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La cautiva

La cautiva

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El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.
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El final de Kshamenk, la última orca que vivió en cautiverio en Sudamérica, es tan oscuro como las circunstancias que la colocaron en una pileta de Mundo Marino, el oceanario argentino que fue su hogar durante más de 30 años. En medio, se agitaron las aguas de una batalla por trazar los límites éticos del entretenimiento, la captura y la conservación de los grandes mamíferos marinos.

La bestia de lomo negro que pesa cuatro mil kilos y podría matar a cualquiera de los espectadores merodea silenciosamente en las profundidades de la pileta, mientras los turistas se acomodan en las gradas con gaseosas y tarros de palomitas de maíz. En el anfiteatro hay familias con niños. Hay parejas. Hay alumnos de escuela primaria que vinieron en micros escolares desde otras provincias. Hay una atmósfera de expectante algarabía.

—Bienvenidos a Refugio de mar —dice, apenas se sientan, la voz serena y melodiosa de una locutora amplificada por los altoparlantes. 

Son las cinco y cuarto de la tarde de un sábado soleado de marzo de 2025 cuando aparece el entrenador. Sale desde atrás de una escenografía de rocas marrones hechas con yeso, que tiene una pantalla gigante incrustada en el centro y debajo, en letras mayúsculas, el nombre del lugar: “Mundo Marino”. El hombre camina por una explanada ataviado con un traje negro de neoprene, cargando una pequeña heladera roja de plástico. Cuando llega al borde de la pileta, abre la heladera y saca una bola de pescado.

—¿Conocen a Kshamenk? —dice la locutora.

Un animal asoma su cabeza negra y brillosa en medio del agua. Se alcanzan a ver tres manchas blancas —dos pequeñas a la altura de los ojos, una más grande bajo la boca— que le dibujan una expresión sonriente. Apenas se detiene al borde de la pileta, el entrenador le acaricia la cabeza y tira la bola de pescado entre sus dientes filosos.

—Para nosotros es muy especial porque lo rescatamos cuando era un cachorro.

El animal vuelve a sumergirse y nada en círculos. En la superficie de la pileta solo alcanza a verse su aleta dorsal: es negra, mide casi dos metros y está totalmente doblada hacia un lado. El público sigue su trayectoria desde las gradas con ojos extasiados. Algunos suspiran, otros aplauden. Esa aleta doblada es una gracia maldita: solamente se ve en los animales de su especie que están cautivos. Los especialistas en mamíferos marinos la llaman “aleta colapsada” y no saben con exactitud su causa. Algunos lo atribuyen a la falta de actividad. Otros aseguran que es la señal de que están estresados, deprimidos. Kshamenk, que vive en la pileta del oceanario Mundo Marino desde hace 33 años, lleva en su cuerpo la marca de una tragedia. Es la última orca en cautiverio de toda Sudamérica.

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Marketa Schusterova nació en 1975 en Checoslovaquia: un pequeño país sin salida al mar, situado en el centro de Europa, que en aquel entonces estaba gobernado por un régimen comunista. Durante su infancia, ni ella, ni su madre —que trabajaba en el Museo Nacional de Praga—, ni su padre —comerciante del rubro de la construcción— pudieron salir del país: el gobierno imponía a los ciudadanos que tramitaran permisos especiales para poder viajar al extranjero, y esos permisos eran muy difíciles de obtener. Para cuando Marketa Schusterova llegó a la mayoría de edad, el régimen comunista ya había caído y los ciudadanos checoslovacos pudieron volver a viajar libremente por el mundo: ella conoció Bélgica, Reino Unido, Alemania hasta que se instaló en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, a orillas del lago Ontario, para estudiar fotografía. Durante unas vacaciones en República Dominicana, contrató una excursión que incluía una clase de buceo. Apenas se sumergió, aquella mujer que había nacido en un pequeño país sin salida al mar se fascinó al ver peces de colores, mantarrayas, delfines. Al regresar a Toronto, hizo un curso de buceo y se especializó en fotografía subacuática. Un tiempo después, viajó a las cataratas del Niágara, en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, para conocer Marineland, uno de los parques con animales marinos más famosos del mundo. Allí vio, por primera vez, una orca.

—Era un animal inmenso y estaba en un lugar tan pequeño y sin actividad… que tuve un sentimiento de enojo tan grande que…. Fue como un llamado.

Son las tres de la tarde de un sábado de fines de marzo en Toronto, las cuatro de la tarde en Buenos Aires. Marketa Schusterova hace una pausa en la videollamada y su imagen —cabello rubio atado en un rodete, suéter fucsia— se vuelve pequeña. Aparecen, en el centro de la pantalla, fotografías que muestra desde su computadora. En la primera está con un traje de neoprene y una máscara de buceo, recortada sobre un fondo azul donde merodean siete tiburones. La segunda es una imagen cenital de ella sacándole una foto a un cocodrilo que permanece a centímetros de su cuerpo. En la tercera, se la ve nadando pegada a una inmensa ballena: el animal es tan macizo que parece un submarino.

—En mis viajes posteriores pude ver libres en el mar a todos los animales que están encerrados en esos parques. Vi que sus personalidades son totalmente distintas.

Marketa Schusterova comenzó a trabajar como fotógrafa en documentales de naturaleza. En paralelo, se unió a una oenegé de conservación de animales marinos como voluntaria. Tiempo después, fundó junto a un compañero su propia oenegé. La llamaron Urgent Seas. Su primera acción de activismo fue sobrevolar las instalaciones de Marineland con el dron con el que trabajaba para los documentales. Quería filmar qué hacían los animales cuando el parque estaba cerrado. Desde el cielo, logró identificar la pileta de la orca. La vio completamente sola, inmóvil en medio del agua. La filmó durante horas en estado de letargo. Subió un fragmento del video a las redes sociales de la oenegé. En pocas horas, el video se viralizó. “La ‘orca más solitaria del mundo’ vive en un parque temático cerca de las cataratas del Niágara”, publicó el 10 de diciembre de 2021, dos meses después de publicado el video, el Toronto Star, el diario más importante de Canadá. La foto de la orca estaba en la tapa.

Schusterova regresó a filmar a la orca cada dos semanas. Comenzó a ser testigo de los cambios en su peso, en su estado de ánimo, en el agua de la pileta, que a veces estaba completamente turbia. Un día de marzo de 2023 notó que no nadaba bien. Le pareció un presagio. La orca murió dos días después por una infección. Consternada, la mujer se propuso redoblar su apuesta, adelantarse a otros casos en los que pudiera ocurrir lo mismo, armar un “inventario” de todas las orcas en cautiverio. Mientras googleaba oceanarios del mundo, encontró un video que la desconcertó: era de una orca que vivía en una pileta diminuta. Tan pequeña que dudó si no estaba trucado. La imagen más desoladora que había visto en su vida. “Tengo que hacer algo por ella”, se dijo. Esa orca era Kshamenk.

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Media hora antes de sentarse en las gradas para ver a la orca, los espectadores pasaron por una pequeña sala de proyecciones contigua al anfiteatro para ver un corto audiovisual sobre rescates de animales realizados por Mundo Marino. En la secuencia más vertiginosa, registrada con cámara en mano, una docena de hombres sumergidos en el mar con flotadores naranjas empujaban el cuerpo de un inmenso animal hasta la playa, mientras la voz en off de una locutora narraba, con tono épico, que en noviembre de 1992 alguien avisó al oceanario que había una orca varada en la playa. Que cuando llegaron la encontraron sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. Que tuvieron que trasladarla al oceanario para salvarle la vida. Que “durante el largo tiempo que duró su rehabilitación, Kshamenk adoptó a sus cuidadores como su nueva familia”.

—A Kshamenk lo cazaron en un varamiento forzado —asegura María José Fernández una mañana de abril de 2025, en un estudio de abogados que funciona en el octavo piso de un edificio antiguo, con puertas de madera maciza y un ascensor que parece una jaula de metal, ubicado en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires.

Fernández es una abogada especializada en derecho animal de 41 años, menuda, de ojos almendrados y voz suave que en 2021, junto a otras nueve personas, fundó Derechos Animales Marinos para luchar por la liberación de Kshamenk. Una agrupación que todas las semanas replica videos de la orca en la pileta en sus redes sociales —uno de los cuales vio Marketa Schusterova desde su casa en Canadá—, y que, a partir de una investigación, halló una denuncia judicial anónima en la que alguien aseguraba que “en 1992 Mundo Marino organizó una expedición de captura de orcas, en la que obligó a participar a algunos de los empleados bajo pena de despido (...) Literalmente las arriaron hacia la bahía, donde esperaron que bajara la marea y que las orcas quedaran con pocos centímetros de profundidad y no pudieran moverse (...) Allí eligieron cuatro ejemplares para llevarse (…) tres fueron transportadas al acuario: una de ellas murió durante el viaje, estaba muy estresada (…) Las dos restantes fueron puestas en un tanque (…) Esa misma noche se empezaron a escuchar golpes, y cuando llegaron al tanque encontraron el agua llena de sangre, y una de las orcas muerta. Había golpeado la cabeza contra las paredes del tanque hasta que le estalló el cráneo (…) La orca sobreviviente de la masacre fue Kshamenk”.

Pasadas más de tres décadas de la llegada de Kshamenk a Mundo Marino, las versiones cruzadas sobre cómo fue su desembarco en la pileta del oceanario agitan las aguas de un conflicto de escala internacional.

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En 1964, el Acuario de Vancouver, una institución de Canadá pionera en emplear científicos para investigar a los animales marinos, encargó a un escultor la réplica de una orca en tamaño real. El hombre intentó cazar una orca con un arpón para usarla como modelo, pero el animal sobrevivió: el acuario decidió aprovechar la ineptitud del escultor y exhibir al animal vivo. La bautizaron Moby Doll. Fue la primera orca cautiva del mundo.

Hasta ese momento, de las orcas —Orcinus, su nombre científico— se sabía que son el miembro más voluminoso de la familia de los delfines, que se encuentran en todos los mares del planeta, que viven en manadas numerosas, nadando hasta 200 kilómetros por día, que pueden llegar a vivir hasta 90 años, que son las superpredadoras del océano —se alimentan de más de 200 kilos de pescado al día—. También, que los antiguos marineros las bautizaron “ballenas asesinas” porque las vieron cazar ballenas: animales de un tamaño hasta seis veces más grandes que ellas. Gracias a Moby Doll, que sobrevivió en cautiverio tan solo 87 días, los científicos pudieron observar a las orcas de cerca y conocer, por ejemplo, la sofisticada forma en la que se comunican entre sí por ondas de sonido, o advertir su considerable inteligencia: la llamada ballena asesina era capaz de aprender las piruetas que les enseñaban los entrenadores humanos con la docilidad de un perro.

A partir de las desventuras de Moby Doll, las orcas se posicionaron en el epicentro de un negocio pujante: más de 220 fueron confinadas y exhibidas en oceanarios del mundo. Los años sin cazar, nadando en círculos dentro de pequeñas piletas y emitiendo ondas de sonido que rebotaban contra las paredes de esos tanques las convirtieron en estrellas inquietantes. En la nochebuena de 2009, Keto, una orca que vivía en un acuario de Tenerife llamado Loro Parque, arrastró a su entrenador hasta el fondo de la pileta y desgarró sus órganos vitales hasta matarlo. Dos meses después, Tilikum, una orca del oceanario SeaWorld de Orlando famoso por convertirse en el mayor macho procreador en tres décadas de cautiverio —21 hijos engendrados—, mordió el hombro de su entrenadora, le fracturó las costillas, la mandíbula y dejó su cuerpo inerte flotando en el tanque frente al público. El origen de esos ataques, y de otras decenas de agresiones de orcas a humanos registradas en seis décadas de cautiverio en oceanarios, según biólogos marinos, es el trauma que les provoca ser capturadas y alejadas del mar.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”: una orca que jurídicamente es igual que los glaciares de la cordillera de los Andes, los sitios arqueológicos de la Patagonia y las cataratas del Iguazú.

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En la ruta de camino hacia San Clemente del Tuyú hay carteles publicitarios con fotos de delfines y de una orca con la leyenda: “Vení a conectarte con la naturaleza en Mundo Marino”. Las calles en San Clemente del Tuyú —una localidad balnearia gris y ventosa con 16 mil habitantes ubicada al final de una bahía, en la costa atlántica argentina— son casi todas de arena, salvo por una arteria asfaltada que atraviesa la ciudad de punta a punta y desemboca en Mundo Marino. En la entrada del oceanario hay una explanada de estacionamiento con palmeras y unos pocos autos y micros con contingentes turísticos. En las boleterías —seis ventanillas bajo un techo de chapa azul eléctrico donde se cobra una entrada de casi 40 dólares—, reina un silencio de siesta. Al ingresar al parque, después de bordear una fuente con una escultura de una orca y un delfín, aparecen, amontonados en un rincón, carritos de bebé con forma de orca que se alquilan por siete dólares. A partir de ahí se abren senderos que se ramifican alrededor de las 40 hectáreas que ocupa el predio. Los senderos llevan hacia estanques con pingüinos, tiburones, hipopótamos, delfines; un anfiteatro donde hacen un show un grupo de lobos marinos; un extenso lago artificial con flamencos; un bosque con búfalos, carpinchos, antílopes, monos, ñandúes, ciervos, cebras; el anfiteatro donde está la orca. También pasan por tiendas de recuerdos que venden vasitos, peluches, llaveros, remeras decoradas con orcas y delfines; locales de comida rápida con sogas dispuestas para ordenar filas que permanecen completamente vacías. Por los senderos andan sueltos los pavos reales, pero casi no se ve gente: la sensación es la de caminar sobre las ruinas de un pasado esplendoroso.

Ese mismo predio, 50 años atrás, era apenas un cangrejal en el extremo de un pueblo al que ni siquiera llegaban las líneas de teléfono. Así se lo describe en Cómo nació Mundo Marino. Historia de David Méndez, libro publicado en 1991, en cuya tapa hay una foto de una orca que emerge de la pileta con un entrenador completamente erguido sobre su trompa, y de fondo, la escenografía de rocas marrones hechas con yeso y la leyenda “Mundo Marino” grabada en letras mayúsculas. Trata sobre las peripecias de don David Méndez, un hombre que comenzó trabajando como obrero de la industria metalúrgica, inventó los primeros calefones eléctricos de la Argentina, se volvió un empresario exitoso del rubro de los calefones y, por esas cosas de la vida, terminó entrenando al único grupo de orcas cautivas del país.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”..

El momento bisagra que relata el libro ocurre en 1966, cuando Méndez, ya devenido en empresario, visita un acuario en Miami. “Me llamó mucho la atención las piruetas que hacían los delfines. Saqué gran cantidad de fotografías, quedé realmente entusiasmado —cuenta Méndez—. Entendí que hacía falta en nuestro país mostrar esta parte de la naturaleza. Pensé en lo hermoso que sería poder hacer algo similar en la Argentina”. De regreso al país, se entera que uno de sus socios en la fábrica de calefones los vendía a un precio mayor y se quedaba con la diferencia. Amargado, vende su parte de la empresa y lo invierte en un inmenso terreno en San Clemente del Tuyú, el pueblo al que solía ir de pesca, donde se muda en compañía de sus cuatro hijos y su esposa. Allí tiene una epifanía: si rellena ese terreno con arena, puede emparejarlo y abrir un camping. Según el libro, el negocio prospera rápido: en apenas unos meses Méndez trae una línea de teléfono que sería la primera del pueblo, mejora las instalaciones del camping, construye una pileta. Mientras todo eso sucede, en su vida personal, lo que podría haber sido un trauma —fallece su esposa— es apenas un contratiempo —Méndez se casa con la hermana de su esposa—. La fantasía de abrir un acuario inspirado en el que vio en Miami se precipita un día en que recibe el llamado de un pescador de la zona. El hombre le avisa que encontró dos delfines lastimados en la playa y le pide alojarlos en la pileta del camping. Méndez accede. Los cura con ayuda de veterinarios de la zona. En San Clemente se corre el rumor de que hay dos delfines en una pileta: la gente comienza a visitar el camping para verlos. A partir de ese momento, cada vez que alguien encuentra un cachorro huérfano, un pingüino empetrolado, una tortuga herida en la costa, lo lleva al camping. Méndez los cura y los libera, pero los animales vuelven al camping buscando comida y cuidado. El 6 de enero de 1979, con dos delfines, cuatro elefantes marinos, dos lobos marinos y unos cuantos pingüinos, David Méndez funda Mundo Marino. “Todo se iba desarrollando normalmente, pero se modificó —cuenta en el libro— el día en que apareció, en San Clemente, una orca”.   

8 de agosto de 1985: Méndez recibe el aviso de que un gran tiburón quedó atrapado en el fango de un cangrejal. Cuando va a su rescate, descubre que se trata de una orca bebé. Con la ayuda de algunos voluntarios, la traslada al oceanario y la salva. La bautiza Milagro. Envía a uno de sus hijos a un oceanario de Estados Unidos para que aprenda cómo se entrena a una orca y, en paralelo, construye una pileta con una tribuna para el público. Tres años después, en una de sus caminatas matutinas, el sacerdote del pueblo encuentra otra orca varada en la costa. Méndez va a su rescate. La salva. La bautiza Belén. Milagro y Belén conviven armoniosamente en la pileta, comienzan a dar shows, hasta que en 1991, Milagro muere por un colapso vascular. Belén queda sola. Un año después, ocurre lo que en Mundo Marino se encargan de repetir hasta el día de hoy: aparece varada en la costa otra orca. Sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. La trasladan al oceanario. La salvan. La bautizan Kshamenk. En ningún lado figura por qué eligen ese nombre. Kshamenk, en lengua ona, significa “orca”: quizás, para Méndez, encontrar a Kshamenk fue una señal de abundancia. Los onas eran un pueblo indígena nómade que vivía en el extremo sur de la Patagonia argentina, frente al canal de Beagle, y cazaban animales terrestres —guanacos, zorros, roedores—, pero si aparecía una ballena varada en la costa, lo tomaban como un mensaje espiritual: la tribu se reunía alrededor del animal, celebraban un festín y se abastecían de su carne y de su grasa.

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—La orca estaba en la pileta más pequeña que vi en mi vida. Y no se movía. No puedo ni hablar de eso —dice Marketa Schusterova en la videollamada, la voz quebrada—. Empecé a buscar más videos y no encontré ninguno. Esa orca no tenía publicidad.

Schusterova googleó a la agrupación que posteaba el video, Derechos Animales Marinos. Les escribió un mensaje a la cuenta de Instagram. Desde Argentina, le respondieron casi al instante. Lo primero que le confirmaron era que Kshamenk medía casi siete metros y que la pileta de cemento en la que vivía en Mundo Marino medía apenas 12 metros de diámetro. Que existe una Ley de Oceanarios en Argentina que establece que la pileta debería medir al menos el doble que el animal, pero no se cumple.

—Básicamente le dijimos que estaba metido en una palangana —recuerda María José Fernández en el estudio de abogados.

En el intercambio de mensajes con Marketa Schusterova le contaron que eran un grupo de 10 personas —animalistas, abogados y trabajadoras del Juzgado N°4 del fuero Contencioso Administrativo, Tributario y de Relaciones de Consumo de la Ciudad de Buenos Aires— que años atrás habían participado de los dos casos que refundaron el Derecho Animal en Argentina: la prohibición de las carreras de perros galgos, un negocio clandestino que se había extendido en todo el país y llevaba a la tortura y a la muerte a miles de perros de esa raza, y la declaración de una orangutana llamada Sandra, que vivía en el zoológico de Buenos Aires, como “persona no humana y ser sintiente” sujeto de derecho, lo que sentó un precedente que hizo su caso mundialmente famoso y derivó en que fuera sacada de exhibición y trasladada hacia un santuario, un espacio similar a su hábitat natural, en Estados Unidos. Ahora se habían unido por la liberación de Kshamenk. Incluso le comentaron que habían presentado un proyecto de ley en el Congreso de la Nación, que llamaron Ley Kshamenk, que buscaba prohibir la exhibición y cautiverio de animales marinos sin fines de rehabilitación o reinserción, acompañada de casi 700 mil firmas apoyando el proyecto, pero los funcionarios no lo trataron y no había logrado tomar estado parlamentario.

—Para hacer el proyecto de ley yo pagué la entrada de Mundo Marino, fui con una fotógrafa a registrar todo el show y ver cómo estaba la orca. Entramos tipo… que no nos descubran porque nos sacan a patadas. Cuando vi a Kshamenk ahí, no... es como... difícil, pobre gordito —dice Fernández, la voz se le quiebra y empieza a llorar, pide perdón, busca en su bolso un paquete de pañuelos descartables—. Verlo ahí, en vivo y en directo, en una piletita, fue terrible. Estar tan cerca y decir “ay, no puedo hacer nada por vos, pero ya vamos a poder hacer algo”.

Schusterova les dijo que ella podía ayudarlos a hacer su lucha famosa. Tres meses después de contactarlos, en septiembre de 2023, se tomaba un avión rumbo a Buenos Aires.

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“¡Palmas, palmas, palmas!”. En el anfiteatro suena una música pegadiza y un hombre arenga desde las gradas. El entrenador se acerca al borde de la pileta, acaricia la cabeza de la orca y arroja una nueva bola de pescado a la pileta. Kshamenk la tritura en segundos, se sumerge y aparece en el otro extremo, sobre una plataforma, su inmenso cuerpo completamente fuera del agua. Choca la cola contra la plataforma para salpicar a los espectadores sentados en las primeras filas de las gradas y luego, como si quisiera esconderse después de hacer una travesura, se desliza hacia atrás para caer en la pileta. Desaparece como un rayo.

—Les cuento un poco más de la historia de Kshamenk —dice entonces la locutora—. Después de que lo rescatamos, cuando él se recuperó, se consultó a distintos expertos en orcas sobre la posibilidad de que regrese al mar. Todos los profesionales coincidieron en que reinsertarlo sin su manada y sin saber cazar era condenarlo a un triste desenlace. Además, no se conoce ningún caso exitoso de reinserción de orcas.

Hubo una sola orca reinsertada al océano después de años de cautiverio: Keiko. Había sido cazada en las aguas de Islandia en 1978 a los dos años de edad, trasladada primero a Marineland, en las cataratas del Niágara, y luego vendida a Reino Aventura, un parque de diversiones en Ciudad de México. Su suerte cambió cuando la productora de cine Warner Bros. comenzó a buscar una orca para que protagonizara una película. El guion era sobre un niño huérfano de 12 años que se hace amigo de una orca que vive atrapada en un acuario, y logra conducirla hasta el océano y liberarla. Los cazatalentos de Hollywood primero buscaron una orca en SeaWorld, pero los dueños leyeron el guion y se escandalizaron con el mensaje de emancipación de las orcas que transmitía. Se negaron a prestar una de sus orcas para el cine. La oferta llegó a los dueños de Reino Aventura, a quienes, en cambio, la participación de su orca en el cine les pareció una buena oportunidad para paliar los magros ingresos que tenían durante la temporada de invierno. Liberen a Willy se estrenó en 1993 y batió récords de taquilla: recaudó más de 150 millones de dólares. Su éxito llevó a que los espectadores quieran saber más sobre la verdadera vida de la orca que encabezaba el elenco. Las noticas revelaron que, en Reino Aventura, Keiko vivía en una pileta de apenas 6.3 metros de profundidad, tenía lesiones en la piel y la aleta dorsal colapsada. Fue tal la zozobra que generaron, que la gente empezó a donar dinero para Keiko. Organizaciones ecologistas, biólogos marinos, filántropos internacionales y Warner Bros. crearon la Fundación Liberen a Willy, y recaudaron 20 millones de dólares para liberarla.

Más de 100 mil personas fueron a despedir a la orca el día que partió desde Reino Aventura en camión. La trasladaron, con escoltas policiales, hacia un avión que tenía un gigantesco estanque con agua de mar. Aterrizó en otro estanque, en Estados Unidos, donde comenzó su rehabilitación. Dos años después, la llevaron en otro avión hacia un corral marino en Islandia. Un equipo de entrenadores le enseñó de nuevo a cazar, a nadar grandes distancias y a socializar con otras orcas hasta que pudo alcanzar el hito: fue liberada en Islandia, en las mismas aguas donde había sido cazada cuando era un cachorro, en 2002. Pero constantemente buscaba alimento y contacto humano en las embarcaciones con las que se cruzaba. Después de un año en libertad, contrajo neumonía. El 12 de diciembre de 2003, con 26 años de edad, falleció. La muerte de Keiko dejó flotando una pregunta en el océano de la incertidumbre: ¿una orca que estuvo cautiva debe regresar al mar?

"Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso."

“La experiencia de Keiko demostró que la liberación de animales que han estado cautivos por largo tiempo es especialmente desafiante y, si bien a nosotros, como humanos, nos puede resultar atractivo liberarlo, la supervivencia y el bienestar del animal pueden verse gravemente afectados”, concluyó un estudio científico sobre su liberación publicado en 2009 en la revista Marine Mammal Science. “Sobre el final de su vida Keiko ganó más de 1 365 kilos, volvió a relacionarse con orcas salvajes e incluso mostró signos físicos de intentos de apareamiento, todo mientras prosperaba en las aguas que la vieron nacer”, asegura, en contraposición, la sinopsis de Keiko, la historia no contada, una película estrenada en 2010 que reúne los testimonios de quienes participaron de su liberación, disponible en la plataforma Vimeo. Sobre el final de la película, después de los créditos, van pasando uno a uno los nombres de las orcas aún cautivas y el lugar del mundo en el que viven. El último nombre que aparece en la lista, antes del fundido a negro, es el de Kshamenk.  

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Liberen a Willy la quisieron filmar en Mundo Marino y los dueños no quisieron. Un año después yo viajé en persona a San Clemente y los pude convencer de hacer la telenovela. No fue nada fácil, pero matcheamos en el mismo objetivo, de hacer conocer a estos animales.

La voz de Gustavo Bermúdez por teléfono tiene un tono sereno, y por momentos, se vuelve carrasposa. Responde el llamado desde Madrid, donde se encuentra presentando una comedia romántica que codirigió junto a otro actor argentino en un festival de cine. Bemúdez tiene 60 años y en los últimos 40 años actuó en más de 25 novelas emitidas en la televisión local de aire. Protagonizó algunas de las más emblemáticas, como Pelito, Celeste siempre Celeste y Alén, Luz de Luna. Con Nano, la telenovela filmada en las instalaciones de Mundo Marino, se consagró en la categoría de “galán de telenovela”.

—Yo siempre había tenido el deseo de nadar con delfines y orcas y lo pude hacer realidad a través del personaje de Nano. Al principio me daba un poco de miedo meterme a la pileta, hasta que un día el entrenador me dijo “tirate”. Empecé a nadar con Belén, que por ser hembra era más dócil, y poco a poco me fui acercando a Kshamenk. La primera vez que me metí con él se me venía encima, arrimándose muy suavecito, y yo dije “uy, qué hago acá” —Bermúdez hace un silencio—. Pero a partir de ahí fue una experiencia impresionante. Yo me paraba encima y las orcas me llevaban como si fuera una tabla de surf. Por suerte cuando lo hice no sabía que en otras partes del mundo habían matado entrenadores. 

Nano, emitida en la pantalla de Canal 13 en el horario central de las ocho de la noche durante 1994, un año después de Liberen a Willy, mezclaba el romance, el policial, la ecología y la integración. Sus capítulos alcanzaron picos de rating de casi un millón de espectadores. Bermúdez encarnaba a un entrenador de orcas que por las noches se convertía en una suerte de Robin Hood contemporáneo y robaba a los más ricos para repartir el botín entre los más necesitados, mientras mantenía un romance clandestino con una mujer sordomuda interpretada por Araceli González, que hasta encarnar a ese personaje era una modelo famosa por ser la cara de la lencería más conocida de Argentina y que por su actuación en Nano ganó un premio Martín Fierro, el máximo galardón de la televisión argentina, como “revelación” del año. A diferencia de Liberen a Willy, en ningún punto de la trama se cuestionaba que las orcas permanecieran cautivas en el oceanario.

—Cuando hicimos la telenovela era otro planeta, éramos muy ignorantes con muchas cosas, viste. Yo sé que es muy difícil reinsertar a las orcas cuando ya estuvieron en cautiverio —dice Bermúdez al teléfono—. Se fue evolucionando, y me parece bien que si encontrás cómo se puede salvar un animal, se haga. Lo que pasa es que las orcas van en familia, y es muy difícil una vez que vos encontrás una sola insertarla, algo así. Pero yo soy un simple actor que trabajó en ese momento donde los animales en cautiverio no eran un impedimento.

Mientras Liberen a Willy se transformó en una saga en las siguientes dos películas se usaron imágenes de orcas salvajes y modelos animados para reemplazar a Keiko— y Nano se transmitió en más de 70 países, se dobló a 20 idiomas y hasta tuvo una versión latina en Univisión, una cadena de televisión estadounidense dirigida a una audiencia hispana, en San Clemente del Tuyú, Mundo Marino batía sus propios récords: 15 mil personas llegaban a visitar el acuario en un solo día. Animados por la popularidad alcanzada por sus dos orcas, los dueños del oceanario proyectaron agrandar la pileta del anfiteatro y reproducirlas. Belén quedó embarazada de Kshamenk y después de 16 meses de gestación, en noviembre de 1998, dio a luz a un cachorro, que nació muerto. Al año siguiente volvió a quedar preñada, pero en el cuarto mes de embarazo sufrió una infección renal presuntamente provocada por un resto de placenta del embarazo fallido, y falleció. Cuando Kshamenk quedó solo en la pileta, Argentina se hundía en una de las crisis económicas más profundas de su historia.

A fines de 2001, a los dueños de Mundo Marino se les ocurrió aprovechar su condición de macho reproductor, que lo valuaba en más de un millón de dólares, para exportarlo. La primera oferta la hizo el oceanario Six Flags Worlds of Adventure de Ohio, Estados Unidos: propuso trasladarlo hacia sus instalaciones en una suerte de préstamo “con fines reproductivos”. Lo iban a cruzar con una hembra que habían traído especialmente de Francia. Se comprometían a entregar a Mundo Marino el tercer cachorro de orca que tuvieran. Mundo Marino pidió al Estado argentino la autorización para exportar a Kshamenk basándose en la figura legal ress nullius, que significa “cosa de nadie” en latín, y designa a alguien como propietario de cosas que no tienen dueño. Más de 30 conservacionistas y científicos del mundo salieron al cruce: “Dar un permiso para que la orca salga del país alienta a la industria del tráfico de estos animales a mirar hacia la Argentina en busca de más y más”, sentenció desde Inglaterra Erich Hoyt, cofundador del Comité Internacional de Áreas Protegidas de Mamíferos Marinos, un científico que fue condecorado con la Excelentísima Orden del Imperio Británico por sus aportes a la conservación de los cetáceos. En junio de 2002, el Defensor del Pueblo de Argentina se acopló a la opinión de los expertos y recomendó por resolución no autorizar la exportación de Kshamenk.

“Un particular no puede obtener beneficios económicos de la orca”, sentenció el gobierno argentino, y denegó el permiso para su exportación. Bajo la Ley 22.421 de protección de la fauna silvestre, Kshamenk fue declarada, como ya se mencionó, “bien público” del Estado. Desde entonces, Kshamenk ha sido solo un huésped honorable del oceanario: Mundo Marino tiene su custodia a través de una “tenencia precaria”. Kshamenk quedó bajo la órbita del área de Pesca del Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires, cuya misión es realizar inspecciones periódicas al oceanario y revisar su estado de salud. Los funcionarios del área fueron contactados para dar testimonio en esta nota, pero después de insistir con el pedido de entrevista durante dos meses, desde el área de prensa del Ministerio dejaron de responder los mensajes.

—Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso.

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Diecisiete horas duró el vuelo de Marketa Schusterova desde Toronto hasta Buenos Aires. Apenas arribó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, alquiló un vehículo y manejó por la ruta hasta San Clemente del Tuyú. Al otro día se despertó bien temprano y fue hasta un descampado cercano al oceanario. Sacó su dron de la mochila. Lo remontó en dirección a Mundo Marino. Fue siguiendo su trayectoria desde su celular hasta que identificó el estacionamiento de entrada de Mundo Marino, totalmente vacío a esa hora, y comenzó a sobrevolar las 40 hectáreas del predio. Pasaron varios minutos hasta que pudo divisar una pequeña mancha azul. Hizo zoom: había una mancha negra dentro de la mancha azul. Se quedó unos instantes mirándola desde el cielo.

—Pasaba el tiempo y no se movía. Me largué a llorar —recuerda Marketa Schusterova en la videollamada—. Estaba psicológicamente quebrado. Parecía un animal muerto.

Horas después de observar a Kshamenk en su pileta desde el aire, Marketa Schusterova pagó la entrada al oceanario para ver el show de la orca desde las gradas.

—El público aplaudía, gritaba, claramente no entendían que su vida entera transcurre ahí. Y lo que decía la locutora me daba mucha bronca. Era todo mentira —recuerda—. Cuando salí intenté hablar con los empleados del parque, pero fue difícil. Casi nadie hablaba inglés. Con los pobladores de San Clemente con los que pude hablar tenían mucho temor de hablar mal de Mundo Marino, porque casi toda la gente del pueblo trabaja ahí. Lo ven como una gran oportunidad de trabajo. Nadie quería decir nada porque en el pasado pasaron cosas, amenazas. Me decían que tuviera mucho cuidado.

Esa misma noche, volvió al descampado a tomar imágenes de la orca con el parque casi a oscuras. Al día siguiente hizo lo mismo. La registró con su dron en distintos horarios del día y obtuvo, en total, ocho horas de filmación. Siguiendo el consejo de los pobladores de San Clemente con los que habló, que por seguridad le recomendaron que no procesara esas imágenes hasta que saliera del país, recién cuando regresó a su casa en Toronto se puso a ver los videos y notó que la orca permanecía petrificada al borde de la pileta casi todo el tiempo. Apenas se movía cuando le llevaban comida. Editó un timelapse —una secuencia de videos reproducidos en alta velocidad en la que comprimió 10 minutos de video en 30 segundos— en el que se veía a la orca inmóvil y a un delfín dando vueltas en la pileta frenéticamente alrededor suyo. Se lo compartió a los integrantes de Derechos Animales Marinos.

El 25 de septiembre de 2023 lanzaron la campaña FreeKshamenk en las redes sociales. Publicaron el video en la cuenta de Urgent Seas y de Derechos Animales Marinos con una leyenda que decía: “Kshamenk, la orca cautiva de 35 años de edad, no se mueve en todo el tiempo. No está bien y necesita ayuda inmediata. Debemos crear conciencia sobre su peligrosa existencia”. Horas después, el video ya era viral. En Tik Tok alcanzó más de un millón de vistas.

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En 2008, desembarcó en San Clemente del Tuyú una comitiva de entrenadores de SeaWorld. La cadena más famosa de parques temáticos con animales marinos —que abrió sus puertas en 1964 y tiene sedes en Orlando, Florida, San Diego, California, Texas y Emiratos Árabes— coordinaba un programa de reproducción de orcas, a través del cual colectaban semen de ejemplares para reproducirlos por inseminación artificial. Mundo Marino se acogió al programa después de quedarse sin la chance de exportar a Kshamenk. Los entrenadores de SeaWorld capacitaron a los de Mundo Marino para extraer esperma. Kshamenk fue sometido a cientos de sesiones matinales de juegos sexuales con Floppy, una delfina con la que pasó a compartir la pileta desde la muerte de Belén. Cuando lograba la excitación, tanto la delfina como Kshamenk eran “reforzados positivamente” por los entrenadores. Kshamenk comenzó a tener más erecciones. Los entrenadores pusieron en marcha el segundo paso del plan que le habían enseñado sus colegas de SeaWorld: desensibilizar sus genitales, colocar una vagina artificial y colectar su semen. En total, entre 2010 y 2014, colectaron 110 muestras. Lo hicieron entre tres entrenadores: uno manipulaba el pene de Kshamenk, otro secaba con toallas el agua salada y una tercera se encargó de colocar la vagina artificial.

"Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí."

El esperma de Kshamenk viajó hasta Estados Unidos. La orca Kasatka, que vivía en SeaWorld San Diego, California, fue inseminada: dio a luz el 14 de febrero de 2013 a una orca bautizada Makani. Al mismo tiempo, Takara, una orca que era hija de Kasatka, también fue fecundada con el esperma de Kshamenk. Dio a luz a Kamea, en SeaWorld de San Antonio, Texas, el 6 de diciembre de 2013. Ese mismo año, se estrenó a nivel mundial Blackfish, un documental centrado en testimonios de exentrenadores de SeaWorld, disponible en la plataforma de Netflix, que reveló los traumáticos efectos de la vida en cautiverio en Tilikum, la orca que vivía en SeaWorld Orlando y terminó matando a su entrenadora. “La reacción que ha producido el documental en la opinión pública ha hecho que se multipliquen los llamados para que SeaWorld ponga fin a los espectáculos con orcas y libere a la veintena de ejemplares de esta especie que mantiene en cautividad en sus parques”, informaba el portal BBC Mundo en una editorial de 2014 titulada: “El efecto Blackfish: ¿llegará el fin de los parques acuáticos?”. Acechado por las críticas, en 2016 SeaWorld publicó un comunicado en su sitio web en el que anunció el fin del programa de reproducción de orcas: “Las orcas que están bajo nuestro cuidado —decía— serán la última generación de orcas del parque”.

Makani, la primera hija de Kshamenk, todavía vive en San Diego. Es una orca “enérgica y juguetona”, según la define SeaWorld en su sitio web. En cuanto a la segunda hija de Kshamenk, Kamea, falleció el 19 de junio pasado por causas que no fueron reveladas.

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—Desde que Kshamenk fue rescatado, fue tanto el amor compartido entre él, sus cuidadores y los demás delfines, que hoy logró superar la expectativa de vida de las orcas macho— dice la locutora de Mundo Marino en el show, mientras la orca permanece al borde de la pileta recibiendo bolas de pescado que le arroja el entrenador desde la explanada—. Hoy Kshamenk ya tiene ¡35 años! y está supervisado por especialistas en nutrición y veterinarios.

Ante la solicitud de una entrevista con los especialistas en nutrición y veterinarios de Kshamenk, el responsable de comunicación de Mundo Marino, un hombre extremadamente cordial, dice que no están autorizados a hablar con la prensa. Los dueños del oceanario, que quedó en manos de los hijos de David Méndez, tampoco acceden a dar una nota. “Ellos están espantados con la prensa porque les hicieron mucho mal —explica por teléfono—. Que digan que la tienen encerrada a Kshamenk y que encima cobran entrada, lucran con ella, cuando en verdad no se la puede liberar, es una publicidad muy negativa”.

La última entrevista que dieron los dueños de Mundo Marino a un medio de comunicación fue concedida en 2013 al periodista Gonzalo Rodríguez, conocido como Gonzalito, que realizó un informe sobre el cautiverio de animales marinos emitido en Caiga Quien Caiga, un programa televisivo con una mirada satírica sobre temas políticos y sociales, luego del estreno mundial de Blackfish

—En el show los animales hacen pruebas para que las personas se diviertan. ¿Cuál es el foco principal? — le preguntaba en Gonzalito a Pepe Méndez, uno de los cuatro hijos del fundador del oceanario que quedaron a cargo de la empresa, con la escenografía de rocas marrones hechas con yeso de fondo.

—Es una forma de transmitir conocimiento sobre los animales a través de un show entretenido — respondía Pepe Méndez, vestido con una campera de cuero marrón.

En el mismo informe aparecía el mayor activista en contra del cautiverio de animales marinos del mundo, el estadounidense Richard O’Barry. Gonzalito había viajado especialmente a Miami para entrevistarlo para esa nota.

—Voy a ponerte en un estadio lleno de gente gritando, con música, y lo voy a llamar educación e investigación y conservación— decía O´Barry—. Mi única esperanza es que la gente de Argentina deje de comprar entradas para estos lugares. Es la única solución.

En los años sesenta, O’Barry había sido uno de los primeros entrenadores de delfines de oceanarios. Trabajaba en el Seaquarium de Miami, donde llegó a entrenar al delfín que protagonizó Flipper, una exitosa serie de televisión en Estados Unidos que se emitió en todo el mundo. Después de una década trabajando como su entrenador, el delfín de Flipper murió en sus brazos. Esa muerte trastocó su percepción sobre el cautiverio de animales marinos y lo llevó a fundar la oenegé Dolphin Project, con la que desde entonces lleva rescatados y liberados decenas de delfines en Haití, Colombia, Guatemala, Indonesia, Nicaragua, Brasil, Corea del Sur, las Bahamas y Estados Unidos. “La muerte de Flipper tuvo un efecto profundo en mí: me hizo dar cuenta de que los delfines no deberían estar en cautiverio y llevar esas vidas miserables”, asegura O’Barry en The Cove, un documental en el que saca a la luz la despiadada caza de delfines para oceanarios del mundo que se realiza anualmente en las costas de Taiji, Japón, que ganó el Oscar como Mejor Largometraje Documental en 2010.

—Cuando comprás la entrada de un oceanario, el gobierno se queda con una parte a través de los impuestos. Es un negocio de millones de dólares que no quieren cortar. Es decir que ellos también promueven el negocio — explica O’Barry sobre el funcionamiento de los oceanarios en el mundo, a través de una videollamada.

Es una mañana de domingo del mes de mayo de 2025. Su figura de 86 años aparece recortada sobre un fondo blanco hace desde su casa en Florida, Estados Unidos A cada rato, mientras habla, se suena la nariz con un pañuelo descartable.

—¡Y encima en Argentina la orca pertenece al Estado! El propio Gobierno está promoviendo el negocio.

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Un mes después de que se volvieran virales las imágenes de Kshamenk tomadas con el dron de Marketa Schusterova, los integrantes de Derechos Animales Marinos presentaron un recurso de amparo contra Mundo Marino en la Justicia. En el escrito, de 230 páginas y links a videos y fotos de la orca para acreditar la “visiblemente deteriorada salud de Kshamenk”, pedían que se la reconozca como “sujeto de derecho” y “persona no humana”, y se disponga la “definitiva liberación de su cautiverio”. Como primera medida cautelar urgente, solicitaban que la orca sea retirada del show.

—Para nosotros el ideal es que a Kshamenk le construyan un corral marino en la costa de San Clemente —explica María José Fernández, una de las que impulsó el amparo—. Un corral marino para que los animales silvestres como él, que no se puedan rehabilitar ni liberar, vivan ahí. Que tengan atención veterinaria, alimentación con peces vivos para que ellos cacen. Que la gente con una pasarela pueda verlos pero en sus hábitats naturales y si el animal tiene ganas se muestre. Porque también está esa otra faceta: ¿el animal puede no mostrarse? ¿Puede elegir qué hacer? En esas piletas, en el marco de un show, el animal no puede elegir. Y esa es una parte fundamental del derecho animal: que el animal pueda sentir que puede elegir qué comer, dónde estar, si ese día se quiere exhibir o no, si quiere o no estar en contacto con el humano.

El recurso de amparo quedó en manos del juez federal de Dolores Martin Bava, quien años atrás había llevado adelante numerosas causas por delitos de lesa humanidad y un caso de espionaje ilegal a los familiares de los tripulantes del submarino ARA San Juan por el cual ordenó el procesamiento del ex presidente argentino Mauricio Macri. Como primera medida respecto a la orca, Bava ordenó una medida de “mejor proveer”, que consistió en designar dos expertos —un etólogo, es decir un especialista en comportamiento animal, de la Universidad Nacional de La Plata, y un veterinario de la Universidad de Buenos Aires—  para que cada uno realice una pericia sobre su estado de salud, hábitat y rutina.

—Cuando terminé la pericia me di cuenta que lo que vi en Mundo Marino no es lo que querían los proteccionistas —dice Héctor Ricardo Ferrari, el experto designado por Bava para hacer la pericia etológica de Kshamenk, en un café cercano a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires donde trabaja como profesor de la Cátedra de Bienestar Animal.

Ferrari es profesor Profesor Adjunto a cargo de la Cátedra de Etología de la UNLP y antes de peritar en el caso de Kshamenk integró la comisión de expertos que colaboró en la resolución del caso de la orangutana Sandra; peritó en el caso de un chimpancé llamado Toti que desde hace una década vive en un zoológico privado de Río Negro a la espera de un traslado a un santuario; de Jhonny, un chimpancé envuelto en una causa judicial por maltrato animal en el Zoológico de Luján; y en causas relacionadas con ataques de perros.

—Nunca había hecho una pericia sobre un animal así, un predador tope inmenso, sociable, inteligente. Yo estaba convencido que lo iba a encontrar muchísimo peor.

Ferrari, que tiene anteojos de marco negro y el pelo, el bigote y la barba blanca, sostiene, entre sus manos, una tablet con la que, en sus tiempos muertos, juega a los videojuegos. Para hacer la pericia, cuenta que viajó un fin de semana a San Clemente del Tuyú y pasó dos jornadas, desde las ocho y media de la mañana hasta las seis de la tarde, observando a Kshamenk. No notó, según indica en su pericia, ningún comportamiento agresivo de la orca a causa del encierro, ni que tuviera conductas de estrés o períodos de inmovilidad, ni apatía ni reposo prolongado. Tampoco notó señales de aburrimiento. “Buena parte de su tiempo está ocupado en actividades programadas (...) no registré conductas de evitación o defensa que impliquen sufrimiento”, detalló el etólogo, que además recomendó no retirarlo del show, ya que por su edad cambiar su rutina podría “desorganizarlo”. La pericia del veterinario designado por Bava fue similar: “La única alteración en el cuerpo de Kshamenk es la ‘lateralización’ derecha de su aleta dorsal (...) la alteración más frecuente en orcas de acuarios. En lo que respecta a una evaluación sanitaria veterinaria, los resultados son normales”, señaló en su informe.

—En la orca vi un animal que buscaba el contacto —dice Ferrari—. Vi que tiene una extraordinaria relación de ida y vuelta con los entrenadores. Levantaban un dedo y la orca hacía algo. Un gesto, que significaba hacé lo que quieras, y la guacha nadaba en todas las direcciones. Los cuidadores de Mundo Marino piensan que, como la orca les hace caso, saben lo que siente. Y no, no lo entienden. Les dije: “¿ven todos esos juegos que hace con el tambor? Es lo que hace una orca cuando va a matar. Fijate ahora, lo sumerge, bueno es lo que hace cuando está ahogando a un mamífero. Así hizo Tilikum”. Se quedaban mirándome. Los asusté todo lo que pude. Les dije si eran conscientes de que estaban criando a alguien que los podía matar.

Ferrari se ríe a carcajadas. Después menciona que en la pericia incluyó un apartado con recomendaciones para mejorar la vida de la orca en cautiverio.

—Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí. Pero es súper positivo. Cuando todas las soluciones que tenés son una mierda, te das cuenta que tenés un problema de mierda. Él está ahí por nosotros. Básicamente porque hay público para esto. ¿No sería mejor preguntarnos qué lleva al público ahí? 

Ferrari vuelve la mirada a su tablet y busca una foto que le sacó a Kshamenk durante la pericia. Da vuelta la tablet y muestra la foto.

—¿Sabés que está haciendo ahí?

En la imagen, se ve a Kshamenk en el borde de la pileta, con la boca abierta y algo marrón que sobresale entre sus dientes.

—Es la corteza de un árbol. El tipo trae cosas de la pileta y las cambia por pescado. Cuando terminé de hacer la pericia, me estaba por ir de Mundo Marino y vino la orca y me abrió la boca igual para que le acaricie la lengua. Ni mierda iba a meter la mano ahí, pero después de apenas dos días de verla, desde cerca, desde lejos con binoculares, me trató como trata a los humanos. Eso te muestra que ese animal no es una orca, es la parodia de una orca. Por eso mi recomendación para los animalistas es que insistan, pero no con algo que no se pueda hacer. Reconozcan que ese animal no es una orca y denle un destino de él, no de una orca. Acepten que todo lo que tocamos los humanos lo convertimos en un perro.

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—Yo creo que en Mundo Marino incurren en un error estratégico de una mentalidad muy primitiva al no querer dar la cara. Creo que si arrancaran con la verdad, que en 1992 todavía no había una política anticaptura de orcas, pero que capturar a Kshamenk fue un error, ya está. Porque si vos rescatás devolvés, salvo que el animal esté agonizando o con una patología irreversible.

Claudio Bertonatti es un museólogo y naturalista argentino que asumió como director del zoológico de Buenos Aires en 2012 e intentó terminar con la exhibición de animales con fines recreativos y comerciales para transformarlo en un centro basado en principios de rehabilitación, conservación y educación ambiental. Rápidamente vio que no iba a tener presupuesto ni apoyo del Estado para lograrlo: renunció al cargo en 2013. En 2014, hizo un diagnóstico de los cien zoológicos, acuarios, parques temáticos o oceanarios de gestión pública y privada de la Argentina basado en los principios internacionales que establece la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA). El informe fue categórico: más del 90 por ciento de las instituciones, entre ellas Mundo Marino, desconoce los objetivos internacionales de conservación de especies.

—Si tuviesen una orca rescatada viviendo en el oceanario porque tiene una patología irreversible, sería una oportunidad para que contaran la historia de vida de toda la especie. Los animalistas dicen que no hay que exhibir animales porque es cosificarlos, pero la exhibición es buena o mala según cómo esté planificada —asegura Bertonatti—. Pero los oceanarios como Mundo Marino tienen un espíritu netamente circense. No muestran la realidad: la naturaleza no es un idilio. Es tensión constante. Es comer y no ser comido. Es enfermar y sobrevivir.

Esa mala gestión de los zoológicos y oceanarios moviliza, para Bertonatti, a muchos grupos de animalistas a iniciar campañas para pedir la liberación de los animales, lo que en el caso de Kshamenk conduce a una encrucijada.

—Los animalistas tienen una gran sensibilidad con los animales, y los humanizan. Es un error de base: nosotros no somos iguales a ellos y ellos no son iguales a nosotros. El concepto de libertad para un animal no es el mismo que para los humanos. Es como faltarles el respeto. En el caso de Kshamenk, tienen una posición basada en la emocionalidad que es radical y no es viable. Tienen la certeza de que hay que liberarla, y no se permiten dudar, cuestionarse su posición.

Por los años que lleva en cautiverio, la liberación de Kshamenk al mar, según Bertonatti, es prácticamente inviable: requeriría una larga rehabilitación para enseñarle a cazar nuevamente, que pueda reinsertarse en un grupo social con otras orcas, y también debería evaluarse si, por la cantidad de años en los que recibió medicación, no porta enfermedades contagiosas que pudieran derivar en la muerte de otras orcas. Una instancia intermedia sería trasladarla a un santuario: calas espaciosas delimitadas con redes dentro del océano para contener a los cetáceos, donde pueden circular libremente, cazar peces pero también recibir alimento o tratamiento veterinario. En el mundo existen solo tres proyectos de este tipo: uno en Islandia, donde vivió Keiko, que aunque está en funcionamiento no tiene lugar porque alberga a dos belugas, y otros dos proyectos, uno en Grecia y otro en Escocia, que aún no están operativos. 

—En lo que todos acordamos es en que Kshamenk se merece el mejor de los retiros —dice Bertonatti—. Creo que sería una pésima decisión y mensaje dejar que termine su vida así donde está.

Desde su casa en Florida, Richard O’Barry plantea la única alternativa que ve posible para el futuro de Kshamenk.

— La mayor enseñanza que tuve en todos estos años rehabilitando animales marinos es que, si el gobierno no coopera, es una pérdida de tiempo. La única solución para Kshamenk es convencer al gobierno argentino de que construirle un santuario será la mejor publicidad para su país —dice en la videollamada—. Sería un mensaje político para todo el mundo: “Argentina respeta su naturaleza”.

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“El infierno de una orca. Un trágico video muestra a la ‘orca más solitaria del mundo’ tendida casi inmóvil en la piscina de un acuario donde ha vivido sola durante 24 años”, publicó el diario británico The Sun el 22 de agosto de 2024. “Una orca olvidada languidece en un tanque de concreto después de 32 años”, informó ese mismo día el diario británico Daily Express. “La orca más solitaria del mundo fue filmada permaneciendo casi inmóvil durante 24 horas en un tanque en Argentina”, tituló el mismo día el diario brasilero O´Globo. “’Liberen a Kshamenk’: La campaña para liberar a la última orca cautiva en Latinoamérica”, anunció CNN el 10 de septiembre de 2024.

—Los videos de Kshamenk llegaron a los medios internacionales porque su historia es muy fuerte visualmente. Cuando ves cómo vive te pone muy triste —dice Marketa Schusterova después de dos horas de videollamada—. Es la pileta más pequeña y la historia más trágica, porque está solo.

Después de su viaje a San Clemente del Tuyú, Marketa Schusterova logró dar con un hombre que vive cerca del oceanario y tiene un dron con el que trabaja haciendo filmaciones. Lo contrató, prometiéndole que no revelaría a nadie su identidad para que no corra ningún riesgo. El hombre va a filmar a Kshamenk con su dron una vez por mes. Con las imágenes que le envía, Marketa Schusterova hace un seguimiento del estado de la orca. Compara las condiciones del agua de la pileta, sus movimientos, el estado de su piel, su fisonomía. Hubo videos de una temporada en los que notó que tenía la piel lastimada. En otros lo vio sin energía para subirse a la plataforma o hacer saltos durante el show. En algunos lo vio más delgado, permaneciendo con la boca abierta al costado de la pileta durante varios minutos, en espera de más comida. En los últimos dos años, Marketa Schusterova acumuló en sus archivos más de 60 horas de grabaciones de Kshamenk. Cada mes, publica fragmentos de esos videos en las redes sociales de su oenegé y de Derechos Animales Marinos.

—Los videos tienen millones de vistas, pero no alcanza —dice Marketa Schusterova antes de despedirse—. Es muy frustrante.

El 10 de diciembre de 2024, el juez Martín Bava, basado en los informes del veterinario y el etólogo designados como peritos de la causa, resolvió no dar lugar a la medida cautelar solicitada por Derechos Animales Marinos. “Modificar repentinamente la rutina de Kshamenk resultaría desacertado para su bienestar”, advirtió, y ordenó que mientras continúe en curso la causa Kshamenk siga participando del show.

—No queremos decir mucho para no entorpecer la causa. El juez no dio la medida cautelar porque los peritos que fueron a ver a Kshamenk vieron esto, y si vos no sabés mucho de Derecho Animal... —opina María José Fernández, la abogada que impulsó el amparo—. Nosotros ahora vamos a traer más pruebas y opiniones de otros expertos en etología y veterinarios que no tengan intereses. Porque en Argentina no hay mucha gente dispuesta a meterse en esto. Hay veterinarios que no quieren estar en contra de sus propios colegas... el veterinario que fue a Mundo Marino hizo un informe que nosotros se lo mandamos a nuestro veterinario y hay un montón de cosas que no vio o no quiso ver o no pidió. Suponemos que porque no es experto en orcas.

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En los senderos del predio de Mundo Marino se filtran los últimos rayos de sol. Son las seis de la tarde del sábado de marzo de 2025. Dentro de unos minutos el parque cerrará sus puertas. El show de Kshamenk acaba de terminar: la orca atravesó una compuerta de hierro y quedó flotando en una pequeña pileta contigua. Algunas de las parejas, familias y estudiantes que estaban sentados en las gradas del anfiteatro se acercan a la pileta principal para sacarse fotos con un grupo de delfines que quedaron nadando bajo el cuidado del entrenador. El hombre ataviado con un traje de neoprene, que durante el show acarició la cabeza de Kshamenk y lo alimentó con bolas de pescado, tiene 23 años y, visto de cerca, rasgos de niño: ojos achinados, pestañas arqueadas, la cara llena de pecas. Trabaja en Mundo Marino desde hace tres años. Antes de trabajar en el oceanario era repositor en un supermercado de San Clemente del Tuyú: no sabía nadar, sumergirse en el agua le daba miedo y el contacto más cercano que había tenido con animales había sido con caballos. Cuando lo contrataron de Mundo Marino rotó por varios sectores del parque hasta que lo designaron como cuidador en el Albergue de los Lobos: un sitio con piletones donde una colonia de lobos marinos hace un show. Después de trabajar durante un año y medio ahí, lo trasladaron al anfiteatro donde vive Kshamenk.

—Sinceramente uno trata de dar lo mejor—dice el entrenador encogiéndose de hombros—. A fin de cuentas, nosotros somos lo único que la orca tiene acá disponible.

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“Murió Kshamenk, la orca rescatada de un varamiento en San Clemente”. Así se titula el comunicado que publica Mundo Marino el domingo 14 de diciembre de 2025 al mediodía. Informa que la orca falleció durante la mañana de un paro cardiorrespiratorio y que “todo indica que se trató de un cuadro asociado a su avanzada edad”. Unas horas después, en más de 20 grupos de Facebook de pobladores de San Clemente del Tuyú, aparece el video del timelapse de Kshamenk, con su cuerpo inmóvil sumergido en la pileta, y sobre la imagen, en letras blancas sobre fondo negro, el mensaje: “Buscamos información, fotos y/o videos sobre la muerte de la orca Kshamenk en Mundo Marino. Si cuentas con ellas, por favor contáctanos, mantendremos tu identidad resguardada y te recompensaremos por ella”. La que escribe el posteo es Marketa Schusterova.

—El cuerpo de Kshamenk ya no está en Mundo Marino —dice por teléfono ese mismo domingo por la noche, desde su casa en Toronto—. Cuatro horas después de que comunicaran que había fallecido, mi piloto fue a filmarlo con el dron. El tanque estaba completamente vacío y limpio. Es todo muy extraño. Es una orca muy grande y es imposible que la hayan sacado por los accesos, porque son muy pequeños. Necesitás al menos una grúa para sacarla. Pareciera que ni siquiera hicieron la autopsia.

Cuando muere un animal en un acuario o un zoológico, se realiza una necropsia, un procedimiento similar a la autopsia que se hace para estudiar un cadáver humano. Se revisa el estado de todos los órganos —un proceso que lleva varias horas, según el tamaño del animal y la complejidad del caso— y se toman muestras para analizar en profundidad. Los resultados —que tardan semanas o meses— permiten determinar la causa exacta de la muerte y tomar medidas preventivas para que el resto de los animales que viven en el acuario o zoológico no se contagien enfermedades. ¿Es posible que la necropsia de Kshamenk se haya realizado en apenas unas horas?

“Sí, se realizó la necropsia y se tomaron muestras y se mandaron a analizar, pero todavía no están los resultados”, asegura la encargada de prensa de Mundo Marino, que el mismo domingo accede a responder preguntas por mensaje de texto. A la consulta sobre cómo encontraron a Kshamenk sin vida, responde: “Fue un momento difícil. Si bien es parte de un proceso natural, porque ya era una orca que había pasado el promedio de expectativa de vida para una orca macho, nunca es fácil despedirse de un ser amado como lo es Kshamenk”. A la pregunta de cómo hicieron para trasladar el cuerpo de la orca: “Con la ayuda de equipo especializado y de acuerdo a normativas vigentes en el país”.

—San Clemente es un pueblo chico y la mayoría de los que viven ahí trabaja en Mundo Marino. Alguien va a querer hablar, especialmente si les digo que les doy tres, cuatro o cinco mil dólares de recompensa —dice Marketa Schusterova—. La orca no murió hoy. Estoy segura que fue el sábado por la noche. Seguramente la eutanasiaron, porque desde hace varios días circula el rumor de que quieren cerrar el parque por falta de visitantes, y después hicieron todo muy rápido para evitar el dron filmándolo. Todo indica que hicieron lo mismo que hace unos años hicieron en Estados Unidos con Tilikum, la orca de SeaWorld, cuando falleció. Era una orca muy grande y era difícil sacarla del tanque, así que la cortaron en pedacitos para poder sacarla. Creo que a Kshamenk lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al océano o lo quemaron.

La encargada de Mundo Marino asegura que no fue así como sacaron el cuerpo de Kshamenk de la pileta. “Mundo Marino tiene un protocolo propio”, dice, pero no explica en qué consiste el protocolo.

—Una pregunta fundamental es qué van a hacer con los restos de Kshamenk —señala el museólogo Claudio Bertonatti—. Sería importante que no sean destruidos o desechados como residuos patogénicos y que tengan algún destino útil para la conservación de la especie como, por ejemplo, ser derivados a un museo de ciencias naturales.

Al ser consultada por el destino de los restos de Kshamenk, la encargada de prensa de Mundo Marino explica que “se recibió una autorización y fiscalización para enterrar el cuerpo en un predio especial, debido al tamaño de la orca y las complicaciones para su traslado a un centro de tratamiento especializado”, y cita la ley provincial 11.347. La norma determina que todos los deshechos que puedan ser potencialmente tóxicos para el suelo, el agua o el aire deben enterrarse en un predio especial, y que no debe trascender la dirección, para evitar que las personas se acerquen.

El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.

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La cautiva

La cautiva

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El final de Kshamenk, la última orca que vivió en cautiverio en Sudamérica, es tan oscuro como las circunstancias que la colocaron en una pileta de Mundo Marino, el oceanario argentino que fue su hogar durante más de 30 años. En medio, se agitaron las aguas de una batalla por trazar los límites éticos del entretenimiento, la captura y la conservación de los grandes mamíferos marinos.

La bestia de lomo negro que pesa cuatro mil kilos y podría matar a cualquiera de los espectadores merodea silenciosamente en las profundidades de la pileta, mientras los turistas se acomodan en las gradas con gaseosas y tarros de palomitas de maíz. En el anfiteatro hay familias con niños. Hay parejas. Hay alumnos de escuela primaria que vinieron en micros escolares desde otras provincias. Hay una atmósfera de expectante algarabía.

—Bienvenidos a Refugio de mar —dice, apenas se sientan, la voz serena y melodiosa de una locutora amplificada por los altoparlantes. 

Son las cinco y cuarto de la tarde de un sábado soleado de marzo de 2025 cuando aparece el entrenador. Sale desde atrás de una escenografía de rocas marrones hechas con yeso, que tiene una pantalla gigante incrustada en el centro y debajo, en letras mayúsculas, el nombre del lugar: “Mundo Marino”. El hombre camina por una explanada ataviado con un traje negro de neoprene, cargando una pequeña heladera roja de plástico. Cuando llega al borde de la pileta, abre la heladera y saca una bola de pescado.

—¿Conocen a Kshamenk? —dice la locutora.

Un animal asoma su cabeza negra y brillosa en medio del agua. Se alcanzan a ver tres manchas blancas —dos pequeñas a la altura de los ojos, una más grande bajo la boca— que le dibujan una expresión sonriente. Apenas se detiene al borde de la pileta, el entrenador le acaricia la cabeza y tira la bola de pescado entre sus dientes filosos.

—Para nosotros es muy especial porque lo rescatamos cuando era un cachorro.

El animal vuelve a sumergirse y nada en círculos. En la superficie de la pileta solo alcanza a verse su aleta dorsal: es negra, mide casi dos metros y está totalmente doblada hacia un lado. El público sigue su trayectoria desde las gradas con ojos extasiados. Algunos suspiran, otros aplauden. Esa aleta doblada es una gracia maldita: solamente se ve en los animales de su especie que están cautivos. Los especialistas en mamíferos marinos la llaman “aleta colapsada” y no saben con exactitud su causa. Algunos lo atribuyen a la falta de actividad. Otros aseguran que es la señal de que están estresados, deprimidos. Kshamenk, que vive en la pileta del oceanario Mundo Marino desde hace 33 años, lleva en su cuerpo la marca de una tragedia. Es la última orca en cautiverio de toda Sudamérica.

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Marketa Schusterova nació en 1975 en Checoslovaquia: un pequeño país sin salida al mar, situado en el centro de Europa, que en aquel entonces estaba gobernado por un régimen comunista. Durante su infancia, ni ella, ni su madre —que trabajaba en el Museo Nacional de Praga—, ni su padre —comerciante del rubro de la construcción— pudieron salir del país: el gobierno imponía a los ciudadanos que tramitaran permisos especiales para poder viajar al extranjero, y esos permisos eran muy difíciles de obtener. Para cuando Marketa Schusterova llegó a la mayoría de edad, el régimen comunista ya había caído y los ciudadanos checoslovacos pudieron volver a viajar libremente por el mundo: ella conoció Bélgica, Reino Unido, Alemania hasta que se instaló en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, a orillas del lago Ontario, para estudiar fotografía. Durante unas vacaciones en República Dominicana, contrató una excursión que incluía una clase de buceo. Apenas se sumergió, aquella mujer que había nacido en un pequeño país sin salida al mar se fascinó al ver peces de colores, mantarrayas, delfines. Al regresar a Toronto, hizo un curso de buceo y se especializó en fotografía subacuática. Un tiempo después, viajó a las cataratas del Niágara, en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, para conocer Marineland, uno de los parques con animales marinos más famosos del mundo. Allí vio, por primera vez, una orca.

—Era un animal inmenso y estaba en un lugar tan pequeño y sin actividad… que tuve un sentimiento de enojo tan grande que…. Fue como un llamado.

Son las tres de la tarde de un sábado de fines de marzo en Toronto, las cuatro de la tarde en Buenos Aires. Marketa Schusterova hace una pausa en la videollamada y su imagen —cabello rubio atado en un rodete, suéter fucsia— se vuelve pequeña. Aparecen, en el centro de la pantalla, fotografías que muestra desde su computadora. En la primera está con un traje de neoprene y una máscara de buceo, recortada sobre un fondo azul donde merodean siete tiburones. La segunda es una imagen cenital de ella sacándole una foto a un cocodrilo que permanece a centímetros de su cuerpo. En la tercera, se la ve nadando pegada a una inmensa ballena: el animal es tan macizo que parece un submarino.

—En mis viajes posteriores pude ver libres en el mar a todos los animales que están encerrados en esos parques. Vi que sus personalidades son totalmente distintas.

Marketa Schusterova comenzó a trabajar como fotógrafa en documentales de naturaleza. En paralelo, se unió a una oenegé de conservación de animales marinos como voluntaria. Tiempo después, fundó junto a un compañero su propia oenegé. La llamaron Urgent Seas. Su primera acción de activismo fue sobrevolar las instalaciones de Marineland con el dron con el que trabajaba para los documentales. Quería filmar qué hacían los animales cuando el parque estaba cerrado. Desde el cielo, logró identificar la pileta de la orca. La vio completamente sola, inmóvil en medio del agua. La filmó durante horas en estado de letargo. Subió un fragmento del video a las redes sociales de la oenegé. En pocas horas, el video se viralizó. “La ‘orca más solitaria del mundo’ vive en un parque temático cerca de las cataratas del Niágara”, publicó el 10 de diciembre de 2021, dos meses después de publicado el video, el Toronto Star, el diario más importante de Canadá. La foto de la orca estaba en la tapa.

Schusterova regresó a filmar a la orca cada dos semanas. Comenzó a ser testigo de los cambios en su peso, en su estado de ánimo, en el agua de la pileta, que a veces estaba completamente turbia. Un día de marzo de 2023 notó que no nadaba bien. Le pareció un presagio. La orca murió dos días después por una infección. Consternada, la mujer se propuso redoblar su apuesta, adelantarse a otros casos en los que pudiera ocurrir lo mismo, armar un “inventario” de todas las orcas en cautiverio. Mientras googleaba oceanarios del mundo, encontró un video que la desconcertó: era de una orca que vivía en una pileta diminuta. Tan pequeña que dudó si no estaba trucado. La imagen más desoladora que había visto en su vida. “Tengo que hacer algo por ella”, se dijo. Esa orca era Kshamenk.

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Media hora antes de sentarse en las gradas para ver a la orca, los espectadores pasaron por una pequeña sala de proyecciones contigua al anfiteatro para ver un corto audiovisual sobre rescates de animales realizados por Mundo Marino. En la secuencia más vertiginosa, registrada con cámara en mano, una docena de hombres sumergidos en el mar con flotadores naranjas empujaban el cuerpo de un inmenso animal hasta la playa, mientras la voz en off de una locutora narraba, con tono épico, que en noviembre de 1992 alguien avisó al oceanario que había una orca varada en la playa. Que cuando llegaron la encontraron sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. Que tuvieron que trasladarla al oceanario para salvarle la vida. Que “durante el largo tiempo que duró su rehabilitación, Kshamenk adoptó a sus cuidadores como su nueva familia”.

—A Kshamenk lo cazaron en un varamiento forzado —asegura María José Fernández una mañana de abril de 2025, en un estudio de abogados que funciona en el octavo piso de un edificio antiguo, con puertas de madera maciza y un ascensor que parece una jaula de metal, ubicado en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires.

Fernández es una abogada especializada en derecho animal de 41 años, menuda, de ojos almendrados y voz suave que en 2021, junto a otras nueve personas, fundó Derechos Animales Marinos para luchar por la liberación de Kshamenk. Una agrupación que todas las semanas replica videos de la orca en la pileta en sus redes sociales —uno de los cuales vio Marketa Schusterova desde su casa en Canadá—, y que, a partir de una investigación, halló una denuncia judicial anónima en la que alguien aseguraba que “en 1992 Mundo Marino organizó una expedición de captura de orcas, en la que obligó a participar a algunos de los empleados bajo pena de despido (...) Literalmente las arriaron hacia la bahía, donde esperaron que bajara la marea y que las orcas quedaran con pocos centímetros de profundidad y no pudieran moverse (...) Allí eligieron cuatro ejemplares para llevarse (…) tres fueron transportadas al acuario: una de ellas murió durante el viaje, estaba muy estresada (…) Las dos restantes fueron puestas en un tanque (…) Esa misma noche se empezaron a escuchar golpes, y cuando llegaron al tanque encontraron el agua llena de sangre, y una de las orcas muerta. Había golpeado la cabeza contra las paredes del tanque hasta que le estalló el cráneo (…) La orca sobreviviente de la masacre fue Kshamenk”.

Pasadas más de tres décadas de la llegada de Kshamenk a Mundo Marino, las versiones cruzadas sobre cómo fue su desembarco en la pileta del oceanario agitan las aguas de un conflicto de escala internacional.

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En 1964, el Acuario de Vancouver, una institución de Canadá pionera en emplear científicos para investigar a los animales marinos, encargó a un escultor la réplica de una orca en tamaño real. El hombre intentó cazar una orca con un arpón para usarla como modelo, pero el animal sobrevivió: el acuario decidió aprovechar la ineptitud del escultor y exhibir al animal vivo. La bautizaron Moby Doll. Fue la primera orca cautiva del mundo.

Hasta ese momento, de las orcas —Orcinus, su nombre científico— se sabía que son el miembro más voluminoso de la familia de los delfines, que se encuentran en todos los mares del planeta, que viven en manadas numerosas, nadando hasta 200 kilómetros por día, que pueden llegar a vivir hasta 90 años, que son las superpredadoras del océano —se alimentan de más de 200 kilos de pescado al día—. También, que los antiguos marineros las bautizaron “ballenas asesinas” porque las vieron cazar ballenas: animales de un tamaño hasta seis veces más grandes que ellas. Gracias a Moby Doll, que sobrevivió en cautiverio tan solo 87 días, los científicos pudieron observar a las orcas de cerca y conocer, por ejemplo, la sofisticada forma en la que se comunican entre sí por ondas de sonido, o advertir su considerable inteligencia: la llamada ballena asesina era capaz de aprender las piruetas que les enseñaban los entrenadores humanos con la docilidad de un perro.

A partir de las desventuras de Moby Doll, las orcas se posicionaron en el epicentro de un negocio pujante: más de 220 fueron confinadas y exhibidas en oceanarios del mundo. Los años sin cazar, nadando en círculos dentro de pequeñas piletas y emitiendo ondas de sonido que rebotaban contra las paredes de esos tanques las convirtieron en estrellas inquietantes. En la nochebuena de 2009, Keto, una orca que vivía en un acuario de Tenerife llamado Loro Parque, arrastró a su entrenador hasta el fondo de la pileta y desgarró sus órganos vitales hasta matarlo. Dos meses después, Tilikum, una orca del oceanario SeaWorld de Orlando famoso por convertirse en el mayor macho procreador en tres décadas de cautiverio —21 hijos engendrados—, mordió el hombro de su entrenadora, le fracturó las costillas, la mandíbula y dejó su cuerpo inerte flotando en el tanque frente al público. El origen de esos ataques, y de otras decenas de agresiones de orcas a humanos registradas en seis décadas de cautiverio en oceanarios, según biólogos marinos, es el trauma que les provoca ser capturadas y alejadas del mar.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”: una orca que jurídicamente es igual que los glaciares de la cordillera de los Andes, los sitios arqueológicos de la Patagonia y las cataratas del Iguazú.

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En la ruta de camino hacia San Clemente del Tuyú hay carteles publicitarios con fotos de delfines y de una orca con la leyenda: “Vení a conectarte con la naturaleza en Mundo Marino”. Las calles en San Clemente del Tuyú —una localidad balnearia gris y ventosa con 16 mil habitantes ubicada al final de una bahía, en la costa atlántica argentina— son casi todas de arena, salvo por una arteria asfaltada que atraviesa la ciudad de punta a punta y desemboca en Mundo Marino. En la entrada del oceanario hay una explanada de estacionamiento con palmeras y unos pocos autos y micros con contingentes turísticos. En las boleterías —seis ventanillas bajo un techo de chapa azul eléctrico donde se cobra una entrada de casi 40 dólares—, reina un silencio de siesta. Al ingresar al parque, después de bordear una fuente con una escultura de una orca y un delfín, aparecen, amontonados en un rincón, carritos de bebé con forma de orca que se alquilan por siete dólares. A partir de ahí se abren senderos que se ramifican alrededor de las 40 hectáreas que ocupa el predio. Los senderos llevan hacia estanques con pingüinos, tiburones, hipopótamos, delfines; un anfiteatro donde hacen un show un grupo de lobos marinos; un extenso lago artificial con flamencos; un bosque con búfalos, carpinchos, antílopes, monos, ñandúes, ciervos, cebras; el anfiteatro donde está la orca. También pasan por tiendas de recuerdos que venden vasitos, peluches, llaveros, remeras decoradas con orcas y delfines; locales de comida rápida con sogas dispuestas para ordenar filas que permanecen completamente vacías. Por los senderos andan sueltos los pavos reales, pero casi no se ve gente: la sensación es la de caminar sobre las ruinas de un pasado esplendoroso.

Ese mismo predio, 50 años atrás, era apenas un cangrejal en el extremo de un pueblo al que ni siquiera llegaban las líneas de teléfono. Así se lo describe en Cómo nació Mundo Marino. Historia de David Méndez, libro publicado en 1991, en cuya tapa hay una foto de una orca que emerge de la pileta con un entrenador completamente erguido sobre su trompa, y de fondo, la escenografía de rocas marrones hechas con yeso y la leyenda “Mundo Marino” grabada en letras mayúsculas. Trata sobre las peripecias de don David Méndez, un hombre que comenzó trabajando como obrero de la industria metalúrgica, inventó los primeros calefones eléctricos de la Argentina, se volvió un empresario exitoso del rubro de los calefones y, por esas cosas de la vida, terminó entrenando al único grupo de orcas cautivas del país.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”..

El momento bisagra que relata el libro ocurre en 1966, cuando Méndez, ya devenido en empresario, visita un acuario en Miami. “Me llamó mucho la atención las piruetas que hacían los delfines. Saqué gran cantidad de fotografías, quedé realmente entusiasmado —cuenta Méndez—. Entendí que hacía falta en nuestro país mostrar esta parte de la naturaleza. Pensé en lo hermoso que sería poder hacer algo similar en la Argentina”. De regreso al país, se entera que uno de sus socios en la fábrica de calefones los vendía a un precio mayor y se quedaba con la diferencia. Amargado, vende su parte de la empresa y lo invierte en un inmenso terreno en San Clemente del Tuyú, el pueblo al que solía ir de pesca, donde se muda en compañía de sus cuatro hijos y su esposa. Allí tiene una epifanía: si rellena ese terreno con arena, puede emparejarlo y abrir un camping. Según el libro, el negocio prospera rápido: en apenas unos meses Méndez trae una línea de teléfono que sería la primera del pueblo, mejora las instalaciones del camping, construye una pileta. Mientras todo eso sucede, en su vida personal, lo que podría haber sido un trauma —fallece su esposa— es apenas un contratiempo —Méndez se casa con la hermana de su esposa—. La fantasía de abrir un acuario inspirado en el que vio en Miami se precipita un día en que recibe el llamado de un pescador de la zona. El hombre le avisa que encontró dos delfines lastimados en la playa y le pide alojarlos en la pileta del camping. Méndez accede. Los cura con ayuda de veterinarios de la zona. En San Clemente se corre el rumor de que hay dos delfines en una pileta: la gente comienza a visitar el camping para verlos. A partir de ese momento, cada vez que alguien encuentra un cachorro huérfano, un pingüino empetrolado, una tortuga herida en la costa, lo lleva al camping. Méndez los cura y los libera, pero los animales vuelven al camping buscando comida y cuidado. El 6 de enero de 1979, con dos delfines, cuatro elefantes marinos, dos lobos marinos y unos cuantos pingüinos, David Méndez funda Mundo Marino. “Todo se iba desarrollando normalmente, pero se modificó —cuenta en el libro— el día en que apareció, en San Clemente, una orca”.   

8 de agosto de 1985: Méndez recibe el aviso de que un gran tiburón quedó atrapado en el fango de un cangrejal. Cuando va a su rescate, descubre que se trata de una orca bebé. Con la ayuda de algunos voluntarios, la traslada al oceanario y la salva. La bautiza Milagro. Envía a uno de sus hijos a un oceanario de Estados Unidos para que aprenda cómo se entrena a una orca y, en paralelo, construye una pileta con una tribuna para el público. Tres años después, en una de sus caminatas matutinas, el sacerdote del pueblo encuentra otra orca varada en la costa. Méndez va a su rescate. La salva. La bautiza Belén. Milagro y Belén conviven armoniosamente en la pileta, comienzan a dar shows, hasta que en 1991, Milagro muere por un colapso vascular. Belén queda sola. Un año después, ocurre lo que en Mundo Marino se encargan de repetir hasta el día de hoy: aparece varada en la costa otra orca. Sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. La trasladan al oceanario. La salvan. La bautizan Kshamenk. En ningún lado figura por qué eligen ese nombre. Kshamenk, en lengua ona, significa “orca”: quizás, para Méndez, encontrar a Kshamenk fue una señal de abundancia. Los onas eran un pueblo indígena nómade que vivía en el extremo sur de la Patagonia argentina, frente al canal de Beagle, y cazaban animales terrestres —guanacos, zorros, roedores—, pero si aparecía una ballena varada en la costa, lo tomaban como un mensaje espiritual: la tribu se reunía alrededor del animal, celebraban un festín y se abastecían de su carne y de su grasa.

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—La orca estaba en la pileta más pequeña que vi en mi vida. Y no se movía. No puedo ni hablar de eso —dice Marketa Schusterova en la videollamada, la voz quebrada—. Empecé a buscar más videos y no encontré ninguno. Esa orca no tenía publicidad.

Schusterova googleó a la agrupación que posteaba el video, Derechos Animales Marinos. Les escribió un mensaje a la cuenta de Instagram. Desde Argentina, le respondieron casi al instante. Lo primero que le confirmaron era que Kshamenk medía casi siete metros y que la pileta de cemento en la que vivía en Mundo Marino medía apenas 12 metros de diámetro. Que existe una Ley de Oceanarios en Argentina que establece que la pileta debería medir al menos el doble que el animal, pero no se cumple.

—Básicamente le dijimos que estaba metido en una palangana —recuerda María José Fernández en el estudio de abogados.

En el intercambio de mensajes con Marketa Schusterova le contaron que eran un grupo de 10 personas —animalistas, abogados y trabajadoras del Juzgado N°4 del fuero Contencioso Administrativo, Tributario y de Relaciones de Consumo de la Ciudad de Buenos Aires— que años atrás habían participado de los dos casos que refundaron el Derecho Animal en Argentina: la prohibición de las carreras de perros galgos, un negocio clandestino que se había extendido en todo el país y llevaba a la tortura y a la muerte a miles de perros de esa raza, y la declaración de una orangutana llamada Sandra, que vivía en el zoológico de Buenos Aires, como “persona no humana y ser sintiente” sujeto de derecho, lo que sentó un precedente que hizo su caso mundialmente famoso y derivó en que fuera sacada de exhibición y trasladada hacia un santuario, un espacio similar a su hábitat natural, en Estados Unidos. Ahora se habían unido por la liberación de Kshamenk. Incluso le comentaron que habían presentado un proyecto de ley en el Congreso de la Nación, que llamaron Ley Kshamenk, que buscaba prohibir la exhibición y cautiverio de animales marinos sin fines de rehabilitación o reinserción, acompañada de casi 700 mil firmas apoyando el proyecto, pero los funcionarios no lo trataron y no había logrado tomar estado parlamentario.

—Para hacer el proyecto de ley yo pagué la entrada de Mundo Marino, fui con una fotógrafa a registrar todo el show y ver cómo estaba la orca. Entramos tipo… que no nos descubran porque nos sacan a patadas. Cuando vi a Kshamenk ahí, no... es como... difícil, pobre gordito —dice Fernández, la voz se le quiebra y empieza a llorar, pide perdón, busca en su bolso un paquete de pañuelos descartables—. Verlo ahí, en vivo y en directo, en una piletita, fue terrible. Estar tan cerca y decir “ay, no puedo hacer nada por vos, pero ya vamos a poder hacer algo”.

Schusterova les dijo que ella podía ayudarlos a hacer su lucha famosa. Tres meses después de contactarlos, en septiembre de 2023, se tomaba un avión rumbo a Buenos Aires.

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“¡Palmas, palmas, palmas!”. En el anfiteatro suena una música pegadiza y un hombre arenga desde las gradas. El entrenador se acerca al borde de la pileta, acaricia la cabeza de la orca y arroja una nueva bola de pescado a la pileta. Kshamenk la tritura en segundos, se sumerge y aparece en el otro extremo, sobre una plataforma, su inmenso cuerpo completamente fuera del agua. Choca la cola contra la plataforma para salpicar a los espectadores sentados en las primeras filas de las gradas y luego, como si quisiera esconderse después de hacer una travesura, se desliza hacia atrás para caer en la pileta. Desaparece como un rayo.

—Les cuento un poco más de la historia de Kshamenk —dice entonces la locutora—. Después de que lo rescatamos, cuando él se recuperó, se consultó a distintos expertos en orcas sobre la posibilidad de que regrese al mar. Todos los profesionales coincidieron en que reinsertarlo sin su manada y sin saber cazar era condenarlo a un triste desenlace. Además, no se conoce ningún caso exitoso de reinserción de orcas.

Hubo una sola orca reinsertada al océano después de años de cautiverio: Keiko. Había sido cazada en las aguas de Islandia en 1978 a los dos años de edad, trasladada primero a Marineland, en las cataratas del Niágara, y luego vendida a Reino Aventura, un parque de diversiones en Ciudad de México. Su suerte cambió cuando la productora de cine Warner Bros. comenzó a buscar una orca para que protagonizara una película. El guion era sobre un niño huérfano de 12 años que se hace amigo de una orca que vive atrapada en un acuario, y logra conducirla hasta el océano y liberarla. Los cazatalentos de Hollywood primero buscaron una orca en SeaWorld, pero los dueños leyeron el guion y se escandalizaron con el mensaje de emancipación de las orcas que transmitía. Se negaron a prestar una de sus orcas para el cine. La oferta llegó a los dueños de Reino Aventura, a quienes, en cambio, la participación de su orca en el cine les pareció una buena oportunidad para paliar los magros ingresos que tenían durante la temporada de invierno. Liberen a Willy se estrenó en 1993 y batió récords de taquilla: recaudó más de 150 millones de dólares. Su éxito llevó a que los espectadores quieran saber más sobre la verdadera vida de la orca que encabezaba el elenco. Las noticas revelaron que, en Reino Aventura, Keiko vivía en una pileta de apenas 6.3 metros de profundidad, tenía lesiones en la piel y la aleta dorsal colapsada. Fue tal la zozobra que generaron, que la gente empezó a donar dinero para Keiko. Organizaciones ecologistas, biólogos marinos, filántropos internacionales y Warner Bros. crearon la Fundación Liberen a Willy, y recaudaron 20 millones de dólares para liberarla.

Más de 100 mil personas fueron a despedir a la orca el día que partió desde Reino Aventura en camión. La trasladaron, con escoltas policiales, hacia un avión que tenía un gigantesco estanque con agua de mar. Aterrizó en otro estanque, en Estados Unidos, donde comenzó su rehabilitación. Dos años después, la llevaron en otro avión hacia un corral marino en Islandia. Un equipo de entrenadores le enseñó de nuevo a cazar, a nadar grandes distancias y a socializar con otras orcas hasta que pudo alcanzar el hito: fue liberada en Islandia, en las mismas aguas donde había sido cazada cuando era un cachorro, en 2002. Pero constantemente buscaba alimento y contacto humano en las embarcaciones con las que se cruzaba. Después de un año en libertad, contrajo neumonía. El 12 de diciembre de 2003, con 26 años de edad, falleció. La muerte de Keiko dejó flotando una pregunta en el océano de la incertidumbre: ¿una orca que estuvo cautiva debe regresar al mar?

"Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso."

“La experiencia de Keiko demostró que la liberación de animales que han estado cautivos por largo tiempo es especialmente desafiante y, si bien a nosotros, como humanos, nos puede resultar atractivo liberarlo, la supervivencia y el bienestar del animal pueden verse gravemente afectados”, concluyó un estudio científico sobre su liberación publicado en 2009 en la revista Marine Mammal Science. “Sobre el final de su vida Keiko ganó más de 1 365 kilos, volvió a relacionarse con orcas salvajes e incluso mostró signos físicos de intentos de apareamiento, todo mientras prosperaba en las aguas que la vieron nacer”, asegura, en contraposición, la sinopsis de Keiko, la historia no contada, una película estrenada en 2010 que reúne los testimonios de quienes participaron de su liberación, disponible en la plataforma Vimeo. Sobre el final de la película, después de los créditos, van pasando uno a uno los nombres de las orcas aún cautivas y el lugar del mundo en el que viven. El último nombre que aparece en la lista, antes del fundido a negro, es el de Kshamenk.  

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Liberen a Willy la quisieron filmar en Mundo Marino y los dueños no quisieron. Un año después yo viajé en persona a San Clemente y los pude convencer de hacer la telenovela. No fue nada fácil, pero matcheamos en el mismo objetivo, de hacer conocer a estos animales.

La voz de Gustavo Bermúdez por teléfono tiene un tono sereno, y por momentos, se vuelve carrasposa. Responde el llamado desde Madrid, donde se encuentra presentando una comedia romántica que codirigió junto a otro actor argentino en un festival de cine. Bemúdez tiene 60 años y en los últimos 40 años actuó en más de 25 novelas emitidas en la televisión local de aire. Protagonizó algunas de las más emblemáticas, como Pelito, Celeste siempre Celeste y Alén, Luz de Luna. Con Nano, la telenovela filmada en las instalaciones de Mundo Marino, se consagró en la categoría de “galán de telenovela”.

—Yo siempre había tenido el deseo de nadar con delfines y orcas y lo pude hacer realidad a través del personaje de Nano. Al principio me daba un poco de miedo meterme a la pileta, hasta que un día el entrenador me dijo “tirate”. Empecé a nadar con Belén, que por ser hembra era más dócil, y poco a poco me fui acercando a Kshamenk. La primera vez que me metí con él se me venía encima, arrimándose muy suavecito, y yo dije “uy, qué hago acá” —Bermúdez hace un silencio—. Pero a partir de ahí fue una experiencia impresionante. Yo me paraba encima y las orcas me llevaban como si fuera una tabla de surf. Por suerte cuando lo hice no sabía que en otras partes del mundo habían matado entrenadores. 

Nano, emitida en la pantalla de Canal 13 en el horario central de las ocho de la noche durante 1994, un año después de Liberen a Willy, mezclaba el romance, el policial, la ecología y la integración. Sus capítulos alcanzaron picos de rating de casi un millón de espectadores. Bermúdez encarnaba a un entrenador de orcas que por las noches se convertía en una suerte de Robin Hood contemporáneo y robaba a los más ricos para repartir el botín entre los más necesitados, mientras mantenía un romance clandestino con una mujer sordomuda interpretada por Araceli González, que hasta encarnar a ese personaje era una modelo famosa por ser la cara de la lencería más conocida de Argentina y que por su actuación en Nano ganó un premio Martín Fierro, el máximo galardón de la televisión argentina, como “revelación” del año. A diferencia de Liberen a Willy, en ningún punto de la trama se cuestionaba que las orcas permanecieran cautivas en el oceanario.

—Cuando hicimos la telenovela era otro planeta, éramos muy ignorantes con muchas cosas, viste. Yo sé que es muy difícil reinsertar a las orcas cuando ya estuvieron en cautiverio —dice Bermúdez al teléfono—. Se fue evolucionando, y me parece bien que si encontrás cómo se puede salvar un animal, se haga. Lo que pasa es que las orcas van en familia, y es muy difícil una vez que vos encontrás una sola insertarla, algo así. Pero yo soy un simple actor que trabajó en ese momento donde los animales en cautiverio no eran un impedimento.

Mientras Liberen a Willy se transformó en una saga en las siguientes dos películas se usaron imágenes de orcas salvajes y modelos animados para reemplazar a Keiko— y Nano se transmitió en más de 70 países, se dobló a 20 idiomas y hasta tuvo una versión latina en Univisión, una cadena de televisión estadounidense dirigida a una audiencia hispana, en San Clemente del Tuyú, Mundo Marino batía sus propios récords: 15 mil personas llegaban a visitar el acuario en un solo día. Animados por la popularidad alcanzada por sus dos orcas, los dueños del oceanario proyectaron agrandar la pileta del anfiteatro y reproducirlas. Belén quedó embarazada de Kshamenk y después de 16 meses de gestación, en noviembre de 1998, dio a luz a un cachorro, que nació muerto. Al año siguiente volvió a quedar preñada, pero en el cuarto mes de embarazo sufrió una infección renal presuntamente provocada por un resto de placenta del embarazo fallido, y falleció. Cuando Kshamenk quedó solo en la pileta, Argentina se hundía en una de las crisis económicas más profundas de su historia.

A fines de 2001, a los dueños de Mundo Marino se les ocurrió aprovechar su condición de macho reproductor, que lo valuaba en más de un millón de dólares, para exportarlo. La primera oferta la hizo el oceanario Six Flags Worlds of Adventure de Ohio, Estados Unidos: propuso trasladarlo hacia sus instalaciones en una suerte de préstamo “con fines reproductivos”. Lo iban a cruzar con una hembra que habían traído especialmente de Francia. Se comprometían a entregar a Mundo Marino el tercer cachorro de orca que tuvieran. Mundo Marino pidió al Estado argentino la autorización para exportar a Kshamenk basándose en la figura legal ress nullius, que significa “cosa de nadie” en latín, y designa a alguien como propietario de cosas que no tienen dueño. Más de 30 conservacionistas y científicos del mundo salieron al cruce: “Dar un permiso para que la orca salga del país alienta a la industria del tráfico de estos animales a mirar hacia la Argentina en busca de más y más”, sentenció desde Inglaterra Erich Hoyt, cofundador del Comité Internacional de Áreas Protegidas de Mamíferos Marinos, un científico que fue condecorado con la Excelentísima Orden del Imperio Británico por sus aportes a la conservación de los cetáceos. En junio de 2002, el Defensor del Pueblo de Argentina se acopló a la opinión de los expertos y recomendó por resolución no autorizar la exportación de Kshamenk.

“Un particular no puede obtener beneficios económicos de la orca”, sentenció el gobierno argentino, y denegó el permiso para su exportación. Bajo la Ley 22.421 de protección de la fauna silvestre, Kshamenk fue declarada, como ya se mencionó, “bien público” del Estado. Desde entonces, Kshamenk ha sido solo un huésped honorable del oceanario: Mundo Marino tiene su custodia a través de una “tenencia precaria”. Kshamenk quedó bajo la órbita del área de Pesca del Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires, cuya misión es realizar inspecciones periódicas al oceanario y revisar su estado de salud. Los funcionarios del área fueron contactados para dar testimonio en esta nota, pero después de insistir con el pedido de entrevista durante dos meses, desde el área de prensa del Ministerio dejaron de responder los mensajes.

—Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso.

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Diecisiete horas duró el vuelo de Marketa Schusterova desde Toronto hasta Buenos Aires. Apenas arribó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, alquiló un vehículo y manejó por la ruta hasta San Clemente del Tuyú. Al otro día se despertó bien temprano y fue hasta un descampado cercano al oceanario. Sacó su dron de la mochila. Lo remontó en dirección a Mundo Marino. Fue siguiendo su trayectoria desde su celular hasta que identificó el estacionamiento de entrada de Mundo Marino, totalmente vacío a esa hora, y comenzó a sobrevolar las 40 hectáreas del predio. Pasaron varios minutos hasta que pudo divisar una pequeña mancha azul. Hizo zoom: había una mancha negra dentro de la mancha azul. Se quedó unos instantes mirándola desde el cielo.

—Pasaba el tiempo y no se movía. Me largué a llorar —recuerda Marketa Schusterova en la videollamada—. Estaba psicológicamente quebrado. Parecía un animal muerto.

Horas después de observar a Kshamenk en su pileta desde el aire, Marketa Schusterova pagó la entrada al oceanario para ver el show de la orca desde las gradas.

—El público aplaudía, gritaba, claramente no entendían que su vida entera transcurre ahí. Y lo que decía la locutora me daba mucha bronca. Era todo mentira —recuerda—. Cuando salí intenté hablar con los empleados del parque, pero fue difícil. Casi nadie hablaba inglés. Con los pobladores de San Clemente con los que pude hablar tenían mucho temor de hablar mal de Mundo Marino, porque casi toda la gente del pueblo trabaja ahí. Lo ven como una gran oportunidad de trabajo. Nadie quería decir nada porque en el pasado pasaron cosas, amenazas. Me decían que tuviera mucho cuidado.

Esa misma noche, volvió al descampado a tomar imágenes de la orca con el parque casi a oscuras. Al día siguiente hizo lo mismo. La registró con su dron en distintos horarios del día y obtuvo, en total, ocho horas de filmación. Siguiendo el consejo de los pobladores de San Clemente con los que habló, que por seguridad le recomendaron que no procesara esas imágenes hasta que saliera del país, recién cuando regresó a su casa en Toronto se puso a ver los videos y notó que la orca permanecía petrificada al borde de la pileta casi todo el tiempo. Apenas se movía cuando le llevaban comida. Editó un timelapse —una secuencia de videos reproducidos en alta velocidad en la que comprimió 10 minutos de video en 30 segundos— en el que se veía a la orca inmóvil y a un delfín dando vueltas en la pileta frenéticamente alrededor suyo. Se lo compartió a los integrantes de Derechos Animales Marinos.

El 25 de septiembre de 2023 lanzaron la campaña FreeKshamenk en las redes sociales. Publicaron el video en la cuenta de Urgent Seas y de Derechos Animales Marinos con una leyenda que decía: “Kshamenk, la orca cautiva de 35 años de edad, no se mueve en todo el tiempo. No está bien y necesita ayuda inmediata. Debemos crear conciencia sobre su peligrosa existencia”. Horas después, el video ya era viral. En Tik Tok alcanzó más de un millón de vistas.

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En 2008, desembarcó en San Clemente del Tuyú una comitiva de entrenadores de SeaWorld. La cadena más famosa de parques temáticos con animales marinos —que abrió sus puertas en 1964 y tiene sedes en Orlando, Florida, San Diego, California, Texas y Emiratos Árabes— coordinaba un programa de reproducción de orcas, a través del cual colectaban semen de ejemplares para reproducirlos por inseminación artificial. Mundo Marino se acogió al programa después de quedarse sin la chance de exportar a Kshamenk. Los entrenadores de SeaWorld capacitaron a los de Mundo Marino para extraer esperma. Kshamenk fue sometido a cientos de sesiones matinales de juegos sexuales con Floppy, una delfina con la que pasó a compartir la pileta desde la muerte de Belén. Cuando lograba la excitación, tanto la delfina como Kshamenk eran “reforzados positivamente” por los entrenadores. Kshamenk comenzó a tener más erecciones. Los entrenadores pusieron en marcha el segundo paso del plan que le habían enseñado sus colegas de SeaWorld: desensibilizar sus genitales, colocar una vagina artificial y colectar su semen. En total, entre 2010 y 2014, colectaron 110 muestras. Lo hicieron entre tres entrenadores: uno manipulaba el pene de Kshamenk, otro secaba con toallas el agua salada y una tercera se encargó de colocar la vagina artificial.

"Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí."

El esperma de Kshamenk viajó hasta Estados Unidos. La orca Kasatka, que vivía en SeaWorld San Diego, California, fue inseminada: dio a luz el 14 de febrero de 2013 a una orca bautizada Makani. Al mismo tiempo, Takara, una orca que era hija de Kasatka, también fue fecundada con el esperma de Kshamenk. Dio a luz a Kamea, en SeaWorld de San Antonio, Texas, el 6 de diciembre de 2013. Ese mismo año, se estrenó a nivel mundial Blackfish, un documental centrado en testimonios de exentrenadores de SeaWorld, disponible en la plataforma de Netflix, que reveló los traumáticos efectos de la vida en cautiverio en Tilikum, la orca que vivía en SeaWorld Orlando y terminó matando a su entrenadora. “La reacción que ha producido el documental en la opinión pública ha hecho que se multipliquen los llamados para que SeaWorld ponga fin a los espectáculos con orcas y libere a la veintena de ejemplares de esta especie que mantiene en cautividad en sus parques”, informaba el portal BBC Mundo en una editorial de 2014 titulada: “El efecto Blackfish: ¿llegará el fin de los parques acuáticos?”. Acechado por las críticas, en 2016 SeaWorld publicó un comunicado en su sitio web en el que anunció el fin del programa de reproducción de orcas: “Las orcas que están bajo nuestro cuidado —decía— serán la última generación de orcas del parque”.

Makani, la primera hija de Kshamenk, todavía vive en San Diego. Es una orca “enérgica y juguetona”, según la define SeaWorld en su sitio web. En cuanto a la segunda hija de Kshamenk, Kamea, falleció el 19 de junio pasado por causas que no fueron reveladas.

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—Desde que Kshamenk fue rescatado, fue tanto el amor compartido entre él, sus cuidadores y los demás delfines, que hoy logró superar la expectativa de vida de las orcas macho— dice la locutora de Mundo Marino en el show, mientras la orca permanece al borde de la pileta recibiendo bolas de pescado que le arroja el entrenador desde la explanada—. Hoy Kshamenk ya tiene ¡35 años! y está supervisado por especialistas en nutrición y veterinarios.

Ante la solicitud de una entrevista con los especialistas en nutrición y veterinarios de Kshamenk, el responsable de comunicación de Mundo Marino, un hombre extremadamente cordial, dice que no están autorizados a hablar con la prensa. Los dueños del oceanario, que quedó en manos de los hijos de David Méndez, tampoco acceden a dar una nota. “Ellos están espantados con la prensa porque les hicieron mucho mal —explica por teléfono—. Que digan que la tienen encerrada a Kshamenk y que encima cobran entrada, lucran con ella, cuando en verdad no se la puede liberar, es una publicidad muy negativa”.

La última entrevista que dieron los dueños de Mundo Marino a un medio de comunicación fue concedida en 2013 al periodista Gonzalo Rodríguez, conocido como Gonzalito, que realizó un informe sobre el cautiverio de animales marinos emitido en Caiga Quien Caiga, un programa televisivo con una mirada satírica sobre temas políticos y sociales, luego del estreno mundial de Blackfish

—En el show los animales hacen pruebas para que las personas se diviertan. ¿Cuál es el foco principal? — le preguntaba en Gonzalito a Pepe Méndez, uno de los cuatro hijos del fundador del oceanario que quedaron a cargo de la empresa, con la escenografía de rocas marrones hechas con yeso de fondo.

—Es una forma de transmitir conocimiento sobre los animales a través de un show entretenido — respondía Pepe Méndez, vestido con una campera de cuero marrón.

En el mismo informe aparecía el mayor activista en contra del cautiverio de animales marinos del mundo, el estadounidense Richard O’Barry. Gonzalito había viajado especialmente a Miami para entrevistarlo para esa nota.

—Voy a ponerte en un estadio lleno de gente gritando, con música, y lo voy a llamar educación e investigación y conservación— decía O´Barry—. Mi única esperanza es que la gente de Argentina deje de comprar entradas para estos lugares. Es la única solución.

En los años sesenta, O’Barry había sido uno de los primeros entrenadores de delfines de oceanarios. Trabajaba en el Seaquarium de Miami, donde llegó a entrenar al delfín que protagonizó Flipper, una exitosa serie de televisión en Estados Unidos que se emitió en todo el mundo. Después de una década trabajando como su entrenador, el delfín de Flipper murió en sus brazos. Esa muerte trastocó su percepción sobre el cautiverio de animales marinos y lo llevó a fundar la oenegé Dolphin Project, con la que desde entonces lleva rescatados y liberados decenas de delfines en Haití, Colombia, Guatemala, Indonesia, Nicaragua, Brasil, Corea del Sur, las Bahamas y Estados Unidos. “La muerte de Flipper tuvo un efecto profundo en mí: me hizo dar cuenta de que los delfines no deberían estar en cautiverio y llevar esas vidas miserables”, asegura O’Barry en The Cove, un documental en el que saca a la luz la despiadada caza de delfines para oceanarios del mundo que se realiza anualmente en las costas de Taiji, Japón, que ganó el Oscar como Mejor Largometraje Documental en 2010.

—Cuando comprás la entrada de un oceanario, el gobierno se queda con una parte a través de los impuestos. Es un negocio de millones de dólares que no quieren cortar. Es decir que ellos también promueven el negocio — explica O’Barry sobre el funcionamiento de los oceanarios en el mundo, a través de una videollamada.

Es una mañana de domingo del mes de mayo de 2025. Su figura de 86 años aparece recortada sobre un fondo blanco hace desde su casa en Florida, Estados Unidos A cada rato, mientras habla, se suena la nariz con un pañuelo descartable.

—¡Y encima en Argentina la orca pertenece al Estado! El propio Gobierno está promoviendo el negocio.

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Un mes después de que se volvieran virales las imágenes de Kshamenk tomadas con el dron de Marketa Schusterova, los integrantes de Derechos Animales Marinos presentaron un recurso de amparo contra Mundo Marino en la Justicia. En el escrito, de 230 páginas y links a videos y fotos de la orca para acreditar la “visiblemente deteriorada salud de Kshamenk”, pedían que se la reconozca como “sujeto de derecho” y “persona no humana”, y se disponga la “definitiva liberación de su cautiverio”. Como primera medida cautelar urgente, solicitaban que la orca sea retirada del show.

—Para nosotros el ideal es que a Kshamenk le construyan un corral marino en la costa de San Clemente —explica María José Fernández, una de las que impulsó el amparo—. Un corral marino para que los animales silvestres como él, que no se puedan rehabilitar ni liberar, vivan ahí. Que tengan atención veterinaria, alimentación con peces vivos para que ellos cacen. Que la gente con una pasarela pueda verlos pero en sus hábitats naturales y si el animal tiene ganas se muestre. Porque también está esa otra faceta: ¿el animal puede no mostrarse? ¿Puede elegir qué hacer? En esas piletas, en el marco de un show, el animal no puede elegir. Y esa es una parte fundamental del derecho animal: que el animal pueda sentir que puede elegir qué comer, dónde estar, si ese día se quiere exhibir o no, si quiere o no estar en contacto con el humano.

El recurso de amparo quedó en manos del juez federal de Dolores Martin Bava, quien años atrás había llevado adelante numerosas causas por delitos de lesa humanidad y un caso de espionaje ilegal a los familiares de los tripulantes del submarino ARA San Juan por el cual ordenó el procesamiento del ex presidente argentino Mauricio Macri. Como primera medida respecto a la orca, Bava ordenó una medida de “mejor proveer”, que consistió en designar dos expertos —un etólogo, es decir un especialista en comportamiento animal, de la Universidad Nacional de La Plata, y un veterinario de la Universidad de Buenos Aires—  para que cada uno realice una pericia sobre su estado de salud, hábitat y rutina.

—Cuando terminé la pericia me di cuenta que lo que vi en Mundo Marino no es lo que querían los proteccionistas —dice Héctor Ricardo Ferrari, el experto designado por Bava para hacer la pericia etológica de Kshamenk, en un café cercano a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires donde trabaja como profesor de la Cátedra de Bienestar Animal.

Ferrari es profesor Profesor Adjunto a cargo de la Cátedra de Etología de la UNLP y antes de peritar en el caso de Kshamenk integró la comisión de expertos que colaboró en la resolución del caso de la orangutana Sandra; peritó en el caso de un chimpancé llamado Toti que desde hace una década vive en un zoológico privado de Río Negro a la espera de un traslado a un santuario; de Jhonny, un chimpancé envuelto en una causa judicial por maltrato animal en el Zoológico de Luján; y en causas relacionadas con ataques de perros.

—Nunca había hecho una pericia sobre un animal así, un predador tope inmenso, sociable, inteligente. Yo estaba convencido que lo iba a encontrar muchísimo peor.

Ferrari, que tiene anteojos de marco negro y el pelo, el bigote y la barba blanca, sostiene, entre sus manos, una tablet con la que, en sus tiempos muertos, juega a los videojuegos. Para hacer la pericia, cuenta que viajó un fin de semana a San Clemente del Tuyú y pasó dos jornadas, desde las ocho y media de la mañana hasta las seis de la tarde, observando a Kshamenk. No notó, según indica en su pericia, ningún comportamiento agresivo de la orca a causa del encierro, ni que tuviera conductas de estrés o períodos de inmovilidad, ni apatía ni reposo prolongado. Tampoco notó señales de aburrimiento. “Buena parte de su tiempo está ocupado en actividades programadas (...) no registré conductas de evitación o defensa que impliquen sufrimiento”, detalló el etólogo, que además recomendó no retirarlo del show, ya que por su edad cambiar su rutina podría “desorganizarlo”. La pericia del veterinario designado por Bava fue similar: “La única alteración en el cuerpo de Kshamenk es la ‘lateralización’ derecha de su aleta dorsal (...) la alteración más frecuente en orcas de acuarios. En lo que respecta a una evaluación sanitaria veterinaria, los resultados son normales”, señaló en su informe.

—En la orca vi un animal que buscaba el contacto —dice Ferrari—. Vi que tiene una extraordinaria relación de ida y vuelta con los entrenadores. Levantaban un dedo y la orca hacía algo. Un gesto, que significaba hacé lo que quieras, y la guacha nadaba en todas las direcciones. Los cuidadores de Mundo Marino piensan que, como la orca les hace caso, saben lo que siente. Y no, no lo entienden. Les dije: “¿ven todos esos juegos que hace con el tambor? Es lo que hace una orca cuando va a matar. Fijate ahora, lo sumerge, bueno es lo que hace cuando está ahogando a un mamífero. Así hizo Tilikum”. Se quedaban mirándome. Los asusté todo lo que pude. Les dije si eran conscientes de que estaban criando a alguien que los podía matar.

Ferrari se ríe a carcajadas. Después menciona que en la pericia incluyó un apartado con recomendaciones para mejorar la vida de la orca en cautiverio.

—Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí. Pero es súper positivo. Cuando todas las soluciones que tenés son una mierda, te das cuenta que tenés un problema de mierda. Él está ahí por nosotros. Básicamente porque hay público para esto. ¿No sería mejor preguntarnos qué lleva al público ahí? 

Ferrari vuelve la mirada a su tablet y busca una foto que le sacó a Kshamenk durante la pericia. Da vuelta la tablet y muestra la foto.

—¿Sabés que está haciendo ahí?

En la imagen, se ve a Kshamenk en el borde de la pileta, con la boca abierta y algo marrón que sobresale entre sus dientes.

—Es la corteza de un árbol. El tipo trae cosas de la pileta y las cambia por pescado. Cuando terminé de hacer la pericia, me estaba por ir de Mundo Marino y vino la orca y me abrió la boca igual para que le acaricie la lengua. Ni mierda iba a meter la mano ahí, pero después de apenas dos días de verla, desde cerca, desde lejos con binoculares, me trató como trata a los humanos. Eso te muestra que ese animal no es una orca, es la parodia de una orca. Por eso mi recomendación para los animalistas es que insistan, pero no con algo que no se pueda hacer. Reconozcan que ese animal no es una orca y denle un destino de él, no de una orca. Acepten que todo lo que tocamos los humanos lo convertimos en un perro.

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—Yo creo que en Mundo Marino incurren en un error estratégico de una mentalidad muy primitiva al no querer dar la cara. Creo que si arrancaran con la verdad, que en 1992 todavía no había una política anticaptura de orcas, pero que capturar a Kshamenk fue un error, ya está. Porque si vos rescatás devolvés, salvo que el animal esté agonizando o con una patología irreversible.

Claudio Bertonatti es un museólogo y naturalista argentino que asumió como director del zoológico de Buenos Aires en 2012 e intentó terminar con la exhibición de animales con fines recreativos y comerciales para transformarlo en un centro basado en principios de rehabilitación, conservación y educación ambiental. Rápidamente vio que no iba a tener presupuesto ni apoyo del Estado para lograrlo: renunció al cargo en 2013. En 2014, hizo un diagnóstico de los cien zoológicos, acuarios, parques temáticos o oceanarios de gestión pública y privada de la Argentina basado en los principios internacionales que establece la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA). El informe fue categórico: más del 90 por ciento de las instituciones, entre ellas Mundo Marino, desconoce los objetivos internacionales de conservación de especies.

—Si tuviesen una orca rescatada viviendo en el oceanario porque tiene una patología irreversible, sería una oportunidad para que contaran la historia de vida de toda la especie. Los animalistas dicen que no hay que exhibir animales porque es cosificarlos, pero la exhibición es buena o mala según cómo esté planificada —asegura Bertonatti—. Pero los oceanarios como Mundo Marino tienen un espíritu netamente circense. No muestran la realidad: la naturaleza no es un idilio. Es tensión constante. Es comer y no ser comido. Es enfermar y sobrevivir.

Esa mala gestión de los zoológicos y oceanarios moviliza, para Bertonatti, a muchos grupos de animalistas a iniciar campañas para pedir la liberación de los animales, lo que en el caso de Kshamenk conduce a una encrucijada.

—Los animalistas tienen una gran sensibilidad con los animales, y los humanizan. Es un error de base: nosotros no somos iguales a ellos y ellos no son iguales a nosotros. El concepto de libertad para un animal no es el mismo que para los humanos. Es como faltarles el respeto. En el caso de Kshamenk, tienen una posición basada en la emocionalidad que es radical y no es viable. Tienen la certeza de que hay que liberarla, y no se permiten dudar, cuestionarse su posición.

Por los años que lleva en cautiverio, la liberación de Kshamenk al mar, según Bertonatti, es prácticamente inviable: requeriría una larga rehabilitación para enseñarle a cazar nuevamente, que pueda reinsertarse en un grupo social con otras orcas, y también debería evaluarse si, por la cantidad de años en los que recibió medicación, no porta enfermedades contagiosas que pudieran derivar en la muerte de otras orcas. Una instancia intermedia sería trasladarla a un santuario: calas espaciosas delimitadas con redes dentro del océano para contener a los cetáceos, donde pueden circular libremente, cazar peces pero también recibir alimento o tratamiento veterinario. En el mundo existen solo tres proyectos de este tipo: uno en Islandia, donde vivió Keiko, que aunque está en funcionamiento no tiene lugar porque alberga a dos belugas, y otros dos proyectos, uno en Grecia y otro en Escocia, que aún no están operativos. 

—En lo que todos acordamos es en que Kshamenk se merece el mejor de los retiros —dice Bertonatti—. Creo que sería una pésima decisión y mensaje dejar que termine su vida así donde está.

Desde su casa en Florida, Richard O’Barry plantea la única alternativa que ve posible para el futuro de Kshamenk.

— La mayor enseñanza que tuve en todos estos años rehabilitando animales marinos es que, si el gobierno no coopera, es una pérdida de tiempo. La única solución para Kshamenk es convencer al gobierno argentino de que construirle un santuario será la mejor publicidad para su país —dice en la videollamada—. Sería un mensaje político para todo el mundo: “Argentina respeta su naturaleza”.

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“El infierno de una orca. Un trágico video muestra a la ‘orca más solitaria del mundo’ tendida casi inmóvil en la piscina de un acuario donde ha vivido sola durante 24 años”, publicó el diario británico The Sun el 22 de agosto de 2024. “Una orca olvidada languidece en un tanque de concreto después de 32 años”, informó ese mismo día el diario británico Daily Express. “La orca más solitaria del mundo fue filmada permaneciendo casi inmóvil durante 24 horas en un tanque en Argentina”, tituló el mismo día el diario brasilero O´Globo. “’Liberen a Kshamenk’: La campaña para liberar a la última orca cautiva en Latinoamérica”, anunció CNN el 10 de septiembre de 2024.

—Los videos de Kshamenk llegaron a los medios internacionales porque su historia es muy fuerte visualmente. Cuando ves cómo vive te pone muy triste —dice Marketa Schusterova después de dos horas de videollamada—. Es la pileta más pequeña y la historia más trágica, porque está solo.

Después de su viaje a San Clemente del Tuyú, Marketa Schusterova logró dar con un hombre que vive cerca del oceanario y tiene un dron con el que trabaja haciendo filmaciones. Lo contrató, prometiéndole que no revelaría a nadie su identidad para que no corra ningún riesgo. El hombre va a filmar a Kshamenk con su dron una vez por mes. Con las imágenes que le envía, Marketa Schusterova hace un seguimiento del estado de la orca. Compara las condiciones del agua de la pileta, sus movimientos, el estado de su piel, su fisonomía. Hubo videos de una temporada en los que notó que tenía la piel lastimada. En otros lo vio sin energía para subirse a la plataforma o hacer saltos durante el show. En algunos lo vio más delgado, permaneciendo con la boca abierta al costado de la pileta durante varios minutos, en espera de más comida. En los últimos dos años, Marketa Schusterova acumuló en sus archivos más de 60 horas de grabaciones de Kshamenk. Cada mes, publica fragmentos de esos videos en las redes sociales de su oenegé y de Derechos Animales Marinos.

—Los videos tienen millones de vistas, pero no alcanza —dice Marketa Schusterova antes de despedirse—. Es muy frustrante.

El 10 de diciembre de 2024, el juez Martín Bava, basado en los informes del veterinario y el etólogo designados como peritos de la causa, resolvió no dar lugar a la medida cautelar solicitada por Derechos Animales Marinos. “Modificar repentinamente la rutina de Kshamenk resultaría desacertado para su bienestar”, advirtió, y ordenó que mientras continúe en curso la causa Kshamenk siga participando del show.

—No queremos decir mucho para no entorpecer la causa. El juez no dio la medida cautelar porque los peritos que fueron a ver a Kshamenk vieron esto, y si vos no sabés mucho de Derecho Animal... —opina María José Fernández, la abogada que impulsó el amparo—. Nosotros ahora vamos a traer más pruebas y opiniones de otros expertos en etología y veterinarios que no tengan intereses. Porque en Argentina no hay mucha gente dispuesta a meterse en esto. Hay veterinarios que no quieren estar en contra de sus propios colegas... el veterinario que fue a Mundo Marino hizo un informe que nosotros se lo mandamos a nuestro veterinario y hay un montón de cosas que no vio o no quiso ver o no pidió. Suponemos que porque no es experto en orcas.

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En los senderos del predio de Mundo Marino se filtran los últimos rayos de sol. Son las seis de la tarde del sábado de marzo de 2025. Dentro de unos minutos el parque cerrará sus puertas. El show de Kshamenk acaba de terminar: la orca atravesó una compuerta de hierro y quedó flotando en una pequeña pileta contigua. Algunas de las parejas, familias y estudiantes que estaban sentados en las gradas del anfiteatro se acercan a la pileta principal para sacarse fotos con un grupo de delfines que quedaron nadando bajo el cuidado del entrenador. El hombre ataviado con un traje de neoprene, que durante el show acarició la cabeza de Kshamenk y lo alimentó con bolas de pescado, tiene 23 años y, visto de cerca, rasgos de niño: ojos achinados, pestañas arqueadas, la cara llena de pecas. Trabaja en Mundo Marino desde hace tres años. Antes de trabajar en el oceanario era repositor en un supermercado de San Clemente del Tuyú: no sabía nadar, sumergirse en el agua le daba miedo y el contacto más cercano que había tenido con animales había sido con caballos. Cuando lo contrataron de Mundo Marino rotó por varios sectores del parque hasta que lo designaron como cuidador en el Albergue de los Lobos: un sitio con piletones donde una colonia de lobos marinos hace un show. Después de trabajar durante un año y medio ahí, lo trasladaron al anfiteatro donde vive Kshamenk.

—Sinceramente uno trata de dar lo mejor—dice el entrenador encogiéndose de hombros—. A fin de cuentas, nosotros somos lo único que la orca tiene acá disponible.

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“Murió Kshamenk, la orca rescatada de un varamiento en San Clemente”. Así se titula el comunicado que publica Mundo Marino el domingo 14 de diciembre de 2025 al mediodía. Informa que la orca falleció durante la mañana de un paro cardiorrespiratorio y que “todo indica que se trató de un cuadro asociado a su avanzada edad”. Unas horas después, en más de 20 grupos de Facebook de pobladores de San Clemente del Tuyú, aparece el video del timelapse de Kshamenk, con su cuerpo inmóvil sumergido en la pileta, y sobre la imagen, en letras blancas sobre fondo negro, el mensaje: “Buscamos información, fotos y/o videos sobre la muerte de la orca Kshamenk en Mundo Marino. Si cuentas con ellas, por favor contáctanos, mantendremos tu identidad resguardada y te recompensaremos por ella”. La que escribe el posteo es Marketa Schusterova.

—El cuerpo de Kshamenk ya no está en Mundo Marino —dice por teléfono ese mismo domingo por la noche, desde su casa en Toronto—. Cuatro horas después de que comunicaran que había fallecido, mi piloto fue a filmarlo con el dron. El tanque estaba completamente vacío y limpio. Es todo muy extraño. Es una orca muy grande y es imposible que la hayan sacado por los accesos, porque son muy pequeños. Necesitás al menos una grúa para sacarla. Pareciera que ni siquiera hicieron la autopsia.

Cuando muere un animal en un acuario o un zoológico, se realiza una necropsia, un procedimiento similar a la autopsia que se hace para estudiar un cadáver humano. Se revisa el estado de todos los órganos —un proceso que lleva varias horas, según el tamaño del animal y la complejidad del caso— y se toman muestras para analizar en profundidad. Los resultados —que tardan semanas o meses— permiten determinar la causa exacta de la muerte y tomar medidas preventivas para que el resto de los animales que viven en el acuario o zoológico no se contagien enfermedades. ¿Es posible que la necropsia de Kshamenk se haya realizado en apenas unas horas?

“Sí, se realizó la necropsia y se tomaron muestras y se mandaron a analizar, pero todavía no están los resultados”, asegura la encargada de prensa de Mundo Marino, que el mismo domingo accede a responder preguntas por mensaje de texto. A la consulta sobre cómo encontraron a Kshamenk sin vida, responde: “Fue un momento difícil. Si bien es parte de un proceso natural, porque ya era una orca que había pasado el promedio de expectativa de vida para una orca macho, nunca es fácil despedirse de un ser amado como lo es Kshamenk”. A la pregunta de cómo hicieron para trasladar el cuerpo de la orca: “Con la ayuda de equipo especializado y de acuerdo a normativas vigentes en el país”.

—San Clemente es un pueblo chico y la mayoría de los que viven ahí trabaja en Mundo Marino. Alguien va a querer hablar, especialmente si les digo que les doy tres, cuatro o cinco mil dólares de recompensa —dice Marketa Schusterova—. La orca no murió hoy. Estoy segura que fue el sábado por la noche. Seguramente la eutanasiaron, porque desde hace varios días circula el rumor de que quieren cerrar el parque por falta de visitantes, y después hicieron todo muy rápido para evitar el dron filmándolo. Todo indica que hicieron lo mismo que hace unos años hicieron en Estados Unidos con Tilikum, la orca de SeaWorld, cuando falleció. Era una orca muy grande y era difícil sacarla del tanque, así que la cortaron en pedacitos para poder sacarla. Creo que a Kshamenk lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al océano o lo quemaron.

La encargada de Mundo Marino asegura que no fue así como sacaron el cuerpo de Kshamenk de la pileta. “Mundo Marino tiene un protocolo propio”, dice, pero no explica en qué consiste el protocolo.

—Una pregunta fundamental es qué van a hacer con los restos de Kshamenk —señala el museólogo Claudio Bertonatti—. Sería importante que no sean destruidos o desechados como residuos patogénicos y que tengan algún destino útil para la conservación de la especie como, por ejemplo, ser derivados a un museo de ciencias naturales.

Al ser consultada por el destino de los restos de Kshamenk, la encargada de prensa de Mundo Marino explica que “se recibió una autorización y fiscalización para enterrar el cuerpo en un predio especial, debido al tamaño de la orca y las complicaciones para su traslado a un centro de tratamiento especializado”, y cita la ley provincial 11.347. La norma determina que todos los deshechos que puedan ser potencialmente tóxicos para el suelo, el agua o el aire deben enterrarse en un predio especial, y que no debe trascender la dirección, para evitar que las personas se acerquen.

El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.

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La cautiva

La cautiva

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El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.
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El final de Kshamenk, la última orca que vivió en cautiverio en Sudamérica, es tan oscuro como las circunstancias que la colocaron en una pileta de Mundo Marino, el oceanario argentino que fue su hogar durante más de 30 años. En medio, se agitaron las aguas de una batalla por trazar los límites éticos del entretenimiento, la captura y la conservación de los grandes mamíferos marinos.

La bestia de lomo negro que pesa cuatro mil kilos y podría matar a cualquiera de los espectadores merodea silenciosamente en las profundidades de la pileta, mientras los turistas se acomodan en las gradas con gaseosas y tarros de palomitas de maíz. En el anfiteatro hay familias con niños. Hay parejas. Hay alumnos de escuela primaria que vinieron en micros escolares desde otras provincias. Hay una atmósfera de expectante algarabía.

—Bienvenidos a Refugio de mar —dice, apenas se sientan, la voz serena y melodiosa de una locutora amplificada por los altoparlantes. 

Son las cinco y cuarto de la tarde de un sábado soleado de marzo de 2025 cuando aparece el entrenador. Sale desde atrás de una escenografía de rocas marrones hechas con yeso, que tiene una pantalla gigante incrustada en el centro y debajo, en letras mayúsculas, el nombre del lugar: “Mundo Marino”. El hombre camina por una explanada ataviado con un traje negro de neoprene, cargando una pequeña heladera roja de plástico. Cuando llega al borde de la pileta, abre la heladera y saca una bola de pescado.

—¿Conocen a Kshamenk? —dice la locutora.

Un animal asoma su cabeza negra y brillosa en medio del agua. Se alcanzan a ver tres manchas blancas —dos pequeñas a la altura de los ojos, una más grande bajo la boca— que le dibujan una expresión sonriente. Apenas se detiene al borde de la pileta, el entrenador le acaricia la cabeza y tira la bola de pescado entre sus dientes filosos.

—Para nosotros es muy especial porque lo rescatamos cuando era un cachorro.

El animal vuelve a sumergirse y nada en círculos. En la superficie de la pileta solo alcanza a verse su aleta dorsal: es negra, mide casi dos metros y está totalmente doblada hacia un lado. El público sigue su trayectoria desde las gradas con ojos extasiados. Algunos suspiran, otros aplauden. Esa aleta doblada es una gracia maldita: solamente se ve en los animales de su especie que están cautivos. Los especialistas en mamíferos marinos la llaman “aleta colapsada” y no saben con exactitud su causa. Algunos lo atribuyen a la falta de actividad. Otros aseguran que es la señal de que están estresados, deprimidos. Kshamenk, que vive en la pileta del oceanario Mundo Marino desde hace 33 años, lleva en su cuerpo la marca de una tragedia. Es la última orca en cautiverio de toda Sudamérica.

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Marketa Schusterova nació en 1975 en Checoslovaquia: un pequeño país sin salida al mar, situado en el centro de Europa, que en aquel entonces estaba gobernado por un régimen comunista. Durante su infancia, ni ella, ni su madre —que trabajaba en el Museo Nacional de Praga—, ni su padre —comerciante del rubro de la construcción— pudieron salir del país: el gobierno imponía a los ciudadanos que tramitaran permisos especiales para poder viajar al extranjero, y esos permisos eran muy difíciles de obtener. Para cuando Marketa Schusterova llegó a la mayoría de edad, el régimen comunista ya había caído y los ciudadanos checoslovacos pudieron volver a viajar libremente por el mundo: ella conoció Bélgica, Reino Unido, Alemania hasta que se instaló en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, a orillas del lago Ontario, para estudiar fotografía. Durante unas vacaciones en República Dominicana, contrató una excursión que incluía una clase de buceo. Apenas se sumergió, aquella mujer que había nacido en un pequeño país sin salida al mar se fascinó al ver peces de colores, mantarrayas, delfines. Al regresar a Toronto, hizo un curso de buceo y se especializó en fotografía subacuática. Un tiempo después, viajó a las cataratas del Niágara, en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, para conocer Marineland, uno de los parques con animales marinos más famosos del mundo. Allí vio, por primera vez, una orca.

—Era un animal inmenso y estaba en un lugar tan pequeño y sin actividad… que tuve un sentimiento de enojo tan grande que…. Fue como un llamado.

Son las tres de la tarde de un sábado de fines de marzo en Toronto, las cuatro de la tarde en Buenos Aires. Marketa Schusterova hace una pausa en la videollamada y su imagen —cabello rubio atado en un rodete, suéter fucsia— se vuelve pequeña. Aparecen, en el centro de la pantalla, fotografías que muestra desde su computadora. En la primera está con un traje de neoprene y una máscara de buceo, recortada sobre un fondo azul donde merodean siete tiburones. La segunda es una imagen cenital de ella sacándole una foto a un cocodrilo que permanece a centímetros de su cuerpo. En la tercera, se la ve nadando pegada a una inmensa ballena: el animal es tan macizo que parece un submarino.

—En mis viajes posteriores pude ver libres en el mar a todos los animales que están encerrados en esos parques. Vi que sus personalidades son totalmente distintas.

Marketa Schusterova comenzó a trabajar como fotógrafa en documentales de naturaleza. En paralelo, se unió a una oenegé de conservación de animales marinos como voluntaria. Tiempo después, fundó junto a un compañero su propia oenegé. La llamaron Urgent Seas. Su primera acción de activismo fue sobrevolar las instalaciones de Marineland con el dron con el que trabajaba para los documentales. Quería filmar qué hacían los animales cuando el parque estaba cerrado. Desde el cielo, logró identificar la pileta de la orca. La vio completamente sola, inmóvil en medio del agua. La filmó durante horas en estado de letargo. Subió un fragmento del video a las redes sociales de la oenegé. En pocas horas, el video se viralizó. “La ‘orca más solitaria del mundo’ vive en un parque temático cerca de las cataratas del Niágara”, publicó el 10 de diciembre de 2021, dos meses después de publicado el video, el Toronto Star, el diario más importante de Canadá. La foto de la orca estaba en la tapa.

Schusterova regresó a filmar a la orca cada dos semanas. Comenzó a ser testigo de los cambios en su peso, en su estado de ánimo, en el agua de la pileta, que a veces estaba completamente turbia. Un día de marzo de 2023 notó que no nadaba bien. Le pareció un presagio. La orca murió dos días después por una infección. Consternada, la mujer se propuso redoblar su apuesta, adelantarse a otros casos en los que pudiera ocurrir lo mismo, armar un “inventario” de todas las orcas en cautiverio. Mientras googleaba oceanarios del mundo, encontró un video que la desconcertó: era de una orca que vivía en una pileta diminuta. Tan pequeña que dudó si no estaba trucado. La imagen más desoladora que había visto en su vida. “Tengo que hacer algo por ella”, se dijo. Esa orca era Kshamenk.

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Media hora antes de sentarse en las gradas para ver a la orca, los espectadores pasaron por una pequeña sala de proyecciones contigua al anfiteatro para ver un corto audiovisual sobre rescates de animales realizados por Mundo Marino. En la secuencia más vertiginosa, registrada con cámara en mano, una docena de hombres sumergidos en el mar con flotadores naranjas empujaban el cuerpo de un inmenso animal hasta la playa, mientras la voz en off de una locutora narraba, con tono épico, que en noviembre de 1992 alguien avisó al oceanario que había una orca varada en la playa. Que cuando llegaron la encontraron sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. Que tuvieron que trasladarla al oceanario para salvarle la vida. Que “durante el largo tiempo que duró su rehabilitación, Kshamenk adoptó a sus cuidadores como su nueva familia”.

—A Kshamenk lo cazaron en un varamiento forzado —asegura María José Fernández una mañana de abril de 2025, en un estudio de abogados que funciona en el octavo piso de un edificio antiguo, con puertas de madera maciza y un ascensor que parece una jaula de metal, ubicado en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires.

Fernández es una abogada especializada en derecho animal de 41 años, menuda, de ojos almendrados y voz suave que en 2021, junto a otras nueve personas, fundó Derechos Animales Marinos para luchar por la liberación de Kshamenk. Una agrupación que todas las semanas replica videos de la orca en la pileta en sus redes sociales —uno de los cuales vio Marketa Schusterova desde su casa en Canadá—, y que, a partir de una investigación, halló una denuncia judicial anónima en la que alguien aseguraba que “en 1992 Mundo Marino organizó una expedición de captura de orcas, en la que obligó a participar a algunos de los empleados bajo pena de despido (...) Literalmente las arriaron hacia la bahía, donde esperaron que bajara la marea y que las orcas quedaran con pocos centímetros de profundidad y no pudieran moverse (...) Allí eligieron cuatro ejemplares para llevarse (…) tres fueron transportadas al acuario: una de ellas murió durante el viaje, estaba muy estresada (…) Las dos restantes fueron puestas en un tanque (…) Esa misma noche se empezaron a escuchar golpes, y cuando llegaron al tanque encontraron el agua llena de sangre, y una de las orcas muerta. Había golpeado la cabeza contra las paredes del tanque hasta que le estalló el cráneo (…) La orca sobreviviente de la masacre fue Kshamenk”.

Pasadas más de tres décadas de la llegada de Kshamenk a Mundo Marino, las versiones cruzadas sobre cómo fue su desembarco en la pileta del oceanario agitan las aguas de un conflicto de escala internacional.

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En 1964, el Acuario de Vancouver, una institución de Canadá pionera en emplear científicos para investigar a los animales marinos, encargó a un escultor la réplica de una orca en tamaño real. El hombre intentó cazar una orca con un arpón para usarla como modelo, pero el animal sobrevivió: el acuario decidió aprovechar la ineptitud del escultor y exhibir al animal vivo. La bautizaron Moby Doll. Fue la primera orca cautiva del mundo.

Hasta ese momento, de las orcas —Orcinus, su nombre científico— se sabía que son el miembro más voluminoso de la familia de los delfines, que se encuentran en todos los mares del planeta, que viven en manadas numerosas, nadando hasta 200 kilómetros por día, que pueden llegar a vivir hasta 90 años, que son las superpredadoras del océano —se alimentan de más de 200 kilos de pescado al día—. También, que los antiguos marineros las bautizaron “ballenas asesinas” porque las vieron cazar ballenas: animales de un tamaño hasta seis veces más grandes que ellas. Gracias a Moby Doll, que sobrevivió en cautiverio tan solo 87 días, los científicos pudieron observar a las orcas de cerca y conocer, por ejemplo, la sofisticada forma en la que se comunican entre sí por ondas de sonido, o advertir su considerable inteligencia: la llamada ballena asesina era capaz de aprender las piruetas que les enseñaban los entrenadores humanos con la docilidad de un perro.

A partir de las desventuras de Moby Doll, las orcas se posicionaron en el epicentro de un negocio pujante: más de 220 fueron confinadas y exhibidas en oceanarios del mundo. Los años sin cazar, nadando en círculos dentro de pequeñas piletas y emitiendo ondas de sonido que rebotaban contra las paredes de esos tanques las convirtieron en estrellas inquietantes. En la nochebuena de 2009, Keto, una orca que vivía en un acuario de Tenerife llamado Loro Parque, arrastró a su entrenador hasta el fondo de la pileta y desgarró sus órganos vitales hasta matarlo. Dos meses después, Tilikum, una orca del oceanario SeaWorld de Orlando famoso por convertirse en el mayor macho procreador en tres décadas de cautiverio —21 hijos engendrados—, mordió el hombro de su entrenadora, le fracturó las costillas, la mandíbula y dejó su cuerpo inerte flotando en el tanque frente al público. El origen de esos ataques, y de otras decenas de agresiones de orcas a humanos registradas en seis décadas de cautiverio en oceanarios, según biólogos marinos, es el trauma que les provoca ser capturadas y alejadas del mar.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”: una orca que jurídicamente es igual que los glaciares de la cordillera de los Andes, los sitios arqueológicos de la Patagonia y las cataratas del Iguazú.

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En la ruta de camino hacia San Clemente del Tuyú hay carteles publicitarios con fotos de delfines y de una orca con la leyenda: “Vení a conectarte con la naturaleza en Mundo Marino”. Las calles en San Clemente del Tuyú —una localidad balnearia gris y ventosa con 16 mil habitantes ubicada al final de una bahía, en la costa atlántica argentina— son casi todas de arena, salvo por una arteria asfaltada que atraviesa la ciudad de punta a punta y desemboca en Mundo Marino. En la entrada del oceanario hay una explanada de estacionamiento con palmeras y unos pocos autos y micros con contingentes turísticos. En las boleterías —seis ventanillas bajo un techo de chapa azul eléctrico donde se cobra una entrada de casi 40 dólares—, reina un silencio de siesta. Al ingresar al parque, después de bordear una fuente con una escultura de una orca y un delfín, aparecen, amontonados en un rincón, carritos de bebé con forma de orca que se alquilan por siete dólares. A partir de ahí se abren senderos que se ramifican alrededor de las 40 hectáreas que ocupa el predio. Los senderos llevan hacia estanques con pingüinos, tiburones, hipopótamos, delfines; un anfiteatro donde hacen un show un grupo de lobos marinos; un extenso lago artificial con flamencos; un bosque con búfalos, carpinchos, antílopes, monos, ñandúes, ciervos, cebras; el anfiteatro donde está la orca. También pasan por tiendas de recuerdos que venden vasitos, peluches, llaveros, remeras decoradas con orcas y delfines; locales de comida rápida con sogas dispuestas para ordenar filas que permanecen completamente vacías. Por los senderos andan sueltos los pavos reales, pero casi no se ve gente: la sensación es la de caminar sobre las ruinas de un pasado esplendoroso.

Ese mismo predio, 50 años atrás, era apenas un cangrejal en el extremo de un pueblo al que ni siquiera llegaban las líneas de teléfono. Así se lo describe en Cómo nació Mundo Marino. Historia de David Méndez, libro publicado en 1991, en cuya tapa hay una foto de una orca que emerge de la pileta con un entrenador completamente erguido sobre su trompa, y de fondo, la escenografía de rocas marrones hechas con yeso y la leyenda “Mundo Marino” grabada en letras mayúsculas. Trata sobre las peripecias de don David Méndez, un hombre que comenzó trabajando como obrero de la industria metalúrgica, inventó los primeros calefones eléctricos de la Argentina, se volvió un empresario exitoso del rubro de los calefones y, por esas cosas de la vida, terminó entrenando al único grupo de orcas cautivas del país.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”..

El momento bisagra que relata el libro ocurre en 1966, cuando Méndez, ya devenido en empresario, visita un acuario en Miami. “Me llamó mucho la atención las piruetas que hacían los delfines. Saqué gran cantidad de fotografías, quedé realmente entusiasmado —cuenta Méndez—. Entendí que hacía falta en nuestro país mostrar esta parte de la naturaleza. Pensé en lo hermoso que sería poder hacer algo similar en la Argentina”. De regreso al país, se entera que uno de sus socios en la fábrica de calefones los vendía a un precio mayor y se quedaba con la diferencia. Amargado, vende su parte de la empresa y lo invierte en un inmenso terreno en San Clemente del Tuyú, el pueblo al que solía ir de pesca, donde se muda en compañía de sus cuatro hijos y su esposa. Allí tiene una epifanía: si rellena ese terreno con arena, puede emparejarlo y abrir un camping. Según el libro, el negocio prospera rápido: en apenas unos meses Méndez trae una línea de teléfono que sería la primera del pueblo, mejora las instalaciones del camping, construye una pileta. Mientras todo eso sucede, en su vida personal, lo que podría haber sido un trauma —fallece su esposa— es apenas un contratiempo —Méndez se casa con la hermana de su esposa—. La fantasía de abrir un acuario inspirado en el que vio en Miami se precipita un día en que recibe el llamado de un pescador de la zona. El hombre le avisa que encontró dos delfines lastimados en la playa y le pide alojarlos en la pileta del camping. Méndez accede. Los cura con ayuda de veterinarios de la zona. En San Clemente se corre el rumor de que hay dos delfines en una pileta: la gente comienza a visitar el camping para verlos. A partir de ese momento, cada vez que alguien encuentra un cachorro huérfano, un pingüino empetrolado, una tortuga herida en la costa, lo lleva al camping. Méndez los cura y los libera, pero los animales vuelven al camping buscando comida y cuidado. El 6 de enero de 1979, con dos delfines, cuatro elefantes marinos, dos lobos marinos y unos cuantos pingüinos, David Méndez funda Mundo Marino. “Todo se iba desarrollando normalmente, pero se modificó —cuenta en el libro— el día en que apareció, en San Clemente, una orca”.   

8 de agosto de 1985: Méndez recibe el aviso de que un gran tiburón quedó atrapado en el fango de un cangrejal. Cuando va a su rescate, descubre que se trata de una orca bebé. Con la ayuda de algunos voluntarios, la traslada al oceanario y la salva. La bautiza Milagro. Envía a uno de sus hijos a un oceanario de Estados Unidos para que aprenda cómo se entrena a una orca y, en paralelo, construye una pileta con una tribuna para el público. Tres años después, en una de sus caminatas matutinas, el sacerdote del pueblo encuentra otra orca varada en la costa. Méndez va a su rescate. La salva. La bautiza Belén. Milagro y Belén conviven armoniosamente en la pileta, comienzan a dar shows, hasta que en 1991, Milagro muere por un colapso vascular. Belén queda sola. Un año después, ocurre lo que en Mundo Marino se encargan de repetir hasta el día de hoy: aparece varada en la costa otra orca. Sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. La trasladan al oceanario. La salvan. La bautizan Kshamenk. En ningún lado figura por qué eligen ese nombre. Kshamenk, en lengua ona, significa “orca”: quizás, para Méndez, encontrar a Kshamenk fue una señal de abundancia. Los onas eran un pueblo indígena nómade que vivía en el extremo sur de la Patagonia argentina, frente al canal de Beagle, y cazaban animales terrestres —guanacos, zorros, roedores—, pero si aparecía una ballena varada en la costa, lo tomaban como un mensaje espiritual: la tribu se reunía alrededor del animal, celebraban un festín y se abastecían de su carne y de su grasa.

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—La orca estaba en la pileta más pequeña que vi en mi vida. Y no se movía. No puedo ni hablar de eso —dice Marketa Schusterova en la videollamada, la voz quebrada—. Empecé a buscar más videos y no encontré ninguno. Esa orca no tenía publicidad.

Schusterova googleó a la agrupación que posteaba el video, Derechos Animales Marinos. Les escribió un mensaje a la cuenta de Instagram. Desde Argentina, le respondieron casi al instante. Lo primero que le confirmaron era que Kshamenk medía casi siete metros y que la pileta de cemento en la que vivía en Mundo Marino medía apenas 12 metros de diámetro. Que existe una Ley de Oceanarios en Argentina que establece que la pileta debería medir al menos el doble que el animal, pero no se cumple.

—Básicamente le dijimos que estaba metido en una palangana —recuerda María José Fernández en el estudio de abogados.

En el intercambio de mensajes con Marketa Schusterova le contaron que eran un grupo de 10 personas —animalistas, abogados y trabajadoras del Juzgado N°4 del fuero Contencioso Administrativo, Tributario y de Relaciones de Consumo de la Ciudad de Buenos Aires— que años atrás habían participado de los dos casos que refundaron el Derecho Animal en Argentina: la prohibición de las carreras de perros galgos, un negocio clandestino que se había extendido en todo el país y llevaba a la tortura y a la muerte a miles de perros de esa raza, y la declaración de una orangutana llamada Sandra, que vivía en el zoológico de Buenos Aires, como “persona no humana y ser sintiente” sujeto de derecho, lo que sentó un precedente que hizo su caso mundialmente famoso y derivó en que fuera sacada de exhibición y trasladada hacia un santuario, un espacio similar a su hábitat natural, en Estados Unidos. Ahora se habían unido por la liberación de Kshamenk. Incluso le comentaron que habían presentado un proyecto de ley en el Congreso de la Nación, que llamaron Ley Kshamenk, que buscaba prohibir la exhibición y cautiverio de animales marinos sin fines de rehabilitación o reinserción, acompañada de casi 700 mil firmas apoyando el proyecto, pero los funcionarios no lo trataron y no había logrado tomar estado parlamentario.

—Para hacer el proyecto de ley yo pagué la entrada de Mundo Marino, fui con una fotógrafa a registrar todo el show y ver cómo estaba la orca. Entramos tipo… que no nos descubran porque nos sacan a patadas. Cuando vi a Kshamenk ahí, no... es como... difícil, pobre gordito —dice Fernández, la voz se le quiebra y empieza a llorar, pide perdón, busca en su bolso un paquete de pañuelos descartables—. Verlo ahí, en vivo y en directo, en una piletita, fue terrible. Estar tan cerca y decir “ay, no puedo hacer nada por vos, pero ya vamos a poder hacer algo”.

Schusterova les dijo que ella podía ayudarlos a hacer su lucha famosa. Tres meses después de contactarlos, en septiembre de 2023, se tomaba un avión rumbo a Buenos Aires.

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“¡Palmas, palmas, palmas!”. En el anfiteatro suena una música pegadiza y un hombre arenga desde las gradas. El entrenador se acerca al borde de la pileta, acaricia la cabeza de la orca y arroja una nueva bola de pescado a la pileta. Kshamenk la tritura en segundos, se sumerge y aparece en el otro extremo, sobre una plataforma, su inmenso cuerpo completamente fuera del agua. Choca la cola contra la plataforma para salpicar a los espectadores sentados en las primeras filas de las gradas y luego, como si quisiera esconderse después de hacer una travesura, se desliza hacia atrás para caer en la pileta. Desaparece como un rayo.

—Les cuento un poco más de la historia de Kshamenk —dice entonces la locutora—. Después de que lo rescatamos, cuando él se recuperó, se consultó a distintos expertos en orcas sobre la posibilidad de que regrese al mar. Todos los profesionales coincidieron en que reinsertarlo sin su manada y sin saber cazar era condenarlo a un triste desenlace. Además, no se conoce ningún caso exitoso de reinserción de orcas.

Hubo una sola orca reinsertada al océano después de años de cautiverio: Keiko. Había sido cazada en las aguas de Islandia en 1978 a los dos años de edad, trasladada primero a Marineland, en las cataratas del Niágara, y luego vendida a Reino Aventura, un parque de diversiones en Ciudad de México. Su suerte cambió cuando la productora de cine Warner Bros. comenzó a buscar una orca para que protagonizara una película. El guion era sobre un niño huérfano de 12 años que se hace amigo de una orca que vive atrapada en un acuario, y logra conducirla hasta el océano y liberarla. Los cazatalentos de Hollywood primero buscaron una orca en SeaWorld, pero los dueños leyeron el guion y se escandalizaron con el mensaje de emancipación de las orcas que transmitía. Se negaron a prestar una de sus orcas para el cine. La oferta llegó a los dueños de Reino Aventura, a quienes, en cambio, la participación de su orca en el cine les pareció una buena oportunidad para paliar los magros ingresos que tenían durante la temporada de invierno. Liberen a Willy se estrenó en 1993 y batió récords de taquilla: recaudó más de 150 millones de dólares. Su éxito llevó a que los espectadores quieran saber más sobre la verdadera vida de la orca que encabezaba el elenco. Las noticas revelaron que, en Reino Aventura, Keiko vivía en una pileta de apenas 6.3 metros de profundidad, tenía lesiones en la piel y la aleta dorsal colapsada. Fue tal la zozobra que generaron, que la gente empezó a donar dinero para Keiko. Organizaciones ecologistas, biólogos marinos, filántropos internacionales y Warner Bros. crearon la Fundación Liberen a Willy, y recaudaron 20 millones de dólares para liberarla.

Más de 100 mil personas fueron a despedir a la orca el día que partió desde Reino Aventura en camión. La trasladaron, con escoltas policiales, hacia un avión que tenía un gigantesco estanque con agua de mar. Aterrizó en otro estanque, en Estados Unidos, donde comenzó su rehabilitación. Dos años después, la llevaron en otro avión hacia un corral marino en Islandia. Un equipo de entrenadores le enseñó de nuevo a cazar, a nadar grandes distancias y a socializar con otras orcas hasta que pudo alcanzar el hito: fue liberada en Islandia, en las mismas aguas donde había sido cazada cuando era un cachorro, en 2002. Pero constantemente buscaba alimento y contacto humano en las embarcaciones con las que se cruzaba. Después de un año en libertad, contrajo neumonía. El 12 de diciembre de 2003, con 26 años de edad, falleció. La muerte de Keiko dejó flotando una pregunta en el océano de la incertidumbre: ¿una orca que estuvo cautiva debe regresar al mar?

"Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso."

“La experiencia de Keiko demostró que la liberación de animales que han estado cautivos por largo tiempo es especialmente desafiante y, si bien a nosotros, como humanos, nos puede resultar atractivo liberarlo, la supervivencia y el bienestar del animal pueden verse gravemente afectados”, concluyó un estudio científico sobre su liberación publicado en 2009 en la revista Marine Mammal Science. “Sobre el final de su vida Keiko ganó más de 1 365 kilos, volvió a relacionarse con orcas salvajes e incluso mostró signos físicos de intentos de apareamiento, todo mientras prosperaba en las aguas que la vieron nacer”, asegura, en contraposición, la sinopsis de Keiko, la historia no contada, una película estrenada en 2010 que reúne los testimonios de quienes participaron de su liberación, disponible en la plataforma Vimeo. Sobre el final de la película, después de los créditos, van pasando uno a uno los nombres de las orcas aún cautivas y el lugar del mundo en el que viven. El último nombre que aparece en la lista, antes del fundido a negro, es el de Kshamenk.  

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Liberen a Willy la quisieron filmar en Mundo Marino y los dueños no quisieron. Un año después yo viajé en persona a San Clemente y los pude convencer de hacer la telenovela. No fue nada fácil, pero matcheamos en el mismo objetivo, de hacer conocer a estos animales.

La voz de Gustavo Bermúdez por teléfono tiene un tono sereno, y por momentos, se vuelve carrasposa. Responde el llamado desde Madrid, donde se encuentra presentando una comedia romántica que codirigió junto a otro actor argentino en un festival de cine. Bemúdez tiene 60 años y en los últimos 40 años actuó en más de 25 novelas emitidas en la televisión local de aire. Protagonizó algunas de las más emblemáticas, como Pelito, Celeste siempre Celeste y Alén, Luz de Luna. Con Nano, la telenovela filmada en las instalaciones de Mundo Marino, se consagró en la categoría de “galán de telenovela”.

—Yo siempre había tenido el deseo de nadar con delfines y orcas y lo pude hacer realidad a través del personaje de Nano. Al principio me daba un poco de miedo meterme a la pileta, hasta que un día el entrenador me dijo “tirate”. Empecé a nadar con Belén, que por ser hembra era más dócil, y poco a poco me fui acercando a Kshamenk. La primera vez que me metí con él se me venía encima, arrimándose muy suavecito, y yo dije “uy, qué hago acá” —Bermúdez hace un silencio—. Pero a partir de ahí fue una experiencia impresionante. Yo me paraba encima y las orcas me llevaban como si fuera una tabla de surf. Por suerte cuando lo hice no sabía que en otras partes del mundo habían matado entrenadores. 

Nano, emitida en la pantalla de Canal 13 en el horario central de las ocho de la noche durante 1994, un año después de Liberen a Willy, mezclaba el romance, el policial, la ecología y la integración. Sus capítulos alcanzaron picos de rating de casi un millón de espectadores. Bermúdez encarnaba a un entrenador de orcas que por las noches se convertía en una suerte de Robin Hood contemporáneo y robaba a los más ricos para repartir el botín entre los más necesitados, mientras mantenía un romance clandestino con una mujer sordomuda interpretada por Araceli González, que hasta encarnar a ese personaje era una modelo famosa por ser la cara de la lencería más conocida de Argentina y que por su actuación en Nano ganó un premio Martín Fierro, el máximo galardón de la televisión argentina, como “revelación” del año. A diferencia de Liberen a Willy, en ningún punto de la trama se cuestionaba que las orcas permanecieran cautivas en el oceanario.

—Cuando hicimos la telenovela era otro planeta, éramos muy ignorantes con muchas cosas, viste. Yo sé que es muy difícil reinsertar a las orcas cuando ya estuvieron en cautiverio —dice Bermúdez al teléfono—. Se fue evolucionando, y me parece bien que si encontrás cómo se puede salvar un animal, se haga. Lo que pasa es que las orcas van en familia, y es muy difícil una vez que vos encontrás una sola insertarla, algo así. Pero yo soy un simple actor que trabajó en ese momento donde los animales en cautiverio no eran un impedimento.

Mientras Liberen a Willy se transformó en una saga en las siguientes dos películas se usaron imágenes de orcas salvajes y modelos animados para reemplazar a Keiko— y Nano se transmitió en más de 70 países, se dobló a 20 idiomas y hasta tuvo una versión latina en Univisión, una cadena de televisión estadounidense dirigida a una audiencia hispana, en San Clemente del Tuyú, Mundo Marino batía sus propios récords: 15 mil personas llegaban a visitar el acuario en un solo día. Animados por la popularidad alcanzada por sus dos orcas, los dueños del oceanario proyectaron agrandar la pileta del anfiteatro y reproducirlas. Belén quedó embarazada de Kshamenk y después de 16 meses de gestación, en noviembre de 1998, dio a luz a un cachorro, que nació muerto. Al año siguiente volvió a quedar preñada, pero en el cuarto mes de embarazo sufrió una infección renal presuntamente provocada por un resto de placenta del embarazo fallido, y falleció. Cuando Kshamenk quedó solo en la pileta, Argentina se hundía en una de las crisis económicas más profundas de su historia.

A fines de 2001, a los dueños de Mundo Marino se les ocurrió aprovechar su condición de macho reproductor, que lo valuaba en más de un millón de dólares, para exportarlo. La primera oferta la hizo el oceanario Six Flags Worlds of Adventure de Ohio, Estados Unidos: propuso trasladarlo hacia sus instalaciones en una suerte de préstamo “con fines reproductivos”. Lo iban a cruzar con una hembra que habían traído especialmente de Francia. Se comprometían a entregar a Mundo Marino el tercer cachorro de orca que tuvieran. Mundo Marino pidió al Estado argentino la autorización para exportar a Kshamenk basándose en la figura legal ress nullius, que significa “cosa de nadie” en latín, y designa a alguien como propietario de cosas que no tienen dueño. Más de 30 conservacionistas y científicos del mundo salieron al cruce: “Dar un permiso para que la orca salga del país alienta a la industria del tráfico de estos animales a mirar hacia la Argentina en busca de más y más”, sentenció desde Inglaterra Erich Hoyt, cofundador del Comité Internacional de Áreas Protegidas de Mamíferos Marinos, un científico que fue condecorado con la Excelentísima Orden del Imperio Británico por sus aportes a la conservación de los cetáceos. En junio de 2002, el Defensor del Pueblo de Argentina se acopló a la opinión de los expertos y recomendó por resolución no autorizar la exportación de Kshamenk.

“Un particular no puede obtener beneficios económicos de la orca”, sentenció el gobierno argentino, y denegó el permiso para su exportación. Bajo la Ley 22.421 de protección de la fauna silvestre, Kshamenk fue declarada, como ya se mencionó, “bien público” del Estado. Desde entonces, Kshamenk ha sido solo un huésped honorable del oceanario: Mundo Marino tiene su custodia a través de una “tenencia precaria”. Kshamenk quedó bajo la órbita del área de Pesca del Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires, cuya misión es realizar inspecciones periódicas al oceanario y revisar su estado de salud. Los funcionarios del área fueron contactados para dar testimonio en esta nota, pero después de insistir con el pedido de entrevista durante dos meses, desde el área de prensa del Ministerio dejaron de responder los mensajes.

—Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso.

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Diecisiete horas duró el vuelo de Marketa Schusterova desde Toronto hasta Buenos Aires. Apenas arribó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, alquiló un vehículo y manejó por la ruta hasta San Clemente del Tuyú. Al otro día se despertó bien temprano y fue hasta un descampado cercano al oceanario. Sacó su dron de la mochila. Lo remontó en dirección a Mundo Marino. Fue siguiendo su trayectoria desde su celular hasta que identificó el estacionamiento de entrada de Mundo Marino, totalmente vacío a esa hora, y comenzó a sobrevolar las 40 hectáreas del predio. Pasaron varios minutos hasta que pudo divisar una pequeña mancha azul. Hizo zoom: había una mancha negra dentro de la mancha azul. Se quedó unos instantes mirándola desde el cielo.

—Pasaba el tiempo y no se movía. Me largué a llorar —recuerda Marketa Schusterova en la videollamada—. Estaba psicológicamente quebrado. Parecía un animal muerto.

Horas después de observar a Kshamenk en su pileta desde el aire, Marketa Schusterova pagó la entrada al oceanario para ver el show de la orca desde las gradas.

—El público aplaudía, gritaba, claramente no entendían que su vida entera transcurre ahí. Y lo que decía la locutora me daba mucha bronca. Era todo mentira —recuerda—. Cuando salí intenté hablar con los empleados del parque, pero fue difícil. Casi nadie hablaba inglés. Con los pobladores de San Clemente con los que pude hablar tenían mucho temor de hablar mal de Mundo Marino, porque casi toda la gente del pueblo trabaja ahí. Lo ven como una gran oportunidad de trabajo. Nadie quería decir nada porque en el pasado pasaron cosas, amenazas. Me decían que tuviera mucho cuidado.

Esa misma noche, volvió al descampado a tomar imágenes de la orca con el parque casi a oscuras. Al día siguiente hizo lo mismo. La registró con su dron en distintos horarios del día y obtuvo, en total, ocho horas de filmación. Siguiendo el consejo de los pobladores de San Clemente con los que habló, que por seguridad le recomendaron que no procesara esas imágenes hasta que saliera del país, recién cuando regresó a su casa en Toronto se puso a ver los videos y notó que la orca permanecía petrificada al borde de la pileta casi todo el tiempo. Apenas se movía cuando le llevaban comida. Editó un timelapse —una secuencia de videos reproducidos en alta velocidad en la que comprimió 10 minutos de video en 30 segundos— en el que se veía a la orca inmóvil y a un delfín dando vueltas en la pileta frenéticamente alrededor suyo. Se lo compartió a los integrantes de Derechos Animales Marinos.

El 25 de septiembre de 2023 lanzaron la campaña FreeKshamenk en las redes sociales. Publicaron el video en la cuenta de Urgent Seas y de Derechos Animales Marinos con una leyenda que decía: “Kshamenk, la orca cautiva de 35 años de edad, no se mueve en todo el tiempo. No está bien y necesita ayuda inmediata. Debemos crear conciencia sobre su peligrosa existencia”. Horas después, el video ya era viral. En Tik Tok alcanzó más de un millón de vistas.

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En 2008, desembarcó en San Clemente del Tuyú una comitiva de entrenadores de SeaWorld. La cadena más famosa de parques temáticos con animales marinos —que abrió sus puertas en 1964 y tiene sedes en Orlando, Florida, San Diego, California, Texas y Emiratos Árabes— coordinaba un programa de reproducción de orcas, a través del cual colectaban semen de ejemplares para reproducirlos por inseminación artificial. Mundo Marino se acogió al programa después de quedarse sin la chance de exportar a Kshamenk. Los entrenadores de SeaWorld capacitaron a los de Mundo Marino para extraer esperma. Kshamenk fue sometido a cientos de sesiones matinales de juegos sexuales con Floppy, una delfina con la que pasó a compartir la pileta desde la muerte de Belén. Cuando lograba la excitación, tanto la delfina como Kshamenk eran “reforzados positivamente” por los entrenadores. Kshamenk comenzó a tener más erecciones. Los entrenadores pusieron en marcha el segundo paso del plan que le habían enseñado sus colegas de SeaWorld: desensibilizar sus genitales, colocar una vagina artificial y colectar su semen. En total, entre 2010 y 2014, colectaron 110 muestras. Lo hicieron entre tres entrenadores: uno manipulaba el pene de Kshamenk, otro secaba con toallas el agua salada y una tercera se encargó de colocar la vagina artificial.

"Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí."

El esperma de Kshamenk viajó hasta Estados Unidos. La orca Kasatka, que vivía en SeaWorld San Diego, California, fue inseminada: dio a luz el 14 de febrero de 2013 a una orca bautizada Makani. Al mismo tiempo, Takara, una orca que era hija de Kasatka, también fue fecundada con el esperma de Kshamenk. Dio a luz a Kamea, en SeaWorld de San Antonio, Texas, el 6 de diciembre de 2013. Ese mismo año, se estrenó a nivel mundial Blackfish, un documental centrado en testimonios de exentrenadores de SeaWorld, disponible en la plataforma de Netflix, que reveló los traumáticos efectos de la vida en cautiverio en Tilikum, la orca que vivía en SeaWorld Orlando y terminó matando a su entrenadora. “La reacción que ha producido el documental en la opinión pública ha hecho que se multipliquen los llamados para que SeaWorld ponga fin a los espectáculos con orcas y libere a la veintena de ejemplares de esta especie que mantiene en cautividad en sus parques”, informaba el portal BBC Mundo en una editorial de 2014 titulada: “El efecto Blackfish: ¿llegará el fin de los parques acuáticos?”. Acechado por las críticas, en 2016 SeaWorld publicó un comunicado en su sitio web en el que anunció el fin del programa de reproducción de orcas: “Las orcas que están bajo nuestro cuidado —decía— serán la última generación de orcas del parque”.

Makani, la primera hija de Kshamenk, todavía vive en San Diego. Es una orca “enérgica y juguetona”, según la define SeaWorld en su sitio web. En cuanto a la segunda hija de Kshamenk, Kamea, falleció el 19 de junio pasado por causas que no fueron reveladas.

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—Desde que Kshamenk fue rescatado, fue tanto el amor compartido entre él, sus cuidadores y los demás delfines, que hoy logró superar la expectativa de vida de las orcas macho— dice la locutora de Mundo Marino en el show, mientras la orca permanece al borde de la pileta recibiendo bolas de pescado que le arroja el entrenador desde la explanada—. Hoy Kshamenk ya tiene ¡35 años! y está supervisado por especialistas en nutrición y veterinarios.

Ante la solicitud de una entrevista con los especialistas en nutrición y veterinarios de Kshamenk, el responsable de comunicación de Mundo Marino, un hombre extremadamente cordial, dice que no están autorizados a hablar con la prensa. Los dueños del oceanario, que quedó en manos de los hijos de David Méndez, tampoco acceden a dar una nota. “Ellos están espantados con la prensa porque les hicieron mucho mal —explica por teléfono—. Que digan que la tienen encerrada a Kshamenk y que encima cobran entrada, lucran con ella, cuando en verdad no se la puede liberar, es una publicidad muy negativa”.

La última entrevista que dieron los dueños de Mundo Marino a un medio de comunicación fue concedida en 2013 al periodista Gonzalo Rodríguez, conocido como Gonzalito, que realizó un informe sobre el cautiverio de animales marinos emitido en Caiga Quien Caiga, un programa televisivo con una mirada satírica sobre temas políticos y sociales, luego del estreno mundial de Blackfish

—En el show los animales hacen pruebas para que las personas se diviertan. ¿Cuál es el foco principal? — le preguntaba en Gonzalito a Pepe Méndez, uno de los cuatro hijos del fundador del oceanario que quedaron a cargo de la empresa, con la escenografía de rocas marrones hechas con yeso de fondo.

—Es una forma de transmitir conocimiento sobre los animales a través de un show entretenido — respondía Pepe Méndez, vestido con una campera de cuero marrón.

En el mismo informe aparecía el mayor activista en contra del cautiverio de animales marinos del mundo, el estadounidense Richard O’Barry. Gonzalito había viajado especialmente a Miami para entrevistarlo para esa nota.

—Voy a ponerte en un estadio lleno de gente gritando, con música, y lo voy a llamar educación e investigación y conservación— decía O´Barry—. Mi única esperanza es que la gente de Argentina deje de comprar entradas para estos lugares. Es la única solución.

En los años sesenta, O’Barry había sido uno de los primeros entrenadores de delfines de oceanarios. Trabajaba en el Seaquarium de Miami, donde llegó a entrenar al delfín que protagonizó Flipper, una exitosa serie de televisión en Estados Unidos que se emitió en todo el mundo. Después de una década trabajando como su entrenador, el delfín de Flipper murió en sus brazos. Esa muerte trastocó su percepción sobre el cautiverio de animales marinos y lo llevó a fundar la oenegé Dolphin Project, con la que desde entonces lleva rescatados y liberados decenas de delfines en Haití, Colombia, Guatemala, Indonesia, Nicaragua, Brasil, Corea del Sur, las Bahamas y Estados Unidos. “La muerte de Flipper tuvo un efecto profundo en mí: me hizo dar cuenta de que los delfines no deberían estar en cautiverio y llevar esas vidas miserables”, asegura O’Barry en The Cove, un documental en el que saca a la luz la despiadada caza de delfines para oceanarios del mundo que se realiza anualmente en las costas de Taiji, Japón, que ganó el Oscar como Mejor Largometraje Documental en 2010.

—Cuando comprás la entrada de un oceanario, el gobierno se queda con una parte a través de los impuestos. Es un negocio de millones de dólares que no quieren cortar. Es decir que ellos también promueven el negocio — explica O’Barry sobre el funcionamiento de los oceanarios en el mundo, a través de una videollamada.

Es una mañana de domingo del mes de mayo de 2025. Su figura de 86 años aparece recortada sobre un fondo blanco hace desde su casa en Florida, Estados Unidos A cada rato, mientras habla, se suena la nariz con un pañuelo descartable.

—¡Y encima en Argentina la orca pertenece al Estado! El propio Gobierno está promoviendo el negocio.

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Un mes después de que se volvieran virales las imágenes de Kshamenk tomadas con el dron de Marketa Schusterova, los integrantes de Derechos Animales Marinos presentaron un recurso de amparo contra Mundo Marino en la Justicia. En el escrito, de 230 páginas y links a videos y fotos de la orca para acreditar la “visiblemente deteriorada salud de Kshamenk”, pedían que se la reconozca como “sujeto de derecho” y “persona no humana”, y se disponga la “definitiva liberación de su cautiverio”. Como primera medida cautelar urgente, solicitaban que la orca sea retirada del show.

—Para nosotros el ideal es que a Kshamenk le construyan un corral marino en la costa de San Clemente —explica María José Fernández, una de las que impulsó el amparo—. Un corral marino para que los animales silvestres como él, que no se puedan rehabilitar ni liberar, vivan ahí. Que tengan atención veterinaria, alimentación con peces vivos para que ellos cacen. Que la gente con una pasarela pueda verlos pero en sus hábitats naturales y si el animal tiene ganas se muestre. Porque también está esa otra faceta: ¿el animal puede no mostrarse? ¿Puede elegir qué hacer? En esas piletas, en el marco de un show, el animal no puede elegir. Y esa es una parte fundamental del derecho animal: que el animal pueda sentir que puede elegir qué comer, dónde estar, si ese día se quiere exhibir o no, si quiere o no estar en contacto con el humano.

El recurso de amparo quedó en manos del juez federal de Dolores Martin Bava, quien años atrás había llevado adelante numerosas causas por delitos de lesa humanidad y un caso de espionaje ilegal a los familiares de los tripulantes del submarino ARA San Juan por el cual ordenó el procesamiento del ex presidente argentino Mauricio Macri. Como primera medida respecto a la orca, Bava ordenó una medida de “mejor proveer”, que consistió en designar dos expertos —un etólogo, es decir un especialista en comportamiento animal, de la Universidad Nacional de La Plata, y un veterinario de la Universidad de Buenos Aires—  para que cada uno realice una pericia sobre su estado de salud, hábitat y rutina.

—Cuando terminé la pericia me di cuenta que lo que vi en Mundo Marino no es lo que querían los proteccionistas —dice Héctor Ricardo Ferrari, el experto designado por Bava para hacer la pericia etológica de Kshamenk, en un café cercano a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires donde trabaja como profesor de la Cátedra de Bienestar Animal.

Ferrari es profesor Profesor Adjunto a cargo de la Cátedra de Etología de la UNLP y antes de peritar en el caso de Kshamenk integró la comisión de expertos que colaboró en la resolución del caso de la orangutana Sandra; peritó en el caso de un chimpancé llamado Toti que desde hace una década vive en un zoológico privado de Río Negro a la espera de un traslado a un santuario; de Jhonny, un chimpancé envuelto en una causa judicial por maltrato animal en el Zoológico de Luján; y en causas relacionadas con ataques de perros.

—Nunca había hecho una pericia sobre un animal así, un predador tope inmenso, sociable, inteligente. Yo estaba convencido que lo iba a encontrar muchísimo peor.

Ferrari, que tiene anteojos de marco negro y el pelo, el bigote y la barba blanca, sostiene, entre sus manos, una tablet con la que, en sus tiempos muertos, juega a los videojuegos. Para hacer la pericia, cuenta que viajó un fin de semana a San Clemente del Tuyú y pasó dos jornadas, desde las ocho y media de la mañana hasta las seis de la tarde, observando a Kshamenk. No notó, según indica en su pericia, ningún comportamiento agresivo de la orca a causa del encierro, ni que tuviera conductas de estrés o períodos de inmovilidad, ni apatía ni reposo prolongado. Tampoco notó señales de aburrimiento. “Buena parte de su tiempo está ocupado en actividades programadas (...) no registré conductas de evitación o defensa que impliquen sufrimiento”, detalló el etólogo, que además recomendó no retirarlo del show, ya que por su edad cambiar su rutina podría “desorganizarlo”. La pericia del veterinario designado por Bava fue similar: “La única alteración en el cuerpo de Kshamenk es la ‘lateralización’ derecha de su aleta dorsal (...) la alteración más frecuente en orcas de acuarios. En lo que respecta a una evaluación sanitaria veterinaria, los resultados son normales”, señaló en su informe.

—En la orca vi un animal que buscaba el contacto —dice Ferrari—. Vi que tiene una extraordinaria relación de ida y vuelta con los entrenadores. Levantaban un dedo y la orca hacía algo. Un gesto, que significaba hacé lo que quieras, y la guacha nadaba en todas las direcciones. Los cuidadores de Mundo Marino piensan que, como la orca les hace caso, saben lo que siente. Y no, no lo entienden. Les dije: “¿ven todos esos juegos que hace con el tambor? Es lo que hace una orca cuando va a matar. Fijate ahora, lo sumerge, bueno es lo que hace cuando está ahogando a un mamífero. Así hizo Tilikum”. Se quedaban mirándome. Los asusté todo lo que pude. Les dije si eran conscientes de que estaban criando a alguien que los podía matar.

Ferrari se ríe a carcajadas. Después menciona que en la pericia incluyó un apartado con recomendaciones para mejorar la vida de la orca en cautiverio.

—Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí. Pero es súper positivo. Cuando todas las soluciones que tenés son una mierda, te das cuenta que tenés un problema de mierda. Él está ahí por nosotros. Básicamente porque hay público para esto. ¿No sería mejor preguntarnos qué lleva al público ahí? 

Ferrari vuelve la mirada a su tablet y busca una foto que le sacó a Kshamenk durante la pericia. Da vuelta la tablet y muestra la foto.

—¿Sabés que está haciendo ahí?

En la imagen, se ve a Kshamenk en el borde de la pileta, con la boca abierta y algo marrón que sobresale entre sus dientes.

—Es la corteza de un árbol. El tipo trae cosas de la pileta y las cambia por pescado. Cuando terminé de hacer la pericia, me estaba por ir de Mundo Marino y vino la orca y me abrió la boca igual para que le acaricie la lengua. Ni mierda iba a meter la mano ahí, pero después de apenas dos días de verla, desde cerca, desde lejos con binoculares, me trató como trata a los humanos. Eso te muestra que ese animal no es una orca, es la parodia de una orca. Por eso mi recomendación para los animalistas es que insistan, pero no con algo que no se pueda hacer. Reconozcan que ese animal no es una orca y denle un destino de él, no de una orca. Acepten que todo lo que tocamos los humanos lo convertimos en un perro.

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—Yo creo que en Mundo Marino incurren en un error estratégico de una mentalidad muy primitiva al no querer dar la cara. Creo que si arrancaran con la verdad, que en 1992 todavía no había una política anticaptura de orcas, pero que capturar a Kshamenk fue un error, ya está. Porque si vos rescatás devolvés, salvo que el animal esté agonizando o con una patología irreversible.

Claudio Bertonatti es un museólogo y naturalista argentino que asumió como director del zoológico de Buenos Aires en 2012 e intentó terminar con la exhibición de animales con fines recreativos y comerciales para transformarlo en un centro basado en principios de rehabilitación, conservación y educación ambiental. Rápidamente vio que no iba a tener presupuesto ni apoyo del Estado para lograrlo: renunció al cargo en 2013. En 2014, hizo un diagnóstico de los cien zoológicos, acuarios, parques temáticos o oceanarios de gestión pública y privada de la Argentina basado en los principios internacionales que establece la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA). El informe fue categórico: más del 90 por ciento de las instituciones, entre ellas Mundo Marino, desconoce los objetivos internacionales de conservación de especies.

—Si tuviesen una orca rescatada viviendo en el oceanario porque tiene una patología irreversible, sería una oportunidad para que contaran la historia de vida de toda la especie. Los animalistas dicen que no hay que exhibir animales porque es cosificarlos, pero la exhibición es buena o mala según cómo esté planificada —asegura Bertonatti—. Pero los oceanarios como Mundo Marino tienen un espíritu netamente circense. No muestran la realidad: la naturaleza no es un idilio. Es tensión constante. Es comer y no ser comido. Es enfermar y sobrevivir.

Esa mala gestión de los zoológicos y oceanarios moviliza, para Bertonatti, a muchos grupos de animalistas a iniciar campañas para pedir la liberación de los animales, lo que en el caso de Kshamenk conduce a una encrucijada.

—Los animalistas tienen una gran sensibilidad con los animales, y los humanizan. Es un error de base: nosotros no somos iguales a ellos y ellos no son iguales a nosotros. El concepto de libertad para un animal no es el mismo que para los humanos. Es como faltarles el respeto. En el caso de Kshamenk, tienen una posición basada en la emocionalidad que es radical y no es viable. Tienen la certeza de que hay que liberarla, y no se permiten dudar, cuestionarse su posición.

Por los años que lleva en cautiverio, la liberación de Kshamenk al mar, según Bertonatti, es prácticamente inviable: requeriría una larga rehabilitación para enseñarle a cazar nuevamente, que pueda reinsertarse en un grupo social con otras orcas, y también debería evaluarse si, por la cantidad de años en los que recibió medicación, no porta enfermedades contagiosas que pudieran derivar en la muerte de otras orcas. Una instancia intermedia sería trasladarla a un santuario: calas espaciosas delimitadas con redes dentro del océano para contener a los cetáceos, donde pueden circular libremente, cazar peces pero también recibir alimento o tratamiento veterinario. En el mundo existen solo tres proyectos de este tipo: uno en Islandia, donde vivió Keiko, que aunque está en funcionamiento no tiene lugar porque alberga a dos belugas, y otros dos proyectos, uno en Grecia y otro en Escocia, que aún no están operativos. 

—En lo que todos acordamos es en que Kshamenk se merece el mejor de los retiros —dice Bertonatti—. Creo que sería una pésima decisión y mensaje dejar que termine su vida así donde está.

Desde su casa en Florida, Richard O’Barry plantea la única alternativa que ve posible para el futuro de Kshamenk.

— La mayor enseñanza que tuve en todos estos años rehabilitando animales marinos es que, si el gobierno no coopera, es una pérdida de tiempo. La única solución para Kshamenk es convencer al gobierno argentino de que construirle un santuario será la mejor publicidad para su país —dice en la videollamada—. Sería un mensaje político para todo el mundo: “Argentina respeta su naturaleza”.

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“El infierno de una orca. Un trágico video muestra a la ‘orca más solitaria del mundo’ tendida casi inmóvil en la piscina de un acuario donde ha vivido sola durante 24 años”, publicó el diario británico The Sun el 22 de agosto de 2024. “Una orca olvidada languidece en un tanque de concreto después de 32 años”, informó ese mismo día el diario británico Daily Express. “La orca más solitaria del mundo fue filmada permaneciendo casi inmóvil durante 24 horas en un tanque en Argentina”, tituló el mismo día el diario brasilero O´Globo. “’Liberen a Kshamenk’: La campaña para liberar a la última orca cautiva en Latinoamérica”, anunció CNN el 10 de septiembre de 2024.

—Los videos de Kshamenk llegaron a los medios internacionales porque su historia es muy fuerte visualmente. Cuando ves cómo vive te pone muy triste —dice Marketa Schusterova después de dos horas de videollamada—. Es la pileta más pequeña y la historia más trágica, porque está solo.

Después de su viaje a San Clemente del Tuyú, Marketa Schusterova logró dar con un hombre que vive cerca del oceanario y tiene un dron con el que trabaja haciendo filmaciones. Lo contrató, prometiéndole que no revelaría a nadie su identidad para que no corra ningún riesgo. El hombre va a filmar a Kshamenk con su dron una vez por mes. Con las imágenes que le envía, Marketa Schusterova hace un seguimiento del estado de la orca. Compara las condiciones del agua de la pileta, sus movimientos, el estado de su piel, su fisonomía. Hubo videos de una temporada en los que notó que tenía la piel lastimada. En otros lo vio sin energía para subirse a la plataforma o hacer saltos durante el show. En algunos lo vio más delgado, permaneciendo con la boca abierta al costado de la pileta durante varios minutos, en espera de más comida. En los últimos dos años, Marketa Schusterova acumuló en sus archivos más de 60 horas de grabaciones de Kshamenk. Cada mes, publica fragmentos de esos videos en las redes sociales de su oenegé y de Derechos Animales Marinos.

—Los videos tienen millones de vistas, pero no alcanza —dice Marketa Schusterova antes de despedirse—. Es muy frustrante.

El 10 de diciembre de 2024, el juez Martín Bava, basado en los informes del veterinario y el etólogo designados como peritos de la causa, resolvió no dar lugar a la medida cautelar solicitada por Derechos Animales Marinos. “Modificar repentinamente la rutina de Kshamenk resultaría desacertado para su bienestar”, advirtió, y ordenó que mientras continúe en curso la causa Kshamenk siga participando del show.

—No queremos decir mucho para no entorpecer la causa. El juez no dio la medida cautelar porque los peritos que fueron a ver a Kshamenk vieron esto, y si vos no sabés mucho de Derecho Animal... —opina María José Fernández, la abogada que impulsó el amparo—. Nosotros ahora vamos a traer más pruebas y opiniones de otros expertos en etología y veterinarios que no tengan intereses. Porque en Argentina no hay mucha gente dispuesta a meterse en esto. Hay veterinarios que no quieren estar en contra de sus propios colegas... el veterinario que fue a Mundo Marino hizo un informe que nosotros se lo mandamos a nuestro veterinario y hay un montón de cosas que no vio o no quiso ver o no pidió. Suponemos que porque no es experto en orcas.

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En los senderos del predio de Mundo Marino se filtran los últimos rayos de sol. Son las seis de la tarde del sábado de marzo de 2025. Dentro de unos minutos el parque cerrará sus puertas. El show de Kshamenk acaba de terminar: la orca atravesó una compuerta de hierro y quedó flotando en una pequeña pileta contigua. Algunas de las parejas, familias y estudiantes que estaban sentados en las gradas del anfiteatro se acercan a la pileta principal para sacarse fotos con un grupo de delfines que quedaron nadando bajo el cuidado del entrenador. El hombre ataviado con un traje de neoprene, que durante el show acarició la cabeza de Kshamenk y lo alimentó con bolas de pescado, tiene 23 años y, visto de cerca, rasgos de niño: ojos achinados, pestañas arqueadas, la cara llena de pecas. Trabaja en Mundo Marino desde hace tres años. Antes de trabajar en el oceanario era repositor en un supermercado de San Clemente del Tuyú: no sabía nadar, sumergirse en el agua le daba miedo y el contacto más cercano que había tenido con animales había sido con caballos. Cuando lo contrataron de Mundo Marino rotó por varios sectores del parque hasta que lo designaron como cuidador en el Albergue de los Lobos: un sitio con piletones donde una colonia de lobos marinos hace un show. Después de trabajar durante un año y medio ahí, lo trasladaron al anfiteatro donde vive Kshamenk.

—Sinceramente uno trata de dar lo mejor—dice el entrenador encogiéndose de hombros—. A fin de cuentas, nosotros somos lo único que la orca tiene acá disponible.

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“Murió Kshamenk, la orca rescatada de un varamiento en San Clemente”. Así se titula el comunicado que publica Mundo Marino el domingo 14 de diciembre de 2025 al mediodía. Informa que la orca falleció durante la mañana de un paro cardiorrespiratorio y que “todo indica que se trató de un cuadro asociado a su avanzada edad”. Unas horas después, en más de 20 grupos de Facebook de pobladores de San Clemente del Tuyú, aparece el video del timelapse de Kshamenk, con su cuerpo inmóvil sumergido en la pileta, y sobre la imagen, en letras blancas sobre fondo negro, el mensaje: “Buscamos información, fotos y/o videos sobre la muerte de la orca Kshamenk en Mundo Marino. Si cuentas con ellas, por favor contáctanos, mantendremos tu identidad resguardada y te recompensaremos por ella”. La que escribe el posteo es Marketa Schusterova.

—El cuerpo de Kshamenk ya no está en Mundo Marino —dice por teléfono ese mismo domingo por la noche, desde su casa en Toronto—. Cuatro horas después de que comunicaran que había fallecido, mi piloto fue a filmarlo con el dron. El tanque estaba completamente vacío y limpio. Es todo muy extraño. Es una orca muy grande y es imposible que la hayan sacado por los accesos, porque son muy pequeños. Necesitás al menos una grúa para sacarla. Pareciera que ni siquiera hicieron la autopsia.

Cuando muere un animal en un acuario o un zoológico, se realiza una necropsia, un procedimiento similar a la autopsia que se hace para estudiar un cadáver humano. Se revisa el estado de todos los órganos —un proceso que lleva varias horas, según el tamaño del animal y la complejidad del caso— y se toman muestras para analizar en profundidad. Los resultados —que tardan semanas o meses— permiten determinar la causa exacta de la muerte y tomar medidas preventivas para que el resto de los animales que viven en el acuario o zoológico no se contagien enfermedades. ¿Es posible que la necropsia de Kshamenk se haya realizado en apenas unas horas?

“Sí, se realizó la necropsia y se tomaron muestras y se mandaron a analizar, pero todavía no están los resultados”, asegura la encargada de prensa de Mundo Marino, que el mismo domingo accede a responder preguntas por mensaje de texto. A la consulta sobre cómo encontraron a Kshamenk sin vida, responde: “Fue un momento difícil. Si bien es parte de un proceso natural, porque ya era una orca que había pasado el promedio de expectativa de vida para una orca macho, nunca es fácil despedirse de un ser amado como lo es Kshamenk”. A la pregunta de cómo hicieron para trasladar el cuerpo de la orca: “Con la ayuda de equipo especializado y de acuerdo a normativas vigentes en el país”.

—San Clemente es un pueblo chico y la mayoría de los que viven ahí trabaja en Mundo Marino. Alguien va a querer hablar, especialmente si les digo que les doy tres, cuatro o cinco mil dólares de recompensa —dice Marketa Schusterova—. La orca no murió hoy. Estoy segura que fue el sábado por la noche. Seguramente la eutanasiaron, porque desde hace varios días circula el rumor de que quieren cerrar el parque por falta de visitantes, y después hicieron todo muy rápido para evitar el dron filmándolo. Todo indica que hicieron lo mismo que hace unos años hicieron en Estados Unidos con Tilikum, la orca de SeaWorld, cuando falleció. Era una orca muy grande y era difícil sacarla del tanque, así que la cortaron en pedacitos para poder sacarla. Creo que a Kshamenk lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al océano o lo quemaron.

La encargada de Mundo Marino asegura que no fue así como sacaron el cuerpo de Kshamenk de la pileta. “Mundo Marino tiene un protocolo propio”, dice, pero no explica en qué consiste el protocolo.

—Una pregunta fundamental es qué van a hacer con los restos de Kshamenk —señala el museólogo Claudio Bertonatti—. Sería importante que no sean destruidos o desechados como residuos patogénicos y que tengan algún destino útil para la conservación de la especie como, por ejemplo, ser derivados a un museo de ciencias naturales.

Al ser consultada por el destino de los restos de Kshamenk, la encargada de prensa de Mundo Marino explica que “se recibió una autorización y fiscalización para enterrar el cuerpo en un predio especial, debido al tamaño de la orca y las complicaciones para su traslado a un centro de tratamiento especializado”, y cita la ley provincial 11.347. La norma determina que todos los deshechos que puedan ser potencialmente tóxicos para el suelo, el agua o el aire deben enterrarse en un predio especial, y que no debe trascender la dirección, para evitar que las personas se acerquen.

El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.

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La cautiva

La cautiva

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26
2026
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El final de Kshamenk, la última orca que vivió en cautiverio en Sudamérica, es tan oscuro como las circunstancias que la colocaron en una pileta de Mundo Marino, el oceanario argentino que fue su hogar durante más de 30 años. En medio, se agitaron las aguas de una batalla por trazar los límites éticos del entretenimiento, la captura y la conservación de los grandes mamíferos marinos.

La bestia de lomo negro que pesa cuatro mil kilos y podría matar a cualquiera de los espectadores merodea silenciosamente en las profundidades de la pileta, mientras los turistas se acomodan en las gradas con gaseosas y tarros de palomitas de maíz. En el anfiteatro hay familias con niños. Hay parejas. Hay alumnos de escuela primaria que vinieron en micros escolares desde otras provincias. Hay una atmósfera de expectante algarabía.

—Bienvenidos a Refugio de mar —dice, apenas se sientan, la voz serena y melodiosa de una locutora amplificada por los altoparlantes. 

Son las cinco y cuarto de la tarde de un sábado soleado de marzo de 2025 cuando aparece el entrenador. Sale desde atrás de una escenografía de rocas marrones hechas con yeso, que tiene una pantalla gigante incrustada en el centro y debajo, en letras mayúsculas, el nombre del lugar: “Mundo Marino”. El hombre camina por una explanada ataviado con un traje negro de neoprene, cargando una pequeña heladera roja de plástico. Cuando llega al borde de la pileta, abre la heladera y saca una bola de pescado.

—¿Conocen a Kshamenk? —dice la locutora.

Un animal asoma su cabeza negra y brillosa en medio del agua. Se alcanzan a ver tres manchas blancas —dos pequeñas a la altura de los ojos, una más grande bajo la boca— que le dibujan una expresión sonriente. Apenas se detiene al borde de la pileta, el entrenador le acaricia la cabeza y tira la bola de pescado entre sus dientes filosos.

—Para nosotros es muy especial porque lo rescatamos cuando era un cachorro.

El animal vuelve a sumergirse y nada en círculos. En la superficie de la pileta solo alcanza a verse su aleta dorsal: es negra, mide casi dos metros y está totalmente doblada hacia un lado. El público sigue su trayectoria desde las gradas con ojos extasiados. Algunos suspiran, otros aplauden. Esa aleta doblada es una gracia maldita: solamente se ve en los animales de su especie que están cautivos. Los especialistas en mamíferos marinos la llaman “aleta colapsada” y no saben con exactitud su causa. Algunos lo atribuyen a la falta de actividad. Otros aseguran que es la señal de que están estresados, deprimidos. Kshamenk, que vive en la pileta del oceanario Mundo Marino desde hace 33 años, lleva en su cuerpo la marca de una tragedia. Es la última orca en cautiverio de toda Sudamérica.

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Marketa Schusterova nació en 1975 en Checoslovaquia: un pequeño país sin salida al mar, situado en el centro de Europa, que en aquel entonces estaba gobernado por un régimen comunista. Durante su infancia, ni ella, ni su madre —que trabajaba en el Museo Nacional de Praga—, ni su padre —comerciante del rubro de la construcción— pudieron salir del país: el gobierno imponía a los ciudadanos que tramitaran permisos especiales para poder viajar al extranjero, y esos permisos eran muy difíciles de obtener. Para cuando Marketa Schusterova llegó a la mayoría de edad, el régimen comunista ya había caído y los ciudadanos checoslovacos pudieron volver a viajar libremente por el mundo: ella conoció Bélgica, Reino Unido, Alemania hasta que se instaló en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, a orillas del lago Ontario, para estudiar fotografía. Durante unas vacaciones en República Dominicana, contrató una excursión que incluía una clase de buceo. Apenas se sumergió, aquella mujer que había nacido en un pequeño país sin salida al mar se fascinó al ver peces de colores, mantarrayas, delfines. Al regresar a Toronto, hizo un curso de buceo y se especializó en fotografía subacuática. Un tiempo después, viajó a las cataratas del Niágara, en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, para conocer Marineland, uno de los parques con animales marinos más famosos del mundo. Allí vio, por primera vez, una orca.

—Era un animal inmenso y estaba en un lugar tan pequeño y sin actividad… que tuve un sentimiento de enojo tan grande que…. Fue como un llamado.

Son las tres de la tarde de un sábado de fines de marzo en Toronto, las cuatro de la tarde en Buenos Aires. Marketa Schusterova hace una pausa en la videollamada y su imagen —cabello rubio atado en un rodete, suéter fucsia— se vuelve pequeña. Aparecen, en el centro de la pantalla, fotografías que muestra desde su computadora. En la primera está con un traje de neoprene y una máscara de buceo, recortada sobre un fondo azul donde merodean siete tiburones. La segunda es una imagen cenital de ella sacándole una foto a un cocodrilo que permanece a centímetros de su cuerpo. En la tercera, se la ve nadando pegada a una inmensa ballena: el animal es tan macizo que parece un submarino.

—En mis viajes posteriores pude ver libres en el mar a todos los animales que están encerrados en esos parques. Vi que sus personalidades son totalmente distintas.

Marketa Schusterova comenzó a trabajar como fotógrafa en documentales de naturaleza. En paralelo, se unió a una oenegé de conservación de animales marinos como voluntaria. Tiempo después, fundó junto a un compañero su propia oenegé. La llamaron Urgent Seas. Su primera acción de activismo fue sobrevolar las instalaciones de Marineland con el dron con el que trabajaba para los documentales. Quería filmar qué hacían los animales cuando el parque estaba cerrado. Desde el cielo, logró identificar la pileta de la orca. La vio completamente sola, inmóvil en medio del agua. La filmó durante horas en estado de letargo. Subió un fragmento del video a las redes sociales de la oenegé. En pocas horas, el video se viralizó. “La ‘orca más solitaria del mundo’ vive en un parque temático cerca de las cataratas del Niágara”, publicó el 10 de diciembre de 2021, dos meses después de publicado el video, el Toronto Star, el diario más importante de Canadá. La foto de la orca estaba en la tapa.

Schusterova regresó a filmar a la orca cada dos semanas. Comenzó a ser testigo de los cambios en su peso, en su estado de ánimo, en el agua de la pileta, que a veces estaba completamente turbia. Un día de marzo de 2023 notó que no nadaba bien. Le pareció un presagio. La orca murió dos días después por una infección. Consternada, la mujer se propuso redoblar su apuesta, adelantarse a otros casos en los que pudiera ocurrir lo mismo, armar un “inventario” de todas las orcas en cautiverio. Mientras googleaba oceanarios del mundo, encontró un video que la desconcertó: era de una orca que vivía en una pileta diminuta. Tan pequeña que dudó si no estaba trucado. La imagen más desoladora que había visto en su vida. “Tengo que hacer algo por ella”, se dijo. Esa orca era Kshamenk.

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Media hora antes de sentarse en las gradas para ver a la orca, los espectadores pasaron por una pequeña sala de proyecciones contigua al anfiteatro para ver un corto audiovisual sobre rescates de animales realizados por Mundo Marino. En la secuencia más vertiginosa, registrada con cámara en mano, una docena de hombres sumergidos en el mar con flotadores naranjas empujaban el cuerpo de un inmenso animal hasta la playa, mientras la voz en off de una locutora narraba, con tono épico, que en noviembre de 1992 alguien avisó al oceanario que había una orca varada en la playa. Que cuando llegaron la encontraron sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. Que tuvieron que trasladarla al oceanario para salvarle la vida. Que “durante el largo tiempo que duró su rehabilitación, Kshamenk adoptó a sus cuidadores como su nueva familia”.

—A Kshamenk lo cazaron en un varamiento forzado —asegura María José Fernández una mañana de abril de 2025, en un estudio de abogados que funciona en el octavo piso de un edificio antiguo, con puertas de madera maciza y un ascensor que parece una jaula de metal, ubicado en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires.

Fernández es una abogada especializada en derecho animal de 41 años, menuda, de ojos almendrados y voz suave que en 2021, junto a otras nueve personas, fundó Derechos Animales Marinos para luchar por la liberación de Kshamenk. Una agrupación que todas las semanas replica videos de la orca en la pileta en sus redes sociales —uno de los cuales vio Marketa Schusterova desde su casa en Canadá—, y que, a partir de una investigación, halló una denuncia judicial anónima en la que alguien aseguraba que “en 1992 Mundo Marino organizó una expedición de captura de orcas, en la que obligó a participar a algunos de los empleados bajo pena de despido (...) Literalmente las arriaron hacia la bahía, donde esperaron que bajara la marea y que las orcas quedaran con pocos centímetros de profundidad y no pudieran moverse (...) Allí eligieron cuatro ejemplares para llevarse (…) tres fueron transportadas al acuario: una de ellas murió durante el viaje, estaba muy estresada (…) Las dos restantes fueron puestas en un tanque (…) Esa misma noche se empezaron a escuchar golpes, y cuando llegaron al tanque encontraron el agua llena de sangre, y una de las orcas muerta. Había golpeado la cabeza contra las paredes del tanque hasta que le estalló el cráneo (…) La orca sobreviviente de la masacre fue Kshamenk”.

Pasadas más de tres décadas de la llegada de Kshamenk a Mundo Marino, las versiones cruzadas sobre cómo fue su desembarco en la pileta del oceanario agitan las aguas de un conflicto de escala internacional.

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En 1964, el Acuario de Vancouver, una institución de Canadá pionera en emplear científicos para investigar a los animales marinos, encargó a un escultor la réplica de una orca en tamaño real. El hombre intentó cazar una orca con un arpón para usarla como modelo, pero el animal sobrevivió: el acuario decidió aprovechar la ineptitud del escultor y exhibir al animal vivo. La bautizaron Moby Doll. Fue la primera orca cautiva del mundo.

Hasta ese momento, de las orcas —Orcinus, su nombre científico— se sabía que son el miembro más voluminoso de la familia de los delfines, que se encuentran en todos los mares del planeta, que viven en manadas numerosas, nadando hasta 200 kilómetros por día, que pueden llegar a vivir hasta 90 años, que son las superpredadoras del océano —se alimentan de más de 200 kilos de pescado al día—. También, que los antiguos marineros las bautizaron “ballenas asesinas” porque las vieron cazar ballenas: animales de un tamaño hasta seis veces más grandes que ellas. Gracias a Moby Doll, que sobrevivió en cautiverio tan solo 87 días, los científicos pudieron observar a las orcas de cerca y conocer, por ejemplo, la sofisticada forma en la que se comunican entre sí por ondas de sonido, o advertir su considerable inteligencia: la llamada ballena asesina era capaz de aprender las piruetas que les enseñaban los entrenadores humanos con la docilidad de un perro.

A partir de las desventuras de Moby Doll, las orcas se posicionaron en el epicentro de un negocio pujante: más de 220 fueron confinadas y exhibidas en oceanarios del mundo. Los años sin cazar, nadando en círculos dentro de pequeñas piletas y emitiendo ondas de sonido que rebotaban contra las paredes de esos tanques las convirtieron en estrellas inquietantes. En la nochebuena de 2009, Keto, una orca que vivía en un acuario de Tenerife llamado Loro Parque, arrastró a su entrenador hasta el fondo de la pileta y desgarró sus órganos vitales hasta matarlo. Dos meses después, Tilikum, una orca del oceanario SeaWorld de Orlando famoso por convertirse en el mayor macho procreador en tres décadas de cautiverio —21 hijos engendrados—, mordió el hombro de su entrenadora, le fracturó las costillas, la mandíbula y dejó su cuerpo inerte flotando en el tanque frente al público. El origen de esos ataques, y de otras decenas de agresiones de orcas a humanos registradas en seis décadas de cautiverio en oceanarios, según biólogos marinos, es el trauma que les provoca ser capturadas y alejadas del mar.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”: una orca que jurídicamente es igual que los glaciares de la cordillera de los Andes, los sitios arqueológicos de la Patagonia y las cataratas del Iguazú.

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En la ruta de camino hacia San Clemente del Tuyú hay carteles publicitarios con fotos de delfines y de una orca con la leyenda: “Vení a conectarte con la naturaleza en Mundo Marino”. Las calles en San Clemente del Tuyú —una localidad balnearia gris y ventosa con 16 mil habitantes ubicada al final de una bahía, en la costa atlántica argentina— son casi todas de arena, salvo por una arteria asfaltada que atraviesa la ciudad de punta a punta y desemboca en Mundo Marino. En la entrada del oceanario hay una explanada de estacionamiento con palmeras y unos pocos autos y micros con contingentes turísticos. En las boleterías —seis ventanillas bajo un techo de chapa azul eléctrico donde se cobra una entrada de casi 40 dólares—, reina un silencio de siesta. Al ingresar al parque, después de bordear una fuente con una escultura de una orca y un delfín, aparecen, amontonados en un rincón, carritos de bebé con forma de orca que se alquilan por siete dólares. A partir de ahí se abren senderos que se ramifican alrededor de las 40 hectáreas que ocupa el predio. Los senderos llevan hacia estanques con pingüinos, tiburones, hipopótamos, delfines; un anfiteatro donde hacen un show un grupo de lobos marinos; un extenso lago artificial con flamencos; un bosque con búfalos, carpinchos, antílopes, monos, ñandúes, ciervos, cebras; el anfiteatro donde está la orca. También pasan por tiendas de recuerdos que venden vasitos, peluches, llaveros, remeras decoradas con orcas y delfines; locales de comida rápida con sogas dispuestas para ordenar filas que permanecen completamente vacías. Por los senderos andan sueltos los pavos reales, pero casi no se ve gente: la sensación es la de caminar sobre las ruinas de un pasado esplendoroso.

Ese mismo predio, 50 años atrás, era apenas un cangrejal en el extremo de un pueblo al que ni siquiera llegaban las líneas de teléfono. Así se lo describe en Cómo nació Mundo Marino. Historia de David Méndez, libro publicado en 1991, en cuya tapa hay una foto de una orca que emerge de la pileta con un entrenador completamente erguido sobre su trompa, y de fondo, la escenografía de rocas marrones hechas con yeso y la leyenda “Mundo Marino” grabada en letras mayúsculas. Trata sobre las peripecias de don David Méndez, un hombre que comenzó trabajando como obrero de la industria metalúrgica, inventó los primeros calefones eléctricos de la Argentina, se volvió un empresario exitoso del rubro de los calefones y, por esas cosas de la vida, terminó entrenando al único grupo de orcas cautivas del país.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”..

El momento bisagra que relata el libro ocurre en 1966, cuando Méndez, ya devenido en empresario, visita un acuario en Miami. “Me llamó mucho la atención las piruetas que hacían los delfines. Saqué gran cantidad de fotografías, quedé realmente entusiasmado —cuenta Méndez—. Entendí que hacía falta en nuestro país mostrar esta parte de la naturaleza. Pensé en lo hermoso que sería poder hacer algo similar en la Argentina”. De regreso al país, se entera que uno de sus socios en la fábrica de calefones los vendía a un precio mayor y se quedaba con la diferencia. Amargado, vende su parte de la empresa y lo invierte en un inmenso terreno en San Clemente del Tuyú, el pueblo al que solía ir de pesca, donde se muda en compañía de sus cuatro hijos y su esposa. Allí tiene una epifanía: si rellena ese terreno con arena, puede emparejarlo y abrir un camping. Según el libro, el negocio prospera rápido: en apenas unos meses Méndez trae una línea de teléfono que sería la primera del pueblo, mejora las instalaciones del camping, construye una pileta. Mientras todo eso sucede, en su vida personal, lo que podría haber sido un trauma —fallece su esposa— es apenas un contratiempo —Méndez se casa con la hermana de su esposa—. La fantasía de abrir un acuario inspirado en el que vio en Miami se precipita un día en que recibe el llamado de un pescador de la zona. El hombre le avisa que encontró dos delfines lastimados en la playa y le pide alojarlos en la pileta del camping. Méndez accede. Los cura con ayuda de veterinarios de la zona. En San Clemente se corre el rumor de que hay dos delfines en una pileta: la gente comienza a visitar el camping para verlos. A partir de ese momento, cada vez que alguien encuentra un cachorro huérfano, un pingüino empetrolado, una tortuga herida en la costa, lo lleva al camping. Méndez los cura y los libera, pero los animales vuelven al camping buscando comida y cuidado. El 6 de enero de 1979, con dos delfines, cuatro elefantes marinos, dos lobos marinos y unos cuantos pingüinos, David Méndez funda Mundo Marino. “Todo se iba desarrollando normalmente, pero se modificó —cuenta en el libro— el día en que apareció, en San Clemente, una orca”.   

8 de agosto de 1985: Méndez recibe el aviso de que un gran tiburón quedó atrapado en el fango de un cangrejal. Cuando va a su rescate, descubre que se trata de una orca bebé. Con la ayuda de algunos voluntarios, la traslada al oceanario y la salva. La bautiza Milagro. Envía a uno de sus hijos a un oceanario de Estados Unidos para que aprenda cómo se entrena a una orca y, en paralelo, construye una pileta con una tribuna para el público. Tres años después, en una de sus caminatas matutinas, el sacerdote del pueblo encuentra otra orca varada en la costa. Méndez va a su rescate. La salva. La bautiza Belén. Milagro y Belén conviven armoniosamente en la pileta, comienzan a dar shows, hasta que en 1991, Milagro muere por un colapso vascular. Belén queda sola. Un año después, ocurre lo que en Mundo Marino se encargan de repetir hasta el día de hoy: aparece varada en la costa otra orca. Sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. La trasladan al oceanario. La salvan. La bautizan Kshamenk. En ningún lado figura por qué eligen ese nombre. Kshamenk, en lengua ona, significa “orca”: quizás, para Méndez, encontrar a Kshamenk fue una señal de abundancia. Los onas eran un pueblo indígena nómade que vivía en el extremo sur de la Patagonia argentina, frente al canal de Beagle, y cazaban animales terrestres —guanacos, zorros, roedores—, pero si aparecía una ballena varada en la costa, lo tomaban como un mensaje espiritual: la tribu se reunía alrededor del animal, celebraban un festín y se abastecían de su carne y de su grasa.

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—La orca estaba en la pileta más pequeña que vi en mi vida. Y no se movía. No puedo ni hablar de eso —dice Marketa Schusterova en la videollamada, la voz quebrada—. Empecé a buscar más videos y no encontré ninguno. Esa orca no tenía publicidad.

Schusterova googleó a la agrupación que posteaba el video, Derechos Animales Marinos. Les escribió un mensaje a la cuenta de Instagram. Desde Argentina, le respondieron casi al instante. Lo primero que le confirmaron era que Kshamenk medía casi siete metros y que la pileta de cemento en la que vivía en Mundo Marino medía apenas 12 metros de diámetro. Que existe una Ley de Oceanarios en Argentina que establece que la pileta debería medir al menos el doble que el animal, pero no se cumple.

—Básicamente le dijimos que estaba metido en una palangana —recuerda María José Fernández en el estudio de abogados.

En el intercambio de mensajes con Marketa Schusterova le contaron que eran un grupo de 10 personas —animalistas, abogados y trabajadoras del Juzgado N°4 del fuero Contencioso Administrativo, Tributario y de Relaciones de Consumo de la Ciudad de Buenos Aires— que años atrás habían participado de los dos casos que refundaron el Derecho Animal en Argentina: la prohibición de las carreras de perros galgos, un negocio clandestino que se había extendido en todo el país y llevaba a la tortura y a la muerte a miles de perros de esa raza, y la declaración de una orangutana llamada Sandra, que vivía en el zoológico de Buenos Aires, como “persona no humana y ser sintiente” sujeto de derecho, lo que sentó un precedente que hizo su caso mundialmente famoso y derivó en que fuera sacada de exhibición y trasladada hacia un santuario, un espacio similar a su hábitat natural, en Estados Unidos. Ahora se habían unido por la liberación de Kshamenk. Incluso le comentaron que habían presentado un proyecto de ley en el Congreso de la Nación, que llamaron Ley Kshamenk, que buscaba prohibir la exhibición y cautiverio de animales marinos sin fines de rehabilitación o reinserción, acompañada de casi 700 mil firmas apoyando el proyecto, pero los funcionarios no lo trataron y no había logrado tomar estado parlamentario.

—Para hacer el proyecto de ley yo pagué la entrada de Mundo Marino, fui con una fotógrafa a registrar todo el show y ver cómo estaba la orca. Entramos tipo… que no nos descubran porque nos sacan a patadas. Cuando vi a Kshamenk ahí, no... es como... difícil, pobre gordito —dice Fernández, la voz se le quiebra y empieza a llorar, pide perdón, busca en su bolso un paquete de pañuelos descartables—. Verlo ahí, en vivo y en directo, en una piletita, fue terrible. Estar tan cerca y decir “ay, no puedo hacer nada por vos, pero ya vamos a poder hacer algo”.

Schusterova les dijo que ella podía ayudarlos a hacer su lucha famosa. Tres meses después de contactarlos, en septiembre de 2023, se tomaba un avión rumbo a Buenos Aires.

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“¡Palmas, palmas, palmas!”. En el anfiteatro suena una música pegadiza y un hombre arenga desde las gradas. El entrenador se acerca al borde de la pileta, acaricia la cabeza de la orca y arroja una nueva bola de pescado a la pileta. Kshamenk la tritura en segundos, se sumerge y aparece en el otro extremo, sobre una plataforma, su inmenso cuerpo completamente fuera del agua. Choca la cola contra la plataforma para salpicar a los espectadores sentados en las primeras filas de las gradas y luego, como si quisiera esconderse después de hacer una travesura, se desliza hacia atrás para caer en la pileta. Desaparece como un rayo.

—Les cuento un poco más de la historia de Kshamenk —dice entonces la locutora—. Después de que lo rescatamos, cuando él se recuperó, se consultó a distintos expertos en orcas sobre la posibilidad de que regrese al mar. Todos los profesionales coincidieron en que reinsertarlo sin su manada y sin saber cazar era condenarlo a un triste desenlace. Además, no se conoce ningún caso exitoso de reinserción de orcas.

Hubo una sola orca reinsertada al océano después de años de cautiverio: Keiko. Había sido cazada en las aguas de Islandia en 1978 a los dos años de edad, trasladada primero a Marineland, en las cataratas del Niágara, y luego vendida a Reino Aventura, un parque de diversiones en Ciudad de México. Su suerte cambió cuando la productora de cine Warner Bros. comenzó a buscar una orca para que protagonizara una película. El guion era sobre un niño huérfano de 12 años que se hace amigo de una orca que vive atrapada en un acuario, y logra conducirla hasta el océano y liberarla. Los cazatalentos de Hollywood primero buscaron una orca en SeaWorld, pero los dueños leyeron el guion y se escandalizaron con el mensaje de emancipación de las orcas que transmitía. Se negaron a prestar una de sus orcas para el cine. La oferta llegó a los dueños de Reino Aventura, a quienes, en cambio, la participación de su orca en el cine les pareció una buena oportunidad para paliar los magros ingresos que tenían durante la temporada de invierno. Liberen a Willy se estrenó en 1993 y batió récords de taquilla: recaudó más de 150 millones de dólares. Su éxito llevó a que los espectadores quieran saber más sobre la verdadera vida de la orca que encabezaba el elenco. Las noticas revelaron que, en Reino Aventura, Keiko vivía en una pileta de apenas 6.3 metros de profundidad, tenía lesiones en la piel y la aleta dorsal colapsada. Fue tal la zozobra que generaron, que la gente empezó a donar dinero para Keiko. Organizaciones ecologistas, biólogos marinos, filántropos internacionales y Warner Bros. crearon la Fundación Liberen a Willy, y recaudaron 20 millones de dólares para liberarla.

Más de 100 mil personas fueron a despedir a la orca el día que partió desde Reino Aventura en camión. La trasladaron, con escoltas policiales, hacia un avión que tenía un gigantesco estanque con agua de mar. Aterrizó en otro estanque, en Estados Unidos, donde comenzó su rehabilitación. Dos años después, la llevaron en otro avión hacia un corral marino en Islandia. Un equipo de entrenadores le enseñó de nuevo a cazar, a nadar grandes distancias y a socializar con otras orcas hasta que pudo alcanzar el hito: fue liberada en Islandia, en las mismas aguas donde había sido cazada cuando era un cachorro, en 2002. Pero constantemente buscaba alimento y contacto humano en las embarcaciones con las que se cruzaba. Después de un año en libertad, contrajo neumonía. El 12 de diciembre de 2003, con 26 años de edad, falleció. La muerte de Keiko dejó flotando una pregunta en el océano de la incertidumbre: ¿una orca que estuvo cautiva debe regresar al mar?

"Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso."

“La experiencia de Keiko demostró que la liberación de animales que han estado cautivos por largo tiempo es especialmente desafiante y, si bien a nosotros, como humanos, nos puede resultar atractivo liberarlo, la supervivencia y el bienestar del animal pueden verse gravemente afectados”, concluyó un estudio científico sobre su liberación publicado en 2009 en la revista Marine Mammal Science. “Sobre el final de su vida Keiko ganó más de 1 365 kilos, volvió a relacionarse con orcas salvajes e incluso mostró signos físicos de intentos de apareamiento, todo mientras prosperaba en las aguas que la vieron nacer”, asegura, en contraposición, la sinopsis de Keiko, la historia no contada, una película estrenada en 2010 que reúne los testimonios de quienes participaron de su liberación, disponible en la plataforma Vimeo. Sobre el final de la película, después de los créditos, van pasando uno a uno los nombres de las orcas aún cautivas y el lugar del mundo en el que viven. El último nombre que aparece en la lista, antes del fundido a negro, es el de Kshamenk.  

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Liberen a Willy la quisieron filmar en Mundo Marino y los dueños no quisieron. Un año después yo viajé en persona a San Clemente y los pude convencer de hacer la telenovela. No fue nada fácil, pero matcheamos en el mismo objetivo, de hacer conocer a estos animales.

La voz de Gustavo Bermúdez por teléfono tiene un tono sereno, y por momentos, se vuelve carrasposa. Responde el llamado desde Madrid, donde se encuentra presentando una comedia romántica que codirigió junto a otro actor argentino en un festival de cine. Bemúdez tiene 60 años y en los últimos 40 años actuó en más de 25 novelas emitidas en la televisión local de aire. Protagonizó algunas de las más emblemáticas, como Pelito, Celeste siempre Celeste y Alén, Luz de Luna. Con Nano, la telenovela filmada en las instalaciones de Mundo Marino, se consagró en la categoría de “galán de telenovela”.

—Yo siempre había tenido el deseo de nadar con delfines y orcas y lo pude hacer realidad a través del personaje de Nano. Al principio me daba un poco de miedo meterme a la pileta, hasta que un día el entrenador me dijo “tirate”. Empecé a nadar con Belén, que por ser hembra era más dócil, y poco a poco me fui acercando a Kshamenk. La primera vez que me metí con él se me venía encima, arrimándose muy suavecito, y yo dije “uy, qué hago acá” —Bermúdez hace un silencio—. Pero a partir de ahí fue una experiencia impresionante. Yo me paraba encima y las orcas me llevaban como si fuera una tabla de surf. Por suerte cuando lo hice no sabía que en otras partes del mundo habían matado entrenadores. 

Nano, emitida en la pantalla de Canal 13 en el horario central de las ocho de la noche durante 1994, un año después de Liberen a Willy, mezclaba el romance, el policial, la ecología y la integración. Sus capítulos alcanzaron picos de rating de casi un millón de espectadores. Bermúdez encarnaba a un entrenador de orcas que por las noches se convertía en una suerte de Robin Hood contemporáneo y robaba a los más ricos para repartir el botín entre los más necesitados, mientras mantenía un romance clandestino con una mujer sordomuda interpretada por Araceli González, que hasta encarnar a ese personaje era una modelo famosa por ser la cara de la lencería más conocida de Argentina y que por su actuación en Nano ganó un premio Martín Fierro, el máximo galardón de la televisión argentina, como “revelación” del año. A diferencia de Liberen a Willy, en ningún punto de la trama se cuestionaba que las orcas permanecieran cautivas en el oceanario.

—Cuando hicimos la telenovela era otro planeta, éramos muy ignorantes con muchas cosas, viste. Yo sé que es muy difícil reinsertar a las orcas cuando ya estuvieron en cautiverio —dice Bermúdez al teléfono—. Se fue evolucionando, y me parece bien que si encontrás cómo se puede salvar un animal, se haga. Lo que pasa es que las orcas van en familia, y es muy difícil una vez que vos encontrás una sola insertarla, algo así. Pero yo soy un simple actor que trabajó en ese momento donde los animales en cautiverio no eran un impedimento.

Mientras Liberen a Willy se transformó en una saga en las siguientes dos películas se usaron imágenes de orcas salvajes y modelos animados para reemplazar a Keiko— y Nano se transmitió en más de 70 países, se dobló a 20 idiomas y hasta tuvo una versión latina en Univisión, una cadena de televisión estadounidense dirigida a una audiencia hispana, en San Clemente del Tuyú, Mundo Marino batía sus propios récords: 15 mil personas llegaban a visitar el acuario en un solo día. Animados por la popularidad alcanzada por sus dos orcas, los dueños del oceanario proyectaron agrandar la pileta del anfiteatro y reproducirlas. Belén quedó embarazada de Kshamenk y después de 16 meses de gestación, en noviembre de 1998, dio a luz a un cachorro, que nació muerto. Al año siguiente volvió a quedar preñada, pero en el cuarto mes de embarazo sufrió una infección renal presuntamente provocada por un resto de placenta del embarazo fallido, y falleció. Cuando Kshamenk quedó solo en la pileta, Argentina se hundía en una de las crisis económicas más profundas de su historia.

A fines de 2001, a los dueños de Mundo Marino se les ocurrió aprovechar su condición de macho reproductor, que lo valuaba en más de un millón de dólares, para exportarlo. La primera oferta la hizo el oceanario Six Flags Worlds of Adventure de Ohio, Estados Unidos: propuso trasladarlo hacia sus instalaciones en una suerte de préstamo “con fines reproductivos”. Lo iban a cruzar con una hembra que habían traído especialmente de Francia. Se comprometían a entregar a Mundo Marino el tercer cachorro de orca que tuvieran. Mundo Marino pidió al Estado argentino la autorización para exportar a Kshamenk basándose en la figura legal ress nullius, que significa “cosa de nadie” en latín, y designa a alguien como propietario de cosas que no tienen dueño. Más de 30 conservacionistas y científicos del mundo salieron al cruce: “Dar un permiso para que la orca salga del país alienta a la industria del tráfico de estos animales a mirar hacia la Argentina en busca de más y más”, sentenció desde Inglaterra Erich Hoyt, cofundador del Comité Internacional de Áreas Protegidas de Mamíferos Marinos, un científico que fue condecorado con la Excelentísima Orden del Imperio Británico por sus aportes a la conservación de los cetáceos. En junio de 2002, el Defensor del Pueblo de Argentina se acopló a la opinión de los expertos y recomendó por resolución no autorizar la exportación de Kshamenk.

“Un particular no puede obtener beneficios económicos de la orca”, sentenció el gobierno argentino, y denegó el permiso para su exportación. Bajo la Ley 22.421 de protección de la fauna silvestre, Kshamenk fue declarada, como ya se mencionó, “bien público” del Estado. Desde entonces, Kshamenk ha sido solo un huésped honorable del oceanario: Mundo Marino tiene su custodia a través de una “tenencia precaria”. Kshamenk quedó bajo la órbita del área de Pesca del Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires, cuya misión es realizar inspecciones periódicas al oceanario y revisar su estado de salud. Los funcionarios del área fueron contactados para dar testimonio en esta nota, pero después de insistir con el pedido de entrevista durante dos meses, desde el área de prensa del Ministerio dejaron de responder los mensajes.

—Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso.

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Diecisiete horas duró el vuelo de Marketa Schusterova desde Toronto hasta Buenos Aires. Apenas arribó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, alquiló un vehículo y manejó por la ruta hasta San Clemente del Tuyú. Al otro día se despertó bien temprano y fue hasta un descampado cercano al oceanario. Sacó su dron de la mochila. Lo remontó en dirección a Mundo Marino. Fue siguiendo su trayectoria desde su celular hasta que identificó el estacionamiento de entrada de Mundo Marino, totalmente vacío a esa hora, y comenzó a sobrevolar las 40 hectáreas del predio. Pasaron varios minutos hasta que pudo divisar una pequeña mancha azul. Hizo zoom: había una mancha negra dentro de la mancha azul. Se quedó unos instantes mirándola desde el cielo.

—Pasaba el tiempo y no se movía. Me largué a llorar —recuerda Marketa Schusterova en la videollamada—. Estaba psicológicamente quebrado. Parecía un animal muerto.

Horas después de observar a Kshamenk en su pileta desde el aire, Marketa Schusterova pagó la entrada al oceanario para ver el show de la orca desde las gradas.

—El público aplaudía, gritaba, claramente no entendían que su vida entera transcurre ahí. Y lo que decía la locutora me daba mucha bronca. Era todo mentira —recuerda—. Cuando salí intenté hablar con los empleados del parque, pero fue difícil. Casi nadie hablaba inglés. Con los pobladores de San Clemente con los que pude hablar tenían mucho temor de hablar mal de Mundo Marino, porque casi toda la gente del pueblo trabaja ahí. Lo ven como una gran oportunidad de trabajo. Nadie quería decir nada porque en el pasado pasaron cosas, amenazas. Me decían que tuviera mucho cuidado.

Esa misma noche, volvió al descampado a tomar imágenes de la orca con el parque casi a oscuras. Al día siguiente hizo lo mismo. La registró con su dron en distintos horarios del día y obtuvo, en total, ocho horas de filmación. Siguiendo el consejo de los pobladores de San Clemente con los que habló, que por seguridad le recomendaron que no procesara esas imágenes hasta que saliera del país, recién cuando regresó a su casa en Toronto se puso a ver los videos y notó que la orca permanecía petrificada al borde de la pileta casi todo el tiempo. Apenas se movía cuando le llevaban comida. Editó un timelapse —una secuencia de videos reproducidos en alta velocidad en la que comprimió 10 minutos de video en 30 segundos— en el que se veía a la orca inmóvil y a un delfín dando vueltas en la pileta frenéticamente alrededor suyo. Se lo compartió a los integrantes de Derechos Animales Marinos.

El 25 de septiembre de 2023 lanzaron la campaña FreeKshamenk en las redes sociales. Publicaron el video en la cuenta de Urgent Seas y de Derechos Animales Marinos con una leyenda que decía: “Kshamenk, la orca cautiva de 35 años de edad, no se mueve en todo el tiempo. No está bien y necesita ayuda inmediata. Debemos crear conciencia sobre su peligrosa existencia”. Horas después, el video ya era viral. En Tik Tok alcanzó más de un millón de vistas.

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En 2008, desembarcó en San Clemente del Tuyú una comitiva de entrenadores de SeaWorld. La cadena más famosa de parques temáticos con animales marinos —que abrió sus puertas en 1964 y tiene sedes en Orlando, Florida, San Diego, California, Texas y Emiratos Árabes— coordinaba un programa de reproducción de orcas, a través del cual colectaban semen de ejemplares para reproducirlos por inseminación artificial. Mundo Marino se acogió al programa después de quedarse sin la chance de exportar a Kshamenk. Los entrenadores de SeaWorld capacitaron a los de Mundo Marino para extraer esperma. Kshamenk fue sometido a cientos de sesiones matinales de juegos sexuales con Floppy, una delfina con la que pasó a compartir la pileta desde la muerte de Belén. Cuando lograba la excitación, tanto la delfina como Kshamenk eran “reforzados positivamente” por los entrenadores. Kshamenk comenzó a tener más erecciones. Los entrenadores pusieron en marcha el segundo paso del plan que le habían enseñado sus colegas de SeaWorld: desensibilizar sus genitales, colocar una vagina artificial y colectar su semen. En total, entre 2010 y 2014, colectaron 110 muestras. Lo hicieron entre tres entrenadores: uno manipulaba el pene de Kshamenk, otro secaba con toallas el agua salada y una tercera se encargó de colocar la vagina artificial.

"Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí."

El esperma de Kshamenk viajó hasta Estados Unidos. La orca Kasatka, que vivía en SeaWorld San Diego, California, fue inseminada: dio a luz el 14 de febrero de 2013 a una orca bautizada Makani. Al mismo tiempo, Takara, una orca que era hija de Kasatka, también fue fecundada con el esperma de Kshamenk. Dio a luz a Kamea, en SeaWorld de San Antonio, Texas, el 6 de diciembre de 2013. Ese mismo año, se estrenó a nivel mundial Blackfish, un documental centrado en testimonios de exentrenadores de SeaWorld, disponible en la plataforma de Netflix, que reveló los traumáticos efectos de la vida en cautiverio en Tilikum, la orca que vivía en SeaWorld Orlando y terminó matando a su entrenadora. “La reacción que ha producido el documental en la opinión pública ha hecho que se multipliquen los llamados para que SeaWorld ponga fin a los espectáculos con orcas y libere a la veintena de ejemplares de esta especie que mantiene en cautividad en sus parques”, informaba el portal BBC Mundo en una editorial de 2014 titulada: “El efecto Blackfish: ¿llegará el fin de los parques acuáticos?”. Acechado por las críticas, en 2016 SeaWorld publicó un comunicado en su sitio web en el que anunció el fin del programa de reproducción de orcas: “Las orcas que están bajo nuestro cuidado —decía— serán la última generación de orcas del parque”.

Makani, la primera hija de Kshamenk, todavía vive en San Diego. Es una orca “enérgica y juguetona”, según la define SeaWorld en su sitio web. En cuanto a la segunda hija de Kshamenk, Kamea, falleció el 19 de junio pasado por causas que no fueron reveladas.

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—Desde que Kshamenk fue rescatado, fue tanto el amor compartido entre él, sus cuidadores y los demás delfines, que hoy logró superar la expectativa de vida de las orcas macho— dice la locutora de Mundo Marino en el show, mientras la orca permanece al borde de la pileta recibiendo bolas de pescado que le arroja el entrenador desde la explanada—. Hoy Kshamenk ya tiene ¡35 años! y está supervisado por especialistas en nutrición y veterinarios.

Ante la solicitud de una entrevista con los especialistas en nutrición y veterinarios de Kshamenk, el responsable de comunicación de Mundo Marino, un hombre extremadamente cordial, dice que no están autorizados a hablar con la prensa. Los dueños del oceanario, que quedó en manos de los hijos de David Méndez, tampoco acceden a dar una nota. “Ellos están espantados con la prensa porque les hicieron mucho mal —explica por teléfono—. Que digan que la tienen encerrada a Kshamenk y que encima cobran entrada, lucran con ella, cuando en verdad no se la puede liberar, es una publicidad muy negativa”.

La última entrevista que dieron los dueños de Mundo Marino a un medio de comunicación fue concedida en 2013 al periodista Gonzalo Rodríguez, conocido como Gonzalito, que realizó un informe sobre el cautiverio de animales marinos emitido en Caiga Quien Caiga, un programa televisivo con una mirada satírica sobre temas políticos y sociales, luego del estreno mundial de Blackfish

—En el show los animales hacen pruebas para que las personas se diviertan. ¿Cuál es el foco principal? — le preguntaba en Gonzalito a Pepe Méndez, uno de los cuatro hijos del fundador del oceanario que quedaron a cargo de la empresa, con la escenografía de rocas marrones hechas con yeso de fondo.

—Es una forma de transmitir conocimiento sobre los animales a través de un show entretenido — respondía Pepe Méndez, vestido con una campera de cuero marrón.

En el mismo informe aparecía el mayor activista en contra del cautiverio de animales marinos del mundo, el estadounidense Richard O’Barry. Gonzalito había viajado especialmente a Miami para entrevistarlo para esa nota.

—Voy a ponerte en un estadio lleno de gente gritando, con música, y lo voy a llamar educación e investigación y conservación— decía O´Barry—. Mi única esperanza es que la gente de Argentina deje de comprar entradas para estos lugares. Es la única solución.

En los años sesenta, O’Barry había sido uno de los primeros entrenadores de delfines de oceanarios. Trabajaba en el Seaquarium de Miami, donde llegó a entrenar al delfín que protagonizó Flipper, una exitosa serie de televisión en Estados Unidos que se emitió en todo el mundo. Después de una década trabajando como su entrenador, el delfín de Flipper murió en sus brazos. Esa muerte trastocó su percepción sobre el cautiverio de animales marinos y lo llevó a fundar la oenegé Dolphin Project, con la que desde entonces lleva rescatados y liberados decenas de delfines en Haití, Colombia, Guatemala, Indonesia, Nicaragua, Brasil, Corea del Sur, las Bahamas y Estados Unidos. “La muerte de Flipper tuvo un efecto profundo en mí: me hizo dar cuenta de que los delfines no deberían estar en cautiverio y llevar esas vidas miserables”, asegura O’Barry en The Cove, un documental en el que saca a la luz la despiadada caza de delfines para oceanarios del mundo que se realiza anualmente en las costas de Taiji, Japón, que ganó el Oscar como Mejor Largometraje Documental en 2010.

—Cuando comprás la entrada de un oceanario, el gobierno se queda con una parte a través de los impuestos. Es un negocio de millones de dólares que no quieren cortar. Es decir que ellos también promueven el negocio — explica O’Barry sobre el funcionamiento de los oceanarios en el mundo, a través de una videollamada.

Es una mañana de domingo del mes de mayo de 2025. Su figura de 86 años aparece recortada sobre un fondo blanco hace desde su casa en Florida, Estados Unidos A cada rato, mientras habla, se suena la nariz con un pañuelo descartable.

—¡Y encima en Argentina la orca pertenece al Estado! El propio Gobierno está promoviendo el negocio.

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Un mes después de que se volvieran virales las imágenes de Kshamenk tomadas con el dron de Marketa Schusterova, los integrantes de Derechos Animales Marinos presentaron un recurso de amparo contra Mundo Marino en la Justicia. En el escrito, de 230 páginas y links a videos y fotos de la orca para acreditar la “visiblemente deteriorada salud de Kshamenk”, pedían que se la reconozca como “sujeto de derecho” y “persona no humana”, y se disponga la “definitiva liberación de su cautiverio”. Como primera medida cautelar urgente, solicitaban que la orca sea retirada del show.

—Para nosotros el ideal es que a Kshamenk le construyan un corral marino en la costa de San Clemente —explica María José Fernández, una de las que impulsó el amparo—. Un corral marino para que los animales silvestres como él, que no se puedan rehabilitar ni liberar, vivan ahí. Que tengan atención veterinaria, alimentación con peces vivos para que ellos cacen. Que la gente con una pasarela pueda verlos pero en sus hábitats naturales y si el animal tiene ganas se muestre. Porque también está esa otra faceta: ¿el animal puede no mostrarse? ¿Puede elegir qué hacer? En esas piletas, en el marco de un show, el animal no puede elegir. Y esa es una parte fundamental del derecho animal: que el animal pueda sentir que puede elegir qué comer, dónde estar, si ese día se quiere exhibir o no, si quiere o no estar en contacto con el humano.

El recurso de amparo quedó en manos del juez federal de Dolores Martin Bava, quien años atrás había llevado adelante numerosas causas por delitos de lesa humanidad y un caso de espionaje ilegal a los familiares de los tripulantes del submarino ARA San Juan por el cual ordenó el procesamiento del ex presidente argentino Mauricio Macri. Como primera medida respecto a la orca, Bava ordenó una medida de “mejor proveer”, que consistió en designar dos expertos —un etólogo, es decir un especialista en comportamiento animal, de la Universidad Nacional de La Plata, y un veterinario de la Universidad de Buenos Aires—  para que cada uno realice una pericia sobre su estado de salud, hábitat y rutina.

—Cuando terminé la pericia me di cuenta que lo que vi en Mundo Marino no es lo que querían los proteccionistas —dice Héctor Ricardo Ferrari, el experto designado por Bava para hacer la pericia etológica de Kshamenk, en un café cercano a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires donde trabaja como profesor de la Cátedra de Bienestar Animal.

Ferrari es profesor Profesor Adjunto a cargo de la Cátedra de Etología de la UNLP y antes de peritar en el caso de Kshamenk integró la comisión de expertos que colaboró en la resolución del caso de la orangutana Sandra; peritó en el caso de un chimpancé llamado Toti que desde hace una década vive en un zoológico privado de Río Negro a la espera de un traslado a un santuario; de Jhonny, un chimpancé envuelto en una causa judicial por maltrato animal en el Zoológico de Luján; y en causas relacionadas con ataques de perros.

—Nunca había hecho una pericia sobre un animal así, un predador tope inmenso, sociable, inteligente. Yo estaba convencido que lo iba a encontrar muchísimo peor.

Ferrari, que tiene anteojos de marco negro y el pelo, el bigote y la barba blanca, sostiene, entre sus manos, una tablet con la que, en sus tiempos muertos, juega a los videojuegos. Para hacer la pericia, cuenta que viajó un fin de semana a San Clemente del Tuyú y pasó dos jornadas, desde las ocho y media de la mañana hasta las seis de la tarde, observando a Kshamenk. No notó, según indica en su pericia, ningún comportamiento agresivo de la orca a causa del encierro, ni que tuviera conductas de estrés o períodos de inmovilidad, ni apatía ni reposo prolongado. Tampoco notó señales de aburrimiento. “Buena parte de su tiempo está ocupado en actividades programadas (...) no registré conductas de evitación o defensa que impliquen sufrimiento”, detalló el etólogo, que además recomendó no retirarlo del show, ya que por su edad cambiar su rutina podría “desorganizarlo”. La pericia del veterinario designado por Bava fue similar: “La única alteración en el cuerpo de Kshamenk es la ‘lateralización’ derecha de su aleta dorsal (...) la alteración más frecuente en orcas de acuarios. En lo que respecta a una evaluación sanitaria veterinaria, los resultados son normales”, señaló en su informe.

—En la orca vi un animal que buscaba el contacto —dice Ferrari—. Vi que tiene una extraordinaria relación de ida y vuelta con los entrenadores. Levantaban un dedo y la orca hacía algo. Un gesto, que significaba hacé lo que quieras, y la guacha nadaba en todas las direcciones. Los cuidadores de Mundo Marino piensan que, como la orca les hace caso, saben lo que siente. Y no, no lo entienden. Les dije: “¿ven todos esos juegos que hace con el tambor? Es lo que hace una orca cuando va a matar. Fijate ahora, lo sumerge, bueno es lo que hace cuando está ahogando a un mamífero. Así hizo Tilikum”. Se quedaban mirándome. Los asusté todo lo que pude. Les dije si eran conscientes de que estaban criando a alguien que los podía matar.

Ferrari se ríe a carcajadas. Después menciona que en la pericia incluyó un apartado con recomendaciones para mejorar la vida de la orca en cautiverio.

—Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí. Pero es súper positivo. Cuando todas las soluciones que tenés son una mierda, te das cuenta que tenés un problema de mierda. Él está ahí por nosotros. Básicamente porque hay público para esto. ¿No sería mejor preguntarnos qué lleva al público ahí? 

Ferrari vuelve la mirada a su tablet y busca una foto que le sacó a Kshamenk durante la pericia. Da vuelta la tablet y muestra la foto.

—¿Sabés que está haciendo ahí?

En la imagen, se ve a Kshamenk en el borde de la pileta, con la boca abierta y algo marrón que sobresale entre sus dientes.

—Es la corteza de un árbol. El tipo trae cosas de la pileta y las cambia por pescado. Cuando terminé de hacer la pericia, me estaba por ir de Mundo Marino y vino la orca y me abrió la boca igual para que le acaricie la lengua. Ni mierda iba a meter la mano ahí, pero después de apenas dos días de verla, desde cerca, desde lejos con binoculares, me trató como trata a los humanos. Eso te muestra que ese animal no es una orca, es la parodia de una orca. Por eso mi recomendación para los animalistas es que insistan, pero no con algo que no se pueda hacer. Reconozcan que ese animal no es una orca y denle un destino de él, no de una orca. Acepten que todo lo que tocamos los humanos lo convertimos en un perro.

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—Yo creo que en Mundo Marino incurren en un error estratégico de una mentalidad muy primitiva al no querer dar la cara. Creo que si arrancaran con la verdad, que en 1992 todavía no había una política anticaptura de orcas, pero que capturar a Kshamenk fue un error, ya está. Porque si vos rescatás devolvés, salvo que el animal esté agonizando o con una patología irreversible.

Claudio Bertonatti es un museólogo y naturalista argentino que asumió como director del zoológico de Buenos Aires en 2012 e intentó terminar con la exhibición de animales con fines recreativos y comerciales para transformarlo en un centro basado en principios de rehabilitación, conservación y educación ambiental. Rápidamente vio que no iba a tener presupuesto ni apoyo del Estado para lograrlo: renunció al cargo en 2013. En 2014, hizo un diagnóstico de los cien zoológicos, acuarios, parques temáticos o oceanarios de gestión pública y privada de la Argentina basado en los principios internacionales que establece la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA). El informe fue categórico: más del 90 por ciento de las instituciones, entre ellas Mundo Marino, desconoce los objetivos internacionales de conservación de especies.

—Si tuviesen una orca rescatada viviendo en el oceanario porque tiene una patología irreversible, sería una oportunidad para que contaran la historia de vida de toda la especie. Los animalistas dicen que no hay que exhibir animales porque es cosificarlos, pero la exhibición es buena o mala según cómo esté planificada —asegura Bertonatti—. Pero los oceanarios como Mundo Marino tienen un espíritu netamente circense. No muestran la realidad: la naturaleza no es un idilio. Es tensión constante. Es comer y no ser comido. Es enfermar y sobrevivir.

Esa mala gestión de los zoológicos y oceanarios moviliza, para Bertonatti, a muchos grupos de animalistas a iniciar campañas para pedir la liberación de los animales, lo que en el caso de Kshamenk conduce a una encrucijada.

—Los animalistas tienen una gran sensibilidad con los animales, y los humanizan. Es un error de base: nosotros no somos iguales a ellos y ellos no son iguales a nosotros. El concepto de libertad para un animal no es el mismo que para los humanos. Es como faltarles el respeto. En el caso de Kshamenk, tienen una posición basada en la emocionalidad que es radical y no es viable. Tienen la certeza de que hay que liberarla, y no se permiten dudar, cuestionarse su posición.

Por los años que lleva en cautiverio, la liberación de Kshamenk al mar, según Bertonatti, es prácticamente inviable: requeriría una larga rehabilitación para enseñarle a cazar nuevamente, que pueda reinsertarse en un grupo social con otras orcas, y también debería evaluarse si, por la cantidad de años en los que recibió medicación, no porta enfermedades contagiosas que pudieran derivar en la muerte de otras orcas. Una instancia intermedia sería trasladarla a un santuario: calas espaciosas delimitadas con redes dentro del océano para contener a los cetáceos, donde pueden circular libremente, cazar peces pero también recibir alimento o tratamiento veterinario. En el mundo existen solo tres proyectos de este tipo: uno en Islandia, donde vivió Keiko, que aunque está en funcionamiento no tiene lugar porque alberga a dos belugas, y otros dos proyectos, uno en Grecia y otro en Escocia, que aún no están operativos. 

—En lo que todos acordamos es en que Kshamenk se merece el mejor de los retiros —dice Bertonatti—. Creo que sería una pésima decisión y mensaje dejar que termine su vida así donde está.

Desde su casa en Florida, Richard O’Barry plantea la única alternativa que ve posible para el futuro de Kshamenk.

— La mayor enseñanza que tuve en todos estos años rehabilitando animales marinos es que, si el gobierno no coopera, es una pérdida de tiempo. La única solución para Kshamenk es convencer al gobierno argentino de que construirle un santuario será la mejor publicidad para su país —dice en la videollamada—. Sería un mensaje político para todo el mundo: “Argentina respeta su naturaleza”.

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“El infierno de una orca. Un trágico video muestra a la ‘orca más solitaria del mundo’ tendida casi inmóvil en la piscina de un acuario donde ha vivido sola durante 24 años”, publicó el diario británico The Sun el 22 de agosto de 2024. “Una orca olvidada languidece en un tanque de concreto después de 32 años”, informó ese mismo día el diario británico Daily Express. “La orca más solitaria del mundo fue filmada permaneciendo casi inmóvil durante 24 horas en un tanque en Argentina”, tituló el mismo día el diario brasilero O´Globo. “’Liberen a Kshamenk’: La campaña para liberar a la última orca cautiva en Latinoamérica”, anunció CNN el 10 de septiembre de 2024.

—Los videos de Kshamenk llegaron a los medios internacionales porque su historia es muy fuerte visualmente. Cuando ves cómo vive te pone muy triste —dice Marketa Schusterova después de dos horas de videollamada—. Es la pileta más pequeña y la historia más trágica, porque está solo.

Después de su viaje a San Clemente del Tuyú, Marketa Schusterova logró dar con un hombre que vive cerca del oceanario y tiene un dron con el que trabaja haciendo filmaciones. Lo contrató, prometiéndole que no revelaría a nadie su identidad para que no corra ningún riesgo. El hombre va a filmar a Kshamenk con su dron una vez por mes. Con las imágenes que le envía, Marketa Schusterova hace un seguimiento del estado de la orca. Compara las condiciones del agua de la pileta, sus movimientos, el estado de su piel, su fisonomía. Hubo videos de una temporada en los que notó que tenía la piel lastimada. En otros lo vio sin energía para subirse a la plataforma o hacer saltos durante el show. En algunos lo vio más delgado, permaneciendo con la boca abierta al costado de la pileta durante varios minutos, en espera de más comida. En los últimos dos años, Marketa Schusterova acumuló en sus archivos más de 60 horas de grabaciones de Kshamenk. Cada mes, publica fragmentos de esos videos en las redes sociales de su oenegé y de Derechos Animales Marinos.

—Los videos tienen millones de vistas, pero no alcanza —dice Marketa Schusterova antes de despedirse—. Es muy frustrante.

El 10 de diciembre de 2024, el juez Martín Bava, basado en los informes del veterinario y el etólogo designados como peritos de la causa, resolvió no dar lugar a la medida cautelar solicitada por Derechos Animales Marinos. “Modificar repentinamente la rutina de Kshamenk resultaría desacertado para su bienestar”, advirtió, y ordenó que mientras continúe en curso la causa Kshamenk siga participando del show.

—No queremos decir mucho para no entorpecer la causa. El juez no dio la medida cautelar porque los peritos que fueron a ver a Kshamenk vieron esto, y si vos no sabés mucho de Derecho Animal... —opina María José Fernández, la abogada que impulsó el amparo—. Nosotros ahora vamos a traer más pruebas y opiniones de otros expertos en etología y veterinarios que no tengan intereses. Porque en Argentina no hay mucha gente dispuesta a meterse en esto. Hay veterinarios que no quieren estar en contra de sus propios colegas... el veterinario que fue a Mundo Marino hizo un informe que nosotros se lo mandamos a nuestro veterinario y hay un montón de cosas que no vio o no quiso ver o no pidió. Suponemos que porque no es experto en orcas.

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En los senderos del predio de Mundo Marino se filtran los últimos rayos de sol. Son las seis de la tarde del sábado de marzo de 2025. Dentro de unos minutos el parque cerrará sus puertas. El show de Kshamenk acaba de terminar: la orca atravesó una compuerta de hierro y quedó flotando en una pequeña pileta contigua. Algunas de las parejas, familias y estudiantes que estaban sentados en las gradas del anfiteatro se acercan a la pileta principal para sacarse fotos con un grupo de delfines que quedaron nadando bajo el cuidado del entrenador. El hombre ataviado con un traje de neoprene, que durante el show acarició la cabeza de Kshamenk y lo alimentó con bolas de pescado, tiene 23 años y, visto de cerca, rasgos de niño: ojos achinados, pestañas arqueadas, la cara llena de pecas. Trabaja en Mundo Marino desde hace tres años. Antes de trabajar en el oceanario era repositor en un supermercado de San Clemente del Tuyú: no sabía nadar, sumergirse en el agua le daba miedo y el contacto más cercano que había tenido con animales había sido con caballos. Cuando lo contrataron de Mundo Marino rotó por varios sectores del parque hasta que lo designaron como cuidador en el Albergue de los Lobos: un sitio con piletones donde una colonia de lobos marinos hace un show. Después de trabajar durante un año y medio ahí, lo trasladaron al anfiteatro donde vive Kshamenk.

—Sinceramente uno trata de dar lo mejor—dice el entrenador encogiéndose de hombros—. A fin de cuentas, nosotros somos lo único que la orca tiene acá disponible.

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“Murió Kshamenk, la orca rescatada de un varamiento en San Clemente”. Así se titula el comunicado que publica Mundo Marino el domingo 14 de diciembre de 2025 al mediodía. Informa que la orca falleció durante la mañana de un paro cardiorrespiratorio y que “todo indica que se trató de un cuadro asociado a su avanzada edad”. Unas horas después, en más de 20 grupos de Facebook de pobladores de San Clemente del Tuyú, aparece el video del timelapse de Kshamenk, con su cuerpo inmóvil sumergido en la pileta, y sobre la imagen, en letras blancas sobre fondo negro, el mensaje: “Buscamos información, fotos y/o videos sobre la muerte de la orca Kshamenk en Mundo Marino. Si cuentas con ellas, por favor contáctanos, mantendremos tu identidad resguardada y te recompensaremos por ella”. La que escribe el posteo es Marketa Schusterova.

—El cuerpo de Kshamenk ya no está en Mundo Marino —dice por teléfono ese mismo domingo por la noche, desde su casa en Toronto—. Cuatro horas después de que comunicaran que había fallecido, mi piloto fue a filmarlo con el dron. El tanque estaba completamente vacío y limpio. Es todo muy extraño. Es una orca muy grande y es imposible que la hayan sacado por los accesos, porque son muy pequeños. Necesitás al menos una grúa para sacarla. Pareciera que ni siquiera hicieron la autopsia.

Cuando muere un animal en un acuario o un zoológico, se realiza una necropsia, un procedimiento similar a la autopsia que se hace para estudiar un cadáver humano. Se revisa el estado de todos los órganos —un proceso que lleva varias horas, según el tamaño del animal y la complejidad del caso— y se toman muestras para analizar en profundidad. Los resultados —que tardan semanas o meses— permiten determinar la causa exacta de la muerte y tomar medidas preventivas para que el resto de los animales que viven en el acuario o zoológico no se contagien enfermedades. ¿Es posible que la necropsia de Kshamenk se haya realizado en apenas unas horas?

“Sí, se realizó la necropsia y se tomaron muestras y se mandaron a analizar, pero todavía no están los resultados”, asegura la encargada de prensa de Mundo Marino, que el mismo domingo accede a responder preguntas por mensaje de texto. A la consulta sobre cómo encontraron a Kshamenk sin vida, responde: “Fue un momento difícil. Si bien es parte de un proceso natural, porque ya era una orca que había pasado el promedio de expectativa de vida para una orca macho, nunca es fácil despedirse de un ser amado como lo es Kshamenk”. A la pregunta de cómo hicieron para trasladar el cuerpo de la orca: “Con la ayuda de equipo especializado y de acuerdo a normativas vigentes en el país”.

—San Clemente es un pueblo chico y la mayoría de los que viven ahí trabaja en Mundo Marino. Alguien va a querer hablar, especialmente si les digo que les doy tres, cuatro o cinco mil dólares de recompensa —dice Marketa Schusterova—. La orca no murió hoy. Estoy segura que fue el sábado por la noche. Seguramente la eutanasiaron, porque desde hace varios días circula el rumor de que quieren cerrar el parque por falta de visitantes, y después hicieron todo muy rápido para evitar el dron filmándolo. Todo indica que hicieron lo mismo que hace unos años hicieron en Estados Unidos con Tilikum, la orca de SeaWorld, cuando falleció. Era una orca muy grande y era difícil sacarla del tanque, así que la cortaron en pedacitos para poder sacarla. Creo que a Kshamenk lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al océano o lo quemaron.

La encargada de Mundo Marino asegura que no fue así como sacaron el cuerpo de Kshamenk de la pileta. “Mundo Marino tiene un protocolo propio”, dice, pero no explica en qué consiste el protocolo.

—Una pregunta fundamental es qué van a hacer con los restos de Kshamenk —señala el museólogo Claudio Bertonatti—. Sería importante que no sean destruidos o desechados como residuos patogénicos y que tengan algún destino útil para la conservación de la especie como, por ejemplo, ser derivados a un museo de ciencias naturales.

Al ser consultada por el destino de los restos de Kshamenk, la encargada de prensa de Mundo Marino explica que “se recibió una autorización y fiscalización para enterrar el cuerpo en un predio especial, debido al tamaño de la orca y las complicaciones para su traslado a un centro de tratamiento especializado”, y cita la ley provincial 11.347. La norma determina que todos los deshechos que puedan ser potencialmente tóxicos para el suelo, el agua o el aire deben enterrarse en un predio especial, y que no debe trascender la dirección, para evitar que las personas se acerquen.

El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.

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El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.

La cautiva

La cautiva

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El final de Kshamenk, la última orca que vivió en cautiverio en Sudamérica, es tan oscuro como las circunstancias que la colocaron en una pileta de Mundo Marino, el oceanario argentino que fue su hogar durante más de 30 años. En medio, se agitaron las aguas de una batalla por trazar los límites éticos del entretenimiento, la captura y la conservación de los grandes mamíferos marinos.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

La bestia de lomo negro que pesa cuatro mil kilos y podría matar a cualquiera de los espectadores merodea silenciosamente en las profundidades de la pileta, mientras los turistas se acomodan en las gradas con gaseosas y tarros de palomitas de maíz. En el anfiteatro hay familias con niños. Hay parejas. Hay alumnos de escuela primaria que vinieron en micros escolares desde otras provincias. Hay una atmósfera de expectante algarabía.

—Bienvenidos a Refugio de mar —dice, apenas se sientan, la voz serena y melodiosa de una locutora amplificada por los altoparlantes. 

Son las cinco y cuarto de la tarde de un sábado soleado de marzo de 2025 cuando aparece el entrenador. Sale desde atrás de una escenografía de rocas marrones hechas con yeso, que tiene una pantalla gigante incrustada en el centro y debajo, en letras mayúsculas, el nombre del lugar: “Mundo Marino”. El hombre camina por una explanada ataviado con un traje negro de neoprene, cargando una pequeña heladera roja de plástico. Cuando llega al borde de la pileta, abre la heladera y saca una bola de pescado.

—¿Conocen a Kshamenk? —dice la locutora.

Un animal asoma su cabeza negra y brillosa en medio del agua. Se alcanzan a ver tres manchas blancas —dos pequeñas a la altura de los ojos, una más grande bajo la boca— que le dibujan una expresión sonriente. Apenas se detiene al borde de la pileta, el entrenador le acaricia la cabeza y tira la bola de pescado entre sus dientes filosos.

—Para nosotros es muy especial porque lo rescatamos cuando era un cachorro.

El animal vuelve a sumergirse y nada en círculos. En la superficie de la pileta solo alcanza a verse su aleta dorsal: es negra, mide casi dos metros y está totalmente doblada hacia un lado. El público sigue su trayectoria desde las gradas con ojos extasiados. Algunos suspiran, otros aplauden. Esa aleta doblada es una gracia maldita: solamente se ve en los animales de su especie que están cautivos. Los especialistas en mamíferos marinos la llaman “aleta colapsada” y no saben con exactitud su causa. Algunos lo atribuyen a la falta de actividad. Otros aseguran que es la señal de que están estresados, deprimidos. Kshamenk, que vive en la pileta del oceanario Mundo Marino desde hace 33 años, lleva en su cuerpo la marca de una tragedia. Es la última orca en cautiverio de toda Sudamérica.

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Marketa Schusterova nació en 1975 en Checoslovaquia: un pequeño país sin salida al mar, situado en el centro de Europa, que en aquel entonces estaba gobernado por un régimen comunista. Durante su infancia, ni ella, ni su madre —que trabajaba en el Museo Nacional de Praga—, ni su padre —comerciante del rubro de la construcción— pudieron salir del país: el gobierno imponía a los ciudadanos que tramitaran permisos especiales para poder viajar al extranjero, y esos permisos eran muy difíciles de obtener. Para cuando Marketa Schusterova llegó a la mayoría de edad, el régimen comunista ya había caído y los ciudadanos checoslovacos pudieron volver a viajar libremente por el mundo: ella conoció Bélgica, Reino Unido, Alemania hasta que se instaló en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, a orillas del lago Ontario, para estudiar fotografía. Durante unas vacaciones en República Dominicana, contrató una excursión que incluía una clase de buceo. Apenas se sumergió, aquella mujer que había nacido en un pequeño país sin salida al mar se fascinó al ver peces de colores, mantarrayas, delfines. Al regresar a Toronto, hizo un curso de buceo y se especializó en fotografía subacuática. Un tiempo después, viajó a las cataratas del Niágara, en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, para conocer Marineland, uno de los parques con animales marinos más famosos del mundo. Allí vio, por primera vez, una orca.

—Era un animal inmenso y estaba en un lugar tan pequeño y sin actividad… que tuve un sentimiento de enojo tan grande que…. Fue como un llamado.

Son las tres de la tarde de un sábado de fines de marzo en Toronto, las cuatro de la tarde en Buenos Aires. Marketa Schusterova hace una pausa en la videollamada y su imagen —cabello rubio atado en un rodete, suéter fucsia— se vuelve pequeña. Aparecen, en el centro de la pantalla, fotografías que muestra desde su computadora. En la primera está con un traje de neoprene y una máscara de buceo, recortada sobre un fondo azul donde merodean siete tiburones. La segunda es una imagen cenital de ella sacándole una foto a un cocodrilo que permanece a centímetros de su cuerpo. En la tercera, se la ve nadando pegada a una inmensa ballena: el animal es tan macizo que parece un submarino.

—En mis viajes posteriores pude ver libres en el mar a todos los animales que están encerrados en esos parques. Vi que sus personalidades son totalmente distintas.

Marketa Schusterova comenzó a trabajar como fotógrafa en documentales de naturaleza. En paralelo, se unió a una oenegé de conservación de animales marinos como voluntaria. Tiempo después, fundó junto a un compañero su propia oenegé. La llamaron Urgent Seas. Su primera acción de activismo fue sobrevolar las instalaciones de Marineland con el dron con el que trabajaba para los documentales. Quería filmar qué hacían los animales cuando el parque estaba cerrado. Desde el cielo, logró identificar la pileta de la orca. La vio completamente sola, inmóvil en medio del agua. La filmó durante horas en estado de letargo. Subió un fragmento del video a las redes sociales de la oenegé. En pocas horas, el video se viralizó. “La ‘orca más solitaria del mundo’ vive en un parque temático cerca de las cataratas del Niágara”, publicó el 10 de diciembre de 2021, dos meses después de publicado el video, el Toronto Star, el diario más importante de Canadá. La foto de la orca estaba en la tapa.

Schusterova regresó a filmar a la orca cada dos semanas. Comenzó a ser testigo de los cambios en su peso, en su estado de ánimo, en el agua de la pileta, que a veces estaba completamente turbia. Un día de marzo de 2023 notó que no nadaba bien. Le pareció un presagio. La orca murió dos días después por una infección. Consternada, la mujer se propuso redoblar su apuesta, adelantarse a otros casos en los que pudiera ocurrir lo mismo, armar un “inventario” de todas las orcas en cautiverio. Mientras googleaba oceanarios del mundo, encontró un video que la desconcertó: era de una orca que vivía en una pileta diminuta. Tan pequeña que dudó si no estaba trucado. La imagen más desoladora que había visto en su vida. “Tengo que hacer algo por ella”, se dijo. Esa orca era Kshamenk.

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Media hora antes de sentarse en las gradas para ver a la orca, los espectadores pasaron por una pequeña sala de proyecciones contigua al anfiteatro para ver un corto audiovisual sobre rescates de animales realizados por Mundo Marino. En la secuencia más vertiginosa, registrada con cámara en mano, una docena de hombres sumergidos en el mar con flotadores naranjas empujaban el cuerpo de un inmenso animal hasta la playa, mientras la voz en off de una locutora narraba, con tono épico, que en noviembre de 1992 alguien avisó al oceanario que había una orca varada en la playa. Que cuando llegaron la encontraron sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. Que tuvieron que trasladarla al oceanario para salvarle la vida. Que “durante el largo tiempo que duró su rehabilitación, Kshamenk adoptó a sus cuidadores como su nueva familia”.

—A Kshamenk lo cazaron en un varamiento forzado —asegura María José Fernández una mañana de abril de 2025, en un estudio de abogados que funciona en el octavo piso de un edificio antiguo, con puertas de madera maciza y un ascensor que parece una jaula de metal, ubicado en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires.

Fernández es una abogada especializada en derecho animal de 41 años, menuda, de ojos almendrados y voz suave que en 2021, junto a otras nueve personas, fundó Derechos Animales Marinos para luchar por la liberación de Kshamenk. Una agrupación que todas las semanas replica videos de la orca en la pileta en sus redes sociales —uno de los cuales vio Marketa Schusterova desde su casa en Canadá—, y que, a partir de una investigación, halló una denuncia judicial anónima en la que alguien aseguraba que “en 1992 Mundo Marino organizó una expedición de captura de orcas, en la que obligó a participar a algunos de los empleados bajo pena de despido (...) Literalmente las arriaron hacia la bahía, donde esperaron que bajara la marea y que las orcas quedaran con pocos centímetros de profundidad y no pudieran moverse (...) Allí eligieron cuatro ejemplares para llevarse (…) tres fueron transportadas al acuario: una de ellas murió durante el viaje, estaba muy estresada (…) Las dos restantes fueron puestas en un tanque (…) Esa misma noche se empezaron a escuchar golpes, y cuando llegaron al tanque encontraron el agua llena de sangre, y una de las orcas muerta. Había golpeado la cabeza contra las paredes del tanque hasta que le estalló el cráneo (…) La orca sobreviviente de la masacre fue Kshamenk”.

Pasadas más de tres décadas de la llegada de Kshamenk a Mundo Marino, las versiones cruzadas sobre cómo fue su desembarco en la pileta del oceanario agitan las aguas de un conflicto de escala internacional.

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En 1964, el Acuario de Vancouver, una institución de Canadá pionera en emplear científicos para investigar a los animales marinos, encargó a un escultor la réplica de una orca en tamaño real. El hombre intentó cazar una orca con un arpón para usarla como modelo, pero el animal sobrevivió: el acuario decidió aprovechar la ineptitud del escultor y exhibir al animal vivo. La bautizaron Moby Doll. Fue la primera orca cautiva del mundo.

Hasta ese momento, de las orcas —Orcinus, su nombre científico— se sabía que son el miembro más voluminoso de la familia de los delfines, que se encuentran en todos los mares del planeta, que viven en manadas numerosas, nadando hasta 200 kilómetros por día, que pueden llegar a vivir hasta 90 años, que son las superpredadoras del océano —se alimentan de más de 200 kilos de pescado al día—. También, que los antiguos marineros las bautizaron “ballenas asesinas” porque las vieron cazar ballenas: animales de un tamaño hasta seis veces más grandes que ellas. Gracias a Moby Doll, que sobrevivió en cautiverio tan solo 87 días, los científicos pudieron observar a las orcas de cerca y conocer, por ejemplo, la sofisticada forma en la que se comunican entre sí por ondas de sonido, o advertir su considerable inteligencia: la llamada ballena asesina era capaz de aprender las piruetas que les enseñaban los entrenadores humanos con la docilidad de un perro.

A partir de las desventuras de Moby Doll, las orcas se posicionaron en el epicentro de un negocio pujante: más de 220 fueron confinadas y exhibidas en oceanarios del mundo. Los años sin cazar, nadando en círculos dentro de pequeñas piletas y emitiendo ondas de sonido que rebotaban contra las paredes de esos tanques las convirtieron en estrellas inquietantes. En la nochebuena de 2009, Keto, una orca que vivía en un acuario de Tenerife llamado Loro Parque, arrastró a su entrenador hasta el fondo de la pileta y desgarró sus órganos vitales hasta matarlo. Dos meses después, Tilikum, una orca del oceanario SeaWorld de Orlando famoso por convertirse en el mayor macho procreador en tres décadas de cautiverio —21 hijos engendrados—, mordió el hombro de su entrenadora, le fracturó las costillas, la mandíbula y dejó su cuerpo inerte flotando en el tanque frente al público. El origen de esos ataques, y de otras decenas de agresiones de orcas a humanos registradas en seis décadas de cautiverio en oceanarios, según biólogos marinos, es el trauma que les provoca ser capturadas y alejadas del mar.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”: una orca que jurídicamente es igual que los glaciares de la cordillera de los Andes, los sitios arqueológicos de la Patagonia y las cataratas del Iguazú.

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En la ruta de camino hacia San Clemente del Tuyú hay carteles publicitarios con fotos de delfines y de una orca con la leyenda: “Vení a conectarte con la naturaleza en Mundo Marino”. Las calles en San Clemente del Tuyú —una localidad balnearia gris y ventosa con 16 mil habitantes ubicada al final de una bahía, en la costa atlántica argentina— son casi todas de arena, salvo por una arteria asfaltada que atraviesa la ciudad de punta a punta y desemboca en Mundo Marino. En la entrada del oceanario hay una explanada de estacionamiento con palmeras y unos pocos autos y micros con contingentes turísticos. En las boleterías —seis ventanillas bajo un techo de chapa azul eléctrico donde se cobra una entrada de casi 40 dólares—, reina un silencio de siesta. Al ingresar al parque, después de bordear una fuente con una escultura de una orca y un delfín, aparecen, amontonados en un rincón, carritos de bebé con forma de orca que se alquilan por siete dólares. A partir de ahí se abren senderos que se ramifican alrededor de las 40 hectáreas que ocupa el predio. Los senderos llevan hacia estanques con pingüinos, tiburones, hipopótamos, delfines; un anfiteatro donde hacen un show un grupo de lobos marinos; un extenso lago artificial con flamencos; un bosque con búfalos, carpinchos, antílopes, monos, ñandúes, ciervos, cebras; el anfiteatro donde está la orca. También pasan por tiendas de recuerdos que venden vasitos, peluches, llaveros, remeras decoradas con orcas y delfines; locales de comida rápida con sogas dispuestas para ordenar filas que permanecen completamente vacías. Por los senderos andan sueltos los pavos reales, pero casi no se ve gente: la sensación es la de caminar sobre las ruinas de un pasado esplendoroso.

Ese mismo predio, 50 años atrás, era apenas un cangrejal en el extremo de un pueblo al que ni siquiera llegaban las líneas de teléfono. Así se lo describe en Cómo nació Mundo Marino. Historia de David Méndez, libro publicado en 1991, en cuya tapa hay una foto de una orca que emerge de la pileta con un entrenador completamente erguido sobre su trompa, y de fondo, la escenografía de rocas marrones hechas con yeso y la leyenda “Mundo Marino” grabada en letras mayúsculas. Trata sobre las peripecias de don David Méndez, un hombre que comenzó trabajando como obrero de la industria metalúrgica, inventó los primeros calefones eléctricos de la Argentina, se volvió un empresario exitoso del rubro de los calefones y, por esas cosas de la vida, terminó entrenando al único grupo de orcas cautivas del país.

Hoy quedan 57 orcas exhibidas en 14 oceanarios del mundo. Casi la mitad vive en acuarios de China. Dieciocho en parques de atracciones de Estados Unidos. Siete en Japón. Seis en países de Europa. Una en Rusia. Y una, en Argentina, que fue declarada “bien del Estado”..

El momento bisagra que relata el libro ocurre en 1966, cuando Méndez, ya devenido en empresario, visita un acuario en Miami. “Me llamó mucho la atención las piruetas que hacían los delfines. Saqué gran cantidad de fotografías, quedé realmente entusiasmado —cuenta Méndez—. Entendí que hacía falta en nuestro país mostrar esta parte de la naturaleza. Pensé en lo hermoso que sería poder hacer algo similar en la Argentina”. De regreso al país, se entera que uno de sus socios en la fábrica de calefones los vendía a un precio mayor y se quedaba con la diferencia. Amargado, vende su parte de la empresa y lo invierte en un inmenso terreno en San Clemente del Tuyú, el pueblo al que solía ir de pesca, donde se muda en compañía de sus cuatro hijos y su esposa. Allí tiene una epifanía: si rellena ese terreno con arena, puede emparejarlo y abrir un camping. Según el libro, el negocio prospera rápido: en apenas unos meses Méndez trae una línea de teléfono que sería la primera del pueblo, mejora las instalaciones del camping, construye una pileta. Mientras todo eso sucede, en su vida personal, lo que podría haber sido un trauma —fallece su esposa— es apenas un contratiempo —Méndez se casa con la hermana de su esposa—. La fantasía de abrir un acuario inspirado en el que vio en Miami se precipita un día en que recibe el llamado de un pescador de la zona. El hombre le avisa que encontró dos delfines lastimados en la playa y le pide alojarlos en la pileta del camping. Méndez accede. Los cura con ayuda de veterinarios de la zona. En San Clemente se corre el rumor de que hay dos delfines en una pileta: la gente comienza a visitar el camping para verlos. A partir de ese momento, cada vez que alguien encuentra un cachorro huérfano, un pingüino empetrolado, una tortuga herida en la costa, lo lleva al camping. Méndez los cura y los libera, pero los animales vuelven al camping buscando comida y cuidado. El 6 de enero de 1979, con dos delfines, cuatro elefantes marinos, dos lobos marinos y unos cuantos pingüinos, David Méndez funda Mundo Marino. “Todo se iba desarrollando normalmente, pero se modificó —cuenta en el libro— el día en que apareció, en San Clemente, una orca”.   

8 de agosto de 1985: Méndez recibe el aviso de que un gran tiburón quedó atrapado en el fango de un cangrejal. Cuando va a su rescate, descubre que se trata de una orca bebé. Con la ayuda de algunos voluntarios, la traslada al oceanario y la salva. La bautiza Milagro. Envía a uno de sus hijos a un oceanario de Estados Unidos para que aprenda cómo se entrena a una orca y, en paralelo, construye una pileta con una tribuna para el público. Tres años después, en una de sus caminatas matutinas, el sacerdote del pueblo encuentra otra orca varada en la costa. Méndez va a su rescate. La salva. La bautiza Belén. Milagro y Belén conviven armoniosamente en la pileta, comienzan a dar shows, hasta que en 1991, Milagro muere por un colapso vascular. Belén queda sola. Un año después, ocurre lo que en Mundo Marino se encargan de repetir hasta el día de hoy: aparece varada en la costa otra orca. Sola, sin su manada, con la piel muy lastimada por la exposición al sol. La trasladan al oceanario. La salvan. La bautizan Kshamenk. En ningún lado figura por qué eligen ese nombre. Kshamenk, en lengua ona, significa “orca”: quizás, para Méndez, encontrar a Kshamenk fue una señal de abundancia. Los onas eran un pueblo indígena nómade que vivía en el extremo sur de la Patagonia argentina, frente al canal de Beagle, y cazaban animales terrestres —guanacos, zorros, roedores—, pero si aparecía una ballena varada en la costa, lo tomaban como un mensaje espiritual: la tribu se reunía alrededor del animal, celebraban un festín y se abastecían de su carne y de su grasa.

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—La orca estaba en la pileta más pequeña que vi en mi vida. Y no se movía. No puedo ni hablar de eso —dice Marketa Schusterova en la videollamada, la voz quebrada—. Empecé a buscar más videos y no encontré ninguno. Esa orca no tenía publicidad.

Schusterova googleó a la agrupación que posteaba el video, Derechos Animales Marinos. Les escribió un mensaje a la cuenta de Instagram. Desde Argentina, le respondieron casi al instante. Lo primero que le confirmaron era que Kshamenk medía casi siete metros y que la pileta de cemento en la que vivía en Mundo Marino medía apenas 12 metros de diámetro. Que existe una Ley de Oceanarios en Argentina que establece que la pileta debería medir al menos el doble que el animal, pero no se cumple.

—Básicamente le dijimos que estaba metido en una palangana —recuerda María José Fernández en el estudio de abogados.

En el intercambio de mensajes con Marketa Schusterova le contaron que eran un grupo de 10 personas —animalistas, abogados y trabajadoras del Juzgado N°4 del fuero Contencioso Administrativo, Tributario y de Relaciones de Consumo de la Ciudad de Buenos Aires— que años atrás habían participado de los dos casos que refundaron el Derecho Animal en Argentina: la prohibición de las carreras de perros galgos, un negocio clandestino que se había extendido en todo el país y llevaba a la tortura y a la muerte a miles de perros de esa raza, y la declaración de una orangutana llamada Sandra, que vivía en el zoológico de Buenos Aires, como “persona no humana y ser sintiente” sujeto de derecho, lo que sentó un precedente que hizo su caso mundialmente famoso y derivó en que fuera sacada de exhibición y trasladada hacia un santuario, un espacio similar a su hábitat natural, en Estados Unidos. Ahora se habían unido por la liberación de Kshamenk. Incluso le comentaron que habían presentado un proyecto de ley en el Congreso de la Nación, que llamaron Ley Kshamenk, que buscaba prohibir la exhibición y cautiverio de animales marinos sin fines de rehabilitación o reinserción, acompañada de casi 700 mil firmas apoyando el proyecto, pero los funcionarios no lo trataron y no había logrado tomar estado parlamentario.

—Para hacer el proyecto de ley yo pagué la entrada de Mundo Marino, fui con una fotógrafa a registrar todo el show y ver cómo estaba la orca. Entramos tipo… que no nos descubran porque nos sacan a patadas. Cuando vi a Kshamenk ahí, no... es como... difícil, pobre gordito —dice Fernández, la voz se le quiebra y empieza a llorar, pide perdón, busca en su bolso un paquete de pañuelos descartables—. Verlo ahí, en vivo y en directo, en una piletita, fue terrible. Estar tan cerca y decir “ay, no puedo hacer nada por vos, pero ya vamos a poder hacer algo”.

Schusterova les dijo que ella podía ayudarlos a hacer su lucha famosa. Tres meses después de contactarlos, en septiembre de 2023, se tomaba un avión rumbo a Buenos Aires.

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“¡Palmas, palmas, palmas!”. En el anfiteatro suena una música pegadiza y un hombre arenga desde las gradas. El entrenador se acerca al borde de la pileta, acaricia la cabeza de la orca y arroja una nueva bola de pescado a la pileta. Kshamenk la tritura en segundos, se sumerge y aparece en el otro extremo, sobre una plataforma, su inmenso cuerpo completamente fuera del agua. Choca la cola contra la plataforma para salpicar a los espectadores sentados en las primeras filas de las gradas y luego, como si quisiera esconderse después de hacer una travesura, se desliza hacia atrás para caer en la pileta. Desaparece como un rayo.

—Les cuento un poco más de la historia de Kshamenk —dice entonces la locutora—. Después de que lo rescatamos, cuando él se recuperó, se consultó a distintos expertos en orcas sobre la posibilidad de que regrese al mar. Todos los profesionales coincidieron en que reinsertarlo sin su manada y sin saber cazar era condenarlo a un triste desenlace. Además, no se conoce ningún caso exitoso de reinserción de orcas.

Hubo una sola orca reinsertada al océano después de años de cautiverio: Keiko. Había sido cazada en las aguas de Islandia en 1978 a los dos años de edad, trasladada primero a Marineland, en las cataratas del Niágara, y luego vendida a Reino Aventura, un parque de diversiones en Ciudad de México. Su suerte cambió cuando la productora de cine Warner Bros. comenzó a buscar una orca para que protagonizara una película. El guion era sobre un niño huérfano de 12 años que se hace amigo de una orca que vive atrapada en un acuario, y logra conducirla hasta el océano y liberarla. Los cazatalentos de Hollywood primero buscaron una orca en SeaWorld, pero los dueños leyeron el guion y se escandalizaron con el mensaje de emancipación de las orcas que transmitía. Se negaron a prestar una de sus orcas para el cine. La oferta llegó a los dueños de Reino Aventura, a quienes, en cambio, la participación de su orca en el cine les pareció una buena oportunidad para paliar los magros ingresos que tenían durante la temporada de invierno. Liberen a Willy se estrenó en 1993 y batió récords de taquilla: recaudó más de 150 millones de dólares. Su éxito llevó a que los espectadores quieran saber más sobre la verdadera vida de la orca que encabezaba el elenco. Las noticas revelaron que, en Reino Aventura, Keiko vivía en una pileta de apenas 6.3 metros de profundidad, tenía lesiones en la piel y la aleta dorsal colapsada. Fue tal la zozobra que generaron, que la gente empezó a donar dinero para Keiko. Organizaciones ecologistas, biólogos marinos, filántropos internacionales y Warner Bros. crearon la Fundación Liberen a Willy, y recaudaron 20 millones de dólares para liberarla.

Más de 100 mil personas fueron a despedir a la orca el día que partió desde Reino Aventura en camión. La trasladaron, con escoltas policiales, hacia un avión que tenía un gigantesco estanque con agua de mar. Aterrizó en otro estanque, en Estados Unidos, donde comenzó su rehabilitación. Dos años después, la llevaron en otro avión hacia un corral marino en Islandia. Un equipo de entrenadores le enseñó de nuevo a cazar, a nadar grandes distancias y a socializar con otras orcas hasta que pudo alcanzar el hito: fue liberada en Islandia, en las mismas aguas donde había sido cazada cuando era un cachorro, en 2002. Pero constantemente buscaba alimento y contacto humano en las embarcaciones con las que se cruzaba. Después de un año en libertad, contrajo neumonía. El 12 de diciembre de 2003, con 26 años de edad, falleció. La muerte de Keiko dejó flotando una pregunta en el océano de la incertidumbre: ¿una orca que estuvo cautiva debe regresar al mar?

"Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso."

“La experiencia de Keiko demostró que la liberación de animales que han estado cautivos por largo tiempo es especialmente desafiante y, si bien a nosotros, como humanos, nos puede resultar atractivo liberarlo, la supervivencia y el bienestar del animal pueden verse gravemente afectados”, concluyó un estudio científico sobre su liberación publicado en 2009 en la revista Marine Mammal Science. “Sobre el final de su vida Keiko ganó más de 1 365 kilos, volvió a relacionarse con orcas salvajes e incluso mostró signos físicos de intentos de apareamiento, todo mientras prosperaba en las aguas que la vieron nacer”, asegura, en contraposición, la sinopsis de Keiko, la historia no contada, una película estrenada en 2010 que reúne los testimonios de quienes participaron de su liberación, disponible en la plataforma Vimeo. Sobre el final de la película, después de los créditos, van pasando uno a uno los nombres de las orcas aún cautivas y el lugar del mundo en el que viven. El último nombre que aparece en la lista, antes del fundido a negro, es el de Kshamenk.  

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Liberen a Willy la quisieron filmar en Mundo Marino y los dueños no quisieron. Un año después yo viajé en persona a San Clemente y los pude convencer de hacer la telenovela. No fue nada fácil, pero matcheamos en el mismo objetivo, de hacer conocer a estos animales.

La voz de Gustavo Bermúdez por teléfono tiene un tono sereno, y por momentos, se vuelve carrasposa. Responde el llamado desde Madrid, donde se encuentra presentando una comedia romántica que codirigió junto a otro actor argentino en un festival de cine. Bemúdez tiene 60 años y en los últimos 40 años actuó en más de 25 novelas emitidas en la televisión local de aire. Protagonizó algunas de las más emblemáticas, como Pelito, Celeste siempre Celeste y Alén, Luz de Luna. Con Nano, la telenovela filmada en las instalaciones de Mundo Marino, se consagró en la categoría de “galán de telenovela”.

—Yo siempre había tenido el deseo de nadar con delfines y orcas y lo pude hacer realidad a través del personaje de Nano. Al principio me daba un poco de miedo meterme a la pileta, hasta que un día el entrenador me dijo “tirate”. Empecé a nadar con Belén, que por ser hembra era más dócil, y poco a poco me fui acercando a Kshamenk. La primera vez que me metí con él se me venía encima, arrimándose muy suavecito, y yo dije “uy, qué hago acá” —Bermúdez hace un silencio—. Pero a partir de ahí fue una experiencia impresionante. Yo me paraba encima y las orcas me llevaban como si fuera una tabla de surf. Por suerte cuando lo hice no sabía que en otras partes del mundo habían matado entrenadores. 

Nano, emitida en la pantalla de Canal 13 en el horario central de las ocho de la noche durante 1994, un año después de Liberen a Willy, mezclaba el romance, el policial, la ecología y la integración. Sus capítulos alcanzaron picos de rating de casi un millón de espectadores. Bermúdez encarnaba a un entrenador de orcas que por las noches se convertía en una suerte de Robin Hood contemporáneo y robaba a los más ricos para repartir el botín entre los más necesitados, mientras mantenía un romance clandestino con una mujer sordomuda interpretada por Araceli González, que hasta encarnar a ese personaje era una modelo famosa por ser la cara de la lencería más conocida de Argentina y que por su actuación en Nano ganó un premio Martín Fierro, el máximo galardón de la televisión argentina, como “revelación” del año. A diferencia de Liberen a Willy, en ningún punto de la trama se cuestionaba que las orcas permanecieran cautivas en el oceanario.

—Cuando hicimos la telenovela era otro planeta, éramos muy ignorantes con muchas cosas, viste. Yo sé que es muy difícil reinsertar a las orcas cuando ya estuvieron en cautiverio —dice Bermúdez al teléfono—. Se fue evolucionando, y me parece bien que si encontrás cómo se puede salvar un animal, se haga. Lo que pasa es que las orcas van en familia, y es muy difícil una vez que vos encontrás una sola insertarla, algo así. Pero yo soy un simple actor que trabajó en ese momento donde los animales en cautiverio no eran un impedimento.

Mientras Liberen a Willy se transformó en una saga en las siguientes dos películas se usaron imágenes de orcas salvajes y modelos animados para reemplazar a Keiko— y Nano se transmitió en más de 70 países, se dobló a 20 idiomas y hasta tuvo una versión latina en Univisión, una cadena de televisión estadounidense dirigida a una audiencia hispana, en San Clemente del Tuyú, Mundo Marino batía sus propios récords: 15 mil personas llegaban a visitar el acuario en un solo día. Animados por la popularidad alcanzada por sus dos orcas, los dueños del oceanario proyectaron agrandar la pileta del anfiteatro y reproducirlas. Belén quedó embarazada de Kshamenk y después de 16 meses de gestación, en noviembre de 1998, dio a luz a un cachorro, que nació muerto. Al año siguiente volvió a quedar preñada, pero en el cuarto mes de embarazo sufrió una infección renal presuntamente provocada por un resto de placenta del embarazo fallido, y falleció. Cuando Kshamenk quedó solo en la pileta, Argentina se hundía en una de las crisis económicas más profundas de su historia.

A fines de 2001, a los dueños de Mundo Marino se les ocurrió aprovechar su condición de macho reproductor, que lo valuaba en más de un millón de dólares, para exportarlo. La primera oferta la hizo el oceanario Six Flags Worlds of Adventure de Ohio, Estados Unidos: propuso trasladarlo hacia sus instalaciones en una suerte de préstamo “con fines reproductivos”. Lo iban a cruzar con una hembra que habían traído especialmente de Francia. Se comprometían a entregar a Mundo Marino el tercer cachorro de orca que tuvieran. Mundo Marino pidió al Estado argentino la autorización para exportar a Kshamenk basándose en la figura legal ress nullius, que significa “cosa de nadie” en latín, y designa a alguien como propietario de cosas que no tienen dueño. Más de 30 conservacionistas y científicos del mundo salieron al cruce: “Dar un permiso para que la orca salga del país alienta a la industria del tráfico de estos animales a mirar hacia la Argentina en busca de más y más”, sentenció desde Inglaterra Erich Hoyt, cofundador del Comité Internacional de Áreas Protegidas de Mamíferos Marinos, un científico que fue condecorado con la Excelentísima Orden del Imperio Británico por sus aportes a la conservación de los cetáceos. En junio de 2002, el Defensor del Pueblo de Argentina se acopló a la opinión de los expertos y recomendó por resolución no autorizar la exportación de Kshamenk.

“Un particular no puede obtener beneficios económicos de la orca”, sentenció el gobierno argentino, y denegó el permiso para su exportación. Bajo la Ley 22.421 de protección de la fauna silvestre, Kshamenk fue declarada, como ya se mencionó, “bien público” del Estado. Desde entonces, Kshamenk ha sido solo un huésped honorable del oceanario: Mundo Marino tiene su custodia a través de una “tenencia precaria”. Kshamenk quedó bajo la órbita del área de Pesca del Ministerio de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires, cuya misión es realizar inspecciones periódicas al oceanario y revisar su estado de salud. Los funcionarios del área fueron contactados para dar testimonio en esta nota, pero después de insistir con el pedido de entrevista durante dos meses, desde el área de prensa del Ministerio dejaron de responder los mensajes.

—Sobre el hecho de que pasaron 30 años y Kshamenk siga en la misma pileta, es la vida, como desde hace 30 años mi vieja, que vive en la ciudad de Rosario, sigue teniendo la misma vecina de siempre —reflexiona Bermúdez al teléfono—. La otra orca, Belén, se murió, qué se yo, como se murió gente muy cercana a mí. No me pongo a pensar en eso.

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Diecisiete horas duró el vuelo de Marketa Schusterova desde Toronto hasta Buenos Aires. Apenas arribó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, alquiló un vehículo y manejó por la ruta hasta San Clemente del Tuyú. Al otro día se despertó bien temprano y fue hasta un descampado cercano al oceanario. Sacó su dron de la mochila. Lo remontó en dirección a Mundo Marino. Fue siguiendo su trayectoria desde su celular hasta que identificó el estacionamiento de entrada de Mundo Marino, totalmente vacío a esa hora, y comenzó a sobrevolar las 40 hectáreas del predio. Pasaron varios minutos hasta que pudo divisar una pequeña mancha azul. Hizo zoom: había una mancha negra dentro de la mancha azul. Se quedó unos instantes mirándola desde el cielo.

—Pasaba el tiempo y no se movía. Me largué a llorar —recuerda Marketa Schusterova en la videollamada—. Estaba psicológicamente quebrado. Parecía un animal muerto.

Horas después de observar a Kshamenk en su pileta desde el aire, Marketa Schusterova pagó la entrada al oceanario para ver el show de la orca desde las gradas.

—El público aplaudía, gritaba, claramente no entendían que su vida entera transcurre ahí. Y lo que decía la locutora me daba mucha bronca. Era todo mentira —recuerda—. Cuando salí intenté hablar con los empleados del parque, pero fue difícil. Casi nadie hablaba inglés. Con los pobladores de San Clemente con los que pude hablar tenían mucho temor de hablar mal de Mundo Marino, porque casi toda la gente del pueblo trabaja ahí. Lo ven como una gran oportunidad de trabajo. Nadie quería decir nada porque en el pasado pasaron cosas, amenazas. Me decían que tuviera mucho cuidado.

Esa misma noche, volvió al descampado a tomar imágenes de la orca con el parque casi a oscuras. Al día siguiente hizo lo mismo. La registró con su dron en distintos horarios del día y obtuvo, en total, ocho horas de filmación. Siguiendo el consejo de los pobladores de San Clemente con los que habló, que por seguridad le recomendaron que no procesara esas imágenes hasta que saliera del país, recién cuando regresó a su casa en Toronto se puso a ver los videos y notó que la orca permanecía petrificada al borde de la pileta casi todo el tiempo. Apenas se movía cuando le llevaban comida. Editó un timelapse —una secuencia de videos reproducidos en alta velocidad en la que comprimió 10 minutos de video en 30 segundos— en el que se veía a la orca inmóvil y a un delfín dando vueltas en la pileta frenéticamente alrededor suyo. Se lo compartió a los integrantes de Derechos Animales Marinos.

El 25 de septiembre de 2023 lanzaron la campaña FreeKshamenk en las redes sociales. Publicaron el video en la cuenta de Urgent Seas y de Derechos Animales Marinos con una leyenda que decía: “Kshamenk, la orca cautiva de 35 años de edad, no se mueve en todo el tiempo. No está bien y necesita ayuda inmediata. Debemos crear conciencia sobre su peligrosa existencia”. Horas después, el video ya era viral. En Tik Tok alcanzó más de un millón de vistas.

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En 2008, desembarcó en San Clemente del Tuyú una comitiva de entrenadores de SeaWorld. La cadena más famosa de parques temáticos con animales marinos —que abrió sus puertas en 1964 y tiene sedes en Orlando, Florida, San Diego, California, Texas y Emiratos Árabes— coordinaba un programa de reproducción de orcas, a través del cual colectaban semen de ejemplares para reproducirlos por inseminación artificial. Mundo Marino se acogió al programa después de quedarse sin la chance de exportar a Kshamenk. Los entrenadores de SeaWorld capacitaron a los de Mundo Marino para extraer esperma. Kshamenk fue sometido a cientos de sesiones matinales de juegos sexuales con Floppy, una delfina con la que pasó a compartir la pileta desde la muerte de Belén. Cuando lograba la excitación, tanto la delfina como Kshamenk eran “reforzados positivamente” por los entrenadores. Kshamenk comenzó a tener más erecciones. Los entrenadores pusieron en marcha el segundo paso del plan que le habían enseñado sus colegas de SeaWorld: desensibilizar sus genitales, colocar una vagina artificial y colectar su semen. En total, entre 2010 y 2014, colectaron 110 muestras. Lo hicieron entre tres entrenadores: uno manipulaba el pene de Kshamenk, otro secaba con toallas el agua salada y una tercera se encargó de colocar la vagina artificial.

"Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí."

El esperma de Kshamenk viajó hasta Estados Unidos. La orca Kasatka, que vivía en SeaWorld San Diego, California, fue inseminada: dio a luz el 14 de febrero de 2013 a una orca bautizada Makani. Al mismo tiempo, Takara, una orca que era hija de Kasatka, también fue fecundada con el esperma de Kshamenk. Dio a luz a Kamea, en SeaWorld de San Antonio, Texas, el 6 de diciembre de 2013. Ese mismo año, se estrenó a nivel mundial Blackfish, un documental centrado en testimonios de exentrenadores de SeaWorld, disponible en la plataforma de Netflix, que reveló los traumáticos efectos de la vida en cautiverio en Tilikum, la orca que vivía en SeaWorld Orlando y terminó matando a su entrenadora. “La reacción que ha producido el documental en la opinión pública ha hecho que se multipliquen los llamados para que SeaWorld ponga fin a los espectáculos con orcas y libere a la veintena de ejemplares de esta especie que mantiene en cautividad en sus parques”, informaba el portal BBC Mundo en una editorial de 2014 titulada: “El efecto Blackfish: ¿llegará el fin de los parques acuáticos?”. Acechado por las críticas, en 2016 SeaWorld publicó un comunicado en su sitio web en el que anunció el fin del programa de reproducción de orcas: “Las orcas que están bajo nuestro cuidado —decía— serán la última generación de orcas del parque”.

Makani, la primera hija de Kshamenk, todavía vive en San Diego. Es una orca “enérgica y juguetona”, según la define SeaWorld en su sitio web. En cuanto a la segunda hija de Kshamenk, Kamea, falleció el 19 de junio pasado por causas que no fueron reveladas.

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—Desde que Kshamenk fue rescatado, fue tanto el amor compartido entre él, sus cuidadores y los demás delfines, que hoy logró superar la expectativa de vida de las orcas macho— dice la locutora de Mundo Marino en el show, mientras la orca permanece al borde de la pileta recibiendo bolas de pescado que le arroja el entrenador desde la explanada—. Hoy Kshamenk ya tiene ¡35 años! y está supervisado por especialistas en nutrición y veterinarios.

Ante la solicitud de una entrevista con los especialistas en nutrición y veterinarios de Kshamenk, el responsable de comunicación de Mundo Marino, un hombre extremadamente cordial, dice que no están autorizados a hablar con la prensa. Los dueños del oceanario, que quedó en manos de los hijos de David Méndez, tampoco acceden a dar una nota. “Ellos están espantados con la prensa porque les hicieron mucho mal —explica por teléfono—. Que digan que la tienen encerrada a Kshamenk y que encima cobran entrada, lucran con ella, cuando en verdad no se la puede liberar, es una publicidad muy negativa”.

La última entrevista que dieron los dueños de Mundo Marino a un medio de comunicación fue concedida en 2013 al periodista Gonzalo Rodríguez, conocido como Gonzalito, que realizó un informe sobre el cautiverio de animales marinos emitido en Caiga Quien Caiga, un programa televisivo con una mirada satírica sobre temas políticos y sociales, luego del estreno mundial de Blackfish

—En el show los animales hacen pruebas para que las personas se diviertan. ¿Cuál es el foco principal? — le preguntaba en Gonzalito a Pepe Méndez, uno de los cuatro hijos del fundador del oceanario que quedaron a cargo de la empresa, con la escenografía de rocas marrones hechas con yeso de fondo.

—Es una forma de transmitir conocimiento sobre los animales a través de un show entretenido — respondía Pepe Méndez, vestido con una campera de cuero marrón.

En el mismo informe aparecía el mayor activista en contra del cautiverio de animales marinos del mundo, el estadounidense Richard O’Barry. Gonzalito había viajado especialmente a Miami para entrevistarlo para esa nota.

—Voy a ponerte en un estadio lleno de gente gritando, con música, y lo voy a llamar educación e investigación y conservación— decía O´Barry—. Mi única esperanza es que la gente de Argentina deje de comprar entradas para estos lugares. Es la única solución.

En los años sesenta, O’Barry había sido uno de los primeros entrenadores de delfines de oceanarios. Trabajaba en el Seaquarium de Miami, donde llegó a entrenar al delfín que protagonizó Flipper, una exitosa serie de televisión en Estados Unidos que se emitió en todo el mundo. Después de una década trabajando como su entrenador, el delfín de Flipper murió en sus brazos. Esa muerte trastocó su percepción sobre el cautiverio de animales marinos y lo llevó a fundar la oenegé Dolphin Project, con la que desde entonces lleva rescatados y liberados decenas de delfines en Haití, Colombia, Guatemala, Indonesia, Nicaragua, Brasil, Corea del Sur, las Bahamas y Estados Unidos. “La muerte de Flipper tuvo un efecto profundo en mí: me hizo dar cuenta de que los delfines no deberían estar en cautiverio y llevar esas vidas miserables”, asegura O’Barry en The Cove, un documental en el que saca a la luz la despiadada caza de delfines para oceanarios del mundo que se realiza anualmente en las costas de Taiji, Japón, que ganó el Oscar como Mejor Largometraje Documental en 2010.

—Cuando comprás la entrada de un oceanario, el gobierno se queda con una parte a través de los impuestos. Es un negocio de millones de dólares que no quieren cortar. Es decir que ellos también promueven el negocio — explica O’Barry sobre el funcionamiento de los oceanarios en el mundo, a través de una videollamada.

Es una mañana de domingo del mes de mayo de 2025. Su figura de 86 años aparece recortada sobre un fondo blanco hace desde su casa en Florida, Estados Unidos A cada rato, mientras habla, se suena la nariz con un pañuelo descartable.

—¡Y encima en Argentina la orca pertenece al Estado! El propio Gobierno está promoviendo el negocio.

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Un mes después de que se volvieran virales las imágenes de Kshamenk tomadas con el dron de Marketa Schusterova, los integrantes de Derechos Animales Marinos presentaron un recurso de amparo contra Mundo Marino en la Justicia. En el escrito, de 230 páginas y links a videos y fotos de la orca para acreditar la “visiblemente deteriorada salud de Kshamenk”, pedían que se la reconozca como “sujeto de derecho” y “persona no humana”, y se disponga la “definitiva liberación de su cautiverio”. Como primera medida cautelar urgente, solicitaban que la orca sea retirada del show.

—Para nosotros el ideal es que a Kshamenk le construyan un corral marino en la costa de San Clemente —explica María José Fernández, una de las que impulsó el amparo—. Un corral marino para que los animales silvestres como él, que no se puedan rehabilitar ni liberar, vivan ahí. Que tengan atención veterinaria, alimentación con peces vivos para que ellos cacen. Que la gente con una pasarela pueda verlos pero en sus hábitats naturales y si el animal tiene ganas se muestre. Porque también está esa otra faceta: ¿el animal puede no mostrarse? ¿Puede elegir qué hacer? En esas piletas, en el marco de un show, el animal no puede elegir. Y esa es una parte fundamental del derecho animal: que el animal pueda sentir que puede elegir qué comer, dónde estar, si ese día se quiere exhibir o no, si quiere o no estar en contacto con el humano.

El recurso de amparo quedó en manos del juez federal de Dolores Martin Bava, quien años atrás había llevado adelante numerosas causas por delitos de lesa humanidad y un caso de espionaje ilegal a los familiares de los tripulantes del submarino ARA San Juan por el cual ordenó el procesamiento del ex presidente argentino Mauricio Macri. Como primera medida respecto a la orca, Bava ordenó una medida de “mejor proveer”, que consistió en designar dos expertos —un etólogo, es decir un especialista en comportamiento animal, de la Universidad Nacional de La Plata, y un veterinario de la Universidad de Buenos Aires—  para que cada uno realice una pericia sobre su estado de salud, hábitat y rutina.

—Cuando terminé la pericia me di cuenta que lo que vi en Mundo Marino no es lo que querían los proteccionistas —dice Héctor Ricardo Ferrari, el experto designado por Bava para hacer la pericia etológica de Kshamenk, en un café cercano a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires donde trabaja como profesor de la Cátedra de Bienestar Animal.

Ferrari es profesor Profesor Adjunto a cargo de la Cátedra de Etología de la UNLP y antes de peritar en el caso de Kshamenk integró la comisión de expertos que colaboró en la resolución del caso de la orangutana Sandra; peritó en el caso de un chimpancé llamado Toti que desde hace una década vive en un zoológico privado de Río Negro a la espera de un traslado a un santuario; de Jhonny, un chimpancé envuelto en una causa judicial por maltrato animal en el Zoológico de Luján; y en causas relacionadas con ataques de perros.

—Nunca había hecho una pericia sobre un animal así, un predador tope inmenso, sociable, inteligente. Yo estaba convencido que lo iba a encontrar muchísimo peor.

Ferrari, que tiene anteojos de marco negro y el pelo, el bigote y la barba blanca, sostiene, entre sus manos, una tablet con la que, en sus tiempos muertos, juega a los videojuegos. Para hacer la pericia, cuenta que viajó un fin de semana a San Clemente del Tuyú y pasó dos jornadas, desde las ocho y media de la mañana hasta las seis de la tarde, observando a Kshamenk. No notó, según indica en su pericia, ningún comportamiento agresivo de la orca a causa del encierro, ni que tuviera conductas de estrés o períodos de inmovilidad, ni apatía ni reposo prolongado. Tampoco notó señales de aburrimiento. “Buena parte de su tiempo está ocupado en actividades programadas (...) no registré conductas de evitación o defensa que impliquen sufrimiento”, detalló el etólogo, que además recomendó no retirarlo del show, ya que por su edad cambiar su rutina podría “desorganizarlo”. La pericia del veterinario designado por Bava fue similar: “La única alteración en el cuerpo de Kshamenk es la ‘lateralización’ derecha de su aleta dorsal (...) la alteración más frecuente en orcas de acuarios. En lo que respecta a una evaluación sanitaria veterinaria, los resultados son normales”, señaló en su informe.

—En la orca vi un animal que buscaba el contacto —dice Ferrari—. Vi que tiene una extraordinaria relación de ida y vuelta con los entrenadores. Levantaban un dedo y la orca hacía algo. Un gesto, que significaba hacé lo que quieras, y la guacha nadaba en todas las direcciones. Los cuidadores de Mundo Marino piensan que, como la orca les hace caso, saben lo que siente. Y no, no lo entienden. Les dije: “¿ven todos esos juegos que hace con el tambor? Es lo que hace una orca cuando va a matar. Fijate ahora, lo sumerge, bueno es lo que hace cuando está ahogando a un mamífero. Así hizo Tilikum”. Se quedaban mirándome. Los asusté todo lo que pude. Les dije si eran conscientes de que estaban criando a alguien que los podía matar.

Ferrari se ríe a carcajadas. Después menciona que en la pericia incluyó un apartado con recomendaciones para mejorar la vida de la orca en cautiverio.

—Vos dirás: ¿está esclavizado? Sí, por eso estamos hablando de él. No estamos diciendo que yo querría estar ahí. Esa orca está bien dentro de lo que es vivir en un aislamiento social preventivo y obligatorio permanente, entonces... ¿qué tenemos que hacer con este bicho? Más enriquecimiento y entrenamiento, más juegos cognitivos, y si hubiera plata, agrandar la pileta. Es un animal que está en un patio de juegos, no hay mucha vuelta. ¿Es una curita para el cáncer? Sí. Pero es súper positivo. Cuando todas las soluciones que tenés son una mierda, te das cuenta que tenés un problema de mierda. Él está ahí por nosotros. Básicamente porque hay público para esto. ¿No sería mejor preguntarnos qué lleva al público ahí? 

Ferrari vuelve la mirada a su tablet y busca una foto que le sacó a Kshamenk durante la pericia. Da vuelta la tablet y muestra la foto.

—¿Sabés que está haciendo ahí?

En la imagen, se ve a Kshamenk en el borde de la pileta, con la boca abierta y algo marrón que sobresale entre sus dientes.

—Es la corteza de un árbol. El tipo trae cosas de la pileta y las cambia por pescado. Cuando terminé de hacer la pericia, me estaba por ir de Mundo Marino y vino la orca y me abrió la boca igual para que le acaricie la lengua. Ni mierda iba a meter la mano ahí, pero después de apenas dos días de verla, desde cerca, desde lejos con binoculares, me trató como trata a los humanos. Eso te muestra que ese animal no es una orca, es la parodia de una orca. Por eso mi recomendación para los animalistas es que insistan, pero no con algo que no se pueda hacer. Reconozcan que ese animal no es una orca y denle un destino de él, no de una orca. Acepten que todo lo que tocamos los humanos lo convertimos en un perro.

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—Yo creo que en Mundo Marino incurren en un error estratégico de una mentalidad muy primitiva al no querer dar la cara. Creo que si arrancaran con la verdad, que en 1992 todavía no había una política anticaptura de orcas, pero que capturar a Kshamenk fue un error, ya está. Porque si vos rescatás devolvés, salvo que el animal esté agonizando o con una patología irreversible.

Claudio Bertonatti es un museólogo y naturalista argentino que asumió como director del zoológico de Buenos Aires en 2012 e intentó terminar con la exhibición de animales con fines recreativos y comerciales para transformarlo en un centro basado en principios de rehabilitación, conservación y educación ambiental. Rápidamente vio que no iba a tener presupuesto ni apoyo del Estado para lograrlo: renunció al cargo en 2013. En 2014, hizo un diagnóstico de los cien zoológicos, acuarios, parques temáticos o oceanarios de gestión pública y privada de la Argentina basado en los principios internacionales que establece la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA). El informe fue categórico: más del 90 por ciento de las instituciones, entre ellas Mundo Marino, desconoce los objetivos internacionales de conservación de especies.

—Si tuviesen una orca rescatada viviendo en el oceanario porque tiene una patología irreversible, sería una oportunidad para que contaran la historia de vida de toda la especie. Los animalistas dicen que no hay que exhibir animales porque es cosificarlos, pero la exhibición es buena o mala según cómo esté planificada —asegura Bertonatti—. Pero los oceanarios como Mundo Marino tienen un espíritu netamente circense. No muestran la realidad: la naturaleza no es un idilio. Es tensión constante. Es comer y no ser comido. Es enfermar y sobrevivir.

Esa mala gestión de los zoológicos y oceanarios moviliza, para Bertonatti, a muchos grupos de animalistas a iniciar campañas para pedir la liberación de los animales, lo que en el caso de Kshamenk conduce a una encrucijada.

—Los animalistas tienen una gran sensibilidad con los animales, y los humanizan. Es un error de base: nosotros no somos iguales a ellos y ellos no son iguales a nosotros. El concepto de libertad para un animal no es el mismo que para los humanos. Es como faltarles el respeto. En el caso de Kshamenk, tienen una posición basada en la emocionalidad que es radical y no es viable. Tienen la certeza de que hay que liberarla, y no se permiten dudar, cuestionarse su posición.

Por los años que lleva en cautiverio, la liberación de Kshamenk al mar, según Bertonatti, es prácticamente inviable: requeriría una larga rehabilitación para enseñarle a cazar nuevamente, que pueda reinsertarse en un grupo social con otras orcas, y también debería evaluarse si, por la cantidad de años en los que recibió medicación, no porta enfermedades contagiosas que pudieran derivar en la muerte de otras orcas. Una instancia intermedia sería trasladarla a un santuario: calas espaciosas delimitadas con redes dentro del océano para contener a los cetáceos, donde pueden circular libremente, cazar peces pero también recibir alimento o tratamiento veterinario. En el mundo existen solo tres proyectos de este tipo: uno en Islandia, donde vivió Keiko, que aunque está en funcionamiento no tiene lugar porque alberga a dos belugas, y otros dos proyectos, uno en Grecia y otro en Escocia, que aún no están operativos. 

—En lo que todos acordamos es en que Kshamenk se merece el mejor de los retiros —dice Bertonatti—. Creo que sería una pésima decisión y mensaje dejar que termine su vida así donde está.

Desde su casa en Florida, Richard O’Barry plantea la única alternativa que ve posible para el futuro de Kshamenk.

— La mayor enseñanza que tuve en todos estos años rehabilitando animales marinos es que, si el gobierno no coopera, es una pérdida de tiempo. La única solución para Kshamenk es convencer al gobierno argentino de que construirle un santuario será la mejor publicidad para su país —dice en la videollamada—. Sería un mensaje político para todo el mundo: “Argentina respeta su naturaleza”.

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“El infierno de una orca. Un trágico video muestra a la ‘orca más solitaria del mundo’ tendida casi inmóvil en la piscina de un acuario donde ha vivido sola durante 24 años”, publicó el diario británico The Sun el 22 de agosto de 2024. “Una orca olvidada languidece en un tanque de concreto después de 32 años”, informó ese mismo día el diario británico Daily Express. “La orca más solitaria del mundo fue filmada permaneciendo casi inmóvil durante 24 horas en un tanque en Argentina”, tituló el mismo día el diario brasilero O´Globo. “’Liberen a Kshamenk’: La campaña para liberar a la última orca cautiva en Latinoamérica”, anunció CNN el 10 de septiembre de 2024.

—Los videos de Kshamenk llegaron a los medios internacionales porque su historia es muy fuerte visualmente. Cuando ves cómo vive te pone muy triste —dice Marketa Schusterova después de dos horas de videollamada—. Es la pileta más pequeña y la historia más trágica, porque está solo.

Después de su viaje a San Clemente del Tuyú, Marketa Schusterova logró dar con un hombre que vive cerca del oceanario y tiene un dron con el que trabaja haciendo filmaciones. Lo contrató, prometiéndole que no revelaría a nadie su identidad para que no corra ningún riesgo. El hombre va a filmar a Kshamenk con su dron una vez por mes. Con las imágenes que le envía, Marketa Schusterova hace un seguimiento del estado de la orca. Compara las condiciones del agua de la pileta, sus movimientos, el estado de su piel, su fisonomía. Hubo videos de una temporada en los que notó que tenía la piel lastimada. En otros lo vio sin energía para subirse a la plataforma o hacer saltos durante el show. En algunos lo vio más delgado, permaneciendo con la boca abierta al costado de la pileta durante varios minutos, en espera de más comida. En los últimos dos años, Marketa Schusterova acumuló en sus archivos más de 60 horas de grabaciones de Kshamenk. Cada mes, publica fragmentos de esos videos en las redes sociales de su oenegé y de Derechos Animales Marinos.

—Los videos tienen millones de vistas, pero no alcanza —dice Marketa Schusterova antes de despedirse—. Es muy frustrante.

El 10 de diciembre de 2024, el juez Martín Bava, basado en los informes del veterinario y el etólogo designados como peritos de la causa, resolvió no dar lugar a la medida cautelar solicitada por Derechos Animales Marinos. “Modificar repentinamente la rutina de Kshamenk resultaría desacertado para su bienestar”, advirtió, y ordenó que mientras continúe en curso la causa Kshamenk siga participando del show.

—No queremos decir mucho para no entorpecer la causa. El juez no dio la medida cautelar porque los peritos que fueron a ver a Kshamenk vieron esto, y si vos no sabés mucho de Derecho Animal... —opina María José Fernández, la abogada que impulsó el amparo—. Nosotros ahora vamos a traer más pruebas y opiniones de otros expertos en etología y veterinarios que no tengan intereses. Porque en Argentina no hay mucha gente dispuesta a meterse en esto. Hay veterinarios que no quieren estar en contra de sus propios colegas... el veterinario que fue a Mundo Marino hizo un informe que nosotros se lo mandamos a nuestro veterinario y hay un montón de cosas que no vio o no quiso ver o no pidió. Suponemos que porque no es experto en orcas.

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En los senderos del predio de Mundo Marino se filtran los últimos rayos de sol. Son las seis de la tarde del sábado de marzo de 2025. Dentro de unos minutos el parque cerrará sus puertas. El show de Kshamenk acaba de terminar: la orca atravesó una compuerta de hierro y quedó flotando en una pequeña pileta contigua. Algunas de las parejas, familias y estudiantes que estaban sentados en las gradas del anfiteatro se acercan a la pileta principal para sacarse fotos con un grupo de delfines que quedaron nadando bajo el cuidado del entrenador. El hombre ataviado con un traje de neoprene, que durante el show acarició la cabeza de Kshamenk y lo alimentó con bolas de pescado, tiene 23 años y, visto de cerca, rasgos de niño: ojos achinados, pestañas arqueadas, la cara llena de pecas. Trabaja en Mundo Marino desde hace tres años. Antes de trabajar en el oceanario era repositor en un supermercado de San Clemente del Tuyú: no sabía nadar, sumergirse en el agua le daba miedo y el contacto más cercano que había tenido con animales había sido con caballos. Cuando lo contrataron de Mundo Marino rotó por varios sectores del parque hasta que lo designaron como cuidador en el Albergue de los Lobos: un sitio con piletones donde una colonia de lobos marinos hace un show. Después de trabajar durante un año y medio ahí, lo trasladaron al anfiteatro donde vive Kshamenk.

—Sinceramente uno trata de dar lo mejor—dice el entrenador encogiéndose de hombros—. A fin de cuentas, nosotros somos lo único que la orca tiene acá disponible.

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“Murió Kshamenk, la orca rescatada de un varamiento en San Clemente”. Así se titula el comunicado que publica Mundo Marino el domingo 14 de diciembre de 2025 al mediodía. Informa que la orca falleció durante la mañana de un paro cardiorrespiratorio y que “todo indica que se trató de un cuadro asociado a su avanzada edad”. Unas horas después, en más de 20 grupos de Facebook de pobladores de San Clemente del Tuyú, aparece el video del timelapse de Kshamenk, con su cuerpo inmóvil sumergido en la pileta, y sobre la imagen, en letras blancas sobre fondo negro, el mensaje: “Buscamos información, fotos y/o videos sobre la muerte de la orca Kshamenk en Mundo Marino. Si cuentas con ellas, por favor contáctanos, mantendremos tu identidad resguardada y te recompensaremos por ella”. La que escribe el posteo es Marketa Schusterova.

—El cuerpo de Kshamenk ya no está en Mundo Marino —dice por teléfono ese mismo domingo por la noche, desde su casa en Toronto—. Cuatro horas después de que comunicaran que había fallecido, mi piloto fue a filmarlo con el dron. El tanque estaba completamente vacío y limpio. Es todo muy extraño. Es una orca muy grande y es imposible que la hayan sacado por los accesos, porque son muy pequeños. Necesitás al menos una grúa para sacarla. Pareciera que ni siquiera hicieron la autopsia.

Cuando muere un animal en un acuario o un zoológico, se realiza una necropsia, un procedimiento similar a la autopsia que se hace para estudiar un cadáver humano. Se revisa el estado de todos los órganos —un proceso que lleva varias horas, según el tamaño del animal y la complejidad del caso— y se toman muestras para analizar en profundidad. Los resultados —que tardan semanas o meses— permiten determinar la causa exacta de la muerte y tomar medidas preventivas para que el resto de los animales que viven en el acuario o zoológico no se contagien enfermedades. ¿Es posible que la necropsia de Kshamenk se haya realizado en apenas unas horas?

“Sí, se realizó la necropsia y se tomaron muestras y se mandaron a analizar, pero todavía no están los resultados”, asegura la encargada de prensa de Mundo Marino, que el mismo domingo accede a responder preguntas por mensaje de texto. A la consulta sobre cómo encontraron a Kshamenk sin vida, responde: “Fue un momento difícil. Si bien es parte de un proceso natural, porque ya era una orca que había pasado el promedio de expectativa de vida para una orca macho, nunca es fácil despedirse de un ser amado como lo es Kshamenk”. A la pregunta de cómo hicieron para trasladar el cuerpo de la orca: “Con la ayuda de equipo especializado y de acuerdo a normativas vigentes en el país”.

—San Clemente es un pueblo chico y la mayoría de los que viven ahí trabaja en Mundo Marino. Alguien va a querer hablar, especialmente si les digo que les doy tres, cuatro o cinco mil dólares de recompensa —dice Marketa Schusterova—. La orca no murió hoy. Estoy segura que fue el sábado por la noche. Seguramente la eutanasiaron, porque desde hace varios días circula el rumor de que quieren cerrar el parque por falta de visitantes, y después hicieron todo muy rápido para evitar el dron filmándolo. Todo indica que hicieron lo mismo que hace unos años hicieron en Estados Unidos con Tilikum, la orca de SeaWorld, cuando falleció. Era una orca muy grande y era difícil sacarla del tanque, así que la cortaron en pedacitos para poder sacarla. Creo que a Kshamenk lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al océano o lo quemaron.

La encargada de Mundo Marino asegura que no fue así como sacaron el cuerpo de Kshamenk de la pileta. “Mundo Marino tiene un protocolo propio”, dice, pero no explica en qué consiste el protocolo.

—Una pregunta fundamental es qué van a hacer con los restos de Kshamenk —señala el museólogo Claudio Bertonatti—. Sería importante que no sean destruidos o desechados como residuos patogénicos y que tengan algún destino útil para la conservación de la especie como, por ejemplo, ser derivados a un museo de ciencias naturales.

Al ser consultada por el destino de los restos de Kshamenk, la encargada de prensa de Mundo Marino explica que “se recibió una autorización y fiscalización para enterrar el cuerpo en un predio especial, debido al tamaño de la orca y las complicaciones para su traslado a un centro de tratamiento especializado”, y cita la ley provincial 11.347. La norma determina que todos los deshechos que puedan ser potencialmente tóxicos para el suelo, el agua o el aire deben enterrarse en un predio especial, y que no debe trascender la dirección, para evitar que las personas se acerquen.

El cuerpo de la orca que vivió durante más de tres décadas en la pileta de Mundo Marino haciendo piruetas frente al público, yace en algún sitio oculto de la costa atlántica como un residuo dañino.

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