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<i>Satélite</i>

<i>Satélite</i>

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
18
.
04
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

Presentamos un fragmento de la primera novela de Alonso Burgos, publicada por Alfaguara, que "traza una órbita deslumbrante a través de la memoria, la amistad y los ecos de un México fracturado".

Malina me fue a visitar a Berlín en el primer verano que pasé ahí, cuando todavía nos faltaban muebles, decoraciones y varios utensilios de cocina en el departamento. Yo todavía dormía sobre un colchón en el piso y a las repisas de mi librero les sobraba espacio. ¿Por qué en 2017 todo era más fácil, o por qué se siente como una verdad incontrovertible decir que lo era? Seguro que Diego y yo teníamos responsabilidades, porque recuerdo que la visita de Malina cayó en medio del semestre. Seguro que Malina tenía planes y cosas que hacer, incluso si estaba de vacaciones, pero a pesar de eso, en mi memoria, aquel verano no fue nada más que un largo periodo de descanso, espeso y brillante, como la miel. Tal vez el trabajo no genera recuerdos. Las ocupaciones tediosas y necesarias, por mucho que nos gusten, le pertenecen sólo al presente, y quizás un poco al futuro. Lo que se añora del pasado es todo lo que transcurrió fuera de la rutina, en los descansos que se abren como las puertas a jardines secretos. No recuerdo las discusiones que acontecieron en los seminarios que tomé ese verano (apenas me acuerdo de qué seminarios tomé), no recuerdo leer y subrayar las líneas de algún documento mal escaneado, así como no recuerdo las cosas que aprendí y los pensamientos que tuve por primera vez en esos meses.

En la rutina, la mente se va a otra parte. En cambio, de las tardes únicas y tormentosas conservo el recuerdo de cada gota de agua. El espacio de todo lo útil que he olvidado está ocupado por los detalles más mínimos de días como la tarde que crucé Tempelhof con Diego y Malina al comienzo de la semana. Sé que Malina y yo paseamos por el área del Maybachufer desde la mañana y que visitamos a Diego durante su turno en el café de los colombianos. Pasamos un par de horas sentados en los sillones al lado de la ventana. Diego puso la misma playlist que sonaba en nuestro departamento por las mañanas, y que llevaba el nombre apto de «Nostalgia Latinoamericana». Los versos prístinos de Jorge Drexler y Silvio Rodríguez se emparejaban con los sintetizadores y las guitarras pesadas de Cerati, Zoé, Enjambre y Él Mató a un Policía Motorizado. De vez en cuando se metía una canción perdida de Plastilina Mosh o Calle 13, y luego Chavela Vargas y Mercedes Sosa nos brindaban los respiros tristes. Julieta Venegas por lo general retomaba la alegría junto con las ballenas de ruido de una banda ecuatoriana que a Diego le habían recomendado. Todas las canciones eran diferentes, pero nos producían algo muy similar en esa ciudad donde no parecían existir muchas expresiones de algo que se sintiera nuestro.

El interior del café estuvo prácticamente vacío durante toda la tarde, así que Diego se sentó con nosotros por la mayor parte del rato que estuvimos ahí. Nos echamos varias partidas de ajedrez que nos dejaron en un empate que no se ha resuelto hasta la fecha (quién sabe si algún día Diego y yo volvamos a encontrarnos en una situación que le dé cabida a una partida de ajedrez). Mientras tanto, recuerdo que Malina estaba enfrascada leyendo una novela reciente sobre un mexicano que va a estudiar un posgrado en Barcelona, pero que de alguna forma termina enredado con el crimen organizado. El planteamiento me sonó un poco trillado, pero Malina me insistió que la novela era buenísima. Cada tanto, mi concentración en la cuadrícula del tablero se interrumpía por una carcajada suya, o por el arrebato de una de esas canciones que, sin darme cuenta, se adherían a mi vida como tatuajes.

Luego de que Diego terminó su turno, nos fuimos a comprar unos falafels sudaneses en el Sahara Imbiss del Schillerkiez. De ahí nos dirigimos a la entrada principal de Tempelhof y nos sentamos debajo de un árbol frondoso al norte de la pista. Estuvimos ahí por un largo rato platicando y riéndonos hasta que el tono cálido de todos los atardeceres empezó a desparramarse por el cielo y emprendimos el trayecto de regreso hacia el oeste. Caminamos sobre el asfalto de una de las amplias pistas, acompañados por ciclistas, niños en patines, windsurfers y gente que volaba papalotes colosales. Frente a nosotros, el sol fue mostrándonos una cara cada vez más moribunda mientras se fundía lentamente con el horizonte. Malina nos preguntó si ése era el aeropuerto que se había usado para el puente aéreo del 48. Diego volteó a verme con cara de confundido y le dijo a Malina que sí, pero luego agregó que creía que sí. Posiblemente eso nos sonaba conocido por las clases de historia en la preparatoria y porque cerca de nuestra casa había una estación que se llamaba Platz der Luftbrücke (plaza del Puente Aéreo), pero confesamos que no teníamos una idea muy clara de qué significaba. Incluso recuerdo eso: la sensación de no saber algo que, sin embargo, me sonaba conocido.

Mientras caminábamos en la dirección del atardecer, Malina nos contó que, durante trescientos veintidós días, Berlín fue una isla en medio de un mar intransitable. Tras el final de la guerra, la ciudad, como el resto del país, fue dividida en cuatro zonas de ocupación, cada una controlada por una de las naciones que supuestamente habían vencido al fascismo. En 1948, luego de que los aliados occidentales impusiesen una reforma económica unilateral, los soviéticos bloquearon todos los puntos de acceso a Berlín occidental. Todos menos el aire, dijo Malina. Recuerdo cómo se veía el sol —apenas ya una línea— y a qué altura de la pista íbamos cuando dijo eso. Cómo íbamos caminando y cómo se sentía sostener su mano. El espacio apretado entre nuestros dedos. Sus nudillos. La solución de los aliados fue armar un puente aéreo para llevar provisiones a la ciudad sitiada. En el transcurso de once meses, se llevaron a cabo 275,000 vuelos y se transportaron casi dos millones de toneladas de suministros a esa isla rodeada de tierra. El paso ininterrumpido de los aviones de carga en esa misma pista donde nosotros caminábamos fue parte de la vida cotidiana mientras cambiaban las estaciones y la vida se iba reconstruyendo. Ahí donde ahora había niños jugando y parejas caminando rumbo al atardecer, se mantuvo el estruendo constante de los motores y el olor penetrante de la gasolina quemada. Diego se puso a correr sobre la pista con los brazos estirados a los lados como si fuera a despegar. Malina y yo nos reímos. Recuerdo cada detalle de ese momento con tanta claridad que me parece difícil creer que algún día podré olvidarlo, incluso si vivir es cada día tener más cosas que recordar.

Regresamos a casa agotados. Diego se encerró en su cuarto y Malina y yo nos tiramos sobre el colchón en el piso que llamaba cama. No encendimos la luz ni nos quitamos la ropa de la calle. Alguna parte de esa oscuridad de alcoba, algo en el trayecto a casa o quizá la lenta experiencia del atardecer nos habían guiado al mismo estado melancólico; aquél en el que luego pronunciamos las preocupaciones que pocas veces salen a la luz. Por primera vez desde el comienzo de nuestra relación, Malina me contó de la muerte de su padre el día del temblor. Estaba acostada al lado mío, pero su voz se proyectaba hacia el techo del cuarto con el aplomo de un monólogo en un anfiteatro. En realidad, le hablaba a la penumbra. Su padre se encontraba en su despacho en la Condesa cuando la tierra empezó a sacudirse. Lo más probable es que haya alcanzado a llegar hasta la planta baja del edificio por las escaleras antes de que todos los otros pisos se vinieran abajo. Tardaron cinco días en encontrarlo. El tío de Malina lo reconoció entre las filas de cuerpos alineados sobre el césped hediondo del Estadio Azul, aguardando pertenecer una vez más a un nombre y a una identidad como miles de otros restos tullidos. Su cuerpo acabó tan desfigurado que no dejaron que Malina lo viera, y lo enterraron apresuradamente en uno de los pocos panteones que todavía tenían espacio, más allá del aeropuerto. Con la tapa cerrada. Recuerdo las palabras precisas flotando en medio de la oscuridad de mi cuarto. Malina hacía una pausa larga luego de cada oración y el ruido de la noche se filtraba a través de la ventana abierta:

—Cada tanto tiempo, sueño que me encuentro el maldito ataúd. En todas partes. A veces sueño que estoy en pueblos que ni siquiera conozco, en los que jamás he estado, y lo único familiar es el ataúd de mi papá, que de alguna forma acabó varado en medio de la plaza central, o recargado contra la pared de algún edificio viejo. O incluso colgado de alguna viga con una cuerda demasiado delgada. Cuando seguíamos en la escuela, soñaba que aparecía en las gradas del salón de música, o encima del escritorio del Ortega. Casi cada semana, tenía exactamente el mismo sueño. Ya no pasa tan seguido, pero de vez en cuando sueño que se aparece sobre la cama de mi dormitorio en Barcelona, o en la cocinita que tengo y me muero de pena porque lo encontrarán ahí mis amigas que vienen a visitarme. O sueño que voy con prisa a algún lado, abro mi bolsa para sacar algo, ¡y lo encuentro ahí! El ataúd está entre las cosas que llevo a todas partes, pequeñito e infinitamente pesado. Y justamente es eso: en el momento del sueño, no me da tristeza, ni miedo. Sólo me siento nerviosa porque sé que no le corresponde estar ahí y porque sé que yo soy la que tiene que regresarlo. A la tierra. Aunque él no quiera, siempre sé que tengo que volver a enterrarlo y nunca logro hacerlo porque me despierta el llanto.

Sentí que no me correspondía interrumpir el relato, aunque me di cuenta de que Malina se había puesto a llorar. En lugar de decir algo, me giré para encararla y rodeé su cuello y su cabeza con mis brazos. Me puse a quitarle el pelo de la cara y a detener el recorrido de las lágrimas por sus mejillas.

—Y sé que él está ahí dentro, pero no tengo la fuerza para abrir la tapa. Nunca tengo la fuerza. Incluso si no quiero nada más en este mundo que volver a verlo, siempre hay una sospecha muy fuerte que me dice que encontraré el cuerpo en un estado espantoso. Y eso sí me aterra: algo me dice que su ropa seguirá cubierta de polvo y de escombro, como si apenas acabaran de sacarlo del derrumbe, y que tendrá todos los huesos rotos. Que su cara estará aplastada y que no podré reconocerlo. Y aunque no lo vea, sé que se ve así de esa forma extraña en que uno sabe cosas cuando sueña. Nunca me atrevo, pero es mi papá que está allá dentro y que siempre regresa a que lo encuentre. Tengo mucho miedo de no reconocerlo.

Por la fuerza de su llanto, supe que Malina nunca había hablado de sus sueños con nadie. La emoción se soltó como el agua vieja que desborda un dique y no para de correr. No hice nada más que estar ahí y pasarle pañuelos en la oscuridad hasta que, después de un rato, se calmó. Regresaron el silencio y los ruidos de la noche. Entonces pensé en contarle que mi tío y mi primo también habían muerto en el temblor, pero eso ella ya lo sabía y, además, lo que menos me gustaba acerca de compartir nuestras versiones de 2013 era que a veces parecía que la gente se sentía en una competencia: todos habíamos perdido a alguien, pero una persona siempre quería tener la última palabra. A pesar de eso, tal vez inspirado por la confianza de Malina, sentí que a mí también me tocaba hablar de algo que nunca había compartido. Le conté que el día del sismo se había venido abajo la casa donde pasé los primeros años de mi vida hasta el divorcio de mis padres. Con eso, también se había desvanecido la única memoria que tenía de un hogar feliz. Incluso si llevaba años sin vivir ahí, la destrucción de ese espacio me había dolido más que cualquier pariente muerto. Por lo que recuerdo, le confesé a Malina que no quería regresar a México jamás, y que cada vez me sentía más ajeno a mis padres. Y al decir esas dos cosas, las supe por primera vez. Todo se volvió muy claro de repente: luego de que nos fuimos de esa casa en la calle de Orizaba, se rompió la farsa de mi familia. Desde entonces, nunca sentí que mis padres disfrutaran pasar tiempo conmigo, y yo cada vez me volví más consciente de sus problemas y de las partes oscuras de sus personalidades. A partir de ahí, las cosas empezaron a desmoronarse, y no terminaron de hacerlo hasta el día en el que la tierra borró el único espacio donde habitaba mi recuerdo de una vida diferente. Aunque seguramente ya se lo imaginaba, le dije a Malina que mi padre se había vuelto un alcohólico con el paso de los años. También le describí al esposo gringo y fanático de mi madre: su nueva vida que me parecía incomprensible, sus hijos nefastos y el tono hostil con el que a veces los oía hablar de México. Y mi madre que no contradecía nada. No pude hacer memoria de cuándo nos habíamos visto por última vez, y luego de que dije eso, yo también me puse a llorar y no pude parar. Los dos estuvimos así por un rato, cada uno soltando lágrimas a su tiempo, rodeados de esa oscuridad cálida del verano.

Malina se quedó dormida en mis brazos. Así como mi memoria guarda la música de ese día, los colores de la tarde y las palabras de la noche, recuerdo que por primera vez me sentí como un adulto antes de quedarme dormido. Durante la preparatoria, mi relación con Malina había sido la de dos niños que disfrutan el tiempo juntos y sólo conocen el presente. De pronto, en ese abrazo nocturno pensé por primera vez en un futuro que podía elegir y que podía construir con mis propias manos. Y Malina podía ser parte de ese futuro. Nos graduaríamos, encontraríamos la manera de estar en la misma ciudad y viviríamos juntos, dejando atrás nuestro origen derrumbado. Yo encontraría un trabajo que me permitiría dejar de depender del dinero de mi papá, y quizás encontraría el tiempo para escribir algo que valiera la pena. Malina sería una arquitecta exitosa, estaba seguro. Tal vez todo podría ser como esas tardes de pasear y conocernos en un verano eterno. En ese nuevo hogar que apenas tomaba forma, seríamos otros y seríamos mejores. Para entonces, nuestras vidas todavía no estaban formadas alrededor de la ausencia del otro, en la distancia. Todavía no teníamos un mundo del cual el otro no era parte. La separación de nuestros hogares era un inconveniente, y no una batalla que acabaría en derrota.

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Presentamos un fragmento de la primera novela de Alonso Burgos, publicada por Alfaguara, que "traza una órbita deslumbrante a través de la memoria, la amistad y los ecos de un México fracturado".

Malina me fue a visitar a Berlín en el primer verano que pasé ahí, cuando todavía nos faltaban muebles, decoraciones y varios utensilios de cocina en el departamento. Yo todavía dormía sobre un colchón en el piso y a las repisas de mi librero les sobraba espacio. ¿Por qué en 2017 todo era más fácil, o por qué se siente como una verdad incontrovertible decir que lo era? Seguro que Diego y yo teníamos responsabilidades, porque recuerdo que la visita de Malina cayó en medio del semestre. Seguro que Malina tenía planes y cosas que hacer, incluso si estaba de vacaciones, pero a pesar de eso, en mi memoria, aquel verano no fue nada más que un largo periodo de descanso, espeso y brillante, como la miel. Tal vez el trabajo no genera recuerdos. Las ocupaciones tediosas y necesarias, por mucho que nos gusten, le pertenecen sólo al presente, y quizás un poco al futuro. Lo que se añora del pasado es todo lo que transcurrió fuera de la rutina, en los descansos que se abren como las puertas a jardines secretos. No recuerdo las discusiones que acontecieron en los seminarios que tomé ese verano (apenas me acuerdo de qué seminarios tomé), no recuerdo leer y subrayar las líneas de algún documento mal escaneado, así como no recuerdo las cosas que aprendí y los pensamientos que tuve por primera vez en esos meses.

En la rutina, la mente se va a otra parte. En cambio, de las tardes únicas y tormentosas conservo el recuerdo de cada gota de agua. El espacio de todo lo útil que he olvidado está ocupado por los detalles más mínimos de días como la tarde que crucé Tempelhof con Diego y Malina al comienzo de la semana. Sé que Malina y yo paseamos por el área del Maybachufer desde la mañana y que visitamos a Diego durante su turno en el café de los colombianos. Pasamos un par de horas sentados en los sillones al lado de la ventana. Diego puso la misma playlist que sonaba en nuestro departamento por las mañanas, y que llevaba el nombre apto de «Nostalgia Latinoamericana». Los versos prístinos de Jorge Drexler y Silvio Rodríguez se emparejaban con los sintetizadores y las guitarras pesadas de Cerati, Zoé, Enjambre y Él Mató a un Policía Motorizado. De vez en cuando se metía una canción perdida de Plastilina Mosh o Calle 13, y luego Chavela Vargas y Mercedes Sosa nos brindaban los respiros tristes. Julieta Venegas por lo general retomaba la alegría junto con las ballenas de ruido de una banda ecuatoriana que a Diego le habían recomendado. Todas las canciones eran diferentes, pero nos producían algo muy similar en esa ciudad donde no parecían existir muchas expresiones de algo que se sintiera nuestro.

El interior del café estuvo prácticamente vacío durante toda la tarde, así que Diego se sentó con nosotros por la mayor parte del rato que estuvimos ahí. Nos echamos varias partidas de ajedrez que nos dejaron en un empate que no se ha resuelto hasta la fecha (quién sabe si algún día Diego y yo volvamos a encontrarnos en una situación que le dé cabida a una partida de ajedrez). Mientras tanto, recuerdo que Malina estaba enfrascada leyendo una novela reciente sobre un mexicano que va a estudiar un posgrado en Barcelona, pero que de alguna forma termina enredado con el crimen organizado. El planteamiento me sonó un poco trillado, pero Malina me insistió que la novela era buenísima. Cada tanto, mi concentración en la cuadrícula del tablero se interrumpía por una carcajada suya, o por el arrebato de una de esas canciones que, sin darme cuenta, se adherían a mi vida como tatuajes.

Luego de que Diego terminó su turno, nos fuimos a comprar unos falafels sudaneses en el Sahara Imbiss del Schillerkiez. De ahí nos dirigimos a la entrada principal de Tempelhof y nos sentamos debajo de un árbol frondoso al norte de la pista. Estuvimos ahí por un largo rato platicando y riéndonos hasta que el tono cálido de todos los atardeceres empezó a desparramarse por el cielo y emprendimos el trayecto de regreso hacia el oeste. Caminamos sobre el asfalto de una de las amplias pistas, acompañados por ciclistas, niños en patines, windsurfers y gente que volaba papalotes colosales. Frente a nosotros, el sol fue mostrándonos una cara cada vez más moribunda mientras se fundía lentamente con el horizonte. Malina nos preguntó si ése era el aeropuerto que se había usado para el puente aéreo del 48. Diego volteó a verme con cara de confundido y le dijo a Malina que sí, pero luego agregó que creía que sí. Posiblemente eso nos sonaba conocido por las clases de historia en la preparatoria y porque cerca de nuestra casa había una estación que se llamaba Platz der Luftbrücke (plaza del Puente Aéreo), pero confesamos que no teníamos una idea muy clara de qué significaba. Incluso recuerdo eso: la sensación de no saber algo que, sin embargo, me sonaba conocido.

Mientras caminábamos en la dirección del atardecer, Malina nos contó que, durante trescientos veintidós días, Berlín fue una isla en medio de un mar intransitable. Tras el final de la guerra, la ciudad, como el resto del país, fue dividida en cuatro zonas de ocupación, cada una controlada por una de las naciones que supuestamente habían vencido al fascismo. En 1948, luego de que los aliados occidentales impusiesen una reforma económica unilateral, los soviéticos bloquearon todos los puntos de acceso a Berlín occidental. Todos menos el aire, dijo Malina. Recuerdo cómo se veía el sol —apenas ya una línea— y a qué altura de la pista íbamos cuando dijo eso. Cómo íbamos caminando y cómo se sentía sostener su mano. El espacio apretado entre nuestros dedos. Sus nudillos. La solución de los aliados fue armar un puente aéreo para llevar provisiones a la ciudad sitiada. En el transcurso de once meses, se llevaron a cabo 275,000 vuelos y se transportaron casi dos millones de toneladas de suministros a esa isla rodeada de tierra. El paso ininterrumpido de los aviones de carga en esa misma pista donde nosotros caminábamos fue parte de la vida cotidiana mientras cambiaban las estaciones y la vida se iba reconstruyendo. Ahí donde ahora había niños jugando y parejas caminando rumbo al atardecer, se mantuvo el estruendo constante de los motores y el olor penetrante de la gasolina quemada. Diego se puso a correr sobre la pista con los brazos estirados a los lados como si fuera a despegar. Malina y yo nos reímos. Recuerdo cada detalle de ese momento con tanta claridad que me parece difícil creer que algún día podré olvidarlo, incluso si vivir es cada día tener más cosas que recordar.

Regresamos a casa agotados. Diego se encerró en su cuarto y Malina y yo nos tiramos sobre el colchón en el piso que llamaba cama. No encendimos la luz ni nos quitamos la ropa de la calle. Alguna parte de esa oscuridad de alcoba, algo en el trayecto a casa o quizá la lenta experiencia del atardecer nos habían guiado al mismo estado melancólico; aquél en el que luego pronunciamos las preocupaciones que pocas veces salen a la luz. Por primera vez desde el comienzo de nuestra relación, Malina me contó de la muerte de su padre el día del temblor. Estaba acostada al lado mío, pero su voz se proyectaba hacia el techo del cuarto con el aplomo de un monólogo en un anfiteatro. En realidad, le hablaba a la penumbra. Su padre se encontraba en su despacho en la Condesa cuando la tierra empezó a sacudirse. Lo más probable es que haya alcanzado a llegar hasta la planta baja del edificio por las escaleras antes de que todos los otros pisos se vinieran abajo. Tardaron cinco días en encontrarlo. El tío de Malina lo reconoció entre las filas de cuerpos alineados sobre el césped hediondo del Estadio Azul, aguardando pertenecer una vez más a un nombre y a una identidad como miles de otros restos tullidos. Su cuerpo acabó tan desfigurado que no dejaron que Malina lo viera, y lo enterraron apresuradamente en uno de los pocos panteones que todavía tenían espacio, más allá del aeropuerto. Con la tapa cerrada. Recuerdo las palabras precisas flotando en medio de la oscuridad de mi cuarto. Malina hacía una pausa larga luego de cada oración y el ruido de la noche se filtraba a través de la ventana abierta:

—Cada tanto tiempo, sueño que me encuentro el maldito ataúd. En todas partes. A veces sueño que estoy en pueblos que ni siquiera conozco, en los que jamás he estado, y lo único familiar es el ataúd de mi papá, que de alguna forma acabó varado en medio de la plaza central, o recargado contra la pared de algún edificio viejo. O incluso colgado de alguna viga con una cuerda demasiado delgada. Cuando seguíamos en la escuela, soñaba que aparecía en las gradas del salón de música, o encima del escritorio del Ortega. Casi cada semana, tenía exactamente el mismo sueño. Ya no pasa tan seguido, pero de vez en cuando sueño que se aparece sobre la cama de mi dormitorio en Barcelona, o en la cocinita que tengo y me muero de pena porque lo encontrarán ahí mis amigas que vienen a visitarme. O sueño que voy con prisa a algún lado, abro mi bolsa para sacar algo, ¡y lo encuentro ahí! El ataúd está entre las cosas que llevo a todas partes, pequeñito e infinitamente pesado. Y justamente es eso: en el momento del sueño, no me da tristeza, ni miedo. Sólo me siento nerviosa porque sé que no le corresponde estar ahí y porque sé que yo soy la que tiene que regresarlo. A la tierra. Aunque él no quiera, siempre sé que tengo que volver a enterrarlo y nunca logro hacerlo porque me despierta el llanto.

Sentí que no me correspondía interrumpir el relato, aunque me di cuenta de que Malina se había puesto a llorar. En lugar de decir algo, me giré para encararla y rodeé su cuello y su cabeza con mis brazos. Me puse a quitarle el pelo de la cara y a detener el recorrido de las lágrimas por sus mejillas.

—Y sé que él está ahí dentro, pero no tengo la fuerza para abrir la tapa. Nunca tengo la fuerza. Incluso si no quiero nada más en este mundo que volver a verlo, siempre hay una sospecha muy fuerte que me dice que encontraré el cuerpo en un estado espantoso. Y eso sí me aterra: algo me dice que su ropa seguirá cubierta de polvo y de escombro, como si apenas acabaran de sacarlo del derrumbe, y que tendrá todos los huesos rotos. Que su cara estará aplastada y que no podré reconocerlo. Y aunque no lo vea, sé que se ve así de esa forma extraña en que uno sabe cosas cuando sueña. Nunca me atrevo, pero es mi papá que está allá dentro y que siempre regresa a que lo encuentre. Tengo mucho miedo de no reconocerlo.

Por la fuerza de su llanto, supe que Malina nunca había hablado de sus sueños con nadie. La emoción se soltó como el agua vieja que desborda un dique y no para de correr. No hice nada más que estar ahí y pasarle pañuelos en la oscuridad hasta que, después de un rato, se calmó. Regresaron el silencio y los ruidos de la noche. Entonces pensé en contarle que mi tío y mi primo también habían muerto en el temblor, pero eso ella ya lo sabía y, además, lo que menos me gustaba acerca de compartir nuestras versiones de 2013 era que a veces parecía que la gente se sentía en una competencia: todos habíamos perdido a alguien, pero una persona siempre quería tener la última palabra. A pesar de eso, tal vez inspirado por la confianza de Malina, sentí que a mí también me tocaba hablar de algo que nunca había compartido. Le conté que el día del sismo se había venido abajo la casa donde pasé los primeros años de mi vida hasta el divorcio de mis padres. Con eso, también se había desvanecido la única memoria que tenía de un hogar feliz. Incluso si llevaba años sin vivir ahí, la destrucción de ese espacio me había dolido más que cualquier pariente muerto. Por lo que recuerdo, le confesé a Malina que no quería regresar a México jamás, y que cada vez me sentía más ajeno a mis padres. Y al decir esas dos cosas, las supe por primera vez. Todo se volvió muy claro de repente: luego de que nos fuimos de esa casa en la calle de Orizaba, se rompió la farsa de mi familia. Desde entonces, nunca sentí que mis padres disfrutaran pasar tiempo conmigo, y yo cada vez me volví más consciente de sus problemas y de las partes oscuras de sus personalidades. A partir de ahí, las cosas empezaron a desmoronarse, y no terminaron de hacerlo hasta el día en el que la tierra borró el único espacio donde habitaba mi recuerdo de una vida diferente. Aunque seguramente ya se lo imaginaba, le dije a Malina que mi padre se había vuelto un alcohólico con el paso de los años. También le describí al esposo gringo y fanático de mi madre: su nueva vida que me parecía incomprensible, sus hijos nefastos y el tono hostil con el que a veces los oía hablar de México. Y mi madre que no contradecía nada. No pude hacer memoria de cuándo nos habíamos visto por última vez, y luego de que dije eso, yo también me puse a llorar y no pude parar. Los dos estuvimos así por un rato, cada uno soltando lágrimas a su tiempo, rodeados de esa oscuridad cálida del verano.

Malina se quedó dormida en mis brazos. Así como mi memoria guarda la música de ese día, los colores de la tarde y las palabras de la noche, recuerdo que por primera vez me sentí como un adulto antes de quedarme dormido. Durante la preparatoria, mi relación con Malina había sido la de dos niños que disfrutan el tiempo juntos y sólo conocen el presente. De pronto, en ese abrazo nocturno pensé por primera vez en un futuro que podía elegir y que podía construir con mis propias manos. Y Malina podía ser parte de ese futuro. Nos graduaríamos, encontraríamos la manera de estar en la misma ciudad y viviríamos juntos, dejando atrás nuestro origen derrumbado. Yo encontraría un trabajo que me permitiría dejar de depender del dinero de mi papá, y quizás encontraría el tiempo para escribir algo que valiera la pena. Malina sería una arquitecta exitosa, estaba seguro. Tal vez todo podría ser como esas tardes de pasear y conocernos en un verano eterno. En ese nuevo hogar que apenas tomaba forma, seríamos otros y seríamos mejores. Para entonces, nuestras vidas todavía no estaban formadas alrededor de la ausencia del otro, en la distancia. Todavía no teníamos un mundo del cual el otro no era parte. La separación de nuestros hogares era un inconveniente, y no una batalla que acabaría en derrota.

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Presentamos un fragmento de la primera novela de Alonso Burgos, publicada por Alfaguara, que "traza una órbita deslumbrante a través de la memoria, la amistad y los ecos de un México fracturado".

Malina me fue a visitar a Berlín en el primer verano que pasé ahí, cuando todavía nos faltaban muebles, decoraciones y varios utensilios de cocina en el departamento. Yo todavía dormía sobre un colchón en el piso y a las repisas de mi librero les sobraba espacio. ¿Por qué en 2017 todo era más fácil, o por qué se siente como una verdad incontrovertible decir que lo era? Seguro que Diego y yo teníamos responsabilidades, porque recuerdo que la visita de Malina cayó en medio del semestre. Seguro que Malina tenía planes y cosas que hacer, incluso si estaba de vacaciones, pero a pesar de eso, en mi memoria, aquel verano no fue nada más que un largo periodo de descanso, espeso y brillante, como la miel. Tal vez el trabajo no genera recuerdos. Las ocupaciones tediosas y necesarias, por mucho que nos gusten, le pertenecen sólo al presente, y quizás un poco al futuro. Lo que se añora del pasado es todo lo que transcurrió fuera de la rutina, en los descansos que se abren como las puertas a jardines secretos. No recuerdo las discusiones que acontecieron en los seminarios que tomé ese verano (apenas me acuerdo de qué seminarios tomé), no recuerdo leer y subrayar las líneas de algún documento mal escaneado, así como no recuerdo las cosas que aprendí y los pensamientos que tuve por primera vez en esos meses.

En la rutina, la mente se va a otra parte. En cambio, de las tardes únicas y tormentosas conservo el recuerdo de cada gota de agua. El espacio de todo lo útil que he olvidado está ocupado por los detalles más mínimos de días como la tarde que crucé Tempelhof con Diego y Malina al comienzo de la semana. Sé que Malina y yo paseamos por el área del Maybachufer desde la mañana y que visitamos a Diego durante su turno en el café de los colombianos. Pasamos un par de horas sentados en los sillones al lado de la ventana. Diego puso la misma playlist que sonaba en nuestro departamento por las mañanas, y que llevaba el nombre apto de «Nostalgia Latinoamericana». Los versos prístinos de Jorge Drexler y Silvio Rodríguez se emparejaban con los sintetizadores y las guitarras pesadas de Cerati, Zoé, Enjambre y Él Mató a un Policía Motorizado. De vez en cuando se metía una canción perdida de Plastilina Mosh o Calle 13, y luego Chavela Vargas y Mercedes Sosa nos brindaban los respiros tristes. Julieta Venegas por lo general retomaba la alegría junto con las ballenas de ruido de una banda ecuatoriana que a Diego le habían recomendado. Todas las canciones eran diferentes, pero nos producían algo muy similar en esa ciudad donde no parecían existir muchas expresiones de algo que se sintiera nuestro.

El interior del café estuvo prácticamente vacío durante toda la tarde, así que Diego se sentó con nosotros por la mayor parte del rato que estuvimos ahí. Nos echamos varias partidas de ajedrez que nos dejaron en un empate que no se ha resuelto hasta la fecha (quién sabe si algún día Diego y yo volvamos a encontrarnos en una situación que le dé cabida a una partida de ajedrez). Mientras tanto, recuerdo que Malina estaba enfrascada leyendo una novela reciente sobre un mexicano que va a estudiar un posgrado en Barcelona, pero que de alguna forma termina enredado con el crimen organizado. El planteamiento me sonó un poco trillado, pero Malina me insistió que la novela era buenísima. Cada tanto, mi concentración en la cuadrícula del tablero se interrumpía por una carcajada suya, o por el arrebato de una de esas canciones que, sin darme cuenta, se adherían a mi vida como tatuajes.

Luego de que Diego terminó su turno, nos fuimos a comprar unos falafels sudaneses en el Sahara Imbiss del Schillerkiez. De ahí nos dirigimos a la entrada principal de Tempelhof y nos sentamos debajo de un árbol frondoso al norte de la pista. Estuvimos ahí por un largo rato platicando y riéndonos hasta que el tono cálido de todos los atardeceres empezó a desparramarse por el cielo y emprendimos el trayecto de regreso hacia el oeste. Caminamos sobre el asfalto de una de las amplias pistas, acompañados por ciclistas, niños en patines, windsurfers y gente que volaba papalotes colosales. Frente a nosotros, el sol fue mostrándonos una cara cada vez más moribunda mientras se fundía lentamente con el horizonte. Malina nos preguntó si ése era el aeropuerto que se había usado para el puente aéreo del 48. Diego volteó a verme con cara de confundido y le dijo a Malina que sí, pero luego agregó que creía que sí. Posiblemente eso nos sonaba conocido por las clases de historia en la preparatoria y porque cerca de nuestra casa había una estación que se llamaba Platz der Luftbrücke (plaza del Puente Aéreo), pero confesamos que no teníamos una idea muy clara de qué significaba. Incluso recuerdo eso: la sensación de no saber algo que, sin embargo, me sonaba conocido.

Mientras caminábamos en la dirección del atardecer, Malina nos contó que, durante trescientos veintidós días, Berlín fue una isla en medio de un mar intransitable. Tras el final de la guerra, la ciudad, como el resto del país, fue dividida en cuatro zonas de ocupación, cada una controlada por una de las naciones que supuestamente habían vencido al fascismo. En 1948, luego de que los aliados occidentales impusiesen una reforma económica unilateral, los soviéticos bloquearon todos los puntos de acceso a Berlín occidental. Todos menos el aire, dijo Malina. Recuerdo cómo se veía el sol —apenas ya una línea— y a qué altura de la pista íbamos cuando dijo eso. Cómo íbamos caminando y cómo se sentía sostener su mano. El espacio apretado entre nuestros dedos. Sus nudillos. La solución de los aliados fue armar un puente aéreo para llevar provisiones a la ciudad sitiada. En el transcurso de once meses, se llevaron a cabo 275,000 vuelos y se transportaron casi dos millones de toneladas de suministros a esa isla rodeada de tierra. El paso ininterrumpido de los aviones de carga en esa misma pista donde nosotros caminábamos fue parte de la vida cotidiana mientras cambiaban las estaciones y la vida se iba reconstruyendo. Ahí donde ahora había niños jugando y parejas caminando rumbo al atardecer, se mantuvo el estruendo constante de los motores y el olor penetrante de la gasolina quemada. Diego se puso a correr sobre la pista con los brazos estirados a los lados como si fuera a despegar. Malina y yo nos reímos. Recuerdo cada detalle de ese momento con tanta claridad que me parece difícil creer que algún día podré olvidarlo, incluso si vivir es cada día tener más cosas que recordar.

Regresamos a casa agotados. Diego se encerró en su cuarto y Malina y yo nos tiramos sobre el colchón en el piso que llamaba cama. No encendimos la luz ni nos quitamos la ropa de la calle. Alguna parte de esa oscuridad de alcoba, algo en el trayecto a casa o quizá la lenta experiencia del atardecer nos habían guiado al mismo estado melancólico; aquél en el que luego pronunciamos las preocupaciones que pocas veces salen a la luz. Por primera vez desde el comienzo de nuestra relación, Malina me contó de la muerte de su padre el día del temblor. Estaba acostada al lado mío, pero su voz se proyectaba hacia el techo del cuarto con el aplomo de un monólogo en un anfiteatro. En realidad, le hablaba a la penumbra. Su padre se encontraba en su despacho en la Condesa cuando la tierra empezó a sacudirse. Lo más probable es que haya alcanzado a llegar hasta la planta baja del edificio por las escaleras antes de que todos los otros pisos se vinieran abajo. Tardaron cinco días en encontrarlo. El tío de Malina lo reconoció entre las filas de cuerpos alineados sobre el césped hediondo del Estadio Azul, aguardando pertenecer una vez más a un nombre y a una identidad como miles de otros restos tullidos. Su cuerpo acabó tan desfigurado que no dejaron que Malina lo viera, y lo enterraron apresuradamente en uno de los pocos panteones que todavía tenían espacio, más allá del aeropuerto. Con la tapa cerrada. Recuerdo las palabras precisas flotando en medio de la oscuridad de mi cuarto. Malina hacía una pausa larga luego de cada oración y el ruido de la noche se filtraba a través de la ventana abierta:

—Cada tanto tiempo, sueño que me encuentro el maldito ataúd. En todas partes. A veces sueño que estoy en pueblos que ni siquiera conozco, en los que jamás he estado, y lo único familiar es el ataúd de mi papá, que de alguna forma acabó varado en medio de la plaza central, o recargado contra la pared de algún edificio viejo. O incluso colgado de alguna viga con una cuerda demasiado delgada. Cuando seguíamos en la escuela, soñaba que aparecía en las gradas del salón de música, o encima del escritorio del Ortega. Casi cada semana, tenía exactamente el mismo sueño. Ya no pasa tan seguido, pero de vez en cuando sueño que se aparece sobre la cama de mi dormitorio en Barcelona, o en la cocinita que tengo y me muero de pena porque lo encontrarán ahí mis amigas que vienen a visitarme. O sueño que voy con prisa a algún lado, abro mi bolsa para sacar algo, ¡y lo encuentro ahí! El ataúd está entre las cosas que llevo a todas partes, pequeñito e infinitamente pesado. Y justamente es eso: en el momento del sueño, no me da tristeza, ni miedo. Sólo me siento nerviosa porque sé que no le corresponde estar ahí y porque sé que yo soy la que tiene que regresarlo. A la tierra. Aunque él no quiera, siempre sé que tengo que volver a enterrarlo y nunca logro hacerlo porque me despierta el llanto.

Sentí que no me correspondía interrumpir el relato, aunque me di cuenta de que Malina se había puesto a llorar. En lugar de decir algo, me giré para encararla y rodeé su cuello y su cabeza con mis brazos. Me puse a quitarle el pelo de la cara y a detener el recorrido de las lágrimas por sus mejillas.

—Y sé que él está ahí dentro, pero no tengo la fuerza para abrir la tapa. Nunca tengo la fuerza. Incluso si no quiero nada más en este mundo que volver a verlo, siempre hay una sospecha muy fuerte que me dice que encontraré el cuerpo en un estado espantoso. Y eso sí me aterra: algo me dice que su ropa seguirá cubierta de polvo y de escombro, como si apenas acabaran de sacarlo del derrumbe, y que tendrá todos los huesos rotos. Que su cara estará aplastada y que no podré reconocerlo. Y aunque no lo vea, sé que se ve así de esa forma extraña en que uno sabe cosas cuando sueña. Nunca me atrevo, pero es mi papá que está allá dentro y que siempre regresa a que lo encuentre. Tengo mucho miedo de no reconocerlo.

Por la fuerza de su llanto, supe que Malina nunca había hablado de sus sueños con nadie. La emoción se soltó como el agua vieja que desborda un dique y no para de correr. No hice nada más que estar ahí y pasarle pañuelos en la oscuridad hasta que, después de un rato, se calmó. Regresaron el silencio y los ruidos de la noche. Entonces pensé en contarle que mi tío y mi primo también habían muerto en el temblor, pero eso ella ya lo sabía y, además, lo que menos me gustaba acerca de compartir nuestras versiones de 2013 era que a veces parecía que la gente se sentía en una competencia: todos habíamos perdido a alguien, pero una persona siempre quería tener la última palabra. A pesar de eso, tal vez inspirado por la confianza de Malina, sentí que a mí también me tocaba hablar de algo que nunca había compartido. Le conté que el día del sismo se había venido abajo la casa donde pasé los primeros años de mi vida hasta el divorcio de mis padres. Con eso, también se había desvanecido la única memoria que tenía de un hogar feliz. Incluso si llevaba años sin vivir ahí, la destrucción de ese espacio me había dolido más que cualquier pariente muerto. Por lo que recuerdo, le confesé a Malina que no quería regresar a México jamás, y que cada vez me sentía más ajeno a mis padres. Y al decir esas dos cosas, las supe por primera vez. Todo se volvió muy claro de repente: luego de que nos fuimos de esa casa en la calle de Orizaba, se rompió la farsa de mi familia. Desde entonces, nunca sentí que mis padres disfrutaran pasar tiempo conmigo, y yo cada vez me volví más consciente de sus problemas y de las partes oscuras de sus personalidades. A partir de ahí, las cosas empezaron a desmoronarse, y no terminaron de hacerlo hasta el día en el que la tierra borró el único espacio donde habitaba mi recuerdo de una vida diferente. Aunque seguramente ya se lo imaginaba, le dije a Malina que mi padre se había vuelto un alcohólico con el paso de los años. También le describí al esposo gringo y fanático de mi madre: su nueva vida que me parecía incomprensible, sus hijos nefastos y el tono hostil con el que a veces los oía hablar de México. Y mi madre que no contradecía nada. No pude hacer memoria de cuándo nos habíamos visto por última vez, y luego de que dije eso, yo también me puse a llorar y no pude parar. Los dos estuvimos así por un rato, cada uno soltando lágrimas a su tiempo, rodeados de esa oscuridad cálida del verano.

Malina se quedó dormida en mis brazos. Así como mi memoria guarda la música de ese día, los colores de la tarde y las palabras de la noche, recuerdo que por primera vez me sentí como un adulto antes de quedarme dormido. Durante la preparatoria, mi relación con Malina había sido la de dos niños que disfrutan el tiempo juntos y sólo conocen el presente. De pronto, en ese abrazo nocturno pensé por primera vez en un futuro que podía elegir y que podía construir con mis propias manos. Y Malina podía ser parte de ese futuro. Nos graduaríamos, encontraríamos la manera de estar en la misma ciudad y viviríamos juntos, dejando atrás nuestro origen derrumbado. Yo encontraría un trabajo que me permitiría dejar de depender del dinero de mi papá, y quizás encontraría el tiempo para escribir algo que valiera la pena. Malina sería una arquitecta exitosa, estaba seguro. Tal vez todo podría ser como esas tardes de pasear y conocernos en un verano eterno. En ese nuevo hogar que apenas tomaba forma, seríamos otros y seríamos mejores. Para entonces, nuestras vidas todavía no estaban formadas alrededor de la ausencia del otro, en la distancia. Todavía no teníamos un mundo del cual el otro no era parte. La separación de nuestros hogares era un inconveniente, y no una batalla que acabaría en derrota.

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18
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26
2026
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Presentamos un fragmento de la primera novela de Alonso Burgos, publicada por Alfaguara, que "traza una órbita deslumbrante a través de la memoria, la amistad y los ecos de un México fracturado".

Malina me fue a visitar a Berlín en el primer verano que pasé ahí, cuando todavía nos faltaban muebles, decoraciones y varios utensilios de cocina en el departamento. Yo todavía dormía sobre un colchón en el piso y a las repisas de mi librero les sobraba espacio. ¿Por qué en 2017 todo era más fácil, o por qué se siente como una verdad incontrovertible decir que lo era? Seguro que Diego y yo teníamos responsabilidades, porque recuerdo que la visita de Malina cayó en medio del semestre. Seguro que Malina tenía planes y cosas que hacer, incluso si estaba de vacaciones, pero a pesar de eso, en mi memoria, aquel verano no fue nada más que un largo periodo de descanso, espeso y brillante, como la miel. Tal vez el trabajo no genera recuerdos. Las ocupaciones tediosas y necesarias, por mucho que nos gusten, le pertenecen sólo al presente, y quizás un poco al futuro. Lo que se añora del pasado es todo lo que transcurrió fuera de la rutina, en los descansos que se abren como las puertas a jardines secretos. No recuerdo las discusiones que acontecieron en los seminarios que tomé ese verano (apenas me acuerdo de qué seminarios tomé), no recuerdo leer y subrayar las líneas de algún documento mal escaneado, así como no recuerdo las cosas que aprendí y los pensamientos que tuve por primera vez en esos meses.

En la rutina, la mente se va a otra parte. En cambio, de las tardes únicas y tormentosas conservo el recuerdo de cada gota de agua. El espacio de todo lo útil que he olvidado está ocupado por los detalles más mínimos de días como la tarde que crucé Tempelhof con Diego y Malina al comienzo de la semana. Sé que Malina y yo paseamos por el área del Maybachufer desde la mañana y que visitamos a Diego durante su turno en el café de los colombianos. Pasamos un par de horas sentados en los sillones al lado de la ventana. Diego puso la misma playlist que sonaba en nuestro departamento por las mañanas, y que llevaba el nombre apto de «Nostalgia Latinoamericana». Los versos prístinos de Jorge Drexler y Silvio Rodríguez se emparejaban con los sintetizadores y las guitarras pesadas de Cerati, Zoé, Enjambre y Él Mató a un Policía Motorizado. De vez en cuando se metía una canción perdida de Plastilina Mosh o Calle 13, y luego Chavela Vargas y Mercedes Sosa nos brindaban los respiros tristes. Julieta Venegas por lo general retomaba la alegría junto con las ballenas de ruido de una banda ecuatoriana que a Diego le habían recomendado. Todas las canciones eran diferentes, pero nos producían algo muy similar en esa ciudad donde no parecían existir muchas expresiones de algo que se sintiera nuestro.

El interior del café estuvo prácticamente vacío durante toda la tarde, así que Diego se sentó con nosotros por la mayor parte del rato que estuvimos ahí. Nos echamos varias partidas de ajedrez que nos dejaron en un empate que no se ha resuelto hasta la fecha (quién sabe si algún día Diego y yo volvamos a encontrarnos en una situación que le dé cabida a una partida de ajedrez). Mientras tanto, recuerdo que Malina estaba enfrascada leyendo una novela reciente sobre un mexicano que va a estudiar un posgrado en Barcelona, pero que de alguna forma termina enredado con el crimen organizado. El planteamiento me sonó un poco trillado, pero Malina me insistió que la novela era buenísima. Cada tanto, mi concentración en la cuadrícula del tablero se interrumpía por una carcajada suya, o por el arrebato de una de esas canciones que, sin darme cuenta, se adherían a mi vida como tatuajes.

Luego de que Diego terminó su turno, nos fuimos a comprar unos falafels sudaneses en el Sahara Imbiss del Schillerkiez. De ahí nos dirigimos a la entrada principal de Tempelhof y nos sentamos debajo de un árbol frondoso al norte de la pista. Estuvimos ahí por un largo rato platicando y riéndonos hasta que el tono cálido de todos los atardeceres empezó a desparramarse por el cielo y emprendimos el trayecto de regreso hacia el oeste. Caminamos sobre el asfalto de una de las amplias pistas, acompañados por ciclistas, niños en patines, windsurfers y gente que volaba papalotes colosales. Frente a nosotros, el sol fue mostrándonos una cara cada vez más moribunda mientras se fundía lentamente con el horizonte. Malina nos preguntó si ése era el aeropuerto que se había usado para el puente aéreo del 48. Diego volteó a verme con cara de confundido y le dijo a Malina que sí, pero luego agregó que creía que sí. Posiblemente eso nos sonaba conocido por las clases de historia en la preparatoria y porque cerca de nuestra casa había una estación que se llamaba Platz der Luftbrücke (plaza del Puente Aéreo), pero confesamos que no teníamos una idea muy clara de qué significaba. Incluso recuerdo eso: la sensación de no saber algo que, sin embargo, me sonaba conocido.

Mientras caminábamos en la dirección del atardecer, Malina nos contó que, durante trescientos veintidós días, Berlín fue una isla en medio de un mar intransitable. Tras el final de la guerra, la ciudad, como el resto del país, fue dividida en cuatro zonas de ocupación, cada una controlada por una de las naciones que supuestamente habían vencido al fascismo. En 1948, luego de que los aliados occidentales impusiesen una reforma económica unilateral, los soviéticos bloquearon todos los puntos de acceso a Berlín occidental. Todos menos el aire, dijo Malina. Recuerdo cómo se veía el sol —apenas ya una línea— y a qué altura de la pista íbamos cuando dijo eso. Cómo íbamos caminando y cómo se sentía sostener su mano. El espacio apretado entre nuestros dedos. Sus nudillos. La solución de los aliados fue armar un puente aéreo para llevar provisiones a la ciudad sitiada. En el transcurso de once meses, se llevaron a cabo 275,000 vuelos y se transportaron casi dos millones de toneladas de suministros a esa isla rodeada de tierra. El paso ininterrumpido de los aviones de carga en esa misma pista donde nosotros caminábamos fue parte de la vida cotidiana mientras cambiaban las estaciones y la vida se iba reconstruyendo. Ahí donde ahora había niños jugando y parejas caminando rumbo al atardecer, se mantuvo el estruendo constante de los motores y el olor penetrante de la gasolina quemada. Diego se puso a correr sobre la pista con los brazos estirados a los lados como si fuera a despegar. Malina y yo nos reímos. Recuerdo cada detalle de ese momento con tanta claridad que me parece difícil creer que algún día podré olvidarlo, incluso si vivir es cada día tener más cosas que recordar.

Regresamos a casa agotados. Diego se encerró en su cuarto y Malina y yo nos tiramos sobre el colchón en el piso que llamaba cama. No encendimos la luz ni nos quitamos la ropa de la calle. Alguna parte de esa oscuridad de alcoba, algo en el trayecto a casa o quizá la lenta experiencia del atardecer nos habían guiado al mismo estado melancólico; aquél en el que luego pronunciamos las preocupaciones que pocas veces salen a la luz. Por primera vez desde el comienzo de nuestra relación, Malina me contó de la muerte de su padre el día del temblor. Estaba acostada al lado mío, pero su voz se proyectaba hacia el techo del cuarto con el aplomo de un monólogo en un anfiteatro. En realidad, le hablaba a la penumbra. Su padre se encontraba en su despacho en la Condesa cuando la tierra empezó a sacudirse. Lo más probable es que haya alcanzado a llegar hasta la planta baja del edificio por las escaleras antes de que todos los otros pisos se vinieran abajo. Tardaron cinco días en encontrarlo. El tío de Malina lo reconoció entre las filas de cuerpos alineados sobre el césped hediondo del Estadio Azul, aguardando pertenecer una vez más a un nombre y a una identidad como miles de otros restos tullidos. Su cuerpo acabó tan desfigurado que no dejaron que Malina lo viera, y lo enterraron apresuradamente en uno de los pocos panteones que todavía tenían espacio, más allá del aeropuerto. Con la tapa cerrada. Recuerdo las palabras precisas flotando en medio de la oscuridad de mi cuarto. Malina hacía una pausa larga luego de cada oración y el ruido de la noche se filtraba a través de la ventana abierta:

—Cada tanto tiempo, sueño que me encuentro el maldito ataúd. En todas partes. A veces sueño que estoy en pueblos que ni siquiera conozco, en los que jamás he estado, y lo único familiar es el ataúd de mi papá, que de alguna forma acabó varado en medio de la plaza central, o recargado contra la pared de algún edificio viejo. O incluso colgado de alguna viga con una cuerda demasiado delgada. Cuando seguíamos en la escuela, soñaba que aparecía en las gradas del salón de música, o encima del escritorio del Ortega. Casi cada semana, tenía exactamente el mismo sueño. Ya no pasa tan seguido, pero de vez en cuando sueño que se aparece sobre la cama de mi dormitorio en Barcelona, o en la cocinita que tengo y me muero de pena porque lo encontrarán ahí mis amigas que vienen a visitarme. O sueño que voy con prisa a algún lado, abro mi bolsa para sacar algo, ¡y lo encuentro ahí! El ataúd está entre las cosas que llevo a todas partes, pequeñito e infinitamente pesado. Y justamente es eso: en el momento del sueño, no me da tristeza, ni miedo. Sólo me siento nerviosa porque sé que no le corresponde estar ahí y porque sé que yo soy la que tiene que regresarlo. A la tierra. Aunque él no quiera, siempre sé que tengo que volver a enterrarlo y nunca logro hacerlo porque me despierta el llanto.

Sentí que no me correspondía interrumpir el relato, aunque me di cuenta de que Malina se había puesto a llorar. En lugar de decir algo, me giré para encararla y rodeé su cuello y su cabeza con mis brazos. Me puse a quitarle el pelo de la cara y a detener el recorrido de las lágrimas por sus mejillas.

—Y sé que él está ahí dentro, pero no tengo la fuerza para abrir la tapa. Nunca tengo la fuerza. Incluso si no quiero nada más en este mundo que volver a verlo, siempre hay una sospecha muy fuerte que me dice que encontraré el cuerpo en un estado espantoso. Y eso sí me aterra: algo me dice que su ropa seguirá cubierta de polvo y de escombro, como si apenas acabaran de sacarlo del derrumbe, y que tendrá todos los huesos rotos. Que su cara estará aplastada y que no podré reconocerlo. Y aunque no lo vea, sé que se ve así de esa forma extraña en que uno sabe cosas cuando sueña. Nunca me atrevo, pero es mi papá que está allá dentro y que siempre regresa a que lo encuentre. Tengo mucho miedo de no reconocerlo.

Por la fuerza de su llanto, supe que Malina nunca había hablado de sus sueños con nadie. La emoción se soltó como el agua vieja que desborda un dique y no para de correr. No hice nada más que estar ahí y pasarle pañuelos en la oscuridad hasta que, después de un rato, se calmó. Regresaron el silencio y los ruidos de la noche. Entonces pensé en contarle que mi tío y mi primo también habían muerto en el temblor, pero eso ella ya lo sabía y, además, lo que menos me gustaba acerca de compartir nuestras versiones de 2013 era que a veces parecía que la gente se sentía en una competencia: todos habíamos perdido a alguien, pero una persona siempre quería tener la última palabra. A pesar de eso, tal vez inspirado por la confianza de Malina, sentí que a mí también me tocaba hablar de algo que nunca había compartido. Le conté que el día del sismo se había venido abajo la casa donde pasé los primeros años de mi vida hasta el divorcio de mis padres. Con eso, también se había desvanecido la única memoria que tenía de un hogar feliz. Incluso si llevaba años sin vivir ahí, la destrucción de ese espacio me había dolido más que cualquier pariente muerto. Por lo que recuerdo, le confesé a Malina que no quería regresar a México jamás, y que cada vez me sentía más ajeno a mis padres. Y al decir esas dos cosas, las supe por primera vez. Todo se volvió muy claro de repente: luego de que nos fuimos de esa casa en la calle de Orizaba, se rompió la farsa de mi familia. Desde entonces, nunca sentí que mis padres disfrutaran pasar tiempo conmigo, y yo cada vez me volví más consciente de sus problemas y de las partes oscuras de sus personalidades. A partir de ahí, las cosas empezaron a desmoronarse, y no terminaron de hacerlo hasta el día en el que la tierra borró el único espacio donde habitaba mi recuerdo de una vida diferente. Aunque seguramente ya se lo imaginaba, le dije a Malina que mi padre se había vuelto un alcohólico con el paso de los años. También le describí al esposo gringo y fanático de mi madre: su nueva vida que me parecía incomprensible, sus hijos nefastos y el tono hostil con el que a veces los oía hablar de México. Y mi madre que no contradecía nada. No pude hacer memoria de cuándo nos habíamos visto por última vez, y luego de que dije eso, yo también me puse a llorar y no pude parar. Los dos estuvimos así por un rato, cada uno soltando lágrimas a su tiempo, rodeados de esa oscuridad cálida del verano.

Malina se quedó dormida en mis brazos. Así como mi memoria guarda la música de ese día, los colores de la tarde y las palabras de la noche, recuerdo que por primera vez me sentí como un adulto antes de quedarme dormido. Durante la preparatoria, mi relación con Malina había sido la de dos niños que disfrutan el tiempo juntos y sólo conocen el presente. De pronto, en ese abrazo nocturno pensé por primera vez en un futuro que podía elegir y que podía construir con mis propias manos. Y Malina podía ser parte de ese futuro. Nos graduaríamos, encontraríamos la manera de estar en la misma ciudad y viviríamos juntos, dejando atrás nuestro origen derrumbado. Yo encontraría un trabajo que me permitiría dejar de depender del dinero de mi papá, y quizás encontraría el tiempo para escribir algo que valiera la pena. Malina sería una arquitecta exitosa, estaba seguro. Tal vez todo podría ser como esas tardes de pasear y conocernos en un verano eterno. En ese nuevo hogar que apenas tomaba forma, seríamos otros y seríamos mejores. Para entonces, nuestras vidas todavía no estaban formadas alrededor de la ausencia del otro, en la distancia. Todavía no teníamos un mundo del cual el otro no era parte. La separación de nuestros hogares era un inconveniente, y no una batalla que acabaría en derrota.

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Presentamos un fragmento de la primera novela de Alonso Burgos, publicada por Alfaguara, que "traza una órbita deslumbrante a través de la memoria, la amistad y los ecos de un México fracturado".

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Ilustración de
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Malina me fue a visitar a Berlín en el primer verano que pasé ahí, cuando todavía nos faltaban muebles, decoraciones y varios utensilios de cocina en el departamento. Yo todavía dormía sobre un colchón en el piso y a las repisas de mi librero les sobraba espacio. ¿Por qué en 2017 todo era más fácil, o por qué se siente como una verdad incontrovertible decir que lo era? Seguro que Diego y yo teníamos responsabilidades, porque recuerdo que la visita de Malina cayó en medio del semestre. Seguro que Malina tenía planes y cosas que hacer, incluso si estaba de vacaciones, pero a pesar de eso, en mi memoria, aquel verano no fue nada más que un largo periodo de descanso, espeso y brillante, como la miel. Tal vez el trabajo no genera recuerdos. Las ocupaciones tediosas y necesarias, por mucho que nos gusten, le pertenecen sólo al presente, y quizás un poco al futuro. Lo que se añora del pasado es todo lo que transcurrió fuera de la rutina, en los descansos que se abren como las puertas a jardines secretos. No recuerdo las discusiones que acontecieron en los seminarios que tomé ese verano (apenas me acuerdo de qué seminarios tomé), no recuerdo leer y subrayar las líneas de algún documento mal escaneado, así como no recuerdo las cosas que aprendí y los pensamientos que tuve por primera vez en esos meses.

En la rutina, la mente se va a otra parte. En cambio, de las tardes únicas y tormentosas conservo el recuerdo de cada gota de agua. El espacio de todo lo útil que he olvidado está ocupado por los detalles más mínimos de días como la tarde que crucé Tempelhof con Diego y Malina al comienzo de la semana. Sé que Malina y yo paseamos por el área del Maybachufer desde la mañana y que visitamos a Diego durante su turno en el café de los colombianos. Pasamos un par de horas sentados en los sillones al lado de la ventana. Diego puso la misma playlist que sonaba en nuestro departamento por las mañanas, y que llevaba el nombre apto de «Nostalgia Latinoamericana». Los versos prístinos de Jorge Drexler y Silvio Rodríguez se emparejaban con los sintetizadores y las guitarras pesadas de Cerati, Zoé, Enjambre y Él Mató a un Policía Motorizado. De vez en cuando se metía una canción perdida de Plastilina Mosh o Calle 13, y luego Chavela Vargas y Mercedes Sosa nos brindaban los respiros tristes. Julieta Venegas por lo general retomaba la alegría junto con las ballenas de ruido de una banda ecuatoriana que a Diego le habían recomendado. Todas las canciones eran diferentes, pero nos producían algo muy similar en esa ciudad donde no parecían existir muchas expresiones de algo que se sintiera nuestro.

El interior del café estuvo prácticamente vacío durante toda la tarde, así que Diego se sentó con nosotros por la mayor parte del rato que estuvimos ahí. Nos echamos varias partidas de ajedrez que nos dejaron en un empate que no se ha resuelto hasta la fecha (quién sabe si algún día Diego y yo volvamos a encontrarnos en una situación que le dé cabida a una partida de ajedrez). Mientras tanto, recuerdo que Malina estaba enfrascada leyendo una novela reciente sobre un mexicano que va a estudiar un posgrado en Barcelona, pero que de alguna forma termina enredado con el crimen organizado. El planteamiento me sonó un poco trillado, pero Malina me insistió que la novela era buenísima. Cada tanto, mi concentración en la cuadrícula del tablero se interrumpía por una carcajada suya, o por el arrebato de una de esas canciones que, sin darme cuenta, se adherían a mi vida como tatuajes.

Luego de que Diego terminó su turno, nos fuimos a comprar unos falafels sudaneses en el Sahara Imbiss del Schillerkiez. De ahí nos dirigimos a la entrada principal de Tempelhof y nos sentamos debajo de un árbol frondoso al norte de la pista. Estuvimos ahí por un largo rato platicando y riéndonos hasta que el tono cálido de todos los atardeceres empezó a desparramarse por el cielo y emprendimos el trayecto de regreso hacia el oeste. Caminamos sobre el asfalto de una de las amplias pistas, acompañados por ciclistas, niños en patines, windsurfers y gente que volaba papalotes colosales. Frente a nosotros, el sol fue mostrándonos una cara cada vez más moribunda mientras se fundía lentamente con el horizonte. Malina nos preguntó si ése era el aeropuerto que se había usado para el puente aéreo del 48. Diego volteó a verme con cara de confundido y le dijo a Malina que sí, pero luego agregó que creía que sí. Posiblemente eso nos sonaba conocido por las clases de historia en la preparatoria y porque cerca de nuestra casa había una estación que se llamaba Platz der Luftbrücke (plaza del Puente Aéreo), pero confesamos que no teníamos una idea muy clara de qué significaba. Incluso recuerdo eso: la sensación de no saber algo que, sin embargo, me sonaba conocido.

Mientras caminábamos en la dirección del atardecer, Malina nos contó que, durante trescientos veintidós días, Berlín fue una isla en medio de un mar intransitable. Tras el final de la guerra, la ciudad, como el resto del país, fue dividida en cuatro zonas de ocupación, cada una controlada por una de las naciones que supuestamente habían vencido al fascismo. En 1948, luego de que los aliados occidentales impusiesen una reforma económica unilateral, los soviéticos bloquearon todos los puntos de acceso a Berlín occidental. Todos menos el aire, dijo Malina. Recuerdo cómo se veía el sol —apenas ya una línea— y a qué altura de la pista íbamos cuando dijo eso. Cómo íbamos caminando y cómo se sentía sostener su mano. El espacio apretado entre nuestros dedos. Sus nudillos. La solución de los aliados fue armar un puente aéreo para llevar provisiones a la ciudad sitiada. En el transcurso de once meses, se llevaron a cabo 275,000 vuelos y se transportaron casi dos millones de toneladas de suministros a esa isla rodeada de tierra. El paso ininterrumpido de los aviones de carga en esa misma pista donde nosotros caminábamos fue parte de la vida cotidiana mientras cambiaban las estaciones y la vida se iba reconstruyendo. Ahí donde ahora había niños jugando y parejas caminando rumbo al atardecer, se mantuvo el estruendo constante de los motores y el olor penetrante de la gasolina quemada. Diego se puso a correr sobre la pista con los brazos estirados a los lados como si fuera a despegar. Malina y yo nos reímos. Recuerdo cada detalle de ese momento con tanta claridad que me parece difícil creer que algún día podré olvidarlo, incluso si vivir es cada día tener más cosas que recordar.

Regresamos a casa agotados. Diego se encerró en su cuarto y Malina y yo nos tiramos sobre el colchón en el piso que llamaba cama. No encendimos la luz ni nos quitamos la ropa de la calle. Alguna parte de esa oscuridad de alcoba, algo en el trayecto a casa o quizá la lenta experiencia del atardecer nos habían guiado al mismo estado melancólico; aquél en el que luego pronunciamos las preocupaciones que pocas veces salen a la luz. Por primera vez desde el comienzo de nuestra relación, Malina me contó de la muerte de su padre el día del temblor. Estaba acostada al lado mío, pero su voz se proyectaba hacia el techo del cuarto con el aplomo de un monólogo en un anfiteatro. En realidad, le hablaba a la penumbra. Su padre se encontraba en su despacho en la Condesa cuando la tierra empezó a sacudirse. Lo más probable es que haya alcanzado a llegar hasta la planta baja del edificio por las escaleras antes de que todos los otros pisos se vinieran abajo. Tardaron cinco días en encontrarlo. El tío de Malina lo reconoció entre las filas de cuerpos alineados sobre el césped hediondo del Estadio Azul, aguardando pertenecer una vez más a un nombre y a una identidad como miles de otros restos tullidos. Su cuerpo acabó tan desfigurado que no dejaron que Malina lo viera, y lo enterraron apresuradamente en uno de los pocos panteones que todavía tenían espacio, más allá del aeropuerto. Con la tapa cerrada. Recuerdo las palabras precisas flotando en medio de la oscuridad de mi cuarto. Malina hacía una pausa larga luego de cada oración y el ruido de la noche se filtraba a través de la ventana abierta:

—Cada tanto tiempo, sueño que me encuentro el maldito ataúd. En todas partes. A veces sueño que estoy en pueblos que ni siquiera conozco, en los que jamás he estado, y lo único familiar es el ataúd de mi papá, que de alguna forma acabó varado en medio de la plaza central, o recargado contra la pared de algún edificio viejo. O incluso colgado de alguna viga con una cuerda demasiado delgada. Cuando seguíamos en la escuela, soñaba que aparecía en las gradas del salón de música, o encima del escritorio del Ortega. Casi cada semana, tenía exactamente el mismo sueño. Ya no pasa tan seguido, pero de vez en cuando sueño que se aparece sobre la cama de mi dormitorio en Barcelona, o en la cocinita que tengo y me muero de pena porque lo encontrarán ahí mis amigas que vienen a visitarme. O sueño que voy con prisa a algún lado, abro mi bolsa para sacar algo, ¡y lo encuentro ahí! El ataúd está entre las cosas que llevo a todas partes, pequeñito e infinitamente pesado. Y justamente es eso: en el momento del sueño, no me da tristeza, ni miedo. Sólo me siento nerviosa porque sé que no le corresponde estar ahí y porque sé que yo soy la que tiene que regresarlo. A la tierra. Aunque él no quiera, siempre sé que tengo que volver a enterrarlo y nunca logro hacerlo porque me despierta el llanto.

Sentí que no me correspondía interrumpir el relato, aunque me di cuenta de que Malina se había puesto a llorar. En lugar de decir algo, me giré para encararla y rodeé su cuello y su cabeza con mis brazos. Me puse a quitarle el pelo de la cara y a detener el recorrido de las lágrimas por sus mejillas.

—Y sé que él está ahí dentro, pero no tengo la fuerza para abrir la tapa. Nunca tengo la fuerza. Incluso si no quiero nada más en este mundo que volver a verlo, siempre hay una sospecha muy fuerte que me dice que encontraré el cuerpo en un estado espantoso. Y eso sí me aterra: algo me dice que su ropa seguirá cubierta de polvo y de escombro, como si apenas acabaran de sacarlo del derrumbe, y que tendrá todos los huesos rotos. Que su cara estará aplastada y que no podré reconocerlo. Y aunque no lo vea, sé que se ve así de esa forma extraña en que uno sabe cosas cuando sueña. Nunca me atrevo, pero es mi papá que está allá dentro y que siempre regresa a que lo encuentre. Tengo mucho miedo de no reconocerlo.

Por la fuerza de su llanto, supe que Malina nunca había hablado de sus sueños con nadie. La emoción se soltó como el agua vieja que desborda un dique y no para de correr. No hice nada más que estar ahí y pasarle pañuelos en la oscuridad hasta que, después de un rato, se calmó. Regresaron el silencio y los ruidos de la noche. Entonces pensé en contarle que mi tío y mi primo también habían muerto en el temblor, pero eso ella ya lo sabía y, además, lo que menos me gustaba acerca de compartir nuestras versiones de 2013 era que a veces parecía que la gente se sentía en una competencia: todos habíamos perdido a alguien, pero una persona siempre quería tener la última palabra. A pesar de eso, tal vez inspirado por la confianza de Malina, sentí que a mí también me tocaba hablar de algo que nunca había compartido. Le conté que el día del sismo se había venido abajo la casa donde pasé los primeros años de mi vida hasta el divorcio de mis padres. Con eso, también se había desvanecido la única memoria que tenía de un hogar feliz. Incluso si llevaba años sin vivir ahí, la destrucción de ese espacio me había dolido más que cualquier pariente muerto. Por lo que recuerdo, le confesé a Malina que no quería regresar a México jamás, y que cada vez me sentía más ajeno a mis padres. Y al decir esas dos cosas, las supe por primera vez. Todo se volvió muy claro de repente: luego de que nos fuimos de esa casa en la calle de Orizaba, se rompió la farsa de mi familia. Desde entonces, nunca sentí que mis padres disfrutaran pasar tiempo conmigo, y yo cada vez me volví más consciente de sus problemas y de las partes oscuras de sus personalidades. A partir de ahí, las cosas empezaron a desmoronarse, y no terminaron de hacerlo hasta el día en el que la tierra borró el único espacio donde habitaba mi recuerdo de una vida diferente. Aunque seguramente ya se lo imaginaba, le dije a Malina que mi padre se había vuelto un alcohólico con el paso de los años. También le describí al esposo gringo y fanático de mi madre: su nueva vida que me parecía incomprensible, sus hijos nefastos y el tono hostil con el que a veces los oía hablar de México. Y mi madre que no contradecía nada. No pude hacer memoria de cuándo nos habíamos visto por última vez, y luego de que dije eso, yo también me puse a llorar y no pude parar. Los dos estuvimos así por un rato, cada uno soltando lágrimas a su tiempo, rodeados de esa oscuridad cálida del verano.

Malina se quedó dormida en mis brazos. Así como mi memoria guarda la música de ese día, los colores de la tarde y las palabras de la noche, recuerdo que por primera vez me sentí como un adulto antes de quedarme dormido. Durante la preparatoria, mi relación con Malina había sido la de dos niños que disfrutan el tiempo juntos y sólo conocen el presente. De pronto, en ese abrazo nocturno pensé por primera vez en un futuro que podía elegir y que podía construir con mis propias manos. Y Malina podía ser parte de ese futuro. Nos graduaríamos, encontraríamos la manera de estar en la misma ciudad y viviríamos juntos, dejando atrás nuestro origen derrumbado. Yo encontraría un trabajo que me permitiría dejar de depender del dinero de mi papá, y quizás encontraría el tiempo para escribir algo que valiera la pena. Malina sería una arquitecta exitosa, estaba seguro. Tal vez todo podría ser como esas tardes de pasear y conocernos en un verano eterno. En ese nuevo hogar que apenas tomaba forma, seríamos otros y seríamos mejores. Para entonces, nuestras vidas todavía no estaban formadas alrededor de la ausencia del otro, en la distancia. Todavía no teníamos un mundo del cual el otro no era parte. La separación de nuestros hogares era un inconveniente, y no una batalla que acabaría en derrota.

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