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La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
José Alexander Barberi Otero, de 54 años, nacido en La Habana y habitante de la supermanzana 23 de Cancún, fue entrenador de lucha grecorromana en Cuba. Todas las fotografías: Ricardo Hernández Ruiz.
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Tiempo de Lectura: 00 min

Cancún, que a ojos de todos nació como un capricho de un grupo de banqueros del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la Gran Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera. Y abrazar a los cubanos.

Hace poco, una amiga me contó que en su antigua escuela primaria los maestros de educación física eran cubanos y que cada tanto, durante las clases, entre las vueltas de rueda y las tablas gimnásticas, les repetían la misma historia fantástica:

“Los profes siempre decían que ellos habían llegado a Cancún en un delfín. Era un pequeño chiste que ellos nos decían. Y nosotros, que éramos niños, todos impactados, decíamos: ‘¡Wow, llegó en un delfín! ¡Wow, y es cubano! ¿Será que todos los cubanos llegan en delfín?’”, me dijo Valeria Annemick, 27 años, en un audio de WhatsApp.

No era una circunstancia exclusiva de su primaria. En escuelas públicas de Cancún era común ver cubanos en las plantillas docentes. Los millennials como Valeria tuvieron sus primeros contactos con cubanos en clases de baile, porque los oyeron en algún grupo musical de un bar cualquiera o porque les recetaban antibióticos en consultorios. Esta generación ha sido testigo también de un cambio, pues ahora los ven como repartidores de comida, cajeros en tiendas de conveniencia, vigilantes, mototaxistas, viene-viene o tenderos en mercados públicos, pero también como emprendedores, académicos o poetas: es una comunidad de extranjeros que se ha integrado y destacado como pocas lo han conseguido en Cancún.

Por la cercanía geográfica, por el atractivo mercado laboral y porque no impone la adaptación a un clima extraño, Quintana Roo ha sido desde siempre una opción de primera mano para la migración cubana. Tanto, que los caribeños eran hasta 2020 la tercera población más grande de extranjeros viviendo en el estado (4 500). Cancún concentra la mayoría de ellos, que se han ido acomodando en una zona ahora conocida como la Pequeña Habana (aunque no podría parecerse menos a la ciudad capital cubana).

Cancún es la ciudad más joven de México. Nació en los años setenta como un ambicioso proyecto de construcción del Gobierno federal, que preveía un nuevo polo turístico y su ciudad contigua. Los arquitectos Agustín y Enrique Landa y Javier Solórzano fueron los encargados de trazar el plan maestro. Para la zona urbana concibieron un modelo de ciudad jardín: bloques habitacionales con áreas verdes como núcleo, rodeadas de viviendas unifamiliares y lotes destinados a escuelas, comercios de barrio y demás servicios, con el objetivo de tener todo lo necesario para la vida cotidiana en pocos metros a la redonda. A los bloques se les denominó supermanzanas y forman parte de lo que se conoce como “la zona fundacional de Cancún”. La Pequeña Habana está en las supermanzanas 22 y 23. 

Una pinta en una barda de la supermanzana 23, en Cancún.

El corazón de la Pequeña Habana

Como Cancún nació casi ayer, no luce como otras ciudades mexicanas con profundas raíces históricas. No tiene una catedral ni un zócalo o plaza central que ordene la vida civil, por ejemplo. Por mucho tiempo, la supermanzana 22 fungió como una suerte de centro de la ciudad, con sus antros, bares gais, restaurantes y el Parque de las Palapas —un punto de reunión popular donde se va a comprar antojitos y a placear—. Pero luego, hacia los noventa, llegó el modelo all inclusive a la zona hotelera de Cancún. Los vacacionistas se encerraron en sus hoteles y la supermanzana 22 se fue a pique. Los negocios que había a lo largo de la avenida Yaxchilán, por la que se veía caminar a los turistas hace años, fueron cerrando de a poco. Y la vía se fue llenando de banderas cubanas que anunciaban restaurantes de comida típica o bares con rumba a tope a cargo del Grupo Melao.

Así, la Yaxchilán se volvió la zona comercial cubana. Hoy sigue viva gracias a los negocios operados o atendidos por los cubanos. Hay restaurantes, bares, tiendas de ropa, lavanderías, una farmacia y un negocio de mensajería. Me acerco para conocer un poco más de los clientes. En la mensajería anuncian envíos de todo a Cuba, desde alimentos no perecederos, sartenes o motos hasta medicamentos.

Alejandra Ramírez, mexicana de 35 años, atiende la farmacia. Dice que los cubanos acuden a ella, sobre todo, en búsqueda de algo que alivie dolores físicos, el pánico y la ansiedad.

“Como sabrás, en Cuba no hay acceso a medicamentos. Vienen aquí para comprar medicinas, para ellos o para enviarlas junto con material de cirugías. Lo que se les dificulta mucho es conseguir las recetas. No suelen traer recetas de hospitales, sino de consultorios privados, como los de Farmacias Similares”, explica Alejandra, quien también montó un pequeño centro de cómputo para ayudar a los cubanos con los trámites de la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados). 

La Comar es la institución encargada de las solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado. La demanda justifica su existencia: tras el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump, la presencia de cubanos en México aumentó.

“En enero de 2025, Trump canceló el CPB One [aplicación que usaban migrantes para solicitar citas para permisos humanitarios y presentarse ordenadamente en puertos de entrada]. Nadie tiene la cifra exacta, pero se calculan alrededor de 300 mil registros de citas frustradas, de las que 200 mil eran de otras nacionalidades diferentes a la mexicana, y que son personas que se quedaron varadas en México”, dice en entrevista Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI).

Muchos de esos migrantes solicitaron refugio en México, lo cual se tradujo en una mayor carga de trabajo para la Comar, que recibió en 2025 más de 70 mil peticiones de asilo, de las que 34 mil eran de cubanos.

Existe todo un protocolo para solicitar la medida de protección internacional. En una de las fases, los migrantes deben presentar un escrito con los motivos por los cuales están solicitando refugio.

—¿Has tenido que estudiar leyes migratorias para orientar a los cubanos que vienen a pedirte ayuda? —consulto a Alejandra, la de la farmacia.

—No, ya tengo un formato que vamos llenando. Ellos me mandan por mensaje de WhatsApp lo que quieran que ponga y me piden que se los pase a un documento Word. La mayoría viene por asedio, acoso; porque no hay comida o buscan nuevas oportunidades.

—¿Tienes por ahí un ejemplo que pueda ver?

—Sí, mira, de hecho estoy por hacer uno que me acaban de pedir…

Entramos al país con visa de turismo, decidimos quedarnos en México porque la situación en mi país es insostenible. Es una persecución por todo y a todas horas. Mi esposo y yo somos trabajadores por cuenta propia y ya ni trabajar te dejan los inspectores que te multan. No te dejan trabajar. La verdad es que estamos cansados de este sistema. Mi esposo trabajó 35 años en una fábrica de ron y sencillamente cerró la fábrica hace un año por derrumbe y decidió trabajar por cuenta propia porque se quedó sin trabajo. Salió a buscar trabajo, pero no hay trabajo. Todo es un constante estrés. Quiero vivir en un país donde pueda vivir como una persona, y que si sales a la calle a protestar no te priven de la libertad. (Mantenemos el mensaje anónimo por protección de datos personales.)

También van personas a pedir orientación y ayuda para imprimir documentos de identidad y solicitudes de trabajo. Virgen Beatriz Barnet Zulueta vive lejísimos, pero vino sólo a imprimir su CURP en este local para un nuevo trabajo como vigilante del estacionamiento de una iglesia. Aunque ella ya tiene su residencia permanente, viajó 40 minutos por pura melancolía, porque hace 10 años aquí mismo le tendieron la mano por primera vez cuando recién había llegado a Cancún. En este local la orientaron sobre los trámites y papeles que necesitaba para regularizar su situación migratoria. “Vengo porque esas que atienden se hicieron las amigas mías”, dice Beatriz. 

En Cancún, los cubanos de las recientes migraciones están ocupando trabajos informales y precarios, como mecánico de autos, repartidor de comida, mototaxistas.

Una colonia bonita para dormir

A unas cuantas calles está la supermanzana 23, que es donde duerme buena parte de los cubanos que migraron a Cancún. Es muy bonita, con edificios de estilo entre brutalista y moderno, corroídos por la humedad tropical, pero con detalles coloridos que intentan una resucitación: rejas, marcos de puertas y ventanas, balcones y macetas verde pistache, azul pastel, amarillo fluorescente. Es una de las colonias más conocidas de esta ciudad turística, pues en un extremo está la terminal de autobuses que moviliza más de tres millones de pasajeros al año. Y del otro lado está el único mercado público, “El 23”, de donde salen las frutas y verduras que alimentan a la población.

Al fondo de la calle 5 había una escuela primaria que quedó en los huesos porque la vandalizaron durante la pandemia del covid. En 2022 hubo un intento de rehabilitarla: la idea era que la Comar tuviera, por fin, unas oficinas en el sureste de México, pero el plan nunca prosperó y los cubanos de por aquí aún tienen que esperar más de un año a las respuestas de sus solicitudes de refugio, mismas que se revisan, junto a otras cientos de miles que acumula la sede regional, en Chiapas.

Muchos de los edificios en esta supermanzana fueron divididos para ofrecer cuartos en renta, que empezaron a llenarse de cubanos hacia los noventa. Y es que el llamado Periodo especial en la isla provocó un éxodo sin precedentes. Cancún fue uno de los destinos mayoritarios. Para inicios del milenio, los cubanos ya eran la segunda población más grande de extranjeros viviendo en la ciudad, según Soila Meneses Padilla, investigadora de la Universidad Iberoamericana. Eran personas con una preparación profesional y cultural muy sólida, que conseguían emplearse en el comercio o la academia. 

A un cuarto de siglo de distancia la población cubana en Cancún sigue siendo una de las más nutridas, superada por los estadounidenses y venezolanos. Solo que ahora el trayecto se ha vuelto más riesgoso y, cuando por fin los migrantes consiguen llegar, los trabajos que encuentran son los más precarios, además de que permanecen en un limbo derivado del endurecimiento de las políticas migratorias de EU, que ha tenido como consecuencia la deportación de miles de cubanos que han optado por Cancún para rehacer sus vidas.

La migración cubana se ha dado por varias vías: la regular, en vuelo y con pasaporte en mano, ya sea de personas que buscan pasar el mayor tiempo posible fuera de Cuba y regresar intermitentemente, o también porque algún familiar solicitó y le aprobaron la reunificación familiar. Existe también la indirecta: cubanos que residían en otro estado, pero que optaron por mudarse a esta ciudad o porque los deportaron de Estados Unidos y buscaron un lugar cerca de Cuba, con un clima parecido y un mercado laboral atractivo. Y la irregular: la de personas que se montan en balsas hechizas y navegan en alta mar hasta tocar la costa mexicana o que llegan en lanchas administradas por redes organizadas de tráfico de migrantes.

Recorro la supermanzana 23 buscando más historias de deportación. En la calle Palmera encontré una cuartería, una casa de dos plantas, en cuya cochera había una tarde de marzo dos cubanos que daban mantenimiento a la cisterna. La escena da una idea de lo complicado que es el estatus de los cubanos deportados. Reiniel Hernán López, 39 años, me explica que para salir de Cuba, en 2024, tramitó su pasaporte, voló a Nicaragua, subió hasta México, descargó la aplicación CPB One, le autorizaron cruzar la frontera norte, consiguió trabajo y un día la autoridad lo citó. Pensó que era parte de su trámite de residencia temporal en Estados Unidos, pero lo detuvieron así, sin más. Después de pasar dos meses encerrado pidió la deportación voluntaria. Aterrizó en Tabasco y se montó en un camión con dirección a Cancún. 

—¿Cómo fue que decidiste venir a Cancún? ¿Alguien ya te había hablado de Cancún?

—No, las 60 personas que nos deportaron nos subimos a la guagua y nos trajo hasta acá… —explica Reiniel. Entretanto, el otro cubano se acerca intrigado.

—Veo que es usted reportero —interrumpe.

—Sí, estoy escribiendo un texto sobre la migración cubana a Can…

—Pero si es comunista, no le acepto ni una palabra.

—Es un trabajo que…

—Si hay algo a lo que le tengo odio en la vida es al comunismo y la dictadura en que se ha convertido Cuba. Aquí tú puedes coger un papel y escribir “Abajo Claudia Sheinbaum” [presidenta de México] y no te pasa nada. Pero si tú lo haces allá, te matan o te meten preso 30, 40 años. ¿Tú me entiendes? Entonces, eso se llama dictadura. El pueblo allá se está muriendo de hambre, de necesidad. Y ellos, la camarilla que gobierna, están gordos, rojitos. Yo conocí el mundo cuando salí de Cuba hace ocho años. 

—¿A qué te refieres con “conocí el mundo”?

—Cosas que no se conocen en Cuba: la libertad. La posibilidad de conocerte un pedazo de carne al gusto tuyo, un camarón, una langosta. La posibilidad de poder disfrutar tu trabajo en lo que tu quieras y pagarte un viaje pa’donde sea. La posibilidad de vivir cómodamente con un trabajo. ¿Sabes cuánto es un salario allá? Yo soy licenciado en cultura física, graduado en la Universidad de Ciencias y la Cultura Física y el Deporte de allá, de La Habana, Manuel Fajardo. ¿Usted sabe cuánto ganaba al mes por entrenar a un equipo de lucha grecorromana de niños? 20 dólares. ¿Qué me alcanza con eso? Para un kilo de huevo. 

—Cuéntame, ¿en qué parte de Cuba nacis… 

—Por eso el cubano se vuelve ladrón, pero ladrón al Gobierno, que es el ladrón mayor. En los trabajos se roban cosas para luego venderlas, porque cuando tu hijo te pide comida, no puedes decirle que no —hace una pausa.

—Te preguntaba de dónde eres.

—De La Habana. Me llamo José Alexander Barberi Otero, de 54 años, enemigo número uno del comunismo, de los Castros, los Canel, de toda esa gente. Yo quisiera antes de morir ver que se caiga esa dictadura porque me hicieron mucho daño.

Los próximos 30 minutos de entrevista son de José criticando al Gobierno cubano. No importa la pregunta que le hago, él lanza y lanza dardos. Me cuenta que la Policía lo golpeó varias veces por hablar como lo hace ahora conmigo, que se hartó de la situación económica y decidió irse, tomando la misma ruta que Reiniel, su compañero de residencia: de Nicaragua a Estados Unidos, de donde fue deportado en septiembre pasado. 

José ahora es el administrador de este edificio de cuartos en renta. Hay, me dice, otros cubanos en situación muy parecida, que no pudieron cruzar a EUA y que ahora trabajan aquí como mototaxistas, repartidores de comida a través de aplicaciones digitales y demás empleos informales y precarios que solían desempeñar personas que venían de zonas rurales del sureste del país, pero que ahora los ocupan ellos.

Pregunté a Fernando Martí, cronista de Cancún; a Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo de la Pequeña Habana; a Luz María Beristain, una política que ha apoyado desde siempre a migrantes y dueña de uno de los locales en la Yaxchilán, y ninguno me supo decir cómo y por qué la supermanzana 23 empezó a ser habitada por cubanos. 

Quizá sea por lo bonito, céntrico y seguro que es, por lo accesible de la comida del Mercado 23 o por lo familiarizado que han de estar con los besos y abrazos del adiós en la terminal de autobuses de aquí al lado.

Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo en la avenida Yaxchilán, la zona comercial fecuentada por cubanos.

Cancún, Cuba y El Caribe

Muy al inicio, cuando absolutamente todo alrededor era nada más que sol, selva y mosquitos, lo único que se alcanzaba a escuchar era la radio de Cuba. Estaban en un pequeño campamento en medio de la inmensa soledad; el agua se extraía de pozos, alumbraban con botes de trapos bañados en gasolina, no había señal de televisión y lo único que tenían para entretenerse los trabajadores que pusieron las primeras piedras de lo que sería Cancún, allá por 1970, eran la programación de Radio Rebelde y Radio Martí.

Quintana Roo, Cuba y El Caribe están entrelazados por unos cuantos episodios curiosos, artísticos y hasta filosóficos. 

José Martí, el ensayista, poeta y libertador cubano, pasó por Isla Mujeres en 1877 y dejó una bella crónica. Antes de que se levantaran los altos hoteles en Cancún, ya existía un campamento de tabaco trabajado, en su mayoría, por cubanos. Durante la Guerra Fría, en plena Crisis de los misiles, Estados Unidos instaló una base militar en Cozumel, por si necesitaba intervenir en Cuba. En 1981, el entonces presidente de México, José López Portillo, le pidió a Fidel Castro abstenerse de asistir a la Cumbre Norte-Sur, a celebrarse en Cancún, ante las presiones de Richard Nixon. Los líderes gremiales de Cancún iban a formarse en la Escuela Nacional Cuadros Sindicales “Lázaro Peña” de La Habana. 

Además, uno de los pocos monumentos públicos en Cancún está dedicado a Martí. Esto se explica porque Felipe Amaro Santana, segundo presidente municipal de Cancún (1978-1981), consciente de que Cancún era una ciudad nueva, lanzó el programa “Integración social e Identidad Nacional”, el cual buscaba generar arraigo entre la incipiente población a través de promocionar la historia de México y de la región. 

En este contexto se levantan dos esculturas: Monumento acerca de la Historia de México y el Monumento a José Martí. “El Gobierno cubano donó a Cancún el monumento a José Martí”, recuerda en entrevista el periodista Jorge Durán, a quien se le comisionó como uno de los asesores del autor de las obras, el escultor cubano José Delarra. Se trata de una estructura en cuatro piezas, largas y altas láminas de cemento en forma de aspas de licuadora, sobre las que grabó la figura de Martí y algunas de sus frases célebres. “Se ha vuelto uno de los más emblemáticos de la ciudad. Una de las frases que tiene sintetiza en buena parte el espíritu de Cancún: ‘Vengo de todas partes y hacia todas partes voy’”, apunta Jorge.

Fue la primera vez que Cancún desestimó a la Ciudad de México como ombligo, y miró hacia El Caribe como quien busca algo pero sin saber muy bien qué. La respuesta llegó una década después, en junio de 1988, con Borge Martín como gobernador, cuando se celebró el I Festival Internacional de Cultura del Caribe (FICC), organizado por el Programa Cultural de las Fronteras (PCF) y el Instituto Quintanarroense de Cultura (IQC). Por primera vez, Cancún se asumió como parte de algo más allá de sus fronteras nacionales. 

El festival tuvo como objetivo “fortalecer una identidad común”, así como estrechar lazos de cooperación entre “pueblos afines”, según recuerda el antropólogo cancunense Luis Alberto Velasco Ruiz en su tesis de doctorado Cancún: marca turística, nación tropical.

Fue una época de efervescencia cultural. En la inauguración estuvo el poeta y exministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal. Y en la programación, Tito Puente, Celia Cruz y la Sonora Ponceña, que amenizaron el ambiente para los 663 representantes invitados, provenientes de 15 países de la cuenca caribeña.

El festival, documenta Velasco Ruiz, no se movió al ritmo del mariachi, el ranchero o cualquier otro género nacionalista, sino que se ambientó con reggae y sambay macho —una suerte de mezcla de la jarana yucateca con ritmos afroantillanos—.

Este empuje sirvió para que Cancún y el resto de la franja costera y turística de Quintana Roo se empezaran a promocionar como Caribe mexicano: una estrategia de márquetin cuyo objetivo era arrebatarle a las islas vecinas los más turistas que pudiera. Eso, más la fuerte migración cubana a esta ciudad, hizo que Cancún se autopercibiera cada vez más caribeño.

Como sea, Cancún, que a ojos de todos nació como un proyecto caprichoso de un grupo de banqueros provenientes del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato indígena maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la grandilocuente Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera, afirma Luis Alberto. 

—Es curioso cómo Cancún, pese a todo lo que se dice mal de él, le dio a Quintana Roo la relevancia necesaria, en términos de población, economía, turismo, foco mediático, para que en 1974 pasara de ser “territorio” a un estado más de la República, el más nuevo de todos. Y luego, en los ochenta, dotó al país de una nueva frontera. Por decirlo así: Cancún le restituyó a México cierta caribeñidad, aunque sea desde el punto de vista económico y comercial y, por otro lado, a la península, que siempre ha sido separatista, un poco de mexicanidad —dice Luis Alberto en entrevista. 

—¿No te parece triste que nuestra identificación con lo caribeño se dio a partir del márquetin y no como resultado de una reflexión sobre lo que nos hermana a nivel cultural o social con El Caribe —pregunto.

—En un principio te diría que sí. Pero es que, si el proyecto turístico de Cancún no tuvo mayor anclaje en lo caribeño, fue porque México en ese entonces no se consideraba un país caribeño. Tiene que ver con las condiciones geopolíticas de ese entonces. Eso no estaba en el relato nacional ni en las políticas públicas ni educativas. Éramos un país indomestizo. Y aun así, a pesar de eso, Cancún abrió esa tercera frontera, que no solo es un reconocimiento a que somos, por geografía, parte del Caribe, sino que es una aceptación de una tercera raíz, la africana. Se reconoce, por fin, que en Quintana Roo existe la población negra. Sin Cancún, yo creo que Quintana Roo hubiera tardado más en considerarse caribeño —responde Luis Alberto.

—Me quedé pensando en que la historia de El Caribe está marcada por el esclavismo, guerras de liberación independentistas o revolucionarias como en Cuba y otros tantos procesos sociales que no se vivieron en Cancún. ¿Eso lo deja fuera de la región? —pregunto.

—Hay un autor que se llama Sidney Mintz, que habla de cómo las islas caribeñas pasaron de cultivar su propia comida para producir mercancías para otros países coloniales. Habla de los cuatro monocultivos que se dieron en toda la región: azúcar, tabaco, café, algodón. En Quintana Roo pasó con el henequén, las maderas preciosas, el chicle y la caña de azúcar. Esta idea de cultivos coloniales la han usado otros autores, para equipararla con otros procesos. Stella Arnaiz y Alfredo César [los primeros en estudiar Cancún desde la Sociología] retomaron la idea de Mintz para hablar del turismo como una nueva plantación. Y visto así, el turismo como otro monocultivo nos empata con El Caribe por compartir una historia de explotación económica —responde Luis Alberto.

Quizás, donde hay más afinidades, donde Cancún tiene más posibilidades de insertarse en la región, es en el ámbito de lo imaginativo: en la literatura. Y quizá es Agustín Labrada, poeta y periodista de origen cubano ahora radicado en Cancún, la mejor expresión.

Agustín Labrada tiene la obra mejor documentada sobre la literatura de Quintana Roo.

Agustín Labrada, cancubano

La primera vez que el cubano Agustín Labrada escuchó sobre Quintana Roo no sabía dónde quedaba. Fue en 1990 y recuerda que fue por voz de una mujer que irrumpió en la oficina de la Asociación Hermanos Saíz, una organización cultural que impulsa a artistas jóvenes, en donde él estaba al frente de la sección de literatura.

“Llegó una mujer con los pelos parados: ‘Hola, soy Adriana de la Cruz Molina, directora del Instituto de la Cultura de Quintana Roo’. ¿Y dónde queda eso?, le dije”, recuerda entre risas Dimas Agustín Labrada Aguilera, 61 años, poeta, crítico literario y periodista originario de Holguín, pero adoptado por este lado de El Caribe desde hace más de tres décadas. “Luego de la aclaración geográfica nos explicó que el entonces gobernador Miguel Borge había ido a firmar un convenio con Cuba y que les interesaba hacer una muestra de arte de artistas quintanarroenses. Y esa misma semana organizamos la Semana del Arte de Quintana Roo en La Habana”.

Se trataba de otro intento de Miguel Borge —el mismo que organizó aquel Festival Internacional de Cultura del Caribe— por hermanar a Cancún con la región. 

Uno de los invitados al evento fue Ramón Iván Suárez Caamal, autor del himno oficial del estado, con quien a partir de entonces Agustín sostuvo una intensa correspondencia.

“En 1992 me dice Ramón que lo hicieron director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar y también del Instituto de Cultura de Bacalar, y que me escribía para invitarme a una residencia de tres meses para dar un taller literario para niños y adolescentes”, dice Agustín, quien estudió la licenciatura en Educación, con especialidad en Español y Literatura, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de La Habana.

Agustín llegó el 10 de febrero de 1992 y aterrizó con una extraña sensación de libertad, de la que ya no se quiso separar.

“Yo ya sabía desde antes que quería salirme de Cuba a como diera lugar. Eran años muy duros; era el Periodo especial. Después de ese taller, la Sociedad General de Escritores (Sogem) organizó un diplomado en Quintana Roo que originalmente estaba pensado para escritores de México y Centroamérica, pero añadieron a El Caribe porque querían que lo tomara, porque sabían que me quería quedar. Después Jorge Durán, que estaba al frente del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social del estado, me invitó a Chetumal para que tuviera mi propio espacio en la radio, un programa que llamé ‘Una puerta al mar’. Luego me invitaron al periódico Por Esto para que me incorporara como reportero. Y ya no regresé más a Cuba”, recuerda. 

En Cuba, Agustín solo había escrito poesía y en Quintana Roo se probó en otros géneros: ensayo, crítica literaria y periodismo. Empezó a dar talleres, conferencias, lecturas de su obra en el extranjero, a ser jurado en concursos literarios; traducido al inglés, francés, maya, griego, ruso, portugués, italiano; compilado en decenas de antologías. De 1997 al 2012 coordinó el Premio internacional de poesía Nicolás Guillén, auspiciado por la Universidad Autónoma de Quintana Roo y la Unión Nacional de Artistas de Cuba, dirigido a escritores del Caribe Hispano, categoría a donde incluyeron a México, como reconocimiento de esa tercera frontera que abrió Cancún, en donde reside desde 2017. 

Agustín ha escrito más de 10 libros merecedores de premios locales e internacionales. Una de esas publicaciones reúne los textos mejor logrados que hizo como reportero sobre la obra de autores de Quintana Roo. Se titula Palabra de la frontera. 

“Es uno de los estudios más completos e importantes que se han hecho sobre literatura quintanarroense. Agustín ha escrito las cosas más importantes al respecto. Es de los primeros que hace una crítica tan documentada”, afirma en entrevista el escritor David Anuar, quien la incluyó como lectura obligatoria cuando impartió la materia Literatura de Quintana Roo en la Universidad Autónoma de Yucatán.

Gracias a esta obra sabemos que el primer poeta de Quintana Roo fue Wenceslao Alpuche, que nació en la zona maya y que era muy amigo del poeta cubano José María Heredia; que fue una mujer, Elvira Aguilar Angulo, la primera en publicar un cuaderno de cuentos, no con influencias europeas ni estadounidenses, sino que estaba profundamente inserta en el “boom” latinoamericano; que hay temas recurrentes en las obras producidas en el estado: la migración, el clima, la música, la cultura playera, el amor y la oposición entre la belleza del paisaje y las sórdidas relaciones humanas. 

Agustín no llegó en delfín como creía la joven Valeria. Migró, como otros tantos, a causa del panorama adverso en Cuba. Alguna vez le atrajo la idea de irse a la Ciudad de México o Miami, pero decidió permanecer aquí. Y lo hizo para estudiar la literatura local y mostrarnos que, pese al dominio de la industria turística y su hambre que amenaza con devorar todo a su alcance, esta también es una ciudad que posibilita escribir poemas de amor como él lo hace, y que ahora forman parte de los anales de la literatura caribeña de la que Cancún es parte.

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Este reportaje fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales.

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La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

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Cancún, que a ojos de todos nació como un capricho de un grupo de banqueros del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la Gran Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera. Y abrazar a los cubanos.

Hace poco, una amiga me contó que en su antigua escuela primaria los maestros de educación física eran cubanos y que cada tanto, durante las clases, entre las vueltas de rueda y las tablas gimnásticas, les repetían la misma historia fantástica:

“Los profes siempre decían que ellos habían llegado a Cancún en un delfín. Era un pequeño chiste que ellos nos decían. Y nosotros, que éramos niños, todos impactados, decíamos: ‘¡Wow, llegó en un delfín! ¡Wow, y es cubano! ¿Será que todos los cubanos llegan en delfín?’”, me dijo Valeria Annemick, 27 años, en un audio de WhatsApp.

No era una circunstancia exclusiva de su primaria. En escuelas públicas de Cancún era común ver cubanos en las plantillas docentes. Los millennials como Valeria tuvieron sus primeros contactos con cubanos en clases de baile, porque los oyeron en algún grupo musical de un bar cualquiera o porque les recetaban antibióticos en consultorios. Esta generación ha sido testigo también de un cambio, pues ahora los ven como repartidores de comida, cajeros en tiendas de conveniencia, vigilantes, mototaxistas, viene-viene o tenderos en mercados públicos, pero también como emprendedores, académicos o poetas: es una comunidad de extranjeros que se ha integrado y destacado como pocas lo han conseguido en Cancún.

Por la cercanía geográfica, por el atractivo mercado laboral y porque no impone la adaptación a un clima extraño, Quintana Roo ha sido desde siempre una opción de primera mano para la migración cubana. Tanto, que los caribeños eran hasta 2020 la tercera población más grande de extranjeros viviendo en el estado (4 500). Cancún concentra la mayoría de ellos, que se han ido acomodando en una zona ahora conocida como la Pequeña Habana (aunque no podría parecerse menos a la ciudad capital cubana).

Cancún es la ciudad más joven de México. Nació en los años setenta como un ambicioso proyecto de construcción del Gobierno federal, que preveía un nuevo polo turístico y su ciudad contigua. Los arquitectos Agustín y Enrique Landa y Javier Solórzano fueron los encargados de trazar el plan maestro. Para la zona urbana concibieron un modelo de ciudad jardín: bloques habitacionales con áreas verdes como núcleo, rodeadas de viviendas unifamiliares y lotes destinados a escuelas, comercios de barrio y demás servicios, con el objetivo de tener todo lo necesario para la vida cotidiana en pocos metros a la redonda. A los bloques se les denominó supermanzanas y forman parte de lo que se conoce como “la zona fundacional de Cancún”. La Pequeña Habana está en las supermanzanas 22 y 23. 

Una pinta en una barda de la supermanzana 23, en Cancún.

El corazón de la Pequeña Habana

Como Cancún nació casi ayer, no luce como otras ciudades mexicanas con profundas raíces históricas. No tiene una catedral ni un zócalo o plaza central que ordene la vida civil, por ejemplo. Por mucho tiempo, la supermanzana 22 fungió como una suerte de centro de la ciudad, con sus antros, bares gais, restaurantes y el Parque de las Palapas —un punto de reunión popular donde se va a comprar antojitos y a placear—. Pero luego, hacia los noventa, llegó el modelo all inclusive a la zona hotelera de Cancún. Los vacacionistas se encerraron en sus hoteles y la supermanzana 22 se fue a pique. Los negocios que había a lo largo de la avenida Yaxchilán, por la que se veía caminar a los turistas hace años, fueron cerrando de a poco. Y la vía se fue llenando de banderas cubanas que anunciaban restaurantes de comida típica o bares con rumba a tope a cargo del Grupo Melao.

Así, la Yaxchilán se volvió la zona comercial cubana. Hoy sigue viva gracias a los negocios operados o atendidos por los cubanos. Hay restaurantes, bares, tiendas de ropa, lavanderías, una farmacia y un negocio de mensajería. Me acerco para conocer un poco más de los clientes. En la mensajería anuncian envíos de todo a Cuba, desde alimentos no perecederos, sartenes o motos hasta medicamentos.

Alejandra Ramírez, mexicana de 35 años, atiende la farmacia. Dice que los cubanos acuden a ella, sobre todo, en búsqueda de algo que alivie dolores físicos, el pánico y la ansiedad.

“Como sabrás, en Cuba no hay acceso a medicamentos. Vienen aquí para comprar medicinas, para ellos o para enviarlas junto con material de cirugías. Lo que se les dificulta mucho es conseguir las recetas. No suelen traer recetas de hospitales, sino de consultorios privados, como los de Farmacias Similares”, explica Alejandra, quien también montó un pequeño centro de cómputo para ayudar a los cubanos con los trámites de la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados). 

La Comar es la institución encargada de las solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado. La demanda justifica su existencia: tras el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump, la presencia de cubanos en México aumentó.

“En enero de 2025, Trump canceló el CPB One [aplicación que usaban migrantes para solicitar citas para permisos humanitarios y presentarse ordenadamente en puertos de entrada]. Nadie tiene la cifra exacta, pero se calculan alrededor de 300 mil registros de citas frustradas, de las que 200 mil eran de otras nacionalidades diferentes a la mexicana, y que son personas que se quedaron varadas en México”, dice en entrevista Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI).

Muchos de esos migrantes solicitaron refugio en México, lo cual se tradujo en una mayor carga de trabajo para la Comar, que recibió en 2025 más de 70 mil peticiones de asilo, de las que 34 mil eran de cubanos.

Existe todo un protocolo para solicitar la medida de protección internacional. En una de las fases, los migrantes deben presentar un escrito con los motivos por los cuales están solicitando refugio.

—¿Has tenido que estudiar leyes migratorias para orientar a los cubanos que vienen a pedirte ayuda? —consulto a Alejandra, la de la farmacia.

—No, ya tengo un formato que vamos llenando. Ellos me mandan por mensaje de WhatsApp lo que quieran que ponga y me piden que se los pase a un documento Word. La mayoría viene por asedio, acoso; porque no hay comida o buscan nuevas oportunidades.

—¿Tienes por ahí un ejemplo que pueda ver?

—Sí, mira, de hecho estoy por hacer uno que me acaban de pedir…

Entramos al país con visa de turismo, decidimos quedarnos en México porque la situación en mi país es insostenible. Es una persecución por todo y a todas horas. Mi esposo y yo somos trabajadores por cuenta propia y ya ni trabajar te dejan los inspectores que te multan. No te dejan trabajar. La verdad es que estamos cansados de este sistema. Mi esposo trabajó 35 años en una fábrica de ron y sencillamente cerró la fábrica hace un año por derrumbe y decidió trabajar por cuenta propia porque se quedó sin trabajo. Salió a buscar trabajo, pero no hay trabajo. Todo es un constante estrés. Quiero vivir en un país donde pueda vivir como una persona, y que si sales a la calle a protestar no te priven de la libertad. (Mantenemos el mensaje anónimo por protección de datos personales.)

También van personas a pedir orientación y ayuda para imprimir documentos de identidad y solicitudes de trabajo. Virgen Beatriz Barnet Zulueta vive lejísimos, pero vino sólo a imprimir su CURP en este local para un nuevo trabajo como vigilante del estacionamiento de una iglesia. Aunque ella ya tiene su residencia permanente, viajó 40 minutos por pura melancolía, porque hace 10 años aquí mismo le tendieron la mano por primera vez cuando recién había llegado a Cancún. En este local la orientaron sobre los trámites y papeles que necesitaba para regularizar su situación migratoria. “Vengo porque esas que atienden se hicieron las amigas mías”, dice Beatriz. 

En Cancún, los cubanos de las recientes migraciones están ocupando trabajos informales y precarios, como mecánico de autos, repartidor de comida, mototaxistas.

Una colonia bonita para dormir

A unas cuantas calles está la supermanzana 23, que es donde duerme buena parte de los cubanos que migraron a Cancún. Es muy bonita, con edificios de estilo entre brutalista y moderno, corroídos por la humedad tropical, pero con detalles coloridos que intentan una resucitación: rejas, marcos de puertas y ventanas, balcones y macetas verde pistache, azul pastel, amarillo fluorescente. Es una de las colonias más conocidas de esta ciudad turística, pues en un extremo está la terminal de autobuses que moviliza más de tres millones de pasajeros al año. Y del otro lado está el único mercado público, “El 23”, de donde salen las frutas y verduras que alimentan a la población.

Al fondo de la calle 5 había una escuela primaria que quedó en los huesos porque la vandalizaron durante la pandemia del covid. En 2022 hubo un intento de rehabilitarla: la idea era que la Comar tuviera, por fin, unas oficinas en el sureste de México, pero el plan nunca prosperó y los cubanos de por aquí aún tienen que esperar más de un año a las respuestas de sus solicitudes de refugio, mismas que se revisan, junto a otras cientos de miles que acumula la sede regional, en Chiapas.

Muchos de los edificios en esta supermanzana fueron divididos para ofrecer cuartos en renta, que empezaron a llenarse de cubanos hacia los noventa. Y es que el llamado Periodo especial en la isla provocó un éxodo sin precedentes. Cancún fue uno de los destinos mayoritarios. Para inicios del milenio, los cubanos ya eran la segunda población más grande de extranjeros viviendo en la ciudad, según Soila Meneses Padilla, investigadora de la Universidad Iberoamericana. Eran personas con una preparación profesional y cultural muy sólida, que conseguían emplearse en el comercio o la academia. 

A un cuarto de siglo de distancia la población cubana en Cancún sigue siendo una de las más nutridas, superada por los estadounidenses y venezolanos. Solo que ahora el trayecto se ha vuelto más riesgoso y, cuando por fin los migrantes consiguen llegar, los trabajos que encuentran son los más precarios, además de que permanecen en un limbo derivado del endurecimiento de las políticas migratorias de EU, que ha tenido como consecuencia la deportación de miles de cubanos que han optado por Cancún para rehacer sus vidas.

La migración cubana se ha dado por varias vías: la regular, en vuelo y con pasaporte en mano, ya sea de personas que buscan pasar el mayor tiempo posible fuera de Cuba y regresar intermitentemente, o también porque algún familiar solicitó y le aprobaron la reunificación familiar. Existe también la indirecta: cubanos que residían en otro estado, pero que optaron por mudarse a esta ciudad o porque los deportaron de Estados Unidos y buscaron un lugar cerca de Cuba, con un clima parecido y un mercado laboral atractivo. Y la irregular: la de personas que se montan en balsas hechizas y navegan en alta mar hasta tocar la costa mexicana o que llegan en lanchas administradas por redes organizadas de tráfico de migrantes.

Recorro la supermanzana 23 buscando más historias de deportación. En la calle Palmera encontré una cuartería, una casa de dos plantas, en cuya cochera había una tarde de marzo dos cubanos que daban mantenimiento a la cisterna. La escena da una idea de lo complicado que es el estatus de los cubanos deportados. Reiniel Hernán López, 39 años, me explica que para salir de Cuba, en 2024, tramitó su pasaporte, voló a Nicaragua, subió hasta México, descargó la aplicación CPB One, le autorizaron cruzar la frontera norte, consiguió trabajo y un día la autoridad lo citó. Pensó que era parte de su trámite de residencia temporal en Estados Unidos, pero lo detuvieron así, sin más. Después de pasar dos meses encerrado pidió la deportación voluntaria. Aterrizó en Tabasco y se montó en un camión con dirección a Cancún. 

—¿Cómo fue que decidiste venir a Cancún? ¿Alguien ya te había hablado de Cancún?

—No, las 60 personas que nos deportaron nos subimos a la guagua y nos trajo hasta acá… —explica Reiniel. Entretanto, el otro cubano se acerca intrigado.

—Veo que es usted reportero —interrumpe.

—Sí, estoy escribiendo un texto sobre la migración cubana a Can…

—Pero si es comunista, no le acepto ni una palabra.

—Es un trabajo que…

—Si hay algo a lo que le tengo odio en la vida es al comunismo y la dictadura en que se ha convertido Cuba. Aquí tú puedes coger un papel y escribir “Abajo Claudia Sheinbaum” [presidenta de México] y no te pasa nada. Pero si tú lo haces allá, te matan o te meten preso 30, 40 años. ¿Tú me entiendes? Entonces, eso se llama dictadura. El pueblo allá se está muriendo de hambre, de necesidad. Y ellos, la camarilla que gobierna, están gordos, rojitos. Yo conocí el mundo cuando salí de Cuba hace ocho años. 

—¿A qué te refieres con “conocí el mundo”?

—Cosas que no se conocen en Cuba: la libertad. La posibilidad de conocerte un pedazo de carne al gusto tuyo, un camarón, una langosta. La posibilidad de poder disfrutar tu trabajo en lo que tu quieras y pagarte un viaje pa’donde sea. La posibilidad de vivir cómodamente con un trabajo. ¿Sabes cuánto es un salario allá? Yo soy licenciado en cultura física, graduado en la Universidad de Ciencias y la Cultura Física y el Deporte de allá, de La Habana, Manuel Fajardo. ¿Usted sabe cuánto ganaba al mes por entrenar a un equipo de lucha grecorromana de niños? 20 dólares. ¿Qué me alcanza con eso? Para un kilo de huevo. 

—Cuéntame, ¿en qué parte de Cuba nacis… 

—Por eso el cubano se vuelve ladrón, pero ladrón al Gobierno, que es el ladrón mayor. En los trabajos se roban cosas para luego venderlas, porque cuando tu hijo te pide comida, no puedes decirle que no —hace una pausa.

—Te preguntaba de dónde eres.

—De La Habana. Me llamo José Alexander Barberi Otero, de 54 años, enemigo número uno del comunismo, de los Castros, los Canel, de toda esa gente. Yo quisiera antes de morir ver que se caiga esa dictadura porque me hicieron mucho daño.

Los próximos 30 minutos de entrevista son de José criticando al Gobierno cubano. No importa la pregunta que le hago, él lanza y lanza dardos. Me cuenta que la Policía lo golpeó varias veces por hablar como lo hace ahora conmigo, que se hartó de la situación económica y decidió irse, tomando la misma ruta que Reiniel, su compañero de residencia: de Nicaragua a Estados Unidos, de donde fue deportado en septiembre pasado. 

José ahora es el administrador de este edificio de cuartos en renta. Hay, me dice, otros cubanos en situación muy parecida, que no pudieron cruzar a EUA y que ahora trabajan aquí como mototaxistas, repartidores de comida a través de aplicaciones digitales y demás empleos informales y precarios que solían desempeñar personas que venían de zonas rurales del sureste del país, pero que ahora los ocupan ellos.

Pregunté a Fernando Martí, cronista de Cancún; a Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo de la Pequeña Habana; a Luz María Beristain, una política que ha apoyado desde siempre a migrantes y dueña de uno de los locales en la Yaxchilán, y ninguno me supo decir cómo y por qué la supermanzana 23 empezó a ser habitada por cubanos. 

Quizá sea por lo bonito, céntrico y seguro que es, por lo accesible de la comida del Mercado 23 o por lo familiarizado que han de estar con los besos y abrazos del adiós en la terminal de autobuses de aquí al lado.

Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo en la avenida Yaxchilán, la zona comercial fecuentada por cubanos.

Cancún, Cuba y El Caribe

Muy al inicio, cuando absolutamente todo alrededor era nada más que sol, selva y mosquitos, lo único que se alcanzaba a escuchar era la radio de Cuba. Estaban en un pequeño campamento en medio de la inmensa soledad; el agua se extraía de pozos, alumbraban con botes de trapos bañados en gasolina, no había señal de televisión y lo único que tenían para entretenerse los trabajadores que pusieron las primeras piedras de lo que sería Cancún, allá por 1970, eran la programación de Radio Rebelde y Radio Martí.

Quintana Roo, Cuba y El Caribe están entrelazados por unos cuantos episodios curiosos, artísticos y hasta filosóficos. 

José Martí, el ensayista, poeta y libertador cubano, pasó por Isla Mujeres en 1877 y dejó una bella crónica. Antes de que se levantaran los altos hoteles en Cancún, ya existía un campamento de tabaco trabajado, en su mayoría, por cubanos. Durante la Guerra Fría, en plena Crisis de los misiles, Estados Unidos instaló una base militar en Cozumel, por si necesitaba intervenir en Cuba. En 1981, el entonces presidente de México, José López Portillo, le pidió a Fidel Castro abstenerse de asistir a la Cumbre Norte-Sur, a celebrarse en Cancún, ante las presiones de Richard Nixon. Los líderes gremiales de Cancún iban a formarse en la Escuela Nacional Cuadros Sindicales “Lázaro Peña” de La Habana. 

Además, uno de los pocos monumentos públicos en Cancún está dedicado a Martí. Esto se explica porque Felipe Amaro Santana, segundo presidente municipal de Cancún (1978-1981), consciente de que Cancún era una ciudad nueva, lanzó el programa “Integración social e Identidad Nacional”, el cual buscaba generar arraigo entre la incipiente población a través de promocionar la historia de México y de la región. 

En este contexto se levantan dos esculturas: Monumento acerca de la Historia de México y el Monumento a José Martí. “El Gobierno cubano donó a Cancún el monumento a José Martí”, recuerda en entrevista el periodista Jorge Durán, a quien se le comisionó como uno de los asesores del autor de las obras, el escultor cubano José Delarra. Se trata de una estructura en cuatro piezas, largas y altas láminas de cemento en forma de aspas de licuadora, sobre las que grabó la figura de Martí y algunas de sus frases célebres. “Se ha vuelto uno de los más emblemáticos de la ciudad. Una de las frases que tiene sintetiza en buena parte el espíritu de Cancún: ‘Vengo de todas partes y hacia todas partes voy’”, apunta Jorge.

Fue la primera vez que Cancún desestimó a la Ciudad de México como ombligo, y miró hacia El Caribe como quien busca algo pero sin saber muy bien qué. La respuesta llegó una década después, en junio de 1988, con Borge Martín como gobernador, cuando se celebró el I Festival Internacional de Cultura del Caribe (FICC), organizado por el Programa Cultural de las Fronteras (PCF) y el Instituto Quintanarroense de Cultura (IQC). Por primera vez, Cancún se asumió como parte de algo más allá de sus fronteras nacionales. 

El festival tuvo como objetivo “fortalecer una identidad común”, así como estrechar lazos de cooperación entre “pueblos afines”, según recuerda el antropólogo cancunense Luis Alberto Velasco Ruiz en su tesis de doctorado Cancún: marca turística, nación tropical.

Fue una época de efervescencia cultural. En la inauguración estuvo el poeta y exministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal. Y en la programación, Tito Puente, Celia Cruz y la Sonora Ponceña, que amenizaron el ambiente para los 663 representantes invitados, provenientes de 15 países de la cuenca caribeña.

El festival, documenta Velasco Ruiz, no se movió al ritmo del mariachi, el ranchero o cualquier otro género nacionalista, sino que se ambientó con reggae y sambay macho —una suerte de mezcla de la jarana yucateca con ritmos afroantillanos—.

Este empuje sirvió para que Cancún y el resto de la franja costera y turística de Quintana Roo se empezaran a promocionar como Caribe mexicano: una estrategia de márquetin cuyo objetivo era arrebatarle a las islas vecinas los más turistas que pudiera. Eso, más la fuerte migración cubana a esta ciudad, hizo que Cancún se autopercibiera cada vez más caribeño.

Como sea, Cancún, que a ojos de todos nació como un proyecto caprichoso de un grupo de banqueros provenientes del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato indígena maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la grandilocuente Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera, afirma Luis Alberto. 

—Es curioso cómo Cancún, pese a todo lo que se dice mal de él, le dio a Quintana Roo la relevancia necesaria, en términos de población, economía, turismo, foco mediático, para que en 1974 pasara de ser “territorio” a un estado más de la República, el más nuevo de todos. Y luego, en los ochenta, dotó al país de una nueva frontera. Por decirlo así: Cancún le restituyó a México cierta caribeñidad, aunque sea desde el punto de vista económico y comercial y, por otro lado, a la península, que siempre ha sido separatista, un poco de mexicanidad —dice Luis Alberto en entrevista. 

—¿No te parece triste que nuestra identificación con lo caribeño se dio a partir del márquetin y no como resultado de una reflexión sobre lo que nos hermana a nivel cultural o social con El Caribe —pregunto.

—En un principio te diría que sí. Pero es que, si el proyecto turístico de Cancún no tuvo mayor anclaje en lo caribeño, fue porque México en ese entonces no se consideraba un país caribeño. Tiene que ver con las condiciones geopolíticas de ese entonces. Eso no estaba en el relato nacional ni en las políticas públicas ni educativas. Éramos un país indomestizo. Y aun así, a pesar de eso, Cancún abrió esa tercera frontera, que no solo es un reconocimiento a que somos, por geografía, parte del Caribe, sino que es una aceptación de una tercera raíz, la africana. Se reconoce, por fin, que en Quintana Roo existe la población negra. Sin Cancún, yo creo que Quintana Roo hubiera tardado más en considerarse caribeño —responde Luis Alberto.

—Me quedé pensando en que la historia de El Caribe está marcada por el esclavismo, guerras de liberación independentistas o revolucionarias como en Cuba y otros tantos procesos sociales que no se vivieron en Cancún. ¿Eso lo deja fuera de la región? —pregunto.

—Hay un autor que se llama Sidney Mintz, que habla de cómo las islas caribeñas pasaron de cultivar su propia comida para producir mercancías para otros países coloniales. Habla de los cuatro monocultivos que se dieron en toda la región: azúcar, tabaco, café, algodón. En Quintana Roo pasó con el henequén, las maderas preciosas, el chicle y la caña de azúcar. Esta idea de cultivos coloniales la han usado otros autores, para equipararla con otros procesos. Stella Arnaiz y Alfredo César [los primeros en estudiar Cancún desde la Sociología] retomaron la idea de Mintz para hablar del turismo como una nueva plantación. Y visto así, el turismo como otro monocultivo nos empata con El Caribe por compartir una historia de explotación económica —responde Luis Alberto.

Quizás, donde hay más afinidades, donde Cancún tiene más posibilidades de insertarse en la región, es en el ámbito de lo imaginativo: en la literatura. Y quizá es Agustín Labrada, poeta y periodista de origen cubano ahora radicado en Cancún, la mejor expresión.

Agustín Labrada tiene la obra mejor documentada sobre la literatura de Quintana Roo.

Agustín Labrada, cancubano

La primera vez que el cubano Agustín Labrada escuchó sobre Quintana Roo no sabía dónde quedaba. Fue en 1990 y recuerda que fue por voz de una mujer que irrumpió en la oficina de la Asociación Hermanos Saíz, una organización cultural que impulsa a artistas jóvenes, en donde él estaba al frente de la sección de literatura.

“Llegó una mujer con los pelos parados: ‘Hola, soy Adriana de la Cruz Molina, directora del Instituto de la Cultura de Quintana Roo’. ¿Y dónde queda eso?, le dije”, recuerda entre risas Dimas Agustín Labrada Aguilera, 61 años, poeta, crítico literario y periodista originario de Holguín, pero adoptado por este lado de El Caribe desde hace más de tres décadas. “Luego de la aclaración geográfica nos explicó que el entonces gobernador Miguel Borge había ido a firmar un convenio con Cuba y que les interesaba hacer una muestra de arte de artistas quintanarroenses. Y esa misma semana organizamos la Semana del Arte de Quintana Roo en La Habana”.

Se trataba de otro intento de Miguel Borge —el mismo que organizó aquel Festival Internacional de Cultura del Caribe— por hermanar a Cancún con la región. 

Uno de los invitados al evento fue Ramón Iván Suárez Caamal, autor del himno oficial del estado, con quien a partir de entonces Agustín sostuvo una intensa correspondencia.

“En 1992 me dice Ramón que lo hicieron director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar y también del Instituto de Cultura de Bacalar, y que me escribía para invitarme a una residencia de tres meses para dar un taller literario para niños y adolescentes”, dice Agustín, quien estudió la licenciatura en Educación, con especialidad en Español y Literatura, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de La Habana.

Agustín llegó el 10 de febrero de 1992 y aterrizó con una extraña sensación de libertad, de la que ya no se quiso separar.

“Yo ya sabía desde antes que quería salirme de Cuba a como diera lugar. Eran años muy duros; era el Periodo especial. Después de ese taller, la Sociedad General de Escritores (Sogem) organizó un diplomado en Quintana Roo que originalmente estaba pensado para escritores de México y Centroamérica, pero añadieron a El Caribe porque querían que lo tomara, porque sabían que me quería quedar. Después Jorge Durán, que estaba al frente del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social del estado, me invitó a Chetumal para que tuviera mi propio espacio en la radio, un programa que llamé ‘Una puerta al mar’. Luego me invitaron al periódico Por Esto para que me incorporara como reportero. Y ya no regresé más a Cuba”, recuerda. 

En Cuba, Agustín solo había escrito poesía y en Quintana Roo se probó en otros géneros: ensayo, crítica literaria y periodismo. Empezó a dar talleres, conferencias, lecturas de su obra en el extranjero, a ser jurado en concursos literarios; traducido al inglés, francés, maya, griego, ruso, portugués, italiano; compilado en decenas de antologías. De 1997 al 2012 coordinó el Premio internacional de poesía Nicolás Guillén, auspiciado por la Universidad Autónoma de Quintana Roo y la Unión Nacional de Artistas de Cuba, dirigido a escritores del Caribe Hispano, categoría a donde incluyeron a México, como reconocimiento de esa tercera frontera que abrió Cancún, en donde reside desde 2017. 

Agustín ha escrito más de 10 libros merecedores de premios locales e internacionales. Una de esas publicaciones reúne los textos mejor logrados que hizo como reportero sobre la obra de autores de Quintana Roo. Se titula Palabra de la frontera. 

“Es uno de los estudios más completos e importantes que se han hecho sobre literatura quintanarroense. Agustín ha escrito las cosas más importantes al respecto. Es de los primeros que hace una crítica tan documentada”, afirma en entrevista el escritor David Anuar, quien la incluyó como lectura obligatoria cuando impartió la materia Literatura de Quintana Roo en la Universidad Autónoma de Yucatán.

Gracias a esta obra sabemos que el primer poeta de Quintana Roo fue Wenceslao Alpuche, que nació en la zona maya y que era muy amigo del poeta cubano José María Heredia; que fue una mujer, Elvira Aguilar Angulo, la primera en publicar un cuaderno de cuentos, no con influencias europeas ni estadounidenses, sino que estaba profundamente inserta en el “boom” latinoamericano; que hay temas recurrentes en las obras producidas en el estado: la migración, el clima, la música, la cultura playera, el amor y la oposición entre la belleza del paisaje y las sórdidas relaciones humanas. 

Agustín no llegó en delfín como creía la joven Valeria. Migró, como otros tantos, a causa del panorama adverso en Cuba. Alguna vez le atrajo la idea de irse a la Ciudad de México o Miami, pero decidió permanecer aquí. Y lo hizo para estudiar la literatura local y mostrarnos que, pese al dominio de la industria turística y su hambre que amenaza con devorar todo a su alcance, esta también es una ciudad que posibilita escribir poemas de amor como él lo hace, y que ahora forman parte de los anales de la literatura caribeña de la que Cancún es parte.

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Este reportaje fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales.

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La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
José Alexander Barberi Otero, de 54 años, nacido en La Habana y habitante de la supermanzana 23 de Cancún, fue entrenador de lucha grecorromana en Cuba. Todas las fotografías: Ricardo Hernández Ruiz.
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Cancún, que a ojos de todos nació como un capricho de un grupo de banqueros del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la Gran Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera. Y abrazar a los cubanos.

Hace poco, una amiga me contó que en su antigua escuela primaria los maestros de educación física eran cubanos y que cada tanto, durante las clases, entre las vueltas de rueda y las tablas gimnásticas, les repetían la misma historia fantástica:

“Los profes siempre decían que ellos habían llegado a Cancún en un delfín. Era un pequeño chiste que ellos nos decían. Y nosotros, que éramos niños, todos impactados, decíamos: ‘¡Wow, llegó en un delfín! ¡Wow, y es cubano! ¿Será que todos los cubanos llegan en delfín?’”, me dijo Valeria Annemick, 27 años, en un audio de WhatsApp.

No era una circunstancia exclusiva de su primaria. En escuelas públicas de Cancún era común ver cubanos en las plantillas docentes. Los millennials como Valeria tuvieron sus primeros contactos con cubanos en clases de baile, porque los oyeron en algún grupo musical de un bar cualquiera o porque les recetaban antibióticos en consultorios. Esta generación ha sido testigo también de un cambio, pues ahora los ven como repartidores de comida, cajeros en tiendas de conveniencia, vigilantes, mototaxistas, viene-viene o tenderos en mercados públicos, pero también como emprendedores, académicos o poetas: es una comunidad de extranjeros que se ha integrado y destacado como pocas lo han conseguido en Cancún.

Por la cercanía geográfica, por el atractivo mercado laboral y porque no impone la adaptación a un clima extraño, Quintana Roo ha sido desde siempre una opción de primera mano para la migración cubana. Tanto, que los caribeños eran hasta 2020 la tercera población más grande de extranjeros viviendo en el estado (4 500). Cancún concentra la mayoría de ellos, que se han ido acomodando en una zona ahora conocida como la Pequeña Habana (aunque no podría parecerse menos a la ciudad capital cubana).

Cancún es la ciudad más joven de México. Nació en los años setenta como un ambicioso proyecto de construcción del Gobierno federal, que preveía un nuevo polo turístico y su ciudad contigua. Los arquitectos Agustín y Enrique Landa y Javier Solórzano fueron los encargados de trazar el plan maestro. Para la zona urbana concibieron un modelo de ciudad jardín: bloques habitacionales con áreas verdes como núcleo, rodeadas de viviendas unifamiliares y lotes destinados a escuelas, comercios de barrio y demás servicios, con el objetivo de tener todo lo necesario para la vida cotidiana en pocos metros a la redonda. A los bloques se les denominó supermanzanas y forman parte de lo que se conoce como “la zona fundacional de Cancún”. La Pequeña Habana está en las supermanzanas 22 y 23. 

Una pinta en una barda de la supermanzana 23, en Cancún.

El corazón de la Pequeña Habana

Como Cancún nació casi ayer, no luce como otras ciudades mexicanas con profundas raíces históricas. No tiene una catedral ni un zócalo o plaza central que ordene la vida civil, por ejemplo. Por mucho tiempo, la supermanzana 22 fungió como una suerte de centro de la ciudad, con sus antros, bares gais, restaurantes y el Parque de las Palapas —un punto de reunión popular donde se va a comprar antojitos y a placear—. Pero luego, hacia los noventa, llegó el modelo all inclusive a la zona hotelera de Cancún. Los vacacionistas se encerraron en sus hoteles y la supermanzana 22 se fue a pique. Los negocios que había a lo largo de la avenida Yaxchilán, por la que se veía caminar a los turistas hace años, fueron cerrando de a poco. Y la vía se fue llenando de banderas cubanas que anunciaban restaurantes de comida típica o bares con rumba a tope a cargo del Grupo Melao.

Así, la Yaxchilán se volvió la zona comercial cubana. Hoy sigue viva gracias a los negocios operados o atendidos por los cubanos. Hay restaurantes, bares, tiendas de ropa, lavanderías, una farmacia y un negocio de mensajería. Me acerco para conocer un poco más de los clientes. En la mensajería anuncian envíos de todo a Cuba, desde alimentos no perecederos, sartenes o motos hasta medicamentos.

Alejandra Ramírez, mexicana de 35 años, atiende la farmacia. Dice que los cubanos acuden a ella, sobre todo, en búsqueda de algo que alivie dolores físicos, el pánico y la ansiedad.

“Como sabrás, en Cuba no hay acceso a medicamentos. Vienen aquí para comprar medicinas, para ellos o para enviarlas junto con material de cirugías. Lo que se les dificulta mucho es conseguir las recetas. No suelen traer recetas de hospitales, sino de consultorios privados, como los de Farmacias Similares”, explica Alejandra, quien también montó un pequeño centro de cómputo para ayudar a los cubanos con los trámites de la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados). 

La Comar es la institución encargada de las solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado. La demanda justifica su existencia: tras el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump, la presencia de cubanos en México aumentó.

“En enero de 2025, Trump canceló el CPB One [aplicación que usaban migrantes para solicitar citas para permisos humanitarios y presentarse ordenadamente en puertos de entrada]. Nadie tiene la cifra exacta, pero se calculan alrededor de 300 mil registros de citas frustradas, de las que 200 mil eran de otras nacionalidades diferentes a la mexicana, y que son personas que se quedaron varadas en México”, dice en entrevista Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI).

Muchos de esos migrantes solicitaron refugio en México, lo cual se tradujo en una mayor carga de trabajo para la Comar, que recibió en 2025 más de 70 mil peticiones de asilo, de las que 34 mil eran de cubanos.

Existe todo un protocolo para solicitar la medida de protección internacional. En una de las fases, los migrantes deben presentar un escrito con los motivos por los cuales están solicitando refugio.

—¿Has tenido que estudiar leyes migratorias para orientar a los cubanos que vienen a pedirte ayuda? —consulto a Alejandra, la de la farmacia.

—No, ya tengo un formato que vamos llenando. Ellos me mandan por mensaje de WhatsApp lo que quieran que ponga y me piden que se los pase a un documento Word. La mayoría viene por asedio, acoso; porque no hay comida o buscan nuevas oportunidades.

—¿Tienes por ahí un ejemplo que pueda ver?

—Sí, mira, de hecho estoy por hacer uno que me acaban de pedir…

Entramos al país con visa de turismo, decidimos quedarnos en México porque la situación en mi país es insostenible. Es una persecución por todo y a todas horas. Mi esposo y yo somos trabajadores por cuenta propia y ya ni trabajar te dejan los inspectores que te multan. No te dejan trabajar. La verdad es que estamos cansados de este sistema. Mi esposo trabajó 35 años en una fábrica de ron y sencillamente cerró la fábrica hace un año por derrumbe y decidió trabajar por cuenta propia porque se quedó sin trabajo. Salió a buscar trabajo, pero no hay trabajo. Todo es un constante estrés. Quiero vivir en un país donde pueda vivir como una persona, y que si sales a la calle a protestar no te priven de la libertad. (Mantenemos el mensaje anónimo por protección de datos personales.)

También van personas a pedir orientación y ayuda para imprimir documentos de identidad y solicitudes de trabajo. Virgen Beatriz Barnet Zulueta vive lejísimos, pero vino sólo a imprimir su CURP en este local para un nuevo trabajo como vigilante del estacionamiento de una iglesia. Aunque ella ya tiene su residencia permanente, viajó 40 minutos por pura melancolía, porque hace 10 años aquí mismo le tendieron la mano por primera vez cuando recién había llegado a Cancún. En este local la orientaron sobre los trámites y papeles que necesitaba para regularizar su situación migratoria. “Vengo porque esas que atienden se hicieron las amigas mías”, dice Beatriz. 

En Cancún, los cubanos de las recientes migraciones están ocupando trabajos informales y precarios, como mecánico de autos, repartidor de comida, mototaxistas.

Una colonia bonita para dormir

A unas cuantas calles está la supermanzana 23, que es donde duerme buena parte de los cubanos que migraron a Cancún. Es muy bonita, con edificios de estilo entre brutalista y moderno, corroídos por la humedad tropical, pero con detalles coloridos que intentan una resucitación: rejas, marcos de puertas y ventanas, balcones y macetas verde pistache, azul pastel, amarillo fluorescente. Es una de las colonias más conocidas de esta ciudad turística, pues en un extremo está la terminal de autobuses que moviliza más de tres millones de pasajeros al año. Y del otro lado está el único mercado público, “El 23”, de donde salen las frutas y verduras que alimentan a la población.

Al fondo de la calle 5 había una escuela primaria que quedó en los huesos porque la vandalizaron durante la pandemia del covid. En 2022 hubo un intento de rehabilitarla: la idea era que la Comar tuviera, por fin, unas oficinas en el sureste de México, pero el plan nunca prosperó y los cubanos de por aquí aún tienen que esperar más de un año a las respuestas de sus solicitudes de refugio, mismas que se revisan, junto a otras cientos de miles que acumula la sede regional, en Chiapas.

Muchos de los edificios en esta supermanzana fueron divididos para ofrecer cuartos en renta, que empezaron a llenarse de cubanos hacia los noventa. Y es que el llamado Periodo especial en la isla provocó un éxodo sin precedentes. Cancún fue uno de los destinos mayoritarios. Para inicios del milenio, los cubanos ya eran la segunda población más grande de extranjeros viviendo en la ciudad, según Soila Meneses Padilla, investigadora de la Universidad Iberoamericana. Eran personas con una preparación profesional y cultural muy sólida, que conseguían emplearse en el comercio o la academia. 

A un cuarto de siglo de distancia la población cubana en Cancún sigue siendo una de las más nutridas, superada por los estadounidenses y venezolanos. Solo que ahora el trayecto se ha vuelto más riesgoso y, cuando por fin los migrantes consiguen llegar, los trabajos que encuentran son los más precarios, además de que permanecen en un limbo derivado del endurecimiento de las políticas migratorias de EU, que ha tenido como consecuencia la deportación de miles de cubanos que han optado por Cancún para rehacer sus vidas.

La migración cubana se ha dado por varias vías: la regular, en vuelo y con pasaporte en mano, ya sea de personas que buscan pasar el mayor tiempo posible fuera de Cuba y regresar intermitentemente, o también porque algún familiar solicitó y le aprobaron la reunificación familiar. Existe también la indirecta: cubanos que residían en otro estado, pero que optaron por mudarse a esta ciudad o porque los deportaron de Estados Unidos y buscaron un lugar cerca de Cuba, con un clima parecido y un mercado laboral atractivo. Y la irregular: la de personas que se montan en balsas hechizas y navegan en alta mar hasta tocar la costa mexicana o que llegan en lanchas administradas por redes organizadas de tráfico de migrantes.

Recorro la supermanzana 23 buscando más historias de deportación. En la calle Palmera encontré una cuartería, una casa de dos plantas, en cuya cochera había una tarde de marzo dos cubanos que daban mantenimiento a la cisterna. La escena da una idea de lo complicado que es el estatus de los cubanos deportados. Reiniel Hernán López, 39 años, me explica que para salir de Cuba, en 2024, tramitó su pasaporte, voló a Nicaragua, subió hasta México, descargó la aplicación CPB One, le autorizaron cruzar la frontera norte, consiguió trabajo y un día la autoridad lo citó. Pensó que era parte de su trámite de residencia temporal en Estados Unidos, pero lo detuvieron así, sin más. Después de pasar dos meses encerrado pidió la deportación voluntaria. Aterrizó en Tabasco y se montó en un camión con dirección a Cancún. 

—¿Cómo fue que decidiste venir a Cancún? ¿Alguien ya te había hablado de Cancún?

—No, las 60 personas que nos deportaron nos subimos a la guagua y nos trajo hasta acá… —explica Reiniel. Entretanto, el otro cubano se acerca intrigado.

—Veo que es usted reportero —interrumpe.

—Sí, estoy escribiendo un texto sobre la migración cubana a Can…

—Pero si es comunista, no le acepto ni una palabra.

—Es un trabajo que…

—Si hay algo a lo que le tengo odio en la vida es al comunismo y la dictadura en que se ha convertido Cuba. Aquí tú puedes coger un papel y escribir “Abajo Claudia Sheinbaum” [presidenta de México] y no te pasa nada. Pero si tú lo haces allá, te matan o te meten preso 30, 40 años. ¿Tú me entiendes? Entonces, eso se llama dictadura. El pueblo allá se está muriendo de hambre, de necesidad. Y ellos, la camarilla que gobierna, están gordos, rojitos. Yo conocí el mundo cuando salí de Cuba hace ocho años. 

—¿A qué te refieres con “conocí el mundo”?

—Cosas que no se conocen en Cuba: la libertad. La posibilidad de conocerte un pedazo de carne al gusto tuyo, un camarón, una langosta. La posibilidad de poder disfrutar tu trabajo en lo que tu quieras y pagarte un viaje pa’donde sea. La posibilidad de vivir cómodamente con un trabajo. ¿Sabes cuánto es un salario allá? Yo soy licenciado en cultura física, graduado en la Universidad de Ciencias y la Cultura Física y el Deporte de allá, de La Habana, Manuel Fajardo. ¿Usted sabe cuánto ganaba al mes por entrenar a un equipo de lucha grecorromana de niños? 20 dólares. ¿Qué me alcanza con eso? Para un kilo de huevo. 

—Cuéntame, ¿en qué parte de Cuba nacis… 

—Por eso el cubano se vuelve ladrón, pero ladrón al Gobierno, que es el ladrón mayor. En los trabajos se roban cosas para luego venderlas, porque cuando tu hijo te pide comida, no puedes decirle que no —hace una pausa.

—Te preguntaba de dónde eres.

—De La Habana. Me llamo José Alexander Barberi Otero, de 54 años, enemigo número uno del comunismo, de los Castros, los Canel, de toda esa gente. Yo quisiera antes de morir ver que se caiga esa dictadura porque me hicieron mucho daño.

Los próximos 30 minutos de entrevista son de José criticando al Gobierno cubano. No importa la pregunta que le hago, él lanza y lanza dardos. Me cuenta que la Policía lo golpeó varias veces por hablar como lo hace ahora conmigo, que se hartó de la situación económica y decidió irse, tomando la misma ruta que Reiniel, su compañero de residencia: de Nicaragua a Estados Unidos, de donde fue deportado en septiembre pasado. 

José ahora es el administrador de este edificio de cuartos en renta. Hay, me dice, otros cubanos en situación muy parecida, que no pudieron cruzar a EUA y que ahora trabajan aquí como mototaxistas, repartidores de comida a través de aplicaciones digitales y demás empleos informales y precarios que solían desempeñar personas que venían de zonas rurales del sureste del país, pero que ahora los ocupan ellos.

Pregunté a Fernando Martí, cronista de Cancún; a Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo de la Pequeña Habana; a Luz María Beristain, una política que ha apoyado desde siempre a migrantes y dueña de uno de los locales en la Yaxchilán, y ninguno me supo decir cómo y por qué la supermanzana 23 empezó a ser habitada por cubanos. 

Quizá sea por lo bonito, céntrico y seguro que es, por lo accesible de la comida del Mercado 23 o por lo familiarizado que han de estar con los besos y abrazos del adiós en la terminal de autobuses de aquí al lado.

Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo en la avenida Yaxchilán, la zona comercial fecuentada por cubanos.

Cancún, Cuba y El Caribe

Muy al inicio, cuando absolutamente todo alrededor era nada más que sol, selva y mosquitos, lo único que se alcanzaba a escuchar era la radio de Cuba. Estaban en un pequeño campamento en medio de la inmensa soledad; el agua se extraía de pozos, alumbraban con botes de trapos bañados en gasolina, no había señal de televisión y lo único que tenían para entretenerse los trabajadores que pusieron las primeras piedras de lo que sería Cancún, allá por 1970, eran la programación de Radio Rebelde y Radio Martí.

Quintana Roo, Cuba y El Caribe están entrelazados por unos cuantos episodios curiosos, artísticos y hasta filosóficos. 

José Martí, el ensayista, poeta y libertador cubano, pasó por Isla Mujeres en 1877 y dejó una bella crónica. Antes de que se levantaran los altos hoteles en Cancún, ya existía un campamento de tabaco trabajado, en su mayoría, por cubanos. Durante la Guerra Fría, en plena Crisis de los misiles, Estados Unidos instaló una base militar en Cozumel, por si necesitaba intervenir en Cuba. En 1981, el entonces presidente de México, José López Portillo, le pidió a Fidel Castro abstenerse de asistir a la Cumbre Norte-Sur, a celebrarse en Cancún, ante las presiones de Richard Nixon. Los líderes gremiales de Cancún iban a formarse en la Escuela Nacional Cuadros Sindicales “Lázaro Peña” de La Habana. 

Además, uno de los pocos monumentos públicos en Cancún está dedicado a Martí. Esto se explica porque Felipe Amaro Santana, segundo presidente municipal de Cancún (1978-1981), consciente de que Cancún era una ciudad nueva, lanzó el programa “Integración social e Identidad Nacional”, el cual buscaba generar arraigo entre la incipiente población a través de promocionar la historia de México y de la región. 

En este contexto se levantan dos esculturas: Monumento acerca de la Historia de México y el Monumento a José Martí. “El Gobierno cubano donó a Cancún el monumento a José Martí”, recuerda en entrevista el periodista Jorge Durán, a quien se le comisionó como uno de los asesores del autor de las obras, el escultor cubano José Delarra. Se trata de una estructura en cuatro piezas, largas y altas láminas de cemento en forma de aspas de licuadora, sobre las que grabó la figura de Martí y algunas de sus frases célebres. “Se ha vuelto uno de los más emblemáticos de la ciudad. Una de las frases que tiene sintetiza en buena parte el espíritu de Cancún: ‘Vengo de todas partes y hacia todas partes voy’”, apunta Jorge.

Fue la primera vez que Cancún desestimó a la Ciudad de México como ombligo, y miró hacia El Caribe como quien busca algo pero sin saber muy bien qué. La respuesta llegó una década después, en junio de 1988, con Borge Martín como gobernador, cuando se celebró el I Festival Internacional de Cultura del Caribe (FICC), organizado por el Programa Cultural de las Fronteras (PCF) y el Instituto Quintanarroense de Cultura (IQC). Por primera vez, Cancún se asumió como parte de algo más allá de sus fronteras nacionales. 

El festival tuvo como objetivo “fortalecer una identidad común”, así como estrechar lazos de cooperación entre “pueblos afines”, según recuerda el antropólogo cancunense Luis Alberto Velasco Ruiz en su tesis de doctorado Cancún: marca turística, nación tropical.

Fue una época de efervescencia cultural. En la inauguración estuvo el poeta y exministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal. Y en la programación, Tito Puente, Celia Cruz y la Sonora Ponceña, que amenizaron el ambiente para los 663 representantes invitados, provenientes de 15 países de la cuenca caribeña.

El festival, documenta Velasco Ruiz, no se movió al ritmo del mariachi, el ranchero o cualquier otro género nacionalista, sino que se ambientó con reggae y sambay macho —una suerte de mezcla de la jarana yucateca con ritmos afroantillanos—.

Este empuje sirvió para que Cancún y el resto de la franja costera y turística de Quintana Roo se empezaran a promocionar como Caribe mexicano: una estrategia de márquetin cuyo objetivo era arrebatarle a las islas vecinas los más turistas que pudiera. Eso, más la fuerte migración cubana a esta ciudad, hizo que Cancún se autopercibiera cada vez más caribeño.

Como sea, Cancún, que a ojos de todos nació como un proyecto caprichoso de un grupo de banqueros provenientes del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato indígena maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la grandilocuente Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera, afirma Luis Alberto. 

—Es curioso cómo Cancún, pese a todo lo que se dice mal de él, le dio a Quintana Roo la relevancia necesaria, en términos de población, economía, turismo, foco mediático, para que en 1974 pasara de ser “territorio” a un estado más de la República, el más nuevo de todos. Y luego, en los ochenta, dotó al país de una nueva frontera. Por decirlo así: Cancún le restituyó a México cierta caribeñidad, aunque sea desde el punto de vista económico y comercial y, por otro lado, a la península, que siempre ha sido separatista, un poco de mexicanidad —dice Luis Alberto en entrevista. 

—¿No te parece triste que nuestra identificación con lo caribeño se dio a partir del márquetin y no como resultado de una reflexión sobre lo que nos hermana a nivel cultural o social con El Caribe —pregunto.

—En un principio te diría que sí. Pero es que, si el proyecto turístico de Cancún no tuvo mayor anclaje en lo caribeño, fue porque México en ese entonces no se consideraba un país caribeño. Tiene que ver con las condiciones geopolíticas de ese entonces. Eso no estaba en el relato nacional ni en las políticas públicas ni educativas. Éramos un país indomestizo. Y aun así, a pesar de eso, Cancún abrió esa tercera frontera, que no solo es un reconocimiento a que somos, por geografía, parte del Caribe, sino que es una aceptación de una tercera raíz, la africana. Se reconoce, por fin, que en Quintana Roo existe la población negra. Sin Cancún, yo creo que Quintana Roo hubiera tardado más en considerarse caribeño —responde Luis Alberto.

—Me quedé pensando en que la historia de El Caribe está marcada por el esclavismo, guerras de liberación independentistas o revolucionarias como en Cuba y otros tantos procesos sociales que no se vivieron en Cancún. ¿Eso lo deja fuera de la región? —pregunto.

—Hay un autor que se llama Sidney Mintz, que habla de cómo las islas caribeñas pasaron de cultivar su propia comida para producir mercancías para otros países coloniales. Habla de los cuatro monocultivos que se dieron en toda la región: azúcar, tabaco, café, algodón. En Quintana Roo pasó con el henequén, las maderas preciosas, el chicle y la caña de azúcar. Esta idea de cultivos coloniales la han usado otros autores, para equipararla con otros procesos. Stella Arnaiz y Alfredo César [los primeros en estudiar Cancún desde la Sociología] retomaron la idea de Mintz para hablar del turismo como una nueva plantación. Y visto así, el turismo como otro monocultivo nos empata con El Caribe por compartir una historia de explotación económica —responde Luis Alberto.

Quizás, donde hay más afinidades, donde Cancún tiene más posibilidades de insertarse en la región, es en el ámbito de lo imaginativo: en la literatura. Y quizá es Agustín Labrada, poeta y periodista de origen cubano ahora radicado en Cancún, la mejor expresión.

Agustín Labrada tiene la obra mejor documentada sobre la literatura de Quintana Roo.

Agustín Labrada, cancubano

La primera vez que el cubano Agustín Labrada escuchó sobre Quintana Roo no sabía dónde quedaba. Fue en 1990 y recuerda que fue por voz de una mujer que irrumpió en la oficina de la Asociación Hermanos Saíz, una organización cultural que impulsa a artistas jóvenes, en donde él estaba al frente de la sección de literatura.

“Llegó una mujer con los pelos parados: ‘Hola, soy Adriana de la Cruz Molina, directora del Instituto de la Cultura de Quintana Roo’. ¿Y dónde queda eso?, le dije”, recuerda entre risas Dimas Agustín Labrada Aguilera, 61 años, poeta, crítico literario y periodista originario de Holguín, pero adoptado por este lado de El Caribe desde hace más de tres décadas. “Luego de la aclaración geográfica nos explicó que el entonces gobernador Miguel Borge había ido a firmar un convenio con Cuba y que les interesaba hacer una muestra de arte de artistas quintanarroenses. Y esa misma semana organizamos la Semana del Arte de Quintana Roo en La Habana”.

Se trataba de otro intento de Miguel Borge —el mismo que organizó aquel Festival Internacional de Cultura del Caribe— por hermanar a Cancún con la región. 

Uno de los invitados al evento fue Ramón Iván Suárez Caamal, autor del himno oficial del estado, con quien a partir de entonces Agustín sostuvo una intensa correspondencia.

“En 1992 me dice Ramón que lo hicieron director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar y también del Instituto de Cultura de Bacalar, y que me escribía para invitarme a una residencia de tres meses para dar un taller literario para niños y adolescentes”, dice Agustín, quien estudió la licenciatura en Educación, con especialidad en Español y Literatura, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de La Habana.

Agustín llegó el 10 de febrero de 1992 y aterrizó con una extraña sensación de libertad, de la que ya no se quiso separar.

“Yo ya sabía desde antes que quería salirme de Cuba a como diera lugar. Eran años muy duros; era el Periodo especial. Después de ese taller, la Sociedad General de Escritores (Sogem) organizó un diplomado en Quintana Roo que originalmente estaba pensado para escritores de México y Centroamérica, pero añadieron a El Caribe porque querían que lo tomara, porque sabían que me quería quedar. Después Jorge Durán, que estaba al frente del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social del estado, me invitó a Chetumal para que tuviera mi propio espacio en la radio, un programa que llamé ‘Una puerta al mar’. Luego me invitaron al periódico Por Esto para que me incorporara como reportero. Y ya no regresé más a Cuba”, recuerda. 

En Cuba, Agustín solo había escrito poesía y en Quintana Roo se probó en otros géneros: ensayo, crítica literaria y periodismo. Empezó a dar talleres, conferencias, lecturas de su obra en el extranjero, a ser jurado en concursos literarios; traducido al inglés, francés, maya, griego, ruso, portugués, italiano; compilado en decenas de antologías. De 1997 al 2012 coordinó el Premio internacional de poesía Nicolás Guillén, auspiciado por la Universidad Autónoma de Quintana Roo y la Unión Nacional de Artistas de Cuba, dirigido a escritores del Caribe Hispano, categoría a donde incluyeron a México, como reconocimiento de esa tercera frontera que abrió Cancún, en donde reside desde 2017. 

Agustín ha escrito más de 10 libros merecedores de premios locales e internacionales. Una de esas publicaciones reúne los textos mejor logrados que hizo como reportero sobre la obra de autores de Quintana Roo. Se titula Palabra de la frontera. 

“Es uno de los estudios más completos e importantes que se han hecho sobre literatura quintanarroense. Agustín ha escrito las cosas más importantes al respecto. Es de los primeros que hace una crítica tan documentada”, afirma en entrevista el escritor David Anuar, quien la incluyó como lectura obligatoria cuando impartió la materia Literatura de Quintana Roo en la Universidad Autónoma de Yucatán.

Gracias a esta obra sabemos que el primer poeta de Quintana Roo fue Wenceslao Alpuche, que nació en la zona maya y que era muy amigo del poeta cubano José María Heredia; que fue una mujer, Elvira Aguilar Angulo, la primera en publicar un cuaderno de cuentos, no con influencias europeas ni estadounidenses, sino que estaba profundamente inserta en el “boom” latinoamericano; que hay temas recurrentes en las obras producidas en el estado: la migración, el clima, la música, la cultura playera, el amor y la oposición entre la belleza del paisaje y las sórdidas relaciones humanas. 

Agustín no llegó en delfín como creía la joven Valeria. Migró, como otros tantos, a causa del panorama adverso en Cuba. Alguna vez le atrajo la idea de irse a la Ciudad de México o Miami, pero decidió permanecer aquí. Y lo hizo para estudiar la literatura local y mostrarnos que, pese al dominio de la industria turística y su hambre que amenaza con devorar todo a su alcance, esta también es una ciudad que posibilita escribir poemas de amor como él lo hace, y que ahora forman parte de los anales de la literatura caribeña de la que Cancún es parte.

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Este reportaje fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales.

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La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

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26
2026
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Cancún, que a ojos de todos nació como un capricho de un grupo de banqueros del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la Gran Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera. Y abrazar a los cubanos.

Hace poco, una amiga me contó que en su antigua escuela primaria los maestros de educación física eran cubanos y que cada tanto, durante las clases, entre las vueltas de rueda y las tablas gimnásticas, les repetían la misma historia fantástica:

“Los profes siempre decían que ellos habían llegado a Cancún en un delfín. Era un pequeño chiste que ellos nos decían. Y nosotros, que éramos niños, todos impactados, decíamos: ‘¡Wow, llegó en un delfín! ¡Wow, y es cubano! ¿Será que todos los cubanos llegan en delfín?’”, me dijo Valeria Annemick, 27 años, en un audio de WhatsApp.

No era una circunstancia exclusiva de su primaria. En escuelas públicas de Cancún era común ver cubanos en las plantillas docentes. Los millennials como Valeria tuvieron sus primeros contactos con cubanos en clases de baile, porque los oyeron en algún grupo musical de un bar cualquiera o porque les recetaban antibióticos en consultorios. Esta generación ha sido testigo también de un cambio, pues ahora los ven como repartidores de comida, cajeros en tiendas de conveniencia, vigilantes, mototaxistas, viene-viene o tenderos en mercados públicos, pero también como emprendedores, académicos o poetas: es una comunidad de extranjeros que se ha integrado y destacado como pocas lo han conseguido en Cancún.

Por la cercanía geográfica, por el atractivo mercado laboral y porque no impone la adaptación a un clima extraño, Quintana Roo ha sido desde siempre una opción de primera mano para la migración cubana. Tanto, que los caribeños eran hasta 2020 la tercera población más grande de extranjeros viviendo en el estado (4 500). Cancún concentra la mayoría de ellos, que se han ido acomodando en una zona ahora conocida como la Pequeña Habana (aunque no podría parecerse menos a la ciudad capital cubana).

Cancún es la ciudad más joven de México. Nació en los años setenta como un ambicioso proyecto de construcción del Gobierno federal, que preveía un nuevo polo turístico y su ciudad contigua. Los arquitectos Agustín y Enrique Landa y Javier Solórzano fueron los encargados de trazar el plan maestro. Para la zona urbana concibieron un modelo de ciudad jardín: bloques habitacionales con áreas verdes como núcleo, rodeadas de viviendas unifamiliares y lotes destinados a escuelas, comercios de barrio y demás servicios, con el objetivo de tener todo lo necesario para la vida cotidiana en pocos metros a la redonda. A los bloques se les denominó supermanzanas y forman parte de lo que se conoce como “la zona fundacional de Cancún”. La Pequeña Habana está en las supermanzanas 22 y 23. 

Una pinta en una barda de la supermanzana 23, en Cancún.

El corazón de la Pequeña Habana

Como Cancún nació casi ayer, no luce como otras ciudades mexicanas con profundas raíces históricas. No tiene una catedral ni un zócalo o plaza central que ordene la vida civil, por ejemplo. Por mucho tiempo, la supermanzana 22 fungió como una suerte de centro de la ciudad, con sus antros, bares gais, restaurantes y el Parque de las Palapas —un punto de reunión popular donde se va a comprar antojitos y a placear—. Pero luego, hacia los noventa, llegó el modelo all inclusive a la zona hotelera de Cancún. Los vacacionistas se encerraron en sus hoteles y la supermanzana 22 se fue a pique. Los negocios que había a lo largo de la avenida Yaxchilán, por la que se veía caminar a los turistas hace años, fueron cerrando de a poco. Y la vía se fue llenando de banderas cubanas que anunciaban restaurantes de comida típica o bares con rumba a tope a cargo del Grupo Melao.

Así, la Yaxchilán se volvió la zona comercial cubana. Hoy sigue viva gracias a los negocios operados o atendidos por los cubanos. Hay restaurantes, bares, tiendas de ropa, lavanderías, una farmacia y un negocio de mensajería. Me acerco para conocer un poco más de los clientes. En la mensajería anuncian envíos de todo a Cuba, desde alimentos no perecederos, sartenes o motos hasta medicamentos.

Alejandra Ramírez, mexicana de 35 años, atiende la farmacia. Dice que los cubanos acuden a ella, sobre todo, en búsqueda de algo que alivie dolores físicos, el pánico y la ansiedad.

“Como sabrás, en Cuba no hay acceso a medicamentos. Vienen aquí para comprar medicinas, para ellos o para enviarlas junto con material de cirugías. Lo que se les dificulta mucho es conseguir las recetas. No suelen traer recetas de hospitales, sino de consultorios privados, como los de Farmacias Similares”, explica Alejandra, quien también montó un pequeño centro de cómputo para ayudar a los cubanos con los trámites de la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados). 

La Comar es la institución encargada de las solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado. La demanda justifica su existencia: tras el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump, la presencia de cubanos en México aumentó.

“En enero de 2025, Trump canceló el CPB One [aplicación que usaban migrantes para solicitar citas para permisos humanitarios y presentarse ordenadamente en puertos de entrada]. Nadie tiene la cifra exacta, pero se calculan alrededor de 300 mil registros de citas frustradas, de las que 200 mil eran de otras nacionalidades diferentes a la mexicana, y que son personas que se quedaron varadas en México”, dice en entrevista Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI).

Muchos de esos migrantes solicitaron refugio en México, lo cual se tradujo en una mayor carga de trabajo para la Comar, que recibió en 2025 más de 70 mil peticiones de asilo, de las que 34 mil eran de cubanos.

Existe todo un protocolo para solicitar la medida de protección internacional. En una de las fases, los migrantes deben presentar un escrito con los motivos por los cuales están solicitando refugio.

—¿Has tenido que estudiar leyes migratorias para orientar a los cubanos que vienen a pedirte ayuda? —consulto a Alejandra, la de la farmacia.

—No, ya tengo un formato que vamos llenando. Ellos me mandan por mensaje de WhatsApp lo que quieran que ponga y me piden que se los pase a un documento Word. La mayoría viene por asedio, acoso; porque no hay comida o buscan nuevas oportunidades.

—¿Tienes por ahí un ejemplo que pueda ver?

—Sí, mira, de hecho estoy por hacer uno que me acaban de pedir…

Entramos al país con visa de turismo, decidimos quedarnos en México porque la situación en mi país es insostenible. Es una persecución por todo y a todas horas. Mi esposo y yo somos trabajadores por cuenta propia y ya ni trabajar te dejan los inspectores que te multan. No te dejan trabajar. La verdad es que estamos cansados de este sistema. Mi esposo trabajó 35 años en una fábrica de ron y sencillamente cerró la fábrica hace un año por derrumbe y decidió trabajar por cuenta propia porque se quedó sin trabajo. Salió a buscar trabajo, pero no hay trabajo. Todo es un constante estrés. Quiero vivir en un país donde pueda vivir como una persona, y que si sales a la calle a protestar no te priven de la libertad. (Mantenemos el mensaje anónimo por protección de datos personales.)

También van personas a pedir orientación y ayuda para imprimir documentos de identidad y solicitudes de trabajo. Virgen Beatriz Barnet Zulueta vive lejísimos, pero vino sólo a imprimir su CURP en este local para un nuevo trabajo como vigilante del estacionamiento de una iglesia. Aunque ella ya tiene su residencia permanente, viajó 40 minutos por pura melancolía, porque hace 10 años aquí mismo le tendieron la mano por primera vez cuando recién había llegado a Cancún. En este local la orientaron sobre los trámites y papeles que necesitaba para regularizar su situación migratoria. “Vengo porque esas que atienden se hicieron las amigas mías”, dice Beatriz. 

En Cancún, los cubanos de las recientes migraciones están ocupando trabajos informales y precarios, como mecánico de autos, repartidor de comida, mototaxistas.

Una colonia bonita para dormir

A unas cuantas calles está la supermanzana 23, que es donde duerme buena parte de los cubanos que migraron a Cancún. Es muy bonita, con edificios de estilo entre brutalista y moderno, corroídos por la humedad tropical, pero con detalles coloridos que intentan una resucitación: rejas, marcos de puertas y ventanas, balcones y macetas verde pistache, azul pastel, amarillo fluorescente. Es una de las colonias más conocidas de esta ciudad turística, pues en un extremo está la terminal de autobuses que moviliza más de tres millones de pasajeros al año. Y del otro lado está el único mercado público, “El 23”, de donde salen las frutas y verduras que alimentan a la población.

Al fondo de la calle 5 había una escuela primaria que quedó en los huesos porque la vandalizaron durante la pandemia del covid. En 2022 hubo un intento de rehabilitarla: la idea era que la Comar tuviera, por fin, unas oficinas en el sureste de México, pero el plan nunca prosperó y los cubanos de por aquí aún tienen que esperar más de un año a las respuestas de sus solicitudes de refugio, mismas que se revisan, junto a otras cientos de miles que acumula la sede regional, en Chiapas.

Muchos de los edificios en esta supermanzana fueron divididos para ofrecer cuartos en renta, que empezaron a llenarse de cubanos hacia los noventa. Y es que el llamado Periodo especial en la isla provocó un éxodo sin precedentes. Cancún fue uno de los destinos mayoritarios. Para inicios del milenio, los cubanos ya eran la segunda población más grande de extranjeros viviendo en la ciudad, según Soila Meneses Padilla, investigadora de la Universidad Iberoamericana. Eran personas con una preparación profesional y cultural muy sólida, que conseguían emplearse en el comercio o la academia. 

A un cuarto de siglo de distancia la población cubana en Cancún sigue siendo una de las más nutridas, superada por los estadounidenses y venezolanos. Solo que ahora el trayecto se ha vuelto más riesgoso y, cuando por fin los migrantes consiguen llegar, los trabajos que encuentran son los más precarios, además de que permanecen en un limbo derivado del endurecimiento de las políticas migratorias de EU, que ha tenido como consecuencia la deportación de miles de cubanos que han optado por Cancún para rehacer sus vidas.

La migración cubana se ha dado por varias vías: la regular, en vuelo y con pasaporte en mano, ya sea de personas que buscan pasar el mayor tiempo posible fuera de Cuba y regresar intermitentemente, o también porque algún familiar solicitó y le aprobaron la reunificación familiar. Existe también la indirecta: cubanos que residían en otro estado, pero que optaron por mudarse a esta ciudad o porque los deportaron de Estados Unidos y buscaron un lugar cerca de Cuba, con un clima parecido y un mercado laboral atractivo. Y la irregular: la de personas que se montan en balsas hechizas y navegan en alta mar hasta tocar la costa mexicana o que llegan en lanchas administradas por redes organizadas de tráfico de migrantes.

Recorro la supermanzana 23 buscando más historias de deportación. En la calle Palmera encontré una cuartería, una casa de dos plantas, en cuya cochera había una tarde de marzo dos cubanos que daban mantenimiento a la cisterna. La escena da una idea de lo complicado que es el estatus de los cubanos deportados. Reiniel Hernán López, 39 años, me explica que para salir de Cuba, en 2024, tramitó su pasaporte, voló a Nicaragua, subió hasta México, descargó la aplicación CPB One, le autorizaron cruzar la frontera norte, consiguió trabajo y un día la autoridad lo citó. Pensó que era parte de su trámite de residencia temporal en Estados Unidos, pero lo detuvieron así, sin más. Después de pasar dos meses encerrado pidió la deportación voluntaria. Aterrizó en Tabasco y se montó en un camión con dirección a Cancún. 

—¿Cómo fue que decidiste venir a Cancún? ¿Alguien ya te había hablado de Cancún?

—No, las 60 personas que nos deportaron nos subimos a la guagua y nos trajo hasta acá… —explica Reiniel. Entretanto, el otro cubano se acerca intrigado.

—Veo que es usted reportero —interrumpe.

—Sí, estoy escribiendo un texto sobre la migración cubana a Can…

—Pero si es comunista, no le acepto ni una palabra.

—Es un trabajo que…

—Si hay algo a lo que le tengo odio en la vida es al comunismo y la dictadura en que se ha convertido Cuba. Aquí tú puedes coger un papel y escribir “Abajo Claudia Sheinbaum” [presidenta de México] y no te pasa nada. Pero si tú lo haces allá, te matan o te meten preso 30, 40 años. ¿Tú me entiendes? Entonces, eso se llama dictadura. El pueblo allá se está muriendo de hambre, de necesidad. Y ellos, la camarilla que gobierna, están gordos, rojitos. Yo conocí el mundo cuando salí de Cuba hace ocho años. 

—¿A qué te refieres con “conocí el mundo”?

—Cosas que no se conocen en Cuba: la libertad. La posibilidad de conocerte un pedazo de carne al gusto tuyo, un camarón, una langosta. La posibilidad de poder disfrutar tu trabajo en lo que tu quieras y pagarte un viaje pa’donde sea. La posibilidad de vivir cómodamente con un trabajo. ¿Sabes cuánto es un salario allá? Yo soy licenciado en cultura física, graduado en la Universidad de Ciencias y la Cultura Física y el Deporte de allá, de La Habana, Manuel Fajardo. ¿Usted sabe cuánto ganaba al mes por entrenar a un equipo de lucha grecorromana de niños? 20 dólares. ¿Qué me alcanza con eso? Para un kilo de huevo. 

—Cuéntame, ¿en qué parte de Cuba nacis… 

—Por eso el cubano se vuelve ladrón, pero ladrón al Gobierno, que es el ladrón mayor. En los trabajos se roban cosas para luego venderlas, porque cuando tu hijo te pide comida, no puedes decirle que no —hace una pausa.

—Te preguntaba de dónde eres.

—De La Habana. Me llamo José Alexander Barberi Otero, de 54 años, enemigo número uno del comunismo, de los Castros, los Canel, de toda esa gente. Yo quisiera antes de morir ver que se caiga esa dictadura porque me hicieron mucho daño.

Los próximos 30 minutos de entrevista son de José criticando al Gobierno cubano. No importa la pregunta que le hago, él lanza y lanza dardos. Me cuenta que la Policía lo golpeó varias veces por hablar como lo hace ahora conmigo, que se hartó de la situación económica y decidió irse, tomando la misma ruta que Reiniel, su compañero de residencia: de Nicaragua a Estados Unidos, de donde fue deportado en septiembre pasado. 

José ahora es el administrador de este edificio de cuartos en renta. Hay, me dice, otros cubanos en situación muy parecida, que no pudieron cruzar a EUA y que ahora trabajan aquí como mototaxistas, repartidores de comida a través de aplicaciones digitales y demás empleos informales y precarios que solían desempeñar personas que venían de zonas rurales del sureste del país, pero que ahora los ocupan ellos.

Pregunté a Fernando Martí, cronista de Cancún; a Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo de la Pequeña Habana; a Luz María Beristain, una política que ha apoyado desde siempre a migrantes y dueña de uno de los locales en la Yaxchilán, y ninguno me supo decir cómo y por qué la supermanzana 23 empezó a ser habitada por cubanos. 

Quizá sea por lo bonito, céntrico y seguro que es, por lo accesible de la comida del Mercado 23 o por lo familiarizado que han de estar con los besos y abrazos del adiós en la terminal de autobuses de aquí al lado.

Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo en la avenida Yaxchilán, la zona comercial fecuentada por cubanos.

Cancún, Cuba y El Caribe

Muy al inicio, cuando absolutamente todo alrededor era nada más que sol, selva y mosquitos, lo único que se alcanzaba a escuchar era la radio de Cuba. Estaban en un pequeño campamento en medio de la inmensa soledad; el agua se extraía de pozos, alumbraban con botes de trapos bañados en gasolina, no había señal de televisión y lo único que tenían para entretenerse los trabajadores que pusieron las primeras piedras de lo que sería Cancún, allá por 1970, eran la programación de Radio Rebelde y Radio Martí.

Quintana Roo, Cuba y El Caribe están entrelazados por unos cuantos episodios curiosos, artísticos y hasta filosóficos. 

José Martí, el ensayista, poeta y libertador cubano, pasó por Isla Mujeres en 1877 y dejó una bella crónica. Antes de que se levantaran los altos hoteles en Cancún, ya existía un campamento de tabaco trabajado, en su mayoría, por cubanos. Durante la Guerra Fría, en plena Crisis de los misiles, Estados Unidos instaló una base militar en Cozumel, por si necesitaba intervenir en Cuba. En 1981, el entonces presidente de México, José López Portillo, le pidió a Fidel Castro abstenerse de asistir a la Cumbre Norte-Sur, a celebrarse en Cancún, ante las presiones de Richard Nixon. Los líderes gremiales de Cancún iban a formarse en la Escuela Nacional Cuadros Sindicales “Lázaro Peña” de La Habana. 

Además, uno de los pocos monumentos públicos en Cancún está dedicado a Martí. Esto se explica porque Felipe Amaro Santana, segundo presidente municipal de Cancún (1978-1981), consciente de que Cancún era una ciudad nueva, lanzó el programa “Integración social e Identidad Nacional”, el cual buscaba generar arraigo entre la incipiente población a través de promocionar la historia de México y de la región. 

En este contexto se levantan dos esculturas: Monumento acerca de la Historia de México y el Monumento a José Martí. “El Gobierno cubano donó a Cancún el monumento a José Martí”, recuerda en entrevista el periodista Jorge Durán, a quien se le comisionó como uno de los asesores del autor de las obras, el escultor cubano José Delarra. Se trata de una estructura en cuatro piezas, largas y altas láminas de cemento en forma de aspas de licuadora, sobre las que grabó la figura de Martí y algunas de sus frases célebres. “Se ha vuelto uno de los más emblemáticos de la ciudad. Una de las frases que tiene sintetiza en buena parte el espíritu de Cancún: ‘Vengo de todas partes y hacia todas partes voy’”, apunta Jorge.

Fue la primera vez que Cancún desestimó a la Ciudad de México como ombligo, y miró hacia El Caribe como quien busca algo pero sin saber muy bien qué. La respuesta llegó una década después, en junio de 1988, con Borge Martín como gobernador, cuando se celebró el I Festival Internacional de Cultura del Caribe (FICC), organizado por el Programa Cultural de las Fronteras (PCF) y el Instituto Quintanarroense de Cultura (IQC). Por primera vez, Cancún se asumió como parte de algo más allá de sus fronteras nacionales. 

El festival tuvo como objetivo “fortalecer una identidad común”, así como estrechar lazos de cooperación entre “pueblos afines”, según recuerda el antropólogo cancunense Luis Alberto Velasco Ruiz en su tesis de doctorado Cancún: marca turística, nación tropical.

Fue una época de efervescencia cultural. En la inauguración estuvo el poeta y exministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal. Y en la programación, Tito Puente, Celia Cruz y la Sonora Ponceña, que amenizaron el ambiente para los 663 representantes invitados, provenientes de 15 países de la cuenca caribeña.

El festival, documenta Velasco Ruiz, no se movió al ritmo del mariachi, el ranchero o cualquier otro género nacionalista, sino que se ambientó con reggae y sambay macho —una suerte de mezcla de la jarana yucateca con ritmos afroantillanos—.

Este empuje sirvió para que Cancún y el resto de la franja costera y turística de Quintana Roo se empezaran a promocionar como Caribe mexicano: una estrategia de márquetin cuyo objetivo era arrebatarle a las islas vecinas los más turistas que pudiera. Eso, más la fuerte migración cubana a esta ciudad, hizo que Cancún se autopercibiera cada vez más caribeño.

Como sea, Cancún, que a ojos de todos nació como un proyecto caprichoso de un grupo de banqueros provenientes del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato indígena maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la grandilocuente Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera, afirma Luis Alberto. 

—Es curioso cómo Cancún, pese a todo lo que se dice mal de él, le dio a Quintana Roo la relevancia necesaria, en términos de población, economía, turismo, foco mediático, para que en 1974 pasara de ser “territorio” a un estado más de la República, el más nuevo de todos. Y luego, en los ochenta, dotó al país de una nueva frontera. Por decirlo así: Cancún le restituyó a México cierta caribeñidad, aunque sea desde el punto de vista económico y comercial y, por otro lado, a la península, que siempre ha sido separatista, un poco de mexicanidad —dice Luis Alberto en entrevista. 

—¿No te parece triste que nuestra identificación con lo caribeño se dio a partir del márquetin y no como resultado de una reflexión sobre lo que nos hermana a nivel cultural o social con El Caribe —pregunto.

—En un principio te diría que sí. Pero es que, si el proyecto turístico de Cancún no tuvo mayor anclaje en lo caribeño, fue porque México en ese entonces no se consideraba un país caribeño. Tiene que ver con las condiciones geopolíticas de ese entonces. Eso no estaba en el relato nacional ni en las políticas públicas ni educativas. Éramos un país indomestizo. Y aun así, a pesar de eso, Cancún abrió esa tercera frontera, que no solo es un reconocimiento a que somos, por geografía, parte del Caribe, sino que es una aceptación de una tercera raíz, la africana. Se reconoce, por fin, que en Quintana Roo existe la población negra. Sin Cancún, yo creo que Quintana Roo hubiera tardado más en considerarse caribeño —responde Luis Alberto.

—Me quedé pensando en que la historia de El Caribe está marcada por el esclavismo, guerras de liberación independentistas o revolucionarias como en Cuba y otros tantos procesos sociales que no se vivieron en Cancún. ¿Eso lo deja fuera de la región? —pregunto.

—Hay un autor que se llama Sidney Mintz, que habla de cómo las islas caribeñas pasaron de cultivar su propia comida para producir mercancías para otros países coloniales. Habla de los cuatro monocultivos que se dieron en toda la región: azúcar, tabaco, café, algodón. En Quintana Roo pasó con el henequén, las maderas preciosas, el chicle y la caña de azúcar. Esta idea de cultivos coloniales la han usado otros autores, para equipararla con otros procesos. Stella Arnaiz y Alfredo César [los primeros en estudiar Cancún desde la Sociología] retomaron la idea de Mintz para hablar del turismo como una nueva plantación. Y visto así, el turismo como otro monocultivo nos empata con El Caribe por compartir una historia de explotación económica —responde Luis Alberto.

Quizás, donde hay más afinidades, donde Cancún tiene más posibilidades de insertarse en la región, es en el ámbito de lo imaginativo: en la literatura. Y quizá es Agustín Labrada, poeta y periodista de origen cubano ahora radicado en Cancún, la mejor expresión.

Agustín Labrada tiene la obra mejor documentada sobre la literatura de Quintana Roo.

Agustín Labrada, cancubano

La primera vez que el cubano Agustín Labrada escuchó sobre Quintana Roo no sabía dónde quedaba. Fue en 1990 y recuerda que fue por voz de una mujer que irrumpió en la oficina de la Asociación Hermanos Saíz, una organización cultural que impulsa a artistas jóvenes, en donde él estaba al frente de la sección de literatura.

“Llegó una mujer con los pelos parados: ‘Hola, soy Adriana de la Cruz Molina, directora del Instituto de la Cultura de Quintana Roo’. ¿Y dónde queda eso?, le dije”, recuerda entre risas Dimas Agustín Labrada Aguilera, 61 años, poeta, crítico literario y periodista originario de Holguín, pero adoptado por este lado de El Caribe desde hace más de tres décadas. “Luego de la aclaración geográfica nos explicó que el entonces gobernador Miguel Borge había ido a firmar un convenio con Cuba y que les interesaba hacer una muestra de arte de artistas quintanarroenses. Y esa misma semana organizamos la Semana del Arte de Quintana Roo en La Habana”.

Se trataba de otro intento de Miguel Borge —el mismo que organizó aquel Festival Internacional de Cultura del Caribe— por hermanar a Cancún con la región. 

Uno de los invitados al evento fue Ramón Iván Suárez Caamal, autor del himno oficial del estado, con quien a partir de entonces Agustín sostuvo una intensa correspondencia.

“En 1992 me dice Ramón que lo hicieron director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar y también del Instituto de Cultura de Bacalar, y que me escribía para invitarme a una residencia de tres meses para dar un taller literario para niños y adolescentes”, dice Agustín, quien estudió la licenciatura en Educación, con especialidad en Español y Literatura, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de La Habana.

Agustín llegó el 10 de febrero de 1992 y aterrizó con una extraña sensación de libertad, de la que ya no se quiso separar.

“Yo ya sabía desde antes que quería salirme de Cuba a como diera lugar. Eran años muy duros; era el Periodo especial. Después de ese taller, la Sociedad General de Escritores (Sogem) organizó un diplomado en Quintana Roo que originalmente estaba pensado para escritores de México y Centroamérica, pero añadieron a El Caribe porque querían que lo tomara, porque sabían que me quería quedar. Después Jorge Durán, que estaba al frente del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social del estado, me invitó a Chetumal para que tuviera mi propio espacio en la radio, un programa que llamé ‘Una puerta al mar’. Luego me invitaron al periódico Por Esto para que me incorporara como reportero. Y ya no regresé más a Cuba”, recuerda. 

En Cuba, Agustín solo había escrito poesía y en Quintana Roo se probó en otros géneros: ensayo, crítica literaria y periodismo. Empezó a dar talleres, conferencias, lecturas de su obra en el extranjero, a ser jurado en concursos literarios; traducido al inglés, francés, maya, griego, ruso, portugués, italiano; compilado en decenas de antologías. De 1997 al 2012 coordinó el Premio internacional de poesía Nicolás Guillén, auspiciado por la Universidad Autónoma de Quintana Roo y la Unión Nacional de Artistas de Cuba, dirigido a escritores del Caribe Hispano, categoría a donde incluyeron a México, como reconocimiento de esa tercera frontera que abrió Cancún, en donde reside desde 2017. 

Agustín ha escrito más de 10 libros merecedores de premios locales e internacionales. Una de esas publicaciones reúne los textos mejor logrados que hizo como reportero sobre la obra de autores de Quintana Roo. Se titula Palabra de la frontera. 

“Es uno de los estudios más completos e importantes que se han hecho sobre literatura quintanarroense. Agustín ha escrito las cosas más importantes al respecto. Es de los primeros que hace una crítica tan documentada”, afirma en entrevista el escritor David Anuar, quien la incluyó como lectura obligatoria cuando impartió la materia Literatura de Quintana Roo en la Universidad Autónoma de Yucatán.

Gracias a esta obra sabemos que el primer poeta de Quintana Roo fue Wenceslao Alpuche, que nació en la zona maya y que era muy amigo del poeta cubano José María Heredia; que fue una mujer, Elvira Aguilar Angulo, la primera en publicar un cuaderno de cuentos, no con influencias europeas ni estadounidenses, sino que estaba profundamente inserta en el “boom” latinoamericano; que hay temas recurrentes en las obras producidas en el estado: la migración, el clima, la música, la cultura playera, el amor y la oposición entre la belleza del paisaje y las sórdidas relaciones humanas. 

Agustín no llegó en delfín como creía la joven Valeria. Migró, como otros tantos, a causa del panorama adverso en Cuba. Alguna vez le atrajo la idea de irse a la Ciudad de México o Miami, pero decidió permanecer aquí. Y lo hizo para estudiar la literatura local y mostrarnos que, pese al dominio de la industria turística y su hambre que amenaza con devorar todo a su alcance, esta también es una ciudad que posibilita escribir poemas de amor como él lo hace, y que ahora forman parte de los anales de la literatura caribeña de la que Cancún es parte.

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Este reportaje fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales.

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José Alexander Barberi Otero, de 54 años, nacido en La Habana y habitante de la supermanzana 23 de Cancún, fue entrenador de lucha grecorromana en Cuba. Todas las fotografías: Ricardo Hernández Ruiz.

La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

La migración cubana en Cancún y la tercera frontera de México

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Cancún, que a ojos de todos nació como un capricho de un grupo de banqueros del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la Gran Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera. Y abrazar a los cubanos.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

Hace poco, una amiga me contó que en su antigua escuela primaria los maestros de educación física eran cubanos y que cada tanto, durante las clases, entre las vueltas de rueda y las tablas gimnásticas, les repetían la misma historia fantástica:

“Los profes siempre decían que ellos habían llegado a Cancún en un delfín. Era un pequeño chiste que ellos nos decían. Y nosotros, que éramos niños, todos impactados, decíamos: ‘¡Wow, llegó en un delfín! ¡Wow, y es cubano! ¿Será que todos los cubanos llegan en delfín?’”, me dijo Valeria Annemick, 27 años, en un audio de WhatsApp.

No era una circunstancia exclusiva de su primaria. En escuelas públicas de Cancún era común ver cubanos en las plantillas docentes. Los millennials como Valeria tuvieron sus primeros contactos con cubanos en clases de baile, porque los oyeron en algún grupo musical de un bar cualquiera o porque les recetaban antibióticos en consultorios. Esta generación ha sido testigo también de un cambio, pues ahora los ven como repartidores de comida, cajeros en tiendas de conveniencia, vigilantes, mototaxistas, viene-viene o tenderos en mercados públicos, pero también como emprendedores, académicos o poetas: es una comunidad de extranjeros que se ha integrado y destacado como pocas lo han conseguido en Cancún.

Por la cercanía geográfica, por el atractivo mercado laboral y porque no impone la adaptación a un clima extraño, Quintana Roo ha sido desde siempre una opción de primera mano para la migración cubana. Tanto, que los caribeños eran hasta 2020 la tercera población más grande de extranjeros viviendo en el estado (4 500). Cancún concentra la mayoría de ellos, que se han ido acomodando en una zona ahora conocida como la Pequeña Habana (aunque no podría parecerse menos a la ciudad capital cubana).

Cancún es la ciudad más joven de México. Nació en los años setenta como un ambicioso proyecto de construcción del Gobierno federal, que preveía un nuevo polo turístico y su ciudad contigua. Los arquitectos Agustín y Enrique Landa y Javier Solórzano fueron los encargados de trazar el plan maestro. Para la zona urbana concibieron un modelo de ciudad jardín: bloques habitacionales con áreas verdes como núcleo, rodeadas de viviendas unifamiliares y lotes destinados a escuelas, comercios de barrio y demás servicios, con el objetivo de tener todo lo necesario para la vida cotidiana en pocos metros a la redonda. A los bloques se les denominó supermanzanas y forman parte de lo que se conoce como “la zona fundacional de Cancún”. La Pequeña Habana está en las supermanzanas 22 y 23. 

Una pinta en una barda de la supermanzana 23, en Cancún.

El corazón de la Pequeña Habana

Como Cancún nació casi ayer, no luce como otras ciudades mexicanas con profundas raíces históricas. No tiene una catedral ni un zócalo o plaza central que ordene la vida civil, por ejemplo. Por mucho tiempo, la supermanzana 22 fungió como una suerte de centro de la ciudad, con sus antros, bares gais, restaurantes y el Parque de las Palapas —un punto de reunión popular donde se va a comprar antojitos y a placear—. Pero luego, hacia los noventa, llegó el modelo all inclusive a la zona hotelera de Cancún. Los vacacionistas se encerraron en sus hoteles y la supermanzana 22 se fue a pique. Los negocios que había a lo largo de la avenida Yaxchilán, por la que se veía caminar a los turistas hace años, fueron cerrando de a poco. Y la vía se fue llenando de banderas cubanas que anunciaban restaurantes de comida típica o bares con rumba a tope a cargo del Grupo Melao.

Así, la Yaxchilán se volvió la zona comercial cubana. Hoy sigue viva gracias a los negocios operados o atendidos por los cubanos. Hay restaurantes, bares, tiendas de ropa, lavanderías, una farmacia y un negocio de mensajería. Me acerco para conocer un poco más de los clientes. En la mensajería anuncian envíos de todo a Cuba, desde alimentos no perecederos, sartenes o motos hasta medicamentos.

Alejandra Ramírez, mexicana de 35 años, atiende la farmacia. Dice que los cubanos acuden a ella, sobre todo, en búsqueda de algo que alivie dolores físicos, el pánico y la ansiedad.

“Como sabrás, en Cuba no hay acceso a medicamentos. Vienen aquí para comprar medicinas, para ellos o para enviarlas junto con material de cirugías. Lo que se les dificulta mucho es conseguir las recetas. No suelen traer recetas de hospitales, sino de consultorios privados, como los de Farmacias Similares”, explica Alejandra, quien también montó un pequeño centro de cómputo para ayudar a los cubanos con los trámites de la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados). 

La Comar es la institución encargada de las solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado. La demanda justifica su existencia: tras el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump, la presencia de cubanos en México aumentó.

“En enero de 2025, Trump canceló el CPB One [aplicación que usaban migrantes para solicitar citas para permisos humanitarios y presentarse ordenadamente en puertos de entrada]. Nadie tiene la cifra exacta, pero se calculan alrededor de 300 mil registros de citas frustradas, de las que 200 mil eran de otras nacionalidades diferentes a la mexicana, y que son personas que se quedaron varadas en México”, dice en entrevista Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI).

Muchos de esos migrantes solicitaron refugio en México, lo cual se tradujo en una mayor carga de trabajo para la Comar, que recibió en 2025 más de 70 mil peticiones de asilo, de las que 34 mil eran de cubanos.

Existe todo un protocolo para solicitar la medida de protección internacional. En una de las fases, los migrantes deben presentar un escrito con los motivos por los cuales están solicitando refugio.

—¿Has tenido que estudiar leyes migratorias para orientar a los cubanos que vienen a pedirte ayuda? —consulto a Alejandra, la de la farmacia.

—No, ya tengo un formato que vamos llenando. Ellos me mandan por mensaje de WhatsApp lo que quieran que ponga y me piden que se los pase a un documento Word. La mayoría viene por asedio, acoso; porque no hay comida o buscan nuevas oportunidades.

—¿Tienes por ahí un ejemplo que pueda ver?

—Sí, mira, de hecho estoy por hacer uno que me acaban de pedir…

Entramos al país con visa de turismo, decidimos quedarnos en México porque la situación en mi país es insostenible. Es una persecución por todo y a todas horas. Mi esposo y yo somos trabajadores por cuenta propia y ya ni trabajar te dejan los inspectores que te multan. No te dejan trabajar. La verdad es que estamos cansados de este sistema. Mi esposo trabajó 35 años en una fábrica de ron y sencillamente cerró la fábrica hace un año por derrumbe y decidió trabajar por cuenta propia porque se quedó sin trabajo. Salió a buscar trabajo, pero no hay trabajo. Todo es un constante estrés. Quiero vivir en un país donde pueda vivir como una persona, y que si sales a la calle a protestar no te priven de la libertad. (Mantenemos el mensaje anónimo por protección de datos personales.)

También van personas a pedir orientación y ayuda para imprimir documentos de identidad y solicitudes de trabajo. Virgen Beatriz Barnet Zulueta vive lejísimos, pero vino sólo a imprimir su CURP en este local para un nuevo trabajo como vigilante del estacionamiento de una iglesia. Aunque ella ya tiene su residencia permanente, viajó 40 minutos por pura melancolía, porque hace 10 años aquí mismo le tendieron la mano por primera vez cuando recién había llegado a Cancún. En este local la orientaron sobre los trámites y papeles que necesitaba para regularizar su situación migratoria. “Vengo porque esas que atienden se hicieron las amigas mías”, dice Beatriz. 

En Cancún, los cubanos de las recientes migraciones están ocupando trabajos informales y precarios, como mecánico de autos, repartidor de comida, mototaxistas.

Una colonia bonita para dormir

A unas cuantas calles está la supermanzana 23, que es donde duerme buena parte de los cubanos que migraron a Cancún. Es muy bonita, con edificios de estilo entre brutalista y moderno, corroídos por la humedad tropical, pero con detalles coloridos que intentan una resucitación: rejas, marcos de puertas y ventanas, balcones y macetas verde pistache, azul pastel, amarillo fluorescente. Es una de las colonias más conocidas de esta ciudad turística, pues en un extremo está la terminal de autobuses que moviliza más de tres millones de pasajeros al año. Y del otro lado está el único mercado público, “El 23”, de donde salen las frutas y verduras que alimentan a la población.

Al fondo de la calle 5 había una escuela primaria que quedó en los huesos porque la vandalizaron durante la pandemia del covid. En 2022 hubo un intento de rehabilitarla: la idea era que la Comar tuviera, por fin, unas oficinas en el sureste de México, pero el plan nunca prosperó y los cubanos de por aquí aún tienen que esperar más de un año a las respuestas de sus solicitudes de refugio, mismas que se revisan, junto a otras cientos de miles que acumula la sede regional, en Chiapas.

Muchos de los edificios en esta supermanzana fueron divididos para ofrecer cuartos en renta, que empezaron a llenarse de cubanos hacia los noventa. Y es que el llamado Periodo especial en la isla provocó un éxodo sin precedentes. Cancún fue uno de los destinos mayoritarios. Para inicios del milenio, los cubanos ya eran la segunda población más grande de extranjeros viviendo en la ciudad, según Soila Meneses Padilla, investigadora de la Universidad Iberoamericana. Eran personas con una preparación profesional y cultural muy sólida, que conseguían emplearse en el comercio o la academia. 

A un cuarto de siglo de distancia la población cubana en Cancún sigue siendo una de las más nutridas, superada por los estadounidenses y venezolanos. Solo que ahora el trayecto se ha vuelto más riesgoso y, cuando por fin los migrantes consiguen llegar, los trabajos que encuentran son los más precarios, además de que permanecen en un limbo derivado del endurecimiento de las políticas migratorias de EU, que ha tenido como consecuencia la deportación de miles de cubanos que han optado por Cancún para rehacer sus vidas.

La migración cubana se ha dado por varias vías: la regular, en vuelo y con pasaporte en mano, ya sea de personas que buscan pasar el mayor tiempo posible fuera de Cuba y regresar intermitentemente, o también porque algún familiar solicitó y le aprobaron la reunificación familiar. Existe también la indirecta: cubanos que residían en otro estado, pero que optaron por mudarse a esta ciudad o porque los deportaron de Estados Unidos y buscaron un lugar cerca de Cuba, con un clima parecido y un mercado laboral atractivo. Y la irregular: la de personas que se montan en balsas hechizas y navegan en alta mar hasta tocar la costa mexicana o que llegan en lanchas administradas por redes organizadas de tráfico de migrantes.

Recorro la supermanzana 23 buscando más historias de deportación. En la calle Palmera encontré una cuartería, una casa de dos plantas, en cuya cochera había una tarde de marzo dos cubanos que daban mantenimiento a la cisterna. La escena da una idea de lo complicado que es el estatus de los cubanos deportados. Reiniel Hernán López, 39 años, me explica que para salir de Cuba, en 2024, tramitó su pasaporte, voló a Nicaragua, subió hasta México, descargó la aplicación CPB One, le autorizaron cruzar la frontera norte, consiguió trabajo y un día la autoridad lo citó. Pensó que era parte de su trámite de residencia temporal en Estados Unidos, pero lo detuvieron así, sin más. Después de pasar dos meses encerrado pidió la deportación voluntaria. Aterrizó en Tabasco y se montó en un camión con dirección a Cancún. 

—¿Cómo fue que decidiste venir a Cancún? ¿Alguien ya te había hablado de Cancún?

—No, las 60 personas que nos deportaron nos subimos a la guagua y nos trajo hasta acá… —explica Reiniel. Entretanto, el otro cubano se acerca intrigado.

—Veo que es usted reportero —interrumpe.

—Sí, estoy escribiendo un texto sobre la migración cubana a Can…

—Pero si es comunista, no le acepto ni una palabra.

—Es un trabajo que…

—Si hay algo a lo que le tengo odio en la vida es al comunismo y la dictadura en que se ha convertido Cuba. Aquí tú puedes coger un papel y escribir “Abajo Claudia Sheinbaum” [presidenta de México] y no te pasa nada. Pero si tú lo haces allá, te matan o te meten preso 30, 40 años. ¿Tú me entiendes? Entonces, eso se llama dictadura. El pueblo allá se está muriendo de hambre, de necesidad. Y ellos, la camarilla que gobierna, están gordos, rojitos. Yo conocí el mundo cuando salí de Cuba hace ocho años. 

—¿A qué te refieres con “conocí el mundo”?

—Cosas que no se conocen en Cuba: la libertad. La posibilidad de conocerte un pedazo de carne al gusto tuyo, un camarón, una langosta. La posibilidad de poder disfrutar tu trabajo en lo que tu quieras y pagarte un viaje pa’donde sea. La posibilidad de vivir cómodamente con un trabajo. ¿Sabes cuánto es un salario allá? Yo soy licenciado en cultura física, graduado en la Universidad de Ciencias y la Cultura Física y el Deporte de allá, de La Habana, Manuel Fajardo. ¿Usted sabe cuánto ganaba al mes por entrenar a un equipo de lucha grecorromana de niños? 20 dólares. ¿Qué me alcanza con eso? Para un kilo de huevo. 

—Cuéntame, ¿en qué parte de Cuba nacis… 

—Por eso el cubano se vuelve ladrón, pero ladrón al Gobierno, que es el ladrón mayor. En los trabajos se roban cosas para luego venderlas, porque cuando tu hijo te pide comida, no puedes decirle que no —hace una pausa.

—Te preguntaba de dónde eres.

—De La Habana. Me llamo José Alexander Barberi Otero, de 54 años, enemigo número uno del comunismo, de los Castros, los Canel, de toda esa gente. Yo quisiera antes de morir ver que se caiga esa dictadura porque me hicieron mucho daño.

Los próximos 30 minutos de entrevista son de José criticando al Gobierno cubano. No importa la pregunta que le hago, él lanza y lanza dardos. Me cuenta que la Policía lo golpeó varias veces por hablar como lo hace ahora conmigo, que se hartó de la situación económica y decidió irse, tomando la misma ruta que Reiniel, su compañero de residencia: de Nicaragua a Estados Unidos, de donde fue deportado en septiembre pasado. 

José ahora es el administrador de este edificio de cuartos en renta. Hay, me dice, otros cubanos en situación muy parecida, que no pudieron cruzar a EUA y que ahora trabajan aquí como mototaxistas, repartidores de comida a través de aplicaciones digitales y demás empleos informales y precarios que solían desempeñar personas que venían de zonas rurales del sureste del país, pero que ahora los ocupan ellos.

Pregunté a Fernando Martí, cronista de Cancún; a Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo de la Pequeña Habana; a Luz María Beristain, una política que ha apoyado desde siempre a migrantes y dueña de uno de los locales en la Yaxchilán, y ninguno me supo decir cómo y por qué la supermanzana 23 empezó a ser habitada por cubanos. 

Quizá sea por lo bonito, céntrico y seguro que es, por lo accesible de la comida del Mercado 23 o por lo familiarizado que han de estar con los besos y abrazos del adiós en la terminal de autobuses de aquí al lado.

Manuel García Jurado, socio del restaurante más antiguo en la avenida Yaxchilán, la zona comercial fecuentada por cubanos.

Cancún, Cuba y El Caribe

Muy al inicio, cuando absolutamente todo alrededor era nada más que sol, selva y mosquitos, lo único que se alcanzaba a escuchar era la radio de Cuba. Estaban en un pequeño campamento en medio de la inmensa soledad; el agua se extraía de pozos, alumbraban con botes de trapos bañados en gasolina, no había señal de televisión y lo único que tenían para entretenerse los trabajadores que pusieron las primeras piedras de lo que sería Cancún, allá por 1970, eran la programación de Radio Rebelde y Radio Martí.

Quintana Roo, Cuba y El Caribe están entrelazados por unos cuantos episodios curiosos, artísticos y hasta filosóficos. 

José Martí, el ensayista, poeta y libertador cubano, pasó por Isla Mujeres en 1877 y dejó una bella crónica. Antes de que se levantaran los altos hoteles en Cancún, ya existía un campamento de tabaco trabajado, en su mayoría, por cubanos. Durante la Guerra Fría, en plena Crisis de los misiles, Estados Unidos instaló una base militar en Cozumel, por si necesitaba intervenir en Cuba. En 1981, el entonces presidente de México, José López Portillo, le pidió a Fidel Castro abstenerse de asistir a la Cumbre Norte-Sur, a celebrarse en Cancún, ante las presiones de Richard Nixon. Los líderes gremiales de Cancún iban a formarse en la Escuela Nacional Cuadros Sindicales “Lázaro Peña” de La Habana. 

Además, uno de los pocos monumentos públicos en Cancún está dedicado a Martí. Esto se explica porque Felipe Amaro Santana, segundo presidente municipal de Cancún (1978-1981), consciente de que Cancún era una ciudad nueva, lanzó el programa “Integración social e Identidad Nacional”, el cual buscaba generar arraigo entre la incipiente población a través de promocionar la historia de México y de la región. 

En este contexto se levantan dos esculturas: Monumento acerca de la Historia de México y el Monumento a José Martí. “El Gobierno cubano donó a Cancún el monumento a José Martí”, recuerda en entrevista el periodista Jorge Durán, a quien se le comisionó como uno de los asesores del autor de las obras, el escultor cubano José Delarra. Se trata de una estructura en cuatro piezas, largas y altas láminas de cemento en forma de aspas de licuadora, sobre las que grabó la figura de Martí y algunas de sus frases célebres. “Se ha vuelto uno de los más emblemáticos de la ciudad. Una de las frases que tiene sintetiza en buena parte el espíritu de Cancún: ‘Vengo de todas partes y hacia todas partes voy’”, apunta Jorge.

Fue la primera vez que Cancún desestimó a la Ciudad de México como ombligo, y miró hacia El Caribe como quien busca algo pero sin saber muy bien qué. La respuesta llegó una década después, en junio de 1988, con Borge Martín como gobernador, cuando se celebró el I Festival Internacional de Cultura del Caribe (FICC), organizado por el Programa Cultural de las Fronteras (PCF) y el Instituto Quintanarroense de Cultura (IQC). Por primera vez, Cancún se asumió como parte de algo más allá de sus fronteras nacionales. 

El festival tuvo como objetivo “fortalecer una identidad común”, así como estrechar lazos de cooperación entre “pueblos afines”, según recuerda el antropólogo cancunense Luis Alberto Velasco Ruiz en su tesis de doctorado Cancún: marca turística, nación tropical.

Fue una época de efervescencia cultural. En la inauguración estuvo el poeta y exministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal. Y en la programación, Tito Puente, Celia Cruz y la Sonora Ponceña, que amenizaron el ambiente para los 663 representantes invitados, provenientes de 15 países de la cuenca caribeña.

El festival, documenta Velasco Ruiz, no se movió al ritmo del mariachi, el ranchero o cualquier otro género nacionalista, sino que se ambientó con reggae y sambay macho —una suerte de mezcla de la jarana yucateca con ritmos afroantillanos—.

Este empuje sirvió para que Cancún y el resto de la franja costera y turística de Quintana Roo se empezaran a promocionar como Caribe mexicano: una estrategia de márquetin cuyo objetivo era arrebatarle a las islas vecinas los más turistas que pudiera. Eso, más la fuerte migración cubana a esta ciudad, hizo que Cancún se autopercibiera cada vez más caribeño.

Como sea, Cancún, que a ojos de todos nació como un proyecto caprichoso de un grupo de banqueros provenientes del centro del país; que fue visto como un proyecto extranjerizante incapaz de ceñirse tanto al relato indígena maya del centro de Quintana Roo como al nativista y parroquial del sur; invisibilizado por no insertarse en la grandilocuente Historia de México; minimizado por no tener comida ni vestido típicos, hizo lo que ningún otro lugar: abrir una tercera frontera, afirma Luis Alberto. 

—Es curioso cómo Cancún, pese a todo lo que se dice mal de él, le dio a Quintana Roo la relevancia necesaria, en términos de población, economía, turismo, foco mediático, para que en 1974 pasara de ser “territorio” a un estado más de la República, el más nuevo de todos. Y luego, en los ochenta, dotó al país de una nueva frontera. Por decirlo así: Cancún le restituyó a México cierta caribeñidad, aunque sea desde el punto de vista económico y comercial y, por otro lado, a la península, que siempre ha sido separatista, un poco de mexicanidad —dice Luis Alberto en entrevista. 

—¿No te parece triste que nuestra identificación con lo caribeño se dio a partir del márquetin y no como resultado de una reflexión sobre lo que nos hermana a nivel cultural o social con El Caribe —pregunto.

—En un principio te diría que sí. Pero es que, si el proyecto turístico de Cancún no tuvo mayor anclaje en lo caribeño, fue porque México en ese entonces no se consideraba un país caribeño. Tiene que ver con las condiciones geopolíticas de ese entonces. Eso no estaba en el relato nacional ni en las políticas públicas ni educativas. Éramos un país indomestizo. Y aun así, a pesar de eso, Cancún abrió esa tercera frontera, que no solo es un reconocimiento a que somos, por geografía, parte del Caribe, sino que es una aceptación de una tercera raíz, la africana. Se reconoce, por fin, que en Quintana Roo existe la población negra. Sin Cancún, yo creo que Quintana Roo hubiera tardado más en considerarse caribeño —responde Luis Alberto.

—Me quedé pensando en que la historia de El Caribe está marcada por el esclavismo, guerras de liberación independentistas o revolucionarias como en Cuba y otros tantos procesos sociales que no se vivieron en Cancún. ¿Eso lo deja fuera de la región? —pregunto.

—Hay un autor que se llama Sidney Mintz, que habla de cómo las islas caribeñas pasaron de cultivar su propia comida para producir mercancías para otros países coloniales. Habla de los cuatro monocultivos que se dieron en toda la región: azúcar, tabaco, café, algodón. En Quintana Roo pasó con el henequén, las maderas preciosas, el chicle y la caña de azúcar. Esta idea de cultivos coloniales la han usado otros autores, para equipararla con otros procesos. Stella Arnaiz y Alfredo César [los primeros en estudiar Cancún desde la Sociología] retomaron la idea de Mintz para hablar del turismo como una nueva plantación. Y visto así, el turismo como otro monocultivo nos empata con El Caribe por compartir una historia de explotación económica —responde Luis Alberto.

Quizás, donde hay más afinidades, donde Cancún tiene más posibilidades de insertarse en la región, es en el ámbito de lo imaginativo: en la literatura. Y quizá es Agustín Labrada, poeta y periodista de origen cubano ahora radicado en Cancún, la mejor expresión.

Agustín Labrada tiene la obra mejor documentada sobre la literatura de Quintana Roo.

Agustín Labrada, cancubano

La primera vez que el cubano Agustín Labrada escuchó sobre Quintana Roo no sabía dónde quedaba. Fue en 1990 y recuerda que fue por voz de una mujer que irrumpió en la oficina de la Asociación Hermanos Saíz, una organización cultural que impulsa a artistas jóvenes, en donde él estaba al frente de la sección de literatura.

“Llegó una mujer con los pelos parados: ‘Hola, soy Adriana de la Cruz Molina, directora del Instituto de la Cultura de Quintana Roo’. ¿Y dónde queda eso?, le dije”, recuerda entre risas Dimas Agustín Labrada Aguilera, 61 años, poeta, crítico literario y periodista originario de Holguín, pero adoptado por este lado de El Caribe desde hace más de tres décadas. “Luego de la aclaración geográfica nos explicó que el entonces gobernador Miguel Borge había ido a firmar un convenio con Cuba y que les interesaba hacer una muestra de arte de artistas quintanarroenses. Y esa misma semana organizamos la Semana del Arte de Quintana Roo en La Habana”.

Se trataba de otro intento de Miguel Borge —el mismo que organizó aquel Festival Internacional de Cultura del Caribe— por hermanar a Cancún con la región. 

Uno de los invitados al evento fue Ramón Iván Suárez Caamal, autor del himno oficial del estado, con quien a partir de entonces Agustín sostuvo una intensa correspondencia.

“En 1992 me dice Ramón que lo hicieron director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar y también del Instituto de Cultura de Bacalar, y que me escribía para invitarme a una residencia de tres meses para dar un taller literario para niños y adolescentes”, dice Agustín, quien estudió la licenciatura en Educación, con especialidad en Español y Literatura, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de La Habana.

Agustín llegó el 10 de febrero de 1992 y aterrizó con una extraña sensación de libertad, de la que ya no se quiso separar.

“Yo ya sabía desde antes que quería salirme de Cuba a como diera lugar. Eran años muy duros; era el Periodo especial. Después de ese taller, la Sociedad General de Escritores (Sogem) organizó un diplomado en Quintana Roo que originalmente estaba pensado para escritores de México y Centroamérica, pero añadieron a El Caribe porque querían que lo tomara, porque sabían que me quería quedar. Después Jorge Durán, que estaba al frente del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social del estado, me invitó a Chetumal para que tuviera mi propio espacio en la radio, un programa que llamé ‘Una puerta al mar’. Luego me invitaron al periódico Por Esto para que me incorporara como reportero. Y ya no regresé más a Cuba”, recuerda. 

En Cuba, Agustín solo había escrito poesía y en Quintana Roo se probó en otros géneros: ensayo, crítica literaria y periodismo. Empezó a dar talleres, conferencias, lecturas de su obra en el extranjero, a ser jurado en concursos literarios; traducido al inglés, francés, maya, griego, ruso, portugués, italiano; compilado en decenas de antologías. De 1997 al 2012 coordinó el Premio internacional de poesía Nicolás Guillén, auspiciado por la Universidad Autónoma de Quintana Roo y la Unión Nacional de Artistas de Cuba, dirigido a escritores del Caribe Hispano, categoría a donde incluyeron a México, como reconocimiento de esa tercera frontera que abrió Cancún, en donde reside desde 2017. 

Agustín ha escrito más de 10 libros merecedores de premios locales e internacionales. Una de esas publicaciones reúne los textos mejor logrados que hizo como reportero sobre la obra de autores de Quintana Roo. Se titula Palabra de la frontera. 

“Es uno de los estudios más completos e importantes que se han hecho sobre literatura quintanarroense. Agustín ha escrito las cosas más importantes al respecto. Es de los primeros que hace una crítica tan documentada”, afirma en entrevista el escritor David Anuar, quien la incluyó como lectura obligatoria cuando impartió la materia Literatura de Quintana Roo en la Universidad Autónoma de Yucatán.

Gracias a esta obra sabemos que el primer poeta de Quintana Roo fue Wenceslao Alpuche, que nació en la zona maya y que era muy amigo del poeta cubano José María Heredia; que fue una mujer, Elvira Aguilar Angulo, la primera en publicar un cuaderno de cuentos, no con influencias europeas ni estadounidenses, sino que estaba profundamente inserta en el “boom” latinoamericano; que hay temas recurrentes en las obras producidas en el estado: la migración, el clima, la música, la cultura playera, el amor y la oposición entre la belleza del paisaje y las sórdidas relaciones humanas. 

Agustín no llegó en delfín como creía la joven Valeria. Migró, como otros tantos, a causa del panorama adverso en Cuba. Alguna vez le atrajo la idea de irse a la Ciudad de México o Miami, pero decidió permanecer aquí. Y lo hizo para estudiar la literatura local y mostrarnos que, pese al dominio de la industria turística y su hambre que amenaza con devorar todo a su alcance, esta también es una ciudad que posibilita escribir poemas de amor como él lo hace, y que ahora forman parte de los anales de la literatura caribeña de la que Cancún es parte.

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Este reportaje fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales.

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