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23 de julio de 2019. Río Bueno, Los Lagos, Chile. Machi Millaray Huichalaf, líder espiritual mapuche y defensora del río Pilmaiquén. Desde hace más de 15 años ella es la principal vocera contra la construcción de un proyecto hidroeléctrico en su territorio, por parte de la empresa estatal noruega Statkraft. La machi fue encarcelada en una prisión de máxima seguridad en 2013, y actualmente continúa la persecución judicial y mediática contra su figura.
Años de convivencia con Millaray Huichalaf, la líder espiritual más carismática del pueblo mapuche, han dado frutos en este relato, que toca sus pesadillas de infancia, el proceso para transformarse en machi, los meses en una cárcel de máxima seguridad y un presente trágico. Bienvenidos al mundo de la mujer que levantó a más de 120 comunidades en el sur chileno para defender un río amenazado por un proyecto hidroeléctrico noruego.
—Recuerdo que había unos pinos, de esos pinos venía el toro, lo veíamos con mi hermana. Y mi papá iba a ver y no había ningún toro. A ese toro siempre lo vi, desde muy niña. Hasta ahora en mis sueños lo veo.
Milla, como la familia llama a la machi Millaray Huichalaf, nació con ojos abiertos y mirando al cielo, según cuentan sus padres. Fue el 21 de mayo de 1989, en el Hospital Base de Osorno, en el sur de Chile. Creció a unos 50 kilómetros, en Paullin —comuna de Puerto Octay, Región de Los Lagos—, en una casa de madera pegada a la escuela rural donde su padre era el único maestro. Milla lo seguía a todos lados, se metía en sus clases. A los cuatro años sabía leer.
Segunda de cuatro hermanos —Amanda, Linkoyan y Nubia—, Millaray recuerda la sombra de coihues y maitenes, el olor a tierra mojada, el volcán Osorno en el horizonte. Infancia feliz, salvo por las pesadillas: personas que sufrían, gritos de dolor, culebras, pájaros, estampidas de animales. Despertaba abajo de la cama, la ropa mojada, el corazón acelerado. A veces Amanda soñaba lo mismo. Y cada vez que salían al baño durante la noche —el baño estaba fuera de la casa—, veían un toro. Con los años Millaray y su familia sabrían que ese toro, y otras visiones recurrentes, son fuerzas de la naturaleza advertidas por quienes portan espíritu de machi.
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El frío oscuro del sur chileno crece como la noche, se mete por el cuello y las muñecas. Pisando barro seguimos el camino que marca la linterna. Un poco agachados, pedimos permiso y entramos detrás de Amanda a una construcción de madera. Ambiente amplio, planta ovalada, techo alto, piso de tierra. Un fogón en el centro. Tres o cuatro caras giran hacia nosotros. Un silencio incómodo; luciérnagas de fuego desaparecen en el aire. Al fondo, sombras. Mari mari, saluda en mapudungun, en lengua mapuche, Amanda Huichalaf. Anuncia que llegó con visitas. Nos encontramos con ella hace una hora en Osorno —donde es docente en una escuela privada— y nos guio hasta acá, a su comunidad, a 50 kilómetros de la ciudad. Estrechamos manos de diferentes tamaños y texturas: mujeres, hombres, niños. Mari mari, nos dicen. Mari mari, repetimos. Ignoran quiénes somos, miran asombrados. Envuelta en una manta negra la machi Millaray Huichalaf también mira con desconfianza. Al acercarnos al fuego nos reconoce. Ah, pue, dice. Hace unos meses, cuando la conocimos, nos invitó a su territorio, nos contactó con su hermana. El saludo de la machi es cordial, sobrio. A su lado un hombre de unos 60 años, canoso, sombrero de cuero, ceño fruncido. Juan Antonio Huichalaf, padre de la machi y de Amanda.
Acercan un banco de madera al fuego, invitan a sentarnos. Pablo Piovano, fotógrafo, mi compañero de ruta, mide metro noventa. Sentado casi al ras del suelo parece más pequeño. Le cuesta acomodar las rodillas. Durante 25 minutos, 40 tal vez, nadie dice una palabra. El fuego, el humo escapando por un agujero cónico del techo. Tres pavas ennegrecidas sobre una parrilla. Una mujer elige dos troncos, los coloca estratégicamente. Las llamas crecen, los rostros más nítidos. Mujeres con pañuelos floreados en la cabeza, hombres serios. Ropa secándose, un hacha, una pala. Las medias de lana blanca que asoman de las botas de lluvia de Millaray. Es la única que no nos mira, pareciera estar en otra parte.
Juan Antonio se presenta en mapudungun. Su nombre, los apellidos de sus ancestros, el territorio donde estamos. Lo repite en castellano. Pregunta quiénes somos, de dónde venimos, qué buscamos. Giran dos mates; uno dulce, otro amargo. Tensión en los cuerpos, en las miradas. Una joven de pañuelo azul ve a Pablo manipular su paquete de cigarros para armar.
—Acá los que vienen de afuera nos dejan el tabaco.
Todos reímos. Pablo ofrece tabaco. La joven que habló y dos hombres más aceptan. La machi también.

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Hoy se conoce como sur de la Argentina y Chile lo que desde hace siglos es Wallmapu, el territorio ancestral mapuche —que va del océano Pacífico al Atlántico, incluyendo al menos siete provincias y cinco regiones, a un lado y otro de la cordillera de los Andes — que resistió la invasión inca, luego la española y durante el siglo XIX las llamadas Conquista del Desierto y Pacificación de la Araucanía, operaciones político-militares, argentina y chilena respectivamente. Un genocidio aún no reconocido por la historia oficial. En el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, por ejemplo, familias mapuche, prisioneras, fueron fotografiadas, sometidas a estudios científicos, expuestas, vivas o muertas, como piezas de museo. Recién a mediados de la década de 1990 comenzaron a restituirse algunos restos humanos a sus comunidades.
Mapuche significa gente de la tierra. En una de las zonas con mayores reservas hídricas y más codiciadas del mundo, comunidades mapuche defienden el agua y la tierra frente a industrias petroleras, forestales, salmoneras, hidroeléctricas y mineras. En ocasiones logran frenar o demorar esos proyectos.
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Machi es un rol, una autoridad mapuche. Una médica espiritual, intermedia entre el mundo terrenal y el wenu mapu —la tierra de arriba, como en mapudungun se nombra al cielo. Las y los machi son un canal. Reciben información a través de sueños, dirigen ceremonias, preparan lawen —medicina a base de hierbas—, atienden enfermos y desequilibrios espirituales y psicológicos.
—Esos son los más difíciles— dice la machi Millaray Huichalaf junto a su rewe, un ancho roble clavado en la tierra, a metros de su casa. El rewe es un tronco tallado, un rostro de boca pequeña, ojos ranurados y siete escalones. En el primer escalón, dos frascos de vidrio. Una gallina y sus pollitos picotean restos de harina tostada alrededor del rewe. Amarradas al tronco, 12 largas hojas de canelo, el árbol sagrado mapuche. En lo alto, el cuero de un cordero y cuatro banderas: las fuerzas que sostienen la tierra. En algunas ceremonias las machi entran en trance frente al rewe —giran con ojos vendados, mientras hablan en mapudungun—, a través de ellas se expresan espíritus antiguos. En el rewe, además, se tratan pacientes.
De diversos puntos de Chile, y de otros países, llegan hasta la casa de la machi Millaray pacientes con frascos de vidrio: la primera orina de la mañana. La machi sopla humo de tabaco dentro del frasco. Reconoce formas, colores, movimientos. Detecta kutran, desequilibrio.
—El rewe es un espacio puro, una antena donde la energía baja en mí. Yo veo en la orina el origen de la enfermedad. La persona se queja que le duele la guatita, o la espalda, o que una pierna se le cae, pero yo tengo que mirar por qué pasa eso.
Millaray vive en el sur, Carimallin, comuna Río Bueno, Región de Los Ríos. Neblina, volcanes, caminos de tierra entre campos de colonos alemanes que un siglo atrás ocuparon tierras mapuche. Talaron gran parte del bosque nativo. Lo aplanaron para que pastaran vacas lecheras. Acá abundan los establos lecheros. Y las lluvias.
El camino desde la tranquera hasta su casa, 600 metros sinuosos de campo abierto junto a un bosque oscuro, es difícil para vehículos bajos —nos quedamos en el barro unas cuantas veces estos años. Pacientes y familiares suelen ingresar a pie, cargan arpilleras desbordantes de laurel, maqui y otras plantas, botellas de plástico vacías —donde después se llevan lawen, la medicina—, comida, mantas y colchones enrollados, si el tratamiento implica quedarse una o dos noches.
Decenas de personas llegan semanalmente. Doloridas, rengueando, con úlceras, insomnio, cáncer. Comparten mates y esperas al aire libre, entre gallinas que espantan todo el tiempo, alrededor de fuegos improvisados cuando el frío no se aguanta. Mucha gente —no solo mapuche— llega tras fracasar con médicos y hospitales. El dato se pasa de boca en boca. La machi es en ocasiones la última esperanza.
—A veces es tarde. El desequilibrio es grande y ya no puedo hacer nada.
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Cuando Amanda cumplió 12 años la familia Huichalaf tuvo que mudarse a Osorno; no había escuela secundaria en Paullin. Lejos de la naturaleza, todo fue caos.
—A Milla le daban ataques de llanto y rabia, después empezaba a convulsionar. Botaba espuma por la boca —recuerda Amanda, quien también sufrió esos ataques.
A Juan Antonio, el padre, le advirtieron en una ceremonia: sus hijas traen origen de machi.
—Pero entonces yo tenía apagada mi parte espiritual, no lo creí.
Estudios médicos, consultas, hospitales. Nada resultaba, las convulsiones aumentaban. Un día le diagnosticaron a Millaray un tumor en el cerebro. Su padre consultó a un grupo de lonkos, líderes políticos mapuche.
—Me aconsejaron que llevara la orina de mis hijas a una machi del norte, bien lejos. Visité a tres machi, todas coincidieron. La última dijo: si sus hijas no empiezan tratamiento mapuche urgente, sus vidas corren peligro.
Un espíritu de machi, una tatarabuela de ellas, quería regresar. Una de las hermanas debía recibirla. Si no, la enfermedad se propagaría por toda la familia. Amanda no quiso, Milla tampoco. Pero un día convulsionó Linkoyan, su hermano menor.
—Saltaba, cantaba en mapudungun. Nunca había hablado en lengua pero agarró un kultrun (tambor sagrado mapuche) y cantaba, sacudiéndose para todos lados.
Para Millaray fue el límite. Le dijo a su padre que se ponía a disposición para lo que fuera. Lo hizo sin entender qué significaba ser machi. Tenía 12 años.
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El primer viaje a Wallmapu fue en 2018. Salimos desde Buenos Aires una tarde de noviembre. A Pablo Piovano lo conocí poco antes, en una pizzería porteña. El año anterior yo había cubierto los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, muertos con tres meses de diferencia en sendas represiones de fuerzas de seguridad argentinas. Ambos dentro de tierras reclamadas por comunidades mapuche. Sectores del entonces gobierno de Mauricio Macri, del Poder Judicial y algunos medios de comunicación comenzaron a señalar a los mapuches —che significa gente, por lo que mapuche, en plural, no debería tener la letra ‘s’ final— como enemigos internos de la patria, estigmatizando a ese pueblo, persiguiendo comunidades y responsabilizándolas de esas muertes. Pablo, que comenzaba un trabajo fotográfico sobre movimientos de resistencia en la Patagonia, se interesó en el tema. Me contactó, nos encontramos. Semanas después otro asesinato, esa vez del lado chileno. Bastaron unos mensajes de WhatsApp, una llamada y en dos horas estábamos rumbo a la frontera.
El funeral de Camilo Catrillanca, acribillado por la espalda dentro de su comunidad por un escuadrón de la policía chilena, fue el primer paso de un camino que hoy continúa. Durante el viaje a La Araucanía —conocida como zona roja del conflicto mapuche—, vislumbramos la dimensión del proceso de recuperación territorial, político y espiritual de ese pueblo. No imaginábamos que las comunidades habían logrado recuperar miles de hectáreas de manos de forestales y colonos europeos; tampoco una represión tan brutal y sistemática: presenciamos operativos de la policía chilena con tanquetas, helicópteros y uniformados listos para una guerra. La resistencia impresionaba. Piedras. Palos. Fuego. Adolescentes. Abuelas. Familias enteras defendiendo su tierra.

Hace más de siete años que recorremos Wallmapu, el territorio de ese pueblo que nos abrió sus casas, que relata historias atravesadas por la violencia estatal. Así entramos al tema, a la noticia, cubriendo represiones, muertes. ¿Pero cómo contar la espiritualidad, ese hilo que atraviesa los tiempos y que es la raíz que podría ayudar a entender, en parte, la persistencia de un pueblo que se levanta para defender algo más que su identidad y su territorio?
La machi Millaray Huichalaf fue, para nosotros, la puerta de acceso a la espiritualidad mapuche, a ese a otro mundo misterioso que existe desde siempre. La conocimos una mañana de diciembre de 2018 en Valdivia, durante un juicio a un joven mapuche. Diferentes comunidades acompañaban el proceso. La vimos en un hogar para estudiantes, donde las familias descansaban entre las audiencias. Un poco apartada, la machi conversaba con otra mujer. Era evidente su condición de autoridad por la vestimenta tradicional. Su platería tintineaba: una gran pieza pectoral, un prendedor, aros semicirculares. Ojos negros, pómulos marcados, una larga trenza. Hablaba en voz baja, una voz dulce pero con determinación. Tenía 29 años. Nos invitó a su territorio, donde un proyecto hidroeléctrico de una multinacional noruega amenazaba un río sagrado y un extenso sitio ceremonial. Fuimos meses después —la noche que nos recibieron alrededor del fuego—. Desde entonces hemos cruzado la Cordillera más de 30 veces.
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—Yo estaba muy enfermo, artritis reumatoide y artrosis cervical. Dolores insoportables, me costaba dormir, me caía, no podía sostener nada con las manos. Fui al control y supliqué que me dieran algo. La reumatóloga me dijo que lo mío no tenía cura, que era una enfermedad degenerativa, progresiva, que los remedios solo servirían para que tuviera menos dolor.
Ese día, Marco González —57 años, trabajador rural— llegó a su casa, tiró los remedios a la basura y le dijo a su esposa que, si no servían para mejorarse, no los tomaría más. Días después le recomendaron ver a una lawentufe, una mujer mapuche que prepara lawen y puede ver, a través de la orina, algunas enfermedades.
—Como lo mío era muy complicado, ella me recomendó ver a la machi Millaray. Eso sucedió hace seis años. La machi me dio el mismo diagnóstico que el médico, pero dijo que podía curarme. “Yo no quiero que pierda su plata ni que me haga perder tiempo. Si se quiere mejorar, tiene que hacer todo lo que le diga”, me aclaró. A los 15 días de tomar lawen no sentía ningún dolor. Recuperé la fuerza en mis manos, volví a picar leña. Después fue un tratamiento largo, tuve que buscar lawen en la Cordillera y hacer una ceremonia en un río y otra en un lago. Hoy me siento completamente sano.
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Pilmaiquén significa golondrina en mapudungun. Zigzagueante como vuelo de golondrina, el río Pilmaiquén nace en las aguas transparentes y frías del lago Puyehue, rodeado de volcanes, a los pies de la Cordillera de los Andes. Desde hace siglos comunidades mapuche williche —willi significa sur; che, gente— peregrinan de diversos territorios hasta la ribera del Pilmaiquén. Allí están las cuevas de los Ngen, espíritus antiguos, fuerzas de la naturaleza. Las comunidades se conectan con esos Ngen y cosechan plantas y hongos medicinales a orillas del río, donde se hacen diferentes ceremonias.
—Es un río sagrado, columna vertebral de nuestro territorio, una gran serpiente que lleva por sus venas los espíritus para que asciendan al wenu mapu, la tierra de arriba. Si ese río se interrumpe —explica la machi Millaray—, nuestros muertos no encuentran el camino. Es el corazón de este lugar, donde habita el Ngen Mapu Kintuante, que rige el territorio desde siempre.
Encajonado entre altos paredones abundantes en nalcas —hojas del tamaño de orejas de elefante— y cientos de especies de plantas medicinales, este río es el límite entre la Región de Los Ríos y la Región de Los Lagos. El Pilmaiquén se une al río Bueno y desemboca en el océano Pacífico. Antes atraviesa un bosque siempre verde, un refugio de biodiversidad único en el mundo, en categoría Peligro Crítico de Extinción, la más alta según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
—La construcción de la hidroeléctrica Los Lagos, de la empresa noruega Statkraft, afectará muchas especies —precisa Cecilia Smith Ramírez, bióloga, profesora e investigadora en Ecología de la Universidad de Los Lagos—. El marsupial más antiguo, que acá le llamamos monito de monte, habita ambas laderas del Pilmaiquén. Se va a inundar su hábitat. El pudú, un pequeño ciervo. La güiña, un gato silvestre. Las nutrias no podrán subir río arriba. Hongos, crustáceos, moluscos, un musgo primitivo solo encontrado allí. Insectos, líquenes, microorganismos, todos perderán su hábitat.
Smith conoció a los profesionales encargados del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto hidroeléctrico al que se oponen más de 120 comunidades mapuche williche.
—Se hizo en 2009, de forma precaria. Sólo dos días y desde una embarcación. Faltó el estudio de anfibios y el de peces quedó incompleto. Si esa evaluación ambiental se hiciera hoy y bien, no se podría hacer ninguna intervención del río.


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—Siempre soñaba con alguien que me tocaba la puerta y me tiraba monedas de plata. Nunca la alcanzaba a ver. Un día, en el sueño, abrí la puerta y la vi. Era una mujer mapuche con vestimenta muy colorida, con una marca en la cara. Desde entonces dejé de soñar con ella.
Fueron años largos para Millaray y su familia, entre convulsiones, pesadillas y dudas sobre el camino a seguir. Su padre la llevó a diversas machi; no todas generaban confianza. “La machi que debe formarla aún no ha aparecido”, le decían. Un día, al llegar junto a Amanda y una amiga a un guillatún, una ceremonia lejos de su casa, más al norte, Milla descubrió que la machi de ese territorio era la mujer de sus sueños.
—Su cara marcada, su ropa de colores, su trenza. Se me pararon todos los pelos.
Millaray saludó normal, no le dijo nada y cuando empezó la ceremonia se alejó. En ese tiempo escuchaba Los fiskales, 2 minutos y otras bandas punk. Vestía de negro. Se había arrepentido de su decisión. No quería ser machi. Mucha gente hablaba a sus espaldas. Entre las comunidades enseguida se sabe cuando alguien comienza un camino de machi. Muchos desconfiaban que realmente fuera el destino de esa adolescente de ciudad, que recién empezaba a aprender la lengua y ni siquiera usaba ropa tradicional.
—De pronto, la machi Margarita entra en trance. Su espíritu dice que había llegado alguien que esperaba hacía tiempo. Empieza a decir de dónde venía yo, cuál era mi origen.
Quienes sabían de su proceso, la empujaron hacia el rewe. La machi Margarita Carilao la guió y completaron la ceremonia juntas. Desde entonces no se separaron. Millaray vivió el resto de su adolescencia en casa de Margarita, que le enseñó a hacer pan, faenar animales, reconocer plantas medicinales, hablar mapudungun.
—Uno es como una piedra en bruto. La machi mayor te va puliendo hasta lograr la perfección del conocimiento. Es un proceso difícil, largo. Cuando tenía 19 años mi machi dijo “ya tú estás lista para sanar”. Quizás espiritualmente estaba preparada, pero cuando vino mi primer paciente tuve mucho miedo de equivocarme. Las machi somos de carne y hueso. Me acuerdo que me arranqué para el monte. Escuché que venía gente y me fui.
El tiempo le dio confianza y a los 20 años ya atendía pacientes. Los sueños la hicieron volver a Carimallin, la tierra de sus abuelos, donde se enteró de los proyectos hidroeléctricos que afectaban al río Pilmaiquén y a los espíritus de la zona.
—Siempre fui tímida, silenciosa. Pero el río empezó a hablar a través de mí. La gente me escuchaba, sabía de la importancia de defender este centro ceremonial antiguo y la casa del Ngen Mapu Kintuante.

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—Mi abuelita decía que la vida antigua regresaría, que sus mayores repetían eso.
Esteban Vera, 36 años, fundador de la Asociación Wenuleufu, que representa a más de 60 comunidades mapuche williche de Río Bueno. Su familia vive desde siempre en la ribera del río Pilmaiquén.
—Aquí se estaba perdiendo el conocimiento, pero al llegar la machi Millaray se fortaleció la identidad. Ella volvió a levantar ceremonias, empezamos a recuperar el saber de nuestros antiguos, a identificar cada lawen, hierbas medicinales que ya veíamos como una simple enredadera, unas malezas. Y son las que nos curan desde siempre.
Hay repisas con decenas de metahues moldeados por sus manos, cántaros de greda que, durante las ceremonias, se llenan de harina tostada y muday, una bebida fermentada a base de trigo. Esteban padeció una alergia por todo el cuerpo, insomnio, depresión.
—Uno veía gente curarse pero igual no terminaba de creer. La machi me hizo una ceremonia en una cascada. Con diez minutos bajo el agua y el lawen pude sanar algo que ni toda la vida con psicólogos y médicos lo hubiera logrado. Sentí como si me hubieran limpiado el alma.
Observador, detallista, de voz suave y amable, fue de los primeros en sumarse a la defensa del río y de los sitios sagrados.
—Nos decían “comunistas, revoltosos”. Mi familia tardó en entender. “Tú tienes que trabajar y estudiar, no estar defendiendo esas cosas”, me recriminaban.
Con los años su padre, carpintero, ayudó a construir la casa de Millaray. Otras familias también se acercaron a la machi por problemas de salud.
—Es que Statkraft nos divide, ha roto el tejido social. Se aprovecha de una zona con muchas carencias y entrega madera, invernaderos, abono y becas a quienes apoyan su proyecto hidroeléctrico.
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La machi relata su vida en entrevistas interrumpidas por la llegada de un paciente, un llamado de urgencia, preguntas sobre un preparado de hierbas o el pedido de atención de sus hijos: Yankalen, 14 años; Anuk tres y Pillan, uno.
Salvo por los paneles solares y el rewe, su casa es como tantas del campo chileno. Sencilla, de madera, cocina a leña, ambientes que se agregan con los años. Eso sí, gente todo el tiempo. Niños y juguetes por el suelo, dibujos animados a volumen fuerte, la cocina abarrotada de botellas plásticas con rótulos de ”noche”, “ayuno”. Bolsas de arpillera con lawen, ramilletes de canelo enganchados entre ollas y sartenes. A la noche colchones por el piso, frazadas, sacos de dormir. Y Peñito, un gato gris atigrado que aprovecha cada vez que se abre la puerta para escabullirse dentro. Lo sacan y vuelve a entrar, todo el tiempo.
Una mesa larga es el corazón del hogar. Pan, queso, café, mate y un calendario donde se anotan los turnos de los pacientes. Difícil entender algunas letras, unas escritas sobre otras.
—A veces con tal de tener su turno, la gente tacha o escribe sobre el de otro paciente— se queja la machi.
De una pared cuelgan un sombrero negro, un casco de moto, dos guitarras.
—¿Quién toca, machi?
—Mi wentru. Tiene que escucharlo. Folklore, rancheras, Soda Stereo.
Jaime, su wentru (hombre, en mapudungun), entra por la puerta trasera con troncos en la mano. Mete un par en la cocina a leña, otros en un canasto.
—¿Le puedo hacer un encargo de Argentina?
—Sí, dígame.
—Unas botas de cuero. Acá no se consiguen.
Millaray pregunta si en el próximo viaje podemos traer yerba (para el mate).
—Le doy la plata ahora. La de acá es cara y fea.
Amanda, docente de mapudungun en una escuela de Osorno, quiere un libro de mandalas mapuche. Averiguó por internet que los venden en la avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires.
—Aguante la Bersuit [banda argentina de rock], che boludo —dice Jaime, y la machi, sentada amamantando a Anuk, le pone cara de qué pesado. Él les da un beso a cada una y se va para afuera. Siempre está haciendo algo. Unos años menor que la machi, macizo, espalda ancha, Jaime usa camisa a cuadros y pelo al ras o rulos, según la época. Pícaro, rápido para los chistes, es de esas personas que saben arreglarlo todo. Es difícil verlo de mal humor. Para ser hombre de campo, es muy cariñoso y demostrativo. Juega con sus hijos y es común que a la pasada le de un beso, un abrazo o le haga un chiste a Millaray.


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Hernán Buchi fue ministro de Hacienda durante la dictadura de Pinochet. Junto a otros altos funcionarios promovió privatizaciones de compañías estatales chilenas, entre ellas Empresa Eléctrica Pilmaiquén, que ya en democracia y con Buchi en su directorio, proyectó construir tres centrales hidroeléctricas sobre el río Pilmaiquén. Los respectivos estudios de Impacto Ambiental de 2009 negaban la existencia de comunidades mapuche williche, que viven allí desde mucho antes de que Chile se llame Chile.
En 2014, Buchi y sus socios, que habían adquirido derechos de tierra y agua en la ribera del río Pilmaiquén —Chile es de los pocos países en los que el agua está privatizada—, participaron en la venta de Empresa Eléctrica Pilmaiquén y sus proyectos a la estatal noruega Statkraft, la compañía productora de energías renovables más grande de Europa.
Per Ranestad es alto, tiene 70 años, el pelo canoso y la sonrisa fácil. Historiador, trabajó durante décadas en la cooperación solidaria vinculada con el movimiento de trabajadores de Noruega, donde nació y vive. También vivió cinco años en Chile y desde 1982 viaja cada dos o tres años a visitar amigos.
—Me sorprende que no haya capacidad de aprendizaje ni de memoria institucional en Noruega respecto a este tema. En mi país hay un caso famoso, el del río Alta. A fines de los setenta y principios de los ochenta, la construcción de una hidroeléctrica generó un levantamiento social. De esa experiencia nació el artículo 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que prohíbe proyectos inconsultos. Pero resulta que los noruegos van a Chile y repiten el error en zonas mapuche. Y no una vez. En 2011, Statkraft —que en ese tiempo era SN Power— quiso construir hidroeléctricas en Futrono y Lago Ranco, en la Región de Los Ríos, pero ante la férrea oposición de las comunidades se retiró con pérdidas. Y en 2015 compraron proyectos en el Pilmaiquén sabiendo que entrarían, otra vez, en conflicto con comunidades mapuche.
Per viajó hasta el río Pilmaiquén, se entrevistó con funcionarios noruegos y chilenos, con directivos de Statkraft y con comunidades que apoyan el proyecto y que se oponen. También conoció a Millaray:
—Me ha llamado la atención su tranquilidad. Es seria y a la vez con buen humor. Sabe hablar con la gente, y siempre está escuchando. He conocido otras machi, y se notaba su autoridad por lo impositivo. Con Millaray no, ella es muy suave. No hace gestos para imponerse, todo se da de forma natural.
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Una mañana de lluvia acompañamos a la machi al cementerio de Maihue, a pocos kilómetros de su casa y a metros de la cueva del Ngen Mapu Kintuante. Apareció un hombre mayor con pelo blanco, el sepulturero, junto a una mujer de mameluco azul que a los gritos le dijo a Millaray que no podía entrar.
—¿Por qué no? Es un cementerio comunitario, voy a la tumba de mis abuelos.
—Tu no vivías acá, llegaste a estas tierras por interés, cuando empezó la represa.
—Sí, llegué a defender el territorio.
—¿A defender de quién?
—De la empresa, que iba a inundar esta zona y le paga a las comuni...
—A ver, ¿cuántos años tengo yo? —el hombre estira su mano, con la palma hacia arriba—. Si realmente eres machi puedes ver mi mano y saber cuántos años tengo.
—Todos sabemos quién eras tú antes —dice la mujer del mameluco. Se mueve, gesticula, grita.
—¿Quién era? —pregunta Millaray, mirándola fijo, sus grandes cejas fruncidas.
—Eras una punky.
—¿Qué tiene si me gusta el rock?.
—Y ahora dices que eres machi. Y una machi no anda en conflicto. Una machi es para aliviar el alma, para hacer remedio.
La discusión siguió unos minutos hasta que Millaray dijo:
—Ya. Mucha falta de respeto.
Pidió permiso y siguió caminando hasta la tumba de sus abuelos.
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—De muy niña comencé con kutran —desequilibrio, como en mapudungun se nombra a la enfermedad—, pero no lo sabía porque acá no había machi. Mi abuela era hablante (de mapudungun), yo le pedía que me enseñara. Ella decía: no, porque te van a cortar la lengua. A la abuela de mi abuelita la despojaron de su hogar, a orillas del Pilmaiquén.
Soledad Paicil Quintupurray, 48 años, educadora tradicional y lawentufe —también cura y posee conocimientos de medicina mapuche—. Desde su casa, cerca de la Cordillera y donde nace el río Pilmaiquén, se ve el volcán Osorno. Dice que siempre sintió la presencia de los Ngen, espíritus de la naturaleza. Su abuela le enseñó a respetarlos. Durante 16 años dio clases en escuelas de Puyehue, Santa Elvira, Entre Lagos, Temuco y Llanquihue. Acompañó a diferentes machi y comunidades en ceremonias, pero con distancia, nunca tan involucrada.
—Tuve un peuma, un sueño muy fuerte con la machi Millaray. Yo jamás la había visto. La soñé, le vi su cara. Ella me daba un regalo.
Pasaron años, y en un encuentro de comunidades le pidieron que fuera a invitar a la machi a tomar mate.
—Yo fui, pensaba que los machi eran viejitos. Los que conocí eran así, pero me señalaron una jovencita. Cuando la miré fue grande mi sorpresa, era la persona que había soñado.
Soledad se emocionó pero no dijo nada. Hasta que un día, por problemas de salud, gente conocida la llevó hasta Carimallin.
—Me conmovió su forma de ser, muy humilde. Los machi suelen estar alejados, nadie se les acerca. Ella no. Comparte con todos, es carismática. Es como la machi del pueblo. Con ella me animé a avanzar en mi proceso de lawentufe. Fueron muchos tropiezos, pero me enseñó a continuar. Que lo que no se sabe se aprende y que uno no puede quedarse en el camino.

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Al principio a Pablo no lo dejaban fotografiar demasiado. Hoy es suficiente con una mirada para saber cuándo es momento de sacar o guardar la cámara. Hubo largas conversaciones alrededor del fuego, nos invitaron a participar en diversas ceremonias antes de permitirnos tomar registro. Ceremonias nocturnas o al amanecer, con temperaturas bajo cero, lluvias o con cielos estrellados de verano. Ceremonias alrededor del rewe o a orillas de ríos y lagos. Al aire libre o en interiores de casas. Ceremonias que duraban horas, un día, o cuatro, que las comunidades conocían de memoria y cuyas coreografías se repetían con orden y precisión, siguiendo indicaciones de espíritus antiguos a través de sueños o cuando las machi o las machil —jóvenes con destino de machi, en formación— entraban en trance.
En diferentes territorios de Wallmapu vimos procesos similares: surgimientos de machi, de lawentufe. Alrededor de estas mujeres comienza a reconstruirse el tejido social mapuche, y muchas de las prácticas de las que ese pueblo fue despojado.
—Lo más difícil es que nos entiendan personas con otra forma de pensar. Nos despreciaron tanto, se burlaron tanto de nuestras creencias y costumbres que uno teme compartir secretos. Pero si hoy decidimos hacerlo es para que gente sensible y espiritualmente preparada nos acompañe en la lucha por defender la continuidad de la vida.
La machi Millaray está convencida de que es tiempo de mostrar lo que antes se ocultaba. Y por su rol, otra de sus tareas es la transmisión de saberes, la formación constante en el conocimiento ancestral mapuche. Es cotidiano en su casa ver a jóvenes y adolescentes de aquí para allá. Reciben pacientes, preparan lawen, lo embotellan, la consultan sobre pasos a seguir y toman nota en cuadernos y teléfonos celulares.
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—Ella es como una mamá, explica con cariño. Jamás te va a juzgar. Comparte su conocimiento, no lo mezquina. Siempre nos repite que hay que esterilizar bien las jarras, las ollas y que a un paciente hay que acompañarlo hasta que termine su tratamiento.
Flor Baldovino Cumillanca se disculpa por demorar unos días en responder los mensajes de WhatsApp, estuvo ocupada buscando lawen para una ceremonia. Tiene 17 años, pelo lacio, voz suave. Nació con tres riñones y desde muy pequeña fue atendida por Millaray. A los cinco años empezó a manifestarse su espíritu de machi. Se desmayaba, se caía. En la escuela primaria pudo contar de su proceso, la apoyaron. En la secundaria la pasó mal.
—Me juzgaban mucho. Traer un rol espiritual en estos tiempos es complejo. Te miran como un bicho raro por ocupar tu ropa mapuche. Tenía mucho desequilibrio por estar lejos del territorio. Decían que eran crisis, pero era mi püllü —el espíritu de machi, que se manifiesta—. No me entendían, me dejaban encerrada en una sala, me llevaban al hospital, pero yo necesitaba venir a mi mapu (tierra). Después cambié de colegio, preferí no decir nada, callé lo que yo era. Pero había ceremonias y yo faltaba a clases. El director se preocupó y le conté que estaba en un proceso de machi. Me brindó su apoyo, estaba orgulloso de tener una machi en el colegio.
Karen Opazo Matus, 33 años, recuerda el día que llegó a lo de Millaray, descompensada.
—Uno no escoge este camino, no se autodenomina lawentufe o machi, sino que desarrolla una condición a veces crónica, sin explicación, sin tratamiento en la medicina occidental. Y eso solo se alivia con un proceso de aprendizaje y sanación.
En su territorio, a orillas del lago Rupanco, no había lawentufe, y si bien la tradición dice que alguien del mismo rol tiene que enseñarlo, la machi aceptó el pedido de Karen y de otras jóvenes que traían el mismo destino. Fueron dos años intensos de acompañar a Millaray a diferentes tratamientos y ceremonias.
—Buscar lawen, identificarlo, saber en qué situaciones se utiliza, cuáles hierbas no se mezclan, esa es la parte más compleja. Me costó también soltar la lengua para poder pronunciar palabras en mapudungun. Pero lo más difícil son las dificultades sociales que conlleva aceptar el rol, vivir como mapuche. Eso fue lo más triste, darte cuenta que la sociedad es muy racista, incluso a veces las propias familias mapuche, te juzgan por la edad, por tu forma de ser, tus rasgos. Mucho pensamiento cristiano hay, dicen que tenemos prácticas barbáricas o satánicas.
Desde la colonización, las machi y lawentufe son perseguidas. En Chile son comunes encarcelamientos y procesos judiciales contra diferentes machi —incluida Millaray— que casi siempre lideran procesos de recuperación territorial y espiritual. Entre los casos más conocidos están los de la machi Francisca Linconao, el machi Celestino Córdova, el machi Cristóbal Tremigual y el machi Juan Queupumil, aún detenido.
En Argentina, donde las machi fueron exterminadas, en 2017 se conoció que, después de medio siglo, se levantaba una nueva machi, de 16 años. Betiana Colhuan —prima de Rafael Nahuel, un joven mapuche asesinado por fuerzas de seguridad— estuvo detenida durante ocho meses en Bariloche entre 2022 y 2023, junto a otras tres mujeres mapuche y sus hijos, acusadas de “usurpación”, delito por el que nadie va preso en Argentina.

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Karina Riquelme Viveros es abogada, defensora de derechos humanos. En los últimos 15 años sacó a más de 50 mapuche de cárceles y comisarías, los acompañó en juicios y procesos. Últimamente fue mediática por llevar dos casos emblemáticos: Operación Huracán —un montaje escandaloso en la historia de Chile, con la plana mayor de la policía acusada de inventar mensajes de texto como prueba para juzgar por terrorismo a ocho dirigentes mapuche; una causa que salió a la luz hace ocho años y cuyo juicio oral terminó hace pocas semanas— y la desaparición de Julia Chuñil, presidenta de la comunidad mapuche de Putreguel, en la Región de los Ríos, cerca del Pilmaiquén. Julia, de 72 años, fue amenazada por el empresario forestal Juan Carlos Morstadt. Desde el 8 de noviembre de 2024 no se sabe nada de ella ni de su perro. El 30 de septiembre de 2025, en conferencia de prensa, su familia denunció la existencia de un audio de Morstadt que revelaba que a Julia “la quemaron”.
Karina Riquelme tenía 28 años cuando una tarde de 2013 asistió a un seminario de la Universidad Católica, en Temuco, donde se exponía el conflicto del Pilmaiquén. Allí conoció a la machi Millaray. Le impresionaron su juventud, sus modos, su claridad. Le dio una tarjeta, le dijo: ojalá no me tenga que llamar nunca. A los pocos meses sonó el teléfono. En un operativo de madrugada, decenas de efectivos encapuchados —brigadas de policía de La Unión, Valdivia, Puerto Montt, Osorno y Temuco— irrumpieron en la casa de la machi con armas largas, le arrancaron a su hija de tres años de las manos y la llevaron detenida, junto a otras autoridades mapuche.
Ruth, la madre de la machi, tiene 59 años, pelo corto, carácter fuerte. Se queja con el celular en la mano. Dice que la próxima vez que venga a visitar a sus hijas se comprará un chip Movistar, con mejor señal en la zona. Viaja poco al campo, vive en Osorno. No es de origen mapuche. Aunque parece, ¿no?, dice la machi con una sonrisa ante la cara de reprobación de su madre, quien recuerda la mañana de enero de 2013 en que detuvieron a su hija y también allanaron su casa.
—Como yo no estaba, rompieron la puerta. Cuando llegué me agarraron entre dos policías grandotes, me llevaban con las piernas colgando. Preguntaban a los gritos dónde estaba el sótano. Les decía que no había sótano. Buscaban desesperados. Acá sólo van a encontrar libros, decía yo. Me dieron vuelta toda la casa.
Tras el allanamiento, Ruth corrió a radio Bio Bio de Osorno. Enojada, insistió hasta que pudo contar al aire lo sucedido. Luego fue para Carimallin, al campo, a lo de su hija. Puertas rotas, colchones abiertos y su nieta Yankalen, de tres años, abrazada a una vecina.
—No habló durante cuatro días. Fue tanto el trauma que los primeros años de su infancia fue tartamuda.
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—Fue la primera vez que vi cómo se utilizaba la Ley de Inteligencia.
La abogada Karina Riquelme recuerda cajas y cajas de información sobre la machi Millaray, con seguimiento a ella, a las personas que la rodeaban, a sus pacientes. Nada relacionado a lo que le imputaban: ser encubridora del incendio a un campo lejano y portación de armas, por una escopeta supuestamente encontrada en una bodega cerca de su casa.
—La describían como una bruja. Quisieron generar un imaginario de que no era machi ni mapuche, que su familia no era del territorio. Hablaron de su intimidad. Una mirada misógina, cosas que solo pueden decir de las mujeres.
Aunque no tenía antecedentes de violencia, la machi Millaray fue encerrada en una cárcel de máxima seguridad, en Valdivia, durante cuatro meses. Cama de cemento, mucho frío, cámaras 24 horas. Su hija, destetada a la fuerza, pasó a vivir con la abuela y la tía.
—La marcó mucho ese tiempo. Es lo que más duele. Uno sabe lo que puede pasar cuando defiende un territorio, pero un niño… Lamentablemente nuestros niños se acostumbran a estas situaciones. Yo les pedía que bajaran las armas cuando entraron a mi casa, que estaba con mi bebé.
Millaray conserva un sentimiento de injusticia, al punto que la condenaron a menos días de los que pasó encerrada. Su caso está en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
—Me acusaron de encubridora de un incendio del que no participé, no estuve ahí. Se me condenó por mi resistencia a la hidroeléctrica, porque hablamos de recuperación territorial en un lugar donde hay muchos latifundios. Investigamos, demostramos que hay títulos ancestrales, que somos los verdaderos herederos de esta tierra. Fue un castigo ejemplificador, por no querer ser chilena y querer ser mapuche.
Aprovechó el encierro para leer, aprender a tejer y armar redes. La cárcel resultó caja de resonancia. Organizaciones de Derechos Humanos, prensa y más comunidades se acercaron. Surgió el Aylla Rewe del Ngen Mapu Kintuante, más de 120 comunidades mapuche williche unidas para defender el río Pilmaiquén.
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La historia del despojo, de Martín Correa Cabrera, fue elegido mejor libro del 2021 por la Asociación de Librerías Independientes de Chile y durante 2022 fue de los más vendidos del país. En sus páginas se leen antecedentes del conflicto que lleva más de 15 años en torno al río Pilmaiquén. El territorio antiguo, cuyo núcleo original es el Ngen Kintuante, abarcaba unas 11 500 hectáreas. Las familias mapuche fueron reducidas a un espacio de 55 hectáreas (...) La machi Millaray Huichalaf, que desciende de su abuela Virginia Malpu Mafil, quien a su vez desciende de su abuelo Juan de Dios Mafil, la gran autoridad del sector hacia 1880, encabeza una lucha más allá de lo territorial, es una lucha por el ‘ser’ mapuche, por su existencia, y es en dicho contexto que es sometida a proceso judicial, escribió Correa. Historiador, doctor en Antropología, recuerda sus visitas a la machi en la cárcel de Llancahue, Valdivia.
—Siempre nos recibía con el espíritu en alto, con una sonrisa que se contraponía a las expresiones de sus visitantes. En una ocasión me confesó: se supone me vienen a subir el ánimo, pero yo estoy mejor de ánimo que ellos.
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—Hacía años quería ser madre y no podía. Cuando tuve mi segundo aborto espontáneo, el sistema de salud me ofrecía un tratamiento de fertilidad. No quise, era muy invasivo.
Arlette Aguilar Espinoza, en 2014 y con 34 años, decidió viajar desde Santiago, donde vivía, hasta la casa de Millaray, a casi 1 000 kilómetros.
—Vio mi orina, me dijo que mi útero era hostil, que lograba fecundar pero no podía retenerlo. Algo que traía de mi linaje, por eso otras mujeres de mi familia tenían el mismo problema.
Arlette tomó durante meses lawen para limpiar su organismo. Le mandaban botellas en bus hasta Santiago. Ella había ido a un colegio católico, las monjas les prohibían ver sus propios cuerpos desnudos, por eso la segunda parte del tratamiento le resultó impactante.
—Tenía que introducir hierbas en mi vagina. Fue un tiempo de aprender de la biología de la mujer, de los ciclos, las lunas. Un intensivo con la machi, me explicaba con mucha paciencia. Antes del año quedé embarazada, y poco antes del parto volví al sur para que la machi girara a mi bebé, porque estaba con los pies hacia abajo.
En 2015 nació Ayelén. Cinco años después, con 40, Arlette tuvo un segundo hijo, Dante.
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A fines de 2014, Felipe Guerra Schleef, flamante abogado, llegó al Pilmaiquén con el equipo jurídico del Observatorio Ciudadano. Recuerda la determinación de esa joven machi y las reuniones, que siempre empezaban con una ronda donde se compartían los sueños.
—Con el tiempo entendí esa conexión y cómo los daños que generaba la empresa también se expresaban en esa dimensión onírica.
Doctor en Derecho de la Universidad Austral de Chile, Guerra encontró argumentos jurídicos a partir de los sueños y presentó decenas de escritos, varios con sentencias favorables para las comunidades. Así se frenó la construcción de la central hidroeléctrica Osorno —proyectaba inundar un cementerio y las cuevas del Ngen Mapu Kintuante—, de la cual Statkraft desistió de forma definitiva en 2023.
Preocupada por los grandes paredones de concreto que crecían en el otro proyecto noruego sobre el Pilmaiquén, la Central Los Lagos —hoy prácticamente construida, aunque aún no empezó a operar—, la machi un día convocó al abogado.
—Me contó un sueño de su prima, en el que aparecían hallazgos arqueológicos.
Resultó que la empresa ocultaba la aparición de hallazgos —Son nuestros ancestros, nos están ayudando a cuidar el río, dice la machi— y la Corte Suprema ordenó la primera Consulta Indígena por hallazgos arqueológicos en la historia de Chile. Empezó a fines de 2023, y si bien no era vinculante, hasta que no terminara no se podía poner en funcionamiento la central Los Lagos. Recién hace semanas, el Consejo de Monumentos Nacionales, el organismo estatal que lleva adelante la consulta, dio por terminado el proceso, ante la queja de más de 120 comunidades que dicen que no se respetaron sus derechos. Statkraft, que anunció más de 50 millones de dólares en pérdidas por la demora, ahora sí, estaría cerca de poder inundar los 18 kilómetros de bosque donde se encuentran los hallazgos arqueológicos y especies en peligro de extinción
—Si Noruega inunda este lugar estaría haciendo un arqueocidio.
El arqueólogo Rodrigo Mera explica que en el río Pilmaiquén hay una ocupación efectiva, milenaria, cuyos sitios están empezando a conocerse. Que el estudio de impacto ambiental no consideró el componente medio humano y que el proyecto partió del supuesto de acá no hay gente, acá no hay historia, por lo tanto construyamos encima.
—Se podrían perder al menos cincuenta sitios arqueológicos. Es mucha información que no se va a conocer porque quedará bajo el agua.
Para Mera, asesor del Aylla Rewe en la consulta indígena, resultó una apertura mental trabajar con las comunidades y la machi Millaray.
—Tiene la capacidad de escuchar a las plantas, de dialogar con ellas, con árboles, con espíritus. En los recorridos en terreno la machi seguía otros rastros, o pasaba caminando por zonas donde uno se hundía. Para mí ha sido un crecimiento como profesional y persona, y para ver las limitaciones que tenemos respecto a la espiritualidad. Si realmente queremos conocer más detalles de la vida pasada, hay que sumar a las comunidades en la proyección de los sitios. De forma racional es difícil entender esa comunicación interespecies, pero los mapuche son expertos en comunicarse con la naturaleza, y no solo eso, sino a través del tiempo. Las machi dan saltos intergeneracionales, pueden ver qué había en los territorios antes y describirlo.
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Hace años intento entrevistar a un representante de Statkraft. Estuve cerca de hacerlo, en Noruega, en 2023. La machi Millaray fue invitada por organizaciones de la sociedad civil de ese país para visibilizar el conflicto. Viajamos con Pablo Piovano, con quien estamos filmando un documental. En Oslo conocimos a Stephen Sparkes, vicepresidente de Statkraft. Antropólogo, elegante, sonriente, me dio su tarjeta. Se comprometió a darnos una entrevista. Lo mismo pasó con Laine Powell, vicepresidente senior de la empresa en Latinoamérica. Las entrevistas nunca se concretaron. Un día me llamó la presidenta de Statkraft Chile, María Teresa González. Me dijo que por supuesto podría entrevistarla y me contactó con Gabriel Guichard, gerente de comunicación. El entrevistado fui yo: quiso saber de mis estudios, mis intenciones, cómo financiaría el documental. Me hizo muchas preguntas y se comprometió a que María Teresa me daría la entrevista. Antes, debía mandarle mis preguntas. Dudé en hacerlo, pero las mandé. Nunca fueron respondidas.
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Estas centrales atacan nuestra cultura, nuestra espiritualidad y violan nuestros derechos. Las comunidades hemos agotado las instancias jurídicas y legales en Chile. Por eso estamos aquí, con la esperanza de ser escuchados, dijo Millaray en el Parlamento noruego, en Oslo, en mayo de 2023. Entrevistada por los principales diarios, recorrió radios, plazas, universidades. Se sorprendió del apoyo e interés de jóvenes, partidos políticos y organizaciones sociales y sindicales.
—Antes decir Noruega en nuestro territorio era decir el monstruo. Durante años la única referencia fue Statkraft, que destruye nuestro río. Allá conocimos un pueblo que nos recibió como hermanos.
Otra grata sorpresa fue el encuentro con el pueblo sami, que habita ancestralmente parte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, y que, como el pueblo mapuche en Chile y Argentina, sufrió persecución y procesos de asimilamiento. Les prohibieron su lengua, sus costumbres. Es internacionalmente famosa la resistencia sami en Fosen contra Statkraft, donde el proyecto eólico más grande de Europa invade sus montañas. La sintonía entre jóvenes sami y la machi fue inmediata. La invitaron a conocer sus tierras, sus lugares sagrados y la secundaron ante el Punto Nacional de Contacto (PNC) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en Oslo, donde la machi en representación de más de 120 comunidades mapuche williche interpuso la primera queja de pueblos originarios de América contra una empresa noruega.

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Hay olor a pan recién horneado por Yanka, la hija mayor de la machi. Su madre deja a Anuk dormida en el sillón, pone una sartén sobre la cocina a leña.
—Tengo hambre, y el hambre me da mal humor.
La machi abre la puerta y le grita a Jaime que traiga huevos del gallinero. Se escucha el motor de una camioneta. Mira por la ventana, le pide a Yanka que caliente el kultrún, el tambor mapuche. Sale a recibir a una anciana que llega del brazo de un muchacho, su hijo. Desde adentro puedo ver a la machi y a la anciana, las manos en la espalda, frente al rewe. Jaime se suma y toma notas en un cuaderno. En la casa, Anuk despierta y pasa a los brazos de una de sus primas. Miran televisión, suena una canción repetitiva: tiburón, tararatatá, tiburón tararatatá. Afuera, la machi sopla humo dentro de un frasco. Unos minutos después, entra a la casa con dos panes caseros y unos repasadores tejidos por la anciana, quien llegó sin aviso para una consulta por problemas intestinales.
—No soy buena para cobrarle a la gente. Y como machi, la tradición dice que no puedo trabajar de otra cosa. Cuando mis pacientes se liberan de la energía negativa me siento tremendamente feliz. Siempre me preguntan ¿Cuánto me va a cobrar?, y yo digo que sea voluntario porque no todos tenemos las mismas posibilidades. Mi familia me critica, porque igual hay que comer, hay que vestirse, pero así como algunos tienen mucha voluntad y otros poca, la vida se encarga de dejar en equilibrio las cosas.
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En mayo de 2025 la machi Millaray me envía un video por WhatsApp. La que filma es ella. En la imagen se ve a Jaime, su pareja, forcejeando con dos policías que quieren esposarlo. La machi les pide que le muestren la orden de detención. Les pregunta por qué lo están deteniendo. Señora, hágase a un lado. Uno de los policías la agarra del brazo, no quiere que lo filmen. Suélteme, dice la machi. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden que tiene para llevárselo. La escena se mueve, tiembla, se ven pedazos de uniforme verde, una boca, una placa identificatoria con el nombre cubierto, a Jaime con el brazo doblado. Un policía lo agarra por detrás, del cuello. La machi estabiliza el teléfono. De pronto se ve a una niña de tres años, campera rosa, de pie ante la puerta de una camioneta. Es Anuk. Llora, sigue con atención la escena en la que su madre filma cómo se están llevando preso a su padre. En la otra mano la machi tiene las llaves de la camioneta. Uno de los policías se la arranca. Devuélvame la llave. No me puede dejar botada aquí con mis hijos. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden. Los policías logran meter a Jaime en el patrullero. Arrancan, se lo llevan. La machi queda a un costado de la ruta con sus dos hijos pequeños.
—Se está preparando el terreno, esto ya lo vimos —advertía Millaray desde una comisaría de Lautaro, a 250 kilómetros de su casa, donde llevaron a Jaime.
Le dictaron 45 días de prisión por resistencia a la autoridad. La detención fue por una denuncia de tres años atrás, cuando él había pedido permiso a un vecino —que al parecer lo denunció— para pasar por un terreno cerca del río, que es reclamado por las comunidades.
Por esos días, en que las comunidades advertían aumento de controles policiales en los caminos y drones merodeando sus casas, Felipe Trunci, autoridad del Aylla Rewe del Mapu Kintuante y defensor del río, fue interceptado por la Policía de Investigaciones (PDI) mientras repartía quesos. No le explicaron de qué lo acusaban, quisieron someterlo a un examen de sangre. A las horas se confirmó que fue por una denuncia de Statkraft, aunque no se aclaró el motivo. La orden fue del fiscal Sergio Fuentes, protagonista en la causa por la que fue encarcelada la machi hace 12 años.
El 13 de agosto de 2025 nuevamente fue allanada la casa de Millaray, días antes de un viaje programado a Suiza, donde ella y otros representantes comunitarios pensaban verle por primera vez la cara a directivos noruegos de Statkraft, en el marco de la queja presentada ante la OCDE. Una joven de 15 años en pleno tratamiento fue despertada por seis efectivos que le apuntaron con sus armas. Se llevaron la computadora de la hija de la machi y un celular. Según algunos medios, el allanamiento fue por una causa de “usurpación violenta”, que habría ocurrido el 23 de febrero de 2023. Ese día, en las puertas del predio donde se construye la central Los Lagos, una manifestación fue reprimida con perdigones de plomo. Los disparos de los policías, violando protocolos, apuntaron a los cuerpos. Entre los heridos estaba Luis Huichalaf, primo de Millaray, que perdió la vista de un ojo. La represión tuvo relevancia en Noruega —el tema salió en medios y se impuso en una sesión del Parlamento—, pero en Chile casi no tuvo cobertura periodística ni interés de la justicia.
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La mañana del 19 de agosto de 2025 la machi dirigía una ceremonia de sanación a orillas del río Pilmaiquén. El cauce creció inesperadamente, arrastró a una adolescente que estaba siendo tratada y a un vecino que se arrojó a rescatarla. Ambos murieron.
Varios testigos declararon que se abrieron las compuertas de una de las represas, pero desde las primeras horas del accidente, medios de comunicación y redes sociales apuntaron a la machi como responsable de las muertes. El fiscal Sergio Fuentes, apenas se enteró de la noticia y cuando aún no habían aparecido los cuerpos, llegó en helicóptero para tomarle declaración a Millaray.
“La ‘machi’ de los sacrificios: la oscura trama detrás del ritual que terminó con dos personas muertas”, tituló Bio Bio, un medio masivo de Chile famoso por estigmatizar a comunidades mapuche. Canal 13, también de gran audiencia en el país, se refirió a “las víctimas de esta ‘machi’ que no es reconocida ni por su pueblo”.
El tema se volvió viral en un país dividido donde los apoyos y solidaridad hacia Millaray se mezclan con discursos racistas hacia ella y las prácticas espirituales mapuche. Con todo, algo parece moverse: en la última semana de julio, en un fallo sin precedentes en la historia de Chile, la justicia condenó y multó a Bio Bio por discriminación arbitraria contra la machi Millaray, exigiendo rectificación y una capacitación para sus periodistas.
En el mismo río, en enero de 2022, se produce el fallecimiento de una persona que se tira a rescatar a dos niños, durante un bautismo evangélico. El abordaje de la noticia —dijo el abogado Felipe Guerra, en un programa radial— fue un abordaje sobrio, empático con el dolor de las víctimas. La noticia no menciona el nombre del pastor y se centra en los esfuerzos de rescate. Pero en este caso desde el primer momento se desarrolla una campaña orquestada para deslegitimar a la machi Millaray. Aparecen su nombre, su foto. Sin un juicio previo, se la condena socialmente en distintos medios. Y más grave, en un reportaje que aparece como supuesto ejercicio de periodismo de investigación, se desliza que sería un sacrificio humano y un rito satánico.
El escenario se ha vuelto complejo. Un familiar de una de las personas fallecidas, que en las primeras horas tras el accidente apuntó a la crecida del río y defendió a la machi, días después presentó una querella en su contra, acusándola de homicidio. Fuentes judiciales que tuvieron acceso a la causa dicen que es inconsistente, pero advierten que, teniendo en cuenta los antecedentes de la justicia chilena respecto al pueblo mapuche, no se puede descartar que avance un proceso penal contra la machi.

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Margarita Carilao, la machi que formó a Millaray, vive a más de 300 kilómetros de la casa de su discípula. Se ven poco, menos de lo que quisieran. Pero en momentos difíciles la familia Huichalaf siempre recurre a ella. En medio de la tragedia de las dos personas muertas, y de toda la campaña en su contra, Millaray fue a hasta lo de su maestra. Pocos días después, la machi Margarita apareció en Carimallin para realizar una ceremonia. Mucha gente llegó de diferentes comunidades. Las familias traían bolsas repletas de lawen, de plantas medicinales que crecen en sus tierras. Iban pasando de a una y le ofrecían lawen a la machi.
La ceremonia empezó con la noche. Duró varias horas. Se hizo dentro de la casa. En algún momento de la madrugada —Millaray acostada en el piso, tapada con hojas de lawen, mujeres tocando kultrun a su alrededor—, la primera etapa de la ceremonia se cumplió. Algunos salieron a comer algo, a tomar mate, a fumar; otros se fueron a dormir a los autos. La ceremonia se retomó con la salida del sol. Según contaban después quienes pudieron entender lo que decían las machi cuando entraron en trance, esa noche se presentaron varios Ngen —espíritus de la naturaleza—, de diferentes territorios. Dejaron sus mensajes. Recomendaron trabajos para Millaray y otras familias. Y advirtieron que venían tiempos difíciles. La machi también tuvo sueños en ese sentido.
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El 11 de abril pasado, mientras participaba en un foro de mujeres en Valdivia, Millaray recibió la noticia más dura de su vida: Jaime, su pareja, de 34 años, el padre de sus hijos, murió en un accidente automovilístico.
Durante el funeral, que duró tres días y al que asistieron cientos de personas, tampoco hubo paz. Presencia permanente de drones sobre la casa de la machi y amenazas de las comunidades que tienen vínculo con Statkraft de que no dejarían enterrar a Jaime en el cementerio comunitario. ¿Hasta dónde puede llegar la intromisión de una empresa en un territorio?, se pregunta una publicación en redes donde se puede ver el video —se hizo viral— de lo sucedido el día del entierro: personas con palos, un hacha y una motosierra atacando a los deudos y amenazando exhumar el cuerpo de Jaime. Identificadas, estas personas permanecieron menos de 24 horas detenidas, por injerencia del abogado Branislav Marelic, quien fue contratado por Statkraft y llamativamente se encontraba en el lugar de los hechos.
A fines de mayo, la machi Millaray Huichalaf, junto a otros referentes del Aylla Rewe del Mapu Kintuante, presentaron una querella por reiteradas amenazas de muerte hacia ella y otros defensores del río Pilmaiquén.
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Años de convivencia con Millaray Huichalaf, la líder espiritual más carismática del pueblo mapuche, han dado frutos en este relato, que toca sus pesadillas de infancia, el proceso para transformarse en machi, los meses en una cárcel de máxima seguridad y un presente trágico. Bienvenidos al mundo de la mujer que levantó a más de 120 comunidades en el sur chileno para defender un río amenazado por un proyecto hidroeléctrico noruego.
—Recuerdo que había unos pinos, de esos pinos venía el toro, lo veíamos con mi hermana. Y mi papá iba a ver y no había ningún toro. A ese toro siempre lo vi, desde muy niña. Hasta ahora en mis sueños lo veo.
Milla, como la familia llama a la machi Millaray Huichalaf, nació con ojos abiertos y mirando al cielo, según cuentan sus padres. Fue el 21 de mayo de 1989, en el Hospital Base de Osorno, en el sur de Chile. Creció a unos 50 kilómetros, en Paullin —comuna de Puerto Octay, Región de Los Lagos—, en una casa de madera pegada a la escuela rural donde su padre era el único maestro. Milla lo seguía a todos lados, se metía en sus clases. A los cuatro años sabía leer.
Segunda de cuatro hermanos —Amanda, Linkoyan y Nubia—, Millaray recuerda la sombra de coihues y maitenes, el olor a tierra mojada, el volcán Osorno en el horizonte. Infancia feliz, salvo por las pesadillas: personas que sufrían, gritos de dolor, culebras, pájaros, estampidas de animales. Despertaba abajo de la cama, la ropa mojada, el corazón acelerado. A veces Amanda soñaba lo mismo. Y cada vez que salían al baño durante la noche —el baño estaba fuera de la casa—, veían un toro. Con los años Millaray y su familia sabrían que ese toro, y otras visiones recurrentes, son fuerzas de la naturaleza advertidas por quienes portan espíritu de machi.
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El frío oscuro del sur chileno crece como la noche, se mete por el cuello y las muñecas. Pisando barro seguimos el camino que marca la linterna. Un poco agachados, pedimos permiso y entramos detrás de Amanda a una construcción de madera. Ambiente amplio, planta ovalada, techo alto, piso de tierra. Un fogón en el centro. Tres o cuatro caras giran hacia nosotros. Un silencio incómodo; luciérnagas de fuego desaparecen en el aire. Al fondo, sombras. Mari mari, saluda en mapudungun, en lengua mapuche, Amanda Huichalaf. Anuncia que llegó con visitas. Nos encontramos con ella hace una hora en Osorno —donde es docente en una escuela privada— y nos guio hasta acá, a su comunidad, a 50 kilómetros de la ciudad. Estrechamos manos de diferentes tamaños y texturas: mujeres, hombres, niños. Mari mari, nos dicen. Mari mari, repetimos. Ignoran quiénes somos, miran asombrados. Envuelta en una manta negra la machi Millaray Huichalaf también mira con desconfianza. Al acercarnos al fuego nos reconoce. Ah, pue, dice. Hace unos meses, cuando la conocimos, nos invitó a su territorio, nos contactó con su hermana. El saludo de la machi es cordial, sobrio. A su lado un hombre de unos 60 años, canoso, sombrero de cuero, ceño fruncido. Juan Antonio Huichalaf, padre de la machi y de Amanda.
Acercan un banco de madera al fuego, invitan a sentarnos. Pablo Piovano, fotógrafo, mi compañero de ruta, mide metro noventa. Sentado casi al ras del suelo parece más pequeño. Le cuesta acomodar las rodillas. Durante 25 minutos, 40 tal vez, nadie dice una palabra. El fuego, el humo escapando por un agujero cónico del techo. Tres pavas ennegrecidas sobre una parrilla. Una mujer elige dos troncos, los coloca estratégicamente. Las llamas crecen, los rostros más nítidos. Mujeres con pañuelos floreados en la cabeza, hombres serios. Ropa secándose, un hacha, una pala. Las medias de lana blanca que asoman de las botas de lluvia de Millaray. Es la única que no nos mira, pareciera estar en otra parte.
Juan Antonio se presenta en mapudungun. Su nombre, los apellidos de sus ancestros, el territorio donde estamos. Lo repite en castellano. Pregunta quiénes somos, de dónde venimos, qué buscamos. Giran dos mates; uno dulce, otro amargo. Tensión en los cuerpos, en las miradas. Una joven de pañuelo azul ve a Pablo manipular su paquete de cigarros para armar.
—Acá los que vienen de afuera nos dejan el tabaco.
Todos reímos. Pablo ofrece tabaco. La joven que habló y dos hombres más aceptan. La machi también.

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Hoy se conoce como sur de la Argentina y Chile lo que desde hace siglos es Wallmapu, el territorio ancestral mapuche —que va del océano Pacífico al Atlántico, incluyendo al menos siete provincias y cinco regiones, a un lado y otro de la cordillera de los Andes — que resistió la invasión inca, luego la española y durante el siglo XIX las llamadas Conquista del Desierto y Pacificación de la Araucanía, operaciones político-militares, argentina y chilena respectivamente. Un genocidio aún no reconocido por la historia oficial. En el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, por ejemplo, familias mapuche, prisioneras, fueron fotografiadas, sometidas a estudios científicos, expuestas, vivas o muertas, como piezas de museo. Recién a mediados de la década de 1990 comenzaron a restituirse algunos restos humanos a sus comunidades.
Mapuche significa gente de la tierra. En una de las zonas con mayores reservas hídricas y más codiciadas del mundo, comunidades mapuche defienden el agua y la tierra frente a industrias petroleras, forestales, salmoneras, hidroeléctricas y mineras. En ocasiones logran frenar o demorar esos proyectos.
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Machi es un rol, una autoridad mapuche. Una médica espiritual, intermedia entre el mundo terrenal y el wenu mapu —la tierra de arriba, como en mapudungun se nombra al cielo. Las y los machi son un canal. Reciben información a través de sueños, dirigen ceremonias, preparan lawen —medicina a base de hierbas—, atienden enfermos y desequilibrios espirituales y psicológicos.
—Esos son los más difíciles— dice la machi Millaray Huichalaf junto a su rewe, un ancho roble clavado en la tierra, a metros de su casa. El rewe es un tronco tallado, un rostro de boca pequeña, ojos ranurados y siete escalones. En el primer escalón, dos frascos de vidrio. Una gallina y sus pollitos picotean restos de harina tostada alrededor del rewe. Amarradas al tronco, 12 largas hojas de canelo, el árbol sagrado mapuche. En lo alto, el cuero de un cordero y cuatro banderas: las fuerzas que sostienen la tierra. En algunas ceremonias las machi entran en trance frente al rewe —giran con ojos vendados, mientras hablan en mapudungun—, a través de ellas se expresan espíritus antiguos. En el rewe, además, se tratan pacientes.
De diversos puntos de Chile, y de otros países, llegan hasta la casa de la machi Millaray pacientes con frascos de vidrio: la primera orina de la mañana. La machi sopla humo de tabaco dentro del frasco. Reconoce formas, colores, movimientos. Detecta kutran, desequilibrio.
—El rewe es un espacio puro, una antena donde la energía baja en mí. Yo veo en la orina el origen de la enfermedad. La persona se queja que le duele la guatita, o la espalda, o que una pierna se le cae, pero yo tengo que mirar por qué pasa eso.
Millaray vive en el sur, Carimallin, comuna Río Bueno, Región de Los Ríos. Neblina, volcanes, caminos de tierra entre campos de colonos alemanes que un siglo atrás ocuparon tierras mapuche. Talaron gran parte del bosque nativo. Lo aplanaron para que pastaran vacas lecheras. Acá abundan los establos lecheros. Y las lluvias.
El camino desde la tranquera hasta su casa, 600 metros sinuosos de campo abierto junto a un bosque oscuro, es difícil para vehículos bajos —nos quedamos en el barro unas cuantas veces estos años. Pacientes y familiares suelen ingresar a pie, cargan arpilleras desbordantes de laurel, maqui y otras plantas, botellas de plástico vacías —donde después se llevan lawen, la medicina—, comida, mantas y colchones enrollados, si el tratamiento implica quedarse una o dos noches.
Decenas de personas llegan semanalmente. Doloridas, rengueando, con úlceras, insomnio, cáncer. Comparten mates y esperas al aire libre, entre gallinas que espantan todo el tiempo, alrededor de fuegos improvisados cuando el frío no se aguanta. Mucha gente —no solo mapuche— llega tras fracasar con médicos y hospitales. El dato se pasa de boca en boca. La machi es en ocasiones la última esperanza.
—A veces es tarde. El desequilibrio es grande y ya no puedo hacer nada.
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Cuando Amanda cumplió 12 años la familia Huichalaf tuvo que mudarse a Osorno; no había escuela secundaria en Paullin. Lejos de la naturaleza, todo fue caos.
—A Milla le daban ataques de llanto y rabia, después empezaba a convulsionar. Botaba espuma por la boca —recuerda Amanda, quien también sufrió esos ataques.
A Juan Antonio, el padre, le advirtieron en una ceremonia: sus hijas traen origen de machi.
—Pero entonces yo tenía apagada mi parte espiritual, no lo creí.
Estudios médicos, consultas, hospitales. Nada resultaba, las convulsiones aumentaban. Un día le diagnosticaron a Millaray un tumor en el cerebro. Su padre consultó a un grupo de lonkos, líderes políticos mapuche.
—Me aconsejaron que llevara la orina de mis hijas a una machi del norte, bien lejos. Visité a tres machi, todas coincidieron. La última dijo: si sus hijas no empiezan tratamiento mapuche urgente, sus vidas corren peligro.
Un espíritu de machi, una tatarabuela de ellas, quería regresar. Una de las hermanas debía recibirla. Si no, la enfermedad se propagaría por toda la familia. Amanda no quiso, Milla tampoco. Pero un día convulsionó Linkoyan, su hermano menor.
—Saltaba, cantaba en mapudungun. Nunca había hablado en lengua pero agarró un kultrun (tambor sagrado mapuche) y cantaba, sacudiéndose para todos lados.
Para Millaray fue el límite. Le dijo a su padre que se ponía a disposición para lo que fuera. Lo hizo sin entender qué significaba ser machi. Tenía 12 años.
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El primer viaje a Wallmapu fue en 2018. Salimos desde Buenos Aires una tarde de noviembre. A Pablo Piovano lo conocí poco antes, en una pizzería porteña. El año anterior yo había cubierto los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, muertos con tres meses de diferencia en sendas represiones de fuerzas de seguridad argentinas. Ambos dentro de tierras reclamadas por comunidades mapuche. Sectores del entonces gobierno de Mauricio Macri, del Poder Judicial y algunos medios de comunicación comenzaron a señalar a los mapuches —che significa gente, por lo que mapuche, en plural, no debería tener la letra ‘s’ final— como enemigos internos de la patria, estigmatizando a ese pueblo, persiguiendo comunidades y responsabilizándolas de esas muertes. Pablo, que comenzaba un trabajo fotográfico sobre movimientos de resistencia en la Patagonia, se interesó en el tema. Me contactó, nos encontramos. Semanas después otro asesinato, esa vez del lado chileno. Bastaron unos mensajes de WhatsApp, una llamada y en dos horas estábamos rumbo a la frontera.
El funeral de Camilo Catrillanca, acribillado por la espalda dentro de su comunidad por un escuadrón de la policía chilena, fue el primer paso de un camino que hoy continúa. Durante el viaje a La Araucanía —conocida como zona roja del conflicto mapuche—, vislumbramos la dimensión del proceso de recuperación territorial, político y espiritual de ese pueblo. No imaginábamos que las comunidades habían logrado recuperar miles de hectáreas de manos de forestales y colonos europeos; tampoco una represión tan brutal y sistemática: presenciamos operativos de la policía chilena con tanquetas, helicópteros y uniformados listos para una guerra. La resistencia impresionaba. Piedras. Palos. Fuego. Adolescentes. Abuelas. Familias enteras defendiendo su tierra.

Hace más de siete años que recorremos Wallmapu, el territorio de ese pueblo que nos abrió sus casas, que relata historias atravesadas por la violencia estatal. Así entramos al tema, a la noticia, cubriendo represiones, muertes. ¿Pero cómo contar la espiritualidad, ese hilo que atraviesa los tiempos y que es la raíz que podría ayudar a entender, en parte, la persistencia de un pueblo que se levanta para defender algo más que su identidad y su territorio?
La machi Millaray Huichalaf fue, para nosotros, la puerta de acceso a la espiritualidad mapuche, a ese a otro mundo misterioso que existe desde siempre. La conocimos una mañana de diciembre de 2018 en Valdivia, durante un juicio a un joven mapuche. Diferentes comunidades acompañaban el proceso. La vimos en un hogar para estudiantes, donde las familias descansaban entre las audiencias. Un poco apartada, la machi conversaba con otra mujer. Era evidente su condición de autoridad por la vestimenta tradicional. Su platería tintineaba: una gran pieza pectoral, un prendedor, aros semicirculares. Ojos negros, pómulos marcados, una larga trenza. Hablaba en voz baja, una voz dulce pero con determinación. Tenía 29 años. Nos invitó a su territorio, donde un proyecto hidroeléctrico de una multinacional noruega amenazaba un río sagrado y un extenso sitio ceremonial. Fuimos meses después —la noche que nos recibieron alrededor del fuego—. Desde entonces hemos cruzado la Cordillera más de 30 veces.
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—Yo estaba muy enfermo, artritis reumatoide y artrosis cervical. Dolores insoportables, me costaba dormir, me caía, no podía sostener nada con las manos. Fui al control y supliqué que me dieran algo. La reumatóloga me dijo que lo mío no tenía cura, que era una enfermedad degenerativa, progresiva, que los remedios solo servirían para que tuviera menos dolor.
Ese día, Marco González —57 años, trabajador rural— llegó a su casa, tiró los remedios a la basura y le dijo a su esposa que, si no servían para mejorarse, no los tomaría más. Días después le recomendaron ver a una lawentufe, una mujer mapuche que prepara lawen y puede ver, a través de la orina, algunas enfermedades.
—Como lo mío era muy complicado, ella me recomendó ver a la machi Millaray. Eso sucedió hace seis años. La machi me dio el mismo diagnóstico que el médico, pero dijo que podía curarme. “Yo no quiero que pierda su plata ni que me haga perder tiempo. Si se quiere mejorar, tiene que hacer todo lo que le diga”, me aclaró. A los 15 días de tomar lawen no sentía ningún dolor. Recuperé la fuerza en mis manos, volví a picar leña. Después fue un tratamiento largo, tuve que buscar lawen en la Cordillera y hacer una ceremonia en un río y otra en un lago. Hoy me siento completamente sano.
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Pilmaiquén significa golondrina en mapudungun. Zigzagueante como vuelo de golondrina, el río Pilmaiquén nace en las aguas transparentes y frías del lago Puyehue, rodeado de volcanes, a los pies de la Cordillera de los Andes. Desde hace siglos comunidades mapuche williche —willi significa sur; che, gente— peregrinan de diversos territorios hasta la ribera del Pilmaiquén. Allí están las cuevas de los Ngen, espíritus antiguos, fuerzas de la naturaleza. Las comunidades se conectan con esos Ngen y cosechan plantas y hongos medicinales a orillas del río, donde se hacen diferentes ceremonias.
—Es un río sagrado, columna vertebral de nuestro territorio, una gran serpiente que lleva por sus venas los espíritus para que asciendan al wenu mapu, la tierra de arriba. Si ese río se interrumpe —explica la machi Millaray—, nuestros muertos no encuentran el camino. Es el corazón de este lugar, donde habita el Ngen Mapu Kintuante, que rige el territorio desde siempre.
Encajonado entre altos paredones abundantes en nalcas —hojas del tamaño de orejas de elefante— y cientos de especies de plantas medicinales, este río es el límite entre la Región de Los Ríos y la Región de Los Lagos. El Pilmaiquén se une al río Bueno y desemboca en el océano Pacífico. Antes atraviesa un bosque siempre verde, un refugio de biodiversidad único en el mundo, en categoría Peligro Crítico de Extinción, la más alta según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
—La construcción de la hidroeléctrica Los Lagos, de la empresa noruega Statkraft, afectará muchas especies —precisa Cecilia Smith Ramírez, bióloga, profesora e investigadora en Ecología de la Universidad de Los Lagos—. El marsupial más antiguo, que acá le llamamos monito de monte, habita ambas laderas del Pilmaiquén. Se va a inundar su hábitat. El pudú, un pequeño ciervo. La güiña, un gato silvestre. Las nutrias no podrán subir río arriba. Hongos, crustáceos, moluscos, un musgo primitivo solo encontrado allí. Insectos, líquenes, microorganismos, todos perderán su hábitat.
Smith conoció a los profesionales encargados del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto hidroeléctrico al que se oponen más de 120 comunidades mapuche williche.
—Se hizo en 2009, de forma precaria. Sólo dos días y desde una embarcación. Faltó el estudio de anfibios y el de peces quedó incompleto. Si esa evaluación ambiental se hiciera hoy y bien, no se podría hacer ninguna intervención del río.


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—Siempre soñaba con alguien que me tocaba la puerta y me tiraba monedas de plata. Nunca la alcanzaba a ver. Un día, en el sueño, abrí la puerta y la vi. Era una mujer mapuche con vestimenta muy colorida, con una marca en la cara. Desde entonces dejé de soñar con ella.
Fueron años largos para Millaray y su familia, entre convulsiones, pesadillas y dudas sobre el camino a seguir. Su padre la llevó a diversas machi; no todas generaban confianza. “La machi que debe formarla aún no ha aparecido”, le decían. Un día, al llegar junto a Amanda y una amiga a un guillatún, una ceremonia lejos de su casa, más al norte, Milla descubrió que la machi de ese territorio era la mujer de sus sueños.
—Su cara marcada, su ropa de colores, su trenza. Se me pararon todos los pelos.
Millaray saludó normal, no le dijo nada y cuando empezó la ceremonia se alejó. En ese tiempo escuchaba Los fiskales, 2 minutos y otras bandas punk. Vestía de negro. Se había arrepentido de su decisión. No quería ser machi. Mucha gente hablaba a sus espaldas. Entre las comunidades enseguida se sabe cuando alguien comienza un camino de machi. Muchos desconfiaban que realmente fuera el destino de esa adolescente de ciudad, que recién empezaba a aprender la lengua y ni siquiera usaba ropa tradicional.
—De pronto, la machi Margarita entra en trance. Su espíritu dice que había llegado alguien que esperaba hacía tiempo. Empieza a decir de dónde venía yo, cuál era mi origen.
Quienes sabían de su proceso, la empujaron hacia el rewe. La machi Margarita Carilao la guió y completaron la ceremonia juntas. Desde entonces no se separaron. Millaray vivió el resto de su adolescencia en casa de Margarita, que le enseñó a hacer pan, faenar animales, reconocer plantas medicinales, hablar mapudungun.
—Uno es como una piedra en bruto. La machi mayor te va puliendo hasta lograr la perfección del conocimiento. Es un proceso difícil, largo. Cuando tenía 19 años mi machi dijo “ya tú estás lista para sanar”. Quizás espiritualmente estaba preparada, pero cuando vino mi primer paciente tuve mucho miedo de equivocarme. Las machi somos de carne y hueso. Me acuerdo que me arranqué para el monte. Escuché que venía gente y me fui.
El tiempo le dio confianza y a los 20 años ya atendía pacientes. Los sueños la hicieron volver a Carimallin, la tierra de sus abuelos, donde se enteró de los proyectos hidroeléctricos que afectaban al río Pilmaiquén y a los espíritus de la zona.
—Siempre fui tímida, silenciosa. Pero el río empezó a hablar a través de mí. La gente me escuchaba, sabía de la importancia de defender este centro ceremonial antiguo y la casa del Ngen Mapu Kintuante.

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—Mi abuelita decía que la vida antigua regresaría, que sus mayores repetían eso.
Esteban Vera, 36 años, fundador de la Asociación Wenuleufu, que representa a más de 60 comunidades mapuche williche de Río Bueno. Su familia vive desde siempre en la ribera del río Pilmaiquén.
—Aquí se estaba perdiendo el conocimiento, pero al llegar la machi Millaray se fortaleció la identidad. Ella volvió a levantar ceremonias, empezamos a recuperar el saber de nuestros antiguos, a identificar cada lawen, hierbas medicinales que ya veíamos como una simple enredadera, unas malezas. Y son las que nos curan desde siempre.
Hay repisas con decenas de metahues moldeados por sus manos, cántaros de greda que, durante las ceremonias, se llenan de harina tostada y muday, una bebida fermentada a base de trigo. Esteban padeció una alergia por todo el cuerpo, insomnio, depresión.
—Uno veía gente curarse pero igual no terminaba de creer. La machi me hizo una ceremonia en una cascada. Con diez minutos bajo el agua y el lawen pude sanar algo que ni toda la vida con psicólogos y médicos lo hubiera logrado. Sentí como si me hubieran limpiado el alma.
Observador, detallista, de voz suave y amable, fue de los primeros en sumarse a la defensa del río y de los sitios sagrados.
—Nos decían “comunistas, revoltosos”. Mi familia tardó en entender. “Tú tienes que trabajar y estudiar, no estar defendiendo esas cosas”, me recriminaban.
Con los años su padre, carpintero, ayudó a construir la casa de Millaray. Otras familias también se acercaron a la machi por problemas de salud.
—Es que Statkraft nos divide, ha roto el tejido social. Se aprovecha de una zona con muchas carencias y entrega madera, invernaderos, abono y becas a quienes apoyan su proyecto hidroeléctrico.
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La machi relata su vida en entrevistas interrumpidas por la llegada de un paciente, un llamado de urgencia, preguntas sobre un preparado de hierbas o el pedido de atención de sus hijos: Yankalen, 14 años; Anuk tres y Pillan, uno.
Salvo por los paneles solares y el rewe, su casa es como tantas del campo chileno. Sencilla, de madera, cocina a leña, ambientes que se agregan con los años. Eso sí, gente todo el tiempo. Niños y juguetes por el suelo, dibujos animados a volumen fuerte, la cocina abarrotada de botellas plásticas con rótulos de ”noche”, “ayuno”. Bolsas de arpillera con lawen, ramilletes de canelo enganchados entre ollas y sartenes. A la noche colchones por el piso, frazadas, sacos de dormir. Y Peñito, un gato gris atigrado que aprovecha cada vez que se abre la puerta para escabullirse dentro. Lo sacan y vuelve a entrar, todo el tiempo.
Una mesa larga es el corazón del hogar. Pan, queso, café, mate y un calendario donde se anotan los turnos de los pacientes. Difícil entender algunas letras, unas escritas sobre otras.
—A veces con tal de tener su turno, la gente tacha o escribe sobre el de otro paciente— se queja la machi.
De una pared cuelgan un sombrero negro, un casco de moto, dos guitarras.
—¿Quién toca, machi?
—Mi wentru. Tiene que escucharlo. Folklore, rancheras, Soda Stereo.
Jaime, su wentru (hombre, en mapudungun), entra por la puerta trasera con troncos en la mano. Mete un par en la cocina a leña, otros en un canasto.
—¿Le puedo hacer un encargo de Argentina?
—Sí, dígame.
—Unas botas de cuero. Acá no se consiguen.
Millaray pregunta si en el próximo viaje podemos traer yerba (para el mate).
—Le doy la plata ahora. La de acá es cara y fea.
Amanda, docente de mapudungun en una escuela de Osorno, quiere un libro de mandalas mapuche. Averiguó por internet que los venden en la avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires.
—Aguante la Bersuit [banda argentina de rock], che boludo —dice Jaime, y la machi, sentada amamantando a Anuk, le pone cara de qué pesado. Él les da un beso a cada una y se va para afuera. Siempre está haciendo algo. Unos años menor que la machi, macizo, espalda ancha, Jaime usa camisa a cuadros y pelo al ras o rulos, según la época. Pícaro, rápido para los chistes, es de esas personas que saben arreglarlo todo. Es difícil verlo de mal humor. Para ser hombre de campo, es muy cariñoso y demostrativo. Juega con sus hijos y es común que a la pasada le de un beso, un abrazo o le haga un chiste a Millaray.


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Hernán Buchi fue ministro de Hacienda durante la dictadura de Pinochet. Junto a otros altos funcionarios promovió privatizaciones de compañías estatales chilenas, entre ellas Empresa Eléctrica Pilmaiquén, que ya en democracia y con Buchi en su directorio, proyectó construir tres centrales hidroeléctricas sobre el río Pilmaiquén. Los respectivos estudios de Impacto Ambiental de 2009 negaban la existencia de comunidades mapuche williche, que viven allí desde mucho antes de que Chile se llame Chile.
En 2014, Buchi y sus socios, que habían adquirido derechos de tierra y agua en la ribera del río Pilmaiquén —Chile es de los pocos países en los que el agua está privatizada—, participaron en la venta de Empresa Eléctrica Pilmaiquén y sus proyectos a la estatal noruega Statkraft, la compañía productora de energías renovables más grande de Europa.
Per Ranestad es alto, tiene 70 años, el pelo canoso y la sonrisa fácil. Historiador, trabajó durante décadas en la cooperación solidaria vinculada con el movimiento de trabajadores de Noruega, donde nació y vive. También vivió cinco años en Chile y desde 1982 viaja cada dos o tres años a visitar amigos.
—Me sorprende que no haya capacidad de aprendizaje ni de memoria institucional en Noruega respecto a este tema. En mi país hay un caso famoso, el del río Alta. A fines de los setenta y principios de los ochenta, la construcción de una hidroeléctrica generó un levantamiento social. De esa experiencia nació el artículo 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que prohíbe proyectos inconsultos. Pero resulta que los noruegos van a Chile y repiten el error en zonas mapuche. Y no una vez. En 2011, Statkraft —que en ese tiempo era SN Power— quiso construir hidroeléctricas en Futrono y Lago Ranco, en la Región de Los Ríos, pero ante la férrea oposición de las comunidades se retiró con pérdidas. Y en 2015 compraron proyectos en el Pilmaiquén sabiendo que entrarían, otra vez, en conflicto con comunidades mapuche.
Per viajó hasta el río Pilmaiquén, se entrevistó con funcionarios noruegos y chilenos, con directivos de Statkraft y con comunidades que apoyan el proyecto y que se oponen. También conoció a Millaray:
—Me ha llamado la atención su tranquilidad. Es seria y a la vez con buen humor. Sabe hablar con la gente, y siempre está escuchando. He conocido otras machi, y se notaba su autoridad por lo impositivo. Con Millaray no, ella es muy suave. No hace gestos para imponerse, todo se da de forma natural.
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Una mañana de lluvia acompañamos a la machi al cementerio de Maihue, a pocos kilómetros de su casa y a metros de la cueva del Ngen Mapu Kintuante. Apareció un hombre mayor con pelo blanco, el sepulturero, junto a una mujer de mameluco azul que a los gritos le dijo a Millaray que no podía entrar.
—¿Por qué no? Es un cementerio comunitario, voy a la tumba de mis abuelos.
—Tu no vivías acá, llegaste a estas tierras por interés, cuando empezó la represa.
—Sí, llegué a defender el territorio.
—¿A defender de quién?
—De la empresa, que iba a inundar esta zona y le paga a las comuni...
—A ver, ¿cuántos años tengo yo? —el hombre estira su mano, con la palma hacia arriba—. Si realmente eres machi puedes ver mi mano y saber cuántos años tengo.
—Todos sabemos quién eras tú antes —dice la mujer del mameluco. Se mueve, gesticula, grita.
—¿Quién era? —pregunta Millaray, mirándola fijo, sus grandes cejas fruncidas.
—Eras una punky.
—¿Qué tiene si me gusta el rock?.
—Y ahora dices que eres machi. Y una machi no anda en conflicto. Una machi es para aliviar el alma, para hacer remedio.
La discusión siguió unos minutos hasta que Millaray dijo:
—Ya. Mucha falta de respeto.
Pidió permiso y siguió caminando hasta la tumba de sus abuelos.
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—De muy niña comencé con kutran —desequilibrio, como en mapudungun se nombra a la enfermedad—, pero no lo sabía porque acá no había machi. Mi abuela era hablante (de mapudungun), yo le pedía que me enseñara. Ella decía: no, porque te van a cortar la lengua. A la abuela de mi abuelita la despojaron de su hogar, a orillas del Pilmaiquén.
Soledad Paicil Quintupurray, 48 años, educadora tradicional y lawentufe —también cura y posee conocimientos de medicina mapuche—. Desde su casa, cerca de la Cordillera y donde nace el río Pilmaiquén, se ve el volcán Osorno. Dice que siempre sintió la presencia de los Ngen, espíritus de la naturaleza. Su abuela le enseñó a respetarlos. Durante 16 años dio clases en escuelas de Puyehue, Santa Elvira, Entre Lagos, Temuco y Llanquihue. Acompañó a diferentes machi y comunidades en ceremonias, pero con distancia, nunca tan involucrada.
—Tuve un peuma, un sueño muy fuerte con la machi Millaray. Yo jamás la había visto. La soñé, le vi su cara. Ella me daba un regalo.
Pasaron años, y en un encuentro de comunidades le pidieron que fuera a invitar a la machi a tomar mate.
—Yo fui, pensaba que los machi eran viejitos. Los que conocí eran así, pero me señalaron una jovencita. Cuando la miré fue grande mi sorpresa, era la persona que había soñado.
Soledad se emocionó pero no dijo nada. Hasta que un día, por problemas de salud, gente conocida la llevó hasta Carimallin.
—Me conmovió su forma de ser, muy humilde. Los machi suelen estar alejados, nadie se les acerca. Ella no. Comparte con todos, es carismática. Es como la machi del pueblo. Con ella me animé a avanzar en mi proceso de lawentufe. Fueron muchos tropiezos, pero me enseñó a continuar. Que lo que no se sabe se aprende y que uno no puede quedarse en el camino.

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Al principio a Pablo no lo dejaban fotografiar demasiado. Hoy es suficiente con una mirada para saber cuándo es momento de sacar o guardar la cámara. Hubo largas conversaciones alrededor del fuego, nos invitaron a participar en diversas ceremonias antes de permitirnos tomar registro. Ceremonias nocturnas o al amanecer, con temperaturas bajo cero, lluvias o con cielos estrellados de verano. Ceremonias alrededor del rewe o a orillas de ríos y lagos. Al aire libre o en interiores de casas. Ceremonias que duraban horas, un día, o cuatro, que las comunidades conocían de memoria y cuyas coreografías se repetían con orden y precisión, siguiendo indicaciones de espíritus antiguos a través de sueños o cuando las machi o las machil —jóvenes con destino de machi, en formación— entraban en trance.
En diferentes territorios de Wallmapu vimos procesos similares: surgimientos de machi, de lawentufe. Alrededor de estas mujeres comienza a reconstruirse el tejido social mapuche, y muchas de las prácticas de las que ese pueblo fue despojado.
—Lo más difícil es que nos entiendan personas con otra forma de pensar. Nos despreciaron tanto, se burlaron tanto de nuestras creencias y costumbres que uno teme compartir secretos. Pero si hoy decidimos hacerlo es para que gente sensible y espiritualmente preparada nos acompañe en la lucha por defender la continuidad de la vida.
La machi Millaray está convencida de que es tiempo de mostrar lo que antes se ocultaba. Y por su rol, otra de sus tareas es la transmisión de saberes, la formación constante en el conocimiento ancestral mapuche. Es cotidiano en su casa ver a jóvenes y adolescentes de aquí para allá. Reciben pacientes, preparan lawen, lo embotellan, la consultan sobre pasos a seguir y toman nota en cuadernos y teléfonos celulares.
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—Ella es como una mamá, explica con cariño. Jamás te va a juzgar. Comparte su conocimiento, no lo mezquina. Siempre nos repite que hay que esterilizar bien las jarras, las ollas y que a un paciente hay que acompañarlo hasta que termine su tratamiento.
Flor Baldovino Cumillanca se disculpa por demorar unos días en responder los mensajes de WhatsApp, estuvo ocupada buscando lawen para una ceremonia. Tiene 17 años, pelo lacio, voz suave. Nació con tres riñones y desde muy pequeña fue atendida por Millaray. A los cinco años empezó a manifestarse su espíritu de machi. Se desmayaba, se caía. En la escuela primaria pudo contar de su proceso, la apoyaron. En la secundaria la pasó mal.
—Me juzgaban mucho. Traer un rol espiritual en estos tiempos es complejo. Te miran como un bicho raro por ocupar tu ropa mapuche. Tenía mucho desequilibrio por estar lejos del territorio. Decían que eran crisis, pero era mi püllü —el espíritu de machi, que se manifiesta—. No me entendían, me dejaban encerrada en una sala, me llevaban al hospital, pero yo necesitaba venir a mi mapu (tierra). Después cambié de colegio, preferí no decir nada, callé lo que yo era. Pero había ceremonias y yo faltaba a clases. El director se preocupó y le conté que estaba en un proceso de machi. Me brindó su apoyo, estaba orgulloso de tener una machi en el colegio.
Karen Opazo Matus, 33 años, recuerda el día que llegó a lo de Millaray, descompensada.
—Uno no escoge este camino, no se autodenomina lawentufe o machi, sino que desarrolla una condición a veces crónica, sin explicación, sin tratamiento en la medicina occidental. Y eso solo se alivia con un proceso de aprendizaje y sanación.
En su territorio, a orillas del lago Rupanco, no había lawentufe, y si bien la tradición dice que alguien del mismo rol tiene que enseñarlo, la machi aceptó el pedido de Karen y de otras jóvenes que traían el mismo destino. Fueron dos años intensos de acompañar a Millaray a diferentes tratamientos y ceremonias.
—Buscar lawen, identificarlo, saber en qué situaciones se utiliza, cuáles hierbas no se mezclan, esa es la parte más compleja. Me costó también soltar la lengua para poder pronunciar palabras en mapudungun. Pero lo más difícil son las dificultades sociales que conlleva aceptar el rol, vivir como mapuche. Eso fue lo más triste, darte cuenta que la sociedad es muy racista, incluso a veces las propias familias mapuche, te juzgan por la edad, por tu forma de ser, tus rasgos. Mucho pensamiento cristiano hay, dicen que tenemos prácticas barbáricas o satánicas.
Desde la colonización, las machi y lawentufe son perseguidas. En Chile son comunes encarcelamientos y procesos judiciales contra diferentes machi —incluida Millaray— que casi siempre lideran procesos de recuperación territorial y espiritual. Entre los casos más conocidos están los de la machi Francisca Linconao, el machi Celestino Córdova, el machi Cristóbal Tremigual y el machi Juan Queupumil, aún detenido.
En Argentina, donde las machi fueron exterminadas, en 2017 se conoció que, después de medio siglo, se levantaba una nueva machi, de 16 años. Betiana Colhuan —prima de Rafael Nahuel, un joven mapuche asesinado por fuerzas de seguridad— estuvo detenida durante ocho meses en Bariloche entre 2022 y 2023, junto a otras tres mujeres mapuche y sus hijos, acusadas de “usurpación”, delito por el que nadie va preso en Argentina.

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Karina Riquelme Viveros es abogada, defensora de derechos humanos. En los últimos 15 años sacó a más de 50 mapuche de cárceles y comisarías, los acompañó en juicios y procesos. Últimamente fue mediática por llevar dos casos emblemáticos: Operación Huracán —un montaje escandaloso en la historia de Chile, con la plana mayor de la policía acusada de inventar mensajes de texto como prueba para juzgar por terrorismo a ocho dirigentes mapuche; una causa que salió a la luz hace ocho años y cuyo juicio oral terminó hace pocas semanas— y la desaparición de Julia Chuñil, presidenta de la comunidad mapuche de Putreguel, en la Región de los Ríos, cerca del Pilmaiquén. Julia, de 72 años, fue amenazada por el empresario forestal Juan Carlos Morstadt. Desde el 8 de noviembre de 2024 no se sabe nada de ella ni de su perro. El 30 de septiembre de 2025, en conferencia de prensa, su familia denunció la existencia de un audio de Morstadt que revelaba que a Julia “la quemaron”.
Karina Riquelme tenía 28 años cuando una tarde de 2013 asistió a un seminario de la Universidad Católica, en Temuco, donde se exponía el conflicto del Pilmaiquén. Allí conoció a la machi Millaray. Le impresionaron su juventud, sus modos, su claridad. Le dio una tarjeta, le dijo: ojalá no me tenga que llamar nunca. A los pocos meses sonó el teléfono. En un operativo de madrugada, decenas de efectivos encapuchados —brigadas de policía de La Unión, Valdivia, Puerto Montt, Osorno y Temuco— irrumpieron en la casa de la machi con armas largas, le arrancaron a su hija de tres años de las manos y la llevaron detenida, junto a otras autoridades mapuche.
Ruth, la madre de la machi, tiene 59 años, pelo corto, carácter fuerte. Se queja con el celular en la mano. Dice que la próxima vez que venga a visitar a sus hijas se comprará un chip Movistar, con mejor señal en la zona. Viaja poco al campo, vive en Osorno. No es de origen mapuche. Aunque parece, ¿no?, dice la machi con una sonrisa ante la cara de reprobación de su madre, quien recuerda la mañana de enero de 2013 en que detuvieron a su hija y también allanaron su casa.
—Como yo no estaba, rompieron la puerta. Cuando llegué me agarraron entre dos policías grandotes, me llevaban con las piernas colgando. Preguntaban a los gritos dónde estaba el sótano. Les decía que no había sótano. Buscaban desesperados. Acá sólo van a encontrar libros, decía yo. Me dieron vuelta toda la casa.
Tras el allanamiento, Ruth corrió a radio Bio Bio de Osorno. Enojada, insistió hasta que pudo contar al aire lo sucedido. Luego fue para Carimallin, al campo, a lo de su hija. Puertas rotas, colchones abiertos y su nieta Yankalen, de tres años, abrazada a una vecina.
—No habló durante cuatro días. Fue tanto el trauma que los primeros años de su infancia fue tartamuda.
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—Fue la primera vez que vi cómo se utilizaba la Ley de Inteligencia.
La abogada Karina Riquelme recuerda cajas y cajas de información sobre la machi Millaray, con seguimiento a ella, a las personas que la rodeaban, a sus pacientes. Nada relacionado a lo que le imputaban: ser encubridora del incendio a un campo lejano y portación de armas, por una escopeta supuestamente encontrada en una bodega cerca de su casa.
—La describían como una bruja. Quisieron generar un imaginario de que no era machi ni mapuche, que su familia no era del territorio. Hablaron de su intimidad. Una mirada misógina, cosas que solo pueden decir de las mujeres.
Aunque no tenía antecedentes de violencia, la machi Millaray fue encerrada en una cárcel de máxima seguridad, en Valdivia, durante cuatro meses. Cama de cemento, mucho frío, cámaras 24 horas. Su hija, destetada a la fuerza, pasó a vivir con la abuela y la tía.
—La marcó mucho ese tiempo. Es lo que más duele. Uno sabe lo que puede pasar cuando defiende un territorio, pero un niño… Lamentablemente nuestros niños se acostumbran a estas situaciones. Yo les pedía que bajaran las armas cuando entraron a mi casa, que estaba con mi bebé.
Millaray conserva un sentimiento de injusticia, al punto que la condenaron a menos días de los que pasó encerrada. Su caso está en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
—Me acusaron de encubridora de un incendio del que no participé, no estuve ahí. Se me condenó por mi resistencia a la hidroeléctrica, porque hablamos de recuperación territorial en un lugar donde hay muchos latifundios. Investigamos, demostramos que hay títulos ancestrales, que somos los verdaderos herederos de esta tierra. Fue un castigo ejemplificador, por no querer ser chilena y querer ser mapuche.
Aprovechó el encierro para leer, aprender a tejer y armar redes. La cárcel resultó caja de resonancia. Organizaciones de Derechos Humanos, prensa y más comunidades se acercaron. Surgió el Aylla Rewe del Ngen Mapu Kintuante, más de 120 comunidades mapuche williche unidas para defender el río Pilmaiquén.
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La historia del despojo, de Martín Correa Cabrera, fue elegido mejor libro del 2021 por la Asociación de Librerías Independientes de Chile y durante 2022 fue de los más vendidos del país. En sus páginas se leen antecedentes del conflicto que lleva más de 15 años en torno al río Pilmaiquén. El territorio antiguo, cuyo núcleo original es el Ngen Kintuante, abarcaba unas 11 500 hectáreas. Las familias mapuche fueron reducidas a un espacio de 55 hectáreas (...) La machi Millaray Huichalaf, que desciende de su abuela Virginia Malpu Mafil, quien a su vez desciende de su abuelo Juan de Dios Mafil, la gran autoridad del sector hacia 1880, encabeza una lucha más allá de lo territorial, es una lucha por el ‘ser’ mapuche, por su existencia, y es en dicho contexto que es sometida a proceso judicial, escribió Correa. Historiador, doctor en Antropología, recuerda sus visitas a la machi en la cárcel de Llancahue, Valdivia.
—Siempre nos recibía con el espíritu en alto, con una sonrisa que se contraponía a las expresiones de sus visitantes. En una ocasión me confesó: se supone me vienen a subir el ánimo, pero yo estoy mejor de ánimo que ellos.
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—Hacía años quería ser madre y no podía. Cuando tuve mi segundo aborto espontáneo, el sistema de salud me ofrecía un tratamiento de fertilidad. No quise, era muy invasivo.
Arlette Aguilar Espinoza, en 2014 y con 34 años, decidió viajar desde Santiago, donde vivía, hasta la casa de Millaray, a casi 1 000 kilómetros.
—Vio mi orina, me dijo que mi útero era hostil, que lograba fecundar pero no podía retenerlo. Algo que traía de mi linaje, por eso otras mujeres de mi familia tenían el mismo problema.
Arlette tomó durante meses lawen para limpiar su organismo. Le mandaban botellas en bus hasta Santiago. Ella había ido a un colegio católico, las monjas les prohibían ver sus propios cuerpos desnudos, por eso la segunda parte del tratamiento le resultó impactante.
—Tenía que introducir hierbas en mi vagina. Fue un tiempo de aprender de la biología de la mujer, de los ciclos, las lunas. Un intensivo con la machi, me explicaba con mucha paciencia. Antes del año quedé embarazada, y poco antes del parto volví al sur para que la machi girara a mi bebé, porque estaba con los pies hacia abajo.
En 2015 nació Ayelén. Cinco años después, con 40, Arlette tuvo un segundo hijo, Dante.
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A fines de 2014, Felipe Guerra Schleef, flamante abogado, llegó al Pilmaiquén con el equipo jurídico del Observatorio Ciudadano. Recuerda la determinación de esa joven machi y las reuniones, que siempre empezaban con una ronda donde se compartían los sueños.
—Con el tiempo entendí esa conexión y cómo los daños que generaba la empresa también se expresaban en esa dimensión onírica.
Doctor en Derecho de la Universidad Austral de Chile, Guerra encontró argumentos jurídicos a partir de los sueños y presentó decenas de escritos, varios con sentencias favorables para las comunidades. Así se frenó la construcción de la central hidroeléctrica Osorno —proyectaba inundar un cementerio y las cuevas del Ngen Mapu Kintuante—, de la cual Statkraft desistió de forma definitiva en 2023.
Preocupada por los grandes paredones de concreto que crecían en el otro proyecto noruego sobre el Pilmaiquén, la Central Los Lagos —hoy prácticamente construida, aunque aún no empezó a operar—, la machi un día convocó al abogado.
—Me contó un sueño de su prima, en el que aparecían hallazgos arqueológicos.
Resultó que la empresa ocultaba la aparición de hallazgos —Son nuestros ancestros, nos están ayudando a cuidar el río, dice la machi— y la Corte Suprema ordenó la primera Consulta Indígena por hallazgos arqueológicos en la historia de Chile. Empezó a fines de 2023, y si bien no era vinculante, hasta que no terminara no se podía poner en funcionamiento la central Los Lagos. Recién hace semanas, el Consejo de Monumentos Nacionales, el organismo estatal que lleva adelante la consulta, dio por terminado el proceso, ante la queja de más de 120 comunidades que dicen que no se respetaron sus derechos. Statkraft, que anunció más de 50 millones de dólares en pérdidas por la demora, ahora sí, estaría cerca de poder inundar los 18 kilómetros de bosque donde se encuentran los hallazgos arqueológicos y especies en peligro de extinción
—Si Noruega inunda este lugar estaría haciendo un arqueocidio.
El arqueólogo Rodrigo Mera explica que en el río Pilmaiquén hay una ocupación efectiva, milenaria, cuyos sitios están empezando a conocerse. Que el estudio de impacto ambiental no consideró el componente medio humano y que el proyecto partió del supuesto de acá no hay gente, acá no hay historia, por lo tanto construyamos encima.
—Se podrían perder al menos cincuenta sitios arqueológicos. Es mucha información que no se va a conocer porque quedará bajo el agua.
Para Mera, asesor del Aylla Rewe en la consulta indígena, resultó una apertura mental trabajar con las comunidades y la machi Millaray.
—Tiene la capacidad de escuchar a las plantas, de dialogar con ellas, con árboles, con espíritus. En los recorridos en terreno la machi seguía otros rastros, o pasaba caminando por zonas donde uno se hundía. Para mí ha sido un crecimiento como profesional y persona, y para ver las limitaciones que tenemos respecto a la espiritualidad. Si realmente queremos conocer más detalles de la vida pasada, hay que sumar a las comunidades en la proyección de los sitios. De forma racional es difícil entender esa comunicación interespecies, pero los mapuche son expertos en comunicarse con la naturaleza, y no solo eso, sino a través del tiempo. Las machi dan saltos intergeneracionales, pueden ver qué había en los territorios antes y describirlo.
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Hace años intento entrevistar a un representante de Statkraft. Estuve cerca de hacerlo, en Noruega, en 2023. La machi Millaray fue invitada por organizaciones de la sociedad civil de ese país para visibilizar el conflicto. Viajamos con Pablo Piovano, con quien estamos filmando un documental. En Oslo conocimos a Stephen Sparkes, vicepresidente de Statkraft. Antropólogo, elegante, sonriente, me dio su tarjeta. Se comprometió a darnos una entrevista. Lo mismo pasó con Laine Powell, vicepresidente senior de la empresa en Latinoamérica. Las entrevistas nunca se concretaron. Un día me llamó la presidenta de Statkraft Chile, María Teresa González. Me dijo que por supuesto podría entrevistarla y me contactó con Gabriel Guichard, gerente de comunicación. El entrevistado fui yo: quiso saber de mis estudios, mis intenciones, cómo financiaría el documental. Me hizo muchas preguntas y se comprometió a que María Teresa me daría la entrevista. Antes, debía mandarle mis preguntas. Dudé en hacerlo, pero las mandé. Nunca fueron respondidas.
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Estas centrales atacan nuestra cultura, nuestra espiritualidad y violan nuestros derechos. Las comunidades hemos agotado las instancias jurídicas y legales en Chile. Por eso estamos aquí, con la esperanza de ser escuchados, dijo Millaray en el Parlamento noruego, en Oslo, en mayo de 2023. Entrevistada por los principales diarios, recorrió radios, plazas, universidades. Se sorprendió del apoyo e interés de jóvenes, partidos políticos y organizaciones sociales y sindicales.
—Antes decir Noruega en nuestro territorio era decir el monstruo. Durante años la única referencia fue Statkraft, que destruye nuestro río. Allá conocimos un pueblo que nos recibió como hermanos.
Otra grata sorpresa fue el encuentro con el pueblo sami, que habita ancestralmente parte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, y que, como el pueblo mapuche en Chile y Argentina, sufrió persecución y procesos de asimilamiento. Les prohibieron su lengua, sus costumbres. Es internacionalmente famosa la resistencia sami en Fosen contra Statkraft, donde el proyecto eólico más grande de Europa invade sus montañas. La sintonía entre jóvenes sami y la machi fue inmediata. La invitaron a conocer sus tierras, sus lugares sagrados y la secundaron ante el Punto Nacional de Contacto (PNC) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en Oslo, donde la machi en representación de más de 120 comunidades mapuche williche interpuso la primera queja de pueblos originarios de América contra una empresa noruega.

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Hay olor a pan recién horneado por Yanka, la hija mayor de la machi. Su madre deja a Anuk dormida en el sillón, pone una sartén sobre la cocina a leña.
—Tengo hambre, y el hambre me da mal humor.
La machi abre la puerta y le grita a Jaime que traiga huevos del gallinero. Se escucha el motor de una camioneta. Mira por la ventana, le pide a Yanka que caliente el kultrún, el tambor mapuche. Sale a recibir a una anciana que llega del brazo de un muchacho, su hijo. Desde adentro puedo ver a la machi y a la anciana, las manos en la espalda, frente al rewe. Jaime se suma y toma notas en un cuaderno. En la casa, Anuk despierta y pasa a los brazos de una de sus primas. Miran televisión, suena una canción repetitiva: tiburón, tararatatá, tiburón tararatatá. Afuera, la machi sopla humo dentro de un frasco. Unos minutos después, entra a la casa con dos panes caseros y unos repasadores tejidos por la anciana, quien llegó sin aviso para una consulta por problemas intestinales.
—No soy buena para cobrarle a la gente. Y como machi, la tradición dice que no puedo trabajar de otra cosa. Cuando mis pacientes se liberan de la energía negativa me siento tremendamente feliz. Siempre me preguntan ¿Cuánto me va a cobrar?, y yo digo que sea voluntario porque no todos tenemos las mismas posibilidades. Mi familia me critica, porque igual hay que comer, hay que vestirse, pero así como algunos tienen mucha voluntad y otros poca, la vida se encarga de dejar en equilibrio las cosas.
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En mayo de 2025 la machi Millaray me envía un video por WhatsApp. La que filma es ella. En la imagen se ve a Jaime, su pareja, forcejeando con dos policías que quieren esposarlo. La machi les pide que le muestren la orden de detención. Les pregunta por qué lo están deteniendo. Señora, hágase a un lado. Uno de los policías la agarra del brazo, no quiere que lo filmen. Suélteme, dice la machi. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden que tiene para llevárselo. La escena se mueve, tiembla, se ven pedazos de uniforme verde, una boca, una placa identificatoria con el nombre cubierto, a Jaime con el brazo doblado. Un policía lo agarra por detrás, del cuello. La machi estabiliza el teléfono. De pronto se ve a una niña de tres años, campera rosa, de pie ante la puerta de una camioneta. Es Anuk. Llora, sigue con atención la escena en la que su madre filma cómo se están llevando preso a su padre. En la otra mano la machi tiene las llaves de la camioneta. Uno de los policías se la arranca. Devuélvame la llave. No me puede dejar botada aquí con mis hijos. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden. Los policías logran meter a Jaime en el patrullero. Arrancan, se lo llevan. La machi queda a un costado de la ruta con sus dos hijos pequeños.
—Se está preparando el terreno, esto ya lo vimos —advertía Millaray desde una comisaría de Lautaro, a 250 kilómetros de su casa, donde llevaron a Jaime.
Le dictaron 45 días de prisión por resistencia a la autoridad. La detención fue por una denuncia de tres años atrás, cuando él había pedido permiso a un vecino —que al parecer lo denunció— para pasar por un terreno cerca del río, que es reclamado por las comunidades.
Por esos días, en que las comunidades advertían aumento de controles policiales en los caminos y drones merodeando sus casas, Felipe Trunci, autoridad del Aylla Rewe del Mapu Kintuante y defensor del río, fue interceptado por la Policía de Investigaciones (PDI) mientras repartía quesos. No le explicaron de qué lo acusaban, quisieron someterlo a un examen de sangre. A las horas se confirmó que fue por una denuncia de Statkraft, aunque no se aclaró el motivo. La orden fue del fiscal Sergio Fuentes, protagonista en la causa por la que fue encarcelada la machi hace 12 años.
El 13 de agosto de 2025 nuevamente fue allanada la casa de Millaray, días antes de un viaje programado a Suiza, donde ella y otros representantes comunitarios pensaban verle por primera vez la cara a directivos noruegos de Statkraft, en el marco de la queja presentada ante la OCDE. Una joven de 15 años en pleno tratamiento fue despertada por seis efectivos que le apuntaron con sus armas. Se llevaron la computadora de la hija de la machi y un celular. Según algunos medios, el allanamiento fue por una causa de “usurpación violenta”, que habría ocurrido el 23 de febrero de 2023. Ese día, en las puertas del predio donde se construye la central Los Lagos, una manifestación fue reprimida con perdigones de plomo. Los disparos de los policías, violando protocolos, apuntaron a los cuerpos. Entre los heridos estaba Luis Huichalaf, primo de Millaray, que perdió la vista de un ojo. La represión tuvo relevancia en Noruega —el tema salió en medios y se impuso en una sesión del Parlamento—, pero en Chile casi no tuvo cobertura periodística ni interés de la justicia.
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La mañana del 19 de agosto de 2025 la machi dirigía una ceremonia de sanación a orillas del río Pilmaiquén. El cauce creció inesperadamente, arrastró a una adolescente que estaba siendo tratada y a un vecino que se arrojó a rescatarla. Ambos murieron.
Varios testigos declararon que se abrieron las compuertas de una de las represas, pero desde las primeras horas del accidente, medios de comunicación y redes sociales apuntaron a la machi como responsable de las muertes. El fiscal Sergio Fuentes, apenas se enteró de la noticia y cuando aún no habían aparecido los cuerpos, llegó en helicóptero para tomarle declaración a Millaray.
“La ‘machi’ de los sacrificios: la oscura trama detrás del ritual que terminó con dos personas muertas”, tituló Bio Bio, un medio masivo de Chile famoso por estigmatizar a comunidades mapuche. Canal 13, también de gran audiencia en el país, se refirió a “las víctimas de esta ‘machi’ que no es reconocida ni por su pueblo”.
El tema se volvió viral en un país dividido donde los apoyos y solidaridad hacia Millaray se mezclan con discursos racistas hacia ella y las prácticas espirituales mapuche. Con todo, algo parece moverse: en la última semana de julio, en un fallo sin precedentes en la historia de Chile, la justicia condenó y multó a Bio Bio por discriminación arbitraria contra la machi Millaray, exigiendo rectificación y una capacitación para sus periodistas.
En el mismo río, en enero de 2022, se produce el fallecimiento de una persona que se tira a rescatar a dos niños, durante un bautismo evangélico. El abordaje de la noticia —dijo el abogado Felipe Guerra, en un programa radial— fue un abordaje sobrio, empático con el dolor de las víctimas. La noticia no menciona el nombre del pastor y se centra en los esfuerzos de rescate. Pero en este caso desde el primer momento se desarrolla una campaña orquestada para deslegitimar a la machi Millaray. Aparecen su nombre, su foto. Sin un juicio previo, se la condena socialmente en distintos medios. Y más grave, en un reportaje que aparece como supuesto ejercicio de periodismo de investigación, se desliza que sería un sacrificio humano y un rito satánico.
El escenario se ha vuelto complejo. Un familiar de una de las personas fallecidas, que en las primeras horas tras el accidente apuntó a la crecida del río y defendió a la machi, días después presentó una querella en su contra, acusándola de homicidio. Fuentes judiciales que tuvieron acceso a la causa dicen que es inconsistente, pero advierten que, teniendo en cuenta los antecedentes de la justicia chilena respecto al pueblo mapuche, no se puede descartar que avance un proceso penal contra la machi.

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Margarita Carilao, la machi que formó a Millaray, vive a más de 300 kilómetros de la casa de su discípula. Se ven poco, menos de lo que quisieran. Pero en momentos difíciles la familia Huichalaf siempre recurre a ella. En medio de la tragedia de las dos personas muertas, y de toda la campaña en su contra, Millaray fue a hasta lo de su maestra. Pocos días después, la machi Margarita apareció en Carimallin para realizar una ceremonia. Mucha gente llegó de diferentes comunidades. Las familias traían bolsas repletas de lawen, de plantas medicinales que crecen en sus tierras. Iban pasando de a una y le ofrecían lawen a la machi.
La ceremonia empezó con la noche. Duró varias horas. Se hizo dentro de la casa. En algún momento de la madrugada —Millaray acostada en el piso, tapada con hojas de lawen, mujeres tocando kultrun a su alrededor—, la primera etapa de la ceremonia se cumplió. Algunos salieron a comer algo, a tomar mate, a fumar; otros se fueron a dormir a los autos. La ceremonia se retomó con la salida del sol. Según contaban después quienes pudieron entender lo que decían las machi cuando entraron en trance, esa noche se presentaron varios Ngen —espíritus de la naturaleza—, de diferentes territorios. Dejaron sus mensajes. Recomendaron trabajos para Millaray y otras familias. Y advirtieron que venían tiempos difíciles. La machi también tuvo sueños en ese sentido.
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El 11 de abril pasado, mientras participaba en un foro de mujeres en Valdivia, Millaray recibió la noticia más dura de su vida: Jaime, su pareja, de 34 años, el padre de sus hijos, murió en un accidente automovilístico.
Durante el funeral, que duró tres días y al que asistieron cientos de personas, tampoco hubo paz. Presencia permanente de drones sobre la casa de la machi y amenazas de las comunidades que tienen vínculo con Statkraft de que no dejarían enterrar a Jaime en el cementerio comunitario. ¿Hasta dónde puede llegar la intromisión de una empresa en un territorio?, se pregunta una publicación en redes donde se puede ver el video —se hizo viral— de lo sucedido el día del entierro: personas con palos, un hacha y una motosierra atacando a los deudos y amenazando exhumar el cuerpo de Jaime. Identificadas, estas personas permanecieron menos de 24 horas detenidas, por injerencia del abogado Branislav Marelic, quien fue contratado por Statkraft y llamativamente se encontraba en el lugar de los hechos.
A fines de mayo, la machi Millaray Huichalaf, junto a otros referentes del Aylla Rewe del Mapu Kintuante, presentaron una querella por reiteradas amenazas de muerte hacia ella y otros defensores del río Pilmaiquén.
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23 de julio de 2019. Río Bueno, Los Lagos, Chile. Machi Millaray Huichalaf, líder espiritual mapuche y defensora del río Pilmaiquén. Desde hace más de 15 años ella es la principal vocera contra la construcción de un proyecto hidroeléctrico en su territorio, por parte de la empresa estatal noruega Statkraft. La machi fue encarcelada en una prisión de máxima seguridad en 2013, y actualmente continúa la persecución judicial y mediática contra su figura.
Años de convivencia con Millaray Huichalaf, la líder espiritual más carismática del pueblo mapuche, han dado frutos en este relato, que toca sus pesadillas de infancia, el proceso para transformarse en machi, los meses en una cárcel de máxima seguridad y un presente trágico. Bienvenidos al mundo de la mujer que levantó a más de 120 comunidades en el sur chileno para defender un río amenazado por un proyecto hidroeléctrico noruego.
—Recuerdo que había unos pinos, de esos pinos venía el toro, lo veíamos con mi hermana. Y mi papá iba a ver y no había ningún toro. A ese toro siempre lo vi, desde muy niña. Hasta ahora en mis sueños lo veo.
Milla, como la familia llama a la machi Millaray Huichalaf, nació con ojos abiertos y mirando al cielo, según cuentan sus padres. Fue el 21 de mayo de 1989, en el Hospital Base de Osorno, en el sur de Chile. Creció a unos 50 kilómetros, en Paullin —comuna de Puerto Octay, Región de Los Lagos—, en una casa de madera pegada a la escuela rural donde su padre era el único maestro. Milla lo seguía a todos lados, se metía en sus clases. A los cuatro años sabía leer.
Segunda de cuatro hermanos —Amanda, Linkoyan y Nubia—, Millaray recuerda la sombra de coihues y maitenes, el olor a tierra mojada, el volcán Osorno en el horizonte. Infancia feliz, salvo por las pesadillas: personas que sufrían, gritos de dolor, culebras, pájaros, estampidas de animales. Despertaba abajo de la cama, la ropa mojada, el corazón acelerado. A veces Amanda soñaba lo mismo. Y cada vez que salían al baño durante la noche —el baño estaba fuera de la casa—, veían un toro. Con los años Millaray y su familia sabrían que ese toro, y otras visiones recurrentes, son fuerzas de la naturaleza advertidas por quienes portan espíritu de machi.
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El frío oscuro del sur chileno crece como la noche, se mete por el cuello y las muñecas. Pisando barro seguimos el camino que marca la linterna. Un poco agachados, pedimos permiso y entramos detrás de Amanda a una construcción de madera. Ambiente amplio, planta ovalada, techo alto, piso de tierra. Un fogón en el centro. Tres o cuatro caras giran hacia nosotros. Un silencio incómodo; luciérnagas de fuego desaparecen en el aire. Al fondo, sombras. Mari mari, saluda en mapudungun, en lengua mapuche, Amanda Huichalaf. Anuncia que llegó con visitas. Nos encontramos con ella hace una hora en Osorno —donde es docente en una escuela privada— y nos guio hasta acá, a su comunidad, a 50 kilómetros de la ciudad. Estrechamos manos de diferentes tamaños y texturas: mujeres, hombres, niños. Mari mari, nos dicen. Mari mari, repetimos. Ignoran quiénes somos, miran asombrados. Envuelta en una manta negra la machi Millaray Huichalaf también mira con desconfianza. Al acercarnos al fuego nos reconoce. Ah, pue, dice. Hace unos meses, cuando la conocimos, nos invitó a su territorio, nos contactó con su hermana. El saludo de la machi es cordial, sobrio. A su lado un hombre de unos 60 años, canoso, sombrero de cuero, ceño fruncido. Juan Antonio Huichalaf, padre de la machi y de Amanda.
Acercan un banco de madera al fuego, invitan a sentarnos. Pablo Piovano, fotógrafo, mi compañero de ruta, mide metro noventa. Sentado casi al ras del suelo parece más pequeño. Le cuesta acomodar las rodillas. Durante 25 minutos, 40 tal vez, nadie dice una palabra. El fuego, el humo escapando por un agujero cónico del techo. Tres pavas ennegrecidas sobre una parrilla. Una mujer elige dos troncos, los coloca estratégicamente. Las llamas crecen, los rostros más nítidos. Mujeres con pañuelos floreados en la cabeza, hombres serios. Ropa secándose, un hacha, una pala. Las medias de lana blanca que asoman de las botas de lluvia de Millaray. Es la única que no nos mira, pareciera estar en otra parte.
Juan Antonio se presenta en mapudungun. Su nombre, los apellidos de sus ancestros, el territorio donde estamos. Lo repite en castellano. Pregunta quiénes somos, de dónde venimos, qué buscamos. Giran dos mates; uno dulce, otro amargo. Tensión en los cuerpos, en las miradas. Una joven de pañuelo azul ve a Pablo manipular su paquete de cigarros para armar.
—Acá los que vienen de afuera nos dejan el tabaco.
Todos reímos. Pablo ofrece tabaco. La joven que habló y dos hombres más aceptan. La machi también.

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Hoy se conoce como sur de la Argentina y Chile lo que desde hace siglos es Wallmapu, el territorio ancestral mapuche —que va del océano Pacífico al Atlántico, incluyendo al menos siete provincias y cinco regiones, a un lado y otro de la cordillera de los Andes — que resistió la invasión inca, luego la española y durante el siglo XIX las llamadas Conquista del Desierto y Pacificación de la Araucanía, operaciones político-militares, argentina y chilena respectivamente. Un genocidio aún no reconocido por la historia oficial. En el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, por ejemplo, familias mapuche, prisioneras, fueron fotografiadas, sometidas a estudios científicos, expuestas, vivas o muertas, como piezas de museo. Recién a mediados de la década de 1990 comenzaron a restituirse algunos restos humanos a sus comunidades.
Mapuche significa gente de la tierra. En una de las zonas con mayores reservas hídricas y más codiciadas del mundo, comunidades mapuche defienden el agua y la tierra frente a industrias petroleras, forestales, salmoneras, hidroeléctricas y mineras. En ocasiones logran frenar o demorar esos proyectos.
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Machi es un rol, una autoridad mapuche. Una médica espiritual, intermedia entre el mundo terrenal y el wenu mapu —la tierra de arriba, como en mapudungun se nombra al cielo. Las y los machi son un canal. Reciben información a través de sueños, dirigen ceremonias, preparan lawen —medicina a base de hierbas—, atienden enfermos y desequilibrios espirituales y psicológicos.
—Esos son los más difíciles— dice la machi Millaray Huichalaf junto a su rewe, un ancho roble clavado en la tierra, a metros de su casa. El rewe es un tronco tallado, un rostro de boca pequeña, ojos ranurados y siete escalones. En el primer escalón, dos frascos de vidrio. Una gallina y sus pollitos picotean restos de harina tostada alrededor del rewe. Amarradas al tronco, 12 largas hojas de canelo, el árbol sagrado mapuche. En lo alto, el cuero de un cordero y cuatro banderas: las fuerzas que sostienen la tierra. En algunas ceremonias las machi entran en trance frente al rewe —giran con ojos vendados, mientras hablan en mapudungun—, a través de ellas se expresan espíritus antiguos. En el rewe, además, se tratan pacientes.
De diversos puntos de Chile, y de otros países, llegan hasta la casa de la machi Millaray pacientes con frascos de vidrio: la primera orina de la mañana. La machi sopla humo de tabaco dentro del frasco. Reconoce formas, colores, movimientos. Detecta kutran, desequilibrio.
—El rewe es un espacio puro, una antena donde la energía baja en mí. Yo veo en la orina el origen de la enfermedad. La persona se queja que le duele la guatita, o la espalda, o que una pierna se le cae, pero yo tengo que mirar por qué pasa eso.
Millaray vive en el sur, Carimallin, comuna Río Bueno, Región de Los Ríos. Neblina, volcanes, caminos de tierra entre campos de colonos alemanes que un siglo atrás ocuparon tierras mapuche. Talaron gran parte del bosque nativo. Lo aplanaron para que pastaran vacas lecheras. Acá abundan los establos lecheros. Y las lluvias.
El camino desde la tranquera hasta su casa, 600 metros sinuosos de campo abierto junto a un bosque oscuro, es difícil para vehículos bajos —nos quedamos en el barro unas cuantas veces estos años. Pacientes y familiares suelen ingresar a pie, cargan arpilleras desbordantes de laurel, maqui y otras plantas, botellas de plástico vacías —donde después se llevan lawen, la medicina—, comida, mantas y colchones enrollados, si el tratamiento implica quedarse una o dos noches.
Decenas de personas llegan semanalmente. Doloridas, rengueando, con úlceras, insomnio, cáncer. Comparten mates y esperas al aire libre, entre gallinas que espantan todo el tiempo, alrededor de fuegos improvisados cuando el frío no se aguanta. Mucha gente —no solo mapuche— llega tras fracasar con médicos y hospitales. El dato se pasa de boca en boca. La machi es en ocasiones la última esperanza.
—A veces es tarde. El desequilibrio es grande y ya no puedo hacer nada.
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Cuando Amanda cumplió 12 años la familia Huichalaf tuvo que mudarse a Osorno; no había escuela secundaria en Paullin. Lejos de la naturaleza, todo fue caos.
—A Milla le daban ataques de llanto y rabia, después empezaba a convulsionar. Botaba espuma por la boca —recuerda Amanda, quien también sufrió esos ataques.
A Juan Antonio, el padre, le advirtieron en una ceremonia: sus hijas traen origen de machi.
—Pero entonces yo tenía apagada mi parte espiritual, no lo creí.
Estudios médicos, consultas, hospitales. Nada resultaba, las convulsiones aumentaban. Un día le diagnosticaron a Millaray un tumor en el cerebro. Su padre consultó a un grupo de lonkos, líderes políticos mapuche.
—Me aconsejaron que llevara la orina de mis hijas a una machi del norte, bien lejos. Visité a tres machi, todas coincidieron. La última dijo: si sus hijas no empiezan tratamiento mapuche urgente, sus vidas corren peligro.
Un espíritu de machi, una tatarabuela de ellas, quería regresar. Una de las hermanas debía recibirla. Si no, la enfermedad se propagaría por toda la familia. Amanda no quiso, Milla tampoco. Pero un día convulsionó Linkoyan, su hermano menor.
—Saltaba, cantaba en mapudungun. Nunca había hablado en lengua pero agarró un kultrun (tambor sagrado mapuche) y cantaba, sacudiéndose para todos lados.
Para Millaray fue el límite. Le dijo a su padre que se ponía a disposición para lo que fuera. Lo hizo sin entender qué significaba ser machi. Tenía 12 años.
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El primer viaje a Wallmapu fue en 2018. Salimos desde Buenos Aires una tarde de noviembre. A Pablo Piovano lo conocí poco antes, en una pizzería porteña. El año anterior yo había cubierto los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, muertos con tres meses de diferencia en sendas represiones de fuerzas de seguridad argentinas. Ambos dentro de tierras reclamadas por comunidades mapuche. Sectores del entonces gobierno de Mauricio Macri, del Poder Judicial y algunos medios de comunicación comenzaron a señalar a los mapuches —che significa gente, por lo que mapuche, en plural, no debería tener la letra ‘s’ final— como enemigos internos de la patria, estigmatizando a ese pueblo, persiguiendo comunidades y responsabilizándolas de esas muertes. Pablo, que comenzaba un trabajo fotográfico sobre movimientos de resistencia en la Patagonia, se interesó en el tema. Me contactó, nos encontramos. Semanas después otro asesinato, esa vez del lado chileno. Bastaron unos mensajes de WhatsApp, una llamada y en dos horas estábamos rumbo a la frontera.
El funeral de Camilo Catrillanca, acribillado por la espalda dentro de su comunidad por un escuadrón de la policía chilena, fue el primer paso de un camino que hoy continúa. Durante el viaje a La Araucanía —conocida como zona roja del conflicto mapuche—, vislumbramos la dimensión del proceso de recuperación territorial, político y espiritual de ese pueblo. No imaginábamos que las comunidades habían logrado recuperar miles de hectáreas de manos de forestales y colonos europeos; tampoco una represión tan brutal y sistemática: presenciamos operativos de la policía chilena con tanquetas, helicópteros y uniformados listos para una guerra. La resistencia impresionaba. Piedras. Palos. Fuego. Adolescentes. Abuelas. Familias enteras defendiendo su tierra.

Hace más de siete años que recorremos Wallmapu, el territorio de ese pueblo que nos abrió sus casas, que relata historias atravesadas por la violencia estatal. Así entramos al tema, a la noticia, cubriendo represiones, muertes. ¿Pero cómo contar la espiritualidad, ese hilo que atraviesa los tiempos y que es la raíz que podría ayudar a entender, en parte, la persistencia de un pueblo que se levanta para defender algo más que su identidad y su territorio?
La machi Millaray Huichalaf fue, para nosotros, la puerta de acceso a la espiritualidad mapuche, a ese a otro mundo misterioso que existe desde siempre. La conocimos una mañana de diciembre de 2018 en Valdivia, durante un juicio a un joven mapuche. Diferentes comunidades acompañaban el proceso. La vimos en un hogar para estudiantes, donde las familias descansaban entre las audiencias. Un poco apartada, la machi conversaba con otra mujer. Era evidente su condición de autoridad por la vestimenta tradicional. Su platería tintineaba: una gran pieza pectoral, un prendedor, aros semicirculares. Ojos negros, pómulos marcados, una larga trenza. Hablaba en voz baja, una voz dulce pero con determinación. Tenía 29 años. Nos invitó a su territorio, donde un proyecto hidroeléctrico de una multinacional noruega amenazaba un río sagrado y un extenso sitio ceremonial. Fuimos meses después —la noche que nos recibieron alrededor del fuego—. Desde entonces hemos cruzado la Cordillera más de 30 veces.
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—Yo estaba muy enfermo, artritis reumatoide y artrosis cervical. Dolores insoportables, me costaba dormir, me caía, no podía sostener nada con las manos. Fui al control y supliqué que me dieran algo. La reumatóloga me dijo que lo mío no tenía cura, que era una enfermedad degenerativa, progresiva, que los remedios solo servirían para que tuviera menos dolor.
Ese día, Marco González —57 años, trabajador rural— llegó a su casa, tiró los remedios a la basura y le dijo a su esposa que, si no servían para mejorarse, no los tomaría más. Días después le recomendaron ver a una lawentufe, una mujer mapuche que prepara lawen y puede ver, a través de la orina, algunas enfermedades.
—Como lo mío era muy complicado, ella me recomendó ver a la machi Millaray. Eso sucedió hace seis años. La machi me dio el mismo diagnóstico que el médico, pero dijo que podía curarme. “Yo no quiero que pierda su plata ni que me haga perder tiempo. Si se quiere mejorar, tiene que hacer todo lo que le diga”, me aclaró. A los 15 días de tomar lawen no sentía ningún dolor. Recuperé la fuerza en mis manos, volví a picar leña. Después fue un tratamiento largo, tuve que buscar lawen en la Cordillera y hacer una ceremonia en un río y otra en un lago. Hoy me siento completamente sano.
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Pilmaiquén significa golondrina en mapudungun. Zigzagueante como vuelo de golondrina, el río Pilmaiquén nace en las aguas transparentes y frías del lago Puyehue, rodeado de volcanes, a los pies de la Cordillera de los Andes. Desde hace siglos comunidades mapuche williche —willi significa sur; che, gente— peregrinan de diversos territorios hasta la ribera del Pilmaiquén. Allí están las cuevas de los Ngen, espíritus antiguos, fuerzas de la naturaleza. Las comunidades se conectan con esos Ngen y cosechan plantas y hongos medicinales a orillas del río, donde se hacen diferentes ceremonias.
—Es un río sagrado, columna vertebral de nuestro territorio, una gran serpiente que lleva por sus venas los espíritus para que asciendan al wenu mapu, la tierra de arriba. Si ese río se interrumpe —explica la machi Millaray—, nuestros muertos no encuentran el camino. Es el corazón de este lugar, donde habita el Ngen Mapu Kintuante, que rige el territorio desde siempre.
Encajonado entre altos paredones abundantes en nalcas —hojas del tamaño de orejas de elefante— y cientos de especies de plantas medicinales, este río es el límite entre la Región de Los Ríos y la Región de Los Lagos. El Pilmaiquén se une al río Bueno y desemboca en el océano Pacífico. Antes atraviesa un bosque siempre verde, un refugio de biodiversidad único en el mundo, en categoría Peligro Crítico de Extinción, la más alta según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
—La construcción de la hidroeléctrica Los Lagos, de la empresa noruega Statkraft, afectará muchas especies —precisa Cecilia Smith Ramírez, bióloga, profesora e investigadora en Ecología de la Universidad de Los Lagos—. El marsupial más antiguo, que acá le llamamos monito de monte, habita ambas laderas del Pilmaiquén. Se va a inundar su hábitat. El pudú, un pequeño ciervo. La güiña, un gato silvestre. Las nutrias no podrán subir río arriba. Hongos, crustáceos, moluscos, un musgo primitivo solo encontrado allí. Insectos, líquenes, microorganismos, todos perderán su hábitat.
Smith conoció a los profesionales encargados del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto hidroeléctrico al que se oponen más de 120 comunidades mapuche williche.
—Se hizo en 2009, de forma precaria. Sólo dos días y desde una embarcación. Faltó el estudio de anfibios y el de peces quedó incompleto. Si esa evaluación ambiental se hiciera hoy y bien, no se podría hacer ninguna intervención del río.


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—Siempre soñaba con alguien que me tocaba la puerta y me tiraba monedas de plata. Nunca la alcanzaba a ver. Un día, en el sueño, abrí la puerta y la vi. Era una mujer mapuche con vestimenta muy colorida, con una marca en la cara. Desde entonces dejé de soñar con ella.
Fueron años largos para Millaray y su familia, entre convulsiones, pesadillas y dudas sobre el camino a seguir. Su padre la llevó a diversas machi; no todas generaban confianza. “La machi que debe formarla aún no ha aparecido”, le decían. Un día, al llegar junto a Amanda y una amiga a un guillatún, una ceremonia lejos de su casa, más al norte, Milla descubrió que la machi de ese territorio era la mujer de sus sueños.
—Su cara marcada, su ropa de colores, su trenza. Se me pararon todos los pelos.
Millaray saludó normal, no le dijo nada y cuando empezó la ceremonia se alejó. En ese tiempo escuchaba Los fiskales, 2 minutos y otras bandas punk. Vestía de negro. Se había arrepentido de su decisión. No quería ser machi. Mucha gente hablaba a sus espaldas. Entre las comunidades enseguida se sabe cuando alguien comienza un camino de machi. Muchos desconfiaban que realmente fuera el destino de esa adolescente de ciudad, que recién empezaba a aprender la lengua y ni siquiera usaba ropa tradicional.
—De pronto, la machi Margarita entra en trance. Su espíritu dice que había llegado alguien que esperaba hacía tiempo. Empieza a decir de dónde venía yo, cuál era mi origen.
Quienes sabían de su proceso, la empujaron hacia el rewe. La machi Margarita Carilao la guió y completaron la ceremonia juntas. Desde entonces no se separaron. Millaray vivió el resto de su adolescencia en casa de Margarita, que le enseñó a hacer pan, faenar animales, reconocer plantas medicinales, hablar mapudungun.
—Uno es como una piedra en bruto. La machi mayor te va puliendo hasta lograr la perfección del conocimiento. Es un proceso difícil, largo. Cuando tenía 19 años mi machi dijo “ya tú estás lista para sanar”. Quizás espiritualmente estaba preparada, pero cuando vino mi primer paciente tuve mucho miedo de equivocarme. Las machi somos de carne y hueso. Me acuerdo que me arranqué para el monte. Escuché que venía gente y me fui.
El tiempo le dio confianza y a los 20 años ya atendía pacientes. Los sueños la hicieron volver a Carimallin, la tierra de sus abuelos, donde se enteró de los proyectos hidroeléctricos que afectaban al río Pilmaiquén y a los espíritus de la zona.
—Siempre fui tímida, silenciosa. Pero el río empezó a hablar a través de mí. La gente me escuchaba, sabía de la importancia de defender este centro ceremonial antiguo y la casa del Ngen Mapu Kintuante.

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—Mi abuelita decía que la vida antigua regresaría, que sus mayores repetían eso.
Esteban Vera, 36 años, fundador de la Asociación Wenuleufu, que representa a más de 60 comunidades mapuche williche de Río Bueno. Su familia vive desde siempre en la ribera del río Pilmaiquén.
—Aquí se estaba perdiendo el conocimiento, pero al llegar la machi Millaray se fortaleció la identidad. Ella volvió a levantar ceremonias, empezamos a recuperar el saber de nuestros antiguos, a identificar cada lawen, hierbas medicinales que ya veíamos como una simple enredadera, unas malezas. Y son las que nos curan desde siempre.
Hay repisas con decenas de metahues moldeados por sus manos, cántaros de greda que, durante las ceremonias, se llenan de harina tostada y muday, una bebida fermentada a base de trigo. Esteban padeció una alergia por todo el cuerpo, insomnio, depresión.
—Uno veía gente curarse pero igual no terminaba de creer. La machi me hizo una ceremonia en una cascada. Con diez minutos bajo el agua y el lawen pude sanar algo que ni toda la vida con psicólogos y médicos lo hubiera logrado. Sentí como si me hubieran limpiado el alma.
Observador, detallista, de voz suave y amable, fue de los primeros en sumarse a la defensa del río y de los sitios sagrados.
—Nos decían “comunistas, revoltosos”. Mi familia tardó en entender. “Tú tienes que trabajar y estudiar, no estar defendiendo esas cosas”, me recriminaban.
Con los años su padre, carpintero, ayudó a construir la casa de Millaray. Otras familias también se acercaron a la machi por problemas de salud.
—Es que Statkraft nos divide, ha roto el tejido social. Se aprovecha de una zona con muchas carencias y entrega madera, invernaderos, abono y becas a quienes apoyan su proyecto hidroeléctrico.
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La machi relata su vida en entrevistas interrumpidas por la llegada de un paciente, un llamado de urgencia, preguntas sobre un preparado de hierbas o el pedido de atención de sus hijos: Yankalen, 14 años; Anuk tres y Pillan, uno.
Salvo por los paneles solares y el rewe, su casa es como tantas del campo chileno. Sencilla, de madera, cocina a leña, ambientes que se agregan con los años. Eso sí, gente todo el tiempo. Niños y juguetes por el suelo, dibujos animados a volumen fuerte, la cocina abarrotada de botellas plásticas con rótulos de ”noche”, “ayuno”. Bolsas de arpillera con lawen, ramilletes de canelo enganchados entre ollas y sartenes. A la noche colchones por el piso, frazadas, sacos de dormir. Y Peñito, un gato gris atigrado que aprovecha cada vez que se abre la puerta para escabullirse dentro. Lo sacan y vuelve a entrar, todo el tiempo.
Una mesa larga es el corazón del hogar. Pan, queso, café, mate y un calendario donde se anotan los turnos de los pacientes. Difícil entender algunas letras, unas escritas sobre otras.
—A veces con tal de tener su turno, la gente tacha o escribe sobre el de otro paciente— se queja la machi.
De una pared cuelgan un sombrero negro, un casco de moto, dos guitarras.
—¿Quién toca, machi?
—Mi wentru. Tiene que escucharlo. Folklore, rancheras, Soda Stereo.
Jaime, su wentru (hombre, en mapudungun), entra por la puerta trasera con troncos en la mano. Mete un par en la cocina a leña, otros en un canasto.
—¿Le puedo hacer un encargo de Argentina?
—Sí, dígame.
—Unas botas de cuero. Acá no se consiguen.
Millaray pregunta si en el próximo viaje podemos traer yerba (para el mate).
—Le doy la plata ahora. La de acá es cara y fea.
Amanda, docente de mapudungun en una escuela de Osorno, quiere un libro de mandalas mapuche. Averiguó por internet que los venden en la avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires.
—Aguante la Bersuit [banda argentina de rock], che boludo —dice Jaime, y la machi, sentada amamantando a Anuk, le pone cara de qué pesado. Él les da un beso a cada una y se va para afuera. Siempre está haciendo algo. Unos años menor que la machi, macizo, espalda ancha, Jaime usa camisa a cuadros y pelo al ras o rulos, según la época. Pícaro, rápido para los chistes, es de esas personas que saben arreglarlo todo. Es difícil verlo de mal humor. Para ser hombre de campo, es muy cariñoso y demostrativo. Juega con sus hijos y es común que a la pasada le de un beso, un abrazo o le haga un chiste a Millaray.


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Hernán Buchi fue ministro de Hacienda durante la dictadura de Pinochet. Junto a otros altos funcionarios promovió privatizaciones de compañías estatales chilenas, entre ellas Empresa Eléctrica Pilmaiquén, que ya en democracia y con Buchi en su directorio, proyectó construir tres centrales hidroeléctricas sobre el río Pilmaiquén. Los respectivos estudios de Impacto Ambiental de 2009 negaban la existencia de comunidades mapuche williche, que viven allí desde mucho antes de que Chile se llame Chile.
En 2014, Buchi y sus socios, que habían adquirido derechos de tierra y agua en la ribera del río Pilmaiquén —Chile es de los pocos países en los que el agua está privatizada—, participaron en la venta de Empresa Eléctrica Pilmaiquén y sus proyectos a la estatal noruega Statkraft, la compañía productora de energías renovables más grande de Europa.
Per Ranestad es alto, tiene 70 años, el pelo canoso y la sonrisa fácil. Historiador, trabajó durante décadas en la cooperación solidaria vinculada con el movimiento de trabajadores de Noruega, donde nació y vive. También vivió cinco años en Chile y desde 1982 viaja cada dos o tres años a visitar amigos.
—Me sorprende que no haya capacidad de aprendizaje ni de memoria institucional en Noruega respecto a este tema. En mi país hay un caso famoso, el del río Alta. A fines de los setenta y principios de los ochenta, la construcción de una hidroeléctrica generó un levantamiento social. De esa experiencia nació el artículo 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que prohíbe proyectos inconsultos. Pero resulta que los noruegos van a Chile y repiten el error en zonas mapuche. Y no una vez. En 2011, Statkraft —que en ese tiempo era SN Power— quiso construir hidroeléctricas en Futrono y Lago Ranco, en la Región de Los Ríos, pero ante la férrea oposición de las comunidades se retiró con pérdidas. Y en 2015 compraron proyectos en el Pilmaiquén sabiendo que entrarían, otra vez, en conflicto con comunidades mapuche.
Per viajó hasta el río Pilmaiquén, se entrevistó con funcionarios noruegos y chilenos, con directivos de Statkraft y con comunidades que apoyan el proyecto y que se oponen. También conoció a Millaray:
—Me ha llamado la atención su tranquilidad. Es seria y a la vez con buen humor. Sabe hablar con la gente, y siempre está escuchando. He conocido otras machi, y se notaba su autoridad por lo impositivo. Con Millaray no, ella es muy suave. No hace gestos para imponerse, todo se da de forma natural.
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Una mañana de lluvia acompañamos a la machi al cementerio de Maihue, a pocos kilómetros de su casa y a metros de la cueva del Ngen Mapu Kintuante. Apareció un hombre mayor con pelo blanco, el sepulturero, junto a una mujer de mameluco azul que a los gritos le dijo a Millaray que no podía entrar.
—¿Por qué no? Es un cementerio comunitario, voy a la tumba de mis abuelos.
—Tu no vivías acá, llegaste a estas tierras por interés, cuando empezó la represa.
—Sí, llegué a defender el territorio.
—¿A defender de quién?
—De la empresa, que iba a inundar esta zona y le paga a las comuni...
—A ver, ¿cuántos años tengo yo? —el hombre estira su mano, con la palma hacia arriba—. Si realmente eres machi puedes ver mi mano y saber cuántos años tengo.
—Todos sabemos quién eras tú antes —dice la mujer del mameluco. Se mueve, gesticula, grita.
—¿Quién era? —pregunta Millaray, mirándola fijo, sus grandes cejas fruncidas.
—Eras una punky.
—¿Qué tiene si me gusta el rock?.
—Y ahora dices que eres machi. Y una machi no anda en conflicto. Una machi es para aliviar el alma, para hacer remedio.
La discusión siguió unos minutos hasta que Millaray dijo:
—Ya. Mucha falta de respeto.
Pidió permiso y siguió caminando hasta la tumba de sus abuelos.
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—De muy niña comencé con kutran —desequilibrio, como en mapudungun se nombra a la enfermedad—, pero no lo sabía porque acá no había machi. Mi abuela era hablante (de mapudungun), yo le pedía que me enseñara. Ella decía: no, porque te van a cortar la lengua. A la abuela de mi abuelita la despojaron de su hogar, a orillas del Pilmaiquén.
Soledad Paicil Quintupurray, 48 años, educadora tradicional y lawentufe —también cura y posee conocimientos de medicina mapuche—. Desde su casa, cerca de la Cordillera y donde nace el río Pilmaiquén, se ve el volcán Osorno. Dice que siempre sintió la presencia de los Ngen, espíritus de la naturaleza. Su abuela le enseñó a respetarlos. Durante 16 años dio clases en escuelas de Puyehue, Santa Elvira, Entre Lagos, Temuco y Llanquihue. Acompañó a diferentes machi y comunidades en ceremonias, pero con distancia, nunca tan involucrada.
—Tuve un peuma, un sueño muy fuerte con la machi Millaray. Yo jamás la había visto. La soñé, le vi su cara. Ella me daba un regalo.
Pasaron años, y en un encuentro de comunidades le pidieron que fuera a invitar a la machi a tomar mate.
—Yo fui, pensaba que los machi eran viejitos. Los que conocí eran así, pero me señalaron una jovencita. Cuando la miré fue grande mi sorpresa, era la persona que había soñado.
Soledad se emocionó pero no dijo nada. Hasta que un día, por problemas de salud, gente conocida la llevó hasta Carimallin.
—Me conmovió su forma de ser, muy humilde. Los machi suelen estar alejados, nadie se les acerca. Ella no. Comparte con todos, es carismática. Es como la machi del pueblo. Con ella me animé a avanzar en mi proceso de lawentufe. Fueron muchos tropiezos, pero me enseñó a continuar. Que lo que no se sabe se aprende y que uno no puede quedarse en el camino.

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Al principio a Pablo no lo dejaban fotografiar demasiado. Hoy es suficiente con una mirada para saber cuándo es momento de sacar o guardar la cámara. Hubo largas conversaciones alrededor del fuego, nos invitaron a participar en diversas ceremonias antes de permitirnos tomar registro. Ceremonias nocturnas o al amanecer, con temperaturas bajo cero, lluvias o con cielos estrellados de verano. Ceremonias alrededor del rewe o a orillas de ríos y lagos. Al aire libre o en interiores de casas. Ceremonias que duraban horas, un día, o cuatro, que las comunidades conocían de memoria y cuyas coreografías se repetían con orden y precisión, siguiendo indicaciones de espíritus antiguos a través de sueños o cuando las machi o las machil —jóvenes con destino de machi, en formación— entraban en trance.
En diferentes territorios de Wallmapu vimos procesos similares: surgimientos de machi, de lawentufe. Alrededor de estas mujeres comienza a reconstruirse el tejido social mapuche, y muchas de las prácticas de las que ese pueblo fue despojado.
—Lo más difícil es que nos entiendan personas con otra forma de pensar. Nos despreciaron tanto, se burlaron tanto de nuestras creencias y costumbres que uno teme compartir secretos. Pero si hoy decidimos hacerlo es para que gente sensible y espiritualmente preparada nos acompañe en la lucha por defender la continuidad de la vida.
La machi Millaray está convencida de que es tiempo de mostrar lo que antes se ocultaba. Y por su rol, otra de sus tareas es la transmisión de saberes, la formación constante en el conocimiento ancestral mapuche. Es cotidiano en su casa ver a jóvenes y adolescentes de aquí para allá. Reciben pacientes, preparan lawen, lo embotellan, la consultan sobre pasos a seguir y toman nota en cuadernos y teléfonos celulares.
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—Ella es como una mamá, explica con cariño. Jamás te va a juzgar. Comparte su conocimiento, no lo mezquina. Siempre nos repite que hay que esterilizar bien las jarras, las ollas y que a un paciente hay que acompañarlo hasta que termine su tratamiento.
Flor Baldovino Cumillanca se disculpa por demorar unos días en responder los mensajes de WhatsApp, estuvo ocupada buscando lawen para una ceremonia. Tiene 17 años, pelo lacio, voz suave. Nació con tres riñones y desde muy pequeña fue atendida por Millaray. A los cinco años empezó a manifestarse su espíritu de machi. Se desmayaba, se caía. En la escuela primaria pudo contar de su proceso, la apoyaron. En la secundaria la pasó mal.
—Me juzgaban mucho. Traer un rol espiritual en estos tiempos es complejo. Te miran como un bicho raro por ocupar tu ropa mapuche. Tenía mucho desequilibrio por estar lejos del territorio. Decían que eran crisis, pero era mi püllü —el espíritu de machi, que se manifiesta—. No me entendían, me dejaban encerrada en una sala, me llevaban al hospital, pero yo necesitaba venir a mi mapu (tierra). Después cambié de colegio, preferí no decir nada, callé lo que yo era. Pero había ceremonias y yo faltaba a clases. El director se preocupó y le conté que estaba en un proceso de machi. Me brindó su apoyo, estaba orgulloso de tener una machi en el colegio.
Karen Opazo Matus, 33 años, recuerda el día que llegó a lo de Millaray, descompensada.
—Uno no escoge este camino, no se autodenomina lawentufe o machi, sino que desarrolla una condición a veces crónica, sin explicación, sin tratamiento en la medicina occidental. Y eso solo se alivia con un proceso de aprendizaje y sanación.
En su territorio, a orillas del lago Rupanco, no había lawentufe, y si bien la tradición dice que alguien del mismo rol tiene que enseñarlo, la machi aceptó el pedido de Karen y de otras jóvenes que traían el mismo destino. Fueron dos años intensos de acompañar a Millaray a diferentes tratamientos y ceremonias.
—Buscar lawen, identificarlo, saber en qué situaciones se utiliza, cuáles hierbas no se mezclan, esa es la parte más compleja. Me costó también soltar la lengua para poder pronunciar palabras en mapudungun. Pero lo más difícil son las dificultades sociales que conlleva aceptar el rol, vivir como mapuche. Eso fue lo más triste, darte cuenta que la sociedad es muy racista, incluso a veces las propias familias mapuche, te juzgan por la edad, por tu forma de ser, tus rasgos. Mucho pensamiento cristiano hay, dicen que tenemos prácticas barbáricas o satánicas.
Desde la colonización, las machi y lawentufe son perseguidas. En Chile son comunes encarcelamientos y procesos judiciales contra diferentes machi —incluida Millaray— que casi siempre lideran procesos de recuperación territorial y espiritual. Entre los casos más conocidos están los de la machi Francisca Linconao, el machi Celestino Córdova, el machi Cristóbal Tremigual y el machi Juan Queupumil, aún detenido.
En Argentina, donde las machi fueron exterminadas, en 2017 se conoció que, después de medio siglo, se levantaba una nueva machi, de 16 años. Betiana Colhuan —prima de Rafael Nahuel, un joven mapuche asesinado por fuerzas de seguridad— estuvo detenida durante ocho meses en Bariloche entre 2022 y 2023, junto a otras tres mujeres mapuche y sus hijos, acusadas de “usurpación”, delito por el que nadie va preso en Argentina.

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Karina Riquelme Viveros es abogada, defensora de derechos humanos. En los últimos 15 años sacó a más de 50 mapuche de cárceles y comisarías, los acompañó en juicios y procesos. Últimamente fue mediática por llevar dos casos emblemáticos: Operación Huracán —un montaje escandaloso en la historia de Chile, con la plana mayor de la policía acusada de inventar mensajes de texto como prueba para juzgar por terrorismo a ocho dirigentes mapuche; una causa que salió a la luz hace ocho años y cuyo juicio oral terminó hace pocas semanas— y la desaparición de Julia Chuñil, presidenta de la comunidad mapuche de Putreguel, en la Región de los Ríos, cerca del Pilmaiquén. Julia, de 72 años, fue amenazada por el empresario forestal Juan Carlos Morstadt. Desde el 8 de noviembre de 2024 no se sabe nada de ella ni de su perro. El 30 de septiembre de 2025, en conferencia de prensa, su familia denunció la existencia de un audio de Morstadt que revelaba que a Julia “la quemaron”.
Karina Riquelme tenía 28 años cuando una tarde de 2013 asistió a un seminario de la Universidad Católica, en Temuco, donde se exponía el conflicto del Pilmaiquén. Allí conoció a la machi Millaray. Le impresionaron su juventud, sus modos, su claridad. Le dio una tarjeta, le dijo: ojalá no me tenga que llamar nunca. A los pocos meses sonó el teléfono. En un operativo de madrugada, decenas de efectivos encapuchados —brigadas de policía de La Unión, Valdivia, Puerto Montt, Osorno y Temuco— irrumpieron en la casa de la machi con armas largas, le arrancaron a su hija de tres años de las manos y la llevaron detenida, junto a otras autoridades mapuche.
Ruth, la madre de la machi, tiene 59 años, pelo corto, carácter fuerte. Se queja con el celular en la mano. Dice que la próxima vez que venga a visitar a sus hijas se comprará un chip Movistar, con mejor señal en la zona. Viaja poco al campo, vive en Osorno. No es de origen mapuche. Aunque parece, ¿no?, dice la machi con una sonrisa ante la cara de reprobación de su madre, quien recuerda la mañana de enero de 2013 en que detuvieron a su hija y también allanaron su casa.
—Como yo no estaba, rompieron la puerta. Cuando llegué me agarraron entre dos policías grandotes, me llevaban con las piernas colgando. Preguntaban a los gritos dónde estaba el sótano. Les decía que no había sótano. Buscaban desesperados. Acá sólo van a encontrar libros, decía yo. Me dieron vuelta toda la casa.
Tras el allanamiento, Ruth corrió a radio Bio Bio de Osorno. Enojada, insistió hasta que pudo contar al aire lo sucedido. Luego fue para Carimallin, al campo, a lo de su hija. Puertas rotas, colchones abiertos y su nieta Yankalen, de tres años, abrazada a una vecina.
—No habló durante cuatro días. Fue tanto el trauma que los primeros años de su infancia fue tartamuda.
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—Fue la primera vez que vi cómo se utilizaba la Ley de Inteligencia.
La abogada Karina Riquelme recuerda cajas y cajas de información sobre la machi Millaray, con seguimiento a ella, a las personas que la rodeaban, a sus pacientes. Nada relacionado a lo que le imputaban: ser encubridora del incendio a un campo lejano y portación de armas, por una escopeta supuestamente encontrada en una bodega cerca de su casa.
—La describían como una bruja. Quisieron generar un imaginario de que no era machi ni mapuche, que su familia no era del territorio. Hablaron de su intimidad. Una mirada misógina, cosas que solo pueden decir de las mujeres.
Aunque no tenía antecedentes de violencia, la machi Millaray fue encerrada en una cárcel de máxima seguridad, en Valdivia, durante cuatro meses. Cama de cemento, mucho frío, cámaras 24 horas. Su hija, destetada a la fuerza, pasó a vivir con la abuela y la tía.
—La marcó mucho ese tiempo. Es lo que más duele. Uno sabe lo que puede pasar cuando defiende un territorio, pero un niño… Lamentablemente nuestros niños se acostumbran a estas situaciones. Yo les pedía que bajaran las armas cuando entraron a mi casa, que estaba con mi bebé.
Millaray conserva un sentimiento de injusticia, al punto que la condenaron a menos días de los que pasó encerrada. Su caso está en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
—Me acusaron de encubridora de un incendio del que no participé, no estuve ahí. Se me condenó por mi resistencia a la hidroeléctrica, porque hablamos de recuperación territorial en un lugar donde hay muchos latifundios. Investigamos, demostramos que hay títulos ancestrales, que somos los verdaderos herederos de esta tierra. Fue un castigo ejemplificador, por no querer ser chilena y querer ser mapuche.
Aprovechó el encierro para leer, aprender a tejer y armar redes. La cárcel resultó caja de resonancia. Organizaciones de Derechos Humanos, prensa y más comunidades se acercaron. Surgió el Aylla Rewe del Ngen Mapu Kintuante, más de 120 comunidades mapuche williche unidas para defender el río Pilmaiquén.
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La historia del despojo, de Martín Correa Cabrera, fue elegido mejor libro del 2021 por la Asociación de Librerías Independientes de Chile y durante 2022 fue de los más vendidos del país. En sus páginas se leen antecedentes del conflicto que lleva más de 15 años en torno al río Pilmaiquén. El territorio antiguo, cuyo núcleo original es el Ngen Kintuante, abarcaba unas 11 500 hectáreas. Las familias mapuche fueron reducidas a un espacio de 55 hectáreas (...) La machi Millaray Huichalaf, que desciende de su abuela Virginia Malpu Mafil, quien a su vez desciende de su abuelo Juan de Dios Mafil, la gran autoridad del sector hacia 1880, encabeza una lucha más allá de lo territorial, es una lucha por el ‘ser’ mapuche, por su existencia, y es en dicho contexto que es sometida a proceso judicial, escribió Correa. Historiador, doctor en Antropología, recuerda sus visitas a la machi en la cárcel de Llancahue, Valdivia.
—Siempre nos recibía con el espíritu en alto, con una sonrisa que se contraponía a las expresiones de sus visitantes. En una ocasión me confesó: se supone me vienen a subir el ánimo, pero yo estoy mejor de ánimo que ellos.
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—Hacía años quería ser madre y no podía. Cuando tuve mi segundo aborto espontáneo, el sistema de salud me ofrecía un tratamiento de fertilidad. No quise, era muy invasivo.
Arlette Aguilar Espinoza, en 2014 y con 34 años, decidió viajar desde Santiago, donde vivía, hasta la casa de Millaray, a casi 1 000 kilómetros.
—Vio mi orina, me dijo que mi útero era hostil, que lograba fecundar pero no podía retenerlo. Algo que traía de mi linaje, por eso otras mujeres de mi familia tenían el mismo problema.
Arlette tomó durante meses lawen para limpiar su organismo. Le mandaban botellas en bus hasta Santiago. Ella había ido a un colegio católico, las monjas les prohibían ver sus propios cuerpos desnudos, por eso la segunda parte del tratamiento le resultó impactante.
—Tenía que introducir hierbas en mi vagina. Fue un tiempo de aprender de la biología de la mujer, de los ciclos, las lunas. Un intensivo con la machi, me explicaba con mucha paciencia. Antes del año quedé embarazada, y poco antes del parto volví al sur para que la machi girara a mi bebé, porque estaba con los pies hacia abajo.
En 2015 nació Ayelén. Cinco años después, con 40, Arlette tuvo un segundo hijo, Dante.
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A fines de 2014, Felipe Guerra Schleef, flamante abogado, llegó al Pilmaiquén con el equipo jurídico del Observatorio Ciudadano. Recuerda la determinación de esa joven machi y las reuniones, que siempre empezaban con una ronda donde se compartían los sueños.
—Con el tiempo entendí esa conexión y cómo los daños que generaba la empresa también se expresaban en esa dimensión onírica.
Doctor en Derecho de la Universidad Austral de Chile, Guerra encontró argumentos jurídicos a partir de los sueños y presentó decenas de escritos, varios con sentencias favorables para las comunidades. Así se frenó la construcción de la central hidroeléctrica Osorno —proyectaba inundar un cementerio y las cuevas del Ngen Mapu Kintuante—, de la cual Statkraft desistió de forma definitiva en 2023.
Preocupada por los grandes paredones de concreto que crecían en el otro proyecto noruego sobre el Pilmaiquén, la Central Los Lagos —hoy prácticamente construida, aunque aún no empezó a operar—, la machi un día convocó al abogado.
—Me contó un sueño de su prima, en el que aparecían hallazgos arqueológicos.
Resultó que la empresa ocultaba la aparición de hallazgos —Son nuestros ancestros, nos están ayudando a cuidar el río, dice la machi— y la Corte Suprema ordenó la primera Consulta Indígena por hallazgos arqueológicos en la historia de Chile. Empezó a fines de 2023, y si bien no era vinculante, hasta que no terminara no se podía poner en funcionamiento la central Los Lagos. Recién hace semanas, el Consejo de Monumentos Nacionales, el organismo estatal que lleva adelante la consulta, dio por terminado el proceso, ante la queja de más de 120 comunidades que dicen que no se respetaron sus derechos. Statkraft, que anunció más de 50 millones de dólares en pérdidas por la demora, ahora sí, estaría cerca de poder inundar los 18 kilómetros de bosque donde se encuentran los hallazgos arqueológicos y especies en peligro de extinción
—Si Noruega inunda este lugar estaría haciendo un arqueocidio.
El arqueólogo Rodrigo Mera explica que en el río Pilmaiquén hay una ocupación efectiva, milenaria, cuyos sitios están empezando a conocerse. Que el estudio de impacto ambiental no consideró el componente medio humano y que el proyecto partió del supuesto de acá no hay gente, acá no hay historia, por lo tanto construyamos encima.
—Se podrían perder al menos cincuenta sitios arqueológicos. Es mucha información que no se va a conocer porque quedará bajo el agua.
Para Mera, asesor del Aylla Rewe en la consulta indígena, resultó una apertura mental trabajar con las comunidades y la machi Millaray.
—Tiene la capacidad de escuchar a las plantas, de dialogar con ellas, con árboles, con espíritus. En los recorridos en terreno la machi seguía otros rastros, o pasaba caminando por zonas donde uno se hundía. Para mí ha sido un crecimiento como profesional y persona, y para ver las limitaciones que tenemos respecto a la espiritualidad. Si realmente queremos conocer más detalles de la vida pasada, hay que sumar a las comunidades en la proyección de los sitios. De forma racional es difícil entender esa comunicación interespecies, pero los mapuche son expertos en comunicarse con la naturaleza, y no solo eso, sino a través del tiempo. Las machi dan saltos intergeneracionales, pueden ver qué había en los territorios antes y describirlo.
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Hace años intento entrevistar a un representante de Statkraft. Estuve cerca de hacerlo, en Noruega, en 2023. La machi Millaray fue invitada por organizaciones de la sociedad civil de ese país para visibilizar el conflicto. Viajamos con Pablo Piovano, con quien estamos filmando un documental. En Oslo conocimos a Stephen Sparkes, vicepresidente de Statkraft. Antropólogo, elegante, sonriente, me dio su tarjeta. Se comprometió a darnos una entrevista. Lo mismo pasó con Laine Powell, vicepresidente senior de la empresa en Latinoamérica. Las entrevistas nunca se concretaron. Un día me llamó la presidenta de Statkraft Chile, María Teresa González. Me dijo que por supuesto podría entrevistarla y me contactó con Gabriel Guichard, gerente de comunicación. El entrevistado fui yo: quiso saber de mis estudios, mis intenciones, cómo financiaría el documental. Me hizo muchas preguntas y se comprometió a que María Teresa me daría la entrevista. Antes, debía mandarle mis preguntas. Dudé en hacerlo, pero las mandé. Nunca fueron respondidas.
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Estas centrales atacan nuestra cultura, nuestra espiritualidad y violan nuestros derechos. Las comunidades hemos agotado las instancias jurídicas y legales en Chile. Por eso estamos aquí, con la esperanza de ser escuchados, dijo Millaray en el Parlamento noruego, en Oslo, en mayo de 2023. Entrevistada por los principales diarios, recorrió radios, plazas, universidades. Se sorprendió del apoyo e interés de jóvenes, partidos políticos y organizaciones sociales y sindicales.
—Antes decir Noruega en nuestro territorio era decir el monstruo. Durante años la única referencia fue Statkraft, que destruye nuestro río. Allá conocimos un pueblo que nos recibió como hermanos.
Otra grata sorpresa fue el encuentro con el pueblo sami, que habita ancestralmente parte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, y que, como el pueblo mapuche en Chile y Argentina, sufrió persecución y procesos de asimilamiento. Les prohibieron su lengua, sus costumbres. Es internacionalmente famosa la resistencia sami en Fosen contra Statkraft, donde el proyecto eólico más grande de Europa invade sus montañas. La sintonía entre jóvenes sami y la machi fue inmediata. La invitaron a conocer sus tierras, sus lugares sagrados y la secundaron ante el Punto Nacional de Contacto (PNC) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en Oslo, donde la machi en representación de más de 120 comunidades mapuche williche interpuso la primera queja de pueblos originarios de América contra una empresa noruega.

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Hay olor a pan recién horneado por Yanka, la hija mayor de la machi. Su madre deja a Anuk dormida en el sillón, pone una sartén sobre la cocina a leña.
—Tengo hambre, y el hambre me da mal humor.
La machi abre la puerta y le grita a Jaime que traiga huevos del gallinero. Se escucha el motor de una camioneta. Mira por la ventana, le pide a Yanka que caliente el kultrún, el tambor mapuche. Sale a recibir a una anciana que llega del brazo de un muchacho, su hijo. Desde adentro puedo ver a la machi y a la anciana, las manos en la espalda, frente al rewe. Jaime se suma y toma notas en un cuaderno. En la casa, Anuk despierta y pasa a los brazos de una de sus primas. Miran televisión, suena una canción repetitiva: tiburón, tararatatá, tiburón tararatatá. Afuera, la machi sopla humo dentro de un frasco. Unos minutos después, entra a la casa con dos panes caseros y unos repasadores tejidos por la anciana, quien llegó sin aviso para una consulta por problemas intestinales.
—No soy buena para cobrarle a la gente. Y como machi, la tradición dice que no puedo trabajar de otra cosa. Cuando mis pacientes se liberan de la energía negativa me siento tremendamente feliz. Siempre me preguntan ¿Cuánto me va a cobrar?, y yo digo que sea voluntario porque no todos tenemos las mismas posibilidades. Mi familia me critica, porque igual hay que comer, hay que vestirse, pero así como algunos tienen mucha voluntad y otros poca, la vida se encarga de dejar en equilibrio las cosas.
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En mayo de 2025 la machi Millaray me envía un video por WhatsApp. La que filma es ella. En la imagen se ve a Jaime, su pareja, forcejeando con dos policías que quieren esposarlo. La machi les pide que le muestren la orden de detención. Les pregunta por qué lo están deteniendo. Señora, hágase a un lado. Uno de los policías la agarra del brazo, no quiere que lo filmen. Suélteme, dice la machi. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden que tiene para llevárselo. La escena se mueve, tiembla, se ven pedazos de uniforme verde, una boca, una placa identificatoria con el nombre cubierto, a Jaime con el brazo doblado. Un policía lo agarra por detrás, del cuello. La machi estabiliza el teléfono. De pronto se ve a una niña de tres años, campera rosa, de pie ante la puerta de una camioneta. Es Anuk. Llora, sigue con atención la escena en la que su madre filma cómo se están llevando preso a su padre. En la otra mano la machi tiene las llaves de la camioneta. Uno de los policías se la arranca. Devuélvame la llave. No me puede dejar botada aquí con mis hijos. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden. Los policías logran meter a Jaime en el patrullero. Arrancan, se lo llevan. La machi queda a un costado de la ruta con sus dos hijos pequeños.
—Se está preparando el terreno, esto ya lo vimos —advertía Millaray desde una comisaría de Lautaro, a 250 kilómetros de su casa, donde llevaron a Jaime.
Le dictaron 45 días de prisión por resistencia a la autoridad. La detención fue por una denuncia de tres años atrás, cuando él había pedido permiso a un vecino —que al parecer lo denunció— para pasar por un terreno cerca del río, que es reclamado por las comunidades.
Por esos días, en que las comunidades advertían aumento de controles policiales en los caminos y drones merodeando sus casas, Felipe Trunci, autoridad del Aylla Rewe del Mapu Kintuante y defensor del río, fue interceptado por la Policía de Investigaciones (PDI) mientras repartía quesos. No le explicaron de qué lo acusaban, quisieron someterlo a un examen de sangre. A las horas se confirmó que fue por una denuncia de Statkraft, aunque no se aclaró el motivo. La orden fue del fiscal Sergio Fuentes, protagonista en la causa por la que fue encarcelada la machi hace 12 años.
El 13 de agosto de 2025 nuevamente fue allanada la casa de Millaray, días antes de un viaje programado a Suiza, donde ella y otros representantes comunitarios pensaban verle por primera vez la cara a directivos noruegos de Statkraft, en el marco de la queja presentada ante la OCDE. Una joven de 15 años en pleno tratamiento fue despertada por seis efectivos que le apuntaron con sus armas. Se llevaron la computadora de la hija de la machi y un celular. Según algunos medios, el allanamiento fue por una causa de “usurpación violenta”, que habría ocurrido el 23 de febrero de 2023. Ese día, en las puertas del predio donde se construye la central Los Lagos, una manifestación fue reprimida con perdigones de plomo. Los disparos de los policías, violando protocolos, apuntaron a los cuerpos. Entre los heridos estaba Luis Huichalaf, primo de Millaray, que perdió la vista de un ojo. La represión tuvo relevancia en Noruega —el tema salió en medios y se impuso en una sesión del Parlamento—, pero en Chile casi no tuvo cobertura periodística ni interés de la justicia.
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La mañana del 19 de agosto de 2025 la machi dirigía una ceremonia de sanación a orillas del río Pilmaiquén. El cauce creció inesperadamente, arrastró a una adolescente que estaba siendo tratada y a un vecino que se arrojó a rescatarla. Ambos murieron.
Varios testigos declararon que se abrieron las compuertas de una de las represas, pero desde las primeras horas del accidente, medios de comunicación y redes sociales apuntaron a la machi como responsable de las muertes. El fiscal Sergio Fuentes, apenas se enteró de la noticia y cuando aún no habían aparecido los cuerpos, llegó en helicóptero para tomarle declaración a Millaray.
“La ‘machi’ de los sacrificios: la oscura trama detrás del ritual que terminó con dos personas muertas”, tituló Bio Bio, un medio masivo de Chile famoso por estigmatizar a comunidades mapuche. Canal 13, también de gran audiencia en el país, se refirió a “las víctimas de esta ‘machi’ que no es reconocida ni por su pueblo”.
El tema se volvió viral en un país dividido donde los apoyos y solidaridad hacia Millaray se mezclan con discursos racistas hacia ella y las prácticas espirituales mapuche. Con todo, algo parece moverse: en la última semana de julio, en un fallo sin precedentes en la historia de Chile, la justicia condenó y multó a Bio Bio por discriminación arbitraria contra la machi Millaray, exigiendo rectificación y una capacitación para sus periodistas.
En el mismo río, en enero de 2022, se produce el fallecimiento de una persona que se tira a rescatar a dos niños, durante un bautismo evangélico. El abordaje de la noticia —dijo el abogado Felipe Guerra, en un programa radial— fue un abordaje sobrio, empático con el dolor de las víctimas. La noticia no menciona el nombre del pastor y se centra en los esfuerzos de rescate. Pero en este caso desde el primer momento se desarrolla una campaña orquestada para deslegitimar a la machi Millaray. Aparecen su nombre, su foto. Sin un juicio previo, se la condena socialmente en distintos medios. Y más grave, en un reportaje que aparece como supuesto ejercicio de periodismo de investigación, se desliza que sería un sacrificio humano y un rito satánico.
El escenario se ha vuelto complejo. Un familiar de una de las personas fallecidas, que en las primeras horas tras el accidente apuntó a la crecida del río y defendió a la machi, días después presentó una querella en su contra, acusándola de homicidio. Fuentes judiciales que tuvieron acceso a la causa dicen que es inconsistente, pero advierten que, teniendo en cuenta los antecedentes de la justicia chilena respecto al pueblo mapuche, no se puede descartar que avance un proceso penal contra la machi.

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Margarita Carilao, la machi que formó a Millaray, vive a más de 300 kilómetros de la casa de su discípula. Se ven poco, menos de lo que quisieran. Pero en momentos difíciles la familia Huichalaf siempre recurre a ella. En medio de la tragedia de las dos personas muertas, y de toda la campaña en su contra, Millaray fue a hasta lo de su maestra. Pocos días después, la machi Margarita apareció en Carimallin para realizar una ceremonia. Mucha gente llegó de diferentes comunidades. Las familias traían bolsas repletas de lawen, de plantas medicinales que crecen en sus tierras. Iban pasando de a una y le ofrecían lawen a la machi.
La ceremonia empezó con la noche. Duró varias horas. Se hizo dentro de la casa. En algún momento de la madrugada —Millaray acostada en el piso, tapada con hojas de lawen, mujeres tocando kultrun a su alrededor—, la primera etapa de la ceremonia se cumplió. Algunos salieron a comer algo, a tomar mate, a fumar; otros se fueron a dormir a los autos. La ceremonia se retomó con la salida del sol. Según contaban después quienes pudieron entender lo que decían las machi cuando entraron en trance, esa noche se presentaron varios Ngen —espíritus de la naturaleza—, de diferentes territorios. Dejaron sus mensajes. Recomendaron trabajos para Millaray y otras familias. Y advirtieron que venían tiempos difíciles. La machi también tuvo sueños en ese sentido.
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El 11 de abril pasado, mientras participaba en un foro de mujeres en Valdivia, Millaray recibió la noticia más dura de su vida: Jaime, su pareja, de 34 años, el padre de sus hijos, murió en un accidente automovilístico.
Durante el funeral, que duró tres días y al que asistieron cientos de personas, tampoco hubo paz. Presencia permanente de drones sobre la casa de la machi y amenazas de las comunidades que tienen vínculo con Statkraft de que no dejarían enterrar a Jaime en el cementerio comunitario. ¿Hasta dónde puede llegar la intromisión de una empresa en un territorio?, se pregunta una publicación en redes donde se puede ver el video —se hizo viral— de lo sucedido el día del entierro: personas con palos, un hacha y una motosierra atacando a los deudos y amenazando exhumar el cuerpo de Jaime. Identificadas, estas personas permanecieron menos de 24 horas detenidas, por injerencia del abogado Branislav Marelic, quien fue contratado por Statkraft y llamativamente se encontraba en el lugar de los hechos.
A fines de mayo, la machi Millaray Huichalaf, junto a otros referentes del Aylla Rewe del Mapu Kintuante, presentaron una querella por reiteradas amenazas de muerte hacia ella y otros defensores del río Pilmaiquén.
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Años de convivencia con Millaray Huichalaf, la líder espiritual más carismática del pueblo mapuche, han dado frutos en este relato, que toca sus pesadillas de infancia, el proceso para transformarse en machi, los meses en una cárcel de máxima seguridad y un presente trágico. Bienvenidos al mundo de la mujer que levantó a más de 120 comunidades en el sur chileno para defender un río amenazado por un proyecto hidroeléctrico noruego.
—Recuerdo que había unos pinos, de esos pinos venía el toro, lo veíamos con mi hermana. Y mi papá iba a ver y no había ningún toro. A ese toro siempre lo vi, desde muy niña. Hasta ahora en mis sueños lo veo.
Milla, como la familia llama a la machi Millaray Huichalaf, nació con ojos abiertos y mirando al cielo, según cuentan sus padres. Fue el 21 de mayo de 1989, en el Hospital Base de Osorno, en el sur de Chile. Creció a unos 50 kilómetros, en Paullin —comuna de Puerto Octay, Región de Los Lagos—, en una casa de madera pegada a la escuela rural donde su padre era el único maestro. Milla lo seguía a todos lados, se metía en sus clases. A los cuatro años sabía leer.
Segunda de cuatro hermanos —Amanda, Linkoyan y Nubia—, Millaray recuerda la sombra de coihues y maitenes, el olor a tierra mojada, el volcán Osorno en el horizonte. Infancia feliz, salvo por las pesadillas: personas que sufrían, gritos de dolor, culebras, pájaros, estampidas de animales. Despertaba abajo de la cama, la ropa mojada, el corazón acelerado. A veces Amanda soñaba lo mismo. Y cada vez que salían al baño durante la noche —el baño estaba fuera de la casa—, veían un toro. Con los años Millaray y su familia sabrían que ese toro, y otras visiones recurrentes, son fuerzas de la naturaleza advertidas por quienes portan espíritu de machi.
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El frío oscuro del sur chileno crece como la noche, se mete por el cuello y las muñecas. Pisando barro seguimos el camino que marca la linterna. Un poco agachados, pedimos permiso y entramos detrás de Amanda a una construcción de madera. Ambiente amplio, planta ovalada, techo alto, piso de tierra. Un fogón en el centro. Tres o cuatro caras giran hacia nosotros. Un silencio incómodo; luciérnagas de fuego desaparecen en el aire. Al fondo, sombras. Mari mari, saluda en mapudungun, en lengua mapuche, Amanda Huichalaf. Anuncia que llegó con visitas. Nos encontramos con ella hace una hora en Osorno —donde es docente en una escuela privada— y nos guio hasta acá, a su comunidad, a 50 kilómetros de la ciudad. Estrechamos manos de diferentes tamaños y texturas: mujeres, hombres, niños. Mari mari, nos dicen. Mari mari, repetimos. Ignoran quiénes somos, miran asombrados. Envuelta en una manta negra la machi Millaray Huichalaf también mira con desconfianza. Al acercarnos al fuego nos reconoce. Ah, pue, dice. Hace unos meses, cuando la conocimos, nos invitó a su territorio, nos contactó con su hermana. El saludo de la machi es cordial, sobrio. A su lado un hombre de unos 60 años, canoso, sombrero de cuero, ceño fruncido. Juan Antonio Huichalaf, padre de la machi y de Amanda.
Acercan un banco de madera al fuego, invitan a sentarnos. Pablo Piovano, fotógrafo, mi compañero de ruta, mide metro noventa. Sentado casi al ras del suelo parece más pequeño. Le cuesta acomodar las rodillas. Durante 25 minutos, 40 tal vez, nadie dice una palabra. El fuego, el humo escapando por un agujero cónico del techo. Tres pavas ennegrecidas sobre una parrilla. Una mujer elige dos troncos, los coloca estratégicamente. Las llamas crecen, los rostros más nítidos. Mujeres con pañuelos floreados en la cabeza, hombres serios. Ropa secándose, un hacha, una pala. Las medias de lana blanca que asoman de las botas de lluvia de Millaray. Es la única que no nos mira, pareciera estar en otra parte.
Juan Antonio se presenta en mapudungun. Su nombre, los apellidos de sus ancestros, el territorio donde estamos. Lo repite en castellano. Pregunta quiénes somos, de dónde venimos, qué buscamos. Giran dos mates; uno dulce, otro amargo. Tensión en los cuerpos, en las miradas. Una joven de pañuelo azul ve a Pablo manipular su paquete de cigarros para armar.
—Acá los que vienen de afuera nos dejan el tabaco.
Todos reímos. Pablo ofrece tabaco. La joven que habló y dos hombres más aceptan. La machi también.

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Hoy se conoce como sur de la Argentina y Chile lo que desde hace siglos es Wallmapu, el territorio ancestral mapuche —que va del océano Pacífico al Atlántico, incluyendo al menos siete provincias y cinco regiones, a un lado y otro de la cordillera de los Andes — que resistió la invasión inca, luego la española y durante el siglo XIX las llamadas Conquista del Desierto y Pacificación de la Araucanía, operaciones político-militares, argentina y chilena respectivamente. Un genocidio aún no reconocido por la historia oficial. En el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, por ejemplo, familias mapuche, prisioneras, fueron fotografiadas, sometidas a estudios científicos, expuestas, vivas o muertas, como piezas de museo. Recién a mediados de la década de 1990 comenzaron a restituirse algunos restos humanos a sus comunidades.
Mapuche significa gente de la tierra. En una de las zonas con mayores reservas hídricas y más codiciadas del mundo, comunidades mapuche defienden el agua y la tierra frente a industrias petroleras, forestales, salmoneras, hidroeléctricas y mineras. En ocasiones logran frenar o demorar esos proyectos.
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Machi es un rol, una autoridad mapuche. Una médica espiritual, intermedia entre el mundo terrenal y el wenu mapu —la tierra de arriba, como en mapudungun se nombra al cielo. Las y los machi son un canal. Reciben información a través de sueños, dirigen ceremonias, preparan lawen —medicina a base de hierbas—, atienden enfermos y desequilibrios espirituales y psicológicos.
—Esos son los más difíciles— dice la machi Millaray Huichalaf junto a su rewe, un ancho roble clavado en la tierra, a metros de su casa. El rewe es un tronco tallado, un rostro de boca pequeña, ojos ranurados y siete escalones. En el primer escalón, dos frascos de vidrio. Una gallina y sus pollitos picotean restos de harina tostada alrededor del rewe. Amarradas al tronco, 12 largas hojas de canelo, el árbol sagrado mapuche. En lo alto, el cuero de un cordero y cuatro banderas: las fuerzas que sostienen la tierra. En algunas ceremonias las machi entran en trance frente al rewe —giran con ojos vendados, mientras hablan en mapudungun—, a través de ellas se expresan espíritus antiguos. En el rewe, además, se tratan pacientes.
De diversos puntos de Chile, y de otros países, llegan hasta la casa de la machi Millaray pacientes con frascos de vidrio: la primera orina de la mañana. La machi sopla humo de tabaco dentro del frasco. Reconoce formas, colores, movimientos. Detecta kutran, desequilibrio.
—El rewe es un espacio puro, una antena donde la energía baja en mí. Yo veo en la orina el origen de la enfermedad. La persona se queja que le duele la guatita, o la espalda, o que una pierna se le cae, pero yo tengo que mirar por qué pasa eso.
Millaray vive en el sur, Carimallin, comuna Río Bueno, Región de Los Ríos. Neblina, volcanes, caminos de tierra entre campos de colonos alemanes que un siglo atrás ocuparon tierras mapuche. Talaron gran parte del bosque nativo. Lo aplanaron para que pastaran vacas lecheras. Acá abundan los establos lecheros. Y las lluvias.
El camino desde la tranquera hasta su casa, 600 metros sinuosos de campo abierto junto a un bosque oscuro, es difícil para vehículos bajos —nos quedamos en el barro unas cuantas veces estos años. Pacientes y familiares suelen ingresar a pie, cargan arpilleras desbordantes de laurel, maqui y otras plantas, botellas de plástico vacías —donde después se llevan lawen, la medicina—, comida, mantas y colchones enrollados, si el tratamiento implica quedarse una o dos noches.
Decenas de personas llegan semanalmente. Doloridas, rengueando, con úlceras, insomnio, cáncer. Comparten mates y esperas al aire libre, entre gallinas que espantan todo el tiempo, alrededor de fuegos improvisados cuando el frío no se aguanta. Mucha gente —no solo mapuche— llega tras fracasar con médicos y hospitales. El dato se pasa de boca en boca. La machi es en ocasiones la última esperanza.
—A veces es tarde. El desequilibrio es grande y ya no puedo hacer nada.
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Cuando Amanda cumplió 12 años la familia Huichalaf tuvo que mudarse a Osorno; no había escuela secundaria en Paullin. Lejos de la naturaleza, todo fue caos.
—A Milla le daban ataques de llanto y rabia, después empezaba a convulsionar. Botaba espuma por la boca —recuerda Amanda, quien también sufrió esos ataques.
A Juan Antonio, el padre, le advirtieron en una ceremonia: sus hijas traen origen de machi.
—Pero entonces yo tenía apagada mi parte espiritual, no lo creí.
Estudios médicos, consultas, hospitales. Nada resultaba, las convulsiones aumentaban. Un día le diagnosticaron a Millaray un tumor en el cerebro. Su padre consultó a un grupo de lonkos, líderes políticos mapuche.
—Me aconsejaron que llevara la orina de mis hijas a una machi del norte, bien lejos. Visité a tres machi, todas coincidieron. La última dijo: si sus hijas no empiezan tratamiento mapuche urgente, sus vidas corren peligro.
Un espíritu de machi, una tatarabuela de ellas, quería regresar. Una de las hermanas debía recibirla. Si no, la enfermedad se propagaría por toda la familia. Amanda no quiso, Milla tampoco. Pero un día convulsionó Linkoyan, su hermano menor.
—Saltaba, cantaba en mapudungun. Nunca había hablado en lengua pero agarró un kultrun (tambor sagrado mapuche) y cantaba, sacudiéndose para todos lados.
Para Millaray fue el límite. Le dijo a su padre que se ponía a disposición para lo que fuera. Lo hizo sin entender qué significaba ser machi. Tenía 12 años.
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El primer viaje a Wallmapu fue en 2018. Salimos desde Buenos Aires una tarde de noviembre. A Pablo Piovano lo conocí poco antes, en una pizzería porteña. El año anterior yo había cubierto los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, muertos con tres meses de diferencia en sendas represiones de fuerzas de seguridad argentinas. Ambos dentro de tierras reclamadas por comunidades mapuche. Sectores del entonces gobierno de Mauricio Macri, del Poder Judicial y algunos medios de comunicación comenzaron a señalar a los mapuches —che significa gente, por lo que mapuche, en plural, no debería tener la letra ‘s’ final— como enemigos internos de la patria, estigmatizando a ese pueblo, persiguiendo comunidades y responsabilizándolas de esas muertes. Pablo, que comenzaba un trabajo fotográfico sobre movimientos de resistencia en la Patagonia, se interesó en el tema. Me contactó, nos encontramos. Semanas después otro asesinato, esa vez del lado chileno. Bastaron unos mensajes de WhatsApp, una llamada y en dos horas estábamos rumbo a la frontera.
El funeral de Camilo Catrillanca, acribillado por la espalda dentro de su comunidad por un escuadrón de la policía chilena, fue el primer paso de un camino que hoy continúa. Durante el viaje a La Araucanía —conocida como zona roja del conflicto mapuche—, vislumbramos la dimensión del proceso de recuperación territorial, político y espiritual de ese pueblo. No imaginábamos que las comunidades habían logrado recuperar miles de hectáreas de manos de forestales y colonos europeos; tampoco una represión tan brutal y sistemática: presenciamos operativos de la policía chilena con tanquetas, helicópteros y uniformados listos para una guerra. La resistencia impresionaba. Piedras. Palos. Fuego. Adolescentes. Abuelas. Familias enteras defendiendo su tierra.

Hace más de siete años que recorremos Wallmapu, el territorio de ese pueblo que nos abrió sus casas, que relata historias atravesadas por la violencia estatal. Así entramos al tema, a la noticia, cubriendo represiones, muertes. ¿Pero cómo contar la espiritualidad, ese hilo que atraviesa los tiempos y que es la raíz que podría ayudar a entender, en parte, la persistencia de un pueblo que se levanta para defender algo más que su identidad y su territorio?
La machi Millaray Huichalaf fue, para nosotros, la puerta de acceso a la espiritualidad mapuche, a ese a otro mundo misterioso que existe desde siempre. La conocimos una mañana de diciembre de 2018 en Valdivia, durante un juicio a un joven mapuche. Diferentes comunidades acompañaban el proceso. La vimos en un hogar para estudiantes, donde las familias descansaban entre las audiencias. Un poco apartada, la machi conversaba con otra mujer. Era evidente su condición de autoridad por la vestimenta tradicional. Su platería tintineaba: una gran pieza pectoral, un prendedor, aros semicirculares. Ojos negros, pómulos marcados, una larga trenza. Hablaba en voz baja, una voz dulce pero con determinación. Tenía 29 años. Nos invitó a su territorio, donde un proyecto hidroeléctrico de una multinacional noruega amenazaba un río sagrado y un extenso sitio ceremonial. Fuimos meses después —la noche que nos recibieron alrededor del fuego—. Desde entonces hemos cruzado la Cordillera más de 30 veces.
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—Yo estaba muy enfermo, artritis reumatoide y artrosis cervical. Dolores insoportables, me costaba dormir, me caía, no podía sostener nada con las manos. Fui al control y supliqué que me dieran algo. La reumatóloga me dijo que lo mío no tenía cura, que era una enfermedad degenerativa, progresiva, que los remedios solo servirían para que tuviera menos dolor.
Ese día, Marco González —57 años, trabajador rural— llegó a su casa, tiró los remedios a la basura y le dijo a su esposa que, si no servían para mejorarse, no los tomaría más. Días después le recomendaron ver a una lawentufe, una mujer mapuche que prepara lawen y puede ver, a través de la orina, algunas enfermedades.
—Como lo mío era muy complicado, ella me recomendó ver a la machi Millaray. Eso sucedió hace seis años. La machi me dio el mismo diagnóstico que el médico, pero dijo que podía curarme. “Yo no quiero que pierda su plata ni que me haga perder tiempo. Si se quiere mejorar, tiene que hacer todo lo que le diga”, me aclaró. A los 15 días de tomar lawen no sentía ningún dolor. Recuperé la fuerza en mis manos, volví a picar leña. Después fue un tratamiento largo, tuve que buscar lawen en la Cordillera y hacer una ceremonia en un río y otra en un lago. Hoy me siento completamente sano.
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Pilmaiquén significa golondrina en mapudungun. Zigzagueante como vuelo de golondrina, el río Pilmaiquén nace en las aguas transparentes y frías del lago Puyehue, rodeado de volcanes, a los pies de la Cordillera de los Andes. Desde hace siglos comunidades mapuche williche —willi significa sur; che, gente— peregrinan de diversos territorios hasta la ribera del Pilmaiquén. Allí están las cuevas de los Ngen, espíritus antiguos, fuerzas de la naturaleza. Las comunidades se conectan con esos Ngen y cosechan plantas y hongos medicinales a orillas del río, donde se hacen diferentes ceremonias.
—Es un río sagrado, columna vertebral de nuestro territorio, una gran serpiente que lleva por sus venas los espíritus para que asciendan al wenu mapu, la tierra de arriba. Si ese río se interrumpe —explica la machi Millaray—, nuestros muertos no encuentran el camino. Es el corazón de este lugar, donde habita el Ngen Mapu Kintuante, que rige el territorio desde siempre.
Encajonado entre altos paredones abundantes en nalcas —hojas del tamaño de orejas de elefante— y cientos de especies de plantas medicinales, este río es el límite entre la Región de Los Ríos y la Región de Los Lagos. El Pilmaiquén se une al río Bueno y desemboca en el océano Pacífico. Antes atraviesa un bosque siempre verde, un refugio de biodiversidad único en el mundo, en categoría Peligro Crítico de Extinción, la más alta según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
—La construcción de la hidroeléctrica Los Lagos, de la empresa noruega Statkraft, afectará muchas especies —precisa Cecilia Smith Ramírez, bióloga, profesora e investigadora en Ecología de la Universidad de Los Lagos—. El marsupial más antiguo, que acá le llamamos monito de monte, habita ambas laderas del Pilmaiquén. Se va a inundar su hábitat. El pudú, un pequeño ciervo. La güiña, un gato silvestre. Las nutrias no podrán subir río arriba. Hongos, crustáceos, moluscos, un musgo primitivo solo encontrado allí. Insectos, líquenes, microorganismos, todos perderán su hábitat.
Smith conoció a los profesionales encargados del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto hidroeléctrico al que se oponen más de 120 comunidades mapuche williche.
—Se hizo en 2009, de forma precaria. Sólo dos días y desde una embarcación. Faltó el estudio de anfibios y el de peces quedó incompleto. Si esa evaluación ambiental se hiciera hoy y bien, no se podría hacer ninguna intervención del río.


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—Siempre soñaba con alguien que me tocaba la puerta y me tiraba monedas de plata. Nunca la alcanzaba a ver. Un día, en el sueño, abrí la puerta y la vi. Era una mujer mapuche con vestimenta muy colorida, con una marca en la cara. Desde entonces dejé de soñar con ella.
Fueron años largos para Millaray y su familia, entre convulsiones, pesadillas y dudas sobre el camino a seguir. Su padre la llevó a diversas machi; no todas generaban confianza. “La machi que debe formarla aún no ha aparecido”, le decían. Un día, al llegar junto a Amanda y una amiga a un guillatún, una ceremonia lejos de su casa, más al norte, Milla descubrió que la machi de ese territorio era la mujer de sus sueños.
—Su cara marcada, su ropa de colores, su trenza. Se me pararon todos los pelos.
Millaray saludó normal, no le dijo nada y cuando empezó la ceremonia se alejó. En ese tiempo escuchaba Los fiskales, 2 minutos y otras bandas punk. Vestía de negro. Se había arrepentido de su decisión. No quería ser machi. Mucha gente hablaba a sus espaldas. Entre las comunidades enseguida se sabe cuando alguien comienza un camino de machi. Muchos desconfiaban que realmente fuera el destino de esa adolescente de ciudad, que recién empezaba a aprender la lengua y ni siquiera usaba ropa tradicional.
—De pronto, la machi Margarita entra en trance. Su espíritu dice que había llegado alguien que esperaba hacía tiempo. Empieza a decir de dónde venía yo, cuál era mi origen.
Quienes sabían de su proceso, la empujaron hacia el rewe. La machi Margarita Carilao la guió y completaron la ceremonia juntas. Desde entonces no se separaron. Millaray vivió el resto de su adolescencia en casa de Margarita, que le enseñó a hacer pan, faenar animales, reconocer plantas medicinales, hablar mapudungun.
—Uno es como una piedra en bruto. La machi mayor te va puliendo hasta lograr la perfección del conocimiento. Es un proceso difícil, largo. Cuando tenía 19 años mi machi dijo “ya tú estás lista para sanar”. Quizás espiritualmente estaba preparada, pero cuando vino mi primer paciente tuve mucho miedo de equivocarme. Las machi somos de carne y hueso. Me acuerdo que me arranqué para el monte. Escuché que venía gente y me fui.
El tiempo le dio confianza y a los 20 años ya atendía pacientes. Los sueños la hicieron volver a Carimallin, la tierra de sus abuelos, donde se enteró de los proyectos hidroeléctricos que afectaban al río Pilmaiquén y a los espíritus de la zona.
—Siempre fui tímida, silenciosa. Pero el río empezó a hablar a través de mí. La gente me escuchaba, sabía de la importancia de defender este centro ceremonial antiguo y la casa del Ngen Mapu Kintuante.

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—Mi abuelita decía que la vida antigua regresaría, que sus mayores repetían eso.
Esteban Vera, 36 años, fundador de la Asociación Wenuleufu, que representa a más de 60 comunidades mapuche williche de Río Bueno. Su familia vive desde siempre en la ribera del río Pilmaiquén.
—Aquí se estaba perdiendo el conocimiento, pero al llegar la machi Millaray se fortaleció la identidad. Ella volvió a levantar ceremonias, empezamos a recuperar el saber de nuestros antiguos, a identificar cada lawen, hierbas medicinales que ya veíamos como una simple enredadera, unas malezas. Y son las que nos curan desde siempre.
Hay repisas con decenas de metahues moldeados por sus manos, cántaros de greda que, durante las ceremonias, se llenan de harina tostada y muday, una bebida fermentada a base de trigo. Esteban padeció una alergia por todo el cuerpo, insomnio, depresión.
—Uno veía gente curarse pero igual no terminaba de creer. La machi me hizo una ceremonia en una cascada. Con diez minutos bajo el agua y el lawen pude sanar algo que ni toda la vida con psicólogos y médicos lo hubiera logrado. Sentí como si me hubieran limpiado el alma.
Observador, detallista, de voz suave y amable, fue de los primeros en sumarse a la defensa del río y de los sitios sagrados.
—Nos decían “comunistas, revoltosos”. Mi familia tardó en entender. “Tú tienes que trabajar y estudiar, no estar defendiendo esas cosas”, me recriminaban.
Con los años su padre, carpintero, ayudó a construir la casa de Millaray. Otras familias también se acercaron a la machi por problemas de salud.
—Es que Statkraft nos divide, ha roto el tejido social. Se aprovecha de una zona con muchas carencias y entrega madera, invernaderos, abono y becas a quienes apoyan su proyecto hidroeléctrico.
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La machi relata su vida en entrevistas interrumpidas por la llegada de un paciente, un llamado de urgencia, preguntas sobre un preparado de hierbas o el pedido de atención de sus hijos: Yankalen, 14 años; Anuk tres y Pillan, uno.
Salvo por los paneles solares y el rewe, su casa es como tantas del campo chileno. Sencilla, de madera, cocina a leña, ambientes que se agregan con los años. Eso sí, gente todo el tiempo. Niños y juguetes por el suelo, dibujos animados a volumen fuerte, la cocina abarrotada de botellas plásticas con rótulos de ”noche”, “ayuno”. Bolsas de arpillera con lawen, ramilletes de canelo enganchados entre ollas y sartenes. A la noche colchones por el piso, frazadas, sacos de dormir. Y Peñito, un gato gris atigrado que aprovecha cada vez que se abre la puerta para escabullirse dentro. Lo sacan y vuelve a entrar, todo el tiempo.
Una mesa larga es el corazón del hogar. Pan, queso, café, mate y un calendario donde se anotan los turnos de los pacientes. Difícil entender algunas letras, unas escritas sobre otras.
—A veces con tal de tener su turno, la gente tacha o escribe sobre el de otro paciente— se queja la machi.
De una pared cuelgan un sombrero negro, un casco de moto, dos guitarras.
—¿Quién toca, machi?
—Mi wentru. Tiene que escucharlo. Folklore, rancheras, Soda Stereo.
Jaime, su wentru (hombre, en mapudungun), entra por la puerta trasera con troncos en la mano. Mete un par en la cocina a leña, otros en un canasto.
—¿Le puedo hacer un encargo de Argentina?
—Sí, dígame.
—Unas botas de cuero. Acá no se consiguen.
Millaray pregunta si en el próximo viaje podemos traer yerba (para el mate).
—Le doy la plata ahora. La de acá es cara y fea.
Amanda, docente de mapudungun en una escuela de Osorno, quiere un libro de mandalas mapuche. Averiguó por internet que los venden en la avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires.
—Aguante la Bersuit [banda argentina de rock], che boludo —dice Jaime, y la machi, sentada amamantando a Anuk, le pone cara de qué pesado. Él les da un beso a cada una y se va para afuera. Siempre está haciendo algo. Unos años menor que la machi, macizo, espalda ancha, Jaime usa camisa a cuadros y pelo al ras o rulos, según la época. Pícaro, rápido para los chistes, es de esas personas que saben arreglarlo todo. Es difícil verlo de mal humor. Para ser hombre de campo, es muy cariñoso y demostrativo. Juega con sus hijos y es común que a la pasada le de un beso, un abrazo o le haga un chiste a Millaray.


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Hernán Buchi fue ministro de Hacienda durante la dictadura de Pinochet. Junto a otros altos funcionarios promovió privatizaciones de compañías estatales chilenas, entre ellas Empresa Eléctrica Pilmaiquén, que ya en democracia y con Buchi en su directorio, proyectó construir tres centrales hidroeléctricas sobre el río Pilmaiquén. Los respectivos estudios de Impacto Ambiental de 2009 negaban la existencia de comunidades mapuche williche, que viven allí desde mucho antes de que Chile se llame Chile.
En 2014, Buchi y sus socios, que habían adquirido derechos de tierra y agua en la ribera del río Pilmaiquén —Chile es de los pocos países en los que el agua está privatizada—, participaron en la venta de Empresa Eléctrica Pilmaiquén y sus proyectos a la estatal noruega Statkraft, la compañía productora de energías renovables más grande de Europa.
Per Ranestad es alto, tiene 70 años, el pelo canoso y la sonrisa fácil. Historiador, trabajó durante décadas en la cooperación solidaria vinculada con el movimiento de trabajadores de Noruega, donde nació y vive. También vivió cinco años en Chile y desde 1982 viaja cada dos o tres años a visitar amigos.
—Me sorprende que no haya capacidad de aprendizaje ni de memoria institucional en Noruega respecto a este tema. En mi país hay un caso famoso, el del río Alta. A fines de los setenta y principios de los ochenta, la construcción de una hidroeléctrica generó un levantamiento social. De esa experiencia nació el artículo 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que prohíbe proyectos inconsultos. Pero resulta que los noruegos van a Chile y repiten el error en zonas mapuche. Y no una vez. En 2011, Statkraft —que en ese tiempo era SN Power— quiso construir hidroeléctricas en Futrono y Lago Ranco, en la Región de Los Ríos, pero ante la férrea oposición de las comunidades se retiró con pérdidas. Y en 2015 compraron proyectos en el Pilmaiquén sabiendo que entrarían, otra vez, en conflicto con comunidades mapuche.
Per viajó hasta el río Pilmaiquén, se entrevistó con funcionarios noruegos y chilenos, con directivos de Statkraft y con comunidades que apoyan el proyecto y que se oponen. También conoció a Millaray:
—Me ha llamado la atención su tranquilidad. Es seria y a la vez con buen humor. Sabe hablar con la gente, y siempre está escuchando. He conocido otras machi, y se notaba su autoridad por lo impositivo. Con Millaray no, ella es muy suave. No hace gestos para imponerse, todo se da de forma natural.
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Una mañana de lluvia acompañamos a la machi al cementerio de Maihue, a pocos kilómetros de su casa y a metros de la cueva del Ngen Mapu Kintuante. Apareció un hombre mayor con pelo blanco, el sepulturero, junto a una mujer de mameluco azul que a los gritos le dijo a Millaray que no podía entrar.
—¿Por qué no? Es un cementerio comunitario, voy a la tumba de mis abuelos.
—Tu no vivías acá, llegaste a estas tierras por interés, cuando empezó la represa.
—Sí, llegué a defender el territorio.
—¿A defender de quién?
—De la empresa, que iba a inundar esta zona y le paga a las comuni...
—A ver, ¿cuántos años tengo yo? —el hombre estira su mano, con la palma hacia arriba—. Si realmente eres machi puedes ver mi mano y saber cuántos años tengo.
—Todos sabemos quién eras tú antes —dice la mujer del mameluco. Se mueve, gesticula, grita.
—¿Quién era? —pregunta Millaray, mirándola fijo, sus grandes cejas fruncidas.
—Eras una punky.
—¿Qué tiene si me gusta el rock?.
—Y ahora dices que eres machi. Y una machi no anda en conflicto. Una machi es para aliviar el alma, para hacer remedio.
La discusión siguió unos minutos hasta que Millaray dijo:
—Ya. Mucha falta de respeto.
Pidió permiso y siguió caminando hasta la tumba de sus abuelos.
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—De muy niña comencé con kutran —desequilibrio, como en mapudungun se nombra a la enfermedad—, pero no lo sabía porque acá no había machi. Mi abuela era hablante (de mapudungun), yo le pedía que me enseñara. Ella decía: no, porque te van a cortar la lengua. A la abuela de mi abuelita la despojaron de su hogar, a orillas del Pilmaiquén.
Soledad Paicil Quintupurray, 48 años, educadora tradicional y lawentufe —también cura y posee conocimientos de medicina mapuche—. Desde su casa, cerca de la Cordillera y donde nace el río Pilmaiquén, se ve el volcán Osorno. Dice que siempre sintió la presencia de los Ngen, espíritus de la naturaleza. Su abuela le enseñó a respetarlos. Durante 16 años dio clases en escuelas de Puyehue, Santa Elvira, Entre Lagos, Temuco y Llanquihue. Acompañó a diferentes machi y comunidades en ceremonias, pero con distancia, nunca tan involucrada.
—Tuve un peuma, un sueño muy fuerte con la machi Millaray. Yo jamás la había visto. La soñé, le vi su cara. Ella me daba un regalo.
Pasaron años, y en un encuentro de comunidades le pidieron que fuera a invitar a la machi a tomar mate.
—Yo fui, pensaba que los machi eran viejitos. Los que conocí eran así, pero me señalaron una jovencita. Cuando la miré fue grande mi sorpresa, era la persona que había soñado.
Soledad se emocionó pero no dijo nada. Hasta que un día, por problemas de salud, gente conocida la llevó hasta Carimallin.
—Me conmovió su forma de ser, muy humilde. Los machi suelen estar alejados, nadie se les acerca. Ella no. Comparte con todos, es carismática. Es como la machi del pueblo. Con ella me animé a avanzar en mi proceso de lawentufe. Fueron muchos tropiezos, pero me enseñó a continuar. Que lo que no se sabe se aprende y que uno no puede quedarse en el camino.

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Al principio a Pablo no lo dejaban fotografiar demasiado. Hoy es suficiente con una mirada para saber cuándo es momento de sacar o guardar la cámara. Hubo largas conversaciones alrededor del fuego, nos invitaron a participar en diversas ceremonias antes de permitirnos tomar registro. Ceremonias nocturnas o al amanecer, con temperaturas bajo cero, lluvias o con cielos estrellados de verano. Ceremonias alrededor del rewe o a orillas de ríos y lagos. Al aire libre o en interiores de casas. Ceremonias que duraban horas, un día, o cuatro, que las comunidades conocían de memoria y cuyas coreografías se repetían con orden y precisión, siguiendo indicaciones de espíritus antiguos a través de sueños o cuando las machi o las machil —jóvenes con destino de machi, en formación— entraban en trance.
En diferentes territorios de Wallmapu vimos procesos similares: surgimientos de machi, de lawentufe. Alrededor de estas mujeres comienza a reconstruirse el tejido social mapuche, y muchas de las prácticas de las que ese pueblo fue despojado.
—Lo más difícil es que nos entiendan personas con otra forma de pensar. Nos despreciaron tanto, se burlaron tanto de nuestras creencias y costumbres que uno teme compartir secretos. Pero si hoy decidimos hacerlo es para que gente sensible y espiritualmente preparada nos acompañe en la lucha por defender la continuidad de la vida.
La machi Millaray está convencida de que es tiempo de mostrar lo que antes se ocultaba. Y por su rol, otra de sus tareas es la transmisión de saberes, la formación constante en el conocimiento ancestral mapuche. Es cotidiano en su casa ver a jóvenes y adolescentes de aquí para allá. Reciben pacientes, preparan lawen, lo embotellan, la consultan sobre pasos a seguir y toman nota en cuadernos y teléfonos celulares.
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—Ella es como una mamá, explica con cariño. Jamás te va a juzgar. Comparte su conocimiento, no lo mezquina. Siempre nos repite que hay que esterilizar bien las jarras, las ollas y que a un paciente hay que acompañarlo hasta que termine su tratamiento.
Flor Baldovino Cumillanca se disculpa por demorar unos días en responder los mensajes de WhatsApp, estuvo ocupada buscando lawen para una ceremonia. Tiene 17 años, pelo lacio, voz suave. Nació con tres riñones y desde muy pequeña fue atendida por Millaray. A los cinco años empezó a manifestarse su espíritu de machi. Se desmayaba, se caía. En la escuela primaria pudo contar de su proceso, la apoyaron. En la secundaria la pasó mal.
—Me juzgaban mucho. Traer un rol espiritual en estos tiempos es complejo. Te miran como un bicho raro por ocupar tu ropa mapuche. Tenía mucho desequilibrio por estar lejos del territorio. Decían que eran crisis, pero era mi püllü —el espíritu de machi, que se manifiesta—. No me entendían, me dejaban encerrada en una sala, me llevaban al hospital, pero yo necesitaba venir a mi mapu (tierra). Después cambié de colegio, preferí no decir nada, callé lo que yo era. Pero había ceremonias y yo faltaba a clases. El director se preocupó y le conté que estaba en un proceso de machi. Me brindó su apoyo, estaba orgulloso de tener una machi en el colegio.
Karen Opazo Matus, 33 años, recuerda el día que llegó a lo de Millaray, descompensada.
—Uno no escoge este camino, no se autodenomina lawentufe o machi, sino que desarrolla una condición a veces crónica, sin explicación, sin tratamiento en la medicina occidental. Y eso solo se alivia con un proceso de aprendizaje y sanación.
En su territorio, a orillas del lago Rupanco, no había lawentufe, y si bien la tradición dice que alguien del mismo rol tiene que enseñarlo, la machi aceptó el pedido de Karen y de otras jóvenes que traían el mismo destino. Fueron dos años intensos de acompañar a Millaray a diferentes tratamientos y ceremonias.
—Buscar lawen, identificarlo, saber en qué situaciones se utiliza, cuáles hierbas no se mezclan, esa es la parte más compleja. Me costó también soltar la lengua para poder pronunciar palabras en mapudungun. Pero lo más difícil son las dificultades sociales que conlleva aceptar el rol, vivir como mapuche. Eso fue lo más triste, darte cuenta que la sociedad es muy racista, incluso a veces las propias familias mapuche, te juzgan por la edad, por tu forma de ser, tus rasgos. Mucho pensamiento cristiano hay, dicen que tenemos prácticas barbáricas o satánicas.
Desde la colonización, las machi y lawentufe son perseguidas. En Chile son comunes encarcelamientos y procesos judiciales contra diferentes machi —incluida Millaray— que casi siempre lideran procesos de recuperación territorial y espiritual. Entre los casos más conocidos están los de la machi Francisca Linconao, el machi Celestino Córdova, el machi Cristóbal Tremigual y el machi Juan Queupumil, aún detenido.
En Argentina, donde las machi fueron exterminadas, en 2017 se conoció que, después de medio siglo, se levantaba una nueva machi, de 16 años. Betiana Colhuan —prima de Rafael Nahuel, un joven mapuche asesinado por fuerzas de seguridad— estuvo detenida durante ocho meses en Bariloche entre 2022 y 2023, junto a otras tres mujeres mapuche y sus hijos, acusadas de “usurpación”, delito por el que nadie va preso en Argentina.

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Karina Riquelme Viveros es abogada, defensora de derechos humanos. En los últimos 15 años sacó a más de 50 mapuche de cárceles y comisarías, los acompañó en juicios y procesos. Últimamente fue mediática por llevar dos casos emblemáticos: Operación Huracán —un montaje escandaloso en la historia de Chile, con la plana mayor de la policía acusada de inventar mensajes de texto como prueba para juzgar por terrorismo a ocho dirigentes mapuche; una causa que salió a la luz hace ocho años y cuyo juicio oral terminó hace pocas semanas— y la desaparición de Julia Chuñil, presidenta de la comunidad mapuche de Putreguel, en la Región de los Ríos, cerca del Pilmaiquén. Julia, de 72 años, fue amenazada por el empresario forestal Juan Carlos Morstadt. Desde el 8 de noviembre de 2024 no se sabe nada de ella ni de su perro. El 30 de septiembre de 2025, en conferencia de prensa, su familia denunció la existencia de un audio de Morstadt que revelaba que a Julia “la quemaron”.
Karina Riquelme tenía 28 años cuando una tarde de 2013 asistió a un seminario de la Universidad Católica, en Temuco, donde se exponía el conflicto del Pilmaiquén. Allí conoció a la machi Millaray. Le impresionaron su juventud, sus modos, su claridad. Le dio una tarjeta, le dijo: ojalá no me tenga que llamar nunca. A los pocos meses sonó el teléfono. En un operativo de madrugada, decenas de efectivos encapuchados —brigadas de policía de La Unión, Valdivia, Puerto Montt, Osorno y Temuco— irrumpieron en la casa de la machi con armas largas, le arrancaron a su hija de tres años de las manos y la llevaron detenida, junto a otras autoridades mapuche.
Ruth, la madre de la machi, tiene 59 años, pelo corto, carácter fuerte. Se queja con el celular en la mano. Dice que la próxima vez que venga a visitar a sus hijas se comprará un chip Movistar, con mejor señal en la zona. Viaja poco al campo, vive en Osorno. No es de origen mapuche. Aunque parece, ¿no?, dice la machi con una sonrisa ante la cara de reprobación de su madre, quien recuerda la mañana de enero de 2013 en que detuvieron a su hija y también allanaron su casa.
—Como yo no estaba, rompieron la puerta. Cuando llegué me agarraron entre dos policías grandotes, me llevaban con las piernas colgando. Preguntaban a los gritos dónde estaba el sótano. Les decía que no había sótano. Buscaban desesperados. Acá sólo van a encontrar libros, decía yo. Me dieron vuelta toda la casa.
Tras el allanamiento, Ruth corrió a radio Bio Bio de Osorno. Enojada, insistió hasta que pudo contar al aire lo sucedido. Luego fue para Carimallin, al campo, a lo de su hija. Puertas rotas, colchones abiertos y su nieta Yankalen, de tres años, abrazada a una vecina.
—No habló durante cuatro días. Fue tanto el trauma que los primeros años de su infancia fue tartamuda.
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—Fue la primera vez que vi cómo se utilizaba la Ley de Inteligencia.
La abogada Karina Riquelme recuerda cajas y cajas de información sobre la machi Millaray, con seguimiento a ella, a las personas que la rodeaban, a sus pacientes. Nada relacionado a lo que le imputaban: ser encubridora del incendio a un campo lejano y portación de armas, por una escopeta supuestamente encontrada en una bodega cerca de su casa.
—La describían como una bruja. Quisieron generar un imaginario de que no era machi ni mapuche, que su familia no era del territorio. Hablaron de su intimidad. Una mirada misógina, cosas que solo pueden decir de las mujeres.
Aunque no tenía antecedentes de violencia, la machi Millaray fue encerrada en una cárcel de máxima seguridad, en Valdivia, durante cuatro meses. Cama de cemento, mucho frío, cámaras 24 horas. Su hija, destetada a la fuerza, pasó a vivir con la abuela y la tía.
—La marcó mucho ese tiempo. Es lo que más duele. Uno sabe lo que puede pasar cuando defiende un territorio, pero un niño… Lamentablemente nuestros niños se acostumbran a estas situaciones. Yo les pedía que bajaran las armas cuando entraron a mi casa, que estaba con mi bebé.
Millaray conserva un sentimiento de injusticia, al punto que la condenaron a menos días de los que pasó encerrada. Su caso está en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
—Me acusaron de encubridora de un incendio del que no participé, no estuve ahí. Se me condenó por mi resistencia a la hidroeléctrica, porque hablamos de recuperación territorial en un lugar donde hay muchos latifundios. Investigamos, demostramos que hay títulos ancestrales, que somos los verdaderos herederos de esta tierra. Fue un castigo ejemplificador, por no querer ser chilena y querer ser mapuche.
Aprovechó el encierro para leer, aprender a tejer y armar redes. La cárcel resultó caja de resonancia. Organizaciones de Derechos Humanos, prensa y más comunidades se acercaron. Surgió el Aylla Rewe del Ngen Mapu Kintuante, más de 120 comunidades mapuche williche unidas para defender el río Pilmaiquén.
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La historia del despojo, de Martín Correa Cabrera, fue elegido mejor libro del 2021 por la Asociación de Librerías Independientes de Chile y durante 2022 fue de los más vendidos del país. En sus páginas se leen antecedentes del conflicto que lleva más de 15 años en torno al río Pilmaiquén. El territorio antiguo, cuyo núcleo original es el Ngen Kintuante, abarcaba unas 11 500 hectáreas. Las familias mapuche fueron reducidas a un espacio de 55 hectáreas (...) La machi Millaray Huichalaf, que desciende de su abuela Virginia Malpu Mafil, quien a su vez desciende de su abuelo Juan de Dios Mafil, la gran autoridad del sector hacia 1880, encabeza una lucha más allá de lo territorial, es una lucha por el ‘ser’ mapuche, por su existencia, y es en dicho contexto que es sometida a proceso judicial, escribió Correa. Historiador, doctor en Antropología, recuerda sus visitas a la machi en la cárcel de Llancahue, Valdivia.
—Siempre nos recibía con el espíritu en alto, con una sonrisa que se contraponía a las expresiones de sus visitantes. En una ocasión me confesó: se supone me vienen a subir el ánimo, pero yo estoy mejor de ánimo que ellos.
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—Hacía años quería ser madre y no podía. Cuando tuve mi segundo aborto espontáneo, el sistema de salud me ofrecía un tratamiento de fertilidad. No quise, era muy invasivo.
Arlette Aguilar Espinoza, en 2014 y con 34 años, decidió viajar desde Santiago, donde vivía, hasta la casa de Millaray, a casi 1 000 kilómetros.
—Vio mi orina, me dijo que mi útero era hostil, que lograba fecundar pero no podía retenerlo. Algo que traía de mi linaje, por eso otras mujeres de mi familia tenían el mismo problema.
Arlette tomó durante meses lawen para limpiar su organismo. Le mandaban botellas en bus hasta Santiago. Ella había ido a un colegio católico, las monjas les prohibían ver sus propios cuerpos desnudos, por eso la segunda parte del tratamiento le resultó impactante.
—Tenía que introducir hierbas en mi vagina. Fue un tiempo de aprender de la biología de la mujer, de los ciclos, las lunas. Un intensivo con la machi, me explicaba con mucha paciencia. Antes del año quedé embarazada, y poco antes del parto volví al sur para que la machi girara a mi bebé, porque estaba con los pies hacia abajo.
En 2015 nació Ayelén. Cinco años después, con 40, Arlette tuvo un segundo hijo, Dante.
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A fines de 2014, Felipe Guerra Schleef, flamante abogado, llegó al Pilmaiquén con el equipo jurídico del Observatorio Ciudadano. Recuerda la determinación de esa joven machi y las reuniones, que siempre empezaban con una ronda donde se compartían los sueños.
—Con el tiempo entendí esa conexión y cómo los daños que generaba la empresa también se expresaban en esa dimensión onírica.
Doctor en Derecho de la Universidad Austral de Chile, Guerra encontró argumentos jurídicos a partir de los sueños y presentó decenas de escritos, varios con sentencias favorables para las comunidades. Así se frenó la construcción de la central hidroeléctrica Osorno —proyectaba inundar un cementerio y las cuevas del Ngen Mapu Kintuante—, de la cual Statkraft desistió de forma definitiva en 2023.
Preocupada por los grandes paredones de concreto que crecían en el otro proyecto noruego sobre el Pilmaiquén, la Central Los Lagos —hoy prácticamente construida, aunque aún no empezó a operar—, la machi un día convocó al abogado.
—Me contó un sueño de su prima, en el que aparecían hallazgos arqueológicos.
Resultó que la empresa ocultaba la aparición de hallazgos —Son nuestros ancestros, nos están ayudando a cuidar el río, dice la machi— y la Corte Suprema ordenó la primera Consulta Indígena por hallazgos arqueológicos en la historia de Chile. Empezó a fines de 2023, y si bien no era vinculante, hasta que no terminara no se podía poner en funcionamiento la central Los Lagos. Recién hace semanas, el Consejo de Monumentos Nacionales, el organismo estatal que lleva adelante la consulta, dio por terminado el proceso, ante la queja de más de 120 comunidades que dicen que no se respetaron sus derechos. Statkraft, que anunció más de 50 millones de dólares en pérdidas por la demora, ahora sí, estaría cerca de poder inundar los 18 kilómetros de bosque donde se encuentran los hallazgos arqueológicos y especies en peligro de extinción
—Si Noruega inunda este lugar estaría haciendo un arqueocidio.
El arqueólogo Rodrigo Mera explica que en el río Pilmaiquén hay una ocupación efectiva, milenaria, cuyos sitios están empezando a conocerse. Que el estudio de impacto ambiental no consideró el componente medio humano y que el proyecto partió del supuesto de acá no hay gente, acá no hay historia, por lo tanto construyamos encima.
—Se podrían perder al menos cincuenta sitios arqueológicos. Es mucha información que no se va a conocer porque quedará bajo el agua.
Para Mera, asesor del Aylla Rewe en la consulta indígena, resultó una apertura mental trabajar con las comunidades y la machi Millaray.
—Tiene la capacidad de escuchar a las plantas, de dialogar con ellas, con árboles, con espíritus. En los recorridos en terreno la machi seguía otros rastros, o pasaba caminando por zonas donde uno se hundía. Para mí ha sido un crecimiento como profesional y persona, y para ver las limitaciones que tenemos respecto a la espiritualidad. Si realmente queremos conocer más detalles de la vida pasada, hay que sumar a las comunidades en la proyección de los sitios. De forma racional es difícil entender esa comunicación interespecies, pero los mapuche son expertos en comunicarse con la naturaleza, y no solo eso, sino a través del tiempo. Las machi dan saltos intergeneracionales, pueden ver qué había en los territorios antes y describirlo.
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Hace años intento entrevistar a un representante de Statkraft. Estuve cerca de hacerlo, en Noruega, en 2023. La machi Millaray fue invitada por organizaciones de la sociedad civil de ese país para visibilizar el conflicto. Viajamos con Pablo Piovano, con quien estamos filmando un documental. En Oslo conocimos a Stephen Sparkes, vicepresidente de Statkraft. Antropólogo, elegante, sonriente, me dio su tarjeta. Se comprometió a darnos una entrevista. Lo mismo pasó con Laine Powell, vicepresidente senior de la empresa en Latinoamérica. Las entrevistas nunca se concretaron. Un día me llamó la presidenta de Statkraft Chile, María Teresa González. Me dijo que por supuesto podría entrevistarla y me contactó con Gabriel Guichard, gerente de comunicación. El entrevistado fui yo: quiso saber de mis estudios, mis intenciones, cómo financiaría el documental. Me hizo muchas preguntas y se comprometió a que María Teresa me daría la entrevista. Antes, debía mandarle mis preguntas. Dudé en hacerlo, pero las mandé. Nunca fueron respondidas.
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Estas centrales atacan nuestra cultura, nuestra espiritualidad y violan nuestros derechos. Las comunidades hemos agotado las instancias jurídicas y legales en Chile. Por eso estamos aquí, con la esperanza de ser escuchados, dijo Millaray en el Parlamento noruego, en Oslo, en mayo de 2023. Entrevistada por los principales diarios, recorrió radios, plazas, universidades. Se sorprendió del apoyo e interés de jóvenes, partidos políticos y organizaciones sociales y sindicales.
—Antes decir Noruega en nuestro territorio era decir el monstruo. Durante años la única referencia fue Statkraft, que destruye nuestro río. Allá conocimos un pueblo que nos recibió como hermanos.
Otra grata sorpresa fue el encuentro con el pueblo sami, que habita ancestralmente parte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, y que, como el pueblo mapuche en Chile y Argentina, sufrió persecución y procesos de asimilamiento. Les prohibieron su lengua, sus costumbres. Es internacionalmente famosa la resistencia sami en Fosen contra Statkraft, donde el proyecto eólico más grande de Europa invade sus montañas. La sintonía entre jóvenes sami y la machi fue inmediata. La invitaron a conocer sus tierras, sus lugares sagrados y la secundaron ante el Punto Nacional de Contacto (PNC) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en Oslo, donde la machi en representación de más de 120 comunidades mapuche williche interpuso la primera queja de pueblos originarios de América contra una empresa noruega.

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Hay olor a pan recién horneado por Yanka, la hija mayor de la machi. Su madre deja a Anuk dormida en el sillón, pone una sartén sobre la cocina a leña.
—Tengo hambre, y el hambre me da mal humor.
La machi abre la puerta y le grita a Jaime que traiga huevos del gallinero. Se escucha el motor de una camioneta. Mira por la ventana, le pide a Yanka que caliente el kultrún, el tambor mapuche. Sale a recibir a una anciana que llega del brazo de un muchacho, su hijo. Desde adentro puedo ver a la machi y a la anciana, las manos en la espalda, frente al rewe. Jaime se suma y toma notas en un cuaderno. En la casa, Anuk despierta y pasa a los brazos de una de sus primas. Miran televisión, suena una canción repetitiva: tiburón, tararatatá, tiburón tararatatá. Afuera, la machi sopla humo dentro de un frasco. Unos minutos después, entra a la casa con dos panes caseros y unos repasadores tejidos por la anciana, quien llegó sin aviso para una consulta por problemas intestinales.
—No soy buena para cobrarle a la gente. Y como machi, la tradición dice que no puedo trabajar de otra cosa. Cuando mis pacientes se liberan de la energía negativa me siento tremendamente feliz. Siempre me preguntan ¿Cuánto me va a cobrar?, y yo digo que sea voluntario porque no todos tenemos las mismas posibilidades. Mi familia me critica, porque igual hay que comer, hay que vestirse, pero así como algunos tienen mucha voluntad y otros poca, la vida se encarga de dejar en equilibrio las cosas.
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En mayo de 2025 la machi Millaray me envía un video por WhatsApp. La que filma es ella. En la imagen se ve a Jaime, su pareja, forcejeando con dos policías que quieren esposarlo. La machi les pide que le muestren la orden de detención. Les pregunta por qué lo están deteniendo. Señora, hágase a un lado. Uno de los policías la agarra del brazo, no quiere que lo filmen. Suélteme, dice la machi. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden que tiene para llevárselo. La escena se mueve, tiembla, se ven pedazos de uniforme verde, una boca, una placa identificatoria con el nombre cubierto, a Jaime con el brazo doblado. Un policía lo agarra por detrás, del cuello. La machi estabiliza el teléfono. De pronto se ve a una niña de tres años, campera rosa, de pie ante la puerta de una camioneta. Es Anuk. Llora, sigue con atención la escena en la que su madre filma cómo se están llevando preso a su padre. En la otra mano la machi tiene las llaves de la camioneta. Uno de los policías se la arranca. Devuélvame la llave. No me puede dejar botada aquí con mis hijos. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden. Los policías logran meter a Jaime en el patrullero. Arrancan, se lo llevan. La machi queda a un costado de la ruta con sus dos hijos pequeños.
—Se está preparando el terreno, esto ya lo vimos —advertía Millaray desde una comisaría de Lautaro, a 250 kilómetros de su casa, donde llevaron a Jaime.
Le dictaron 45 días de prisión por resistencia a la autoridad. La detención fue por una denuncia de tres años atrás, cuando él había pedido permiso a un vecino —que al parecer lo denunció— para pasar por un terreno cerca del río, que es reclamado por las comunidades.
Por esos días, en que las comunidades advertían aumento de controles policiales en los caminos y drones merodeando sus casas, Felipe Trunci, autoridad del Aylla Rewe del Mapu Kintuante y defensor del río, fue interceptado por la Policía de Investigaciones (PDI) mientras repartía quesos. No le explicaron de qué lo acusaban, quisieron someterlo a un examen de sangre. A las horas se confirmó que fue por una denuncia de Statkraft, aunque no se aclaró el motivo. La orden fue del fiscal Sergio Fuentes, protagonista en la causa por la que fue encarcelada la machi hace 12 años.
El 13 de agosto de 2025 nuevamente fue allanada la casa de Millaray, días antes de un viaje programado a Suiza, donde ella y otros representantes comunitarios pensaban verle por primera vez la cara a directivos noruegos de Statkraft, en el marco de la queja presentada ante la OCDE. Una joven de 15 años en pleno tratamiento fue despertada por seis efectivos que le apuntaron con sus armas. Se llevaron la computadora de la hija de la machi y un celular. Según algunos medios, el allanamiento fue por una causa de “usurpación violenta”, que habría ocurrido el 23 de febrero de 2023. Ese día, en las puertas del predio donde se construye la central Los Lagos, una manifestación fue reprimida con perdigones de plomo. Los disparos de los policías, violando protocolos, apuntaron a los cuerpos. Entre los heridos estaba Luis Huichalaf, primo de Millaray, que perdió la vista de un ojo. La represión tuvo relevancia en Noruega —el tema salió en medios y se impuso en una sesión del Parlamento—, pero en Chile casi no tuvo cobertura periodística ni interés de la justicia.
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La mañana del 19 de agosto de 2025 la machi dirigía una ceremonia de sanación a orillas del río Pilmaiquén. El cauce creció inesperadamente, arrastró a una adolescente que estaba siendo tratada y a un vecino que se arrojó a rescatarla. Ambos murieron.
Varios testigos declararon que se abrieron las compuertas de una de las represas, pero desde las primeras horas del accidente, medios de comunicación y redes sociales apuntaron a la machi como responsable de las muertes. El fiscal Sergio Fuentes, apenas se enteró de la noticia y cuando aún no habían aparecido los cuerpos, llegó en helicóptero para tomarle declaración a Millaray.
“La ‘machi’ de los sacrificios: la oscura trama detrás del ritual que terminó con dos personas muertas”, tituló Bio Bio, un medio masivo de Chile famoso por estigmatizar a comunidades mapuche. Canal 13, también de gran audiencia en el país, se refirió a “las víctimas de esta ‘machi’ que no es reconocida ni por su pueblo”.
El tema se volvió viral en un país dividido donde los apoyos y solidaridad hacia Millaray se mezclan con discursos racistas hacia ella y las prácticas espirituales mapuche. Con todo, algo parece moverse: en la última semana de julio, en un fallo sin precedentes en la historia de Chile, la justicia condenó y multó a Bio Bio por discriminación arbitraria contra la machi Millaray, exigiendo rectificación y una capacitación para sus periodistas.
En el mismo río, en enero de 2022, se produce el fallecimiento de una persona que se tira a rescatar a dos niños, durante un bautismo evangélico. El abordaje de la noticia —dijo el abogado Felipe Guerra, en un programa radial— fue un abordaje sobrio, empático con el dolor de las víctimas. La noticia no menciona el nombre del pastor y se centra en los esfuerzos de rescate. Pero en este caso desde el primer momento se desarrolla una campaña orquestada para deslegitimar a la machi Millaray. Aparecen su nombre, su foto. Sin un juicio previo, se la condena socialmente en distintos medios. Y más grave, en un reportaje que aparece como supuesto ejercicio de periodismo de investigación, se desliza que sería un sacrificio humano y un rito satánico.
El escenario se ha vuelto complejo. Un familiar de una de las personas fallecidas, que en las primeras horas tras el accidente apuntó a la crecida del río y defendió a la machi, días después presentó una querella en su contra, acusándola de homicidio. Fuentes judiciales que tuvieron acceso a la causa dicen que es inconsistente, pero advierten que, teniendo en cuenta los antecedentes de la justicia chilena respecto al pueblo mapuche, no se puede descartar que avance un proceso penal contra la machi.

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Margarita Carilao, la machi que formó a Millaray, vive a más de 300 kilómetros de la casa de su discípula. Se ven poco, menos de lo que quisieran. Pero en momentos difíciles la familia Huichalaf siempre recurre a ella. En medio de la tragedia de las dos personas muertas, y de toda la campaña en su contra, Millaray fue a hasta lo de su maestra. Pocos días después, la machi Margarita apareció en Carimallin para realizar una ceremonia. Mucha gente llegó de diferentes comunidades. Las familias traían bolsas repletas de lawen, de plantas medicinales que crecen en sus tierras. Iban pasando de a una y le ofrecían lawen a la machi.
La ceremonia empezó con la noche. Duró varias horas. Se hizo dentro de la casa. En algún momento de la madrugada —Millaray acostada en el piso, tapada con hojas de lawen, mujeres tocando kultrun a su alrededor—, la primera etapa de la ceremonia se cumplió. Algunos salieron a comer algo, a tomar mate, a fumar; otros se fueron a dormir a los autos. La ceremonia se retomó con la salida del sol. Según contaban después quienes pudieron entender lo que decían las machi cuando entraron en trance, esa noche se presentaron varios Ngen —espíritus de la naturaleza—, de diferentes territorios. Dejaron sus mensajes. Recomendaron trabajos para Millaray y otras familias. Y advirtieron que venían tiempos difíciles. La machi también tuvo sueños en ese sentido.
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El 11 de abril pasado, mientras participaba en un foro de mujeres en Valdivia, Millaray recibió la noticia más dura de su vida: Jaime, su pareja, de 34 años, el padre de sus hijos, murió en un accidente automovilístico.
Durante el funeral, que duró tres días y al que asistieron cientos de personas, tampoco hubo paz. Presencia permanente de drones sobre la casa de la machi y amenazas de las comunidades que tienen vínculo con Statkraft de que no dejarían enterrar a Jaime en el cementerio comunitario. ¿Hasta dónde puede llegar la intromisión de una empresa en un territorio?, se pregunta una publicación en redes donde se puede ver el video —se hizo viral— de lo sucedido el día del entierro: personas con palos, un hacha y una motosierra atacando a los deudos y amenazando exhumar el cuerpo de Jaime. Identificadas, estas personas permanecieron menos de 24 horas detenidas, por injerencia del abogado Branislav Marelic, quien fue contratado por Statkraft y llamativamente se encontraba en el lugar de los hechos.
A fines de mayo, la machi Millaray Huichalaf, junto a otros referentes del Aylla Rewe del Mapu Kintuante, presentaron una querella por reiteradas amenazas de muerte hacia ella y otros defensores del río Pilmaiquén.
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23 de julio de 2019. Río Bueno, Los Lagos, Chile. Machi Millaray Huichalaf, líder espiritual mapuche y defensora del río Pilmaiquén. Desde hace más de 15 años ella es la principal vocera contra la construcción de un proyecto hidroeléctrico en su territorio, por parte de la empresa estatal noruega Statkraft. La machi fue encarcelada en una prisión de máxima seguridad en 2013, y actualmente continúa la persecución judicial y mediática contra su figura.
Años de convivencia con Millaray Huichalaf, la líder espiritual más carismática del pueblo mapuche, han dado frutos en este relato, que toca sus pesadillas de infancia, el proceso para transformarse en machi, los meses en una cárcel de máxima seguridad y un presente trágico. Bienvenidos al mundo de la mujer que levantó a más de 120 comunidades en el sur chileno para defender un río amenazado por un proyecto hidroeléctrico noruego.
—Recuerdo que había unos pinos, de esos pinos venía el toro, lo veíamos con mi hermana. Y mi papá iba a ver y no había ningún toro. A ese toro siempre lo vi, desde muy niña. Hasta ahora en mis sueños lo veo.
Milla, como la familia llama a la machi Millaray Huichalaf, nació con ojos abiertos y mirando al cielo, según cuentan sus padres. Fue el 21 de mayo de 1989, en el Hospital Base de Osorno, en el sur de Chile. Creció a unos 50 kilómetros, en Paullin —comuna de Puerto Octay, Región de Los Lagos—, en una casa de madera pegada a la escuela rural donde su padre era el único maestro. Milla lo seguía a todos lados, se metía en sus clases. A los cuatro años sabía leer.
Segunda de cuatro hermanos —Amanda, Linkoyan y Nubia—, Millaray recuerda la sombra de coihues y maitenes, el olor a tierra mojada, el volcán Osorno en el horizonte. Infancia feliz, salvo por las pesadillas: personas que sufrían, gritos de dolor, culebras, pájaros, estampidas de animales. Despertaba abajo de la cama, la ropa mojada, el corazón acelerado. A veces Amanda soñaba lo mismo. Y cada vez que salían al baño durante la noche —el baño estaba fuera de la casa—, veían un toro. Con los años Millaray y su familia sabrían que ese toro, y otras visiones recurrentes, son fuerzas de la naturaleza advertidas por quienes portan espíritu de machi.
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El frío oscuro del sur chileno crece como la noche, se mete por el cuello y las muñecas. Pisando barro seguimos el camino que marca la linterna. Un poco agachados, pedimos permiso y entramos detrás de Amanda a una construcción de madera. Ambiente amplio, planta ovalada, techo alto, piso de tierra. Un fogón en el centro. Tres o cuatro caras giran hacia nosotros. Un silencio incómodo; luciérnagas de fuego desaparecen en el aire. Al fondo, sombras. Mari mari, saluda en mapudungun, en lengua mapuche, Amanda Huichalaf. Anuncia que llegó con visitas. Nos encontramos con ella hace una hora en Osorno —donde es docente en una escuela privada— y nos guio hasta acá, a su comunidad, a 50 kilómetros de la ciudad. Estrechamos manos de diferentes tamaños y texturas: mujeres, hombres, niños. Mari mari, nos dicen. Mari mari, repetimos. Ignoran quiénes somos, miran asombrados. Envuelta en una manta negra la machi Millaray Huichalaf también mira con desconfianza. Al acercarnos al fuego nos reconoce. Ah, pue, dice. Hace unos meses, cuando la conocimos, nos invitó a su territorio, nos contactó con su hermana. El saludo de la machi es cordial, sobrio. A su lado un hombre de unos 60 años, canoso, sombrero de cuero, ceño fruncido. Juan Antonio Huichalaf, padre de la machi y de Amanda.
Acercan un banco de madera al fuego, invitan a sentarnos. Pablo Piovano, fotógrafo, mi compañero de ruta, mide metro noventa. Sentado casi al ras del suelo parece más pequeño. Le cuesta acomodar las rodillas. Durante 25 minutos, 40 tal vez, nadie dice una palabra. El fuego, el humo escapando por un agujero cónico del techo. Tres pavas ennegrecidas sobre una parrilla. Una mujer elige dos troncos, los coloca estratégicamente. Las llamas crecen, los rostros más nítidos. Mujeres con pañuelos floreados en la cabeza, hombres serios. Ropa secándose, un hacha, una pala. Las medias de lana blanca que asoman de las botas de lluvia de Millaray. Es la única que no nos mira, pareciera estar en otra parte.
Juan Antonio se presenta en mapudungun. Su nombre, los apellidos de sus ancestros, el territorio donde estamos. Lo repite en castellano. Pregunta quiénes somos, de dónde venimos, qué buscamos. Giran dos mates; uno dulce, otro amargo. Tensión en los cuerpos, en las miradas. Una joven de pañuelo azul ve a Pablo manipular su paquete de cigarros para armar.
—Acá los que vienen de afuera nos dejan el tabaco.
Todos reímos. Pablo ofrece tabaco. La joven que habló y dos hombres más aceptan. La machi también.

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Hoy se conoce como sur de la Argentina y Chile lo que desde hace siglos es Wallmapu, el territorio ancestral mapuche —que va del océano Pacífico al Atlántico, incluyendo al menos siete provincias y cinco regiones, a un lado y otro de la cordillera de los Andes — que resistió la invasión inca, luego la española y durante el siglo XIX las llamadas Conquista del Desierto y Pacificación de la Araucanía, operaciones político-militares, argentina y chilena respectivamente. Un genocidio aún no reconocido por la historia oficial. En el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, por ejemplo, familias mapuche, prisioneras, fueron fotografiadas, sometidas a estudios científicos, expuestas, vivas o muertas, como piezas de museo. Recién a mediados de la década de 1990 comenzaron a restituirse algunos restos humanos a sus comunidades.
Mapuche significa gente de la tierra. En una de las zonas con mayores reservas hídricas y más codiciadas del mundo, comunidades mapuche defienden el agua y la tierra frente a industrias petroleras, forestales, salmoneras, hidroeléctricas y mineras. En ocasiones logran frenar o demorar esos proyectos.
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Machi es un rol, una autoridad mapuche. Una médica espiritual, intermedia entre el mundo terrenal y el wenu mapu —la tierra de arriba, como en mapudungun se nombra al cielo. Las y los machi son un canal. Reciben información a través de sueños, dirigen ceremonias, preparan lawen —medicina a base de hierbas—, atienden enfermos y desequilibrios espirituales y psicológicos.
—Esos son los más difíciles— dice la machi Millaray Huichalaf junto a su rewe, un ancho roble clavado en la tierra, a metros de su casa. El rewe es un tronco tallado, un rostro de boca pequeña, ojos ranurados y siete escalones. En el primer escalón, dos frascos de vidrio. Una gallina y sus pollitos picotean restos de harina tostada alrededor del rewe. Amarradas al tronco, 12 largas hojas de canelo, el árbol sagrado mapuche. En lo alto, el cuero de un cordero y cuatro banderas: las fuerzas que sostienen la tierra. En algunas ceremonias las machi entran en trance frente al rewe —giran con ojos vendados, mientras hablan en mapudungun—, a través de ellas se expresan espíritus antiguos. En el rewe, además, se tratan pacientes.
De diversos puntos de Chile, y de otros países, llegan hasta la casa de la machi Millaray pacientes con frascos de vidrio: la primera orina de la mañana. La machi sopla humo de tabaco dentro del frasco. Reconoce formas, colores, movimientos. Detecta kutran, desequilibrio.
—El rewe es un espacio puro, una antena donde la energía baja en mí. Yo veo en la orina el origen de la enfermedad. La persona se queja que le duele la guatita, o la espalda, o que una pierna se le cae, pero yo tengo que mirar por qué pasa eso.
Millaray vive en el sur, Carimallin, comuna Río Bueno, Región de Los Ríos. Neblina, volcanes, caminos de tierra entre campos de colonos alemanes que un siglo atrás ocuparon tierras mapuche. Talaron gran parte del bosque nativo. Lo aplanaron para que pastaran vacas lecheras. Acá abundan los establos lecheros. Y las lluvias.
El camino desde la tranquera hasta su casa, 600 metros sinuosos de campo abierto junto a un bosque oscuro, es difícil para vehículos bajos —nos quedamos en el barro unas cuantas veces estos años. Pacientes y familiares suelen ingresar a pie, cargan arpilleras desbordantes de laurel, maqui y otras plantas, botellas de plástico vacías —donde después se llevan lawen, la medicina—, comida, mantas y colchones enrollados, si el tratamiento implica quedarse una o dos noches.
Decenas de personas llegan semanalmente. Doloridas, rengueando, con úlceras, insomnio, cáncer. Comparten mates y esperas al aire libre, entre gallinas que espantan todo el tiempo, alrededor de fuegos improvisados cuando el frío no se aguanta. Mucha gente —no solo mapuche— llega tras fracasar con médicos y hospitales. El dato se pasa de boca en boca. La machi es en ocasiones la última esperanza.
—A veces es tarde. El desequilibrio es grande y ya no puedo hacer nada.
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Cuando Amanda cumplió 12 años la familia Huichalaf tuvo que mudarse a Osorno; no había escuela secundaria en Paullin. Lejos de la naturaleza, todo fue caos.
—A Milla le daban ataques de llanto y rabia, después empezaba a convulsionar. Botaba espuma por la boca —recuerda Amanda, quien también sufrió esos ataques.
A Juan Antonio, el padre, le advirtieron en una ceremonia: sus hijas traen origen de machi.
—Pero entonces yo tenía apagada mi parte espiritual, no lo creí.
Estudios médicos, consultas, hospitales. Nada resultaba, las convulsiones aumentaban. Un día le diagnosticaron a Millaray un tumor en el cerebro. Su padre consultó a un grupo de lonkos, líderes políticos mapuche.
—Me aconsejaron que llevara la orina de mis hijas a una machi del norte, bien lejos. Visité a tres machi, todas coincidieron. La última dijo: si sus hijas no empiezan tratamiento mapuche urgente, sus vidas corren peligro.
Un espíritu de machi, una tatarabuela de ellas, quería regresar. Una de las hermanas debía recibirla. Si no, la enfermedad se propagaría por toda la familia. Amanda no quiso, Milla tampoco. Pero un día convulsionó Linkoyan, su hermano menor.
—Saltaba, cantaba en mapudungun. Nunca había hablado en lengua pero agarró un kultrun (tambor sagrado mapuche) y cantaba, sacudiéndose para todos lados.
Para Millaray fue el límite. Le dijo a su padre que se ponía a disposición para lo que fuera. Lo hizo sin entender qué significaba ser machi. Tenía 12 años.
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El primer viaje a Wallmapu fue en 2018. Salimos desde Buenos Aires una tarde de noviembre. A Pablo Piovano lo conocí poco antes, en una pizzería porteña. El año anterior yo había cubierto los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, muertos con tres meses de diferencia en sendas represiones de fuerzas de seguridad argentinas. Ambos dentro de tierras reclamadas por comunidades mapuche. Sectores del entonces gobierno de Mauricio Macri, del Poder Judicial y algunos medios de comunicación comenzaron a señalar a los mapuches —che significa gente, por lo que mapuche, en plural, no debería tener la letra ‘s’ final— como enemigos internos de la patria, estigmatizando a ese pueblo, persiguiendo comunidades y responsabilizándolas de esas muertes. Pablo, que comenzaba un trabajo fotográfico sobre movimientos de resistencia en la Patagonia, se interesó en el tema. Me contactó, nos encontramos. Semanas después otro asesinato, esa vez del lado chileno. Bastaron unos mensajes de WhatsApp, una llamada y en dos horas estábamos rumbo a la frontera.
El funeral de Camilo Catrillanca, acribillado por la espalda dentro de su comunidad por un escuadrón de la policía chilena, fue el primer paso de un camino que hoy continúa. Durante el viaje a La Araucanía —conocida como zona roja del conflicto mapuche—, vislumbramos la dimensión del proceso de recuperación territorial, político y espiritual de ese pueblo. No imaginábamos que las comunidades habían logrado recuperar miles de hectáreas de manos de forestales y colonos europeos; tampoco una represión tan brutal y sistemática: presenciamos operativos de la policía chilena con tanquetas, helicópteros y uniformados listos para una guerra. La resistencia impresionaba. Piedras. Palos. Fuego. Adolescentes. Abuelas. Familias enteras defendiendo su tierra.

Hace más de siete años que recorremos Wallmapu, el territorio de ese pueblo que nos abrió sus casas, que relata historias atravesadas por la violencia estatal. Así entramos al tema, a la noticia, cubriendo represiones, muertes. ¿Pero cómo contar la espiritualidad, ese hilo que atraviesa los tiempos y que es la raíz que podría ayudar a entender, en parte, la persistencia de un pueblo que se levanta para defender algo más que su identidad y su territorio?
La machi Millaray Huichalaf fue, para nosotros, la puerta de acceso a la espiritualidad mapuche, a ese a otro mundo misterioso que existe desde siempre. La conocimos una mañana de diciembre de 2018 en Valdivia, durante un juicio a un joven mapuche. Diferentes comunidades acompañaban el proceso. La vimos en un hogar para estudiantes, donde las familias descansaban entre las audiencias. Un poco apartada, la machi conversaba con otra mujer. Era evidente su condición de autoridad por la vestimenta tradicional. Su platería tintineaba: una gran pieza pectoral, un prendedor, aros semicirculares. Ojos negros, pómulos marcados, una larga trenza. Hablaba en voz baja, una voz dulce pero con determinación. Tenía 29 años. Nos invitó a su territorio, donde un proyecto hidroeléctrico de una multinacional noruega amenazaba un río sagrado y un extenso sitio ceremonial. Fuimos meses después —la noche que nos recibieron alrededor del fuego—. Desde entonces hemos cruzado la Cordillera más de 30 veces.
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—Yo estaba muy enfermo, artritis reumatoide y artrosis cervical. Dolores insoportables, me costaba dormir, me caía, no podía sostener nada con las manos. Fui al control y supliqué que me dieran algo. La reumatóloga me dijo que lo mío no tenía cura, que era una enfermedad degenerativa, progresiva, que los remedios solo servirían para que tuviera menos dolor.
Ese día, Marco González —57 años, trabajador rural— llegó a su casa, tiró los remedios a la basura y le dijo a su esposa que, si no servían para mejorarse, no los tomaría más. Días después le recomendaron ver a una lawentufe, una mujer mapuche que prepara lawen y puede ver, a través de la orina, algunas enfermedades.
—Como lo mío era muy complicado, ella me recomendó ver a la machi Millaray. Eso sucedió hace seis años. La machi me dio el mismo diagnóstico que el médico, pero dijo que podía curarme. “Yo no quiero que pierda su plata ni que me haga perder tiempo. Si se quiere mejorar, tiene que hacer todo lo que le diga”, me aclaró. A los 15 días de tomar lawen no sentía ningún dolor. Recuperé la fuerza en mis manos, volví a picar leña. Después fue un tratamiento largo, tuve que buscar lawen en la Cordillera y hacer una ceremonia en un río y otra en un lago. Hoy me siento completamente sano.
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Pilmaiquén significa golondrina en mapudungun. Zigzagueante como vuelo de golondrina, el río Pilmaiquén nace en las aguas transparentes y frías del lago Puyehue, rodeado de volcanes, a los pies de la Cordillera de los Andes. Desde hace siglos comunidades mapuche williche —willi significa sur; che, gente— peregrinan de diversos territorios hasta la ribera del Pilmaiquén. Allí están las cuevas de los Ngen, espíritus antiguos, fuerzas de la naturaleza. Las comunidades se conectan con esos Ngen y cosechan plantas y hongos medicinales a orillas del río, donde se hacen diferentes ceremonias.
—Es un río sagrado, columna vertebral de nuestro territorio, una gran serpiente que lleva por sus venas los espíritus para que asciendan al wenu mapu, la tierra de arriba. Si ese río se interrumpe —explica la machi Millaray—, nuestros muertos no encuentran el camino. Es el corazón de este lugar, donde habita el Ngen Mapu Kintuante, que rige el territorio desde siempre.
Encajonado entre altos paredones abundantes en nalcas —hojas del tamaño de orejas de elefante— y cientos de especies de plantas medicinales, este río es el límite entre la Región de Los Ríos y la Región de Los Lagos. El Pilmaiquén se une al río Bueno y desemboca en el océano Pacífico. Antes atraviesa un bosque siempre verde, un refugio de biodiversidad único en el mundo, en categoría Peligro Crítico de Extinción, la más alta según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
—La construcción de la hidroeléctrica Los Lagos, de la empresa noruega Statkraft, afectará muchas especies —precisa Cecilia Smith Ramírez, bióloga, profesora e investigadora en Ecología de la Universidad de Los Lagos—. El marsupial más antiguo, que acá le llamamos monito de monte, habita ambas laderas del Pilmaiquén. Se va a inundar su hábitat. El pudú, un pequeño ciervo. La güiña, un gato silvestre. Las nutrias no podrán subir río arriba. Hongos, crustáceos, moluscos, un musgo primitivo solo encontrado allí. Insectos, líquenes, microorganismos, todos perderán su hábitat.
Smith conoció a los profesionales encargados del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto hidroeléctrico al que se oponen más de 120 comunidades mapuche williche.
—Se hizo en 2009, de forma precaria. Sólo dos días y desde una embarcación. Faltó el estudio de anfibios y el de peces quedó incompleto. Si esa evaluación ambiental se hiciera hoy y bien, no se podría hacer ninguna intervención del río.


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—Siempre soñaba con alguien que me tocaba la puerta y me tiraba monedas de plata. Nunca la alcanzaba a ver. Un día, en el sueño, abrí la puerta y la vi. Era una mujer mapuche con vestimenta muy colorida, con una marca en la cara. Desde entonces dejé de soñar con ella.
Fueron años largos para Millaray y su familia, entre convulsiones, pesadillas y dudas sobre el camino a seguir. Su padre la llevó a diversas machi; no todas generaban confianza. “La machi que debe formarla aún no ha aparecido”, le decían. Un día, al llegar junto a Amanda y una amiga a un guillatún, una ceremonia lejos de su casa, más al norte, Milla descubrió que la machi de ese territorio era la mujer de sus sueños.
—Su cara marcada, su ropa de colores, su trenza. Se me pararon todos los pelos.
Millaray saludó normal, no le dijo nada y cuando empezó la ceremonia se alejó. En ese tiempo escuchaba Los fiskales, 2 minutos y otras bandas punk. Vestía de negro. Se había arrepentido de su decisión. No quería ser machi. Mucha gente hablaba a sus espaldas. Entre las comunidades enseguida se sabe cuando alguien comienza un camino de machi. Muchos desconfiaban que realmente fuera el destino de esa adolescente de ciudad, que recién empezaba a aprender la lengua y ni siquiera usaba ropa tradicional.
—De pronto, la machi Margarita entra en trance. Su espíritu dice que había llegado alguien que esperaba hacía tiempo. Empieza a decir de dónde venía yo, cuál era mi origen.
Quienes sabían de su proceso, la empujaron hacia el rewe. La machi Margarita Carilao la guió y completaron la ceremonia juntas. Desde entonces no se separaron. Millaray vivió el resto de su adolescencia en casa de Margarita, que le enseñó a hacer pan, faenar animales, reconocer plantas medicinales, hablar mapudungun.
—Uno es como una piedra en bruto. La machi mayor te va puliendo hasta lograr la perfección del conocimiento. Es un proceso difícil, largo. Cuando tenía 19 años mi machi dijo “ya tú estás lista para sanar”. Quizás espiritualmente estaba preparada, pero cuando vino mi primer paciente tuve mucho miedo de equivocarme. Las machi somos de carne y hueso. Me acuerdo que me arranqué para el monte. Escuché que venía gente y me fui.
El tiempo le dio confianza y a los 20 años ya atendía pacientes. Los sueños la hicieron volver a Carimallin, la tierra de sus abuelos, donde se enteró de los proyectos hidroeléctricos que afectaban al río Pilmaiquén y a los espíritus de la zona.
—Siempre fui tímida, silenciosa. Pero el río empezó a hablar a través de mí. La gente me escuchaba, sabía de la importancia de defender este centro ceremonial antiguo y la casa del Ngen Mapu Kintuante.

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—Mi abuelita decía que la vida antigua regresaría, que sus mayores repetían eso.
Esteban Vera, 36 años, fundador de la Asociación Wenuleufu, que representa a más de 60 comunidades mapuche williche de Río Bueno. Su familia vive desde siempre en la ribera del río Pilmaiquén.
—Aquí se estaba perdiendo el conocimiento, pero al llegar la machi Millaray se fortaleció la identidad. Ella volvió a levantar ceremonias, empezamos a recuperar el saber de nuestros antiguos, a identificar cada lawen, hierbas medicinales que ya veíamos como una simple enredadera, unas malezas. Y son las que nos curan desde siempre.
Hay repisas con decenas de metahues moldeados por sus manos, cántaros de greda que, durante las ceremonias, se llenan de harina tostada y muday, una bebida fermentada a base de trigo. Esteban padeció una alergia por todo el cuerpo, insomnio, depresión.
—Uno veía gente curarse pero igual no terminaba de creer. La machi me hizo una ceremonia en una cascada. Con diez minutos bajo el agua y el lawen pude sanar algo que ni toda la vida con psicólogos y médicos lo hubiera logrado. Sentí como si me hubieran limpiado el alma.
Observador, detallista, de voz suave y amable, fue de los primeros en sumarse a la defensa del río y de los sitios sagrados.
—Nos decían “comunistas, revoltosos”. Mi familia tardó en entender. “Tú tienes que trabajar y estudiar, no estar defendiendo esas cosas”, me recriminaban.
Con los años su padre, carpintero, ayudó a construir la casa de Millaray. Otras familias también se acercaron a la machi por problemas de salud.
—Es que Statkraft nos divide, ha roto el tejido social. Se aprovecha de una zona con muchas carencias y entrega madera, invernaderos, abono y becas a quienes apoyan su proyecto hidroeléctrico.
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La machi relata su vida en entrevistas interrumpidas por la llegada de un paciente, un llamado de urgencia, preguntas sobre un preparado de hierbas o el pedido de atención de sus hijos: Yankalen, 14 años; Anuk tres y Pillan, uno.
Salvo por los paneles solares y el rewe, su casa es como tantas del campo chileno. Sencilla, de madera, cocina a leña, ambientes que se agregan con los años. Eso sí, gente todo el tiempo. Niños y juguetes por el suelo, dibujos animados a volumen fuerte, la cocina abarrotada de botellas plásticas con rótulos de ”noche”, “ayuno”. Bolsas de arpillera con lawen, ramilletes de canelo enganchados entre ollas y sartenes. A la noche colchones por el piso, frazadas, sacos de dormir. Y Peñito, un gato gris atigrado que aprovecha cada vez que se abre la puerta para escabullirse dentro. Lo sacan y vuelve a entrar, todo el tiempo.
Una mesa larga es el corazón del hogar. Pan, queso, café, mate y un calendario donde se anotan los turnos de los pacientes. Difícil entender algunas letras, unas escritas sobre otras.
—A veces con tal de tener su turno, la gente tacha o escribe sobre el de otro paciente— se queja la machi.
De una pared cuelgan un sombrero negro, un casco de moto, dos guitarras.
—¿Quién toca, machi?
—Mi wentru. Tiene que escucharlo. Folklore, rancheras, Soda Stereo.
Jaime, su wentru (hombre, en mapudungun), entra por la puerta trasera con troncos en la mano. Mete un par en la cocina a leña, otros en un canasto.
—¿Le puedo hacer un encargo de Argentina?
—Sí, dígame.
—Unas botas de cuero. Acá no se consiguen.
Millaray pregunta si en el próximo viaje podemos traer yerba (para el mate).
—Le doy la plata ahora. La de acá es cara y fea.
Amanda, docente de mapudungun en una escuela de Osorno, quiere un libro de mandalas mapuche. Averiguó por internet que los venden en la avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires.
—Aguante la Bersuit [banda argentina de rock], che boludo —dice Jaime, y la machi, sentada amamantando a Anuk, le pone cara de qué pesado. Él les da un beso a cada una y se va para afuera. Siempre está haciendo algo. Unos años menor que la machi, macizo, espalda ancha, Jaime usa camisa a cuadros y pelo al ras o rulos, según la época. Pícaro, rápido para los chistes, es de esas personas que saben arreglarlo todo. Es difícil verlo de mal humor. Para ser hombre de campo, es muy cariñoso y demostrativo. Juega con sus hijos y es común que a la pasada le de un beso, un abrazo o le haga un chiste a Millaray.


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Hernán Buchi fue ministro de Hacienda durante la dictadura de Pinochet. Junto a otros altos funcionarios promovió privatizaciones de compañías estatales chilenas, entre ellas Empresa Eléctrica Pilmaiquén, que ya en democracia y con Buchi en su directorio, proyectó construir tres centrales hidroeléctricas sobre el río Pilmaiquén. Los respectivos estudios de Impacto Ambiental de 2009 negaban la existencia de comunidades mapuche williche, que viven allí desde mucho antes de que Chile se llame Chile.
En 2014, Buchi y sus socios, que habían adquirido derechos de tierra y agua en la ribera del río Pilmaiquén —Chile es de los pocos países en los que el agua está privatizada—, participaron en la venta de Empresa Eléctrica Pilmaiquén y sus proyectos a la estatal noruega Statkraft, la compañía productora de energías renovables más grande de Europa.
Per Ranestad es alto, tiene 70 años, el pelo canoso y la sonrisa fácil. Historiador, trabajó durante décadas en la cooperación solidaria vinculada con el movimiento de trabajadores de Noruega, donde nació y vive. También vivió cinco años en Chile y desde 1982 viaja cada dos o tres años a visitar amigos.
—Me sorprende que no haya capacidad de aprendizaje ni de memoria institucional en Noruega respecto a este tema. En mi país hay un caso famoso, el del río Alta. A fines de los setenta y principios de los ochenta, la construcción de una hidroeléctrica generó un levantamiento social. De esa experiencia nació el artículo 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que prohíbe proyectos inconsultos. Pero resulta que los noruegos van a Chile y repiten el error en zonas mapuche. Y no una vez. En 2011, Statkraft —que en ese tiempo era SN Power— quiso construir hidroeléctricas en Futrono y Lago Ranco, en la Región de Los Ríos, pero ante la férrea oposición de las comunidades se retiró con pérdidas. Y en 2015 compraron proyectos en el Pilmaiquén sabiendo que entrarían, otra vez, en conflicto con comunidades mapuche.
Per viajó hasta el río Pilmaiquén, se entrevistó con funcionarios noruegos y chilenos, con directivos de Statkraft y con comunidades que apoyan el proyecto y que se oponen. También conoció a Millaray:
—Me ha llamado la atención su tranquilidad. Es seria y a la vez con buen humor. Sabe hablar con la gente, y siempre está escuchando. He conocido otras machi, y se notaba su autoridad por lo impositivo. Con Millaray no, ella es muy suave. No hace gestos para imponerse, todo se da de forma natural.
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Una mañana de lluvia acompañamos a la machi al cementerio de Maihue, a pocos kilómetros de su casa y a metros de la cueva del Ngen Mapu Kintuante. Apareció un hombre mayor con pelo blanco, el sepulturero, junto a una mujer de mameluco azul que a los gritos le dijo a Millaray que no podía entrar.
—¿Por qué no? Es un cementerio comunitario, voy a la tumba de mis abuelos.
—Tu no vivías acá, llegaste a estas tierras por interés, cuando empezó la represa.
—Sí, llegué a defender el territorio.
—¿A defender de quién?
—De la empresa, que iba a inundar esta zona y le paga a las comuni...
—A ver, ¿cuántos años tengo yo? —el hombre estira su mano, con la palma hacia arriba—. Si realmente eres machi puedes ver mi mano y saber cuántos años tengo.
—Todos sabemos quién eras tú antes —dice la mujer del mameluco. Se mueve, gesticula, grita.
—¿Quién era? —pregunta Millaray, mirándola fijo, sus grandes cejas fruncidas.
—Eras una punky.
—¿Qué tiene si me gusta el rock?.
—Y ahora dices que eres machi. Y una machi no anda en conflicto. Una machi es para aliviar el alma, para hacer remedio.
La discusión siguió unos minutos hasta que Millaray dijo:
—Ya. Mucha falta de respeto.
Pidió permiso y siguió caminando hasta la tumba de sus abuelos.
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—De muy niña comencé con kutran —desequilibrio, como en mapudungun se nombra a la enfermedad—, pero no lo sabía porque acá no había machi. Mi abuela era hablante (de mapudungun), yo le pedía que me enseñara. Ella decía: no, porque te van a cortar la lengua. A la abuela de mi abuelita la despojaron de su hogar, a orillas del Pilmaiquén.
Soledad Paicil Quintupurray, 48 años, educadora tradicional y lawentufe —también cura y posee conocimientos de medicina mapuche—. Desde su casa, cerca de la Cordillera y donde nace el río Pilmaiquén, se ve el volcán Osorno. Dice que siempre sintió la presencia de los Ngen, espíritus de la naturaleza. Su abuela le enseñó a respetarlos. Durante 16 años dio clases en escuelas de Puyehue, Santa Elvira, Entre Lagos, Temuco y Llanquihue. Acompañó a diferentes machi y comunidades en ceremonias, pero con distancia, nunca tan involucrada.
—Tuve un peuma, un sueño muy fuerte con la machi Millaray. Yo jamás la había visto. La soñé, le vi su cara. Ella me daba un regalo.
Pasaron años, y en un encuentro de comunidades le pidieron que fuera a invitar a la machi a tomar mate.
—Yo fui, pensaba que los machi eran viejitos. Los que conocí eran así, pero me señalaron una jovencita. Cuando la miré fue grande mi sorpresa, era la persona que había soñado.
Soledad se emocionó pero no dijo nada. Hasta que un día, por problemas de salud, gente conocida la llevó hasta Carimallin.
—Me conmovió su forma de ser, muy humilde. Los machi suelen estar alejados, nadie se les acerca. Ella no. Comparte con todos, es carismática. Es como la machi del pueblo. Con ella me animé a avanzar en mi proceso de lawentufe. Fueron muchos tropiezos, pero me enseñó a continuar. Que lo que no se sabe se aprende y que uno no puede quedarse en el camino.

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Al principio a Pablo no lo dejaban fotografiar demasiado. Hoy es suficiente con una mirada para saber cuándo es momento de sacar o guardar la cámara. Hubo largas conversaciones alrededor del fuego, nos invitaron a participar en diversas ceremonias antes de permitirnos tomar registro. Ceremonias nocturnas o al amanecer, con temperaturas bajo cero, lluvias o con cielos estrellados de verano. Ceremonias alrededor del rewe o a orillas de ríos y lagos. Al aire libre o en interiores de casas. Ceremonias que duraban horas, un día, o cuatro, que las comunidades conocían de memoria y cuyas coreografías se repetían con orden y precisión, siguiendo indicaciones de espíritus antiguos a través de sueños o cuando las machi o las machil —jóvenes con destino de machi, en formación— entraban en trance.
En diferentes territorios de Wallmapu vimos procesos similares: surgimientos de machi, de lawentufe. Alrededor de estas mujeres comienza a reconstruirse el tejido social mapuche, y muchas de las prácticas de las que ese pueblo fue despojado.
—Lo más difícil es que nos entiendan personas con otra forma de pensar. Nos despreciaron tanto, se burlaron tanto de nuestras creencias y costumbres que uno teme compartir secretos. Pero si hoy decidimos hacerlo es para que gente sensible y espiritualmente preparada nos acompañe en la lucha por defender la continuidad de la vida.
La machi Millaray está convencida de que es tiempo de mostrar lo que antes se ocultaba. Y por su rol, otra de sus tareas es la transmisión de saberes, la formación constante en el conocimiento ancestral mapuche. Es cotidiano en su casa ver a jóvenes y adolescentes de aquí para allá. Reciben pacientes, preparan lawen, lo embotellan, la consultan sobre pasos a seguir y toman nota en cuadernos y teléfonos celulares.
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—Ella es como una mamá, explica con cariño. Jamás te va a juzgar. Comparte su conocimiento, no lo mezquina. Siempre nos repite que hay que esterilizar bien las jarras, las ollas y que a un paciente hay que acompañarlo hasta que termine su tratamiento.
Flor Baldovino Cumillanca se disculpa por demorar unos días en responder los mensajes de WhatsApp, estuvo ocupada buscando lawen para una ceremonia. Tiene 17 años, pelo lacio, voz suave. Nació con tres riñones y desde muy pequeña fue atendida por Millaray. A los cinco años empezó a manifestarse su espíritu de machi. Se desmayaba, se caía. En la escuela primaria pudo contar de su proceso, la apoyaron. En la secundaria la pasó mal.
—Me juzgaban mucho. Traer un rol espiritual en estos tiempos es complejo. Te miran como un bicho raro por ocupar tu ropa mapuche. Tenía mucho desequilibrio por estar lejos del territorio. Decían que eran crisis, pero era mi püllü —el espíritu de machi, que se manifiesta—. No me entendían, me dejaban encerrada en una sala, me llevaban al hospital, pero yo necesitaba venir a mi mapu (tierra). Después cambié de colegio, preferí no decir nada, callé lo que yo era. Pero había ceremonias y yo faltaba a clases. El director se preocupó y le conté que estaba en un proceso de machi. Me brindó su apoyo, estaba orgulloso de tener una machi en el colegio.
Karen Opazo Matus, 33 años, recuerda el día que llegó a lo de Millaray, descompensada.
—Uno no escoge este camino, no se autodenomina lawentufe o machi, sino que desarrolla una condición a veces crónica, sin explicación, sin tratamiento en la medicina occidental. Y eso solo se alivia con un proceso de aprendizaje y sanación.
En su territorio, a orillas del lago Rupanco, no había lawentufe, y si bien la tradición dice que alguien del mismo rol tiene que enseñarlo, la machi aceptó el pedido de Karen y de otras jóvenes que traían el mismo destino. Fueron dos años intensos de acompañar a Millaray a diferentes tratamientos y ceremonias.
—Buscar lawen, identificarlo, saber en qué situaciones se utiliza, cuáles hierbas no se mezclan, esa es la parte más compleja. Me costó también soltar la lengua para poder pronunciar palabras en mapudungun. Pero lo más difícil son las dificultades sociales que conlleva aceptar el rol, vivir como mapuche. Eso fue lo más triste, darte cuenta que la sociedad es muy racista, incluso a veces las propias familias mapuche, te juzgan por la edad, por tu forma de ser, tus rasgos. Mucho pensamiento cristiano hay, dicen que tenemos prácticas barbáricas o satánicas.
Desde la colonización, las machi y lawentufe son perseguidas. En Chile son comunes encarcelamientos y procesos judiciales contra diferentes machi —incluida Millaray— que casi siempre lideran procesos de recuperación territorial y espiritual. Entre los casos más conocidos están los de la machi Francisca Linconao, el machi Celestino Córdova, el machi Cristóbal Tremigual y el machi Juan Queupumil, aún detenido.
En Argentina, donde las machi fueron exterminadas, en 2017 se conoció que, después de medio siglo, se levantaba una nueva machi, de 16 años. Betiana Colhuan —prima de Rafael Nahuel, un joven mapuche asesinado por fuerzas de seguridad— estuvo detenida durante ocho meses en Bariloche entre 2022 y 2023, junto a otras tres mujeres mapuche y sus hijos, acusadas de “usurpación”, delito por el que nadie va preso en Argentina.

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Karina Riquelme Viveros es abogada, defensora de derechos humanos. En los últimos 15 años sacó a más de 50 mapuche de cárceles y comisarías, los acompañó en juicios y procesos. Últimamente fue mediática por llevar dos casos emblemáticos: Operación Huracán —un montaje escandaloso en la historia de Chile, con la plana mayor de la policía acusada de inventar mensajes de texto como prueba para juzgar por terrorismo a ocho dirigentes mapuche; una causa que salió a la luz hace ocho años y cuyo juicio oral terminó hace pocas semanas— y la desaparición de Julia Chuñil, presidenta de la comunidad mapuche de Putreguel, en la Región de los Ríos, cerca del Pilmaiquén. Julia, de 72 años, fue amenazada por el empresario forestal Juan Carlos Morstadt. Desde el 8 de noviembre de 2024 no se sabe nada de ella ni de su perro. El 30 de septiembre de 2025, en conferencia de prensa, su familia denunció la existencia de un audio de Morstadt que revelaba que a Julia “la quemaron”.
Karina Riquelme tenía 28 años cuando una tarde de 2013 asistió a un seminario de la Universidad Católica, en Temuco, donde se exponía el conflicto del Pilmaiquén. Allí conoció a la machi Millaray. Le impresionaron su juventud, sus modos, su claridad. Le dio una tarjeta, le dijo: ojalá no me tenga que llamar nunca. A los pocos meses sonó el teléfono. En un operativo de madrugada, decenas de efectivos encapuchados —brigadas de policía de La Unión, Valdivia, Puerto Montt, Osorno y Temuco— irrumpieron en la casa de la machi con armas largas, le arrancaron a su hija de tres años de las manos y la llevaron detenida, junto a otras autoridades mapuche.
Ruth, la madre de la machi, tiene 59 años, pelo corto, carácter fuerte. Se queja con el celular en la mano. Dice que la próxima vez que venga a visitar a sus hijas se comprará un chip Movistar, con mejor señal en la zona. Viaja poco al campo, vive en Osorno. No es de origen mapuche. Aunque parece, ¿no?, dice la machi con una sonrisa ante la cara de reprobación de su madre, quien recuerda la mañana de enero de 2013 en que detuvieron a su hija y también allanaron su casa.
—Como yo no estaba, rompieron la puerta. Cuando llegué me agarraron entre dos policías grandotes, me llevaban con las piernas colgando. Preguntaban a los gritos dónde estaba el sótano. Les decía que no había sótano. Buscaban desesperados. Acá sólo van a encontrar libros, decía yo. Me dieron vuelta toda la casa.
Tras el allanamiento, Ruth corrió a radio Bio Bio de Osorno. Enojada, insistió hasta que pudo contar al aire lo sucedido. Luego fue para Carimallin, al campo, a lo de su hija. Puertas rotas, colchones abiertos y su nieta Yankalen, de tres años, abrazada a una vecina.
—No habló durante cuatro días. Fue tanto el trauma que los primeros años de su infancia fue tartamuda.
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—Fue la primera vez que vi cómo se utilizaba la Ley de Inteligencia.
La abogada Karina Riquelme recuerda cajas y cajas de información sobre la machi Millaray, con seguimiento a ella, a las personas que la rodeaban, a sus pacientes. Nada relacionado a lo que le imputaban: ser encubridora del incendio a un campo lejano y portación de armas, por una escopeta supuestamente encontrada en una bodega cerca de su casa.
—La describían como una bruja. Quisieron generar un imaginario de que no era machi ni mapuche, que su familia no era del territorio. Hablaron de su intimidad. Una mirada misógina, cosas que solo pueden decir de las mujeres.
Aunque no tenía antecedentes de violencia, la machi Millaray fue encerrada en una cárcel de máxima seguridad, en Valdivia, durante cuatro meses. Cama de cemento, mucho frío, cámaras 24 horas. Su hija, destetada a la fuerza, pasó a vivir con la abuela y la tía.
—La marcó mucho ese tiempo. Es lo que más duele. Uno sabe lo que puede pasar cuando defiende un territorio, pero un niño… Lamentablemente nuestros niños se acostumbran a estas situaciones. Yo les pedía que bajaran las armas cuando entraron a mi casa, que estaba con mi bebé.
Millaray conserva un sentimiento de injusticia, al punto que la condenaron a menos días de los que pasó encerrada. Su caso está en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
—Me acusaron de encubridora de un incendio del que no participé, no estuve ahí. Se me condenó por mi resistencia a la hidroeléctrica, porque hablamos de recuperación territorial en un lugar donde hay muchos latifundios. Investigamos, demostramos que hay títulos ancestrales, que somos los verdaderos herederos de esta tierra. Fue un castigo ejemplificador, por no querer ser chilena y querer ser mapuche.
Aprovechó el encierro para leer, aprender a tejer y armar redes. La cárcel resultó caja de resonancia. Organizaciones de Derechos Humanos, prensa y más comunidades se acercaron. Surgió el Aylla Rewe del Ngen Mapu Kintuante, más de 120 comunidades mapuche williche unidas para defender el río Pilmaiquén.
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La historia del despojo, de Martín Correa Cabrera, fue elegido mejor libro del 2021 por la Asociación de Librerías Independientes de Chile y durante 2022 fue de los más vendidos del país. En sus páginas se leen antecedentes del conflicto que lleva más de 15 años en torno al río Pilmaiquén. El territorio antiguo, cuyo núcleo original es el Ngen Kintuante, abarcaba unas 11 500 hectáreas. Las familias mapuche fueron reducidas a un espacio de 55 hectáreas (...) La machi Millaray Huichalaf, que desciende de su abuela Virginia Malpu Mafil, quien a su vez desciende de su abuelo Juan de Dios Mafil, la gran autoridad del sector hacia 1880, encabeza una lucha más allá de lo territorial, es una lucha por el ‘ser’ mapuche, por su existencia, y es en dicho contexto que es sometida a proceso judicial, escribió Correa. Historiador, doctor en Antropología, recuerda sus visitas a la machi en la cárcel de Llancahue, Valdivia.
—Siempre nos recibía con el espíritu en alto, con una sonrisa que se contraponía a las expresiones de sus visitantes. En una ocasión me confesó: se supone me vienen a subir el ánimo, pero yo estoy mejor de ánimo que ellos.
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—Hacía años quería ser madre y no podía. Cuando tuve mi segundo aborto espontáneo, el sistema de salud me ofrecía un tratamiento de fertilidad. No quise, era muy invasivo.
Arlette Aguilar Espinoza, en 2014 y con 34 años, decidió viajar desde Santiago, donde vivía, hasta la casa de Millaray, a casi 1 000 kilómetros.
—Vio mi orina, me dijo que mi útero era hostil, que lograba fecundar pero no podía retenerlo. Algo que traía de mi linaje, por eso otras mujeres de mi familia tenían el mismo problema.
Arlette tomó durante meses lawen para limpiar su organismo. Le mandaban botellas en bus hasta Santiago. Ella había ido a un colegio católico, las monjas les prohibían ver sus propios cuerpos desnudos, por eso la segunda parte del tratamiento le resultó impactante.
—Tenía que introducir hierbas en mi vagina. Fue un tiempo de aprender de la biología de la mujer, de los ciclos, las lunas. Un intensivo con la machi, me explicaba con mucha paciencia. Antes del año quedé embarazada, y poco antes del parto volví al sur para que la machi girara a mi bebé, porque estaba con los pies hacia abajo.
En 2015 nació Ayelén. Cinco años después, con 40, Arlette tuvo un segundo hijo, Dante.
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A fines de 2014, Felipe Guerra Schleef, flamante abogado, llegó al Pilmaiquén con el equipo jurídico del Observatorio Ciudadano. Recuerda la determinación de esa joven machi y las reuniones, que siempre empezaban con una ronda donde se compartían los sueños.
—Con el tiempo entendí esa conexión y cómo los daños que generaba la empresa también se expresaban en esa dimensión onírica.
Doctor en Derecho de la Universidad Austral de Chile, Guerra encontró argumentos jurídicos a partir de los sueños y presentó decenas de escritos, varios con sentencias favorables para las comunidades. Así se frenó la construcción de la central hidroeléctrica Osorno —proyectaba inundar un cementerio y las cuevas del Ngen Mapu Kintuante—, de la cual Statkraft desistió de forma definitiva en 2023.
Preocupada por los grandes paredones de concreto que crecían en el otro proyecto noruego sobre el Pilmaiquén, la Central Los Lagos —hoy prácticamente construida, aunque aún no empezó a operar—, la machi un día convocó al abogado.
—Me contó un sueño de su prima, en el que aparecían hallazgos arqueológicos.
Resultó que la empresa ocultaba la aparición de hallazgos —Son nuestros ancestros, nos están ayudando a cuidar el río, dice la machi— y la Corte Suprema ordenó la primera Consulta Indígena por hallazgos arqueológicos en la historia de Chile. Empezó a fines de 2023, y si bien no era vinculante, hasta que no terminara no se podía poner en funcionamiento la central Los Lagos. Recién hace semanas, el Consejo de Monumentos Nacionales, el organismo estatal que lleva adelante la consulta, dio por terminado el proceso, ante la queja de más de 120 comunidades que dicen que no se respetaron sus derechos. Statkraft, que anunció más de 50 millones de dólares en pérdidas por la demora, ahora sí, estaría cerca de poder inundar los 18 kilómetros de bosque donde se encuentran los hallazgos arqueológicos y especies en peligro de extinción
—Si Noruega inunda este lugar estaría haciendo un arqueocidio.
El arqueólogo Rodrigo Mera explica que en el río Pilmaiquén hay una ocupación efectiva, milenaria, cuyos sitios están empezando a conocerse. Que el estudio de impacto ambiental no consideró el componente medio humano y que el proyecto partió del supuesto de acá no hay gente, acá no hay historia, por lo tanto construyamos encima.
—Se podrían perder al menos cincuenta sitios arqueológicos. Es mucha información que no se va a conocer porque quedará bajo el agua.
Para Mera, asesor del Aylla Rewe en la consulta indígena, resultó una apertura mental trabajar con las comunidades y la machi Millaray.
—Tiene la capacidad de escuchar a las plantas, de dialogar con ellas, con árboles, con espíritus. En los recorridos en terreno la machi seguía otros rastros, o pasaba caminando por zonas donde uno se hundía. Para mí ha sido un crecimiento como profesional y persona, y para ver las limitaciones que tenemos respecto a la espiritualidad. Si realmente queremos conocer más detalles de la vida pasada, hay que sumar a las comunidades en la proyección de los sitios. De forma racional es difícil entender esa comunicación interespecies, pero los mapuche son expertos en comunicarse con la naturaleza, y no solo eso, sino a través del tiempo. Las machi dan saltos intergeneracionales, pueden ver qué había en los territorios antes y describirlo.
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Hace años intento entrevistar a un representante de Statkraft. Estuve cerca de hacerlo, en Noruega, en 2023. La machi Millaray fue invitada por organizaciones de la sociedad civil de ese país para visibilizar el conflicto. Viajamos con Pablo Piovano, con quien estamos filmando un documental. En Oslo conocimos a Stephen Sparkes, vicepresidente de Statkraft. Antropólogo, elegante, sonriente, me dio su tarjeta. Se comprometió a darnos una entrevista. Lo mismo pasó con Laine Powell, vicepresidente senior de la empresa en Latinoamérica. Las entrevistas nunca se concretaron. Un día me llamó la presidenta de Statkraft Chile, María Teresa González. Me dijo que por supuesto podría entrevistarla y me contactó con Gabriel Guichard, gerente de comunicación. El entrevistado fui yo: quiso saber de mis estudios, mis intenciones, cómo financiaría el documental. Me hizo muchas preguntas y se comprometió a que María Teresa me daría la entrevista. Antes, debía mandarle mis preguntas. Dudé en hacerlo, pero las mandé. Nunca fueron respondidas.
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Estas centrales atacan nuestra cultura, nuestra espiritualidad y violan nuestros derechos. Las comunidades hemos agotado las instancias jurídicas y legales en Chile. Por eso estamos aquí, con la esperanza de ser escuchados, dijo Millaray en el Parlamento noruego, en Oslo, en mayo de 2023. Entrevistada por los principales diarios, recorrió radios, plazas, universidades. Se sorprendió del apoyo e interés de jóvenes, partidos políticos y organizaciones sociales y sindicales.
—Antes decir Noruega en nuestro territorio era decir el monstruo. Durante años la única referencia fue Statkraft, que destruye nuestro río. Allá conocimos un pueblo que nos recibió como hermanos.
Otra grata sorpresa fue el encuentro con el pueblo sami, que habita ancestralmente parte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, y que, como el pueblo mapuche en Chile y Argentina, sufrió persecución y procesos de asimilamiento. Les prohibieron su lengua, sus costumbres. Es internacionalmente famosa la resistencia sami en Fosen contra Statkraft, donde el proyecto eólico más grande de Europa invade sus montañas. La sintonía entre jóvenes sami y la machi fue inmediata. La invitaron a conocer sus tierras, sus lugares sagrados y la secundaron ante el Punto Nacional de Contacto (PNC) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en Oslo, donde la machi en representación de más de 120 comunidades mapuche williche interpuso la primera queja de pueblos originarios de América contra una empresa noruega.

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Hay olor a pan recién horneado por Yanka, la hija mayor de la machi. Su madre deja a Anuk dormida en el sillón, pone una sartén sobre la cocina a leña.
—Tengo hambre, y el hambre me da mal humor.
La machi abre la puerta y le grita a Jaime que traiga huevos del gallinero. Se escucha el motor de una camioneta. Mira por la ventana, le pide a Yanka que caliente el kultrún, el tambor mapuche. Sale a recibir a una anciana que llega del brazo de un muchacho, su hijo. Desde adentro puedo ver a la machi y a la anciana, las manos en la espalda, frente al rewe. Jaime se suma y toma notas en un cuaderno. En la casa, Anuk despierta y pasa a los brazos de una de sus primas. Miran televisión, suena una canción repetitiva: tiburón, tararatatá, tiburón tararatatá. Afuera, la machi sopla humo dentro de un frasco. Unos minutos después, entra a la casa con dos panes caseros y unos repasadores tejidos por la anciana, quien llegó sin aviso para una consulta por problemas intestinales.
—No soy buena para cobrarle a la gente. Y como machi, la tradición dice que no puedo trabajar de otra cosa. Cuando mis pacientes se liberan de la energía negativa me siento tremendamente feliz. Siempre me preguntan ¿Cuánto me va a cobrar?, y yo digo que sea voluntario porque no todos tenemos las mismas posibilidades. Mi familia me critica, porque igual hay que comer, hay que vestirse, pero así como algunos tienen mucha voluntad y otros poca, la vida se encarga de dejar en equilibrio las cosas.
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En mayo de 2025 la machi Millaray me envía un video por WhatsApp. La que filma es ella. En la imagen se ve a Jaime, su pareja, forcejeando con dos policías que quieren esposarlo. La machi les pide que le muestren la orden de detención. Les pregunta por qué lo están deteniendo. Señora, hágase a un lado. Uno de los policías la agarra del brazo, no quiere que lo filmen. Suélteme, dice la machi. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden que tiene para llevárselo. La escena se mueve, tiembla, se ven pedazos de uniforme verde, una boca, una placa identificatoria con el nombre cubierto, a Jaime con el brazo doblado. Un policía lo agarra por detrás, del cuello. La machi estabiliza el teléfono. De pronto se ve a una niña de tres años, campera rosa, de pie ante la puerta de una camioneta. Es Anuk. Llora, sigue con atención la escena en la que su madre filma cómo se están llevando preso a su padre. En la otra mano la machi tiene las llaves de la camioneta. Uno de los policías se la arranca. Devuélvame la llave. No me puede dejar botada aquí con mis hijos. Por qué lo están deteniendo. Muéstreme la orden. Los policías logran meter a Jaime en el patrullero. Arrancan, se lo llevan. La machi queda a un costado de la ruta con sus dos hijos pequeños.
—Se está preparando el terreno, esto ya lo vimos —advertía Millaray desde una comisaría de Lautaro, a 250 kilómetros de su casa, donde llevaron a Jaime.
Le dictaron 45 días de prisión por resistencia a la autoridad. La detención fue por una denuncia de tres años atrás, cuando él había pedido permiso a un vecino —que al parecer lo denunció— para pasar por un terreno cerca del río, que es reclamado por las comunidades.
Por esos días, en que las comunidades advertían aumento de controles policiales en los caminos y drones merodeando sus casas, Felipe Trunci, autoridad del Aylla Rewe del Mapu Kintuante y defensor del río, fue interceptado por la Policía de Investigaciones (PDI) mientras repartía quesos. No le explicaron de qué lo acusaban, quisieron someterlo a un examen de sangre. A las horas se confirmó que fue por una denuncia de Statkraft, aunque no se aclaró el motivo. La orden fue del fiscal Sergio Fuentes, protagonista en la causa por la que fue encarcelada la machi hace 12 años.
El 13 de agosto de 2025 nuevamente fue allanada la casa de Millaray, días antes de un viaje programado a Suiza, donde ella y otros representantes comunitarios pensaban verle por primera vez la cara a directivos noruegos de Statkraft, en el marco de la queja presentada ante la OCDE. Una joven de 15 años en pleno tratamiento fue despertada por seis efectivos que le apuntaron con sus armas. Se llevaron la computadora de la hija de la machi y un celular. Según algunos medios, el allanamiento fue por una causa de “usurpación violenta”, que habría ocurrido el 23 de febrero de 2023. Ese día, en las puertas del predio donde se construye la central Los Lagos, una manifestación fue reprimida con perdigones de plomo. Los disparos de los policías, violando protocolos, apuntaron a los cuerpos. Entre los heridos estaba Luis Huichalaf, primo de Millaray, que perdió la vista de un ojo. La represión tuvo relevancia en Noruega —el tema salió en medios y se impuso en una sesión del Parlamento—, pero en Chile casi no tuvo cobertura periodística ni interés de la justicia.
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La mañana del 19 de agosto de 2025 la machi dirigía una ceremonia de sanación a orillas del río Pilmaiquén. El cauce creció inesperadamente, arrastró a una adolescente que estaba siendo tratada y a un vecino que se arrojó a rescatarla. Ambos murieron.
Varios testigos declararon que se abrieron las compuertas de una de las represas, pero desde las primeras horas del accidente, medios de comunicación y redes sociales apuntaron a la machi como responsable de las muertes. El fiscal Sergio Fuentes, apenas se enteró de la noticia y cuando aún no habían aparecido los cuerpos, llegó en helicóptero para tomarle declaración a Millaray.
“La ‘machi’ de los sacrificios: la oscura trama detrás del ritual que terminó con dos personas muertas”, tituló Bio Bio, un medio masivo de Chile famoso por estigmatizar a comunidades mapuche. Canal 13, también de gran audiencia en el país, se refirió a “las víctimas de esta ‘machi’ que no es reconocida ni por su pueblo”.
El tema se volvió viral en un país dividido donde los apoyos y solidaridad hacia Millaray se mezclan con discursos racistas hacia ella y las prácticas espirituales mapuche. Con todo, algo parece moverse: en la última semana de julio, en un fallo sin precedentes en la historia de Chile, la justicia condenó y multó a Bio Bio por discriminación arbitraria contra la machi Millaray, exigiendo rectificación y una capacitación para sus periodistas.
En el mismo río, en enero de 2022, se produce el fallecimiento de una persona que se tira a rescatar a dos niños, durante un bautismo evangélico. El abordaje de la noticia —dijo el abogado Felipe Guerra, en un programa radial— fue un abordaje sobrio, empático con el dolor de las víctimas. La noticia no menciona el nombre del pastor y se centra en los esfuerzos de rescate. Pero en este caso desde el primer momento se desarrolla una campaña orquestada para deslegitimar a la machi Millaray. Aparecen su nombre, su foto. Sin un juicio previo, se la condena socialmente en distintos medios. Y más grave, en un reportaje que aparece como supuesto ejercicio de periodismo de investigación, se desliza que sería un sacrificio humano y un rito satánico.
El escenario se ha vuelto complejo. Un familiar de una de las personas fallecidas, que en las primeras horas tras el accidente apuntó a la crecida del río y defendió a la machi, días después presentó una querella en su contra, acusándola de homicidio. Fuentes judiciales que tuvieron acceso a la causa dicen que es inconsistente, pero advierten que, teniendo en cuenta los antecedentes de la justicia chilena respecto al pueblo mapuche, no se puede descartar que avance un proceso penal contra la machi.

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Margarita Carilao, la machi que formó a Millaray, vive a más de 300 kilómetros de la casa de su discípula. Se ven poco, menos de lo que quisieran. Pero en momentos difíciles la familia Huichalaf siempre recurre a ella. En medio de la tragedia de las dos personas muertas, y de toda la campaña en su contra, Millaray fue a hasta lo de su maestra. Pocos días después, la machi Margarita apareció en Carimallin para realizar una ceremonia. Mucha gente llegó de diferentes comunidades. Las familias traían bolsas repletas de lawen, de plantas medicinales que crecen en sus tierras. Iban pasando de a una y le ofrecían lawen a la machi.
La ceremonia empezó con la noche. Duró varias horas. Se hizo dentro de la casa. En algún momento de la madrugada —Millaray acostada en el piso, tapada con hojas de lawen, mujeres tocando kultrun a su alrededor—, la primera etapa de la ceremonia se cumplió. Algunos salieron a comer algo, a tomar mate, a fumar; otros se fueron a dormir a los autos. La ceremonia se retomó con la salida del sol. Según contaban después quienes pudieron entender lo que decían las machi cuando entraron en trance, esa noche se presentaron varios Ngen —espíritus de la naturaleza—, de diferentes territorios. Dejaron sus mensajes. Recomendaron trabajos para Millaray y otras familias. Y advirtieron que venían tiempos difíciles. La machi también tuvo sueños en ese sentido.
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El 11 de abril pasado, mientras participaba en un foro de mujeres en Valdivia, Millaray recibió la noticia más dura de su vida: Jaime, su pareja, de 34 años, el padre de sus hijos, murió en un accidente automovilístico.
Durante el funeral, que duró tres días y al que asistieron cientos de personas, tampoco hubo paz. Presencia permanente de drones sobre la casa de la machi y amenazas de las comunidades que tienen vínculo con Statkraft de que no dejarían enterrar a Jaime en el cementerio comunitario. ¿Hasta dónde puede llegar la intromisión de una empresa en un territorio?, se pregunta una publicación en redes donde se puede ver el video —se hizo viral— de lo sucedido el día del entierro: personas con palos, un hacha y una motosierra atacando a los deudos y amenazando exhumar el cuerpo de Jaime. Identificadas, estas personas permanecieron menos de 24 horas detenidas, por injerencia del abogado Branislav Marelic, quien fue contratado por Statkraft y llamativamente se encontraba en el lugar de los hechos.
A fines de mayo, la machi Millaray Huichalaf, junto a otros referentes del Aylla Rewe del Mapu Kintuante, presentaron una querella por reiteradas amenazas de muerte hacia ella y otros defensores del río Pilmaiquén.
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