
Les presentamos a William Leandro Chan Chan. Entre el conocimiento legado por su abuela, el aprendizaje adquirido con la asociación civil Ciencia Social Alternativa, Kóokay, los bordados de su madre y su lengua que reivindica el acto de mirar el mundo en maya, William aprendió algo más: ignorar los derechos humanos es normalizar violencias.
En colaboración con la Fundación W.K. Kellogg
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La planicie de Yucatán tiene una extensión de 39 524 km², y 103.4 km² de ella los abarca el municipio de Mayapán, entorno de la (oficiosamente) última gran capital maya, el hogar de William Leandro Chan Chan.
En esta localidad, conocida como la Bandera de los mayas, todavía viven personas como William que levantan el asta triunfal de lo maya, como presente y futuro.
Es notable el ánimo de apertura al mundo y la lucidez que William demuestra, con apenas 18 años (contrastante, se nos ocurre, con su pueblo, que como capital del Posclásico se encontraba amurallada). Con voz pausada y con escucha dispuesta, ha entendido algo que muchas personas no alcanzarán a comprender en su paso por el territorio: saber algo no es suficiente, hay que encontrar cómo comunicarlo, compartirlo, y hacerlo con respeto.
Su cultura no es una instrucción: corre por sus venas. El maya lo aprendió en la cuna. O mejor: cuando se dio cuenta del idioma —que no lengua— que salía de la boca de su abuela, ya lo entendía. Su única lección fue que podía comunicarse con ella prácticamente de forma innata.
Esas palabras, ese código, esa sintaxis, esa forma de ver y habitar el mundo siempre fueron motivo de orgullo. En la voz lleva la cultura que lo vio nacer, el puente de comunicación con su abuela, con su familia e incluso con sus amigos. Con todo, William reconoce que en el camino se enfrentó a la estigmatización. Por hablar maya lo señalaron —pero nunca ataron su lengua—: “Las personas se burlan cuando no conocen algo, pero cuando ya les das a entender una pequeña parte de la historia que tiene detrás ese idioma, se quedan como ‘wow, no sabía’”, explica.
Sería fácil perfilar a William como una especie de defensor del bastión maya. Como integrante de la resistencia. Sin embargo, nos sorprende adivinar que su postura es algo más natural. Su cultura no es una joya antigua que necesite preservación. El joven no elabora discursos; proyecta con alegría su identidad porque cuenta con ella para prosperar en la sociedad actual y apoyarse en los suyos. Su cultura es un activo.
Pero, como todos, William necesitó un empujón. Necesitó saberse parte de toda una generación de jóvenes mayas que simplemente avanzan y ocupan espacios sin preguntarle a nadie. Aprovechan su cultura ancestral para adaptarse a entornos dinámicos, multilingües, cada vez más abiertos a influencias externas y menos rígidos, mientras mantienen puentes con sus mayores.
Para William todo empezó con un gesto. Hace años, cuando aún cursaba la secundaria, vio que su primo formaba parte de la grabación de un video. En él se interpretaban y reconocían diversos tipos de violencias. Hoy el participante es él, no solo en videos, sino también en talleres y procesos formativos, tanto en el aprendizaje como en la enseñanza.

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En este día de mediados de julio William se planta bien erguido; lleva una guayabera con un bordado en punto de cruz morado, lo porta con orgullo porque su madre cuidó cada detalle de las crucecitas que forman el tejido y porque manifiesta su cultura. Viste dicha prenda (la última que pudo tejer su madre, que ya no borda debido a que no puede ver bien el hilo que cruza por la tela) frente a sus sobrinos, quienes observan divertidos cómo le toman fotos para ilustrar este artículo. Pero él no deja que el tiempo se vaya en vano, les pregunta a sus sobrinos:
—¿Conocen sus derechos?
Los chicos le dicen que sí, pero cuando les pregunta cuáles son, no saben qué responder. William prosigue. Con el tipo de dedicación con la que su mamá bordó su última guayabera, les cuenta a sus primos sobre su derecho a la educación, su derecho a alimentarse…
William habla con convencimiento. Tiene el tema meditado. Lo aprendió gracias a los programas de trabajo de Ciencia Social Alternativa, Kóokay, asociación civil para la que su primo grabó aquellos videos de visibilización de violencias, y que a él le ha ayudado a apropiarse de su identidad maya.
Fue en su preparatoria, Colegio de Bachilleres del Estado de Yucatán (Cobay) plantel Teabo, a unos 12 kilómetros de casa, donde tomó sus primeros talleres sobre derechos humanos con Kóokay. Tuvieron gran impacto, porque le enseñaron a interiorizar un dicho que se suele repetir de forma vacía, sin consecuencias: que no hay personas inferiores.
William explica que con el tiempo lo invitaron a participar en más actividades; algunas lejos de casa, a casi 100 kilómetros del lugar que le vio hablar con su abuelita en maya por primera vez, en la capital yucateca. Así, se integró a un grupo de jóvenes que colaboraron con la organización brindando ideas, ideando formas de lograr que otros jóvenes se diviertan mientras aprenden sobre sus derechos, para que la información no “les entre por un oído y salga por el otro”.
No es que este chico no tuviera antes noción sobre sus derechos. Simplemente no los identificaba con tanta claridad (“conocía la palabra, pero no el significado real”). Para hacerlos suyos, era necesario recorrer el camino de la madurez y, en último término, de la autoconciencia.
“Étnico-racial” era uno de esos conceptos aparecían en los juegos de tarjetas que se solían usar en las primeras ‘dinámicas’ de la escuela, un término que debía nombrar, en cuya descripción se atoraba. Ya no. De un tiempo para acá le ha sido útil para llegar a reflexiones como: “Si alguien está en contra de mi cultura, yo la abrazo con más orgullo”. Antes conocía el racismo en abstracto, pero no había reconocido que podía expresarse como una forma concreta de discriminación, la que enfrentan las personas de su comunidad.
William se explaya: “De tanto saber que todos están en contra de eso, te hace sentirte más orgulloso de tus raíces (…) Siento que te entra una alegría de decir ‘yo puedo hacer esto, y las otras personas no lo pueden hacer’, y es una motivación”.
Hoy no le importa, por ejemplo, si alguien critica que cada 13 de mayo se ponga sus sandalias, su guayabera tradicional —la que no tiene bordado morado— y salga con rumbo a la fiesta en honor del Santo Cristo del Amor, que celebran en su pueblo. Pero eso fue solo el primer paso. ¿De qué sirve saber poner en perspectiva el ojo ajeno si no puedes compartir tu conocimiento, e influir con ello en tu comunidad? Su cultura —específicamente, su idioma— ha sido una especie de escuela de liderazgo para él.

A William no le faltan oportunidades para hablar en maya. Hace un tiempo participaba en la radio Tu Click, donde hablaba sobre derechos humanos en maya. Y aunque tuvo que dejar el proyecto hace un año por priorizar sus estudios, aún no descarta la idea de regresar a él. Es posible que se le abra una ventana para hacerlo, ahora que se tomará un año para preparar su ingreso a la Facultad de Arquitectura de Mérida.
Entre el conocimiento legado por su abuela, el aprendizaje adquirido con Kóokay, los bordados de su madre y su lengua que pronuncia derechos en maya para una audiencia, William aprendió algo más: ignorar los derechos es normalizar violencias. Le resulta importante compartir lo que ha aprendido porque reconoce que antes veía como normales ciertas conductas, y hoy, al mirarlas con el filtro de sus conocimientos, identifica violencias. El adultocentrismo es una de las que encuentra más normalizadas. Se refiere a la línea de pensamiento que le otorga el poder absoluto al adulto, dejando al menor de edad al margen de las decisiones —incluso de las relacionadas con su propia vida—. William cree que es muy fácil confundir este tipo de violencia con el debido respeto hacia las personas mayores. Sin embargo, el joven ha aprendido más que de derechos. Ha aprendido empatía y templanza. La violencia adultocéntrica la ha vivido muchas veces, y él ha tomado una decisión: no se quedará callado, pero tampoco peleará con quienes no saben escuchar. Él procura tener un impacto en las otras personas, pero elige cuándo hablar con alguien, y hacerlo de manera asertiva.
Todo lo vivido y aprendido ha sembrado en William el convencimiento de que la asunción de sus derechos tiene que ser el distintivo en su manera de actuar. No puede actuar como cuando no los conocía, porque los derechos no solo son suyos, sino también del resto.
“Saber te ayuda a darte cuenta de las cosas y acciones que tú haces o hacías (…) Es real que no puedes regresar y mejorar lo que hiciste, pero puedes dar un gran cambio empezándolo a hacer desde ahora. Yo creo que el cambio ocurre cuando tú decides hacerlo”, resume el joven maya.
—¿Qué haces distinto ahora?
—Antes yo era de los de ‘primero actúo’ […] Pero ahora trato de analizar las situaciones y trato de comprender mejor.

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Pese al orgullo con el que viste su traje típico, William, lo admite, es joven y también quiere usar ropa más moderna. Por eso su vestimenta tradicional la deja para ocasiones especiales. Pero su cultura, a diferencia de la ropa, no puede quitarse y ponerse; la lleva siempre consigo, en todo momento la honra.
Mientras habla sobre la pérdida de su idioma, un motociclista se pega casi en la puerta de su casa, suena el pitido de su moto y la vecina sale a atenderlo. Hablan en maya, los dos. Una evidencia sobre lo que William describía: se puede discutir si el maya está perdiendo fuerza en las urbes, pero definitivamente no en los pueblos. No en su pueblo. Pero el contexto mayor es ineludible. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) indican que la población mayahablante pasó de un total de 537 618 personas en 2010 a 519 167 en 2020. Pese al esfuerzo de tantas personas como William por moverse en el mundo actual con las palabras de sus antepasados, cada vez menos gente las habla.
El joven tiene una opinión fuerte al respecto, y un sentido de responsabilidad: “Es muy triste, porque pudiéramos hacer algo para remediar que en un futuro no haya personas hablando maya; pudiéramos estar enseñando, dialogando con distintas personas, haciendo programas en maya, porque como yucatecos es algo que nos distingue, y si llega a perderse sería como perder algo de nosotros, de nuestra identidad”. Y eso es precisamente lo que siembra y espera cosechar su familia: su hermana y hermano mayores son profesores de la lengua indígena maya. “Siento que esa idea siempre ha estado en mi familia: sentirse orgulloso de quiénes somos (…) Si todavía hay jóvenes que hablan maya y por alguna razón lo hacen a un lado, que tomen la iniciativa de seguir hablándolo y enorgulleciéndose, para que puedan continuar con esa herencia que nos dejaron nuestros ancestros, nuestros antepasados”.
El eco de William resuena en la maestra Isabel Eloísa Cerón Ramírez, profesora del Cobay, donde él estudia. A pesar de que ella no vio el inicio de la transformación del joven, lo conoce desde hace dos años, cuando cursó segundo y tercero de prepa, y lo describe como “un chico respetuoso, responsable, propio con sus ideas y su forma de expresarlas”. Ella piensa que estos valores han estado bien cimentados desde casa, y Kóokay ha sido un eslabón.
Esta organización al principio trabajó con dos grupos de 40 alumnas y alumnos en el plantel. Luego seleccionaron a un grupo de ocho jóvenes, para impulsar sus actitudes de liderazgo y contribuir a su formación. Uno de esos ocho jóvenes, claro, fue William. Ellos acabaron impartiendo las temáticas que aprendieron en su escuela. La docente entendió que, al compartir la información entre pares, es posible incluso reformar conductas que culturalmente están muy arraigadas, tales como el machismo y el adultocentrismo, del que tanto sabe William.
Ahora, el camino continúa, no solo para William, que inicia una nueva etapa y pondrá en práctica lo aprendido en nuevos espacios y con nuevos retos, sino también para las y los 15 estudiantes del programa, entre los que ya egresaron, como William, y los que acaban de ingresar al plantel. La profesora Cerón tiene un deseo: que las juventudes se formen con pleno conocimiento de sus derechos, y que, de ser posible, la asociación civil que tanto ha aportado para ello alcance a más jóvenes.

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