No items found.
No items found.
No items found.
No items found.

El día que mi mamá cumplió trece

El día que mi mamá cumplió trece

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
"Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima". Adrogué, 1977.
24
.
03
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El 24 de marzo de 1976, mientras los militares volvían a tomar el poder en Argentina y se iniciaba el proceso que perfeccionaría una maquinaria de terrorismo de Estado de magnitud inusitada en la historia de Latinoamérica, una niña cumplía 13 años en Buenos Aires. Lo que sigue son escenas de cómo el miedo se instaló en la vida cotidiana de una familia. De muchas.

1.

Son las ocho de la mañana del 24 de marzo de 1976 en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Está comenzando el otoño. Ese día mi mamá, María Andrea, cumple 13 años.

Hace un año empezó el secundario. Quiere levantarse temprano, caminar sola hasta el colegio, festejar con sus amigas, sentirse grande y liviana. La noche anterior se durmió pensando que por la tarde iba a dar un paseo especial: volvería a casa con un disco nuevo de Sui Generis en la mochila y lo escucharía tirada sobre la alfombra de una habitación que todavía compartía con su hermana menor.

Pero cuando suena el despertador, todo ese plan se suspende.

Su mamá, mi abuela, entra al cuarto. La despierta con desgano, como si tuviera que irse apurada a terminar un trámite.

—Feliz cumpleaños —le dice—. Mejor seguí durmiendo, que volvieron los milicos.

Mi mamá se incorpora en la cama. Se sobresalta. No sabe si escuchó bien. Es su cumpleaños, pero en la casa no hay clima de cumpleaños.

Camina hasta el comedor. Sus padres están sentados frente al televisor. No hay ningún regalo sobre la mesa y el aire es tan espeso que ni siquiera intenta hacer un reproche. Sabe que ese día no va a ir al colegio.

Desde el televisor se escucha un comunicado oficial.

Durante la madrugada la señal de radio y televisión fue interrumpida. La junta militar comandada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti derrocó a Isabel Perón. Un nuevo golpe cívico militar asalta el poder. El Congreso queda disuelto. Los partidos políticos, suspendidos. El país, bajo estado de sitio.

Ese día nadie sale de la casa.

A partir de entonces, para ella, los cumpleaños quedaron atravesados por un hecho histórico y una tristeza difícil de explicar. Ese mismo día había empezado la dictadura más sangrienta de la Argentina: siete años que dejarían 30 mil desaparecidos.

2.

En los meses previos algo ya se había empezado a colar en las conversaciones familiares.

Mis abuelos habían vivido otros gobiernos militares y sospechaban que algo parecido podría volver a pasar. Hablaban más bajo cuando estaban en la calle. Miraban alrededor antes de comentar cualquier noticia. La crisis política y económica estaba rebasando el país.

Por esos días mi mamá fue con su madre y su abuela a ver a Alfredo Zitarrosa. Lo habían descubierto hacía poco, aunque el cantautor uruguayo ya era una figura importante de la música popular del Río de la Plata. Compraron un disco que pronto se volvió el objeto protagonista de los domingos y mamá lo escuchaba en bucle. Se sentaba cerca del tocadiscos, le gustaba su voz grave y el ritmo melancólico. La canción que más la conmovía era “Adagio a mi país”.

La canción empieza así:

En mi país, qué tristeza.
La pobreza y el rencor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

Zitarrosa la había grabado en 1973, poco después de que comenzara la dictadura en Uruguay. Para esa fecha, en la casa de mi mamá había una sospecha enorme de que esa canción llegó con un mensaje. Ese mismo año en Argentina, después de 18 años de exilio, Juan Domingo Perón había vuelto al país.

La casa de mi mamá era una casa peronista y el regreso de Perón se vivió, por un lado, como un alivio; por el otro, como una alarma. Con el paso de los meses empezaron a llegar noticias sobre los enfrentamientos, los secuestros y una violencia política que crecía como un ruido de fondo. El país parecía moverse hacia un lugar incierto.

El 1 de julio de 1974 Perón murió y su esposa, Isabel Martínez de Perón, asumió la Presidencia.

3.

Pocas semanas después del golpe y de su cumpleaños, mi mamá volvió al colegio. En la mochila llevaba su libro de la asignatura ERSA —Estudio de la Realidad Social Argentina, su favorita. El libro lo había comprado usado a una chica que estaba un año más avanzada.

Esa mañana la profesora entró al aula, apoyó unos papeles sobre el escritorio y dijo:

—A partir de hoy el libro de ERSA no se usa más. Tírenlo. Tienen que comprar otro. La materia ahora se llama Formación Moral y Cívica.

Hizo una pausa.

—Vamos a empezar con la familia, célula básica de la sociedad.

4.

En mi familia materna la política no era un tema de discusión en la sobremesa. Tampoco una militancia. Era, más bien, una forma de trabajo. Mi bisabuelo, Antonio Nicoletti, había sido secretario de Perón durante sus dos primeras Presidencias. Después del Golpe de 1955, lo detuvieron. Pasó por la cárcel y también por el exilio.

Cuando lo liberaron se fue a Montevideo. Al tiempo volvió a La Plata, la ciudad de los Nicoletti, pero decidido no volver a acercarse a ningún cargo público.

Los años de prisión habían dejado una marca identificable en sus gestos. Quienes lo conocieron antes lo recordaban como un hombre alegre, familiero y trabajador. Después de la cárcel se volvió más silencioso y más temeroso. Había pasado por la amenaza, por las torturas de los militares y por un paredón de fusilamiento junto a su mejor amigo. Nunca pudo rearmarse.

Cuando Perón regresó al país, mis abuelos pensaron que tal vez Antonio podía reclamar la jubilación que le correspondía por los años trabajados, pero la idea no lo tranquilizaba. Había pasado demasiado tiempo y le daba terror exponerse dentro del ámbito político. Pero su familia le insistió durante meses, hasta que finalmente consiguió una reunión con Perón. Cuando llegó el momento de hablar, no se animó a pedir nada.

Lo que ocurrió fue lo contrario: le ofrecieron cargos.

Uno para él. Otro para mi abuelo, que también era contador. Los dos dijeron que no. No querían volver a aparecer en ningún radar.

5.

Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima. Los adultos hablaban en voz baja cuando se reunían los fines de semana. Las conversaciones se interrumpían cuando los chicos entraban a la cocina. Los vecinos contaban que habían escuchado gritos en algunas comisarías cercanas. Otros hablaban de autos sin patente. Y estaban los Falcon verdes que empezaron a circular despacio por las calles, con ametralladoras asomando por las ventanillas. Las detenciones y los secuestros se realizan a plena luz del día.

Dentro de la casa empezaron a repetirse ciertas frases.

Cuidate.

Con esa compañerita no hables.

No opines.

No te metas en el centro de estudiantes.

Nada de grupos de jóvenes.

Cuidado con lo que decís.

¿Quién te preguntó por tu apellido?

Mirá que fulana tiene un tío que es milico.

Había también pequeñas estrategias domésticas para el caso de que algo pasara. Si la policía los detenía cuando mi abuela manejaba, los chicos tenían que llorar. Llorar fuerte. Para que los dejaran ir rápido. También habían decido hacer una limpieza. Quemaron algunos libros que podrían ser calificados como “sospechosos”, tiraron los discos de Zitarrosa a la basura, escondieron fotos y papeles vinculados al trabajo de mi bisabuelo.

No sabían qué era lo que buscaban los militares, pero sabían que algo podía volverse peligroso.

6.

Años más tarde, con la democracia, empezaron a entender la dimensión de lo que había pasado. Nunca fueron ajenos al contexto, pero fue recién en 1985, con el Juicio a las Juntas, pudieron escuchar sobre las desapariciones, las torturas, los robos de bebés y los vuelos de la muerte. Casos y nombres que conocían pasaban a dar testimonio frente al juicio más importante de la época.

Con el tiempo volvieron los discos y las conversaciones largas en la mesa. En la biblioteca apareció un ejemplar del Nunca Más —el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas—. Y fue por esos años, en Plaza de Mayo, cuando mi mamá se cruzó con las Madres: cada jueves, girando alrededor de la Pirámide, sosteniendo en ese movimiento insistente una forma de resistencia, una manera de seguir buscando a sus hijos desaparecidos.

Muchos años después, en 2002, el 24 de marzo fue declarado Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Para entonces mi mamá tenía 39 años y vivía en Neuquén. Ese día empezó a hacer algo que nunca había imaginado cuando cumplió 13. Marchar. Miró las banderas y las fotos de los desaparecidos. Caminó hasta cansarse por la avenida Argentina con sus hijos en brazos y gritó, junto a miles de personas:

¡A donde vayan los iremos a buscar!

{{ linea }}

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.

El día que mi mamá cumplió trece

El día que mi mamá cumplió trece

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
24
.
03
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El 24 de marzo de 1976, mientras los militares volvían a tomar el poder en Argentina y se iniciaba el proceso que perfeccionaría una maquinaria de terrorismo de Estado de magnitud inusitada en la historia de Latinoamérica, una niña cumplía 13 años en Buenos Aires. Lo que sigue son escenas de cómo el miedo se instaló en la vida cotidiana de una familia. De muchas.

1.

Son las ocho de la mañana del 24 de marzo de 1976 en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Está comenzando el otoño. Ese día mi mamá, María Andrea, cumple 13 años.

Hace un año empezó el secundario. Quiere levantarse temprano, caminar sola hasta el colegio, festejar con sus amigas, sentirse grande y liviana. La noche anterior se durmió pensando que por la tarde iba a dar un paseo especial: volvería a casa con un disco nuevo de Sui Generis en la mochila y lo escucharía tirada sobre la alfombra de una habitación que todavía compartía con su hermana menor.

Pero cuando suena el despertador, todo ese plan se suspende.

Su mamá, mi abuela, entra al cuarto. La despierta con desgano, como si tuviera que irse apurada a terminar un trámite.

—Feliz cumpleaños —le dice—. Mejor seguí durmiendo, que volvieron los milicos.

Mi mamá se incorpora en la cama. Se sobresalta. No sabe si escuchó bien. Es su cumpleaños, pero en la casa no hay clima de cumpleaños.

Camina hasta el comedor. Sus padres están sentados frente al televisor. No hay ningún regalo sobre la mesa y el aire es tan espeso que ni siquiera intenta hacer un reproche. Sabe que ese día no va a ir al colegio.

Desde el televisor se escucha un comunicado oficial.

Durante la madrugada la señal de radio y televisión fue interrumpida. La junta militar comandada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti derrocó a Isabel Perón. Un nuevo golpe cívico militar asalta el poder. El Congreso queda disuelto. Los partidos políticos, suspendidos. El país, bajo estado de sitio.

Ese día nadie sale de la casa.

A partir de entonces, para ella, los cumpleaños quedaron atravesados por un hecho histórico y una tristeza difícil de explicar. Ese mismo día había empezado la dictadura más sangrienta de la Argentina: siete años que dejarían 30 mil desaparecidos.

2.

En los meses previos algo ya se había empezado a colar en las conversaciones familiares.

Mis abuelos habían vivido otros gobiernos militares y sospechaban que algo parecido podría volver a pasar. Hablaban más bajo cuando estaban en la calle. Miraban alrededor antes de comentar cualquier noticia. La crisis política y económica estaba rebasando el país.

Por esos días mi mamá fue con su madre y su abuela a ver a Alfredo Zitarrosa. Lo habían descubierto hacía poco, aunque el cantautor uruguayo ya era una figura importante de la música popular del Río de la Plata. Compraron un disco que pronto se volvió el objeto protagonista de los domingos y mamá lo escuchaba en bucle. Se sentaba cerca del tocadiscos, le gustaba su voz grave y el ritmo melancólico. La canción que más la conmovía era “Adagio a mi país”.

La canción empieza así:

En mi país, qué tristeza.
La pobreza y el rencor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

Zitarrosa la había grabado en 1973, poco después de que comenzara la dictadura en Uruguay. Para esa fecha, en la casa de mi mamá había una sospecha enorme de que esa canción llegó con un mensaje. Ese mismo año en Argentina, después de 18 años de exilio, Juan Domingo Perón había vuelto al país.

La casa de mi mamá era una casa peronista y el regreso de Perón se vivió, por un lado, como un alivio; por el otro, como una alarma. Con el paso de los meses empezaron a llegar noticias sobre los enfrentamientos, los secuestros y una violencia política que crecía como un ruido de fondo. El país parecía moverse hacia un lugar incierto.

El 1 de julio de 1974 Perón murió y su esposa, Isabel Martínez de Perón, asumió la Presidencia.

3.

Pocas semanas después del golpe y de su cumpleaños, mi mamá volvió al colegio. En la mochila llevaba su libro de la asignatura ERSA —Estudio de la Realidad Social Argentina, su favorita. El libro lo había comprado usado a una chica que estaba un año más avanzada.

Esa mañana la profesora entró al aula, apoyó unos papeles sobre el escritorio y dijo:

—A partir de hoy el libro de ERSA no se usa más. Tírenlo. Tienen que comprar otro. La materia ahora se llama Formación Moral y Cívica.

Hizo una pausa.

—Vamos a empezar con la familia, célula básica de la sociedad.

4.

En mi familia materna la política no era un tema de discusión en la sobremesa. Tampoco una militancia. Era, más bien, una forma de trabajo. Mi bisabuelo, Antonio Nicoletti, había sido secretario de Perón durante sus dos primeras Presidencias. Después del Golpe de 1955, lo detuvieron. Pasó por la cárcel y también por el exilio.

Cuando lo liberaron se fue a Montevideo. Al tiempo volvió a La Plata, la ciudad de los Nicoletti, pero decidido no volver a acercarse a ningún cargo público.

Los años de prisión habían dejado una marca identificable en sus gestos. Quienes lo conocieron antes lo recordaban como un hombre alegre, familiero y trabajador. Después de la cárcel se volvió más silencioso y más temeroso. Había pasado por la amenaza, por las torturas de los militares y por un paredón de fusilamiento junto a su mejor amigo. Nunca pudo rearmarse.

Cuando Perón regresó al país, mis abuelos pensaron que tal vez Antonio podía reclamar la jubilación que le correspondía por los años trabajados, pero la idea no lo tranquilizaba. Había pasado demasiado tiempo y le daba terror exponerse dentro del ámbito político. Pero su familia le insistió durante meses, hasta que finalmente consiguió una reunión con Perón. Cuando llegó el momento de hablar, no se animó a pedir nada.

Lo que ocurrió fue lo contrario: le ofrecieron cargos.

Uno para él. Otro para mi abuelo, que también era contador. Los dos dijeron que no. No querían volver a aparecer en ningún radar.

5.

Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima. Los adultos hablaban en voz baja cuando se reunían los fines de semana. Las conversaciones se interrumpían cuando los chicos entraban a la cocina. Los vecinos contaban que habían escuchado gritos en algunas comisarías cercanas. Otros hablaban de autos sin patente. Y estaban los Falcon verdes que empezaron a circular despacio por las calles, con ametralladoras asomando por las ventanillas. Las detenciones y los secuestros se realizan a plena luz del día.

Dentro de la casa empezaron a repetirse ciertas frases.

Cuidate.

Con esa compañerita no hables.

No opines.

No te metas en el centro de estudiantes.

Nada de grupos de jóvenes.

Cuidado con lo que decís.

¿Quién te preguntó por tu apellido?

Mirá que fulana tiene un tío que es milico.

Había también pequeñas estrategias domésticas para el caso de que algo pasara. Si la policía los detenía cuando mi abuela manejaba, los chicos tenían que llorar. Llorar fuerte. Para que los dejaran ir rápido. También habían decido hacer una limpieza. Quemaron algunos libros que podrían ser calificados como “sospechosos”, tiraron los discos de Zitarrosa a la basura, escondieron fotos y papeles vinculados al trabajo de mi bisabuelo.

No sabían qué era lo que buscaban los militares, pero sabían que algo podía volverse peligroso.

6.

Años más tarde, con la democracia, empezaron a entender la dimensión de lo que había pasado. Nunca fueron ajenos al contexto, pero fue recién en 1985, con el Juicio a las Juntas, pudieron escuchar sobre las desapariciones, las torturas, los robos de bebés y los vuelos de la muerte. Casos y nombres que conocían pasaban a dar testimonio frente al juicio más importante de la época.

Con el tiempo volvieron los discos y las conversaciones largas en la mesa. En la biblioteca apareció un ejemplar del Nunca Más —el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas—. Y fue por esos años, en Plaza de Mayo, cuando mi mamá se cruzó con las Madres: cada jueves, girando alrededor de la Pirámide, sosteniendo en ese movimiento insistente una forma de resistencia, una manera de seguir buscando a sus hijos desaparecidos.

Muchos años después, en 2002, el 24 de marzo fue declarado Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Para entonces mi mamá tenía 39 años y vivía en Neuquén. Ese día empezó a hacer algo que nunca había imaginado cuando cumplió 13. Marchar. Miró las banderas y las fotos de los desaparecidos. Caminó hasta cansarse por la avenida Argentina con sus hijos en brazos y gritó, junto a miles de personas:

¡A donde vayan los iremos a buscar!

{{ linea }}

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.

El día que mi mamá cumplió trece

El día que mi mamá cumplió trece

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
"Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima". Adrogué, 1977.
24
.
03
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El 24 de marzo de 1976, mientras los militares volvían a tomar el poder en Argentina y se iniciaba el proceso que perfeccionaría una maquinaria de terrorismo de Estado de magnitud inusitada en la historia de Latinoamérica, una niña cumplía 13 años en Buenos Aires. Lo que sigue son escenas de cómo el miedo se instaló en la vida cotidiana de una familia. De muchas.

1.

Son las ocho de la mañana del 24 de marzo de 1976 en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Está comenzando el otoño. Ese día mi mamá, María Andrea, cumple 13 años.

Hace un año empezó el secundario. Quiere levantarse temprano, caminar sola hasta el colegio, festejar con sus amigas, sentirse grande y liviana. La noche anterior se durmió pensando que por la tarde iba a dar un paseo especial: volvería a casa con un disco nuevo de Sui Generis en la mochila y lo escucharía tirada sobre la alfombra de una habitación que todavía compartía con su hermana menor.

Pero cuando suena el despertador, todo ese plan se suspende.

Su mamá, mi abuela, entra al cuarto. La despierta con desgano, como si tuviera que irse apurada a terminar un trámite.

—Feliz cumpleaños —le dice—. Mejor seguí durmiendo, que volvieron los milicos.

Mi mamá se incorpora en la cama. Se sobresalta. No sabe si escuchó bien. Es su cumpleaños, pero en la casa no hay clima de cumpleaños.

Camina hasta el comedor. Sus padres están sentados frente al televisor. No hay ningún regalo sobre la mesa y el aire es tan espeso que ni siquiera intenta hacer un reproche. Sabe que ese día no va a ir al colegio.

Desde el televisor se escucha un comunicado oficial.

Durante la madrugada la señal de radio y televisión fue interrumpida. La junta militar comandada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti derrocó a Isabel Perón. Un nuevo golpe cívico militar asalta el poder. El Congreso queda disuelto. Los partidos políticos, suspendidos. El país, bajo estado de sitio.

Ese día nadie sale de la casa.

A partir de entonces, para ella, los cumpleaños quedaron atravesados por un hecho histórico y una tristeza difícil de explicar. Ese mismo día había empezado la dictadura más sangrienta de la Argentina: siete años que dejarían 30 mil desaparecidos.

2.

En los meses previos algo ya se había empezado a colar en las conversaciones familiares.

Mis abuelos habían vivido otros gobiernos militares y sospechaban que algo parecido podría volver a pasar. Hablaban más bajo cuando estaban en la calle. Miraban alrededor antes de comentar cualquier noticia. La crisis política y económica estaba rebasando el país.

Por esos días mi mamá fue con su madre y su abuela a ver a Alfredo Zitarrosa. Lo habían descubierto hacía poco, aunque el cantautor uruguayo ya era una figura importante de la música popular del Río de la Plata. Compraron un disco que pronto se volvió el objeto protagonista de los domingos y mamá lo escuchaba en bucle. Se sentaba cerca del tocadiscos, le gustaba su voz grave y el ritmo melancólico. La canción que más la conmovía era “Adagio a mi país”.

La canción empieza así:

En mi país, qué tristeza.
La pobreza y el rencor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

Zitarrosa la había grabado en 1973, poco después de que comenzara la dictadura en Uruguay. Para esa fecha, en la casa de mi mamá había una sospecha enorme de que esa canción llegó con un mensaje. Ese mismo año en Argentina, después de 18 años de exilio, Juan Domingo Perón había vuelto al país.

La casa de mi mamá era una casa peronista y el regreso de Perón se vivió, por un lado, como un alivio; por el otro, como una alarma. Con el paso de los meses empezaron a llegar noticias sobre los enfrentamientos, los secuestros y una violencia política que crecía como un ruido de fondo. El país parecía moverse hacia un lugar incierto.

El 1 de julio de 1974 Perón murió y su esposa, Isabel Martínez de Perón, asumió la Presidencia.

3.

Pocas semanas después del golpe y de su cumpleaños, mi mamá volvió al colegio. En la mochila llevaba su libro de la asignatura ERSA —Estudio de la Realidad Social Argentina, su favorita. El libro lo había comprado usado a una chica que estaba un año más avanzada.

Esa mañana la profesora entró al aula, apoyó unos papeles sobre el escritorio y dijo:

—A partir de hoy el libro de ERSA no se usa más. Tírenlo. Tienen que comprar otro. La materia ahora se llama Formación Moral y Cívica.

Hizo una pausa.

—Vamos a empezar con la familia, célula básica de la sociedad.

4.

En mi familia materna la política no era un tema de discusión en la sobremesa. Tampoco una militancia. Era, más bien, una forma de trabajo. Mi bisabuelo, Antonio Nicoletti, había sido secretario de Perón durante sus dos primeras Presidencias. Después del Golpe de 1955, lo detuvieron. Pasó por la cárcel y también por el exilio.

Cuando lo liberaron se fue a Montevideo. Al tiempo volvió a La Plata, la ciudad de los Nicoletti, pero decidido no volver a acercarse a ningún cargo público.

Los años de prisión habían dejado una marca identificable en sus gestos. Quienes lo conocieron antes lo recordaban como un hombre alegre, familiero y trabajador. Después de la cárcel se volvió más silencioso y más temeroso. Había pasado por la amenaza, por las torturas de los militares y por un paredón de fusilamiento junto a su mejor amigo. Nunca pudo rearmarse.

Cuando Perón regresó al país, mis abuelos pensaron que tal vez Antonio podía reclamar la jubilación que le correspondía por los años trabajados, pero la idea no lo tranquilizaba. Había pasado demasiado tiempo y le daba terror exponerse dentro del ámbito político. Pero su familia le insistió durante meses, hasta que finalmente consiguió una reunión con Perón. Cuando llegó el momento de hablar, no se animó a pedir nada.

Lo que ocurrió fue lo contrario: le ofrecieron cargos.

Uno para él. Otro para mi abuelo, que también era contador. Los dos dijeron que no. No querían volver a aparecer en ningún radar.

5.

Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima. Los adultos hablaban en voz baja cuando se reunían los fines de semana. Las conversaciones se interrumpían cuando los chicos entraban a la cocina. Los vecinos contaban que habían escuchado gritos en algunas comisarías cercanas. Otros hablaban de autos sin patente. Y estaban los Falcon verdes que empezaron a circular despacio por las calles, con ametralladoras asomando por las ventanillas. Las detenciones y los secuestros se realizan a plena luz del día.

Dentro de la casa empezaron a repetirse ciertas frases.

Cuidate.

Con esa compañerita no hables.

No opines.

No te metas en el centro de estudiantes.

Nada de grupos de jóvenes.

Cuidado con lo que decís.

¿Quién te preguntó por tu apellido?

Mirá que fulana tiene un tío que es milico.

Había también pequeñas estrategias domésticas para el caso de que algo pasara. Si la policía los detenía cuando mi abuela manejaba, los chicos tenían que llorar. Llorar fuerte. Para que los dejaran ir rápido. También habían decido hacer una limpieza. Quemaron algunos libros que podrían ser calificados como “sospechosos”, tiraron los discos de Zitarrosa a la basura, escondieron fotos y papeles vinculados al trabajo de mi bisabuelo.

No sabían qué era lo que buscaban los militares, pero sabían que algo podía volverse peligroso.

6.

Años más tarde, con la democracia, empezaron a entender la dimensión de lo que había pasado. Nunca fueron ajenos al contexto, pero fue recién en 1985, con el Juicio a las Juntas, pudieron escuchar sobre las desapariciones, las torturas, los robos de bebés y los vuelos de la muerte. Casos y nombres que conocían pasaban a dar testimonio frente al juicio más importante de la época.

Con el tiempo volvieron los discos y las conversaciones largas en la mesa. En la biblioteca apareció un ejemplar del Nunca Más —el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas—. Y fue por esos años, en Plaza de Mayo, cuando mi mamá se cruzó con las Madres: cada jueves, girando alrededor de la Pirámide, sosteniendo en ese movimiento insistente una forma de resistencia, una manera de seguir buscando a sus hijos desaparecidos.

Muchos años después, en 2002, el 24 de marzo fue declarado Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Para entonces mi mamá tenía 39 años y vivía en Neuquén. Ese día empezó a hacer algo que nunca había imaginado cuando cumplió 13. Marchar. Miró las banderas y las fotos de los desaparecidos. Caminó hasta cansarse por la avenida Argentina con sus hijos en brazos y gritó, junto a miles de personas:

¡A donde vayan los iremos a buscar!

{{ linea }}

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.

El día que mi mamá cumplió trece

El día que mi mamá cumplió trece

24
.
03
.
26
2026
Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Ver Videos

El 24 de marzo de 1976, mientras los militares volvían a tomar el poder en Argentina y se iniciaba el proceso que perfeccionaría una maquinaria de terrorismo de Estado de magnitud inusitada en la historia de Latinoamérica, una niña cumplía 13 años en Buenos Aires. Lo que sigue son escenas de cómo el miedo se instaló en la vida cotidiana de una familia. De muchas.

1.

Son las ocho de la mañana del 24 de marzo de 1976 en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Está comenzando el otoño. Ese día mi mamá, María Andrea, cumple 13 años.

Hace un año empezó el secundario. Quiere levantarse temprano, caminar sola hasta el colegio, festejar con sus amigas, sentirse grande y liviana. La noche anterior se durmió pensando que por la tarde iba a dar un paseo especial: volvería a casa con un disco nuevo de Sui Generis en la mochila y lo escucharía tirada sobre la alfombra de una habitación que todavía compartía con su hermana menor.

Pero cuando suena el despertador, todo ese plan se suspende.

Su mamá, mi abuela, entra al cuarto. La despierta con desgano, como si tuviera que irse apurada a terminar un trámite.

—Feliz cumpleaños —le dice—. Mejor seguí durmiendo, que volvieron los milicos.

Mi mamá se incorpora en la cama. Se sobresalta. No sabe si escuchó bien. Es su cumpleaños, pero en la casa no hay clima de cumpleaños.

Camina hasta el comedor. Sus padres están sentados frente al televisor. No hay ningún regalo sobre la mesa y el aire es tan espeso que ni siquiera intenta hacer un reproche. Sabe que ese día no va a ir al colegio.

Desde el televisor se escucha un comunicado oficial.

Durante la madrugada la señal de radio y televisión fue interrumpida. La junta militar comandada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti derrocó a Isabel Perón. Un nuevo golpe cívico militar asalta el poder. El Congreso queda disuelto. Los partidos políticos, suspendidos. El país, bajo estado de sitio.

Ese día nadie sale de la casa.

A partir de entonces, para ella, los cumpleaños quedaron atravesados por un hecho histórico y una tristeza difícil de explicar. Ese mismo día había empezado la dictadura más sangrienta de la Argentina: siete años que dejarían 30 mil desaparecidos.

2.

En los meses previos algo ya se había empezado a colar en las conversaciones familiares.

Mis abuelos habían vivido otros gobiernos militares y sospechaban que algo parecido podría volver a pasar. Hablaban más bajo cuando estaban en la calle. Miraban alrededor antes de comentar cualquier noticia. La crisis política y económica estaba rebasando el país.

Por esos días mi mamá fue con su madre y su abuela a ver a Alfredo Zitarrosa. Lo habían descubierto hacía poco, aunque el cantautor uruguayo ya era una figura importante de la música popular del Río de la Plata. Compraron un disco que pronto se volvió el objeto protagonista de los domingos y mamá lo escuchaba en bucle. Se sentaba cerca del tocadiscos, le gustaba su voz grave y el ritmo melancólico. La canción que más la conmovía era “Adagio a mi país”.

La canción empieza así:

En mi país, qué tristeza.
La pobreza y el rencor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

Zitarrosa la había grabado en 1973, poco después de que comenzara la dictadura en Uruguay. Para esa fecha, en la casa de mi mamá había una sospecha enorme de que esa canción llegó con un mensaje. Ese mismo año en Argentina, después de 18 años de exilio, Juan Domingo Perón había vuelto al país.

La casa de mi mamá era una casa peronista y el regreso de Perón se vivió, por un lado, como un alivio; por el otro, como una alarma. Con el paso de los meses empezaron a llegar noticias sobre los enfrentamientos, los secuestros y una violencia política que crecía como un ruido de fondo. El país parecía moverse hacia un lugar incierto.

El 1 de julio de 1974 Perón murió y su esposa, Isabel Martínez de Perón, asumió la Presidencia.

3.

Pocas semanas después del golpe y de su cumpleaños, mi mamá volvió al colegio. En la mochila llevaba su libro de la asignatura ERSA —Estudio de la Realidad Social Argentina, su favorita. El libro lo había comprado usado a una chica que estaba un año más avanzada.

Esa mañana la profesora entró al aula, apoyó unos papeles sobre el escritorio y dijo:

—A partir de hoy el libro de ERSA no se usa más. Tírenlo. Tienen que comprar otro. La materia ahora se llama Formación Moral y Cívica.

Hizo una pausa.

—Vamos a empezar con la familia, célula básica de la sociedad.

4.

En mi familia materna la política no era un tema de discusión en la sobremesa. Tampoco una militancia. Era, más bien, una forma de trabajo. Mi bisabuelo, Antonio Nicoletti, había sido secretario de Perón durante sus dos primeras Presidencias. Después del Golpe de 1955, lo detuvieron. Pasó por la cárcel y también por el exilio.

Cuando lo liberaron se fue a Montevideo. Al tiempo volvió a La Plata, la ciudad de los Nicoletti, pero decidido no volver a acercarse a ningún cargo público.

Los años de prisión habían dejado una marca identificable en sus gestos. Quienes lo conocieron antes lo recordaban como un hombre alegre, familiero y trabajador. Después de la cárcel se volvió más silencioso y más temeroso. Había pasado por la amenaza, por las torturas de los militares y por un paredón de fusilamiento junto a su mejor amigo. Nunca pudo rearmarse.

Cuando Perón regresó al país, mis abuelos pensaron que tal vez Antonio podía reclamar la jubilación que le correspondía por los años trabajados, pero la idea no lo tranquilizaba. Había pasado demasiado tiempo y le daba terror exponerse dentro del ámbito político. Pero su familia le insistió durante meses, hasta que finalmente consiguió una reunión con Perón. Cuando llegó el momento de hablar, no se animó a pedir nada.

Lo que ocurrió fue lo contrario: le ofrecieron cargos.

Uno para él. Otro para mi abuelo, que también era contador. Los dos dijeron que no. No querían volver a aparecer en ningún radar.

5.

Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima. Los adultos hablaban en voz baja cuando se reunían los fines de semana. Las conversaciones se interrumpían cuando los chicos entraban a la cocina. Los vecinos contaban que habían escuchado gritos en algunas comisarías cercanas. Otros hablaban de autos sin patente. Y estaban los Falcon verdes que empezaron a circular despacio por las calles, con ametralladoras asomando por las ventanillas. Las detenciones y los secuestros se realizan a plena luz del día.

Dentro de la casa empezaron a repetirse ciertas frases.

Cuidate.

Con esa compañerita no hables.

No opines.

No te metas en el centro de estudiantes.

Nada de grupos de jóvenes.

Cuidado con lo que decís.

¿Quién te preguntó por tu apellido?

Mirá que fulana tiene un tío que es milico.

Había también pequeñas estrategias domésticas para el caso de que algo pasara. Si la policía los detenía cuando mi abuela manejaba, los chicos tenían que llorar. Llorar fuerte. Para que los dejaran ir rápido. También habían decido hacer una limpieza. Quemaron algunos libros que podrían ser calificados como “sospechosos”, tiraron los discos de Zitarrosa a la basura, escondieron fotos y papeles vinculados al trabajo de mi bisabuelo.

No sabían qué era lo que buscaban los militares, pero sabían que algo podía volverse peligroso.

6.

Años más tarde, con la democracia, empezaron a entender la dimensión de lo que había pasado. Nunca fueron ajenos al contexto, pero fue recién en 1985, con el Juicio a las Juntas, pudieron escuchar sobre las desapariciones, las torturas, los robos de bebés y los vuelos de la muerte. Casos y nombres que conocían pasaban a dar testimonio frente al juicio más importante de la época.

Con el tiempo volvieron los discos y las conversaciones largas en la mesa. En la biblioteca apareció un ejemplar del Nunca Más —el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas—. Y fue por esos años, en Plaza de Mayo, cuando mi mamá se cruzó con las Madres: cada jueves, girando alrededor de la Pirámide, sosteniendo en ese movimiento insistente una forma de resistencia, una manera de seguir buscando a sus hijos desaparecidos.

Muchos años después, en 2002, el 24 de marzo fue declarado Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Para entonces mi mamá tenía 39 años y vivía en Neuquén. Ese día empezó a hacer algo que nunca había imaginado cuando cumplió 13. Marchar. Miró las banderas y las fotos de los desaparecidos. Caminó hasta cansarse por la avenida Argentina con sus hijos en brazos y gritó, junto a miles de personas:

¡A donde vayan los iremos a buscar!

{{ linea }}

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.
"Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima". Adrogué, 1977.

El día que mi mamá cumplió trece

El día que mi mamá cumplió trece

24
.
03
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

El 24 de marzo de 1976, mientras los militares volvían a tomar el poder en Argentina y se iniciaba el proceso que perfeccionaría una maquinaria de terrorismo de Estado de magnitud inusitada en la historia de Latinoamérica, una niña cumplía 13 años en Buenos Aires. Lo que sigue son escenas de cómo el miedo se instaló en la vida cotidiana de una familia. De muchas.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

1.

Son las ocho de la mañana del 24 de marzo de 1976 en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Está comenzando el otoño. Ese día mi mamá, María Andrea, cumple 13 años.

Hace un año empezó el secundario. Quiere levantarse temprano, caminar sola hasta el colegio, festejar con sus amigas, sentirse grande y liviana. La noche anterior se durmió pensando que por la tarde iba a dar un paseo especial: volvería a casa con un disco nuevo de Sui Generis en la mochila y lo escucharía tirada sobre la alfombra de una habitación que todavía compartía con su hermana menor.

Pero cuando suena el despertador, todo ese plan se suspende.

Su mamá, mi abuela, entra al cuarto. La despierta con desgano, como si tuviera que irse apurada a terminar un trámite.

—Feliz cumpleaños —le dice—. Mejor seguí durmiendo, que volvieron los milicos.

Mi mamá se incorpora en la cama. Se sobresalta. No sabe si escuchó bien. Es su cumpleaños, pero en la casa no hay clima de cumpleaños.

Camina hasta el comedor. Sus padres están sentados frente al televisor. No hay ningún regalo sobre la mesa y el aire es tan espeso que ni siquiera intenta hacer un reproche. Sabe que ese día no va a ir al colegio.

Desde el televisor se escucha un comunicado oficial.

Durante la madrugada la señal de radio y televisión fue interrumpida. La junta militar comandada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti derrocó a Isabel Perón. Un nuevo golpe cívico militar asalta el poder. El Congreso queda disuelto. Los partidos políticos, suspendidos. El país, bajo estado de sitio.

Ese día nadie sale de la casa.

A partir de entonces, para ella, los cumpleaños quedaron atravesados por un hecho histórico y una tristeza difícil de explicar. Ese mismo día había empezado la dictadura más sangrienta de la Argentina: siete años que dejarían 30 mil desaparecidos.

2.

En los meses previos algo ya se había empezado a colar en las conversaciones familiares.

Mis abuelos habían vivido otros gobiernos militares y sospechaban que algo parecido podría volver a pasar. Hablaban más bajo cuando estaban en la calle. Miraban alrededor antes de comentar cualquier noticia. La crisis política y económica estaba rebasando el país.

Por esos días mi mamá fue con su madre y su abuela a ver a Alfredo Zitarrosa. Lo habían descubierto hacía poco, aunque el cantautor uruguayo ya era una figura importante de la música popular del Río de la Plata. Compraron un disco que pronto se volvió el objeto protagonista de los domingos y mamá lo escuchaba en bucle. Se sentaba cerca del tocadiscos, le gustaba su voz grave y el ritmo melancólico. La canción que más la conmovía era “Adagio a mi país”.

La canción empieza así:

En mi país, qué tristeza.
La pobreza y el rencor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

Zitarrosa la había grabado en 1973, poco después de que comenzara la dictadura en Uruguay. Para esa fecha, en la casa de mi mamá había una sospecha enorme de que esa canción llegó con un mensaje. Ese mismo año en Argentina, después de 18 años de exilio, Juan Domingo Perón había vuelto al país.

La casa de mi mamá era una casa peronista y el regreso de Perón se vivió, por un lado, como un alivio; por el otro, como una alarma. Con el paso de los meses empezaron a llegar noticias sobre los enfrentamientos, los secuestros y una violencia política que crecía como un ruido de fondo. El país parecía moverse hacia un lugar incierto.

El 1 de julio de 1974 Perón murió y su esposa, Isabel Martínez de Perón, asumió la Presidencia.

3.

Pocas semanas después del golpe y de su cumpleaños, mi mamá volvió al colegio. En la mochila llevaba su libro de la asignatura ERSA —Estudio de la Realidad Social Argentina, su favorita. El libro lo había comprado usado a una chica que estaba un año más avanzada.

Esa mañana la profesora entró al aula, apoyó unos papeles sobre el escritorio y dijo:

—A partir de hoy el libro de ERSA no se usa más. Tírenlo. Tienen que comprar otro. La materia ahora se llama Formación Moral y Cívica.

Hizo una pausa.

—Vamos a empezar con la familia, célula básica de la sociedad.

4.

En mi familia materna la política no era un tema de discusión en la sobremesa. Tampoco una militancia. Era, más bien, una forma de trabajo. Mi bisabuelo, Antonio Nicoletti, había sido secretario de Perón durante sus dos primeras Presidencias. Después del Golpe de 1955, lo detuvieron. Pasó por la cárcel y también por el exilio.

Cuando lo liberaron se fue a Montevideo. Al tiempo volvió a La Plata, la ciudad de los Nicoletti, pero decidido no volver a acercarse a ningún cargo público.

Los años de prisión habían dejado una marca identificable en sus gestos. Quienes lo conocieron antes lo recordaban como un hombre alegre, familiero y trabajador. Después de la cárcel se volvió más silencioso y más temeroso. Había pasado por la amenaza, por las torturas de los militares y por un paredón de fusilamiento junto a su mejor amigo. Nunca pudo rearmarse.

Cuando Perón regresó al país, mis abuelos pensaron que tal vez Antonio podía reclamar la jubilación que le correspondía por los años trabajados, pero la idea no lo tranquilizaba. Había pasado demasiado tiempo y le daba terror exponerse dentro del ámbito político. Pero su familia le insistió durante meses, hasta que finalmente consiguió una reunión con Perón. Cuando llegó el momento de hablar, no se animó a pedir nada.

Lo que ocurrió fue lo contrario: le ofrecieron cargos.

Uno para él. Otro para mi abuelo, que también era contador. Los dos dijeron que no. No querían volver a aparecer en ningún radar.

5.

Después del 24 de marzo, en la casa de mi mamá el miedo dejó de ser una sensación y se volvió un clima. Los adultos hablaban en voz baja cuando se reunían los fines de semana. Las conversaciones se interrumpían cuando los chicos entraban a la cocina. Los vecinos contaban que habían escuchado gritos en algunas comisarías cercanas. Otros hablaban de autos sin patente. Y estaban los Falcon verdes que empezaron a circular despacio por las calles, con ametralladoras asomando por las ventanillas. Las detenciones y los secuestros se realizan a plena luz del día.

Dentro de la casa empezaron a repetirse ciertas frases.

Cuidate.

Con esa compañerita no hables.

No opines.

No te metas en el centro de estudiantes.

Nada de grupos de jóvenes.

Cuidado con lo que decís.

¿Quién te preguntó por tu apellido?

Mirá que fulana tiene un tío que es milico.

Había también pequeñas estrategias domésticas para el caso de que algo pasara. Si la policía los detenía cuando mi abuela manejaba, los chicos tenían que llorar. Llorar fuerte. Para que los dejaran ir rápido. También habían decido hacer una limpieza. Quemaron algunos libros que podrían ser calificados como “sospechosos”, tiraron los discos de Zitarrosa a la basura, escondieron fotos y papeles vinculados al trabajo de mi bisabuelo.

No sabían qué era lo que buscaban los militares, pero sabían que algo podía volverse peligroso.

6.

Años más tarde, con la democracia, empezaron a entender la dimensión de lo que había pasado. Nunca fueron ajenos al contexto, pero fue recién en 1985, con el Juicio a las Juntas, pudieron escuchar sobre las desapariciones, las torturas, los robos de bebés y los vuelos de la muerte. Casos y nombres que conocían pasaban a dar testimonio frente al juicio más importante de la época.

Con el tiempo volvieron los discos y las conversaciones largas en la mesa. En la biblioteca apareció un ejemplar del Nunca Más —el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas—. Y fue por esos años, en Plaza de Mayo, cuando mi mamá se cruzó con las Madres: cada jueves, girando alrededor de la Pirámide, sosteniendo en ese movimiento insistente una forma de resistencia, una manera de seguir buscando a sus hijos desaparecidos.

Muchos años después, en 2002, el 24 de marzo fue declarado Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Para entonces mi mamá tenía 39 años y vivía en Neuquén. Ese día empezó a hacer algo que nunca había imaginado cuando cumplió 13. Marchar. Miró las banderas y las fotos de los desaparecidos. Caminó hasta cansarse por la avenida Argentina con sus hijos en brazos y gritó, junto a miles de personas:

¡A donde vayan los iremos a buscar!

{{ linea }}

Newsletter
¡Gracias!
Oops! Something went wrong while submitting the form.
No items found.

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Bienvenido! Ya eres parte de nuestra comunidad.
Hay un error, por favor intenta nuevamente.