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Los humanos soñamos con la Luna

Los humanos soñamos con la Luna

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
05
.
08
.
26
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

De Luciano de Samósata a H.G. Wells, la Luna ha sido el territorio de los dioses o de las sociedades utópicas, y también un balcón colocado a la distancia precisa para observar la Tierra con la mayor nitidez. La misión Artemis II no es la cima de esa fascinación: es un pequeño paso antes del salto a lo desconocido.

Estoy revisando una pila de información técnica sobre las misiones espaciales Artemis cuando me asalta un recuerdo. Soy yo, caminando por la Calzada de los Muertos. Cada paso es lento, grave. Mis pies avanzan sobre el suelo ardiente, guiados por el rugido de las cabezas de jaguar que me rondan. En realidad, son silbatos artesanales sujetos entre los labios de los vendedores acechantes con sus mercancías. Una vez arriba, en la cúspide de la Pirámide de la Luna, la vista es majestuosa. Si tan solo pudiera regresar y contemplar desde ahí el cielo nocturno.

La relación de los pueblos mesoamericanos con la Luna transita del mito a la observación astronómica y la creatividad.

En Teotihuacan, los monumentos fueron orientados según alineaciones celestes. Algunas investigaciones, como la dirigida por el equipo de Ismael Arturo Montero García (2024), plantean la posibilidad de que la Pirámide de la Luna funcionara como eje astronómico de la ciudad: sus vértices coinciden con el amanecer del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno.

Para los mayas, nuestro satélite fue una herramienta para medir el tiempo. El reciente análisis de John Justeson y Justin Lowry sobre el Códice de Dresde sostiene que los mayas transformaron el registro de 405 lunaciones en un modelo predictivo. Al combinar estos ciclos con el calendario ritual de 260 días, elaboraron tablas de eclipses con una precisión que se mantuvo vigente durante siglos.

En la cosmogonía mexica, la esfera nocturna se asoció al cuerpo de Coyolxauhqui. Recuerdo la primera vez que la vi en el Museo del Templo Mayor: una diosa desmembrada. El torso fragmentado y los miembros dispersos aparecían tallados en un monolito circular de más de tres metros de diámetro. La brutalidad de aquella figura —y mi propia ignorancia— me sacudió: ¿cómo era posible que no supiera nada de ella? Era el verano de 2010. Treinta y dos años antes, trabajadores de Luz y Fuerza la encontraron por accidente; la diosa había permanecido oculta durante siglos bajo las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Alfredo López Austin estudió y tradujo el mito consignado por fray Bernardino de Sahagún. En él, Coyolxauhqui, enfurecida al sospechar que su madre, Coatlicue, está embarazada de un ser desconocido, incita a sus hermanos a matarla. Pero al llegar al cerro, Coatlicue da a luz a Huitzilopochtli, el dios del Sol, quien nace vestido de guerrero, derrota a sus hermanos y decapita a su hermana mayor. Así, el orden del cosmos se instaura tras la derrota de la noche.

En la tradición griega, en cambio, el equilibrio entre la luz y la oscuridad no surge de un acto de violencia fratricida. Apolo y Artemisa, gemelos hijos de Zeus y Leto, encarnan fuerzas complementarias: Apolo representa la claridad solar, Artemisa se erige como la guía nocturna que mantiene el equilibrio entre la civilización y lo indómito; es a su vez protectora de bestias y cazadora implacable.

Resulta elocuente, entonces, que la NASA haya elegido el nombre de Artemisa para su programa de exploración lunar: la diosa de la noche inspira la primera misión en enviar a una mujer, Christina Koch, a sobrevolar la Luna. Supe de este proyecto sentada en el auditorio del Johnson Space Center, en Houston. La primera fase, Artemis I, ya había sido completada. De nuevo, me sorprendió mi ignorancia: ¿por qué no sabía que el plan para volver estaba en marcha?

Los costados del recinto estaban abarrotados y con cada vaivén de la puerta se colaba el barullo de quienes aguardaban afuera su turno para entrar. En mis oídos convergían llantos de infantes, exclamaciones en distintos idiomas y cuestionamientos existenciales de las niñas a mi lado: ¿cuántas personas han ido a la Luna?, ¿México ya fue?, ¿de dónde es esa bandera? Poco a poco, el caos se volvió sordo y, como si flotara en el espacio, me abstraje en un futuro interestelar. Un par de lágrimas aparecieron sin aviso.

Alunizaje del logos

En la primera semana de abril la emoción reapareció mezclada con clamores y rezos al atestiguar, a través de una pantalla, el ascenso del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) —el cohete no reutilizable más potente construido hasta ahora— rumbo a la Luna. Artemis II marcó el regreso de los vuelos tripulados más allá de la órbita terrestre baja desde los viajes Apolo. Las próximas misiones buscarán devolver a la humanidad a su superficie y establecer ahí una presencia sostenida.

Pero mucho antes de la invención de cohetes capaces de vencer la gravedad terrestre, la imaginación humana ya había colonizado sus valles y sus cráteres. A lo largo de la historia, la Luna ha sido tanto una tecnología primitiva para entender el tiempo como un dispositivo narrativo para pensar la alteridad humana.

La conquista sideral-literaria no avanzó en línea recta. Fue una suma de sueños, relatos, sátiras, ensayos, cálculos científicos. En el imaginario colectivo nada sobra: cada pieza reclama su lugar. El siguiente recorrido no es una cronología estricta, sino una acumulación de ideas apasionantes que tiran una de la otra para completar el alunizaje.

Imaginemos Florencia en 1397. Ese año —como documenta Irene Fantappiè— se funda en una universidad europea la primera cátedra de lengua griega. Su responsable, el bizantino Manuel Crisoloras, hace traer desde Constantinopla un número considerable de manuscritos. Muchos de ellos son obras de Luciano de Samósata (siglo II), cuyas ideas quedarían sembradas en el Renacimiento. La genealogía de la ficción lunar comienza con este escritor sirio.

En Historia verdadera, Luciano se presenta como un narrador que desconfía de toda pretensión de veracidad. Movido por una curiosidad desmesurada, el protagonista emprende una expedición marítima; sin embargo, un tifón eleva a su tripulación hasta la Luna, donde participa en una guerra entre los selenitas y los habitantes del Sol. Su influencia atraviesa siglos de literatura de viajes extraordinarios; Jorge Luis Borges la reconoce en el prólogo que escribió para la primera edición en español de Crónicas marcianas (Minotauro, 1955), de Ray Bradbury.

En el siglo XVII surgen tres obras que transformarían el viaje a la Luna en el viaje de la razón. En ellas he descubierto tanto el impulso divulgativo de sus autores como su ingenio para plasmar una pluralidad de mundos y sociedades utópicas —alentados quizás por el descubrimiento de América, la expansión hacia nuevos territorios y las observaciones de Galileo—. Las tres fueron publicadas de manera póstuma y dan testimonio de una época en la que escribir sobre el cosmos entrañaba un peligro real.

La primera es Somnium (1634) de Johannes Kepler. Completado tras casi 40 años, el texto es a la vez una historia de lo que siglos más tarde se denominaría ciencia ficción y un tratado de astronomía. El personaje principal es llevado a la Luna mediante magia y espíritus, pero al llegar a Levania el relato adopta un tono científico: describe trayectorias orbitales, fenómenos celestes, y cambia nuestra perspectiva. Desde allí, la Tierra —llamada Volva— aparece colgada en el cielo mientras rota sobre sí misma, mostrando sus continentes y océanos. En un tiempo de crecientes hostilidades —su propia madre fue acusada de brujería—, Kepler pone en órbita su imaginación para exponer sus ideas científicas.

También ahonda en la apariencia de los seres que observa: sus morfologías varían según la región que habitan. A los privolvanos los perfila así: “Todo lo que nace en sus tierras o camina sobre ellas es de un tamaño monstruoso. El crecimiento es muy rápido. La vida es corta debido a que todos los seres vivos tienen una enorme masa corporal”. Estas descripciones podrían no apelar a caprichos fantásticos, sino a ejercicios de razonamiento: ¿qué características tendrían los seres vivos bajo condiciones físicas extremas? ¿Cómo se adaptarían? En esa intuición asoma una forma temprana de pensamiento evolutivo que solo se articularía plenamente en el siglo XIX, con Charles Darwin.

Cuatro años más tarde se publica El hombre en la Luna. Su autor es el obispo erudito Francis Godwin. En esta obra, un hombre llamado Domingo Gonsales alcanza el satélite en un ingenioso aparato tirado por gansas. Godwin utiliza el viaje cósmico como una herramienta para difundir los avances científicos de su tiempo. Al igual que Kepler en Somnium, reconoce la rotación de la Tierra sobre su propio eje, pero se mantiene cauto frente al heliocentrismo. Su trabajo dejó una huella reconocible en autores como Jonathan Swift, Cyrano de Bergerac, Julio Verne.

La tercera obra corresponde a Los estados e imperios de la Luna (1657). En ella, Cyrano de Bergerac imagina una máquina de propulsión por etapas que transporta a su protagonista hacia la “bola azafranada”: “Cada vez que la llama devoraba una fila de cohetes […], otra se ponía a arder y después otra, de forma que la pólvora, al quemarse, alejaba el peligro, acrecentándolo”. No menos reveladora es la plática con el virrey de Montmagny, a quien explica que es tan ridículo creer que el Sol gira en torno a la Tierra como imaginar que, para asar una alondra, es el horno el que debe girar alrededor del ave.

La incursión novohispana al espacio se documenta hacia 1775 en Yucatán, cuando fray Manuel Antonio Rivas escribe Sizigias y cuadraturas lunares e imagina entre sus páginas un carro volante que atraviesa la atmósfera con “celeridad increíble”. El texto pertenece a la tradición de sátiras sociales que emplean el cosmos para cuestionar las costumbres de su tiempo, un atrevimiento que le valió una acusación ante el Santo Oficio. Pablo González Casanova reconstruyó los hechos en La literatura perseguida en la crisis de la Colonia (1958). 

Un tifón. Espíritus. Aves salvajes. Fuegos artificiales. Un carro alado. Desde Luciano hasta Rivas, el vehículo cambia, pero el anhelo es el mismo: alejarse de la Tierra para observarla con mayor nitidez.

En el siglo XIX, el trayecto se convierte en el verdadero protagonista. En el cuento de Edgar Allan Poe “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” (1835), un hombre endeudado en Róterdam decide viajar a la Luna a bordo de un globo aerostático. Julio Verne lo lee con gran entusiasmo, pero lamenta su falta de rigor científico.

Verne escribe De la Tierra a la Luna (1865) y sustituye la fantasía por la ingeniería: un proyectil aparece como la solución más plausible para completar la trayectoria espacial. El impacto de esta obra resulta decisivo: detona la imaginación de Konstantín Tsiolkovski. El joven ruso —sordo a causa de la escarlatina y autodidacta— intenta emular a Verne escribiendo historias de ciencia ficción, pero pronto se ve atrapado por las exigencias de la física y los cálculos. Redacta “La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos de reacción” (1903), un documento fundacional de la astronáutica moderna.

En el siglo XX, H.G. Wells retoma la especulación fantástica con Los primeros hombres en la Luna (1901). En esta obra propone una sustancia capaz de anular la gravedad como la vía para acceder a ese mundo distante, que vuelve a convertirse en escenario para repensar los sistemas sociales de la Tierra.

Quizás influenciado por los avances científico-tecnológicos de la década, Italo Calvino publica Las cosmicómicas (1965). En sus páginas, sueña con una Luna tan próxima que se puede acceder a ella con una escalera. Su fascinación por la luminaria nocturna es heredada de sus lecturas de Dante, Ariosto, Luciano, Cyrano de Bergerac.

En 1968, la exploración humana de la Luna adquiere una dimensión inédita. Los astronautas Borman, Lovell y Anders realizan el primer vuelo en órbita lunar a bordo del Apolo 8 —hazaña que replica Artemis II, aventurándose a distancias aún más lejanas—. La misión Apolo captura la atención global y produce una de las imágenes más memorables del siglo XX: la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, un punto azul, pequeño y frágil, suspendido en la oscuridad. Esta idea nos mueve a formar parte activa en su conservación.

Ese momento encuentra su eco literario con la novela 2001: una odisea del espacio, publicada ese mismo año. Su autor, Arthur C. Clarke, expande la semilla de su relato “El centinela” (1951) y convierte a la Luna en un umbral tecnológico y filosófico. Esta visión alcanza su expresión más emblemática en la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick: nuestro satélite se vuelve un espejo ante el cual la humanidad confronta su propio origen y destino frente al abismo del cosmos.

La superficie lunar es alcanzada en 1969, culminando así una carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. De ese acontecimiento se desprenden diversos marcos legales, entre ellos el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (1967) y el Acuerdo de la Luna (1979), que la declaró patrimonio común de la humanidad. Hoy ese legado se actualiza con los Acuerdos de Artemis, firmados por más de 60 naciones —incluido México—, reafirmando que el regreso a la Luna es un compromiso de especie. China, India, Corea del Sur y Rusia son algunos países que han anunciado misiones para las siguientes décadas.

En este nuevo ciclo de exploración del universo es imposible no estremecerse ante el cúmulo de ideas que nos han traído hasta aquí, y ante los obstáculos que frenaron nuestro retorno. Pienso en Isaac Asimov: lo veo sobre la cubierta de un transatlántico, al anochecer, contemplando cómo Apolo 17 (1972) se eleva por los aires. Reflexiona sobre esta escena en La tragedia de la Luna: “Puede que pasen decenas de años antes de que la humanidad vuelva a la carga, tras establecer una estación espacial que permita alcanzar la Luna con más facilidad, economía y elaboración”. Y se pregunta: “¿Habría intentado el hombre convertir en realidad los vuelos espaciales de no haber existido la Luna?”. 

Fantaseo con el futuro. Me veo de pie en Cabo Cañaveral —a varios kilómetros del lugar donde Julio Verne imaginó su cañón—, ensordecida por el rugido de los motores y con la vista fija en el cielo. En la Tierra seguiremos soñando con la Luna. Ya no como territorio de dioses o sociedades utópicas, sino como un gran laboratorio que nos permitirá alcanzar la siguiente frontera: Marte.

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De Luciano de Samósata a H.G. Wells, la Luna ha sido el territorio de los dioses o de las sociedades utópicas, y también un balcón colocado a la distancia precisa para observar la Tierra con la mayor nitidez. La misión Artemis II no es la cima de esa fascinación: es un pequeño paso antes del salto a lo desconocido.

Estoy revisando una pila de información técnica sobre las misiones espaciales Artemis cuando me asalta un recuerdo. Soy yo, caminando por la Calzada de los Muertos. Cada paso es lento, grave. Mis pies avanzan sobre el suelo ardiente, guiados por el rugido de las cabezas de jaguar que me rondan. En realidad, son silbatos artesanales sujetos entre los labios de los vendedores acechantes con sus mercancías. Una vez arriba, en la cúspide de la Pirámide de la Luna, la vista es majestuosa. Si tan solo pudiera regresar y contemplar desde ahí el cielo nocturno.

La relación de los pueblos mesoamericanos con la Luna transita del mito a la observación astronómica y la creatividad.

En Teotihuacan, los monumentos fueron orientados según alineaciones celestes. Algunas investigaciones, como la dirigida por el equipo de Ismael Arturo Montero García (2024), plantean la posibilidad de que la Pirámide de la Luna funcionara como eje astronómico de la ciudad: sus vértices coinciden con el amanecer del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno.

Para los mayas, nuestro satélite fue una herramienta para medir el tiempo. El reciente análisis de John Justeson y Justin Lowry sobre el Códice de Dresde sostiene que los mayas transformaron el registro de 405 lunaciones en un modelo predictivo. Al combinar estos ciclos con el calendario ritual de 260 días, elaboraron tablas de eclipses con una precisión que se mantuvo vigente durante siglos.

En la cosmogonía mexica, la esfera nocturna se asoció al cuerpo de Coyolxauhqui. Recuerdo la primera vez que la vi en el Museo del Templo Mayor: una diosa desmembrada. El torso fragmentado y los miembros dispersos aparecían tallados en un monolito circular de más de tres metros de diámetro. La brutalidad de aquella figura —y mi propia ignorancia— me sacudió: ¿cómo era posible que no supiera nada de ella? Era el verano de 2010. Treinta y dos años antes, trabajadores de Luz y Fuerza la encontraron por accidente; la diosa había permanecido oculta durante siglos bajo las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Alfredo López Austin estudió y tradujo el mito consignado por fray Bernardino de Sahagún. En él, Coyolxauhqui, enfurecida al sospechar que su madre, Coatlicue, está embarazada de un ser desconocido, incita a sus hermanos a matarla. Pero al llegar al cerro, Coatlicue da a luz a Huitzilopochtli, el dios del Sol, quien nace vestido de guerrero, derrota a sus hermanos y decapita a su hermana mayor. Así, el orden del cosmos se instaura tras la derrota de la noche.

En la tradición griega, en cambio, el equilibrio entre la luz y la oscuridad no surge de un acto de violencia fratricida. Apolo y Artemisa, gemelos hijos de Zeus y Leto, encarnan fuerzas complementarias: Apolo representa la claridad solar, Artemisa se erige como la guía nocturna que mantiene el equilibrio entre la civilización y lo indómito; es a su vez protectora de bestias y cazadora implacable.

Resulta elocuente, entonces, que la NASA haya elegido el nombre de Artemisa para su programa de exploración lunar: la diosa de la noche inspira la primera misión en enviar a una mujer, Christina Koch, a sobrevolar la Luna. Supe de este proyecto sentada en el auditorio del Johnson Space Center, en Houston. La primera fase, Artemis I, ya había sido completada. De nuevo, me sorprendió mi ignorancia: ¿por qué no sabía que el plan para volver estaba en marcha?

Los costados del recinto estaban abarrotados y con cada vaivén de la puerta se colaba el barullo de quienes aguardaban afuera su turno para entrar. En mis oídos convergían llantos de infantes, exclamaciones en distintos idiomas y cuestionamientos existenciales de las niñas a mi lado: ¿cuántas personas han ido a la Luna?, ¿México ya fue?, ¿de dónde es esa bandera? Poco a poco, el caos se volvió sordo y, como si flotara en el espacio, me abstraje en un futuro interestelar. Un par de lágrimas aparecieron sin aviso.

Alunizaje del logos

En la primera semana de abril la emoción reapareció mezclada con clamores y rezos al atestiguar, a través de una pantalla, el ascenso del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) —el cohete no reutilizable más potente construido hasta ahora— rumbo a la Luna. Artemis II marcó el regreso de los vuelos tripulados más allá de la órbita terrestre baja desde los viajes Apolo. Las próximas misiones buscarán devolver a la humanidad a su superficie y establecer ahí una presencia sostenida.

Pero mucho antes de la invención de cohetes capaces de vencer la gravedad terrestre, la imaginación humana ya había colonizado sus valles y sus cráteres. A lo largo de la historia, la Luna ha sido tanto una tecnología primitiva para entender el tiempo como un dispositivo narrativo para pensar la alteridad humana.

La conquista sideral-literaria no avanzó en línea recta. Fue una suma de sueños, relatos, sátiras, ensayos, cálculos científicos. En el imaginario colectivo nada sobra: cada pieza reclama su lugar. El siguiente recorrido no es una cronología estricta, sino una acumulación de ideas apasionantes que tiran una de la otra para completar el alunizaje.

Imaginemos Florencia en 1397. Ese año —como documenta Irene Fantappiè— se funda en una universidad europea la primera cátedra de lengua griega. Su responsable, el bizantino Manuel Crisoloras, hace traer desde Constantinopla un número considerable de manuscritos. Muchos de ellos son obras de Luciano de Samósata (siglo II), cuyas ideas quedarían sembradas en el Renacimiento. La genealogía de la ficción lunar comienza con este escritor sirio.

En Historia verdadera, Luciano se presenta como un narrador que desconfía de toda pretensión de veracidad. Movido por una curiosidad desmesurada, el protagonista emprende una expedición marítima; sin embargo, un tifón eleva a su tripulación hasta la Luna, donde participa en una guerra entre los selenitas y los habitantes del Sol. Su influencia atraviesa siglos de literatura de viajes extraordinarios; Jorge Luis Borges la reconoce en el prólogo que escribió para la primera edición en español de Crónicas marcianas (Minotauro, 1955), de Ray Bradbury.

En el siglo XVII surgen tres obras que transformarían el viaje a la Luna en el viaje de la razón. En ellas he descubierto tanto el impulso divulgativo de sus autores como su ingenio para plasmar una pluralidad de mundos y sociedades utópicas —alentados quizás por el descubrimiento de América, la expansión hacia nuevos territorios y las observaciones de Galileo—. Las tres fueron publicadas de manera póstuma y dan testimonio de una época en la que escribir sobre el cosmos entrañaba un peligro real.

La primera es Somnium (1634) de Johannes Kepler. Completado tras casi 40 años, el texto es a la vez una historia de lo que siglos más tarde se denominaría ciencia ficción y un tratado de astronomía. El personaje principal es llevado a la Luna mediante magia y espíritus, pero al llegar a Levania el relato adopta un tono científico: describe trayectorias orbitales, fenómenos celestes, y cambia nuestra perspectiva. Desde allí, la Tierra —llamada Volva— aparece colgada en el cielo mientras rota sobre sí misma, mostrando sus continentes y océanos. En un tiempo de crecientes hostilidades —su propia madre fue acusada de brujería—, Kepler pone en órbita su imaginación para exponer sus ideas científicas.

También ahonda en la apariencia de los seres que observa: sus morfologías varían según la región que habitan. A los privolvanos los perfila así: “Todo lo que nace en sus tierras o camina sobre ellas es de un tamaño monstruoso. El crecimiento es muy rápido. La vida es corta debido a que todos los seres vivos tienen una enorme masa corporal”. Estas descripciones podrían no apelar a caprichos fantásticos, sino a ejercicios de razonamiento: ¿qué características tendrían los seres vivos bajo condiciones físicas extremas? ¿Cómo se adaptarían? En esa intuición asoma una forma temprana de pensamiento evolutivo que solo se articularía plenamente en el siglo XIX, con Charles Darwin.

Cuatro años más tarde se publica El hombre en la Luna. Su autor es el obispo erudito Francis Godwin. En esta obra, un hombre llamado Domingo Gonsales alcanza el satélite en un ingenioso aparato tirado por gansas. Godwin utiliza el viaje cósmico como una herramienta para difundir los avances científicos de su tiempo. Al igual que Kepler en Somnium, reconoce la rotación de la Tierra sobre su propio eje, pero se mantiene cauto frente al heliocentrismo. Su trabajo dejó una huella reconocible en autores como Jonathan Swift, Cyrano de Bergerac, Julio Verne.

La tercera obra corresponde a Los estados e imperios de la Luna (1657). En ella, Cyrano de Bergerac imagina una máquina de propulsión por etapas que transporta a su protagonista hacia la “bola azafranada”: “Cada vez que la llama devoraba una fila de cohetes […], otra se ponía a arder y después otra, de forma que la pólvora, al quemarse, alejaba el peligro, acrecentándolo”. No menos reveladora es la plática con el virrey de Montmagny, a quien explica que es tan ridículo creer que el Sol gira en torno a la Tierra como imaginar que, para asar una alondra, es el horno el que debe girar alrededor del ave.

La incursión novohispana al espacio se documenta hacia 1775 en Yucatán, cuando fray Manuel Antonio Rivas escribe Sizigias y cuadraturas lunares e imagina entre sus páginas un carro volante que atraviesa la atmósfera con “celeridad increíble”. El texto pertenece a la tradición de sátiras sociales que emplean el cosmos para cuestionar las costumbres de su tiempo, un atrevimiento que le valió una acusación ante el Santo Oficio. Pablo González Casanova reconstruyó los hechos en La literatura perseguida en la crisis de la Colonia (1958). 

Un tifón. Espíritus. Aves salvajes. Fuegos artificiales. Un carro alado. Desde Luciano hasta Rivas, el vehículo cambia, pero el anhelo es el mismo: alejarse de la Tierra para observarla con mayor nitidez.

En el siglo XIX, el trayecto se convierte en el verdadero protagonista. En el cuento de Edgar Allan Poe “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” (1835), un hombre endeudado en Róterdam decide viajar a la Luna a bordo de un globo aerostático. Julio Verne lo lee con gran entusiasmo, pero lamenta su falta de rigor científico.

Verne escribe De la Tierra a la Luna (1865) y sustituye la fantasía por la ingeniería: un proyectil aparece como la solución más plausible para completar la trayectoria espacial. El impacto de esta obra resulta decisivo: detona la imaginación de Konstantín Tsiolkovski. El joven ruso —sordo a causa de la escarlatina y autodidacta— intenta emular a Verne escribiendo historias de ciencia ficción, pero pronto se ve atrapado por las exigencias de la física y los cálculos. Redacta “La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos de reacción” (1903), un documento fundacional de la astronáutica moderna.

En el siglo XX, H.G. Wells retoma la especulación fantástica con Los primeros hombres en la Luna (1901). En esta obra propone una sustancia capaz de anular la gravedad como la vía para acceder a ese mundo distante, que vuelve a convertirse en escenario para repensar los sistemas sociales de la Tierra.

Quizás influenciado por los avances científico-tecnológicos de la década, Italo Calvino publica Las cosmicómicas (1965). En sus páginas, sueña con una Luna tan próxima que se puede acceder a ella con una escalera. Su fascinación por la luminaria nocturna es heredada de sus lecturas de Dante, Ariosto, Luciano, Cyrano de Bergerac.

En 1968, la exploración humana de la Luna adquiere una dimensión inédita. Los astronautas Borman, Lovell y Anders realizan el primer vuelo en órbita lunar a bordo del Apolo 8 —hazaña que replica Artemis II, aventurándose a distancias aún más lejanas—. La misión Apolo captura la atención global y produce una de las imágenes más memorables del siglo XX: la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, un punto azul, pequeño y frágil, suspendido en la oscuridad. Esta idea nos mueve a formar parte activa en su conservación.

Ese momento encuentra su eco literario con la novela 2001: una odisea del espacio, publicada ese mismo año. Su autor, Arthur C. Clarke, expande la semilla de su relato “El centinela” (1951) y convierte a la Luna en un umbral tecnológico y filosófico. Esta visión alcanza su expresión más emblemática en la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick: nuestro satélite se vuelve un espejo ante el cual la humanidad confronta su propio origen y destino frente al abismo del cosmos.

La superficie lunar es alcanzada en 1969, culminando así una carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. De ese acontecimiento se desprenden diversos marcos legales, entre ellos el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (1967) y el Acuerdo de la Luna (1979), que la declaró patrimonio común de la humanidad. Hoy ese legado se actualiza con los Acuerdos de Artemis, firmados por más de 60 naciones —incluido México—, reafirmando que el regreso a la Luna es un compromiso de especie. China, India, Corea del Sur y Rusia son algunos países que han anunciado misiones para las siguientes décadas.

En este nuevo ciclo de exploración del universo es imposible no estremecerse ante el cúmulo de ideas que nos han traído hasta aquí, y ante los obstáculos que frenaron nuestro retorno. Pienso en Isaac Asimov: lo veo sobre la cubierta de un transatlántico, al anochecer, contemplando cómo Apolo 17 (1972) se eleva por los aires. Reflexiona sobre esta escena en La tragedia de la Luna: “Puede que pasen decenas de años antes de que la humanidad vuelva a la carga, tras establecer una estación espacial que permita alcanzar la Luna con más facilidad, economía y elaboración”. Y se pregunta: “¿Habría intentado el hombre convertir en realidad los vuelos espaciales de no haber existido la Luna?”. 

Fantaseo con el futuro. Me veo de pie en Cabo Cañaveral —a varios kilómetros del lugar donde Julio Verne imaginó su cañón—, ensordecida por el rugido de los motores y con la vista fija en el cielo. En la Tierra seguiremos soñando con la Luna. Ya no como territorio de dioses o sociedades utópicas, sino como un gran laboratorio que nos permitirá alcanzar la siguiente frontera: Marte.

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De Luciano de Samósata a H.G. Wells, la Luna ha sido el territorio de los dioses o de las sociedades utópicas, y también un balcón colocado a la distancia precisa para observar la Tierra con la mayor nitidez. La misión Artemis II no es la cima de esa fascinación: es un pequeño paso antes del salto a lo desconocido.

Estoy revisando una pila de información técnica sobre las misiones espaciales Artemis cuando me asalta un recuerdo. Soy yo, caminando por la Calzada de los Muertos. Cada paso es lento, grave. Mis pies avanzan sobre el suelo ardiente, guiados por el rugido de las cabezas de jaguar que me rondan. En realidad, son silbatos artesanales sujetos entre los labios de los vendedores acechantes con sus mercancías. Una vez arriba, en la cúspide de la Pirámide de la Luna, la vista es majestuosa. Si tan solo pudiera regresar y contemplar desde ahí el cielo nocturno.

La relación de los pueblos mesoamericanos con la Luna transita del mito a la observación astronómica y la creatividad.

En Teotihuacan, los monumentos fueron orientados según alineaciones celestes. Algunas investigaciones, como la dirigida por el equipo de Ismael Arturo Montero García (2024), plantean la posibilidad de que la Pirámide de la Luna funcionara como eje astronómico de la ciudad: sus vértices coinciden con el amanecer del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno.

Para los mayas, nuestro satélite fue una herramienta para medir el tiempo. El reciente análisis de John Justeson y Justin Lowry sobre el Códice de Dresde sostiene que los mayas transformaron el registro de 405 lunaciones en un modelo predictivo. Al combinar estos ciclos con el calendario ritual de 260 días, elaboraron tablas de eclipses con una precisión que se mantuvo vigente durante siglos.

En la cosmogonía mexica, la esfera nocturna se asoció al cuerpo de Coyolxauhqui. Recuerdo la primera vez que la vi en el Museo del Templo Mayor: una diosa desmembrada. El torso fragmentado y los miembros dispersos aparecían tallados en un monolito circular de más de tres metros de diámetro. La brutalidad de aquella figura —y mi propia ignorancia— me sacudió: ¿cómo era posible que no supiera nada de ella? Era el verano de 2010. Treinta y dos años antes, trabajadores de Luz y Fuerza la encontraron por accidente; la diosa había permanecido oculta durante siglos bajo las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Alfredo López Austin estudió y tradujo el mito consignado por fray Bernardino de Sahagún. En él, Coyolxauhqui, enfurecida al sospechar que su madre, Coatlicue, está embarazada de un ser desconocido, incita a sus hermanos a matarla. Pero al llegar al cerro, Coatlicue da a luz a Huitzilopochtli, el dios del Sol, quien nace vestido de guerrero, derrota a sus hermanos y decapita a su hermana mayor. Así, el orden del cosmos se instaura tras la derrota de la noche.

En la tradición griega, en cambio, el equilibrio entre la luz y la oscuridad no surge de un acto de violencia fratricida. Apolo y Artemisa, gemelos hijos de Zeus y Leto, encarnan fuerzas complementarias: Apolo representa la claridad solar, Artemisa se erige como la guía nocturna que mantiene el equilibrio entre la civilización y lo indómito; es a su vez protectora de bestias y cazadora implacable.

Resulta elocuente, entonces, que la NASA haya elegido el nombre de Artemisa para su programa de exploración lunar: la diosa de la noche inspira la primera misión en enviar a una mujer, Christina Koch, a sobrevolar la Luna. Supe de este proyecto sentada en el auditorio del Johnson Space Center, en Houston. La primera fase, Artemis I, ya había sido completada. De nuevo, me sorprendió mi ignorancia: ¿por qué no sabía que el plan para volver estaba en marcha?

Los costados del recinto estaban abarrotados y con cada vaivén de la puerta se colaba el barullo de quienes aguardaban afuera su turno para entrar. En mis oídos convergían llantos de infantes, exclamaciones en distintos idiomas y cuestionamientos existenciales de las niñas a mi lado: ¿cuántas personas han ido a la Luna?, ¿México ya fue?, ¿de dónde es esa bandera? Poco a poco, el caos se volvió sordo y, como si flotara en el espacio, me abstraje en un futuro interestelar. Un par de lágrimas aparecieron sin aviso.

Alunizaje del logos

En la primera semana de abril la emoción reapareció mezclada con clamores y rezos al atestiguar, a través de una pantalla, el ascenso del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) —el cohete no reutilizable más potente construido hasta ahora— rumbo a la Luna. Artemis II marcó el regreso de los vuelos tripulados más allá de la órbita terrestre baja desde los viajes Apolo. Las próximas misiones buscarán devolver a la humanidad a su superficie y establecer ahí una presencia sostenida.

Pero mucho antes de la invención de cohetes capaces de vencer la gravedad terrestre, la imaginación humana ya había colonizado sus valles y sus cráteres. A lo largo de la historia, la Luna ha sido tanto una tecnología primitiva para entender el tiempo como un dispositivo narrativo para pensar la alteridad humana.

La conquista sideral-literaria no avanzó en línea recta. Fue una suma de sueños, relatos, sátiras, ensayos, cálculos científicos. En el imaginario colectivo nada sobra: cada pieza reclama su lugar. El siguiente recorrido no es una cronología estricta, sino una acumulación de ideas apasionantes que tiran una de la otra para completar el alunizaje.

Imaginemos Florencia en 1397. Ese año —como documenta Irene Fantappiè— se funda en una universidad europea la primera cátedra de lengua griega. Su responsable, el bizantino Manuel Crisoloras, hace traer desde Constantinopla un número considerable de manuscritos. Muchos de ellos son obras de Luciano de Samósata (siglo II), cuyas ideas quedarían sembradas en el Renacimiento. La genealogía de la ficción lunar comienza con este escritor sirio.

En Historia verdadera, Luciano se presenta como un narrador que desconfía de toda pretensión de veracidad. Movido por una curiosidad desmesurada, el protagonista emprende una expedición marítima; sin embargo, un tifón eleva a su tripulación hasta la Luna, donde participa en una guerra entre los selenitas y los habitantes del Sol. Su influencia atraviesa siglos de literatura de viajes extraordinarios; Jorge Luis Borges la reconoce en el prólogo que escribió para la primera edición en español de Crónicas marcianas (Minotauro, 1955), de Ray Bradbury.

En el siglo XVII surgen tres obras que transformarían el viaje a la Luna en el viaje de la razón. En ellas he descubierto tanto el impulso divulgativo de sus autores como su ingenio para plasmar una pluralidad de mundos y sociedades utópicas —alentados quizás por el descubrimiento de América, la expansión hacia nuevos territorios y las observaciones de Galileo—. Las tres fueron publicadas de manera póstuma y dan testimonio de una época en la que escribir sobre el cosmos entrañaba un peligro real.

La primera es Somnium (1634) de Johannes Kepler. Completado tras casi 40 años, el texto es a la vez una historia de lo que siglos más tarde se denominaría ciencia ficción y un tratado de astronomía. El personaje principal es llevado a la Luna mediante magia y espíritus, pero al llegar a Levania el relato adopta un tono científico: describe trayectorias orbitales, fenómenos celestes, y cambia nuestra perspectiva. Desde allí, la Tierra —llamada Volva— aparece colgada en el cielo mientras rota sobre sí misma, mostrando sus continentes y océanos. En un tiempo de crecientes hostilidades —su propia madre fue acusada de brujería—, Kepler pone en órbita su imaginación para exponer sus ideas científicas.

También ahonda en la apariencia de los seres que observa: sus morfologías varían según la región que habitan. A los privolvanos los perfila así: “Todo lo que nace en sus tierras o camina sobre ellas es de un tamaño monstruoso. El crecimiento es muy rápido. La vida es corta debido a que todos los seres vivos tienen una enorme masa corporal”. Estas descripciones podrían no apelar a caprichos fantásticos, sino a ejercicios de razonamiento: ¿qué características tendrían los seres vivos bajo condiciones físicas extremas? ¿Cómo se adaptarían? En esa intuición asoma una forma temprana de pensamiento evolutivo que solo se articularía plenamente en el siglo XIX, con Charles Darwin.

Cuatro años más tarde se publica El hombre en la Luna. Su autor es el obispo erudito Francis Godwin. En esta obra, un hombre llamado Domingo Gonsales alcanza el satélite en un ingenioso aparato tirado por gansas. Godwin utiliza el viaje cósmico como una herramienta para difundir los avances científicos de su tiempo. Al igual que Kepler en Somnium, reconoce la rotación de la Tierra sobre su propio eje, pero se mantiene cauto frente al heliocentrismo. Su trabajo dejó una huella reconocible en autores como Jonathan Swift, Cyrano de Bergerac, Julio Verne.

La tercera obra corresponde a Los estados e imperios de la Luna (1657). En ella, Cyrano de Bergerac imagina una máquina de propulsión por etapas que transporta a su protagonista hacia la “bola azafranada”: “Cada vez que la llama devoraba una fila de cohetes […], otra se ponía a arder y después otra, de forma que la pólvora, al quemarse, alejaba el peligro, acrecentándolo”. No menos reveladora es la plática con el virrey de Montmagny, a quien explica que es tan ridículo creer que el Sol gira en torno a la Tierra como imaginar que, para asar una alondra, es el horno el que debe girar alrededor del ave.

La incursión novohispana al espacio se documenta hacia 1775 en Yucatán, cuando fray Manuel Antonio Rivas escribe Sizigias y cuadraturas lunares e imagina entre sus páginas un carro volante que atraviesa la atmósfera con “celeridad increíble”. El texto pertenece a la tradición de sátiras sociales que emplean el cosmos para cuestionar las costumbres de su tiempo, un atrevimiento que le valió una acusación ante el Santo Oficio. Pablo González Casanova reconstruyó los hechos en La literatura perseguida en la crisis de la Colonia (1958). 

Un tifón. Espíritus. Aves salvajes. Fuegos artificiales. Un carro alado. Desde Luciano hasta Rivas, el vehículo cambia, pero el anhelo es el mismo: alejarse de la Tierra para observarla con mayor nitidez.

En el siglo XIX, el trayecto se convierte en el verdadero protagonista. En el cuento de Edgar Allan Poe “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” (1835), un hombre endeudado en Róterdam decide viajar a la Luna a bordo de un globo aerostático. Julio Verne lo lee con gran entusiasmo, pero lamenta su falta de rigor científico.

Verne escribe De la Tierra a la Luna (1865) y sustituye la fantasía por la ingeniería: un proyectil aparece como la solución más plausible para completar la trayectoria espacial. El impacto de esta obra resulta decisivo: detona la imaginación de Konstantín Tsiolkovski. El joven ruso —sordo a causa de la escarlatina y autodidacta— intenta emular a Verne escribiendo historias de ciencia ficción, pero pronto se ve atrapado por las exigencias de la física y los cálculos. Redacta “La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos de reacción” (1903), un documento fundacional de la astronáutica moderna.

En el siglo XX, H.G. Wells retoma la especulación fantástica con Los primeros hombres en la Luna (1901). En esta obra propone una sustancia capaz de anular la gravedad como la vía para acceder a ese mundo distante, que vuelve a convertirse en escenario para repensar los sistemas sociales de la Tierra.

Quizás influenciado por los avances científico-tecnológicos de la década, Italo Calvino publica Las cosmicómicas (1965). En sus páginas, sueña con una Luna tan próxima que se puede acceder a ella con una escalera. Su fascinación por la luminaria nocturna es heredada de sus lecturas de Dante, Ariosto, Luciano, Cyrano de Bergerac.

En 1968, la exploración humana de la Luna adquiere una dimensión inédita. Los astronautas Borman, Lovell y Anders realizan el primer vuelo en órbita lunar a bordo del Apolo 8 —hazaña que replica Artemis II, aventurándose a distancias aún más lejanas—. La misión Apolo captura la atención global y produce una de las imágenes más memorables del siglo XX: la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, un punto azul, pequeño y frágil, suspendido en la oscuridad. Esta idea nos mueve a formar parte activa en su conservación.

Ese momento encuentra su eco literario con la novela 2001: una odisea del espacio, publicada ese mismo año. Su autor, Arthur C. Clarke, expande la semilla de su relato “El centinela” (1951) y convierte a la Luna en un umbral tecnológico y filosófico. Esta visión alcanza su expresión más emblemática en la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick: nuestro satélite se vuelve un espejo ante el cual la humanidad confronta su propio origen y destino frente al abismo del cosmos.

La superficie lunar es alcanzada en 1969, culminando así una carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. De ese acontecimiento se desprenden diversos marcos legales, entre ellos el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (1967) y el Acuerdo de la Luna (1979), que la declaró patrimonio común de la humanidad. Hoy ese legado se actualiza con los Acuerdos de Artemis, firmados por más de 60 naciones —incluido México—, reafirmando que el regreso a la Luna es un compromiso de especie. China, India, Corea del Sur y Rusia son algunos países que han anunciado misiones para las siguientes décadas.

En este nuevo ciclo de exploración del universo es imposible no estremecerse ante el cúmulo de ideas que nos han traído hasta aquí, y ante los obstáculos que frenaron nuestro retorno. Pienso en Isaac Asimov: lo veo sobre la cubierta de un transatlántico, al anochecer, contemplando cómo Apolo 17 (1972) se eleva por los aires. Reflexiona sobre esta escena en La tragedia de la Luna: “Puede que pasen decenas de años antes de que la humanidad vuelva a la carga, tras establecer una estación espacial que permita alcanzar la Luna con más facilidad, economía y elaboración”. Y se pregunta: “¿Habría intentado el hombre convertir en realidad los vuelos espaciales de no haber existido la Luna?”. 

Fantaseo con el futuro. Me veo de pie en Cabo Cañaveral —a varios kilómetros del lugar donde Julio Verne imaginó su cañón—, ensordecida por el rugido de los motores y con la vista fija en el cielo. En la Tierra seguiremos soñando con la Luna. Ya no como territorio de dioses o sociedades utópicas, sino como un gran laboratorio que nos permitirá alcanzar la siguiente frontera: Marte.

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Los humanos soñamos con la Luna

Los humanos soñamos con la Luna

05
.
08
.
26
2026
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De Luciano de Samósata a H.G. Wells, la Luna ha sido el territorio de los dioses o de las sociedades utópicas, y también un balcón colocado a la distancia precisa para observar la Tierra con la mayor nitidez. La misión Artemis II no es la cima de esa fascinación: es un pequeño paso antes del salto a lo desconocido.

Estoy revisando una pila de información técnica sobre las misiones espaciales Artemis cuando me asalta un recuerdo. Soy yo, caminando por la Calzada de los Muertos. Cada paso es lento, grave. Mis pies avanzan sobre el suelo ardiente, guiados por el rugido de las cabezas de jaguar que me rondan. En realidad, son silbatos artesanales sujetos entre los labios de los vendedores acechantes con sus mercancías. Una vez arriba, en la cúspide de la Pirámide de la Luna, la vista es majestuosa. Si tan solo pudiera regresar y contemplar desde ahí el cielo nocturno.

La relación de los pueblos mesoamericanos con la Luna transita del mito a la observación astronómica y la creatividad.

En Teotihuacan, los monumentos fueron orientados según alineaciones celestes. Algunas investigaciones, como la dirigida por el equipo de Ismael Arturo Montero García (2024), plantean la posibilidad de que la Pirámide de la Luna funcionara como eje astronómico de la ciudad: sus vértices coinciden con el amanecer del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno.

Para los mayas, nuestro satélite fue una herramienta para medir el tiempo. El reciente análisis de John Justeson y Justin Lowry sobre el Códice de Dresde sostiene que los mayas transformaron el registro de 405 lunaciones en un modelo predictivo. Al combinar estos ciclos con el calendario ritual de 260 días, elaboraron tablas de eclipses con una precisión que se mantuvo vigente durante siglos.

En la cosmogonía mexica, la esfera nocturna se asoció al cuerpo de Coyolxauhqui. Recuerdo la primera vez que la vi en el Museo del Templo Mayor: una diosa desmembrada. El torso fragmentado y los miembros dispersos aparecían tallados en un monolito circular de más de tres metros de diámetro. La brutalidad de aquella figura —y mi propia ignorancia— me sacudió: ¿cómo era posible que no supiera nada de ella? Era el verano de 2010. Treinta y dos años antes, trabajadores de Luz y Fuerza la encontraron por accidente; la diosa había permanecido oculta durante siglos bajo las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Alfredo López Austin estudió y tradujo el mito consignado por fray Bernardino de Sahagún. En él, Coyolxauhqui, enfurecida al sospechar que su madre, Coatlicue, está embarazada de un ser desconocido, incita a sus hermanos a matarla. Pero al llegar al cerro, Coatlicue da a luz a Huitzilopochtli, el dios del Sol, quien nace vestido de guerrero, derrota a sus hermanos y decapita a su hermana mayor. Así, el orden del cosmos se instaura tras la derrota de la noche.

En la tradición griega, en cambio, el equilibrio entre la luz y la oscuridad no surge de un acto de violencia fratricida. Apolo y Artemisa, gemelos hijos de Zeus y Leto, encarnan fuerzas complementarias: Apolo representa la claridad solar, Artemisa se erige como la guía nocturna que mantiene el equilibrio entre la civilización y lo indómito; es a su vez protectora de bestias y cazadora implacable.

Resulta elocuente, entonces, que la NASA haya elegido el nombre de Artemisa para su programa de exploración lunar: la diosa de la noche inspira la primera misión en enviar a una mujer, Christina Koch, a sobrevolar la Luna. Supe de este proyecto sentada en el auditorio del Johnson Space Center, en Houston. La primera fase, Artemis I, ya había sido completada. De nuevo, me sorprendió mi ignorancia: ¿por qué no sabía que el plan para volver estaba en marcha?

Los costados del recinto estaban abarrotados y con cada vaivén de la puerta se colaba el barullo de quienes aguardaban afuera su turno para entrar. En mis oídos convergían llantos de infantes, exclamaciones en distintos idiomas y cuestionamientos existenciales de las niñas a mi lado: ¿cuántas personas han ido a la Luna?, ¿México ya fue?, ¿de dónde es esa bandera? Poco a poco, el caos se volvió sordo y, como si flotara en el espacio, me abstraje en un futuro interestelar. Un par de lágrimas aparecieron sin aviso.

Alunizaje del logos

En la primera semana de abril la emoción reapareció mezclada con clamores y rezos al atestiguar, a través de una pantalla, el ascenso del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) —el cohete no reutilizable más potente construido hasta ahora— rumbo a la Luna. Artemis II marcó el regreso de los vuelos tripulados más allá de la órbita terrestre baja desde los viajes Apolo. Las próximas misiones buscarán devolver a la humanidad a su superficie y establecer ahí una presencia sostenida.

Pero mucho antes de la invención de cohetes capaces de vencer la gravedad terrestre, la imaginación humana ya había colonizado sus valles y sus cráteres. A lo largo de la historia, la Luna ha sido tanto una tecnología primitiva para entender el tiempo como un dispositivo narrativo para pensar la alteridad humana.

La conquista sideral-literaria no avanzó en línea recta. Fue una suma de sueños, relatos, sátiras, ensayos, cálculos científicos. En el imaginario colectivo nada sobra: cada pieza reclama su lugar. El siguiente recorrido no es una cronología estricta, sino una acumulación de ideas apasionantes que tiran una de la otra para completar el alunizaje.

Imaginemos Florencia en 1397. Ese año —como documenta Irene Fantappiè— se funda en una universidad europea la primera cátedra de lengua griega. Su responsable, el bizantino Manuel Crisoloras, hace traer desde Constantinopla un número considerable de manuscritos. Muchos de ellos son obras de Luciano de Samósata (siglo II), cuyas ideas quedarían sembradas en el Renacimiento. La genealogía de la ficción lunar comienza con este escritor sirio.

En Historia verdadera, Luciano se presenta como un narrador que desconfía de toda pretensión de veracidad. Movido por una curiosidad desmesurada, el protagonista emprende una expedición marítima; sin embargo, un tifón eleva a su tripulación hasta la Luna, donde participa en una guerra entre los selenitas y los habitantes del Sol. Su influencia atraviesa siglos de literatura de viajes extraordinarios; Jorge Luis Borges la reconoce en el prólogo que escribió para la primera edición en español de Crónicas marcianas (Minotauro, 1955), de Ray Bradbury.

En el siglo XVII surgen tres obras que transformarían el viaje a la Luna en el viaje de la razón. En ellas he descubierto tanto el impulso divulgativo de sus autores como su ingenio para plasmar una pluralidad de mundos y sociedades utópicas —alentados quizás por el descubrimiento de América, la expansión hacia nuevos territorios y las observaciones de Galileo—. Las tres fueron publicadas de manera póstuma y dan testimonio de una época en la que escribir sobre el cosmos entrañaba un peligro real.

La primera es Somnium (1634) de Johannes Kepler. Completado tras casi 40 años, el texto es a la vez una historia de lo que siglos más tarde se denominaría ciencia ficción y un tratado de astronomía. El personaje principal es llevado a la Luna mediante magia y espíritus, pero al llegar a Levania el relato adopta un tono científico: describe trayectorias orbitales, fenómenos celestes, y cambia nuestra perspectiva. Desde allí, la Tierra —llamada Volva— aparece colgada en el cielo mientras rota sobre sí misma, mostrando sus continentes y océanos. En un tiempo de crecientes hostilidades —su propia madre fue acusada de brujería—, Kepler pone en órbita su imaginación para exponer sus ideas científicas.

También ahonda en la apariencia de los seres que observa: sus morfologías varían según la región que habitan. A los privolvanos los perfila así: “Todo lo que nace en sus tierras o camina sobre ellas es de un tamaño monstruoso. El crecimiento es muy rápido. La vida es corta debido a que todos los seres vivos tienen una enorme masa corporal”. Estas descripciones podrían no apelar a caprichos fantásticos, sino a ejercicios de razonamiento: ¿qué características tendrían los seres vivos bajo condiciones físicas extremas? ¿Cómo se adaptarían? En esa intuición asoma una forma temprana de pensamiento evolutivo que solo se articularía plenamente en el siglo XIX, con Charles Darwin.

Cuatro años más tarde se publica El hombre en la Luna. Su autor es el obispo erudito Francis Godwin. En esta obra, un hombre llamado Domingo Gonsales alcanza el satélite en un ingenioso aparato tirado por gansas. Godwin utiliza el viaje cósmico como una herramienta para difundir los avances científicos de su tiempo. Al igual que Kepler en Somnium, reconoce la rotación de la Tierra sobre su propio eje, pero se mantiene cauto frente al heliocentrismo. Su trabajo dejó una huella reconocible en autores como Jonathan Swift, Cyrano de Bergerac, Julio Verne.

La tercera obra corresponde a Los estados e imperios de la Luna (1657). En ella, Cyrano de Bergerac imagina una máquina de propulsión por etapas que transporta a su protagonista hacia la “bola azafranada”: “Cada vez que la llama devoraba una fila de cohetes […], otra se ponía a arder y después otra, de forma que la pólvora, al quemarse, alejaba el peligro, acrecentándolo”. No menos reveladora es la plática con el virrey de Montmagny, a quien explica que es tan ridículo creer que el Sol gira en torno a la Tierra como imaginar que, para asar una alondra, es el horno el que debe girar alrededor del ave.

La incursión novohispana al espacio se documenta hacia 1775 en Yucatán, cuando fray Manuel Antonio Rivas escribe Sizigias y cuadraturas lunares e imagina entre sus páginas un carro volante que atraviesa la atmósfera con “celeridad increíble”. El texto pertenece a la tradición de sátiras sociales que emplean el cosmos para cuestionar las costumbres de su tiempo, un atrevimiento que le valió una acusación ante el Santo Oficio. Pablo González Casanova reconstruyó los hechos en La literatura perseguida en la crisis de la Colonia (1958). 

Un tifón. Espíritus. Aves salvajes. Fuegos artificiales. Un carro alado. Desde Luciano hasta Rivas, el vehículo cambia, pero el anhelo es el mismo: alejarse de la Tierra para observarla con mayor nitidez.

En el siglo XIX, el trayecto se convierte en el verdadero protagonista. En el cuento de Edgar Allan Poe “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” (1835), un hombre endeudado en Róterdam decide viajar a la Luna a bordo de un globo aerostático. Julio Verne lo lee con gran entusiasmo, pero lamenta su falta de rigor científico.

Verne escribe De la Tierra a la Luna (1865) y sustituye la fantasía por la ingeniería: un proyectil aparece como la solución más plausible para completar la trayectoria espacial. El impacto de esta obra resulta decisivo: detona la imaginación de Konstantín Tsiolkovski. El joven ruso —sordo a causa de la escarlatina y autodidacta— intenta emular a Verne escribiendo historias de ciencia ficción, pero pronto se ve atrapado por las exigencias de la física y los cálculos. Redacta “La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos de reacción” (1903), un documento fundacional de la astronáutica moderna.

En el siglo XX, H.G. Wells retoma la especulación fantástica con Los primeros hombres en la Luna (1901). En esta obra propone una sustancia capaz de anular la gravedad como la vía para acceder a ese mundo distante, que vuelve a convertirse en escenario para repensar los sistemas sociales de la Tierra.

Quizás influenciado por los avances científico-tecnológicos de la década, Italo Calvino publica Las cosmicómicas (1965). En sus páginas, sueña con una Luna tan próxima que se puede acceder a ella con una escalera. Su fascinación por la luminaria nocturna es heredada de sus lecturas de Dante, Ariosto, Luciano, Cyrano de Bergerac.

En 1968, la exploración humana de la Luna adquiere una dimensión inédita. Los astronautas Borman, Lovell y Anders realizan el primer vuelo en órbita lunar a bordo del Apolo 8 —hazaña que replica Artemis II, aventurándose a distancias aún más lejanas—. La misión Apolo captura la atención global y produce una de las imágenes más memorables del siglo XX: la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, un punto azul, pequeño y frágil, suspendido en la oscuridad. Esta idea nos mueve a formar parte activa en su conservación.

Ese momento encuentra su eco literario con la novela 2001: una odisea del espacio, publicada ese mismo año. Su autor, Arthur C. Clarke, expande la semilla de su relato “El centinela” (1951) y convierte a la Luna en un umbral tecnológico y filosófico. Esta visión alcanza su expresión más emblemática en la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick: nuestro satélite se vuelve un espejo ante el cual la humanidad confronta su propio origen y destino frente al abismo del cosmos.

La superficie lunar es alcanzada en 1969, culminando así una carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. De ese acontecimiento se desprenden diversos marcos legales, entre ellos el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (1967) y el Acuerdo de la Luna (1979), que la declaró patrimonio común de la humanidad. Hoy ese legado se actualiza con los Acuerdos de Artemis, firmados por más de 60 naciones —incluido México—, reafirmando que el regreso a la Luna es un compromiso de especie. China, India, Corea del Sur y Rusia son algunos países que han anunciado misiones para las siguientes décadas.

En este nuevo ciclo de exploración del universo es imposible no estremecerse ante el cúmulo de ideas que nos han traído hasta aquí, y ante los obstáculos que frenaron nuestro retorno. Pienso en Isaac Asimov: lo veo sobre la cubierta de un transatlántico, al anochecer, contemplando cómo Apolo 17 (1972) se eleva por los aires. Reflexiona sobre esta escena en La tragedia de la Luna: “Puede que pasen decenas de años antes de que la humanidad vuelva a la carga, tras establecer una estación espacial que permita alcanzar la Luna con más facilidad, economía y elaboración”. Y se pregunta: “¿Habría intentado el hombre convertir en realidad los vuelos espaciales de no haber existido la Luna?”. 

Fantaseo con el futuro. Me veo de pie en Cabo Cañaveral —a varios kilómetros del lugar donde Julio Verne imaginó su cañón—, ensordecida por el rugido de los motores y con la vista fija en el cielo. En la Tierra seguiremos soñando con la Luna. Ya no como territorio de dioses o sociedades utópicas, sino como un gran laboratorio que nos permitirá alcanzar la siguiente frontera: Marte.

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Los humanos soñamos con la Luna

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De Luciano de Samósata a H.G. Wells, la Luna ha sido el territorio de los dioses o de las sociedades utópicas, y también un balcón colocado a la distancia precisa para observar la Tierra con la mayor nitidez. La misión Artemis II no es la cima de esa fascinación: es un pequeño paso antes del salto a lo desconocido.

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Traducción de

Estoy revisando una pila de información técnica sobre las misiones espaciales Artemis cuando me asalta un recuerdo. Soy yo, caminando por la Calzada de los Muertos. Cada paso es lento, grave. Mis pies avanzan sobre el suelo ardiente, guiados por el rugido de las cabezas de jaguar que me rondan. En realidad, son silbatos artesanales sujetos entre los labios de los vendedores acechantes con sus mercancías. Una vez arriba, en la cúspide de la Pirámide de la Luna, la vista es majestuosa. Si tan solo pudiera regresar y contemplar desde ahí el cielo nocturno.

La relación de los pueblos mesoamericanos con la Luna transita del mito a la observación astronómica y la creatividad.

En Teotihuacan, los monumentos fueron orientados según alineaciones celestes. Algunas investigaciones, como la dirigida por el equipo de Ismael Arturo Montero García (2024), plantean la posibilidad de que la Pirámide de la Luna funcionara como eje astronómico de la ciudad: sus vértices coinciden con el amanecer del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno.

Para los mayas, nuestro satélite fue una herramienta para medir el tiempo. El reciente análisis de John Justeson y Justin Lowry sobre el Códice de Dresde sostiene que los mayas transformaron el registro de 405 lunaciones en un modelo predictivo. Al combinar estos ciclos con el calendario ritual de 260 días, elaboraron tablas de eclipses con una precisión que se mantuvo vigente durante siglos.

En la cosmogonía mexica, la esfera nocturna se asoció al cuerpo de Coyolxauhqui. Recuerdo la primera vez que la vi en el Museo del Templo Mayor: una diosa desmembrada. El torso fragmentado y los miembros dispersos aparecían tallados en un monolito circular de más de tres metros de diámetro. La brutalidad de aquella figura —y mi propia ignorancia— me sacudió: ¿cómo era posible que no supiera nada de ella? Era el verano de 2010. Treinta y dos años antes, trabajadores de Luz y Fuerza la encontraron por accidente; la diosa había permanecido oculta durante siglos bajo las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Alfredo López Austin estudió y tradujo el mito consignado por fray Bernardino de Sahagún. En él, Coyolxauhqui, enfurecida al sospechar que su madre, Coatlicue, está embarazada de un ser desconocido, incita a sus hermanos a matarla. Pero al llegar al cerro, Coatlicue da a luz a Huitzilopochtli, el dios del Sol, quien nace vestido de guerrero, derrota a sus hermanos y decapita a su hermana mayor. Así, el orden del cosmos se instaura tras la derrota de la noche.

En la tradición griega, en cambio, el equilibrio entre la luz y la oscuridad no surge de un acto de violencia fratricida. Apolo y Artemisa, gemelos hijos de Zeus y Leto, encarnan fuerzas complementarias: Apolo representa la claridad solar, Artemisa se erige como la guía nocturna que mantiene el equilibrio entre la civilización y lo indómito; es a su vez protectora de bestias y cazadora implacable.

Resulta elocuente, entonces, que la NASA haya elegido el nombre de Artemisa para su programa de exploración lunar: la diosa de la noche inspira la primera misión en enviar a una mujer, Christina Koch, a sobrevolar la Luna. Supe de este proyecto sentada en el auditorio del Johnson Space Center, en Houston. La primera fase, Artemis I, ya había sido completada. De nuevo, me sorprendió mi ignorancia: ¿por qué no sabía que el plan para volver estaba en marcha?

Los costados del recinto estaban abarrotados y con cada vaivén de la puerta se colaba el barullo de quienes aguardaban afuera su turno para entrar. En mis oídos convergían llantos de infantes, exclamaciones en distintos idiomas y cuestionamientos existenciales de las niñas a mi lado: ¿cuántas personas han ido a la Luna?, ¿México ya fue?, ¿de dónde es esa bandera? Poco a poco, el caos se volvió sordo y, como si flotara en el espacio, me abstraje en un futuro interestelar. Un par de lágrimas aparecieron sin aviso.

Alunizaje del logos

En la primera semana de abril la emoción reapareció mezclada con clamores y rezos al atestiguar, a través de una pantalla, el ascenso del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) —el cohete no reutilizable más potente construido hasta ahora— rumbo a la Luna. Artemis II marcó el regreso de los vuelos tripulados más allá de la órbita terrestre baja desde los viajes Apolo. Las próximas misiones buscarán devolver a la humanidad a su superficie y establecer ahí una presencia sostenida.

Pero mucho antes de la invención de cohetes capaces de vencer la gravedad terrestre, la imaginación humana ya había colonizado sus valles y sus cráteres. A lo largo de la historia, la Luna ha sido tanto una tecnología primitiva para entender el tiempo como un dispositivo narrativo para pensar la alteridad humana.

La conquista sideral-literaria no avanzó en línea recta. Fue una suma de sueños, relatos, sátiras, ensayos, cálculos científicos. En el imaginario colectivo nada sobra: cada pieza reclama su lugar. El siguiente recorrido no es una cronología estricta, sino una acumulación de ideas apasionantes que tiran una de la otra para completar el alunizaje.

Imaginemos Florencia en 1397. Ese año —como documenta Irene Fantappiè— se funda en una universidad europea la primera cátedra de lengua griega. Su responsable, el bizantino Manuel Crisoloras, hace traer desde Constantinopla un número considerable de manuscritos. Muchos de ellos son obras de Luciano de Samósata (siglo II), cuyas ideas quedarían sembradas en el Renacimiento. La genealogía de la ficción lunar comienza con este escritor sirio.

En Historia verdadera, Luciano se presenta como un narrador que desconfía de toda pretensión de veracidad. Movido por una curiosidad desmesurada, el protagonista emprende una expedición marítima; sin embargo, un tifón eleva a su tripulación hasta la Luna, donde participa en una guerra entre los selenitas y los habitantes del Sol. Su influencia atraviesa siglos de literatura de viajes extraordinarios; Jorge Luis Borges la reconoce en el prólogo que escribió para la primera edición en español de Crónicas marcianas (Minotauro, 1955), de Ray Bradbury.

En el siglo XVII surgen tres obras que transformarían el viaje a la Luna en el viaje de la razón. En ellas he descubierto tanto el impulso divulgativo de sus autores como su ingenio para plasmar una pluralidad de mundos y sociedades utópicas —alentados quizás por el descubrimiento de América, la expansión hacia nuevos territorios y las observaciones de Galileo—. Las tres fueron publicadas de manera póstuma y dan testimonio de una época en la que escribir sobre el cosmos entrañaba un peligro real.

La primera es Somnium (1634) de Johannes Kepler. Completado tras casi 40 años, el texto es a la vez una historia de lo que siglos más tarde se denominaría ciencia ficción y un tratado de astronomía. El personaje principal es llevado a la Luna mediante magia y espíritus, pero al llegar a Levania el relato adopta un tono científico: describe trayectorias orbitales, fenómenos celestes, y cambia nuestra perspectiva. Desde allí, la Tierra —llamada Volva— aparece colgada en el cielo mientras rota sobre sí misma, mostrando sus continentes y océanos. En un tiempo de crecientes hostilidades —su propia madre fue acusada de brujería—, Kepler pone en órbita su imaginación para exponer sus ideas científicas.

También ahonda en la apariencia de los seres que observa: sus morfologías varían según la región que habitan. A los privolvanos los perfila así: “Todo lo que nace en sus tierras o camina sobre ellas es de un tamaño monstruoso. El crecimiento es muy rápido. La vida es corta debido a que todos los seres vivos tienen una enorme masa corporal”. Estas descripciones podrían no apelar a caprichos fantásticos, sino a ejercicios de razonamiento: ¿qué características tendrían los seres vivos bajo condiciones físicas extremas? ¿Cómo se adaptarían? En esa intuición asoma una forma temprana de pensamiento evolutivo que solo se articularía plenamente en el siglo XIX, con Charles Darwin.

Cuatro años más tarde se publica El hombre en la Luna. Su autor es el obispo erudito Francis Godwin. En esta obra, un hombre llamado Domingo Gonsales alcanza el satélite en un ingenioso aparato tirado por gansas. Godwin utiliza el viaje cósmico como una herramienta para difundir los avances científicos de su tiempo. Al igual que Kepler en Somnium, reconoce la rotación de la Tierra sobre su propio eje, pero se mantiene cauto frente al heliocentrismo. Su trabajo dejó una huella reconocible en autores como Jonathan Swift, Cyrano de Bergerac, Julio Verne.

La tercera obra corresponde a Los estados e imperios de la Luna (1657). En ella, Cyrano de Bergerac imagina una máquina de propulsión por etapas que transporta a su protagonista hacia la “bola azafranada”: “Cada vez que la llama devoraba una fila de cohetes […], otra se ponía a arder y después otra, de forma que la pólvora, al quemarse, alejaba el peligro, acrecentándolo”. No menos reveladora es la plática con el virrey de Montmagny, a quien explica que es tan ridículo creer que el Sol gira en torno a la Tierra como imaginar que, para asar una alondra, es el horno el que debe girar alrededor del ave.

La incursión novohispana al espacio se documenta hacia 1775 en Yucatán, cuando fray Manuel Antonio Rivas escribe Sizigias y cuadraturas lunares e imagina entre sus páginas un carro volante que atraviesa la atmósfera con “celeridad increíble”. El texto pertenece a la tradición de sátiras sociales que emplean el cosmos para cuestionar las costumbres de su tiempo, un atrevimiento que le valió una acusación ante el Santo Oficio. Pablo González Casanova reconstruyó los hechos en La literatura perseguida en la crisis de la Colonia (1958). 

Un tifón. Espíritus. Aves salvajes. Fuegos artificiales. Un carro alado. Desde Luciano hasta Rivas, el vehículo cambia, pero el anhelo es el mismo: alejarse de la Tierra para observarla con mayor nitidez.

En el siglo XIX, el trayecto se convierte en el verdadero protagonista. En el cuento de Edgar Allan Poe “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” (1835), un hombre endeudado en Róterdam decide viajar a la Luna a bordo de un globo aerostático. Julio Verne lo lee con gran entusiasmo, pero lamenta su falta de rigor científico.

Verne escribe De la Tierra a la Luna (1865) y sustituye la fantasía por la ingeniería: un proyectil aparece como la solución más plausible para completar la trayectoria espacial. El impacto de esta obra resulta decisivo: detona la imaginación de Konstantín Tsiolkovski. El joven ruso —sordo a causa de la escarlatina y autodidacta— intenta emular a Verne escribiendo historias de ciencia ficción, pero pronto se ve atrapado por las exigencias de la física y los cálculos. Redacta “La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos de reacción” (1903), un documento fundacional de la astronáutica moderna.

En el siglo XX, H.G. Wells retoma la especulación fantástica con Los primeros hombres en la Luna (1901). En esta obra propone una sustancia capaz de anular la gravedad como la vía para acceder a ese mundo distante, que vuelve a convertirse en escenario para repensar los sistemas sociales de la Tierra.

Quizás influenciado por los avances científico-tecnológicos de la década, Italo Calvino publica Las cosmicómicas (1965). En sus páginas, sueña con una Luna tan próxima que se puede acceder a ella con una escalera. Su fascinación por la luminaria nocturna es heredada de sus lecturas de Dante, Ariosto, Luciano, Cyrano de Bergerac.

En 1968, la exploración humana de la Luna adquiere una dimensión inédita. Los astronautas Borman, Lovell y Anders realizan el primer vuelo en órbita lunar a bordo del Apolo 8 —hazaña que replica Artemis II, aventurándose a distancias aún más lejanas—. La misión Apolo captura la atención global y produce una de las imágenes más memorables del siglo XX: la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, un punto azul, pequeño y frágil, suspendido en la oscuridad. Esta idea nos mueve a formar parte activa en su conservación.

Ese momento encuentra su eco literario con la novela 2001: una odisea del espacio, publicada ese mismo año. Su autor, Arthur C. Clarke, expande la semilla de su relato “El centinela” (1951) y convierte a la Luna en un umbral tecnológico y filosófico. Esta visión alcanza su expresión más emblemática en la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick: nuestro satélite se vuelve un espejo ante el cual la humanidad confronta su propio origen y destino frente al abismo del cosmos.

La superficie lunar es alcanzada en 1969, culminando así una carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. De ese acontecimiento se desprenden diversos marcos legales, entre ellos el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (1967) y el Acuerdo de la Luna (1979), que la declaró patrimonio común de la humanidad. Hoy ese legado se actualiza con los Acuerdos de Artemis, firmados por más de 60 naciones —incluido México—, reafirmando que el regreso a la Luna es un compromiso de especie. China, India, Corea del Sur y Rusia son algunos países que han anunciado misiones para las siguientes décadas.

En este nuevo ciclo de exploración del universo es imposible no estremecerse ante el cúmulo de ideas que nos han traído hasta aquí, y ante los obstáculos que frenaron nuestro retorno. Pienso en Isaac Asimov: lo veo sobre la cubierta de un transatlántico, al anochecer, contemplando cómo Apolo 17 (1972) se eleva por los aires. Reflexiona sobre esta escena en La tragedia de la Luna: “Puede que pasen decenas de años antes de que la humanidad vuelva a la carga, tras establecer una estación espacial que permita alcanzar la Luna con más facilidad, economía y elaboración”. Y se pregunta: “¿Habría intentado el hombre convertir en realidad los vuelos espaciales de no haber existido la Luna?”. 

Fantaseo con el futuro. Me veo de pie en Cabo Cañaveral —a varios kilómetros del lugar donde Julio Verne imaginó su cañón—, ensordecida por el rugido de los motores y con la vista fija en el cielo. En la Tierra seguiremos soñando con la Luna. Ya no como territorio de dioses o sociedades utópicas, sino como un gran laboratorio que nos permitirá alcanzar la siguiente frontera: Marte.

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