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Con <i>La hermana</i>, Liliana Viola ganó el Premio Anagrama de Crónica el año pasado. Tras el impacto inicial, está en posición de calibrar la influencia perdurable de su libro. Y dice: “Lo que cuento en esta crónica está vivo en todo sentido”. Se trata del horror de las redes delincuenciales que se dedican a victimizar mujeres, y que la monja Martha Pelloni colaboró a sacar de la oscuridad.
El teléfono de la monja Martha Pelloni, conocida en Argentina y ahora en otras latitudes por desenmascarar a hombres poderosos cómplices de delitos y feminicidios, no para de sonar. Cuando oye el timbre, contesta. Al otro lado le cuentan que una niña de 14 años ha desaparecido. Después de algunas indagaciones, les dicta un teléfono que no es de la policía. Un rato más tarde, esas mismas personas, los padres de la chica, la contactan para avisarle que ya ha aparecido y está internada en un hospital. Ella les pide, sin dudar un segundo, que vayan al hospital y no se despeguen de su hija en ningún momento. Todavía está en riesgo de ser raptada.
No es la primera vez que Pelloni atiende una situación en la que una joven corre peligro: sabe de sobra cómo se mueven las redes de trata y narcotráfico en estos lugares.
Hemos descrito una escena como la cuenta la periodista Liliana Viola (Buenos Aires, 1963) en entrevista con Gatopardo. Con ella, de entrada, se reconoce que La hermana, su libro ganador del Premio Anagrama de Crónica 2025, no solo es el retrato de una heroína con hábito religioso. Debajo, entre sus capas, su trabajo revela el sostén de un entramado horroroso de abusos y violaciones de adolescentes e infancias, latente en toda Latinoamérica.
A partir del caso paradigmático de María Soledad —una joven violada, asesinada y desaparecida en los noventa en la provincia argentina de Catamarca—, Viola describe las movilizaciones de un pueblo avasallado por una élite corrupta, que rompe con la culpa y la vergüenza para pedir justicia, y termina modificando el curso del caso.
Ha pasado ya suficiente tiempo como para hacer un corte de caja de las reacciones en tus lectores o de la impresión que ha dejado tu libro…
A la hermana [Pelloni] le llevé el libro, por supuesto, se lo regalé, y hasta ahora no he tenido ninguna queja. En Latinoamérica y España, su lectura ha sido amable. Me he cruzado en presentaciones con argentinos que tenían alguna relación con el caso María Soledad. Por otro lado, sentí hasta cierta persecución encubierta de un familiar del gobernador que cayó en ese momento. En México, [esa persona] me vino a dar un saludo que me resultó bastante inquietante. Esto lo cuento por primera vez.
¿Has hablado de esa intimidación con alguien?
Con la hermana Pelloni. Le dije que no sabía si estaba paranoica. Pero bueno, así comencé el libro: preguntándole a ella si no tenía miedo de que la mataran. La hermana me dijo que no era paranoia, que ha experimentado muchísimas veces ese tipo de saludos, pseudoamistosos, que vienen a decir: “La oscuridad está aquí y tiene otra potencia”. Esas personas no tienen ningún problema de aparecerse en un bar y estirarte la mano. Como cronista, sucedió algo muy interesante porque es la prueba de que lo que estoy contando está vivo en todo sentido.

¿Eso indica que se han levantado ciertas alertas, que no solo atañen al caso que cuentas, sino a una suerte de estructura criminal que opera más allá de Argentina?
Me encanta esa observación, porque lo que traté fue partir del caso María Soledad, porque es paradigmático. Pero el libro trata de otros casos más contemporáneos, que son un arco importante de crímenes que trascienden la prensa, y que se quedan en la memoria o en el amarillismo. Traté de mostrar que acá no estamos hablando de un caso, estamos hablando de un modus operandi, de una vida cotidiana, de un montón de personas, tanto de los malhechores como de las víctimas de trata, secuestro o robo. Intenté mostrar el horror, los microhorrores y hasta qué punto eso está silenciado. Mi intención fue decir: “Nos horrorizamos por un caso u otro, pero si rastrillamos esto es algo que ocurre constantemente y está tremendamente organizado”, y casi, te diría, internacionalmente organizado.
Cuando dices que están internacionalmente organizados, ¿a qué tipo de crímenes te refieres?
Los robos de bebés tienen compradores en lugares específicos y pasan fronteras. Lo mismo la trata. El paso de mujeres de Argentina a México, que es algo que ya está tremendamente denunciado. Son redes invisibles o que no queremos ver. Es decir, no es solamente que se roban bebés ahí o se buscan chicas allá para vender, sino que hay un trabajo de denigración, de humillación, como si la idea de la humillación fuera parte de una identidad.
¿En qué sentido recuperas el valor o la función de la crónica?
El lugar de la crónica es encantar al lector, cosa que quizá no lo puede hacer una nota periodística, donde dice “desapareció tal persona, la acaban de asesinar”. El encantamiento de la crónica tiene la función de atrapar a lectores y lectoras, para que puedan ver lo que es difícil de ver.
Entonces, ¿los libros pueden tener alguna influencia en este momento?
Claro, yo pienso también en el formato de un libro —sobre todo la crónica, también a nivel periodístico—. Quizás es un trabajo de mucho más tiempo, más análisis; de proponer otros recursos que puedan, de alguna forma, llevar al lector a comprender, y eso también me llamaba la atención. Ese periodismo que era un poco más sosegado, y que siento que puede llegar a ser un canal para enfocar la atención, para tener una reflexión o pensar en eso que a veces no te cuestionas, porque no hay tiempo.
¿Cómo se desenvuelve Pelloni desde la institucionalidad que representa: la iglesia?
A mí me pareció algo muy interesante que me dijera, más de una vez, “yo tengo la renuncia en el bolsillo”. Eso es una enseñanza de vida, no solo para una monja, sino también para todos. Hasta ahora no la ha sacado y ya tiene 84 años, no creo que la vaya a sacar. Pero me parece que es un salvavidas que tiene alguien que no quiere irse de la institución, que cree en Dios, que tiene la vocación intacta, pero que no [está de acuerdo] con un montón de cosas que su institución le manda.
¿Cómo abordaste ese imaginario de la monja?
Sabía que tenía que hacer preguntas que respondieran a todo eso. Por ejemplo, ¿son lesbianas y se ocultan? ¿Son mujeres que huyen del matrimonio? ¿Qué perversión tienen las monjas? Eran temas que no podía soslayar. Lo que más me asombró del diálogo con Martha Pelloni es su no asombro ante estas dudas. Es decir, así como no hubo ningún parpadeo ante la pregunta sobre si no tenía miedo de que la mataran, tampoco lo hizo cuando indagué sobre su sexualidad y sobre el tema del lesbianismo en las monjas.
¿Ella invoca el derecho de los cuerpos que resisten ante la falla de un sistema o ante un Estado que asesina?
Yo creo que es una de las grandes luchas de ella y te diría que, si bien está lo espectacular del robo de bebés, ritos satánicos, trata de mujeres, de personas, etc, cuando le preguntas cómo solucionar y cuál es el fondo del problema, dice que es que la gente no conoce sus derechos. Entonces, el conocimiento de que hay límites, de que no pueden avasallar, de que no pueden entrar a mi casa y llevarse a un niño, de que no pueden golpearte, parecen cosas muy obvias entre una sociedad más burguesa, pero aquí no lo son. Es decir, el mayor déficit que ocurre en las poblaciones más vulneradas es que no hay idea de que hay un teléfono donde te pueden atender. Hay una distancia entre los derechos conseguidos legalmente y las personas que los puedan usar o ejercer.
Eso es lo que permite que se deshumanice en medio de un silencio temeroso. En el caso de María Soledad se rompe de forma inesperada, que es cuando se organizan para marchar, porque se dan cuenta que hay otra posibilidad más allá de aceptar la desgracia…
Exactamente. Por eso, para mí, ahí el hito es la caída de la vergüenza. El caso de María Soledad está basado en la violencia frente a la sexualidad, frente a una sociedad donde la chica tiene que ser virgen porque si no es una prostituta, pero el hombre puede acostarse con quien quiera. Donde sentimos vergüenza por menstruar, y montón de mitos sociales que se han ido cayendo, incluyendo todo este aparato heterosexuado. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un silencio con el que se trafica un montón de delitos y crímenes, asociados a que la víctima se siente culpable y la familia avergonzada. Entonces, en el caso concreto de Catamarca, no era la primera chica que se llevaban a una fiesta, la violaban y volvía a su casa. Pero ¿por qué esa chica no gritaba? Porque no era la primera y en su curso sabían lo que estaba pasando... Pero no hablaban por vergüenza, porque tener una chica “malograda, violada”, era algo vergonzante. Hasta hoy, no todas las mujeres se atreven a denunciar que han sido golpeadas por el marido o violadas, porque da vergüenza.
Y al final en estas estructuras criminales, como en el tema de la trata, son más mujeres con las que trafican.
No tengo números, pero podríamos decir que, en los casos de trata, o en una gran mayoría, sobre todo los casos en los que trabajó Martha Pelloni, hay una vulnerabilidad de base en la niña, más allá de que haya secuestros de chicas ricas. Hay una vulnerabilidad o porque la chica ha quedado embarazada o porque está drogándose o no tiene para comer, o porque está buscando un trabajo que la saque de un pozo muy oscuro. El rastrillaje se hace, por un lado, de la vergüenza en la no reacción; pero por otro lado está la búsqueda y la intención de que ese pozo se mantenga, porque es donde se cultivan “presas fáciles”. En el caso que yo cuento, la chica prácticamente se mete en la boca del lobo. Eso no la hace culpable en absoluto, sino que nos da un panorama de qué condiciones se tienen que dar: vergüenza y ultradenigración, pobreza, droga, adolescencia, desesperación y falta de educación sexual, son un combo muy importante. Chicas que se pelean con los padres, padres que las golpean. Hay un montón de cosas que hacen que una infancia y una primera adolescencia estén a merced de los tramposos.
¿Qué pasa con este entramado de complicidad por parte de una élite que se siente poderosa y queda impune en la mayoría de los casos? En Los intocables, de Laura Restrepo, que cuenta el caso de una niña en Bogotá que fue raptada, violada y asesinada, se revela cómo se validan y encubren esas conductas delictivas desde muy jóvenes.
Eso también pasa aquí. Por eso, Martha Pelloni se hace tan famosa en los noventa, porque los asesinos de María Soledad eran “los intocables”. También es verdad que a veces, por tanta impunidad, los intocables no terminan de darse cuenta de que hay un límite. Y el caso María Soledad es paradigmático, porque son los mismos familiares los que salen a defender a sus hijos culpables y en su defensa los hunden. Están tan acostumbrados a esa impunidad y a ese poder que el padre de uno de los acusados sale a decir que, si su hijo hubiera sido culpable, el cuerpo de la chica estaría desaparecido. Eso fue lo que catapultó a su hijo a la cárcel.
El sistema de justicia también ha sido estructurado para no ser justo. ¿Cómo logra la monja sobrepasar eso?
Ella me dice: “No soy detective porque yo no averiguo, tampoco abogada. Tengo un equipo”. Lo que entendió es que tenía que armar una red. Si bien lo de María Soledad lo hizo sola, cuando llega a Corrientes, las personas empiezan a confiarle catástrofes. Lo que ha hecho Pelloni es una estrategia muy inteligente para forzar a la justicia. Es muy hábil para sacar cosas a la luz, y que entonces los responsables ya no tengan coartada para negarlo. En el caso de María Soledad, no es que se hizo justicia. No hubo más remedio que hacer justicia, porque si no, el problema iba a ser más grande para el presidente de la Nación de ese momento. Es decir, lo que me parece que ejerce la hermana es una presión inteligente.
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Foto de Sebastián Freire.
Con <i>La hermana</i>, Liliana Viola ganó el Premio Anagrama de Crónica el año pasado. Tras el impacto inicial, está en posición de calibrar la influencia perdurable de su libro. Y dice: “Lo que cuento en esta crónica está vivo en todo sentido”. Se trata del horror de las redes delincuenciales que se dedican a victimizar mujeres, y que la monja Martha Pelloni colaboró a sacar de la oscuridad.
El teléfono de la monja Martha Pelloni, conocida en Argentina y ahora en otras latitudes por desenmascarar a hombres poderosos cómplices de delitos y feminicidios, no para de sonar. Cuando oye el timbre, contesta. Al otro lado le cuentan que una niña de 14 años ha desaparecido. Después de algunas indagaciones, les dicta un teléfono que no es de la policía. Un rato más tarde, esas mismas personas, los padres de la chica, la contactan para avisarle que ya ha aparecido y está internada en un hospital. Ella les pide, sin dudar un segundo, que vayan al hospital y no se despeguen de su hija en ningún momento. Todavía está en riesgo de ser raptada.
No es la primera vez que Pelloni atiende una situación en la que una joven corre peligro: sabe de sobra cómo se mueven las redes de trata y narcotráfico en estos lugares.
Hemos descrito una escena como la cuenta la periodista Liliana Viola (Buenos Aires, 1963) en entrevista con Gatopardo. Con ella, de entrada, se reconoce que La hermana, su libro ganador del Premio Anagrama de Crónica 2025, no solo es el retrato de una heroína con hábito religioso. Debajo, entre sus capas, su trabajo revela el sostén de un entramado horroroso de abusos y violaciones de adolescentes e infancias, latente en toda Latinoamérica.
A partir del caso paradigmático de María Soledad —una joven violada, asesinada y desaparecida en los noventa en la provincia argentina de Catamarca—, Viola describe las movilizaciones de un pueblo avasallado por una élite corrupta, que rompe con la culpa y la vergüenza para pedir justicia, y termina modificando el curso del caso.
Ha pasado ya suficiente tiempo como para hacer un corte de caja de las reacciones en tus lectores o de la impresión que ha dejado tu libro…
A la hermana [Pelloni] le llevé el libro, por supuesto, se lo regalé, y hasta ahora no he tenido ninguna queja. En Latinoamérica y España, su lectura ha sido amable. Me he cruzado en presentaciones con argentinos que tenían alguna relación con el caso María Soledad. Por otro lado, sentí hasta cierta persecución encubierta de un familiar del gobernador que cayó en ese momento. En México, [esa persona] me vino a dar un saludo que me resultó bastante inquietante. Esto lo cuento por primera vez.
¿Has hablado de esa intimidación con alguien?
Con la hermana Pelloni. Le dije que no sabía si estaba paranoica. Pero bueno, así comencé el libro: preguntándole a ella si no tenía miedo de que la mataran. La hermana me dijo que no era paranoia, que ha experimentado muchísimas veces ese tipo de saludos, pseudoamistosos, que vienen a decir: “La oscuridad está aquí y tiene otra potencia”. Esas personas no tienen ningún problema de aparecerse en un bar y estirarte la mano. Como cronista, sucedió algo muy interesante porque es la prueba de que lo que estoy contando está vivo en todo sentido.

¿Eso indica que se han levantado ciertas alertas, que no solo atañen al caso que cuentas, sino a una suerte de estructura criminal que opera más allá de Argentina?
Me encanta esa observación, porque lo que traté fue partir del caso María Soledad, porque es paradigmático. Pero el libro trata de otros casos más contemporáneos, que son un arco importante de crímenes que trascienden la prensa, y que se quedan en la memoria o en el amarillismo. Traté de mostrar que acá no estamos hablando de un caso, estamos hablando de un modus operandi, de una vida cotidiana, de un montón de personas, tanto de los malhechores como de las víctimas de trata, secuestro o robo. Intenté mostrar el horror, los microhorrores y hasta qué punto eso está silenciado. Mi intención fue decir: “Nos horrorizamos por un caso u otro, pero si rastrillamos esto es algo que ocurre constantemente y está tremendamente organizado”, y casi, te diría, internacionalmente organizado.
Cuando dices que están internacionalmente organizados, ¿a qué tipo de crímenes te refieres?
Los robos de bebés tienen compradores en lugares específicos y pasan fronteras. Lo mismo la trata. El paso de mujeres de Argentina a México, que es algo que ya está tremendamente denunciado. Son redes invisibles o que no queremos ver. Es decir, no es solamente que se roban bebés ahí o se buscan chicas allá para vender, sino que hay un trabajo de denigración, de humillación, como si la idea de la humillación fuera parte de una identidad.
¿En qué sentido recuperas el valor o la función de la crónica?
El lugar de la crónica es encantar al lector, cosa que quizá no lo puede hacer una nota periodística, donde dice “desapareció tal persona, la acaban de asesinar”. El encantamiento de la crónica tiene la función de atrapar a lectores y lectoras, para que puedan ver lo que es difícil de ver.
Entonces, ¿los libros pueden tener alguna influencia en este momento?
Claro, yo pienso también en el formato de un libro —sobre todo la crónica, también a nivel periodístico—. Quizás es un trabajo de mucho más tiempo, más análisis; de proponer otros recursos que puedan, de alguna forma, llevar al lector a comprender, y eso también me llamaba la atención. Ese periodismo que era un poco más sosegado, y que siento que puede llegar a ser un canal para enfocar la atención, para tener una reflexión o pensar en eso que a veces no te cuestionas, porque no hay tiempo.
¿Cómo se desenvuelve Pelloni desde la institucionalidad que representa: la iglesia?
A mí me pareció algo muy interesante que me dijera, más de una vez, “yo tengo la renuncia en el bolsillo”. Eso es una enseñanza de vida, no solo para una monja, sino también para todos. Hasta ahora no la ha sacado y ya tiene 84 años, no creo que la vaya a sacar. Pero me parece que es un salvavidas que tiene alguien que no quiere irse de la institución, que cree en Dios, que tiene la vocación intacta, pero que no [está de acuerdo] con un montón de cosas que su institución le manda.
¿Cómo abordaste ese imaginario de la monja?
Sabía que tenía que hacer preguntas que respondieran a todo eso. Por ejemplo, ¿son lesbianas y se ocultan? ¿Son mujeres que huyen del matrimonio? ¿Qué perversión tienen las monjas? Eran temas que no podía soslayar. Lo que más me asombró del diálogo con Martha Pelloni es su no asombro ante estas dudas. Es decir, así como no hubo ningún parpadeo ante la pregunta sobre si no tenía miedo de que la mataran, tampoco lo hizo cuando indagué sobre su sexualidad y sobre el tema del lesbianismo en las monjas.
¿Ella invoca el derecho de los cuerpos que resisten ante la falla de un sistema o ante un Estado que asesina?
Yo creo que es una de las grandes luchas de ella y te diría que, si bien está lo espectacular del robo de bebés, ritos satánicos, trata de mujeres, de personas, etc, cuando le preguntas cómo solucionar y cuál es el fondo del problema, dice que es que la gente no conoce sus derechos. Entonces, el conocimiento de que hay límites, de que no pueden avasallar, de que no pueden entrar a mi casa y llevarse a un niño, de que no pueden golpearte, parecen cosas muy obvias entre una sociedad más burguesa, pero aquí no lo son. Es decir, el mayor déficit que ocurre en las poblaciones más vulneradas es que no hay idea de que hay un teléfono donde te pueden atender. Hay una distancia entre los derechos conseguidos legalmente y las personas que los puedan usar o ejercer.
Eso es lo que permite que se deshumanice en medio de un silencio temeroso. En el caso de María Soledad se rompe de forma inesperada, que es cuando se organizan para marchar, porque se dan cuenta que hay otra posibilidad más allá de aceptar la desgracia…
Exactamente. Por eso, para mí, ahí el hito es la caída de la vergüenza. El caso de María Soledad está basado en la violencia frente a la sexualidad, frente a una sociedad donde la chica tiene que ser virgen porque si no es una prostituta, pero el hombre puede acostarse con quien quiera. Donde sentimos vergüenza por menstruar, y montón de mitos sociales que se han ido cayendo, incluyendo todo este aparato heterosexuado. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un silencio con el que se trafica un montón de delitos y crímenes, asociados a que la víctima se siente culpable y la familia avergonzada. Entonces, en el caso concreto de Catamarca, no era la primera chica que se llevaban a una fiesta, la violaban y volvía a su casa. Pero ¿por qué esa chica no gritaba? Porque no era la primera y en su curso sabían lo que estaba pasando... Pero no hablaban por vergüenza, porque tener una chica “malograda, violada”, era algo vergonzante. Hasta hoy, no todas las mujeres se atreven a denunciar que han sido golpeadas por el marido o violadas, porque da vergüenza.
Y al final en estas estructuras criminales, como en el tema de la trata, son más mujeres con las que trafican.
No tengo números, pero podríamos decir que, en los casos de trata, o en una gran mayoría, sobre todo los casos en los que trabajó Martha Pelloni, hay una vulnerabilidad de base en la niña, más allá de que haya secuestros de chicas ricas. Hay una vulnerabilidad o porque la chica ha quedado embarazada o porque está drogándose o no tiene para comer, o porque está buscando un trabajo que la saque de un pozo muy oscuro. El rastrillaje se hace, por un lado, de la vergüenza en la no reacción; pero por otro lado está la búsqueda y la intención de que ese pozo se mantenga, porque es donde se cultivan “presas fáciles”. En el caso que yo cuento, la chica prácticamente se mete en la boca del lobo. Eso no la hace culpable en absoluto, sino que nos da un panorama de qué condiciones se tienen que dar: vergüenza y ultradenigración, pobreza, droga, adolescencia, desesperación y falta de educación sexual, son un combo muy importante. Chicas que se pelean con los padres, padres que las golpean. Hay un montón de cosas que hacen que una infancia y una primera adolescencia estén a merced de los tramposos.
¿Qué pasa con este entramado de complicidad por parte de una élite que se siente poderosa y queda impune en la mayoría de los casos? En Los intocables, de Laura Restrepo, que cuenta el caso de una niña en Bogotá que fue raptada, violada y asesinada, se revela cómo se validan y encubren esas conductas delictivas desde muy jóvenes.
Eso también pasa aquí. Por eso, Martha Pelloni se hace tan famosa en los noventa, porque los asesinos de María Soledad eran “los intocables”. También es verdad que a veces, por tanta impunidad, los intocables no terminan de darse cuenta de que hay un límite. Y el caso María Soledad es paradigmático, porque son los mismos familiares los que salen a defender a sus hijos culpables y en su defensa los hunden. Están tan acostumbrados a esa impunidad y a ese poder que el padre de uno de los acusados sale a decir que, si su hijo hubiera sido culpable, el cuerpo de la chica estaría desaparecido. Eso fue lo que catapultó a su hijo a la cárcel.
El sistema de justicia también ha sido estructurado para no ser justo. ¿Cómo logra la monja sobrepasar eso?
Ella me dice: “No soy detective porque yo no averiguo, tampoco abogada. Tengo un equipo”. Lo que entendió es que tenía que armar una red. Si bien lo de María Soledad lo hizo sola, cuando llega a Corrientes, las personas empiezan a confiarle catástrofes. Lo que ha hecho Pelloni es una estrategia muy inteligente para forzar a la justicia. Es muy hábil para sacar cosas a la luz, y que entonces los responsables ya no tengan coartada para negarlo. En el caso de María Soledad, no es que se hizo justicia. No hubo más remedio que hacer justicia, porque si no, el problema iba a ser más grande para el presidente de la Nación de ese momento. Es decir, lo que me parece que ejerce la hermana es una presión inteligente.
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Con <i>La hermana</i>, Liliana Viola ganó el Premio Anagrama de Crónica el año pasado. Tras el impacto inicial, está en posición de calibrar la influencia perdurable de su libro. Y dice: “Lo que cuento en esta crónica está vivo en todo sentido”. Se trata del horror de las redes delincuenciales que se dedican a victimizar mujeres, y que la monja Martha Pelloni colaboró a sacar de la oscuridad.
El teléfono de la monja Martha Pelloni, conocida en Argentina y ahora en otras latitudes por desenmascarar a hombres poderosos cómplices de delitos y feminicidios, no para de sonar. Cuando oye el timbre, contesta. Al otro lado le cuentan que una niña de 14 años ha desaparecido. Después de algunas indagaciones, les dicta un teléfono que no es de la policía. Un rato más tarde, esas mismas personas, los padres de la chica, la contactan para avisarle que ya ha aparecido y está internada en un hospital. Ella les pide, sin dudar un segundo, que vayan al hospital y no se despeguen de su hija en ningún momento. Todavía está en riesgo de ser raptada.
No es la primera vez que Pelloni atiende una situación en la que una joven corre peligro: sabe de sobra cómo se mueven las redes de trata y narcotráfico en estos lugares.
Hemos descrito una escena como la cuenta la periodista Liliana Viola (Buenos Aires, 1963) en entrevista con Gatopardo. Con ella, de entrada, se reconoce que La hermana, su libro ganador del Premio Anagrama de Crónica 2025, no solo es el retrato de una heroína con hábito religioso. Debajo, entre sus capas, su trabajo revela el sostén de un entramado horroroso de abusos y violaciones de adolescentes e infancias, latente en toda Latinoamérica.
A partir del caso paradigmático de María Soledad —una joven violada, asesinada y desaparecida en los noventa en la provincia argentina de Catamarca—, Viola describe las movilizaciones de un pueblo avasallado por una élite corrupta, que rompe con la culpa y la vergüenza para pedir justicia, y termina modificando el curso del caso.
Ha pasado ya suficiente tiempo como para hacer un corte de caja de las reacciones en tus lectores o de la impresión que ha dejado tu libro…
A la hermana [Pelloni] le llevé el libro, por supuesto, se lo regalé, y hasta ahora no he tenido ninguna queja. En Latinoamérica y España, su lectura ha sido amable. Me he cruzado en presentaciones con argentinos que tenían alguna relación con el caso María Soledad. Por otro lado, sentí hasta cierta persecución encubierta de un familiar del gobernador que cayó en ese momento. En México, [esa persona] me vino a dar un saludo que me resultó bastante inquietante. Esto lo cuento por primera vez.
¿Has hablado de esa intimidación con alguien?
Con la hermana Pelloni. Le dije que no sabía si estaba paranoica. Pero bueno, así comencé el libro: preguntándole a ella si no tenía miedo de que la mataran. La hermana me dijo que no era paranoia, que ha experimentado muchísimas veces ese tipo de saludos, pseudoamistosos, que vienen a decir: “La oscuridad está aquí y tiene otra potencia”. Esas personas no tienen ningún problema de aparecerse en un bar y estirarte la mano. Como cronista, sucedió algo muy interesante porque es la prueba de que lo que estoy contando está vivo en todo sentido.

¿Eso indica que se han levantado ciertas alertas, que no solo atañen al caso que cuentas, sino a una suerte de estructura criminal que opera más allá de Argentina?
Me encanta esa observación, porque lo que traté fue partir del caso María Soledad, porque es paradigmático. Pero el libro trata de otros casos más contemporáneos, que son un arco importante de crímenes que trascienden la prensa, y que se quedan en la memoria o en el amarillismo. Traté de mostrar que acá no estamos hablando de un caso, estamos hablando de un modus operandi, de una vida cotidiana, de un montón de personas, tanto de los malhechores como de las víctimas de trata, secuestro o robo. Intenté mostrar el horror, los microhorrores y hasta qué punto eso está silenciado. Mi intención fue decir: “Nos horrorizamos por un caso u otro, pero si rastrillamos esto es algo que ocurre constantemente y está tremendamente organizado”, y casi, te diría, internacionalmente organizado.
Cuando dices que están internacionalmente organizados, ¿a qué tipo de crímenes te refieres?
Los robos de bebés tienen compradores en lugares específicos y pasan fronteras. Lo mismo la trata. El paso de mujeres de Argentina a México, que es algo que ya está tremendamente denunciado. Son redes invisibles o que no queremos ver. Es decir, no es solamente que se roban bebés ahí o se buscan chicas allá para vender, sino que hay un trabajo de denigración, de humillación, como si la idea de la humillación fuera parte de una identidad.
¿En qué sentido recuperas el valor o la función de la crónica?
El lugar de la crónica es encantar al lector, cosa que quizá no lo puede hacer una nota periodística, donde dice “desapareció tal persona, la acaban de asesinar”. El encantamiento de la crónica tiene la función de atrapar a lectores y lectoras, para que puedan ver lo que es difícil de ver.
Entonces, ¿los libros pueden tener alguna influencia en este momento?
Claro, yo pienso también en el formato de un libro —sobre todo la crónica, también a nivel periodístico—. Quizás es un trabajo de mucho más tiempo, más análisis; de proponer otros recursos que puedan, de alguna forma, llevar al lector a comprender, y eso también me llamaba la atención. Ese periodismo que era un poco más sosegado, y que siento que puede llegar a ser un canal para enfocar la atención, para tener una reflexión o pensar en eso que a veces no te cuestionas, porque no hay tiempo.
¿Cómo se desenvuelve Pelloni desde la institucionalidad que representa: la iglesia?
A mí me pareció algo muy interesante que me dijera, más de una vez, “yo tengo la renuncia en el bolsillo”. Eso es una enseñanza de vida, no solo para una monja, sino también para todos. Hasta ahora no la ha sacado y ya tiene 84 años, no creo que la vaya a sacar. Pero me parece que es un salvavidas que tiene alguien que no quiere irse de la institución, que cree en Dios, que tiene la vocación intacta, pero que no [está de acuerdo] con un montón de cosas que su institución le manda.
¿Cómo abordaste ese imaginario de la monja?
Sabía que tenía que hacer preguntas que respondieran a todo eso. Por ejemplo, ¿son lesbianas y se ocultan? ¿Son mujeres que huyen del matrimonio? ¿Qué perversión tienen las monjas? Eran temas que no podía soslayar. Lo que más me asombró del diálogo con Martha Pelloni es su no asombro ante estas dudas. Es decir, así como no hubo ningún parpadeo ante la pregunta sobre si no tenía miedo de que la mataran, tampoco lo hizo cuando indagué sobre su sexualidad y sobre el tema del lesbianismo en las monjas.
¿Ella invoca el derecho de los cuerpos que resisten ante la falla de un sistema o ante un Estado que asesina?
Yo creo que es una de las grandes luchas de ella y te diría que, si bien está lo espectacular del robo de bebés, ritos satánicos, trata de mujeres, de personas, etc, cuando le preguntas cómo solucionar y cuál es el fondo del problema, dice que es que la gente no conoce sus derechos. Entonces, el conocimiento de que hay límites, de que no pueden avasallar, de que no pueden entrar a mi casa y llevarse a un niño, de que no pueden golpearte, parecen cosas muy obvias entre una sociedad más burguesa, pero aquí no lo son. Es decir, el mayor déficit que ocurre en las poblaciones más vulneradas es que no hay idea de que hay un teléfono donde te pueden atender. Hay una distancia entre los derechos conseguidos legalmente y las personas que los puedan usar o ejercer.
Eso es lo que permite que se deshumanice en medio de un silencio temeroso. En el caso de María Soledad se rompe de forma inesperada, que es cuando se organizan para marchar, porque se dan cuenta que hay otra posibilidad más allá de aceptar la desgracia…
Exactamente. Por eso, para mí, ahí el hito es la caída de la vergüenza. El caso de María Soledad está basado en la violencia frente a la sexualidad, frente a una sociedad donde la chica tiene que ser virgen porque si no es una prostituta, pero el hombre puede acostarse con quien quiera. Donde sentimos vergüenza por menstruar, y montón de mitos sociales que se han ido cayendo, incluyendo todo este aparato heterosexuado. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un silencio con el que se trafica un montón de delitos y crímenes, asociados a que la víctima se siente culpable y la familia avergonzada. Entonces, en el caso concreto de Catamarca, no era la primera chica que se llevaban a una fiesta, la violaban y volvía a su casa. Pero ¿por qué esa chica no gritaba? Porque no era la primera y en su curso sabían lo que estaba pasando... Pero no hablaban por vergüenza, porque tener una chica “malograda, violada”, era algo vergonzante. Hasta hoy, no todas las mujeres se atreven a denunciar que han sido golpeadas por el marido o violadas, porque da vergüenza.
Y al final en estas estructuras criminales, como en el tema de la trata, son más mujeres con las que trafican.
No tengo números, pero podríamos decir que, en los casos de trata, o en una gran mayoría, sobre todo los casos en los que trabajó Martha Pelloni, hay una vulnerabilidad de base en la niña, más allá de que haya secuestros de chicas ricas. Hay una vulnerabilidad o porque la chica ha quedado embarazada o porque está drogándose o no tiene para comer, o porque está buscando un trabajo que la saque de un pozo muy oscuro. El rastrillaje se hace, por un lado, de la vergüenza en la no reacción; pero por otro lado está la búsqueda y la intención de que ese pozo se mantenga, porque es donde se cultivan “presas fáciles”. En el caso que yo cuento, la chica prácticamente se mete en la boca del lobo. Eso no la hace culpable en absoluto, sino que nos da un panorama de qué condiciones se tienen que dar: vergüenza y ultradenigración, pobreza, droga, adolescencia, desesperación y falta de educación sexual, son un combo muy importante. Chicas que se pelean con los padres, padres que las golpean. Hay un montón de cosas que hacen que una infancia y una primera adolescencia estén a merced de los tramposos.
¿Qué pasa con este entramado de complicidad por parte de una élite que se siente poderosa y queda impune en la mayoría de los casos? En Los intocables, de Laura Restrepo, que cuenta el caso de una niña en Bogotá que fue raptada, violada y asesinada, se revela cómo se validan y encubren esas conductas delictivas desde muy jóvenes.
Eso también pasa aquí. Por eso, Martha Pelloni se hace tan famosa en los noventa, porque los asesinos de María Soledad eran “los intocables”. También es verdad que a veces, por tanta impunidad, los intocables no terminan de darse cuenta de que hay un límite. Y el caso María Soledad es paradigmático, porque son los mismos familiares los que salen a defender a sus hijos culpables y en su defensa los hunden. Están tan acostumbrados a esa impunidad y a ese poder que el padre de uno de los acusados sale a decir que, si su hijo hubiera sido culpable, el cuerpo de la chica estaría desaparecido. Eso fue lo que catapultó a su hijo a la cárcel.
El sistema de justicia también ha sido estructurado para no ser justo. ¿Cómo logra la monja sobrepasar eso?
Ella me dice: “No soy detective porque yo no averiguo, tampoco abogada. Tengo un equipo”. Lo que entendió es que tenía que armar una red. Si bien lo de María Soledad lo hizo sola, cuando llega a Corrientes, las personas empiezan a confiarle catástrofes. Lo que ha hecho Pelloni es una estrategia muy inteligente para forzar a la justicia. Es muy hábil para sacar cosas a la luz, y que entonces los responsables ya no tengan coartada para negarlo. En el caso de María Soledad, no es que se hizo justicia. No hubo más remedio que hacer justicia, porque si no, el problema iba a ser más grande para el presidente de la Nación de ese momento. Es decir, lo que me parece que ejerce la hermana es una presión inteligente.
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Foto de Sebastián Freire.
Con <i>La hermana</i>, Liliana Viola ganó el Premio Anagrama de Crónica el año pasado. Tras el impacto inicial, está en posición de calibrar la influencia perdurable de su libro. Y dice: “Lo que cuento en esta crónica está vivo en todo sentido”. Se trata del horror de las redes delincuenciales que se dedican a victimizar mujeres, y que la monja Martha Pelloni colaboró a sacar de la oscuridad.
El teléfono de la monja Martha Pelloni, conocida en Argentina y ahora en otras latitudes por desenmascarar a hombres poderosos cómplices de delitos y feminicidios, no para de sonar. Cuando oye el timbre, contesta. Al otro lado le cuentan que una niña de 14 años ha desaparecido. Después de algunas indagaciones, les dicta un teléfono que no es de la policía. Un rato más tarde, esas mismas personas, los padres de la chica, la contactan para avisarle que ya ha aparecido y está internada en un hospital. Ella les pide, sin dudar un segundo, que vayan al hospital y no se despeguen de su hija en ningún momento. Todavía está en riesgo de ser raptada.
No es la primera vez que Pelloni atiende una situación en la que una joven corre peligro: sabe de sobra cómo se mueven las redes de trata y narcotráfico en estos lugares.
Hemos descrito una escena como la cuenta la periodista Liliana Viola (Buenos Aires, 1963) en entrevista con Gatopardo. Con ella, de entrada, se reconoce que La hermana, su libro ganador del Premio Anagrama de Crónica 2025, no solo es el retrato de una heroína con hábito religioso. Debajo, entre sus capas, su trabajo revela el sostén de un entramado horroroso de abusos y violaciones de adolescentes e infancias, latente en toda Latinoamérica.
A partir del caso paradigmático de María Soledad —una joven violada, asesinada y desaparecida en los noventa en la provincia argentina de Catamarca—, Viola describe las movilizaciones de un pueblo avasallado por una élite corrupta, que rompe con la culpa y la vergüenza para pedir justicia, y termina modificando el curso del caso.
Ha pasado ya suficiente tiempo como para hacer un corte de caja de las reacciones en tus lectores o de la impresión que ha dejado tu libro…
A la hermana [Pelloni] le llevé el libro, por supuesto, se lo regalé, y hasta ahora no he tenido ninguna queja. En Latinoamérica y España, su lectura ha sido amable. Me he cruzado en presentaciones con argentinos que tenían alguna relación con el caso María Soledad. Por otro lado, sentí hasta cierta persecución encubierta de un familiar del gobernador que cayó en ese momento. En México, [esa persona] me vino a dar un saludo que me resultó bastante inquietante. Esto lo cuento por primera vez.
¿Has hablado de esa intimidación con alguien?
Con la hermana Pelloni. Le dije que no sabía si estaba paranoica. Pero bueno, así comencé el libro: preguntándole a ella si no tenía miedo de que la mataran. La hermana me dijo que no era paranoia, que ha experimentado muchísimas veces ese tipo de saludos, pseudoamistosos, que vienen a decir: “La oscuridad está aquí y tiene otra potencia”. Esas personas no tienen ningún problema de aparecerse en un bar y estirarte la mano. Como cronista, sucedió algo muy interesante porque es la prueba de que lo que estoy contando está vivo en todo sentido.

¿Eso indica que se han levantado ciertas alertas, que no solo atañen al caso que cuentas, sino a una suerte de estructura criminal que opera más allá de Argentina?
Me encanta esa observación, porque lo que traté fue partir del caso María Soledad, porque es paradigmático. Pero el libro trata de otros casos más contemporáneos, que son un arco importante de crímenes que trascienden la prensa, y que se quedan en la memoria o en el amarillismo. Traté de mostrar que acá no estamos hablando de un caso, estamos hablando de un modus operandi, de una vida cotidiana, de un montón de personas, tanto de los malhechores como de las víctimas de trata, secuestro o robo. Intenté mostrar el horror, los microhorrores y hasta qué punto eso está silenciado. Mi intención fue decir: “Nos horrorizamos por un caso u otro, pero si rastrillamos esto es algo que ocurre constantemente y está tremendamente organizado”, y casi, te diría, internacionalmente organizado.
Cuando dices que están internacionalmente organizados, ¿a qué tipo de crímenes te refieres?
Los robos de bebés tienen compradores en lugares específicos y pasan fronteras. Lo mismo la trata. El paso de mujeres de Argentina a México, que es algo que ya está tremendamente denunciado. Son redes invisibles o que no queremos ver. Es decir, no es solamente que se roban bebés ahí o se buscan chicas allá para vender, sino que hay un trabajo de denigración, de humillación, como si la idea de la humillación fuera parte de una identidad.
¿En qué sentido recuperas el valor o la función de la crónica?
El lugar de la crónica es encantar al lector, cosa que quizá no lo puede hacer una nota periodística, donde dice “desapareció tal persona, la acaban de asesinar”. El encantamiento de la crónica tiene la función de atrapar a lectores y lectoras, para que puedan ver lo que es difícil de ver.
Entonces, ¿los libros pueden tener alguna influencia en este momento?
Claro, yo pienso también en el formato de un libro —sobre todo la crónica, también a nivel periodístico—. Quizás es un trabajo de mucho más tiempo, más análisis; de proponer otros recursos que puedan, de alguna forma, llevar al lector a comprender, y eso también me llamaba la atención. Ese periodismo que era un poco más sosegado, y que siento que puede llegar a ser un canal para enfocar la atención, para tener una reflexión o pensar en eso que a veces no te cuestionas, porque no hay tiempo.
¿Cómo se desenvuelve Pelloni desde la institucionalidad que representa: la iglesia?
A mí me pareció algo muy interesante que me dijera, más de una vez, “yo tengo la renuncia en el bolsillo”. Eso es una enseñanza de vida, no solo para una monja, sino también para todos. Hasta ahora no la ha sacado y ya tiene 84 años, no creo que la vaya a sacar. Pero me parece que es un salvavidas que tiene alguien que no quiere irse de la institución, que cree en Dios, que tiene la vocación intacta, pero que no [está de acuerdo] con un montón de cosas que su institución le manda.
¿Cómo abordaste ese imaginario de la monja?
Sabía que tenía que hacer preguntas que respondieran a todo eso. Por ejemplo, ¿son lesbianas y se ocultan? ¿Son mujeres que huyen del matrimonio? ¿Qué perversión tienen las monjas? Eran temas que no podía soslayar. Lo que más me asombró del diálogo con Martha Pelloni es su no asombro ante estas dudas. Es decir, así como no hubo ningún parpadeo ante la pregunta sobre si no tenía miedo de que la mataran, tampoco lo hizo cuando indagué sobre su sexualidad y sobre el tema del lesbianismo en las monjas.
¿Ella invoca el derecho de los cuerpos que resisten ante la falla de un sistema o ante un Estado que asesina?
Yo creo que es una de las grandes luchas de ella y te diría que, si bien está lo espectacular del robo de bebés, ritos satánicos, trata de mujeres, de personas, etc, cuando le preguntas cómo solucionar y cuál es el fondo del problema, dice que es que la gente no conoce sus derechos. Entonces, el conocimiento de que hay límites, de que no pueden avasallar, de que no pueden entrar a mi casa y llevarse a un niño, de que no pueden golpearte, parecen cosas muy obvias entre una sociedad más burguesa, pero aquí no lo son. Es decir, el mayor déficit que ocurre en las poblaciones más vulneradas es que no hay idea de que hay un teléfono donde te pueden atender. Hay una distancia entre los derechos conseguidos legalmente y las personas que los puedan usar o ejercer.
Eso es lo que permite que se deshumanice en medio de un silencio temeroso. En el caso de María Soledad se rompe de forma inesperada, que es cuando se organizan para marchar, porque se dan cuenta que hay otra posibilidad más allá de aceptar la desgracia…
Exactamente. Por eso, para mí, ahí el hito es la caída de la vergüenza. El caso de María Soledad está basado en la violencia frente a la sexualidad, frente a una sociedad donde la chica tiene que ser virgen porque si no es una prostituta, pero el hombre puede acostarse con quien quiera. Donde sentimos vergüenza por menstruar, y montón de mitos sociales que se han ido cayendo, incluyendo todo este aparato heterosexuado. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un silencio con el que se trafica un montón de delitos y crímenes, asociados a que la víctima se siente culpable y la familia avergonzada. Entonces, en el caso concreto de Catamarca, no era la primera chica que se llevaban a una fiesta, la violaban y volvía a su casa. Pero ¿por qué esa chica no gritaba? Porque no era la primera y en su curso sabían lo que estaba pasando... Pero no hablaban por vergüenza, porque tener una chica “malograda, violada”, era algo vergonzante. Hasta hoy, no todas las mujeres se atreven a denunciar que han sido golpeadas por el marido o violadas, porque da vergüenza.
Y al final en estas estructuras criminales, como en el tema de la trata, son más mujeres con las que trafican.
No tengo números, pero podríamos decir que, en los casos de trata, o en una gran mayoría, sobre todo los casos en los que trabajó Martha Pelloni, hay una vulnerabilidad de base en la niña, más allá de que haya secuestros de chicas ricas. Hay una vulnerabilidad o porque la chica ha quedado embarazada o porque está drogándose o no tiene para comer, o porque está buscando un trabajo que la saque de un pozo muy oscuro. El rastrillaje se hace, por un lado, de la vergüenza en la no reacción; pero por otro lado está la búsqueda y la intención de que ese pozo se mantenga, porque es donde se cultivan “presas fáciles”. En el caso que yo cuento, la chica prácticamente se mete en la boca del lobo. Eso no la hace culpable en absoluto, sino que nos da un panorama de qué condiciones se tienen que dar: vergüenza y ultradenigración, pobreza, droga, adolescencia, desesperación y falta de educación sexual, son un combo muy importante. Chicas que se pelean con los padres, padres que las golpean. Hay un montón de cosas que hacen que una infancia y una primera adolescencia estén a merced de los tramposos.
¿Qué pasa con este entramado de complicidad por parte de una élite que se siente poderosa y queda impune en la mayoría de los casos? En Los intocables, de Laura Restrepo, que cuenta el caso de una niña en Bogotá que fue raptada, violada y asesinada, se revela cómo se validan y encubren esas conductas delictivas desde muy jóvenes.
Eso también pasa aquí. Por eso, Martha Pelloni se hace tan famosa en los noventa, porque los asesinos de María Soledad eran “los intocables”. También es verdad que a veces, por tanta impunidad, los intocables no terminan de darse cuenta de que hay un límite. Y el caso María Soledad es paradigmático, porque son los mismos familiares los que salen a defender a sus hijos culpables y en su defensa los hunden. Están tan acostumbrados a esa impunidad y a ese poder que el padre de uno de los acusados sale a decir que, si su hijo hubiera sido culpable, el cuerpo de la chica estaría desaparecido. Eso fue lo que catapultó a su hijo a la cárcel.
El sistema de justicia también ha sido estructurado para no ser justo. ¿Cómo logra la monja sobrepasar eso?
Ella me dice: “No soy detective porque yo no averiguo, tampoco abogada. Tengo un equipo”. Lo que entendió es que tenía que armar una red. Si bien lo de María Soledad lo hizo sola, cuando llega a Corrientes, las personas empiezan a confiarle catástrofes. Lo que ha hecho Pelloni es una estrategia muy inteligente para forzar a la justicia. Es muy hábil para sacar cosas a la luz, y que entonces los responsables ya no tengan coartada para negarlo. En el caso de María Soledad, no es que se hizo justicia. No hubo más remedio que hacer justicia, porque si no, el problema iba a ser más grande para el presidente de la Nación de ese momento. Es decir, lo que me parece que ejerce la hermana es una presión inteligente.
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Con <i>La hermana</i>, Liliana Viola ganó el Premio Anagrama de Crónica el año pasado. Tras el impacto inicial, está en posición de calibrar la influencia perdurable de su libro. Y dice: “Lo que cuento en esta crónica está vivo en todo sentido”. Se trata del horror de las redes delincuenciales que se dedican a victimizar mujeres, y que la monja Martha Pelloni colaboró a sacar de la oscuridad.
El teléfono de la monja Martha Pelloni, conocida en Argentina y ahora en otras latitudes por desenmascarar a hombres poderosos cómplices de delitos y feminicidios, no para de sonar. Cuando oye el timbre, contesta. Al otro lado le cuentan que una niña de 14 años ha desaparecido. Después de algunas indagaciones, les dicta un teléfono que no es de la policía. Un rato más tarde, esas mismas personas, los padres de la chica, la contactan para avisarle que ya ha aparecido y está internada en un hospital. Ella les pide, sin dudar un segundo, que vayan al hospital y no se despeguen de su hija en ningún momento. Todavía está en riesgo de ser raptada.
No es la primera vez que Pelloni atiende una situación en la que una joven corre peligro: sabe de sobra cómo se mueven las redes de trata y narcotráfico en estos lugares.
Hemos descrito una escena como la cuenta la periodista Liliana Viola (Buenos Aires, 1963) en entrevista con Gatopardo. Con ella, de entrada, se reconoce que La hermana, su libro ganador del Premio Anagrama de Crónica 2025, no solo es el retrato de una heroína con hábito religioso. Debajo, entre sus capas, su trabajo revela el sostén de un entramado horroroso de abusos y violaciones de adolescentes e infancias, latente en toda Latinoamérica.
A partir del caso paradigmático de María Soledad —una joven violada, asesinada y desaparecida en los noventa en la provincia argentina de Catamarca—, Viola describe las movilizaciones de un pueblo avasallado por una élite corrupta, que rompe con la culpa y la vergüenza para pedir justicia, y termina modificando el curso del caso.
Ha pasado ya suficiente tiempo como para hacer un corte de caja de las reacciones en tus lectores o de la impresión que ha dejado tu libro…
A la hermana [Pelloni] le llevé el libro, por supuesto, se lo regalé, y hasta ahora no he tenido ninguna queja. En Latinoamérica y España, su lectura ha sido amable. Me he cruzado en presentaciones con argentinos que tenían alguna relación con el caso María Soledad. Por otro lado, sentí hasta cierta persecución encubierta de un familiar del gobernador que cayó en ese momento. En México, [esa persona] me vino a dar un saludo que me resultó bastante inquietante. Esto lo cuento por primera vez.
¿Has hablado de esa intimidación con alguien?
Con la hermana Pelloni. Le dije que no sabía si estaba paranoica. Pero bueno, así comencé el libro: preguntándole a ella si no tenía miedo de que la mataran. La hermana me dijo que no era paranoia, que ha experimentado muchísimas veces ese tipo de saludos, pseudoamistosos, que vienen a decir: “La oscuridad está aquí y tiene otra potencia”. Esas personas no tienen ningún problema de aparecerse en un bar y estirarte la mano. Como cronista, sucedió algo muy interesante porque es la prueba de que lo que estoy contando está vivo en todo sentido.

¿Eso indica que se han levantado ciertas alertas, que no solo atañen al caso que cuentas, sino a una suerte de estructura criminal que opera más allá de Argentina?
Me encanta esa observación, porque lo que traté fue partir del caso María Soledad, porque es paradigmático. Pero el libro trata de otros casos más contemporáneos, que son un arco importante de crímenes que trascienden la prensa, y que se quedan en la memoria o en el amarillismo. Traté de mostrar que acá no estamos hablando de un caso, estamos hablando de un modus operandi, de una vida cotidiana, de un montón de personas, tanto de los malhechores como de las víctimas de trata, secuestro o robo. Intenté mostrar el horror, los microhorrores y hasta qué punto eso está silenciado. Mi intención fue decir: “Nos horrorizamos por un caso u otro, pero si rastrillamos esto es algo que ocurre constantemente y está tremendamente organizado”, y casi, te diría, internacionalmente organizado.
Cuando dices que están internacionalmente organizados, ¿a qué tipo de crímenes te refieres?
Los robos de bebés tienen compradores en lugares específicos y pasan fronteras. Lo mismo la trata. El paso de mujeres de Argentina a México, que es algo que ya está tremendamente denunciado. Son redes invisibles o que no queremos ver. Es decir, no es solamente que se roban bebés ahí o se buscan chicas allá para vender, sino que hay un trabajo de denigración, de humillación, como si la idea de la humillación fuera parte de una identidad.
¿En qué sentido recuperas el valor o la función de la crónica?
El lugar de la crónica es encantar al lector, cosa que quizá no lo puede hacer una nota periodística, donde dice “desapareció tal persona, la acaban de asesinar”. El encantamiento de la crónica tiene la función de atrapar a lectores y lectoras, para que puedan ver lo que es difícil de ver.
Entonces, ¿los libros pueden tener alguna influencia en este momento?
Claro, yo pienso también en el formato de un libro —sobre todo la crónica, también a nivel periodístico—. Quizás es un trabajo de mucho más tiempo, más análisis; de proponer otros recursos que puedan, de alguna forma, llevar al lector a comprender, y eso también me llamaba la atención. Ese periodismo que era un poco más sosegado, y que siento que puede llegar a ser un canal para enfocar la atención, para tener una reflexión o pensar en eso que a veces no te cuestionas, porque no hay tiempo.
¿Cómo se desenvuelve Pelloni desde la institucionalidad que representa: la iglesia?
A mí me pareció algo muy interesante que me dijera, más de una vez, “yo tengo la renuncia en el bolsillo”. Eso es una enseñanza de vida, no solo para una monja, sino también para todos. Hasta ahora no la ha sacado y ya tiene 84 años, no creo que la vaya a sacar. Pero me parece que es un salvavidas que tiene alguien que no quiere irse de la institución, que cree en Dios, que tiene la vocación intacta, pero que no [está de acuerdo] con un montón de cosas que su institución le manda.
¿Cómo abordaste ese imaginario de la monja?
Sabía que tenía que hacer preguntas que respondieran a todo eso. Por ejemplo, ¿son lesbianas y se ocultan? ¿Son mujeres que huyen del matrimonio? ¿Qué perversión tienen las monjas? Eran temas que no podía soslayar. Lo que más me asombró del diálogo con Martha Pelloni es su no asombro ante estas dudas. Es decir, así como no hubo ningún parpadeo ante la pregunta sobre si no tenía miedo de que la mataran, tampoco lo hizo cuando indagué sobre su sexualidad y sobre el tema del lesbianismo en las monjas.
¿Ella invoca el derecho de los cuerpos que resisten ante la falla de un sistema o ante un Estado que asesina?
Yo creo que es una de las grandes luchas de ella y te diría que, si bien está lo espectacular del robo de bebés, ritos satánicos, trata de mujeres, de personas, etc, cuando le preguntas cómo solucionar y cuál es el fondo del problema, dice que es que la gente no conoce sus derechos. Entonces, el conocimiento de que hay límites, de que no pueden avasallar, de que no pueden entrar a mi casa y llevarse a un niño, de que no pueden golpearte, parecen cosas muy obvias entre una sociedad más burguesa, pero aquí no lo son. Es decir, el mayor déficit que ocurre en las poblaciones más vulneradas es que no hay idea de que hay un teléfono donde te pueden atender. Hay una distancia entre los derechos conseguidos legalmente y las personas que los puedan usar o ejercer.
Eso es lo que permite que se deshumanice en medio de un silencio temeroso. En el caso de María Soledad se rompe de forma inesperada, que es cuando se organizan para marchar, porque se dan cuenta que hay otra posibilidad más allá de aceptar la desgracia…
Exactamente. Por eso, para mí, ahí el hito es la caída de la vergüenza. El caso de María Soledad está basado en la violencia frente a la sexualidad, frente a una sociedad donde la chica tiene que ser virgen porque si no es una prostituta, pero el hombre puede acostarse con quien quiera. Donde sentimos vergüenza por menstruar, y montón de mitos sociales que se han ido cayendo, incluyendo todo este aparato heterosexuado. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un silencio con el que se trafica un montón de delitos y crímenes, asociados a que la víctima se siente culpable y la familia avergonzada. Entonces, en el caso concreto de Catamarca, no era la primera chica que se llevaban a una fiesta, la violaban y volvía a su casa. Pero ¿por qué esa chica no gritaba? Porque no era la primera y en su curso sabían lo que estaba pasando... Pero no hablaban por vergüenza, porque tener una chica “malograda, violada”, era algo vergonzante. Hasta hoy, no todas las mujeres se atreven a denunciar que han sido golpeadas por el marido o violadas, porque da vergüenza.
Y al final en estas estructuras criminales, como en el tema de la trata, son más mujeres con las que trafican.
No tengo números, pero podríamos decir que, en los casos de trata, o en una gran mayoría, sobre todo los casos en los que trabajó Martha Pelloni, hay una vulnerabilidad de base en la niña, más allá de que haya secuestros de chicas ricas. Hay una vulnerabilidad o porque la chica ha quedado embarazada o porque está drogándose o no tiene para comer, o porque está buscando un trabajo que la saque de un pozo muy oscuro. El rastrillaje se hace, por un lado, de la vergüenza en la no reacción; pero por otro lado está la búsqueda y la intención de que ese pozo se mantenga, porque es donde se cultivan “presas fáciles”. En el caso que yo cuento, la chica prácticamente se mete en la boca del lobo. Eso no la hace culpable en absoluto, sino que nos da un panorama de qué condiciones se tienen que dar: vergüenza y ultradenigración, pobreza, droga, adolescencia, desesperación y falta de educación sexual, son un combo muy importante. Chicas que se pelean con los padres, padres que las golpean. Hay un montón de cosas que hacen que una infancia y una primera adolescencia estén a merced de los tramposos.
¿Qué pasa con este entramado de complicidad por parte de una élite que se siente poderosa y queda impune en la mayoría de los casos? En Los intocables, de Laura Restrepo, que cuenta el caso de una niña en Bogotá que fue raptada, violada y asesinada, se revela cómo se validan y encubren esas conductas delictivas desde muy jóvenes.
Eso también pasa aquí. Por eso, Martha Pelloni se hace tan famosa en los noventa, porque los asesinos de María Soledad eran “los intocables”. También es verdad que a veces, por tanta impunidad, los intocables no terminan de darse cuenta de que hay un límite. Y el caso María Soledad es paradigmático, porque son los mismos familiares los que salen a defender a sus hijos culpables y en su defensa los hunden. Están tan acostumbrados a esa impunidad y a ese poder que el padre de uno de los acusados sale a decir que, si su hijo hubiera sido culpable, el cuerpo de la chica estaría desaparecido. Eso fue lo que catapultó a su hijo a la cárcel.
El sistema de justicia también ha sido estructurado para no ser justo. ¿Cómo logra la monja sobrepasar eso?
Ella me dice: “No soy detective porque yo no averiguo, tampoco abogada. Tengo un equipo”. Lo que entendió es que tenía que armar una red. Si bien lo de María Soledad lo hizo sola, cuando llega a Corrientes, las personas empiezan a confiarle catástrofes. Lo que ha hecho Pelloni es una estrategia muy inteligente para forzar a la justicia. Es muy hábil para sacar cosas a la luz, y que entonces los responsables ya no tengan coartada para negarlo. En el caso de María Soledad, no es que se hizo justicia. No hubo más remedio que hacer justicia, porque si no, el problema iba a ser más grande para el presidente de la Nación de ese momento. Es decir, lo que me parece que ejerce la hermana es una presión inteligente.
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Foto de Sebastián Freire.
Con <i>La hermana</i>, Liliana Viola ganó el Premio Anagrama de Crónica el año pasado. Tras el impacto inicial, está en posición de calibrar la influencia perdurable de su libro. Y dice: “Lo que cuento en esta crónica está vivo en todo sentido”. Se trata del horror de las redes delincuenciales que se dedican a victimizar mujeres, y que la monja Martha Pelloni colaboró a sacar de la oscuridad.
El teléfono de la monja Martha Pelloni, conocida en Argentina y ahora en otras latitudes por desenmascarar a hombres poderosos cómplices de delitos y feminicidios, no para de sonar. Cuando oye el timbre, contesta. Al otro lado le cuentan que una niña de 14 años ha desaparecido. Después de algunas indagaciones, les dicta un teléfono que no es de la policía. Un rato más tarde, esas mismas personas, los padres de la chica, la contactan para avisarle que ya ha aparecido y está internada en un hospital. Ella les pide, sin dudar un segundo, que vayan al hospital y no se despeguen de su hija en ningún momento. Todavía está en riesgo de ser raptada.
No es la primera vez que Pelloni atiende una situación en la que una joven corre peligro: sabe de sobra cómo se mueven las redes de trata y narcotráfico en estos lugares.
Hemos descrito una escena como la cuenta la periodista Liliana Viola (Buenos Aires, 1963) en entrevista con Gatopardo. Con ella, de entrada, se reconoce que La hermana, su libro ganador del Premio Anagrama de Crónica 2025, no solo es el retrato de una heroína con hábito religioso. Debajo, entre sus capas, su trabajo revela el sostén de un entramado horroroso de abusos y violaciones de adolescentes e infancias, latente en toda Latinoamérica.
A partir del caso paradigmático de María Soledad —una joven violada, asesinada y desaparecida en los noventa en la provincia argentina de Catamarca—, Viola describe las movilizaciones de un pueblo avasallado por una élite corrupta, que rompe con la culpa y la vergüenza para pedir justicia, y termina modificando el curso del caso.
Ha pasado ya suficiente tiempo como para hacer un corte de caja de las reacciones en tus lectores o de la impresión que ha dejado tu libro…
A la hermana [Pelloni] le llevé el libro, por supuesto, se lo regalé, y hasta ahora no he tenido ninguna queja. En Latinoamérica y España, su lectura ha sido amable. Me he cruzado en presentaciones con argentinos que tenían alguna relación con el caso María Soledad. Por otro lado, sentí hasta cierta persecución encubierta de un familiar del gobernador que cayó en ese momento. En México, [esa persona] me vino a dar un saludo que me resultó bastante inquietante. Esto lo cuento por primera vez.
¿Has hablado de esa intimidación con alguien?
Con la hermana Pelloni. Le dije que no sabía si estaba paranoica. Pero bueno, así comencé el libro: preguntándole a ella si no tenía miedo de que la mataran. La hermana me dijo que no era paranoia, que ha experimentado muchísimas veces ese tipo de saludos, pseudoamistosos, que vienen a decir: “La oscuridad está aquí y tiene otra potencia”. Esas personas no tienen ningún problema de aparecerse en un bar y estirarte la mano. Como cronista, sucedió algo muy interesante porque es la prueba de que lo que estoy contando está vivo en todo sentido.

¿Eso indica que se han levantado ciertas alertas, que no solo atañen al caso que cuentas, sino a una suerte de estructura criminal que opera más allá de Argentina?
Me encanta esa observación, porque lo que traté fue partir del caso María Soledad, porque es paradigmático. Pero el libro trata de otros casos más contemporáneos, que son un arco importante de crímenes que trascienden la prensa, y que se quedan en la memoria o en el amarillismo. Traté de mostrar que acá no estamos hablando de un caso, estamos hablando de un modus operandi, de una vida cotidiana, de un montón de personas, tanto de los malhechores como de las víctimas de trata, secuestro o robo. Intenté mostrar el horror, los microhorrores y hasta qué punto eso está silenciado. Mi intención fue decir: “Nos horrorizamos por un caso u otro, pero si rastrillamos esto es algo que ocurre constantemente y está tremendamente organizado”, y casi, te diría, internacionalmente organizado.
Cuando dices que están internacionalmente organizados, ¿a qué tipo de crímenes te refieres?
Los robos de bebés tienen compradores en lugares específicos y pasan fronteras. Lo mismo la trata. El paso de mujeres de Argentina a México, que es algo que ya está tremendamente denunciado. Son redes invisibles o que no queremos ver. Es decir, no es solamente que se roban bebés ahí o se buscan chicas allá para vender, sino que hay un trabajo de denigración, de humillación, como si la idea de la humillación fuera parte de una identidad.
¿En qué sentido recuperas el valor o la función de la crónica?
El lugar de la crónica es encantar al lector, cosa que quizá no lo puede hacer una nota periodística, donde dice “desapareció tal persona, la acaban de asesinar”. El encantamiento de la crónica tiene la función de atrapar a lectores y lectoras, para que puedan ver lo que es difícil de ver.
Entonces, ¿los libros pueden tener alguna influencia en este momento?
Claro, yo pienso también en el formato de un libro —sobre todo la crónica, también a nivel periodístico—. Quizás es un trabajo de mucho más tiempo, más análisis; de proponer otros recursos que puedan, de alguna forma, llevar al lector a comprender, y eso también me llamaba la atención. Ese periodismo que era un poco más sosegado, y que siento que puede llegar a ser un canal para enfocar la atención, para tener una reflexión o pensar en eso que a veces no te cuestionas, porque no hay tiempo.
¿Cómo se desenvuelve Pelloni desde la institucionalidad que representa: la iglesia?
A mí me pareció algo muy interesante que me dijera, más de una vez, “yo tengo la renuncia en el bolsillo”. Eso es una enseñanza de vida, no solo para una monja, sino también para todos. Hasta ahora no la ha sacado y ya tiene 84 años, no creo que la vaya a sacar. Pero me parece que es un salvavidas que tiene alguien que no quiere irse de la institución, que cree en Dios, que tiene la vocación intacta, pero que no [está de acuerdo] con un montón de cosas que su institución le manda.
¿Cómo abordaste ese imaginario de la monja?
Sabía que tenía que hacer preguntas que respondieran a todo eso. Por ejemplo, ¿son lesbianas y se ocultan? ¿Son mujeres que huyen del matrimonio? ¿Qué perversión tienen las monjas? Eran temas que no podía soslayar. Lo que más me asombró del diálogo con Martha Pelloni es su no asombro ante estas dudas. Es decir, así como no hubo ningún parpadeo ante la pregunta sobre si no tenía miedo de que la mataran, tampoco lo hizo cuando indagué sobre su sexualidad y sobre el tema del lesbianismo en las monjas.
¿Ella invoca el derecho de los cuerpos que resisten ante la falla de un sistema o ante un Estado que asesina?
Yo creo que es una de las grandes luchas de ella y te diría que, si bien está lo espectacular del robo de bebés, ritos satánicos, trata de mujeres, de personas, etc, cuando le preguntas cómo solucionar y cuál es el fondo del problema, dice que es que la gente no conoce sus derechos. Entonces, el conocimiento de que hay límites, de que no pueden avasallar, de que no pueden entrar a mi casa y llevarse a un niño, de que no pueden golpearte, parecen cosas muy obvias entre una sociedad más burguesa, pero aquí no lo son. Es decir, el mayor déficit que ocurre en las poblaciones más vulneradas es que no hay idea de que hay un teléfono donde te pueden atender. Hay una distancia entre los derechos conseguidos legalmente y las personas que los puedan usar o ejercer.
Eso es lo que permite que se deshumanice en medio de un silencio temeroso. En el caso de María Soledad se rompe de forma inesperada, que es cuando se organizan para marchar, porque se dan cuenta que hay otra posibilidad más allá de aceptar la desgracia…
Exactamente. Por eso, para mí, ahí el hito es la caída de la vergüenza. El caso de María Soledad está basado en la violencia frente a la sexualidad, frente a una sociedad donde la chica tiene que ser virgen porque si no es una prostituta, pero el hombre puede acostarse con quien quiera. Donde sentimos vergüenza por menstruar, y montón de mitos sociales que se han ido cayendo, incluyendo todo este aparato heterosexuado. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un silencio con el que se trafica un montón de delitos y crímenes, asociados a que la víctima se siente culpable y la familia avergonzada. Entonces, en el caso concreto de Catamarca, no era la primera chica que se llevaban a una fiesta, la violaban y volvía a su casa. Pero ¿por qué esa chica no gritaba? Porque no era la primera y en su curso sabían lo que estaba pasando... Pero no hablaban por vergüenza, porque tener una chica “malograda, violada”, era algo vergonzante. Hasta hoy, no todas las mujeres se atreven a denunciar que han sido golpeadas por el marido o violadas, porque da vergüenza.
Y al final en estas estructuras criminales, como en el tema de la trata, son más mujeres con las que trafican.
No tengo números, pero podríamos decir que, en los casos de trata, o en una gran mayoría, sobre todo los casos en los que trabajó Martha Pelloni, hay una vulnerabilidad de base en la niña, más allá de que haya secuestros de chicas ricas. Hay una vulnerabilidad o porque la chica ha quedado embarazada o porque está drogándose o no tiene para comer, o porque está buscando un trabajo que la saque de un pozo muy oscuro. El rastrillaje se hace, por un lado, de la vergüenza en la no reacción; pero por otro lado está la búsqueda y la intención de que ese pozo se mantenga, porque es donde se cultivan “presas fáciles”. En el caso que yo cuento, la chica prácticamente se mete en la boca del lobo. Eso no la hace culpable en absoluto, sino que nos da un panorama de qué condiciones se tienen que dar: vergüenza y ultradenigración, pobreza, droga, adolescencia, desesperación y falta de educación sexual, son un combo muy importante. Chicas que se pelean con los padres, padres que las golpean. Hay un montón de cosas que hacen que una infancia y una primera adolescencia estén a merced de los tramposos.
¿Qué pasa con este entramado de complicidad por parte de una élite que se siente poderosa y queda impune en la mayoría de los casos? En Los intocables, de Laura Restrepo, que cuenta el caso de una niña en Bogotá que fue raptada, violada y asesinada, se revela cómo se validan y encubren esas conductas delictivas desde muy jóvenes.
Eso también pasa aquí. Por eso, Martha Pelloni se hace tan famosa en los noventa, porque los asesinos de María Soledad eran “los intocables”. También es verdad que a veces, por tanta impunidad, los intocables no terminan de darse cuenta de que hay un límite. Y el caso María Soledad es paradigmático, porque son los mismos familiares los que salen a defender a sus hijos culpables y en su defensa los hunden. Están tan acostumbrados a esa impunidad y a ese poder que el padre de uno de los acusados sale a decir que, si su hijo hubiera sido culpable, el cuerpo de la chica estaría desaparecido. Eso fue lo que catapultó a su hijo a la cárcel.
El sistema de justicia también ha sido estructurado para no ser justo. ¿Cómo logra la monja sobrepasar eso?
Ella me dice: “No soy detective porque yo no averiguo, tampoco abogada. Tengo un equipo”. Lo que entendió es que tenía que armar una red. Si bien lo de María Soledad lo hizo sola, cuando llega a Corrientes, las personas empiezan a confiarle catástrofes. Lo que ha hecho Pelloni es una estrategia muy inteligente para forzar a la justicia. Es muy hábil para sacar cosas a la luz, y que entonces los responsables ya no tengan coartada para negarlo. En el caso de María Soledad, no es que se hizo justicia. No hubo más remedio que hacer justicia, porque si no, el problema iba a ser más grande para el presidente de la Nación de ese momento. Es decir, lo que me parece que ejerce la hermana es una presión inteligente.
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