El verano de 2026 contempla una sincronización afortunadísima: la iniciativa Serpentine Pavilion, uno de los grandes acontecimientos arquitectónicos del año, cumple su 25 aniversario; y el pabellón se inscribe como una suerte de síntesis de los 10 años de trayectoria de Lanza Atelier, muy probablemente el estudio más rompedor de la arquitectura mexicana actual.

Después del Premio Pritzker, la selección del Serpentine Pavilion es uno de los momentos más señalados del año para los aficionados a la arquitectura. Cada año, concurso mediante, se erige un nuevo pabellón frente a la Serpentine Gallery, ubicada en los Kensington Gardens, en el poniente de Londres. En sus inicios, los Serpentine Pavilion fueron diseñados por grandes firmas, tales como Álvaro Siza, Oscar Niemeyer, Sanaa o Rem Koolhaas. En los últimos años se percibe que la iniciativa se ha convertido en una oportunidad para impulsar a despachos arquitectónicos emergentes. En 2018, Frida Escobedo Studio fue el primer despacho mexicano en ganar el concurso; este año, otro estudio mexicano, Lanza Atelier —conformado por Isabel Abascal y Alessandro Arienzo—, fue seleccionado.
Es así que a principios de junio, miles de visitantes descubrirán a serpentine un pabellón que rinde homenaje a los jardines ingleses y que da a conocer una geometría audaz en la escena contemporánea mexicana. La sincronización es afortunada: este año, la iniciativa Serpentine Pavilion cumple su 25.o aniversario, mientras que este pabellón se inscribe como una suerte de síntesis de los 10 años de trayectoria de Lanza Atelier.


En búsqueda de la geometría arriesgada
Isabel Abascal afirma que “cuando eres arquitecto, tienes una facilidad de manipular o probar otras maneras de habitar; cuando tienes ese poder, puedes abrir muchas conciencias. Es una disciplina que permite estar cuestionando constantemente como podría ser todo diferente”. El hilo conductor que anima los proyectos de Lanza Atelier reside en subvertir lo establecido. En 2015, la firma realizó su primer proyecto construido —que sus fundadores evocan con una sonrisa—: un conjunto de baños y quioscos ubicados a lo largo de una ciclopista en Ecatepec, Estado de México. El proyecto rompió con los estándares de esta tipología al proponer una intervención tanto en la dimensión urbana como en la social, generando una porosidad entre lo íntimo y lo público, lo cerrado y lo abierto. Esta perspectiva marcó la pauta, reconocible en proyectos residenciales o en complejos de envergadura como el Pabellón de Cultura Comunitaria, ubicado en el Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México.
Para Lanza Atelier, el papel de la arquitectura radica en adecuarse y responder a los requerimientos de su contexto, cuyas condiciones esbozan el resultado formal y material de la intervención espacial. Alessandro Arienzo apunta: “Lo que hemos querido es encontrar otro lenguaje; se nos está olvidando que la geometría tiene otras letras”. Muchos de los proyectos que ha desarrollado el atelier emplean geometrías “arriesgadas” —así las califican los arquitectos—, pero este riesgo formal no se lee como un capricho plástico, sino como el resultado de una búsqueda que trata de alejarse de los códigos y las normas sociales, con el único objetivo de responder con eficiencia a una necesidad espacial. Para el dúo, la respuesta más adecuada surge del estudio de un contexto dado, con sus especificidades geográficas, culturales y socioeconómicas (“Siempre tratamos de que sea local, lo más económico, sustentable y orgánico”, señala Arienzo).
Cada proyecto responde a criterios propios, los cuales provocan resultados distintos. Sin embargo, Lanza Atelier tiene un lenguaje propio, que nace de la búsqueda de la belleza, la cual entienden como “el balance entre lo justo y lo dinámico”. En sus obras, la belleza no solo reside en la plasticidad de los materiales empleados, sino también en la pertinencia de las formas que generan. Podemos encontrar similitudes geométricas entre muchos de los proyectos de Lanza Atelier; entre otros, la curva, un recurso muchas veces relegado por la complejidad que representa construir elementos curvos, pero que responde de manera más orgánica a ciertas condiciones dadas. Una geometría que da refugio, que unifica. La recurrencia de la curva —desde el círculo hasta la forma orgánica— en las obras de Lanza Atelier proviene tanto del gesto de la mano que dibuja las primeras ideas de cada proyecto como del recorrido natural dentro de un espacio; en ambos casos es cuestión de fluidez. En el diccionario del despacho, la definición de la belleza simplemente radica en la simbiosis que puede existir entre una arquitectura y su entorno, en la eficiencia de los recursos materiales y la transparencia de los procesos de concepción y construcción, evidenciadas en la obra misma.


Deambular: arquitectura del azar
Para Lanza Atelier, la arquitectura es transdisciplinar y abarca varias expresiones: desde la representación gráfica hasta el diseño industrial y la investigación propia. Hacer arquitectura no solo implica la construcción espacial, sino también estudiar y cuestionar los componentes de un mismo proyecto como parte de una sola idea. Además de desarrollos arquitectónicos, el taller ha creado proyectos de interiores, museográficos o instalaciones. Antes del Serpentine Pavilion, llegaron a diseñar distintos pabellones: uno de los ejercicios arquitectónicos más estimulantes, ya que invitan al andar y al ocio, sin responder a una tipología definida. Este tipo de propuesta permite “no tener miedo de probar cosas por primera vez y experimentar, con todo el respeto hacia un cliente, una comisión, un contexto”. En este sentido, el pabellón es un espacio en el cruce entre instalación y arquitectura.
El año pasado, Lanza Atelier desarrolló un pabellón para el 10.o aniversario de El Palacio de Hierro de Polanco; la propuesta entró en diálogo con la rotonda que señala la entrada al recinto, manteniendo su función como fuente e involucrando el agua como el componente principal de una instalación transparente que permite dialogar con el entorno. Por otro lado, el pabellón base_, diseñado unos meses antes, se afirma como un objeto espacial opaco que nos desconecta y que podría ubicarse en cualquier contexto. Ambos proyectos intervinieron en contextos socioeconómicos y urbanos opuestos, que afectaron su naturaleza, reflejando el hilo conductor real del despacho: la búsqueda de una adecuación espacial y cultural óptima.
El Serpentine Pavilion se inscribe con lógica en esta concepción. Es una experimentación, una contribución a que la arquitectura evolucione, identificando y provocando nuevas formas de habitar. Aunque a serpentine no se reivindica como un manifiesto, retoma una postura clara del despacho: proponer una intervención in situ, enfocada en responder a las especificidades de su entorno. La configuración del pabellón se dejó guiar por el contexto mismo. Recuerda Abascal: “Una de nuestras primeras aproximaciones fue entender bien el límite externo que no podíamos traspasar”, respetando una distancia de un metro de las copas de los árboles. Se limitó a una silueta orgánica que embona entre los árboles; “el pabellón no es solo lo que está cubriendo el techo, sino también la otra mitad del sitio que está al aire libre, que se resalta con este segundo elemento que es este banco de ladrillo”. La propuesta, con esta dimensión paisajística, redefine la noción de pabellón; las columnas que animan el interior aparecen como otros troncos en el predio. La arquitectura general se propaga de manera horizontal, alcanzando la altura de la Serpentine Gallery, mientras que la mirada está naturalmente atraída hacia el cielo gracias a un techo transparente; una estructura metálica cuyos colores y dimensiones hacen eco a la balaustrada blanca del edificio adyacente. Además de entrar en diálogo con la arquitectura del sitio, el uso de tabique rinde homenaje al típico crinkle-crankle wall, sumamente presente en el Reino Unido; un muro sinusoidal “que históricamente se ha usado para delimitar los predios, un muro que funciona como un biombo, que ondea es mucho más estable”, elabora Abascal; “que crea una espacialidad, también para crecer plantas, generar ecos”, complementa su socio. En resumen, a serpentine, como tantos otros proyectos de Lanza Atelier, es el fruto de una investigación profunda, cuyo objetivo es proponer una respuesta óptima.
Lanza Atelier abraza el hecho de que, a pesar de haber diseñado incluso el mobiliario que albergará el pabellón, el último paso será la apropiación del público. “El recorrido no está definido, el mobiliario no está fijado; es para caminarlo, es parte del experimento; para qué existe el azar”, precisa Arienzo. Muchas sorpresas esperan tanto a los visitantes como a los arquitectos: cómo se verán las sombras que provocarán las hojas de los árboles al caer en el techo, cómo se percibirán, al deambular, los intersticios que dividen los tabiques del crinkle-crankle wall. Pero el último enigma es el recinto final de este pabellón, destinado a ser reubicado después de los cuatro meses en los que esta intervención in situ será visitable.
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