No items found.
No items found.
No items found.
No items found.

La noche culichi: la negación de un toque de queda enquistado.
Un viaje por los territorios traseros (y libres de miedo) de la ruleta rusa en que se ha convertido el día a día de los habitantes de Culiacán, la ciudad asediada.
En el Aeropuerto Internacional de Culiacán hay más tiendas de productos de beisbol que de cualquier otro giro. En una de ellas, dos muchachas de acento culichi, ataviadas con jersey y gorra de los Tomateros —el equipo local—, invitan a la gente a comprar productos con descuento. Tal vez no es cuestión de marketing, sino del castigo impuesto al equipo por perder recientemente el campeonato de la Liga del Pacífico ante los Charros de Jalisco.
Tomo un taxi al hotel y hago lo de siempre cuando abordo un servicio de transporte: conversar para sondear el lugar. No comenzamos con banalidades como el clima o el tráfico —que siempre sirve para romper el hielo y medir la confianza—; el conductor sabe, incluso parece desear hablar sobre la violencia que existe en la ciudad. “¿Cómo está la cosa por acá?”, pregunto. “Mal”, no teme en decir. En otras ciudades con el estigma de inseguridad que prácticamente predomina en todo México, algunos matizan esa cruda realidad; acá no, y aunque quisiera, sería difícil hacerlo. A medida que avanzamos por la ciudad se ve una presencia constante de seguridad: patrullas estatales y de la Guardia Nacional. Lo que más impresiona son los DN11, vehículos blindados del Ejército, con cristales de 95 milímetros y placas de acero de 10 milímetros, capaces de soportar proyectiles calibre .50, utilizados —entre otras armas— por los rifles Barret M82, algunos de los favoritos de los grupos delincuenciales. Sin ir tan lejos, dice que ayer hubo “movimiento”, así le llaman a cuando ocurren balaceras, persecuciones, bloqueos o algún otro acontecimiento derivado de la guerra interna entre cárteles o contra el Ejército. Lo provocó la reciente liberación de Nicole Pardo, mejor conocida como La Nicholette, una “influencer” levantada el 20 de enero, cuyo secuestro quedó grabado en video desde su camioneta Tesla Cybertruck. Nicole, como muchos otros creadores de contenido en el estado, ha sido vinculada —con pruebas o con dichos— al narcotráfico. Horas antes de quedar en libertad, salió a la luz un video en el que admite trabajar con una de las facciones que operan en Sinaloa. El hecho generó tensión y la posibilidad de conflictos armados.
Estaré en Culiacán por trabajo durante seis días. Quienes lo saben expresan su preocupación; imaginan la ciudad en llamas. Es comprensible. La violencia acá no es un fenómeno nuevo, aunque se ha exacerbado desde el Culiacanazo, el fallido operativo para capturar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán. Desde entonces, los ciudadanos han padecido la ruptura de treguas y el desconocimiento de códigos que mantenían una cotidianidad en relativa paz, pese a tratarse de un territorio con larga tradición ligada al cultivo y trasiego de droga y el crimen organizado, el cual data de los sembradíos de opio en estados como Michoacán, Guerrero, Sinaloa, destinados a la exportación hacia Estados Unidos para la producción de morfina durante la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hace no mucho, en la cuna del que fue considerado el cártel más peligroso del mundo: el Cártel de Sinaloa.
Lo sé porque el Pedro Pablo, un buen amigo con el que coincidimos esporádicamente en tierras michoacanas, me lo explica desde su perspectiva como historiador y habitante de Culiacán. Apareció al tercer día para mostrarme una cara distinta de la ciudad, una que tal vez no puede separarse por completo de la marca de la violencia, pero que representa con mayor fidelidad a la sociedad culichi.

Los primeros días los paso recluido por las tardes, apenas cumpliendo con los deberes laborales, con el miedo que inyectan las noticias, las cuales, aun con información veraz, no dejan de ser tan solo una parte de la realidad, y yo quisiera conocer esa otra parte.
Una realidad, en ocasiones, poco optimista. Ayer, el general Alejandro Bravo, secretario de seguridad de Culiacán, y su equipo fueron víctimas de un tiroteo en el poniente de la ciudad, cerca del aeropuerto. Si bien no hubo pérdidas humanas, sí se registraron varios lesionados, entre ellos civiles. La balacera y persecución ocurrieron cerca de un kínder, por lo que se cancelaron las clases ese día, una situación ya común: apelar al formato de enseñanza híbrido, con las implicaciones que conllevan en el aprendizaje y la convivencia social, al priorizar la seguridad de las infancias.
El suceso me lo cuenta primero mi pareja vía mensaje por la mañana, después lo detalla el conductor de Uber rumbo a mi destino. Lanzo preguntas para indagar sobre otros acontecimientos sin despertar suspicacias: “¿Por qué quiere saber tanto?”, una duda que podría vulnerarme, pues, al fin y al cabo, existen demasiadas variables en un entramado tan complejo como es la empresa del narcotráfico; nunca se sabe quién conoce a quién ni quién trabaja para quién. Parece no percibir mi precaución y continúa hablando como si lo hiciera con un amigo. En un semáforo en rojo, cerca del barrio de Las Quintas, dice que la calma es intermitente, se trata de suerte o, mejor dicho, mala suerte. Estar en el lugar y momento equivocado nunca fue tan bien aplicado para lo que vive Culiacán. Cuenta lo ocurrido el 13 de enero, cuando un joven estudiante de Derecho de 23 años fue asesinado por el Ejército, mientras que su novia resultó herida. El automóvil en el que viajaban fue confundido con el que los militares perseguían durante un operativo. La versión oficial habló de un lamentable fuego cruzado; familiares y testigos, en cambio, aseguran que se trató de una negligencia por parte de los soldados. Cita dos casos más de víctimas por balas perdidas: el de una chica en un centro comercial y el de un amigo suyo en una gasolinera. Avanzando lentamente entre el tráfico, remata que, en una de esas, si alguien decidiera “quebrarse” a los que van delante de nosotros, nada garantizaría que no terminemos engrosando la estadística. Ese es el nivel de exposición que enfrentan los ciudadanos en el día a día: una especie de desafortunada ruleta rusa.
Por la tarde, los planes para vernos con el Pedro Pablo casi se cancelan, así lo dice su mensaje:
Oye, Jaime, pues parece que te está tocando pasar un día en Culiacán en todo su triste esplendor. Están reportando en las noticias que recientemente balearon a un político importante de aquí de la ciudad y, por ende, el ambiente se va a poner calientito. A como van las cosas y si no ha pasado a mayores, te aviso para ver si reconfiguramos horario porque la presencia patrullera en las calles en estos casos suele descomponer mucho el ambiente.
Se refiere al atentado del que fueron víctimas el 28 de enero los políticos Sergio Torres y Elizabeth Montoya. El primero, exalcalde de Culiacán y presidente de Movimiento Ciudadano en Sinaloa; Montoya, legisladora por el mismo partido. Ocurrió al mediodía, en la zona del malecón viejo, muy cerca del centro. “Varios encontronazos han ocurrido en el primer cuadro, a la vista y riesgo de todos”, dice el Pedro Pablo. Elizabeth ha perdido un ojo por las esquirlas. Sergio se encuentra en estado grave.
Su mensaje forma parte de las dinámicas de comunicación de la ciudad: avisos directos o que fluyen en grupos de redes sociales donde la gente se informa más que por mitote, para tomar precauciones, desviar caminos o no salir de casa.
Después de algunas horas recibo un nuevo mensaje y me confirma que sí nos vemos. Tengo algo de temor y no sé si inventarle algo y cancelar. Dejo fluir ese miedo sin darle tantas vueltas a las posibilidades. ¿Así vivirá la gente de Culiacán? ¿Pensando constantemente en escenarios catastróficos?
A las cinco y media pasa por mí; el sol casi se oculta. El reencuentro, después de tantos años, nos provoca una profunda alegría. Nos abrazamos y abordamos su auto. Recorremos la ciudad en lo que él denomina “el tour”. Antes de llegar a la primera parada, me descubre, desde su mirada como alguien que conoce su ciudad a profundidad, una dimensión de lo cotidiano que por sí sola no habría llamado mi atención: las vías del tren y la costumbre de la gente de reunirse por las tardes para verlo pasar por el puente negro, en el Parque Acuático, uno de los quizá pocos esfuerzos de obra pública para embellecer la ciudad.
El Pedro Pablo estaciona el auto afuera de la capilla de Jesús Malverde; la oscuridad ya ha caído sobre las calles vacías. Baja con seguridad y lo sigo. En el lugar solo hay dos personas: un joven que atiende un puesto de pulseras, estampas, relicarios y otros objetos del “santo” patrono de los narcotraficantes y los marginados; y un hombre mayor que apaga veladoras y parece preparar todo para cerrar la capilla. Miro los detalles del espacio, el Pedro Pablo me platica, además de la historia de este “Robin Hood mexicano”, la manera en la que la modernidad del pensamiento y las dinámicas del narcotráfico actual han mermado la vigencia del culto a Malverde. En otros tiempos, la capilla estaría llena, como en los documentales y notas periodísticas de antaño, en el que multitudes le pedían algún favor o lo visitaban para darle las gracias con procesiones y música de banda. Hoy en día, los devotos o bien diversificaron su fe en otros símbolos —La Santa Muerte, San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe— o declaran un agnosticismo inconsciente; es decir, se alejan de las figuras de fe en pos del materialismo y el poder. Algunos más, como Nazario Moreno, quien fuera líder de los Caballeros Templarios, en Michoacán, buscan formar un culto alrededor de su propia figura.
Los dólares sobre las paredes, las fotografías, las losas con agradecimientos: todo signo de devoción parece viejo. Puede ser que nos equivocamos y mañana será un mejor día para Malverde; por ahora nos alejamos dejando atrás su imagen entre sombras y soledad.
Seguimos por las calles de una ciudad desierta. Negocios y casas parecerían irrelevantes de no ser porque mi amigo cuenta lo que hay detrás. En una esquina, un letrero anuncia el Café Teatro Cúcara y Mácara. Podría tratarse de cualquier otro espacio artístico independiente, pero además de representar ese contrapeso a la violencia, estamos ante la casa de Óscar Liera, dramaturgo culichi, integrante de la generación de la nueva dramaturgia mexicana y de los principales impulsores de la nueva épica regional. Liera fue toda una escuela, por eso entristece ver el mural con su rostro apenas visible bajo el alumbrado público.
Nos adentramos cada vez más en el centro histórico de Culiacán. Pasamos frente a la Universidad Autónoma de Sinaloa, de donde él es egresado. Resulta imposible no hablar de Héctor Cuén, exrector, cacique y político, asesinado el 25 de julio del 2024, el mismo día del secuestro del Mayo Zambada, traicionado por los hijos del Chapo. En una trama digna de una serie de televisión, se intentó hacer pasar el crimen de Cuén como un asalto fallido, pero las declaraciones de Zambada abrieron la caja de pandora:
Cuén era amigo mío desde hacía mucho tiempo […] Sé que la versión de las autoridades es que Héctor Cuén fue tiroteado la noche del 25 de julio por dos hombres en motocicleta que querían robar su camioneta. Eso no ocurrió. Lo mataron a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron.
Más allá de este oscuro capítulo, queda una gestión cuestionable que, a ojos de muchos, costó nivel académico, prestigio y enquistó figuras de poder dentro de la máxima casa de estudios en el estado.
Paramos en un café cerca del Jardín Botánico. Son casi las ocho de la noche. En los alrededores se aprecia gente corriendo, caminando, paseando a sus perros o en bicicleta. Resulta agradable ver roto el toque de queda autoimpuesto que muchos lugares del país adoptan ante climas de violencia. Conversamos un rato; antes de marcharnos el Pedro Pablo se encuentra a una amiga reportera de cultura que acaba de salir de un gimnasio y entró al lugar para esperar su Uber. Se saludan con camaradería. Le pregunta qué actividades habrá en estos días, supongo que para dejarme recomendaciones. Ella responde que no sabe, pues está alejada del oficio desde hace tiempo. Hablan proyectando la alegría de quien ve a un viejo amigo, pero no logra esconder el nerviosismo de encontrarse en la calle cuando la oscuridad domina el exterior. Hace unos cuantos comentarios sobre la situación de la ciudad. Si ha elegido ese gimnasio es por la zona, que da al menos un poco de garantías.
El siguiente destino del tour es El Guayabo, un restaurante que en realidad tiene más aires de cantina-bar. Saber hacia dónde nos dirigimos me genera cierta ansiedad. Otro conductor de Uber dijo, sin que yo le preguntara, que evitara los bares: “Ahí nomás andan viendo quién entra y quién sale. Tienen todo bien checado”. Incluso sin esa advertencia no habría pensado en visitar uno por mi propia cuenta. No es difícil imaginarlos, asumiendo el prejuicio correspondiente, como un blanco fácil para ataques o como guarida de sicarios. Con todo, confío plenamente en el Pedro Pablo. Entramos y descubrimos un oasis: las mesas están ocupadas por hombres y mujeres absortos en sus asuntos, beben, comen, conversan, sonríen. El ambiente carece de tensión; por el contrario, en las pantallas de televisión pasan videos musicales de diferentes géneros sin que impere la banda, mucho menos los corridos o narco corridos. Hay fiesta. El personal es amable, los tragos baratos y la conversación disipa el miedo, que no aparece ni siquiera cuando nos marchamos y cruzamos la amplia y desierta calle Francisco Villa para abordar el auto y dirigirnos al hotel.

Antes de tomar el rumbo damos un par de vueltas por un Culiacán vacío. Señala allá las oficinas del Noroeste, uno de los diarios más importantes del estado. Más adelante se ubica una vieja catedral con huellas de balas que muchos confunden con las del Culiacanazo, cuando en realidad corresponden a conflictos revolucionarios. Cuadras posteriores me muestra el memorial de Javier Valdez; siento escalofríos al saber que allí fue donde lo asesinaron. Después de unas calles pasamos —por error— frente al hospital donde están internados los diputados de Movimiento Ciudadano. Está rodeado de militares y policías. Vamos a vuelta de rueda y creo que ambos pensamos lo mismo: que dos hombres en un auto, de noche, no despierten su sospecha ni su duda.
Al día siguiente tenemos planeado ir al teatro Pablo de Villavicencio, donde la Orquesta Sinfónica de Sinaloa tocará un concierto con piezas de Brahms. Desafortunadamente el concierto se mueve por la agenda de la orquesta, aunque el programa se mantendrá para el sábado. Además, el Pedro Pablo tiene unas reuniones que atender, así que, si es posible, nos veremos más tarde. Mientras, voy al centro y como un sushi “mochón”, como le dicen acá, indigno para cualquier japonés, pero delicioso para todo aquel que tenga ganas de atascarse con las combinaciones más inverosímiles de ingredientes con arroz y algas.
Visito el Museo de Arte de Sinaloa que tiene una pequeña, no por ello menor, colección de artistas como Pedro Coronel, José Clemente Orozco, Lilia Castro, Manuel Felguérez, entre otros. La más curiosa —y probablemente la más importante— es el autorretrato de un joven Diego Rivera, el primero que realizó, en 1906. Antes de verlo, el Pedro Pablo se refiere a él burlonamente como el “único Rivera guapo”, no le creo hasta que veo la obra.
A pocos metros encuentro una librería independiente, La Sra. Dalloway; tiene buenos títulos y además descubro que ofrece talleres de escritura y clubs de lectura. Exploro sus pasillos y escucho a un grupo de mujeres hablar sobre la obra de Virginia Woolf. De pronto se me acerca una joven a preguntarme si busco algo en específico o deseo una recomendación. Quisiera ambas; pero debo ser fuerte y salgo sin caer en la tentación. Antes de marcharme escucho la discusión entre dos participantes, quienes mencionan que no es lo mismo escribir desde el privilegio que tuvo Woolf, al pertenecer a la burguesía inglesa de la época, que desde la realidad de las escritoras sinaloenses, insertas en un contexto más complejo.
Sigo recorriendo el primer cuadro de la ciudad. En una de las plazoletas, un grupo de boleadores de zapatos revisa el diario, una joven ofrece ajustes quiroprácticos en una camilla de masajes portátil, personas van y vienen rumbo a sus destinos; junto al quiosco se realiza un mitin que condena la “agresión imperialista en Venezuela” y pide la liberación de Nicolás Maduro. Culiacán deja de ser aquel lugar hostil del que hay que cuidarse las espaldas, con la Guardia Nacional y patrullas bloqueando las calles y permitiendo el paso a cuentagotas. Camino sintiendo paz y contemplando una ciudad con mucha belleza en lo cotidiano.
A un lado del teatro Pablo de Villavicencio hay un callejón que los jueves se transforma en el “Jardín de las Artes”. Allí la calle se llena de puestos donde artistas locales ofrecen sus productos y un improvisado escenario da cabida a distintas manifestaciones artísticas. Un hombre mayor lanza una pregunta sobre cultura para regalar un libro; un par de amigas responden correctamente y felices lo recogen. Después cede el micrófono a un poeta local, un hombre mayor que recita un poema cursi y aleccionador sobre la crianza de los hijos. Qué más da lo mala que sea la poesía, o si algunas pinturas no cumplen con el nivel del canon: lo importante es el equilibrio que provee, el oxígeno que necesita parte de la sociedad culichi.
Voy hacia la calle General Ángel Flores. Conforme me acerco, veo varios murales; el muralismo culiacanense no le pide nada a ningún otro de México. En un estacionamiento hay uno estilo grabado con el rostro de Javier Valdez. En una casa abandonada, con bolsas de basura sobre la banqueta, se muestran diferentes rostros de hombres y mujeres rodeados de flores; arriba de ellos está la pregunta: “¿Dónde están?”, y en la puerta, sobre un fondo morado, dice: “En Sinaloa, de septiembre del 2006 a septiembre del 2019, han desaparecido 4 524 personas”. La misma pregunta: “¿Cuándo volverán?”. La Red Lupa, que evalúa lo que hace el Estado para localizar a las personas desaparecidas, con corte al 16 de mayo del 2025, tenía registro de 6 305 personas desaparecidas; es decir, 1 781 personas más en seis años.
La Ángel Flores es una fiesta: hay bares con mesas sobre las aceras, cafeterías y restaurantes. Sobre la banqueta, el Cuarteto Universitario toca boleros, incitando rápidamente —sobre todo a adultos mayores— a bailar en medio de la calle que el Ayuntamiento cierra porque el concierto forma parte de la Agenda Cultural Universitaria, organizada por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). De fondo hay algo curioso: el gobernador del estado, Rubén Rocha, cuyo mandato es altamente cuestionado por la sociedad civil —y a quien no pocos culpan del incremento de la violencia—, fungió como testigo de honor en la firma del convenio entre la UAS y el municipio. El objetivo, según, es “generar una alianza que permita establecer una agenda conjunta promoviendo proyectos culturales, artísticos y deportivos, que fortalezcan el sentido social en la capital sinaloense”. Lo que sea que eso signifique.
En realidad, da igual el trasfondo burocrático e hipócrita cuando se replican regularmente este tipo de actividades en el espacio público. Pienso que, al igual que yo, los demás se olvidan del sonido de las balas que suenan primero como cohetes cuando salen del arma y después chiflan cuando rebotan tomando direcciones impredecibles, como lo describió una profesora con la que platiqué estos días cuando me compartió que junto con su familia había presenciado el asesinato de dos personas afuera de un negocio de comida.
Culiacán es una ciudad amigable: la gente se saluda cuando se reconoce en la calle y se detienen unos minutos para ponerse al tanto de la vida. El acento culichi genera confianza cuando se escuchan palabras honestas y dichos jocosos. Conforme recorro Culiacán estos días, a muchos les sorprendía mi presencia. “¿Por qué Culiacán?”. Pareciera que no hay una razón para venir por voluntad propia. Le sorprendió al Pedro Pablo y a los amigos que nos encontramos en el camino. Lo mismo le preguntó con genuina duda y emoción el periodista Julio Bernal al escritor español Arturo Pérez-Reverte, quien radicó un tiempo en Culiacán y habría de inspirarle su emblemático personaje María Teresa Mendoza de su novela La reina del sur: “El mundo es un extenso campo, ¿por qué Culiacán? ¿Cómo saber de Culiacán? ¿Cómo te enteraste de que esta minúscula ciudad, en cuanto al mundo, existía?”. Pérez-Reverte respondió que su primer acercamiento fue por los narcocorridos, de esa curiosidad que despierta en el otro una violencia vista casi como quien observa una serie de televisión, solo que la atracción derivó en conocer la ciudad, vivirla, formar parte de ella y crear amistades.
Llega el día de marcharme. Curiosamente, una parte de mí no quiere irse. Es viernes al mediodía y el calor invita a un aguachile y una cerveza. Mientras espero abordar el vuelo de regreso a la Ciudad de México, pienso en lo que me hizo falta explorar, y el Pedro Pablo me augura aún mucho por descubrir: las iguanas libres y colgadas de cabeza en los árboles del parque, visitar el cineclub El Beso del Búho, asistir a alguna actividad de las propuestas en La Casa del Maquío —la que fuera casa del expolítico Manuel Clouthier, convertida desde 2014 en centro cultural—, presentarme a sus amigos de la revista El Espejo... Con esa promesa me voy, ya sin miedo, de Culiacán; eso sí, con un profundo cariño y respeto por esa tierra y por su gente, que resiste e insiste en vivir pese a todo.
{{ linea }}
Un viaje por los territorios traseros (y libres de miedo) de la ruleta rusa en que se ha convertido el día a día de los habitantes de Culiacán, la ciudad asediada.
En el Aeropuerto Internacional de Culiacán hay más tiendas de productos de beisbol que de cualquier otro giro. En una de ellas, dos muchachas de acento culichi, ataviadas con jersey y gorra de los Tomateros —el equipo local—, invitan a la gente a comprar productos con descuento. Tal vez no es cuestión de marketing, sino del castigo impuesto al equipo por perder recientemente el campeonato de la Liga del Pacífico ante los Charros de Jalisco.
Tomo un taxi al hotel y hago lo de siempre cuando abordo un servicio de transporte: conversar para sondear el lugar. No comenzamos con banalidades como el clima o el tráfico —que siempre sirve para romper el hielo y medir la confianza—; el conductor sabe, incluso parece desear hablar sobre la violencia que existe en la ciudad. “¿Cómo está la cosa por acá?”, pregunto. “Mal”, no teme en decir. En otras ciudades con el estigma de inseguridad que prácticamente predomina en todo México, algunos matizan esa cruda realidad; acá no, y aunque quisiera, sería difícil hacerlo. A medida que avanzamos por la ciudad se ve una presencia constante de seguridad: patrullas estatales y de la Guardia Nacional. Lo que más impresiona son los DN11, vehículos blindados del Ejército, con cristales de 95 milímetros y placas de acero de 10 milímetros, capaces de soportar proyectiles calibre .50, utilizados —entre otras armas— por los rifles Barret M82, algunos de los favoritos de los grupos delincuenciales. Sin ir tan lejos, dice que ayer hubo “movimiento”, así le llaman a cuando ocurren balaceras, persecuciones, bloqueos o algún otro acontecimiento derivado de la guerra interna entre cárteles o contra el Ejército. Lo provocó la reciente liberación de Nicole Pardo, mejor conocida como La Nicholette, una “influencer” levantada el 20 de enero, cuyo secuestro quedó grabado en video desde su camioneta Tesla Cybertruck. Nicole, como muchos otros creadores de contenido en el estado, ha sido vinculada —con pruebas o con dichos— al narcotráfico. Horas antes de quedar en libertad, salió a la luz un video en el que admite trabajar con una de las facciones que operan en Sinaloa. El hecho generó tensión y la posibilidad de conflictos armados.
Estaré en Culiacán por trabajo durante seis días. Quienes lo saben expresan su preocupación; imaginan la ciudad en llamas. Es comprensible. La violencia acá no es un fenómeno nuevo, aunque se ha exacerbado desde el Culiacanazo, el fallido operativo para capturar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán. Desde entonces, los ciudadanos han padecido la ruptura de treguas y el desconocimiento de códigos que mantenían una cotidianidad en relativa paz, pese a tratarse de un territorio con larga tradición ligada al cultivo y trasiego de droga y el crimen organizado, el cual data de los sembradíos de opio en estados como Michoacán, Guerrero, Sinaloa, destinados a la exportación hacia Estados Unidos para la producción de morfina durante la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hace no mucho, en la cuna del que fue considerado el cártel más peligroso del mundo: el Cártel de Sinaloa.
Lo sé porque el Pedro Pablo, un buen amigo con el que coincidimos esporádicamente en tierras michoacanas, me lo explica desde su perspectiva como historiador y habitante de Culiacán. Apareció al tercer día para mostrarme una cara distinta de la ciudad, una que tal vez no puede separarse por completo de la marca de la violencia, pero que representa con mayor fidelidad a la sociedad culichi.

Los primeros días los paso recluido por las tardes, apenas cumpliendo con los deberes laborales, con el miedo que inyectan las noticias, las cuales, aun con información veraz, no dejan de ser tan solo una parte de la realidad, y yo quisiera conocer esa otra parte.
Una realidad, en ocasiones, poco optimista. Ayer, el general Alejandro Bravo, secretario de seguridad de Culiacán, y su equipo fueron víctimas de un tiroteo en el poniente de la ciudad, cerca del aeropuerto. Si bien no hubo pérdidas humanas, sí se registraron varios lesionados, entre ellos civiles. La balacera y persecución ocurrieron cerca de un kínder, por lo que se cancelaron las clases ese día, una situación ya común: apelar al formato de enseñanza híbrido, con las implicaciones que conllevan en el aprendizaje y la convivencia social, al priorizar la seguridad de las infancias.
El suceso me lo cuenta primero mi pareja vía mensaje por la mañana, después lo detalla el conductor de Uber rumbo a mi destino. Lanzo preguntas para indagar sobre otros acontecimientos sin despertar suspicacias: “¿Por qué quiere saber tanto?”, una duda que podría vulnerarme, pues, al fin y al cabo, existen demasiadas variables en un entramado tan complejo como es la empresa del narcotráfico; nunca se sabe quién conoce a quién ni quién trabaja para quién. Parece no percibir mi precaución y continúa hablando como si lo hiciera con un amigo. En un semáforo en rojo, cerca del barrio de Las Quintas, dice que la calma es intermitente, se trata de suerte o, mejor dicho, mala suerte. Estar en el lugar y momento equivocado nunca fue tan bien aplicado para lo que vive Culiacán. Cuenta lo ocurrido el 13 de enero, cuando un joven estudiante de Derecho de 23 años fue asesinado por el Ejército, mientras que su novia resultó herida. El automóvil en el que viajaban fue confundido con el que los militares perseguían durante un operativo. La versión oficial habló de un lamentable fuego cruzado; familiares y testigos, en cambio, aseguran que se trató de una negligencia por parte de los soldados. Cita dos casos más de víctimas por balas perdidas: el de una chica en un centro comercial y el de un amigo suyo en una gasolinera. Avanzando lentamente entre el tráfico, remata que, en una de esas, si alguien decidiera “quebrarse” a los que van delante de nosotros, nada garantizaría que no terminemos engrosando la estadística. Ese es el nivel de exposición que enfrentan los ciudadanos en el día a día: una especie de desafortunada ruleta rusa.
Por la tarde, los planes para vernos con el Pedro Pablo casi se cancelan, así lo dice su mensaje:
Oye, Jaime, pues parece que te está tocando pasar un día en Culiacán en todo su triste esplendor. Están reportando en las noticias que recientemente balearon a un político importante de aquí de la ciudad y, por ende, el ambiente se va a poner calientito. A como van las cosas y si no ha pasado a mayores, te aviso para ver si reconfiguramos horario porque la presencia patrullera en las calles en estos casos suele descomponer mucho el ambiente.
Se refiere al atentado del que fueron víctimas el 28 de enero los políticos Sergio Torres y Elizabeth Montoya. El primero, exalcalde de Culiacán y presidente de Movimiento Ciudadano en Sinaloa; Montoya, legisladora por el mismo partido. Ocurrió al mediodía, en la zona del malecón viejo, muy cerca del centro. “Varios encontronazos han ocurrido en el primer cuadro, a la vista y riesgo de todos”, dice el Pedro Pablo. Elizabeth ha perdido un ojo por las esquirlas. Sergio se encuentra en estado grave.
Su mensaje forma parte de las dinámicas de comunicación de la ciudad: avisos directos o que fluyen en grupos de redes sociales donde la gente se informa más que por mitote, para tomar precauciones, desviar caminos o no salir de casa.
Después de algunas horas recibo un nuevo mensaje y me confirma que sí nos vemos. Tengo algo de temor y no sé si inventarle algo y cancelar. Dejo fluir ese miedo sin darle tantas vueltas a las posibilidades. ¿Así vivirá la gente de Culiacán? ¿Pensando constantemente en escenarios catastróficos?
A las cinco y media pasa por mí; el sol casi se oculta. El reencuentro, después de tantos años, nos provoca una profunda alegría. Nos abrazamos y abordamos su auto. Recorremos la ciudad en lo que él denomina “el tour”. Antes de llegar a la primera parada, me descubre, desde su mirada como alguien que conoce su ciudad a profundidad, una dimensión de lo cotidiano que por sí sola no habría llamado mi atención: las vías del tren y la costumbre de la gente de reunirse por las tardes para verlo pasar por el puente negro, en el Parque Acuático, uno de los quizá pocos esfuerzos de obra pública para embellecer la ciudad.
El Pedro Pablo estaciona el auto afuera de la capilla de Jesús Malverde; la oscuridad ya ha caído sobre las calles vacías. Baja con seguridad y lo sigo. En el lugar solo hay dos personas: un joven que atiende un puesto de pulseras, estampas, relicarios y otros objetos del “santo” patrono de los narcotraficantes y los marginados; y un hombre mayor que apaga veladoras y parece preparar todo para cerrar la capilla. Miro los detalles del espacio, el Pedro Pablo me platica, además de la historia de este “Robin Hood mexicano”, la manera en la que la modernidad del pensamiento y las dinámicas del narcotráfico actual han mermado la vigencia del culto a Malverde. En otros tiempos, la capilla estaría llena, como en los documentales y notas periodísticas de antaño, en el que multitudes le pedían algún favor o lo visitaban para darle las gracias con procesiones y música de banda. Hoy en día, los devotos o bien diversificaron su fe en otros símbolos —La Santa Muerte, San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe— o declaran un agnosticismo inconsciente; es decir, se alejan de las figuras de fe en pos del materialismo y el poder. Algunos más, como Nazario Moreno, quien fuera líder de los Caballeros Templarios, en Michoacán, buscan formar un culto alrededor de su propia figura.
Los dólares sobre las paredes, las fotografías, las losas con agradecimientos: todo signo de devoción parece viejo. Puede ser que nos equivocamos y mañana será un mejor día para Malverde; por ahora nos alejamos dejando atrás su imagen entre sombras y soledad.
Seguimos por las calles de una ciudad desierta. Negocios y casas parecerían irrelevantes de no ser porque mi amigo cuenta lo que hay detrás. En una esquina, un letrero anuncia el Café Teatro Cúcara y Mácara. Podría tratarse de cualquier otro espacio artístico independiente, pero además de representar ese contrapeso a la violencia, estamos ante la casa de Óscar Liera, dramaturgo culichi, integrante de la generación de la nueva dramaturgia mexicana y de los principales impulsores de la nueva épica regional. Liera fue toda una escuela, por eso entristece ver el mural con su rostro apenas visible bajo el alumbrado público.
Nos adentramos cada vez más en el centro histórico de Culiacán. Pasamos frente a la Universidad Autónoma de Sinaloa, de donde él es egresado. Resulta imposible no hablar de Héctor Cuén, exrector, cacique y político, asesinado el 25 de julio del 2024, el mismo día del secuestro del Mayo Zambada, traicionado por los hijos del Chapo. En una trama digna de una serie de televisión, se intentó hacer pasar el crimen de Cuén como un asalto fallido, pero las declaraciones de Zambada abrieron la caja de pandora:
Cuén era amigo mío desde hacía mucho tiempo […] Sé que la versión de las autoridades es que Héctor Cuén fue tiroteado la noche del 25 de julio por dos hombres en motocicleta que querían robar su camioneta. Eso no ocurrió. Lo mataron a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron.
Más allá de este oscuro capítulo, queda una gestión cuestionable que, a ojos de muchos, costó nivel académico, prestigio y enquistó figuras de poder dentro de la máxima casa de estudios en el estado.
Paramos en un café cerca del Jardín Botánico. Son casi las ocho de la noche. En los alrededores se aprecia gente corriendo, caminando, paseando a sus perros o en bicicleta. Resulta agradable ver roto el toque de queda autoimpuesto que muchos lugares del país adoptan ante climas de violencia. Conversamos un rato; antes de marcharnos el Pedro Pablo se encuentra a una amiga reportera de cultura que acaba de salir de un gimnasio y entró al lugar para esperar su Uber. Se saludan con camaradería. Le pregunta qué actividades habrá en estos días, supongo que para dejarme recomendaciones. Ella responde que no sabe, pues está alejada del oficio desde hace tiempo. Hablan proyectando la alegría de quien ve a un viejo amigo, pero no logra esconder el nerviosismo de encontrarse en la calle cuando la oscuridad domina el exterior. Hace unos cuantos comentarios sobre la situación de la ciudad. Si ha elegido ese gimnasio es por la zona, que da al menos un poco de garantías.
El siguiente destino del tour es El Guayabo, un restaurante que en realidad tiene más aires de cantina-bar. Saber hacia dónde nos dirigimos me genera cierta ansiedad. Otro conductor de Uber dijo, sin que yo le preguntara, que evitara los bares: “Ahí nomás andan viendo quién entra y quién sale. Tienen todo bien checado”. Incluso sin esa advertencia no habría pensado en visitar uno por mi propia cuenta. No es difícil imaginarlos, asumiendo el prejuicio correspondiente, como un blanco fácil para ataques o como guarida de sicarios. Con todo, confío plenamente en el Pedro Pablo. Entramos y descubrimos un oasis: las mesas están ocupadas por hombres y mujeres absortos en sus asuntos, beben, comen, conversan, sonríen. El ambiente carece de tensión; por el contrario, en las pantallas de televisión pasan videos musicales de diferentes géneros sin que impere la banda, mucho menos los corridos o narco corridos. Hay fiesta. El personal es amable, los tragos baratos y la conversación disipa el miedo, que no aparece ni siquiera cuando nos marchamos y cruzamos la amplia y desierta calle Francisco Villa para abordar el auto y dirigirnos al hotel.

Antes de tomar el rumbo damos un par de vueltas por un Culiacán vacío. Señala allá las oficinas del Noroeste, uno de los diarios más importantes del estado. Más adelante se ubica una vieja catedral con huellas de balas que muchos confunden con las del Culiacanazo, cuando en realidad corresponden a conflictos revolucionarios. Cuadras posteriores me muestra el memorial de Javier Valdez; siento escalofríos al saber que allí fue donde lo asesinaron. Después de unas calles pasamos —por error— frente al hospital donde están internados los diputados de Movimiento Ciudadano. Está rodeado de militares y policías. Vamos a vuelta de rueda y creo que ambos pensamos lo mismo: que dos hombres en un auto, de noche, no despierten su sospecha ni su duda.
Al día siguiente tenemos planeado ir al teatro Pablo de Villavicencio, donde la Orquesta Sinfónica de Sinaloa tocará un concierto con piezas de Brahms. Desafortunadamente el concierto se mueve por la agenda de la orquesta, aunque el programa se mantendrá para el sábado. Además, el Pedro Pablo tiene unas reuniones que atender, así que, si es posible, nos veremos más tarde. Mientras, voy al centro y como un sushi “mochón”, como le dicen acá, indigno para cualquier japonés, pero delicioso para todo aquel que tenga ganas de atascarse con las combinaciones más inverosímiles de ingredientes con arroz y algas.
Visito el Museo de Arte de Sinaloa que tiene una pequeña, no por ello menor, colección de artistas como Pedro Coronel, José Clemente Orozco, Lilia Castro, Manuel Felguérez, entre otros. La más curiosa —y probablemente la más importante— es el autorretrato de un joven Diego Rivera, el primero que realizó, en 1906. Antes de verlo, el Pedro Pablo se refiere a él burlonamente como el “único Rivera guapo”, no le creo hasta que veo la obra.
A pocos metros encuentro una librería independiente, La Sra. Dalloway; tiene buenos títulos y además descubro que ofrece talleres de escritura y clubs de lectura. Exploro sus pasillos y escucho a un grupo de mujeres hablar sobre la obra de Virginia Woolf. De pronto se me acerca una joven a preguntarme si busco algo en específico o deseo una recomendación. Quisiera ambas; pero debo ser fuerte y salgo sin caer en la tentación. Antes de marcharme escucho la discusión entre dos participantes, quienes mencionan que no es lo mismo escribir desde el privilegio que tuvo Woolf, al pertenecer a la burguesía inglesa de la época, que desde la realidad de las escritoras sinaloenses, insertas en un contexto más complejo.
Sigo recorriendo el primer cuadro de la ciudad. En una de las plazoletas, un grupo de boleadores de zapatos revisa el diario, una joven ofrece ajustes quiroprácticos en una camilla de masajes portátil, personas van y vienen rumbo a sus destinos; junto al quiosco se realiza un mitin que condena la “agresión imperialista en Venezuela” y pide la liberación de Nicolás Maduro. Culiacán deja de ser aquel lugar hostil del que hay que cuidarse las espaldas, con la Guardia Nacional y patrullas bloqueando las calles y permitiendo el paso a cuentagotas. Camino sintiendo paz y contemplando una ciudad con mucha belleza en lo cotidiano.
A un lado del teatro Pablo de Villavicencio hay un callejón que los jueves se transforma en el “Jardín de las Artes”. Allí la calle se llena de puestos donde artistas locales ofrecen sus productos y un improvisado escenario da cabida a distintas manifestaciones artísticas. Un hombre mayor lanza una pregunta sobre cultura para regalar un libro; un par de amigas responden correctamente y felices lo recogen. Después cede el micrófono a un poeta local, un hombre mayor que recita un poema cursi y aleccionador sobre la crianza de los hijos. Qué más da lo mala que sea la poesía, o si algunas pinturas no cumplen con el nivel del canon: lo importante es el equilibrio que provee, el oxígeno que necesita parte de la sociedad culichi.
Voy hacia la calle General Ángel Flores. Conforme me acerco, veo varios murales; el muralismo culiacanense no le pide nada a ningún otro de México. En un estacionamiento hay uno estilo grabado con el rostro de Javier Valdez. En una casa abandonada, con bolsas de basura sobre la banqueta, se muestran diferentes rostros de hombres y mujeres rodeados de flores; arriba de ellos está la pregunta: “¿Dónde están?”, y en la puerta, sobre un fondo morado, dice: “En Sinaloa, de septiembre del 2006 a septiembre del 2019, han desaparecido 4 524 personas”. La misma pregunta: “¿Cuándo volverán?”. La Red Lupa, que evalúa lo que hace el Estado para localizar a las personas desaparecidas, con corte al 16 de mayo del 2025, tenía registro de 6 305 personas desaparecidas; es decir, 1 781 personas más en seis años.
La Ángel Flores es una fiesta: hay bares con mesas sobre las aceras, cafeterías y restaurantes. Sobre la banqueta, el Cuarteto Universitario toca boleros, incitando rápidamente —sobre todo a adultos mayores— a bailar en medio de la calle que el Ayuntamiento cierra porque el concierto forma parte de la Agenda Cultural Universitaria, organizada por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). De fondo hay algo curioso: el gobernador del estado, Rubén Rocha, cuyo mandato es altamente cuestionado por la sociedad civil —y a quien no pocos culpan del incremento de la violencia—, fungió como testigo de honor en la firma del convenio entre la UAS y el municipio. El objetivo, según, es “generar una alianza que permita establecer una agenda conjunta promoviendo proyectos culturales, artísticos y deportivos, que fortalezcan el sentido social en la capital sinaloense”. Lo que sea que eso signifique.
En realidad, da igual el trasfondo burocrático e hipócrita cuando se replican regularmente este tipo de actividades en el espacio público. Pienso que, al igual que yo, los demás se olvidan del sonido de las balas que suenan primero como cohetes cuando salen del arma y después chiflan cuando rebotan tomando direcciones impredecibles, como lo describió una profesora con la que platiqué estos días cuando me compartió que junto con su familia había presenciado el asesinato de dos personas afuera de un negocio de comida.
Culiacán es una ciudad amigable: la gente se saluda cuando se reconoce en la calle y se detienen unos minutos para ponerse al tanto de la vida. El acento culichi genera confianza cuando se escuchan palabras honestas y dichos jocosos. Conforme recorro Culiacán estos días, a muchos les sorprendía mi presencia. “¿Por qué Culiacán?”. Pareciera que no hay una razón para venir por voluntad propia. Le sorprendió al Pedro Pablo y a los amigos que nos encontramos en el camino. Lo mismo le preguntó con genuina duda y emoción el periodista Julio Bernal al escritor español Arturo Pérez-Reverte, quien radicó un tiempo en Culiacán y habría de inspirarle su emblemático personaje María Teresa Mendoza de su novela La reina del sur: “El mundo es un extenso campo, ¿por qué Culiacán? ¿Cómo saber de Culiacán? ¿Cómo te enteraste de que esta minúscula ciudad, en cuanto al mundo, existía?”. Pérez-Reverte respondió que su primer acercamiento fue por los narcocorridos, de esa curiosidad que despierta en el otro una violencia vista casi como quien observa una serie de televisión, solo que la atracción derivó en conocer la ciudad, vivirla, formar parte de ella y crear amistades.
Llega el día de marcharme. Curiosamente, una parte de mí no quiere irse. Es viernes al mediodía y el calor invita a un aguachile y una cerveza. Mientras espero abordar el vuelo de regreso a la Ciudad de México, pienso en lo que me hizo falta explorar, y el Pedro Pablo me augura aún mucho por descubrir: las iguanas libres y colgadas de cabeza en los árboles del parque, visitar el cineclub El Beso del Búho, asistir a alguna actividad de las propuestas en La Casa del Maquío —la que fuera casa del expolítico Manuel Clouthier, convertida desde 2014 en centro cultural—, presentarme a sus amigos de la revista El Espejo... Con esa promesa me voy, ya sin miedo, de Culiacán; eso sí, con un profundo cariño y respeto por esa tierra y por su gente, que resiste e insiste en vivir pese a todo.
{{ linea }}

La noche culichi: la negación de un toque de queda enquistado.
Un viaje por los territorios traseros (y libres de miedo) de la ruleta rusa en que se ha convertido el día a día de los habitantes de Culiacán, la ciudad asediada.
En el Aeropuerto Internacional de Culiacán hay más tiendas de productos de beisbol que de cualquier otro giro. En una de ellas, dos muchachas de acento culichi, ataviadas con jersey y gorra de los Tomateros —el equipo local—, invitan a la gente a comprar productos con descuento. Tal vez no es cuestión de marketing, sino del castigo impuesto al equipo por perder recientemente el campeonato de la Liga del Pacífico ante los Charros de Jalisco.
Tomo un taxi al hotel y hago lo de siempre cuando abordo un servicio de transporte: conversar para sondear el lugar. No comenzamos con banalidades como el clima o el tráfico —que siempre sirve para romper el hielo y medir la confianza—; el conductor sabe, incluso parece desear hablar sobre la violencia que existe en la ciudad. “¿Cómo está la cosa por acá?”, pregunto. “Mal”, no teme en decir. En otras ciudades con el estigma de inseguridad que prácticamente predomina en todo México, algunos matizan esa cruda realidad; acá no, y aunque quisiera, sería difícil hacerlo. A medida que avanzamos por la ciudad se ve una presencia constante de seguridad: patrullas estatales y de la Guardia Nacional. Lo que más impresiona son los DN11, vehículos blindados del Ejército, con cristales de 95 milímetros y placas de acero de 10 milímetros, capaces de soportar proyectiles calibre .50, utilizados —entre otras armas— por los rifles Barret M82, algunos de los favoritos de los grupos delincuenciales. Sin ir tan lejos, dice que ayer hubo “movimiento”, así le llaman a cuando ocurren balaceras, persecuciones, bloqueos o algún otro acontecimiento derivado de la guerra interna entre cárteles o contra el Ejército. Lo provocó la reciente liberación de Nicole Pardo, mejor conocida como La Nicholette, una “influencer” levantada el 20 de enero, cuyo secuestro quedó grabado en video desde su camioneta Tesla Cybertruck. Nicole, como muchos otros creadores de contenido en el estado, ha sido vinculada —con pruebas o con dichos— al narcotráfico. Horas antes de quedar en libertad, salió a la luz un video en el que admite trabajar con una de las facciones que operan en Sinaloa. El hecho generó tensión y la posibilidad de conflictos armados.
Estaré en Culiacán por trabajo durante seis días. Quienes lo saben expresan su preocupación; imaginan la ciudad en llamas. Es comprensible. La violencia acá no es un fenómeno nuevo, aunque se ha exacerbado desde el Culiacanazo, el fallido operativo para capturar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán. Desde entonces, los ciudadanos han padecido la ruptura de treguas y el desconocimiento de códigos que mantenían una cotidianidad en relativa paz, pese a tratarse de un territorio con larga tradición ligada al cultivo y trasiego de droga y el crimen organizado, el cual data de los sembradíos de opio en estados como Michoacán, Guerrero, Sinaloa, destinados a la exportación hacia Estados Unidos para la producción de morfina durante la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hace no mucho, en la cuna del que fue considerado el cártel más peligroso del mundo: el Cártel de Sinaloa.
Lo sé porque el Pedro Pablo, un buen amigo con el que coincidimos esporádicamente en tierras michoacanas, me lo explica desde su perspectiva como historiador y habitante de Culiacán. Apareció al tercer día para mostrarme una cara distinta de la ciudad, una que tal vez no puede separarse por completo de la marca de la violencia, pero que representa con mayor fidelidad a la sociedad culichi.

Los primeros días los paso recluido por las tardes, apenas cumpliendo con los deberes laborales, con el miedo que inyectan las noticias, las cuales, aun con información veraz, no dejan de ser tan solo una parte de la realidad, y yo quisiera conocer esa otra parte.
Una realidad, en ocasiones, poco optimista. Ayer, el general Alejandro Bravo, secretario de seguridad de Culiacán, y su equipo fueron víctimas de un tiroteo en el poniente de la ciudad, cerca del aeropuerto. Si bien no hubo pérdidas humanas, sí se registraron varios lesionados, entre ellos civiles. La balacera y persecución ocurrieron cerca de un kínder, por lo que se cancelaron las clases ese día, una situación ya común: apelar al formato de enseñanza híbrido, con las implicaciones que conllevan en el aprendizaje y la convivencia social, al priorizar la seguridad de las infancias.
El suceso me lo cuenta primero mi pareja vía mensaje por la mañana, después lo detalla el conductor de Uber rumbo a mi destino. Lanzo preguntas para indagar sobre otros acontecimientos sin despertar suspicacias: “¿Por qué quiere saber tanto?”, una duda que podría vulnerarme, pues, al fin y al cabo, existen demasiadas variables en un entramado tan complejo como es la empresa del narcotráfico; nunca se sabe quién conoce a quién ni quién trabaja para quién. Parece no percibir mi precaución y continúa hablando como si lo hiciera con un amigo. En un semáforo en rojo, cerca del barrio de Las Quintas, dice que la calma es intermitente, se trata de suerte o, mejor dicho, mala suerte. Estar en el lugar y momento equivocado nunca fue tan bien aplicado para lo que vive Culiacán. Cuenta lo ocurrido el 13 de enero, cuando un joven estudiante de Derecho de 23 años fue asesinado por el Ejército, mientras que su novia resultó herida. El automóvil en el que viajaban fue confundido con el que los militares perseguían durante un operativo. La versión oficial habló de un lamentable fuego cruzado; familiares y testigos, en cambio, aseguran que se trató de una negligencia por parte de los soldados. Cita dos casos más de víctimas por balas perdidas: el de una chica en un centro comercial y el de un amigo suyo en una gasolinera. Avanzando lentamente entre el tráfico, remata que, en una de esas, si alguien decidiera “quebrarse” a los que van delante de nosotros, nada garantizaría que no terminemos engrosando la estadística. Ese es el nivel de exposición que enfrentan los ciudadanos en el día a día: una especie de desafortunada ruleta rusa.
Por la tarde, los planes para vernos con el Pedro Pablo casi se cancelan, así lo dice su mensaje:
Oye, Jaime, pues parece que te está tocando pasar un día en Culiacán en todo su triste esplendor. Están reportando en las noticias que recientemente balearon a un político importante de aquí de la ciudad y, por ende, el ambiente se va a poner calientito. A como van las cosas y si no ha pasado a mayores, te aviso para ver si reconfiguramos horario porque la presencia patrullera en las calles en estos casos suele descomponer mucho el ambiente.
Se refiere al atentado del que fueron víctimas el 28 de enero los políticos Sergio Torres y Elizabeth Montoya. El primero, exalcalde de Culiacán y presidente de Movimiento Ciudadano en Sinaloa; Montoya, legisladora por el mismo partido. Ocurrió al mediodía, en la zona del malecón viejo, muy cerca del centro. “Varios encontronazos han ocurrido en el primer cuadro, a la vista y riesgo de todos”, dice el Pedro Pablo. Elizabeth ha perdido un ojo por las esquirlas. Sergio se encuentra en estado grave.
Su mensaje forma parte de las dinámicas de comunicación de la ciudad: avisos directos o que fluyen en grupos de redes sociales donde la gente se informa más que por mitote, para tomar precauciones, desviar caminos o no salir de casa.
Después de algunas horas recibo un nuevo mensaje y me confirma que sí nos vemos. Tengo algo de temor y no sé si inventarle algo y cancelar. Dejo fluir ese miedo sin darle tantas vueltas a las posibilidades. ¿Así vivirá la gente de Culiacán? ¿Pensando constantemente en escenarios catastróficos?
A las cinco y media pasa por mí; el sol casi se oculta. El reencuentro, después de tantos años, nos provoca una profunda alegría. Nos abrazamos y abordamos su auto. Recorremos la ciudad en lo que él denomina “el tour”. Antes de llegar a la primera parada, me descubre, desde su mirada como alguien que conoce su ciudad a profundidad, una dimensión de lo cotidiano que por sí sola no habría llamado mi atención: las vías del tren y la costumbre de la gente de reunirse por las tardes para verlo pasar por el puente negro, en el Parque Acuático, uno de los quizá pocos esfuerzos de obra pública para embellecer la ciudad.
El Pedro Pablo estaciona el auto afuera de la capilla de Jesús Malverde; la oscuridad ya ha caído sobre las calles vacías. Baja con seguridad y lo sigo. En el lugar solo hay dos personas: un joven que atiende un puesto de pulseras, estampas, relicarios y otros objetos del “santo” patrono de los narcotraficantes y los marginados; y un hombre mayor que apaga veladoras y parece preparar todo para cerrar la capilla. Miro los detalles del espacio, el Pedro Pablo me platica, además de la historia de este “Robin Hood mexicano”, la manera en la que la modernidad del pensamiento y las dinámicas del narcotráfico actual han mermado la vigencia del culto a Malverde. En otros tiempos, la capilla estaría llena, como en los documentales y notas periodísticas de antaño, en el que multitudes le pedían algún favor o lo visitaban para darle las gracias con procesiones y música de banda. Hoy en día, los devotos o bien diversificaron su fe en otros símbolos —La Santa Muerte, San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe— o declaran un agnosticismo inconsciente; es decir, se alejan de las figuras de fe en pos del materialismo y el poder. Algunos más, como Nazario Moreno, quien fuera líder de los Caballeros Templarios, en Michoacán, buscan formar un culto alrededor de su propia figura.
Los dólares sobre las paredes, las fotografías, las losas con agradecimientos: todo signo de devoción parece viejo. Puede ser que nos equivocamos y mañana será un mejor día para Malverde; por ahora nos alejamos dejando atrás su imagen entre sombras y soledad.
Seguimos por las calles de una ciudad desierta. Negocios y casas parecerían irrelevantes de no ser porque mi amigo cuenta lo que hay detrás. En una esquina, un letrero anuncia el Café Teatro Cúcara y Mácara. Podría tratarse de cualquier otro espacio artístico independiente, pero además de representar ese contrapeso a la violencia, estamos ante la casa de Óscar Liera, dramaturgo culichi, integrante de la generación de la nueva dramaturgia mexicana y de los principales impulsores de la nueva épica regional. Liera fue toda una escuela, por eso entristece ver el mural con su rostro apenas visible bajo el alumbrado público.
Nos adentramos cada vez más en el centro histórico de Culiacán. Pasamos frente a la Universidad Autónoma de Sinaloa, de donde él es egresado. Resulta imposible no hablar de Héctor Cuén, exrector, cacique y político, asesinado el 25 de julio del 2024, el mismo día del secuestro del Mayo Zambada, traicionado por los hijos del Chapo. En una trama digna de una serie de televisión, se intentó hacer pasar el crimen de Cuén como un asalto fallido, pero las declaraciones de Zambada abrieron la caja de pandora:
Cuén era amigo mío desde hacía mucho tiempo […] Sé que la versión de las autoridades es que Héctor Cuén fue tiroteado la noche del 25 de julio por dos hombres en motocicleta que querían robar su camioneta. Eso no ocurrió. Lo mataron a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron.
Más allá de este oscuro capítulo, queda una gestión cuestionable que, a ojos de muchos, costó nivel académico, prestigio y enquistó figuras de poder dentro de la máxima casa de estudios en el estado.
Paramos en un café cerca del Jardín Botánico. Son casi las ocho de la noche. En los alrededores se aprecia gente corriendo, caminando, paseando a sus perros o en bicicleta. Resulta agradable ver roto el toque de queda autoimpuesto que muchos lugares del país adoptan ante climas de violencia. Conversamos un rato; antes de marcharnos el Pedro Pablo se encuentra a una amiga reportera de cultura que acaba de salir de un gimnasio y entró al lugar para esperar su Uber. Se saludan con camaradería. Le pregunta qué actividades habrá en estos días, supongo que para dejarme recomendaciones. Ella responde que no sabe, pues está alejada del oficio desde hace tiempo. Hablan proyectando la alegría de quien ve a un viejo amigo, pero no logra esconder el nerviosismo de encontrarse en la calle cuando la oscuridad domina el exterior. Hace unos cuantos comentarios sobre la situación de la ciudad. Si ha elegido ese gimnasio es por la zona, que da al menos un poco de garantías.
El siguiente destino del tour es El Guayabo, un restaurante que en realidad tiene más aires de cantina-bar. Saber hacia dónde nos dirigimos me genera cierta ansiedad. Otro conductor de Uber dijo, sin que yo le preguntara, que evitara los bares: “Ahí nomás andan viendo quién entra y quién sale. Tienen todo bien checado”. Incluso sin esa advertencia no habría pensado en visitar uno por mi propia cuenta. No es difícil imaginarlos, asumiendo el prejuicio correspondiente, como un blanco fácil para ataques o como guarida de sicarios. Con todo, confío plenamente en el Pedro Pablo. Entramos y descubrimos un oasis: las mesas están ocupadas por hombres y mujeres absortos en sus asuntos, beben, comen, conversan, sonríen. El ambiente carece de tensión; por el contrario, en las pantallas de televisión pasan videos musicales de diferentes géneros sin que impere la banda, mucho menos los corridos o narco corridos. Hay fiesta. El personal es amable, los tragos baratos y la conversación disipa el miedo, que no aparece ni siquiera cuando nos marchamos y cruzamos la amplia y desierta calle Francisco Villa para abordar el auto y dirigirnos al hotel.

Antes de tomar el rumbo damos un par de vueltas por un Culiacán vacío. Señala allá las oficinas del Noroeste, uno de los diarios más importantes del estado. Más adelante se ubica una vieja catedral con huellas de balas que muchos confunden con las del Culiacanazo, cuando en realidad corresponden a conflictos revolucionarios. Cuadras posteriores me muestra el memorial de Javier Valdez; siento escalofríos al saber que allí fue donde lo asesinaron. Después de unas calles pasamos —por error— frente al hospital donde están internados los diputados de Movimiento Ciudadano. Está rodeado de militares y policías. Vamos a vuelta de rueda y creo que ambos pensamos lo mismo: que dos hombres en un auto, de noche, no despierten su sospecha ni su duda.
Al día siguiente tenemos planeado ir al teatro Pablo de Villavicencio, donde la Orquesta Sinfónica de Sinaloa tocará un concierto con piezas de Brahms. Desafortunadamente el concierto se mueve por la agenda de la orquesta, aunque el programa se mantendrá para el sábado. Además, el Pedro Pablo tiene unas reuniones que atender, así que, si es posible, nos veremos más tarde. Mientras, voy al centro y como un sushi “mochón”, como le dicen acá, indigno para cualquier japonés, pero delicioso para todo aquel que tenga ganas de atascarse con las combinaciones más inverosímiles de ingredientes con arroz y algas.
Visito el Museo de Arte de Sinaloa que tiene una pequeña, no por ello menor, colección de artistas como Pedro Coronel, José Clemente Orozco, Lilia Castro, Manuel Felguérez, entre otros. La más curiosa —y probablemente la más importante— es el autorretrato de un joven Diego Rivera, el primero que realizó, en 1906. Antes de verlo, el Pedro Pablo se refiere a él burlonamente como el “único Rivera guapo”, no le creo hasta que veo la obra.
A pocos metros encuentro una librería independiente, La Sra. Dalloway; tiene buenos títulos y además descubro que ofrece talleres de escritura y clubs de lectura. Exploro sus pasillos y escucho a un grupo de mujeres hablar sobre la obra de Virginia Woolf. De pronto se me acerca una joven a preguntarme si busco algo en específico o deseo una recomendación. Quisiera ambas; pero debo ser fuerte y salgo sin caer en la tentación. Antes de marcharme escucho la discusión entre dos participantes, quienes mencionan que no es lo mismo escribir desde el privilegio que tuvo Woolf, al pertenecer a la burguesía inglesa de la época, que desde la realidad de las escritoras sinaloenses, insertas en un contexto más complejo.
Sigo recorriendo el primer cuadro de la ciudad. En una de las plazoletas, un grupo de boleadores de zapatos revisa el diario, una joven ofrece ajustes quiroprácticos en una camilla de masajes portátil, personas van y vienen rumbo a sus destinos; junto al quiosco se realiza un mitin que condena la “agresión imperialista en Venezuela” y pide la liberación de Nicolás Maduro. Culiacán deja de ser aquel lugar hostil del que hay que cuidarse las espaldas, con la Guardia Nacional y patrullas bloqueando las calles y permitiendo el paso a cuentagotas. Camino sintiendo paz y contemplando una ciudad con mucha belleza en lo cotidiano.
A un lado del teatro Pablo de Villavicencio hay un callejón que los jueves se transforma en el “Jardín de las Artes”. Allí la calle se llena de puestos donde artistas locales ofrecen sus productos y un improvisado escenario da cabida a distintas manifestaciones artísticas. Un hombre mayor lanza una pregunta sobre cultura para regalar un libro; un par de amigas responden correctamente y felices lo recogen. Después cede el micrófono a un poeta local, un hombre mayor que recita un poema cursi y aleccionador sobre la crianza de los hijos. Qué más da lo mala que sea la poesía, o si algunas pinturas no cumplen con el nivel del canon: lo importante es el equilibrio que provee, el oxígeno que necesita parte de la sociedad culichi.
Voy hacia la calle General Ángel Flores. Conforme me acerco, veo varios murales; el muralismo culiacanense no le pide nada a ningún otro de México. En un estacionamiento hay uno estilo grabado con el rostro de Javier Valdez. En una casa abandonada, con bolsas de basura sobre la banqueta, se muestran diferentes rostros de hombres y mujeres rodeados de flores; arriba de ellos está la pregunta: “¿Dónde están?”, y en la puerta, sobre un fondo morado, dice: “En Sinaloa, de septiembre del 2006 a septiembre del 2019, han desaparecido 4 524 personas”. La misma pregunta: “¿Cuándo volverán?”. La Red Lupa, que evalúa lo que hace el Estado para localizar a las personas desaparecidas, con corte al 16 de mayo del 2025, tenía registro de 6 305 personas desaparecidas; es decir, 1 781 personas más en seis años.
La Ángel Flores es una fiesta: hay bares con mesas sobre las aceras, cafeterías y restaurantes. Sobre la banqueta, el Cuarteto Universitario toca boleros, incitando rápidamente —sobre todo a adultos mayores— a bailar en medio de la calle que el Ayuntamiento cierra porque el concierto forma parte de la Agenda Cultural Universitaria, organizada por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). De fondo hay algo curioso: el gobernador del estado, Rubén Rocha, cuyo mandato es altamente cuestionado por la sociedad civil —y a quien no pocos culpan del incremento de la violencia—, fungió como testigo de honor en la firma del convenio entre la UAS y el municipio. El objetivo, según, es “generar una alianza que permita establecer una agenda conjunta promoviendo proyectos culturales, artísticos y deportivos, que fortalezcan el sentido social en la capital sinaloense”. Lo que sea que eso signifique.
En realidad, da igual el trasfondo burocrático e hipócrita cuando se replican regularmente este tipo de actividades en el espacio público. Pienso que, al igual que yo, los demás se olvidan del sonido de las balas que suenan primero como cohetes cuando salen del arma y después chiflan cuando rebotan tomando direcciones impredecibles, como lo describió una profesora con la que platiqué estos días cuando me compartió que junto con su familia había presenciado el asesinato de dos personas afuera de un negocio de comida.
Culiacán es una ciudad amigable: la gente se saluda cuando se reconoce en la calle y se detienen unos minutos para ponerse al tanto de la vida. El acento culichi genera confianza cuando se escuchan palabras honestas y dichos jocosos. Conforme recorro Culiacán estos días, a muchos les sorprendía mi presencia. “¿Por qué Culiacán?”. Pareciera que no hay una razón para venir por voluntad propia. Le sorprendió al Pedro Pablo y a los amigos que nos encontramos en el camino. Lo mismo le preguntó con genuina duda y emoción el periodista Julio Bernal al escritor español Arturo Pérez-Reverte, quien radicó un tiempo en Culiacán y habría de inspirarle su emblemático personaje María Teresa Mendoza de su novela La reina del sur: “El mundo es un extenso campo, ¿por qué Culiacán? ¿Cómo saber de Culiacán? ¿Cómo te enteraste de que esta minúscula ciudad, en cuanto al mundo, existía?”. Pérez-Reverte respondió que su primer acercamiento fue por los narcocorridos, de esa curiosidad que despierta en el otro una violencia vista casi como quien observa una serie de televisión, solo que la atracción derivó en conocer la ciudad, vivirla, formar parte de ella y crear amistades.
Llega el día de marcharme. Curiosamente, una parte de mí no quiere irse. Es viernes al mediodía y el calor invita a un aguachile y una cerveza. Mientras espero abordar el vuelo de regreso a la Ciudad de México, pienso en lo que me hizo falta explorar, y el Pedro Pablo me augura aún mucho por descubrir: las iguanas libres y colgadas de cabeza en los árboles del parque, visitar el cineclub El Beso del Búho, asistir a alguna actividad de las propuestas en La Casa del Maquío —la que fuera casa del expolítico Manuel Clouthier, convertida desde 2014 en centro cultural—, presentarme a sus amigos de la revista El Espejo... Con esa promesa me voy, ya sin miedo, de Culiacán; eso sí, con un profundo cariño y respeto por esa tierra y por su gente, que resiste e insiste en vivir pese a todo.
{{ linea }}

Un viaje por los territorios traseros (y libres de miedo) de la ruleta rusa en que se ha convertido el día a día de los habitantes de Culiacán, la ciudad asediada.
En el Aeropuerto Internacional de Culiacán hay más tiendas de productos de beisbol que de cualquier otro giro. En una de ellas, dos muchachas de acento culichi, ataviadas con jersey y gorra de los Tomateros —el equipo local—, invitan a la gente a comprar productos con descuento. Tal vez no es cuestión de marketing, sino del castigo impuesto al equipo por perder recientemente el campeonato de la Liga del Pacífico ante los Charros de Jalisco.
Tomo un taxi al hotel y hago lo de siempre cuando abordo un servicio de transporte: conversar para sondear el lugar. No comenzamos con banalidades como el clima o el tráfico —que siempre sirve para romper el hielo y medir la confianza—; el conductor sabe, incluso parece desear hablar sobre la violencia que existe en la ciudad. “¿Cómo está la cosa por acá?”, pregunto. “Mal”, no teme en decir. En otras ciudades con el estigma de inseguridad que prácticamente predomina en todo México, algunos matizan esa cruda realidad; acá no, y aunque quisiera, sería difícil hacerlo. A medida que avanzamos por la ciudad se ve una presencia constante de seguridad: patrullas estatales y de la Guardia Nacional. Lo que más impresiona son los DN11, vehículos blindados del Ejército, con cristales de 95 milímetros y placas de acero de 10 milímetros, capaces de soportar proyectiles calibre .50, utilizados —entre otras armas— por los rifles Barret M82, algunos de los favoritos de los grupos delincuenciales. Sin ir tan lejos, dice que ayer hubo “movimiento”, así le llaman a cuando ocurren balaceras, persecuciones, bloqueos o algún otro acontecimiento derivado de la guerra interna entre cárteles o contra el Ejército. Lo provocó la reciente liberación de Nicole Pardo, mejor conocida como La Nicholette, una “influencer” levantada el 20 de enero, cuyo secuestro quedó grabado en video desde su camioneta Tesla Cybertruck. Nicole, como muchos otros creadores de contenido en el estado, ha sido vinculada —con pruebas o con dichos— al narcotráfico. Horas antes de quedar en libertad, salió a la luz un video en el que admite trabajar con una de las facciones que operan en Sinaloa. El hecho generó tensión y la posibilidad de conflictos armados.
Estaré en Culiacán por trabajo durante seis días. Quienes lo saben expresan su preocupación; imaginan la ciudad en llamas. Es comprensible. La violencia acá no es un fenómeno nuevo, aunque se ha exacerbado desde el Culiacanazo, el fallido operativo para capturar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán. Desde entonces, los ciudadanos han padecido la ruptura de treguas y el desconocimiento de códigos que mantenían una cotidianidad en relativa paz, pese a tratarse de un territorio con larga tradición ligada al cultivo y trasiego de droga y el crimen organizado, el cual data de los sembradíos de opio en estados como Michoacán, Guerrero, Sinaloa, destinados a la exportación hacia Estados Unidos para la producción de morfina durante la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hace no mucho, en la cuna del que fue considerado el cártel más peligroso del mundo: el Cártel de Sinaloa.
Lo sé porque el Pedro Pablo, un buen amigo con el que coincidimos esporádicamente en tierras michoacanas, me lo explica desde su perspectiva como historiador y habitante de Culiacán. Apareció al tercer día para mostrarme una cara distinta de la ciudad, una que tal vez no puede separarse por completo de la marca de la violencia, pero que representa con mayor fidelidad a la sociedad culichi.

Los primeros días los paso recluido por las tardes, apenas cumpliendo con los deberes laborales, con el miedo que inyectan las noticias, las cuales, aun con información veraz, no dejan de ser tan solo una parte de la realidad, y yo quisiera conocer esa otra parte.
Una realidad, en ocasiones, poco optimista. Ayer, el general Alejandro Bravo, secretario de seguridad de Culiacán, y su equipo fueron víctimas de un tiroteo en el poniente de la ciudad, cerca del aeropuerto. Si bien no hubo pérdidas humanas, sí se registraron varios lesionados, entre ellos civiles. La balacera y persecución ocurrieron cerca de un kínder, por lo que se cancelaron las clases ese día, una situación ya común: apelar al formato de enseñanza híbrido, con las implicaciones que conllevan en el aprendizaje y la convivencia social, al priorizar la seguridad de las infancias.
El suceso me lo cuenta primero mi pareja vía mensaje por la mañana, después lo detalla el conductor de Uber rumbo a mi destino. Lanzo preguntas para indagar sobre otros acontecimientos sin despertar suspicacias: “¿Por qué quiere saber tanto?”, una duda que podría vulnerarme, pues, al fin y al cabo, existen demasiadas variables en un entramado tan complejo como es la empresa del narcotráfico; nunca se sabe quién conoce a quién ni quién trabaja para quién. Parece no percibir mi precaución y continúa hablando como si lo hiciera con un amigo. En un semáforo en rojo, cerca del barrio de Las Quintas, dice que la calma es intermitente, se trata de suerte o, mejor dicho, mala suerte. Estar en el lugar y momento equivocado nunca fue tan bien aplicado para lo que vive Culiacán. Cuenta lo ocurrido el 13 de enero, cuando un joven estudiante de Derecho de 23 años fue asesinado por el Ejército, mientras que su novia resultó herida. El automóvil en el que viajaban fue confundido con el que los militares perseguían durante un operativo. La versión oficial habló de un lamentable fuego cruzado; familiares y testigos, en cambio, aseguran que se trató de una negligencia por parte de los soldados. Cita dos casos más de víctimas por balas perdidas: el de una chica en un centro comercial y el de un amigo suyo en una gasolinera. Avanzando lentamente entre el tráfico, remata que, en una de esas, si alguien decidiera “quebrarse” a los que van delante de nosotros, nada garantizaría que no terminemos engrosando la estadística. Ese es el nivel de exposición que enfrentan los ciudadanos en el día a día: una especie de desafortunada ruleta rusa.
Por la tarde, los planes para vernos con el Pedro Pablo casi se cancelan, así lo dice su mensaje:
Oye, Jaime, pues parece que te está tocando pasar un día en Culiacán en todo su triste esplendor. Están reportando en las noticias que recientemente balearon a un político importante de aquí de la ciudad y, por ende, el ambiente se va a poner calientito. A como van las cosas y si no ha pasado a mayores, te aviso para ver si reconfiguramos horario porque la presencia patrullera en las calles en estos casos suele descomponer mucho el ambiente.
Se refiere al atentado del que fueron víctimas el 28 de enero los políticos Sergio Torres y Elizabeth Montoya. El primero, exalcalde de Culiacán y presidente de Movimiento Ciudadano en Sinaloa; Montoya, legisladora por el mismo partido. Ocurrió al mediodía, en la zona del malecón viejo, muy cerca del centro. “Varios encontronazos han ocurrido en el primer cuadro, a la vista y riesgo de todos”, dice el Pedro Pablo. Elizabeth ha perdido un ojo por las esquirlas. Sergio se encuentra en estado grave.
Su mensaje forma parte de las dinámicas de comunicación de la ciudad: avisos directos o que fluyen en grupos de redes sociales donde la gente se informa más que por mitote, para tomar precauciones, desviar caminos o no salir de casa.
Después de algunas horas recibo un nuevo mensaje y me confirma que sí nos vemos. Tengo algo de temor y no sé si inventarle algo y cancelar. Dejo fluir ese miedo sin darle tantas vueltas a las posibilidades. ¿Así vivirá la gente de Culiacán? ¿Pensando constantemente en escenarios catastróficos?
A las cinco y media pasa por mí; el sol casi se oculta. El reencuentro, después de tantos años, nos provoca una profunda alegría. Nos abrazamos y abordamos su auto. Recorremos la ciudad en lo que él denomina “el tour”. Antes de llegar a la primera parada, me descubre, desde su mirada como alguien que conoce su ciudad a profundidad, una dimensión de lo cotidiano que por sí sola no habría llamado mi atención: las vías del tren y la costumbre de la gente de reunirse por las tardes para verlo pasar por el puente negro, en el Parque Acuático, uno de los quizá pocos esfuerzos de obra pública para embellecer la ciudad.
El Pedro Pablo estaciona el auto afuera de la capilla de Jesús Malverde; la oscuridad ya ha caído sobre las calles vacías. Baja con seguridad y lo sigo. En el lugar solo hay dos personas: un joven que atiende un puesto de pulseras, estampas, relicarios y otros objetos del “santo” patrono de los narcotraficantes y los marginados; y un hombre mayor que apaga veladoras y parece preparar todo para cerrar la capilla. Miro los detalles del espacio, el Pedro Pablo me platica, además de la historia de este “Robin Hood mexicano”, la manera en la que la modernidad del pensamiento y las dinámicas del narcotráfico actual han mermado la vigencia del culto a Malverde. En otros tiempos, la capilla estaría llena, como en los documentales y notas periodísticas de antaño, en el que multitudes le pedían algún favor o lo visitaban para darle las gracias con procesiones y música de banda. Hoy en día, los devotos o bien diversificaron su fe en otros símbolos —La Santa Muerte, San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe— o declaran un agnosticismo inconsciente; es decir, se alejan de las figuras de fe en pos del materialismo y el poder. Algunos más, como Nazario Moreno, quien fuera líder de los Caballeros Templarios, en Michoacán, buscan formar un culto alrededor de su propia figura.
Los dólares sobre las paredes, las fotografías, las losas con agradecimientos: todo signo de devoción parece viejo. Puede ser que nos equivocamos y mañana será un mejor día para Malverde; por ahora nos alejamos dejando atrás su imagen entre sombras y soledad.
Seguimos por las calles de una ciudad desierta. Negocios y casas parecerían irrelevantes de no ser porque mi amigo cuenta lo que hay detrás. En una esquina, un letrero anuncia el Café Teatro Cúcara y Mácara. Podría tratarse de cualquier otro espacio artístico independiente, pero además de representar ese contrapeso a la violencia, estamos ante la casa de Óscar Liera, dramaturgo culichi, integrante de la generación de la nueva dramaturgia mexicana y de los principales impulsores de la nueva épica regional. Liera fue toda una escuela, por eso entristece ver el mural con su rostro apenas visible bajo el alumbrado público.
Nos adentramos cada vez más en el centro histórico de Culiacán. Pasamos frente a la Universidad Autónoma de Sinaloa, de donde él es egresado. Resulta imposible no hablar de Héctor Cuén, exrector, cacique y político, asesinado el 25 de julio del 2024, el mismo día del secuestro del Mayo Zambada, traicionado por los hijos del Chapo. En una trama digna de una serie de televisión, se intentó hacer pasar el crimen de Cuén como un asalto fallido, pero las declaraciones de Zambada abrieron la caja de pandora:
Cuén era amigo mío desde hacía mucho tiempo […] Sé que la versión de las autoridades es que Héctor Cuén fue tiroteado la noche del 25 de julio por dos hombres en motocicleta que querían robar su camioneta. Eso no ocurrió. Lo mataron a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron.
Más allá de este oscuro capítulo, queda una gestión cuestionable que, a ojos de muchos, costó nivel académico, prestigio y enquistó figuras de poder dentro de la máxima casa de estudios en el estado.
Paramos en un café cerca del Jardín Botánico. Son casi las ocho de la noche. En los alrededores se aprecia gente corriendo, caminando, paseando a sus perros o en bicicleta. Resulta agradable ver roto el toque de queda autoimpuesto que muchos lugares del país adoptan ante climas de violencia. Conversamos un rato; antes de marcharnos el Pedro Pablo se encuentra a una amiga reportera de cultura que acaba de salir de un gimnasio y entró al lugar para esperar su Uber. Se saludan con camaradería. Le pregunta qué actividades habrá en estos días, supongo que para dejarme recomendaciones. Ella responde que no sabe, pues está alejada del oficio desde hace tiempo. Hablan proyectando la alegría de quien ve a un viejo amigo, pero no logra esconder el nerviosismo de encontrarse en la calle cuando la oscuridad domina el exterior. Hace unos cuantos comentarios sobre la situación de la ciudad. Si ha elegido ese gimnasio es por la zona, que da al menos un poco de garantías.
El siguiente destino del tour es El Guayabo, un restaurante que en realidad tiene más aires de cantina-bar. Saber hacia dónde nos dirigimos me genera cierta ansiedad. Otro conductor de Uber dijo, sin que yo le preguntara, que evitara los bares: “Ahí nomás andan viendo quién entra y quién sale. Tienen todo bien checado”. Incluso sin esa advertencia no habría pensado en visitar uno por mi propia cuenta. No es difícil imaginarlos, asumiendo el prejuicio correspondiente, como un blanco fácil para ataques o como guarida de sicarios. Con todo, confío plenamente en el Pedro Pablo. Entramos y descubrimos un oasis: las mesas están ocupadas por hombres y mujeres absortos en sus asuntos, beben, comen, conversan, sonríen. El ambiente carece de tensión; por el contrario, en las pantallas de televisión pasan videos musicales de diferentes géneros sin que impere la banda, mucho menos los corridos o narco corridos. Hay fiesta. El personal es amable, los tragos baratos y la conversación disipa el miedo, que no aparece ni siquiera cuando nos marchamos y cruzamos la amplia y desierta calle Francisco Villa para abordar el auto y dirigirnos al hotel.

Antes de tomar el rumbo damos un par de vueltas por un Culiacán vacío. Señala allá las oficinas del Noroeste, uno de los diarios más importantes del estado. Más adelante se ubica una vieja catedral con huellas de balas que muchos confunden con las del Culiacanazo, cuando en realidad corresponden a conflictos revolucionarios. Cuadras posteriores me muestra el memorial de Javier Valdez; siento escalofríos al saber que allí fue donde lo asesinaron. Después de unas calles pasamos —por error— frente al hospital donde están internados los diputados de Movimiento Ciudadano. Está rodeado de militares y policías. Vamos a vuelta de rueda y creo que ambos pensamos lo mismo: que dos hombres en un auto, de noche, no despierten su sospecha ni su duda.
Al día siguiente tenemos planeado ir al teatro Pablo de Villavicencio, donde la Orquesta Sinfónica de Sinaloa tocará un concierto con piezas de Brahms. Desafortunadamente el concierto se mueve por la agenda de la orquesta, aunque el programa se mantendrá para el sábado. Además, el Pedro Pablo tiene unas reuniones que atender, así que, si es posible, nos veremos más tarde. Mientras, voy al centro y como un sushi “mochón”, como le dicen acá, indigno para cualquier japonés, pero delicioso para todo aquel que tenga ganas de atascarse con las combinaciones más inverosímiles de ingredientes con arroz y algas.
Visito el Museo de Arte de Sinaloa que tiene una pequeña, no por ello menor, colección de artistas como Pedro Coronel, José Clemente Orozco, Lilia Castro, Manuel Felguérez, entre otros. La más curiosa —y probablemente la más importante— es el autorretrato de un joven Diego Rivera, el primero que realizó, en 1906. Antes de verlo, el Pedro Pablo se refiere a él burlonamente como el “único Rivera guapo”, no le creo hasta que veo la obra.
A pocos metros encuentro una librería independiente, La Sra. Dalloway; tiene buenos títulos y además descubro que ofrece talleres de escritura y clubs de lectura. Exploro sus pasillos y escucho a un grupo de mujeres hablar sobre la obra de Virginia Woolf. De pronto se me acerca una joven a preguntarme si busco algo en específico o deseo una recomendación. Quisiera ambas; pero debo ser fuerte y salgo sin caer en la tentación. Antes de marcharme escucho la discusión entre dos participantes, quienes mencionan que no es lo mismo escribir desde el privilegio que tuvo Woolf, al pertenecer a la burguesía inglesa de la época, que desde la realidad de las escritoras sinaloenses, insertas en un contexto más complejo.
Sigo recorriendo el primer cuadro de la ciudad. En una de las plazoletas, un grupo de boleadores de zapatos revisa el diario, una joven ofrece ajustes quiroprácticos en una camilla de masajes portátil, personas van y vienen rumbo a sus destinos; junto al quiosco se realiza un mitin que condena la “agresión imperialista en Venezuela” y pide la liberación de Nicolás Maduro. Culiacán deja de ser aquel lugar hostil del que hay que cuidarse las espaldas, con la Guardia Nacional y patrullas bloqueando las calles y permitiendo el paso a cuentagotas. Camino sintiendo paz y contemplando una ciudad con mucha belleza en lo cotidiano.
A un lado del teatro Pablo de Villavicencio hay un callejón que los jueves se transforma en el “Jardín de las Artes”. Allí la calle se llena de puestos donde artistas locales ofrecen sus productos y un improvisado escenario da cabida a distintas manifestaciones artísticas. Un hombre mayor lanza una pregunta sobre cultura para regalar un libro; un par de amigas responden correctamente y felices lo recogen. Después cede el micrófono a un poeta local, un hombre mayor que recita un poema cursi y aleccionador sobre la crianza de los hijos. Qué más da lo mala que sea la poesía, o si algunas pinturas no cumplen con el nivel del canon: lo importante es el equilibrio que provee, el oxígeno que necesita parte de la sociedad culichi.
Voy hacia la calle General Ángel Flores. Conforme me acerco, veo varios murales; el muralismo culiacanense no le pide nada a ningún otro de México. En un estacionamiento hay uno estilo grabado con el rostro de Javier Valdez. En una casa abandonada, con bolsas de basura sobre la banqueta, se muestran diferentes rostros de hombres y mujeres rodeados de flores; arriba de ellos está la pregunta: “¿Dónde están?”, y en la puerta, sobre un fondo morado, dice: “En Sinaloa, de septiembre del 2006 a septiembre del 2019, han desaparecido 4 524 personas”. La misma pregunta: “¿Cuándo volverán?”. La Red Lupa, que evalúa lo que hace el Estado para localizar a las personas desaparecidas, con corte al 16 de mayo del 2025, tenía registro de 6 305 personas desaparecidas; es decir, 1 781 personas más en seis años.
La Ángel Flores es una fiesta: hay bares con mesas sobre las aceras, cafeterías y restaurantes. Sobre la banqueta, el Cuarteto Universitario toca boleros, incitando rápidamente —sobre todo a adultos mayores— a bailar en medio de la calle que el Ayuntamiento cierra porque el concierto forma parte de la Agenda Cultural Universitaria, organizada por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). De fondo hay algo curioso: el gobernador del estado, Rubén Rocha, cuyo mandato es altamente cuestionado por la sociedad civil —y a quien no pocos culpan del incremento de la violencia—, fungió como testigo de honor en la firma del convenio entre la UAS y el municipio. El objetivo, según, es “generar una alianza que permita establecer una agenda conjunta promoviendo proyectos culturales, artísticos y deportivos, que fortalezcan el sentido social en la capital sinaloense”. Lo que sea que eso signifique.
En realidad, da igual el trasfondo burocrático e hipócrita cuando se replican regularmente este tipo de actividades en el espacio público. Pienso que, al igual que yo, los demás se olvidan del sonido de las balas que suenan primero como cohetes cuando salen del arma y después chiflan cuando rebotan tomando direcciones impredecibles, como lo describió una profesora con la que platiqué estos días cuando me compartió que junto con su familia había presenciado el asesinato de dos personas afuera de un negocio de comida.
Culiacán es una ciudad amigable: la gente se saluda cuando se reconoce en la calle y se detienen unos minutos para ponerse al tanto de la vida. El acento culichi genera confianza cuando se escuchan palabras honestas y dichos jocosos. Conforme recorro Culiacán estos días, a muchos les sorprendía mi presencia. “¿Por qué Culiacán?”. Pareciera que no hay una razón para venir por voluntad propia. Le sorprendió al Pedro Pablo y a los amigos que nos encontramos en el camino. Lo mismo le preguntó con genuina duda y emoción el periodista Julio Bernal al escritor español Arturo Pérez-Reverte, quien radicó un tiempo en Culiacán y habría de inspirarle su emblemático personaje María Teresa Mendoza de su novela La reina del sur: “El mundo es un extenso campo, ¿por qué Culiacán? ¿Cómo saber de Culiacán? ¿Cómo te enteraste de que esta minúscula ciudad, en cuanto al mundo, existía?”. Pérez-Reverte respondió que su primer acercamiento fue por los narcocorridos, de esa curiosidad que despierta en el otro una violencia vista casi como quien observa una serie de televisión, solo que la atracción derivó en conocer la ciudad, vivirla, formar parte de ella y crear amistades.
Llega el día de marcharme. Curiosamente, una parte de mí no quiere irse. Es viernes al mediodía y el calor invita a un aguachile y una cerveza. Mientras espero abordar el vuelo de regreso a la Ciudad de México, pienso en lo que me hizo falta explorar, y el Pedro Pablo me augura aún mucho por descubrir: las iguanas libres y colgadas de cabeza en los árboles del parque, visitar el cineclub El Beso del Búho, asistir a alguna actividad de las propuestas en La Casa del Maquío —la que fuera casa del expolítico Manuel Clouthier, convertida desde 2014 en centro cultural—, presentarme a sus amigos de la revista El Espejo... Con esa promesa me voy, ya sin miedo, de Culiacán; eso sí, con un profundo cariño y respeto por esa tierra y por su gente, que resiste e insiste en vivir pese a todo.
{{ linea }}

La noche culichi: la negación de un toque de queda enquistado.
En el Aeropuerto Internacional de Culiacán hay más tiendas de productos de beisbol que de cualquier otro giro. En una de ellas, dos muchachas de acento culichi, ataviadas con jersey y gorra de los Tomateros —el equipo local—, invitan a la gente a comprar productos con descuento. Tal vez no es cuestión de marketing, sino del castigo impuesto al equipo por perder recientemente el campeonato de la Liga del Pacífico ante los Charros de Jalisco.
Tomo un taxi al hotel y hago lo de siempre cuando abordo un servicio de transporte: conversar para sondear el lugar. No comenzamos con banalidades como el clima o el tráfico —que siempre sirve para romper el hielo y medir la confianza—; el conductor sabe, incluso parece desear hablar sobre la violencia que existe en la ciudad. “¿Cómo está la cosa por acá?”, pregunto. “Mal”, no teme en decir. En otras ciudades con el estigma de inseguridad que prácticamente predomina en todo México, algunos matizan esa cruda realidad; acá no, y aunque quisiera, sería difícil hacerlo. A medida que avanzamos por la ciudad se ve una presencia constante de seguridad: patrullas estatales y de la Guardia Nacional. Lo que más impresiona son los DN11, vehículos blindados del Ejército, con cristales de 95 milímetros y placas de acero de 10 milímetros, capaces de soportar proyectiles calibre .50, utilizados —entre otras armas— por los rifles Barret M82, algunos de los favoritos de los grupos delincuenciales. Sin ir tan lejos, dice que ayer hubo “movimiento”, así le llaman a cuando ocurren balaceras, persecuciones, bloqueos o algún otro acontecimiento derivado de la guerra interna entre cárteles o contra el Ejército. Lo provocó la reciente liberación de Nicole Pardo, mejor conocida como La Nicholette, una “influencer” levantada el 20 de enero, cuyo secuestro quedó grabado en video desde su camioneta Tesla Cybertruck. Nicole, como muchos otros creadores de contenido en el estado, ha sido vinculada —con pruebas o con dichos— al narcotráfico. Horas antes de quedar en libertad, salió a la luz un video en el que admite trabajar con una de las facciones que operan en Sinaloa. El hecho generó tensión y la posibilidad de conflictos armados.
Estaré en Culiacán por trabajo durante seis días. Quienes lo saben expresan su preocupación; imaginan la ciudad en llamas. Es comprensible. La violencia acá no es un fenómeno nuevo, aunque se ha exacerbado desde el Culiacanazo, el fallido operativo para capturar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán. Desde entonces, los ciudadanos han padecido la ruptura de treguas y el desconocimiento de códigos que mantenían una cotidianidad en relativa paz, pese a tratarse de un territorio con larga tradición ligada al cultivo y trasiego de droga y el crimen organizado, el cual data de los sembradíos de opio en estados como Michoacán, Guerrero, Sinaloa, destinados a la exportación hacia Estados Unidos para la producción de morfina durante la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hace no mucho, en la cuna del que fue considerado el cártel más peligroso del mundo: el Cártel de Sinaloa.
Lo sé porque el Pedro Pablo, un buen amigo con el que coincidimos esporádicamente en tierras michoacanas, me lo explica desde su perspectiva como historiador y habitante de Culiacán. Apareció al tercer día para mostrarme una cara distinta de la ciudad, una que tal vez no puede separarse por completo de la marca de la violencia, pero que representa con mayor fidelidad a la sociedad culichi.

Los primeros días los paso recluido por las tardes, apenas cumpliendo con los deberes laborales, con el miedo que inyectan las noticias, las cuales, aun con información veraz, no dejan de ser tan solo una parte de la realidad, y yo quisiera conocer esa otra parte.
Una realidad, en ocasiones, poco optimista. Ayer, el general Alejandro Bravo, secretario de seguridad de Culiacán, y su equipo fueron víctimas de un tiroteo en el poniente de la ciudad, cerca del aeropuerto. Si bien no hubo pérdidas humanas, sí se registraron varios lesionados, entre ellos civiles. La balacera y persecución ocurrieron cerca de un kínder, por lo que se cancelaron las clases ese día, una situación ya común: apelar al formato de enseñanza híbrido, con las implicaciones que conllevan en el aprendizaje y la convivencia social, al priorizar la seguridad de las infancias.
El suceso me lo cuenta primero mi pareja vía mensaje por la mañana, después lo detalla el conductor de Uber rumbo a mi destino. Lanzo preguntas para indagar sobre otros acontecimientos sin despertar suspicacias: “¿Por qué quiere saber tanto?”, una duda que podría vulnerarme, pues, al fin y al cabo, existen demasiadas variables en un entramado tan complejo como es la empresa del narcotráfico; nunca se sabe quién conoce a quién ni quién trabaja para quién. Parece no percibir mi precaución y continúa hablando como si lo hiciera con un amigo. En un semáforo en rojo, cerca del barrio de Las Quintas, dice que la calma es intermitente, se trata de suerte o, mejor dicho, mala suerte. Estar en el lugar y momento equivocado nunca fue tan bien aplicado para lo que vive Culiacán. Cuenta lo ocurrido el 13 de enero, cuando un joven estudiante de Derecho de 23 años fue asesinado por el Ejército, mientras que su novia resultó herida. El automóvil en el que viajaban fue confundido con el que los militares perseguían durante un operativo. La versión oficial habló de un lamentable fuego cruzado; familiares y testigos, en cambio, aseguran que se trató de una negligencia por parte de los soldados. Cita dos casos más de víctimas por balas perdidas: el de una chica en un centro comercial y el de un amigo suyo en una gasolinera. Avanzando lentamente entre el tráfico, remata que, en una de esas, si alguien decidiera “quebrarse” a los que van delante de nosotros, nada garantizaría que no terminemos engrosando la estadística. Ese es el nivel de exposición que enfrentan los ciudadanos en el día a día: una especie de desafortunada ruleta rusa.
Por la tarde, los planes para vernos con el Pedro Pablo casi se cancelan, así lo dice su mensaje:
Oye, Jaime, pues parece que te está tocando pasar un día en Culiacán en todo su triste esplendor. Están reportando en las noticias que recientemente balearon a un político importante de aquí de la ciudad y, por ende, el ambiente se va a poner calientito. A como van las cosas y si no ha pasado a mayores, te aviso para ver si reconfiguramos horario porque la presencia patrullera en las calles en estos casos suele descomponer mucho el ambiente.
Se refiere al atentado del que fueron víctimas el 28 de enero los políticos Sergio Torres y Elizabeth Montoya. El primero, exalcalde de Culiacán y presidente de Movimiento Ciudadano en Sinaloa; Montoya, legisladora por el mismo partido. Ocurrió al mediodía, en la zona del malecón viejo, muy cerca del centro. “Varios encontronazos han ocurrido en el primer cuadro, a la vista y riesgo de todos”, dice el Pedro Pablo. Elizabeth ha perdido un ojo por las esquirlas. Sergio se encuentra en estado grave.
Su mensaje forma parte de las dinámicas de comunicación de la ciudad: avisos directos o que fluyen en grupos de redes sociales donde la gente se informa más que por mitote, para tomar precauciones, desviar caminos o no salir de casa.
Después de algunas horas recibo un nuevo mensaje y me confirma que sí nos vemos. Tengo algo de temor y no sé si inventarle algo y cancelar. Dejo fluir ese miedo sin darle tantas vueltas a las posibilidades. ¿Así vivirá la gente de Culiacán? ¿Pensando constantemente en escenarios catastróficos?
A las cinco y media pasa por mí; el sol casi se oculta. El reencuentro, después de tantos años, nos provoca una profunda alegría. Nos abrazamos y abordamos su auto. Recorremos la ciudad en lo que él denomina “el tour”. Antes de llegar a la primera parada, me descubre, desde su mirada como alguien que conoce su ciudad a profundidad, una dimensión de lo cotidiano que por sí sola no habría llamado mi atención: las vías del tren y la costumbre de la gente de reunirse por las tardes para verlo pasar por el puente negro, en el Parque Acuático, uno de los quizá pocos esfuerzos de obra pública para embellecer la ciudad.
El Pedro Pablo estaciona el auto afuera de la capilla de Jesús Malverde; la oscuridad ya ha caído sobre las calles vacías. Baja con seguridad y lo sigo. En el lugar solo hay dos personas: un joven que atiende un puesto de pulseras, estampas, relicarios y otros objetos del “santo” patrono de los narcotraficantes y los marginados; y un hombre mayor que apaga veladoras y parece preparar todo para cerrar la capilla. Miro los detalles del espacio, el Pedro Pablo me platica, además de la historia de este “Robin Hood mexicano”, la manera en la que la modernidad del pensamiento y las dinámicas del narcotráfico actual han mermado la vigencia del culto a Malverde. En otros tiempos, la capilla estaría llena, como en los documentales y notas periodísticas de antaño, en el que multitudes le pedían algún favor o lo visitaban para darle las gracias con procesiones y música de banda. Hoy en día, los devotos o bien diversificaron su fe en otros símbolos —La Santa Muerte, San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe— o declaran un agnosticismo inconsciente; es decir, se alejan de las figuras de fe en pos del materialismo y el poder. Algunos más, como Nazario Moreno, quien fuera líder de los Caballeros Templarios, en Michoacán, buscan formar un culto alrededor de su propia figura.
Los dólares sobre las paredes, las fotografías, las losas con agradecimientos: todo signo de devoción parece viejo. Puede ser que nos equivocamos y mañana será un mejor día para Malverde; por ahora nos alejamos dejando atrás su imagen entre sombras y soledad.
Seguimos por las calles de una ciudad desierta. Negocios y casas parecerían irrelevantes de no ser porque mi amigo cuenta lo que hay detrás. En una esquina, un letrero anuncia el Café Teatro Cúcara y Mácara. Podría tratarse de cualquier otro espacio artístico independiente, pero además de representar ese contrapeso a la violencia, estamos ante la casa de Óscar Liera, dramaturgo culichi, integrante de la generación de la nueva dramaturgia mexicana y de los principales impulsores de la nueva épica regional. Liera fue toda una escuela, por eso entristece ver el mural con su rostro apenas visible bajo el alumbrado público.
Nos adentramos cada vez más en el centro histórico de Culiacán. Pasamos frente a la Universidad Autónoma de Sinaloa, de donde él es egresado. Resulta imposible no hablar de Héctor Cuén, exrector, cacique y político, asesinado el 25 de julio del 2024, el mismo día del secuestro del Mayo Zambada, traicionado por los hijos del Chapo. En una trama digna de una serie de televisión, se intentó hacer pasar el crimen de Cuén como un asalto fallido, pero las declaraciones de Zambada abrieron la caja de pandora:
Cuén era amigo mío desde hacía mucho tiempo […] Sé que la versión de las autoridades es que Héctor Cuén fue tiroteado la noche del 25 de julio por dos hombres en motocicleta que querían robar su camioneta. Eso no ocurrió. Lo mataron a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron.
Más allá de este oscuro capítulo, queda una gestión cuestionable que, a ojos de muchos, costó nivel académico, prestigio y enquistó figuras de poder dentro de la máxima casa de estudios en el estado.
Paramos en un café cerca del Jardín Botánico. Son casi las ocho de la noche. En los alrededores se aprecia gente corriendo, caminando, paseando a sus perros o en bicicleta. Resulta agradable ver roto el toque de queda autoimpuesto que muchos lugares del país adoptan ante climas de violencia. Conversamos un rato; antes de marcharnos el Pedro Pablo se encuentra a una amiga reportera de cultura que acaba de salir de un gimnasio y entró al lugar para esperar su Uber. Se saludan con camaradería. Le pregunta qué actividades habrá en estos días, supongo que para dejarme recomendaciones. Ella responde que no sabe, pues está alejada del oficio desde hace tiempo. Hablan proyectando la alegría de quien ve a un viejo amigo, pero no logra esconder el nerviosismo de encontrarse en la calle cuando la oscuridad domina el exterior. Hace unos cuantos comentarios sobre la situación de la ciudad. Si ha elegido ese gimnasio es por la zona, que da al menos un poco de garantías.
El siguiente destino del tour es El Guayabo, un restaurante que en realidad tiene más aires de cantina-bar. Saber hacia dónde nos dirigimos me genera cierta ansiedad. Otro conductor de Uber dijo, sin que yo le preguntara, que evitara los bares: “Ahí nomás andan viendo quién entra y quién sale. Tienen todo bien checado”. Incluso sin esa advertencia no habría pensado en visitar uno por mi propia cuenta. No es difícil imaginarlos, asumiendo el prejuicio correspondiente, como un blanco fácil para ataques o como guarida de sicarios. Con todo, confío plenamente en el Pedro Pablo. Entramos y descubrimos un oasis: las mesas están ocupadas por hombres y mujeres absortos en sus asuntos, beben, comen, conversan, sonríen. El ambiente carece de tensión; por el contrario, en las pantallas de televisión pasan videos musicales de diferentes géneros sin que impere la banda, mucho menos los corridos o narco corridos. Hay fiesta. El personal es amable, los tragos baratos y la conversación disipa el miedo, que no aparece ni siquiera cuando nos marchamos y cruzamos la amplia y desierta calle Francisco Villa para abordar el auto y dirigirnos al hotel.

Antes de tomar el rumbo damos un par de vueltas por un Culiacán vacío. Señala allá las oficinas del Noroeste, uno de los diarios más importantes del estado. Más adelante se ubica una vieja catedral con huellas de balas que muchos confunden con las del Culiacanazo, cuando en realidad corresponden a conflictos revolucionarios. Cuadras posteriores me muestra el memorial de Javier Valdez; siento escalofríos al saber que allí fue donde lo asesinaron. Después de unas calles pasamos —por error— frente al hospital donde están internados los diputados de Movimiento Ciudadano. Está rodeado de militares y policías. Vamos a vuelta de rueda y creo que ambos pensamos lo mismo: que dos hombres en un auto, de noche, no despierten su sospecha ni su duda.
Al día siguiente tenemos planeado ir al teatro Pablo de Villavicencio, donde la Orquesta Sinfónica de Sinaloa tocará un concierto con piezas de Brahms. Desafortunadamente el concierto se mueve por la agenda de la orquesta, aunque el programa se mantendrá para el sábado. Además, el Pedro Pablo tiene unas reuniones que atender, así que, si es posible, nos veremos más tarde. Mientras, voy al centro y como un sushi “mochón”, como le dicen acá, indigno para cualquier japonés, pero delicioso para todo aquel que tenga ganas de atascarse con las combinaciones más inverosímiles de ingredientes con arroz y algas.
Visito el Museo de Arte de Sinaloa que tiene una pequeña, no por ello menor, colección de artistas como Pedro Coronel, José Clemente Orozco, Lilia Castro, Manuel Felguérez, entre otros. La más curiosa —y probablemente la más importante— es el autorretrato de un joven Diego Rivera, el primero que realizó, en 1906. Antes de verlo, el Pedro Pablo se refiere a él burlonamente como el “único Rivera guapo”, no le creo hasta que veo la obra.
A pocos metros encuentro una librería independiente, La Sra. Dalloway; tiene buenos títulos y además descubro que ofrece talleres de escritura y clubs de lectura. Exploro sus pasillos y escucho a un grupo de mujeres hablar sobre la obra de Virginia Woolf. De pronto se me acerca una joven a preguntarme si busco algo en específico o deseo una recomendación. Quisiera ambas; pero debo ser fuerte y salgo sin caer en la tentación. Antes de marcharme escucho la discusión entre dos participantes, quienes mencionan que no es lo mismo escribir desde el privilegio que tuvo Woolf, al pertenecer a la burguesía inglesa de la época, que desde la realidad de las escritoras sinaloenses, insertas en un contexto más complejo.
Sigo recorriendo el primer cuadro de la ciudad. En una de las plazoletas, un grupo de boleadores de zapatos revisa el diario, una joven ofrece ajustes quiroprácticos en una camilla de masajes portátil, personas van y vienen rumbo a sus destinos; junto al quiosco se realiza un mitin que condena la “agresión imperialista en Venezuela” y pide la liberación de Nicolás Maduro. Culiacán deja de ser aquel lugar hostil del que hay que cuidarse las espaldas, con la Guardia Nacional y patrullas bloqueando las calles y permitiendo el paso a cuentagotas. Camino sintiendo paz y contemplando una ciudad con mucha belleza en lo cotidiano.
A un lado del teatro Pablo de Villavicencio hay un callejón que los jueves se transforma en el “Jardín de las Artes”. Allí la calle se llena de puestos donde artistas locales ofrecen sus productos y un improvisado escenario da cabida a distintas manifestaciones artísticas. Un hombre mayor lanza una pregunta sobre cultura para regalar un libro; un par de amigas responden correctamente y felices lo recogen. Después cede el micrófono a un poeta local, un hombre mayor que recita un poema cursi y aleccionador sobre la crianza de los hijos. Qué más da lo mala que sea la poesía, o si algunas pinturas no cumplen con el nivel del canon: lo importante es el equilibrio que provee, el oxígeno que necesita parte de la sociedad culichi.
Voy hacia la calle General Ángel Flores. Conforme me acerco, veo varios murales; el muralismo culiacanense no le pide nada a ningún otro de México. En un estacionamiento hay uno estilo grabado con el rostro de Javier Valdez. En una casa abandonada, con bolsas de basura sobre la banqueta, se muestran diferentes rostros de hombres y mujeres rodeados de flores; arriba de ellos está la pregunta: “¿Dónde están?”, y en la puerta, sobre un fondo morado, dice: “En Sinaloa, de septiembre del 2006 a septiembre del 2019, han desaparecido 4 524 personas”. La misma pregunta: “¿Cuándo volverán?”. La Red Lupa, que evalúa lo que hace el Estado para localizar a las personas desaparecidas, con corte al 16 de mayo del 2025, tenía registro de 6 305 personas desaparecidas; es decir, 1 781 personas más en seis años.
La Ángel Flores es una fiesta: hay bares con mesas sobre las aceras, cafeterías y restaurantes. Sobre la banqueta, el Cuarteto Universitario toca boleros, incitando rápidamente —sobre todo a adultos mayores— a bailar en medio de la calle que el Ayuntamiento cierra porque el concierto forma parte de la Agenda Cultural Universitaria, organizada por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). De fondo hay algo curioso: el gobernador del estado, Rubén Rocha, cuyo mandato es altamente cuestionado por la sociedad civil —y a quien no pocos culpan del incremento de la violencia—, fungió como testigo de honor en la firma del convenio entre la UAS y el municipio. El objetivo, según, es “generar una alianza que permita establecer una agenda conjunta promoviendo proyectos culturales, artísticos y deportivos, que fortalezcan el sentido social en la capital sinaloense”. Lo que sea que eso signifique.
En realidad, da igual el trasfondo burocrático e hipócrita cuando se replican regularmente este tipo de actividades en el espacio público. Pienso que, al igual que yo, los demás se olvidan del sonido de las balas que suenan primero como cohetes cuando salen del arma y después chiflan cuando rebotan tomando direcciones impredecibles, como lo describió una profesora con la que platiqué estos días cuando me compartió que junto con su familia había presenciado el asesinato de dos personas afuera de un negocio de comida.
Culiacán es una ciudad amigable: la gente se saluda cuando se reconoce en la calle y se detienen unos minutos para ponerse al tanto de la vida. El acento culichi genera confianza cuando se escuchan palabras honestas y dichos jocosos. Conforme recorro Culiacán estos días, a muchos les sorprendía mi presencia. “¿Por qué Culiacán?”. Pareciera que no hay una razón para venir por voluntad propia. Le sorprendió al Pedro Pablo y a los amigos que nos encontramos en el camino. Lo mismo le preguntó con genuina duda y emoción el periodista Julio Bernal al escritor español Arturo Pérez-Reverte, quien radicó un tiempo en Culiacán y habría de inspirarle su emblemático personaje María Teresa Mendoza de su novela La reina del sur: “El mundo es un extenso campo, ¿por qué Culiacán? ¿Cómo saber de Culiacán? ¿Cómo te enteraste de que esta minúscula ciudad, en cuanto al mundo, existía?”. Pérez-Reverte respondió que su primer acercamiento fue por los narcocorridos, de esa curiosidad que despierta en el otro una violencia vista casi como quien observa una serie de televisión, solo que la atracción derivó en conocer la ciudad, vivirla, formar parte de ella y crear amistades.
Llega el día de marcharme. Curiosamente, una parte de mí no quiere irse. Es viernes al mediodía y el calor invita a un aguachile y una cerveza. Mientras espero abordar el vuelo de regreso a la Ciudad de México, pienso en lo que me hizo falta explorar, y el Pedro Pablo me augura aún mucho por descubrir: las iguanas libres y colgadas de cabeza en los árboles del parque, visitar el cineclub El Beso del Búho, asistir a alguna actividad de las propuestas en La Casa del Maquío —la que fuera casa del expolítico Manuel Clouthier, convertida desde 2014 en centro cultural—, presentarme a sus amigos de la revista El Espejo... Con esa promesa me voy, ya sin miedo, de Culiacán; eso sí, con un profundo cariño y respeto por esa tierra y por su gente, que resiste e insiste en vivir pese a todo.
{{ linea }}
No items found.

.webp)






