Islam en México

El islam se ha convertido en una alternativa para muchos mexicanos que buscan respuestas a sus inquietudes espirituales. Éste es un pequeño viaje por las principales comunidades musulmanas de la Ciudad de México durante el Ramadán, entre días de ayuno y noches de oración.

Por Federico Mastrogiovanni / Fotografía Giulia Iacolutti

Cuatro hombres, arrodillados durante unos cuantos minutos, pronuncian las siguientes palabras rituales: “Atestiguo que no hay nadie que merezca adoración excepto Dios y que Mohammed es el siervo y mensajero de Dios”. Éstas son las palabras de la shahada —la profesión de fe— que es necesario pronunciar para volverse musulmán. Ariel, uno de ellos, lleva 20 minutos en el islam, está emocionado, sonríe y se prepara a realizar su primer rezo con sus nuevos hermanos.

Es un viernes de julio en el centro islámico Al-Hikmah de San Juan de Aragón, barrio de la zona norte oriental de la Ciudad de México. La pequeña comunidad de Aragón festeja el Ramadán, el mes sagrado del islam, noveno mes del calendario lunar musulmán, en el que, según los creyentes, Mohammed recibió la revelación de su libro sagrado, el Corán.

La mezquita de Aragón, como se le conoce entre los musulmanes mexicanos, es en realidad una casa privada de una colonia popular que el imam Isa Rojas ha adaptado a la estética árabe, moldeando en ojivas las ventanas, cubriendo los pisos con tapetes y las paredes con citas del Corán. Desde 2006 se volvió oficialmente un centro islámico, después que Isa Rojas pasara ocho años en la Universidad Islámica de Medinah, en Arabia Saudita, estudiando la sharía, la teología y la jurisprudencia del islam.

Ariel tiene 26 años. Es subgerente de una panadería de la cadena El Globo y vive en el municipio de Tecámac, Estado de México. Hace pocos días lo invitaron a participar en un encuentro en la mezquita de Aragón, para que conociera esta religión. En sólo dos días tomó su decisión. Hoy es musulmán. Los primeros rezos y postraciones de Ariel, en su nueva vida musulmana, denotan todavía un poco de torpeza en reproducir los movimientos rituales e incertidumbre en las palabras en árabe.

“Antes, como todo mexicano, yo era católico, pero no iba a misa los domingos. Pero aquí es donde quiero estar”, explica Ariel después de su primera oración. “Me siento cómodo, me han recibido bien, como hermanos, desde que puse un pie aquí: bienvenido, un abrazo fraternal, se siente esto. Y todos estamos aquí con el mismo fin, que es adorar a Alá”, dice. Sus padres sin embargo todavía no saben de su conversión.

“En mi familia no saben que estoy aquí, pero hoy que regrese a casa les voy a decir donde estuve. Hoy empecé a tomar el camino que realmente es para mí, el camino correcto. Y tal vez no lo van a ver de la mejor manera, pero al final de cuentas yo sé que es donde yo me siento en paz”, explica. Falta poco menos de una hora para el momento en el que se rompe el ayuno. Durante el Ramadán está prohibido comer, beber, fumar y tener relaciones sexuales desde el amanecer hasta la puesta del sol. El ayuno se rompe tomando leche, comiendo fruta y dátiles. Noé, como los demás hermanos de Aragón, empieza a preparar la mezquita para la convivencia de la noche. Se va a comer, rezar, descansar, hasta la madrugada, hasta la hora en la que empiece otra vez el ayuno.

Procedente de una familia de testigos de Jehovah, Noé lleva tres años en el islam. Su conversión, o más bien su “regreso al islam”, dado que los musulmanes consideran que cada persona nace musulmana y las cosas de la vida o el contexto la hacen perderse hasta que regresa a su religión, se dio en la mezquita de Aragón. Hoy tiene 26 años y desde que tenía 18 es militante del Partido de Acción Nacional en Coacalco, Estado de México. Según Noé el islam es un movimiento que está creciendo mucho en México y le interesa sobre todo a los jóvenes.

“Cuando te empiezas a dar cuenta de que vives en un sistema completamente viciado en todos los sentidos, políticamente, económicamente, que los medios de comunicación gobiernan las mentes de las personas, y entre todo eso, cuando empiezas a despertar y a darte cuenta que algo está mal, entonces es cuando empiezas a buscar”. Así es como Noé se acercó al islam. “En mi caso y en el de muchos, a lo mejor lees un poco de filosofía, un poco de otras lecturas que tienen que ver con la religión”.

Después de estudiar el judaísmo y el catolicismo, un día navegando en internet, Noé encontró un documental donde hablan del islam: “Yo dije: hasta donde yo tengo conocimiento los musulmanes son terroristas. Son los que matan mujeres, que las maltratan, que las apedrean. ¿Por qué entonces dicen que son gente de paz? Pero me llamó la atención. Y después de un par de años de estudio llegué aquí. Tomo mi shahada, regreso a casa, le comento a mi papá y le digo, ‘Oye, ¿sabes qué? He estado estudiando un par de años y estoy convencido de que el islam es lo correcto y tomé la decisión de hacerme musulmán’. Obviamente, como la mayoría de las personas, tiene prejuicios sobre los musulmanes, por lo que los medios de comunicación se han encargado de difundir, mi papá me dice ‘¿Qué onda hijo? ¿Eres terrorista? ¿Te van a hacer terrorista? ¿Te van a hacer que te inmoles? ¿Vas a matar mujeres? ¿A apedrearlas?’. Pues su reacción me dio bastante risa, pero es una realidad que la gente piensa esto del islam. Pero al final no hay mejor ejemplo que tus modales de musulmán, con tu comportamiento. También hay que explicar cómo está la cosa, pero al final sabes que el islam va a triunfar en todo el mundo, es una profecía. Ahora, después de casi tres años de que me hice musulmán, en mi familia me aceptan. Mi hermano menor se hizo musulmán hace un año, mi mejor amigo también, su novia también. Otros dos amigos también se hicieron musulmanes. Alhamdulillah (Alabado sea Dios). Es que esto está bien fuerte”.

A pesar de las fuertes relaciones de su partido con la religión católica, no encuentra contradicciones: “Tampoco digo ah, amo Acción Nacional, porque no es así, pero sé que es un medio para poder plasmar los proyectos sociales y culturales que tengo. Ahora que soy musulmán puedo adaptar la parte política a la islámica, porque en algún momento la comunidad islámica va a crecer tanto en México que va a necesitar tener forzosamente una representación política. A lo mejor no me va a tocar a mí pero va a llegar alguien que tendrá que representar a la comunidad islámica en el Congreso”.

Por esta razón, Noé considera importante empezar a construir las bases desde ahora. Se define como un idealista, convencido de que es posible estar en un partido político, ser servidor público y ser honesto. Pero son muchos en la mezquita los que subrayan entre broma y seriedad, que la visión islámica en México es incompatible con el PRI.

“La ideología del PAN es mocha pero al final te das cuenta que para cambiar las cosas se puede desde adentro. Es que el islam es la verdadera resistencia, la verdadera revolución. Los mexicanos vivimos con la idea de querer cambiar las cosas. Es lo que te ofrece el islam: la verdadera resistencia en contra del sistema”, dice Noé.

Pero el imam Isa, alarmado de que esto suene muy extremo, considerando cómo se percibe el islam, interviene para corregir lo que afirma Noé: “La gente malentiende lo que el hermano llama resistencia o revolución. Creen que uno la quiere buscar de una forma violenta. Pero Alá en el Corán dice: ‘Alá no cambia lo que hay en un pueblo hasta que ellos no cambien lo que tienen dentro de sí mismos’. En el mexicano está la corrupción dentro de sí. Esto se empieza a combatir con la educación islámica. Si voy al súper con mi hijo y no me cobran algo, le digo: ‘no, hay que ir y pagarlo, porque no está permitido que tú lo tomes’. Enseñarle a los niños esto, la honestidad. Aparte, el islam habla mucho de justicia, de que cambies, que te esfuerces para hacer algo, y la visión del catolicismo es más conservadora. En el catolicismo, hagas lo que hagas estás salvado. El islam te dice: esto está mal, cámbialo. Reviven las ganas de cambiar el mundo, en cierto sentido. En el islam el gobernante tiene que ser justo, honesto. El mejor jihad es decirle la verdad a un opresor. Jihad se traduce mal como ‘guerra santa’, que es un concepto que no existe. El jihad es ejercer el máximo esfuerzo. El profeta dice: ‘quien vea un mal, que lo cambie. Es una orden'”, dice el imam.

Pero es Noé quien quiere concluir: “Dicen que el cambio, la revolución, está en uno mismo. Efectivamente. Sólo que el islam te da las armas verdaderas para realmente poderlo aplicar. Y las armas son ciertos valores morales: la honestidad, la moral”.

La noche de Ramadán en Aragón pasa entre oraciones, comida y pláticas acostados en los tapetes en el piso. Es una atmósfera alegre, que recuerda los grupos juveniles o los campamentos de verano de la iglesia católica. Los hombres están en la parte baja de la mezquita y las mujeres, separadas, en el piso de arriba. Hay muchas indicaciones de cómo cumplir los gestos según las prescripciones del Corán y de la sunnah, el código de comportamiento islámico. En el baño de los hombres, encima del escusado, hay un letrero que explica que la sunnah prescribe que los hombres tienen que orinar sentados, porque si la ropa se moja de orina el siguiente rezo se invalida. De la misma forma se recuerda a los nuevos conversos lo que es halal, permitido comer, y lo que está prohibido.

Al día siguiente está programada una conferencia impartida por Paola Aisha Schietikat, una joven musulmana mexicana que vive en Kuwait, que a sus 21 años es autora de una novela sobre el islam y viaja por varios países para dar pláticas sobre el papel y los derechos de la mujer en el islam. Procedente de una familia de legionarios de Cristo, a los 16 años, después de un camino de búsqueda en diferentes cultos y religiones, decidió hacer su shahada (profesión de fe) por Skype y volverse musulmana.

Hoy defiende el uso del hijab, el velo que visten las mujeres como separación y protección. Su discurso es apasionado y centrado en el derecho de las mujeres musulmanas de defender el lugar que el islam les da, también a través de una forma de vestir considerada discriminante y degradante por otras creencias religiosas.

“Según muchos antropólogos el profeta Mohammed, que la paz sea con él, fue el primer feminista de la historia”, afirma Paola Aisha después de la conferencia. “El suyo era un contexto en el que a las mujeres se las apedreaba, se las enterraba por ser mujeres y no tenían ningún derecho. El islam les dio la oportunidad y el derecho de la vida, la participación política y social. Les dio un rol activo en una sociedad en la que eran invisibles, en la que se utilizaban como objeto de placer”, dice.

Aisha también se da cuenta de cómo las críticas que se hacen al islam están fundadas en contextos donde la mujer sigue siendo subalterna: “El hecho de que ahora en algunos contextos musulmanes los principios del Corán estén siendo distorsionados no significa que así debería de ser. Ese tipo de liberación que empezó con la revelación del islam es un trabajo que todavía se está llevando a cabo, porque todavía las mujeres no tienen todos sus derechos, pero el islam es un precedente importante. Es legítimo que las mujeres puedan identificarse con un modo de vida que las protege. Toda la jurisprudencia islámica está ideada para darles los derechos a las mujeres”.

La defensa del cuerpo de la mirada, de la intrusión del hombre es, según Aisha, uno de los temas centrales del derecho/deber del uso del hijab. Si Alá lo ordena es deber de una buena musulmana intentar complacerlo.

Una mujer reza en la mezquita de Aragón. La noche de Ramadán en Aragón pasa entre oraciones, comida y pláticas acostados en los tapetes en el piso. Es una atmósfera alegre, que recuerda los grupos juveniles de la iglesia católica.

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El ambiente es muy distinto en la comunidad Nur Ashki Al-Yerráhi, conocida como el centro sufí de la Colonia Roma Norte. Los espacios de la mezquita son amplios, hay tapetes y decoraciones de telas de colores en el techo. Almohadas para sentarse y un enorme oso de peluche en una esquina que puede regalar un abrazo.

Aquí, hombres y mujeres conviven en los mismos espacios. Las mujeres se cubren la cabeza con un casquete pero no usan hijab. Si quieren, se ponen un velo que cubra de forma más blanda la cabeza.

La sheija Amina Teslima Al-Yerráhi es el ministro de culto de la comunidad sufí. Desde 1995 dirige la comunidad de derviches de la Ciudad de México, en el primer centro islámico del DF, fundado en 1987. Por las ideas que normalmente se tienen del islam puede parecer inusual que una mujer sea ministro de culto de una mezquita. Pero Amina desde un principio aclara que esto es muy islámico.

“No es nada extraño”, cuenta sheija Amina tomando té en una salita cuyo color anaranjado está en armonía con los tonos que prevalecen en el resto del centro sufí, “en todos lados ha habido sheijas, en todos los periodos del islam. Y en todos esos casos las sheijas eran muy prominentes, sin embargo es como si no hubiera pasado. Hay un punto ciego para los hombres de reconocer esto, pero yo no soy algo excepcional. Siempre ha habido mujeres como yo con destinos como el mío”.

Cuando Amina tenía trece años, todavía se llamaba Edlín Ortiz y vivía en Puerto Rico, leía Krishnamurti, Gibran Jalil Gibran y estaba buscando su camino espiritual, nunca pensó que algún día iba a ser una sheija del islam en México. “La buena noticia es que hoy día es impresionante el número de estudios que en el islam se realizan por mujeres y el grado de escolaridad islámica que se está dando por mujeres. Ya tenemos Coranes publicados, traducidos del árabe por mujeres. Hay un libro que se llama Muslima Theology en el que puras mujeres escriben sobre el islam. Están saliendo en todas partes, académicas, mujeres con mucha preparación de este tipo que están contendiendo estas posiciones”.

Es pensamiento común que las mujeres en el islam tengan un papel subalterno, sumiso. La idea compartida es una relación de poder inicua con los hombres, representada por el hijab. Amina es un ejemplo de lo contrario, una referencia para la comunidad, pero defiende con mucha decisión las líneas indicadas por su religión.

“Las feministas occidentales les quieren enseñar a las islámicas lo que deben de hacer. Yo no le tengo que decir a ninguna mujer islámica lo que tiene que hacer. Ellas lo saben. ¿Quién tiene derecho de decir qué es discriminación? Si las mujeres se movilizan para tener más equilibrio con el género masculino está bien, y si no lo hacen también está bien. Una religión es mucho más que esto. Es algo que te vincula con la vida y con la muerte. Para mí toda la diversidad tiene igualmente validez. Yo vivo el islam como he sido guiada a vivirlo y defiendo el derecho de cualquiera para que haga lo mismo. Tengo la libertad de vivir el islam bajo la guía de Dios. Y quiero que todos, mujeres y hombres, lo vivan igual, que sean felices y gocen de la libertad espiritual que Dios le ha dado al ser humano y que el islam afirma. Para que sea claro, a nosotros nos interesa la equidad de género, no que sea privilegiada la mujer. Nuestro interés no es que nuestra sociedad sea un matriarcado, sino que haya equidad. Que los seres humanos funcionen de una manera como el islam lo indica. Que el hombre admire a la mujer y que la mujer admire al hombre, en su diferencia, por esto no hablamos de igualitarismo. No pensamos que pueda haber igualdad entre hombres y mujeres porque son diferentes los hombres y las mujeres, y no queremos que dejen de ser diferentes, pero queremos que sean equitativos, o sea que ambas bellezas y ambas fortalezas sean admiradas y abrazadas por el otro. Esto es nuestro ideal. Trabajamos en esa dirección. Se me paran los pelos de punta cuando pienso en las feministas que quieren hacer todo mujeres y desprecian a los hombres, y esto se ve mucho en nuestro tiempo, en Europa sobre todo. Las mujeres quieren tener hijos solas sin los padres, así, de: yo sola tengo a mi hijo. Es una desaparición del hombre, no es posible, es una mentira, porque necesitaste de su esperma. No es cierto que puedes hacerlo sin un hombre, no te hagas ese cuento, más bien arregla tu relación con el hombre, y el hombre que arregle su relación contigo, porque los dos están inexorablemente ligados a la hora de transmitir la vida. No se puede de otra manera”, dice.

El sama, la antigua ceremonia de la “escucha”, que comprende la danza de los derviches giradores, es acompañada por la música de tambores y cítaras. También en la comunidad sufí el festejo del Ramadán es un momento de hermandad pero aquí se puede compartir comida y pensamiento entre hombres y mujeres, juntos. Según la sheija Amina, el islam no coincide con lo árabe. Hay rasgos culturales que no aplican en todos lados y no tienen nada que ver con el islam: “Mis padres no eran musulmanes, en nuestras raíces no hay ningún referente de lo que es una comunidad islámica. Por lo tanto nosotros no podríamos volvernos sirios o árabes o indonesios o pakistaníes o toda la gama de los musulmanes criados en una cultura musulmana. Sería un gravísimo error pensar que tenemos que volvernos árabes para ser musulmanes. La comunidad de Polanco es culturalmente árabe. Ellos quieren reproducir acá lo que pasa en los países árabes. Todos los embajadores van allá. Y qué bueno, porque aquí no queremos ser árabes, queremos ser musulmanes.

En la visión de la sheija Amina, las comunidades islámicas en el extranjero tienen la responsabilidad de ser fieles a sí mismas dentro de la escritura y la guía del islam y no desviarse tratando de ser culturalmente algo que no son: “En el rancho de Teziutlán, Puebla, la mujer todavía está sometida al hombre. Olvídate del islam y del catolicismo. Esto es lo que pasa a nivel de género. Pero en la Ciudad de México se crean precedentes que con el tiempo van a afectar a ese rancho. Hay muchos que piensan que si no eres árabe no eres capaz de sentir la verdad del Corán. ¿Para recitar el Padre Nuestro necesito hablar arameo? ¿Para amar a Jesús necesito ser aramea? ¡Ay no, por favor! Son razones exclusivistas y reduccionistas. Esta religión no se quedó en el desierto de Arabia, sino que se volvió universal y ellos la quieren seguir viendo como del desierto de Arabia”.

En la mezquita de Aragón, las mujeres sirven la comida después de la puesta del sol. El ayuno se rompe tomando leche, comiendo fruta y dátiles.

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En Polanco se encuentra la mezquita más reconocida y grande del país. Tampoco es formalmente una mezquita, sino un centro educativo de la comunidad musulmana. Desde afuera parece una casa cualquiera, sin ninguna señal distintiva, aparte de la presencia de hombres y mujeres que con su vestimenta declaran su fe: hijab y túnicas llevadas por los miembros de la comunidad. Hay una gran variedad de musulmanes de muchos países. La de Polanco es la mezquita más internacional, el lugar al que acuden todos los extranjeros musulmanes que viven en el DF.

Afuera de la puerta está un joven indonesio vendiendo altavoces-despertador con el llamado a la oración y usb con el Corán. Rafael, un mexicano con barba estilo Mahoma, que lleva 18 años en el islam, vende pequeños frasquitos de perfumes árabes que, explica, le gustaban mucho al profeta. Y de hecho muchos compran sus productos. También hay un grupo muy nutrido de mujeres y niños indígenas, que espera con cierta impaciencia unos bultos llenos de arroz, frijoles, galletas y jugos, que la comunidad islámica regularmente les entrega como parte de su limosna para las personas más pobres.

Es viernes de Ramadán, la mezquita se ha llenado en las últimas horas de la tarde, y en espera de romper el ayuno hay más de 300 personas procedentes de casi todos los países musulmanes. Said Louahabi, el imam marroquí que dirige el centro, en su sermón recuerda la importancia de respetarse entre hermanos y la necesidad también de darle la bienvenida a los muchos conversos, que están aprendiendo las reglas del islam.

Es un tema recurrente, los números en el DF no son tan altos. Se habla de unos tres mil hermanos musulmanes, pero están aumentando constantemente y esto empieza a ser motivo de inquietud en las mezquitas de la ciudad, que no están preparadas para un crecimiento tan rápido.

En ocasión del Ramadán, la mezquita ha invitado un imam de Arabia Saudita, y varios sheijs de otros países, que saben recitar de memoria todo el Corán. Al Muthanna Saoud es un joven chileno de 19 años que estudia la sharía en Panamá. Desde que tenía cuatro años sus padres, de Siria y Jordania, empezaron a enseñarle a memorizar el libro sagrado. Como en Chile no hay muchos maestros que pudieran acompañarlo en la memorización se tardó hasta los 13 para poderlo aprender por completo, mientras en un país árabe los niños se tardan cuatro años para saberlo todo de memoria.

“El Corán se tiene que recitar con una voz melodiosa, como dice el profeta, pronunciar bien las letras, una recitación clara, pero melodiosa lo más que se pueda”. Y es así que Al Muthanna casi canta el Corán frente a decenas de “hermanos” musulmanes. Durante varias horas de la noche recita de memoria versos que aprendió de niño sin entender su significado.

La armonía y la musicalidad han sido la razón por la que otro elemento importante de la comunidad islámica de Polanco se ha acercado al islam.

“Soy flautista profesional, he sido músico toda la vida. Vengo de una familia de músicos. Todos concertistas. Tenía una vida normal, como cualquier mexicano, fiestas, novias. Estudié historia del arte y mitología. Fui guía turístico de la ruta Maya, me llevaba la ruta de 18 y de 27 días. Empecé a estudiar también la licenciatura en egiptología e historia de los faraones. Hasta que la agencia de viajes con la que trabajaba aquí en México me mandó de guía de turistas a Egipto. Ahí, en el 2000, conocí el islam por primera vez”. Rubén habla rápido, la mirada atenta a todo lo que pasa a su alrededor.

Como encargado de la mezquita de Polanco tiene que atender todos los “hermanos” musulmanes que van a rezar y de repente se pelean a causa de sus diferencias culturales, y también atiende a los visitadores que quieren conocer un poco más del islam.

Viste una túnica larga y una kufiyya roja en la cabeza. Todos lo conocen aquí como Garibaldi, y él está muy orgulloso de su apellido, que lo conecta con el héroe nacional italiano Giuseppe Garibaldi, del cual, según lo que cuenta Rubén, su familia desciende. Su bisabuelo sería Peppino Garibaldi, nieto de Giuseppe, general italiano que luchó en la Revolución mexicana al lado de Francisco I. Madero.

“Estaba yo en el hotel frente a las pirámides y el museo del Cairo. Antes del amanecer escucho: Allāhu Akbar, Allāhu Akbar (Dios es Grande). En toda la ciudad al mismo tiempo. Las mil mezquitas antiguas del Cairo más las nuevas, los minaretes con sus bocinas, todos a una sola voz. La voz se oye por el cielo, por las calles, se oye por el desierto y ves cómo se va por el desierto y la oyes a lo lejos, y sigue. Yo sentí a dios, se me puso chinita la piel, me dieron ganas de llorar y dije: ‘¿qué es esto?'”. Garibaldi se emociona al recordar su primer contacto con el islam, un contacto musical.

“Yo aquí en México era cliente de egipcios que tienen tienditas, y compraba cositas, regalitos para las amigas, las novias, así. Le platiqué a uno de ellos de mi experiencia en el Cairo y él me grabó un CD con el llamado a la oración. Lo oía diario, aun sin ser musulmán”, dice. En su familia siempre fueron creyentes y Rubén era el más religioso. Hasta llegó a estudiar un diplomado en teología en la Universidad Iberoamericana. El egipcio que le grabó su primer CD le dio la dirección del centro islámico de Polanco, pero a Garibaldi le daba miedo ir: “Yo le decía, no, yo nomás quiero escuchar la voz de Dios, y él se reía, me decía: no es la voz de Dios, es un hombre llamando a los demás hombres a rezarle a dios. Yo le decía: sí, pero yo siento a Dios cuando lo escucho. ¿Quién iba a pensar que yo iba a ser en una mezquita el que llama a la oración? Ahora yo lo hago, ahora aquí yo soy el muecín. Y a los hermanos les gusta mi voz. Podrían cambiarme si no les gustara, pero no”.

Pasó el tiempo y a Garibaldi le diagnosticaron un tumor a la cabeza, un papiloma de Schneider. Los médicos le dijeron que el tumor estaba creciendo, y que había riesgo de una hemorragia. “El doctor me dijo, ‘te voy a dar un consejo'”, recuerda Garibaldi, “‘para cuando te suceda, para que te mueras más rápido y sufras menos, porque sí es horrible’. Me dijo: ‘tírate al suelo y pon la frente contra el piso, para que la sangre se vaya sólo al cerebro y te mueras rápido’. ¡Eso es islam! Es la prosternación que hacemos nosotros, pero claro, en ese momento no lo sabía”.

Después que lo operaran, Garibaldi decidió vencer sus miedos y sus prejuicios y entró al islam. El tumor volvió cinco años después: “Yo estaba triste. Decía, ¿cómo? Si ya soy musulmán, si ya rezo, voy a la mezquita, ¿por qué me salió otra vez? Tenía que operarme otra vez. Vine acá, hablé con los sheijs y me dijeron, ¿sabes por qué te pasó otra vez? Porque ya eres musulmán y si ya te vas a morir, te vas a morir musulmán. Alá te dio vida otra vez para que fueras musulmán, y si ya te vas a morir, pues muérete, pero muérete musulmán. Me hicieron la segunda operación en el IMSS de la Raza y aquí estoy. Se supone que el tumor que yo tengo sale cada cinco años. En 2004 fue la primera, en 2009 fue la segunda. En teoría el año pasado me iba a salir otra vez, pero fue cuando fui al hajj, el peregrinaje a la Meca. Empecé con síntomas, una ansiedad de la nariz tapada. Pero allá tomé agua de Zam y me revisaron y ya no tenía nada”.

El bisnieto de Peppino Garibaldi es el factótum de la mezquita, el mediador en las peleas, como el guardián de la casa de Alá. Sobre todo es la cara amigable del islam para los que no son musulmanes.

Una mujer reza en la mezquita de Aragón. La noche de Ramadán en Aragón pasa entre oraciones, comida y pláticas acostados en los tapetes en el piso. Es una atmósfera alegre, que recuerda los grupos juveniles de la iglesia católica.

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El miedo al islam es una de las experiencias que muchos comparten. La retórica que asocia el islam al terrorismo, a la violencia contra la mujer y a la opresión es casi siempre lo único que se sabe en ambientes no musulmanes.

El tema del terrorismo islámico está muy presente en el discurso de los musulmanes mexicanos, que lo mencionan frecuentemente para alejarse de una idea muy difusa que relaciona su religión con los fundamentalistas que llevan a cabo atentados y que son la cara más conocida de una religión a la que pertenecen más de mil quinientos millones de personas en el mundo.

Es Amina la que con más claridad se expresa sobre este tema, antes de empezar el sermón del viernes en el centro sufí que dirige: “Vamos a hablar claro, porque toda esta confusión del islam es completamente gratuita por cuestiones que no tienen nada que ver con el islam mismo. Se tiene que hablar del petróleo por ejemplo. Hay una turbulencia social tremenda en los países islámicos, pero no por el islam sino por las injusticias sociales. Y no es necesariamente a causa del occidente. Miren Arabia Saudita. Ahora, sin hablar de religión: es el dinero. El que tiene mucho dinero da lo mismo si es árabe, europeo, norteamericano o chino. Piensan igual y buscan lo mismo. En el mundo árabe hay muchísimo dinero, pero los árabes son menos de 15% del mundo islámico. Ese mundo de negocios tiene al islam como botín, porque el islam es la cohesión de las masas, todo el que se quiere legitimar políticamente lo usa”.

Al contrario, es la paz una de las primeras sensaciones que se viven entrando en una mezquita. La tranquilidad de acceder a un espacio de espiritualidad es muy fuerte. Es justamente lo que buscan muchos jóvenes mexicanos que peregrinan por diferentes religiones hasta llegar al islam. Es cierto también que muchas mujeres mexicanas deciden convertirse para poder casarse con extranjeros musulmanes que llegan a México por negocios. Aunque sea un tema que se intenta no explicitar demasiado, los centros islámicos fungen también como una especie de agencia matrimonial religiosa a distancia, cuyos intermediarios son los mismos miembros de la comunidad o el imam.

Alina también se ha casado a través del imam Isa Rojas, pero después de mucha insistencia. Su marido, Mahmud, es un sheij egipcio que después de casarse con ella vino a México a dar clases de árabe y de islam en la mezquita de Aragón.

“Yo no me quería casar, estaba muy bien soltera”, cuenta sonriente e irónica Alina sentada en un café cerca del Ángel de Reforma. Alina trabaja en el Instituto de las Mujeres (Inmujer) como psicóloga. Su tarea es atender mujeres violadas, maltratadas y en situaciones de abuso. La primera reacción cuando la ven es siempre de sorpresa, debido al hijab que viste siempre.

“Cuando me acerqué al islam fue para hacer mi tesis en psicología. Desde mi perspectiva feminista mi postura era muy crítica. Haciendo el trabajo de campo tuve que enfrentarme con muchas mujeres y fui aprendiendo a conocer el islam. ¡Lo conocí tanto que al final acabé musulmana!”. Durante varios meses estuvo en contacto con Mahmud por Skype. Él insistía en casarse pero Alina no tenía ninguna intención de hacerlo. Hasta que decidió ir a conocerlo en Egipto. “Fue una locura total”, cuenta riendo Alina. “Llegué a su casa en un pueblito de Egipto, me fui a dormir a casa de una de sus hermanas porque no podía estar en la misma casa que él. Cuando salíamos siempre había alguien que nos acompañaba, no había contacto físico, y yo empezaba a sentirme muy confundida. Hasta que una noche, después de despedirnos lo volví a llamar un momento y le di un beso. ¡Qué cosa más divertida ver su cara! Decidí romper las reglas y creo que fue lo que tenía que pasar. Y Alá va a decidir si hice bien o mal”. Alina ve en las distancias culturales más que religiosas las mayores dificultades, pero lo toma con ironía. “Pues en realidad es como cualquier matrimonio. Te vas a tener que acostumbrar al otro, con todos sus encantos y todos sus defectos”.

Aparte de los matrimonios, el de las conversiones en general es un fenómeno en continuo crecimiento en el país de la Virgen de Guadalupe y de San Judas Tadeo, con decenas de conversiones a la semana en las diferentes mezquitas del país.

Aunque pueda parecer extraño que el islam se arraigue en un país de tradición católica como México, en realidad volverse musulmán es mucho menos ilógico de lo que podría parecer, como lo explica la sheija Amina: “En cualquier país que haya sido nutrido por el cristianismo, en que haya amor por Jesús y por María, va a ser completamente natural el islam, porque el islam está en esa misma línea de linaje profético que empezó con el profeta Abraham y continuó con Moisés. De Ishmael viene Mohammed, de Isaac viene Jesús. No es un lenguaje diferente al alma humana lo que presenta el islam, más bien es la completitud de ese mismo linaje. Después de Jesús vino Mohammed, y para cualquiera que ame a Jesús, conocer a Mohammed, si conoce al verdadero Mohammed —no el de los locos esos terroristas que lo utilizan— va a enamorarse de Mohammed también, y va a poder seguir amando a Jesús como su profeta, porque el islam acepta a todos los profetas y a todos los libros. Va a poder seguir leyendo el Evangelio. O sea, no tiene que desterrar nada de su corazón”.

La sheija de la Roma Norte se apasiona hablando de la religión que abrazó hace 33 años y explica por qué está creciendo tanto: “Lo tienes que probar porque el islam es muy orgánico. Son estas cinco oraciones diarias, es un contacto con el otro, con la comunidad, incluso en la línea de oración hay tacto. La comunidad se vuelve algo muy palpable, vibrante, no algo abstracto como pasa mucho en el catolicismo. También el conservadurismo de la iglesia católica en los países latinoamericanos empuja a muchos hacia el Corán. No puedes creer que la iglesia en Latinoamérica sea de derecha, cuando Latinoamérica está llena de necesidad. Eso, ideológicamente, creo que hace más lejana la visión de este cuerpo, porque una iglesia tiene que ser concebida originalmente como un cuerpo para todos, que fue lo que empezaron a hacer los primeros cristianos. Era algo como lo que nosotros hacemos aquí en el sufismo. Era comer juntos, hacer misa juntos, celebrar juntos, no había clero, no había jerarquías, entonces todo se volvía una comunión. Pero de ese momento a lo que ocurrió tras 2000 años ha cambiado mucho. Sin embargo, en el islam tú encuentras esa frescura. Nosotros no tenemos ningún problema para poder vivir esta interacción fresca con Dios y con el otro en experiencia viva de un cuerpo místico, que es, de hecho, de lo que habló San Pedro en las cartas: de un cuerpo místico, una comunidad que es como una caravana trascendente. Sentir la respiración del que está al lado mío, sentir que somos uno, perderme por completo de este egocentrismo y sentir lo más grande, que es toda esta gente en un solo aliento. Y creo que esta alabanza es necesaria. Es lo que te transforma, que te transfigura, como dice Jesús también. Después de estar una hora y media perdido en Dios y en alabanza, tú acabas completamente transfigurado, limpio, puro, iluminado. Es una actividad de luz. Una cosa es hablar de la luz divina y otra es entrarle a la actividad iluminada. Y aquí hay actividad iluminada, por lo menos en el sufismo”.

Te recomendamos leer:

Las 4 mezquitas que existen en la Ciudad de México, en nuestro sitio hermano Local.mx.

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