Guillermo del toro la forma del agua

El amor según Guillermo del Toro

La forma del agua, la nueva cinta de Guillermo del Toro, está motivada en una profunda necesidad de combatir el cinismo contemporáneo.

Por Marcela Vargas / Fotografía Jason Bush

Guillermo del Toro llegó al XV Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) como un huracán de buenas intenciones. La presencia del cineasta y el estreno en México de su nueva película, La forma del agua, fueron las joyas de la corona en la celebración de 15 años de uno de los festivales de cine más importantes del país. Acompañado siempre por la directora del FICM, Daniela Michel, y por un equipo de seguridad personal, el director pasó cuatro días entre cinéfilos, siempre bromista y sonriente.

Presentó su nueva cinta en una función de gala donde, además, se develó una butaca especial con su nombre, firmó autógrafos en la alfombra roja, ofreció dos clases magistrales gratuitas y atendió una función de beneficencia para afectados por los sismos de septiembre en México. Mientras estuvo en Morelia, capturó la atención de transeúntes, audiencia, reporteros y miembros de la organización del festival. Se cumplía por fin lo que quiso hacerse en 2015, cuando el FICM estrenó en México el largometraje anterior de del Toro, La cumbre escarlata; en esa ocasión, serios problemas de salud le impidieron asistir al festival. Las visitas públicas de Guillermo del Toro a su país de origen no son frecuentes, de modo que las reacciones desbordan efusividad en cada oportunidad de verlo caminar por México y atender a la audiencia local.

Este mexicano, nacido en Guadalajara en 1964, ha construido en más de 20 años de carrera cinematográfica un universo poblado por hadas, monstruos, princesas y fantasmas. Su película más reciente, La forma del agua, sorprendió al llevarse el León de Oro a Mejor Película en la 73ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia. Los críticos la adoran y cada día suena más fuerte la posibilidad de que sea esta cinta la que por fin le dé un premio Oscar.

Del Toro reinvirtió su salario en ella para asegurarse de que se hiciera exactamente como él quería. Dedicó tres años de trabajo de diseño hasta conseguir la escultura perfecta para su criatura protagónica. La forma del agua —coescrita con Vanessa Taylor— es una cinta conmovedora con dos metas claras: revalorar al amor como la fuerza más poderosa del mundo y comprender que vivimos en matices de gris y no únicamente en blanco y negro.

Por petición de del Toro, lo que originalmente serían conversaciones de cinco minutos uno a uno con medios de comunicación se convirtieron en encuentros de casi una hora con seis o siete reporteros por vez. Reunidos en una sala privada del Hotel Virrey de Mendoza, en el centro histórico de Morelia, el director explicó sobre su cinta: “La única manera de respirar es en el gris. En la vida lo único que nos da permiso de existir es que vivimos en esa área gris, por eso hay tantísima rabia. Es muy bonito que en esta película el único personaje obsesionado con la blancura moral es el antagonista”.

El trabajo de Guillermo del Toro, enmarcado en los géneros fantásticos, nunca ha estado lejos de las críticas al poder y a la autoridad —en El espinazo del diablo y El laberinto del fauno hay comentarios contra el franquismo durante la Guerra Civil española—. Pero La forma del agua es quizá su afirmación política más directa hasta ahora, en un entorno hostil donde grupos fascistas recuperan el poder en distintas partes del mundo, Donald Trump es presidente de los Estados Unidos y hay un incremento global de sentimientos racistas, homofóbicos y nacionalistas. “Es un antídoto contra el cinismo”, dice el director.

Situada en la ciudad de Baltimore, Maryland, en octubre de 1963, La forma del agua es la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que entabla una relación romántica con una criatura anfibia (Doug Jones) cautiva en un laboratorio militar del gobierno estadounidense. Las amistades de Elisa son pocas pero significativas: Zelda (Octavia Spencer), una mujer afroamericana con quien trabaja como conserje en el laboratorio, y Giles (Richard Jenkins), un artista homosexual que intenta recuperar su empleo en una agencia de publicidad. Tres individuos marginados en una sociedad dominada por las apariencias y por un sentido riguroso de la “normalidad”, donde nadie diferente puede ser considerado digno. El estatu quo de los valores norteamericanos es encarnado por Strickland (Michael Shannon), el jefe de seguridad encargado de mantener a raya a la extraña criatura humanoide que el ejército estadounidense trajo desde el Amazonas para usarla como ventaja estratégica en la carrera armamentista de la Guerra Fría. El terror soviético está en el aire y empaña el trabajo científico del doctor Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg), quien intenta evitar la muerte de la criatura.

“Aunque la película sucede en los sesenta, creo que todos los temas que toca son muy cercanos a la realidad de hoy en día”, explica vía telefónica Fernanda Solórzano, crítica de cine de la revista Letras Libres. “[Strickland] es aterrador porque es una persona con la que podemos encontrarnos todos los días y que tiene valores o antivalores que por desgracia son vigentes.”

Giles —cuya interpretación seguramente conseguirá una nominación al Oscar para Richard Jenkins—, por ejemplo, es un hombre que a sus casi 60 años vive solo y pasa las horas viendo películas musicales con su vecina muda. Cuando las noticias de la tarde ponen un atisbo de realidad en su pantalla, cambia de canal para escudarse de la negatividad. Giles decide quitarse la coraza y actuar hasta que la discriminación lo toca de manera directa. “A veces es muy difícil empatizar con otras personas o con otras minorías cuando crees que no te va a llegar el momento”, comenta Fernanda Solórzano sobre este personaje. “Discriminación es discriminación y no importa a qué, porque la intolerancia generalmente va en paquete.”

“Aunque está situada en 1963, pueden marcarse ciertas conexiones con lo que sucede el día de hoy”, dice desde Los Ángeles, California, el actor estadounidense Doug Jones, quien con La forma del agua trabaja por sexta vez con del Toro. “Es un cuento de hadas con un pasado problemático. Si eras ‘el otro’, se pensaba que eras anormal o malo, pero esta película te dice que está bien ser distinto. Creo que tiene un mensaje de amor: si eres ‘el otro’, hay un amor para ti, el amor es posible para todos nosotros. Es real, es verdadero y nunca es tarde para encontrarlo.”

El amor es, a fin de cuentas, la fuerza que impulsa no sólo la historia de sus personajes, sino la existencia misma de La forma del agua. Después de un par de años de actividad intensa con la producción de La cumbre escarlata (2015), su serie televisiva The Strain (2014-2017) y la serie animada Trollhunters (2016), Guillermo del Toro tenía frente a sí dos opciones: retomar la franquicia que inició en 2013 —Pacific Rim— o darse tiempo para filmar la película que sus tripas le decían que tenía que hacer. “La panza te dice ‘haz ésta’. La película se dicta porque necesitas hablar de algo y yo sentía que iba a ser un ungüento para las malas noticias de todas las mañanas. ¡Y eso fue antes de que saliera Trump en Estados Unidos!”, dice el cineasta. Esa coyuntura lo hizo reflexionar sobre cuál sería su siguiente paso. “Cuando me entrevistan hay gente que dice ‘Esto tiene un par de años’ y no, si tú pasas aduana y migración ahorita, la pasas como en Expreso de medianoche (1978). Es un ungüento la película para mí, era un ungüento urgente para la quemazón.”

El centro de La forma del agua es una relación amorosa entre dos seres incomprendidos. Una suerte de reinterpretación simultánea de la historia de La bella y la bestia y el clásico cinematográfico La criatura de la Laguna Negra (1954). Aunque aquí la princesa no es casta ni ingenua y la bestia no deja de ser una criatura salvaje. “Guillermo me dijo desde el principio que no quería ver una actuación convencional mía”, agrega Jones, cuya interpretación del hombre anfibio dista en forma y fondo de su rol como Abe Sapien, otra criatura submarina humanoide que coprotagonizara las películas de Hellboy. “Quería que fuera un animal real, salvaje; canalizar algo muy crudo.” El resultado final es una criatura con los movimientos recios y elegantes de un hombre atlético, una fiera majestuosa que las comunidades del Amazonas adoraban como a un dios.

Este filo era fundamental para del Toro. “Me interesaba que la bestia no se convirtiera en príncipe, que se comiera un pinche gato cuando está viviendo con ellos. Le vale madre y al mismo tiempo creo que en la vida entendemos el mundo con dicotomías que son completamente falsas”, agrega en la mesa redonda con medios en Morelia. “¿Es buena la criatura o es mala? Pues es las dos cosas. Si lo dejas con un gato a lo mejor se lo come. No tiene por qué domesticarse a la persona amada.”

La química entre los actores y las cualidades individuales que cada integrante aporta a su personaje hacen de este ensamble la herramienta más poderosa para narrar una historia con tantos matices. “Fue un verdadero reto, pero logramos conocernos como personas, desarrollar confianza entre nosotros y construir lazos sólidos que creo y espero que se hayan traducido a la pantalla,” dice Jones. “Fue brutal, pero la recompensa es ver el resultado final de esta historia que habla contra el cinismo. Amo ser parte de una pieza de arte que pone al amor de moda otra vez, vuelve a hacerlo cool. Quiero pensar que al salir del cine, de vuelta a la vida real, la gente se llevará consigo la esperanza.”

Los temas prevalentes en esta película, que muchos ya consideran la mejor del cineasta mexicano, son cosecha de las semillas plantadas en su filmografía anterior,  particularmente de su tendencia a colocar al monstruo en el centro de las emociones y de las decisiones más complejas. Para él, los monstruos siempre han sido una oportunidad de mirar al interior de uno mismo y aprender a amar las imperfecciones propias. En esta ocasión, la criatura además es el interés romántico y sexual de la protagonista. “Se siente como si La forma del agua fuera la culminación de su artesanía, como si todo lo que hizo anteriormente lo trajera hasta este punto”, comenta Jason Gorber, crítico de cine canadiense y colaborador para medios como ctv, Screen Anarchy y Dorkshelf. “Toma nuestra fascinación por los monstruos y lo transforma en una historia de amor; toma nuestra fascinación por lo extraño y nos muestra que los verdaderos villanos están en la conformidad, en que la ‘maldad’ que está más allá del estatu quo en realidad es la elevación y verdadera pasión por el amor.”

Desde su victoria en Venecia, La forma del agua se convirtió en una de las favoritas rumbo a los premios Oscar. De ganar con esta cinta, Guillermo del Toro dejaría de ser el único de los Tres Amigos que no cuenta todavía con un premio de la Academia estadounidense. Ante la inevitable comparación con sus pares (Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón), Gorber expresa: “Creo que él trae a la mesa algo que los otros dos —y en realidad casi nadie— logra, que es una conexión entre artesanía, emoción, los miedos e intereses de la infancia… la experiencia Guillermo del Toro. Eso es una línea muy delgada entre la niñez y la adultez, entre algo horripilante y algo hermoso, y todo es atractivo. Nos mete en su mundo. Y hay tanta pasión y precisión en su cine que incluso cuando no te encanta el resultado, no puedes dejar
de admirar el proceso de escultura”.

La magia detrás de la criatura es el inmenso corazón de Guillermo del Toro. Su sincero e inagotable amor por los monstruos y por los géneros fantásticos queda en evidencia en sus proyectos literarios, cinematográficos y televisivos. Los monstruos ocupan un lugar especial en su imaginario personal. Criado por una abuela profundamente católica en Guadalajara, Jalisco, el cineasta creció como un ávido consumidor de las películas de horror de Universal y de los clásicos de la literatura gótica. La criatura de Frankenstein es uno de sus personajes favoritos, pues en él encuentra a una figura incomprendida de belleza espiritual devastadora. Antes de debutar como director de cine, del Toro creó su propia empresa de efectos especiales, maquillaje y utilería: Necropia. Con ella se integró a la industria del cine en México y se labró una carrera a través de contar las historias de los marginados y los desvalidos, las criaturas que el mundo considera horribles y aterradoras, pero que para él son avatares de lo mejor de la humanidad. Cintas como Cronos (1993), El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006) llamaron la atención de audiencia y crítica por su estilo narrativo y su precisión estética. Mientras que sus películas de corte hollywoodense Blade 2 (2002), Hellboy 1 (2004) y 2 (2008), Pacific Rim (2013)ayudaron a construirle una base de fans sólida con raíces en el mundo geek. Sus dos largometrajes más recientes, La cumbre escarlata y La forma del agua, buscan conectar ambos estilos: la manufactura es de un gran estudio de Hollywood, pero los temas y la narrativa vienen de una cuidadosa exploración artística.

Del Toro está a la vanguardia de un movimiento más grande que él: uno que está llevando el cine de género a los festivales más importantes y a más pantallas. “Supongo que de muchas formas, la forma en la que reaccionamos a estos personajes —y a las novelas y películas en las que aparecen— depende de nuestra definición de monstruo”, dice el escritor estadounidense Greg Kishbaugh, autor de Bone Welder —una continuación moderna del Frankenstein de Mary Shelley— y admirador del trabajo de del Toro. “Creo que en su obra puede verse su deseo de elevar a las criaturas que mucha gente considera monstruosas a un nivel más profundo y significativo.”

La victoria de La forma del agua como Mejor Película en Venecia abrió una puerta de revaloración en el cine a los géneros fantásticos. En años recientes se ha dado una nueva ola de fantasía y horror con películas como The Babadook (2014), The Witch (2015), The Little Girl Who Was Too Fond of Matches (2017) e incluso las mexicanas Somos lo que hay (2010) de Jorge Michel Grau, Los parecidos (2015) de Isaac Ezban y Vuelven (2017) de Issa López. El hecho de que un cineasta mexicano ganara el máximo premio con una película que combina elementos del cine de monstruos con cuentos de hadas es notable. “Un narrador de este tamaño rompe todas las barreras y consigue un premio así en un festival que no se caracteriza por celebrar el género, en un momento de inquietud universal por este cine. Es fuerza geek, ¡vamos por ello!”, dice la realizadora mexicana Issa López, cuyo tercer largometraje como directora, Vuelven, ha sido premiado en festivales especializados y lleva sello de aprobación del mismo del Toro y del rey de la novela de suspenso Stephen King.

López, fanática del cine de horror, había guiado su obra por el camino de la comedia con cintas como Efectos secundarios (2006) y Casi divas (2008). Fue hasta Vuelven que se atrevió a dar el paso hacia el cine de sus amores y a integrarse a una larga tradición mexicana de cine de género. “Cuando me enteré de lo de Venecia grité de emoción porque aquí estamos, como mexicanos, como narradores de cuentos, como amantes del género y con películas que no tienen el perfil convencional. Si él abre la puerta, nos deja creer a todos los demás que estamos haciendo cosas distintas y raras que no son fáciles de vender que sí podemos. Nos da credibilidad. Está al frente de la batalla abriendo las fronteras para todos nosotros.”

Para ella, uno de los principales aciertos de la filmografía de Guillermo del Toro es su valiente cruce de géneros y la solidez de sus personajes. “Creo que el género que importa es el que cuestiona y va más allá. Del Toro sabe hacerlo y rompe fronteras, rompe barreras, rompe lenguajes”, explica entusiasmada en una cafetería en la colonia Condesa. “Uno de los retos a los que te enfrentas en el género es que estás hablando de arquetipos. Del Toro lo hace hermosamente: ha sabido reinventar monstruos que ya conocemos, precisamente porque los conoce tan a fondo y te los muestra con otra cara.”

La construcción de los personajes de del Toro nutre de verosimilitud sus historias más sobrenaturales, ya sea el romance entre una mujer muda y una criatura anfibia, la lucha de una joven por sobrevivir en una casa poblada de espectros, o un niño buscando justicia para un fantasma del orfanato donde vive. “Guillermo confecciona personajes redondos, extraños y hermosos. Hasta sus villanos tienen cualidades que los redimen,” dice Doug Jones, quien con este cineasta ha encarnado a insectos gigantescos, ángeles de la muerte y fantasmas vengativos. “Con La forma del agua pasa que no es sólo una película de género. Va más allá. Hay elementos fantásticos, sí, pero es mucho más que una etiqueta.”

La belleza más clara del cine y la literatura de género, como han demostrado directores y escritores a lo largo de los años, es cuando se usa para tocar temas tangibles, reales. “Cuando sirve para obligarnos a mirar temas que no queremos mirar”, dice Issa López, quien en Vuelven utiliza un hermoso cuento de hadas para hablar de los huérfanos de la violencia en México. “Los Jekyll y Hydes se vuelven fascinantes porque es una historia que te obliga a mirar al monstruo en el espejo.” Esa dualidad, esa escala de grises que denomina Guillermo del Toro, está en cada personaje de su cinematografía, donde a veces los monstruos más temibles son los más humanos y viceversa.

Durante su estancia en Morelia, Guillermo del Toro presentó una función especial de La forma del agua, destinada a recaudar fondos para ayudar en la reconstrucción de viviendas en algunas zonas afectadas por los sismos de septiembre en México. Cada boleto costaba mil pesos y uno de los ganchos de venta fue que habría alguna posibilidad de interacción con el director mexicano: autógrafos, fotos y quizá una sesión de preguntas y respuestas. La prensa acreditada al festival no tuvo acceso a esta función. Llegado el día y recaudados más de 200 000 pesos con una sala a 70% de capacidad, nadie le dijo a del Toro que su audiencia esperaba más que unas palabras antes de comenzar la proyección.

“La idea era hacer una película donde se hable del amor como una fuerza potente, viva”, dijo del Toro al presentar la cinta. “Porque si yo digo ‘no creo en el amo’, dicen ‘¡qué gordo más inteligente!’. Si yo digo ‘creo en el amor’, dicen ‘¡qué gordo más cursi!’. La verdad es que el amor es la única fuerza cósmica en la que han estado de acuerdo los Beatles, Buda, Jesús y Rigo Tovar, entonces creo que vale la pena.” A punto de marcharse el cineasta, alguien en la audiencia preguntó:

—Pero… ¿y las fotos?

—¿Cuáles fotos? —preguntó del Toro.

—Nos dijeron que podríamos tomarnos fotos.

Miró a Daniela Michel, directora del FICM y encargada de llevarlo a otro evento de su apretada agenda, y tomó una decisión ejecutiva:

—Puedo quedarme 45 minutos. Fórmense y me tomo foto con cada uno.

Se tensaron los rostros de sus acompañantes. Era su segundo día de festival y Guillermo del Toro ya había ofrecido una conferencia de prensa de hora y media, firmado autógrafos por 45 minutos en la alfombra roja, asistido a la premier mexicana de su nueva cinta, presentado un proyecto documental en la sección Work in progress, atendido a decenas de medios de comunicación, ¡y acababa de inventarse una firma de autógrafos y una oportunidad de foto con alrededor de 200 personas! Mientras se acercaban uno por uno, el resto de la fila temía por el paso del tiempo; chiflaban cada vez que alguien tardaba unos segundos extra en dejarlo ir. “¡Dejen de chiflar! ¿Qué les pasa?”, Daniela Michel, tensa, le pidió a la audiencia. Sin dejar de abrazar a sus fans, del Toro miró a Michel y sonrió. “Yo los invité a chiflar. ¡Chíflenle, chíflenle más!”, agitaba una mano y su público respondía con más silbidos. Los 45 minutos terminaron con la última foto, como si lo hubiera calculado matemáticamente.

Su récord en firmas de autógrafos es de cinco horas y media, y suele insistir en quedarse hasta que la última persona haya sido atendida. Esta interacción directa con los fans lo ha convertido en el rey de los nerds y en una persona entrañable cuya propia naturaleza geek lo lleva a compartir en redes sociales hasta el mínimo detalle sobre la producción de sus películas y series de televisión. “Es muy natural para mí porque hay una misantropía inherente en la chamba de director”, explica del Toro. “Trabajas solo tantísimo rato que cuando sales a contactar con el público lo haces de manera genuina. No es chamba, ¿me entiendes? Es contacto real.”

A la mitad de la entrevista con Gatopardo y otros medios de comunicación en el Hotel Virrey de Mendoza, del Toro decidió que quería mostrar a los reporteros parte del proceso de diseño de escenarios de La forma del agua. El director pidió que trajeran su laptop de su habitación y al finalizar las preguntas de la prensa buscó una carpeta en el ordenador. Era una mirada íntima a la producción de la cinta. “Esto está increíble, eh. ¡Ni en el libro ni en el making of van a ver esto!”, dijo entusiasmado mientras abría una por una las biografías de los personajes de la película, reproducía videos con pruebas de maquillaje y vestuario de Doug Jones, y explicaba a detalle cómo eligió los colores para la piel del hombre anfibio. Su entusiasmo por compartir cada recoveco del proceso creativo cautivó a los reporteros, arremolinados en torno a él. Se acababa el tiempo para la entrevista y una persona de la organización del festival se asomó a la sala para pedir a los miembros de la prensa que se marcharan. “Todavía no pueden irse, les estoy enseñando algo”, respondió el cineasta. Como con todas sus decisiones en este festival, nadie lo contradijo y se quedaron unos minutos más frente a la computadora.

Para la promoción internacional de esta película, del Toro ha visitado al menos siete festivales de cine alrededor del mundo —la cinta se ha estrenado, hasta el cierre de esta edición, en 28 festivales— y en todos ha dedicado tiempo para charlar con sus seguidores. “Es un poco ser el anfitrión de tu propia película. Ser la persona que dice ‘Mira, gracias que viniste’. Es como una fiesta donde despides o le das la bienvenida a cada invitado”, agrega. Esa devoción es una respuesta directa a la de los cinéfilos que gozan cada título que estrena y que, en ocasiones, terminan trabajando de cerca con él y con su equipo. “La conexión es fuerte, no hay duda de eso y no sé si pueda explicarlo más allá de que amamos a Guillermo y amamos su trabajo”, cuenta Donna Kishbaugh, artista plástica que vive en Indianápolis, Indiana, y que lleva las relaciones públicas de DelToroFilms.com, el sitio de fans de Guillermo del Toro y el que él nombra como su única página web oficial. Entre las funciones de Donna está la de responder algo del correo que envían los admiradores del director. “Quiero que todos se sientan especiales, que los escucharon y no fueron ignorados. Algunos quieren mostrarle sus guiones, libros, composiciones musicales y conceptos creativos, pero no podemos reenviárselos. Así que siempre les decimos que sigan sus sueños y que no pierdan el ánimo. Sé que es como Guillermo actuaría con cada uno de ellos, así que intentamos ser una extensión de eso.”

A pesar de que lleva prácticamente dos décadas fuera de México, el director nunca ha dejado de tener la mirada y las manos puestas sobre su país de origen. Tras los sismos del 7 y 19 de septiembre, del Toro convirtió su cuenta personal de Twitter en una vía para amplificar tanto peticiones como ofertas de ayuda. “Tenemos que estar atentos a lo que pasó con el terremoto,” comentaba, destacando a través de redes sociales el trabajo de los voluntarios de todas las edades. “No hubo un compás de espera de a ver qué hacen [las autoridades]. Fue una nueva forma de responder. Se pudo hacer una integración bien interesante… Todo esto los medios oficiales no lo hubieran hecho saber en 1985.”

Desde sus bases en Los Ángeles, California, y Toronto, Ontario, Guillermo del Toro se ha mantenido como parte activa del cine mexicano —hace un par de años también produjo La delgada línea amarilla, ópera prima de Celso García— y como crítico certero sobre la situación política y social de este lado del Río Bravo. “Me pasa mucho que cuando vengo a México, primero me ocupo de lo inmediato. ¿Por qué hago lo que hago? Porque creo que es lo correcto. Es correcto seguir produciendo con Bertha Navarro, hablar con los jóvenes y eso es un acto político”, dice en referencia a su labor como productor. “La esfera más grande es polémica y me interesa menos… da para titulares [y ya]. Me preocupa la esfera inmediata. No puedo hacer un cambio gigantesco con mis recursos, pero puedo hacer cambios chiquitos. Eso me interesa mucho más.”

Uno de los proyectos en desarrollo que se enmarcan en esta noción suya sobre nuevas formas de incidir en la vida política de México es el documental Ayotzinapa: El paso de la tortuga. Este largometraje, que produce junto con Bertha Navarro, tuvo una presentación especial en el FICM. Todavía sin terminar, trajeron la película para verla con público y poder determinar si van por el camino correcto. “Bertha me dice que necesitamos hacer unos cambios. Ella desde el momento que se empezó a trabajar este proyecto lo tiene muy arropado, muy protegido. Hasta que ella diga, salimos.”

Este involucramiento es casi como pagar una deuda de honor o de sangre. “En México concretamente hay para mí una deuda en el sentido de que hubo gente que me hizo el camino más fácil, así que trato de hacerlo con los jóvenes”, agrega durante la mesa redonda en Morelia. “Al día de hoy si Berta me dice ‘¿Le entras a este proyecto?’, le entro. Ni lo necesito leer. Siento que en la contabilidad de uno hay deber y haber. Si nada más te concentras en un lado, las cuentas no te salen. Tienes que tener una deuda, reconocerla y pagarla.”

A pesar de los años fuera de México, es indudable la influencia de su país y de su cultura que permea cada proyecto suyo. “No pertenecemos a ningún lado. Lo que tenemos son raíces”, afirma el cineasta, que aún desea filmar en México Plata, una historia de luchadores que pelean contra políticos sobrenaturales. “Me interesa mucho más la raíz que mi pasaporte, digamos. Es inevitable que soy mexicano. A un mexicano se le ocurre hablar de la convivencia de lo fantástico y de lo cotidiano de la manera que hablo yo. Si tenemos esa naturaleza y hablamos de lo que nos preocupa, no importa el foro en el que lo hagamos: estadounidense, mexicano, o lo que sea.”

Hoy en día, del Toro está tomando un año sabático de su trabajo como director. Una película tan personal y tan apasionada como La forma del agua requiere de un periodo de descanso posterior más extenso de lo habitual. Como es su costumbre, el cineasta tiene suficientes proyectos en puerta para mantenerlo ocupado por años; sin olvidar su extraordinaria exhibición itinerante “En casa con los monstruos”, que tras visitar Los Ángeles, Minneapolis y Toronto volverá a su hogar en Bleak House para renovar la curaduría antes de venir por unos meses a alborotar a los cinéfilos mexicanos. “Iba a hacer Viaje fantástico y dije ‘necesito espacio’. La forma del agua necesita un paréntesis. No quiero prisa”, explica del Toro. Después de todo, para él cada película es más que un proyecto narrativo: es su biografía, es el registro en este mundo del paso de su propia existencia.

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