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Salvador Nasralla, la diputada y esposa del candidato liberal, Iroshka Elvir y Eliseo Castro, ex candidato liberal a la alcaldía del Distrito Central, durante una caravana de vehículos a la cabeza en su Cybertruck. Tegucigalpa, 22 de noviembre de 2025. Foto: Contracorriente / Fernando Destephen.
Honduras fue a elecciones generales el 30 de noviembre de 2025. Pasó un mes para que supiéramos quién ganó y aún hoy los perdedores denuncian fraude. Las dudas centrales prevalecen: ¿fueron los hondureños los que genuinamente eligieron a su presidente?, ¿qué tan determinante fue la maniobra injerencista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y cuáles fueron sus motivos (y móviles)?
El búnker
“Honduras no es un país pequeño. Palmerola es una base importante de Estados Unidos, hay una lucha contra el narcotráfico y una guerra abierta en el Caribe”, me dice Fernando Cerimedo, el consultor político argentino que estuvo detrás del triunfo del empresario de origen palestino y candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, quien, finalmente, tras un mes de denuncias de fraude, fue declarado ganador de las elecciones hondureñas el 24 de diciembre pasado.
Yo le digo que el esfuerzo de injerencia de Trump me parece desproporcionado con respecto a la importancia de Honduras para los intereses estadounidenses en estos tiempos, pero Cerimedo me responde como si fuera obvio que Honduras tiene algo valioso, que no es petróleo, su flujo de migrantes irregulares ni la droga que cultiva, produce y transporta hacia las narices de los estadounidenses: es su base militar. A pesar de ser un personaje violento en redes sociales, Cerimedo se ve confiado y no se exaspera, habla triunfante, pero reduccionista.
Estamos en Tegucigalpa, la entrevista ocurre dentro de una gran carpa blanca levantada en un terreno enorme a la orilla del anillo periférico de la capital. Allí, el Partido Nacional montó lo que todos —sin ironía— llamamos el búnker. Ha pasado un día desde las elecciones y el primer informe oficial del Consejo Nacional Electoral de Honduras (CNE) le da la ventaja a Asfura, aunque su contrincante más cercano, el candidato del Partido Liberal, Salvador Nasralla —también de origen palestino— asegura que tras el conteo total de los votos él remontará en los resultados.
Mientras hablamos, en el búnker nadie descansa. Decenas de personas entran y salen cargando cajas de cartón rotuladas a mano con nombres de municipios rurales: Ocotepeque, La Paz, Valle. Las llevan a otra carpa en la que no me permiten entrar, que aloja un centro de cómputo con decenas de personas digitalizando, alimentando un sistema de conteo paralelo diseñado por el partido, cuya eficiencia deja en evidencia la precariedad del Estado. Para el 1 de diciembre, día de esta entrevista, el sistema oficial del Consejo Nacional Electoral llevaba horas paralizado. El del búnker, no. Aquí dentro, los datos fluyen, se actualizan y se celebran; afuera los candidatos contrincantes denuncian que los resultados se trastocan en tiempo real y a puerta cerrada.
En ambas pantallas —la oficial y la del búnker— la diferencia es mínima, y la cantidad de actas con inconsistencias supera las dos mil de un total de 19 mil; estas deberán contarse en un escrutinio especial con el consenso de los partidos en contienda.
Asfura y su principal rival, Salvador Nasralla, aparecen separados por menos de 100 mil votos. El partido de izquierda, que estuvo en el poder los últimos cuatro años, fue severamente castigado y relegado al tercer lugar. Hay un empate técnico entre el Partido Nacional y el Partido Liberal, y el país entero está en vilo, esperando que en las fiestas navideñas no irrumpa una crisis política, como ocurrió en 2017 tras la reelección inconstitucional del expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo partido de Asfura.
Mientras tanto, Cerimedo habla de geopolítica en el búnker, ansioso por el triunfo y en su palidez resalta de vez en cuando una sonrisa arrogante. Estados Unidos, el Caribe, el narcotráfico, la democracia en peligro. Sus frases parecen sacadas de un archivo antiguo. La escena de la elección hondureña parece de otra época, una en la que Centroamérica era solamente el patio trasero de Estados Unidos, cuando Honduras valía por sus bases militares porque era el centro de la contrainsurgencia, cuando la región hervía en guerras civiles; época en la que al país se le refería como el portaviones de Estados Unidos. Pero aquí, a finales de 2025, en esta carpa castigada por un sol deslumbrante en ese predio baldío en el que no hay ni un árbol, esas ideas suenan actuales y parecen una premonición, porque si cae Honduras, cae Venezuela, o viceversa.
En el búnker nadie duerme. Una de las madrugadas posteriores a la elección, Kilveth Beltrand, diputado electo del Partido Nacional, me explica cómo su partido llegó a esta contienda listo para ganar asegurando la fidelidad de sus activistas, su virtual ejército: “Llevamos meses recorriendo todos los rincones del país, recordándole a nuestras guerreras que hay que defender el voto. Les damos el almuerzo del día y una taza de café, lo hacen por amor al partido, no por dinero”. Afuera, Honduras espera resultados y nadie, excepto los nacionalistas, puede dormir tranquilo con la perspectiva de un Partido Nacional que retorna al poder, porque ese partido tiene un pasado que aún supura, manchado por denuncias de fraude, violación a la Constitución, control mafioso y un expresidente extraditado por narco (sí, el mismo Juan Orlando Hernández, indultado por Trump el 1 de diciembre). Cerimedo recorre el búnker, confiado. Está convencido de que la historia ya se está escribiendo, y que, como tantas veces en la América Latina —que él conoce de cerca— las manos que lo hacen no solo están aquí.
Post-Truth
Una semana antes de la elección, el 26 de noviembre, cuando la campaña ya había terminado y en Honduras se había decretado el “silencio electoral”, que es el periodo en que los candidatos tienen prohibido hacer propaganda, Donald Trump publicó un mensaje en su red social Truth. No fue un comunicado diplomático; fue un texto largo escrito de manera que al leerlo puedes escuchar su voz y su tono peculiar: “La democracia está en juego en las próximas elecciones en el hermoso país de Honduras el 30 de noviembre. ¿Tomarán Maduro y sus narcoterroristas otro país, como lo han hecho con Cuba, Nicaragua y Venezuela? El hombre que está defendiendo la democracia y luchando contra Maduro es Tito Asfura, el candidato presidencial del Partido Nacional”.
Hasta ese momento, la elección hondureña se movía dentro de un margen estrecho pero estable. Asfura y Nasralla aparecían prácticamente empatados en las encuestas, con una ligera y persistente ventaja para Nasralla. Un exministro del partido Libre me dijo antes del post de Trump que las encuestas ignoraban el voto rural para su partido, el cual era fuertemente disputado por el Partido Nacional, y que ese sería el voto definitivo. Me sorprendió su postura, ya que su partido alegó fraude en 2017 cuando Hernández ganó tras la llegada de los votos rurales que cambió la tendencia reflejada en el primer corte del CNE. “El fraude de los votos rurales” le llamaron, pero ahora, según Libre, esos votos les darían el triunfo. Finalmente, el voto rural se inclinó por Asfura, y de las encuestas solo quedó el lamento de Nasralla (que ya se veía sentado en la silla presidencial) y el castigo al partido izquierdista.
El post de Trump pudo haber cambiado el rumbo de ese voto, pero también el del voto urbano, movido por miedo, por ilusiones vagas o por malinchismo. Esto merece una explicación sosegada. Según Ian Walker, del think tank Sendas, “la importancia relativa de las exportaciones, principal motor del crecimiento hace 25 años, se ha reducido significativamente, respecto al PIB. La balanza de pagos sigue siendo sostenible solo gracias a las remesas de los migrantes”. En Honduras, lo que sostiene a las familias más pobres es el dinero que envían de regreso a casa quienes se fueron. Y así, el país ha funcionado casi como un protectorado. De ser un país administrado por la United Fruit Company, pasó a ser administrado por la política contrainsurgente de los EEUU; después, saltó a ser un país administrado por la cooperación internacional y los organismos financieros internacionales, y de allí a ser un país sostenido por las remesas. ¿Cuál es la constante? Estados Unidos. Esto solo siguió agudizándose en el nuevo siglo con la lucha contra el narcotráfico y la aprobación de la extradición, de ahí que apenas en 2022 su principal hito de justicia —la extradicion del expresidente Hernández— ocurrió en una Corte de Nueva York.
El respaldo de Trump rompió el silencio electoral a golpe de capturas de pantalla, cadenas de WhatsApp, transmisiones en vivo y cuentas anónimas que lo repetían como un mantra. El mensaje cruzó fronteras y retornó amplificado por los migrantes para sus familias que reciben las remesas y temen a la deportación de quienes sostienen el país.
Ese 26 de noviembre, el Partido Nacional recibió “una inyección de esteroides”, en palabras de un dirigente del Partido Nacional, quien también me dijo, sereno y seguro, que su candidato ganaría. Otro miembro de ese partido apostó frente a mí 100 dólares a que Nasry Asfura ganaba, lo hizo en el Polymarket, el sistema de apuestas político que se ha popularizado tras la elección de Trump en 2024.
Pero el mensaje reforzó tanto a Asfura como debilitó a Nasralla, quien, de pronto, ya no era solo el candidato liberal que llevaba ya su tercer intento por la presidencia, sino que también pasó a ser presentado como una amenaza ideológica, “un engaño”, una pieza funcional de un proyecto regional al que muchos hondureños temían o rechazaban, el de la izquierda latinoamericana de los dictadores de Nicaragua, Venezuela y Cuba.
La elección dejó de discutirse en términos de corrupción o promesas incumplidas del gobierno del Partido Libre, y su propuesta de continuidad o el retorno del bipartidismo tradicional. Empezó a discutirse en términos de “libertad o comunismo”.

La relación tóxica de Nasralla
Antes de ser candidato, Salvador Nasralla fue un ídolo de la televisión, el rostro de un ritual de domingo. Durante años entró a las casas hondureñas bailando en shorts diminutos de colores estridentes, sonriendo frente a la cámara, regalando libras de arroz, mochilas escolares o electrodomésticos en concursos televisivos. Ningún millennial hondureño puede decir honestamente que no lo vio alguna vez o que no buscó la manera de participar en sus concursos cuando estaba en la escuela.
De la pantalla saltó a la política en 2012 cuando fundó el Partido Anticorrupción, apenas tres años después del golpe de Estado, al mismo tiempo que se fundó el Partido Libertad y Refundación (Libre) dirigido por el expresidente depuesto José Manuel Zelaya. El panorama político hondureño se tornaba interesante: se rompía el histórico bipartidismo de los partidos Liberal y Nacional, al tiempo que se asomaba en la escena la izquierda hondureña. Nasralla se presentó como un outsider, alguien que venía a limpiar un sistema político corroído. Fue un respiro para la polarizada Honduras post golpe. En 2013, los nuevos partidos compitieron sin éxito, ya que ganó la presidencia Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, quien también marcaría la historia de Honduras al encarnar todas las facetas de un antihéroe: político electo presidente legítimamente, reelecto ilegalmente, extraditado por narcotraficante por un presidente de Estados Unidos, indultado y redimido como víctima de un sistema injusto por otro presidente del país hegemónico.
En 2017, Nasralla volvió a competir en las elecciones, pero esta vez aliado con el Partido Libre, pues juntos podrían vencer al Partido Nacional que, de la mano de Juan Orlando, había concentrado todos los poderes del Estado y permitido su participación en una reelección, a pesar de estar prohibida por la Constitución de la República. Esos comicios estuvieron marcados por apagones del sistema de conteo de votos, protestas y denuncias de fraude. El país estuvo paralizado bajo el liderazgo de Nasralla y Manuel Zelaya, quienes llamaron a la gente a protestar sin parar hasta que se contaran todos los votos, denunciando que el partido de Hernández había hecho fraude. Todo esto terminó cuando el gobierno de Estados Unidos reconoció el resultado y saludó a Hernández como el nuevo presidente, mientras este ya acumulaba más de una veintena de manifestantes asesinados por la policía militar a su mando. Para muchos hondureños, esa fue una Navidad triste, con crisis política, muertos en represiones militares, paros nacionales y un presidente ilegítimo.
Pero para Nasralla fue más que eso, pues perdió su primer partido político y tuvo que crear otro: “Salvador de Honduras”. Su ideología, aunque envuelta en el discurso anticorrupción similar al de la izquierda, se ubicaba con claridad en la derecha. Se decía abiertamente admirador de dictadores como Augusto Pinochet y hablaba de los años en Chile bajo la dictadura como una época dorada. Sin embargo, la sombra de su alianza con Libre era ineludible.
Nasralla habló conmigo en enero de 2018, unos días antes de la toma de posesión del segundo mandato de Juan Orlando Hernández. Sostenía entonces que el costo político de su asociación con el Partido Libre era algo que había asumido desde el inicio, convencido de que su motivación no era ideológica sino social, porque quería sacar a Honduras de la pobreza estructural que afectaba a más de dos tercios de la población. Además, me dijo que él sabía que si se repetían las elecciones ganaría de nuevo, porque la gente simpatizaba con su propuesta, más que una propuesta de izquierda. Rechazaba las etiquetas de comunista o socialista y planteaba que el problema de Honduras no era ideológico, sino ético: dos siglos de gobiernos de ladrones.
“Eso no es comunismo, los medios internacionales que no saben dicen de mí que soy el candidato de izquierda pero los que me conocen aquí en Honduras, los mismos empresarios, saben que no tengo nada de socialista, lo que tengo es una gran conciencia social de la necesidad que tiene la gran mayoría de la gente de tener acceso a lo mínimo. Me quedo consciente y tranquilo con mi propio yo, por encima de lo que pueda pensar la gente, ahora tengo el reconocimiento de la mayor parte de la población que probablemente pensaba que era una persona acomodada y que no me iba a arriesgar a los gases lacrimógenos y balazos en las manifestaciones”, me dijo sentado en su oficina de Televicentro, la cadena más importante de televisión de Honduras, en donde él nunca ha dejado de trabajar.
En 2021, después de las traumáticas elecciones, Nasralla volvió a competir, pero cedió la candidatura presidencial a Xiomara Castro, esposa del expresidente Manuel Zelaya, siempre en una alianza partidaria. Ganaron. Libre llegó al poder y Nasralla quedó asociado al rojo y negro del partido, a un proyecto de “refundación” que pronto empezó a mostrar grietas.
Entre 2022 y 2025, el gobierno de Castro se alineó con Venezuela, Cuba y Nicaragua y Nasralla se convirtió en un enemigo público, tras renunciar como designado presidencial (vicepresidente). Castro y su partido denunciaron el tratado de extradición, acumularon escándalos de corrupción, denuncias de nepotismo y una relación cada vez más áspera con la ciudadanía. Para muchos votantes, Libre dejó de ser una esperanza y pasó a ser una decepción.
Nasralla intentó despegarse de ese lastre en su campaña de 2025, esta vez sin su segundo partido —que fue anulado ese mismo año—, por lo que se apuntó a las filas del tradicional Partido Liberal, el que una vez dijo que era una cueva de ladrones. Recorrió las calles de las principales ciudades del país subido en el único Tesla Cybertruck que existe en Honduras, saludando desde allí junto a su esposa, diputada y candidata a la reelección. Ambos usaban gorras rojas del movimiento MAGA, bailaron la tonada de “YMCA”, copiaron las frases de Milei y dijeron que serían aliados del gobierno de EEUU. Ambos grababan videos asegurando tener contactos directos con Donald Trump y su entorno.
El mensaje era claro: él no era Libre, no era comunista, él era otra cosa, un Milei tropical, por ejemplo. Un hombre dispuesto a cortar con motosierra todo lo que oliera a izquierda, ideología de género, corrupción o Estado.
Con todo y su personalidad inestable, mucha gente seguía convencida en votar por Nasralla. “Ningún gringo me va a decir por quién votar”, me dijo un taxista ese día del post de Trump en el que pidió votar por Asfura y no por Nasralla, la frase se repitió en redes sociales como capricho instalado, porque solo Nasralla nunca había sido funcionario público, tenía “las manos limpias”.
Se supo luego que Cerimedo, apoyado por el famoso lobbista Dick Morris, fue quien impulsó el apoyo de Trump al Partido Nacional: quien compró los esteroides, en otras palabras.
Esta es la rocambolesca versión que me dio Cerimedo: “Lo de Trump fue un poco buscado por la metida de pata del equipo de Nasralla de haber engañado a funcionarios de Estados Unidos. El tuit (sic) de Trump no viene solo por pedirle un favor, sino porque fue una situación anormal que Nasralla contrató un lobista en Estados Unidos y quiso hacer reuniones con congresistas y personas del Departamento de Estado para exigir a Asfura que se baje de la elección y que hiciera una alianza para ganarle al gobierno. Usaron nombres de funcionarios con quienes yo trabajo todo el tiempo, aquí y en Europa del Este, y eso nos molestó muchísimo, y cuando comenzaron a investigar un poco allí es cuando el presidente Trump dijo este hombre no puede gobernar Honduras, si se tiene que ir el comunismo no puede venir esta persona, que es mucho peor que ellos. Lo hizo porque vio el peligro que era Nasralla con poder”.
Hoy Nasralla asegura —otra vez— que ganó las elecciones, que si las repiten las vuelve a ganar, pero ha aceptado el designio de Trump y ahora quiere el Congreso y que allí gobierne su esposa, quien fue una de las diputadas más votadas del Partido Liberal. El domingo, Nasralla vuelve a ser ritual, programación habitual de televisión familiar.

“Papi” endeudado
“¡La rachaaaaa, la racha está activada, la racha es un monstruo indestructible, imparable, woooooo!”. Asfura saca un grito desde la garganta, agudo, que no concuerda con su voz ronca y su ceño fruncido de señor asoleado. Es el cierre de campaña en Tegucigalpa y cae una leve lluvia que dispersa a los activistas que llegaron a ver el show de “Papi a la Orden”, como le dicen desde que fue alcalde de Tegucigalpa de 2014 a 2021, y posteriormente candidato presidencial en 2021.
En el escenario se repite el rótulo “La rachaaaaa, es un monstruo imparable”, mientras suenan canciones creadas con IA con rimas perfectas que describen lo importante que es ser “cachureco”, o sea, miembro del Partido Nacional. Las frases de la racha recuerdan a decenas de videos virales en los que Asfura pide que se mantenga activa la racha, algo que pronto dejó de tratarse de la frase que Tik Tok usa como reto para seguir interactuando con otros a través de la mensajería, sino en un eslogan de resurrección del Partido Nacional como un “monstruo imparable”. No extraña que sea Cerimedo el que estuvo detrás de la campaña de Asfura, pues Milei, su cliente anterior, también usó Tik Tok para viralizarse con los jóvenes y lograr sus votos. Asfura se ve en los videos de la racha como un hombre que se deja abrazar en la calle, llega a los pueblos más remotos y deja que los jóvenes se burlen de él y lo filmen y activen la racha con él. Así promueve la imagen de un hombre sencillo, que parece capaz de hacer cualquier malabar para ser presidente.
La noche comenzó con una mezcla de reguetón y cánticos cristianos, anunciando a un pastor que llegó a bendecir las candidaturas de Asfura y su candidato a alcalde de la capital, Juan Diego Zelaya. Asfura es un hombre de 68 años, pero cuando aparece en el escenario salta, grita con la energía de un jovencito y le clava tres besos en la boca a su esposa, porque Asfura no solo es el candidato bendecido por Trump, sino también el protector de la familia tradicional, de la Iglesia, de “los valores cristianos”.
Aunque su apellido y sus orígenes palestinos en Honduras significan que proviene de una élite poderosa, Nasry, a quien le dicen “Tito” o “Papi”, siempre ha sido visto con un pantalón jean desteñido y conduciendo su carro. Cuando era alcalde se le veía supervisando él mismo las obras municipales a media noche en Tegucigalpa. En 2021, cuando intentó por primera vez ser presidente y fue mencionado en un reportaje del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y de los medios aliados locales, El Clip y Contracorriente, en el marco de los Pandora Papers, sus interlocutores salieron a decir que Asfura era tan humilde que ni tarjetas de crédito tenía. Sin embargo, las revelaciones indicaron que Asfura fue accionista mayoritario de una sociedad offshore en Panamá, que luego terminó en manos de miembros de la prominente familia Atala Faraj, dueña del grupo financiero Ficohsa.
Al tiempo que era funcionario público, Asfura además tuvo vínculos con empresas que ganaron contratos millonarios con la alcaldía de Tegucigalpa para la recolección de basura en la capital. Una de ellas es Cosemsa, en la que Asfura no aparece en los registros como socio accionista o parte de la junta directiva, pero sí figura como garante para la adquisición de un crédito por dos millones de dólares con la empresa Crédito Inmobiliario Jacaleapa, creada en 1986, de la que Asfura fue administrador general junto con su hermana Mary Ivette Asfura Zablah, quien figura como secretaria general según el registro mercantil hondureño.
Junto con la empresa AMA de Honduras (Amahsa), Cosemsa obtuvo contratos públicos entre 2008 y 2010 por unos ocho millones de dólares, según una auditoría del Tribunal Superior de Cuentas (TSC). En una entrevista con Contracorriente el 21 de marzo de 2021, día de las elecciones primarias, Nasry Asfura dijo que no recordaba haber sido garante de un crédito para Cosemsa, porque había pasado ya mucho tiempo.
Además de Cosemsa, la empresa Sula Ambiente —de la que “Papi” era socio— tuvo un contrato para la recolección de basura en San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país. Tal vez no tiene tarjetas de crédito, pero negocios sí que sabe hacer.
Cuando ya sonaba que en Washington había varias misiones de lobbistas suplicando por el apoyo tanto para Nasralla como para Asfura, y prometiendo el país entero a la gente de Trump, sonaba también el nombre de Mario Bustillo, vicepresidente de Relaciones Institucionales del Grupo Financiero Ficohsa. Dos fuentes en la capital de EEUU me confirmaron que Bustillo era un interlocutor muy escuchado en lo que concierne a Honduras, y que además de limpiar la imagen del Grupo Ficohsa tras denuncias por un presunto involucramiento en el asesinato de la defensora ambiental, Berta Cáceres, en 2016, comunicaba que el gobierno de Libre representaba un problema para el país. Cuatro años atrás, Bustillo había sido el único que dio la cara en entrevista para hablar por Asfura y explicar las offshore vinculadas al banco.
Bustillo dijo en una entrevista vía zoom que la sociedad panameña de Asfura fue un vehículo de inversión para la compra de un gran terreno en el Anillo Periférico de Tegucigalpa, cerca del sitio donde funciona “el búnker”. La familia de Nasry Asfura Zablah era dueña de la mayor parte de ese terreno compartido con otras familias de reconocido linaje nacionalista.
Bustillo dejó claro que si bien el hoy presidente electo Nasry Asfura no es ni ha sido socio del Grupo Ficohsa, es verdad que le ayudó a estructurar la sociedad offshore Karlane para desarrollar el negocio inmobiliario, de la que la familia Atala Faraj era socia.
Para llegar al poder, Asfura necesitó de sus amigos de la élite, y estos necesitaban a un candidato que pudiera derrotar al oficialismo, cuya principal promesa era desmantelar el sistema financiero nacional, sobre todo vinculado a los Atala y a otras familias poderosas del país. Las deudas de Asfura con EEUU y la élite no se han comenzado a dilucidar; con el primero se presupone que irá de por medio va el fortalecimiento de las relaciones con Israel y la reactivación de las relaciones con Taiwán, más los tratos de siempre con el tema migratorio y de lucha contra el narco. Con los segundos la historia está por escribirse.
Adicionalmente, otros reconocidos inversionistas estadounidenses estaban preocupados por Honduras, sobre todo si continuaba el gobierno de Libre, no por el involucramiento de sus líderes en el narco o sus casos de corrupción (esas son cosas locales), sino porque estaban prometiendo desmantelar proyectos de su interés.
En noviembre de 2024 hablé con el gobernador de Próspera, una ciudad privada instalada en la isla de Roatán en el Caribe hondureño. Se trata de un proyecto impulsado por inversionistas como Peter Thiel —cofundador de Paypal— y Sam Altman —CEO de OpenAI— que funciona como una ciudad autónoma regida por el Common Law. Este proyecto fue aprobado por el gobierno de Juan Orlando Hernández, y cuando este cayó, el nuevo gobierno derogó la ley que le dio vida y la declaró inconstitucional. A pesar de eso, las inversiones siguieron llegando, como la del magnate Brian Armstrong de la plataforma de criptomonedas Coinbase. Un año antes de las elecciones, Jorge Colindres, el gobernador de Próspera, me dijo tranquilo que con el triunfo de Trump la ciudad-negocio estaba asegurada, como asegurado estaría un cambio de gobierno.
“Las cosas han cambiado para bien a nivel geopolítico, porque la nueva administración en Estados Unidos defenderá los intereses de los estadounidenses en Honduras. Se trata de la confiscación de más de 150 millones de dólares de inversión estadounidense que se da cuando el Estado destruye los proyectos; aquí tenés empresas financieras, de servicios médicos, de servicios de gobernanza, de desarrollo inmobiliario; si el Estado realiza una serie de acciones que imposibilita el desarrollo empresarial es básicamente una expropiación”, explicó en ese entonces Colindres.
Para ese momento no se sabía a quién avalaría Próspera para ser el presidente de Honduras. Por avalar me refiero a hacer lobby en Estados Unidos, invertir en la campaña política o en favores políticos, porque Colindres me dijo que con Nasralla o Nasry por igual se podía negociar. Finalmente el bipartidismo le dio vida a este proyecto ahora protegido por los tecnofeudales amigos de Trump.

La refundación que se devoró a sí misma
Rixi Moncada, la candidata de la izquierda hondureña, repitió su discurso de siempre: ella gobernaría para quitarle el poder a las “10 familias y los 25 grupos económicos” que dominan Honduras. Las instalaciones del centro de convenciones del Colegio de Ingenieros en Tegucigalpa fueron abarrotadas por cientos de activistas del Partido Libre, colectivos y motorizados del partido que llegaron desde los barrios y colonias de Tegucigalpa. Era el cierre de campaña en la capital y el lugar se convirtió en una caldera, no se podía ni respirar.
“Nos dijeron que había que buscar un lugar pequeño para que se viera así, desbordado, como una caldera”, me dijo un miembro de un colectivo de Libre esa tarde mientras buscábamos un sitio donde poder estar sin ser atropellados por el tumulto de gente. Adentro, Rixi Moncada siguió su guión de la “refundación”, una que ella haría solamente con los más pobres de Honduras, relegando al sector privado y exigiendo el pago de impuestos que les han sido perdonados por décadas. Es el mismo discurso del gobierno de Xiomara Castro, el mismo discurso que se fue vaciando en promesas incumplidas, corrupción y alianzas incoherentes con el discurso.
El nepotismo dejó de ser una acusación para convertirse en forma de gobierno. El apodo “el familión” empezó a circular con naturalidad. El expresidente Manuel Zelaya, esposo de la presidenta, reaparecía como asesor omnipresente. Su hijo mayor inauguraba obras como secretario privado. Su hija era diputada. Su hijo menor se presentaba como asesor. Otras ramas familiares ocupaban cargos estratégicos. La refundación era, literalmente, un asunto familiar.
Además, los escándalos no faltaron. Un video que mostraba a Carlos Zelaya, cuñado de la presidenta, negociando financiamiento de campaña con narcotraficantes terminó de erosionar la credibilidad del proyecto. La eliminación de la extradición —justificada como una herramienta usada con fines políticos— fue leída por muchos como un retroceso peligroso. El alineamiento explícito con Nicolás Maduro, Cuba y Nicaragua terminó de alejar a sectores de la sociedad que habían apostado por un cambio democrático.
El desgaste comenzó pronto. El gobierno de Libre no tardó en construir un relato que confundía crítica con traición y oposición con enemistad a muerte. Ministros y altos funcionarios insultaban a ciudadanos en redes sociales, descalificaban periodistas y miembros de la sociedad civil, ridiculizaban a quienes cuestionaban decisiones oficiales. El método era tener tropas digitales, influencers y medios digitales falsos para hacer eco de la propaganda y los ataques a la oposición.
La decepción fue silenciosa, pero constante; se filtró en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en encuestas que ya no mostraban entusiasmo sino cansancio.
El 1 de diciembre lancé una pregunta simple en X: “¿Quiénes mataron la refundación?”. Más del 90% de las reacciones visibles señalaban causas internas: arrogancia, corrupción, desprecio por la ciudadanía, falta de autocrítica, una desconexión total con la gente que los había llevado al poder.
No aparecía Estados Unidos. No aparecía Trump. No aparecía la derecha. El veredicto era claro: la refundación la destruyeron quienes crearon esa idea.
Ese desencanto se tradujo en voto de castigo, no necesariamente en entusiasmo por el Partido Nacional, sino en rechazo al proyecto que prometió cambiarlo todo y terminó reproduciendo viejas prácticas con nuevos discursos. Para cuando llegó la campaña de 2025, Libre ya no competía por ganar, competía por no desaparecer.
La elección ya no se definía entre izquierda y derecha, sino entre dos derechas distintas, ambas marcadas por alianzas y pasados oscuros. En ese vacío, el mensaje de Trump irrumpió como un elefante en cristalería.



El péndulo
Hubo un momento en que Honduras fue nombrada sin rodeos en una corte de Estados Unidos como un narco Estado. En esa corte se marcó el final de un ciclo que había durado más de una década con varios juicios de expolicías, exdiputados del bipartidismo, familiares de políticos y reconocidos narcotraficantes, todos vinculados entre sí para traficar cocaína hacia Estados Unidos. Para que esa cocaína llegara a las narices de los estadounidenses era necesario una red político-criminal, una cleptocracia, y esto llegó a su cúspide después del golpe de Estado, en 2010, cuando el Partido Nacional llegó al poder y no lo soltó hasta 2021.
Juan Orlando Hernández, el expresidente que se reeligió de manera inconstitucional, fue extraditado a principios de 2022 cuando Honduras ya había cambiado de gobierno. La exvicepresidenta demócrata, Kamala Harris, llegó a Honduras para el traspaso de mando y la organización de la operación en contra del expresidente. Así fue la llegada de la izquierda antiimperialista al poder hondureño.
Finalmente, Hernández fue acusado, enjuiciado y condenado por narcotráfico. En su acusación por el Distrito sur de Nueva York se hablaba de pactos con pandillas, corrupción a gran escala y el uso del Estado para facilitar el tráfico de armas y drogas; antes que él fue condenado su hermano quien además era diputado por el Partido Nacional.
La imagen recorrió el país: el expresidente esposado de pies y manos, escoltado por agentes de la DEA y por el recién nombrado ministro de Seguridad de la “refundación”. Era la primera vez que un presidente hondureño salía del poder directamente hacia una cárcel fuera del país. El mensaje parecía inequívoco, el narco Estado había sucumbido. Poco tiempo pasó para que viéramos también a miembros del Partido Libre señalados por narcotráfico y corrupción, y para que la ciudadanía asumiera que el narco Estado no se desmantela fácilmente, sobre todo si hay narices exigentes en el norte.
Tres años después, el país volvió a ocupar un lugar familiar. Desde Washington, un presidente con ambiciones expansionistas evidentes no solo indultó al expresidente condenado —reconstruyéndolo como víctima de una persecución del Partido Demócrata—, sino que intervino de forma directa en la política hondureña.
La elección de 2025 no se definió únicamente por el fracaso de la refundación ni por las contradicciones de la oposición; se definió también por una injerencia explícita que recordó viejas lógicas y Honduras volvió a ser leída como advertencia regional.
“¿Usted cree en Dios? Porque yo soy una mujer que cree en Dios y esto es obra de Dios”, me dijo la exprimera dama, esposa de Hernández, pocas horas después del anuncio del indulto en un mensaje de Trump en redes sociales. Ana Hernández fue una fiel defensora de su marido desde el inicio, ella no pudo estar en la sala de juicios en NY porque fue castigada con el retiro de su visa; sin embargo, desde Honduras y junto con sus hijas y miembros de la iglesia evangélica neopentecostal hondureña emprendió una campaña que abogaba por la inocencia de Hernández. Así, tras la elección de Trump en EEUU ella envió una carta muy bien elaborada explicando por qué Hernández no era un narcotraficante sino una víctima del lawfare de los demócratas, un perseguido político de la izquierda radical, y le recordó a Trump que en su momento JOH fue su amigo, trabajaron juntos para llevar la palabra de Dios a las decisiones públicas a través de su agenda cristiana expansionista.
Ana también se rodeó de prominentes influencers, lobistas y activistas MAGA como Roger Stone y Matt Gaetz. Cada tanto se le veía en programas de televisión de Estados Unidos abogando por la libertad de su esposo.
Aunque Asfura intentó desligarse de la figura de Hernández durante toda su campaña, inevitablemente su triunfo no se ve desligado del indulto a JOH. María Antonieta Mejía, la vicepresidenta en la fórmula de Asfura, me dijo un día después del anuncio del indulto que Hernández ya era un “capítulo cerrado” para el partido, algo que no todo el partido comparte, pues la misma Ana García compitió en las elecciones internas para ser la candidata presidencial y su movimiento partidario alzó la voz en favor del retorno de JOH, no solo a Honduras sino al partido.
En Tegucigalpa, las urnas se cerraron, los votos se contaron y un presidente fue declarado ganador, pero la sensación predominante fue que la decisión, una vez más, no se había tomado solo ahí. El riesgo de inestabilidad persiste, ya que los llamados de Libre y Nasralla a que “el pueblo” defienda la refundación —ahora atropellada por el imperio y el fraude electoral— persisten. Los grupos de base de Libre conocidos como “colectivos” —versión hondureña de los comandos venezolanos— son el pueblo al que ellos se refieren. Su respuesta ha sido siempre violenta. Recientemente, una bomba casera fue lanzada en contra de un grupo de diputados del Partido Nacional en las afueras del Congreso Nacional. La bomba explotó en la espalda de una diputada de ese partido, causándole serias heridas. El retumbo de esa bomba parece la fanfarria que anuncia la crisis por venir en las honduras del paraíso prometido por el partido Nacional.
Honduras no es un país pequeño, es una base militar importante para Estados Unidos, una isla de ciudades privadas de los millonarios de la tecnología, un lugar sin Estado donde se produce y exporta la droga, lo que alguna vez fue el banano. Aquí el péndulo parece moverse de manera más violenta, a la izquierda más antidemocrática y a la derecha más opacada por las mafias.
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Honduras fue a elecciones generales el 30 de noviembre de 2025. Pasó un mes para que supiéramos quién ganó y aún hoy los perdedores denuncian fraude. Las dudas centrales prevalecen: ¿fueron los hondureños los que genuinamente eligieron a su presidente?, ¿qué tan determinante fue la maniobra injerencista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y cuáles fueron sus motivos (y móviles)?
El búnker
“Honduras no es un país pequeño. Palmerola es una base importante de Estados Unidos, hay una lucha contra el narcotráfico y una guerra abierta en el Caribe”, me dice Fernando Cerimedo, el consultor político argentino que estuvo detrás del triunfo del empresario de origen palestino y candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, quien, finalmente, tras un mes de denuncias de fraude, fue declarado ganador de las elecciones hondureñas el 24 de diciembre pasado.
Yo le digo que el esfuerzo de injerencia de Trump me parece desproporcionado con respecto a la importancia de Honduras para los intereses estadounidenses en estos tiempos, pero Cerimedo me responde como si fuera obvio que Honduras tiene algo valioso, que no es petróleo, su flujo de migrantes irregulares ni la droga que cultiva, produce y transporta hacia las narices de los estadounidenses: es su base militar. A pesar de ser un personaje violento en redes sociales, Cerimedo se ve confiado y no se exaspera, habla triunfante, pero reduccionista.
Estamos en Tegucigalpa, la entrevista ocurre dentro de una gran carpa blanca levantada en un terreno enorme a la orilla del anillo periférico de la capital. Allí, el Partido Nacional montó lo que todos —sin ironía— llamamos el búnker. Ha pasado un día desde las elecciones y el primer informe oficial del Consejo Nacional Electoral de Honduras (CNE) le da la ventaja a Asfura, aunque su contrincante más cercano, el candidato del Partido Liberal, Salvador Nasralla —también de origen palestino— asegura que tras el conteo total de los votos él remontará en los resultados.
Mientras hablamos, en el búnker nadie descansa. Decenas de personas entran y salen cargando cajas de cartón rotuladas a mano con nombres de municipios rurales: Ocotepeque, La Paz, Valle. Las llevan a otra carpa en la que no me permiten entrar, que aloja un centro de cómputo con decenas de personas digitalizando, alimentando un sistema de conteo paralelo diseñado por el partido, cuya eficiencia deja en evidencia la precariedad del Estado. Para el 1 de diciembre, día de esta entrevista, el sistema oficial del Consejo Nacional Electoral llevaba horas paralizado. El del búnker, no. Aquí dentro, los datos fluyen, se actualizan y se celebran; afuera los candidatos contrincantes denuncian que los resultados se trastocan en tiempo real y a puerta cerrada.
En ambas pantallas —la oficial y la del búnker— la diferencia es mínima, y la cantidad de actas con inconsistencias supera las dos mil de un total de 19 mil; estas deberán contarse en un escrutinio especial con el consenso de los partidos en contienda.
Asfura y su principal rival, Salvador Nasralla, aparecen separados por menos de 100 mil votos. El partido de izquierda, que estuvo en el poder los últimos cuatro años, fue severamente castigado y relegado al tercer lugar. Hay un empate técnico entre el Partido Nacional y el Partido Liberal, y el país entero está en vilo, esperando que en las fiestas navideñas no irrumpa una crisis política, como ocurrió en 2017 tras la reelección inconstitucional del expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo partido de Asfura.
Mientras tanto, Cerimedo habla de geopolítica en el búnker, ansioso por el triunfo y en su palidez resalta de vez en cuando una sonrisa arrogante. Estados Unidos, el Caribe, el narcotráfico, la democracia en peligro. Sus frases parecen sacadas de un archivo antiguo. La escena de la elección hondureña parece de otra época, una en la que Centroamérica era solamente el patio trasero de Estados Unidos, cuando Honduras valía por sus bases militares porque era el centro de la contrainsurgencia, cuando la región hervía en guerras civiles; época en la que al país se le refería como el portaviones de Estados Unidos. Pero aquí, a finales de 2025, en esta carpa castigada por un sol deslumbrante en ese predio baldío en el que no hay ni un árbol, esas ideas suenan actuales y parecen una premonición, porque si cae Honduras, cae Venezuela, o viceversa.
En el búnker nadie duerme. Una de las madrugadas posteriores a la elección, Kilveth Beltrand, diputado electo del Partido Nacional, me explica cómo su partido llegó a esta contienda listo para ganar asegurando la fidelidad de sus activistas, su virtual ejército: “Llevamos meses recorriendo todos los rincones del país, recordándole a nuestras guerreras que hay que defender el voto. Les damos el almuerzo del día y una taza de café, lo hacen por amor al partido, no por dinero”. Afuera, Honduras espera resultados y nadie, excepto los nacionalistas, puede dormir tranquilo con la perspectiva de un Partido Nacional que retorna al poder, porque ese partido tiene un pasado que aún supura, manchado por denuncias de fraude, violación a la Constitución, control mafioso y un expresidente extraditado por narco (sí, el mismo Juan Orlando Hernández, indultado por Trump el 1 de diciembre). Cerimedo recorre el búnker, confiado. Está convencido de que la historia ya se está escribiendo, y que, como tantas veces en la América Latina —que él conoce de cerca— las manos que lo hacen no solo están aquí.
Post-Truth
Una semana antes de la elección, el 26 de noviembre, cuando la campaña ya había terminado y en Honduras se había decretado el “silencio electoral”, que es el periodo en que los candidatos tienen prohibido hacer propaganda, Donald Trump publicó un mensaje en su red social Truth. No fue un comunicado diplomático; fue un texto largo escrito de manera que al leerlo puedes escuchar su voz y su tono peculiar: “La democracia está en juego en las próximas elecciones en el hermoso país de Honduras el 30 de noviembre. ¿Tomarán Maduro y sus narcoterroristas otro país, como lo han hecho con Cuba, Nicaragua y Venezuela? El hombre que está defendiendo la democracia y luchando contra Maduro es Tito Asfura, el candidato presidencial del Partido Nacional”.
Hasta ese momento, la elección hondureña se movía dentro de un margen estrecho pero estable. Asfura y Nasralla aparecían prácticamente empatados en las encuestas, con una ligera y persistente ventaja para Nasralla. Un exministro del partido Libre me dijo antes del post de Trump que las encuestas ignoraban el voto rural para su partido, el cual era fuertemente disputado por el Partido Nacional, y que ese sería el voto definitivo. Me sorprendió su postura, ya que su partido alegó fraude en 2017 cuando Hernández ganó tras la llegada de los votos rurales que cambió la tendencia reflejada en el primer corte del CNE. “El fraude de los votos rurales” le llamaron, pero ahora, según Libre, esos votos les darían el triunfo. Finalmente, el voto rural se inclinó por Asfura, y de las encuestas solo quedó el lamento de Nasralla (que ya se veía sentado en la silla presidencial) y el castigo al partido izquierdista.
El post de Trump pudo haber cambiado el rumbo de ese voto, pero también el del voto urbano, movido por miedo, por ilusiones vagas o por malinchismo. Esto merece una explicación sosegada. Según Ian Walker, del think tank Sendas, “la importancia relativa de las exportaciones, principal motor del crecimiento hace 25 años, se ha reducido significativamente, respecto al PIB. La balanza de pagos sigue siendo sostenible solo gracias a las remesas de los migrantes”. En Honduras, lo que sostiene a las familias más pobres es el dinero que envían de regreso a casa quienes se fueron. Y así, el país ha funcionado casi como un protectorado. De ser un país administrado por la United Fruit Company, pasó a ser administrado por la política contrainsurgente de los EEUU; después, saltó a ser un país administrado por la cooperación internacional y los organismos financieros internacionales, y de allí a ser un país sostenido por las remesas. ¿Cuál es la constante? Estados Unidos. Esto solo siguió agudizándose en el nuevo siglo con la lucha contra el narcotráfico y la aprobación de la extradición, de ahí que apenas en 2022 su principal hito de justicia —la extradicion del expresidente Hernández— ocurrió en una Corte de Nueva York.
El respaldo de Trump rompió el silencio electoral a golpe de capturas de pantalla, cadenas de WhatsApp, transmisiones en vivo y cuentas anónimas que lo repetían como un mantra. El mensaje cruzó fronteras y retornó amplificado por los migrantes para sus familias que reciben las remesas y temen a la deportación de quienes sostienen el país.
Ese 26 de noviembre, el Partido Nacional recibió “una inyección de esteroides”, en palabras de un dirigente del Partido Nacional, quien también me dijo, sereno y seguro, que su candidato ganaría. Otro miembro de ese partido apostó frente a mí 100 dólares a que Nasry Asfura ganaba, lo hizo en el Polymarket, el sistema de apuestas político que se ha popularizado tras la elección de Trump en 2024.
Pero el mensaje reforzó tanto a Asfura como debilitó a Nasralla, quien, de pronto, ya no era solo el candidato liberal que llevaba ya su tercer intento por la presidencia, sino que también pasó a ser presentado como una amenaza ideológica, “un engaño”, una pieza funcional de un proyecto regional al que muchos hondureños temían o rechazaban, el de la izquierda latinoamericana de los dictadores de Nicaragua, Venezuela y Cuba.
La elección dejó de discutirse en términos de corrupción o promesas incumplidas del gobierno del Partido Libre, y su propuesta de continuidad o el retorno del bipartidismo tradicional. Empezó a discutirse en términos de “libertad o comunismo”.

La relación tóxica de Nasralla
Antes de ser candidato, Salvador Nasralla fue un ídolo de la televisión, el rostro de un ritual de domingo. Durante años entró a las casas hondureñas bailando en shorts diminutos de colores estridentes, sonriendo frente a la cámara, regalando libras de arroz, mochilas escolares o electrodomésticos en concursos televisivos. Ningún millennial hondureño puede decir honestamente que no lo vio alguna vez o que no buscó la manera de participar en sus concursos cuando estaba en la escuela.
De la pantalla saltó a la política en 2012 cuando fundó el Partido Anticorrupción, apenas tres años después del golpe de Estado, al mismo tiempo que se fundó el Partido Libertad y Refundación (Libre) dirigido por el expresidente depuesto José Manuel Zelaya. El panorama político hondureño se tornaba interesante: se rompía el histórico bipartidismo de los partidos Liberal y Nacional, al tiempo que se asomaba en la escena la izquierda hondureña. Nasralla se presentó como un outsider, alguien que venía a limpiar un sistema político corroído. Fue un respiro para la polarizada Honduras post golpe. En 2013, los nuevos partidos compitieron sin éxito, ya que ganó la presidencia Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, quien también marcaría la historia de Honduras al encarnar todas las facetas de un antihéroe: político electo presidente legítimamente, reelecto ilegalmente, extraditado por narcotraficante por un presidente de Estados Unidos, indultado y redimido como víctima de un sistema injusto por otro presidente del país hegemónico.
En 2017, Nasralla volvió a competir en las elecciones, pero esta vez aliado con el Partido Libre, pues juntos podrían vencer al Partido Nacional que, de la mano de Juan Orlando, había concentrado todos los poderes del Estado y permitido su participación en una reelección, a pesar de estar prohibida por la Constitución de la República. Esos comicios estuvieron marcados por apagones del sistema de conteo de votos, protestas y denuncias de fraude. El país estuvo paralizado bajo el liderazgo de Nasralla y Manuel Zelaya, quienes llamaron a la gente a protestar sin parar hasta que se contaran todos los votos, denunciando que el partido de Hernández había hecho fraude. Todo esto terminó cuando el gobierno de Estados Unidos reconoció el resultado y saludó a Hernández como el nuevo presidente, mientras este ya acumulaba más de una veintena de manifestantes asesinados por la policía militar a su mando. Para muchos hondureños, esa fue una Navidad triste, con crisis política, muertos en represiones militares, paros nacionales y un presidente ilegítimo.
Pero para Nasralla fue más que eso, pues perdió su primer partido político y tuvo que crear otro: “Salvador de Honduras”. Su ideología, aunque envuelta en el discurso anticorrupción similar al de la izquierda, se ubicaba con claridad en la derecha. Se decía abiertamente admirador de dictadores como Augusto Pinochet y hablaba de los años en Chile bajo la dictadura como una época dorada. Sin embargo, la sombra de su alianza con Libre era ineludible.
Nasralla habló conmigo en enero de 2018, unos días antes de la toma de posesión del segundo mandato de Juan Orlando Hernández. Sostenía entonces que el costo político de su asociación con el Partido Libre era algo que había asumido desde el inicio, convencido de que su motivación no era ideológica sino social, porque quería sacar a Honduras de la pobreza estructural que afectaba a más de dos tercios de la población. Además, me dijo que él sabía que si se repetían las elecciones ganaría de nuevo, porque la gente simpatizaba con su propuesta, más que una propuesta de izquierda. Rechazaba las etiquetas de comunista o socialista y planteaba que el problema de Honduras no era ideológico, sino ético: dos siglos de gobiernos de ladrones.
“Eso no es comunismo, los medios internacionales que no saben dicen de mí que soy el candidato de izquierda pero los que me conocen aquí en Honduras, los mismos empresarios, saben que no tengo nada de socialista, lo que tengo es una gran conciencia social de la necesidad que tiene la gran mayoría de la gente de tener acceso a lo mínimo. Me quedo consciente y tranquilo con mi propio yo, por encima de lo que pueda pensar la gente, ahora tengo el reconocimiento de la mayor parte de la población que probablemente pensaba que era una persona acomodada y que no me iba a arriesgar a los gases lacrimógenos y balazos en las manifestaciones”, me dijo sentado en su oficina de Televicentro, la cadena más importante de televisión de Honduras, en donde él nunca ha dejado de trabajar.
En 2021, después de las traumáticas elecciones, Nasralla volvió a competir, pero cedió la candidatura presidencial a Xiomara Castro, esposa del expresidente Manuel Zelaya, siempre en una alianza partidaria. Ganaron. Libre llegó al poder y Nasralla quedó asociado al rojo y negro del partido, a un proyecto de “refundación” que pronto empezó a mostrar grietas.
Entre 2022 y 2025, el gobierno de Castro se alineó con Venezuela, Cuba y Nicaragua y Nasralla se convirtió en un enemigo público, tras renunciar como designado presidencial (vicepresidente). Castro y su partido denunciaron el tratado de extradición, acumularon escándalos de corrupción, denuncias de nepotismo y una relación cada vez más áspera con la ciudadanía. Para muchos votantes, Libre dejó de ser una esperanza y pasó a ser una decepción.
Nasralla intentó despegarse de ese lastre en su campaña de 2025, esta vez sin su segundo partido —que fue anulado ese mismo año—, por lo que se apuntó a las filas del tradicional Partido Liberal, el que una vez dijo que era una cueva de ladrones. Recorrió las calles de las principales ciudades del país subido en el único Tesla Cybertruck que existe en Honduras, saludando desde allí junto a su esposa, diputada y candidata a la reelección. Ambos usaban gorras rojas del movimiento MAGA, bailaron la tonada de “YMCA”, copiaron las frases de Milei y dijeron que serían aliados del gobierno de EEUU. Ambos grababan videos asegurando tener contactos directos con Donald Trump y su entorno.
El mensaje era claro: él no era Libre, no era comunista, él era otra cosa, un Milei tropical, por ejemplo. Un hombre dispuesto a cortar con motosierra todo lo que oliera a izquierda, ideología de género, corrupción o Estado.
Con todo y su personalidad inestable, mucha gente seguía convencida en votar por Nasralla. “Ningún gringo me va a decir por quién votar”, me dijo un taxista ese día del post de Trump en el que pidió votar por Asfura y no por Nasralla, la frase se repitió en redes sociales como capricho instalado, porque solo Nasralla nunca había sido funcionario público, tenía “las manos limpias”.
Se supo luego que Cerimedo, apoyado por el famoso lobbista Dick Morris, fue quien impulsó el apoyo de Trump al Partido Nacional: quien compró los esteroides, en otras palabras.
Esta es la rocambolesca versión que me dio Cerimedo: “Lo de Trump fue un poco buscado por la metida de pata del equipo de Nasralla de haber engañado a funcionarios de Estados Unidos. El tuit (sic) de Trump no viene solo por pedirle un favor, sino porque fue una situación anormal que Nasralla contrató un lobista en Estados Unidos y quiso hacer reuniones con congresistas y personas del Departamento de Estado para exigir a Asfura que se baje de la elección y que hiciera una alianza para ganarle al gobierno. Usaron nombres de funcionarios con quienes yo trabajo todo el tiempo, aquí y en Europa del Este, y eso nos molestó muchísimo, y cuando comenzaron a investigar un poco allí es cuando el presidente Trump dijo este hombre no puede gobernar Honduras, si se tiene que ir el comunismo no puede venir esta persona, que es mucho peor que ellos. Lo hizo porque vio el peligro que era Nasralla con poder”.
Hoy Nasralla asegura —otra vez— que ganó las elecciones, que si las repiten las vuelve a ganar, pero ha aceptado el designio de Trump y ahora quiere el Congreso y que allí gobierne su esposa, quien fue una de las diputadas más votadas del Partido Liberal. El domingo, Nasralla vuelve a ser ritual, programación habitual de televisión familiar.

“Papi” endeudado
“¡La rachaaaaa, la racha está activada, la racha es un monstruo indestructible, imparable, woooooo!”. Asfura saca un grito desde la garganta, agudo, que no concuerda con su voz ronca y su ceño fruncido de señor asoleado. Es el cierre de campaña en Tegucigalpa y cae una leve lluvia que dispersa a los activistas que llegaron a ver el show de “Papi a la Orden”, como le dicen desde que fue alcalde de Tegucigalpa de 2014 a 2021, y posteriormente candidato presidencial en 2021.
En el escenario se repite el rótulo “La rachaaaaa, es un monstruo imparable”, mientras suenan canciones creadas con IA con rimas perfectas que describen lo importante que es ser “cachureco”, o sea, miembro del Partido Nacional. Las frases de la racha recuerdan a decenas de videos virales en los que Asfura pide que se mantenga activa la racha, algo que pronto dejó de tratarse de la frase que Tik Tok usa como reto para seguir interactuando con otros a través de la mensajería, sino en un eslogan de resurrección del Partido Nacional como un “monstruo imparable”. No extraña que sea Cerimedo el que estuvo detrás de la campaña de Asfura, pues Milei, su cliente anterior, también usó Tik Tok para viralizarse con los jóvenes y lograr sus votos. Asfura se ve en los videos de la racha como un hombre que se deja abrazar en la calle, llega a los pueblos más remotos y deja que los jóvenes se burlen de él y lo filmen y activen la racha con él. Así promueve la imagen de un hombre sencillo, que parece capaz de hacer cualquier malabar para ser presidente.
La noche comenzó con una mezcla de reguetón y cánticos cristianos, anunciando a un pastor que llegó a bendecir las candidaturas de Asfura y su candidato a alcalde de la capital, Juan Diego Zelaya. Asfura es un hombre de 68 años, pero cuando aparece en el escenario salta, grita con la energía de un jovencito y le clava tres besos en la boca a su esposa, porque Asfura no solo es el candidato bendecido por Trump, sino también el protector de la familia tradicional, de la Iglesia, de “los valores cristianos”.
Aunque su apellido y sus orígenes palestinos en Honduras significan que proviene de una élite poderosa, Nasry, a quien le dicen “Tito” o “Papi”, siempre ha sido visto con un pantalón jean desteñido y conduciendo su carro. Cuando era alcalde se le veía supervisando él mismo las obras municipales a media noche en Tegucigalpa. En 2021, cuando intentó por primera vez ser presidente y fue mencionado en un reportaje del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y de los medios aliados locales, El Clip y Contracorriente, en el marco de los Pandora Papers, sus interlocutores salieron a decir que Asfura era tan humilde que ni tarjetas de crédito tenía. Sin embargo, las revelaciones indicaron que Asfura fue accionista mayoritario de una sociedad offshore en Panamá, que luego terminó en manos de miembros de la prominente familia Atala Faraj, dueña del grupo financiero Ficohsa.
Al tiempo que era funcionario público, Asfura además tuvo vínculos con empresas que ganaron contratos millonarios con la alcaldía de Tegucigalpa para la recolección de basura en la capital. Una de ellas es Cosemsa, en la que Asfura no aparece en los registros como socio accionista o parte de la junta directiva, pero sí figura como garante para la adquisición de un crédito por dos millones de dólares con la empresa Crédito Inmobiliario Jacaleapa, creada en 1986, de la que Asfura fue administrador general junto con su hermana Mary Ivette Asfura Zablah, quien figura como secretaria general según el registro mercantil hondureño.
Junto con la empresa AMA de Honduras (Amahsa), Cosemsa obtuvo contratos públicos entre 2008 y 2010 por unos ocho millones de dólares, según una auditoría del Tribunal Superior de Cuentas (TSC). En una entrevista con Contracorriente el 21 de marzo de 2021, día de las elecciones primarias, Nasry Asfura dijo que no recordaba haber sido garante de un crédito para Cosemsa, porque había pasado ya mucho tiempo.
Además de Cosemsa, la empresa Sula Ambiente —de la que “Papi” era socio— tuvo un contrato para la recolección de basura en San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país. Tal vez no tiene tarjetas de crédito, pero negocios sí que sabe hacer.
Cuando ya sonaba que en Washington había varias misiones de lobbistas suplicando por el apoyo tanto para Nasralla como para Asfura, y prometiendo el país entero a la gente de Trump, sonaba también el nombre de Mario Bustillo, vicepresidente de Relaciones Institucionales del Grupo Financiero Ficohsa. Dos fuentes en la capital de EEUU me confirmaron que Bustillo era un interlocutor muy escuchado en lo que concierne a Honduras, y que además de limpiar la imagen del Grupo Ficohsa tras denuncias por un presunto involucramiento en el asesinato de la defensora ambiental, Berta Cáceres, en 2016, comunicaba que el gobierno de Libre representaba un problema para el país. Cuatro años atrás, Bustillo había sido el único que dio la cara en entrevista para hablar por Asfura y explicar las offshore vinculadas al banco.
Bustillo dijo en una entrevista vía zoom que la sociedad panameña de Asfura fue un vehículo de inversión para la compra de un gran terreno en el Anillo Periférico de Tegucigalpa, cerca del sitio donde funciona “el búnker”. La familia de Nasry Asfura Zablah era dueña de la mayor parte de ese terreno compartido con otras familias de reconocido linaje nacionalista.
Bustillo dejó claro que si bien el hoy presidente electo Nasry Asfura no es ni ha sido socio del Grupo Ficohsa, es verdad que le ayudó a estructurar la sociedad offshore Karlane para desarrollar el negocio inmobiliario, de la que la familia Atala Faraj era socia.
Para llegar al poder, Asfura necesitó de sus amigos de la élite, y estos necesitaban a un candidato que pudiera derrotar al oficialismo, cuya principal promesa era desmantelar el sistema financiero nacional, sobre todo vinculado a los Atala y a otras familias poderosas del país. Las deudas de Asfura con EEUU y la élite no se han comenzado a dilucidar; con el primero se presupone que irá de por medio va el fortalecimiento de las relaciones con Israel y la reactivación de las relaciones con Taiwán, más los tratos de siempre con el tema migratorio y de lucha contra el narco. Con los segundos la historia está por escribirse.
Adicionalmente, otros reconocidos inversionistas estadounidenses estaban preocupados por Honduras, sobre todo si continuaba el gobierno de Libre, no por el involucramiento de sus líderes en el narco o sus casos de corrupción (esas son cosas locales), sino porque estaban prometiendo desmantelar proyectos de su interés.
En noviembre de 2024 hablé con el gobernador de Próspera, una ciudad privada instalada en la isla de Roatán en el Caribe hondureño. Se trata de un proyecto impulsado por inversionistas como Peter Thiel —cofundador de Paypal— y Sam Altman —CEO de OpenAI— que funciona como una ciudad autónoma regida por el Common Law. Este proyecto fue aprobado por el gobierno de Juan Orlando Hernández, y cuando este cayó, el nuevo gobierno derogó la ley que le dio vida y la declaró inconstitucional. A pesar de eso, las inversiones siguieron llegando, como la del magnate Brian Armstrong de la plataforma de criptomonedas Coinbase. Un año antes de las elecciones, Jorge Colindres, el gobernador de Próspera, me dijo tranquilo que con el triunfo de Trump la ciudad-negocio estaba asegurada, como asegurado estaría un cambio de gobierno.
“Las cosas han cambiado para bien a nivel geopolítico, porque la nueva administración en Estados Unidos defenderá los intereses de los estadounidenses en Honduras. Se trata de la confiscación de más de 150 millones de dólares de inversión estadounidense que se da cuando el Estado destruye los proyectos; aquí tenés empresas financieras, de servicios médicos, de servicios de gobernanza, de desarrollo inmobiliario; si el Estado realiza una serie de acciones que imposibilita el desarrollo empresarial es básicamente una expropiación”, explicó en ese entonces Colindres.
Para ese momento no se sabía a quién avalaría Próspera para ser el presidente de Honduras. Por avalar me refiero a hacer lobby en Estados Unidos, invertir en la campaña política o en favores políticos, porque Colindres me dijo que con Nasralla o Nasry por igual se podía negociar. Finalmente el bipartidismo le dio vida a este proyecto ahora protegido por los tecnofeudales amigos de Trump.

La refundación que se devoró a sí misma
Rixi Moncada, la candidata de la izquierda hondureña, repitió su discurso de siempre: ella gobernaría para quitarle el poder a las “10 familias y los 25 grupos económicos” que dominan Honduras. Las instalaciones del centro de convenciones del Colegio de Ingenieros en Tegucigalpa fueron abarrotadas por cientos de activistas del Partido Libre, colectivos y motorizados del partido que llegaron desde los barrios y colonias de Tegucigalpa. Era el cierre de campaña en la capital y el lugar se convirtió en una caldera, no se podía ni respirar.
“Nos dijeron que había que buscar un lugar pequeño para que se viera así, desbordado, como una caldera”, me dijo un miembro de un colectivo de Libre esa tarde mientras buscábamos un sitio donde poder estar sin ser atropellados por el tumulto de gente. Adentro, Rixi Moncada siguió su guión de la “refundación”, una que ella haría solamente con los más pobres de Honduras, relegando al sector privado y exigiendo el pago de impuestos que les han sido perdonados por décadas. Es el mismo discurso del gobierno de Xiomara Castro, el mismo discurso que se fue vaciando en promesas incumplidas, corrupción y alianzas incoherentes con el discurso.
El nepotismo dejó de ser una acusación para convertirse en forma de gobierno. El apodo “el familión” empezó a circular con naturalidad. El expresidente Manuel Zelaya, esposo de la presidenta, reaparecía como asesor omnipresente. Su hijo mayor inauguraba obras como secretario privado. Su hija era diputada. Su hijo menor se presentaba como asesor. Otras ramas familiares ocupaban cargos estratégicos. La refundación era, literalmente, un asunto familiar.
Además, los escándalos no faltaron. Un video que mostraba a Carlos Zelaya, cuñado de la presidenta, negociando financiamiento de campaña con narcotraficantes terminó de erosionar la credibilidad del proyecto. La eliminación de la extradición —justificada como una herramienta usada con fines políticos— fue leída por muchos como un retroceso peligroso. El alineamiento explícito con Nicolás Maduro, Cuba y Nicaragua terminó de alejar a sectores de la sociedad que habían apostado por un cambio democrático.
El desgaste comenzó pronto. El gobierno de Libre no tardó en construir un relato que confundía crítica con traición y oposición con enemistad a muerte. Ministros y altos funcionarios insultaban a ciudadanos en redes sociales, descalificaban periodistas y miembros de la sociedad civil, ridiculizaban a quienes cuestionaban decisiones oficiales. El método era tener tropas digitales, influencers y medios digitales falsos para hacer eco de la propaganda y los ataques a la oposición.
La decepción fue silenciosa, pero constante; se filtró en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en encuestas que ya no mostraban entusiasmo sino cansancio.
El 1 de diciembre lancé una pregunta simple en X: “¿Quiénes mataron la refundación?”. Más del 90% de las reacciones visibles señalaban causas internas: arrogancia, corrupción, desprecio por la ciudadanía, falta de autocrítica, una desconexión total con la gente que los había llevado al poder.
No aparecía Estados Unidos. No aparecía Trump. No aparecía la derecha. El veredicto era claro: la refundación la destruyeron quienes crearon esa idea.
Ese desencanto se tradujo en voto de castigo, no necesariamente en entusiasmo por el Partido Nacional, sino en rechazo al proyecto que prometió cambiarlo todo y terminó reproduciendo viejas prácticas con nuevos discursos. Para cuando llegó la campaña de 2025, Libre ya no competía por ganar, competía por no desaparecer.
La elección ya no se definía entre izquierda y derecha, sino entre dos derechas distintas, ambas marcadas por alianzas y pasados oscuros. En ese vacío, el mensaje de Trump irrumpió como un elefante en cristalería.



El péndulo
Hubo un momento en que Honduras fue nombrada sin rodeos en una corte de Estados Unidos como un narco Estado. En esa corte se marcó el final de un ciclo que había durado más de una década con varios juicios de expolicías, exdiputados del bipartidismo, familiares de políticos y reconocidos narcotraficantes, todos vinculados entre sí para traficar cocaína hacia Estados Unidos. Para que esa cocaína llegara a las narices de los estadounidenses era necesario una red político-criminal, una cleptocracia, y esto llegó a su cúspide después del golpe de Estado, en 2010, cuando el Partido Nacional llegó al poder y no lo soltó hasta 2021.
Juan Orlando Hernández, el expresidente que se reeligió de manera inconstitucional, fue extraditado a principios de 2022 cuando Honduras ya había cambiado de gobierno. La exvicepresidenta demócrata, Kamala Harris, llegó a Honduras para el traspaso de mando y la organización de la operación en contra del expresidente. Así fue la llegada de la izquierda antiimperialista al poder hondureño.
Finalmente, Hernández fue acusado, enjuiciado y condenado por narcotráfico. En su acusación por el Distrito sur de Nueva York se hablaba de pactos con pandillas, corrupción a gran escala y el uso del Estado para facilitar el tráfico de armas y drogas; antes que él fue condenado su hermano quien además era diputado por el Partido Nacional.
La imagen recorrió el país: el expresidente esposado de pies y manos, escoltado por agentes de la DEA y por el recién nombrado ministro de Seguridad de la “refundación”. Era la primera vez que un presidente hondureño salía del poder directamente hacia una cárcel fuera del país. El mensaje parecía inequívoco, el narco Estado había sucumbido. Poco tiempo pasó para que viéramos también a miembros del Partido Libre señalados por narcotráfico y corrupción, y para que la ciudadanía asumiera que el narco Estado no se desmantela fácilmente, sobre todo si hay narices exigentes en el norte.
Tres años después, el país volvió a ocupar un lugar familiar. Desde Washington, un presidente con ambiciones expansionistas evidentes no solo indultó al expresidente condenado —reconstruyéndolo como víctima de una persecución del Partido Demócrata—, sino que intervino de forma directa en la política hondureña.
La elección de 2025 no se definió únicamente por el fracaso de la refundación ni por las contradicciones de la oposición; se definió también por una injerencia explícita que recordó viejas lógicas y Honduras volvió a ser leída como advertencia regional.
“¿Usted cree en Dios? Porque yo soy una mujer que cree en Dios y esto es obra de Dios”, me dijo la exprimera dama, esposa de Hernández, pocas horas después del anuncio del indulto en un mensaje de Trump en redes sociales. Ana Hernández fue una fiel defensora de su marido desde el inicio, ella no pudo estar en la sala de juicios en NY porque fue castigada con el retiro de su visa; sin embargo, desde Honduras y junto con sus hijas y miembros de la iglesia evangélica neopentecostal hondureña emprendió una campaña que abogaba por la inocencia de Hernández. Así, tras la elección de Trump en EEUU ella envió una carta muy bien elaborada explicando por qué Hernández no era un narcotraficante sino una víctima del lawfare de los demócratas, un perseguido político de la izquierda radical, y le recordó a Trump que en su momento JOH fue su amigo, trabajaron juntos para llevar la palabra de Dios a las decisiones públicas a través de su agenda cristiana expansionista.
Ana también se rodeó de prominentes influencers, lobistas y activistas MAGA como Roger Stone y Matt Gaetz. Cada tanto se le veía en programas de televisión de Estados Unidos abogando por la libertad de su esposo.
Aunque Asfura intentó desligarse de la figura de Hernández durante toda su campaña, inevitablemente su triunfo no se ve desligado del indulto a JOH. María Antonieta Mejía, la vicepresidenta en la fórmula de Asfura, me dijo un día después del anuncio del indulto que Hernández ya era un “capítulo cerrado” para el partido, algo que no todo el partido comparte, pues la misma Ana García compitió en las elecciones internas para ser la candidata presidencial y su movimiento partidario alzó la voz en favor del retorno de JOH, no solo a Honduras sino al partido.
En Tegucigalpa, las urnas se cerraron, los votos se contaron y un presidente fue declarado ganador, pero la sensación predominante fue que la decisión, una vez más, no se había tomado solo ahí. El riesgo de inestabilidad persiste, ya que los llamados de Libre y Nasralla a que “el pueblo” defienda la refundación —ahora atropellada por el imperio y el fraude electoral— persisten. Los grupos de base de Libre conocidos como “colectivos” —versión hondureña de los comandos venezolanos— son el pueblo al que ellos se refieren. Su respuesta ha sido siempre violenta. Recientemente, una bomba casera fue lanzada en contra de un grupo de diputados del Partido Nacional en las afueras del Congreso Nacional. La bomba explotó en la espalda de una diputada de ese partido, causándole serias heridas. El retumbo de esa bomba parece la fanfarria que anuncia la crisis por venir en las honduras del paraíso prometido por el partido Nacional.
Honduras no es un país pequeño, es una base militar importante para Estados Unidos, una isla de ciudades privadas de los millonarios de la tecnología, un lugar sin Estado donde se produce y exporta la droga, lo que alguna vez fue el banano. Aquí el péndulo parece moverse de manera más violenta, a la izquierda más antidemocrática y a la derecha más opacada por las mafias.
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Salvador Nasralla, la diputada y esposa del candidato liberal, Iroshka Elvir y Eliseo Castro, ex candidato liberal a la alcaldía del Distrito Central, durante una caravana de vehículos a la cabeza en su Cybertruck. Tegucigalpa, 22 de noviembre de 2025. Foto: Contracorriente / Fernando Destephen.
Honduras fue a elecciones generales el 30 de noviembre de 2025. Pasó un mes para que supiéramos quién ganó y aún hoy los perdedores denuncian fraude. Las dudas centrales prevalecen: ¿fueron los hondureños los que genuinamente eligieron a su presidente?, ¿qué tan determinante fue la maniobra injerencista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y cuáles fueron sus motivos (y móviles)?
El búnker
“Honduras no es un país pequeño. Palmerola es una base importante de Estados Unidos, hay una lucha contra el narcotráfico y una guerra abierta en el Caribe”, me dice Fernando Cerimedo, el consultor político argentino que estuvo detrás del triunfo del empresario de origen palestino y candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, quien, finalmente, tras un mes de denuncias de fraude, fue declarado ganador de las elecciones hondureñas el 24 de diciembre pasado.
Yo le digo que el esfuerzo de injerencia de Trump me parece desproporcionado con respecto a la importancia de Honduras para los intereses estadounidenses en estos tiempos, pero Cerimedo me responde como si fuera obvio que Honduras tiene algo valioso, que no es petróleo, su flujo de migrantes irregulares ni la droga que cultiva, produce y transporta hacia las narices de los estadounidenses: es su base militar. A pesar de ser un personaje violento en redes sociales, Cerimedo se ve confiado y no se exaspera, habla triunfante, pero reduccionista.
Estamos en Tegucigalpa, la entrevista ocurre dentro de una gran carpa blanca levantada en un terreno enorme a la orilla del anillo periférico de la capital. Allí, el Partido Nacional montó lo que todos —sin ironía— llamamos el búnker. Ha pasado un día desde las elecciones y el primer informe oficial del Consejo Nacional Electoral de Honduras (CNE) le da la ventaja a Asfura, aunque su contrincante más cercano, el candidato del Partido Liberal, Salvador Nasralla —también de origen palestino— asegura que tras el conteo total de los votos él remontará en los resultados.
Mientras hablamos, en el búnker nadie descansa. Decenas de personas entran y salen cargando cajas de cartón rotuladas a mano con nombres de municipios rurales: Ocotepeque, La Paz, Valle. Las llevan a otra carpa en la que no me permiten entrar, que aloja un centro de cómputo con decenas de personas digitalizando, alimentando un sistema de conteo paralelo diseñado por el partido, cuya eficiencia deja en evidencia la precariedad del Estado. Para el 1 de diciembre, día de esta entrevista, el sistema oficial del Consejo Nacional Electoral llevaba horas paralizado. El del búnker, no. Aquí dentro, los datos fluyen, se actualizan y se celebran; afuera los candidatos contrincantes denuncian que los resultados se trastocan en tiempo real y a puerta cerrada.
En ambas pantallas —la oficial y la del búnker— la diferencia es mínima, y la cantidad de actas con inconsistencias supera las dos mil de un total de 19 mil; estas deberán contarse en un escrutinio especial con el consenso de los partidos en contienda.
Asfura y su principal rival, Salvador Nasralla, aparecen separados por menos de 100 mil votos. El partido de izquierda, que estuvo en el poder los últimos cuatro años, fue severamente castigado y relegado al tercer lugar. Hay un empate técnico entre el Partido Nacional y el Partido Liberal, y el país entero está en vilo, esperando que en las fiestas navideñas no irrumpa una crisis política, como ocurrió en 2017 tras la reelección inconstitucional del expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo partido de Asfura.
Mientras tanto, Cerimedo habla de geopolítica en el búnker, ansioso por el triunfo y en su palidez resalta de vez en cuando una sonrisa arrogante. Estados Unidos, el Caribe, el narcotráfico, la democracia en peligro. Sus frases parecen sacadas de un archivo antiguo. La escena de la elección hondureña parece de otra época, una en la que Centroamérica era solamente el patio trasero de Estados Unidos, cuando Honduras valía por sus bases militares porque era el centro de la contrainsurgencia, cuando la región hervía en guerras civiles; época en la que al país se le refería como el portaviones de Estados Unidos. Pero aquí, a finales de 2025, en esta carpa castigada por un sol deslumbrante en ese predio baldío en el que no hay ni un árbol, esas ideas suenan actuales y parecen una premonición, porque si cae Honduras, cae Venezuela, o viceversa.
En el búnker nadie duerme. Una de las madrugadas posteriores a la elección, Kilveth Beltrand, diputado electo del Partido Nacional, me explica cómo su partido llegó a esta contienda listo para ganar asegurando la fidelidad de sus activistas, su virtual ejército: “Llevamos meses recorriendo todos los rincones del país, recordándole a nuestras guerreras que hay que defender el voto. Les damos el almuerzo del día y una taza de café, lo hacen por amor al partido, no por dinero”. Afuera, Honduras espera resultados y nadie, excepto los nacionalistas, puede dormir tranquilo con la perspectiva de un Partido Nacional que retorna al poder, porque ese partido tiene un pasado que aún supura, manchado por denuncias de fraude, violación a la Constitución, control mafioso y un expresidente extraditado por narco (sí, el mismo Juan Orlando Hernández, indultado por Trump el 1 de diciembre). Cerimedo recorre el búnker, confiado. Está convencido de que la historia ya se está escribiendo, y que, como tantas veces en la América Latina —que él conoce de cerca— las manos que lo hacen no solo están aquí.
Post-Truth
Una semana antes de la elección, el 26 de noviembre, cuando la campaña ya había terminado y en Honduras se había decretado el “silencio electoral”, que es el periodo en que los candidatos tienen prohibido hacer propaganda, Donald Trump publicó un mensaje en su red social Truth. No fue un comunicado diplomático; fue un texto largo escrito de manera que al leerlo puedes escuchar su voz y su tono peculiar: “La democracia está en juego en las próximas elecciones en el hermoso país de Honduras el 30 de noviembre. ¿Tomarán Maduro y sus narcoterroristas otro país, como lo han hecho con Cuba, Nicaragua y Venezuela? El hombre que está defendiendo la democracia y luchando contra Maduro es Tito Asfura, el candidato presidencial del Partido Nacional”.
Hasta ese momento, la elección hondureña se movía dentro de un margen estrecho pero estable. Asfura y Nasralla aparecían prácticamente empatados en las encuestas, con una ligera y persistente ventaja para Nasralla. Un exministro del partido Libre me dijo antes del post de Trump que las encuestas ignoraban el voto rural para su partido, el cual era fuertemente disputado por el Partido Nacional, y que ese sería el voto definitivo. Me sorprendió su postura, ya que su partido alegó fraude en 2017 cuando Hernández ganó tras la llegada de los votos rurales que cambió la tendencia reflejada en el primer corte del CNE. “El fraude de los votos rurales” le llamaron, pero ahora, según Libre, esos votos les darían el triunfo. Finalmente, el voto rural se inclinó por Asfura, y de las encuestas solo quedó el lamento de Nasralla (que ya se veía sentado en la silla presidencial) y el castigo al partido izquierdista.
El post de Trump pudo haber cambiado el rumbo de ese voto, pero también el del voto urbano, movido por miedo, por ilusiones vagas o por malinchismo. Esto merece una explicación sosegada. Según Ian Walker, del think tank Sendas, “la importancia relativa de las exportaciones, principal motor del crecimiento hace 25 años, se ha reducido significativamente, respecto al PIB. La balanza de pagos sigue siendo sostenible solo gracias a las remesas de los migrantes”. En Honduras, lo que sostiene a las familias más pobres es el dinero que envían de regreso a casa quienes se fueron. Y así, el país ha funcionado casi como un protectorado. De ser un país administrado por la United Fruit Company, pasó a ser administrado por la política contrainsurgente de los EEUU; después, saltó a ser un país administrado por la cooperación internacional y los organismos financieros internacionales, y de allí a ser un país sostenido por las remesas. ¿Cuál es la constante? Estados Unidos. Esto solo siguió agudizándose en el nuevo siglo con la lucha contra el narcotráfico y la aprobación de la extradición, de ahí que apenas en 2022 su principal hito de justicia —la extradicion del expresidente Hernández— ocurrió en una Corte de Nueva York.
El respaldo de Trump rompió el silencio electoral a golpe de capturas de pantalla, cadenas de WhatsApp, transmisiones en vivo y cuentas anónimas que lo repetían como un mantra. El mensaje cruzó fronteras y retornó amplificado por los migrantes para sus familias que reciben las remesas y temen a la deportación de quienes sostienen el país.
Ese 26 de noviembre, el Partido Nacional recibió “una inyección de esteroides”, en palabras de un dirigente del Partido Nacional, quien también me dijo, sereno y seguro, que su candidato ganaría. Otro miembro de ese partido apostó frente a mí 100 dólares a que Nasry Asfura ganaba, lo hizo en el Polymarket, el sistema de apuestas político que se ha popularizado tras la elección de Trump en 2024.
Pero el mensaje reforzó tanto a Asfura como debilitó a Nasralla, quien, de pronto, ya no era solo el candidato liberal que llevaba ya su tercer intento por la presidencia, sino que también pasó a ser presentado como una amenaza ideológica, “un engaño”, una pieza funcional de un proyecto regional al que muchos hondureños temían o rechazaban, el de la izquierda latinoamericana de los dictadores de Nicaragua, Venezuela y Cuba.
La elección dejó de discutirse en términos de corrupción o promesas incumplidas del gobierno del Partido Libre, y su propuesta de continuidad o el retorno del bipartidismo tradicional. Empezó a discutirse en términos de “libertad o comunismo”.

La relación tóxica de Nasralla
Antes de ser candidato, Salvador Nasralla fue un ídolo de la televisión, el rostro de un ritual de domingo. Durante años entró a las casas hondureñas bailando en shorts diminutos de colores estridentes, sonriendo frente a la cámara, regalando libras de arroz, mochilas escolares o electrodomésticos en concursos televisivos. Ningún millennial hondureño puede decir honestamente que no lo vio alguna vez o que no buscó la manera de participar en sus concursos cuando estaba en la escuela.
De la pantalla saltó a la política en 2012 cuando fundó el Partido Anticorrupción, apenas tres años después del golpe de Estado, al mismo tiempo que se fundó el Partido Libertad y Refundación (Libre) dirigido por el expresidente depuesto José Manuel Zelaya. El panorama político hondureño se tornaba interesante: se rompía el histórico bipartidismo de los partidos Liberal y Nacional, al tiempo que se asomaba en la escena la izquierda hondureña. Nasralla se presentó como un outsider, alguien que venía a limpiar un sistema político corroído. Fue un respiro para la polarizada Honduras post golpe. En 2013, los nuevos partidos compitieron sin éxito, ya que ganó la presidencia Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, quien también marcaría la historia de Honduras al encarnar todas las facetas de un antihéroe: político electo presidente legítimamente, reelecto ilegalmente, extraditado por narcotraficante por un presidente de Estados Unidos, indultado y redimido como víctima de un sistema injusto por otro presidente del país hegemónico.
En 2017, Nasralla volvió a competir en las elecciones, pero esta vez aliado con el Partido Libre, pues juntos podrían vencer al Partido Nacional que, de la mano de Juan Orlando, había concentrado todos los poderes del Estado y permitido su participación en una reelección, a pesar de estar prohibida por la Constitución de la República. Esos comicios estuvieron marcados por apagones del sistema de conteo de votos, protestas y denuncias de fraude. El país estuvo paralizado bajo el liderazgo de Nasralla y Manuel Zelaya, quienes llamaron a la gente a protestar sin parar hasta que se contaran todos los votos, denunciando que el partido de Hernández había hecho fraude. Todo esto terminó cuando el gobierno de Estados Unidos reconoció el resultado y saludó a Hernández como el nuevo presidente, mientras este ya acumulaba más de una veintena de manifestantes asesinados por la policía militar a su mando. Para muchos hondureños, esa fue una Navidad triste, con crisis política, muertos en represiones militares, paros nacionales y un presidente ilegítimo.
Pero para Nasralla fue más que eso, pues perdió su primer partido político y tuvo que crear otro: “Salvador de Honduras”. Su ideología, aunque envuelta en el discurso anticorrupción similar al de la izquierda, se ubicaba con claridad en la derecha. Se decía abiertamente admirador de dictadores como Augusto Pinochet y hablaba de los años en Chile bajo la dictadura como una época dorada. Sin embargo, la sombra de su alianza con Libre era ineludible.
Nasralla habló conmigo en enero de 2018, unos días antes de la toma de posesión del segundo mandato de Juan Orlando Hernández. Sostenía entonces que el costo político de su asociación con el Partido Libre era algo que había asumido desde el inicio, convencido de que su motivación no era ideológica sino social, porque quería sacar a Honduras de la pobreza estructural que afectaba a más de dos tercios de la población. Además, me dijo que él sabía que si se repetían las elecciones ganaría de nuevo, porque la gente simpatizaba con su propuesta, más que una propuesta de izquierda. Rechazaba las etiquetas de comunista o socialista y planteaba que el problema de Honduras no era ideológico, sino ético: dos siglos de gobiernos de ladrones.
“Eso no es comunismo, los medios internacionales que no saben dicen de mí que soy el candidato de izquierda pero los que me conocen aquí en Honduras, los mismos empresarios, saben que no tengo nada de socialista, lo que tengo es una gran conciencia social de la necesidad que tiene la gran mayoría de la gente de tener acceso a lo mínimo. Me quedo consciente y tranquilo con mi propio yo, por encima de lo que pueda pensar la gente, ahora tengo el reconocimiento de la mayor parte de la población que probablemente pensaba que era una persona acomodada y que no me iba a arriesgar a los gases lacrimógenos y balazos en las manifestaciones”, me dijo sentado en su oficina de Televicentro, la cadena más importante de televisión de Honduras, en donde él nunca ha dejado de trabajar.
En 2021, después de las traumáticas elecciones, Nasralla volvió a competir, pero cedió la candidatura presidencial a Xiomara Castro, esposa del expresidente Manuel Zelaya, siempre en una alianza partidaria. Ganaron. Libre llegó al poder y Nasralla quedó asociado al rojo y negro del partido, a un proyecto de “refundación” que pronto empezó a mostrar grietas.
Entre 2022 y 2025, el gobierno de Castro se alineó con Venezuela, Cuba y Nicaragua y Nasralla se convirtió en un enemigo público, tras renunciar como designado presidencial (vicepresidente). Castro y su partido denunciaron el tratado de extradición, acumularon escándalos de corrupción, denuncias de nepotismo y una relación cada vez más áspera con la ciudadanía. Para muchos votantes, Libre dejó de ser una esperanza y pasó a ser una decepción.
Nasralla intentó despegarse de ese lastre en su campaña de 2025, esta vez sin su segundo partido —que fue anulado ese mismo año—, por lo que se apuntó a las filas del tradicional Partido Liberal, el que una vez dijo que era una cueva de ladrones. Recorrió las calles de las principales ciudades del país subido en el único Tesla Cybertruck que existe en Honduras, saludando desde allí junto a su esposa, diputada y candidata a la reelección. Ambos usaban gorras rojas del movimiento MAGA, bailaron la tonada de “YMCA”, copiaron las frases de Milei y dijeron que serían aliados del gobierno de EEUU. Ambos grababan videos asegurando tener contactos directos con Donald Trump y su entorno.
El mensaje era claro: él no era Libre, no era comunista, él era otra cosa, un Milei tropical, por ejemplo. Un hombre dispuesto a cortar con motosierra todo lo que oliera a izquierda, ideología de género, corrupción o Estado.
Con todo y su personalidad inestable, mucha gente seguía convencida en votar por Nasralla. “Ningún gringo me va a decir por quién votar”, me dijo un taxista ese día del post de Trump en el que pidió votar por Asfura y no por Nasralla, la frase se repitió en redes sociales como capricho instalado, porque solo Nasralla nunca había sido funcionario público, tenía “las manos limpias”.
Se supo luego que Cerimedo, apoyado por el famoso lobbista Dick Morris, fue quien impulsó el apoyo de Trump al Partido Nacional: quien compró los esteroides, en otras palabras.
Esta es la rocambolesca versión que me dio Cerimedo: “Lo de Trump fue un poco buscado por la metida de pata del equipo de Nasralla de haber engañado a funcionarios de Estados Unidos. El tuit (sic) de Trump no viene solo por pedirle un favor, sino porque fue una situación anormal que Nasralla contrató un lobista en Estados Unidos y quiso hacer reuniones con congresistas y personas del Departamento de Estado para exigir a Asfura que se baje de la elección y que hiciera una alianza para ganarle al gobierno. Usaron nombres de funcionarios con quienes yo trabajo todo el tiempo, aquí y en Europa del Este, y eso nos molestó muchísimo, y cuando comenzaron a investigar un poco allí es cuando el presidente Trump dijo este hombre no puede gobernar Honduras, si se tiene que ir el comunismo no puede venir esta persona, que es mucho peor que ellos. Lo hizo porque vio el peligro que era Nasralla con poder”.
Hoy Nasralla asegura —otra vez— que ganó las elecciones, que si las repiten las vuelve a ganar, pero ha aceptado el designio de Trump y ahora quiere el Congreso y que allí gobierne su esposa, quien fue una de las diputadas más votadas del Partido Liberal. El domingo, Nasralla vuelve a ser ritual, programación habitual de televisión familiar.

“Papi” endeudado
“¡La rachaaaaa, la racha está activada, la racha es un monstruo indestructible, imparable, woooooo!”. Asfura saca un grito desde la garganta, agudo, que no concuerda con su voz ronca y su ceño fruncido de señor asoleado. Es el cierre de campaña en Tegucigalpa y cae una leve lluvia que dispersa a los activistas que llegaron a ver el show de “Papi a la Orden”, como le dicen desde que fue alcalde de Tegucigalpa de 2014 a 2021, y posteriormente candidato presidencial en 2021.
En el escenario se repite el rótulo “La rachaaaaa, es un monstruo imparable”, mientras suenan canciones creadas con IA con rimas perfectas que describen lo importante que es ser “cachureco”, o sea, miembro del Partido Nacional. Las frases de la racha recuerdan a decenas de videos virales en los que Asfura pide que se mantenga activa la racha, algo que pronto dejó de tratarse de la frase que Tik Tok usa como reto para seguir interactuando con otros a través de la mensajería, sino en un eslogan de resurrección del Partido Nacional como un “monstruo imparable”. No extraña que sea Cerimedo el que estuvo detrás de la campaña de Asfura, pues Milei, su cliente anterior, también usó Tik Tok para viralizarse con los jóvenes y lograr sus votos. Asfura se ve en los videos de la racha como un hombre que se deja abrazar en la calle, llega a los pueblos más remotos y deja que los jóvenes se burlen de él y lo filmen y activen la racha con él. Así promueve la imagen de un hombre sencillo, que parece capaz de hacer cualquier malabar para ser presidente.
La noche comenzó con una mezcla de reguetón y cánticos cristianos, anunciando a un pastor que llegó a bendecir las candidaturas de Asfura y su candidato a alcalde de la capital, Juan Diego Zelaya. Asfura es un hombre de 68 años, pero cuando aparece en el escenario salta, grita con la energía de un jovencito y le clava tres besos en la boca a su esposa, porque Asfura no solo es el candidato bendecido por Trump, sino también el protector de la familia tradicional, de la Iglesia, de “los valores cristianos”.
Aunque su apellido y sus orígenes palestinos en Honduras significan que proviene de una élite poderosa, Nasry, a quien le dicen “Tito” o “Papi”, siempre ha sido visto con un pantalón jean desteñido y conduciendo su carro. Cuando era alcalde se le veía supervisando él mismo las obras municipales a media noche en Tegucigalpa. En 2021, cuando intentó por primera vez ser presidente y fue mencionado en un reportaje del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y de los medios aliados locales, El Clip y Contracorriente, en el marco de los Pandora Papers, sus interlocutores salieron a decir que Asfura era tan humilde que ni tarjetas de crédito tenía. Sin embargo, las revelaciones indicaron que Asfura fue accionista mayoritario de una sociedad offshore en Panamá, que luego terminó en manos de miembros de la prominente familia Atala Faraj, dueña del grupo financiero Ficohsa.
Al tiempo que era funcionario público, Asfura además tuvo vínculos con empresas que ganaron contratos millonarios con la alcaldía de Tegucigalpa para la recolección de basura en la capital. Una de ellas es Cosemsa, en la que Asfura no aparece en los registros como socio accionista o parte de la junta directiva, pero sí figura como garante para la adquisición de un crédito por dos millones de dólares con la empresa Crédito Inmobiliario Jacaleapa, creada en 1986, de la que Asfura fue administrador general junto con su hermana Mary Ivette Asfura Zablah, quien figura como secretaria general según el registro mercantil hondureño.
Junto con la empresa AMA de Honduras (Amahsa), Cosemsa obtuvo contratos públicos entre 2008 y 2010 por unos ocho millones de dólares, según una auditoría del Tribunal Superior de Cuentas (TSC). En una entrevista con Contracorriente el 21 de marzo de 2021, día de las elecciones primarias, Nasry Asfura dijo que no recordaba haber sido garante de un crédito para Cosemsa, porque había pasado ya mucho tiempo.
Además de Cosemsa, la empresa Sula Ambiente —de la que “Papi” era socio— tuvo un contrato para la recolección de basura en San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país. Tal vez no tiene tarjetas de crédito, pero negocios sí que sabe hacer.
Cuando ya sonaba que en Washington había varias misiones de lobbistas suplicando por el apoyo tanto para Nasralla como para Asfura, y prometiendo el país entero a la gente de Trump, sonaba también el nombre de Mario Bustillo, vicepresidente de Relaciones Institucionales del Grupo Financiero Ficohsa. Dos fuentes en la capital de EEUU me confirmaron que Bustillo era un interlocutor muy escuchado en lo que concierne a Honduras, y que además de limpiar la imagen del Grupo Ficohsa tras denuncias por un presunto involucramiento en el asesinato de la defensora ambiental, Berta Cáceres, en 2016, comunicaba que el gobierno de Libre representaba un problema para el país. Cuatro años atrás, Bustillo había sido el único que dio la cara en entrevista para hablar por Asfura y explicar las offshore vinculadas al banco.
Bustillo dijo en una entrevista vía zoom que la sociedad panameña de Asfura fue un vehículo de inversión para la compra de un gran terreno en el Anillo Periférico de Tegucigalpa, cerca del sitio donde funciona “el búnker”. La familia de Nasry Asfura Zablah era dueña de la mayor parte de ese terreno compartido con otras familias de reconocido linaje nacionalista.
Bustillo dejó claro que si bien el hoy presidente electo Nasry Asfura no es ni ha sido socio del Grupo Ficohsa, es verdad que le ayudó a estructurar la sociedad offshore Karlane para desarrollar el negocio inmobiliario, de la que la familia Atala Faraj era socia.
Para llegar al poder, Asfura necesitó de sus amigos de la élite, y estos necesitaban a un candidato que pudiera derrotar al oficialismo, cuya principal promesa era desmantelar el sistema financiero nacional, sobre todo vinculado a los Atala y a otras familias poderosas del país. Las deudas de Asfura con EEUU y la élite no se han comenzado a dilucidar; con el primero se presupone que irá de por medio va el fortalecimiento de las relaciones con Israel y la reactivación de las relaciones con Taiwán, más los tratos de siempre con el tema migratorio y de lucha contra el narco. Con los segundos la historia está por escribirse.
Adicionalmente, otros reconocidos inversionistas estadounidenses estaban preocupados por Honduras, sobre todo si continuaba el gobierno de Libre, no por el involucramiento de sus líderes en el narco o sus casos de corrupción (esas son cosas locales), sino porque estaban prometiendo desmantelar proyectos de su interés.
En noviembre de 2024 hablé con el gobernador de Próspera, una ciudad privada instalada en la isla de Roatán en el Caribe hondureño. Se trata de un proyecto impulsado por inversionistas como Peter Thiel —cofundador de Paypal— y Sam Altman —CEO de OpenAI— que funciona como una ciudad autónoma regida por el Common Law. Este proyecto fue aprobado por el gobierno de Juan Orlando Hernández, y cuando este cayó, el nuevo gobierno derogó la ley que le dio vida y la declaró inconstitucional. A pesar de eso, las inversiones siguieron llegando, como la del magnate Brian Armstrong de la plataforma de criptomonedas Coinbase. Un año antes de las elecciones, Jorge Colindres, el gobernador de Próspera, me dijo tranquilo que con el triunfo de Trump la ciudad-negocio estaba asegurada, como asegurado estaría un cambio de gobierno.
“Las cosas han cambiado para bien a nivel geopolítico, porque la nueva administración en Estados Unidos defenderá los intereses de los estadounidenses en Honduras. Se trata de la confiscación de más de 150 millones de dólares de inversión estadounidense que se da cuando el Estado destruye los proyectos; aquí tenés empresas financieras, de servicios médicos, de servicios de gobernanza, de desarrollo inmobiliario; si el Estado realiza una serie de acciones que imposibilita el desarrollo empresarial es básicamente una expropiación”, explicó en ese entonces Colindres.
Para ese momento no se sabía a quién avalaría Próspera para ser el presidente de Honduras. Por avalar me refiero a hacer lobby en Estados Unidos, invertir en la campaña política o en favores políticos, porque Colindres me dijo que con Nasralla o Nasry por igual se podía negociar. Finalmente el bipartidismo le dio vida a este proyecto ahora protegido por los tecnofeudales amigos de Trump.

La refundación que se devoró a sí misma
Rixi Moncada, la candidata de la izquierda hondureña, repitió su discurso de siempre: ella gobernaría para quitarle el poder a las “10 familias y los 25 grupos económicos” que dominan Honduras. Las instalaciones del centro de convenciones del Colegio de Ingenieros en Tegucigalpa fueron abarrotadas por cientos de activistas del Partido Libre, colectivos y motorizados del partido que llegaron desde los barrios y colonias de Tegucigalpa. Era el cierre de campaña en la capital y el lugar se convirtió en una caldera, no se podía ni respirar.
“Nos dijeron que había que buscar un lugar pequeño para que se viera así, desbordado, como una caldera”, me dijo un miembro de un colectivo de Libre esa tarde mientras buscábamos un sitio donde poder estar sin ser atropellados por el tumulto de gente. Adentro, Rixi Moncada siguió su guión de la “refundación”, una que ella haría solamente con los más pobres de Honduras, relegando al sector privado y exigiendo el pago de impuestos que les han sido perdonados por décadas. Es el mismo discurso del gobierno de Xiomara Castro, el mismo discurso que se fue vaciando en promesas incumplidas, corrupción y alianzas incoherentes con el discurso.
El nepotismo dejó de ser una acusación para convertirse en forma de gobierno. El apodo “el familión” empezó a circular con naturalidad. El expresidente Manuel Zelaya, esposo de la presidenta, reaparecía como asesor omnipresente. Su hijo mayor inauguraba obras como secretario privado. Su hija era diputada. Su hijo menor se presentaba como asesor. Otras ramas familiares ocupaban cargos estratégicos. La refundación era, literalmente, un asunto familiar.
Además, los escándalos no faltaron. Un video que mostraba a Carlos Zelaya, cuñado de la presidenta, negociando financiamiento de campaña con narcotraficantes terminó de erosionar la credibilidad del proyecto. La eliminación de la extradición —justificada como una herramienta usada con fines políticos— fue leída por muchos como un retroceso peligroso. El alineamiento explícito con Nicolás Maduro, Cuba y Nicaragua terminó de alejar a sectores de la sociedad que habían apostado por un cambio democrático.
El desgaste comenzó pronto. El gobierno de Libre no tardó en construir un relato que confundía crítica con traición y oposición con enemistad a muerte. Ministros y altos funcionarios insultaban a ciudadanos en redes sociales, descalificaban periodistas y miembros de la sociedad civil, ridiculizaban a quienes cuestionaban decisiones oficiales. El método era tener tropas digitales, influencers y medios digitales falsos para hacer eco de la propaganda y los ataques a la oposición.
La decepción fue silenciosa, pero constante; se filtró en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en encuestas que ya no mostraban entusiasmo sino cansancio.
El 1 de diciembre lancé una pregunta simple en X: “¿Quiénes mataron la refundación?”. Más del 90% de las reacciones visibles señalaban causas internas: arrogancia, corrupción, desprecio por la ciudadanía, falta de autocrítica, una desconexión total con la gente que los había llevado al poder.
No aparecía Estados Unidos. No aparecía Trump. No aparecía la derecha. El veredicto era claro: la refundación la destruyeron quienes crearon esa idea.
Ese desencanto se tradujo en voto de castigo, no necesariamente en entusiasmo por el Partido Nacional, sino en rechazo al proyecto que prometió cambiarlo todo y terminó reproduciendo viejas prácticas con nuevos discursos. Para cuando llegó la campaña de 2025, Libre ya no competía por ganar, competía por no desaparecer.
La elección ya no se definía entre izquierda y derecha, sino entre dos derechas distintas, ambas marcadas por alianzas y pasados oscuros. En ese vacío, el mensaje de Trump irrumpió como un elefante en cristalería.



El péndulo
Hubo un momento en que Honduras fue nombrada sin rodeos en una corte de Estados Unidos como un narco Estado. En esa corte se marcó el final de un ciclo que había durado más de una década con varios juicios de expolicías, exdiputados del bipartidismo, familiares de políticos y reconocidos narcotraficantes, todos vinculados entre sí para traficar cocaína hacia Estados Unidos. Para que esa cocaína llegara a las narices de los estadounidenses era necesario una red político-criminal, una cleptocracia, y esto llegó a su cúspide después del golpe de Estado, en 2010, cuando el Partido Nacional llegó al poder y no lo soltó hasta 2021.
Juan Orlando Hernández, el expresidente que se reeligió de manera inconstitucional, fue extraditado a principios de 2022 cuando Honduras ya había cambiado de gobierno. La exvicepresidenta demócrata, Kamala Harris, llegó a Honduras para el traspaso de mando y la organización de la operación en contra del expresidente. Así fue la llegada de la izquierda antiimperialista al poder hondureño.
Finalmente, Hernández fue acusado, enjuiciado y condenado por narcotráfico. En su acusación por el Distrito sur de Nueva York se hablaba de pactos con pandillas, corrupción a gran escala y el uso del Estado para facilitar el tráfico de armas y drogas; antes que él fue condenado su hermano quien además era diputado por el Partido Nacional.
La imagen recorrió el país: el expresidente esposado de pies y manos, escoltado por agentes de la DEA y por el recién nombrado ministro de Seguridad de la “refundación”. Era la primera vez que un presidente hondureño salía del poder directamente hacia una cárcel fuera del país. El mensaje parecía inequívoco, el narco Estado había sucumbido. Poco tiempo pasó para que viéramos también a miembros del Partido Libre señalados por narcotráfico y corrupción, y para que la ciudadanía asumiera que el narco Estado no se desmantela fácilmente, sobre todo si hay narices exigentes en el norte.
Tres años después, el país volvió a ocupar un lugar familiar. Desde Washington, un presidente con ambiciones expansionistas evidentes no solo indultó al expresidente condenado —reconstruyéndolo como víctima de una persecución del Partido Demócrata—, sino que intervino de forma directa en la política hondureña.
La elección de 2025 no se definió únicamente por el fracaso de la refundación ni por las contradicciones de la oposición; se definió también por una injerencia explícita que recordó viejas lógicas y Honduras volvió a ser leída como advertencia regional.
“¿Usted cree en Dios? Porque yo soy una mujer que cree en Dios y esto es obra de Dios”, me dijo la exprimera dama, esposa de Hernández, pocas horas después del anuncio del indulto en un mensaje de Trump en redes sociales. Ana Hernández fue una fiel defensora de su marido desde el inicio, ella no pudo estar en la sala de juicios en NY porque fue castigada con el retiro de su visa; sin embargo, desde Honduras y junto con sus hijas y miembros de la iglesia evangélica neopentecostal hondureña emprendió una campaña que abogaba por la inocencia de Hernández. Así, tras la elección de Trump en EEUU ella envió una carta muy bien elaborada explicando por qué Hernández no era un narcotraficante sino una víctima del lawfare de los demócratas, un perseguido político de la izquierda radical, y le recordó a Trump que en su momento JOH fue su amigo, trabajaron juntos para llevar la palabra de Dios a las decisiones públicas a través de su agenda cristiana expansionista.
Ana también se rodeó de prominentes influencers, lobistas y activistas MAGA como Roger Stone y Matt Gaetz. Cada tanto se le veía en programas de televisión de Estados Unidos abogando por la libertad de su esposo.
Aunque Asfura intentó desligarse de la figura de Hernández durante toda su campaña, inevitablemente su triunfo no se ve desligado del indulto a JOH. María Antonieta Mejía, la vicepresidenta en la fórmula de Asfura, me dijo un día después del anuncio del indulto que Hernández ya era un “capítulo cerrado” para el partido, algo que no todo el partido comparte, pues la misma Ana García compitió en las elecciones internas para ser la candidata presidencial y su movimiento partidario alzó la voz en favor del retorno de JOH, no solo a Honduras sino al partido.
En Tegucigalpa, las urnas se cerraron, los votos se contaron y un presidente fue declarado ganador, pero la sensación predominante fue que la decisión, una vez más, no se había tomado solo ahí. El riesgo de inestabilidad persiste, ya que los llamados de Libre y Nasralla a que “el pueblo” defienda la refundación —ahora atropellada por el imperio y el fraude electoral— persisten. Los grupos de base de Libre conocidos como “colectivos” —versión hondureña de los comandos venezolanos— son el pueblo al que ellos se refieren. Su respuesta ha sido siempre violenta. Recientemente, una bomba casera fue lanzada en contra de un grupo de diputados del Partido Nacional en las afueras del Congreso Nacional. La bomba explotó en la espalda de una diputada de ese partido, causándole serias heridas. El retumbo de esa bomba parece la fanfarria que anuncia la crisis por venir en las honduras del paraíso prometido por el partido Nacional.
Honduras no es un país pequeño, es una base militar importante para Estados Unidos, una isla de ciudades privadas de los millonarios de la tecnología, un lugar sin Estado donde se produce y exporta la droga, lo que alguna vez fue el banano. Aquí el péndulo parece moverse de manera más violenta, a la izquierda más antidemocrática y a la derecha más opacada por las mafias.
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Honduras fue a elecciones generales el 30 de noviembre de 2025. Pasó un mes para que supiéramos quién ganó y aún hoy los perdedores denuncian fraude. Las dudas centrales prevalecen: ¿fueron los hondureños los que genuinamente eligieron a su presidente?, ¿qué tan determinante fue la maniobra injerencista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y cuáles fueron sus motivos (y móviles)?
El búnker
“Honduras no es un país pequeño. Palmerola es una base importante de Estados Unidos, hay una lucha contra el narcotráfico y una guerra abierta en el Caribe”, me dice Fernando Cerimedo, el consultor político argentino que estuvo detrás del triunfo del empresario de origen palestino y candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, quien, finalmente, tras un mes de denuncias de fraude, fue declarado ganador de las elecciones hondureñas el 24 de diciembre pasado.
Yo le digo que el esfuerzo de injerencia de Trump me parece desproporcionado con respecto a la importancia de Honduras para los intereses estadounidenses en estos tiempos, pero Cerimedo me responde como si fuera obvio que Honduras tiene algo valioso, que no es petróleo, su flujo de migrantes irregulares ni la droga que cultiva, produce y transporta hacia las narices de los estadounidenses: es su base militar. A pesar de ser un personaje violento en redes sociales, Cerimedo se ve confiado y no se exaspera, habla triunfante, pero reduccionista.
Estamos en Tegucigalpa, la entrevista ocurre dentro de una gran carpa blanca levantada en un terreno enorme a la orilla del anillo periférico de la capital. Allí, el Partido Nacional montó lo que todos —sin ironía— llamamos el búnker. Ha pasado un día desde las elecciones y el primer informe oficial del Consejo Nacional Electoral de Honduras (CNE) le da la ventaja a Asfura, aunque su contrincante más cercano, el candidato del Partido Liberal, Salvador Nasralla —también de origen palestino— asegura que tras el conteo total de los votos él remontará en los resultados.
Mientras hablamos, en el búnker nadie descansa. Decenas de personas entran y salen cargando cajas de cartón rotuladas a mano con nombres de municipios rurales: Ocotepeque, La Paz, Valle. Las llevan a otra carpa en la que no me permiten entrar, que aloja un centro de cómputo con decenas de personas digitalizando, alimentando un sistema de conteo paralelo diseñado por el partido, cuya eficiencia deja en evidencia la precariedad del Estado. Para el 1 de diciembre, día de esta entrevista, el sistema oficial del Consejo Nacional Electoral llevaba horas paralizado. El del búnker, no. Aquí dentro, los datos fluyen, se actualizan y se celebran; afuera los candidatos contrincantes denuncian que los resultados se trastocan en tiempo real y a puerta cerrada.
En ambas pantallas —la oficial y la del búnker— la diferencia es mínima, y la cantidad de actas con inconsistencias supera las dos mil de un total de 19 mil; estas deberán contarse en un escrutinio especial con el consenso de los partidos en contienda.
Asfura y su principal rival, Salvador Nasralla, aparecen separados por menos de 100 mil votos. El partido de izquierda, que estuvo en el poder los últimos cuatro años, fue severamente castigado y relegado al tercer lugar. Hay un empate técnico entre el Partido Nacional y el Partido Liberal, y el país entero está en vilo, esperando que en las fiestas navideñas no irrumpa una crisis política, como ocurrió en 2017 tras la reelección inconstitucional del expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo partido de Asfura.
Mientras tanto, Cerimedo habla de geopolítica en el búnker, ansioso por el triunfo y en su palidez resalta de vez en cuando una sonrisa arrogante. Estados Unidos, el Caribe, el narcotráfico, la democracia en peligro. Sus frases parecen sacadas de un archivo antiguo. La escena de la elección hondureña parece de otra época, una en la que Centroamérica era solamente el patio trasero de Estados Unidos, cuando Honduras valía por sus bases militares porque era el centro de la contrainsurgencia, cuando la región hervía en guerras civiles; época en la que al país se le refería como el portaviones de Estados Unidos. Pero aquí, a finales de 2025, en esta carpa castigada por un sol deslumbrante en ese predio baldío en el que no hay ni un árbol, esas ideas suenan actuales y parecen una premonición, porque si cae Honduras, cae Venezuela, o viceversa.
En el búnker nadie duerme. Una de las madrugadas posteriores a la elección, Kilveth Beltrand, diputado electo del Partido Nacional, me explica cómo su partido llegó a esta contienda listo para ganar asegurando la fidelidad de sus activistas, su virtual ejército: “Llevamos meses recorriendo todos los rincones del país, recordándole a nuestras guerreras que hay que defender el voto. Les damos el almuerzo del día y una taza de café, lo hacen por amor al partido, no por dinero”. Afuera, Honduras espera resultados y nadie, excepto los nacionalistas, puede dormir tranquilo con la perspectiva de un Partido Nacional que retorna al poder, porque ese partido tiene un pasado que aún supura, manchado por denuncias de fraude, violación a la Constitución, control mafioso y un expresidente extraditado por narco (sí, el mismo Juan Orlando Hernández, indultado por Trump el 1 de diciembre). Cerimedo recorre el búnker, confiado. Está convencido de que la historia ya se está escribiendo, y que, como tantas veces en la América Latina —que él conoce de cerca— las manos que lo hacen no solo están aquí.
Post-Truth
Una semana antes de la elección, el 26 de noviembre, cuando la campaña ya había terminado y en Honduras se había decretado el “silencio electoral”, que es el periodo en que los candidatos tienen prohibido hacer propaganda, Donald Trump publicó un mensaje en su red social Truth. No fue un comunicado diplomático; fue un texto largo escrito de manera que al leerlo puedes escuchar su voz y su tono peculiar: “La democracia está en juego en las próximas elecciones en el hermoso país de Honduras el 30 de noviembre. ¿Tomarán Maduro y sus narcoterroristas otro país, como lo han hecho con Cuba, Nicaragua y Venezuela? El hombre que está defendiendo la democracia y luchando contra Maduro es Tito Asfura, el candidato presidencial del Partido Nacional”.
Hasta ese momento, la elección hondureña se movía dentro de un margen estrecho pero estable. Asfura y Nasralla aparecían prácticamente empatados en las encuestas, con una ligera y persistente ventaja para Nasralla. Un exministro del partido Libre me dijo antes del post de Trump que las encuestas ignoraban el voto rural para su partido, el cual era fuertemente disputado por el Partido Nacional, y que ese sería el voto definitivo. Me sorprendió su postura, ya que su partido alegó fraude en 2017 cuando Hernández ganó tras la llegada de los votos rurales que cambió la tendencia reflejada en el primer corte del CNE. “El fraude de los votos rurales” le llamaron, pero ahora, según Libre, esos votos les darían el triunfo. Finalmente, el voto rural se inclinó por Asfura, y de las encuestas solo quedó el lamento de Nasralla (que ya se veía sentado en la silla presidencial) y el castigo al partido izquierdista.
El post de Trump pudo haber cambiado el rumbo de ese voto, pero también el del voto urbano, movido por miedo, por ilusiones vagas o por malinchismo. Esto merece una explicación sosegada. Según Ian Walker, del think tank Sendas, “la importancia relativa de las exportaciones, principal motor del crecimiento hace 25 años, se ha reducido significativamente, respecto al PIB. La balanza de pagos sigue siendo sostenible solo gracias a las remesas de los migrantes”. En Honduras, lo que sostiene a las familias más pobres es el dinero que envían de regreso a casa quienes se fueron. Y así, el país ha funcionado casi como un protectorado. De ser un país administrado por la United Fruit Company, pasó a ser administrado por la política contrainsurgente de los EEUU; después, saltó a ser un país administrado por la cooperación internacional y los organismos financieros internacionales, y de allí a ser un país sostenido por las remesas. ¿Cuál es la constante? Estados Unidos. Esto solo siguió agudizándose en el nuevo siglo con la lucha contra el narcotráfico y la aprobación de la extradición, de ahí que apenas en 2022 su principal hito de justicia —la extradicion del expresidente Hernández— ocurrió en una Corte de Nueva York.
El respaldo de Trump rompió el silencio electoral a golpe de capturas de pantalla, cadenas de WhatsApp, transmisiones en vivo y cuentas anónimas que lo repetían como un mantra. El mensaje cruzó fronteras y retornó amplificado por los migrantes para sus familias que reciben las remesas y temen a la deportación de quienes sostienen el país.
Ese 26 de noviembre, el Partido Nacional recibió “una inyección de esteroides”, en palabras de un dirigente del Partido Nacional, quien también me dijo, sereno y seguro, que su candidato ganaría. Otro miembro de ese partido apostó frente a mí 100 dólares a que Nasry Asfura ganaba, lo hizo en el Polymarket, el sistema de apuestas político que se ha popularizado tras la elección de Trump en 2024.
Pero el mensaje reforzó tanto a Asfura como debilitó a Nasralla, quien, de pronto, ya no era solo el candidato liberal que llevaba ya su tercer intento por la presidencia, sino que también pasó a ser presentado como una amenaza ideológica, “un engaño”, una pieza funcional de un proyecto regional al que muchos hondureños temían o rechazaban, el de la izquierda latinoamericana de los dictadores de Nicaragua, Venezuela y Cuba.
La elección dejó de discutirse en términos de corrupción o promesas incumplidas del gobierno del Partido Libre, y su propuesta de continuidad o el retorno del bipartidismo tradicional. Empezó a discutirse en términos de “libertad o comunismo”.

La relación tóxica de Nasralla
Antes de ser candidato, Salvador Nasralla fue un ídolo de la televisión, el rostro de un ritual de domingo. Durante años entró a las casas hondureñas bailando en shorts diminutos de colores estridentes, sonriendo frente a la cámara, regalando libras de arroz, mochilas escolares o electrodomésticos en concursos televisivos. Ningún millennial hondureño puede decir honestamente que no lo vio alguna vez o que no buscó la manera de participar en sus concursos cuando estaba en la escuela.
De la pantalla saltó a la política en 2012 cuando fundó el Partido Anticorrupción, apenas tres años después del golpe de Estado, al mismo tiempo que se fundó el Partido Libertad y Refundación (Libre) dirigido por el expresidente depuesto José Manuel Zelaya. El panorama político hondureño se tornaba interesante: se rompía el histórico bipartidismo de los partidos Liberal y Nacional, al tiempo que se asomaba en la escena la izquierda hondureña. Nasralla se presentó como un outsider, alguien que venía a limpiar un sistema político corroído. Fue un respiro para la polarizada Honduras post golpe. En 2013, los nuevos partidos compitieron sin éxito, ya que ganó la presidencia Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, quien también marcaría la historia de Honduras al encarnar todas las facetas de un antihéroe: político electo presidente legítimamente, reelecto ilegalmente, extraditado por narcotraficante por un presidente de Estados Unidos, indultado y redimido como víctima de un sistema injusto por otro presidente del país hegemónico.
En 2017, Nasralla volvió a competir en las elecciones, pero esta vez aliado con el Partido Libre, pues juntos podrían vencer al Partido Nacional que, de la mano de Juan Orlando, había concentrado todos los poderes del Estado y permitido su participación en una reelección, a pesar de estar prohibida por la Constitución de la República. Esos comicios estuvieron marcados por apagones del sistema de conteo de votos, protestas y denuncias de fraude. El país estuvo paralizado bajo el liderazgo de Nasralla y Manuel Zelaya, quienes llamaron a la gente a protestar sin parar hasta que se contaran todos los votos, denunciando que el partido de Hernández había hecho fraude. Todo esto terminó cuando el gobierno de Estados Unidos reconoció el resultado y saludó a Hernández como el nuevo presidente, mientras este ya acumulaba más de una veintena de manifestantes asesinados por la policía militar a su mando. Para muchos hondureños, esa fue una Navidad triste, con crisis política, muertos en represiones militares, paros nacionales y un presidente ilegítimo.
Pero para Nasralla fue más que eso, pues perdió su primer partido político y tuvo que crear otro: “Salvador de Honduras”. Su ideología, aunque envuelta en el discurso anticorrupción similar al de la izquierda, se ubicaba con claridad en la derecha. Se decía abiertamente admirador de dictadores como Augusto Pinochet y hablaba de los años en Chile bajo la dictadura como una época dorada. Sin embargo, la sombra de su alianza con Libre era ineludible.
Nasralla habló conmigo en enero de 2018, unos días antes de la toma de posesión del segundo mandato de Juan Orlando Hernández. Sostenía entonces que el costo político de su asociación con el Partido Libre era algo que había asumido desde el inicio, convencido de que su motivación no era ideológica sino social, porque quería sacar a Honduras de la pobreza estructural que afectaba a más de dos tercios de la población. Además, me dijo que él sabía que si se repetían las elecciones ganaría de nuevo, porque la gente simpatizaba con su propuesta, más que una propuesta de izquierda. Rechazaba las etiquetas de comunista o socialista y planteaba que el problema de Honduras no era ideológico, sino ético: dos siglos de gobiernos de ladrones.
“Eso no es comunismo, los medios internacionales que no saben dicen de mí que soy el candidato de izquierda pero los que me conocen aquí en Honduras, los mismos empresarios, saben que no tengo nada de socialista, lo que tengo es una gran conciencia social de la necesidad que tiene la gran mayoría de la gente de tener acceso a lo mínimo. Me quedo consciente y tranquilo con mi propio yo, por encima de lo que pueda pensar la gente, ahora tengo el reconocimiento de la mayor parte de la población que probablemente pensaba que era una persona acomodada y que no me iba a arriesgar a los gases lacrimógenos y balazos en las manifestaciones”, me dijo sentado en su oficina de Televicentro, la cadena más importante de televisión de Honduras, en donde él nunca ha dejado de trabajar.
En 2021, después de las traumáticas elecciones, Nasralla volvió a competir, pero cedió la candidatura presidencial a Xiomara Castro, esposa del expresidente Manuel Zelaya, siempre en una alianza partidaria. Ganaron. Libre llegó al poder y Nasralla quedó asociado al rojo y negro del partido, a un proyecto de “refundación” que pronto empezó a mostrar grietas.
Entre 2022 y 2025, el gobierno de Castro se alineó con Venezuela, Cuba y Nicaragua y Nasralla se convirtió en un enemigo público, tras renunciar como designado presidencial (vicepresidente). Castro y su partido denunciaron el tratado de extradición, acumularon escándalos de corrupción, denuncias de nepotismo y una relación cada vez más áspera con la ciudadanía. Para muchos votantes, Libre dejó de ser una esperanza y pasó a ser una decepción.
Nasralla intentó despegarse de ese lastre en su campaña de 2025, esta vez sin su segundo partido —que fue anulado ese mismo año—, por lo que se apuntó a las filas del tradicional Partido Liberal, el que una vez dijo que era una cueva de ladrones. Recorrió las calles de las principales ciudades del país subido en el único Tesla Cybertruck que existe en Honduras, saludando desde allí junto a su esposa, diputada y candidata a la reelección. Ambos usaban gorras rojas del movimiento MAGA, bailaron la tonada de “YMCA”, copiaron las frases de Milei y dijeron que serían aliados del gobierno de EEUU. Ambos grababan videos asegurando tener contactos directos con Donald Trump y su entorno.
El mensaje era claro: él no era Libre, no era comunista, él era otra cosa, un Milei tropical, por ejemplo. Un hombre dispuesto a cortar con motosierra todo lo que oliera a izquierda, ideología de género, corrupción o Estado.
Con todo y su personalidad inestable, mucha gente seguía convencida en votar por Nasralla. “Ningún gringo me va a decir por quién votar”, me dijo un taxista ese día del post de Trump en el que pidió votar por Asfura y no por Nasralla, la frase se repitió en redes sociales como capricho instalado, porque solo Nasralla nunca había sido funcionario público, tenía “las manos limpias”.
Se supo luego que Cerimedo, apoyado por el famoso lobbista Dick Morris, fue quien impulsó el apoyo de Trump al Partido Nacional: quien compró los esteroides, en otras palabras.
Esta es la rocambolesca versión que me dio Cerimedo: “Lo de Trump fue un poco buscado por la metida de pata del equipo de Nasralla de haber engañado a funcionarios de Estados Unidos. El tuit (sic) de Trump no viene solo por pedirle un favor, sino porque fue una situación anormal que Nasralla contrató un lobista en Estados Unidos y quiso hacer reuniones con congresistas y personas del Departamento de Estado para exigir a Asfura que se baje de la elección y que hiciera una alianza para ganarle al gobierno. Usaron nombres de funcionarios con quienes yo trabajo todo el tiempo, aquí y en Europa del Este, y eso nos molestó muchísimo, y cuando comenzaron a investigar un poco allí es cuando el presidente Trump dijo este hombre no puede gobernar Honduras, si se tiene que ir el comunismo no puede venir esta persona, que es mucho peor que ellos. Lo hizo porque vio el peligro que era Nasralla con poder”.
Hoy Nasralla asegura —otra vez— que ganó las elecciones, que si las repiten las vuelve a ganar, pero ha aceptado el designio de Trump y ahora quiere el Congreso y que allí gobierne su esposa, quien fue una de las diputadas más votadas del Partido Liberal. El domingo, Nasralla vuelve a ser ritual, programación habitual de televisión familiar.

“Papi” endeudado
“¡La rachaaaaa, la racha está activada, la racha es un monstruo indestructible, imparable, woooooo!”. Asfura saca un grito desde la garganta, agudo, que no concuerda con su voz ronca y su ceño fruncido de señor asoleado. Es el cierre de campaña en Tegucigalpa y cae una leve lluvia que dispersa a los activistas que llegaron a ver el show de “Papi a la Orden”, como le dicen desde que fue alcalde de Tegucigalpa de 2014 a 2021, y posteriormente candidato presidencial en 2021.
En el escenario se repite el rótulo “La rachaaaaa, es un monstruo imparable”, mientras suenan canciones creadas con IA con rimas perfectas que describen lo importante que es ser “cachureco”, o sea, miembro del Partido Nacional. Las frases de la racha recuerdan a decenas de videos virales en los que Asfura pide que se mantenga activa la racha, algo que pronto dejó de tratarse de la frase que Tik Tok usa como reto para seguir interactuando con otros a través de la mensajería, sino en un eslogan de resurrección del Partido Nacional como un “monstruo imparable”. No extraña que sea Cerimedo el que estuvo detrás de la campaña de Asfura, pues Milei, su cliente anterior, también usó Tik Tok para viralizarse con los jóvenes y lograr sus votos. Asfura se ve en los videos de la racha como un hombre que se deja abrazar en la calle, llega a los pueblos más remotos y deja que los jóvenes se burlen de él y lo filmen y activen la racha con él. Así promueve la imagen de un hombre sencillo, que parece capaz de hacer cualquier malabar para ser presidente.
La noche comenzó con una mezcla de reguetón y cánticos cristianos, anunciando a un pastor que llegó a bendecir las candidaturas de Asfura y su candidato a alcalde de la capital, Juan Diego Zelaya. Asfura es un hombre de 68 años, pero cuando aparece en el escenario salta, grita con la energía de un jovencito y le clava tres besos en la boca a su esposa, porque Asfura no solo es el candidato bendecido por Trump, sino también el protector de la familia tradicional, de la Iglesia, de “los valores cristianos”.
Aunque su apellido y sus orígenes palestinos en Honduras significan que proviene de una élite poderosa, Nasry, a quien le dicen “Tito” o “Papi”, siempre ha sido visto con un pantalón jean desteñido y conduciendo su carro. Cuando era alcalde se le veía supervisando él mismo las obras municipales a media noche en Tegucigalpa. En 2021, cuando intentó por primera vez ser presidente y fue mencionado en un reportaje del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y de los medios aliados locales, El Clip y Contracorriente, en el marco de los Pandora Papers, sus interlocutores salieron a decir que Asfura era tan humilde que ni tarjetas de crédito tenía. Sin embargo, las revelaciones indicaron que Asfura fue accionista mayoritario de una sociedad offshore en Panamá, que luego terminó en manos de miembros de la prominente familia Atala Faraj, dueña del grupo financiero Ficohsa.
Al tiempo que era funcionario público, Asfura además tuvo vínculos con empresas que ganaron contratos millonarios con la alcaldía de Tegucigalpa para la recolección de basura en la capital. Una de ellas es Cosemsa, en la que Asfura no aparece en los registros como socio accionista o parte de la junta directiva, pero sí figura como garante para la adquisición de un crédito por dos millones de dólares con la empresa Crédito Inmobiliario Jacaleapa, creada en 1986, de la que Asfura fue administrador general junto con su hermana Mary Ivette Asfura Zablah, quien figura como secretaria general según el registro mercantil hondureño.
Junto con la empresa AMA de Honduras (Amahsa), Cosemsa obtuvo contratos públicos entre 2008 y 2010 por unos ocho millones de dólares, según una auditoría del Tribunal Superior de Cuentas (TSC). En una entrevista con Contracorriente el 21 de marzo de 2021, día de las elecciones primarias, Nasry Asfura dijo que no recordaba haber sido garante de un crédito para Cosemsa, porque había pasado ya mucho tiempo.
Además de Cosemsa, la empresa Sula Ambiente —de la que “Papi” era socio— tuvo un contrato para la recolección de basura en San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país. Tal vez no tiene tarjetas de crédito, pero negocios sí que sabe hacer.
Cuando ya sonaba que en Washington había varias misiones de lobbistas suplicando por el apoyo tanto para Nasralla como para Asfura, y prometiendo el país entero a la gente de Trump, sonaba también el nombre de Mario Bustillo, vicepresidente de Relaciones Institucionales del Grupo Financiero Ficohsa. Dos fuentes en la capital de EEUU me confirmaron que Bustillo era un interlocutor muy escuchado en lo que concierne a Honduras, y que además de limpiar la imagen del Grupo Ficohsa tras denuncias por un presunto involucramiento en el asesinato de la defensora ambiental, Berta Cáceres, en 2016, comunicaba que el gobierno de Libre representaba un problema para el país. Cuatro años atrás, Bustillo había sido el único que dio la cara en entrevista para hablar por Asfura y explicar las offshore vinculadas al banco.
Bustillo dijo en una entrevista vía zoom que la sociedad panameña de Asfura fue un vehículo de inversión para la compra de un gran terreno en el Anillo Periférico de Tegucigalpa, cerca del sitio donde funciona “el búnker”. La familia de Nasry Asfura Zablah era dueña de la mayor parte de ese terreno compartido con otras familias de reconocido linaje nacionalista.
Bustillo dejó claro que si bien el hoy presidente electo Nasry Asfura no es ni ha sido socio del Grupo Ficohsa, es verdad que le ayudó a estructurar la sociedad offshore Karlane para desarrollar el negocio inmobiliario, de la que la familia Atala Faraj era socia.
Para llegar al poder, Asfura necesitó de sus amigos de la élite, y estos necesitaban a un candidato que pudiera derrotar al oficialismo, cuya principal promesa era desmantelar el sistema financiero nacional, sobre todo vinculado a los Atala y a otras familias poderosas del país. Las deudas de Asfura con EEUU y la élite no se han comenzado a dilucidar; con el primero se presupone que irá de por medio va el fortalecimiento de las relaciones con Israel y la reactivación de las relaciones con Taiwán, más los tratos de siempre con el tema migratorio y de lucha contra el narco. Con los segundos la historia está por escribirse.
Adicionalmente, otros reconocidos inversionistas estadounidenses estaban preocupados por Honduras, sobre todo si continuaba el gobierno de Libre, no por el involucramiento de sus líderes en el narco o sus casos de corrupción (esas son cosas locales), sino porque estaban prometiendo desmantelar proyectos de su interés.
En noviembre de 2024 hablé con el gobernador de Próspera, una ciudad privada instalada en la isla de Roatán en el Caribe hondureño. Se trata de un proyecto impulsado por inversionistas como Peter Thiel —cofundador de Paypal— y Sam Altman —CEO de OpenAI— que funciona como una ciudad autónoma regida por el Common Law. Este proyecto fue aprobado por el gobierno de Juan Orlando Hernández, y cuando este cayó, el nuevo gobierno derogó la ley que le dio vida y la declaró inconstitucional. A pesar de eso, las inversiones siguieron llegando, como la del magnate Brian Armstrong de la plataforma de criptomonedas Coinbase. Un año antes de las elecciones, Jorge Colindres, el gobernador de Próspera, me dijo tranquilo que con el triunfo de Trump la ciudad-negocio estaba asegurada, como asegurado estaría un cambio de gobierno.
“Las cosas han cambiado para bien a nivel geopolítico, porque la nueva administración en Estados Unidos defenderá los intereses de los estadounidenses en Honduras. Se trata de la confiscación de más de 150 millones de dólares de inversión estadounidense que se da cuando el Estado destruye los proyectos; aquí tenés empresas financieras, de servicios médicos, de servicios de gobernanza, de desarrollo inmobiliario; si el Estado realiza una serie de acciones que imposibilita el desarrollo empresarial es básicamente una expropiación”, explicó en ese entonces Colindres.
Para ese momento no se sabía a quién avalaría Próspera para ser el presidente de Honduras. Por avalar me refiero a hacer lobby en Estados Unidos, invertir en la campaña política o en favores políticos, porque Colindres me dijo que con Nasralla o Nasry por igual se podía negociar. Finalmente el bipartidismo le dio vida a este proyecto ahora protegido por los tecnofeudales amigos de Trump.

La refundación que se devoró a sí misma
Rixi Moncada, la candidata de la izquierda hondureña, repitió su discurso de siempre: ella gobernaría para quitarle el poder a las “10 familias y los 25 grupos económicos” que dominan Honduras. Las instalaciones del centro de convenciones del Colegio de Ingenieros en Tegucigalpa fueron abarrotadas por cientos de activistas del Partido Libre, colectivos y motorizados del partido que llegaron desde los barrios y colonias de Tegucigalpa. Era el cierre de campaña en la capital y el lugar se convirtió en una caldera, no se podía ni respirar.
“Nos dijeron que había que buscar un lugar pequeño para que se viera así, desbordado, como una caldera”, me dijo un miembro de un colectivo de Libre esa tarde mientras buscábamos un sitio donde poder estar sin ser atropellados por el tumulto de gente. Adentro, Rixi Moncada siguió su guión de la “refundación”, una que ella haría solamente con los más pobres de Honduras, relegando al sector privado y exigiendo el pago de impuestos que les han sido perdonados por décadas. Es el mismo discurso del gobierno de Xiomara Castro, el mismo discurso que se fue vaciando en promesas incumplidas, corrupción y alianzas incoherentes con el discurso.
El nepotismo dejó de ser una acusación para convertirse en forma de gobierno. El apodo “el familión” empezó a circular con naturalidad. El expresidente Manuel Zelaya, esposo de la presidenta, reaparecía como asesor omnipresente. Su hijo mayor inauguraba obras como secretario privado. Su hija era diputada. Su hijo menor se presentaba como asesor. Otras ramas familiares ocupaban cargos estratégicos. La refundación era, literalmente, un asunto familiar.
Además, los escándalos no faltaron. Un video que mostraba a Carlos Zelaya, cuñado de la presidenta, negociando financiamiento de campaña con narcotraficantes terminó de erosionar la credibilidad del proyecto. La eliminación de la extradición —justificada como una herramienta usada con fines políticos— fue leída por muchos como un retroceso peligroso. El alineamiento explícito con Nicolás Maduro, Cuba y Nicaragua terminó de alejar a sectores de la sociedad que habían apostado por un cambio democrático.
El desgaste comenzó pronto. El gobierno de Libre no tardó en construir un relato que confundía crítica con traición y oposición con enemistad a muerte. Ministros y altos funcionarios insultaban a ciudadanos en redes sociales, descalificaban periodistas y miembros de la sociedad civil, ridiculizaban a quienes cuestionaban decisiones oficiales. El método era tener tropas digitales, influencers y medios digitales falsos para hacer eco de la propaganda y los ataques a la oposición.
La decepción fue silenciosa, pero constante; se filtró en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en encuestas que ya no mostraban entusiasmo sino cansancio.
El 1 de diciembre lancé una pregunta simple en X: “¿Quiénes mataron la refundación?”. Más del 90% de las reacciones visibles señalaban causas internas: arrogancia, corrupción, desprecio por la ciudadanía, falta de autocrítica, una desconexión total con la gente que los había llevado al poder.
No aparecía Estados Unidos. No aparecía Trump. No aparecía la derecha. El veredicto era claro: la refundación la destruyeron quienes crearon esa idea.
Ese desencanto se tradujo en voto de castigo, no necesariamente en entusiasmo por el Partido Nacional, sino en rechazo al proyecto que prometió cambiarlo todo y terminó reproduciendo viejas prácticas con nuevos discursos. Para cuando llegó la campaña de 2025, Libre ya no competía por ganar, competía por no desaparecer.
La elección ya no se definía entre izquierda y derecha, sino entre dos derechas distintas, ambas marcadas por alianzas y pasados oscuros. En ese vacío, el mensaje de Trump irrumpió como un elefante en cristalería.



El péndulo
Hubo un momento en que Honduras fue nombrada sin rodeos en una corte de Estados Unidos como un narco Estado. En esa corte se marcó el final de un ciclo que había durado más de una década con varios juicios de expolicías, exdiputados del bipartidismo, familiares de políticos y reconocidos narcotraficantes, todos vinculados entre sí para traficar cocaína hacia Estados Unidos. Para que esa cocaína llegara a las narices de los estadounidenses era necesario una red político-criminal, una cleptocracia, y esto llegó a su cúspide después del golpe de Estado, en 2010, cuando el Partido Nacional llegó al poder y no lo soltó hasta 2021.
Juan Orlando Hernández, el expresidente que se reeligió de manera inconstitucional, fue extraditado a principios de 2022 cuando Honduras ya había cambiado de gobierno. La exvicepresidenta demócrata, Kamala Harris, llegó a Honduras para el traspaso de mando y la organización de la operación en contra del expresidente. Así fue la llegada de la izquierda antiimperialista al poder hondureño.
Finalmente, Hernández fue acusado, enjuiciado y condenado por narcotráfico. En su acusación por el Distrito sur de Nueva York se hablaba de pactos con pandillas, corrupción a gran escala y el uso del Estado para facilitar el tráfico de armas y drogas; antes que él fue condenado su hermano quien además era diputado por el Partido Nacional.
La imagen recorrió el país: el expresidente esposado de pies y manos, escoltado por agentes de la DEA y por el recién nombrado ministro de Seguridad de la “refundación”. Era la primera vez que un presidente hondureño salía del poder directamente hacia una cárcel fuera del país. El mensaje parecía inequívoco, el narco Estado había sucumbido. Poco tiempo pasó para que viéramos también a miembros del Partido Libre señalados por narcotráfico y corrupción, y para que la ciudadanía asumiera que el narco Estado no se desmantela fácilmente, sobre todo si hay narices exigentes en el norte.
Tres años después, el país volvió a ocupar un lugar familiar. Desde Washington, un presidente con ambiciones expansionistas evidentes no solo indultó al expresidente condenado —reconstruyéndolo como víctima de una persecución del Partido Demócrata—, sino que intervino de forma directa en la política hondureña.
La elección de 2025 no se definió únicamente por el fracaso de la refundación ni por las contradicciones de la oposición; se definió también por una injerencia explícita que recordó viejas lógicas y Honduras volvió a ser leída como advertencia regional.
“¿Usted cree en Dios? Porque yo soy una mujer que cree en Dios y esto es obra de Dios”, me dijo la exprimera dama, esposa de Hernández, pocas horas después del anuncio del indulto en un mensaje de Trump en redes sociales. Ana Hernández fue una fiel defensora de su marido desde el inicio, ella no pudo estar en la sala de juicios en NY porque fue castigada con el retiro de su visa; sin embargo, desde Honduras y junto con sus hijas y miembros de la iglesia evangélica neopentecostal hondureña emprendió una campaña que abogaba por la inocencia de Hernández. Así, tras la elección de Trump en EEUU ella envió una carta muy bien elaborada explicando por qué Hernández no era un narcotraficante sino una víctima del lawfare de los demócratas, un perseguido político de la izquierda radical, y le recordó a Trump que en su momento JOH fue su amigo, trabajaron juntos para llevar la palabra de Dios a las decisiones públicas a través de su agenda cristiana expansionista.
Ana también se rodeó de prominentes influencers, lobistas y activistas MAGA como Roger Stone y Matt Gaetz. Cada tanto se le veía en programas de televisión de Estados Unidos abogando por la libertad de su esposo.
Aunque Asfura intentó desligarse de la figura de Hernández durante toda su campaña, inevitablemente su triunfo no se ve desligado del indulto a JOH. María Antonieta Mejía, la vicepresidenta en la fórmula de Asfura, me dijo un día después del anuncio del indulto que Hernández ya era un “capítulo cerrado” para el partido, algo que no todo el partido comparte, pues la misma Ana García compitió en las elecciones internas para ser la candidata presidencial y su movimiento partidario alzó la voz en favor del retorno de JOH, no solo a Honduras sino al partido.
En Tegucigalpa, las urnas se cerraron, los votos se contaron y un presidente fue declarado ganador, pero la sensación predominante fue que la decisión, una vez más, no se había tomado solo ahí. El riesgo de inestabilidad persiste, ya que los llamados de Libre y Nasralla a que “el pueblo” defienda la refundación —ahora atropellada por el imperio y el fraude electoral— persisten. Los grupos de base de Libre conocidos como “colectivos” —versión hondureña de los comandos venezolanos— son el pueblo al que ellos se refieren. Su respuesta ha sido siempre violenta. Recientemente, una bomba casera fue lanzada en contra de un grupo de diputados del Partido Nacional en las afueras del Congreso Nacional. La bomba explotó en la espalda de una diputada de ese partido, causándole serias heridas. El retumbo de esa bomba parece la fanfarria que anuncia la crisis por venir en las honduras del paraíso prometido por el partido Nacional.
Honduras no es un país pequeño, es una base militar importante para Estados Unidos, una isla de ciudades privadas de los millonarios de la tecnología, un lugar sin Estado donde se produce y exporta la droga, lo que alguna vez fue el banano. Aquí el péndulo parece moverse de manera más violenta, a la izquierda más antidemocrática y a la derecha más opacada por las mafias.
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Salvador Nasralla, la diputada y esposa del candidato liberal, Iroshka Elvir y Eliseo Castro, ex candidato liberal a la alcaldía del Distrito Central, durante una caravana de vehículos a la cabeza en su Cybertruck. Tegucigalpa, 22 de noviembre de 2025. Foto: Contracorriente / Fernando Destephen.
Honduras fue a elecciones generales el 30 de noviembre de 2025. Pasó un mes para que supiéramos quién ganó y aún hoy los perdedores denuncian fraude. Las dudas centrales prevalecen: ¿fueron los hondureños los que genuinamente eligieron a su presidente?, ¿qué tan determinante fue la maniobra injerencista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y cuáles fueron sus motivos (y móviles)?
El búnker
“Honduras no es un país pequeño. Palmerola es una base importante de Estados Unidos, hay una lucha contra el narcotráfico y una guerra abierta en el Caribe”, me dice Fernando Cerimedo, el consultor político argentino que estuvo detrás del triunfo del empresario de origen palestino y candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, quien, finalmente, tras un mes de denuncias de fraude, fue declarado ganador de las elecciones hondureñas el 24 de diciembre pasado.
Yo le digo que el esfuerzo de injerencia de Trump me parece desproporcionado con respecto a la importancia de Honduras para los intereses estadounidenses en estos tiempos, pero Cerimedo me responde como si fuera obvio que Honduras tiene algo valioso, que no es petróleo, su flujo de migrantes irregulares ni la droga que cultiva, produce y transporta hacia las narices de los estadounidenses: es su base militar. A pesar de ser un personaje violento en redes sociales, Cerimedo se ve confiado y no se exaspera, habla triunfante, pero reduccionista.
Estamos en Tegucigalpa, la entrevista ocurre dentro de una gran carpa blanca levantada en un terreno enorme a la orilla del anillo periférico de la capital. Allí, el Partido Nacional montó lo que todos —sin ironía— llamamos el búnker. Ha pasado un día desde las elecciones y el primer informe oficial del Consejo Nacional Electoral de Honduras (CNE) le da la ventaja a Asfura, aunque su contrincante más cercano, el candidato del Partido Liberal, Salvador Nasralla —también de origen palestino— asegura que tras el conteo total de los votos él remontará en los resultados.
Mientras hablamos, en el búnker nadie descansa. Decenas de personas entran y salen cargando cajas de cartón rotuladas a mano con nombres de municipios rurales: Ocotepeque, La Paz, Valle. Las llevan a otra carpa en la que no me permiten entrar, que aloja un centro de cómputo con decenas de personas digitalizando, alimentando un sistema de conteo paralelo diseñado por el partido, cuya eficiencia deja en evidencia la precariedad del Estado. Para el 1 de diciembre, día de esta entrevista, el sistema oficial del Consejo Nacional Electoral llevaba horas paralizado. El del búnker, no. Aquí dentro, los datos fluyen, se actualizan y se celebran; afuera los candidatos contrincantes denuncian que los resultados se trastocan en tiempo real y a puerta cerrada.
En ambas pantallas —la oficial y la del búnker— la diferencia es mínima, y la cantidad de actas con inconsistencias supera las dos mil de un total de 19 mil; estas deberán contarse en un escrutinio especial con el consenso de los partidos en contienda.
Asfura y su principal rival, Salvador Nasralla, aparecen separados por menos de 100 mil votos. El partido de izquierda, que estuvo en el poder los últimos cuatro años, fue severamente castigado y relegado al tercer lugar. Hay un empate técnico entre el Partido Nacional y el Partido Liberal, y el país entero está en vilo, esperando que en las fiestas navideñas no irrumpa una crisis política, como ocurrió en 2017 tras la reelección inconstitucional del expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo partido de Asfura.
Mientras tanto, Cerimedo habla de geopolítica en el búnker, ansioso por el triunfo y en su palidez resalta de vez en cuando una sonrisa arrogante. Estados Unidos, el Caribe, el narcotráfico, la democracia en peligro. Sus frases parecen sacadas de un archivo antiguo. La escena de la elección hondureña parece de otra época, una en la que Centroamérica era solamente el patio trasero de Estados Unidos, cuando Honduras valía por sus bases militares porque era el centro de la contrainsurgencia, cuando la región hervía en guerras civiles; época en la que al país se le refería como el portaviones de Estados Unidos. Pero aquí, a finales de 2025, en esta carpa castigada por un sol deslumbrante en ese predio baldío en el que no hay ni un árbol, esas ideas suenan actuales y parecen una premonición, porque si cae Honduras, cae Venezuela, o viceversa.
En el búnker nadie duerme. Una de las madrugadas posteriores a la elección, Kilveth Beltrand, diputado electo del Partido Nacional, me explica cómo su partido llegó a esta contienda listo para ganar asegurando la fidelidad de sus activistas, su virtual ejército: “Llevamos meses recorriendo todos los rincones del país, recordándole a nuestras guerreras que hay que defender el voto. Les damos el almuerzo del día y una taza de café, lo hacen por amor al partido, no por dinero”. Afuera, Honduras espera resultados y nadie, excepto los nacionalistas, puede dormir tranquilo con la perspectiva de un Partido Nacional que retorna al poder, porque ese partido tiene un pasado que aún supura, manchado por denuncias de fraude, violación a la Constitución, control mafioso y un expresidente extraditado por narco (sí, el mismo Juan Orlando Hernández, indultado por Trump el 1 de diciembre). Cerimedo recorre el búnker, confiado. Está convencido de que la historia ya se está escribiendo, y que, como tantas veces en la América Latina —que él conoce de cerca— las manos que lo hacen no solo están aquí.
Post-Truth
Una semana antes de la elección, el 26 de noviembre, cuando la campaña ya había terminado y en Honduras se había decretado el “silencio electoral”, que es el periodo en que los candidatos tienen prohibido hacer propaganda, Donald Trump publicó un mensaje en su red social Truth. No fue un comunicado diplomático; fue un texto largo escrito de manera que al leerlo puedes escuchar su voz y su tono peculiar: “La democracia está en juego en las próximas elecciones en el hermoso país de Honduras el 30 de noviembre. ¿Tomarán Maduro y sus narcoterroristas otro país, como lo han hecho con Cuba, Nicaragua y Venezuela? El hombre que está defendiendo la democracia y luchando contra Maduro es Tito Asfura, el candidato presidencial del Partido Nacional”.
Hasta ese momento, la elección hondureña se movía dentro de un margen estrecho pero estable. Asfura y Nasralla aparecían prácticamente empatados en las encuestas, con una ligera y persistente ventaja para Nasralla. Un exministro del partido Libre me dijo antes del post de Trump que las encuestas ignoraban el voto rural para su partido, el cual era fuertemente disputado por el Partido Nacional, y que ese sería el voto definitivo. Me sorprendió su postura, ya que su partido alegó fraude en 2017 cuando Hernández ganó tras la llegada de los votos rurales que cambió la tendencia reflejada en el primer corte del CNE. “El fraude de los votos rurales” le llamaron, pero ahora, según Libre, esos votos les darían el triunfo. Finalmente, el voto rural se inclinó por Asfura, y de las encuestas solo quedó el lamento de Nasralla (que ya se veía sentado en la silla presidencial) y el castigo al partido izquierdista.
El post de Trump pudo haber cambiado el rumbo de ese voto, pero también el del voto urbano, movido por miedo, por ilusiones vagas o por malinchismo. Esto merece una explicación sosegada. Según Ian Walker, del think tank Sendas, “la importancia relativa de las exportaciones, principal motor del crecimiento hace 25 años, se ha reducido significativamente, respecto al PIB. La balanza de pagos sigue siendo sostenible solo gracias a las remesas de los migrantes”. En Honduras, lo que sostiene a las familias más pobres es el dinero que envían de regreso a casa quienes se fueron. Y así, el país ha funcionado casi como un protectorado. De ser un país administrado por la United Fruit Company, pasó a ser administrado por la política contrainsurgente de los EEUU; después, saltó a ser un país administrado por la cooperación internacional y los organismos financieros internacionales, y de allí a ser un país sostenido por las remesas. ¿Cuál es la constante? Estados Unidos. Esto solo siguió agudizándose en el nuevo siglo con la lucha contra el narcotráfico y la aprobación de la extradición, de ahí que apenas en 2022 su principal hito de justicia —la extradicion del expresidente Hernández— ocurrió en una Corte de Nueva York.
El respaldo de Trump rompió el silencio electoral a golpe de capturas de pantalla, cadenas de WhatsApp, transmisiones en vivo y cuentas anónimas que lo repetían como un mantra. El mensaje cruzó fronteras y retornó amplificado por los migrantes para sus familias que reciben las remesas y temen a la deportación de quienes sostienen el país.
Ese 26 de noviembre, el Partido Nacional recibió “una inyección de esteroides”, en palabras de un dirigente del Partido Nacional, quien también me dijo, sereno y seguro, que su candidato ganaría. Otro miembro de ese partido apostó frente a mí 100 dólares a que Nasry Asfura ganaba, lo hizo en el Polymarket, el sistema de apuestas político que se ha popularizado tras la elección de Trump en 2024.
Pero el mensaje reforzó tanto a Asfura como debilitó a Nasralla, quien, de pronto, ya no era solo el candidato liberal que llevaba ya su tercer intento por la presidencia, sino que también pasó a ser presentado como una amenaza ideológica, “un engaño”, una pieza funcional de un proyecto regional al que muchos hondureños temían o rechazaban, el de la izquierda latinoamericana de los dictadores de Nicaragua, Venezuela y Cuba.
La elección dejó de discutirse en términos de corrupción o promesas incumplidas del gobierno del Partido Libre, y su propuesta de continuidad o el retorno del bipartidismo tradicional. Empezó a discutirse en términos de “libertad o comunismo”.

La relación tóxica de Nasralla
Antes de ser candidato, Salvador Nasralla fue un ídolo de la televisión, el rostro de un ritual de domingo. Durante años entró a las casas hondureñas bailando en shorts diminutos de colores estridentes, sonriendo frente a la cámara, regalando libras de arroz, mochilas escolares o electrodomésticos en concursos televisivos. Ningún millennial hondureño puede decir honestamente que no lo vio alguna vez o que no buscó la manera de participar en sus concursos cuando estaba en la escuela.
De la pantalla saltó a la política en 2012 cuando fundó el Partido Anticorrupción, apenas tres años después del golpe de Estado, al mismo tiempo que se fundó el Partido Libertad y Refundación (Libre) dirigido por el expresidente depuesto José Manuel Zelaya. El panorama político hondureño se tornaba interesante: se rompía el histórico bipartidismo de los partidos Liberal y Nacional, al tiempo que se asomaba en la escena la izquierda hondureña. Nasralla se presentó como un outsider, alguien que venía a limpiar un sistema político corroído. Fue un respiro para la polarizada Honduras post golpe. En 2013, los nuevos partidos compitieron sin éxito, ya que ganó la presidencia Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, quien también marcaría la historia de Honduras al encarnar todas las facetas de un antihéroe: político electo presidente legítimamente, reelecto ilegalmente, extraditado por narcotraficante por un presidente de Estados Unidos, indultado y redimido como víctima de un sistema injusto por otro presidente del país hegemónico.
En 2017, Nasralla volvió a competir en las elecciones, pero esta vez aliado con el Partido Libre, pues juntos podrían vencer al Partido Nacional que, de la mano de Juan Orlando, había concentrado todos los poderes del Estado y permitido su participación en una reelección, a pesar de estar prohibida por la Constitución de la República. Esos comicios estuvieron marcados por apagones del sistema de conteo de votos, protestas y denuncias de fraude. El país estuvo paralizado bajo el liderazgo de Nasralla y Manuel Zelaya, quienes llamaron a la gente a protestar sin parar hasta que se contaran todos los votos, denunciando que el partido de Hernández había hecho fraude. Todo esto terminó cuando el gobierno de Estados Unidos reconoció el resultado y saludó a Hernández como el nuevo presidente, mientras este ya acumulaba más de una veintena de manifestantes asesinados por la policía militar a su mando. Para muchos hondureños, esa fue una Navidad triste, con crisis política, muertos en represiones militares, paros nacionales y un presidente ilegítimo.
Pero para Nasralla fue más que eso, pues perdió su primer partido político y tuvo que crear otro: “Salvador de Honduras”. Su ideología, aunque envuelta en el discurso anticorrupción similar al de la izquierda, se ubicaba con claridad en la derecha. Se decía abiertamente admirador de dictadores como Augusto Pinochet y hablaba de los años en Chile bajo la dictadura como una época dorada. Sin embargo, la sombra de su alianza con Libre era ineludible.
Nasralla habló conmigo en enero de 2018, unos días antes de la toma de posesión del segundo mandato de Juan Orlando Hernández. Sostenía entonces que el costo político de su asociación con el Partido Libre era algo que había asumido desde el inicio, convencido de que su motivación no era ideológica sino social, porque quería sacar a Honduras de la pobreza estructural que afectaba a más de dos tercios de la población. Además, me dijo que él sabía que si se repetían las elecciones ganaría de nuevo, porque la gente simpatizaba con su propuesta, más que una propuesta de izquierda. Rechazaba las etiquetas de comunista o socialista y planteaba que el problema de Honduras no era ideológico, sino ético: dos siglos de gobiernos de ladrones.
“Eso no es comunismo, los medios internacionales que no saben dicen de mí que soy el candidato de izquierda pero los que me conocen aquí en Honduras, los mismos empresarios, saben que no tengo nada de socialista, lo que tengo es una gran conciencia social de la necesidad que tiene la gran mayoría de la gente de tener acceso a lo mínimo. Me quedo consciente y tranquilo con mi propio yo, por encima de lo que pueda pensar la gente, ahora tengo el reconocimiento de la mayor parte de la población que probablemente pensaba que era una persona acomodada y que no me iba a arriesgar a los gases lacrimógenos y balazos en las manifestaciones”, me dijo sentado en su oficina de Televicentro, la cadena más importante de televisión de Honduras, en donde él nunca ha dejado de trabajar.
En 2021, después de las traumáticas elecciones, Nasralla volvió a competir, pero cedió la candidatura presidencial a Xiomara Castro, esposa del expresidente Manuel Zelaya, siempre en una alianza partidaria. Ganaron. Libre llegó al poder y Nasralla quedó asociado al rojo y negro del partido, a un proyecto de “refundación” que pronto empezó a mostrar grietas.
Entre 2022 y 2025, el gobierno de Castro se alineó con Venezuela, Cuba y Nicaragua y Nasralla se convirtió en un enemigo público, tras renunciar como designado presidencial (vicepresidente). Castro y su partido denunciaron el tratado de extradición, acumularon escándalos de corrupción, denuncias de nepotismo y una relación cada vez más áspera con la ciudadanía. Para muchos votantes, Libre dejó de ser una esperanza y pasó a ser una decepción.
Nasralla intentó despegarse de ese lastre en su campaña de 2025, esta vez sin su segundo partido —que fue anulado ese mismo año—, por lo que se apuntó a las filas del tradicional Partido Liberal, el que una vez dijo que era una cueva de ladrones. Recorrió las calles de las principales ciudades del país subido en el único Tesla Cybertruck que existe en Honduras, saludando desde allí junto a su esposa, diputada y candidata a la reelección. Ambos usaban gorras rojas del movimiento MAGA, bailaron la tonada de “YMCA”, copiaron las frases de Milei y dijeron que serían aliados del gobierno de EEUU. Ambos grababan videos asegurando tener contactos directos con Donald Trump y su entorno.
El mensaje era claro: él no era Libre, no era comunista, él era otra cosa, un Milei tropical, por ejemplo. Un hombre dispuesto a cortar con motosierra todo lo que oliera a izquierda, ideología de género, corrupción o Estado.
Con todo y su personalidad inestable, mucha gente seguía convencida en votar por Nasralla. “Ningún gringo me va a decir por quién votar”, me dijo un taxista ese día del post de Trump en el que pidió votar por Asfura y no por Nasralla, la frase se repitió en redes sociales como capricho instalado, porque solo Nasralla nunca había sido funcionario público, tenía “las manos limpias”.
Se supo luego que Cerimedo, apoyado por el famoso lobbista Dick Morris, fue quien impulsó el apoyo de Trump al Partido Nacional: quien compró los esteroides, en otras palabras.
Esta es la rocambolesca versión que me dio Cerimedo: “Lo de Trump fue un poco buscado por la metida de pata del equipo de Nasralla de haber engañado a funcionarios de Estados Unidos. El tuit (sic) de Trump no viene solo por pedirle un favor, sino porque fue una situación anormal que Nasralla contrató un lobista en Estados Unidos y quiso hacer reuniones con congresistas y personas del Departamento de Estado para exigir a Asfura que se baje de la elección y que hiciera una alianza para ganarle al gobierno. Usaron nombres de funcionarios con quienes yo trabajo todo el tiempo, aquí y en Europa del Este, y eso nos molestó muchísimo, y cuando comenzaron a investigar un poco allí es cuando el presidente Trump dijo este hombre no puede gobernar Honduras, si se tiene que ir el comunismo no puede venir esta persona, que es mucho peor que ellos. Lo hizo porque vio el peligro que era Nasralla con poder”.
Hoy Nasralla asegura —otra vez— que ganó las elecciones, que si las repiten las vuelve a ganar, pero ha aceptado el designio de Trump y ahora quiere el Congreso y que allí gobierne su esposa, quien fue una de las diputadas más votadas del Partido Liberal. El domingo, Nasralla vuelve a ser ritual, programación habitual de televisión familiar.

“Papi” endeudado
“¡La rachaaaaa, la racha está activada, la racha es un monstruo indestructible, imparable, woooooo!”. Asfura saca un grito desde la garganta, agudo, que no concuerda con su voz ronca y su ceño fruncido de señor asoleado. Es el cierre de campaña en Tegucigalpa y cae una leve lluvia que dispersa a los activistas que llegaron a ver el show de “Papi a la Orden”, como le dicen desde que fue alcalde de Tegucigalpa de 2014 a 2021, y posteriormente candidato presidencial en 2021.
En el escenario se repite el rótulo “La rachaaaaa, es un monstruo imparable”, mientras suenan canciones creadas con IA con rimas perfectas que describen lo importante que es ser “cachureco”, o sea, miembro del Partido Nacional. Las frases de la racha recuerdan a decenas de videos virales en los que Asfura pide que se mantenga activa la racha, algo que pronto dejó de tratarse de la frase que Tik Tok usa como reto para seguir interactuando con otros a través de la mensajería, sino en un eslogan de resurrección del Partido Nacional como un “monstruo imparable”. No extraña que sea Cerimedo el que estuvo detrás de la campaña de Asfura, pues Milei, su cliente anterior, también usó Tik Tok para viralizarse con los jóvenes y lograr sus votos. Asfura se ve en los videos de la racha como un hombre que se deja abrazar en la calle, llega a los pueblos más remotos y deja que los jóvenes se burlen de él y lo filmen y activen la racha con él. Así promueve la imagen de un hombre sencillo, que parece capaz de hacer cualquier malabar para ser presidente.
La noche comenzó con una mezcla de reguetón y cánticos cristianos, anunciando a un pastor que llegó a bendecir las candidaturas de Asfura y su candidato a alcalde de la capital, Juan Diego Zelaya. Asfura es un hombre de 68 años, pero cuando aparece en el escenario salta, grita con la energía de un jovencito y le clava tres besos en la boca a su esposa, porque Asfura no solo es el candidato bendecido por Trump, sino también el protector de la familia tradicional, de la Iglesia, de “los valores cristianos”.
Aunque su apellido y sus orígenes palestinos en Honduras significan que proviene de una élite poderosa, Nasry, a quien le dicen “Tito” o “Papi”, siempre ha sido visto con un pantalón jean desteñido y conduciendo su carro. Cuando era alcalde se le veía supervisando él mismo las obras municipales a media noche en Tegucigalpa. En 2021, cuando intentó por primera vez ser presidente y fue mencionado en un reportaje del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y de los medios aliados locales, El Clip y Contracorriente, en el marco de los Pandora Papers, sus interlocutores salieron a decir que Asfura era tan humilde que ni tarjetas de crédito tenía. Sin embargo, las revelaciones indicaron que Asfura fue accionista mayoritario de una sociedad offshore en Panamá, que luego terminó en manos de miembros de la prominente familia Atala Faraj, dueña del grupo financiero Ficohsa.
Al tiempo que era funcionario público, Asfura además tuvo vínculos con empresas que ganaron contratos millonarios con la alcaldía de Tegucigalpa para la recolección de basura en la capital. Una de ellas es Cosemsa, en la que Asfura no aparece en los registros como socio accionista o parte de la junta directiva, pero sí figura como garante para la adquisición de un crédito por dos millones de dólares con la empresa Crédito Inmobiliario Jacaleapa, creada en 1986, de la que Asfura fue administrador general junto con su hermana Mary Ivette Asfura Zablah, quien figura como secretaria general según el registro mercantil hondureño.
Junto con la empresa AMA de Honduras (Amahsa), Cosemsa obtuvo contratos públicos entre 2008 y 2010 por unos ocho millones de dólares, según una auditoría del Tribunal Superior de Cuentas (TSC). En una entrevista con Contracorriente el 21 de marzo de 2021, día de las elecciones primarias, Nasry Asfura dijo que no recordaba haber sido garante de un crédito para Cosemsa, porque había pasado ya mucho tiempo.
Además de Cosemsa, la empresa Sula Ambiente —de la que “Papi” era socio— tuvo un contrato para la recolección de basura en San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país. Tal vez no tiene tarjetas de crédito, pero negocios sí que sabe hacer.
Cuando ya sonaba que en Washington había varias misiones de lobbistas suplicando por el apoyo tanto para Nasralla como para Asfura, y prometiendo el país entero a la gente de Trump, sonaba también el nombre de Mario Bustillo, vicepresidente de Relaciones Institucionales del Grupo Financiero Ficohsa. Dos fuentes en la capital de EEUU me confirmaron que Bustillo era un interlocutor muy escuchado en lo que concierne a Honduras, y que además de limpiar la imagen del Grupo Ficohsa tras denuncias por un presunto involucramiento en el asesinato de la defensora ambiental, Berta Cáceres, en 2016, comunicaba que el gobierno de Libre representaba un problema para el país. Cuatro años atrás, Bustillo había sido el único que dio la cara en entrevista para hablar por Asfura y explicar las offshore vinculadas al banco.
Bustillo dijo en una entrevista vía zoom que la sociedad panameña de Asfura fue un vehículo de inversión para la compra de un gran terreno en el Anillo Periférico de Tegucigalpa, cerca del sitio donde funciona “el búnker”. La familia de Nasry Asfura Zablah era dueña de la mayor parte de ese terreno compartido con otras familias de reconocido linaje nacionalista.
Bustillo dejó claro que si bien el hoy presidente electo Nasry Asfura no es ni ha sido socio del Grupo Ficohsa, es verdad que le ayudó a estructurar la sociedad offshore Karlane para desarrollar el negocio inmobiliario, de la que la familia Atala Faraj era socia.
Para llegar al poder, Asfura necesitó de sus amigos de la élite, y estos necesitaban a un candidato que pudiera derrotar al oficialismo, cuya principal promesa era desmantelar el sistema financiero nacional, sobre todo vinculado a los Atala y a otras familias poderosas del país. Las deudas de Asfura con EEUU y la élite no se han comenzado a dilucidar; con el primero se presupone que irá de por medio va el fortalecimiento de las relaciones con Israel y la reactivación de las relaciones con Taiwán, más los tratos de siempre con el tema migratorio y de lucha contra el narco. Con los segundos la historia está por escribirse.
Adicionalmente, otros reconocidos inversionistas estadounidenses estaban preocupados por Honduras, sobre todo si continuaba el gobierno de Libre, no por el involucramiento de sus líderes en el narco o sus casos de corrupción (esas son cosas locales), sino porque estaban prometiendo desmantelar proyectos de su interés.
En noviembre de 2024 hablé con el gobernador de Próspera, una ciudad privada instalada en la isla de Roatán en el Caribe hondureño. Se trata de un proyecto impulsado por inversionistas como Peter Thiel —cofundador de Paypal— y Sam Altman —CEO de OpenAI— que funciona como una ciudad autónoma regida por el Common Law. Este proyecto fue aprobado por el gobierno de Juan Orlando Hernández, y cuando este cayó, el nuevo gobierno derogó la ley que le dio vida y la declaró inconstitucional. A pesar de eso, las inversiones siguieron llegando, como la del magnate Brian Armstrong de la plataforma de criptomonedas Coinbase. Un año antes de las elecciones, Jorge Colindres, el gobernador de Próspera, me dijo tranquilo que con el triunfo de Trump la ciudad-negocio estaba asegurada, como asegurado estaría un cambio de gobierno.
“Las cosas han cambiado para bien a nivel geopolítico, porque la nueva administración en Estados Unidos defenderá los intereses de los estadounidenses en Honduras. Se trata de la confiscación de más de 150 millones de dólares de inversión estadounidense que se da cuando el Estado destruye los proyectos; aquí tenés empresas financieras, de servicios médicos, de servicios de gobernanza, de desarrollo inmobiliario; si el Estado realiza una serie de acciones que imposibilita el desarrollo empresarial es básicamente una expropiación”, explicó en ese entonces Colindres.
Para ese momento no se sabía a quién avalaría Próspera para ser el presidente de Honduras. Por avalar me refiero a hacer lobby en Estados Unidos, invertir en la campaña política o en favores políticos, porque Colindres me dijo que con Nasralla o Nasry por igual se podía negociar. Finalmente el bipartidismo le dio vida a este proyecto ahora protegido por los tecnofeudales amigos de Trump.

La refundación que se devoró a sí misma
Rixi Moncada, la candidata de la izquierda hondureña, repitió su discurso de siempre: ella gobernaría para quitarle el poder a las “10 familias y los 25 grupos económicos” que dominan Honduras. Las instalaciones del centro de convenciones del Colegio de Ingenieros en Tegucigalpa fueron abarrotadas por cientos de activistas del Partido Libre, colectivos y motorizados del partido que llegaron desde los barrios y colonias de Tegucigalpa. Era el cierre de campaña en la capital y el lugar se convirtió en una caldera, no se podía ni respirar.
“Nos dijeron que había que buscar un lugar pequeño para que se viera así, desbordado, como una caldera”, me dijo un miembro de un colectivo de Libre esa tarde mientras buscábamos un sitio donde poder estar sin ser atropellados por el tumulto de gente. Adentro, Rixi Moncada siguió su guión de la “refundación”, una que ella haría solamente con los más pobres de Honduras, relegando al sector privado y exigiendo el pago de impuestos que les han sido perdonados por décadas. Es el mismo discurso del gobierno de Xiomara Castro, el mismo discurso que se fue vaciando en promesas incumplidas, corrupción y alianzas incoherentes con el discurso.
El nepotismo dejó de ser una acusación para convertirse en forma de gobierno. El apodo “el familión” empezó a circular con naturalidad. El expresidente Manuel Zelaya, esposo de la presidenta, reaparecía como asesor omnipresente. Su hijo mayor inauguraba obras como secretario privado. Su hija era diputada. Su hijo menor se presentaba como asesor. Otras ramas familiares ocupaban cargos estratégicos. La refundación era, literalmente, un asunto familiar.
Además, los escándalos no faltaron. Un video que mostraba a Carlos Zelaya, cuñado de la presidenta, negociando financiamiento de campaña con narcotraficantes terminó de erosionar la credibilidad del proyecto. La eliminación de la extradición —justificada como una herramienta usada con fines políticos— fue leída por muchos como un retroceso peligroso. El alineamiento explícito con Nicolás Maduro, Cuba y Nicaragua terminó de alejar a sectores de la sociedad que habían apostado por un cambio democrático.
El desgaste comenzó pronto. El gobierno de Libre no tardó en construir un relato que confundía crítica con traición y oposición con enemistad a muerte. Ministros y altos funcionarios insultaban a ciudadanos en redes sociales, descalificaban periodistas y miembros de la sociedad civil, ridiculizaban a quienes cuestionaban decisiones oficiales. El método era tener tropas digitales, influencers y medios digitales falsos para hacer eco de la propaganda y los ataques a la oposición.
La decepción fue silenciosa, pero constante; se filtró en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en encuestas que ya no mostraban entusiasmo sino cansancio.
El 1 de diciembre lancé una pregunta simple en X: “¿Quiénes mataron la refundación?”. Más del 90% de las reacciones visibles señalaban causas internas: arrogancia, corrupción, desprecio por la ciudadanía, falta de autocrítica, una desconexión total con la gente que los había llevado al poder.
No aparecía Estados Unidos. No aparecía Trump. No aparecía la derecha. El veredicto era claro: la refundación la destruyeron quienes crearon esa idea.
Ese desencanto se tradujo en voto de castigo, no necesariamente en entusiasmo por el Partido Nacional, sino en rechazo al proyecto que prometió cambiarlo todo y terminó reproduciendo viejas prácticas con nuevos discursos. Para cuando llegó la campaña de 2025, Libre ya no competía por ganar, competía por no desaparecer.
La elección ya no se definía entre izquierda y derecha, sino entre dos derechas distintas, ambas marcadas por alianzas y pasados oscuros. En ese vacío, el mensaje de Trump irrumpió como un elefante en cristalería.



El péndulo
Hubo un momento en que Honduras fue nombrada sin rodeos en una corte de Estados Unidos como un narco Estado. En esa corte se marcó el final de un ciclo que había durado más de una década con varios juicios de expolicías, exdiputados del bipartidismo, familiares de políticos y reconocidos narcotraficantes, todos vinculados entre sí para traficar cocaína hacia Estados Unidos. Para que esa cocaína llegara a las narices de los estadounidenses era necesario una red político-criminal, una cleptocracia, y esto llegó a su cúspide después del golpe de Estado, en 2010, cuando el Partido Nacional llegó al poder y no lo soltó hasta 2021.
Juan Orlando Hernández, el expresidente que se reeligió de manera inconstitucional, fue extraditado a principios de 2022 cuando Honduras ya había cambiado de gobierno. La exvicepresidenta demócrata, Kamala Harris, llegó a Honduras para el traspaso de mando y la organización de la operación en contra del expresidente. Así fue la llegada de la izquierda antiimperialista al poder hondureño.
Finalmente, Hernández fue acusado, enjuiciado y condenado por narcotráfico. En su acusación por el Distrito sur de Nueva York se hablaba de pactos con pandillas, corrupción a gran escala y el uso del Estado para facilitar el tráfico de armas y drogas; antes que él fue condenado su hermano quien además era diputado por el Partido Nacional.
La imagen recorrió el país: el expresidente esposado de pies y manos, escoltado por agentes de la DEA y por el recién nombrado ministro de Seguridad de la “refundación”. Era la primera vez que un presidente hondureño salía del poder directamente hacia una cárcel fuera del país. El mensaje parecía inequívoco, el narco Estado había sucumbido. Poco tiempo pasó para que viéramos también a miembros del Partido Libre señalados por narcotráfico y corrupción, y para que la ciudadanía asumiera que el narco Estado no se desmantela fácilmente, sobre todo si hay narices exigentes en el norte.
Tres años después, el país volvió a ocupar un lugar familiar. Desde Washington, un presidente con ambiciones expansionistas evidentes no solo indultó al expresidente condenado —reconstruyéndolo como víctima de una persecución del Partido Demócrata—, sino que intervino de forma directa en la política hondureña.
La elección de 2025 no se definió únicamente por el fracaso de la refundación ni por las contradicciones de la oposición; se definió también por una injerencia explícita que recordó viejas lógicas y Honduras volvió a ser leída como advertencia regional.
“¿Usted cree en Dios? Porque yo soy una mujer que cree en Dios y esto es obra de Dios”, me dijo la exprimera dama, esposa de Hernández, pocas horas después del anuncio del indulto en un mensaje de Trump en redes sociales. Ana Hernández fue una fiel defensora de su marido desde el inicio, ella no pudo estar en la sala de juicios en NY porque fue castigada con el retiro de su visa; sin embargo, desde Honduras y junto con sus hijas y miembros de la iglesia evangélica neopentecostal hondureña emprendió una campaña que abogaba por la inocencia de Hernández. Así, tras la elección de Trump en EEUU ella envió una carta muy bien elaborada explicando por qué Hernández no era un narcotraficante sino una víctima del lawfare de los demócratas, un perseguido político de la izquierda radical, y le recordó a Trump que en su momento JOH fue su amigo, trabajaron juntos para llevar la palabra de Dios a las decisiones públicas a través de su agenda cristiana expansionista.
Ana también se rodeó de prominentes influencers, lobistas y activistas MAGA como Roger Stone y Matt Gaetz. Cada tanto se le veía en programas de televisión de Estados Unidos abogando por la libertad de su esposo.
Aunque Asfura intentó desligarse de la figura de Hernández durante toda su campaña, inevitablemente su triunfo no se ve desligado del indulto a JOH. María Antonieta Mejía, la vicepresidenta en la fórmula de Asfura, me dijo un día después del anuncio del indulto que Hernández ya era un “capítulo cerrado” para el partido, algo que no todo el partido comparte, pues la misma Ana García compitió en las elecciones internas para ser la candidata presidencial y su movimiento partidario alzó la voz en favor del retorno de JOH, no solo a Honduras sino al partido.
En Tegucigalpa, las urnas se cerraron, los votos se contaron y un presidente fue declarado ganador, pero la sensación predominante fue que la decisión, una vez más, no se había tomado solo ahí. El riesgo de inestabilidad persiste, ya que los llamados de Libre y Nasralla a que “el pueblo” defienda la refundación —ahora atropellada por el imperio y el fraude electoral— persisten. Los grupos de base de Libre conocidos como “colectivos” —versión hondureña de los comandos venezolanos— son el pueblo al que ellos se refieren. Su respuesta ha sido siempre violenta. Recientemente, una bomba casera fue lanzada en contra de un grupo de diputados del Partido Nacional en las afueras del Congreso Nacional. La bomba explotó en la espalda de una diputada de ese partido, causándole serias heridas. El retumbo de esa bomba parece la fanfarria que anuncia la crisis por venir en las honduras del paraíso prometido por el partido Nacional.
Honduras no es un país pequeño, es una base militar importante para Estados Unidos, una isla de ciudades privadas de los millonarios de la tecnología, un lugar sin Estado donde se produce y exporta la droga, lo que alguna vez fue el banano. Aquí el péndulo parece moverse de manera más violenta, a la izquierda más antidemocrática y a la derecha más opacada por las mafias.
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