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Laberinto verde de la soledad

Laberinto verde de la soledad

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
17
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06
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26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

Una indagación casi accidental en el alma de la patria mexicana a partir de los atributos de su mayor escudera: la selección nacional de futbol. Y, de paso, un método rotundo para exorcizar el fantasma del quinto partido.

Algunas tardes voy a buscar a mi hija a la escuela. Cuando nos subimos al auto y cerramos las puertas, comienza a sonar la radio en la estación que estaba puesta antes de apagar el auto. Últimamente, la velocidad a la que se mueve mi vida no me permite saber a ciencia cierta quién era yo unos minutos antes, al bajarme del auto, y me sorprendo de los programas que suenan cuando me subo. A veces amanezco con energías para enfrentar el mundo y pongo a Aristegui; otras, amanezco sin la tenacidad necesaria para desentrañar la maraña de la corrupción nacional y pongo Radio UNAM. A veces amanezco libre y desprejuiciado y pongo Los 40 Principales. Otras mañanas, cuando necesito noticias, pero también un mundo menos cruel, elijo a la Warkentin de W Radio, con el riesgo asumido de ser atacado después, al volver a subirme al auto, por Martha Debayle, Loret o un programa deportivo de dudosa profesionalidad.

Un día llegué muy tarde por Martina y cuando arranqué el auto estaban hablando unos señores autodenominados periodistas deportivos. Expulsaban a borbotones polémicas sin importancia con una seriedad absoluta, y una de ellas me llamó la atención: la selección mexicana estaba intentando nacionalizar a un jugador. ¿A otro?, pensé yo. Estos opinadores habían aparecido ya alguna vez en mi vida, y creo que hablaban exactamente de lo mismo. El tema entonces era un tal Berterame. Tras cinco minutos de polémica sin polémica me aclararon que estaban hablando de un tal Fidalgo. Meses antes les había escrito a mis amigos argentinos para preguntarles si sabían quién era Berterame, y ninguno dio señales de conocimiento. En esta ocasión, en el primer semáforo que me dio oportunidad, les pregunté a mis amigos españoles si sabían quién era Fidalgo, y me respondieron que no estaban seguros, que quizás era el protagonista de una ópera. No tengo claro quién es Fidalgo y no me interesa demasiado. Si lo gugleas aparece que jugó en el Rayo Majadahonda, en el Real Madrid Castilla y en el Castellón, o sea que es más madrileño que el bocadillo de calamares y más castizo que el Quijote, Sancho y el queso manchego juntos. Es más, averigüé que jugaba en el América, pero que ya no está en México, sino en Sevilla, porque ahora juega en el Betis. Porque, claro, los mexicanos estamos donde nos da la chingada gana.

Más allá de este señor, lo que me llama poderosamente la atención es este gusto local, cada vez más arraigado, por naturalizar jugadores. No tengo muy clara su calidad, seguramente no son ni muy buenos ni muy malos, pero la pregunta que me hago es: ¿qué tiene que estar pasando para que decidamos nacionalizar a cualquier jugador de medio pelo apenas demuestra ser un poco mejor que el resto de los medio pelo que tenemos en este país tan grande? La respuesta natural sería que somos lo suficientemente malos como para necesitar jugadores de afuera. Pero la verdad es que no podemos ser lo suficientemente malos porque hemos demostrado ser lo suficientemente buenos como para no necesitarlos.

El milagro de los ombligos y las medianías

Por lo poco que sé de la coyuntura, entiendo que tenemos dos delanteros muy buenos llamados Santi y Raúl, pero que a veces salimos a la cancha a jugar con un Berterame y un Quiñones. No tengo ningún problema con que la selección esté repleta de extranjeros; es más, me parece fabuloso. Me podría atraer más una selección integrada por todos los migrantes del mundo, bien multicultural, sin Estado, ni bandera, ni ejército, que la selección mexicana, pero no estamos hablando de eso porque no creo que la intención de la Federación Mexicana sea convertirse en un brazo de la Agencia de la ONU para los Refugiados. La selección mexicana no recolecta extranjeros por vocación natural de ser una ONG, sino por razones que no termino de entender.

El tema de los extranjeros no es tan importante —sobre la cancha—. Lo es más desde el costado simbólico, ya que hace evidente la preferencia por lo que viene de afuera, en detrimento de lo que se tiene dentro. Pero claro, hay una infinidad de problemas que no permiten que los que vienen de adentro sean lo suficientemente buenos o tomados en cuenta. Es que el futbol en México ya no tiene tanto que ver con el futbol en sí mismo, sino con la (pésima) gestión de los recursos, en general. No se trata tanto de si somos buenos o malos con la pelota, sino de qué hacemos con lo que tenemos. Como decía Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Da igual si somos muy buenos o muy malos, porque la verdad es que somos más o menos, pero resulta que no nos basta con eso. No nos sirve la medianía porque es bastante aburrida y entonces preferimos amarnos cuando ganamos y odiarnos cuando perdemos. La única buena noticia es que en México nos vale madres tanto todo que cuando perdemos sufrimos poquito, o mucho pero poquito tiempo, porque para todo mal, mezcal. Esta sensación de amor y odio con nosotros mismos no es patrimonio mexicano, sino latinoamericano y supongo que de muchos países del mundo que no son ni tan buenos ni tan malos, o sea, casi todos. Cada país se considera y se habita como si fuera el centro del mundo; incluso Chile, país en el que viví varios años y que es, objetivamente, el país más alejado del mundo. La división tan tajante del mundo en imaginarios nacionales, donde cada uno se mira el ombligo y se considera la medida de todas las cosas, genera relaciones muy complejas con la propia identidad. Lo primero que nos enseñan en la escuela es el valor de la Patria, y cuando somos grandecitos ya tenemos muy incorporado cierto amor al país que nos tocó, pero sobre todo cierto orgullo, y es ese orgullo el que nos mata, porque nunca estamos a la altura de lo que queremos ser.

Para qué nos ensalzamos tanto a nosotros mismos si el bacalao siempre lo cortan otros, resumiendo. Quizás por eso le ponemos tanta crema a nuestros tacos, para no darnos cuenta de qué es lo que hay debajo. Sin embargo, necesitamos defender todo ese amor que sentimos y justificar nuestros actos, y cuando no lo logramos, nos frustramos, y nos empezamos a odiar. Nada peor que odiarse cuando uno pensaba que se amaba. Y así, cada vez que la selección mexicana pierde y queda fuera de una instancia relativamente importante, ciertos alarmistas hablan de “fracaso”. Pero claro, para fracasar se debe cumplir una condición fundamental: no haber llegado a una instancia a la que siempre se llega, en cuyo caso la excepción se convierte en fracaso. Pero la selección mexicana no tiene excepciones, es siempre lo que es. Es más, asombra la constancia histórica en los resultados. Por lo cual, la insatisfacción con el equipo no tiene tanto que ver con los resultados, sino con la diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, o con la errada percepción que tenemos de nosotros mismos.

Si nos ceñimos a los Mundiales, el desempeño ha sido extremadamente constante. Durante la primera mitad de ellos nos fue mal, muy mal, siempre en los últimos lugares, y en la segunda mitad, nos fue bastante más o menos. Salvo en los dos realizados en México, en que llegamos a cuartos de final, en todos los posteriores a 1994 pasamos a segunda ronda y nos quedamos fuera en octavos. Así nomás es. No hay más, no hay menos. Pero claro, así la vida no tiene gracia, no tiene emoción, no tiene épica. La vida hay que vivirla como un dramón porque si no es una mierda. “La única verdad es la realidad”, decía Juan Domingo Perón, “y a llorar a la iglesia”, remataba Alfio Basile, pero como no hay nada más insoportable que la lucidez, preferimos vivir en la ilusión.

¿Qué tan lejos queda el “ya merito”?

En México se viven las derrotas como fracasos y se escriben como las eternas historias del “ya merito”. Pero el “ya merito” es idéntico al “ahorita”, ese “ahora” que al hacerse chiquito significa “quién sabe cuándo”, cuando no “nunca”. Los chavorrucos como yo recordamos el Mundial de 1994 como el “ya merito” de una gesta heroica, pero la realidad es muy otra. Pasamos a segunda ronda de panzazo después de haber perdido contra Noruega, ganándole a Irlanda y empatándole a Italia. Pero si diseccionamos la emoción y la memoria selectiva en segmentos racionales, nos podemos dar cuenta de que Noruega es un país que, en el mejor de los casos, consideramos hielo. De la misma forma en que ellos, los noruegos, imaginan a México, en el mejor de los casos, como una pirámide en la selva. En ese Mundial ganamos un solo partido, perdimos dos y nos moriremos culpando a Mejía Barón por no meter a un Hugo Sánchez que ya venía muy de vuelta, y recordando una y otra vez el penal perdido por un jugador de apellido Rodríguez que nadie sabe por qué fue elegido para realizar dicha misión. Quedamos en el lugar 13 de 24. Como dice el Tío Leyendas: “La memoria colectiva construye hazañas, pero los números nunca igualan nuestra memoria emocional”, y lo demás son “chaquetas mentales”, también en palabras del Tío, claro.

A partir de 1994, la historia fue siempre igual. Pasamos la fase de grupos, a veces jugando bien, a veces no, pero siempre nos quedamos ahí. Y después inventamos “la maldición” y la infinita lista de posibles razones, algunas más racionales, otras más conspiranoicas y otras más míticas. Pero lo más cercano a la verdad es que somos los que somos y que ocupamos el lugar que nos toca ocupar. Quizás la maldición es ser eso que somos y no poder cambiarlo. Preferimos vivir la vida sumergidos en el tequila del autoflagelo diciendo que “no fue penal”: no hay nada más fácil que ejercer el victimismo. Y culpar al sistema o a la mala suerte. Intuyo, eso sí, que la solución no está en nacionalizar extranjeros y menos aún después de haberlo hecho con Guillermo Franco, quien merece una mención especial por ser uno de los peores jugadores de futbol que me haya tocado ver en mi vida (aunque enjundioso, sin duda).

Me da la sensación de que a México no le faltan jugadores buenos, sino que le sobran dirigentes malos. Empresarios cuyo único objetivo es el lucro, lo cual no estaría del todo mal si además supieran algo de futbol. Pero no. Quieren dinero rápido, no planificar procesos futbolísticos. Estamos cautivos de un empresariado nefasto que, como dice el historiador Igartúa Amuchastegui, “nos hace padecer una ⁠NFLización de la competición local, constituida por franquicias y ligas cerradas sin ascenso ni descenso”, creando una liga autárquica que se priva de la única variable universal: la competencia. Las razones por las cuales el futbol mexicano no termina de cuajar y está siempre más peor que mejor son conocidas por casi todos: que la calidad institucional es tan baja que no logra, o no le interesa, fortalecer los pilares para crear talento; que tenemos una liga millonaria, más que nada por la magnitud del mercado, que les paga tanto a los jugadores que anula casi por completo la posibilidad de que elijan irse a jugar afuera y foguearse; que no hay ascensos ni descensos y que da todo realmente igual; que hasta hace poco entraban 12 equipos de 20 al repechaje; que los jóvenes mexicanos no tienen lugar para jugar porque está lleno de jugadores que vienen de afuera y porque somos un cementerio de elefantes donde juegan todos los jugadores que están al borde del retiro. Traemos a un Ronaldinho de 90 kilos y nos morimos de risa porque el futbol más que un deporte es entretenimiento. Es el legado de Televisa y la infantilización de la vida. Y ni hablar de esa legislación que establece el límite de extranjeros en nueve por equipo. Y finalmente, la variable geográfica, esa que se convierte en una verdadera tragedia: estar tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

Los Prisioneros titulaban una de sus canciones “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, y México es un claro ejemplo, con la salvedad de que somos un país inmenso, con una población casi infinita y una de las capitales más grandes del mundo. Son varias las ciudades grandes y muy desarrolladas, como también son innumerables los pequeños pueblos abandonados. Somos, ante todo, un país de contrastes. Lo grande y lo pequeño, lo desarrollado y lo estancado, lo pobre y lo rico, lo moderno y lo ancestral. Es cierto que en todos los países pasa eso, pero nunca tanto como aquí. Quizás Brasil, pero no. Ningún país tiene tanta diferencia entre sus fronteras del sur y del norte. Pocos países limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada. En pocos lugares del mundo conviven en una misma esquina el restaurante más gringo del mundo, con sus spicy y sus flavored wings, con el puesto callejero de garnachas, huitlacoche y tortillas de maíz azul. En pocos lugares del mundo los camareros de un lugar se visten con camisetas de los New England Patriots de futbol americano a dos metros y medio de la seño con su vestido oaxaqueño bordado de motivos indígenas y munida de colores infinitos. Ese contraste de plástico y tierra hace que seamos lo uno y todo lo contrario, todo el tiempo y cada vez. Esa es nuestra vida. Un crisol infinito de colores y costumbres que de lejos es muy lindo y llamativo y que de cerca es una insoportable manifestación de clasismo y desigualdad. Ese contraste nos constituye de tal manera que quizás, finalmente, no tengamos ni idea de qué somos.

Más allá de que la identidad de los países como algo homogéneo es una mentira gigante, dibujada en los libros de texto de las escuelas por los fundadores de las patrias, la mexicana es específicamente compleja porque somos demasiadas cosas demasiado diferentes y extremadamente incomunicadas entre sí. En el ámbito futbolero, somos un tapón entre Estados Unidos y Centroamérica que decidió mirar para arriba. Huelga decir que en términos futboleros no es nada bueno formar parte de la Concacaf porque el nivel es lo suficientemente malo como para que no mejoremos nunca, pero también es cierto que nos invitaron a formar parte del futbol sudamericano y decidimos no aprovechar la oportunidad. Decidimos es un decir, lo decidieron los empresarios ineptos y los dirigentes ambiciosos, pero esas son las condiciones en las cuales nos encontramos todos. Tuvimos la oportunidad de jugar en el sur, de curtirnos, pero no, decidimos ir a una Copa América con equipo suplente y nos dieron una buena y justificada patada en el culo y así estamos, jugando de nuevo en el norte. Sin embargo, el problema no es tanto formar parte de la Concacaf, que es de donde somos, sino la condición de esquizofrenia que no nos permite vivir nuestra propia vida. Una esquizofrenia causada por esa doble condición de país grande-país chico. Grande porque somos muchos, porque tenemos recursos, porque hay un gran mercado, millonario como pocos, porque hemos tenido grandes jugadores y algunas aspiraciones también. Somos grandes porque, quizás, futbolísticamente nos queda chico el Caribe, pero somos pequeños porque preferimos quedarnos jugando aquí que irnos a otro lado. En lo que se refiere al campeonato nacional, preferimos quedarnos en Querétaro que probar suerte en Cádiz, y ni hablar de Sudamérica, ese inhóspito lugar donde no sabemos qué carajo hay. ¿Y por qué? Por mera ignorancia, pero también porque a los jugadores les interesa más el dinero que cualquier otra cosa, y preferimos mil veces la liga gringa que la brasileña.

Y mientras miramos en menos a nuestros rivales, ellos mejoran y nosotros no. Somos súbditos del país del norte y en vez de jugar en la Copa Libertadores, jugamos esa cosa espantosa llamada Leagues Cup. Somos pequeños porque ninguneamos a los rivales que después nos ganan. Y ni hablar de algunos “periodistas” que sostienen que nuestra liga es mejor que algunas ligas sudamericanas y que han dicho en voz alta que el partido México y Argentina se está convirtiendo en un clásico. Igual que los chilenos cuando odian a los argentinos, pero no tienen retorno porque los argentinos están ocupados odiando a los brasileños, que están ocupados viviendo la vida. Somos pequeños porque nos falta humildad y porque estamos extraviados sin saber si somos norteamericanos, centroamericanos o latinoamericanos. Hay una especie de tapón del Darién espiritual que no nos permite formar parte de algo más grande que esta maldita soledad. Podríamos ser parte de América Latina, pero no lo hemos hecho y no formamos parte de nada. Y aquí estamos, intentando encontrarnos en el eterno laberinto de la soledad.

Es la esquizofrenia lo que nos hace convivir con una imagen errada de nosotros mismos. Ciento treinta millones de habitantes que nos consideramos autosuficientes, y no lo somos. La autopercepción de ser grandes y la sensación de ser pequeños producen una estrepitosa anulación de nuestras capacidades. Nos vemos en una encerrona que imposibilita cualquier sentido de pertenencia y la incapacidad para tener una identidad. En la vida en sociedad, el hecho de tener una identidad definida no impulsa a las naciones; eso solo se llama homogeneización, o patriotismo. Pero en el futbol, sí. Los países con identidad futbolera son mucho mejores o al menos se desenvuelven con mayor plenitud en la cancha. Los argentinos alternan entre el futbol técnico, de toque y ataque, o el futbol táctico, marrullero y defensivo, y ambas identidades coexisten; los brasileños se identifican con el jogo bonito, más allá de que la selección actual esté plagada de niños desclasados y hablen inglés en los entrenamientos; los italianos viven del catenaccio; los ingleses, hasta hace pocos años, vivían del centro al área, aunque ahora tienen cierto estilo traído de sus antiguas colonias; los alemanes, hasta que descubrieron que también podían ser felices, vivían del orden y la velocidad; los uruguayos viven de la garra charrúa, el cuchillo entre los dientes y una insoportable mezcla entre orgullo y victimismo de ser poquitos; los holandeses viven según los preceptos del futbol total y esa extraña conjunción entre racismo y tulipanes negros; los españoles, de los años 2000 para acá —cuando se decidieron a olvidar la espantosa furia—, portan el juego de toque por abajo nacido en una casa de campo catalana y consolidado por un sabio terco de Hortaleza, y así podríamos seguir. Pero nosotros no. Nosotros no sabemos a qué jugamos, y aunque claramente ha primado el intento del juego de toque y no el de fuerza y velocidad, no hemos terminado de hacer escuela. Quizás nuestra tradición sea la de la corrupción. Menotti en 1990 fortaleció la figura del 10 con Benjamín Galindo y armó un equipo con personalidad y amor por el juego, mismo que se ha repetido en varias instancias posteriores, pero con un nivel de intermitencia que no permite que se fortalezca ninguna identidad. Hemos jugado muy bien y formado jugadores increíbles. La lista es larga. Pero al final todo se cae a pedazos, quedamos fuera en el cuarto partido y nos dormimos en los laureles durante los siguientes cuatro años.

En los Mundiales salimos a ganar, metemos la pata y corremos hasta lo indecible, y el resto de los días, hasta el próximo Mundial, nos movemos con una desidia bestial y un desgano descomunal. Entre Mundial y Mundial, más que prepararnos, nos encomendamos a las fuerzas de lo sobrenatural. Nos da hueva jugar contra panameños, hondureños, salvadoreños y demás equipos de países que no tomamos en serio. Retrocedemos durante cuatro años y cuando llegan los Mundiales estamos siempre peor que nunca; sin embargo, es ahí cuando resurge el misticismo. “Pensamientos positivos”, dice Diego Berruecos, de Coctel Pambolero, cuando se acerca el magno evento, sintetizando el sentir nacional. No vamos a ganar porque estemos preparados, vamos a ganar porque nos gustan las grandes gestas. Nos emociona la posibilidad de ganarles a los grandes. Queremos que el mundo nos mire, que hablen de nosotros. Nos gusta dar el batacazo porque nos gustan los milagros. Somos seres creyentes y ceremoniales.

Creemos en todo, menos en nosotros, claro. No hay una autoestima que sostenga nuestros actos, pero siempre está la esperanza intacta de que suceda lo inesperado. Esperamos un lapsus, ignorando que una golondrina no hace verano. Y siempre estamos al borde de lograrlo, pero no: siempre habrá un argentino que mete un gol imposible, un holandés que engaña a un árbitro, un búlgaro cuyo momento preciso de plenitud cuaja frente a nosotros o la mala suerte estrella nuestros tiros contra el palo. Esa fuerza externa en la que creemos ciegamente termina dándonos la espalda. ¿Y por qué? Porque somos víctimas de la historia. Porque todo es culpa no de los tlaxcaltecas, sino de Napoleón III, James Polk o, de plano, de todos los españoles, renacentistas y de ahora, y estamos esperando a que nos pidan perdón. Quizás cuando lo hagan se acabará la maldición y llegaremos al quinto partido. Quizás ese día dejemos de ser el país conquistado, y se cierre la rajada originaria, y se acabe el dolor del parto patrio y se anule el estigma que nos compone. Y pasemos una ronda de penales contra Alemania.

Solidaridad: ¡venceremos!

Cuando ese día luminoso llegue, quizás dejemos de ser arrastrados por la ignorancia de las dirigencias y las decisiones de los dueños del balón, siempre más cerca del negocio que del deporte. Y dejaremos de estar a merced de las decisiones de Televisa, sus socios y sus directivos puestos a dedazo. Por ahora, no hay manera de crear identidad y menos aún confianza o autoestima en los jugadores mexicanos si no tienen espacio en las ligas de su país. Cada año llegan decenas de extranjeros que están más para retirarse que para crecer, y nos convertimos en un cementerio de elefantes en vez de terreno de cantera o semillero. ¿Cómo puede haber identidad y autoestima si, apenas un jugador de afuera empieza a brillar (medianamente), lo nacionalizan? ¿Qué expectativa puede tener un mexicano cuando aparecen los Fidalgos, los Berterames y los Quiñones y, pum, a la bolsa? Porque si vamos a naturalizar a un extranjero, entonces que sea uno realmente bueno, joven, que tenga futuro, no un Funes Mori, que era bueno, pero hasta ahí, y que terminó jugando una docena partidos en toda su vida de mexicano y 12 minutos en un Mundial (siete de ellos en tiempo de descuento).

En el fondo, no se trata de futbol, ni de llegar al quinto partido. Se trata de nuestra existencia y de que cada cosa que pasa en el futbol es una manifestación de lo que pasa en la vida. Quizás, como dice el historiador Alejandro Rosas, el problema no es la selección nacional, sino que México como país tampoco ha llegado al quinto partido. Tal vez caímos en la trampa del ingreso medio, como la llama Jorge Castañeda. Tal vez creímos que somos un país grande, moderno, que progresa, cuando realmente no sabemos qué hacer con tantas posibilidades. Y tal vez creemos que estamos saliendo del tercer mundo, y nos creímos el cuento de las Naciones Unidas de que no somos subdesarrollados, sino que estamos “en vías de desarrollo”. Tal vez nos comimos con patatas el eufemismo y por eso tenemos el tupé de ir por la vida ninguneando ecuatorianos, peruanos, paraguayos, sin tener idea de quiénes son ni de la tradición futbolera que llevan a cuestas, y después perdemos y nos prendemos fuego como si hubiéramos perdido contra Martinica (a los que no he visto jugar, pero seguramente deben estar mejorando su nivel mientras yo me río de ellos). Y ni hablar de los centroamericanos, que no son muy buenos, pero que, en medio de la crisis social que viven, cada vez juegan mejor, mientras nosotros, cada vez peor. Y mientras ellos se matan para ganarle a México, nosotros nos movemos con una pasmosa parsimonia en la cancha, a sabiendas de que, si las cosas van mal, alguien nos va a dar una ayudita. Solo hace falta hacer memoria para recordar los momentos en que los árbitros nos han favorecido frente a países sin capacidad de hacerse lobby, como Panamá, Costa Rica o Nicaragua. Momentos que solo refuerzan la esquizofrenia de ser grandes y pequeños a la vez. Cabeza de ratón o cola de león.

Con todo, en medio de todos estos elementos estructurales hay uno muy poderoso que nos cuesta abordar. La parsimonia y la displicencia son, quizás, consecuencia de la falta de conciencia colectiva de los integrantes del equipo. Esa misma falta de conciencia que vivimos afuera de la cancha. Tal vez simplemente no sabemos jugar en equipo. Tal vez no corremos más porque no nos sentimos parte de un equipo. Hemos crecido escuchando y repitiendo que somos una sociedad solidaria, pero habría que mirar y volver a mirar esa idea hecha y satisfecha.

Un hecho que a ver quién se atreve a desestimar: el día a día en México es cada vez más violento. Y la violencia genera miedo, y el miedo, desconfianza, y la desconfianza, enclaustramiento. Quizás vivimos recluidos en el ámbito privado jugando a la sociedad desde las redes sociales. Quizás vivimos en un clima de miedo y desconfianza, en medio de un tejido social despedazado. Quizás nos repetimos cada septiembre que somos una sociedad solidaria y orgullosa de sí misma mientras comemos chiles en nogada y tiramos cohetes, y en una de esas somos todo lo contrario y necesitamos festejar sin parar para que no se escuche el silencio. Tal vez vivimos en un individualismo feroz y lo demostramos cuando nadie nos ve, cuando vamos en el auto y pasamos por encima de todos, y cuando llegamos a nuestras casas y ponemos cubetas o palos en las puertas para que nadie se estacione en nuestro espacio. Basta sentarse en la banqueta y esperar que pase una ambulancia con la sirena prendida para ver que nadie se mueve. Solo respetamos los semáforos en rojo cuando tenemos una ambulancia detrás pidiéndonos ayuda. Quizás, si no hubiera terremotos, no tendríamos por qué salir a la calle a ayudar a nadie para después hablar bien de nosotros mismos. Quizás por eso somos un país exitoso en deportes individuales, pero no en deportes de equipo. Será por eso el box, la marcha, el tiro, los clavados: porque somos luchones, pero no solidarios. Quizás. ¡Y cómo lo vamos a ser si nadie cree en nosotros, y nos dejan en la banca apenas aparece el primer Fidalgo! (Álvaro: esto, lo sabes, no es en contra tuya, y sé que no es fácil encarnar un arquetipo).

Creo que no vamos a mejorar dentro de la cancha hasta que no cambien varias cosas afuera. Creo que tenemos que mirar un poco más al sur y menos al norte. Creo que estamos muy dañados por tantos espejitos de colores que nos ofrece el imperio y que somos mucho más centroamericanos de lo que queremos creer y más sudamericanos de lo que imaginamos. Creo que urge entender que estamos intentando salir del laberinto en soledad, y que necesitamos pertenecer a algo, porque quizás, como le pasa a todo mundo, no nos bastamos a nosotros mismos.

Dicho todo eso, voy a poner más atención a la radio que dejo puesta cuando me baje del auto. Quizás.

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17
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Una indagación casi accidental en el alma de la patria mexicana a partir de los atributos de su mayor escudera: la selección nacional de futbol. Y, de paso, un método rotundo para exorcizar el fantasma del quinto partido.

Algunas tardes voy a buscar a mi hija a la escuela. Cuando nos subimos al auto y cerramos las puertas, comienza a sonar la radio en la estación que estaba puesta antes de apagar el auto. Últimamente, la velocidad a la que se mueve mi vida no me permite saber a ciencia cierta quién era yo unos minutos antes, al bajarme del auto, y me sorprendo de los programas que suenan cuando me subo. A veces amanezco con energías para enfrentar el mundo y pongo a Aristegui; otras, amanezco sin la tenacidad necesaria para desentrañar la maraña de la corrupción nacional y pongo Radio UNAM. A veces amanezco libre y desprejuiciado y pongo Los 40 Principales. Otras mañanas, cuando necesito noticias, pero también un mundo menos cruel, elijo a la Warkentin de W Radio, con el riesgo asumido de ser atacado después, al volver a subirme al auto, por Martha Debayle, Loret o un programa deportivo de dudosa profesionalidad.

Un día llegué muy tarde por Martina y cuando arranqué el auto estaban hablando unos señores autodenominados periodistas deportivos. Expulsaban a borbotones polémicas sin importancia con una seriedad absoluta, y una de ellas me llamó la atención: la selección mexicana estaba intentando nacionalizar a un jugador. ¿A otro?, pensé yo. Estos opinadores habían aparecido ya alguna vez en mi vida, y creo que hablaban exactamente de lo mismo. El tema entonces era un tal Berterame. Tras cinco minutos de polémica sin polémica me aclararon que estaban hablando de un tal Fidalgo. Meses antes les había escrito a mis amigos argentinos para preguntarles si sabían quién era Berterame, y ninguno dio señales de conocimiento. En esta ocasión, en el primer semáforo que me dio oportunidad, les pregunté a mis amigos españoles si sabían quién era Fidalgo, y me respondieron que no estaban seguros, que quizás era el protagonista de una ópera. No tengo claro quién es Fidalgo y no me interesa demasiado. Si lo gugleas aparece que jugó en el Rayo Majadahonda, en el Real Madrid Castilla y en el Castellón, o sea que es más madrileño que el bocadillo de calamares y más castizo que el Quijote, Sancho y el queso manchego juntos. Es más, averigüé que jugaba en el América, pero que ya no está en México, sino en Sevilla, porque ahora juega en el Betis. Porque, claro, los mexicanos estamos donde nos da la chingada gana.

Más allá de este señor, lo que me llama poderosamente la atención es este gusto local, cada vez más arraigado, por naturalizar jugadores. No tengo muy clara su calidad, seguramente no son ni muy buenos ni muy malos, pero la pregunta que me hago es: ¿qué tiene que estar pasando para que decidamos nacionalizar a cualquier jugador de medio pelo apenas demuestra ser un poco mejor que el resto de los medio pelo que tenemos en este país tan grande? La respuesta natural sería que somos lo suficientemente malos como para necesitar jugadores de afuera. Pero la verdad es que no podemos ser lo suficientemente malos porque hemos demostrado ser lo suficientemente buenos como para no necesitarlos.

El milagro de los ombligos y las medianías

Por lo poco que sé de la coyuntura, entiendo que tenemos dos delanteros muy buenos llamados Santi y Raúl, pero que a veces salimos a la cancha a jugar con un Berterame y un Quiñones. No tengo ningún problema con que la selección esté repleta de extranjeros; es más, me parece fabuloso. Me podría atraer más una selección integrada por todos los migrantes del mundo, bien multicultural, sin Estado, ni bandera, ni ejército, que la selección mexicana, pero no estamos hablando de eso porque no creo que la intención de la Federación Mexicana sea convertirse en un brazo de la Agencia de la ONU para los Refugiados. La selección mexicana no recolecta extranjeros por vocación natural de ser una ONG, sino por razones que no termino de entender.

El tema de los extranjeros no es tan importante —sobre la cancha—. Lo es más desde el costado simbólico, ya que hace evidente la preferencia por lo que viene de afuera, en detrimento de lo que se tiene dentro. Pero claro, hay una infinidad de problemas que no permiten que los que vienen de adentro sean lo suficientemente buenos o tomados en cuenta. Es que el futbol en México ya no tiene tanto que ver con el futbol en sí mismo, sino con la (pésima) gestión de los recursos, en general. No se trata tanto de si somos buenos o malos con la pelota, sino de qué hacemos con lo que tenemos. Como decía Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Da igual si somos muy buenos o muy malos, porque la verdad es que somos más o menos, pero resulta que no nos basta con eso. No nos sirve la medianía porque es bastante aburrida y entonces preferimos amarnos cuando ganamos y odiarnos cuando perdemos. La única buena noticia es que en México nos vale madres tanto todo que cuando perdemos sufrimos poquito, o mucho pero poquito tiempo, porque para todo mal, mezcal. Esta sensación de amor y odio con nosotros mismos no es patrimonio mexicano, sino latinoamericano y supongo que de muchos países del mundo que no son ni tan buenos ni tan malos, o sea, casi todos. Cada país se considera y se habita como si fuera el centro del mundo; incluso Chile, país en el que viví varios años y que es, objetivamente, el país más alejado del mundo. La división tan tajante del mundo en imaginarios nacionales, donde cada uno se mira el ombligo y se considera la medida de todas las cosas, genera relaciones muy complejas con la propia identidad. Lo primero que nos enseñan en la escuela es el valor de la Patria, y cuando somos grandecitos ya tenemos muy incorporado cierto amor al país que nos tocó, pero sobre todo cierto orgullo, y es ese orgullo el que nos mata, porque nunca estamos a la altura de lo que queremos ser.

Para qué nos ensalzamos tanto a nosotros mismos si el bacalao siempre lo cortan otros, resumiendo. Quizás por eso le ponemos tanta crema a nuestros tacos, para no darnos cuenta de qué es lo que hay debajo. Sin embargo, necesitamos defender todo ese amor que sentimos y justificar nuestros actos, y cuando no lo logramos, nos frustramos, y nos empezamos a odiar. Nada peor que odiarse cuando uno pensaba que se amaba. Y así, cada vez que la selección mexicana pierde y queda fuera de una instancia relativamente importante, ciertos alarmistas hablan de “fracaso”. Pero claro, para fracasar se debe cumplir una condición fundamental: no haber llegado a una instancia a la que siempre se llega, en cuyo caso la excepción se convierte en fracaso. Pero la selección mexicana no tiene excepciones, es siempre lo que es. Es más, asombra la constancia histórica en los resultados. Por lo cual, la insatisfacción con el equipo no tiene tanto que ver con los resultados, sino con la diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, o con la errada percepción que tenemos de nosotros mismos.

Si nos ceñimos a los Mundiales, el desempeño ha sido extremadamente constante. Durante la primera mitad de ellos nos fue mal, muy mal, siempre en los últimos lugares, y en la segunda mitad, nos fue bastante más o menos. Salvo en los dos realizados en México, en que llegamos a cuartos de final, en todos los posteriores a 1994 pasamos a segunda ronda y nos quedamos fuera en octavos. Así nomás es. No hay más, no hay menos. Pero claro, así la vida no tiene gracia, no tiene emoción, no tiene épica. La vida hay que vivirla como un dramón porque si no es una mierda. “La única verdad es la realidad”, decía Juan Domingo Perón, “y a llorar a la iglesia”, remataba Alfio Basile, pero como no hay nada más insoportable que la lucidez, preferimos vivir en la ilusión.

¿Qué tan lejos queda el “ya merito”?

En México se viven las derrotas como fracasos y se escriben como las eternas historias del “ya merito”. Pero el “ya merito” es idéntico al “ahorita”, ese “ahora” que al hacerse chiquito significa “quién sabe cuándo”, cuando no “nunca”. Los chavorrucos como yo recordamos el Mundial de 1994 como el “ya merito” de una gesta heroica, pero la realidad es muy otra. Pasamos a segunda ronda de panzazo después de haber perdido contra Noruega, ganándole a Irlanda y empatándole a Italia. Pero si diseccionamos la emoción y la memoria selectiva en segmentos racionales, nos podemos dar cuenta de que Noruega es un país que, en el mejor de los casos, consideramos hielo. De la misma forma en que ellos, los noruegos, imaginan a México, en el mejor de los casos, como una pirámide en la selva. En ese Mundial ganamos un solo partido, perdimos dos y nos moriremos culpando a Mejía Barón por no meter a un Hugo Sánchez que ya venía muy de vuelta, y recordando una y otra vez el penal perdido por un jugador de apellido Rodríguez que nadie sabe por qué fue elegido para realizar dicha misión. Quedamos en el lugar 13 de 24. Como dice el Tío Leyendas: “La memoria colectiva construye hazañas, pero los números nunca igualan nuestra memoria emocional”, y lo demás son “chaquetas mentales”, también en palabras del Tío, claro.

A partir de 1994, la historia fue siempre igual. Pasamos la fase de grupos, a veces jugando bien, a veces no, pero siempre nos quedamos ahí. Y después inventamos “la maldición” y la infinita lista de posibles razones, algunas más racionales, otras más conspiranoicas y otras más míticas. Pero lo más cercano a la verdad es que somos los que somos y que ocupamos el lugar que nos toca ocupar. Quizás la maldición es ser eso que somos y no poder cambiarlo. Preferimos vivir la vida sumergidos en el tequila del autoflagelo diciendo que “no fue penal”: no hay nada más fácil que ejercer el victimismo. Y culpar al sistema o a la mala suerte. Intuyo, eso sí, que la solución no está en nacionalizar extranjeros y menos aún después de haberlo hecho con Guillermo Franco, quien merece una mención especial por ser uno de los peores jugadores de futbol que me haya tocado ver en mi vida (aunque enjundioso, sin duda).

Me da la sensación de que a México no le faltan jugadores buenos, sino que le sobran dirigentes malos. Empresarios cuyo único objetivo es el lucro, lo cual no estaría del todo mal si además supieran algo de futbol. Pero no. Quieren dinero rápido, no planificar procesos futbolísticos. Estamos cautivos de un empresariado nefasto que, como dice el historiador Igartúa Amuchastegui, “nos hace padecer una ⁠NFLización de la competición local, constituida por franquicias y ligas cerradas sin ascenso ni descenso”, creando una liga autárquica que se priva de la única variable universal: la competencia. Las razones por las cuales el futbol mexicano no termina de cuajar y está siempre más peor que mejor son conocidas por casi todos: que la calidad institucional es tan baja que no logra, o no le interesa, fortalecer los pilares para crear talento; que tenemos una liga millonaria, más que nada por la magnitud del mercado, que les paga tanto a los jugadores que anula casi por completo la posibilidad de que elijan irse a jugar afuera y foguearse; que no hay ascensos ni descensos y que da todo realmente igual; que hasta hace poco entraban 12 equipos de 20 al repechaje; que los jóvenes mexicanos no tienen lugar para jugar porque está lleno de jugadores que vienen de afuera y porque somos un cementerio de elefantes donde juegan todos los jugadores que están al borde del retiro. Traemos a un Ronaldinho de 90 kilos y nos morimos de risa porque el futbol más que un deporte es entretenimiento. Es el legado de Televisa y la infantilización de la vida. Y ni hablar de esa legislación que establece el límite de extranjeros en nueve por equipo. Y finalmente, la variable geográfica, esa que se convierte en una verdadera tragedia: estar tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

Los Prisioneros titulaban una de sus canciones “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, y México es un claro ejemplo, con la salvedad de que somos un país inmenso, con una población casi infinita y una de las capitales más grandes del mundo. Son varias las ciudades grandes y muy desarrolladas, como también son innumerables los pequeños pueblos abandonados. Somos, ante todo, un país de contrastes. Lo grande y lo pequeño, lo desarrollado y lo estancado, lo pobre y lo rico, lo moderno y lo ancestral. Es cierto que en todos los países pasa eso, pero nunca tanto como aquí. Quizás Brasil, pero no. Ningún país tiene tanta diferencia entre sus fronteras del sur y del norte. Pocos países limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada. En pocos lugares del mundo conviven en una misma esquina el restaurante más gringo del mundo, con sus spicy y sus flavored wings, con el puesto callejero de garnachas, huitlacoche y tortillas de maíz azul. En pocos lugares del mundo los camareros de un lugar se visten con camisetas de los New England Patriots de futbol americano a dos metros y medio de la seño con su vestido oaxaqueño bordado de motivos indígenas y munida de colores infinitos. Ese contraste de plástico y tierra hace que seamos lo uno y todo lo contrario, todo el tiempo y cada vez. Esa es nuestra vida. Un crisol infinito de colores y costumbres que de lejos es muy lindo y llamativo y que de cerca es una insoportable manifestación de clasismo y desigualdad. Ese contraste nos constituye de tal manera que quizás, finalmente, no tengamos ni idea de qué somos.

Más allá de que la identidad de los países como algo homogéneo es una mentira gigante, dibujada en los libros de texto de las escuelas por los fundadores de las patrias, la mexicana es específicamente compleja porque somos demasiadas cosas demasiado diferentes y extremadamente incomunicadas entre sí. En el ámbito futbolero, somos un tapón entre Estados Unidos y Centroamérica que decidió mirar para arriba. Huelga decir que en términos futboleros no es nada bueno formar parte de la Concacaf porque el nivel es lo suficientemente malo como para que no mejoremos nunca, pero también es cierto que nos invitaron a formar parte del futbol sudamericano y decidimos no aprovechar la oportunidad. Decidimos es un decir, lo decidieron los empresarios ineptos y los dirigentes ambiciosos, pero esas son las condiciones en las cuales nos encontramos todos. Tuvimos la oportunidad de jugar en el sur, de curtirnos, pero no, decidimos ir a una Copa América con equipo suplente y nos dieron una buena y justificada patada en el culo y así estamos, jugando de nuevo en el norte. Sin embargo, el problema no es tanto formar parte de la Concacaf, que es de donde somos, sino la condición de esquizofrenia que no nos permite vivir nuestra propia vida. Una esquizofrenia causada por esa doble condición de país grande-país chico. Grande porque somos muchos, porque tenemos recursos, porque hay un gran mercado, millonario como pocos, porque hemos tenido grandes jugadores y algunas aspiraciones también. Somos grandes porque, quizás, futbolísticamente nos queda chico el Caribe, pero somos pequeños porque preferimos quedarnos jugando aquí que irnos a otro lado. En lo que se refiere al campeonato nacional, preferimos quedarnos en Querétaro que probar suerte en Cádiz, y ni hablar de Sudamérica, ese inhóspito lugar donde no sabemos qué carajo hay. ¿Y por qué? Por mera ignorancia, pero también porque a los jugadores les interesa más el dinero que cualquier otra cosa, y preferimos mil veces la liga gringa que la brasileña.

Y mientras miramos en menos a nuestros rivales, ellos mejoran y nosotros no. Somos súbditos del país del norte y en vez de jugar en la Copa Libertadores, jugamos esa cosa espantosa llamada Leagues Cup. Somos pequeños porque ninguneamos a los rivales que después nos ganan. Y ni hablar de algunos “periodistas” que sostienen que nuestra liga es mejor que algunas ligas sudamericanas y que han dicho en voz alta que el partido México y Argentina se está convirtiendo en un clásico. Igual que los chilenos cuando odian a los argentinos, pero no tienen retorno porque los argentinos están ocupados odiando a los brasileños, que están ocupados viviendo la vida. Somos pequeños porque nos falta humildad y porque estamos extraviados sin saber si somos norteamericanos, centroamericanos o latinoamericanos. Hay una especie de tapón del Darién espiritual que no nos permite formar parte de algo más grande que esta maldita soledad. Podríamos ser parte de América Latina, pero no lo hemos hecho y no formamos parte de nada. Y aquí estamos, intentando encontrarnos en el eterno laberinto de la soledad.

Es la esquizofrenia lo que nos hace convivir con una imagen errada de nosotros mismos. Ciento treinta millones de habitantes que nos consideramos autosuficientes, y no lo somos. La autopercepción de ser grandes y la sensación de ser pequeños producen una estrepitosa anulación de nuestras capacidades. Nos vemos en una encerrona que imposibilita cualquier sentido de pertenencia y la incapacidad para tener una identidad. En la vida en sociedad, el hecho de tener una identidad definida no impulsa a las naciones; eso solo se llama homogeneización, o patriotismo. Pero en el futbol, sí. Los países con identidad futbolera son mucho mejores o al menos se desenvuelven con mayor plenitud en la cancha. Los argentinos alternan entre el futbol técnico, de toque y ataque, o el futbol táctico, marrullero y defensivo, y ambas identidades coexisten; los brasileños se identifican con el jogo bonito, más allá de que la selección actual esté plagada de niños desclasados y hablen inglés en los entrenamientos; los italianos viven del catenaccio; los ingleses, hasta hace pocos años, vivían del centro al área, aunque ahora tienen cierto estilo traído de sus antiguas colonias; los alemanes, hasta que descubrieron que también podían ser felices, vivían del orden y la velocidad; los uruguayos viven de la garra charrúa, el cuchillo entre los dientes y una insoportable mezcla entre orgullo y victimismo de ser poquitos; los holandeses viven según los preceptos del futbol total y esa extraña conjunción entre racismo y tulipanes negros; los españoles, de los años 2000 para acá —cuando se decidieron a olvidar la espantosa furia—, portan el juego de toque por abajo nacido en una casa de campo catalana y consolidado por un sabio terco de Hortaleza, y así podríamos seguir. Pero nosotros no. Nosotros no sabemos a qué jugamos, y aunque claramente ha primado el intento del juego de toque y no el de fuerza y velocidad, no hemos terminado de hacer escuela. Quizás nuestra tradición sea la de la corrupción. Menotti en 1990 fortaleció la figura del 10 con Benjamín Galindo y armó un equipo con personalidad y amor por el juego, mismo que se ha repetido en varias instancias posteriores, pero con un nivel de intermitencia que no permite que se fortalezca ninguna identidad. Hemos jugado muy bien y formado jugadores increíbles. La lista es larga. Pero al final todo se cae a pedazos, quedamos fuera en el cuarto partido y nos dormimos en los laureles durante los siguientes cuatro años.

En los Mundiales salimos a ganar, metemos la pata y corremos hasta lo indecible, y el resto de los días, hasta el próximo Mundial, nos movemos con una desidia bestial y un desgano descomunal. Entre Mundial y Mundial, más que prepararnos, nos encomendamos a las fuerzas de lo sobrenatural. Nos da hueva jugar contra panameños, hondureños, salvadoreños y demás equipos de países que no tomamos en serio. Retrocedemos durante cuatro años y cuando llegan los Mundiales estamos siempre peor que nunca; sin embargo, es ahí cuando resurge el misticismo. “Pensamientos positivos”, dice Diego Berruecos, de Coctel Pambolero, cuando se acerca el magno evento, sintetizando el sentir nacional. No vamos a ganar porque estemos preparados, vamos a ganar porque nos gustan las grandes gestas. Nos emociona la posibilidad de ganarles a los grandes. Queremos que el mundo nos mire, que hablen de nosotros. Nos gusta dar el batacazo porque nos gustan los milagros. Somos seres creyentes y ceremoniales.

Creemos en todo, menos en nosotros, claro. No hay una autoestima que sostenga nuestros actos, pero siempre está la esperanza intacta de que suceda lo inesperado. Esperamos un lapsus, ignorando que una golondrina no hace verano. Y siempre estamos al borde de lograrlo, pero no: siempre habrá un argentino que mete un gol imposible, un holandés que engaña a un árbitro, un búlgaro cuyo momento preciso de plenitud cuaja frente a nosotros o la mala suerte estrella nuestros tiros contra el palo. Esa fuerza externa en la que creemos ciegamente termina dándonos la espalda. ¿Y por qué? Porque somos víctimas de la historia. Porque todo es culpa no de los tlaxcaltecas, sino de Napoleón III, James Polk o, de plano, de todos los españoles, renacentistas y de ahora, y estamos esperando a que nos pidan perdón. Quizás cuando lo hagan se acabará la maldición y llegaremos al quinto partido. Quizás ese día dejemos de ser el país conquistado, y se cierre la rajada originaria, y se acabe el dolor del parto patrio y se anule el estigma que nos compone. Y pasemos una ronda de penales contra Alemania.

Solidaridad: ¡venceremos!

Cuando ese día luminoso llegue, quizás dejemos de ser arrastrados por la ignorancia de las dirigencias y las decisiones de los dueños del balón, siempre más cerca del negocio que del deporte. Y dejaremos de estar a merced de las decisiones de Televisa, sus socios y sus directivos puestos a dedazo. Por ahora, no hay manera de crear identidad y menos aún confianza o autoestima en los jugadores mexicanos si no tienen espacio en las ligas de su país. Cada año llegan decenas de extranjeros que están más para retirarse que para crecer, y nos convertimos en un cementerio de elefantes en vez de terreno de cantera o semillero. ¿Cómo puede haber identidad y autoestima si, apenas un jugador de afuera empieza a brillar (medianamente), lo nacionalizan? ¿Qué expectativa puede tener un mexicano cuando aparecen los Fidalgos, los Berterames y los Quiñones y, pum, a la bolsa? Porque si vamos a naturalizar a un extranjero, entonces que sea uno realmente bueno, joven, que tenga futuro, no un Funes Mori, que era bueno, pero hasta ahí, y que terminó jugando una docena partidos en toda su vida de mexicano y 12 minutos en un Mundial (siete de ellos en tiempo de descuento).

En el fondo, no se trata de futbol, ni de llegar al quinto partido. Se trata de nuestra existencia y de que cada cosa que pasa en el futbol es una manifestación de lo que pasa en la vida. Quizás, como dice el historiador Alejandro Rosas, el problema no es la selección nacional, sino que México como país tampoco ha llegado al quinto partido. Tal vez caímos en la trampa del ingreso medio, como la llama Jorge Castañeda. Tal vez creímos que somos un país grande, moderno, que progresa, cuando realmente no sabemos qué hacer con tantas posibilidades. Y tal vez creemos que estamos saliendo del tercer mundo, y nos creímos el cuento de las Naciones Unidas de que no somos subdesarrollados, sino que estamos “en vías de desarrollo”. Tal vez nos comimos con patatas el eufemismo y por eso tenemos el tupé de ir por la vida ninguneando ecuatorianos, peruanos, paraguayos, sin tener idea de quiénes son ni de la tradición futbolera que llevan a cuestas, y después perdemos y nos prendemos fuego como si hubiéramos perdido contra Martinica (a los que no he visto jugar, pero seguramente deben estar mejorando su nivel mientras yo me río de ellos). Y ni hablar de los centroamericanos, que no son muy buenos, pero que, en medio de la crisis social que viven, cada vez juegan mejor, mientras nosotros, cada vez peor. Y mientras ellos se matan para ganarle a México, nosotros nos movemos con una pasmosa parsimonia en la cancha, a sabiendas de que, si las cosas van mal, alguien nos va a dar una ayudita. Solo hace falta hacer memoria para recordar los momentos en que los árbitros nos han favorecido frente a países sin capacidad de hacerse lobby, como Panamá, Costa Rica o Nicaragua. Momentos que solo refuerzan la esquizofrenia de ser grandes y pequeños a la vez. Cabeza de ratón o cola de león.

Con todo, en medio de todos estos elementos estructurales hay uno muy poderoso que nos cuesta abordar. La parsimonia y la displicencia son, quizás, consecuencia de la falta de conciencia colectiva de los integrantes del equipo. Esa misma falta de conciencia que vivimos afuera de la cancha. Tal vez simplemente no sabemos jugar en equipo. Tal vez no corremos más porque no nos sentimos parte de un equipo. Hemos crecido escuchando y repitiendo que somos una sociedad solidaria, pero habría que mirar y volver a mirar esa idea hecha y satisfecha.

Un hecho que a ver quién se atreve a desestimar: el día a día en México es cada vez más violento. Y la violencia genera miedo, y el miedo, desconfianza, y la desconfianza, enclaustramiento. Quizás vivimos recluidos en el ámbito privado jugando a la sociedad desde las redes sociales. Quizás vivimos en un clima de miedo y desconfianza, en medio de un tejido social despedazado. Quizás nos repetimos cada septiembre que somos una sociedad solidaria y orgullosa de sí misma mientras comemos chiles en nogada y tiramos cohetes, y en una de esas somos todo lo contrario y necesitamos festejar sin parar para que no se escuche el silencio. Tal vez vivimos en un individualismo feroz y lo demostramos cuando nadie nos ve, cuando vamos en el auto y pasamos por encima de todos, y cuando llegamos a nuestras casas y ponemos cubetas o palos en las puertas para que nadie se estacione en nuestro espacio. Basta sentarse en la banqueta y esperar que pase una ambulancia con la sirena prendida para ver que nadie se mueve. Solo respetamos los semáforos en rojo cuando tenemos una ambulancia detrás pidiéndonos ayuda. Quizás, si no hubiera terremotos, no tendríamos por qué salir a la calle a ayudar a nadie para después hablar bien de nosotros mismos. Quizás por eso somos un país exitoso en deportes individuales, pero no en deportes de equipo. Será por eso el box, la marcha, el tiro, los clavados: porque somos luchones, pero no solidarios. Quizás. ¡Y cómo lo vamos a ser si nadie cree en nosotros, y nos dejan en la banca apenas aparece el primer Fidalgo! (Álvaro: esto, lo sabes, no es en contra tuya, y sé que no es fácil encarnar un arquetipo).

Creo que no vamos a mejorar dentro de la cancha hasta que no cambien varias cosas afuera. Creo que tenemos que mirar un poco más al sur y menos al norte. Creo que estamos muy dañados por tantos espejitos de colores que nos ofrece el imperio y que somos mucho más centroamericanos de lo que queremos creer y más sudamericanos de lo que imaginamos. Creo que urge entender que estamos intentando salir del laberinto en soledad, y que necesitamos pertenecer a algo, porque quizás, como le pasa a todo mundo, no nos bastamos a nosotros mismos.

Dicho todo eso, voy a poner más atención a la radio que dejo puesta cuando me baje del auto. Quizás.

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Laberinto verde de la soledad

Laberinto verde de la soledad

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Una indagación casi accidental en el alma de la patria mexicana a partir de los atributos de su mayor escudera: la selección nacional de futbol. Y, de paso, un método rotundo para exorcizar el fantasma del quinto partido.

Algunas tardes voy a buscar a mi hija a la escuela. Cuando nos subimos al auto y cerramos las puertas, comienza a sonar la radio en la estación que estaba puesta antes de apagar el auto. Últimamente, la velocidad a la que se mueve mi vida no me permite saber a ciencia cierta quién era yo unos minutos antes, al bajarme del auto, y me sorprendo de los programas que suenan cuando me subo. A veces amanezco con energías para enfrentar el mundo y pongo a Aristegui; otras, amanezco sin la tenacidad necesaria para desentrañar la maraña de la corrupción nacional y pongo Radio UNAM. A veces amanezco libre y desprejuiciado y pongo Los 40 Principales. Otras mañanas, cuando necesito noticias, pero también un mundo menos cruel, elijo a la Warkentin de W Radio, con el riesgo asumido de ser atacado después, al volver a subirme al auto, por Martha Debayle, Loret o un programa deportivo de dudosa profesionalidad.

Un día llegué muy tarde por Martina y cuando arranqué el auto estaban hablando unos señores autodenominados periodistas deportivos. Expulsaban a borbotones polémicas sin importancia con una seriedad absoluta, y una de ellas me llamó la atención: la selección mexicana estaba intentando nacionalizar a un jugador. ¿A otro?, pensé yo. Estos opinadores habían aparecido ya alguna vez en mi vida, y creo que hablaban exactamente de lo mismo. El tema entonces era un tal Berterame. Tras cinco minutos de polémica sin polémica me aclararon que estaban hablando de un tal Fidalgo. Meses antes les había escrito a mis amigos argentinos para preguntarles si sabían quién era Berterame, y ninguno dio señales de conocimiento. En esta ocasión, en el primer semáforo que me dio oportunidad, les pregunté a mis amigos españoles si sabían quién era Fidalgo, y me respondieron que no estaban seguros, que quizás era el protagonista de una ópera. No tengo claro quién es Fidalgo y no me interesa demasiado. Si lo gugleas aparece que jugó en el Rayo Majadahonda, en el Real Madrid Castilla y en el Castellón, o sea que es más madrileño que el bocadillo de calamares y más castizo que el Quijote, Sancho y el queso manchego juntos. Es más, averigüé que jugaba en el América, pero que ya no está en México, sino en Sevilla, porque ahora juega en el Betis. Porque, claro, los mexicanos estamos donde nos da la chingada gana.

Más allá de este señor, lo que me llama poderosamente la atención es este gusto local, cada vez más arraigado, por naturalizar jugadores. No tengo muy clara su calidad, seguramente no son ni muy buenos ni muy malos, pero la pregunta que me hago es: ¿qué tiene que estar pasando para que decidamos nacionalizar a cualquier jugador de medio pelo apenas demuestra ser un poco mejor que el resto de los medio pelo que tenemos en este país tan grande? La respuesta natural sería que somos lo suficientemente malos como para necesitar jugadores de afuera. Pero la verdad es que no podemos ser lo suficientemente malos porque hemos demostrado ser lo suficientemente buenos como para no necesitarlos.

El milagro de los ombligos y las medianías

Por lo poco que sé de la coyuntura, entiendo que tenemos dos delanteros muy buenos llamados Santi y Raúl, pero que a veces salimos a la cancha a jugar con un Berterame y un Quiñones. No tengo ningún problema con que la selección esté repleta de extranjeros; es más, me parece fabuloso. Me podría atraer más una selección integrada por todos los migrantes del mundo, bien multicultural, sin Estado, ni bandera, ni ejército, que la selección mexicana, pero no estamos hablando de eso porque no creo que la intención de la Federación Mexicana sea convertirse en un brazo de la Agencia de la ONU para los Refugiados. La selección mexicana no recolecta extranjeros por vocación natural de ser una ONG, sino por razones que no termino de entender.

El tema de los extranjeros no es tan importante —sobre la cancha—. Lo es más desde el costado simbólico, ya que hace evidente la preferencia por lo que viene de afuera, en detrimento de lo que se tiene dentro. Pero claro, hay una infinidad de problemas que no permiten que los que vienen de adentro sean lo suficientemente buenos o tomados en cuenta. Es que el futbol en México ya no tiene tanto que ver con el futbol en sí mismo, sino con la (pésima) gestión de los recursos, en general. No se trata tanto de si somos buenos o malos con la pelota, sino de qué hacemos con lo que tenemos. Como decía Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Da igual si somos muy buenos o muy malos, porque la verdad es que somos más o menos, pero resulta que no nos basta con eso. No nos sirve la medianía porque es bastante aburrida y entonces preferimos amarnos cuando ganamos y odiarnos cuando perdemos. La única buena noticia es que en México nos vale madres tanto todo que cuando perdemos sufrimos poquito, o mucho pero poquito tiempo, porque para todo mal, mezcal. Esta sensación de amor y odio con nosotros mismos no es patrimonio mexicano, sino latinoamericano y supongo que de muchos países del mundo que no son ni tan buenos ni tan malos, o sea, casi todos. Cada país se considera y se habita como si fuera el centro del mundo; incluso Chile, país en el que viví varios años y que es, objetivamente, el país más alejado del mundo. La división tan tajante del mundo en imaginarios nacionales, donde cada uno se mira el ombligo y se considera la medida de todas las cosas, genera relaciones muy complejas con la propia identidad. Lo primero que nos enseñan en la escuela es el valor de la Patria, y cuando somos grandecitos ya tenemos muy incorporado cierto amor al país que nos tocó, pero sobre todo cierto orgullo, y es ese orgullo el que nos mata, porque nunca estamos a la altura de lo que queremos ser.

Para qué nos ensalzamos tanto a nosotros mismos si el bacalao siempre lo cortan otros, resumiendo. Quizás por eso le ponemos tanta crema a nuestros tacos, para no darnos cuenta de qué es lo que hay debajo. Sin embargo, necesitamos defender todo ese amor que sentimos y justificar nuestros actos, y cuando no lo logramos, nos frustramos, y nos empezamos a odiar. Nada peor que odiarse cuando uno pensaba que se amaba. Y así, cada vez que la selección mexicana pierde y queda fuera de una instancia relativamente importante, ciertos alarmistas hablan de “fracaso”. Pero claro, para fracasar se debe cumplir una condición fundamental: no haber llegado a una instancia a la que siempre se llega, en cuyo caso la excepción se convierte en fracaso. Pero la selección mexicana no tiene excepciones, es siempre lo que es. Es más, asombra la constancia histórica en los resultados. Por lo cual, la insatisfacción con el equipo no tiene tanto que ver con los resultados, sino con la diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, o con la errada percepción que tenemos de nosotros mismos.

Si nos ceñimos a los Mundiales, el desempeño ha sido extremadamente constante. Durante la primera mitad de ellos nos fue mal, muy mal, siempre en los últimos lugares, y en la segunda mitad, nos fue bastante más o menos. Salvo en los dos realizados en México, en que llegamos a cuartos de final, en todos los posteriores a 1994 pasamos a segunda ronda y nos quedamos fuera en octavos. Así nomás es. No hay más, no hay menos. Pero claro, así la vida no tiene gracia, no tiene emoción, no tiene épica. La vida hay que vivirla como un dramón porque si no es una mierda. “La única verdad es la realidad”, decía Juan Domingo Perón, “y a llorar a la iglesia”, remataba Alfio Basile, pero como no hay nada más insoportable que la lucidez, preferimos vivir en la ilusión.

¿Qué tan lejos queda el “ya merito”?

En México se viven las derrotas como fracasos y se escriben como las eternas historias del “ya merito”. Pero el “ya merito” es idéntico al “ahorita”, ese “ahora” que al hacerse chiquito significa “quién sabe cuándo”, cuando no “nunca”. Los chavorrucos como yo recordamos el Mundial de 1994 como el “ya merito” de una gesta heroica, pero la realidad es muy otra. Pasamos a segunda ronda de panzazo después de haber perdido contra Noruega, ganándole a Irlanda y empatándole a Italia. Pero si diseccionamos la emoción y la memoria selectiva en segmentos racionales, nos podemos dar cuenta de que Noruega es un país que, en el mejor de los casos, consideramos hielo. De la misma forma en que ellos, los noruegos, imaginan a México, en el mejor de los casos, como una pirámide en la selva. En ese Mundial ganamos un solo partido, perdimos dos y nos moriremos culpando a Mejía Barón por no meter a un Hugo Sánchez que ya venía muy de vuelta, y recordando una y otra vez el penal perdido por un jugador de apellido Rodríguez que nadie sabe por qué fue elegido para realizar dicha misión. Quedamos en el lugar 13 de 24. Como dice el Tío Leyendas: “La memoria colectiva construye hazañas, pero los números nunca igualan nuestra memoria emocional”, y lo demás son “chaquetas mentales”, también en palabras del Tío, claro.

A partir de 1994, la historia fue siempre igual. Pasamos la fase de grupos, a veces jugando bien, a veces no, pero siempre nos quedamos ahí. Y después inventamos “la maldición” y la infinita lista de posibles razones, algunas más racionales, otras más conspiranoicas y otras más míticas. Pero lo más cercano a la verdad es que somos los que somos y que ocupamos el lugar que nos toca ocupar. Quizás la maldición es ser eso que somos y no poder cambiarlo. Preferimos vivir la vida sumergidos en el tequila del autoflagelo diciendo que “no fue penal”: no hay nada más fácil que ejercer el victimismo. Y culpar al sistema o a la mala suerte. Intuyo, eso sí, que la solución no está en nacionalizar extranjeros y menos aún después de haberlo hecho con Guillermo Franco, quien merece una mención especial por ser uno de los peores jugadores de futbol que me haya tocado ver en mi vida (aunque enjundioso, sin duda).

Me da la sensación de que a México no le faltan jugadores buenos, sino que le sobran dirigentes malos. Empresarios cuyo único objetivo es el lucro, lo cual no estaría del todo mal si además supieran algo de futbol. Pero no. Quieren dinero rápido, no planificar procesos futbolísticos. Estamos cautivos de un empresariado nefasto que, como dice el historiador Igartúa Amuchastegui, “nos hace padecer una ⁠NFLización de la competición local, constituida por franquicias y ligas cerradas sin ascenso ni descenso”, creando una liga autárquica que se priva de la única variable universal: la competencia. Las razones por las cuales el futbol mexicano no termina de cuajar y está siempre más peor que mejor son conocidas por casi todos: que la calidad institucional es tan baja que no logra, o no le interesa, fortalecer los pilares para crear talento; que tenemos una liga millonaria, más que nada por la magnitud del mercado, que les paga tanto a los jugadores que anula casi por completo la posibilidad de que elijan irse a jugar afuera y foguearse; que no hay ascensos ni descensos y que da todo realmente igual; que hasta hace poco entraban 12 equipos de 20 al repechaje; que los jóvenes mexicanos no tienen lugar para jugar porque está lleno de jugadores que vienen de afuera y porque somos un cementerio de elefantes donde juegan todos los jugadores que están al borde del retiro. Traemos a un Ronaldinho de 90 kilos y nos morimos de risa porque el futbol más que un deporte es entretenimiento. Es el legado de Televisa y la infantilización de la vida. Y ni hablar de esa legislación que establece el límite de extranjeros en nueve por equipo. Y finalmente, la variable geográfica, esa que se convierte en una verdadera tragedia: estar tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

Los Prisioneros titulaban una de sus canciones “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, y México es un claro ejemplo, con la salvedad de que somos un país inmenso, con una población casi infinita y una de las capitales más grandes del mundo. Son varias las ciudades grandes y muy desarrolladas, como también son innumerables los pequeños pueblos abandonados. Somos, ante todo, un país de contrastes. Lo grande y lo pequeño, lo desarrollado y lo estancado, lo pobre y lo rico, lo moderno y lo ancestral. Es cierto que en todos los países pasa eso, pero nunca tanto como aquí. Quizás Brasil, pero no. Ningún país tiene tanta diferencia entre sus fronteras del sur y del norte. Pocos países limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada. En pocos lugares del mundo conviven en una misma esquina el restaurante más gringo del mundo, con sus spicy y sus flavored wings, con el puesto callejero de garnachas, huitlacoche y tortillas de maíz azul. En pocos lugares del mundo los camareros de un lugar se visten con camisetas de los New England Patriots de futbol americano a dos metros y medio de la seño con su vestido oaxaqueño bordado de motivos indígenas y munida de colores infinitos. Ese contraste de plástico y tierra hace que seamos lo uno y todo lo contrario, todo el tiempo y cada vez. Esa es nuestra vida. Un crisol infinito de colores y costumbres que de lejos es muy lindo y llamativo y que de cerca es una insoportable manifestación de clasismo y desigualdad. Ese contraste nos constituye de tal manera que quizás, finalmente, no tengamos ni idea de qué somos.

Más allá de que la identidad de los países como algo homogéneo es una mentira gigante, dibujada en los libros de texto de las escuelas por los fundadores de las patrias, la mexicana es específicamente compleja porque somos demasiadas cosas demasiado diferentes y extremadamente incomunicadas entre sí. En el ámbito futbolero, somos un tapón entre Estados Unidos y Centroamérica que decidió mirar para arriba. Huelga decir que en términos futboleros no es nada bueno formar parte de la Concacaf porque el nivel es lo suficientemente malo como para que no mejoremos nunca, pero también es cierto que nos invitaron a formar parte del futbol sudamericano y decidimos no aprovechar la oportunidad. Decidimos es un decir, lo decidieron los empresarios ineptos y los dirigentes ambiciosos, pero esas son las condiciones en las cuales nos encontramos todos. Tuvimos la oportunidad de jugar en el sur, de curtirnos, pero no, decidimos ir a una Copa América con equipo suplente y nos dieron una buena y justificada patada en el culo y así estamos, jugando de nuevo en el norte. Sin embargo, el problema no es tanto formar parte de la Concacaf, que es de donde somos, sino la condición de esquizofrenia que no nos permite vivir nuestra propia vida. Una esquizofrenia causada por esa doble condición de país grande-país chico. Grande porque somos muchos, porque tenemos recursos, porque hay un gran mercado, millonario como pocos, porque hemos tenido grandes jugadores y algunas aspiraciones también. Somos grandes porque, quizás, futbolísticamente nos queda chico el Caribe, pero somos pequeños porque preferimos quedarnos jugando aquí que irnos a otro lado. En lo que se refiere al campeonato nacional, preferimos quedarnos en Querétaro que probar suerte en Cádiz, y ni hablar de Sudamérica, ese inhóspito lugar donde no sabemos qué carajo hay. ¿Y por qué? Por mera ignorancia, pero también porque a los jugadores les interesa más el dinero que cualquier otra cosa, y preferimos mil veces la liga gringa que la brasileña.

Y mientras miramos en menos a nuestros rivales, ellos mejoran y nosotros no. Somos súbditos del país del norte y en vez de jugar en la Copa Libertadores, jugamos esa cosa espantosa llamada Leagues Cup. Somos pequeños porque ninguneamos a los rivales que después nos ganan. Y ni hablar de algunos “periodistas” que sostienen que nuestra liga es mejor que algunas ligas sudamericanas y que han dicho en voz alta que el partido México y Argentina se está convirtiendo en un clásico. Igual que los chilenos cuando odian a los argentinos, pero no tienen retorno porque los argentinos están ocupados odiando a los brasileños, que están ocupados viviendo la vida. Somos pequeños porque nos falta humildad y porque estamos extraviados sin saber si somos norteamericanos, centroamericanos o latinoamericanos. Hay una especie de tapón del Darién espiritual que no nos permite formar parte de algo más grande que esta maldita soledad. Podríamos ser parte de América Latina, pero no lo hemos hecho y no formamos parte de nada. Y aquí estamos, intentando encontrarnos en el eterno laberinto de la soledad.

Es la esquizofrenia lo que nos hace convivir con una imagen errada de nosotros mismos. Ciento treinta millones de habitantes que nos consideramos autosuficientes, y no lo somos. La autopercepción de ser grandes y la sensación de ser pequeños producen una estrepitosa anulación de nuestras capacidades. Nos vemos en una encerrona que imposibilita cualquier sentido de pertenencia y la incapacidad para tener una identidad. En la vida en sociedad, el hecho de tener una identidad definida no impulsa a las naciones; eso solo se llama homogeneización, o patriotismo. Pero en el futbol, sí. Los países con identidad futbolera son mucho mejores o al menos se desenvuelven con mayor plenitud en la cancha. Los argentinos alternan entre el futbol técnico, de toque y ataque, o el futbol táctico, marrullero y defensivo, y ambas identidades coexisten; los brasileños se identifican con el jogo bonito, más allá de que la selección actual esté plagada de niños desclasados y hablen inglés en los entrenamientos; los italianos viven del catenaccio; los ingleses, hasta hace pocos años, vivían del centro al área, aunque ahora tienen cierto estilo traído de sus antiguas colonias; los alemanes, hasta que descubrieron que también podían ser felices, vivían del orden y la velocidad; los uruguayos viven de la garra charrúa, el cuchillo entre los dientes y una insoportable mezcla entre orgullo y victimismo de ser poquitos; los holandeses viven según los preceptos del futbol total y esa extraña conjunción entre racismo y tulipanes negros; los españoles, de los años 2000 para acá —cuando se decidieron a olvidar la espantosa furia—, portan el juego de toque por abajo nacido en una casa de campo catalana y consolidado por un sabio terco de Hortaleza, y así podríamos seguir. Pero nosotros no. Nosotros no sabemos a qué jugamos, y aunque claramente ha primado el intento del juego de toque y no el de fuerza y velocidad, no hemos terminado de hacer escuela. Quizás nuestra tradición sea la de la corrupción. Menotti en 1990 fortaleció la figura del 10 con Benjamín Galindo y armó un equipo con personalidad y amor por el juego, mismo que se ha repetido en varias instancias posteriores, pero con un nivel de intermitencia que no permite que se fortalezca ninguna identidad. Hemos jugado muy bien y formado jugadores increíbles. La lista es larga. Pero al final todo se cae a pedazos, quedamos fuera en el cuarto partido y nos dormimos en los laureles durante los siguientes cuatro años.

En los Mundiales salimos a ganar, metemos la pata y corremos hasta lo indecible, y el resto de los días, hasta el próximo Mundial, nos movemos con una desidia bestial y un desgano descomunal. Entre Mundial y Mundial, más que prepararnos, nos encomendamos a las fuerzas de lo sobrenatural. Nos da hueva jugar contra panameños, hondureños, salvadoreños y demás equipos de países que no tomamos en serio. Retrocedemos durante cuatro años y cuando llegan los Mundiales estamos siempre peor que nunca; sin embargo, es ahí cuando resurge el misticismo. “Pensamientos positivos”, dice Diego Berruecos, de Coctel Pambolero, cuando se acerca el magno evento, sintetizando el sentir nacional. No vamos a ganar porque estemos preparados, vamos a ganar porque nos gustan las grandes gestas. Nos emociona la posibilidad de ganarles a los grandes. Queremos que el mundo nos mire, que hablen de nosotros. Nos gusta dar el batacazo porque nos gustan los milagros. Somos seres creyentes y ceremoniales.

Creemos en todo, menos en nosotros, claro. No hay una autoestima que sostenga nuestros actos, pero siempre está la esperanza intacta de que suceda lo inesperado. Esperamos un lapsus, ignorando que una golondrina no hace verano. Y siempre estamos al borde de lograrlo, pero no: siempre habrá un argentino que mete un gol imposible, un holandés que engaña a un árbitro, un búlgaro cuyo momento preciso de plenitud cuaja frente a nosotros o la mala suerte estrella nuestros tiros contra el palo. Esa fuerza externa en la que creemos ciegamente termina dándonos la espalda. ¿Y por qué? Porque somos víctimas de la historia. Porque todo es culpa no de los tlaxcaltecas, sino de Napoleón III, James Polk o, de plano, de todos los españoles, renacentistas y de ahora, y estamos esperando a que nos pidan perdón. Quizás cuando lo hagan se acabará la maldición y llegaremos al quinto partido. Quizás ese día dejemos de ser el país conquistado, y se cierre la rajada originaria, y se acabe el dolor del parto patrio y se anule el estigma que nos compone. Y pasemos una ronda de penales contra Alemania.

Solidaridad: ¡venceremos!

Cuando ese día luminoso llegue, quizás dejemos de ser arrastrados por la ignorancia de las dirigencias y las decisiones de los dueños del balón, siempre más cerca del negocio que del deporte. Y dejaremos de estar a merced de las decisiones de Televisa, sus socios y sus directivos puestos a dedazo. Por ahora, no hay manera de crear identidad y menos aún confianza o autoestima en los jugadores mexicanos si no tienen espacio en las ligas de su país. Cada año llegan decenas de extranjeros que están más para retirarse que para crecer, y nos convertimos en un cementerio de elefantes en vez de terreno de cantera o semillero. ¿Cómo puede haber identidad y autoestima si, apenas un jugador de afuera empieza a brillar (medianamente), lo nacionalizan? ¿Qué expectativa puede tener un mexicano cuando aparecen los Fidalgos, los Berterames y los Quiñones y, pum, a la bolsa? Porque si vamos a naturalizar a un extranjero, entonces que sea uno realmente bueno, joven, que tenga futuro, no un Funes Mori, que era bueno, pero hasta ahí, y que terminó jugando una docena partidos en toda su vida de mexicano y 12 minutos en un Mundial (siete de ellos en tiempo de descuento).

En el fondo, no se trata de futbol, ni de llegar al quinto partido. Se trata de nuestra existencia y de que cada cosa que pasa en el futbol es una manifestación de lo que pasa en la vida. Quizás, como dice el historiador Alejandro Rosas, el problema no es la selección nacional, sino que México como país tampoco ha llegado al quinto partido. Tal vez caímos en la trampa del ingreso medio, como la llama Jorge Castañeda. Tal vez creímos que somos un país grande, moderno, que progresa, cuando realmente no sabemos qué hacer con tantas posibilidades. Y tal vez creemos que estamos saliendo del tercer mundo, y nos creímos el cuento de las Naciones Unidas de que no somos subdesarrollados, sino que estamos “en vías de desarrollo”. Tal vez nos comimos con patatas el eufemismo y por eso tenemos el tupé de ir por la vida ninguneando ecuatorianos, peruanos, paraguayos, sin tener idea de quiénes son ni de la tradición futbolera que llevan a cuestas, y después perdemos y nos prendemos fuego como si hubiéramos perdido contra Martinica (a los que no he visto jugar, pero seguramente deben estar mejorando su nivel mientras yo me río de ellos). Y ni hablar de los centroamericanos, que no son muy buenos, pero que, en medio de la crisis social que viven, cada vez juegan mejor, mientras nosotros, cada vez peor. Y mientras ellos se matan para ganarle a México, nosotros nos movemos con una pasmosa parsimonia en la cancha, a sabiendas de que, si las cosas van mal, alguien nos va a dar una ayudita. Solo hace falta hacer memoria para recordar los momentos en que los árbitros nos han favorecido frente a países sin capacidad de hacerse lobby, como Panamá, Costa Rica o Nicaragua. Momentos que solo refuerzan la esquizofrenia de ser grandes y pequeños a la vez. Cabeza de ratón o cola de león.

Con todo, en medio de todos estos elementos estructurales hay uno muy poderoso que nos cuesta abordar. La parsimonia y la displicencia son, quizás, consecuencia de la falta de conciencia colectiva de los integrantes del equipo. Esa misma falta de conciencia que vivimos afuera de la cancha. Tal vez simplemente no sabemos jugar en equipo. Tal vez no corremos más porque no nos sentimos parte de un equipo. Hemos crecido escuchando y repitiendo que somos una sociedad solidaria, pero habría que mirar y volver a mirar esa idea hecha y satisfecha.

Un hecho que a ver quién se atreve a desestimar: el día a día en México es cada vez más violento. Y la violencia genera miedo, y el miedo, desconfianza, y la desconfianza, enclaustramiento. Quizás vivimos recluidos en el ámbito privado jugando a la sociedad desde las redes sociales. Quizás vivimos en un clima de miedo y desconfianza, en medio de un tejido social despedazado. Quizás nos repetimos cada septiembre que somos una sociedad solidaria y orgullosa de sí misma mientras comemos chiles en nogada y tiramos cohetes, y en una de esas somos todo lo contrario y necesitamos festejar sin parar para que no se escuche el silencio. Tal vez vivimos en un individualismo feroz y lo demostramos cuando nadie nos ve, cuando vamos en el auto y pasamos por encima de todos, y cuando llegamos a nuestras casas y ponemos cubetas o palos en las puertas para que nadie se estacione en nuestro espacio. Basta sentarse en la banqueta y esperar que pase una ambulancia con la sirena prendida para ver que nadie se mueve. Solo respetamos los semáforos en rojo cuando tenemos una ambulancia detrás pidiéndonos ayuda. Quizás, si no hubiera terremotos, no tendríamos por qué salir a la calle a ayudar a nadie para después hablar bien de nosotros mismos. Quizás por eso somos un país exitoso en deportes individuales, pero no en deportes de equipo. Será por eso el box, la marcha, el tiro, los clavados: porque somos luchones, pero no solidarios. Quizás. ¡Y cómo lo vamos a ser si nadie cree en nosotros, y nos dejan en la banca apenas aparece el primer Fidalgo! (Álvaro: esto, lo sabes, no es en contra tuya, y sé que no es fácil encarnar un arquetipo).

Creo que no vamos a mejorar dentro de la cancha hasta que no cambien varias cosas afuera. Creo que tenemos que mirar un poco más al sur y menos al norte. Creo que estamos muy dañados por tantos espejitos de colores que nos ofrece el imperio y que somos mucho más centroamericanos de lo que queremos creer y más sudamericanos de lo que imaginamos. Creo que urge entender que estamos intentando salir del laberinto en soledad, y que necesitamos pertenecer a algo, porque quizás, como le pasa a todo mundo, no nos bastamos a nosotros mismos.

Dicho todo eso, voy a poner más atención a la radio que dejo puesta cuando me baje del auto. Quizás.

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Laberinto verde de la soledad

Laberinto verde de la soledad

17
.
06
.
26
2026
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Una indagación casi accidental en el alma de la patria mexicana a partir de los atributos de su mayor escudera: la selección nacional de futbol. Y, de paso, un método rotundo para exorcizar el fantasma del quinto partido.

Algunas tardes voy a buscar a mi hija a la escuela. Cuando nos subimos al auto y cerramos las puertas, comienza a sonar la radio en la estación que estaba puesta antes de apagar el auto. Últimamente, la velocidad a la que se mueve mi vida no me permite saber a ciencia cierta quién era yo unos minutos antes, al bajarme del auto, y me sorprendo de los programas que suenan cuando me subo. A veces amanezco con energías para enfrentar el mundo y pongo a Aristegui; otras, amanezco sin la tenacidad necesaria para desentrañar la maraña de la corrupción nacional y pongo Radio UNAM. A veces amanezco libre y desprejuiciado y pongo Los 40 Principales. Otras mañanas, cuando necesito noticias, pero también un mundo menos cruel, elijo a la Warkentin de W Radio, con el riesgo asumido de ser atacado después, al volver a subirme al auto, por Martha Debayle, Loret o un programa deportivo de dudosa profesionalidad.

Un día llegué muy tarde por Martina y cuando arranqué el auto estaban hablando unos señores autodenominados periodistas deportivos. Expulsaban a borbotones polémicas sin importancia con una seriedad absoluta, y una de ellas me llamó la atención: la selección mexicana estaba intentando nacionalizar a un jugador. ¿A otro?, pensé yo. Estos opinadores habían aparecido ya alguna vez en mi vida, y creo que hablaban exactamente de lo mismo. El tema entonces era un tal Berterame. Tras cinco minutos de polémica sin polémica me aclararon que estaban hablando de un tal Fidalgo. Meses antes les había escrito a mis amigos argentinos para preguntarles si sabían quién era Berterame, y ninguno dio señales de conocimiento. En esta ocasión, en el primer semáforo que me dio oportunidad, les pregunté a mis amigos españoles si sabían quién era Fidalgo, y me respondieron que no estaban seguros, que quizás era el protagonista de una ópera. No tengo claro quién es Fidalgo y no me interesa demasiado. Si lo gugleas aparece que jugó en el Rayo Majadahonda, en el Real Madrid Castilla y en el Castellón, o sea que es más madrileño que el bocadillo de calamares y más castizo que el Quijote, Sancho y el queso manchego juntos. Es más, averigüé que jugaba en el América, pero que ya no está en México, sino en Sevilla, porque ahora juega en el Betis. Porque, claro, los mexicanos estamos donde nos da la chingada gana.

Más allá de este señor, lo que me llama poderosamente la atención es este gusto local, cada vez más arraigado, por naturalizar jugadores. No tengo muy clara su calidad, seguramente no son ni muy buenos ni muy malos, pero la pregunta que me hago es: ¿qué tiene que estar pasando para que decidamos nacionalizar a cualquier jugador de medio pelo apenas demuestra ser un poco mejor que el resto de los medio pelo que tenemos en este país tan grande? La respuesta natural sería que somos lo suficientemente malos como para necesitar jugadores de afuera. Pero la verdad es que no podemos ser lo suficientemente malos porque hemos demostrado ser lo suficientemente buenos como para no necesitarlos.

El milagro de los ombligos y las medianías

Por lo poco que sé de la coyuntura, entiendo que tenemos dos delanteros muy buenos llamados Santi y Raúl, pero que a veces salimos a la cancha a jugar con un Berterame y un Quiñones. No tengo ningún problema con que la selección esté repleta de extranjeros; es más, me parece fabuloso. Me podría atraer más una selección integrada por todos los migrantes del mundo, bien multicultural, sin Estado, ni bandera, ni ejército, que la selección mexicana, pero no estamos hablando de eso porque no creo que la intención de la Federación Mexicana sea convertirse en un brazo de la Agencia de la ONU para los Refugiados. La selección mexicana no recolecta extranjeros por vocación natural de ser una ONG, sino por razones que no termino de entender.

El tema de los extranjeros no es tan importante —sobre la cancha—. Lo es más desde el costado simbólico, ya que hace evidente la preferencia por lo que viene de afuera, en detrimento de lo que se tiene dentro. Pero claro, hay una infinidad de problemas que no permiten que los que vienen de adentro sean lo suficientemente buenos o tomados en cuenta. Es que el futbol en México ya no tiene tanto que ver con el futbol en sí mismo, sino con la (pésima) gestión de los recursos, en general. No se trata tanto de si somos buenos o malos con la pelota, sino de qué hacemos con lo que tenemos. Como decía Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Da igual si somos muy buenos o muy malos, porque la verdad es que somos más o menos, pero resulta que no nos basta con eso. No nos sirve la medianía porque es bastante aburrida y entonces preferimos amarnos cuando ganamos y odiarnos cuando perdemos. La única buena noticia es que en México nos vale madres tanto todo que cuando perdemos sufrimos poquito, o mucho pero poquito tiempo, porque para todo mal, mezcal. Esta sensación de amor y odio con nosotros mismos no es patrimonio mexicano, sino latinoamericano y supongo que de muchos países del mundo que no son ni tan buenos ni tan malos, o sea, casi todos. Cada país se considera y se habita como si fuera el centro del mundo; incluso Chile, país en el que viví varios años y que es, objetivamente, el país más alejado del mundo. La división tan tajante del mundo en imaginarios nacionales, donde cada uno se mira el ombligo y se considera la medida de todas las cosas, genera relaciones muy complejas con la propia identidad. Lo primero que nos enseñan en la escuela es el valor de la Patria, y cuando somos grandecitos ya tenemos muy incorporado cierto amor al país que nos tocó, pero sobre todo cierto orgullo, y es ese orgullo el que nos mata, porque nunca estamos a la altura de lo que queremos ser.

Para qué nos ensalzamos tanto a nosotros mismos si el bacalao siempre lo cortan otros, resumiendo. Quizás por eso le ponemos tanta crema a nuestros tacos, para no darnos cuenta de qué es lo que hay debajo. Sin embargo, necesitamos defender todo ese amor que sentimos y justificar nuestros actos, y cuando no lo logramos, nos frustramos, y nos empezamos a odiar. Nada peor que odiarse cuando uno pensaba que se amaba. Y así, cada vez que la selección mexicana pierde y queda fuera de una instancia relativamente importante, ciertos alarmistas hablan de “fracaso”. Pero claro, para fracasar se debe cumplir una condición fundamental: no haber llegado a una instancia a la que siempre se llega, en cuyo caso la excepción se convierte en fracaso. Pero la selección mexicana no tiene excepciones, es siempre lo que es. Es más, asombra la constancia histórica en los resultados. Por lo cual, la insatisfacción con el equipo no tiene tanto que ver con los resultados, sino con la diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, o con la errada percepción que tenemos de nosotros mismos.

Si nos ceñimos a los Mundiales, el desempeño ha sido extremadamente constante. Durante la primera mitad de ellos nos fue mal, muy mal, siempre en los últimos lugares, y en la segunda mitad, nos fue bastante más o menos. Salvo en los dos realizados en México, en que llegamos a cuartos de final, en todos los posteriores a 1994 pasamos a segunda ronda y nos quedamos fuera en octavos. Así nomás es. No hay más, no hay menos. Pero claro, así la vida no tiene gracia, no tiene emoción, no tiene épica. La vida hay que vivirla como un dramón porque si no es una mierda. “La única verdad es la realidad”, decía Juan Domingo Perón, “y a llorar a la iglesia”, remataba Alfio Basile, pero como no hay nada más insoportable que la lucidez, preferimos vivir en la ilusión.

¿Qué tan lejos queda el “ya merito”?

En México se viven las derrotas como fracasos y se escriben como las eternas historias del “ya merito”. Pero el “ya merito” es idéntico al “ahorita”, ese “ahora” que al hacerse chiquito significa “quién sabe cuándo”, cuando no “nunca”. Los chavorrucos como yo recordamos el Mundial de 1994 como el “ya merito” de una gesta heroica, pero la realidad es muy otra. Pasamos a segunda ronda de panzazo después de haber perdido contra Noruega, ganándole a Irlanda y empatándole a Italia. Pero si diseccionamos la emoción y la memoria selectiva en segmentos racionales, nos podemos dar cuenta de que Noruega es un país que, en el mejor de los casos, consideramos hielo. De la misma forma en que ellos, los noruegos, imaginan a México, en el mejor de los casos, como una pirámide en la selva. En ese Mundial ganamos un solo partido, perdimos dos y nos moriremos culpando a Mejía Barón por no meter a un Hugo Sánchez que ya venía muy de vuelta, y recordando una y otra vez el penal perdido por un jugador de apellido Rodríguez que nadie sabe por qué fue elegido para realizar dicha misión. Quedamos en el lugar 13 de 24. Como dice el Tío Leyendas: “La memoria colectiva construye hazañas, pero los números nunca igualan nuestra memoria emocional”, y lo demás son “chaquetas mentales”, también en palabras del Tío, claro.

A partir de 1994, la historia fue siempre igual. Pasamos la fase de grupos, a veces jugando bien, a veces no, pero siempre nos quedamos ahí. Y después inventamos “la maldición” y la infinita lista de posibles razones, algunas más racionales, otras más conspiranoicas y otras más míticas. Pero lo más cercano a la verdad es que somos los que somos y que ocupamos el lugar que nos toca ocupar. Quizás la maldición es ser eso que somos y no poder cambiarlo. Preferimos vivir la vida sumergidos en el tequila del autoflagelo diciendo que “no fue penal”: no hay nada más fácil que ejercer el victimismo. Y culpar al sistema o a la mala suerte. Intuyo, eso sí, que la solución no está en nacionalizar extranjeros y menos aún después de haberlo hecho con Guillermo Franco, quien merece una mención especial por ser uno de los peores jugadores de futbol que me haya tocado ver en mi vida (aunque enjundioso, sin duda).

Me da la sensación de que a México no le faltan jugadores buenos, sino que le sobran dirigentes malos. Empresarios cuyo único objetivo es el lucro, lo cual no estaría del todo mal si además supieran algo de futbol. Pero no. Quieren dinero rápido, no planificar procesos futbolísticos. Estamos cautivos de un empresariado nefasto que, como dice el historiador Igartúa Amuchastegui, “nos hace padecer una ⁠NFLización de la competición local, constituida por franquicias y ligas cerradas sin ascenso ni descenso”, creando una liga autárquica que se priva de la única variable universal: la competencia. Las razones por las cuales el futbol mexicano no termina de cuajar y está siempre más peor que mejor son conocidas por casi todos: que la calidad institucional es tan baja que no logra, o no le interesa, fortalecer los pilares para crear talento; que tenemos una liga millonaria, más que nada por la magnitud del mercado, que les paga tanto a los jugadores que anula casi por completo la posibilidad de que elijan irse a jugar afuera y foguearse; que no hay ascensos ni descensos y que da todo realmente igual; que hasta hace poco entraban 12 equipos de 20 al repechaje; que los jóvenes mexicanos no tienen lugar para jugar porque está lleno de jugadores que vienen de afuera y porque somos un cementerio de elefantes donde juegan todos los jugadores que están al borde del retiro. Traemos a un Ronaldinho de 90 kilos y nos morimos de risa porque el futbol más que un deporte es entretenimiento. Es el legado de Televisa y la infantilización de la vida. Y ni hablar de esa legislación que establece el límite de extranjeros en nueve por equipo. Y finalmente, la variable geográfica, esa que se convierte en una verdadera tragedia: estar tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

Los Prisioneros titulaban una de sus canciones “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, y México es un claro ejemplo, con la salvedad de que somos un país inmenso, con una población casi infinita y una de las capitales más grandes del mundo. Son varias las ciudades grandes y muy desarrolladas, como también son innumerables los pequeños pueblos abandonados. Somos, ante todo, un país de contrastes. Lo grande y lo pequeño, lo desarrollado y lo estancado, lo pobre y lo rico, lo moderno y lo ancestral. Es cierto que en todos los países pasa eso, pero nunca tanto como aquí. Quizás Brasil, pero no. Ningún país tiene tanta diferencia entre sus fronteras del sur y del norte. Pocos países limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada. En pocos lugares del mundo conviven en una misma esquina el restaurante más gringo del mundo, con sus spicy y sus flavored wings, con el puesto callejero de garnachas, huitlacoche y tortillas de maíz azul. En pocos lugares del mundo los camareros de un lugar se visten con camisetas de los New England Patriots de futbol americano a dos metros y medio de la seño con su vestido oaxaqueño bordado de motivos indígenas y munida de colores infinitos. Ese contraste de plástico y tierra hace que seamos lo uno y todo lo contrario, todo el tiempo y cada vez. Esa es nuestra vida. Un crisol infinito de colores y costumbres que de lejos es muy lindo y llamativo y que de cerca es una insoportable manifestación de clasismo y desigualdad. Ese contraste nos constituye de tal manera que quizás, finalmente, no tengamos ni idea de qué somos.

Más allá de que la identidad de los países como algo homogéneo es una mentira gigante, dibujada en los libros de texto de las escuelas por los fundadores de las patrias, la mexicana es específicamente compleja porque somos demasiadas cosas demasiado diferentes y extremadamente incomunicadas entre sí. En el ámbito futbolero, somos un tapón entre Estados Unidos y Centroamérica que decidió mirar para arriba. Huelga decir que en términos futboleros no es nada bueno formar parte de la Concacaf porque el nivel es lo suficientemente malo como para que no mejoremos nunca, pero también es cierto que nos invitaron a formar parte del futbol sudamericano y decidimos no aprovechar la oportunidad. Decidimos es un decir, lo decidieron los empresarios ineptos y los dirigentes ambiciosos, pero esas son las condiciones en las cuales nos encontramos todos. Tuvimos la oportunidad de jugar en el sur, de curtirnos, pero no, decidimos ir a una Copa América con equipo suplente y nos dieron una buena y justificada patada en el culo y así estamos, jugando de nuevo en el norte. Sin embargo, el problema no es tanto formar parte de la Concacaf, que es de donde somos, sino la condición de esquizofrenia que no nos permite vivir nuestra propia vida. Una esquizofrenia causada por esa doble condición de país grande-país chico. Grande porque somos muchos, porque tenemos recursos, porque hay un gran mercado, millonario como pocos, porque hemos tenido grandes jugadores y algunas aspiraciones también. Somos grandes porque, quizás, futbolísticamente nos queda chico el Caribe, pero somos pequeños porque preferimos quedarnos jugando aquí que irnos a otro lado. En lo que se refiere al campeonato nacional, preferimos quedarnos en Querétaro que probar suerte en Cádiz, y ni hablar de Sudamérica, ese inhóspito lugar donde no sabemos qué carajo hay. ¿Y por qué? Por mera ignorancia, pero también porque a los jugadores les interesa más el dinero que cualquier otra cosa, y preferimos mil veces la liga gringa que la brasileña.

Y mientras miramos en menos a nuestros rivales, ellos mejoran y nosotros no. Somos súbditos del país del norte y en vez de jugar en la Copa Libertadores, jugamos esa cosa espantosa llamada Leagues Cup. Somos pequeños porque ninguneamos a los rivales que después nos ganan. Y ni hablar de algunos “periodistas” que sostienen que nuestra liga es mejor que algunas ligas sudamericanas y que han dicho en voz alta que el partido México y Argentina se está convirtiendo en un clásico. Igual que los chilenos cuando odian a los argentinos, pero no tienen retorno porque los argentinos están ocupados odiando a los brasileños, que están ocupados viviendo la vida. Somos pequeños porque nos falta humildad y porque estamos extraviados sin saber si somos norteamericanos, centroamericanos o latinoamericanos. Hay una especie de tapón del Darién espiritual que no nos permite formar parte de algo más grande que esta maldita soledad. Podríamos ser parte de América Latina, pero no lo hemos hecho y no formamos parte de nada. Y aquí estamos, intentando encontrarnos en el eterno laberinto de la soledad.

Es la esquizofrenia lo que nos hace convivir con una imagen errada de nosotros mismos. Ciento treinta millones de habitantes que nos consideramos autosuficientes, y no lo somos. La autopercepción de ser grandes y la sensación de ser pequeños producen una estrepitosa anulación de nuestras capacidades. Nos vemos en una encerrona que imposibilita cualquier sentido de pertenencia y la incapacidad para tener una identidad. En la vida en sociedad, el hecho de tener una identidad definida no impulsa a las naciones; eso solo se llama homogeneización, o patriotismo. Pero en el futbol, sí. Los países con identidad futbolera son mucho mejores o al menos se desenvuelven con mayor plenitud en la cancha. Los argentinos alternan entre el futbol técnico, de toque y ataque, o el futbol táctico, marrullero y defensivo, y ambas identidades coexisten; los brasileños se identifican con el jogo bonito, más allá de que la selección actual esté plagada de niños desclasados y hablen inglés en los entrenamientos; los italianos viven del catenaccio; los ingleses, hasta hace pocos años, vivían del centro al área, aunque ahora tienen cierto estilo traído de sus antiguas colonias; los alemanes, hasta que descubrieron que también podían ser felices, vivían del orden y la velocidad; los uruguayos viven de la garra charrúa, el cuchillo entre los dientes y una insoportable mezcla entre orgullo y victimismo de ser poquitos; los holandeses viven según los preceptos del futbol total y esa extraña conjunción entre racismo y tulipanes negros; los españoles, de los años 2000 para acá —cuando se decidieron a olvidar la espantosa furia—, portan el juego de toque por abajo nacido en una casa de campo catalana y consolidado por un sabio terco de Hortaleza, y así podríamos seguir. Pero nosotros no. Nosotros no sabemos a qué jugamos, y aunque claramente ha primado el intento del juego de toque y no el de fuerza y velocidad, no hemos terminado de hacer escuela. Quizás nuestra tradición sea la de la corrupción. Menotti en 1990 fortaleció la figura del 10 con Benjamín Galindo y armó un equipo con personalidad y amor por el juego, mismo que se ha repetido en varias instancias posteriores, pero con un nivel de intermitencia que no permite que se fortalezca ninguna identidad. Hemos jugado muy bien y formado jugadores increíbles. La lista es larga. Pero al final todo se cae a pedazos, quedamos fuera en el cuarto partido y nos dormimos en los laureles durante los siguientes cuatro años.

En los Mundiales salimos a ganar, metemos la pata y corremos hasta lo indecible, y el resto de los días, hasta el próximo Mundial, nos movemos con una desidia bestial y un desgano descomunal. Entre Mundial y Mundial, más que prepararnos, nos encomendamos a las fuerzas de lo sobrenatural. Nos da hueva jugar contra panameños, hondureños, salvadoreños y demás equipos de países que no tomamos en serio. Retrocedemos durante cuatro años y cuando llegan los Mundiales estamos siempre peor que nunca; sin embargo, es ahí cuando resurge el misticismo. “Pensamientos positivos”, dice Diego Berruecos, de Coctel Pambolero, cuando se acerca el magno evento, sintetizando el sentir nacional. No vamos a ganar porque estemos preparados, vamos a ganar porque nos gustan las grandes gestas. Nos emociona la posibilidad de ganarles a los grandes. Queremos que el mundo nos mire, que hablen de nosotros. Nos gusta dar el batacazo porque nos gustan los milagros. Somos seres creyentes y ceremoniales.

Creemos en todo, menos en nosotros, claro. No hay una autoestima que sostenga nuestros actos, pero siempre está la esperanza intacta de que suceda lo inesperado. Esperamos un lapsus, ignorando que una golondrina no hace verano. Y siempre estamos al borde de lograrlo, pero no: siempre habrá un argentino que mete un gol imposible, un holandés que engaña a un árbitro, un búlgaro cuyo momento preciso de plenitud cuaja frente a nosotros o la mala suerte estrella nuestros tiros contra el palo. Esa fuerza externa en la que creemos ciegamente termina dándonos la espalda. ¿Y por qué? Porque somos víctimas de la historia. Porque todo es culpa no de los tlaxcaltecas, sino de Napoleón III, James Polk o, de plano, de todos los españoles, renacentistas y de ahora, y estamos esperando a que nos pidan perdón. Quizás cuando lo hagan se acabará la maldición y llegaremos al quinto partido. Quizás ese día dejemos de ser el país conquistado, y se cierre la rajada originaria, y se acabe el dolor del parto patrio y se anule el estigma que nos compone. Y pasemos una ronda de penales contra Alemania.

Solidaridad: ¡venceremos!

Cuando ese día luminoso llegue, quizás dejemos de ser arrastrados por la ignorancia de las dirigencias y las decisiones de los dueños del balón, siempre más cerca del negocio que del deporte. Y dejaremos de estar a merced de las decisiones de Televisa, sus socios y sus directivos puestos a dedazo. Por ahora, no hay manera de crear identidad y menos aún confianza o autoestima en los jugadores mexicanos si no tienen espacio en las ligas de su país. Cada año llegan decenas de extranjeros que están más para retirarse que para crecer, y nos convertimos en un cementerio de elefantes en vez de terreno de cantera o semillero. ¿Cómo puede haber identidad y autoestima si, apenas un jugador de afuera empieza a brillar (medianamente), lo nacionalizan? ¿Qué expectativa puede tener un mexicano cuando aparecen los Fidalgos, los Berterames y los Quiñones y, pum, a la bolsa? Porque si vamos a naturalizar a un extranjero, entonces que sea uno realmente bueno, joven, que tenga futuro, no un Funes Mori, que era bueno, pero hasta ahí, y que terminó jugando una docena partidos en toda su vida de mexicano y 12 minutos en un Mundial (siete de ellos en tiempo de descuento).

En el fondo, no se trata de futbol, ni de llegar al quinto partido. Se trata de nuestra existencia y de que cada cosa que pasa en el futbol es una manifestación de lo que pasa en la vida. Quizás, como dice el historiador Alejandro Rosas, el problema no es la selección nacional, sino que México como país tampoco ha llegado al quinto partido. Tal vez caímos en la trampa del ingreso medio, como la llama Jorge Castañeda. Tal vez creímos que somos un país grande, moderno, que progresa, cuando realmente no sabemos qué hacer con tantas posibilidades. Y tal vez creemos que estamos saliendo del tercer mundo, y nos creímos el cuento de las Naciones Unidas de que no somos subdesarrollados, sino que estamos “en vías de desarrollo”. Tal vez nos comimos con patatas el eufemismo y por eso tenemos el tupé de ir por la vida ninguneando ecuatorianos, peruanos, paraguayos, sin tener idea de quiénes son ni de la tradición futbolera que llevan a cuestas, y después perdemos y nos prendemos fuego como si hubiéramos perdido contra Martinica (a los que no he visto jugar, pero seguramente deben estar mejorando su nivel mientras yo me río de ellos). Y ni hablar de los centroamericanos, que no son muy buenos, pero que, en medio de la crisis social que viven, cada vez juegan mejor, mientras nosotros, cada vez peor. Y mientras ellos se matan para ganarle a México, nosotros nos movemos con una pasmosa parsimonia en la cancha, a sabiendas de que, si las cosas van mal, alguien nos va a dar una ayudita. Solo hace falta hacer memoria para recordar los momentos en que los árbitros nos han favorecido frente a países sin capacidad de hacerse lobby, como Panamá, Costa Rica o Nicaragua. Momentos que solo refuerzan la esquizofrenia de ser grandes y pequeños a la vez. Cabeza de ratón o cola de león.

Con todo, en medio de todos estos elementos estructurales hay uno muy poderoso que nos cuesta abordar. La parsimonia y la displicencia son, quizás, consecuencia de la falta de conciencia colectiva de los integrantes del equipo. Esa misma falta de conciencia que vivimos afuera de la cancha. Tal vez simplemente no sabemos jugar en equipo. Tal vez no corremos más porque no nos sentimos parte de un equipo. Hemos crecido escuchando y repitiendo que somos una sociedad solidaria, pero habría que mirar y volver a mirar esa idea hecha y satisfecha.

Un hecho que a ver quién se atreve a desestimar: el día a día en México es cada vez más violento. Y la violencia genera miedo, y el miedo, desconfianza, y la desconfianza, enclaustramiento. Quizás vivimos recluidos en el ámbito privado jugando a la sociedad desde las redes sociales. Quizás vivimos en un clima de miedo y desconfianza, en medio de un tejido social despedazado. Quizás nos repetimos cada septiembre que somos una sociedad solidaria y orgullosa de sí misma mientras comemos chiles en nogada y tiramos cohetes, y en una de esas somos todo lo contrario y necesitamos festejar sin parar para que no se escuche el silencio. Tal vez vivimos en un individualismo feroz y lo demostramos cuando nadie nos ve, cuando vamos en el auto y pasamos por encima de todos, y cuando llegamos a nuestras casas y ponemos cubetas o palos en las puertas para que nadie se estacione en nuestro espacio. Basta sentarse en la banqueta y esperar que pase una ambulancia con la sirena prendida para ver que nadie se mueve. Solo respetamos los semáforos en rojo cuando tenemos una ambulancia detrás pidiéndonos ayuda. Quizás, si no hubiera terremotos, no tendríamos por qué salir a la calle a ayudar a nadie para después hablar bien de nosotros mismos. Quizás por eso somos un país exitoso en deportes individuales, pero no en deportes de equipo. Será por eso el box, la marcha, el tiro, los clavados: porque somos luchones, pero no solidarios. Quizás. ¡Y cómo lo vamos a ser si nadie cree en nosotros, y nos dejan en la banca apenas aparece el primer Fidalgo! (Álvaro: esto, lo sabes, no es en contra tuya, y sé que no es fácil encarnar un arquetipo).

Creo que no vamos a mejorar dentro de la cancha hasta que no cambien varias cosas afuera. Creo que tenemos que mirar un poco más al sur y menos al norte. Creo que estamos muy dañados por tantos espejitos de colores que nos ofrece el imperio y que somos mucho más centroamericanos de lo que queremos creer y más sudamericanos de lo que imaginamos. Creo que urge entender que estamos intentando salir del laberinto en soledad, y que necesitamos pertenecer a algo, porque quizás, como le pasa a todo mundo, no nos bastamos a nosotros mismos.

Dicho todo eso, voy a poner más atención a la radio que dejo puesta cuando me baje del auto. Quizás.

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Laberinto verde de la soledad

Laberinto verde de la soledad

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Una indagación casi accidental en el alma de la patria mexicana a partir de los atributos de su mayor escudera: la selección nacional de futbol. Y, de paso, un método rotundo para exorcizar el fantasma del quinto partido.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

Algunas tardes voy a buscar a mi hija a la escuela. Cuando nos subimos al auto y cerramos las puertas, comienza a sonar la radio en la estación que estaba puesta antes de apagar el auto. Últimamente, la velocidad a la que se mueve mi vida no me permite saber a ciencia cierta quién era yo unos minutos antes, al bajarme del auto, y me sorprendo de los programas que suenan cuando me subo. A veces amanezco con energías para enfrentar el mundo y pongo a Aristegui; otras, amanezco sin la tenacidad necesaria para desentrañar la maraña de la corrupción nacional y pongo Radio UNAM. A veces amanezco libre y desprejuiciado y pongo Los 40 Principales. Otras mañanas, cuando necesito noticias, pero también un mundo menos cruel, elijo a la Warkentin de W Radio, con el riesgo asumido de ser atacado después, al volver a subirme al auto, por Martha Debayle, Loret o un programa deportivo de dudosa profesionalidad.

Un día llegué muy tarde por Martina y cuando arranqué el auto estaban hablando unos señores autodenominados periodistas deportivos. Expulsaban a borbotones polémicas sin importancia con una seriedad absoluta, y una de ellas me llamó la atención: la selección mexicana estaba intentando nacionalizar a un jugador. ¿A otro?, pensé yo. Estos opinadores habían aparecido ya alguna vez en mi vida, y creo que hablaban exactamente de lo mismo. El tema entonces era un tal Berterame. Tras cinco minutos de polémica sin polémica me aclararon que estaban hablando de un tal Fidalgo. Meses antes les había escrito a mis amigos argentinos para preguntarles si sabían quién era Berterame, y ninguno dio señales de conocimiento. En esta ocasión, en el primer semáforo que me dio oportunidad, les pregunté a mis amigos españoles si sabían quién era Fidalgo, y me respondieron que no estaban seguros, que quizás era el protagonista de una ópera. No tengo claro quién es Fidalgo y no me interesa demasiado. Si lo gugleas aparece que jugó en el Rayo Majadahonda, en el Real Madrid Castilla y en el Castellón, o sea que es más madrileño que el bocadillo de calamares y más castizo que el Quijote, Sancho y el queso manchego juntos. Es más, averigüé que jugaba en el América, pero que ya no está en México, sino en Sevilla, porque ahora juega en el Betis. Porque, claro, los mexicanos estamos donde nos da la chingada gana.

Más allá de este señor, lo que me llama poderosamente la atención es este gusto local, cada vez más arraigado, por naturalizar jugadores. No tengo muy clara su calidad, seguramente no son ni muy buenos ni muy malos, pero la pregunta que me hago es: ¿qué tiene que estar pasando para que decidamos nacionalizar a cualquier jugador de medio pelo apenas demuestra ser un poco mejor que el resto de los medio pelo que tenemos en este país tan grande? La respuesta natural sería que somos lo suficientemente malos como para necesitar jugadores de afuera. Pero la verdad es que no podemos ser lo suficientemente malos porque hemos demostrado ser lo suficientemente buenos como para no necesitarlos.

El milagro de los ombligos y las medianías

Por lo poco que sé de la coyuntura, entiendo que tenemos dos delanteros muy buenos llamados Santi y Raúl, pero que a veces salimos a la cancha a jugar con un Berterame y un Quiñones. No tengo ningún problema con que la selección esté repleta de extranjeros; es más, me parece fabuloso. Me podría atraer más una selección integrada por todos los migrantes del mundo, bien multicultural, sin Estado, ni bandera, ni ejército, que la selección mexicana, pero no estamos hablando de eso porque no creo que la intención de la Federación Mexicana sea convertirse en un brazo de la Agencia de la ONU para los Refugiados. La selección mexicana no recolecta extranjeros por vocación natural de ser una ONG, sino por razones que no termino de entender.

El tema de los extranjeros no es tan importante —sobre la cancha—. Lo es más desde el costado simbólico, ya que hace evidente la preferencia por lo que viene de afuera, en detrimento de lo que se tiene dentro. Pero claro, hay una infinidad de problemas que no permiten que los que vienen de adentro sean lo suficientemente buenos o tomados en cuenta. Es que el futbol en México ya no tiene tanto que ver con el futbol en sí mismo, sino con la (pésima) gestión de los recursos, en general. No se trata tanto de si somos buenos o malos con la pelota, sino de qué hacemos con lo que tenemos. Como decía Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Da igual si somos muy buenos o muy malos, porque la verdad es que somos más o menos, pero resulta que no nos basta con eso. No nos sirve la medianía porque es bastante aburrida y entonces preferimos amarnos cuando ganamos y odiarnos cuando perdemos. La única buena noticia es que en México nos vale madres tanto todo que cuando perdemos sufrimos poquito, o mucho pero poquito tiempo, porque para todo mal, mezcal. Esta sensación de amor y odio con nosotros mismos no es patrimonio mexicano, sino latinoamericano y supongo que de muchos países del mundo que no son ni tan buenos ni tan malos, o sea, casi todos. Cada país se considera y se habita como si fuera el centro del mundo; incluso Chile, país en el que viví varios años y que es, objetivamente, el país más alejado del mundo. La división tan tajante del mundo en imaginarios nacionales, donde cada uno se mira el ombligo y se considera la medida de todas las cosas, genera relaciones muy complejas con la propia identidad. Lo primero que nos enseñan en la escuela es el valor de la Patria, y cuando somos grandecitos ya tenemos muy incorporado cierto amor al país que nos tocó, pero sobre todo cierto orgullo, y es ese orgullo el que nos mata, porque nunca estamos a la altura de lo que queremos ser.

Para qué nos ensalzamos tanto a nosotros mismos si el bacalao siempre lo cortan otros, resumiendo. Quizás por eso le ponemos tanta crema a nuestros tacos, para no darnos cuenta de qué es lo que hay debajo. Sin embargo, necesitamos defender todo ese amor que sentimos y justificar nuestros actos, y cuando no lo logramos, nos frustramos, y nos empezamos a odiar. Nada peor que odiarse cuando uno pensaba que se amaba. Y así, cada vez que la selección mexicana pierde y queda fuera de una instancia relativamente importante, ciertos alarmistas hablan de “fracaso”. Pero claro, para fracasar se debe cumplir una condición fundamental: no haber llegado a una instancia a la que siempre se llega, en cuyo caso la excepción se convierte en fracaso. Pero la selección mexicana no tiene excepciones, es siempre lo que es. Es más, asombra la constancia histórica en los resultados. Por lo cual, la insatisfacción con el equipo no tiene tanto que ver con los resultados, sino con la diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, o con la errada percepción que tenemos de nosotros mismos.

Si nos ceñimos a los Mundiales, el desempeño ha sido extremadamente constante. Durante la primera mitad de ellos nos fue mal, muy mal, siempre en los últimos lugares, y en la segunda mitad, nos fue bastante más o menos. Salvo en los dos realizados en México, en que llegamos a cuartos de final, en todos los posteriores a 1994 pasamos a segunda ronda y nos quedamos fuera en octavos. Así nomás es. No hay más, no hay menos. Pero claro, así la vida no tiene gracia, no tiene emoción, no tiene épica. La vida hay que vivirla como un dramón porque si no es una mierda. “La única verdad es la realidad”, decía Juan Domingo Perón, “y a llorar a la iglesia”, remataba Alfio Basile, pero como no hay nada más insoportable que la lucidez, preferimos vivir en la ilusión.

¿Qué tan lejos queda el “ya merito”?

En México se viven las derrotas como fracasos y se escriben como las eternas historias del “ya merito”. Pero el “ya merito” es idéntico al “ahorita”, ese “ahora” que al hacerse chiquito significa “quién sabe cuándo”, cuando no “nunca”. Los chavorrucos como yo recordamos el Mundial de 1994 como el “ya merito” de una gesta heroica, pero la realidad es muy otra. Pasamos a segunda ronda de panzazo después de haber perdido contra Noruega, ganándole a Irlanda y empatándole a Italia. Pero si diseccionamos la emoción y la memoria selectiva en segmentos racionales, nos podemos dar cuenta de que Noruega es un país que, en el mejor de los casos, consideramos hielo. De la misma forma en que ellos, los noruegos, imaginan a México, en el mejor de los casos, como una pirámide en la selva. En ese Mundial ganamos un solo partido, perdimos dos y nos moriremos culpando a Mejía Barón por no meter a un Hugo Sánchez que ya venía muy de vuelta, y recordando una y otra vez el penal perdido por un jugador de apellido Rodríguez que nadie sabe por qué fue elegido para realizar dicha misión. Quedamos en el lugar 13 de 24. Como dice el Tío Leyendas: “La memoria colectiva construye hazañas, pero los números nunca igualan nuestra memoria emocional”, y lo demás son “chaquetas mentales”, también en palabras del Tío, claro.

A partir de 1994, la historia fue siempre igual. Pasamos la fase de grupos, a veces jugando bien, a veces no, pero siempre nos quedamos ahí. Y después inventamos “la maldición” y la infinita lista de posibles razones, algunas más racionales, otras más conspiranoicas y otras más míticas. Pero lo más cercano a la verdad es que somos los que somos y que ocupamos el lugar que nos toca ocupar. Quizás la maldición es ser eso que somos y no poder cambiarlo. Preferimos vivir la vida sumergidos en el tequila del autoflagelo diciendo que “no fue penal”: no hay nada más fácil que ejercer el victimismo. Y culpar al sistema o a la mala suerte. Intuyo, eso sí, que la solución no está en nacionalizar extranjeros y menos aún después de haberlo hecho con Guillermo Franco, quien merece una mención especial por ser uno de los peores jugadores de futbol que me haya tocado ver en mi vida (aunque enjundioso, sin duda).

Me da la sensación de que a México no le faltan jugadores buenos, sino que le sobran dirigentes malos. Empresarios cuyo único objetivo es el lucro, lo cual no estaría del todo mal si además supieran algo de futbol. Pero no. Quieren dinero rápido, no planificar procesos futbolísticos. Estamos cautivos de un empresariado nefasto que, como dice el historiador Igartúa Amuchastegui, “nos hace padecer una ⁠NFLización de la competición local, constituida por franquicias y ligas cerradas sin ascenso ni descenso”, creando una liga autárquica que se priva de la única variable universal: la competencia. Las razones por las cuales el futbol mexicano no termina de cuajar y está siempre más peor que mejor son conocidas por casi todos: que la calidad institucional es tan baja que no logra, o no le interesa, fortalecer los pilares para crear talento; que tenemos una liga millonaria, más que nada por la magnitud del mercado, que les paga tanto a los jugadores que anula casi por completo la posibilidad de que elijan irse a jugar afuera y foguearse; que no hay ascensos ni descensos y que da todo realmente igual; que hasta hace poco entraban 12 equipos de 20 al repechaje; que los jóvenes mexicanos no tienen lugar para jugar porque está lleno de jugadores que vienen de afuera y porque somos un cementerio de elefantes donde juegan todos los jugadores que están al borde del retiro. Traemos a un Ronaldinho de 90 kilos y nos morimos de risa porque el futbol más que un deporte es entretenimiento. Es el legado de Televisa y la infantilización de la vida. Y ni hablar de esa legislación que establece el límite de extranjeros en nueve por equipo. Y finalmente, la variable geográfica, esa que se convierte en una verdadera tragedia: estar tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

Los Prisioneros titulaban una de sus canciones “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, y México es un claro ejemplo, con la salvedad de que somos un país inmenso, con una población casi infinita y una de las capitales más grandes del mundo. Son varias las ciudades grandes y muy desarrolladas, como también son innumerables los pequeños pueblos abandonados. Somos, ante todo, un país de contrastes. Lo grande y lo pequeño, lo desarrollado y lo estancado, lo pobre y lo rico, lo moderno y lo ancestral. Es cierto que en todos los países pasa eso, pero nunca tanto como aquí. Quizás Brasil, pero no. Ningún país tiene tanta diferencia entre sus fronteras del sur y del norte. Pocos países limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada. En pocos lugares del mundo conviven en una misma esquina el restaurante más gringo del mundo, con sus spicy y sus flavored wings, con el puesto callejero de garnachas, huitlacoche y tortillas de maíz azul. En pocos lugares del mundo los camareros de un lugar se visten con camisetas de los New England Patriots de futbol americano a dos metros y medio de la seño con su vestido oaxaqueño bordado de motivos indígenas y munida de colores infinitos. Ese contraste de plástico y tierra hace que seamos lo uno y todo lo contrario, todo el tiempo y cada vez. Esa es nuestra vida. Un crisol infinito de colores y costumbres que de lejos es muy lindo y llamativo y que de cerca es una insoportable manifestación de clasismo y desigualdad. Ese contraste nos constituye de tal manera que quizás, finalmente, no tengamos ni idea de qué somos.

Más allá de que la identidad de los países como algo homogéneo es una mentira gigante, dibujada en los libros de texto de las escuelas por los fundadores de las patrias, la mexicana es específicamente compleja porque somos demasiadas cosas demasiado diferentes y extremadamente incomunicadas entre sí. En el ámbito futbolero, somos un tapón entre Estados Unidos y Centroamérica que decidió mirar para arriba. Huelga decir que en términos futboleros no es nada bueno formar parte de la Concacaf porque el nivel es lo suficientemente malo como para que no mejoremos nunca, pero también es cierto que nos invitaron a formar parte del futbol sudamericano y decidimos no aprovechar la oportunidad. Decidimos es un decir, lo decidieron los empresarios ineptos y los dirigentes ambiciosos, pero esas son las condiciones en las cuales nos encontramos todos. Tuvimos la oportunidad de jugar en el sur, de curtirnos, pero no, decidimos ir a una Copa América con equipo suplente y nos dieron una buena y justificada patada en el culo y así estamos, jugando de nuevo en el norte. Sin embargo, el problema no es tanto formar parte de la Concacaf, que es de donde somos, sino la condición de esquizofrenia que no nos permite vivir nuestra propia vida. Una esquizofrenia causada por esa doble condición de país grande-país chico. Grande porque somos muchos, porque tenemos recursos, porque hay un gran mercado, millonario como pocos, porque hemos tenido grandes jugadores y algunas aspiraciones también. Somos grandes porque, quizás, futbolísticamente nos queda chico el Caribe, pero somos pequeños porque preferimos quedarnos jugando aquí que irnos a otro lado. En lo que se refiere al campeonato nacional, preferimos quedarnos en Querétaro que probar suerte en Cádiz, y ni hablar de Sudamérica, ese inhóspito lugar donde no sabemos qué carajo hay. ¿Y por qué? Por mera ignorancia, pero también porque a los jugadores les interesa más el dinero que cualquier otra cosa, y preferimos mil veces la liga gringa que la brasileña.

Y mientras miramos en menos a nuestros rivales, ellos mejoran y nosotros no. Somos súbditos del país del norte y en vez de jugar en la Copa Libertadores, jugamos esa cosa espantosa llamada Leagues Cup. Somos pequeños porque ninguneamos a los rivales que después nos ganan. Y ni hablar de algunos “periodistas” que sostienen que nuestra liga es mejor que algunas ligas sudamericanas y que han dicho en voz alta que el partido México y Argentina se está convirtiendo en un clásico. Igual que los chilenos cuando odian a los argentinos, pero no tienen retorno porque los argentinos están ocupados odiando a los brasileños, que están ocupados viviendo la vida. Somos pequeños porque nos falta humildad y porque estamos extraviados sin saber si somos norteamericanos, centroamericanos o latinoamericanos. Hay una especie de tapón del Darién espiritual que no nos permite formar parte de algo más grande que esta maldita soledad. Podríamos ser parte de América Latina, pero no lo hemos hecho y no formamos parte de nada. Y aquí estamos, intentando encontrarnos en el eterno laberinto de la soledad.

Es la esquizofrenia lo que nos hace convivir con una imagen errada de nosotros mismos. Ciento treinta millones de habitantes que nos consideramos autosuficientes, y no lo somos. La autopercepción de ser grandes y la sensación de ser pequeños producen una estrepitosa anulación de nuestras capacidades. Nos vemos en una encerrona que imposibilita cualquier sentido de pertenencia y la incapacidad para tener una identidad. En la vida en sociedad, el hecho de tener una identidad definida no impulsa a las naciones; eso solo se llama homogeneización, o patriotismo. Pero en el futbol, sí. Los países con identidad futbolera son mucho mejores o al menos se desenvuelven con mayor plenitud en la cancha. Los argentinos alternan entre el futbol técnico, de toque y ataque, o el futbol táctico, marrullero y defensivo, y ambas identidades coexisten; los brasileños se identifican con el jogo bonito, más allá de que la selección actual esté plagada de niños desclasados y hablen inglés en los entrenamientos; los italianos viven del catenaccio; los ingleses, hasta hace pocos años, vivían del centro al área, aunque ahora tienen cierto estilo traído de sus antiguas colonias; los alemanes, hasta que descubrieron que también podían ser felices, vivían del orden y la velocidad; los uruguayos viven de la garra charrúa, el cuchillo entre los dientes y una insoportable mezcla entre orgullo y victimismo de ser poquitos; los holandeses viven según los preceptos del futbol total y esa extraña conjunción entre racismo y tulipanes negros; los españoles, de los años 2000 para acá —cuando se decidieron a olvidar la espantosa furia—, portan el juego de toque por abajo nacido en una casa de campo catalana y consolidado por un sabio terco de Hortaleza, y así podríamos seguir. Pero nosotros no. Nosotros no sabemos a qué jugamos, y aunque claramente ha primado el intento del juego de toque y no el de fuerza y velocidad, no hemos terminado de hacer escuela. Quizás nuestra tradición sea la de la corrupción. Menotti en 1990 fortaleció la figura del 10 con Benjamín Galindo y armó un equipo con personalidad y amor por el juego, mismo que se ha repetido en varias instancias posteriores, pero con un nivel de intermitencia que no permite que se fortalezca ninguna identidad. Hemos jugado muy bien y formado jugadores increíbles. La lista es larga. Pero al final todo se cae a pedazos, quedamos fuera en el cuarto partido y nos dormimos en los laureles durante los siguientes cuatro años.

En los Mundiales salimos a ganar, metemos la pata y corremos hasta lo indecible, y el resto de los días, hasta el próximo Mundial, nos movemos con una desidia bestial y un desgano descomunal. Entre Mundial y Mundial, más que prepararnos, nos encomendamos a las fuerzas de lo sobrenatural. Nos da hueva jugar contra panameños, hondureños, salvadoreños y demás equipos de países que no tomamos en serio. Retrocedemos durante cuatro años y cuando llegan los Mundiales estamos siempre peor que nunca; sin embargo, es ahí cuando resurge el misticismo. “Pensamientos positivos”, dice Diego Berruecos, de Coctel Pambolero, cuando se acerca el magno evento, sintetizando el sentir nacional. No vamos a ganar porque estemos preparados, vamos a ganar porque nos gustan las grandes gestas. Nos emociona la posibilidad de ganarles a los grandes. Queremos que el mundo nos mire, que hablen de nosotros. Nos gusta dar el batacazo porque nos gustan los milagros. Somos seres creyentes y ceremoniales.

Creemos en todo, menos en nosotros, claro. No hay una autoestima que sostenga nuestros actos, pero siempre está la esperanza intacta de que suceda lo inesperado. Esperamos un lapsus, ignorando que una golondrina no hace verano. Y siempre estamos al borde de lograrlo, pero no: siempre habrá un argentino que mete un gol imposible, un holandés que engaña a un árbitro, un búlgaro cuyo momento preciso de plenitud cuaja frente a nosotros o la mala suerte estrella nuestros tiros contra el palo. Esa fuerza externa en la que creemos ciegamente termina dándonos la espalda. ¿Y por qué? Porque somos víctimas de la historia. Porque todo es culpa no de los tlaxcaltecas, sino de Napoleón III, James Polk o, de plano, de todos los españoles, renacentistas y de ahora, y estamos esperando a que nos pidan perdón. Quizás cuando lo hagan se acabará la maldición y llegaremos al quinto partido. Quizás ese día dejemos de ser el país conquistado, y se cierre la rajada originaria, y se acabe el dolor del parto patrio y se anule el estigma que nos compone. Y pasemos una ronda de penales contra Alemania.

Solidaridad: ¡venceremos!

Cuando ese día luminoso llegue, quizás dejemos de ser arrastrados por la ignorancia de las dirigencias y las decisiones de los dueños del balón, siempre más cerca del negocio que del deporte. Y dejaremos de estar a merced de las decisiones de Televisa, sus socios y sus directivos puestos a dedazo. Por ahora, no hay manera de crear identidad y menos aún confianza o autoestima en los jugadores mexicanos si no tienen espacio en las ligas de su país. Cada año llegan decenas de extranjeros que están más para retirarse que para crecer, y nos convertimos en un cementerio de elefantes en vez de terreno de cantera o semillero. ¿Cómo puede haber identidad y autoestima si, apenas un jugador de afuera empieza a brillar (medianamente), lo nacionalizan? ¿Qué expectativa puede tener un mexicano cuando aparecen los Fidalgos, los Berterames y los Quiñones y, pum, a la bolsa? Porque si vamos a naturalizar a un extranjero, entonces que sea uno realmente bueno, joven, que tenga futuro, no un Funes Mori, que era bueno, pero hasta ahí, y que terminó jugando una docena partidos en toda su vida de mexicano y 12 minutos en un Mundial (siete de ellos en tiempo de descuento).

En el fondo, no se trata de futbol, ni de llegar al quinto partido. Se trata de nuestra existencia y de que cada cosa que pasa en el futbol es una manifestación de lo que pasa en la vida. Quizás, como dice el historiador Alejandro Rosas, el problema no es la selección nacional, sino que México como país tampoco ha llegado al quinto partido. Tal vez caímos en la trampa del ingreso medio, como la llama Jorge Castañeda. Tal vez creímos que somos un país grande, moderno, que progresa, cuando realmente no sabemos qué hacer con tantas posibilidades. Y tal vez creemos que estamos saliendo del tercer mundo, y nos creímos el cuento de las Naciones Unidas de que no somos subdesarrollados, sino que estamos “en vías de desarrollo”. Tal vez nos comimos con patatas el eufemismo y por eso tenemos el tupé de ir por la vida ninguneando ecuatorianos, peruanos, paraguayos, sin tener idea de quiénes son ni de la tradición futbolera que llevan a cuestas, y después perdemos y nos prendemos fuego como si hubiéramos perdido contra Martinica (a los que no he visto jugar, pero seguramente deben estar mejorando su nivel mientras yo me río de ellos). Y ni hablar de los centroamericanos, que no son muy buenos, pero que, en medio de la crisis social que viven, cada vez juegan mejor, mientras nosotros, cada vez peor. Y mientras ellos se matan para ganarle a México, nosotros nos movemos con una pasmosa parsimonia en la cancha, a sabiendas de que, si las cosas van mal, alguien nos va a dar una ayudita. Solo hace falta hacer memoria para recordar los momentos en que los árbitros nos han favorecido frente a países sin capacidad de hacerse lobby, como Panamá, Costa Rica o Nicaragua. Momentos que solo refuerzan la esquizofrenia de ser grandes y pequeños a la vez. Cabeza de ratón o cola de león.

Con todo, en medio de todos estos elementos estructurales hay uno muy poderoso que nos cuesta abordar. La parsimonia y la displicencia son, quizás, consecuencia de la falta de conciencia colectiva de los integrantes del equipo. Esa misma falta de conciencia que vivimos afuera de la cancha. Tal vez simplemente no sabemos jugar en equipo. Tal vez no corremos más porque no nos sentimos parte de un equipo. Hemos crecido escuchando y repitiendo que somos una sociedad solidaria, pero habría que mirar y volver a mirar esa idea hecha y satisfecha.

Un hecho que a ver quién se atreve a desestimar: el día a día en México es cada vez más violento. Y la violencia genera miedo, y el miedo, desconfianza, y la desconfianza, enclaustramiento. Quizás vivimos recluidos en el ámbito privado jugando a la sociedad desde las redes sociales. Quizás vivimos en un clima de miedo y desconfianza, en medio de un tejido social despedazado. Quizás nos repetimos cada septiembre que somos una sociedad solidaria y orgullosa de sí misma mientras comemos chiles en nogada y tiramos cohetes, y en una de esas somos todo lo contrario y necesitamos festejar sin parar para que no se escuche el silencio. Tal vez vivimos en un individualismo feroz y lo demostramos cuando nadie nos ve, cuando vamos en el auto y pasamos por encima de todos, y cuando llegamos a nuestras casas y ponemos cubetas o palos en las puertas para que nadie se estacione en nuestro espacio. Basta sentarse en la banqueta y esperar que pase una ambulancia con la sirena prendida para ver que nadie se mueve. Solo respetamos los semáforos en rojo cuando tenemos una ambulancia detrás pidiéndonos ayuda. Quizás, si no hubiera terremotos, no tendríamos por qué salir a la calle a ayudar a nadie para después hablar bien de nosotros mismos. Quizás por eso somos un país exitoso en deportes individuales, pero no en deportes de equipo. Será por eso el box, la marcha, el tiro, los clavados: porque somos luchones, pero no solidarios. Quizás. ¡Y cómo lo vamos a ser si nadie cree en nosotros, y nos dejan en la banca apenas aparece el primer Fidalgo! (Álvaro: esto, lo sabes, no es en contra tuya, y sé que no es fácil encarnar un arquetipo).

Creo que no vamos a mejorar dentro de la cancha hasta que no cambien varias cosas afuera. Creo que tenemos que mirar un poco más al sur y menos al norte. Creo que estamos muy dañados por tantos espejitos de colores que nos ofrece el imperio y que somos mucho más centroamericanos de lo que queremos creer y más sudamericanos de lo que imaginamos. Creo que urge entender que estamos intentando salir del laberinto en soledad, y que necesitamos pertenecer a algo, porque quizás, como le pasa a todo mundo, no nos bastamos a nosotros mismos.

Dicho todo eso, voy a poner más atención a la radio que dejo puesta cuando me baje del auto. Quizás.

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