
Con apenas ocho suites, este hotel en Ventanilla, costa de Oaxaca, combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local.
En un tramo de playa virgen custodiado por manglares y tortugas marinas, se levanta Casa Yatí, el primer hotel de la comunidad de Ventanilla, Oaxaca. Para conocer más sobre el proyecto, Gatopardo conversó con Francesco de Eccher, uno de sus fundadores.
Con apenas ocho suites, Casa Yatí combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local, cuenta Francesco. La idea surgió de la sociedad entre tres empresarios —dos italianos y un colombiano— que llevan varios años radicando en México y que, según explica, comparten el amor por el viaje, por el servicio al cliente, la atención a los detalles, el diseño y la arquitectura. Después de una larga búsqueda de un terreno que reuniera las condiciones que imaginaban: un lugar desconectado, en contacto con la naturaleza y con la cultura local, encontraron el predio en Ventanilla, un pequeño pueblo cercano a Puerto Escondido, en la costa de Oaxaca.


En ese pueblo, frente al ruido de las olas del Pacífico y la laguna de Ventanilla, uno de los ecosistemas más representativos de la zona, nació el proyecto. El nombre “Yatí”, explica Francesco, “significa laguna en zapoteco”: un homenaje al cuerpo de agua que da identidad al lugar.
Uno de los mayores retos, sigue explicando Francesco, fue integrarse en una comunidad que al comienzo recibió el proyecto con desconfianza: “Son personas muy celosas de su territorio”, cuenta. Pero él, dice, entiende esa cautela inicial ante una inversión de este tipo. Hoy, la mayoría del personal del hotel proviene de la misma comunidad, y Casa Yatí destina el 5% de sus ganancias a proyectos sociales locales, entre ellos la construcción de una escuela para el pueblo. El hotel también participa en iniciativas como limpiezas de playa y el apoyo a celebraciones comunitarias. “Ahora somos un apoyo para la comunidad”, dice Francesco, “no solo porque generamos turismo, sino porque acompañamos las iniciativas que ellos mismos organizan”.


Esa preocupación por el territorio se traslada también a la forma en que se concibe Casa Yat. Aunque el terreno permitía construir hasta 30 habitaciones, los socios optaron por apostar por la intimidad: el hotel está constituido por ocho suites en total, repartidas en tres categorías. La Suite Signature, la más amplia, cuenta con dos camas king size y vestidor; cuatro Suites con Balcón ofrecen vista al Pacífico bajo techos de palapa y baños abiertos hacia el jardín; y tres suites más, en planta baja, se abren a un patio orientado al mar. El resto del hotel se organiza alrededor de una alberca infinity frente al océano, un restaurante especializado en cocina oaxaqueña, aunque también es posible encontrar platos italianos, como pasta fresca y focaccia horneada a diario, y una palapa en la colina que funciona como espacio de bienestar: masajes, cenas al atardecer, ceremonias de cacao y sound healing. Por las noches, un firepit se convierte en el punto de encuentro entre los huéspedes.


Casa Yatí opera con paneles solares que la hacen 100% autosuficiente en energía, bajo una política libre de plástico. Tanto la construcción como la operación diaria del hotel privilegiaron a proveedores, carpinteros y artesanos de Oaxaca; dentro de la propiedad, una boutique comercializa piezas de una cooperativa local integrada solo por mujeres.
Frente al hotel se extiende la playa de Ventanilla, que Francesco describe como uno de los santuarios de tortugas marinas más importantes del Pacífico sur. Entre las actividades que ofrece el hotel están los recorridos por la laguna, clases de surf y de cocina, caminatas, yoga, temazcal y sesiones de meditación, pensadas para huéspedes que buscan, en sus palabras, “conexión con el lugar y con la cultura local”. Se trata de un hotel solo para adultos, a partir de los 14 años, pensado tanto para parejas en luna de miel como para grupos de amigos que buscan conectar con espacios naturales o simplemente desconectarse.

Para Francesco, la esencia de Casa Yatí no está en el lujo estridente, evidente, sino en un servicio atento y sin ostentación. “Lo que sí me gusta es sentirme en casa”, resume, y recuerda que la gerencia general del hotel recae en una mujer de la comunidad a quien describe como la mamá de todos los empleados. El verdadero lujo es la calma, la tranquilidad de sentirte en casa. Esa cercanía, dice, es lo que distingue al proyecto de otros hoteles de lujo en la región. “El hotel se siente parte de la comunidad”, concluye. “Estás en el pueblo de Ventanilla, somos el único hotel, y sales y tienes a la señora que hace la quesadilla horneada, tienes las gallinas, los niños que corren… Es difícil encontrar esto todavía en México”.
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Con apenas ocho suites, este hotel en Ventanilla, costa de Oaxaca, combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local.
En un tramo de playa virgen custodiado por manglares y tortugas marinas, se levanta Casa Yatí, el primer hotel de la comunidad de Ventanilla, Oaxaca. Para conocer más sobre el proyecto, Gatopardo conversó con Francesco de Eccher, uno de sus fundadores.
Con apenas ocho suites, Casa Yatí combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local, cuenta Francesco. La idea surgió de la sociedad entre tres empresarios —dos italianos y un colombiano— que llevan varios años radicando en México y que, según explica, comparten el amor por el viaje, por el servicio al cliente, la atención a los detalles, el diseño y la arquitectura. Después de una larga búsqueda de un terreno que reuniera las condiciones que imaginaban: un lugar desconectado, en contacto con la naturaleza y con la cultura local, encontraron el predio en Ventanilla, un pequeño pueblo cercano a Puerto Escondido, en la costa de Oaxaca.


En ese pueblo, frente al ruido de las olas del Pacífico y la laguna de Ventanilla, uno de los ecosistemas más representativos de la zona, nació el proyecto. El nombre “Yatí”, explica Francesco, “significa laguna en zapoteco”: un homenaje al cuerpo de agua que da identidad al lugar.
Uno de los mayores retos, sigue explicando Francesco, fue integrarse en una comunidad que al comienzo recibió el proyecto con desconfianza: “Son personas muy celosas de su territorio”, cuenta. Pero él, dice, entiende esa cautela inicial ante una inversión de este tipo. Hoy, la mayoría del personal del hotel proviene de la misma comunidad, y Casa Yatí destina el 5% de sus ganancias a proyectos sociales locales, entre ellos la construcción de una escuela para el pueblo. El hotel también participa en iniciativas como limpiezas de playa y el apoyo a celebraciones comunitarias. “Ahora somos un apoyo para la comunidad”, dice Francesco, “no solo porque generamos turismo, sino porque acompañamos las iniciativas que ellos mismos organizan”.


Esa preocupación por el territorio se traslada también a la forma en que se concibe Casa Yat. Aunque el terreno permitía construir hasta 30 habitaciones, los socios optaron por apostar por la intimidad: el hotel está constituido por ocho suites en total, repartidas en tres categorías. La Suite Signature, la más amplia, cuenta con dos camas king size y vestidor; cuatro Suites con Balcón ofrecen vista al Pacífico bajo techos de palapa y baños abiertos hacia el jardín; y tres suites más, en planta baja, se abren a un patio orientado al mar. El resto del hotel se organiza alrededor de una alberca infinity frente al océano, un restaurante especializado en cocina oaxaqueña, aunque también es posible encontrar platos italianos, como pasta fresca y focaccia horneada a diario, y una palapa en la colina que funciona como espacio de bienestar: masajes, cenas al atardecer, ceremonias de cacao y sound healing. Por las noches, un firepit se convierte en el punto de encuentro entre los huéspedes.


Casa Yatí opera con paneles solares que la hacen 100% autosuficiente en energía, bajo una política libre de plástico. Tanto la construcción como la operación diaria del hotel privilegiaron a proveedores, carpinteros y artesanos de Oaxaca; dentro de la propiedad, una boutique comercializa piezas de una cooperativa local integrada solo por mujeres.
Frente al hotel se extiende la playa de Ventanilla, que Francesco describe como uno de los santuarios de tortugas marinas más importantes del Pacífico sur. Entre las actividades que ofrece el hotel están los recorridos por la laguna, clases de surf y de cocina, caminatas, yoga, temazcal y sesiones de meditación, pensadas para huéspedes que buscan, en sus palabras, “conexión con el lugar y con la cultura local”. Se trata de un hotel solo para adultos, a partir de los 14 años, pensado tanto para parejas en luna de miel como para grupos de amigos que buscan conectar con espacios naturales o simplemente desconectarse.

Para Francesco, la esencia de Casa Yatí no está en el lujo estridente, evidente, sino en un servicio atento y sin ostentación. “Lo que sí me gusta es sentirme en casa”, resume, y recuerda que la gerencia general del hotel recae en una mujer de la comunidad a quien describe como la mamá de todos los empleados. El verdadero lujo es la calma, la tranquilidad de sentirte en casa. Esa cercanía, dice, es lo que distingue al proyecto de otros hoteles de lujo en la región. “El hotel se siente parte de la comunidad”, concluye. “Estás en el pueblo de Ventanilla, somos el único hotel, y sales y tienes a la señora que hace la quesadilla horneada, tienes las gallinas, los niños que corren… Es difícil encontrar esto todavía en México”.
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Con apenas ocho suites, este hotel en Ventanilla, costa de Oaxaca, combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local.
En un tramo de playa virgen custodiado por manglares y tortugas marinas, se levanta Casa Yatí, el primer hotel de la comunidad de Ventanilla, Oaxaca. Para conocer más sobre el proyecto, Gatopardo conversó con Francesco de Eccher, uno de sus fundadores.
Con apenas ocho suites, Casa Yatí combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local, cuenta Francesco. La idea surgió de la sociedad entre tres empresarios —dos italianos y un colombiano— que llevan varios años radicando en México y que, según explica, comparten el amor por el viaje, por el servicio al cliente, la atención a los detalles, el diseño y la arquitectura. Después de una larga búsqueda de un terreno que reuniera las condiciones que imaginaban: un lugar desconectado, en contacto con la naturaleza y con la cultura local, encontraron el predio en Ventanilla, un pequeño pueblo cercano a Puerto Escondido, en la costa de Oaxaca.


En ese pueblo, frente al ruido de las olas del Pacífico y la laguna de Ventanilla, uno de los ecosistemas más representativos de la zona, nació el proyecto. El nombre “Yatí”, explica Francesco, “significa laguna en zapoteco”: un homenaje al cuerpo de agua que da identidad al lugar.
Uno de los mayores retos, sigue explicando Francesco, fue integrarse en una comunidad que al comienzo recibió el proyecto con desconfianza: “Son personas muy celosas de su territorio”, cuenta. Pero él, dice, entiende esa cautela inicial ante una inversión de este tipo. Hoy, la mayoría del personal del hotel proviene de la misma comunidad, y Casa Yatí destina el 5% de sus ganancias a proyectos sociales locales, entre ellos la construcción de una escuela para el pueblo. El hotel también participa en iniciativas como limpiezas de playa y el apoyo a celebraciones comunitarias. “Ahora somos un apoyo para la comunidad”, dice Francesco, “no solo porque generamos turismo, sino porque acompañamos las iniciativas que ellos mismos organizan”.


Esa preocupación por el territorio se traslada también a la forma en que se concibe Casa Yat. Aunque el terreno permitía construir hasta 30 habitaciones, los socios optaron por apostar por la intimidad: el hotel está constituido por ocho suites en total, repartidas en tres categorías. La Suite Signature, la más amplia, cuenta con dos camas king size y vestidor; cuatro Suites con Balcón ofrecen vista al Pacífico bajo techos de palapa y baños abiertos hacia el jardín; y tres suites más, en planta baja, se abren a un patio orientado al mar. El resto del hotel se organiza alrededor de una alberca infinity frente al océano, un restaurante especializado en cocina oaxaqueña, aunque también es posible encontrar platos italianos, como pasta fresca y focaccia horneada a diario, y una palapa en la colina que funciona como espacio de bienestar: masajes, cenas al atardecer, ceremonias de cacao y sound healing. Por las noches, un firepit se convierte en el punto de encuentro entre los huéspedes.


Casa Yatí opera con paneles solares que la hacen 100% autosuficiente en energía, bajo una política libre de plástico. Tanto la construcción como la operación diaria del hotel privilegiaron a proveedores, carpinteros y artesanos de Oaxaca; dentro de la propiedad, una boutique comercializa piezas de una cooperativa local integrada solo por mujeres.
Frente al hotel se extiende la playa de Ventanilla, que Francesco describe como uno de los santuarios de tortugas marinas más importantes del Pacífico sur. Entre las actividades que ofrece el hotel están los recorridos por la laguna, clases de surf y de cocina, caminatas, yoga, temazcal y sesiones de meditación, pensadas para huéspedes que buscan, en sus palabras, “conexión con el lugar y con la cultura local”. Se trata de un hotel solo para adultos, a partir de los 14 años, pensado tanto para parejas en luna de miel como para grupos de amigos que buscan conectar con espacios naturales o simplemente desconectarse.

Para Francesco, la esencia de Casa Yatí no está en el lujo estridente, evidente, sino en un servicio atento y sin ostentación. “Lo que sí me gusta es sentirme en casa”, resume, y recuerda que la gerencia general del hotel recae en una mujer de la comunidad a quien describe como la mamá de todos los empleados. El verdadero lujo es la calma, la tranquilidad de sentirte en casa. Esa cercanía, dice, es lo que distingue al proyecto de otros hoteles de lujo en la región. “El hotel se siente parte de la comunidad”, concluye. “Estás en el pueblo de Ventanilla, somos el único hotel, y sales y tienes a la señora que hace la quesadilla horneada, tienes las gallinas, los niños que corren… Es difícil encontrar esto todavía en México”.
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Con apenas ocho suites, este hotel en Ventanilla, costa de Oaxaca, combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local.
En un tramo de playa virgen custodiado por manglares y tortugas marinas, se levanta Casa Yatí, el primer hotel de la comunidad de Ventanilla, Oaxaca. Para conocer más sobre el proyecto, Gatopardo conversó con Francesco de Eccher, uno de sus fundadores.
Con apenas ocho suites, Casa Yatí combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local, cuenta Francesco. La idea surgió de la sociedad entre tres empresarios —dos italianos y un colombiano— que llevan varios años radicando en México y que, según explica, comparten el amor por el viaje, por el servicio al cliente, la atención a los detalles, el diseño y la arquitectura. Después de una larga búsqueda de un terreno que reuniera las condiciones que imaginaban: un lugar desconectado, en contacto con la naturaleza y con la cultura local, encontraron el predio en Ventanilla, un pequeño pueblo cercano a Puerto Escondido, en la costa de Oaxaca.


En ese pueblo, frente al ruido de las olas del Pacífico y la laguna de Ventanilla, uno de los ecosistemas más representativos de la zona, nació el proyecto. El nombre “Yatí”, explica Francesco, “significa laguna en zapoteco”: un homenaje al cuerpo de agua que da identidad al lugar.
Uno de los mayores retos, sigue explicando Francesco, fue integrarse en una comunidad que al comienzo recibió el proyecto con desconfianza: “Son personas muy celosas de su territorio”, cuenta. Pero él, dice, entiende esa cautela inicial ante una inversión de este tipo. Hoy, la mayoría del personal del hotel proviene de la misma comunidad, y Casa Yatí destina el 5% de sus ganancias a proyectos sociales locales, entre ellos la construcción de una escuela para el pueblo. El hotel también participa en iniciativas como limpiezas de playa y el apoyo a celebraciones comunitarias. “Ahora somos un apoyo para la comunidad”, dice Francesco, “no solo porque generamos turismo, sino porque acompañamos las iniciativas que ellos mismos organizan”.


Esa preocupación por el territorio se traslada también a la forma en que se concibe Casa Yat. Aunque el terreno permitía construir hasta 30 habitaciones, los socios optaron por apostar por la intimidad: el hotel está constituido por ocho suites en total, repartidas en tres categorías. La Suite Signature, la más amplia, cuenta con dos camas king size y vestidor; cuatro Suites con Balcón ofrecen vista al Pacífico bajo techos de palapa y baños abiertos hacia el jardín; y tres suites más, en planta baja, se abren a un patio orientado al mar. El resto del hotel se organiza alrededor de una alberca infinity frente al océano, un restaurante especializado en cocina oaxaqueña, aunque también es posible encontrar platos italianos, como pasta fresca y focaccia horneada a diario, y una palapa en la colina que funciona como espacio de bienestar: masajes, cenas al atardecer, ceremonias de cacao y sound healing. Por las noches, un firepit se convierte en el punto de encuentro entre los huéspedes.


Casa Yatí opera con paneles solares que la hacen 100% autosuficiente en energía, bajo una política libre de plástico. Tanto la construcción como la operación diaria del hotel privilegiaron a proveedores, carpinteros y artesanos de Oaxaca; dentro de la propiedad, una boutique comercializa piezas de una cooperativa local integrada solo por mujeres.
Frente al hotel se extiende la playa de Ventanilla, que Francesco describe como uno de los santuarios de tortugas marinas más importantes del Pacífico sur. Entre las actividades que ofrece el hotel están los recorridos por la laguna, clases de surf y de cocina, caminatas, yoga, temazcal y sesiones de meditación, pensadas para huéspedes que buscan, en sus palabras, “conexión con el lugar y con la cultura local”. Se trata de un hotel solo para adultos, a partir de los 14 años, pensado tanto para parejas en luna de miel como para grupos de amigos que buscan conectar con espacios naturales o simplemente desconectarse.

Para Francesco, la esencia de Casa Yatí no está en el lujo estridente, evidente, sino en un servicio atento y sin ostentación. “Lo que sí me gusta es sentirme en casa”, resume, y recuerda que la gerencia general del hotel recae en una mujer de la comunidad a quien describe como la mamá de todos los empleados. El verdadero lujo es la calma, la tranquilidad de sentirte en casa. Esa cercanía, dice, es lo que distingue al proyecto de otros hoteles de lujo en la región. “El hotel se siente parte de la comunidad”, concluye. “Estás en el pueblo de Ventanilla, somos el único hotel, y sales y tienes a la señora que hace la quesadilla horneada, tienes las gallinas, los niños que corren… Es difícil encontrar esto todavía en México”.
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Con apenas ocho suites, este hotel en Ventanilla, costa de Oaxaca, combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local.
En un tramo de playa virgen custodiado por manglares y tortugas marinas, se levanta Casa Yatí, el primer hotel de la comunidad de Ventanilla, Oaxaca. Para conocer más sobre el proyecto, Gatopardo conversó con Francesco de Eccher, uno de sus fundadores.
Con apenas ocho suites, Casa Yatí combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local, cuenta Francesco. La idea surgió de la sociedad entre tres empresarios —dos italianos y un colombiano— que llevan varios años radicando en México y que, según explica, comparten el amor por el viaje, por el servicio al cliente, la atención a los detalles, el diseño y la arquitectura. Después de una larga búsqueda de un terreno que reuniera las condiciones que imaginaban: un lugar desconectado, en contacto con la naturaleza y con la cultura local, encontraron el predio en Ventanilla, un pequeño pueblo cercano a Puerto Escondido, en la costa de Oaxaca.


En ese pueblo, frente al ruido de las olas del Pacífico y la laguna de Ventanilla, uno de los ecosistemas más representativos de la zona, nació el proyecto. El nombre “Yatí”, explica Francesco, “significa laguna en zapoteco”: un homenaje al cuerpo de agua que da identidad al lugar.
Uno de los mayores retos, sigue explicando Francesco, fue integrarse en una comunidad que al comienzo recibió el proyecto con desconfianza: “Son personas muy celosas de su territorio”, cuenta. Pero él, dice, entiende esa cautela inicial ante una inversión de este tipo. Hoy, la mayoría del personal del hotel proviene de la misma comunidad, y Casa Yatí destina el 5% de sus ganancias a proyectos sociales locales, entre ellos la construcción de una escuela para el pueblo. El hotel también participa en iniciativas como limpiezas de playa y el apoyo a celebraciones comunitarias. “Ahora somos un apoyo para la comunidad”, dice Francesco, “no solo porque generamos turismo, sino porque acompañamos las iniciativas que ellos mismos organizan”.


Esa preocupación por el territorio se traslada también a la forma en que se concibe Casa Yat. Aunque el terreno permitía construir hasta 30 habitaciones, los socios optaron por apostar por la intimidad: el hotel está constituido por ocho suites en total, repartidas en tres categorías. La Suite Signature, la más amplia, cuenta con dos camas king size y vestidor; cuatro Suites con Balcón ofrecen vista al Pacífico bajo techos de palapa y baños abiertos hacia el jardín; y tres suites más, en planta baja, se abren a un patio orientado al mar. El resto del hotel se organiza alrededor de una alberca infinity frente al océano, un restaurante especializado en cocina oaxaqueña, aunque también es posible encontrar platos italianos, como pasta fresca y focaccia horneada a diario, y una palapa en la colina que funciona como espacio de bienestar: masajes, cenas al atardecer, ceremonias de cacao y sound healing. Por las noches, un firepit se convierte en el punto de encuentro entre los huéspedes.


Casa Yatí opera con paneles solares que la hacen 100% autosuficiente en energía, bajo una política libre de plástico. Tanto la construcción como la operación diaria del hotel privilegiaron a proveedores, carpinteros y artesanos de Oaxaca; dentro de la propiedad, una boutique comercializa piezas de una cooperativa local integrada solo por mujeres.
Frente al hotel se extiende la playa de Ventanilla, que Francesco describe como uno de los santuarios de tortugas marinas más importantes del Pacífico sur. Entre las actividades que ofrece el hotel están los recorridos por la laguna, clases de surf y de cocina, caminatas, yoga, temazcal y sesiones de meditación, pensadas para huéspedes que buscan, en sus palabras, “conexión con el lugar y con la cultura local”. Se trata de un hotel solo para adultos, a partir de los 14 años, pensado tanto para parejas en luna de miel como para grupos de amigos que buscan conectar con espacios naturales o simplemente desconectarse.

Para Francesco, la esencia de Casa Yatí no está en el lujo estridente, evidente, sino en un servicio atento y sin ostentación. “Lo que sí me gusta es sentirme en casa”, resume, y recuerda que la gerencia general del hotel recae en una mujer de la comunidad a quien describe como la mamá de todos los empleados. El verdadero lujo es la calma, la tranquilidad de sentirte en casa. Esa cercanía, dice, es lo que distingue al proyecto de otros hoteles de lujo en la región. “El hotel se siente parte de la comunidad”, concluye. “Estás en el pueblo de Ventanilla, somos el único hotel, y sales y tienes a la señora que hace la quesadilla horneada, tienes las gallinas, los niños que corren… Es difícil encontrar esto todavía en México”.
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En un tramo de playa virgen custodiado por manglares y tortugas marinas, se levanta Casa Yatí, el primer hotel de la comunidad de Ventanilla, Oaxaca. Para conocer más sobre el proyecto, Gatopardo conversó con Francesco de Eccher, uno de sus fundadores.
Con apenas ocho suites, Casa Yatí combina diseño, sostenibilidad y una relación estrecha con la cultura local, cuenta Francesco. La idea surgió de la sociedad entre tres empresarios —dos italianos y un colombiano— que llevan varios años radicando en México y que, según explica, comparten el amor por el viaje, por el servicio al cliente, la atención a los detalles, el diseño y la arquitectura. Después de una larga búsqueda de un terreno que reuniera las condiciones que imaginaban: un lugar desconectado, en contacto con la naturaleza y con la cultura local, encontraron el predio en Ventanilla, un pequeño pueblo cercano a Puerto Escondido, en la costa de Oaxaca.


En ese pueblo, frente al ruido de las olas del Pacífico y la laguna de Ventanilla, uno de los ecosistemas más representativos de la zona, nació el proyecto. El nombre “Yatí”, explica Francesco, “significa laguna en zapoteco”: un homenaje al cuerpo de agua que da identidad al lugar.
Uno de los mayores retos, sigue explicando Francesco, fue integrarse en una comunidad que al comienzo recibió el proyecto con desconfianza: “Son personas muy celosas de su territorio”, cuenta. Pero él, dice, entiende esa cautela inicial ante una inversión de este tipo. Hoy, la mayoría del personal del hotel proviene de la misma comunidad, y Casa Yatí destina el 5% de sus ganancias a proyectos sociales locales, entre ellos la construcción de una escuela para el pueblo. El hotel también participa en iniciativas como limpiezas de playa y el apoyo a celebraciones comunitarias. “Ahora somos un apoyo para la comunidad”, dice Francesco, “no solo porque generamos turismo, sino porque acompañamos las iniciativas que ellos mismos organizan”.


Esa preocupación por el territorio se traslada también a la forma en que se concibe Casa Yat. Aunque el terreno permitía construir hasta 30 habitaciones, los socios optaron por apostar por la intimidad: el hotel está constituido por ocho suites en total, repartidas en tres categorías. La Suite Signature, la más amplia, cuenta con dos camas king size y vestidor; cuatro Suites con Balcón ofrecen vista al Pacífico bajo techos de palapa y baños abiertos hacia el jardín; y tres suites más, en planta baja, se abren a un patio orientado al mar. El resto del hotel se organiza alrededor de una alberca infinity frente al océano, un restaurante especializado en cocina oaxaqueña, aunque también es posible encontrar platos italianos, como pasta fresca y focaccia horneada a diario, y una palapa en la colina que funciona como espacio de bienestar: masajes, cenas al atardecer, ceremonias de cacao y sound healing. Por las noches, un firepit se convierte en el punto de encuentro entre los huéspedes.


Casa Yatí opera con paneles solares que la hacen 100% autosuficiente en energía, bajo una política libre de plástico. Tanto la construcción como la operación diaria del hotel privilegiaron a proveedores, carpinteros y artesanos de Oaxaca; dentro de la propiedad, una boutique comercializa piezas de una cooperativa local integrada solo por mujeres.
Frente al hotel se extiende la playa de Ventanilla, que Francesco describe como uno de los santuarios de tortugas marinas más importantes del Pacífico sur. Entre las actividades que ofrece el hotel están los recorridos por la laguna, clases de surf y de cocina, caminatas, yoga, temazcal y sesiones de meditación, pensadas para huéspedes que buscan, en sus palabras, “conexión con el lugar y con la cultura local”. Se trata de un hotel solo para adultos, a partir de los 14 años, pensado tanto para parejas en luna de miel como para grupos de amigos que buscan conectar con espacios naturales o simplemente desconectarse.

Para Francesco, la esencia de Casa Yatí no está en el lujo estridente, evidente, sino en un servicio atento y sin ostentación. “Lo que sí me gusta es sentirme en casa”, resume, y recuerda que la gerencia general del hotel recae en una mujer de la comunidad a quien describe como la mamá de todos los empleados. El verdadero lujo es la calma, la tranquilidad de sentirte en casa. Esa cercanía, dice, es lo que distingue al proyecto de otros hoteles de lujo en la región. “El hotel se siente parte de la comunidad”, concluye. “Estás en el pueblo de Ventanilla, somos el único hotel, y sales y tienes a la señora que hace la quesadilla horneada, tienes las gallinas, los niños que corren… Es difícil encontrar esto todavía en México”.
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