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La tía Vero sueña con hacer prosperar su milpa y, en un futuro, vender sus productos en la comunidad de Xanlá.
Desde 2025, las integrantes del colectivo Túumben Sáastal, apoyadas por la asociación civil Ko’ox Tanni, han desarrollado proyectos autogestivos en el municipio de Chankom, Yucatán. Dado su alcance y rápido arraigo, son la demostración viva de que un nuevo modelo de prosperidad es posible, al margen de las rutinas del asistencialismo. Esta crónica retrata a Verónica del Jesús Chay, la tía Vero, destacada vecina de la comunidad, que trabaja para garantizar su soberanía alimentaria con un huerto de traspatio.
ESCUCHA ESTE TEXTO EN MAYA, AQUÍ
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Verónica del Jesús Chay Noh me recibe en su huerto en Xanlá, un pequeño pueblo con 381 habitantes en el municipio de Chankom, Yucatán. A simple vista, ningún rasgo en la comunidad desafía los juicios preconcebidos: vida difícil, aislamiento, dependencia del mundo exterior. Hace falta penetrar, inquirir, para aprender que Xanlá está montada en una modesta pero consistente ola de innovación; para conocer la forma en que sus pobladores ponen en práctica un modelo empresarial que se alimenta de los conocimientos ancestrales, pero con un dinamismo de avanzada. Solo hace falta, por ejemplo, pasear por el huerto de Verónica y conversar con ella.
Es el 13 de julio, a las 11 de la mañana. Lo primero que dice la mujer de 55 años, tras saludarnos, es que la vida es un ciclo, como el de las plantas en el campo; y que el hecho de vernos hoy significa que nos volveremos a encontrar porque ella disfruta “sembrar y cultivar amistades”.
Verónica recorre sus plantíos. Se mueve con cautela por el suelo de tierra roja y esquiva las matas de chile que recién han salido y las enredaderas de pepino y calabaza. Sonríe, acaricia las hojas que envuelven a los elotes y alaba la calidad de sus espinacas, naranjas y rábanos. Los últimos son su hortaliza favorita.


Hoy la tía Vero, como la conocen en el pueblo, se levantó a las 5 de la mañana para regar sus plantas y evitar el calor del mediodía. Desayunó los productos que ella misma cosechó y comió la carne de los animales que ella o sus compañeras criaron. Desde hace más de 24 horas no tienen luz en Xanlá, pero ella no desperdicia el tiempo: ayer, cuando supo que vendría a entrevistarla, construyó unos asientos de piedra en su parcela para que “pudiéramos hablar en el fresco, bajo la sombra de la naranjo”.
“Cultivar me ha ayudado, lo primero, en mi salud”, responde cuando le pregunto qué la hace más feliz de ver crecer sus propios alimentos. “Apenas amanece me levanto y pienso en venir a limpiar mi huerto. Le da sentido y alegría a mi vida”. Con todo, lo que hace la tía Vero está lejos de ser solo una muestra romantizada de la más estricta economía de subsistencia.
Empezó en un patio de cuatro por cuatro. Ahora, tras ganar más espacio, tiene mangueras, un sistema de riego que funciona con una bomba y algunas mallas para proteger sus cilantros y espinacas de las lluvias que arrecian en esta temporada. Obtuvo las herramientas gracias a un proyecto dirigido por Ko'ox Taani, Fundación para el Desarrollo Comunitario y la Inclusión Social, A.C.
Ko’ox Tanni, del maya, significa “Vamos adelante”. Su coordinación general está encabezada por gente nacida en el estado de Yucatán y actualmente cuenta con una oficina central en Mérida y dos oficinas regionales: una en Chikindzonot, la cual atiende a las comisarías de los municipios de Chankom y Tixcacalcupul; y otra en Espita que atiende las comisarías de este municipio y las de Calotmul.


A través de un fondo apoyado por la Fundación W.K. Kellogg, en febrero de 2025 le dieron capital semilla —que se basa en la entrega de una subvención para que inicie actividades productivas—, cursos, instrumentos y capacitaciones para montar el huerto. El objetivo es sustituir el asistencialismo por la autogestión en municipios como Chankom, con señales alarmantes de marginación. Más del 80% de los habitantes de Chankom se encuentra en pobreza; y según el último censo del Gobierno de México, fechado en 2020 y con base en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, de ese total el 32% se encontraba en pobreza extrema.
Quienes participan en los proyectos de capital semilla llegarán, tras un periodo de entre 18 y 24 meses, a la “graduación”; es decir, luego de las carencias críticas tendrán un nivel de autonomía en el que ya no necesitarán el subsidio o la supervisión constante de la fundación. Habrán alcanzado la estabilidad alimentaria, reforzado sus capacidades de ahorro, y tendrán medios de vida a través de actividades productivas. En ese momento estarán capacitados para cuidar los activos y desarrollar una empresa sostenible.
La población objetivo del programa son mujeres en pobreza extrema y personas con discapacidad en pobreza moderada. Con 10 años de trayectoria, la visión de Ko'ox Taani es lograr que en 2040 las familias vulnerables de la Península de Yucatán puedan “gestionar sus propios procesos socioeconómicos incluyentes, con una vida digna y libres de condiciones de miseria y marginación”.
El capital semilla no es un préstamo común. Supone la entrega de recursos que permitan a las familias invertir para garantizar sus propios ingresos. No debe gastarse en necesidades inmediatas; por el contrario, se debe invertir en bienes que generan valor a la larga. Así, las familias pueden ahorrar quincenal o mensualmente. Tal cual, se plantea como una vía para salir de la pobreza extrema.
“Aquí no hay pagos”, me explica Vero. “Nosotras ganamos con lo que producimos y con lo que recuperamos. Ahí vas a ver el fruto del trabajo, del sudor, el sol, la sed, el hambre. Así se trabaja acá. Tú consigues esos frutos cuando tienes mucho de algo. Como ahora, que tenemos mucho fríjol, lo vendes, lo intercambias por lo que te hace falta. Y los que no tienen te vienen a comprar. Son por eso los logros. Aunque siempre está el riesgo de perder por el clima”.
Intuyo que así se construyen cadenas de valor más justas, sostenidas por la propia comunidad, y la tía Vero me lo confirma. Es usual que los campesinos de Xanlá intercambien sus productos agrícolas durante la temporada de cosecha. “Yo desde niña siempre fui detrás de la siembra. Crecí con papá y mamá campesinos y yo siempre estaba detrás de ellos. Ellos no se fueron a Cancún ni nada, siempre trabajar en el campo. En mi casa donde crecí llegábamos a sacar entre 10 y 20 matas de elote. Eso es lo que yo anhelo acá”.
En una sociedad inmersa en el desconocimiento de los derechos alimentarios, Vero lucha por retomar un concepto clave y lejano: la soberanía en la producción y consumo de alimentos. Alimentos propios, sanos, sin pesticidas ni transgénicos. Esos mismos que intercambia con sus compañeras y vecinas, también incluidas en el proyecto de capital semilla de Ko'ox Taani. “Aquí no usamos ningún químico”, dice ante sus nuevos semilleros. “Mañana me toca volver a sembrar otra vez”. Su sistema ha mejorado. Al principio enfrentó huracanes, sequías, plagas, problemas con el suelo y la incursión de algunos animales del monte. Con el apoyo de la fundación, como la instalación de una bomba de agua, las cosas son más fáciles. “Esto cuando lo tienes resulta muy bueno, sano para nuestro cuerpo, saludable”, dice apuntando las plantas. “Para septiembre-octubre yo ya sé que la cosecha ya va a estar”.


Entro a su cocina. Es una construcción tradicional maya de guano y bahareque. Cocinan con leña. Su perro, Bruno, cuida la entrada y juega con unos gatos. Adentro, las otras integrantes del proyecto tortean para la comida. Con los apoyos han emprendido empresas de venta de pollos, refaccionarias, carnicerías, antojitos y postres. Son un grupo que se conoce y estima. Martha Elizabeth Mazún Dzul, repostera, me regala un flan y un plato con buñuelos. Tanto ella como Vero dicen que este proyecto ha reducido la pobreza en la que estaban; además, han logrado generar ahorros gracias a las ventas de sus productos. “Es muy bueno ver todo lo que están haciendo las compañeras”, dice Vero.
Ahora, en julio de 2026, ya planea cómo conseguir un sistema de transporte para llevar las frutas y verduras de su huerto a otros municipios. “No todas nos quedamos. Llegó algo bueno y ese algo bueno lo agarré, lo abracé. Y los que lo quisieron seguir, lo siguieron”, me cuenta. “Ahorro porque no gasto en comida, y porque puedo vender mis productos. Voy ahorrando 100, 150 pesos; cuando llega diciembre y lo retiro, estamos felices porque hay algo bueno”.
La trascendencia del proyecto es intergeneracional. Su hijo de 16 años, Eliezer Daniel Castro Chay, a quien llama “mi bebé”; y su hija Wendy Verónica Castro Chay, de 25 años, colaboran en la siembra, el cultivo y el cuidado. Estrechan su relación y les hereda un legado. Espera que él mire “cómo se llenará este patio de siembra” y verá el fruto que “va a bajar de acá”. Su cercanía la hace sentir querida y valorada. También la apoya un sobrino en la siembra y la venta. “A veces he dudado si elegí bien el proyecto. Y mi sobrino me hizo sentir bien porque me dijo: ‘Vas a salir adelante, tía. Mientras esté yo, te voy a apoyar’”. Ese mismo sobrino lleva sus productos a fruterías. “Nosotras antiguamente, antes de la fundación, no habíamos aprendido a administrar el sustento de lo que llegaba a la casa”, agrega. “Y no pensábamos que podíamos usar la tierra del patio para ahorrar. Lo que ya no tenemos que ir a comprar, lo sacamos de aquí. Y así se fueron construyendo los ahorros. En 2026 estamos mucho más fuertes que antes”.
El mayor aprendizaje que le han dado las plantas es su relevancia nutrimental. Mientras revisa la composta que está en medio de su huerto, alimentada con hojas y cáscaras de frutas, hierbas que “chapeó” y restos de verduras, ya casi transformada en tierra, recuerda a su padre campesino, un cultivador de milpa que le enseñó el trabajo en el campo, y dice acariciando una hoja larga: “Nuestra base es el elote, el maíz, la tortilla. El frijol es la otra base más importante para nosotros, los yucatecos. Y es muy bueno poder trabajar algo y poder comerlo. Algo con tu propia mano. Además, hay algunas cosas que son muy buenas para nosotros porque traen dinero. Como la pepita de calabaza, que cuesta cuarenta, cincuenta pesos el kilo. Y a veces, cuando está buena la cosecha, se vende barata la pepita. Es cuando el campesino vende y recupera los pagos que uno trabajó cultivando”, dice.
Ella tiene clara la diferencia entre quienes se dedican a cultivar, sembrar, y quienes no. Hay nociones diferentes sobre la vida y el valor de cada plato sobre la mesa. Yo mismo lo entiendo ahora: me invita a comer un caldo de pollo que su comunidad crio, acompañado con tortillas recién hechas en su comal, así como cebolla curtida, jamaica y chiles de su huerto.
—¿Tienes algún sueño a corto plazo? —le pregunto.
—Quiero llenar todo esto —dice señalando una brecha libre, en cuyo inicio ya germinaron algunas plantas— de diferentes tipos de chiles. Voy a llenarlo todo de chiles. Mucho chile. Verdes, habaneros, rojos. Se venden muy bien.
—¿Y cómo imaginas el huerto en 10 años?
—Si Dios me presta vida, porque él es el que sabe las cosas, me gustaría ver una mayor producción. Dar servicio a domicilio, porque así tu producto sale rápido. Y siempre volver a sembrar porque conforme las plantas dan sus frutos bajan su rendimiento.

Reunidos en una mesa al aire libre, la tía Vero me regala algunas peraguayabas mientras converso con las otras integrantes del proyecto de Ko'ox Taani. Las mujeres son quienes han permanecido desde la llegada de los técnicos de la fundación en 2025 y han elegido los martes como los días para capacitarse y hacer sus ahorros. Son los días en donde los asesores imparten charlas con estrategias para elevar la calidad de vida. Alejandra Santana, la asesora que nos acompaña en la visita, asegura que en Xanlá se han visto grandes resultados con el capital semilla y que este grupo de mujeres son evidencia de ello.
En este punto, cerca de la graduación, les dan talleres de resiliencia basados en escenarios hipotéticos. ¿Cómo podrían enfrentarse a momentos adversos en el futuro próximo? Las 13 mujeres forman un grupo con un nombre con un gran peso metafórico: Túumben Sáastal, cuyo significado es “Nuevo amanecer”.
Desde 2025, las integrantes del colectivo Túumben Sáastal, apoyadas por la asociación civil Ko’ox Tanni, han desarrollado proyectos autogestivos en el municipio de Chankom, Yucatán. Dado su alcance y rápido arraigo, son la demostración viva de que un nuevo modelo de prosperidad es posible, al margen de las rutinas del asistencialismo. Esta crónica retrata a Verónica del Jesús Chay, la tía Vero, destacada vecina de la comunidad, que trabaja para garantizar su soberanía alimentaria con un huerto de traspatio.
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Verónica del Jesús Chay Noh me recibe en su huerto en Xanlá, un pequeño pueblo con 381 habitantes en el municipio de Chankom, Yucatán. A simple vista, ningún rasgo en la comunidad desafía los juicios preconcebidos: vida difícil, aislamiento, dependencia del mundo exterior. Hace falta penetrar, inquirir, para aprender que Xanlá está montada en una modesta pero consistente ola de innovación; para conocer la forma en que sus pobladores ponen en práctica un modelo empresarial que se alimenta de los conocimientos ancestrales, pero con un dinamismo de avanzada. Solo hace falta, por ejemplo, pasear por el huerto de Verónica y conversar con ella.
Es el 13 de julio, a las 11 de la mañana. Lo primero que dice la mujer de 55 años, tras saludarnos, es que la vida es un ciclo, como el de las plantas en el campo; y que el hecho de vernos hoy significa que nos volveremos a encontrar porque ella disfruta “sembrar y cultivar amistades”.
Verónica recorre sus plantíos. Se mueve con cautela por el suelo de tierra roja y esquiva las matas de chile que recién han salido y las enredaderas de pepino y calabaza. Sonríe, acaricia las hojas que envuelven a los elotes y alaba la calidad de sus espinacas, naranjas y rábanos. Los últimos son su hortaliza favorita.


Hoy la tía Vero, como la conocen en el pueblo, se levantó a las 5 de la mañana para regar sus plantas y evitar el calor del mediodía. Desayunó los productos que ella misma cosechó y comió la carne de los animales que ella o sus compañeras criaron. Desde hace más de 24 horas no tienen luz en Xanlá, pero ella no desperdicia el tiempo: ayer, cuando supo que vendría a entrevistarla, construyó unos asientos de piedra en su parcela para que “pudiéramos hablar en el fresco, bajo la sombra de la naranjo”.
“Cultivar me ha ayudado, lo primero, en mi salud”, responde cuando le pregunto qué la hace más feliz de ver crecer sus propios alimentos. “Apenas amanece me levanto y pienso en venir a limpiar mi huerto. Le da sentido y alegría a mi vida”. Con todo, lo que hace la tía Vero está lejos de ser solo una muestra romantizada de la más estricta economía de subsistencia.
Empezó en un patio de cuatro por cuatro. Ahora, tras ganar más espacio, tiene mangueras, un sistema de riego que funciona con una bomba y algunas mallas para proteger sus cilantros y espinacas de las lluvias que arrecian en esta temporada. Obtuvo las herramientas gracias a un proyecto dirigido por Ko'ox Taani, Fundación para el Desarrollo Comunitario y la Inclusión Social, A.C.
Ko’ox Tanni, del maya, significa “Vamos adelante”. Su coordinación general está encabezada por gente nacida en el estado de Yucatán y actualmente cuenta con una oficina central en Mérida y dos oficinas regionales: una en Chikindzonot, la cual atiende a las comisarías de los municipios de Chankom y Tixcacalcupul; y otra en Espita que atiende las comisarías de este municipio y las de Calotmul.


A través de un fondo apoyado por la Fundación W.K. Kellogg, en febrero de 2025 le dieron capital semilla —que se basa en la entrega de una subvención para que inicie actividades productivas—, cursos, instrumentos y capacitaciones para montar el huerto. El objetivo es sustituir el asistencialismo por la autogestión en municipios como Chankom, con señales alarmantes de marginación. Más del 80% de los habitantes de Chankom se encuentra en pobreza; y según el último censo del Gobierno de México, fechado en 2020 y con base en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, de ese total el 32% se encontraba en pobreza extrema.
Quienes participan en los proyectos de capital semilla llegarán, tras un periodo de entre 18 y 24 meses, a la “graduación”; es decir, luego de las carencias críticas tendrán un nivel de autonomía en el que ya no necesitarán el subsidio o la supervisión constante de la fundación. Habrán alcanzado la estabilidad alimentaria, reforzado sus capacidades de ahorro, y tendrán medios de vida a través de actividades productivas. En ese momento estarán capacitados para cuidar los activos y desarrollar una empresa sostenible.
La población objetivo del programa son mujeres en pobreza extrema y personas con discapacidad en pobreza moderada. Con 10 años de trayectoria, la visión de Ko'ox Taani es lograr que en 2040 las familias vulnerables de la Península de Yucatán puedan “gestionar sus propios procesos socioeconómicos incluyentes, con una vida digna y libres de condiciones de miseria y marginación”.
El capital semilla no es un préstamo común. Supone la entrega de recursos que permitan a las familias invertir para garantizar sus propios ingresos. No debe gastarse en necesidades inmediatas; por el contrario, se debe invertir en bienes que generan valor a la larga. Así, las familias pueden ahorrar quincenal o mensualmente. Tal cual, se plantea como una vía para salir de la pobreza extrema.
“Aquí no hay pagos”, me explica Vero. “Nosotras ganamos con lo que producimos y con lo que recuperamos. Ahí vas a ver el fruto del trabajo, del sudor, el sol, la sed, el hambre. Así se trabaja acá. Tú consigues esos frutos cuando tienes mucho de algo. Como ahora, que tenemos mucho fríjol, lo vendes, lo intercambias por lo que te hace falta. Y los que no tienen te vienen a comprar. Son por eso los logros. Aunque siempre está el riesgo de perder por el clima”.
Intuyo que así se construyen cadenas de valor más justas, sostenidas por la propia comunidad, y la tía Vero me lo confirma. Es usual que los campesinos de Xanlá intercambien sus productos agrícolas durante la temporada de cosecha. “Yo desde niña siempre fui detrás de la siembra. Crecí con papá y mamá campesinos y yo siempre estaba detrás de ellos. Ellos no se fueron a Cancún ni nada, siempre trabajar en el campo. En mi casa donde crecí llegábamos a sacar entre 10 y 20 matas de elote. Eso es lo que yo anhelo acá”.
En una sociedad inmersa en el desconocimiento de los derechos alimentarios, Vero lucha por retomar un concepto clave y lejano: la soberanía en la producción y consumo de alimentos. Alimentos propios, sanos, sin pesticidas ni transgénicos. Esos mismos que intercambia con sus compañeras y vecinas, también incluidas en el proyecto de capital semilla de Ko'ox Taani. “Aquí no usamos ningún químico”, dice ante sus nuevos semilleros. “Mañana me toca volver a sembrar otra vez”. Su sistema ha mejorado. Al principio enfrentó huracanes, sequías, plagas, problemas con el suelo y la incursión de algunos animales del monte. Con el apoyo de la fundación, como la instalación de una bomba de agua, las cosas son más fáciles. “Esto cuando lo tienes resulta muy bueno, sano para nuestro cuerpo, saludable”, dice apuntando las plantas. “Para septiembre-octubre yo ya sé que la cosecha ya va a estar”.


Entro a su cocina. Es una construcción tradicional maya de guano y bahareque. Cocinan con leña. Su perro, Bruno, cuida la entrada y juega con unos gatos. Adentro, las otras integrantes del proyecto tortean para la comida. Con los apoyos han emprendido empresas de venta de pollos, refaccionarias, carnicerías, antojitos y postres. Son un grupo que se conoce y estima. Martha Elizabeth Mazún Dzul, repostera, me regala un flan y un plato con buñuelos. Tanto ella como Vero dicen que este proyecto ha reducido la pobreza en la que estaban; además, han logrado generar ahorros gracias a las ventas de sus productos. “Es muy bueno ver todo lo que están haciendo las compañeras”, dice Vero.
Ahora, en julio de 2026, ya planea cómo conseguir un sistema de transporte para llevar las frutas y verduras de su huerto a otros municipios. “No todas nos quedamos. Llegó algo bueno y ese algo bueno lo agarré, lo abracé. Y los que lo quisieron seguir, lo siguieron”, me cuenta. “Ahorro porque no gasto en comida, y porque puedo vender mis productos. Voy ahorrando 100, 150 pesos; cuando llega diciembre y lo retiro, estamos felices porque hay algo bueno”.
La trascendencia del proyecto es intergeneracional. Su hijo de 16 años, Eliezer Daniel Castro Chay, a quien llama “mi bebé”; y su hija Wendy Verónica Castro Chay, de 25 años, colaboran en la siembra, el cultivo y el cuidado. Estrechan su relación y les hereda un legado. Espera que él mire “cómo se llenará este patio de siembra” y verá el fruto que “va a bajar de acá”. Su cercanía la hace sentir querida y valorada. También la apoya un sobrino en la siembra y la venta. “A veces he dudado si elegí bien el proyecto. Y mi sobrino me hizo sentir bien porque me dijo: ‘Vas a salir adelante, tía. Mientras esté yo, te voy a apoyar’”. Ese mismo sobrino lleva sus productos a fruterías. “Nosotras antiguamente, antes de la fundación, no habíamos aprendido a administrar el sustento de lo que llegaba a la casa”, agrega. “Y no pensábamos que podíamos usar la tierra del patio para ahorrar. Lo que ya no tenemos que ir a comprar, lo sacamos de aquí. Y así se fueron construyendo los ahorros. En 2026 estamos mucho más fuertes que antes”.
El mayor aprendizaje que le han dado las plantas es su relevancia nutrimental. Mientras revisa la composta que está en medio de su huerto, alimentada con hojas y cáscaras de frutas, hierbas que “chapeó” y restos de verduras, ya casi transformada en tierra, recuerda a su padre campesino, un cultivador de milpa que le enseñó el trabajo en el campo, y dice acariciando una hoja larga: “Nuestra base es el elote, el maíz, la tortilla. El frijol es la otra base más importante para nosotros, los yucatecos. Y es muy bueno poder trabajar algo y poder comerlo. Algo con tu propia mano. Además, hay algunas cosas que son muy buenas para nosotros porque traen dinero. Como la pepita de calabaza, que cuesta cuarenta, cincuenta pesos el kilo. Y a veces, cuando está buena la cosecha, se vende barata la pepita. Es cuando el campesino vende y recupera los pagos que uno trabajó cultivando”, dice.
Ella tiene clara la diferencia entre quienes se dedican a cultivar, sembrar, y quienes no. Hay nociones diferentes sobre la vida y el valor de cada plato sobre la mesa. Yo mismo lo entiendo ahora: me invita a comer un caldo de pollo que su comunidad crio, acompañado con tortillas recién hechas en su comal, así como cebolla curtida, jamaica y chiles de su huerto.
—¿Tienes algún sueño a corto plazo? —le pregunto.
—Quiero llenar todo esto —dice señalando una brecha libre, en cuyo inicio ya germinaron algunas plantas— de diferentes tipos de chiles. Voy a llenarlo todo de chiles. Mucho chile. Verdes, habaneros, rojos. Se venden muy bien.
—¿Y cómo imaginas el huerto en 10 años?
—Si Dios me presta vida, porque él es el que sabe las cosas, me gustaría ver una mayor producción. Dar servicio a domicilio, porque así tu producto sale rápido. Y siempre volver a sembrar porque conforme las plantas dan sus frutos bajan su rendimiento.

Reunidos en una mesa al aire libre, la tía Vero me regala algunas peraguayabas mientras converso con las otras integrantes del proyecto de Ko'ox Taani. Las mujeres son quienes han permanecido desde la llegada de los técnicos de la fundación en 2025 y han elegido los martes como los días para capacitarse y hacer sus ahorros. Son los días en donde los asesores imparten charlas con estrategias para elevar la calidad de vida. Alejandra Santana, la asesora que nos acompaña en la visita, asegura que en Xanlá se han visto grandes resultados con el capital semilla y que este grupo de mujeres son evidencia de ello.
En este punto, cerca de la graduación, les dan talleres de resiliencia basados en escenarios hipotéticos. ¿Cómo podrían enfrentarse a momentos adversos en el futuro próximo? Las 13 mujeres forman un grupo con un nombre con un gran peso metafórico: Túumben Sáastal, cuyo significado es “Nuevo amanecer”.

La tía Vero sueña con hacer prosperar su milpa y, en un futuro, vender sus productos en la comunidad de Xanlá.
Desde 2025, las integrantes del colectivo Túumben Sáastal, apoyadas por la asociación civil Ko’ox Tanni, han desarrollado proyectos autogestivos en el municipio de Chankom, Yucatán. Dado su alcance y rápido arraigo, son la demostración viva de que un nuevo modelo de prosperidad es posible, al margen de las rutinas del asistencialismo. Esta crónica retrata a Verónica del Jesús Chay, la tía Vero, destacada vecina de la comunidad, que trabaja para garantizar su soberanía alimentaria con un huerto de traspatio.
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Verónica del Jesús Chay Noh me recibe en su huerto en Xanlá, un pequeño pueblo con 381 habitantes en el municipio de Chankom, Yucatán. A simple vista, ningún rasgo en la comunidad desafía los juicios preconcebidos: vida difícil, aislamiento, dependencia del mundo exterior. Hace falta penetrar, inquirir, para aprender que Xanlá está montada en una modesta pero consistente ola de innovación; para conocer la forma en que sus pobladores ponen en práctica un modelo empresarial que se alimenta de los conocimientos ancestrales, pero con un dinamismo de avanzada. Solo hace falta, por ejemplo, pasear por el huerto de Verónica y conversar con ella.
Es el 13 de julio, a las 11 de la mañana. Lo primero que dice la mujer de 55 años, tras saludarnos, es que la vida es un ciclo, como el de las plantas en el campo; y que el hecho de vernos hoy significa que nos volveremos a encontrar porque ella disfruta “sembrar y cultivar amistades”.
Verónica recorre sus plantíos. Se mueve con cautela por el suelo de tierra roja y esquiva las matas de chile que recién han salido y las enredaderas de pepino y calabaza. Sonríe, acaricia las hojas que envuelven a los elotes y alaba la calidad de sus espinacas, naranjas y rábanos. Los últimos son su hortaliza favorita.


Hoy la tía Vero, como la conocen en el pueblo, se levantó a las 5 de la mañana para regar sus plantas y evitar el calor del mediodía. Desayunó los productos que ella misma cosechó y comió la carne de los animales que ella o sus compañeras criaron. Desde hace más de 24 horas no tienen luz en Xanlá, pero ella no desperdicia el tiempo: ayer, cuando supo que vendría a entrevistarla, construyó unos asientos de piedra en su parcela para que “pudiéramos hablar en el fresco, bajo la sombra de la naranjo”.
“Cultivar me ha ayudado, lo primero, en mi salud”, responde cuando le pregunto qué la hace más feliz de ver crecer sus propios alimentos. “Apenas amanece me levanto y pienso en venir a limpiar mi huerto. Le da sentido y alegría a mi vida”. Con todo, lo que hace la tía Vero está lejos de ser solo una muestra romantizada de la más estricta economía de subsistencia.
Empezó en un patio de cuatro por cuatro. Ahora, tras ganar más espacio, tiene mangueras, un sistema de riego que funciona con una bomba y algunas mallas para proteger sus cilantros y espinacas de las lluvias que arrecian en esta temporada. Obtuvo las herramientas gracias a un proyecto dirigido por Ko'ox Taani, Fundación para el Desarrollo Comunitario y la Inclusión Social, A.C.
Ko’ox Tanni, del maya, significa “Vamos adelante”. Su coordinación general está encabezada por gente nacida en el estado de Yucatán y actualmente cuenta con una oficina central en Mérida y dos oficinas regionales: una en Chikindzonot, la cual atiende a las comisarías de los municipios de Chankom y Tixcacalcupul; y otra en Espita que atiende las comisarías de este municipio y las de Calotmul.


A través de un fondo apoyado por la Fundación W.K. Kellogg, en febrero de 2025 le dieron capital semilla —que se basa en la entrega de una subvención para que inicie actividades productivas—, cursos, instrumentos y capacitaciones para montar el huerto. El objetivo es sustituir el asistencialismo por la autogestión en municipios como Chankom, con señales alarmantes de marginación. Más del 80% de los habitantes de Chankom se encuentra en pobreza; y según el último censo del Gobierno de México, fechado en 2020 y con base en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, de ese total el 32% se encontraba en pobreza extrema.
Quienes participan en los proyectos de capital semilla llegarán, tras un periodo de entre 18 y 24 meses, a la “graduación”; es decir, luego de las carencias críticas tendrán un nivel de autonomía en el que ya no necesitarán el subsidio o la supervisión constante de la fundación. Habrán alcanzado la estabilidad alimentaria, reforzado sus capacidades de ahorro, y tendrán medios de vida a través de actividades productivas. En ese momento estarán capacitados para cuidar los activos y desarrollar una empresa sostenible.
La población objetivo del programa son mujeres en pobreza extrema y personas con discapacidad en pobreza moderada. Con 10 años de trayectoria, la visión de Ko'ox Taani es lograr que en 2040 las familias vulnerables de la Península de Yucatán puedan “gestionar sus propios procesos socioeconómicos incluyentes, con una vida digna y libres de condiciones de miseria y marginación”.
El capital semilla no es un préstamo común. Supone la entrega de recursos que permitan a las familias invertir para garantizar sus propios ingresos. No debe gastarse en necesidades inmediatas; por el contrario, se debe invertir en bienes que generan valor a la larga. Así, las familias pueden ahorrar quincenal o mensualmente. Tal cual, se plantea como una vía para salir de la pobreza extrema.
“Aquí no hay pagos”, me explica Vero. “Nosotras ganamos con lo que producimos y con lo que recuperamos. Ahí vas a ver el fruto del trabajo, del sudor, el sol, la sed, el hambre. Así se trabaja acá. Tú consigues esos frutos cuando tienes mucho de algo. Como ahora, que tenemos mucho fríjol, lo vendes, lo intercambias por lo que te hace falta. Y los que no tienen te vienen a comprar. Son por eso los logros. Aunque siempre está el riesgo de perder por el clima”.
Intuyo que así se construyen cadenas de valor más justas, sostenidas por la propia comunidad, y la tía Vero me lo confirma. Es usual que los campesinos de Xanlá intercambien sus productos agrícolas durante la temporada de cosecha. “Yo desde niña siempre fui detrás de la siembra. Crecí con papá y mamá campesinos y yo siempre estaba detrás de ellos. Ellos no se fueron a Cancún ni nada, siempre trabajar en el campo. En mi casa donde crecí llegábamos a sacar entre 10 y 20 matas de elote. Eso es lo que yo anhelo acá”.
En una sociedad inmersa en el desconocimiento de los derechos alimentarios, Vero lucha por retomar un concepto clave y lejano: la soberanía en la producción y consumo de alimentos. Alimentos propios, sanos, sin pesticidas ni transgénicos. Esos mismos que intercambia con sus compañeras y vecinas, también incluidas en el proyecto de capital semilla de Ko'ox Taani. “Aquí no usamos ningún químico”, dice ante sus nuevos semilleros. “Mañana me toca volver a sembrar otra vez”. Su sistema ha mejorado. Al principio enfrentó huracanes, sequías, plagas, problemas con el suelo y la incursión de algunos animales del monte. Con el apoyo de la fundación, como la instalación de una bomba de agua, las cosas son más fáciles. “Esto cuando lo tienes resulta muy bueno, sano para nuestro cuerpo, saludable”, dice apuntando las plantas. “Para septiembre-octubre yo ya sé que la cosecha ya va a estar”.


Entro a su cocina. Es una construcción tradicional maya de guano y bahareque. Cocinan con leña. Su perro, Bruno, cuida la entrada y juega con unos gatos. Adentro, las otras integrantes del proyecto tortean para la comida. Con los apoyos han emprendido empresas de venta de pollos, refaccionarias, carnicerías, antojitos y postres. Son un grupo que se conoce y estima. Martha Elizabeth Mazún Dzul, repostera, me regala un flan y un plato con buñuelos. Tanto ella como Vero dicen que este proyecto ha reducido la pobreza en la que estaban; además, han logrado generar ahorros gracias a las ventas de sus productos. “Es muy bueno ver todo lo que están haciendo las compañeras”, dice Vero.
Ahora, en julio de 2026, ya planea cómo conseguir un sistema de transporte para llevar las frutas y verduras de su huerto a otros municipios. “No todas nos quedamos. Llegó algo bueno y ese algo bueno lo agarré, lo abracé. Y los que lo quisieron seguir, lo siguieron”, me cuenta. “Ahorro porque no gasto en comida, y porque puedo vender mis productos. Voy ahorrando 100, 150 pesos; cuando llega diciembre y lo retiro, estamos felices porque hay algo bueno”.
La trascendencia del proyecto es intergeneracional. Su hijo de 16 años, Eliezer Daniel Castro Chay, a quien llama “mi bebé”; y su hija Wendy Verónica Castro Chay, de 25 años, colaboran en la siembra, el cultivo y el cuidado. Estrechan su relación y les hereda un legado. Espera que él mire “cómo se llenará este patio de siembra” y verá el fruto que “va a bajar de acá”. Su cercanía la hace sentir querida y valorada. También la apoya un sobrino en la siembra y la venta. “A veces he dudado si elegí bien el proyecto. Y mi sobrino me hizo sentir bien porque me dijo: ‘Vas a salir adelante, tía. Mientras esté yo, te voy a apoyar’”. Ese mismo sobrino lleva sus productos a fruterías. “Nosotras antiguamente, antes de la fundación, no habíamos aprendido a administrar el sustento de lo que llegaba a la casa”, agrega. “Y no pensábamos que podíamos usar la tierra del patio para ahorrar. Lo que ya no tenemos que ir a comprar, lo sacamos de aquí. Y así se fueron construyendo los ahorros. En 2026 estamos mucho más fuertes que antes”.
El mayor aprendizaje que le han dado las plantas es su relevancia nutrimental. Mientras revisa la composta que está en medio de su huerto, alimentada con hojas y cáscaras de frutas, hierbas que “chapeó” y restos de verduras, ya casi transformada en tierra, recuerda a su padre campesino, un cultivador de milpa que le enseñó el trabajo en el campo, y dice acariciando una hoja larga: “Nuestra base es el elote, el maíz, la tortilla. El frijol es la otra base más importante para nosotros, los yucatecos. Y es muy bueno poder trabajar algo y poder comerlo. Algo con tu propia mano. Además, hay algunas cosas que son muy buenas para nosotros porque traen dinero. Como la pepita de calabaza, que cuesta cuarenta, cincuenta pesos el kilo. Y a veces, cuando está buena la cosecha, se vende barata la pepita. Es cuando el campesino vende y recupera los pagos que uno trabajó cultivando”, dice.
Ella tiene clara la diferencia entre quienes se dedican a cultivar, sembrar, y quienes no. Hay nociones diferentes sobre la vida y el valor de cada plato sobre la mesa. Yo mismo lo entiendo ahora: me invita a comer un caldo de pollo que su comunidad crio, acompañado con tortillas recién hechas en su comal, así como cebolla curtida, jamaica y chiles de su huerto.
—¿Tienes algún sueño a corto plazo? —le pregunto.
—Quiero llenar todo esto —dice señalando una brecha libre, en cuyo inicio ya germinaron algunas plantas— de diferentes tipos de chiles. Voy a llenarlo todo de chiles. Mucho chile. Verdes, habaneros, rojos. Se venden muy bien.
—¿Y cómo imaginas el huerto en 10 años?
—Si Dios me presta vida, porque él es el que sabe las cosas, me gustaría ver una mayor producción. Dar servicio a domicilio, porque así tu producto sale rápido. Y siempre volver a sembrar porque conforme las plantas dan sus frutos bajan su rendimiento.

Reunidos en una mesa al aire libre, la tía Vero me regala algunas peraguayabas mientras converso con las otras integrantes del proyecto de Ko'ox Taani. Las mujeres son quienes han permanecido desde la llegada de los técnicos de la fundación en 2025 y han elegido los martes como los días para capacitarse y hacer sus ahorros. Son los días en donde los asesores imparten charlas con estrategias para elevar la calidad de vida. Alejandra Santana, la asesora que nos acompaña en la visita, asegura que en Xanlá se han visto grandes resultados con el capital semilla y que este grupo de mujeres son evidencia de ello.
En este punto, cerca de la graduación, les dan talleres de resiliencia basados en escenarios hipotéticos. ¿Cómo podrían enfrentarse a momentos adversos en el futuro próximo? Las 13 mujeres forman un grupo con un nombre con un gran peso metafórico: Túumben Sáastal, cuyo significado es “Nuevo amanecer”.

Desde 2025, las integrantes del colectivo Túumben Sáastal, apoyadas por la asociación civil Ko’ox Tanni, han desarrollado proyectos autogestivos en el municipio de Chankom, Yucatán. Dado su alcance y rápido arraigo, son la demostración viva de que un nuevo modelo de prosperidad es posible, al margen de las rutinas del asistencialismo. Esta crónica retrata a Verónica del Jesús Chay, la tía Vero, destacada vecina de la comunidad, que trabaja para garantizar su soberanía alimentaria con un huerto de traspatio.
ESCUCHA ESTE TEXTO EN MAYA, AQUÍ
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Verónica del Jesús Chay Noh me recibe en su huerto en Xanlá, un pequeño pueblo con 381 habitantes en el municipio de Chankom, Yucatán. A simple vista, ningún rasgo en la comunidad desafía los juicios preconcebidos: vida difícil, aislamiento, dependencia del mundo exterior. Hace falta penetrar, inquirir, para aprender que Xanlá está montada en una modesta pero consistente ola de innovación; para conocer la forma en que sus pobladores ponen en práctica un modelo empresarial que se alimenta de los conocimientos ancestrales, pero con un dinamismo de avanzada. Solo hace falta, por ejemplo, pasear por el huerto de Verónica y conversar con ella.
Es el 13 de julio, a las 11 de la mañana. Lo primero que dice la mujer de 55 años, tras saludarnos, es que la vida es un ciclo, como el de las plantas en el campo; y que el hecho de vernos hoy significa que nos volveremos a encontrar porque ella disfruta “sembrar y cultivar amistades”.
Verónica recorre sus plantíos. Se mueve con cautela por el suelo de tierra roja y esquiva las matas de chile que recién han salido y las enredaderas de pepino y calabaza. Sonríe, acaricia las hojas que envuelven a los elotes y alaba la calidad de sus espinacas, naranjas y rábanos. Los últimos son su hortaliza favorita.


Hoy la tía Vero, como la conocen en el pueblo, se levantó a las 5 de la mañana para regar sus plantas y evitar el calor del mediodía. Desayunó los productos que ella misma cosechó y comió la carne de los animales que ella o sus compañeras criaron. Desde hace más de 24 horas no tienen luz en Xanlá, pero ella no desperdicia el tiempo: ayer, cuando supo que vendría a entrevistarla, construyó unos asientos de piedra en su parcela para que “pudiéramos hablar en el fresco, bajo la sombra de la naranjo”.
“Cultivar me ha ayudado, lo primero, en mi salud”, responde cuando le pregunto qué la hace más feliz de ver crecer sus propios alimentos. “Apenas amanece me levanto y pienso en venir a limpiar mi huerto. Le da sentido y alegría a mi vida”. Con todo, lo que hace la tía Vero está lejos de ser solo una muestra romantizada de la más estricta economía de subsistencia.
Empezó en un patio de cuatro por cuatro. Ahora, tras ganar más espacio, tiene mangueras, un sistema de riego que funciona con una bomba y algunas mallas para proteger sus cilantros y espinacas de las lluvias que arrecian en esta temporada. Obtuvo las herramientas gracias a un proyecto dirigido por Ko'ox Taani, Fundación para el Desarrollo Comunitario y la Inclusión Social, A.C.
Ko’ox Tanni, del maya, significa “Vamos adelante”. Su coordinación general está encabezada por gente nacida en el estado de Yucatán y actualmente cuenta con una oficina central en Mérida y dos oficinas regionales: una en Chikindzonot, la cual atiende a las comisarías de los municipios de Chankom y Tixcacalcupul; y otra en Espita que atiende las comisarías de este municipio y las de Calotmul.


A través de un fondo apoyado por la Fundación W.K. Kellogg, en febrero de 2025 le dieron capital semilla —que se basa en la entrega de una subvención para que inicie actividades productivas—, cursos, instrumentos y capacitaciones para montar el huerto. El objetivo es sustituir el asistencialismo por la autogestión en municipios como Chankom, con señales alarmantes de marginación. Más del 80% de los habitantes de Chankom se encuentra en pobreza; y según el último censo del Gobierno de México, fechado en 2020 y con base en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, de ese total el 32% se encontraba en pobreza extrema.
Quienes participan en los proyectos de capital semilla llegarán, tras un periodo de entre 18 y 24 meses, a la “graduación”; es decir, luego de las carencias críticas tendrán un nivel de autonomía en el que ya no necesitarán el subsidio o la supervisión constante de la fundación. Habrán alcanzado la estabilidad alimentaria, reforzado sus capacidades de ahorro, y tendrán medios de vida a través de actividades productivas. En ese momento estarán capacitados para cuidar los activos y desarrollar una empresa sostenible.
La población objetivo del programa son mujeres en pobreza extrema y personas con discapacidad en pobreza moderada. Con 10 años de trayectoria, la visión de Ko'ox Taani es lograr que en 2040 las familias vulnerables de la Península de Yucatán puedan “gestionar sus propios procesos socioeconómicos incluyentes, con una vida digna y libres de condiciones de miseria y marginación”.
El capital semilla no es un préstamo común. Supone la entrega de recursos que permitan a las familias invertir para garantizar sus propios ingresos. No debe gastarse en necesidades inmediatas; por el contrario, se debe invertir en bienes que generan valor a la larga. Así, las familias pueden ahorrar quincenal o mensualmente. Tal cual, se plantea como una vía para salir de la pobreza extrema.
“Aquí no hay pagos”, me explica Vero. “Nosotras ganamos con lo que producimos y con lo que recuperamos. Ahí vas a ver el fruto del trabajo, del sudor, el sol, la sed, el hambre. Así se trabaja acá. Tú consigues esos frutos cuando tienes mucho de algo. Como ahora, que tenemos mucho fríjol, lo vendes, lo intercambias por lo que te hace falta. Y los que no tienen te vienen a comprar. Son por eso los logros. Aunque siempre está el riesgo de perder por el clima”.
Intuyo que así se construyen cadenas de valor más justas, sostenidas por la propia comunidad, y la tía Vero me lo confirma. Es usual que los campesinos de Xanlá intercambien sus productos agrícolas durante la temporada de cosecha. “Yo desde niña siempre fui detrás de la siembra. Crecí con papá y mamá campesinos y yo siempre estaba detrás de ellos. Ellos no se fueron a Cancún ni nada, siempre trabajar en el campo. En mi casa donde crecí llegábamos a sacar entre 10 y 20 matas de elote. Eso es lo que yo anhelo acá”.
En una sociedad inmersa en el desconocimiento de los derechos alimentarios, Vero lucha por retomar un concepto clave y lejano: la soberanía en la producción y consumo de alimentos. Alimentos propios, sanos, sin pesticidas ni transgénicos. Esos mismos que intercambia con sus compañeras y vecinas, también incluidas en el proyecto de capital semilla de Ko'ox Taani. “Aquí no usamos ningún químico”, dice ante sus nuevos semilleros. “Mañana me toca volver a sembrar otra vez”. Su sistema ha mejorado. Al principio enfrentó huracanes, sequías, plagas, problemas con el suelo y la incursión de algunos animales del monte. Con el apoyo de la fundación, como la instalación de una bomba de agua, las cosas son más fáciles. “Esto cuando lo tienes resulta muy bueno, sano para nuestro cuerpo, saludable”, dice apuntando las plantas. “Para septiembre-octubre yo ya sé que la cosecha ya va a estar”.


Entro a su cocina. Es una construcción tradicional maya de guano y bahareque. Cocinan con leña. Su perro, Bruno, cuida la entrada y juega con unos gatos. Adentro, las otras integrantes del proyecto tortean para la comida. Con los apoyos han emprendido empresas de venta de pollos, refaccionarias, carnicerías, antojitos y postres. Son un grupo que se conoce y estima. Martha Elizabeth Mazún Dzul, repostera, me regala un flan y un plato con buñuelos. Tanto ella como Vero dicen que este proyecto ha reducido la pobreza en la que estaban; además, han logrado generar ahorros gracias a las ventas de sus productos. “Es muy bueno ver todo lo que están haciendo las compañeras”, dice Vero.
Ahora, en julio de 2026, ya planea cómo conseguir un sistema de transporte para llevar las frutas y verduras de su huerto a otros municipios. “No todas nos quedamos. Llegó algo bueno y ese algo bueno lo agarré, lo abracé. Y los que lo quisieron seguir, lo siguieron”, me cuenta. “Ahorro porque no gasto en comida, y porque puedo vender mis productos. Voy ahorrando 100, 150 pesos; cuando llega diciembre y lo retiro, estamos felices porque hay algo bueno”.
La trascendencia del proyecto es intergeneracional. Su hijo de 16 años, Eliezer Daniel Castro Chay, a quien llama “mi bebé”; y su hija Wendy Verónica Castro Chay, de 25 años, colaboran en la siembra, el cultivo y el cuidado. Estrechan su relación y les hereda un legado. Espera que él mire “cómo se llenará este patio de siembra” y verá el fruto que “va a bajar de acá”. Su cercanía la hace sentir querida y valorada. También la apoya un sobrino en la siembra y la venta. “A veces he dudado si elegí bien el proyecto. Y mi sobrino me hizo sentir bien porque me dijo: ‘Vas a salir adelante, tía. Mientras esté yo, te voy a apoyar’”. Ese mismo sobrino lleva sus productos a fruterías. “Nosotras antiguamente, antes de la fundación, no habíamos aprendido a administrar el sustento de lo que llegaba a la casa”, agrega. “Y no pensábamos que podíamos usar la tierra del patio para ahorrar. Lo que ya no tenemos que ir a comprar, lo sacamos de aquí. Y así se fueron construyendo los ahorros. En 2026 estamos mucho más fuertes que antes”.
El mayor aprendizaje que le han dado las plantas es su relevancia nutrimental. Mientras revisa la composta que está en medio de su huerto, alimentada con hojas y cáscaras de frutas, hierbas que “chapeó” y restos de verduras, ya casi transformada en tierra, recuerda a su padre campesino, un cultivador de milpa que le enseñó el trabajo en el campo, y dice acariciando una hoja larga: “Nuestra base es el elote, el maíz, la tortilla. El frijol es la otra base más importante para nosotros, los yucatecos. Y es muy bueno poder trabajar algo y poder comerlo. Algo con tu propia mano. Además, hay algunas cosas que son muy buenas para nosotros porque traen dinero. Como la pepita de calabaza, que cuesta cuarenta, cincuenta pesos el kilo. Y a veces, cuando está buena la cosecha, se vende barata la pepita. Es cuando el campesino vende y recupera los pagos que uno trabajó cultivando”, dice.
Ella tiene clara la diferencia entre quienes se dedican a cultivar, sembrar, y quienes no. Hay nociones diferentes sobre la vida y el valor de cada plato sobre la mesa. Yo mismo lo entiendo ahora: me invita a comer un caldo de pollo que su comunidad crio, acompañado con tortillas recién hechas en su comal, así como cebolla curtida, jamaica y chiles de su huerto.
—¿Tienes algún sueño a corto plazo? —le pregunto.
—Quiero llenar todo esto —dice señalando una brecha libre, en cuyo inicio ya germinaron algunas plantas— de diferentes tipos de chiles. Voy a llenarlo todo de chiles. Mucho chile. Verdes, habaneros, rojos. Se venden muy bien.
—¿Y cómo imaginas el huerto en 10 años?
—Si Dios me presta vida, porque él es el que sabe las cosas, me gustaría ver una mayor producción. Dar servicio a domicilio, porque así tu producto sale rápido. Y siempre volver a sembrar porque conforme las plantas dan sus frutos bajan su rendimiento.

Reunidos en una mesa al aire libre, la tía Vero me regala algunas peraguayabas mientras converso con las otras integrantes del proyecto de Ko'ox Taani. Las mujeres son quienes han permanecido desde la llegada de los técnicos de la fundación en 2025 y han elegido los martes como los días para capacitarse y hacer sus ahorros. Son los días en donde los asesores imparten charlas con estrategias para elevar la calidad de vida. Alejandra Santana, la asesora que nos acompaña en la visita, asegura que en Xanlá se han visto grandes resultados con el capital semilla y que este grupo de mujeres son evidencia de ello.
En este punto, cerca de la graduación, les dan talleres de resiliencia basados en escenarios hipotéticos. ¿Cómo podrían enfrentarse a momentos adversos en el futuro próximo? Las 13 mujeres forman un grupo con un nombre con un gran peso metafórico: Túumben Sáastal, cuyo significado es “Nuevo amanecer”.

La tía Vero sueña con hacer prosperar su milpa y, en un futuro, vender sus productos en la comunidad de Xanlá.
Desde 2025, las integrantes del colectivo Túumben Sáastal, apoyadas por la asociación civil Ko’ox Tanni, han desarrollado proyectos autogestivos en el municipio de Chankom, Yucatán. Dado su alcance y rápido arraigo, son la demostración viva de que un nuevo modelo de prosperidad es posible, al margen de las rutinas del asistencialismo. Esta crónica retrata a Verónica del Jesús Chay, la tía Vero, destacada vecina de la comunidad, que trabaja para garantizar su soberanía alimentaria con un huerto de traspatio.
ESCUCHA ESTE TEXTO EN MAYA, AQUÍ
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Verónica del Jesús Chay Noh me recibe en su huerto en Xanlá, un pequeño pueblo con 381 habitantes en el municipio de Chankom, Yucatán. A simple vista, ningún rasgo en la comunidad desafía los juicios preconcebidos: vida difícil, aislamiento, dependencia del mundo exterior. Hace falta penetrar, inquirir, para aprender que Xanlá está montada en una modesta pero consistente ola de innovación; para conocer la forma en que sus pobladores ponen en práctica un modelo empresarial que se alimenta de los conocimientos ancestrales, pero con un dinamismo de avanzada. Solo hace falta, por ejemplo, pasear por el huerto de Verónica y conversar con ella.
Es el 13 de julio, a las 11 de la mañana. Lo primero que dice la mujer de 55 años, tras saludarnos, es que la vida es un ciclo, como el de las plantas en el campo; y que el hecho de vernos hoy significa que nos volveremos a encontrar porque ella disfruta “sembrar y cultivar amistades”.
Verónica recorre sus plantíos. Se mueve con cautela por el suelo de tierra roja y esquiva las matas de chile que recién han salido y las enredaderas de pepino y calabaza. Sonríe, acaricia las hojas que envuelven a los elotes y alaba la calidad de sus espinacas, naranjas y rábanos. Los últimos son su hortaliza favorita.


Hoy la tía Vero, como la conocen en el pueblo, se levantó a las 5 de la mañana para regar sus plantas y evitar el calor del mediodía. Desayunó los productos que ella misma cosechó y comió la carne de los animales que ella o sus compañeras criaron. Desde hace más de 24 horas no tienen luz en Xanlá, pero ella no desperdicia el tiempo: ayer, cuando supo que vendría a entrevistarla, construyó unos asientos de piedra en su parcela para que “pudiéramos hablar en el fresco, bajo la sombra de la naranjo”.
“Cultivar me ha ayudado, lo primero, en mi salud”, responde cuando le pregunto qué la hace más feliz de ver crecer sus propios alimentos. “Apenas amanece me levanto y pienso en venir a limpiar mi huerto. Le da sentido y alegría a mi vida”. Con todo, lo que hace la tía Vero está lejos de ser solo una muestra romantizada de la más estricta economía de subsistencia.
Empezó en un patio de cuatro por cuatro. Ahora, tras ganar más espacio, tiene mangueras, un sistema de riego que funciona con una bomba y algunas mallas para proteger sus cilantros y espinacas de las lluvias que arrecian en esta temporada. Obtuvo las herramientas gracias a un proyecto dirigido por Ko'ox Taani, Fundación para el Desarrollo Comunitario y la Inclusión Social, A.C.
Ko’ox Tanni, del maya, significa “Vamos adelante”. Su coordinación general está encabezada por gente nacida en el estado de Yucatán y actualmente cuenta con una oficina central en Mérida y dos oficinas regionales: una en Chikindzonot, la cual atiende a las comisarías de los municipios de Chankom y Tixcacalcupul; y otra en Espita que atiende las comisarías de este municipio y las de Calotmul.


A través de un fondo apoyado por la Fundación W.K. Kellogg, en febrero de 2025 le dieron capital semilla —que se basa en la entrega de una subvención para que inicie actividades productivas—, cursos, instrumentos y capacitaciones para montar el huerto. El objetivo es sustituir el asistencialismo por la autogestión en municipios como Chankom, con señales alarmantes de marginación. Más del 80% de los habitantes de Chankom se encuentra en pobreza; y según el último censo del Gobierno de México, fechado en 2020 y con base en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, de ese total el 32% se encontraba en pobreza extrema.
Quienes participan en los proyectos de capital semilla llegarán, tras un periodo de entre 18 y 24 meses, a la “graduación”; es decir, luego de las carencias críticas tendrán un nivel de autonomía en el que ya no necesitarán el subsidio o la supervisión constante de la fundación. Habrán alcanzado la estabilidad alimentaria, reforzado sus capacidades de ahorro, y tendrán medios de vida a través de actividades productivas. En ese momento estarán capacitados para cuidar los activos y desarrollar una empresa sostenible.
La población objetivo del programa son mujeres en pobreza extrema y personas con discapacidad en pobreza moderada. Con 10 años de trayectoria, la visión de Ko'ox Taani es lograr que en 2040 las familias vulnerables de la Península de Yucatán puedan “gestionar sus propios procesos socioeconómicos incluyentes, con una vida digna y libres de condiciones de miseria y marginación”.
El capital semilla no es un préstamo común. Supone la entrega de recursos que permitan a las familias invertir para garantizar sus propios ingresos. No debe gastarse en necesidades inmediatas; por el contrario, se debe invertir en bienes que generan valor a la larga. Así, las familias pueden ahorrar quincenal o mensualmente. Tal cual, se plantea como una vía para salir de la pobreza extrema.
“Aquí no hay pagos”, me explica Vero. “Nosotras ganamos con lo que producimos y con lo que recuperamos. Ahí vas a ver el fruto del trabajo, del sudor, el sol, la sed, el hambre. Así se trabaja acá. Tú consigues esos frutos cuando tienes mucho de algo. Como ahora, que tenemos mucho fríjol, lo vendes, lo intercambias por lo que te hace falta. Y los que no tienen te vienen a comprar. Son por eso los logros. Aunque siempre está el riesgo de perder por el clima”.
Intuyo que así se construyen cadenas de valor más justas, sostenidas por la propia comunidad, y la tía Vero me lo confirma. Es usual que los campesinos de Xanlá intercambien sus productos agrícolas durante la temporada de cosecha. “Yo desde niña siempre fui detrás de la siembra. Crecí con papá y mamá campesinos y yo siempre estaba detrás de ellos. Ellos no se fueron a Cancún ni nada, siempre trabajar en el campo. En mi casa donde crecí llegábamos a sacar entre 10 y 20 matas de elote. Eso es lo que yo anhelo acá”.
En una sociedad inmersa en el desconocimiento de los derechos alimentarios, Vero lucha por retomar un concepto clave y lejano: la soberanía en la producción y consumo de alimentos. Alimentos propios, sanos, sin pesticidas ni transgénicos. Esos mismos que intercambia con sus compañeras y vecinas, también incluidas en el proyecto de capital semilla de Ko'ox Taani. “Aquí no usamos ningún químico”, dice ante sus nuevos semilleros. “Mañana me toca volver a sembrar otra vez”. Su sistema ha mejorado. Al principio enfrentó huracanes, sequías, plagas, problemas con el suelo y la incursión de algunos animales del monte. Con el apoyo de la fundación, como la instalación de una bomba de agua, las cosas son más fáciles. “Esto cuando lo tienes resulta muy bueno, sano para nuestro cuerpo, saludable”, dice apuntando las plantas. “Para septiembre-octubre yo ya sé que la cosecha ya va a estar”.


Entro a su cocina. Es una construcción tradicional maya de guano y bahareque. Cocinan con leña. Su perro, Bruno, cuida la entrada y juega con unos gatos. Adentro, las otras integrantes del proyecto tortean para la comida. Con los apoyos han emprendido empresas de venta de pollos, refaccionarias, carnicerías, antojitos y postres. Son un grupo que se conoce y estima. Martha Elizabeth Mazún Dzul, repostera, me regala un flan y un plato con buñuelos. Tanto ella como Vero dicen que este proyecto ha reducido la pobreza en la que estaban; además, han logrado generar ahorros gracias a las ventas de sus productos. “Es muy bueno ver todo lo que están haciendo las compañeras”, dice Vero.
Ahora, en julio de 2026, ya planea cómo conseguir un sistema de transporte para llevar las frutas y verduras de su huerto a otros municipios. “No todas nos quedamos. Llegó algo bueno y ese algo bueno lo agarré, lo abracé. Y los que lo quisieron seguir, lo siguieron”, me cuenta. “Ahorro porque no gasto en comida, y porque puedo vender mis productos. Voy ahorrando 100, 150 pesos; cuando llega diciembre y lo retiro, estamos felices porque hay algo bueno”.
La trascendencia del proyecto es intergeneracional. Su hijo de 16 años, Eliezer Daniel Castro Chay, a quien llama “mi bebé”; y su hija Wendy Verónica Castro Chay, de 25 años, colaboran en la siembra, el cultivo y el cuidado. Estrechan su relación y les hereda un legado. Espera que él mire “cómo se llenará este patio de siembra” y verá el fruto que “va a bajar de acá”. Su cercanía la hace sentir querida y valorada. También la apoya un sobrino en la siembra y la venta. “A veces he dudado si elegí bien el proyecto. Y mi sobrino me hizo sentir bien porque me dijo: ‘Vas a salir adelante, tía. Mientras esté yo, te voy a apoyar’”. Ese mismo sobrino lleva sus productos a fruterías. “Nosotras antiguamente, antes de la fundación, no habíamos aprendido a administrar el sustento de lo que llegaba a la casa”, agrega. “Y no pensábamos que podíamos usar la tierra del patio para ahorrar. Lo que ya no tenemos que ir a comprar, lo sacamos de aquí. Y así se fueron construyendo los ahorros. En 2026 estamos mucho más fuertes que antes”.
El mayor aprendizaje que le han dado las plantas es su relevancia nutrimental. Mientras revisa la composta que está en medio de su huerto, alimentada con hojas y cáscaras de frutas, hierbas que “chapeó” y restos de verduras, ya casi transformada en tierra, recuerda a su padre campesino, un cultivador de milpa que le enseñó el trabajo en el campo, y dice acariciando una hoja larga: “Nuestra base es el elote, el maíz, la tortilla. El frijol es la otra base más importante para nosotros, los yucatecos. Y es muy bueno poder trabajar algo y poder comerlo. Algo con tu propia mano. Además, hay algunas cosas que son muy buenas para nosotros porque traen dinero. Como la pepita de calabaza, que cuesta cuarenta, cincuenta pesos el kilo. Y a veces, cuando está buena la cosecha, se vende barata la pepita. Es cuando el campesino vende y recupera los pagos que uno trabajó cultivando”, dice.
Ella tiene clara la diferencia entre quienes se dedican a cultivar, sembrar, y quienes no. Hay nociones diferentes sobre la vida y el valor de cada plato sobre la mesa. Yo mismo lo entiendo ahora: me invita a comer un caldo de pollo que su comunidad crio, acompañado con tortillas recién hechas en su comal, así como cebolla curtida, jamaica y chiles de su huerto.
—¿Tienes algún sueño a corto plazo? —le pregunto.
—Quiero llenar todo esto —dice señalando una brecha libre, en cuyo inicio ya germinaron algunas plantas— de diferentes tipos de chiles. Voy a llenarlo todo de chiles. Mucho chile. Verdes, habaneros, rojos. Se venden muy bien.
—¿Y cómo imaginas el huerto en 10 años?
—Si Dios me presta vida, porque él es el que sabe las cosas, me gustaría ver una mayor producción. Dar servicio a domicilio, porque así tu producto sale rápido. Y siempre volver a sembrar porque conforme las plantas dan sus frutos bajan su rendimiento.

Reunidos en una mesa al aire libre, la tía Vero me regala algunas peraguayabas mientras converso con las otras integrantes del proyecto de Ko'ox Taani. Las mujeres son quienes han permanecido desde la llegada de los técnicos de la fundación en 2025 y han elegido los martes como los días para capacitarse y hacer sus ahorros. Son los días en donde los asesores imparten charlas con estrategias para elevar la calidad de vida. Alejandra Santana, la asesora que nos acompaña en la visita, asegura que en Xanlá se han visto grandes resultados con el capital semilla y que este grupo de mujeres son evidencia de ello.
En este punto, cerca de la graduación, les dan talleres de resiliencia basados en escenarios hipotéticos. ¿Cómo podrían enfrentarse a momentos adversos en el futuro próximo? Las 13 mujeres forman un grupo con un nombre con un gran peso metafórico: Túumben Sáastal, cuyo significado es “Nuevo amanecer”.
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