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Velatorio de Eduardo Beckerman en el claustro central del Colegio Nacional de Buenos Aires. Diario Noticias.
“El Roña” Bekerman fue el primer estudiante asesinado por la Triple A, una fuerza parapolicial que ejerció en la Argentina su poder en plena democracia y resultó precursora de todo lo que llegaría después, con el golpe militar del 24 de marzo de 1976.
En la recepción no hay nadie. Es jueves 5 de marzo de 2026, 10 de la mañana, y no hay ni una sola persona en el cementerio de La Tablada, a 20 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el más grande de la comunidad judía en la Argentina. El salón donde los deudos se reúnen antes de que empiece una ceremonia está completamente vacío. Es un espacio amplio y sobrio: piso de granito marrón claro, paredes altas y blancas de las que cuelgan la imagen de un león y un barco tallados en madera, y varios apliques de luz en forma de menorá, el candelabro de siete brazos que es uno de los símbolos más antiguos del judaísmo. Hay varios sillones negros y una maceta grande con una palmera de interior. En un mostrador hay dos monitores, una impresora, y un papel pegado con cinta adhesiva con las indicaciones en forma de lista: escriba sólo las primeras cuatro letras del apellido; presione iniciar búsqueda; desplácese con las flechas de la parte inferior siguiente/anterior; el apellido queda seleccionado en color azul; para imprimir presione ver plano. En la pantalla están todas las letras del alfabeto. El nombre que busco aparece enseguida: es el número 14 entre otros difuntos con el mismo apellido. La impresora hace ruido y escupe el mapa del cementerio, dividido en cuadrículas de colores, y una línea negra que indica cómo llegar a la parcela. Parece una tarea muy sencilla.
Hasta llegar a la manzana 42 hay que caminar unas ocho cuadras por calles de asfalto atravesando miles de tumbas. El día está nublado y corre una brisa cálida. Un cartel explica: “Ley judía y tradiciones. Piedras de recordación: es costumbre dejar una pequeña piedra sobre la lápida de un familiar o amigo. Este gesto es considerado un símbolo de respeto hacia el difunto porque mantiene vivo el recuerdo de la persona y muestra que el lugar ha sido visitado”.
En un pequeño cuadrado de mármol blanco tallado sobre el piso aún se puede leer el número 42. Lo difícil, ahora, será encontrar la sepultura 193. Camino entre las lápidas leyendo nombres, pero ninguna es la del hombre que busco. El punto en el mapa que hasta hace un momento parecía evidente, es imposible de precisar. A lo lejos pasa un hombre manejando un carrito de golf. Hago señas con la mano como se hace cuando se está varado en el medio de una ruta. El que lo maneja —en unos minutos sabré que se llama Silvio y que trabaja desde hace más de una década en el cementerio— se acerca. Usa una remera beige con el logo de la AMIA —Asociación Mutual Israelita Argentina—, institución que gestiona el cementerio. Me pide el mapa y empieza a hacer cálculos en voz alta, pero tampoco parece encontrar la sepultura 193.
—¿Puede ser que la tumba no exista más? —pregunto.
—¡No! —dice, casi indignado—. ¡Todas las tumbas existen! Tiene que estar.
Silvio va y viene entre las filas atestadas de lápidas, hasta que se detiene frente a una de granito gris. No hay ni una piedra sobre ella ni tampoco una foto que permita reconocer a quién pertenece. Las letras talladas en el mármol están completamente borradas. Pero después de unos segundos, mirando fijo, logro distinguir las últimas cuatro letras del apellido que busco.
—¡Es esta!
Entonces Silvio agarra una pequeña piedra del suelo, la raspa contra un ladrillo que encuentra cerca suyo, frota la superficie de la lápida y hace aparecer el nombre que ahora se lee con claridad: Eduardo Horacio Bekerman. Fall. 22/08/1974, 19 años. Abajo, en letras hebreas, el nombre que le corresponde según la tradición judía: Aaron Ben Baruj —Aarón, hijo de Baruj—.
En la tumba no aparece su apodo, ese con el que lo llamaban todos: El Roña. No hay indicios —como sí ocurre en otras lápidas de finales trágicos, sobre todo en este cementerio que guarda restos de víctimas de diversos atentados— de cómo terminó la vida de ese adolescente.
Tampoco hay forma de saber —y mirando esta tumba, eso sería imposible— que ese cajón, antes de entrar al hueco en la tierra, fue envuelto en una bandera blanca con la inscripción “Montoneros”, la organización guerrillera peronista surgida a comienzos de los años setenta, ni que allí, en esa misma porción de pasto seco, una mañana fría, se reunieron cientos para despedirlo en un entierro que quedó marcado a fuego en la memoria de muchos. Pero para eso hay que rastrear, por ejemplo, en los diarios. Específicamente en el archivo de agosto de 1974 y leer: “Volvieron a matar al pueblo”. O “Tres fusilados”. O “Sepultan a peronistas fusilados en Quilmes”. O “Los fusiladores pagarán esta sangre”.
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Podría haber faltado a esa reunión o haber pasado inadvertido. Pero ese día, José López Rega llamó la atención de María Estela Martínez, o Isabelita, como la conocían todos, una bailarina que se había casado en secreto con Juan Domingo Perón —el líder político más influyente de la Argentina desde 1945—, y con quien convivía en Madrid, en el exilio. Isabel había llegado a la Argentina con una misión: empezar a reconstruir los vínculos políticos que permitieran el regreso de su marido al país. Nadie en esa casa del barrio de Caballito, en octubre de 1965, podía imaginar los alcances de ese encuentro.
Desde 1955, Perón, “el General”, vivía en el exilio. Un levantamiento militar y civil, autodenominado Revolución Libertadora, lo había derrocado después de casi una década en el poder. El nuevo gobierno militar proscribió al Partido Peronista, intervino la Fundación Eva Perón —una vasta organización de asistencia social creada por Evita, la histórica esposa de Perón, querida por amplios sectores populares— y tomó el control de la Confederación General del Trabajo (CGT), la principal central sindical del país. Miles de dirigentes y militantes fueron perseguidos o encarcelados. Incluso un decreto prohibía mencionar en público el nombre de Perón y el de Eva.
La sociedad argentina había quedado dividida entre quienes idolatraba al General y quienes lo odiaban. Pero la proscripción no logró borrar el movimiento popular. Por el contrario, lo empujó a reorganizarse, y durante los años siguientes surgieron distintas formas de resistencia —sindical, política y también armada— que mantuvieron viva la expectativa del regreso de su líder. Fue en ese clima de conspiraciones, proscripciones y lealtades en disputa que López Rega conoció a Isabel, en una reunión organizada por los miembros de una logia llamada Anael: un pequeño círculo donde se mezclaban jueces y políticos, pero sobre todo suboficiales de las Fuerzas Armadas. Ese grupo combinaba discusiones sobre estrategia política con una fuerte dosis de misticismo. Creían que el retorno del líder exiliado podía ser algo más que un hecho político y hablaban del “conductor cósmico de la Argentina”. López Rega tuvo mucho que ver en esa narrativa.
José López Rega había pasado la infancia y buena parte de su adolescencia intentando sobrellevar la ausencia de su madre que murió en el mismo momento en que lo estaba pariendo. Para llenar ese vacío se volcó tempranamente al esoterismo y comenzó a frecuentar círculos espiritistas. Llamaba “madre” a una maestra espiritual que lo había iniciado en esas prácticas. Ya adulto, y siendo miembro de la Policía Federal, escribía manuales de esoterismo, confeccionaba cartas astrales y en su barrio era consultado para curar enfermedades o aliviar dolores del cuerpo y del alma. Entre sus vecinos comenzó a circular un apodo que lo acompañaría durante décadas: el Brujo.
El encuentro de Caballito estaba llegando a su fin y la presencia de López Rega había pasado casi inadvertida. Pero unos momentos antes de que concluyera pidió la palabra:
—El regreso del General es una misión eminentemente espiritual que resplandece bajo una fase política —dijo—. Debemos vencer a las fuerzas que lo mantienen postrado en el exilio. Nuestra única misión es traer a Perón a la Argentina para reivindicar su figura junto a la de Evita. Su regreso será nuestro triunfo espiritual.
Isabel quedó impactada por sus palabras y pidió volver a verlo otra vez. En ese segundo encuentro, a solas, López Rega llegó con una carpeta. Dentro llevaba fotografías que lo mostraban años atrás como custodio de Perón. Quería demostrar que no era un desconocido. Gracias a uno de los mejores promedios dentro de la Policía Federal y a una calificación perfecta en disciplina, había sido incorporado en 1950 a la custodia presidencial por pedido expreso de Eva Perón.
—Lo único que puede redimirnos a Evita y a mí es que usted alcance todo lo que ella no pudo —le dijo a Isabel Martínez—. En algún momento podré transferirle su espíritu.
Después de ese encuentro, Isabel le pidió que se convirtiera en su secretario privado. Ya nunca lo llamó por su nombre: lo apodó “Daniel”, como el profeta bíblico que, según la tradición, supo interpretar los sueños del rey y ascender hasta convertirse en su consejero.
López Rega se instaló en España, en la casa de Puerta de Hierro donde Perón vivía su exilio. Allí, en pocos meses, pasó de ser un hombre casi desconocido a ocupar un lugar cada vez más cercano en el pequeño círculo que rodeaba al líder. Con el paso de los meses su influencia creció. Todos los que llegaban desde la Argentina para ver a Perón debían, de una forma u otra, pasar antes por su filtro. López Rega organizaba las visitas, administraba los tiempos y estaba presente en casi todas las reuniones que se celebraban en la casa de Puerta de Hierro. Ese lugar privilegiado empezó a despertar resquemores. Para muchos dirigentes que viajaban a consultar al dirigente exiliado resultaba difícil aceptar que un expolicía, con fama de ocultista, se hubiera convertido en el hombre que controlaba el acceso al General. Las suspicacias eran todavía mayores entre los jóvenes militantes que comenzaban a organizarse alrededor de Montoneros, una organización que había nacido a principios de los años setenta que combinaba la militancia política con la lucha armada, convencidos de que el regreso de Perón debía abrir el camino a una revolución social en la Argentina. Pero la historia estaba lejos de ir en esa dirección.
Cuando Perón finalmente regresó al país en 1973 y se convirtió en presidente por tercera vez, el movimiento que volvía al poder estaba atravesado por una fractura cada vez más profunda entre su ala izquierda y su ala derecha. En ese nuevo escenario, López Rega ya no era solo el hombre que filtraba las visitas en Puerta de Hierro: se convirtió en ministro de Bienestar Social y en uno de los funcionarios más influyentes del gobierno. Desde ese lugar impulsó la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, una organización parapolicial que en los años siguientes, sobre todo después de la muerte de Perón, que se produjo el 1 de julio de 1974, sería responsable de una campaña sistemática de persecución y asesinatos contra militantes políticos, sindicales, intelectuales y estudiantiles.
A veces, en la más absoluta soledad, López Rega recordaba lo que le había dicho su madre espiritual muchos años antes: “Sus fuerzas ocultas serán una bendición para los demás. Podrá curar enfermedades, aliviar dolores del cuerpo y del alma. Pero nunca deberá abusar de sus poderes porque producirá mucho daño. Será una maldición para todos y también para usted”.
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Es 31 de julio de 1974, un diputado peronista llamado Rodolfo Ortega Peña va a cenar con su mujer, Helena, a un restaurante en el centro de la ciudad de Buenos Aires.
Abogado, historiador y militante de la izquierda peronista, ha asumido su banca como diputado nacional un año antes. En la Argentina hay una democracia incipiente y muy frágil y una violencia que no deja de crecer tras más de dos décadas de dictaduras y proscripciones políticas. Juan Domingo Perón ha muerto un mes atrás. Ahora, en la Casa Rosada, gobierna su viuda, Isabelita, la vicepresidenta que heredó el poder, junto a su ministro más influyente, José López Rega. A las 10 de la noche de ese 31 de julio, cuando Ortega Peña baja de un taxi, tres o cuatro personas aparecen por detrás del auto y le disparan. Las balas penetran la cabeza, el cuello y el tórax. Ortega Peña muere en el acto y ese episodio es considerado por muchos historiadores como uno de los primeros asesinatos políticos atribuidos a la Triple A.
En su libro López Rega, el peronismo y la Triple A (Editorial Sudamericana, 2011), el periodista Marcelo Larraquy sostiene que ese crimen marcó la apertura de lo que llama “el teatro del terror”: a partir de entonces, la organización comenzaría a examinar y perseguir a cualquier persona que tuviera —o hubiera tenido— una vinculación política pública con la izquierda, fuera peronista o no.
—Perón, desde el exilio y también en sus últimos meses de vida, llama a la depuración del movimiento peronista, a sacarse de encima a los “infiltrados”, como los menciona, porque están llevando al peronismo a un lugar que él no quiere —me explica Larraquy en marzo de 2026—. Convoca a los peronistas a hacerlo, pero no organiza esa depuración. Lo que muestra es un estado de situación: un conflicto interno muy fuerte. En ese clima empieza a funcionar la Triple A que está compuesta por civiles, miembros de fuerzas de seguridad, sectores sindicales y grupos vinculados al Ministerio de Bienestar Social que comanda López Rega. El Estado no la reconoce ni la persigue. Simplemente la deja actuar.
La muerte del diputado desencadena además una rápida escalada de violencia. Apenas unos días después, Montoneros mata a un militante de la ultraderecha peronista y, tres días después, la Triple A responde acribillando a un joven de 21 años de la Juventud Peronista y a tres dirigentes obreros de izquierda.
En los meses siguientes esa fuerza parapolicial —la Triple A— desplegó una campaña de terror cada vez más abierta. Difundieron listas negras con nombres, direcciones y teléfonos de dirigentes políticos, sindicalistas, artistas y profesores universitarios señalados como “enemigos”, y multiplicaron las amenazas y los comunicados que anunciaban nuevas ejecuciones.
La organización operaba desde el propio Ministerio de Bienestar Social, donde funcionaba su comando con armas, recursos y protección política. En apenas dos años, entre 1973 y 1975, la Triple A fue responsable de centenares de atentados y asesinatos, en su mayoría contra militantes de izquierda, peronistas disidentes, sindicalistas combativos y estudiantes. Uno de los crímenes que más impacto causó fue el asesinato del sacerdote Carlos Mugica, referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y cercano a los sectores más radicalizados del peronismo, acribillado a la salida de una iglesia, en mayo de 1974.
Las listas negras se convirtieron en una herramienta central del terror. Quienes aparecían allí sabían que podían ser el próximo blanco. Artistas e intelectuales como Mercedes Sosa, Nacha Guevara u Osvaldo Bayer partieron al exilio mientras se multiplicaban los atentados contra sindicatos, locales políticos y espacios culturales. Uno de los más impactantes ocurrió el 2 de mayo de 1973, cuando el Teatro Argentino fue destruido por una veintena de bombas molotov pocas horas antes del estreno del musical Jesucristo Superstar. El atentado fue interpretado como una advertencia brutal al mundo cultural. No sería el primero. El mensaje era claro: cualquiera que estuviera o hubiera estado vinculado alguna vez con la izquierda, podía convertirse en el próximo blanco.
Tiempo después, esas mismas balas llegarán a un joven dirigente estudiantil. Su nombre es Eduardo Horacio Bekerman. Simplemente El Roña, para todos.
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Son las 12:30 de la noche del jueves 22 de agosto de 1974. Esa noche hace frío y Pablo Van Lierde, “El Gringo”, Carlos Alberto Baglietto, “Carlitos”, y Eduardo Bekerman, “El Roña”, salen de comer una pizza en un bar llamado El Chiche, en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense, las afueras de la ciudad. Están cansados después de haber pegado afiches durante todo el día para convocar a un homenaje a las víctimas de una masacre ocurrida dos años atrás, en la que marinos de la Armada fusilaron a 16 militantes de organizaciones guerrilleras en el sur del país. Los tres muchachos, ahora, están comprometidos con el recuerdo y la denuncia de esa masacre porque saben que no fue un hecho aislado, sino una señal de hasta dónde puede llegar la violencia política en la Argentina.
El Gringo tiene 22 años y milita en Montoneros, la organización guerrillera peronista más importante de la época; Carlitos tiene 29 años y milita en la Juventud Trabajadora Peronista, la rama sindical vinculada a esa organización, y además es delegado de una empresa química. El Roña es el más chico, tiene 19. Es morocho, con abundante pelo y ojos achinados. Es delegado de la zona sur de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la organización estudiantil ligada a Montoneros, y aún no terminó el secundario: debe tres materias del Colegio Nacional de Buenos Aires, una escuela pública fundada en el siglo XVII y considerada una de las más prestigiosas del país.
Los tres muchachos caminan tranquilos mientras salen de la pizzería cuando un Fiat 125 los encandila. Del auto bajan tres hombres que avanzan hacia ellos apuntándolos con escopetas y metralletas. Se identifican como “policías”, aunque no usan uniforme. Sin mediar más palabras, empiezan a palparlos y, de un momento a otro, comienza el interrogatorio en plena calle, a la vista de transeúntes que se detienen a ver qué ocurre.
Uno de los policías abre el portafolio que lleva El Roña—un portafolio que le regalaron sus compañeros y del que no se despega—, los obligan a subir al auto y los ponen boca abajo mientras los apuntan con las armas. En el viaje, que dura alrededor de media hora, siguen las preguntas:
—¿A qué peronistas conocen en Quilmes? ¿Dónde están los fierros? ¿Dónde están Firmenich y Gullo? ¿Cómo se los puede encontrar?
Firmenich y Gullo son dos de los principales dirigentes de Montoneros. Para entonces, la organización estaba enfrentada con Juan Domingo Perón que, meses antes de morir, desde el balcón de la Plaza de Mayo, había echado de allí a los militantes montoneros llamándolos “imberbes”, un gesto que marcó públicamente la ruptura y dejó el terreno abierto para el avance de los sectores más duros del movimiento guerrillero.
De pronto, a El Roña lo golpean en la cabeza con la culata de un arma. Uno de los tres “policías” dice:
—Comisario, vamos a llevarlos a la parrilla.
Cuando el auto frena, los tres muchachos alcanzan a escuchar, en medio de un silencio atronador, el ruido que hacen los sapos o las ranas en los charcos.
—Chau, Negro, aquí se termina —le dice el Gringo a Carlitos.
Los tres permanecen en silencio por unos segundos mientras se escucha el motor en marcha y la primera descarga de la metralleta que va dirigida al Gringo. Después, los disparos apuntan a El Roña.
—¡Hijo de puta! —grita Carlitos cuando escucha el balazo.
El Roña muere en ese instante.
A Carlitos le sale sangre por la boca, pero aún está vivo y eso es un milagro porque en ese momento no sabe que tiene 14 disparos en el cuerpo. Malherido, logra bajarse del auto y se arrastra por lo que, ahora se da cuenta, es un basural. No quedan rastros de los hombres que les hicieron eso. Consigue ver dos camiones de basura que se acercan y hace señas, pero el camión sigue de largo. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando escucha que otro auto se aproxima. Varios hombres bajan con armas en la mano. Carlitos cree que son los mismos de antes, que vuelven por él.
—¡No me maten! —implora.
—Quedate tranquilo —le dicen—. Somos policías.
Aún faltan dos años para el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Todavía no existen los centros clandestinos de detención ni el sistema de desapariciones que dejarán una profunda huella en los siguientes 50 años. Pero algo de ese terror ya empezó a organizarse. Carlitos lo sabe: los hombres que se hicieron pasar por policías pertenecen a la Triple A. Lo que sucede esa noche en un basural del conurbano todavía ocurre dentro de una democracia formal, pero es el anticipo de un terror que, muy pronto, se convertirá en política de Estado.
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Oscar “Cacho” de Leone, 70 años, espera sentado en la mesa de un bar. Es 3 de febrero de 2026 y el cielo está gris, a punto de explotar en una lluvia que será intensa. En la mesa descansa el libro No tengas miedo de Stephen King, como si el título también tuviera algún vínculo con los recuerdos que está a punto de desempolvar.
—Yo era tan amigo de Eduardo Bekerman que jugábamos por teléfono al ajedrez —cuenta Cacho—. Jugábamos por tiempo, en serio. Nos decíamos: peón-3-alfil; peón-4-rey; dama-5- no sé qué. Y él desde su casa y yo desde la mía. Jugábamos hasta que alguna de nuestras madres nos llamaba a comer.
Se conocieron en 1968, en primer año del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando tenían 13 años, y se volvieron inseparables. Además de compartir la escuela, pasaban juntos fines de semana y cumpleaños, vacacionaban en Mar del Plata, una ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires. En esa época, la Argentina oscilaba entre democracias frágiles y dictaduras como la de ese momento, comandada por el general Juan Carlos Onganía, que se caracterizó por la suspensión de la actividad política, la intervención de las universidades y una fuerte represión contra estudiantes y sindicatos.
—Empezamos nuestra relación peleándonos porque un día Eduardo había faltado al colegio y me pidió que yo le prestara mis apuntes. Yo se los di y automáticamente a él se le cayeron en una alcantarilla y se mojaron todos —recuerda Cacho entre risas—. Por eso le decían El Roña, porque era desprolijo. Era típico de él que venía con las manos todas manchadas de tinta.
Eduardo Bekerman vivía en Palermo, un barrio de clase media de Buenos Aires, y era hijo único de un comerciante llamado Boris Bekerman y de una ama de casa llamada Marion Schwimmer. Había estudiado en una escuela primaria privada inglesa, un recorrido bastante típico para una familia trabajadora con aspiraciones de ascenso social. No hay manera de saber si en la casa de los Bekerman se hablaba de política, o si Boris tenía afinidad por tal o cual partido, pero es posible imaginar que el peronismo, allí, no despertaba demasiada simpatía. Durante los años en que Juan Domingo Perón gobernó la Argentina habían llegado al país varios jerarcas nazis que huían de Europa, y ese hecho no pasaba desapercibido en muchas familias de origen judío, por lo que el “peronismo” era considerado casi un insulto. Por su parte, el Colegio Nacional de Buenos Aires no era una escuela peronista ni mucho menos. Era, más bien, una institución tradicional y muy exigente, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, con una fuerte impronta laica y meritocrática. Fundada para formar a las élites profesionales del país, durante décadas había educado a generaciones de abogados, médicos, científicos y dirigentes políticos. La disciplina era estricta, el nivel académico alto y el prestigio del título funcionaba como una promesa de movilidad social para muchas familias de clase media. Sin embargo, hacia fines de los años sesenta, ese mundo aparentemente ordenado también empezaba a sentir el impacto del clima político que atravesaba al país. En 1968, cuando Eduardo se preparó para rendir el ingreso —un examen arduo y muy competitivo—, el Nacional de Buenos Aires ya era algo más que un colegio prestigioso. Dentro de sus pasillos empezaba a gestarse una intensa politización estudiantil que derivaría en que varios de sus alumnos y exalumnos fundarían, en 1970, la organización Montoneros. Pero no era algo que sus padres pudieran entonces saber.
Recién en 1973, cuando Eduardo cumplió 18 años y cursaba quinto año, se formó en el colegio la agrupación política Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Así lo cuentan los periodistas Werner Pertot y Santiago Garaño en su libro La otra Juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires (Fondo de Cultura Económica, 2002): “La Unión de Estudiantes Secundarios (UES) se creó el 18 de abril de 1973 y comenzó a funcionar en muchos colegios secundarios. Fue una de las organizaciones de masas creadas por Montoneros. El responsable político nacional era un exalumno del Buenos Aires, Claudio ‘El Barba’ Slemenson. La UES fue la agrupación hegemónica del Buenos Aires”.
—La UES original existía durante la primera presidencia de Perón —me explica Federico Lorenz, jefe del Departamento de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires—, en 1955. Pero en el 73 se vuelve a usar ese sello porque empieza a darse una lógica de construir frentes de masas. Ahí resurge el símbolo de la UES, que tiene un núcleo muy fuerte en el Colegio Nacional [de] Buenos Aires. También aparece esta idea de resignificar a Perón en términos de socialismo nacional.
Para Lorenz, la creación de la UES coincide además con un momento particular dentro de la organización:
—Se llamó “el engorde”. Mucha gente se metió a militar de repente, sin tener necesariamente una tradición peronista. Pero la camada de Bekerman también canalizó la ruptura generacional con sus padres a través de la política. A la edad de ellos, por lo general, uno se está peleando con sus padres. Con esto no estoy banalizando la militancia ni su compromiso, pero hay que verla también en esa línea psicológica, en una época muy revuelta, muy revulsiva —concluye.
En el caso de Eduardo Bekerman, la política también parecía funcionar como una forma de tomar distancia del mundo en el que había crecido. Venía de una familia tradicional, donde el horizonte parecía estar marcado por el estudio, el trabajo y una vida sin demasiadas estridencias. Pero El Roña era inquieto, curioso, un lector voraz. Tenía facilidad para la palabra y una inteligencia que sus compañeros recordarán durante años. En ese clima de efervescencia política que atravesaba a la escuela, empezó a militar y muy pronto se convirtió en un referente entre sus compañeros. En apenas tres meses logró sumar a más de 70 estudiantes a la agrupación.
La militancia de El Roña traspasó las aulas del Buenos Aires, y pasó a dirigir la UES en la zona sur del conurbano bonaerense. Además de las manos manchadas de tinta y de su desorden permanente, solía escribir en un cuaderno de atrás para adelante, lleno de anotaciones y asteriscos desperdigados que nadie más podía descifrar. Siempre andaba con ese cuaderno en la mano, el diario y papeles sueltos, y ese fue el motivo por el cual sus compañeros decidieron regalarle un maletín: el mismo que llevaba con él la noche de su asesinato.
El día en que se lo regalaron, lo llevó orgulloso a la casa de un compañero donde muchas veces se quedaba a dormir, y le confesó: “Me siento el tipo más infeliz del mundo, porque por un problema de orgullo me embroma que me consideren despelotado. Pero al mismo tiempo me siento el tipo más feliz de la tierra porque mis compañeros pensaron en mí”. Ese recuerdo aparece en el testimonio de un amigo suyo publicado de manera anónima en el número 8 de la revista La Causa Peronista, una publicación de Montoneros de agosto de 1974. Y continúa: “Tal era la influencia de El Roña entre los compañeros que a los documentos que publicaba la UES los llamábamos ‘los documentos Roña’. Él decía: ‘No hay que crear estructuras ficticias. Tenemos que organizar colegio por colegio’, y después, riéndose de su propia obsesión, agregaba, ‘colegio por colegio, división por división, tintero por tintero, compañero por compañero’”.
Cada vez que iba al baño, llevaba varios libros y un cuaderno para anotar. Era convincente y discutía con todo el mundo sobre la importancia de la UES.
—A Roña lo conocí muy poco tiempo, porque yo empecé a militar en Quilmes en febrero de 1974, y él era nuestro referente político —me dice, del otro lado de la pantalla, Adriana Robles, historiadora y autora del libro Perejiles, los otros montoneros (Editorial Colihue, 2001)—. Yo era más chica que él y le tenía admiración. Venía con una habilidad, una trayectoria y un recorrido político muy distinto al mío: él venía del Buenos Aires y yo de un colegio de monjas. La diferencia era abismal. Era un tipo formado, con lecturas. Un pibe muy dotado política e intelectualmente. Sabía explicarte las cosas, hacía un análisis de la etapa que estábamos viviendo, del rol que teníamos nosotros como estudiantes. Traducía la realidad para chicos como nosotros, que no estábamos acostumbrados a pensarla así. Yo, en ese momento, no entendía nada.
Además de querer cambiar el mundo, El Roña encontró en la militancia su primer amor. La muchacha era un poco más chica que él y se llamaba Susy.
—Eduardo me vino a contar que estaba de novio con una piba del colegio y que también militaba con él, sí, sí— recuerda Cacho.
Adriana Robles lo describe así en el capítulo “El Roña” de su libro: “Cuando comenzamos a militar en Avellaneda, el jefe de la UES era el Roña. Un pibe del Nacional Buenos Aires al que le habían encomendado armar la UES zona sur. El Roña vino con la Rubia (que en aquel momento era su novia)”.
Ese invierno de 1974, la militancia ocupaba casi todo el tiempo de Eduardo Bekerman. Además del maletín que llevaba a todos lados, tenía siempre los bolsillos llenos de Cafiaspirinas: cada vez que un chico pasaba vendiendo los blisters de ese medicamento en el tren, él le compraba para ayudar.
—Bekerman era un blanco dilecto para la Triple A —me explica Federico Lorenz—. En su lógica, lo era por varias razones: por “comunista”, por judío y hasta por clase. También por el colegio al que iba. La idea del “nido de zurdos” asociada al Nacional [de] Buenos Aires empieza a acuñarse en esa época. “Zurdo”, genéricamente, era lo mismo que comunista. Y si a Bekerman en vida le hubieran dicho comunista probablemente se habría ofendido: no lo era. Pero para estas patotas, todo lo que no fuera ortodoxia peronista terminaba siendo comunismo. En ese sentido, coincide con lo que vendría después, a partir del 24 de marzo de 1976 y el inicio del golpe de Estado. No solo porque muchos de los miembros de la Triple A van a ser parte de los grupos de tareas de la dictadura, sino porque el “anticomunismo” funciona como una categoría que va a justificar la persecución y desaparición posterior de cualquier militancia política, social o cultural considerada “peligrosa”.
—La continuidad entre la Triple A y lo que vendrá después—detalla Larraquy— es que ese caos inicial se transforma en un terrorismo de Estado total: vertical y jerárquico, propio de una organización militar. La diferencia sustancial es que la Triple A deja los cuerpos en la calle, porque no tiene infraestructura para hacerlos desaparecer y actúa todavía dentro de un sistema democrático. Los militares, en cambio, cuentan con la logística para secuestrar personas, mantenerlas cautivas y luego asesinarlas sin que aparezcan los cuerpos. Ya no hay muertos expuestos en la calle o en un descampado: se los hace desaparecer. El terror se vuelve más silencioso, más organizado y mucho más amplio.
Según consigna en su libro, “el recuento de sangre del bimestre agosto-septiembre de 1974 dejó 60 muertos, 20 secuestrados y 220 heridos”. Todavía es imposible imaginar la dimensión que alcanzará ese terror, que en los años siguientes dejará un saldo de 30 mil desaparecidos y heridas que aún atraviesan a la sociedad argentina. Bebés robados que décadas más tarde siguen siendo buscados —ya convertidos en adultos— por sus familias; restos humanos que aún hoy —en 2026— continúan apareciendo en predios que funcionaron como centros clandestinos de detención; relaciones familiares complejas que siguen condicionadas por una historia ocurrida hace 50 años.
La madrugada del 22 de agosto de 1974, cuando mataron a El Roña, la noticia corrió rápido entre los compañeros de la UES y también entre sus afectos.
—Empezó a sonar el timbre de mi casa. Mis padres bajaron y les contaron que habían matado a Eduardo. Me lo vinieron a contar y yo no pude levantarme de la cama —recuerda Cacho.
La mañana del 24 se suspendieron las clases en el Colegio Nacional de Buenos Aires: el rector autorizó a velar allí a su alumno. Así lo relatan Pertot y Garaño en el libro La otra Juvenilia: “El clima del claustro central oscilaba entre la tristeza y la bronca. Los estudiantes y dirigentes políticos de la Juventud Universitaria Peronista, algunos con crespones negros, estaban reunidos en torno al ataúd y circulaban casi en silencio. El cajón estaba en el centro del claustro central, envuelto en una bandera blanca que decía Montoneros. Cuatro enormes velas estaban encendidas alrededor del ataúd. El velatorio de Eduardo duró dos horas. El ataúd salió del colegio con sus compañeros detrás, despidiéndolo con los puños y los dedos en V. Muchos lo siguieron hasta el cementerio de La Tablada”.
Martín Caparrós, que también fue al Colegio Nacional de Buenos Aires, se refiere a su muerte en Antes que nada (Random House, 2025), el libro en el que reúne sus memorias: “El Roña era un compañero del colegio y de la militancia, dos o tres años mayor que yo. El rector del Colegio decidió que lo veláramos en el claustro central, y allí estuvo su cuerpo durante varias horas y nosotros alrededor. El Roña, de algún modo, se había vuelto un héroe, el mejor de nosotros, el que había llevado su ‘compromiso’ hasta el final, y esa idea nos hacía respetarlo. Para mí —para la mayoría de nosotros— no era el primer muerto, pero sí el primero cercano, alguien a quien había conocido durante años, con quien me había peleado en discusiones, ayudado en manifestaciones, alguien que me importaba. Fue muy fuerte ver que estaba muerto de verdad”.
—Yo no pude ir ni al velorio ni al entierro —confiesa Cacho—. Nunca más pude ver a su madre. ¿Qué iba a decirle cuando la viera? No, no podía, realmente no podía. Yo quedé muy mal, muy deprimido por mucho tiempo. Habían matado a mi mejor amigo.
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Dani Yako se levanta de la mesa y va hacia un cajón donde guarda decenas de sobres pequeños con negativos. Es 30 de enero de 2026. Afuera hace calor, pero en el estudio de uno de los fotógrafos más destacados de la Argentina la temperatura se vuelve más amable por los techos altos y las paredes blancas. Trae uno de los sobres, rotulado con marcador negro, y se lee: “Mopi a Europa en barco 1985; Roña – Tablada 24/8/74; plaza Congreso 1975”. Lo abre y saca un negativo. Enciende una luz que ilumina a la mesa desde abajo. Apoya el negativo sobre la mesa y ahí está: la foto, tomada por Yako a sus 13 años, del entierro de Eduardo Bekerman. En ese momento, Dani Yako militaba en la FEDE —la Federación Juvenil Comunista— y como le gustaba sacar fotos le habían encargado esa tarea para la revista de la agrupación. Esa mañana, la del 24 de agosto, fue a su escuela como todos los días, pero se encontró, en el claustro central, con el velatorio de un chico al que no conocía porque era más grande que él. Pero tuvo, en ese instante, eso que ahora puede registrar como “instinto periodístico”, y se subió a uno de los autobuses escolares que puso el Colegio para llevarlos al cementerio de La Tablada.
—A la distancia la considero mi primera foto periodística porque fue, por decirlo de algún modo, la primera que hice consciente sobre un hecho público.
La foto, que cree que no llegó a publicarse en la revista en 1974, la hizo pública muchas décadas después, el 22 de agosto de 2014, cuando se cumplían 40 años del asesinato de El Roña. En el diario Clarín, bajo el título “La historia del primer estudiante del Buenos Aires asesinado por la Triple A”, aparece la imagen acompañada por un breve texto en el que Dani Yako narra algunos episodios de la vida y la muerte de El Roña. La foto que sacó a sus 13 años es impactante. En primer plano se ve la espalda de los sepultureros inclinados mientras bajan el ataúd a la tierra. Más atrás, un hombre con traje oscuro y sombrero negro sostiene en la mano un pequeño libro de rezos: puede suponerse que es el rabino, que acompaña el entierro siguiendo el ritual judío. Detrás suyo, como una masa compacta, se distingue a una multitud de jóvenes que levantan los dedos en V, el gesto de la militancia peronista de esos años. A un costado del rabino hay una muchacha. Es rubia, lleva el pelo suelto, una camisa blanca a cuadros y una cartera negra que le cuelga del hombro. Tiene la cara contraída por el llanto. Es Susy, la chica que en ese momento era su novia.
—Cuando armé esa pequeña nota que iba acompañada de la foto llamé a Susy, pero ella me dijo que no quería hablar —dice Yako—. Me contó un par de cosas, pero ella no quería aparecer. Muchos años antes yo me había juntado con ella en un bar y le había dado un sobre con las fotos impresas. Las recibió y las guardó en la cartera. Yo pensé que se iba a conmover más.
Hay algunas hipótesis al respecto. Que esa noche, la del 22 de agosto de 1974, Susy tendría que haber estado con él pegando los carteles, pero como se habían peleado no fue y por eso se salvó; que el apodo de “El Roña” no era tanto por lo “desprolijo” sino porque era un muchacho “pesado” —un chico de carácter duro, incluso con ciertos rasgos violentos—, como varios de los dirigentes de las organizaciones guerrilleras.
Le escribo a Susy por Whatsapp. La primera respuesta llega a las pocas horas: “Me parece muy valioso tu interés sobre el tema que me comentaste. Te cuento que independientemente de lo que hablemos, vivo en España y por tiempo prolongado no estaré por Buenos Aires por un problema personal. Te voy a escribir más tarde cuando disponga de un rato para aclararte mi posición al respecto”. Ese rato dura una semana. “Independientemente del tema personal te quiero comentar que nunca quise hablar públicamente sobre este tema y me siento más cómoda con seguir en esta línea, sin una exposición personal. Espero que lo puedas entender”.
Han pasado más de 50 años. Muchos de los que aparecen en la foto de Dani Yako están desaparecidos; algunos se exiliaron. Pero en ese pequeño rectángulo todo permanece detenido: la tierra todavía no terminó de caer sobre el cajón y Susy llora, quizás atrapada para siempre en ese instante.
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“El Roña” Bekerman fue el primer estudiante asesinado por la Triple A, una fuerza parapolicial que ejerció en la Argentina su poder en plena democracia y resultó precursora de todo lo que llegaría después, con el golpe militar del 24 de marzo de 1976.
En la recepción no hay nadie. Es jueves 5 de marzo de 2026, 10 de la mañana, y no hay ni una sola persona en el cementerio de La Tablada, a 20 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el más grande de la comunidad judía en la Argentina. El salón donde los deudos se reúnen antes de que empiece una ceremonia está completamente vacío. Es un espacio amplio y sobrio: piso de granito marrón claro, paredes altas y blancas de las que cuelgan la imagen de un león y un barco tallados en madera, y varios apliques de luz en forma de menorá, el candelabro de siete brazos que es uno de los símbolos más antiguos del judaísmo. Hay varios sillones negros y una maceta grande con una palmera de interior. En un mostrador hay dos monitores, una impresora, y un papel pegado con cinta adhesiva con las indicaciones en forma de lista: escriba sólo las primeras cuatro letras del apellido; presione iniciar búsqueda; desplácese con las flechas de la parte inferior siguiente/anterior; el apellido queda seleccionado en color azul; para imprimir presione ver plano. En la pantalla están todas las letras del alfabeto. El nombre que busco aparece enseguida: es el número 14 entre otros difuntos con el mismo apellido. La impresora hace ruido y escupe el mapa del cementerio, dividido en cuadrículas de colores, y una línea negra que indica cómo llegar a la parcela. Parece una tarea muy sencilla.
Hasta llegar a la manzana 42 hay que caminar unas ocho cuadras por calles de asfalto atravesando miles de tumbas. El día está nublado y corre una brisa cálida. Un cartel explica: “Ley judía y tradiciones. Piedras de recordación: es costumbre dejar una pequeña piedra sobre la lápida de un familiar o amigo. Este gesto es considerado un símbolo de respeto hacia el difunto porque mantiene vivo el recuerdo de la persona y muestra que el lugar ha sido visitado”.
En un pequeño cuadrado de mármol blanco tallado sobre el piso aún se puede leer el número 42. Lo difícil, ahora, será encontrar la sepultura 193. Camino entre las lápidas leyendo nombres, pero ninguna es la del hombre que busco. El punto en el mapa que hasta hace un momento parecía evidente, es imposible de precisar. A lo lejos pasa un hombre manejando un carrito de golf. Hago señas con la mano como se hace cuando se está varado en el medio de una ruta. El que lo maneja —en unos minutos sabré que se llama Silvio y que trabaja desde hace más de una década en el cementerio— se acerca. Usa una remera beige con el logo de la AMIA —Asociación Mutual Israelita Argentina—, institución que gestiona el cementerio. Me pide el mapa y empieza a hacer cálculos en voz alta, pero tampoco parece encontrar la sepultura 193.
—¿Puede ser que la tumba no exista más? —pregunto.
—¡No! —dice, casi indignado—. ¡Todas las tumbas existen! Tiene que estar.
Silvio va y viene entre las filas atestadas de lápidas, hasta que se detiene frente a una de granito gris. No hay ni una piedra sobre ella ni tampoco una foto que permita reconocer a quién pertenece. Las letras talladas en el mármol están completamente borradas. Pero después de unos segundos, mirando fijo, logro distinguir las últimas cuatro letras del apellido que busco.
—¡Es esta!
Entonces Silvio agarra una pequeña piedra del suelo, la raspa contra un ladrillo que encuentra cerca suyo, frota la superficie de la lápida y hace aparecer el nombre que ahora se lee con claridad: Eduardo Horacio Bekerman. Fall. 22/08/1974, 19 años. Abajo, en letras hebreas, el nombre que le corresponde según la tradición judía: Aaron Ben Baruj —Aarón, hijo de Baruj—.
En la tumba no aparece su apodo, ese con el que lo llamaban todos: El Roña. No hay indicios —como sí ocurre en otras lápidas de finales trágicos, sobre todo en este cementerio que guarda restos de víctimas de diversos atentados— de cómo terminó la vida de ese adolescente.
Tampoco hay forma de saber —y mirando esta tumba, eso sería imposible— que ese cajón, antes de entrar al hueco en la tierra, fue envuelto en una bandera blanca con la inscripción “Montoneros”, la organización guerrillera peronista surgida a comienzos de los años setenta, ni que allí, en esa misma porción de pasto seco, una mañana fría, se reunieron cientos para despedirlo en un entierro que quedó marcado a fuego en la memoria de muchos. Pero para eso hay que rastrear, por ejemplo, en los diarios. Específicamente en el archivo de agosto de 1974 y leer: “Volvieron a matar al pueblo”. O “Tres fusilados”. O “Sepultan a peronistas fusilados en Quilmes”. O “Los fusiladores pagarán esta sangre”.
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Podría haber faltado a esa reunión o haber pasado inadvertido. Pero ese día, José López Rega llamó la atención de María Estela Martínez, o Isabelita, como la conocían todos, una bailarina que se había casado en secreto con Juan Domingo Perón —el líder político más influyente de la Argentina desde 1945—, y con quien convivía en Madrid, en el exilio. Isabel había llegado a la Argentina con una misión: empezar a reconstruir los vínculos políticos que permitieran el regreso de su marido al país. Nadie en esa casa del barrio de Caballito, en octubre de 1965, podía imaginar los alcances de ese encuentro.
Desde 1955, Perón, “el General”, vivía en el exilio. Un levantamiento militar y civil, autodenominado Revolución Libertadora, lo había derrocado después de casi una década en el poder. El nuevo gobierno militar proscribió al Partido Peronista, intervino la Fundación Eva Perón —una vasta organización de asistencia social creada por Evita, la histórica esposa de Perón, querida por amplios sectores populares— y tomó el control de la Confederación General del Trabajo (CGT), la principal central sindical del país. Miles de dirigentes y militantes fueron perseguidos o encarcelados. Incluso un decreto prohibía mencionar en público el nombre de Perón y el de Eva.
La sociedad argentina había quedado dividida entre quienes idolatraba al General y quienes lo odiaban. Pero la proscripción no logró borrar el movimiento popular. Por el contrario, lo empujó a reorganizarse, y durante los años siguientes surgieron distintas formas de resistencia —sindical, política y también armada— que mantuvieron viva la expectativa del regreso de su líder. Fue en ese clima de conspiraciones, proscripciones y lealtades en disputa que López Rega conoció a Isabel, en una reunión organizada por los miembros de una logia llamada Anael: un pequeño círculo donde se mezclaban jueces y políticos, pero sobre todo suboficiales de las Fuerzas Armadas. Ese grupo combinaba discusiones sobre estrategia política con una fuerte dosis de misticismo. Creían que el retorno del líder exiliado podía ser algo más que un hecho político y hablaban del “conductor cósmico de la Argentina”. López Rega tuvo mucho que ver en esa narrativa.
José López Rega había pasado la infancia y buena parte de su adolescencia intentando sobrellevar la ausencia de su madre que murió en el mismo momento en que lo estaba pariendo. Para llenar ese vacío se volcó tempranamente al esoterismo y comenzó a frecuentar círculos espiritistas. Llamaba “madre” a una maestra espiritual que lo había iniciado en esas prácticas. Ya adulto, y siendo miembro de la Policía Federal, escribía manuales de esoterismo, confeccionaba cartas astrales y en su barrio era consultado para curar enfermedades o aliviar dolores del cuerpo y del alma. Entre sus vecinos comenzó a circular un apodo que lo acompañaría durante décadas: el Brujo.
El encuentro de Caballito estaba llegando a su fin y la presencia de López Rega había pasado casi inadvertida. Pero unos momentos antes de que concluyera pidió la palabra:
—El regreso del General es una misión eminentemente espiritual que resplandece bajo una fase política —dijo—. Debemos vencer a las fuerzas que lo mantienen postrado en el exilio. Nuestra única misión es traer a Perón a la Argentina para reivindicar su figura junto a la de Evita. Su regreso será nuestro triunfo espiritual.
Isabel quedó impactada por sus palabras y pidió volver a verlo otra vez. En ese segundo encuentro, a solas, López Rega llegó con una carpeta. Dentro llevaba fotografías que lo mostraban años atrás como custodio de Perón. Quería demostrar que no era un desconocido. Gracias a uno de los mejores promedios dentro de la Policía Federal y a una calificación perfecta en disciplina, había sido incorporado en 1950 a la custodia presidencial por pedido expreso de Eva Perón.
—Lo único que puede redimirnos a Evita y a mí es que usted alcance todo lo que ella no pudo —le dijo a Isabel Martínez—. En algún momento podré transferirle su espíritu.
Después de ese encuentro, Isabel le pidió que se convirtiera en su secretario privado. Ya nunca lo llamó por su nombre: lo apodó “Daniel”, como el profeta bíblico que, según la tradición, supo interpretar los sueños del rey y ascender hasta convertirse en su consejero.
López Rega se instaló en España, en la casa de Puerta de Hierro donde Perón vivía su exilio. Allí, en pocos meses, pasó de ser un hombre casi desconocido a ocupar un lugar cada vez más cercano en el pequeño círculo que rodeaba al líder. Con el paso de los meses su influencia creció. Todos los que llegaban desde la Argentina para ver a Perón debían, de una forma u otra, pasar antes por su filtro. López Rega organizaba las visitas, administraba los tiempos y estaba presente en casi todas las reuniones que se celebraban en la casa de Puerta de Hierro. Ese lugar privilegiado empezó a despertar resquemores. Para muchos dirigentes que viajaban a consultar al dirigente exiliado resultaba difícil aceptar que un expolicía, con fama de ocultista, se hubiera convertido en el hombre que controlaba el acceso al General. Las suspicacias eran todavía mayores entre los jóvenes militantes que comenzaban a organizarse alrededor de Montoneros, una organización que había nacido a principios de los años setenta que combinaba la militancia política con la lucha armada, convencidos de que el regreso de Perón debía abrir el camino a una revolución social en la Argentina. Pero la historia estaba lejos de ir en esa dirección.
Cuando Perón finalmente regresó al país en 1973 y se convirtió en presidente por tercera vez, el movimiento que volvía al poder estaba atravesado por una fractura cada vez más profunda entre su ala izquierda y su ala derecha. En ese nuevo escenario, López Rega ya no era solo el hombre que filtraba las visitas en Puerta de Hierro: se convirtió en ministro de Bienestar Social y en uno de los funcionarios más influyentes del gobierno. Desde ese lugar impulsó la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, una organización parapolicial que en los años siguientes, sobre todo después de la muerte de Perón, que se produjo el 1 de julio de 1974, sería responsable de una campaña sistemática de persecución y asesinatos contra militantes políticos, sindicales, intelectuales y estudiantiles.
A veces, en la más absoluta soledad, López Rega recordaba lo que le había dicho su madre espiritual muchos años antes: “Sus fuerzas ocultas serán una bendición para los demás. Podrá curar enfermedades, aliviar dolores del cuerpo y del alma. Pero nunca deberá abusar de sus poderes porque producirá mucho daño. Será una maldición para todos y también para usted”.
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Es 31 de julio de 1974, un diputado peronista llamado Rodolfo Ortega Peña va a cenar con su mujer, Helena, a un restaurante en el centro de la ciudad de Buenos Aires.
Abogado, historiador y militante de la izquierda peronista, ha asumido su banca como diputado nacional un año antes. En la Argentina hay una democracia incipiente y muy frágil y una violencia que no deja de crecer tras más de dos décadas de dictaduras y proscripciones políticas. Juan Domingo Perón ha muerto un mes atrás. Ahora, en la Casa Rosada, gobierna su viuda, Isabelita, la vicepresidenta que heredó el poder, junto a su ministro más influyente, José López Rega. A las 10 de la noche de ese 31 de julio, cuando Ortega Peña baja de un taxi, tres o cuatro personas aparecen por detrás del auto y le disparan. Las balas penetran la cabeza, el cuello y el tórax. Ortega Peña muere en el acto y ese episodio es considerado por muchos historiadores como uno de los primeros asesinatos políticos atribuidos a la Triple A.
En su libro López Rega, el peronismo y la Triple A (Editorial Sudamericana, 2011), el periodista Marcelo Larraquy sostiene que ese crimen marcó la apertura de lo que llama “el teatro del terror”: a partir de entonces, la organización comenzaría a examinar y perseguir a cualquier persona que tuviera —o hubiera tenido— una vinculación política pública con la izquierda, fuera peronista o no.
—Perón, desde el exilio y también en sus últimos meses de vida, llama a la depuración del movimiento peronista, a sacarse de encima a los “infiltrados”, como los menciona, porque están llevando al peronismo a un lugar que él no quiere —me explica Larraquy en marzo de 2026—. Convoca a los peronistas a hacerlo, pero no organiza esa depuración. Lo que muestra es un estado de situación: un conflicto interno muy fuerte. En ese clima empieza a funcionar la Triple A que está compuesta por civiles, miembros de fuerzas de seguridad, sectores sindicales y grupos vinculados al Ministerio de Bienestar Social que comanda López Rega. El Estado no la reconoce ni la persigue. Simplemente la deja actuar.
La muerte del diputado desencadena además una rápida escalada de violencia. Apenas unos días después, Montoneros mata a un militante de la ultraderecha peronista y, tres días después, la Triple A responde acribillando a un joven de 21 años de la Juventud Peronista y a tres dirigentes obreros de izquierda.
En los meses siguientes esa fuerza parapolicial —la Triple A— desplegó una campaña de terror cada vez más abierta. Difundieron listas negras con nombres, direcciones y teléfonos de dirigentes políticos, sindicalistas, artistas y profesores universitarios señalados como “enemigos”, y multiplicaron las amenazas y los comunicados que anunciaban nuevas ejecuciones.
La organización operaba desde el propio Ministerio de Bienestar Social, donde funcionaba su comando con armas, recursos y protección política. En apenas dos años, entre 1973 y 1975, la Triple A fue responsable de centenares de atentados y asesinatos, en su mayoría contra militantes de izquierda, peronistas disidentes, sindicalistas combativos y estudiantes. Uno de los crímenes que más impacto causó fue el asesinato del sacerdote Carlos Mugica, referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y cercano a los sectores más radicalizados del peronismo, acribillado a la salida de una iglesia, en mayo de 1974.
Las listas negras se convirtieron en una herramienta central del terror. Quienes aparecían allí sabían que podían ser el próximo blanco. Artistas e intelectuales como Mercedes Sosa, Nacha Guevara u Osvaldo Bayer partieron al exilio mientras se multiplicaban los atentados contra sindicatos, locales políticos y espacios culturales. Uno de los más impactantes ocurrió el 2 de mayo de 1973, cuando el Teatro Argentino fue destruido por una veintena de bombas molotov pocas horas antes del estreno del musical Jesucristo Superstar. El atentado fue interpretado como una advertencia brutal al mundo cultural. No sería el primero. El mensaje era claro: cualquiera que estuviera o hubiera estado vinculado alguna vez con la izquierda, podía convertirse en el próximo blanco.
Tiempo después, esas mismas balas llegarán a un joven dirigente estudiantil. Su nombre es Eduardo Horacio Bekerman. Simplemente El Roña, para todos.
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Son las 12:30 de la noche del jueves 22 de agosto de 1974. Esa noche hace frío y Pablo Van Lierde, “El Gringo”, Carlos Alberto Baglietto, “Carlitos”, y Eduardo Bekerman, “El Roña”, salen de comer una pizza en un bar llamado El Chiche, en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense, las afueras de la ciudad. Están cansados después de haber pegado afiches durante todo el día para convocar a un homenaje a las víctimas de una masacre ocurrida dos años atrás, en la que marinos de la Armada fusilaron a 16 militantes de organizaciones guerrilleras en el sur del país. Los tres muchachos, ahora, están comprometidos con el recuerdo y la denuncia de esa masacre porque saben que no fue un hecho aislado, sino una señal de hasta dónde puede llegar la violencia política en la Argentina.
El Gringo tiene 22 años y milita en Montoneros, la organización guerrillera peronista más importante de la época; Carlitos tiene 29 años y milita en la Juventud Trabajadora Peronista, la rama sindical vinculada a esa organización, y además es delegado de una empresa química. El Roña es el más chico, tiene 19. Es morocho, con abundante pelo y ojos achinados. Es delegado de la zona sur de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la organización estudiantil ligada a Montoneros, y aún no terminó el secundario: debe tres materias del Colegio Nacional de Buenos Aires, una escuela pública fundada en el siglo XVII y considerada una de las más prestigiosas del país.
Los tres muchachos caminan tranquilos mientras salen de la pizzería cuando un Fiat 125 los encandila. Del auto bajan tres hombres que avanzan hacia ellos apuntándolos con escopetas y metralletas. Se identifican como “policías”, aunque no usan uniforme. Sin mediar más palabras, empiezan a palparlos y, de un momento a otro, comienza el interrogatorio en plena calle, a la vista de transeúntes que se detienen a ver qué ocurre.
Uno de los policías abre el portafolio que lleva El Roña—un portafolio que le regalaron sus compañeros y del que no se despega—, los obligan a subir al auto y los ponen boca abajo mientras los apuntan con las armas. En el viaje, que dura alrededor de media hora, siguen las preguntas:
—¿A qué peronistas conocen en Quilmes? ¿Dónde están los fierros? ¿Dónde están Firmenich y Gullo? ¿Cómo se los puede encontrar?
Firmenich y Gullo son dos de los principales dirigentes de Montoneros. Para entonces, la organización estaba enfrentada con Juan Domingo Perón que, meses antes de morir, desde el balcón de la Plaza de Mayo, había echado de allí a los militantes montoneros llamándolos “imberbes”, un gesto que marcó públicamente la ruptura y dejó el terreno abierto para el avance de los sectores más duros del movimiento guerrillero.
De pronto, a El Roña lo golpean en la cabeza con la culata de un arma. Uno de los tres “policías” dice:
—Comisario, vamos a llevarlos a la parrilla.
Cuando el auto frena, los tres muchachos alcanzan a escuchar, en medio de un silencio atronador, el ruido que hacen los sapos o las ranas en los charcos.
—Chau, Negro, aquí se termina —le dice el Gringo a Carlitos.
Los tres permanecen en silencio por unos segundos mientras se escucha el motor en marcha y la primera descarga de la metralleta que va dirigida al Gringo. Después, los disparos apuntan a El Roña.
—¡Hijo de puta! —grita Carlitos cuando escucha el balazo.
El Roña muere en ese instante.
A Carlitos le sale sangre por la boca, pero aún está vivo y eso es un milagro porque en ese momento no sabe que tiene 14 disparos en el cuerpo. Malherido, logra bajarse del auto y se arrastra por lo que, ahora se da cuenta, es un basural. No quedan rastros de los hombres que les hicieron eso. Consigue ver dos camiones de basura que se acercan y hace señas, pero el camión sigue de largo. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando escucha que otro auto se aproxima. Varios hombres bajan con armas en la mano. Carlitos cree que son los mismos de antes, que vuelven por él.
—¡No me maten! —implora.
—Quedate tranquilo —le dicen—. Somos policías.
Aún faltan dos años para el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Todavía no existen los centros clandestinos de detención ni el sistema de desapariciones que dejarán una profunda huella en los siguientes 50 años. Pero algo de ese terror ya empezó a organizarse. Carlitos lo sabe: los hombres que se hicieron pasar por policías pertenecen a la Triple A. Lo que sucede esa noche en un basural del conurbano todavía ocurre dentro de una democracia formal, pero es el anticipo de un terror que, muy pronto, se convertirá en política de Estado.
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Oscar “Cacho” de Leone, 70 años, espera sentado en la mesa de un bar. Es 3 de febrero de 2026 y el cielo está gris, a punto de explotar en una lluvia que será intensa. En la mesa descansa el libro No tengas miedo de Stephen King, como si el título también tuviera algún vínculo con los recuerdos que está a punto de desempolvar.
—Yo era tan amigo de Eduardo Bekerman que jugábamos por teléfono al ajedrez —cuenta Cacho—. Jugábamos por tiempo, en serio. Nos decíamos: peón-3-alfil; peón-4-rey; dama-5- no sé qué. Y él desde su casa y yo desde la mía. Jugábamos hasta que alguna de nuestras madres nos llamaba a comer.
Se conocieron en 1968, en primer año del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando tenían 13 años, y se volvieron inseparables. Además de compartir la escuela, pasaban juntos fines de semana y cumpleaños, vacacionaban en Mar del Plata, una ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires. En esa época, la Argentina oscilaba entre democracias frágiles y dictaduras como la de ese momento, comandada por el general Juan Carlos Onganía, que se caracterizó por la suspensión de la actividad política, la intervención de las universidades y una fuerte represión contra estudiantes y sindicatos.
—Empezamos nuestra relación peleándonos porque un día Eduardo había faltado al colegio y me pidió que yo le prestara mis apuntes. Yo se los di y automáticamente a él se le cayeron en una alcantarilla y se mojaron todos —recuerda Cacho entre risas—. Por eso le decían El Roña, porque era desprolijo. Era típico de él que venía con las manos todas manchadas de tinta.
Eduardo Bekerman vivía en Palermo, un barrio de clase media de Buenos Aires, y era hijo único de un comerciante llamado Boris Bekerman y de una ama de casa llamada Marion Schwimmer. Había estudiado en una escuela primaria privada inglesa, un recorrido bastante típico para una familia trabajadora con aspiraciones de ascenso social. No hay manera de saber si en la casa de los Bekerman se hablaba de política, o si Boris tenía afinidad por tal o cual partido, pero es posible imaginar que el peronismo, allí, no despertaba demasiada simpatía. Durante los años en que Juan Domingo Perón gobernó la Argentina habían llegado al país varios jerarcas nazis que huían de Europa, y ese hecho no pasaba desapercibido en muchas familias de origen judío, por lo que el “peronismo” era considerado casi un insulto. Por su parte, el Colegio Nacional de Buenos Aires no era una escuela peronista ni mucho menos. Era, más bien, una institución tradicional y muy exigente, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, con una fuerte impronta laica y meritocrática. Fundada para formar a las élites profesionales del país, durante décadas había educado a generaciones de abogados, médicos, científicos y dirigentes políticos. La disciplina era estricta, el nivel académico alto y el prestigio del título funcionaba como una promesa de movilidad social para muchas familias de clase media. Sin embargo, hacia fines de los años sesenta, ese mundo aparentemente ordenado también empezaba a sentir el impacto del clima político que atravesaba al país. En 1968, cuando Eduardo se preparó para rendir el ingreso —un examen arduo y muy competitivo—, el Nacional de Buenos Aires ya era algo más que un colegio prestigioso. Dentro de sus pasillos empezaba a gestarse una intensa politización estudiantil que derivaría en que varios de sus alumnos y exalumnos fundarían, en 1970, la organización Montoneros. Pero no era algo que sus padres pudieran entonces saber.
Recién en 1973, cuando Eduardo cumplió 18 años y cursaba quinto año, se formó en el colegio la agrupación política Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Así lo cuentan los periodistas Werner Pertot y Santiago Garaño en su libro La otra Juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires (Fondo de Cultura Económica, 2002): “La Unión de Estudiantes Secundarios (UES) se creó el 18 de abril de 1973 y comenzó a funcionar en muchos colegios secundarios. Fue una de las organizaciones de masas creadas por Montoneros. El responsable político nacional era un exalumno del Buenos Aires, Claudio ‘El Barba’ Slemenson. La UES fue la agrupación hegemónica del Buenos Aires”.
—La UES original existía durante la primera presidencia de Perón —me explica Federico Lorenz, jefe del Departamento de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires—, en 1955. Pero en el 73 se vuelve a usar ese sello porque empieza a darse una lógica de construir frentes de masas. Ahí resurge el símbolo de la UES, que tiene un núcleo muy fuerte en el Colegio Nacional [de] Buenos Aires. También aparece esta idea de resignificar a Perón en términos de socialismo nacional.
Para Lorenz, la creación de la UES coincide además con un momento particular dentro de la organización:
—Se llamó “el engorde”. Mucha gente se metió a militar de repente, sin tener necesariamente una tradición peronista. Pero la camada de Bekerman también canalizó la ruptura generacional con sus padres a través de la política. A la edad de ellos, por lo general, uno se está peleando con sus padres. Con esto no estoy banalizando la militancia ni su compromiso, pero hay que verla también en esa línea psicológica, en una época muy revuelta, muy revulsiva —concluye.
En el caso de Eduardo Bekerman, la política también parecía funcionar como una forma de tomar distancia del mundo en el que había crecido. Venía de una familia tradicional, donde el horizonte parecía estar marcado por el estudio, el trabajo y una vida sin demasiadas estridencias. Pero El Roña era inquieto, curioso, un lector voraz. Tenía facilidad para la palabra y una inteligencia que sus compañeros recordarán durante años. En ese clima de efervescencia política que atravesaba a la escuela, empezó a militar y muy pronto se convirtió en un referente entre sus compañeros. En apenas tres meses logró sumar a más de 70 estudiantes a la agrupación.
La militancia de El Roña traspasó las aulas del Buenos Aires, y pasó a dirigir la UES en la zona sur del conurbano bonaerense. Además de las manos manchadas de tinta y de su desorden permanente, solía escribir en un cuaderno de atrás para adelante, lleno de anotaciones y asteriscos desperdigados que nadie más podía descifrar. Siempre andaba con ese cuaderno en la mano, el diario y papeles sueltos, y ese fue el motivo por el cual sus compañeros decidieron regalarle un maletín: el mismo que llevaba con él la noche de su asesinato.
El día en que se lo regalaron, lo llevó orgulloso a la casa de un compañero donde muchas veces se quedaba a dormir, y le confesó: “Me siento el tipo más infeliz del mundo, porque por un problema de orgullo me embroma que me consideren despelotado. Pero al mismo tiempo me siento el tipo más feliz de la tierra porque mis compañeros pensaron en mí”. Ese recuerdo aparece en el testimonio de un amigo suyo publicado de manera anónima en el número 8 de la revista La Causa Peronista, una publicación de Montoneros de agosto de 1974. Y continúa: “Tal era la influencia de El Roña entre los compañeros que a los documentos que publicaba la UES los llamábamos ‘los documentos Roña’. Él decía: ‘No hay que crear estructuras ficticias. Tenemos que organizar colegio por colegio’, y después, riéndose de su propia obsesión, agregaba, ‘colegio por colegio, división por división, tintero por tintero, compañero por compañero’”.
Cada vez que iba al baño, llevaba varios libros y un cuaderno para anotar. Era convincente y discutía con todo el mundo sobre la importancia de la UES.
—A Roña lo conocí muy poco tiempo, porque yo empecé a militar en Quilmes en febrero de 1974, y él era nuestro referente político —me dice, del otro lado de la pantalla, Adriana Robles, historiadora y autora del libro Perejiles, los otros montoneros (Editorial Colihue, 2001)—. Yo era más chica que él y le tenía admiración. Venía con una habilidad, una trayectoria y un recorrido político muy distinto al mío: él venía del Buenos Aires y yo de un colegio de monjas. La diferencia era abismal. Era un tipo formado, con lecturas. Un pibe muy dotado política e intelectualmente. Sabía explicarte las cosas, hacía un análisis de la etapa que estábamos viviendo, del rol que teníamos nosotros como estudiantes. Traducía la realidad para chicos como nosotros, que no estábamos acostumbrados a pensarla así. Yo, en ese momento, no entendía nada.
Además de querer cambiar el mundo, El Roña encontró en la militancia su primer amor. La muchacha era un poco más chica que él y se llamaba Susy.
—Eduardo me vino a contar que estaba de novio con una piba del colegio y que también militaba con él, sí, sí— recuerda Cacho.
Adriana Robles lo describe así en el capítulo “El Roña” de su libro: “Cuando comenzamos a militar en Avellaneda, el jefe de la UES era el Roña. Un pibe del Nacional Buenos Aires al que le habían encomendado armar la UES zona sur. El Roña vino con la Rubia (que en aquel momento era su novia)”.
Ese invierno de 1974, la militancia ocupaba casi todo el tiempo de Eduardo Bekerman. Además del maletín que llevaba a todos lados, tenía siempre los bolsillos llenos de Cafiaspirinas: cada vez que un chico pasaba vendiendo los blisters de ese medicamento en el tren, él le compraba para ayudar.
—Bekerman era un blanco dilecto para la Triple A —me explica Federico Lorenz—. En su lógica, lo era por varias razones: por “comunista”, por judío y hasta por clase. También por el colegio al que iba. La idea del “nido de zurdos” asociada al Nacional [de] Buenos Aires empieza a acuñarse en esa época. “Zurdo”, genéricamente, era lo mismo que comunista. Y si a Bekerman en vida le hubieran dicho comunista probablemente se habría ofendido: no lo era. Pero para estas patotas, todo lo que no fuera ortodoxia peronista terminaba siendo comunismo. En ese sentido, coincide con lo que vendría después, a partir del 24 de marzo de 1976 y el inicio del golpe de Estado. No solo porque muchos de los miembros de la Triple A van a ser parte de los grupos de tareas de la dictadura, sino porque el “anticomunismo” funciona como una categoría que va a justificar la persecución y desaparición posterior de cualquier militancia política, social o cultural considerada “peligrosa”.
—La continuidad entre la Triple A y lo que vendrá después—detalla Larraquy— es que ese caos inicial se transforma en un terrorismo de Estado total: vertical y jerárquico, propio de una organización militar. La diferencia sustancial es que la Triple A deja los cuerpos en la calle, porque no tiene infraestructura para hacerlos desaparecer y actúa todavía dentro de un sistema democrático. Los militares, en cambio, cuentan con la logística para secuestrar personas, mantenerlas cautivas y luego asesinarlas sin que aparezcan los cuerpos. Ya no hay muertos expuestos en la calle o en un descampado: se los hace desaparecer. El terror se vuelve más silencioso, más organizado y mucho más amplio.
Según consigna en su libro, “el recuento de sangre del bimestre agosto-septiembre de 1974 dejó 60 muertos, 20 secuestrados y 220 heridos”. Todavía es imposible imaginar la dimensión que alcanzará ese terror, que en los años siguientes dejará un saldo de 30 mil desaparecidos y heridas que aún atraviesan a la sociedad argentina. Bebés robados que décadas más tarde siguen siendo buscados —ya convertidos en adultos— por sus familias; restos humanos que aún hoy —en 2026— continúan apareciendo en predios que funcionaron como centros clandestinos de detención; relaciones familiares complejas que siguen condicionadas por una historia ocurrida hace 50 años.
La madrugada del 22 de agosto de 1974, cuando mataron a El Roña, la noticia corrió rápido entre los compañeros de la UES y también entre sus afectos.
—Empezó a sonar el timbre de mi casa. Mis padres bajaron y les contaron que habían matado a Eduardo. Me lo vinieron a contar y yo no pude levantarme de la cama —recuerda Cacho.
La mañana del 24 se suspendieron las clases en el Colegio Nacional de Buenos Aires: el rector autorizó a velar allí a su alumno. Así lo relatan Pertot y Garaño en el libro La otra Juvenilia: “El clima del claustro central oscilaba entre la tristeza y la bronca. Los estudiantes y dirigentes políticos de la Juventud Universitaria Peronista, algunos con crespones negros, estaban reunidos en torno al ataúd y circulaban casi en silencio. El cajón estaba en el centro del claustro central, envuelto en una bandera blanca que decía Montoneros. Cuatro enormes velas estaban encendidas alrededor del ataúd. El velatorio de Eduardo duró dos horas. El ataúd salió del colegio con sus compañeros detrás, despidiéndolo con los puños y los dedos en V. Muchos lo siguieron hasta el cementerio de La Tablada”.
Martín Caparrós, que también fue al Colegio Nacional de Buenos Aires, se refiere a su muerte en Antes que nada (Random House, 2025), el libro en el que reúne sus memorias: “El Roña era un compañero del colegio y de la militancia, dos o tres años mayor que yo. El rector del Colegio decidió que lo veláramos en el claustro central, y allí estuvo su cuerpo durante varias horas y nosotros alrededor. El Roña, de algún modo, se había vuelto un héroe, el mejor de nosotros, el que había llevado su ‘compromiso’ hasta el final, y esa idea nos hacía respetarlo. Para mí —para la mayoría de nosotros— no era el primer muerto, pero sí el primero cercano, alguien a quien había conocido durante años, con quien me había peleado en discusiones, ayudado en manifestaciones, alguien que me importaba. Fue muy fuerte ver que estaba muerto de verdad”.
—Yo no pude ir ni al velorio ni al entierro —confiesa Cacho—. Nunca más pude ver a su madre. ¿Qué iba a decirle cuando la viera? No, no podía, realmente no podía. Yo quedé muy mal, muy deprimido por mucho tiempo. Habían matado a mi mejor amigo.
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Dani Yako se levanta de la mesa y va hacia un cajón donde guarda decenas de sobres pequeños con negativos. Es 30 de enero de 2026. Afuera hace calor, pero en el estudio de uno de los fotógrafos más destacados de la Argentina la temperatura se vuelve más amable por los techos altos y las paredes blancas. Trae uno de los sobres, rotulado con marcador negro, y se lee: “Mopi a Europa en barco 1985; Roña – Tablada 24/8/74; plaza Congreso 1975”. Lo abre y saca un negativo. Enciende una luz que ilumina a la mesa desde abajo. Apoya el negativo sobre la mesa y ahí está: la foto, tomada por Yako a sus 13 años, del entierro de Eduardo Bekerman. En ese momento, Dani Yako militaba en la FEDE —la Federación Juvenil Comunista— y como le gustaba sacar fotos le habían encargado esa tarea para la revista de la agrupación. Esa mañana, la del 24 de agosto, fue a su escuela como todos los días, pero se encontró, en el claustro central, con el velatorio de un chico al que no conocía porque era más grande que él. Pero tuvo, en ese instante, eso que ahora puede registrar como “instinto periodístico”, y se subió a uno de los autobuses escolares que puso el Colegio para llevarlos al cementerio de La Tablada.
—A la distancia la considero mi primera foto periodística porque fue, por decirlo de algún modo, la primera que hice consciente sobre un hecho público.
La foto, que cree que no llegó a publicarse en la revista en 1974, la hizo pública muchas décadas después, el 22 de agosto de 2014, cuando se cumplían 40 años del asesinato de El Roña. En el diario Clarín, bajo el título “La historia del primer estudiante del Buenos Aires asesinado por la Triple A”, aparece la imagen acompañada por un breve texto en el que Dani Yako narra algunos episodios de la vida y la muerte de El Roña. La foto que sacó a sus 13 años es impactante. En primer plano se ve la espalda de los sepultureros inclinados mientras bajan el ataúd a la tierra. Más atrás, un hombre con traje oscuro y sombrero negro sostiene en la mano un pequeño libro de rezos: puede suponerse que es el rabino, que acompaña el entierro siguiendo el ritual judío. Detrás suyo, como una masa compacta, se distingue a una multitud de jóvenes que levantan los dedos en V, el gesto de la militancia peronista de esos años. A un costado del rabino hay una muchacha. Es rubia, lleva el pelo suelto, una camisa blanca a cuadros y una cartera negra que le cuelga del hombro. Tiene la cara contraída por el llanto. Es Susy, la chica que en ese momento era su novia.
—Cuando armé esa pequeña nota que iba acompañada de la foto llamé a Susy, pero ella me dijo que no quería hablar —dice Yako—. Me contó un par de cosas, pero ella no quería aparecer. Muchos años antes yo me había juntado con ella en un bar y le había dado un sobre con las fotos impresas. Las recibió y las guardó en la cartera. Yo pensé que se iba a conmover más.
Hay algunas hipótesis al respecto. Que esa noche, la del 22 de agosto de 1974, Susy tendría que haber estado con él pegando los carteles, pero como se habían peleado no fue y por eso se salvó; que el apodo de “El Roña” no era tanto por lo “desprolijo” sino porque era un muchacho “pesado” —un chico de carácter duro, incluso con ciertos rasgos violentos—, como varios de los dirigentes de las organizaciones guerrilleras.
Le escribo a Susy por Whatsapp. La primera respuesta llega a las pocas horas: “Me parece muy valioso tu interés sobre el tema que me comentaste. Te cuento que independientemente de lo que hablemos, vivo en España y por tiempo prolongado no estaré por Buenos Aires por un problema personal. Te voy a escribir más tarde cuando disponga de un rato para aclararte mi posición al respecto”. Ese rato dura una semana. “Independientemente del tema personal te quiero comentar que nunca quise hablar públicamente sobre este tema y me siento más cómoda con seguir en esta línea, sin una exposición personal. Espero que lo puedas entender”.
Han pasado más de 50 años. Muchos de los que aparecen en la foto de Dani Yako están desaparecidos; algunos se exiliaron. Pero en ese pequeño rectángulo todo permanece detenido: la tierra todavía no terminó de caer sobre el cajón y Susy llora, quizás atrapada para siempre en ese instante.
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Velatorio de Eduardo Beckerman en el claustro central del Colegio Nacional de Buenos Aires. Diario Noticias.
“El Roña” Bekerman fue el primer estudiante asesinado por la Triple A, una fuerza parapolicial que ejerció en la Argentina su poder en plena democracia y resultó precursora de todo lo que llegaría después, con el golpe militar del 24 de marzo de 1976.
En la recepción no hay nadie. Es jueves 5 de marzo de 2026, 10 de la mañana, y no hay ni una sola persona en el cementerio de La Tablada, a 20 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el más grande de la comunidad judía en la Argentina. El salón donde los deudos se reúnen antes de que empiece una ceremonia está completamente vacío. Es un espacio amplio y sobrio: piso de granito marrón claro, paredes altas y blancas de las que cuelgan la imagen de un león y un barco tallados en madera, y varios apliques de luz en forma de menorá, el candelabro de siete brazos que es uno de los símbolos más antiguos del judaísmo. Hay varios sillones negros y una maceta grande con una palmera de interior. En un mostrador hay dos monitores, una impresora, y un papel pegado con cinta adhesiva con las indicaciones en forma de lista: escriba sólo las primeras cuatro letras del apellido; presione iniciar búsqueda; desplácese con las flechas de la parte inferior siguiente/anterior; el apellido queda seleccionado en color azul; para imprimir presione ver plano. En la pantalla están todas las letras del alfabeto. El nombre que busco aparece enseguida: es el número 14 entre otros difuntos con el mismo apellido. La impresora hace ruido y escupe el mapa del cementerio, dividido en cuadrículas de colores, y una línea negra que indica cómo llegar a la parcela. Parece una tarea muy sencilla.
Hasta llegar a la manzana 42 hay que caminar unas ocho cuadras por calles de asfalto atravesando miles de tumbas. El día está nublado y corre una brisa cálida. Un cartel explica: “Ley judía y tradiciones. Piedras de recordación: es costumbre dejar una pequeña piedra sobre la lápida de un familiar o amigo. Este gesto es considerado un símbolo de respeto hacia el difunto porque mantiene vivo el recuerdo de la persona y muestra que el lugar ha sido visitado”.
En un pequeño cuadrado de mármol blanco tallado sobre el piso aún se puede leer el número 42. Lo difícil, ahora, será encontrar la sepultura 193. Camino entre las lápidas leyendo nombres, pero ninguna es la del hombre que busco. El punto en el mapa que hasta hace un momento parecía evidente, es imposible de precisar. A lo lejos pasa un hombre manejando un carrito de golf. Hago señas con la mano como se hace cuando se está varado en el medio de una ruta. El que lo maneja —en unos minutos sabré que se llama Silvio y que trabaja desde hace más de una década en el cementerio— se acerca. Usa una remera beige con el logo de la AMIA —Asociación Mutual Israelita Argentina—, institución que gestiona el cementerio. Me pide el mapa y empieza a hacer cálculos en voz alta, pero tampoco parece encontrar la sepultura 193.
—¿Puede ser que la tumba no exista más? —pregunto.
—¡No! —dice, casi indignado—. ¡Todas las tumbas existen! Tiene que estar.
Silvio va y viene entre las filas atestadas de lápidas, hasta que se detiene frente a una de granito gris. No hay ni una piedra sobre ella ni tampoco una foto que permita reconocer a quién pertenece. Las letras talladas en el mármol están completamente borradas. Pero después de unos segundos, mirando fijo, logro distinguir las últimas cuatro letras del apellido que busco.
—¡Es esta!
Entonces Silvio agarra una pequeña piedra del suelo, la raspa contra un ladrillo que encuentra cerca suyo, frota la superficie de la lápida y hace aparecer el nombre que ahora se lee con claridad: Eduardo Horacio Bekerman. Fall. 22/08/1974, 19 años. Abajo, en letras hebreas, el nombre que le corresponde según la tradición judía: Aaron Ben Baruj —Aarón, hijo de Baruj—.
En la tumba no aparece su apodo, ese con el que lo llamaban todos: El Roña. No hay indicios —como sí ocurre en otras lápidas de finales trágicos, sobre todo en este cementerio que guarda restos de víctimas de diversos atentados— de cómo terminó la vida de ese adolescente.
Tampoco hay forma de saber —y mirando esta tumba, eso sería imposible— que ese cajón, antes de entrar al hueco en la tierra, fue envuelto en una bandera blanca con la inscripción “Montoneros”, la organización guerrillera peronista surgida a comienzos de los años setenta, ni que allí, en esa misma porción de pasto seco, una mañana fría, se reunieron cientos para despedirlo en un entierro que quedó marcado a fuego en la memoria de muchos. Pero para eso hay que rastrear, por ejemplo, en los diarios. Específicamente en el archivo de agosto de 1974 y leer: “Volvieron a matar al pueblo”. O “Tres fusilados”. O “Sepultan a peronistas fusilados en Quilmes”. O “Los fusiladores pagarán esta sangre”.
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Podría haber faltado a esa reunión o haber pasado inadvertido. Pero ese día, José López Rega llamó la atención de María Estela Martínez, o Isabelita, como la conocían todos, una bailarina que se había casado en secreto con Juan Domingo Perón —el líder político más influyente de la Argentina desde 1945—, y con quien convivía en Madrid, en el exilio. Isabel había llegado a la Argentina con una misión: empezar a reconstruir los vínculos políticos que permitieran el regreso de su marido al país. Nadie en esa casa del barrio de Caballito, en octubre de 1965, podía imaginar los alcances de ese encuentro.
Desde 1955, Perón, “el General”, vivía en el exilio. Un levantamiento militar y civil, autodenominado Revolución Libertadora, lo había derrocado después de casi una década en el poder. El nuevo gobierno militar proscribió al Partido Peronista, intervino la Fundación Eva Perón —una vasta organización de asistencia social creada por Evita, la histórica esposa de Perón, querida por amplios sectores populares— y tomó el control de la Confederación General del Trabajo (CGT), la principal central sindical del país. Miles de dirigentes y militantes fueron perseguidos o encarcelados. Incluso un decreto prohibía mencionar en público el nombre de Perón y el de Eva.
La sociedad argentina había quedado dividida entre quienes idolatraba al General y quienes lo odiaban. Pero la proscripción no logró borrar el movimiento popular. Por el contrario, lo empujó a reorganizarse, y durante los años siguientes surgieron distintas formas de resistencia —sindical, política y también armada— que mantuvieron viva la expectativa del regreso de su líder. Fue en ese clima de conspiraciones, proscripciones y lealtades en disputa que López Rega conoció a Isabel, en una reunión organizada por los miembros de una logia llamada Anael: un pequeño círculo donde se mezclaban jueces y políticos, pero sobre todo suboficiales de las Fuerzas Armadas. Ese grupo combinaba discusiones sobre estrategia política con una fuerte dosis de misticismo. Creían que el retorno del líder exiliado podía ser algo más que un hecho político y hablaban del “conductor cósmico de la Argentina”. López Rega tuvo mucho que ver en esa narrativa.
José López Rega había pasado la infancia y buena parte de su adolescencia intentando sobrellevar la ausencia de su madre que murió en el mismo momento en que lo estaba pariendo. Para llenar ese vacío se volcó tempranamente al esoterismo y comenzó a frecuentar círculos espiritistas. Llamaba “madre” a una maestra espiritual que lo había iniciado en esas prácticas. Ya adulto, y siendo miembro de la Policía Federal, escribía manuales de esoterismo, confeccionaba cartas astrales y en su barrio era consultado para curar enfermedades o aliviar dolores del cuerpo y del alma. Entre sus vecinos comenzó a circular un apodo que lo acompañaría durante décadas: el Brujo.
El encuentro de Caballito estaba llegando a su fin y la presencia de López Rega había pasado casi inadvertida. Pero unos momentos antes de que concluyera pidió la palabra:
—El regreso del General es una misión eminentemente espiritual que resplandece bajo una fase política —dijo—. Debemos vencer a las fuerzas que lo mantienen postrado en el exilio. Nuestra única misión es traer a Perón a la Argentina para reivindicar su figura junto a la de Evita. Su regreso será nuestro triunfo espiritual.
Isabel quedó impactada por sus palabras y pidió volver a verlo otra vez. En ese segundo encuentro, a solas, López Rega llegó con una carpeta. Dentro llevaba fotografías que lo mostraban años atrás como custodio de Perón. Quería demostrar que no era un desconocido. Gracias a uno de los mejores promedios dentro de la Policía Federal y a una calificación perfecta en disciplina, había sido incorporado en 1950 a la custodia presidencial por pedido expreso de Eva Perón.
—Lo único que puede redimirnos a Evita y a mí es que usted alcance todo lo que ella no pudo —le dijo a Isabel Martínez—. En algún momento podré transferirle su espíritu.
Después de ese encuentro, Isabel le pidió que se convirtiera en su secretario privado. Ya nunca lo llamó por su nombre: lo apodó “Daniel”, como el profeta bíblico que, según la tradición, supo interpretar los sueños del rey y ascender hasta convertirse en su consejero.
López Rega se instaló en España, en la casa de Puerta de Hierro donde Perón vivía su exilio. Allí, en pocos meses, pasó de ser un hombre casi desconocido a ocupar un lugar cada vez más cercano en el pequeño círculo que rodeaba al líder. Con el paso de los meses su influencia creció. Todos los que llegaban desde la Argentina para ver a Perón debían, de una forma u otra, pasar antes por su filtro. López Rega organizaba las visitas, administraba los tiempos y estaba presente en casi todas las reuniones que se celebraban en la casa de Puerta de Hierro. Ese lugar privilegiado empezó a despertar resquemores. Para muchos dirigentes que viajaban a consultar al dirigente exiliado resultaba difícil aceptar que un expolicía, con fama de ocultista, se hubiera convertido en el hombre que controlaba el acceso al General. Las suspicacias eran todavía mayores entre los jóvenes militantes que comenzaban a organizarse alrededor de Montoneros, una organización que había nacido a principios de los años setenta que combinaba la militancia política con la lucha armada, convencidos de que el regreso de Perón debía abrir el camino a una revolución social en la Argentina. Pero la historia estaba lejos de ir en esa dirección.
Cuando Perón finalmente regresó al país en 1973 y se convirtió en presidente por tercera vez, el movimiento que volvía al poder estaba atravesado por una fractura cada vez más profunda entre su ala izquierda y su ala derecha. En ese nuevo escenario, López Rega ya no era solo el hombre que filtraba las visitas en Puerta de Hierro: se convirtió en ministro de Bienestar Social y en uno de los funcionarios más influyentes del gobierno. Desde ese lugar impulsó la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, una organización parapolicial que en los años siguientes, sobre todo después de la muerte de Perón, que se produjo el 1 de julio de 1974, sería responsable de una campaña sistemática de persecución y asesinatos contra militantes políticos, sindicales, intelectuales y estudiantiles.
A veces, en la más absoluta soledad, López Rega recordaba lo que le había dicho su madre espiritual muchos años antes: “Sus fuerzas ocultas serán una bendición para los demás. Podrá curar enfermedades, aliviar dolores del cuerpo y del alma. Pero nunca deberá abusar de sus poderes porque producirá mucho daño. Será una maldición para todos y también para usted”.
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Es 31 de julio de 1974, un diputado peronista llamado Rodolfo Ortega Peña va a cenar con su mujer, Helena, a un restaurante en el centro de la ciudad de Buenos Aires.
Abogado, historiador y militante de la izquierda peronista, ha asumido su banca como diputado nacional un año antes. En la Argentina hay una democracia incipiente y muy frágil y una violencia que no deja de crecer tras más de dos décadas de dictaduras y proscripciones políticas. Juan Domingo Perón ha muerto un mes atrás. Ahora, en la Casa Rosada, gobierna su viuda, Isabelita, la vicepresidenta que heredó el poder, junto a su ministro más influyente, José López Rega. A las 10 de la noche de ese 31 de julio, cuando Ortega Peña baja de un taxi, tres o cuatro personas aparecen por detrás del auto y le disparan. Las balas penetran la cabeza, el cuello y el tórax. Ortega Peña muere en el acto y ese episodio es considerado por muchos historiadores como uno de los primeros asesinatos políticos atribuidos a la Triple A.
En su libro López Rega, el peronismo y la Triple A (Editorial Sudamericana, 2011), el periodista Marcelo Larraquy sostiene que ese crimen marcó la apertura de lo que llama “el teatro del terror”: a partir de entonces, la organización comenzaría a examinar y perseguir a cualquier persona que tuviera —o hubiera tenido— una vinculación política pública con la izquierda, fuera peronista o no.
—Perón, desde el exilio y también en sus últimos meses de vida, llama a la depuración del movimiento peronista, a sacarse de encima a los “infiltrados”, como los menciona, porque están llevando al peronismo a un lugar que él no quiere —me explica Larraquy en marzo de 2026—. Convoca a los peronistas a hacerlo, pero no organiza esa depuración. Lo que muestra es un estado de situación: un conflicto interno muy fuerte. En ese clima empieza a funcionar la Triple A que está compuesta por civiles, miembros de fuerzas de seguridad, sectores sindicales y grupos vinculados al Ministerio de Bienestar Social que comanda López Rega. El Estado no la reconoce ni la persigue. Simplemente la deja actuar.
La muerte del diputado desencadena además una rápida escalada de violencia. Apenas unos días después, Montoneros mata a un militante de la ultraderecha peronista y, tres días después, la Triple A responde acribillando a un joven de 21 años de la Juventud Peronista y a tres dirigentes obreros de izquierda.
En los meses siguientes esa fuerza parapolicial —la Triple A— desplegó una campaña de terror cada vez más abierta. Difundieron listas negras con nombres, direcciones y teléfonos de dirigentes políticos, sindicalistas, artistas y profesores universitarios señalados como “enemigos”, y multiplicaron las amenazas y los comunicados que anunciaban nuevas ejecuciones.
La organización operaba desde el propio Ministerio de Bienestar Social, donde funcionaba su comando con armas, recursos y protección política. En apenas dos años, entre 1973 y 1975, la Triple A fue responsable de centenares de atentados y asesinatos, en su mayoría contra militantes de izquierda, peronistas disidentes, sindicalistas combativos y estudiantes. Uno de los crímenes que más impacto causó fue el asesinato del sacerdote Carlos Mugica, referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y cercano a los sectores más radicalizados del peronismo, acribillado a la salida de una iglesia, en mayo de 1974.
Las listas negras se convirtieron en una herramienta central del terror. Quienes aparecían allí sabían que podían ser el próximo blanco. Artistas e intelectuales como Mercedes Sosa, Nacha Guevara u Osvaldo Bayer partieron al exilio mientras se multiplicaban los atentados contra sindicatos, locales políticos y espacios culturales. Uno de los más impactantes ocurrió el 2 de mayo de 1973, cuando el Teatro Argentino fue destruido por una veintena de bombas molotov pocas horas antes del estreno del musical Jesucristo Superstar. El atentado fue interpretado como una advertencia brutal al mundo cultural. No sería el primero. El mensaje era claro: cualquiera que estuviera o hubiera estado vinculado alguna vez con la izquierda, podía convertirse en el próximo blanco.
Tiempo después, esas mismas balas llegarán a un joven dirigente estudiantil. Su nombre es Eduardo Horacio Bekerman. Simplemente El Roña, para todos.
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Son las 12:30 de la noche del jueves 22 de agosto de 1974. Esa noche hace frío y Pablo Van Lierde, “El Gringo”, Carlos Alberto Baglietto, “Carlitos”, y Eduardo Bekerman, “El Roña”, salen de comer una pizza en un bar llamado El Chiche, en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense, las afueras de la ciudad. Están cansados después de haber pegado afiches durante todo el día para convocar a un homenaje a las víctimas de una masacre ocurrida dos años atrás, en la que marinos de la Armada fusilaron a 16 militantes de organizaciones guerrilleras en el sur del país. Los tres muchachos, ahora, están comprometidos con el recuerdo y la denuncia de esa masacre porque saben que no fue un hecho aislado, sino una señal de hasta dónde puede llegar la violencia política en la Argentina.
El Gringo tiene 22 años y milita en Montoneros, la organización guerrillera peronista más importante de la época; Carlitos tiene 29 años y milita en la Juventud Trabajadora Peronista, la rama sindical vinculada a esa organización, y además es delegado de una empresa química. El Roña es el más chico, tiene 19. Es morocho, con abundante pelo y ojos achinados. Es delegado de la zona sur de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la organización estudiantil ligada a Montoneros, y aún no terminó el secundario: debe tres materias del Colegio Nacional de Buenos Aires, una escuela pública fundada en el siglo XVII y considerada una de las más prestigiosas del país.
Los tres muchachos caminan tranquilos mientras salen de la pizzería cuando un Fiat 125 los encandila. Del auto bajan tres hombres que avanzan hacia ellos apuntándolos con escopetas y metralletas. Se identifican como “policías”, aunque no usan uniforme. Sin mediar más palabras, empiezan a palparlos y, de un momento a otro, comienza el interrogatorio en plena calle, a la vista de transeúntes que se detienen a ver qué ocurre.
Uno de los policías abre el portafolio que lleva El Roña—un portafolio que le regalaron sus compañeros y del que no se despega—, los obligan a subir al auto y los ponen boca abajo mientras los apuntan con las armas. En el viaje, que dura alrededor de media hora, siguen las preguntas:
—¿A qué peronistas conocen en Quilmes? ¿Dónde están los fierros? ¿Dónde están Firmenich y Gullo? ¿Cómo se los puede encontrar?
Firmenich y Gullo son dos de los principales dirigentes de Montoneros. Para entonces, la organización estaba enfrentada con Juan Domingo Perón que, meses antes de morir, desde el balcón de la Plaza de Mayo, había echado de allí a los militantes montoneros llamándolos “imberbes”, un gesto que marcó públicamente la ruptura y dejó el terreno abierto para el avance de los sectores más duros del movimiento guerrillero.
De pronto, a El Roña lo golpean en la cabeza con la culata de un arma. Uno de los tres “policías” dice:
—Comisario, vamos a llevarlos a la parrilla.
Cuando el auto frena, los tres muchachos alcanzan a escuchar, en medio de un silencio atronador, el ruido que hacen los sapos o las ranas en los charcos.
—Chau, Negro, aquí se termina —le dice el Gringo a Carlitos.
Los tres permanecen en silencio por unos segundos mientras se escucha el motor en marcha y la primera descarga de la metralleta que va dirigida al Gringo. Después, los disparos apuntan a El Roña.
—¡Hijo de puta! —grita Carlitos cuando escucha el balazo.
El Roña muere en ese instante.
A Carlitos le sale sangre por la boca, pero aún está vivo y eso es un milagro porque en ese momento no sabe que tiene 14 disparos en el cuerpo. Malherido, logra bajarse del auto y se arrastra por lo que, ahora se da cuenta, es un basural. No quedan rastros de los hombres que les hicieron eso. Consigue ver dos camiones de basura que se acercan y hace señas, pero el camión sigue de largo. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando escucha que otro auto se aproxima. Varios hombres bajan con armas en la mano. Carlitos cree que son los mismos de antes, que vuelven por él.
—¡No me maten! —implora.
—Quedate tranquilo —le dicen—. Somos policías.
Aún faltan dos años para el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Todavía no existen los centros clandestinos de detención ni el sistema de desapariciones que dejarán una profunda huella en los siguientes 50 años. Pero algo de ese terror ya empezó a organizarse. Carlitos lo sabe: los hombres que se hicieron pasar por policías pertenecen a la Triple A. Lo que sucede esa noche en un basural del conurbano todavía ocurre dentro de una democracia formal, pero es el anticipo de un terror que, muy pronto, se convertirá en política de Estado.
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Oscar “Cacho” de Leone, 70 años, espera sentado en la mesa de un bar. Es 3 de febrero de 2026 y el cielo está gris, a punto de explotar en una lluvia que será intensa. En la mesa descansa el libro No tengas miedo de Stephen King, como si el título también tuviera algún vínculo con los recuerdos que está a punto de desempolvar.
—Yo era tan amigo de Eduardo Bekerman que jugábamos por teléfono al ajedrez —cuenta Cacho—. Jugábamos por tiempo, en serio. Nos decíamos: peón-3-alfil; peón-4-rey; dama-5- no sé qué. Y él desde su casa y yo desde la mía. Jugábamos hasta que alguna de nuestras madres nos llamaba a comer.
Se conocieron en 1968, en primer año del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando tenían 13 años, y se volvieron inseparables. Además de compartir la escuela, pasaban juntos fines de semana y cumpleaños, vacacionaban en Mar del Plata, una ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires. En esa época, la Argentina oscilaba entre democracias frágiles y dictaduras como la de ese momento, comandada por el general Juan Carlos Onganía, que se caracterizó por la suspensión de la actividad política, la intervención de las universidades y una fuerte represión contra estudiantes y sindicatos.
—Empezamos nuestra relación peleándonos porque un día Eduardo había faltado al colegio y me pidió que yo le prestara mis apuntes. Yo se los di y automáticamente a él se le cayeron en una alcantarilla y se mojaron todos —recuerda Cacho entre risas—. Por eso le decían El Roña, porque era desprolijo. Era típico de él que venía con las manos todas manchadas de tinta.
Eduardo Bekerman vivía en Palermo, un barrio de clase media de Buenos Aires, y era hijo único de un comerciante llamado Boris Bekerman y de una ama de casa llamada Marion Schwimmer. Había estudiado en una escuela primaria privada inglesa, un recorrido bastante típico para una familia trabajadora con aspiraciones de ascenso social. No hay manera de saber si en la casa de los Bekerman se hablaba de política, o si Boris tenía afinidad por tal o cual partido, pero es posible imaginar que el peronismo, allí, no despertaba demasiada simpatía. Durante los años en que Juan Domingo Perón gobernó la Argentina habían llegado al país varios jerarcas nazis que huían de Europa, y ese hecho no pasaba desapercibido en muchas familias de origen judío, por lo que el “peronismo” era considerado casi un insulto. Por su parte, el Colegio Nacional de Buenos Aires no era una escuela peronista ni mucho menos. Era, más bien, una institución tradicional y muy exigente, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, con una fuerte impronta laica y meritocrática. Fundada para formar a las élites profesionales del país, durante décadas había educado a generaciones de abogados, médicos, científicos y dirigentes políticos. La disciplina era estricta, el nivel académico alto y el prestigio del título funcionaba como una promesa de movilidad social para muchas familias de clase media. Sin embargo, hacia fines de los años sesenta, ese mundo aparentemente ordenado también empezaba a sentir el impacto del clima político que atravesaba al país. En 1968, cuando Eduardo se preparó para rendir el ingreso —un examen arduo y muy competitivo—, el Nacional de Buenos Aires ya era algo más que un colegio prestigioso. Dentro de sus pasillos empezaba a gestarse una intensa politización estudiantil que derivaría en que varios de sus alumnos y exalumnos fundarían, en 1970, la organización Montoneros. Pero no era algo que sus padres pudieran entonces saber.
Recién en 1973, cuando Eduardo cumplió 18 años y cursaba quinto año, se formó en el colegio la agrupación política Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Así lo cuentan los periodistas Werner Pertot y Santiago Garaño en su libro La otra Juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires (Fondo de Cultura Económica, 2002): “La Unión de Estudiantes Secundarios (UES) se creó el 18 de abril de 1973 y comenzó a funcionar en muchos colegios secundarios. Fue una de las organizaciones de masas creadas por Montoneros. El responsable político nacional era un exalumno del Buenos Aires, Claudio ‘El Barba’ Slemenson. La UES fue la agrupación hegemónica del Buenos Aires”.
—La UES original existía durante la primera presidencia de Perón —me explica Federico Lorenz, jefe del Departamento de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires—, en 1955. Pero en el 73 se vuelve a usar ese sello porque empieza a darse una lógica de construir frentes de masas. Ahí resurge el símbolo de la UES, que tiene un núcleo muy fuerte en el Colegio Nacional [de] Buenos Aires. También aparece esta idea de resignificar a Perón en términos de socialismo nacional.
Para Lorenz, la creación de la UES coincide además con un momento particular dentro de la organización:
—Se llamó “el engorde”. Mucha gente se metió a militar de repente, sin tener necesariamente una tradición peronista. Pero la camada de Bekerman también canalizó la ruptura generacional con sus padres a través de la política. A la edad de ellos, por lo general, uno se está peleando con sus padres. Con esto no estoy banalizando la militancia ni su compromiso, pero hay que verla también en esa línea psicológica, en una época muy revuelta, muy revulsiva —concluye.
En el caso de Eduardo Bekerman, la política también parecía funcionar como una forma de tomar distancia del mundo en el que había crecido. Venía de una familia tradicional, donde el horizonte parecía estar marcado por el estudio, el trabajo y una vida sin demasiadas estridencias. Pero El Roña era inquieto, curioso, un lector voraz. Tenía facilidad para la palabra y una inteligencia que sus compañeros recordarán durante años. En ese clima de efervescencia política que atravesaba a la escuela, empezó a militar y muy pronto se convirtió en un referente entre sus compañeros. En apenas tres meses logró sumar a más de 70 estudiantes a la agrupación.
La militancia de El Roña traspasó las aulas del Buenos Aires, y pasó a dirigir la UES en la zona sur del conurbano bonaerense. Además de las manos manchadas de tinta y de su desorden permanente, solía escribir en un cuaderno de atrás para adelante, lleno de anotaciones y asteriscos desperdigados que nadie más podía descifrar. Siempre andaba con ese cuaderno en la mano, el diario y papeles sueltos, y ese fue el motivo por el cual sus compañeros decidieron regalarle un maletín: el mismo que llevaba con él la noche de su asesinato.
El día en que se lo regalaron, lo llevó orgulloso a la casa de un compañero donde muchas veces se quedaba a dormir, y le confesó: “Me siento el tipo más infeliz del mundo, porque por un problema de orgullo me embroma que me consideren despelotado. Pero al mismo tiempo me siento el tipo más feliz de la tierra porque mis compañeros pensaron en mí”. Ese recuerdo aparece en el testimonio de un amigo suyo publicado de manera anónima en el número 8 de la revista La Causa Peronista, una publicación de Montoneros de agosto de 1974. Y continúa: “Tal era la influencia de El Roña entre los compañeros que a los documentos que publicaba la UES los llamábamos ‘los documentos Roña’. Él decía: ‘No hay que crear estructuras ficticias. Tenemos que organizar colegio por colegio’, y después, riéndose de su propia obsesión, agregaba, ‘colegio por colegio, división por división, tintero por tintero, compañero por compañero’”.
Cada vez que iba al baño, llevaba varios libros y un cuaderno para anotar. Era convincente y discutía con todo el mundo sobre la importancia de la UES.
—A Roña lo conocí muy poco tiempo, porque yo empecé a militar en Quilmes en febrero de 1974, y él era nuestro referente político —me dice, del otro lado de la pantalla, Adriana Robles, historiadora y autora del libro Perejiles, los otros montoneros (Editorial Colihue, 2001)—. Yo era más chica que él y le tenía admiración. Venía con una habilidad, una trayectoria y un recorrido político muy distinto al mío: él venía del Buenos Aires y yo de un colegio de monjas. La diferencia era abismal. Era un tipo formado, con lecturas. Un pibe muy dotado política e intelectualmente. Sabía explicarte las cosas, hacía un análisis de la etapa que estábamos viviendo, del rol que teníamos nosotros como estudiantes. Traducía la realidad para chicos como nosotros, que no estábamos acostumbrados a pensarla así. Yo, en ese momento, no entendía nada.
Además de querer cambiar el mundo, El Roña encontró en la militancia su primer amor. La muchacha era un poco más chica que él y se llamaba Susy.
—Eduardo me vino a contar que estaba de novio con una piba del colegio y que también militaba con él, sí, sí— recuerda Cacho.
Adriana Robles lo describe así en el capítulo “El Roña” de su libro: “Cuando comenzamos a militar en Avellaneda, el jefe de la UES era el Roña. Un pibe del Nacional Buenos Aires al que le habían encomendado armar la UES zona sur. El Roña vino con la Rubia (que en aquel momento era su novia)”.
Ese invierno de 1974, la militancia ocupaba casi todo el tiempo de Eduardo Bekerman. Además del maletín que llevaba a todos lados, tenía siempre los bolsillos llenos de Cafiaspirinas: cada vez que un chico pasaba vendiendo los blisters de ese medicamento en el tren, él le compraba para ayudar.
—Bekerman era un blanco dilecto para la Triple A —me explica Federico Lorenz—. En su lógica, lo era por varias razones: por “comunista”, por judío y hasta por clase. También por el colegio al que iba. La idea del “nido de zurdos” asociada al Nacional [de] Buenos Aires empieza a acuñarse en esa época. “Zurdo”, genéricamente, era lo mismo que comunista. Y si a Bekerman en vida le hubieran dicho comunista probablemente se habría ofendido: no lo era. Pero para estas patotas, todo lo que no fuera ortodoxia peronista terminaba siendo comunismo. En ese sentido, coincide con lo que vendría después, a partir del 24 de marzo de 1976 y el inicio del golpe de Estado. No solo porque muchos de los miembros de la Triple A van a ser parte de los grupos de tareas de la dictadura, sino porque el “anticomunismo” funciona como una categoría que va a justificar la persecución y desaparición posterior de cualquier militancia política, social o cultural considerada “peligrosa”.
—La continuidad entre la Triple A y lo que vendrá después—detalla Larraquy— es que ese caos inicial se transforma en un terrorismo de Estado total: vertical y jerárquico, propio de una organización militar. La diferencia sustancial es que la Triple A deja los cuerpos en la calle, porque no tiene infraestructura para hacerlos desaparecer y actúa todavía dentro de un sistema democrático. Los militares, en cambio, cuentan con la logística para secuestrar personas, mantenerlas cautivas y luego asesinarlas sin que aparezcan los cuerpos. Ya no hay muertos expuestos en la calle o en un descampado: se los hace desaparecer. El terror se vuelve más silencioso, más organizado y mucho más amplio.
Según consigna en su libro, “el recuento de sangre del bimestre agosto-septiembre de 1974 dejó 60 muertos, 20 secuestrados y 220 heridos”. Todavía es imposible imaginar la dimensión que alcanzará ese terror, que en los años siguientes dejará un saldo de 30 mil desaparecidos y heridas que aún atraviesan a la sociedad argentina. Bebés robados que décadas más tarde siguen siendo buscados —ya convertidos en adultos— por sus familias; restos humanos que aún hoy —en 2026— continúan apareciendo en predios que funcionaron como centros clandestinos de detención; relaciones familiares complejas que siguen condicionadas por una historia ocurrida hace 50 años.
La madrugada del 22 de agosto de 1974, cuando mataron a El Roña, la noticia corrió rápido entre los compañeros de la UES y también entre sus afectos.
—Empezó a sonar el timbre de mi casa. Mis padres bajaron y les contaron que habían matado a Eduardo. Me lo vinieron a contar y yo no pude levantarme de la cama —recuerda Cacho.
La mañana del 24 se suspendieron las clases en el Colegio Nacional de Buenos Aires: el rector autorizó a velar allí a su alumno. Así lo relatan Pertot y Garaño en el libro La otra Juvenilia: “El clima del claustro central oscilaba entre la tristeza y la bronca. Los estudiantes y dirigentes políticos de la Juventud Universitaria Peronista, algunos con crespones negros, estaban reunidos en torno al ataúd y circulaban casi en silencio. El cajón estaba en el centro del claustro central, envuelto en una bandera blanca que decía Montoneros. Cuatro enormes velas estaban encendidas alrededor del ataúd. El velatorio de Eduardo duró dos horas. El ataúd salió del colegio con sus compañeros detrás, despidiéndolo con los puños y los dedos en V. Muchos lo siguieron hasta el cementerio de La Tablada”.
Martín Caparrós, que también fue al Colegio Nacional de Buenos Aires, se refiere a su muerte en Antes que nada (Random House, 2025), el libro en el que reúne sus memorias: “El Roña era un compañero del colegio y de la militancia, dos o tres años mayor que yo. El rector del Colegio decidió que lo veláramos en el claustro central, y allí estuvo su cuerpo durante varias horas y nosotros alrededor. El Roña, de algún modo, se había vuelto un héroe, el mejor de nosotros, el que había llevado su ‘compromiso’ hasta el final, y esa idea nos hacía respetarlo. Para mí —para la mayoría de nosotros— no era el primer muerto, pero sí el primero cercano, alguien a quien había conocido durante años, con quien me había peleado en discusiones, ayudado en manifestaciones, alguien que me importaba. Fue muy fuerte ver que estaba muerto de verdad”.
—Yo no pude ir ni al velorio ni al entierro —confiesa Cacho—. Nunca más pude ver a su madre. ¿Qué iba a decirle cuando la viera? No, no podía, realmente no podía. Yo quedé muy mal, muy deprimido por mucho tiempo. Habían matado a mi mejor amigo.
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Dani Yako se levanta de la mesa y va hacia un cajón donde guarda decenas de sobres pequeños con negativos. Es 30 de enero de 2026. Afuera hace calor, pero en el estudio de uno de los fotógrafos más destacados de la Argentina la temperatura se vuelve más amable por los techos altos y las paredes blancas. Trae uno de los sobres, rotulado con marcador negro, y se lee: “Mopi a Europa en barco 1985; Roña – Tablada 24/8/74; plaza Congreso 1975”. Lo abre y saca un negativo. Enciende una luz que ilumina a la mesa desde abajo. Apoya el negativo sobre la mesa y ahí está: la foto, tomada por Yako a sus 13 años, del entierro de Eduardo Bekerman. En ese momento, Dani Yako militaba en la FEDE —la Federación Juvenil Comunista— y como le gustaba sacar fotos le habían encargado esa tarea para la revista de la agrupación. Esa mañana, la del 24 de agosto, fue a su escuela como todos los días, pero se encontró, en el claustro central, con el velatorio de un chico al que no conocía porque era más grande que él. Pero tuvo, en ese instante, eso que ahora puede registrar como “instinto periodístico”, y se subió a uno de los autobuses escolares que puso el Colegio para llevarlos al cementerio de La Tablada.
—A la distancia la considero mi primera foto periodística porque fue, por decirlo de algún modo, la primera que hice consciente sobre un hecho público.
La foto, que cree que no llegó a publicarse en la revista en 1974, la hizo pública muchas décadas después, el 22 de agosto de 2014, cuando se cumplían 40 años del asesinato de El Roña. En el diario Clarín, bajo el título “La historia del primer estudiante del Buenos Aires asesinado por la Triple A”, aparece la imagen acompañada por un breve texto en el que Dani Yako narra algunos episodios de la vida y la muerte de El Roña. La foto que sacó a sus 13 años es impactante. En primer plano se ve la espalda de los sepultureros inclinados mientras bajan el ataúd a la tierra. Más atrás, un hombre con traje oscuro y sombrero negro sostiene en la mano un pequeño libro de rezos: puede suponerse que es el rabino, que acompaña el entierro siguiendo el ritual judío. Detrás suyo, como una masa compacta, se distingue a una multitud de jóvenes que levantan los dedos en V, el gesto de la militancia peronista de esos años. A un costado del rabino hay una muchacha. Es rubia, lleva el pelo suelto, una camisa blanca a cuadros y una cartera negra que le cuelga del hombro. Tiene la cara contraída por el llanto. Es Susy, la chica que en ese momento era su novia.
—Cuando armé esa pequeña nota que iba acompañada de la foto llamé a Susy, pero ella me dijo que no quería hablar —dice Yako—. Me contó un par de cosas, pero ella no quería aparecer. Muchos años antes yo me había juntado con ella en un bar y le había dado un sobre con las fotos impresas. Las recibió y las guardó en la cartera. Yo pensé que se iba a conmover más.
Hay algunas hipótesis al respecto. Que esa noche, la del 22 de agosto de 1974, Susy tendría que haber estado con él pegando los carteles, pero como se habían peleado no fue y por eso se salvó; que el apodo de “El Roña” no era tanto por lo “desprolijo” sino porque era un muchacho “pesado” —un chico de carácter duro, incluso con ciertos rasgos violentos—, como varios de los dirigentes de las organizaciones guerrilleras.
Le escribo a Susy por Whatsapp. La primera respuesta llega a las pocas horas: “Me parece muy valioso tu interés sobre el tema que me comentaste. Te cuento que independientemente de lo que hablemos, vivo en España y por tiempo prolongado no estaré por Buenos Aires por un problema personal. Te voy a escribir más tarde cuando disponga de un rato para aclararte mi posición al respecto”. Ese rato dura una semana. “Independientemente del tema personal te quiero comentar que nunca quise hablar públicamente sobre este tema y me siento más cómoda con seguir en esta línea, sin una exposición personal. Espero que lo puedas entender”.
Han pasado más de 50 años. Muchos de los que aparecen en la foto de Dani Yako están desaparecidos; algunos se exiliaron. Pero en ese pequeño rectángulo todo permanece detenido: la tierra todavía no terminó de caer sobre el cajón y Susy llora, quizás atrapada para siempre en ese instante.
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“El Roña” Bekerman fue el primer estudiante asesinado por la Triple A, una fuerza parapolicial que ejerció en la Argentina su poder en plena democracia y resultó precursora de todo lo que llegaría después, con el golpe militar del 24 de marzo de 1976.
En la recepción no hay nadie. Es jueves 5 de marzo de 2026, 10 de la mañana, y no hay ni una sola persona en el cementerio de La Tablada, a 20 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el más grande de la comunidad judía en la Argentina. El salón donde los deudos se reúnen antes de que empiece una ceremonia está completamente vacío. Es un espacio amplio y sobrio: piso de granito marrón claro, paredes altas y blancas de las que cuelgan la imagen de un león y un barco tallados en madera, y varios apliques de luz en forma de menorá, el candelabro de siete brazos que es uno de los símbolos más antiguos del judaísmo. Hay varios sillones negros y una maceta grande con una palmera de interior. En un mostrador hay dos monitores, una impresora, y un papel pegado con cinta adhesiva con las indicaciones en forma de lista: escriba sólo las primeras cuatro letras del apellido; presione iniciar búsqueda; desplácese con las flechas de la parte inferior siguiente/anterior; el apellido queda seleccionado en color azul; para imprimir presione ver plano. En la pantalla están todas las letras del alfabeto. El nombre que busco aparece enseguida: es el número 14 entre otros difuntos con el mismo apellido. La impresora hace ruido y escupe el mapa del cementerio, dividido en cuadrículas de colores, y una línea negra que indica cómo llegar a la parcela. Parece una tarea muy sencilla.
Hasta llegar a la manzana 42 hay que caminar unas ocho cuadras por calles de asfalto atravesando miles de tumbas. El día está nublado y corre una brisa cálida. Un cartel explica: “Ley judía y tradiciones. Piedras de recordación: es costumbre dejar una pequeña piedra sobre la lápida de un familiar o amigo. Este gesto es considerado un símbolo de respeto hacia el difunto porque mantiene vivo el recuerdo de la persona y muestra que el lugar ha sido visitado”.
En un pequeño cuadrado de mármol blanco tallado sobre el piso aún se puede leer el número 42. Lo difícil, ahora, será encontrar la sepultura 193. Camino entre las lápidas leyendo nombres, pero ninguna es la del hombre que busco. El punto en el mapa que hasta hace un momento parecía evidente, es imposible de precisar. A lo lejos pasa un hombre manejando un carrito de golf. Hago señas con la mano como se hace cuando se está varado en el medio de una ruta. El que lo maneja —en unos minutos sabré que se llama Silvio y que trabaja desde hace más de una década en el cementerio— se acerca. Usa una remera beige con el logo de la AMIA —Asociación Mutual Israelita Argentina—, institución que gestiona el cementerio. Me pide el mapa y empieza a hacer cálculos en voz alta, pero tampoco parece encontrar la sepultura 193.
—¿Puede ser que la tumba no exista más? —pregunto.
—¡No! —dice, casi indignado—. ¡Todas las tumbas existen! Tiene que estar.
Silvio va y viene entre las filas atestadas de lápidas, hasta que se detiene frente a una de granito gris. No hay ni una piedra sobre ella ni tampoco una foto que permita reconocer a quién pertenece. Las letras talladas en el mármol están completamente borradas. Pero después de unos segundos, mirando fijo, logro distinguir las últimas cuatro letras del apellido que busco.
—¡Es esta!
Entonces Silvio agarra una pequeña piedra del suelo, la raspa contra un ladrillo que encuentra cerca suyo, frota la superficie de la lápida y hace aparecer el nombre que ahora se lee con claridad: Eduardo Horacio Bekerman. Fall. 22/08/1974, 19 años. Abajo, en letras hebreas, el nombre que le corresponde según la tradición judía: Aaron Ben Baruj —Aarón, hijo de Baruj—.
En la tumba no aparece su apodo, ese con el que lo llamaban todos: El Roña. No hay indicios —como sí ocurre en otras lápidas de finales trágicos, sobre todo en este cementerio que guarda restos de víctimas de diversos atentados— de cómo terminó la vida de ese adolescente.
Tampoco hay forma de saber —y mirando esta tumba, eso sería imposible— que ese cajón, antes de entrar al hueco en la tierra, fue envuelto en una bandera blanca con la inscripción “Montoneros”, la organización guerrillera peronista surgida a comienzos de los años setenta, ni que allí, en esa misma porción de pasto seco, una mañana fría, se reunieron cientos para despedirlo en un entierro que quedó marcado a fuego en la memoria de muchos. Pero para eso hay que rastrear, por ejemplo, en los diarios. Específicamente en el archivo de agosto de 1974 y leer: “Volvieron a matar al pueblo”. O “Tres fusilados”. O “Sepultan a peronistas fusilados en Quilmes”. O “Los fusiladores pagarán esta sangre”.
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Podría haber faltado a esa reunión o haber pasado inadvertido. Pero ese día, José López Rega llamó la atención de María Estela Martínez, o Isabelita, como la conocían todos, una bailarina que se había casado en secreto con Juan Domingo Perón —el líder político más influyente de la Argentina desde 1945—, y con quien convivía en Madrid, en el exilio. Isabel había llegado a la Argentina con una misión: empezar a reconstruir los vínculos políticos que permitieran el regreso de su marido al país. Nadie en esa casa del barrio de Caballito, en octubre de 1965, podía imaginar los alcances de ese encuentro.
Desde 1955, Perón, “el General”, vivía en el exilio. Un levantamiento militar y civil, autodenominado Revolución Libertadora, lo había derrocado después de casi una década en el poder. El nuevo gobierno militar proscribió al Partido Peronista, intervino la Fundación Eva Perón —una vasta organización de asistencia social creada por Evita, la histórica esposa de Perón, querida por amplios sectores populares— y tomó el control de la Confederación General del Trabajo (CGT), la principal central sindical del país. Miles de dirigentes y militantes fueron perseguidos o encarcelados. Incluso un decreto prohibía mencionar en público el nombre de Perón y el de Eva.
La sociedad argentina había quedado dividida entre quienes idolatraba al General y quienes lo odiaban. Pero la proscripción no logró borrar el movimiento popular. Por el contrario, lo empujó a reorganizarse, y durante los años siguientes surgieron distintas formas de resistencia —sindical, política y también armada— que mantuvieron viva la expectativa del regreso de su líder. Fue en ese clima de conspiraciones, proscripciones y lealtades en disputa que López Rega conoció a Isabel, en una reunión organizada por los miembros de una logia llamada Anael: un pequeño círculo donde se mezclaban jueces y políticos, pero sobre todo suboficiales de las Fuerzas Armadas. Ese grupo combinaba discusiones sobre estrategia política con una fuerte dosis de misticismo. Creían que el retorno del líder exiliado podía ser algo más que un hecho político y hablaban del “conductor cósmico de la Argentina”. López Rega tuvo mucho que ver en esa narrativa.
José López Rega había pasado la infancia y buena parte de su adolescencia intentando sobrellevar la ausencia de su madre que murió en el mismo momento en que lo estaba pariendo. Para llenar ese vacío se volcó tempranamente al esoterismo y comenzó a frecuentar círculos espiritistas. Llamaba “madre” a una maestra espiritual que lo había iniciado en esas prácticas. Ya adulto, y siendo miembro de la Policía Federal, escribía manuales de esoterismo, confeccionaba cartas astrales y en su barrio era consultado para curar enfermedades o aliviar dolores del cuerpo y del alma. Entre sus vecinos comenzó a circular un apodo que lo acompañaría durante décadas: el Brujo.
El encuentro de Caballito estaba llegando a su fin y la presencia de López Rega había pasado casi inadvertida. Pero unos momentos antes de que concluyera pidió la palabra:
—El regreso del General es una misión eminentemente espiritual que resplandece bajo una fase política —dijo—. Debemos vencer a las fuerzas que lo mantienen postrado en el exilio. Nuestra única misión es traer a Perón a la Argentina para reivindicar su figura junto a la de Evita. Su regreso será nuestro triunfo espiritual.
Isabel quedó impactada por sus palabras y pidió volver a verlo otra vez. En ese segundo encuentro, a solas, López Rega llegó con una carpeta. Dentro llevaba fotografías que lo mostraban años atrás como custodio de Perón. Quería demostrar que no era un desconocido. Gracias a uno de los mejores promedios dentro de la Policía Federal y a una calificación perfecta en disciplina, había sido incorporado en 1950 a la custodia presidencial por pedido expreso de Eva Perón.
—Lo único que puede redimirnos a Evita y a mí es que usted alcance todo lo que ella no pudo —le dijo a Isabel Martínez—. En algún momento podré transferirle su espíritu.
Después de ese encuentro, Isabel le pidió que se convirtiera en su secretario privado. Ya nunca lo llamó por su nombre: lo apodó “Daniel”, como el profeta bíblico que, según la tradición, supo interpretar los sueños del rey y ascender hasta convertirse en su consejero.
López Rega se instaló en España, en la casa de Puerta de Hierro donde Perón vivía su exilio. Allí, en pocos meses, pasó de ser un hombre casi desconocido a ocupar un lugar cada vez más cercano en el pequeño círculo que rodeaba al líder. Con el paso de los meses su influencia creció. Todos los que llegaban desde la Argentina para ver a Perón debían, de una forma u otra, pasar antes por su filtro. López Rega organizaba las visitas, administraba los tiempos y estaba presente en casi todas las reuniones que se celebraban en la casa de Puerta de Hierro. Ese lugar privilegiado empezó a despertar resquemores. Para muchos dirigentes que viajaban a consultar al dirigente exiliado resultaba difícil aceptar que un expolicía, con fama de ocultista, se hubiera convertido en el hombre que controlaba el acceso al General. Las suspicacias eran todavía mayores entre los jóvenes militantes que comenzaban a organizarse alrededor de Montoneros, una organización que había nacido a principios de los años setenta que combinaba la militancia política con la lucha armada, convencidos de que el regreso de Perón debía abrir el camino a una revolución social en la Argentina. Pero la historia estaba lejos de ir en esa dirección.
Cuando Perón finalmente regresó al país en 1973 y se convirtió en presidente por tercera vez, el movimiento que volvía al poder estaba atravesado por una fractura cada vez más profunda entre su ala izquierda y su ala derecha. En ese nuevo escenario, López Rega ya no era solo el hombre que filtraba las visitas en Puerta de Hierro: se convirtió en ministro de Bienestar Social y en uno de los funcionarios más influyentes del gobierno. Desde ese lugar impulsó la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, una organización parapolicial que en los años siguientes, sobre todo después de la muerte de Perón, que se produjo el 1 de julio de 1974, sería responsable de una campaña sistemática de persecución y asesinatos contra militantes políticos, sindicales, intelectuales y estudiantiles.
A veces, en la más absoluta soledad, López Rega recordaba lo que le había dicho su madre espiritual muchos años antes: “Sus fuerzas ocultas serán una bendición para los demás. Podrá curar enfermedades, aliviar dolores del cuerpo y del alma. Pero nunca deberá abusar de sus poderes porque producirá mucho daño. Será una maldición para todos y también para usted”.
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Es 31 de julio de 1974, un diputado peronista llamado Rodolfo Ortega Peña va a cenar con su mujer, Helena, a un restaurante en el centro de la ciudad de Buenos Aires.
Abogado, historiador y militante de la izquierda peronista, ha asumido su banca como diputado nacional un año antes. En la Argentina hay una democracia incipiente y muy frágil y una violencia que no deja de crecer tras más de dos décadas de dictaduras y proscripciones políticas. Juan Domingo Perón ha muerto un mes atrás. Ahora, en la Casa Rosada, gobierna su viuda, Isabelita, la vicepresidenta que heredó el poder, junto a su ministro más influyente, José López Rega. A las 10 de la noche de ese 31 de julio, cuando Ortega Peña baja de un taxi, tres o cuatro personas aparecen por detrás del auto y le disparan. Las balas penetran la cabeza, el cuello y el tórax. Ortega Peña muere en el acto y ese episodio es considerado por muchos historiadores como uno de los primeros asesinatos políticos atribuidos a la Triple A.
En su libro López Rega, el peronismo y la Triple A (Editorial Sudamericana, 2011), el periodista Marcelo Larraquy sostiene que ese crimen marcó la apertura de lo que llama “el teatro del terror”: a partir de entonces, la organización comenzaría a examinar y perseguir a cualquier persona que tuviera —o hubiera tenido— una vinculación política pública con la izquierda, fuera peronista o no.
—Perón, desde el exilio y también en sus últimos meses de vida, llama a la depuración del movimiento peronista, a sacarse de encima a los “infiltrados”, como los menciona, porque están llevando al peronismo a un lugar que él no quiere —me explica Larraquy en marzo de 2026—. Convoca a los peronistas a hacerlo, pero no organiza esa depuración. Lo que muestra es un estado de situación: un conflicto interno muy fuerte. En ese clima empieza a funcionar la Triple A que está compuesta por civiles, miembros de fuerzas de seguridad, sectores sindicales y grupos vinculados al Ministerio de Bienestar Social que comanda López Rega. El Estado no la reconoce ni la persigue. Simplemente la deja actuar.
La muerte del diputado desencadena además una rápida escalada de violencia. Apenas unos días después, Montoneros mata a un militante de la ultraderecha peronista y, tres días después, la Triple A responde acribillando a un joven de 21 años de la Juventud Peronista y a tres dirigentes obreros de izquierda.
En los meses siguientes esa fuerza parapolicial —la Triple A— desplegó una campaña de terror cada vez más abierta. Difundieron listas negras con nombres, direcciones y teléfonos de dirigentes políticos, sindicalistas, artistas y profesores universitarios señalados como “enemigos”, y multiplicaron las amenazas y los comunicados que anunciaban nuevas ejecuciones.
La organización operaba desde el propio Ministerio de Bienestar Social, donde funcionaba su comando con armas, recursos y protección política. En apenas dos años, entre 1973 y 1975, la Triple A fue responsable de centenares de atentados y asesinatos, en su mayoría contra militantes de izquierda, peronistas disidentes, sindicalistas combativos y estudiantes. Uno de los crímenes que más impacto causó fue el asesinato del sacerdote Carlos Mugica, referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y cercano a los sectores más radicalizados del peronismo, acribillado a la salida de una iglesia, en mayo de 1974.
Las listas negras se convirtieron en una herramienta central del terror. Quienes aparecían allí sabían que podían ser el próximo blanco. Artistas e intelectuales como Mercedes Sosa, Nacha Guevara u Osvaldo Bayer partieron al exilio mientras se multiplicaban los atentados contra sindicatos, locales políticos y espacios culturales. Uno de los más impactantes ocurrió el 2 de mayo de 1973, cuando el Teatro Argentino fue destruido por una veintena de bombas molotov pocas horas antes del estreno del musical Jesucristo Superstar. El atentado fue interpretado como una advertencia brutal al mundo cultural. No sería el primero. El mensaje era claro: cualquiera que estuviera o hubiera estado vinculado alguna vez con la izquierda, podía convertirse en el próximo blanco.
Tiempo después, esas mismas balas llegarán a un joven dirigente estudiantil. Su nombre es Eduardo Horacio Bekerman. Simplemente El Roña, para todos.
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Son las 12:30 de la noche del jueves 22 de agosto de 1974. Esa noche hace frío y Pablo Van Lierde, “El Gringo”, Carlos Alberto Baglietto, “Carlitos”, y Eduardo Bekerman, “El Roña”, salen de comer una pizza en un bar llamado El Chiche, en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense, las afueras de la ciudad. Están cansados después de haber pegado afiches durante todo el día para convocar a un homenaje a las víctimas de una masacre ocurrida dos años atrás, en la que marinos de la Armada fusilaron a 16 militantes de organizaciones guerrilleras en el sur del país. Los tres muchachos, ahora, están comprometidos con el recuerdo y la denuncia de esa masacre porque saben que no fue un hecho aislado, sino una señal de hasta dónde puede llegar la violencia política en la Argentina.
El Gringo tiene 22 años y milita en Montoneros, la organización guerrillera peronista más importante de la época; Carlitos tiene 29 años y milita en la Juventud Trabajadora Peronista, la rama sindical vinculada a esa organización, y además es delegado de una empresa química. El Roña es el más chico, tiene 19. Es morocho, con abundante pelo y ojos achinados. Es delegado de la zona sur de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la organización estudiantil ligada a Montoneros, y aún no terminó el secundario: debe tres materias del Colegio Nacional de Buenos Aires, una escuela pública fundada en el siglo XVII y considerada una de las más prestigiosas del país.
Los tres muchachos caminan tranquilos mientras salen de la pizzería cuando un Fiat 125 los encandila. Del auto bajan tres hombres que avanzan hacia ellos apuntándolos con escopetas y metralletas. Se identifican como “policías”, aunque no usan uniforme. Sin mediar más palabras, empiezan a palparlos y, de un momento a otro, comienza el interrogatorio en plena calle, a la vista de transeúntes que se detienen a ver qué ocurre.
Uno de los policías abre el portafolio que lleva El Roña—un portafolio que le regalaron sus compañeros y del que no se despega—, los obligan a subir al auto y los ponen boca abajo mientras los apuntan con las armas. En el viaje, que dura alrededor de media hora, siguen las preguntas:
—¿A qué peronistas conocen en Quilmes? ¿Dónde están los fierros? ¿Dónde están Firmenich y Gullo? ¿Cómo se los puede encontrar?
Firmenich y Gullo son dos de los principales dirigentes de Montoneros. Para entonces, la organización estaba enfrentada con Juan Domingo Perón que, meses antes de morir, desde el balcón de la Plaza de Mayo, había echado de allí a los militantes montoneros llamándolos “imberbes”, un gesto que marcó públicamente la ruptura y dejó el terreno abierto para el avance de los sectores más duros del movimiento guerrillero.
De pronto, a El Roña lo golpean en la cabeza con la culata de un arma. Uno de los tres “policías” dice:
—Comisario, vamos a llevarlos a la parrilla.
Cuando el auto frena, los tres muchachos alcanzan a escuchar, en medio de un silencio atronador, el ruido que hacen los sapos o las ranas en los charcos.
—Chau, Negro, aquí se termina —le dice el Gringo a Carlitos.
Los tres permanecen en silencio por unos segundos mientras se escucha el motor en marcha y la primera descarga de la metralleta que va dirigida al Gringo. Después, los disparos apuntan a El Roña.
—¡Hijo de puta! —grita Carlitos cuando escucha el balazo.
El Roña muere en ese instante.
A Carlitos le sale sangre por la boca, pero aún está vivo y eso es un milagro porque en ese momento no sabe que tiene 14 disparos en el cuerpo. Malherido, logra bajarse del auto y se arrastra por lo que, ahora se da cuenta, es un basural. No quedan rastros de los hombres que les hicieron eso. Consigue ver dos camiones de basura que se acercan y hace señas, pero el camión sigue de largo. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando escucha que otro auto se aproxima. Varios hombres bajan con armas en la mano. Carlitos cree que son los mismos de antes, que vuelven por él.
—¡No me maten! —implora.
—Quedate tranquilo —le dicen—. Somos policías.
Aún faltan dos años para el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Todavía no existen los centros clandestinos de detención ni el sistema de desapariciones que dejarán una profunda huella en los siguientes 50 años. Pero algo de ese terror ya empezó a organizarse. Carlitos lo sabe: los hombres que se hicieron pasar por policías pertenecen a la Triple A. Lo que sucede esa noche en un basural del conurbano todavía ocurre dentro de una democracia formal, pero es el anticipo de un terror que, muy pronto, se convertirá en política de Estado.
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Oscar “Cacho” de Leone, 70 años, espera sentado en la mesa de un bar. Es 3 de febrero de 2026 y el cielo está gris, a punto de explotar en una lluvia que será intensa. En la mesa descansa el libro No tengas miedo de Stephen King, como si el título también tuviera algún vínculo con los recuerdos que está a punto de desempolvar.
—Yo era tan amigo de Eduardo Bekerman que jugábamos por teléfono al ajedrez —cuenta Cacho—. Jugábamos por tiempo, en serio. Nos decíamos: peón-3-alfil; peón-4-rey; dama-5- no sé qué. Y él desde su casa y yo desde la mía. Jugábamos hasta que alguna de nuestras madres nos llamaba a comer.
Se conocieron en 1968, en primer año del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando tenían 13 años, y se volvieron inseparables. Además de compartir la escuela, pasaban juntos fines de semana y cumpleaños, vacacionaban en Mar del Plata, una ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires. En esa época, la Argentina oscilaba entre democracias frágiles y dictaduras como la de ese momento, comandada por el general Juan Carlos Onganía, que se caracterizó por la suspensión de la actividad política, la intervención de las universidades y una fuerte represión contra estudiantes y sindicatos.
—Empezamos nuestra relación peleándonos porque un día Eduardo había faltado al colegio y me pidió que yo le prestara mis apuntes. Yo se los di y automáticamente a él se le cayeron en una alcantarilla y se mojaron todos —recuerda Cacho entre risas—. Por eso le decían El Roña, porque era desprolijo. Era típico de él que venía con las manos todas manchadas de tinta.
Eduardo Bekerman vivía en Palermo, un barrio de clase media de Buenos Aires, y era hijo único de un comerciante llamado Boris Bekerman y de una ama de casa llamada Marion Schwimmer. Había estudiado en una escuela primaria privada inglesa, un recorrido bastante típico para una familia trabajadora con aspiraciones de ascenso social. No hay manera de saber si en la casa de los Bekerman se hablaba de política, o si Boris tenía afinidad por tal o cual partido, pero es posible imaginar que el peronismo, allí, no despertaba demasiada simpatía. Durante los años en que Juan Domingo Perón gobernó la Argentina habían llegado al país varios jerarcas nazis que huían de Europa, y ese hecho no pasaba desapercibido en muchas familias de origen judío, por lo que el “peronismo” era considerado casi un insulto. Por su parte, el Colegio Nacional de Buenos Aires no era una escuela peronista ni mucho menos. Era, más bien, una institución tradicional y muy exigente, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, con una fuerte impronta laica y meritocrática. Fundada para formar a las élites profesionales del país, durante décadas había educado a generaciones de abogados, médicos, científicos y dirigentes políticos. La disciplina era estricta, el nivel académico alto y el prestigio del título funcionaba como una promesa de movilidad social para muchas familias de clase media. Sin embargo, hacia fines de los años sesenta, ese mundo aparentemente ordenado también empezaba a sentir el impacto del clima político que atravesaba al país. En 1968, cuando Eduardo se preparó para rendir el ingreso —un examen arduo y muy competitivo—, el Nacional de Buenos Aires ya era algo más que un colegio prestigioso. Dentro de sus pasillos empezaba a gestarse una intensa politización estudiantil que derivaría en que varios de sus alumnos y exalumnos fundarían, en 1970, la organización Montoneros. Pero no era algo que sus padres pudieran entonces saber.
Recién en 1973, cuando Eduardo cumplió 18 años y cursaba quinto año, se formó en el colegio la agrupación política Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Así lo cuentan los periodistas Werner Pertot y Santiago Garaño en su libro La otra Juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires (Fondo de Cultura Económica, 2002): “La Unión de Estudiantes Secundarios (UES) se creó el 18 de abril de 1973 y comenzó a funcionar en muchos colegios secundarios. Fue una de las organizaciones de masas creadas por Montoneros. El responsable político nacional era un exalumno del Buenos Aires, Claudio ‘El Barba’ Slemenson. La UES fue la agrupación hegemónica del Buenos Aires”.
—La UES original existía durante la primera presidencia de Perón —me explica Federico Lorenz, jefe del Departamento de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires—, en 1955. Pero en el 73 se vuelve a usar ese sello porque empieza a darse una lógica de construir frentes de masas. Ahí resurge el símbolo de la UES, que tiene un núcleo muy fuerte en el Colegio Nacional [de] Buenos Aires. También aparece esta idea de resignificar a Perón en términos de socialismo nacional.
Para Lorenz, la creación de la UES coincide además con un momento particular dentro de la organización:
—Se llamó “el engorde”. Mucha gente se metió a militar de repente, sin tener necesariamente una tradición peronista. Pero la camada de Bekerman también canalizó la ruptura generacional con sus padres a través de la política. A la edad de ellos, por lo general, uno se está peleando con sus padres. Con esto no estoy banalizando la militancia ni su compromiso, pero hay que verla también en esa línea psicológica, en una época muy revuelta, muy revulsiva —concluye.
En el caso de Eduardo Bekerman, la política también parecía funcionar como una forma de tomar distancia del mundo en el que había crecido. Venía de una familia tradicional, donde el horizonte parecía estar marcado por el estudio, el trabajo y una vida sin demasiadas estridencias. Pero El Roña era inquieto, curioso, un lector voraz. Tenía facilidad para la palabra y una inteligencia que sus compañeros recordarán durante años. En ese clima de efervescencia política que atravesaba a la escuela, empezó a militar y muy pronto se convirtió en un referente entre sus compañeros. En apenas tres meses logró sumar a más de 70 estudiantes a la agrupación.
La militancia de El Roña traspasó las aulas del Buenos Aires, y pasó a dirigir la UES en la zona sur del conurbano bonaerense. Además de las manos manchadas de tinta y de su desorden permanente, solía escribir en un cuaderno de atrás para adelante, lleno de anotaciones y asteriscos desperdigados que nadie más podía descifrar. Siempre andaba con ese cuaderno en la mano, el diario y papeles sueltos, y ese fue el motivo por el cual sus compañeros decidieron regalarle un maletín: el mismo que llevaba con él la noche de su asesinato.
El día en que se lo regalaron, lo llevó orgulloso a la casa de un compañero donde muchas veces se quedaba a dormir, y le confesó: “Me siento el tipo más infeliz del mundo, porque por un problema de orgullo me embroma que me consideren despelotado. Pero al mismo tiempo me siento el tipo más feliz de la tierra porque mis compañeros pensaron en mí”. Ese recuerdo aparece en el testimonio de un amigo suyo publicado de manera anónima en el número 8 de la revista La Causa Peronista, una publicación de Montoneros de agosto de 1974. Y continúa: “Tal era la influencia de El Roña entre los compañeros que a los documentos que publicaba la UES los llamábamos ‘los documentos Roña’. Él decía: ‘No hay que crear estructuras ficticias. Tenemos que organizar colegio por colegio’, y después, riéndose de su propia obsesión, agregaba, ‘colegio por colegio, división por división, tintero por tintero, compañero por compañero’”.
Cada vez que iba al baño, llevaba varios libros y un cuaderno para anotar. Era convincente y discutía con todo el mundo sobre la importancia de la UES.
—A Roña lo conocí muy poco tiempo, porque yo empecé a militar en Quilmes en febrero de 1974, y él era nuestro referente político —me dice, del otro lado de la pantalla, Adriana Robles, historiadora y autora del libro Perejiles, los otros montoneros (Editorial Colihue, 2001)—. Yo era más chica que él y le tenía admiración. Venía con una habilidad, una trayectoria y un recorrido político muy distinto al mío: él venía del Buenos Aires y yo de un colegio de monjas. La diferencia era abismal. Era un tipo formado, con lecturas. Un pibe muy dotado política e intelectualmente. Sabía explicarte las cosas, hacía un análisis de la etapa que estábamos viviendo, del rol que teníamos nosotros como estudiantes. Traducía la realidad para chicos como nosotros, que no estábamos acostumbrados a pensarla así. Yo, en ese momento, no entendía nada.
Además de querer cambiar el mundo, El Roña encontró en la militancia su primer amor. La muchacha era un poco más chica que él y se llamaba Susy.
—Eduardo me vino a contar que estaba de novio con una piba del colegio y que también militaba con él, sí, sí— recuerda Cacho.
Adriana Robles lo describe así en el capítulo “El Roña” de su libro: “Cuando comenzamos a militar en Avellaneda, el jefe de la UES era el Roña. Un pibe del Nacional Buenos Aires al que le habían encomendado armar la UES zona sur. El Roña vino con la Rubia (que en aquel momento era su novia)”.
Ese invierno de 1974, la militancia ocupaba casi todo el tiempo de Eduardo Bekerman. Además del maletín que llevaba a todos lados, tenía siempre los bolsillos llenos de Cafiaspirinas: cada vez que un chico pasaba vendiendo los blisters de ese medicamento en el tren, él le compraba para ayudar.
—Bekerman era un blanco dilecto para la Triple A —me explica Federico Lorenz—. En su lógica, lo era por varias razones: por “comunista”, por judío y hasta por clase. También por el colegio al que iba. La idea del “nido de zurdos” asociada al Nacional [de] Buenos Aires empieza a acuñarse en esa época. “Zurdo”, genéricamente, era lo mismo que comunista. Y si a Bekerman en vida le hubieran dicho comunista probablemente se habría ofendido: no lo era. Pero para estas patotas, todo lo que no fuera ortodoxia peronista terminaba siendo comunismo. En ese sentido, coincide con lo que vendría después, a partir del 24 de marzo de 1976 y el inicio del golpe de Estado. No solo porque muchos de los miembros de la Triple A van a ser parte de los grupos de tareas de la dictadura, sino porque el “anticomunismo” funciona como una categoría que va a justificar la persecución y desaparición posterior de cualquier militancia política, social o cultural considerada “peligrosa”.
—La continuidad entre la Triple A y lo que vendrá después—detalla Larraquy— es que ese caos inicial se transforma en un terrorismo de Estado total: vertical y jerárquico, propio de una organización militar. La diferencia sustancial es que la Triple A deja los cuerpos en la calle, porque no tiene infraestructura para hacerlos desaparecer y actúa todavía dentro de un sistema democrático. Los militares, en cambio, cuentan con la logística para secuestrar personas, mantenerlas cautivas y luego asesinarlas sin que aparezcan los cuerpos. Ya no hay muertos expuestos en la calle o en un descampado: se los hace desaparecer. El terror se vuelve más silencioso, más organizado y mucho más amplio.
Según consigna en su libro, “el recuento de sangre del bimestre agosto-septiembre de 1974 dejó 60 muertos, 20 secuestrados y 220 heridos”. Todavía es imposible imaginar la dimensión que alcanzará ese terror, que en los años siguientes dejará un saldo de 30 mil desaparecidos y heridas que aún atraviesan a la sociedad argentina. Bebés robados que décadas más tarde siguen siendo buscados —ya convertidos en adultos— por sus familias; restos humanos que aún hoy —en 2026— continúan apareciendo en predios que funcionaron como centros clandestinos de detención; relaciones familiares complejas que siguen condicionadas por una historia ocurrida hace 50 años.
La madrugada del 22 de agosto de 1974, cuando mataron a El Roña, la noticia corrió rápido entre los compañeros de la UES y también entre sus afectos.
—Empezó a sonar el timbre de mi casa. Mis padres bajaron y les contaron que habían matado a Eduardo. Me lo vinieron a contar y yo no pude levantarme de la cama —recuerda Cacho.
La mañana del 24 se suspendieron las clases en el Colegio Nacional de Buenos Aires: el rector autorizó a velar allí a su alumno. Así lo relatan Pertot y Garaño en el libro La otra Juvenilia: “El clima del claustro central oscilaba entre la tristeza y la bronca. Los estudiantes y dirigentes políticos de la Juventud Universitaria Peronista, algunos con crespones negros, estaban reunidos en torno al ataúd y circulaban casi en silencio. El cajón estaba en el centro del claustro central, envuelto en una bandera blanca que decía Montoneros. Cuatro enormes velas estaban encendidas alrededor del ataúd. El velatorio de Eduardo duró dos horas. El ataúd salió del colegio con sus compañeros detrás, despidiéndolo con los puños y los dedos en V. Muchos lo siguieron hasta el cementerio de La Tablada”.
Martín Caparrós, que también fue al Colegio Nacional de Buenos Aires, se refiere a su muerte en Antes que nada (Random House, 2025), el libro en el que reúne sus memorias: “El Roña era un compañero del colegio y de la militancia, dos o tres años mayor que yo. El rector del Colegio decidió que lo veláramos en el claustro central, y allí estuvo su cuerpo durante varias horas y nosotros alrededor. El Roña, de algún modo, se había vuelto un héroe, el mejor de nosotros, el que había llevado su ‘compromiso’ hasta el final, y esa idea nos hacía respetarlo. Para mí —para la mayoría de nosotros— no era el primer muerto, pero sí el primero cercano, alguien a quien había conocido durante años, con quien me había peleado en discusiones, ayudado en manifestaciones, alguien que me importaba. Fue muy fuerte ver que estaba muerto de verdad”.
—Yo no pude ir ni al velorio ni al entierro —confiesa Cacho—. Nunca más pude ver a su madre. ¿Qué iba a decirle cuando la viera? No, no podía, realmente no podía. Yo quedé muy mal, muy deprimido por mucho tiempo. Habían matado a mi mejor amigo.
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Dani Yako se levanta de la mesa y va hacia un cajón donde guarda decenas de sobres pequeños con negativos. Es 30 de enero de 2026. Afuera hace calor, pero en el estudio de uno de los fotógrafos más destacados de la Argentina la temperatura se vuelve más amable por los techos altos y las paredes blancas. Trae uno de los sobres, rotulado con marcador negro, y se lee: “Mopi a Europa en barco 1985; Roña – Tablada 24/8/74; plaza Congreso 1975”. Lo abre y saca un negativo. Enciende una luz que ilumina a la mesa desde abajo. Apoya el negativo sobre la mesa y ahí está: la foto, tomada por Yako a sus 13 años, del entierro de Eduardo Bekerman. En ese momento, Dani Yako militaba en la FEDE —la Federación Juvenil Comunista— y como le gustaba sacar fotos le habían encargado esa tarea para la revista de la agrupación. Esa mañana, la del 24 de agosto, fue a su escuela como todos los días, pero se encontró, en el claustro central, con el velatorio de un chico al que no conocía porque era más grande que él. Pero tuvo, en ese instante, eso que ahora puede registrar como “instinto periodístico”, y se subió a uno de los autobuses escolares que puso el Colegio para llevarlos al cementerio de La Tablada.
—A la distancia la considero mi primera foto periodística porque fue, por decirlo de algún modo, la primera que hice consciente sobre un hecho público.
La foto, que cree que no llegó a publicarse en la revista en 1974, la hizo pública muchas décadas después, el 22 de agosto de 2014, cuando se cumplían 40 años del asesinato de El Roña. En el diario Clarín, bajo el título “La historia del primer estudiante del Buenos Aires asesinado por la Triple A”, aparece la imagen acompañada por un breve texto en el que Dani Yako narra algunos episodios de la vida y la muerte de El Roña. La foto que sacó a sus 13 años es impactante. En primer plano se ve la espalda de los sepultureros inclinados mientras bajan el ataúd a la tierra. Más atrás, un hombre con traje oscuro y sombrero negro sostiene en la mano un pequeño libro de rezos: puede suponerse que es el rabino, que acompaña el entierro siguiendo el ritual judío. Detrás suyo, como una masa compacta, se distingue a una multitud de jóvenes que levantan los dedos en V, el gesto de la militancia peronista de esos años. A un costado del rabino hay una muchacha. Es rubia, lleva el pelo suelto, una camisa blanca a cuadros y una cartera negra que le cuelga del hombro. Tiene la cara contraída por el llanto. Es Susy, la chica que en ese momento era su novia.
—Cuando armé esa pequeña nota que iba acompañada de la foto llamé a Susy, pero ella me dijo que no quería hablar —dice Yako—. Me contó un par de cosas, pero ella no quería aparecer. Muchos años antes yo me había juntado con ella en un bar y le había dado un sobre con las fotos impresas. Las recibió y las guardó en la cartera. Yo pensé que se iba a conmover más.
Hay algunas hipótesis al respecto. Que esa noche, la del 22 de agosto de 1974, Susy tendría que haber estado con él pegando los carteles, pero como se habían peleado no fue y por eso se salvó; que el apodo de “El Roña” no era tanto por lo “desprolijo” sino porque era un muchacho “pesado” —un chico de carácter duro, incluso con ciertos rasgos violentos—, como varios de los dirigentes de las organizaciones guerrilleras.
Le escribo a Susy por Whatsapp. La primera respuesta llega a las pocas horas: “Me parece muy valioso tu interés sobre el tema que me comentaste. Te cuento que independientemente de lo que hablemos, vivo en España y por tiempo prolongado no estaré por Buenos Aires por un problema personal. Te voy a escribir más tarde cuando disponga de un rato para aclararte mi posición al respecto”. Ese rato dura una semana. “Independientemente del tema personal te quiero comentar que nunca quise hablar públicamente sobre este tema y me siento más cómoda con seguir en esta línea, sin una exposición personal. Espero que lo puedas entender”.
Han pasado más de 50 años. Muchos de los que aparecen en la foto de Dani Yako están desaparecidos; algunos se exiliaron. Pero en ese pequeño rectángulo todo permanece detenido: la tierra todavía no terminó de caer sobre el cajón y Susy llora, quizás atrapada para siempre en ese instante.
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Velatorio de Eduardo Beckerman en el claustro central del Colegio Nacional de Buenos Aires. Diario Noticias.
En la recepción no hay nadie. Es jueves 5 de marzo de 2026, 10 de la mañana, y no hay ni una sola persona en el cementerio de La Tablada, a 20 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el más grande de la comunidad judía en la Argentina. El salón donde los deudos se reúnen antes de que empiece una ceremonia está completamente vacío. Es un espacio amplio y sobrio: piso de granito marrón claro, paredes altas y blancas de las que cuelgan la imagen de un león y un barco tallados en madera, y varios apliques de luz en forma de menorá, el candelabro de siete brazos que es uno de los símbolos más antiguos del judaísmo. Hay varios sillones negros y una maceta grande con una palmera de interior. En un mostrador hay dos monitores, una impresora, y un papel pegado con cinta adhesiva con las indicaciones en forma de lista: escriba sólo las primeras cuatro letras del apellido; presione iniciar búsqueda; desplácese con las flechas de la parte inferior siguiente/anterior; el apellido queda seleccionado en color azul; para imprimir presione ver plano. En la pantalla están todas las letras del alfabeto. El nombre que busco aparece enseguida: es el número 14 entre otros difuntos con el mismo apellido. La impresora hace ruido y escupe el mapa del cementerio, dividido en cuadrículas de colores, y una línea negra que indica cómo llegar a la parcela. Parece una tarea muy sencilla.
Hasta llegar a la manzana 42 hay que caminar unas ocho cuadras por calles de asfalto atravesando miles de tumbas. El día está nublado y corre una brisa cálida. Un cartel explica: “Ley judía y tradiciones. Piedras de recordación: es costumbre dejar una pequeña piedra sobre la lápida de un familiar o amigo. Este gesto es considerado un símbolo de respeto hacia el difunto porque mantiene vivo el recuerdo de la persona y muestra que el lugar ha sido visitado”.
En un pequeño cuadrado de mármol blanco tallado sobre el piso aún se puede leer el número 42. Lo difícil, ahora, será encontrar la sepultura 193. Camino entre las lápidas leyendo nombres, pero ninguna es la del hombre que busco. El punto en el mapa que hasta hace un momento parecía evidente, es imposible de precisar. A lo lejos pasa un hombre manejando un carrito de golf. Hago señas con la mano como se hace cuando se está varado en el medio de una ruta. El que lo maneja —en unos minutos sabré que se llama Silvio y que trabaja desde hace más de una década en el cementerio— se acerca. Usa una remera beige con el logo de la AMIA —Asociación Mutual Israelita Argentina—, institución que gestiona el cementerio. Me pide el mapa y empieza a hacer cálculos en voz alta, pero tampoco parece encontrar la sepultura 193.
—¿Puede ser que la tumba no exista más? —pregunto.
—¡No! —dice, casi indignado—. ¡Todas las tumbas existen! Tiene que estar.
Silvio va y viene entre las filas atestadas de lápidas, hasta que se detiene frente a una de granito gris. No hay ni una piedra sobre ella ni tampoco una foto que permita reconocer a quién pertenece. Las letras talladas en el mármol están completamente borradas. Pero después de unos segundos, mirando fijo, logro distinguir las últimas cuatro letras del apellido que busco.
—¡Es esta!
Entonces Silvio agarra una pequeña piedra del suelo, la raspa contra un ladrillo que encuentra cerca suyo, frota la superficie de la lápida y hace aparecer el nombre que ahora se lee con claridad: Eduardo Horacio Bekerman. Fall. 22/08/1974, 19 años. Abajo, en letras hebreas, el nombre que le corresponde según la tradición judía: Aaron Ben Baruj —Aarón, hijo de Baruj—.
En la tumba no aparece su apodo, ese con el que lo llamaban todos: El Roña. No hay indicios —como sí ocurre en otras lápidas de finales trágicos, sobre todo en este cementerio que guarda restos de víctimas de diversos atentados— de cómo terminó la vida de ese adolescente.
Tampoco hay forma de saber —y mirando esta tumba, eso sería imposible— que ese cajón, antes de entrar al hueco en la tierra, fue envuelto en una bandera blanca con la inscripción “Montoneros”, la organización guerrillera peronista surgida a comienzos de los años setenta, ni que allí, en esa misma porción de pasto seco, una mañana fría, se reunieron cientos para despedirlo en un entierro que quedó marcado a fuego en la memoria de muchos. Pero para eso hay que rastrear, por ejemplo, en los diarios. Específicamente en el archivo de agosto de 1974 y leer: “Volvieron a matar al pueblo”. O “Tres fusilados”. O “Sepultan a peronistas fusilados en Quilmes”. O “Los fusiladores pagarán esta sangre”.
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Podría haber faltado a esa reunión o haber pasado inadvertido. Pero ese día, José López Rega llamó la atención de María Estela Martínez, o Isabelita, como la conocían todos, una bailarina que se había casado en secreto con Juan Domingo Perón —el líder político más influyente de la Argentina desde 1945—, y con quien convivía en Madrid, en el exilio. Isabel había llegado a la Argentina con una misión: empezar a reconstruir los vínculos políticos que permitieran el regreso de su marido al país. Nadie en esa casa del barrio de Caballito, en octubre de 1965, podía imaginar los alcances de ese encuentro.
Desde 1955, Perón, “el General”, vivía en el exilio. Un levantamiento militar y civil, autodenominado Revolución Libertadora, lo había derrocado después de casi una década en el poder. El nuevo gobierno militar proscribió al Partido Peronista, intervino la Fundación Eva Perón —una vasta organización de asistencia social creada por Evita, la histórica esposa de Perón, querida por amplios sectores populares— y tomó el control de la Confederación General del Trabajo (CGT), la principal central sindical del país. Miles de dirigentes y militantes fueron perseguidos o encarcelados. Incluso un decreto prohibía mencionar en público el nombre de Perón y el de Eva.
La sociedad argentina había quedado dividida entre quienes idolatraba al General y quienes lo odiaban. Pero la proscripción no logró borrar el movimiento popular. Por el contrario, lo empujó a reorganizarse, y durante los años siguientes surgieron distintas formas de resistencia —sindical, política y también armada— que mantuvieron viva la expectativa del regreso de su líder. Fue en ese clima de conspiraciones, proscripciones y lealtades en disputa que López Rega conoció a Isabel, en una reunión organizada por los miembros de una logia llamada Anael: un pequeño círculo donde se mezclaban jueces y políticos, pero sobre todo suboficiales de las Fuerzas Armadas. Ese grupo combinaba discusiones sobre estrategia política con una fuerte dosis de misticismo. Creían que el retorno del líder exiliado podía ser algo más que un hecho político y hablaban del “conductor cósmico de la Argentina”. López Rega tuvo mucho que ver en esa narrativa.
José López Rega había pasado la infancia y buena parte de su adolescencia intentando sobrellevar la ausencia de su madre que murió en el mismo momento en que lo estaba pariendo. Para llenar ese vacío se volcó tempranamente al esoterismo y comenzó a frecuentar círculos espiritistas. Llamaba “madre” a una maestra espiritual que lo había iniciado en esas prácticas. Ya adulto, y siendo miembro de la Policía Federal, escribía manuales de esoterismo, confeccionaba cartas astrales y en su barrio era consultado para curar enfermedades o aliviar dolores del cuerpo y del alma. Entre sus vecinos comenzó a circular un apodo que lo acompañaría durante décadas: el Brujo.
El encuentro de Caballito estaba llegando a su fin y la presencia de López Rega había pasado casi inadvertida. Pero unos momentos antes de que concluyera pidió la palabra:
—El regreso del General es una misión eminentemente espiritual que resplandece bajo una fase política —dijo—. Debemos vencer a las fuerzas que lo mantienen postrado en el exilio. Nuestra única misión es traer a Perón a la Argentina para reivindicar su figura junto a la de Evita. Su regreso será nuestro triunfo espiritual.
Isabel quedó impactada por sus palabras y pidió volver a verlo otra vez. En ese segundo encuentro, a solas, López Rega llegó con una carpeta. Dentro llevaba fotografías que lo mostraban años atrás como custodio de Perón. Quería demostrar que no era un desconocido. Gracias a uno de los mejores promedios dentro de la Policía Federal y a una calificación perfecta en disciplina, había sido incorporado en 1950 a la custodia presidencial por pedido expreso de Eva Perón.
—Lo único que puede redimirnos a Evita y a mí es que usted alcance todo lo que ella no pudo —le dijo a Isabel Martínez—. En algún momento podré transferirle su espíritu.
Después de ese encuentro, Isabel le pidió que se convirtiera en su secretario privado. Ya nunca lo llamó por su nombre: lo apodó “Daniel”, como el profeta bíblico que, según la tradición, supo interpretar los sueños del rey y ascender hasta convertirse en su consejero.
López Rega se instaló en España, en la casa de Puerta de Hierro donde Perón vivía su exilio. Allí, en pocos meses, pasó de ser un hombre casi desconocido a ocupar un lugar cada vez más cercano en el pequeño círculo que rodeaba al líder. Con el paso de los meses su influencia creció. Todos los que llegaban desde la Argentina para ver a Perón debían, de una forma u otra, pasar antes por su filtro. López Rega organizaba las visitas, administraba los tiempos y estaba presente en casi todas las reuniones que se celebraban en la casa de Puerta de Hierro. Ese lugar privilegiado empezó a despertar resquemores. Para muchos dirigentes que viajaban a consultar al dirigente exiliado resultaba difícil aceptar que un expolicía, con fama de ocultista, se hubiera convertido en el hombre que controlaba el acceso al General. Las suspicacias eran todavía mayores entre los jóvenes militantes que comenzaban a organizarse alrededor de Montoneros, una organización que había nacido a principios de los años setenta que combinaba la militancia política con la lucha armada, convencidos de que el regreso de Perón debía abrir el camino a una revolución social en la Argentina. Pero la historia estaba lejos de ir en esa dirección.
Cuando Perón finalmente regresó al país en 1973 y se convirtió en presidente por tercera vez, el movimiento que volvía al poder estaba atravesado por una fractura cada vez más profunda entre su ala izquierda y su ala derecha. En ese nuevo escenario, López Rega ya no era solo el hombre que filtraba las visitas en Puerta de Hierro: se convirtió en ministro de Bienestar Social y en uno de los funcionarios más influyentes del gobierno. Desde ese lugar impulsó la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, una organización parapolicial que en los años siguientes, sobre todo después de la muerte de Perón, que se produjo el 1 de julio de 1974, sería responsable de una campaña sistemática de persecución y asesinatos contra militantes políticos, sindicales, intelectuales y estudiantiles.
A veces, en la más absoluta soledad, López Rega recordaba lo que le había dicho su madre espiritual muchos años antes: “Sus fuerzas ocultas serán una bendición para los demás. Podrá curar enfermedades, aliviar dolores del cuerpo y del alma. Pero nunca deberá abusar de sus poderes porque producirá mucho daño. Será una maldición para todos y también para usted”.
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Es 31 de julio de 1974, un diputado peronista llamado Rodolfo Ortega Peña va a cenar con su mujer, Helena, a un restaurante en el centro de la ciudad de Buenos Aires.
Abogado, historiador y militante de la izquierda peronista, ha asumido su banca como diputado nacional un año antes. En la Argentina hay una democracia incipiente y muy frágil y una violencia que no deja de crecer tras más de dos décadas de dictaduras y proscripciones políticas. Juan Domingo Perón ha muerto un mes atrás. Ahora, en la Casa Rosada, gobierna su viuda, Isabelita, la vicepresidenta que heredó el poder, junto a su ministro más influyente, José López Rega. A las 10 de la noche de ese 31 de julio, cuando Ortega Peña baja de un taxi, tres o cuatro personas aparecen por detrás del auto y le disparan. Las balas penetran la cabeza, el cuello y el tórax. Ortega Peña muere en el acto y ese episodio es considerado por muchos historiadores como uno de los primeros asesinatos políticos atribuidos a la Triple A.
En su libro López Rega, el peronismo y la Triple A (Editorial Sudamericana, 2011), el periodista Marcelo Larraquy sostiene que ese crimen marcó la apertura de lo que llama “el teatro del terror”: a partir de entonces, la organización comenzaría a examinar y perseguir a cualquier persona que tuviera —o hubiera tenido— una vinculación política pública con la izquierda, fuera peronista o no.
—Perón, desde el exilio y también en sus últimos meses de vida, llama a la depuración del movimiento peronista, a sacarse de encima a los “infiltrados”, como los menciona, porque están llevando al peronismo a un lugar que él no quiere —me explica Larraquy en marzo de 2026—. Convoca a los peronistas a hacerlo, pero no organiza esa depuración. Lo que muestra es un estado de situación: un conflicto interno muy fuerte. En ese clima empieza a funcionar la Triple A que está compuesta por civiles, miembros de fuerzas de seguridad, sectores sindicales y grupos vinculados al Ministerio de Bienestar Social que comanda López Rega. El Estado no la reconoce ni la persigue. Simplemente la deja actuar.
La muerte del diputado desencadena además una rápida escalada de violencia. Apenas unos días después, Montoneros mata a un militante de la ultraderecha peronista y, tres días después, la Triple A responde acribillando a un joven de 21 años de la Juventud Peronista y a tres dirigentes obreros de izquierda.
En los meses siguientes esa fuerza parapolicial —la Triple A— desplegó una campaña de terror cada vez más abierta. Difundieron listas negras con nombres, direcciones y teléfonos de dirigentes políticos, sindicalistas, artistas y profesores universitarios señalados como “enemigos”, y multiplicaron las amenazas y los comunicados que anunciaban nuevas ejecuciones.
La organización operaba desde el propio Ministerio de Bienestar Social, donde funcionaba su comando con armas, recursos y protección política. En apenas dos años, entre 1973 y 1975, la Triple A fue responsable de centenares de atentados y asesinatos, en su mayoría contra militantes de izquierda, peronistas disidentes, sindicalistas combativos y estudiantes. Uno de los crímenes que más impacto causó fue el asesinato del sacerdote Carlos Mugica, referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y cercano a los sectores más radicalizados del peronismo, acribillado a la salida de una iglesia, en mayo de 1974.
Las listas negras se convirtieron en una herramienta central del terror. Quienes aparecían allí sabían que podían ser el próximo blanco. Artistas e intelectuales como Mercedes Sosa, Nacha Guevara u Osvaldo Bayer partieron al exilio mientras se multiplicaban los atentados contra sindicatos, locales políticos y espacios culturales. Uno de los más impactantes ocurrió el 2 de mayo de 1973, cuando el Teatro Argentino fue destruido por una veintena de bombas molotov pocas horas antes del estreno del musical Jesucristo Superstar. El atentado fue interpretado como una advertencia brutal al mundo cultural. No sería el primero. El mensaje era claro: cualquiera que estuviera o hubiera estado vinculado alguna vez con la izquierda, podía convertirse en el próximo blanco.
Tiempo después, esas mismas balas llegarán a un joven dirigente estudiantil. Su nombre es Eduardo Horacio Bekerman. Simplemente El Roña, para todos.
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Son las 12:30 de la noche del jueves 22 de agosto de 1974. Esa noche hace frío y Pablo Van Lierde, “El Gringo”, Carlos Alberto Baglietto, “Carlitos”, y Eduardo Bekerman, “El Roña”, salen de comer una pizza en un bar llamado El Chiche, en Quilmes, en el sur del conurbano bonaerense, las afueras de la ciudad. Están cansados después de haber pegado afiches durante todo el día para convocar a un homenaje a las víctimas de una masacre ocurrida dos años atrás, en la que marinos de la Armada fusilaron a 16 militantes de organizaciones guerrilleras en el sur del país. Los tres muchachos, ahora, están comprometidos con el recuerdo y la denuncia de esa masacre porque saben que no fue un hecho aislado, sino una señal de hasta dónde puede llegar la violencia política en la Argentina.
El Gringo tiene 22 años y milita en Montoneros, la organización guerrillera peronista más importante de la época; Carlitos tiene 29 años y milita en la Juventud Trabajadora Peronista, la rama sindical vinculada a esa organización, y además es delegado de una empresa química. El Roña es el más chico, tiene 19. Es morocho, con abundante pelo y ojos achinados. Es delegado de la zona sur de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la organización estudiantil ligada a Montoneros, y aún no terminó el secundario: debe tres materias del Colegio Nacional de Buenos Aires, una escuela pública fundada en el siglo XVII y considerada una de las más prestigiosas del país.
Los tres muchachos caminan tranquilos mientras salen de la pizzería cuando un Fiat 125 los encandila. Del auto bajan tres hombres que avanzan hacia ellos apuntándolos con escopetas y metralletas. Se identifican como “policías”, aunque no usan uniforme. Sin mediar más palabras, empiezan a palparlos y, de un momento a otro, comienza el interrogatorio en plena calle, a la vista de transeúntes que se detienen a ver qué ocurre.
Uno de los policías abre el portafolio que lleva El Roña—un portafolio que le regalaron sus compañeros y del que no se despega—, los obligan a subir al auto y los ponen boca abajo mientras los apuntan con las armas. En el viaje, que dura alrededor de media hora, siguen las preguntas:
—¿A qué peronistas conocen en Quilmes? ¿Dónde están los fierros? ¿Dónde están Firmenich y Gullo? ¿Cómo se los puede encontrar?
Firmenich y Gullo son dos de los principales dirigentes de Montoneros. Para entonces, la organización estaba enfrentada con Juan Domingo Perón que, meses antes de morir, desde el balcón de la Plaza de Mayo, había echado de allí a los militantes montoneros llamándolos “imberbes”, un gesto que marcó públicamente la ruptura y dejó el terreno abierto para el avance de los sectores más duros del movimiento guerrillero.
De pronto, a El Roña lo golpean en la cabeza con la culata de un arma. Uno de los tres “policías” dice:
—Comisario, vamos a llevarlos a la parrilla.
Cuando el auto frena, los tres muchachos alcanzan a escuchar, en medio de un silencio atronador, el ruido que hacen los sapos o las ranas en los charcos.
—Chau, Negro, aquí se termina —le dice el Gringo a Carlitos.
Los tres permanecen en silencio por unos segundos mientras se escucha el motor en marcha y la primera descarga de la metralleta que va dirigida al Gringo. Después, los disparos apuntan a El Roña.
—¡Hijo de puta! —grita Carlitos cuando escucha el balazo.
El Roña muere en ese instante.
A Carlitos le sale sangre por la boca, pero aún está vivo y eso es un milagro porque en ese momento no sabe que tiene 14 disparos en el cuerpo. Malherido, logra bajarse del auto y se arrastra por lo que, ahora se da cuenta, es un basural. No quedan rastros de los hombres que les hicieron eso. Consigue ver dos camiones de basura que se acercan y hace señas, pero el camión sigue de largo. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando escucha que otro auto se aproxima. Varios hombres bajan con armas en la mano. Carlitos cree que son los mismos de antes, que vuelven por él.
—¡No me maten! —implora.
—Quedate tranquilo —le dicen—. Somos policías.
Aún faltan dos años para el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Todavía no existen los centros clandestinos de detención ni el sistema de desapariciones que dejarán una profunda huella en los siguientes 50 años. Pero algo de ese terror ya empezó a organizarse. Carlitos lo sabe: los hombres que se hicieron pasar por policías pertenecen a la Triple A. Lo que sucede esa noche en un basural del conurbano todavía ocurre dentro de una democracia formal, pero es el anticipo de un terror que, muy pronto, se convertirá en política de Estado.
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Oscar “Cacho” de Leone, 70 años, espera sentado en la mesa de un bar. Es 3 de febrero de 2026 y el cielo está gris, a punto de explotar en una lluvia que será intensa. En la mesa descansa el libro No tengas miedo de Stephen King, como si el título también tuviera algún vínculo con los recuerdos que está a punto de desempolvar.
—Yo era tan amigo de Eduardo Bekerman que jugábamos por teléfono al ajedrez —cuenta Cacho—. Jugábamos por tiempo, en serio. Nos decíamos: peón-3-alfil; peón-4-rey; dama-5- no sé qué. Y él desde su casa y yo desde la mía. Jugábamos hasta que alguna de nuestras madres nos llamaba a comer.
Se conocieron en 1968, en primer año del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando tenían 13 años, y se volvieron inseparables. Además de compartir la escuela, pasaban juntos fines de semana y cumpleaños, vacacionaban en Mar del Plata, una ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires. En esa época, la Argentina oscilaba entre democracias frágiles y dictaduras como la de ese momento, comandada por el general Juan Carlos Onganía, que se caracterizó por la suspensión de la actividad política, la intervención de las universidades y una fuerte represión contra estudiantes y sindicatos.
—Empezamos nuestra relación peleándonos porque un día Eduardo había faltado al colegio y me pidió que yo le prestara mis apuntes. Yo se los di y automáticamente a él se le cayeron en una alcantarilla y se mojaron todos —recuerda Cacho entre risas—. Por eso le decían El Roña, porque era desprolijo. Era típico de él que venía con las manos todas manchadas de tinta.
Eduardo Bekerman vivía en Palermo, un barrio de clase media de Buenos Aires, y era hijo único de un comerciante llamado Boris Bekerman y de una ama de casa llamada Marion Schwimmer. Había estudiado en una escuela primaria privada inglesa, un recorrido bastante típico para una familia trabajadora con aspiraciones de ascenso social. No hay manera de saber si en la casa de los Bekerman se hablaba de política, o si Boris tenía afinidad por tal o cual partido, pero es posible imaginar que el peronismo, allí, no despertaba demasiada simpatía. Durante los años en que Juan Domingo Perón gobernó la Argentina habían llegado al país varios jerarcas nazis que huían de Europa, y ese hecho no pasaba desapercibido en muchas familias de origen judío, por lo que el “peronismo” era considerado casi un insulto. Por su parte, el Colegio Nacional de Buenos Aires no era una escuela peronista ni mucho menos. Era, más bien, una institución tradicional y muy exigente, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, con una fuerte impronta laica y meritocrática. Fundada para formar a las élites profesionales del país, durante décadas había educado a generaciones de abogados, médicos, científicos y dirigentes políticos. La disciplina era estricta, el nivel académico alto y el prestigio del título funcionaba como una promesa de movilidad social para muchas familias de clase media. Sin embargo, hacia fines de los años sesenta, ese mundo aparentemente ordenado también empezaba a sentir el impacto del clima político que atravesaba al país. En 1968, cuando Eduardo se preparó para rendir el ingreso —un examen arduo y muy competitivo—, el Nacional de Buenos Aires ya era algo más que un colegio prestigioso. Dentro de sus pasillos empezaba a gestarse una intensa politización estudiantil que derivaría en que varios de sus alumnos y exalumnos fundarían, en 1970, la organización Montoneros. Pero no era algo que sus padres pudieran entonces saber.
Recién en 1973, cuando Eduardo cumplió 18 años y cursaba quinto año, se formó en el colegio la agrupación política Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Así lo cuentan los periodistas Werner Pertot y Santiago Garaño en su libro La otra Juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires (Fondo de Cultura Económica, 2002): “La Unión de Estudiantes Secundarios (UES) se creó el 18 de abril de 1973 y comenzó a funcionar en muchos colegios secundarios. Fue una de las organizaciones de masas creadas por Montoneros. El responsable político nacional era un exalumno del Buenos Aires, Claudio ‘El Barba’ Slemenson. La UES fue la agrupación hegemónica del Buenos Aires”.
—La UES original existía durante la primera presidencia de Perón —me explica Federico Lorenz, jefe del Departamento de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires—, en 1955. Pero en el 73 se vuelve a usar ese sello porque empieza a darse una lógica de construir frentes de masas. Ahí resurge el símbolo de la UES, que tiene un núcleo muy fuerte en el Colegio Nacional [de] Buenos Aires. También aparece esta idea de resignificar a Perón en términos de socialismo nacional.
Para Lorenz, la creación de la UES coincide además con un momento particular dentro de la organización:
—Se llamó “el engorde”. Mucha gente se metió a militar de repente, sin tener necesariamente una tradición peronista. Pero la camada de Bekerman también canalizó la ruptura generacional con sus padres a través de la política. A la edad de ellos, por lo general, uno se está peleando con sus padres. Con esto no estoy banalizando la militancia ni su compromiso, pero hay que verla también en esa línea psicológica, en una época muy revuelta, muy revulsiva —concluye.
En el caso de Eduardo Bekerman, la política también parecía funcionar como una forma de tomar distancia del mundo en el que había crecido. Venía de una familia tradicional, donde el horizonte parecía estar marcado por el estudio, el trabajo y una vida sin demasiadas estridencias. Pero El Roña era inquieto, curioso, un lector voraz. Tenía facilidad para la palabra y una inteligencia que sus compañeros recordarán durante años. En ese clima de efervescencia política que atravesaba a la escuela, empezó a militar y muy pronto se convirtió en un referente entre sus compañeros. En apenas tres meses logró sumar a más de 70 estudiantes a la agrupación.
La militancia de El Roña traspasó las aulas del Buenos Aires, y pasó a dirigir la UES en la zona sur del conurbano bonaerense. Además de las manos manchadas de tinta y de su desorden permanente, solía escribir en un cuaderno de atrás para adelante, lleno de anotaciones y asteriscos desperdigados que nadie más podía descifrar. Siempre andaba con ese cuaderno en la mano, el diario y papeles sueltos, y ese fue el motivo por el cual sus compañeros decidieron regalarle un maletín: el mismo que llevaba con él la noche de su asesinato.
El día en que se lo regalaron, lo llevó orgulloso a la casa de un compañero donde muchas veces se quedaba a dormir, y le confesó: “Me siento el tipo más infeliz del mundo, porque por un problema de orgullo me embroma que me consideren despelotado. Pero al mismo tiempo me siento el tipo más feliz de la tierra porque mis compañeros pensaron en mí”. Ese recuerdo aparece en el testimonio de un amigo suyo publicado de manera anónima en el número 8 de la revista La Causa Peronista, una publicación de Montoneros de agosto de 1974. Y continúa: “Tal era la influencia de El Roña entre los compañeros que a los documentos que publicaba la UES los llamábamos ‘los documentos Roña’. Él decía: ‘No hay que crear estructuras ficticias. Tenemos que organizar colegio por colegio’, y después, riéndose de su propia obsesión, agregaba, ‘colegio por colegio, división por división, tintero por tintero, compañero por compañero’”.
Cada vez que iba al baño, llevaba varios libros y un cuaderno para anotar. Era convincente y discutía con todo el mundo sobre la importancia de la UES.
—A Roña lo conocí muy poco tiempo, porque yo empecé a militar en Quilmes en febrero de 1974, y él era nuestro referente político —me dice, del otro lado de la pantalla, Adriana Robles, historiadora y autora del libro Perejiles, los otros montoneros (Editorial Colihue, 2001)—. Yo era más chica que él y le tenía admiración. Venía con una habilidad, una trayectoria y un recorrido político muy distinto al mío: él venía del Buenos Aires y yo de un colegio de monjas. La diferencia era abismal. Era un tipo formado, con lecturas. Un pibe muy dotado política e intelectualmente. Sabía explicarte las cosas, hacía un análisis de la etapa que estábamos viviendo, del rol que teníamos nosotros como estudiantes. Traducía la realidad para chicos como nosotros, que no estábamos acostumbrados a pensarla así. Yo, en ese momento, no entendía nada.
Además de querer cambiar el mundo, El Roña encontró en la militancia su primer amor. La muchacha era un poco más chica que él y se llamaba Susy.
—Eduardo me vino a contar que estaba de novio con una piba del colegio y que también militaba con él, sí, sí— recuerda Cacho.
Adriana Robles lo describe así en el capítulo “El Roña” de su libro: “Cuando comenzamos a militar en Avellaneda, el jefe de la UES era el Roña. Un pibe del Nacional Buenos Aires al que le habían encomendado armar la UES zona sur. El Roña vino con la Rubia (que en aquel momento era su novia)”.
Ese invierno de 1974, la militancia ocupaba casi todo el tiempo de Eduardo Bekerman. Además del maletín que llevaba a todos lados, tenía siempre los bolsillos llenos de Cafiaspirinas: cada vez que un chico pasaba vendiendo los blisters de ese medicamento en el tren, él le compraba para ayudar.
—Bekerman era un blanco dilecto para la Triple A —me explica Federico Lorenz—. En su lógica, lo era por varias razones: por “comunista”, por judío y hasta por clase. También por el colegio al que iba. La idea del “nido de zurdos” asociada al Nacional [de] Buenos Aires empieza a acuñarse en esa época. “Zurdo”, genéricamente, era lo mismo que comunista. Y si a Bekerman en vida le hubieran dicho comunista probablemente se habría ofendido: no lo era. Pero para estas patotas, todo lo que no fuera ortodoxia peronista terminaba siendo comunismo. En ese sentido, coincide con lo que vendría después, a partir del 24 de marzo de 1976 y el inicio del golpe de Estado. No solo porque muchos de los miembros de la Triple A van a ser parte de los grupos de tareas de la dictadura, sino porque el “anticomunismo” funciona como una categoría que va a justificar la persecución y desaparición posterior de cualquier militancia política, social o cultural considerada “peligrosa”.
—La continuidad entre la Triple A y lo que vendrá después—detalla Larraquy— es que ese caos inicial se transforma en un terrorismo de Estado total: vertical y jerárquico, propio de una organización militar. La diferencia sustancial es que la Triple A deja los cuerpos en la calle, porque no tiene infraestructura para hacerlos desaparecer y actúa todavía dentro de un sistema democrático. Los militares, en cambio, cuentan con la logística para secuestrar personas, mantenerlas cautivas y luego asesinarlas sin que aparezcan los cuerpos. Ya no hay muertos expuestos en la calle o en un descampado: se los hace desaparecer. El terror se vuelve más silencioso, más organizado y mucho más amplio.
Según consigna en su libro, “el recuento de sangre del bimestre agosto-septiembre de 1974 dejó 60 muertos, 20 secuestrados y 220 heridos”. Todavía es imposible imaginar la dimensión que alcanzará ese terror, que en los años siguientes dejará un saldo de 30 mil desaparecidos y heridas que aún atraviesan a la sociedad argentina. Bebés robados que décadas más tarde siguen siendo buscados —ya convertidos en adultos— por sus familias; restos humanos que aún hoy —en 2026— continúan apareciendo en predios que funcionaron como centros clandestinos de detención; relaciones familiares complejas que siguen condicionadas por una historia ocurrida hace 50 años.
La madrugada del 22 de agosto de 1974, cuando mataron a El Roña, la noticia corrió rápido entre los compañeros de la UES y también entre sus afectos.
—Empezó a sonar el timbre de mi casa. Mis padres bajaron y les contaron que habían matado a Eduardo. Me lo vinieron a contar y yo no pude levantarme de la cama —recuerda Cacho.
La mañana del 24 se suspendieron las clases en el Colegio Nacional de Buenos Aires: el rector autorizó a velar allí a su alumno. Así lo relatan Pertot y Garaño en el libro La otra Juvenilia: “El clima del claustro central oscilaba entre la tristeza y la bronca. Los estudiantes y dirigentes políticos de la Juventud Universitaria Peronista, algunos con crespones negros, estaban reunidos en torno al ataúd y circulaban casi en silencio. El cajón estaba en el centro del claustro central, envuelto en una bandera blanca que decía Montoneros. Cuatro enormes velas estaban encendidas alrededor del ataúd. El velatorio de Eduardo duró dos horas. El ataúd salió del colegio con sus compañeros detrás, despidiéndolo con los puños y los dedos en V. Muchos lo siguieron hasta el cementerio de La Tablada”.
Martín Caparrós, que también fue al Colegio Nacional de Buenos Aires, se refiere a su muerte en Antes que nada (Random House, 2025), el libro en el que reúne sus memorias: “El Roña era un compañero del colegio y de la militancia, dos o tres años mayor que yo. El rector del Colegio decidió que lo veláramos en el claustro central, y allí estuvo su cuerpo durante varias horas y nosotros alrededor. El Roña, de algún modo, se había vuelto un héroe, el mejor de nosotros, el que había llevado su ‘compromiso’ hasta el final, y esa idea nos hacía respetarlo. Para mí —para la mayoría de nosotros— no era el primer muerto, pero sí el primero cercano, alguien a quien había conocido durante años, con quien me había peleado en discusiones, ayudado en manifestaciones, alguien que me importaba. Fue muy fuerte ver que estaba muerto de verdad”.
—Yo no pude ir ni al velorio ni al entierro —confiesa Cacho—. Nunca más pude ver a su madre. ¿Qué iba a decirle cuando la viera? No, no podía, realmente no podía. Yo quedé muy mal, muy deprimido por mucho tiempo. Habían matado a mi mejor amigo.
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Dani Yako se levanta de la mesa y va hacia un cajón donde guarda decenas de sobres pequeños con negativos. Es 30 de enero de 2026. Afuera hace calor, pero en el estudio de uno de los fotógrafos más destacados de la Argentina la temperatura se vuelve más amable por los techos altos y las paredes blancas. Trae uno de los sobres, rotulado con marcador negro, y se lee: “Mopi a Europa en barco 1985; Roña – Tablada 24/8/74; plaza Congreso 1975”. Lo abre y saca un negativo. Enciende una luz que ilumina a la mesa desde abajo. Apoya el negativo sobre la mesa y ahí está: la foto, tomada por Yako a sus 13 años, del entierro de Eduardo Bekerman. En ese momento, Dani Yako militaba en la FEDE —la Federación Juvenil Comunista— y como le gustaba sacar fotos le habían encargado esa tarea para la revista de la agrupación. Esa mañana, la del 24 de agosto, fue a su escuela como todos los días, pero se encontró, en el claustro central, con el velatorio de un chico al que no conocía porque era más grande que él. Pero tuvo, en ese instante, eso que ahora puede registrar como “instinto periodístico”, y se subió a uno de los autobuses escolares que puso el Colegio para llevarlos al cementerio de La Tablada.
—A la distancia la considero mi primera foto periodística porque fue, por decirlo de algún modo, la primera que hice consciente sobre un hecho público.
La foto, que cree que no llegó a publicarse en la revista en 1974, la hizo pública muchas décadas después, el 22 de agosto de 2014, cuando se cumplían 40 años del asesinato de El Roña. En el diario Clarín, bajo el título “La historia del primer estudiante del Buenos Aires asesinado por la Triple A”, aparece la imagen acompañada por un breve texto en el que Dani Yako narra algunos episodios de la vida y la muerte de El Roña. La foto que sacó a sus 13 años es impactante. En primer plano se ve la espalda de los sepultureros inclinados mientras bajan el ataúd a la tierra. Más atrás, un hombre con traje oscuro y sombrero negro sostiene en la mano un pequeño libro de rezos: puede suponerse que es el rabino, que acompaña el entierro siguiendo el ritual judío. Detrás suyo, como una masa compacta, se distingue a una multitud de jóvenes que levantan los dedos en V, el gesto de la militancia peronista de esos años. A un costado del rabino hay una muchacha. Es rubia, lleva el pelo suelto, una camisa blanca a cuadros y una cartera negra que le cuelga del hombro. Tiene la cara contraída por el llanto. Es Susy, la chica que en ese momento era su novia.
—Cuando armé esa pequeña nota que iba acompañada de la foto llamé a Susy, pero ella me dijo que no quería hablar —dice Yako—. Me contó un par de cosas, pero ella no quería aparecer. Muchos años antes yo me había juntado con ella en un bar y le había dado un sobre con las fotos impresas. Las recibió y las guardó en la cartera. Yo pensé que se iba a conmover más.
Hay algunas hipótesis al respecto. Que esa noche, la del 22 de agosto de 1974, Susy tendría que haber estado con él pegando los carteles, pero como se habían peleado no fue y por eso se salvó; que el apodo de “El Roña” no era tanto por lo “desprolijo” sino porque era un muchacho “pesado” —un chico de carácter duro, incluso con ciertos rasgos violentos—, como varios de los dirigentes de las organizaciones guerrilleras.
Le escribo a Susy por Whatsapp. La primera respuesta llega a las pocas horas: “Me parece muy valioso tu interés sobre el tema que me comentaste. Te cuento que independientemente de lo que hablemos, vivo en España y por tiempo prolongado no estaré por Buenos Aires por un problema personal. Te voy a escribir más tarde cuando disponga de un rato para aclararte mi posición al respecto”. Ese rato dura una semana. “Independientemente del tema personal te quiero comentar que nunca quise hablar públicamente sobre este tema y me siento más cómoda con seguir en esta línea, sin una exposición personal. Espero que lo puedas entender”.
Han pasado más de 50 años. Muchos de los que aparecen en la foto de Dani Yako están desaparecidos; algunos se exiliaron. Pero en ese pequeño rectángulo todo permanece detenido: la tierra todavía no terminó de caer sobre el cajón y Susy llora, quizás atrapada para siempre en ese instante.
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