No items found.
No items found.
No items found.
No items found.

Con pérdidas, derrotas y adioses, el exilio deja de ser penitencia mientras la memoria se mantiene con vida. No hay despojo posible si persiste el conocimiento del origen y la búsqueda urgente del futuro. Cuatro primaveras me tomó contar con mi exilio como un terreno de lucha más.
Frente a mi balcón cada mañana de marzo veo una jacaranda frondosa, de un morado intenso y cuyos pétalos cubren el pavimento al caer, creando una alfombra lista para pasarela. Cada mañana de marzo tomo el café de las siete reconociéndome en ese árbol, cuyas raíces ya rompieron el pavimento, y al verlo me dan ganas de llorar de la enorme belleza. Podría ser ilegal, me repito, merecer tanta hermosura.
En 2022, la primavera inició el 20 de marzo, el mismo día que yo salí de Nicaragua, el país donde nací y al que desde entonces no puedo regresar. En ese pequeño pedazo de tierra, que habitamos menos de 8 millones de personas —las que se plantan en él físicamente y aquellas que lo mantenemos en nuestro anhelo constante—, no existe tal estación porque solo se nos permite una temporada lluviosa y una seca. Por eso, desde hace cuatro años, celebro la primavera como decisión radical de esperanza y como apuesta por la vida.
Cuento mi historia como un relato personal, con mis particularidades, dolencias, carencias y privilegios. Pero no soy un caso especial. La mía es la historia de miles de nicaragüenses que nos hemos tenido que desplazar forzadamente de ese país. Llámese exilio, migración in extremis, salida temporal. El apellido que nos guste más, pero con un mismo trasfondo: un gobierno dictatorial que lleva ocho años asesinando, encarcelando, reprimiendo y expulsando a los ciudadanos.
Los últimos abrazos y la revelación del verano
Dos noches antes de salir de mi país, una hermosa coincidencia ocurrió: mis dos abuelas, materna y paterna, se reunieron en la casa de mi madre. Fue un hecho excepcional, porque una de ellas vive al otro extremo del país y poco le gusta hacer viajes largos y cansados para su edad.
Esa noche nos reímos mucho, cenamos frituras nicaragüenses, hicimos chistes tontos y nos quejamos del calor húmedo que empapa y sofoca y que no he vuelto a sentir desde que salí de Managua. Ellas no tenían idea de que el abrazo que nos dimos y el adiós que nos dijimos iba a ser el último en quién sabrá cuánto tiempo. No hubo explicaciones, porque mi salida tenía que ser lo menos ruidosa posible, y tampoco había tiempo para llorar. Pero el abrazo, presintieron ellas, no fue uno común.
Lo de mi salida el primer día de primavera también fue casual. Para entonces yo ya no debía estar en el país y retrasé esa salida lo más que pude, hasta que un domingo, a las 05:06 de la mañana, tras viajar toda la noche y madrugada, puse pie en Costa Rica. Ese país, al compartir una extensa frontera terrestre, ha sido la opción natural para los nicaragüenses que han migrado históricamente para mejorar sus condiciones de vida, y más recientemente para aquellos que no quieren terminar en las cárceles del régimen o peor aún, en féretros sobre los que las familias se deshacen en lágrimas. Salí con la mochila azul de la que hasta hace poco me deshice, con unos cuantos dólares en efectivo, con mi pasaporte escondido, con miedo y mucha incertidumbre.
Si cierro los ojos soy capaz de ver mis tenis verdes lodosos por el trecho que caminamos el desconocido que me guiaba y yo. Si cierro los ojos aún puedo sentir mi corazón acelerado al escuchar al desconocido decirme: “Hay que apurarnos, loca”. Lo de la hora exacta lo sé porque en mi teléfono todavía vive la última fotografía que tomé de Nicaragua: el amanecer que pintó de naranja el cielo reflejado en agua.
Aguanté lo más que pude, hasta que un día no tuve otro remedio que empezar a ordenar mi cabeza, acomodar mis sentimientos y resolver lo urgente. Mi proceso se inició en noviembre de 2021, cuando en Nicaragua ocurrieron las elecciones presidenciales en las que Daniel Ortega se adjudicó un nuevo periodo presidencial y le regaló formalmente a su esposa, Rosario Murillo, la vicepresidencia del país. Hoy ambos, en una apuesta única en el mundo, comparten el mando bajo la figura de “copresidentes”. Hoy, Ortega suma 19 años consecutivos en la silla presidencial de Nicaragua, con su esposa al lado y sus hijos ocupando los cargos de mayor confianza; es decir, el país vive atrapado por una dinastía en la cual hay poco o nulo chance para una transición.
Para llegar a esos comicios, Ortega primero asesinó a cientos de nicaragüenses que salieron a manifestarse a partir del año en que todo cambió: 2018. Encarceló a cientos, forzó la salida del país de miles, se encargó de cooptar las fuerzas policiales y al Ejército, cerró su círculo de poder y apostó por un aislamiento internacional descarado, retirándose de varios organismos multilaterales, entre ellos el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización de Estados Americanos, la Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la FAO y un largo etcétera.
El más reciente informe del Grupo de Trabajo que se creó en la Organización de Naciones Unidas para el caso de Nicaragua concluye que en el país se han cometido crímenes de lesa humanidad. Da cuenta de cómo la represión estatal ha evolucionado por fases, ampliando cada vez más el perfil de las víctimas. En 2018 y 2019 estuvieron en la mira manifestantes y líderes sociales; en 2021, candidatos presidenciales, periodistas, académicos y antiguos aliados de Ortega; en 2022, miembros y autoridades de la Iglesia católica, empresarios y familiares de presos políticos; de 2023 a la fecha, el perfil es más generalizado, alcanzando incluso a los mismos funcionarios que ayudaron a construir la dictadura que terminó devorándolos.
Cuando cuento Nicaragua parece que estoy inventándome una novela. Cuando me preguntan de dónde soy y por qué vivo en México, mis respuestas son dos. Una, me vine por trabajo; dos (si sé que quien me pregunta será un vínculo duradero), porque soy periodista y en mi país está criminalizado serlo. Y entonces empieza una larga lista de porqués: porque el dictador le quita la nacionalidad, directa o indirectamente, a quien se le antoja; porque se nos prohíbe entrar a nuestro propio país; porque no queda una sola redacción operando desde Nicaragua y todas están en el exilio; porque ha habido presos políticos por compartir un tuit (hoy un X); porque portar la bandera de Nicaragua en actos públicos no auspiciados por la dictadura está prohibido; porque han forzado al cierre a más de 5 mil organizaciones no gubernamentales que hacían trabajo social en comunidades donde ni el Estado es capaz de llegar; porque la universidad donde estudié y otras decenas más fueron cerradas. Porque Nicaragua es un caso extremo y el mundo parece haber perdido el valor cívico de siquiera voltear a ver.
Salí de Nicaragua cuando mi nombre era público y mi trabajo me ponía en riesgo. Yo era editora en La Prensa, el periódico más grande del país, y coordinaba los equipos que cubrían temas políticos y temas nacionales. Once años trabajé en el periódico —hasta diciembre de 2025—, y ni siquiera el exilio me hizo renegar de esta profesión que escogí a mis 15 años, cuando entré a la universidad.
La redacción de La Prensa fue tomada por las fuerzas policiales en julio de 2021. Sus dueños fueron despojados y varios de sus trabajadores encarcelados. Un año después, en julio de 2022, toda la redacción fue obligada a irse del país. Para entonces yo llevaba poco menos de cuatro meses exiliada y pude ayudar a coordinar las salidas apresuradas de mis colegas, los no pudieron ordenar sus cabezas, acomodar sus sentimientos ni resolver lo urgente. A ellos, a ellas, se les avisó una noche que debían dejar a sus familias, empacar una maleta y emprender camino de madrugada. Esa ha sido y sigue siendo la realidad de miles.
Sumado a mi trabajo en el periódico nicaragüense, en 2020 empecé a reportear y a escribir para The New York Times: cubrí las redadas policiales de opositores, las elecciones de 2021, el cierre y confiscación de organizaciones y universidades, la represión contra clérigos. Con mis colegas, a quienes nunca se les permitió entrar al país, logramos colar en varias portadas del periódico más influyente del hemisferio la crisis de Nicaragua, y eso, logré entender al fin, me puso en una situación vulnerable. Mi nombre circulaba en redes del gobierno como mentirosa y propagandista de una derecha inventada para descalificar las críticas y para impedir que circulara la información de lo que sucedía en el país. Y, para echarle más leña al fuego, empecé a coordinar una plataforma de verificación de datos y a escribir para otro medio independiente como freelance. Ya no era sostenible seguir en Nicaragua.
Tres semanas después de salir a Costa Rica, llegué a México con más incertidumbre que antes, pero rápidamente me deslumbró el encuentro del hermoso verano que vive en mí, como auguró para todos Albert Camus, y entendí que la belleza de los atardeceres no es ilegal, que estar viva, a pesar de las pérdidas y los adioses, es mi pequeña victoria. A la pena estaba acostumbrada; a la alegría, no. Y entonces, en cada verano me aferro a la promesa de los abrazos pendientes, del sudor que empapa las axilas, de las pláticas comunes, del bullicio de los mercados. Me aferro a mi próximo verano en Rivas, al amor inmenso que emana en el mar y al cielo joven que aguarda mi regreso.
El otoño de una ciudad
A veces fantaseo con volver un viernes a Managua, a uno de esos bares a los que fui una sola vez, pero siento la necesidad de regresar. Constantemente imagino un reencuentro con esa ciudad que ya no es la misma porque su tejido está cambiando, la dinámica de movilidad se ha transformado, muchos espacios dejaron de existir y la gente misma —quienes nos fuimos y quienes se quedaron— dejamos de reconocernos.
Esa no es una ciudad particularmente reseñable. Las calles no tienen nombres, es sucia, caótica y tiene muy poco que ofrecer, pero es la ciudad donde nací, crecí, me enamoré, fui feliz, donde sentí nostalgia y donde la vida solía pasar sin prisas. Es la ciudad donde confluyeron todas mis vidas: la de periodista, la de estudiante, la de aprendiz, la de groupie, la de tantas primeras veces. Y aún así, desde el último año que viví en la capital nicaragüense fui testigo de su desaparición lenta. Ya no la reconocía, no me reconocía yo en ella. Para entonces, y a mis 26 años, mi vida ahí se trataba de cubrir crisis, escribir sobre represiones, duelos y dolores, y vivir confinada en una casa de la que apenas salía por prevención, un poco de paranoia y una ansiedad difícil de controlar.
Ya en exilio, la Managua que dejé me es de nuevo arrebatada cada vez que me pierdo la posibilidad de regresar a la vela de un vecino que me daba dulces de niña, al cumpleaños de mi mamá, al lago que abraza a los volcanes, al campo donde aprendí las reglas del softbol. La ciudad se me diluye entre recuerdos de lo que fue y anhelos de lo puede ser.
A veces pregunto por lugares específicos y la respuesta suele ser la misma: “Uuuh, eso ya no existe”. Me asusta olvidarme de referencias, de espacios y suelo pedir recursos gráficos para tenerla presente. A veces entro a Google Maps para ver las calles en las que viví y me sorprendo al ver un bar nuevo, una tienda diferente.
Recientemente, la alcaldía de Managua anunció una serie de demoliciones de rotondas icónicas en la capital, hay en construcción un metrobús y varios pasos a desnivel. La infraestructura de la capital se moderniza, la vida no se detiene y el caos vial aumenta. Así también aumentan mis ganas de regresar a explorar esa ciudad inacabada, esa donde el pavimento expide vapor con las primeras lluvias de temporada. Esa ciudad, mi ciudad, vive su otoño, alcanza una especie de madurez formal, y no puedo sino sentir nostalgia y asimilar que este es y será un duelo más en este largo camino, mientras se llega el retorno.
La comunidad que protege del cruel invierno
Perder un hogar no es fácil. Y perderlo porque te obligan es la prueba más dura. Yo siempre quise vivir fuera de Nicaragua, para estudiar, para trabajar, para conocer el mundo. Pero todos mis planes de escapar incorporaban la idea de volver: volver para Navidad, volver para el cumpleaños de papá, volver para la graduación de la hermana, volver para la boda del hermano, para el entierro de la bisabuela, volver para disfrutar, volver para estar presente. Volver.
El volver es eso que se me ha prohibido, es ese dolor del que no me gusta hablar pero que cargo conmigo siempre. Es esa carga que no quisiera llevar y en la que no quisiera pensar cuando me toque, cuando se me imponga, cuando se nos plante de frente la incómoda preocupación del futuro. Pero es en la que pienso constantemente cuando llega el frío y estoy lejos de ese hogar que perdí y que no es solo un espacio físico.
Las personas exiliadas hablamos un mismo idioma que a mí me costó mucho asumir, porque me rehusaba a nombrarme así. Al inicio me daba vergüenza (que, ahora entiendo, venía de la culpa) explicar que estaba en proceso de que se me reconociera como una persona refugiada. Me daba vergüenza pensar que la categoría exilio me quedaba grande. Desde el inicio supe que regresar a Nicaragua no era una opción en el mediano plazo, pero de cuando en cuando me azotaban las dudas e intentaba en vano llenar las piezas de un rompecabezas que en realidad nunca tuvo forma.
Fue entonces cuando descubrí el bonito camino de la compañía de otras personas exiliadas, aquellos que tampoco han terminado de entender cómo llegaron hasta aquí. Me tocó aprender que formar comunidad, que rodearme de personas con las que comparto el lenguaje de la ternura y la dignidad es lo que mantiene el fuego ardiendo y las ganas vivas por cambiar realidades, las nuestras de aquí y ahora, y las de los que se quedaron allá.
Descubrí entonces en la Ciudad de México a una comunidad centroamericana en el turbulento camino de organizarse, de juntarse a hablar de tristezas, sí, pero también de las fuerzas que crean la esperanza. Me hallé con las ganas de comprender que el exilio no solo es penitencia, sino un frente desde el cual se puede seguir aportando. Una cerveza y hay que hablar del panorama de Nicaragua ante las intervenciones gringas en Venezuela y Cuba. Un café y cómo afrontamos que El Salvador se hunde cada día más en el hoyo. Un mezcal y hay que hacer algo para que Guatemala no pierda su posible futuro.
Mientras en el cruel invierno se me prohíbe eso que se conoce como patria —una categoría que de todas formas hay de deshacer, pues niega la pluralidad de historias, territorios y luchas—, y cada día que no puedo regresar pienso que el amor en todas sus formas es lo que me cobija y mantiene el alma calientita mientras, llega la temporada de la esperanza.
El sueño de una primavera común
Me tomó más tiempo del que quisiera reconocer el sentimiento aquel de llegar a casa, cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, después de un vuelo de trabajo. Entonces comprendí que es aquí donde está mi hogar presente, el mismo que construyo día a día, donde apuesto mis mejores cartas y donde planeo estar mientras se me devuelve la posibilidad de un regreso. Además, es aquí donde vivo un destierro que me ha dado la capacidad de dar testimonio que otro país es posible.
La capital mexicana es, en esencia, hogar para millones que quedamos en el desamparo emocional de la vida. Para mexicanos y extranjeros. Lo ha sido por tradición desde hace décadas y pongo mi trabajo para que no sucumba a los tiempos caóticos en los que toma fuerza el lobby para eliminar el sistema de asilo.
Este se ha convertido en hogar de quienes fueron criminalizados en sus países, de quienes son non gratos para los regímenes autoritarios, de quienes incomodan al poder que busca quitarles —quitarnos— la dignidad y hacernos parecer ajenos a las realidades que atraviesan nuestros territorios. No hemos olvidado, seguimos estando presentes, seguimos anhelando la primavera que de una vez por todas ponga fin a la impunidad, de cuenta a la justicia de los crímenes y establezca condiciones dignas para el retorno de aquellos que anhelan continuar sus vidas en sus países.
Por ahora me aferro a la alegría que trae la primavera, esa de ver las jacarandas florecer en esta hermosa ciudad y, como contó Eduardo Galeano de su propio exilio, celebro que estos cuatro años me han “multiplicado la pasión solidaria, el impulso incesante de crear y de amar y la capacidad de indignación ante la injusticia”. Celebro la alegría de mantener mi memoria viva y que no me hayan arrebatado el saber de dónde vengo para seguir persistentemente buscando hacia dónde voy.
{{ linea }}
Con pérdidas, derrotas y adioses, el exilio deja de ser penitencia mientras la memoria se mantiene con vida. No hay despojo posible si persiste el conocimiento del origen y la búsqueda urgente del futuro. Cuatro primaveras me tomó contar con mi exilio como un terreno de lucha más.
Frente a mi balcón cada mañana de marzo veo una jacaranda frondosa, de un morado intenso y cuyos pétalos cubren el pavimento al caer, creando una alfombra lista para pasarela. Cada mañana de marzo tomo el café de las siete reconociéndome en ese árbol, cuyas raíces ya rompieron el pavimento, y al verlo me dan ganas de llorar de la enorme belleza. Podría ser ilegal, me repito, merecer tanta hermosura.
En 2022, la primavera inició el 20 de marzo, el mismo día que yo salí de Nicaragua, el país donde nací y al que desde entonces no puedo regresar. En ese pequeño pedazo de tierra, que habitamos menos de 8 millones de personas —las que se plantan en él físicamente y aquellas que lo mantenemos en nuestro anhelo constante—, no existe tal estación porque solo se nos permite una temporada lluviosa y una seca. Por eso, desde hace cuatro años, celebro la primavera como decisión radical de esperanza y como apuesta por la vida.
Cuento mi historia como un relato personal, con mis particularidades, dolencias, carencias y privilegios. Pero no soy un caso especial. La mía es la historia de miles de nicaragüenses que nos hemos tenido que desplazar forzadamente de ese país. Llámese exilio, migración in extremis, salida temporal. El apellido que nos guste más, pero con un mismo trasfondo: un gobierno dictatorial que lleva ocho años asesinando, encarcelando, reprimiendo y expulsando a los ciudadanos.
Los últimos abrazos y la revelación del verano
Dos noches antes de salir de mi país, una hermosa coincidencia ocurrió: mis dos abuelas, materna y paterna, se reunieron en la casa de mi madre. Fue un hecho excepcional, porque una de ellas vive al otro extremo del país y poco le gusta hacer viajes largos y cansados para su edad.
Esa noche nos reímos mucho, cenamos frituras nicaragüenses, hicimos chistes tontos y nos quejamos del calor húmedo que empapa y sofoca y que no he vuelto a sentir desde que salí de Managua. Ellas no tenían idea de que el abrazo que nos dimos y el adiós que nos dijimos iba a ser el último en quién sabrá cuánto tiempo. No hubo explicaciones, porque mi salida tenía que ser lo menos ruidosa posible, y tampoco había tiempo para llorar. Pero el abrazo, presintieron ellas, no fue uno común.
Lo de mi salida el primer día de primavera también fue casual. Para entonces yo ya no debía estar en el país y retrasé esa salida lo más que pude, hasta que un domingo, a las 05:06 de la mañana, tras viajar toda la noche y madrugada, puse pie en Costa Rica. Ese país, al compartir una extensa frontera terrestre, ha sido la opción natural para los nicaragüenses que han migrado históricamente para mejorar sus condiciones de vida, y más recientemente para aquellos que no quieren terminar en las cárceles del régimen o peor aún, en féretros sobre los que las familias se deshacen en lágrimas. Salí con la mochila azul de la que hasta hace poco me deshice, con unos cuantos dólares en efectivo, con mi pasaporte escondido, con miedo y mucha incertidumbre.
Si cierro los ojos soy capaz de ver mis tenis verdes lodosos por el trecho que caminamos el desconocido que me guiaba y yo. Si cierro los ojos aún puedo sentir mi corazón acelerado al escuchar al desconocido decirme: “Hay que apurarnos, loca”. Lo de la hora exacta lo sé porque en mi teléfono todavía vive la última fotografía que tomé de Nicaragua: el amanecer que pintó de naranja el cielo reflejado en agua.
Aguanté lo más que pude, hasta que un día no tuve otro remedio que empezar a ordenar mi cabeza, acomodar mis sentimientos y resolver lo urgente. Mi proceso se inició en noviembre de 2021, cuando en Nicaragua ocurrieron las elecciones presidenciales en las que Daniel Ortega se adjudicó un nuevo periodo presidencial y le regaló formalmente a su esposa, Rosario Murillo, la vicepresidencia del país. Hoy ambos, en una apuesta única en el mundo, comparten el mando bajo la figura de “copresidentes”. Hoy, Ortega suma 19 años consecutivos en la silla presidencial de Nicaragua, con su esposa al lado y sus hijos ocupando los cargos de mayor confianza; es decir, el país vive atrapado por una dinastía en la cual hay poco o nulo chance para una transición.
Para llegar a esos comicios, Ortega primero asesinó a cientos de nicaragüenses que salieron a manifestarse a partir del año en que todo cambió: 2018. Encarceló a cientos, forzó la salida del país de miles, se encargó de cooptar las fuerzas policiales y al Ejército, cerró su círculo de poder y apostó por un aislamiento internacional descarado, retirándose de varios organismos multilaterales, entre ellos el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización de Estados Americanos, la Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la FAO y un largo etcétera.
El más reciente informe del Grupo de Trabajo que se creó en la Organización de Naciones Unidas para el caso de Nicaragua concluye que en el país se han cometido crímenes de lesa humanidad. Da cuenta de cómo la represión estatal ha evolucionado por fases, ampliando cada vez más el perfil de las víctimas. En 2018 y 2019 estuvieron en la mira manifestantes y líderes sociales; en 2021, candidatos presidenciales, periodistas, académicos y antiguos aliados de Ortega; en 2022, miembros y autoridades de la Iglesia católica, empresarios y familiares de presos políticos; de 2023 a la fecha, el perfil es más generalizado, alcanzando incluso a los mismos funcionarios que ayudaron a construir la dictadura que terminó devorándolos.
Cuando cuento Nicaragua parece que estoy inventándome una novela. Cuando me preguntan de dónde soy y por qué vivo en México, mis respuestas son dos. Una, me vine por trabajo; dos (si sé que quien me pregunta será un vínculo duradero), porque soy periodista y en mi país está criminalizado serlo. Y entonces empieza una larga lista de porqués: porque el dictador le quita la nacionalidad, directa o indirectamente, a quien se le antoja; porque se nos prohíbe entrar a nuestro propio país; porque no queda una sola redacción operando desde Nicaragua y todas están en el exilio; porque ha habido presos políticos por compartir un tuit (hoy un X); porque portar la bandera de Nicaragua en actos públicos no auspiciados por la dictadura está prohibido; porque han forzado al cierre a más de 5 mil organizaciones no gubernamentales que hacían trabajo social en comunidades donde ni el Estado es capaz de llegar; porque la universidad donde estudié y otras decenas más fueron cerradas. Porque Nicaragua es un caso extremo y el mundo parece haber perdido el valor cívico de siquiera voltear a ver.
Salí de Nicaragua cuando mi nombre era público y mi trabajo me ponía en riesgo. Yo era editora en La Prensa, el periódico más grande del país, y coordinaba los equipos que cubrían temas políticos y temas nacionales. Once años trabajé en el periódico —hasta diciembre de 2025—, y ni siquiera el exilio me hizo renegar de esta profesión que escogí a mis 15 años, cuando entré a la universidad.
La redacción de La Prensa fue tomada por las fuerzas policiales en julio de 2021. Sus dueños fueron despojados y varios de sus trabajadores encarcelados. Un año después, en julio de 2022, toda la redacción fue obligada a irse del país. Para entonces yo llevaba poco menos de cuatro meses exiliada y pude ayudar a coordinar las salidas apresuradas de mis colegas, los no pudieron ordenar sus cabezas, acomodar sus sentimientos ni resolver lo urgente. A ellos, a ellas, se les avisó una noche que debían dejar a sus familias, empacar una maleta y emprender camino de madrugada. Esa ha sido y sigue siendo la realidad de miles.
Sumado a mi trabajo en el periódico nicaragüense, en 2020 empecé a reportear y a escribir para The New York Times: cubrí las redadas policiales de opositores, las elecciones de 2021, el cierre y confiscación de organizaciones y universidades, la represión contra clérigos. Con mis colegas, a quienes nunca se les permitió entrar al país, logramos colar en varias portadas del periódico más influyente del hemisferio la crisis de Nicaragua, y eso, logré entender al fin, me puso en una situación vulnerable. Mi nombre circulaba en redes del gobierno como mentirosa y propagandista de una derecha inventada para descalificar las críticas y para impedir que circulara la información de lo que sucedía en el país. Y, para echarle más leña al fuego, empecé a coordinar una plataforma de verificación de datos y a escribir para otro medio independiente como freelance. Ya no era sostenible seguir en Nicaragua.
Tres semanas después de salir a Costa Rica, llegué a México con más incertidumbre que antes, pero rápidamente me deslumbró el encuentro del hermoso verano que vive en mí, como auguró para todos Albert Camus, y entendí que la belleza de los atardeceres no es ilegal, que estar viva, a pesar de las pérdidas y los adioses, es mi pequeña victoria. A la pena estaba acostumbrada; a la alegría, no. Y entonces, en cada verano me aferro a la promesa de los abrazos pendientes, del sudor que empapa las axilas, de las pláticas comunes, del bullicio de los mercados. Me aferro a mi próximo verano en Rivas, al amor inmenso que emana en el mar y al cielo joven que aguarda mi regreso.
El otoño de una ciudad
A veces fantaseo con volver un viernes a Managua, a uno de esos bares a los que fui una sola vez, pero siento la necesidad de regresar. Constantemente imagino un reencuentro con esa ciudad que ya no es la misma porque su tejido está cambiando, la dinámica de movilidad se ha transformado, muchos espacios dejaron de existir y la gente misma —quienes nos fuimos y quienes se quedaron— dejamos de reconocernos.
Esa no es una ciudad particularmente reseñable. Las calles no tienen nombres, es sucia, caótica y tiene muy poco que ofrecer, pero es la ciudad donde nací, crecí, me enamoré, fui feliz, donde sentí nostalgia y donde la vida solía pasar sin prisas. Es la ciudad donde confluyeron todas mis vidas: la de periodista, la de estudiante, la de aprendiz, la de groupie, la de tantas primeras veces. Y aún así, desde el último año que viví en la capital nicaragüense fui testigo de su desaparición lenta. Ya no la reconocía, no me reconocía yo en ella. Para entonces, y a mis 26 años, mi vida ahí se trataba de cubrir crisis, escribir sobre represiones, duelos y dolores, y vivir confinada en una casa de la que apenas salía por prevención, un poco de paranoia y una ansiedad difícil de controlar.
Ya en exilio, la Managua que dejé me es de nuevo arrebatada cada vez que me pierdo la posibilidad de regresar a la vela de un vecino que me daba dulces de niña, al cumpleaños de mi mamá, al lago que abraza a los volcanes, al campo donde aprendí las reglas del softbol. La ciudad se me diluye entre recuerdos de lo que fue y anhelos de lo puede ser.
A veces pregunto por lugares específicos y la respuesta suele ser la misma: “Uuuh, eso ya no existe”. Me asusta olvidarme de referencias, de espacios y suelo pedir recursos gráficos para tenerla presente. A veces entro a Google Maps para ver las calles en las que viví y me sorprendo al ver un bar nuevo, una tienda diferente.
Recientemente, la alcaldía de Managua anunció una serie de demoliciones de rotondas icónicas en la capital, hay en construcción un metrobús y varios pasos a desnivel. La infraestructura de la capital se moderniza, la vida no se detiene y el caos vial aumenta. Así también aumentan mis ganas de regresar a explorar esa ciudad inacabada, esa donde el pavimento expide vapor con las primeras lluvias de temporada. Esa ciudad, mi ciudad, vive su otoño, alcanza una especie de madurez formal, y no puedo sino sentir nostalgia y asimilar que este es y será un duelo más en este largo camino, mientras se llega el retorno.
La comunidad que protege del cruel invierno
Perder un hogar no es fácil. Y perderlo porque te obligan es la prueba más dura. Yo siempre quise vivir fuera de Nicaragua, para estudiar, para trabajar, para conocer el mundo. Pero todos mis planes de escapar incorporaban la idea de volver: volver para Navidad, volver para el cumpleaños de papá, volver para la graduación de la hermana, volver para la boda del hermano, para el entierro de la bisabuela, volver para disfrutar, volver para estar presente. Volver.
El volver es eso que se me ha prohibido, es ese dolor del que no me gusta hablar pero que cargo conmigo siempre. Es esa carga que no quisiera llevar y en la que no quisiera pensar cuando me toque, cuando se me imponga, cuando se nos plante de frente la incómoda preocupación del futuro. Pero es en la que pienso constantemente cuando llega el frío y estoy lejos de ese hogar que perdí y que no es solo un espacio físico.
Las personas exiliadas hablamos un mismo idioma que a mí me costó mucho asumir, porque me rehusaba a nombrarme así. Al inicio me daba vergüenza (que, ahora entiendo, venía de la culpa) explicar que estaba en proceso de que se me reconociera como una persona refugiada. Me daba vergüenza pensar que la categoría exilio me quedaba grande. Desde el inicio supe que regresar a Nicaragua no era una opción en el mediano plazo, pero de cuando en cuando me azotaban las dudas e intentaba en vano llenar las piezas de un rompecabezas que en realidad nunca tuvo forma.
Fue entonces cuando descubrí el bonito camino de la compañía de otras personas exiliadas, aquellos que tampoco han terminado de entender cómo llegaron hasta aquí. Me tocó aprender que formar comunidad, que rodearme de personas con las que comparto el lenguaje de la ternura y la dignidad es lo que mantiene el fuego ardiendo y las ganas vivas por cambiar realidades, las nuestras de aquí y ahora, y las de los que se quedaron allá.
Descubrí entonces en la Ciudad de México a una comunidad centroamericana en el turbulento camino de organizarse, de juntarse a hablar de tristezas, sí, pero también de las fuerzas que crean la esperanza. Me hallé con las ganas de comprender que el exilio no solo es penitencia, sino un frente desde el cual se puede seguir aportando. Una cerveza y hay que hablar del panorama de Nicaragua ante las intervenciones gringas en Venezuela y Cuba. Un café y cómo afrontamos que El Salvador se hunde cada día más en el hoyo. Un mezcal y hay que hacer algo para que Guatemala no pierda su posible futuro.
Mientras en el cruel invierno se me prohíbe eso que se conoce como patria —una categoría que de todas formas hay de deshacer, pues niega la pluralidad de historias, territorios y luchas—, y cada día que no puedo regresar pienso que el amor en todas sus formas es lo que me cobija y mantiene el alma calientita mientras, llega la temporada de la esperanza.
El sueño de una primavera común
Me tomó más tiempo del que quisiera reconocer el sentimiento aquel de llegar a casa, cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, después de un vuelo de trabajo. Entonces comprendí que es aquí donde está mi hogar presente, el mismo que construyo día a día, donde apuesto mis mejores cartas y donde planeo estar mientras se me devuelve la posibilidad de un regreso. Además, es aquí donde vivo un destierro que me ha dado la capacidad de dar testimonio que otro país es posible.
La capital mexicana es, en esencia, hogar para millones que quedamos en el desamparo emocional de la vida. Para mexicanos y extranjeros. Lo ha sido por tradición desde hace décadas y pongo mi trabajo para que no sucumba a los tiempos caóticos en los que toma fuerza el lobby para eliminar el sistema de asilo.
Este se ha convertido en hogar de quienes fueron criminalizados en sus países, de quienes son non gratos para los regímenes autoritarios, de quienes incomodan al poder que busca quitarles —quitarnos— la dignidad y hacernos parecer ajenos a las realidades que atraviesan nuestros territorios. No hemos olvidado, seguimos estando presentes, seguimos anhelando la primavera que de una vez por todas ponga fin a la impunidad, de cuenta a la justicia de los crímenes y establezca condiciones dignas para el retorno de aquellos que anhelan continuar sus vidas en sus países.
Por ahora me aferro a la alegría que trae la primavera, esa de ver las jacarandas florecer en esta hermosa ciudad y, como contó Eduardo Galeano de su propio exilio, celebro que estos cuatro años me han “multiplicado la pasión solidaria, el impulso incesante de crear y de amar y la capacidad de indignación ante la injusticia”. Celebro la alegría de mantener mi memoria viva y que no me hayan arrebatado el saber de dónde vengo para seguir persistentemente buscando hacia dónde voy.
{{ linea }}

Con pérdidas, derrotas y adioses, el exilio deja de ser penitencia mientras la memoria se mantiene con vida. No hay despojo posible si persiste el conocimiento del origen y la búsqueda urgente del futuro. Cuatro primaveras me tomó contar con mi exilio como un terreno de lucha más.
Frente a mi balcón cada mañana de marzo veo una jacaranda frondosa, de un morado intenso y cuyos pétalos cubren el pavimento al caer, creando una alfombra lista para pasarela. Cada mañana de marzo tomo el café de las siete reconociéndome en ese árbol, cuyas raíces ya rompieron el pavimento, y al verlo me dan ganas de llorar de la enorme belleza. Podría ser ilegal, me repito, merecer tanta hermosura.
En 2022, la primavera inició el 20 de marzo, el mismo día que yo salí de Nicaragua, el país donde nací y al que desde entonces no puedo regresar. En ese pequeño pedazo de tierra, que habitamos menos de 8 millones de personas —las que se plantan en él físicamente y aquellas que lo mantenemos en nuestro anhelo constante—, no existe tal estación porque solo se nos permite una temporada lluviosa y una seca. Por eso, desde hace cuatro años, celebro la primavera como decisión radical de esperanza y como apuesta por la vida.
Cuento mi historia como un relato personal, con mis particularidades, dolencias, carencias y privilegios. Pero no soy un caso especial. La mía es la historia de miles de nicaragüenses que nos hemos tenido que desplazar forzadamente de ese país. Llámese exilio, migración in extremis, salida temporal. El apellido que nos guste más, pero con un mismo trasfondo: un gobierno dictatorial que lleva ocho años asesinando, encarcelando, reprimiendo y expulsando a los ciudadanos.
Los últimos abrazos y la revelación del verano
Dos noches antes de salir de mi país, una hermosa coincidencia ocurrió: mis dos abuelas, materna y paterna, se reunieron en la casa de mi madre. Fue un hecho excepcional, porque una de ellas vive al otro extremo del país y poco le gusta hacer viajes largos y cansados para su edad.
Esa noche nos reímos mucho, cenamos frituras nicaragüenses, hicimos chistes tontos y nos quejamos del calor húmedo que empapa y sofoca y que no he vuelto a sentir desde que salí de Managua. Ellas no tenían idea de que el abrazo que nos dimos y el adiós que nos dijimos iba a ser el último en quién sabrá cuánto tiempo. No hubo explicaciones, porque mi salida tenía que ser lo menos ruidosa posible, y tampoco había tiempo para llorar. Pero el abrazo, presintieron ellas, no fue uno común.
Lo de mi salida el primer día de primavera también fue casual. Para entonces yo ya no debía estar en el país y retrasé esa salida lo más que pude, hasta que un domingo, a las 05:06 de la mañana, tras viajar toda la noche y madrugada, puse pie en Costa Rica. Ese país, al compartir una extensa frontera terrestre, ha sido la opción natural para los nicaragüenses que han migrado históricamente para mejorar sus condiciones de vida, y más recientemente para aquellos que no quieren terminar en las cárceles del régimen o peor aún, en féretros sobre los que las familias se deshacen en lágrimas. Salí con la mochila azul de la que hasta hace poco me deshice, con unos cuantos dólares en efectivo, con mi pasaporte escondido, con miedo y mucha incertidumbre.
Si cierro los ojos soy capaz de ver mis tenis verdes lodosos por el trecho que caminamos el desconocido que me guiaba y yo. Si cierro los ojos aún puedo sentir mi corazón acelerado al escuchar al desconocido decirme: “Hay que apurarnos, loca”. Lo de la hora exacta lo sé porque en mi teléfono todavía vive la última fotografía que tomé de Nicaragua: el amanecer que pintó de naranja el cielo reflejado en agua.
Aguanté lo más que pude, hasta que un día no tuve otro remedio que empezar a ordenar mi cabeza, acomodar mis sentimientos y resolver lo urgente. Mi proceso se inició en noviembre de 2021, cuando en Nicaragua ocurrieron las elecciones presidenciales en las que Daniel Ortega se adjudicó un nuevo periodo presidencial y le regaló formalmente a su esposa, Rosario Murillo, la vicepresidencia del país. Hoy ambos, en una apuesta única en el mundo, comparten el mando bajo la figura de “copresidentes”. Hoy, Ortega suma 19 años consecutivos en la silla presidencial de Nicaragua, con su esposa al lado y sus hijos ocupando los cargos de mayor confianza; es decir, el país vive atrapado por una dinastía en la cual hay poco o nulo chance para una transición.
Para llegar a esos comicios, Ortega primero asesinó a cientos de nicaragüenses que salieron a manifestarse a partir del año en que todo cambió: 2018. Encarceló a cientos, forzó la salida del país de miles, se encargó de cooptar las fuerzas policiales y al Ejército, cerró su círculo de poder y apostó por un aislamiento internacional descarado, retirándose de varios organismos multilaterales, entre ellos el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización de Estados Americanos, la Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la FAO y un largo etcétera.
El más reciente informe del Grupo de Trabajo que se creó en la Organización de Naciones Unidas para el caso de Nicaragua concluye que en el país se han cometido crímenes de lesa humanidad. Da cuenta de cómo la represión estatal ha evolucionado por fases, ampliando cada vez más el perfil de las víctimas. En 2018 y 2019 estuvieron en la mira manifestantes y líderes sociales; en 2021, candidatos presidenciales, periodistas, académicos y antiguos aliados de Ortega; en 2022, miembros y autoridades de la Iglesia católica, empresarios y familiares de presos políticos; de 2023 a la fecha, el perfil es más generalizado, alcanzando incluso a los mismos funcionarios que ayudaron a construir la dictadura que terminó devorándolos.
Cuando cuento Nicaragua parece que estoy inventándome una novela. Cuando me preguntan de dónde soy y por qué vivo en México, mis respuestas son dos. Una, me vine por trabajo; dos (si sé que quien me pregunta será un vínculo duradero), porque soy periodista y en mi país está criminalizado serlo. Y entonces empieza una larga lista de porqués: porque el dictador le quita la nacionalidad, directa o indirectamente, a quien se le antoja; porque se nos prohíbe entrar a nuestro propio país; porque no queda una sola redacción operando desde Nicaragua y todas están en el exilio; porque ha habido presos políticos por compartir un tuit (hoy un X); porque portar la bandera de Nicaragua en actos públicos no auspiciados por la dictadura está prohibido; porque han forzado al cierre a más de 5 mil organizaciones no gubernamentales que hacían trabajo social en comunidades donde ni el Estado es capaz de llegar; porque la universidad donde estudié y otras decenas más fueron cerradas. Porque Nicaragua es un caso extremo y el mundo parece haber perdido el valor cívico de siquiera voltear a ver.
Salí de Nicaragua cuando mi nombre era público y mi trabajo me ponía en riesgo. Yo era editora en La Prensa, el periódico más grande del país, y coordinaba los equipos que cubrían temas políticos y temas nacionales. Once años trabajé en el periódico —hasta diciembre de 2025—, y ni siquiera el exilio me hizo renegar de esta profesión que escogí a mis 15 años, cuando entré a la universidad.
La redacción de La Prensa fue tomada por las fuerzas policiales en julio de 2021. Sus dueños fueron despojados y varios de sus trabajadores encarcelados. Un año después, en julio de 2022, toda la redacción fue obligada a irse del país. Para entonces yo llevaba poco menos de cuatro meses exiliada y pude ayudar a coordinar las salidas apresuradas de mis colegas, los no pudieron ordenar sus cabezas, acomodar sus sentimientos ni resolver lo urgente. A ellos, a ellas, se les avisó una noche que debían dejar a sus familias, empacar una maleta y emprender camino de madrugada. Esa ha sido y sigue siendo la realidad de miles.
Sumado a mi trabajo en el periódico nicaragüense, en 2020 empecé a reportear y a escribir para The New York Times: cubrí las redadas policiales de opositores, las elecciones de 2021, el cierre y confiscación de organizaciones y universidades, la represión contra clérigos. Con mis colegas, a quienes nunca se les permitió entrar al país, logramos colar en varias portadas del periódico más influyente del hemisferio la crisis de Nicaragua, y eso, logré entender al fin, me puso en una situación vulnerable. Mi nombre circulaba en redes del gobierno como mentirosa y propagandista de una derecha inventada para descalificar las críticas y para impedir que circulara la información de lo que sucedía en el país. Y, para echarle más leña al fuego, empecé a coordinar una plataforma de verificación de datos y a escribir para otro medio independiente como freelance. Ya no era sostenible seguir en Nicaragua.
Tres semanas después de salir a Costa Rica, llegué a México con más incertidumbre que antes, pero rápidamente me deslumbró el encuentro del hermoso verano que vive en mí, como auguró para todos Albert Camus, y entendí que la belleza de los atardeceres no es ilegal, que estar viva, a pesar de las pérdidas y los adioses, es mi pequeña victoria. A la pena estaba acostumbrada; a la alegría, no. Y entonces, en cada verano me aferro a la promesa de los abrazos pendientes, del sudor que empapa las axilas, de las pláticas comunes, del bullicio de los mercados. Me aferro a mi próximo verano en Rivas, al amor inmenso que emana en el mar y al cielo joven que aguarda mi regreso.
El otoño de una ciudad
A veces fantaseo con volver un viernes a Managua, a uno de esos bares a los que fui una sola vez, pero siento la necesidad de regresar. Constantemente imagino un reencuentro con esa ciudad que ya no es la misma porque su tejido está cambiando, la dinámica de movilidad se ha transformado, muchos espacios dejaron de existir y la gente misma —quienes nos fuimos y quienes se quedaron— dejamos de reconocernos.
Esa no es una ciudad particularmente reseñable. Las calles no tienen nombres, es sucia, caótica y tiene muy poco que ofrecer, pero es la ciudad donde nací, crecí, me enamoré, fui feliz, donde sentí nostalgia y donde la vida solía pasar sin prisas. Es la ciudad donde confluyeron todas mis vidas: la de periodista, la de estudiante, la de aprendiz, la de groupie, la de tantas primeras veces. Y aún así, desde el último año que viví en la capital nicaragüense fui testigo de su desaparición lenta. Ya no la reconocía, no me reconocía yo en ella. Para entonces, y a mis 26 años, mi vida ahí se trataba de cubrir crisis, escribir sobre represiones, duelos y dolores, y vivir confinada en una casa de la que apenas salía por prevención, un poco de paranoia y una ansiedad difícil de controlar.
Ya en exilio, la Managua que dejé me es de nuevo arrebatada cada vez que me pierdo la posibilidad de regresar a la vela de un vecino que me daba dulces de niña, al cumpleaños de mi mamá, al lago que abraza a los volcanes, al campo donde aprendí las reglas del softbol. La ciudad se me diluye entre recuerdos de lo que fue y anhelos de lo puede ser.
A veces pregunto por lugares específicos y la respuesta suele ser la misma: “Uuuh, eso ya no existe”. Me asusta olvidarme de referencias, de espacios y suelo pedir recursos gráficos para tenerla presente. A veces entro a Google Maps para ver las calles en las que viví y me sorprendo al ver un bar nuevo, una tienda diferente.
Recientemente, la alcaldía de Managua anunció una serie de demoliciones de rotondas icónicas en la capital, hay en construcción un metrobús y varios pasos a desnivel. La infraestructura de la capital se moderniza, la vida no se detiene y el caos vial aumenta. Así también aumentan mis ganas de regresar a explorar esa ciudad inacabada, esa donde el pavimento expide vapor con las primeras lluvias de temporada. Esa ciudad, mi ciudad, vive su otoño, alcanza una especie de madurez formal, y no puedo sino sentir nostalgia y asimilar que este es y será un duelo más en este largo camino, mientras se llega el retorno.
La comunidad que protege del cruel invierno
Perder un hogar no es fácil. Y perderlo porque te obligan es la prueba más dura. Yo siempre quise vivir fuera de Nicaragua, para estudiar, para trabajar, para conocer el mundo. Pero todos mis planes de escapar incorporaban la idea de volver: volver para Navidad, volver para el cumpleaños de papá, volver para la graduación de la hermana, volver para la boda del hermano, para el entierro de la bisabuela, volver para disfrutar, volver para estar presente. Volver.
El volver es eso que se me ha prohibido, es ese dolor del que no me gusta hablar pero que cargo conmigo siempre. Es esa carga que no quisiera llevar y en la que no quisiera pensar cuando me toque, cuando se me imponga, cuando se nos plante de frente la incómoda preocupación del futuro. Pero es en la que pienso constantemente cuando llega el frío y estoy lejos de ese hogar que perdí y que no es solo un espacio físico.
Las personas exiliadas hablamos un mismo idioma que a mí me costó mucho asumir, porque me rehusaba a nombrarme así. Al inicio me daba vergüenza (que, ahora entiendo, venía de la culpa) explicar que estaba en proceso de que se me reconociera como una persona refugiada. Me daba vergüenza pensar que la categoría exilio me quedaba grande. Desde el inicio supe que regresar a Nicaragua no era una opción en el mediano plazo, pero de cuando en cuando me azotaban las dudas e intentaba en vano llenar las piezas de un rompecabezas que en realidad nunca tuvo forma.
Fue entonces cuando descubrí el bonito camino de la compañía de otras personas exiliadas, aquellos que tampoco han terminado de entender cómo llegaron hasta aquí. Me tocó aprender que formar comunidad, que rodearme de personas con las que comparto el lenguaje de la ternura y la dignidad es lo que mantiene el fuego ardiendo y las ganas vivas por cambiar realidades, las nuestras de aquí y ahora, y las de los que se quedaron allá.
Descubrí entonces en la Ciudad de México a una comunidad centroamericana en el turbulento camino de organizarse, de juntarse a hablar de tristezas, sí, pero también de las fuerzas que crean la esperanza. Me hallé con las ganas de comprender que el exilio no solo es penitencia, sino un frente desde el cual se puede seguir aportando. Una cerveza y hay que hablar del panorama de Nicaragua ante las intervenciones gringas en Venezuela y Cuba. Un café y cómo afrontamos que El Salvador se hunde cada día más en el hoyo. Un mezcal y hay que hacer algo para que Guatemala no pierda su posible futuro.
Mientras en el cruel invierno se me prohíbe eso que se conoce como patria —una categoría que de todas formas hay de deshacer, pues niega la pluralidad de historias, territorios y luchas—, y cada día que no puedo regresar pienso que el amor en todas sus formas es lo que me cobija y mantiene el alma calientita mientras, llega la temporada de la esperanza.
El sueño de una primavera común
Me tomó más tiempo del que quisiera reconocer el sentimiento aquel de llegar a casa, cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, después de un vuelo de trabajo. Entonces comprendí que es aquí donde está mi hogar presente, el mismo que construyo día a día, donde apuesto mis mejores cartas y donde planeo estar mientras se me devuelve la posibilidad de un regreso. Además, es aquí donde vivo un destierro que me ha dado la capacidad de dar testimonio que otro país es posible.
La capital mexicana es, en esencia, hogar para millones que quedamos en el desamparo emocional de la vida. Para mexicanos y extranjeros. Lo ha sido por tradición desde hace décadas y pongo mi trabajo para que no sucumba a los tiempos caóticos en los que toma fuerza el lobby para eliminar el sistema de asilo.
Este se ha convertido en hogar de quienes fueron criminalizados en sus países, de quienes son non gratos para los regímenes autoritarios, de quienes incomodan al poder que busca quitarles —quitarnos— la dignidad y hacernos parecer ajenos a las realidades que atraviesan nuestros territorios. No hemos olvidado, seguimos estando presentes, seguimos anhelando la primavera que de una vez por todas ponga fin a la impunidad, de cuenta a la justicia de los crímenes y establezca condiciones dignas para el retorno de aquellos que anhelan continuar sus vidas en sus países.
Por ahora me aferro a la alegría que trae la primavera, esa de ver las jacarandas florecer en esta hermosa ciudad y, como contó Eduardo Galeano de su propio exilio, celebro que estos cuatro años me han “multiplicado la pasión solidaria, el impulso incesante de crear y de amar y la capacidad de indignación ante la injusticia”. Celebro la alegría de mantener mi memoria viva y que no me hayan arrebatado el saber de dónde vengo para seguir persistentemente buscando hacia dónde voy.
{{ linea }}

Con pérdidas, derrotas y adioses, el exilio deja de ser penitencia mientras la memoria se mantiene con vida. No hay despojo posible si persiste el conocimiento del origen y la búsqueda urgente del futuro. Cuatro primaveras me tomó contar con mi exilio como un terreno de lucha más.
Frente a mi balcón cada mañana de marzo veo una jacaranda frondosa, de un morado intenso y cuyos pétalos cubren el pavimento al caer, creando una alfombra lista para pasarela. Cada mañana de marzo tomo el café de las siete reconociéndome en ese árbol, cuyas raíces ya rompieron el pavimento, y al verlo me dan ganas de llorar de la enorme belleza. Podría ser ilegal, me repito, merecer tanta hermosura.
En 2022, la primavera inició el 20 de marzo, el mismo día que yo salí de Nicaragua, el país donde nací y al que desde entonces no puedo regresar. En ese pequeño pedazo de tierra, que habitamos menos de 8 millones de personas —las que se plantan en él físicamente y aquellas que lo mantenemos en nuestro anhelo constante—, no existe tal estación porque solo se nos permite una temporada lluviosa y una seca. Por eso, desde hace cuatro años, celebro la primavera como decisión radical de esperanza y como apuesta por la vida.
Cuento mi historia como un relato personal, con mis particularidades, dolencias, carencias y privilegios. Pero no soy un caso especial. La mía es la historia de miles de nicaragüenses que nos hemos tenido que desplazar forzadamente de ese país. Llámese exilio, migración in extremis, salida temporal. El apellido que nos guste más, pero con un mismo trasfondo: un gobierno dictatorial que lleva ocho años asesinando, encarcelando, reprimiendo y expulsando a los ciudadanos.
Los últimos abrazos y la revelación del verano
Dos noches antes de salir de mi país, una hermosa coincidencia ocurrió: mis dos abuelas, materna y paterna, se reunieron en la casa de mi madre. Fue un hecho excepcional, porque una de ellas vive al otro extremo del país y poco le gusta hacer viajes largos y cansados para su edad.
Esa noche nos reímos mucho, cenamos frituras nicaragüenses, hicimos chistes tontos y nos quejamos del calor húmedo que empapa y sofoca y que no he vuelto a sentir desde que salí de Managua. Ellas no tenían idea de que el abrazo que nos dimos y el adiós que nos dijimos iba a ser el último en quién sabrá cuánto tiempo. No hubo explicaciones, porque mi salida tenía que ser lo menos ruidosa posible, y tampoco había tiempo para llorar. Pero el abrazo, presintieron ellas, no fue uno común.
Lo de mi salida el primer día de primavera también fue casual. Para entonces yo ya no debía estar en el país y retrasé esa salida lo más que pude, hasta que un domingo, a las 05:06 de la mañana, tras viajar toda la noche y madrugada, puse pie en Costa Rica. Ese país, al compartir una extensa frontera terrestre, ha sido la opción natural para los nicaragüenses que han migrado históricamente para mejorar sus condiciones de vida, y más recientemente para aquellos que no quieren terminar en las cárceles del régimen o peor aún, en féretros sobre los que las familias se deshacen en lágrimas. Salí con la mochila azul de la que hasta hace poco me deshice, con unos cuantos dólares en efectivo, con mi pasaporte escondido, con miedo y mucha incertidumbre.
Si cierro los ojos soy capaz de ver mis tenis verdes lodosos por el trecho que caminamos el desconocido que me guiaba y yo. Si cierro los ojos aún puedo sentir mi corazón acelerado al escuchar al desconocido decirme: “Hay que apurarnos, loca”. Lo de la hora exacta lo sé porque en mi teléfono todavía vive la última fotografía que tomé de Nicaragua: el amanecer que pintó de naranja el cielo reflejado en agua.
Aguanté lo más que pude, hasta que un día no tuve otro remedio que empezar a ordenar mi cabeza, acomodar mis sentimientos y resolver lo urgente. Mi proceso se inició en noviembre de 2021, cuando en Nicaragua ocurrieron las elecciones presidenciales en las que Daniel Ortega se adjudicó un nuevo periodo presidencial y le regaló formalmente a su esposa, Rosario Murillo, la vicepresidencia del país. Hoy ambos, en una apuesta única en el mundo, comparten el mando bajo la figura de “copresidentes”. Hoy, Ortega suma 19 años consecutivos en la silla presidencial de Nicaragua, con su esposa al lado y sus hijos ocupando los cargos de mayor confianza; es decir, el país vive atrapado por una dinastía en la cual hay poco o nulo chance para una transición.
Para llegar a esos comicios, Ortega primero asesinó a cientos de nicaragüenses que salieron a manifestarse a partir del año en que todo cambió: 2018. Encarceló a cientos, forzó la salida del país de miles, se encargó de cooptar las fuerzas policiales y al Ejército, cerró su círculo de poder y apostó por un aislamiento internacional descarado, retirándose de varios organismos multilaterales, entre ellos el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización de Estados Americanos, la Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la FAO y un largo etcétera.
El más reciente informe del Grupo de Trabajo que se creó en la Organización de Naciones Unidas para el caso de Nicaragua concluye que en el país se han cometido crímenes de lesa humanidad. Da cuenta de cómo la represión estatal ha evolucionado por fases, ampliando cada vez más el perfil de las víctimas. En 2018 y 2019 estuvieron en la mira manifestantes y líderes sociales; en 2021, candidatos presidenciales, periodistas, académicos y antiguos aliados de Ortega; en 2022, miembros y autoridades de la Iglesia católica, empresarios y familiares de presos políticos; de 2023 a la fecha, el perfil es más generalizado, alcanzando incluso a los mismos funcionarios que ayudaron a construir la dictadura que terminó devorándolos.
Cuando cuento Nicaragua parece que estoy inventándome una novela. Cuando me preguntan de dónde soy y por qué vivo en México, mis respuestas son dos. Una, me vine por trabajo; dos (si sé que quien me pregunta será un vínculo duradero), porque soy periodista y en mi país está criminalizado serlo. Y entonces empieza una larga lista de porqués: porque el dictador le quita la nacionalidad, directa o indirectamente, a quien se le antoja; porque se nos prohíbe entrar a nuestro propio país; porque no queda una sola redacción operando desde Nicaragua y todas están en el exilio; porque ha habido presos políticos por compartir un tuit (hoy un X); porque portar la bandera de Nicaragua en actos públicos no auspiciados por la dictadura está prohibido; porque han forzado al cierre a más de 5 mil organizaciones no gubernamentales que hacían trabajo social en comunidades donde ni el Estado es capaz de llegar; porque la universidad donde estudié y otras decenas más fueron cerradas. Porque Nicaragua es un caso extremo y el mundo parece haber perdido el valor cívico de siquiera voltear a ver.
Salí de Nicaragua cuando mi nombre era público y mi trabajo me ponía en riesgo. Yo era editora en La Prensa, el periódico más grande del país, y coordinaba los equipos que cubrían temas políticos y temas nacionales. Once años trabajé en el periódico —hasta diciembre de 2025—, y ni siquiera el exilio me hizo renegar de esta profesión que escogí a mis 15 años, cuando entré a la universidad.
La redacción de La Prensa fue tomada por las fuerzas policiales en julio de 2021. Sus dueños fueron despojados y varios de sus trabajadores encarcelados. Un año después, en julio de 2022, toda la redacción fue obligada a irse del país. Para entonces yo llevaba poco menos de cuatro meses exiliada y pude ayudar a coordinar las salidas apresuradas de mis colegas, los no pudieron ordenar sus cabezas, acomodar sus sentimientos ni resolver lo urgente. A ellos, a ellas, se les avisó una noche que debían dejar a sus familias, empacar una maleta y emprender camino de madrugada. Esa ha sido y sigue siendo la realidad de miles.
Sumado a mi trabajo en el periódico nicaragüense, en 2020 empecé a reportear y a escribir para The New York Times: cubrí las redadas policiales de opositores, las elecciones de 2021, el cierre y confiscación de organizaciones y universidades, la represión contra clérigos. Con mis colegas, a quienes nunca se les permitió entrar al país, logramos colar en varias portadas del periódico más influyente del hemisferio la crisis de Nicaragua, y eso, logré entender al fin, me puso en una situación vulnerable. Mi nombre circulaba en redes del gobierno como mentirosa y propagandista de una derecha inventada para descalificar las críticas y para impedir que circulara la información de lo que sucedía en el país. Y, para echarle más leña al fuego, empecé a coordinar una plataforma de verificación de datos y a escribir para otro medio independiente como freelance. Ya no era sostenible seguir en Nicaragua.
Tres semanas después de salir a Costa Rica, llegué a México con más incertidumbre que antes, pero rápidamente me deslumbró el encuentro del hermoso verano que vive en mí, como auguró para todos Albert Camus, y entendí que la belleza de los atardeceres no es ilegal, que estar viva, a pesar de las pérdidas y los adioses, es mi pequeña victoria. A la pena estaba acostumbrada; a la alegría, no. Y entonces, en cada verano me aferro a la promesa de los abrazos pendientes, del sudor que empapa las axilas, de las pláticas comunes, del bullicio de los mercados. Me aferro a mi próximo verano en Rivas, al amor inmenso que emana en el mar y al cielo joven que aguarda mi regreso.
El otoño de una ciudad
A veces fantaseo con volver un viernes a Managua, a uno de esos bares a los que fui una sola vez, pero siento la necesidad de regresar. Constantemente imagino un reencuentro con esa ciudad que ya no es la misma porque su tejido está cambiando, la dinámica de movilidad se ha transformado, muchos espacios dejaron de existir y la gente misma —quienes nos fuimos y quienes se quedaron— dejamos de reconocernos.
Esa no es una ciudad particularmente reseñable. Las calles no tienen nombres, es sucia, caótica y tiene muy poco que ofrecer, pero es la ciudad donde nací, crecí, me enamoré, fui feliz, donde sentí nostalgia y donde la vida solía pasar sin prisas. Es la ciudad donde confluyeron todas mis vidas: la de periodista, la de estudiante, la de aprendiz, la de groupie, la de tantas primeras veces. Y aún así, desde el último año que viví en la capital nicaragüense fui testigo de su desaparición lenta. Ya no la reconocía, no me reconocía yo en ella. Para entonces, y a mis 26 años, mi vida ahí se trataba de cubrir crisis, escribir sobre represiones, duelos y dolores, y vivir confinada en una casa de la que apenas salía por prevención, un poco de paranoia y una ansiedad difícil de controlar.
Ya en exilio, la Managua que dejé me es de nuevo arrebatada cada vez que me pierdo la posibilidad de regresar a la vela de un vecino que me daba dulces de niña, al cumpleaños de mi mamá, al lago que abraza a los volcanes, al campo donde aprendí las reglas del softbol. La ciudad se me diluye entre recuerdos de lo que fue y anhelos de lo puede ser.
A veces pregunto por lugares específicos y la respuesta suele ser la misma: “Uuuh, eso ya no existe”. Me asusta olvidarme de referencias, de espacios y suelo pedir recursos gráficos para tenerla presente. A veces entro a Google Maps para ver las calles en las que viví y me sorprendo al ver un bar nuevo, una tienda diferente.
Recientemente, la alcaldía de Managua anunció una serie de demoliciones de rotondas icónicas en la capital, hay en construcción un metrobús y varios pasos a desnivel. La infraestructura de la capital se moderniza, la vida no se detiene y el caos vial aumenta. Así también aumentan mis ganas de regresar a explorar esa ciudad inacabada, esa donde el pavimento expide vapor con las primeras lluvias de temporada. Esa ciudad, mi ciudad, vive su otoño, alcanza una especie de madurez formal, y no puedo sino sentir nostalgia y asimilar que este es y será un duelo más en este largo camino, mientras se llega el retorno.
La comunidad que protege del cruel invierno
Perder un hogar no es fácil. Y perderlo porque te obligan es la prueba más dura. Yo siempre quise vivir fuera de Nicaragua, para estudiar, para trabajar, para conocer el mundo. Pero todos mis planes de escapar incorporaban la idea de volver: volver para Navidad, volver para el cumpleaños de papá, volver para la graduación de la hermana, volver para la boda del hermano, para el entierro de la bisabuela, volver para disfrutar, volver para estar presente. Volver.
El volver es eso que se me ha prohibido, es ese dolor del que no me gusta hablar pero que cargo conmigo siempre. Es esa carga que no quisiera llevar y en la que no quisiera pensar cuando me toque, cuando se me imponga, cuando se nos plante de frente la incómoda preocupación del futuro. Pero es en la que pienso constantemente cuando llega el frío y estoy lejos de ese hogar que perdí y que no es solo un espacio físico.
Las personas exiliadas hablamos un mismo idioma que a mí me costó mucho asumir, porque me rehusaba a nombrarme así. Al inicio me daba vergüenza (que, ahora entiendo, venía de la culpa) explicar que estaba en proceso de que se me reconociera como una persona refugiada. Me daba vergüenza pensar que la categoría exilio me quedaba grande. Desde el inicio supe que regresar a Nicaragua no era una opción en el mediano plazo, pero de cuando en cuando me azotaban las dudas e intentaba en vano llenar las piezas de un rompecabezas que en realidad nunca tuvo forma.
Fue entonces cuando descubrí el bonito camino de la compañía de otras personas exiliadas, aquellos que tampoco han terminado de entender cómo llegaron hasta aquí. Me tocó aprender que formar comunidad, que rodearme de personas con las que comparto el lenguaje de la ternura y la dignidad es lo que mantiene el fuego ardiendo y las ganas vivas por cambiar realidades, las nuestras de aquí y ahora, y las de los que se quedaron allá.
Descubrí entonces en la Ciudad de México a una comunidad centroamericana en el turbulento camino de organizarse, de juntarse a hablar de tristezas, sí, pero también de las fuerzas que crean la esperanza. Me hallé con las ganas de comprender que el exilio no solo es penitencia, sino un frente desde el cual se puede seguir aportando. Una cerveza y hay que hablar del panorama de Nicaragua ante las intervenciones gringas en Venezuela y Cuba. Un café y cómo afrontamos que El Salvador se hunde cada día más en el hoyo. Un mezcal y hay que hacer algo para que Guatemala no pierda su posible futuro.
Mientras en el cruel invierno se me prohíbe eso que se conoce como patria —una categoría que de todas formas hay de deshacer, pues niega la pluralidad de historias, territorios y luchas—, y cada día que no puedo regresar pienso que el amor en todas sus formas es lo que me cobija y mantiene el alma calientita mientras, llega la temporada de la esperanza.
El sueño de una primavera común
Me tomó más tiempo del que quisiera reconocer el sentimiento aquel de llegar a casa, cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, después de un vuelo de trabajo. Entonces comprendí que es aquí donde está mi hogar presente, el mismo que construyo día a día, donde apuesto mis mejores cartas y donde planeo estar mientras se me devuelve la posibilidad de un regreso. Además, es aquí donde vivo un destierro que me ha dado la capacidad de dar testimonio que otro país es posible.
La capital mexicana es, en esencia, hogar para millones que quedamos en el desamparo emocional de la vida. Para mexicanos y extranjeros. Lo ha sido por tradición desde hace décadas y pongo mi trabajo para que no sucumba a los tiempos caóticos en los que toma fuerza el lobby para eliminar el sistema de asilo.
Este se ha convertido en hogar de quienes fueron criminalizados en sus países, de quienes son non gratos para los regímenes autoritarios, de quienes incomodan al poder que busca quitarles —quitarnos— la dignidad y hacernos parecer ajenos a las realidades que atraviesan nuestros territorios. No hemos olvidado, seguimos estando presentes, seguimos anhelando la primavera que de una vez por todas ponga fin a la impunidad, de cuenta a la justicia de los crímenes y establezca condiciones dignas para el retorno de aquellos que anhelan continuar sus vidas en sus países.
Por ahora me aferro a la alegría que trae la primavera, esa de ver las jacarandas florecer en esta hermosa ciudad y, como contó Eduardo Galeano de su propio exilio, celebro que estos cuatro años me han “multiplicado la pasión solidaria, el impulso incesante de crear y de amar y la capacidad de indignación ante la injusticia”. Celebro la alegría de mantener mi memoria viva y que no me hayan arrebatado el saber de dónde vengo para seguir persistentemente buscando hacia dónde voy.
{{ linea }}

Con pérdidas, derrotas y adioses, el exilio deja de ser penitencia mientras la memoria se mantiene con vida. No hay despojo posible si persiste el conocimiento del origen y la búsqueda urgente del futuro. Cuatro primaveras me tomó contar con mi exilio como un terreno de lucha más.
Frente a mi balcón cada mañana de marzo veo una jacaranda frondosa, de un morado intenso y cuyos pétalos cubren el pavimento al caer, creando una alfombra lista para pasarela. Cada mañana de marzo tomo el café de las siete reconociéndome en ese árbol, cuyas raíces ya rompieron el pavimento, y al verlo me dan ganas de llorar de la enorme belleza. Podría ser ilegal, me repito, merecer tanta hermosura.
En 2022, la primavera inició el 20 de marzo, el mismo día que yo salí de Nicaragua, el país donde nací y al que desde entonces no puedo regresar. En ese pequeño pedazo de tierra, que habitamos menos de 8 millones de personas —las que se plantan en él físicamente y aquellas que lo mantenemos en nuestro anhelo constante—, no existe tal estación porque solo se nos permite una temporada lluviosa y una seca. Por eso, desde hace cuatro años, celebro la primavera como decisión radical de esperanza y como apuesta por la vida.
Cuento mi historia como un relato personal, con mis particularidades, dolencias, carencias y privilegios. Pero no soy un caso especial. La mía es la historia de miles de nicaragüenses que nos hemos tenido que desplazar forzadamente de ese país. Llámese exilio, migración in extremis, salida temporal. El apellido que nos guste más, pero con un mismo trasfondo: un gobierno dictatorial que lleva ocho años asesinando, encarcelando, reprimiendo y expulsando a los ciudadanos.
Los últimos abrazos y la revelación del verano
Dos noches antes de salir de mi país, una hermosa coincidencia ocurrió: mis dos abuelas, materna y paterna, se reunieron en la casa de mi madre. Fue un hecho excepcional, porque una de ellas vive al otro extremo del país y poco le gusta hacer viajes largos y cansados para su edad.
Esa noche nos reímos mucho, cenamos frituras nicaragüenses, hicimos chistes tontos y nos quejamos del calor húmedo que empapa y sofoca y que no he vuelto a sentir desde que salí de Managua. Ellas no tenían idea de que el abrazo que nos dimos y el adiós que nos dijimos iba a ser el último en quién sabrá cuánto tiempo. No hubo explicaciones, porque mi salida tenía que ser lo menos ruidosa posible, y tampoco había tiempo para llorar. Pero el abrazo, presintieron ellas, no fue uno común.
Lo de mi salida el primer día de primavera también fue casual. Para entonces yo ya no debía estar en el país y retrasé esa salida lo más que pude, hasta que un domingo, a las 05:06 de la mañana, tras viajar toda la noche y madrugada, puse pie en Costa Rica. Ese país, al compartir una extensa frontera terrestre, ha sido la opción natural para los nicaragüenses que han migrado históricamente para mejorar sus condiciones de vida, y más recientemente para aquellos que no quieren terminar en las cárceles del régimen o peor aún, en féretros sobre los que las familias se deshacen en lágrimas. Salí con la mochila azul de la que hasta hace poco me deshice, con unos cuantos dólares en efectivo, con mi pasaporte escondido, con miedo y mucha incertidumbre.
Si cierro los ojos soy capaz de ver mis tenis verdes lodosos por el trecho que caminamos el desconocido que me guiaba y yo. Si cierro los ojos aún puedo sentir mi corazón acelerado al escuchar al desconocido decirme: “Hay que apurarnos, loca”. Lo de la hora exacta lo sé porque en mi teléfono todavía vive la última fotografía que tomé de Nicaragua: el amanecer que pintó de naranja el cielo reflejado en agua.
Aguanté lo más que pude, hasta que un día no tuve otro remedio que empezar a ordenar mi cabeza, acomodar mis sentimientos y resolver lo urgente. Mi proceso se inició en noviembre de 2021, cuando en Nicaragua ocurrieron las elecciones presidenciales en las que Daniel Ortega se adjudicó un nuevo periodo presidencial y le regaló formalmente a su esposa, Rosario Murillo, la vicepresidencia del país. Hoy ambos, en una apuesta única en el mundo, comparten el mando bajo la figura de “copresidentes”. Hoy, Ortega suma 19 años consecutivos en la silla presidencial de Nicaragua, con su esposa al lado y sus hijos ocupando los cargos de mayor confianza; es decir, el país vive atrapado por una dinastía en la cual hay poco o nulo chance para una transición.
Para llegar a esos comicios, Ortega primero asesinó a cientos de nicaragüenses que salieron a manifestarse a partir del año en que todo cambió: 2018. Encarceló a cientos, forzó la salida del país de miles, se encargó de cooptar las fuerzas policiales y al Ejército, cerró su círculo de poder y apostó por un aislamiento internacional descarado, retirándose de varios organismos multilaterales, entre ellos el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización de Estados Americanos, la Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la FAO y un largo etcétera.
El más reciente informe del Grupo de Trabajo que se creó en la Organización de Naciones Unidas para el caso de Nicaragua concluye que en el país se han cometido crímenes de lesa humanidad. Da cuenta de cómo la represión estatal ha evolucionado por fases, ampliando cada vez más el perfil de las víctimas. En 2018 y 2019 estuvieron en la mira manifestantes y líderes sociales; en 2021, candidatos presidenciales, periodistas, académicos y antiguos aliados de Ortega; en 2022, miembros y autoridades de la Iglesia católica, empresarios y familiares de presos políticos; de 2023 a la fecha, el perfil es más generalizado, alcanzando incluso a los mismos funcionarios que ayudaron a construir la dictadura que terminó devorándolos.
Cuando cuento Nicaragua parece que estoy inventándome una novela. Cuando me preguntan de dónde soy y por qué vivo en México, mis respuestas son dos. Una, me vine por trabajo; dos (si sé que quien me pregunta será un vínculo duradero), porque soy periodista y en mi país está criminalizado serlo. Y entonces empieza una larga lista de porqués: porque el dictador le quita la nacionalidad, directa o indirectamente, a quien se le antoja; porque se nos prohíbe entrar a nuestro propio país; porque no queda una sola redacción operando desde Nicaragua y todas están en el exilio; porque ha habido presos políticos por compartir un tuit (hoy un X); porque portar la bandera de Nicaragua en actos públicos no auspiciados por la dictadura está prohibido; porque han forzado al cierre a más de 5 mil organizaciones no gubernamentales que hacían trabajo social en comunidades donde ni el Estado es capaz de llegar; porque la universidad donde estudié y otras decenas más fueron cerradas. Porque Nicaragua es un caso extremo y el mundo parece haber perdido el valor cívico de siquiera voltear a ver.
Salí de Nicaragua cuando mi nombre era público y mi trabajo me ponía en riesgo. Yo era editora en La Prensa, el periódico más grande del país, y coordinaba los equipos que cubrían temas políticos y temas nacionales. Once años trabajé en el periódico —hasta diciembre de 2025—, y ni siquiera el exilio me hizo renegar de esta profesión que escogí a mis 15 años, cuando entré a la universidad.
La redacción de La Prensa fue tomada por las fuerzas policiales en julio de 2021. Sus dueños fueron despojados y varios de sus trabajadores encarcelados. Un año después, en julio de 2022, toda la redacción fue obligada a irse del país. Para entonces yo llevaba poco menos de cuatro meses exiliada y pude ayudar a coordinar las salidas apresuradas de mis colegas, los no pudieron ordenar sus cabezas, acomodar sus sentimientos ni resolver lo urgente. A ellos, a ellas, se les avisó una noche que debían dejar a sus familias, empacar una maleta y emprender camino de madrugada. Esa ha sido y sigue siendo la realidad de miles.
Sumado a mi trabajo en el periódico nicaragüense, en 2020 empecé a reportear y a escribir para The New York Times: cubrí las redadas policiales de opositores, las elecciones de 2021, el cierre y confiscación de organizaciones y universidades, la represión contra clérigos. Con mis colegas, a quienes nunca se les permitió entrar al país, logramos colar en varias portadas del periódico más influyente del hemisferio la crisis de Nicaragua, y eso, logré entender al fin, me puso en una situación vulnerable. Mi nombre circulaba en redes del gobierno como mentirosa y propagandista de una derecha inventada para descalificar las críticas y para impedir que circulara la información de lo que sucedía en el país. Y, para echarle más leña al fuego, empecé a coordinar una plataforma de verificación de datos y a escribir para otro medio independiente como freelance. Ya no era sostenible seguir en Nicaragua.
Tres semanas después de salir a Costa Rica, llegué a México con más incertidumbre que antes, pero rápidamente me deslumbró el encuentro del hermoso verano que vive en mí, como auguró para todos Albert Camus, y entendí que la belleza de los atardeceres no es ilegal, que estar viva, a pesar de las pérdidas y los adioses, es mi pequeña victoria. A la pena estaba acostumbrada; a la alegría, no. Y entonces, en cada verano me aferro a la promesa de los abrazos pendientes, del sudor que empapa las axilas, de las pláticas comunes, del bullicio de los mercados. Me aferro a mi próximo verano en Rivas, al amor inmenso que emana en el mar y al cielo joven que aguarda mi regreso.
El otoño de una ciudad
A veces fantaseo con volver un viernes a Managua, a uno de esos bares a los que fui una sola vez, pero siento la necesidad de regresar. Constantemente imagino un reencuentro con esa ciudad que ya no es la misma porque su tejido está cambiando, la dinámica de movilidad se ha transformado, muchos espacios dejaron de existir y la gente misma —quienes nos fuimos y quienes se quedaron— dejamos de reconocernos.
Esa no es una ciudad particularmente reseñable. Las calles no tienen nombres, es sucia, caótica y tiene muy poco que ofrecer, pero es la ciudad donde nací, crecí, me enamoré, fui feliz, donde sentí nostalgia y donde la vida solía pasar sin prisas. Es la ciudad donde confluyeron todas mis vidas: la de periodista, la de estudiante, la de aprendiz, la de groupie, la de tantas primeras veces. Y aún así, desde el último año que viví en la capital nicaragüense fui testigo de su desaparición lenta. Ya no la reconocía, no me reconocía yo en ella. Para entonces, y a mis 26 años, mi vida ahí se trataba de cubrir crisis, escribir sobre represiones, duelos y dolores, y vivir confinada en una casa de la que apenas salía por prevención, un poco de paranoia y una ansiedad difícil de controlar.
Ya en exilio, la Managua que dejé me es de nuevo arrebatada cada vez que me pierdo la posibilidad de regresar a la vela de un vecino que me daba dulces de niña, al cumpleaños de mi mamá, al lago que abraza a los volcanes, al campo donde aprendí las reglas del softbol. La ciudad se me diluye entre recuerdos de lo que fue y anhelos de lo puede ser.
A veces pregunto por lugares específicos y la respuesta suele ser la misma: “Uuuh, eso ya no existe”. Me asusta olvidarme de referencias, de espacios y suelo pedir recursos gráficos para tenerla presente. A veces entro a Google Maps para ver las calles en las que viví y me sorprendo al ver un bar nuevo, una tienda diferente.
Recientemente, la alcaldía de Managua anunció una serie de demoliciones de rotondas icónicas en la capital, hay en construcción un metrobús y varios pasos a desnivel. La infraestructura de la capital se moderniza, la vida no se detiene y el caos vial aumenta. Así también aumentan mis ganas de regresar a explorar esa ciudad inacabada, esa donde el pavimento expide vapor con las primeras lluvias de temporada. Esa ciudad, mi ciudad, vive su otoño, alcanza una especie de madurez formal, y no puedo sino sentir nostalgia y asimilar que este es y será un duelo más en este largo camino, mientras se llega el retorno.
La comunidad que protege del cruel invierno
Perder un hogar no es fácil. Y perderlo porque te obligan es la prueba más dura. Yo siempre quise vivir fuera de Nicaragua, para estudiar, para trabajar, para conocer el mundo. Pero todos mis planes de escapar incorporaban la idea de volver: volver para Navidad, volver para el cumpleaños de papá, volver para la graduación de la hermana, volver para la boda del hermano, para el entierro de la bisabuela, volver para disfrutar, volver para estar presente. Volver.
El volver es eso que se me ha prohibido, es ese dolor del que no me gusta hablar pero que cargo conmigo siempre. Es esa carga que no quisiera llevar y en la que no quisiera pensar cuando me toque, cuando se me imponga, cuando se nos plante de frente la incómoda preocupación del futuro. Pero es en la que pienso constantemente cuando llega el frío y estoy lejos de ese hogar que perdí y que no es solo un espacio físico.
Las personas exiliadas hablamos un mismo idioma que a mí me costó mucho asumir, porque me rehusaba a nombrarme así. Al inicio me daba vergüenza (que, ahora entiendo, venía de la culpa) explicar que estaba en proceso de que se me reconociera como una persona refugiada. Me daba vergüenza pensar que la categoría exilio me quedaba grande. Desde el inicio supe que regresar a Nicaragua no era una opción en el mediano plazo, pero de cuando en cuando me azotaban las dudas e intentaba en vano llenar las piezas de un rompecabezas que en realidad nunca tuvo forma.
Fue entonces cuando descubrí el bonito camino de la compañía de otras personas exiliadas, aquellos que tampoco han terminado de entender cómo llegaron hasta aquí. Me tocó aprender que formar comunidad, que rodearme de personas con las que comparto el lenguaje de la ternura y la dignidad es lo que mantiene el fuego ardiendo y las ganas vivas por cambiar realidades, las nuestras de aquí y ahora, y las de los que se quedaron allá.
Descubrí entonces en la Ciudad de México a una comunidad centroamericana en el turbulento camino de organizarse, de juntarse a hablar de tristezas, sí, pero también de las fuerzas que crean la esperanza. Me hallé con las ganas de comprender que el exilio no solo es penitencia, sino un frente desde el cual se puede seguir aportando. Una cerveza y hay que hablar del panorama de Nicaragua ante las intervenciones gringas en Venezuela y Cuba. Un café y cómo afrontamos que El Salvador se hunde cada día más en el hoyo. Un mezcal y hay que hacer algo para que Guatemala no pierda su posible futuro.
Mientras en el cruel invierno se me prohíbe eso que se conoce como patria —una categoría que de todas formas hay de deshacer, pues niega la pluralidad de historias, territorios y luchas—, y cada día que no puedo regresar pienso que el amor en todas sus formas es lo que me cobija y mantiene el alma calientita mientras, llega la temporada de la esperanza.
El sueño de una primavera común
Me tomó más tiempo del que quisiera reconocer el sentimiento aquel de llegar a casa, cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, después de un vuelo de trabajo. Entonces comprendí que es aquí donde está mi hogar presente, el mismo que construyo día a día, donde apuesto mis mejores cartas y donde planeo estar mientras se me devuelve la posibilidad de un regreso. Además, es aquí donde vivo un destierro que me ha dado la capacidad de dar testimonio que otro país es posible.
La capital mexicana es, en esencia, hogar para millones que quedamos en el desamparo emocional de la vida. Para mexicanos y extranjeros. Lo ha sido por tradición desde hace décadas y pongo mi trabajo para que no sucumba a los tiempos caóticos en los que toma fuerza el lobby para eliminar el sistema de asilo.
Este se ha convertido en hogar de quienes fueron criminalizados en sus países, de quienes son non gratos para los regímenes autoritarios, de quienes incomodan al poder que busca quitarles —quitarnos— la dignidad y hacernos parecer ajenos a las realidades que atraviesan nuestros territorios. No hemos olvidado, seguimos estando presentes, seguimos anhelando la primavera que de una vez por todas ponga fin a la impunidad, de cuenta a la justicia de los crímenes y establezca condiciones dignas para el retorno de aquellos que anhelan continuar sus vidas en sus países.
Por ahora me aferro a la alegría que trae la primavera, esa de ver las jacarandas florecer en esta hermosa ciudad y, como contó Eduardo Galeano de su propio exilio, celebro que estos cuatro años me han “multiplicado la pasión solidaria, el impulso incesante de crear y de amar y la capacidad de indignación ante la injusticia”. Celebro la alegría de mantener mi memoria viva y que no me hayan arrebatado el saber de dónde vengo para seguir persistentemente buscando hacia dónde voy.
{{ linea }}
No items found.




.webp)



