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Una octogenaria en La Habana, en abril de este año, muestra la colección de medicamentos de prescripción que toma actualmente. Todos los obtuvo en el mercado negro, por falta de disponibilidad en las farmacias. La epidemia de arbovirosis de la segunda mitad de 2025 recrudeció las condiciones de vida de cientos de miles de cubanos, habitualmente afectados por carestías de todo tipo.
“El virus” que casi dobló la espalda de Cuba.
Entre los meses de julio y diciembre de 2025, más de la tercera parte de la población cubana se contagió de chikungunya, dengue y otros padecimientos transmitidos por picaduras mayormente de mosquitos. El impacto de las enfermedades se magnificó a causa de las precarias condiciones de vida en el país. Frente al quiebre de los servicios públicos y la crisis del sistema sanitario, rebasar “el virus” dependió de estrategias individuales y familiares, y de la solidaridad.
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“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?”.
—Roberto Fernández Retamar
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El orden de las señales era más bien impreciso. Quizás primero aparecían los dolores, como quien hubiese soñado con palazos y pateaduras, y al despertar fueran verdad. Luego, tal vez, la temperatura en rojo: “fiebre súbita”, según la literatura médica. Más tarde —o antes— surgirían el debilitamiento, la inflamación y erupciones en la piel.
El brote se destapó en la provincia de Matanzas, a unos 90 kilómetros al este de La Habana, alrededor de julio. La gente caía en cama con arbovirosis: virus transmitidos por artrópodos, como los mosquitos.
Considerado endémico en la isla, el dengue es un viejo conocido, y resurge cada año en la época más tórrida. “Nosotros hemos llegado a estar 10 días sin que entre una gota de agua —contaba Liety Urbano a principios de octubre, desde la ciudad de Matanzas—. Como uno no sabe cuándo viene, pues recoge la que puede, y muchos recipientes no tienen tapa. Eso genera criaderos de mosquitos”.
Sin embargo, el chikungunya, que tiempo atrás había tenido muy baja prevalencia, ahora arrasaba con familias y comunidades. La rigidez de las articulaciones y el dolor incapacitante duraban semanas, y, si acaso amainaban, volvían en tromba.
“La mamá de mi mejor amiga tuvo el bicho hace un mes y medio, y dice que amanece algunos días con las manos engarrotadas, o con dolores musculares muy fuertes —narraba Carla*, también los primeros días de octubre—. Mi mamá se siente los pies muy pesados, y los tiene que parecen dos jamones; las manos, a veces, también”.
Por esa fecha, la viceministra de Salud Pública, Carilda Peña, confirmó que, de las 15 provincias del país, había dengue en 12 y chikungunya en ocho. Este último, señaló la funcionaria, no estaba asociado a estadios graves o muerte. Días después, se reportaban más de 13 000 casos febriles en una semana a lo largo del país.
“La situación en mi barrio [en Matanzas] es horrible, todo el mundo enfermo: niños, adultos mayores…”, describía Liety. Ya se habían contagiado su suegra, su cuñada y la hija de esta, su madrina de santería, su esposo y ella.
Fueron al hospital provincial porque, a los cuatro días de iniciados los síntomas, su marido, Ever Luis Valdespino, vomitó con sangre. El panorama de carencias habituales se recrudecía con tanta gente sintiéndose mal: para que le pusieran a él un suero, Liety tuvo que llevar el trocar —punzón y cánula quirúrgicos—. Llegaron a las 11 de la mañana y lo dejaron ingresado a las nueve de la noche.
“Y en la provincia, pues muy mal también: yo soy trabajadora de Cultura, y hoy comenzó la jornada de la cultura matancera, y muchos eventos y actividades no se pueden realizar porque las personas están enfermas”, aclaraba Liety, gestora de proyectos, de 26 años.
Circulaba, además, el virus del oropouche, que el verano anterior había golpeado a más de 24 000 personas en la isla. Uno se podía infectar más de una vez y algunos síntomas coincidían. El cuadro variaba desde manifestaciones relativamente leves hasta el atropellamiento físico y mental. Si existían padecimientos de base, peor.
También faltaban reactivos para los análisis correspondientes, y eso complicaba aún más dictaminar con seguridad el causante del malestar. Mientras la jerga institucional lo denominaba “síndrome febril inespecífico”, la gente terminó usando la versión corta: lo llamaban “el virus”, a secas.


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Se podría decir que Boris Alberto Toscano perdió la pierna derecha por culpa del chikungunya. Pero fueron un diagnóstico errado y una atención morosa los que condujeron a la amputación. Luego sobrevinieron otras complicaciones, en cascada.
Boris trabaja como especialista en museología y gestión del patrimonio. Es mulato y masón. Tiene 49 años, bigote entrecano y complexión ligera. También es instructor de artes marciales, una de las maneras en que se expresa su pasión por la cultura japonesa.
Permaneció hospitalizado en diferentes centros de La Habana casi todos los días entre diciembre y marzo, cuando todavía esperaba algunos exámenes. Sus ingresos han sido lo suficientemente largos como para que pudiera hacerse amigo de sus compañeros de cuarto.
Boris recuerda con cariño a Leo, el gordo, a quien conoció cuando estuvo en el hospital Calixto García. Al día siguiente de nuestra conversación, le darían el alta a Lucela, la señora de la cama junto al balcón, en el tercer piso del hospital Julio Trigo, de cirugía especializada, célebre por haberse utilizado para tratar y aislar pacientes durante la pandemia de covid-19. Pacientes y familiares planeaban hacerle una fiesta de despedida a Lucela. “Ver cómo mis compañeros salen es una parte, para mí, un poco triste —confiesa Boris—, pero, al mismo tiempo, muy alegre”.

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Frondosos, los montones de basura florecían en cualquier calle para quien quisiera verlos. Sin combustible, equipos ni personal, las fumigaciones eran escasas o nulas.
Las embajadas en La Habana de Rusia, México, España y Estados Unidos emitieron alertas sanitarias para sus ciudadanos, a quienes recomendaron usar repelente contra insectos y ropa encubridora. Un grupo de enfermeros de Santiago de Cuba se trasladó a la capital para apoyar en la atención directa a los pacientes.
A medida que cundían las fiebres y avanzaba la tiesura de tobillos y muñecas, el engranaje social se resentía. El Ballet Nacional canceló funciones por indisposición de sus artistas, al igual que el grupo Impulso Teatro. Se suspendieron dos partidos de la Serie Nacional de Béisbol, entre Mayabeque y Granma, varios jugadores de esta provincia vencidos por un rival microscópico.
En un banco de La Rampa, en el barrio habanero de El Vedado, un jubilado se quejaba de que el cajero no tenía efectivo, a lo que el portero respondía que “la muchacha que recarga el equipo” no había ido a trabajar porque tenía “el virus”. Por la misma causa, en un salón de uñas a pocas cuadras de allí, solo dos de las cinco manicuristas estaban en sus puestos.
A principios de noviembre, alrededor del 30% de la población cubana se había contagiado de arbovirosis. No obstante, las propias autoridades reconocieron que las estadísticas constituyen un subregistro, porque muchas personas ni siquiera iban al hospital.
Un mes atrás, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, había restado importancia a la situación. Las enfermedades que circulaban en Matanzas no eran nuevas, ni raras, ni desconocidas, dijo. Portal Miranda alegó que muchos países de América tenían transmisión de chikungunya. Según el funcionario, la situación actual se debía —atentos— a la alta susceptibilidad de la población frente a enfermedades que no circulaban de manera intensa desde hacía años, junto con la propagación de mosquitos, debido a las condiciones tropicales y el cambio climático. Negó los rumores de que en Matanzas hubiera fallecidos, ni casos graves ni críticos. “Nadie puede esconder una epidemia ni los muertos”, afirmó.
Ciertamente, aquello parecía difícil de ocultar. Transcurrieron cinco semanas y, en una reunión con expertos del Ministerio de Salud Pública (Minsap), el presidente Miguel Díaz-Canel calificó de “epidemia” el brote de arbovirosis, y convocó a afrontarla “como mismo se trabajó la covid-19”.
“El principal problema es el chikungunya […] por el número de casos, por la sintomatología que produce, que es extremadamente dolorosa”, reconoció el doctor Francisco Durán, director nacional de Higiene y Epidemiología del Minsap, en uno de sus partes diarios. Solamente el 18 de noviembre se reportaron más de 3 000 casos nuevos. El 15 de octubre, la viceministra Peña había negado que existiera brote de chikungunya; la transmisión se encontraba en “casos esporádicos”, dijo.
Para el 20 de noviembre, se registraba un promedio por encima de los 500 casos diarios y el acumulado sumaba 30 726 personas enfermas. Nada más tomando en cuenta el total hasta octubre, Cuba tuvo la incidencia de chikungunya más alta del continente, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Lo mismo ocurrió con la tasa de incidencia del virus del oropouche.
El día 24 se contabilizaban 156 pacientes ingresados, 121 en estado grave y 35 en estado crítico. La inmensa mayoría eran menores de 18 años.
Ahora sí —un mes después de haber recalcado lo contrario— otra representante del ministerio reconocía en televisión nacional que el chikungunya podía derivar en la muerte y debía tratarse “con la seriedad que corresponde”.
Buena parte de la ciudadanía había alertado sobre la gravedad del asunto, ante lo que encontraron negación y condescendencia. Entonces, ya tarde, la venia oficial transformaba los rumores en verdades. “Yo no pensé que la hinchazón te podía matar”, dice Eduardo Pérez, todavía medio asombrado, entre las matas de plátano y orégano sembradas en su patio. Porque el chikungunya es un vecino con mala memoria: se despide y al rato saluda de nuevo.
Eduardo es pintor de casas, aunque cuando se enfermó trabajaba como custodio. No esperaba que, a los 10 días de pasar la fiebre y los escalofríos, se le inflamaría la cara desproporcionadamente.
—Me puse como un monstruo. Horrible.
—¿Y se asustó?
—¡Coño, si fui al hospital…!
No a uno, sino a tres hospitales y al policlínico más cercano, en el Cerro, en La Habana. Una doctora le explicó que la inflamación podía cerrarle la glotis y asfixiarlo. Le recetó difenhidramina. Su hermana envió desde Estados Unidos el tratamiento completo, y con eso la hinchazón de la cara bajó.
“Lo que más me duró a mí fue la cojera, que me metí como tres meses sin poder afincar el pie”, aclara Eduardo. Durante un tiempo también dejó de limpiar el patio y hacer los arreglos que demanda su casa de madera. “No tenía fuerza en las manos… y no se sentía bien uno. Cargar agua me molestaba igual, pero tenía que hacerlo por necesidad”.
Su madre también se enfermó. Empezaron a notar que hablaba enredado y mantenía fija la vista, mirando a ninguna parte. “La vio el neurólogo y le dijo que eso era una isquemia transitoria, producto de las mismas fiebres muy altas y la hipertensión”, recuerda María Victoria Pérez, la otra hermana de Eduardo.
“Pero ella está bien —asegura—. A ella no le duele nada. Si yo digo: ¡caballero, yo tengo 53 años y estoy más desbaratada que ella, que tiene 78!”.
María Victoria siente mucha impotencia. Aunque en su casa la ayudan, no le gusta depender de nadie. “Esta enfermedad acabó conmigo; y todavía está acabando, no me deja hacer nada”. Al principio, ni siquiera le daba tiempo de llegar al baño y se orinaba encima. Su esposo tuvo que colocar al lado de la cama una cubeta grande que cumplía funciones de inodoro.
“Las articulaciones te las hace leña. Y por la mañana, cuando te levantas, es cuando más te duele. Yo no sé hasta cuándo voy a estar así”, lamenta la mujer. Han pasado seis meses desde que se contagió del chikungunya. El fisiatra le sugirió ver a un reumatólogo porque ya su malestar se convirtió en artritis.
Gertrudis* tampoco lograba alcanzar el baño, así que, para ahorrarse un paso, no usaba ropa interior. Pero lo que le ocurrió a ella no fue nada, afirma, en comparación con otras personas.
Un día llamó a la esposa de su primo, llevaba rato sin saber de ella. Belkis contestó, pero le explicó que no podía conversar en ese momento. Junto con un soldador, intentaba desmontar una ventana de hierro para poder entrar a la casa de su padre. El anciano estaba allí, en cama, debilitado hasta el punto de no poder levantarse a abrir la puerta. Lo hospitalizaron. Necesitó transfusiones, que Belkis solo pudo conseguir entre sus estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas. Es Getrudis quien sintetiza la historia, porque Belkis reconoce que no está preparada para hablar de eso. Su padre enfermó y falleció en 24 días, en el mes de octubre.

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La pierna no lo sostenía y casi se cae. La primera vez que examinaron a Boris —unos médicos vecinos suyos— le dijeron que le aquejaba una ciatalgia.
Cuando llegó al hospital Julio Trigo ya podía tenerse en pie, aunque el dolor lo carcomía. Ahora, mientras relata los síntomas, señala el espacio donde estaría la pantorrilla derecha. Un vistazo del muñón vendado, por encima de la rodilla, lo trae con brusquedad del recuerdo al presente. Cae en cuenta. “Se me olvida que ese lado falta —apunta al gemelo contrario y continúa—: De aquí para abajo no tenía sensibilidad”.
Como no había cama para ingresarlo, ni servicio de ortopedia, le recomendaron que fuera al hospital Fructuoso Rodríguez, dedicado a esta especialidad. Allí, al día siguiente, tampoco había cama disponible. Le confirmaron: ciática, y le indicaron masajes y un relajante muscular por siete días. “Pero aquello no mejoraba. La pierna se empezó a hinchar”.
Fue a al Instituto de Angiología, en la Covadonga. Le explicaron que había sufrido un accidente vascular agudo. Pero ahí tampoco podían ingresarlo, le aseguraron, porque esa no era su área de especialidad. La burocracia dispone sobre los cuerpos con la misma dulzura de estampar cuños y sellar expedientes.
Remitieron a Boris al Hospital Nacional. Y ahí, al Julio Trigo. En vez de ir a este centro (“que tiene tremenda mala fama”), su amigo Ángel lo llevó al Calixto García.
Los atendió el jefe de Angiología. Le pidieron que les hablara claro. “Él me explicó exactamente lo mismo, que tenía un accidente vascular agudo, pero que, en el estado en que se encontraba, la pierna ya no tenía salvación”.
Podría ponerle tratamiento, abundó el doctor; sin embargo, el mal iba a “seguir caminando”, y al final perdería la pierna completa, o moriría. “Que se vaya —contestó Boris—. Usted me está poniendo a escoger entre la pierna o yo, y yo me prefiero a mí”, le dijo al especialista.
En una hora estaba entrando al salón de operaciones. “Lo malo fue que no salió la cosa como ellos esperaban, y en vez de cortar por debajo de la rodilla, tuvieron que cortar más arriba”. Señala de nuevo la media extremidad ausente.
“Bueno, pero por lo menos estamos vivos”.
Conservar la vida es, en sí, bastante, teniendo en cuenta que en Cuba falta alrededor del 70% del cuadro básico de medicamentos, de acuerdo con cifras oficiales. De hecho, hacia julio del año pasado, la mitad de las ventas de las farmacias consistía en productos naturales elaborados allí mismo. El sistema de salud cubano no llegó a recuperarse tras la pandemia. De enero a septiembre de 2025, el sector recibió solamente el 1.3% de la inversión del país. Entre 2023 y 2024, el personal sanitario de la isla se redujo en 13 500 trabajadores, entre ellos más de 5 000 médicos.


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A Ivette Arias la despertó el dolor a las tres de la madrugada. Fue a levantarse y no pudo; temblaba, como si tuviera convulsiones. No sabe si sería por la fiebre, porque no alcanzó a ponerse el termómetro. Tocó a su madre, Nora, de 85 años, paciente de alzhéimer, y estaba caliente. “Se me quitó todo, al momento”, recuerda. Una cuidadora, como ella, pausa su malestar y continúa con lo que debe. Empezó a intentar bajarle la temperatura a la madre, y ya no durmió más.
Ese día, 10 de diciembre, hubiera sido el cumpleaños de su abuela materna, que era jamaicana y al final de su demencia olvidó el español y terminó hablando patois. La invocó a ella y a su religión. “No te puede estar pasando esto —se dijo—. Tú tienes que seguir”.
El hijo de Ivette —“mi sol”— vive en Portugal; la hija —“mi luna”— se casó y se fue a México. Su hermano, desde Jamaica, provee para ella y sus padres octogenarios. Antes de que el mosquito portador del virus la picara, Ivette ya era de esas mujeres de mediana edad que llevan el peso de un país atenazado por el envejecimiento y la migración.
“No es solo estar enferma y tener que cuidar; es estar enferma, tener que cuidar y estar sola”, sentencia Ivette.
Los primeros síntomas de alzhéimer de la señora Nora aparecieron en 2019, y los especialistas comenzaron los análisis y la evaluación del caso. “Pero vino el covid, y se detuvo todo. El encerramiento agudizó todo”, resume Ivette.
Cuando ya había creado una rutina para lidiar con la demencia de su madre, en 2024 ocurrió la fractura de cadera y la caída, más la consiguiente cirugía, común en ancianos. Cuando, a golpe de ejercicios y paciencia, logró que ella volviera a caminar, vino el virus.
“El chikungunya sí nos cambió la vida por completo. Yo tomé mis medidas, pero es inevitable, porque el entorno es más fuerte que uno”, enfatiza la mujer de 59 años, mulata, de sonrisa amable y rostro juvenil, acentuado por el pelo crespo y corto.
La peor parte habrá durado unos 15 días. “Estuve que no servía para nada, y tenía que hacer las cosas. ¡¿Quién lo iba a hacer?!”. Entonces decidió racionalizar al máximo su tiempo y asegurar justo lo imprescindible: la comida, y cambiar a su madre de posición en la cama, para evitar las escaras.
Le dolían las articulaciones, el brazo derecho —ya resentido por la bursitis que le dejó levantar cubos con agua— y sobre todo las manos. “Imagínate tú…, ¡las manos! Yo que doy masajes, que cargo, que friego, que lavo, que limpio…”. Las mismas manos de dibujar y trazar planos, porque Ivette es arquitecta.
En el barrio de Coco Solo, al oeste de La Habana, ha habido problemas con el agua desde que Ivette era niña. Su padre, Emilio, que fue el primero en contagiarse, bajaba la loma de su casa con una carretilla y un galón de 20 litros, hasta una llave con agua. Llenaba el recipiente y regresaba. Con cada vuelta, Ivette vertía el contenido en dos cubos, y luego en un tanque, hasta llegar al tope. Se dio cuenta de que el señor Emilio se había enfermado porque, después de ir a buscar el agua, se acostaba. También perdió el apetito —de suyo imbatible— y se quejaba de dolor.
Harta, agarró los dólares que le había dejado la hija para que se regalara algo por su cumpleaños y compró una bomba que le permite el lujo de lo básico: agua saliendo por la llave. Le explicó: “Mira, esto es salud para tu mamá”, y la hija contestó: “Tranquilla, mami, lo que tú digas”.
Aunque no tiene la fuerza de antes, Ivette dice que, con los meses, ha progresado. Pretende volver a ser la misma, y para eso se concentra en el presente. “Sé que fue feo, me la vi difícil, lloré, porque me sentí desamparada. Pero ya pasó y ya lo borré”.
Últimamente se ha hecho más cercana a la vecina de la casa contigua, uno de los hilos de la red de apoyo que la ha ayudado a capear sucesivos temporales. “Lo más que yo hago es ir allá al lado, socializo, y viro para atrás”. Para quien apenas sale a la calle, una conversadita a cada rato le salva la jornada. “Porque no puedo abandonar el barco. Esto no es el Titanic”.

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Vendieron su casa para irse del país. Pero las secuelas del chikungunya los persiguieron hasta su destino final, Boa Vista, estado de Roraima, en Brasil. Aún ni sabían moverse por la ciudad y ya estaban en una sala de emergencias y comprando antibióticos. “Empecé a tener una tos muy fuerte y dolores articulares, me dolían muchísimo las plantas de los pies”, cuenta Marcia Díaz, vía mensajes de texto, desde aquel país.
En noviembre, un mes después de contagiarse en Cuba, su esposo seguía tomando antiinflamatorios: había empezado a trabajar en una barbería y apenas podía sostener la máquina de pelar.
La pareja y sus dos niños ya se habían enfermado en agosto, cuando todavía vivían en la provincia Ciego de Ávila, al centro de la isla. Marcia cree que fue dengue. No sabe con certeza porque, como tantas personas, no fueron al médico en ninguna de las dos ocasiones. “En el hospital no había los medios para diagnosticar, no hay nada, los doctores están cansados, no tienen medicamentos…”.
Meses atrás, su suegro había fallecido, tras un periodo encamado a causa de un accidente cerebrovascular. Nunca apareció una ambulancia para trasladarlo a hacerse los exámenes que necesitaba, y a duras penas consiguieron un suero para administrarle hidratación en la casa.
Además, su hija pescó una infección en un oído. El doctor le recetó un medicamento que no existía en ningún lado y, como alternativa, recomendó lavados con alcohol boricado y bicarbonato.
“Yo pasé un trabajo para encontrar bicarbonato en aquel pueblo…”. Una vecina le regaló una cucharadita; otra, un antibiótico vencido, y así la niña se curó. “Uno depende de la solidaridad, de las amistades, para poder resolver y salir sano y salvo. Después de aquello, ¿qué íbamos a ir nosotros al hospital? ¿A qué?”.
Luego de vender su casa no tenían dónde quedarse, y aún faltaban casi 30 días para la fecha del vuelo. Así que se fueron a Guantánamo, en el extremo oriental, donde vivía la madre de Marcia antes de emigrar. Ahí los agarró el chikungunya.
Solo la niña no se enfermó. El niño ardió en fiebres de 39 o 40 °C. Marcia muestra una foto de él cuando aquello: la carita colorada, los ojos borrachos. Se recuperó rápido, pero entonces cayeron ella y su esposo.
Los estragos de las arbovirosis en Cuba se cifran no solo en el número de personas infectadas, en los órganos y tejidos que fueron aporreando, sino en la depauperación rapaz de la existencia cotidiana. Al perro flaco le caen todas las pulgas, dice el refrán.
Y como el país entero era un animal enclenque, parecía inevitable volverse presa de la enfermedad, para luego transitar a rastras la convalecencia.
A la familia de Marcia la fase aguda le duró poco, pero ahora lo complicado era cómo alimentarse. “No había gas, y como era un edificio, no podía cocinar con carbón ni leña —rememora ella—. Y en esos días empezaron los apagones durísimos en Guantánamo; eran 20, 22 horas diarias sin corriente”.
Optaron entonces por comer en la calle. Las magras opciones disponibles consumieron buena parte de los ahorros destinados a su proyecto migratorio.
“Fue muy triste, porque pasamos muchos días sin poder cocinar comida caliente. Eso nos debilitó bastante también, no estábamos del todo recuperados. Comimos pizzas, panes y espaguetis todos los días que nos quedaban en Cuba. Era como si Cuba nos estuviera escupiendo del país, nos estuviera botando”.

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Boris lo había advertido: si estaba dispuesta a “aguantar llantén cada cinco minutos”, que fuéramos. Llorar parece lo mínimo que alguien haría cuando la vida da un viraje tan violento.
Los resultados de varios análisis apuntaron a una hepatitis reactiva al virus del chikungunya. Cuando se contagió, los síntomas resultaron más bien livianos, como una gripe. En cambio, a partir de ahí se desató lo demás.
Después de la operación le detectaron un fallo renal y debió someterse a dos hemodiálisis. Tuvo un infarto. En Cardiología le encontraron un coágulo en un tabique interno y un trombo en una salida de arteria. Tal vez se trataba de padecimientos asociados “que estaban escondidos, y todo este proceso los sacó”, conjetura Boris.
Luego, tuvo sangramientos intestinales y, más tarde, anemia. Le pusieron cuatro transfusiones, gestionadas mediante un grupo de ayudas y compañeros de trabajo, con la dificultad añadida de que, si estos se habían contagiado, no podían donar sangre hasta pasados entre tres y seis meses.
Una de las transfusiones que llegaron al hospital con su nombre y apellidos “no aparecía”. Su hermano averiguó y le explicaron que había surgido un caso —un niño, grave—, y decidieron priorizarlo y utilizar la sangre destinada para Boris.
Por fin le dieron el alta en el Calixto García, pero lo volvieron a hospitalizar, esta vez en el Julio Trigo, donde estuvo en marzo. La falta de aire que presentaba resultó ser un colapso pulmonar que requirió intervención quirúrgica.
Encima, había empezado a tener insomnio y alucinaciones nocturnas. “No te vayas a pensar que veía fantasmas ni nada de eso —bromea—. Me ponía a hablar de historia, de arqueología, de investigaciones… como si estuviera dando una conferencia o guiando una visita; y prácticamente no dejaba dormir a nadie”.
Una madrugada, todavía ingresado en el Calixto García, se puso a conversar con el médico, tratando de convencerlo de que lo enviara a casa. “Como si el hombre estuviera sentado delante de mí —pero no estaba—. De hecho, yo lo estaba viendo”, dice con la voz en un hilo.
Se alegró cuando supo que lo vería una psiquiatra. El diagnóstico: síndrome de estrés postraumático, a causa de la amputación. “Porque es un evento que sucedió de pronto, que me limita mis actividades en todos los sentidos”.
Boris es un veterano sin haber ido a la guerra.
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El 9 de noviembre, un grupo de voluntarios que traía ayudas para los damnificados del huracán Melissa llegó al asentamiento rural de Cauto del Paso, en Granma, al este de la isla. El ciclón de categoría 3 había impactado la región oriental 10 días antes y afectó a unos tres millones de personas.
En la sala de video de Cauto del Paso, que hacía las veces de puesto de mando, fueron descargando víveres, productos de higiene, ropa y juguetes. Minutos después entró llorando una mujer: decía que su hija llevaba dos días con fiebre y no tenía ningún medicamento para darle. Una de las jóvenes le ofreció ibuprofeno y paracetamol de su botiquín personal.
Los caminos todavía estaban inundados o cubiertos de fango, y era una proeza salir de aquel caserío de tablas en busca de un médico. El paisaje cenagoso que dejó el desbordamiento de la presa cercana, más los despiadados calores de Oriente, alimentaron a los mosquitos y, con ello, la expansión de las enfermedades.
Al día siguiente, a unos tres kilómetros de allí, en el pueblo de Grito de Yara, los voluntarios repartían donaciones en el centro de evacuación, una construcción de dos pisos y estilo soviético, que en tiempos normales era una escuela secundaria.
Un dirigente local se acercó al grupo y les preguntó si podían colaborar con algún medicamento. Una iglesia de la colindante provincia de Las Tunas les había llevado comprimidos, jeringuillas y sales de rehidratación; sin embargo, la reserva no iba a alcanzar hasta el día siguiente. Ya habían contactado a las autoridades de su municipio, Río Cauto, pero allí tampoco contaban con mucho.
En el centro había 325 evacuados, de los cuales 18 presentaban fiebre y otros signos de arbovirosis. Si se ampliaba el radio de pesquisa a los edificios del pueblo, los enfermos sumaban más de 100.
Una vecina de Grito de Yara se quejaba de que, en el mercado informal, “por la izquierda”, un blíster de paracetamol costaba 500 pesos. Casi un dólar, cuando la mayoría de los salarios estatales no superan los 13 dólares.
Las bolsas de alimentos entregadas a las familias evacuadas incluían repelente artesanal, en formato de ungüento o de un líquido aceitoso con olor a canela, formulaciones creadas por la emprendedora Claudia Rafaela Ortiz, una de las voluntarias. Algunas personas miraban los frascos con cierta duda, luego lo agradecían. Al caer la noche, contaban, “la mosquitera” no los dejaba en paz.
En La Habana, a más de 700 kilómetros de allí, los repelentes artesanales también emergieron como una opción socorrida. “Fue el producto que más se vendió en ese tiempo —afirma Diana Bermúdez, creadora de la marca de cosmética natural D’eco—. Lo que teníamos previsto para vender en seis meses salió en dos semanas”.
La demanda fue tal que se quedaron sin materia prima y debieron encontrar un nuevo proveedor que pudiera dar abasto. Solo a mediados de febrero las ventas de repelente comenzaron a bajar, presumiblemente por la disminución de los contagios.
El consumo de otros productos servía acaso como indicador. “Todo se disparó —narra Chanel Aguilera, dependienta de un mercado privado—. Aquí lo que más se vendió fueron jugos y sopitas, cantidad”. Además, recuerda que escaseó y subió el precio de la gelatina, otro componente de la dieta recomendada para personas que atravesaban las fiebres y el decaimiento.
Aunque la atención sanitaria es gratuita en Cuba, asumir los gastos de una enfermedad no es para débiles de bolsillo. Por ejemplo, un mosquitero podía costar casi dos salarios mínimos, y en redes sociales se repetían denuncias de tiendas estatales que ofertaban repelente en dólares.
Cuando la escasez y los precios prohibitivos son la norma, alimentarse bien y tomar suplementos parecían sentencias antes que indicaciones médicas.
En paralelo, una clínica de Miami ofertaba el suero Hidra+, una solución isotónica con minerales y vitaminas, más acetaminofén, ibuprofeno o prednisona, a elección del cliente. “Empacadas en bolsas contra impacto para poder llevar a tu familia en Cuba”, promocionaba un influencer. Por 150 dólares la unidad, sin contar el envío, el suero prometía rehidratación profunda, reducción del malestar general, aumento de la energía y mejoramiento de la función inmune a pacientes infectados con arbovirosis.
Además del daño a la salud, varios estudios han analizado la carga económica asociada al chikungunya. Investigaciones internacionales muestran que los costos indirectos de la enfermedad, asociados a la retirada laboral de pacientes y cuidadores, resultan desmedidamente superiores a los gastos directos, relacionados con las consultas, tratamientos y diagnóstico. Se trata de un riesgo particularmente grande en Latinoamérica.
Si las secuelas se prolongaban durante semanas y los gestos más nimios se volvían actividades para campeones —sentarse, pararse, abrir y cerrar una botella de agua o el frasco de pastillas—, no sorprende que muchas personas estuvieran obligadas a ausentarse del empleo remunerado y arriesgar su sustento. La OPS había advertido que el mayor número de contagios en Cuba se ubicaba en el segmento de personas entre los 19 y los 54 años, la población laboralmente activa.
“Yo soy artesana, uso pinzas, alambres, cosas así… Cuando pasé la fase aguda me sentía bien y empecé a trabajar. De momento las manos se me empezaron a inflamar y a dolerme, mucho, mucho, mucho… —recuerda Daniela*—. Ahí tuve que aminorar el trabajo, hasta el punto de parar por completo. Obviamente eso tuvo consecuencias económicas: afectó mi negocio, dejé de ir al gimnasio, dejé de alimentarme como lo hacía hasta ese entonces, porque no tenía un buen ingreso”.
Daniela tiene 37 años, es dueña de una tienda esotérica y ella misma crea gran parte de los artículos que vende. Como vive sola, necesitó apoyo de sus amistades durante los primeros días. “Pero ya después cada cual tiene su vida”, reconoce. Estuvo más de un mes sin poder limpiar su casa, y si iba de compras no le quedaba más remedio que colocarse la bolsa sobre el antebrazo, pues no podía sujetarla con las manos. “Me sentía una señora de 80 años. De hecho, me hizo reflexionar acerca de la tercera edad, porque dije: ‘Si esto es lo que se siente ser adulto mayor, yo ahí no quiero llegar’”.

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“Mi mamá falleció debido a la epidemia —dice Evelyn Raveiro mientras espera una taza de café en casa de una vecina, en el Cerro habanero—. Todavía a mí me parece mentira, fíjate. Me es difícil… el golpe ese de ver cómo se me fue entre las manos. Y no por falta de atención, porque estábamos ahí encima de ella, pero ningún médico dio con lo que ella tenía”.
Empezó con fiebre y dolores, “lo normal que le daba a todo el mundo”. Sin embargo, los síntomas se agravaron hasta que apenas podía caminar. Valoraron —y descartaron— un padecimiento ortopédico. El dolor, “como si tuviera un cuchillo metido ahí”, no la dejaba dormir. Se le afectaron la vesícula y otros órganos.
Evelyn la llevó al neurólogo. En el hospital Calixto García la gente esperaba tirada en los pasillos. A falta de camillas, sábanas en el piso. “Yo nunca había visto eso, daba grima”.
Avisó a su hermano, residente en Estados Unidos, que mami estaba mal. “Olvídate, yo mañana estoy allá”, dijo él. Pero no le dio tiempo a verla con vida.
Los médicos achacaron el motivo del fallecimiento a complicaciones de la diabetes que padecía. También alegaron que podía haber sido un cáncer. Evelyn solicitó una autopsia que indicó una bronconeumonía como causa de muerte, aunque su madre no tenía síntomas respiratorios.
Según datos oficiales, 65 personas murieron por dengue y chikungunya en Cuba. La mamá de Evelyn no forma parte de la estadística.
Amalay Díaz, pareja de Evelyn, es enfermera y se dedicaba a asistir a personas del barrio, cuando se suponía que estuviera descansando, luego de sus habituales turnos de 24 horas. “Alguien iba a la casa, me llamaba, y yo lo apoyaba”, cuenta.
Aunque en 20 años de carrera se ha enfrentado a situaciones más complicadas que esta, Amalay cree que el chikungunya fue peor que el covid-19. “Cuando el covid, había conocimiento de la enfermedad y lo que podían medicar. Esta enfermedad tuvo a los médicos pensando bastante”.
“Era una enfermedad ‘conocida’ en los libros, uno sabía que existía, pero nunca habíamos trabajado con ella —confiesa Mabel*, doctora de un policlínico en La Habana—. Al principio estábamos tirando piedras [improvisando], hasta que empezaron las capacitaciones, los protocolos, pero eso fue a los meses. La preparación vino mucho después”.
Mabel llegó a creer que los pacientes exageraban un poco, hasta que cayó enferma. Cuando se reincorporó a trabajar, empeoró. “Un día, cruzando la calle 23 casi me arrollan, porque, como no podía caminar, no me dio tiempo con la luz verde. Psicológicamente me afectó, porque yo me veía imposibilitada, y nada me aliviaba”.
Casi todos sus pacientes quedaron con sinovitis o artritis. La doctora considera que esta situación no es comparable con brotes anteriores. “La transmisión era demasiado rápida. El periodo de incubación en el dengue es de siete a 14 días; en el chikungunya era menos, de uno a siete días”.
Por demás, la sintomatología era variopinta y rocambolesca; el cuerpo convertido en una piñata de donde saldría casi cualquier cosa. Un experto del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), la institución líder en estos temas, explicó que la fase inicial podía incluir conjuntivitis, aumento de ganglios linfáticos y diarrea.
Podían surgir alteraciones del gusto: alguien aseguraba que cuanto probaba tenía sabor amargo, y alguien más que hasta el agua le sabía dulce. También se describen afecciones hematológicas como la anemia.
“Yo me asusté mucho porque era la una o las dos de la mañana y me sentí un gusto a sangre en la boca, y cuando miro estaba sangrando por la encía —recuerda Elisa*, otra paciente—. En ese momento yo tenía hasta la menstruación, imagínate tú, cuánto sangrado a la vez”.
Elisa fue al hospital de su provincia, Sancti Spíritus, en el centro del país. “Ahí me hicieron los análisis complementarios, los que había, y como el problema no era de plaquetas, me mandaron para la casa”. Apenas pudo comer durante tres o cuatro días por la molestia tan punzante en las encías. A finales de abril todavía caminaba usando una rodillera.
Y donde habitaba el desconocimiento, se reproducía la desinformación. En WhatsApp circulaban cadenas de mensajes que promulgaban santos remedios: la verdolaga, para el “estrés interno” y “limpiar la sangre”; miel pura y bicarbonato de sodio más cinco gotas de limón, “cura inmediata y eficaz”.
¿Teorías conspirativas? Por supuesto. “Me dijeron en la peluquería que esto era una guerra bacteriológica de Estados Unidos, y que había una nueva variante que te llegaba a dar fiebre amarilla”, se burlaba un joven.
El fruto no caía lejos del árbol, si hasta un medio oficial cuestionaba si no sería casualidad la aparición del virus en Matanzas, donde se localiza el polo turístico de Varadero, lo cual afectaría la entrada de divisas al país.
Mientras, la doctora Mabel se enfrentaba a “lo más duro de todo”: no tener qué recetar; “utilizando mucha medicina verde y medicamentos comprados en el mercado negro”.
“Te mandaban cocimiento —confirma Evelyn—. ¿Quién dijo que con cocimientos tú te quitas una epidemia de arriba?”. De todas maneras, se bebió el tan recomendado té de hojas de cereza (acerola). Incluso le indicó a una vecina dónde localizar la mata.
La mujer la encontró en un patio a pocas cuadras. La señora de al lado le dijo que quitara el cierre de la cerca y entrara y, ya de paso, que agarrara un poco de hojas para ella también. Del lado contrario, otra vecina se asomó a la ventana: “Oye, todo el mundo ha cogido matas, una pila de gente ha pasado por aquí”.


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El virus del chikungunya se identificó por primera vez en 1952, en Tanzania. El nombre proviene de la lengua makonde y significa “doblarse de dolor” o “contorsionarse”.
Durante los meses álgidos, el colectivo Yoga Va Cuba, que reúne a profesores de yoga de varias provincias, incluyó en clases algunos métodos para aliviar los rezagos de la enfermedad. “Muchos de los profesores se contagiaron y estaban atravesando las secuelas —cuenta Sarai Cecilia, una de las instructoras—. Decidimos actuar frente a esa epidemia que tenía a las personas prácticamente paralizadas”.
Entretanto, fieles a la costumbre cubana de embromar con todo, la gente decía que fulana estaba “chikunguyana”, mientras en redes sociales se hacía viral el “baile del chikungunya”, donde los protagonistas avanzaban como zombis, arrastrando los pies y encorvados (con “Thriller”, la canción de Michael Jackson, sonado de fondo).
“Ya yo creo que nosotros estamos en condiciones de hacer el primer encuentro interprovincial Chikungunya 2026 —decía el comediante Miguel Moreno, “la Llave”, en uno de sus espectáculos—. Ya hay dos ponencias: hay una ponencia que se llama ‘El arte y la ciencia de levantarte de la cama sin ayuda de una grúa’, y hay otra ponencia que se llama ‘Cómo desenroscar una cafetera con tus propias manos’”. El público largaba las risas y asentía con la cabeza.
Todavía en febrero, el trovador Roly Berrío improvisaba un coro a propósito y, en un bar habanero, la gente que lo escuchaba, divertida, repetía entre palmadas:
Dengue, zika,
chikungunya, mamita…
El Gobierno anunció estudios para aplicar los medicamentos cubanos Jusvinza, en el tratamiento de las secuelas articulares, y Biomodulina T, que fortalece las defensas del organismo. A finales de enero de 2026, las autoridades informaron que, con la disminución de los reportes de casos, Cuba entró en una “zona de seguridad epidemiológica”.
No obstante, en diciembre el representante de la OPS en el país había alertado que, aunque disminuyeran los casos, no se debía “bajar la guardia”, porque el próximo año podría surgir un nuevo brote de chikunguya en Cuba.
A principios de año, después de tres meses donde “no había un alma”, regresaron los clientes al gimnasio de los entrenadores Juan Carlos Rondón y Jenny González, y les pedían asesoramiento en la recuperación. “Nosotros cobramos, pero eso es como un trabajo social”, describe Juan Carlos.
Ahora tienen alrededor de 100 alumnos, y casi todos se han recuperado. Pero es necesario conocer el funcionamiento de las articulaciones y progresar de a poco, enfatiza Jenny. “Hay que empezar sin nada, con tu propio cuerpo, suavecito”.
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La hija de Boris tiene 13 años y se llama Izumi, que en japonés quiere decir “arroyo, manantial, fuente de agua pura”. “Me equivoqué de nombre, porque [más bien] es un reguilete, no para”, dice su padre.
Cuando salga del hospital, espera pasar más tiempo con “su niña” y volver a estar pendiente de los asuntos de la escuela. Aunque no vive con ella, asegura que se llevan muy bien y conversan mucho.
También quiere compartir más con sus amistades, su familia y su madre. “Mañana cumple 81. Es el primer cumpleaños que no voy a estar con ella —revela, sin molestarse en contener las lágrimas—. Pero yo le digo: ‘Tranquila, si tú vas a pasar de los 90, tiempo vas a tener’”.
La mamá de Boris es la trabajadora más antigua de un centro de investigación ambiental. Los colegas de ambos se pusieron de acuerdo para ayudarlo con el transporte, los medicamentos y los almuerzos en el hospital. “Sin yo pedir nada; eso fue espontáneo todo”.
Un amigo que vive en Canadá le ha enviado regularmente combos de alimentos, el padrino de su hija le manda dinero y los hermanos de la logia también lo han apoyado en diferentes momentos.
Boris está empeñado en mejorarse. “Tengo varios compromisos que no puedo dejar de cumplir”. Por ejemplo, volver a la escuela de artes marciales adonde pertenece. Allí, 20 estudiantes, los tres instructores y el maestro practican un estilo tradicional, variante antigua del aikido.
Con entusiasmo casi adolescente habla del bosquecillo de bambú sembrado afuera del dojo, las reparaciones que habían empezado, el nuevo instructor en formación… Ilustra, docto, los principios espirituales que rigen la organización desde que se fundara en los confines asiáticos: “Esa es la palabra que guía la escuela, nasake, que en japonés significa ‘compasión’. Y siempre nosotros hablamos de eso; o sea, podemos ser muy poderosos, pero la verdadera fuerza se muestra en la compasión”.
Junto a su cama, la mesa de noche hospitalaria combina funciones de cocina y escaparate: hay una cafetera eléctrica y una arrocera que usa para calentar la comida y la leche del desayuno. Hay gel antibacterial, un termo, un vaso, cubiertos, un paño, galletas, azúcar, yogur y platanitos.
Elogia la atención de los especialistas del Julio Trigo. Fue una sorpresa, dice. Al otro día tenía cita para una tomografía, necesaria para la próxima intervención en el pulmón. Además, está pendiente el turno con la cardióloga.
Cada acción representa un paso en el camino hacia sus objetivos. “Primero, recuperarme…, por pedido de mi sensei; que un pedido del sensei es una orden. Recuperarme y reincorporarme a la escuela. Y después, todo lo que me ponga la vida delante. Asumir cada reto”.
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*Las personas entrevistadas prefirieron no ser identificadas por sus nombres reales.
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“El virus” que casi dobló la espalda de Cuba.
Entre los meses de julio y diciembre de 2025, más de la tercera parte de la población cubana se contagió de chikungunya, dengue y otros padecimientos transmitidos por picaduras mayormente de mosquitos. El impacto de las enfermedades se magnificó a causa de las precarias condiciones de vida en el país. Frente al quiebre de los servicios públicos y la crisis del sistema sanitario, rebasar “el virus” dependió de estrategias individuales y familiares, y de la solidaridad.
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“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?”.
—Roberto Fernández Retamar
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El orden de las señales era más bien impreciso. Quizás primero aparecían los dolores, como quien hubiese soñado con palazos y pateaduras, y al despertar fueran verdad. Luego, tal vez, la temperatura en rojo: “fiebre súbita”, según la literatura médica. Más tarde —o antes— surgirían el debilitamiento, la inflamación y erupciones en la piel.
El brote se destapó en la provincia de Matanzas, a unos 90 kilómetros al este de La Habana, alrededor de julio. La gente caía en cama con arbovirosis: virus transmitidos por artrópodos, como los mosquitos.
Considerado endémico en la isla, el dengue es un viejo conocido, y resurge cada año en la época más tórrida. “Nosotros hemos llegado a estar 10 días sin que entre una gota de agua —contaba Liety Urbano a principios de octubre, desde la ciudad de Matanzas—. Como uno no sabe cuándo viene, pues recoge la que puede, y muchos recipientes no tienen tapa. Eso genera criaderos de mosquitos”.
Sin embargo, el chikungunya, que tiempo atrás había tenido muy baja prevalencia, ahora arrasaba con familias y comunidades. La rigidez de las articulaciones y el dolor incapacitante duraban semanas, y, si acaso amainaban, volvían en tromba.
“La mamá de mi mejor amiga tuvo el bicho hace un mes y medio, y dice que amanece algunos días con las manos engarrotadas, o con dolores musculares muy fuertes —narraba Carla*, también los primeros días de octubre—. Mi mamá se siente los pies muy pesados, y los tiene que parecen dos jamones; las manos, a veces, también”.
Por esa fecha, la viceministra de Salud Pública, Carilda Peña, confirmó que, de las 15 provincias del país, había dengue en 12 y chikungunya en ocho. Este último, señaló la funcionaria, no estaba asociado a estadios graves o muerte. Días después, se reportaban más de 13 000 casos febriles en una semana a lo largo del país.
“La situación en mi barrio [en Matanzas] es horrible, todo el mundo enfermo: niños, adultos mayores…”, describía Liety. Ya se habían contagiado su suegra, su cuñada y la hija de esta, su madrina de santería, su esposo y ella.
Fueron al hospital provincial porque, a los cuatro días de iniciados los síntomas, su marido, Ever Luis Valdespino, vomitó con sangre. El panorama de carencias habituales se recrudecía con tanta gente sintiéndose mal: para que le pusieran a él un suero, Liety tuvo que llevar el trocar —punzón y cánula quirúrgicos—. Llegaron a las 11 de la mañana y lo dejaron ingresado a las nueve de la noche.
“Y en la provincia, pues muy mal también: yo soy trabajadora de Cultura, y hoy comenzó la jornada de la cultura matancera, y muchos eventos y actividades no se pueden realizar porque las personas están enfermas”, aclaraba Liety, gestora de proyectos, de 26 años.
Circulaba, además, el virus del oropouche, que el verano anterior había golpeado a más de 24 000 personas en la isla. Uno se podía infectar más de una vez y algunos síntomas coincidían. El cuadro variaba desde manifestaciones relativamente leves hasta el atropellamiento físico y mental. Si existían padecimientos de base, peor.
También faltaban reactivos para los análisis correspondientes, y eso complicaba aún más dictaminar con seguridad el causante del malestar. Mientras la jerga institucional lo denominaba “síndrome febril inespecífico”, la gente terminó usando la versión corta: lo llamaban “el virus”, a secas.


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Se podría decir que Boris Alberto Toscano perdió la pierna derecha por culpa del chikungunya. Pero fueron un diagnóstico errado y una atención morosa los que condujeron a la amputación. Luego sobrevinieron otras complicaciones, en cascada.
Boris trabaja como especialista en museología y gestión del patrimonio. Es mulato y masón. Tiene 49 años, bigote entrecano y complexión ligera. También es instructor de artes marciales, una de las maneras en que se expresa su pasión por la cultura japonesa.
Permaneció hospitalizado en diferentes centros de La Habana casi todos los días entre diciembre y marzo, cuando todavía esperaba algunos exámenes. Sus ingresos han sido lo suficientemente largos como para que pudiera hacerse amigo de sus compañeros de cuarto.
Boris recuerda con cariño a Leo, el gordo, a quien conoció cuando estuvo en el hospital Calixto García. Al día siguiente de nuestra conversación, le darían el alta a Lucela, la señora de la cama junto al balcón, en el tercer piso del hospital Julio Trigo, de cirugía especializada, célebre por haberse utilizado para tratar y aislar pacientes durante la pandemia de covid-19. Pacientes y familiares planeaban hacerle una fiesta de despedida a Lucela. “Ver cómo mis compañeros salen es una parte, para mí, un poco triste —confiesa Boris—, pero, al mismo tiempo, muy alegre”.

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Frondosos, los montones de basura florecían en cualquier calle para quien quisiera verlos. Sin combustible, equipos ni personal, las fumigaciones eran escasas o nulas.
Las embajadas en La Habana de Rusia, México, España y Estados Unidos emitieron alertas sanitarias para sus ciudadanos, a quienes recomendaron usar repelente contra insectos y ropa encubridora. Un grupo de enfermeros de Santiago de Cuba se trasladó a la capital para apoyar en la atención directa a los pacientes.
A medida que cundían las fiebres y avanzaba la tiesura de tobillos y muñecas, el engranaje social se resentía. El Ballet Nacional canceló funciones por indisposición de sus artistas, al igual que el grupo Impulso Teatro. Se suspendieron dos partidos de la Serie Nacional de Béisbol, entre Mayabeque y Granma, varios jugadores de esta provincia vencidos por un rival microscópico.
En un banco de La Rampa, en el barrio habanero de El Vedado, un jubilado se quejaba de que el cajero no tenía efectivo, a lo que el portero respondía que “la muchacha que recarga el equipo” no había ido a trabajar porque tenía “el virus”. Por la misma causa, en un salón de uñas a pocas cuadras de allí, solo dos de las cinco manicuristas estaban en sus puestos.
A principios de noviembre, alrededor del 30% de la población cubana se había contagiado de arbovirosis. No obstante, las propias autoridades reconocieron que las estadísticas constituyen un subregistro, porque muchas personas ni siquiera iban al hospital.
Un mes atrás, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, había restado importancia a la situación. Las enfermedades que circulaban en Matanzas no eran nuevas, ni raras, ni desconocidas, dijo. Portal Miranda alegó que muchos países de América tenían transmisión de chikungunya. Según el funcionario, la situación actual se debía —atentos— a la alta susceptibilidad de la población frente a enfermedades que no circulaban de manera intensa desde hacía años, junto con la propagación de mosquitos, debido a las condiciones tropicales y el cambio climático. Negó los rumores de que en Matanzas hubiera fallecidos, ni casos graves ni críticos. “Nadie puede esconder una epidemia ni los muertos”, afirmó.
Ciertamente, aquello parecía difícil de ocultar. Transcurrieron cinco semanas y, en una reunión con expertos del Ministerio de Salud Pública (Minsap), el presidente Miguel Díaz-Canel calificó de “epidemia” el brote de arbovirosis, y convocó a afrontarla “como mismo se trabajó la covid-19”.
“El principal problema es el chikungunya […] por el número de casos, por la sintomatología que produce, que es extremadamente dolorosa”, reconoció el doctor Francisco Durán, director nacional de Higiene y Epidemiología del Minsap, en uno de sus partes diarios. Solamente el 18 de noviembre se reportaron más de 3 000 casos nuevos. El 15 de octubre, la viceministra Peña había negado que existiera brote de chikungunya; la transmisión se encontraba en “casos esporádicos”, dijo.
Para el 20 de noviembre, se registraba un promedio por encima de los 500 casos diarios y el acumulado sumaba 30 726 personas enfermas. Nada más tomando en cuenta el total hasta octubre, Cuba tuvo la incidencia de chikungunya más alta del continente, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Lo mismo ocurrió con la tasa de incidencia del virus del oropouche.
El día 24 se contabilizaban 156 pacientes ingresados, 121 en estado grave y 35 en estado crítico. La inmensa mayoría eran menores de 18 años.
Ahora sí —un mes después de haber recalcado lo contrario— otra representante del ministerio reconocía en televisión nacional que el chikungunya podía derivar en la muerte y debía tratarse “con la seriedad que corresponde”.
Buena parte de la ciudadanía había alertado sobre la gravedad del asunto, ante lo que encontraron negación y condescendencia. Entonces, ya tarde, la venia oficial transformaba los rumores en verdades. “Yo no pensé que la hinchazón te podía matar”, dice Eduardo Pérez, todavía medio asombrado, entre las matas de plátano y orégano sembradas en su patio. Porque el chikungunya es un vecino con mala memoria: se despide y al rato saluda de nuevo.
Eduardo es pintor de casas, aunque cuando se enfermó trabajaba como custodio. No esperaba que, a los 10 días de pasar la fiebre y los escalofríos, se le inflamaría la cara desproporcionadamente.
—Me puse como un monstruo. Horrible.
—¿Y se asustó?
—¡Coño, si fui al hospital…!
No a uno, sino a tres hospitales y al policlínico más cercano, en el Cerro, en La Habana. Una doctora le explicó que la inflamación podía cerrarle la glotis y asfixiarlo. Le recetó difenhidramina. Su hermana envió desde Estados Unidos el tratamiento completo, y con eso la hinchazón de la cara bajó.
“Lo que más me duró a mí fue la cojera, que me metí como tres meses sin poder afincar el pie”, aclara Eduardo. Durante un tiempo también dejó de limpiar el patio y hacer los arreglos que demanda su casa de madera. “No tenía fuerza en las manos… y no se sentía bien uno. Cargar agua me molestaba igual, pero tenía que hacerlo por necesidad”.
Su madre también se enfermó. Empezaron a notar que hablaba enredado y mantenía fija la vista, mirando a ninguna parte. “La vio el neurólogo y le dijo que eso era una isquemia transitoria, producto de las mismas fiebres muy altas y la hipertensión”, recuerda María Victoria Pérez, la otra hermana de Eduardo.
“Pero ella está bien —asegura—. A ella no le duele nada. Si yo digo: ¡caballero, yo tengo 53 años y estoy más desbaratada que ella, que tiene 78!”.
María Victoria siente mucha impotencia. Aunque en su casa la ayudan, no le gusta depender de nadie. “Esta enfermedad acabó conmigo; y todavía está acabando, no me deja hacer nada”. Al principio, ni siquiera le daba tiempo de llegar al baño y se orinaba encima. Su esposo tuvo que colocar al lado de la cama una cubeta grande que cumplía funciones de inodoro.
“Las articulaciones te las hace leña. Y por la mañana, cuando te levantas, es cuando más te duele. Yo no sé hasta cuándo voy a estar así”, lamenta la mujer. Han pasado seis meses desde que se contagió del chikungunya. El fisiatra le sugirió ver a un reumatólogo porque ya su malestar se convirtió en artritis.
Gertrudis* tampoco lograba alcanzar el baño, así que, para ahorrarse un paso, no usaba ropa interior. Pero lo que le ocurrió a ella no fue nada, afirma, en comparación con otras personas.
Un día llamó a la esposa de su primo, llevaba rato sin saber de ella. Belkis contestó, pero le explicó que no podía conversar en ese momento. Junto con un soldador, intentaba desmontar una ventana de hierro para poder entrar a la casa de su padre. El anciano estaba allí, en cama, debilitado hasta el punto de no poder levantarse a abrir la puerta. Lo hospitalizaron. Necesitó transfusiones, que Belkis solo pudo conseguir entre sus estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas. Es Getrudis quien sintetiza la historia, porque Belkis reconoce que no está preparada para hablar de eso. Su padre enfermó y falleció en 24 días, en el mes de octubre.

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La pierna no lo sostenía y casi se cae. La primera vez que examinaron a Boris —unos médicos vecinos suyos— le dijeron que le aquejaba una ciatalgia.
Cuando llegó al hospital Julio Trigo ya podía tenerse en pie, aunque el dolor lo carcomía. Ahora, mientras relata los síntomas, señala el espacio donde estaría la pantorrilla derecha. Un vistazo del muñón vendado, por encima de la rodilla, lo trae con brusquedad del recuerdo al presente. Cae en cuenta. “Se me olvida que ese lado falta —apunta al gemelo contrario y continúa—: De aquí para abajo no tenía sensibilidad”.
Como no había cama para ingresarlo, ni servicio de ortopedia, le recomendaron que fuera al hospital Fructuoso Rodríguez, dedicado a esta especialidad. Allí, al día siguiente, tampoco había cama disponible. Le confirmaron: ciática, y le indicaron masajes y un relajante muscular por siete días. “Pero aquello no mejoraba. La pierna se empezó a hinchar”.
Fue a al Instituto de Angiología, en la Covadonga. Le explicaron que había sufrido un accidente vascular agudo. Pero ahí tampoco podían ingresarlo, le aseguraron, porque esa no era su área de especialidad. La burocracia dispone sobre los cuerpos con la misma dulzura de estampar cuños y sellar expedientes.
Remitieron a Boris al Hospital Nacional. Y ahí, al Julio Trigo. En vez de ir a este centro (“que tiene tremenda mala fama”), su amigo Ángel lo llevó al Calixto García.
Los atendió el jefe de Angiología. Le pidieron que les hablara claro. “Él me explicó exactamente lo mismo, que tenía un accidente vascular agudo, pero que, en el estado en que se encontraba, la pierna ya no tenía salvación”.
Podría ponerle tratamiento, abundó el doctor; sin embargo, el mal iba a “seguir caminando”, y al final perdería la pierna completa, o moriría. “Que se vaya —contestó Boris—. Usted me está poniendo a escoger entre la pierna o yo, y yo me prefiero a mí”, le dijo al especialista.
En una hora estaba entrando al salón de operaciones. “Lo malo fue que no salió la cosa como ellos esperaban, y en vez de cortar por debajo de la rodilla, tuvieron que cortar más arriba”. Señala de nuevo la media extremidad ausente.
“Bueno, pero por lo menos estamos vivos”.
Conservar la vida es, en sí, bastante, teniendo en cuenta que en Cuba falta alrededor del 70% del cuadro básico de medicamentos, de acuerdo con cifras oficiales. De hecho, hacia julio del año pasado, la mitad de las ventas de las farmacias consistía en productos naturales elaborados allí mismo. El sistema de salud cubano no llegó a recuperarse tras la pandemia. De enero a septiembre de 2025, el sector recibió solamente el 1.3% de la inversión del país. Entre 2023 y 2024, el personal sanitario de la isla se redujo en 13 500 trabajadores, entre ellos más de 5 000 médicos.


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A Ivette Arias la despertó el dolor a las tres de la madrugada. Fue a levantarse y no pudo; temblaba, como si tuviera convulsiones. No sabe si sería por la fiebre, porque no alcanzó a ponerse el termómetro. Tocó a su madre, Nora, de 85 años, paciente de alzhéimer, y estaba caliente. “Se me quitó todo, al momento”, recuerda. Una cuidadora, como ella, pausa su malestar y continúa con lo que debe. Empezó a intentar bajarle la temperatura a la madre, y ya no durmió más.
Ese día, 10 de diciembre, hubiera sido el cumpleaños de su abuela materna, que era jamaicana y al final de su demencia olvidó el español y terminó hablando patois. La invocó a ella y a su religión. “No te puede estar pasando esto —se dijo—. Tú tienes que seguir”.
El hijo de Ivette —“mi sol”— vive en Portugal; la hija —“mi luna”— se casó y se fue a México. Su hermano, desde Jamaica, provee para ella y sus padres octogenarios. Antes de que el mosquito portador del virus la picara, Ivette ya era de esas mujeres de mediana edad que llevan el peso de un país atenazado por el envejecimiento y la migración.
“No es solo estar enferma y tener que cuidar; es estar enferma, tener que cuidar y estar sola”, sentencia Ivette.
Los primeros síntomas de alzhéimer de la señora Nora aparecieron en 2019, y los especialistas comenzaron los análisis y la evaluación del caso. “Pero vino el covid, y se detuvo todo. El encerramiento agudizó todo”, resume Ivette.
Cuando ya había creado una rutina para lidiar con la demencia de su madre, en 2024 ocurrió la fractura de cadera y la caída, más la consiguiente cirugía, común en ancianos. Cuando, a golpe de ejercicios y paciencia, logró que ella volviera a caminar, vino el virus.
“El chikungunya sí nos cambió la vida por completo. Yo tomé mis medidas, pero es inevitable, porque el entorno es más fuerte que uno”, enfatiza la mujer de 59 años, mulata, de sonrisa amable y rostro juvenil, acentuado por el pelo crespo y corto.
La peor parte habrá durado unos 15 días. “Estuve que no servía para nada, y tenía que hacer las cosas. ¡¿Quién lo iba a hacer?!”. Entonces decidió racionalizar al máximo su tiempo y asegurar justo lo imprescindible: la comida, y cambiar a su madre de posición en la cama, para evitar las escaras.
Le dolían las articulaciones, el brazo derecho —ya resentido por la bursitis que le dejó levantar cubos con agua— y sobre todo las manos. “Imagínate tú…, ¡las manos! Yo que doy masajes, que cargo, que friego, que lavo, que limpio…”. Las mismas manos de dibujar y trazar planos, porque Ivette es arquitecta.
En el barrio de Coco Solo, al oeste de La Habana, ha habido problemas con el agua desde que Ivette era niña. Su padre, Emilio, que fue el primero en contagiarse, bajaba la loma de su casa con una carretilla y un galón de 20 litros, hasta una llave con agua. Llenaba el recipiente y regresaba. Con cada vuelta, Ivette vertía el contenido en dos cubos, y luego en un tanque, hasta llegar al tope. Se dio cuenta de que el señor Emilio se había enfermado porque, después de ir a buscar el agua, se acostaba. También perdió el apetito —de suyo imbatible— y se quejaba de dolor.
Harta, agarró los dólares que le había dejado la hija para que se regalara algo por su cumpleaños y compró una bomba que le permite el lujo de lo básico: agua saliendo por la llave. Le explicó: “Mira, esto es salud para tu mamá”, y la hija contestó: “Tranquilla, mami, lo que tú digas”.
Aunque no tiene la fuerza de antes, Ivette dice que, con los meses, ha progresado. Pretende volver a ser la misma, y para eso se concentra en el presente. “Sé que fue feo, me la vi difícil, lloré, porque me sentí desamparada. Pero ya pasó y ya lo borré”.
Últimamente se ha hecho más cercana a la vecina de la casa contigua, uno de los hilos de la red de apoyo que la ha ayudado a capear sucesivos temporales. “Lo más que yo hago es ir allá al lado, socializo, y viro para atrás”. Para quien apenas sale a la calle, una conversadita a cada rato le salva la jornada. “Porque no puedo abandonar el barco. Esto no es el Titanic”.

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Vendieron su casa para irse del país. Pero las secuelas del chikungunya los persiguieron hasta su destino final, Boa Vista, estado de Roraima, en Brasil. Aún ni sabían moverse por la ciudad y ya estaban en una sala de emergencias y comprando antibióticos. “Empecé a tener una tos muy fuerte y dolores articulares, me dolían muchísimo las plantas de los pies”, cuenta Marcia Díaz, vía mensajes de texto, desde aquel país.
En noviembre, un mes después de contagiarse en Cuba, su esposo seguía tomando antiinflamatorios: había empezado a trabajar en una barbería y apenas podía sostener la máquina de pelar.
La pareja y sus dos niños ya se habían enfermado en agosto, cuando todavía vivían en la provincia Ciego de Ávila, al centro de la isla. Marcia cree que fue dengue. No sabe con certeza porque, como tantas personas, no fueron al médico en ninguna de las dos ocasiones. “En el hospital no había los medios para diagnosticar, no hay nada, los doctores están cansados, no tienen medicamentos…”.
Meses atrás, su suegro había fallecido, tras un periodo encamado a causa de un accidente cerebrovascular. Nunca apareció una ambulancia para trasladarlo a hacerse los exámenes que necesitaba, y a duras penas consiguieron un suero para administrarle hidratación en la casa.
Además, su hija pescó una infección en un oído. El doctor le recetó un medicamento que no existía en ningún lado y, como alternativa, recomendó lavados con alcohol boricado y bicarbonato.
“Yo pasé un trabajo para encontrar bicarbonato en aquel pueblo…”. Una vecina le regaló una cucharadita; otra, un antibiótico vencido, y así la niña se curó. “Uno depende de la solidaridad, de las amistades, para poder resolver y salir sano y salvo. Después de aquello, ¿qué íbamos a ir nosotros al hospital? ¿A qué?”.
Luego de vender su casa no tenían dónde quedarse, y aún faltaban casi 30 días para la fecha del vuelo. Así que se fueron a Guantánamo, en el extremo oriental, donde vivía la madre de Marcia antes de emigrar. Ahí los agarró el chikungunya.
Solo la niña no se enfermó. El niño ardió en fiebres de 39 o 40 °C. Marcia muestra una foto de él cuando aquello: la carita colorada, los ojos borrachos. Se recuperó rápido, pero entonces cayeron ella y su esposo.
Los estragos de las arbovirosis en Cuba se cifran no solo en el número de personas infectadas, en los órganos y tejidos que fueron aporreando, sino en la depauperación rapaz de la existencia cotidiana. Al perro flaco le caen todas las pulgas, dice el refrán.
Y como el país entero era un animal enclenque, parecía inevitable volverse presa de la enfermedad, para luego transitar a rastras la convalecencia.
A la familia de Marcia la fase aguda le duró poco, pero ahora lo complicado era cómo alimentarse. “No había gas, y como era un edificio, no podía cocinar con carbón ni leña —rememora ella—. Y en esos días empezaron los apagones durísimos en Guantánamo; eran 20, 22 horas diarias sin corriente”.
Optaron entonces por comer en la calle. Las magras opciones disponibles consumieron buena parte de los ahorros destinados a su proyecto migratorio.
“Fue muy triste, porque pasamos muchos días sin poder cocinar comida caliente. Eso nos debilitó bastante también, no estábamos del todo recuperados. Comimos pizzas, panes y espaguetis todos los días que nos quedaban en Cuba. Era como si Cuba nos estuviera escupiendo del país, nos estuviera botando”.

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Boris lo había advertido: si estaba dispuesta a “aguantar llantén cada cinco minutos”, que fuéramos. Llorar parece lo mínimo que alguien haría cuando la vida da un viraje tan violento.
Los resultados de varios análisis apuntaron a una hepatitis reactiva al virus del chikungunya. Cuando se contagió, los síntomas resultaron más bien livianos, como una gripe. En cambio, a partir de ahí se desató lo demás.
Después de la operación le detectaron un fallo renal y debió someterse a dos hemodiálisis. Tuvo un infarto. En Cardiología le encontraron un coágulo en un tabique interno y un trombo en una salida de arteria. Tal vez se trataba de padecimientos asociados “que estaban escondidos, y todo este proceso los sacó”, conjetura Boris.
Luego, tuvo sangramientos intestinales y, más tarde, anemia. Le pusieron cuatro transfusiones, gestionadas mediante un grupo de ayudas y compañeros de trabajo, con la dificultad añadida de que, si estos se habían contagiado, no podían donar sangre hasta pasados entre tres y seis meses.
Una de las transfusiones que llegaron al hospital con su nombre y apellidos “no aparecía”. Su hermano averiguó y le explicaron que había surgido un caso —un niño, grave—, y decidieron priorizarlo y utilizar la sangre destinada para Boris.
Por fin le dieron el alta en el Calixto García, pero lo volvieron a hospitalizar, esta vez en el Julio Trigo, donde estuvo en marzo. La falta de aire que presentaba resultó ser un colapso pulmonar que requirió intervención quirúrgica.
Encima, había empezado a tener insomnio y alucinaciones nocturnas. “No te vayas a pensar que veía fantasmas ni nada de eso —bromea—. Me ponía a hablar de historia, de arqueología, de investigaciones… como si estuviera dando una conferencia o guiando una visita; y prácticamente no dejaba dormir a nadie”.
Una madrugada, todavía ingresado en el Calixto García, se puso a conversar con el médico, tratando de convencerlo de que lo enviara a casa. “Como si el hombre estuviera sentado delante de mí —pero no estaba—. De hecho, yo lo estaba viendo”, dice con la voz en un hilo.
Se alegró cuando supo que lo vería una psiquiatra. El diagnóstico: síndrome de estrés postraumático, a causa de la amputación. “Porque es un evento que sucedió de pronto, que me limita mis actividades en todos los sentidos”.
Boris es un veterano sin haber ido a la guerra.
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El 9 de noviembre, un grupo de voluntarios que traía ayudas para los damnificados del huracán Melissa llegó al asentamiento rural de Cauto del Paso, en Granma, al este de la isla. El ciclón de categoría 3 había impactado la región oriental 10 días antes y afectó a unos tres millones de personas.
En la sala de video de Cauto del Paso, que hacía las veces de puesto de mando, fueron descargando víveres, productos de higiene, ropa y juguetes. Minutos después entró llorando una mujer: decía que su hija llevaba dos días con fiebre y no tenía ningún medicamento para darle. Una de las jóvenes le ofreció ibuprofeno y paracetamol de su botiquín personal.
Los caminos todavía estaban inundados o cubiertos de fango, y era una proeza salir de aquel caserío de tablas en busca de un médico. El paisaje cenagoso que dejó el desbordamiento de la presa cercana, más los despiadados calores de Oriente, alimentaron a los mosquitos y, con ello, la expansión de las enfermedades.
Al día siguiente, a unos tres kilómetros de allí, en el pueblo de Grito de Yara, los voluntarios repartían donaciones en el centro de evacuación, una construcción de dos pisos y estilo soviético, que en tiempos normales era una escuela secundaria.
Un dirigente local se acercó al grupo y les preguntó si podían colaborar con algún medicamento. Una iglesia de la colindante provincia de Las Tunas les había llevado comprimidos, jeringuillas y sales de rehidratación; sin embargo, la reserva no iba a alcanzar hasta el día siguiente. Ya habían contactado a las autoridades de su municipio, Río Cauto, pero allí tampoco contaban con mucho.
En el centro había 325 evacuados, de los cuales 18 presentaban fiebre y otros signos de arbovirosis. Si se ampliaba el radio de pesquisa a los edificios del pueblo, los enfermos sumaban más de 100.
Una vecina de Grito de Yara se quejaba de que, en el mercado informal, “por la izquierda”, un blíster de paracetamol costaba 500 pesos. Casi un dólar, cuando la mayoría de los salarios estatales no superan los 13 dólares.
Las bolsas de alimentos entregadas a las familias evacuadas incluían repelente artesanal, en formato de ungüento o de un líquido aceitoso con olor a canela, formulaciones creadas por la emprendedora Claudia Rafaela Ortiz, una de las voluntarias. Algunas personas miraban los frascos con cierta duda, luego lo agradecían. Al caer la noche, contaban, “la mosquitera” no los dejaba en paz.
En La Habana, a más de 700 kilómetros de allí, los repelentes artesanales también emergieron como una opción socorrida. “Fue el producto que más se vendió en ese tiempo —afirma Diana Bermúdez, creadora de la marca de cosmética natural D’eco—. Lo que teníamos previsto para vender en seis meses salió en dos semanas”.
La demanda fue tal que se quedaron sin materia prima y debieron encontrar un nuevo proveedor que pudiera dar abasto. Solo a mediados de febrero las ventas de repelente comenzaron a bajar, presumiblemente por la disminución de los contagios.
El consumo de otros productos servía acaso como indicador. “Todo se disparó —narra Chanel Aguilera, dependienta de un mercado privado—. Aquí lo que más se vendió fueron jugos y sopitas, cantidad”. Además, recuerda que escaseó y subió el precio de la gelatina, otro componente de la dieta recomendada para personas que atravesaban las fiebres y el decaimiento.
Aunque la atención sanitaria es gratuita en Cuba, asumir los gastos de una enfermedad no es para débiles de bolsillo. Por ejemplo, un mosquitero podía costar casi dos salarios mínimos, y en redes sociales se repetían denuncias de tiendas estatales que ofertaban repelente en dólares.
Cuando la escasez y los precios prohibitivos son la norma, alimentarse bien y tomar suplementos parecían sentencias antes que indicaciones médicas.
En paralelo, una clínica de Miami ofertaba el suero Hidra+, una solución isotónica con minerales y vitaminas, más acetaminofén, ibuprofeno o prednisona, a elección del cliente. “Empacadas en bolsas contra impacto para poder llevar a tu familia en Cuba”, promocionaba un influencer. Por 150 dólares la unidad, sin contar el envío, el suero prometía rehidratación profunda, reducción del malestar general, aumento de la energía y mejoramiento de la función inmune a pacientes infectados con arbovirosis.
Además del daño a la salud, varios estudios han analizado la carga económica asociada al chikungunya. Investigaciones internacionales muestran que los costos indirectos de la enfermedad, asociados a la retirada laboral de pacientes y cuidadores, resultan desmedidamente superiores a los gastos directos, relacionados con las consultas, tratamientos y diagnóstico. Se trata de un riesgo particularmente grande en Latinoamérica.
Si las secuelas se prolongaban durante semanas y los gestos más nimios se volvían actividades para campeones —sentarse, pararse, abrir y cerrar una botella de agua o el frasco de pastillas—, no sorprende que muchas personas estuvieran obligadas a ausentarse del empleo remunerado y arriesgar su sustento. La OPS había advertido que el mayor número de contagios en Cuba se ubicaba en el segmento de personas entre los 19 y los 54 años, la población laboralmente activa.
“Yo soy artesana, uso pinzas, alambres, cosas así… Cuando pasé la fase aguda me sentía bien y empecé a trabajar. De momento las manos se me empezaron a inflamar y a dolerme, mucho, mucho, mucho… —recuerda Daniela*—. Ahí tuve que aminorar el trabajo, hasta el punto de parar por completo. Obviamente eso tuvo consecuencias económicas: afectó mi negocio, dejé de ir al gimnasio, dejé de alimentarme como lo hacía hasta ese entonces, porque no tenía un buen ingreso”.
Daniela tiene 37 años, es dueña de una tienda esotérica y ella misma crea gran parte de los artículos que vende. Como vive sola, necesitó apoyo de sus amistades durante los primeros días. “Pero ya después cada cual tiene su vida”, reconoce. Estuvo más de un mes sin poder limpiar su casa, y si iba de compras no le quedaba más remedio que colocarse la bolsa sobre el antebrazo, pues no podía sujetarla con las manos. “Me sentía una señora de 80 años. De hecho, me hizo reflexionar acerca de la tercera edad, porque dije: ‘Si esto es lo que se siente ser adulto mayor, yo ahí no quiero llegar’”.

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“Mi mamá falleció debido a la epidemia —dice Evelyn Raveiro mientras espera una taza de café en casa de una vecina, en el Cerro habanero—. Todavía a mí me parece mentira, fíjate. Me es difícil… el golpe ese de ver cómo se me fue entre las manos. Y no por falta de atención, porque estábamos ahí encima de ella, pero ningún médico dio con lo que ella tenía”.
Empezó con fiebre y dolores, “lo normal que le daba a todo el mundo”. Sin embargo, los síntomas se agravaron hasta que apenas podía caminar. Valoraron —y descartaron— un padecimiento ortopédico. El dolor, “como si tuviera un cuchillo metido ahí”, no la dejaba dormir. Se le afectaron la vesícula y otros órganos.
Evelyn la llevó al neurólogo. En el hospital Calixto García la gente esperaba tirada en los pasillos. A falta de camillas, sábanas en el piso. “Yo nunca había visto eso, daba grima”.
Avisó a su hermano, residente en Estados Unidos, que mami estaba mal. “Olvídate, yo mañana estoy allá”, dijo él. Pero no le dio tiempo a verla con vida.
Los médicos achacaron el motivo del fallecimiento a complicaciones de la diabetes que padecía. También alegaron que podía haber sido un cáncer. Evelyn solicitó una autopsia que indicó una bronconeumonía como causa de muerte, aunque su madre no tenía síntomas respiratorios.
Según datos oficiales, 65 personas murieron por dengue y chikungunya en Cuba. La mamá de Evelyn no forma parte de la estadística.
Amalay Díaz, pareja de Evelyn, es enfermera y se dedicaba a asistir a personas del barrio, cuando se suponía que estuviera descansando, luego de sus habituales turnos de 24 horas. “Alguien iba a la casa, me llamaba, y yo lo apoyaba”, cuenta.
Aunque en 20 años de carrera se ha enfrentado a situaciones más complicadas que esta, Amalay cree que el chikungunya fue peor que el covid-19. “Cuando el covid, había conocimiento de la enfermedad y lo que podían medicar. Esta enfermedad tuvo a los médicos pensando bastante”.
“Era una enfermedad ‘conocida’ en los libros, uno sabía que existía, pero nunca habíamos trabajado con ella —confiesa Mabel*, doctora de un policlínico en La Habana—. Al principio estábamos tirando piedras [improvisando], hasta que empezaron las capacitaciones, los protocolos, pero eso fue a los meses. La preparación vino mucho después”.
Mabel llegó a creer que los pacientes exageraban un poco, hasta que cayó enferma. Cuando se reincorporó a trabajar, empeoró. “Un día, cruzando la calle 23 casi me arrollan, porque, como no podía caminar, no me dio tiempo con la luz verde. Psicológicamente me afectó, porque yo me veía imposibilitada, y nada me aliviaba”.
Casi todos sus pacientes quedaron con sinovitis o artritis. La doctora considera que esta situación no es comparable con brotes anteriores. “La transmisión era demasiado rápida. El periodo de incubación en el dengue es de siete a 14 días; en el chikungunya era menos, de uno a siete días”.
Por demás, la sintomatología era variopinta y rocambolesca; el cuerpo convertido en una piñata de donde saldría casi cualquier cosa. Un experto del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), la institución líder en estos temas, explicó que la fase inicial podía incluir conjuntivitis, aumento de ganglios linfáticos y diarrea.
Podían surgir alteraciones del gusto: alguien aseguraba que cuanto probaba tenía sabor amargo, y alguien más que hasta el agua le sabía dulce. También se describen afecciones hematológicas como la anemia.
“Yo me asusté mucho porque era la una o las dos de la mañana y me sentí un gusto a sangre en la boca, y cuando miro estaba sangrando por la encía —recuerda Elisa*, otra paciente—. En ese momento yo tenía hasta la menstruación, imagínate tú, cuánto sangrado a la vez”.
Elisa fue al hospital de su provincia, Sancti Spíritus, en el centro del país. “Ahí me hicieron los análisis complementarios, los que había, y como el problema no era de plaquetas, me mandaron para la casa”. Apenas pudo comer durante tres o cuatro días por la molestia tan punzante en las encías. A finales de abril todavía caminaba usando una rodillera.
Y donde habitaba el desconocimiento, se reproducía la desinformación. En WhatsApp circulaban cadenas de mensajes que promulgaban santos remedios: la verdolaga, para el “estrés interno” y “limpiar la sangre”; miel pura y bicarbonato de sodio más cinco gotas de limón, “cura inmediata y eficaz”.
¿Teorías conspirativas? Por supuesto. “Me dijeron en la peluquería que esto era una guerra bacteriológica de Estados Unidos, y que había una nueva variante que te llegaba a dar fiebre amarilla”, se burlaba un joven.
El fruto no caía lejos del árbol, si hasta un medio oficial cuestionaba si no sería casualidad la aparición del virus en Matanzas, donde se localiza el polo turístico de Varadero, lo cual afectaría la entrada de divisas al país.
Mientras, la doctora Mabel se enfrentaba a “lo más duro de todo”: no tener qué recetar; “utilizando mucha medicina verde y medicamentos comprados en el mercado negro”.
“Te mandaban cocimiento —confirma Evelyn—. ¿Quién dijo que con cocimientos tú te quitas una epidemia de arriba?”. De todas maneras, se bebió el tan recomendado té de hojas de cereza (acerola). Incluso le indicó a una vecina dónde localizar la mata.
La mujer la encontró en un patio a pocas cuadras. La señora de al lado le dijo que quitara el cierre de la cerca y entrara y, ya de paso, que agarrara un poco de hojas para ella también. Del lado contrario, otra vecina se asomó a la ventana: “Oye, todo el mundo ha cogido matas, una pila de gente ha pasado por aquí”.


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El virus del chikungunya se identificó por primera vez en 1952, en Tanzania. El nombre proviene de la lengua makonde y significa “doblarse de dolor” o “contorsionarse”.
Durante los meses álgidos, el colectivo Yoga Va Cuba, que reúne a profesores de yoga de varias provincias, incluyó en clases algunos métodos para aliviar los rezagos de la enfermedad. “Muchos de los profesores se contagiaron y estaban atravesando las secuelas —cuenta Sarai Cecilia, una de las instructoras—. Decidimos actuar frente a esa epidemia que tenía a las personas prácticamente paralizadas”.
Entretanto, fieles a la costumbre cubana de embromar con todo, la gente decía que fulana estaba “chikunguyana”, mientras en redes sociales se hacía viral el “baile del chikungunya”, donde los protagonistas avanzaban como zombis, arrastrando los pies y encorvados (con “Thriller”, la canción de Michael Jackson, sonado de fondo).
“Ya yo creo que nosotros estamos en condiciones de hacer el primer encuentro interprovincial Chikungunya 2026 —decía el comediante Miguel Moreno, “la Llave”, en uno de sus espectáculos—. Ya hay dos ponencias: hay una ponencia que se llama ‘El arte y la ciencia de levantarte de la cama sin ayuda de una grúa’, y hay otra ponencia que se llama ‘Cómo desenroscar una cafetera con tus propias manos’”. El público largaba las risas y asentía con la cabeza.
Todavía en febrero, el trovador Roly Berrío improvisaba un coro a propósito y, en un bar habanero, la gente que lo escuchaba, divertida, repetía entre palmadas:
Dengue, zika,
chikungunya, mamita…
El Gobierno anunció estudios para aplicar los medicamentos cubanos Jusvinza, en el tratamiento de las secuelas articulares, y Biomodulina T, que fortalece las defensas del organismo. A finales de enero de 2026, las autoridades informaron que, con la disminución de los reportes de casos, Cuba entró en una “zona de seguridad epidemiológica”.
No obstante, en diciembre el representante de la OPS en el país había alertado que, aunque disminuyeran los casos, no se debía “bajar la guardia”, porque el próximo año podría surgir un nuevo brote de chikunguya en Cuba.
A principios de año, después de tres meses donde “no había un alma”, regresaron los clientes al gimnasio de los entrenadores Juan Carlos Rondón y Jenny González, y les pedían asesoramiento en la recuperación. “Nosotros cobramos, pero eso es como un trabajo social”, describe Juan Carlos.
Ahora tienen alrededor de 100 alumnos, y casi todos se han recuperado. Pero es necesario conocer el funcionamiento de las articulaciones y progresar de a poco, enfatiza Jenny. “Hay que empezar sin nada, con tu propio cuerpo, suavecito”.
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La hija de Boris tiene 13 años y se llama Izumi, que en japonés quiere decir “arroyo, manantial, fuente de agua pura”. “Me equivoqué de nombre, porque [más bien] es un reguilete, no para”, dice su padre.
Cuando salga del hospital, espera pasar más tiempo con “su niña” y volver a estar pendiente de los asuntos de la escuela. Aunque no vive con ella, asegura que se llevan muy bien y conversan mucho.
También quiere compartir más con sus amistades, su familia y su madre. “Mañana cumple 81. Es el primer cumpleaños que no voy a estar con ella —revela, sin molestarse en contener las lágrimas—. Pero yo le digo: ‘Tranquila, si tú vas a pasar de los 90, tiempo vas a tener’”.
La mamá de Boris es la trabajadora más antigua de un centro de investigación ambiental. Los colegas de ambos se pusieron de acuerdo para ayudarlo con el transporte, los medicamentos y los almuerzos en el hospital. “Sin yo pedir nada; eso fue espontáneo todo”.
Un amigo que vive en Canadá le ha enviado regularmente combos de alimentos, el padrino de su hija le manda dinero y los hermanos de la logia también lo han apoyado en diferentes momentos.
Boris está empeñado en mejorarse. “Tengo varios compromisos que no puedo dejar de cumplir”. Por ejemplo, volver a la escuela de artes marciales adonde pertenece. Allí, 20 estudiantes, los tres instructores y el maestro practican un estilo tradicional, variante antigua del aikido.
Con entusiasmo casi adolescente habla del bosquecillo de bambú sembrado afuera del dojo, las reparaciones que habían empezado, el nuevo instructor en formación… Ilustra, docto, los principios espirituales que rigen la organización desde que se fundara en los confines asiáticos: “Esa es la palabra que guía la escuela, nasake, que en japonés significa ‘compasión’. Y siempre nosotros hablamos de eso; o sea, podemos ser muy poderosos, pero la verdadera fuerza se muestra en la compasión”.
Junto a su cama, la mesa de noche hospitalaria combina funciones de cocina y escaparate: hay una cafetera eléctrica y una arrocera que usa para calentar la comida y la leche del desayuno. Hay gel antibacterial, un termo, un vaso, cubiertos, un paño, galletas, azúcar, yogur y platanitos.
Elogia la atención de los especialistas del Julio Trigo. Fue una sorpresa, dice. Al otro día tenía cita para una tomografía, necesaria para la próxima intervención en el pulmón. Además, está pendiente el turno con la cardióloga.
Cada acción representa un paso en el camino hacia sus objetivos. “Primero, recuperarme…, por pedido de mi sensei; que un pedido del sensei es una orden. Recuperarme y reincorporarme a la escuela. Y después, todo lo que me ponga la vida delante. Asumir cada reto”.
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*Las personas entrevistadas prefirieron no ser identificadas por sus nombres reales.
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Una octogenaria en La Habana, en abril de este año, muestra la colección de medicamentos de prescripción que toma actualmente. Todos los obtuvo en el mercado negro, por falta de disponibilidad en las farmacias. La epidemia de arbovirosis de la segunda mitad de 2025 recrudeció las condiciones de vida de cientos de miles de cubanos, habitualmente afectados por carestías de todo tipo.
“El virus” que casi dobló la espalda de Cuba.
Entre los meses de julio y diciembre de 2025, más de la tercera parte de la población cubana se contagió de chikungunya, dengue y otros padecimientos transmitidos por picaduras mayormente de mosquitos. El impacto de las enfermedades se magnificó a causa de las precarias condiciones de vida en el país. Frente al quiebre de los servicios públicos y la crisis del sistema sanitario, rebasar “el virus” dependió de estrategias individuales y familiares, y de la solidaridad.
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“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?”.
—Roberto Fernández Retamar
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El orden de las señales era más bien impreciso. Quizás primero aparecían los dolores, como quien hubiese soñado con palazos y pateaduras, y al despertar fueran verdad. Luego, tal vez, la temperatura en rojo: “fiebre súbita”, según la literatura médica. Más tarde —o antes— surgirían el debilitamiento, la inflamación y erupciones en la piel.
El brote se destapó en la provincia de Matanzas, a unos 90 kilómetros al este de La Habana, alrededor de julio. La gente caía en cama con arbovirosis: virus transmitidos por artrópodos, como los mosquitos.
Considerado endémico en la isla, el dengue es un viejo conocido, y resurge cada año en la época más tórrida. “Nosotros hemos llegado a estar 10 días sin que entre una gota de agua —contaba Liety Urbano a principios de octubre, desde la ciudad de Matanzas—. Como uno no sabe cuándo viene, pues recoge la que puede, y muchos recipientes no tienen tapa. Eso genera criaderos de mosquitos”.
Sin embargo, el chikungunya, que tiempo atrás había tenido muy baja prevalencia, ahora arrasaba con familias y comunidades. La rigidez de las articulaciones y el dolor incapacitante duraban semanas, y, si acaso amainaban, volvían en tromba.
“La mamá de mi mejor amiga tuvo el bicho hace un mes y medio, y dice que amanece algunos días con las manos engarrotadas, o con dolores musculares muy fuertes —narraba Carla*, también los primeros días de octubre—. Mi mamá se siente los pies muy pesados, y los tiene que parecen dos jamones; las manos, a veces, también”.
Por esa fecha, la viceministra de Salud Pública, Carilda Peña, confirmó que, de las 15 provincias del país, había dengue en 12 y chikungunya en ocho. Este último, señaló la funcionaria, no estaba asociado a estadios graves o muerte. Días después, se reportaban más de 13 000 casos febriles en una semana a lo largo del país.
“La situación en mi barrio [en Matanzas] es horrible, todo el mundo enfermo: niños, adultos mayores…”, describía Liety. Ya se habían contagiado su suegra, su cuñada y la hija de esta, su madrina de santería, su esposo y ella.
Fueron al hospital provincial porque, a los cuatro días de iniciados los síntomas, su marido, Ever Luis Valdespino, vomitó con sangre. El panorama de carencias habituales se recrudecía con tanta gente sintiéndose mal: para que le pusieran a él un suero, Liety tuvo que llevar el trocar —punzón y cánula quirúrgicos—. Llegaron a las 11 de la mañana y lo dejaron ingresado a las nueve de la noche.
“Y en la provincia, pues muy mal también: yo soy trabajadora de Cultura, y hoy comenzó la jornada de la cultura matancera, y muchos eventos y actividades no se pueden realizar porque las personas están enfermas”, aclaraba Liety, gestora de proyectos, de 26 años.
Circulaba, además, el virus del oropouche, que el verano anterior había golpeado a más de 24 000 personas en la isla. Uno se podía infectar más de una vez y algunos síntomas coincidían. El cuadro variaba desde manifestaciones relativamente leves hasta el atropellamiento físico y mental. Si existían padecimientos de base, peor.
También faltaban reactivos para los análisis correspondientes, y eso complicaba aún más dictaminar con seguridad el causante del malestar. Mientras la jerga institucional lo denominaba “síndrome febril inespecífico”, la gente terminó usando la versión corta: lo llamaban “el virus”, a secas.


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Se podría decir que Boris Alberto Toscano perdió la pierna derecha por culpa del chikungunya. Pero fueron un diagnóstico errado y una atención morosa los que condujeron a la amputación. Luego sobrevinieron otras complicaciones, en cascada.
Boris trabaja como especialista en museología y gestión del patrimonio. Es mulato y masón. Tiene 49 años, bigote entrecano y complexión ligera. También es instructor de artes marciales, una de las maneras en que se expresa su pasión por la cultura japonesa.
Permaneció hospitalizado en diferentes centros de La Habana casi todos los días entre diciembre y marzo, cuando todavía esperaba algunos exámenes. Sus ingresos han sido lo suficientemente largos como para que pudiera hacerse amigo de sus compañeros de cuarto.
Boris recuerda con cariño a Leo, el gordo, a quien conoció cuando estuvo en el hospital Calixto García. Al día siguiente de nuestra conversación, le darían el alta a Lucela, la señora de la cama junto al balcón, en el tercer piso del hospital Julio Trigo, de cirugía especializada, célebre por haberse utilizado para tratar y aislar pacientes durante la pandemia de covid-19. Pacientes y familiares planeaban hacerle una fiesta de despedida a Lucela. “Ver cómo mis compañeros salen es una parte, para mí, un poco triste —confiesa Boris—, pero, al mismo tiempo, muy alegre”.

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Frondosos, los montones de basura florecían en cualquier calle para quien quisiera verlos. Sin combustible, equipos ni personal, las fumigaciones eran escasas o nulas.
Las embajadas en La Habana de Rusia, México, España y Estados Unidos emitieron alertas sanitarias para sus ciudadanos, a quienes recomendaron usar repelente contra insectos y ropa encubridora. Un grupo de enfermeros de Santiago de Cuba se trasladó a la capital para apoyar en la atención directa a los pacientes.
A medida que cundían las fiebres y avanzaba la tiesura de tobillos y muñecas, el engranaje social se resentía. El Ballet Nacional canceló funciones por indisposición de sus artistas, al igual que el grupo Impulso Teatro. Se suspendieron dos partidos de la Serie Nacional de Béisbol, entre Mayabeque y Granma, varios jugadores de esta provincia vencidos por un rival microscópico.
En un banco de La Rampa, en el barrio habanero de El Vedado, un jubilado se quejaba de que el cajero no tenía efectivo, a lo que el portero respondía que “la muchacha que recarga el equipo” no había ido a trabajar porque tenía “el virus”. Por la misma causa, en un salón de uñas a pocas cuadras de allí, solo dos de las cinco manicuristas estaban en sus puestos.
A principios de noviembre, alrededor del 30% de la población cubana se había contagiado de arbovirosis. No obstante, las propias autoridades reconocieron que las estadísticas constituyen un subregistro, porque muchas personas ni siquiera iban al hospital.
Un mes atrás, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, había restado importancia a la situación. Las enfermedades que circulaban en Matanzas no eran nuevas, ni raras, ni desconocidas, dijo. Portal Miranda alegó que muchos países de América tenían transmisión de chikungunya. Según el funcionario, la situación actual se debía —atentos— a la alta susceptibilidad de la población frente a enfermedades que no circulaban de manera intensa desde hacía años, junto con la propagación de mosquitos, debido a las condiciones tropicales y el cambio climático. Negó los rumores de que en Matanzas hubiera fallecidos, ni casos graves ni críticos. “Nadie puede esconder una epidemia ni los muertos”, afirmó.
Ciertamente, aquello parecía difícil de ocultar. Transcurrieron cinco semanas y, en una reunión con expertos del Ministerio de Salud Pública (Minsap), el presidente Miguel Díaz-Canel calificó de “epidemia” el brote de arbovirosis, y convocó a afrontarla “como mismo se trabajó la covid-19”.
“El principal problema es el chikungunya […] por el número de casos, por la sintomatología que produce, que es extremadamente dolorosa”, reconoció el doctor Francisco Durán, director nacional de Higiene y Epidemiología del Minsap, en uno de sus partes diarios. Solamente el 18 de noviembre se reportaron más de 3 000 casos nuevos. El 15 de octubre, la viceministra Peña había negado que existiera brote de chikungunya; la transmisión se encontraba en “casos esporádicos”, dijo.
Para el 20 de noviembre, se registraba un promedio por encima de los 500 casos diarios y el acumulado sumaba 30 726 personas enfermas. Nada más tomando en cuenta el total hasta octubre, Cuba tuvo la incidencia de chikungunya más alta del continente, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Lo mismo ocurrió con la tasa de incidencia del virus del oropouche.
El día 24 se contabilizaban 156 pacientes ingresados, 121 en estado grave y 35 en estado crítico. La inmensa mayoría eran menores de 18 años.
Ahora sí —un mes después de haber recalcado lo contrario— otra representante del ministerio reconocía en televisión nacional que el chikungunya podía derivar en la muerte y debía tratarse “con la seriedad que corresponde”.
Buena parte de la ciudadanía había alertado sobre la gravedad del asunto, ante lo que encontraron negación y condescendencia. Entonces, ya tarde, la venia oficial transformaba los rumores en verdades. “Yo no pensé que la hinchazón te podía matar”, dice Eduardo Pérez, todavía medio asombrado, entre las matas de plátano y orégano sembradas en su patio. Porque el chikungunya es un vecino con mala memoria: se despide y al rato saluda de nuevo.
Eduardo es pintor de casas, aunque cuando se enfermó trabajaba como custodio. No esperaba que, a los 10 días de pasar la fiebre y los escalofríos, se le inflamaría la cara desproporcionadamente.
—Me puse como un monstruo. Horrible.
—¿Y se asustó?
—¡Coño, si fui al hospital…!
No a uno, sino a tres hospitales y al policlínico más cercano, en el Cerro, en La Habana. Una doctora le explicó que la inflamación podía cerrarle la glotis y asfixiarlo. Le recetó difenhidramina. Su hermana envió desde Estados Unidos el tratamiento completo, y con eso la hinchazón de la cara bajó.
“Lo que más me duró a mí fue la cojera, que me metí como tres meses sin poder afincar el pie”, aclara Eduardo. Durante un tiempo también dejó de limpiar el patio y hacer los arreglos que demanda su casa de madera. “No tenía fuerza en las manos… y no se sentía bien uno. Cargar agua me molestaba igual, pero tenía que hacerlo por necesidad”.
Su madre también se enfermó. Empezaron a notar que hablaba enredado y mantenía fija la vista, mirando a ninguna parte. “La vio el neurólogo y le dijo que eso era una isquemia transitoria, producto de las mismas fiebres muy altas y la hipertensión”, recuerda María Victoria Pérez, la otra hermana de Eduardo.
“Pero ella está bien —asegura—. A ella no le duele nada. Si yo digo: ¡caballero, yo tengo 53 años y estoy más desbaratada que ella, que tiene 78!”.
María Victoria siente mucha impotencia. Aunque en su casa la ayudan, no le gusta depender de nadie. “Esta enfermedad acabó conmigo; y todavía está acabando, no me deja hacer nada”. Al principio, ni siquiera le daba tiempo de llegar al baño y se orinaba encima. Su esposo tuvo que colocar al lado de la cama una cubeta grande que cumplía funciones de inodoro.
“Las articulaciones te las hace leña. Y por la mañana, cuando te levantas, es cuando más te duele. Yo no sé hasta cuándo voy a estar así”, lamenta la mujer. Han pasado seis meses desde que se contagió del chikungunya. El fisiatra le sugirió ver a un reumatólogo porque ya su malestar se convirtió en artritis.
Gertrudis* tampoco lograba alcanzar el baño, así que, para ahorrarse un paso, no usaba ropa interior. Pero lo que le ocurrió a ella no fue nada, afirma, en comparación con otras personas.
Un día llamó a la esposa de su primo, llevaba rato sin saber de ella. Belkis contestó, pero le explicó que no podía conversar en ese momento. Junto con un soldador, intentaba desmontar una ventana de hierro para poder entrar a la casa de su padre. El anciano estaba allí, en cama, debilitado hasta el punto de no poder levantarse a abrir la puerta. Lo hospitalizaron. Necesitó transfusiones, que Belkis solo pudo conseguir entre sus estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas. Es Getrudis quien sintetiza la historia, porque Belkis reconoce que no está preparada para hablar de eso. Su padre enfermó y falleció en 24 días, en el mes de octubre.

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La pierna no lo sostenía y casi se cae. La primera vez que examinaron a Boris —unos médicos vecinos suyos— le dijeron que le aquejaba una ciatalgia.
Cuando llegó al hospital Julio Trigo ya podía tenerse en pie, aunque el dolor lo carcomía. Ahora, mientras relata los síntomas, señala el espacio donde estaría la pantorrilla derecha. Un vistazo del muñón vendado, por encima de la rodilla, lo trae con brusquedad del recuerdo al presente. Cae en cuenta. “Se me olvida que ese lado falta —apunta al gemelo contrario y continúa—: De aquí para abajo no tenía sensibilidad”.
Como no había cama para ingresarlo, ni servicio de ortopedia, le recomendaron que fuera al hospital Fructuoso Rodríguez, dedicado a esta especialidad. Allí, al día siguiente, tampoco había cama disponible. Le confirmaron: ciática, y le indicaron masajes y un relajante muscular por siete días. “Pero aquello no mejoraba. La pierna se empezó a hinchar”.
Fue a al Instituto de Angiología, en la Covadonga. Le explicaron que había sufrido un accidente vascular agudo. Pero ahí tampoco podían ingresarlo, le aseguraron, porque esa no era su área de especialidad. La burocracia dispone sobre los cuerpos con la misma dulzura de estampar cuños y sellar expedientes.
Remitieron a Boris al Hospital Nacional. Y ahí, al Julio Trigo. En vez de ir a este centro (“que tiene tremenda mala fama”), su amigo Ángel lo llevó al Calixto García.
Los atendió el jefe de Angiología. Le pidieron que les hablara claro. “Él me explicó exactamente lo mismo, que tenía un accidente vascular agudo, pero que, en el estado en que se encontraba, la pierna ya no tenía salvación”.
Podría ponerle tratamiento, abundó el doctor; sin embargo, el mal iba a “seguir caminando”, y al final perdería la pierna completa, o moriría. “Que se vaya —contestó Boris—. Usted me está poniendo a escoger entre la pierna o yo, y yo me prefiero a mí”, le dijo al especialista.
En una hora estaba entrando al salón de operaciones. “Lo malo fue que no salió la cosa como ellos esperaban, y en vez de cortar por debajo de la rodilla, tuvieron que cortar más arriba”. Señala de nuevo la media extremidad ausente.
“Bueno, pero por lo menos estamos vivos”.
Conservar la vida es, en sí, bastante, teniendo en cuenta que en Cuba falta alrededor del 70% del cuadro básico de medicamentos, de acuerdo con cifras oficiales. De hecho, hacia julio del año pasado, la mitad de las ventas de las farmacias consistía en productos naturales elaborados allí mismo. El sistema de salud cubano no llegó a recuperarse tras la pandemia. De enero a septiembre de 2025, el sector recibió solamente el 1.3% de la inversión del país. Entre 2023 y 2024, el personal sanitario de la isla se redujo en 13 500 trabajadores, entre ellos más de 5 000 médicos.


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A Ivette Arias la despertó el dolor a las tres de la madrugada. Fue a levantarse y no pudo; temblaba, como si tuviera convulsiones. No sabe si sería por la fiebre, porque no alcanzó a ponerse el termómetro. Tocó a su madre, Nora, de 85 años, paciente de alzhéimer, y estaba caliente. “Se me quitó todo, al momento”, recuerda. Una cuidadora, como ella, pausa su malestar y continúa con lo que debe. Empezó a intentar bajarle la temperatura a la madre, y ya no durmió más.
Ese día, 10 de diciembre, hubiera sido el cumpleaños de su abuela materna, que era jamaicana y al final de su demencia olvidó el español y terminó hablando patois. La invocó a ella y a su religión. “No te puede estar pasando esto —se dijo—. Tú tienes que seguir”.
El hijo de Ivette —“mi sol”— vive en Portugal; la hija —“mi luna”— se casó y se fue a México. Su hermano, desde Jamaica, provee para ella y sus padres octogenarios. Antes de que el mosquito portador del virus la picara, Ivette ya era de esas mujeres de mediana edad que llevan el peso de un país atenazado por el envejecimiento y la migración.
“No es solo estar enferma y tener que cuidar; es estar enferma, tener que cuidar y estar sola”, sentencia Ivette.
Los primeros síntomas de alzhéimer de la señora Nora aparecieron en 2019, y los especialistas comenzaron los análisis y la evaluación del caso. “Pero vino el covid, y se detuvo todo. El encerramiento agudizó todo”, resume Ivette.
Cuando ya había creado una rutina para lidiar con la demencia de su madre, en 2024 ocurrió la fractura de cadera y la caída, más la consiguiente cirugía, común en ancianos. Cuando, a golpe de ejercicios y paciencia, logró que ella volviera a caminar, vino el virus.
“El chikungunya sí nos cambió la vida por completo. Yo tomé mis medidas, pero es inevitable, porque el entorno es más fuerte que uno”, enfatiza la mujer de 59 años, mulata, de sonrisa amable y rostro juvenil, acentuado por el pelo crespo y corto.
La peor parte habrá durado unos 15 días. “Estuve que no servía para nada, y tenía que hacer las cosas. ¡¿Quién lo iba a hacer?!”. Entonces decidió racionalizar al máximo su tiempo y asegurar justo lo imprescindible: la comida, y cambiar a su madre de posición en la cama, para evitar las escaras.
Le dolían las articulaciones, el brazo derecho —ya resentido por la bursitis que le dejó levantar cubos con agua— y sobre todo las manos. “Imagínate tú…, ¡las manos! Yo que doy masajes, que cargo, que friego, que lavo, que limpio…”. Las mismas manos de dibujar y trazar planos, porque Ivette es arquitecta.
En el barrio de Coco Solo, al oeste de La Habana, ha habido problemas con el agua desde que Ivette era niña. Su padre, Emilio, que fue el primero en contagiarse, bajaba la loma de su casa con una carretilla y un galón de 20 litros, hasta una llave con agua. Llenaba el recipiente y regresaba. Con cada vuelta, Ivette vertía el contenido en dos cubos, y luego en un tanque, hasta llegar al tope. Se dio cuenta de que el señor Emilio se había enfermado porque, después de ir a buscar el agua, se acostaba. También perdió el apetito —de suyo imbatible— y se quejaba de dolor.
Harta, agarró los dólares que le había dejado la hija para que se regalara algo por su cumpleaños y compró una bomba que le permite el lujo de lo básico: agua saliendo por la llave. Le explicó: “Mira, esto es salud para tu mamá”, y la hija contestó: “Tranquilla, mami, lo que tú digas”.
Aunque no tiene la fuerza de antes, Ivette dice que, con los meses, ha progresado. Pretende volver a ser la misma, y para eso se concentra en el presente. “Sé que fue feo, me la vi difícil, lloré, porque me sentí desamparada. Pero ya pasó y ya lo borré”.
Últimamente se ha hecho más cercana a la vecina de la casa contigua, uno de los hilos de la red de apoyo que la ha ayudado a capear sucesivos temporales. “Lo más que yo hago es ir allá al lado, socializo, y viro para atrás”. Para quien apenas sale a la calle, una conversadita a cada rato le salva la jornada. “Porque no puedo abandonar el barco. Esto no es el Titanic”.

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Vendieron su casa para irse del país. Pero las secuelas del chikungunya los persiguieron hasta su destino final, Boa Vista, estado de Roraima, en Brasil. Aún ni sabían moverse por la ciudad y ya estaban en una sala de emergencias y comprando antibióticos. “Empecé a tener una tos muy fuerte y dolores articulares, me dolían muchísimo las plantas de los pies”, cuenta Marcia Díaz, vía mensajes de texto, desde aquel país.
En noviembre, un mes después de contagiarse en Cuba, su esposo seguía tomando antiinflamatorios: había empezado a trabajar en una barbería y apenas podía sostener la máquina de pelar.
La pareja y sus dos niños ya se habían enfermado en agosto, cuando todavía vivían en la provincia Ciego de Ávila, al centro de la isla. Marcia cree que fue dengue. No sabe con certeza porque, como tantas personas, no fueron al médico en ninguna de las dos ocasiones. “En el hospital no había los medios para diagnosticar, no hay nada, los doctores están cansados, no tienen medicamentos…”.
Meses atrás, su suegro había fallecido, tras un periodo encamado a causa de un accidente cerebrovascular. Nunca apareció una ambulancia para trasladarlo a hacerse los exámenes que necesitaba, y a duras penas consiguieron un suero para administrarle hidratación en la casa.
Además, su hija pescó una infección en un oído. El doctor le recetó un medicamento que no existía en ningún lado y, como alternativa, recomendó lavados con alcohol boricado y bicarbonato.
“Yo pasé un trabajo para encontrar bicarbonato en aquel pueblo…”. Una vecina le regaló una cucharadita; otra, un antibiótico vencido, y así la niña se curó. “Uno depende de la solidaridad, de las amistades, para poder resolver y salir sano y salvo. Después de aquello, ¿qué íbamos a ir nosotros al hospital? ¿A qué?”.
Luego de vender su casa no tenían dónde quedarse, y aún faltaban casi 30 días para la fecha del vuelo. Así que se fueron a Guantánamo, en el extremo oriental, donde vivía la madre de Marcia antes de emigrar. Ahí los agarró el chikungunya.
Solo la niña no se enfermó. El niño ardió en fiebres de 39 o 40 °C. Marcia muestra una foto de él cuando aquello: la carita colorada, los ojos borrachos. Se recuperó rápido, pero entonces cayeron ella y su esposo.
Los estragos de las arbovirosis en Cuba se cifran no solo en el número de personas infectadas, en los órganos y tejidos que fueron aporreando, sino en la depauperación rapaz de la existencia cotidiana. Al perro flaco le caen todas las pulgas, dice el refrán.
Y como el país entero era un animal enclenque, parecía inevitable volverse presa de la enfermedad, para luego transitar a rastras la convalecencia.
A la familia de Marcia la fase aguda le duró poco, pero ahora lo complicado era cómo alimentarse. “No había gas, y como era un edificio, no podía cocinar con carbón ni leña —rememora ella—. Y en esos días empezaron los apagones durísimos en Guantánamo; eran 20, 22 horas diarias sin corriente”.
Optaron entonces por comer en la calle. Las magras opciones disponibles consumieron buena parte de los ahorros destinados a su proyecto migratorio.
“Fue muy triste, porque pasamos muchos días sin poder cocinar comida caliente. Eso nos debilitó bastante también, no estábamos del todo recuperados. Comimos pizzas, panes y espaguetis todos los días que nos quedaban en Cuba. Era como si Cuba nos estuviera escupiendo del país, nos estuviera botando”.

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Boris lo había advertido: si estaba dispuesta a “aguantar llantén cada cinco minutos”, que fuéramos. Llorar parece lo mínimo que alguien haría cuando la vida da un viraje tan violento.
Los resultados de varios análisis apuntaron a una hepatitis reactiva al virus del chikungunya. Cuando se contagió, los síntomas resultaron más bien livianos, como una gripe. En cambio, a partir de ahí se desató lo demás.
Después de la operación le detectaron un fallo renal y debió someterse a dos hemodiálisis. Tuvo un infarto. En Cardiología le encontraron un coágulo en un tabique interno y un trombo en una salida de arteria. Tal vez se trataba de padecimientos asociados “que estaban escondidos, y todo este proceso los sacó”, conjetura Boris.
Luego, tuvo sangramientos intestinales y, más tarde, anemia. Le pusieron cuatro transfusiones, gestionadas mediante un grupo de ayudas y compañeros de trabajo, con la dificultad añadida de que, si estos se habían contagiado, no podían donar sangre hasta pasados entre tres y seis meses.
Una de las transfusiones que llegaron al hospital con su nombre y apellidos “no aparecía”. Su hermano averiguó y le explicaron que había surgido un caso —un niño, grave—, y decidieron priorizarlo y utilizar la sangre destinada para Boris.
Por fin le dieron el alta en el Calixto García, pero lo volvieron a hospitalizar, esta vez en el Julio Trigo, donde estuvo en marzo. La falta de aire que presentaba resultó ser un colapso pulmonar que requirió intervención quirúrgica.
Encima, había empezado a tener insomnio y alucinaciones nocturnas. “No te vayas a pensar que veía fantasmas ni nada de eso —bromea—. Me ponía a hablar de historia, de arqueología, de investigaciones… como si estuviera dando una conferencia o guiando una visita; y prácticamente no dejaba dormir a nadie”.
Una madrugada, todavía ingresado en el Calixto García, se puso a conversar con el médico, tratando de convencerlo de que lo enviara a casa. “Como si el hombre estuviera sentado delante de mí —pero no estaba—. De hecho, yo lo estaba viendo”, dice con la voz en un hilo.
Se alegró cuando supo que lo vería una psiquiatra. El diagnóstico: síndrome de estrés postraumático, a causa de la amputación. “Porque es un evento que sucedió de pronto, que me limita mis actividades en todos los sentidos”.
Boris es un veterano sin haber ido a la guerra.
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El 9 de noviembre, un grupo de voluntarios que traía ayudas para los damnificados del huracán Melissa llegó al asentamiento rural de Cauto del Paso, en Granma, al este de la isla. El ciclón de categoría 3 había impactado la región oriental 10 días antes y afectó a unos tres millones de personas.
En la sala de video de Cauto del Paso, que hacía las veces de puesto de mando, fueron descargando víveres, productos de higiene, ropa y juguetes. Minutos después entró llorando una mujer: decía que su hija llevaba dos días con fiebre y no tenía ningún medicamento para darle. Una de las jóvenes le ofreció ibuprofeno y paracetamol de su botiquín personal.
Los caminos todavía estaban inundados o cubiertos de fango, y era una proeza salir de aquel caserío de tablas en busca de un médico. El paisaje cenagoso que dejó el desbordamiento de la presa cercana, más los despiadados calores de Oriente, alimentaron a los mosquitos y, con ello, la expansión de las enfermedades.
Al día siguiente, a unos tres kilómetros de allí, en el pueblo de Grito de Yara, los voluntarios repartían donaciones en el centro de evacuación, una construcción de dos pisos y estilo soviético, que en tiempos normales era una escuela secundaria.
Un dirigente local se acercó al grupo y les preguntó si podían colaborar con algún medicamento. Una iglesia de la colindante provincia de Las Tunas les había llevado comprimidos, jeringuillas y sales de rehidratación; sin embargo, la reserva no iba a alcanzar hasta el día siguiente. Ya habían contactado a las autoridades de su municipio, Río Cauto, pero allí tampoco contaban con mucho.
En el centro había 325 evacuados, de los cuales 18 presentaban fiebre y otros signos de arbovirosis. Si se ampliaba el radio de pesquisa a los edificios del pueblo, los enfermos sumaban más de 100.
Una vecina de Grito de Yara se quejaba de que, en el mercado informal, “por la izquierda”, un blíster de paracetamol costaba 500 pesos. Casi un dólar, cuando la mayoría de los salarios estatales no superan los 13 dólares.
Las bolsas de alimentos entregadas a las familias evacuadas incluían repelente artesanal, en formato de ungüento o de un líquido aceitoso con olor a canela, formulaciones creadas por la emprendedora Claudia Rafaela Ortiz, una de las voluntarias. Algunas personas miraban los frascos con cierta duda, luego lo agradecían. Al caer la noche, contaban, “la mosquitera” no los dejaba en paz.
En La Habana, a más de 700 kilómetros de allí, los repelentes artesanales también emergieron como una opción socorrida. “Fue el producto que más se vendió en ese tiempo —afirma Diana Bermúdez, creadora de la marca de cosmética natural D’eco—. Lo que teníamos previsto para vender en seis meses salió en dos semanas”.
La demanda fue tal que se quedaron sin materia prima y debieron encontrar un nuevo proveedor que pudiera dar abasto. Solo a mediados de febrero las ventas de repelente comenzaron a bajar, presumiblemente por la disminución de los contagios.
El consumo de otros productos servía acaso como indicador. “Todo se disparó —narra Chanel Aguilera, dependienta de un mercado privado—. Aquí lo que más se vendió fueron jugos y sopitas, cantidad”. Además, recuerda que escaseó y subió el precio de la gelatina, otro componente de la dieta recomendada para personas que atravesaban las fiebres y el decaimiento.
Aunque la atención sanitaria es gratuita en Cuba, asumir los gastos de una enfermedad no es para débiles de bolsillo. Por ejemplo, un mosquitero podía costar casi dos salarios mínimos, y en redes sociales se repetían denuncias de tiendas estatales que ofertaban repelente en dólares.
Cuando la escasez y los precios prohibitivos son la norma, alimentarse bien y tomar suplementos parecían sentencias antes que indicaciones médicas.
En paralelo, una clínica de Miami ofertaba el suero Hidra+, una solución isotónica con minerales y vitaminas, más acetaminofén, ibuprofeno o prednisona, a elección del cliente. “Empacadas en bolsas contra impacto para poder llevar a tu familia en Cuba”, promocionaba un influencer. Por 150 dólares la unidad, sin contar el envío, el suero prometía rehidratación profunda, reducción del malestar general, aumento de la energía y mejoramiento de la función inmune a pacientes infectados con arbovirosis.
Además del daño a la salud, varios estudios han analizado la carga económica asociada al chikungunya. Investigaciones internacionales muestran que los costos indirectos de la enfermedad, asociados a la retirada laboral de pacientes y cuidadores, resultan desmedidamente superiores a los gastos directos, relacionados con las consultas, tratamientos y diagnóstico. Se trata de un riesgo particularmente grande en Latinoamérica.
Si las secuelas se prolongaban durante semanas y los gestos más nimios se volvían actividades para campeones —sentarse, pararse, abrir y cerrar una botella de agua o el frasco de pastillas—, no sorprende que muchas personas estuvieran obligadas a ausentarse del empleo remunerado y arriesgar su sustento. La OPS había advertido que el mayor número de contagios en Cuba se ubicaba en el segmento de personas entre los 19 y los 54 años, la población laboralmente activa.
“Yo soy artesana, uso pinzas, alambres, cosas así… Cuando pasé la fase aguda me sentía bien y empecé a trabajar. De momento las manos se me empezaron a inflamar y a dolerme, mucho, mucho, mucho… —recuerda Daniela*—. Ahí tuve que aminorar el trabajo, hasta el punto de parar por completo. Obviamente eso tuvo consecuencias económicas: afectó mi negocio, dejé de ir al gimnasio, dejé de alimentarme como lo hacía hasta ese entonces, porque no tenía un buen ingreso”.
Daniela tiene 37 años, es dueña de una tienda esotérica y ella misma crea gran parte de los artículos que vende. Como vive sola, necesitó apoyo de sus amistades durante los primeros días. “Pero ya después cada cual tiene su vida”, reconoce. Estuvo más de un mes sin poder limpiar su casa, y si iba de compras no le quedaba más remedio que colocarse la bolsa sobre el antebrazo, pues no podía sujetarla con las manos. “Me sentía una señora de 80 años. De hecho, me hizo reflexionar acerca de la tercera edad, porque dije: ‘Si esto es lo que se siente ser adulto mayor, yo ahí no quiero llegar’”.

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“Mi mamá falleció debido a la epidemia —dice Evelyn Raveiro mientras espera una taza de café en casa de una vecina, en el Cerro habanero—. Todavía a mí me parece mentira, fíjate. Me es difícil… el golpe ese de ver cómo se me fue entre las manos. Y no por falta de atención, porque estábamos ahí encima de ella, pero ningún médico dio con lo que ella tenía”.
Empezó con fiebre y dolores, “lo normal que le daba a todo el mundo”. Sin embargo, los síntomas se agravaron hasta que apenas podía caminar. Valoraron —y descartaron— un padecimiento ortopédico. El dolor, “como si tuviera un cuchillo metido ahí”, no la dejaba dormir. Se le afectaron la vesícula y otros órganos.
Evelyn la llevó al neurólogo. En el hospital Calixto García la gente esperaba tirada en los pasillos. A falta de camillas, sábanas en el piso. “Yo nunca había visto eso, daba grima”.
Avisó a su hermano, residente en Estados Unidos, que mami estaba mal. “Olvídate, yo mañana estoy allá”, dijo él. Pero no le dio tiempo a verla con vida.
Los médicos achacaron el motivo del fallecimiento a complicaciones de la diabetes que padecía. También alegaron que podía haber sido un cáncer. Evelyn solicitó una autopsia que indicó una bronconeumonía como causa de muerte, aunque su madre no tenía síntomas respiratorios.
Según datos oficiales, 65 personas murieron por dengue y chikungunya en Cuba. La mamá de Evelyn no forma parte de la estadística.
Amalay Díaz, pareja de Evelyn, es enfermera y se dedicaba a asistir a personas del barrio, cuando se suponía que estuviera descansando, luego de sus habituales turnos de 24 horas. “Alguien iba a la casa, me llamaba, y yo lo apoyaba”, cuenta.
Aunque en 20 años de carrera se ha enfrentado a situaciones más complicadas que esta, Amalay cree que el chikungunya fue peor que el covid-19. “Cuando el covid, había conocimiento de la enfermedad y lo que podían medicar. Esta enfermedad tuvo a los médicos pensando bastante”.
“Era una enfermedad ‘conocida’ en los libros, uno sabía que existía, pero nunca habíamos trabajado con ella —confiesa Mabel*, doctora de un policlínico en La Habana—. Al principio estábamos tirando piedras [improvisando], hasta que empezaron las capacitaciones, los protocolos, pero eso fue a los meses. La preparación vino mucho después”.
Mabel llegó a creer que los pacientes exageraban un poco, hasta que cayó enferma. Cuando se reincorporó a trabajar, empeoró. “Un día, cruzando la calle 23 casi me arrollan, porque, como no podía caminar, no me dio tiempo con la luz verde. Psicológicamente me afectó, porque yo me veía imposibilitada, y nada me aliviaba”.
Casi todos sus pacientes quedaron con sinovitis o artritis. La doctora considera que esta situación no es comparable con brotes anteriores. “La transmisión era demasiado rápida. El periodo de incubación en el dengue es de siete a 14 días; en el chikungunya era menos, de uno a siete días”.
Por demás, la sintomatología era variopinta y rocambolesca; el cuerpo convertido en una piñata de donde saldría casi cualquier cosa. Un experto del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), la institución líder en estos temas, explicó que la fase inicial podía incluir conjuntivitis, aumento de ganglios linfáticos y diarrea.
Podían surgir alteraciones del gusto: alguien aseguraba que cuanto probaba tenía sabor amargo, y alguien más que hasta el agua le sabía dulce. También se describen afecciones hematológicas como la anemia.
“Yo me asusté mucho porque era la una o las dos de la mañana y me sentí un gusto a sangre en la boca, y cuando miro estaba sangrando por la encía —recuerda Elisa*, otra paciente—. En ese momento yo tenía hasta la menstruación, imagínate tú, cuánto sangrado a la vez”.
Elisa fue al hospital de su provincia, Sancti Spíritus, en el centro del país. “Ahí me hicieron los análisis complementarios, los que había, y como el problema no era de plaquetas, me mandaron para la casa”. Apenas pudo comer durante tres o cuatro días por la molestia tan punzante en las encías. A finales de abril todavía caminaba usando una rodillera.
Y donde habitaba el desconocimiento, se reproducía la desinformación. En WhatsApp circulaban cadenas de mensajes que promulgaban santos remedios: la verdolaga, para el “estrés interno” y “limpiar la sangre”; miel pura y bicarbonato de sodio más cinco gotas de limón, “cura inmediata y eficaz”.
¿Teorías conspirativas? Por supuesto. “Me dijeron en la peluquería que esto era una guerra bacteriológica de Estados Unidos, y que había una nueva variante que te llegaba a dar fiebre amarilla”, se burlaba un joven.
El fruto no caía lejos del árbol, si hasta un medio oficial cuestionaba si no sería casualidad la aparición del virus en Matanzas, donde se localiza el polo turístico de Varadero, lo cual afectaría la entrada de divisas al país.
Mientras, la doctora Mabel se enfrentaba a “lo más duro de todo”: no tener qué recetar; “utilizando mucha medicina verde y medicamentos comprados en el mercado negro”.
“Te mandaban cocimiento —confirma Evelyn—. ¿Quién dijo que con cocimientos tú te quitas una epidemia de arriba?”. De todas maneras, se bebió el tan recomendado té de hojas de cereza (acerola). Incluso le indicó a una vecina dónde localizar la mata.
La mujer la encontró en un patio a pocas cuadras. La señora de al lado le dijo que quitara el cierre de la cerca y entrara y, ya de paso, que agarrara un poco de hojas para ella también. Del lado contrario, otra vecina se asomó a la ventana: “Oye, todo el mundo ha cogido matas, una pila de gente ha pasado por aquí”.


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El virus del chikungunya se identificó por primera vez en 1952, en Tanzania. El nombre proviene de la lengua makonde y significa “doblarse de dolor” o “contorsionarse”.
Durante los meses álgidos, el colectivo Yoga Va Cuba, que reúne a profesores de yoga de varias provincias, incluyó en clases algunos métodos para aliviar los rezagos de la enfermedad. “Muchos de los profesores se contagiaron y estaban atravesando las secuelas —cuenta Sarai Cecilia, una de las instructoras—. Decidimos actuar frente a esa epidemia que tenía a las personas prácticamente paralizadas”.
Entretanto, fieles a la costumbre cubana de embromar con todo, la gente decía que fulana estaba “chikunguyana”, mientras en redes sociales se hacía viral el “baile del chikungunya”, donde los protagonistas avanzaban como zombis, arrastrando los pies y encorvados (con “Thriller”, la canción de Michael Jackson, sonado de fondo).
“Ya yo creo que nosotros estamos en condiciones de hacer el primer encuentro interprovincial Chikungunya 2026 —decía el comediante Miguel Moreno, “la Llave”, en uno de sus espectáculos—. Ya hay dos ponencias: hay una ponencia que se llama ‘El arte y la ciencia de levantarte de la cama sin ayuda de una grúa’, y hay otra ponencia que se llama ‘Cómo desenroscar una cafetera con tus propias manos’”. El público largaba las risas y asentía con la cabeza.
Todavía en febrero, el trovador Roly Berrío improvisaba un coro a propósito y, en un bar habanero, la gente que lo escuchaba, divertida, repetía entre palmadas:
Dengue, zika,
chikungunya, mamita…
El Gobierno anunció estudios para aplicar los medicamentos cubanos Jusvinza, en el tratamiento de las secuelas articulares, y Biomodulina T, que fortalece las defensas del organismo. A finales de enero de 2026, las autoridades informaron que, con la disminución de los reportes de casos, Cuba entró en una “zona de seguridad epidemiológica”.
No obstante, en diciembre el representante de la OPS en el país había alertado que, aunque disminuyeran los casos, no se debía “bajar la guardia”, porque el próximo año podría surgir un nuevo brote de chikunguya en Cuba.
A principios de año, después de tres meses donde “no había un alma”, regresaron los clientes al gimnasio de los entrenadores Juan Carlos Rondón y Jenny González, y les pedían asesoramiento en la recuperación. “Nosotros cobramos, pero eso es como un trabajo social”, describe Juan Carlos.
Ahora tienen alrededor de 100 alumnos, y casi todos se han recuperado. Pero es necesario conocer el funcionamiento de las articulaciones y progresar de a poco, enfatiza Jenny. “Hay que empezar sin nada, con tu propio cuerpo, suavecito”.
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La hija de Boris tiene 13 años y se llama Izumi, que en japonés quiere decir “arroyo, manantial, fuente de agua pura”. “Me equivoqué de nombre, porque [más bien] es un reguilete, no para”, dice su padre.
Cuando salga del hospital, espera pasar más tiempo con “su niña” y volver a estar pendiente de los asuntos de la escuela. Aunque no vive con ella, asegura que se llevan muy bien y conversan mucho.
También quiere compartir más con sus amistades, su familia y su madre. “Mañana cumple 81. Es el primer cumpleaños que no voy a estar con ella —revela, sin molestarse en contener las lágrimas—. Pero yo le digo: ‘Tranquila, si tú vas a pasar de los 90, tiempo vas a tener’”.
La mamá de Boris es la trabajadora más antigua de un centro de investigación ambiental. Los colegas de ambos se pusieron de acuerdo para ayudarlo con el transporte, los medicamentos y los almuerzos en el hospital. “Sin yo pedir nada; eso fue espontáneo todo”.
Un amigo que vive en Canadá le ha enviado regularmente combos de alimentos, el padrino de su hija le manda dinero y los hermanos de la logia también lo han apoyado en diferentes momentos.
Boris está empeñado en mejorarse. “Tengo varios compromisos que no puedo dejar de cumplir”. Por ejemplo, volver a la escuela de artes marciales adonde pertenece. Allí, 20 estudiantes, los tres instructores y el maestro practican un estilo tradicional, variante antigua del aikido.
Con entusiasmo casi adolescente habla del bosquecillo de bambú sembrado afuera del dojo, las reparaciones que habían empezado, el nuevo instructor en formación… Ilustra, docto, los principios espirituales que rigen la organización desde que se fundara en los confines asiáticos: “Esa es la palabra que guía la escuela, nasake, que en japonés significa ‘compasión’. Y siempre nosotros hablamos de eso; o sea, podemos ser muy poderosos, pero la verdadera fuerza se muestra en la compasión”.
Junto a su cama, la mesa de noche hospitalaria combina funciones de cocina y escaparate: hay una cafetera eléctrica y una arrocera que usa para calentar la comida y la leche del desayuno. Hay gel antibacterial, un termo, un vaso, cubiertos, un paño, galletas, azúcar, yogur y platanitos.
Elogia la atención de los especialistas del Julio Trigo. Fue una sorpresa, dice. Al otro día tenía cita para una tomografía, necesaria para la próxima intervención en el pulmón. Además, está pendiente el turno con la cardióloga.
Cada acción representa un paso en el camino hacia sus objetivos. “Primero, recuperarme…, por pedido de mi sensei; que un pedido del sensei es una orden. Recuperarme y reincorporarme a la escuela. Y después, todo lo que me ponga la vida delante. Asumir cada reto”.
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*Las personas entrevistadas prefirieron no ser identificadas por sus nombres reales.
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“El virus” que casi dobló la espalda de Cuba.
Entre los meses de julio y diciembre de 2025, más de la tercera parte de la población cubana se contagió de chikungunya, dengue y otros padecimientos transmitidos por picaduras mayormente de mosquitos. El impacto de las enfermedades se magnificó a causa de las precarias condiciones de vida en el país. Frente al quiebre de los servicios públicos y la crisis del sistema sanitario, rebasar “el virus” dependió de estrategias individuales y familiares, y de la solidaridad.
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“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?”.
—Roberto Fernández Retamar
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El orden de las señales era más bien impreciso. Quizás primero aparecían los dolores, como quien hubiese soñado con palazos y pateaduras, y al despertar fueran verdad. Luego, tal vez, la temperatura en rojo: “fiebre súbita”, según la literatura médica. Más tarde —o antes— surgirían el debilitamiento, la inflamación y erupciones en la piel.
El brote se destapó en la provincia de Matanzas, a unos 90 kilómetros al este de La Habana, alrededor de julio. La gente caía en cama con arbovirosis: virus transmitidos por artrópodos, como los mosquitos.
Considerado endémico en la isla, el dengue es un viejo conocido, y resurge cada año en la época más tórrida. “Nosotros hemos llegado a estar 10 días sin que entre una gota de agua —contaba Liety Urbano a principios de octubre, desde la ciudad de Matanzas—. Como uno no sabe cuándo viene, pues recoge la que puede, y muchos recipientes no tienen tapa. Eso genera criaderos de mosquitos”.
Sin embargo, el chikungunya, que tiempo atrás había tenido muy baja prevalencia, ahora arrasaba con familias y comunidades. La rigidez de las articulaciones y el dolor incapacitante duraban semanas, y, si acaso amainaban, volvían en tromba.
“La mamá de mi mejor amiga tuvo el bicho hace un mes y medio, y dice que amanece algunos días con las manos engarrotadas, o con dolores musculares muy fuertes —narraba Carla*, también los primeros días de octubre—. Mi mamá se siente los pies muy pesados, y los tiene que parecen dos jamones; las manos, a veces, también”.
Por esa fecha, la viceministra de Salud Pública, Carilda Peña, confirmó que, de las 15 provincias del país, había dengue en 12 y chikungunya en ocho. Este último, señaló la funcionaria, no estaba asociado a estadios graves o muerte. Días después, se reportaban más de 13 000 casos febriles en una semana a lo largo del país.
“La situación en mi barrio [en Matanzas] es horrible, todo el mundo enfermo: niños, adultos mayores…”, describía Liety. Ya se habían contagiado su suegra, su cuñada y la hija de esta, su madrina de santería, su esposo y ella.
Fueron al hospital provincial porque, a los cuatro días de iniciados los síntomas, su marido, Ever Luis Valdespino, vomitó con sangre. El panorama de carencias habituales se recrudecía con tanta gente sintiéndose mal: para que le pusieran a él un suero, Liety tuvo que llevar el trocar —punzón y cánula quirúrgicos—. Llegaron a las 11 de la mañana y lo dejaron ingresado a las nueve de la noche.
“Y en la provincia, pues muy mal también: yo soy trabajadora de Cultura, y hoy comenzó la jornada de la cultura matancera, y muchos eventos y actividades no se pueden realizar porque las personas están enfermas”, aclaraba Liety, gestora de proyectos, de 26 años.
Circulaba, además, el virus del oropouche, que el verano anterior había golpeado a más de 24 000 personas en la isla. Uno se podía infectar más de una vez y algunos síntomas coincidían. El cuadro variaba desde manifestaciones relativamente leves hasta el atropellamiento físico y mental. Si existían padecimientos de base, peor.
También faltaban reactivos para los análisis correspondientes, y eso complicaba aún más dictaminar con seguridad el causante del malestar. Mientras la jerga institucional lo denominaba “síndrome febril inespecífico”, la gente terminó usando la versión corta: lo llamaban “el virus”, a secas.


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Se podría decir que Boris Alberto Toscano perdió la pierna derecha por culpa del chikungunya. Pero fueron un diagnóstico errado y una atención morosa los que condujeron a la amputación. Luego sobrevinieron otras complicaciones, en cascada.
Boris trabaja como especialista en museología y gestión del patrimonio. Es mulato y masón. Tiene 49 años, bigote entrecano y complexión ligera. También es instructor de artes marciales, una de las maneras en que se expresa su pasión por la cultura japonesa.
Permaneció hospitalizado en diferentes centros de La Habana casi todos los días entre diciembre y marzo, cuando todavía esperaba algunos exámenes. Sus ingresos han sido lo suficientemente largos como para que pudiera hacerse amigo de sus compañeros de cuarto.
Boris recuerda con cariño a Leo, el gordo, a quien conoció cuando estuvo en el hospital Calixto García. Al día siguiente de nuestra conversación, le darían el alta a Lucela, la señora de la cama junto al balcón, en el tercer piso del hospital Julio Trigo, de cirugía especializada, célebre por haberse utilizado para tratar y aislar pacientes durante la pandemia de covid-19. Pacientes y familiares planeaban hacerle una fiesta de despedida a Lucela. “Ver cómo mis compañeros salen es una parte, para mí, un poco triste —confiesa Boris—, pero, al mismo tiempo, muy alegre”.

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Frondosos, los montones de basura florecían en cualquier calle para quien quisiera verlos. Sin combustible, equipos ni personal, las fumigaciones eran escasas o nulas.
Las embajadas en La Habana de Rusia, México, España y Estados Unidos emitieron alertas sanitarias para sus ciudadanos, a quienes recomendaron usar repelente contra insectos y ropa encubridora. Un grupo de enfermeros de Santiago de Cuba se trasladó a la capital para apoyar en la atención directa a los pacientes.
A medida que cundían las fiebres y avanzaba la tiesura de tobillos y muñecas, el engranaje social se resentía. El Ballet Nacional canceló funciones por indisposición de sus artistas, al igual que el grupo Impulso Teatro. Se suspendieron dos partidos de la Serie Nacional de Béisbol, entre Mayabeque y Granma, varios jugadores de esta provincia vencidos por un rival microscópico.
En un banco de La Rampa, en el barrio habanero de El Vedado, un jubilado se quejaba de que el cajero no tenía efectivo, a lo que el portero respondía que “la muchacha que recarga el equipo” no había ido a trabajar porque tenía “el virus”. Por la misma causa, en un salón de uñas a pocas cuadras de allí, solo dos de las cinco manicuristas estaban en sus puestos.
A principios de noviembre, alrededor del 30% de la población cubana se había contagiado de arbovirosis. No obstante, las propias autoridades reconocieron que las estadísticas constituyen un subregistro, porque muchas personas ni siquiera iban al hospital.
Un mes atrás, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, había restado importancia a la situación. Las enfermedades que circulaban en Matanzas no eran nuevas, ni raras, ni desconocidas, dijo. Portal Miranda alegó que muchos países de América tenían transmisión de chikungunya. Según el funcionario, la situación actual se debía —atentos— a la alta susceptibilidad de la población frente a enfermedades que no circulaban de manera intensa desde hacía años, junto con la propagación de mosquitos, debido a las condiciones tropicales y el cambio climático. Negó los rumores de que en Matanzas hubiera fallecidos, ni casos graves ni críticos. “Nadie puede esconder una epidemia ni los muertos”, afirmó.
Ciertamente, aquello parecía difícil de ocultar. Transcurrieron cinco semanas y, en una reunión con expertos del Ministerio de Salud Pública (Minsap), el presidente Miguel Díaz-Canel calificó de “epidemia” el brote de arbovirosis, y convocó a afrontarla “como mismo se trabajó la covid-19”.
“El principal problema es el chikungunya […] por el número de casos, por la sintomatología que produce, que es extremadamente dolorosa”, reconoció el doctor Francisco Durán, director nacional de Higiene y Epidemiología del Minsap, en uno de sus partes diarios. Solamente el 18 de noviembre se reportaron más de 3 000 casos nuevos. El 15 de octubre, la viceministra Peña había negado que existiera brote de chikungunya; la transmisión se encontraba en “casos esporádicos”, dijo.
Para el 20 de noviembre, se registraba un promedio por encima de los 500 casos diarios y el acumulado sumaba 30 726 personas enfermas. Nada más tomando en cuenta el total hasta octubre, Cuba tuvo la incidencia de chikungunya más alta del continente, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Lo mismo ocurrió con la tasa de incidencia del virus del oropouche.
El día 24 se contabilizaban 156 pacientes ingresados, 121 en estado grave y 35 en estado crítico. La inmensa mayoría eran menores de 18 años.
Ahora sí —un mes después de haber recalcado lo contrario— otra representante del ministerio reconocía en televisión nacional que el chikungunya podía derivar en la muerte y debía tratarse “con la seriedad que corresponde”.
Buena parte de la ciudadanía había alertado sobre la gravedad del asunto, ante lo que encontraron negación y condescendencia. Entonces, ya tarde, la venia oficial transformaba los rumores en verdades. “Yo no pensé que la hinchazón te podía matar”, dice Eduardo Pérez, todavía medio asombrado, entre las matas de plátano y orégano sembradas en su patio. Porque el chikungunya es un vecino con mala memoria: se despide y al rato saluda de nuevo.
Eduardo es pintor de casas, aunque cuando se enfermó trabajaba como custodio. No esperaba que, a los 10 días de pasar la fiebre y los escalofríos, se le inflamaría la cara desproporcionadamente.
—Me puse como un monstruo. Horrible.
—¿Y se asustó?
—¡Coño, si fui al hospital…!
No a uno, sino a tres hospitales y al policlínico más cercano, en el Cerro, en La Habana. Una doctora le explicó que la inflamación podía cerrarle la glotis y asfixiarlo. Le recetó difenhidramina. Su hermana envió desde Estados Unidos el tratamiento completo, y con eso la hinchazón de la cara bajó.
“Lo que más me duró a mí fue la cojera, que me metí como tres meses sin poder afincar el pie”, aclara Eduardo. Durante un tiempo también dejó de limpiar el patio y hacer los arreglos que demanda su casa de madera. “No tenía fuerza en las manos… y no se sentía bien uno. Cargar agua me molestaba igual, pero tenía que hacerlo por necesidad”.
Su madre también se enfermó. Empezaron a notar que hablaba enredado y mantenía fija la vista, mirando a ninguna parte. “La vio el neurólogo y le dijo que eso era una isquemia transitoria, producto de las mismas fiebres muy altas y la hipertensión”, recuerda María Victoria Pérez, la otra hermana de Eduardo.
“Pero ella está bien —asegura—. A ella no le duele nada. Si yo digo: ¡caballero, yo tengo 53 años y estoy más desbaratada que ella, que tiene 78!”.
María Victoria siente mucha impotencia. Aunque en su casa la ayudan, no le gusta depender de nadie. “Esta enfermedad acabó conmigo; y todavía está acabando, no me deja hacer nada”. Al principio, ni siquiera le daba tiempo de llegar al baño y se orinaba encima. Su esposo tuvo que colocar al lado de la cama una cubeta grande que cumplía funciones de inodoro.
“Las articulaciones te las hace leña. Y por la mañana, cuando te levantas, es cuando más te duele. Yo no sé hasta cuándo voy a estar así”, lamenta la mujer. Han pasado seis meses desde que se contagió del chikungunya. El fisiatra le sugirió ver a un reumatólogo porque ya su malestar se convirtió en artritis.
Gertrudis* tampoco lograba alcanzar el baño, así que, para ahorrarse un paso, no usaba ropa interior. Pero lo que le ocurrió a ella no fue nada, afirma, en comparación con otras personas.
Un día llamó a la esposa de su primo, llevaba rato sin saber de ella. Belkis contestó, pero le explicó que no podía conversar en ese momento. Junto con un soldador, intentaba desmontar una ventana de hierro para poder entrar a la casa de su padre. El anciano estaba allí, en cama, debilitado hasta el punto de no poder levantarse a abrir la puerta. Lo hospitalizaron. Necesitó transfusiones, que Belkis solo pudo conseguir entre sus estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas. Es Getrudis quien sintetiza la historia, porque Belkis reconoce que no está preparada para hablar de eso. Su padre enfermó y falleció en 24 días, en el mes de octubre.

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La pierna no lo sostenía y casi se cae. La primera vez que examinaron a Boris —unos médicos vecinos suyos— le dijeron que le aquejaba una ciatalgia.
Cuando llegó al hospital Julio Trigo ya podía tenerse en pie, aunque el dolor lo carcomía. Ahora, mientras relata los síntomas, señala el espacio donde estaría la pantorrilla derecha. Un vistazo del muñón vendado, por encima de la rodilla, lo trae con brusquedad del recuerdo al presente. Cae en cuenta. “Se me olvida que ese lado falta —apunta al gemelo contrario y continúa—: De aquí para abajo no tenía sensibilidad”.
Como no había cama para ingresarlo, ni servicio de ortopedia, le recomendaron que fuera al hospital Fructuoso Rodríguez, dedicado a esta especialidad. Allí, al día siguiente, tampoco había cama disponible. Le confirmaron: ciática, y le indicaron masajes y un relajante muscular por siete días. “Pero aquello no mejoraba. La pierna se empezó a hinchar”.
Fue a al Instituto de Angiología, en la Covadonga. Le explicaron que había sufrido un accidente vascular agudo. Pero ahí tampoco podían ingresarlo, le aseguraron, porque esa no era su área de especialidad. La burocracia dispone sobre los cuerpos con la misma dulzura de estampar cuños y sellar expedientes.
Remitieron a Boris al Hospital Nacional. Y ahí, al Julio Trigo. En vez de ir a este centro (“que tiene tremenda mala fama”), su amigo Ángel lo llevó al Calixto García.
Los atendió el jefe de Angiología. Le pidieron que les hablara claro. “Él me explicó exactamente lo mismo, que tenía un accidente vascular agudo, pero que, en el estado en que se encontraba, la pierna ya no tenía salvación”.
Podría ponerle tratamiento, abundó el doctor; sin embargo, el mal iba a “seguir caminando”, y al final perdería la pierna completa, o moriría. “Que se vaya —contestó Boris—. Usted me está poniendo a escoger entre la pierna o yo, y yo me prefiero a mí”, le dijo al especialista.
En una hora estaba entrando al salón de operaciones. “Lo malo fue que no salió la cosa como ellos esperaban, y en vez de cortar por debajo de la rodilla, tuvieron que cortar más arriba”. Señala de nuevo la media extremidad ausente.
“Bueno, pero por lo menos estamos vivos”.
Conservar la vida es, en sí, bastante, teniendo en cuenta que en Cuba falta alrededor del 70% del cuadro básico de medicamentos, de acuerdo con cifras oficiales. De hecho, hacia julio del año pasado, la mitad de las ventas de las farmacias consistía en productos naturales elaborados allí mismo. El sistema de salud cubano no llegó a recuperarse tras la pandemia. De enero a septiembre de 2025, el sector recibió solamente el 1.3% de la inversión del país. Entre 2023 y 2024, el personal sanitario de la isla se redujo en 13 500 trabajadores, entre ellos más de 5 000 médicos.


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A Ivette Arias la despertó el dolor a las tres de la madrugada. Fue a levantarse y no pudo; temblaba, como si tuviera convulsiones. No sabe si sería por la fiebre, porque no alcanzó a ponerse el termómetro. Tocó a su madre, Nora, de 85 años, paciente de alzhéimer, y estaba caliente. “Se me quitó todo, al momento”, recuerda. Una cuidadora, como ella, pausa su malestar y continúa con lo que debe. Empezó a intentar bajarle la temperatura a la madre, y ya no durmió más.
Ese día, 10 de diciembre, hubiera sido el cumpleaños de su abuela materna, que era jamaicana y al final de su demencia olvidó el español y terminó hablando patois. La invocó a ella y a su religión. “No te puede estar pasando esto —se dijo—. Tú tienes que seguir”.
El hijo de Ivette —“mi sol”— vive en Portugal; la hija —“mi luna”— se casó y se fue a México. Su hermano, desde Jamaica, provee para ella y sus padres octogenarios. Antes de que el mosquito portador del virus la picara, Ivette ya era de esas mujeres de mediana edad que llevan el peso de un país atenazado por el envejecimiento y la migración.
“No es solo estar enferma y tener que cuidar; es estar enferma, tener que cuidar y estar sola”, sentencia Ivette.
Los primeros síntomas de alzhéimer de la señora Nora aparecieron en 2019, y los especialistas comenzaron los análisis y la evaluación del caso. “Pero vino el covid, y se detuvo todo. El encerramiento agudizó todo”, resume Ivette.
Cuando ya había creado una rutina para lidiar con la demencia de su madre, en 2024 ocurrió la fractura de cadera y la caída, más la consiguiente cirugía, común en ancianos. Cuando, a golpe de ejercicios y paciencia, logró que ella volviera a caminar, vino el virus.
“El chikungunya sí nos cambió la vida por completo. Yo tomé mis medidas, pero es inevitable, porque el entorno es más fuerte que uno”, enfatiza la mujer de 59 años, mulata, de sonrisa amable y rostro juvenil, acentuado por el pelo crespo y corto.
La peor parte habrá durado unos 15 días. “Estuve que no servía para nada, y tenía que hacer las cosas. ¡¿Quién lo iba a hacer?!”. Entonces decidió racionalizar al máximo su tiempo y asegurar justo lo imprescindible: la comida, y cambiar a su madre de posición en la cama, para evitar las escaras.
Le dolían las articulaciones, el brazo derecho —ya resentido por la bursitis que le dejó levantar cubos con agua— y sobre todo las manos. “Imagínate tú…, ¡las manos! Yo que doy masajes, que cargo, que friego, que lavo, que limpio…”. Las mismas manos de dibujar y trazar planos, porque Ivette es arquitecta.
En el barrio de Coco Solo, al oeste de La Habana, ha habido problemas con el agua desde que Ivette era niña. Su padre, Emilio, que fue el primero en contagiarse, bajaba la loma de su casa con una carretilla y un galón de 20 litros, hasta una llave con agua. Llenaba el recipiente y regresaba. Con cada vuelta, Ivette vertía el contenido en dos cubos, y luego en un tanque, hasta llegar al tope. Se dio cuenta de que el señor Emilio se había enfermado porque, después de ir a buscar el agua, se acostaba. También perdió el apetito —de suyo imbatible— y se quejaba de dolor.
Harta, agarró los dólares que le había dejado la hija para que se regalara algo por su cumpleaños y compró una bomba que le permite el lujo de lo básico: agua saliendo por la llave. Le explicó: “Mira, esto es salud para tu mamá”, y la hija contestó: “Tranquilla, mami, lo que tú digas”.
Aunque no tiene la fuerza de antes, Ivette dice que, con los meses, ha progresado. Pretende volver a ser la misma, y para eso se concentra en el presente. “Sé que fue feo, me la vi difícil, lloré, porque me sentí desamparada. Pero ya pasó y ya lo borré”.
Últimamente se ha hecho más cercana a la vecina de la casa contigua, uno de los hilos de la red de apoyo que la ha ayudado a capear sucesivos temporales. “Lo más que yo hago es ir allá al lado, socializo, y viro para atrás”. Para quien apenas sale a la calle, una conversadita a cada rato le salva la jornada. “Porque no puedo abandonar el barco. Esto no es el Titanic”.

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Vendieron su casa para irse del país. Pero las secuelas del chikungunya los persiguieron hasta su destino final, Boa Vista, estado de Roraima, en Brasil. Aún ni sabían moverse por la ciudad y ya estaban en una sala de emergencias y comprando antibióticos. “Empecé a tener una tos muy fuerte y dolores articulares, me dolían muchísimo las plantas de los pies”, cuenta Marcia Díaz, vía mensajes de texto, desde aquel país.
En noviembre, un mes después de contagiarse en Cuba, su esposo seguía tomando antiinflamatorios: había empezado a trabajar en una barbería y apenas podía sostener la máquina de pelar.
La pareja y sus dos niños ya se habían enfermado en agosto, cuando todavía vivían en la provincia Ciego de Ávila, al centro de la isla. Marcia cree que fue dengue. No sabe con certeza porque, como tantas personas, no fueron al médico en ninguna de las dos ocasiones. “En el hospital no había los medios para diagnosticar, no hay nada, los doctores están cansados, no tienen medicamentos…”.
Meses atrás, su suegro había fallecido, tras un periodo encamado a causa de un accidente cerebrovascular. Nunca apareció una ambulancia para trasladarlo a hacerse los exámenes que necesitaba, y a duras penas consiguieron un suero para administrarle hidratación en la casa.
Además, su hija pescó una infección en un oído. El doctor le recetó un medicamento que no existía en ningún lado y, como alternativa, recomendó lavados con alcohol boricado y bicarbonato.
“Yo pasé un trabajo para encontrar bicarbonato en aquel pueblo…”. Una vecina le regaló una cucharadita; otra, un antibiótico vencido, y así la niña se curó. “Uno depende de la solidaridad, de las amistades, para poder resolver y salir sano y salvo. Después de aquello, ¿qué íbamos a ir nosotros al hospital? ¿A qué?”.
Luego de vender su casa no tenían dónde quedarse, y aún faltaban casi 30 días para la fecha del vuelo. Así que se fueron a Guantánamo, en el extremo oriental, donde vivía la madre de Marcia antes de emigrar. Ahí los agarró el chikungunya.
Solo la niña no se enfermó. El niño ardió en fiebres de 39 o 40 °C. Marcia muestra una foto de él cuando aquello: la carita colorada, los ojos borrachos. Se recuperó rápido, pero entonces cayeron ella y su esposo.
Los estragos de las arbovirosis en Cuba se cifran no solo en el número de personas infectadas, en los órganos y tejidos que fueron aporreando, sino en la depauperación rapaz de la existencia cotidiana. Al perro flaco le caen todas las pulgas, dice el refrán.
Y como el país entero era un animal enclenque, parecía inevitable volverse presa de la enfermedad, para luego transitar a rastras la convalecencia.
A la familia de Marcia la fase aguda le duró poco, pero ahora lo complicado era cómo alimentarse. “No había gas, y como era un edificio, no podía cocinar con carbón ni leña —rememora ella—. Y en esos días empezaron los apagones durísimos en Guantánamo; eran 20, 22 horas diarias sin corriente”.
Optaron entonces por comer en la calle. Las magras opciones disponibles consumieron buena parte de los ahorros destinados a su proyecto migratorio.
“Fue muy triste, porque pasamos muchos días sin poder cocinar comida caliente. Eso nos debilitó bastante también, no estábamos del todo recuperados. Comimos pizzas, panes y espaguetis todos los días que nos quedaban en Cuba. Era como si Cuba nos estuviera escupiendo del país, nos estuviera botando”.

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Boris lo había advertido: si estaba dispuesta a “aguantar llantén cada cinco minutos”, que fuéramos. Llorar parece lo mínimo que alguien haría cuando la vida da un viraje tan violento.
Los resultados de varios análisis apuntaron a una hepatitis reactiva al virus del chikungunya. Cuando se contagió, los síntomas resultaron más bien livianos, como una gripe. En cambio, a partir de ahí se desató lo demás.
Después de la operación le detectaron un fallo renal y debió someterse a dos hemodiálisis. Tuvo un infarto. En Cardiología le encontraron un coágulo en un tabique interno y un trombo en una salida de arteria. Tal vez se trataba de padecimientos asociados “que estaban escondidos, y todo este proceso los sacó”, conjetura Boris.
Luego, tuvo sangramientos intestinales y, más tarde, anemia. Le pusieron cuatro transfusiones, gestionadas mediante un grupo de ayudas y compañeros de trabajo, con la dificultad añadida de que, si estos se habían contagiado, no podían donar sangre hasta pasados entre tres y seis meses.
Una de las transfusiones que llegaron al hospital con su nombre y apellidos “no aparecía”. Su hermano averiguó y le explicaron que había surgido un caso —un niño, grave—, y decidieron priorizarlo y utilizar la sangre destinada para Boris.
Por fin le dieron el alta en el Calixto García, pero lo volvieron a hospitalizar, esta vez en el Julio Trigo, donde estuvo en marzo. La falta de aire que presentaba resultó ser un colapso pulmonar que requirió intervención quirúrgica.
Encima, había empezado a tener insomnio y alucinaciones nocturnas. “No te vayas a pensar que veía fantasmas ni nada de eso —bromea—. Me ponía a hablar de historia, de arqueología, de investigaciones… como si estuviera dando una conferencia o guiando una visita; y prácticamente no dejaba dormir a nadie”.
Una madrugada, todavía ingresado en el Calixto García, se puso a conversar con el médico, tratando de convencerlo de que lo enviara a casa. “Como si el hombre estuviera sentado delante de mí —pero no estaba—. De hecho, yo lo estaba viendo”, dice con la voz en un hilo.
Se alegró cuando supo que lo vería una psiquiatra. El diagnóstico: síndrome de estrés postraumático, a causa de la amputación. “Porque es un evento que sucedió de pronto, que me limita mis actividades en todos los sentidos”.
Boris es un veterano sin haber ido a la guerra.
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El 9 de noviembre, un grupo de voluntarios que traía ayudas para los damnificados del huracán Melissa llegó al asentamiento rural de Cauto del Paso, en Granma, al este de la isla. El ciclón de categoría 3 había impactado la región oriental 10 días antes y afectó a unos tres millones de personas.
En la sala de video de Cauto del Paso, que hacía las veces de puesto de mando, fueron descargando víveres, productos de higiene, ropa y juguetes. Minutos después entró llorando una mujer: decía que su hija llevaba dos días con fiebre y no tenía ningún medicamento para darle. Una de las jóvenes le ofreció ibuprofeno y paracetamol de su botiquín personal.
Los caminos todavía estaban inundados o cubiertos de fango, y era una proeza salir de aquel caserío de tablas en busca de un médico. El paisaje cenagoso que dejó el desbordamiento de la presa cercana, más los despiadados calores de Oriente, alimentaron a los mosquitos y, con ello, la expansión de las enfermedades.
Al día siguiente, a unos tres kilómetros de allí, en el pueblo de Grito de Yara, los voluntarios repartían donaciones en el centro de evacuación, una construcción de dos pisos y estilo soviético, que en tiempos normales era una escuela secundaria.
Un dirigente local se acercó al grupo y les preguntó si podían colaborar con algún medicamento. Una iglesia de la colindante provincia de Las Tunas les había llevado comprimidos, jeringuillas y sales de rehidratación; sin embargo, la reserva no iba a alcanzar hasta el día siguiente. Ya habían contactado a las autoridades de su municipio, Río Cauto, pero allí tampoco contaban con mucho.
En el centro había 325 evacuados, de los cuales 18 presentaban fiebre y otros signos de arbovirosis. Si se ampliaba el radio de pesquisa a los edificios del pueblo, los enfermos sumaban más de 100.
Una vecina de Grito de Yara se quejaba de que, en el mercado informal, “por la izquierda”, un blíster de paracetamol costaba 500 pesos. Casi un dólar, cuando la mayoría de los salarios estatales no superan los 13 dólares.
Las bolsas de alimentos entregadas a las familias evacuadas incluían repelente artesanal, en formato de ungüento o de un líquido aceitoso con olor a canela, formulaciones creadas por la emprendedora Claudia Rafaela Ortiz, una de las voluntarias. Algunas personas miraban los frascos con cierta duda, luego lo agradecían. Al caer la noche, contaban, “la mosquitera” no los dejaba en paz.
En La Habana, a más de 700 kilómetros de allí, los repelentes artesanales también emergieron como una opción socorrida. “Fue el producto que más se vendió en ese tiempo —afirma Diana Bermúdez, creadora de la marca de cosmética natural D’eco—. Lo que teníamos previsto para vender en seis meses salió en dos semanas”.
La demanda fue tal que se quedaron sin materia prima y debieron encontrar un nuevo proveedor que pudiera dar abasto. Solo a mediados de febrero las ventas de repelente comenzaron a bajar, presumiblemente por la disminución de los contagios.
El consumo de otros productos servía acaso como indicador. “Todo se disparó —narra Chanel Aguilera, dependienta de un mercado privado—. Aquí lo que más se vendió fueron jugos y sopitas, cantidad”. Además, recuerda que escaseó y subió el precio de la gelatina, otro componente de la dieta recomendada para personas que atravesaban las fiebres y el decaimiento.
Aunque la atención sanitaria es gratuita en Cuba, asumir los gastos de una enfermedad no es para débiles de bolsillo. Por ejemplo, un mosquitero podía costar casi dos salarios mínimos, y en redes sociales se repetían denuncias de tiendas estatales que ofertaban repelente en dólares.
Cuando la escasez y los precios prohibitivos son la norma, alimentarse bien y tomar suplementos parecían sentencias antes que indicaciones médicas.
En paralelo, una clínica de Miami ofertaba el suero Hidra+, una solución isotónica con minerales y vitaminas, más acetaminofén, ibuprofeno o prednisona, a elección del cliente. “Empacadas en bolsas contra impacto para poder llevar a tu familia en Cuba”, promocionaba un influencer. Por 150 dólares la unidad, sin contar el envío, el suero prometía rehidratación profunda, reducción del malestar general, aumento de la energía y mejoramiento de la función inmune a pacientes infectados con arbovirosis.
Además del daño a la salud, varios estudios han analizado la carga económica asociada al chikungunya. Investigaciones internacionales muestran que los costos indirectos de la enfermedad, asociados a la retirada laboral de pacientes y cuidadores, resultan desmedidamente superiores a los gastos directos, relacionados con las consultas, tratamientos y diagnóstico. Se trata de un riesgo particularmente grande en Latinoamérica.
Si las secuelas se prolongaban durante semanas y los gestos más nimios se volvían actividades para campeones —sentarse, pararse, abrir y cerrar una botella de agua o el frasco de pastillas—, no sorprende que muchas personas estuvieran obligadas a ausentarse del empleo remunerado y arriesgar su sustento. La OPS había advertido que el mayor número de contagios en Cuba se ubicaba en el segmento de personas entre los 19 y los 54 años, la población laboralmente activa.
“Yo soy artesana, uso pinzas, alambres, cosas así… Cuando pasé la fase aguda me sentía bien y empecé a trabajar. De momento las manos se me empezaron a inflamar y a dolerme, mucho, mucho, mucho… —recuerda Daniela*—. Ahí tuve que aminorar el trabajo, hasta el punto de parar por completo. Obviamente eso tuvo consecuencias económicas: afectó mi negocio, dejé de ir al gimnasio, dejé de alimentarme como lo hacía hasta ese entonces, porque no tenía un buen ingreso”.
Daniela tiene 37 años, es dueña de una tienda esotérica y ella misma crea gran parte de los artículos que vende. Como vive sola, necesitó apoyo de sus amistades durante los primeros días. “Pero ya después cada cual tiene su vida”, reconoce. Estuvo más de un mes sin poder limpiar su casa, y si iba de compras no le quedaba más remedio que colocarse la bolsa sobre el antebrazo, pues no podía sujetarla con las manos. “Me sentía una señora de 80 años. De hecho, me hizo reflexionar acerca de la tercera edad, porque dije: ‘Si esto es lo que se siente ser adulto mayor, yo ahí no quiero llegar’”.

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“Mi mamá falleció debido a la epidemia —dice Evelyn Raveiro mientras espera una taza de café en casa de una vecina, en el Cerro habanero—. Todavía a mí me parece mentira, fíjate. Me es difícil… el golpe ese de ver cómo se me fue entre las manos. Y no por falta de atención, porque estábamos ahí encima de ella, pero ningún médico dio con lo que ella tenía”.
Empezó con fiebre y dolores, “lo normal que le daba a todo el mundo”. Sin embargo, los síntomas se agravaron hasta que apenas podía caminar. Valoraron —y descartaron— un padecimiento ortopédico. El dolor, “como si tuviera un cuchillo metido ahí”, no la dejaba dormir. Se le afectaron la vesícula y otros órganos.
Evelyn la llevó al neurólogo. En el hospital Calixto García la gente esperaba tirada en los pasillos. A falta de camillas, sábanas en el piso. “Yo nunca había visto eso, daba grima”.
Avisó a su hermano, residente en Estados Unidos, que mami estaba mal. “Olvídate, yo mañana estoy allá”, dijo él. Pero no le dio tiempo a verla con vida.
Los médicos achacaron el motivo del fallecimiento a complicaciones de la diabetes que padecía. También alegaron que podía haber sido un cáncer. Evelyn solicitó una autopsia que indicó una bronconeumonía como causa de muerte, aunque su madre no tenía síntomas respiratorios.
Según datos oficiales, 65 personas murieron por dengue y chikungunya en Cuba. La mamá de Evelyn no forma parte de la estadística.
Amalay Díaz, pareja de Evelyn, es enfermera y se dedicaba a asistir a personas del barrio, cuando se suponía que estuviera descansando, luego de sus habituales turnos de 24 horas. “Alguien iba a la casa, me llamaba, y yo lo apoyaba”, cuenta.
Aunque en 20 años de carrera se ha enfrentado a situaciones más complicadas que esta, Amalay cree que el chikungunya fue peor que el covid-19. “Cuando el covid, había conocimiento de la enfermedad y lo que podían medicar. Esta enfermedad tuvo a los médicos pensando bastante”.
“Era una enfermedad ‘conocida’ en los libros, uno sabía que existía, pero nunca habíamos trabajado con ella —confiesa Mabel*, doctora de un policlínico en La Habana—. Al principio estábamos tirando piedras [improvisando], hasta que empezaron las capacitaciones, los protocolos, pero eso fue a los meses. La preparación vino mucho después”.
Mabel llegó a creer que los pacientes exageraban un poco, hasta que cayó enferma. Cuando se reincorporó a trabajar, empeoró. “Un día, cruzando la calle 23 casi me arrollan, porque, como no podía caminar, no me dio tiempo con la luz verde. Psicológicamente me afectó, porque yo me veía imposibilitada, y nada me aliviaba”.
Casi todos sus pacientes quedaron con sinovitis o artritis. La doctora considera que esta situación no es comparable con brotes anteriores. “La transmisión era demasiado rápida. El periodo de incubación en el dengue es de siete a 14 días; en el chikungunya era menos, de uno a siete días”.
Por demás, la sintomatología era variopinta y rocambolesca; el cuerpo convertido en una piñata de donde saldría casi cualquier cosa. Un experto del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), la institución líder en estos temas, explicó que la fase inicial podía incluir conjuntivitis, aumento de ganglios linfáticos y diarrea.
Podían surgir alteraciones del gusto: alguien aseguraba que cuanto probaba tenía sabor amargo, y alguien más que hasta el agua le sabía dulce. También se describen afecciones hematológicas como la anemia.
“Yo me asusté mucho porque era la una o las dos de la mañana y me sentí un gusto a sangre en la boca, y cuando miro estaba sangrando por la encía —recuerda Elisa*, otra paciente—. En ese momento yo tenía hasta la menstruación, imagínate tú, cuánto sangrado a la vez”.
Elisa fue al hospital de su provincia, Sancti Spíritus, en el centro del país. “Ahí me hicieron los análisis complementarios, los que había, y como el problema no era de plaquetas, me mandaron para la casa”. Apenas pudo comer durante tres o cuatro días por la molestia tan punzante en las encías. A finales de abril todavía caminaba usando una rodillera.
Y donde habitaba el desconocimiento, se reproducía la desinformación. En WhatsApp circulaban cadenas de mensajes que promulgaban santos remedios: la verdolaga, para el “estrés interno” y “limpiar la sangre”; miel pura y bicarbonato de sodio más cinco gotas de limón, “cura inmediata y eficaz”.
¿Teorías conspirativas? Por supuesto. “Me dijeron en la peluquería que esto era una guerra bacteriológica de Estados Unidos, y que había una nueva variante que te llegaba a dar fiebre amarilla”, se burlaba un joven.
El fruto no caía lejos del árbol, si hasta un medio oficial cuestionaba si no sería casualidad la aparición del virus en Matanzas, donde se localiza el polo turístico de Varadero, lo cual afectaría la entrada de divisas al país.
Mientras, la doctora Mabel se enfrentaba a “lo más duro de todo”: no tener qué recetar; “utilizando mucha medicina verde y medicamentos comprados en el mercado negro”.
“Te mandaban cocimiento —confirma Evelyn—. ¿Quién dijo que con cocimientos tú te quitas una epidemia de arriba?”. De todas maneras, se bebió el tan recomendado té de hojas de cereza (acerola). Incluso le indicó a una vecina dónde localizar la mata.
La mujer la encontró en un patio a pocas cuadras. La señora de al lado le dijo que quitara el cierre de la cerca y entrara y, ya de paso, que agarrara un poco de hojas para ella también. Del lado contrario, otra vecina se asomó a la ventana: “Oye, todo el mundo ha cogido matas, una pila de gente ha pasado por aquí”.


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El virus del chikungunya se identificó por primera vez en 1952, en Tanzania. El nombre proviene de la lengua makonde y significa “doblarse de dolor” o “contorsionarse”.
Durante los meses álgidos, el colectivo Yoga Va Cuba, que reúne a profesores de yoga de varias provincias, incluyó en clases algunos métodos para aliviar los rezagos de la enfermedad. “Muchos de los profesores se contagiaron y estaban atravesando las secuelas —cuenta Sarai Cecilia, una de las instructoras—. Decidimos actuar frente a esa epidemia que tenía a las personas prácticamente paralizadas”.
Entretanto, fieles a la costumbre cubana de embromar con todo, la gente decía que fulana estaba “chikunguyana”, mientras en redes sociales se hacía viral el “baile del chikungunya”, donde los protagonistas avanzaban como zombis, arrastrando los pies y encorvados (con “Thriller”, la canción de Michael Jackson, sonado de fondo).
“Ya yo creo que nosotros estamos en condiciones de hacer el primer encuentro interprovincial Chikungunya 2026 —decía el comediante Miguel Moreno, “la Llave”, en uno de sus espectáculos—. Ya hay dos ponencias: hay una ponencia que se llama ‘El arte y la ciencia de levantarte de la cama sin ayuda de una grúa’, y hay otra ponencia que se llama ‘Cómo desenroscar una cafetera con tus propias manos’”. El público largaba las risas y asentía con la cabeza.
Todavía en febrero, el trovador Roly Berrío improvisaba un coro a propósito y, en un bar habanero, la gente que lo escuchaba, divertida, repetía entre palmadas:
Dengue, zika,
chikungunya, mamita…
El Gobierno anunció estudios para aplicar los medicamentos cubanos Jusvinza, en el tratamiento de las secuelas articulares, y Biomodulina T, que fortalece las defensas del organismo. A finales de enero de 2026, las autoridades informaron que, con la disminución de los reportes de casos, Cuba entró en una “zona de seguridad epidemiológica”.
No obstante, en diciembre el representante de la OPS en el país había alertado que, aunque disminuyeran los casos, no se debía “bajar la guardia”, porque el próximo año podría surgir un nuevo brote de chikunguya en Cuba.
A principios de año, después de tres meses donde “no había un alma”, regresaron los clientes al gimnasio de los entrenadores Juan Carlos Rondón y Jenny González, y les pedían asesoramiento en la recuperación. “Nosotros cobramos, pero eso es como un trabajo social”, describe Juan Carlos.
Ahora tienen alrededor de 100 alumnos, y casi todos se han recuperado. Pero es necesario conocer el funcionamiento de las articulaciones y progresar de a poco, enfatiza Jenny. “Hay que empezar sin nada, con tu propio cuerpo, suavecito”.
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La hija de Boris tiene 13 años y se llama Izumi, que en japonés quiere decir “arroyo, manantial, fuente de agua pura”. “Me equivoqué de nombre, porque [más bien] es un reguilete, no para”, dice su padre.
Cuando salga del hospital, espera pasar más tiempo con “su niña” y volver a estar pendiente de los asuntos de la escuela. Aunque no vive con ella, asegura que se llevan muy bien y conversan mucho.
También quiere compartir más con sus amistades, su familia y su madre. “Mañana cumple 81. Es el primer cumpleaños que no voy a estar con ella —revela, sin molestarse en contener las lágrimas—. Pero yo le digo: ‘Tranquila, si tú vas a pasar de los 90, tiempo vas a tener’”.
La mamá de Boris es la trabajadora más antigua de un centro de investigación ambiental. Los colegas de ambos se pusieron de acuerdo para ayudarlo con el transporte, los medicamentos y los almuerzos en el hospital. “Sin yo pedir nada; eso fue espontáneo todo”.
Un amigo que vive en Canadá le ha enviado regularmente combos de alimentos, el padrino de su hija le manda dinero y los hermanos de la logia también lo han apoyado en diferentes momentos.
Boris está empeñado en mejorarse. “Tengo varios compromisos que no puedo dejar de cumplir”. Por ejemplo, volver a la escuela de artes marciales adonde pertenece. Allí, 20 estudiantes, los tres instructores y el maestro practican un estilo tradicional, variante antigua del aikido.
Con entusiasmo casi adolescente habla del bosquecillo de bambú sembrado afuera del dojo, las reparaciones que habían empezado, el nuevo instructor en formación… Ilustra, docto, los principios espirituales que rigen la organización desde que se fundara en los confines asiáticos: “Esa es la palabra que guía la escuela, nasake, que en japonés significa ‘compasión’. Y siempre nosotros hablamos de eso; o sea, podemos ser muy poderosos, pero la verdadera fuerza se muestra en la compasión”.
Junto a su cama, la mesa de noche hospitalaria combina funciones de cocina y escaparate: hay una cafetera eléctrica y una arrocera que usa para calentar la comida y la leche del desayuno. Hay gel antibacterial, un termo, un vaso, cubiertos, un paño, galletas, azúcar, yogur y platanitos.
Elogia la atención de los especialistas del Julio Trigo. Fue una sorpresa, dice. Al otro día tenía cita para una tomografía, necesaria para la próxima intervención en el pulmón. Además, está pendiente el turno con la cardióloga.
Cada acción representa un paso en el camino hacia sus objetivos. “Primero, recuperarme…, por pedido de mi sensei; que un pedido del sensei es una orden. Recuperarme y reincorporarme a la escuela. Y después, todo lo que me ponga la vida delante. Asumir cada reto”.
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*Las personas entrevistadas prefirieron no ser identificadas por sus nombres reales.
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Una octogenaria en La Habana, en abril de este año, muestra la colección de medicamentos de prescripción que toma actualmente. Todos los obtuvo en el mercado negro, por falta de disponibilidad en las farmacias. La epidemia de arbovirosis de la segunda mitad de 2025 recrudeció las condiciones de vida de cientos de miles de cubanos, habitualmente afectados por carestías de todo tipo.
Entre los meses de julio y diciembre de 2025, más de la tercera parte de la población cubana se contagió de chikungunya, dengue y otros padecimientos transmitidos por picaduras mayormente de mosquitos. El impacto de las enfermedades se magnificó a causa de las precarias condiciones de vida en el país. Frente al quiebre de los servicios públicos y la crisis del sistema sanitario, rebasar “el virus” dependió de estrategias individuales y familiares, y de la solidaridad.
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“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?”.
—Roberto Fernández Retamar
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El orden de las señales era más bien impreciso. Quizás primero aparecían los dolores, como quien hubiese soñado con palazos y pateaduras, y al despertar fueran verdad. Luego, tal vez, la temperatura en rojo: “fiebre súbita”, según la literatura médica. Más tarde —o antes— surgirían el debilitamiento, la inflamación y erupciones en la piel.
El brote se destapó en la provincia de Matanzas, a unos 90 kilómetros al este de La Habana, alrededor de julio. La gente caía en cama con arbovirosis: virus transmitidos por artrópodos, como los mosquitos.
Considerado endémico en la isla, el dengue es un viejo conocido, y resurge cada año en la época más tórrida. “Nosotros hemos llegado a estar 10 días sin que entre una gota de agua —contaba Liety Urbano a principios de octubre, desde la ciudad de Matanzas—. Como uno no sabe cuándo viene, pues recoge la que puede, y muchos recipientes no tienen tapa. Eso genera criaderos de mosquitos”.
Sin embargo, el chikungunya, que tiempo atrás había tenido muy baja prevalencia, ahora arrasaba con familias y comunidades. La rigidez de las articulaciones y el dolor incapacitante duraban semanas, y, si acaso amainaban, volvían en tromba.
“La mamá de mi mejor amiga tuvo el bicho hace un mes y medio, y dice que amanece algunos días con las manos engarrotadas, o con dolores musculares muy fuertes —narraba Carla*, también los primeros días de octubre—. Mi mamá se siente los pies muy pesados, y los tiene que parecen dos jamones; las manos, a veces, también”.
Por esa fecha, la viceministra de Salud Pública, Carilda Peña, confirmó que, de las 15 provincias del país, había dengue en 12 y chikungunya en ocho. Este último, señaló la funcionaria, no estaba asociado a estadios graves o muerte. Días después, se reportaban más de 13 000 casos febriles en una semana a lo largo del país.
“La situación en mi barrio [en Matanzas] es horrible, todo el mundo enfermo: niños, adultos mayores…”, describía Liety. Ya se habían contagiado su suegra, su cuñada y la hija de esta, su madrina de santería, su esposo y ella.
Fueron al hospital provincial porque, a los cuatro días de iniciados los síntomas, su marido, Ever Luis Valdespino, vomitó con sangre. El panorama de carencias habituales se recrudecía con tanta gente sintiéndose mal: para que le pusieran a él un suero, Liety tuvo que llevar el trocar —punzón y cánula quirúrgicos—. Llegaron a las 11 de la mañana y lo dejaron ingresado a las nueve de la noche.
“Y en la provincia, pues muy mal también: yo soy trabajadora de Cultura, y hoy comenzó la jornada de la cultura matancera, y muchos eventos y actividades no se pueden realizar porque las personas están enfermas”, aclaraba Liety, gestora de proyectos, de 26 años.
Circulaba, además, el virus del oropouche, que el verano anterior había golpeado a más de 24 000 personas en la isla. Uno se podía infectar más de una vez y algunos síntomas coincidían. El cuadro variaba desde manifestaciones relativamente leves hasta el atropellamiento físico y mental. Si existían padecimientos de base, peor.
También faltaban reactivos para los análisis correspondientes, y eso complicaba aún más dictaminar con seguridad el causante del malestar. Mientras la jerga institucional lo denominaba “síndrome febril inespecífico”, la gente terminó usando la versión corta: lo llamaban “el virus”, a secas.


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Se podría decir que Boris Alberto Toscano perdió la pierna derecha por culpa del chikungunya. Pero fueron un diagnóstico errado y una atención morosa los que condujeron a la amputación. Luego sobrevinieron otras complicaciones, en cascada.
Boris trabaja como especialista en museología y gestión del patrimonio. Es mulato y masón. Tiene 49 años, bigote entrecano y complexión ligera. También es instructor de artes marciales, una de las maneras en que se expresa su pasión por la cultura japonesa.
Permaneció hospitalizado en diferentes centros de La Habana casi todos los días entre diciembre y marzo, cuando todavía esperaba algunos exámenes. Sus ingresos han sido lo suficientemente largos como para que pudiera hacerse amigo de sus compañeros de cuarto.
Boris recuerda con cariño a Leo, el gordo, a quien conoció cuando estuvo en el hospital Calixto García. Al día siguiente de nuestra conversación, le darían el alta a Lucela, la señora de la cama junto al balcón, en el tercer piso del hospital Julio Trigo, de cirugía especializada, célebre por haberse utilizado para tratar y aislar pacientes durante la pandemia de covid-19. Pacientes y familiares planeaban hacerle una fiesta de despedida a Lucela. “Ver cómo mis compañeros salen es una parte, para mí, un poco triste —confiesa Boris—, pero, al mismo tiempo, muy alegre”.

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Frondosos, los montones de basura florecían en cualquier calle para quien quisiera verlos. Sin combustible, equipos ni personal, las fumigaciones eran escasas o nulas.
Las embajadas en La Habana de Rusia, México, España y Estados Unidos emitieron alertas sanitarias para sus ciudadanos, a quienes recomendaron usar repelente contra insectos y ropa encubridora. Un grupo de enfermeros de Santiago de Cuba se trasladó a la capital para apoyar en la atención directa a los pacientes.
A medida que cundían las fiebres y avanzaba la tiesura de tobillos y muñecas, el engranaje social se resentía. El Ballet Nacional canceló funciones por indisposición de sus artistas, al igual que el grupo Impulso Teatro. Se suspendieron dos partidos de la Serie Nacional de Béisbol, entre Mayabeque y Granma, varios jugadores de esta provincia vencidos por un rival microscópico.
En un banco de La Rampa, en el barrio habanero de El Vedado, un jubilado se quejaba de que el cajero no tenía efectivo, a lo que el portero respondía que “la muchacha que recarga el equipo” no había ido a trabajar porque tenía “el virus”. Por la misma causa, en un salón de uñas a pocas cuadras de allí, solo dos de las cinco manicuristas estaban en sus puestos.
A principios de noviembre, alrededor del 30% de la población cubana se había contagiado de arbovirosis. No obstante, las propias autoridades reconocieron que las estadísticas constituyen un subregistro, porque muchas personas ni siquiera iban al hospital.
Un mes atrás, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, había restado importancia a la situación. Las enfermedades que circulaban en Matanzas no eran nuevas, ni raras, ni desconocidas, dijo. Portal Miranda alegó que muchos países de América tenían transmisión de chikungunya. Según el funcionario, la situación actual se debía —atentos— a la alta susceptibilidad de la población frente a enfermedades que no circulaban de manera intensa desde hacía años, junto con la propagación de mosquitos, debido a las condiciones tropicales y el cambio climático. Negó los rumores de que en Matanzas hubiera fallecidos, ni casos graves ni críticos. “Nadie puede esconder una epidemia ni los muertos”, afirmó.
Ciertamente, aquello parecía difícil de ocultar. Transcurrieron cinco semanas y, en una reunión con expertos del Ministerio de Salud Pública (Minsap), el presidente Miguel Díaz-Canel calificó de “epidemia” el brote de arbovirosis, y convocó a afrontarla “como mismo se trabajó la covid-19”.
“El principal problema es el chikungunya […] por el número de casos, por la sintomatología que produce, que es extremadamente dolorosa”, reconoció el doctor Francisco Durán, director nacional de Higiene y Epidemiología del Minsap, en uno de sus partes diarios. Solamente el 18 de noviembre se reportaron más de 3 000 casos nuevos. El 15 de octubre, la viceministra Peña había negado que existiera brote de chikungunya; la transmisión se encontraba en “casos esporádicos”, dijo.
Para el 20 de noviembre, se registraba un promedio por encima de los 500 casos diarios y el acumulado sumaba 30 726 personas enfermas. Nada más tomando en cuenta el total hasta octubre, Cuba tuvo la incidencia de chikungunya más alta del continente, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Lo mismo ocurrió con la tasa de incidencia del virus del oropouche.
El día 24 se contabilizaban 156 pacientes ingresados, 121 en estado grave y 35 en estado crítico. La inmensa mayoría eran menores de 18 años.
Ahora sí —un mes después de haber recalcado lo contrario— otra representante del ministerio reconocía en televisión nacional que el chikungunya podía derivar en la muerte y debía tratarse “con la seriedad que corresponde”.
Buena parte de la ciudadanía había alertado sobre la gravedad del asunto, ante lo que encontraron negación y condescendencia. Entonces, ya tarde, la venia oficial transformaba los rumores en verdades. “Yo no pensé que la hinchazón te podía matar”, dice Eduardo Pérez, todavía medio asombrado, entre las matas de plátano y orégano sembradas en su patio. Porque el chikungunya es un vecino con mala memoria: se despide y al rato saluda de nuevo.
Eduardo es pintor de casas, aunque cuando se enfermó trabajaba como custodio. No esperaba que, a los 10 días de pasar la fiebre y los escalofríos, se le inflamaría la cara desproporcionadamente.
—Me puse como un monstruo. Horrible.
—¿Y se asustó?
—¡Coño, si fui al hospital…!
No a uno, sino a tres hospitales y al policlínico más cercano, en el Cerro, en La Habana. Una doctora le explicó que la inflamación podía cerrarle la glotis y asfixiarlo. Le recetó difenhidramina. Su hermana envió desde Estados Unidos el tratamiento completo, y con eso la hinchazón de la cara bajó.
“Lo que más me duró a mí fue la cojera, que me metí como tres meses sin poder afincar el pie”, aclara Eduardo. Durante un tiempo también dejó de limpiar el patio y hacer los arreglos que demanda su casa de madera. “No tenía fuerza en las manos… y no se sentía bien uno. Cargar agua me molestaba igual, pero tenía que hacerlo por necesidad”.
Su madre también se enfermó. Empezaron a notar que hablaba enredado y mantenía fija la vista, mirando a ninguna parte. “La vio el neurólogo y le dijo que eso era una isquemia transitoria, producto de las mismas fiebres muy altas y la hipertensión”, recuerda María Victoria Pérez, la otra hermana de Eduardo.
“Pero ella está bien —asegura—. A ella no le duele nada. Si yo digo: ¡caballero, yo tengo 53 años y estoy más desbaratada que ella, que tiene 78!”.
María Victoria siente mucha impotencia. Aunque en su casa la ayudan, no le gusta depender de nadie. “Esta enfermedad acabó conmigo; y todavía está acabando, no me deja hacer nada”. Al principio, ni siquiera le daba tiempo de llegar al baño y se orinaba encima. Su esposo tuvo que colocar al lado de la cama una cubeta grande que cumplía funciones de inodoro.
“Las articulaciones te las hace leña. Y por la mañana, cuando te levantas, es cuando más te duele. Yo no sé hasta cuándo voy a estar así”, lamenta la mujer. Han pasado seis meses desde que se contagió del chikungunya. El fisiatra le sugirió ver a un reumatólogo porque ya su malestar se convirtió en artritis.
Gertrudis* tampoco lograba alcanzar el baño, así que, para ahorrarse un paso, no usaba ropa interior. Pero lo que le ocurrió a ella no fue nada, afirma, en comparación con otras personas.
Un día llamó a la esposa de su primo, llevaba rato sin saber de ella. Belkis contestó, pero le explicó que no podía conversar en ese momento. Junto con un soldador, intentaba desmontar una ventana de hierro para poder entrar a la casa de su padre. El anciano estaba allí, en cama, debilitado hasta el punto de no poder levantarse a abrir la puerta. Lo hospitalizaron. Necesitó transfusiones, que Belkis solo pudo conseguir entre sus estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas. Es Getrudis quien sintetiza la historia, porque Belkis reconoce que no está preparada para hablar de eso. Su padre enfermó y falleció en 24 días, en el mes de octubre.

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La pierna no lo sostenía y casi se cae. La primera vez que examinaron a Boris —unos médicos vecinos suyos— le dijeron que le aquejaba una ciatalgia.
Cuando llegó al hospital Julio Trigo ya podía tenerse en pie, aunque el dolor lo carcomía. Ahora, mientras relata los síntomas, señala el espacio donde estaría la pantorrilla derecha. Un vistazo del muñón vendado, por encima de la rodilla, lo trae con brusquedad del recuerdo al presente. Cae en cuenta. “Se me olvida que ese lado falta —apunta al gemelo contrario y continúa—: De aquí para abajo no tenía sensibilidad”.
Como no había cama para ingresarlo, ni servicio de ortopedia, le recomendaron que fuera al hospital Fructuoso Rodríguez, dedicado a esta especialidad. Allí, al día siguiente, tampoco había cama disponible. Le confirmaron: ciática, y le indicaron masajes y un relajante muscular por siete días. “Pero aquello no mejoraba. La pierna se empezó a hinchar”.
Fue a al Instituto de Angiología, en la Covadonga. Le explicaron que había sufrido un accidente vascular agudo. Pero ahí tampoco podían ingresarlo, le aseguraron, porque esa no era su área de especialidad. La burocracia dispone sobre los cuerpos con la misma dulzura de estampar cuños y sellar expedientes.
Remitieron a Boris al Hospital Nacional. Y ahí, al Julio Trigo. En vez de ir a este centro (“que tiene tremenda mala fama”), su amigo Ángel lo llevó al Calixto García.
Los atendió el jefe de Angiología. Le pidieron que les hablara claro. “Él me explicó exactamente lo mismo, que tenía un accidente vascular agudo, pero que, en el estado en que se encontraba, la pierna ya no tenía salvación”.
Podría ponerle tratamiento, abundó el doctor; sin embargo, el mal iba a “seguir caminando”, y al final perdería la pierna completa, o moriría. “Que se vaya —contestó Boris—. Usted me está poniendo a escoger entre la pierna o yo, y yo me prefiero a mí”, le dijo al especialista.
En una hora estaba entrando al salón de operaciones. “Lo malo fue que no salió la cosa como ellos esperaban, y en vez de cortar por debajo de la rodilla, tuvieron que cortar más arriba”. Señala de nuevo la media extremidad ausente.
“Bueno, pero por lo menos estamos vivos”.
Conservar la vida es, en sí, bastante, teniendo en cuenta que en Cuba falta alrededor del 70% del cuadro básico de medicamentos, de acuerdo con cifras oficiales. De hecho, hacia julio del año pasado, la mitad de las ventas de las farmacias consistía en productos naturales elaborados allí mismo. El sistema de salud cubano no llegó a recuperarse tras la pandemia. De enero a septiembre de 2025, el sector recibió solamente el 1.3% de la inversión del país. Entre 2023 y 2024, el personal sanitario de la isla se redujo en 13 500 trabajadores, entre ellos más de 5 000 médicos.


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A Ivette Arias la despertó el dolor a las tres de la madrugada. Fue a levantarse y no pudo; temblaba, como si tuviera convulsiones. No sabe si sería por la fiebre, porque no alcanzó a ponerse el termómetro. Tocó a su madre, Nora, de 85 años, paciente de alzhéimer, y estaba caliente. “Se me quitó todo, al momento”, recuerda. Una cuidadora, como ella, pausa su malestar y continúa con lo que debe. Empezó a intentar bajarle la temperatura a la madre, y ya no durmió más.
Ese día, 10 de diciembre, hubiera sido el cumpleaños de su abuela materna, que era jamaicana y al final de su demencia olvidó el español y terminó hablando patois. La invocó a ella y a su religión. “No te puede estar pasando esto —se dijo—. Tú tienes que seguir”.
El hijo de Ivette —“mi sol”— vive en Portugal; la hija —“mi luna”— se casó y se fue a México. Su hermano, desde Jamaica, provee para ella y sus padres octogenarios. Antes de que el mosquito portador del virus la picara, Ivette ya era de esas mujeres de mediana edad que llevan el peso de un país atenazado por el envejecimiento y la migración.
“No es solo estar enferma y tener que cuidar; es estar enferma, tener que cuidar y estar sola”, sentencia Ivette.
Los primeros síntomas de alzhéimer de la señora Nora aparecieron en 2019, y los especialistas comenzaron los análisis y la evaluación del caso. “Pero vino el covid, y se detuvo todo. El encerramiento agudizó todo”, resume Ivette.
Cuando ya había creado una rutina para lidiar con la demencia de su madre, en 2024 ocurrió la fractura de cadera y la caída, más la consiguiente cirugía, común en ancianos. Cuando, a golpe de ejercicios y paciencia, logró que ella volviera a caminar, vino el virus.
“El chikungunya sí nos cambió la vida por completo. Yo tomé mis medidas, pero es inevitable, porque el entorno es más fuerte que uno”, enfatiza la mujer de 59 años, mulata, de sonrisa amable y rostro juvenil, acentuado por el pelo crespo y corto.
La peor parte habrá durado unos 15 días. “Estuve que no servía para nada, y tenía que hacer las cosas. ¡¿Quién lo iba a hacer?!”. Entonces decidió racionalizar al máximo su tiempo y asegurar justo lo imprescindible: la comida, y cambiar a su madre de posición en la cama, para evitar las escaras.
Le dolían las articulaciones, el brazo derecho —ya resentido por la bursitis que le dejó levantar cubos con agua— y sobre todo las manos. “Imagínate tú…, ¡las manos! Yo que doy masajes, que cargo, que friego, que lavo, que limpio…”. Las mismas manos de dibujar y trazar planos, porque Ivette es arquitecta.
En el barrio de Coco Solo, al oeste de La Habana, ha habido problemas con el agua desde que Ivette era niña. Su padre, Emilio, que fue el primero en contagiarse, bajaba la loma de su casa con una carretilla y un galón de 20 litros, hasta una llave con agua. Llenaba el recipiente y regresaba. Con cada vuelta, Ivette vertía el contenido en dos cubos, y luego en un tanque, hasta llegar al tope. Se dio cuenta de que el señor Emilio se había enfermado porque, después de ir a buscar el agua, se acostaba. También perdió el apetito —de suyo imbatible— y se quejaba de dolor.
Harta, agarró los dólares que le había dejado la hija para que se regalara algo por su cumpleaños y compró una bomba que le permite el lujo de lo básico: agua saliendo por la llave. Le explicó: “Mira, esto es salud para tu mamá”, y la hija contestó: “Tranquilla, mami, lo que tú digas”.
Aunque no tiene la fuerza de antes, Ivette dice que, con los meses, ha progresado. Pretende volver a ser la misma, y para eso se concentra en el presente. “Sé que fue feo, me la vi difícil, lloré, porque me sentí desamparada. Pero ya pasó y ya lo borré”.
Últimamente se ha hecho más cercana a la vecina de la casa contigua, uno de los hilos de la red de apoyo que la ha ayudado a capear sucesivos temporales. “Lo más que yo hago es ir allá al lado, socializo, y viro para atrás”. Para quien apenas sale a la calle, una conversadita a cada rato le salva la jornada. “Porque no puedo abandonar el barco. Esto no es el Titanic”.

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Vendieron su casa para irse del país. Pero las secuelas del chikungunya los persiguieron hasta su destino final, Boa Vista, estado de Roraima, en Brasil. Aún ni sabían moverse por la ciudad y ya estaban en una sala de emergencias y comprando antibióticos. “Empecé a tener una tos muy fuerte y dolores articulares, me dolían muchísimo las plantas de los pies”, cuenta Marcia Díaz, vía mensajes de texto, desde aquel país.
En noviembre, un mes después de contagiarse en Cuba, su esposo seguía tomando antiinflamatorios: había empezado a trabajar en una barbería y apenas podía sostener la máquina de pelar.
La pareja y sus dos niños ya se habían enfermado en agosto, cuando todavía vivían en la provincia Ciego de Ávila, al centro de la isla. Marcia cree que fue dengue. No sabe con certeza porque, como tantas personas, no fueron al médico en ninguna de las dos ocasiones. “En el hospital no había los medios para diagnosticar, no hay nada, los doctores están cansados, no tienen medicamentos…”.
Meses atrás, su suegro había fallecido, tras un periodo encamado a causa de un accidente cerebrovascular. Nunca apareció una ambulancia para trasladarlo a hacerse los exámenes que necesitaba, y a duras penas consiguieron un suero para administrarle hidratación en la casa.
Además, su hija pescó una infección en un oído. El doctor le recetó un medicamento que no existía en ningún lado y, como alternativa, recomendó lavados con alcohol boricado y bicarbonato.
“Yo pasé un trabajo para encontrar bicarbonato en aquel pueblo…”. Una vecina le regaló una cucharadita; otra, un antibiótico vencido, y así la niña se curó. “Uno depende de la solidaridad, de las amistades, para poder resolver y salir sano y salvo. Después de aquello, ¿qué íbamos a ir nosotros al hospital? ¿A qué?”.
Luego de vender su casa no tenían dónde quedarse, y aún faltaban casi 30 días para la fecha del vuelo. Así que se fueron a Guantánamo, en el extremo oriental, donde vivía la madre de Marcia antes de emigrar. Ahí los agarró el chikungunya.
Solo la niña no se enfermó. El niño ardió en fiebres de 39 o 40 °C. Marcia muestra una foto de él cuando aquello: la carita colorada, los ojos borrachos. Se recuperó rápido, pero entonces cayeron ella y su esposo.
Los estragos de las arbovirosis en Cuba se cifran no solo en el número de personas infectadas, en los órganos y tejidos que fueron aporreando, sino en la depauperación rapaz de la existencia cotidiana. Al perro flaco le caen todas las pulgas, dice el refrán.
Y como el país entero era un animal enclenque, parecía inevitable volverse presa de la enfermedad, para luego transitar a rastras la convalecencia.
A la familia de Marcia la fase aguda le duró poco, pero ahora lo complicado era cómo alimentarse. “No había gas, y como era un edificio, no podía cocinar con carbón ni leña —rememora ella—. Y en esos días empezaron los apagones durísimos en Guantánamo; eran 20, 22 horas diarias sin corriente”.
Optaron entonces por comer en la calle. Las magras opciones disponibles consumieron buena parte de los ahorros destinados a su proyecto migratorio.
“Fue muy triste, porque pasamos muchos días sin poder cocinar comida caliente. Eso nos debilitó bastante también, no estábamos del todo recuperados. Comimos pizzas, panes y espaguetis todos los días que nos quedaban en Cuba. Era como si Cuba nos estuviera escupiendo del país, nos estuviera botando”.

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Boris lo había advertido: si estaba dispuesta a “aguantar llantén cada cinco minutos”, que fuéramos. Llorar parece lo mínimo que alguien haría cuando la vida da un viraje tan violento.
Los resultados de varios análisis apuntaron a una hepatitis reactiva al virus del chikungunya. Cuando se contagió, los síntomas resultaron más bien livianos, como una gripe. En cambio, a partir de ahí se desató lo demás.
Después de la operación le detectaron un fallo renal y debió someterse a dos hemodiálisis. Tuvo un infarto. En Cardiología le encontraron un coágulo en un tabique interno y un trombo en una salida de arteria. Tal vez se trataba de padecimientos asociados “que estaban escondidos, y todo este proceso los sacó”, conjetura Boris.
Luego, tuvo sangramientos intestinales y, más tarde, anemia. Le pusieron cuatro transfusiones, gestionadas mediante un grupo de ayudas y compañeros de trabajo, con la dificultad añadida de que, si estos se habían contagiado, no podían donar sangre hasta pasados entre tres y seis meses.
Una de las transfusiones que llegaron al hospital con su nombre y apellidos “no aparecía”. Su hermano averiguó y le explicaron que había surgido un caso —un niño, grave—, y decidieron priorizarlo y utilizar la sangre destinada para Boris.
Por fin le dieron el alta en el Calixto García, pero lo volvieron a hospitalizar, esta vez en el Julio Trigo, donde estuvo en marzo. La falta de aire que presentaba resultó ser un colapso pulmonar que requirió intervención quirúrgica.
Encima, había empezado a tener insomnio y alucinaciones nocturnas. “No te vayas a pensar que veía fantasmas ni nada de eso —bromea—. Me ponía a hablar de historia, de arqueología, de investigaciones… como si estuviera dando una conferencia o guiando una visita; y prácticamente no dejaba dormir a nadie”.
Una madrugada, todavía ingresado en el Calixto García, se puso a conversar con el médico, tratando de convencerlo de que lo enviara a casa. “Como si el hombre estuviera sentado delante de mí —pero no estaba—. De hecho, yo lo estaba viendo”, dice con la voz en un hilo.
Se alegró cuando supo que lo vería una psiquiatra. El diagnóstico: síndrome de estrés postraumático, a causa de la amputación. “Porque es un evento que sucedió de pronto, que me limita mis actividades en todos los sentidos”.
Boris es un veterano sin haber ido a la guerra.
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El 9 de noviembre, un grupo de voluntarios que traía ayudas para los damnificados del huracán Melissa llegó al asentamiento rural de Cauto del Paso, en Granma, al este de la isla. El ciclón de categoría 3 había impactado la región oriental 10 días antes y afectó a unos tres millones de personas.
En la sala de video de Cauto del Paso, que hacía las veces de puesto de mando, fueron descargando víveres, productos de higiene, ropa y juguetes. Minutos después entró llorando una mujer: decía que su hija llevaba dos días con fiebre y no tenía ningún medicamento para darle. Una de las jóvenes le ofreció ibuprofeno y paracetamol de su botiquín personal.
Los caminos todavía estaban inundados o cubiertos de fango, y era una proeza salir de aquel caserío de tablas en busca de un médico. El paisaje cenagoso que dejó el desbordamiento de la presa cercana, más los despiadados calores de Oriente, alimentaron a los mosquitos y, con ello, la expansión de las enfermedades.
Al día siguiente, a unos tres kilómetros de allí, en el pueblo de Grito de Yara, los voluntarios repartían donaciones en el centro de evacuación, una construcción de dos pisos y estilo soviético, que en tiempos normales era una escuela secundaria.
Un dirigente local se acercó al grupo y les preguntó si podían colaborar con algún medicamento. Una iglesia de la colindante provincia de Las Tunas les había llevado comprimidos, jeringuillas y sales de rehidratación; sin embargo, la reserva no iba a alcanzar hasta el día siguiente. Ya habían contactado a las autoridades de su municipio, Río Cauto, pero allí tampoco contaban con mucho.
En el centro había 325 evacuados, de los cuales 18 presentaban fiebre y otros signos de arbovirosis. Si se ampliaba el radio de pesquisa a los edificios del pueblo, los enfermos sumaban más de 100.
Una vecina de Grito de Yara se quejaba de que, en el mercado informal, “por la izquierda”, un blíster de paracetamol costaba 500 pesos. Casi un dólar, cuando la mayoría de los salarios estatales no superan los 13 dólares.
Las bolsas de alimentos entregadas a las familias evacuadas incluían repelente artesanal, en formato de ungüento o de un líquido aceitoso con olor a canela, formulaciones creadas por la emprendedora Claudia Rafaela Ortiz, una de las voluntarias. Algunas personas miraban los frascos con cierta duda, luego lo agradecían. Al caer la noche, contaban, “la mosquitera” no los dejaba en paz.
En La Habana, a más de 700 kilómetros de allí, los repelentes artesanales también emergieron como una opción socorrida. “Fue el producto que más se vendió en ese tiempo —afirma Diana Bermúdez, creadora de la marca de cosmética natural D’eco—. Lo que teníamos previsto para vender en seis meses salió en dos semanas”.
La demanda fue tal que se quedaron sin materia prima y debieron encontrar un nuevo proveedor que pudiera dar abasto. Solo a mediados de febrero las ventas de repelente comenzaron a bajar, presumiblemente por la disminución de los contagios.
El consumo de otros productos servía acaso como indicador. “Todo se disparó —narra Chanel Aguilera, dependienta de un mercado privado—. Aquí lo que más se vendió fueron jugos y sopitas, cantidad”. Además, recuerda que escaseó y subió el precio de la gelatina, otro componente de la dieta recomendada para personas que atravesaban las fiebres y el decaimiento.
Aunque la atención sanitaria es gratuita en Cuba, asumir los gastos de una enfermedad no es para débiles de bolsillo. Por ejemplo, un mosquitero podía costar casi dos salarios mínimos, y en redes sociales se repetían denuncias de tiendas estatales que ofertaban repelente en dólares.
Cuando la escasez y los precios prohibitivos son la norma, alimentarse bien y tomar suplementos parecían sentencias antes que indicaciones médicas.
En paralelo, una clínica de Miami ofertaba el suero Hidra+, una solución isotónica con minerales y vitaminas, más acetaminofén, ibuprofeno o prednisona, a elección del cliente. “Empacadas en bolsas contra impacto para poder llevar a tu familia en Cuba”, promocionaba un influencer. Por 150 dólares la unidad, sin contar el envío, el suero prometía rehidratación profunda, reducción del malestar general, aumento de la energía y mejoramiento de la función inmune a pacientes infectados con arbovirosis.
Además del daño a la salud, varios estudios han analizado la carga económica asociada al chikungunya. Investigaciones internacionales muestran que los costos indirectos de la enfermedad, asociados a la retirada laboral de pacientes y cuidadores, resultan desmedidamente superiores a los gastos directos, relacionados con las consultas, tratamientos y diagnóstico. Se trata de un riesgo particularmente grande en Latinoamérica.
Si las secuelas se prolongaban durante semanas y los gestos más nimios se volvían actividades para campeones —sentarse, pararse, abrir y cerrar una botella de agua o el frasco de pastillas—, no sorprende que muchas personas estuvieran obligadas a ausentarse del empleo remunerado y arriesgar su sustento. La OPS había advertido que el mayor número de contagios en Cuba se ubicaba en el segmento de personas entre los 19 y los 54 años, la población laboralmente activa.
“Yo soy artesana, uso pinzas, alambres, cosas así… Cuando pasé la fase aguda me sentía bien y empecé a trabajar. De momento las manos se me empezaron a inflamar y a dolerme, mucho, mucho, mucho… —recuerda Daniela*—. Ahí tuve que aminorar el trabajo, hasta el punto de parar por completo. Obviamente eso tuvo consecuencias económicas: afectó mi negocio, dejé de ir al gimnasio, dejé de alimentarme como lo hacía hasta ese entonces, porque no tenía un buen ingreso”.
Daniela tiene 37 años, es dueña de una tienda esotérica y ella misma crea gran parte de los artículos que vende. Como vive sola, necesitó apoyo de sus amistades durante los primeros días. “Pero ya después cada cual tiene su vida”, reconoce. Estuvo más de un mes sin poder limpiar su casa, y si iba de compras no le quedaba más remedio que colocarse la bolsa sobre el antebrazo, pues no podía sujetarla con las manos. “Me sentía una señora de 80 años. De hecho, me hizo reflexionar acerca de la tercera edad, porque dije: ‘Si esto es lo que se siente ser adulto mayor, yo ahí no quiero llegar’”.

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“Mi mamá falleció debido a la epidemia —dice Evelyn Raveiro mientras espera una taza de café en casa de una vecina, en el Cerro habanero—. Todavía a mí me parece mentira, fíjate. Me es difícil… el golpe ese de ver cómo se me fue entre las manos. Y no por falta de atención, porque estábamos ahí encima de ella, pero ningún médico dio con lo que ella tenía”.
Empezó con fiebre y dolores, “lo normal que le daba a todo el mundo”. Sin embargo, los síntomas se agravaron hasta que apenas podía caminar. Valoraron —y descartaron— un padecimiento ortopédico. El dolor, “como si tuviera un cuchillo metido ahí”, no la dejaba dormir. Se le afectaron la vesícula y otros órganos.
Evelyn la llevó al neurólogo. En el hospital Calixto García la gente esperaba tirada en los pasillos. A falta de camillas, sábanas en el piso. “Yo nunca había visto eso, daba grima”.
Avisó a su hermano, residente en Estados Unidos, que mami estaba mal. “Olvídate, yo mañana estoy allá”, dijo él. Pero no le dio tiempo a verla con vida.
Los médicos achacaron el motivo del fallecimiento a complicaciones de la diabetes que padecía. También alegaron que podía haber sido un cáncer. Evelyn solicitó una autopsia que indicó una bronconeumonía como causa de muerte, aunque su madre no tenía síntomas respiratorios.
Según datos oficiales, 65 personas murieron por dengue y chikungunya en Cuba. La mamá de Evelyn no forma parte de la estadística.
Amalay Díaz, pareja de Evelyn, es enfermera y se dedicaba a asistir a personas del barrio, cuando se suponía que estuviera descansando, luego de sus habituales turnos de 24 horas. “Alguien iba a la casa, me llamaba, y yo lo apoyaba”, cuenta.
Aunque en 20 años de carrera se ha enfrentado a situaciones más complicadas que esta, Amalay cree que el chikungunya fue peor que el covid-19. “Cuando el covid, había conocimiento de la enfermedad y lo que podían medicar. Esta enfermedad tuvo a los médicos pensando bastante”.
“Era una enfermedad ‘conocida’ en los libros, uno sabía que existía, pero nunca habíamos trabajado con ella —confiesa Mabel*, doctora de un policlínico en La Habana—. Al principio estábamos tirando piedras [improvisando], hasta que empezaron las capacitaciones, los protocolos, pero eso fue a los meses. La preparación vino mucho después”.
Mabel llegó a creer que los pacientes exageraban un poco, hasta que cayó enferma. Cuando se reincorporó a trabajar, empeoró. “Un día, cruzando la calle 23 casi me arrollan, porque, como no podía caminar, no me dio tiempo con la luz verde. Psicológicamente me afectó, porque yo me veía imposibilitada, y nada me aliviaba”.
Casi todos sus pacientes quedaron con sinovitis o artritis. La doctora considera que esta situación no es comparable con brotes anteriores. “La transmisión era demasiado rápida. El periodo de incubación en el dengue es de siete a 14 días; en el chikungunya era menos, de uno a siete días”.
Por demás, la sintomatología era variopinta y rocambolesca; el cuerpo convertido en una piñata de donde saldría casi cualquier cosa. Un experto del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), la institución líder en estos temas, explicó que la fase inicial podía incluir conjuntivitis, aumento de ganglios linfáticos y diarrea.
Podían surgir alteraciones del gusto: alguien aseguraba que cuanto probaba tenía sabor amargo, y alguien más que hasta el agua le sabía dulce. También se describen afecciones hematológicas como la anemia.
“Yo me asusté mucho porque era la una o las dos de la mañana y me sentí un gusto a sangre en la boca, y cuando miro estaba sangrando por la encía —recuerda Elisa*, otra paciente—. En ese momento yo tenía hasta la menstruación, imagínate tú, cuánto sangrado a la vez”.
Elisa fue al hospital de su provincia, Sancti Spíritus, en el centro del país. “Ahí me hicieron los análisis complementarios, los que había, y como el problema no era de plaquetas, me mandaron para la casa”. Apenas pudo comer durante tres o cuatro días por la molestia tan punzante en las encías. A finales de abril todavía caminaba usando una rodillera.
Y donde habitaba el desconocimiento, se reproducía la desinformación. En WhatsApp circulaban cadenas de mensajes que promulgaban santos remedios: la verdolaga, para el “estrés interno” y “limpiar la sangre”; miel pura y bicarbonato de sodio más cinco gotas de limón, “cura inmediata y eficaz”.
¿Teorías conspirativas? Por supuesto. “Me dijeron en la peluquería que esto era una guerra bacteriológica de Estados Unidos, y que había una nueva variante que te llegaba a dar fiebre amarilla”, se burlaba un joven.
El fruto no caía lejos del árbol, si hasta un medio oficial cuestionaba si no sería casualidad la aparición del virus en Matanzas, donde se localiza el polo turístico de Varadero, lo cual afectaría la entrada de divisas al país.
Mientras, la doctora Mabel se enfrentaba a “lo más duro de todo”: no tener qué recetar; “utilizando mucha medicina verde y medicamentos comprados en el mercado negro”.
“Te mandaban cocimiento —confirma Evelyn—. ¿Quién dijo que con cocimientos tú te quitas una epidemia de arriba?”. De todas maneras, se bebió el tan recomendado té de hojas de cereza (acerola). Incluso le indicó a una vecina dónde localizar la mata.
La mujer la encontró en un patio a pocas cuadras. La señora de al lado le dijo que quitara el cierre de la cerca y entrara y, ya de paso, que agarrara un poco de hojas para ella también. Del lado contrario, otra vecina se asomó a la ventana: “Oye, todo el mundo ha cogido matas, una pila de gente ha pasado por aquí”.


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El virus del chikungunya se identificó por primera vez en 1952, en Tanzania. El nombre proviene de la lengua makonde y significa “doblarse de dolor” o “contorsionarse”.
Durante los meses álgidos, el colectivo Yoga Va Cuba, que reúne a profesores de yoga de varias provincias, incluyó en clases algunos métodos para aliviar los rezagos de la enfermedad. “Muchos de los profesores se contagiaron y estaban atravesando las secuelas —cuenta Sarai Cecilia, una de las instructoras—. Decidimos actuar frente a esa epidemia que tenía a las personas prácticamente paralizadas”.
Entretanto, fieles a la costumbre cubana de embromar con todo, la gente decía que fulana estaba “chikunguyana”, mientras en redes sociales se hacía viral el “baile del chikungunya”, donde los protagonistas avanzaban como zombis, arrastrando los pies y encorvados (con “Thriller”, la canción de Michael Jackson, sonado de fondo).
“Ya yo creo que nosotros estamos en condiciones de hacer el primer encuentro interprovincial Chikungunya 2026 —decía el comediante Miguel Moreno, “la Llave”, en uno de sus espectáculos—. Ya hay dos ponencias: hay una ponencia que se llama ‘El arte y la ciencia de levantarte de la cama sin ayuda de una grúa’, y hay otra ponencia que se llama ‘Cómo desenroscar una cafetera con tus propias manos’”. El público largaba las risas y asentía con la cabeza.
Todavía en febrero, el trovador Roly Berrío improvisaba un coro a propósito y, en un bar habanero, la gente que lo escuchaba, divertida, repetía entre palmadas:
Dengue, zika,
chikungunya, mamita…
El Gobierno anunció estudios para aplicar los medicamentos cubanos Jusvinza, en el tratamiento de las secuelas articulares, y Biomodulina T, que fortalece las defensas del organismo. A finales de enero de 2026, las autoridades informaron que, con la disminución de los reportes de casos, Cuba entró en una “zona de seguridad epidemiológica”.
No obstante, en diciembre el representante de la OPS en el país había alertado que, aunque disminuyeran los casos, no se debía “bajar la guardia”, porque el próximo año podría surgir un nuevo brote de chikunguya en Cuba.
A principios de año, después de tres meses donde “no había un alma”, regresaron los clientes al gimnasio de los entrenadores Juan Carlos Rondón y Jenny González, y les pedían asesoramiento en la recuperación. “Nosotros cobramos, pero eso es como un trabajo social”, describe Juan Carlos.
Ahora tienen alrededor de 100 alumnos, y casi todos se han recuperado. Pero es necesario conocer el funcionamiento de las articulaciones y progresar de a poco, enfatiza Jenny. “Hay que empezar sin nada, con tu propio cuerpo, suavecito”.
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La hija de Boris tiene 13 años y se llama Izumi, que en japonés quiere decir “arroyo, manantial, fuente de agua pura”. “Me equivoqué de nombre, porque [más bien] es un reguilete, no para”, dice su padre.
Cuando salga del hospital, espera pasar más tiempo con “su niña” y volver a estar pendiente de los asuntos de la escuela. Aunque no vive con ella, asegura que se llevan muy bien y conversan mucho.
También quiere compartir más con sus amistades, su familia y su madre. “Mañana cumple 81. Es el primer cumpleaños que no voy a estar con ella —revela, sin molestarse en contener las lágrimas—. Pero yo le digo: ‘Tranquila, si tú vas a pasar de los 90, tiempo vas a tener’”.
La mamá de Boris es la trabajadora más antigua de un centro de investigación ambiental. Los colegas de ambos se pusieron de acuerdo para ayudarlo con el transporte, los medicamentos y los almuerzos en el hospital. “Sin yo pedir nada; eso fue espontáneo todo”.
Un amigo que vive en Canadá le ha enviado regularmente combos de alimentos, el padrino de su hija le manda dinero y los hermanos de la logia también lo han apoyado en diferentes momentos.
Boris está empeñado en mejorarse. “Tengo varios compromisos que no puedo dejar de cumplir”. Por ejemplo, volver a la escuela de artes marciales adonde pertenece. Allí, 20 estudiantes, los tres instructores y el maestro practican un estilo tradicional, variante antigua del aikido.
Con entusiasmo casi adolescente habla del bosquecillo de bambú sembrado afuera del dojo, las reparaciones que habían empezado, el nuevo instructor en formación… Ilustra, docto, los principios espirituales que rigen la organización desde que se fundara en los confines asiáticos: “Esa es la palabra que guía la escuela, nasake, que en japonés significa ‘compasión’. Y siempre nosotros hablamos de eso; o sea, podemos ser muy poderosos, pero la verdadera fuerza se muestra en la compasión”.
Junto a su cama, la mesa de noche hospitalaria combina funciones de cocina y escaparate: hay una cafetera eléctrica y una arrocera que usa para calentar la comida y la leche del desayuno. Hay gel antibacterial, un termo, un vaso, cubiertos, un paño, galletas, azúcar, yogur y platanitos.
Elogia la atención de los especialistas del Julio Trigo. Fue una sorpresa, dice. Al otro día tenía cita para una tomografía, necesaria para la próxima intervención en el pulmón. Además, está pendiente el turno con la cardióloga.
Cada acción representa un paso en el camino hacia sus objetivos. “Primero, recuperarme…, por pedido de mi sensei; que un pedido del sensei es una orden. Recuperarme y reincorporarme a la escuela. Y después, todo lo que me ponga la vida delante. Asumir cada reto”.
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*Las personas entrevistadas prefirieron no ser identificadas por sus nombres reales.
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