Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

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Guillermo Fadanelli elabora el retorno de Benito Torrentera en <i>Fango</i> (Penguin Random Hous, 2025). Toda conversación con él inevitablemente tiende hacia el fracaso, el anarquismo y el romanticismo mitológico.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Fotografía: Yolanda M. Guadarrama.

En la esquina de un bar de la Ciudad de México está sentado el escritor mexicano Guillermo Fadanelli, con su esperable sombrero y una camisa hawaiana que muestra flores sonrientes en un estampado más bien lúgubre, a blanco y negro, con excepción del flavonoide pistilo redondo.

En los años noventa, Fadanelli fundó la revista (y posteriormente editorial) Moho. En una época en que la literatura mexicana buscaba ser sofisticada o académica, él abrió la puerta a historias sobre prostitutas, vagos, borrachos y criminales. Su obra se define por el contraste entre lo bajo —bares de mala muerte, hoteles de paso y en general la mugre de la Ciudad de México— y lo alto —filosofía de la soledad, el desorden y, en general, la contemplación de la inutilidad de la existencia—.

La publicación de su novela Lodo (Debate) en 2002, que le valió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, marcó un antes y un después: Fadanelli dejó de ser solo el autor de culto del underground mexicano para convertirse en una voz necesaria de la narrativa en español, y dio el salto a grandes editoriales como Anagrama y Penguin Random House, además de la mexicana Almadía. Un par de décadas de mucho trabajo: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 2004), Hotel DF (Mondadori, 2010), Al final del periférico (Penguin Random House, 2016) y Fandelli (Cal y Arena, 2019).

Sobre la mesa azul hay dos objetos: La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, y un vaso de cristal cortado con un solo hielo y una media rodaja de naranja, lleno de Campari. Me dice que empezó la ronda de entrevistas con cerveza, para relajarse. No obstante, con el paso de las horas uno necesita algo más fuerte. “Pero solo tiene 22, 23 grados de alcohol”, me dice y sonríe. Ahora le viene bien su Campari, afirma, y quizá después un vino.

Me presento y él me invita a sentarme a su lado y a leer Persona non grata (Lumen, 1973), también de Edwards. La recomendación se tuerce hacia la historia de cuando conoció al autor chileno, en 2008, y los detalles de esa charla que giró en torno de su admiración común por Michel de Montaigne. Como a ambos nos gustan los preámbulos, la charla se extiende a Proust, el basquetbol y los géneros literarios, con un fuerte énfasis en el ensayo, claro: “El ensayo es una novela”, advierte. “Lo único que hago es extender la telaraña, aunque soy muy riguroso a la hora de citar personajes históricos, los diarios, etcétera, pero nunca me verás poner cita, lo odio. Lo más que he hecho es poner al final una lista de 50 filósofos, escritores que fueron importantes para la escritura de ese libro”.

Después me dice que no cree en los géneros definidos. “Fango, por ejemplo, tiene momentos ensayísticos”, afirma, “algunas páginas históricas, aforismos, diálogos que parecen regresarnos al teatro”.

Han pasado más de 20 años desde la publicación de Lodo. ¿Qué fue lo que le llevó a decidir que Benito Torrentera aún tenía algo que decir en este México tan diferente al que encontramos en la primera novela?

Fue una especie de melancolía aunada a cierta necesidad. Yo prefiero “ser cursi a ser cool”, tal y como asevera Benito Torrentera en Fango. Por lo tanto, te diré que también… no lo quería dejar en la cárcel [a Benito], que es donde se queda [al final] en Lodo. Y me preguntaba: ¿qué sería de él si saliera de la cárcel? Esta pregunta me la hice hace cuatro años. Entonces me dije: voy a intentar y si encuentro la voz de Torrentera (uno lo sabe como escritor), si esa voz vuelve a aparecer, no a imponerse, pero sí volver a aparecer, a estar presente, pues sí me gustaría saber más de él, incluso como espectador, porque aunque sea yo escritor, también soy espectador de lo que voy escribiendo (al final y al cabo soy muy anarquista a la hora de escribir). Y resulta que me gustó, y resulta que de pronto Torrentera ya estaba otra vez en su viejo departamento, como si nada, con su pesimismo de costumbre, con su nihilismo perpetuo; un poco más amargo, más mordaz, más duro, evidentemente, porque estuvo en la cárcel cinco años en Morelia. Entonces, caminó por sí mismo, o caminamos juntos: te digo que prefiero ser cursi. Porque así lo siento, así lo advierto (lo percibo así) este regresar a un personaje de hace más de 20 años.

Me parece interesante que ahora explores el tema del escritor fantasma, ese mercenario de la pluma que vende su voz para construir una gloria ajena. El intertexto sigue siendo la historia, y de forma análoga, la novela que escribe Benito para el senador Sifuentes la leemos junto con la novela de Fango. ¿Este encargo que acepta Benito es una forma de claudicación final, de aceptación a escribir una novela, como parece que lo intenta en Lodo, o simplemente es el único refugio de libertad que le queda a un hombre que ya no pertenece al mundo oficial, que está quemado, digamos, académicamente?

Bueno, Torrentera nunca tuvo grandes pretensiones, ni siquiera como filósofo, porque él se consideraba a sí mismo un profesor de filosofía, no un filósofo. Es más un aficionado de la historia. En consecuencia, hace un viaje con su amiga y amante Flor Eduarda, en Lodo, para visitar el pueblo donde Alonso de la Veracruz dio la primera cátedra de filosofía en América, en 1540. Eso me dio pie a que Benito, con sus amigos, investigara la historia colonial, la historia del Virreinato, sobre todo la obra de los frailes españoles, o de las diversas órdenes mendicantes. Y ahora, en Fango, el pretexto (porque a Torrentera no le importa ser célebre, no le interesa la fama, digo… a cualquiera que le interese la fama, de entrada, a mí me parece un personaje ordinario) es que [Benito] necesita vivir. Ahí aparece la oportunidad de escribir una monografía o un ensayo sobre Santos Degollado que le ofrece un senador de Jalisco, de donde Santos Degollado también llegó a ser gobernador (porque lo fue también de Michoacán), y entonces… el dinero… para comer, para pagar la renta o para vivir, para tener esos placeres que tiene todo ser humano, mínimos placeres; no el de la celebridad, no la competencia, no la idea del ganar que tan mal hace, desde mi punto de vista. Perder también tiene sus privilegios. Entonces, así como en Lodo entra la historia colonial buscando el origen de la filosofía en América, aquí se adentra en la historia de las guerras de Reforma y, sobre todo, del siglo XIX, en esa época de Melchor Ocampo, de Benito Juárez, de Ignacio Comfort, etcétera.

¿Por qué elegir a un general olvidado de la guerra de Reforma?

[A Torrentera] le atrae mucho la imagen de Santos Degollado, a quien apodaron el “general derrotas”, porque decían, a pesar de todas las batallas que ganó, que yo las pongo todas en Fango, sólo fracasaba. Y Torrentera se siente el profesor “derrotas”. Entonces él encuentra a un héroe trágico.

Es un correlato. El mismo Benito lo señala en Fango: “No intentaba comparar mi paupérrima vida con la del general Santos Degollado [...] pero sé reconocer la similitud de los temperamentos y espíritus [...] lacrados con la palabra derrota en su frente”.

Exacto, es lo que dices del intertexto.

¿Considera que la historia de México es, en el fondo, una acumulación de temperamentos románticos que solo encuentran su verdad en el fracaso?

Creo que la historia es un mito, que los hechos requieren estar respaldados por una ética, que el historiador administre el pasado según su propio talento, las fuentes con las que cuenta y demás cuestiones. Pero Torrentera, en el fondo, es un escritor ruso, es decir, es un hombre que piensa que la tragedia, que la desgracia y que el sufrimiento son una fuente de conocimiento. Eso decía uno de los grandes críticos de Dostoyevsky: para Dostoyevsky el sufrimiento era una forma de conocerse. No deseo la derrota de nadie, pero sí creo que a la vuelta de la esquina habrá un accidente, una ruptura, un cambio de planes, una tragedia, y estar preparado para ello... nunca te preparas totalmente, pero al menos tener noción de ello… es sabio, desde mi punto de vista; es recomendable. Entonces, la historia de México, como la historia de todas las sociedades, es un conjunto de accidentes, de enfrentamiento entre los poderosos, de malentendidos. No creo que nadie pueda construir la historia [con sus actos]. Evidentemente ha habido personajes, desde Alejandro Magno hasta Winston Churchill, que han sido determinantes como individuos en el trasiego histórico, pero la historia es el caos, y lo que hacemos los hombres y mujeres, lo que hacemos los seres humanos es inventar un orden para sobrevivir al caos. La historia es un caos. Sin embargo, intentamos siempre vivir mejor, tener mayor bienestar, mayor justicia, digamos, aunque sea un término ambiguo. Entonces, la historia es un mito en el que aprendemos o por lo menos nos asomamos a la idea de la justicia, de la libertad y del sufrimiento humano. De allí mi interés y el de Torrentera por la historia, no como verdad, sino como relato mitológico, que es diferente, y también como estímulo para ejercer determinadas acciones en vez de otras.

A propósito de estas cuestiones, me quedé pensando en una cita. Benito afirma que “quien se enamora lo pierde todo o al menos lo trascendente”. ¿Es entonces Fango una novela sobre la renuncia a la trascendencia?

Sí, por supuesto. Hay un ánimo anarquista, pero el anarquismo, entendido como renuncia a un bien mayor o trascendente o religioso; como desconfianza al autoritarismo y a la autoridad, y como un deseo de libertad individual. En Fango se muestra que él intenta hacer un bien común, pese a ser un anarquista y un individualista.

Por eso al final del libro va y no cobra una venganza personal, sino en favor de alguien más.

Que por cierto es el indefenso… Sabino.

¿Es este asesinato un acto de justicia social, un acto de locura quijotesca o simplemente la confirmación de que Benito solo sabe comunicarse con el mundo a través del crimen y la violencia?

Allí encontramos lo que los románticos llamaban Sturm und Drang (tormenta e impulso). Como todos los seres humanos más sensibles, Torrentera vive en el desasosiego. Ese desasosiego del que nos escribió Fernando Pessoa de una manera extraordinaria, clara, nítida, profunda. Y pese al nihilismo, al anarquismo y al individualismo, Torrentera no está exento de sentir odio hacia los criminales, hacia los políticos corruptos, hacia las instituciones que empequeñecen y humillan al ser humano. Y [Torrentera] actúa en consecuencia y mata a alguien al final. Otra vez. Por otro lado, creo que él dice, “matar te invita a seguir matando; ¿no es la adicción más antigua del mundo?”. Entonces para él ya es más sencillo. La primera vez fue por celos, cuando mata a estos dos hombres en Lodo, que perseguían a su joven amada, pero en el segundo caso es más social: en Fango, él asesina para hacer el bien, lo cual contradice la moral nihilista y pesimista que él acostumbra ofrecer en sus comentarios o reflexiones y en su vida personal.

Ya que mencionas esto y considerando que Benito Torrentera es un romántico anarquista, ¿cuál es el trasfondo de su relación con Irma?

En Fango, la relación que [Torrentera] tiene con su sobrina, Irma, tiene como raíz, según yo, la melancolía, la nostalgia por Flor Eduarda, a quien amaba… y lo digo en serio, porque han relacionado o me han sugerido que [Flor] es una Lolita y no es así. Éste es un amor que siente Torrentera, aunque no lo acepte. Y también es una enseñanza de que las pasiones son más poderosas que la razón. De hecho, así termina Lodo.

Y por eso yo también me preguntaba tal y como lo hace el protagonista con Irma: “¿A qué mujer le interesa ser el espejismo donde otra mujer es el origen?”

La relación, el paralelismo melancólico que hay con Irma Rosario y Flor Eduarda, pues, tiene que ver con que, sin darnos cuenta, creo que muchos seres humanos seguimos ciertos patrones o somos afectados por pasiones similares. Entonces él [Benito] ve en Irma a una especie de fantasma de Flor Eduarda, pero la ve más con curiosidad, porque es una joven que tiene otro lenguaje, otro modo de relacionarse. Ella es hija de la burguesía política, a diferencia de Flor Eduarda, que atendía un Seven Eleven. Sin embargo, creo que el recuerdo de Flor Eduarda y la curiosidad son las pulsiones que llevan a Torrentera a seguir a su sobrina, además de que es la hija de su hermano, es decir, del político que cambia de partido sin importar la ética, la ideología ni nada, del político que hace negocios para su propio beneficio y para desgracia de la comunidad. Entonces también hay cierto dejo de venganza, de revancha contra el hermano, que paradójicamente, como sucede en el mundo, es el hermano el que lo rescata en la prisión del penal en Morelia, Michoacán.

Puesto que Flor Eduarda, más que una persona, es un “dilema insalvable” o un mito. Entonces...  ¿qué puede ofrecer Irma?

Es que ése es, justamente, el dilema y el problema del amor. El amor es una construcción. Hay un libro de Denis de Rougemont que se llama El amor y Occidente (Kairós, 2010) en el que sostiene que el amor es una invención del mundo juglaresco, trovadoresco, de los siglos XIII y XIV. Y bueno, Don Quijote, sin ir más lejos, pelea contra molinos de viento en nombre de una mujer que no existe; él pelea en nombre de un ideal. Entonces, ese origen del que habla Torrentera es el amor. Por eso habla también de un espejismo. No lo dice, pero yo lo creo: él es víctima de ese idealismo. En otro libro mío, El idealista y el perro (Almadía, 2013) —el perro, por supuesto, es Diógenes— señalo que Diógenes no creía en la razón, en la filosofía, ni en el poder. Y bueno, no hablaremos de él, pero todos conocemos su cinismo, su desapego por la verdad incuestionable y psicológica. Volviendo con Fango, Benito ve más bien en Irma un reflejo de ese amor, que es una construcción idealista que ha hecho de Flor Eduarda. Por eso no aparece en Fango. Aquí, Flor Eduarda es como Dulcinea del Toboso, es decir, es una atmósfera mítica, es un impulso amoroso, pero no existe; lo que existe son los espejismos, son las concepciones que realizamos a partir de una idea, que en este caso, el caso de Benito es el amor por Flor Eduarda. Esa es una cosa muy interesante, incluso filosóficamente: la relación entre la idea del amor y la vida cotidiana. Porque hay tantos amores, tantas personas que se juran amor eterno y terminan destruyéndose, ofendiéndose, convirtiéndose en criminales mutuos.

Siendo así, ¿es el cuerpo del otro el único fango que realmente vale la pena habitar?

Sin el sexo la vida no tiene sentido, pero eso es una opinión personal que evidentemente transmito en algunos personajes. El cuerpo de una mujer, a mí o a Torrentera, da vida. La cercanía con lo otro. Porque, ¿qué es lo otro sino el otro o los otros sexos? Porque no solo hay dos géneros, hay una gran libertad. Pero el cuerpo extraño que no conoces, que es un misterio y que sin embargo te atrae… a mí me parece importante para continuar viviendo. Habitar un cuerpo extraño. Habitarlo, no con seguridad: siempre con cuidado, con gentileza, con miedo, con precaución, pero habitarlo, estar en él, estar dentro de él, formar parte de ese otro cuerpo. Me parece indispensable. De lo contrario yo, incluso como escritor, como ya dije, no le encontraría mucho sentido a vivir. Quizás respondí todo en desorden, pero lo tocaré más a detalle en un próximo libro que está próximo a salir, que se llama Contra la corrección política.

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Fotografía: Yolanda M. Guadarrama.
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Guillermo Fadanelli elabora el retorno de Benito Torrentera en <i>Fango</i> (Penguin Random Hous, 2025). Toda conversación con él inevitablemente tiende hacia el fracaso, el anarquismo y el romanticismo mitológico.

En la esquina de un bar de la Ciudad de México está sentado el escritor mexicano Guillermo Fadanelli, con su esperable sombrero y una camisa hawaiana que muestra flores sonrientes en un estampado más bien lúgubre, a blanco y negro, con excepción del flavonoide pistilo redondo.

En los años noventa, Fadanelli fundó la revista (y posteriormente editorial) Moho. En una época en que la literatura mexicana buscaba ser sofisticada o académica, él abrió la puerta a historias sobre prostitutas, vagos, borrachos y criminales. Su obra se define por el contraste entre lo bajo —bares de mala muerte, hoteles de paso y en general la mugre de la Ciudad de México— y lo alto —filosofía de la soledad, el desorden y, en general, la contemplación de la inutilidad de la existencia—.

La publicación de su novela Lodo (Debate) en 2002, que le valió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, marcó un antes y un después: Fadanelli dejó de ser solo el autor de culto del underground mexicano para convertirse en una voz necesaria de la narrativa en español, y dio el salto a grandes editoriales como Anagrama y Penguin Random House, además de la mexicana Almadía. Un par de décadas de mucho trabajo: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 2004), Hotel DF (Mondadori, 2010), Al final del periférico (Penguin Random House, 2016) y Fandelli (Cal y Arena, 2019).

Sobre la mesa azul hay dos objetos: La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, y un vaso de cristal cortado con un solo hielo y una media rodaja de naranja, lleno de Campari. Me dice que empezó la ronda de entrevistas con cerveza, para relajarse. No obstante, con el paso de las horas uno necesita algo más fuerte. “Pero solo tiene 22, 23 grados de alcohol”, me dice y sonríe. Ahora le viene bien su Campari, afirma, y quizá después un vino.

Me presento y él me invita a sentarme a su lado y a leer Persona non grata (Lumen, 1973), también de Edwards. La recomendación se tuerce hacia la historia de cuando conoció al autor chileno, en 2008, y los detalles de esa charla que giró en torno de su admiración común por Michel de Montaigne. Como a ambos nos gustan los preámbulos, la charla se extiende a Proust, el basquetbol y los géneros literarios, con un fuerte énfasis en el ensayo, claro: “El ensayo es una novela”, advierte. “Lo único que hago es extender la telaraña, aunque soy muy riguroso a la hora de citar personajes históricos, los diarios, etcétera, pero nunca me verás poner cita, lo odio. Lo más que he hecho es poner al final una lista de 50 filósofos, escritores que fueron importantes para la escritura de ese libro”.

Después me dice que no cree en los géneros definidos. “Fango, por ejemplo, tiene momentos ensayísticos”, afirma, “algunas páginas históricas, aforismos, diálogos que parecen regresarnos al teatro”.

Han pasado más de 20 años desde la publicación de Lodo. ¿Qué fue lo que le llevó a decidir que Benito Torrentera aún tenía algo que decir en este México tan diferente al que encontramos en la primera novela?

Fue una especie de melancolía aunada a cierta necesidad. Yo prefiero “ser cursi a ser cool”, tal y como asevera Benito Torrentera en Fango. Por lo tanto, te diré que también… no lo quería dejar en la cárcel [a Benito], que es donde se queda [al final] en Lodo. Y me preguntaba: ¿qué sería de él si saliera de la cárcel? Esta pregunta me la hice hace cuatro años. Entonces me dije: voy a intentar y si encuentro la voz de Torrentera (uno lo sabe como escritor), si esa voz vuelve a aparecer, no a imponerse, pero sí volver a aparecer, a estar presente, pues sí me gustaría saber más de él, incluso como espectador, porque aunque sea yo escritor, también soy espectador de lo que voy escribiendo (al final y al cabo soy muy anarquista a la hora de escribir). Y resulta que me gustó, y resulta que de pronto Torrentera ya estaba otra vez en su viejo departamento, como si nada, con su pesimismo de costumbre, con su nihilismo perpetuo; un poco más amargo, más mordaz, más duro, evidentemente, porque estuvo en la cárcel cinco años en Morelia. Entonces, caminó por sí mismo, o caminamos juntos: te digo que prefiero ser cursi. Porque así lo siento, así lo advierto (lo percibo así) este regresar a un personaje de hace más de 20 años.

Me parece interesante que ahora explores el tema del escritor fantasma, ese mercenario de la pluma que vende su voz para construir una gloria ajena. El intertexto sigue siendo la historia, y de forma análoga, la novela que escribe Benito para el senador Sifuentes la leemos junto con la novela de Fango. ¿Este encargo que acepta Benito es una forma de claudicación final, de aceptación a escribir una novela, como parece que lo intenta en Lodo, o simplemente es el único refugio de libertad que le queda a un hombre que ya no pertenece al mundo oficial, que está quemado, digamos, académicamente?

Bueno, Torrentera nunca tuvo grandes pretensiones, ni siquiera como filósofo, porque él se consideraba a sí mismo un profesor de filosofía, no un filósofo. Es más un aficionado de la historia. En consecuencia, hace un viaje con su amiga y amante Flor Eduarda, en Lodo, para visitar el pueblo donde Alonso de la Veracruz dio la primera cátedra de filosofía en América, en 1540. Eso me dio pie a que Benito, con sus amigos, investigara la historia colonial, la historia del Virreinato, sobre todo la obra de los frailes españoles, o de las diversas órdenes mendicantes. Y ahora, en Fango, el pretexto (porque a Torrentera no le importa ser célebre, no le interesa la fama, digo… a cualquiera que le interese la fama, de entrada, a mí me parece un personaje ordinario) es que [Benito] necesita vivir. Ahí aparece la oportunidad de escribir una monografía o un ensayo sobre Santos Degollado que le ofrece un senador de Jalisco, de donde Santos Degollado también llegó a ser gobernador (porque lo fue también de Michoacán), y entonces… el dinero… para comer, para pagar la renta o para vivir, para tener esos placeres que tiene todo ser humano, mínimos placeres; no el de la celebridad, no la competencia, no la idea del ganar que tan mal hace, desde mi punto de vista. Perder también tiene sus privilegios. Entonces, así como en Lodo entra la historia colonial buscando el origen de la filosofía en América, aquí se adentra en la historia de las guerras de Reforma y, sobre todo, del siglo XIX, en esa época de Melchor Ocampo, de Benito Juárez, de Ignacio Comfort, etcétera.

¿Por qué elegir a un general olvidado de la guerra de Reforma?

[A Torrentera] le atrae mucho la imagen de Santos Degollado, a quien apodaron el “general derrotas”, porque decían, a pesar de todas las batallas que ganó, que yo las pongo todas en Fango, sólo fracasaba. Y Torrentera se siente el profesor “derrotas”. Entonces él encuentra a un héroe trágico.

Es un correlato. El mismo Benito lo señala en Fango: “No intentaba comparar mi paupérrima vida con la del general Santos Degollado [...] pero sé reconocer la similitud de los temperamentos y espíritus [...] lacrados con la palabra derrota en su frente”.

Exacto, es lo que dices del intertexto.

¿Considera que la historia de México es, en el fondo, una acumulación de temperamentos románticos que solo encuentran su verdad en el fracaso?

Creo que la historia es un mito, que los hechos requieren estar respaldados por una ética, que el historiador administre el pasado según su propio talento, las fuentes con las que cuenta y demás cuestiones. Pero Torrentera, en el fondo, es un escritor ruso, es decir, es un hombre que piensa que la tragedia, que la desgracia y que el sufrimiento son una fuente de conocimiento. Eso decía uno de los grandes críticos de Dostoyevsky: para Dostoyevsky el sufrimiento era una forma de conocerse. No deseo la derrota de nadie, pero sí creo que a la vuelta de la esquina habrá un accidente, una ruptura, un cambio de planes, una tragedia, y estar preparado para ello... nunca te preparas totalmente, pero al menos tener noción de ello… es sabio, desde mi punto de vista; es recomendable. Entonces, la historia de México, como la historia de todas las sociedades, es un conjunto de accidentes, de enfrentamiento entre los poderosos, de malentendidos. No creo que nadie pueda construir la historia [con sus actos]. Evidentemente ha habido personajes, desde Alejandro Magno hasta Winston Churchill, que han sido determinantes como individuos en el trasiego histórico, pero la historia es el caos, y lo que hacemos los hombres y mujeres, lo que hacemos los seres humanos es inventar un orden para sobrevivir al caos. La historia es un caos. Sin embargo, intentamos siempre vivir mejor, tener mayor bienestar, mayor justicia, digamos, aunque sea un término ambiguo. Entonces, la historia es un mito en el que aprendemos o por lo menos nos asomamos a la idea de la justicia, de la libertad y del sufrimiento humano. De allí mi interés y el de Torrentera por la historia, no como verdad, sino como relato mitológico, que es diferente, y también como estímulo para ejercer determinadas acciones en vez de otras.

A propósito de estas cuestiones, me quedé pensando en una cita. Benito afirma que “quien se enamora lo pierde todo o al menos lo trascendente”. ¿Es entonces Fango una novela sobre la renuncia a la trascendencia?

Sí, por supuesto. Hay un ánimo anarquista, pero el anarquismo, entendido como renuncia a un bien mayor o trascendente o religioso; como desconfianza al autoritarismo y a la autoridad, y como un deseo de libertad individual. En Fango se muestra que él intenta hacer un bien común, pese a ser un anarquista y un individualista.

Por eso al final del libro va y no cobra una venganza personal, sino en favor de alguien más.

Que por cierto es el indefenso… Sabino.

¿Es este asesinato un acto de justicia social, un acto de locura quijotesca o simplemente la confirmación de que Benito solo sabe comunicarse con el mundo a través del crimen y la violencia?

Allí encontramos lo que los románticos llamaban Sturm und Drang (tormenta e impulso). Como todos los seres humanos más sensibles, Torrentera vive en el desasosiego. Ese desasosiego del que nos escribió Fernando Pessoa de una manera extraordinaria, clara, nítida, profunda. Y pese al nihilismo, al anarquismo y al individualismo, Torrentera no está exento de sentir odio hacia los criminales, hacia los políticos corruptos, hacia las instituciones que empequeñecen y humillan al ser humano. Y [Torrentera] actúa en consecuencia y mata a alguien al final. Otra vez. Por otro lado, creo que él dice, “matar te invita a seguir matando; ¿no es la adicción más antigua del mundo?”. Entonces para él ya es más sencillo. La primera vez fue por celos, cuando mata a estos dos hombres en Lodo, que perseguían a su joven amada, pero en el segundo caso es más social: en Fango, él asesina para hacer el bien, lo cual contradice la moral nihilista y pesimista que él acostumbra ofrecer en sus comentarios o reflexiones y en su vida personal.

Ya que mencionas esto y considerando que Benito Torrentera es un romántico anarquista, ¿cuál es el trasfondo de su relación con Irma?

En Fango, la relación que [Torrentera] tiene con su sobrina, Irma, tiene como raíz, según yo, la melancolía, la nostalgia por Flor Eduarda, a quien amaba… y lo digo en serio, porque han relacionado o me han sugerido que [Flor] es una Lolita y no es así. Éste es un amor que siente Torrentera, aunque no lo acepte. Y también es una enseñanza de que las pasiones son más poderosas que la razón. De hecho, así termina Lodo.

Y por eso yo también me preguntaba tal y como lo hace el protagonista con Irma: “¿A qué mujer le interesa ser el espejismo donde otra mujer es el origen?”

La relación, el paralelismo melancólico que hay con Irma Rosario y Flor Eduarda, pues, tiene que ver con que, sin darnos cuenta, creo que muchos seres humanos seguimos ciertos patrones o somos afectados por pasiones similares. Entonces él [Benito] ve en Irma a una especie de fantasma de Flor Eduarda, pero la ve más con curiosidad, porque es una joven que tiene otro lenguaje, otro modo de relacionarse. Ella es hija de la burguesía política, a diferencia de Flor Eduarda, que atendía un Seven Eleven. Sin embargo, creo que el recuerdo de Flor Eduarda y la curiosidad son las pulsiones que llevan a Torrentera a seguir a su sobrina, además de que es la hija de su hermano, es decir, del político que cambia de partido sin importar la ética, la ideología ni nada, del político que hace negocios para su propio beneficio y para desgracia de la comunidad. Entonces también hay cierto dejo de venganza, de revancha contra el hermano, que paradójicamente, como sucede en el mundo, es el hermano el que lo rescata en la prisión del penal en Morelia, Michoacán.

Puesto que Flor Eduarda, más que una persona, es un “dilema insalvable” o un mito. Entonces...  ¿qué puede ofrecer Irma?

Es que ése es, justamente, el dilema y el problema del amor. El amor es una construcción. Hay un libro de Denis de Rougemont que se llama El amor y Occidente (Kairós, 2010) en el que sostiene que el amor es una invención del mundo juglaresco, trovadoresco, de los siglos XIII y XIV. Y bueno, Don Quijote, sin ir más lejos, pelea contra molinos de viento en nombre de una mujer que no existe; él pelea en nombre de un ideal. Entonces, ese origen del que habla Torrentera es el amor. Por eso habla también de un espejismo. No lo dice, pero yo lo creo: él es víctima de ese idealismo. En otro libro mío, El idealista y el perro (Almadía, 2013) —el perro, por supuesto, es Diógenes— señalo que Diógenes no creía en la razón, en la filosofía, ni en el poder. Y bueno, no hablaremos de él, pero todos conocemos su cinismo, su desapego por la verdad incuestionable y psicológica. Volviendo con Fango, Benito ve más bien en Irma un reflejo de ese amor, que es una construcción idealista que ha hecho de Flor Eduarda. Por eso no aparece en Fango. Aquí, Flor Eduarda es como Dulcinea del Toboso, es decir, es una atmósfera mítica, es un impulso amoroso, pero no existe; lo que existe son los espejismos, son las concepciones que realizamos a partir de una idea, que en este caso, el caso de Benito es el amor por Flor Eduarda. Esa es una cosa muy interesante, incluso filosóficamente: la relación entre la idea del amor y la vida cotidiana. Porque hay tantos amores, tantas personas que se juran amor eterno y terminan destruyéndose, ofendiéndose, convirtiéndose en criminales mutuos.

Siendo así, ¿es el cuerpo del otro el único fango que realmente vale la pena habitar?

Sin el sexo la vida no tiene sentido, pero eso es una opinión personal que evidentemente transmito en algunos personajes. El cuerpo de una mujer, a mí o a Torrentera, da vida. La cercanía con lo otro. Porque, ¿qué es lo otro sino el otro o los otros sexos? Porque no solo hay dos géneros, hay una gran libertad. Pero el cuerpo extraño que no conoces, que es un misterio y que sin embargo te atrae… a mí me parece importante para continuar viviendo. Habitar un cuerpo extraño. Habitarlo, no con seguridad: siempre con cuidado, con gentileza, con miedo, con precaución, pero habitarlo, estar en él, estar dentro de él, formar parte de ese otro cuerpo. Me parece indispensable. De lo contrario yo, incluso como escritor, como ya dije, no le encontraría mucho sentido a vivir. Quizás respondí todo en desorden, pero lo tocaré más a detalle en un próximo libro que está próximo a salir, que se llama Contra la corrección política.

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Tiempo de Lectura: 00 min

Guillermo Fadanelli elabora el retorno de Benito Torrentera en <i>Fango</i> (Penguin Random Hous, 2025). Toda conversación con él inevitablemente tiende hacia el fracaso, el anarquismo y el romanticismo mitológico.

En la esquina de un bar de la Ciudad de México está sentado el escritor mexicano Guillermo Fadanelli, con su esperable sombrero y una camisa hawaiana que muestra flores sonrientes en un estampado más bien lúgubre, a blanco y negro, con excepción del flavonoide pistilo redondo.

En los años noventa, Fadanelli fundó la revista (y posteriormente editorial) Moho. En una época en que la literatura mexicana buscaba ser sofisticada o académica, él abrió la puerta a historias sobre prostitutas, vagos, borrachos y criminales. Su obra se define por el contraste entre lo bajo —bares de mala muerte, hoteles de paso y en general la mugre de la Ciudad de México— y lo alto —filosofía de la soledad, el desorden y, en general, la contemplación de la inutilidad de la existencia—.

La publicación de su novela Lodo (Debate) en 2002, que le valió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, marcó un antes y un después: Fadanelli dejó de ser solo el autor de culto del underground mexicano para convertirse en una voz necesaria de la narrativa en español, y dio el salto a grandes editoriales como Anagrama y Penguin Random House, además de la mexicana Almadía. Un par de décadas de mucho trabajo: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 2004), Hotel DF (Mondadori, 2010), Al final del periférico (Penguin Random House, 2016) y Fandelli (Cal y Arena, 2019).

Sobre la mesa azul hay dos objetos: La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, y un vaso de cristal cortado con un solo hielo y una media rodaja de naranja, lleno de Campari. Me dice que empezó la ronda de entrevistas con cerveza, para relajarse. No obstante, con el paso de las horas uno necesita algo más fuerte. “Pero solo tiene 22, 23 grados de alcohol”, me dice y sonríe. Ahora le viene bien su Campari, afirma, y quizá después un vino.

Me presento y él me invita a sentarme a su lado y a leer Persona non grata (Lumen, 1973), también de Edwards. La recomendación se tuerce hacia la historia de cuando conoció al autor chileno, en 2008, y los detalles de esa charla que giró en torno de su admiración común por Michel de Montaigne. Como a ambos nos gustan los preámbulos, la charla se extiende a Proust, el basquetbol y los géneros literarios, con un fuerte énfasis en el ensayo, claro: “El ensayo es una novela”, advierte. “Lo único que hago es extender la telaraña, aunque soy muy riguroso a la hora de citar personajes históricos, los diarios, etcétera, pero nunca me verás poner cita, lo odio. Lo más que he hecho es poner al final una lista de 50 filósofos, escritores que fueron importantes para la escritura de ese libro”.

Después me dice que no cree en los géneros definidos. “Fango, por ejemplo, tiene momentos ensayísticos”, afirma, “algunas páginas históricas, aforismos, diálogos que parecen regresarnos al teatro”.

Han pasado más de 20 años desde la publicación de Lodo. ¿Qué fue lo que le llevó a decidir que Benito Torrentera aún tenía algo que decir en este México tan diferente al que encontramos en la primera novela?

Fue una especie de melancolía aunada a cierta necesidad. Yo prefiero “ser cursi a ser cool”, tal y como asevera Benito Torrentera en Fango. Por lo tanto, te diré que también… no lo quería dejar en la cárcel [a Benito], que es donde se queda [al final] en Lodo. Y me preguntaba: ¿qué sería de él si saliera de la cárcel? Esta pregunta me la hice hace cuatro años. Entonces me dije: voy a intentar y si encuentro la voz de Torrentera (uno lo sabe como escritor), si esa voz vuelve a aparecer, no a imponerse, pero sí volver a aparecer, a estar presente, pues sí me gustaría saber más de él, incluso como espectador, porque aunque sea yo escritor, también soy espectador de lo que voy escribiendo (al final y al cabo soy muy anarquista a la hora de escribir). Y resulta que me gustó, y resulta que de pronto Torrentera ya estaba otra vez en su viejo departamento, como si nada, con su pesimismo de costumbre, con su nihilismo perpetuo; un poco más amargo, más mordaz, más duro, evidentemente, porque estuvo en la cárcel cinco años en Morelia. Entonces, caminó por sí mismo, o caminamos juntos: te digo que prefiero ser cursi. Porque así lo siento, así lo advierto (lo percibo así) este regresar a un personaje de hace más de 20 años.

Me parece interesante que ahora explores el tema del escritor fantasma, ese mercenario de la pluma que vende su voz para construir una gloria ajena. El intertexto sigue siendo la historia, y de forma análoga, la novela que escribe Benito para el senador Sifuentes la leemos junto con la novela de Fango. ¿Este encargo que acepta Benito es una forma de claudicación final, de aceptación a escribir una novela, como parece que lo intenta en Lodo, o simplemente es el único refugio de libertad que le queda a un hombre que ya no pertenece al mundo oficial, que está quemado, digamos, académicamente?

Bueno, Torrentera nunca tuvo grandes pretensiones, ni siquiera como filósofo, porque él se consideraba a sí mismo un profesor de filosofía, no un filósofo. Es más un aficionado de la historia. En consecuencia, hace un viaje con su amiga y amante Flor Eduarda, en Lodo, para visitar el pueblo donde Alonso de la Veracruz dio la primera cátedra de filosofía en América, en 1540. Eso me dio pie a que Benito, con sus amigos, investigara la historia colonial, la historia del Virreinato, sobre todo la obra de los frailes españoles, o de las diversas órdenes mendicantes. Y ahora, en Fango, el pretexto (porque a Torrentera no le importa ser célebre, no le interesa la fama, digo… a cualquiera que le interese la fama, de entrada, a mí me parece un personaje ordinario) es que [Benito] necesita vivir. Ahí aparece la oportunidad de escribir una monografía o un ensayo sobre Santos Degollado que le ofrece un senador de Jalisco, de donde Santos Degollado también llegó a ser gobernador (porque lo fue también de Michoacán), y entonces… el dinero… para comer, para pagar la renta o para vivir, para tener esos placeres que tiene todo ser humano, mínimos placeres; no el de la celebridad, no la competencia, no la idea del ganar que tan mal hace, desde mi punto de vista. Perder también tiene sus privilegios. Entonces, así como en Lodo entra la historia colonial buscando el origen de la filosofía en América, aquí se adentra en la historia de las guerras de Reforma y, sobre todo, del siglo XIX, en esa época de Melchor Ocampo, de Benito Juárez, de Ignacio Comfort, etcétera.

¿Por qué elegir a un general olvidado de la guerra de Reforma?

[A Torrentera] le atrae mucho la imagen de Santos Degollado, a quien apodaron el “general derrotas”, porque decían, a pesar de todas las batallas que ganó, que yo las pongo todas en Fango, sólo fracasaba. Y Torrentera se siente el profesor “derrotas”. Entonces él encuentra a un héroe trágico.

Es un correlato. El mismo Benito lo señala en Fango: “No intentaba comparar mi paupérrima vida con la del general Santos Degollado [...] pero sé reconocer la similitud de los temperamentos y espíritus [...] lacrados con la palabra derrota en su frente”.

Exacto, es lo que dices del intertexto.

¿Considera que la historia de México es, en el fondo, una acumulación de temperamentos románticos que solo encuentran su verdad en el fracaso?

Creo que la historia es un mito, que los hechos requieren estar respaldados por una ética, que el historiador administre el pasado según su propio talento, las fuentes con las que cuenta y demás cuestiones. Pero Torrentera, en el fondo, es un escritor ruso, es decir, es un hombre que piensa que la tragedia, que la desgracia y que el sufrimiento son una fuente de conocimiento. Eso decía uno de los grandes críticos de Dostoyevsky: para Dostoyevsky el sufrimiento era una forma de conocerse. No deseo la derrota de nadie, pero sí creo que a la vuelta de la esquina habrá un accidente, una ruptura, un cambio de planes, una tragedia, y estar preparado para ello... nunca te preparas totalmente, pero al menos tener noción de ello… es sabio, desde mi punto de vista; es recomendable. Entonces, la historia de México, como la historia de todas las sociedades, es un conjunto de accidentes, de enfrentamiento entre los poderosos, de malentendidos. No creo que nadie pueda construir la historia [con sus actos]. Evidentemente ha habido personajes, desde Alejandro Magno hasta Winston Churchill, que han sido determinantes como individuos en el trasiego histórico, pero la historia es el caos, y lo que hacemos los hombres y mujeres, lo que hacemos los seres humanos es inventar un orden para sobrevivir al caos. La historia es un caos. Sin embargo, intentamos siempre vivir mejor, tener mayor bienestar, mayor justicia, digamos, aunque sea un término ambiguo. Entonces, la historia es un mito en el que aprendemos o por lo menos nos asomamos a la idea de la justicia, de la libertad y del sufrimiento humano. De allí mi interés y el de Torrentera por la historia, no como verdad, sino como relato mitológico, que es diferente, y también como estímulo para ejercer determinadas acciones en vez de otras.

A propósito de estas cuestiones, me quedé pensando en una cita. Benito afirma que “quien se enamora lo pierde todo o al menos lo trascendente”. ¿Es entonces Fango una novela sobre la renuncia a la trascendencia?

Sí, por supuesto. Hay un ánimo anarquista, pero el anarquismo, entendido como renuncia a un bien mayor o trascendente o religioso; como desconfianza al autoritarismo y a la autoridad, y como un deseo de libertad individual. En Fango se muestra que él intenta hacer un bien común, pese a ser un anarquista y un individualista.

Por eso al final del libro va y no cobra una venganza personal, sino en favor de alguien más.

Que por cierto es el indefenso… Sabino.

¿Es este asesinato un acto de justicia social, un acto de locura quijotesca o simplemente la confirmación de que Benito solo sabe comunicarse con el mundo a través del crimen y la violencia?

Allí encontramos lo que los románticos llamaban Sturm und Drang (tormenta e impulso). Como todos los seres humanos más sensibles, Torrentera vive en el desasosiego. Ese desasosiego del que nos escribió Fernando Pessoa de una manera extraordinaria, clara, nítida, profunda. Y pese al nihilismo, al anarquismo y al individualismo, Torrentera no está exento de sentir odio hacia los criminales, hacia los políticos corruptos, hacia las instituciones que empequeñecen y humillan al ser humano. Y [Torrentera] actúa en consecuencia y mata a alguien al final. Otra vez. Por otro lado, creo que él dice, “matar te invita a seguir matando; ¿no es la adicción más antigua del mundo?”. Entonces para él ya es más sencillo. La primera vez fue por celos, cuando mata a estos dos hombres en Lodo, que perseguían a su joven amada, pero en el segundo caso es más social: en Fango, él asesina para hacer el bien, lo cual contradice la moral nihilista y pesimista que él acostumbra ofrecer en sus comentarios o reflexiones y en su vida personal.

Ya que mencionas esto y considerando que Benito Torrentera es un romántico anarquista, ¿cuál es el trasfondo de su relación con Irma?

En Fango, la relación que [Torrentera] tiene con su sobrina, Irma, tiene como raíz, según yo, la melancolía, la nostalgia por Flor Eduarda, a quien amaba… y lo digo en serio, porque han relacionado o me han sugerido que [Flor] es una Lolita y no es así. Éste es un amor que siente Torrentera, aunque no lo acepte. Y también es una enseñanza de que las pasiones son más poderosas que la razón. De hecho, así termina Lodo.

Y por eso yo también me preguntaba tal y como lo hace el protagonista con Irma: “¿A qué mujer le interesa ser el espejismo donde otra mujer es el origen?”

La relación, el paralelismo melancólico que hay con Irma Rosario y Flor Eduarda, pues, tiene que ver con que, sin darnos cuenta, creo que muchos seres humanos seguimos ciertos patrones o somos afectados por pasiones similares. Entonces él [Benito] ve en Irma a una especie de fantasma de Flor Eduarda, pero la ve más con curiosidad, porque es una joven que tiene otro lenguaje, otro modo de relacionarse. Ella es hija de la burguesía política, a diferencia de Flor Eduarda, que atendía un Seven Eleven. Sin embargo, creo que el recuerdo de Flor Eduarda y la curiosidad son las pulsiones que llevan a Torrentera a seguir a su sobrina, además de que es la hija de su hermano, es decir, del político que cambia de partido sin importar la ética, la ideología ni nada, del político que hace negocios para su propio beneficio y para desgracia de la comunidad. Entonces también hay cierto dejo de venganza, de revancha contra el hermano, que paradójicamente, como sucede en el mundo, es el hermano el que lo rescata en la prisión del penal en Morelia, Michoacán.

Puesto que Flor Eduarda, más que una persona, es un “dilema insalvable” o un mito. Entonces...  ¿qué puede ofrecer Irma?

Es que ése es, justamente, el dilema y el problema del amor. El amor es una construcción. Hay un libro de Denis de Rougemont que se llama El amor y Occidente (Kairós, 2010) en el que sostiene que el amor es una invención del mundo juglaresco, trovadoresco, de los siglos XIII y XIV. Y bueno, Don Quijote, sin ir más lejos, pelea contra molinos de viento en nombre de una mujer que no existe; él pelea en nombre de un ideal. Entonces, ese origen del que habla Torrentera es el amor. Por eso habla también de un espejismo. No lo dice, pero yo lo creo: él es víctima de ese idealismo. En otro libro mío, El idealista y el perro (Almadía, 2013) —el perro, por supuesto, es Diógenes— señalo que Diógenes no creía en la razón, en la filosofía, ni en el poder. Y bueno, no hablaremos de él, pero todos conocemos su cinismo, su desapego por la verdad incuestionable y psicológica. Volviendo con Fango, Benito ve más bien en Irma un reflejo de ese amor, que es una construcción idealista que ha hecho de Flor Eduarda. Por eso no aparece en Fango. Aquí, Flor Eduarda es como Dulcinea del Toboso, es decir, es una atmósfera mítica, es un impulso amoroso, pero no existe; lo que existe son los espejismos, son las concepciones que realizamos a partir de una idea, que en este caso, el caso de Benito es el amor por Flor Eduarda. Esa es una cosa muy interesante, incluso filosóficamente: la relación entre la idea del amor y la vida cotidiana. Porque hay tantos amores, tantas personas que se juran amor eterno y terminan destruyéndose, ofendiéndose, convirtiéndose en criminales mutuos.

Siendo así, ¿es el cuerpo del otro el único fango que realmente vale la pena habitar?

Sin el sexo la vida no tiene sentido, pero eso es una opinión personal que evidentemente transmito en algunos personajes. El cuerpo de una mujer, a mí o a Torrentera, da vida. La cercanía con lo otro. Porque, ¿qué es lo otro sino el otro o los otros sexos? Porque no solo hay dos géneros, hay una gran libertad. Pero el cuerpo extraño que no conoces, que es un misterio y que sin embargo te atrae… a mí me parece importante para continuar viviendo. Habitar un cuerpo extraño. Habitarlo, no con seguridad: siempre con cuidado, con gentileza, con miedo, con precaución, pero habitarlo, estar en él, estar dentro de él, formar parte de ese otro cuerpo. Me parece indispensable. De lo contrario yo, incluso como escritor, como ya dije, no le encontraría mucho sentido a vivir. Quizás respondí todo en desorden, pero lo tocaré más a detalle en un próximo libro que está próximo a salir, que se llama Contra la corrección política.

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Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Fotografía: Yolanda M. Guadarrama.
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Tiempo de Lectura: 00 min

Guillermo Fadanelli elabora el retorno de Benito Torrentera en <i>Fango</i> (Penguin Random Hous, 2025). Toda conversación con él inevitablemente tiende hacia el fracaso, el anarquismo y el romanticismo mitológico.

En la esquina de un bar de la Ciudad de México está sentado el escritor mexicano Guillermo Fadanelli, con su esperable sombrero y una camisa hawaiana que muestra flores sonrientes en un estampado más bien lúgubre, a blanco y negro, con excepción del flavonoide pistilo redondo.

En los años noventa, Fadanelli fundó la revista (y posteriormente editorial) Moho. En una época en que la literatura mexicana buscaba ser sofisticada o académica, él abrió la puerta a historias sobre prostitutas, vagos, borrachos y criminales. Su obra se define por el contraste entre lo bajo —bares de mala muerte, hoteles de paso y en general la mugre de la Ciudad de México— y lo alto —filosofía de la soledad, el desorden y, en general, la contemplación de la inutilidad de la existencia—.

La publicación de su novela Lodo (Debate) en 2002, que le valió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, marcó un antes y un después: Fadanelli dejó de ser solo el autor de culto del underground mexicano para convertirse en una voz necesaria de la narrativa en español, y dio el salto a grandes editoriales como Anagrama y Penguin Random House, además de la mexicana Almadía. Un par de décadas de mucho trabajo: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 2004), Hotel DF (Mondadori, 2010), Al final del periférico (Penguin Random House, 2016) y Fandelli (Cal y Arena, 2019).

Sobre la mesa azul hay dos objetos: La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, y un vaso de cristal cortado con un solo hielo y una media rodaja de naranja, lleno de Campari. Me dice que empezó la ronda de entrevistas con cerveza, para relajarse. No obstante, con el paso de las horas uno necesita algo más fuerte. “Pero solo tiene 22, 23 grados de alcohol”, me dice y sonríe. Ahora le viene bien su Campari, afirma, y quizá después un vino.

Me presento y él me invita a sentarme a su lado y a leer Persona non grata (Lumen, 1973), también de Edwards. La recomendación se tuerce hacia la historia de cuando conoció al autor chileno, en 2008, y los detalles de esa charla que giró en torno de su admiración común por Michel de Montaigne. Como a ambos nos gustan los preámbulos, la charla se extiende a Proust, el basquetbol y los géneros literarios, con un fuerte énfasis en el ensayo, claro: “El ensayo es una novela”, advierte. “Lo único que hago es extender la telaraña, aunque soy muy riguroso a la hora de citar personajes históricos, los diarios, etcétera, pero nunca me verás poner cita, lo odio. Lo más que he hecho es poner al final una lista de 50 filósofos, escritores que fueron importantes para la escritura de ese libro”.

Después me dice que no cree en los géneros definidos. “Fango, por ejemplo, tiene momentos ensayísticos”, afirma, “algunas páginas históricas, aforismos, diálogos que parecen regresarnos al teatro”.

Han pasado más de 20 años desde la publicación de Lodo. ¿Qué fue lo que le llevó a decidir que Benito Torrentera aún tenía algo que decir en este México tan diferente al que encontramos en la primera novela?

Fue una especie de melancolía aunada a cierta necesidad. Yo prefiero “ser cursi a ser cool”, tal y como asevera Benito Torrentera en Fango. Por lo tanto, te diré que también… no lo quería dejar en la cárcel [a Benito], que es donde se queda [al final] en Lodo. Y me preguntaba: ¿qué sería de él si saliera de la cárcel? Esta pregunta me la hice hace cuatro años. Entonces me dije: voy a intentar y si encuentro la voz de Torrentera (uno lo sabe como escritor), si esa voz vuelve a aparecer, no a imponerse, pero sí volver a aparecer, a estar presente, pues sí me gustaría saber más de él, incluso como espectador, porque aunque sea yo escritor, también soy espectador de lo que voy escribiendo (al final y al cabo soy muy anarquista a la hora de escribir). Y resulta que me gustó, y resulta que de pronto Torrentera ya estaba otra vez en su viejo departamento, como si nada, con su pesimismo de costumbre, con su nihilismo perpetuo; un poco más amargo, más mordaz, más duro, evidentemente, porque estuvo en la cárcel cinco años en Morelia. Entonces, caminó por sí mismo, o caminamos juntos: te digo que prefiero ser cursi. Porque así lo siento, así lo advierto (lo percibo así) este regresar a un personaje de hace más de 20 años.

Me parece interesante que ahora explores el tema del escritor fantasma, ese mercenario de la pluma que vende su voz para construir una gloria ajena. El intertexto sigue siendo la historia, y de forma análoga, la novela que escribe Benito para el senador Sifuentes la leemos junto con la novela de Fango. ¿Este encargo que acepta Benito es una forma de claudicación final, de aceptación a escribir una novela, como parece que lo intenta en Lodo, o simplemente es el único refugio de libertad que le queda a un hombre que ya no pertenece al mundo oficial, que está quemado, digamos, académicamente?

Bueno, Torrentera nunca tuvo grandes pretensiones, ni siquiera como filósofo, porque él se consideraba a sí mismo un profesor de filosofía, no un filósofo. Es más un aficionado de la historia. En consecuencia, hace un viaje con su amiga y amante Flor Eduarda, en Lodo, para visitar el pueblo donde Alonso de la Veracruz dio la primera cátedra de filosofía en América, en 1540. Eso me dio pie a que Benito, con sus amigos, investigara la historia colonial, la historia del Virreinato, sobre todo la obra de los frailes españoles, o de las diversas órdenes mendicantes. Y ahora, en Fango, el pretexto (porque a Torrentera no le importa ser célebre, no le interesa la fama, digo… a cualquiera que le interese la fama, de entrada, a mí me parece un personaje ordinario) es que [Benito] necesita vivir. Ahí aparece la oportunidad de escribir una monografía o un ensayo sobre Santos Degollado que le ofrece un senador de Jalisco, de donde Santos Degollado también llegó a ser gobernador (porque lo fue también de Michoacán), y entonces… el dinero… para comer, para pagar la renta o para vivir, para tener esos placeres que tiene todo ser humano, mínimos placeres; no el de la celebridad, no la competencia, no la idea del ganar que tan mal hace, desde mi punto de vista. Perder también tiene sus privilegios. Entonces, así como en Lodo entra la historia colonial buscando el origen de la filosofía en América, aquí se adentra en la historia de las guerras de Reforma y, sobre todo, del siglo XIX, en esa época de Melchor Ocampo, de Benito Juárez, de Ignacio Comfort, etcétera.

¿Por qué elegir a un general olvidado de la guerra de Reforma?

[A Torrentera] le atrae mucho la imagen de Santos Degollado, a quien apodaron el “general derrotas”, porque decían, a pesar de todas las batallas que ganó, que yo las pongo todas en Fango, sólo fracasaba. Y Torrentera se siente el profesor “derrotas”. Entonces él encuentra a un héroe trágico.

Es un correlato. El mismo Benito lo señala en Fango: “No intentaba comparar mi paupérrima vida con la del general Santos Degollado [...] pero sé reconocer la similitud de los temperamentos y espíritus [...] lacrados con la palabra derrota en su frente”.

Exacto, es lo que dices del intertexto.

¿Considera que la historia de México es, en el fondo, una acumulación de temperamentos románticos que solo encuentran su verdad en el fracaso?

Creo que la historia es un mito, que los hechos requieren estar respaldados por una ética, que el historiador administre el pasado según su propio talento, las fuentes con las que cuenta y demás cuestiones. Pero Torrentera, en el fondo, es un escritor ruso, es decir, es un hombre que piensa que la tragedia, que la desgracia y que el sufrimiento son una fuente de conocimiento. Eso decía uno de los grandes críticos de Dostoyevsky: para Dostoyevsky el sufrimiento era una forma de conocerse. No deseo la derrota de nadie, pero sí creo que a la vuelta de la esquina habrá un accidente, una ruptura, un cambio de planes, una tragedia, y estar preparado para ello... nunca te preparas totalmente, pero al menos tener noción de ello… es sabio, desde mi punto de vista; es recomendable. Entonces, la historia de México, como la historia de todas las sociedades, es un conjunto de accidentes, de enfrentamiento entre los poderosos, de malentendidos. No creo que nadie pueda construir la historia [con sus actos]. Evidentemente ha habido personajes, desde Alejandro Magno hasta Winston Churchill, que han sido determinantes como individuos en el trasiego histórico, pero la historia es el caos, y lo que hacemos los hombres y mujeres, lo que hacemos los seres humanos es inventar un orden para sobrevivir al caos. La historia es un caos. Sin embargo, intentamos siempre vivir mejor, tener mayor bienestar, mayor justicia, digamos, aunque sea un término ambiguo. Entonces, la historia es un mito en el que aprendemos o por lo menos nos asomamos a la idea de la justicia, de la libertad y del sufrimiento humano. De allí mi interés y el de Torrentera por la historia, no como verdad, sino como relato mitológico, que es diferente, y también como estímulo para ejercer determinadas acciones en vez de otras.

A propósito de estas cuestiones, me quedé pensando en una cita. Benito afirma que “quien se enamora lo pierde todo o al menos lo trascendente”. ¿Es entonces Fango una novela sobre la renuncia a la trascendencia?

Sí, por supuesto. Hay un ánimo anarquista, pero el anarquismo, entendido como renuncia a un bien mayor o trascendente o religioso; como desconfianza al autoritarismo y a la autoridad, y como un deseo de libertad individual. En Fango se muestra que él intenta hacer un bien común, pese a ser un anarquista y un individualista.

Por eso al final del libro va y no cobra una venganza personal, sino en favor de alguien más.

Que por cierto es el indefenso… Sabino.

¿Es este asesinato un acto de justicia social, un acto de locura quijotesca o simplemente la confirmación de que Benito solo sabe comunicarse con el mundo a través del crimen y la violencia?

Allí encontramos lo que los románticos llamaban Sturm und Drang (tormenta e impulso). Como todos los seres humanos más sensibles, Torrentera vive en el desasosiego. Ese desasosiego del que nos escribió Fernando Pessoa de una manera extraordinaria, clara, nítida, profunda. Y pese al nihilismo, al anarquismo y al individualismo, Torrentera no está exento de sentir odio hacia los criminales, hacia los políticos corruptos, hacia las instituciones que empequeñecen y humillan al ser humano. Y [Torrentera] actúa en consecuencia y mata a alguien al final. Otra vez. Por otro lado, creo que él dice, “matar te invita a seguir matando; ¿no es la adicción más antigua del mundo?”. Entonces para él ya es más sencillo. La primera vez fue por celos, cuando mata a estos dos hombres en Lodo, que perseguían a su joven amada, pero en el segundo caso es más social: en Fango, él asesina para hacer el bien, lo cual contradice la moral nihilista y pesimista que él acostumbra ofrecer en sus comentarios o reflexiones y en su vida personal.

Ya que mencionas esto y considerando que Benito Torrentera es un romántico anarquista, ¿cuál es el trasfondo de su relación con Irma?

En Fango, la relación que [Torrentera] tiene con su sobrina, Irma, tiene como raíz, según yo, la melancolía, la nostalgia por Flor Eduarda, a quien amaba… y lo digo en serio, porque han relacionado o me han sugerido que [Flor] es una Lolita y no es así. Éste es un amor que siente Torrentera, aunque no lo acepte. Y también es una enseñanza de que las pasiones son más poderosas que la razón. De hecho, así termina Lodo.

Y por eso yo también me preguntaba tal y como lo hace el protagonista con Irma: “¿A qué mujer le interesa ser el espejismo donde otra mujer es el origen?”

La relación, el paralelismo melancólico que hay con Irma Rosario y Flor Eduarda, pues, tiene que ver con que, sin darnos cuenta, creo que muchos seres humanos seguimos ciertos patrones o somos afectados por pasiones similares. Entonces él [Benito] ve en Irma a una especie de fantasma de Flor Eduarda, pero la ve más con curiosidad, porque es una joven que tiene otro lenguaje, otro modo de relacionarse. Ella es hija de la burguesía política, a diferencia de Flor Eduarda, que atendía un Seven Eleven. Sin embargo, creo que el recuerdo de Flor Eduarda y la curiosidad son las pulsiones que llevan a Torrentera a seguir a su sobrina, además de que es la hija de su hermano, es decir, del político que cambia de partido sin importar la ética, la ideología ni nada, del político que hace negocios para su propio beneficio y para desgracia de la comunidad. Entonces también hay cierto dejo de venganza, de revancha contra el hermano, que paradójicamente, como sucede en el mundo, es el hermano el que lo rescata en la prisión del penal en Morelia, Michoacán.

Puesto que Flor Eduarda, más que una persona, es un “dilema insalvable” o un mito. Entonces...  ¿qué puede ofrecer Irma?

Es que ése es, justamente, el dilema y el problema del amor. El amor es una construcción. Hay un libro de Denis de Rougemont que se llama El amor y Occidente (Kairós, 2010) en el que sostiene que el amor es una invención del mundo juglaresco, trovadoresco, de los siglos XIII y XIV. Y bueno, Don Quijote, sin ir más lejos, pelea contra molinos de viento en nombre de una mujer que no existe; él pelea en nombre de un ideal. Entonces, ese origen del que habla Torrentera es el amor. Por eso habla también de un espejismo. No lo dice, pero yo lo creo: él es víctima de ese idealismo. En otro libro mío, El idealista y el perro (Almadía, 2013) —el perro, por supuesto, es Diógenes— señalo que Diógenes no creía en la razón, en la filosofía, ni en el poder. Y bueno, no hablaremos de él, pero todos conocemos su cinismo, su desapego por la verdad incuestionable y psicológica. Volviendo con Fango, Benito ve más bien en Irma un reflejo de ese amor, que es una construcción idealista que ha hecho de Flor Eduarda. Por eso no aparece en Fango. Aquí, Flor Eduarda es como Dulcinea del Toboso, es decir, es una atmósfera mítica, es un impulso amoroso, pero no existe; lo que existe son los espejismos, son las concepciones que realizamos a partir de una idea, que en este caso, el caso de Benito es el amor por Flor Eduarda. Esa es una cosa muy interesante, incluso filosóficamente: la relación entre la idea del amor y la vida cotidiana. Porque hay tantos amores, tantas personas que se juran amor eterno y terminan destruyéndose, ofendiéndose, convirtiéndose en criminales mutuos.

Siendo así, ¿es el cuerpo del otro el único fango que realmente vale la pena habitar?

Sin el sexo la vida no tiene sentido, pero eso es una opinión personal que evidentemente transmito en algunos personajes. El cuerpo de una mujer, a mí o a Torrentera, da vida. La cercanía con lo otro. Porque, ¿qué es lo otro sino el otro o los otros sexos? Porque no solo hay dos géneros, hay una gran libertad. Pero el cuerpo extraño que no conoces, que es un misterio y que sin embargo te atrae… a mí me parece importante para continuar viviendo. Habitar un cuerpo extraño. Habitarlo, no con seguridad: siempre con cuidado, con gentileza, con miedo, con precaución, pero habitarlo, estar en él, estar dentro de él, formar parte de ese otro cuerpo. Me parece indispensable. De lo contrario yo, incluso como escritor, como ya dije, no le encontraría mucho sentido a vivir. Quizás respondí todo en desorden, pero lo tocaré más a detalle en un próximo libro que está próximo a salir, que se llama Contra la corrección política.

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Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

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Guillermo Fadanelli elabora el retorno de Benito Torrentera en <i>Fango</i> (Penguin Random Hous, 2025). Toda conversación con él inevitablemente tiende hacia el fracaso, el anarquismo y el romanticismo mitológico.

En la esquina de un bar de la Ciudad de México está sentado el escritor mexicano Guillermo Fadanelli, con su esperable sombrero y una camisa hawaiana que muestra flores sonrientes en un estampado más bien lúgubre, a blanco y negro, con excepción del flavonoide pistilo redondo.

En los años noventa, Fadanelli fundó la revista (y posteriormente editorial) Moho. En una época en que la literatura mexicana buscaba ser sofisticada o académica, él abrió la puerta a historias sobre prostitutas, vagos, borrachos y criminales. Su obra se define por el contraste entre lo bajo —bares de mala muerte, hoteles de paso y en general la mugre de la Ciudad de México— y lo alto —filosofía de la soledad, el desorden y, en general, la contemplación de la inutilidad de la existencia—.

La publicación de su novela Lodo (Debate) en 2002, que le valió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, marcó un antes y un después: Fadanelli dejó de ser solo el autor de culto del underground mexicano para convertirse en una voz necesaria de la narrativa en español, y dio el salto a grandes editoriales como Anagrama y Penguin Random House, además de la mexicana Almadía. Un par de décadas de mucho trabajo: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 2004), Hotel DF (Mondadori, 2010), Al final del periférico (Penguin Random House, 2016) y Fandelli (Cal y Arena, 2019).

Sobre la mesa azul hay dos objetos: La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, y un vaso de cristal cortado con un solo hielo y una media rodaja de naranja, lleno de Campari. Me dice que empezó la ronda de entrevistas con cerveza, para relajarse. No obstante, con el paso de las horas uno necesita algo más fuerte. “Pero solo tiene 22, 23 grados de alcohol”, me dice y sonríe. Ahora le viene bien su Campari, afirma, y quizá después un vino.

Me presento y él me invita a sentarme a su lado y a leer Persona non grata (Lumen, 1973), también de Edwards. La recomendación se tuerce hacia la historia de cuando conoció al autor chileno, en 2008, y los detalles de esa charla que giró en torno de su admiración común por Michel de Montaigne. Como a ambos nos gustan los preámbulos, la charla se extiende a Proust, el basquetbol y los géneros literarios, con un fuerte énfasis en el ensayo, claro: “El ensayo es una novela”, advierte. “Lo único que hago es extender la telaraña, aunque soy muy riguroso a la hora de citar personajes históricos, los diarios, etcétera, pero nunca me verás poner cita, lo odio. Lo más que he hecho es poner al final una lista de 50 filósofos, escritores que fueron importantes para la escritura de ese libro”.

Después me dice que no cree en los géneros definidos. “Fango, por ejemplo, tiene momentos ensayísticos”, afirma, “algunas páginas históricas, aforismos, diálogos que parecen regresarnos al teatro”.

Han pasado más de 20 años desde la publicación de Lodo. ¿Qué fue lo que le llevó a decidir que Benito Torrentera aún tenía algo que decir en este México tan diferente al que encontramos en la primera novela?

Fue una especie de melancolía aunada a cierta necesidad. Yo prefiero “ser cursi a ser cool”, tal y como asevera Benito Torrentera en Fango. Por lo tanto, te diré que también… no lo quería dejar en la cárcel [a Benito], que es donde se queda [al final] en Lodo. Y me preguntaba: ¿qué sería de él si saliera de la cárcel? Esta pregunta me la hice hace cuatro años. Entonces me dije: voy a intentar y si encuentro la voz de Torrentera (uno lo sabe como escritor), si esa voz vuelve a aparecer, no a imponerse, pero sí volver a aparecer, a estar presente, pues sí me gustaría saber más de él, incluso como espectador, porque aunque sea yo escritor, también soy espectador de lo que voy escribiendo (al final y al cabo soy muy anarquista a la hora de escribir). Y resulta que me gustó, y resulta que de pronto Torrentera ya estaba otra vez en su viejo departamento, como si nada, con su pesimismo de costumbre, con su nihilismo perpetuo; un poco más amargo, más mordaz, más duro, evidentemente, porque estuvo en la cárcel cinco años en Morelia. Entonces, caminó por sí mismo, o caminamos juntos: te digo que prefiero ser cursi. Porque así lo siento, así lo advierto (lo percibo así) este regresar a un personaje de hace más de 20 años.

Me parece interesante que ahora explores el tema del escritor fantasma, ese mercenario de la pluma que vende su voz para construir una gloria ajena. El intertexto sigue siendo la historia, y de forma análoga, la novela que escribe Benito para el senador Sifuentes la leemos junto con la novela de Fango. ¿Este encargo que acepta Benito es una forma de claudicación final, de aceptación a escribir una novela, como parece que lo intenta en Lodo, o simplemente es el único refugio de libertad que le queda a un hombre que ya no pertenece al mundo oficial, que está quemado, digamos, académicamente?

Bueno, Torrentera nunca tuvo grandes pretensiones, ni siquiera como filósofo, porque él se consideraba a sí mismo un profesor de filosofía, no un filósofo. Es más un aficionado de la historia. En consecuencia, hace un viaje con su amiga y amante Flor Eduarda, en Lodo, para visitar el pueblo donde Alonso de la Veracruz dio la primera cátedra de filosofía en América, en 1540. Eso me dio pie a que Benito, con sus amigos, investigara la historia colonial, la historia del Virreinato, sobre todo la obra de los frailes españoles, o de las diversas órdenes mendicantes. Y ahora, en Fango, el pretexto (porque a Torrentera no le importa ser célebre, no le interesa la fama, digo… a cualquiera que le interese la fama, de entrada, a mí me parece un personaje ordinario) es que [Benito] necesita vivir. Ahí aparece la oportunidad de escribir una monografía o un ensayo sobre Santos Degollado que le ofrece un senador de Jalisco, de donde Santos Degollado también llegó a ser gobernador (porque lo fue también de Michoacán), y entonces… el dinero… para comer, para pagar la renta o para vivir, para tener esos placeres que tiene todo ser humano, mínimos placeres; no el de la celebridad, no la competencia, no la idea del ganar que tan mal hace, desde mi punto de vista. Perder también tiene sus privilegios. Entonces, así como en Lodo entra la historia colonial buscando el origen de la filosofía en América, aquí se adentra en la historia de las guerras de Reforma y, sobre todo, del siglo XIX, en esa época de Melchor Ocampo, de Benito Juárez, de Ignacio Comfort, etcétera.

¿Por qué elegir a un general olvidado de la guerra de Reforma?

[A Torrentera] le atrae mucho la imagen de Santos Degollado, a quien apodaron el “general derrotas”, porque decían, a pesar de todas las batallas que ganó, que yo las pongo todas en Fango, sólo fracasaba. Y Torrentera se siente el profesor “derrotas”. Entonces él encuentra a un héroe trágico.

Es un correlato. El mismo Benito lo señala en Fango: “No intentaba comparar mi paupérrima vida con la del general Santos Degollado [...] pero sé reconocer la similitud de los temperamentos y espíritus [...] lacrados con la palabra derrota en su frente”.

Exacto, es lo que dices del intertexto.

¿Considera que la historia de México es, en el fondo, una acumulación de temperamentos románticos que solo encuentran su verdad en el fracaso?

Creo que la historia es un mito, que los hechos requieren estar respaldados por una ética, que el historiador administre el pasado según su propio talento, las fuentes con las que cuenta y demás cuestiones. Pero Torrentera, en el fondo, es un escritor ruso, es decir, es un hombre que piensa que la tragedia, que la desgracia y que el sufrimiento son una fuente de conocimiento. Eso decía uno de los grandes críticos de Dostoyevsky: para Dostoyevsky el sufrimiento era una forma de conocerse. No deseo la derrota de nadie, pero sí creo que a la vuelta de la esquina habrá un accidente, una ruptura, un cambio de planes, una tragedia, y estar preparado para ello... nunca te preparas totalmente, pero al menos tener noción de ello… es sabio, desde mi punto de vista; es recomendable. Entonces, la historia de México, como la historia de todas las sociedades, es un conjunto de accidentes, de enfrentamiento entre los poderosos, de malentendidos. No creo que nadie pueda construir la historia [con sus actos]. Evidentemente ha habido personajes, desde Alejandro Magno hasta Winston Churchill, que han sido determinantes como individuos en el trasiego histórico, pero la historia es el caos, y lo que hacemos los hombres y mujeres, lo que hacemos los seres humanos es inventar un orden para sobrevivir al caos. La historia es un caos. Sin embargo, intentamos siempre vivir mejor, tener mayor bienestar, mayor justicia, digamos, aunque sea un término ambiguo. Entonces, la historia es un mito en el que aprendemos o por lo menos nos asomamos a la idea de la justicia, de la libertad y del sufrimiento humano. De allí mi interés y el de Torrentera por la historia, no como verdad, sino como relato mitológico, que es diferente, y también como estímulo para ejercer determinadas acciones en vez de otras.

A propósito de estas cuestiones, me quedé pensando en una cita. Benito afirma que “quien se enamora lo pierde todo o al menos lo trascendente”. ¿Es entonces Fango una novela sobre la renuncia a la trascendencia?

Sí, por supuesto. Hay un ánimo anarquista, pero el anarquismo, entendido como renuncia a un bien mayor o trascendente o religioso; como desconfianza al autoritarismo y a la autoridad, y como un deseo de libertad individual. En Fango se muestra que él intenta hacer un bien común, pese a ser un anarquista y un individualista.

Por eso al final del libro va y no cobra una venganza personal, sino en favor de alguien más.

Que por cierto es el indefenso… Sabino.

¿Es este asesinato un acto de justicia social, un acto de locura quijotesca o simplemente la confirmación de que Benito solo sabe comunicarse con el mundo a través del crimen y la violencia?

Allí encontramos lo que los románticos llamaban Sturm und Drang (tormenta e impulso). Como todos los seres humanos más sensibles, Torrentera vive en el desasosiego. Ese desasosiego del que nos escribió Fernando Pessoa de una manera extraordinaria, clara, nítida, profunda. Y pese al nihilismo, al anarquismo y al individualismo, Torrentera no está exento de sentir odio hacia los criminales, hacia los políticos corruptos, hacia las instituciones que empequeñecen y humillan al ser humano. Y [Torrentera] actúa en consecuencia y mata a alguien al final. Otra vez. Por otro lado, creo que él dice, “matar te invita a seguir matando; ¿no es la adicción más antigua del mundo?”. Entonces para él ya es más sencillo. La primera vez fue por celos, cuando mata a estos dos hombres en Lodo, que perseguían a su joven amada, pero en el segundo caso es más social: en Fango, él asesina para hacer el bien, lo cual contradice la moral nihilista y pesimista que él acostumbra ofrecer en sus comentarios o reflexiones y en su vida personal.

Ya que mencionas esto y considerando que Benito Torrentera es un romántico anarquista, ¿cuál es el trasfondo de su relación con Irma?

En Fango, la relación que [Torrentera] tiene con su sobrina, Irma, tiene como raíz, según yo, la melancolía, la nostalgia por Flor Eduarda, a quien amaba… y lo digo en serio, porque han relacionado o me han sugerido que [Flor] es una Lolita y no es así. Éste es un amor que siente Torrentera, aunque no lo acepte. Y también es una enseñanza de que las pasiones son más poderosas que la razón. De hecho, así termina Lodo.

Y por eso yo también me preguntaba tal y como lo hace el protagonista con Irma: “¿A qué mujer le interesa ser el espejismo donde otra mujer es el origen?”

La relación, el paralelismo melancólico que hay con Irma Rosario y Flor Eduarda, pues, tiene que ver con que, sin darnos cuenta, creo que muchos seres humanos seguimos ciertos patrones o somos afectados por pasiones similares. Entonces él [Benito] ve en Irma a una especie de fantasma de Flor Eduarda, pero la ve más con curiosidad, porque es una joven que tiene otro lenguaje, otro modo de relacionarse. Ella es hija de la burguesía política, a diferencia de Flor Eduarda, que atendía un Seven Eleven. Sin embargo, creo que el recuerdo de Flor Eduarda y la curiosidad son las pulsiones que llevan a Torrentera a seguir a su sobrina, además de que es la hija de su hermano, es decir, del político que cambia de partido sin importar la ética, la ideología ni nada, del político que hace negocios para su propio beneficio y para desgracia de la comunidad. Entonces también hay cierto dejo de venganza, de revancha contra el hermano, que paradójicamente, como sucede en el mundo, es el hermano el que lo rescata en la prisión del penal en Morelia, Michoacán.

Puesto que Flor Eduarda, más que una persona, es un “dilema insalvable” o un mito. Entonces...  ¿qué puede ofrecer Irma?

Es que ése es, justamente, el dilema y el problema del amor. El amor es una construcción. Hay un libro de Denis de Rougemont que se llama El amor y Occidente (Kairós, 2010) en el que sostiene que el amor es una invención del mundo juglaresco, trovadoresco, de los siglos XIII y XIV. Y bueno, Don Quijote, sin ir más lejos, pelea contra molinos de viento en nombre de una mujer que no existe; él pelea en nombre de un ideal. Entonces, ese origen del que habla Torrentera es el amor. Por eso habla también de un espejismo. No lo dice, pero yo lo creo: él es víctima de ese idealismo. En otro libro mío, El idealista y el perro (Almadía, 2013) —el perro, por supuesto, es Diógenes— señalo que Diógenes no creía en la razón, en la filosofía, ni en el poder. Y bueno, no hablaremos de él, pero todos conocemos su cinismo, su desapego por la verdad incuestionable y psicológica. Volviendo con Fango, Benito ve más bien en Irma un reflejo de ese amor, que es una construcción idealista que ha hecho de Flor Eduarda. Por eso no aparece en Fango. Aquí, Flor Eduarda es como Dulcinea del Toboso, es decir, es una atmósfera mítica, es un impulso amoroso, pero no existe; lo que existe son los espejismos, son las concepciones que realizamos a partir de una idea, que en este caso, el caso de Benito es el amor por Flor Eduarda. Esa es una cosa muy interesante, incluso filosóficamente: la relación entre la idea del amor y la vida cotidiana. Porque hay tantos amores, tantas personas que se juran amor eterno y terminan destruyéndose, ofendiéndose, convirtiéndose en criminales mutuos.

Siendo así, ¿es el cuerpo del otro el único fango que realmente vale la pena habitar?

Sin el sexo la vida no tiene sentido, pero eso es una opinión personal que evidentemente transmito en algunos personajes. El cuerpo de una mujer, a mí o a Torrentera, da vida. La cercanía con lo otro. Porque, ¿qué es lo otro sino el otro o los otros sexos? Porque no solo hay dos géneros, hay una gran libertad. Pero el cuerpo extraño que no conoces, que es un misterio y que sin embargo te atrae… a mí me parece importante para continuar viviendo. Habitar un cuerpo extraño. Habitarlo, no con seguridad: siempre con cuidado, con gentileza, con miedo, con precaución, pero habitarlo, estar en él, estar dentro de él, formar parte de ese otro cuerpo. Me parece indispensable. De lo contrario yo, incluso como escritor, como ya dije, no le encontraría mucho sentido a vivir. Quizás respondí todo en desorden, pero lo tocaré más a detalle en un próximo libro que está próximo a salir, que se llama Contra la corrección política.

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Fotografía: Yolanda M. Guadarrama.

Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

Revolverse en el <i>Fango</i>: una charla con Fadanelli

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Tiempo de Lectura: 00 min

Guillermo Fadanelli elabora el retorno de Benito Torrentera en <i>Fango</i> (Penguin Random Hous, 2025). Toda conversación con él inevitablemente tiende hacia el fracaso, el anarquismo y el romanticismo mitológico.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

En la esquina de un bar de la Ciudad de México está sentado el escritor mexicano Guillermo Fadanelli, con su esperable sombrero y una camisa hawaiana que muestra flores sonrientes en un estampado más bien lúgubre, a blanco y negro, con excepción del flavonoide pistilo redondo.

En los años noventa, Fadanelli fundó la revista (y posteriormente editorial) Moho. En una época en que la literatura mexicana buscaba ser sofisticada o académica, él abrió la puerta a historias sobre prostitutas, vagos, borrachos y criminales. Su obra se define por el contraste entre lo bajo —bares de mala muerte, hoteles de paso y en general la mugre de la Ciudad de México— y lo alto —filosofía de la soledad, el desorden y, en general, la contemplación de la inutilidad de la existencia—.

La publicación de su novela Lodo (Debate) en 2002, que le valió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, marcó un antes y un después: Fadanelli dejó de ser solo el autor de culto del underground mexicano para convertirse en una voz necesaria de la narrativa en español, y dio el salto a grandes editoriales como Anagrama y Penguin Random House, además de la mexicana Almadía. Un par de décadas de mucho trabajo: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 2004), Hotel DF (Mondadori, 2010), Al final del periférico (Penguin Random House, 2016) y Fandelli (Cal y Arena, 2019).

Sobre la mesa azul hay dos objetos: La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, y un vaso de cristal cortado con un solo hielo y una media rodaja de naranja, lleno de Campari. Me dice que empezó la ronda de entrevistas con cerveza, para relajarse. No obstante, con el paso de las horas uno necesita algo más fuerte. “Pero solo tiene 22, 23 grados de alcohol”, me dice y sonríe. Ahora le viene bien su Campari, afirma, y quizá después un vino.

Me presento y él me invita a sentarme a su lado y a leer Persona non grata (Lumen, 1973), también de Edwards. La recomendación se tuerce hacia la historia de cuando conoció al autor chileno, en 2008, y los detalles de esa charla que giró en torno de su admiración común por Michel de Montaigne. Como a ambos nos gustan los preámbulos, la charla se extiende a Proust, el basquetbol y los géneros literarios, con un fuerte énfasis en el ensayo, claro: “El ensayo es una novela”, advierte. “Lo único que hago es extender la telaraña, aunque soy muy riguroso a la hora de citar personajes históricos, los diarios, etcétera, pero nunca me verás poner cita, lo odio. Lo más que he hecho es poner al final una lista de 50 filósofos, escritores que fueron importantes para la escritura de ese libro”.

Después me dice que no cree en los géneros definidos. “Fango, por ejemplo, tiene momentos ensayísticos”, afirma, “algunas páginas históricas, aforismos, diálogos que parecen regresarnos al teatro”.

Han pasado más de 20 años desde la publicación de Lodo. ¿Qué fue lo que le llevó a decidir que Benito Torrentera aún tenía algo que decir en este México tan diferente al que encontramos en la primera novela?

Fue una especie de melancolía aunada a cierta necesidad. Yo prefiero “ser cursi a ser cool”, tal y como asevera Benito Torrentera en Fango. Por lo tanto, te diré que también… no lo quería dejar en la cárcel [a Benito], que es donde se queda [al final] en Lodo. Y me preguntaba: ¿qué sería de él si saliera de la cárcel? Esta pregunta me la hice hace cuatro años. Entonces me dije: voy a intentar y si encuentro la voz de Torrentera (uno lo sabe como escritor), si esa voz vuelve a aparecer, no a imponerse, pero sí volver a aparecer, a estar presente, pues sí me gustaría saber más de él, incluso como espectador, porque aunque sea yo escritor, también soy espectador de lo que voy escribiendo (al final y al cabo soy muy anarquista a la hora de escribir). Y resulta que me gustó, y resulta que de pronto Torrentera ya estaba otra vez en su viejo departamento, como si nada, con su pesimismo de costumbre, con su nihilismo perpetuo; un poco más amargo, más mordaz, más duro, evidentemente, porque estuvo en la cárcel cinco años en Morelia. Entonces, caminó por sí mismo, o caminamos juntos: te digo que prefiero ser cursi. Porque así lo siento, así lo advierto (lo percibo así) este regresar a un personaje de hace más de 20 años.

Me parece interesante que ahora explores el tema del escritor fantasma, ese mercenario de la pluma que vende su voz para construir una gloria ajena. El intertexto sigue siendo la historia, y de forma análoga, la novela que escribe Benito para el senador Sifuentes la leemos junto con la novela de Fango. ¿Este encargo que acepta Benito es una forma de claudicación final, de aceptación a escribir una novela, como parece que lo intenta en Lodo, o simplemente es el único refugio de libertad que le queda a un hombre que ya no pertenece al mundo oficial, que está quemado, digamos, académicamente?

Bueno, Torrentera nunca tuvo grandes pretensiones, ni siquiera como filósofo, porque él se consideraba a sí mismo un profesor de filosofía, no un filósofo. Es más un aficionado de la historia. En consecuencia, hace un viaje con su amiga y amante Flor Eduarda, en Lodo, para visitar el pueblo donde Alonso de la Veracruz dio la primera cátedra de filosofía en América, en 1540. Eso me dio pie a que Benito, con sus amigos, investigara la historia colonial, la historia del Virreinato, sobre todo la obra de los frailes españoles, o de las diversas órdenes mendicantes. Y ahora, en Fango, el pretexto (porque a Torrentera no le importa ser célebre, no le interesa la fama, digo… a cualquiera que le interese la fama, de entrada, a mí me parece un personaje ordinario) es que [Benito] necesita vivir. Ahí aparece la oportunidad de escribir una monografía o un ensayo sobre Santos Degollado que le ofrece un senador de Jalisco, de donde Santos Degollado también llegó a ser gobernador (porque lo fue también de Michoacán), y entonces… el dinero… para comer, para pagar la renta o para vivir, para tener esos placeres que tiene todo ser humano, mínimos placeres; no el de la celebridad, no la competencia, no la idea del ganar que tan mal hace, desde mi punto de vista. Perder también tiene sus privilegios. Entonces, así como en Lodo entra la historia colonial buscando el origen de la filosofía en América, aquí se adentra en la historia de las guerras de Reforma y, sobre todo, del siglo XIX, en esa época de Melchor Ocampo, de Benito Juárez, de Ignacio Comfort, etcétera.

¿Por qué elegir a un general olvidado de la guerra de Reforma?

[A Torrentera] le atrae mucho la imagen de Santos Degollado, a quien apodaron el “general derrotas”, porque decían, a pesar de todas las batallas que ganó, que yo las pongo todas en Fango, sólo fracasaba. Y Torrentera se siente el profesor “derrotas”. Entonces él encuentra a un héroe trágico.

Es un correlato. El mismo Benito lo señala en Fango: “No intentaba comparar mi paupérrima vida con la del general Santos Degollado [...] pero sé reconocer la similitud de los temperamentos y espíritus [...] lacrados con la palabra derrota en su frente”.

Exacto, es lo que dices del intertexto.

¿Considera que la historia de México es, en el fondo, una acumulación de temperamentos románticos que solo encuentran su verdad en el fracaso?

Creo que la historia es un mito, que los hechos requieren estar respaldados por una ética, que el historiador administre el pasado según su propio talento, las fuentes con las que cuenta y demás cuestiones. Pero Torrentera, en el fondo, es un escritor ruso, es decir, es un hombre que piensa que la tragedia, que la desgracia y que el sufrimiento son una fuente de conocimiento. Eso decía uno de los grandes críticos de Dostoyevsky: para Dostoyevsky el sufrimiento era una forma de conocerse. No deseo la derrota de nadie, pero sí creo que a la vuelta de la esquina habrá un accidente, una ruptura, un cambio de planes, una tragedia, y estar preparado para ello... nunca te preparas totalmente, pero al menos tener noción de ello… es sabio, desde mi punto de vista; es recomendable. Entonces, la historia de México, como la historia de todas las sociedades, es un conjunto de accidentes, de enfrentamiento entre los poderosos, de malentendidos. No creo que nadie pueda construir la historia [con sus actos]. Evidentemente ha habido personajes, desde Alejandro Magno hasta Winston Churchill, que han sido determinantes como individuos en el trasiego histórico, pero la historia es el caos, y lo que hacemos los hombres y mujeres, lo que hacemos los seres humanos es inventar un orden para sobrevivir al caos. La historia es un caos. Sin embargo, intentamos siempre vivir mejor, tener mayor bienestar, mayor justicia, digamos, aunque sea un término ambiguo. Entonces, la historia es un mito en el que aprendemos o por lo menos nos asomamos a la idea de la justicia, de la libertad y del sufrimiento humano. De allí mi interés y el de Torrentera por la historia, no como verdad, sino como relato mitológico, que es diferente, y también como estímulo para ejercer determinadas acciones en vez de otras.

A propósito de estas cuestiones, me quedé pensando en una cita. Benito afirma que “quien se enamora lo pierde todo o al menos lo trascendente”. ¿Es entonces Fango una novela sobre la renuncia a la trascendencia?

Sí, por supuesto. Hay un ánimo anarquista, pero el anarquismo, entendido como renuncia a un bien mayor o trascendente o religioso; como desconfianza al autoritarismo y a la autoridad, y como un deseo de libertad individual. En Fango se muestra que él intenta hacer un bien común, pese a ser un anarquista y un individualista.

Por eso al final del libro va y no cobra una venganza personal, sino en favor de alguien más.

Que por cierto es el indefenso… Sabino.

¿Es este asesinato un acto de justicia social, un acto de locura quijotesca o simplemente la confirmación de que Benito solo sabe comunicarse con el mundo a través del crimen y la violencia?

Allí encontramos lo que los románticos llamaban Sturm und Drang (tormenta e impulso). Como todos los seres humanos más sensibles, Torrentera vive en el desasosiego. Ese desasosiego del que nos escribió Fernando Pessoa de una manera extraordinaria, clara, nítida, profunda. Y pese al nihilismo, al anarquismo y al individualismo, Torrentera no está exento de sentir odio hacia los criminales, hacia los políticos corruptos, hacia las instituciones que empequeñecen y humillan al ser humano. Y [Torrentera] actúa en consecuencia y mata a alguien al final. Otra vez. Por otro lado, creo que él dice, “matar te invita a seguir matando; ¿no es la adicción más antigua del mundo?”. Entonces para él ya es más sencillo. La primera vez fue por celos, cuando mata a estos dos hombres en Lodo, que perseguían a su joven amada, pero en el segundo caso es más social: en Fango, él asesina para hacer el bien, lo cual contradice la moral nihilista y pesimista que él acostumbra ofrecer en sus comentarios o reflexiones y en su vida personal.

Ya que mencionas esto y considerando que Benito Torrentera es un romántico anarquista, ¿cuál es el trasfondo de su relación con Irma?

En Fango, la relación que [Torrentera] tiene con su sobrina, Irma, tiene como raíz, según yo, la melancolía, la nostalgia por Flor Eduarda, a quien amaba… y lo digo en serio, porque han relacionado o me han sugerido que [Flor] es una Lolita y no es así. Éste es un amor que siente Torrentera, aunque no lo acepte. Y también es una enseñanza de que las pasiones son más poderosas que la razón. De hecho, así termina Lodo.

Y por eso yo también me preguntaba tal y como lo hace el protagonista con Irma: “¿A qué mujer le interesa ser el espejismo donde otra mujer es el origen?”

La relación, el paralelismo melancólico que hay con Irma Rosario y Flor Eduarda, pues, tiene que ver con que, sin darnos cuenta, creo que muchos seres humanos seguimos ciertos patrones o somos afectados por pasiones similares. Entonces él [Benito] ve en Irma a una especie de fantasma de Flor Eduarda, pero la ve más con curiosidad, porque es una joven que tiene otro lenguaje, otro modo de relacionarse. Ella es hija de la burguesía política, a diferencia de Flor Eduarda, que atendía un Seven Eleven. Sin embargo, creo que el recuerdo de Flor Eduarda y la curiosidad son las pulsiones que llevan a Torrentera a seguir a su sobrina, además de que es la hija de su hermano, es decir, del político que cambia de partido sin importar la ética, la ideología ni nada, del político que hace negocios para su propio beneficio y para desgracia de la comunidad. Entonces también hay cierto dejo de venganza, de revancha contra el hermano, que paradójicamente, como sucede en el mundo, es el hermano el que lo rescata en la prisión del penal en Morelia, Michoacán.

Puesto que Flor Eduarda, más que una persona, es un “dilema insalvable” o un mito. Entonces...  ¿qué puede ofrecer Irma?

Es que ése es, justamente, el dilema y el problema del amor. El amor es una construcción. Hay un libro de Denis de Rougemont que se llama El amor y Occidente (Kairós, 2010) en el que sostiene que el amor es una invención del mundo juglaresco, trovadoresco, de los siglos XIII y XIV. Y bueno, Don Quijote, sin ir más lejos, pelea contra molinos de viento en nombre de una mujer que no existe; él pelea en nombre de un ideal. Entonces, ese origen del que habla Torrentera es el amor. Por eso habla también de un espejismo. No lo dice, pero yo lo creo: él es víctima de ese idealismo. En otro libro mío, El idealista y el perro (Almadía, 2013) —el perro, por supuesto, es Diógenes— señalo que Diógenes no creía en la razón, en la filosofía, ni en el poder. Y bueno, no hablaremos de él, pero todos conocemos su cinismo, su desapego por la verdad incuestionable y psicológica. Volviendo con Fango, Benito ve más bien en Irma un reflejo de ese amor, que es una construcción idealista que ha hecho de Flor Eduarda. Por eso no aparece en Fango. Aquí, Flor Eduarda es como Dulcinea del Toboso, es decir, es una atmósfera mítica, es un impulso amoroso, pero no existe; lo que existe son los espejismos, son las concepciones que realizamos a partir de una idea, que en este caso, el caso de Benito es el amor por Flor Eduarda. Esa es una cosa muy interesante, incluso filosóficamente: la relación entre la idea del amor y la vida cotidiana. Porque hay tantos amores, tantas personas que se juran amor eterno y terminan destruyéndose, ofendiéndose, convirtiéndose en criminales mutuos.

Siendo así, ¿es el cuerpo del otro el único fango que realmente vale la pena habitar?

Sin el sexo la vida no tiene sentido, pero eso es una opinión personal que evidentemente transmito en algunos personajes. El cuerpo de una mujer, a mí o a Torrentera, da vida. La cercanía con lo otro. Porque, ¿qué es lo otro sino el otro o los otros sexos? Porque no solo hay dos géneros, hay una gran libertad. Pero el cuerpo extraño que no conoces, que es un misterio y que sin embargo te atrae… a mí me parece importante para continuar viviendo. Habitar un cuerpo extraño. Habitarlo, no con seguridad: siempre con cuidado, con gentileza, con miedo, con precaución, pero habitarlo, estar en él, estar dentro de él, formar parte de ese otro cuerpo. Me parece indispensable. De lo contrario yo, incluso como escritor, como ya dije, no le encontraría mucho sentido a vivir. Quizás respondí todo en desorden, pero lo tocaré más a detalle en un próximo libro que está próximo a salir, que se llama Contra la corrección política.

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