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Dibujar como una forma de protección ante los desajustes profundos de la vida en sociedad: tal estrategia puede tomar años de perfeccionamiento.
Me gustaría saber si se arrepienten. Si algún día van a arrepentirse. Cuando estoy con mujeres que no son madres, sobre todo cuando las veo holgadas de tiempo para pintar, escribir o leer, siento una curiosidad oscura. Lo único tan irreversible como sacar un hijo de adentro es no haberlo hecho. ¿Les daré a ellas la misma curiosidad inexpresable? Nunca conocí a una madre que confiese haberse arrepentido.
A mí el deseo de ser madre me gritó tan fuerte que no pude escuchar nada de todo lo demás. Quiero un bebé que sea mío. Quiero un bebé de verdad. Quiero tener un bebé en la panza y parirlo y darle leche y bañarlo y ponerle talco y hacerlo reír dándole besos. Quiero 1 000 bebés.
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Los primeros 10 años de mi vida los dediqué a dos cosas: jugar con bebés de plástico y dibujar.
A principios de la década del noventa mi papá se quedó sin trabajo. Yo tenía cinco años, mi hermana era bebé y mi hermano tenía siete. Mi padre había sido despedido de atc, la televisión pública, mi madre prácticamente no trabajaba. Entre las escasas ofertas laborales optaron por una: el dueño de un diario de Río Cuarto, una ciudad pequeña de la provincia argentina de Córdoba, le ofrecía dirigirlo. Prometían casa, comida y escuela privada para nosotros, como parte del sueldo, y la decisión fue mudarse inmediatamente. Atravesé la escuela primaria rodeada de compañeras fanáticas del hockey, de andar en bicicleta y de correr ahuyentando teros y clavándose abrojos. Todo era celeste, verde, celeste, verde, celeste, verde.
Yo prefería los interiores. Crecí sintiéndome inadecuada, pero se trataba de una incomodidad que lograba diluir cuando estaba sola. Jugaba en mi habitación durante horas: ponía a los bebés de plástico a dormir en sus cunas fabricadas con cajas de cartón, los tapaba con retazos de tela, les daba de comer papillas invisibles. Cuando necesariamente debía estar con otras personas (la mayor parte del tiempo cuando se es niño), empecé a percibir el germen de lo que sería la revelación de mi vida: dibujar era una forma muy efectiva de estar con la gente sin la gente. Llenaba papeles con personajes, escribía, ilustraba cuentos, hacía garabatos inservibles, bocetos rápidos y otros en los que me demoraba horas. Dibujaba en clase, en los recreos, en el despacho de mi papá (en la redacción del diario siempre sobraba papel), en mi casa cuando volvía del colegio. Yo, con cinco, ocho, 10 años, pasaba muchas horas sola jugando con bebés de plástico y dibujando. Las tardes eran largas, mi mamá llegaba a las siete u ocho de la noche de trabajar (en esa época trabajaba con mi papá) y él volvía más tarde aún, cuando yo ya dormía. La casa era grande, tenía un persistente olor a humedad que en verano quedaba enterrado en el humo de la espiral para ahuyentar a los mosquitos. Mónica, una empleada que nos cuidaba a mis hermanos y a mí cuando volvíamos del colegio, vivía con nosotros y doblaba ropa mientras miraba telenovelas.
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¿Cuándo se descubre una vocación? ¿Qué pasa si la vocación no necesita ser revelada, sino atendida? Quiero decir, cuando el llamado suena, pero nadie lo responde. Cuando esa inclinación natural, ese entusiasmo inexplicable, es atropellado por algo como la maternidad. Tenía 27 años cuando tuve mi primer hijo; 35 cuando empecé a dibujar profesionalmente. Si no hubiese sido madre, ¿hubiese dibujado más, mejor? ¿Antes?
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No creo en el talento. Dibujar bien no es difícil, basta con hacerlo todos los días durante toda la vida. Observación y tiempo. La mímesis es el menor de los problemas, lo fundamental es una cuota importante de ceguera ante el fracaso. Mi mayor descubrimiento fue darme cuenta de que debía seguir adelante con el dibujo, incluso después de sentir que ya lo había arruinado. La epifanía sucedió en un taller de arte experimental, cuando tenía 32 años y un hijo de cinco. Los jueves a la noche había logrado escapar del hogar (siempre dejando las milanesas hechas) para ir al taller de dibujo. Allí entendí cómo pasar la rompiente: había que nadar un poco más hondo, sin dejar que la ola te dejara fuera de juego. Seguir y seguir, y al rato asomar la cabeza. Sé que no es ninguna receta extraordinaria, sino algo bastante evidente sobre la perseverancia que se puede aplicar a casi cualquier cosa. Al silenciar la frustración, los dibujos ya no eran exactamente como yo deseaba, eran libres de ser como ellos querían (o podían). El estilo, la voz, eso que no tiene nombre, eso que hace que lo que hago sea mío, que está dentro y fuera de mí al mismo tiempo, llegó de repente.
El taller de dibujo experimental lo dictaba Verónica Gómez, una artista que conocí mientras trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Al taller se iba a dibujar. Cada uno llevaba los materiales que quisiera y dibujaba lo que tuviera ganas. Algunos hacían dibujo abstracto, otros le pedían ejercicios a Verónica. En mi primer día, ella me alcanzó un libro de patrones textiles rusos y me dijo: “Copiá alguno”. Yo le saqué el celofán a una libreta Moleskine apaisada, con buena apertura y hojas de 200 gramos. Tardé más de un año en completar todas sus dobles páginas de 45×15 centímetros. Hoy atesoro esa libreta y otras iguales. Algunas tienen patrones botánicos, otras collage, calaveras, corazones anatómicos, langostas, pingüinos, copias del conejo de Durero, copias de las manos de las acuarelas de Bourgeois, gatos negros de tinta china, limones, paletas saturadas de amarillos, rosados, aguamarinas, pulpos, casas, muchas casas. Dibujé sin pensar y las llamé “libretas inútiles”. No las usé (ni las uso) para bocetar trabajos, nada que tenga potencial de convertirse en otra cosa (un patrón para vender, un cuadro o un libro). Las abro solo cuando me dispongo a dibujar por el mero hecho de dibujar. Muchas veces funcionan como diarios. Desde ese taller jamás abandoné el hábito de las libretas, me puede llevar varios años completar cada una, a veces pasan meses sin que las toque, pero siempre tengo una Moleskine a medio empezar. El día que murió mi abuela (a mis 40) fui a su casa antes de que la funeraria se llevara el cuerpo. Estaban mi mamá y su hermana, sentadas en el living, esperando. Recorrí la casa en silencio y me guardé en el bolsillo un encendedor naranja que estaba en la cocina junto con una pila de encendedores acrílicos (había al menos 20). Mi abuela fumó un atado de cigarrillos desde los 14 hasta los 90 años. Esa noche, cuando volví a mi casa, dibujé el encendedor en una página de la Moleskine. Todavía tenía la carga completa, tardé horas en lograr con acuarela los destellos tornasolados del plástico naranja mezclados con el gas líquido.
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Al poco tiempo de ir al taller de Verónica quedé embarazada de mi segunda hija y perdí el territorio conquistado de los jueves a la noche. Pero no dejé ese bolsito con materiales transportables que podía tener conmigo cuando estaba sentada en el piso dándole palmadas en la cola al bebé esperando a que se durmiera, o en la plaza mientras fingía que miraba a mis hijos tirarse del tobogán por vez número 1 000.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales? Dibujar para abstraerme, igual que en Río Cuarto; 22×15, esa es la medida de cada libreta. ¿Será que me cuento todo esto del ahogo maternal como una excusa y en verdad intentar ser dibujante y fracasar me daba demasiado miedo?
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Si el silencio fuera salud, yo debería estar muerta. A mí me enseñaron a hipercomunicarme. Todos en mi familia son locuaces y articulados. Mi madre por mera vocación, mi padre por periodismo, mi abuela adicta al cigarrillo por pura neurosis. Nos hablan, se hablan, me hablan. Mis hermanos ahora viven en otros países y yo hablo con ellos un promedio de tres horas semanales, económicamente posibles gracias a internet. Mis padres hablan con ellos otras tantas. Hablo con distintos grupos de amigas a las que canso de manera rotativa, hablo con mi terapeuta, hablo en el trabajo, hablo con mis hijos. Tengo pasión por las largas sobremesas o las eternas charlas de almohadas. Como pareja soy insufrible, necesito hablar, no sé cerrar las discusiones, aun cuando percibo el instante preciso en el que el otro se hartó de mí. Los entiendo, los compadezco, pero no sé callarme.
Discuto, argumento, opino, cuento. Hablo, hablo y hablo. Doy rodeos, me contradigo, dudo. Hablo demasiado desde que aprendí a hacerlo. Hay, en la casa de mis padres, decenas de cassettes grabados, en los cuales mi papá me hace preguntas. Se puede escuchar mi voz aguda contando cosas sobre mi maestra, mis compañeritos de jardín, mi angustia por Monincho (el oso perdido en un barco en un viaje a Uruguay), mi primera visita al dentista. En los cassettes grabados durante mi vida en Córdoba desplegaba una solvencia tan tierna como exasperante.
Cuando dibujo también hablo demasiado. No sé explayarme con paletas reducidas. Me dan tanta envidia Liliana Porter y sus blancos elocuentes, como aquellos que saben guardar secretos o que no sienten necesidad de embuchar el silencio con ruidos innecesarios. Yo me expreso por horror al vacío. Siempre puede haber una mancha más, un color más, una línea más. Por eso se me da mejor dibujar con medios acuosos, porque la mancha, igual que yo, se explaya, se estira hasta dar con su propio borde.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales?
Dibujo muchas plantas y flores, son una manera de hablar mucho dibujando. Vegetación que se estira hasta los límites del papel, cubriendo todo. Hojas verdes enredándose unas con otras, proyectando sombras, armoniosas en un desorden abarrotado. Dibujo con pentimentos, es decir, haciendo muchas líneas suaves (arrepentimientos) hasta entender por dónde va la línea que quiero que sea la definitiva. No todo el mundo dibuja así. Algunos, como Rubens, dibujan de un trazo y casi sin levantar la carbonilla de la tela. Entienden los volúmenes, las sombras. Yo necesito 1 000 intentos, probar con la mano, ajustar con el ojo. Igual que cuando hablo con mi terapeuta, con mis amigos o con mi pareja, hablo de más hasta dar con la pulpa del pensamiento puro. Tiro líneas para encontrar la línea correcta. Para eso uso siempre un par de lápices duros (un H, por ejemplo) y una goma de caucho, que puedo pasar para hacer suaves las líneas arrepentidas y marcar con un gris más fuerte aquella que será el contorno de lo que sea que esté intentando descifrar. Debajo de la figura hay líneas de un gris más suave, con variaciones milimétricas. Después vienen la pintura, las tintas, los crayones, los pasteles y los marcadores. Jamás acato la manera correcta de aplicar una técnica, ni siquiera la acuarela. La forma de usarla bien es mediante transparencias: una capa fina de acuarela y luego otra hasta que el color va tomando profundidad. Entonces la claridad, la luz, el blanco, lo dará el papel que no haya sido pintado. Pero yo no la uso así, no respeto nada. Pinto con acuarela y arriba puedo aplicar blanco con marcador acrílico o con gouache. Mientras el grosor y la calidad del papel lo permitan, todo vale.
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Elegí libremente ser madre. Tenía 27 años. Estaba convencida de que era mi deseo más profundo, de que siempre lo había querido. ¿De dónde salió eso? ¿Fue un mandato? ¿Fue un llamado interior? La maternidad organizó mi tiempo: en los espacios que quedaron mientras no parí, amamanté, fui a buscar a mis hijos a la escuela, les di de comer, los llevé al pediatra, a fútbol, a cumpleaños, a casas de amigos, entre reuniones de padres, baños, cuentos para ir a dormir, tareas de matemática, ahí, en los huecos, sobrevivieron mis lecturas, mis pensamientos, mis garabatos. No supe construir un cuarto propio, estaba ocupada en cuartos ajenos. ¿Acaso mi vida atrasa 100 años?
La maternidad también organizó mis dibujos. Si no hubiese sido porque tenía que hacer la comida, llevar al club, a la plaza, quizás en vez de acarrear siempre unas acuarelas en el bolso podría haberme dedicado a pintar durante tardes enteras en mi casa. En lugar de eso, en el mientras, puedo dibujar con acuarelas, lápices, marcadores y lo que entre en una cartuchera. Para el óleo, la técnica de los artistas de verdad, con solemne olor a trementina y tiempos eternos de secado, se necesita un cuarto propio. Y una soledad que por ahora no tengo.
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Nunca me cayeron bien las mamis de fútbol. Aunque tal vez podría terminar la frase antes, porque tampoco me simpatizaron las del cole o las del jardín. En general me disgusta estar en situaciones con otras mujeres donde somos “las mamás”. Parimos más o menos al mismo tiempo, en la misma ciudad, y nuestros hijos van al mismo club o al mismo colegio. ¿Es razón suficiente para generar una amistad?
El club, además, siempre me resultó extranjero. De niña no aprendí sus reglas de selva urbana, porque crecí en el campo. En Córdoba no había clubes, no hacían falta, los niños salían solos y jugaban a la pelota en cualquier descampado usando bollos de ropa para marcar los arcos. Y no lo digo con añoranza, porque nunca me gustó la vida cordobesa.
“¿A qué club vas?”, preguntan. Como si acaso eso significara algo. Me anoté en el club que me quedaba cerca y nos mudamos a este barrio por la escuela de mis hijos. Es un club como cualquier otro, es grande, tiene un lago artificial, varios patos y un buffet con luces de tubo, café malo y excelentes tostados. Héctor y Majo, los mozos, me saludan y charlan con mis hijos como si fueran vecinos o amigos de la familia. Quique, en cambio, es demasiado preguntón. Nunca me siento en las mesas que él atiende porque encuentra la manera de sacarme datos para chismosear.
La mayor ventaja del club es no ver a mis hijos. Solo se acercan a mí para pedirme plata o porque se lastimaron. Al principio también venían a contarme que alguien los había molestado, pero aprendieron pronto que, en ese territorio, yo carecía por completo de autoridad sobre sus coetáneos. En el club se ensucian, se ensangrientan, se rompen la ropa, comen porquerías y se hacen amigos. Ellos se hacen amigos, yo no. A veces corro alrededor del lago, sola con mis auriculares. Pero no practico ningún deporte y mucho menos uno de equipo. En la primaria me obligaban a ir a hockey. Yo jugaba pésimo. Entonces me llenaban de cosos de telgopor y me mandaban al arco, humillada, con el aspecto de un pote de helado.
Sin embargo, no padezco el club porque, una vez más, puse en práctica lo que entendí cuando era muy chica: que la forma de protegerme contra la inadecuación social es dibujar. Voy al club con una bolsa bastante grande en la que llevo un bloc, hojas, un vasito, una cartuchera con dos lápices, goma de caucho, dos pinceles de diferentes tamaños y una paleta desplegable en la que, ya secas, pero siempre listas para revivir, hay decenas de acuarelas profesionales de tubo (marca Winsor & Newton y Van Gogh). En otra bolsa llevo el mate y una botella con agua para llenar el vasito en el que mojo los pinceles. Paso largas horas en el club los martes, los jueves y los fines de semana. Cuando voy por la mañana empiezo en el buffet, desayuno y luego de un par de horas me mudo a “la isla”, un lugar estratégicamente alejado de los juegos infantiles, porque los niños sienten una atracción insoportable cuando me siento a pintar y, como nunca tienen a los padres cerca que les digan “No molestes a la señora”, me tocan las cosas o, peor aún, me hablan (alguna vez les dije “Rajen de acá”, como a los perros).
En el club me concentro como en ningún otro lado, porque sé que, si no estuviera pintando, ese tiempo muerto me resultaría denso e insoportable. En cambio, así, a cada segundo de entrega maternal le estoy exprimiendo algo para mí. Por eso puedo estar horas con la misma acuarela hasta lograr el tono, la transparencia, la calidad que quiero.
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Una tarde de sábado, cuando tenía 11 años y medio, en un anochecer de invierno, mis padres nos sentaron a mis hermanos y a mí en la cama matrimonial de la casa húmeda de Córdoba para contarnos una noticia. Yo era una niña con una profunda convicción atea, pero sentí la necesidad de practicar algo parecido a un rezo y empecé a rogar hacia adentro: “Por favor, por favor, que no sea otro hermanito”. Y no es que dos hermanos fueran demasiados, pero eran suficientes. Yo, a los 10 años, era sistémicamente maternal con mi hermana cinco años menor y la cuidaba con una dedicación absurda, mientras mi hermano mayor vivía en su propio planeta.
Mi mamá escuchó mi murmullo y entonces soltó sin preámbulos la noticia: “Nos volvemos a Buenos Aires”. No tengo claro si por alivio o desconcierto, lloré. El sonido de mis sollozos sorprendió a todos, incluso a mí misma. Nada podía calmarme. Usé un rollo entero de papel higiénico, que me alcanzó mi papá para que me secara las lágrimas y me limpiara la nariz. “¿No era lo que más querías, Micaelita?”, me preguntó preocupado mientras se enrollaba en la mano una tira de papel. Le respondí que sí y que, aunque no sabía bien por qué lloraba, era la mejor noticia que había escuchado en mi vida.
Volvimos a Buenos Aires por la Ruta 8, esa que había recorrido todos los veranos para visitar a mis abuelos porteños. Mis padres habían decidido que era hora de darme un baño de identidad y me inscribieron en una secundaria judía, que quedaba en plena capital, bastante lejos de la casa a la que nos mudamos, en la zona norte del Gran Buenos Aires. A mí no me importaba despertarme a las seis y media de la mañana ni tomarme dos colectivos todos los días con tal de no ver vacas por la ventana del aula. Todo en esta nueva vida urbana me daba placer: la gente desconocida, la Panamericana embotellada, el colectivo 60 lleno, los vendedores ambulantes y los panificados callejeros en canastos de mimbre. Había violetas eléctricos, naranjas, verdes gastados, destellos de un carmín hipnótico. La ciudad era multicolor.
Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio.
A mis 15, mis padres me regalaron una habitación. Cerraron un pasillo con una pared de durlock y dejé de compartir el dormitorio con mi hermana. Pinté la pared de mi cuarto de verde. En la planta baja de la casa, donde originalmente estaba el garaje, armaron una oficina, donde pusieron la computadora que usaba toda la familia. Cuando los demás dormían, yo conectaba un parlante en mi habitación y me escabullía a la computadora para bajarme música con un programa trucho, para luego transmitirla en el parlante de mi cuarto, que hacía unas interferencias espeluznantes. Pasaba despierta noches enteras, dibujando y escuchando música. Mi gusto era ecléctico: Piazzolla, Chopin, Fito Páez, Manu Chao. Siempre envidié a esos adolescentes que seguían a bandas o cantantes cool, que se fanatizaban con el rock canchero y lo presumían en sus mochilas intervenidas. Yo escuchaba cualquier cosa mientras pintaba sin parar. Tinta china sobre acetato, birome en cartón, acrílico, marcadores. Instrumentos, desnudos, abstracciones. Leía a Cortázar, a Simone de Beauvoir, a Flaubert, a Felisberto Hernández. Entre libros y dibujos me sentaba en el borde de la ventana y fumaba decenas de cigarrillos negros. A la madrugada, sin que nadie me hubiera despertado aún, caminaba hasta la parada y me iba a la escuela. Dormía un rato en el colectivo antes de entrar a clase. Había empapelado todas las paredes de mi cuarto con mis dibujos. No fantaseaba con casarme ni con tener hijos. Mi sueño era ir a París, ver las pinturas de Toulouse-Lautrec y entender cómo hacía para pintar la luz con turquesa.
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¿Es razonable que a los 18 años alguien decida su carrera para toda la vida? Terminé el secundario, visité el edificio donde se dictaba la carrera de Bellas Artes. No sé si fueron sus paredes horriblemente blancas o las 1 000 materias interminables que prometía el programa, pero lo cierto es que algo me hizo alejarme y terminé inscribiéndome en Historia del Arte, una carrera teórica. Más de dos décadas pasaron desde ese momento y sigo preguntándome por qué decidí estudiar cómo pintaban otros en lugar de descubrir cómo hacerlo yo. Durante los años de facultad leí sobre pinceladas, carga matérica, composiciones, paletas de color, pero no aprendí nada sobre la dimensión sustancial de color, los tipos de barniz, las maneras de fijar un pastel.
En noviembre de 2006, con 21 años, en segundo año de la carrera, conseguí mi primer trabajo serio (no de moza ni de vendedora, como los que había tenido): guardia de salas en un museo. Era un museo histórico, periférico, chico y feo. El trabajo era tedioso. A los dos años pude pedir un pase interno a otro que pertenecía a la misma red y me interesaba más: el Museo de Arte Moderno. Allí trabajé en investigación y curaduría. Fueron años de oficina de 10:00 a 18:00. Sostuve Picassos, Ferraris, un Kandinski. Lidié con artistas, serví café, escribí textos para catálogos. Me aburrí.
A los 25 me casé. Tuve a mi primer hijo a los 27 y la segunda a los 32. En el museo trabajé más de 10 años. Cada primero de mes cobraba un sueldo. No era mucho dinero, pero el trabajo me permitía tomar largas licencias para parir, amamantar, cuidar. Apenas mis hijos crecieron un poco acomodé el horario para estar en el museo en horario escolar. Tuve que hacer tareas que me interesaban menos, pero podía ir a buscarlos al colegio. Usé las posibilidades del convenio de trabajo para hacer la adaptación al jardín, ir a sus actos, llevarlos al pediatra. Le hice la cena a mi marido, colgué ropa en la terraza, pasé tardes enteras buscando el par de cada media, doblando ropa, sacando piojos.
Una década más tarde, logré renunciar al museo, también pidiendo un pase, pero esta vez a una radio. Logré mantener el sueldo trabajando menos horas y ser periodista cultural me aburría bastante menos. Tengo 40 años y todavía conservo ese trabajo, con su sueldo fijo y una antigüedad que me permitiría jubilarme en un par de años.
Poco después de irme del museo, vino la pandemia. Y, poco después, el divorcio.

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En 2020, el encierro pandémico me hizo sentir Madame Bovary. Yo no había elegido ser maestra, ama de casa, esposa, y, sin embargo, todo eso estaba sucediendo. Por la fuerza. Mi marido era periodista y, como él sí corría con la ventaja del trabajador esencial, los únicos que en la pandemia tenían permitido circular por la ciudad, se iba todos los días a las nueve de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Yo, en cambio, trabajaba con Peppa Pig de fondo mientras lavaba, cocinaba, conectaba al Zoom a mi hijo que cursó cuarto grado en el living, le enseñaba a multiplicar, alimentaba, entretenía a mi hija de tres años. Como siempre, para no enloquecer, dibujé.
Una tarde encontré en Instagram un concurso de dibujo que organizaba un emprendedor. Mandé una foto de una acuarela con fondo de tinta china. Lo gané. El premio era una tableta para dibujar digitalmente. Aprendí a usarla con un par de videos que encontré en internet. Cuando me compraron la primera ilustración digital para imprimir en la tapa de una agenda (un ramo de flores fucsias sobre fondo turquesa), me di cuenta de que algo había cambiado. No era solo una changa, un encargo, el provecho de algo que igual hacía por gusto. No. Me habían pagado por dibujar. Y era algo que, además, podía hacer cuidando hijos. Mientras yo ganara plata sin alterar el funcionamiento del hogar, mi marido festejaba.
Muy de a poco, colonicé espacios. Ocupé la mesa del comedor para pintar, los estantes del living con cajitas de crayones, pomos y pinceles. Cada ingreso nuevo de dinero me animaba a usar un estante más.
Después de la separación, también conquisté un par de noches libres por semana, en las que los chicos dormían con el padre. No fue exactamente un cuarto propio, pero alcanzaba.
¿Alcanzaba? ¿Por qué tardé tanto? ¿Estoy a tiempo?
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A mi exmarido lo conocí en una fiesta. Yo tenía 21 años, usaba el pelo corto, recto, por arriba de los hombros, dejando ver mi cuello terso, joven, en perfecta tensión. Esa noche tenía puesto un jean, una remera negra sin corpiño, y era tan miope como ahora, pero me divertía salir de noche y estar borracha y no tener que ver. Entonces salía sin anteojos. Lo miré, vi poco, pero igual sonreí. Me miró. Era una coreografía sin peso, como un trozo de tela que baila con el viento. Le saqué el teléfono con tapita que tenía en la mano, lo abrí y agendé mi número. Me llamó al día siguiente al teléfono fijo. El hecho de que le hubiera dado el fijo lo sorprendió. Nos habíamos conocido en Puerto Madero, en la capital. Preguntó dónde vivía, y respondí que en Beccar, en el conurbano bonaerense, con mis padres. Hizo silencio. Me llevaba 10 años. Me invitó a un concierto, después a un bar, después al cine. Me empecé a quedar a dormir en su casa. Despejó un cajón, luego medio placard. Vivía en un monoambiente, a dos cuadras de la avenida Córdoba, en Palermo. Yo, al fin, me despertaba en un barrio con transporte público a mano y farmacias 24 horas. Él tenía un buen trabajo en un diario importante y una vocación de periodista impoluta (que yo admiraba y envidiaba por partes iguales). Mi sueldo en el museo era magro, pero me alcanzaba para ir al chino de la vuelta cuando salía de la facultad y comprar cosas para la cena. Jamás hablamos de plata. Él trabajaba, volvía del diario después del cierre, tarde por la noche. Yo lo esperaba con banquetes de patitas al horno y puré Chef.
Ya era una mujer, pero seguía jugando a la casita igual que a los ocho.
¿Cuándo dejé de sentir que era un juego?
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Dieciséis años después de estar viviendo juntos, él se enamoró de otra. En realidad, no lo sé. Solo pienso que es probable que se haya enamorado de otra. Tampoco me interesa demasiado. El problema no fue ese, sino otro: la maternidad me hacía invisible. Él había dejado de verme. Yo, de a poco, pasé a ser un electrodoméstico, algo que, cuando funciona bien, se hace imperceptible. Más que dolor me causó aburrimiento. Cuando se fue de casa me dijo: “Te estoy haciendo un favor”. Tardé poco en darme cuenta de que tenía razón.
Sin embargo, contarles del divorcio a nuestros hijos y rearmar la logística en dos casas distintas sí me dolió. Después, me costó menos meter un hombre a la ex cama matrimonial que hacer un asado en la terraza donde habíamos sido, los cuatro, una familia feliz.
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Un dibujo de unas manos, una acuarela de un pulpo, una pintura de nubes, un grafito de un escarabajo, una tinta de limones, un óleo de una langosta. “¿Por qué pintaste una langosta?”, me preguntaron una vez. “Porque no tiene nada que hacer acá, parece fuera de lugar, inadaptada, eso me gusta. Es como el teléfono surrealista de Dalí”, respondí con convicción. Pero era mentira. Dije lo que asumí que el que hacía la pregunta querría escuchar: una explicación coherente. Lo cierto es que no tengo idea de por qué se me ocurrió pintar una langosta. Fue producto de un impulso: quise que de un rojo acuarelado con aceite de lino pudiera emerger un fucsia. Fue una excusa para un carmín, para un naranja, para una textura magenta. Por eso pinté una langosta, para pintar ese rojo.
Leí demasiado sobre cómo creaban otros, sobre qué intenciones tenían los grandes pintores. Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio. Pintar es un impulso y muchas veces aparece, igual que el deseo de comer chocolate, de manera caprichosa. A veces elijo el motivo porque quiero usar turquesa, porque me imagino dando una base de fucsia para que el verde con violeta de un alcaucil brille mejor.
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Estoy separada desde hace dos años. Tengo una casa que puedo usar como taller y dos noches libres por semana. También tengo deudas con la abogada que lleva el divorcio y cuentas que, por primera vez en mi vida, pago sola. La luz, el gas, internet, el club, la ropa para el colegio, la obra social, los libros escolares.
Nunca antes me hice preguntas sobre cómo generar dinero. Había un acuerdo tácito. Esas preguntas eran de él, pero ahora son mías. Y no quisiera tener que manejar un Uber. ¿Cómo se gana plata dibujando? ¿Cómo hacen otros dibujantes para pagar sus cuentas, de qué viven? ¿Heredaron sus casas? ¿Son mejores que yo armando presupuestos? ¿Mantienen hijos? ¿Qué estoy haciendo mal?
Aunque busco clientes con una desesperación casi vergonzosa, lo que consigo no alcanza. Nunca alcanza. Tengo el trabajo en la radio, eso me da un sueldo estable, pero es insuficiente. Dibujo agendas y textiles, vendo cuadros, voy a ferias, publico libros. Hago ilustraciones para pañuelos que se venden carísimos en los shoppings, para cuadernos y manteles. Pinto por encargo, fabrico lo que creo que puede venderse más, hago bocetos para complacer, uso los colores que me piden, hasta los que odio (como el violeta). Tengo un nutrido portfolio, una página web, doy clases. Pero nunca alcanza. La abogada del divorcio me vampiriza, el conflicto financiero con el padre de mis hijos escala exponencialmente con niveles de pelea a los que jamás pensé que llegaría. Se acumulan deudas. Me costó tanto llegar hasta acá que no quiero posponer mi vocación otra vez. Pero uno nunca se equivoca queriendo equivocarse. ¿Qué decisión estoy tomando ahora que podría llevarme por un camino errado, que lamente en el futuro?
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Fui a hacerle preguntas a Istvansch, un ilustrador. Musculoso, histriónico, debe tener cerca de 60 años, pero parece de 30. Fue uno de los primeros dibujantes argentinos en lograr que su nombre estuviera en la tapa de los libros que ilustraba al lado de la firma del escritor. Tiene muchos libros publicados. Es dueño de un estilo propio: recorta papeles, arma escenas con plenos de color cortados a mano, les saca fotos, deja que las sombras colaboren con la composición. Hace 20 años, su manera loca de dibujar con papelitos fue furor, pero hoy podría perfectamente hacerse con Photoshop, aunque él sigue recortando a mano, para perplejidad de sus editores. Hace años, cuando mi primer hijo era bebé, tomé un taller en su casa. Fue él quien me introdujo en el mundo de los libros álbum (un libro en el cual la imagen y el texto son inseparables uno de otro). Recuerdo sus clases con el halo dorado de lo iniciático: Istvansch nos esperaba con té, budines y una pila de libros. Durante dos horas, en el living de su casa, leía actuando, haciendo voces, nos mostraba autores que llevaban la tecnología del libro hasta sus límites. Era potente y muy conmovedor. Ahí descubrí ilustradores y escritores a quienes no había escuchado nombrar jamás y aprendí que no hacía falta dibujar perfecto (ni increíble, ni demasiado bien), mientras se tenga claro qué se quiere decir. El trabajo final del taller era construir una maqueta lo más cercana posible a un libro álbum. Apelé a mi formación, investigué y escribí sobre la historia de los colores. Istvansch me dijo que el texto estaba publicable, pero los dibujos no. Me destrozó, tenía razón. Pero él no recordaba su antigua crítica y, aunque mis ilustraciones de ahora le parecieron estupendas, lo encontré desencantado, como si se le hubiera bajado el volumen a su entusiasmo. Había dedicado toda su vida a los libros, no tenía hijos ni pareja, viajaba por el mundo, era un pionero del rubro, socio fundador de la Asociación de Dibujantes de Argentina, y no parecía conforme con el lugar que había logrado ocupar. Le pedí un consejo concreto: ¿cómo puedo mejorar mis ingresos dibujando? Me dijo que debía buscar un agente o una editorial, porque era la única manera de llegar al mercado europeo y asiático. “Pero no lo vas a conseguir mandando mails desde acá, no te dan bola. Para eso tenés que ir a Bolonia. Hacelo, yo te tengo mucha fe”.
Bolonia: la feria profesional de libros ilustrados más importante del mundo. Pasaje, estadía, comida suman, por lo menos, 3 000 dólares. ¿Gastar miles de dólares cuando vivo con la cuenta en cero?
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Lo hablé en terapia y me convencí de que “mis hijos serán felices si su madre se siente realizada”. Hice listas: debo llevar un proyecto de libro lo más acabado posible, dos portfolios (uno editorial y otro comercial), 500 postales y varias tarjetas ilustradas. Revisé las 1 000 editoriales del directorio de la feria y mandé 114 mails. Tardé 18 horas en total, me respondieron 30. Conseguí 12 citas esparcidas durante los cuatro días de feria.
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Si la poesía tuviera un antónimo sería el lenguaje legal. La abogada me mandó un mail, en el que usó las palabras cautelar, traslado, provisional. Me desaconsejó viajar. Me explicó que “la verdad jurídica” debe ser sostenida con actos y que yo voy a tener que probar que tuve menos oportunidades laborales que él. Que debo comportarme de acuerdo con la estrategia que estamos planteando juntas, de demostrar que aún hoy me ocupo más tiempo de mis hijos. Me dijo que, para conseguir lo que corresponde, no me conviene decirle que los cuide durante una semana, ni me conviene viajar al exterior por trabajo. Que lo más probable es que tenga que iniciarle juicio por alimentos y que eso costará mucho dinero. Mucho más dinero. “Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional”, me dijo.
Durante nuestros años de convivencia, el trabajo más importante era el de él. Él ganaba más plata. Él tenía una vocación periodística inquebrantable desde los seis años. Él anteponía el diario o la radio o la tele a la pareja, a los hijos, a dormir o ir al médico. ¿Cómo se traduce todo eso al lenguaje legal? Me imaginé 100 veces sus argumentos. Mientras me bañaba o revolvía el arroz, pensaba que él alegaría que yo había pospuesto mi trabajo por decisión propia, que había tenido hijos porque quería tener hijos, que no ganaba más plata porque no era capaz y porque no había trabajado tan duro como él.
Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional, pero ¿cuándo lo fue? Bolonia va a suceder, a pesar de los consejos de la abogada.
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Pido un préstamo. Saco pasaje. Alquilo un departamento a una hora de caminata del lugar en el que se lleva a cabo la feria. Preparo una valija pequeña porque despachar equipaje es demasiado caro. Llevo poquísimas cosas, la mitad del carry on está ocupado por los dibujos para la feria y la otra mitad por un par de conjuntos de ropa y un botiquín ridículamente grande. El día de la partida me cuesta despedirme de mi hija pequeña. Extiendo erróneamente la agonía yendo a desayunar con ella antes de dejarla en la escuela. Se la entrego a su maestra, que la recibe con un abrazo. Mi hija, que se llama Nina, me mira y llora. Muchísimo. Y yo siento ganas de cancelar todo. Pero me voy.
Tengo una fascinación patológica por hacer todo a último minuto. En un café del aeropuerto termino de ajustar los portfolios, de recortar las postales. También envuelvo con papel de seda el proyecto que hice para mostrar en la feria. Son 30 dibujos pintados a mano que salieron con una velocidad que me produce desconfianza. Creo que si me hubieran costado más esfuerzo sentiría que son mejores. En la fila para subir al avión detecto dos ilustradoras que también van a Bolonia, a la feria, deben tener unos 20 años. Las envidio por poder hacer este viaje tan al principio. ¿Al principio de qué?
Sé, con solo mirarlas, que no son madres.
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En el avión tomo somníferos, miro películas, leo. Mis piernas no entran, me duele la cintura y hay turbulencia, pero yo me siento flotar. Nadie me reclama ni me pide upa. No hablo durante horas. No tengo que arrastrar mochilas ni desplegar juguetes ni prever el hambre o las necesidades fisiológicas de nadie, salvo las mías. Todo parece tan sencillo.
Paso brevemente por el aeropuerto de Roma y nada, ni la demora en migraciones, ni la fila absurdamente larga para tomar un taxi, me fastidia ni disminuye mi exaltación. Cuando al fin entro al departamento que alquilé me hago un café, me doy un baño. No aviso a mi familia en Buenos Aires que ya llegué. No cargo el teléfono, que se quedó sin batería. No lo conecto al wifi para saber cómo están mis hijos sin mí. Salgo a caminar.
Bolonia es naranja, está llena de arcos, recovas y postigos verdes. Todo me deslumbra, los alcauciles, las persianas, los gritos de los italianos y sus boinas azules, los grafitis. Querría sentarme a dibujar.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional.
El supermercado es barato, voy a todos lados caminando. Ese día almuerzo pastas, tomo Aperol, ceno helado. Me siento en los escalones de una iglesia, trago ristrettos de un euro. Nadie me habla. Me compro una remera blanca para ponerme al día siguiente. No sé hablar italiano, gesticulo, mezclo palabras, soy un papelón, me río sola.
A la noche no me puedo dormir. Consumo doble dosis de somnífero y nada. No puedo dejar de pensar en cada centímetro de océano profundo que me separa de mi casa, de la casa de mi ex, donde imagino a mis hijos dormidos. Me pregunto si tendrán fiebre, si estarán bien. Entre ellos y yo hay un mar, agua negra, profunda, infranqueable.
A las siete de la mañana apago la alarma antes de que suene y camino una hora hasta la Bologna Fiere, un par de kilómetros hacia las afueras de la vieja ciudad amurallada.
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La feria dura cuatro días, 10 horas cada día. Sabía que era enorme, pero es inabarcable y laberíntica. En la entrada hay unos paneles blancos donde los ilustradores podemos dejar un dibujo que nos represente y algún dato de contacto. Se supone que los editores y agentes recorren estos muros en busca de dibujantes nuevos para sus proyectos. Hay decenas de personas de entre 20 y 30 años hablando en varios idiomas a la vez y tratando de colgar sus postales. Pero este año el material con el que confeccionaron el muro blanco es demasiado poroso y las cintas no se adhieren. Los dibujos caen al piso, vuelan entre la gente. Es trágico: está en la entrada de la feria y todos los que pasamos por ahí los pisoteamos sin querer. Sigo siendo tan atea como a los ocho años, no soy supersticiosa, pero es inevitable no ver esto como un mal augurio.
Entro al predio apurando el paso porque mi primera cita es temprano. Me cuesta muchísimo ubicarme y empiezo a transpirar mi remera blanca fabricada con demasiado poliéster: no logro entender dónde está el Survival Corner (así se llama la zona de los ilustradores). Quiero sentarme en el piso y llorar. Estoy perdida. Me costó tanto estar acá. Soy una estúpida. Doy vueltas en redondo y no entiendo el italiano ni los mapas. Jamás voy a encontrar al señor con el que debo reunirme. Me volveré a Buenos Aires endeudada a buscar trabajo en una fábrica de pastas. Al final respiro, miro un cartel durante varios minutos, me ubico y llego a tiempo.
Me recibe Beatrice, una italiana con la que venía conversando por mail. Tiene una carpeta en la mano, un kimono de colores y un diamante incrustado en un diente. Me anota en una lista, me dice que espere. Hay seis mesas blancas, con cartelitos que indican el nombre de quien hace la revisión de portfolio y un plato con caramelos de limón. La primera reunión la tengo con un indio que habla en inglés pastoso, tiene una compañía de videojuegos y no le interesa nada de lo que le muestro. Pero no tengo ni tiempo de desanimarme. La segunda cita es con una yanqui que me pide ver más y más dibujos, parece entusiasmada, pero de una forma rara, como derretida. Me pide dibujos de Jesús. No tengo. A la tercera revisión, con una artista polaca, saco los proyectos de mi bolso en automático, repito en inglés quién soy, de dónde vengo. La artista polaca se da cuenta de mi agotamiento y me alienta de una forma dulce, me ofrece un caramelo de limón del platito que está entre nosotras y habla de mi trabajo. Me elogia con mesura y al final me regala un imán con un dibujo suyo: es un dios egipcio, con cara de perro y traje, sentado en un tren sobre un fondo rojísimo. Es magnífico.
En algún momento, el día termina.
Al día siguiente, cuando vuelvo, ya sé dónde doblar apenas entro y también detecté dónde comprar café y algo parecido a una medialuna. Entro al Survival Corner con tiempo para tomar tranquila mi ristretto. La primera reunión de la mañana la tengo con Karen, una colombiana que hace vestidos ilustrados. Son unos trajecitos infantiles preciosos que traen un código en la etiqueta que, al escanearlo, lleva a una grabación de un cuento infantil. Cuando me siento frente a ella me dice (al fin en español) que está menopáusica, que necesita un poco de aire frío y fumar. Me desconcierta, pero la sigo mientras sale del sector de las reuniones. Beatrice, la del diamante en el diente, intenta explicarle, en italiano, que no me puede sacar así de la sala. Yo la tranquilizo, en inglés, y corro afuera, detrás de la colombiana acalorada. Hacemos la reunión en un pasillo exterior, al lado del baño. Un poco incómoda, pero entre risas, saco mis portfolios de la cartera y también agradezco el aire frío. Ella fuma un cigarrillo electrónico y mira mis carpetas. Charlamos y queda encantada con mis trabajos.
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La feria tiene miles de stands con libros. Son demasiados, pero por una vez evito hacerme preguntas desalentadoras como a qué vine, para qué lo intento (pero ¡¿a qué vine, para qué lo intento?!). Cuando no estoy en el sector de revisiones de portfolio, deambulo por otros stands buscando contactos con editoriales. En algún momento me cruzo con las ilustradoras jovencísimas del avión, las veo caminar despacio y cansadas. Yo no siento el cansancio, estoy a la pesca.
Durante el día no tengo tiempo de pensar en nada que no sea la feria, el trabajo, las revisiones de portfolio. Miro el teléfono solo para buscar cómo se dice tal o cual palabra en italiano. A la noche, apenas me meto en la ducha, siento una punzada de culpa por no haber pensado en mis hijos. La ahuyento repasando mentalmente mi agenda del día siguiente, pensando qué me voy a poner, con quién me falta conversar, cuánta plata me queda.
Nunca los llamo.
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Una noche, a la salida de la feria, aunque ya no siento las piernas de tanto caminar, en vez de volver al departamento voy al centro estudiantil de Bolonia. Recorro las calles empedradas hasta el edificio de la universidad más antigua del mundo (es del año 1000). Hay bares, juventud y muestras de arte. Me meto en una exhibición de Joëlle Jolivet, una ilustradora francesa, porque escuché una conversación en la cola del baño de la feria entre dos chicas que la elogiaban.
“Troppo di Tutto”, se llama la muestra. Jolivet dibuja 1 000 pingüinos, 1 000 vistas de Bolonia, 1 000 imágenes del cuerpo humano. Estampa figuras en grabado, como si fuesen sellos, para multiplicarlas. En las paredes se exhiben las matrices de sus linoleografías. Jolivet es una entusiasta. Todo, mucho. Me compro un libro enorme, que no sé cómo voy a acarrear, con dibujos desplegables del cuerpo humano. Me enloquece la técnica de la francesa: agarra un tema (el cuerpo, la ciudad, un animal) y lo examina con su lápiz hasta diseccionarlo por completo. Me da envidia, quizás admiración. ¿Tendrá hijos?
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Nina, mi hija, me hace una videollamada desde el celular de su niñera. Antes de irme le había preparado un calendario con un regalo pequeño por día (zonceras, caramelos, un lápiz). Esa tarde, al llegar del colegio, abrió su regalo y se encontró con una libreta y una notita que le pedía que dibujara lo que estaba viviendo mientras yo estaba lejos. Ahora quiere mostrarme lo que dibujó. Apenas la veo en la pantalla borrosa del celular noto que tiene lastimada la nariz. Un raspón rojo, una cascarita de dos milímetros, por completo inofensiva. Cuando veo su sangre seca tengo que contener un sollozo exagerado e improcedente. Pocos segundos después de estar hablando me doy cuenta de que ni ella ni yo estamos felices de vernos. Yo no tengo la cara lastimada, pero quizás se me nota algo, una distancia. Enmudecemos. Cuando quiero hablarle de Bolonia, me sale una voz demasiado aguda. La conversación es breve. No la llamo más. En los días que siguen, ni siquiera le pregunto a mi ex cómo están mis hijos.
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El último día, horas antes del cierre, los editores a cargo de los stands empiezan a guardar libros en cajas. Algunos los regalan o los venden muy baratos para no acarrearlos de regreso. Me hago de un libro sobre peces de colores y otro de huevos fritos con el fondo espejado. Le escribo a la colombiana para saludarla antes de irme, y me invita a almorzar. Vamos a un restaurante en la entrada del predio. Ella fuma, pide prosecco, una torre de mortadela, tiramisú, ristretto. Yo agradezco que hable español y hago uso de mi verborragia. Para mi enorme alivio, paga la cuenta. “Estás invitadísima”, dice sonriente. ¿Eso quiere decir que me va a contratar?
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Todo termina demasiado rápido. Me tomo el tren hasta el aeropuerto y, antes de subir al avión, me escribe Karen. Me encarga seis ilustraciones para dos vestidos de su marca. Le paso un presupuesto que tiene menos que ver con el tiempo y la calidad del trabajo que con las circunstancias: es lo que me costó el viaje. Acepta. En el aeropuerto de Roma me gasto la plata que me queda en regalos para mis hijos.
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Cuando llego, los busco en la escuela y me abrazan, me cuentan sus días sin mí. Salvo por el raspón de Nina, y por algunos piojos, están sanos, felices, a salvo. Cuando yo quiero contarles cosas de Italia, cambian de tema, no les interesa nada de lo que viví sin ellos. ¿Será que perciben que en verdad no los extrañé?
Mi madre estudió Arquitectura, igual que mi abuela, pero jamás ejerció. Conoció a mi padre a los 21 años y la fascinó su amor por el periodismo. Cuando nos mudamos a Córdoba, mi mamá empezó a trabajar con él. Fue su productora, tuvieron un programa de televisión. Cuando volvimos a Buenos Aires, mi madre se convirtió en directora de prensa en una agencia de publicidad y, desde hace muchos años, tiene su propia consultora. Cada vez que ella volvía de viaje (de España, del festival de publicidad de Cannes, de una inauguración en Venecia) nos decía que no nos había extrañado. Compraba regalos, siempre exagerados, siempre magníficos, pero nos decía, cada vez que volvía de viaje: “No, no los extrañé”. Ni siquiera ahora, que la experiencia me hace entenderla, comprendo por qué lo hacía.
La noche de mi regreso, a mis hijos, les miento. Les digo cuánto y cómo los extrañé. Les cocino milanesas, les ordeno las mochilas, les paso el peine fino para sacarles los piojos.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional. Pero pasa el tiempo y esa sensación no desaparece. Hasta que entiendo que, con un poco de suerte, va a permanecer en mí.
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Después transcurren los días, las semanas, los meses. La rutina suaviza el impacto de la llegada. El despertador temprano, la corrida al colegio, el trabajo. La merienda, la tarea, la ropa lavada, el baño, la cena, la tele. Yo dibujo. Sigo presentando proyectos a más y más editoriales. Todas me rechazan: “El proyecto es interesante, pero no es lo que estamos buscando”; “Somos una editorial pequeña y publicamos solo dos libros al año, en este momento estamos interesados en otro tipo de proyectos”. No me desespero. Siempre se trató y se trata de lo mismo: de acumular rechazos, de seguir dibujando hasta que alguien diga: “Sí”.
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Dibujar como una forma de protección ante los desajustes profundos de la vida en sociedad: tal estrategia puede tomar años de perfeccionamiento.
Me gustaría saber si se arrepienten. Si algún día van a arrepentirse. Cuando estoy con mujeres que no son madres, sobre todo cuando las veo holgadas de tiempo para pintar, escribir o leer, siento una curiosidad oscura. Lo único tan irreversible como sacar un hijo de adentro es no haberlo hecho. ¿Les daré a ellas la misma curiosidad inexpresable? Nunca conocí a una madre que confiese haberse arrepentido.
A mí el deseo de ser madre me gritó tan fuerte que no pude escuchar nada de todo lo demás. Quiero un bebé que sea mío. Quiero un bebé de verdad. Quiero tener un bebé en la panza y parirlo y darle leche y bañarlo y ponerle talco y hacerlo reír dándole besos. Quiero 1 000 bebés.
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Los primeros 10 años de mi vida los dediqué a dos cosas: jugar con bebés de plástico y dibujar.
A principios de la década del noventa mi papá se quedó sin trabajo. Yo tenía cinco años, mi hermana era bebé y mi hermano tenía siete. Mi padre había sido despedido de atc, la televisión pública, mi madre prácticamente no trabajaba. Entre las escasas ofertas laborales optaron por una: el dueño de un diario de Río Cuarto, una ciudad pequeña de la provincia argentina de Córdoba, le ofrecía dirigirlo. Prometían casa, comida y escuela privada para nosotros, como parte del sueldo, y la decisión fue mudarse inmediatamente. Atravesé la escuela primaria rodeada de compañeras fanáticas del hockey, de andar en bicicleta y de correr ahuyentando teros y clavándose abrojos. Todo era celeste, verde, celeste, verde, celeste, verde.
Yo prefería los interiores. Crecí sintiéndome inadecuada, pero se trataba de una incomodidad que lograba diluir cuando estaba sola. Jugaba en mi habitación durante horas: ponía a los bebés de plástico a dormir en sus cunas fabricadas con cajas de cartón, los tapaba con retazos de tela, les daba de comer papillas invisibles. Cuando necesariamente debía estar con otras personas (la mayor parte del tiempo cuando se es niño), empecé a percibir el germen de lo que sería la revelación de mi vida: dibujar era una forma muy efectiva de estar con la gente sin la gente. Llenaba papeles con personajes, escribía, ilustraba cuentos, hacía garabatos inservibles, bocetos rápidos y otros en los que me demoraba horas. Dibujaba en clase, en los recreos, en el despacho de mi papá (en la redacción del diario siempre sobraba papel), en mi casa cuando volvía del colegio. Yo, con cinco, ocho, 10 años, pasaba muchas horas sola jugando con bebés de plástico y dibujando. Las tardes eran largas, mi mamá llegaba a las siete u ocho de la noche de trabajar (en esa época trabajaba con mi papá) y él volvía más tarde aún, cuando yo ya dormía. La casa era grande, tenía un persistente olor a humedad que en verano quedaba enterrado en el humo de la espiral para ahuyentar a los mosquitos. Mónica, una empleada que nos cuidaba a mis hermanos y a mí cuando volvíamos del colegio, vivía con nosotros y doblaba ropa mientras miraba telenovelas.
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¿Cuándo se descubre una vocación? ¿Qué pasa si la vocación no necesita ser revelada, sino atendida? Quiero decir, cuando el llamado suena, pero nadie lo responde. Cuando esa inclinación natural, ese entusiasmo inexplicable, es atropellado por algo como la maternidad. Tenía 27 años cuando tuve mi primer hijo; 35 cuando empecé a dibujar profesionalmente. Si no hubiese sido madre, ¿hubiese dibujado más, mejor? ¿Antes?
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No creo en el talento. Dibujar bien no es difícil, basta con hacerlo todos los días durante toda la vida. Observación y tiempo. La mímesis es el menor de los problemas, lo fundamental es una cuota importante de ceguera ante el fracaso. Mi mayor descubrimiento fue darme cuenta de que debía seguir adelante con el dibujo, incluso después de sentir que ya lo había arruinado. La epifanía sucedió en un taller de arte experimental, cuando tenía 32 años y un hijo de cinco. Los jueves a la noche había logrado escapar del hogar (siempre dejando las milanesas hechas) para ir al taller de dibujo. Allí entendí cómo pasar la rompiente: había que nadar un poco más hondo, sin dejar que la ola te dejara fuera de juego. Seguir y seguir, y al rato asomar la cabeza. Sé que no es ninguna receta extraordinaria, sino algo bastante evidente sobre la perseverancia que se puede aplicar a casi cualquier cosa. Al silenciar la frustración, los dibujos ya no eran exactamente como yo deseaba, eran libres de ser como ellos querían (o podían). El estilo, la voz, eso que no tiene nombre, eso que hace que lo que hago sea mío, que está dentro y fuera de mí al mismo tiempo, llegó de repente.
El taller de dibujo experimental lo dictaba Verónica Gómez, una artista que conocí mientras trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Al taller se iba a dibujar. Cada uno llevaba los materiales que quisiera y dibujaba lo que tuviera ganas. Algunos hacían dibujo abstracto, otros le pedían ejercicios a Verónica. En mi primer día, ella me alcanzó un libro de patrones textiles rusos y me dijo: “Copiá alguno”. Yo le saqué el celofán a una libreta Moleskine apaisada, con buena apertura y hojas de 200 gramos. Tardé más de un año en completar todas sus dobles páginas de 45×15 centímetros. Hoy atesoro esa libreta y otras iguales. Algunas tienen patrones botánicos, otras collage, calaveras, corazones anatómicos, langostas, pingüinos, copias del conejo de Durero, copias de las manos de las acuarelas de Bourgeois, gatos negros de tinta china, limones, paletas saturadas de amarillos, rosados, aguamarinas, pulpos, casas, muchas casas. Dibujé sin pensar y las llamé “libretas inútiles”. No las usé (ni las uso) para bocetar trabajos, nada que tenga potencial de convertirse en otra cosa (un patrón para vender, un cuadro o un libro). Las abro solo cuando me dispongo a dibujar por el mero hecho de dibujar. Muchas veces funcionan como diarios. Desde ese taller jamás abandoné el hábito de las libretas, me puede llevar varios años completar cada una, a veces pasan meses sin que las toque, pero siempre tengo una Moleskine a medio empezar. El día que murió mi abuela (a mis 40) fui a su casa antes de que la funeraria se llevara el cuerpo. Estaban mi mamá y su hermana, sentadas en el living, esperando. Recorrí la casa en silencio y me guardé en el bolsillo un encendedor naranja que estaba en la cocina junto con una pila de encendedores acrílicos (había al menos 20). Mi abuela fumó un atado de cigarrillos desde los 14 hasta los 90 años. Esa noche, cuando volví a mi casa, dibujé el encendedor en una página de la Moleskine. Todavía tenía la carga completa, tardé horas en lograr con acuarela los destellos tornasolados del plástico naranja mezclados con el gas líquido.
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Al poco tiempo de ir al taller de Verónica quedé embarazada de mi segunda hija y perdí el territorio conquistado de los jueves a la noche. Pero no dejé ese bolsito con materiales transportables que podía tener conmigo cuando estaba sentada en el piso dándole palmadas en la cola al bebé esperando a que se durmiera, o en la plaza mientras fingía que miraba a mis hijos tirarse del tobogán por vez número 1 000.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales? Dibujar para abstraerme, igual que en Río Cuarto; 22×15, esa es la medida de cada libreta. ¿Será que me cuento todo esto del ahogo maternal como una excusa y en verdad intentar ser dibujante y fracasar me daba demasiado miedo?
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Si el silencio fuera salud, yo debería estar muerta. A mí me enseñaron a hipercomunicarme. Todos en mi familia son locuaces y articulados. Mi madre por mera vocación, mi padre por periodismo, mi abuela adicta al cigarrillo por pura neurosis. Nos hablan, se hablan, me hablan. Mis hermanos ahora viven en otros países y yo hablo con ellos un promedio de tres horas semanales, económicamente posibles gracias a internet. Mis padres hablan con ellos otras tantas. Hablo con distintos grupos de amigas a las que canso de manera rotativa, hablo con mi terapeuta, hablo en el trabajo, hablo con mis hijos. Tengo pasión por las largas sobremesas o las eternas charlas de almohadas. Como pareja soy insufrible, necesito hablar, no sé cerrar las discusiones, aun cuando percibo el instante preciso en el que el otro se hartó de mí. Los entiendo, los compadezco, pero no sé callarme.
Discuto, argumento, opino, cuento. Hablo, hablo y hablo. Doy rodeos, me contradigo, dudo. Hablo demasiado desde que aprendí a hacerlo. Hay, en la casa de mis padres, decenas de cassettes grabados, en los cuales mi papá me hace preguntas. Se puede escuchar mi voz aguda contando cosas sobre mi maestra, mis compañeritos de jardín, mi angustia por Monincho (el oso perdido en un barco en un viaje a Uruguay), mi primera visita al dentista. En los cassettes grabados durante mi vida en Córdoba desplegaba una solvencia tan tierna como exasperante.
Cuando dibujo también hablo demasiado. No sé explayarme con paletas reducidas. Me dan tanta envidia Liliana Porter y sus blancos elocuentes, como aquellos que saben guardar secretos o que no sienten necesidad de embuchar el silencio con ruidos innecesarios. Yo me expreso por horror al vacío. Siempre puede haber una mancha más, un color más, una línea más. Por eso se me da mejor dibujar con medios acuosos, porque la mancha, igual que yo, se explaya, se estira hasta dar con su propio borde.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales?
Dibujo muchas plantas y flores, son una manera de hablar mucho dibujando. Vegetación que se estira hasta los límites del papel, cubriendo todo. Hojas verdes enredándose unas con otras, proyectando sombras, armoniosas en un desorden abarrotado. Dibujo con pentimentos, es decir, haciendo muchas líneas suaves (arrepentimientos) hasta entender por dónde va la línea que quiero que sea la definitiva. No todo el mundo dibuja así. Algunos, como Rubens, dibujan de un trazo y casi sin levantar la carbonilla de la tela. Entienden los volúmenes, las sombras. Yo necesito 1 000 intentos, probar con la mano, ajustar con el ojo. Igual que cuando hablo con mi terapeuta, con mis amigos o con mi pareja, hablo de más hasta dar con la pulpa del pensamiento puro. Tiro líneas para encontrar la línea correcta. Para eso uso siempre un par de lápices duros (un H, por ejemplo) y una goma de caucho, que puedo pasar para hacer suaves las líneas arrepentidas y marcar con un gris más fuerte aquella que será el contorno de lo que sea que esté intentando descifrar. Debajo de la figura hay líneas de un gris más suave, con variaciones milimétricas. Después vienen la pintura, las tintas, los crayones, los pasteles y los marcadores. Jamás acato la manera correcta de aplicar una técnica, ni siquiera la acuarela. La forma de usarla bien es mediante transparencias: una capa fina de acuarela y luego otra hasta que el color va tomando profundidad. Entonces la claridad, la luz, el blanco, lo dará el papel que no haya sido pintado. Pero yo no la uso así, no respeto nada. Pinto con acuarela y arriba puedo aplicar blanco con marcador acrílico o con gouache. Mientras el grosor y la calidad del papel lo permitan, todo vale.
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Elegí libremente ser madre. Tenía 27 años. Estaba convencida de que era mi deseo más profundo, de que siempre lo había querido. ¿De dónde salió eso? ¿Fue un mandato? ¿Fue un llamado interior? La maternidad organizó mi tiempo: en los espacios que quedaron mientras no parí, amamanté, fui a buscar a mis hijos a la escuela, les di de comer, los llevé al pediatra, a fútbol, a cumpleaños, a casas de amigos, entre reuniones de padres, baños, cuentos para ir a dormir, tareas de matemática, ahí, en los huecos, sobrevivieron mis lecturas, mis pensamientos, mis garabatos. No supe construir un cuarto propio, estaba ocupada en cuartos ajenos. ¿Acaso mi vida atrasa 100 años?
La maternidad también organizó mis dibujos. Si no hubiese sido porque tenía que hacer la comida, llevar al club, a la plaza, quizás en vez de acarrear siempre unas acuarelas en el bolso podría haberme dedicado a pintar durante tardes enteras en mi casa. En lugar de eso, en el mientras, puedo dibujar con acuarelas, lápices, marcadores y lo que entre en una cartuchera. Para el óleo, la técnica de los artistas de verdad, con solemne olor a trementina y tiempos eternos de secado, se necesita un cuarto propio. Y una soledad que por ahora no tengo.
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Nunca me cayeron bien las mamis de fútbol. Aunque tal vez podría terminar la frase antes, porque tampoco me simpatizaron las del cole o las del jardín. En general me disgusta estar en situaciones con otras mujeres donde somos “las mamás”. Parimos más o menos al mismo tiempo, en la misma ciudad, y nuestros hijos van al mismo club o al mismo colegio. ¿Es razón suficiente para generar una amistad?
El club, además, siempre me resultó extranjero. De niña no aprendí sus reglas de selva urbana, porque crecí en el campo. En Córdoba no había clubes, no hacían falta, los niños salían solos y jugaban a la pelota en cualquier descampado usando bollos de ropa para marcar los arcos. Y no lo digo con añoranza, porque nunca me gustó la vida cordobesa.
“¿A qué club vas?”, preguntan. Como si acaso eso significara algo. Me anoté en el club que me quedaba cerca y nos mudamos a este barrio por la escuela de mis hijos. Es un club como cualquier otro, es grande, tiene un lago artificial, varios patos y un buffet con luces de tubo, café malo y excelentes tostados. Héctor y Majo, los mozos, me saludan y charlan con mis hijos como si fueran vecinos o amigos de la familia. Quique, en cambio, es demasiado preguntón. Nunca me siento en las mesas que él atiende porque encuentra la manera de sacarme datos para chismosear.
La mayor ventaja del club es no ver a mis hijos. Solo se acercan a mí para pedirme plata o porque se lastimaron. Al principio también venían a contarme que alguien los había molestado, pero aprendieron pronto que, en ese territorio, yo carecía por completo de autoridad sobre sus coetáneos. En el club se ensucian, se ensangrientan, se rompen la ropa, comen porquerías y se hacen amigos. Ellos se hacen amigos, yo no. A veces corro alrededor del lago, sola con mis auriculares. Pero no practico ningún deporte y mucho menos uno de equipo. En la primaria me obligaban a ir a hockey. Yo jugaba pésimo. Entonces me llenaban de cosos de telgopor y me mandaban al arco, humillada, con el aspecto de un pote de helado.
Sin embargo, no padezco el club porque, una vez más, puse en práctica lo que entendí cuando era muy chica: que la forma de protegerme contra la inadecuación social es dibujar. Voy al club con una bolsa bastante grande en la que llevo un bloc, hojas, un vasito, una cartuchera con dos lápices, goma de caucho, dos pinceles de diferentes tamaños y una paleta desplegable en la que, ya secas, pero siempre listas para revivir, hay decenas de acuarelas profesionales de tubo (marca Winsor & Newton y Van Gogh). En otra bolsa llevo el mate y una botella con agua para llenar el vasito en el que mojo los pinceles. Paso largas horas en el club los martes, los jueves y los fines de semana. Cuando voy por la mañana empiezo en el buffet, desayuno y luego de un par de horas me mudo a “la isla”, un lugar estratégicamente alejado de los juegos infantiles, porque los niños sienten una atracción insoportable cuando me siento a pintar y, como nunca tienen a los padres cerca que les digan “No molestes a la señora”, me tocan las cosas o, peor aún, me hablan (alguna vez les dije “Rajen de acá”, como a los perros).
En el club me concentro como en ningún otro lado, porque sé que, si no estuviera pintando, ese tiempo muerto me resultaría denso e insoportable. En cambio, así, a cada segundo de entrega maternal le estoy exprimiendo algo para mí. Por eso puedo estar horas con la misma acuarela hasta lograr el tono, la transparencia, la calidad que quiero.
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Una tarde de sábado, cuando tenía 11 años y medio, en un anochecer de invierno, mis padres nos sentaron a mis hermanos y a mí en la cama matrimonial de la casa húmeda de Córdoba para contarnos una noticia. Yo era una niña con una profunda convicción atea, pero sentí la necesidad de practicar algo parecido a un rezo y empecé a rogar hacia adentro: “Por favor, por favor, que no sea otro hermanito”. Y no es que dos hermanos fueran demasiados, pero eran suficientes. Yo, a los 10 años, era sistémicamente maternal con mi hermana cinco años menor y la cuidaba con una dedicación absurda, mientras mi hermano mayor vivía en su propio planeta.
Mi mamá escuchó mi murmullo y entonces soltó sin preámbulos la noticia: “Nos volvemos a Buenos Aires”. No tengo claro si por alivio o desconcierto, lloré. El sonido de mis sollozos sorprendió a todos, incluso a mí misma. Nada podía calmarme. Usé un rollo entero de papel higiénico, que me alcanzó mi papá para que me secara las lágrimas y me limpiara la nariz. “¿No era lo que más querías, Micaelita?”, me preguntó preocupado mientras se enrollaba en la mano una tira de papel. Le respondí que sí y que, aunque no sabía bien por qué lloraba, era la mejor noticia que había escuchado en mi vida.
Volvimos a Buenos Aires por la Ruta 8, esa que había recorrido todos los veranos para visitar a mis abuelos porteños. Mis padres habían decidido que era hora de darme un baño de identidad y me inscribieron en una secundaria judía, que quedaba en plena capital, bastante lejos de la casa a la que nos mudamos, en la zona norte del Gran Buenos Aires. A mí no me importaba despertarme a las seis y media de la mañana ni tomarme dos colectivos todos los días con tal de no ver vacas por la ventana del aula. Todo en esta nueva vida urbana me daba placer: la gente desconocida, la Panamericana embotellada, el colectivo 60 lleno, los vendedores ambulantes y los panificados callejeros en canastos de mimbre. Había violetas eléctricos, naranjas, verdes gastados, destellos de un carmín hipnótico. La ciudad era multicolor.
Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio.
A mis 15, mis padres me regalaron una habitación. Cerraron un pasillo con una pared de durlock y dejé de compartir el dormitorio con mi hermana. Pinté la pared de mi cuarto de verde. En la planta baja de la casa, donde originalmente estaba el garaje, armaron una oficina, donde pusieron la computadora que usaba toda la familia. Cuando los demás dormían, yo conectaba un parlante en mi habitación y me escabullía a la computadora para bajarme música con un programa trucho, para luego transmitirla en el parlante de mi cuarto, que hacía unas interferencias espeluznantes. Pasaba despierta noches enteras, dibujando y escuchando música. Mi gusto era ecléctico: Piazzolla, Chopin, Fito Páez, Manu Chao. Siempre envidié a esos adolescentes que seguían a bandas o cantantes cool, que se fanatizaban con el rock canchero y lo presumían en sus mochilas intervenidas. Yo escuchaba cualquier cosa mientras pintaba sin parar. Tinta china sobre acetato, birome en cartón, acrílico, marcadores. Instrumentos, desnudos, abstracciones. Leía a Cortázar, a Simone de Beauvoir, a Flaubert, a Felisberto Hernández. Entre libros y dibujos me sentaba en el borde de la ventana y fumaba decenas de cigarrillos negros. A la madrugada, sin que nadie me hubiera despertado aún, caminaba hasta la parada y me iba a la escuela. Dormía un rato en el colectivo antes de entrar a clase. Había empapelado todas las paredes de mi cuarto con mis dibujos. No fantaseaba con casarme ni con tener hijos. Mi sueño era ir a París, ver las pinturas de Toulouse-Lautrec y entender cómo hacía para pintar la luz con turquesa.
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¿Es razonable que a los 18 años alguien decida su carrera para toda la vida? Terminé el secundario, visité el edificio donde se dictaba la carrera de Bellas Artes. No sé si fueron sus paredes horriblemente blancas o las 1 000 materias interminables que prometía el programa, pero lo cierto es que algo me hizo alejarme y terminé inscribiéndome en Historia del Arte, una carrera teórica. Más de dos décadas pasaron desde ese momento y sigo preguntándome por qué decidí estudiar cómo pintaban otros en lugar de descubrir cómo hacerlo yo. Durante los años de facultad leí sobre pinceladas, carga matérica, composiciones, paletas de color, pero no aprendí nada sobre la dimensión sustancial de color, los tipos de barniz, las maneras de fijar un pastel.
En noviembre de 2006, con 21 años, en segundo año de la carrera, conseguí mi primer trabajo serio (no de moza ni de vendedora, como los que había tenido): guardia de salas en un museo. Era un museo histórico, periférico, chico y feo. El trabajo era tedioso. A los dos años pude pedir un pase interno a otro que pertenecía a la misma red y me interesaba más: el Museo de Arte Moderno. Allí trabajé en investigación y curaduría. Fueron años de oficina de 10:00 a 18:00. Sostuve Picassos, Ferraris, un Kandinski. Lidié con artistas, serví café, escribí textos para catálogos. Me aburrí.
A los 25 me casé. Tuve a mi primer hijo a los 27 y la segunda a los 32. En el museo trabajé más de 10 años. Cada primero de mes cobraba un sueldo. No era mucho dinero, pero el trabajo me permitía tomar largas licencias para parir, amamantar, cuidar. Apenas mis hijos crecieron un poco acomodé el horario para estar en el museo en horario escolar. Tuve que hacer tareas que me interesaban menos, pero podía ir a buscarlos al colegio. Usé las posibilidades del convenio de trabajo para hacer la adaptación al jardín, ir a sus actos, llevarlos al pediatra. Le hice la cena a mi marido, colgué ropa en la terraza, pasé tardes enteras buscando el par de cada media, doblando ropa, sacando piojos.
Una década más tarde, logré renunciar al museo, también pidiendo un pase, pero esta vez a una radio. Logré mantener el sueldo trabajando menos horas y ser periodista cultural me aburría bastante menos. Tengo 40 años y todavía conservo ese trabajo, con su sueldo fijo y una antigüedad que me permitiría jubilarme en un par de años.
Poco después de irme del museo, vino la pandemia. Y, poco después, el divorcio.

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En 2020, el encierro pandémico me hizo sentir Madame Bovary. Yo no había elegido ser maestra, ama de casa, esposa, y, sin embargo, todo eso estaba sucediendo. Por la fuerza. Mi marido era periodista y, como él sí corría con la ventaja del trabajador esencial, los únicos que en la pandemia tenían permitido circular por la ciudad, se iba todos los días a las nueve de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Yo, en cambio, trabajaba con Peppa Pig de fondo mientras lavaba, cocinaba, conectaba al Zoom a mi hijo que cursó cuarto grado en el living, le enseñaba a multiplicar, alimentaba, entretenía a mi hija de tres años. Como siempre, para no enloquecer, dibujé.
Una tarde encontré en Instagram un concurso de dibujo que organizaba un emprendedor. Mandé una foto de una acuarela con fondo de tinta china. Lo gané. El premio era una tableta para dibujar digitalmente. Aprendí a usarla con un par de videos que encontré en internet. Cuando me compraron la primera ilustración digital para imprimir en la tapa de una agenda (un ramo de flores fucsias sobre fondo turquesa), me di cuenta de que algo había cambiado. No era solo una changa, un encargo, el provecho de algo que igual hacía por gusto. No. Me habían pagado por dibujar. Y era algo que, además, podía hacer cuidando hijos. Mientras yo ganara plata sin alterar el funcionamiento del hogar, mi marido festejaba.
Muy de a poco, colonicé espacios. Ocupé la mesa del comedor para pintar, los estantes del living con cajitas de crayones, pomos y pinceles. Cada ingreso nuevo de dinero me animaba a usar un estante más.
Después de la separación, también conquisté un par de noches libres por semana, en las que los chicos dormían con el padre. No fue exactamente un cuarto propio, pero alcanzaba.
¿Alcanzaba? ¿Por qué tardé tanto? ¿Estoy a tiempo?
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A mi exmarido lo conocí en una fiesta. Yo tenía 21 años, usaba el pelo corto, recto, por arriba de los hombros, dejando ver mi cuello terso, joven, en perfecta tensión. Esa noche tenía puesto un jean, una remera negra sin corpiño, y era tan miope como ahora, pero me divertía salir de noche y estar borracha y no tener que ver. Entonces salía sin anteojos. Lo miré, vi poco, pero igual sonreí. Me miró. Era una coreografía sin peso, como un trozo de tela que baila con el viento. Le saqué el teléfono con tapita que tenía en la mano, lo abrí y agendé mi número. Me llamó al día siguiente al teléfono fijo. El hecho de que le hubiera dado el fijo lo sorprendió. Nos habíamos conocido en Puerto Madero, en la capital. Preguntó dónde vivía, y respondí que en Beccar, en el conurbano bonaerense, con mis padres. Hizo silencio. Me llevaba 10 años. Me invitó a un concierto, después a un bar, después al cine. Me empecé a quedar a dormir en su casa. Despejó un cajón, luego medio placard. Vivía en un monoambiente, a dos cuadras de la avenida Córdoba, en Palermo. Yo, al fin, me despertaba en un barrio con transporte público a mano y farmacias 24 horas. Él tenía un buen trabajo en un diario importante y una vocación de periodista impoluta (que yo admiraba y envidiaba por partes iguales). Mi sueldo en el museo era magro, pero me alcanzaba para ir al chino de la vuelta cuando salía de la facultad y comprar cosas para la cena. Jamás hablamos de plata. Él trabajaba, volvía del diario después del cierre, tarde por la noche. Yo lo esperaba con banquetes de patitas al horno y puré Chef.
Ya era una mujer, pero seguía jugando a la casita igual que a los ocho.
¿Cuándo dejé de sentir que era un juego?
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Dieciséis años después de estar viviendo juntos, él se enamoró de otra. En realidad, no lo sé. Solo pienso que es probable que se haya enamorado de otra. Tampoco me interesa demasiado. El problema no fue ese, sino otro: la maternidad me hacía invisible. Él había dejado de verme. Yo, de a poco, pasé a ser un electrodoméstico, algo que, cuando funciona bien, se hace imperceptible. Más que dolor me causó aburrimiento. Cuando se fue de casa me dijo: “Te estoy haciendo un favor”. Tardé poco en darme cuenta de que tenía razón.
Sin embargo, contarles del divorcio a nuestros hijos y rearmar la logística en dos casas distintas sí me dolió. Después, me costó menos meter un hombre a la ex cama matrimonial que hacer un asado en la terraza donde habíamos sido, los cuatro, una familia feliz.
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Un dibujo de unas manos, una acuarela de un pulpo, una pintura de nubes, un grafito de un escarabajo, una tinta de limones, un óleo de una langosta. “¿Por qué pintaste una langosta?”, me preguntaron una vez. “Porque no tiene nada que hacer acá, parece fuera de lugar, inadaptada, eso me gusta. Es como el teléfono surrealista de Dalí”, respondí con convicción. Pero era mentira. Dije lo que asumí que el que hacía la pregunta querría escuchar: una explicación coherente. Lo cierto es que no tengo idea de por qué se me ocurrió pintar una langosta. Fue producto de un impulso: quise que de un rojo acuarelado con aceite de lino pudiera emerger un fucsia. Fue una excusa para un carmín, para un naranja, para una textura magenta. Por eso pinté una langosta, para pintar ese rojo.
Leí demasiado sobre cómo creaban otros, sobre qué intenciones tenían los grandes pintores. Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio. Pintar es un impulso y muchas veces aparece, igual que el deseo de comer chocolate, de manera caprichosa. A veces elijo el motivo porque quiero usar turquesa, porque me imagino dando una base de fucsia para que el verde con violeta de un alcaucil brille mejor.
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Estoy separada desde hace dos años. Tengo una casa que puedo usar como taller y dos noches libres por semana. También tengo deudas con la abogada que lleva el divorcio y cuentas que, por primera vez en mi vida, pago sola. La luz, el gas, internet, el club, la ropa para el colegio, la obra social, los libros escolares.
Nunca antes me hice preguntas sobre cómo generar dinero. Había un acuerdo tácito. Esas preguntas eran de él, pero ahora son mías. Y no quisiera tener que manejar un Uber. ¿Cómo se gana plata dibujando? ¿Cómo hacen otros dibujantes para pagar sus cuentas, de qué viven? ¿Heredaron sus casas? ¿Son mejores que yo armando presupuestos? ¿Mantienen hijos? ¿Qué estoy haciendo mal?
Aunque busco clientes con una desesperación casi vergonzosa, lo que consigo no alcanza. Nunca alcanza. Tengo el trabajo en la radio, eso me da un sueldo estable, pero es insuficiente. Dibujo agendas y textiles, vendo cuadros, voy a ferias, publico libros. Hago ilustraciones para pañuelos que se venden carísimos en los shoppings, para cuadernos y manteles. Pinto por encargo, fabrico lo que creo que puede venderse más, hago bocetos para complacer, uso los colores que me piden, hasta los que odio (como el violeta). Tengo un nutrido portfolio, una página web, doy clases. Pero nunca alcanza. La abogada del divorcio me vampiriza, el conflicto financiero con el padre de mis hijos escala exponencialmente con niveles de pelea a los que jamás pensé que llegaría. Se acumulan deudas. Me costó tanto llegar hasta acá que no quiero posponer mi vocación otra vez. Pero uno nunca se equivoca queriendo equivocarse. ¿Qué decisión estoy tomando ahora que podría llevarme por un camino errado, que lamente en el futuro?
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Fui a hacerle preguntas a Istvansch, un ilustrador. Musculoso, histriónico, debe tener cerca de 60 años, pero parece de 30. Fue uno de los primeros dibujantes argentinos en lograr que su nombre estuviera en la tapa de los libros que ilustraba al lado de la firma del escritor. Tiene muchos libros publicados. Es dueño de un estilo propio: recorta papeles, arma escenas con plenos de color cortados a mano, les saca fotos, deja que las sombras colaboren con la composición. Hace 20 años, su manera loca de dibujar con papelitos fue furor, pero hoy podría perfectamente hacerse con Photoshop, aunque él sigue recortando a mano, para perplejidad de sus editores. Hace años, cuando mi primer hijo era bebé, tomé un taller en su casa. Fue él quien me introdujo en el mundo de los libros álbum (un libro en el cual la imagen y el texto son inseparables uno de otro). Recuerdo sus clases con el halo dorado de lo iniciático: Istvansch nos esperaba con té, budines y una pila de libros. Durante dos horas, en el living de su casa, leía actuando, haciendo voces, nos mostraba autores que llevaban la tecnología del libro hasta sus límites. Era potente y muy conmovedor. Ahí descubrí ilustradores y escritores a quienes no había escuchado nombrar jamás y aprendí que no hacía falta dibujar perfecto (ni increíble, ni demasiado bien), mientras se tenga claro qué se quiere decir. El trabajo final del taller era construir una maqueta lo más cercana posible a un libro álbum. Apelé a mi formación, investigué y escribí sobre la historia de los colores. Istvansch me dijo que el texto estaba publicable, pero los dibujos no. Me destrozó, tenía razón. Pero él no recordaba su antigua crítica y, aunque mis ilustraciones de ahora le parecieron estupendas, lo encontré desencantado, como si se le hubiera bajado el volumen a su entusiasmo. Había dedicado toda su vida a los libros, no tenía hijos ni pareja, viajaba por el mundo, era un pionero del rubro, socio fundador de la Asociación de Dibujantes de Argentina, y no parecía conforme con el lugar que había logrado ocupar. Le pedí un consejo concreto: ¿cómo puedo mejorar mis ingresos dibujando? Me dijo que debía buscar un agente o una editorial, porque era la única manera de llegar al mercado europeo y asiático. “Pero no lo vas a conseguir mandando mails desde acá, no te dan bola. Para eso tenés que ir a Bolonia. Hacelo, yo te tengo mucha fe”.
Bolonia: la feria profesional de libros ilustrados más importante del mundo. Pasaje, estadía, comida suman, por lo menos, 3 000 dólares. ¿Gastar miles de dólares cuando vivo con la cuenta en cero?
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Lo hablé en terapia y me convencí de que “mis hijos serán felices si su madre se siente realizada”. Hice listas: debo llevar un proyecto de libro lo más acabado posible, dos portfolios (uno editorial y otro comercial), 500 postales y varias tarjetas ilustradas. Revisé las 1 000 editoriales del directorio de la feria y mandé 114 mails. Tardé 18 horas en total, me respondieron 30. Conseguí 12 citas esparcidas durante los cuatro días de feria.
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Si la poesía tuviera un antónimo sería el lenguaje legal. La abogada me mandó un mail, en el que usó las palabras cautelar, traslado, provisional. Me desaconsejó viajar. Me explicó que “la verdad jurídica” debe ser sostenida con actos y que yo voy a tener que probar que tuve menos oportunidades laborales que él. Que debo comportarme de acuerdo con la estrategia que estamos planteando juntas, de demostrar que aún hoy me ocupo más tiempo de mis hijos. Me dijo que, para conseguir lo que corresponde, no me conviene decirle que los cuide durante una semana, ni me conviene viajar al exterior por trabajo. Que lo más probable es que tenga que iniciarle juicio por alimentos y que eso costará mucho dinero. Mucho más dinero. “Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional”, me dijo.
Durante nuestros años de convivencia, el trabajo más importante era el de él. Él ganaba más plata. Él tenía una vocación periodística inquebrantable desde los seis años. Él anteponía el diario o la radio o la tele a la pareja, a los hijos, a dormir o ir al médico. ¿Cómo se traduce todo eso al lenguaje legal? Me imaginé 100 veces sus argumentos. Mientras me bañaba o revolvía el arroz, pensaba que él alegaría que yo había pospuesto mi trabajo por decisión propia, que había tenido hijos porque quería tener hijos, que no ganaba más plata porque no era capaz y porque no había trabajado tan duro como él.
Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional, pero ¿cuándo lo fue? Bolonia va a suceder, a pesar de los consejos de la abogada.
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Pido un préstamo. Saco pasaje. Alquilo un departamento a una hora de caminata del lugar en el que se lleva a cabo la feria. Preparo una valija pequeña porque despachar equipaje es demasiado caro. Llevo poquísimas cosas, la mitad del carry on está ocupado por los dibujos para la feria y la otra mitad por un par de conjuntos de ropa y un botiquín ridículamente grande. El día de la partida me cuesta despedirme de mi hija pequeña. Extiendo erróneamente la agonía yendo a desayunar con ella antes de dejarla en la escuela. Se la entrego a su maestra, que la recibe con un abrazo. Mi hija, que se llama Nina, me mira y llora. Muchísimo. Y yo siento ganas de cancelar todo. Pero me voy.
Tengo una fascinación patológica por hacer todo a último minuto. En un café del aeropuerto termino de ajustar los portfolios, de recortar las postales. También envuelvo con papel de seda el proyecto que hice para mostrar en la feria. Son 30 dibujos pintados a mano que salieron con una velocidad que me produce desconfianza. Creo que si me hubieran costado más esfuerzo sentiría que son mejores. En la fila para subir al avión detecto dos ilustradoras que también van a Bolonia, a la feria, deben tener unos 20 años. Las envidio por poder hacer este viaje tan al principio. ¿Al principio de qué?
Sé, con solo mirarlas, que no son madres.
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En el avión tomo somníferos, miro películas, leo. Mis piernas no entran, me duele la cintura y hay turbulencia, pero yo me siento flotar. Nadie me reclama ni me pide upa. No hablo durante horas. No tengo que arrastrar mochilas ni desplegar juguetes ni prever el hambre o las necesidades fisiológicas de nadie, salvo las mías. Todo parece tan sencillo.
Paso brevemente por el aeropuerto de Roma y nada, ni la demora en migraciones, ni la fila absurdamente larga para tomar un taxi, me fastidia ni disminuye mi exaltación. Cuando al fin entro al departamento que alquilé me hago un café, me doy un baño. No aviso a mi familia en Buenos Aires que ya llegué. No cargo el teléfono, que se quedó sin batería. No lo conecto al wifi para saber cómo están mis hijos sin mí. Salgo a caminar.
Bolonia es naranja, está llena de arcos, recovas y postigos verdes. Todo me deslumbra, los alcauciles, las persianas, los gritos de los italianos y sus boinas azules, los grafitis. Querría sentarme a dibujar.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional.
El supermercado es barato, voy a todos lados caminando. Ese día almuerzo pastas, tomo Aperol, ceno helado. Me siento en los escalones de una iglesia, trago ristrettos de un euro. Nadie me habla. Me compro una remera blanca para ponerme al día siguiente. No sé hablar italiano, gesticulo, mezclo palabras, soy un papelón, me río sola.
A la noche no me puedo dormir. Consumo doble dosis de somnífero y nada. No puedo dejar de pensar en cada centímetro de océano profundo que me separa de mi casa, de la casa de mi ex, donde imagino a mis hijos dormidos. Me pregunto si tendrán fiebre, si estarán bien. Entre ellos y yo hay un mar, agua negra, profunda, infranqueable.
A las siete de la mañana apago la alarma antes de que suene y camino una hora hasta la Bologna Fiere, un par de kilómetros hacia las afueras de la vieja ciudad amurallada.
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La feria dura cuatro días, 10 horas cada día. Sabía que era enorme, pero es inabarcable y laberíntica. En la entrada hay unos paneles blancos donde los ilustradores podemos dejar un dibujo que nos represente y algún dato de contacto. Se supone que los editores y agentes recorren estos muros en busca de dibujantes nuevos para sus proyectos. Hay decenas de personas de entre 20 y 30 años hablando en varios idiomas a la vez y tratando de colgar sus postales. Pero este año el material con el que confeccionaron el muro blanco es demasiado poroso y las cintas no se adhieren. Los dibujos caen al piso, vuelan entre la gente. Es trágico: está en la entrada de la feria y todos los que pasamos por ahí los pisoteamos sin querer. Sigo siendo tan atea como a los ocho años, no soy supersticiosa, pero es inevitable no ver esto como un mal augurio.
Entro al predio apurando el paso porque mi primera cita es temprano. Me cuesta muchísimo ubicarme y empiezo a transpirar mi remera blanca fabricada con demasiado poliéster: no logro entender dónde está el Survival Corner (así se llama la zona de los ilustradores). Quiero sentarme en el piso y llorar. Estoy perdida. Me costó tanto estar acá. Soy una estúpida. Doy vueltas en redondo y no entiendo el italiano ni los mapas. Jamás voy a encontrar al señor con el que debo reunirme. Me volveré a Buenos Aires endeudada a buscar trabajo en una fábrica de pastas. Al final respiro, miro un cartel durante varios minutos, me ubico y llego a tiempo.
Me recibe Beatrice, una italiana con la que venía conversando por mail. Tiene una carpeta en la mano, un kimono de colores y un diamante incrustado en un diente. Me anota en una lista, me dice que espere. Hay seis mesas blancas, con cartelitos que indican el nombre de quien hace la revisión de portfolio y un plato con caramelos de limón. La primera reunión la tengo con un indio que habla en inglés pastoso, tiene una compañía de videojuegos y no le interesa nada de lo que le muestro. Pero no tengo ni tiempo de desanimarme. La segunda cita es con una yanqui que me pide ver más y más dibujos, parece entusiasmada, pero de una forma rara, como derretida. Me pide dibujos de Jesús. No tengo. A la tercera revisión, con una artista polaca, saco los proyectos de mi bolso en automático, repito en inglés quién soy, de dónde vengo. La artista polaca se da cuenta de mi agotamiento y me alienta de una forma dulce, me ofrece un caramelo de limón del platito que está entre nosotras y habla de mi trabajo. Me elogia con mesura y al final me regala un imán con un dibujo suyo: es un dios egipcio, con cara de perro y traje, sentado en un tren sobre un fondo rojísimo. Es magnífico.
En algún momento, el día termina.
Al día siguiente, cuando vuelvo, ya sé dónde doblar apenas entro y también detecté dónde comprar café y algo parecido a una medialuna. Entro al Survival Corner con tiempo para tomar tranquila mi ristretto. La primera reunión de la mañana la tengo con Karen, una colombiana que hace vestidos ilustrados. Son unos trajecitos infantiles preciosos que traen un código en la etiqueta que, al escanearlo, lleva a una grabación de un cuento infantil. Cuando me siento frente a ella me dice (al fin en español) que está menopáusica, que necesita un poco de aire frío y fumar. Me desconcierta, pero la sigo mientras sale del sector de las reuniones. Beatrice, la del diamante en el diente, intenta explicarle, en italiano, que no me puede sacar así de la sala. Yo la tranquilizo, en inglés, y corro afuera, detrás de la colombiana acalorada. Hacemos la reunión en un pasillo exterior, al lado del baño. Un poco incómoda, pero entre risas, saco mis portfolios de la cartera y también agradezco el aire frío. Ella fuma un cigarrillo electrónico y mira mis carpetas. Charlamos y queda encantada con mis trabajos.
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La feria tiene miles de stands con libros. Son demasiados, pero por una vez evito hacerme preguntas desalentadoras como a qué vine, para qué lo intento (pero ¡¿a qué vine, para qué lo intento?!). Cuando no estoy en el sector de revisiones de portfolio, deambulo por otros stands buscando contactos con editoriales. En algún momento me cruzo con las ilustradoras jovencísimas del avión, las veo caminar despacio y cansadas. Yo no siento el cansancio, estoy a la pesca.
Durante el día no tengo tiempo de pensar en nada que no sea la feria, el trabajo, las revisiones de portfolio. Miro el teléfono solo para buscar cómo se dice tal o cual palabra en italiano. A la noche, apenas me meto en la ducha, siento una punzada de culpa por no haber pensado en mis hijos. La ahuyento repasando mentalmente mi agenda del día siguiente, pensando qué me voy a poner, con quién me falta conversar, cuánta plata me queda.
Nunca los llamo.
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Una noche, a la salida de la feria, aunque ya no siento las piernas de tanto caminar, en vez de volver al departamento voy al centro estudiantil de Bolonia. Recorro las calles empedradas hasta el edificio de la universidad más antigua del mundo (es del año 1000). Hay bares, juventud y muestras de arte. Me meto en una exhibición de Joëlle Jolivet, una ilustradora francesa, porque escuché una conversación en la cola del baño de la feria entre dos chicas que la elogiaban.
“Troppo di Tutto”, se llama la muestra. Jolivet dibuja 1 000 pingüinos, 1 000 vistas de Bolonia, 1 000 imágenes del cuerpo humano. Estampa figuras en grabado, como si fuesen sellos, para multiplicarlas. En las paredes se exhiben las matrices de sus linoleografías. Jolivet es una entusiasta. Todo, mucho. Me compro un libro enorme, que no sé cómo voy a acarrear, con dibujos desplegables del cuerpo humano. Me enloquece la técnica de la francesa: agarra un tema (el cuerpo, la ciudad, un animal) y lo examina con su lápiz hasta diseccionarlo por completo. Me da envidia, quizás admiración. ¿Tendrá hijos?
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Nina, mi hija, me hace una videollamada desde el celular de su niñera. Antes de irme le había preparado un calendario con un regalo pequeño por día (zonceras, caramelos, un lápiz). Esa tarde, al llegar del colegio, abrió su regalo y se encontró con una libreta y una notita que le pedía que dibujara lo que estaba viviendo mientras yo estaba lejos. Ahora quiere mostrarme lo que dibujó. Apenas la veo en la pantalla borrosa del celular noto que tiene lastimada la nariz. Un raspón rojo, una cascarita de dos milímetros, por completo inofensiva. Cuando veo su sangre seca tengo que contener un sollozo exagerado e improcedente. Pocos segundos después de estar hablando me doy cuenta de que ni ella ni yo estamos felices de vernos. Yo no tengo la cara lastimada, pero quizás se me nota algo, una distancia. Enmudecemos. Cuando quiero hablarle de Bolonia, me sale una voz demasiado aguda. La conversación es breve. No la llamo más. En los días que siguen, ni siquiera le pregunto a mi ex cómo están mis hijos.
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El último día, horas antes del cierre, los editores a cargo de los stands empiezan a guardar libros en cajas. Algunos los regalan o los venden muy baratos para no acarrearlos de regreso. Me hago de un libro sobre peces de colores y otro de huevos fritos con el fondo espejado. Le escribo a la colombiana para saludarla antes de irme, y me invita a almorzar. Vamos a un restaurante en la entrada del predio. Ella fuma, pide prosecco, una torre de mortadela, tiramisú, ristretto. Yo agradezco que hable español y hago uso de mi verborragia. Para mi enorme alivio, paga la cuenta. “Estás invitadísima”, dice sonriente. ¿Eso quiere decir que me va a contratar?
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Todo termina demasiado rápido. Me tomo el tren hasta el aeropuerto y, antes de subir al avión, me escribe Karen. Me encarga seis ilustraciones para dos vestidos de su marca. Le paso un presupuesto que tiene menos que ver con el tiempo y la calidad del trabajo que con las circunstancias: es lo que me costó el viaje. Acepta. En el aeropuerto de Roma me gasto la plata que me queda en regalos para mis hijos.
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Cuando llego, los busco en la escuela y me abrazan, me cuentan sus días sin mí. Salvo por el raspón de Nina, y por algunos piojos, están sanos, felices, a salvo. Cuando yo quiero contarles cosas de Italia, cambian de tema, no les interesa nada de lo que viví sin ellos. ¿Será que perciben que en verdad no los extrañé?
Mi madre estudió Arquitectura, igual que mi abuela, pero jamás ejerció. Conoció a mi padre a los 21 años y la fascinó su amor por el periodismo. Cuando nos mudamos a Córdoba, mi mamá empezó a trabajar con él. Fue su productora, tuvieron un programa de televisión. Cuando volvimos a Buenos Aires, mi madre se convirtió en directora de prensa en una agencia de publicidad y, desde hace muchos años, tiene su propia consultora. Cada vez que ella volvía de viaje (de España, del festival de publicidad de Cannes, de una inauguración en Venecia) nos decía que no nos había extrañado. Compraba regalos, siempre exagerados, siempre magníficos, pero nos decía, cada vez que volvía de viaje: “No, no los extrañé”. Ni siquiera ahora, que la experiencia me hace entenderla, comprendo por qué lo hacía.
La noche de mi regreso, a mis hijos, les miento. Les digo cuánto y cómo los extrañé. Les cocino milanesas, les ordeno las mochilas, les paso el peine fino para sacarles los piojos.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional. Pero pasa el tiempo y esa sensación no desaparece. Hasta que entiendo que, con un poco de suerte, va a permanecer en mí.
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Después transcurren los días, las semanas, los meses. La rutina suaviza el impacto de la llegada. El despertador temprano, la corrida al colegio, el trabajo. La merienda, la tarea, la ropa lavada, el baño, la cena, la tele. Yo dibujo. Sigo presentando proyectos a más y más editoriales. Todas me rechazan: “El proyecto es interesante, pero no es lo que estamos buscando”; “Somos una editorial pequeña y publicamos solo dos libros al año, en este momento estamos interesados en otro tipo de proyectos”. No me desespero. Siempre se trató y se trata de lo mismo: de acumular rechazos, de seguir dibujando hasta que alguien diga: “Sí”.
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Dibujar como una forma de protección ante los desajustes profundos de la vida en sociedad: tal estrategia puede tomar años de perfeccionamiento.
Me gustaría saber si se arrepienten. Si algún día van a arrepentirse. Cuando estoy con mujeres que no son madres, sobre todo cuando las veo holgadas de tiempo para pintar, escribir o leer, siento una curiosidad oscura. Lo único tan irreversible como sacar un hijo de adentro es no haberlo hecho. ¿Les daré a ellas la misma curiosidad inexpresable? Nunca conocí a una madre que confiese haberse arrepentido.
A mí el deseo de ser madre me gritó tan fuerte que no pude escuchar nada de todo lo demás. Quiero un bebé que sea mío. Quiero un bebé de verdad. Quiero tener un bebé en la panza y parirlo y darle leche y bañarlo y ponerle talco y hacerlo reír dándole besos. Quiero 1 000 bebés.
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Los primeros 10 años de mi vida los dediqué a dos cosas: jugar con bebés de plástico y dibujar.
A principios de la década del noventa mi papá se quedó sin trabajo. Yo tenía cinco años, mi hermana era bebé y mi hermano tenía siete. Mi padre había sido despedido de atc, la televisión pública, mi madre prácticamente no trabajaba. Entre las escasas ofertas laborales optaron por una: el dueño de un diario de Río Cuarto, una ciudad pequeña de la provincia argentina de Córdoba, le ofrecía dirigirlo. Prometían casa, comida y escuela privada para nosotros, como parte del sueldo, y la decisión fue mudarse inmediatamente. Atravesé la escuela primaria rodeada de compañeras fanáticas del hockey, de andar en bicicleta y de correr ahuyentando teros y clavándose abrojos. Todo era celeste, verde, celeste, verde, celeste, verde.
Yo prefería los interiores. Crecí sintiéndome inadecuada, pero se trataba de una incomodidad que lograba diluir cuando estaba sola. Jugaba en mi habitación durante horas: ponía a los bebés de plástico a dormir en sus cunas fabricadas con cajas de cartón, los tapaba con retazos de tela, les daba de comer papillas invisibles. Cuando necesariamente debía estar con otras personas (la mayor parte del tiempo cuando se es niño), empecé a percibir el germen de lo que sería la revelación de mi vida: dibujar era una forma muy efectiva de estar con la gente sin la gente. Llenaba papeles con personajes, escribía, ilustraba cuentos, hacía garabatos inservibles, bocetos rápidos y otros en los que me demoraba horas. Dibujaba en clase, en los recreos, en el despacho de mi papá (en la redacción del diario siempre sobraba papel), en mi casa cuando volvía del colegio. Yo, con cinco, ocho, 10 años, pasaba muchas horas sola jugando con bebés de plástico y dibujando. Las tardes eran largas, mi mamá llegaba a las siete u ocho de la noche de trabajar (en esa época trabajaba con mi papá) y él volvía más tarde aún, cuando yo ya dormía. La casa era grande, tenía un persistente olor a humedad que en verano quedaba enterrado en el humo de la espiral para ahuyentar a los mosquitos. Mónica, una empleada que nos cuidaba a mis hermanos y a mí cuando volvíamos del colegio, vivía con nosotros y doblaba ropa mientras miraba telenovelas.
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¿Cuándo se descubre una vocación? ¿Qué pasa si la vocación no necesita ser revelada, sino atendida? Quiero decir, cuando el llamado suena, pero nadie lo responde. Cuando esa inclinación natural, ese entusiasmo inexplicable, es atropellado por algo como la maternidad. Tenía 27 años cuando tuve mi primer hijo; 35 cuando empecé a dibujar profesionalmente. Si no hubiese sido madre, ¿hubiese dibujado más, mejor? ¿Antes?
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No creo en el talento. Dibujar bien no es difícil, basta con hacerlo todos los días durante toda la vida. Observación y tiempo. La mímesis es el menor de los problemas, lo fundamental es una cuota importante de ceguera ante el fracaso. Mi mayor descubrimiento fue darme cuenta de que debía seguir adelante con el dibujo, incluso después de sentir que ya lo había arruinado. La epifanía sucedió en un taller de arte experimental, cuando tenía 32 años y un hijo de cinco. Los jueves a la noche había logrado escapar del hogar (siempre dejando las milanesas hechas) para ir al taller de dibujo. Allí entendí cómo pasar la rompiente: había que nadar un poco más hondo, sin dejar que la ola te dejara fuera de juego. Seguir y seguir, y al rato asomar la cabeza. Sé que no es ninguna receta extraordinaria, sino algo bastante evidente sobre la perseverancia que se puede aplicar a casi cualquier cosa. Al silenciar la frustración, los dibujos ya no eran exactamente como yo deseaba, eran libres de ser como ellos querían (o podían). El estilo, la voz, eso que no tiene nombre, eso que hace que lo que hago sea mío, que está dentro y fuera de mí al mismo tiempo, llegó de repente.
El taller de dibujo experimental lo dictaba Verónica Gómez, una artista que conocí mientras trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Al taller se iba a dibujar. Cada uno llevaba los materiales que quisiera y dibujaba lo que tuviera ganas. Algunos hacían dibujo abstracto, otros le pedían ejercicios a Verónica. En mi primer día, ella me alcanzó un libro de patrones textiles rusos y me dijo: “Copiá alguno”. Yo le saqué el celofán a una libreta Moleskine apaisada, con buena apertura y hojas de 200 gramos. Tardé más de un año en completar todas sus dobles páginas de 45×15 centímetros. Hoy atesoro esa libreta y otras iguales. Algunas tienen patrones botánicos, otras collage, calaveras, corazones anatómicos, langostas, pingüinos, copias del conejo de Durero, copias de las manos de las acuarelas de Bourgeois, gatos negros de tinta china, limones, paletas saturadas de amarillos, rosados, aguamarinas, pulpos, casas, muchas casas. Dibujé sin pensar y las llamé “libretas inútiles”. No las usé (ni las uso) para bocetar trabajos, nada que tenga potencial de convertirse en otra cosa (un patrón para vender, un cuadro o un libro). Las abro solo cuando me dispongo a dibujar por el mero hecho de dibujar. Muchas veces funcionan como diarios. Desde ese taller jamás abandoné el hábito de las libretas, me puede llevar varios años completar cada una, a veces pasan meses sin que las toque, pero siempre tengo una Moleskine a medio empezar. El día que murió mi abuela (a mis 40) fui a su casa antes de que la funeraria se llevara el cuerpo. Estaban mi mamá y su hermana, sentadas en el living, esperando. Recorrí la casa en silencio y me guardé en el bolsillo un encendedor naranja que estaba en la cocina junto con una pila de encendedores acrílicos (había al menos 20). Mi abuela fumó un atado de cigarrillos desde los 14 hasta los 90 años. Esa noche, cuando volví a mi casa, dibujé el encendedor en una página de la Moleskine. Todavía tenía la carga completa, tardé horas en lograr con acuarela los destellos tornasolados del plástico naranja mezclados con el gas líquido.
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Al poco tiempo de ir al taller de Verónica quedé embarazada de mi segunda hija y perdí el territorio conquistado de los jueves a la noche. Pero no dejé ese bolsito con materiales transportables que podía tener conmigo cuando estaba sentada en el piso dándole palmadas en la cola al bebé esperando a que se durmiera, o en la plaza mientras fingía que miraba a mis hijos tirarse del tobogán por vez número 1 000.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales? Dibujar para abstraerme, igual que en Río Cuarto; 22×15, esa es la medida de cada libreta. ¿Será que me cuento todo esto del ahogo maternal como una excusa y en verdad intentar ser dibujante y fracasar me daba demasiado miedo?
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Si el silencio fuera salud, yo debería estar muerta. A mí me enseñaron a hipercomunicarme. Todos en mi familia son locuaces y articulados. Mi madre por mera vocación, mi padre por periodismo, mi abuela adicta al cigarrillo por pura neurosis. Nos hablan, se hablan, me hablan. Mis hermanos ahora viven en otros países y yo hablo con ellos un promedio de tres horas semanales, económicamente posibles gracias a internet. Mis padres hablan con ellos otras tantas. Hablo con distintos grupos de amigas a las que canso de manera rotativa, hablo con mi terapeuta, hablo en el trabajo, hablo con mis hijos. Tengo pasión por las largas sobremesas o las eternas charlas de almohadas. Como pareja soy insufrible, necesito hablar, no sé cerrar las discusiones, aun cuando percibo el instante preciso en el que el otro se hartó de mí. Los entiendo, los compadezco, pero no sé callarme.
Discuto, argumento, opino, cuento. Hablo, hablo y hablo. Doy rodeos, me contradigo, dudo. Hablo demasiado desde que aprendí a hacerlo. Hay, en la casa de mis padres, decenas de cassettes grabados, en los cuales mi papá me hace preguntas. Se puede escuchar mi voz aguda contando cosas sobre mi maestra, mis compañeritos de jardín, mi angustia por Monincho (el oso perdido en un barco en un viaje a Uruguay), mi primera visita al dentista. En los cassettes grabados durante mi vida en Córdoba desplegaba una solvencia tan tierna como exasperante.
Cuando dibujo también hablo demasiado. No sé explayarme con paletas reducidas. Me dan tanta envidia Liliana Porter y sus blancos elocuentes, como aquellos que saben guardar secretos o que no sienten necesidad de embuchar el silencio con ruidos innecesarios. Yo me expreso por horror al vacío. Siempre puede haber una mancha más, un color más, una línea más. Por eso se me da mejor dibujar con medios acuosos, porque la mancha, igual que yo, se explaya, se estira hasta dar con su propio borde.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales?
Dibujo muchas plantas y flores, son una manera de hablar mucho dibujando. Vegetación que se estira hasta los límites del papel, cubriendo todo. Hojas verdes enredándose unas con otras, proyectando sombras, armoniosas en un desorden abarrotado. Dibujo con pentimentos, es decir, haciendo muchas líneas suaves (arrepentimientos) hasta entender por dónde va la línea que quiero que sea la definitiva. No todo el mundo dibuja así. Algunos, como Rubens, dibujan de un trazo y casi sin levantar la carbonilla de la tela. Entienden los volúmenes, las sombras. Yo necesito 1 000 intentos, probar con la mano, ajustar con el ojo. Igual que cuando hablo con mi terapeuta, con mis amigos o con mi pareja, hablo de más hasta dar con la pulpa del pensamiento puro. Tiro líneas para encontrar la línea correcta. Para eso uso siempre un par de lápices duros (un H, por ejemplo) y una goma de caucho, que puedo pasar para hacer suaves las líneas arrepentidas y marcar con un gris más fuerte aquella que será el contorno de lo que sea que esté intentando descifrar. Debajo de la figura hay líneas de un gris más suave, con variaciones milimétricas. Después vienen la pintura, las tintas, los crayones, los pasteles y los marcadores. Jamás acato la manera correcta de aplicar una técnica, ni siquiera la acuarela. La forma de usarla bien es mediante transparencias: una capa fina de acuarela y luego otra hasta que el color va tomando profundidad. Entonces la claridad, la luz, el blanco, lo dará el papel que no haya sido pintado. Pero yo no la uso así, no respeto nada. Pinto con acuarela y arriba puedo aplicar blanco con marcador acrílico o con gouache. Mientras el grosor y la calidad del papel lo permitan, todo vale.
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Elegí libremente ser madre. Tenía 27 años. Estaba convencida de que era mi deseo más profundo, de que siempre lo había querido. ¿De dónde salió eso? ¿Fue un mandato? ¿Fue un llamado interior? La maternidad organizó mi tiempo: en los espacios que quedaron mientras no parí, amamanté, fui a buscar a mis hijos a la escuela, les di de comer, los llevé al pediatra, a fútbol, a cumpleaños, a casas de amigos, entre reuniones de padres, baños, cuentos para ir a dormir, tareas de matemática, ahí, en los huecos, sobrevivieron mis lecturas, mis pensamientos, mis garabatos. No supe construir un cuarto propio, estaba ocupada en cuartos ajenos. ¿Acaso mi vida atrasa 100 años?
La maternidad también organizó mis dibujos. Si no hubiese sido porque tenía que hacer la comida, llevar al club, a la plaza, quizás en vez de acarrear siempre unas acuarelas en el bolso podría haberme dedicado a pintar durante tardes enteras en mi casa. En lugar de eso, en el mientras, puedo dibujar con acuarelas, lápices, marcadores y lo que entre en una cartuchera. Para el óleo, la técnica de los artistas de verdad, con solemne olor a trementina y tiempos eternos de secado, se necesita un cuarto propio. Y una soledad que por ahora no tengo.
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Nunca me cayeron bien las mamis de fútbol. Aunque tal vez podría terminar la frase antes, porque tampoco me simpatizaron las del cole o las del jardín. En general me disgusta estar en situaciones con otras mujeres donde somos “las mamás”. Parimos más o menos al mismo tiempo, en la misma ciudad, y nuestros hijos van al mismo club o al mismo colegio. ¿Es razón suficiente para generar una amistad?
El club, además, siempre me resultó extranjero. De niña no aprendí sus reglas de selva urbana, porque crecí en el campo. En Córdoba no había clubes, no hacían falta, los niños salían solos y jugaban a la pelota en cualquier descampado usando bollos de ropa para marcar los arcos. Y no lo digo con añoranza, porque nunca me gustó la vida cordobesa.
“¿A qué club vas?”, preguntan. Como si acaso eso significara algo. Me anoté en el club que me quedaba cerca y nos mudamos a este barrio por la escuela de mis hijos. Es un club como cualquier otro, es grande, tiene un lago artificial, varios patos y un buffet con luces de tubo, café malo y excelentes tostados. Héctor y Majo, los mozos, me saludan y charlan con mis hijos como si fueran vecinos o amigos de la familia. Quique, en cambio, es demasiado preguntón. Nunca me siento en las mesas que él atiende porque encuentra la manera de sacarme datos para chismosear.
La mayor ventaja del club es no ver a mis hijos. Solo se acercan a mí para pedirme plata o porque se lastimaron. Al principio también venían a contarme que alguien los había molestado, pero aprendieron pronto que, en ese territorio, yo carecía por completo de autoridad sobre sus coetáneos. En el club se ensucian, se ensangrientan, se rompen la ropa, comen porquerías y se hacen amigos. Ellos se hacen amigos, yo no. A veces corro alrededor del lago, sola con mis auriculares. Pero no practico ningún deporte y mucho menos uno de equipo. En la primaria me obligaban a ir a hockey. Yo jugaba pésimo. Entonces me llenaban de cosos de telgopor y me mandaban al arco, humillada, con el aspecto de un pote de helado.
Sin embargo, no padezco el club porque, una vez más, puse en práctica lo que entendí cuando era muy chica: que la forma de protegerme contra la inadecuación social es dibujar. Voy al club con una bolsa bastante grande en la que llevo un bloc, hojas, un vasito, una cartuchera con dos lápices, goma de caucho, dos pinceles de diferentes tamaños y una paleta desplegable en la que, ya secas, pero siempre listas para revivir, hay decenas de acuarelas profesionales de tubo (marca Winsor & Newton y Van Gogh). En otra bolsa llevo el mate y una botella con agua para llenar el vasito en el que mojo los pinceles. Paso largas horas en el club los martes, los jueves y los fines de semana. Cuando voy por la mañana empiezo en el buffet, desayuno y luego de un par de horas me mudo a “la isla”, un lugar estratégicamente alejado de los juegos infantiles, porque los niños sienten una atracción insoportable cuando me siento a pintar y, como nunca tienen a los padres cerca que les digan “No molestes a la señora”, me tocan las cosas o, peor aún, me hablan (alguna vez les dije “Rajen de acá”, como a los perros).
En el club me concentro como en ningún otro lado, porque sé que, si no estuviera pintando, ese tiempo muerto me resultaría denso e insoportable. En cambio, así, a cada segundo de entrega maternal le estoy exprimiendo algo para mí. Por eso puedo estar horas con la misma acuarela hasta lograr el tono, la transparencia, la calidad que quiero.
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Una tarde de sábado, cuando tenía 11 años y medio, en un anochecer de invierno, mis padres nos sentaron a mis hermanos y a mí en la cama matrimonial de la casa húmeda de Córdoba para contarnos una noticia. Yo era una niña con una profunda convicción atea, pero sentí la necesidad de practicar algo parecido a un rezo y empecé a rogar hacia adentro: “Por favor, por favor, que no sea otro hermanito”. Y no es que dos hermanos fueran demasiados, pero eran suficientes. Yo, a los 10 años, era sistémicamente maternal con mi hermana cinco años menor y la cuidaba con una dedicación absurda, mientras mi hermano mayor vivía en su propio planeta.
Mi mamá escuchó mi murmullo y entonces soltó sin preámbulos la noticia: “Nos volvemos a Buenos Aires”. No tengo claro si por alivio o desconcierto, lloré. El sonido de mis sollozos sorprendió a todos, incluso a mí misma. Nada podía calmarme. Usé un rollo entero de papel higiénico, que me alcanzó mi papá para que me secara las lágrimas y me limpiara la nariz. “¿No era lo que más querías, Micaelita?”, me preguntó preocupado mientras se enrollaba en la mano una tira de papel. Le respondí que sí y que, aunque no sabía bien por qué lloraba, era la mejor noticia que había escuchado en mi vida.
Volvimos a Buenos Aires por la Ruta 8, esa que había recorrido todos los veranos para visitar a mis abuelos porteños. Mis padres habían decidido que era hora de darme un baño de identidad y me inscribieron en una secundaria judía, que quedaba en plena capital, bastante lejos de la casa a la que nos mudamos, en la zona norte del Gran Buenos Aires. A mí no me importaba despertarme a las seis y media de la mañana ni tomarme dos colectivos todos los días con tal de no ver vacas por la ventana del aula. Todo en esta nueva vida urbana me daba placer: la gente desconocida, la Panamericana embotellada, el colectivo 60 lleno, los vendedores ambulantes y los panificados callejeros en canastos de mimbre. Había violetas eléctricos, naranjas, verdes gastados, destellos de un carmín hipnótico. La ciudad era multicolor.
Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio.
A mis 15, mis padres me regalaron una habitación. Cerraron un pasillo con una pared de durlock y dejé de compartir el dormitorio con mi hermana. Pinté la pared de mi cuarto de verde. En la planta baja de la casa, donde originalmente estaba el garaje, armaron una oficina, donde pusieron la computadora que usaba toda la familia. Cuando los demás dormían, yo conectaba un parlante en mi habitación y me escabullía a la computadora para bajarme música con un programa trucho, para luego transmitirla en el parlante de mi cuarto, que hacía unas interferencias espeluznantes. Pasaba despierta noches enteras, dibujando y escuchando música. Mi gusto era ecléctico: Piazzolla, Chopin, Fito Páez, Manu Chao. Siempre envidié a esos adolescentes que seguían a bandas o cantantes cool, que se fanatizaban con el rock canchero y lo presumían en sus mochilas intervenidas. Yo escuchaba cualquier cosa mientras pintaba sin parar. Tinta china sobre acetato, birome en cartón, acrílico, marcadores. Instrumentos, desnudos, abstracciones. Leía a Cortázar, a Simone de Beauvoir, a Flaubert, a Felisberto Hernández. Entre libros y dibujos me sentaba en el borde de la ventana y fumaba decenas de cigarrillos negros. A la madrugada, sin que nadie me hubiera despertado aún, caminaba hasta la parada y me iba a la escuela. Dormía un rato en el colectivo antes de entrar a clase. Había empapelado todas las paredes de mi cuarto con mis dibujos. No fantaseaba con casarme ni con tener hijos. Mi sueño era ir a París, ver las pinturas de Toulouse-Lautrec y entender cómo hacía para pintar la luz con turquesa.
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¿Es razonable que a los 18 años alguien decida su carrera para toda la vida? Terminé el secundario, visité el edificio donde se dictaba la carrera de Bellas Artes. No sé si fueron sus paredes horriblemente blancas o las 1 000 materias interminables que prometía el programa, pero lo cierto es que algo me hizo alejarme y terminé inscribiéndome en Historia del Arte, una carrera teórica. Más de dos décadas pasaron desde ese momento y sigo preguntándome por qué decidí estudiar cómo pintaban otros en lugar de descubrir cómo hacerlo yo. Durante los años de facultad leí sobre pinceladas, carga matérica, composiciones, paletas de color, pero no aprendí nada sobre la dimensión sustancial de color, los tipos de barniz, las maneras de fijar un pastel.
En noviembre de 2006, con 21 años, en segundo año de la carrera, conseguí mi primer trabajo serio (no de moza ni de vendedora, como los que había tenido): guardia de salas en un museo. Era un museo histórico, periférico, chico y feo. El trabajo era tedioso. A los dos años pude pedir un pase interno a otro que pertenecía a la misma red y me interesaba más: el Museo de Arte Moderno. Allí trabajé en investigación y curaduría. Fueron años de oficina de 10:00 a 18:00. Sostuve Picassos, Ferraris, un Kandinski. Lidié con artistas, serví café, escribí textos para catálogos. Me aburrí.
A los 25 me casé. Tuve a mi primer hijo a los 27 y la segunda a los 32. En el museo trabajé más de 10 años. Cada primero de mes cobraba un sueldo. No era mucho dinero, pero el trabajo me permitía tomar largas licencias para parir, amamantar, cuidar. Apenas mis hijos crecieron un poco acomodé el horario para estar en el museo en horario escolar. Tuve que hacer tareas que me interesaban menos, pero podía ir a buscarlos al colegio. Usé las posibilidades del convenio de trabajo para hacer la adaptación al jardín, ir a sus actos, llevarlos al pediatra. Le hice la cena a mi marido, colgué ropa en la terraza, pasé tardes enteras buscando el par de cada media, doblando ropa, sacando piojos.
Una década más tarde, logré renunciar al museo, también pidiendo un pase, pero esta vez a una radio. Logré mantener el sueldo trabajando menos horas y ser periodista cultural me aburría bastante menos. Tengo 40 años y todavía conservo ese trabajo, con su sueldo fijo y una antigüedad que me permitiría jubilarme en un par de años.
Poco después de irme del museo, vino la pandemia. Y, poco después, el divorcio.

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En 2020, el encierro pandémico me hizo sentir Madame Bovary. Yo no había elegido ser maestra, ama de casa, esposa, y, sin embargo, todo eso estaba sucediendo. Por la fuerza. Mi marido era periodista y, como él sí corría con la ventaja del trabajador esencial, los únicos que en la pandemia tenían permitido circular por la ciudad, se iba todos los días a las nueve de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Yo, en cambio, trabajaba con Peppa Pig de fondo mientras lavaba, cocinaba, conectaba al Zoom a mi hijo que cursó cuarto grado en el living, le enseñaba a multiplicar, alimentaba, entretenía a mi hija de tres años. Como siempre, para no enloquecer, dibujé.
Una tarde encontré en Instagram un concurso de dibujo que organizaba un emprendedor. Mandé una foto de una acuarela con fondo de tinta china. Lo gané. El premio era una tableta para dibujar digitalmente. Aprendí a usarla con un par de videos que encontré en internet. Cuando me compraron la primera ilustración digital para imprimir en la tapa de una agenda (un ramo de flores fucsias sobre fondo turquesa), me di cuenta de que algo había cambiado. No era solo una changa, un encargo, el provecho de algo que igual hacía por gusto. No. Me habían pagado por dibujar. Y era algo que, además, podía hacer cuidando hijos. Mientras yo ganara plata sin alterar el funcionamiento del hogar, mi marido festejaba.
Muy de a poco, colonicé espacios. Ocupé la mesa del comedor para pintar, los estantes del living con cajitas de crayones, pomos y pinceles. Cada ingreso nuevo de dinero me animaba a usar un estante más.
Después de la separación, también conquisté un par de noches libres por semana, en las que los chicos dormían con el padre. No fue exactamente un cuarto propio, pero alcanzaba.
¿Alcanzaba? ¿Por qué tardé tanto? ¿Estoy a tiempo?
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A mi exmarido lo conocí en una fiesta. Yo tenía 21 años, usaba el pelo corto, recto, por arriba de los hombros, dejando ver mi cuello terso, joven, en perfecta tensión. Esa noche tenía puesto un jean, una remera negra sin corpiño, y era tan miope como ahora, pero me divertía salir de noche y estar borracha y no tener que ver. Entonces salía sin anteojos. Lo miré, vi poco, pero igual sonreí. Me miró. Era una coreografía sin peso, como un trozo de tela que baila con el viento. Le saqué el teléfono con tapita que tenía en la mano, lo abrí y agendé mi número. Me llamó al día siguiente al teléfono fijo. El hecho de que le hubiera dado el fijo lo sorprendió. Nos habíamos conocido en Puerto Madero, en la capital. Preguntó dónde vivía, y respondí que en Beccar, en el conurbano bonaerense, con mis padres. Hizo silencio. Me llevaba 10 años. Me invitó a un concierto, después a un bar, después al cine. Me empecé a quedar a dormir en su casa. Despejó un cajón, luego medio placard. Vivía en un monoambiente, a dos cuadras de la avenida Córdoba, en Palermo. Yo, al fin, me despertaba en un barrio con transporte público a mano y farmacias 24 horas. Él tenía un buen trabajo en un diario importante y una vocación de periodista impoluta (que yo admiraba y envidiaba por partes iguales). Mi sueldo en el museo era magro, pero me alcanzaba para ir al chino de la vuelta cuando salía de la facultad y comprar cosas para la cena. Jamás hablamos de plata. Él trabajaba, volvía del diario después del cierre, tarde por la noche. Yo lo esperaba con banquetes de patitas al horno y puré Chef.
Ya era una mujer, pero seguía jugando a la casita igual que a los ocho.
¿Cuándo dejé de sentir que era un juego?
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Dieciséis años después de estar viviendo juntos, él se enamoró de otra. En realidad, no lo sé. Solo pienso que es probable que se haya enamorado de otra. Tampoco me interesa demasiado. El problema no fue ese, sino otro: la maternidad me hacía invisible. Él había dejado de verme. Yo, de a poco, pasé a ser un electrodoméstico, algo que, cuando funciona bien, se hace imperceptible. Más que dolor me causó aburrimiento. Cuando se fue de casa me dijo: “Te estoy haciendo un favor”. Tardé poco en darme cuenta de que tenía razón.
Sin embargo, contarles del divorcio a nuestros hijos y rearmar la logística en dos casas distintas sí me dolió. Después, me costó menos meter un hombre a la ex cama matrimonial que hacer un asado en la terraza donde habíamos sido, los cuatro, una familia feliz.
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Un dibujo de unas manos, una acuarela de un pulpo, una pintura de nubes, un grafito de un escarabajo, una tinta de limones, un óleo de una langosta. “¿Por qué pintaste una langosta?”, me preguntaron una vez. “Porque no tiene nada que hacer acá, parece fuera de lugar, inadaptada, eso me gusta. Es como el teléfono surrealista de Dalí”, respondí con convicción. Pero era mentira. Dije lo que asumí que el que hacía la pregunta querría escuchar: una explicación coherente. Lo cierto es que no tengo idea de por qué se me ocurrió pintar una langosta. Fue producto de un impulso: quise que de un rojo acuarelado con aceite de lino pudiera emerger un fucsia. Fue una excusa para un carmín, para un naranja, para una textura magenta. Por eso pinté una langosta, para pintar ese rojo.
Leí demasiado sobre cómo creaban otros, sobre qué intenciones tenían los grandes pintores. Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio. Pintar es un impulso y muchas veces aparece, igual que el deseo de comer chocolate, de manera caprichosa. A veces elijo el motivo porque quiero usar turquesa, porque me imagino dando una base de fucsia para que el verde con violeta de un alcaucil brille mejor.
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Estoy separada desde hace dos años. Tengo una casa que puedo usar como taller y dos noches libres por semana. También tengo deudas con la abogada que lleva el divorcio y cuentas que, por primera vez en mi vida, pago sola. La luz, el gas, internet, el club, la ropa para el colegio, la obra social, los libros escolares.
Nunca antes me hice preguntas sobre cómo generar dinero. Había un acuerdo tácito. Esas preguntas eran de él, pero ahora son mías. Y no quisiera tener que manejar un Uber. ¿Cómo se gana plata dibujando? ¿Cómo hacen otros dibujantes para pagar sus cuentas, de qué viven? ¿Heredaron sus casas? ¿Son mejores que yo armando presupuestos? ¿Mantienen hijos? ¿Qué estoy haciendo mal?
Aunque busco clientes con una desesperación casi vergonzosa, lo que consigo no alcanza. Nunca alcanza. Tengo el trabajo en la radio, eso me da un sueldo estable, pero es insuficiente. Dibujo agendas y textiles, vendo cuadros, voy a ferias, publico libros. Hago ilustraciones para pañuelos que se venden carísimos en los shoppings, para cuadernos y manteles. Pinto por encargo, fabrico lo que creo que puede venderse más, hago bocetos para complacer, uso los colores que me piden, hasta los que odio (como el violeta). Tengo un nutrido portfolio, una página web, doy clases. Pero nunca alcanza. La abogada del divorcio me vampiriza, el conflicto financiero con el padre de mis hijos escala exponencialmente con niveles de pelea a los que jamás pensé que llegaría. Se acumulan deudas. Me costó tanto llegar hasta acá que no quiero posponer mi vocación otra vez. Pero uno nunca se equivoca queriendo equivocarse. ¿Qué decisión estoy tomando ahora que podría llevarme por un camino errado, que lamente en el futuro?
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Fui a hacerle preguntas a Istvansch, un ilustrador. Musculoso, histriónico, debe tener cerca de 60 años, pero parece de 30. Fue uno de los primeros dibujantes argentinos en lograr que su nombre estuviera en la tapa de los libros que ilustraba al lado de la firma del escritor. Tiene muchos libros publicados. Es dueño de un estilo propio: recorta papeles, arma escenas con plenos de color cortados a mano, les saca fotos, deja que las sombras colaboren con la composición. Hace 20 años, su manera loca de dibujar con papelitos fue furor, pero hoy podría perfectamente hacerse con Photoshop, aunque él sigue recortando a mano, para perplejidad de sus editores. Hace años, cuando mi primer hijo era bebé, tomé un taller en su casa. Fue él quien me introdujo en el mundo de los libros álbum (un libro en el cual la imagen y el texto son inseparables uno de otro). Recuerdo sus clases con el halo dorado de lo iniciático: Istvansch nos esperaba con té, budines y una pila de libros. Durante dos horas, en el living de su casa, leía actuando, haciendo voces, nos mostraba autores que llevaban la tecnología del libro hasta sus límites. Era potente y muy conmovedor. Ahí descubrí ilustradores y escritores a quienes no había escuchado nombrar jamás y aprendí que no hacía falta dibujar perfecto (ni increíble, ni demasiado bien), mientras se tenga claro qué se quiere decir. El trabajo final del taller era construir una maqueta lo más cercana posible a un libro álbum. Apelé a mi formación, investigué y escribí sobre la historia de los colores. Istvansch me dijo que el texto estaba publicable, pero los dibujos no. Me destrozó, tenía razón. Pero él no recordaba su antigua crítica y, aunque mis ilustraciones de ahora le parecieron estupendas, lo encontré desencantado, como si se le hubiera bajado el volumen a su entusiasmo. Había dedicado toda su vida a los libros, no tenía hijos ni pareja, viajaba por el mundo, era un pionero del rubro, socio fundador de la Asociación de Dibujantes de Argentina, y no parecía conforme con el lugar que había logrado ocupar. Le pedí un consejo concreto: ¿cómo puedo mejorar mis ingresos dibujando? Me dijo que debía buscar un agente o una editorial, porque era la única manera de llegar al mercado europeo y asiático. “Pero no lo vas a conseguir mandando mails desde acá, no te dan bola. Para eso tenés que ir a Bolonia. Hacelo, yo te tengo mucha fe”.
Bolonia: la feria profesional de libros ilustrados más importante del mundo. Pasaje, estadía, comida suman, por lo menos, 3 000 dólares. ¿Gastar miles de dólares cuando vivo con la cuenta en cero?
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Lo hablé en terapia y me convencí de que “mis hijos serán felices si su madre se siente realizada”. Hice listas: debo llevar un proyecto de libro lo más acabado posible, dos portfolios (uno editorial y otro comercial), 500 postales y varias tarjetas ilustradas. Revisé las 1 000 editoriales del directorio de la feria y mandé 114 mails. Tardé 18 horas en total, me respondieron 30. Conseguí 12 citas esparcidas durante los cuatro días de feria.
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Si la poesía tuviera un antónimo sería el lenguaje legal. La abogada me mandó un mail, en el que usó las palabras cautelar, traslado, provisional. Me desaconsejó viajar. Me explicó que “la verdad jurídica” debe ser sostenida con actos y que yo voy a tener que probar que tuve menos oportunidades laborales que él. Que debo comportarme de acuerdo con la estrategia que estamos planteando juntas, de demostrar que aún hoy me ocupo más tiempo de mis hijos. Me dijo que, para conseguir lo que corresponde, no me conviene decirle que los cuide durante una semana, ni me conviene viajar al exterior por trabajo. Que lo más probable es que tenga que iniciarle juicio por alimentos y que eso costará mucho dinero. Mucho más dinero. “Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional”, me dijo.
Durante nuestros años de convivencia, el trabajo más importante era el de él. Él ganaba más plata. Él tenía una vocación periodística inquebrantable desde los seis años. Él anteponía el diario o la radio o la tele a la pareja, a los hijos, a dormir o ir al médico. ¿Cómo se traduce todo eso al lenguaje legal? Me imaginé 100 veces sus argumentos. Mientras me bañaba o revolvía el arroz, pensaba que él alegaría que yo había pospuesto mi trabajo por decisión propia, que había tenido hijos porque quería tener hijos, que no ganaba más plata porque no era capaz y porque no había trabajado tan duro como él.
Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional, pero ¿cuándo lo fue? Bolonia va a suceder, a pesar de los consejos de la abogada.
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Pido un préstamo. Saco pasaje. Alquilo un departamento a una hora de caminata del lugar en el que se lleva a cabo la feria. Preparo una valija pequeña porque despachar equipaje es demasiado caro. Llevo poquísimas cosas, la mitad del carry on está ocupado por los dibujos para la feria y la otra mitad por un par de conjuntos de ropa y un botiquín ridículamente grande. El día de la partida me cuesta despedirme de mi hija pequeña. Extiendo erróneamente la agonía yendo a desayunar con ella antes de dejarla en la escuela. Se la entrego a su maestra, que la recibe con un abrazo. Mi hija, que se llama Nina, me mira y llora. Muchísimo. Y yo siento ganas de cancelar todo. Pero me voy.
Tengo una fascinación patológica por hacer todo a último minuto. En un café del aeropuerto termino de ajustar los portfolios, de recortar las postales. También envuelvo con papel de seda el proyecto que hice para mostrar en la feria. Son 30 dibujos pintados a mano que salieron con una velocidad que me produce desconfianza. Creo que si me hubieran costado más esfuerzo sentiría que son mejores. En la fila para subir al avión detecto dos ilustradoras que también van a Bolonia, a la feria, deben tener unos 20 años. Las envidio por poder hacer este viaje tan al principio. ¿Al principio de qué?
Sé, con solo mirarlas, que no son madres.
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En el avión tomo somníferos, miro películas, leo. Mis piernas no entran, me duele la cintura y hay turbulencia, pero yo me siento flotar. Nadie me reclama ni me pide upa. No hablo durante horas. No tengo que arrastrar mochilas ni desplegar juguetes ni prever el hambre o las necesidades fisiológicas de nadie, salvo las mías. Todo parece tan sencillo.
Paso brevemente por el aeropuerto de Roma y nada, ni la demora en migraciones, ni la fila absurdamente larga para tomar un taxi, me fastidia ni disminuye mi exaltación. Cuando al fin entro al departamento que alquilé me hago un café, me doy un baño. No aviso a mi familia en Buenos Aires que ya llegué. No cargo el teléfono, que se quedó sin batería. No lo conecto al wifi para saber cómo están mis hijos sin mí. Salgo a caminar.
Bolonia es naranja, está llena de arcos, recovas y postigos verdes. Todo me deslumbra, los alcauciles, las persianas, los gritos de los italianos y sus boinas azules, los grafitis. Querría sentarme a dibujar.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional.
El supermercado es barato, voy a todos lados caminando. Ese día almuerzo pastas, tomo Aperol, ceno helado. Me siento en los escalones de una iglesia, trago ristrettos de un euro. Nadie me habla. Me compro una remera blanca para ponerme al día siguiente. No sé hablar italiano, gesticulo, mezclo palabras, soy un papelón, me río sola.
A la noche no me puedo dormir. Consumo doble dosis de somnífero y nada. No puedo dejar de pensar en cada centímetro de océano profundo que me separa de mi casa, de la casa de mi ex, donde imagino a mis hijos dormidos. Me pregunto si tendrán fiebre, si estarán bien. Entre ellos y yo hay un mar, agua negra, profunda, infranqueable.
A las siete de la mañana apago la alarma antes de que suene y camino una hora hasta la Bologna Fiere, un par de kilómetros hacia las afueras de la vieja ciudad amurallada.
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La feria dura cuatro días, 10 horas cada día. Sabía que era enorme, pero es inabarcable y laberíntica. En la entrada hay unos paneles blancos donde los ilustradores podemos dejar un dibujo que nos represente y algún dato de contacto. Se supone que los editores y agentes recorren estos muros en busca de dibujantes nuevos para sus proyectos. Hay decenas de personas de entre 20 y 30 años hablando en varios idiomas a la vez y tratando de colgar sus postales. Pero este año el material con el que confeccionaron el muro blanco es demasiado poroso y las cintas no se adhieren. Los dibujos caen al piso, vuelan entre la gente. Es trágico: está en la entrada de la feria y todos los que pasamos por ahí los pisoteamos sin querer. Sigo siendo tan atea como a los ocho años, no soy supersticiosa, pero es inevitable no ver esto como un mal augurio.
Entro al predio apurando el paso porque mi primera cita es temprano. Me cuesta muchísimo ubicarme y empiezo a transpirar mi remera blanca fabricada con demasiado poliéster: no logro entender dónde está el Survival Corner (así se llama la zona de los ilustradores). Quiero sentarme en el piso y llorar. Estoy perdida. Me costó tanto estar acá. Soy una estúpida. Doy vueltas en redondo y no entiendo el italiano ni los mapas. Jamás voy a encontrar al señor con el que debo reunirme. Me volveré a Buenos Aires endeudada a buscar trabajo en una fábrica de pastas. Al final respiro, miro un cartel durante varios minutos, me ubico y llego a tiempo.
Me recibe Beatrice, una italiana con la que venía conversando por mail. Tiene una carpeta en la mano, un kimono de colores y un diamante incrustado en un diente. Me anota en una lista, me dice que espere. Hay seis mesas blancas, con cartelitos que indican el nombre de quien hace la revisión de portfolio y un plato con caramelos de limón. La primera reunión la tengo con un indio que habla en inglés pastoso, tiene una compañía de videojuegos y no le interesa nada de lo que le muestro. Pero no tengo ni tiempo de desanimarme. La segunda cita es con una yanqui que me pide ver más y más dibujos, parece entusiasmada, pero de una forma rara, como derretida. Me pide dibujos de Jesús. No tengo. A la tercera revisión, con una artista polaca, saco los proyectos de mi bolso en automático, repito en inglés quién soy, de dónde vengo. La artista polaca se da cuenta de mi agotamiento y me alienta de una forma dulce, me ofrece un caramelo de limón del platito que está entre nosotras y habla de mi trabajo. Me elogia con mesura y al final me regala un imán con un dibujo suyo: es un dios egipcio, con cara de perro y traje, sentado en un tren sobre un fondo rojísimo. Es magnífico.
En algún momento, el día termina.
Al día siguiente, cuando vuelvo, ya sé dónde doblar apenas entro y también detecté dónde comprar café y algo parecido a una medialuna. Entro al Survival Corner con tiempo para tomar tranquila mi ristretto. La primera reunión de la mañana la tengo con Karen, una colombiana que hace vestidos ilustrados. Son unos trajecitos infantiles preciosos que traen un código en la etiqueta que, al escanearlo, lleva a una grabación de un cuento infantil. Cuando me siento frente a ella me dice (al fin en español) que está menopáusica, que necesita un poco de aire frío y fumar. Me desconcierta, pero la sigo mientras sale del sector de las reuniones. Beatrice, la del diamante en el diente, intenta explicarle, en italiano, que no me puede sacar así de la sala. Yo la tranquilizo, en inglés, y corro afuera, detrás de la colombiana acalorada. Hacemos la reunión en un pasillo exterior, al lado del baño. Un poco incómoda, pero entre risas, saco mis portfolios de la cartera y también agradezco el aire frío. Ella fuma un cigarrillo electrónico y mira mis carpetas. Charlamos y queda encantada con mis trabajos.
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La feria tiene miles de stands con libros. Son demasiados, pero por una vez evito hacerme preguntas desalentadoras como a qué vine, para qué lo intento (pero ¡¿a qué vine, para qué lo intento?!). Cuando no estoy en el sector de revisiones de portfolio, deambulo por otros stands buscando contactos con editoriales. En algún momento me cruzo con las ilustradoras jovencísimas del avión, las veo caminar despacio y cansadas. Yo no siento el cansancio, estoy a la pesca.
Durante el día no tengo tiempo de pensar en nada que no sea la feria, el trabajo, las revisiones de portfolio. Miro el teléfono solo para buscar cómo se dice tal o cual palabra en italiano. A la noche, apenas me meto en la ducha, siento una punzada de culpa por no haber pensado en mis hijos. La ahuyento repasando mentalmente mi agenda del día siguiente, pensando qué me voy a poner, con quién me falta conversar, cuánta plata me queda.
Nunca los llamo.
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Una noche, a la salida de la feria, aunque ya no siento las piernas de tanto caminar, en vez de volver al departamento voy al centro estudiantil de Bolonia. Recorro las calles empedradas hasta el edificio de la universidad más antigua del mundo (es del año 1000). Hay bares, juventud y muestras de arte. Me meto en una exhibición de Joëlle Jolivet, una ilustradora francesa, porque escuché una conversación en la cola del baño de la feria entre dos chicas que la elogiaban.
“Troppo di Tutto”, se llama la muestra. Jolivet dibuja 1 000 pingüinos, 1 000 vistas de Bolonia, 1 000 imágenes del cuerpo humano. Estampa figuras en grabado, como si fuesen sellos, para multiplicarlas. En las paredes se exhiben las matrices de sus linoleografías. Jolivet es una entusiasta. Todo, mucho. Me compro un libro enorme, que no sé cómo voy a acarrear, con dibujos desplegables del cuerpo humano. Me enloquece la técnica de la francesa: agarra un tema (el cuerpo, la ciudad, un animal) y lo examina con su lápiz hasta diseccionarlo por completo. Me da envidia, quizás admiración. ¿Tendrá hijos?
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Nina, mi hija, me hace una videollamada desde el celular de su niñera. Antes de irme le había preparado un calendario con un regalo pequeño por día (zonceras, caramelos, un lápiz). Esa tarde, al llegar del colegio, abrió su regalo y se encontró con una libreta y una notita que le pedía que dibujara lo que estaba viviendo mientras yo estaba lejos. Ahora quiere mostrarme lo que dibujó. Apenas la veo en la pantalla borrosa del celular noto que tiene lastimada la nariz. Un raspón rojo, una cascarita de dos milímetros, por completo inofensiva. Cuando veo su sangre seca tengo que contener un sollozo exagerado e improcedente. Pocos segundos después de estar hablando me doy cuenta de que ni ella ni yo estamos felices de vernos. Yo no tengo la cara lastimada, pero quizás se me nota algo, una distancia. Enmudecemos. Cuando quiero hablarle de Bolonia, me sale una voz demasiado aguda. La conversación es breve. No la llamo más. En los días que siguen, ni siquiera le pregunto a mi ex cómo están mis hijos.
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El último día, horas antes del cierre, los editores a cargo de los stands empiezan a guardar libros en cajas. Algunos los regalan o los venden muy baratos para no acarrearlos de regreso. Me hago de un libro sobre peces de colores y otro de huevos fritos con el fondo espejado. Le escribo a la colombiana para saludarla antes de irme, y me invita a almorzar. Vamos a un restaurante en la entrada del predio. Ella fuma, pide prosecco, una torre de mortadela, tiramisú, ristretto. Yo agradezco que hable español y hago uso de mi verborragia. Para mi enorme alivio, paga la cuenta. “Estás invitadísima”, dice sonriente. ¿Eso quiere decir que me va a contratar?
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Todo termina demasiado rápido. Me tomo el tren hasta el aeropuerto y, antes de subir al avión, me escribe Karen. Me encarga seis ilustraciones para dos vestidos de su marca. Le paso un presupuesto que tiene menos que ver con el tiempo y la calidad del trabajo que con las circunstancias: es lo que me costó el viaje. Acepta. En el aeropuerto de Roma me gasto la plata que me queda en regalos para mis hijos.
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Cuando llego, los busco en la escuela y me abrazan, me cuentan sus días sin mí. Salvo por el raspón de Nina, y por algunos piojos, están sanos, felices, a salvo. Cuando yo quiero contarles cosas de Italia, cambian de tema, no les interesa nada de lo que viví sin ellos. ¿Será que perciben que en verdad no los extrañé?
Mi madre estudió Arquitectura, igual que mi abuela, pero jamás ejerció. Conoció a mi padre a los 21 años y la fascinó su amor por el periodismo. Cuando nos mudamos a Córdoba, mi mamá empezó a trabajar con él. Fue su productora, tuvieron un programa de televisión. Cuando volvimos a Buenos Aires, mi madre se convirtió en directora de prensa en una agencia de publicidad y, desde hace muchos años, tiene su propia consultora. Cada vez que ella volvía de viaje (de España, del festival de publicidad de Cannes, de una inauguración en Venecia) nos decía que no nos había extrañado. Compraba regalos, siempre exagerados, siempre magníficos, pero nos decía, cada vez que volvía de viaje: “No, no los extrañé”. Ni siquiera ahora, que la experiencia me hace entenderla, comprendo por qué lo hacía.
La noche de mi regreso, a mis hijos, les miento. Les digo cuánto y cómo los extrañé. Les cocino milanesas, les ordeno las mochilas, les paso el peine fino para sacarles los piojos.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional. Pero pasa el tiempo y esa sensación no desaparece. Hasta que entiendo que, con un poco de suerte, va a permanecer en mí.
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Después transcurren los días, las semanas, los meses. La rutina suaviza el impacto de la llegada. El despertador temprano, la corrida al colegio, el trabajo. La merienda, la tarea, la ropa lavada, el baño, la cena, la tele. Yo dibujo. Sigo presentando proyectos a más y más editoriales. Todas me rechazan: “El proyecto es interesante, pero no es lo que estamos buscando”; “Somos una editorial pequeña y publicamos solo dos libros al año, en este momento estamos interesados en otro tipo de proyectos”. No me desespero. Siempre se trató y se trata de lo mismo: de acumular rechazos, de seguir dibujando hasta que alguien diga: “Sí”.
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Dibujar como una forma de protección ante los desajustes profundos de la vida en sociedad: tal estrategia puede tomar años de perfeccionamiento.
Me gustaría saber si se arrepienten. Si algún día van a arrepentirse. Cuando estoy con mujeres que no son madres, sobre todo cuando las veo holgadas de tiempo para pintar, escribir o leer, siento una curiosidad oscura. Lo único tan irreversible como sacar un hijo de adentro es no haberlo hecho. ¿Les daré a ellas la misma curiosidad inexpresable? Nunca conocí a una madre que confiese haberse arrepentido.
A mí el deseo de ser madre me gritó tan fuerte que no pude escuchar nada de todo lo demás. Quiero un bebé que sea mío. Quiero un bebé de verdad. Quiero tener un bebé en la panza y parirlo y darle leche y bañarlo y ponerle talco y hacerlo reír dándole besos. Quiero 1 000 bebés.
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Los primeros 10 años de mi vida los dediqué a dos cosas: jugar con bebés de plástico y dibujar.
A principios de la década del noventa mi papá se quedó sin trabajo. Yo tenía cinco años, mi hermana era bebé y mi hermano tenía siete. Mi padre había sido despedido de atc, la televisión pública, mi madre prácticamente no trabajaba. Entre las escasas ofertas laborales optaron por una: el dueño de un diario de Río Cuarto, una ciudad pequeña de la provincia argentina de Córdoba, le ofrecía dirigirlo. Prometían casa, comida y escuela privada para nosotros, como parte del sueldo, y la decisión fue mudarse inmediatamente. Atravesé la escuela primaria rodeada de compañeras fanáticas del hockey, de andar en bicicleta y de correr ahuyentando teros y clavándose abrojos. Todo era celeste, verde, celeste, verde, celeste, verde.
Yo prefería los interiores. Crecí sintiéndome inadecuada, pero se trataba de una incomodidad que lograba diluir cuando estaba sola. Jugaba en mi habitación durante horas: ponía a los bebés de plástico a dormir en sus cunas fabricadas con cajas de cartón, los tapaba con retazos de tela, les daba de comer papillas invisibles. Cuando necesariamente debía estar con otras personas (la mayor parte del tiempo cuando se es niño), empecé a percibir el germen de lo que sería la revelación de mi vida: dibujar era una forma muy efectiva de estar con la gente sin la gente. Llenaba papeles con personajes, escribía, ilustraba cuentos, hacía garabatos inservibles, bocetos rápidos y otros en los que me demoraba horas. Dibujaba en clase, en los recreos, en el despacho de mi papá (en la redacción del diario siempre sobraba papel), en mi casa cuando volvía del colegio. Yo, con cinco, ocho, 10 años, pasaba muchas horas sola jugando con bebés de plástico y dibujando. Las tardes eran largas, mi mamá llegaba a las siete u ocho de la noche de trabajar (en esa época trabajaba con mi papá) y él volvía más tarde aún, cuando yo ya dormía. La casa era grande, tenía un persistente olor a humedad que en verano quedaba enterrado en el humo de la espiral para ahuyentar a los mosquitos. Mónica, una empleada que nos cuidaba a mis hermanos y a mí cuando volvíamos del colegio, vivía con nosotros y doblaba ropa mientras miraba telenovelas.
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¿Cuándo se descubre una vocación? ¿Qué pasa si la vocación no necesita ser revelada, sino atendida? Quiero decir, cuando el llamado suena, pero nadie lo responde. Cuando esa inclinación natural, ese entusiasmo inexplicable, es atropellado por algo como la maternidad. Tenía 27 años cuando tuve mi primer hijo; 35 cuando empecé a dibujar profesionalmente. Si no hubiese sido madre, ¿hubiese dibujado más, mejor? ¿Antes?
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No creo en el talento. Dibujar bien no es difícil, basta con hacerlo todos los días durante toda la vida. Observación y tiempo. La mímesis es el menor de los problemas, lo fundamental es una cuota importante de ceguera ante el fracaso. Mi mayor descubrimiento fue darme cuenta de que debía seguir adelante con el dibujo, incluso después de sentir que ya lo había arruinado. La epifanía sucedió en un taller de arte experimental, cuando tenía 32 años y un hijo de cinco. Los jueves a la noche había logrado escapar del hogar (siempre dejando las milanesas hechas) para ir al taller de dibujo. Allí entendí cómo pasar la rompiente: había que nadar un poco más hondo, sin dejar que la ola te dejara fuera de juego. Seguir y seguir, y al rato asomar la cabeza. Sé que no es ninguna receta extraordinaria, sino algo bastante evidente sobre la perseverancia que se puede aplicar a casi cualquier cosa. Al silenciar la frustración, los dibujos ya no eran exactamente como yo deseaba, eran libres de ser como ellos querían (o podían). El estilo, la voz, eso que no tiene nombre, eso que hace que lo que hago sea mío, que está dentro y fuera de mí al mismo tiempo, llegó de repente.
El taller de dibujo experimental lo dictaba Verónica Gómez, una artista que conocí mientras trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Al taller se iba a dibujar. Cada uno llevaba los materiales que quisiera y dibujaba lo que tuviera ganas. Algunos hacían dibujo abstracto, otros le pedían ejercicios a Verónica. En mi primer día, ella me alcanzó un libro de patrones textiles rusos y me dijo: “Copiá alguno”. Yo le saqué el celofán a una libreta Moleskine apaisada, con buena apertura y hojas de 200 gramos. Tardé más de un año en completar todas sus dobles páginas de 45×15 centímetros. Hoy atesoro esa libreta y otras iguales. Algunas tienen patrones botánicos, otras collage, calaveras, corazones anatómicos, langostas, pingüinos, copias del conejo de Durero, copias de las manos de las acuarelas de Bourgeois, gatos negros de tinta china, limones, paletas saturadas de amarillos, rosados, aguamarinas, pulpos, casas, muchas casas. Dibujé sin pensar y las llamé “libretas inútiles”. No las usé (ni las uso) para bocetar trabajos, nada que tenga potencial de convertirse en otra cosa (un patrón para vender, un cuadro o un libro). Las abro solo cuando me dispongo a dibujar por el mero hecho de dibujar. Muchas veces funcionan como diarios. Desde ese taller jamás abandoné el hábito de las libretas, me puede llevar varios años completar cada una, a veces pasan meses sin que las toque, pero siempre tengo una Moleskine a medio empezar. El día que murió mi abuela (a mis 40) fui a su casa antes de que la funeraria se llevara el cuerpo. Estaban mi mamá y su hermana, sentadas en el living, esperando. Recorrí la casa en silencio y me guardé en el bolsillo un encendedor naranja que estaba en la cocina junto con una pila de encendedores acrílicos (había al menos 20). Mi abuela fumó un atado de cigarrillos desde los 14 hasta los 90 años. Esa noche, cuando volví a mi casa, dibujé el encendedor en una página de la Moleskine. Todavía tenía la carga completa, tardé horas en lograr con acuarela los destellos tornasolados del plástico naranja mezclados con el gas líquido.
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Al poco tiempo de ir al taller de Verónica quedé embarazada de mi segunda hija y perdí el territorio conquistado de los jueves a la noche. Pero no dejé ese bolsito con materiales transportables que podía tener conmigo cuando estaba sentada en el piso dándole palmadas en la cola al bebé esperando a que se durmiera, o en la plaza mientras fingía que miraba a mis hijos tirarse del tobogán por vez número 1 000.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales? Dibujar para abstraerme, igual que en Río Cuarto; 22×15, esa es la medida de cada libreta. ¿Será que me cuento todo esto del ahogo maternal como una excusa y en verdad intentar ser dibujante y fracasar me daba demasiado miedo?
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Si el silencio fuera salud, yo debería estar muerta. A mí me enseñaron a hipercomunicarme. Todos en mi familia son locuaces y articulados. Mi madre por mera vocación, mi padre por periodismo, mi abuela adicta al cigarrillo por pura neurosis. Nos hablan, se hablan, me hablan. Mis hermanos ahora viven en otros países y yo hablo con ellos un promedio de tres horas semanales, económicamente posibles gracias a internet. Mis padres hablan con ellos otras tantas. Hablo con distintos grupos de amigas a las que canso de manera rotativa, hablo con mi terapeuta, hablo en el trabajo, hablo con mis hijos. Tengo pasión por las largas sobremesas o las eternas charlas de almohadas. Como pareja soy insufrible, necesito hablar, no sé cerrar las discusiones, aun cuando percibo el instante preciso en el que el otro se hartó de mí. Los entiendo, los compadezco, pero no sé callarme.
Discuto, argumento, opino, cuento. Hablo, hablo y hablo. Doy rodeos, me contradigo, dudo. Hablo demasiado desde que aprendí a hacerlo. Hay, en la casa de mis padres, decenas de cassettes grabados, en los cuales mi papá me hace preguntas. Se puede escuchar mi voz aguda contando cosas sobre mi maestra, mis compañeritos de jardín, mi angustia por Monincho (el oso perdido en un barco en un viaje a Uruguay), mi primera visita al dentista. En los cassettes grabados durante mi vida en Córdoba desplegaba una solvencia tan tierna como exasperante.
Cuando dibujo también hablo demasiado. No sé explayarme con paletas reducidas. Me dan tanta envidia Liliana Porter y sus blancos elocuentes, como aquellos que saben guardar secretos o que no sienten necesidad de embuchar el silencio con ruidos innecesarios. Yo me expreso por horror al vacío. Siempre puede haber una mancha más, un color más, una línea más. Por eso se me da mejor dibujar con medios acuosos, porque la mancha, igual que yo, se explaya, se estira hasta dar con su propio borde.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales?
Dibujo muchas plantas y flores, son una manera de hablar mucho dibujando. Vegetación que se estira hasta los límites del papel, cubriendo todo. Hojas verdes enredándose unas con otras, proyectando sombras, armoniosas en un desorden abarrotado. Dibujo con pentimentos, es decir, haciendo muchas líneas suaves (arrepentimientos) hasta entender por dónde va la línea que quiero que sea la definitiva. No todo el mundo dibuja así. Algunos, como Rubens, dibujan de un trazo y casi sin levantar la carbonilla de la tela. Entienden los volúmenes, las sombras. Yo necesito 1 000 intentos, probar con la mano, ajustar con el ojo. Igual que cuando hablo con mi terapeuta, con mis amigos o con mi pareja, hablo de más hasta dar con la pulpa del pensamiento puro. Tiro líneas para encontrar la línea correcta. Para eso uso siempre un par de lápices duros (un H, por ejemplo) y una goma de caucho, que puedo pasar para hacer suaves las líneas arrepentidas y marcar con un gris más fuerte aquella que será el contorno de lo que sea que esté intentando descifrar. Debajo de la figura hay líneas de un gris más suave, con variaciones milimétricas. Después vienen la pintura, las tintas, los crayones, los pasteles y los marcadores. Jamás acato la manera correcta de aplicar una técnica, ni siquiera la acuarela. La forma de usarla bien es mediante transparencias: una capa fina de acuarela y luego otra hasta que el color va tomando profundidad. Entonces la claridad, la luz, el blanco, lo dará el papel que no haya sido pintado. Pero yo no la uso así, no respeto nada. Pinto con acuarela y arriba puedo aplicar blanco con marcador acrílico o con gouache. Mientras el grosor y la calidad del papel lo permitan, todo vale.
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Elegí libremente ser madre. Tenía 27 años. Estaba convencida de que era mi deseo más profundo, de que siempre lo había querido. ¿De dónde salió eso? ¿Fue un mandato? ¿Fue un llamado interior? La maternidad organizó mi tiempo: en los espacios que quedaron mientras no parí, amamanté, fui a buscar a mis hijos a la escuela, les di de comer, los llevé al pediatra, a fútbol, a cumpleaños, a casas de amigos, entre reuniones de padres, baños, cuentos para ir a dormir, tareas de matemática, ahí, en los huecos, sobrevivieron mis lecturas, mis pensamientos, mis garabatos. No supe construir un cuarto propio, estaba ocupada en cuartos ajenos. ¿Acaso mi vida atrasa 100 años?
La maternidad también organizó mis dibujos. Si no hubiese sido porque tenía que hacer la comida, llevar al club, a la plaza, quizás en vez de acarrear siempre unas acuarelas en el bolso podría haberme dedicado a pintar durante tardes enteras en mi casa. En lugar de eso, en el mientras, puedo dibujar con acuarelas, lápices, marcadores y lo que entre en una cartuchera. Para el óleo, la técnica de los artistas de verdad, con solemne olor a trementina y tiempos eternos de secado, se necesita un cuarto propio. Y una soledad que por ahora no tengo.
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Nunca me cayeron bien las mamis de fútbol. Aunque tal vez podría terminar la frase antes, porque tampoco me simpatizaron las del cole o las del jardín. En general me disgusta estar en situaciones con otras mujeres donde somos “las mamás”. Parimos más o menos al mismo tiempo, en la misma ciudad, y nuestros hijos van al mismo club o al mismo colegio. ¿Es razón suficiente para generar una amistad?
El club, además, siempre me resultó extranjero. De niña no aprendí sus reglas de selva urbana, porque crecí en el campo. En Córdoba no había clubes, no hacían falta, los niños salían solos y jugaban a la pelota en cualquier descampado usando bollos de ropa para marcar los arcos. Y no lo digo con añoranza, porque nunca me gustó la vida cordobesa.
“¿A qué club vas?”, preguntan. Como si acaso eso significara algo. Me anoté en el club que me quedaba cerca y nos mudamos a este barrio por la escuela de mis hijos. Es un club como cualquier otro, es grande, tiene un lago artificial, varios patos y un buffet con luces de tubo, café malo y excelentes tostados. Héctor y Majo, los mozos, me saludan y charlan con mis hijos como si fueran vecinos o amigos de la familia. Quique, en cambio, es demasiado preguntón. Nunca me siento en las mesas que él atiende porque encuentra la manera de sacarme datos para chismosear.
La mayor ventaja del club es no ver a mis hijos. Solo se acercan a mí para pedirme plata o porque se lastimaron. Al principio también venían a contarme que alguien los había molestado, pero aprendieron pronto que, en ese territorio, yo carecía por completo de autoridad sobre sus coetáneos. En el club se ensucian, se ensangrientan, se rompen la ropa, comen porquerías y se hacen amigos. Ellos se hacen amigos, yo no. A veces corro alrededor del lago, sola con mis auriculares. Pero no practico ningún deporte y mucho menos uno de equipo. En la primaria me obligaban a ir a hockey. Yo jugaba pésimo. Entonces me llenaban de cosos de telgopor y me mandaban al arco, humillada, con el aspecto de un pote de helado.
Sin embargo, no padezco el club porque, una vez más, puse en práctica lo que entendí cuando era muy chica: que la forma de protegerme contra la inadecuación social es dibujar. Voy al club con una bolsa bastante grande en la que llevo un bloc, hojas, un vasito, una cartuchera con dos lápices, goma de caucho, dos pinceles de diferentes tamaños y una paleta desplegable en la que, ya secas, pero siempre listas para revivir, hay decenas de acuarelas profesionales de tubo (marca Winsor & Newton y Van Gogh). En otra bolsa llevo el mate y una botella con agua para llenar el vasito en el que mojo los pinceles. Paso largas horas en el club los martes, los jueves y los fines de semana. Cuando voy por la mañana empiezo en el buffet, desayuno y luego de un par de horas me mudo a “la isla”, un lugar estratégicamente alejado de los juegos infantiles, porque los niños sienten una atracción insoportable cuando me siento a pintar y, como nunca tienen a los padres cerca que les digan “No molestes a la señora”, me tocan las cosas o, peor aún, me hablan (alguna vez les dije “Rajen de acá”, como a los perros).
En el club me concentro como en ningún otro lado, porque sé que, si no estuviera pintando, ese tiempo muerto me resultaría denso e insoportable. En cambio, así, a cada segundo de entrega maternal le estoy exprimiendo algo para mí. Por eso puedo estar horas con la misma acuarela hasta lograr el tono, la transparencia, la calidad que quiero.
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Una tarde de sábado, cuando tenía 11 años y medio, en un anochecer de invierno, mis padres nos sentaron a mis hermanos y a mí en la cama matrimonial de la casa húmeda de Córdoba para contarnos una noticia. Yo era una niña con una profunda convicción atea, pero sentí la necesidad de practicar algo parecido a un rezo y empecé a rogar hacia adentro: “Por favor, por favor, que no sea otro hermanito”. Y no es que dos hermanos fueran demasiados, pero eran suficientes. Yo, a los 10 años, era sistémicamente maternal con mi hermana cinco años menor y la cuidaba con una dedicación absurda, mientras mi hermano mayor vivía en su propio planeta.
Mi mamá escuchó mi murmullo y entonces soltó sin preámbulos la noticia: “Nos volvemos a Buenos Aires”. No tengo claro si por alivio o desconcierto, lloré. El sonido de mis sollozos sorprendió a todos, incluso a mí misma. Nada podía calmarme. Usé un rollo entero de papel higiénico, que me alcanzó mi papá para que me secara las lágrimas y me limpiara la nariz. “¿No era lo que más querías, Micaelita?”, me preguntó preocupado mientras se enrollaba en la mano una tira de papel. Le respondí que sí y que, aunque no sabía bien por qué lloraba, era la mejor noticia que había escuchado en mi vida.
Volvimos a Buenos Aires por la Ruta 8, esa que había recorrido todos los veranos para visitar a mis abuelos porteños. Mis padres habían decidido que era hora de darme un baño de identidad y me inscribieron en una secundaria judía, que quedaba en plena capital, bastante lejos de la casa a la que nos mudamos, en la zona norte del Gran Buenos Aires. A mí no me importaba despertarme a las seis y media de la mañana ni tomarme dos colectivos todos los días con tal de no ver vacas por la ventana del aula. Todo en esta nueva vida urbana me daba placer: la gente desconocida, la Panamericana embotellada, el colectivo 60 lleno, los vendedores ambulantes y los panificados callejeros en canastos de mimbre. Había violetas eléctricos, naranjas, verdes gastados, destellos de un carmín hipnótico. La ciudad era multicolor.
Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio.
A mis 15, mis padres me regalaron una habitación. Cerraron un pasillo con una pared de durlock y dejé de compartir el dormitorio con mi hermana. Pinté la pared de mi cuarto de verde. En la planta baja de la casa, donde originalmente estaba el garaje, armaron una oficina, donde pusieron la computadora que usaba toda la familia. Cuando los demás dormían, yo conectaba un parlante en mi habitación y me escabullía a la computadora para bajarme música con un programa trucho, para luego transmitirla en el parlante de mi cuarto, que hacía unas interferencias espeluznantes. Pasaba despierta noches enteras, dibujando y escuchando música. Mi gusto era ecléctico: Piazzolla, Chopin, Fito Páez, Manu Chao. Siempre envidié a esos adolescentes que seguían a bandas o cantantes cool, que se fanatizaban con el rock canchero y lo presumían en sus mochilas intervenidas. Yo escuchaba cualquier cosa mientras pintaba sin parar. Tinta china sobre acetato, birome en cartón, acrílico, marcadores. Instrumentos, desnudos, abstracciones. Leía a Cortázar, a Simone de Beauvoir, a Flaubert, a Felisberto Hernández. Entre libros y dibujos me sentaba en el borde de la ventana y fumaba decenas de cigarrillos negros. A la madrugada, sin que nadie me hubiera despertado aún, caminaba hasta la parada y me iba a la escuela. Dormía un rato en el colectivo antes de entrar a clase. Había empapelado todas las paredes de mi cuarto con mis dibujos. No fantaseaba con casarme ni con tener hijos. Mi sueño era ir a París, ver las pinturas de Toulouse-Lautrec y entender cómo hacía para pintar la luz con turquesa.
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¿Es razonable que a los 18 años alguien decida su carrera para toda la vida? Terminé el secundario, visité el edificio donde se dictaba la carrera de Bellas Artes. No sé si fueron sus paredes horriblemente blancas o las 1 000 materias interminables que prometía el programa, pero lo cierto es que algo me hizo alejarme y terminé inscribiéndome en Historia del Arte, una carrera teórica. Más de dos décadas pasaron desde ese momento y sigo preguntándome por qué decidí estudiar cómo pintaban otros en lugar de descubrir cómo hacerlo yo. Durante los años de facultad leí sobre pinceladas, carga matérica, composiciones, paletas de color, pero no aprendí nada sobre la dimensión sustancial de color, los tipos de barniz, las maneras de fijar un pastel.
En noviembre de 2006, con 21 años, en segundo año de la carrera, conseguí mi primer trabajo serio (no de moza ni de vendedora, como los que había tenido): guardia de salas en un museo. Era un museo histórico, periférico, chico y feo. El trabajo era tedioso. A los dos años pude pedir un pase interno a otro que pertenecía a la misma red y me interesaba más: el Museo de Arte Moderno. Allí trabajé en investigación y curaduría. Fueron años de oficina de 10:00 a 18:00. Sostuve Picassos, Ferraris, un Kandinski. Lidié con artistas, serví café, escribí textos para catálogos. Me aburrí.
A los 25 me casé. Tuve a mi primer hijo a los 27 y la segunda a los 32. En el museo trabajé más de 10 años. Cada primero de mes cobraba un sueldo. No era mucho dinero, pero el trabajo me permitía tomar largas licencias para parir, amamantar, cuidar. Apenas mis hijos crecieron un poco acomodé el horario para estar en el museo en horario escolar. Tuve que hacer tareas que me interesaban menos, pero podía ir a buscarlos al colegio. Usé las posibilidades del convenio de trabajo para hacer la adaptación al jardín, ir a sus actos, llevarlos al pediatra. Le hice la cena a mi marido, colgué ropa en la terraza, pasé tardes enteras buscando el par de cada media, doblando ropa, sacando piojos.
Una década más tarde, logré renunciar al museo, también pidiendo un pase, pero esta vez a una radio. Logré mantener el sueldo trabajando menos horas y ser periodista cultural me aburría bastante menos. Tengo 40 años y todavía conservo ese trabajo, con su sueldo fijo y una antigüedad que me permitiría jubilarme en un par de años.
Poco después de irme del museo, vino la pandemia. Y, poco después, el divorcio.

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En 2020, el encierro pandémico me hizo sentir Madame Bovary. Yo no había elegido ser maestra, ama de casa, esposa, y, sin embargo, todo eso estaba sucediendo. Por la fuerza. Mi marido era periodista y, como él sí corría con la ventaja del trabajador esencial, los únicos que en la pandemia tenían permitido circular por la ciudad, se iba todos los días a las nueve de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Yo, en cambio, trabajaba con Peppa Pig de fondo mientras lavaba, cocinaba, conectaba al Zoom a mi hijo que cursó cuarto grado en el living, le enseñaba a multiplicar, alimentaba, entretenía a mi hija de tres años. Como siempre, para no enloquecer, dibujé.
Una tarde encontré en Instagram un concurso de dibujo que organizaba un emprendedor. Mandé una foto de una acuarela con fondo de tinta china. Lo gané. El premio era una tableta para dibujar digitalmente. Aprendí a usarla con un par de videos que encontré en internet. Cuando me compraron la primera ilustración digital para imprimir en la tapa de una agenda (un ramo de flores fucsias sobre fondo turquesa), me di cuenta de que algo había cambiado. No era solo una changa, un encargo, el provecho de algo que igual hacía por gusto. No. Me habían pagado por dibujar. Y era algo que, además, podía hacer cuidando hijos. Mientras yo ganara plata sin alterar el funcionamiento del hogar, mi marido festejaba.
Muy de a poco, colonicé espacios. Ocupé la mesa del comedor para pintar, los estantes del living con cajitas de crayones, pomos y pinceles. Cada ingreso nuevo de dinero me animaba a usar un estante más.
Después de la separación, también conquisté un par de noches libres por semana, en las que los chicos dormían con el padre. No fue exactamente un cuarto propio, pero alcanzaba.
¿Alcanzaba? ¿Por qué tardé tanto? ¿Estoy a tiempo?
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A mi exmarido lo conocí en una fiesta. Yo tenía 21 años, usaba el pelo corto, recto, por arriba de los hombros, dejando ver mi cuello terso, joven, en perfecta tensión. Esa noche tenía puesto un jean, una remera negra sin corpiño, y era tan miope como ahora, pero me divertía salir de noche y estar borracha y no tener que ver. Entonces salía sin anteojos. Lo miré, vi poco, pero igual sonreí. Me miró. Era una coreografía sin peso, como un trozo de tela que baila con el viento. Le saqué el teléfono con tapita que tenía en la mano, lo abrí y agendé mi número. Me llamó al día siguiente al teléfono fijo. El hecho de que le hubiera dado el fijo lo sorprendió. Nos habíamos conocido en Puerto Madero, en la capital. Preguntó dónde vivía, y respondí que en Beccar, en el conurbano bonaerense, con mis padres. Hizo silencio. Me llevaba 10 años. Me invitó a un concierto, después a un bar, después al cine. Me empecé a quedar a dormir en su casa. Despejó un cajón, luego medio placard. Vivía en un monoambiente, a dos cuadras de la avenida Córdoba, en Palermo. Yo, al fin, me despertaba en un barrio con transporte público a mano y farmacias 24 horas. Él tenía un buen trabajo en un diario importante y una vocación de periodista impoluta (que yo admiraba y envidiaba por partes iguales). Mi sueldo en el museo era magro, pero me alcanzaba para ir al chino de la vuelta cuando salía de la facultad y comprar cosas para la cena. Jamás hablamos de plata. Él trabajaba, volvía del diario después del cierre, tarde por la noche. Yo lo esperaba con banquetes de patitas al horno y puré Chef.
Ya era una mujer, pero seguía jugando a la casita igual que a los ocho.
¿Cuándo dejé de sentir que era un juego?
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Dieciséis años después de estar viviendo juntos, él se enamoró de otra. En realidad, no lo sé. Solo pienso que es probable que se haya enamorado de otra. Tampoco me interesa demasiado. El problema no fue ese, sino otro: la maternidad me hacía invisible. Él había dejado de verme. Yo, de a poco, pasé a ser un electrodoméstico, algo que, cuando funciona bien, se hace imperceptible. Más que dolor me causó aburrimiento. Cuando se fue de casa me dijo: “Te estoy haciendo un favor”. Tardé poco en darme cuenta de que tenía razón.
Sin embargo, contarles del divorcio a nuestros hijos y rearmar la logística en dos casas distintas sí me dolió. Después, me costó menos meter un hombre a la ex cama matrimonial que hacer un asado en la terraza donde habíamos sido, los cuatro, una familia feliz.
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Un dibujo de unas manos, una acuarela de un pulpo, una pintura de nubes, un grafito de un escarabajo, una tinta de limones, un óleo de una langosta. “¿Por qué pintaste una langosta?”, me preguntaron una vez. “Porque no tiene nada que hacer acá, parece fuera de lugar, inadaptada, eso me gusta. Es como el teléfono surrealista de Dalí”, respondí con convicción. Pero era mentira. Dije lo que asumí que el que hacía la pregunta querría escuchar: una explicación coherente. Lo cierto es que no tengo idea de por qué se me ocurrió pintar una langosta. Fue producto de un impulso: quise que de un rojo acuarelado con aceite de lino pudiera emerger un fucsia. Fue una excusa para un carmín, para un naranja, para una textura magenta. Por eso pinté una langosta, para pintar ese rojo.
Leí demasiado sobre cómo creaban otros, sobre qué intenciones tenían los grandes pintores. Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio. Pintar es un impulso y muchas veces aparece, igual que el deseo de comer chocolate, de manera caprichosa. A veces elijo el motivo porque quiero usar turquesa, porque me imagino dando una base de fucsia para que el verde con violeta de un alcaucil brille mejor.
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Estoy separada desde hace dos años. Tengo una casa que puedo usar como taller y dos noches libres por semana. También tengo deudas con la abogada que lleva el divorcio y cuentas que, por primera vez en mi vida, pago sola. La luz, el gas, internet, el club, la ropa para el colegio, la obra social, los libros escolares.
Nunca antes me hice preguntas sobre cómo generar dinero. Había un acuerdo tácito. Esas preguntas eran de él, pero ahora son mías. Y no quisiera tener que manejar un Uber. ¿Cómo se gana plata dibujando? ¿Cómo hacen otros dibujantes para pagar sus cuentas, de qué viven? ¿Heredaron sus casas? ¿Son mejores que yo armando presupuestos? ¿Mantienen hijos? ¿Qué estoy haciendo mal?
Aunque busco clientes con una desesperación casi vergonzosa, lo que consigo no alcanza. Nunca alcanza. Tengo el trabajo en la radio, eso me da un sueldo estable, pero es insuficiente. Dibujo agendas y textiles, vendo cuadros, voy a ferias, publico libros. Hago ilustraciones para pañuelos que se venden carísimos en los shoppings, para cuadernos y manteles. Pinto por encargo, fabrico lo que creo que puede venderse más, hago bocetos para complacer, uso los colores que me piden, hasta los que odio (como el violeta). Tengo un nutrido portfolio, una página web, doy clases. Pero nunca alcanza. La abogada del divorcio me vampiriza, el conflicto financiero con el padre de mis hijos escala exponencialmente con niveles de pelea a los que jamás pensé que llegaría. Se acumulan deudas. Me costó tanto llegar hasta acá que no quiero posponer mi vocación otra vez. Pero uno nunca se equivoca queriendo equivocarse. ¿Qué decisión estoy tomando ahora que podría llevarme por un camino errado, que lamente en el futuro?
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Fui a hacerle preguntas a Istvansch, un ilustrador. Musculoso, histriónico, debe tener cerca de 60 años, pero parece de 30. Fue uno de los primeros dibujantes argentinos en lograr que su nombre estuviera en la tapa de los libros que ilustraba al lado de la firma del escritor. Tiene muchos libros publicados. Es dueño de un estilo propio: recorta papeles, arma escenas con plenos de color cortados a mano, les saca fotos, deja que las sombras colaboren con la composición. Hace 20 años, su manera loca de dibujar con papelitos fue furor, pero hoy podría perfectamente hacerse con Photoshop, aunque él sigue recortando a mano, para perplejidad de sus editores. Hace años, cuando mi primer hijo era bebé, tomé un taller en su casa. Fue él quien me introdujo en el mundo de los libros álbum (un libro en el cual la imagen y el texto son inseparables uno de otro). Recuerdo sus clases con el halo dorado de lo iniciático: Istvansch nos esperaba con té, budines y una pila de libros. Durante dos horas, en el living de su casa, leía actuando, haciendo voces, nos mostraba autores que llevaban la tecnología del libro hasta sus límites. Era potente y muy conmovedor. Ahí descubrí ilustradores y escritores a quienes no había escuchado nombrar jamás y aprendí que no hacía falta dibujar perfecto (ni increíble, ni demasiado bien), mientras se tenga claro qué se quiere decir. El trabajo final del taller era construir una maqueta lo más cercana posible a un libro álbum. Apelé a mi formación, investigué y escribí sobre la historia de los colores. Istvansch me dijo que el texto estaba publicable, pero los dibujos no. Me destrozó, tenía razón. Pero él no recordaba su antigua crítica y, aunque mis ilustraciones de ahora le parecieron estupendas, lo encontré desencantado, como si se le hubiera bajado el volumen a su entusiasmo. Había dedicado toda su vida a los libros, no tenía hijos ni pareja, viajaba por el mundo, era un pionero del rubro, socio fundador de la Asociación de Dibujantes de Argentina, y no parecía conforme con el lugar que había logrado ocupar. Le pedí un consejo concreto: ¿cómo puedo mejorar mis ingresos dibujando? Me dijo que debía buscar un agente o una editorial, porque era la única manera de llegar al mercado europeo y asiático. “Pero no lo vas a conseguir mandando mails desde acá, no te dan bola. Para eso tenés que ir a Bolonia. Hacelo, yo te tengo mucha fe”.
Bolonia: la feria profesional de libros ilustrados más importante del mundo. Pasaje, estadía, comida suman, por lo menos, 3 000 dólares. ¿Gastar miles de dólares cuando vivo con la cuenta en cero?
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Lo hablé en terapia y me convencí de que “mis hijos serán felices si su madre se siente realizada”. Hice listas: debo llevar un proyecto de libro lo más acabado posible, dos portfolios (uno editorial y otro comercial), 500 postales y varias tarjetas ilustradas. Revisé las 1 000 editoriales del directorio de la feria y mandé 114 mails. Tardé 18 horas en total, me respondieron 30. Conseguí 12 citas esparcidas durante los cuatro días de feria.
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Si la poesía tuviera un antónimo sería el lenguaje legal. La abogada me mandó un mail, en el que usó las palabras cautelar, traslado, provisional. Me desaconsejó viajar. Me explicó que “la verdad jurídica” debe ser sostenida con actos y que yo voy a tener que probar que tuve menos oportunidades laborales que él. Que debo comportarme de acuerdo con la estrategia que estamos planteando juntas, de demostrar que aún hoy me ocupo más tiempo de mis hijos. Me dijo que, para conseguir lo que corresponde, no me conviene decirle que los cuide durante una semana, ni me conviene viajar al exterior por trabajo. Que lo más probable es que tenga que iniciarle juicio por alimentos y que eso costará mucho dinero. Mucho más dinero. “Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional”, me dijo.
Durante nuestros años de convivencia, el trabajo más importante era el de él. Él ganaba más plata. Él tenía una vocación periodística inquebrantable desde los seis años. Él anteponía el diario o la radio o la tele a la pareja, a los hijos, a dormir o ir al médico. ¿Cómo se traduce todo eso al lenguaje legal? Me imaginé 100 veces sus argumentos. Mientras me bañaba o revolvía el arroz, pensaba que él alegaría que yo había pospuesto mi trabajo por decisión propia, que había tenido hijos porque quería tener hijos, que no ganaba más plata porque no era capaz y porque no había trabajado tan duro como él.
Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional, pero ¿cuándo lo fue? Bolonia va a suceder, a pesar de los consejos de la abogada.
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Pido un préstamo. Saco pasaje. Alquilo un departamento a una hora de caminata del lugar en el que se lleva a cabo la feria. Preparo una valija pequeña porque despachar equipaje es demasiado caro. Llevo poquísimas cosas, la mitad del carry on está ocupado por los dibujos para la feria y la otra mitad por un par de conjuntos de ropa y un botiquín ridículamente grande. El día de la partida me cuesta despedirme de mi hija pequeña. Extiendo erróneamente la agonía yendo a desayunar con ella antes de dejarla en la escuela. Se la entrego a su maestra, que la recibe con un abrazo. Mi hija, que se llama Nina, me mira y llora. Muchísimo. Y yo siento ganas de cancelar todo. Pero me voy.
Tengo una fascinación patológica por hacer todo a último minuto. En un café del aeropuerto termino de ajustar los portfolios, de recortar las postales. También envuelvo con papel de seda el proyecto que hice para mostrar en la feria. Son 30 dibujos pintados a mano que salieron con una velocidad que me produce desconfianza. Creo que si me hubieran costado más esfuerzo sentiría que son mejores. En la fila para subir al avión detecto dos ilustradoras que también van a Bolonia, a la feria, deben tener unos 20 años. Las envidio por poder hacer este viaje tan al principio. ¿Al principio de qué?
Sé, con solo mirarlas, que no son madres.
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En el avión tomo somníferos, miro películas, leo. Mis piernas no entran, me duele la cintura y hay turbulencia, pero yo me siento flotar. Nadie me reclama ni me pide upa. No hablo durante horas. No tengo que arrastrar mochilas ni desplegar juguetes ni prever el hambre o las necesidades fisiológicas de nadie, salvo las mías. Todo parece tan sencillo.
Paso brevemente por el aeropuerto de Roma y nada, ni la demora en migraciones, ni la fila absurdamente larga para tomar un taxi, me fastidia ni disminuye mi exaltación. Cuando al fin entro al departamento que alquilé me hago un café, me doy un baño. No aviso a mi familia en Buenos Aires que ya llegué. No cargo el teléfono, que se quedó sin batería. No lo conecto al wifi para saber cómo están mis hijos sin mí. Salgo a caminar.
Bolonia es naranja, está llena de arcos, recovas y postigos verdes. Todo me deslumbra, los alcauciles, las persianas, los gritos de los italianos y sus boinas azules, los grafitis. Querría sentarme a dibujar.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional.
El supermercado es barato, voy a todos lados caminando. Ese día almuerzo pastas, tomo Aperol, ceno helado. Me siento en los escalones de una iglesia, trago ristrettos de un euro. Nadie me habla. Me compro una remera blanca para ponerme al día siguiente. No sé hablar italiano, gesticulo, mezclo palabras, soy un papelón, me río sola.
A la noche no me puedo dormir. Consumo doble dosis de somnífero y nada. No puedo dejar de pensar en cada centímetro de océano profundo que me separa de mi casa, de la casa de mi ex, donde imagino a mis hijos dormidos. Me pregunto si tendrán fiebre, si estarán bien. Entre ellos y yo hay un mar, agua negra, profunda, infranqueable.
A las siete de la mañana apago la alarma antes de que suene y camino una hora hasta la Bologna Fiere, un par de kilómetros hacia las afueras de la vieja ciudad amurallada.
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La feria dura cuatro días, 10 horas cada día. Sabía que era enorme, pero es inabarcable y laberíntica. En la entrada hay unos paneles blancos donde los ilustradores podemos dejar un dibujo que nos represente y algún dato de contacto. Se supone que los editores y agentes recorren estos muros en busca de dibujantes nuevos para sus proyectos. Hay decenas de personas de entre 20 y 30 años hablando en varios idiomas a la vez y tratando de colgar sus postales. Pero este año el material con el que confeccionaron el muro blanco es demasiado poroso y las cintas no se adhieren. Los dibujos caen al piso, vuelan entre la gente. Es trágico: está en la entrada de la feria y todos los que pasamos por ahí los pisoteamos sin querer. Sigo siendo tan atea como a los ocho años, no soy supersticiosa, pero es inevitable no ver esto como un mal augurio.
Entro al predio apurando el paso porque mi primera cita es temprano. Me cuesta muchísimo ubicarme y empiezo a transpirar mi remera blanca fabricada con demasiado poliéster: no logro entender dónde está el Survival Corner (así se llama la zona de los ilustradores). Quiero sentarme en el piso y llorar. Estoy perdida. Me costó tanto estar acá. Soy una estúpida. Doy vueltas en redondo y no entiendo el italiano ni los mapas. Jamás voy a encontrar al señor con el que debo reunirme. Me volveré a Buenos Aires endeudada a buscar trabajo en una fábrica de pastas. Al final respiro, miro un cartel durante varios minutos, me ubico y llego a tiempo.
Me recibe Beatrice, una italiana con la que venía conversando por mail. Tiene una carpeta en la mano, un kimono de colores y un diamante incrustado en un diente. Me anota en una lista, me dice que espere. Hay seis mesas blancas, con cartelitos que indican el nombre de quien hace la revisión de portfolio y un plato con caramelos de limón. La primera reunión la tengo con un indio que habla en inglés pastoso, tiene una compañía de videojuegos y no le interesa nada de lo que le muestro. Pero no tengo ni tiempo de desanimarme. La segunda cita es con una yanqui que me pide ver más y más dibujos, parece entusiasmada, pero de una forma rara, como derretida. Me pide dibujos de Jesús. No tengo. A la tercera revisión, con una artista polaca, saco los proyectos de mi bolso en automático, repito en inglés quién soy, de dónde vengo. La artista polaca se da cuenta de mi agotamiento y me alienta de una forma dulce, me ofrece un caramelo de limón del platito que está entre nosotras y habla de mi trabajo. Me elogia con mesura y al final me regala un imán con un dibujo suyo: es un dios egipcio, con cara de perro y traje, sentado en un tren sobre un fondo rojísimo. Es magnífico.
En algún momento, el día termina.
Al día siguiente, cuando vuelvo, ya sé dónde doblar apenas entro y también detecté dónde comprar café y algo parecido a una medialuna. Entro al Survival Corner con tiempo para tomar tranquila mi ristretto. La primera reunión de la mañana la tengo con Karen, una colombiana que hace vestidos ilustrados. Son unos trajecitos infantiles preciosos que traen un código en la etiqueta que, al escanearlo, lleva a una grabación de un cuento infantil. Cuando me siento frente a ella me dice (al fin en español) que está menopáusica, que necesita un poco de aire frío y fumar. Me desconcierta, pero la sigo mientras sale del sector de las reuniones. Beatrice, la del diamante en el diente, intenta explicarle, en italiano, que no me puede sacar así de la sala. Yo la tranquilizo, en inglés, y corro afuera, detrás de la colombiana acalorada. Hacemos la reunión en un pasillo exterior, al lado del baño. Un poco incómoda, pero entre risas, saco mis portfolios de la cartera y también agradezco el aire frío. Ella fuma un cigarrillo electrónico y mira mis carpetas. Charlamos y queda encantada con mis trabajos.
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La feria tiene miles de stands con libros. Son demasiados, pero por una vez evito hacerme preguntas desalentadoras como a qué vine, para qué lo intento (pero ¡¿a qué vine, para qué lo intento?!). Cuando no estoy en el sector de revisiones de portfolio, deambulo por otros stands buscando contactos con editoriales. En algún momento me cruzo con las ilustradoras jovencísimas del avión, las veo caminar despacio y cansadas. Yo no siento el cansancio, estoy a la pesca.
Durante el día no tengo tiempo de pensar en nada que no sea la feria, el trabajo, las revisiones de portfolio. Miro el teléfono solo para buscar cómo se dice tal o cual palabra en italiano. A la noche, apenas me meto en la ducha, siento una punzada de culpa por no haber pensado en mis hijos. La ahuyento repasando mentalmente mi agenda del día siguiente, pensando qué me voy a poner, con quién me falta conversar, cuánta plata me queda.
Nunca los llamo.
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Una noche, a la salida de la feria, aunque ya no siento las piernas de tanto caminar, en vez de volver al departamento voy al centro estudiantil de Bolonia. Recorro las calles empedradas hasta el edificio de la universidad más antigua del mundo (es del año 1000). Hay bares, juventud y muestras de arte. Me meto en una exhibición de Joëlle Jolivet, una ilustradora francesa, porque escuché una conversación en la cola del baño de la feria entre dos chicas que la elogiaban.
“Troppo di Tutto”, se llama la muestra. Jolivet dibuja 1 000 pingüinos, 1 000 vistas de Bolonia, 1 000 imágenes del cuerpo humano. Estampa figuras en grabado, como si fuesen sellos, para multiplicarlas. En las paredes se exhiben las matrices de sus linoleografías. Jolivet es una entusiasta. Todo, mucho. Me compro un libro enorme, que no sé cómo voy a acarrear, con dibujos desplegables del cuerpo humano. Me enloquece la técnica de la francesa: agarra un tema (el cuerpo, la ciudad, un animal) y lo examina con su lápiz hasta diseccionarlo por completo. Me da envidia, quizás admiración. ¿Tendrá hijos?
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Nina, mi hija, me hace una videollamada desde el celular de su niñera. Antes de irme le había preparado un calendario con un regalo pequeño por día (zonceras, caramelos, un lápiz). Esa tarde, al llegar del colegio, abrió su regalo y se encontró con una libreta y una notita que le pedía que dibujara lo que estaba viviendo mientras yo estaba lejos. Ahora quiere mostrarme lo que dibujó. Apenas la veo en la pantalla borrosa del celular noto que tiene lastimada la nariz. Un raspón rojo, una cascarita de dos milímetros, por completo inofensiva. Cuando veo su sangre seca tengo que contener un sollozo exagerado e improcedente. Pocos segundos después de estar hablando me doy cuenta de que ni ella ni yo estamos felices de vernos. Yo no tengo la cara lastimada, pero quizás se me nota algo, una distancia. Enmudecemos. Cuando quiero hablarle de Bolonia, me sale una voz demasiado aguda. La conversación es breve. No la llamo más. En los días que siguen, ni siquiera le pregunto a mi ex cómo están mis hijos.
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El último día, horas antes del cierre, los editores a cargo de los stands empiezan a guardar libros en cajas. Algunos los regalan o los venden muy baratos para no acarrearlos de regreso. Me hago de un libro sobre peces de colores y otro de huevos fritos con el fondo espejado. Le escribo a la colombiana para saludarla antes de irme, y me invita a almorzar. Vamos a un restaurante en la entrada del predio. Ella fuma, pide prosecco, una torre de mortadela, tiramisú, ristretto. Yo agradezco que hable español y hago uso de mi verborragia. Para mi enorme alivio, paga la cuenta. “Estás invitadísima”, dice sonriente. ¿Eso quiere decir que me va a contratar?
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Todo termina demasiado rápido. Me tomo el tren hasta el aeropuerto y, antes de subir al avión, me escribe Karen. Me encarga seis ilustraciones para dos vestidos de su marca. Le paso un presupuesto que tiene menos que ver con el tiempo y la calidad del trabajo que con las circunstancias: es lo que me costó el viaje. Acepta. En el aeropuerto de Roma me gasto la plata que me queda en regalos para mis hijos.
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Cuando llego, los busco en la escuela y me abrazan, me cuentan sus días sin mí. Salvo por el raspón de Nina, y por algunos piojos, están sanos, felices, a salvo. Cuando yo quiero contarles cosas de Italia, cambian de tema, no les interesa nada de lo que viví sin ellos. ¿Será que perciben que en verdad no los extrañé?
Mi madre estudió Arquitectura, igual que mi abuela, pero jamás ejerció. Conoció a mi padre a los 21 años y la fascinó su amor por el periodismo. Cuando nos mudamos a Córdoba, mi mamá empezó a trabajar con él. Fue su productora, tuvieron un programa de televisión. Cuando volvimos a Buenos Aires, mi madre se convirtió en directora de prensa en una agencia de publicidad y, desde hace muchos años, tiene su propia consultora. Cada vez que ella volvía de viaje (de España, del festival de publicidad de Cannes, de una inauguración en Venecia) nos decía que no nos había extrañado. Compraba regalos, siempre exagerados, siempre magníficos, pero nos decía, cada vez que volvía de viaje: “No, no los extrañé”. Ni siquiera ahora, que la experiencia me hace entenderla, comprendo por qué lo hacía.
La noche de mi regreso, a mis hijos, les miento. Les digo cuánto y cómo los extrañé. Les cocino milanesas, les ordeno las mochilas, les paso el peine fino para sacarles los piojos.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional. Pero pasa el tiempo y esa sensación no desaparece. Hasta que entiendo que, con un poco de suerte, va a permanecer en mí.
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Después transcurren los días, las semanas, los meses. La rutina suaviza el impacto de la llegada. El despertador temprano, la corrida al colegio, el trabajo. La merienda, la tarea, la ropa lavada, el baño, la cena, la tele. Yo dibujo. Sigo presentando proyectos a más y más editoriales. Todas me rechazan: “El proyecto es interesante, pero no es lo que estamos buscando”; “Somos una editorial pequeña y publicamos solo dos libros al año, en este momento estamos interesados en otro tipo de proyectos”. No me desespero. Siempre se trató y se trata de lo mismo: de acumular rechazos, de seguir dibujando hasta que alguien diga: “Sí”.
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Me gustaría saber si se arrepienten. Si algún día van a arrepentirse. Cuando estoy con mujeres que no son madres, sobre todo cuando las veo holgadas de tiempo para pintar, escribir o leer, siento una curiosidad oscura. Lo único tan irreversible como sacar un hijo de adentro es no haberlo hecho. ¿Les daré a ellas la misma curiosidad inexpresable? Nunca conocí a una madre que confiese haberse arrepentido.
A mí el deseo de ser madre me gritó tan fuerte que no pude escuchar nada de todo lo demás. Quiero un bebé que sea mío. Quiero un bebé de verdad. Quiero tener un bebé en la panza y parirlo y darle leche y bañarlo y ponerle talco y hacerlo reír dándole besos. Quiero 1 000 bebés.
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Los primeros 10 años de mi vida los dediqué a dos cosas: jugar con bebés de plástico y dibujar.
A principios de la década del noventa mi papá se quedó sin trabajo. Yo tenía cinco años, mi hermana era bebé y mi hermano tenía siete. Mi padre había sido despedido de atc, la televisión pública, mi madre prácticamente no trabajaba. Entre las escasas ofertas laborales optaron por una: el dueño de un diario de Río Cuarto, una ciudad pequeña de la provincia argentina de Córdoba, le ofrecía dirigirlo. Prometían casa, comida y escuela privada para nosotros, como parte del sueldo, y la decisión fue mudarse inmediatamente. Atravesé la escuela primaria rodeada de compañeras fanáticas del hockey, de andar en bicicleta y de correr ahuyentando teros y clavándose abrojos. Todo era celeste, verde, celeste, verde, celeste, verde.
Yo prefería los interiores. Crecí sintiéndome inadecuada, pero se trataba de una incomodidad que lograba diluir cuando estaba sola. Jugaba en mi habitación durante horas: ponía a los bebés de plástico a dormir en sus cunas fabricadas con cajas de cartón, los tapaba con retazos de tela, les daba de comer papillas invisibles. Cuando necesariamente debía estar con otras personas (la mayor parte del tiempo cuando se es niño), empecé a percibir el germen de lo que sería la revelación de mi vida: dibujar era una forma muy efectiva de estar con la gente sin la gente. Llenaba papeles con personajes, escribía, ilustraba cuentos, hacía garabatos inservibles, bocetos rápidos y otros en los que me demoraba horas. Dibujaba en clase, en los recreos, en el despacho de mi papá (en la redacción del diario siempre sobraba papel), en mi casa cuando volvía del colegio. Yo, con cinco, ocho, 10 años, pasaba muchas horas sola jugando con bebés de plástico y dibujando. Las tardes eran largas, mi mamá llegaba a las siete u ocho de la noche de trabajar (en esa época trabajaba con mi papá) y él volvía más tarde aún, cuando yo ya dormía. La casa era grande, tenía un persistente olor a humedad que en verano quedaba enterrado en el humo de la espiral para ahuyentar a los mosquitos. Mónica, una empleada que nos cuidaba a mis hermanos y a mí cuando volvíamos del colegio, vivía con nosotros y doblaba ropa mientras miraba telenovelas.
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¿Cuándo se descubre una vocación? ¿Qué pasa si la vocación no necesita ser revelada, sino atendida? Quiero decir, cuando el llamado suena, pero nadie lo responde. Cuando esa inclinación natural, ese entusiasmo inexplicable, es atropellado por algo como la maternidad. Tenía 27 años cuando tuve mi primer hijo; 35 cuando empecé a dibujar profesionalmente. Si no hubiese sido madre, ¿hubiese dibujado más, mejor? ¿Antes?
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No creo en el talento. Dibujar bien no es difícil, basta con hacerlo todos los días durante toda la vida. Observación y tiempo. La mímesis es el menor de los problemas, lo fundamental es una cuota importante de ceguera ante el fracaso. Mi mayor descubrimiento fue darme cuenta de que debía seguir adelante con el dibujo, incluso después de sentir que ya lo había arruinado. La epifanía sucedió en un taller de arte experimental, cuando tenía 32 años y un hijo de cinco. Los jueves a la noche había logrado escapar del hogar (siempre dejando las milanesas hechas) para ir al taller de dibujo. Allí entendí cómo pasar la rompiente: había que nadar un poco más hondo, sin dejar que la ola te dejara fuera de juego. Seguir y seguir, y al rato asomar la cabeza. Sé que no es ninguna receta extraordinaria, sino algo bastante evidente sobre la perseverancia que se puede aplicar a casi cualquier cosa. Al silenciar la frustración, los dibujos ya no eran exactamente como yo deseaba, eran libres de ser como ellos querían (o podían). El estilo, la voz, eso que no tiene nombre, eso que hace que lo que hago sea mío, que está dentro y fuera de mí al mismo tiempo, llegó de repente.
El taller de dibujo experimental lo dictaba Verónica Gómez, una artista que conocí mientras trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Al taller se iba a dibujar. Cada uno llevaba los materiales que quisiera y dibujaba lo que tuviera ganas. Algunos hacían dibujo abstracto, otros le pedían ejercicios a Verónica. En mi primer día, ella me alcanzó un libro de patrones textiles rusos y me dijo: “Copiá alguno”. Yo le saqué el celofán a una libreta Moleskine apaisada, con buena apertura y hojas de 200 gramos. Tardé más de un año en completar todas sus dobles páginas de 45×15 centímetros. Hoy atesoro esa libreta y otras iguales. Algunas tienen patrones botánicos, otras collage, calaveras, corazones anatómicos, langostas, pingüinos, copias del conejo de Durero, copias de las manos de las acuarelas de Bourgeois, gatos negros de tinta china, limones, paletas saturadas de amarillos, rosados, aguamarinas, pulpos, casas, muchas casas. Dibujé sin pensar y las llamé “libretas inútiles”. No las usé (ni las uso) para bocetar trabajos, nada que tenga potencial de convertirse en otra cosa (un patrón para vender, un cuadro o un libro). Las abro solo cuando me dispongo a dibujar por el mero hecho de dibujar. Muchas veces funcionan como diarios. Desde ese taller jamás abandoné el hábito de las libretas, me puede llevar varios años completar cada una, a veces pasan meses sin que las toque, pero siempre tengo una Moleskine a medio empezar. El día que murió mi abuela (a mis 40) fui a su casa antes de que la funeraria se llevara el cuerpo. Estaban mi mamá y su hermana, sentadas en el living, esperando. Recorrí la casa en silencio y me guardé en el bolsillo un encendedor naranja que estaba en la cocina junto con una pila de encendedores acrílicos (había al menos 20). Mi abuela fumó un atado de cigarrillos desde los 14 hasta los 90 años. Esa noche, cuando volví a mi casa, dibujé el encendedor en una página de la Moleskine. Todavía tenía la carga completa, tardé horas en lograr con acuarela los destellos tornasolados del plástico naranja mezclados con el gas líquido.
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Al poco tiempo de ir al taller de Verónica quedé embarazada de mi segunda hija y perdí el territorio conquistado de los jueves a la noche. Pero no dejé ese bolsito con materiales transportables que podía tener conmigo cuando estaba sentada en el piso dándole palmadas en la cola al bebé esperando a que se durmiera, o en la plaza mientras fingía que miraba a mis hijos tirarse del tobogán por vez número 1 000.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales? Dibujar para abstraerme, igual que en Río Cuarto; 22×15, esa es la medida de cada libreta. ¿Será que me cuento todo esto del ahogo maternal como una excusa y en verdad intentar ser dibujante y fracasar me daba demasiado miedo?
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Si el silencio fuera salud, yo debería estar muerta. A mí me enseñaron a hipercomunicarme. Todos en mi familia son locuaces y articulados. Mi madre por mera vocación, mi padre por periodismo, mi abuela adicta al cigarrillo por pura neurosis. Nos hablan, se hablan, me hablan. Mis hermanos ahora viven en otros países y yo hablo con ellos un promedio de tres horas semanales, económicamente posibles gracias a internet. Mis padres hablan con ellos otras tantas. Hablo con distintos grupos de amigas a las que canso de manera rotativa, hablo con mi terapeuta, hablo en el trabajo, hablo con mis hijos. Tengo pasión por las largas sobremesas o las eternas charlas de almohadas. Como pareja soy insufrible, necesito hablar, no sé cerrar las discusiones, aun cuando percibo el instante preciso en el que el otro se hartó de mí. Los entiendo, los compadezco, pero no sé callarme.
Discuto, argumento, opino, cuento. Hablo, hablo y hablo. Doy rodeos, me contradigo, dudo. Hablo demasiado desde que aprendí a hacerlo. Hay, en la casa de mis padres, decenas de cassettes grabados, en los cuales mi papá me hace preguntas. Se puede escuchar mi voz aguda contando cosas sobre mi maestra, mis compañeritos de jardín, mi angustia por Monincho (el oso perdido en un barco en un viaje a Uruguay), mi primera visita al dentista. En los cassettes grabados durante mi vida en Córdoba desplegaba una solvencia tan tierna como exasperante.
Cuando dibujo también hablo demasiado. No sé explayarme con paletas reducidas. Me dan tanta envidia Liliana Porter y sus blancos elocuentes, como aquellos que saben guardar secretos o que no sienten necesidad de embuchar el silencio con ruidos innecesarios. Yo me expreso por horror al vacío. Siempre puede haber una mancha más, un color más, una línea más. Por eso se me da mejor dibujar con medios acuosos, porque la mancha, igual que yo, se explaya, se estira hasta dar con su propio borde.
¿Dediqué dibujos enteros a alivianar el peso de la maternidad? ¿O la maternidad me distrajo de mi vocación y por eso el dibujo quedó chiquitito, relegado a las libretas que cabían en el bolso con pañales?
Dibujo muchas plantas y flores, son una manera de hablar mucho dibujando. Vegetación que se estira hasta los límites del papel, cubriendo todo. Hojas verdes enredándose unas con otras, proyectando sombras, armoniosas en un desorden abarrotado. Dibujo con pentimentos, es decir, haciendo muchas líneas suaves (arrepentimientos) hasta entender por dónde va la línea que quiero que sea la definitiva. No todo el mundo dibuja así. Algunos, como Rubens, dibujan de un trazo y casi sin levantar la carbonilla de la tela. Entienden los volúmenes, las sombras. Yo necesito 1 000 intentos, probar con la mano, ajustar con el ojo. Igual que cuando hablo con mi terapeuta, con mis amigos o con mi pareja, hablo de más hasta dar con la pulpa del pensamiento puro. Tiro líneas para encontrar la línea correcta. Para eso uso siempre un par de lápices duros (un H, por ejemplo) y una goma de caucho, que puedo pasar para hacer suaves las líneas arrepentidas y marcar con un gris más fuerte aquella que será el contorno de lo que sea que esté intentando descifrar. Debajo de la figura hay líneas de un gris más suave, con variaciones milimétricas. Después vienen la pintura, las tintas, los crayones, los pasteles y los marcadores. Jamás acato la manera correcta de aplicar una técnica, ni siquiera la acuarela. La forma de usarla bien es mediante transparencias: una capa fina de acuarela y luego otra hasta que el color va tomando profundidad. Entonces la claridad, la luz, el blanco, lo dará el papel que no haya sido pintado. Pero yo no la uso así, no respeto nada. Pinto con acuarela y arriba puedo aplicar blanco con marcador acrílico o con gouache. Mientras el grosor y la calidad del papel lo permitan, todo vale.
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Elegí libremente ser madre. Tenía 27 años. Estaba convencida de que era mi deseo más profundo, de que siempre lo había querido. ¿De dónde salió eso? ¿Fue un mandato? ¿Fue un llamado interior? La maternidad organizó mi tiempo: en los espacios que quedaron mientras no parí, amamanté, fui a buscar a mis hijos a la escuela, les di de comer, los llevé al pediatra, a fútbol, a cumpleaños, a casas de amigos, entre reuniones de padres, baños, cuentos para ir a dormir, tareas de matemática, ahí, en los huecos, sobrevivieron mis lecturas, mis pensamientos, mis garabatos. No supe construir un cuarto propio, estaba ocupada en cuartos ajenos. ¿Acaso mi vida atrasa 100 años?
La maternidad también organizó mis dibujos. Si no hubiese sido porque tenía que hacer la comida, llevar al club, a la plaza, quizás en vez de acarrear siempre unas acuarelas en el bolso podría haberme dedicado a pintar durante tardes enteras en mi casa. En lugar de eso, en el mientras, puedo dibujar con acuarelas, lápices, marcadores y lo que entre en una cartuchera. Para el óleo, la técnica de los artistas de verdad, con solemne olor a trementina y tiempos eternos de secado, se necesita un cuarto propio. Y una soledad que por ahora no tengo.
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Nunca me cayeron bien las mamis de fútbol. Aunque tal vez podría terminar la frase antes, porque tampoco me simpatizaron las del cole o las del jardín. En general me disgusta estar en situaciones con otras mujeres donde somos “las mamás”. Parimos más o menos al mismo tiempo, en la misma ciudad, y nuestros hijos van al mismo club o al mismo colegio. ¿Es razón suficiente para generar una amistad?
El club, además, siempre me resultó extranjero. De niña no aprendí sus reglas de selva urbana, porque crecí en el campo. En Córdoba no había clubes, no hacían falta, los niños salían solos y jugaban a la pelota en cualquier descampado usando bollos de ropa para marcar los arcos. Y no lo digo con añoranza, porque nunca me gustó la vida cordobesa.
“¿A qué club vas?”, preguntan. Como si acaso eso significara algo. Me anoté en el club que me quedaba cerca y nos mudamos a este barrio por la escuela de mis hijos. Es un club como cualquier otro, es grande, tiene un lago artificial, varios patos y un buffet con luces de tubo, café malo y excelentes tostados. Héctor y Majo, los mozos, me saludan y charlan con mis hijos como si fueran vecinos o amigos de la familia. Quique, en cambio, es demasiado preguntón. Nunca me siento en las mesas que él atiende porque encuentra la manera de sacarme datos para chismosear.
La mayor ventaja del club es no ver a mis hijos. Solo se acercan a mí para pedirme plata o porque se lastimaron. Al principio también venían a contarme que alguien los había molestado, pero aprendieron pronto que, en ese territorio, yo carecía por completo de autoridad sobre sus coetáneos. En el club se ensucian, se ensangrientan, se rompen la ropa, comen porquerías y se hacen amigos. Ellos se hacen amigos, yo no. A veces corro alrededor del lago, sola con mis auriculares. Pero no practico ningún deporte y mucho menos uno de equipo. En la primaria me obligaban a ir a hockey. Yo jugaba pésimo. Entonces me llenaban de cosos de telgopor y me mandaban al arco, humillada, con el aspecto de un pote de helado.
Sin embargo, no padezco el club porque, una vez más, puse en práctica lo que entendí cuando era muy chica: que la forma de protegerme contra la inadecuación social es dibujar. Voy al club con una bolsa bastante grande en la que llevo un bloc, hojas, un vasito, una cartuchera con dos lápices, goma de caucho, dos pinceles de diferentes tamaños y una paleta desplegable en la que, ya secas, pero siempre listas para revivir, hay decenas de acuarelas profesionales de tubo (marca Winsor & Newton y Van Gogh). En otra bolsa llevo el mate y una botella con agua para llenar el vasito en el que mojo los pinceles. Paso largas horas en el club los martes, los jueves y los fines de semana. Cuando voy por la mañana empiezo en el buffet, desayuno y luego de un par de horas me mudo a “la isla”, un lugar estratégicamente alejado de los juegos infantiles, porque los niños sienten una atracción insoportable cuando me siento a pintar y, como nunca tienen a los padres cerca que les digan “No molestes a la señora”, me tocan las cosas o, peor aún, me hablan (alguna vez les dije “Rajen de acá”, como a los perros).
En el club me concentro como en ningún otro lado, porque sé que, si no estuviera pintando, ese tiempo muerto me resultaría denso e insoportable. En cambio, así, a cada segundo de entrega maternal le estoy exprimiendo algo para mí. Por eso puedo estar horas con la misma acuarela hasta lograr el tono, la transparencia, la calidad que quiero.
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Una tarde de sábado, cuando tenía 11 años y medio, en un anochecer de invierno, mis padres nos sentaron a mis hermanos y a mí en la cama matrimonial de la casa húmeda de Córdoba para contarnos una noticia. Yo era una niña con una profunda convicción atea, pero sentí la necesidad de practicar algo parecido a un rezo y empecé a rogar hacia adentro: “Por favor, por favor, que no sea otro hermanito”. Y no es que dos hermanos fueran demasiados, pero eran suficientes. Yo, a los 10 años, era sistémicamente maternal con mi hermana cinco años menor y la cuidaba con una dedicación absurda, mientras mi hermano mayor vivía en su propio planeta.
Mi mamá escuchó mi murmullo y entonces soltó sin preámbulos la noticia: “Nos volvemos a Buenos Aires”. No tengo claro si por alivio o desconcierto, lloré. El sonido de mis sollozos sorprendió a todos, incluso a mí misma. Nada podía calmarme. Usé un rollo entero de papel higiénico, que me alcanzó mi papá para que me secara las lágrimas y me limpiara la nariz. “¿No era lo que más querías, Micaelita?”, me preguntó preocupado mientras se enrollaba en la mano una tira de papel. Le respondí que sí y que, aunque no sabía bien por qué lloraba, era la mejor noticia que había escuchado en mi vida.
Volvimos a Buenos Aires por la Ruta 8, esa que había recorrido todos los veranos para visitar a mis abuelos porteños. Mis padres habían decidido que era hora de darme un baño de identidad y me inscribieron en una secundaria judía, que quedaba en plena capital, bastante lejos de la casa a la que nos mudamos, en la zona norte del Gran Buenos Aires. A mí no me importaba despertarme a las seis y media de la mañana ni tomarme dos colectivos todos los días con tal de no ver vacas por la ventana del aula. Todo en esta nueva vida urbana me daba placer: la gente desconocida, la Panamericana embotellada, el colectivo 60 lleno, los vendedores ambulantes y los panificados callejeros en canastos de mimbre. Había violetas eléctricos, naranjas, verdes gastados, destellos de un carmín hipnótico. La ciudad era multicolor.
Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio.
A mis 15, mis padres me regalaron una habitación. Cerraron un pasillo con una pared de durlock y dejé de compartir el dormitorio con mi hermana. Pinté la pared de mi cuarto de verde. En la planta baja de la casa, donde originalmente estaba el garaje, armaron una oficina, donde pusieron la computadora que usaba toda la familia. Cuando los demás dormían, yo conectaba un parlante en mi habitación y me escabullía a la computadora para bajarme música con un programa trucho, para luego transmitirla en el parlante de mi cuarto, que hacía unas interferencias espeluznantes. Pasaba despierta noches enteras, dibujando y escuchando música. Mi gusto era ecléctico: Piazzolla, Chopin, Fito Páez, Manu Chao. Siempre envidié a esos adolescentes que seguían a bandas o cantantes cool, que se fanatizaban con el rock canchero y lo presumían en sus mochilas intervenidas. Yo escuchaba cualquier cosa mientras pintaba sin parar. Tinta china sobre acetato, birome en cartón, acrílico, marcadores. Instrumentos, desnudos, abstracciones. Leía a Cortázar, a Simone de Beauvoir, a Flaubert, a Felisberto Hernández. Entre libros y dibujos me sentaba en el borde de la ventana y fumaba decenas de cigarrillos negros. A la madrugada, sin que nadie me hubiera despertado aún, caminaba hasta la parada y me iba a la escuela. Dormía un rato en el colectivo antes de entrar a clase. Había empapelado todas las paredes de mi cuarto con mis dibujos. No fantaseaba con casarme ni con tener hijos. Mi sueño era ir a París, ver las pinturas de Toulouse-Lautrec y entender cómo hacía para pintar la luz con turquesa.
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¿Es razonable que a los 18 años alguien decida su carrera para toda la vida? Terminé el secundario, visité el edificio donde se dictaba la carrera de Bellas Artes. No sé si fueron sus paredes horriblemente blancas o las 1 000 materias interminables que prometía el programa, pero lo cierto es que algo me hizo alejarme y terminé inscribiéndome en Historia del Arte, una carrera teórica. Más de dos décadas pasaron desde ese momento y sigo preguntándome por qué decidí estudiar cómo pintaban otros en lugar de descubrir cómo hacerlo yo. Durante los años de facultad leí sobre pinceladas, carga matérica, composiciones, paletas de color, pero no aprendí nada sobre la dimensión sustancial de color, los tipos de barniz, las maneras de fijar un pastel.
En noviembre de 2006, con 21 años, en segundo año de la carrera, conseguí mi primer trabajo serio (no de moza ni de vendedora, como los que había tenido): guardia de salas en un museo. Era un museo histórico, periférico, chico y feo. El trabajo era tedioso. A los dos años pude pedir un pase interno a otro que pertenecía a la misma red y me interesaba más: el Museo de Arte Moderno. Allí trabajé en investigación y curaduría. Fueron años de oficina de 10:00 a 18:00. Sostuve Picassos, Ferraris, un Kandinski. Lidié con artistas, serví café, escribí textos para catálogos. Me aburrí.
A los 25 me casé. Tuve a mi primer hijo a los 27 y la segunda a los 32. En el museo trabajé más de 10 años. Cada primero de mes cobraba un sueldo. No era mucho dinero, pero el trabajo me permitía tomar largas licencias para parir, amamantar, cuidar. Apenas mis hijos crecieron un poco acomodé el horario para estar en el museo en horario escolar. Tuve que hacer tareas que me interesaban menos, pero podía ir a buscarlos al colegio. Usé las posibilidades del convenio de trabajo para hacer la adaptación al jardín, ir a sus actos, llevarlos al pediatra. Le hice la cena a mi marido, colgué ropa en la terraza, pasé tardes enteras buscando el par de cada media, doblando ropa, sacando piojos.
Una década más tarde, logré renunciar al museo, también pidiendo un pase, pero esta vez a una radio. Logré mantener el sueldo trabajando menos horas y ser periodista cultural me aburría bastante menos. Tengo 40 años y todavía conservo ese trabajo, con su sueldo fijo y una antigüedad que me permitiría jubilarme en un par de años.
Poco después de irme del museo, vino la pandemia. Y, poco después, el divorcio.

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En 2020, el encierro pandémico me hizo sentir Madame Bovary. Yo no había elegido ser maestra, ama de casa, esposa, y, sin embargo, todo eso estaba sucediendo. Por la fuerza. Mi marido era periodista y, como él sí corría con la ventaja del trabajador esencial, los únicos que en la pandemia tenían permitido circular por la ciudad, se iba todos los días a las nueve de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Yo, en cambio, trabajaba con Peppa Pig de fondo mientras lavaba, cocinaba, conectaba al Zoom a mi hijo que cursó cuarto grado en el living, le enseñaba a multiplicar, alimentaba, entretenía a mi hija de tres años. Como siempre, para no enloquecer, dibujé.
Una tarde encontré en Instagram un concurso de dibujo que organizaba un emprendedor. Mandé una foto de una acuarela con fondo de tinta china. Lo gané. El premio era una tableta para dibujar digitalmente. Aprendí a usarla con un par de videos que encontré en internet. Cuando me compraron la primera ilustración digital para imprimir en la tapa de una agenda (un ramo de flores fucsias sobre fondo turquesa), me di cuenta de que algo había cambiado. No era solo una changa, un encargo, el provecho de algo que igual hacía por gusto. No. Me habían pagado por dibujar. Y era algo que, además, podía hacer cuidando hijos. Mientras yo ganara plata sin alterar el funcionamiento del hogar, mi marido festejaba.
Muy de a poco, colonicé espacios. Ocupé la mesa del comedor para pintar, los estantes del living con cajitas de crayones, pomos y pinceles. Cada ingreso nuevo de dinero me animaba a usar un estante más.
Después de la separación, también conquisté un par de noches libres por semana, en las que los chicos dormían con el padre. No fue exactamente un cuarto propio, pero alcanzaba.
¿Alcanzaba? ¿Por qué tardé tanto? ¿Estoy a tiempo?
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A mi exmarido lo conocí en una fiesta. Yo tenía 21 años, usaba el pelo corto, recto, por arriba de los hombros, dejando ver mi cuello terso, joven, en perfecta tensión. Esa noche tenía puesto un jean, una remera negra sin corpiño, y era tan miope como ahora, pero me divertía salir de noche y estar borracha y no tener que ver. Entonces salía sin anteojos. Lo miré, vi poco, pero igual sonreí. Me miró. Era una coreografía sin peso, como un trozo de tela que baila con el viento. Le saqué el teléfono con tapita que tenía en la mano, lo abrí y agendé mi número. Me llamó al día siguiente al teléfono fijo. El hecho de que le hubiera dado el fijo lo sorprendió. Nos habíamos conocido en Puerto Madero, en la capital. Preguntó dónde vivía, y respondí que en Beccar, en el conurbano bonaerense, con mis padres. Hizo silencio. Me llevaba 10 años. Me invitó a un concierto, después a un bar, después al cine. Me empecé a quedar a dormir en su casa. Despejó un cajón, luego medio placard. Vivía en un monoambiente, a dos cuadras de la avenida Córdoba, en Palermo. Yo, al fin, me despertaba en un barrio con transporte público a mano y farmacias 24 horas. Él tenía un buen trabajo en un diario importante y una vocación de periodista impoluta (que yo admiraba y envidiaba por partes iguales). Mi sueldo en el museo era magro, pero me alcanzaba para ir al chino de la vuelta cuando salía de la facultad y comprar cosas para la cena. Jamás hablamos de plata. Él trabajaba, volvía del diario después del cierre, tarde por la noche. Yo lo esperaba con banquetes de patitas al horno y puré Chef.
Ya era una mujer, pero seguía jugando a la casita igual que a los ocho.
¿Cuándo dejé de sentir que era un juego?
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Dieciséis años después de estar viviendo juntos, él se enamoró de otra. En realidad, no lo sé. Solo pienso que es probable que se haya enamorado de otra. Tampoco me interesa demasiado. El problema no fue ese, sino otro: la maternidad me hacía invisible. Él había dejado de verme. Yo, de a poco, pasé a ser un electrodoméstico, algo que, cuando funciona bien, se hace imperceptible. Más que dolor me causó aburrimiento. Cuando se fue de casa me dijo: “Te estoy haciendo un favor”. Tardé poco en darme cuenta de que tenía razón.
Sin embargo, contarles del divorcio a nuestros hijos y rearmar la logística en dos casas distintas sí me dolió. Después, me costó menos meter un hombre a la ex cama matrimonial que hacer un asado en la terraza donde habíamos sido, los cuatro, una familia feliz.
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Un dibujo de unas manos, una acuarela de un pulpo, una pintura de nubes, un grafito de un escarabajo, una tinta de limones, un óleo de una langosta. “¿Por qué pintaste una langosta?”, me preguntaron una vez. “Porque no tiene nada que hacer acá, parece fuera de lugar, inadaptada, eso me gusta. Es como el teléfono surrealista de Dalí”, respondí con convicción. Pero era mentira. Dije lo que asumí que el que hacía la pregunta querría escuchar: una explicación coherente. Lo cierto es que no tengo idea de por qué se me ocurrió pintar una langosta. Fue producto de un impulso: quise que de un rojo acuarelado con aceite de lino pudiera emerger un fucsia. Fue una excusa para un carmín, para un naranja, para una textura magenta. Por eso pinté una langosta, para pintar ese rojo.
Leí demasiado sobre cómo creaban otros, sobre qué intenciones tenían los grandes pintores. Me intoxiqué de pensamientos sobre prácticas ajenas y quizás haya sido eso lo que me inhibió, lo que terminó por convertirme en esto, en una obrera del arte, en alguien que piensa en el dibujo como en un oficio. Pintar es un impulso y muchas veces aparece, igual que el deseo de comer chocolate, de manera caprichosa. A veces elijo el motivo porque quiero usar turquesa, porque me imagino dando una base de fucsia para que el verde con violeta de un alcaucil brille mejor.
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Estoy separada desde hace dos años. Tengo una casa que puedo usar como taller y dos noches libres por semana. También tengo deudas con la abogada que lleva el divorcio y cuentas que, por primera vez en mi vida, pago sola. La luz, el gas, internet, el club, la ropa para el colegio, la obra social, los libros escolares.
Nunca antes me hice preguntas sobre cómo generar dinero. Había un acuerdo tácito. Esas preguntas eran de él, pero ahora son mías. Y no quisiera tener que manejar un Uber. ¿Cómo se gana plata dibujando? ¿Cómo hacen otros dibujantes para pagar sus cuentas, de qué viven? ¿Heredaron sus casas? ¿Son mejores que yo armando presupuestos? ¿Mantienen hijos? ¿Qué estoy haciendo mal?
Aunque busco clientes con una desesperación casi vergonzosa, lo que consigo no alcanza. Nunca alcanza. Tengo el trabajo en la radio, eso me da un sueldo estable, pero es insuficiente. Dibujo agendas y textiles, vendo cuadros, voy a ferias, publico libros. Hago ilustraciones para pañuelos que se venden carísimos en los shoppings, para cuadernos y manteles. Pinto por encargo, fabrico lo que creo que puede venderse más, hago bocetos para complacer, uso los colores que me piden, hasta los que odio (como el violeta). Tengo un nutrido portfolio, una página web, doy clases. Pero nunca alcanza. La abogada del divorcio me vampiriza, el conflicto financiero con el padre de mis hijos escala exponencialmente con niveles de pelea a los que jamás pensé que llegaría. Se acumulan deudas. Me costó tanto llegar hasta acá que no quiero posponer mi vocación otra vez. Pero uno nunca se equivoca queriendo equivocarse. ¿Qué decisión estoy tomando ahora que podría llevarme por un camino errado, que lamente en el futuro?
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Fui a hacerle preguntas a Istvansch, un ilustrador. Musculoso, histriónico, debe tener cerca de 60 años, pero parece de 30. Fue uno de los primeros dibujantes argentinos en lograr que su nombre estuviera en la tapa de los libros que ilustraba al lado de la firma del escritor. Tiene muchos libros publicados. Es dueño de un estilo propio: recorta papeles, arma escenas con plenos de color cortados a mano, les saca fotos, deja que las sombras colaboren con la composición. Hace 20 años, su manera loca de dibujar con papelitos fue furor, pero hoy podría perfectamente hacerse con Photoshop, aunque él sigue recortando a mano, para perplejidad de sus editores. Hace años, cuando mi primer hijo era bebé, tomé un taller en su casa. Fue él quien me introdujo en el mundo de los libros álbum (un libro en el cual la imagen y el texto son inseparables uno de otro). Recuerdo sus clases con el halo dorado de lo iniciático: Istvansch nos esperaba con té, budines y una pila de libros. Durante dos horas, en el living de su casa, leía actuando, haciendo voces, nos mostraba autores que llevaban la tecnología del libro hasta sus límites. Era potente y muy conmovedor. Ahí descubrí ilustradores y escritores a quienes no había escuchado nombrar jamás y aprendí que no hacía falta dibujar perfecto (ni increíble, ni demasiado bien), mientras se tenga claro qué se quiere decir. El trabajo final del taller era construir una maqueta lo más cercana posible a un libro álbum. Apelé a mi formación, investigué y escribí sobre la historia de los colores. Istvansch me dijo que el texto estaba publicable, pero los dibujos no. Me destrozó, tenía razón. Pero él no recordaba su antigua crítica y, aunque mis ilustraciones de ahora le parecieron estupendas, lo encontré desencantado, como si se le hubiera bajado el volumen a su entusiasmo. Había dedicado toda su vida a los libros, no tenía hijos ni pareja, viajaba por el mundo, era un pionero del rubro, socio fundador de la Asociación de Dibujantes de Argentina, y no parecía conforme con el lugar que había logrado ocupar. Le pedí un consejo concreto: ¿cómo puedo mejorar mis ingresos dibujando? Me dijo que debía buscar un agente o una editorial, porque era la única manera de llegar al mercado europeo y asiático. “Pero no lo vas a conseguir mandando mails desde acá, no te dan bola. Para eso tenés que ir a Bolonia. Hacelo, yo te tengo mucha fe”.
Bolonia: la feria profesional de libros ilustrados más importante del mundo. Pasaje, estadía, comida suman, por lo menos, 3 000 dólares. ¿Gastar miles de dólares cuando vivo con la cuenta en cero?
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Lo hablé en terapia y me convencí de que “mis hijos serán felices si su madre se siente realizada”. Hice listas: debo llevar un proyecto de libro lo más acabado posible, dos portfolios (uno editorial y otro comercial), 500 postales y varias tarjetas ilustradas. Revisé las 1 000 editoriales del directorio de la feria y mandé 114 mails. Tardé 18 horas en total, me respondieron 30. Conseguí 12 citas esparcidas durante los cuatro días de feria.
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Si la poesía tuviera un antónimo sería el lenguaje legal. La abogada me mandó un mail, en el que usó las palabras cautelar, traslado, provisional. Me desaconsejó viajar. Me explicó que “la verdad jurídica” debe ser sostenida con actos y que yo voy a tener que probar que tuve menos oportunidades laborales que él. Que debo comportarme de acuerdo con la estrategia que estamos planteando juntas, de demostrar que aún hoy me ocupo más tiempo de mis hijos. Me dijo que, para conseguir lo que corresponde, no me conviene decirle que los cuide durante una semana, ni me conviene viajar al exterior por trabajo. Que lo más probable es que tenga que iniciarle juicio por alimentos y que eso costará mucho dinero. Mucho más dinero. “Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional”, me dijo.
Durante nuestros años de convivencia, el trabajo más importante era el de él. Él ganaba más plata. Él tenía una vocación periodística inquebrantable desde los seis años. Él anteponía el diario o la radio o la tele a la pareja, a los hijos, a dormir o ir al médico. ¿Cómo se traduce todo eso al lenguaje legal? Me imaginé 100 veces sus argumentos. Mientras me bañaba o revolvía el arroz, pensaba que él alegaría que yo había pospuesto mi trabajo por decisión propia, que había tenido hijos porque quería tener hijos, que no ganaba más plata porque no era capaz y porque no había trabajado tan duro como él.
Quizás no es el momento para buscar crecimiento profesional, pero ¿cuándo lo fue? Bolonia va a suceder, a pesar de los consejos de la abogada.
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Pido un préstamo. Saco pasaje. Alquilo un departamento a una hora de caminata del lugar en el que se lleva a cabo la feria. Preparo una valija pequeña porque despachar equipaje es demasiado caro. Llevo poquísimas cosas, la mitad del carry on está ocupado por los dibujos para la feria y la otra mitad por un par de conjuntos de ropa y un botiquín ridículamente grande. El día de la partida me cuesta despedirme de mi hija pequeña. Extiendo erróneamente la agonía yendo a desayunar con ella antes de dejarla en la escuela. Se la entrego a su maestra, que la recibe con un abrazo. Mi hija, que se llama Nina, me mira y llora. Muchísimo. Y yo siento ganas de cancelar todo. Pero me voy.
Tengo una fascinación patológica por hacer todo a último minuto. En un café del aeropuerto termino de ajustar los portfolios, de recortar las postales. También envuelvo con papel de seda el proyecto que hice para mostrar en la feria. Son 30 dibujos pintados a mano que salieron con una velocidad que me produce desconfianza. Creo que si me hubieran costado más esfuerzo sentiría que son mejores. En la fila para subir al avión detecto dos ilustradoras que también van a Bolonia, a la feria, deben tener unos 20 años. Las envidio por poder hacer este viaje tan al principio. ¿Al principio de qué?
Sé, con solo mirarlas, que no son madres.
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En el avión tomo somníferos, miro películas, leo. Mis piernas no entran, me duele la cintura y hay turbulencia, pero yo me siento flotar. Nadie me reclama ni me pide upa. No hablo durante horas. No tengo que arrastrar mochilas ni desplegar juguetes ni prever el hambre o las necesidades fisiológicas de nadie, salvo las mías. Todo parece tan sencillo.
Paso brevemente por el aeropuerto de Roma y nada, ni la demora en migraciones, ni la fila absurdamente larga para tomar un taxi, me fastidia ni disminuye mi exaltación. Cuando al fin entro al departamento que alquilé me hago un café, me doy un baño. No aviso a mi familia en Buenos Aires que ya llegué. No cargo el teléfono, que se quedó sin batería. No lo conecto al wifi para saber cómo están mis hijos sin mí. Salgo a caminar.
Bolonia es naranja, está llena de arcos, recovas y postigos verdes. Todo me deslumbra, los alcauciles, las persianas, los gritos de los italianos y sus boinas azules, los grafitis. Querría sentarme a dibujar.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional.
El supermercado es barato, voy a todos lados caminando. Ese día almuerzo pastas, tomo Aperol, ceno helado. Me siento en los escalones de una iglesia, trago ristrettos de un euro. Nadie me habla. Me compro una remera blanca para ponerme al día siguiente. No sé hablar italiano, gesticulo, mezclo palabras, soy un papelón, me río sola.
A la noche no me puedo dormir. Consumo doble dosis de somnífero y nada. No puedo dejar de pensar en cada centímetro de océano profundo que me separa de mi casa, de la casa de mi ex, donde imagino a mis hijos dormidos. Me pregunto si tendrán fiebre, si estarán bien. Entre ellos y yo hay un mar, agua negra, profunda, infranqueable.
A las siete de la mañana apago la alarma antes de que suene y camino una hora hasta la Bologna Fiere, un par de kilómetros hacia las afueras de la vieja ciudad amurallada.
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La feria dura cuatro días, 10 horas cada día. Sabía que era enorme, pero es inabarcable y laberíntica. En la entrada hay unos paneles blancos donde los ilustradores podemos dejar un dibujo que nos represente y algún dato de contacto. Se supone que los editores y agentes recorren estos muros en busca de dibujantes nuevos para sus proyectos. Hay decenas de personas de entre 20 y 30 años hablando en varios idiomas a la vez y tratando de colgar sus postales. Pero este año el material con el que confeccionaron el muro blanco es demasiado poroso y las cintas no se adhieren. Los dibujos caen al piso, vuelan entre la gente. Es trágico: está en la entrada de la feria y todos los que pasamos por ahí los pisoteamos sin querer. Sigo siendo tan atea como a los ocho años, no soy supersticiosa, pero es inevitable no ver esto como un mal augurio.
Entro al predio apurando el paso porque mi primera cita es temprano. Me cuesta muchísimo ubicarme y empiezo a transpirar mi remera blanca fabricada con demasiado poliéster: no logro entender dónde está el Survival Corner (así se llama la zona de los ilustradores). Quiero sentarme en el piso y llorar. Estoy perdida. Me costó tanto estar acá. Soy una estúpida. Doy vueltas en redondo y no entiendo el italiano ni los mapas. Jamás voy a encontrar al señor con el que debo reunirme. Me volveré a Buenos Aires endeudada a buscar trabajo en una fábrica de pastas. Al final respiro, miro un cartel durante varios minutos, me ubico y llego a tiempo.
Me recibe Beatrice, una italiana con la que venía conversando por mail. Tiene una carpeta en la mano, un kimono de colores y un diamante incrustado en un diente. Me anota en una lista, me dice que espere. Hay seis mesas blancas, con cartelitos que indican el nombre de quien hace la revisión de portfolio y un plato con caramelos de limón. La primera reunión la tengo con un indio que habla en inglés pastoso, tiene una compañía de videojuegos y no le interesa nada de lo que le muestro. Pero no tengo ni tiempo de desanimarme. La segunda cita es con una yanqui que me pide ver más y más dibujos, parece entusiasmada, pero de una forma rara, como derretida. Me pide dibujos de Jesús. No tengo. A la tercera revisión, con una artista polaca, saco los proyectos de mi bolso en automático, repito en inglés quién soy, de dónde vengo. La artista polaca se da cuenta de mi agotamiento y me alienta de una forma dulce, me ofrece un caramelo de limón del platito que está entre nosotras y habla de mi trabajo. Me elogia con mesura y al final me regala un imán con un dibujo suyo: es un dios egipcio, con cara de perro y traje, sentado en un tren sobre un fondo rojísimo. Es magnífico.
En algún momento, el día termina.
Al día siguiente, cuando vuelvo, ya sé dónde doblar apenas entro y también detecté dónde comprar café y algo parecido a una medialuna. Entro al Survival Corner con tiempo para tomar tranquila mi ristretto. La primera reunión de la mañana la tengo con Karen, una colombiana que hace vestidos ilustrados. Son unos trajecitos infantiles preciosos que traen un código en la etiqueta que, al escanearlo, lleva a una grabación de un cuento infantil. Cuando me siento frente a ella me dice (al fin en español) que está menopáusica, que necesita un poco de aire frío y fumar. Me desconcierta, pero la sigo mientras sale del sector de las reuniones. Beatrice, la del diamante en el diente, intenta explicarle, en italiano, que no me puede sacar así de la sala. Yo la tranquilizo, en inglés, y corro afuera, detrás de la colombiana acalorada. Hacemos la reunión en un pasillo exterior, al lado del baño. Un poco incómoda, pero entre risas, saco mis portfolios de la cartera y también agradezco el aire frío. Ella fuma un cigarrillo electrónico y mira mis carpetas. Charlamos y queda encantada con mis trabajos.
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La feria tiene miles de stands con libros. Son demasiados, pero por una vez evito hacerme preguntas desalentadoras como a qué vine, para qué lo intento (pero ¡¿a qué vine, para qué lo intento?!). Cuando no estoy en el sector de revisiones de portfolio, deambulo por otros stands buscando contactos con editoriales. En algún momento me cruzo con las ilustradoras jovencísimas del avión, las veo caminar despacio y cansadas. Yo no siento el cansancio, estoy a la pesca.
Durante el día no tengo tiempo de pensar en nada que no sea la feria, el trabajo, las revisiones de portfolio. Miro el teléfono solo para buscar cómo se dice tal o cual palabra en italiano. A la noche, apenas me meto en la ducha, siento una punzada de culpa por no haber pensado en mis hijos. La ahuyento repasando mentalmente mi agenda del día siguiente, pensando qué me voy a poner, con quién me falta conversar, cuánta plata me queda.
Nunca los llamo.
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Una noche, a la salida de la feria, aunque ya no siento las piernas de tanto caminar, en vez de volver al departamento voy al centro estudiantil de Bolonia. Recorro las calles empedradas hasta el edificio de la universidad más antigua del mundo (es del año 1000). Hay bares, juventud y muestras de arte. Me meto en una exhibición de Joëlle Jolivet, una ilustradora francesa, porque escuché una conversación en la cola del baño de la feria entre dos chicas que la elogiaban.
“Troppo di Tutto”, se llama la muestra. Jolivet dibuja 1 000 pingüinos, 1 000 vistas de Bolonia, 1 000 imágenes del cuerpo humano. Estampa figuras en grabado, como si fuesen sellos, para multiplicarlas. En las paredes se exhiben las matrices de sus linoleografías. Jolivet es una entusiasta. Todo, mucho. Me compro un libro enorme, que no sé cómo voy a acarrear, con dibujos desplegables del cuerpo humano. Me enloquece la técnica de la francesa: agarra un tema (el cuerpo, la ciudad, un animal) y lo examina con su lápiz hasta diseccionarlo por completo. Me da envidia, quizás admiración. ¿Tendrá hijos?
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Nina, mi hija, me hace una videollamada desde el celular de su niñera. Antes de irme le había preparado un calendario con un regalo pequeño por día (zonceras, caramelos, un lápiz). Esa tarde, al llegar del colegio, abrió su regalo y se encontró con una libreta y una notita que le pedía que dibujara lo que estaba viviendo mientras yo estaba lejos. Ahora quiere mostrarme lo que dibujó. Apenas la veo en la pantalla borrosa del celular noto que tiene lastimada la nariz. Un raspón rojo, una cascarita de dos milímetros, por completo inofensiva. Cuando veo su sangre seca tengo que contener un sollozo exagerado e improcedente. Pocos segundos después de estar hablando me doy cuenta de que ni ella ni yo estamos felices de vernos. Yo no tengo la cara lastimada, pero quizás se me nota algo, una distancia. Enmudecemos. Cuando quiero hablarle de Bolonia, me sale una voz demasiado aguda. La conversación es breve. No la llamo más. En los días que siguen, ni siquiera le pregunto a mi ex cómo están mis hijos.
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El último día, horas antes del cierre, los editores a cargo de los stands empiezan a guardar libros en cajas. Algunos los regalan o los venden muy baratos para no acarrearlos de regreso. Me hago de un libro sobre peces de colores y otro de huevos fritos con el fondo espejado. Le escribo a la colombiana para saludarla antes de irme, y me invita a almorzar. Vamos a un restaurante en la entrada del predio. Ella fuma, pide prosecco, una torre de mortadela, tiramisú, ristretto. Yo agradezco que hable español y hago uso de mi verborragia. Para mi enorme alivio, paga la cuenta. “Estás invitadísima”, dice sonriente. ¿Eso quiere decir que me va a contratar?
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Todo termina demasiado rápido. Me tomo el tren hasta el aeropuerto y, antes de subir al avión, me escribe Karen. Me encarga seis ilustraciones para dos vestidos de su marca. Le paso un presupuesto que tiene menos que ver con el tiempo y la calidad del trabajo que con las circunstancias: es lo que me costó el viaje. Acepta. En el aeropuerto de Roma me gasto la plata que me queda en regalos para mis hijos.
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Cuando llego, los busco en la escuela y me abrazan, me cuentan sus días sin mí. Salvo por el raspón de Nina, y por algunos piojos, están sanos, felices, a salvo. Cuando yo quiero contarles cosas de Italia, cambian de tema, no les interesa nada de lo que viví sin ellos. ¿Será que perciben que en verdad no los extrañé?
Mi madre estudió Arquitectura, igual que mi abuela, pero jamás ejerció. Conoció a mi padre a los 21 años y la fascinó su amor por el periodismo. Cuando nos mudamos a Córdoba, mi mamá empezó a trabajar con él. Fue su productora, tuvieron un programa de televisión. Cuando volvimos a Buenos Aires, mi madre se convirtió en directora de prensa en una agencia de publicidad y, desde hace muchos años, tiene su propia consultora. Cada vez que ella volvía de viaje (de España, del festival de publicidad de Cannes, de una inauguración en Venecia) nos decía que no nos había extrañado. Compraba regalos, siempre exagerados, siempre magníficos, pero nos decía, cada vez que volvía de viaje: “No, no los extrañé”. Ni siquiera ahora, que la experiencia me hace entenderla, comprendo por qué lo hacía.
La noche de mi regreso, a mis hijos, les miento. Les digo cuánto y cómo los extrañé. Les cocino milanesas, les ordeno las mochilas, les paso el peine fino para sacarles los piojos.
En los días que siguen cumplo con mis obligaciones en automático, como tantas veces, aunque siento algo corrido de lugar. Al principio pienso que es pasajero, una especie de jet lag emocional. Pero pasa el tiempo y esa sensación no desaparece. Hasta que entiendo que, con un poco de suerte, va a permanecer en mí.
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Después transcurren los días, las semanas, los meses. La rutina suaviza el impacto de la llegada. El despertador temprano, la corrida al colegio, el trabajo. La merienda, la tarea, la ropa lavada, el baño, la cena, la tele. Yo dibujo. Sigo presentando proyectos a más y más editoriales. Todas me rechazan: “El proyecto es interesante, pero no es lo que estamos buscando”; “Somos una editorial pequeña y publicamos solo dos libros al año, en este momento estamos interesados en otro tipo de proyectos”. No me desespero. Siempre se trató y se trata de lo mismo: de acumular rechazos, de seguir dibujando hasta que alguien diga: “Sí”.
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