solo juega en el cielo.
La situación de Roberto Gómez Junco era la opuesta: “Nunca olvidaré el grito de ‘¡Chivas, Chivas!’ con el estadio lleno —recuerda emocionado—: Estamos hablando de un Azteca con más de 100 000 espectadores, antes de la remodelación. Entonces el público no llevaba tantas playeras de equipos como ahora, la mercadotecnia no era tan fuerte. Si anotabas, sentías que todo el estadio era Chiva. Esa sublimación, ese sentirme realizado, difícilmente lo podré sentir en otro lugar”.
Le pregunto si pensó en quiénes eran los paracaidistas: “No —sonríe—: eso me sucedió contigo, 42 años después, cuando me dijiste que habías conocido a uno de ellos. Nunca me pregunté quiénes eran. Fue algo anecdótico: tres cuates que de pronto cayeron en la cancha. Lo importante era eliminar al América, todo lo demás era secundario. Ahora lo veo de otro modo. Quiero conocer a ese paracaidista. Estuvimos a 15 metros en el momento más importante de mi vida profesional”.
Se atribuye poca capacidad reflexiva a los futbolistas. Para destacar con el balón hay que tener una disciplina cuyos acicates suelen ser la pobreza, la discriminación, las carencias que se trascienden con tiros de insólita puntería. La introspección no parece formar parte de ese repertorio. Gómez Junco representa una anomalía en ese ámbito. Los fogonazos que disparaba de media distancia ahora aparecen en sus palabras. Guarda un silencio, como quien busca el ángulo de la portería, y lanza la frase que resume el interminable 22 de mayo de 1983: “Los paracaidistas cayeron del cielo cuando yo me elevaba ahí”.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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Caen las Águilas, caen los paracaidistas. Es el 22 de mayo de 1983, semifinal del torneo de liga, América contra Guadalajara. Chivas lo va ganando 0-1, pero hace ya muchos minutos que queda claro que todo se saldrá de control. Pierna fuerte, ánimos de pelea y, en eso, poco antes del medio tiempo, la señal: tres paracaidistas aterrizan en el verde. Secuencia de la transmisión de TV.
Lo que iba ocurriendo poco antes del silbatazo de medio tiempo en aquella semifinal entre América y Chivas se acercó tanto al compendio perfecto del futbol mexicano que necesitó redondearse con una intervención divina (o, en propiedad, una invasión de campo proveniente del cielo). Era 1983, era el pasto sagrado del Estadio Azteca, y dos de los protagonistas, en la cancha y en el aire, levantan el recuerdo y comprueban que no fue un sueño.
Clásico de clásicos
La portería es un portal infinito: el gol llega más allá de las redes. Lionel Messi levanta el índice para dedicar la anotación a su difunta abuela. El único ganador de ocho Balones de Oro sabe que la auténtica meta del futbol no son los trofeos, sino el cielo.
El futbolista que anota establece contacto con algo que lo trasciende, es el intermediario que logra que las plegarias lleguen a su destino. Todos los sistemas de creencias necesitan de esos intercesores. Los mayas confiaban en los bacabs, jinetes celestes que provocaban lluvias, y la religión católica se amparó en querubines, serafines, ángeles y arcángeles para anunciar las novedades de la fe. Manuel Vázquez Montalbán definió al futbol como “una religión en busca de un Dios” y toda religión necesita mensajeros que la conecten con lo sobrenatural.
El Estadio Azteca ha sucumbido a toda clase de supersticiones, pero solo una vez estableció un contacto directo con el cielo: el 22 de mayo de 1983 tres paracaidistas llegaron a la cancha.
Ese día se disputaba el partido de vuelta de la semifinal del campeonato de liga entre los equipos con más seguidores del país, América y Guadalajara. La tensión anímica comenzó en el vigoroso terreno de las especulaciones: el América había ganado 1-2 como visitante y su entrenador, Carlos Reinoso, anunciaba con jactancia la segura victoria de los suyos. De ese modo se reanimaba la rivalidad iniciada en los años sesenta, cuando las Chivas eran el “Campeonísimo” que, al jugar solo con mexicanos, parecía representar a la nación entera: “La mitad del país, más uno, le va a las Chivas”, decía un dicho. En los globalizados y promiscuos tiempos modernos solo el Athletic de Bilbao puede ufanarse de un prestigio similar.
El arraigo del club tapatío es tan intenso que modifica el ánimo de su ciudad. En una ocasión asistí al Estadio Jalisco en compañía de Juan José Doñán, erudito que conoce los antecedentes de cada sacerdote, cada poeta y cada goleador que han oficiado en Jalisco. Ese domingo, las Chivas perdieron de manera aparatosa. Tomamos una rampa para salir de las gradas. A la distancia se veían las jacarandas en flor; el paisaje era idílico, pero la multitud se desplazaba en abrumado silencio: “Mañana no habrá tortillas”, dijo mi amigo. Pensé que se trataba de una metáfora, pero, en efecto, al día siguiente los comercios cerraron por desolación.
Si al Guadalajara le va bien eso beneficia a la selección. El partido más memorable del Tri ocurrió en Chile 62, cuando México venció 3-1 a Checoslovaquia, que sería subcampeona del Mundial. Esa escuadra legendaria estaba alimentada por jugadores de las Chivas Rayadas: Héctor Hernández, el “Tigre” Sepúlveda, el “Jamaicón” Villegas, Chava Reyes, el “Chololo” Díaz y el “Cura” Chaires.
Por su parte, el América surgió como el atractivo antihéroe del balompié nacional. Si no lo amas, sencillamente lo odias. El propio club ha sabido capitalizar este encono. En 2005 Nike lo patrocinó con un eslogan incuestionable: “Ódiame más”.
El rencor antiamericanista tiene sus motivos. En 1959, el equipo fue adquirido por Televisa y la cobertura de los locutores se volvió parcial, especialmente la de Fernando Marcos, capaz de provocar incendios reales e imaginarios.
Después de jugar en el España y el Asturias, Marcos se convirtió en árbitro y tuvo a su cargo el partido más polémico de nuestra agitada tradición. El 26 de marzo de 1939 el Asturias recibió al Necaxa, cuyos jugadores se entendían tan bien que recibían el mote de “Los Once Hermanos”. El consentido de la afición era Horacio Casarín. La gente quería ver sus gambetas, pero el virtuoso fue pateado sin misericordia ante los ojos de Marcos, que se tragó el silbato. El ídolo abandonó el campo herido. En esa época no había cambios y esto dejó al Necaxa en desventaja. Para colmo, el árbitro concedió un penalti en favor del Asturias, lo cual desató la ira de la porra rojiblanca, que encendió antorchas con periódicos y las lanzó sobre las gradas de madera. En un santiamén, el estadio ardió en llamas.
Veinte años después de aquel partido, Marcos se hizo cargo de la dirección técnica del América. En la temporada 1959-60 venció a los tres equipos de Jalisco (Guadalajara, Atlas y Oro) con idéntico marcador: 2-0. Orgulloso, comentó: “El nuevo número para llamar a Guadalajara es ‘2-0, 2-0, 2-0’”. La declaración provocó un incendio emocional. El clásico de clásicos había nacido.
Algo similar antecedió al partido que protagoniza esta crónica.
El Guadalajara tenía un equipo goleador que superó al León con un global de 6-0. Los Panzas Verdes eran entrenados por el uruguayo Ricardo Faccio, exjugador del Inter de Milán. Hombre caballeroso, describió a sus rivales con una frase que llegó a las portadas de los periódicos deportivos: “Lindo equipo”.
En cambio, el entrenador del América, Carlos Reinoso, hablaba de las Chivas como si el espíritu de Fernando Marcos reencarnara en su cuerpo. El mediocampista chileno ha sido el mejor extranjero que ha militado en el futbol mexicano, pero la camiseta amarilla se le impregnó como una segunda piel. “El América era un equipo muy mentalizado, pero parte de esa mentalidad implicaba el sentirse superior a los demás”, comenta Roberto Gómez Junco, personaje decisivo de la semifinal de 1983.
En su origen, el Guadalajara era un equipo desorganizado que mereció su apodo de Chivas por correr a lo loco. Cuando adquirió histórica relevancia, se transformó en el Rebaño Sagrado. Por su parte, los americanistas fueron los Canarios, de camiseta color crema, hasta que sus aires de grandeza forzaron un upgrade en el reino de las aves y se convirtieron en las Águilas de pecho amarillo.
El Guadalajara de 1983 recordaba al de los años sesenta, pero Reinoso no quería saber nada de eso. De poco sirvió que antes de enfrentarse al América, las Chivas derrotaran a un Atlante en el que militaban dos grandes mundialistas, el polaco Grzegorz Lato y el argentino Rubén “Ratón” Ayala, por un marcador global de 6-1. A pesar de esas victorias, el chileno desdeñaba a su rival y prohibía que sus jugadores intercambiaran camisetas al término del partido. Muchos años después diría en una entrevista: “Jugar contra Chivas era un odio natural”.
Aunque las Chivas atravesaban una racha favorable, en el América destacaban los argentinos Eduardo Bacas y Norberto Outes, y los mexicanos Cristóbal Ortega y Alfredo Tena. Después de derrotar al Atlético Potosino con un global de 6-0, visitaron al Guadalajara. El partido transcurrió como si las palabras de Reinoso fueran una profecía: el América ganó 1-2.
Todo estaba servido para que el antihéroe del futbol mexicano dominara el partido de vuelta en su propia casa: 90 minutos de trámite rumbo a la gloria.
América y Guadalajara son los únicos equipos que juegan de local en todos los estadios. Cuando se enfrentan, la pasión se divide en partes iguales; sin embargo, esa devoción parecía insuficiente para revertir el marcador.
El 20 de mayo, día de San Bernardino, los feligreses tapatíos encendieron veladoras a la Virgen de Zapopan, protectora del Guadalajara. Los teólogos del futbol recordaron entonces que el gran Bernardino del futbol tapatío, Berna García, no había jugado para las Chivas, sino para el Atlas. Mal augurio. Hubiera sido mejor esperar hasta el 22, día de Santa Rita de Siena, patrona de las causas imposibles, pero la fe tiene prisa y las velas se encendieron tres días antes del cotejo.
Las plegarias subían al cielo sin saber que algo extraño bajaría de ahí.
Un domingo anormal
En febrero de 2024, Roberto Gómez Junco, exjugador de Chivas y gran comentarista, presentó mi libro No fue penal. En el público se encontraba Félix Fernández, exportero del Atlante que también destaca como intérprete del juego. En la sesión de preguntas, Félix recordó el clásico más turbulento entre América y Guadalajara, cuando Roberto corrió hacia la banca del Águilas para festejar un gol épico con un gesto que para muchos fue obsceno y desató una bronca monumental.
La televisión ha convertido las tertulias deportivas en un género neurótico donde uno habla mientras otro grita. En ese escenario arrebatado, Gómez Junco mantiene la sensatez. En buena medida, esto se debe a su formación como lector y escritor. Ha publicado tres novelas y un poema que emula a “La suave Patria”, de Ramón López Velarde; escribe una muy leída columna semanal, y cada 2 de noviembre versifica ingeniosas “calaveras” sobre la fauna política del país. Sin embargo, el más aplomado de los comentaristas deportivos provocó un episodio que Félix recordó con la picardía que otorga la confianza.
Más de 40 años después de lo ocurrido, Gómez Junco explicó que toda euforia es incontrolable: sus ademanes fueron producto de la pasión, no de la ofensa. Y agregó un dato aun más extraño: ese partido fue tan inusual que tres paracaidistas cayeron a la cancha.
Días después, el periodista René Delgado organizó un festejo en el que coincidí con Miguel Nieto, dueño del Salón Los Ángeles. Entre los invitados se encontraba Roberto Zamarripa, director del periódico Reforma y buen conocedor del futbol. En 2010, en vísperas del Mundial de Sudáfrica, Gómez Junco, Zamarripa y yo habíamos participado en un programa de televisión con el técnico nacional, Javier Aguirre. Recordé ese encuentro y mencioné lo que acababa de escuchar en la presentación de mi libro acerca del partido interrumpido por paracaidistas.
Miguel Nieto oía la plática con amable resignación porque no le interesa el futbol, pero de pronto dijo: “Yo fui uno de ellos”. El 22 de mayo de 1983 se había tirado en paracaídas al Estadio Azteca.
En un lapso de 10 días me había topado con dos protagonistas de un encuentro insólito, jugado en el cielo y en la tierra. Recordé una frase de Nabokov: el destino es un “fantasma sincronizador”. No había manera de no contar esa historia.
En términos deportivos, el Estadio Azteca ha atestiguado escenas insuperables: el Brasil de Pelé en 1970, el “partido del siglo” entre Alemania e Italia en ese mismo Mundial y la Argentina de Maradona en 1986. Pero el futbol no solo consta de récords evidentes.
Un clásico es una excepción que se repite y augura lo improbable. Aun así, nada podía vaticinar lo que pasó en 1983.
Cuarenta y dos años después, dos participantes narran lo ocurrido.

Miguel: los números no mienten
A los 75 años, Miguel Nieto Applebaum transmite la calma que por lo visto solo se conquista tirándose en caída libre. Se ve 10 años más joven y aún se define como paracaidista. Ha vivido las más intensas noches de rumba como dueño del Salón Los Ángeles; afecto a las paradojas, dice: “Ya debo ponerme a trabajar porque todo lo anterior ha sido fiesta”.
El Salón Los Ángeles, orgullo de la colonia Guerrero, se inauguró en 1937 con la orquesta de Gonzalo Curiel. Fue fundado por Miguel Nieto Alcántara, abuelo del paracaidista, quien se hizo cargo del negocio hasta 1948. El padre de Miguel lo tomó entonces, pero murió en 1961 en un accidente. El abuelo retomó el timón sin mucho impulso: “Estaba muy deprimido —comenta Miguel—; entonces otra familia, de apellido Parrales, se hizo cargo del Salón; eso reforzó la raigambre popular porque ellos eran amigos de La Sonora Santanera y lograron que aquí debutaran Margarita la Diosa de la Cumbia y La Sonora Dinamita. Yo tomé el Salón en 1972, a los 22 años”.
Siendo el mayor de cuatro hermanos, Miguel se hizo cargo de la familia: “Tres años después mi mamá vino a ayudar, pero ya no salió de aquí y apoyó mucho el danzón, género tradicional al que no se le ha dado suficiente importancia, a pesar de que se baila en todas las plazas del país. Es ideal para gente mayor; está probado que es la mejor solución para prevenir la demencia senil y el alzhéimer. En los setenta yo promoví el ritmo del momento, que era la salsa; traje a Rubén Blades, Óscar d’León y otros. Tuve mucho que ver en demostrar, como decía Willie Colón, que la salsa no es un ritmo, sino un concepto”.
Desde los años cincuenta, la Unión de Saloneros organizó ahí bailes en las tardes para las familias del barrio. La costumbre prendió con tal fuerza que se conserva hasta la fecha y consolidó el lema que define al local: “El que no conoce Los Ángeles no conoce México”.
Fue ahí donde Benny Moré estrenó su canción “Bonito y sabroso”, dedicada a quienes mueven sus rutilantes zapatos en la pista: “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos”, cantó el astro cubano para celebrar al público de Los Ángeles.
También ahí el aire se encendió con los saxofones y las trompetas del Rey del Mambo, Dámaso Pérez Prado, y la pista recibió la impronta de Cantinflas y Diego Rivera. Los más diversos músicos han pasado por esa sala, de Gustavo Dudamel a Rigo Tovar y Café Tacvba. La película Danzón es una de las muchas que se han filmado en ese icónico escenario, y la obra de teatro Aventurera, de Carlos Olmos, inspirada en la película de Alberto Gout, se representó ahí durante tres años.
Me encontré con Miguel a la una de la tarde en el sitio que ha visto bailar a generaciones de mexicanos. Solo nosotros ocupábamos una mesa. La luz mortecina, el mobiliario anticuado, las fotos en las paredes, la rústica tarima del escenario tenían un aire de tiempo detenido, pero distinto al que produce un museo; el Salón Los Ángeles no propone una vuelta al pasado, sino algo más misterioso: continuar una época que ocurre desde siempre.
Nadie entiende mejor las virtudes que un rival. En 1954 surgió la principal competencia del Salón Los Ángeles. Se llamó California Dancing Club para sugerir mayor grandeza. Como suele pasar, la rivalidad realzó la importancia del enemigo. El negocio de la familia Nieto resistió esa y otras amenazas. En buena medida, esto se debió a una persona que odia hablar de problemas y busca soluciones. Por si fuera poco, además de esa sala de baile, Miguel Nieto Applebaum se hizo cargo, junto con la actriz María Rojo, de la resurrección del Salón México, antro legendario que había inspirado una película del “Indio” Fernández y una pieza para orquesta de Aaron Copland.
En cuanto nos encontramos, Miguel pidió dos botellas de agua, pero no probó la suya. Es alguien que se siente cómodo en forma austera. Después de la plática, sugirió que comiéramos en una fonda oaxaqueña. No recomendó el sitio (que resultó espléndido) como lo hubiera hecho un sibarita, sino al modo de un excursionista o un misionero: “Nunca me he enfermado ahí”.
Miguel creció en la colonia Lindavista, suburbio de clase media en el norte de la capital. Dos colegios religiosos dominaban la zona: el Guadalupe para las niñas y el Tepeyac para los varones, donde los alumnos eran azotados con una tira de hule Neolite. No es casual que en un sitio donde los “neolitazos” se consideraban edificantes, el deporte más popular fuera el futbol americano. Durante siete años (de los 11 a los 18), Miguel jugó de halfback con los Frailes del Tepeyac: “Decían que nuestro campo era de tierra, pero en verdad era de tierra y piedras; cuando íbamos a un campo de pasto nos parecía una alfombra”. Entre los maestros del colegio destacaba el severo padre Edwin, para quien las tacleadas eran una forma de la prédica.
Una de las características de Miguel es la de preservar lazos afectivos. Hasta la fecha sigue en contacto con los exalumnos del Tepeyac, aunque algunos le parecen demasiado conservadores: “El colegio tenía una tendencia disciplinaria que a veces era casi nazi, pero se salvaba gracias al lema benedictino: ora et labora”. Sus ojos brillan al decir esta frase: el trabajo es su moral.
De manera profética, el primer empleo de quien encontraría una diversión en las alturas fue el de elevadorista. Siendo menor de edad, aprovechó sus vacaciones para subir y bajar huéspedes en el Hotel del Prado. “En una ocasión entró una pareja al elevador y me tuve que hacer el tonto porque estaban dándose besos y arrumacos: ¡resultó que era un sacerdote del Colegio Tepeyac, que estaba con una maestra! Ese maestro acabó dejando la orden; la verdad, era mejor que resolviera sus asuntos de ese modo que abusando de menores”.
El vestíbulo del Hotel del Prado estaba decorado por el célebre mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que retrata a las principales celebridades de 1947. A partir de los 16 años, Miguel comenzó a reunirse con una fauna equivalente en el Salón Los Ángeles. No es casual que en 1998 Carlos Fuentes celebrara ahí sus 70 años, que coincidían con los 40 de la publicación de su novela sobre la Ciudad de México, La región más transparente.
Hay diversas formas de participar en las parrandas. Para Miguel, el reventón es cuestión de método. Willie Colón lo eligió como compadre y Celia Cruz como representante porque se puede confiar en él. Ha transitado por las noches en las que ruedan botellas y se alteran reputaciones con el temple de quien hace sumas y restas. Cuando tuvo que elegir una carrera, decidió ser actuario y estudió en la Facultad de Ciencias de la UNAM: “Siempre fui bueno para los procesos lógicos —dice con la sonrisa que rara vez abandona sus frases—. Me caía muy gordo que en un examen de historia o de ética el resultado pudiera estar sujeto a la interpretación del maestro; en cambio, los números no mienten: dos más dos da cuatro en cualquier sistema ideológico”.
Hacia 1970 entró a trabajar en la gerencia de planeación de la Cervecería Moctezuma; luego pasó por Procter & Gamble y en 1972 tomó el Salón México: “Durante un tiempo combiné dos trabajos, porque el del Salón era de noche”, dice quien promueve el jolgorio con rigor benedictino.
La política entró a su vida en forma inesperada. El movimiento estudiantil del 68 comenzó cuando él estaba en la Facultad de Ciencias y algunos de los principales líderes —Marcelino Perelló, Salvador Martínez della Rocca, Gilberto Guevara Niebla— iban en los cursos superiores. “Yo no participé en el movimiento —aclara—. Solo asistí a algunas manifestaciones, como la del Silencio. El 2 de octubre no iba a ir al mitin, pero tenía cita para renovar mi pasaporte en la Secretaría de Relaciones, en Tlatelolco. Estaba en la planta baja del edificio, como a las seis de la tarde, cuando oí disparos. Me quedé en estado de shock y peor cuando vi cuerpos que eran llevados a ambulancias. Me fui caminando muy despacio hasta mi coche, me desplomé en el volante y me puse a llorar. Estuve chille y chille, era una experiencia demasiado fuerte para un joven de 18 años. Entonces empezó mi concientización política”.
Le pregunto si eso definió el activismo que también caracteriza a su salón. “Muchos sindicatos y todos los partidos han organizado actos aquí, menos el PAN —agrega con orgullo—: De manera natural, aquí se hacían los acuerdos de los ferrocarrileros, aprovechando que la estación de Buenavista estaba cerca; sus principales líderes, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, sesionaron aquí antes de que los metieran en la cárcel de Lecumberri. En los setenta, cuando me hice cargo, apoyé proyectos como la firma de los documentos del Frente Zapatista y establecimos equidad de género: este fue uno de los primeros lugares donde una mujer pudo decir ‘no’ cuando la sacaban a bailar”.
Por la combinación de la barba y la sonrisa, el avatar de Miguel en dibujos animados podría ser un zorro o un mapache de astuta simpatía. No habla como un diplomático dedicado a las relaciones públicas, sino como alguien que es tolerante por sensatez; elogia a un amigo que trabaja como subgerente de la compañía de jabones Camay con el mismo entusiasmo con que habla de otro que pasó por el Partido Comunista.
Miguel desempeña un oficio donde el éxito llega con champaña y bailarinas. Cuando le pregunto al respecto, contesta en forma objetiva: “Siempre separé mi vida personal del negocio; no por falta de oferta, sino por decisión”. Durante siete años enfrentó la línea de golpeo del futbol americano y se decantó por los números, que no saben mentir. Ese rigor y esa disciplina requerían de una extraña compensación: saltar a 3 000 metros de altura.

Roberto: un hombre de palabra
“Ser futbolista no depende de ti —dice Roberto Gómez Junco en su habitual tono asertivo—. Si me preguntan si un joven debe ser médico o futbolista, aconsejo que sea médico porque su camino va a ser menos fortuito”.
La historia del futbol es una cruel trama de descartes. En sus memorias, Tostão, campeón del mundo en 1970, dice que los mejores jugadores que conoció se quedaron misteriosamente en el camino. La frase resulta aún más demoledora si se piensa que la dice alguien que militó en el Brasil de Pelé, Rivelino, Jair, Gérson y Carlos Alberto.
Los dos futbolistas que más me han impresionado en el futbol mexicano tuvieron una trágica vida breve. Alberto Onofre sufrió una fractura antes del Mundial de 1970 y nunca volvió a ser el mismo, y Manuel Manzo cayó en una borrasca alcohólica que truncó su carrera. Ambos eran constructores de juego con vocación goleadora y jamás hacían un lance desprovisto de elegancia. Gómez Junco estuvo con Manzo en el Atlético Español y atestiguó las jugadas de fantasía que los virtuosos solo hacen en los entrenamientos.
Tuve oportunidad de hablar con Manzo después de su retiro y lo oí decir con entereza: “Mi verdadero camino no era el futbol, sino el que ahora tengo”. Se refería a los albergues en los que ayuda a que la gente se recupere del alcoholismo. Podía estar satisfecho de su rendimiento como amateur en el Torneo de los Barrios, su paso por Atlético Español, Guadalajara y Pumas y su máximo día de gloria, cuando la selección nacional empató con Brasil en Maracaná con un gol suyo. Pero esos momentos luminosos tenían un sombrío reverso: los amigos que le entregaban afecto a cambio de que mantuviera el tren de las parrandas; el traslado a un equipo en Estados Unidos; el salto desde un trampolín después de haber bebido; la caída que casi lo desnucó. En su opinión, todo eso, tanto las luces como las sombras, fue una preparación para enmendarse.
Manzo no olvida el momento en que recuperó la conciencia después de su absurdo clavado. Temió haber quedado paralítico; dirigió la mirada a sus pies y pudo mover los dedos. No estaba inválido, y supo que debía tomar otro rumbo. Fue una conversión casi religiosa: salvar su vida sirvió para salvar otras vidas. “Era mi camino verdadero”, confiesa el inolvidable mediocampista.
En El loro de Flaubert, Julian Barnes afirma que toda vocación se define por la cancelación de opciones diferentes; para asumir un destino hay que “pacificar apócrifos”, y a veces se elige un oficio que conduce a otro: Manuel Manzo pasó por el futbol para rescatar náufragos del alcohol; su compañero de equipo, Roberto Gómez Junco, tuvo un primer destino apócrifo: se inscribió en Ingeniería en la UNAM, pero solo fue a tres clases porque lo fichó el Atlético Español; sin embargo, el deporte lo preparó para una aventura posterior, la de intérprete del juego, que domina como nadie.
En el horóscopo chino, Roberto responde al signo de mono, experto en travesuras y en convencer por medio del lenguaje. No hay duda de que es un hombre de palabra: fue expulsado 10 veces de la cancha, casi siempre por protestar.
Nos reunimos en su casa en Monterrey. Es un sitio agradable, cómodo y de buen gusto pero nada ostentoso, donde él y su esposa Maru fungen como insuperables anfitriones de reuniones, donde gente del futbol convive con artistas, profesores, traductores y colegas de la escritura. Cuando recibe a sus nietas, Roberto finge dormir una siesta eterna para que ellas le pinten la cara. Atesora las pocas noches en que el clima de Monterrey permite cenar al aire libre, en el patio de su casa, presidido por una fuente. A diferencia de Miguel Nieto, que vive con contención en medio de las farras ajenas, Roberto es un hedonista que se recupera a diario de las privaciones que tuvo como atleta profesional. El mejor intérprete de nuestro futbol también es el mejor invitado a un festejo.
La mañana en que nos encontramos, el aire acondicionado se había descompuesto. Roberto y yo “sudamos la camiseta”, pero no solo por el clima. Debía esforzarme para que el exjugador hablara de sí mismo, algo que no le gusta, y él debía esforzarse aún más para hacerlo. Aceptó el reto de volver a su pasado cuando le conté de mi encuentro con Miguel Nieto. Aun así, la entrevista le interesaba menos que la comida posterior, en la que ordenaría dosis exactas de frijol con “veneno”, queso fundido y parrillada; luego me arrebataría la cuenta con la habilidad con que recuperó balones en el césped.
Si Miguel Nieto es un hombre metódico que administra el riesgo, Gómez Junco —caso peculiar en el futbol— tiene un temperamento sensible y pasional, más cercano a un artista que a un atleta.
Hugo Sánchez ve el futbol imaginando lo que él podría hacer en cada jugada; por el contrario, Roberto se interesa en lo que hacen o dejan de hacer los demás. Es el futbolista menos autorreferente que conozco. El compromiso ante la grabadora lo hizo regresar a anécdotas que rara vez comenta.
Su pasión futbolística comenzó con los Jabatos de Nuevo León, en su natal Monterrey: “No olvido el partido Jabatos 4-Monterrey 2. Nunca disfrutaré más otro resultado”. Ese equipo, que solo permaneció tres años en la liga, le reveló lo que Vinicius de Moraes diría en un aforismo: “El amor es eterno mientras dura”. Roberto no se aficionó a otros colores. La camiseta verde perdura en su memoria como un talismán mágico. Ninguna otra escuadra, ni la Holanda de Cruyff, ni el Barcelona de Xavi, Iniesta y Messi, le parecería superior a los Jabatos que admiró cuando empezaba a chutar balones en el Colegio Regiomontano Contry. “Me cautivó que fueran un equipo diferente, aquí todos le van a Tigres o a Monterrey —señala con temple iconoclasta—. Seguramente me gustaba darle la contra a alguien; además, era un equipo que yo sentía del pueblo y el Monterrey era de la élite. Cuando descienden después de tres años, la decepción es tan grande que dejé de ser aficionado y concentré mis pasiones en jugar. Cumplí con mi cuota y ahora disfruto del que juegue bien”.
En un principio, el futbol fue una forma de relacionarse mejor con los compañeros de clase, pero la devoción aumenta cuando se tienen facultades y el pasatiempo se convirtió en una forma de vida. Gómez Junco acababa de cumplir 20 años cuando debutó como mediocampista del Atlético Español. No olvida la fecha: 9 de mayo de 1976. Ese equipo se había quedado con la franquicia del Necaxa y contrataba a jóvenes de talento, como Manuel Manzo, José Luis Trejo, Juan Manuel Álvarez y Jesús Rico.
El paso por el futbol le reveló el magnetismo de la cancha y el horror que la rodea. Una de las cosas más arduas para un futbolista son las concentraciones en los hoteles. Roberto se acostumbró a compartir cuarto con compañeros que escupían sobre la alfombra y se protegió de ese mundo con los libros: “La lectura era un refugio; en ocasiones incluso aparentaba que leía para que me dejaran en paz”, comenta.
Después de dos años en el Atlético, jugó en los dos equipos de Monterrey, Tigres y Rayados. A diferencia de países similares al nuestro, como Chile, Colombia o Argentina, México carece de un sindicato que defienda a los futbolistas. Inermes fuera de la cancha, suelen tener poca confianza dentro de ella. La preparación física ha mejorado, lo mismo que las condiciones técnicas; además, México ha sido varias veces campeón mundial sub-17. No falta potencial. Pero quienes despuntan como adolescentes se vienen abajo al cumplir la mayoría de edad. El principal déficit de nuestro futbol es mental.
Cuando Manuel Lapuente acababa de terminar su etapa de entrenador de la selección nacional, tuve oportunidad de preguntarle cuál era la principal característica del futbolista mexicano y contestó sin vacilar: “La obediencia”. Disciplinado en extremo (y en cierta forma amedrentado), el futbolista nacional no asume tareas imprevistas, pero lo que distingue a un crack es, precisamente, el ejercicio de lo improbable.
Una anécdota de Gómez Junco ilustra la debilidad del futbolista mexicano. En el Monterrey, él y otros tres jugadores —los mejor pagados del equipo— recibieron una mala oferta de renovación. Se pusieron de acuerdo para rechazar ese trato. Cada uno fue llamado a negociar por separado. Según lo discutido, Roberto se negó a firmar. Luego supo que los otros tres aceptaron por miedo a las consecuencias.
La temporada 1982-83 comenzó para él sin equipo. En ese momento le dijeron: “Las Chivas quieren hablar contigo”. El mensaje equivalía a una redención. Viajó a Guadalajara y una comida bastó para convencerlo del fichaje. Ahí empezó la etapa más importante de su carrera; poco después se casó con Maru, su excepcional compañera, y consolidó una trayectoria peculiar, que no solo se basaba en el rendimiento deportivo, sino en sostener convicciones dentro y fuera de la cancha.
La estupidez no ayuda al futbol, pero a veces la inteligencia sobra en ese medio. Con la pelota en los pies, Messi es el más sagaz de los humanos; sin ella, es un hombre bueno y monótono. Maradona dijo frases célebres con picardía de barrio, pero también profirió tantos dislates que su compañero de equipo Jorge Valdano lamentó que no opinara con el pie izquierdo. Gómez Junco es alguien que piensa, virtud que trae problemas. Su entrenador en Chivas era Alberto Guerra, que había destacado como futbolista en esa institución y que hablaba mucho con sus jugadores. En un principio, eso cautivó a Roberto. Después comprobó que hablar sirve para coincidir, pero también para discrepar.
En Argentina un futbolista puede ser figura sin recurrir al disciplinado arte de callarse. Jorge Valdano fue campeón del mundo desplegando los recursos retóricos que había perfeccionado con otro torrencial discutidor, César Luis Menotti. En cambio, en México, el entrenador se suele sentir desafiado por los jugadores que hablan.
Gómez Junco fue un caso aparte en un ambiente donde las crisis se enfrentan con evasivas. Al colgar los botines, prefirió ejercer el futbol desde la palabra y no quiso ser entrenador o directivo: “No tengo capacidad vocacional para dirigirme a ese universo; siempre pensé: ‘Aguanto este entorno porque me encanta la cancha’, sin jugar, no soportaría lo que rodea al futbol: el nivel educativo de los jugadores, las componendas de los dirigentes, la improvisación de directores técnicos —dice en forma contundente—. Pero al retirarme sentí un vacío tremendo —agrega, bajando la mirada—: dejar de jugar futbol no es como dejar de ir a una fábrica; vives en una isla, eres un privilegiado, apapachado por la afición. A mediados del 88, a los 32 años, me doy cuenta de que ya no voy a jugar. Con lo que había ganado podía vivir dos años, según yo, pero eran cuentas alegres. Me gustaba escribir, a un nivel elemental, y llegué ahí un poco por accidente. Osvaldo Batocletti, gran jugador argentino, ya escribía en el periódico Metro y eso me animó. Mandé cinco artículos a Editora El Sol y pensé que era asunto archivado; para mi sorpresa, después me llamaron de El Norte para ofrecerme una columna”.
El 14 de enero de 1989, ochos meses después de su retiro, inició sus colaboraciones semanales con un artículo sobre el clásico Tigres-Monterrey. Admiraba al mítico Ignacio Matus, cronista del Esto, y había leído numerosos libros con pasión y desorden. “Siempre me quedó la espina de no haberme retirado a los 36 o 37 años. Escribir me ayudó a alejarme menos dolorosamente de las canchas y me permitió aclarar conceptos. Entonces creía que mis artículos eran muy meticulosos y ahora me sorprendo de que los hayan publicado, como si no hubiera escrutinio. Luego me llamaron para la televisión y se consolidó la segunda parte de mi vida”, comenta.
Gómez Junco no vive rodeado de trofeos y camisetas ejemplares como otros colegas del oficio. Lleva el pasado en la mente, lo cual confirma su vocación de narrador.

Miguel: budismo de alta velocidad
Como gerente del Salón Los Ángeles, Miguel Nieto descubrió que la mejor manera de sobrevivir a los riesgos de la parranda consiste en asumir otros riesgos. A los 13 años aprendió a manejar y sorteó una posible detención con un memorándum de Tránsito que lo facultaba para acelerar en compañía de un adulto. De los coches pasó al vehículo de la contracultura: la motocicleta. No es casual que conociera a su esposa dándole un aventón en una Honda 750.
De acuerdo con Miguel, la pasión del motociclista no se basa en la rapidez del desplazamiento: “Se trata de una sensación de libertad”. La recompensa no es controlar el motor, sino el paisaje.
Su recorrido más largo vinculó dos países. Compró una moto en San Francisco, remontó la carretera número 1 de Estados Unidos, atravesó la península de Baja California, tomó el ferry de La Paz a Mazatlán y desembocó en la Ciudad de México. “Casi siempre llegaba al límite de velocidad: 210 o 220 kilómetros por hora en las motos de entonces”, dice con tranquilidad.
Hay oficios en los que la caída es un recurso de trabajo. Miguel habla de las suyas con la naturalidad de un portero que se refiere al arte de venirse abajo. No olvido el momento en que hablé con Félix Fernández de nuestras hijas recién nacidas. Le conté de mi angustia al ver caer a mi hija de la cama y el guardameta del Atlante contestó: “Caerse es natural”. Lo mismo piensa el administrador de las noches capitalinas; habla de sus accidentes en moto como de simples gajes del oficio.
Meticuloso en extremo, Miguel calcula la cantidad exacta de cubitos de hielo y bebidas para apagar la sed de 2 000 gargantas. Este cuidado engranaje requiere de un desfogue: la velocidad, que no concibe como un peligro, sino como una expansión espiritual. Es fácil suponer que las endorfinas generadas por su cuerpo se parecen a las del maratonista; más complejo, y acaso más genuino, es entender que también se parecen a las de un monje en estado de meditación.
Los autos y las motos fueron el prólogo de otra extraña forma de relajación. En 1976, año en que su madre comenzó a acompañarlo en el trabajo, se enteró por un amigo de unos cursos de paracaidismo: “Nos entrenó un capitán de la brigada de paracaidistas y comenzamos a saltar en Tequesquitengo. La gente piensa que va a sentir vértigo, pero el viento te impulsa y te mueve; lo manejas como manejas el agua en el nado; lo único que no puedes hacer es volver hacia arriba; la sensación de desplomarte solo ocurre cuando saltas de un cuerpo fijo”.
Quise saber a qué se refería con “cuerpo fijo” y habló de los amigos que saltan de edificios. Contrarrestó este dato escalofriante diciendo: “Nunca sentí miedo; me apasionó el deporte y llegué a ser presidente de la Sociedad de Paracaidistas”. Compitió en un campeonato panamericano y participó en Francia en un cotejo de precisión en el aterrizaje: “En aquel entonces tenías que caer en un círculo de 10 centímetros, ahora es de cinco. La verdad es que he hecho muy pocos saltos”, añade quien se ha lanzado 1 300 veces desde un avión. En tierra, Miguel es un actuario al que no se le escapa una cifra; en el cielo, todo número le parece insuficiente.
Su sonrisa se convierte en carcajada cuando habla de la gente que solo salta una vez, besa la tierra y jura que no lo volverá a hacer: “La adrenalina del que repite es diferente; aprendes a moverte en el aire”. Le pregunto si alguna vez sintió la tentación de combinar la experiencia del salto con la mariguana: “Solo una vez, de joven, pero no me gustó estar fuera de control —responde en forma previsible—. Pierdes la apreciación del tiempo, los segundos se te pueden hacer muy largos y eso es peligroso cuando estás cayendo a 200 kilómetros por hora”.
En su trayectoria como paracaidista asumió riesgos como lanzarse, en Veracruz, en un salto de exhibición en medio de un temporal, con el resultado de que cayó al mar. También participó en un festival aéreo en Ciudad Universitaria (“Leí en el periódico que solo se iban a lanzar americanos y propuse una competencia de precisión con mexicanos”) y fue uno de los intrépidos que desafiaron el aire revolvente del Estadio Querétaro. Lanzarse ahí era como entrar en un ciclón de viento. Esa experiencia lo convirtió en candidato ideal para recibir una invitación del Club América, que marcaría la semifinal de 1983.
Miguel Nieto Applebaum ha vivido al margen del futbol, a pesar de que su hermano Gil Enrique es promotor de futbolistas. Cuando lo invitaron a lanzarse al Azteca no pensó en la importancia de ese lance. Menciono la dimensión metafórica de que unos paracaidistas cayeran al campo de las Águilas y responde con amable desinterés: “Era algo así”.
El 22 de mayo amaneció con cielo despejado. El único problema para realizar el salto eran los cables que atravesaban el Estadio Azteca y de los que pendía el sonido local. Durante 52 años, esa gigantesca bocina transmitió la entonada voz de Melquiades Sánchez Orozco. Mi generación no olvidará sus frases: “Alineaciones para el juego de hoy…”, “Gol anotado por Evaristo, número 7…”, “Brandy Bobadilla 103 informa…”. De niño, tenía la fantasía de perderme en el estadio para que Melquiades dijera: “Los padres del niño Juan son esperados en el túnel número 1”. Una de mis emociones más intensas ocurrió en 2016, cuando presenté el libro La década inolvidable: el futbol mexicano de los setenta, de Heriberto Murrieta. En la sección de preguntas, un hombre ya mayor pidió la palabra y se refirió a algo que yo había dicho. Con indecible asombro escuché… “¡la voz del Azteca!”: Esa noche, Melquiades nos trasladó a los domingos de sol en el estadio.
Para los aficionados, el sonido local era un estuche de la magia; para Miguel Nieto era un obstáculo: “En lo único que pensaba era en el cuadrante en el que debía caer; la bocina ni siquiera estaba en el mero centro, los cables formaban una equis que debíamos sortear. No nos pagaban tan bien para el nivel de riesgo, pero era un reto emocionante”.
El espectáculo aéreo constaba de cuatro paracaidistas. Uno de ellos, Gustavo Kramer, moriría años después, saltando en paracaídas en el mar (“No recuerdo si ese domingo cayó en el estadio o en el estacionamiento”, comenta Miguel). Los otros tres sí llegaron a la cancha, pero solo Miguel dio en el centro: “Me desplomé ahí de sentón y recuerdo que un locutor dijo: ‘Así como ese paracaidista se desplomó el América’”. Lo acompañaban Gustavo Sumano, quien luego se mudó a Guadalajara y trabajó como piloto e instructor de caída libre, y Juan Manuel Saavedra, que ha hecho espectaculares saltos desde puentes y edificios en China y que en México se lanzó desde el World Trade Center y el Hotel Hilton de la Alameda.
El 22 de mayo debían hacer un “salto base” de poca altitud. A las 12:55, durante el intermedio del partido, dispondrían de 11 segundos para llegar al césped. Todo era perfecto, menos la comunicación por radio del avión Cessna 206. En el momento crucial se quedaron sin noticias del estadio. Calcularon el tiempo transcurrido, se asomaron al óvalo del Azteca y vieron que no había jugadores (ignoraban que todos estaban discutiendo al borde del campo por las decisiones del árbitro). Se lanzaron al vacío justo en el momento en que se reanudaba el juego.
Miguel Nieto Applebaum tocó la cancha que consagró a Pelé y a Maradona. ¿Qué pensó en ese momento? “En no chocar con ningún jugador, lo único que me importaba era no matarme”.
Al decir esto desvía la vista hacia las fotos enmarcadas de los célebres asistentes al Salón Los Ángeles. Esas imágenes integran el retablo barroco de su vida. Vistas de lejos, adquieren una condición borrosa y piden ser recuperadas a través de la memoria. Ahí está el más importante legado de su vida. Sin embargo, no deja de pensar en la pasión que lo complementa: “Tal vez salte a fin de este año —Miguel retoma la conversación—: mis hijas no quieren por mi presión alta. No tengo nada que demostrar, eso ya lo hice, pero ahí tengo mi paracaídas”.
Le pregunto si se considera arriesgado o prudente. Guarda un largo silencio: “Arriesgado —responde, después de pensar la pregunta con una calma que demuestra que también es prudente—. En cualquier actividad los accidentes se dan en la gente con más experiencia o con menos experiencia —añade—: los de en medio somos más precavidos: el peligro está en el exceso de confianza o la falta de preparación”.

Roberto: “Me perdono a mí mismo”
“En 1983 yo era otra persona: un futbolista de 27 años”, dice Roberto. Lo conozco desde hace décadas y me cuesta trabajo asociarlo con un temperamento impulsivo. Como he dicho, su vida gira en torno al lenguaje, pero en 1983 las palabras lo llevaron a un estado de ebullición: “Después de perder el primer partido en el Estadio Jalisco nos dábamos por derrotados y Reinoso nos lo recordaba con sus declaraciones; pero no queríamos que les resultara sencillo llegar a la final. Hablé mucho con mis compañeros. Recuerdo estar en un entrenamiento con Demetrio Madero, Sergio Lugo y Celestino Morales, con los que mejor relación tenía (aunque nunca fui de tener muchos amigos en el futbol), y les propuse hacer todo lo posible para que ellos no salieran completos del partido: ‘Que les cueste caro, que lo sientan, estarán en la final: felicidades, enhorabuena, pero no llegarán completos’. Voy camino al aeropuerto con Álex Guerrero, entrañable compañero que ya falleció, y también a él le parece imposible ganar el partido, pero ya había permeado lo de perjudicar al máximo al América, todos estábamos en esa sintonía”.
En pocas palabras, se trataba de lesionar a varios jugadores: “Entonces yo estaba físicamente mejor que ahorita, mentalmente peor —aclara Roberto; hace una pausa reflexiva y continúa—: Me veo en otra vida, me cuesta reconocerme a mí mismo, pero sí: tenía un espíritu competitivo innegable; sentía un dolor tremendo después de cada derrota y una euforia incomparable con el triunfo. Desde niño quieres ganar y quieres ganarles a jugadores cada vez mejores. Una de las cosas que te enseña el futbol es a vivir con esos altibajos —Roberto acelera el ritmo de la narración, pero de pronto se detiene—: No me gusta hablar de esa semifinal, en primer lugar porque no me gusta seguir viviendo en el pasado, algo que veo en muchos jugadores. El presente abruma demasiado al futbolista y yo lo disfruto mucho, atesoro lo que pasó, pero no vivo de eso. En este caso, además, al año siguiente se jugó la única final entre Chivas y América, y la perdimos. Fue mi mayor trauma: en 1984 volvimos a enfrentarnos al América de Reinoso y nos ganaron con un hombre menos. Quizá eso hizo que el gozo de la semifinal fuera efímero”.
Dicho esto, su plática da un viraje emocional: “Fue muy especial jugar con Chivas. Durante mucho tiempo fue un equipo en el que básicamente jugaban tapatíos; me veían como un fuereño, me observaban de manera particular; no venía de las fuerzas básicas y se preguntaban: ‘¿Por qué llega este cuate?’. Después eso ha proliferado, pero entonces era raro. Con Atlético Español, Tigres y Monterrey me acostumbré a tener seguidores locales, pero Chivas tenía aficionados en todo el país, incluso en casa de su máximo adversario, el América. Ese poder de convocatoria me abrió a un mundo muy distinto. No hay otro país donde el estadio se llene a la mitad con el público de su acérrimo rival. Ahí entendí la responsabilidad de jugar con Chivas, en un tiempo en que era posible competir con jugadores mexicanos, algo que ha cambiado por completo”.
Le pido que volvamos a la semifinal de 1983: “El partido en el Azteca rebasó a Alberto Guerra, a lo mejor se enteró de que íbamos a romper piernas, pero no recuerdo que haya dado indicaciones al respecto. Tal vez pensó que esa furia llevaría al milagro. Fue uno de mis mejores entrenadores; pero ese día habló poco, dejó que las cosas sucedieran y nosotros tomamos la iniciativa. Salimos a la cancha dispuestos a todo. Habíamos perdido 1-2 en la ida, confirmando que el América era un equipo poderoso que rompía todos los récords. Estamos hablando de los tiempos en que había campañas largas, de 38 partidos, y las victorias valían dos puntos. Ellos habían arrasado en el torneo con una maquinaria de futbol tremenda. Pero metimos dos goles y todo salía bien: ¡no queríamos que acabara el primer tiempo! Desde los roces iniciales, la intensidad era tal que superó al árbitro, Edgardo Codesal, que pitaría la final de Alemania contra Argentina en 1990. Codesal expulsó a dos del América y a uno del Guadalajara, que no había intervenido. Hay imágenes que no se te olvidan y eso que estamos hablando de algo que pasó hace 42 años; el de la bronca había sido Cisneros, pero expulsaron a Javier Cárdenas, que en paz descanse. Lo recuerdo jurando por sus hijos que no había hecho nada. De todos modos, Codesal lo expulsó. “¡Ya créele!”, le decíamos, pero no nos hizo caso. Cuando volvimos a la cancha, después de la discusión, cayeron los paracaidistas. Pensé que eran “hombres águila” para un show del medio tiempo. Lo tomamos como algo anecdótico, bastante irreal, y llegamos al vestidor eufóricos, muy estimulados. En esa época había mucho dopaje, que estaba solapado, pero nuestra droga era la euforia. Nos fuimos al descanso con un global de 3-2 a nuestro favor y nueve de ellos contra 10 de nosotros, no se podía pedir más. La sensación era incomparable y esa confianza aumentó en el segundo tiempo”.
El marcador favorecía a las Chivas, pero el partido aún no era perfecto. En el segundo tiempo, después de haber estado a punto de anotar de media distancia, Gómez Junco filtró un pase para que llegara el tercer gol, de Sammy Rivas. El mediocampista que había empezado la temporada sin equipo alcanzó un logro inusitado. En estado de éxtasis, corrió por la banda y se encontró frente a la banca del América: “Hice un gesto impulsivo, involuntario, automático, pero que podía ser obsceno. Ocho americanistas salieron sobre mí. Fue una locura. Cuando llegamos al hotel después del partido me amenazaron con llevarme a la delegación. Me recrimino por no haber pensado en la final. Nuestra obsesión era perjudicar al América y nos encontramos con la sorpresa de que ganamos. Me suspendieron por el festejo y no pude jugar la final contra el Puebla. Perdimos unos cinco titulares entre lesionados y suspendidos y aun así nos fuimos a penales en ese partido” (que perdió Chivas).
Si la FIFA tuviera sentido del rigor, no le habría confiado una final de Copa del Mundo al árbitro que gestionó tan mal ese partido. Pero México había sido excluido de Italia 90 por el caso de los “cachirules” para favorecer a Estados Unidos y la FIFA quería compensar a la Federación Mexicana de Futbol, siempre dócil ante sus abusos. En Italia, Codesal actuó como un soldado de la burocracia mundialista y marcó penal dudoso en favor de Alemania, perjudicando a Argentina y a Maradona, que criticaba la corrupción del jerarca de la FIFA, João Havelange.
Para Gómez Junco, la derrota en la final de 1984 tuvo un epílogo que no le gusta recordar: “Me ilusionaba llegar al Mundial del 86, pero salí de Chivas y todo fue diferente”.
¿Por qué abandonó al equipo que lo había encumbrado? La memoria es un aparato singular: olvida contextos y situaciones generales, pero recuerda escenas con minucia de laboratorio. En 1983, el entusiasmo de vencer al América fue tan poderoso que borró todo lo demás; en cambio, la derrota ante el mismo América en la final de 1984 convirtió el suceso en algo dolorosamente recordable.
Al volver al tema, emerge la segunda vocación de Gómez Junco: el lenguaje. En su opinión, la final trágica se perdió porque Alberto Guerra no supo transmitir sus ideas en el medio tiempo. “Curiosamente, no recuerdo lo que Guerra dijo en la semifinal de 1983, pero no olvido el mensaje erróneo de la final de 1984; en el primer tiempo jugamos mejor que el América; tuvimos un penalti que fallamos y acabamos con un hombre más; todo nos beneficiaba, pero no sé si la molestia del penal fallado hizo que Alberto diera un mensaje equívoco: ‘Estamos de la patada, no puede ser’. Cundió un desconcierto que nos afectó. Me imagino que en el vestidor del América pasaba lo contrario: con un hombre menos salieron a dar otro partido. Es fácil eludir responsabilidades y culpar al técnico, pero eso nos afectó. Retrospectivamente me cuestiono a mí mismo la decisión de salir de Chivas. Ahora me considero menos impulsivo; mi salida fue un encabronamiento mal procesado. Recuerdo el encuentro con Guerra cuando regresamos de vacaciones para preparar la temporada 84-85. Yo estaba sentado en su oficina, frente a su escritorio, cuando me dijo: ‘Te queda un año de contrato, pero vas a tener que pelear por el puesto’. Lo sentí como una amenaza; yo no sabía que los puestos se ‘garantizaban’. Durante dos años había sido titular porque me lo había ganado partido a partido. Eso me confirmó que debía salir de Chivas. Pagué lo que debía de contrato y me fui a Toluca. Mi nivel cayó, no superé el cambio, fue un deterioro psicológico. Traía un desánimo que tal vez era un arrepentimiento que no quería reconocer. Hay cosas que solo extrañas cuando las pierdes”.
Le pregunto si habló del tema con las dos personas que eran su principal referente, su padre y su esposa: “Primero decidía y luego consultaba. Le dije a Maru, que siempre me ha apoyado: ‘Te aviso que nos vamos en tres meses de Guadalajara’”.
La cancha tiene un efecto transfigurador. Dentro de ella, Maradona era el más entregado de los compañeros; afuera, resultaba incontrolable. Gómez Junco es el caso opuesto; la persona reflexiva que tengo enfrente se convertía en un mediocampista temperamental al oler el césped.
Le hablo de este contraste y responde: “El impulso repentino que me llevó a festejar como festejé en aquella final es muy distinto al que me sacó de Chivas, que fue un impulso sostenido; no quería jugar un partido más en ese equipo. Me gustaba el incomparable apoyo de los seguidores, pero también ellos estaban frustrados. Teníamos el título en bandeja y no lo ganamos. El año anterior les dimos una satisfacción que no tenían contemplada, pero fallamos ante lo más obvio. No me quería retirar y para sentirme bien en la cancha tenía que estar en otro equipo. Equivocadamente pensaba eso y todo cambió para mí; el Toluca no pasaba por un buen momento y mi nivel bajó. Físicamente estaba bien porque tenía 28 años, pero era un asunto mental; no entendía que se tuviera que jugar a las 11 de la mañana en Toluca, nadie nos seguía como visitantes, no llenábamos estadios, todo me afectaba. En 1985 ya sabía que no me iban a convocar para el Mundial del 86”.
Cuando Pep Guardiola era futbolista, Jorge Valdano dijo que se trataba de un entrenador con el balón en los pies. De Gómez Junco se puede decir que era un comentarista con el balón en los pies: “Con el Toluca me expulsaban de inmediato por reclamarle al árbitro. Siempre fui discutidor y había árbitros que me saludaban con la amarilla. Pero cambiar de equipo trajo una diferencia radical. ‘¡Es que estoy en Toluca!’, pensé: al séptimo partido ya llevaba tres tarjetas rojas. No tenía la investidura de Chivas; en Toluca el árbitro me expulsaba por voltear a verlo. Ahí empezó un declive sostenido hasta mi retiro en el 88 —agrega con la calma de quien triunfó en la siguiente etapa de su vida. Sin embargo, la comezón del juego no lo abandona—: Acabo de soñar que me convocan a un partido y siento que no estoy para jugar. Me veo como soy ahora y me pregunto: ‘¿No saben que tengo sobrepeso?’. A veces sueño que entro al campo y no sé dónde termina la cancha o que la pelota es de trapo y se convierte en otra cosa. Hace 10 años ya tenía sobrepeso y ahora estoy peor, pero en el sueño se supone que soy un futbolista de alto rendimiento. También sueño que se atraviesan personas o familiares en la cancha que no me dejan jugar”.
En 1983, la realidad fue más sorprendente que este último sueño: tres paracaidistas invadieron la cancha.

Formas de ver el cielo
A diferencia de Gómez Junco, Miguel Nieto dice: “No recuerdo mis sueños. Soy un hombre tan infeliz como cualquiera, pero no tengo pesadillas. O más bien tan feliz: creo que la vida me ha tratado mejor de lo que merezco”.
Termino mi botella de agua sin que él toque la suya. Miguel ha dado cientos de entrevistas sobre las noches del Salón México y su impacto cultural en la ciudad, pero nunca consideró que su afición a saltar tuviera relevancia. Cuando le recuerdo el momento en que tocó el pasto sagrado, se concentra en un detalle del todo ajeno a la épica: “El inspector autoridad nos pidió que nos apuráramos a recoger los paracaídas”.
En el Estadio Azteca la acústica se concentra en el centro del campo, justo donde él cayó. Rodeado de jugadores y ante el estruendo de la multitud, tenía la oportunidad de pedirle la camiseta a un protagonista del juego, pero eso no le interesaba en lo más mínimo. Le pregunto si se quedó a ver el segundo tiempo. Una vez más su sonrisa se convierte en carcajada: “¡Claro que no!, lo único que queríamos era salir rápido de ahí”.
Su peculiar intromisión en la historia del futbol mexicano se había cumplido. Miguel Nieto Applebaum abandonó el campo con la indiferencia de quien solo juega en el cielo.
La situación de Roberto Gómez Junco era la opuesta: “Nunca olvidaré el grito de ‘¡Chivas, Chivas!’ con el estadio lleno —recuerda emocionado—: Estamos hablando de un Azteca con más de 100 000 espectadores, antes de la remodelación. Entonces el público no llevaba tantas playeras de equipos como ahora, la mercadotecnia no era tan fuerte. Si anotabas, sentías que todo el estadio era Chiva. Esa sublimación, ese sentirme realizado, difícilmente lo podré sentir en otro lugar”.
Le pregunto si pensó en quiénes eran los paracaidistas: “No —sonríe—: eso me sucedió contigo, 42 años después, cuando me dijiste que habías conocido a uno de ellos. Nunca me pregunté quiénes eran. Fue algo anecdótico: tres cuates que de pronto cayeron en la cancha. Lo importante era eliminar al América, todo lo demás era secundario. Ahora lo veo de otro modo. Quiero conocer a ese paracaidista. Estuvimos a 15 metros en el momento más importante de mi vida profesional”.
Se atribuye poca capacidad reflexiva a los futbolistas. Para destacar con el balón hay que tener una disciplina cuyos acicates suelen ser la pobreza, la discriminación, las carencias que se trascienden con tiros de insólita puntería. La introspección no parece formar parte de ese repertorio. Gómez Junco representa una anomalía en ese ámbito. Los fogonazos que disparaba de media distancia ahora aparecen en sus palabras. Guarda un silencio, como quien busca el ángulo de la portería, y lanza la frase que resume el interminable 22 de mayo de 1983: “Los paracaidistas cayeron del cielo cuando yo me elevaba ahí”.
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* Esta crónica formará parte del libro Los héroes numerados, que aparecerá en 2026 bajo el sello de Planeta.
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