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Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

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Ver en la vida de la poeta Sofía Ochola solo una tragedia es propio de miopes, así como es superficial juzgar el deslave de un monte que sepulta un pueblo solo como un desastre. Hoy más que nunca las comunidades necesitan la voluntad por ver el mundo arder y renovarse que guió la vida de Sofía. Por ello, es preciso explicarla con cuidado (y explicar a sus cómplices en las orillas de la Ciudad de México).

El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo, el momento en el que empieza lo demasiado) pero es también él quien sobrepasa los límites.

—Deleuze

1.

La mente sana y racional es una ciudad hecha de caminos que prometen control y seguridad. En esa ciudad las veredas nos llevan a donde les pidamos: a donde hay recursos, placer y perversión para comprar. Donde las paredes y el piso son sólidos. Ahora pensemos en el paisaje accidentado de la consciencia que es la imaginación y la emoción poética. No se trata de trazar líneas divisorias entre razón e intuición, como si fueran agua y fuego —elementos que, al fin y al cabo, sí se encuentran y danzan—. Se trata, más bien, de transitar por los ambiguos terrenos del espectro de chicle que une ambas realidades. Lo que de un lado tienden a ser calles pavimentadas (con la certeza de que cada cosa estará ahí donde la dejamos) son en los otros lados senderos difusos que invitan a atravesarlos con los sentidos trastornados y la intención de aventurarnos y perdernos.

La poeta y punk del lenguaje Susana Thénon apoyaba esta visión de la poesía al mencionar que “el poema es una venturosa incursión por lo ignorado”. Dicho de otra forma: la disponibilidad de la experiencia poética es como un bosque que nos invita a extraviarnos para encontrar frutos y animales milagrosos. No una ruta marcada por una aplicación bien diseñada o por un señalamiento, sino una experiencia de indeterminación y sorpresa que jamás nos dejará intactos.

En ese sentido fértil y explosivo, la poesía de Sofía Ochola (1994-2020) es una aventura por la Ciudad de México, la amistad, el amor loco, una jungla encantada en llamas y los mismísimos tejidos de la curvatura del espacio-tiempo. Sofía Ochola no solo fue una exploradora y creadora de tormentas de lenguaje. Fue mi amiga de aventuras durante casi dos años y una de las poetas más extraordinarias que he conocido nunca. Su suicidio en 2020 a los 25 años fue algo que me cambió para siempre, así como un punto de quiebre para la comunidad de poetas y amigxs con la que viví y crecí apasionadamente durante mis 20 años.

A pesar de la compleja travesía que significó el viaje de Sofía por el amor y la poesía, algo sistemático y simplista sucede con la opinión general que se tiene sobre estos hechos. Como cada vez que un artista joven muere en circunstancias similares, se hace énfasis en el carácter trágico de los hechos de su vida: una obra frustrada, una colección de errores encadenados, o un buen ejemplo de lo que como sociedad debemos evitar y solo observar a una distancia segura. Pienso que este pensamiento es limitado.

Al leer la poesía de Sofía Ochola experimento no solo el extrañamiento que sentimos al ver un bicho raro y quizá venenoso que queremos sacar de nuestras casas: miro ese enjambre de infinitos insectos singulares que fue su mente y su vida y me doy cuenta de lo mucho que he aprendido de esta visión. De lo íntimamente ligadas que están sus formas únicas con su especial modo de habitar.

Estas reflexiones me llevan a las siguientes preguntas: ¿qué sentido tiene haber vivido como Sofía lo hizo?, ¿qué se aprende de una vida y escritura decididas a extraviarse y rehuir del camino recto y seguro?, ¿quién fue Sofía Ochola más allá del estigma reduccionista que recae sobre el suicida?, ¿por qué vale la pena leerla?, ¿por qué es hermoso que hayas existido, Sofía?

Más que crónica, esto es un hormiguero de pensamientos y recuerdos sobre el amor que profesó y escribió mi amiga en el mundo y sobre el grupo de amigos que la acompañamos durante los últimos años de su Muerte-Vida. Chispazos de la memoria y el más allá sobre una propuesta de amistad y poesía —de existencia— que nos cambió la vida para siempre. 

y ya si no me amas, y ya si no busca tu parte poeta,

buscarme, o si tu carnalidad se cansó de nuestro

descanso suave, rociaré ácido muriático a

tus fotos mientras le explico a las cutículas

de mis neuronas que al poeta se le lee.

2.

La poesía en la Ciudad de México y en la Tierra ha sido siempre una forma de habitar y vincularse, y no únicamente una disciplina. Más allá de la tradición, la poesía es una expresión de la red de entidades salvajes, asimétricas, caóticas, evolutivas e infinitamente múltiples que es eso que llamamos realidad, naturaleza, multiversos o materia y energía oscura. Es una oportunidad de desconfiguración. Cuando el lenguaje humano se ocupa sólo de funcionar, servir al Estado y adornar, lo que hace es pretender no dejarse atravesar. En vez de aceptarse como una potencia que interactúa con otro tipo de corrientes, anhela estar aislado y protegido de influencias extrañas. Esa es la descripción de la literatura cuando se inclina más a manifestarse como una competencia de individualidades. Un sistema de rigor y pautas que excluye a los que “no se lo toman en serio”. Sin embargo, mientras se promueve el encumbramiento de quienes se adaptan a la burocracia y profesionalizan su escritura, fuera de esos círculos cuadrados existen individuos insatisfechos que no crecieron rodeados del fetiche de la 'alta cultura', que les tiene sin cuidado ese orden, y que investigan el lenguaje más allá de lógicas elitistas solitarias.

La efervescencia de mi propia investigación (basada hasta entonces en libros, referencias, clases y locuras ocasionales) empezó a ser drásticamente contaminada cuando alrededor de 2017 conocí al grupo de amigxs con lxs que comencé a crecer escribiendo —un grupo de animalitos inquietos para quienes la amistad y la creación eran una cosa inseparable—. Relaciones cuya fuerza y magia recaían en el deseo de experimentar con el placer, las sensaciones, y los rituales, como parte del mismo gran proceso al mismo tiempo colectivo y personal.

De pronto no se trató solo de acompañarnos en trámites y borracheras sin más, sino de compenetrarnos e inventar un lenguaje juntos: una nueva forma de amar y vagar que nos sacaría del tedio de sobrevivir y cumplir con las reglas. Entonces nada era dicho como una descripción o un simulacro; nada se decretaba desde esa distancia segura del investigador “objetivo” que pretende pasar desapercibido por los fenómenos extraños que estudia y clasifica. La pulsión era que cada broma o visión podía ser habitada en la vida a través del juego y el arte. Experimentos con aquello que sabíamos o creíamos saber. Dimensiones tan excitantes como peligrosas.

Un ejemplo de este proceder ocurrió en febrero de 2018, cuando el artista —y nuestra madre— Axcel Bremurio presentó su libro La leche no es para jugar en aquella casa-taller legendaria y viscosa donde todos nos embarrábamos de la locura ajena, y a la que llamábamos Alumbre. La presentación no consistió en sentarnos a hablar sobre el contenido del libro, sino en meternos, literalmente, dentro de él.

Como muestra de ello, cito un fragmento del itinerario exacto del evento, el cual pretendía extenderse durante 24 horas seguidas:

9:00 am — inauguración

9:20 am — ducha colectiva

10:15 am — emparedados con puré de papa

10:18 am — malteadas de fresa con avena

11:45 am — retas de baloncesto (Jardín de las Artes Gráficas)

3:55 pm — bebida de cacao

4:04 pm — lectura en braille

4:15 pm — experimentos del Juego de Química 3: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 12, 14, 39, 40, 41, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 62, 63, 69, 72, 75, 76, 77, 85, 87, 92, 93, 94, 96, 102, 103, 104, 107, 118, 120, 121, 143, 144, 145

6:23 pm — beber el líquido obtenido en el experimento 11 y 12

6:36 pm — retas Goofy Golf Machine

7:40 pm — retas La herencia de la Tía Agata

8:30 pm — retas Pump It Up

9:18 pm — retas de Diddy Kong Racing

9:40 pm — retas Super Smash Bros.

10:28 pm — tatuajes tontos gratis

El día de la presentación, la casa de tres pisos de Alumbre amaneció atestada de globos, papeles, juguetes, telas y utensilios que emulaban las páginas del libro de Axcel dibujado con crayolas. Además de la hermosa lectura bajo la ducha colectiva, recuerdo con cariño que Tilsa Otta y yo fuimos los únicos que le dimos un trago a la leche con diamantina preparada para el evento, y salimos ilesos. Solo después, ya en tranquilidad, meditamos sobre el peligro que había conllevado ingerir aquel polvo mágico de aluminio y plástico, aunque fuera en dosis mínimas.

Eventos como este se sucedieron con frecuencia e intensidad durante mi más profunda conexión con este aviario de amigxs. A eso me refiero con no limitarse a leer o redactar la imaginación: vivirla. Literalmente, habitarla y comerla.

Ya en esa época, bien entrada la segunda década del siglo, el descrédito de la institución literaria oficialista —encumbrada, tal era la percepción, por el neoliberalismo, el Fonca, las capillas culturales-burocráticas, los guardianes de la memoria del Nobel Octavio Paz y por quien ustedes digan y manden— ya era total entre quienes se interesaban libidinalmente por la escritura poética en la Ciudad de México. O sea, la sensación de deber para con el sistema oficial lentamente se fue diluyendo hasta que surgieron generaciones completas a las que no les importaba para nada; castas raras para las que vida e imaginación tenían que ir íntimamente ligadas, y que se entregaban a la pulsión de explorar caminos misteriosos en los que fuerzas no controladas del todo debían compenetrarse y afectarse. En este clima de mutación apareció la poeta Sofía Ochola.

Me drogaré con LSD, y te lameré los ojos,

Me drogaré con leche en polvo, y te amaré,

Me drogaré con dextrometorfano, y te acariciaré

Me drogaré con paracetamol, por si me dueles,

Me drogaré con aire comprimido, y te susurraré:

Los mejores poemas que algún día escribiré.

3.

El lenguaje normativo busca, por esencia, separar y clasificar cuerpos, espacios y saberes en categorías de buenos, mejores o peores. Su mecanismo evita reunir por mucho tiempo las contradicciones y, por lo tanto, frustra la especiación —aquella que sucede, por ejemplo, en periodos de glaciación global, cuando especies, confinadas y en constante mestizaje, se refugian en valles y montañas secretas que aceleran la tasa de evolución—. Es por eso que el resultado de vivir y explorar tan juntitos (de cuerpo e imaginación) fue mezclarnos hasta crear especies nunca antes vistas cuyas formas de andar abrían los caminos convencionales. Amar a Sofía Ochola fue el fruto de decidir obsesionarnos, colectivamente, con esos senderos ilógicos. Sobre esta clase de experiencias, la poeta argentina Olga Orozco comenta en su texto “Acerca de la creación poética”:

Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico, o devuelven al punto de partida. Hay muros que simulan espejismos, imágenes prometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos e indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies.

La poeta también afirma que la racionalidad y la moral son herramientas útiles para andar por este valle salvaje, pero advierte que en algún momento debes prescindir de ellas:

El que se interna amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no ve más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta.

Como ilustración de esta actitud, contaré un experimento de extravío, ritual y peregrinación que llevamos a cabo en el verano de 2018. Junto a Maribel Pacheco, Nancy Niño Feo, Axcel Bremurio, Vladimir Albarrán, Fred Cancino y Juanito Corazón, decidimos ir a ver el tehuizote, una especie de agave oaxaqueño que acababa de florecer en el Jardín Botánico de Ciudad Universitaria después de 30 años. Se trataba de una planta monocárpica y endémica de México, lo que significaba que florecía y fructificaba una sola vez en su vida, para morir poco menos de un año después. Sin embargo, para ir a ver a esta entidad única no iríamos en transporte público. La idea era peregrinar desde los Viveros de Coyoacán hasta el Jardín Botánico en LSD. A lo largo del camino fuimos construyendo una mitología de “pruebas” a la que nombramos “valles”. El primer valle era el más sencillo: los Viveros eran la bienvenida pacífica a la aventura. Después de esta fase seguía la primera prueba verdadera: Plaza Oasis Coyoacán, un templo del consumo que estuvo a punto de tragarnos, ya que por alguna razón de pronto no encontrábamos la salida. Después lo desciframos: la única forma de escapar de ese bucle era robando algo y carroñeando algún tesoro de la basura. Corrompimos el ciclo atroz del consumo y así logramos salir. El siguiente valle era una escuela primaria a la hora de la salida. Al principio resultó confuso, pero luego se comprendió: era un camino que había que atravesar tomados todos de las manos, como hacen los niños entre sí y con sus padres. Después vino C.U. y sus extraños fantasmas, grupo al que también pertenecíamos, en nuestra calidad de estudiantes o desertores. Ese lugar conocido no era una estancia común ese día, así que tomamos cervezas en las facultades, no como estudiantes sino como los piratas extranjeros que éramos en esos momentos. Luego, poco a poco, se iba formando la magia prehistórica del Pedregal, sus largos caminos de belleza que anunciaban ya el encuentro con una aún más exaltada singularidad que crecía junto con nuestra sensación de unión. Llegamos al tehuizote. Era un agave con un tallo en su centro que rebasaba varias veces su altura y que a su vez estaba coronado de una multitud de pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como de abejas y mariposas que bailaban y libaban alrededor del polen extasiadas. Era bellísimo y excitante. Lo siguiente fue escribir poemas cada uno. Yo hice un poema de amor. Sé que todos los hicimos de alguna forma. Y luego los quemamos. 

Te puedes morir tranquilo / Ser un auto del futuro / Juntar cinco historias / Sobre vandalismo / Sobre flores. (La peregrinación al tehuizote en el Jardín Botánico de la UNAM.)

La poesía como vagabundeo y ritualidad. El poder de cierto tipo de poetas que se experimenta cuando sentimos que con su poesía atravesamos los caminos corriendo, flotando, o llorando y cantando. Aventurarse a gritos, susurros y excentricidades por la incertidumbre de los ríos subterráneos, aéreos e ígneos de la imaginación, y por las calles como en un territorio salvaje, trayendo con nosotros el mensaje de entidades que ahí se encuentran, o incluso a las mismas entidades: fuerzas de la naturaleza que ayudan a sabotear la severidad del sistema totalitario del trabajo, el lenguaje instrumental y la dominación por las armas o el consumo.

En el caso de poetas como Sofía Ochola y mis compañerxs de peregrinación la práctica de atravesar caminos y paredes no fue nunca solo un ejercicio literario: era una ética de vida y muerte. Cruzando la ciudad a pie, una y otra vez, por los bares secretos de Eje Central, o en las profundidades de Iztapalapa. De Tlatelolco a la casa de mis padres en la Gustavo A. Madero o a lecturas-performance en Ciudad Neza o en Tláhuac. La poesía de Sofía fue una mutación perpetua que se generó como el vuelo de una carta de amor electrificada a través de su exploración con territorios, espectros de la literatura y otras personas igualmente intoxicadas de la fiebre de la poesía como ella: sus amigxs poetas, con quienes produjo una especiación exorbitante, y de quienes se enamoró con locura como nosotrxs de ella.

Seremos como tengamos que ser,

porque vamos a hablar

de tu nombre, el primero,

de mis angustias, las de siempre,

y nos drogaremos todos los días,

para amanecer más cerca del techo,

y me explotes tu pene como chicle,

y te explote mis nalgas como resorte,

para que nos explotemos

besos y te amos,

cada que sepamos

que sí somos amor,

tóxico, para ti,

para mí,

tu, tu, tu,

amor,

tóxico.

Tú, tú, tú, tú, tú.

Se acaba,

y todos

morimos.

4. (Súper Ediciones Prisma)

Siempre me asombra pensar en lo múltiple de nuestros orígenes: todos los caminos provenientes de lugares lejanos entre sí (inmersos en una ciudad de millones) que terminaron coincidiendo en las mismas calles y en licuados hechizados de energías tan afines: Iztapalapa, Los Reyes, Aragón, Xochimilco, Naucalpan, Ecatepec. Nombres de colonias que significan algo en nuestra historia si las colocamos en un mapa de la Ciudad de México, y formamos una estrella uniendo esos puntos con su centro fulgurante en la Doctores.

No existe una estrella sin los extremos de su haz de luz. El núcleo de un agujero negro está íntimamente ligado con la masa de los astros y la materia oscura, que son su justo equilibrio y también su secreto origen. La célula se desarrolla porque toda ella se arroja sobre el ambiente y sus factores. Al igual que el Big Bang, era improbable que nos conociéramos, y aún así sucedió. Todo lo que desaparece viene de la más profunda explosión: es su semilla en algodón. Hablar de periferia me parece cada vez más una ilusión. Se señalan centros como puntos de referencia donde se concentran las economías y los privilegios culturales. No obstante, ¿acaso no hay cultura y economías en todas partes? ¿No sucede algo relevante y valioso ahí donde sencillamente laten corazones? No he conocido en la ciudad un lugar más lleno de cultura que Iztapalapa. Todas las lecturas de poesía que he vivido en Xochimilco son apabullantes. Si lo pensamos un poco, cada ser humano es el centro de un universo. Todas las perspectivas son posibles. Así mismo, los márgenes de la energía y la actividad bullente también se encuentran a montones en las aburridas vidas de burguesas o académicos acríticos de sí mismos que nacieron y viven en las colonias llamadas “céntricas”.

Es provechoso asistir al museo de arte oficial o a la Cineteca, pero pocos de los asiduos a estos lugares se animan a ir a un acto en un barrio que consideran peligroso o cuyo flyer no da la pinta de anunciar un evento coherente. Por contra, las personas que provienen de las juzgadas “orillas” siempre están invadiendo los llamados “centros”. No se trata de una búsqueda desesperada por la legitimación. Está más cerca de un ánimo vandálico, en el sentido literal de las invasiones germánicas en Roma. O bien con el feeling de un vengador tóxico que busca llevar su radioactividad ahí donde los hombres clasemedieros se sienten seguros, en el mismo sentido explícito de aquella no-famosa película de serie B.

Súper Ediciones Prisma (SEP) fue un colectivo transdisciplinario que devino de estas políticas: la insatisfacción con los ecosistemas que pretenden no ser invadidos, no ser atravesados, quedar intactos, sin cicatrices, puros en su eficiencia que se protege a sí misma con la policía o los exámenes que validan un cierto tipo de aptitud y cuerpo. Si ellos no vienen (que no hacen falta, realmente), ¡nosotros vamos! Pero ¿es acaso esto una especie de misión épica solemne y martirizante? ¿Es esto una política que se vive con la pesadez de una militancia partidista? Claro que no.

Humor, absurdo, catarsis y caos son algunas de las palabras que describen de forma muy racional lo que la SEP fue. Crear fanzines, videos, acontecimientos, conversatorios, graffiti, gacetas culturales de la Doctores, exposiciones en casas de acampar o bajo lavaderos, laboratorios de creación, serigrafía, tatuaje, intervenciones en Six Flags o frente a exposiciones del Ejército podían ser algunas formas de decir lo que practicábamos. Pero nada de eso es tan importante para mí como decir que creábamos casitas. Casitas ecokaóticas, madreselvas de personas, espacios y saberes, que fueron un ensamble constante de mutantes que nacieron en medio del desastre y se gestaron a través de desgracias como la guerra contra el narco y el neoliberalismo, pero también por una curiosidad golosa que lo mismo aprendía de poesía en bibliotecas, libros robados o piratería en internet que en el aprovechamiento del trabajo de editoriales independientes, fanzineras y cartoneras que hervían de ganas de organizarse para compartir su trabajo. Todo este conocimiento de vida era adictivo para quien se sumergía con pasión en él, y ningún poeta tardaba mucho en convertirse en participante activo de dicho ecokaos.

y nintendo no tendrá ni pizca / de nuestro dinero tirado por la ventana / y hecho confeti de fiestas súper especiales. (Fiesta de performances simultáneos en la pulquería Insurgentes.)
Se resumieron los cánticos, lenguas, / libros y biblias del mundo en: / “especialmente tú.” (“Llorar en público”: antología de poemas que se escribieron llorando en la calle por la SEP.)

La SEP fue también un diálogo directo y transformador con los demonios que construyen este mundo y con los que nos habitan en la sombra de nuestra propia identidad. Una apertura al riesgo, con la idea de socializar prevenciones, pero con la posibilidad siempre latente de errar algún paso. Y aunque algunas veces goteó la sangre, el susto y la sensación de verdadero peligro, no creo que nadie se arrepintiera de haber vivido tanto y con tanto ingenio, incluso para el desastre. Lo esencial era no dejar de amar y de crear.

Alguna vez Sofía me comentó que se sentía triste por temas personales, y que lo que necesitaba era hacer algo creativo. Juntos maquilamos un libro, una antología de poemas e ilustraciones sobre la limonada como un tema sobrenatural (una de tantas convocatorias absurdas que hicimos). Sofía también me ayudó a preparar el agua de limón que regalamos en la presentación, así como a armar el puestito donde se ofreció el elixir bobo, y ese día fuimos niñas gringas estereotípicas de película que recitaban poemas sobre apocalipsis prehistóricos y muñecas sexuales deluxe.

Aunque todos vivíamos atravesados por problemas económicos, secuelas de encuentros violentos con la policía, corazones rotos o conflictos inevitables con otros artistas, hacer y vivir poesía siempre fue el refugio que nos regeneraba y nos mantenía fuertes. Una ética lúdica del caos que tuvo la convicción de resistir experimentando, y que creyó en la liberación de la bestia de la magia y el afecto que residía en todxs nosotrxs.

quiero amigos hechos de valentía

y botas furiosas de residuos

nucleares estelares

 

quiero coger todo el tiempo

en un largo y sordo tejido,

en el centro de una estrella

 

5. (El cielo detrás)

Sofía Itzel Chávez Ramírez fue una mujer para quien escribir era una actividad fisiológica. No vivió a la luz engañosa de alguna disciplina intelectual o espiritual: atravesaba por el mundo de la poesía, los trabajos tediosos, las películas, las borracheras o la antropología con el único propósito firme de escribir y enloquecer de amor.

Sofía nació en Iztapalapa un 10 de julio de 1994. Estudió en la Prepa 2 de la UNAM y después la carrera de Sociología en la UAM Xochimilco, carrera de la cual desertó. En su linaje familiar hay caricaturistas, contadores, filósofas y gitanas que practicaron la brujería y el exorcismo.

Conoceré a tus padres, y a los padres de tus padres, / y a todas tus ex novias, y haremos una fiesta de té. (Sofía Ochola de bebé con su mamá, Yolanda.)

Cuando la conocí fui por ella a su trabajo en una zapatería. Uno de tantos trabajos random que tuvo, al igual que yo en esa época. Sofía llevaba el pelo larguísimo y vestía por completo de cuero negro. Era 2018, y Sofía hablaba brevemente de lo mucho que odiaba trabajar, para luego explicar lo mucho que le interesaba la poesía y escribir. De hecho, al igual que a muchos otros amigues, yo la conocí por la curiosidad que me causaba lo que publicaba en Facebook. Esa noche fuimos a “Bryantepec”, la inauguración de la expo de un amigo artista, en donde hubo box libre y alcohol gratis. Al principio Sofía lucía dubitativa, pero poco a poco, conforme los duendes que yo le iba presentando le hacían la plática, se fue dibujando en su rostro esa mirada entusiasta caleidoscópica que muchas veces le vi. Estoy seguro de que esa noche se enamoró de cierto poeta loco de Tlatelolco a quien le escribió alguno de sus poemas más hermosos, y para nadie fue un secreto porque esa noche en Alumbre, como muchas después, ambos brillaron en su fuerza y deseo mutuos.

La segunda vez que vi a Sofía fue en mi casa, donde vivía con Nancy NiñoFeo y una serie infinita de visitantes intermitentes: la Furby, otro lugar al margen de las leyes de la física donde todo sucedió. Sofía y yo intentamos abordarnos a través del erotismo convencional, pero nos salió mucho mejor simplemente leernos nuestros poemas bajo el influjo de dulces y dextro. Yo le leí algo que acababa de escribir junto a Marina Camargo y Xristo Delmar en un encerrón en la Furby de 12 horas de escribir sin parar (hasta que la sangre goteó sobre el teclado), un libro precioso al que llamamos Isla de Encantos que logramos publicar en la SEP. Sofía me leyó algunos de los poemas recientes que acababa de escribir. Es difícil recordar el contenido de lo que me leyó. Una mezcla de invitación a la destrucción, imágenes crudas pero encantadas, furia llena de chispas de una esperanza basada en el descarrilamiento de todo lo que se mantiene doméstico y unos toques de humor extraño basado en la pulsión de besar con la lengua a la locura que te habita. Pero sin duda se escuchaba como algo así:

 

Durante cerca de año y medio, Sofía y sus nuevos amigos vivimos una amistad llena de aventuras violentas en la noche, fiestas extraordinarias a las que no sabíamos cómo llegamos (en ocasiones junto a personajes tan extraños como Gael García o evidentes narcotraficantes), así como decenas de lecturas de poesía con nombres ridículos en las que buscábamos hacer el mayor ruido y arcoíris de relámpagos imposible, juntos y separados, cada ensamble o unidad sumergido en su singular rara rareza y divinidad.

Me duermo, me dopo. Me enamoro de un sicario de libros / que vive en una ciudad fantasma. (La gaceta “PRISMA” de arte y poesía de la colonia Doctores.)

Sofía era guapísima. Sabía ser elegante o furiosa y su presencia emanaba un aire soberbio como de loba adulta, pero que se disolvía cuando la veías sonreír con todo el cuerpo para ir a abrazarte o reírse escandalosamente contigo. Siempre pensé que era una persona tan salvaje como salvadora: jamás negó su compañía, cariño, recursos y escucha a los amigxs que amaba o a quien lo necesitara. Su postura en la vida era estar con los rechazados, no abandonar ni ignorar. Pero no toleraba las faltas de respeto de nadie. Cuando quería persuadir a alguien de ir a un after o de irse a acostar por su estado de ebriedad, ella le decía con un tono particularmente agudo: “¡Vamos! ¡TE VA A E-N-C-A-N-T-A-R!”.

Sofía se rapó una vez en una de sus primeras fiestas en Alumbre, porque alguien le dijo que lo hiciera, y ella sin dudarlo accedió. Desde entonces llevó el cabello corto. También desde entonces escuché a su poesía evolucionar hacia una tendencia cada vez más imaginativa y provocadora. Hablaba de estudiar el porno antropológicamente, de desenmascarar y desgarrar la simulación, y señalaba que su obsesión era vivir por completo de la poesía, y ser rica para invitarnos a todos a los placeres más excéntricos.

Una vez estábamos tristes después de una de sus varias mudanzas, y decidimos ponernos a escribir un poema largo que llamamos “Tabiques de sangre” (siempre se elegía el título primero a modo de llave-amuleto). En ese entonces tal era la práctica vital: unir telepatías activamente y escribir por turnos un texto cuyo final solo determinaba el cansancio o la urgencia de salir a la calle a bailar, y cuyos resultados se encuentran dispersos en innumerables drives de amigxs. Pocas veces estaré tan agradecido por una colaboración como aquella. Las maletas abiertas y regadas. Sofía en la cima de un tapanco con su laptop en las piernas, escribiendo concentrada pero triste, para luego pasarme la computadora a mí en el tapanco de abajo. Ese era el espíritu de Sofía, la entrega total de sus recursos a la causa única de intentar hacer algo bello y feroz.

Chicos anestesiados de presente, con canciones para llevar.

Chicos recitando escuelas. Chicos haciendo bikinis.

Chicos pensando en usar nafta, para oler a viejo,

para romper chamarras y vaciar espermas.

Soy una polilla hacia la luz / y la luz eres definitivamente tú.

Semanas antes de morir, en 2020, Sofía empezó a publicar varios poemas al día en su perfil de Facebook. Yo los leía en cuanto me aparecían, pero pronto empezaron a ser demasiados, y tan largos, que pensé que ya habría tiempo de conocerlos después, en una lectura o en el libro que eventualmente le fabricaríamos en la SEP. Yo presentía que Sofía no estaba bien. Se había ido a otra parte del país y luego volvió sin avisarle a nadie. Yo me acababa de mudar y trataba de poner orden en mi vida, luego de varios meses de puro caos. El 24 de enero de 2020, supimos que Sofía se había suicidado. Mientras Axcel Bremurio me contaba por teléfono, yo veía en el descanso de mi trabajo a un montón de niños jugar frente de mí, y sentía de pronto que el mundo entero se vaciaba de amor al mismo tiempo que cada cosa que existía me dolía con su milagro insólito y exuberante de existir.

A la noche siguiente fue su funeral. Nos reunimos en Alumbre y fuimos en peregrinación hasta el lugar donde la velaban, gritando poemas mientras recorríamos las calles. No se permitió abrir el ataúd y tampoco que le leyéramos poemas a su cuerpo. Sólo Monserrat Coltello se atrevió, y de rodillas recitó un texto para ella. Más tarde en Alumbre desahogamos nuestro dolor y nuestras ganas de hacer ruido. Bailamos y gritamos con la música tan fuerte como pudimos, mientras más amigxs llegaban a este funeral alterno. En un momento completamente irreal, yo leí el poema que le había escrito la noche anterior, en el que me despedía de ella. Al finalizar, mi celular se activó por sí solo, y la fría voz robótica del asistente dijo lo siguiente:

¡¡¡BYEEEEE!!!

Para mí tenía todo el sentido: Sofía siempre habló sobre la posibilidades espirituales de la tecnología, y de futuros y eternidades virtuales donde el amor y la barbarie continúan.

Sofía, que se hacía llamar “Sofía Ochola” en Facebook, comentaba a veces que publicaría un libro que titularía El cielo detrás. Uno de tantos títulos de proyectos que imaginó, ya que tenía una laptop con un Excel donde registraba por lo menos 15 proyectos. Esa laptop se perdió. No obstante, en un momento de gran intuición, Sandino Bucio logró rescatar 20 poemas de su Facebook, copiando y pegando en un archivo durante el periodo en que empezó a llenar su muro de textos. Posteriormente, yo y Francisco Fenton transcribimos cuatro poemas que quedaron grabados durante una entrevista de 2016 en el programa de radio “Fábulas del Sol”. También se recuperaron una serie de estados breves de Facebook, los cuales nos dedicamos a rayar y pegar en carteles a lo largo de la ciudad, en 2023.

Oficialmente no creo / en nada.

Existe una serie de poemas extraordinarios de Sofía, en los que es al mismo tiempo provocativa y fantástica. Construye imágenes grotescas o espantosas, pero las llena de un humor encantado y absurdo que lentamente nos van convenciendo de lo maravilloso que sería vivir por completo una vida inmoral. La revelación y el delirio no se distinguen en sus versos concatenados con música, listos para ser gritados o suspirados: ninguna revelación es definitiva (totalitaria) y no hay delirio, por más raro que sea, del que no se pueda aprender algo, o bien percibir una sensibilidad esencial en él.

En “Un tesoro de cables” Sofía construye un mundo tan terrible como divertido donde ella es la bruja que tira de los cables de la realidad, para luego arrojarlos a su caldero junto con su propio cuerpo, para así electrocutarse a gusto. Hay una narrativa vertiginosa y una coloquialidad en la forma de delirar que los vuelve absurdamente palpables. No con el tono de un astuto artífice que inventa realidades, sino con el espíritu de una mente que está viviendo esos escenarios, en toda su imaginativamente real pluridimensión. Tonterías lúgubres con el futuro, no en el tono de una pitonisa profesional, sino en el de la médium que quiere hacerle bromas a los espíritus que invoca, y preguntarles si no son ellos los que la invocaron a ella. Al final del poema, Sofía nos confiesa que ha invocado todos estos entes y diseñado estas realidades accidentadas (de su mente y su cuerpo) porque está aburrida pero, sobre todo, porque ama demasiado.

Te cambiaste el nombre mil veces, luego de incendiar el registro civil

para casarte con una muñeca sexual y matarla a los 15 minutos

por una muerte de amor, muy sólida, muy real, y quedaste viudo.

 

Soltero, encontraste un tesoro de cables y creciste, más alto que los techos.

Te dormiste en mis labios.

Despertaste sofisticado y volviste a huir a tu dormir,

quedándote, o yéndote

sobre un mono violeta, para luego despertar aún dormido,

mil veces en un día.

 

Al tiempo, te hiciste adicto de una droga vulgar,

y apenas tenías doce años.

 

A los 12 ya estabas comprometido con una vieja caucásica

que hablaba de la guerra fría y comía croissants a todas horas.

Ella se jubiló en el 2030 con enfermedades modernas,

trastornos de ansiedad y todas las ETS existentes.

 

Además, lanzó una pandemia para matar a todos los grillos del mundo.

En el 35 se suicidó, dejando como himno de la pangea: we are the world.

 

El campeonato de personas insoportables se celebró el miércoles 3 de junio del 36.

Yo siempre siempre siempre escribí, porque no tenía nada,

nada, nada más por hacer y básicamente:

se resumieron los cánticos, lenguas,

libros y biblias del mundo en:

“especialmente tú”.

La palabra delirio proviene del latín delirium, que significa “salirse del surco”: desviarse del camino al arar la tierra. Esta potencia cognitiva abraza la poética de Sofía con su significado profundo, como una enredadera que todo lo permea. Una no-metodología que encuentra su fuente de energía en la experiencia del amor desbocado. Sofía amaba de esa forma, ya fuera en la forma romántica que busca la complicidad y compenetración absoluta o en la forma de compasión universal. Amor y deseo no son zonas de armonía y descanso inactivo, sino aventuras catárticas y transformadoras hechas para romper los límites. Esto se siente, por ejemplo, en el inmoral “Amor tóxico”, donde toda irreverencia es permitida siempre y cuando induzca la erupción del romance.

Seremos como Thelma y Louis,

porque nos desencantó la gente,

y sabemos que todos están locos.

Nos iremos un fin de semana,

al lugar en el que siempre soñé estar,

al lugar en el que siempre soñaste estar,

y no tendré que trabajar nunca,

y no tendrás que trabajar nunca,

porque le diremos al estado,

a punta de plomo y balas,

que así no se puede,

que de plano tenemos,

por inercia propia,

que robar y matar.

En el extenso “Segundo receso”, Sofía hace un viaje espectacular, que va de un encierro en una farmacia alimentándose de suplementos alimenticios de chocolate, a una maquila donde trabaja y mujeres le dan pan y café, para pasearse luego por el centro de una estrella como una sopa de quarks electrizados en conversación con Dios, preguntándole qué se siente besar a una monja. La sensación del poema es la de alguien feliz de estar extraviado entre dimensiones. No es solo surrealismo, infrarrealismo o transrrealismo: las categorías espaciales que buscan colocar una escritura experimental en algún espacio periférico de la realidad no alcanzan para describir lo que realmente hacen algunos poetas: cruzan de forma desvergonzada e inagotable por la multitud de caudales de significado o aparente esterilidad que la realidad del capitalismo les ofrece, cometiendo todas las operaciones que se pueden nombrar y las que no. Nunca hay una frontera definitiva entre lo que es testimonio, alucinación o descubrimiento: siempre es la coexistencia entre los diversos relieves de lo salvaje. Esa especie llamada metáfora o visión se va alimentando, o se deja devorar por el amor, los videojuegos, los libros, las plantas, etcétera. Por el universo entero.

Estas horas sólo puedo pensar en

untarme en ti y hablar de

Monkey Island,

o en minimizar radiadores

y echarme anticongelante en las tetas,

mientras creo un videojuego

que mate a manifestantes provida

o hacerte una canción de este libro

y esculturas hechas con

croquetas para perros.

Para Sofía Ochola la escritura es perderse y atravesar materialidades y espiritualidades, para hacer de ellas un jacuzzi en el que pueda vivir el romance más exaltado, más allá de toda ley moral o física. La forma en que decidía en la vida real no atenerse nunca a un sistema específico, llámese empleo o escuela, no era simplemente rebeldía juvenil, o problemas con la autoridad o con la disciplina. Consiste, más bien, en una filosofía de la disolución de las contradicciones sistemáticas, que pretenden mantenernos sumisos, alienados con la propuesta de un mundo esterilizado y objetivo que, sin embargo, es una perfecta máquina de matar y explotar a quienes no son ejecutores del capital. Sofía habla desde la experiencia de la clase trabajadora, que tiene derecho a vivir aventuras exaltadas y vivir en una jungla de acontecimientos, sin esperar que dicha aventura sea una lugar que visitas excepcionalmente en vacaciones o en fines de semana, una anestesia funcional. No: la experiencia de vida fue para ella una constante búsqueda de lo real-real, ahí donde menos se espera encontrarlo por su vulgaridad o rigidez, y para ello su poesía hechizaba el mundo a su antojo. En su poema “Repertorio”, deja claro que está interesada en considerar la experiencia completa, cruda y pegajosa de lo real/irreal:

Nosotros no somos, no pensamos, no estamos.

Vamos a fugarnos en el vapor.

La gente tiene el poder.

En el verano caníbal

un tampón tullido de orín sabor a movimiento y gloria.

Gloria y eeeee eeeee ooo ooo, gloooooriaaaa.

¡Sucio, sucio!

Y después y después y después.

Sísísí destrucción.

Amo la destrucción.

Amo destruir.

Amo la sangre.

Amo la mierda.

Amo las vísceras.

Amo a los que matan,

a los que mueren.

Amo amo amo.

¡Sí sí sí!

¡Yo soy sucia y estoy bien!

Yo soy sucia en la piscina.

Yo soy sucia con este chico.

El conductor se queda callado en la oscuridad.

Es mi piel la que pide más.

Yo estoy flotando con este chico.

Tengo un hilo colgando de la vagina

y pretendo estar bien.

El amor / Es mil pies cansados.

Con todo, la obsesión por fusionarse con las fuerzas primigenias de la vida y la muerte no avanza siempre por el lado de la destrucción. La solidaridad y la compasión surgen también como modo de habitar la violencia y la crisis. ¿Y no es acaso la primera violencia que vivimos el haber nacido? En el hermoso poema “El amor”, Sofía expresa la ternura incómoda de comenzar a existir en medio del caos:

El amor es un recién nacido

muriendo de frío,

lleno de mocos,

ahogándose,

tambaleando

entre el aire que acicala

su cuerpo baboso,

mas no sus pulmones.

 

El amor es la mujer

que besó al recién nacido

en la boca,

la que lo infló como globo

con su aliento pestilente,

de una muerte

no anunciada,

hasta que hubo un foco de vida,

y ella se tragó los mocos del nuevo humano.

La vida de Sofía Ochola no fue solo una tragedia. Y es que una tormenta que deslava un monte no es solo un desastre que impacta sobre mundos humanos: es un evento completo que nutre las fuerzas que renuevan y fortalecen los ciclos de vida y muerte del suelo, la vegetación, los aires. Las poéticas experimentales nunca son un momento superado, algo ya conocido y visto “bajo el sol”. Más allá del contexto social que deprimió y oprimió a Sofía, su voluntad de ver un mundo arder en renovación no-lineal es una fuerza de la naturaleza que necesitamos en nuestras comunidades. Sin la energía de los poetas que sacuden los terrenos de la certeza que va cuadriculando los caminos, sin su poética del extravío por la curvatura del espacio-tiempo y las selvas oscuras y kaleidoscópicas de las ondulaciones del cuerpo-imaginación que insistimos en domesticar, la vida íntima se va lentamente cubriendo de políticas de dominación y éticas del aislamiento. Compartir mi juventud con Sofía y ahora poder seguir leyéndola y compartiendo su magia es una anomalía preciosa, que no me permite la rendición o la entrega a la crueldad del sistema.

Lo último que hizo Sofía antes de despedirse de mí, la última vez que la vi, fue regalarme un suéter negro con textura como de oveja o hiena negra. Un recuerdo de varias cosas: que nunca debo dejar de escribir, porque nuestro tiempo en esta vida es limitado y siempre debemos hacer lo que más amamos. Y que la ternura y la dulzura no son irreconciliables con el ánimo oscuro y rebelde de vivir el lado salvaje.

Hechos 

[En realidad te gusta verme hacer algo]

 

[Aquí va el mejor poema]

[Aquí va el poema arriesgado]

[Aquí iría si tuviera las palabras]

 

[Hay un poema perdido en una lengua]

[Hay una lengua que babea balas dormidas]

 

[En realidad no es algo importante]

 

[Aquí casi escribo algo muy importante]

[Aquí te hice llorar con una canción de amor]

 

[Hay posibilidades de nunca encontrar el verso]

[Hay posibilidades de que en realidad no exista]

 

[En realidad hablo de ti]

 

[Aquí van los versos para el amor]

[Aquí va una tristeza dentro de una píldora]

[Aquí va un suicidio con chicles de fresa con sandía]

 

[En realidad al diablo]

 

[Hay versos que no llegan a decir tanta muerte azulada]

[Hay gente que no alcanzaré aunque todo sea esfuerzo]

[Hay días que sin saber morimos más que cualquier otro día]

 

[En realidad será increíble]

[Aquí hay cosas que perdiste con el paso del tiempo]

[Aquí hay noches de eterno desvelo, y policías rudos]

[Aquí te sentirás comprendido y valiente]

[Aquí sabrás que no eres nada, no]

 

[En realidad cualquier cosa es probable]

[En realidad te gusta verme hacer algo]

[En realidad no es algo importante]

 

[En realidad hablo de ti]

[En realidad al diablo]

 

[Vaginas azotadas en la mesa]

[Vergas azotadas en la mesa]

 

[En realidad será increíble]

[Restos mortales]

 

[No eres no soy no somos]

[No hemos sido]

[Ni seremos]

[Otra cosa]

[Que un hecho]

[La gran falla]

[Del pixel]

—Sofía Ochola

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Los últimos poemas de Sofía, reunidos bajo el espectral nombre El cielo detrás, están a punto de ser publicados —primavera de 2026—, en medio de una guerra mundial que podría estar acercándose o que viene existiendo entre nosotros desde hace mucho. El portal que trae estos poemas del futuro-pasado al fuego nuevo es la editorial Orcaíris.

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Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

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Ver en la vida de la poeta Sofía Ochola solo una tragedia es propio de miopes, así como es superficial juzgar el deslave de un monte que sepulta un pueblo solo como un desastre. Hoy más que nunca las comunidades necesitan la voluntad por ver el mundo arder y renovarse que guió la vida de Sofía. Por ello, es preciso explicarla con cuidado (y explicar a sus cómplices en las orillas de la Ciudad de México).

El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo, el momento en el que empieza lo demasiado) pero es también él quien sobrepasa los límites.

—Deleuze

1.

La mente sana y racional es una ciudad hecha de caminos que prometen control y seguridad. En esa ciudad las veredas nos llevan a donde les pidamos: a donde hay recursos, placer y perversión para comprar. Donde las paredes y el piso son sólidos. Ahora pensemos en el paisaje accidentado de la consciencia que es la imaginación y la emoción poética. No se trata de trazar líneas divisorias entre razón e intuición, como si fueran agua y fuego —elementos que, al fin y al cabo, sí se encuentran y danzan—. Se trata, más bien, de transitar por los ambiguos terrenos del espectro de chicle que une ambas realidades. Lo que de un lado tienden a ser calles pavimentadas (con la certeza de que cada cosa estará ahí donde la dejamos) son en los otros lados senderos difusos que invitan a atravesarlos con los sentidos trastornados y la intención de aventurarnos y perdernos.

La poeta y punk del lenguaje Susana Thénon apoyaba esta visión de la poesía al mencionar que “el poema es una venturosa incursión por lo ignorado”. Dicho de otra forma: la disponibilidad de la experiencia poética es como un bosque que nos invita a extraviarnos para encontrar frutos y animales milagrosos. No una ruta marcada por una aplicación bien diseñada o por un señalamiento, sino una experiencia de indeterminación y sorpresa que jamás nos dejará intactos.

En ese sentido fértil y explosivo, la poesía de Sofía Ochola (1994-2020) es una aventura por la Ciudad de México, la amistad, el amor loco, una jungla encantada en llamas y los mismísimos tejidos de la curvatura del espacio-tiempo. Sofía Ochola no solo fue una exploradora y creadora de tormentas de lenguaje. Fue mi amiga de aventuras durante casi dos años y una de las poetas más extraordinarias que he conocido nunca. Su suicidio en 2020 a los 25 años fue algo que me cambió para siempre, así como un punto de quiebre para la comunidad de poetas y amigxs con la que viví y crecí apasionadamente durante mis 20 años.

A pesar de la compleja travesía que significó el viaje de Sofía por el amor y la poesía, algo sistemático y simplista sucede con la opinión general que se tiene sobre estos hechos. Como cada vez que un artista joven muere en circunstancias similares, se hace énfasis en el carácter trágico de los hechos de su vida: una obra frustrada, una colección de errores encadenados, o un buen ejemplo de lo que como sociedad debemos evitar y solo observar a una distancia segura. Pienso que este pensamiento es limitado.

Al leer la poesía de Sofía Ochola experimento no solo el extrañamiento que sentimos al ver un bicho raro y quizá venenoso que queremos sacar de nuestras casas: miro ese enjambre de infinitos insectos singulares que fue su mente y su vida y me doy cuenta de lo mucho que he aprendido de esta visión. De lo íntimamente ligadas que están sus formas únicas con su especial modo de habitar.

Estas reflexiones me llevan a las siguientes preguntas: ¿qué sentido tiene haber vivido como Sofía lo hizo?, ¿qué se aprende de una vida y escritura decididas a extraviarse y rehuir del camino recto y seguro?, ¿quién fue Sofía Ochola más allá del estigma reduccionista que recae sobre el suicida?, ¿por qué vale la pena leerla?, ¿por qué es hermoso que hayas existido, Sofía?

Más que crónica, esto es un hormiguero de pensamientos y recuerdos sobre el amor que profesó y escribió mi amiga en el mundo y sobre el grupo de amigos que la acompañamos durante los últimos años de su Muerte-Vida. Chispazos de la memoria y el más allá sobre una propuesta de amistad y poesía —de existencia— que nos cambió la vida para siempre. 

y ya si no me amas, y ya si no busca tu parte poeta,

buscarme, o si tu carnalidad se cansó de nuestro

descanso suave, rociaré ácido muriático a

tus fotos mientras le explico a las cutículas

de mis neuronas que al poeta se le lee.

2.

La poesía en la Ciudad de México y en la Tierra ha sido siempre una forma de habitar y vincularse, y no únicamente una disciplina. Más allá de la tradición, la poesía es una expresión de la red de entidades salvajes, asimétricas, caóticas, evolutivas e infinitamente múltiples que es eso que llamamos realidad, naturaleza, multiversos o materia y energía oscura. Es una oportunidad de desconfiguración. Cuando el lenguaje humano se ocupa sólo de funcionar, servir al Estado y adornar, lo que hace es pretender no dejarse atravesar. En vez de aceptarse como una potencia que interactúa con otro tipo de corrientes, anhela estar aislado y protegido de influencias extrañas. Esa es la descripción de la literatura cuando se inclina más a manifestarse como una competencia de individualidades. Un sistema de rigor y pautas que excluye a los que “no se lo toman en serio”. Sin embargo, mientras se promueve el encumbramiento de quienes se adaptan a la burocracia y profesionalizan su escritura, fuera de esos círculos cuadrados existen individuos insatisfechos que no crecieron rodeados del fetiche de la 'alta cultura', que les tiene sin cuidado ese orden, y que investigan el lenguaje más allá de lógicas elitistas solitarias.

La efervescencia de mi propia investigación (basada hasta entonces en libros, referencias, clases y locuras ocasionales) empezó a ser drásticamente contaminada cuando alrededor de 2017 conocí al grupo de amigxs con lxs que comencé a crecer escribiendo —un grupo de animalitos inquietos para quienes la amistad y la creación eran una cosa inseparable—. Relaciones cuya fuerza y magia recaían en el deseo de experimentar con el placer, las sensaciones, y los rituales, como parte del mismo gran proceso al mismo tiempo colectivo y personal.

De pronto no se trató solo de acompañarnos en trámites y borracheras sin más, sino de compenetrarnos e inventar un lenguaje juntos: una nueva forma de amar y vagar que nos sacaría del tedio de sobrevivir y cumplir con las reglas. Entonces nada era dicho como una descripción o un simulacro; nada se decretaba desde esa distancia segura del investigador “objetivo” que pretende pasar desapercibido por los fenómenos extraños que estudia y clasifica. La pulsión era que cada broma o visión podía ser habitada en la vida a través del juego y el arte. Experimentos con aquello que sabíamos o creíamos saber. Dimensiones tan excitantes como peligrosas.

Un ejemplo de este proceder ocurrió en febrero de 2018, cuando el artista —y nuestra madre— Axcel Bremurio presentó su libro La leche no es para jugar en aquella casa-taller legendaria y viscosa donde todos nos embarrábamos de la locura ajena, y a la que llamábamos Alumbre. La presentación no consistió en sentarnos a hablar sobre el contenido del libro, sino en meternos, literalmente, dentro de él.

Como muestra de ello, cito un fragmento del itinerario exacto del evento, el cual pretendía extenderse durante 24 horas seguidas:

9:00 am — inauguración

9:20 am — ducha colectiva

10:15 am — emparedados con puré de papa

10:18 am — malteadas de fresa con avena

11:45 am — retas de baloncesto (Jardín de las Artes Gráficas)

3:55 pm — bebida de cacao

4:04 pm — lectura en braille

4:15 pm — experimentos del Juego de Química 3: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 12, 14, 39, 40, 41, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 62, 63, 69, 72, 75, 76, 77, 85, 87, 92, 93, 94, 96, 102, 103, 104, 107, 118, 120, 121, 143, 144, 145

6:23 pm — beber el líquido obtenido en el experimento 11 y 12

6:36 pm — retas Goofy Golf Machine

7:40 pm — retas La herencia de la Tía Agata

8:30 pm — retas Pump It Up

9:18 pm — retas de Diddy Kong Racing

9:40 pm — retas Super Smash Bros.

10:28 pm — tatuajes tontos gratis

El día de la presentación, la casa de tres pisos de Alumbre amaneció atestada de globos, papeles, juguetes, telas y utensilios que emulaban las páginas del libro de Axcel dibujado con crayolas. Además de la hermosa lectura bajo la ducha colectiva, recuerdo con cariño que Tilsa Otta y yo fuimos los únicos que le dimos un trago a la leche con diamantina preparada para el evento, y salimos ilesos. Solo después, ya en tranquilidad, meditamos sobre el peligro que había conllevado ingerir aquel polvo mágico de aluminio y plástico, aunque fuera en dosis mínimas.

Eventos como este se sucedieron con frecuencia e intensidad durante mi más profunda conexión con este aviario de amigxs. A eso me refiero con no limitarse a leer o redactar la imaginación: vivirla. Literalmente, habitarla y comerla.

Ya en esa época, bien entrada la segunda década del siglo, el descrédito de la institución literaria oficialista —encumbrada, tal era la percepción, por el neoliberalismo, el Fonca, las capillas culturales-burocráticas, los guardianes de la memoria del Nobel Octavio Paz y por quien ustedes digan y manden— ya era total entre quienes se interesaban libidinalmente por la escritura poética en la Ciudad de México. O sea, la sensación de deber para con el sistema oficial lentamente se fue diluyendo hasta que surgieron generaciones completas a las que no les importaba para nada; castas raras para las que vida e imaginación tenían que ir íntimamente ligadas, y que se entregaban a la pulsión de explorar caminos misteriosos en los que fuerzas no controladas del todo debían compenetrarse y afectarse. En este clima de mutación apareció la poeta Sofía Ochola.

Me drogaré con LSD, y te lameré los ojos,

Me drogaré con leche en polvo, y te amaré,

Me drogaré con dextrometorfano, y te acariciaré

Me drogaré con paracetamol, por si me dueles,

Me drogaré con aire comprimido, y te susurraré:

Los mejores poemas que algún día escribiré.

3.

El lenguaje normativo busca, por esencia, separar y clasificar cuerpos, espacios y saberes en categorías de buenos, mejores o peores. Su mecanismo evita reunir por mucho tiempo las contradicciones y, por lo tanto, frustra la especiación —aquella que sucede, por ejemplo, en periodos de glaciación global, cuando especies, confinadas y en constante mestizaje, se refugian en valles y montañas secretas que aceleran la tasa de evolución—. Es por eso que el resultado de vivir y explorar tan juntitos (de cuerpo e imaginación) fue mezclarnos hasta crear especies nunca antes vistas cuyas formas de andar abrían los caminos convencionales. Amar a Sofía Ochola fue el fruto de decidir obsesionarnos, colectivamente, con esos senderos ilógicos. Sobre esta clase de experiencias, la poeta argentina Olga Orozco comenta en su texto “Acerca de la creación poética”:

Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico, o devuelven al punto de partida. Hay muros que simulan espejismos, imágenes prometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos e indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies.

La poeta también afirma que la racionalidad y la moral son herramientas útiles para andar por este valle salvaje, pero advierte que en algún momento debes prescindir de ellas:

El que se interna amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no ve más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta.

Como ilustración de esta actitud, contaré un experimento de extravío, ritual y peregrinación que llevamos a cabo en el verano de 2018. Junto a Maribel Pacheco, Nancy Niño Feo, Axcel Bremurio, Vladimir Albarrán, Fred Cancino y Juanito Corazón, decidimos ir a ver el tehuizote, una especie de agave oaxaqueño que acababa de florecer en el Jardín Botánico de Ciudad Universitaria después de 30 años. Se trataba de una planta monocárpica y endémica de México, lo que significaba que florecía y fructificaba una sola vez en su vida, para morir poco menos de un año después. Sin embargo, para ir a ver a esta entidad única no iríamos en transporte público. La idea era peregrinar desde los Viveros de Coyoacán hasta el Jardín Botánico en LSD. A lo largo del camino fuimos construyendo una mitología de “pruebas” a la que nombramos “valles”. El primer valle era el más sencillo: los Viveros eran la bienvenida pacífica a la aventura. Después de esta fase seguía la primera prueba verdadera: Plaza Oasis Coyoacán, un templo del consumo que estuvo a punto de tragarnos, ya que por alguna razón de pronto no encontrábamos la salida. Después lo desciframos: la única forma de escapar de ese bucle era robando algo y carroñeando algún tesoro de la basura. Corrompimos el ciclo atroz del consumo y así logramos salir. El siguiente valle era una escuela primaria a la hora de la salida. Al principio resultó confuso, pero luego se comprendió: era un camino que había que atravesar tomados todos de las manos, como hacen los niños entre sí y con sus padres. Después vino C.U. y sus extraños fantasmas, grupo al que también pertenecíamos, en nuestra calidad de estudiantes o desertores. Ese lugar conocido no era una estancia común ese día, así que tomamos cervezas en las facultades, no como estudiantes sino como los piratas extranjeros que éramos en esos momentos. Luego, poco a poco, se iba formando la magia prehistórica del Pedregal, sus largos caminos de belleza que anunciaban ya el encuentro con una aún más exaltada singularidad que crecía junto con nuestra sensación de unión. Llegamos al tehuizote. Era un agave con un tallo en su centro que rebasaba varias veces su altura y que a su vez estaba coronado de una multitud de pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como de abejas y mariposas que bailaban y libaban alrededor del polen extasiadas. Era bellísimo y excitante. Lo siguiente fue escribir poemas cada uno. Yo hice un poema de amor. Sé que todos los hicimos de alguna forma. Y luego los quemamos. 

Te puedes morir tranquilo / Ser un auto del futuro / Juntar cinco historias / Sobre vandalismo / Sobre flores. (La peregrinación al tehuizote en el Jardín Botánico de la UNAM.)

La poesía como vagabundeo y ritualidad. El poder de cierto tipo de poetas que se experimenta cuando sentimos que con su poesía atravesamos los caminos corriendo, flotando, o llorando y cantando. Aventurarse a gritos, susurros y excentricidades por la incertidumbre de los ríos subterráneos, aéreos e ígneos de la imaginación, y por las calles como en un territorio salvaje, trayendo con nosotros el mensaje de entidades que ahí se encuentran, o incluso a las mismas entidades: fuerzas de la naturaleza que ayudan a sabotear la severidad del sistema totalitario del trabajo, el lenguaje instrumental y la dominación por las armas o el consumo.

En el caso de poetas como Sofía Ochola y mis compañerxs de peregrinación la práctica de atravesar caminos y paredes no fue nunca solo un ejercicio literario: era una ética de vida y muerte. Cruzando la ciudad a pie, una y otra vez, por los bares secretos de Eje Central, o en las profundidades de Iztapalapa. De Tlatelolco a la casa de mis padres en la Gustavo A. Madero o a lecturas-performance en Ciudad Neza o en Tláhuac. La poesía de Sofía fue una mutación perpetua que se generó como el vuelo de una carta de amor electrificada a través de su exploración con territorios, espectros de la literatura y otras personas igualmente intoxicadas de la fiebre de la poesía como ella: sus amigxs poetas, con quienes produjo una especiación exorbitante, y de quienes se enamoró con locura como nosotrxs de ella.

Seremos como tengamos que ser,

porque vamos a hablar

de tu nombre, el primero,

de mis angustias, las de siempre,

y nos drogaremos todos los días,

para amanecer más cerca del techo,

y me explotes tu pene como chicle,

y te explote mis nalgas como resorte,

para que nos explotemos

besos y te amos,

cada que sepamos

que sí somos amor,

tóxico, para ti,

para mí,

tu, tu, tu,

amor,

tóxico.

Tú, tú, tú, tú, tú.

Se acaba,

y todos

morimos.

4. (Súper Ediciones Prisma)

Siempre me asombra pensar en lo múltiple de nuestros orígenes: todos los caminos provenientes de lugares lejanos entre sí (inmersos en una ciudad de millones) que terminaron coincidiendo en las mismas calles y en licuados hechizados de energías tan afines: Iztapalapa, Los Reyes, Aragón, Xochimilco, Naucalpan, Ecatepec. Nombres de colonias que significan algo en nuestra historia si las colocamos en un mapa de la Ciudad de México, y formamos una estrella uniendo esos puntos con su centro fulgurante en la Doctores.

No existe una estrella sin los extremos de su haz de luz. El núcleo de un agujero negro está íntimamente ligado con la masa de los astros y la materia oscura, que son su justo equilibrio y también su secreto origen. La célula se desarrolla porque toda ella se arroja sobre el ambiente y sus factores. Al igual que el Big Bang, era improbable que nos conociéramos, y aún así sucedió. Todo lo que desaparece viene de la más profunda explosión: es su semilla en algodón. Hablar de periferia me parece cada vez más una ilusión. Se señalan centros como puntos de referencia donde se concentran las economías y los privilegios culturales. No obstante, ¿acaso no hay cultura y economías en todas partes? ¿No sucede algo relevante y valioso ahí donde sencillamente laten corazones? No he conocido en la ciudad un lugar más lleno de cultura que Iztapalapa. Todas las lecturas de poesía que he vivido en Xochimilco son apabullantes. Si lo pensamos un poco, cada ser humano es el centro de un universo. Todas las perspectivas son posibles. Así mismo, los márgenes de la energía y la actividad bullente también se encuentran a montones en las aburridas vidas de burguesas o académicos acríticos de sí mismos que nacieron y viven en las colonias llamadas “céntricas”.

Es provechoso asistir al museo de arte oficial o a la Cineteca, pero pocos de los asiduos a estos lugares se animan a ir a un acto en un barrio que consideran peligroso o cuyo flyer no da la pinta de anunciar un evento coherente. Por contra, las personas que provienen de las juzgadas “orillas” siempre están invadiendo los llamados “centros”. No se trata de una búsqueda desesperada por la legitimación. Está más cerca de un ánimo vandálico, en el sentido literal de las invasiones germánicas en Roma. O bien con el feeling de un vengador tóxico que busca llevar su radioactividad ahí donde los hombres clasemedieros se sienten seguros, en el mismo sentido explícito de aquella no-famosa película de serie B.

Súper Ediciones Prisma (SEP) fue un colectivo transdisciplinario que devino de estas políticas: la insatisfacción con los ecosistemas que pretenden no ser invadidos, no ser atravesados, quedar intactos, sin cicatrices, puros en su eficiencia que se protege a sí misma con la policía o los exámenes que validan un cierto tipo de aptitud y cuerpo. Si ellos no vienen (que no hacen falta, realmente), ¡nosotros vamos! Pero ¿es acaso esto una especie de misión épica solemne y martirizante? ¿Es esto una política que se vive con la pesadez de una militancia partidista? Claro que no.

Humor, absurdo, catarsis y caos son algunas de las palabras que describen de forma muy racional lo que la SEP fue. Crear fanzines, videos, acontecimientos, conversatorios, graffiti, gacetas culturales de la Doctores, exposiciones en casas de acampar o bajo lavaderos, laboratorios de creación, serigrafía, tatuaje, intervenciones en Six Flags o frente a exposiciones del Ejército podían ser algunas formas de decir lo que practicábamos. Pero nada de eso es tan importante para mí como decir que creábamos casitas. Casitas ecokaóticas, madreselvas de personas, espacios y saberes, que fueron un ensamble constante de mutantes que nacieron en medio del desastre y se gestaron a través de desgracias como la guerra contra el narco y el neoliberalismo, pero también por una curiosidad golosa que lo mismo aprendía de poesía en bibliotecas, libros robados o piratería en internet que en el aprovechamiento del trabajo de editoriales independientes, fanzineras y cartoneras que hervían de ganas de organizarse para compartir su trabajo. Todo este conocimiento de vida era adictivo para quien se sumergía con pasión en él, y ningún poeta tardaba mucho en convertirse en participante activo de dicho ecokaos.

y nintendo no tendrá ni pizca / de nuestro dinero tirado por la ventana / y hecho confeti de fiestas súper especiales. (Fiesta de performances simultáneos en la pulquería Insurgentes.)
Se resumieron los cánticos, lenguas, / libros y biblias del mundo en: / “especialmente tú.” (“Llorar en público”: antología de poemas que se escribieron llorando en la calle por la SEP.)

La SEP fue también un diálogo directo y transformador con los demonios que construyen este mundo y con los que nos habitan en la sombra de nuestra propia identidad. Una apertura al riesgo, con la idea de socializar prevenciones, pero con la posibilidad siempre latente de errar algún paso. Y aunque algunas veces goteó la sangre, el susto y la sensación de verdadero peligro, no creo que nadie se arrepintiera de haber vivido tanto y con tanto ingenio, incluso para el desastre. Lo esencial era no dejar de amar y de crear.

Alguna vez Sofía me comentó que se sentía triste por temas personales, y que lo que necesitaba era hacer algo creativo. Juntos maquilamos un libro, una antología de poemas e ilustraciones sobre la limonada como un tema sobrenatural (una de tantas convocatorias absurdas que hicimos). Sofía también me ayudó a preparar el agua de limón que regalamos en la presentación, así como a armar el puestito donde se ofreció el elixir bobo, y ese día fuimos niñas gringas estereotípicas de película que recitaban poemas sobre apocalipsis prehistóricos y muñecas sexuales deluxe.

Aunque todos vivíamos atravesados por problemas económicos, secuelas de encuentros violentos con la policía, corazones rotos o conflictos inevitables con otros artistas, hacer y vivir poesía siempre fue el refugio que nos regeneraba y nos mantenía fuertes. Una ética lúdica del caos que tuvo la convicción de resistir experimentando, y que creyó en la liberación de la bestia de la magia y el afecto que residía en todxs nosotrxs.

quiero amigos hechos de valentía

y botas furiosas de residuos

nucleares estelares

 

quiero coger todo el tiempo

en un largo y sordo tejido,

en el centro de una estrella

 

5. (El cielo detrás)

Sofía Itzel Chávez Ramírez fue una mujer para quien escribir era una actividad fisiológica. No vivió a la luz engañosa de alguna disciplina intelectual o espiritual: atravesaba por el mundo de la poesía, los trabajos tediosos, las películas, las borracheras o la antropología con el único propósito firme de escribir y enloquecer de amor.

Sofía nació en Iztapalapa un 10 de julio de 1994. Estudió en la Prepa 2 de la UNAM y después la carrera de Sociología en la UAM Xochimilco, carrera de la cual desertó. En su linaje familiar hay caricaturistas, contadores, filósofas y gitanas que practicaron la brujería y el exorcismo.

Conoceré a tus padres, y a los padres de tus padres, / y a todas tus ex novias, y haremos una fiesta de té. (Sofía Ochola de bebé con su mamá, Yolanda.)

Cuando la conocí fui por ella a su trabajo en una zapatería. Uno de tantos trabajos random que tuvo, al igual que yo en esa época. Sofía llevaba el pelo larguísimo y vestía por completo de cuero negro. Era 2018, y Sofía hablaba brevemente de lo mucho que odiaba trabajar, para luego explicar lo mucho que le interesaba la poesía y escribir. De hecho, al igual que a muchos otros amigues, yo la conocí por la curiosidad que me causaba lo que publicaba en Facebook. Esa noche fuimos a “Bryantepec”, la inauguración de la expo de un amigo artista, en donde hubo box libre y alcohol gratis. Al principio Sofía lucía dubitativa, pero poco a poco, conforme los duendes que yo le iba presentando le hacían la plática, se fue dibujando en su rostro esa mirada entusiasta caleidoscópica que muchas veces le vi. Estoy seguro de que esa noche se enamoró de cierto poeta loco de Tlatelolco a quien le escribió alguno de sus poemas más hermosos, y para nadie fue un secreto porque esa noche en Alumbre, como muchas después, ambos brillaron en su fuerza y deseo mutuos.

La segunda vez que vi a Sofía fue en mi casa, donde vivía con Nancy NiñoFeo y una serie infinita de visitantes intermitentes: la Furby, otro lugar al margen de las leyes de la física donde todo sucedió. Sofía y yo intentamos abordarnos a través del erotismo convencional, pero nos salió mucho mejor simplemente leernos nuestros poemas bajo el influjo de dulces y dextro. Yo le leí algo que acababa de escribir junto a Marina Camargo y Xristo Delmar en un encerrón en la Furby de 12 horas de escribir sin parar (hasta que la sangre goteó sobre el teclado), un libro precioso al que llamamos Isla de Encantos que logramos publicar en la SEP. Sofía me leyó algunos de los poemas recientes que acababa de escribir. Es difícil recordar el contenido de lo que me leyó. Una mezcla de invitación a la destrucción, imágenes crudas pero encantadas, furia llena de chispas de una esperanza basada en el descarrilamiento de todo lo que se mantiene doméstico y unos toques de humor extraño basado en la pulsión de besar con la lengua a la locura que te habita. Pero sin duda se escuchaba como algo así:

 

Durante cerca de año y medio, Sofía y sus nuevos amigos vivimos una amistad llena de aventuras violentas en la noche, fiestas extraordinarias a las que no sabíamos cómo llegamos (en ocasiones junto a personajes tan extraños como Gael García o evidentes narcotraficantes), así como decenas de lecturas de poesía con nombres ridículos en las que buscábamos hacer el mayor ruido y arcoíris de relámpagos imposible, juntos y separados, cada ensamble o unidad sumergido en su singular rara rareza y divinidad.

Me duermo, me dopo. Me enamoro de un sicario de libros / que vive en una ciudad fantasma. (La gaceta “PRISMA” de arte y poesía de la colonia Doctores.)

Sofía era guapísima. Sabía ser elegante o furiosa y su presencia emanaba un aire soberbio como de loba adulta, pero que se disolvía cuando la veías sonreír con todo el cuerpo para ir a abrazarte o reírse escandalosamente contigo. Siempre pensé que era una persona tan salvaje como salvadora: jamás negó su compañía, cariño, recursos y escucha a los amigxs que amaba o a quien lo necesitara. Su postura en la vida era estar con los rechazados, no abandonar ni ignorar. Pero no toleraba las faltas de respeto de nadie. Cuando quería persuadir a alguien de ir a un after o de irse a acostar por su estado de ebriedad, ella le decía con un tono particularmente agudo: “¡Vamos! ¡TE VA A E-N-C-A-N-T-A-R!”.

Sofía se rapó una vez en una de sus primeras fiestas en Alumbre, porque alguien le dijo que lo hiciera, y ella sin dudarlo accedió. Desde entonces llevó el cabello corto. También desde entonces escuché a su poesía evolucionar hacia una tendencia cada vez más imaginativa y provocadora. Hablaba de estudiar el porno antropológicamente, de desenmascarar y desgarrar la simulación, y señalaba que su obsesión era vivir por completo de la poesía, y ser rica para invitarnos a todos a los placeres más excéntricos.

Una vez estábamos tristes después de una de sus varias mudanzas, y decidimos ponernos a escribir un poema largo que llamamos “Tabiques de sangre” (siempre se elegía el título primero a modo de llave-amuleto). En ese entonces tal era la práctica vital: unir telepatías activamente y escribir por turnos un texto cuyo final solo determinaba el cansancio o la urgencia de salir a la calle a bailar, y cuyos resultados se encuentran dispersos en innumerables drives de amigxs. Pocas veces estaré tan agradecido por una colaboración como aquella. Las maletas abiertas y regadas. Sofía en la cima de un tapanco con su laptop en las piernas, escribiendo concentrada pero triste, para luego pasarme la computadora a mí en el tapanco de abajo. Ese era el espíritu de Sofía, la entrega total de sus recursos a la causa única de intentar hacer algo bello y feroz.

Chicos anestesiados de presente, con canciones para llevar.

Chicos recitando escuelas. Chicos haciendo bikinis.

Chicos pensando en usar nafta, para oler a viejo,

para romper chamarras y vaciar espermas.

Soy una polilla hacia la luz / y la luz eres definitivamente tú.

Semanas antes de morir, en 2020, Sofía empezó a publicar varios poemas al día en su perfil de Facebook. Yo los leía en cuanto me aparecían, pero pronto empezaron a ser demasiados, y tan largos, que pensé que ya habría tiempo de conocerlos después, en una lectura o en el libro que eventualmente le fabricaríamos en la SEP. Yo presentía que Sofía no estaba bien. Se había ido a otra parte del país y luego volvió sin avisarle a nadie. Yo me acababa de mudar y trataba de poner orden en mi vida, luego de varios meses de puro caos. El 24 de enero de 2020, supimos que Sofía se había suicidado. Mientras Axcel Bremurio me contaba por teléfono, yo veía en el descanso de mi trabajo a un montón de niños jugar frente de mí, y sentía de pronto que el mundo entero se vaciaba de amor al mismo tiempo que cada cosa que existía me dolía con su milagro insólito y exuberante de existir.

A la noche siguiente fue su funeral. Nos reunimos en Alumbre y fuimos en peregrinación hasta el lugar donde la velaban, gritando poemas mientras recorríamos las calles. No se permitió abrir el ataúd y tampoco que le leyéramos poemas a su cuerpo. Sólo Monserrat Coltello se atrevió, y de rodillas recitó un texto para ella. Más tarde en Alumbre desahogamos nuestro dolor y nuestras ganas de hacer ruido. Bailamos y gritamos con la música tan fuerte como pudimos, mientras más amigxs llegaban a este funeral alterno. En un momento completamente irreal, yo leí el poema que le había escrito la noche anterior, en el que me despedía de ella. Al finalizar, mi celular se activó por sí solo, y la fría voz robótica del asistente dijo lo siguiente:

¡¡¡BYEEEEE!!!

Para mí tenía todo el sentido: Sofía siempre habló sobre la posibilidades espirituales de la tecnología, y de futuros y eternidades virtuales donde el amor y la barbarie continúan.

Sofía, que se hacía llamar “Sofía Ochola” en Facebook, comentaba a veces que publicaría un libro que titularía El cielo detrás. Uno de tantos títulos de proyectos que imaginó, ya que tenía una laptop con un Excel donde registraba por lo menos 15 proyectos. Esa laptop se perdió. No obstante, en un momento de gran intuición, Sandino Bucio logró rescatar 20 poemas de su Facebook, copiando y pegando en un archivo durante el periodo en que empezó a llenar su muro de textos. Posteriormente, yo y Francisco Fenton transcribimos cuatro poemas que quedaron grabados durante una entrevista de 2016 en el programa de radio “Fábulas del Sol”. También se recuperaron una serie de estados breves de Facebook, los cuales nos dedicamos a rayar y pegar en carteles a lo largo de la ciudad, en 2023.

Oficialmente no creo / en nada.

Existe una serie de poemas extraordinarios de Sofía, en los que es al mismo tiempo provocativa y fantástica. Construye imágenes grotescas o espantosas, pero las llena de un humor encantado y absurdo que lentamente nos van convenciendo de lo maravilloso que sería vivir por completo una vida inmoral. La revelación y el delirio no se distinguen en sus versos concatenados con música, listos para ser gritados o suspirados: ninguna revelación es definitiva (totalitaria) y no hay delirio, por más raro que sea, del que no se pueda aprender algo, o bien percibir una sensibilidad esencial en él.

En “Un tesoro de cables” Sofía construye un mundo tan terrible como divertido donde ella es la bruja que tira de los cables de la realidad, para luego arrojarlos a su caldero junto con su propio cuerpo, para así electrocutarse a gusto. Hay una narrativa vertiginosa y una coloquialidad en la forma de delirar que los vuelve absurdamente palpables. No con el tono de un astuto artífice que inventa realidades, sino con el espíritu de una mente que está viviendo esos escenarios, en toda su imaginativamente real pluridimensión. Tonterías lúgubres con el futuro, no en el tono de una pitonisa profesional, sino en el de la médium que quiere hacerle bromas a los espíritus que invoca, y preguntarles si no son ellos los que la invocaron a ella. Al final del poema, Sofía nos confiesa que ha invocado todos estos entes y diseñado estas realidades accidentadas (de su mente y su cuerpo) porque está aburrida pero, sobre todo, porque ama demasiado.

Te cambiaste el nombre mil veces, luego de incendiar el registro civil

para casarte con una muñeca sexual y matarla a los 15 minutos

por una muerte de amor, muy sólida, muy real, y quedaste viudo.

 

Soltero, encontraste un tesoro de cables y creciste, más alto que los techos.

Te dormiste en mis labios.

Despertaste sofisticado y volviste a huir a tu dormir,

quedándote, o yéndote

sobre un mono violeta, para luego despertar aún dormido,

mil veces en un día.

 

Al tiempo, te hiciste adicto de una droga vulgar,

y apenas tenías doce años.

 

A los 12 ya estabas comprometido con una vieja caucásica

que hablaba de la guerra fría y comía croissants a todas horas.

Ella se jubiló en el 2030 con enfermedades modernas,

trastornos de ansiedad y todas las ETS existentes.

 

Además, lanzó una pandemia para matar a todos los grillos del mundo.

En el 35 se suicidó, dejando como himno de la pangea: we are the world.

 

El campeonato de personas insoportables se celebró el miércoles 3 de junio del 36.

Yo siempre siempre siempre escribí, porque no tenía nada,

nada, nada más por hacer y básicamente:

se resumieron los cánticos, lenguas,

libros y biblias del mundo en:

“especialmente tú”.

La palabra delirio proviene del latín delirium, que significa “salirse del surco”: desviarse del camino al arar la tierra. Esta potencia cognitiva abraza la poética de Sofía con su significado profundo, como una enredadera que todo lo permea. Una no-metodología que encuentra su fuente de energía en la experiencia del amor desbocado. Sofía amaba de esa forma, ya fuera en la forma romántica que busca la complicidad y compenetración absoluta o en la forma de compasión universal. Amor y deseo no son zonas de armonía y descanso inactivo, sino aventuras catárticas y transformadoras hechas para romper los límites. Esto se siente, por ejemplo, en el inmoral “Amor tóxico”, donde toda irreverencia es permitida siempre y cuando induzca la erupción del romance.

Seremos como Thelma y Louis,

porque nos desencantó la gente,

y sabemos que todos están locos.

Nos iremos un fin de semana,

al lugar en el que siempre soñé estar,

al lugar en el que siempre soñaste estar,

y no tendré que trabajar nunca,

y no tendrás que trabajar nunca,

porque le diremos al estado,

a punta de plomo y balas,

que así no se puede,

que de plano tenemos,

por inercia propia,

que robar y matar.

En el extenso “Segundo receso”, Sofía hace un viaje espectacular, que va de un encierro en una farmacia alimentándose de suplementos alimenticios de chocolate, a una maquila donde trabaja y mujeres le dan pan y café, para pasearse luego por el centro de una estrella como una sopa de quarks electrizados en conversación con Dios, preguntándole qué se siente besar a una monja. La sensación del poema es la de alguien feliz de estar extraviado entre dimensiones. No es solo surrealismo, infrarrealismo o transrrealismo: las categorías espaciales que buscan colocar una escritura experimental en algún espacio periférico de la realidad no alcanzan para describir lo que realmente hacen algunos poetas: cruzan de forma desvergonzada e inagotable por la multitud de caudales de significado o aparente esterilidad que la realidad del capitalismo les ofrece, cometiendo todas las operaciones que se pueden nombrar y las que no. Nunca hay una frontera definitiva entre lo que es testimonio, alucinación o descubrimiento: siempre es la coexistencia entre los diversos relieves de lo salvaje. Esa especie llamada metáfora o visión se va alimentando, o se deja devorar por el amor, los videojuegos, los libros, las plantas, etcétera. Por el universo entero.

Estas horas sólo puedo pensar en

untarme en ti y hablar de

Monkey Island,

o en minimizar radiadores

y echarme anticongelante en las tetas,

mientras creo un videojuego

que mate a manifestantes provida

o hacerte una canción de este libro

y esculturas hechas con

croquetas para perros.

Para Sofía Ochola la escritura es perderse y atravesar materialidades y espiritualidades, para hacer de ellas un jacuzzi en el que pueda vivir el romance más exaltado, más allá de toda ley moral o física. La forma en que decidía en la vida real no atenerse nunca a un sistema específico, llámese empleo o escuela, no era simplemente rebeldía juvenil, o problemas con la autoridad o con la disciplina. Consiste, más bien, en una filosofía de la disolución de las contradicciones sistemáticas, que pretenden mantenernos sumisos, alienados con la propuesta de un mundo esterilizado y objetivo que, sin embargo, es una perfecta máquina de matar y explotar a quienes no son ejecutores del capital. Sofía habla desde la experiencia de la clase trabajadora, que tiene derecho a vivir aventuras exaltadas y vivir en una jungla de acontecimientos, sin esperar que dicha aventura sea una lugar que visitas excepcionalmente en vacaciones o en fines de semana, una anestesia funcional. No: la experiencia de vida fue para ella una constante búsqueda de lo real-real, ahí donde menos se espera encontrarlo por su vulgaridad o rigidez, y para ello su poesía hechizaba el mundo a su antojo. En su poema “Repertorio”, deja claro que está interesada en considerar la experiencia completa, cruda y pegajosa de lo real/irreal:

Nosotros no somos, no pensamos, no estamos.

Vamos a fugarnos en el vapor.

La gente tiene el poder.

En el verano caníbal

un tampón tullido de orín sabor a movimiento y gloria.

Gloria y eeeee eeeee ooo ooo, gloooooriaaaa.

¡Sucio, sucio!

Y después y después y después.

Sísísí destrucción.

Amo la destrucción.

Amo destruir.

Amo la sangre.

Amo la mierda.

Amo las vísceras.

Amo a los que matan,

a los que mueren.

Amo amo amo.

¡Sí sí sí!

¡Yo soy sucia y estoy bien!

Yo soy sucia en la piscina.

Yo soy sucia con este chico.

El conductor se queda callado en la oscuridad.

Es mi piel la que pide más.

Yo estoy flotando con este chico.

Tengo un hilo colgando de la vagina

y pretendo estar bien.

El amor / Es mil pies cansados.

Con todo, la obsesión por fusionarse con las fuerzas primigenias de la vida y la muerte no avanza siempre por el lado de la destrucción. La solidaridad y la compasión surgen también como modo de habitar la violencia y la crisis. ¿Y no es acaso la primera violencia que vivimos el haber nacido? En el hermoso poema “El amor”, Sofía expresa la ternura incómoda de comenzar a existir en medio del caos:

El amor es un recién nacido

muriendo de frío,

lleno de mocos,

ahogándose,

tambaleando

entre el aire que acicala

su cuerpo baboso,

mas no sus pulmones.

 

El amor es la mujer

que besó al recién nacido

en la boca,

la que lo infló como globo

con su aliento pestilente,

de una muerte

no anunciada,

hasta que hubo un foco de vida,

y ella se tragó los mocos del nuevo humano.

La vida de Sofía Ochola no fue solo una tragedia. Y es que una tormenta que deslava un monte no es solo un desastre que impacta sobre mundos humanos: es un evento completo que nutre las fuerzas que renuevan y fortalecen los ciclos de vida y muerte del suelo, la vegetación, los aires. Las poéticas experimentales nunca son un momento superado, algo ya conocido y visto “bajo el sol”. Más allá del contexto social que deprimió y oprimió a Sofía, su voluntad de ver un mundo arder en renovación no-lineal es una fuerza de la naturaleza que necesitamos en nuestras comunidades. Sin la energía de los poetas que sacuden los terrenos de la certeza que va cuadriculando los caminos, sin su poética del extravío por la curvatura del espacio-tiempo y las selvas oscuras y kaleidoscópicas de las ondulaciones del cuerpo-imaginación que insistimos en domesticar, la vida íntima se va lentamente cubriendo de políticas de dominación y éticas del aislamiento. Compartir mi juventud con Sofía y ahora poder seguir leyéndola y compartiendo su magia es una anomalía preciosa, que no me permite la rendición o la entrega a la crueldad del sistema.

Lo último que hizo Sofía antes de despedirse de mí, la última vez que la vi, fue regalarme un suéter negro con textura como de oveja o hiena negra. Un recuerdo de varias cosas: que nunca debo dejar de escribir, porque nuestro tiempo en esta vida es limitado y siempre debemos hacer lo que más amamos. Y que la ternura y la dulzura no son irreconciliables con el ánimo oscuro y rebelde de vivir el lado salvaje.

Hechos 

[En realidad te gusta verme hacer algo]

 

[Aquí va el mejor poema]

[Aquí va el poema arriesgado]

[Aquí iría si tuviera las palabras]

 

[Hay un poema perdido en una lengua]

[Hay una lengua que babea balas dormidas]

 

[En realidad no es algo importante]

 

[Aquí casi escribo algo muy importante]

[Aquí te hice llorar con una canción de amor]

 

[Hay posibilidades de nunca encontrar el verso]

[Hay posibilidades de que en realidad no exista]

 

[En realidad hablo de ti]

 

[Aquí van los versos para el amor]

[Aquí va una tristeza dentro de una píldora]

[Aquí va un suicidio con chicles de fresa con sandía]

 

[En realidad al diablo]

 

[Hay versos que no llegan a decir tanta muerte azulada]

[Hay gente que no alcanzaré aunque todo sea esfuerzo]

[Hay días que sin saber morimos más que cualquier otro día]

 

[En realidad será increíble]

[Aquí hay cosas que perdiste con el paso del tiempo]

[Aquí hay noches de eterno desvelo, y policías rudos]

[Aquí te sentirás comprendido y valiente]

[Aquí sabrás que no eres nada, no]

 

[En realidad cualquier cosa es probable]

[En realidad te gusta verme hacer algo]

[En realidad no es algo importante]

 

[En realidad hablo de ti]

[En realidad al diablo]

 

[Vaginas azotadas en la mesa]

[Vergas azotadas en la mesa]

 

[En realidad será increíble]

[Restos mortales]

 

[No eres no soy no somos]

[No hemos sido]

[Ni seremos]

[Otra cosa]

[Que un hecho]

[La gran falla]

[Del pixel]

—Sofía Ochola

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Los últimos poemas de Sofía, reunidos bajo el espectral nombre El cielo detrás, están a punto de ser publicados —primavera de 2026—, en medio de una guerra mundial que podría estar acercándose o que viene existiendo entre nosotros desde hace mucho. El portal que trae estos poemas del futuro-pasado al fuego nuevo es la editorial Orcaíris.

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Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

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Ver en la vida de la poeta Sofía Ochola solo una tragedia es propio de miopes, así como es superficial juzgar el deslave de un monte que sepulta un pueblo solo como un desastre. Hoy más que nunca las comunidades necesitan la voluntad por ver el mundo arder y renovarse que guió la vida de Sofía. Por ello, es preciso explicarla con cuidado (y explicar a sus cómplices en las orillas de la Ciudad de México).

El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo, el momento en el que empieza lo demasiado) pero es también él quien sobrepasa los límites.

—Deleuze

1.

La mente sana y racional es una ciudad hecha de caminos que prometen control y seguridad. En esa ciudad las veredas nos llevan a donde les pidamos: a donde hay recursos, placer y perversión para comprar. Donde las paredes y el piso son sólidos. Ahora pensemos en el paisaje accidentado de la consciencia que es la imaginación y la emoción poética. No se trata de trazar líneas divisorias entre razón e intuición, como si fueran agua y fuego —elementos que, al fin y al cabo, sí se encuentran y danzan—. Se trata, más bien, de transitar por los ambiguos terrenos del espectro de chicle que une ambas realidades. Lo que de un lado tienden a ser calles pavimentadas (con la certeza de que cada cosa estará ahí donde la dejamos) son en los otros lados senderos difusos que invitan a atravesarlos con los sentidos trastornados y la intención de aventurarnos y perdernos.

La poeta y punk del lenguaje Susana Thénon apoyaba esta visión de la poesía al mencionar que “el poema es una venturosa incursión por lo ignorado”. Dicho de otra forma: la disponibilidad de la experiencia poética es como un bosque que nos invita a extraviarnos para encontrar frutos y animales milagrosos. No una ruta marcada por una aplicación bien diseñada o por un señalamiento, sino una experiencia de indeterminación y sorpresa que jamás nos dejará intactos.

En ese sentido fértil y explosivo, la poesía de Sofía Ochola (1994-2020) es una aventura por la Ciudad de México, la amistad, el amor loco, una jungla encantada en llamas y los mismísimos tejidos de la curvatura del espacio-tiempo. Sofía Ochola no solo fue una exploradora y creadora de tormentas de lenguaje. Fue mi amiga de aventuras durante casi dos años y una de las poetas más extraordinarias que he conocido nunca. Su suicidio en 2020 a los 25 años fue algo que me cambió para siempre, así como un punto de quiebre para la comunidad de poetas y amigxs con la que viví y crecí apasionadamente durante mis 20 años.

A pesar de la compleja travesía que significó el viaje de Sofía por el amor y la poesía, algo sistemático y simplista sucede con la opinión general que se tiene sobre estos hechos. Como cada vez que un artista joven muere en circunstancias similares, se hace énfasis en el carácter trágico de los hechos de su vida: una obra frustrada, una colección de errores encadenados, o un buen ejemplo de lo que como sociedad debemos evitar y solo observar a una distancia segura. Pienso que este pensamiento es limitado.

Al leer la poesía de Sofía Ochola experimento no solo el extrañamiento que sentimos al ver un bicho raro y quizá venenoso que queremos sacar de nuestras casas: miro ese enjambre de infinitos insectos singulares que fue su mente y su vida y me doy cuenta de lo mucho que he aprendido de esta visión. De lo íntimamente ligadas que están sus formas únicas con su especial modo de habitar.

Estas reflexiones me llevan a las siguientes preguntas: ¿qué sentido tiene haber vivido como Sofía lo hizo?, ¿qué se aprende de una vida y escritura decididas a extraviarse y rehuir del camino recto y seguro?, ¿quién fue Sofía Ochola más allá del estigma reduccionista que recae sobre el suicida?, ¿por qué vale la pena leerla?, ¿por qué es hermoso que hayas existido, Sofía?

Más que crónica, esto es un hormiguero de pensamientos y recuerdos sobre el amor que profesó y escribió mi amiga en el mundo y sobre el grupo de amigos que la acompañamos durante los últimos años de su Muerte-Vida. Chispazos de la memoria y el más allá sobre una propuesta de amistad y poesía —de existencia— que nos cambió la vida para siempre. 

y ya si no me amas, y ya si no busca tu parte poeta,

buscarme, o si tu carnalidad se cansó de nuestro

descanso suave, rociaré ácido muriático a

tus fotos mientras le explico a las cutículas

de mis neuronas que al poeta se le lee.

2.

La poesía en la Ciudad de México y en la Tierra ha sido siempre una forma de habitar y vincularse, y no únicamente una disciplina. Más allá de la tradición, la poesía es una expresión de la red de entidades salvajes, asimétricas, caóticas, evolutivas e infinitamente múltiples que es eso que llamamos realidad, naturaleza, multiversos o materia y energía oscura. Es una oportunidad de desconfiguración. Cuando el lenguaje humano se ocupa sólo de funcionar, servir al Estado y adornar, lo que hace es pretender no dejarse atravesar. En vez de aceptarse como una potencia que interactúa con otro tipo de corrientes, anhela estar aislado y protegido de influencias extrañas. Esa es la descripción de la literatura cuando se inclina más a manifestarse como una competencia de individualidades. Un sistema de rigor y pautas que excluye a los que “no se lo toman en serio”. Sin embargo, mientras se promueve el encumbramiento de quienes se adaptan a la burocracia y profesionalizan su escritura, fuera de esos círculos cuadrados existen individuos insatisfechos que no crecieron rodeados del fetiche de la 'alta cultura', que les tiene sin cuidado ese orden, y que investigan el lenguaje más allá de lógicas elitistas solitarias.

La efervescencia de mi propia investigación (basada hasta entonces en libros, referencias, clases y locuras ocasionales) empezó a ser drásticamente contaminada cuando alrededor de 2017 conocí al grupo de amigxs con lxs que comencé a crecer escribiendo —un grupo de animalitos inquietos para quienes la amistad y la creación eran una cosa inseparable—. Relaciones cuya fuerza y magia recaían en el deseo de experimentar con el placer, las sensaciones, y los rituales, como parte del mismo gran proceso al mismo tiempo colectivo y personal.

De pronto no se trató solo de acompañarnos en trámites y borracheras sin más, sino de compenetrarnos e inventar un lenguaje juntos: una nueva forma de amar y vagar que nos sacaría del tedio de sobrevivir y cumplir con las reglas. Entonces nada era dicho como una descripción o un simulacro; nada se decretaba desde esa distancia segura del investigador “objetivo” que pretende pasar desapercibido por los fenómenos extraños que estudia y clasifica. La pulsión era que cada broma o visión podía ser habitada en la vida a través del juego y el arte. Experimentos con aquello que sabíamos o creíamos saber. Dimensiones tan excitantes como peligrosas.

Un ejemplo de este proceder ocurrió en febrero de 2018, cuando el artista —y nuestra madre— Axcel Bremurio presentó su libro La leche no es para jugar en aquella casa-taller legendaria y viscosa donde todos nos embarrábamos de la locura ajena, y a la que llamábamos Alumbre. La presentación no consistió en sentarnos a hablar sobre el contenido del libro, sino en meternos, literalmente, dentro de él.

Como muestra de ello, cito un fragmento del itinerario exacto del evento, el cual pretendía extenderse durante 24 horas seguidas:

9:00 am — inauguración

9:20 am — ducha colectiva

10:15 am — emparedados con puré de papa

10:18 am — malteadas de fresa con avena

11:45 am — retas de baloncesto (Jardín de las Artes Gráficas)

3:55 pm — bebida de cacao

4:04 pm — lectura en braille

4:15 pm — experimentos del Juego de Química 3: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 12, 14, 39, 40, 41, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 62, 63, 69, 72, 75, 76, 77, 85, 87, 92, 93, 94, 96, 102, 103, 104, 107, 118, 120, 121, 143, 144, 145

6:23 pm — beber el líquido obtenido en el experimento 11 y 12

6:36 pm — retas Goofy Golf Machine

7:40 pm — retas La herencia de la Tía Agata

8:30 pm — retas Pump It Up

9:18 pm — retas de Diddy Kong Racing

9:40 pm — retas Super Smash Bros.

10:28 pm — tatuajes tontos gratis

El día de la presentación, la casa de tres pisos de Alumbre amaneció atestada de globos, papeles, juguetes, telas y utensilios que emulaban las páginas del libro de Axcel dibujado con crayolas. Además de la hermosa lectura bajo la ducha colectiva, recuerdo con cariño que Tilsa Otta y yo fuimos los únicos que le dimos un trago a la leche con diamantina preparada para el evento, y salimos ilesos. Solo después, ya en tranquilidad, meditamos sobre el peligro que había conllevado ingerir aquel polvo mágico de aluminio y plástico, aunque fuera en dosis mínimas.

Eventos como este se sucedieron con frecuencia e intensidad durante mi más profunda conexión con este aviario de amigxs. A eso me refiero con no limitarse a leer o redactar la imaginación: vivirla. Literalmente, habitarla y comerla.

Ya en esa época, bien entrada la segunda década del siglo, el descrédito de la institución literaria oficialista —encumbrada, tal era la percepción, por el neoliberalismo, el Fonca, las capillas culturales-burocráticas, los guardianes de la memoria del Nobel Octavio Paz y por quien ustedes digan y manden— ya era total entre quienes se interesaban libidinalmente por la escritura poética en la Ciudad de México. O sea, la sensación de deber para con el sistema oficial lentamente se fue diluyendo hasta que surgieron generaciones completas a las que no les importaba para nada; castas raras para las que vida e imaginación tenían que ir íntimamente ligadas, y que se entregaban a la pulsión de explorar caminos misteriosos en los que fuerzas no controladas del todo debían compenetrarse y afectarse. En este clima de mutación apareció la poeta Sofía Ochola.

Me drogaré con LSD, y te lameré los ojos,

Me drogaré con leche en polvo, y te amaré,

Me drogaré con dextrometorfano, y te acariciaré

Me drogaré con paracetamol, por si me dueles,

Me drogaré con aire comprimido, y te susurraré:

Los mejores poemas que algún día escribiré.

3.

El lenguaje normativo busca, por esencia, separar y clasificar cuerpos, espacios y saberes en categorías de buenos, mejores o peores. Su mecanismo evita reunir por mucho tiempo las contradicciones y, por lo tanto, frustra la especiación —aquella que sucede, por ejemplo, en periodos de glaciación global, cuando especies, confinadas y en constante mestizaje, se refugian en valles y montañas secretas que aceleran la tasa de evolución—. Es por eso que el resultado de vivir y explorar tan juntitos (de cuerpo e imaginación) fue mezclarnos hasta crear especies nunca antes vistas cuyas formas de andar abrían los caminos convencionales. Amar a Sofía Ochola fue el fruto de decidir obsesionarnos, colectivamente, con esos senderos ilógicos. Sobre esta clase de experiencias, la poeta argentina Olga Orozco comenta en su texto “Acerca de la creación poética”:

Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico, o devuelven al punto de partida. Hay muros que simulan espejismos, imágenes prometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos e indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies.

La poeta también afirma que la racionalidad y la moral son herramientas útiles para andar por este valle salvaje, pero advierte que en algún momento debes prescindir de ellas:

El que se interna amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no ve más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta.

Como ilustración de esta actitud, contaré un experimento de extravío, ritual y peregrinación que llevamos a cabo en el verano de 2018. Junto a Maribel Pacheco, Nancy Niño Feo, Axcel Bremurio, Vladimir Albarrán, Fred Cancino y Juanito Corazón, decidimos ir a ver el tehuizote, una especie de agave oaxaqueño que acababa de florecer en el Jardín Botánico de Ciudad Universitaria después de 30 años. Se trataba de una planta monocárpica y endémica de México, lo que significaba que florecía y fructificaba una sola vez en su vida, para morir poco menos de un año después. Sin embargo, para ir a ver a esta entidad única no iríamos en transporte público. La idea era peregrinar desde los Viveros de Coyoacán hasta el Jardín Botánico en LSD. A lo largo del camino fuimos construyendo una mitología de “pruebas” a la que nombramos “valles”. El primer valle era el más sencillo: los Viveros eran la bienvenida pacífica a la aventura. Después de esta fase seguía la primera prueba verdadera: Plaza Oasis Coyoacán, un templo del consumo que estuvo a punto de tragarnos, ya que por alguna razón de pronto no encontrábamos la salida. Después lo desciframos: la única forma de escapar de ese bucle era robando algo y carroñeando algún tesoro de la basura. Corrompimos el ciclo atroz del consumo y así logramos salir. El siguiente valle era una escuela primaria a la hora de la salida. Al principio resultó confuso, pero luego se comprendió: era un camino que había que atravesar tomados todos de las manos, como hacen los niños entre sí y con sus padres. Después vino C.U. y sus extraños fantasmas, grupo al que también pertenecíamos, en nuestra calidad de estudiantes o desertores. Ese lugar conocido no era una estancia común ese día, así que tomamos cervezas en las facultades, no como estudiantes sino como los piratas extranjeros que éramos en esos momentos. Luego, poco a poco, se iba formando la magia prehistórica del Pedregal, sus largos caminos de belleza que anunciaban ya el encuentro con una aún más exaltada singularidad que crecía junto con nuestra sensación de unión. Llegamos al tehuizote. Era un agave con un tallo en su centro que rebasaba varias veces su altura y que a su vez estaba coronado de una multitud de pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como de abejas y mariposas que bailaban y libaban alrededor del polen extasiadas. Era bellísimo y excitante. Lo siguiente fue escribir poemas cada uno. Yo hice un poema de amor. Sé que todos los hicimos de alguna forma. Y luego los quemamos. 

Te puedes morir tranquilo / Ser un auto del futuro / Juntar cinco historias / Sobre vandalismo / Sobre flores. (La peregrinación al tehuizote en el Jardín Botánico de la UNAM.)

La poesía como vagabundeo y ritualidad. El poder de cierto tipo de poetas que se experimenta cuando sentimos que con su poesía atravesamos los caminos corriendo, flotando, o llorando y cantando. Aventurarse a gritos, susurros y excentricidades por la incertidumbre de los ríos subterráneos, aéreos e ígneos de la imaginación, y por las calles como en un territorio salvaje, trayendo con nosotros el mensaje de entidades que ahí se encuentran, o incluso a las mismas entidades: fuerzas de la naturaleza que ayudan a sabotear la severidad del sistema totalitario del trabajo, el lenguaje instrumental y la dominación por las armas o el consumo.

En el caso de poetas como Sofía Ochola y mis compañerxs de peregrinación la práctica de atravesar caminos y paredes no fue nunca solo un ejercicio literario: era una ética de vida y muerte. Cruzando la ciudad a pie, una y otra vez, por los bares secretos de Eje Central, o en las profundidades de Iztapalapa. De Tlatelolco a la casa de mis padres en la Gustavo A. Madero o a lecturas-performance en Ciudad Neza o en Tláhuac. La poesía de Sofía fue una mutación perpetua que se generó como el vuelo de una carta de amor electrificada a través de su exploración con territorios, espectros de la literatura y otras personas igualmente intoxicadas de la fiebre de la poesía como ella: sus amigxs poetas, con quienes produjo una especiación exorbitante, y de quienes se enamoró con locura como nosotrxs de ella.

Seremos como tengamos que ser,

porque vamos a hablar

de tu nombre, el primero,

de mis angustias, las de siempre,

y nos drogaremos todos los días,

para amanecer más cerca del techo,

y me explotes tu pene como chicle,

y te explote mis nalgas como resorte,

para que nos explotemos

besos y te amos,

cada que sepamos

que sí somos amor,

tóxico, para ti,

para mí,

tu, tu, tu,

amor,

tóxico.

Tú, tú, tú, tú, tú.

Se acaba,

y todos

morimos.

4. (Súper Ediciones Prisma)

Siempre me asombra pensar en lo múltiple de nuestros orígenes: todos los caminos provenientes de lugares lejanos entre sí (inmersos en una ciudad de millones) que terminaron coincidiendo en las mismas calles y en licuados hechizados de energías tan afines: Iztapalapa, Los Reyes, Aragón, Xochimilco, Naucalpan, Ecatepec. Nombres de colonias que significan algo en nuestra historia si las colocamos en un mapa de la Ciudad de México, y formamos una estrella uniendo esos puntos con su centro fulgurante en la Doctores.

No existe una estrella sin los extremos de su haz de luz. El núcleo de un agujero negro está íntimamente ligado con la masa de los astros y la materia oscura, que son su justo equilibrio y también su secreto origen. La célula se desarrolla porque toda ella se arroja sobre el ambiente y sus factores. Al igual que el Big Bang, era improbable que nos conociéramos, y aún así sucedió. Todo lo que desaparece viene de la más profunda explosión: es su semilla en algodón. Hablar de periferia me parece cada vez más una ilusión. Se señalan centros como puntos de referencia donde se concentran las economías y los privilegios culturales. No obstante, ¿acaso no hay cultura y economías en todas partes? ¿No sucede algo relevante y valioso ahí donde sencillamente laten corazones? No he conocido en la ciudad un lugar más lleno de cultura que Iztapalapa. Todas las lecturas de poesía que he vivido en Xochimilco son apabullantes. Si lo pensamos un poco, cada ser humano es el centro de un universo. Todas las perspectivas son posibles. Así mismo, los márgenes de la energía y la actividad bullente también se encuentran a montones en las aburridas vidas de burguesas o académicos acríticos de sí mismos que nacieron y viven en las colonias llamadas “céntricas”.

Es provechoso asistir al museo de arte oficial o a la Cineteca, pero pocos de los asiduos a estos lugares se animan a ir a un acto en un barrio que consideran peligroso o cuyo flyer no da la pinta de anunciar un evento coherente. Por contra, las personas que provienen de las juzgadas “orillas” siempre están invadiendo los llamados “centros”. No se trata de una búsqueda desesperada por la legitimación. Está más cerca de un ánimo vandálico, en el sentido literal de las invasiones germánicas en Roma. O bien con el feeling de un vengador tóxico que busca llevar su radioactividad ahí donde los hombres clasemedieros se sienten seguros, en el mismo sentido explícito de aquella no-famosa película de serie B.

Súper Ediciones Prisma (SEP) fue un colectivo transdisciplinario que devino de estas políticas: la insatisfacción con los ecosistemas que pretenden no ser invadidos, no ser atravesados, quedar intactos, sin cicatrices, puros en su eficiencia que se protege a sí misma con la policía o los exámenes que validan un cierto tipo de aptitud y cuerpo. Si ellos no vienen (que no hacen falta, realmente), ¡nosotros vamos! Pero ¿es acaso esto una especie de misión épica solemne y martirizante? ¿Es esto una política que se vive con la pesadez de una militancia partidista? Claro que no.

Humor, absurdo, catarsis y caos son algunas de las palabras que describen de forma muy racional lo que la SEP fue. Crear fanzines, videos, acontecimientos, conversatorios, graffiti, gacetas culturales de la Doctores, exposiciones en casas de acampar o bajo lavaderos, laboratorios de creación, serigrafía, tatuaje, intervenciones en Six Flags o frente a exposiciones del Ejército podían ser algunas formas de decir lo que practicábamos. Pero nada de eso es tan importante para mí como decir que creábamos casitas. Casitas ecokaóticas, madreselvas de personas, espacios y saberes, que fueron un ensamble constante de mutantes que nacieron en medio del desastre y se gestaron a través de desgracias como la guerra contra el narco y el neoliberalismo, pero también por una curiosidad golosa que lo mismo aprendía de poesía en bibliotecas, libros robados o piratería en internet que en el aprovechamiento del trabajo de editoriales independientes, fanzineras y cartoneras que hervían de ganas de organizarse para compartir su trabajo. Todo este conocimiento de vida era adictivo para quien se sumergía con pasión en él, y ningún poeta tardaba mucho en convertirse en participante activo de dicho ecokaos.

y nintendo no tendrá ni pizca / de nuestro dinero tirado por la ventana / y hecho confeti de fiestas súper especiales. (Fiesta de performances simultáneos en la pulquería Insurgentes.)
Se resumieron los cánticos, lenguas, / libros y biblias del mundo en: / “especialmente tú.” (“Llorar en público”: antología de poemas que se escribieron llorando en la calle por la SEP.)

La SEP fue también un diálogo directo y transformador con los demonios que construyen este mundo y con los que nos habitan en la sombra de nuestra propia identidad. Una apertura al riesgo, con la idea de socializar prevenciones, pero con la posibilidad siempre latente de errar algún paso. Y aunque algunas veces goteó la sangre, el susto y la sensación de verdadero peligro, no creo que nadie se arrepintiera de haber vivido tanto y con tanto ingenio, incluso para el desastre. Lo esencial era no dejar de amar y de crear.

Alguna vez Sofía me comentó que se sentía triste por temas personales, y que lo que necesitaba era hacer algo creativo. Juntos maquilamos un libro, una antología de poemas e ilustraciones sobre la limonada como un tema sobrenatural (una de tantas convocatorias absurdas que hicimos). Sofía también me ayudó a preparar el agua de limón que regalamos en la presentación, así como a armar el puestito donde se ofreció el elixir bobo, y ese día fuimos niñas gringas estereotípicas de película que recitaban poemas sobre apocalipsis prehistóricos y muñecas sexuales deluxe.

Aunque todos vivíamos atravesados por problemas económicos, secuelas de encuentros violentos con la policía, corazones rotos o conflictos inevitables con otros artistas, hacer y vivir poesía siempre fue el refugio que nos regeneraba y nos mantenía fuertes. Una ética lúdica del caos que tuvo la convicción de resistir experimentando, y que creyó en la liberación de la bestia de la magia y el afecto que residía en todxs nosotrxs.

quiero amigos hechos de valentía

y botas furiosas de residuos

nucleares estelares

 

quiero coger todo el tiempo

en un largo y sordo tejido,

en el centro de una estrella

 

5. (El cielo detrás)

Sofía Itzel Chávez Ramírez fue una mujer para quien escribir era una actividad fisiológica. No vivió a la luz engañosa de alguna disciplina intelectual o espiritual: atravesaba por el mundo de la poesía, los trabajos tediosos, las películas, las borracheras o la antropología con el único propósito firme de escribir y enloquecer de amor.

Sofía nació en Iztapalapa un 10 de julio de 1994. Estudió en la Prepa 2 de la UNAM y después la carrera de Sociología en la UAM Xochimilco, carrera de la cual desertó. En su linaje familiar hay caricaturistas, contadores, filósofas y gitanas que practicaron la brujería y el exorcismo.

Conoceré a tus padres, y a los padres de tus padres, / y a todas tus ex novias, y haremos una fiesta de té. (Sofía Ochola de bebé con su mamá, Yolanda.)

Cuando la conocí fui por ella a su trabajo en una zapatería. Uno de tantos trabajos random que tuvo, al igual que yo en esa época. Sofía llevaba el pelo larguísimo y vestía por completo de cuero negro. Era 2018, y Sofía hablaba brevemente de lo mucho que odiaba trabajar, para luego explicar lo mucho que le interesaba la poesía y escribir. De hecho, al igual que a muchos otros amigues, yo la conocí por la curiosidad que me causaba lo que publicaba en Facebook. Esa noche fuimos a “Bryantepec”, la inauguración de la expo de un amigo artista, en donde hubo box libre y alcohol gratis. Al principio Sofía lucía dubitativa, pero poco a poco, conforme los duendes que yo le iba presentando le hacían la plática, se fue dibujando en su rostro esa mirada entusiasta caleidoscópica que muchas veces le vi. Estoy seguro de que esa noche se enamoró de cierto poeta loco de Tlatelolco a quien le escribió alguno de sus poemas más hermosos, y para nadie fue un secreto porque esa noche en Alumbre, como muchas después, ambos brillaron en su fuerza y deseo mutuos.

La segunda vez que vi a Sofía fue en mi casa, donde vivía con Nancy NiñoFeo y una serie infinita de visitantes intermitentes: la Furby, otro lugar al margen de las leyes de la física donde todo sucedió. Sofía y yo intentamos abordarnos a través del erotismo convencional, pero nos salió mucho mejor simplemente leernos nuestros poemas bajo el influjo de dulces y dextro. Yo le leí algo que acababa de escribir junto a Marina Camargo y Xristo Delmar en un encerrón en la Furby de 12 horas de escribir sin parar (hasta que la sangre goteó sobre el teclado), un libro precioso al que llamamos Isla de Encantos que logramos publicar en la SEP. Sofía me leyó algunos de los poemas recientes que acababa de escribir. Es difícil recordar el contenido de lo que me leyó. Una mezcla de invitación a la destrucción, imágenes crudas pero encantadas, furia llena de chispas de una esperanza basada en el descarrilamiento de todo lo que se mantiene doméstico y unos toques de humor extraño basado en la pulsión de besar con la lengua a la locura que te habita. Pero sin duda se escuchaba como algo así:

 

Durante cerca de año y medio, Sofía y sus nuevos amigos vivimos una amistad llena de aventuras violentas en la noche, fiestas extraordinarias a las que no sabíamos cómo llegamos (en ocasiones junto a personajes tan extraños como Gael García o evidentes narcotraficantes), así como decenas de lecturas de poesía con nombres ridículos en las que buscábamos hacer el mayor ruido y arcoíris de relámpagos imposible, juntos y separados, cada ensamble o unidad sumergido en su singular rara rareza y divinidad.

Me duermo, me dopo. Me enamoro de un sicario de libros / que vive en una ciudad fantasma. (La gaceta “PRISMA” de arte y poesía de la colonia Doctores.)

Sofía era guapísima. Sabía ser elegante o furiosa y su presencia emanaba un aire soberbio como de loba adulta, pero que se disolvía cuando la veías sonreír con todo el cuerpo para ir a abrazarte o reírse escandalosamente contigo. Siempre pensé que era una persona tan salvaje como salvadora: jamás negó su compañía, cariño, recursos y escucha a los amigxs que amaba o a quien lo necesitara. Su postura en la vida era estar con los rechazados, no abandonar ni ignorar. Pero no toleraba las faltas de respeto de nadie. Cuando quería persuadir a alguien de ir a un after o de irse a acostar por su estado de ebriedad, ella le decía con un tono particularmente agudo: “¡Vamos! ¡TE VA A E-N-C-A-N-T-A-R!”.

Sofía se rapó una vez en una de sus primeras fiestas en Alumbre, porque alguien le dijo que lo hiciera, y ella sin dudarlo accedió. Desde entonces llevó el cabello corto. También desde entonces escuché a su poesía evolucionar hacia una tendencia cada vez más imaginativa y provocadora. Hablaba de estudiar el porno antropológicamente, de desenmascarar y desgarrar la simulación, y señalaba que su obsesión era vivir por completo de la poesía, y ser rica para invitarnos a todos a los placeres más excéntricos.

Una vez estábamos tristes después de una de sus varias mudanzas, y decidimos ponernos a escribir un poema largo que llamamos “Tabiques de sangre” (siempre se elegía el título primero a modo de llave-amuleto). En ese entonces tal era la práctica vital: unir telepatías activamente y escribir por turnos un texto cuyo final solo determinaba el cansancio o la urgencia de salir a la calle a bailar, y cuyos resultados se encuentran dispersos en innumerables drives de amigxs. Pocas veces estaré tan agradecido por una colaboración como aquella. Las maletas abiertas y regadas. Sofía en la cima de un tapanco con su laptop en las piernas, escribiendo concentrada pero triste, para luego pasarme la computadora a mí en el tapanco de abajo. Ese era el espíritu de Sofía, la entrega total de sus recursos a la causa única de intentar hacer algo bello y feroz.

Chicos anestesiados de presente, con canciones para llevar.

Chicos recitando escuelas. Chicos haciendo bikinis.

Chicos pensando en usar nafta, para oler a viejo,

para romper chamarras y vaciar espermas.

Soy una polilla hacia la luz / y la luz eres definitivamente tú.

Semanas antes de morir, en 2020, Sofía empezó a publicar varios poemas al día en su perfil de Facebook. Yo los leía en cuanto me aparecían, pero pronto empezaron a ser demasiados, y tan largos, que pensé que ya habría tiempo de conocerlos después, en una lectura o en el libro que eventualmente le fabricaríamos en la SEP. Yo presentía que Sofía no estaba bien. Se había ido a otra parte del país y luego volvió sin avisarle a nadie. Yo me acababa de mudar y trataba de poner orden en mi vida, luego de varios meses de puro caos. El 24 de enero de 2020, supimos que Sofía se había suicidado. Mientras Axcel Bremurio me contaba por teléfono, yo veía en el descanso de mi trabajo a un montón de niños jugar frente de mí, y sentía de pronto que el mundo entero se vaciaba de amor al mismo tiempo que cada cosa que existía me dolía con su milagro insólito y exuberante de existir.

A la noche siguiente fue su funeral. Nos reunimos en Alumbre y fuimos en peregrinación hasta el lugar donde la velaban, gritando poemas mientras recorríamos las calles. No se permitió abrir el ataúd y tampoco que le leyéramos poemas a su cuerpo. Sólo Monserrat Coltello se atrevió, y de rodillas recitó un texto para ella. Más tarde en Alumbre desahogamos nuestro dolor y nuestras ganas de hacer ruido. Bailamos y gritamos con la música tan fuerte como pudimos, mientras más amigxs llegaban a este funeral alterno. En un momento completamente irreal, yo leí el poema que le había escrito la noche anterior, en el que me despedía de ella. Al finalizar, mi celular se activó por sí solo, y la fría voz robótica del asistente dijo lo siguiente:

¡¡¡BYEEEEE!!!

Para mí tenía todo el sentido: Sofía siempre habló sobre la posibilidades espirituales de la tecnología, y de futuros y eternidades virtuales donde el amor y la barbarie continúan.

Sofía, que se hacía llamar “Sofía Ochola” en Facebook, comentaba a veces que publicaría un libro que titularía El cielo detrás. Uno de tantos títulos de proyectos que imaginó, ya que tenía una laptop con un Excel donde registraba por lo menos 15 proyectos. Esa laptop se perdió. No obstante, en un momento de gran intuición, Sandino Bucio logró rescatar 20 poemas de su Facebook, copiando y pegando en un archivo durante el periodo en que empezó a llenar su muro de textos. Posteriormente, yo y Francisco Fenton transcribimos cuatro poemas que quedaron grabados durante una entrevista de 2016 en el programa de radio “Fábulas del Sol”. También se recuperaron una serie de estados breves de Facebook, los cuales nos dedicamos a rayar y pegar en carteles a lo largo de la ciudad, en 2023.

Oficialmente no creo / en nada.

Existe una serie de poemas extraordinarios de Sofía, en los que es al mismo tiempo provocativa y fantástica. Construye imágenes grotescas o espantosas, pero las llena de un humor encantado y absurdo que lentamente nos van convenciendo de lo maravilloso que sería vivir por completo una vida inmoral. La revelación y el delirio no se distinguen en sus versos concatenados con música, listos para ser gritados o suspirados: ninguna revelación es definitiva (totalitaria) y no hay delirio, por más raro que sea, del que no se pueda aprender algo, o bien percibir una sensibilidad esencial en él.

En “Un tesoro de cables” Sofía construye un mundo tan terrible como divertido donde ella es la bruja que tira de los cables de la realidad, para luego arrojarlos a su caldero junto con su propio cuerpo, para así electrocutarse a gusto. Hay una narrativa vertiginosa y una coloquialidad en la forma de delirar que los vuelve absurdamente palpables. No con el tono de un astuto artífice que inventa realidades, sino con el espíritu de una mente que está viviendo esos escenarios, en toda su imaginativamente real pluridimensión. Tonterías lúgubres con el futuro, no en el tono de una pitonisa profesional, sino en el de la médium que quiere hacerle bromas a los espíritus que invoca, y preguntarles si no son ellos los que la invocaron a ella. Al final del poema, Sofía nos confiesa que ha invocado todos estos entes y diseñado estas realidades accidentadas (de su mente y su cuerpo) porque está aburrida pero, sobre todo, porque ama demasiado.

Te cambiaste el nombre mil veces, luego de incendiar el registro civil

para casarte con una muñeca sexual y matarla a los 15 minutos

por una muerte de amor, muy sólida, muy real, y quedaste viudo.

 

Soltero, encontraste un tesoro de cables y creciste, más alto que los techos.

Te dormiste en mis labios.

Despertaste sofisticado y volviste a huir a tu dormir,

quedándote, o yéndote

sobre un mono violeta, para luego despertar aún dormido,

mil veces en un día.

 

Al tiempo, te hiciste adicto de una droga vulgar,

y apenas tenías doce años.

 

A los 12 ya estabas comprometido con una vieja caucásica

que hablaba de la guerra fría y comía croissants a todas horas.

Ella se jubiló en el 2030 con enfermedades modernas,

trastornos de ansiedad y todas las ETS existentes.

 

Además, lanzó una pandemia para matar a todos los grillos del mundo.

En el 35 se suicidó, dejando como himno de la pangea: we are the world.

 

El campeonato de personas insoportables se celebró el miércoles 3 de junio del 36.

Yo siempre siempre siempre escribí, porque no tenía nada,

nada, nada más por hacer y básicamente:

se resumieron los cánticos, lenguas,

libros y biblias del mundo en:

“especialmente tú”.

La palabra delirio proviene del latín delirium, que significa “salirse del surco”: desviarse del camino al arar la tierra. Esta potencia cognitiva abraza la poética de Sofía con su significado profundo, como una enredadera que todo lo permea. Una no-metodología que encuentra su fuente de energía en la experiencia del amor desbocado. Sofía amaba de esa forma, ya fuera en la forma romántica que busca la complicidad y compenetración absoluta o en la forma de compasión universal. Amor y deseo no son zonas de armonía y descanso inactivo, sino aventuras catárticas y transformadoras hechas para romper los límites. Esto se siente, por ejemplo, en el inmoral “Amor tóxico”, donde toda irreverencia es permitida siempre y cuando induzca la erupción del romance.

Seremos como Thelma y Louis,

porque nos desencantó la gente,

y sabemos que todos están locos.

Nos iremos un fin de semana,

al lugar en el que siempre soñé estar,

al lugar en el que siempre soñaste estar,

y no tendré que trabajar nunca,

y no tendrás que trabajar nunca,

porque le diremos al estado,

a punta de plomo y balas,

que así no se puede,

que de plano tenemos,

por inercia propia,

que robar y matar.

En el extenso “Segundo receso”, Sofía hace un viaje espectacular, que va de un encierro en una farmacia alimentándose de suplementos alimenticios de chocolate, a una maquila donde trabaja y mujeres le dan pan y café, para pasearse luego por el centro de una estrella como una sopa de quarks electrizados en conversación con Dios, preguntándole qué se siente besar a una monja. La sensación del poema es la de alguien feliz de estar extraviado entre dimensiones. No es solo surrealismo, infrarrealismo o transrrealismo: las categorías espaciales que buscan colocar una escritura experimental en algún espacio periférico de la realidad no alcanzan para describir lo que realmente hacen algunos poetas: cruzan de forma desvergonzada e inagotable por la multitud de caudales de significado o aparente esterilidad que la realidad del capitalismo les ofrece, cometiendo todas las operaciones que se pueden nombrar y las que no. Nunca hay una frontera definitiva entre lo que es testimonio, alucinación o descubrimiento: siempre es la coexistencia entre los diversos relieves de lo salvaje. Esa especie llamada metáfora o visión se va alimentando, o se deja devorar por el amor, los videojuegos, los libros, las plantas, etcétera. Por el universo entero.

Estas horas sólo puedo pensar en

untarme en ti y hablar de

Monkey Island,

o en minimizar radiadores

y echarme anticongelante en las tetas,

mientras creo un videojuego

que mate a manifestantes provida

o hacerte una canción de este libro

y esculturas hechas con

croquetas para perros.

Para Sofía Ochola la escritura es perderse y atravesar materialidades y espiritualidades, para hacer de ellas un jacuzzi en el que pueda vivir el romance más exaltado, más allá de toda ley moral o física. La forma en que decidía en la vida real no atenerse nunca a un sistema específico, llámese empleo o escuela, no era simplemente rebeldía juvenil, o problemas con la autoridad o con la disciplina. Consiste, más bien, en una filosofía de la disolución de las contradicciones sistemáticas, que pretenden mantenernos sumisos, alienados con la propuesta de un mundo esterilizado y objetivo que, sin embargo, es una perfecta máquina de matar y explotar a quienes no son ejecutores del capital. Sofía habla desde la experiencia de la clase trabajadora, que tiene derecho a vivir aventuras exaltadas y vivir en una jungla de acontecimientos, sin esperar que dicha aventura sea una lugar que visitas excepcionalmente en vacaciones o en fines de semana, una anestesia funcional. No: la experiencia de vida fue para ella una constante búsqueda de lo real-real, ahí donde menos se espera encontrarlo por su vulgaridad o rigidez, y para ello su poesía hechizaba el mundo a su antojo. En su poema “Repertorio”, deja claro que está interesada en considerar la experiencia completa, cruda y pegajosa de lo real/irreal:

Nosotros no somos, no pensamos, no estamos.

Vamos a fugarnos en el vapor.

La gente tiene el poder.

En el verano caníbal

un tampón tullido de orín sabor a movimiento y gloria.

Gloria y eeeee eeeee ooo ooo, gloooooriaaaa.

¡Sucio, sucio!

Y después y después y después.

Sísísí destrucción.

Amo la destrucción.

Amo destruir.

Amo la sangre.

Amo la mierda.

Amo las vísceras.

Amo a los que matan,

a los que mueren.

Amo amo amo.

¡Sí sí sí!

¡Yo soy sucia y estoy bien!

Yo soy sucia en la piscina.

Yo soy sucia con este chico.

El conductor se queda callado en la oscuridad.

Es mi piel la que pide más.

Yo estoy flotando con este chico.

Tengo un hilo colgando de la vagina

y pretendo estar bien.

El amor / Es mil pies cansados.

Con todo, la obsesión por fusionarse con las fuerzas primigenias de la vida y la muerte no avanza siempre por el lado de la destrucción. La solidaridad y la compasión surgen también como modo de habitar la violencia y la crisis. ¿Y no es acaso la primera violencia que vivimos el haber nacido? En el hermoso poema “El amor”, Sofía expresa la ternura incómoda de comenzar a existir en medio del caos:

El amor es un recién nacido

muriendo de frío,

lleno de mocos,

ahogándose,

tambaleando

entre el aire que acicala

su cuerpo baboso,

mas no sus pulmones.

 

El amor es la mujer

que besó al recién nacido

en la boca,

la que lo infló como globo

con su aliento pestilente,

de una muerte

no anunciada,

hasta que hubo un foco de vida,

y ella se tragó los mocos del nuevo humano.

La vida de Sofía Ochola no fue solo una tragedia. Y es que una tormenta que deslava un monte no es solo un desastre que impacta sobre mundos humanos: es un evento completo que nutre las fuerzas que renuevan y fortalecen los ciclos de vida y muerte del suelo, la vegetación, los aires. Las poéticas experimentales nunca son un momento superado, algo ya conocido y visto “bajo el sol”. Más allá del contexto social que deprimió y oprimió a Sofía, su voluntad de ver un mundo arder en renovación no-lineal es una fuerza de la naturaleza que necesitamos en nuestras comunidades. Sin la energía de los poetas que sacuden los terrenos de la certeza que va cuadriculando los caminos, sin su poética del extravío por la curvatura del espacio-tiempo y las selvas oscuras y kaleidoscópicas de las ondulaciones del cuerpo-imaginación que insistimos en domesticar, la vida íntima se va lentamente cubriendo de políticas de dominación y éticas del aislamiento. Compartir mi juventud con Sofía y ahora poder seguir leyéndola y compartiendo su magia es una anomalía preciosa, que no me permite la rendición o la entrega a la crueldad del sistema.

Lo último que hizo Sofía antes de despedirse de mí, la última vez que la vi, fue regalarme un suéter negro con textura como de oveja o hiena negra. Un recuerdo de varias cosas: que nunca debo dejar de escribir, porque nuestro tiempo en esta vida es limitado y siempre debemos hacer lo que más amamos. Y que la ternura y la dulzura no son irreconciliables con el ánimo oscuro y rebelde de vivir el lado salvaje.

Hechos 

[En realidad te gusta verme hacer algo]

 

[Aquí va el mejor poema]

[Aquí va el poema arriesgado]

[Aquí iría si tuviera las palabras]

 

[Hay un poema perdido en una lengua]

[Hay una lengua que babea balas dormidas]

 

[En realidad no es algo importante]

 

[Aquí casi escribo algo muy importante]

[Aquí te hice llorar con una canción de amor]

 

[Hay posibilidades de nunca encontrar el verso]

[Hay posibilidades de que en realidad no exista]

 

[En realidad hablo de ti]

 

[Aquí van los versos para el amor]

[Aquí va una tristeza dentro de una píldora]

[Aquí va un suicidio con chicles de fresa con sandía]

 

[En realidad al diablo]

 

[Hay versos que no llegan a decir tanta muerte azulada]

[Hay gente que no alcanzaré aunque todo sea esfuerzo]

[Hay días que sin saber morimos más que cualquier otro día]

 

[En realidad será increíble]

[Aquí hay cosas que perdiste con el paso del tiempo]

[Aquí hay noches de eterno desvelo, y policías rudos]

[Aquí te sentirás comprendido y valiente]

[Aquí sabrás que no eres nada, no]

 

[En realidad cualquier cosa es probable]

[En realidad te gusta verme hacer algo]

[En realidad no es algo importante]

 

[En realidad hablo de ti]

[En realidad al diablo]

 

[Vaginas azotadas en la mesa]

[Vergas azotadas en la mesa]

 

[En realidad será increíble]

[Restos mortales]

 

[No eres no soy no somos]

[No hemos sido]

[Ni seremos]

[Otra cosa]

[Que un hecho]

[La gran falla]

[Del pixel]

—Sofía Ochola

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Los últimos poemas de Sofía, reunidos bajo el espectral nombre El cielo detrás, están a punto de ser publicados —primavera de 2026—, en medio de una guerra mundial que podría estar acercándose o que viene existiendo entre nosotros desde hace mucho. El portal que trae estos poemas del futuro-pasado al fuego nuevo es la editorial Orcaíris.

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Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

09
.
03
.
26
2026
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Ver en la vida de la poeta Sofía Ochola solo una tragedia es propio de miopes, así como es superficial juzgar el deslave de un monte que sepulta un pueblo solo como un desastre. Hoy más que nunca las comunidades necesitan la voluntad por ver el mundo arder y renovarse que guió la vida de Sofía. Por ello, es preciso explicarla con cuidado (y explicar a sus cómplices en las orillas de la Ciudad de México).

El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo, el momento en el que empieza lo demasiado) pero es también él quien sobrepasa los límites.

—Deleuze

1.

La mente sana y racional es una ciudad hecha de caminos que prometen control y seguridad. En esa ciudad las veredas nos llevan a donde les pidamos: a donde hay recursos, placer y perversión para comprar. Donde las paredes y el piso son sólidos. Ahora pensemos en el paisaje accidentado de la consciencia que es la imaginación y la emoción poética. No se trata de trazar líneas divisorias entre razón e intuición, como si fueran agua y fuego —elementos que, al fin y al cabo, sí se encuentran y danzan—. Se trata, más bien, de transitar por los ambiguos terrenos del espectro de chicle que une ambas realidades. Lo que de un lado tienden a ser calles pavimentadas (con la certeza de que cada cosa estará ahí donde la dejamos) son en los otros lados senderos difusos que invitan a atravesarlos con los sentidos trastornados y la intención de aventurarnos y perdernos.

La poeta y punk del lenguaje Susana Thénon apoyaba esta visión de la poesía al mencionar que “el poema es una venturosa incursión por lo ignorado”. Dicho de otra forma: la disponibilidad de la experiencia poética es como un bosque que nos invita a extraviarnos para encontrar frutos y animales milagrosos. No una ruta marcada por una aplicación bien diseñada o por un señalamiento, sino una experiencia de indeterminación y sorpresa que jamás nos dejará intactos.

En ese sentido fértil y explosivo, la poesía de Sofía Ochola (1994-2020) es una aventura por la Ciudad de México, la amistad, el amor loco, una jungla encantada en llamas y los mismísimos tejidos de la curvatura del espacio-tiempo. Sofía Ochola no solo fue una exploradora y creadora de tormentas de lenguaje. Fue mi amiga de aventuras durante casi dos años y una de las poetas más extraordinarias que he conocido nunca. Su suicidio en 2020 a los 25 años fue algo que me cambió para siempre, así como un punto de quiebre para la comunidad de poetas y amigxs con la que viví y crecí apasionadamente durante mis 20 años.

A pesar de la compleja travesía que significó el viaje de Sofía por el amor y la poesía, algo sistemático y simplista sucede con la opinión general que se tiene sobre estos hechos. Como cada vez que un artista joven muere en circunstancias similares, se hace énfasis en el carácter trágico de los hechos de su vida: una obra frustrada, una colección de errores encadenados, o un buen ejemplo de lo que como sociedad debemos evitar y solo observar a una distancia segura. Pienso que este pensamiento es limitado.

Al leer la poesía de Sofía Ochola experimento no solo el extrañamiento que sentimos al ver un bicho raro y quizá venenoso que queremos sacar de nuestras casas: miro ese enjambre de infinitos insectos singulares que fue su mente y su vida y me doy cuenta de lo mucho que he aprendido de esta visión. De lo íntimamente ligadas que están sus formas únicas con su especial modo de habitar.

Estas reflexiones me llevan a las siguientes preguntas: ¿qué sentido tiene haber vivido como Sofía lo hizo?, ¿qué se aprende de una vida y escritura decididas a extraviarse y rehuir del camino recto y seguro?, ¿quién fue Sofía Ochola más allá del estigma reduccionista que recae sobre el suicida?, ¿por qué vale la pena leerla?, ¿por qué es hermoso que hayas existido, Sofía?

Más que crónica, esto es un hormiguero de pensamientos y recuerdos sobre el amor que profesó y escribió mi amiga en el mundo y sobre el grupo de amigos que la acompañamos durante los últimos años de su Muerte-Vida. Chispazos de la memoria y el más allá sobre una propuesta de amistad y poesía —de existencia— que nos cambió la vida para siempre. 

y ya si no me amas, y ya si no busca tu parte poeta,

buscarme, o si tu carnalidad se cansó de nuestro

descanso suave, rociaré ácido muriático a

tus fotos mientras le explico a las cutículas

de mis neuronas que al poeta se le lee.

2.

La poesía en la Ciudad de México y en la Tierra ha sido siempre una forma de habitar y vincularse, y no únicamente una disciplina. Más allá de la tradición, la poesía es una expresión de la red de entidades salvajes, asimétricas, caóticas, evolutivas e infinitamente múltiples que es eso que llamamos realidad, naturaleza, multiversos o materia y energía oscura. Es una oportunidad de desconfiguración. Cuando el lenguaje humano se ocupa sólo de funcionar, servir al Estado y adornar, lo que hace es pretender no dejarse atravesar. En vez de aceptarse como una potencia que interactúa con otro tipo de corrientes, anhela estar aislado y protegido de influencias extrañas. Esa es la descripción de la literatura cuando se inclina más a manifestarse como una competencia de individualidades. Un sistema de rigor y pautas que excluye a los que “no se lo toman en serio”. Sin embargo, mientras se promueve el encumbramiento de quienes se adaptan a la burocracia y profesionalizan su escritura, fuera de esos círculos cuadrados existen individuos insatisfechos que no crecieron rodeados del fetiche de la 'alta cultura', que les tiene sin cuidado ese orden, y que investigan el lenguaje más allá de lógicas elitistas solitarias.

La efervescencia de mi propia investigación (basada hasta entonces en libros, referencias, clases y locuras ocasionales) empezó a ser drásticamente contaminada cuando alrededor de 2017 conocí al grupo de amigxs con lxs que comencé a crecer escribiendo —un grupo de animalitos inquietos para quienes la amistad y la creación eran una cosa inseparable—. Relaciones cuya fuerza y magia recaían en el deseo de experimentar con el placer, las sensaciones, y los rituales, como parte del mismo gran proceso al mismo tiempo colectivo y personal.

De pronto no se trató solo de acompañarnos en trámites y borracheras sin más, sino de compenetrarnos e inventar un lenguaje juntos: una nueva forma de amar y vagar que nos sacaría del tedio de sobrevivir y cumplir con las reglas. Entonces nada era dicho como una descripción o un simulacro; nada se decretaba desde esa distancia segura del investigador “objetivo” que pretende pasar desapercibido por los fenómenos extraños que estudia y clasifica. La pulsión era que cada broma o visión podía ser habitada en la vida a través del juego y el arte. Experimentos con aquello que sabíamos o creíamos saber. Dimensiones tan excitantes como peligrosas.

Un ejemplo de este proceder ocurrió en febrero de 2018, cuando el artista —y nuestra madre— Axcel Bremurio presentó su libro La leche no es para jugar en aquella casa-taller legendaria y viscosa donde todos nos embarrábamos de la locura ajena, y a la que llamábamos Alumbre. La presentación no consistió en sentarnos a hablar sobre el contenido del libro, sino en meternos, literalmente, dentro de él.

Como muestra de ello, cito un fragmento del itinerario exacto del evento, el cual pretendía extenderse durante 24 horas seguidas:

9:00 am — inauguración

9:20 am — ducha colectiva

10:15 am — emparedados con puré de papa

10:18 am — malteadas de fresa con avena

11:45 am — retas de baloncesto (Jardín de las Artes Gráficas)

3:55 pm — bebida de cacao

4:04 pm — lectura en braille

4:15 pm — experimentos del Juego de Química 3: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 12, 14, 39, 40, 41, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 62, 63, 69, 72, 75, 76, 77, 85, 87, 92, 93, 94, 96, 102, 103, 104, 107, 118, 120, 121, 143, 144, 145

6:23 pm — beber el líquido obtenido en el experimento 11 y 12

6:36 pm — retas Goofy Golf Machine

7:40 pm — retas La herencia de la Tía Agata

8:30 pm — retas Pump It Up

9:18 pm — retas de Diddy Kong Racing

9:40 pm — retas Super Smash Bros.

10:28 pm — tatuajes tontos gratis

El día de la presentación, la casa de tres pisos de Alumbre amaneció atestada de globos, papeles, juguetes, telas y utensilios que emulaban las páginas del libro de Axcel dibujado con crayolas. Además de la hermosa lectura bajo la ducha colectiva, recuerdo con cariño que Tilsa Otta y yo fuimos los únicos que le dimos un trago a la leche con diamantina preparada para el evento, y salimos ilesos. Solo después, ya en tranquilidad, meditamos sobre el peligro que había conllevado ingerir aquel polvo mágico de aluminio y plástico, aunque fuera en dosis mínimas.

Eventos como este se sucedieron con frecuencia e intensidad durante mi más profunda conexión con este aviario de amigxs. A eso me refiero con no limitarse a leer o redactar la imaginación: vivirla. Literalmente, habitarla y comerla.

Ya en esa época, bien entrada la segunda década del siglo, el descrédito de la institución literaria oficialista —encumbrada, tal era la percepción, por el neoliberalismo, el Fonca, las capillas culturales-burocráticas, los guardianes de la memoria del Nobel Octavio Paz y por quien ustedes digan y manden— ya era total entre quienes se interesaban libidinalmente por la escritura poética en la Ciudad de México. O sea, la sensación de deber para con el sistema oficial lentamente se fue diluyendo hasta que surgieron generaciones completas a las que no les importaba para nada; castas raras para las que vida e imaginación tenían que ir íntimamente ligadas, y que se entregaban a la pulsión de explorar caminos misteriosos en los que fuerzas no controladas del todo debían compenetrarse y afectarse. En este clima de mutación apareció la poeta Sofía Ochola.

Me drogaré con LSD, y te lameré los ojos,

Me drogaré con leche en polvo, y te amaré,

Me drogaré con dextrometorfano, y te acariciaré

Me drogaré con paracetamol, por si me dueles,

Me drogaré con aire comprimido, y te susurraré:

Los mejores poemas que algún día escribiré.

3.

El lenguaje normativo busca, por esencia, separar y clasificar cuerpos, espacios y saberes en categorías de buenos, mejores o peores. Su mecanismo evita reunir por mucho tiempo las contradicciones y, por lo tanto, frustra la especiación —aquella que sucede, por ejemplo, en periodos de glaciación global, cuando especies, confinadas y en constante mestizaje, se refugian en valles y montañas secretas que aceleran la tasa de evolución—. Es por eso que el resultado de vivir y explorar tan juntitos (de cuerpo e imaginación) fue mezclarnos hasta crear especies nunca antes vistas cuyas formas de andar abrían los caminos convencionales. Amar a Sofía Ochola fue el fruto de decidir obsesionarnos, colectivamente, con esos senderos ilógicos. Sobre esta clase de experiencias, la poeta argentina Olga Orozco comenta en su texto “Acerca de la creación poética”:

Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico, o devuelven al punto de partida. Hay muros que simulan espejismos, imágenes prometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos e indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies.

La poeta también afirma que la racionalidad y la moral son herramientas útiles para andar por este valle salvaje, pero advierte que en algún momento debes prescindir de ellas:

El que se interna amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no ve más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta.

Como ilustración de esta actitud, contaré un experimento de extravío, ritual y peregrinación que llevamos a cabo en el verano de 2018. Junto a Maribel Pacheco, Nancy Niño Feo, Axcel Bremurio, Vladimir Albarrán, Fred Cancino y Juanito Corazón, decidimos ir a ver el tehuizote, una especie de agave oaxaqueño que acababa de florecer en el Jardín Botánico de Ciudad Universitaria después de 30 años. Se trataba de una planta monocárpica y endémica de México, lo que significaba que florecía y fructificaba una sola vez en su vida, para morir poco menos de un año después. Sin embargo, para ir a ver a esta entidad única no iríamos en transporte público. La idea era peregrinar desde los Viveros de Coyoacán hasta el Jardín Botánico en LSD. A lo largo del camino fuimos construyendo una mitología de “pruebas” a la que nombramos “valles”. El primer valle era el más sencillo: los Viveros eran la bienvenida pacífica a la aventura. Después de esta fase seguía la primera prueba verdadera: Plaza Oasis Coyoacán, un templo del consumo que estuvo a punto de tragarnos, ya que por alguna razón de pronto no encontrábamos la salida. Después lo desciframos: la única forma de escapar de ese bucle era robando algo y carroñeando algún tesoro de la basura. Corrompimos el ciclo atroz del consumo y así logramos salir. El siguiente valle era una escuela primaria a la hora de la salida. Al principio resultó confuso, pero luego se comprendió: era un camino que había que atravesar tomados todos de las manos, como hacen los niños entre sí y con sus padres. Después vino C.U. y sus extraños fantasmas, grupo al que también pertenecíamos, en nuestra calidad de estudiantes o desertores. Ese lugar conocido no era una estancia común ese día, así que tomamos cervezas en las facultades, no como estudiantes sino como los piratas extranjeros que éramos en esos momentos. Luego, poco a poco, se iba formando la magia prehistórica del Pedregal, sus largos caminos de belleza que anunciaban ya el encuentro con una aún más exaltada singularidad que crecía junto con nuestra sensación de unión. Llegamos al tehuizote. Era un agave con un tallo en su centro que rebasaba varias veces su altura y que a su vez estaba coronado de una multitud de pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como de abejas y mariposas que bailaban y libaban alrededor del polen extasiadas. Era bellísimo y excitante. Lo siguiente fue escribir poemas cada uno. Yo hice un poema de amor. Sé que todos los hicimos de alguna forma. Y luego los quemamos. 

Te puedes morir tranquilo / Ser un auto del futuro / Juntar cinco historias / Sobre vandalismo / Sobre flores. (La peregrinación al tehuizote en el Jardín Botánico de la UNAM.)

La poesía como vagabundeo y ritualidad. El poder de cierto tipo de poetas que se experimenta cuando sentimos que con su poesía atravesamos los caminos corriendo, flotando, o llorando y cantando. Aventurarse a gritos, susurros y excentricidades por la incertidumbre de los ríos subterráneos, aéreos e ígneos de la imaginación, y por las calles como en un territorio salvaje, trayendo con nosotros el mensaje de entidades que ahí se encuentran, o incluso a las mismas entidades: fuerzas de la naturaleza que ayudan a sabotear la severidad del sistema totalitario del trabajo, el lenguaje instrumental y la dominación por las armas o el consumo.

En el caso de poetas como Sofía Ochola y mis compañerxs de peregrinación la práctica de atravesar caminos y paredes no fue nunca solo un ejercicio literario: era una ética de vida y muerte. Cruzando la ciudad a pie, una y otra vez, por los bares secretos de Eje Central, o en las profundidades de Iztapalapa. De Tlatelolco a la casa de mis padres en la Gustavo A. Madero o a lecturas-performance en Ciudad Neza o en Tláhuac. La poesía de Sofía fue una mutación perpetua que se generó como el vuelo de una carta de amor electrificada a través de su exploración con territorios, espectros de la literatura y otras personas igualmente intoxicadas de la fiebre de la poesía como ella: sus amigxs poetas, con quienes produjo una especiación exorbitante, y de quienes se enamoró con locura como nosotrxs de ella.

Seremos como tengamos que ser,

porque vamos a hablar

de tu nombre, el primero,

de mis angustias, las de siempre,

y nos drogaremos todos los días,

para amanecer más cerca del techo,

y me explotes tu pene como chicle,

y te explote mis nalgas como resorte,

para que nos explotemos

besos y te amos,

cada que sepamos

que sí somos amor,

tóxico, para ti,

para mí,

tu, tu, tu,

amor,

tóxico.

Tú, tú, tú, tú, tú.

Se acaba,

y todos

morimos.

4. (Súper Ediciones Prisma)

Siempre me asombra pensar en lo múltiple de nuestros orígenes: todos los caminos provenientes de lugares lejanos entre sí (inmersos en una ciudad de millones) que terminaron coincidiendo en las mismas calles y en licuados hechizados de energías tan afines: Iztapalapa, Los Reyes, Aragón, Xochimilco, Naucalpan, Ecatepec. Nombres de colonias que significan algo en nuestra historia si las colocamos en un mapa de la Ciudad de México, y formamos una estrella uniendo esos puntos con su centro fulgurante en la Doctores.

No existe una estrella sin los extremos de su haz de luz. El núcleo de un agujero negro está íntimamente ligado con la masa de los astros y la materia oscura, que son su justo equilibrio y también su secreto origen. La célula se desarrolla porque toda ella se arroja sobre el ambiente y sus factores. Al igual que el Big Bang, era improbable que nos conociéramos, y aún así sucedió. Todo lo que desaparece viene de la más profunda explosión: es su semilla en algodón. Hablar de periferia me parece cada vez más una ilusión. Se señalan centros como puntos de referencia donde se concentran las economías y los privilegios culturales. No obstante, ¿acaso no hay cultura y economías en todas partes? ¿No sucede algo relevante y valioso ahí donde sencillamente laten corazones? No he conocido en la ciudad un lugar más lleno de cultura que Iztapalapa. Todas las lecturas de poesía que he vivido en Xochimilco son apabullantes. Si lo pensamos un poco, cada ser humano es el centro de un universo. Todas las perspectivas son posibles. Así mismo, los márgenes de la energía y la actividad bullente también se encuentran a montones en las aburridas vidas de burguesas o académicos acríticos de sí mismos que nacieron y viven en las colonias llamadas “céntricas”.

Es provechoso asistir al museo de arte oficial o a la Cineteca, pero pocos de los asiduos a estos lugares se animan a ir a un acto en un barrio que consideran peligroso o cuyo flyer no da la pinta de anunciar un evento coherente. Por contra, las personas que provienen de las juzgadas “orillas” siempre están invadiendo los llamados “centros”. No se trata de una búsqueda desesperada por la legitimación. Está más cerca de un ánimo vandálico, en el sentido literal de las invasiones germánicas en Roma. O bien con el feeling de un vengador tóxico que busca llevar su radioactividad ahí donde los hombres clasemedieros se sienten seguros, en el mismo sentido explícito de aquella no-famosa película de serie B.

Súper Ediciones Prisma (SEP) fue un colectivo transdisciplinario que devino de estas políticas: la insatisfacción con los ecosistemas que pretenden no ser invadidos, no ser atravesados, quedar intactos, sin cicatrices, puros en su eficiencia que se protege a sí misma con la policía o los exámenes que validan un cierto tipo de aptitud y cuerpo. Si ellos no vienen (que no hacen falta, realmente), ¡nosotros vamos! Pero ¿es acaso esto una especie de misión épica solemne y martirizante? ¿Es esto una política que se vive con la pesadez de una militancia partidista? Claro que no.

Humor, absurdo, catarsis y caos son algunas de las palabras que describen de forma muy racional lo que la SEP fue. Crear fanzines, videos, acontecimientos, conversatorios, graffiti, gacetas culturales de la Doctores, exposiciones en casas de acampar o bajo lavaderos, laboratorios de creación, serigrafía, tatuaje, intervenciones en Six Flags o frente a exposiciones del Ejército podían ser algunas formas de decir lo que practicábamos. Pero nada de eso es tan importante para mí como decir que creábamos casitas. Casitas ecokaóticas, madreselvas de personas, espacios y saberes, que fueron un ensamble constante de mutantes que nacieron en medio del desastre y se gestaron a través de desgracias como la guerra contra el narco y el neoliberalismo, pero también por una curiosidad golosa que lo mismo aprendía de poesía en bibliotecas, libros robados o piratería en internet que en el aprovechamiento del trabajo de editoriales independientes, fanzineras y cartoneras que hervían de ganas de organizarse para compartir su trabajo. Todo este conocimiento de vida era adictivo para quien se sumergía con pasión en él, y ningún poeta tardaba mucho en convertirse en participante activo de dicho ecokaos.

y nintendo no tendrá ni pizca / de nuestro dinero tirado por la ventana / y hecho confeti de fiestas súper especiales. (Fiesta de performances simultáneos en la pulquería Insurgentes.)
Se resumieron los cánticos, lenguas, / libros y biblias del mundo en: / “especialmente tú.” (“Llorar en público”: antología de poemas que se escribieron llorando en la calle por la SEP.)

La SEP fue también un diálogo directo y transformador con los demonios que construyen este mundo y con los que nos habitan en la sombra de nuestra propia identidad. Una apertura al riesgo, con la idea de socializar prevenciones, pero con la posibilidad siempre latente de errar algún paso. Y aunque algunas veces goteó la sangre, el susto y la sensación de verdadero peligro, no creo que nadie se arrepintiera de haber vivido tanto y con tanto ingenio, incluso para el desastre. Lo esencial era no dejar de amar y de crear.

Alguna vez Sofía me comentó que se sentía triste por temas personales, y que lo que necesitaba era hacer algo creativo. Juntos maquilamos un libro, una antología de poemas e ilustraciones sobre la limonada como un tema sobrenatural (una de tantas convocatorias absurdas que hicimos). Sofía también me ayudó a preparar el agua de limón que regalamos en la presentación, así como a armar el puestito donde se ofreció el elixir bobo, y ese día fuimos niñas gringas estereotípicas de película que recitaban poemas sobre apocalipsis prehistóricos y muñecas sexuales deluxe.

Aunque todos vivíamos atravesados por problemas económicos, secuelas de encuentros violentos con la policía, corazones rotos o conflictos inevitables con otros artistas, hacer y vivir poesía siempre fue el refugio que nos regeneraba y nos mantenía fuertes. Una ética lúdica del caos que tuvo la convicción de resistir experimentando, y que creyó en la liberación de la bestia de la magia y el afecto que residía en todxs nosotrxs.

quiero amigos hechos de valentía

y botas furiosas de residuos

nucleares estelares

 

quiero coger todo el tiempo

en un largo y sordo tejido,

en el centro de una estrella

 

5. (El cielo detrás)

Sofía Itzel Chávez Ramírez fue una mujer para quien escribir era una actividad fisiológica. No vivió a la luz engañosa de alguna disciplina intelectual o espiritual: atravesaba por el mundo de la poesía, los trabajos tediosos, las películas, las borracheras o la antropología con el único propósito firme de escribir y enloquecer de amor.

Sofía nació en Iztapalapa un 10 de julio de 1994. Estudió en la Prepa 2 de la UNAM y después la carrera de Sociología en la UAM Xochimilco, carrera de la cual desertó. En su linaje familiar hay caricaturistas, contadores, filósofas y gitanas que practicaron la brujería y el exorcismo.

Conoceré a tus padres, y a los padres de tus padres, / y a todas tus ex novias, y haremos una fiesta de té. (Sofía Ochola de bebé con su mamá, Yolanda.)

Cuando la conocí fui por ella a su trabajo en una zapatería. Uno de tantos trabajos random que tuvo, al igual que yo en esa época. Sofía llevaba el pelo larguísimo y vestía por completo de cuero negro. Era 2018, y Sofía hablaba brevemente de lo mucho que odiaba trabajar, para luego explicar lo mucho que le interesaba la poesía y escribir. De hecho, al igual que a muchos otros amigues, yo la conocí por la curiosidad que me causaba lo que publicaba en Facebook. Esa noche fuimos a “Bryantepec”, la inauguración de la expo de un amigo artista, en donde hubo box libre y alcohol gratis. Al principio Sofía lucía dubitativa, pero poco a poco, conforme los duendes que yo le iba presentando le hacían la plática, se fue dibujando en su rostro esa mirada entusiasta caleidoscópica que muchas veces le vi. Estoy seguro de que esa noche se enamoró de cierto poeta loco de Tlatelolco a quien le escribió alguno de sus poemas más hermosos, y para nadie fue un secreto porque esa noche en Alumbre, como muchas después, ambos brillaron en su fuerza y deseo mutuos.

La segunda vez que vi a Sofía fue en mi casa, donde vivía con Nancy NiñoFeo y una serie infinita de visitantes intermitentes: la Furby, otro lugar al margen de las leyes de la física donde todo sucedió. Sofía y yo intentamos abordarnos a través del erotismo convencional, pero nos salió mucho mejor simplemente leernos nuestros poemas bajo el influjo de dulces y dextro. Yo le leí algo que acababa de escribir junto a Marina Camargo y Xristo Delmar en un encerrón en la Furby de 12 horas de escribir sin parar (hasta que la sangre goteó sobre el teclado), un libro precioso al que llamamos Isla de Encantos que logramos publicar en la SEP. Sofía me leyó algunos de los poemas recientes que acababa de escribir. Es difícil recordar el contenido de lo que me leyó. Una mezcla de invitación a la destrucción, imágenes crudas pero encantadas, furia llena de chispas de una esperanza basada en el descarrilamiento de todo lo que se mantiene doméstico y unos toques de humor extraño basado en la pulsión de besar con la lengua a la locura que te habita. Pero sin duda se escuchaba como algo así:

 

Durante cerca de año y medio, Sofía y sus nuevos amigos vivimos una amistad llena de aventuras violentas en la noche, fiestas extraordinarias a las que no sabíamos cómo llegamos (en ocasiones junto a personajes tan extraños como Gael García o evidentes narcotraficantes), así como decenas de lecturas de poesía con nombres ridículos en las que buscábamos hacer el mayor ruido y arcoíris de relámpagos imposible, juntos y separados, cada ensamble o unidad sumergido en su singular rara rareza y divinidad.

Me duermo, me dopo. Me enamoro de un sicario de libros / que vive en una ciudad fantasma. (La gaceta “PRISMA” de arte y poesía de la colonia Doctores.)

Sofía era guapísima. Sabía ser elegante o furiosa y su presencia emanaba un aire soberbio como de loba adulta, pero que se disolvía cuando la veías sonreír con todo el cuerpo para ir a abrazarte o reírse escandalosamente contigo. Siempre pensé que era una persona tan salvaje como salvadora: jamás negó su compañía, cariño, recursos y escucha a los amigxs que amaba o a quien lo necesitara. Su postura en la vida era estar con los rechazados, no abandonar ni ignorar. Pero no toleraba las faltas de respeto de nadie. Cuando quería persuadir a alguien de ir a un after o de irse a acostar por su estado de ebriedad, ella le decía con un tono particularmente agudo: “¡Vamos! ¡TE VA A E-N-C-A-N-T-A-R!”.

Sofía se rapó una vez en una de sus primeras fiestas en Alumbre, porque alguien le dijo que lo hiciera, y ella sin dudarlo accedió. Desde entonces llevó el cabello corto. También desde entonces escuché a su poesía evolucionar hacia una tendencia cada vez más imaginativa y provocadora. Hablaba de estudiar el porno antropológicamente, de desenmascarar y desgarrar la simulación, y señalaba que su obsesión era vivir por completo de la poesía, y ser rica para invitarnos a todos a los placeres más excéntricos.

Una vez estábamos tristes después de una de sus varias mudanzas, y decidimos ponernos a escribir un poema largo que llamamos “Tabiques de sangre” (siempre se elegía el título primero a modo de llave-amuleto). En ese entonces tal era la práctica vital: unir telepatías activamente y escribir por turnos un texto cuyo final solo determinaba el cansancio o la urgencia de salir a la calle a bailar, y cuyos resultados se encuentran dispersos en innumerables drives de amigxs. Pocas veces estaré tan agradecido por una colaboración como aquella. Las maletas abiertas y regadas. Sofía en la cima de un tapanco con su laptop en las piernas, escribiendo concentrada pero triste, para luego pasarme la computadora a mí en el tapanco de abajo. Ese era el espíritu de Sofía, la entrega total de sus recursos a la causa única de intentar hacer algo bello y feroz.

Chicos anestesiados de presente, con canciones para llevar.

Chicos recitando escuelas. Chicos haciendo bikinis.

Chicos pensando en usar nafta, para oler a viejo,

para romper chamarras y vaciar espermas.

Soy una polilla hacia la luz / y la luz eres definitivamente tú.

Semanas antes de morir, en 2020, Sofía empezó a publicar varios poemas al día en su perfil de Facebook. Yo los leía en cuanto me aparecían, pero pronto empezaron a ser demasiados, y tan largos, que pensé que ya habría tiempo de conocerlos después, en una lectura o en el libro que eventualmente le fabricaríamos en la SEP. Yo presentía que Sofía no estaba bien. Se había ido a otra parte del país y luego volvió sin avisarle a nadie. Yo me acababa de mudar y trataba de poner orden en mi vida, luego de varios meses de puro caos. El 24 de enero de 2020, supimos que Sofía se había suicidado. Mientras Axcel Bremurio me contaba por teléfono, yo veía en el descanso de mi trabajo a un montón de niños jugar frente de mí, y sentía de pronto que el mundo entero se vaciaba de amor al mismo tiempo que cada cosa que existía me dolía con su milagro insólito y exuberante de existir.

A la noche siguiente fue su funeral. Nos reunimos en Alumbre y fuimos en peregrinación hasta el lugar donde la velaban, gritando poemas mientras recorríamos las calles. No se permitió abrir el ataúd y tampoco que le leyéramos poemas a su cuerpo. Sólo Monserrat Coltello se atrevió, y de rodillas recitó un texto para ella. Más tarde en Alumbre desahogamos nuestro dolor y nuestras ganas de hacer ruido. Bailamos y gritamos con la música tan fuerte como pudimos, mientras más amigxs llegaban a este funeral alterno. En un momento completamente irreal, yo leí el poema que le había escrito la noche anterior, en el que me despedía de ella. Al finalizar, mi celular se activó por sí solo, y la fría voz robótica del asistente dijo lo siguiente:

¡¡¡BYEEEEE!!!

Para mí tenía todo el sentido: Sofía siempre habló sobre la posibilidades espirituales de la tecnología, y de futuros y eternidades virtuales donde el amor y la barbarie continúan.

Sofía, que se hacía llamar “Sofía Ochola” en Facebook, comentaba a veces que publicaría un libro que titularía El cielo detrás. Uno de tantos títulos de proyectos que imaginó, ya que tenía una laptop con un Excel donde registraba por lo menos 15 proyectos. Esa laptop se perdió. No obstante, en un momento de gran intuición, Sandino Bucio logró rescatar 20 poemas de su Facebook, copiando y pegando en un archivo durante el periodo en que empezó a llenar su muro de textos. Posteriormente, yo y Francisco Fenton transcribimos cuatro poemas que quedaron grabados durante una entrevista de 2016 en el programa de radio “Fábulas del Sol”. También se recuperaron una serie de estados breves de Facebook, los cuales nos dedicamos a rayar y pegar en carteles a lo largo de la ciudad, en 2023.

Oficialmente no creo / en nada.

Existe una serie de poemas extraordinarios de Sofía, en los que es al mismo tiempo provocativa y fantástica. Construye imágenes grotescas o espantosas, pero las llena de un humor encantado y absurdo que lentamente nos van convenciendo de lo maravilloso que sería vivir por completo una vida inmoral. La revelación y el delirio no se distinguen en sus versos concatenados con música, listos para ser gritados o suspirados: ninguna revelación es definitiva (totalitaria) y no hay delirio, por más raro que sea, del que no se pueda aprender algo, o bien percibir una sensibilidad esencial en él.

En “Un tesoro de cables” Sofía construye un mundo tan terrible como divertido donde ella es la bruja que tira de los cables de la realidad, para luego arrojarlos a su caldero junto con su propio cuerpo, para así electrocutarse a gusto. Hay una narrativa vertiginosa y una coloquialidad en la forma de delirar que los vuelve absurdamente palpables. No con el tono de un astuto artífice que inventa realidades, sino con el espíritu de una mente que está viviendo esos escenarios, en toda su imaginativamente real pluridimensión. Tonterías lúgubres con el futuro, no en el tono de una pitonisa profesional, sino en el de la médium que quiere hacerle bromas a los espíritus que invoca, y preguntarles si no son ellos los que la invocaron a ella. Al final del poema, Sofía nos confiesa que ha invocado todos estos entes y diseñado estas realidades accidentadas (de su mente y su cuerpo) porque está aburrida pero, sobre todo, porque ama demasiado.

Te cambiaste el nombre mil veces, luego de incendiar el registro civil

para casarte con una muñeca sexual y matarla a los 15 minutos

por una muerte de amor, muy sólida, muy real, y quedaste viudo.

 

Soltero, encontraste un tesoro de cables y creciste, más alto que los techos.

Te dormiste en mis labios.

Despertaste sofisticado y volviste a huir a tu dormir,

quedándote, o yéndote

sobre un mono violeta, para luego despertar aún dormido,

mil veces en un día.

 

Al tiempo, te hiciste adicto de una droga vulgar,

y apenas tenías doce años.

 

A los 12 ya estabas comprometido con una vieja caucásica

que hablaba de la guerra fría y comía croissants a todas horas.

Ella se jubiló en el 2030 con enfermedades modernas,

trastornos de ansiedad y todas las ETS existentes.

 

Además, lanzó una pandemia para matar a todos los grillos del mundo.

En el 35 se suicidó, dejando como himno de la pangea: we are the world.

 

El campeonato de personas insoportables se celebró el miércoles 3 de junio del 36.

Yo siempre siempre siempre escribí, porque no tenía nada,

nada, nada más por hacer y básicamente:

se resumieron los cánticos, lenguas,

libros y biblias del mundo en:

“especialmente tú”.

La palabra delirio proviene del latín delirium, que significa “salirse del surco”: desviarse del camino al arar la tierra. Esta potencia cognitiva abraza la poética de Sofía con su significado profundo, como una enredadera que todo lo permea. Una no-metodología que encuentra su fuente de energía en la experiencia del amor desbocado. Sofía amaba de esa forma, ya fuera en la forma romántica que busca la complicidad y compenetración absoluta o en la forma de compasión universal. Amor y deseo no son zonas de armonía y descanso inactivo, sino aventuras catárticas y transformadoras hechas para romper los límites. Esto se siente, por ejemplo, en el inmoral “Amor tóxico”, donde toda irreverencia es permitida siempre y cuando induzca la erupción del romance.

Seremos como Thelma y Louis,

porque nos desencantó la gente,

y sabemos que todos están locos.

Nos iremos un fin de semana,

al lugar en el que siempre soñé estar,

al lugar en el que siempre soñaste estar,

y no tendré que trabajar nunca,

y no tendrás que trabajar nunca,

porque le diremos al estado,

a punta de plomo y balas,

que así no se puede,

que de plano tenemos,

por inercia propia,

que robar y matar.

En el extenso “Segundo receso”, Sofía hace un viaje espectacular, que va de un encierro en una farmacia alimentándose de suplementos alimenticios de chocolate, a una maquila donde trabaja y mujeres le dan pan y café, para pasearse luego por el centro de una estrella como una sopa de quarks electrizados en conversación con Dios, preguntándole qué se siente besar a una monja. La sensación del poema es la de alguien feliz de estar extraviado entre dimensiones. No es solo surrealismo, infrarrealismo o transrrealismo: las categorías espaciales que buscan colocar una escritura experimental en algún espacio periférico de la realidad no alcanzan para describir lo que realmente hacen algunos poetas: cruzan de forma desvergonzada e inagotable por la multitud de caudales de significado o aparente esterilidad que la realidad del capitalismo les ofrece, cometiendo todas las operaciones que se pueden nombrar y las que no. Nunca hay una frontera definitiva entre lo que es testimonio, alucinación o descubrimiento: siempre es la coexistencia entre los diversos relieves de lo salvaje. Esa especie llamada metáfora o visión se va alimentando, o se deja devorar por el amor, los videojuegos, los libros, las plantas, etcétera. Por el universo entero.

Estas horas sólo puedo pensar en

untarme en ti y hablar de

Monkey Island,

o en minimizar radiadores

y echarme anticongelante en las tetas,

mientras creo un videojuego

que mate a manifestantes provida

o hacerte una canción de este libro

y esculturas hechas con

croquetas para perros.

Para Sofía Ochola la escritura es perderse y atravesar materialidades y espiritualidades, para hacer de ellas un jacuzzi en el que pueda vivir el romance más exaltado, más allá de toda ley moral o física. La forma en que decidía en la vida real no atenerse nunca a un sistema específico, llámese empleo o escuela, no era simplemente rebeldía juvenil, o problemas con la autoridad o con la disciplina. Consiste, más bien, en una filosofía de la disolución de las contradicciones sistemáticas, que pretenden mantenernos sumisos, alienados con la propuesta de un mundo esterilizado y objetivo que, sin embargo, es una perfecta máquina de matar y explotar a quienes no son ejecutores del capital. Sofía habla desde la experiencia de la clase trabajadora, que tiene derecho a vivir aventuras exaltadas y vivir en una jungla de acontecimientos, sin esperar que dicha aventura sea una lugar que visitas excepcionalmente en vacaciones o en fines de semana, una anestesia funcional. No: la experiencia de vida fue para ella una constante búsqueda de lo real-real, ahí donde menos se espera encontrarlo por su vulgaridad o rigidez, y para ello su poesía hechizaba el mundo a su antojo. En su poema “Repertorio”, deja claro que está interesada en considerar la experiencia completa, cruda y pegajosa de lo real/irreal:

Nosotros no somos, no pensamos, no estamos.

Vamos a fugarnos en el vapor.

La gente tiene el poder.

En el verano caníbal

un tampón tullido de orín sabor a movimiento y gloria.

Gloria y eeeee eeeee ooo ooo, gloooooriaaaa.

¡Sucio, sucio!

Y después y después y después.

Sísísí destrucción.

Amo la destrucción.

Amo destruir.

Amo la sangre.

Amo la mierda.

Amo las vísceras.

Amo a los que matan,

a los que mueren.

Amo amo amo.

¡Sí sí sí!

¡Yo soy sucia y estoy bien!

Yo soy sucia en la piscina.

Yo soy sucia con este chico.

El conductor se queda callado en la oscuridad.

Es mi piel la que pide más.

Yo estoy flotando con este chico.

Tengo un hilo colgando de la vagina

y pretendo estar bien.

El amor / Es mil pies cansados.

Con todo, la obsesión por fusionarse con las fuerzas primigenias de la vida y la muerte no avanza siempre por el lado de la destrucción. La solidaridad y la compasión surgen también como modo de habitar la violencia y la crisis. ¿Y no es acaso la primera violencia que vivimos el haber nacido? En el hermoso poema “El amor”, Sofía expresa la ternura incómoda de comenzar a existir en medio del caos:

El amor es un recién nacido

muriendo de frío,

lleno de mocos,

ahogándose,

tambaleando

entre el aire que acicala

su cuerpo baboso,

mas no sus pulmones.

 

El amor es la mujer

que besó al recién nacido

en la boca,

la que lo infló como globo

con su aliento pestilente,

de una muerte

no anunciada,

hasta que hubo un foco de vida,

y ella se tragó los mocos del nuevo humano.

La vida de Sofía Ochola no fue solo una tragedia. Y es que una tormenta que deslava un monte no es solo un desastre que impacta sobre mundos humanos: es un evento completo que nutre las fuerzas que renuevan y fortalecen los ciclos de vida y muerte del suelo, la vegetación, los aires. Las poéticas experimentales nunca son un momento superado, algo ya conocido y visto “bajo el sol”. Más allá del contexto social que deprimió y oprimió a Sofía, su voluntad de ver un mundo arder en renovación no-lineal es una fuerza de la naturaleza que necesitamos en nuestras comunidades. Sin la energía de los poetas que sacuden los terrenos de la certeza que va cuadriculando los caminos, sin su poética del extravío por la curvatura del espacio-tiempo y las selvas oscuras y kaleidoscópicas de las ondulaciones del cuerpo-imaginación que insistimos en domesticar, la vida íntima se va lentamente cubriendo de políticas de dominación y éticas del aislamiento. Compartir mi juventud con Sofía y ahora poder seguir leyéndola y compartiendo su magia es una anomalía preciosa, que no me permite la rendición o la entrega a la crueldad del sistema.

Lo último que hizo Sofía antes de despedirse de mí, la última vez que la vi, fue regalarme un suéter negro con textura como de oveja o hiena negra. Un recuerdo de varias cosas: que nunca debo dejar de escribir, porque nuestro tiempo en esta vida es limitado y siempre debemos hacer lo que más amamos. Y que la ternura y la dulzura no son irreconciliables con el ánimo oscuro y rebelde de vivir el lado salvaje.

Hechos 

[En realidad te gusta verme hacer algo]

 

[Aquí va el mejor poema]

[Aquí va el poema arriesgado]

[Aquí iría si tuviera las palabras]

 

[Hay un poema perdido en una lengua]

[Hay una lengua que babea balas dormidas]

 

[En realidad no es algo importante]

 

[Aquí casi escribo algo muy importante]

[Aquí te hice llorar con una canción de amor]

 

[Hay posibilidades de nunca encontrar el verso]

[Hay posibilidades de que en realidad no exista]

 

[En realidad hablo de ti]

 

[Aquí van los versos para el amor]

[Aquí va una tristeza dentro de una píldora]

[Aquí va un suicidio con chicles de fresa con sandía]

 

[En realidad al diablo]

 

[Hay versos que no llegan a decir tanta muerte azulada]

[Hay gente que no alcanzaré aunque todo sea esfuerzo]

[Hay días que sin saber morimos más que cualquier otro día]

 

[En realidad será increíble]

[Aquí hay cosas que perdiste con el paso del tiempo]

[Aquí hay noches de eterno desvelo, y policías rudos]

[Aquí te sentirás comprendido y valiente]

[Aquí sabrás que no eres nada, no]

 

[En realidad cualquier cosa es probable]

[En realidad te gusta verme hacer algo]

[En realidad no es algo importante]

 

[En realidad hablo de ti]

[En realidad al diablo]

 

[Vaginas azotadas en la mesa]

[Vergas azotadas en la mesa]

 

[En realidad será increíble]

[Restos mortales]

 

[No eres no soy no somos]

[No hemos sido]

[Ni seremos]

[Otra cosa]

[Que un hecho]

[La gran falla]

[Del pixel]

—Sofía Ochola

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Los últimos poemas de Sofía, reunidos bajo el espectral nombre El cielo detrás, están a punto de ser publicados —primavera de 2026—, en medio de una guerra mundial que podría estar acercándose o que viene existiendo entre nosotros desde hace mucho. El portal que trae estos poemas del futuro-pasado al fuego nuevo es la editorial Orcaíris.

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Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

Por las sendas del caos: Sofía Ochola y Súper Ediciones Prisma

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Tiempo de Lectura: 00 min

Ver en la vida de la poeta Sofía Ochola solo una tragedia es propio de miopes, así como es superficial juzgar el deslave de un monte que sepulta un pueblo solo como un desastre. Hoy más que nunca las comunidades necesitan la voluntad por ver el mundo arder y renovarse que guió la vida de Sofía. Por ello, es preciso explicarla con cuidado (y explicar a sus cómplices en las orillas de la Ciudad de México).

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

El lenguaje es quien fija los límites (por ejemplo, el momento en el que empieza lo demasiado) pero es también él quien sobrepasa los límites.

—Deleuze

1.

La mente sana y racional es una ciudad hecha de caminos que prometen control y seguridad. En esa ciudad las veredas nos llevan a donde les pidamos: a donde hay recursos, placer y perversión para comprar. Donde las paredes y el piso son sólidos. Ahora pensemos en el paisaje accidentado de la consciencia que es la imaginación y la emoción poética. No se trata de trazar líneas divisorias entre razón e intuición, como si fueran agua y fuego —elementos que, al fin y al cabo, sí se encuentran y danzan—. Se trata, más bien, de transitar por los ambiguos terrenos del espectro de chicle que une ambas realidades. Lo que de un lado tienden a ser calles pavimentadas (con la certeza de que cada cosa estará ahí donde la dejamos) son en los otros lados senderos difusos que invitan a atravesarlos con los sentidos trastornados y la intención de aventurarnos y perdernos.

La poeta y punk del lenguaje Susana Thénon apoyaba esta visión de la poesía al mencionar que “el poema es una venturosa incursión por lo ignorado”. Dicho de otra forma: la disponibilidad de la experiencia poética es como un bosque que nos invita a extraviarnos para encontrar frutos y animales milagrosos. No una ruta marcada por una aplicación bien diseñada o por un señalamiento, sino una experiencia de indeterminación y sorpresa que jamás nos dejará intactos.

En ese sentido fértil y explosivo, la poesía de Sofía Ochola (1994-2020) es una aventura por la Ciudad de México, la amistad, el amor loco, una jungla encantada en llamas y los mismísimos tejidos de la curvatura del espacio-tiempo. Sofía Ochola no solo fue una exploradora y creadora de tormentas de lenguaje. Fue mi amiga de aventuras durante casi dos años y una de las poetas más extraordinarias que he conocido nunca. Su suicidio en 2020 a los 25 años fue algo que me cambió para siempre, así como un punto de quiebre para la comunidad de poetas y amigxs con la que viví y crecí apasionadamente durante mis 20 años.

A pesar de la compleja travesía que significó el viaje de Sofía por el amor y la poesía, algo sistemático y simplista sucede con la opinión general que se tiene sobre estos hechos. Como cada vez que un artista joven muere en circunstancias similares, se hace énfasis en el carácter trágico de los hechos de su vida: una obra frustrada, una colección de errores encadenados, o un buen ejemplo de lo que como sociedad debemos evitar y solo observar a una distancia segura. Pienso que este pensamiento es limitado.

Al leer la poesía de Sofía Ochola experimento no solo el extrañamiento que sentimos al ver un bicho raro y quizá venenoso que queremos sacar de nuestras casas: miro ese enjambre de infinitos insectos singulares que fue su mente y su vida y me doy cuenta de lo mucho que he aprendido de esta visión. De lo íntimamente ligadas que están sus formas únicas con su especial modo de habitar.

Estas reflexiones me llevan a las siguientes preguntas: ¿qué sentido tiene haber vivido como Sofía lo hizo?, ¿qué se aprende de una vida y escritura decididas a extraviarse y rehuir del camino recto y seguro?, ¿quién fue Sofía Ochola más allá del estigma reduccionista que recae sobre el suicida?, ¿por qué vale la pena leerla?, ¿por qué es hermoso que hayas existido, Sofía?

Más que crónica, esto es un hormiguero de pensamientos y recuerdos sobre el amor que profesó y escribió mi amiga en el mundo y sobre el grupo de amigos que la acompañamos durante los últimos años de su Muerte-Vida. Chispazos de la memoria y el más allá sobre una propuesta de amistad y poesía —de existencia— que nos cambió la vida para siempre. 

y ya si no me amas, y ya si no busca tu parte poeta,

buscarme, o si tu carnalidad se cansó de nuestro

descanso suave, rociaré ácido muriático a

tus fotos mientras le explico a las cutículas

de mis neuronas que al poeta se le lee.

2.

La poesía en la Ciudad de México y en la Tierra ha sido siempre una forma de habitar y vincularse, y no únicamente una disciplina. Más allá de la tradición, la poesía es una expresión de la red de entidades salvajes, asimétricas, caóticas, evolutivas e infinitamente múltiples que es eso que llamamos realidad, naturaleza, multiversos o materia y energía oscura. Es una oportunidad de desconfiguración. Cuando el lenguaje humano se ocupa sólo de funcionar, servir al Estado y adornar, lo que hace es pretender no dejarse atravesar. En vez de aceptarse como una potencia que interactúa con otro tipo de corrientes, anhela estar aislado y protegido de influencias extrañas. Esa es la descripción de la literatura cuando se inclina más a manifestarse como una competencia de individualidades. Un sistema de rigor y pautas que excluye a los que “no se lo toman en serio”. Sin embargo, mientras se promueve el encumbramiento de quienes se adaptan a la burocracia y profesionalizan su escritura, fuera de esos círculos cuadrados existen individuos insatisfechos que no crecieron rodeados del fetiche de la 'alta cultura', que les tiene sin cuidado ese orden, y que investigan el lenguaje más allá de lógicas elitistas solitarias.

La efervescencia de mi propia investigación (basada hasta entonces en libros, referencias, clases y locuras ocasionales) empezó a ser drásticamente contaminada cuando alrededor de 2017 conocí al grupo de amigxs con lxs que comencé a crecer escribiendo —un grupo de animalitos inquietos para quienes la amistad y la creación eran una cosa inseparable—. Relaciones cuya fuerza y magia recaían en el deseo de experimentar con el placer, las sensaciones, y los rituales, como parte del mismo gran proceso al mismo tiempo colectivo y personal.

De pronto no se trató solo de acompañarnos en trámites y borracheras sin más, sino de compenetrarnos e inventar un lenguaje juntos: una nueva forma de amar y vagar que nos sacaría del tedio de sobrevivir y cumplir con las reglas. Entonces nada era dicho como una descripción o un simulacro; nada se decretaba desde esa distancia segura del investigador “objetivo” que pretende pasar desapercibido por los fenómenos extraños que estudia y clasifica. La pulsión era que cada broma o visión podía ser habitada en la vida a través del juego y el arte. Experimentos con aquello que sabíamos o creíamos saber. Dimensiones tan excitantes como peligrosas.

Un ejemplo de este proceder ocurrió en febrero de 2018, cuando el artista —y nuestra madre— Axcel Bremurio presentó su libro La leche no es para jugar en aquella casa-taller legendaria y viscosa donde todos nos embarrábamos de la locura ajena, y a la que llamábamos Alumbre. La presentación no consistió en sentarnos a hablar sobre el contenido del libro, sino en meternos, literalmente, dentro de él.

Como muestra de ello, cito un fragmento del itinerario exacto del evento, el cual pretendía extenderse durante 24 horas seguidas:

9:00 am — inauguración

9:20 am — ducha colectiva

10:15 am — emparedados con puré de papa

10:18 am — malteadas de fresa con avena

11:45 am — retas de baloncesto (Jardín de las Artes Gráficas)

3:55 pm — bebida de cacao

4:04 pm — lectura en braille

4:15 pm — experimentos del Juego de Química 3: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 12, 14, 39, 40, 41, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 62, 63, 69, 72, 75, 76, 77, 85, 87, 92, 93, 94, 96, 102, 103, 104, 107, 118, 120, 121, 143, 144, 145

6:23 pm — beber el líquido obtenido en el experimento 11 y 12

6:36 pm — retas Goofy Golf Machine

7:40 pm — retas La herencia de la Tía Agata

8:30 pm — retas Pump It Up

9:18 pm — retas de Diddy Kong Racing

9:40 pm — retas Super Smash Bros.

10:28 pm — tatuajes tontos gratis

El día de la presentación, la casa de tres pisos de Alumbre amaneció atestada de globos, papeles, juguetes, telas y utensilios que emulaban las páginas del libro de Axcel dibujado con crayolas. Además de la hermosa lectura bajo la ducha colectiva, recuerdo con cariño que Tilsa Otta y yo fuimos los únicos que le dimos un trago a la leche con diamantina preparada para el evento, y salimos ilesos. Solo después, ya en tranquilidad, meditamos sobre el peligro que había conllevado ingerir aquel polvo mágico de aluminio y plástico, aunque fuera en dosis mínimas.

Eventos como este se sucedieron con frecuencia e intensidad durante mi más profunda conexión con este aviario de amigxs. A eso me refiero con no limitarse a leer o redactar la imaginación: vivirla. Literalmente, habitarla y comerla.

Ya en esa época, bien entrada la segunda década del siglo, el descrédito de la institución literaria oficialista —encumbrada, tal era la percepción, por el neoliberalismo, el Fonca, las capillas culturales-burocráticas, los guardianes de la memoria del Nobel Octavio Paz y por quien ustedes digan y manden— ya era total entre quienes se interesaban libidinalmente por la escritura poética en la Ciudad de México. O sea, la sensación de deber para con el sistema oficial lentamente se fue diluyendo hasta que surgieron generaciones completas a las que no les importaba para nada; castas raras para las que vida e imaginación tenían que ir íntimamente ligadas, y que se entregaban a la pulsión de explorar caminos misteriosos en los que fuerzas no controladas del todo debían compenetrarse y afectarse. En este clima de mutación apareció la poeta Sofía Ochola.

Me drogaré con LSD, y te lameré los ojos,

Me drogaré con leche en polvo, y te amaré,

Me drogaré con dextrometorfano, y te acariciaré

Me drogaré con paracetamol, por si me dueles,

Me drogaré con aire comprimido, y te susurraré:

Los mejores poemas que algún día escribiré.

3.

El lenguaje normativo busca, por esencia, separar y clasificar cuerpos, espacios y saberes en categorías de buenos, mejores o peores. Su mecanismo evita reunir por mucho tiempo las contradicciones y, por lo tanto, frustra la especiación —aquella que sucede, por ejemplo, en periodos de glaciación global, cuando especies, confinadas y en constante mestizaje, se refugian en valles y montañas secretas que aceleran la tasa de evolución—. Es por eso que el resultado de vivir y explorar tan juntitos (de cuerpo e imaginación) fue mezclarnos hasta crear especies nunca antes vistas cuyas formas de andar abrían los caminos convencionales. Amar a Sofía Ochola fue el fruto de decidir obsesionarnos, colectivamente, con esos senderos ilógicos. Sobre esta clase de experiencias, la poeta argentina Olga Orozco comenta en su texto “Acerca de la creación poética”:

Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico, o devuelven al punto de partida. Hay muros que simulan espejismos, imágenes prometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos e indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies.

La poeta también afirma que la racionalidad y la moral son herramientas útiles para andar por este valle salvaje, pero advierte que en algún momento debes prescindir de ellas:

El que se interna amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no ve más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta.

Como ilustración de esta actitud, contaré un experimento de extravío, ritual y peregrinación que llevamos a cabo en el verano de 2018. Junto a Maribel Pacheco, Nancy Niño Feo, Axcel Bremurio, Vladimir Albarrán, Fred Cancino y Juanito Corazón, decidimos ir a ver el tehuizote, una especie de agave oaxaqueño que acababa de florecer en el Jardín Botánico de Ciudad Universitaria después de 30 años. Se trataba de una planta monocárpica y endémica de México, lo que significaba que florecía y fructificaba una sola vez en su vida, para morir poco menos de un año después. Sin embargo, para ir a ver a esta entidad única no iríamos en transporte público. La idea era peregrinar desde los Viveros de Coyoacán hasta el Jardín Botánico en LSD. A lo largo del camino fuimos construyendo una mitología de “pruebas” a la que nombramos “valles”. El primer valle era el más sencillo: los Viveros eran la bienvenida pacífica a la aventura. Después de esta fase seguía la primera prueba verdadera: Plaza Oasis Coyoacán, un templo del consumo que estuvo a punto de tragarnos, ya que por alguna razón de pronto no encontrábamos la salida. Después lo desciframos: la única forma de escapar de ese bucle era robando algo y carroñeando algún tesoro de la basura. Corrompimos el ciclo atroz del consumo y así logramos salir. El siguiente valle era una escuela primaria a la hora de la salida. Al principio resultó confuso, pero luego se comprendió: era un camino que había que atravesar tomados todos de las manos, como hacen los niños entre sí y con sus padres. Después vino C.U. y sus extraños fantasmas, grupo al que también pertenecíamos, en nuestra calidad de estudiantes o desertores. Ese lugar conocido no era una estancia común ese día, así que tomamos cervezas en las facultades, no como estudiantes sino como los piratas extranjeros que éramos en esos momentos. Luego, poco a poco, se iba formando la magia prehistórica del Pedregal, sus largos caminos de belleza que anunciaban ya el encuentro con una aún más exaltada singularidad que crecía junto con nuestra sensación de unión. Llegamos al tehuizote. Era un agave con un tallo en su centro que rebasaba varias veces su altura y que a su vez estaba coronado de una multitud de pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como de abejas y mariposas que bailaban y libaban alrededor del polen extasiadas. Era bellísimo y excitante. Lo siguiente fue escribir poemas cada uno. Yo hice un poema de amor. Sé que todos los hicimos de alguna forma. Y luego los quemamos. 

Te puedes morir tranquilo / Ser un auto del futuro / Juntar cinco historias / Sobre vandalismo / Sobre flores. (La peregrinación al tehuizote en el Jardín Botánico de la UNAM.)

La poesía como vagabundeo y ritualidad. El poder de cierto tipo de poetas que se experimenta cuando sentimos que con su poesía atravesamos los caminos corriendo, flotando, o llorando y cantando. Aventurarse a gritos, susurros y excentricidades por la incertidumbre de los ríos subterráneos, aéreos e ígneos de la imaginación, y por las calles como en un territorio salvaje, trayendo con nosotros el mensaje de entidades que ahí se encuentran, o incluso a las mismas entidades: fuerzas de la naturaleza que ayudan a sabotear la severidad del sistema totalitario del trabajo, el lenguaje instrumental y la dominación por las armas o el consumo.

En el caso de poetas como Sofía Ochola y mis compañerxs de peregrinación la práctica de atravesar caminos y paredes no fue nunca solo un ejercicio literario: era una ética de vida y muerte. Cruzando la ciudad a pie, una y otra vez, por los bares secretos de Eje Central, o en las profundidades de Iztapalapa. De Tlatelolco a la casa de mis padres en la Gustavo A. Madero o a lecturas-performance en Ciudad Neza o en Tláhuac. La poesía de Sofía fue una mutación perpetua que se generó como el vuelo de una carta de amor electrificada a través de su exploración con territorios, espectros de la literatura y otras personas igualmente intoxicadas de la fiebre de la poesía como ella: sus amigxs poetas, con quienes produjo una especiación exorbitante, y de quienes se enamoró con locura como nosotrxs de ella.

Seremos como tengamos que ser,

porque vamos a hablar

de tu nombre, el primero,

de mis angustias, las de siempre,

y nos drogaremos todos los días,

para amanecer más cerca del techo,

y me explotes tu pene como chicle,

y te explote mis nalgas como resorte,

para que nos explotemos

besos y te amos,

cada que sepamos

que sí somos amor,

tóxico, para ti,

para mí,

tu, tu, tu,

amor,

tóxico.

Tú, tú, tú, tú, tú.

Se acaba,

y todos

morimos.

4. (Súper Ediciones Prisma)

Siempre me asombra pensar en lo múltiple de nuestros orígenes: todos los caminos provenientes de lugares lejanos entre sí (inmersos en una ciudad de millones) que terminaron coincidiendo en las mismas calles y en licuados hechizados de energías tan afines: Iztapalapa, Los Reyes, Aragón, Xochimilco, Naucalpan, Ecatepec. Nombres de colonias que significan algo en nuestra historia si las colocamos en un mapa de la Ciudad de México, y formamos una estrella uniendo esos puntos con su centro fulgurante en la Doctores.

No existe una estrella sin los extremos de su haz de luz. El núcleo de un agujero negro está íntimamente ligado con la masa de los astros y la materia oscura, que son su justo equilibrio y también su secreto origen. La célula se desarrolla porque toda ella se arroja sobre el ambiente y sus factores. Al igual que el Big Bang, era improbable que nos conociéramos, y aún así sucedió. Todo lo que desaparece viene de la más profunda explosión: es su semilla en algodón. Hablar de periferia me parece cada vez más una ilusión. Se señalan centros como puntos de referencia donde se concentran las economías y los privilegios culturales. No obstante, ¿acaso no hay cultura y economías en todas partes? ¿No sucede algo relevante y valioso ahí donde sencillamente laten corazones? No he conocido en la ciudad un lugar más lleno de cultura que Iztapalapa. Todas las lecturas de poesía que he vivido en Xochimilco son apabullantes. Si lo pensamos un poco, cada ser humano es el centro de un universo. Todas las perspectivas son posibles. Así mismo, los márgenes de la energía y la actividad bullente también se encuentran a montones en las aburridas vidas de burguesas o académicos acríticos de sí mismos que nacieron y viven en las colonias llamadas “céntricas”.

Es provechoso asistir al museo de arte oficial o a la Cineteca, pero pocos de los asiduos a estos lugares se animan a ir a un acto en un barrio que consideran peligroso o cuyo flyer no da la pinta de anunciar un evento coherente. Por contra, las personas que provienen de las juzgadas “orillas” siempre están invadiendo los llamados “centros”. No se trata de una búsqueda desesperada por la legitimación. Está más cerca de un ánimo vandálico, en el sentido literal de las invasiones germánicas en Roma. O bien con el feeling de un vengador tóxico que busca llevar su radioactividad ahí donde los hombres clasemedieros se sienten seguros, en el mismo sentido explícito de aquella no-famosa película de serie B.

Súper Ediciones Prisma (SEP) fue un colectivo transdisciplinario que devino de estas políticas: la insatisfacción con los ecosistemas que pretenden no ser invadidos, no ser atravesados, quedar intactos, sin cicatrices, puros en su eficiencia que se protege a sí misma con la policía o los exámenes que validan un cierto tipo de aptitud y cuerpo. Si ellos no vienen (que no hacen falta, realmente), ¡nosotros vamos! Pero ¿es acaso esto una especie de misión épica solemne y martirizante? ¿Es esto una política que se vive con la pesadez de una militancia partidista? Claro que no.

Humor, absurdo, catarsis y caos son algunas de las palabras que describen de forma muy racional lo que la SEP fue. Crear fanzines, videos, acontecimientos, conversatorios, graffiti, gacetas culturales de la Doctores, exposiciones en casas de acampar o bajo lavaderos, laboratorios de creación, serigrafía, tatuaje, intervenciones en Six Flags o frente a exposiciones del Ejército podían ser algunas formas de decir lo que practicábamos. Pero nada de eso es tan importante para mí como decir que creábamos casitas. Casitas ecokaóticas, madreselvas de personas, espacios y saberes, que fueron un ensamble constante de mutantes que nacieron en medio del desastre y se gestaron a través de desgracias como la guerra contra el narco y el neoliberalismo, pero también por una curiosidad golosa que lo mismo aprendía de poesía en bibliotecas, libros robados o piratería en internet que en el aprovechamiento del trabajo de editoriales independientes, fanzineras y cartoneras que hervían de ganas de organizarse para compartir su trabajo. Todo este conocimiento de vida era adictivo para quien se sumergía con pasión en él, y ningún poeta tardaba mucho en convertirse en participante activo de dicho ecokaos.

y nintendo no tendrá ni pizca / de nuestro dinero tirado por la ventana / y hecho confeti de fiestas súper especiales. (Fiesta de performances simultáneos en la pulquería Insurgentes.)
Se resumieron los cánticos, lenguas, / libros y biblias del mundo en: / “especialmente tú.” (“Llorar en público”: antología de poemas que se escribieron llorando en la calle por la SEP.)

La SEP fue también un diálogo directo y transformador con los demonios que construyen este mundo y con los que nos habitan en la sombra de nuestra propia identidad. Una apertura al riesgo, con la idea de socializar prevenciones, pero con la posibilidad siempre latente de errar algún paso. Y aunque algunas veces goteó la sangre, el susto y la sensación de verdadero peligro, no creo que nadie se arrepintiera de haber vivido tanto y con tanto ingenio, incluso para el desastre. Lo esencial era no dejar de amar y de crear.

Alguna vez Sofía me comentó que se sentía triste por temas personales, y que lo que necesitaba era hacer algo creativo. Juntos maquilamos un libro, una antología de poemas e ilustraciones sobre la limonada como un tema sobrenatural (una de tantas convocatorias absurdas que hicimos). Sofía también me ayudó a preparar el agua de limón que regalamos en la presentación, así como a armar el puestito donde se ofreció el elixir bobo, y ese día fuimos niñas gringas estereotípicas de película que recitaban poemas sobre apocalipsis prehistóricos y muñecas sexuales deluxe.

Aunque todos vivíamos atravesados por problemas económicos, secuelas de encuentros violentos con la policía, corazones rotos o conflictos inevitables con otros artistas, hacer y vivir poesía siempre fue el refugio que nos regeneraba y nos mantenía fuertes. Una ética lúdica del caos que tuvo la convicción de resistir experimentando, y que creyó en la liberación de la bestia de la magia y el afecto que residía en todxs nosotrxs.

quiero amigos hechos de valentía

y botas furiosas de residuos

nucleares estelares

 

quiero coger todo el tiempo

en un largo y sordo tejido,

en el centro de una estrella

 

5. (El cielo detrás)

Sofía Itzel Chávez Ramírez fue una mujer para quien escribir era una actividad fisiológica. No vivió a la luz engañosa de alguna disciplina intelectual o espiritual: atravesaba por el mundo de la poesía, los trabajos tediosos, las películas, las borracheras o la antropología con el único propósito firme de escribir y enloquecer de amor.

Sofía nació en Iztapalapa un 10 de julio de 1994. Estudió en la Prepa 2 de la UNAM y después la carrera de Sociología en la UAM Xochimilco, carrera de la cual desertó. En su linaje familiar hay caricaturistas, contadores, filósofas y gitanas que practicaron la brujería y el exorcismo.

Conoceré a tus padres, y a los padres de tus padres, / y a todas tus ex novias, y haremos una fiesta de té. (Sofía Ochola de bebé con su mamá, Yolanda.)

Cuando la conocí fui por ella a su trabajo en una zapatería. Uno de tantos trabajos random que tuvo, al igual que yo en esa época. Sofía llevaba el pelo larguísimo y vestía por completo de cuero negro. Era 2018, y Sofía hablaba brevemente de lo mucho que odiaba trabajar, para luego explicar lo mucho que le interesaba la poesía y escribir. De hecho, al igual que a muchos otros amigues, yo la conocí por la curiosidad que me causaba lo que publicaba en Facebook. Esa noche fuimos a “Bryantepec”, la inauguración de la expo de un amigo artista, en donde hubo box libre y alcohol gratis. Al principio Sofía lucía dubitativa, pero poco a poco, conforme los duendes que yo le iba presentando le hacían la plática, se fue dibujando en su rostro esa mirada entusiasta caleidoscópica que muchas veces le vi. Estoy seguro de que esa noche se enamoró de cierto poeta loco de Tlatelolco a quien le escribió alguno de sus poemas más hermosos, y para nadie fue un secreto porque esa noche en Alumbre, como muchas después, ambos brillaron en su fuerza y deseo mutuos.

La segunda vez que vi a Sofía fue en mi casa, donde vivía con Nancy NiñoFeo y una serie infinita de visitantes intermitentes: la Furby, otro lugar al margen de las leyes de la física donde todo sucedió. Sofía y yo intentamos abordarnos a través del erotismo convencional, pero nos salió mucho mejor simplemente leernos nuestros poemas bajo el influjo de dulces y dextro. Yo le leí algo que acababa de escribir junto a Marina Camargo y Xristo Delmar en un encerrón en la Furby de 12 horas de escribir sin parar (hasta que la sangre goteó sobre el teclado), un libro precioso al que llamamos Isla de Encantos que logramos publicar en la SEP. Sofía me leyó algunos de los poemas recientes que acababa de escribir. Es difícil recordar el contenido de lo que me leyó. Una mezcla de invitación a la destrucción, imágenes crudas pero encantadas, furia llena de chispas de una esperanza basada en el descarrilamiento de todo lo que se mantiene doméstico y unos toques de humor extraño basado en la pulsión de besar con la lengua a la locura que te habita. Pero sin duda se escuchaba como algo así:

 

Durante cerca de año y medio, Sofía y sus nuevos amigos vivimos una amistad llena de aventuras violentas en la noche, fiestas extraordinarias a las que no sabíamos cómo llegamos (en ocasiones junto a personajes tan extraños como Gael García o evidentes narcotraficantes), así como decenas de lecturas de poesía con nombres ridículos en las que buscábamos hacer el mayor ruido y arcoíris de relámpagos imposible, juntos y separados, cada ensamble o unidad sumergido en su singular rara rareza y divinidad.

Me duermo, me dopo. Me enamoro de un sicario de libros / que vive en una ciudad fantasma. (La gaceta “PRISMA” de arte y poesía de la colonia Doctores.)

Sofía era guapísima. Sabía ser elegante o furiosa y su presencia emanaba un aire soberbio como de loba adulta, pero que se disolvía cuando la veías sonreír con todo el cuerpo para ir a abrazarte o reírse escandalosamente contigo. Siempre pensé que era una persona tan salvaje como salvadora: jamás negó su compañía, cariño, recursos y escucha a los amigxs que amaba o a quien lo necesitara. Su postura en la vida era estar con los rechazados, no abandonar ni ignorar. Pero no toleraba las faltas de respeto de nadie. Cuando quería persuadir a alguien de ir a un after o de irse a acostar por su estado de ebriedad, ella le decía con un tono particularmente agudo: “¡Vamos! ¡TE VA A E-N-C-A-N-T-A-R!”.

Sofía se rapó una vez en una de sus primeras fiestas en Alumbre, porque alguien le dijo que lo hiciera, y ella sin dudarlo accedió. Desde entonces llevó el cabello corto. También desde entonces escuché a su poesía evolucionar hacia una tendencia cada vez más imaginativa y provocadora. Hablaba de estudiar el porno antropológicamente, de desenmascarar y desgarrar la simulación, y señalaba que su obsesión era vivir por completo de la poesía, y ser rica para invitarnos a todos a los placeres más excéntricos.

Una vez estábamos tristes después de una de sus varias mudanzas, y decidimos ponernos a escribir un poema largo que llamamos “Tabiques de sangre” (siempre se elegía el título primero a modo de llave-amuleto). En ese entonces tal era la práctica vital: unir telepatías activamente y escribir por turnos un texto cuyo final solo determinaba el cansancio o la urgencia de salir a la calle a bailar, y cuyos resultados se encuentran dispersos en innumerables drives de amigxs. Pocas veces estaré tan agradecido por una colaboración como aquella. Las maletas abiertas y regadas. Sofía en la cima de un tapanco con su laptop en las piernas, escribiendo concentrada pero triste, para luego pasarme la computadora a mí en el tapanco de abajo. Ese era el espíritu de Sofía, la entrega total de sus recursos a la causa única de intentar hacer algo bello y feroz.

Chicos anestesiados de presente, con canciones para llevar.

Chicos recitando escuelas. Chicos haciendo bikinis.

Chicos pensando en usar nafta, para oler a viejo,

para romper chamarras y vaciar espermas.

Soy una polilla hacia la luz / y la luz eres definitivamente tú.

Semanas antes de morir, en 2020, Sofía empezó a publicar varios poemas al día en su perfil de Facebook. Yo los leía en cuanto me aparecían, pero pronto empezaron a ser demasiados, y tan largos, que pensé que ya habría tiempo de conocerlos después, en una lectura o en el libro que eventualmente le fabricaríamos en la SEP. Yo presentía que Sofía no estaba bien. Se había ido a otra parte del país y luego volvió sin avisarle a nadie. Yo me acababa de mudar y trataba de poner orden en mi vida, luego de varios meses de puro caos. El 24 de enero de 2020, supimos que Sofía se había suicidado. Mientras Axcel Bremurio me contaba por teléfono, yo veía en el descanso de mi trabajo a un montón de niños jugar frente de mí, y sentía de pronto que el mundo entero se vaciaba de amor al mismo tiempo que cada cosa que existía me dolía con su milagro insólito y exuberante de existir.

A la noche siguiente fue su funeral. Nos reunimos en Alumbre y fuimos en peregrinación hasta el lugar donde la velaban, gritando poemas mientras recorríamos las calles. No se permitió abrir el ataúd y tampoco que le leyéramos poemas a su cuerpo. Sólo Monserrat Coltello se atrevió, y de rodillas recitó un texto para ella. Más tarde en Alumbre desahogamos nuestro dolor y nuestras ganas de hacer ruido. Bailamos y gritamos con la música tan fuerte como pudimos, mientras más amigxs llegaban a este funeral alterno. En un momento completamente irreal, yo leí el poema que le había escrito la noche anterior, en el que me despedía de ella. Al finalizar, mi celular se activó por sí solo, y la fría voz robótica del asistente dijo lo siguiente:

¡¡¡BYEEEEE!!!

Para mí tenía todo el sentido: Sofía siempre habló sobre la posibilidades espirituales de la tecnología, y de futuros y eternidades virtuales donde el amor y la barbarie continúan.

Sofía, que se hacía llamar “Sofía Ochola” en Facebook, comentaba a veces que publicaría un libro que titularía El cielo detrás. Uno de tantos títulos de proyectos que imaginó, ya que tenía una laptop con un Excel donde registraba por lo menos 15 proyectos. Esa laptop se perdió. No obstante, en un momento de gran intuición, Sandino Bucio logró rescatar 20 poemas de su Facebook, copiando y pegando en un archivo durante el periodo en que empezó a llenar su muro de textos. Posteriormente, yo y Francisco Fenton transcribimos cuatro poemas que quedaron grabados durante una entrevista de 2016 en el programa de radio “Fábulas del Sol”. También se recuperaron una serie de estados breves de Facebook, los cuales nos dedicamos a rayar y pegar en carteles a lo largo de la ciudad, en 2023.

Oficialmente no creo / en nada.

Existe una serie de poemas extraordinarios de Sofía, en los que es al mismo tiempo provocativa y fantástica. Construye imágenes grotescas o espantosas, pero las llena de un humor encantado y absurdo que lentamente nos van convenciendo de lo maravilloso que sería vivir por completo una vida inmoral. La revelación y el delirio no se distinguen en sus versos concatenados con música, listos para ser gritados o suspirados: ninguna revelación es definitiva (totalitaria) y no hay delirio, por más raro que sea, del que no se pueda aprender algo, o bien percibir una sensibilidad esencial en él.

En “Un tesoro de cables” Sofía construye un mundo tan terrible como divertido donde ella es la bruja que tira de los cables de la realidad, para luego arrojarlos a su caldero junto con su propio cuerpo, para así electrocutarse a gusto. Hay una narrativa vertiginosa y una coloquialidad en la forma de delirar que los vuelve absurdamente palpables. No con el tono de un astuto artífice que inventa realidades, sino con el espíritu de una mente que está viviendo esos escenarios, en toda su imaginativamente real pluridimensión. Tonterías lúgubres con el futuro, no en el tono de una pitonisa profesional, sino en el de la médium que quiere hacerle bromas a los espíritus que invoca, y preguntarles si no son ellos los que la invocaron a ella. Al final del poema, Sofía nos confiesa que ha invocado todos estos entes y diseñado estas realidades accidentadas (de su mente y su cuerpo) porque está aburrida pero, sobre todo, porque ama demasiado.

Te cambiaste el nombre mil veces, luego de incendiar el registro civil

para casarte con una muñeca sexual y matarla a los 15 minutos

por una muerte de amor, muy sólida, muy real, y quedaste viudo.

 

Soltero, encontraste un tesoro de cables y creciste, más alto que los techos.

Te dormiste en mis labios.

Despertaste sofisticado y volviste a huir a tu dormir,

quedándote, o yéndote

sobre un mono violeta, para luego despertar aún dormido,

mil veces en un día.

 

Al tiempo, te hiciste adicto de una droga vulgar,

y apenas tenías doce años.

 

A los 12 ya estabas comprometido con una vieja caucásica

que hablaba de la guerra fría y comía croissants a todas horas.

Ella se jubiló en el 2030 con enfermedades modernas,

trastornos de ansiedad y todas las ETS existentes.

 

Además, lanzó una pandemia para matar a todos los grillos del mundo.

En el 35 se suicidó, dejando como himno de la pangea: we are the world.

 

El campeonato de personas insoportables se celebró el miércoles 3 de junio del 36.

Yo siempre siempre siempre escribí, porque no tenía nada,

nada, nada más por hacer y básicamente:

se resumieron los cánticos, lenguas,

libros y biblias del mundo en:

“especialmente tú”.

La palabra delirio proviene del latín delirium, que significa “salirse del surco”: desviarse del camino al arar la tierra. Esta potencia cognitiva abraza la poética de Sofía con su significado profundo, como una enredadera que todo lo permea. Una no-metodología que encuentra su fuente de energía en la experiencia del amor desbocado. Sofía amaba de esa forma, ya fuera en la forma romántica que busca la complicidad y compenetración absoluta o en la forma de compasión universal. Amor y deseo no son zonas de armonía y descanso inactivo, sino aventuras catárticas y transformadoras hechas para romper los límites. Esto se siente, por ejemplo, en el inmoral “Amor tóxico”, donde toda irreverencia es permitida siempre y cuando induzca la erupción del romance.

Seremos como Thelma y Louis,

porque nos desencantó la gente,

y sabemos que todos están locos.

Nos iremos un fin de semana,

al lugar en el que siempre soñé estar,

al lugar en el que siempre soñaste estar,

y no tendré que trabajar nunca,

y no tendrás que trabajar nunca,

porque le diremos al estado,

a punta de plomo y balas,

que así no se puede,

que de plano tenemos,

por inercia propia,

que robar y matar.

En el extenso “Segundo receso”, Sofía hace un viaje espectacular, que va de un encierro en una farmacia alimentándose de suplementos alimenticios de chocolate, a una maquila donde trabaja y mujeres le dan pan y café, para pasearse luego por el centro de una estrella como una sopa de quarks electrizados en conversación con Dios, preguntándole qué se siente besar a una monja. La sensación del poema es la de alguien feliz de estar extraviado entre dimensiones. No es solo surrealismo, infrarrealismo o transrrealismo: las categorías espaciales que buscan colocar una escritura experimental en algún espacio periférico de la realidad no alcanzan para describir lo que realmente hacen algunos poetas: cruzan de forma desvergonzada e inagotable por la multitud de caudales de significado o aparente esterilidad que la realidad del capitalismo les ofrece, cometiendo todas las operaciones que se pueden nombrar y las que no. Nunca hay una frontera definitiva entre lo que es testimonio, alucinación o descubrimiento: siempre es la coexistencia entre los diversos relieves de lo salvaje. Esa especie llamada metáfora o visión se va alimentando, o se deja devorar por el amor, los videojuegos, los libros, las plantas, etcétera. Por el universo entero.

Estas horas sólo puedo pensar en

untarme en ti y hablar de

Monkey Island,

o en minimizar radiadores

y echarme anticongelante en las tetas,

mientras creo un videojuego

que mate a manifestantes provida

o hacerte una canción de este libro

y esculturas hechas con

croquetas para perros.

Para Sofía Ochola la escritura es perderse y atravesar materialidades y espiritualidades, para hacer de ellas un jacuzzi en el que pueda vivir el romance más exaltado, más allá de toda ley moral o física. La forma en que decidía en la vida real no atenerse nunca a un sistema específico, llámese empleo o escuela, no era simplemente rebeldía juvenil, o problemas con la autoridad o con la disciplina. Consiste, más bien, en una filosofía de la disolución de las contradicciones sistemáticas, que pretenden mantenernos sumisos, alienados con la propuesta de un mundo esterilizado y objetivo que, sin embargo, es una perfecta máquina de matar y explotar a quienes no son ejecutores del capital. Sofía habla desde la experiencia de la clase trabajadora, que tiene derecho a vivir aventuras exaltadas y vivir en una jungla de acontecimientos, sin esperar que dicha aventura sea una lugar que visitas excepcionalmente en vacaciones o en fines de semana, una anestesia funcional. No: la experiencia de vida fue para ella una constante búsqueda de lo real-real, ahí donde menos se espera encontrarlo por su vulgaridad o rigidez, y para ello su poesía hechizaba el mundo a su antojo. En su poema “Repertorio”, deja claro que está interesada en considerar la experiencia completa, cruda y pegajosa de lo real/irreal:

Nosotros no somos, no pensamos, no estamos.

Vamos a fugarnos en el vapor.

La gente tiene el poder.

En el verano caníbal

un tampón tullido de orín sabor a movimiento y gloria.

Gloria y eeeee eeeee ooo ooo, gloooooriaaaa.

¡Sucio, sucio!

Y después y después y después.

Sísísí destrucción.

Amo la destrucción.

Amo destruir.

Amo la sangre.

Amo la mierda.

Amo las vísceras.

Amo a los que matan,

a los que mueren.

Amo amo amo.

¡Sí sí sí!

¡Yo soy sucia y estoy bien!

Yo soy sucia en la piscina.

Yo soy sucia con este chico.

El conductor se queda callado en la oscuridad.

Es mi piel la que pide más.

Yo estoy flotando con este chico.

Tengo un hilo colgando de la vagina

y pretendo estar bien.

El amor / Es mil pies cansados.

Con todo, la obsesión por fusionarse con las fuerzas primigenias de la vida y la muerte no avanza siempre por el lado de la destrucción. La solidaridad y la compasión surgen también como modo de habitar la violencia y la crisis. ¿Y no es acaso la primera violencia que vivimos el haber nacido? En el hermoso poema “El amor”, Sofía expresa la ternura incómoda de comenzar a existir en medio del caos:

El amor es un recién nacido

muriendo de frío,

lleno de mocos,

ahogándose,

tambaleando

entre el aire que acicala

su cuerpo baboso,

mas no sus pulmones.

 

El amor es la mujer

que besó al recién nacido

en la boca,

la que lo infló como globo

con su aliento pestilente,

de una muerte

no anunciada,

hasta que hubo un foco de vida,

y ella se tragó los mocos del nuevo humano.

La vida de Sofía Ochola no fue solo una tragedia. Y es que una tormenta que deslava un monte no es solo un desastre que impacta sobre mundos humanos: es un evento completo que nutre las fuerzas que renuevan y fortalecen los ciclos de vida y muerte del suelo, la vegetación, los aires. Las poéticas experimentales nunca son un momento superado, algo ya conocido y visto “bajo el sol”. Más allá del contexto social que deprimió y oprimió a Sofía, su voluntad de ver un mundo arder en renovación no-lineal es una fuerza de la naturaleza que necesitamos en nuestras comunidades. Sin la energía de los poetas que sacuden los terrenos de la certeza que va cuadriculando los caminos, sin su poética del extravío por la curvatura del espacio-tiempo y las selvas oscuras y kaleidoscópicas de las ondulaciones del cuerpo-imaginación que insistimos en domesticar, la vida íntima se va lentamente cubriendo de políticas de dominación y éticas del aislamiento. Compartir mi juventud con Sofía y ahora poder seguir leyéndola y compartiendo su magia es una anomalía preciosa, que no me permite la rendición o la entrega a la crueldad del sistema.

Lo último que hizo Sofía antes de despedirse de mí, la última vez que la vi, fue regalarme un suéter negro con textura como de oveja o hiena negra. Un recuerdo de varias cosas: que nunca debo dejar de escribir, porque nuestro tiempo en esta vida es limitado y siempre debemos hacer lo que más amamos. Y que la ternura y la dulzura no son irreconciliables con el ánimo oscuro y rebelde de vivir el lado salvaje.

Hechos 

[En realidad te gusta verme hacer algo]

 

[Aquí va el mejor poema]

[Aquí va el poema arriesgado]

[Aquí iría si tuviera las palabras]

 

[Hay un poema perdido en una lengua]

[Hay una lengua que babea balas dormidas]

 

[En realidad no es algo importante]

 

[Aquí casi escribo algo muy importante]

[Aquí te hice llorar con una canción de amor]

 

[Hay posibilidades de nunca encontrar el verso]

[Hay posibilidades de que en realidad no exista]

 

[En realidad hablo de ti]

 

[Aquí van los versos para el amor]

[Aquí va una tristeza dentro de una píldora]

[Aquí va un suicidio con chicles de fresa con sandía]

 

[En realidad al diablo]

 

[Hay versos que no llegan a decir tanta muerte azulada]

[Hay gente que no alcanzaré aunque todo sea esfuerzo]

[Hay días que sin saber morimos más que cualquier otro día]

 

[En realidad será increíble]

[Aquí hay cosas que perdiste con el paso del tiempo]

[Aquí hay noches de eterno desvelo, y policías rudos]

[Aquí te sentirás comprendido y valiente]

[Aquí sabrás que no eres nada, no]

 

[En realidad cualquier cosa es probable]

[En realidad te gusta verme hacer algo]

[En realidad no es algo importante]

 

[En realidad hablo de ti]

[En realidad al diablo]

 

[Vaginas azotadas en la mesa]

[Vergas azotadas en la mesa]

 

[En realidad será increíble]

[Restos mortales]

 

[No eres no soy no somos]

[No hemos sido]

[Ni seremos]

[Otra cosa]

[Que un hecho]

[La gran falla]

[Del pixel]

—Sofía Ochola

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Los últimos poemas de Sofía, reunidos bajo el espectral nombre El cielo detrás, están a punto de ser publicados —primavera de 2026—, en medio de una guerra mundial que podría estar acercándose o que viene existiendo entre nosotros desde hace mucho. El portal que trae estos poemas del futuro-pasado al fuego nuevo es la editorial Orcaíris.

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