Archivo Gatopardo

Quién le teme a Aurora Venturini

En 2007, el Premio Nueva Novela del diario Página/12 lo ganó una mujer que resultó ser octagenaria y tener un pasado lleno de episodios tenebrosos, como los que aparecen en sus libros.

Por Leila Guerriero / Fotografía Diego Sampere

"Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también."

"Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también."

“Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también.”

El padre de Aurora Venturini era un militante del partido radical que, en los años treinta, fue detenido por motivos políticos y trasladado al penal de la ciudad de Ushuaia, de donde nunca regresó.

El padre de Aurora Venturini era un militante radical a quien su propio partido envió a trabajar al penal de la ciudad de Ushuaia, cosa que hizo con éxito.

El padre de Aurora Venturini era un militante radical a quien su propio partido envió a trabajar al penal de la ciudad de Ushuaia pero, al enterarse de que su hija mayor se había afiliado al partido peronista, regresó a La Plata, de donde era oriundo, sólo para echarla de su casa y volver a partir.

El padre de Aurora Venturini era aficionado a las carreras de caballos y, después de perderlo todo en las apuestas, abandonó la ciudad de La Plata, de la que era oriundo, pero, al enterarse de que su hija mayor se había afiliado al partido peronista, regresó, sólo para echarla de su casa y volver a partir.

El padre de Aurora Venturini desapareció de su casa de la ciudad de La Plata, de la que era oriundo, un día indeterminado de un año indeterminado y no regresó jamás.

El padre de Aurora Venturini se llamaba Juan.

El padre de Aurora Venturini no tiene nombre.

Aurora Venturini no tiene padre: tiene versiones.

Aurora Venturini vive en la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de Buenos Aires. Es escritora y publicó cuarenta libros en editoriales pequeñas y en ediciones pagadas por ella misma hasta que, en el año 2007, un jurado integrado por, entre otros, los argentinos Alan Pauls, Rodrigo Fresán y Juan Forn, leyó el libro que ella, con el título Las primas y bajo el seudónimo Beatriz Poltrinari, había enviado a la primera edición del Premio Nueva Novela organizado por el periódico argentino Página/12 y, deslumbrados por ese estilo que tanto podía enredarse en las lianas de la lírica como chapotear entre insultos de borracho, le dieron el primer premio. Cuando abrieron el sobre que contenía sus datos descubrieron que quien había contado la historia de una familia disfuncional en la que convivían una joven pintora algo retrasada, una demente sin control de esfínteres y una prima tenebrosa, con un estilo que imitaba los retorcijones barrocos de una lombriz herida, era una mujer llamada Aurora Venturini que tenía ochenta y cinco años.

Aurora Venturini está de pie en el comedor de su casa de la Calle 37, en la ciudad de La Plata, un departamento identificado con el número uno, en una planta baja, al fondo de un pasillo estrecho. Tiene las manos —afectadas por alguna dolencia de las articulaciones— apoyadas en una mesa redonda cubierta de papeles y libros. A un costado, sobre una repisa, hay un teléfono rojo. Todas la paredes son de color blanco, excepto una, color rosa viejo, y están repletas de retratos, adornos, diplomas y premios que se multiplican en profusión botánica: un diploma de honor de la Asociación de Escritoras y Escritores Católicos, de 1969; otro del Fondo Nacional de las Artes, de 1990; otro de la Sociedad Argentina de Escritores; un retrato de Eva Perón; un angelote del que pende un rosario; una imagen de Cristo; una foto de Aurora Venturini en Nápoles, en la que el viento, una falda larga y un par de zoquetes con zapatillas le dan aspecto de turista desquiciada.

—Buenas tardes. Qué puntual.

Usa una camisola de hilo color crudo, un pantalón haciendo juego, zapatillas de lona azul con cordones blancos. Mide un metro setenta, pesa cincuenta kilos, lleva el pelo castaño, corto, los labios pintados de rosa suave, rubor sobre los pómulos marcados por huesos importantes. Las gafas sin montura, con tres brillantes en los bordes exteriores de los lentes, contagian transparencia al rostro y hacen que la piel blanca, casi sin arrugas, parezca más tersa, como si estuviera hecha de vidrio.
—Sentate, por favor.

Espera a que su visita se siente y entonces ella misma se deja caer, sin dificultad, en su silla de ruedas.

En un artículo publicado en 2007 en el suplemento Radar, del periódico argentino Página/12, la periodista Liliana Viola, encargada de anunciarle a Aurora Venturini que estaba entre los diez finalistas del Premio Nueva Novela, recuerda la conversación que tuvieron por teléfono:

—¿Usted se presentó con el seudónimo Beatriz Poltrinari al concurso Nueva Novela de Página/12?
—Sí, señorita, me presenté con Las primas.
—¿Sabe que está entre las diez finalistas?
—No. ¡Ay! Sería muy importante que esta novela ganara. ¿Sabe por qué? Porque Las primas soy yo. […], señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también.

Aurora Venturini supo que se había llevado el primer premio cuando, el día de la entrega, en el Centro Cultural Recoleta de la ciudad de Buenos Aires, se anunció la lectura de un fragmento de la novela ganadora y ella escuchó aquel “Mi mamá era maestra de puntero, de guardapolvo blanco y muy severa” con el que empieza Las primas. Entonces, frenética, le estrujó el brazo a la persona que la acompañaba y susurró: “¡Mi novela!”. Después los diarios titularon “Escritora de 85 años gana un premio de nueva novela” y visitaron una y otra vez la historia pintoresca de esa mujer que, entre otras cosas, había sido amiga de Eva Perón y conocido a Borges, Sartre y Simone de Beauvoir. Las primas fue recibida con elogios, vendió treinta y cinco mil ejemplares, y la editaron Mondadori en Argentina y Caballo de Troya en España donde, en 2009, recibió además el Premio Otras Voces, Otros Ámbitos, que otorga El Corte Inglés. “Con su estilo torrencial —dijo la revista española Qué leer—, ajeno a las convenciones del buen decir, es también una manera de entender el lenguaje como un reparo ante el abismo, ante la locura que crece y se ensancha en manteles sucios y vasos vacíos”.

Las primas está narrada en primera persona por Yuna, una chica que vive con su madre maestra, una tía virgen y una hermana deficiente a quien un profesor ha dejado embarazada. La historia, cuyo telón de fondo son dos abortos, un asesinato y una prima tenebrosa y enana, navega, como es habitual en la obra de Aurora Venturini, entre deformidades implacables. “Vi sobre una mesa sobre un paño de seda un canelón —dice Yuna—. Que no era un canelón sino algo expelido por matriz humana, de otra forma el cura no bautizaría. Averigüé y una enfermera me contó que todos los años la pareja distinguida traía un canelón para bautizar. Que el doctor le aconsejó no parir ya porque aquello no tenía remedio. Y que ellos dijeron que por ser muy católicos no debían dejar de procrear. Yo a pesar de mi minusvalía califiqué el tema de asquerosidad, pero no podía decirlo. Esa noche no pude comer de asco”. Yuna narra ese mundo, en el que el horror es la norma, con una voz que reúne, en partes iguales, minusvalía, lirismo, candor y crueldad.

En una de las paredes del comedor hay un póster —no una foto: un póster— de Borges, un afiche de la película The Kid, de Charles Chaplin, más diplomas (de la Subsecretaría de Cultura de la provincia de Buenos Aires, de la municipalidad de La Plata), un reloj de pared (nuevo), un póster de Gardel. Arriba de una mesa pequeña, en una de esas alteraciones de la lógica que sólo perciben las visitas porque los dueños de casa se han familiarizado con ellas hace demasiado tiempo, hay un horno de microondas. Junto al horno, una cómoda antigua y, sobre la cómoda, una figura africana de la que penden collares de cuentas, un buda de cerámica, platos de bronce, la fotocopia de una foto de Eva Perón que Eva Perón le dedicó a su madre (“A mi querida madre”, etcétera), un ejemplar de Las primas y otro de Nosotros, los Caserta, una novela que Aurora Venturini publicó en 1992 y reeditaron, en 2011, Mondadori en Argentina y Caballo de Troya en España. A espaldas de la mesa del comedor hay una biblioteca baja repleta de libros de la Editorial Ediciones Selectas y de la colección Grandes Novelistas de Emecé, ambas muy populares en Argentina durante los años sesenta y en las que tanto podían encontrarse títulos de John Steinbeck como de Wilbur Smith. Sobre un mueble, entre placas de bronce, muñecos de cerámica, burbujas de cristal y un candelabro, está el cheque de fantasía por treinta mil pesos (seis mil dólares) del premio que la convirtió, después de cuarenta libros y seis décadas de anonimato, en la voz más singular de la literatura argentina de los últimos tiempos. Una reseña publicada en el suplemento ADN, del diario La Nación, decía que la originalidad de Las primas “reside, sobre todo, en la voz de esa narradora minusválida, y la mirada que tiene sobre ese mundo de seres del que forma parte, seres que sacan a la luz la monstruosidad oculta por el decoro y las buenas costumbres de las familias ‘normales’. Una crueldad inocente, una malicia cándida que recuerda las atmósferas de Silvina Ocampo”.

—Yo ya había publicado antes cuarenta libros, pero esto fue una explosión. Ahora acá dicen que soy buena porque lo dicen en Europa. Son repugnantes, mirá. Vivimos en un charco inmundo.

El 23 de diciembre de 2007, en un artículo del diario El País llamado “Venturini se aventura”, el escritor español Enrique Vila-Matas contaba que Página/12 había elegido, entre seiscientos libros procedentes de Argentina, América Latina y España, una “novela radical, de largos párrafos sin puntuación alguna y un singularísimo estilo que mezclaba humor negro y candor […] Los componentes del jurado fueron imaginando que esta novela la había escrito una brillante y desquiciada joven de emergente genialidad […] y terminaron por premiarla […] Al abrir la plica descubrieron que la joven ganadora del premio de Nueva Novela era una señora de ochenta y cinco años”.

—¿Conoce a Vila-Matas?
—Él me conoce a mí. Pero yo no me acuerdo de él. Me gustaría ir a España. Yo iba siempre a Europa. Cuando empecé a tener independencia económica empecé a viajar sola. Iba a París y me encerraba en el Louvre. Ahora ya no puedo. Mi agilidad mental no la he perdido, pero después del accidente la agilidad para moverme la perdí.

El 27 de abril de 2011, cuando tenía ochenta y nueve años, Aurora Venturini resbaló en el cuarto de su casa y se rompió la cadera. Cuando llegó a la clínica la desahuciaron pero ella, después de permanecer tres días en coma, despertó e inició un largo camino de recuperación alimentado por su voluntad de golem y su odio hacia los quinesiólogos.

—Yo decía: “Voy a volver a caminar”, y mi cuñado, casado con mi hermana Ofelia, que es un médico brillante, me decía: “No, no vas a volver”. Y volví.
—¿Quién la cuidó mientras estuvo internada?
—Mi cuñado médico, un sobrino médico. Una sobrina médica.
—Se ocupan de usted.
—Bueno. Son médicos. Buena gente. Pero médicos. Para volver a caminar tuve que hacer las cosas más increíbles. Hay que ver lo que son los quinesiólogos. No tienen piedad. Ahora camino un poco, pero no puedo sin la silla o el caminador. Son las pruebas de Dios.
—Qué prueba amarga.
—Todas las pruebas de Dios son amargas.

El pasillo que lleva hasta el departamento donde vive Aurora Venturini empieza y termina con cuatro escalones. Eso quiere decir que, sin ayuda, Aurora Venturini no puede salir de su casa. Cada vez que alguien llega o se va, ella permanece sentada, al otro lado de la puerta, como un animal al acecho que despide o espera.

La historia —su vida— es fácil: nacida en La Plata, casada dos veces —con un juez, con un historiador famoso—, militante peronista, detenida en 1955 por la llamada Revolución Libertadora que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón, exiliada en París, regresada a la Argentina, docente, escritora, grafómana.

Lo que importa es todo lo que esas frases no dicen. Todo lo que hace que esta mujer de noventa años, que pasa la mayor parte el día sentada, inmóvil, produzca una inquietud inespecífica, calcárea.

Es un monstruo, en el mejor sentido de la palabra —dice María Laura Fernández Berro—. Labura ocho, diez horas por día. Me hace leerle ochenta páginas de sus novelas y pone cara de arrobo con su propia escritura, como si estuviera escuchando música. En el último año le tipeé seis novelas y un libro de cuentos.

María Laura Fernández Berro es escritora, platense, tiene cincuenta y ocho años y ganó en 2010, con su novela La sangre derramada, el premio Aurora Venturini que, dotado con dos mil dólares, Aurora Venturini propicia desde hace diez años. Desde entonces, todos los sábados a las cinco de la tarde María Laura Fernández Berro llega a la casa de la Calle 37 y, entre cantidades modestas de champagne rosado que comparten, tipea la columna llamada Rescates, acerca de mujeres cuya historia merece ser recordada y que, desde que ganó el premio, Aurora Venturini escribe para Página/12.

—Ahora estoy pasando a máquina una novela inédita que se llama Pogrom del cabecita negra. Yo estoy asombrada con esta mujer. Cumple noventa y un años en diciembre. Dice: “Necesito dos años más, que son dos novelas más, y listo”. Yo llego a las cinco, y si a las cinco menos dos minutos no llegué, ya me llama por teléfono y me pregunta: “¿Dónde andás?”. Se desespera. Desde que se accidentó tengo llave de la casa, entonces entro y debe escuchar mis pasos por el pasillo, porque cuando abro está mirando hacia la puerta como un animal en su cueva. Y después es lo mismo. Ese animal mirando cómo te vas, hasta el próximo sábado.

Vos también sos flaca. Mi mamá era gordita. ¿Sos nerviosa?
—No.
—Yo sí. Y cuando espero, es un horror.

A través de una persiana de plástico que permanece a medias baja, detrás de un televisor grande y viejo, se ve un patio con algunas plantas sumergidas en el reverbero pesado de los mosaicos al sol. La casa es modesta: comedor, baño, cocina, patio interno, dos cuartos. Todos los ambientes, excepto el comedor, son despojados: en la cocina no se ven adornos, en el cuarto hay una cama chica, una mesa de luz y una silla de madera. En el estudio, que desde el accidente ya no usa, hay una biblioteca con ediciones viejas, a punto de desintegrarse.

—Yo ya no leo a mucha gente nueva. A los del jurado sí, los leí a todos. Pero me estanqué en Dostoievski, en Pasternak, en Miguel Ángel Asturias, en Flaubert.

En el comedor, una mujer joven, algo gorda, con la dentadura arrasada, acerca un vaso de agua con sabor a pomelo.
—Nena —dice Aurora Venturini—, traeme a mí también. Yo soy inútil, no sé hacer nada. Ni abrir una botella.

Aurora Venturini vive sola, se ducha sola, se viste y se desviste sola, pero durante el día tiene la ayuda de esta mujer —que limpia, compra, cocina— y, por las noches, otra se queda a dormir.

—Con la gente de la noche no hablo. No es por despreciar, pero no tengo tema. Yo nunca me enfermé. Todos los accidentes me vinieron de afuera: una vez me asaltaron, me empujaron y me rompí el coxis; otra me caí de un colectivo y me rompí entera. Como soy un esqueleto, me rompo los huesos. Si fuera gorda me machucaría.

Y cuando dice “gorda” hace un gesto con la cabeza hacia la cocina, donde la mujer que la ayuda llena un balde con agua.
—¿Y los cuidados de estas personas los paga usted?
—Sí, yo tengo una buena pensión. Yo soy peronista y me ha costado mucho ser escritora por eso. Hay diarios que no tienen en cuenta la calidad del que escribe sino otras cosas. Yo fui amiga de Evita Perón, trabajé en la Fundación Eva Perón y eso me puso a muchos en contra. Después, en 1955, me fui a París.
—¿Cuánto tiempo estuvo en París?
—De 1955 a 1975. No quería volver. Ya me había acostumbrado.
—¿Y por que volvió?
—Por esas cosas que hay alguno enfermo, que se dice que se va a morir. Cosas de familia.
—¿Quién era la que se iba a morir, su madre?
—Decían. Pero no pasó. En París estuve con Sartre, con Simone de Beauvoir. Qué buen tipo Jean Paul. Era bizco, pero interesante. Yo vivía al lado de la panadería donde Maurice Chevallier iba a comprar baguettes.

Se empeña en dar nombres, siempre los mismos, y se empeña en contar, de esos nombres, siempre las mismas cosas: que a Eva Perón se le hinchaban los pies de tanto trabajar, que Sartre lloraba cuando iba al cine a ver El muelle de las brumas, que Maurice Chevallier cantaba cuando compraba el pan. Nombres, nombres, nombres. Pero el más impresionante es el de ella. Aurora. Aurora.

Aseguran que Carbúncula mató a su mamá. En mis momentos de gran melancolía, pienso que tuvo una buena razón para aniquilar a su vieja: el hecho de traerla al mundo […] Carbúncula nunca tuvo relaciones sexuales con nadie; podríamos decir que ha mantenido relaciones sexuales a distancia, con las tortugas del esfuerzo y del orgasmo. Carbúncula Tartaruga morirá virgen porque con sus deditos cortitos no ha podido romperse el himen”, escribió en un relato reciente llamado Carbúncula, que se publicó en Página/12 y que formará parte del volumen El marido de mi madrastra, que publicará en junio Mondadori. Cuando la mujer que inspiró el cuento —una vecina— leyó el periódico y la llamó para quejarse, Aurora Venturini le dijo: “¿En qué parte se reconoció, en esa que dice que mató a su madre?”.

“Con el correr de las aguas bajo los puentes, se convirtió en algo parecido a una momia, conservada en vodka”, escribió sobre Joan Crawford en una de sus columnas. “Según nuestra opinión, si bien en algunos papeles acierta, ella es en la vida sólo una putilla elegante”, escribió en otra sobre Cécile Sorel.
Qué es. De qué está hecha.

Nació en 1922, en La Plata, donde su familia, dizque de las familias fundadoras de la ciudad, tenía una finca en las afueras.

—Una casa muy grande, campito a los dos lados. Viví ahí hasta los diecinueve años. Después me fui a vivir sola. Nunca fui sociable. Tenía que defender mi soledad para escribir. Yo escribo desde que tengo cuatro años. Mi madre era maestra. En mi casa había una biblioteca enorme, que era de mi abuelo Melo, que había sido periodista en el diario La Nación. Cuando me fui de la casa me empleé como maestra y a la vez estudiaba Filosofía y Ciencias de la Educación en la universidad. Yo sé aplicar el test de Rorschach, el de las manchas. En las escuelas donde yo trabajaba, todos los alumnos estaban rochartizados por mí.

—¿En esa casa de la infancia quiénes vivían?
—Mi madre. Mis hermanas.
—¿Su madre cómo se llamaba?
—Ofelia.
—¿Y su padre?
—Juan. En fin.

En una entrevista que publicó el periódico argentino La voz del interior en 2011, Aurora Venturini decía: “Yo tenía una hermanita muy mimada y un hermano deforme. Mi madre decía que él era deforme porque yo había tenido rubeola. Yo creía eso y vivía mal, culpable, tratando de lastimar porque a mí me lastimaban”.
—¿Sus hermanas eran todas mujeres?
—Había un varón. Pero murió. No era muy normal el pobre. Yo tampoco soy muy normal. Yo no crecí mucho. Yo debo ser una deficiente recuperada. Lo que cuenta Las primas no pasó en mi casa, pero fue parecido. Yo nunca entendí la vida de los otros. Lo único que tengo es la literatura.

Yo creo que ese hermano nunca existió —dice María Laura Fernández Berro—. Ella dijo en muchas entrevistas que la madre la hizo cargo de ese chico, que lo tuvo que cuidar hasta que se murió, pero la hermana, Ofelia, dice: “Nunca tuvimos un hermanito así. ¿Por qué hace eso?”. Se indigna.

Aurora Venturini vivía en aquella quinta con su madre y sus hermanas, recibiendo las visitas de un abuelo paterno, Juan Bautista Venturini, que fue quien, dice, la llevó por primera vez a Europa a sus cinco años y con quien iba al Teatro Colón a escuchar ópera.

—Escribí sobre ese abuelo en una novela que va a salir a fin de año, El sillón de mimbre. Él sale también en Los Caserta. Y una tía aparece en Las primas. Cuando se murió mi abuela esta tía corría por la casa con el cuerpo de la vieja, que ya estaba dura, y gritaba: “Mi mamá es mía”. Tuvieron que ponerle una inyección y dormirla para sacarle a la mamá. La tía ésa se murió. Pisó una flor.
—¿Cómo que pisó una flor?
—Sí. Había un cantero con flores, pisó, se resbaló y se desnucó. Eso está en la novela. La flor se llamaba “alegría del hogar”.
—Y su madre…
—Mamá murió de cáncer. Y bueno.

—¿Y Yuna?
—Yuna es una prima, que es hija de primos y salió medio medio. Se casó tres veces. A veces viene. Se sienta acá y empieza: “Aurorita, que inteligente que sos. ¿Cómo hacés para mandar palabras por ese piolín?”, dice, mirando la computadora. Yo a la computadora le digo “la negra puta”, y la uso nada más que para mandar mensajes. Pero ella me dice: “¿Y no se cae ninguna letra?”. Qué extraordinario. Cuando se casó por tercera vez vino y me dijo: “Te tengo que contar algo pero te vas a enojar”. Le dije: “No, cómo me voy a enojar, contame”. “Me caso otra vez”, me dice. “Ay, pero qué suerte, ¿cómo lo conseguiste?”. “No lo conseguí, él se me declaró”. Ella iba a la feria con la canastita, a comprar. Y el señor tenía un puesto de queso. El del puesto de queso, era. “Se enamoró”, me dice. “¿Y vos también?”, le digo. “No, pero para no estar sola, viste. ¿Querés que te lo presente?”. “Bueno, sí, traelo”. Y lo tenía ahí afuera, preparado. Entró el señor. “Ahora —dijo el señor—, no voy a vender más queso, voy a poner a alguien a que venda, porque ya tengo esposa”. Tienen una casa de dos pisos, preciosa. Si vieras qué bien que está.
—¿Su prima se reconoció en el libro?
—Alguien se lo dijo y me llamó enojada. “Me dijeron que en el libro Las primas, de Aurora Venturini, salgo yo”. “Pero no”, le dije. “Ah, bueno”, me dijo.

—¿Sus tías vivían con ustedes?
—Iban de visita. En realidad, mi hogar era un hogar muy disuelto. Para qué hablar de eso. Mi madre era muy especial. Pero uno no quiere hablar. Para qué.
—¿Le trae malos recuerdos?
—No, no me gusta. Me gusta hablar de lo bueno, nada más. Lo otro es como si no hubiera pasado. Las cosas no pasan cuando uno no las nombra.
—Y su padre…
—A mi papá se lo llevaron a Ushuaia, preso, porque él era radical. Uriburu le hizo la revolución en el 30 al presidente Irigoyen, que era radical, y a los hombre radicales se los llevaban presos a Ushuaia.
—¿Estuvo mucho tiempo en Ushuaia?
—Creo que sí, porque no volvió. O volvió alguna vez. No sé. Hay cosas que se me han borrado.

En una entrevista de diciembre de 2008, en el sitio web La pulseada, Aurora Venturini dijo: “A mi papá lo mandaron a trabajar a la cárcel de Ushuaia, hasta que luego la cerró Perón”. En otra, publicada por Página/12 en diciembre de 2007, dijo: “Mi padre tenía seis caballos. Era un gran jugador. […] Y papá se vino abajo jugando. Perdió todo y se fue. Mamá se quedó con nosotras, que no éramos gran cosa […] todo se vino abajo. Tuvo muchos hijos y muchos murieron […] Mi familia era radical. Mi papá me echó de casa, me expulsó de todo cuando supo que yo estaba con el peronismo. Él nos había dejado y volvió un día solamente para eso. Después volvió a irse”.

—Leí que su padre la echó de su casa, pero también que…
—No, eso es mentira. Nunca tuve relación con él. Él no sabía lo que yo hacía. No estaba casi nunca.
—¿Pero él se fue de su casa o…?
—Sí, mejor no decir. Para qué, no me gusta. Hay fantasmas que están todavía. Yo creo en fantasmas. Si hay dios, hay diablo.
Aurora Venturini es, siempre ha sido, una católica blindada.

Hola, ¿hablo con la señora María Ofelia de Castro?
—Sí.
—La llamo porque estoy haciendo un artículo sobre su hermana, Aurora, y quería ver si usted tiene unos minutos para que conversemos.
—Sí, encantada, cómo no. Llámeme mañana sábado, a las seis de la tarde.
El sábado 31 de marzo, a las seis de la tarde —y a las seis y cinco, y a las seis y diez, y a las seis y veinticinco, y a las siete y cuarto, y a las ocho y media— el teléfono celular de María Ofelia Venturini de Castro, hermana de Aurora Venturini, suena. Inútilmente.

Fue alumna de la escuela Miss Mary O’Graham, un colegio privado donde cursó primario y secundario y, aunque tenía diez en todas las materias, su clasificación en conducta era regular.

—No me portaba mal, pero era rebelde. En la clase de religión dije que me parecía mal que Adán se hubiera casado con Eva, porque si era de una costilla de él, entonces era la hija. Fue un escándalo. Las maestras nos pegaban. Y en casa nos decían: “Si la señorita les pega, no importa, ustedes aguanten porque la señorita nació en Lyon”. Nos tenían frenados a nosotros. De qué manera.
—¿Era muy terrible?
—No. Era terrible para ellos. Yo era solitaria. Una isleña. Me compraba una revista y leía una novela que traía adherida, subida a un árbol. “Machona, bájese de ahí”, gritaba mi mamá. Yo era como un erizo. Y bueno, así es la vida, y siguió siendo siempre.
—¿Cómo se llevaba con sus hermanas?
—Bien, nunca fuimos muy unidas, pero no había discusiones.

Con la madre nunca se llevó bien —dice María Laura Fernández Berro—. Con la hermana, Ofelia, se ha llevado históricamente como el culo. Yo creo que quiere más al marido de Ofelia, que es médico, que le dice: “Te vas a morir”, y ella le dice: “Primero te vas a morir vos”, y entonces ella se levanta y camina. Aurora sabe qué decir para hacerte doler. Sabe dónde sos vulnerable y, si hace falta, ahí te pega. Ella dice que es la mujer más mala de la tierra porque la maltrataron, y si no, no sobrevivía.

Recuerdos de la infancia difusos, enredados en los velos del tiempo: un chico llamado el Toto, estudiante de medicina, cuyo perfil espléndido le gustaba contemplar a contraluz; el hijo de un ladrillero que pasaba en bicicleta, que se parecía a Gary Cooper y al que nunca le habló; el Bebe Cook, un amigo con el que trepaba a la higuera a leer novelas que le prestaba el quiosquero.

Juntaba huevos de pato. Buscaba, sin encontrar, al basilisco, que, si te mira, te convierte en piedra. Como la convencieron de que los chicos nacían de los repollos empezó a escudriñar los repollos que llegaban a la casa. Una tía soltera le decía: “Si encontrás un chico, traelo”. Una vez se tragó sin querer un Niño Dios de mármol que venía en el pan dulce importado de Alemania. Todavía, a veces, se pregunta si llevará esa lágrima de mármol, esa semilla estéril en la panza.

El otro día vino mi cuñado, que andaba con incontinencia urinaria, y estaba María Laura, y le pregunto: “¿Cómo andás del pitolón?”. No sabés cómo se puso. Yo soy la mayor de las hermanas. Tengo una que se llama María de los Ángeles del Corazón de Jesús. Casada con un banquero. Parece mentira que sea maestra, pobrecita. Ninguna fue a la universidad. Son maestras nomás. Yo le digo a mi hermana Ofelia cosas terribles y se asusta. La vez pasada se fue a Uruguay con el marido, y vino una tormenta horrible. La llamé y le dije: “Me alegré mucho por la tormenta. ¿Te agarró por el camino?”. A mí me encanta asustar a la gente. Cómo me gusta asustar a la gente. Pero nadie jugó conmigo, nunca.

El sol entra apenas, colándose por debajo de la persiana de plástico que separa el comedor del patio interno.
—La casa de la quinta era muy grande. A veces se metía un potrillo despistado. El caballo quería azúcar, pobrecito. Tenía una tía que les tenía miedo a los caballos y empezaba a los gritos. “¡Sáquenme a este monstruo!”. Siempre tuve caballo. Yo sé saltar, salto valla fija. Mi caballo se llamaba Macón. Estaba encantado, porque hablábamos. Yo puedo hablar con los animales. Ahora mandé a Página/12 un cuento que se llama Rebeca. Trata de mi araña.
—Su araña.
—Yo tenía una araña en el quicio de la ventana. Yo hacía bicicleta fija y la miraba. Un día vino con un compañero, un araño. Después ella salió embarazada, pero a él no lo vi más. Aparecieron sus descendientes. Una de las descendientes, que se llamaba Ariadna, también hablaba. Un día le pregunté a Rebeca dónde estaba el marido y me dijo que se lo habían comido. Eso es normal para las arañas. No hay que criticar. Cada cual tiene su manera. Costumbres. Después Rebeca murió. Entonces me hice amiga de Ariadna. Y me contaba cosas. Yo nunca le pregunté lo que habían hecho con el papá. Tengo un libro de poemas de López Merino, el primer poeta de La Plata. Estaba enfermo y se suicidó. Se usaba suicidarse en los años veinte, quedaba bien. Y adentro de ese libro hay un soneto que se llama “La araña”. Le comenté a Ariadna y quiso meterse en el libro a leer. Se metió. No salió más. Después de un tiempo abrí el libro y la encontré. Muerta. En el cuento pongo que lo que quiero significar es que todos tenemos derecho. Los anormales, los animales, los locos. Los sobresalientes. Todos tenemos derecho a la vida.

En un gran cartón pinté un mapamundi dentro del cual un renacuajo flotaba tratando de defenderse de un tridente que intentaba traspasarlo y el renacuajo de repente parecía una semilla humana, un nene feo que minuto a minuto cambiaba a más lindo hasta que se hizo bebé y entonces el tridente lo pinchó en la barriguilla y él salió flotando hacia afuera del mapamundi. Ese cartón que mostraba varios aspectos de la aventura de ese pequeño ser fue muy estudiado y asimismo aprovecharon los sociólogos sociales para hacerme preguntas que yo contesté como mejor me pareciera para confundirlos. Creo que los confundí. Leí las conclusiones infantiles a que llegaron. Íntimamente me burlé de ellos, de sus poses y sus lástimas hacia mi persona. Cuando titulé mi obra creo que se hicieron cargo del error de interpretación: Aborto. Así lo titulé. Gané una medalla por Aborto“, escribió en Las primas.

En el comedor hay un retrato suyo en carbonilla, del año 1961, donde se le ve con una camisa abierta, aros de perlas, el pelo corto y abultado.
—Era bonita. Nunca tuve problemas con los hombres, pero mi interés pasaba por otro lado. Yo admiraba a mis profesores.
—¿Y nunca se enamoró de un profesor?
—No. Jamás.
—¿Cuando usted le dijo a su madre que iba a estudiar Filosofía, ella estuvo de acuerdo?
—Mi madre hubiera querido que yo supiera coser. En esa época, las mujeres no iban a la universidad.

El árbol genealógico se enreda en nombres impactantes: que la rama de la abuela materna desciende de Domingo Faustino Sarmiento, que la abuela paterna era prima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El Gatopardo (en cuya casa de Sicilia dice haber escrito Nosotros, los Caserta). A los diecinueve, en unos años en los que las señoritas dejaban su casa sólo para bien casarse, se fue a vivir sola a un departamento de la zona del Bosque.

—Era más cómodo. Yo estudiaba Filosofía en la universidad y me ganaba la vida como maestra, y desde el departamento no tenía que tomar tranvía ni nada. Tenía todo a mano.

Aunque asegura haberlo comprado, se dice que fue su abuelo, Juan Bautista Venturini, quien le regaló el departamento para alejarla de una casa donde empezaba a ser tratada como una aberración.

Tradujo a y escribió ensayos sobre Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont y Arthur Rimbaud. Publicó su primer libro, El solitario, en 1948, a los veintiséis años, y recibió por él el premio Iniciación de manos de Jorge Luis Borges. Algunos de los treinta y nueve títulos que siguieron son La Plata mon amour, Poesía gauchopolítica federal, Carta a Zoraida, relatos para las tías viejas, Panorama de afuera con gorriones y Pogrom del cabecita negra. Publicados por su cuenta en editoriales o imprentas que le pedían mucho dinero y le daban pocos ejemplares, ninguno recibió jamás una reseña.

Para ganarse la vida mientras iba a la universidad, daba clases en colegios secundarios y trabajaba en institutos y refugios que acogían a malformados y dementes.

—Yo iba a trabajar al Cottolengo de Don Orione, porque trabajaba en minoridad, en educación, me formé en Psicología. Es un lugar donde hay cosas tremendas. Atendido por monjas. Había una sirena, una mujer con las dos piernas juntas. A mí me atraían esas cosas. Los chicos que están pegados, que son siameses. Lo que se arrastran. Qué espanto eso.

“En el instituto de Betina trataban casos muy serios —escribió en Las primas—. El niño-chancho, trompudo, caretón y con orejillas de puerco, comía en un plato de oro y tomaba el caldo en una taza de oro. Agarraba la taza con patitas gordas y unguladas y sorbía produciendo ruido de torrente acuoso derramándose en un pozo y cuando comía sólido movía las mandíbulas, las orejas, y no llegaba a morder con los colmillos que eran muy salientes como los de un chancho salvaje”.
—Ese chico con cola de chancho era verdad. Tenía tacita de oro. Debió haber sido de gente bien. Debió haber sido un pecado horroroso.

Bien entrados los años cuarenta, fascinada por las ideas de justicia social y la figura de Eva Perón, se hizo peronista. La mujer del gobernador de la provincia, un hombre de apellido Mercante a quien dizque ella hacía los discursos, le presentó a Eva Perón que estaba poniendo en marcha la fundación que llevaba su nombre y que asistió, en materias como educación, salud y vivienda, a familias carenciadas, madres solteras, estudiantes jóvenes.
—Yo empecé a trabajar en la fundación y nos hicimos amigas. Evita no era letrada, pero tenía una inteligencia natural, como surgida de la tierra.

—¿Eran amigas muy cercanas?
—Sí. Ella me pedía que le contara chistes verdes. Se le hinchaban los pies al final del día, de tanto trabajar. Cuando Eva se murió, en el cincuenta y dos, yo estaba en la habitación de al lado.
—¿Le quedó algo de ella?
—Qué me va a quedar. El recuerdo.
—¿Usted estaba casada cuando la conoció?
—Sí.
—A qué edad se casó.
—Qué sé yo. Mirá. No quiero hablar. Yo siempre digo que mis matrimonios fueron Vilcapugio y Ayohuma, las batallas por la independencia argentina que perdió Belgrano. Dos desastres. Cómo vas a tratar con una persona como yo. Nadie puede.

Se sabe que su primer marido fue un juez, de nombre Eduardo, y el segundo Fermín Chávez, un historiador muy conocido, pero no quedan claras las circunstancias en las que los conoció ni los motivos por los cuales se casó con ellos.
—Soy una inútil. No sé cocinar ni un huevo frito. No puedo. Me da asco. Hay muchas cosas que me causan repugnancia.
—¿Por ejemplo?
—Algo tremendo es tener que dormir con otra persona.
—Pero con sus dos maridos habrá tenido que convivir.
—Cada quilombo que había yo me rajaba. Me iba a Europa. Siempre tuve el pasaporte en regla. Para rajar. Yo no aguanto. Ellos se casaron porque insistieron. Pero a veces digo, que Dios me perdone, por qué hacer eso con la gente… Eso no se hace. Fue peor para ellos que para mí. Yo soy amable, pero puedo ser ríspida. Yo estoy en paz cuando escribo, nada más.
—¿No se podía divorciar?
—No. Soy viuda de los dos. Me casé por Iglesia y eso es un sacramento.

En 1954 se fue a París y regresó en 1955, sólo para encontrarse con la Revolución Libertadora que había derrocado a Perón y, por ser peronista y por las cosas que hizo durante 1956 —básicamente, dice, tirar bombas molotov (“yo hacía unas molotov bárbaras”)—, la detuvieron.

—Me llevaron al departamento de policía. Me pegaron. Me destruyeron los dedos de los pies caminándome encima con las botas. Cuando pensaron que me moría me tiraron por la calle. Me levanté, llegué a mi casa, me bañé. Hablé con un amigo, que fue cónsul en Ecuador, y le dije: “¿Me prestás un poco de plata, me sacás un pasaje?”. Y me fui a Europa. Allá hacía calor. Era junio.
—¿Y su marido?
Se encoge de hombros, tuerce la boca.
—Y bueno.
Después dice, en tono educadísimo:
—Ya me he fatigado, nena. ¿Podemos seguir otro día?
—¿Le parece bien la semana que viene?
—Marzo lo tengo un poco ocupado. Tengo dentista.
—¿El martes 13 de marzo?
Contempla, concentrada, un almanaque prendido a la pared con lo que parece ser un pinche con forma de Virgen.
—Bueno, el martes 13 está bien.
Toma una lapicera, abre un cuaderno y anota: “Martes 13”.
—¿A qué hora?
—A la hora que me diga. ¿Usted duerme la siesta?
Exagera un respingo, como diciendo “ésas son cosas de viejos”.
—Te espero el martes 13 a las dos de la tarde, porque la gordita se va a las tres, y si no está ella yo no puedo abrirte ¿Me cerrás la puerta cuando salgas?

La puerta se cierra con un chasquido.
Son las seis de la tarde de un día de sol.

Marcela Ferradás es actriz y protagonizó, en 2011, la obra de teatro Las primas o la voz de Yuna, que fue elogiada por la crítica. La obra se montó por iniciativa de la propia Ferradás, que leyó la noticia del premio de Aurora Venturini en Página/12 y pensó: “Qué mujer interesante”.

—Cuando leí el libro quedé deslumbrada, y empecé a hacer contactos para proponerle una versión en teatro. Me acuerdo de la primera vez que fui a la casa. No sé por qué, pensaba que Aurora vivía en un palacio en decadencia, y nada que ver. Aurora es un ser de luz y un ser tremendo. Ella me decía: “Nena, yo lo único que sé hacer es escribir”. Y esa decisión de no tener hijos. “Yo mato a los hombres —me dijo—, los hombres que están conmigo se mueren”. Creo que ella siente que ha sido un poco egoísta con ellos. Yo nunca pude tener con ella una conversación con principio, desarrollo y fin, pero fui reconstruyendo algunas cosas. Que su madre no la ha querido, que tuvo un hermano con una deficiencia y que la madre la culpaba a ella de esa deficiencia porque ella había tenido escarlatina o difteria y la había contagiado durante el embarazo. Pero Aurora es un iceberg y yo sólo conozco lo que está sobre la superficie del mar. Tengo recortes de Aurora. Y con esos recortes, armé mi Aurora.

Nosotros, los Caserta, la segunda novela que publicó en una editorial grande, cuenta la historia de María Micaela Stradolini Caserta, Chela, una niña superdotada, arisca, con un padre severo, una madre que no la quiere y un hermano deforme que sólo puede articular tres sílabas.

Nosotros, los Caserta parece escrita bajo la convicción de que la literatura es el ámbito para hurgar en el mal bajo todas sus formas […] Al leerla, es posible hallar un raro éxtasis de felicidad verbal, algo así como el perfecto cruce de un poema de Rimbaud con la puteada de un camionero en un mal día”, decía la reseña del suplemento ADN, del diario La Nación.

Nosotros, los Caserta es una novela brillante, provocativa, ambiciosa, deliberadamente anacrónica […] Venturini conoce en profundidad su oficio y aprovecha el pretexto narrativo para explorar formas de articulación y contrapunto entre fábula y ficción”, decía la reseña de la revista Ñ, del diario Clarín.

El martes 13 de marzo de 2012 es, en La Plata, un día de inocencia radical. El cielo es azul, la temperatura veraniega. Son las dos de la tarde y la mujer joven, algo gorda, con la dentadura arrasada, invita a pasar. La puerta del departamento número uno permanece abierta, trabada con una planta de interiores, pequeña. En el comedor, Aurora Venturini está de pie, usando el mismo conjunto de hilo blanco de la primera vez, con las manos apoyadas en la mesa redonda.

—¿Cómo estás? Me gusta que sos puntual. ¿Querés una empanadita?
—No, gracias.
—Vas a vivir muchos años. Nunca engordes. No eches grasa.

El panorama es el mismo de la semana pasada: el ambiente abigarrado de objetos donde, sin embargo, todo parece estar en uso; las paredes repletas de diplomas y premios de los que su receptora casi no habla; una cocina donde no hay nada a la vista.

Aurora Venturini regresó de París en 1975, un año antes de que empezara la dictadura militar en el país, que duraría hasta 1983, y dice que, aunque la echaron de todos los colegios en los que daba clase, los militares no le hicieron nada.
—¿De qué vivió?
—Estaba casada con el juez. Publicaba algo en el diario El Día, de La Plata. Mi juez era de derecha. Un hombre mayor. Un buen tipo. Estaba emparentado con militares. No estaba de acuerdo conmigo pero nos respetábamos. Estaba inválido. Mala suerte. Sufría de diabetes. Le habían amputado la pierna. Tenía su jubilación importante. Vivimos un tiempo en una quinta de City Bell, en las afueras de La Plata. Cuando se enfermó, no quiso que lo vieran así, y nos fuimos al campo. Ahí él podía salir con su silla. En fin. Ya pasó todo eso.

—¿Le gustaba estar ahí?
—Sí, pero era triste, porque la quinta estaba dividida. En un lado estaba mi marido, con los enfermeros y todo eso. Yo no lo cuidaba. Me impresionaba. Y del otro lado estaba yo, con los perros.
—Y con las muñecas.
—Las vendí. ¿Cómo sabías?

Cuando pregunta “¿cómo sabías?” irrumpe, como el chirrido de una sierra eléctrica, el llanto de un recién nacido.
—Está llorando mi vecino más chico. Antes no tenía la voz tan aguda. Está creciendo.

Durante muchos años, en esa casa de City Bell, Aurora Venturini tuvo una colección de ciento setenta y cinco muñecas. Alemanas, francesas, gitanas, clásicas, de cera, de trapo. Las sacaba al sol, les planchaba la ropa.
—Tenía la idea de que las muñecas tenían el espíritu de los chicos desaparecidos durante la dictadura. Cuando desapareció Pupi Fonrouge me entró una desesperación.

Pupi Fonrouge era Julia Esther Pozzo Fonrouge, secuestrada el 29 de julio de 1976 a los veintiún años, hija de amigos de Aurora Venturini.
—Ahí me puse a buscar una muñeca. Fui a varios anticuarios y nadie tenía. Me fui a San Telmo, a Buenos Aires. Entré en un negocio y me dice la señora: “Tengo una, pero está toda añicada”. Le dije: “Bueno, se la compro”. Me fui a tomar el ómnibus a City Bell. Llego a mi casa y preparo todo para repararla. Estaba rota en la cabecita. Y la empiezo a reparar y cuando le armo el cuellito le veo la firma: Cranach. Que era un alemán que hacía muñecas en el siglo XVI. Escrito en gótica.
—¿Lucas Cranach? ¿No era pintor?
—Y cuando veo la firma, por encima del hombro veo que hay alguien. Atrás. Un hombre con una capa. Me di un susto. Pero me di vuelta y no había nadie. Y la muñeca me estaba saliendo correcta. Ni se le veían las cicatrices. Hasta parecía que me decía: “Upa”. Me tuvieron mal esas muñequitas. Cuando se terminó la maldita revolución de los militares me pareció que se habían vaciado de los espíritus de los chicos y las puse en venta. No me dio pena ni nada. Todas juntas se fueron. Me pagaron muy bien. Pude pintar toda la casa con eso. Había una que tenía una leyenda que decía Ad maiorem Dei gloriam, “Para mayor gloria de Dios”.
—¿Por qué tenía esa leyenda?
—Era una de las muñeca que hacían en los conventos las monjas, para protegerse de las brujerías.
Aurora Venturini podría momificar a un niño, envolviéndolo en finas vendas de terror.

Tiene fama de brava —dice María Laura Fernández Berro—. Una vez, después de un homenaje a Leopoldo Lugones, un viejo se le acercó y le dijo, en italiano: “¿Cómo le va”. Y ella lo miró con una cara recontrajodida y le dijo: “Chi vediamo en el cementerio“. Y el viejo se dio media vuelta despavorido. Porque tiene fama de bruja.
—¿Qué?
—Sí, de secar a la gente. Yo no soy esotérica, así que me da igual, pero tiene esa fama. Que seca a la gente. Mientras estábamos escribiendo el prólogo del libro del cura se le rompieron los caños de la casa, a mí se me dieron vuelta todas las hojas de libro. Yo no lo creía hasta que nos pasó.

Los seres humanos hacen o dejan de hacer cosas por diversas causas: por superstición, por un dios al que le tienen prometido, por una consigna alimentaria, por sugerencia de un gurú. Aurora Venturini cree que la única fuerza capaz de domar la moral de los hombres es la existencia del infierno.

La voz del padre Carlos Mancuso suena tranquila a pesar de que en la parroquia tiene dos líneas telefónicas y, mientras habla por una, cada pocos minutos suena la otra y él se excusa, atiende, escucha y dice: “Ahora estoy hablando por otra línea, pero llámeme entre las seis y las siete”. La situación se repite, al menos, quince veces a lo largo de una hora, de modo que es probable que, entre las seis y las siete, el padre Mancuso, capellán del Colegio Corazón Eucarístico de Jesús y confesor del Seminario San José del Monasterio de las Madres Carmelitas de La Plata, declarado exorcista de la Archidiócesis por el arzobispo monseñor Héctor Aguer y autor del libro Mano a mano con el diablo, crónicas de un cura exorcista, que en 2012 y con prólogo de Aurora Venturini publicó editorial Sudamericana, tenga que repetir, muchas veces: “Ahora no puedo, estoy hablando por otra línea, llámeme entre las siete y las ocho”.

—Aurora es una mujer muy lúcida. Vino a verme hará tal vez tres años, porque no podía liberarse del vicio de fumar. Yo le di una bendición, y ella da su testimonio de que a partir de ese momento nunca más sintió esa compulsión de gran fumadora que la había abatido. La bendición ha sido reparadora de sus energías.
—¿Le ha hablado de sus experiencias con… le ha dicho que sintió que la empujaban?
—¿Le ha contado eso? Bueno, sí, ella se asusta a veces. Se atemoriza con la presencia del mal. Tal vez es o tal vez no es la presencia del mal. Pero ella está amparada por la mano del Altísimo. Aurora es una mujer de una inteligencia muy destacada. Es muy capaz y muy equilibrada, de modo que cuando ella dice: “A mí me empujan”, no hay que tomarlo como delirio. Yo le quito importancia, porque si no es agregar leña al fuego. A mí me da la sensación de que Aurora tuvo esa experiencia una sola vez y yo lo que aconsejo es “no se haga problema. Si no la afecta, siga viviendo y quede en paz”.

“Porque lo sobrenatural de la Bestia es múltiple y legionario y se expresa tanto con gravedad tonal como con trinos de ave. Me consta el poder sanador exorcizante del padre Carlos. Yo era fumadora de tres atados diarios […] El padre Carlos me atendió casi en silencio, con las manos juntas en actitud votiva […] y me bendijo sin solemnidad […] Ya en mi departamento advertí el alivio. No he vuelto a fumar desde hace largos años”, escribió Aurora Venturini en el prólogo de Mano a mano con el diablo.

Es un encanto el padre Mancuso.
El llanto del vecino pequeño se estrella contra la quietud de la tarde.
—Cómo chilla. Se ve que crece.

Aurora Venturini habla en un susurro, con frases cortas, en tonos investidos de ironía, de burla, de respeto. El susurro es un hojaldre de intenciones diversas, una caja de herramientas de la que ella saca, cada vez, la adecuada.
—Yo lo vi hacer un exorcismo al padre Mancuso. El hombre estaba sentado, triste, y el padre empezó a hablar y el hombre empezó a erizarse y le dijo: “Cura cagón”. Y se le fue encima y el padre lo dominó. El tipo rugía, pegaba patadas. Y el padre rezaba. Y entonces le sale al hombre una voz finita: “No me hagas daño”. Y el padre lo sacude y se sienta. Y el hombre se fue. Espantoso, ¿no? El infierno existe. Mientras estaba en coma soñé que me quemaba sobre una parrilla. Yo le estaba contando eso al padre Mancuso, que el diablo me decía: “Estás muerta”, y yo: “No, no estoy muerta”. Y entonces el padre me dijo: “Y yo puse la escalera, ¿no?”. Y se me cayó el alma, porque en efecto en el sueño el padre Carlos aparecía con una escalera y me salvaba, y yo todavía no se lo había contado. Así que no fue un sueño. Yo estuve en el infierno.

—¿Y por qué alguien como usted iría al infierno?
—Tengo las mías. Santita no soy.
—Pero para ir al infierno debería ser algo grave.
—Matar.
—¿A quién mató?
—Y, en 1956, con las bombas que poníamos… No te vas a quedar para comprobar, pero claro que sí. Feas cosas. Éramos bravos.

Además de tener fe en la infinita bondad de Dios Padre y en la reencarnación de los muertos, Aurora Venturini cree en el lado áspero de las cosas. En el pliegue rugoso donde se esconden la magia negra y la brujería, la furia invisible de los desencarnados, la legión de los que odian a los vivos.
—Hay fantasmas. Siempre son de alguien que uno conoce. Yo sentí los empujones de un fantasma. Alguien que te empuja y te tira contra una pared y te vuelve a empujar y te tira contra otra pared. Cuando estábamos trabajando con María Laura en el libro del padre Mancuso, habíamos puesto los papeles en la mesa y cuando los fuimos a buscar estaban todos revueltos. Yo soy la viva representación de que esas cosas existen. Lo que me pasa ahora es un vestigio de lo que me pasó.

El 27 de abril de 2011, el día en que tuvo el accidente, Aurora Venturini regresaba del banco cuando vio, en la mesa del comedor, el diario El Día.
—Estaba abierto y leo una noticia de la muerte de alguien. Grande, en dos páginas. Y digo: “Bueno, que se embrome, era una persona mala”. Y me voy al dormitorio, me caigo y me rompo todo. Y esa necrológica no era cierta.
—¿Se habían equivocado al publicarla?
—No. No había ninguna noticia. Leí algo que no existía.
—¿La persona está viva?
—Sí. Diabólico, ¿eh?

La relación más cercana que tengo es con ella, con la tía Aurora. Desde que yo era chico nos llevamos bien.
Gustavo Castro es hijo de Ofelia, la hermana de Aurora Venturini, y su sobrino preferido.
—Yo me acuerdo de la quinta de City Bell. Era un chalet muy lindo, grande, con fondo, algunos árboles. Uno de los mejores recuerdos que tengo es de los viajes que hacíamos a San Telmo, a los anticuarios. Un día entramos a uno y me compró una estatuilla de marfil, un pescador. Todavía la conservo.

Gustavo Castro está casado desde hace trece años, tiene un hijo de once y otro de ocho. Se dedica al tendido de redes, pero lo que le gusta hacer es esculpir en hierro, caminar en soledad, comprar chucherías en las ferias —radios viejas, herramientas que ya nadie usa— a las que él llama “antigüedades”.
—El gusto por las antigüedades me viene de ella, pero compro cosas baratas, porque no me alcanza para más. Yo voy a verla día por medio, todas las noches. Ella siempre está ahí. Vos abrís la puerta y ella está ahí. Y esa imagen de Aurora sentada con sus libros la tengo desde chico. Mi tía es atemporal. No tiene obstáculos. Qué obstáculo más grande que la muerte, y ella salió.

—¿Hablan de su vida?
—Generalmente de la vida de ella no hablamos.
—¿Con tu mamá cómo se lleva?
—Bien, muy bien.
—¿Y te habla de su hermano, del chico que murió cuando era chico?
—No, no hay cosa que a veces no… cosas que uno no pregunta.

El vecino más chico de Aurora Venturini ha dejado de llorar, y la casa vuelve a hundirse en el silencio de la siesta.
—¿Hace mucho que vive en esta casa?
—Antes vivía en Buenos Aires. Porque me casé con Fermín Chávez. Muy importante, pero un borracho espantoso. Diecisiete años estuve. No se bañaba. Fue un error. Un error y un horror. El vino lo volvió loco. Fue horrible, horrible. Al final yo me fui, y lo iba a ver a veces porque me daba pena. Son las pruebas de Dios. Pero yo no estaba casada. Era una ausente. Yo no era para eso. Era una isleña. Como mi sobrino Gustavo. Ése también es un isleño. Hay sujetos que llegan a un punto que son autistas. No es mi caso, porque yo me expreso con la literatura.

La mujer que la ayuda está de pie, apoyada en la mesada de la cocina y mirando fijamente la heladera. Aurora Venturini chequea la hora en el reloj de pared, se da cuenta de que la mujer lleva allí cuarenta minutos más de los que le corresponden, y susurra, volviéndose apenas:
—Gorda, ¿te querés ir? Andá.

La mujer dice: “Bueno”, toma su bolso, intercambian algunas bromas en código privado (“No aceptes caramelitos por la calle”, cosas así). Cuando se va, Aurora dice:
—Tiene ocho hijos. Yo de pensar en la barriga me muero de horror. Ahora tengo la panza que es un asco por las operaciones, pero la panza gorda, con algo adentro, siempre me espantó. Seré anormal, pero imaginate la pobre mujer haciendo fuerza, qué espanto.
—¿Por qué se casó?
—Qué sé yo. Estaría aburrida. Era lindo el juez. Qué va a ser. No pudo ser lo que tendría que haber sido.
Y lo que tendría que haber sido se llamaba Julio Hirsch, era fundador del club de futbol Estudiantes de La Plata, estaba casado y tenía dos hijos.

Hay un relato inédito, llamado El murciélago. Allí, Aurora Venturini escribe: “[…] Él vivía en City Bell y cuidaba el jardín de la quinta. Allí habitaba con su esposa y dos hijos. Supe esto un día aciago. Ayer, en abrazo intenso, me hubiera sepultado junto a él, yo que odio los sepulcros. Volvimos a encontrarnos cuando cumplí diecinueve años; delgada y juncal; universitaria, ya publicaba mis escritos […] No me he movido un tramo de aquella vez del encuentro […] Enamorarse del amor verdadero, del destinado, váyase a saber por qué prodigio es convertirse en caja de lata barata contra cuya superficie miserable y pobretona habrán de coincidir hasta los golpes más despistados”.

Yo era muy joven, pero era imposible. Dicen que cuando es, es imposible. Así dicen. Era casado. En esa época un hombre casado era sagrado. Éramos realmente el uno para el otro, pero a destiempo. Él era más grande, era un profesor. Fue una cosa interrumpida, divina, insuperable, inolvidable. Quiso venir conmigo, pero la mujer se opuso. Yo no tengo ni un retrato de él. El hijo vivió hasta hace poco. Le hablé por teléfono. Le dije: “Mirá, por qué no te llevo bombones, me das un retrato de tu padre”. Me dijo: “Bueno, vení”. Pero se ve que la mujer le dijo: “No”. Me llamó un día y me dijo: “Hay impedimentos de familia”. Después se murió, el hijo. Un muchacho grande. De mi edad.

—¿La mujer de él sabía lo que estaba pasando entre ustedes?
—Lo sabía toda la ciudad. La ciudad era chica. Fue un escándalo. Yo tenía diecipocos y él treinta, profesor de secundario, médico. Pero después ya estaba la política, y entonces ahí lo dejé de ver. Él era conservador. Yo peronista. No podía ser.
—Habrá sufrido.
—Él también. Pero se saca. Como uno se saca una muela. Y se acabó.

Jamás dice Julio, jamás dice Hirsch. Hace, en cambio, un gesto: se encoge de hombros, baja los párpados, tuerce la boca.
—Él aparece en todos mis libros. Como figura masculina. Ya ves que las cosas siempre sirven para algo, nena. Aunque sea para argumentos.
Así brotaba lo que se arrancó.

Él tenía treinta y ella diecinueve, y eso fue un escándalo en la casa —dice María Laura Fernández Berro—. La querían matar. Era una aberración. Era un suicidio. Ponerse en boca de todos, que la discriminaran. Un poeta les prestaba la casa para que fueran ahí, pero él no se atrevió, se quedó con la mujer. Ella se fue a ese departamento que le dio el abuelo. Unos años después se reencontraron en el colegio Normal Uno, donde Aurora daba clases, y él se acercó con cierto deseo y ella lo rechazó. En las novelas que están inéditas dice que en la muerte se van a reencontrar. No tiene fotos, pero dice que era hermoso.

El teléfono rojo que Aurora Venturini tiene a su izquierda empieza a sonar.
—Hola.
Silencio.
—¿Qué agencia?
Silencio.
—No.
Cuelga sin decir nada más.
—Se equivocaron. La vez pasada llamó uno que quería que le tomara los datos para no sé qué. Llamó veinte veces. Al final me cansé y le tomé los datos, pero si era para algo importante todavía está esperando. Pero le tomé los datos porque si no, no iba a dejar de llamar.

Hace un gesto señalando la silla de ruedas, como si fuera un estorbo amable al que se le pueden perdonar algunas cosas.
—Voy a ir al baño.
—¿La ayudo?
—No, por favor.
Maniobra la silla de ruedas, la estaciona frente al baño, abre la puerta, se pone de pie, entra y, con la autoridad que le da tener noventa años y estar en su propia casa, hace pis con la puerta abierta.

Ahora la niñita —escribe en Nosotros, los Caserta —. Sostiene un canastito de mimbre con rosas de papel. Esa nena es la difunta de mí, el duende del huraño hemisferio de mis penas futuras […] Miro los zapatitos, en la foto, rojos con presilla. Se mojaron y quise secarlos con mi pañuelito fino y mamá me dio un coscorrón. Veo la cadenita de oro con el medallón de camafeo alpino que se enredó en la carterita de hilo de plata. Di un tirón y mamá volvió a pegarme”. La niña de la novela se enferma de rubeola, contagia a su madre embarazada y, como consecuencia del contagio, su hermano nace deforme. “Mi baboso hermanito, un bicho infame, aplaudía desde su oquedad sin remedio […] Su saliva, tan copiosa, iba dejando huella de caracol de la cama a la repisa”.

En una de las paredes de la casa de Aurora Venturini hay una foto de cuando tenía cuatro años. En la foto se la ve usando vestido corto, zoquetes, zapatos con presilla. Se aferra, con una mano, a una canasta de mimbre repleta de flores de papel. De su cuello de nena corta, entre dos bucles de pelo oscuro, cuelga una cadena de oro.

Aurora Venturini sale del baño, ignora la silla de ruedas, se apoya en el caminador, una estructura de metal con la que puede dar algunos pasos, y entra el cuarto donde están la biblioteca y su escritorio. En los estantes de la biblioteca hay viejas ediciones de Dostoievski, Stendhal, Flaubert, Kafka, Almafuerte, libros de Mika Waltari, Manuel Mújica Láinez, Miguel Ángel Asturias, novelas como Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, y títulos como Los cortejos del diablo o El fracaso de los brujos. En una de las paredes, una foto de Fermín Chávez. En otra, una de su penúltima perra, Bárbara, que, al morir, fue reemplazada por otro perro que también murió.
—Tuve muchos perros. Pero dan trabajo. Uno los quiere.

Por la ventana se ven, en un patio interno, un tendedero con sábanas, una parrilla. En el escritorio hay una máquina de escribir eléctrica, una imagen de Cristo y otra de la Virgen, un par de chinelas, un enchufe. Adherida a uno de los paños de la ventana, una calcomanía de Eva Perón.
—Conocí a Borges. Conocí a Eva. Se le hinchaban los pies de tanto trabajar. Pero no soy vieja. No siento mi edad porque no la tengo. Y soy natural, no me hice nada. Este cutis es mío.

Hace un silencio.
—Tengo cinco plásticas, nena. La última me la hice hará veinte años. Pero tenía una linda piel. Mis enamorados decían que nunca habían visto otra igual. ¿Tenés que preguntarme más cosas?
—No, ya la dejo tranquila.
—No me intranquilizás en absoluto.

Maniobra el caminador hasta llegar a la silla de ruedas, se sienta y la hace girar hasta quedar frente a la mesa.
—¿Le cierro la puerta al irme?
—Sí. Y haceme el favor, sacá esa plantita que traba la puerta y metela adentro. Ponela ahí.
—¿Acá?
—No, más cerca de esa otra. Así están juntas.
La puerta se cierra con un chasquido.
En la calle no hay nada. Sólo el calor blanco de marzo.\

Una versión abreviada de este reportaje fue publicada en mayo de este año en la revista Sábado del diario El Mercurio, de Chile.

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