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Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Las manos de un joven quedan cubiertas por una densa capa de petróleo crudo frente a las aguas de Playa Azul, durante las labores de contención tras el derrame que afecta Veracruz. El desastre ha paralizado la economía regional, dejando a cientos de familias de pescadores y trabajadores turísticos sin sustento. 23 de marzo de 2026. Barra de Cazones, Veracruz, México.
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Tiempo de Lectura: 00 min

El derrame de crudo en el golfo de México es la manifestación más reciente de una enfermedad que, trágicamente, se ha tornado endémica: las afectaciones medioambientales y de salud pública provocadas por la industria petrolera en las comunidades que la alojan. Aquí, un recorrido de 10 días por diferentes puntos de Veracruz, desde los charcos de chapopote e infraestructura abandonada que ya forman parte del paisaje cotidiano en playas y pueblos, hasta un pozo de exploración que lleva un mes ardiendo.

—Se escuchó el puntazo, la explosión. Fue a las cinco de la tarde.

—La gente empezó a bajar corriendo. Tienen que irse, por la intoxicación, dijeron los de Pemex.

—Apestaba a gas, pero muchos no quisieron dejar sus casas.

—Yo me quedé. Pero a las 10 de la noche el olor se sentía más fuerte. Nos dolía la cabeza, y a mi nieto le hacía espuma por la boca. Ahí nos fuimos para Las Choapas y alquilé un cuarto de hotel.

Dos ancianos flaquitos, ambos de bigote y sombrero, suben la cuesta a paso cansado. También una madre con dos niños, una señora con bastón y dos jóvenes en moto. Los habitantes de Las Cruces —un poblado campesino del ejido Ignacio López Rayón, en Las Choapas, Veracruz, muy cerca de la frontera con Tabasco— se acercan a la explanada de la escuela secundaria, debajo del tejabán. Una maestra ofrece sillas plásticas, blancas, y un viejito enérgico y fibroso busca otras sillas apiladas en un cuartito. Se arma una ronda imprecisa: los mayores sentados, otros de pie, y más atrás el par de jóvenes a caballo de sus motos. Un perro espanta gallinas curiosas. El sol de las tres en punto, ahora, le gana a las vencidas a esa turbina de avión, a ese ruido en las noches, insoportable. Viene de las montañas al norte, donde se ve crecer una víbora de humo. El pozo exploratorio Krem 1, del que todos hablan aquí, dan su testimonio, explotó el 5 de marzo. En la última semana del mes, aún está ardiendo.

—Pemex dice, como siempre, todo está bajo control —Rodolfo, bigotes, pantalón de mezclilla, huaraches—. El ruido de noche es más fuerte. Todo el cielo se pone naranja, parece de día.

—Más de 40 metros tiene la llamarada. La tierra tiembla. Es un monstruo, ese pozo se tragó toda la estructura. Máquinas, todo —dice Gladys, con su hijo en brazos.

—¿Cómo que se tragó la estructura? —pregunto.

—El pozo se fue de control —aporta un hombre desde atrás, parado junto a las motos— y la lumbre se tragó la torre, la broca perforadora, las camionetas, generadores, la oficina…

—Hasta las motos de los obreros.

—Se llevó todo para abajo. Es un hoyón grandísimo. Los jefes que trabajan allí nos explicaron que están saliendo gases venenosos. Había un grupo de ocho trabajadores que vinieron de Tabasco, no sabemos qué pasó. Vimos a una joven llorando.

Visitación Cabañas Méndez se pone de pie de golpe, la silla plástica queda temblando. En voz alta dice: 

—Todo esto recién está empezando para nosotros.

Setenta y seis años, camisa a cuadros, gorra negra con letras amarillas. Quienes hablaban bajito en el fondo, al escuchar el ímpetu de Visitación, uno de los fundadores del pueblo, hacen silencio. Desde las montañas, en cambio, el pozo aumenta su bramido.

—Todo ese humo está cayendo a los arroyos, a la tierra, a las láminas, a las personas. Hay una fila de vacas muertas allá arriba. Es una lluvia tóxica. A la mañana huele a petróleo quemado. Nuestros pulmones ya lo están sintiendo. ¿Qué pasará con nuestros niños, con sus pulmones en formación? Todo esto recién está empezando.

¿Cómo puede ser? Me voy de Las Cruces con dolor de cabeza (“Acá no va a conseguir nada, hace días que en la zona se acabaron las pastillas. Estamos todos igual, con dolor de cabeza y de estómago”), pero se lo atribuyo a la rabia, a la impotencia. Sé que en unas horas estaré chequeando información, escribiéndole a geógrafos, ingenieros, a gente de Pemex y otros especialistas para entender más, pero en ese momento, y ahora que escribo, lo que me gana es la indignación. Me gustaría creer que con esta crónica puedo aportar algo para que esa gente que vive hace 50 años en un pueblo en medio de las montañas, en un lugar atravesado por un río —donde hay un puente colgante en desuso y otro puente de cemento que cuando el río sube lo tapa—, que tienen que hacer kilómetros para ver un médico, me gustaría creer, al menos, que esa gente va a ser asistida.

Hasta el momento no ha ocurrido. O peor:

—Hicimos plantón y nos amenazaron que íbamos a ir presos —afirma otro de los mayores del pueblo.

Una lengua de fuego emerge del pozo de exploración Krem 1, el cual permanece fuera de control tras las explosiones registradas el pasado 5 de marzo. El incidente forzó la evacuación masiva de las comunidades aledañas, cuyos habitantes han comenzado a retornar a sus casas a pesar de la persistencia de gases tóxicos y de que el incendio no ha podido ser sofocado por los equipos de emergencia. Residentes de Las Cruces y zonas rurales cercanas reportan afecciones de salud persistentes, como dolores de cabeza, garganta y problemas respiratorios, vinculados a la exposición continua a las emanaciones del pozo. 27 de marzo de 2026. Ejido Constitución, Las Choapas, Veracruz, México.
Roberto Olmedo (57) en su lugar de trabajo, el comedor La Pasadita, en la localidad de Río Playa. El establecimiento se encuentra en el perímetro afectado por el incendio del pozo de exploración Krem 1. Las labores de emergencia para extinguir las llamas en el ejido Constitución no han terminado en el último tramo del mes de marzo. La salud de los pobladores y la economía de los pequeños comercios locales sufren afectaciones. 27 de marzo de 2026. Las Choapas, Veracruz, México.

Derrames, así en la tierra como en el mar (Tú me acostumbraste)

Pablo Piovano, fotógrafo, y yo viajamos a Veracruz a mediados de marzo. Estamos haciendo un trabajo documental sobre el petróleo en América Latina. El tema es complejo y apasionante, sobre todo aquí, en México, país cuya historia reciente e identidad están atravesadas por el petróleo. Esta vez, no llegamos detrás de la noticia, era un viaje programado. Pero estábamos en el estado más afectado por el derrame que está provocando un desastre socioambiental en el golfo de México. Y en el medio nos enteramos, también, del pozo que ardía en Las Choapas, del que aún no hay tanta repercusión, pese a que se evacuaron más de mil personas y el lugar está custodiado por tres cordones de seguridad del Ejército.

Hay algo peor para la función pública que no acompañar a las comunidades en sus tragedias: negarlas. Desde esa bronca escribo estas líneas. Me prometo volver a Veracruz y escribir algo más luminoso. Pero ahora solo intentaré reproducir lo que me contaron. Lo que vi, lo que sentí. Fue la primera vez que estuve frente al mar y no metí ni los pies. Me gustaría creer que fue un derrame aislado, que realmente está controlado, que limpiaron (o limpiarán) todas las playas, pero el recorrido durante 10 días por diferentes puntos del extenso y hermoso Veracruz me dejaron una certeza: este derrame que ya se extendió por más de 900 kilómetros, que primero se ocultó, se negó y del que aún se esperan explicaciones completas, no es un hecho aislado. La explosión del pozo en Las Choapas, tampoco. Son apenas dos eslabones de una cadena de tragedias.

Poza Rica

Arrancamos el recorrido en el norte-centro del estado. La región Totonaca. En Poza Rica, donde el 18 de marzo se celebra la Fiesta del Petróleo, con desfile multitudinario y feria para conmemorar la expropiación de Lázaro Cárdenas de 1938, un hito en la historia mexicana.

En esta ciudad nacida del petróleo nos sorprende lo que aquí, para todos, es cotidiano. Dos árboles de navidad —como la industria nombra a las válvulas sobre los pozos petroleros—, camuflados en medio de un parque repleto de niños. Mucha gente, al atardecer, corre y hace ejercicios alrededor de una bomba de varilla, el característico “balancín” que va arriba y abajo como un gran pájaro picoteando el suelo. Otra máquina de bombeo está junto a la Facultad de Ciencias de la Salud, cuyas instalaciones quedaron inutilizables por la inundación de octubre de 2025. Los vestigios del desbordamiento del río Cazones —que provocó la muerte de decenas de personas— se ven por todos lados. Una gasolinera destruida y un cementerio improvisado de autos que arrastró el agua, amontonados, sin ventanas ni ruedas, alrededor del pozo petrolero 78, pegadito a un Oxxo. La escuela Club de Leones número 4 de la colonia Ignacio de la Llave está en reconstrucción. Paredes y pizarrones manchados de petróleo, incluso un ventilador de techo. Caminamos por una calle en la Colonia Francisco Madero y casi en la puerta de dos casas brota crudo. Los vecinos tiran arena o aserrín, una práctica cotidiana.

—Viene de un pozo de arriba, que pierde —señala Sandra Luz Zaragoza. Vive desde hace 30 años aquí—. Siempre fue igual, cuando llueve se inunda de chapo. Todos los políticos prometen solución, presentamos denuncias, fotos, pero nada. Mi hijo tiene alergias y afecciones respiratorias. Se mueren gatos, perros, pajaritos, iguanas; ya no hay tortugas ni tlacuaches. 

En la calle que nos indicó encontramos un depósito de crudo en el suelo al que le falta la tapa. Los zapatos se nos pegotean (Pablo dudará mucho antes de tirar sus huaraches preferidos). Enfrente una casa vacía, literalmente empetrolada, y en la banqueta un charco de crudo brillante de unos 30 metros, contenido por bolsas de arena rotas. La calle, por la que ahora pasa un carro y un padre con su hijo caminando, está toda esparcida de arena y chapo.


Una alberca de petróleo crudo permanece contenida por bolsas de arena en plena calle Zaragoza, en la colonia Francisco I. Madero. En este sector de Poza Rica, históricamente ligado a la industria petrolera, los derrames por fallas en la infraestructura obsoleta son una constante desatendida desde hace años. A pesar de las recurrentes protestas de los vecinos por los riesgos sanitarios y ambientales, la falta de mantenimiento por parte de la empresa estatal ha convertido las filtraciones de hidrocarburo en parte del paisaje urbano cotidiano. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.
Vista de la infraestructura del Pozo 302, conocido localmente como "arbolito de navidad", ubicado en un sector habitacional de Poza Rica. Mientras la región enfrenta una serie de desastres ambientales recientes, la presencia de estos pozos antiguos en áreas urbanas resalta la vulnerabilidad de la población civil ante posibles fallas técnicas. El Pozo 302 es uno de los múltiples puntos de extracción que, según los vecinos, requiere mantenimiento crítico para evitar filtraciones de crudo en la vía pública. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.

Papantla 

El tata Romualdo García de Luna es un artista de la madera. Su padre, un carpintero —y volador de Papantla—, le enseñó el oficio. El tata Romualdo sueña deidades totonacas que luego transforma en máscaras. Da talleres todo el año, también durante la Cumbre Tajín, evento estrella de estas tierras. Allí lo conocimos, y días después nos guió por diferentes comunidades. La suya, Ojital Viejo, en 2024 sufrió un derrame que se extendió por seis kilómetros a través de un arroyo y luego por el río Cazones, que desemboca en el mar.

—Hay que hablar de esto. No puede ser que nuestros jóvenes se están muriendo de paros cardíacos o enfermedades que antes no existían. Hay estudios que demuestran que de los árboles contaminados con hidrocarburo los frutos recién pueden consumirse a los cinco años. Y acá, como las comunidades pierden todo, apenas pueden venden y consumen sus productos. Es un desastre y las autoridades no ven eso.

Una mujer realiza un ritual de sahumerio durante la Cumbre Tajín, una celebración anual de la cultura totonaca en la zona arqueológica de El Tajín. 22 de marzo de 2026. Papantla, Veracruz, México.

Arroyo Florido

Para entrar a Arroyo Florido, un pueblo de 280 habitantes, hay que sortear cráteres tamaño lunar.

—Llevamos 20 años de petróleo acá y ni siquiera hacen mantenimiento de la carretera.

Habla Galdino García Juárez, el subagente municipal que nos recibe. Cuenta que de los más de 600 pozos del municipio de Coatzintla, 40 están en Arroyo Florido.

Los derrames empezaron en 2023. Hubo cuatro. El último en agosto de 2025. Los árboles junto al arroyo que abastecía de agua al pueblo tienen marcas de petróleo. El crudo se ve y se huele. El arroyo desemboca en el río Cazones, que abastece de agua a Coatzintla y Poza Rica.

Elvira de la Cruz Genaro, 47 años, vive junto al arroyo. Mientras deshoja maíz dice:

—Nunca limpiaron bien. Lo amontonan en un lugar y después la lluvia lo esparce todo. Antes había peces, sapitos, tortugas. Ya no podemos tomar agua del pozo. El dolor de cabeza y estómago no se aguanta. El naranjal todo embarrado de chapo. Y un gestor social de Pemex dijo que beneficia a las plantas, que tiene minerales. Ellos piensan esa gente de las comunidades no saben defenderse, le podemos decir lo que sea.

Furberos 

Camino a Tlahuanapa un colega recomienda pasar por Furberos; comparte el contacto de Marcial Méndez Ortiz. Pero en esta zona de grandes campos, pequeños pueblos, milpas y carreteras de terracería, no siempre hay señal de celular. Finalmente llegamos a su casa, preguntando de puerta en puerta. Furberos, 350 habitantes, fue cuna de los primeros pozos del siglo XX. Después de años, le construyeron una clínica. Pero está vacía, no hay médicos. Otra foto de lo que queda cuando el oro negro se va. Marcial tiene 60 años y nos guía hasta un sendero entre dos terrenos, a menos de 200 metros de la calle de entrada al pueblo. Dos grandes chapopoteras burbujean petróleo con su olor correspondiente:

—El primer brote habrá sido, mínimo, hace ocho años, pero hace más de 20 que no hay actividad petrolera acá. Es un pozo que sellaron y empezó a filtrar.

La segunda parada es una gran milpa a la par de la castigada carretera. En el medio del maizal, el manchón de crudo brotando es del tamaño de una piscina olímpica.

Tlahuanapa 

Pedro García García vive en la primera casa del pueblo. Delante de su vivienda, tres grandes cruces. Es agente municipal, 47 años, una personalidad alegre y conversadora. Usa una gorra de Morena cuya inscripción dice Vote por Rocío Nahle. Nos muestra con orgullo la bomba de agua que lograron instalar con el esfuerzo de toda la comunidad. Alrededor todo es milpa. Nos da de probar mandarinas, y saca unas hojas de un naranjo y un limonero para que las olamos. Árboles por todos lados. Guanabana, cayote, zapote. Pero de pronto llega el olor. Cruzando un pequeño curso de agua, detrás de la milpa, una bomba de varilla oxidada sube y baja. Cinco tanques de Pemex manchados, un par de contenedores abandonados y crudo derramado de años. La escalera de un contenedor está completamente carcomida: pareciera que un dinosaurio hubiera mordido los escalones. El olor es el más fuerte que hemos sentido en ocho años de recorridos por zonas petroleras. Se ve gas saliendo de un tubo en lo alto de uno de los tanques. Nos empieza a doler la cabeza —ese compañero de trayecto— y tenemos que irnos.

—Mi papá falleció de cáncer, en 2012, a los 60 años. Yo siento que es por esto —dice Pedro.

—¿No viene Pemex acá?

—Sí, a diario a llenar una pipa. Dicen que hicieron reportes pero... En una ocasión vino un hombre de Pemex muy conocido en la zona. Su respuesta fue: se van a tener que acostumbrar a este olor.

Pedro García García (47), agente municipal de Tlahuanapa, frente a una unidad de bombeo oxidada y tanques de almacenamiento que operan de forma continua emanando gases contaminantes. En esta comunidad de 800 habitantes, la infraestructura obsoleta de la petrolera estatal, Pemex, forma parte del paisaje cotidiano. 24 de marzo de 2026. Tlahuanapa, Veracruz, México.

Minatitlán 

En Minatitlán, ya más al sur de Veracruz, abordamos una lancha para ver desde el agua la refinería Lázaro Cárdenas, la más antigua y una de las más grandes de Latinoamérica. Vicente, 58 años, el pescador que nos lleva, cuenta que su abuelo trabajó allí. El petróleo aquí tiene más de 100 años. Señala primero la parte más nueva de la refinería, donde se ven cinco mecheros —quemadores con llamas altísimas, ruido ensordecedor—, y luego hacia Capoacán, la isla de enfrente.

—Ahí hay gente que se hizo exámenes de cabello y tiene plomo.

Le pedimos si podemos desembarcar. Lo hacemos en el muelle de un hombre que está mirando la nada, acostado en una hamaca. Se pone de pie, se acerca lentamente. De un árbol cuelgan sus jaulas de camarón. Demetrio Chala Cruz, 73 años, cuenta que antes la refinería botaba mucho crudo, pero que ahora el gran problema es el aire, por los mecheros.

—Respiramos puro humo. Mi esposa murió en diciembre de neumonía y fue por esto que respiramos. Hoy se cumplen tres meses. Es duro pelear con este monstruo.

Punta Puntilla

El sábado 28 de marzo conocimos Punta Puntilla, en un extremo de la región de Los Tuxtlas. Estamos allí porque seguimos a los Altepee, un colectivo de música, comunicación y defensa del territorio de Acayucan que está documentando zonas afectadas por los derrames. Punta Puntilla es un poblado de pescadores y mariscadores de 68 habitantes que además es un santuario de tortugas. Se llega por un camino zigzagueante y de altura. Campo, caballos pastando y mar, otro paraíso veracruzano. Lugar elegido por entre 200 y 300 tortugas que llegan en abril para anidar. Las loras ponen sus huevos de día; las blancas, de noche. Dos meses después la playa se llena de tortuguitas. Así lo explica Eulalio Temix Sosa, 37 años, visera para atrás, playera tipo polo, mezclilla, chanclas, presidente del campo tortuguero de Puntilla y pescador, aunque estos días tuvo que improvisar otros trabajos.

—El chapo comenzó a llegar alrededor del 20 de febrero. Primero pedazos chicos, blandos. Después puras planchuelas grandes. Otros años ha arribado poco, ahora se salió de control. Estaba llenito, llenito de chapo. Unos 18 kilómetros. No se podía caminar. No pudimos trabajar, justo en Semana Santa, cuando los compañeros levantan palapas y venden mariscos. Tuvimos que irnos al campo en la temporada de la sierra y el robalo. No podemos tirar las redes. Abrimos unos sábalos y tienen petróleo.

Como venía la época de anidación se apuraron a limpiar y, en este caso, sí contaron con apoyo del municipio de Angel R. Cabada. Sacaron, calculan, unas dos toneladas de chapo, aunque sigue arribando. Se ven las piedras manchadas, los caracoles.

—Van cinco tortugas muertas y una que pudimos salvar. Estaban llenas de chapo. Prácticamente se les había cocido la vista.

Un campesino y su burro cruzan una carretera rural cerca de Playa Punta Puntilla, en la zona de Los Tuxtlas, al sur de Veracruz, que también fue afectada por los derrames en el mar. 28 de marzo de 2026. Región de Los Tuxtlas, Veracruz, México.

Las Barrillas

A unos 20 kilómetros de Coatzacoalcos, otra playa turística y hermosa. El sol está cayendo. Dan ganas de acostarse en una hamaca, o sentarse frente al mar. Pero nos informaron que han dejado bolsas de chapopote en algún lugar de este paraíso. Preguntamos y nos dicen que nos fijemos detrás de la secundaria. Llegamos por una calle angosta. Y ahí están, cientos de bolsas de chapo. El contraste duele. Un atardecer de cuadro, volcanes de fondo, una poza entre las dunas, el mar y ese olor que viene de la montaña de bolsas negras. Están a menos de 10 metros de donde empiezan las primeras casas, entre ellas la de Felix Rosas López y Yessenia López González, que viven con sus hijos y nietos. Todos están hace días con dolor de garganta y problemas para respirar.

Situaciones similares nos relataron en diferentes playas de Veracruz. La ayuda no llega,  llega tarde o llega mal. Las organizaciones de la sociedad civil que revelaron el origen de los derrames se preguntan: ¿quién decidió no informar públicamente desde febrero sobre un vertido de gran magnitud en torno a la infraestructura petrolera de Pemex?, ¿quién decidió desplazar la atención hacia marzo y hacia supuestas causas naturales?, ¿quién responderá por las comunidades que no fueron alertadas a tiempo y por los ecosistemas afectados?

Otra pregunta me vuelve durante todo el viaje. La de Visitación, el señor en Las Choapas, con el sonido de un pozo ardiendo de fondo. Acá suena el mar, pero podría ser la misma.

—¿Qué pasará con nuestros niños? Todo esto recién está empezando para nosotros.

Camino hasta el mar. El sol es una línea, ya casi no hay luz para las fotos. Las olas rompen, blancas, a orillas de la inmensidad de la noche. A lo lejos, un hombre patea una pelota con su hija. El viento, aún tenue, empieza lentamente a cubrir de arena los montículos de bolsas de chapopote.

Isaac y su hija posan para un retrato durante el atardecer en Playa Las Barrillas, junto a bolsas de recolección de chapopote (petróleo crudo sólido). Aunque brigadas locales recogen el hidrocarburo cada mañana tras el reciente derrame, los residentes denuncian que las autoridades no retiran los desechos de la costa. 26 de marzo de 2026. Playa Las Barrillas, Veracruz, México.
Una pluma de ave atrapada en un denso charco de petróleo crudo tras el derrame reportado en las costas del golfo de México. El incidente ha afectado ecosistemas críticos y zonas de anidación en el estado de Veracruz, dejando a la fauna local vulnerable ante la toxicidad del hidrocarburo. 23 de marzo de 2026. Playa Azul, Cazones de Herrera, Veracruz, México.

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El derrame de crudo en el golfo de México es la manifestación más reciente de una enfermedad que, trágicamente, se ha tornado endémica: las afectaciones medioambientales y de salud pública provocadas por la industria petrolera en las comunidades que la alojan. Aquí, un recorrido de 10 días por diferentes puntos de Veracruz, desde los charcos de chapopote e infraestructura abandonada que ya forman parte del paisaje cotidiano en playas y pueblos, hasta un pozo de exploración que lleva un mes ardiendo.

—Se escuchó el puntazo, la explosión. Fue a las cinco de la tarde.

—La gente empezó a bajar corriendo. Tienen que irse, por la intoxicación, dijeron los de Pemex.

—Apestaba a gas, pero muchos no quisieron dejar sus casas.

—Yo me quedé. Pero a las 10 de la noche el olor se sentía más fuerte. Nos dolía la cabeza, y a mi nieto le hacía espuma por la boca. Ahí nos fuimos para Las Choapas y alquilé un cuarto de hotel.

Dos ancianos flaquitos, ambos de bigote y sombrero, suben la cuesta a paso cansado. También una madre con dos niños, una señora con bastón y dos jóvenes en moto. Los habitantes de Las Cruces —un poblado campesino del ejido Ignacio López Rayón, en Las Choapas, Veracruz, muy cerca de la frontera con Tabasco— se acercan a la explanada de la escuela secundaria, debajo del tejabán. Una maestra ofrece sillas plásticas, blancas, y un viejito enérgico y fibroso busca otras sillas apiladas en un cuartito. Se arma una ronda imprecisa: los mayores sentados, otros de pie, y más atrás el par de jóvenes a caballo de sus motos. Un perro espanta gallinas curiosas. El sol de las tres en punto, ahora, le gana a las vencidas a esa turbina de avión, a ese ruido en las noches, insoportable. Viene de las montañas al norte, donde se ve crecer una víbora de humo. El pozo exploratorio Krem 1, del que todos hablan aquí, dan su testimonio, explotó el 5 de marzo. En la última semana del mes, aún está ardiendo.

—Pemex dice, como siempre, todo está bajo control —Rodolfo, bigotes, pantalón de mezclilla, huaraches—. El ruido de noche es más fuerte. Todo el cielo se pone naranja, parece de día.

—Más de 40 metros tiene la llamarada. La tierra tiembla. Es un monstruo, ese pozo se tragó toda la estructura. Máquinas, todo —dice Gladys, con su hijo en brazos.

—¿Cómo que se tragó la estructura? —pregunto.

—El pozo se fue de control —aporta un hombre desde atrás, parado junto a las motos— y la lumbre se tragó la torre, la broca perforadora, las camionetas, generadores, la oficina…

—Hasta las motos de los obreros.

—Se llevó todo para abajo. Es un hoyón grandísimo. Los jefes que trabajan allí nos explicaron que están saliendo gases venenosos. Había un grupo de ocho trabajadores que vinieron de Tabasco, no sabemos qué pasó. Vimos a una joven llorando.

Visitación Cabañas Méndez se pone de pie de golpe, la silla plástica queda temblando. En voz alta dice: 

—Todo esto recién está empezando para nosotros.

Setenta y seis años, camisa a cuadros, gorra negra con letras amarillas. Quienes hablaban bajito en el fondo, al escuchar el ímpetu de Visitación, uno de los fundadores del pueblo, hacen silencio. Desde las montañas, en cambio, el pozo aumenta su bramido.

—Todo ese humo está cayendo a los arroyos, a la tierra, a las láminas, a las personas. Hay una fila de vacas muertas allá arriba. Es una lluvia tóxica. A la mañana huele a petróleo quemado. Nuestros pulmones ya lo están sintiendo. ¿Qué pasará con nuestros niños, con sus pulmones en formación? Todo esto recién está empezando.

¿Cómo puede ser? Me voy de Las Cruces con dolor de cabeza (“Acá no va a conseguir nada, hace días que en la zona se acabaron las pastillas. Estamos todos igual, con dolor de cabeza y de estómago”), pero se lo atribuyo a la rabia, a la impotencia. Sé que en unas horas estaré chequeando información, escribiéndole a geógrafos, ingenieros, a gente de Pemex y otros especialistas para entender más, pero en ese momento, y ahora que escribo, lo que me gana es la indignación. Me gustaría creer que con esta crónica puedo aportar algo para que esa gente que vive hace 50 años en un pueblo en medio de las montañas, en un lugar atravesado por un río —donde hay un puente colgante en desuso y otro puente de cemento que cuando el río sube lo tapa—, que tienen que hacer kilómetros para ver un médico, me gustaría creer, al menos, que esa gente va a ser asistida.

Hasta el momento no ha ocurrido. O peor:

—Hicimos plantón y nos amenazaron que íbamos a ir presos —afirma otro de los mayores del pueblo.

Una lengua de fuego emerge del pozo de exploración Krem 1, el cual permanece fuera de control tras las explosiones registradas el pasado 5 de marzo. El incidente forzó la evacuación masiva de las comunidades aledañas, cuyos habitantes han comenzado a retornar a sus casas a pesar de la persistencia de gases tóxicos y de que el incendio no ha podido ser sofocado por los equipos de emergencia. Residentes de Las Cruces y zonas rurales cercanas reportan afecciones de salud persistentes, como dolores de cabeza, garganta y problemas respiratorios, vinculados a la exposición continua a las emanaciones del pozo. 27 de marzo de 2026. Ejido Constitución, Las Choapas, Veracruz, México.
Roberto Olmedo (57) en su lugar de trabajo, el comedor La Pasadita, en la localidad de Río Playa. El establecimiento se encuentra en el perímetro afectado por el incendio del pozo de exploración Krem 1. Las labores de emergencia para extinguir las llamas en el ejido Constitución no han terminado en el último tramo del mes de marzo. La salud de los pobladores y la economía de los pequeños comercios locales sufren afectaciones. 27 de marzo de 2026. Las Choapas, Veracruz, México.

Derrames, así en la tierra como en el mar (Tú me acostumbraste)

Pablo Piovano, fotógrafo, y yo viajamos a Veracruz a mediados de marzo. Estamos haciendo un trabajo documental sobre el petróleo en América Latina. El tema es complejo y apasionante, sobre todo aquí, en México, país cuya historia reciente e identidad están atravesadas por el petróleo. Esta vez, no llegamos detrás de la noticia, era un viaje programado. Pero estábamos en el estado más afectado por el derrame que está provocando un desastre socioambiental en el golfo de México. Y en el medio nos enteramos, también, del pozo que ardía en Las Choapas, del que aún no hay tanta repercusión, pese a que se evacuaron más de mil personas y el lugar está custodiado por tres cordones de seguridad del Ejército.

Hay algo peor para la función pública que no acompañar a las comunidades en sus tragedias: negarlas. Desde esa bronca escribo estas líneas. Me prometo volver a Veracruz y escribir algo más luminoso. Pero ahora solo intentaré reproducir lo que me contaron. Lo que vi, lo que sentí. Fue la primera vez que estuve frente al mar y no metí ni los pies. Me gustaría creer que fue un derrame aislado, que realmente está controlado, que limpiaron (o limpiarán) todas las playas, pero el recorrido durante 10 días por diferentes puntos del extenso y hermoso Veracruz me dejaron una certeza: este derrame que ya se extendió por más de 900 kilómetros, que primero se ocultó, se negó y del que aún se esperan explicaciones completas, no es un hecho aislado. La explosión del pozo en Las Choapas, tampoco. Son apenas dos eslabones de una cadena de tragedias.

Poza Rica

Arrancamos el recorrido en el norte-centro del estado. La región Totonaca. En Poza Rica, donde el 18 de marzo se celebra la Fiesta del Petróleo, con desfile multitudinario y feria para conmemorar la expropiación de Lázaro Cárdenas de 1938, un hito en la historia mexicana.

En esta ciudad nacida del petróleo nos sorprende lo que aquí, para todos, es cotidiano. Dos árboles de navidad —como la industria nombra a las válvulas sobre los pozos petroleros—, camuflados en medio de un parque repleto de niños. Mucha gente, al atardecer, corre y hace ejercicios alrededor de una bomba de varilla, el característico “balancín” que va arriba y abajo como un gran pájaro picoteando el suelo. Otra máquina de bombeo está junto a la Facultad de Ciencias de la Salud, cuyas instalaciones quedaron inutilizables por la inundación de octubre de 2025. Los vestigios del desbordamiento del río Cazones —que provocó la muerte de decenas de personas— se ven por todos lados. Una gasolinera destruida y un cementerio improvisado de autos que arrastró el agua, amontonados, sin ventanas ni ruedas, alrededor del pozo petrolero 78, pegadito a un Oxxo. La escuela Club de Leones número 4 de la colonia Ignacio de la Llave está en reconstrucción. Paredes y pizarrones manchados de petróleo, incluso un ventilador de techo. Caminamos por una calle en la Colonia Francisco Madero y casi en la puerta de dos casas brota crudo. Los vecinos tiran arena o aserrín, una práctica cotidiana.

—Viene de un pozo de arriba, que pierde —señala Sandra Luz Zaragoza. Vive desde hace 30 años aquí—. Siempre fue igual, cuando llueve se inunda de chapo. Todos los políticos prometen solución, presentamos denuncias, fotos, pero nada. Mi hijo tiene alergias y afecciones respiratorias. Se mueren gatos, perros, pajaritos, iguanas; ya no hay tortugas ni tlacuaches. 

En la calle que nos indicó encontramos un depósito de crudo en el suelo al que le falta la tapa. Los zapatos se nos pegotean (Pablo dudará mucho antes de tirar sus huaraches preferidos). Enfrente una casa vacía, literalmente empetrolada, y en la banqueta un charco de crudo brillante de unos 30 metros, contenido por bolsas de arena rotas. La calle, por la que ahora pasa un carro y un padre con su hijo caminando, está toda esparcida de arena y chapo.


Una alberca de petróleo crudo permanece contenida por bolsas de arena en plena calle Zaragoza, en la colonia Francisco I. Madero. En este sector de Poza Rica, históricamente ligado a la industria petrolera, los derrames por fallas en la infraestructura obsoleta son una constante desatendida desde hace años. A pesar de las recurrentes protestas de los vecinos por los riesgos sanitarios y ambientales, la falta de mantenimiento por parte de la empresa estatal ha convertido las filtraciones de hidrocarburo en parte del paisaje urbano cotidiano. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.
Vista de la infraestructura del Pozo 302, conocido localmente como "arbolito de navidad", ubicado en un sector habitacional de Poza Rica. Mientras la región enfrenta una serie de desastres ambientales recientes, la presencia de estos pozos antiguos en áreas urbanas resalta la vulnerabilidad de la población civil ante posibles fallas técnicas. El Pozo 302 es uno de los múltiples puntos de extracción que, según los vecinos, requiere mantenimiento crítico para evitar filtraciones de crudo en la vía pública. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.

Papantla 

El tata Romualdo García de Luna es un artista de la madera. Su padre, un carpintero —y volador de Papantla—, le enseñó el oficio. El tata Romualdo sueña deidades totonacas que luego transforma en máscaras. Da talleres todo el año, también durante la Cumbre Tajín, evento estrella de estas tierras. Allí lo conocimos, y días después nos guió por diferentes comunidades. La suya, Ojital Viejo, en 2024 sufrió un derrame que se extendió por seis kilómetros a través de un arroyo y luego por el río Cazones, que desemboca en el mar.

—Hay que hablar de esto. No puede ser que nuestros jóvenes se están muriendo de paros cardíacos o enfermedades que antes no existían. Hay estudios que demuestran que de los árboles contaminados con hidrocarburo los frutos recién pueden consumirse a los cinco años. Y acá, como las comunidades pierden todo, apenas pueden venden y consumen sus productos. Es un desastre y las autoridades no ven eso.

Una mujer realiza un ritual de sahumerio durante la Cumbre Tajín, una celebración anual de la cultura totonaca en la zona arqueológica de El Tajín. 22 de marzo de 2026. Papantla, Veracruz, México.

Arroyo Florido

Para entrar a Arroyo Florido, un pueblo de 280 habitantes, hay que sortear cráteres tamaño lunar.

—Llevamos 20 años de petróleo acá y ni siquiera hacen mantenimiento de la carretera.

Habla Galdino García Juárez, el subagente municipal que nos recibe. Cuenta que de los más de 600 pozos del municipio de Coatzintla, 40 están en Arroyo Florido.

Los derrames empezaron en 2023. Hubo cuatro. El último en agosto de 2025. Los árboles junto al arroyo que abastecía de agua al pueblo tienen marcas de petróleo. El crudo se ve y se huele. El arroyo desemboca en el río Cazones, que abastece de agua a Coatzintla y Poza Rica.

Elvira de la Cruz Genaro, 47 años, vive junto al arroyo. Mientras deshoja maíz dice:

—Nunca limpiaron bien. Lo amontonan en un lugar y después la lluvia lo esparce todo. Antes había peces, sapitos, tortugas. Ya no podemos tomar agua del pozo. El dolor de cabeza y estómago no se aguanta. El naranjal todo embarrado de chapo. Y un gestor social de Pemex dijo que beneficia a las plantas, que tiene minerales. Ellos piensan esa gente de las comunidades no saben defenderse, le podemos decir lo que sea.

Furberos 

Camino a Tlahuanapa un colega recomienda pasar por Furberos; comparte el contacto de Marcial Méndez Ortiz. Pero en esta zona de grandes campos, pequeños pueblos, milpas y carreteras de terracería, no siempre hay señal de celular. Finalmente llegamos a su casa, preguntando de puerta en puerta. Furberos, 350 habitantes, fue cuna de los primeros pozos del siglo XX. Después de años, le construyeron una clínica. Pero está vacía, no hay médicos. Otra foto de lo que queda cuando el oro negro se va. Marcial tiene 60 años y nos guía hasta un sendero entre dos terrenos, a menos de 200 metros de la calle de entrada al pueblo. Dos grandes chapopoteras burbujean petróleo con su olor correspondiente:

—El primer brote habrá sido, mínimo, hace ocho años, pero hace más de 20 que no hay actividad petrolera acá. Es un pozo que sellaron y empezó a filtrar.

La segunda parada es una gran milpa a la par de la castigada carretera. En el medio del maizal, el manchón de crudo brotando es del tamaño de una piscina olímpica.

Tlahuanapa 

Pedro García García vive en la primera casa del pueblo. Delante de su vivienda, tres grandes cruces. Es agente municipal, 47 años, una personalidad alegre y conversadora. Usa una gorra de Morena cuya inscripción dice Vote por Rocío Nahle. Nos muestra con orgullo la bomba de agua que lograron instalar con el esfuerzo de toda la comunidad. Alrededor todo es milpa. Nos da de probar mandarinas, y saca unas hojas de un naranjo y un limonero para que las olamos. Árboles por todos lados. Guanabana, cayote, zapote. Pero de pronto llega el olor. Cruzando un pequeño curso de agua, detrás de la milpa, una bomba de varilla oxidada sube y baja. Cinco tanques de Pemex manchados, un par de contenedores abandonados y crudo derramado de años. La escalera de un contenedor está completamente carcomida: pareciera que un dinosaurio hubiera mordido los escalones. El olor es el más fuerte que hemos sentido en ocho años de recorridos por zonas petroleras. Se ve gas saliendo de un tubo en lo alto de uno de los tanques. Nos empieza a doler la cabeza —ese compañero de trayecto— y tenemos que irnos.

—Mi papá falleció de cáncer, en 2012, a los 60 años. Yo siento que es por esto —dice Pedro.

—¿No viene Pemex acá?

—Sí, a diario a llenar una pipa. Dicen que hicieron reportes pero... En una ocasión vino un hombre de Pemex muy conocido en la zona. Su respuesta fue: se van a tener que acostumbrar a este olor.

Pedro García García (47), agente municipal de Tlahuanapa, frente a una unidad de bombeo oxidada y tanques de almacenamiento que operan de forma continua emanando gases contaminantes. En esta comunidad de 800 habitantes, la infraestructura obsoleta de la petrolera estatal, Pemex, forma parte del paisaje cotidiano. 24 de marzo de 2026. Tlahuanapa, Veracruz, México.

Minatitlán 

En Minatitlán, ya más al sur de Veracruz, abordamos una lancha para ver desde el agua la refinería Lázaro Cárdenas, la más antigua y una de las más grandes de Latinoamérica. Vicente, 58 años, el pescador que nos lleva, cuenta que su abuelo trabajó allí. El petróleo aquí tiene más de 100 años. Señala primero la parte más nueva de la refinería, donde se ven cinco mecheros —quemadores con llamas altísimas, ruido ensordecedor—, y luego hacia Capoacán, la isla de enfrente.

—Ahí hay gente que se hizo exámenes de cabello y tiene plomo.

Le pedimos si podemos desembarcar. Lo hacemos en el muelle de un hombre que está mirando la nada, acostado en una hamaca. Se pone de pie, se acerca lentamente. De un árbol cuelgan sus jaulas de camarón. Demetrio Chala Cruz, 73 años, cuenta que antes la refinería botaba mucho crudo, pero que ahora el gran problema es el aire, por los mecheros.

—Respiramos puro humo. Mi esposa murió en diciembre de neumonía y fue por esto que respiramos. Hoy se cumplen tres meses. Es duro pelear con este monstruo.

Punta Puntilla

El sábado 28 de marzo conocimos Punta Puntilla, en un extremo de la región de Los Tuxtlas. Estamos allí porque seguimos a los Altepee, un colectivo de música, comunicación y defensa del territorio de Acayucan que está documentando zonas afectadas por los derrames. Punta Puntilla es un poblado de pescadores y mariscadores de 68 habitantes que además es un santuario de tortugas. Se llega por un camino zigzagueante y de altura. Campo, caballos pastando y mar, otro paraíso veracruzano. Lugar elegido por entre 200 y 300 tortugas que llegan en abril para anidar. Las loras ponen sus huevos de día; las blancas, de noche. Dos meses después la playa se llena de tortuguitas. Así lo explica Eulalio Temix Sosa, 37 años, visera para atrás, playera tipo polo, mezclilla, chanclas, presidente del campo tortuguero de Puntilla y pescador, aunque estos días tuvo que improvisar otros trabajos.

—El chapo comenzó a llegar alrededor del 20 de febrero. Primero pedazos chicos, blandos. Después puras planchuelas grandes. Otros años ha arribado poco, ahora se salió de control. Estaba llenito, llenito de chapo. Unos 18 kilómetros. No se podía caminar. No pudimos trabajar, justo en Semana Santa, cuando los compañeros levantan palapas y venden mariscos. Tuvimos que irnos al campo en la temporada de la sierra y el robalo. No podemos tirar las redes. Abrimos unos sábalos y tienen petróleo.

Como venía la época de anidación se apuraron a limpiar y, en este caso, sí contaron con apoyo del municipio de Angel R. Cabada. Sacaron, calculan, unas dos toneladas de chapo, aunque sigue arribando. Se ven las piedras manchadas, los caracoles.

—Van cinco tortugas muertas y una que pudimos salvar. Estaban llenas de chapo. Prácticamente se les había cocido la vista.

Un campesino y su burro cruzan una carretera rural cerca de Playa Punta Puntilla, en la zona de Los Tuxtlas, al sur de Veracruz, que también fue afectada por los derrames en el mar. 28 de marzo de 2026. Región de Los Tuxtlas, Veracruz, México.

Las Barrillas

A unos 20 kilómetros de Coatzacoalcos, otra playa turística y hermosa. El sol está cayendo. Dan ganas de acostarse en una hamaca, o sentarse frente al mar. Pero nos informaron que han dejado bolsas de chapopote en algún lugar de este paraíso. Preguntamos y nos dicen que nos fijemos detrás de la secundaria. Llegamos por una calle angosta. Y ahí están, cientos de bolsas de chapo. El contraste duele. Un atardecer de cuadro, volcanes de fondo, una poza entre las dunas, el mar y ese olor que viene de la montaña de bolsas negras. Están a menos de 10 metros de donde empiezan las primeras casas, entre ellas la de Felix Rosas López y Yessenia López González, que viven con sus hijos y nietos. Todos están hace días con dolor de garganta y problemas para respirar.

Situaciones similares nos relataron en diferentes playas de Veracruz. La ayuda no llega,  llega tarde o llega mal. Las organizaciones de la sociedad civil que revelaron el origen de los derrames se preguntan: ¿quién decidió no informar públicamente desde febrero sobre un vertido de gran magnitud en torno a la infraestructura petrolera de Pemex?, ¿quién decidió desplazar la atención hacia marzo y hacia supuestas causas naturales?, ¿quién responderá por las comunidades que no fueron alertadas a tiempo y por los ecosistemas afectados?

Otra pregunta me vuelve durante todo el viaje. La de Visitación, el señor en Las Choapas, con el sonido de un pozo ardiendo de fondo. Acá suena el mar, pero podría ser la misma.

—¿Qué pasará con nuestros niños? Todo esto recién está empezando para nosotros.

Camino hasta el mar. El sol es una línea, ya casi no hay luz para las fotos. Las olas rompen, blancas, a orillas de la inmensidad de la noche. A lo lejos, un hombre patea una pelota con su hija. El viento, aún tenue, empieza lentamente a cubrir de arena los montículos de bolsas de chapopote.

Isaac y su hija posan para un retrato durante el atardecer en Playa Las Barrillas, junto a bolsas de recolección de chapopote (petróleo crudo sólido). Aunque brigadas locales recogen el hidrocarburo cada mañana tras el reciente derrame, los residentes denuncian que las autoridades no retiran los desechos de la costa. 26 de marzo de 2026. Playa Las Barrillas, Veracruz, México.
Una pluma de ave atrapada en un denso charco de petróleo crudo tras el derrame reportado en las costas del golfo de México. El incidente ha afectado ecosistemas críticos y zonas de anidación en el estado de Veracruz, dejando a la fauna local vulnerable ante la toxicidad del hidrocarburo. 23 de marzo de 2026. Playa Azul, Cazones de Herrera, Veracruz, México.

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Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

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Las manos de un joven quedan cubiertas por una densa capa de petróleo crudo frente a las aguas de Playa Azul, durante las labores de contención tras el derrame que afecta Veracruz. El desastre ha paralizado la economía regional, dejando a cientos de familias de pescadores y trabajadores turísticos sin sustento. 23 de marzo de 2026. Barra de Cazones, Veracruz, México.
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El derrame de crudo en el golfo de México es la manifestación más reciente de una enfermedad que, trágicamente, se ha tornado endémica: las afectaciones medioambientales y de salud pública provocadas por la industria petrolera en las comunidades que la alojan. Aquí, un recorrido de 10 días por diferentes puntos de Veracruz, desde los charcos de chapopote e infraestructura abandonada que ya forman parte del paisaje cotidiano en playas y pueblos, hasta un pozo de exploración que lleva un mes ardiendo.

—Se escuchó el puntazo, la explosión. Fue a las cinco de la tarde.

—La gente empezó a bajar corriendo. Tienen que irse, por la intoxicación, dijeron los de Pemex.

—Apestaba a gas, pero muchos no quisieron dejar sus casas.

—Yo me quedé. Pero a las 10 de la noche el olor se sentía más fuerte. Nos dolía la cabeza, y a mi nieto le hacía espuma por la boca. Ahí nos fuimos para Las Choapas y alquilé un cuarto de hotel.

Dos ancianos flaquitos, ambos de bigote y sombrero, suben la cuesta a paso cansado. También una madre con dos niños, una señora con bastón y dos jóvenes en moto. Los habitantes de Las Cruces —un poblado campesino del ejido Ignacio López Rayón, en Las Choapas, Veracruz, muy cerca de la frontera con Tabasco— se acercan a la explanada de la escuela secundaria, debajo del tejabán. Una maestra ofrece sillas plásticas, blancas, y un viejito enérgico y fibroso busca otras sillas apiladas en un cuartito. Se arma una ronda imprecisa: los mayores sentados, otros de pie, y más atrás el par de jóvenes a caballo de sus motos. Un perro espanta gallinas curiosas. El sol de las tres en punto, ahora, le gana a las vencidas a esa turbina de avión, a ese ruido en las noches, insoportable. Viene de las montañas al norte, donde se ve crecer una víbora de humo. El pozo exploratorio Krem 1, del que todos hablan aquí, dan su testimonio, explotó el 5 de marzo. En la última semana del mes, aún está ardiendo.

—Pemex dice, como siempre, todo está bajo control —Rodolfo, bigotes, pantalón de mezclilla, huaraches—. El ruido de noche es más fuerte. Todo el cielo se pone naranja, parece de día.

—Más de 40 metros tiene la llamarada. La tierra tiembla. Es un monstruo, ese pozo se tragó toda la estructura. Máquinas, todo —dice Gladys, con su hijo en brazos.

—¿Cómo que se tragó la estructura? —pregunto.

—El pozo se fue de control —aporta un hombre desde atrás, parado junto a las motos— y la lumbre se tragó la torre, la broca perforadora, las camionetas, generadores, la oficina…

—Hasta las motos de los obreros.

—Se llevó todo para abajo. Es un hoyón grandísimo. Los jefes que trabajan allí nos explicaron que están saliendo gases venenosos. Había un grupo de ocho trabajadores que vinieron de Tabasco, no sabemos qué pasó. Vimos a una joven llorando.

Visitación Cabañas Méndez se pone de pie de golpe, la silla plástica queda temblando. En voz alta dice: 

—Todo esto recién está empezando para nosotros.

Setenta y seis años, camisa a cuadros, gorra negra con letras amarillas. Quienes hablaban bajito en el fondo, al escuchar el ímpetu de Visitación, uno de los fundadores del pueblo, hacen silencio. Desde las montañas, en cambio, el pozo aumenta su bramido.

—Todo ese humo está cayendo a los arroyos, a la tierra, a las láminas, a las personas. Hay una fila de vacas muertas allá arriba. Es una lluvia tóxica. A la mañana huele a petróleo quemado. Nuestros pulmones ya lo están sintiendo. ¿Qué pasará con nuestros niños, con sus pulmones en formación? Todo esto recién está empezando.

¿Cómo puede ser? Me voy de Las Cruces con dolor de cabeza (“Acá no va a conseguir nada, hace días que en la zona se acabaron las pastillas. Estamos todos igual, con dolor de cabeza y de estómago”), pero se lo atribuyo a la rabia, a la impotencia. Sé que en unas horas estaré chequeando información, escribiéndole a geógrafos, ingenieros, a gente de Pemex y otros especialistas para entender más, pero en ese momento, y ahora que escribo, lo que me gana es la indignación. Me gustaría creer que con esta crónica puedo aportar algo para que esa gente que vive hace 50 años en un pueblo en medio de las montañas, en un lugar atravesado por un río —donde hay un puente colgante en desuso y otro puente de cemento que cuando el río sube lo tapa—, que tienen que hacer kilómetros para ver un médico, me gustaría creer, al menos, que esa gente va a ser asistida.

Hasta el momento no ha ocurrido. O peor:

—Hicimos plantón y nos amenazaron que íbamos a ir presos —afirma otro de los mayores del pueblo.

Una lengua de fuego emerge del pozo de exploración Krem 1, el cual permanece fuera de control tras las explosiones registradas el pasado 5 de marzo. El incidente forzó la evacuación masiva de las comunidades aledañas, cuyos habitantes han comenzado a retornar a sus casas a pesar de la persistencia de gases tóxicos y de que el incendio no ha podido ser sofocado por los equipos de emergencia. Residentes de Las Cruces y zonas rurales cercanas reportan afecciones de salud persistentes, como dolores de cabeza, garganta y problemas respiratorios, vinculados a la exposición continua a las emanaciones del pozo. 27 de marzo de 2026. Ejido Constitución, Las Choapas, Veracruz, México.
Roberto Olmedo (57) en su lugar de trabajo, el comedor La Pasadita, en la localidad de Río Playa. El establecimiento se encuentra en el perímetro afectado por el incendio del pozo de exploración Krem 1. Las labores de emergencia para extinguir las llamas en el ejido Constitución no han terminado en el último tramo del mes de marzo. La salud de los pobladores y la economía de los pequeños comercios locales sufren afectaciones. 27 de marzo de 2026. Las Choapas, Veracruz, México.

Derrames, así en la tierra como en el mar (Tú me acostumbraste)

Pablo Piovano, fotógrafo, y yo viajamos a Veracruz a mediados de marzo. Estamos haciendo un trabajo documental sobre el petróleo en América Latina. El tema es complejo y apasionante, sobre todo aquí, en México, país cuya historia reciente e identidad están atravesadas por el petróleo. Esta vez, no llegamos detrás de la noticia, era un viaje programado. Pero estábamos en el estado más afectado por el derrame que está provocando un desastre socioambiental en el golfo de México. Y en el medio nos enteramos, también, del pozo que ardía en Las Choapas, del que aún no hay tanta repercusión, pese a que se evacuaron más de mil personas y el lugar está custodiado por tres cordones de seguridad del Ejército.

Hay algo peor para la función pública que no acompañar a las comunidades en sus tragedias: negarlas. Desde esa bronca escribo estas líneas. Me prometo volver a Veracruz y escribir algo más luminoso. Pero ahora solo intentaré reproducir lo que me contaron. Lo que vi, lo que sentí. Fue la primera vez que estuve frente al mar y no metí ni los pies. Me gustaría creer que fue un derrame aislado, que realmente está controlado, que limpiaron (o limpiarán) todas las playas, pero el recorrido durante 10 días por diferentes puntos del extenso y hermoso Veracruz me dejaron una certeza: este derrame que ya se extendió por más de 900 kilómetros, que primero se ocultó, se negó y del que aún se esperan explicaciones completas, no es un hecho aislado. La explosión del pozo en Las Choapas, tampoco. Son apenas dos eslabones de una cadena de tragedias.

Poza Rica

Arrancamos el recorrido en el norte-centro del estado. La región Totonaca. En Poza Rica, donde el 18 de marzo se celebra la Fiesta del Petróleo, con desfile multitudinario y feria para conmemorar la expropiación de Lázaro Cárdenas de 1938, un hito en la historia mexicana.

En esta ciudad nacida del petróleo nos sorprende lo que aquí, para todos, es cotidiano. Dos árboles de navidad —como la industria nombra a las válvulas sobre los pozos petroleros—, camuflados en medio de un parque repleto de niños. Mucha gente, al atardecer, corre y hace ejercicios alrededor de una bomba de varilla, el característico “balancín” que va arriba y abajo como un gran pájaro picoteando el suelo. Otra máquina de bombeo está junto a la Facultad de Ciencias de la Salud, cuyas instalaciones quedaron inutilizables por la inundación de octubre de 2025. Los vestigios del desbordamiento del río Cazones —que provocó la muerte de decenas de personas— se ven por todos lados. Una gasolinera destruida y un cementerio improvisado de autos que arrastró el agua, amontonados, sin ventanas ni ruedas, alrededor del pozo petrolero 78, pegadito a un Oxxo. La escuela Club de Leones número 4 de la colonia Ignacio de la Llave está en reconstrucción. Paredes y pizarrones manchados de petróleo, incluso un ventilador de techo. Caminamos por una calle en la Colonia Francisco Madero y casi en la puerta de dos casas brota crudo. Los vecinos tiran arena o aserrín, una práctica cotidiana.

—Viene de un pozo de arriba, que pierde —señala Sandra Luz Zaragoza. Vive desde hace 30 años aquí—. Siempre fue igual, cuando llueve se inunda de chapo. Todos los políticos prometen solución, presentamos denuncias, fotos, pero nada. Mi hijo tiene alergias y afecciones respiratorias. Se mueren gatos, perros, pajaritos, iguanas; ya no hay tortugas ni tlacuaches. 

En la calle que nos indicó encontramos un depósito de crudo en el suelo al que le falta la tapa. Los zapatos se nos pegotean (Pablo dudará mucho antes de tirar sus huaraches preferidos). Enfrente una casa vacía, literalmente empetrolada, y en la banqueta un charco de crudo brillante de unos 30 metros, contenido por bolsas de arena rotas. La calle, por la que ahora pasa un carro y un padre con su hijo caminando, está toda esparcida de arena y chapo.


Una alberca de petróleo crudo permanece contenida por bolsas de arena en plena calle Zaragoza, en la colonia Francisco I. Madero. En este sector de Poza Rica, históricamente ligado a la industria petrolera, los derrames por fallas en la infraestructura obsoleta son una constante desatendida desde hace años. A pesar de las recurrentes protestas de los vecinos por los riesgos sanitarios y ambientales, la falta de mantenimiento por parte de la empresa estatal ha convertido las filtraciones de hidrocarburo en parte del paisaje urbano cotidiano. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.
Vista de la infraestructura del Pozo 302, conocido localmente como "arbolito de navidad", ubicado en un sector habitacional de Poza Rica. Mientras la región enfrenta una serie de desastres ambientales recientes, la presencia de estos pozos antiguos en áreas urbanas resalta la vulnerabilidad de la población civil ante posibles fallas técnicas. El Pozo 302 es uno de los múltiples puntos de extracción que, según los vecinos, requiere mantenimiento crítico para evitar filtraciones de crudo en la vía pública. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.

Papantla 

El tata Romualdo García de Luna es un artista de la madera. Su padre, un carpintero —y volador de Papantla—, le enseñó el oficio. El tata Romualdo sueña deidades totonacas que luego transforma en máscaras. Da talleres todo el año, también durante la Cumbre Tajín, evento estrella de estas tierras. Allí lo conocimos, y días después nos guió por diferentes comunidades. La suya, Ojital Viejo, en 2024 sufrió un derrame que se extendió por seis kilómetros a través de un arroyo y luego por el río Cazones, que desemboca en el mar.

—Hay que hablar de esto. No puede ser que nuestros jóvenes se están muriendo de paros cardíacos o enfermedades que antes no existían. Hay estudios que demuestran que de los árboles contaminados con hidrocarburo los frutos recién pueden consumirse a los cinco años. Y acá, como las comunidades pierden todo, apenas pueden venden y consumen sus productos. Es un desastre y las autoridades no ven eso.

Una mujer realiza un ritual de sahumerio durante la Cumbre Tajín, una celebración anual de la cultura totonaca en la zona arqueológica de El Tajín. 22 de marzo de 2026. Papantla, Veracruz, México.

Arroyo Florido

Para entrar a Arroyo Florido, un pueblo de 280 habitantes, hay que sortear cráteres tamaño lunar.

—Llevamos 20 años de petróleo acá y ni siquiera hacen mantenimiento de la carretera.

Habla Galdino García Juárez, el subagente municipal que nos recibe. Cuenta que de los más de 600 pozos del municipio de Coatzintla, 40 están en Arroyo Florido.

Los derrames empezaron en 2023. Hubo cuatro. El último en agosto de 2025. Los árboles junto al arroyo que abastecía de agua al pueblo tienen marcas de petróleo. El crudo se ve y se huele. El arroyo desemboca en el río Cazones, que abastece de agua a Coatzintla y Poza Rica.

Elvira de la Cruz Genaro, 47 años, vive junto al arroyo. Mientras deshoja maíz dice:

—Nunca limpiaron bien. Lo amontonan en un lugar y después la lluvia lo esparce todo. Antes había peces, sapitos, tortugas. Ya no podemos tomar agua del pozo. El dolor de cabeza y estómago no se aguanta. El naranjal todo embarrado de chapo. Y un gestor social de Pemex dijo que beneficia a las plantas, que tiene minerales. Ellos piensan esa gente de las comunidades no saben defenderse, le podemos decir lo que sea.

Furberos 

Camino a Tlahuanapa un colega recomienda pasar por Furberos; comparte el contacto de Marcial Méndez Ortiz. Pero en esta zona de grandes campos, pequeños pueblos, milpas y carreteras de terracería, no siempre hay señal de celular. Finalmente llegamos a su casa, preguntando de puerta en puerta. Furberos, 350 habitantes, fue cuna de los primeros pozos del siglo XX. Después de años, le construyeron una clínica. Pero está vacía, no hay médicos. Otra foto de lo que queda cuando el oro negro se va. Marcial tiene 60 años y nos guía hasta un sendero entre dos terrenos, a menos de 200 metros de la calle de entrada al pueblo. Dos grandes chapopoteras burbujean petróleo con su olor correspondiente:

—El primer brote habrá sido, mínimo, hace ocho años, pero hace más de 20 que no hay actividad petrolera acá. Es un pozo que sellaron y empezó a filtrar.

La segunda parada es una gran milpa a la par de la castigada carretera. En el medio del maizal, el manchón de crudo brotando es del tamaño de una piscina olímpica.

Tlahuanapa 

Pedro García García vive en la primera casa del pueblo. Delante de su vivienda, tres grandes cruces. Es agente municipal, 47 años, una personalidad alegre y conversadora. Usa una gorra de Morena cuya inscripción dice Vote por Rocío Nahle. Nos muestra con orgullo la bomba de agua que lograron instalar con el esfuerzo de toda la comunidad. Alrededor todo es milpa. Nos da de probar mandarinas, y saca unas hojas de un naranjo y un limonero para que las olamos. Árboles por todos lados. Guanabana, cayote, zapote. Pero de pronto llega el olor. Cruzando un pequeño curso de agua, detrás de la milpa, una bomba de varilla oxidada sube y baja. Cinco tanques de Pemex manchados, un par de contenedores abandonados y crudo derramado de años. La escalera de un contenedor está completamente carcomida: pareciera que un dinosaurio hubiera mordido los escalones. El olor es el más fuerte que hemos sentido en ocho años de recorridos por zonas petroleras. Se ve gas saliendo de un tubo en lo alto de uno de los tanques. Nos empieza a doler la cabeza —ese compañero de trayecto— y tenemos que irnos.

—Mi papá falleció de cáncer, en 2012, a los 60 años. Yo siento que es por esto —dice Pedro.

—¿No viene Pemex acá?

—Sí, a diario a llenar una pipa. Dicen que hicieron reportes pero... En una ocasión vino un hombre de Pemex muy conocido en la zona. Su respuesta fue: se van a tener que acostumbrar a este olor.

Pedro García García (47), agente municipal de Tlahuanapa, frente a una unidad de bombeo oxidada y tanques de almacenamiento que operan de forma continua emanando gases contaminantes. En esta comunidad de 800 habitantes, la infraestructura obsoleta de la petrolera estatal, Pemex, forma parte del paisaje cotidiano. 24 de marzo de 2026. Tlahuanapa, Veracruz, México.

Minatitlán 

En Minatitlán, ya más al sur de Veracruz, abordamos una lancha para ver desde el agua la refinería Lázaro Cárdenas, la más antigua y una de las más grandes de Latinoamérica. Vicente, 58 años, el pescador que nos lleva, cuenta que su abuelo trabajó allí. El petróleo aquí tiene más de 100 años. Señala primero la parte más nueva de la refinería, donde se ven cinco mecheros —quemadores con llamas altísimas, ruido ensordecedor—, y luego hacia Capoacán, la isla de enfrente.

—Ahí hay gente que se hizo exámenes de cabello y tiene plomo.

Le pedimos si podemos desembarcar. Lo hacemos en el muelle de un hombre que está mirando la nada, acostado en una hamaca. Se pone de pie, se acerca lentamente. De un árbol cuelgan sus jaulas de camarón. Demetrio Chala Cruz, 73 años, cuenta que antes la refinería botaba mucho crudo, pero que ahora el gran problema es el aire, por los mecheros.

—Respiramos puro humo. Mi esposa murió en diciembre de neumonía y fue por esto que respiramos. Hoy se cumplen tres meses. Es duro pelear con este monstruo.

Punta Puntilla

El sábado 28 de marzo conocimos Punta Puntilla, en un extremo de la región de Los Tuxtlas. Estamos allí porque seguimos a los Altepee, un colectivo de música, comunicación y defensa del territorio de Acayucan que está documentando zonas afectadas por los derrames. Punta Puntilla es un poblado de pescadores y mariscadores de 68 habitantes que además es un santuario de tortugas. Se llega por un camino zigzagueante y de altura. Campo, caballos pastando y mar, otro paraíso veracruzano. Lugar elegido por entre 200 y 300 tortugas que llegan en abril para anidar. Las loras ponen sus huevos de día; las blancas, de noche. Dos meses después la playa se llena de tortuguitas. Así lo explica Eulalio Temix Sosa, 37 años, visera para atrás, playera tipo polo, mezclilla, chanclas, presidente del campo tortuguero de Puntilla y pescador, aunque estos días tuvo que improvisar otros trabajos.

—El chapo comenzó a llegar alrededor del 20 de febrero. Primero pedazos chicos, blandos. Después puras planchuelas grandes. Otros años ha arribado poco, ahora se salió de control. Estaba llenito, llenito de chapo. Unos 18 kilómetros. No se podía caminar. No pudimos trabajar, justo en Semana Santa, cuando los compañeros levantan palapas y venden mariscos. Tuvimos que irnos al campo en la temporada de la sierra y el robalo. No podemos tirar las redes. Abrimos unos sábalos y tienen petróleo.

Como venía la época de anidación se apuraron a limpiar y, en este caso, sí contaron con apoyo del municipio de Angel R. Cabada. Sacaron, calculan, unas dos toneladas de chapo, aunque sigue arribando. Se ven las piedras manchadas, los caracoles.

—Van cinco tortugas muertas y una que pudimos salvar. Estaban llenas de chapo. Prácticamente se les había cocido la vista.

Un campesino y su burro cruzan una carretera rural cerca de Playa Punta Puntilla, en la zona de Los Tuxtlas, al sur de Veracruz, que también fue afectada por los derrames en el mar. 28 de marzo de 2026. Región de Los Tuxtlas, Veracruz, México.

Las Barrillas

A unos 20 kilómetros de Coatzacoalcos, otra playa turística y hermosa. El sol está cayendo. Dan ganas de acostarse en una hamaca, o sentarse frente al mar. Pero nos informaron que han dejado bolsas de chapopote en algún lugar de este paraíso. Preguntamos y nos dicen que nos fijemos detrás de la secundaria. Llegamos por una calle angosta. Y ahí están, cientos de bolsas de chapo. El contraste duele. Un atardecer de cuadro, volcanes de fondo, una poza entre las dunas, el mar y ese olor que viene de la montaña de bolsas negras. Están a menos de 10 metros de donde empiezan las primeras casas, entre ellas la de Felix Rosas López y Yessenia López González, que viven con sus hijos y nietos. Todos están hace días con dolor de garganta y problemas para respirar.

Situaciones similares nos relataron en diferentes playas de Veracruz. La ayuda no llega,  llega tarde o llega mal. Las organizaciones de la sociedad civil que revelaron el origen de los derrames se preguntan: ¿quién decidió no informar públicamente desde febrero sobre un vertido de gran magnitud en torno a la infraestructura petrolera de Pemex?, ¿quién decidió desplazar la atención hacia marzo y hacia supuestas causas naturales?, ¿quién responderá por las comunidades que no fueron alertadas a tiempo y por los ecosistemas afectados?

Otra pregunta me vuelve durante todo el viaje. La de Visitación, el señor en Las Choapas, con el sonido de un pozo ardiendo de fondo. Acá suena el mar, pero podría ser la misma.

—¿Qué pasará con nuestros niños? Todo esto recién está empezando para nosotros.

Camino hasta el mar. El sol es una línea, ya casi no hay luz para las fotos. Las olas rompen, blancas, a orillas de la inmensidad de la noche. A lo lejos, un hombre patea una pelota con su hija. El viento, aún tenue, empieza lentamente a cubrir de arena los montículos de bolsas de chapopote.

Isaac y su hija posan para un retrato durante el atardecer en Playa Las Barrillas, junto a bolsas de recolección de chapopote (petróleo crudo sólido). Aunque brigadas locales recogen el hidrocarburo cada mañana tras el reciente derrame, los residentes denuncian que las autoridades no retiran los desechos de la costa. 26 de marzo de 2026. Playa Las Barrillas, Veracruz, México.
Una pluma de ave atrapada en un denso charco de petróleo crudo tras el derrame reportado en las costas del golfo de México. El incidente ha afectado ecosistemas críticos y zonas de anidación en el estado de Veracruz, dejando a la fauna local vulnerable ante la toxicidad del hidrocarburo. 23 de marzo de 2026. Playa Azul, Cazones de Herrera, Veracruz, México.

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Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

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26
2026
Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
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El derrame de crudo en el golfo de México es la manifestación más reciente de una enfermedad que, trágicamente, se ha tornado endémica: las afectaciones medioambientales y de salud pública provocadas por la industria petrolera en las comunidades que la alojan. Aquí, un recorrido de 10 días por diferentes puntos de Veracruz, desde los charcos de chapopote e infraestructura abandonada que ya forman parte del paisaje cotidiano en playas y pueblos, hasta un pozo de exploración que lleva un mes ardiendo.

—Se escuchó el puntazo, la explosión. Fue a las cinco de la tarde.

—La gente empezó a bajar corriendo. Tienen que irse, por la intoxicación, dijeron los de Pemex.

—Apestaba a gas, pero muchos no quisieron dejar sus casas.

—Yo me quedé. Pero a las 10 de la noche el olor se sentía más fuerte. Nos dolía la cabeza, y a mi nieto le hacía espuma por la boca. Ahí nos fuimos para Las Choapas y alquilé un cuarto de hotel.

Dos ancianos flaquitos, ambos de bigote y sombrero, suben la cuesta a paso cansado. También una madre con dos niños, una señora con bastón y dos jóvenes en moto. Los habitantes de Las Cruces —un poblado campesino del ejido Ignacio López Rayón, en Las Choapas, Veracruz, muy cerca de la frontera con Tabasco— se acercan a la explanada de la escuela secundaria, debajo del tejabán. Una maestra ofrece sillas plásticas, blancas, y un viejito enérgico y fibroso busca otras sillas apiladas en un cuartito. Se arma una ronda imprecisa: los mayores sentados, otros de pie, y más atrás el par de jóvenes a caballo de sus motos. Un perro espanta gallinas curiosas. El sol de las tres en punto, ahora, le gana a las vencidas a esa turbina de avión, a ese ruido en las noches, insoportable. Viene de las montañas al norte, donde se ve crecer una víbora de humo. El pozo exploratorio Krem 1, del que todos hablan aquí, dan su testimonio, explotó el 5 de marzo. En la última semana del mes, aún está ardiendo.

—Pemex dice, como siempre, todo está bajo control —Rodolfo, bigotes, pantalón de mezclilla, huaraches—. El ruido de noche es más fuerte. Todo el cielo se pone naranja, parece de día.

—Más de 40 metros tiene la llamarada. La tierra tiembla. Es un monstruo, ese pozo se tragó toda la estructura. Máquinas, todo —dice Gladys, con su hijo en brazos.

—¿Cómo que se tragó la estructura? —pregunto.

—El pozo se fue de control —aporta un hombre desde atrás, parado junto a las motos— y la lumbre se tragó la torre, la broca perforadora, las camionetas, generadores, la oficina…

—Hasta las motos de los obreros.

—Se llevó todo para abajo. Es un hoyón grandísimo. Los jefes que trabajan allí nos explicaron que están saliendo gases venenosos. Había un grupo de ocho trabajadores que vinieron de Tabasco, no sabemos qué pasó. Vimos a una joven llorando.

Visitación Cabañas Méndez se pone de pie de golpe, la silla plástica queda temblando. En voz alta dice: 

—Todo esto recién está empezando para nosotros.

Setenta y seis años, camisa a cuadros, gorra negra con letras amarillas. Quienes hablaban bajito en el fondo, al escuchar el ímpetu de Visitación, uno de los fundadores del pueblo, hacen silencio. Desde las montañas, en cambio, el pozo aumenta su bramido.

—Todo ese humo está cayendo a los arroyos, a la tierra, a las láminas, a las personas. Hay una fila de vacas muertas allá arriba. Es una lluvia tóxica. A la mañana huele a petróleo quemado. Nuestros pulmones ya lo están sintiendo. ¿Qué pasará con nuestros niños, con sus pulmones en formación? Todo esto recién está empezando.

¿Cómo puede ser? Me voy de Las Cruces con dolor de cabeza (“Acá no va a conseguir nada, hace días que en la zona se acabaron las pastillas. Estamos todos igual, con dolor de cabeza y de estómago”), pero se lo atribuyo a la rabia, a la impotencia. Sé que en unas horas estaré chequeando información, escribiéndole a geógrafos, ingenieros, a gente de Pemex y otros especialistas para entender más, pero en ese momento, y ahora que escribo, lo que me gana es la indignación. Me gustaría creer que con esta crónica puedo aportar algo para que esa gente que vive hace 50 años en un pueblo en medio de las montañas, en un lugar atravesado por un río —donde hay un puente colgante en desuso y otro puente de cemento que cuando el río sube lo tapa—, que tienen que hacer kilómetros para ver un médico, me gustaría creer, al menos, que esa gente va a ser asistida.

Hasta el momento no ha ocurrido. O peor:

—Hicimos plantón y nos amenazaron que íbamos a ir presos —afirma otro de los mayores del pueblo.

Una lengua de fuego emerge del pozo de exploración Krem 1, el cual permanece fuera de control tras las explosiones registradas el pasado 5 de marzo. El incidente forzó la evacuación masiva de las comunidades aledañas, cuyos habitantes han comenzado a retornar a sus casas a pesar de la persistencia de gases tóxicos y de que el incendio no ha podido ser sofocado por los equipos de emergencia. Residentes de Las Cruces y zonas rurales cercanas reportan afecciones de salud persistentes, como dolores de cabeza, garganta y problemas respiratorios, vinculados a la exposición continua a las emanaciones del pozo. 27 de marzo de 2026. Ejido Constitución, Las Choapas, Veracruz, México.
Roberto Olmedo (57) en su lugar de trabajo, el comedor La Pasadita, en la localidad de Río Playa. El establecimiento se encuentra en el perímetro afectado por el incendio del pozo de exploración Krem 1. Las labores de emergencia para extinguir las llamas en el ejido Constitución no han terminado en el último tramo del mes de marzo. La salud de los pobladores y la economía de los pequeños comercios locales sufren afectaciones. 27 de marzo de 2026. Las Choapas, Veracruz, México.

Derrames, así en la tierra como en el mar (Tú me acostumbraste)

Pablo Piovano, fotógrafo, y yo viajamos a Veracruz a mediados de marzo. Estamos haciendo un trabajo documental sobre el petróleo en América Latina. El tema es complejo y apasionante, sobre todo aquí, en México, país cuya historia reciente e identidad están atravesadas por el petróleo. Esta vez, no llegamos detrás de la noticia, era un viaje programado. Pero estábamos en el estado más afectado por el derrame que está provocando un desastre socioambiental en el golfo de México. Y en el medio nos enteramos, también, del pozo que ardía en Las Choapas, del que aún no hay tanta repercusión, pese a que se evacuaron más de mil personas y el lugar está custodiado por tres cordones de seguridad del Ejército.

Hay algo peor para la función pública que no acompañar a las comunidades en sus tragedias: negarlas. Desde esa bronca escribo estas líneas. Me prometo volver a Veracruz y escribir algo más luminoso. Pero ahora solo intentaré reproducir lo que me contaron. Lo que vi, lo que sentí. Fue la primera vez que estuve frente al mar y no metí ni los pies. Me gustaría creer que fue un derrame aislado, que realmente está controlado, que limpiaron (o limpiarán) todas las playas, pero el recorrido durante 10 días por diferentes puntos del extenso y hermoso Veracruz me dejaron una certeza: este derrame que ya se extendió por más de 900 kilómetros, que primero se ocultó, se negó y del que aún se esperan explicaciones completas, no es un hecho aislado. La explosión del pozo en Las Choapas, tampoco. Son apenas dos eslabones de una cadena de tragedias.

Poza Rica

Arrancamos el recorrido en el norte-centro del estado. La región Totonaca. En Poza Rica, donde el 18 de marzo se celebra la Fiesta del Petróleo, con desfile multitudinario y feria para conmemorar la expropiación de Lázaro Cárdenas de 1938, un hito en la historia mexicana.

En esta ciudad nacida del petróleo nos sorprende lo que aquí, para todos, es cotidiano. Dos árboles de navidad —como la industria nombra a las válvulas sobre los pozos petroleros—, camuflados en medio de un parque repleto de niños. Mucha gente, al atardecer, corre y hace ejercicios alrededor de una bomba de varilla, el característico “balancín” que va arriba y abajo como un gran pájaro picoteando el suelo. Otra máquina de bombeo está junto a la Facultad de Ciencias de la Salud, cuyas instalaciones quedaron inutilizables por la inundación de octubre de 2025. Los vestigios del desbordamiento del río Cazones —que provocó la muerte de decenas de personas— se ven por todos lados. Una gasolinera destruida y un cementerio improvisado de autos que arrastró el agua, amontonados, sin ventanas ni ruedas, alrededor del pozo petrolero 78, pegadito a un Oxxo. La escuela Club de Leones número 4 de la colonia Ignacio de la Llave está en reconstrucción. Paredes y pizarrones manchados de petróleo, incluso un ventilador de techo. Caminamos por una calle en la Colonia Francisco Madero y casi en la puerta de dos casas brota crudo. Los vecinos tiran arena o aserrín, una práctica cotidiana.

—Viene de un pozo de arriba, que pierde —señala Sandra Luz Zaragoza. Vive desde hace 30 años aquí—. Siempre fue igual, cuando llueve se inunda de chapo. Todos los políticos prometen solución, presentamos denuncias, fotos, pero nada. Mi hijo tiene alergias y afecciones respiratorias. Se mueren gatos, perros, pajaritos, iguanas; ya no hay tortugas ni tlacuaches. 

En la calle que nos indicó encontramos un depósito de crudo en el suelo al que le falta la tapa. Los zapatos se nos pegotean (Pablo dudará mucho antes de tirar sus huaraches preferidos). Enfrente una casa vacía, literalmente empetrolada, y en la banqueta un charco de crudo brillante de unos 30 metros, contenido por bolsas de arena rotas. La calle, por la que ahora pasa un carro y un padre con su hijo caminando, está toda esparcida de arena y chapo.


Una alberca de petróleo crudo permanece contenida por bolsas de arena en plena calle Zaragoza, en la colonia Francisco I. Madero. En este sector de Poza Rica, históricamente ligado a la industria petrolera, los derrames por fallas en la infraestructura obsoleta son una constante desatendida desde hace años. A pesar de las recurrentes protestas de los vecinos por los riesgos sanitarios y ambientales, la falta de mantenimiento por parte de la empresa estatal ha convertido las filtraciones de hidrocarburo en parte del paisaje urbano cotidiano. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.
Vista de la infraestructura del Pozo 302, conocido localmente como "arbolito de navidad", ubicado en un sector habitacional de Poza Rica. Mientras la región enfrenta una serie de desastres ambientales recientes, la presencia de estos pozos antiguos en áreas urbanas resalta la vulnerabilidad de la población civil ante posibles fallas técnicas. El Pozo 302 es uno de los múltiples puntos de extracción que, según los vecinos, requiere mantenimiento crítico para evitar filtraciones de crudo en la vía pública. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.

Papantla 

El tata Romualdo García de Luna es un artista de la madera. Su padre, un carpintero —y volador de Papantla—, le enseñó el oficio. El tata Romualdo sueña deidades totonacas que luego transforma en máscaras. Da talleres todo el año, también durante la Cumbre Tajín, evento estrella de estas tierras. Allí lo conocimos, y días después nos guió por diferentes comunidades. La suya, Ojital Viejo, en 2024 sufrió un derrame que se extendió por seis kilómetros a través de un arroyo y luego por el río Cazones, que desemboca en el mar.

—Hay que hablar de esto. No puede ser que nuestros jóvenes se están muriendo de paros cardíacos o enfermedades que antes no existían. Hay estudios que demuestran que de los árboles contaminados con hidrocarburo los frutos recién pueden consumirse a los cinco años. Y acá, como las comunidades pierden todo, apenas pueden venden y consumen sus productos. Es un desastre y las autoridades no ven eso.

Una mujer realiza un ritual de sahumerio durante la Cumbre Tajín, una celebración anual de la cultura totonaca en la zona arqueológica de El Tajín. 22 de marzo de 2026. Papantla, Veracruz, México.

Arroyo Florido

Para entrar a Arroyo Florido, un pueblo de 280 habitantes, hay que sortear cráteres tamaño lunar.

—Llevamos 20 años de petróleo acá y ni siquiera hacen mantenimiento de la carretera.

Habla Galdino García Juárez, el subagente municipal que nos recibe. Cuenta que de los más de 600 pozos del municipio de Coatzintla, 40 están en Arroyo Florido.

Los derrames empezaron en 2023. Hubo cuatro. El último en agosto de 2025. Los árboles junto al arroyo que abastecía de agua al pueblo tienen marcas de petróleo. El crudo se ve y se huele. El arroyo desemboca en el río Cazones, que abastece de agua a Coatzintla y Poza Rica.

Elvira de la Cruz Genaro, 47 años, vive junto al arroyo. Mientras deshoja maíz dice:

—Nunca limpiaron bien. Lo amontonan en un lugar y después la lluvia lo esparce todo. Antes había peces, sapitos, tortugas. Ya no podemos tomar agua del pozo. El dolor de cabeza y estómago no se aguanta. El naranjal todo embarrado de chapo. Y un gestor social de Pemex dijo que beneficia a las plantas, que tiene minerales. Ellos piensan esa gente de las comunidades no saben defenderse, le podemos decir lo que sea.

Furberos 

Camino a Tlahuanapa un colega recomienda pasar por Furberos; comparte el contacto de Marcial Méndez Ortiz. Pero en esta zona de grandes campos, pequeños pueblos, milpas y carreteras de terracería, no siempre hay señal de celular. Finalmente llegamos a su casa, preguntando de puerta en puerta. Furberos, 350 habitantes, fue cuna de los primeros pozos del siglo XX. Después de años, le construyeron una clínica. Pero está vacía, no hay médicos. Otra foto de lo que queda cuando el oro negro se va. Marcial tiene 60 años y nos guía hasta un sendero entre dos terrenos, a menos de 200 metros de la calle de entrada al pueblo. Dos grandes chapopoteras burbujean petróleo con su olor correspondiente:

—El primer brote habrá sido, mínimo, hace ocho años, pero hace más de 20 que no hay actividad petrolera acá. Es un pozo que sellaron y empezó a filtrar.

La segunda parada es una gran milpa a la par de la castigada carretera. En el medio del maizal, el manchón de crudo brotando es del tamaño de una piscina olímpica.

Tlahuanapa 

Pedro García García vive en la primera casa del pueblo. Delante de su vivienda, tres grandes cruces. Es agente municipal, 47 años, una personalidad alegre y conversadora. Usa una gorra de Morena cuya inscripción dice Vote por Rocío Nahle. Nos muestra con orgullo la bomba de agua que lograron instalar con el esfuerzo de toda la comunidad. Alrededor todo es milpa. Nos da de probar mandarinas, y saca unas hojas de un naranjo y un limonero para que las olamos. Árboles por todos lados. Guanabana, cayote, zapote. Pero de pronto llega el olor. Cruzando un pequeño curso de agua, detrás de la milpa, una bomba de varilla oxidada sube y baja. Cinco tanques de Pemex manchados, un par de contenedores abandonados y crudo derramado de años. La escalera de un contenedor está completamente carcomida: pareciera que un dinosaurio hubiera mordido los escalones. El olor es el más fuerte que hemos sentido en ocho años de recorridos por zonas petroleras. Se ve gas saliendo de un tubo en lo alto de uno de los tanques. Nos empieza a doler la cabeza —ese compañero de trayecto— y tenemos que irnos.

—Mi papá falleció de cáncer, en 2012, a los 60 años. Yo siento que es por esto —dice Pedro.

—¿No viene Pemex acá?

—Sí, a diario a llenar una pipa. Dicen que hicieron reportes pero... En una ocasión vino un hombre de Pemex muy conocido en la zona. Su respuesta fue: se van a tener que acostumbrar a este olor.

Pedro García García (47), agente municipal de Tlahuanapa, frente a una unidad de bombeo oxidada y tanques de almacenamiento que operan de forma continua emanando gases contaminantes. En esta comunidad de 800 habitantes, la infraestructura obsoleta de la petrolera estatal, Pemex, forma parte del paisaje cotidiano. 24 de marzo de 2026. Tlahuanapa, Veracruz, México.

Minatitlán 

En Minatitlán, ya más al sur de Veracruz, abordamos una lancha para ver desde el agua la refinería Lázaro Cárdenas, la más antigua y una de las más grandes de Latinoamérica. Vicente, 58 años, el pescador que nos lleva, cuenta que su abuelo trabajó allí. El petróleo aquí tiene más de 100 años. Señala primero la parte más nueva de la refinería, donde se ven cinco mecheros —quemadores con llamas altísimas, ruido ensordecedor—, y luego hacia Capoacán, la isla de enfrente.

—Ahí hay gente que se hizo exámenes de cabello y tiene plomo.

Le pedimos si podemos desembarcar. Lo hacemos en el muelle de un hombre que está mirando la nada, acostado en una hamaca. Se pone de pie, se acerca lentamente. De un árbol cuelgan sus jaulas de camarón. Demetrio Chala Cruz, 73 años, cuenta que antes la refinería botaba mucho crudo, pero que ahora el gran problema es el aire, por los mecheros.

—Respiramos puro humo. Mi esposa murió en diciembre de neumonía y fue por esto que respiramos. Hoy se cumplen tres meses. Es duro pelear con este monstruo.

Punta Puntilla

El sábado 28 de marzo conocimos Punta Puntilla, en un extremo de la región de Los Tuxtlas. Estamos allí porque seguimos a los Altepee, un colectivo de música, comunicación y defensa del territorio de Acayucan que está documentando zonas afectadas por los derrames. Punta Puntilla es un poblado de pescadores y mariscadores de 68 habitantes que además es un santuario de tortugas. Se llega por un camino zigzagueante y de altura. Campo, caballos pastando y mar, otro paraíso veracruzano. Lugar elegido por entre 200 y 300 tortugas que llegan en abril para anidar. Las loras ponen sus huevos de día; las blancas, de noche. Dos meses después la playa se llena de tortuguitas. Así lo explica Eulalio Temix Sosa, 37 años, visera para atrás, playera tipo polo, mezclilla, chanclas, presidente del campo tortuguero de Puntilla y pescador, aunque estos días tuvo que improvisar otros trabajos.

—El chapo comenzó a llegar alrededor del 20 de febrero. Primero pedazos chicos, blandos. Después puras planchuelas grandes. Otros años ha arribado poco, ahora se salió de control. Estaba llenito, llenito de chapo. Unos 18 kilómetros. No se podía caminar. No pudimos trabajar, justo en Semana Santa, cuando los compañeros levantan palapas y venden mariscos. Tuvimos que irnos al campo en la temporada de la sierra y el robalo. No podemos tirar las redes. Abrimos unos sábalos y tienen petróleo.

Como venía la época de anidación se apuraron a limpiar y, en este caso, sí contaron con apoyo del municipio de Angel R. Cabada. Sacaron, calculan, unas dos toneladas de chapo, aunque sigue arribando. Se ven las piedras manchadas, los caracoles.

—Van cinco tortugas muertas y una que pudimos salvar. Estaban llenas de chapo. Prácticamente se les había cocido la vista.

Un campesino y su burro cruzan una carretera rural cerca de Playa Punta Puntilla, en la zona de Los Tuxtlas, al sur de Veracruz, que también fue afectada por los derrames en el mar. 28 de marzo de 2026. Región de Los Tuxtlas, Veracruz, México.

Las Barrillas

A unos 20 kilómetros de Coatzacoalcos, otra playa turística y hermosa. El sol está cayendo. Dan ganas de acostarse en una hamaca, o sentarse frente al mar. Pero nos informaron que han dejado bolsas de chapopote en algún lugar de este paraíso. Preguntamos y nos dicen que nos fijemos detrás de la secundaria. Llegamos por una calle angosta. Y ahí están, cientos de bolsas de chapo. El contraste duele. Un atardecer de cuadro, volcanes de fondo, una poza entre las dunas, el mar y ese olor que viene de la montaña de bolsas negras. Están a menos de 10 metros de donde empiezan las primeras casas, entre ellas la de Felix Rosas López y Yessenia López González, que viven con sus hijos y nietos. Todos están hace días con dolor de garganta y problemas para respirar.

Situaciones similares nos relataron en diferentes playas de Veracruz. La ayuda no llega,  llega tarde o llega mal. Las organizaciones de la sociedad civil que revelaron el origen de los derrames se preguntan: ¿quién decidió no informar públicamente desde febrero sobre un vertido de gran magnitud en torno a la infraestructura petrolera de Pemex?, ¿quién decidió desplazar la atención hacia marzo y hacia supuestas causas naturales?, ¿quién responderá por las comunidades que no fueron alertadas a tiempo y por los ecosistemas afectados?

Otra pregunta me vuelve durante todo el viaje. La de Visitación, el señor en Las Choapas, con el sonido de un pozo ardiendo de fondo. Acá suena el mar, pero podría ser la misma.

—¿Qué pasará con nuestros niños? Todo esto recién está empezando para nosotros.

Camino hasta el mar. El sol es una línea, ya casi no hay luz para las fotos. Las olas rompen, blancas, a orillas de la inmensidad de la noche. A lo lejos, un hombre patea una pelota con su hija. El viento, aún tenue, empieza lentamente a cubrir de arena los montículos de bolsas de chapopote.

Isaac y su hija posan para un retrato durante el atardecer en Playa Las Barrillas, junto a bolsas de recolección de chapopote (petróleo crudo sólido). Aunque brigadas locales recogen el hidrocarburo cada mañana tras el reciente derrame, los residentes denuncian que las autoridades no retiran los desechos de la costa. 26 de marzo de 2026. Playa Las Barrillas, Veracruz, México.
Una pluma de ave atrapada en un denso charco de petróleo crudo tras el derrame reportado en las costas del golfo de México. El incidente ha afectado ecosistemas críticos y zonas de anidación en el estado de Veracruz, dejando a la fauna local vulnerable ante la toxicidad del hidrocarburo. 23 de marzo de 2026. Playa Azul, Cazones de Herrera, Veracruz, México.

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Las manos de un joven quedan cubiertas por una densa capa de petróleo crudo frente a las aguas de Playa Azul, durante las labores de contención tras el derrame que afecta Veracruz. El desastre ha paralizado la economía regional, dejando a cientos de familias de pescadores y trabajadores turísticos sin sustento. 23 de marzo de 2026. Barra de Cazones, Veracruz, México.

Todo esto recién está empezando (Veracruz, mi tierra empetrolada)

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El derrame de crudo en el golfo de México es la manifestación más reciente de una enfermedad que, trágicamente, se ha tornado endémica: las afectaciones medioambientales y de salud pública provocadas por la industria petrolera en las comunidades que la alojan. Aquí, un recorrido de 10 días por diferentes puntos de Veracruz, desde los charcos de chapopote e infraestructura abandonada que ya forman parte del paisaje cotidiano en playas y pueblos, hasta un pozo de exploración que lleva un mes ardiendo.

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—Se escuchó el puntazo, la explosión. Fue a las cinco de la tarde.

—La gente empezó a bajar corriendo. Tienen que irse, por la intoxicación, dijeron los de Pemex.

—Apestaba a gas, pero muchos no quisieron dejar sus casas.

—Yo me quedé. Pero a las 10 de la noche el olor se sentía más fuerte. Nos dolía la cabeza, y a mi nieto le hacía espuma por la boca. Ahí nos fuimos para Las Choapas y alquilé un cuarto de hotel.

Dos ancianos flaquitos, ambos de bigote y sombrero, suben la cuesta a paso cansado. También una madre con dos niños, una señora con bastón y dos jóvenes en moto. Los habitantes de Las Cruces —un poblado campesino del ejido Ignacio López Rayón, en Las Choapas, Veracruz, muy cerca de la frontera con Tabasco— se acercan a la explanada de la escuela secundaria, debajo del tejabán. Una maestra ofrece sillas plásticas, blancas, y un viejito enérgico y fibroso busca otras sillas apiladas en un cuartito. Se arma una ronda imprecisa: los mayores sentados, otros de pie, y más atrás el par de jóvenes a caballo de sus motos. Un perro espanta gallinas curiosas. El sol de las tres en punto, ahora, le gana a las vencidas a esa turbina de avión, a ese ruido en las noches, insoportable. Viene de las montañas al norte, donde se ve crecer una víbora de humo. El pozo exploratorio Krem 1, del que todos hablan aquí, dan su testimonio, explotó el 5 de marzo. En la última semana del mes, aún está ardiendo.

—Pemex dice, como siempre, todo está bajo control —Rodolfo, bigotes, pantalón de mezclilla, huaraches—. El ruido de noche es más fuerte. Todo el cielo se pone naranja, parece de día.

—Más de 40 metros tiene la llamarada. La tierra tiembla. Es un monstruo, ese pozo se tragó toda la estructura. Máquinas, todo —dice Gladys, con su hijo en brazos.

—¿Cómo que se tragó la estructura? —pregunto.

—El pozo se fue de control —aporta un hombre desde atrás, parado junto a las motos— y la lumbre se tragó la torre, la broca perforadora, las camionetas, generadores, la oficina…

—Hasta las motos de los obreros.

—Se llevó todo para abajo. Es un hoyón grandísimo. Los jefes que trabajan allí nos explicaron que están saliendo gases venenosos. Había un grupo de ocho trabajadores que vinieron de Tabasco, no sabemos qué pasó. Vimos a una joven llorando.

Visitación Cabañas Méndez se pone de pie de golpe, la silla plástica queda temblando. En voz alta dice: 

—Todo esto recién está empezando para nosotros.

Setenta y seis años, camisa a cuadros, gorra negra con letras amarillas. Quienes hablaban bajito en el fondo, al escuchar el ímpetu de Visitación, uno de los fundadores del pueblo, hacen silencio. Desde las montañas, en cambio, el pozo aumenta su bramido.

—Todo ese humo está cayendo a los arroyos, a la tierra, a las láminas, a las personas. Hay una fila de vacas muertas allá arriba. Es una lluvia tóxica. A la mañana huele a petróleo quemado. Nuestros pulmones ya lo están sintiendo. ¿Qué pasará con nuestros niños, con sus pulmones en formación? Todo esto recién está empezando.

¿Cómo puede ser? Me voy de Las Cruces con dolor de cabeza (“Acá no va a conseguir nada, hace días que en la zona se acabaron las pastillas. Estamos todos igual, con dolor de cabeza y de estómago”), pero se lo atribuyo a la rabia, a la impotencia. Sé que en unas horas estaré chequeando información, escribiéndole a geógrafos, ingenieros, a gente de Pemex y otros especialistas para entender más, pero en ese momento, y ahora que escribo, lo que me gana es la indignación. Me gustaría creer que con esta crónica puedo aportar algo para que esa gente que vive hace 50 años en un pueblo en medio de las montañas, en un lugar atravesado por un río —donde hay un puente colgante en desuso y otro puente de cemento que cuando el río sube lo tapa—, que tienen que hacer kilómetros para ver un médico, me gustaría creer, al menos, que esa gente va a ser asistida.

Hasta el momento no ha ocurrido. O peor:

—Hicimos plantón y nos amenazaron que íbamos a ir presos —afirma otro de los mayores del pueblo.

Una lengua de fuego emerge del pozo de exploración Krem 1, el cual permanece fuera de control tras las explosiones registradas el pasado 5 de marzo. El incidente forzó la evacuación masiva de las comunidades aledañas, cuyos habitantes han comenzado a retornar a sus casas a pesar de la persistencia de gases tóxicos y de que el incendio no ha podido ser sofocado por los equipos de emergencia. Residentes de Las Cruces y zonas rurales cercanas reportan afecciones de salud persistentes, como dolores de cabeza, garganta y problemas respiratorios, vinculados a la exposición continua a las emanaciones del pozo. 27 de marzo de 2026. Ejido Constitución, Las Choapas, Veracruz, México.
Roberto Olmedo (57) en su lugar de trabajo, el comedor La Pasadita, en la localidad de Río Playa. El establecimiento se encuentra en el perímetro afectado por el incendio del pozo de exploración Krem 1. Las labores de emergencia para extinguir las llamas en el ejido Constitución no han terminado en el último tramo del mes de marzo. La salud de los pobladores y la economía de los pequeños comercios locales sufren afectaciones. 27 de marzo de 2026. Las Choapas, Veracruz, México.

Derrames, así en la tierra como en el mar (Tú me acostumbraste)

Pablo Piovano, fotógrafo, y yo viajamos a Veracruz a mediados de marzo. Estamos haciendo un trabajo documental sobre el petróleo en América Latina. El tema es complejo y apasionante, sobre todo aquí, en México, país cuya historia reciente e identidad están atravesadas por el petróleo. Esta vez, no llegamos detrás de la noticia, era un viaje programado. Pero estábamos en el estado más afectado por el derrame que está provocando un desastre socioambiental en el golfo de México. Y en el medio nos enteramos, también, del pozo que ardía en Las Choapas, del que aún no hay tanta repercusión, pese a que se evacuaron más de mil personas y el lugar está custodiado por tres cordones de seguridad del Ejército.

Hay algo peor para la función pública que no acompañar a las comunidades en sus tragedias: negarlas. Desde esa bronca escribo estas líneas. Me prometo volver a Veracruz y escribir algo más luminoso. Pero ahora solo intentaré reproducir lo que me contaron. Lo que vi, lo que sentí. Fue la primera vez que estuve frente al mar y no metí ni los pies. Me gustaría creer que fue un derrame aislado, que realmente está controlado, que limpiaron (o limpiarán) todas las playas, pero el recorrido durante 10 días por diferentes puntos del extenso y hermoso Veracruz me dejaron una certeza: este derrame que ya se extendió por más de 900 kilómetros, que primero se ocultó, se negó y del que aún se esperan explicaciones completas, no es un hecho aislado. La explosión del pozo en Las Choapas, tampoco. Son apenas dos eslabones de una cadena de tragedias.

Poza Rica

Arrancamos el recorrido en el norte-centro del estado. La región Totonaca. En Poza Rica, donde el 18 de marzo se celebra la Fiesta del Petróleo, con desfile multitudinario y feria para conmemorar la expropiación de Lázaro Cárdenas de 1938, un hito en la historia mexicana.

En esta ciudad nacida del petróleo nos sorprende lo que aquí, para todos, es cotidiano. Dos árboles de navidad —como la industria nombra a las válvulas sobre los pozos petroleros—, camuflados en medio de un parque repleto de niños. Mucha gente, al atardecer, corre y hace ejercicios alrededor de una bomba de varilla, el característico “balancín” que va arriba y abajo como un gran pájaro picoteando el suelo. Otra máquina de bombeo está junto a la Facultad de Ciencias de la Salud, cuyas instalaciones quedaron inutilizables por la inundación de octubre de 2025. Los vestigios del desbordamiento del río Cazones —que provocó la muerte de decenas de personas— se ven por todos lados. Una gasolinera destruida y un cementerio improvisado de autos que arrastró el agua, amontonados, sin ventanas ni ruedas, alrededor del pozo petrolero 78, pegadito a un Oxxo. La escuela Club de Leones número 4 de la colonia Ignacio de la Llave está en reconstrucción. Paredes y pizarrones manchados de petróleo, incluso un ventilador de techo. Caminamos por una calle en la Colonia Francisco Madero y casi en la puerta de dos casas brota crudo. Los vecinos tiran arena o aserrín, una práctica cotidiana.

—Viene de un pozo de arriba, que pierde —señala Sandra Luz Zaragoza. Vive desde hace 30 años aquí—. Siempre fue igual, cuando llueve se inunda de chapo. Todos los políticos prometen solución, presentamos denuncias, fotos, pero nada. Mi hijo tiene alergias y afecciones respiratorias. Se mueren gatos, perros, pajaritos, iguanas; ya no hay tortugas ni tlacuaches. 

En la calle que nos indicó encontramos un depósito de crudo en el suelo al que le falta la tapa. Los zapatos se nos pegotean (Pablo dudará mucho antes de tirar sus huaraches preferidos). Enfrente una casa vacía, literalmente empetrolada, y en la banqueta un charco de crudo brillante de unos 30 metros, contenido por bolsas de arena rotas. La calle, por la que ahora pasa un carro y un padre con su hijo caminando, está toda esparcida de arena y chapo.


Una alberca de petróleo crudo permanece contenida por bolsas de arena en plena calle Zaragoza, en la colonia Francisco I. Madero. En este sector de Poza Rica, históricamente ligado a la industria petrolera, los derrames por fallas en la infraestructura obsoleta son una constante desatendida desde hace años. A pesar de las recurrentes protestas de los vecinos por los riesgos sanitarios y ambientales, la falta de mantenimiento por parte de la empresa estatal ha convertido las filtraciones de hidrocarburo en parte del paisaje urbano cotidiano. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.
Vista de la infraestructura del Pozo 302, conocido localmente como "arbolito de navidad", ubicado en un sector habitacional de Poza Rica. Mientras la región enfrenta una serie de desastres ambientales recientes, la presencia de estos pozos antiguos en áreas urbanas resalta la vulnerabilidad de la población civil ante posibles fallas técnicas. El Pozo 302 es uno de los múltiples puntos de extracción que, según los vecinos, requiere mantenimiento crítico para evitar filtraciones de crudo en la vía pública. 21 de marzo de 2026. Poza Rica, Veracruz, México.

Papantla 

El tata Romualdo García de Luna es un artista de la madera. Su padre, un carpintero —y volador de Papantla—, le enseñó el oficio. El tata Romualdo sueña deidades totonacas que luego transforma en máscaras. Da talleres todo el año, también durante la Cumbre Tajín, evento estrella de estas tierras. Allí lo conocimos, y días después nos guió por diferentes comunidades. La suya, Ojital Viejo, en 2024 sufrió un derrame que se extendió por seis kilómetros a través de un arroyo y luego por el río Cazones, que desemboca en el mar.

—Hay que hablar de esto. No puede ser que nuestros jóvenes se están muriendo de paros cardíacos o enfermedades que antes no existían. Hay estudios que demuestran que de los árboles contaminados con hidrocarburo los frutos recién pueden consumirse a los cinco años. Y acá, como las comunidades pierden todo, apenas pueden venden y consumen sus productos. Es un desastre y las autoridades no ven eso.

Una mujer realiza un ritual de sahumerio durante la Cumbre Tajín, una celebración anual de la cultura totonaca en la zona arqueológica de El Tajín. 22 de marzo de 2026. Papantla, Veracruz, México.

Arroyo Florido

Para entrar a Arroyo Florido, un pueblo de 280 habitantes, hay que sortear cráteres tamaño lunar.

—Llevamos 20 años de petróleo acá y ni siquiera hacen mantenimiento de la carretera.

Habla Galdino García Juárez, el subagente municipal que nos recibe. Cuenta que de los más de 600 pozos del municipio de Coatzintla, 40 están en Arroyo Florido.

Los derrames empezaron en 2023. Hubo cuatro. El último en agosto de 2025. Los árboles junto al arroyo que abastecía de agua al pueblo tienen marcas de petróleo. El crudo se ve y se huele. El arroyo desemboca en el río Cazones, que abastece de agua a Coatzintla y Poza Rica.

Elvira de la Cruz Genaro, 47 años, vive junto al arroyo. Mientras deshoja maíz dice:

—Nunca limpiaron bien. Lo amontonan en un lugar y después la lluvia lo esparce todo. Antes había peces, sapitos, tortugas. Ya no podemos tomar agua del pozo. El dolor de cabeza y estómago no se aguanta. El naranjal todo embarrado de chapo. Y un gestor social de Pemex dijo que beneficia a las plantas, que tiene minerales. Ellos piensan esa gente de las comunidades no saben defenderse, le podemos decir lo que sea.

Furberos 

Camino a Tlahuanapa un colega recomienda pasar por Furberos; comparte el contacto de Marcial Méndez Ortiz. Pero en esta zona de grandes campos, pequeños pueblos, milpas y carreteras de terracería, no siempre hay señal de celular. Finalmente llegamos a su casa, preguntando de puerta en puerta. Furberos, 350 habitantes, fue cuna de los primeros pozos del siglo XX. Después de años, le construyeron una clínica. Pero está vacía, no hay médicos. Otra foto de lo que queda cuando el oro negro se va. Marcial tiene 60 años y nos guía hasta un sendero entre dos terrenos, a menos de 200 metros de la calle de entrada al pueblo. Dos grandes chapopoteras burbujean petróleo con su olor correspondiente:

—El primer brote habrá sido, mínimo, hace ocho años, pero hace más de 20 que no hay actividad petrolera acá. Es un pozo que sellaron y empezó a filtrar.

La segunda parada es una gran milpa a la par de la castigada carretera. En el medio del maizal, el manchón de crudo brotando es del tamaño de una piscina olímpica.

Tlahuanapa 

Pedro García García vive en la primera casa del pueblo. Delante de su vivienda, tres grandes cruces. Es agente municipal, 47 años, una personalidad alegre y conversadora. Usa una gorra de Morena cuya inscripción dice Vote por Rocío Nahle. Nos muestra con orgullo la bomba de agua que lograron instalar con el esfuerzo de toda la comunidad. Alrededor todo es milpa. Nos da de probar mandarinas, y saca unas hojas de un naranjo y un limonero para que las olamos. Árboles por todos lados. Guanabana, cayote, zapote. Pero de pronto llega el olor. Cruzando un pequeño curso de agua, detrás de la milpa, una bomba de varilla oxidada sube y baja. Cinco tanques de Pemex manchados, un par de contenedores abandonados y crudo derramado de años. La escalera de un contenedor está completamente carcomida: pareciera que un dinosaurio hubiera mordido los escalones. El olor es el más fuerte que hemos sentido en ocho años de recorridos por zonas petroleras. Se ve gas saliendo de un tubo en lo alto de uno de los tanques. Nos empieza a doler la cabeza —ese compañero de trayecto— y tenemos que irnos.

—Mi papá falleció de cáncer, en 2012, a los 60 años. Yo siento que es por esto —dice Pedro.

—¿No viene Pemex acá?

—Sí, a diario a llenar una pipa. Dicen que hicieron reportes pero... En una ocasión vino un hombre de Pemex muy conocido en la zona. Su respuesta fue: se van a tener que acostumbrar a este olor.

Pedro García García (47), agente municipal de Tlahuanapa, frente a una unidad de bombeo oxidada y tanques de almacenamiento que operan de forma continua emanando gases contaminantes. En esta comunidad de 800 habitantes, la infraestructura obsoleta de la petrolera estatal, Pemex, forma parte del paisaje cotidiano. 24 de marzo de 2026. Tlahuanapa, Veracruz, México.

Minatitlán 

En Minatitlán, ya más al sur de Veracruz, abordamos una lancha para ver desde el agua la refinería Lázaro Cárdenas, la más antigua y una de las más grandes de Latinoamérica. Vicente, 58 años, el pescador que nos lleva, cuenta que su abuelo trabajó allí. El petróleo aquí tiene más de 100 años. Señala primero la parte más nueva de la refinería, donde se ven cinco mecheros —quemadores con llamas altísimas, ruido ensordecedor—, y luego hacia Capoacán, la isla de enfrente.

—Ahí hay gente que se hizo exámenes de cabello y tiene plomo.

Le pedimos si podemos desembarcar. Lo hacemos en el muelle de un hombre que está mirando la nada, acostado en una hamaca. Se pone de pie, se acerca lentamente. De un árbol cuelgan sus jaulas de camarón. Demetrio Chala Cruz, 73 años, cuenta que antes la refinería botaba mucho crudo, pero que ahora el gran problema es el aire, por los mecheros.

—Respiramos puro humo. Mi esposa murió en diciembre de neumonía y fue por esto que respiramos. Hoy se cumplen tres meses. Es duro pelear con este monstruo.

Punta Puntilla

El sábado 28 de marzo conocimos Punta Puntilla, en un extremo de la región de Los Tuxtlas. Estamos allí porque seguimos a los Altepee, un colectivo de música, comunicación y defensa del territorio de Acayucan que está documentando zonas afectadas por los derrames. Punta Puntilla es un poblado de pescadores y mariscadores de 68 habitantes que además es un santuario de tortugas. Se llega por un camino zigzagueante y de altura. Campo, caballos pastando y mar, otro paraíso veracruzano. Lugar elegido por entre 200 y 300 tortugas que llegan en abril para anidar. Las loras ponen sus huevos de día; las blancas, de noche. Dos meses después la playa se llena de tortuguitas. Así lo explica Eulalio Temix Sosa, 37 años, visera para atrás, playera tipo polo, mezclilla, chanclas, presidente del campo tortuguero de Puntilla y pescador, aunque estos días tuvo que improvisar otros trabajos.

—El chapo comenzó a llegar alrededor del 20 de febrero. Primero pedazos chicos, blandos. Después puras planchuelas grandes. Otros años ha arribado poco, ahora se salió de control. Estaba llenito, llenito de chapo. Unos 18 kilómetros. No se podía caminar. No pudimos trabajar, justo en Semana Santa, cuando los compañeros levantan palapas y venden mariscos. Tuvimos que irnos al campo en la temporada de la sierra y el robalo. No podemos tirar las redes. Abrimos unos sábalos y tienen petróleo.

Como venía la época de anidación se apuraron a limpiar y, en este caso, sí contaron con apoyo del municipio de Angel R. Cabada. Sacaron, calculan, unas dos toneladas de chapo, aunque sigue arribando. Se ven las piedras manchadas, los caracoles.

—Van cinco tortugas muertas y una que pudimos salvar. Estaban llenas de chapo. Prácticamente se les había cocido la vista.

Un campesino y su burro cruzan una carretera rural cerca de Playa Punta Puntilla, en la zona de Los Tuxtlas, al sur de Veracruz, que también fue afectada por los derrames en el mar. 28 de marzo de 2026. Región de Los Tuxtlas, Veracruz, México.

Las Barrillas

A unos 20 kilómetros de Coatzacoalcos, otra playa turística y hermosa. El sol está cayendo. Dan ganas de acostarse en una hamaca, o sentarse frente al mar. Pero nos informaron que han dejado bolsas de chapopote en algún lugar de este paraíso. Preguntamos y nos dicen que nos fijemos detrás de la secundaria. Llegamos por una calle angosta. Y ahí están, cientos de bolsas de chapo. El contraste duele. Un atardecer de cuadro, volcanes de fondo, una poza entre las dunas, el mar y ese olor que viene de la montaña de bolsas negras. Están a menos de 10 metros de donde empiezan las primeras casas, entre ellas la de Felix Rosas López y Yessenia López González, que viven con sus hijos y nietos. Todos están hace días con dolor de garganta y problemas para respirar.

Situaciones similares nos relataron en diferentes playas de Veracruz. La ayuda no llega,  llega tarde o llega mal. Las organizaciones de la sociedad civil que revelaron el origen de los derrames se preguntan: ¿quién decidió no informar públicamente desde febrero sobre un vertido de gran magnitud en torno a la infraestructura petrolera de Pemex?, ¿quién decidió desplazar la atención hacia marzo y hacia supuestas causas naturales?, ¿quién responderá por las comunidades que no fueron alertadas a tiempo y por los ecosistemas afectados?

Otra pregunta me vuelve durante todo el viaje. La de Visitación, el señor en Las Choapas, con el sonido de un pozo ardiendo de fondo. Acá suena el mar, pero podría ser la misma.

—¿Qué pasará con nuestros niños? Todo esto recién está empezando para nosotros.

Camino hasta el mar. El sol es una línea, ya casi no hay luz para las fotos. Las olas rompen, blancas, a orillas de la inmensidad de la noche. A lo lejos, un hombre patea una pelota con su hija. El viento, aún tenue, empieza lentamente a cubrir de arena los montículos de bolsas de chapopote.

Isaac y su hija posan para un retrato durante el atardecer en Playa Las Barrillas, junto a bolsas de recolección de chapopote (petróleo crudo sólido). Aunque brigadas locales recogen el hidrocarburo cada mañana tras el reciente derrame, los residentes denuncian que las autoridades no retiran los desechos de la costa. 26 de marzo de 2026. Playa Las Barrillas, Veracruz, México.
Una pluma de ave atrapada en un denso charco de petróleo crudo tras el derrame reportado en las costas del golfo de México. El incidente ha afectado ecosistemas críticos y zonas de anidación en el estado de Veracruz, dejando a la fauna local vulnerable ante la toxicidad del hidrocarburo. 23 de marzo de 2026. Playa Azul, Cazones de Herrera, Veracruz, México.

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