No items found.
No items found.
No items found.
No items found.

Esta es la primera colaboración de <i>Panenka</i> y <i>Gatopardo</i>. Ponemos en el centro a un deportista que encarna buena parte de los valores y las emociones complejas que hacen del futbol un espectáculo que (aún) vale la pena experimentar: Lamine Yamal. Soporta el juicio sumario en el escenario mundialista con la gracia de alguien que recién ha superado la frontera de la adultez.
Pero antes de relatar la vida de Yamal, va una no tan breve pero necesaria explicación.
Un nuevo balón al área
Panenka nació a mediados de 2011 para convertirse en la primera revista de cultura futbolística de España. Este concepto, cultura futbolística, ya era conocido en ese momento en muchos países de Europa y América Latina, con medios de calidad contrastada como So Foot (Francia), El Gráfico (Argentina) o 11Freunde (Alemania), que apostaban por un modo distinto de contar el deporte. Algunas de esas cabeceras nos sirvieron de inspiración a la hora de arrancar nuestro proyecto editorial. Una modesta publicación mensual que fio su suerte a sus primeros lectores, y que hoy ya cuenta con una comunidad robusta y fiel que apoya su manera de entender el periodismo.
A lo largo de 158 números, y tras 15 años con la redacción en funcionamiento, Panenka ha tratado de respetar una de sus máximas fundacionales: reivindicar el fútbol como una expresión cultural más. De la misma forma que lo son el cine, la literatura, el arte o la música. Tratándose de un fenómeno tan masivo y global, nuestro objetivo siempre ha sido el de conectarlo con ramas tan diversas, prolíficas y elementales como la historia, la sociedad o la política.
Otra de nuestras ambiciones desde el inicio ha sido huir de la superficialidad con la que se trata desde ciertos sectores intelectuales lo que ocurre dentro de los estadios. El fútbol no es solo lo que sucede durante 90 minutos. Narrarlo es también radiografiar el contexto de un lugar y un tiempo determinados, auscultar el tejido social que lo impregna y, sobre todo, abordar las historias de las personas que lo hacen posible. Desde la estrella hasta el masajista del equipo. Seres terrenales cuando se aparta el foco mediático, el mismo foco mediático que, a veces, contribuye a una banalización del juego tan peligrosa como perniciosa.
El fútbol que se lee. Así definimos Panenka sus propios trabajadores. Una declaración de intenciones que se refleja en el tratamiento de nuestros contenidos: rigurosos, profundos y multidisciplinares. El balón es solo la excusa para contar historias de todo tipo. Pero más allá de atender el enfoque, la confección y la edición de estos textos, para nosotros también es esencial cómo se los presentamos al público. Por eso, el diseño es también uno de los sellos distintivos de nuestra publicación. La propuesta estética de Panenka ha logrado numerosos premios en la última década. Mimamos el qué, pero también el cómo. Las ilustraciones y los apoyos gráficos en forma de mapas o infografías se dan la mano con nuestro modo de entender la escritura periodística, que bebe de los géneros y los recursos literarios conocidos. También el uso de fotografías y la maquetación discurren en esta línea: ofrecer al consumidor una experiencia agradable, seria y reflexiva.
Con el propósito de no desviarnos de esa hoja de ruta, y gracias a una red cada vez más amplia de colaboradores, suscriptores y lectores, hoy Panenka ya es mucho más que una revista. Es también una editorial que publica libros, una productora que lanza sus propios pódcasts y documentales y una organización que promueve premios y festivales dedicados a la cultura futbolística. Todo, sin olvidar ninguno de los 11 puntos que compusieron nuestro manifiesto fundacional, a los que nos continuamos ciñendo como un defensa que no pierde de vista al delantero. A continuación, los reproducimos.
1. A Panenka le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden.
2. Panenka quiere contar esas historias, aunque sus protagonistas estén jugando en la liga turco-chipriota y no se depilen las cejas. De hecho, mejor si eran barbudos, jugaban en la Liga Soviética de 1977 y escuchaban vinilos de los Rolling clandestinamente.
3. En Panenka nos apasiona la capacidad del fútbol para transportarnos a otros países y otras épocas. Sociedad, cultura y política botan al compás del balón.
4. Panenka no colabora con la dictadura de la actualidad, la agenda manida y los temas obvios, repetidos y políticamente correctos. Y cuando aborda acontecimientos, equipos o figuras muy populares, se compromete a no quedarse en la superficie.
5. Sentimos una íntima y encendida pasión por el fútbol, pero dejaremos tranquilo al hincha que todos llevamos dentro a la hora de escribir. El periodismo de club, partido o empresa ya tiene su hueco en quioscos, pantallas y redes sociales. Pero no en Panenka.
6. Panenka no se esfuerza en disimular los bostezos en las ruedas de prensa banales o ante cuestionarios respondidos con el piloto automático.
7. Panenka no forma parte de ningún grupo mediático. No nació en un rascacielos después de que un grupo de ejecutivos detectara un “nicho de mercado”; es el fruto de las conversaciones de bar de algunos periodistas. Varios cientos de botellines de cerveza lo atestiguan.
8. De hecho, en Panenka ni siquiera sabemos qué es un “nicho de mercado”, pero suena fatal.
9. Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. Panenka no entiende de limitaciones ni (auto)censuras.
10. Panenka supone una modesta locura compartida por varias docenas de periodistas, escritores, ilustradores, fotógrafos e infografistas. También por algunos futbolistas y entrenadores. La locura de creer que el fútbol merece otro lenguaje y otra estética.
11. Panenka es el póster que vigiló nuestra infancia desde la pared. El futbolista que queríamos ser en el patio. El gol que metíamos en sueños. Panenka es una utopía que nos devuelve al espejismo del fútbol puro.

Lamine Yamal en el patio de la escuela
“Recuerdo que cuando era chico mis padres solían decirme: ‘Bien, ya jugaste bastante, ahora ven a darte un baño’. Eso me resultaba totalmente idiota, porque, para mí, el baño era un asunto tonto. No tenía ninguna importancia, mientras que jugar con mis amigos era algo serio. La literatura es así: es un juego, pero un juego en el que uno puede jugarse la vida. Se puede hacer cualquier cosa, todo, por ese juego”.
—Julio Cortázar
ESCENA I
Es el minuto 25 del partido de vuelta de los cuartos de final de la Champions League entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, y el árbitro, aprovechando un saque de esquina, detiene el juego para que los médicos entren al campo y atiendan a un futbolista lesionado. Hasta ese momento, el encuentro no ha dado respiro: el Barça ha arrasado como un vendaval sobre el césped del estadio Riyadh Air Metropolitano y, gracias a su jovencísima estrella, ya ha igualado una eliminatoria que se le había complicado mucho en la ida (0-2). Mientras espera la señal del colegiado que reanude el choque, Lamine Yamal se agacha al lado del banderín de córner y se sienta encima del balón, como un niño travieso al que le han interrumpido el recreo. Las cámaras lo enfocan por enésima vez. Él cuida la pose. Se sabe observado. Por los suyos, los aficionados azulgranas, que se aferran a su talento desorbitado para completar la remontada y avanzar a semifinales. Y por los otros, los seguidores rojiblancos, que ya no saben a qué Dios rezar para que frene al muchacho. Solo tiene 18 años, y aun así todas las miradas son para él. Pero lo que da más vértigo no es eso. Lo que da más vértigo es que el chico parece disfrutarlo.
Lo primero que se suele destacar de los mejores futbolistas del mundo es el don que tienen en los pies para hacer realidad aquello que la mayoría solo sueña en su cama: goles imposibles, remates acrobáticos, pases inverosímiles, controles espectaculares, regates prodigiosos. Unas cualidades que todavía impresionan más cuando se dan en jugadores que no es solo que estén empezando sus carreras, es que apenas están dejando atrás la niñez. En el caso de Yamal, ambos factores confluyen de manera aparatosa: la destreza y la precocidad. Cuando tenía 16 años y 38 días, el atacante se convirtió en el futbolista más joven de la historia en ser titular en un encuentro de la liga española. Aquel solo fue el primer récord de los muchos que pulverizaría a la velocidad del viento. Siete días después, se convirtió en el jugador más joven en dar una asistencia de gol en la competición. Doce días después, en el más joven en debutar y marcar con España. Once días después, en el más joven en disputar un partido de Champions con la camiseta del Barça. Diecinueve días después, en el más joven en anotar un tanto en LaLiga. Veinte días después, en el más joven en tener minutos en un Clásico contra el Real Madrid. La sangría estadística ya no cesaría. De modo que, antes de cumplir los 17, la criatura, además de una trituradora de plusmarcas, ya era uno de los referentes de una selección que se preparaba para levantar la Eurocopa y la pieza más desequilibrante de uno de los clubes más poderosos del planeta. Si te parabas a analizarlo, parecía incluso un relato demasiado exagerado. Demasiado inverosímil. Un espectáculo tan digno de ver como difícil de creer.
Pero hay algo más, algo que escapa al impacto de un récord, la elegancia de una finta o a la belleza de un disparo lejano. Todos hablan de lo que el canterano culé es capaz de hacer con un balón; pero lo verdaderamente diferencial, como pasa con cualquier genio, es lo que es capaz de hacer con su cabeza.
¿Cómo se explica que centenares de miles de personas esperen que hagas un milagro cada día sobre un terreno de juego y que aun así tú actúes como si no te importara? ¿Cómo se puede cargar con una losa de esas dimensiones y dar a entender que no te pesa? ¿Cómo logras digerir emocionalmente algo tan desmesurado y tan bruto y tan complejo sin tener ni edad para conducir?
¿Cómo es posible Lamine Yamal?
ESCENA II
9 de julio de 2024. Semifinales de la Eurocopa. Allianz Arena, Múnich. Una Francia curtida y despiadada, con futbolistas mucho más experimentados que los del cuadro español, somete a su rival en el juego y en el electrónico, gracias a una diana de Kolo Muani que de momento decanta la balanza. En esas que, en una acción anodina, el cuero rebota contra la pierna de un defensor y queda muerto en la frontal del área gala. Lamine Yamal, que está participando por primera vez en un gran torneo internacional —la última Eurocopa la siguió hace tres años con su pandilla de amigos en las pantallas de un centro comercial—, se hace con él, y sin que nadie pueda anticipar el peligro, ni sospechar sus intenciones, amaga un pase, cambia de dirección, arquea la pierna y, para sorpresa de todos, se anima con el disparo.
No es un gol. Es un sinsentido. Como un rayo cayendo del cielo y dejando sin luz a todo el edificio. No es que el español le pegue desde su casa, lejísimos de la portería; es que prácticamente dispara desde otro planeta. No tiene cercanía, no tiene hueco, no tiene visión. Por suerte, tampoco tiene vergüenza, porque si la llega a tener ni siquiera lo prueba. El balón sale de su pie izquierdo echando leches, como si lo persiguiera el demonio, y aterriza de emergencia en el arco de un indefenso Maignan, que cae como caen los capos en las películas de mafiosos, con el batín puesto y el periódico en la falda. España iguala el electrónico. Después de ese imprevisto cañonazo, del que el adversario ya no podrá recuperarse, la victoria de la Roja es solo cuestión de tiempo.
En Lamine Yamal, como sucede con el doctor Jekyll de Stevenson, conviven dos personajes: un adulto y un adolescente. El segundo, que es el que le corresponde por fecha de nacimiento, es el que se encarga de marcar las diferencias en el campo, como ocurrió esa noche de verano en Baviera contra los franceses. Cuando un espectador lo ve en acción, se pregunta cómo hace esas cosas con su edad, pero es que quizá la única forma de hacerlas, precisamente, es tener esa edad, y donde otros ven estadios con 80 000 espectadores, hierba radiante y focos de última generación, tú sigues viendo una pelota, una portería y la posibilidad de pasártelo bien con tus amigos, que es lo mismo que veías en el patio de la escuela. Para jugar bien al fútbol hay que tener mucha clase y poco pudor. Y no haber olvidado la infancia. Todo eso proyecta la naturaleza de Yamal. La dimensión lúdica de su talento. Lo corroboró recientemente el propio padre del jugador, Mounir Nasraoui, en una entrevista para El País: “Lo veo ahora con los profesionales y tengo la misma sensación que cuando lo veía en el equipo del pueblo: a mi hijo le gusta divertirse. No cambia. Ni va a cambiar”.
Todas esas jugadas increíbles, sin embargo, no han hecho más que agigantar las expectativas del público. Yamal ha crecido tanto como futbolista, y lo ha hecho tan rápido —ya es el líder indiscutible del Barcelona y de España, dos plantillas atestadas de cracks—, que la presión que maneja es inasumible. O al menos debería serlo, porque a él no parece lastrarle. Es ahí donde entra en juego su inesperada madurez, una frialdad ante el juicio ajeno que descoloca y asombra a partes iguales, un derroche de personalidad que en el fondo es su arma más letal, el sello que lo identifica. Esa marciana capacidad de abstraerse. Tiene más de 40 millones de seguidores en Instagram, es el jugador con un valor de mercado más alto del mundo según el portal especializado Transfermarkt, las multinacionales se pelean para que ponga la cara en sus anuncios y le extienden cheques en blanco para contratarlo, las celebridades del cine y de la música quieren sacarse fotos a su lado y su camiseta ya se vende más que la de cualquier otro icono futbolístico. Él, sin embargo, rinde como si nada de eso estuviera sucediendo. Como si lo que contara fuera otra cosa. Como si su vocación, parafraseando a Cortázar, fuera el juego más serio que jamás hubiera existido.
Yamal ya no es un niño —ningún futbolista que brille en un estadio colmado de gente puede serlo, tenga la edad que tenga—, pero, cuando maneja el balón, se comporta como si aún lo fuera. De otra forma no puede explicarse la ridícula levedad con la que esquiva contrarios, manda centros con el exterior de la bota e inventa goles de dibujos animados. Ese modo de romper los partidos como si fueran trozos de cartón. Cualquiera que de repente estuviera en su posición, y comprendiera qué significa ya ser Lamine Yamal, devolvería la pelota de primeras al lateral y correría a esconderse en una cueva en lo alto del monte. Pero él no. Él se la queda, se gira y encara al contrincante. Cuanto mayor es la tensión, mayor es su atrevimiento. Su gestión de las emociones es un misterio.
Esa ausencia de miedo es tan desconcertante que algunos la han asociado a la inconciencia, otros a la imprudencia y otros, todavía peor, a una cierta arrogancia. En la mayoría de los casos, les falta contexto. Lo primero que hay que hacer para comprender cómo funciona el cerebro del extremo es viajar a su pasado. Descubrir a ese crío que, en una familia con pocos recursos y en un barrio marginal, se vio obligado a dar un paso al frente antes que el resto para no verse consumido por las circunstancias. Antes de disputarse esa vuelta de los cuartos de final contra el Atlético con la que arrancaba este reportaje, Yamal se plantó frente a los flashes con el chándal de su club y los periodistas le preguntaron si no le parecía injusto que, siendo tan joven, todos le señalaran a él para darle la vuelta al cruce. Su respuesta fue tajante: “Desde pequeño he asumido más responsabilidades de las que debería”. No le tembló la voz. Hablaba alguien que no iba a arrugarse. Hablaba alguien acostumbrado a ejercer de líder. Hablaba alguien, por si no fuera suficiente con todo lo anterior, consciente del poder de sus mensajes.
El Barça, pese al estupendo partido del muchacho, acabaría perdiendo la eliminatoria. Pero la fiera continuaba creciendo a un ritmo endemoniado.
.webp)
ESCENA III
Todavía no ha pasado un año desde el debut de Lamine Yamal como deportista profesional —con 15 años, 9 meses y 16 días; uno, por más que insista en apuntar ciertos números disparatados, nunca termina de normalizarlos—. El Mallorca visita la capital de Cataluña en un final de temporada descafeinado para los seguidores del fc Barcelona. Los azulgranas, anclados en algunos episodios felices del pasado, hace tiempo que viven atrapados en la nostalgia, y el nivel de equipo no acompaña, incapaz este curso de pelear por el título liguero. El encuentro contra los baleares, un club mucho más modesto, es un reflejo exacto de ese aletargamiento, con el 0-0 flotando como un bostezo sobre el verde a falta de 20 minutos para que el árbitro pite el final del choque. El fútbol, de todos modos, siempre encuentra un mecanismo para alterarnos el pulso. Y ese mecanismo, hoy, es Yamal, todavía una promesa, un estudiante de secundaria flaco y ligeramente desgarbado que de repente penetra en el área enemiga y, sin demasiado ángulo y con el marcador encima, pero inspirado por las mejores musas, manda la bola a la escuadra y desata una euforia momentánea en el estadio.
El goleador sabe que la hinchada está necesitada de estímulos. También, que lo que ha hecho se acerca bastante a una obra de arte. Por eso, cuando escucha la red agitarse, corre hacia detrás de la portería, salta la valla comercial, abre los brazos y va directo hacia la gente, risueño. Unos segundos después, superada la euforia inicial, pero sin dejar de sonreír, mira al vacío y hace un gesto con las manos que todavía pocos comprenden.
Uno de los primeros detalles que llamaron la atención de la irrupción en la élite de Yamal fue, precisamente, su forma de celebrar los goles, ese 304 que dibujaba con los dedos después de abrazarse con sus compañeros. La cifra, fuimos aprendiendo poco a poco, equivale a los tres últimos dígitos del código postal de Rocafonda, el barrio de la ciudad costanera de Mataró donde creció y en cuyas calles comenzó a dar patadas a un balón. Era su forma de demostrar que, una vez alcanzada la cima, no se olvidaba de sus orígenes.
Rocafonda es un barrio obrero del litoral catalán —situado a 30 kilómetros de Barcelona— que durante el siglo pasado sufrió múltiples transformaciones. En su momento una zona agrícola con huertas y viñas, en la década de 1960 vivió un enorme cambio urbanístico debido a las inercias demográficas de la época. Cataluña era una de las comunidades más desarrolladas industrialmente del Estado español, y eso hizo que acogiera a muchos inmigrantes de otras partes del país que a partir de esa década se desplazaron hasta sus poblaciones persiguiendo un futuro mejor. Por ejemplo, Rocafonda, cuyos planos se alteraron ante la llegada masiva de trabajadores. Mateo Lobato, vecino del lugar, recordaba en 2014 esa metamorfosis en el periódico Todo Mataró: “Se planificaron calles anchas (en general), de trazados rectos, con aceras adecuadas y sin obstáculos. También se construyeron viviendas amplias, dado que una gran parte de las familias que procedían de otras zonas de España solían venir con números importantes de hijos. En algunos casos más de 10”. En Capgròs, otro medio de comunicación local, subrayan que esa mutación también trajo una conciencia más obrera y solidaria, con asociaciones de vecinos que se organizaban para reclamar mejores equipaciones para el barrio (como el abastecimiento de agua o la construcción de escuelas) y, si hacía falta, llevar a cabo movilizaciones.
En los noventa la demografía de Rocafonda volvió a cambiar, en este caso con la llegada de población extranjera, la mayor parte procedente del norte de África, pero también de algunos territorios de la África subsahariana o de América del Sur. Nuevos residentes que se instalaban en el barrio atraídos por los precios de los pisos, a menudo degradados, pero con alquileres más asequibles que en el centro de Mataró. Actualmente, según Capgròs, más de la mitad de sus habitantes (52.61%) nacieron fuera de Cataluña. Los vecinos de Rocafonda, que durante años han tenido que hacer frente a la estigmatización —la extrema derecha llegó a describir el lugar como “un estercolero multicultural”—, luchan cada día para salir adelante. El Instituto Nacional de Estadística español calcula que uno de cada dos de ellos está en riesgo de pobreza. “Los datos no engañan y queda mucho para hacer —publicaba el diario digital en 2025—. En Rocafonda, la renta mediana por persona es de 7 432 euros* [anuales, cerca de 150 000 pesos mexicanos]. Es decir, unos 12 800 euros menos que el sector con rentas más elevadas de la ciudad”.
Una de esas familias humildes que arribaron al barrio con la segunda ola migratoria fue la de Lamine Yamal. La paterna. Fátima, abuela del hoy futbolista y figura clave de su trayectoria, pues se encargó de cuidarlo durante sus primeros años de vida, fue la que dio el paso hace más de 30 años: abandonó la ciudad marroquí de Tánger para asentarse en la costa catalana. La siguieron sus dos hijos; Abdel, más calmado, que terminaría regentando una panadería, y Mounir, que combinaba trabajos temporales con estancias en Marruecos y algún que otro altercado. “Se pone nervioso con facilidad”, le describían en su entorno para una crónica del Diari ARA firmada por el periodista Albert Nadal en 2024. En España, Mounir conoció a Sheila Ebana, la madre de Lamine, natural de Guinea Ecuatorial. Cuando el niño llegó al mundo, ella tenía 16 años y él, 21. Los primeros capítulos se escribieron en Rocafonda, con la joven pareja buscándose la vida y el crío, a cargo de Fátima, corriendo detrás de la pelota en la Joan XXIII, una plaza que en su momento había sido un descampado y en la que hoy, disfruten con la paradoja, se levanta un cartel que prohíbe jugar con un balón. A esa misma plaza daba el bloque en el que vivían todos. Y muy cerca de ahí está El Cordobés, el bar de Juan Carlos Serrano Muñoz, amigo de la familia, que ha decorado las paredes de su local con equipaciones y fotografías de Yamal, y que no se cansa de recibir las visitas de compañeros de prensa y curiosos. “Yo le dejaba dinero al padre para que su hijo no tuviera que colarse en el tren”, suele contar, entre otras anécdotas, Serrano Muñoz a los medios.
Con los años, Mounir y Sheila se separaron. Ella, después de encontrar trabajo en un McDonald’s, se mudaría al interior, a Granollers, otro de los escenarios donde creció la futura estrella (de esa ciudad es el cf La Torreta, de hecho, el primer equipo federado donde jugó). Hasta que a unos y a otros les cambió completamente la vida en 2014, cuando el fc Barcelona se cruzó en su camino y le abrió al chaval las puertas de su cantera. El club azulgrana es conocido internacionalmente por su labor formativa; no hay muchos equipos que hayan catapultado a tantos jóvenes talentos hacia la élite. Por norma general, la entidad solo les ofrece alojamiento si sus circunstancias así lo exigen, es decir, si residen lejos, en otras regiones, otros países o incluso otros continentes. Con Lamine, sin embargo, decidieron hacer una excepción. Conscientes de su potencial, y temerosos de que la inestabilidad de su entorno pudiera entorpecer su evolución, el Barça tomó la decisión de hacerse cargo de su formación a todos los niveles, administrar sus finanzas y darle una habitación en La Masía, su famosa residencia. El resto, como suele decirse, es historia.
Aunque hay algo que el atacante no perdió en ese salto de la plaza a la academia: el fútbol de la calle siguió con él. En el libro Universo Lamine Yamal, el analista Albert Blaya Sensat argumenta que esa cuestión es la clave de su apabullante rendimiento en el campo. Según él, la base del jugador continúa siendo aquello que absorbió antes de recibir las pautas de sus primeros entrenadores. Eso se percibe en la calidad técnica, preparada para sobresalir en cualquier contexto —quien ha jugado en todo tipo de terrenos, incluso en terrenos no normativos, como aceras, parques o explanadas, dispone de más recursos para superar obstáculos—. En la imaginación. Y, por último, y seguramente lo más decisivo, en la intuición para tomar decisiones correctas durante el partido, un atributo “que no se puede enseñar ni trasladar, sino que es genuino”. Hay cosas que no se aprenden. Suelen ser las más difíciles de hacer. “Todo en él es un saber hacer, un leer correctamente”, recalca Blaya. “Hace que el fútbol llegue a él y no al revés, con la paciencia de quien ha jugado 30 000 encuentros en otra vida”.
Han pasado infinidad de cosas desde que Yamal dejó de sortear con la pelota farolas, papeleras y coches aparcados en su barrio. Rocafonda, sin ir más lejos, ya no solo es noticia por encabezar rankings de precariedad, sino que ahora se asocia a un deportista extraordinario. De eso, de ponerlo en el mapa por algo positivo, también se ha encargado el propio protagonista, festejando los goles a su manera o reivindicando a los suyos en entrevistas, como aquella ocasión en la que expresó, en un encuentro con el programa 60 Minutes, lo conectado que se sentía a sus raíces, y denunció lo descuidada que estaba su comunidad por las administraciones. “Como muchos barrios sin recursos, Rocafonda está olvidada. No somos Sarrià ni Passeig de Gràcia […]. Luchamos al máximo para vivir bien y lo disfrutamos juntos. Sabemos de dónde venimos y estamos orgullosos de ello”. Otro gesto impropio para un chico millonario con la cara invadida aún por el acné juvenil.

ESCENA IV
Temporada 2024-25. El Barça, tras más de un lustro encadenando decepciones, vuelve a las semifinales de la Copa de Europa para medirse al Inter de Milán, y Lamine Yamal, en lugar de adoptar un perfil bajo y no exponerse en el tramo decisivo de la campaña, aparece en sala de prensa con el pelo teñido de amarillo como un Super Saiyajin y su ya cada vez más característica sonrisa de pillo. Es el hombre del momento en el continente. Todos hablan de él. Por su dominio del juego, cada vez más incontestable. Y por algunas actitudes que, bajo el foco, ya no pasan desapercibidas y que varios tachan de irresponsables. Él, aun así, insiste en dar la cara. Nadie entiende cómo no le agobia la expectación que genera. Los periodistas van al grano: ¿no teme que ese interés se gire en su contra en algún momento y los críticos le salten al cuello? El muchacho no se corta y contesta: “Mientras gane, no pueden decirme nada”. Una obviedad como una casa. Y otra demostración de autoconfianza estremecedora.
Lamine Yamal es tan llamativo dentro como fuera del campo. No lo queda grande ni el traje de gambeteador ni el de ídolo de masas. Pantalones caídos, camisas oversize, bolsos Louis Vuitton, colgantes relucientes, gorras al revés. Un referente generacional, que sabe captar los giros en modas y tendencias, siempre vestido y peinado a la última, amante de la música urbana y muy activo en redes sociales. Unos hábitos que lo conectan a la juventud y que todavía pronuncian más ese punto descarado de su carácter, con el que los seguidores del Barça se van familiarizando a marchas forzadas.
Tradicionalmente, el barcelonismo se acostumbró a rendir pleitesía a leyendas que representaban todo lo contrario a lo que representa Yamal. Sobre todo en la etapa más luminosa de la historia del club, no tan lejana todavía, cuando prodigios de la talla de Messi, Xavi o Iniesta, que en el césped eran vistos casi como deidades —y con razón—, al quitarse la camiseta actuaban con máxima cautela y discreción para proteger sus vidas privadas. Aquel equipo de ensueño, que entrenaba magistralmente Guardiola y que llenó de títulos las vitrinas de la institución, solo irrumpía en las conversaciones de sobremesa por cómo hacía las cosas sobre el campo, y sus miembros más destacados, pese a ser los futbolistas más reconocidos del mundo, eran expuestos también como ejemplos de buena conducta, tipos tranquilos y humildes e impecables profesionales. Esa tradición aun hace más contracultural e inquietante la figura del nuevo estandarte culé. Aunque en el fondo no deja de ser solo un reflejo de un tiempo nuevo. Así lo resumía Daniel Verdú en otro artículo publicado en El País, titulado “La importancia de creerse el mejor”: “Creerse el mejor, el número 1, casi nunca fue un buen negocio. La vanidad, la arrogancia, la chulería, iban siempre asociadas a un carácter difícil, egoísta. Creerse el mejor, en el mundo que ya hemos dejado atrás, no estaba justificado ni cuando eras el mejor. La contención, la modestia, el trabajo duro y discreto formaban parte de los valores protestantes que se propagaron silenciosamente durante el siglo XX, pero también de todas las fábulas sobre las que se edificó la identidad de aquel tiempo. La cigarra, la hormiga. Pero en el mundo de las redes sociales, donde el relato es el principio sobre el que se construye la nueva realidad, sentirse el número 1 es imprescindible para llegar a serlo. O para parecerlo, que es ya casi lo mismo”.
Esa misma osadía de Yamal es la que saca de quicio a sus detractores, la que abona la rabia de aquellos que no digieren su éxito ni le perdonan sus errores, que también los comete. Por ejemplo, esas ocasiones en las que, después de marcar un gol fuera de casa, se ha dedicado a provocar más de la cuenta a la hinchada rival. O ese video en el que apareció junto a un famoso youtuber criticando entre risas la supuesta falta de deportividad del máximo rival de los azulgranas, el Real Madrid: “Roban, se quejan”. O esa fiesta a todo lujo que organizó en una villa privada cuando cumplió la mayoría de edad, y que al día siguiente saltó a las portadas de los periódicos por algunas prácticas censurables, como la contratación de espectáculos protagonizados por personas con enanismo. Equivocaciones propias de un adolescente que todavía no razona algunos de sus actos. Y que a veces debe hacer frente, además, a controversias generadas en su entorno, sobre las que no tiene control. En septiembre de 2024, dos meses después de proclamarse campeón de la Eurocopa —fue reconocido como mejor jugador joven del torneo—, un grave accidente amagó con fastidiar su estado de gracia: su padre Mounir tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital tras haber recibido tres puñaladas en una reyerta con otros cuatro hombres en Rocafonda. Después de lo ocurrido, la prensa se apresuró a insinuar que, con ese contexto familiar, Yamal no conseguiría mantenerse en lo más alto.
Aunque esas polémicas y esos deslices no ensombrecen la sorprendente firmeza con la que suele resolver los enredos a los que le conduce la fama. En esa misma comparecencia previa al enfrentamiento contra el Inter, el chico manifestó que la presión no le suponía ningún estorbo ni le provocaba ningún temor. “El miedo lo dejé en el parque, en Mataró, hace tiempo”. Otra frase memorable para la colección. Era el mismo tipo sereno y elocuente, seguro de sí mismo, que tiempo después debería lidiar con otro episodio desagradable.
El pasado 31 de marzo la selección española recibió como local a la egipcia para jugar un partido amistoso en el rcde Stadium de Cornellà. El encuentro se cerraría con un empate sin goles, aunque ese día la noticia estuvo en la grada, donde se escucharon cánticos racistas por parte de la afición de la Roja hacia los rivales. “¡Musulmán el que no bote!”, arengaron algunos grupos de seguidores, que también pitaron el himno de Egipto. Una escena repugnante, aunque no imprevista del todo, teniendo en cuenta cómo en España han ido calando estos últimos años los mensajes xenófobos entre la sociedad, algo que se revela con el auge de los partidos de extrema derecha en los comicios y algunos indicadores como el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (cis), que sitúa la inmigración como una de las principales preocupaciones de la población en la actualidad, llegando a superar en la tabla el paro o los problemas de vivienda. Esos gritos causaron bochorno y escondían una contradicción. Lo segundo lo delató el rostro apagado de uno de los futbolistas locales, que deambulaba por la banda derecha sin apenas levantar la cabeza, visiblemente incómodo. Bueno, no era un futbolista más. Se trataba, justamente, de la estrella del equipo al que animaban esos impresentables. Lamine Yamal, español y musulmán.
La respuesta del chico, descomedido para lo malo y para lo bueno, no se hizo esperar, con un texto publicado en su Instagram pocas horas después de terminarse el choque. “Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y que no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable —decía el escrito. Y concluía—: Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas”. Rotundo y directo.
“Lamine Yamal puede ayudar más que la ministra de Igualdad”, afirmó respecto a ese post el comentarista deportivo español Alberto Edjogo-Owono, autor de Heridas en la piel, un libro que radiografía la lacra del racismo en el fútbol. La frase dimensiona la influencia que el joven atleta ya ejerce sobre la sociedad. Y reivindica la importancia de que el nuevo fenómeno del fútbol mundial se atreva a expresarse públicamente con esa convicción, sin miedo a rechazos ni represalias.
ESCENA V
11 de mayo. Seis de la tarde de un lunes laborable. Las calles de Barcelona sucumben a una imprevista explosión de colores. El azul y el grana lo empapan todo: camisetas, bufandas, murales, farolas, portales, marquesinas, hasta las copas de los árboles. Los jugadores del Barça se suben a un autocar descapotable para celebrar LaLiga 2025-26 y la gente responde colmando las aceras de la ciudad y los balcones de sus fachadas. Es la típica rúa de los campeones: una buena ocasión para ver a los futbolistas por fin distendidos; quién sabe si alguno beberá más cerveza de la cuenta, cuál se animará con un cántico o un baile, dónde acabará la gorra del preparador físico. En esas que la retransmisión televisiva se detiene en un detalle. Lamine Yamal, otra vez Lamine Yamal, todavía los 19 años por cumplir, que se asoma a la barandilla del vehículo y en medio del festejo empieza a ondear una bandera palestina. El gesto, en plena atrocidad militar de Israel en la Franja de Gaza, no tiene nada de esporádico o fortuito: unas horas después, cuando el crack suba en sus redes un carrusel de imágenes de resumen de la fiesta, colgará una instantánea de ese mismo momento. Sabe lo que hace. Y las repercusiones que tendrá una acción de ese tipo. No se equivoca: a las horas, el mismo ministro de Defensa israelí critica públicamente al jugador y, solo un poco después, el mismísimo presidente del Gobierno español intercede para aplaudir su comportamiento: “Solo ha expresado la solidaridad por Palestina que sentimos millones de españoles. Otro motivo más para estar orgullosos de él”. Un nuevo terremoto mediático. Una nueva demostración de que Yamal entiende de qué va esto. Y no se amilana.

ESCENA VI
En esta ocasión no es un gol. Tampoco un festejo. Ni una declaración. En esta ocasión es una fotografía. Una de esas fotografías tan redondas que, por imposibles, si hoy la viéramos por primera vez, la adjudicaríamos directamente a la IA. Demasiada casualidad. Pero no. La instantánea tiene autor. Joan Monfort, fotógrafo freelance. Y es real. Tan real como un milagro consumado.
Lionel Messi, sudadera blanca, sonrisa tímida, melena lisa recogida detrás de las orejas, sostiene en brazos a un bebé envuelto en una toalla. El niño hace como que juega con las manos; la leyenda lo mira cómplice, como si detectara algo que le resultase familiar. Ninguno de los dos, por motivos obvios, sabe quién es el otro. Nadie, en el instante de tomar la imagen, es consciente de la trascendencia de la escena. Eso se desvelará después. Y entonces, más de uno pensará que se le ha aparecido la Virgen. El recién nacido de la fotografía es Lamine Yamal.
Hay momentos en los que el destino se pone tan creativo que es complicado no tomárselo a broma. Ese, desde luego, fue uno de ellos. ¿Cuántos niños hay en Cataluña? ¿Cuántos de esos niños juegan fútbol? ¿Cuántos de esos niños juegan tan bien fútbol que llegan a profesionales? ¿Cuántos de esos niños que llegan a profesionales se convierten en los mejores del mundo? ¿Qué probabilidad había de que ese bebé acabara siendo el legítimo sucesor del genio que lo mecía? La cifra que se obtiene tras realizar el cálculo estadístico es tan ínfima que marea. En realidad, lo único explicable de ese encuentro es que unicef impulsó en 2007 un calendario solidario con la Fundación Barça para recaudar fondos para familias necesitadas, y que la de Yamal se acogió a ese programa social y participó en las sesiones fotográficas de la campaña.
Sí, era él. La futura joya de la corona. Lamine Yamal, el mito en ciernes que hoy se sacude la presión de los hombros como si solo fuera polvo. Se trata de esa autoestima feroz sin la que tampoco podrían explicarse sus exhibiciones en el terreno de juego. El arrojo casi suicida que este verano lo llevará a querer ganar el Mundial ya en la primera edición del torneo que disputa. Y que pasa por ser el rasgo que más lo diferencia del resto. Otra frase muy comentada de Yamal fue esa en la que afirmaba, interrogado por su asalto al trono del fútbol, que su sueño no era que le dieran un Balón de Oro, sino que le dieran “muchos”. Una declaración así nunca la habría firmado Messi, el ídolo culé por excelencia, propietario hoy de ocho de esos galardones.
Precisamente de la comparación con el astro argentino también amenaza con salir airoso el nuevo 10 del Barça. Y la pregunta es: si no duda en grabarse a la espalda el mismo dorsal que su genial antecesor, si ni siquiera le intimida que lo comparen con el más grande, ¿qué podrá pararle?
Hay un último detalle que quien escribe esto no logra sacarse de la cabeza.
Mientras todavía triunfaba con la camiseta de su equipo, a los socios barcelonistas les gustaba recordar un anuncio de televisión en el que Messi aparecía cuando todavía era canterano de la entidad y en el que, con su retraimiento habitual, miraba a cámara y lanzaba un mensaje: “Recuerda mi nombre: Leo Messi”. Todo encajó, y aquellas imágenes, con el paso del tiempo, adquirieron el valor de una profecía cumplida. A Lamine Yamal, en cambio, me digo, no le hizo falta grabar ningún video ni mandar ningún aviso a través de un spot publicitario. ¿Para qué? Él sabe desde hace muchos años que su nombre será recordado. Y con eso le ha bastado para conseguirlo.
{{ linea }}
Una historia realizada en colaboración con Citi.
{{ linea }}
Esta es la primera colaboración de <i>Panenka</i> y <i>Gatopardo</i>. Ponemos en el centro a un deportista que encarna buena parte de los valores y las emociones complejas que hacen del futbol un espectáculo que (aún) vale la pena experimentar: Lamine Yamal. Soporta el juicio sumario en el escenario mundialista con la gracia de alguien que recién ha superado la frontera de la adultez.
Pero antes de relatar la vida de Yamal, va una no tan breve pero necesaria explicación.
Un nuevo balón al área
Panenka nació a mediados de 2011 para convertirse en la primera revista de cultura futbolística de España. Este concepto, cultura futbolística, ya era conocido en ese momento en muchos países de Europa y América Latina, con medios de calidad contrastada como So Foot (Francia), El Gráfico (Argentina) o 11Freunde (Alemania), que apostaban por un modo distinto de contar el deporte. Algunas de esas cabeceras nos sirvieron de inspiración a la hora de arrancar nuestro proyecto editorial. Una modesta publicación mensual que fio su suerte a sus primeros lectores, y que hoy ya cuenta con una comunidad robusta y fiel que apoya su manera de entender el periodismo.
A lo largo de 158 números, y tras 15 años con la redacción en funcionamiento, Panenka ha tratado de respetar una de sus máximas fundacionales: reivindicar el fútbol como una expresión cultural más. De la misma forma que lo son el cine, la literatura, el arte o la música. Tratándose de un fenómeno tan masivo y global, nuestro objetivo siempre ha sido el de conectarlo con ramas tan diversas, prolíficas y elementales como la historia, la sociedad o la política.
Otra de nuestras ambiciones desde el inicio ha sido huir de la superficialidad con la que se trata desde ciertos sectores intelectuales lo que ocurre dentro de los estadios. El fútbol no es solo lo que sucede durante 90 minutos. Narrarlo es también radiografiar el contexto de un lugar y un tiempo determinados, auscultar el tejido social que lo impregna y, sobre todo, abordar las historias de las personas que lo hacen posible. Desde la estrella hasta el masajista del equipo. Seres terrenales cuando se aparta el foco mediático, el mismo foco mediático que, a veces, contribuye a una banalización del juego tan peligrosa como perniciosa.
El fútbol que se lee. Así definimos Panenka sus propios trabajadores. Una declaración de intenciones que se refleja en el tratamiento de nuestros contenidos: rigurosos, profundos y multidisciplinares. El balón es solo la excusa para contar historias de todo tipo. Pero más allá de atender el enfoque, la confección y la edición de estos textos, para nosotros también es esencial cómo se los presentamos al público. Por eso, el diseño es también uno de los sellos distintivos de nuestra publicación. La propuesta estética de Panenka ha logrado numerosos premios en la última década. Mimamos el qué, pero también el cómo. Las ilustraciones y los apoyos gráficos en forma de mapas o infografías se dan la mano con nuestro modo de entender la escritura periodística, que bebe de los géneros y los recursos literarios conocidos. También el uso de fotografías y la maquetación discurren en esta línea: ofrecer al consumidor una experiencia agradable, seria y reflexiva.
Con el propósito de no desviarnos de esa hoja de ruta, y gracias a una red cada vez más amplia de colaboradores, suscriptores y lectores, hoy Panenka ya es mucho más que una revista. Es también una editorial que publica libros, una productora que lanza sus propios pódcasts y documentales y una organización que promueve premios y festivales dedicados a la cultura futbolística. Todo, sin olvidar ninguno de los 11 puntos que compusieron nuestro manifiesto fundacional, a los que nos continuamos ciñendo como un defensa que no pierde de vista al delantero. A continuación, los reproducimos.
1. A Panenka le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden.
2. Panenka quiere contar esas historias, aunque sus protagonistas estén jugando en la liga turco-chipriota y no se depilen las cejas. De hecho, mejor si eran barbudos, jugaban en la Liga Soviética de 1977 y escuchaban vinilos de los Rolling clandestinamente.
3. En Panenka nos apasiona la capacidad del fútbol para transportarnos a otros países y otras épocas. Sociedad, cultura y política botan al compás del balón.
4. Panenka no colabora con la dictadura de la actualidad, la agenda manida y los temas obvios, repetidos y políticamente correctos. Y cuando aborda acontecimientos, equipos o figuras muy populares, se compromete a no quedarse en la superficie.
5. Sentimos una íntima y encendida pasión por el fútbol, pero dejaremos tranquilo al hincha que todos llevamos dentro a la hora de escribir. El periodismo de club, partido o empresa ya tiene su hueco en quioscos, pantallas y redes sociales. Pero no en Panenka.
6. Panenka no se esfuerza en disimular los bostezos en las ruedas de prensa banales o ante cuestionarios respondidos con el piloto automático.
7. Panenka no forma parte de ningún grupo mediático. No nació en un rascacielos después de que un grupo de ejecutivos detectara un “nicho de mercado”; es el fruto de las conversaciones de bar de algunos periodistas. Varios cientos de botellines de cerveza lo atestiguan.
8. De hecho, en Panenka ni siquiera sabemos qué es un “nicho de mercado”, pero suena fatal.
9. Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. Panenka no entiende de limitaciones ni (auto)censuras.
10. Panenka supone una modesta locura compartida por varias docenas de periodistas, escritores, ilustradores, fotógrafos e infografistas. También por algunos futbolistas y entrenadores. La locura de creer que el fútbol merece otro lenguaje y otra estética.
11. Panenka es el póster que vigiló nuestra infancia desde la pared. El futbolista que queríamos ser en el patio. El gol que metíamos en sueños. Panenka es una utopía que nos devuelve al espejismo del fútbol puro.

Lamine Yamal en el patio de la escuela
“Recuerdo que cuando era chico mis padres solían decirme: ‘Bien, ya jugaste bastante, ahora ven a darte un baño’. Eso me resultaba totalmente idiota, porque, para mí, el baño era un asunto tonto. No tenía ninguna importancia, mientras que jugar con mis amigos era algo serio. La literatura es así: es un juego, pero un juego en el que uno puede jugarse la vida. Se puede hacer cualquier cosa, todo, por ese juego”.
—Julio Cortázar
ESCENA I
Es el minuto 25 del partido de vuelta de los cuartos de final de la Champions League entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, y el árbitro, aprovechando un saque de esquina, detiene el juego para que los médicos entren al campo y atiendan a un futbolista lesionado. Hasta ese momento, el encuentro no ha dado respiro: el Barça ha arrasado como un vendaval sobre el césped del estadio Riyadh Air Metropolitano y, gracias a su jovencísima estrella, ya ha igualado una eliminatoria que se le había complicado mucho en la ida (0-2). Mientras espera la señal del colegiado que reanude el choque, Lamine Yamal se agacha al lado del banderín de córner y se sienta encima del balón, como un niño travieso al que le han interrumpido el recreo. Las cámaras lo enfocan por enésima vez. Él cuida la pose. Se sabe observado. Por los suyos, los aficionados azulgranas, que se aferran a su talento desorbitado para completar la remontada y avanzar a semifinales. Y por los otros, los seguidores rojiblancos, que ya no saben a qué Dios rezar para que frene al muchacho. Solo tiene 18 años, y aun así todas las miradas son para él. Pero lo que da más vértigo no es eso. Lo que da más vértigo es que el chico parece disfrutarlo.
Lo primero que se suele destacar de los mejores futbolistas del mundo es el don que tienen en los pies para hacer realidad aquello que la mayoría solo sueña en su cama: goles imposibles, remates acrobáticos, pases inverosímiles, controles espectaculares, regates prodigiosos. Unas cualidades que todavía impresionan más cuando se dan en jugadores que no es solo que estén empezando sus carreras, es que apenas están dejando atrás la niñez. En el caso de Yamal, ambos factores confluyen de manera aparatosa: la destreza y la precocidad. Cuando tenía 16 años y 38 días, el atacante se convirtió en el futbolista más joven de la historia en ser titular en un encuentro de la liga española. Aquel solo fue el primer récord de los muchos que pulverizaría a la velocidad del viento. Siete días después, se convirtió en el jugador más joven en dar una asistencia de gol en la competición. Doce días después, en el más joven en debutar y marcar con España. Once días después, en el más joven en disputar un partido de Champions con la camiseta del Barça. Diecinueve días después, en el más joven en anotar un tanto en LaLiga. Veinte días después, en el más joven en tener minutos en un Clásico contra el Real Madrid. La sangría estadística ya no cesaría. De modo que, antes de cumplir los 17, la criatura, además de una trituradora de plusmarcas, ya era uno de los referentes de una selección que se preparaba para levantar la Eurocopa y la pieza más desequilibrante de uno de los clubes más poderosos del planeta. Si te parabas a analizarlo, parecía incluso un relato demasiado exagerado. Demasiado inverosímil. Un espectáculo tan digno de ver como difícil de creer.
Pero hay algo más, algo que escapa al impacto de un récord, la elegancia de una finta o a la belleza de un disparo lejano. Todos hablan de lo que el canterano culé es capaz de hacer con un balón; pero lo verdaderamente diferencial, como pasa con cualquier genio, es lo que es capaz de hacer con su cabeza.
¿Cómo se explica que centenares de miles de personas esperen que hagas un milagro cada día sobre un terreno de juego y que aun así tú actúes como si no te importara? ¿Cómo se puede cargar con una losa de esas dimensiones y dar a entender que no te pesa? ¿Cómo logras digerir emocionalmente algo tan desmesurado y tan bruto y tan complejo sin tener ni edad para conducir?
¿Cómo es posible Lamine Yamal?
ESCENA II
9 de julio de 2024. Semifinales de la Eurocopa. Allianz Arena, Múnich. Una Francia curtida y despiadada, con futbolistas mucho más experimentados que los del cuadro español, somete a su rival en el juego y en el electrónico, gracias a una diana de Kolo Muani que de momento decanta la balanza. En esas que, en una acción anodina, el cuero rebota contra la pierna de un defensor y queda muerto en la frontal del área gala. Lamine Yamal, que está participando por primera vez en un gran torneo internacional —la última Eurocopa la siguió hace tres años con su pandilla de amigos en las pantallas de un centro comercial—, se hace con él, y sin que nadie pueda anticipar el peligro, ni sospechar sus intenciones, amaga un pase, cambia de dirección, arquea la pierna y, para sorpresa de todos, se anima con el disparo.
No es un gol. Es un sinsentido. Como un rayo cayendo del cielo y dejando sin luz a todo el edificio. No es que el español le pegue desde su casa, lejísimos de la portería; es que prácticamente dispara desde otro planeta. No tiene cercanía, no tiene hueco, no tiene visión. Por suerte, tampoco tiene vergüenza, porque si la llega a tener ni siquiera lo prueba. El balón sale de su pie izquierdo echando leches, como si lo persiguiera el demonio, y aterriza de emergencia en el arco de un indefenso Maignan, que cae como caen los capos en las películas de mafiosos, con el batín puesto y el periódico en la falda. España iguala el electrónico. Después de ese imprevisto cañonazo, del que el adversario ya no podrá recuperarse, la victoria de la Roja es solo cuestión de tiempo.
En Lamine Yamal, como sucede con el doctor Jekyll de Stevenson, conviven dos personajes: un adulto y un adolescente. El segundo, que es el que le corresponde por fecha de nacimiento, es el que se encarga de marcar las diferencias en el campo, como ocurrió esa noche de verano en Baviera contra los franceses. Cuando un espectador lo ve en acción, se pregunta cómo hace esas cosas con su edad, pero es que quizá la única forma de hacerlas, precisamente, es tener esa edad, y donde otros ven estadios con 80 000 espectadores, hierba radiante y focos de última generación, tú sigues viendo una pelota, una portería y la posibilidad de pasártelo bien con tus amigos, que es lo mismo que veías en el patio de la escuela. Para jugar bien al fútbol hay que tener mucha clase y poco pudor. Y no haber olvidado la infancia. Todo eso proyecta la naturaleza de Yamal. La dimensión lúdica de su talento. Lo corroboró recientemente el propio padre del jugador, Mounir Nasraoui, en una entrevista para El País: “Lo veo ahora con los profesionales y tengo la misma sensación que cuando lo veía en el equipo del pueblo: a mi hijo le gusta divertirse. No cambia. Ni va a cambiar”.
Todas esas jugadas increíbles, sin embargo, no han hecho más que agigantar las expectativas del público. Yamal ha crecido tanto como futbolista, y lo ha hecho tan rápido —ya es el líder indiscutible del Barcelona y de España, dos plantillas atestadas de cracks—, que la presión que maneja es inasumible. O al menos debería serlo, porque a él no parece lastrarle. Es ahí donde entra en juego su inesperada madurez, una frialdad ante el juicio ajeno que descoloca y asombra a partes iguales, un derroche de personalidad que en el fondo es su arma más letal, el sello que lo identifica. Esa marciana capacidad de abstraerse. Tiene más de 40 millones de seguidores en Instagram, es el jugador con un valor de mercado más alto del mundo según el portal especializado Transfermarkt, las multinacionales se pelean para que ponga la cara en sus anuncios y le extienden cheques en blanco para contratarlo, las celebridades del cine y de la música quieren sacarse fotos a su lado y su camiseta ya se vende más que la de cualquier otro icono futbolístico. Él, sin embargo, rinde como si nada de eso estuviera sucediendo. Como si lo que contara fuera otra cosa. Como si su vocación, parafraseando a Cortázar, fuera el juego más serio que jamás hubiera existido.
Yamal ya no es un niño —ningún futbolista que brille en un estadio colmado de gente puede serlo, tenga la edad que tenga—, pero, cuando maneja el balón, se comporta como si aún lo fuera. De otra forma no puede explicarse la ridícula levedad con la que esquiva contrarios, manda centros con el exterior de la bota e inventa goles de dibujos animados. Ese modo de romper los partidos como si fueran trozos de cartón. Cualquiera que de repente estuviera en su posición, y comprendiera qué significa ya ser Lamine Yamal, devolvería la pelota de primeras al lateral y correría a esconderse en una cueva en lo alto del monte. Pero él no. Él se la queda, se gira y encara al contrincante. Cuanto mayor es la tensión, mayor es su atrevimiento. Su gestión de las emociones es un misterio.
Esa ausencia de miedo es tan desconcertante que algunos la han asociado a la inconciencia, otros a la imprudencia y otros, todavía peor, a una cierta arrogancia. En la mayoría de los casos, les falta contexto. Lo primero que hay que hacer para comprender cómo funciona el cerebro del extremo es viajar a su pasado. Descubrir a ese crío que, en una familia con pocos recursos y en un barrio marginal, se vio obligado a dar un paso al frente antes que el resto para no verse consumido por las circunstancias. Antes de disputarse esa vuelta de los cuartos de final contra el Atlético con la que arrancaba este reportaje, Yamal se plantó frente a los flashes con el chándal de su club y los periodistas le preguntaron si no le parecía injusto que, siendo tan joven, todos le señalaran a él para darle la vuelta al cruce. Su respuesta fue tajante: “Desde pequeño he asumido más responsabilidades de las que debería”. No le tembló la voz. Hablaba alguien que no iba a arrugarse. Hablaba alguien acostumbrado a ejercer de líder. Hablaba alguien, por si no fuera suficiente con todo lo anterior, consciente del poder de sus mensajes.
El Barça, pese al estupendo partido del muchacho, acabaría perdiendo la eliminatoria. Pero la fiera continuaba creciendo a un ritmo endemoniado.
.webp)
ESCENA III
Todavía no ha pasado un año desde el debut de Lamine Yamal como deportista profesional —con 15 años, 9 meses y 16 días; uno, por más que insista en apuntar ciertos números disparatados, nunca termina de normalizarlos—. El Mallorca visita la capital de Cataluña en un final de temporada descafeinado para los seguidores del fc Barcelona. Los azulgranas, anclados en algunos episodios felices del pasado, hace tiempo que viven atrapados en la nostalgia, y el nivel de equipo no acompaña, incapaz este curso de pelear por el título liguero. El encuentro contra los baleares, un club mucho más modesto, es un reflejo exacto de ese aletargamiento, con el 0-0 flotando como un bostezo sobre el verde a falta de 20 minutos para que el árbitro pite el final del choque. El fútbol, de todos modos, siempre encuentra un mecanismo para alterarnos el pulso. Y ese mecanismo, hoy, es Yamal, todavía una promesa, un estudiante de secundaria flaco y ligeramente desgarbado que de repente penetra en el área enemiga y, sin demasiado ángulo y con el marcador encima, pero inspirado por las mejores musas, manda la bola a la escuadra y desata una euforia momentánea en el estadio.
El goleador sabe que la hinchada está necesitada de estímulos. También, que lo que ha hecho se acerca bastante a una obra de arte. Por eso, cuando escucha la red agitarse, corre hacia detrás de la portería, salta la valla comercial, abre los brazos y va directo hacia la gente, risueño. Unos segundos después, superada la euforia inicial, pero sin dejar de sonreír, mira al vacío y hace un gesto con las manos que todavía pocos comprenden.
Uno de los primeros detalles que llamaron la atención de la irrupción en la élite de Yamal fue, precisamente, su forma de celebrar los goles, ese 304 que dibujaba con los dedos después de abrazarse con sus compañeros. La cifra, fuimos aprendiendo poco a poco, equivale a los tres últimos dígitos del código postal de Rocafonda, el barrio de la ciudad costanera de Mataró donde creció y en cuyas calles comenzó a dar patadas a un balón. Era su forma de demostrar que, una vez alcanzada la cima, no se olvidaba de sus orígenes.
Rocafonda es un barrio obrero del litoral catalán —situado a 30 kilómetros de Barcelona— que durante el siglo pasado sufrió múltiples transformaciones. En su momento una zona agrícola con huertas y viñas, en la década de 1960 vivió un enorme cambio urbanístico debido a las inercias demográficas de la época. Cataluña era una de las comunidades más desarrolladas industrialmente del Estado español, y eso hizo que acogiera a muchos inmigrantes de otras partes del país que a partir de esa década se desplazaron hasta sus poblaciones persiguiendo un futuro mejor. Por ejemplo, Rocafonda, cuyos planos se alteraron ante la llegada masiva de trabajadores. Mateo Lobato, vecino del lugar, recordaba en 2014 esa metamorfosis en el periódico Todo Mataró: “Se planificaron calles anchas (en general), de trazados rectos, con aceras adecuadas y sin obstáculos. También se construyeron viviendas amplias, dado que una gran parte de las familias que procedían de otras zonas de España solían venir con números importantes de hijos. En algunos casos más de 10”. En Capgròs, otro medio de comunicación local, subrayan que esa mutación también trajo una conciencia más obrera y solidaria, con asociaciones de vecinos que se organizaban para reclamar mejores equipaciones para el barrio (como el abastecimiento de agua o la construcción de escuelas) y, si hacía falta, llevar a cabo movilizaciones.
En los noventa la demografía de Rocafonda volvió a cambiar, en este caso con la llegada de población extranjera, la mayor parte procedente del norte de África, pero también de algunos territorios de la África subsahariana o de América del Sur. Nuevos residentes que se instalaban en el barrio atraídos por los precios de los pisos, a menudo degradados, pero con alquileres más asequibles que en el centro de Mataró. Actualmente, según Capgròs, más de la mitad de sus habitantes (52.61%) nacieron fuera de Cataluña. Los vecinos de Rocafonda, que durante años han tenido que hacer frente a la estigmatización —la extrema derecha llegó a describir el lugar como “un estercolero multicultural”—, luchan cada día para salir adelante. El Instituto Nacional de Estadística español calcula que uno de cada dos de ellos está en riesgo de pobreza. “Los datos no engañan y queda mucho para hacer —publicaba el diario digital en 2025—. En Rocafonda, la renta mediana por persona es de 7 432 euros* [anuales, cerca de 150 000 pesos mexicanos]. Es decir, unos 12 800 euros menos que el sector con rentas más elevadas de la ciudad”.
Una de esas familias humildes que arribaron al barrio con la segunda ola migratoria fue la de Lamine Yamal. La paterna. Fátima, abuela del hoy futbolista y figura clave de su trayectoria, pues se encargó de cuidarlo durante sus primeros años de vida, fue la que dio el paso hace más de 30 años: abandonó la ciudad marroquí de Tánger para asentarse en la costa catalana. La siguieron sus dos hijos; Abdel, más calmado, que terminaría regentando una panadería, y Mounir, que combinaba trabajos temporales con estancias en Marruecos y algún que otro altercado. “Se pone nervioso con facilidad”, le describían en su entorno para una crónica del Diari ARA firmada por el periodista Albert Nadal en 2024. En España, Mounir conoció a Sheila Ebana, la madre de Lamine, natural de Guinea Ecuatorial. Cuando el niño llegó al mundo, ella tenía 16 años y él, 21. Los primeros capítulos se escribieron en Rocafonda, con la joven pareja buscándose la vida y el crío, a cargo de Fátima, corriendo detrás de la pelota en la Joan XXIII, una plaza que en su momento había sido un descampado y en la que hoy, disfruten con la paradoja, se levanta un cartel que prohíbe jugar con un balón. A esa misma plaza daba el bloque en el que vivían todos. Y muy cerca de ahí está El Cordobés, el bar de Juan Carlos Serrano Muñoz, amigo de la familia, que ha decorado las paredes de su local con equipaciones y fotografías de Yamal, y que no se cansa de recibir las visitas de compañeros de prensa y curiosos. “Yo le dejaba dinero al padre para que su hijo no tuviera que colarse en el tren”, suele contar, entre otras anécdotas, Serrano Muñoz a los medios.
Con los años, Mounir y Sheila se separaron. Ella, después de encontrar trabajo en un McDonald’s, se mudaría al interior, a Granollers, otro de los escenarios donde creció la futura estrella (de esa ciudad es el cf La Torreta, de hecho, el primer equipo federado donde jugó). Hasta que a unos y a otros les cambió completamente la vida en 2014, cuando el fc Barcelona se cruzó en su camino y le abrió al chaval las puertas de su cantera. El club azulgrana es conocido internacionalmente por su labor formativa; no hay muchos equipos que hayan catapultado a tantos jóvenes talentos hacia la élite. Por norma general, la entidad solo les ofrece alojamiento si sus circunstancias así lo exigen, es decir, si residen lejos, en otras regiones, otros países o incluso otros continentes. Con Lamine, sin embargo, decidieron hacer una excepción. Conscientes de su potencial, y temerosos de que la inestabilidad de su entorno pudiera entorpecer su evolución, el Barça tomó la decisión de hacerse cargo de su formación a todos los niveles, administrar sus finanzas y darle una habitación en La Masía, su famosa residencia. El resto, como suele decirse, es historia.
Aunque hay algo que el atacante no perdió en ese salto de la plaza a la academia: el fútbol de la calle siguió con él. En el libro Universo Lamine Yamal, el analista Albert Blaya Sensat argumenta que esa cuestión es la clave de su apabullante rendimiento en el campo. Según él, la base del jugador continúa siendo aquello que absorbió antes de recibir las pautas de sus primeros entrenadores. Eso se percibe en la calidad técnica, preparada para sobresalir en cualquier contexto —quien ha jugado en todo tipo de terrenos, incluso en terrenos no normativos, como aceras, parques o explanadas, dispone de más recursos para superar obstáculos—. En la imaginación. Y, por último, y seguramente lo más decisivo, en la intuición para tomar decisiones correctas durante el partido, un atributo “que no se puede enseñar ni trasladar, sino que es genuino”. Hay cosas que no se aprenden. Suelen ser las más difíciles de hacer. “Todo en él es un saber hacer, un leer correctamente”, recalca Blaya. “Hace que el fútbol llegue a él y no al revés, con la paciencia de quien ha jugado 30 000 encuentros en otra vida”.
Han pasado infinidad de cosas desde que Yamal dejó de sortear con la pelota farolas, papeleras y coches aparcados en su barrio. Rocafonda, sin ir más lejos, ya no solo es noticia por encabezar rankings de precariedad, sino que ahora se asocia a un deportista extraordinario. De eso, de ponerlo en el mapa por algo positivo, también se ha encargado el propio protagonista, festejando los goles a su manera o reivindicando a los suyos en entrevistas, como aquella ocasión en la que expresó, en un encuentro con el programa 60 Minutes, lo conectado que se sentía a sus raíces, y denunció lo descuidada que estaba su comunidad por las administraciones. “Como muchos barrios sin recursos, Rocafonda está olvidada. No somos Sarrià ni Passeig de Gràcia […]. Luchamos al máximo para vivir bien y lo disfrutamos juntos. Sabemos de dónde venimos y estamos orgullosos de ello”. Otro gesto impropio para un chico millonario con la cara invadida aún por el acné juvenil.

ESCENA IV
Temporada 2024-25. El Barça, tras más de un lustro encadenando decepciones, vuelve a las semifinales de la Copa de Europa para medirse al Inter de Milán, y Lamine Yamal, en lugar de adoptar un perfil bajo y no exponerse en el tramo decisivo de la campaña, aparece en sala de prensa con el pelo teñido de amarillo como un Super Saiyajin y su ya cada vez más característica sonrisa de pillo. Es el hombre del momento en el continente. Todos hablan de él. Por su dominio del juego, cada vez más incontestable. Y por algunas actitudes que, bajo el foco, ya no pasan desapercibidas y que varios tachan de irresponsables. Él, aun así, insiste en dar la cara. Nadie entiende cómo no le agobia la expectación que genera. Los periodistas van al grano: ¿no teme que ese interés se gire en su contra en algún momento y los críticos le salten al cuello? El muchacho no se corta y contesta: “Mientras gane, no pueden decirme nada”. Una obviedad como una casa. Y otra demostración de autoconfianza estremecedora.
Lamine Yamal es tan llamativo dentro como fuera del campo. No lo queda grande ni el traje de gambeteador ni el de ídolo de masas. Pantalones caídos, camisas oversize, bolsos Louis Vuitton, colgantes relucientes, gorras al revés. Un referente generacional, que sabe captar los giros en modas y tendencias, siempre vestido y peinado a la última, amante de la música urbana y muy activo en redes sociales. Unos hábitos que lo conectan a la juventud y que todavía pronuncian más ese punto descarado de su carácter, con el que los seguidores del Barça se van familiarizando a marchas forzadas.
Tradicionalmente, el barcelonismo se acostumbró a rendir pleitesía a leyendas que representaban todo lo contrario a lo que representa Yamal. Sobre todo en la etapa más luminosa de la historia del club, no tan lejana todavía, cuando prodigios de la talla de Messi, Xavi o Iniesta, que en el césped eran vistos casi como deidades —y con razón—, al quitarse la camiseta actuaban con máxima cautela y discreción para proteger sus vidas privadas. Aquel equipo de ensueño, que entrenaba magistralmente Guardiola y que llenó de títulos las vitrinas de la institución, solo irrumpía en las conversaciones de sobremesa por cómo hacía las cosas sobre el campo, y sus miembros más destacados, pese a ser los futbolistas más reconocidos del mundo, eran expuestos también como ejemplos de buena conducta, tipos tranquilos y humildes e impecables profesionales. Esa tradición aun hace más contracultural e inquietante la figura del nuevo estandarte culé. Aunque en el fondo no deja de ser solo un reflejo de un tiempo nuevo. Así lo resumía Daniel Verdú en otro artículo publicado en El País, titulado “La importancia de creerse el mejor”: “Creerse el mejor, el número 1, casi nunca fue un buen negocio. La vanidad, la arrogancia, la chulería, iban siempre asociadas a un carácter difícil, egoísta. Creerse el mejor, en el mundo que ya hemos dejado atrás, no estaba justificado ni cuando eras el mejor. La contención, la modestia, el trabajo duro y discreto formaban parte de los valores protestantes que se propagaron silenciosamente durante el siglo XX, pero también de todas las fábulas sobre las que se edificó la identidad de aquel tiempo. La cigarra, la hormiga. Pero en el mundo de las redes sociales, donde el relato es el principio sobre el que se construye la nueva realidad, sentirse el número 1 es imprescindible para llegar a serlo. O para parecerlo, que es ya casi lo mismo”.
Esa misma osadía de Yamal es la que saca de quicio a sus detractores, la que abona la rabia de aquellos que no digieren su éxito ni le perdonan sus errores, que también los comete. Por ejemplo, esas ocasiones en las que, después de marcar un gol fuera de casa, se ha dedicado a provocar más de la cuenta a la hinchada rival. O ese video en el que apareció junto a un famoso youtuber criticando entre risas la supuesta falta de deportividad del máximo rival de los azulgranas, el Real Madrid: “Roban, se quejan”. O esa fiesta a todo lujo que organizó en una villa privada cuando cumplió la mayoría de edad, y que al día siguiente saltó a las portadas de los periódicos por algunas prácticas censurables, como la contratación de espectáculos protagonizados por personas con enanismo. Equivocaciones propias de un adolescente que todavía no razona algunos de sus actos. Y que a veces debe hacer frente, además, a controversias generadas en su entorno, sobre las que no tiene control. En septiembre de 2024, dos meses después de proclamarse campeón de la Eurocopa —fue reconocido como mejor jugador joven del torneo—, un grave accidente amagó con fastidiar su estado de gracia: su padre Mounir tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital tras haber recibido tres puñaladas en una reyerta con otros cuatro hombres en Rocafonda. Después de lo ocurrido, la prensa se apresuró a insinuar que, con ese contexto familiar, Yamal no conseguiría mantenerse en lo más alto.
Aunque esas polémicas y esos deslices no ensombrecen la sorprendente firmeza con la que suele resolver los enredos a los que le conduce la fama. En esa misma comparecencia previa al enfrentamiento contra el Inter, el chico manifestó que la presión no le suponía ningún estorbo ni le provocaba ningún temor. “El miedo lo dejé en el parque, en Mataró, hace tiempo”. Otra frase memorable para la colección. Era el mismo tipo sereno y elocuente, seguro de sí mismo, que tiempo después debería lidiar con otro episodio desagradable.
El pasado 31 de marzo la selección española recibió como local a la egipcia para jugar un partido amistoso en el rcde Stadium de Cornellà. El encuentro se cerraría con un empate sin goles, aunque ese día la noticia estuvo en la grada, donde se escucharon cánticos racistas por parte de la afición de la Roja hacia los rivales. “¡Musulmán el que no bote!”, arengaron algunos grupos de seguidores, que también pitaron el himno de Egipto. Una escena repugnante, aunque no imprevista del todo, teniendo en cuenta cómo en España han ido calando estos últimos años los mensajes xenófobos entre la sociedad, algo que se revela con el auge de los partidos de extrema derecha en los comicios y algunos indicadores como el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (cis), que sitúa la inmigración como una de las principales preocupaciones de la población en la actualidad, llegando a superar en la tabla el paro o los problemas de vivienda. Esos gritos causaron bochorno y escondían una contradicción. Lo segundo lo delató el rostro apagado de uno de los futbolistas locales, que deambulaba por la banda derecha sin apenas levantar la cabeza, visiblemente incómodo. Bueno, no era un futbolista más. Se trataba, justamente, de la estrella del equipo al que animaban esos impresentables. Lamine Yamal, español y musulmán.
La respuesta del chico, descomedido para lo malo y para lo bueno, no se hizo esperar, con un texto publicado en su Instagram pocas horas después de terminarse el choque. “Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y que no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable —decía el escrito. Y concluía—: Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas”. Rotundo y directo.
“Lamine Yamal puede ayudar más que la ministra de Igualdad”, afirmó respecto a ese post el comentarista deportivo español Alberto Edjogo-Owono, autor de Heridas en la piel, un libro que radiografía la lacra del racismo en el fútbol. La frase dimensiona la influencia que el joven atleta ya ejerce sobre la sociedad. Y reivindica la importancia de que el nuevo fenómeno del fútbol mundial se atreva a expresarse públicamente con esa convicción, sin miedo a rechazos ni represalias.
ESCENA V
11 de mayo. Seis de la tarde de un lunes laborable. Las calles de Barcelona sucumben a una imprevista explosión de colores. El azul y el grana lo empapan todo: camisetas, bufandas, murales, farolas, portales, marquesinas, hasta las copas de los árboles. Los jugadores del Barça se suben a un autocar descapotable para celebrar LaLiga 2025-26 y la gente responde colmando las aceras de la ciudad y los balcones de sus fachadas. Es la típica rúa de los campeones: una buena ocasión para ver a los futbolistas por fin distendidos; quién sabe si alguno beberá más cerveza de la cuenta, cuál se animará con un cántico o un baile, dónde acabará la gorra del preparador físico. En esas que la retransmisión televisiva se detiene en un detalle. Lamine Yamal, otra vez Lamine Yamal, todavía los 19 años por cumplir, que se asoma a la barandilla del vehículo y en medio del festejo empieza a ondear una bandera palestina. El gesto, en plena atrocidad militar de Israel en la Franja de Gaza, no tiene nada de esporádico o fortuito: unas horas después, cuando el crack suba en sus redes un carrusel de imágenes de resumen de la fiesta, colgará una instantánea de ese mismo momento. Sabe lo que hace. Y las repercusiones que tendrá una acción de ese tipo. No se equivoca: a las horas, el mismo ministro de Defensa israelí critica públicamente al jugador y, solo un poco después, el mismísimo presidente del Gobierno español intercede para aplaudir su comportamiento: “Solo ha expresado la solidaridad por Palestina que sentimos millones de españoles. Otro motivo más para estar orgullosos de él”. Un nuevo terremoto mediático. Una nueva demostración de que Yamal entiende de qué va esto. Y no se amilana.

ESCENA VI
En esta ocasión no es un gol. Tampoco un festejo. Ni una declaración. En esta ocasión es una fotografía. Una de esas fotografías tan redondas que, por imposibles, si hoy la viéramos por primera vez, la adjudicaríamos directamente a la IA. Demasiada casualidad. Pero no. La instantánea tiene autor. Joan Monfort, fotógrafo freelance. Y es real. Tan real como un milagro consumado.
Lionel Messi, sudadera blanca, sonrisa tímida, melena lisa recogida detrás de las orejas, sostiene en brazos a un bebé envuelto en una toalla. El niño hace como que juega con las manos; la leyenda lo mira cómplice, como si detectara algo que le resultase familiar. Ninguno de los dos, por motivos obvios, sabe quién es el otro. Nadie, en el instante de tomar la imagen, es consciente de la trascendencia de la escena. Eso se desvelará después. Y entonces, más de uno pensará que se le ha aparecido la Virgen. El recién nacido de la fotografía es Lamine Yamal.
Hay momentos en los que el destino se pone tan creativo que es complicado no tomárselo a broma. Ese, desde luego, fue uno de ellos. ¿Cuántos niños hay en Cataluña? ¿Cuántos de esos niños juegan fútbol? ¿Cuántos de esos niños juegan tan bien fútbol que llegan a profesionales? ¿Cuántos de esos niños que llegan a profesionales se convierten en los mejores del mundo? ¿Qué probabilidad había de que ese bebé acabara siendo el legítimo sucesor del genio que lo mecía? La cifra que se obtiene tras realizar el cálculo estadístico es tan ínfima que marea. En realidad, lo único explicable de ese encuentro es que unicef impulsó en 2007 un calendario solidario con la Fundación Barça para recaudar fondos para familias necesitadas, y que la de Yamal se acogió a ese programa social y participó en las sesiones fotográficas de la campaña.
Sí, era él. La futura joya de la corona. Lamine Yamal, el mito en ciernes que hoy se sacude la presión de los hombros como si solo fuera polvo. Se trata de esa autoestima feroz sin la que tampoco podrían explicarse sus exhibiciones en el terreno de juego. El arrojo casi suicida que este verano lo llevará a querer ganar el Mundial ya en la primera edición del torneo que disputa. Y que pasa por ser el rasgo que más lo diferencia del resto. Otra frase muy comentada de Yamal fue esa en la que afirmaba, interrogado por su asalto al trono del fútbol, que su sueño no era que le dieran un Balón de Oro, sino que le dieran “muchos”. Una declaración así nunca la habría firmado Messi, el ídolo culé por excelencia, propietario hoy de ocho de esos galardones.
Precisamente de la comparación con el astro argentino también amenaza con salir airoso el nuevo 10 del Barça. Y la pregunta es: si no duda en grabarse a la espalda el mismo dorsal que su genial antecesor, si ni siquiera le intimida que lo comparen con el más grande, ¿qué podrá pararle?
Hay un último detalle que quien escribe esto no logra sacarse de la cabeza.
Mientras todavía triunfaba con la camiseta de su equipo, a los socios barcelonistas les gustaba recordar un anuncio de televisión en el que Messi aparecía cuando todavía era canterano de la entidad y en el que, con su retraimiento habitual, miraba a cámara y lanzaba un mensaje: “Recuerda mi nombre: Leo Messi”. Todo encajó, y aquellas imágenes, con el paso del tiempo, adquirieron el valor de una profecía cumplida. A Lamine Yamal, en cambio, me digo, no le hizo falta grabar ningún video ni mandar ningún aviso a través de un spot publicitario. ¿Para qué? Él sabe desde hace muchos años que su nombre será recordado. Y con eso le ha bastado para conseguirlo.
{{ linea }}
Una historia realizada en colaboración con Citi.
{{ linea }}

Esta es la primera colaboración de <i>Panenka</i> y <i>Gatopardo</i>. Ponemos en el centro a un deportista que encarna buena parte de los valores y las emociones complejas que hacen del futbol un espectáculo que (aún) vale la pena experimentar: Lamine Yamal. Soporta el juicio sumario en el escenario mundialista con la gracia de alguien que recién ha superado la frontera de la adultez.
Pero antes de relatar la vida de Yamal, va una no tan breve pero necesaria explicación.
Un nuevo balón al área
Panenka nació a mediados de 2011 para convertirse en la primera revista de cultura futbolística de España. Este concepto, cultura futbolística, ya era conocido en ese momento en muchos países de Europa y América Latina, con medios de calidad contrastada como So Foot (Francia), El Gráfico (Argentina) o 11Freunde (Alemania), que apostaban por un modo distinto de contar el deporte. Algunas de esas cabeceras nos sirvieron de inspiración a la hora de arrancar nuestro proyecto editorial. Una modesta publicación mensual que fio su suerte a sus primeros lectores, y que hoy ya cuenta con una comunidad robusta y fiel que apoya su manera de entender el periodismo.
A lo largo de 158 números, y tras 15 años con la redacción en funcionamiento, Panenka ha tratado de respetar una de sus máximas fundacionales: reivindicar el fútbol como una expresión cultural más. De la misma forma que lo son el cine, la literatura, el arte o la música. Tratándose de un fenómeno tan masivo y global, nuestro objetivo siempre ha sido el de conectarlo con ramas tan diversas, prolíficas y elementales como la historia, la sociedad o la política.
Otra de nuestras ambiciones desde el inicio ha sido huir de la superficialidad con la que se trata desde ciertos sectores intelectuales lo que ocurre dentro de los estadios. El fútbol no es solo lo que sucede durante 90 minutos. Narrarlo es también radiografiar el contexto de un lugar y un tiempo determinados, auscultar el tejido social que lo impregna y, sobre todo, abordar las historias de las personas que lo hacen posible. Desde la estrella hasta el masajista del equipo. Seres terrenales cuando se aparta el foco mediático, el mismo foco mediático que, a veces, contribuye a una banalización del juego tan peligrosa como perniciosa.
El fútbol que se lee. Así definimos Panenka sus propios trabajadores. Una declaración de intenciones que se refleja en el tratamiento de nuestros contenidos: rigurosos, profundos y multidisciplinares. El balón es solo la excusa para contar historias de todo tipo. Pero más allá de atender el enfoque, la confección y la edición de estos textos, para nosotros también es esencial cómo se los presentamos al público. Por eso, el diseño es también uno de los sellos distintivos de nuestra publicación. La propuesta estética de Panenka ha logrado numerosos premios en la última década. Mimamos el qué, pero también el cómo. Las ilustraciones y los apoyos gráficos en forma de mapas o infografías se dan la mano con nuestro modo de entender la escritura periodística, que bebe de los géneros y los recursos literarios conocidos. También el uso de fotografías y la maquetación discurren en esta línea: ofrecer al consumidor una experiencia agradable, seria y reflexiva.
Con el propósito de no desviarnos de esa hoja de ruta, y gracias a una red cada vez más amplia de colaboradores, suscriptores y lectores, hoy Panenka ya es mucho más que una revista. Es también una editorial que publica libros, una productora que lanza sus propios pódcasts y documentales y una organización que promueve premios y festivales dedicados a la cultura futbolística. Todo, sin olvidar ninguno de los 11 puntos que compusieron nuestro manifiesto fundacional, a los que nos continuamos ciñendo como un defensa que no pierde de vista al delantero. A continuación, los reproducimos.
1. A Panenka le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden.
2. Panenka quiere contar esas historias, aunque sus protagonistas estén jugando en la liga turco-chipriota y no se depilen las cejas. De hecho, mejor si eran barbudos, jugaban en la Liga Soviética de 1977 y escuchaban vinilos de los Rolling clandestinamente.
3. En Panenka nos apasiona la capacidad del fútbol para transportarnos a otros países y otras épocas. Sociedad, cultura y política botan al compás del balón.
4. Panenka no colabora con la dictadura de la actualidad, la agenda manida y los temas obvios, repetidos y políticamente correctos. Y cuando aborda acontecimientos, equipos o figuras muy populares, se compromete a no quedarse en la superficie.
5. Sentimos una íntima y encendida pasión por el fútbol, pero dejaremos tranquilo al hincha que todos llevamos dentro a la hora de escribir. El periodismo de club, partido o empresa ya tiene su hueco en quioscos, pantallas y redes sociales. Pero no en Panenka.
6. Panenka no se esfuerza en disimular los bostezos en las ruedas de prensa banales o ante cuestionarios respondidos con el piloto automático.
7. Panenka no forma parte de ningún grupo mediático. No nació en un rascacielos después de que un grupo de ejecutivos detectara un “nicho de mercado”; es el fruto de las conversaciones de bar de algunos periodistas. Varios cientos de botellines de cerveza lo atestiguan.
8. De hecho, en Panenka ni siquiera sabemos qué es un “nicho de mercado”, pero suena fatal.
9. Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. Panenka no entiende de limitaciones ni (auto)censuras.
10. Panenka supone una modesta locura compartida por varias docenas de periodistas, escritores, ilustradores, fotógrafos e infografistas. También por algunos futbolistas y entrenadores. La locura de creer que el fútbol merece otro lenguaje y otra estética.
11. Panenka es el póster que vigiló nuestra infancia desde la pared. El futbolista que queríamos ser en el patio. El gol que metíamos en sueños. Panenka es una utopía que nos devuelve al espejismo del fútbol puro.

Lamine Yamal en el patio de la escuela
“Recuerdo que cuando era chico mis padres solían decirme: ‘Bien, ya jugaste bastante, ahora ven a darte un baño’. Eso me resultaba totalmente idiota, porque, para mí, el baño era un asunto tonto. No tenía ninguna importancia, mientras que jugar con mis amigos era algo serio. La literatura es así: es un juego, pero un juego en el que uno puede jugarse la vida. Se puede hacer cualquier cosa, todo, por ese juego”.
—Julio Cortázar
ESCENA I
Es el minuto 25 del partido de vuelta de los cuartos de final de la Champions League entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, y el árbitro, aprovechando un saque de esquina, detiene el juego para que los médicos entren al campo y atiendan a un futbolista lesionado. Hasta ese momento, el encuentro no ha dado respiro: el Barça ha arrasado como un vendaval sobre el césped del estadio Riyadh Air Metropolitano y, gracias a su jovencísima estrella, ya ha igualado una eliminatoria que se le había complicado mucho en la ida (0-2). Mientras espera la señal del colegiado que reanude el choque, Lamine Yamal se agacha al lado del banderín de córner y se sienta encima del balón, como un niño travieso al que le han interrumpido el recreo. Las cámaras lo enfocan por enésima vez. Él cuida la pose. Se sabe observado. Por los suyos, los aficionados azulgranas, que se aferran a su talento desorbitado para completar la remontada y avanzar a semifinales. Y por los otros, los seguidores rojiblancos, que ya no saben a qué Dios rezar para que frene al muchacho. Solo tiene 18 años, y aun así todas las miradas son para él. Pero lo que da más vértigo no es eso. Lo que da más vértigo es que el chico parece disfrutarlo.
Lo primero que se suele destacar de los mejores futbolistas del mundo es el don que tienen en los pies para hacer realidad aquello que la mayoría solo sueña en su cama: goles imposibles, remates acrobáticos, pases inverosímiles, controles espectaculares, regates prodigiosos. Unas cualidades que todavía impresionan más cuando se dan en jugadores que no es solo que estén empezando sus carreras, es que apenas están dejando atrás la niñez. En el caso de Yamal, ambos factores confluyen de manera aparatosa: la destreza y la precocidad. Cuando tenía 16 años y 38 días, el atacante se convirtió en el futbolista más joven de la historia en ser titular en un encuentro de la liga española. Aquel solo fue el primer récord de los muchos que pulverizaría a la velocidad del viento. Siete días después, se convirtió en el jugador más joven en dar una asistencia de gol en la competición. Doce días después, en el más joven en debutar y marcar con España. Once días después, en el más joven en disputar un partido de Champions con la camiseta del Barça. Diecinueve días después, en el más joven en anotar un tanto en LaLiga. Veinte días después, en el más joven en tener minutos en un Clásico contra el Real Madrid. La sangría estadística ya no cesaría. De modo que, antes de cumplir los 17, la criatura, además de una trituradora de plusmarcas, ya era uno de los referentes de una selección que se preparaba para levantar la Eurocopa y la pieza más desequilibrante de uno de los clubes más poderosos del planeta. Si te parabas a analizarlo, parecía incluso un relato demasiado exagerado. Demasiado inverosímil. Un espectáculo tan digno de ver como difícil de creer.
Pero hay algo más, algo que escapa al impacto de un récord, la elegancia de una finta o a la belleza de un disparo lejano. Todos hablan de lo que el canterano culé es capaz de hacer con un balón; pero lo verdaderamente diferencial, como pasa con cualquier genio, es lo que es capaz de hacer con su cabeza.
¿Cómo se explica que centenares de miles de personas esperen que hagas un milagro cada día sobre un terreno de juego y que aun así tú actúes como si no te importara? ¿Cómo se puede cargar con una losa de esas dimensiones y dar a entender que no te pesa? ¿Cómo logras digerir emocionalmente algo tan desmesurado y tan bruto y tan complejo sin tener ni edad para conducir?
¿Cómo es posible Lamine Yamal?
ESCENA II
9 de julio de 2024. Semifinales de la Eurocopa. Allianz Arena, Múnich. Una Francia curtida y despiadada, con futbolistas mucho más experimentados que los del cuadro español, somete a su rival en el juego y en el electrónico, gracias a una diana de Kolo Muani que de momento decanta la balanza. En esas que, en una acción anodina, el cuero rebota contra la pierna de un defensor y queda muerto en la frontal del área gala. Lamine Yamal, que está participando por primera vez en un gran torneo internacional —la última Eurocopa la siguió hace tres años con su pandilla de amigos en las pantallas de un centro comercial—, se hace con él, y sin que nadie pueda anticipar el peligro, ni sospechar sus intenciones, amaga un pase, cambia de dirección, arquea la pierna y, para sorpresa de todos, se anima con el disparo.
No es un gol. Es un sinsentido. Como un rayo cayendo del cielo y dejando sin luz a todo el edificio. No es que el español le pegue desde su casa, lejísimos de la portería; es que prácticamente dispara desde otro planeta. No tiene cercanía, no tiene hueco, no tiene visión. Por suerte, tampoco tiene vergüenza, porque si la llega a tener ni siquiera lo prueba. El balón sale de su pie izquierdo echando leches, como si lo persiguiera el demonio, y aterriza de emergencia en el arco de un indefenso Maignan, que cae como caen los capos en las películas de mafiosos, con el batín puesto y el periódico en la falda. España iguala el electrónico. Después de ese imprevisto cañonazo, del que el adversario ya no podrá recuperarse, la victoria de la Roja es solo cuestión de tiempo.
En Lamine Yamal, como sucede con el doctor Jekyll de Stevenson, conviven dos personajes: un adulto y un adolescente. El segundo, que es el que le corresponde por fecha de nacimiento, es el que se encarga de marcar las diferencias en el campo, como ocurrió esa noche de verano en Baviera contra los franceses. Cuando un espectador lo ve en acción, se pregunta cómo hace esas cosas con su edad, pero es que quizá la única forma de hacerlas, precisamente, es tener esa edad, y donde otros ven estadios con 80 000 espectadores, hierba radiante y focos de última generación, tú sigues viendo una pelota, una portería y la posibilidad de pasártelo bien con tus amigos, que es lo mismo que veías en el patio de la escuela. Para jugar bien al fútbol hay que tener mucha clase y poco pudor. Y no haber olvidado la infancia. Todo eso proyecta la naturaleza de Yamal. La dimensión lúdica de su talento. Lo corroboró recientemente el propio padre del jugador, Mounir Nasraoui, en una entrevista para El País: “Lo veo ahora con los profesionales y tengo la misma sensación que cuando lo veía en el equipo del pueblo: a mi hijo le gusta divertirse. No cambia. Ni va a cambiar”.
Todas esas jugadas increíbles, sin embargo, no han hecho más que agigantar las expectativas del público. Yamal ha crecido tanto como futbolista, y lo ha hecho tan rápido —ya es el líder indiscutible del Barcelona y de España, dos plantillas atestadas de cracks—, que la presión que maneja es inasumible. O al menos debería serlo, porque a él no parece lastrarle. Es ahí donde entra en juego su inesperada madurez, una frialdad ante el juicio ajeno que descoloca y asombra a partes iguales, un derroche de personalidad que en el fondo es su arma más letal, el sello que lo identifica. Esa marciana capacidad de abstraerse. Tiene más de 40 millones de seguidores en Instagram, es el jugador con un valor de mercado más alto del mundo según el portal especializado Transfermarkt, las multinacionales se pelean para que ponga la cara en sus anuncios y le extienden cheques en blanco para contratarlo, las celebridades del cine y de la música quieren sacarse fotos a su lado y su camiseta ya se vende más que la de cualquier otro icono futbolístico. Él, sin embargo, rinde como si nada de eso estuviera sucediendo. Como si lo que contara fuera otra cosa. Como si su vocación, parafraseando a Cortázar, fuera el juego más serio que jamás hubiera existido.
Yamal ya no es un niño —ningún futbolista que brille en un estadio colmado de gente puede serlo, tenga la edad que tenga—, pero, cuando maneja el balón, se comporta como si aún lo fuera. De otra forma no puede explicarse la ridícula levedad con la que esquiva contrarios, manda centros con el exterior de la bota e inventa goles de dibujos animados. Ese modo de romper los partidos como si fueran trozos de cartón. Cualquiera que de repente estuviera en su posición, y comprendiera qué significa ya ser Lamine Yamal, devolvería la pelota de primeras al lateral y correría a esconderse en una cueva en lo alto del monte. Pero él no. Él se la queda, se gira y encara al contrincante. Cuanto mayor es la tensión, mayor es su atrevimiento. Su gestión de las emociones es un misterio.
Esa ausencia de miedo es tan desconcertante que algunos la han asociado a la inconciencia, otros a la imprudencia y otros, todavía peor, a una cierta arrogancia. En la mayoría de los casos, les falta contexto. Lo primero que hay que hacer para comprender cómo funciona el cerebro del extremo es viajar a su pasado. Descubrir a ese crío que, en una familia con pocos recursos y en un barrio marginal, se vio obligado a dar un paso al frente antes que el resto para no verse consumido por las circunstancias. Antes de disputarse esa vuelta de los cuartos de final contra el Atlético con la que arrancaba este reportaje, Yamal se plantó frente a los flashes con el chándal de su club y los periodistas le preguntaron si no le parecía injusto que, siendo tan joven, todos le señalaran a él para darle la vuelta al cruce. Su respuesta fue tajante: “Desde pequeño he asumido más responsabilidades de las que debería”. No le tembló la voz. Hablaba alguien que no iba a arrugarse. Hablaba alguien acostumbrado a ejercer de líder. Hablaba alguien, por si no fuera suficiente con todo lo anterior, consciente del poder de sus mensajes.
El Barça, pese al estupendo partido del muchacho, acabaría perdiendo la eliminatoria. Pero la fiera continuaba creciendo a un ritmo endemoniado.
.webp)
ESCENA III
Todavía no ha pasado un año desde el debut de Lamine Yamal como deportista profesional —con 15 años, 9 meses y 16 días; uno, por más que insista en apuntar ciertos números disparatados, nunca termina de normalizarlos—. El Mallorca visita la capital de Cataluña en un final de temporada descafeinado para los seguidores del fc Barcelona. Los azulgranas, anclados en algunos episodios felices del pasado, hace tiempo que viven atrapados en la nostalgia, y el nivel de equipo no acompaña, incapaz este curso de pelear por el título liguero. El encuentro contra los baleares, un club mucho más modesto, es un reflejo exacto de ese aletargamiento, con el 0-0 flotando como un bostezo sobre el verde a falta de 20 minutos para que el árbitro pite el final del choque. El fútbol, de todos modos, siempre encuentra un mecanismo para alterarnos el pulso. Y ese mecanismo, hoy, es Yamal, todavía una promesa, un estudiante de secundaria flaco y ligeramente desgarbado que de repente penetra en el área enemiga y, sin demasiado ángulo y con el marcador encima, pero inspirado por las mejores musas, manda la bola a la escuadra y desata una euforia momentánea en el estadio.
El goleador sabe que la hinchada está necesitada de estímulos. También, que lo que ha hecho se acerca bastante a una obra de arte. Por eso, cuando escucha la red agitarse, corre hacia detrás de la portería, salta la valla comercial, abre los brazos y va directo hacia la gente, risueño. Unos segundos después, superada la euforia inicial, pero sin dejar de sonreír, mira al vacío y hace un gesto con las manos que todavía pocos comprenden.
Uno de los primeros detalles que llamaron la atención de la irrupción en la élite de Yamal fue, precisamente, su forma de celebrar los goles, ese 304 que dibujaba con los dedos después de abrazarse con sus compañeros. La cifra, fuimos aprendiendo poco a poco, equivale a los tres últimos dígitos del código postal de Rocafonda, el barrio de la ciudad costanera de Mataró donde creció y en cuyas calles comenzó a dar patadas a un balón. Era su forma de demostrar que, una vez alcanzada la cima, no se olvidaba de sus orígenes.
Rocafonda es un barrio obrero del litoral catalán —situado a 30 kilómetros de Barcelona— que durante el siglo pasado sufrió múltiples transformaciones. En su momento una zona agrícola con huertas y viñas, en la década de 1960 vivió un enorme cambio urbanístico debido a las inercias demográficas de la época. Cataluña era una de las comunidades más desarrolladas industrialmente del Estado español, y eso hizo que acogiera a muchos inmigrantes de otras partes del país que a partir de esa década se desplazaron hasta sus poblaciones persiguiendo un futuro mejor. Por ejemplo, Rocafonda, cuyos planos se alteraron ante la llegada masiva de trabajadores. Mateo Lobato, vecino del lugar, recordaba en 2014 esa metamorfosis en el periódico Todo Mataró: “Se planificaron calles anchas (en general), de trazados rectos, con aceras adecuadas y sin obstáculos. También se construyeron viviendas amplias, dado que una gran parte de las familias que procedían de otras zonas de España solían venir con números importantes de hijos. En algunos casos más de 10”. En Capgròs, otro medio de comunicación local, subrayan que esa mutación también trajo una conciencia más obrera y solidaria, con asociaciones de vecinos que se organizaban para reclamar mejores equipaciones para el barrio (como el abastecimiento de agua o la construcción de escuelas) y, si hacía falta, llevar a cabo movilizaciones.
En los noventa la demografía de Rocafonda volvió a cambiar, en este caso con la llegada de población extranjera, la mayor parte procedente del norte de África, pero también de algunos territorios de la África subsahariana o de América del Sur. Nuevos residentes que se instalaban en el barrio atraídos por los precios de los pisos, a menudo degradados, pero con alquileres más asequibles que en el centro de Mataró. Actualmente, según Capgròs, más de la mitad de sus habitantes (52.61%) nacieron fuera de Cataluña. Los vecinos de Rocafonda, que durante años han tenido que hacer frente a la estigmatización —la extrema derecha llegó a describir el lugar como “un estercolero multicultural”—, luchan cada día para salir adelante. El Instituto Nacional de Estadística español calcula que uno de cada dos de ellos está en riesgo de pobreza. “Los datos no engañan y queda mucho para hacer —publicaba el diario digital en 2025—. En Rocafonda, la renta mediana por persona es de 7 432 euros* [anuales, cerca de 150 000 pesos mexicanos]. Es decir, unos 12 800 euros menos que el sector con rentas más elevadas de la ciudad”.
Una de esas familias humildes que arribaron al barrio con la segunda ola migratoria fue la de Lamine Yamal. La paterna. Fátima, abuela del hoy futbolista y figura clave de su trayectoria, pues se encargó de cuidarlo durante sus primeros años de vida, fue la que dio el paso hace más de 30 años: abandonó la ciudad marroquí de Tánger para asentarse en la costa catalana. La siguieron sus dos hijos; Abdel, más calmado, que terminaría regentando una panadería, y Mounir, que combinaba trabajos temporales con estancias en Marruecos y algún que otro altercado. “Se pone nervioso con facilidad”, le describían en su entorno para una crónica del Diari ARA firmada por el periodista Albert Nadal en 2024. En España, Mounir conoció a Sheila Ebana, la madre de Lamine, natural de Guinea Ecuatorial. Cuando el niño llegó al mundo, ella tenía 16 años y él, 21. Los primeros capítulos se escribieron en Rocafonda, con la joven pareja buscándose la vida y el crío, a cargo de Fátima, corriendo detrás de la pelota en la Joan XXIII, una plaza que en su momento había sido un descampado y en la que hoy, disfruten con la paradoja, se levanta un cartel que prohíbe jugar con un balón. A esa misma plaza daba el bloque en el que vivían todos. Y muy cerca de ahí está El Cordobés, el bar de Juan Carlos Serrano Muñoz, amigo de la familia, que ha decorado las paredes de su local con equipaciones y fotografías de Yamal, y que no se cansa de recibir las visitas de compañeros de prensa y curiosos. “Yo le dejaba dinero al padre para que su hijo no tuviera que colarse en el tren”, suele contar, entre otras anécdotas, Serrano Muñoz a los medios.
Con los años, Mounir y Sheila se separaron. Ella, después de encontrar trabajo en un McDonald’s, se mudaría al interior, a Granollers, otro de los escenarios donde creció la futura estrella (de esa ciudad es el cf La Torreta, de hecho, el primer equipo federado donde jugó). Hasta que a unos y a otros les cambió completamente la vida en 2014, cuando el fc Barcelona se cruzó en su camino y le abrió al chaval las puertas de su cantera. El club azulgrana es conocido internacionalmente por su labor formativa; no hay muchos equipos que hayan catapultado a tantos jóvenes talentos hacia la élite. Por norma general, la entidad solo les ofrece alojamiento si sus circunstancias así lo exigen, es decir, si residen lejos, en otras regiones, otros países o incluso otros continentes. Con Lamine, sin embargo, decidieron hacer una excepción. Conscientes de su potencial, y temerosos de que la inestabilidad de su entorno pudiera entorpecer su evolución, el Barça tomó la decisión de hacerse cargo de su formación a todos los niveles, administrar sus finanzas y darle una habitación en La Masía, su famosa residencia. El resto, como suele decirse, es historia.
Aunque hay algo que el atacante no perdió en ese salto de la plaza a la academia: el fútbol de la calle siguió con él. En el libro Universo Lamine Yamal, el analista Albert Blaya Sensat argumenta que esa cuestión es la clave de su apabullante rendimiento en el campo. Según él, la base del jugador continúa siendo aquello que absorbió antes de recibir las pautas de sus primeros entrenadores. Eso se percibe en la calidad técnica, preparada para sobresalir en cualquier contexto —quien ha jugado en todo tipo de terrenos, incluso en terrenos no normativos, como aceras, parques o explanadas, dispone de más recursos para superar obstáculos—. En la imaginación. Y, por último, y seguramente lo más decisivo, en la intuición para tomar decisiones correctas durante el partido, un atributo “que no se puede enseñar ni trasladar, sino que es genuino”. Hay cosas que no se aprenden. Suelen ser las más difíciles de hacer. “Todo en él es un saber hacer, un leer correctamente”, recalca Blaya. “Hace que el fútbol llegue a él y no al revés, con la paciencia de quien ha jugado 30 000 encuentros en otra vida”.
Han pasado infinidad de cosas desde que Yamal dejó de sortear con la pelota farolas, papeleras y coches aparcados en su barrio. Rocafonda, sin ir más lejos, ya no solo es noticia por encabezar rankings de precariedad, sino que ahora se asocia a un deportista extraordinario. De eso, de ponerlo en el mapa por algo positivo, también se ha encargado el propio protagonista, festejando los goles a su manera o reivindicando a los suyos en entrevistas, como aquella ocasión en la que expresó, en un encuentro con el programa 60 Minutes, lo conectado que se sentía a sus raíces, y denunció lo descuidada que estaba su comunidad por las administraciones. “Como muchos barrios sin recursos, Rocafonda está olvidada. No somos Sarrià ni Passeig de Gràcia […]. Luchamos al máximo para vivir bien y lo disfrutamos juntos. Sabemos de dónde venimos y estamos orgullosos de ello”. Otro gesto impropio para un chico millonario con la cara invadida aún por el acné juvenil.

ESCENA IV
Temporada 2024-25. El Barça, tras más de un lustro encadenando decepciones, vuelve a las semifinales de la Copa de Europa para medirse al Inter de Milán, y Lamine Yamal, en lugar de adoptar un perfil bajo y no exponerse en el tramo decisivo de la campaña, aparece en sala de prensa con el pelo teñido de amarillo como un Super Saiyajin y su ya cada vez más característica sonrisa de pillo. Es el hombre del momento en el continente. Todos hablan de él. Por su dominio del juego, cada vez más incontestable. Y por algunas actitudes que, bajo el foco, ya no pasan desapercibidas y que varios tachan de irresponsables. Él, aun así, insiste en dar la cara. Nadie entiende cómo no le agobia la expectación que genera. Los periodistas van al grano: ¿no teme que ese interés se gire en su contra en algún momento y los críticos le salten al cuello? El muchacho no se corta y contesta: “Mientras gane, no pueden decirme nada”. Una obviedad como una casa. Y otra demostración de autoconfianza estremecedora.
Lamine Yamal es tan llamativo dentro como fuera del campo. No lo queda grande ni el traje de gambeteador ni el de ídolo de masas. Pantalones caídos, camisas oversize, bolsos Louis Vuitton, colgantes relucientes, gorras al revés. Un referente generacional, que sabe captar los giros en modas y tendencias, siempre vestido y peinado a la última, amante de la música urbana y muy activo en redes sociales. Unos hábitos que lo conectan a la juventud y que todavía pronuncian más ese punto descarado de su carácter, con el que los seguidores del Barça se van familiarizando a marchas forzadas.
Tradicionalmente, el barcelonismo se acostumbró a rendir pleitesía a leyendas que representaban todo lo contrario a lo que representa Yamal. Sobre todo en la etapa más luminosa de la historia del club, no tan lejana todavía, cuando prodigios de la talla de Messi, Xavi o Iniesta, que en el césped eran vistos casi como deidades —y con razón—, al quitarse la camiseta actuaban con máxima cautela y discreción para proteger sus vidas privadas. Aquel equipo de ensueño, que entrenaba magistralmente Guardiola y que llenó de títulos las vitrinas de la institución, solo irrumpía en las conversaciones de sobremesa por cómo hacía las cosas sobre el campo, y sus miembros más destacados, pese a ser los futbolistas más reconocidos del mundo, eran expuestos también como ejemplos de buena conducta, tipos tranquilos y humildes e impecables profesionales. Esa tradición aun hace más contracultural e inquietante la figura del nuevo estandarte culé. Aunque en el fondo no deja de ser solo un reflejo de un tiempo nuevo. Así lo resumía Daniel Verdú en otro artículo publicado en El País, titulado “La importancia de creerse el mejor”: “Creerse el mejor, el número 1, casi nunca fue un buen negocio. La vanidad, la arrogancia, la chulería, iban siempre asociadas a un carácter difícil, egoísta. Creerse el mejor, en el mundo que ya hemos dejado atrás, no estaba justificado ni cuando eras el mejor. La contención, la modestia, el trabajo duro y discreto formaban parte de los valores protestantes que se propagaron silenciosamente durante el siglo XX, pero también de todas las fábulas sobre las que se edificó la identidad de aquel tiempo. La cigarra, la hormiga. Pero en el mundo de las redes sociales, donde el relato es el principio sobre el que se construye la nueva realidad, sentirse el número 1 es imprescindible para llegar a serlo. O para parecerlo, que es ya casi lo mismo”.
Esa misma osadía de Yamal es la que saca de quicio a sus detractores, la que abona la rabia de aquellos que no digieren su éxito ni le perdonan sus errores, que también los comete. Por ejemplo, esas ocasiones en las que, después de marcar un gol fuera de casa, se ha dedicado a provocar más de la cuenta a la hinchada rival. O ese video en el que apareció junto a un famoso youtuber criticando entre risas la supuesta falta de deportividad del máximo rival de los azulgranas, el Real Madrid: “Roban, se quejan”. O esa fiesta a todo lujo que organizó en una villa privada cuando cumplió la mayoría de edad, y que al día siguiente saltó a las portadas de los periódicos por algunas prácticas censurables, como la contratación de espectáculos protagonizados por personas con enanismo. Equivocaciones propias de un adolescente que todavía no razona algunos de sus actos. Y que a veces debe hacer frente, además, a controversias generadas en su entorno, sobre las que no tiene control. En septiembre de 2024, dos meses después de proclamarse campeón de la Eurocopa —fue reconocido como mejor jugador joven del torneo—, un grave accidente amagó con fastidiar su estado de gracia: su padre Mounir tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital tras haber recibido tres puñaladas en una reyerta con otros cuatro hombres en Rocafonda. Después de lo ocurrido, la prensa se apresuró a insinuar que, con ese contexto familiar, Yamal no conseguiría mantenerse en lo más alto.
Aunque esas polémicas y esos deslices no ensombrecen la sorprendente firmeza con la que suele resolver los enredos a los que le conduce la fama. En esa misma comparecencia previa al enfrentamiento contra el Inter, el chico manifestó que la presión no le suponía ningún estorbo ni le provocaba ningún temor. “El miedo lo dejé en el parque, en Mataró, hace tiempo”. Otra frase memorable para la colección. Era el mismo tipo sereno y elocuente, seguro de sí mismo, que tiempo después debería lidiar con otro episodio desagradable.
El pasado 31 de marzo la selección española recibió como local a la egipcia para jugar un partido amistoso en el rcde Stadium de Cornellà. El encuentro se cerraría con un empate sin goles, aunque ese día la noticia estuvo en la grada, donde se escucharon cánticos racistas por parte de la afición de la Roja hacia los rivales. “¡Musulmán el que no bote!”, arengaron algunos grupos de seguidores, que también pitaron el himno de Egipto. Una escena repugnante, aunque no imprevista del todo, teniendo en cuenta cómo en España han ido calando estos últimos años los mensajes xenófobos entre la sociedad, algo que se revela con el auge de los partidos de extrema derecha en los comicios y algunos indicadores como el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (cis), que sitúa la inmigración como una de las principales preocupaciones de la población en la actualidad, llegando a superar en la tabla el paro o los problemas de vivienda. Esos gritos causaron bochorno y escondían una contradicción. Lo segundo lo delató el rostro apagado de uno de los futbolistas locales, que deambulaba por la banda derecha sin apenas levantar la cabeza, visiblemente incómodo. Bueno, no era un futbolista más. Se trataba, justamente, de la estrella del equipo al que animaban esos impresentables. Lamine Yamal, español y musulmán.
La respuesta del chico, descomedido para lo malo y para lo bueno, no se hizo esperar, con un texto publicado en su Instagram pocas horas después de terminarse el choque. “Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y que no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable —decía el escrito. Y concluía—: Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas”. Rotundo y directo.
“Lamine Yamal puede ayudar más que la ministra de Igualdad”, afirmó respecto a ese post el comentarista deportivo español Alberto Edjogo-Owono, autor de Heridas en la piel, un libro que radiografía la lacra del racismo en el fútbol. La frase dimensiona la influencia que el joven atleta ya ejerce sobre la sociedad. Y reivindica la importancia de que el nuevo fenómeno del fútbol mundial se atreva a expresarse públicamente con esa convicción, sin miedo a rechazos ni represalias.
ESCENA V
11 de mayo. Seis de la tarde de un lunes laborable. Las calles de Barcelona sucumben a una imprevista explosión de colores. El azul y el grana lo empapan todo: camisetas, bufandas, murales, farolas, portales, marquesinas, hasta las copas de los árboles. Los jugadores del Barça se suben a un autocar descapotable para celebrar LaLiga 2025-26 y la gente responde colmando las aceras de la ciudad y los balcones de sus fachadas. Es la típica rúa de los campeones: una buena ocasión para ver a los futbolistas por fin distendidos; quién sabe si alguno beberá más cerveza de la cuenta, cuál se animará con un cántico o un baile, dónde acabará la gorra del preparador físico. En esas que la retransmisión televisiva se detiene en un detalle. Lamine Yamal, otra vez Lamine Yamal, todavía los 19 años por cumplir, que se asoma a la barandilla del vehículo y en medio del festejo empieza a ondear una bandera palestina. El gesto, en plena atrocidad militar de Israel en la Franja de Gaza, no tiene nada de esporádico o fortuito: unas horas después, cuando el crack suba en sus redes un carrusel de imágenes de resumen de la fiesta, colgará una instantánea de ese mismo momento. Sabe lo que hace. Y las repercusiones que tendrá una acción de ese tipo. No se equivoca: a las horas, el mismo ministro de Defensa israelí critica públicamente al jugador y, solo un poco después, el mismísimo presidente del Gobierno español intercede para aplaudir su comportamiento: “Solo ha expresado la solidaridad por Palestina que sentimos millones de españoles. Otro motivo más para estar orgullosos de él”. Un nuevo terremoto mediático. Una nueva demostración de que Yamal entiende de qué va esto. Y no se amilana.

ESCENA VI
En esta ocasión no es un gol. Tampoco un festejo. Ni una declaración. En esta ocasión es una fotografía. Una de esas fotografías tan redondas que, por imposibles, si hoy la viéramos por primera vez, la adjudicaríamos directamente a la IA. Demasiada casualidad. Pero no. La instantánea tiene autor. Joan Monfort, fotógrafo freelance. Y es real. Tan real como un milagro consumado.
Lionel Messi, sudadera blanca, sonrisa tímida, melena lisa recogida detrás de las orejas, sostiene en brazos a un bebé envuelto en una toalla. El niño hace como que juega con las manos; la leyenda lo mira cómplice, como si detectara algo que le resultase familiar. Ninguno de los dos, por motivos obvios, sabe quién es el otro. Nadie, en el instante de tomar la imagen, es consciente de la trascendencia de la escena. Eso se desvelará después. Y entonces, más de uno pensará que se le ha aparecido la Virgen. El recién nacido de la fotografía es Lamine Yamal.
Hay momentos en los que el destino se pone tan creativo que es complicado no tomárselo a broma. Ese, desde luego, fue uno de ellos. ¿Cuántos niños hay en Cataluña? ¿Cuántos de esos niños juegan fútbol? ¿Cuántos de esos niños juegan tan bien fútbol que llegan a profesionales? ¿Cuántos de esos niños que llegan a profesionales se convierten en los mejores del mundo? ¿Qué probabilidad había de que ese bebé acabara siendo el legítimo sucesor del genio que lo mecía? La cifra que se obtiene tras realizar el cálculo estadístico es tan ínfima que marea. En realidad, lo único explicable de ese encuentro es que unicef impulsó en 2007 un calendario solidario con la Fundación Barça para recaudar fondos para familias necesitadas, y que la de Yamal se acogió a ese programa social y participó en las sesiones fotográficas de la campaña.
Sí, era él. La futura joya de la corona. Lamine Yamal, el mito en ciernes que hoy se sacude la presión de los hombros como si solo fuera polvo. Se trata de esa autoestima feroz sin la que tampoco podrían explicarse sus exhibiciones en el terreno de juego. El arrojo casi suicida que este verano lo llevará a querer ganar el Mundial ya en la primera edición del torneo que disputa. Y que pasa por ser el rasgo que más lo diferencia del resto. Otra frase muy comentada de Yamal fue esa en la que afirmaba, interrogado por su asalto al trono del fútbol, que su sueño no era que le dieran un Balón de Oro, sino que le dieran “muchos”. Una declaración así nunca la habría firmado Messi, el ídolo culé por excelencia, propietario hoy de ocho de esos galardones.
Precisamente de la comparación con el astro argentino también amenaza con salir airoso el nuevo 10 del Barça. Y la pregunta es: si no duda en grabarse a la espalda el mismo dorsal que su genial antecesor, si ni siquiera le intimida que lo comparen con el más grande, ¿qué podrá pararle?
Hay un último detalle que quien escribe esto no logra sacarse de la cabeza.
Mientras todavía triunfaba con la camiseta de su equipo, a los socios barcelonistas les gustaba recordar un anuncio de televisión en el que Messi aparecía cuando todavía era canterano de la entidad y en el que, con su retraimiento habitual, miraba a cámara y lanzaba un mensaje: “Recuerda mi nombre: Leo Messi”. Todo encajó, y aquellas imágenes, con el paso del tiempo, adquirieron el valor de una profecía cumplida. A Lamine Yamal, en cambio, me digo, no le hizo falta grabar ningún video ni mandar ningún aviso a través de un spot publicitario. ¿Para qué? Él sabe desde hace muchos años que su nombre será recordado. Y con eso le ha bastado para conseguirlo.
{{ linea }}
Una historia realizada en colaboración con Citi.
{{ linea }}

Esta es la primera colaboración de <i>Panenka</i> y <i>Gatopardo</i>. Ponemos en el centro a un deportista que encarna buena parte de los valores y las emociones complejas que hacen del futbol un espectáculo que (aún) vale la pena experimentar: Lamine Yamal. Soporta el juicio sumario en el escenario mundialista con la gracia de alguien que recién ha superado la frontera de la adultez.
Pero antes de relatar la vida de Yamal, va una no tan breve pero necesaria explicación.
Un nuevo balón al área
Panenka nació a mediados de 2011 para convertirse en la primera revista de cultura futbolística de España. Este concepto, cultura futbolística, ya era conocido en ese momento en muchos países de Europa y América Latina, con medios de calidad contrastada como So Foot (Francia), El Gráfico (Argentina) o 11Freunde (Alemania), que apostaban por un modo distinto de contar el deporte. Algunas de esas cabeceras nos sirvieron de inspiración a la hora de arrancar nuestro proyecto editorial. Una modesta publicación mensual que fio su suerte a sus primeros lectores, y que hoy ya cuenta con una comunidad robusta y fiel que apoya su manera de entender el periodismo.
A lo largo de 158 números, y tras 15 años con la redacción en funcionamiento, Panenka ha tratado de respetar una de sus máximas fundacionales: reivindicar el fútbol como una expresión cultural más. De la misma forma que lo son el cine, la literatura, el arte o la música. Tratándose de un fenómeno tan masivo y global, nuestro objetivo siempre ha sido el de conectarlo con ramas tan diversas, prolíficas y elementales como la historia, la sociedad o la política.
Otra de nuestras ambiciones desde el inicio ha sido huir de la superficialidad con la que se trata desde ciertos sectores intelectuales lo que ocurre dentro de los estadios. El fútbol no es solo lo que sucede durante 90 minutos. Narrarlo es también radiografiar el contexto de un lugar y un tiempo determinados, auscultar el tejido social que lo impregna y, sobre todo, abordar las historias de las personas que lo hacen posible. Desde la estrella hasta el masajista del equipo. Seres terrenales cuando se aparta el foco mediático, el mismo foco mediático que, a veces, contribuye a una banalización del juego tan peligrosa como perniciosa.
El fútbol que se lee. Así definimos Panenka sus propios trabajadores. Una declaración de intenciones que se refleja en el tratamiento de nuestros contenidos: rigurosos, profundos y multidisciplinares. El balón es solo la excusa para contar historias de todo tipo. Pero más allá de atender el enfoque, la confección y la edición de estos textos, para nosotros también es esencial cómo se los presentamos al público. Por eso, el diseño es también uno de los sellos distintivos de nuestra publicación. La propuesta estética de Panenka ha logrado numerosos premios en la última década. Mimamos el qué, pero también el cómo. Las ilustraciones y los apoyos gráficos en forma de mapas o infografías se dan la mano con nuestro modo de entender la escritura periodística, que bebe de los géneros y los recursos literarios conocidos. También el uso de fotografías y la maquetación discurren en esta línea: ofrecer al consumidor una experiencia agradable, seria y reflexiva.
Con el propósito de no desviarnos de esa hoja de ruta, y gracias a una red cada vez más amplia de colaboradores, suscriptores y lectores, hoy Panenka ya es mucho más que una revista. Es también una editorial que publica libros, una productora que lanza sus propios pódcasts y documentales y una organización que promueve premios y festivales dedicados a la cultura futbolística. Todo, sin olvidar ninguno de los 11 puntos que compusieron nuestro manifiesto fundacional, a los que nos continuamos ciñendo como un defensa que no pierde de vista al delantero. A continuación, los reproducimos.
1. A Panenka le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden.
2. Panenka quiere contar esas historias, aunque sus protagonistas estén jugando en la liga turco-chipriota y no se depilen las cejas. De hecho, mejor si eran barbudos, jugaban en la Liga Soviética de 1977 y escuchaban vinilos de los Rolling clandestinamente.
3. En Panenka nos apasiona la capacidad del fútbol para transportarnos a otros países y otras épocas. Sociedad, cultura y política botan al compás del balón.
4. Panenka no colabora con la dictadura de la actualidad, la agenda manida y los temas obvios, repetidos y políticamente correctos. Y cuando aborda acontecimientos, equipos o figuras muy populares, se compromete a no quedarse en la superficie.
5. Sentimos una íntima y encendida pasión por el fútbol, pero dejaremos tranquilo al hincha que todos llevamos dentro a la hora de escribir. El periodismo de club, partido o empresa ya tiene su hueco en quioscos, pantallas y redes sociales. Pero no en Panenka.
6. Panenka no se esfuerza en disimular los bostezos en las ruedas de prensa banales o ante cuestionarios respondidos con el piloto automático.
7. Panenka no forma parte de ningún grupo mediático. No nació en un rascacielos después de que un grupo de ejecutivos detectara un “nicho de mercado”; es el fruto de las conversaciones de bar de algunos periodistas. Varios cientos de botellines de cerveza lo atestiguan.
8. De hecho, en Panenka ni siquiera sabemos qué es un “nicho de mercado”, pero suena fatal.
9. Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. Panenka no entiende de limitaciones ni (auto)censuras.
10. Panenka supone una modesta locura compartida por varias docenas de periodistas, escritores, ilustradores, fotógrafos e infografistas. También por algunos futbolistas y entrenadores. La locura de creer que el fútbol merece otro lenguaje y otra estética.
11. Panenka es el póster que vigiló nuestra infancia desde la pared. El futbolista que queríamos ser en el patio. El gol que metíamos en sueños. Panenka es una utopía que nos devuelve al espejismo del fútbol puro.

Lamine Yamal en el patio de la escuela
“Recuerdo que cuando era chico mis padres solían decirme: ‘Bien, ya jugaste bastante, ahora ven a darte un baño’. Eso me resultaba totalmente idiota, porque, para mí, el baño era un asunto tonto. No tenía ninguna importancia, mientras que jugar con mis amigos era algo serio. La literatura es así: es un juego, pero un juego en el que uno puede jugarse la vida. Se puede hacer cualquier cosa, todo, por ese juego”.
—Julio Cortázar
ESCENA I
Es el minuto 25 del partido de vuelta de los cuartos de final de la Champions League entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, y el árbitro, aprovechando un saque de esquina, detiene el juego para que los médicos entren al campo y atiendan a un futbolista lesionado. Hasta ese momento, el encuentro no ha dado respiro: el Barça ha arrasado como un vendaval sobre el césped del estadio Riyadh Air Metropolitano y, gracias a su jovencísima estrella, ya ha igualado una eliminatoria que se le había complicado mucho en la ida (0-2). Mientras espera la señal del colegiado que reanude el choque, Lamine Yamal se agacha al lado del banderín de córner y se sienta encima del balón, como un niño travieso al que le han interrumpido el recreo. Las cámaras lo enfocan por enésima vez. Él cuida la pose. Se sabe observado. Por los suyos, los aficionados azulgranas, que se aferran a su talento desorbitado para completar la remontada y avanzar a semifinales. Y por los otros, los seguidores rojiblancos, que ya no saben a qué Dios rezar para que frene al muchacho. Solo tiene 18 años, y aun así todas las miradas son para él. Pero lo que da más vértigo no es eso. Lo que da más vértigo es que el chico parece disfrutarlo.
Lo primero que se suele destacar de los mejores futbolistas del mundo es el don que tienen en los pies para hacer realidad aquello que la mayoría solo sueña en su cama: goles imposibles, remates acrobáticos, pases inverosímiles, controles espectaculares, regates prodigiosos. Unas cualidades que todavía impresionan más cuando se dan en jugadores que no es solo que estén empezando sus carreras, es que apenas están dejando atrás la niñez. En el caso de Yamal, ambos factores confluyen de manera aparatosa: la destreza y la precocidad. Cuando tenía 16 años y 38 días, el atacante se convirtió en el futbolista más joven de la historia en ser titular en un encuentro de la liga española. Aquel solo fue el primer récord de los muchos que pulverizaría a la velocidad del viento. Siete días después, se convirtió en el jugador más joven en dar una asistencia de gol en la competición. Doce días después, en el más joven en debutar y marcar con España. Once días después, en el más joven en disputar un partido de Champions con la camiseta del Barça. Diecinueve días después, en el más joven en anotar un tanto en LaLiga. Veinte días después, en el más joven en tener minutos en un Clásico contra el Real Madrid. La sangría estadística ya no cesaría. De modo que, antes de cumplir los 17, la criatura, además de una trituradora de plusmarcas, ya era uno de los referentes de una selección que se preparaba para levantar la Eurocopa y la pieza más desequilibrante de uno de los clubes más poderosos del planeta. Si te parabas a analizarlo, parecía incluso un relato demasiado exagerado. Demasiado inverosímil. Un espectáculo tan digno de ver como difícil de creer.
Pero hay algo más, algo que escapa al impacto de un récord, la elegancia de una finta o a la belleza de un disparo lejano. Todos hablan de lo que el canterano culé es capaz de hacer con un balón; pero lo verdaderamente diferencial, como pasa con cualquier genio, es lo que es capaz de hacer con su cabeza.
¿Cómo se explica que centenares de miles de personas esperen que hagas un milagro cada día sobre un terreno de juego y que aun así tú actúes como si no te importara? ¿Cómo se puede cargar con una losa de esas dimensiones y dar a entender que no te pesa? ¿Cómo logras digerir emocionalmente algo tan desmesurado y tan bruto y tan complejo sin tener ni edad para conducir?
¿Cómo es posible Lamine Yamal?
ESCENA II
9 de julio de 2024. Semifinales de la Eurocopa. Allianz Arena, Múnich. Una Francia curtida y despiadada, con futbolistas mucho más experimentados que los del cuadro español, somete a su rival en el juego y en el electrónico, gracias a una diana de Kolo Muani que de momento decanta la balanza. En esas que, en una acción anodina, el cuero rebota contra la pierna de un defensor y queda muerto en la frontal del área gala. Lamine Yamal, que está participando por primera vez en un gran torneo internacional —la última Eurocopa la siguió hace tres años con su pandilla de amigos en las pantallas de un centro comercial—, se hace con él, y sin que nadie pueda anticipar el peligro, ni sospechar sus intenciones, amaga un pase, cambia de dirección, arquea la pierna y, para sorpresa de todos, se anima con el disparo.
No es un gol. Es un sinsentido. Como un rayo cayendo del cielo y dejando sin luz a todo el edificio. No es que el español le pegue desde su casa, lejísimos de la portería; es que prácticamente dispara desde otro planeta. No tiene cercanía, no tiene hueco, no tiene visión. Por suerte, tampoco tiene vergüenza, porque si la llega a tener ni siquiera lo prueba. El balón sale de su pie izquierdo echando leches, como si lo persiguiera el demonio, y aterriza de emergencia en el arco de un indefenso Maignan, que cae como caen los capos en las películas de mafiosos, con el batín puesto y el periódico en la falda. España iguala el electrónico. Después de ese imprevisto cañonazo, del que el adversario ya no podrá recuperarse, la victoria de la Roja es solo cuestión de tiempo.
En Lamine Yamal, como sucede con el doctor Jekyll de Stevenson, conviven dos personajes: un adulto y un adolescente. El segundo, que es el que le corresponde por fecha de nacimiento, es el que se encarga de marcar las diferencias en el campo, como ocurrió esa noche de verano en Baviera contra los franceses. Cuando un espectador lo ve en acción, se pregunta cómo hace esas cosas con su edad, pero es que quizá la única forma de hacerlas, precisamente, es tener esa edad, y donde otros ven estadios con 80 000 espectadores, hierba radiante y focos de última generación, tú sigues viendo una pelota, una portería y la posibilidad de pasártelo bien con tus amigos, que es lo mismo que veías en el patio de la escuela. Para jugar bien al fútbol hay que tener mucha clase y poco pudor. Y no haber olvidado la infancia. Todo eso proyecta la naturaleza de Yamal. La dimensión lúdica de su talento. Lo corroboró recientemente el propio padre del jugador, Mounir Nasraoui, en una entrevista para El País: “Lo veo ahora con los profesionales y tengo la misma sensación que cuando lo veía en el equipo del pueblo: a mi hijo le gusta divertirse. No cambia. Ni va a cambiar”.
Todas esas jugadas increíbles, sin embargo, no han hecho más que agigantar las expectativas del público. Yamal ha crecido tanto como futbolista, y lo ha hecho tan rápido —ya es el líder indiscutible del Barcelona y de España, dos plantillas atestadas de cracks—, que la presión que maneja es inasumible. O al menos debería serlo, porque a él no parece lastrarle. Es ahí donde entra en juego su inesperada madurez, una frialdad ante el juicio ajeno que descoloca y asombra a partes iguales, un derroche de personalidad que en el fondo es su arma más letal, el sello que lo identifica. Esa marciana capacidad de abstraerse. Tiene más de 40 millones de seguidores en Instagram, es el jugador con un valor de mercado más alto del mundo según el portal especializado Transfermarkt, las multinacionales se pelean para que ponga la cara en sus anuncios y le extienden cheques en blanco para contratarlo, las celebridades del cine y de la música quieren sacarse fotos a su lado y su camiseta ya se vende más que la de cualquier otro icono futbolístico. Él, sin embargo, rinde como si nada de eso estuviera sucediendo. Como si lo que contara fuera otra cosa. Como si su vocación, parafraseando a Cortázar, fuera el juego más serio que jamás hubiera existido.
Yamal ya no es un niño —ningún futbolista que brille en un estadio colmado de gente puede serlo, tenga la edad que tenga—, pero, cuando maneja el balón, se comporta como si aún lo fuera. De otra forma no puede explicarse la ridícula levedad con la que esquiva contrarios, manda centros con el exterior de la bota e inventa goles de dibujos animados. Ese modo de romper los partidos como si fueran trozos de cartón. Cualquiera que de repente estuviera en su posición, y comprendiera qué significa ya ser Lamine Yamal, devolvería la pelota de primeras al lateral y correría a esconderse en una cueva en lo alto del monte. Pero él no. Él se la queda, se gira y encara al contrincante. Cuanto mayor es la tensión, mayor es su atrevimiento. Su gestión de las emociones es un misterio.
Esa ausencia de miedo es tan desconcertante que algunos la han asociado a la inconciencia, otros a la imprudencia y otros, todavía peor, a una cierta arrogancia. En la mayoría de los casos, les falta contexto. Lo primero que hay que hacer para comprender cómo funciona el cerebro del extremo es viajar a su pasado. Descubrir a ese crío que, en una familia con pocos recursos y en un barrio marginal, se vio obligado a dar un paso al frente antes que el resto para no verse consumido por las circunstancias. Antes de disputarse esa vuelta de los cuartos de final contra el Atlético con la que arrancaba este reportaje, Yamal se plantó frente a los flashes con el chándal de su club y los periodistas le preguntaron si no le parecía injusto que, siendo tan joven, todos le señalaran a él para darle la vuelta al cruce. Su respuesta fue tajante: “Desde pequeño he asumido más responsabilidades de las que debería”. No le tembló la voz. Hablaba alguien que no iba a arrugarse. Hablaba alguien acostumbrado a ejercer de líder. Hablaba alguien, por si no fuera suficiente con todo lo anterior, consciente del poder de sus mensajes.
El Barça, pese al estupendo partido del muchacho, acabaría perdiendo la eliminatoria. Pero la fiera continuaba creciendo a un ritmo endemoniado.
.webp)
ESCENA III
Todavía no ha pasado un año desde el debut de Lamine Yamal como deportista profesional —con 15 años, 9 meses y 16 días; uno, por más que insista en apuntar ciertos números disparatados, nunca termina de normalizarlos—. El Mallorca visita la capital de Cataluña en un final de temporada descafeinado para los seguidores del fc Barcelona. Los azulgranas, anclados en algunos episodios felices del pasado, hace tiempo que viven atrapados en la nostalgia, y el nivel de equipo no acompaña, incapaz este curso de pelear por el título liguero. El encuentro contra los baleares, un club mucho más modesto, es un reflejo exacto de ese aletargamiento, con el 0-0 flotando como un bostezo sobre el verde a falta de 20 minutos para que el árbitro pite el final del choque. El fútbol, de todos modos, siempre encuentra un mecanismo para alterarnos el pulso. Y ese mecanismo, hoy, es Yamal, todavía una promesa, un estudiante de secundaria flaco y ligeramente desgarbado que de repente penetra en el área enemiga y, sin demasiado ángulo y con el marcador encima, pero inspirado por las mejores musas, manda la bola a la escuadra y desata una euforia momentánea en el estadio.
El goleador sabe que la hinchada está necesitada de estímulos. También, que lo que ha hecho se acerca bastante a una obra de arte. Por eso, cuando escucha la red agitarse, corre hacia detrás de la portería, salta la valla comercial, abre los brazos y va directo hacia la gente, risueño. Unos segundos después, superada la euforia inicial, pero sin dejar de sonreír, mira al vacío y hace un gesto con las manos que todavía pocos comprenden.
Uno de los primeros detalles que llamaron la atención de la irrupción en la élite de Yamal fue, precisamente, su forma de celebrar los goles, ese 304 que dibujaba con los dedos después de abrazarse con sus compañeros. La cifra, fuimos aprendiendo poco a poco, equivale a los tres últimos dígitos del código postal de Rocafonda, el barrio de la ciudad costanera de Mataró donde creció y en cuyas calles comenzó a dar patadas a un balón. Era su forma de demostrar que, una vez alcanzada la cima, no se olvidaba de sus orígenes.
Rocafonda es un barrio obrero del litoral catalán —situado a 30 kilómetros de Barcelona— que durante el siglo pasado sufrió múltiples transformaciones. En su momento una zona agrícola con huertas y viñas, en la década de 1960 vivió un enorme cambio urbanístico debido a las inercias demográficas de la época. Cataluña era una de las comunidades más desarrolladas industrialmente del Estado español, y eso hizo que acogiera a muchos inmigrantes de otras partes del país que a partir de esa década se desplazaron hasta sus poblaciones persiguiendo un futuro mejor. Por ejemplo, Rocafonda, cuyos planos se alteraron ante la llegada masiva de trabajadores. Mateo Lobato, vecino del lugar, recordaba en 2014 esa metamorfosis en el periódico Todo Mataró: “Se planificaron calles anchas (en general), de trazados rectos, con aceras adecuadas y sin obstáculos. También se construyeron viviendas amplias, dado que una gran parte de las familias que procedían de otras zonas de España solían venir con números importantes de hijos. En algunos casos más de 10”. En Capgròs, otro medio de comunicación local, subrayan que esa mutación también trajo una conciencia más obrera y solidaria, con asociaciones de vecinos que se organizaban para reclamar mejores equipaciones para el barrio (como el abastecimiento de agua o la construcción de escuelas) y, si hacía falta, llevar a cabo movilizaciones.
En los noventa la demografía de Rocafonda volvió a cambiar, en este caso con la llegada de población extranjera, la mayor parte procedente del norte de África, pero también de algunos territorios de la África subsahariana o de América del Sur. Nuevos residentes que se instalaban en el barrio atraídos por los precios de los pisos, a menudo degradados, pero con alquileres más asequibles que en el centro de Mataró. Actualmente, según Capgròs, más de la mitad de sus habitantes (52.61%) nacieron fuera de Cataluña. Los vecinos de Rocafonda, que durante años han tenido que hacer frente a la estigmatización —la extrema derecha llegó a describir el lugar como “un estercolero multicultural”—, luchan cada día para salir adelante. El Instituto Nacional de Estadística español calcula que uno de cada dos de ellos está en riesgo de pobreza. “Los datos no engañan y queda mucho para hacer —publicaba el diario digital en 2025—. En Rocafonda, la renta mediana por persona es de 7 432 euros* [anuales, cerca de 150 000 pesos mexicanos]. Es decir, unos 12 800 euros menos que el sector con rentas más elevadas de la ciudad”.
Una de esas familias humildes que arribaron al barrio con la segunda ola migratoria fue la de Lamine Yamal. La paterna. Fátima, abuela del hoy futbolista y figura clave de su trayectoria, pues se encargó de cuidarlo durante sus primeros años de vida, fue la que dio el paso hace más de 30 años: abandonó la ciudad marroquí de Tánger para asentarse en la costa catalana. La siguieron sus dos hijos; Abdel, más calmado, que terminaría regentando una panadería, y Mounir, que combinaba trabajos temporales con estancias en Marruecos y algún que otro altercado. “Se pone nervioso con facilidad”, le describían en su entorno para una crónica del Diari ARA firmada por el periodista Albert Nadal en 2024. En España, Mounir conoció a Sheila Ebana, la madre de Lamine, natural de Guinea Ecuatorial. Cuando el niño llegó al mundo, ella tenía 16 años y él, 21. Los primeros capítulos se escribieron en Rocafonda, con la joven pareja buscándose la vida y el crío, a cargo de Fátima, corriendo detrás de la pelota en la Joan XXIII, una plaza que en su momento había sido un descampado y en la que hoy, disfruten con la paradoja, se levanta un cartel que prohíbe jugar con un balón. A esa misma plaza daba el bloque en el que vivían todos. Y muy cerca de ahí está El Cordobés, el bar de Juan Carlos Serrano Muñoz, amigo de la familia, que ha decorado las paredes de su local con equipaciones y fotografías de Yamal, y que no se cansa de recibir las visitas de compañeros de prensa y curiosos. “Yo le dejaba dinero al padre para que su hijo no tuviera que colarse en el tren”, suele contar, entre otras anécdotas, Serrano Muñoz a los medios.
Con los años, Mounir y Sheila se separaron. Ella, después de encontrar trabajo en un McDonald’s, se mudaría al interior, a Granollers, otro de los escenarios donde creció la futura estrella (de esa ciudad es el cf La Torreta, de hecho, el primer equipo federado donde jugó). Hasta que a unos y a otros les cambió completamente la vida en 2014, cuando el fc Barcelona se cruzó en su camino y le abrió al chaval las puertas de su cantera. El club azulgrana es conocido internacionalmente por su labor formativa; no hay muchos equipos que hayan catapultado a tantos jóvenes talentos hacia la élite. Por norma general, la entidad solo les ofrece alojamiento si sus circunstancias así lo exigen, es decir, si residen lejos, en otras regiones, otros países o incluso otros continentes. Con Lamine, sin embargo, decidieron hacer una excepción. Conscientes de su potencial, y temerosos de que la inestabilidad de su entorno pudiera entorpecer su evolución, el Barça tomó la decisión de hacerse cargo de su formación a todos los niveles, administrar sus finanzas y darle una habitación en La Masía, su famosa residencia. El resto, como suele decirse, es historia.
Aunque hay algo que el atacante no perdió en ese salto de la plaza a la academia: el fútbol de la calle siguió con él. En el libro Universo Lamine Yamal, el analista Albert Blaya Sensat argumenta que esa cuestión es la clave de su apabullante rendimiento en el campo. Según él, la base del jugador continúa siendo aquello que absorbió antes de recibir las pautas de sus primeros entrenadores. Eso se percibe en la calidad técnica, preparada para sobresalir en cualquier contexto —quien ha jugado en todo tipo de terrenos, incluso en terrenos no normativos, como aceras, parques o explanadas, dispone de más recursos para superar obstáculos—. En la imaginación. Y, por último, y seguramente lo más decisivo, en la intuición para tomar decisiones correctas durante el partido, un atributo “que no se puede enseñar ni trasladar, sino que es genuino”. Hay cosas que no se aprenden. Suelen ser las más difíciles de hacer. “Todo en él es un saber hacer, un leer correctamente”, recalca Blaya. “Hace que el fútbol llegue a él y no al revés, con la paciencia de quien ha jugado 30 000 encuentros en otra vida”.
Han pasado infinidad de cosas desde que Yamal dejó de sortear con la pelota farolas, papeleras y coches aparcados en su barrio. Rocafonda, sin ir más lejos, ya no solo es noticia por encabezar rankings de precariedad, sino que ahora se asocia a un deportista extraordinario. De eso, de ponerlo en el mapa por algo positivo, también se ha encargado el propio protagonista, festejando los goles a su manera o reivindicando a los suyos en entrevistas, como aquella ocasión en la que expresó, en un encuentro con el programa 60 Minutes, lo conectado que se sentía a sus raíces, y denunció lo descuidada que estaba su comunidad por las administraciones. “Como muchos barrios sin recursos, Rocafonda está olvidada. No somos Sarrià ni Passeig de Gràcia […]. Luchamos al máximo para vivir bien y lo disfrutamos juntos. Sabemos de dónde venimos y estamos orgullosos de ello”. Otro gesto impropio para un chico millonario con la cara invadida aún por el acné juvenil.

ESCENA IV
Temporada 2024-25. El Barça, tras más de un lustro encadenando decepciones, vuelve a las semifinales de la Copa de Europa para medirse al Inter de Milán, y Lamine Yamal, en lugar de adoptar un perfil bajo y no exponerse en el tramo decisivo de la campaña, aparece en sala de prensa con el pelo teñido de amarillo como un Super Saiyajin y su ya cada vez más característica sonrisa de pillo. Es el hombre del momento en el continente. Todos hablan de él. Por su dominio del juego, cada vez más incontestable. Y por algunas actitudes que, bajo el foco, ya no pasan desapercibidas y que varios tachan de irresponsables. Él, aun así, insiste en dar la cara. Nadie entiende cómo no le agobia la expectación que genera. Los periodistas van al grano: ¿no teme que ese interés se gire en su contra en algún momento y los críticos le salten al cuello? El muchacho no se corta y contesta: “Mientras gane, no pueden decirme nada”. Una obviedad como una casa. Y otra demostración de autoconfianza estremecedora.
Lamine Yamal es tan llamativo dentro como fuera del campo. No lo queda grande ni el traje de gambeteador ni el de ídolo de masas. Pantalones caídos, camisas oversize, bolsos Louis Vuitton, colgantes relucientes, gorras al revés. Un referente generacional, que sabe captar los giros en modas y tendencias, siempre vestido y peinado a la última, amante de la música urbana y muy activo en redes sociales. Unos hábitos que lo conectan a la juventud y que todavía pronuncian más ese punto descarado de su carácter, con el que los seguidores del Barça se van familiarizando a marchas forzadas.
Tradicionalmente, el barcelonismo se acostumbró a rendir pleitesía a leyendas que representaban todo lo contrario a lo que representa Yamal. Sobre todo en la etapa más luminosa de la historia del club, no tan lejana todavía, cuando prodigios de la talla de Messi, Xavi o Iniesta, que en el césped eran vistos casi como deidades —y con razón—, al quitarse la camiseta actuaban con máxima cautela y discreción para proteger sus vidas privadas. Aquel equipo de ensueño, que entrenaba magistralmente Guardiola y que llenó de títulos las vitrinas de la institución, solo irrumpía en las conversaciones de sobremesa por cómo hacía las cosas sobre el campo, y sus miembros más destacados, pese a ser los futbolistas más reconocidos del mundo, eran expuestos también como ejemplos de buena conducta, tipos tranquilos y humildes e impecables profesionales. Esa tradición aun hace más contracultural e inquietante la figura del nuevo estandarte culé. Aunque en el fondo no deja de ser solo un reflejo de un tiempo nuevo. Así lo resumía Daniel Verdú en otro artículo publicado en El País, titulado “La importancia de creerse el mejor”: “Creerse el mejor, el número 1, casi nunca fue un buen negocio. La vanidad, la arrogancia, la chulería, iban siempre asociadas a un carácter difícil, egoísta. Creerse el mejor, en el mundo que ya hemos dejado atrás, no estaba justificado ni cuando eras el mejor. La contención, la modestia, el trabajo duro y discreto formaban parte de los valores protestantes que se propagaron silenciosamente durante el siglo XX, pero también de todas las fábulas sobre las que se edificó la identidad de aquel tiempo. La cigarra, la hormiga. Pero en el mundo de las redes sociales, donde el relato es el principio sobre el que se construye la nueva realidad, sentirse el número 1 es imprescindible para llegar a serlo. O para parecerlo, que es ya casi lo mismo”.
Esa misma osadía de Yamal es la que saca de quicio a sus detractores, la que abona la rabia de aquellos que no digieren su éxito ni le perdonan sus errores, que también los comete. Por ejemplo, esas ocasiones en las que, después de marcar un gol fuera de casa, se ha dedicado a provocar más de la cuenta a la hinchada rival. O ese video en el que apareció junto a un famoso youtuber criticando entre risas la supuesta falta de deportividad del máximo rival de los azulgranas, el Real Madrid: “Roban, se quejan”. O esa fiesta a todo lujo que organizó en una villa privada cuando cumplió la mayoría de edad, y que al día siguiente saltó a las portadas de los periódicos por algunas prácticas censurables, como la contratación de espectáculos protagonizados por personas con enanismo. Equivocaciones propias de un adolescente que todavía no razona algunos de sus actos. Y que a veces debe hacer frente, además, a controversias generadas en su entorno, sobre las que no tiene control. En septiembre de 2024, dos meses después de proclamarse campeón de la Eurocopa —fue reconocido como mejor jugador joven del torneo—, un grave accidente amagó con fastidiar su estado de gracia: su padre Mounir tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital tras haber recibido tres puñaladas en una reyerta con otros cuatro hombres en Rocafonda. Después de lo ocurrido, la prensa se apresuró a insinuar que, con ese contexto familiar, Yamal no conseguiría mantenerse en lo más alto.
Aunque esas polémicas y esos deslices no ensombrecen la sorprendente firmeza con la que suele resolver los enredos a los que le conduce la fama. En esa misma comparecencia previa al enfrentamiento contra el Inter, el chico manifestó que la presión no le suponía ningún estorbo ni le provocaba ningún temor. “El miedo lo dejé en el parque, en Mataró, hace tiempo”. Otra frase memorable para la colección. Era el mismo tipo sereno y elocuente, seguro de sí mismo, que tiempo después debería lidiar con otro episodio desagradable.
El pasado 31 de marzo la selección española recibió como local a la egipcia para jugar un partido amistoso en el rcde Stadium de Cornellà. El encuentro se cerraría con un empate sin goles, aunque ese día la noticia estuvo en la grada, donde se escucharon cánticos racistas por parte de la afición de la Roja hacia los rivales. “¡Musulmán el que no bote!”, arengaron algunos grupos de seguidores, que también pitaron el himno de Egipto. Una escena repugnante, aunque no imprevista del todo, teniendo en cuenta cómo en España han ido calando estos últimos años los mensajes xenófobos entre la sociedad, algo que se revela con el auge de los partidos de extrema derecha en los comicios y algunos indicadores como el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (cis), que sitúa la inmigración como una de las principales preocupaciones de la población en la actualidad, llegando a superar en la tabla el paro o los problemas de vivienda. Esos gritos causaron bochorno y escondían una contradicción. Lo segundo lo delató el rostro apagado de uno de los futbolistas locales, que deambulaba por la banda derecha sin apenas levantar la cabeza, visiblemente incómodo. Bueno, no era un futbolista más. Se trataba, justamente, de la estrella del equipo al que animaban esos impresentables. Lamine Yamal, español y musulmán.
La respuesta del chico, descomedido para lo malo y para lo bueno, no se hizo esperar, con un texto publicado en su Instagram pocas horas después de terminarse el choque. “Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y que no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable —decía el escrito. Y concluía—: Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas”. Rotundo y directo.
“Lamine Yamal puede ayudar más que la ministra de Igualdad”, afirmó respecto a ese post el comentarista deportivo español Alberto Edjogo-Owono, autor de Heridas en la piel, un libro que radiografía la lacra del racismo en el fútbol. La frase dimensiona la influencia que el joven atleta ya ejerce sobre la sociedad. Y reivindica la importancia de que el nuevo fenómeno del fútbol mundial se atreva a expresarse públicamente con esa convicción, sin miedo a rechazos ni represalias.
ESCENA V
11 de mayo. Seis de la tarde de un lunes laborable. Las calles de Barcelona sucumben a una imprevista explosión de colores. El azul y el grana lo empapan todo: camisetas, bufandas, murales, farolas, portales, marquesinas, hasta las copas de los árboles. Los jugadores del Barça se suben a un autocar descapotable para celebrar LaLiga 2025-26 y la gente responde colmando las aceras de la ciudad y los balcones de sus fachadas. Es la típica rúa de los campeones: una buena ocasión para ver a los futbolistas por fin distendidos; quién sabe si alguno beberá más cerveza de la cuenta, cuál se animará con un cántico o un baile, dónde acabará la gorra del preparador físico. En esas que la retransmisión televisiva se detiene en un detalle. Lamine Yamal, otra vez Lamine Yamal, todavía los 19 años por cumplir, que se asoma a la barandilla del vehículo y en medio del festejo empieza a ondear una bandera palestina. El gesto, en plena atrocidad militar de Israel en la Franja de Gaza, no tiene nada de esporádico o fortuito: unas horas después, cuando el crack suba en sus redes un carrusel de imágenes de resumen de la fiesta, colgará una instantánea de ese mismo momento. Sabe lo que hace. Y las repercusiones que tendrá una acción de ese tipo. No se equivoca: a las horas, el mismo ministro de Defensa israelí critica públicamente al jugador y, solo un poco después, el mismísimo presidente del Gobierno español intercede para aplaudir su comportamiento: “Solo ha expresado la solidaridad por Palestina que sentimos millones de españoles. Otro motivo más para estar orgullosos de él”. Un nuevo terremoto mediático. Una nueva demostración de que Yamal entiende de qué va esto. Y no se amilana.

ESCENA VI
En esta ocasión no es un gol. Tampoco un festejo. Ni una declaración. En esta ocasión es una fotografía. Una de esas fotografías tan redondas que, por imposibles, si hoy la viéramos por primera vez, la adjudicaríamos directamente a la IA. Demasiada casualidad. Pero no. La instantánea tiene autor. Joan Monfort, fotógrafo freelance. Y es real. Tan real como un milagro consumado.
Lionel Messi, sudadera blanca, sonrisa tímida, melena lisa recogida detrás de las orejas, sostiene en brazos a un bebé envuelto en una toalla. El niño hace como que juega con las manos; la leyenda lo mira cómplice, como si detectara algo que le resultase familiar. Ninguno de los dos, por motivos obvios, sabe quién es el otro. Nadie, en el instante de tomar la imagen, es consciente de la trascendencia de la escena. Eso se desvelará después. Y entonces, más de uno pensará que se le ha aparecido la Virgen. El recién nacido de la fotografía es Lamine Yamal.
Hay momentos en los que el destino se pone tan creativo que es complicado no tomárselo a broma. Ese, desde luego, fue uno de ellos. ¿Cuántos niños hay en Cataluña? ¿Cuántos de esos niños juegan fútbol? ¿Cuántos de esos niños juegan tan bien fútbol que llegan a profesionales? ¿Cuántos de esos niños que llegan a profesionales se convierten en los mejores del mundo? ¿Qué probabilidad había de que ese bebé acabara siendo el legítimo sucesor del genio que lo mecía? La cifra que se obtiene tras realizar el cálculo estadístico es tan ínfima que marea. En realidad, lo único explicable de ese encuentro es que unicef impulsó en 2007 un calendario solidario con la Fundación Barça para recaudar fondos para familias necesitadas, y que la de Yamal se acogió a ese programa social y participó en las sesiones fotográficas de la campaña.
Sí, era él. La futura joya de la corona. Lamine Yamal, el mito en ciernes que hoy se sacude la presión de los hombros como si solo fuera polvo. Se trata de esa autoestima feroz sin la que tampoco podrían explicarse sus exhibiciones en el terreno de juego. El arrojo casi suicida que este verano lo llevará a querer ganar el Mundial ya en la primera edición del torneo que disputa. Y que pasa por ser el rasgo que más lo diferencia del resto. Otra frase muy comentada de Yamal fue esa en la que afirmaba, interrogado por su asalto al trono del fútbol, que su sueño no era que le dieran un Balón de Oro, sino que le dieran “muchos”. Una declaración así nunca la habría firmado Messi, el ídolo culé por excelencia, propietario hoy de ocho de esos galardones.
Precisamente de la comparación con el astro argentino también amenaza con salir airoso el nuevo 10 del Barça. Y la pregunta es: si no duda en grabarse a la espalda el mismo dorsal que su genial antecesor, si ni siquiera le intimida que lo comparen con el más grande, ¿qué podrá pararle?
Hay un último detalle que quien escribe esto no logra sacarse de la cabeza.
Mientras todavía triunfaba con la camiseta de su equipo, a los socios barcelonistas les gustaba recordar un anuncio de televisión en el que Messi aparecía cuando todavía era canterano de la entidad y en el que, con su retraimiento habitual, miraba a cámara y lanzaba un mensaje: “Recuerda mi nombre: Leo Messi”. Todo encajó, y aquellas imágenes, con el paso del tiempo, adquirieron el valor de una profecía cumplida. A Lamine Yamal, en cambio, me digo, no le hizo falta grabar ningún video ni mandar ningún aviso a través de un spot publicitario. ¿Para qué? Él sabe desde hace muchos años que su nombre será recordado. Y con eso le ha bastado para conseguirlo.
{{ linea }}
Una historia realizada en colaboración con Citi.
{{ linea }}

Esta es la primera colaboración de <i>Panenka</i> y <i>Gatopardo</i>. Ponemos en el centro a un deportista que encarna buena parte de los valores y las emociones complejas que hacen del futbol un espectáculo que (aún) vale la pena experimentar: Lamine Yamal. Soporta el juicio sumario en el escenario mundialista con la gracia de alguien que recién ha superado la frontera de la adultez.
Pero antes de relatar la vida de Yamal, va una no tan breve pero necesaria explicación.
Un nuevo balón al área
Panenka nació a mediados de 2011 para convertirse en la primera revista de cultura futbolística de España. Este concepto, cultura futbolística, ya era conocido en ese momento en muchos países de Europa y América Latina, con medios de calidad contrastada como So Foot (Francia), El Gráfico (Argentina) o 11Freunde (Alemania), que apostaban por un modo distinto de contar el deporte. Algunas de esas cabeceras nos sirvieron de inspiración a la hora de arrancar nuestro proyecto editorial. Una modesta publicación mensual que fio su suerte a sus primeros lectores, y que hoy ya cuenta con una comunidad robusta y fiel que apoya su manera de entender el periodismo.
A lo largo de 158 números, y tras 15 años con la redacción en funcionamiento, Panenka ha tratado de respetar una de sus máximas fundacionales: reivindicar el fútbol como una expresión cultural más. De la misma forma que lo son el cine, la literatura, el arte o la música. Tratándose de un fenómeno tan masivo y global, nuestro objetivo siempre ha sido el de conectarlo con ramas tan diversas, prolíficas y elementales como la historia, la sociedad o la política.
Otra de nuestras ambiciones desde el inicio ha sido huir de la superficialidad con la que se trata desde ciertos sectores intelectuales lo que ocurre dentro de los estadios. El fútbol no es solo lo que sucede durante 90 minutos. Narrarlo es también radiografiar el contexto de un lugar y un tiempo determinados, auscultar el tejido social que lo impregna y, sobre todo, abordar las historias de las personas que lo hacen posible. Desde la estrella hasta el masajista del equipo. Seres terrenales cuando se aparta el foco mediático, el mismo foco mediático que, a veces, contribuye a una banalización del juego tan peligrosa como perniciosa.
El fútbol que se lee. Así definimos Panenka sus propios trabajadores. Una declaración de intenciones que se refleja en el tratamiento de nuestros contenidos: rigurosos, profundos y multidisciplinares. El balón es solo la excusa para contar historias de todo tipo. Pero más allá de atender el enfoque, la confección y la edición de estos textos, para nosotros también es esencial cómo se los presentamos al público. Por eso, el diseño es también uno de los sellos distintivos de nuestra publicación. La propuesta estética de Panenka ha logrado numerosos premios en la última década. Mimamos el qué, pero también el cómo. Las ilustraciones y los apoyos gráficos en forma de mapas o infografías se dan la mano con nuestro modo de entender la escritura periodística, que bebe de los géneros y los recursos literarios conocidos. También el uso de fotografías y la maquetación discurren en esta línea: ofrecer al consumidor una experiencia agradable, seria y reflexiva.
Con el propósito de no desviarnos de esa hoja de ruta, y gracias a una red cada vez más amplia de colaboradores, suscriptores y lectores, hoy Panenka ya es mucho más que una revista. Es también una editorial que publica libros, una productora que lanza sus propios pódcasts y documentales y una organización que promueve premios y festivales dedicados a la cultura futbolística. Todo, sin olvidar ninguno de los 11 puntos que compusieron nuestro manifiesto fundacional, a los que nos continuamos ciñendo como un defensa que no pierde de vista al delantero. A continuación, los reproducimos.
1. A Panenka le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden.
2. Panenka quiere contar esas historias, aunque sus protagonistas estén jugando en la liga turco-chipriota y no se depilen las cejas. De hecho, mejor si eran barbudos, jugaban en la Liga Soviética de 1977 y escuchaban vinilos de los Rolling clandestinamente.
3. En Panenka nos apasiona la capacidad del fútbol para transportarnos a otros países y otras épocas. Sociedad, cultura y política botan al compás del balón.
4. Panenka no colabora con la dictadura de la actualidad, la agenda manida y los temas obvios, repetidos y políticamente correctos. Y cuando aborda acontecimientos, equipos o figuras muy populares, se compromete a no quedarse en la superficie.
5. Sentimos una íntima y encendida pasión por el fútbol, pero dejaremos tranquilo al hincha que todos llevamos dentro a la hora de escribir. El periodismo de club, partido o empresa ya tiene su hueco en quioscos, pantallas y redes sociales. Pero no en Panenka.
6. Panenka no se esfuerza en disimular los bostezos en las ruedas de prensa banales o ante cuestionarios respondidos con el piloto automático.
7. Panenka no forma parte de ningún grupo mediático. No nació en un rascacielos después de que un grupo de ejecutivos detectara un “nicho de mercado”; es el fruto de las conversaciones de bar de algunos periodistas. Varios cientos de botellines de cerveza lo atestiguan.
8. De hecho, en Panenka ni siquiera sabemos qué es un “nicho de mercado”, pero suena fatal.
9. Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. Panenka no entiende de limitaciones ni (auto)censuras.
10. Panenka supone una modesta locura compartida por varias docenas de periodistas, escritores, ilustradores, fotógrafos e infografistas. También por algunos futbolistas y entrenadores. La locura de creer que el fútbol merece otro lenguaje y otra estética.
11. Panenka es el póster que vigiló nuestra infancia desde la pared. El futbolista que queríamos ser en el patio. El gol que metíamos en sueños. Panenka es una utopía que nos devuelve al espejismo del fútbol puro.

Lamine Yamal en el patio de la escuela
“Recuerdo que cuando era chico mis padres solían decirme: ‘Bien, ya jugaste bastante, ahora ven a darte un baño’. Eso me resultaba totalmente idiota, porque, para mí, el baño era un asunto tonto. No tenía ninguna importancia, mientras que jugar con mis amigos era algo serio. La literatura es así: es un juego, pero un juego en el que uno puede jugarse la vida. Se puede hacer cualquier cosa, todo, por ese juego”.
—Julio Cortázar
ESCENA I
Es el minuto 25 del partido de vuelta de los cuartos de final de la Champions League entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, y el árbitro, aprovechando un saque de esquina, detiene el juego para que los médicos entren al campo y atiendan a un futbolista lesionado. Hasta ese momento, el encuentro no ha dado respiro: el Barça ha arrasado como un vendaval sobre el césped del estadio Riyadh Air Metropolitano y, gracias a su jovencísima estrella, ya ha igualado una eliminatoria que se le había complicado mucho en la ida (0-2). Mientras espera la señal del colegiado que reanude el choque, Lamine Yamal se agacha al lado del banderín de córner y se sienta encima del balón, como un niño travieso al que le han interrumpido el recreo. Las cámaras lo enfocan por enésima vez. Él cuida la pose. Se sabe observado. Por los suyos, los aficionados azulgranas, que se aferran a su talento desorbitado para completar la remontada y avanzar a semifinales. Y por los otros, los seguidores rojiblancos, que ya no saben a qué Dios rezar para que frene al muchacho. Solo tiene 18 años, y aun así todas las miradas son para él. Pero lo que da más vértigo no es eso. Lo que da más vértigo es que el chico parece disfrutarlo.
Lo primero que se suele destacar de los mejores futbolistas del mundo es el don que tienen en los pies para hacer realidad aquello que la mayoría solo sueña en su cama: goles imposibles, remates acrobáticos, pases inverosímiles, controles espectaculares, regates prodigiosos. Unas cualidades que todavía impresionan más cuando se dan en jugadores que no es solo que estén empezando sus carreras, es que apenas están dejando atrás la niñez. En el caso de Yamal, ambos factores confluyen de manera aparatosa: la destreza y la precocidad. Cuando tenía 16 años y 38 días, el atacante se convirtió en el futbolista más joven de la historia en ser titular en un encuentro de la liga española. Aquel solo fue el primer récord de los muchos que pulverizaría a la velocidad del viento. Siete días después, se convirtió en el jugador más joven en dar una asistencia de gol en la competición. Doce días después, en el más joven en debutar y marcar con España. Once días después, en el más joven en disputar un partido de Champions con la camiseta del Barça. Diecinueve días después, en el más joven en anotar un tanto en LaLiga. Veinte días después, en el más joven en tener minutos en un Clásico contra el Real Madrid. La sangría estadística ya no cesaría. De modo que, antes de cumplir los 17, la criatura, además de una trituradora de plusmarcas, ya era uno de los referentes de una selección que se preparaba para levantar la Eurocopa y la pieza más desequilibrante de uno de los clubes más poderosos del planeta. Si te parabas a analizarlo, parecía incluso un relato demasiado exagerado. Demasiado inverosímil. Un espectáculo tan digno de ver como difícil de creer.
Pero hay algo más, algo que escapa al impacto de un récord, la elegancia de una finta o a la belleza de un disparo lejano. Todos hablan de lo que el canterano culé es capaz de hacer con un balón; pero lo verdaderamente diferencial, como pasa con cualquier genio, es lo que es capaz de hacer con su cabeza.
¿Cómo se explica que centenares de miles de personas esperen que hagas un milagro cada día sobre un terreno de juego y que aun así tú actúes como si no te importara? ¿Cómo se puede cargar con una losa de esas dimensiones y dar a entender que no te pesa? ¿Cómo logras digerir emocionalmente algo tan desmesurado y tan bruto y tan complejo sin tener ni edad para conducir?
¿Cómo es posible Lamine Yamal?
ESCENA II
9 de julio de 2024. Semifinales de la Eurocopa. Allianz Arena, Múnich. Una Francia curtida y despiadada, con futbolistas mucho más experimentados que los del cuadro español, somete a su rival en el juego y en el electrónico, gracias a una diana de Kolo Muani que de momento decanta la balanza. En esas que, en una acción anodina, el cuero rebota contra la pierna de un defensor y queda muerto en la frontal del área gala. Lamine Yamal, que está participando por primera vez en un gran torneo internacional —la última Eurocopa la siguió hace tres años con su pandilla de amigos en las pantallas de un centro comercial—, se hace con él, y sin que nadie pueda anticipar el peligro, ni sospechar sus intenciones, amaga un pase, cambia de dirección, arquea la pierna y, para sorpresa de todos, se anima con el disparo.
No es un gol. Es un sinsentido. Como un rayo cayendo del cielo y dejando sin luz a todo el edificio. No es que el español le pegue desde su casa, lejísimos de la portería; es que prácticamente dispara desde otro planeta. No tiene cercanía, no tiene hueco, no tiene visión. Por suerte, tampoco tiene vergüenza, porque si la llega a tener ni siquiera lo prueba. El balón sale de su pie izquierdo echando leches, como si lo persiguiera el demonio, y aterriza de emergencia en el arco de un indefenso Maignan, que cae como caen los capos en las películas de mafiosos, con el batín puesto y el periódico en la falda. España iguala el electrónico. Después de ese imprevisto cañonazo, del que el adversario ya no podrá recuperarse, la victoria de la Roja es solo cuestión de tiempo.
En Lamine Yamal, como sucede con el doctor Jekyll de Stevenson, conviven dos personajes: un adulto y un adolescente. El segundo, que es el que le corresponde por fecha de nacimiento, es el que se encarga de marcar las diferencias en el campo, como ocurrió esa noche de verano en Baviera contra los franceses. Cuando un espectador lo ve en acción, se pregunta cómo hace esas cosas con su edad, pero es que quizá la única forma de hacerlas, precisamente, es tener esa edad, y donde otros ven estadios con 80 000 espectadores, hierba radiante y focos de última generación, tú sigues viendo una pelota, una portería y la posibilidad de pasártelo bien con tus amigos, que es lo mismo que veías en el patio de la escuela. Para jugar bien al fútbol hay que tener mucha clase y poco pudor. Y no haber olvidado la infancia. Todo eso proyecta la naturaleza de Yamal. La dimensión lúdica de su talento. Lo corroboró recientemente el propio padre del jugador, Mounir Nasraoui, en una entrevista para El País: “Lo veo ahora con los profesionales y tengo la misma sensación que cuando lo veía en el equipo del pueblo: a mi hijo le gusta divertirse. No cambia. Ni va a cambiar”.
Todas esas jugadas increíbles, sin embargo, no han hecho más que agigantar las expectativas del público. Yamal ha crecido tanto como futbolista, y lo ha hecho tan rápido —ya es el líder indiscutible del Barcelona y de España, dos plantillas atestadas de cracks—, que la presión que maneja es inasumible. O al menos debería serlo, porque a él no parece lastrarle. Es ahí donde entra en juego su inesperada madurez, una frialdad ante el juicio ajeno que descoloca y asombra a partes iguales, un derroche de personalidad que en el fondo es su arma más letal, el sello que lo identifica. Esa marciana capacidad de abstraerse. Tiene más de 40 millones de seguidores en Instagram, es el jugador con un valor de mercado más alto del mundo según el portal especializado Transfermarkt, las multinacionales se pelean para que ponga la cara en sus anuncios y le extienden cheques en blanco para contratarlo, las celebridades del cine y de la música quieren sacarse fotos a su lado y su camiseta ya se vende más que la de cualquier otro icono futbolístico. Él, sin embargo, rinde como si nada de eso estuviera sucediendo. Como si lo que contara fuera otra cosa. Como si su vocación, parafraseando a Cortázar, fuera el juego más serio que jamás hubiera existido.
Yamal ya no es un niño —ningún futbolista que brille en un estadio colmado de gente puede serlo, tenga la edad que tenga—, pero, cuando maneja el balón, se comporta como si aún lo fuera. De otra forma no puede explicarse la ridícula levedad con la que esquiva contrarios, manda centros con el exterior de la bota e inventa goles de dibujos animados. Ese modo de romper los partidos como si fueran trozos de cartón. Cualquiera que de repente estuviera en su posición, y comprendiera qué significa ya ser Lamine Yamal, devolvería la pelota de primeras al lateral y correría a esconderse en una cueva en lo alto del monte. Pero él no. Él se la queda, se gira y encara al contrincante. Cuanto mayor es la tensión, mayor es su atrevimiento. Su gestión de las emociones es un misterio.
Esa ausencia de miedo es tan desconcertante que algunos la han asociado a la inconciencia, otros a la imprudencia y otros, todavía peor, a una cierta arrogancia. En la mayoría de los casos, les falta contexto. Lo primero que hay que hacer para comprender cómo funciona el cerebro del extremo es viajar a su pasado. Descubrir a ese crío que, en una familia con pocos recursos y en un barrio marginal, se vio obligado a dar un paso al frente antes que el resto para no verse consumido por las circunstancias. Antes de disputarse esa vuelta de los cuartos de final contra el Atlético con la que arrancaba este reportaje, Yamal se plantó frente a los flashes con el chándal de su club y los periodistas le preguntaron si no le parecía injusto que, siendo tan joven, todos le señalaran a él para darle la vuelta al cruce. Su respuesta fue tajante: “Desde pequeño he asumido más responsabilidades de las que debería”. No le tembló la voz. Hablaba alguien que no iba a arrugarse. Hablaba alguien acostumbrado a ejercer de líder. Hablaba alguien, por si no fuera suficiente con todo lo anterior, consciente del poder de sus mensajes.
El Barça, pese al estupendo partido del muchacho, acabaría perdiendo la eliminatoria. Pero la fiera continuaba creciendo a un ritmo endemoniado.
.webp)
ESCENA III
Todavía no ha pasado un año desde el debut de Lamine Yamal como deportista profesional —con 15 años, 9 meses y 16 días; uno, por más que insista en apuntar ciertos números disparatados, nunca termina de normalizarlos—. El Mallorca visita la capital de Cataluña en un final de temporada descafeinado para los seguidores del fc Barcelona. Los azulgranas, anclados en algunos episodios felices del pasado, hace tiempo que viven atrapados en la nostalgia, y el nivel de equipo no acompaña, incapaz este curso de pelear por el título liguero. El encuentro contra los baleares, un club mucho más modesto, es un reflejo exacto de ese aletargamiento, con el 0-0 flotando como un bostezo sobre el verde a falta de 20 minutos para que el árbitro pite el final del choque. El fútbol, de todos modos, siempre encuentra un mecanismo para alterarnos el pulso. Y ese mecanismo, hoy, es Yamal, todavía una promesa, un estudiante de secundaria flaco y ligeramente desgarbado que de repente penetra en el área enemiga y, sin demasiado ángulo y con el marcador encima, pero inspirado por las mejores musas, manda la bola a la escuadra y desata una euforia momentánea en el estadio.
El goleador sabe que la hinchada está necesitada de estímulos. También, que lo que ha hecho se acerca bastante a una obra de arte. Por eso, cuando escucha la red agitarse, corre hacia detrás de la portería, salta la valla comercial, abre los brazos y va directo hacia la gente, risueño. Unos segundos después, superada la euforia inicial, pero sin dejar de sonreír, mira al vacío y hace un gesto con las manos que todavía pocos comprenden.
Uno de los primeros detalles que llamaron la atención de la irrupción en la élite de Yamal fue, precisamente, su forma de celebrar los goles, ese 304 que dibujaba con los dedos después de abrazarse con sus compañeros. La cifra, fuimos aprendiendo poco a poco, equivale a los tres últimos dígitos del código postal de Rocafonda, el barrio de la ciudad costanera de Mataró donde creció y en cuyas calles comenzó a dar patadas a un balón. Era su forma de demostrar que, una vez alcanzada la cima, no se olvidaba de sus orígenes.
Rocafonda es un barrio obrero del litoral catalán —situado a 30 kilómetros de Barcelona— que durante el siglo pasado sufrió múltiples transformaciones. En su momento una zona agrícola con huertas y viñas, en la década de 1960 vivió un enorme cambio urbanístico debido a las inercias demográficas de la época. Cataluña era una de las comunidades más desarrolladas industrialmente del Estado español, y eso hizo que acogiera a muchos inmigrantes de otras partes del país que a partir de esa década se desplazaron hasta sus poblaciones persiguiendo un futuro mejor. Por ejemplo, Rocafonda, cuyos planos se alteraron ante la llegada masiva de trabajadores. Mateo Lobato, vecino del lugar, recordaba en 2014 esa metamorfosis en el periódico Todo Mataró: “Se planificaron calles anchas (en general), de trazados rectos, con aceras adecuadas y sin obstáculos. También se construyeron viviendas amplias, dado que una gran parte de las familias que procedían de otras zonas de España solían venir con números importantes de hijos. En algunos casos más de 10”. En Capgròs, otro medio de comunicación local, subrayan que esa mutación también trajo una conciencia más obrera y solidaria, con asociaciones de vecinos que se organizaban para reclamar mejores equipaciones para el barrio (como el abastecimiento de agua o la construcción de escuelas) y, si hacía falta, llevar a cabo movilizaciones.
En los noventa la demografía de Rocafonda volvió a cambiar, en este caso con la llegada de población extranjera, la mayor parte procedente del norte de África, pero también de algunos territorios de la África subsahariana o de América del Sur. Nuevos residentes que se instalaban en el barrio atraídos por los precios de los pisos, a menudo degradados, pero con alquileres más asequibles que en el centro de Mataró. Actualmente, según Capgròs, más de la mitad de sus habitantes (52.61%) nacieron fuera de Cataluña. Los vecinos de Rocafonda, que durante años han tenido que hacer frente a la estigmatización —la extrema derecha llegó a describir el lugar como “un estercolero multicultural”—, luchan cada día para salir adelante. El Instituto Nacional de Estadística español calcula que uno de cada dos de ellos está en riesgo de pobreza. “Los datos no engañan y queda mucho para hacer —publicaba el diario digital en 2025—. En Rocafonda, la renta mediana por persona es de 7 432 euros* [anuales, cerca de 150 000 pesos mexicanos]. Es decir, unos 12 800 euros menos que el sector con rentas más elevadas de la ciudad”.
Una de esas familias humildes que arribaron al barrio con la segunda ola migratoria fue la de Lamine Yamal. La paterna. Fátima, abuela del hoy futbolista y figura clave de su trayectoria, pues se encargó de cuidarlo durante sus primeros años de vida, fue la que dio el paso hace más de 30 años: abandonó la ciudad marroquí de Tánger para asentarse en la costa catalana. La siguieron sus dos hijos; Abdel, más calmado, que terminaría regentando una panadería, y Mounir, que combinaba trabajos temporales con estancias en Marruecos y algún que otro altercado. “Se pone nervioso con facilidad”, le describían en su entorno para una crónica del Diari ARA firmada por el periodista Albert Nadal en 2024. En España, Mounir conoció a Sheila Ebana, la madre de Lamine, natural de Guinea Ecuatorial. Cuando el niño llegó al mundo, ella tenía 16 años y él, 21. Los primeros capítulos se escribieron en Rocafonda, con la joven pareja buscándose la vida y el crío, a cargo de Fátima, corriendo detrás de la pelota en la Joan XXIII, una plaza que en su momento había sido un descampado y en la que hoy, disfruten con la paradoja, se levanta un cartel que prohíbe jugar con un balón. A esa misma plaza daba el bloque en el que vivían todos. Y muy cerca de ahí está El Cordobés, el bar de Juan Carlos Serrano Muñoz, amigo de la familia, que ha decorado las paredes de su local con equipaciones y fotografías de Yamal, y que no se cansa de recibir las visitas de compañeros de prensa y curiosos. “Yo le dejaba dinero al padre para que su hijo no tuviera que colarse en el tren”, suele contar, entre otras anécdotas, Serrano Muñoz a los medios.
Con los años, Mounir y Sheila se separaron. Ella, después de encontrar trabajo en un McDonald’s, se mudaría al interior, a Granollers, otro de los escenarios donde creció la futura estrella (de esa ciudad es el cf La Torreta, de hecho, el primer equipo federado donde jugó). Hasta que a unos y a otros les cambió completamente la vida en 2014, cuando el fc Barcelona se cruzó en su camino y le abrió al chaval las puertas de su cantera. El club azulgrana es conocido internacionalmente por su labor formativa; no hay muchos equipos que hayan catapultado a tantos jóvenes talentos hacia la élite. Por norma general, la entidad solo les ofrece alojamiento si sus circunstancias así lo exigen, es decir, si residen lejos, en otras regiones, otros países o incluso otros continentes. Con Lamine, sin embargo, decidieron hacer una excepción. Conscientes de su potencial, y temerosos de que la inestabilidad de su entorno pudiera entorpecer su evolución, el Barça tomó la decisión de hacerse cargo de su formación a todos los niveles, administrar sus finanzas y darle una habitación en La Masía, su famosa residencia. El resto, como suele decirse, es historia.
Aunque hay algo que el atacante no perdió en ese salto de la plaza a la academia: el fútbol de la calle siguió con él. En el libro Universo Lamine Yamal, el analista Albert Blaya Sensat argumenta que esa cuestión es la clave de su apabullante rendimiento en el campo. Según él, la base del jugador continúa siendo aquello que absorbió antes de recibir las pautas de sus primeros entrenadores. Eso se percibe en la calidad técnica, preparada para sobresalir en cualquier contexto —quien ha jugado en todo tipo de terrenos, incluso en terrenos no normativos, como aceras, parques o explanadas, dispone de más recursos para superar obstáculos—. En la imaginación. Y, por último, y seguramente lo más decisivo, en la intuición para tomar decisiones correctas durante el partido, un atributo “que no se puede enseñar ni trasladar, sino que es genuino”. Hay cosas que no se aprenden. Suelen ser las más difíciles de hacer. “Todo en él es un saber hacer, un leer correctamente”, recalca Blaya. “Hace que el fútbol llegue a él y no al revés, con la paciencia de quien ha jugado 30 000 encuentros en otra vida”.
Han pasado infinidad de cosas desde que Yamal dejó de sortear con la pelota farolas, papeleras y coches aparcados en su barrio. Rocafonda, sin ir más lejos, ya no solo es noticia por encabezar rankings de precariedad, sino que ahora se asocia a un deportista extraordinario. De eso, de ponerlo en el mapa por algo positivo, también se ha encargado el propio protagonista, festejando los goles a su manera o reivindicando a los suyos en entrevistas, como aquella ocasión en la que expresó, en un encuentro con el programa 60 Minutes, lo conectado que se sentía a sus raíces, y denunció lo descuidada que estaba su comunidad por las administraciones. “Como muchos barrios sin recursos, Rocafonda está olvidada. No somos Sarrià ni Passeig de Gràcia […]. Luchamos al máximo para vivir bien y lo disfrutamos juntos. Sabemos de dónde venimos y estamos orgullosos de ello”. Otro gesto impropio para un chico millonario con la cara invadida aún por el acné juvenil.

ESCENA IV
Temporada 2024-25. El Barça, tras más de un lustro encadenando decepciones, vuelve a las semifinales de la Copa de Europa para medirse al Inter de Milán, y Lamine Yamal, en lugar de adoptar un perfil bajo y no exponerse en el tramo decisivo de la campaña, aparece en sala de prensa con el pelo teñido de amarillo como un Super Saiyajin y su ya cada vez más característica sonrisa de pillo. Es el hombre del momento en el continente. Todos hablan de él. Por su dominio del juego, cada vez más incontestable. Y por algunas actitudes que, bajo el foco, ya no pasan desapercibidas y que varios tachan de irresponsables. Él, aun así, insiste en dar la cara. Nadie entiende cómo no le agobia la expectación que genera. Los periodistas van al grano: ¿no teme que ese interés se gire en su contra en algún momento y los críticos le salten al cuello? El muchacho no se corta y contesta: “Mientras gane, no pueden decirme nada”. Una obviedad como una casa. Y otra demostración de autoconfianza estremecedora.
Lamine Yamal es tan llamativo dentro como fuera del campo. No lo queda grande ni el traje de gambeteador ni el de ídolo de masas. Pantalones caídos, camisas oversize, bolsos Louis Vuitton, colgantes relucientes, gorras al revés. Un referente generacional, que sabe captar los giros en modas y tendencias, siempre vestido y peinado a la última, amante de la música urbana y muy activo en redes sociales. Unos hábitos que lo conectan a la juventud y que todavía pronuncian más ese punto descarado de su carácter, con el que los seguidores del Barça se van familiarizando a marchas forzadas.
Tradicionalmente, el barcelonismo se acostumbró a rendir pleitesía a leyendas que representaban todo lo contrario a lo que representa Yamal. Sobre todo en la etapa más luminosa de la historia del club, no tan lejana todavía, cuando prodigios de la talla de Messi, Xavi o Iniesta, que en el césped eran vistos casi como deidades —y con razón—, al quitarse la camiseta actuaban con máxima cautela y discreción para proteger sus vidas privadas. Aquel equipo de ensueño, que entrenaba magistralmente Guardiola y que llenó de títulos las vitrinas de la institución, solo irrumpía en las conversaciones de sobremesa por cómo hacía las cosas sobre el campo, y sus miembros más destacados, pese a ser los futbolistas más reconocidos del mundo, eran expuestos también como ejemplos de buena conducta, tipos tranquilos y humildes e impecables profesionales. Esa tradición aun hace más contracultural e inquietante la figura del nuevo estandarte culé. Aunque en el fondo no deja de ser solo un reflejo de un tiempo nuevo. Así lo resumía Daniel Verdú en otro artículo publicado en El País, titulado “La importancia de creerse el mejor”: “Creerse el mejor, el número 1, casi nunca fue un buen negocio. La vanidad, la arrogancia, la chulería, iban siempre asociadas a un carácter difícil, egoísta. Creerse el mejor, en el mundo que ya hemos dejado atrás, no estaba justificado ni cuando eras el mejor. La contención, la modestia, el trabajo duro y discreto formaban parte de los valores protestantes que se propagaron silenciosamente durante el siglo XX, pero también de todas las fábulas sobre las que se edificó la identidad de aquel tiempo. La cigarra, la hormiga. Pero en el mundo de las redes sociales, donde el relato es el principio sobre el que se construye la nueva realidad, sentirse el número 1 es imprescindible para llegar a serlo. O para parecerlo, que es ya casi lo mismo”.
Esa misma osadía de Yamal es la que saca de quicio a sus detractores, la que abona la rabia de aquellos que no digieren su éxito ni le perdonan sus errores, que también los comete. Por ejemplo, esas ocasiones en las que, después de marcar un gol fuera de casa, se ha dedicado a provocar más de la cuenta a la hinchada rival. O ese video en el que apareció junto a un famoso youtuber criticando entre risas la supuesta falta de deportividad del máximo rival de los azulgranas, el Real Madrid: “Roban, se quejan”. O esa fiesta a todo lujo que organizó en una villa privada cuando cumplió la mayoría de edad, y que al día siguiente saltó a las portadas de los periódicos por algunas prácticas censurables, como la contratación de espectáculos protagonizados por personas con enanismo. Equivocaciones propias de un adolescente que todavía no razona algunos de sus actos. Y que a veces debe hacer frente, además, a controversias generadas en su entorno, sobre las que no tiene control. En septiembre de 2024, dos meses después de proclamarse campeón de la Eurocopa —fue reconocido como mejor jugador joven del torneo—, un grave accidente amagó con fastidiar su estado de gracia: su padre Mounir tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital tras haber recibido tres puñaladas en una reyerta con otros cuatro hombres en Rocafonda. Después de lo ocurrido, la prensa se apresuró a insinuar que, con ese contexto familiar, Yamal no conseguiría mantenerse en lo más alto.
Aunque esas polémicas y esos deslices no ensombrecen la sorprendente firmeza con la que suele resolver los enredos a los que le conduce la fama. En esa misma comparecencia previa al enfrentamiento contra el Inter, el chico manifestó que la presión no le suponía ningún estorbo ni le provocaba ningún temor. “El miedo lo dejé en el parque, en Mataró, hace tiempo”. Otra frase memorable para la colección. Era el mismo tipo sereno y elocuente, seguro de sí mismo, que tiempo después debería lidiar con otro episodio desagradable.
El pasado 31 de marzo la selección española recibió como local a la egipcia para jugar un partido amistoso en el rcde Stadium de Cornellà. El encuentro se cerraría con un empate sin goles, aunque ese día la noticia estuvo en la grada, donde se escucharon cánticos racistas por parte de la afición de la Roja hacia los rivales. “¡Musulmán el que no bote!”, arengaron algunos grupos de seguidores, que también pitaron el himno de Egipto. Una escena repugnante, aunque no imprevista del todo, teniendo en cuenta cómo en España han ido calando estos últimos años los mensajes xenófobos entre la sociedad, algo que se revela con el auge de los partidos de extrema derecha en los comicios y algunos indicadores como el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (cis), que sitúa la inmigración como una de las principales preocupaciones de la población en la actualidad, llegando a superar en la tabla el paro o los problemas de vivienda. Esos gritos causaron bochorno y escondían una contradicción. Lo segundo lo delató el rostro apagado de uno de los futbolistas locales, que deambulaba por la banda derecha sin apenas levantar la cabeza, visiblemente incómodo. Bueno, no era un futbolista más. Se trataba, justamente, de la estrella del equipo al que animaban esos impresentables. Lamine Yamal, español y musulmán.
La respuesta del chico, descomedido para lo malo y para lo bueno, no se hizo esperar, con un texto publicado en su Instagram pocas horas después de terminarse el choque. “Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y que no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable —decía el escrito. Y concluía—: Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas”. Rotundo y directo.
“Lamine Yamal puede ayudar más que la ministra de Igualdad”, afirmó respecto a ese post el comentarista deportivo español Alberto Edjogo-Owono, autor de Heridas en la piel, un libro que radiografía la lacra del racismo en el fútbol. La frase dimensiona la influencia que el joven atleta ya ejerce sobre la sociedad. Y reivindica la importancia de que el nuevo fenómeno del fútbol mundial se atreva a expresarse públicamente con esa convicción, sin miedo a rechazos ni represalias.
ESCENA V
11 de mayo. Seis de la tarde de un lunes laborable. Las calles de Barcelona sucumben a una imprevista explosión de colores. El azul y el grana lo empapan todo: camisetas, bufandas, murales, farolas, portales, marquesinas, hasta las copas de los árboles. Los jugadores del Barça se suben a un autocar descapotable para celebrar LaLiga 2025-26 y la gente responde colmando las aceras de la ciudad y los balcones de sus fachadas. Es la típica rúa de los campeones: una buena ocasión para ver a los futbolistas por fin distendidos; quién sabe si alguno beberá más cerveza de la cuenta, cuál se animará con un cántico o un baile, dónde acabará la gorra del preparador físico. En esas que la retransmisión televisiva se detiene en un detalle. Lamine Yamal, otra vez Lamine Yamal, todavía los 19 años por cumplir, que se asoma a la barandilla del vehículo y en medio del festejo empieza a ondear una bandera palestina. El gesto, en plena atrocidad militar de Israel en la Franja de Gaza, no tiene nada de esporádico o fortuito: unas horas después, cuando el crack suba en sus redes un carrusel de imágenes de resumen de la fiesta, colgará una instantánea de ese mismo momento. Sabe lo que hace. Y las repercusiones que tendrá una acción de ese tipo. No se equivoca: a las horas, el mismo ministro de Defensa israelí critica públicamente al jugador y, solo un poco después, el mismísimo presidente del Gobierno español intercede para aplaudir su comportamiento: “Solo ha expresado la solidaridad por Palestina que sentimos millones de españoles. Otro motivo más para estar orgullosos de él”. Un nuevo terremoto mediático. Una nueva demostración de que Yamal entiende de qué va esto. Y no se amilana.

ESCENA VI
En esta ocasión no es un gol. Tampoco un festejo. Ni una declaración. En esta ocasión es una fotografía. Una de esas fotografías tan redondas que, por imposibles, si hoy la viéramos por primera vez, la adjudicaríamos directamente a la IA. Demasiada casualidad. Pero no. La instantánea tiene autor. Joan Monfort, fotógrafo freelance. Y es real. Tan real como un milagro consumado.
Lionel Messi, sudadera blanca, sonrisa tímida, melena lisa recogida detrás de las orejas, sostiene en brazos a un bebé envuelto en una toalla. El niño hace como que juega con las manos; la leyenda lo mira cómplice, como si detectara algo que le resultase familiar. Ninguno de los dos, por motivos obvios, sabe quién es el otro. Nadie, en el instante de tomar la imagen, es consciente de la trascendencia de la escena. Eso se desvelará después. Y entonces, más de uno pensará que se le ha aparecido la Virgen. El recién nacido de la fotografía es Lamine Yamal.
Hay momentos en los que el destino se pone tan creativo que es complicado no tomárselo a broma. Ese, desde luego, fue uno de ellos. ¿Cuántos niños hay en Cataluña? ¿Cuántos de esos niños juegan fútbol? ¿Cuántos de esos niños juegan tan bien fútbol que llegan a profesionales? ¿Cuántos de esos niños que llegan a profesionales se convierten en los mejores del mundo? ¿Qué probabilidad había de que ese bebé acabara siendo el legítimo sucesor del genio que lo mecía? La cifra que se obtiene tras realizar el cálculo estadístico es tan ínfima que marea. En realidad, lo único explicable de ese encuentro es que unicef impulsó en 2007 un calendario solidario con la Fundación Barça para recaudar fondos para familias necesitadas, y que la de Yamal se acogió a ese programa social y participó en las sesiones fotográficas de la campaña.
Sí, era él. La futura joya de la corona. Lamine Yamal, el mito en ciernes que hoy se sacude la presión de los hombros como si solo fuera polvo. Se trata de esa autoestima feroz sin la que tampoco podrían explicarse sus exhibiciones en el terreno de juego. El arrojo casi suicida que este verano lo llevará a querer ganar el Mundial ya en la primera edición del torneo que disputa. Y que pasa por ser el rasgo que más lo diferencia del resto. Otra frase muy comentada de Yamal fue esa en la que afirmaba, interrogado por su asalto al trono del fútbol, que su sueño no era que le dieran un Balón de Oro, sino que le dieran “muchos”. Una declaración así nunca la habría firmado Messi, el ídolo culé por excelencia, propietario hoy de ocho de esos galardones.
Precisamente de la comparación con el astro argentino también amenaza con salir airoso el nuevo 10 del Barça. Y la pregunta es: si no duda en grabarse a la espalda el mismo dorsal que su genial antecesor, si ni siquiera le intimida que lo comparen con el más grande, ¿qué podrá pararle?
Hay un último detalle que quien escribe esto no logra sacarse de la cabeza.
Mientras todavía triunfaba con la camiseta de su equipo, a los socios barcelonistas les gustaba recordar un anuncio de televisión en el que Messi aparecía cuando todavía era canterano de la entidad y en el que, con su retraimiento habitual, miraba a cámara y lanzaba un mensaje: “Recuerda mi nombre: Leo Messi”. Todo encajó, y aquellas imágenes, con el paso del tiempo, adquirieron el valor de una profecía cumplida. A Lamine Yamal, en cambio, me digo, no le hizo falta grabar ningún video ni mandar ningún aviso a través de un spot publicitario. ¿Para qué? Él sabe desde hace muchos años que su nombre será recordado. Y con eso le ha bastado para conseguirlo.
{{ linea }}
Una historia realizada en colaboración con Citi.
{{ linea }}
No items found.








