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El territorio visual de Citlali Fabián y la recolección de identidades

El territorio visual de Citlali Fabián y la recolección de identidades

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
De la serie "Mi álbum familiar".
23
.
04
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

Citlali Fabián, la flamante ganadora en la categoría Creativa de los Sony World Photography Awards 2026, explica la revelación que dio origen a su proyecto "Bilha, historias de mis hermanas", y su intención de desmontar la narrativa colonial que suele dominar aún en la fotografía.

Citlali Fabián lleva un huipil azul teñido con añil y caracol púrpura. Su largo pelo negro enmarca un rostro cubierto por gafas grandes, con labios rojos. Es una presencia magnética entre las mesas del bullicioso café del centro de Londres donde nos reunimos. A unos metros, en la Somerset House, se exponen sus fotografías.

Es un día ajetreado para Fabián. A lo largo de nuestra conversación se disculpa cada vez que atiende brevemente su teléfono, por el que conversa en un inglés fluido con leves notas británicas —algo lógico: lleva varios años viviendo entre Londres y Oaxaca—. Al otro lado de la línea, alguien le detalla su itinerario de prensa y eventos para las próximas horas. Acaba de ganar uno de los premios de fotografía más importantes del mundo: los Sony World Photography Awards 2026.

“Sigo procesándolo”, me dice sonriente.

Citlai Fabián.
De la serie "Mi álbum familiar".

Nacida en Ciudad de México en 1988, es hija de padres originarios de Yalálag, en la Sierra Norte de Oaxaca. Poco después de su nacimiento, la familia regresó a Oaxaca, donde ella creció junto a su hermana. Fabián toma fotografías desde adolescente, y su formación siguió una trayectoria rigurosa y comprometida. Comenzó en la propia ciudad de Oaxaca, en uno de los tantos focos de irradiación de arte fundados por el artista juchiteco Francisco Toledo, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Siguió con estudios de la licenciatura en fotografía en la Universidad Veracruzana —institución pionera en ofrecer esa carrera en México —, y culminó con un posgrado en la Academia de San Carlos de la UNAM. Era la carrera académica más natural: “Tenía que estudiar una licenciatura y yo ya tomaba fotos”, recuerda.

Ese recorrido no estuvo exento de dudas ni de resistencias. “Más que preguntarme por qué elegí hacer fotografía, a veces me pregunto por qué sigo haciéndola”, confiesa Fabián. Hoy publica su trabajo en medios como The New York Times, The Guardian o la Revista Cuartoscuro, pero vivió, dice, mucha desaprobación, al punto de pensar que estaba mal lo que hacía. Las críticas llegaban, sobre todo, cuando retrataba a su propia familia: sus profesores le decían que aquello no era más que documental antropológico, algo ya muy visto, que no proponía nada nuevo. “Pero en ningún momento estaba yo intentando perseguir algo antropológico”.

Mitzy Violeta Cortez, de la serie "Bilha, historias de mis hermanas".

La revelación del espacio común

El punto de inflexión llegó durante una estancia académica en el archivo del museo George Eastman, en Rochester, Nueva York. Allí, un profesor vio una de sus fotografías, y la confundió con una obra de Álvarez Bravo. “Y no: era una foto mía, de alguien de mi familia”. Ese momento fue revelador. Se tendió, digamos, un puente. Además de aprender las técnicas del daguerrotipo y el colodión húmedo, la perspectiva que aportaba la investigación del archivo removió algo más profundo en ella.

“Encontré [en el archivo] fotos de Yalálag, de mujeres que podrían ser mis abuelas o mis tías, pero que en algún momento perdieron su identidad: una mujer con indumentaria tal, un lugar tal. Esas descripciones reflejan la mirada que te convierte en el otro, en un sin nombre. Y eso me chocó. Fue ahí donde entendí el espacio de lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Entendí por qué tomaba fotos de mi familia en Yalálag: era una manera de recolectar en un territorio visual, porque estamos regados en tantos lugares, en México, en Los Ángeles…”

El retrato como modelo de colaboración

Hace tres años, Fabián se convirtió en madre. La maternidad transformó su relación con la fotografía y con las preguntas que a través de ella se pueden formular. La serie con la que obtuvo el premio, Bilha, historias de mis hermanas, nace precisamente de una reflexión sobre los referentes femeninos para las niñas: crecer sin modelos a seguir dificulta soñar con un futuro propio, y construirlo.

Realizada en colaboración con activistas y artistas de diversas comunidades indígenas del sur de México, la serie apuesta por narrar historias alternativas, desde otros términos y con otra mirada. Fabián prefiere no hablar de “modelos” en el sentido convencional, y aclara: “Son modelos [en el sentido de que] son modelos a seguir, pero no son figuras pasivas. Tengo la firme convicción de que quienes retrato deben ser agentes activos en la imagen que queremos crear juntas. Es un proyecto de colaboración”.

Yásnaya Elena Gil.

Esa colaboración se extiende hasta el detalle más íntimo. Por ejemplo, en los retratos de la escritora mixe Yásnaya Elena Aguilar y de la rapera zapoteca Mare Advertencia Lirika, Fabián integra elementos de común acuerdo: “La planta favorita de la abuela de Yásnaya eran las hojas de oreja de elefante. En su foto tenía que estar su abuela; no había forma de no ponerla”. En el caso de Mare, esta fue la decisión conjunta: “Me critican que su imagen está fuera de foco, pero fue la foto que ella escogió. Y se ve tan en paz. Para mí era importante que fuera la foto que ella quería”. Tras cada sesión, Fabián les envía las hojas de contacto para que elijan juntas la imagen final.

La serie fue fotografiada con cámaras Rolleiflex y Hasselblad, e integra ilustraciones realizadas por la propia artista. Trabajó acompañada de su hija: la pequeña presenciaba las sesiones, como una extensión natural del cuidado a cargo de su madre o de su pareja. La maternidad introdujo además consideraciones técnicas que antes no tenía que contemplar: “Sé que la posibilidad de contaminación es mínima, pero preferí evitar el cuarto oscuro y todos sus químicos”. Y también cuestiones éticas entraron en juego, relacionadas con el hecho de retratar a su hija y a otras infancias: “Pienso en la implicación de poner a una persona que aún no tiene la capacidad de decidir si quiere que su imagen sea compartida”.

Tras una hora de conversación, Fabián se disculpa: tiene que asistir a un evento, maletas que empacar, una hija a la que debe preparar para la hora de dormir. Pero antes de marcharse, sentencia: “La fotografía tiene una historia colonial, y tenemos una misión muy fuerte como fotógrafas para cambiar las narrativas, para crear las historias desde nuestros términos, desde lo que tiene relevancia para nosotras”.

Así sea.

Mare Advertencia Lirika.

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Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
23
.
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Citlali Fabián, la flamante ganadora en la categoría Creativa de los Sony World Photography Awards 2026, explica la revelación que dio origen a su proyecto "Bilha, historias de mis hermanas", y su intención de desmontar la narrativa colonial que suele dominar aún en la fotografía.

Citlali Fabián lleva un huipil azul teñido con añil y caracol púrpura. Su largo pelo negro enmarca un rostro cubierto por gafas grandes, con labios rojos. Es una presencia magnética entre las mesas del bullicioso café del centro de Londres donde nos reunimos. A unos metros, en la Somerset House, se exponen sus fotografías.

Es un día ajetreado para Fabián. A lo largo de nuestra conversación se disculpa cada vez que atiende brevemente su teléfono, por el que conversa en un inglés fluido con leves notas británicas —algo lógico: lleva varios años viviendo entre Londres y Oaxaca—. Al otro lado de la línea, alguien le detalla su itinerario de prensa y eventos para las próximas horas. Acaba de ganar uno de los premios de fotografía más importantes del mundo: los Sony World Photography Awards 2026.

“Sigo procesándolo”, me dice sonriente.

Citlai Fabián.
De la serie "Mi álbum familiar".

Nacida en Ciudad de México en 1988, es hija de padres originarios de Yalálag, en la Sierra Norte de Oaxaca. Poco después de su nacimiento, la familia regresó a Oaxaca, donde ella creció junto a su hermana. Fabián toma fotografías desde adolescente, y su formación siguió una trayectoria rigurosa y comprometida. Comenzó en la propia ciudad de Oaxaca, en uno de los tantos focos de irradiación de arte fundados por el artista juchiteco Francisco Toledo, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Siguió con estudios de la licenciatura en fotografía en la Universidad Veracruzana —institución pionera en ofrecer esa carrera en México —, y culminó con un posgrado en la Academia de San Carlos de la UNAM. Era la carrera académica más natural: “Tenía que estudiar una licenciatura y yo ya tomaba fotos”, recuerda.

Ese recorrido no estuvo exento de dudas ni de resistencias. “Más que preguntarme por qué elegí hacer fotografía, a veces me pregunto por qué sigo haciéndola”, confiesa Fabián. Hoy publica su trabajo en medios como The New York Times, The Guardian o la Revista Cuartoscuro, pero vivió, dice, mucha desaprobación, al punto de pensar que estaba mal lo que hacía. Las críticas llegaban, sobre todo, cuando retrataba a su propia familia: sus profesores le decían que aquello no era más que documental antropológico, algo ya muy visto, que no proponía nada nuevo. “Pero en ningún momento estaba yo intentando perseguir algo antropológico”.

Mitzy Violeta Cortez, de la serie "Bilha, historias de mis hermanas".

La revelación del espacio común

El punto de inflexión llegó durante una estancia académica en el archivo del museo George Eastman, en Rochester, Nueva York. Allí, un profesor vio una de sus fotografías, y la confundió con una obra de Álvarez Bravo. “Y no: era una foto mía, de alguien de mi familia”. Ese momento fue revelador. Se tendió, digamos, un puente. Además de aprender las técnicas del daguerrotipo y el colodión húmedo, la perspectiva que aportaba la investigación del archivo removió algo más profundo en ella.

“Encontré [en el archivo] fotos de Yalálag, de mujeres que podrían ser mis abuelas o mis tías, pero que en algún momento perdieron su identidad: una mujer con indumentaria tal, un lugar tal. Esas descripciones reflejan la mirada que te convierte en el otro, en un sin nombre. Y eso me chocó. Fue ahí donde entendí el espacio de lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Entendí por qué tomaba fotos de mi familia en Yalálag: era una manera de recolectar en un territorio visual, porque estamos regados en tantos lugares, en México, en Los Ángeles…”

El retrato como modelo de colaboración

Hace tres años, Fabián se convirtió en madre. La maternidad transformó su relación con la fotografía y con las preguntas que a través de ella se pueden formular. La serie con la que obtuvo el premio, Bilha, historias de mis hermanas, nace precisamente de una reflexión sobre los referentes femeninos para las niñas: crecer sin modelos a seguir dificulta soñar con un futuro propio, y construirlo.

Realizada en colaboración con activistas y artistas de diversas comunidades indígenas del sur de México, la serie apuesta por narrar historias alternativas, desde otros términos y con otra mirada. Fabián prefiere no hablar de “modelos” en el sentido convencional, y aclara: “Son modelos [en el sentido de que] son modelos a seguir, pero no son figuras pasivas. Tengo la firme convicción de que quienes retrato deben ser agentes activos en la imagen que queremos crear juntas. Es un proyecto de colaboración”.

Yásnaya Elena Gil.

Esa colaboración se extiende hasta el detalle más íntimo. Por ejemplo, en los retratos de la escritora mixe Yásnaya Elena Aguilar y de la rapera zapoteca Mare Advertencia Lirika, Fabián integra elementos de común acuerdo: “La planta favorita de la abuela de Yásnaya eran las hojas de oreja de elefante. En su foto tenía que estar su abuela; no había forma de no ponerla”. En el caso de Mare, esta fue la decisión conjunta: “Me critican que su imagen está fuera de foco, pero fue la foto que ella escogió. Y se ve tan en paz. Para mí era importante que fuera la foto que ella quería”. Tras cada sesión, Fabián les envía las hojas de contacto para que elijan juntas la imagen final.

La serie fue fotografiada con cámaras Rolleiflex y Hasselblad, e integra ilustraciones realizadas por la propia artista. Trabajó acompañada de su hija: la pequeña presenciaba las sesiones, como una extensión natural del cuidado a cargo de su madre o de su pareja. La maternidad introdujo además consideraciones técnicas que antes no tenía que contemplar: “Sé que la posibilidad de contaminación es mínima, pero preferí evitar el cuarto oscuro y todos sus químicos”. Y también cuestiones éticas entraron en juego, relacionadas con el hecho de retratar a su hija y a otras infancias: “Pienso en la implicación de poner a una persona que aún no tiene la capacidad de decidir si quiere que su imagen sea compartida”.

Tras una hora de conversación, Fabián se disculpa: tiene que asistir a un evento, maletas que empacar, una hija a la que debe preparar para la hora de dormir. Pero antes de marcharse, sentencia: “La fotografía tiene una historia colonial, y tenemos una misión muy fuerte como fotógrafas para cambiar las narrativas, para crear las historias desde nuestros términos, desde lo que tiene relevancia para nosotras”.

Así sea.

Mare Advertencia Lirika.

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Citlali Fabián, la flamante ganadora en la categoría Creativa de los Sony World Photography Awards 2026, explica la revelación que dio origen a su proyecto "Bilha, historias de mis hermanas", y su intención de desmontar la narrativa colonial que suele dominar aún en la fotografía.

Citlali Fabián lleva un huipil azul teñido con añil y caracol púrpura. Su largo pelo negro enmarca un rostro cubierto por gafas grandes, con labios rojos. Es una presencia magnética entre las mesas del bullicioso café del centro de Londres donde nos reunimos. A unos metros, en la Somerset House, se exponen sus fotografías.

Es un día ajetreado para Fabián. A lo largo de nuestra conversación se disculpa cada vez que atiende brevemente su teléfono, por el que conversa en un inglés fluido con leves notas británicas —algo lógico: lleva varios años viviendo entre Londres y Oaxaca—. Al otro lado de la línea, alguien le detalla su itinerario de prensa y eventos para las próximas horas. Acaba de ganar uno de los premios de fotografía más importantes del mundo: los Sony World Photography Awards 2026.

“Sigo procesándolo”, me dice sonriente.

Citlai Fabián.
De la serie "Mi álbum familiar".

Nacida en Ciudad de México en 1988, es hija de padres originarios de Yalálag, en la Sierra Norte de Oaxaca. Poco después de su nacimiento, la familia regresó a Oaxaca, donde ella creció junto a su hermana. Fabián toma fotografías desde adolescente, y su formación siguió una trayectoria rigurosa y comprometida. Comenzó en la propia ciudad de Oaxaca, en uno de los tantos focos de irradiación de arte fundados por el artista juchiteco Francisco Toledo, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Siguió con estudios de la licenciatura en fotografía en la Universidad Veracruzana —institución pionera en ofrecer esa carrera en México —, y culminó con un posgrado en la Academia de San Carlos de la UNAM. Era la carrera académica más natural: “Tenía que estudiar una licenciatura y yo ya tomaba fotos”, recuerda.

Ese recorrido no estuvo exento de dudas ni de resistencias. “Más que preguntarme por qué elegí hacer fotografía, a veces me pregunto por qué sigo haciéndola”, confiesa Fabián. Hoy publica su trabajo en medios como The New York Times, The Guardian o la Revista Cuartoscuro, pero vivió, dice, mucha desaprobación, al punto de pensar que estaba mal lo que hacía. Las críticas llegaban, sobre todo, cuando retrataba a su propia familia: sus profesores le decían que aquello no era más que documental antropológico, algo ya muy visto, que no proponía nada nuevo. “Pero en ningún momento estaba yo intentando perseguir algo antropológico”.

Mitzy Violeta Cortez, de la serie "Bilha, historias de mis hermanas".

La revelación del espacio común

El punto de inflexión llegó durante una estancia académica en el archivo del museo George Eastman, en Rochester, Nueva York. Allí, un profesor vio una de sus fotografías, y la confundió con una obra de Álvarez Bravo. “Y no: era una foto mía, de alguien de mi familia”. Ese momento fue revelador. Se tendió, digamos, un puente. Además de aprender las técnicas del daguerrotipo y el colodión húmedo, la perspectiva que aportaba la investigación del archivo removió algo más profundo en ella.

“Encontré [en el archivo] fotos de Yalálag, de mujeres que podrían ser mis abuelas o mis tías, pero que en algún momento perdieron su identidad: una mujer con indumentaria tal, un lugar tal. Esas descripciones reflejan la mirada que te convierte en el otro, en un sin nombre. Y eso me chocó. Fue ahí donde entendí el espacio de lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Entendí por qué tomaba fotos de mi familia en Yalálag: era una manera de recolectar en un territorio visual, porque estamos regados en tantos lugares, en México, en Los Ángeles…”

El retrato como modelo de colaboración

Hace tres años, Fabián se convirtió en madre. La maternidad transformó su relación con la fotografía y con las preguntas que a través de ella se pueden formular. La serie con la que obtuvo el premio, Bilha, historias de mis hermanas, nace precisamente de una reflexión sobre los referentes femeninos para las niñas: crecer sin modelos a seguir dificulta soñar con un futuro propio, y construirlo.

Realizada en colaboración con activistas y artistas de diversas comunidades indígenas del sur de México, la serie apuesta por narrar historias alternativas, desde otros términos y con otra mirada. Fabián prefiere no hablar de “modelos” en el sentido convencional, y aclara: “Son modelos [en el sentido de que] son modelos a seguir, pero no son figuras pasivas. Tengo la firme convicción de que quienes retrato deben ser agentes activos en la imagen que queremos crear juntas. Es un proyecto de colaboración”.

Yásnaya Elena Gil.

Esa colaboración se extiende hasta el detalle más íntimo. Por ejemplo, en los retratos de la escritora mixe Yásnaya Elena Aguilar y de la rapera zapoteca Mare Advertencia Lirika, Fabián integra elementos de común acuerdo: “La planta favorita de la abuela de Yásnaya eran las hojas de oreja de elefante. En su foto tenía que estar su abuela; no había forma de no ponerla”. En el caso de Mare, esta fue la decisión conjunta: “Me critican que su imagen está fuera de foco, pero fue la foto que ella escogió. Y se ve tan en paz. Para mí era importante que fuera la foto que ella quería”. Tras cada sesión, Fabián les envía las hojas de contacto para que elijan juntas la imagen final.

La serie fue fotografiada con cámaras Rolleiflex y Hasselblad, e integra ilustraciones realizadas por la propia artista. Trabajó acompañada de su hija: la pequeña presenciaba las sesiones, como una extensión natural del cuidado a cargo de su madre o de su pareja. La maternidad introdujo además consideraciones técnicas que antes no tenía que contemplar: “Sé que la posibilidad de contaminación es mínima, pero preferí evitar el cuarto oscuro y todos sus químicos”. Y también cuestiones éticas entraron en juego, relacionadas con el hecho de retratar a su hija y a otras infancias: “Pienso en la implicación de poner a una persona que aún no tiene la capacidad de decidir si quiere que su imagen sea compartida”.

Tras una hora de conversación, Fabián se disculpa: tiene que asistir a un evento, maletas que empacar, una hija a la que debe preparar para la hora de dormir. Pero antes de marcharse, sentencia: “La fotografía tiene una historia colonial, y tenemos una misión muy fuerte como fotógrafas para cambiar las narrativas, para crear las historias desde nuestros términos, desde lo que tiene relevancia para nosotras”.

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Citlali Fabián, la flamante ganadora en la categoría Creativa de los Sony World Photography Awards 2026, explica la revelación que dio origen a su proyecto "Bilha, historias de mis hermanas", y su intención de desmontar la narrativa colonial que suele dominar aún en la fotografía.

Citlali Fabián lleva un huipil azul teñido con añil y caracol púrpura. Su largo pelo negro enmarca un rostro cubierto por gafas grandes, con labios rojos. Es una presencia magnética entre las mesas del bullicioso café del centro de Londres donde nos reunimos. A unos metros, en la Somerset House, se exponen sus fotografías.

Es un día ajetreado para Fabián. A lo largo de nuestra conversación se disculpa cada vez que atiende brevemente su teléfono, por el que conversa en un inglés fluido con leves notas británicas —algo lógico: lleva varios años viviendo entre Londres y Oaxaca—. Al otro lado de la línea, alguien le detalla su itinerario de prensa y eventos para las próximas horas. Acaba de ganar uno de los premios de fotografía más importantes del mundo: los Sony World Photography Awards 2026.

“Sigo procesándolo”, me dice sonriente.

Citlai Fabián.
De la serie "Mi álbum familiar".

Nacida en Ciudad de México en 1988, es hija de padres originarios de Yalálag, en la Sierra Norte de Oaxaca. Poco después de su nacimiento, la familia regresó a Oaxaca, donde ella creció junto a su hermana. Fabián toma fotografías desde adolescente, y su formación siguió una trayectoria rigurosa y comprometida. Comenzó en la propia ciudad de Oaxaca, en uno de los tantos focos de irradiación de arte fundados por el artista juchiteco Francisco Toledo, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Siguió con estudios de la licenciatura en fotografía en la Universidad Veracruzana —institución pionera en ofrecer esa carrera en México —, y culminó con un posgrado en la Academia de San Carlos de la UNAM. Era la carrera académica más natural: “Tenía que estudiar una licenciatura y yo ya tomaba fotos”, recuerda.

Ese recorrido no estuvo exento de dudas ni de resistencias. “Más que preguntarme por qué elegí hacer fotografía, a veces me pregunto por qué sigo haciéndola”, confiesa Fabián. Hoy publica su trabajo en medios como The New York Times, The Guardian o la Revista Cuartoscuro, pero vivió, dice, mucha desaprobación, al punto de pensar que estaba mal lo que hacía. Las críticas llegaban, sobre todo, cuando retrataba a su propia familia: sus profesores le decían que aquello no era más que documental antropológico, algo ya muy visto, que no proponía nada nuevo. “Pero en ningún momento estaba yo intentando perseguir algo antropológico”.

Mitzy Violeta Cortez, de la serie "Bilha, historias de mis hermanas".

La revelación del espacio común

El punto de inflexión llegó durante una estancia académica en el archivo del museo George Eastman, en Rochester, Nueva York. Allí, un profesor vio una de sus fotografías, y la confundió con una obra de Álvarez Bravo. “Y no: era una foto mía, de alguien de mi familia”. Ese momento fue revelador. Se tendió, digamos, un puente. Además de aprender las técnicas del daguerrotipo y el colodión húmedo, la perspectiva que aportaba la investigación del archivo removió algo más profundo en ella.

“Encontré [en el archivo] fotos de Yalálag, de mujeres que podrían ser mis abuelas o mis tías, pero que en algún momento perdieron su identidad: una mujer con indumentaria tal, un lugar tal. Esas descripciones reflejan la mirada que te convierte en el otro, en un sin nombre. Y eso me chocó. Fue ahí donde entendí el espacio de lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Entendí por qué tomaba fotos de mi familia en Yalálag: era una manera de recolectar en un territorio visual, porque estamos regados en tantos lugares, en México, en Los Ángeles…”

El retrato como modelo de colaboración

Hace tres años, Fabián se convirtió en madre. La maternidad transformó su relación con la fotografía y con las preguntas que a través de ella se pueden formular. La serie con la que obtuvo el premio, Bilha, historias de mis hermanas, nace precisamente de una reflexión sobre los referentes femeninos para las niñas: crecer sin modelos a seguir dificulta soñar con un futuro propio, y construirlo.

Realizada en colaboración con activistas y artistas de diversas comunidades indígenas del sur de México, la serie apuesta por narrar historias alternativas, desde otros términos y con otra mirada. Fabián prefiere no hablar de “modelos” en el sentido convencional, y aclara: “Son modelos [en el sentido de que] son modelos a seguir, pero no son figuras pasivas. Tengo la firme convicción de que quienes retrato deben ser agentes activos en la imagen que queremos crear juntas. Es un proyecto de colaboración”.

Yásnaya Elena Gil.

Esa colaboración se extiende hasta el detalle más íntimo. Por ejemplo, en los retratos de la escritora mixe Yásnaya Elena Aguilar y de la rapera zapoteca Mare Advertencia Lirika, Fabián integra elementos de común acuerdo: “La planta favorita de la abuela de Yásnaya eran las hojas de oreja de elefante. En su foto tenía que estar su abuela; no había forma de no ponerla”. En el caso de Mare, esta fue la decisión conjunta: “Me critican que su imagen está fuera de foco, pero fue la foto que ella escogió. Y se ve tan en paz. Para mí era importante que fuera la foto que ella quería”. Tras cada sesión, Fabián les envía las hojas de contacto para que elijan juntas la imagen final.

La serie fue fotografiada con cámaras Rolleiflex y Hasselblad, e integra ilustraciones realizadas por la propia artista. Trabajó acompañada de su hija: la pequeña presenciaba las sesiones, como una extensión natural del cuidado a cargo de su madre o de su pareja. La maternidad introdujo además consideraciones técnicas que antes no tenía que contemplar: “Sé que la posibilidad de contaminación es mínima, pero preferí evitar el cuarto oscuro y todos sus químicos”. Y también cuestiones éticas entraron en juego, relacionadas con el hecho de retratar a su hija y a otras infancias: “Pienso en la implicación de poner a una persona que aún no tiene la capacidad de decidir si quiere que su imagen sea compartida”.

Tras una hora de conversación, Fabián se disculpa: tiene que asistir a un evento, maletas que empacar, una hija a la que debe preparar para la hora de dormir. Pero antes de marcharse, sentencia: “La fotografía tiene una historia colonial, y tenemos una misión muy fuerte como fotógrafas para cambiar las narrativas, para crear las historias desde nuestros términos, desde lo que tiene relevancia para nosotras”.

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Citlali Fabián, la flamante ganadora en la categoría Creativa de los Sony World Photography Awards 2026, explica la revelación que dio origen a su proyecto "Bilha, historias de mis hermanas", y su intención de desmontar la narrativa colonial que suele dominar aún en la fotografía.

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Citlali Fabián lleva un huipil azul teñido con añil y caracol púrpura. Su largo pelo negro enmarca un rostro cubierto por gafas grandes, con labios rojos. Es una presencia magnética entre las mesas del bullicioso café del centro de Londres donde nos reunimos. A unos metros, en la Somerset House, se exponen sus fotografías.

Es un día ajetreado para Fabián. A lo largo de nuestra conversación se disculpa cada vez que atiende brevemente su teléfono, por el que conversa en un inglés fluido con leves notas británicas —algo lógico: lleva varios años viviendo entre Londres y Oaxaca—. Al otro lado de la línea, alguien le detalla su itinerario de prensa y eventos para las próximas horas. Acaba de ganar uno de los premios de fotografía más importantes del mundo: los Sony World Photography Awards 2026.

“Sigo procesándolo”, me dice sonriente.

Citlai Fabián.
De la serie "Mi álbum familiar".

Nacida en Ciudad de México en 1988, es hija de padres originarios de Yalálag, en la Sierra Norte de Oaxaca. Poco después de su nacimiento, la familia regresó a Oaxaca, donde ella creció junto a su hermana. Fabián toma fotografías desde adolescente, y su formación siguió una trayectoria rigurosa y comprometida. Comenzó en la propia ciudad de Oaxaca, en uno de los tantos focos de irradiación de arte fundados por el artista juchiteco Francisco Toledo, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Siguió con estudios de la licenciatura en fotografía en la Universidad Veracruzana —institución pionera en ofrecer esa carrera en México —, y culminó con un posgrado en la Academia de San Carlos de la UNAM. Era la carrera académica más natural: “Tenía que estudiar una licenciatura y yo ya tomaba fotos”, recuerda.

Ese recorrido no estuvo exento de dudas ni de resistencias. “Más que preguntarme por qué elegí hacer fotografía, a veces me pregunto por qué sigo haciéndola”, confiesa Fabián. Hoy publica su trabajo en medios como The New York Times, The Guardian o la Revista Cuartoscuro, pero vivió, dice, mucha desaprobación, al punto de pensar que estaba mal lo que hacía. Las críticas llegaban, sobre todo, cuando retrataba a su propia familia: sus profesores le decían que aquello no era más que documental antropológico, algo ya muy visto, que no proponía nada nuevo. “Pero en ningún momento estaba yo intentando perseguir algo antropológico”.

Mitzy Violeta Cortez, de la serie "Bilha, historias de mis hermanas".

La revelación del espacio común

El punto de inflexión llegó durante una estancia académica en el archivo del museo George Eastman, en Rochester, Nueva York. Allí, un profesor vio una de sus fotografías, y la confundió con una obra de Álvarez Bravo. “Y no: era una foto mía, de alguien de mi familia”. Ese momento fue revelador. Se tendió, digamos, un puente. Además de aprender las técnicas del daguerrotipo y el colodión húmedo, la perspectiva que aportaba la investigación del archivo removió algo más profundo en ella.

“Encontré [en el archivo] fotos de Yalálag, de mujeres que podrían ser mis abuelas o mis tías, pero que en algún momento perdieron su identidad: una mujer con indumentaria tal, un lugar tal. Esas descripciones reflejan la mirada que te convierte en el otro, en un sin nombre. Y eso me chocó. Fue ahí donde entendí el espacio de lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Entendí por qué tomaba fotos de mi familia en Yalálag: era una manera de recolectar en un territorio visual, porque estamos regados en tantos lugares, en México, en Los Ángeles…”

El retrato como modelo de colaboración

Hace tres años, Fabián se convirtió en madre. La maternidad transformó su relación con la fotografía y con las preguntas que a través de ella se pueden formular. La serie con la que obtuvo el premio, Bilha, historias de mis hermanas, nace precisamente de una reflexión sobre los referentes femeninos para las niñas: crecer sin modelos a seguir dificulta soñar con un futuro propio, y construirlo.

Realizada en colaboración con activistas y artistas de diversas comunidades indígenas del sur de México, la serie apuesta por narrar historias alternativas, desde otros términos y con otra mirada. Fabián prefiere no hablar de “modelos” en el sentido convencional, y aclara: “Son modelos [en el sentido de que] son modelos a seguir, pero no son figuras pasivas. Tengo la firme convicción de que quienes retrato deben ser agentes activos en la imagen que queremos crear juntas. Es un proyecto de colaboración”.

Yásnaya Elena Gil.

Esa colaboración se extiende hasta el detalle más íntimo. Por ejemplo, en los retratos de la escritora mixe Yásnaya Elena Aguilar y de la rapera zapoteca Mare Advertencia Lirika, Fabián integra elementos de común acuerdo: “La planta favorita de la abuela de Yásnaya eran las hojas de oreja de elefante. En su foto tenía que estar su abuela; no había forma de no ponerla”. En el caso de Mare, esta fue la decisión conjunta: “Me critican que su imagen está fuera de foco, pero fue la foto que ella escogió. Y se ve tan en paz. Para mí era importante que fuera la foto que ella quería”. Tras cada sesión, Fabián les envía las hojas de contacto para que elijan juntas la imagen final.

La serie fue fotografiada con cámaras Rolleiflex y Hasselblad, e integra ilustraciones realizadas por la propia artista. Trabajó acompañada de su hija: la pequeña presenciaba las sesiones, como una extensión natural del cuidado a cargo de su madre o de su pareja. La maternidad introdujo además consideraciones técnicas que antes no tenía que contemplar: “Sé que la posibilidad de contaminación es mínima, pero preferí evitar el cuarto oscuro y todos sus químicos”. Y también cuestiones éticas entraron en juego, relacionadas con el hecho de retratar a su hija y a otras infancias: “Pienso en la implicación de poner a una persona que aún no tiene la capacidad de decidir si quiere que su imagen sea compartida”.

Tras una hora de conversación, Fabián se disculpa: tiene que asistir a un evento, maletas que empacar, una hija a la que debe preparar para la hora de dormir. Pero antes de marcharse, sentencia: “La fotografía tiene una historia colonial, y tenemos una misión muy fuerte como fotógrafas para cambiar las narrativas, para crear las historias desde nuestros términos, desde lo que tiene relevancia para nosotras”.

Así sea.

Mare Advertencia Lirika.

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