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Vivimos en una cultura en la que resulta natural leer lahistoria en modo dramático, como si estuviera compuesta por una serie deeventos sísmicos que por sí mismos fueron capaces de cambiarlo todo.

Queremos entrever hechos tremendos, instantes cruciales,decisiones que encendieron la revolución total. Es más fácil (y excitante)concebir cruces del Rubicón o tomas accidentales de LSD en laboratorios suizosque aceptar la realidad: lo que se impone casi siempre son las evolucioneslentas y los procesos en los que loviejo y lo nuevo se mezclan largamente.

Los hechos genuinamente paradigmáticos son raros, pero son.Suceden. Hay que tener olfato para, a la distancia, identificarlos, analizarlospor el derecho y el revés y aprovecharlos para hacer un relato del mundo en quevivimos. El 25 de marzo de 1996, el Gobierno de Argentina autorizó el uso y comercializaciónde la soja transgénica, producto capaz de tolerar el uso masivo deagroquímicos, en especial de glifosato. Fue uno de los primeros países delmundo en hacerlo, y la decisión se apalancó con la promesa de llevar el campo ala hiperindustrialización y a recuperar la competitividad de la economía nacional.Lo que detonó el expediente firmado hace tres décadas fue, en efecto, un nuevomodelo agroindustrial, y algo más: una cadena de desastres ambientales,sociales y de salud pública que todavía no comprendemos del todo, pero hoytenemos la información para hacerlo.