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La plegaria gringa de un pastor maya 

La plegaria gringa de un pastor maya 

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Ilustración de
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26
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Sebastián Renoj nació en el altiplano guatemalteco y la pobreza extrema. De niño, su padre le enseñó a creer en el evangelio y a saltar fronteras. Se hizo predicador y carpintero. Durante tres décadas, construyó una vida a medio camino entre la Aldea Chajabal y Nueva York. Nunca tuvo papeles, pero confió en Donald Trump. En una madrugada de Brooklyn, conoció a ICE.

Sebastián Renoj creció descalzo. “Pocas veces tuve estudio”. De niño cosechó algodón en fincas de otros, los brazos forrados de calcetines viejos que protegían la piel de la astilla. De adulto imaginó otra cosa para sus hijos. En esos tiempos de guerras y guerrillas en las sierras de Guatemala, él encontró al Señor: un Dios blanco y evangélico. Lo siguió hasta Estados Unidos. La noche de 1996 en que cruzó por primera vez el desierto de Altar pensó que ningún gringo rico contemplaría jamás aquel paisaje al que le había conducido el camino, y se pensó un pobre con suerte. En Brooklyn estudió la Biblia. Se hizo pastor por las necesidades del espíritu y carpintero por las del estómago. Pasaron treinta años: entre tanto, cuando Nueva York lo desgastaba, compraba un billete de avión, se presentaba en el JFK con el pasaporte en regla y volaba a su tierra en clase turista; permanecía un tiempo en casa con la familia que había dejado atrás y al rato volvía al norte a través de su desierto y los agujeros en la alambrada. 

Los años, la política, otras guerras, hicieron de cada salto una aventura cada vez más cara que la anterior, cada vez más exigente que la anterior, cada vez más arriesgada que la anterior. En cada uno de sus viajes Renoj encontraba los tres países que atravesaron su biografía cambiados. Para aquel día de 2018 en que el pastor vadeó por última vez el río Bravo, el mundo le recordaba a Sodoma y Gomorra. En Guatemala galopaban libres el crimen y la corrupción. En México, civiles musculosos con tatuajes y cuernos de chivo le cobraban peaje a los que como él caminaban desde el sur. En las calles de Estados Unidos, sin pudor, los hombres besaban a otros hombres. Él pensaba en la lluvia de fuego y azufre de la que hablaban las escrituras.

La primera vez que escuchó a Donald Trump, le pareció que aquel magnate rubio, bronceado y de lengua suelta tenía algo de profeta. 

Uno: la caza

15 de enero de 2026. El carpintero despierta antes que el sol. Se echa la capucha, se cuelga al hombro la mochila del trabajo. Sale del portal de ese edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Afuera lo recibe la helada, las seis de una mañana de invierno en Bensonhurst. En una hora lo esperan en Utica Avenue, ahí por donde termina el tren cinco. Como cada día colocará C-Joists, las estructuras de acero sobre las que se levanta el paisaje prefabricado del suburbio americano. 

Ese mes los compañeros y él erigen una casa de siete niveles. Renoj ya quiere terminar el exterior y trabajar dentro; a esas alturas de la temporada el frío sopla bravo para la calle. Eso va pensando. Pone rumbo al metro. No va a llegar. A medio bloque de casa, siente las linternas en la cara. De un carro en doble fila salen hombres armados y voces que reclaman papeles. Visten chalecos oscuros con acrónimos de mal augurio, siglas que preferiría no conocer, pero conoce. 

ICE, FBI.

Le ordenan que se identifique. Él obedece. No tiene antecedentes, nunca burló la ley, si acaso un par de multas de tráfico. Todo el tiempo libre lo ocupa en la iglesia. Lleva quince años pagando religiosamente sus impuestos. Se siente tranquilo cuando enseña la licencia de conducir. Los federales la escanean.

—Tú saliste del país en 2016.

Lo esposan, lo encadenan, lo suben a la furgoneta.

—Ahí fue que me di cuenta que Motores y Vehículos comparte información a ICE.

Antes de regresar a Manhattan, los federales conducen un rato más por el barrio. Buscan a otros como él: madrugadores, vestidos de albañil, rasgos de otros rumbos. Saben que esa zona de Bensonhurst es hogar de guatemaltecos evangélicos. Lo saben porque no es la primera vez que van. Esa gente es diana fácil: no se resiste, no habla con la prensa, no denuncia. Como la mayoría cruzó la frontera sin avisar a nadie en Washington, y como todos aquí tienen familias que hicieron lo mismo, y como son gente poco acostumbrada a la atención, se dejan deportar en silencio. La escena es rutina: patrullas de hombres anónimos en carros sin luces de emergencia ni sirenas, camuflados de civil, rondando las primeras horas del día, a la caza.

La furgoneta desemboca Bay Parkway abajo en unos grandes almacenes a orillas de la bahía de Gravesend. En el estacionamiento los federales se reagrupan con el resto de compañeros que esa mañana han peinado el barrio. Ha sido una jornada productiva. Vuelven al centro con Renoj y otros seis hombres como botín. Siete mayas menos en Brooklyn.

Ya están en Federal Plaza. La migra pretende que Renoj firme su deportación aquí y ahora, rápido y limpio, órdenes de arriba.

—Yo les dije que no debo nada, yo pago impuestos, yo tengo que hablar a un abogado, algo tengo que hacer.

A regañadientes aceptan. A las once de la mañana le permiten hacer una breve llamada. Renoj marca a su hijo. Le dice lo único que, en ese momento, sabe a ciencia cierta: que lo tienen retenido en Manhattan. 

Luego cruzan el Hudson. Ya es de noche. Conducen a través del paisaje sucio industrial de los polígonos de Nueva Jersey: hileras de postes eléctricos, vías de tren que ora cortan la carretera ora corren paralelo, naves de cemento, camiones que se incorporan y una furgoneta camuflada de civil que se desvía a la altura del 451 de la avenida Doremus, recién pasado el correccional del condado de Essex. Mercancías que salen y hombres que entran. 

Si frente al centro de detención de migrantes del Delaney Hall no estuviera ese solar de cemento, tanques de gasolina y óxido, desde la alambrada Renoj divisaría la bahía de Newark.

Al día siguiente, un abogado solicitará un Habeas Corpus, argumentará que los oficiales de ICE no contaban con orden de arresto ni atisbo de delito, que no le leyeron sus derechos, que tampoco respetaron las leyes migratorias ni la cuarta ni la quinta enmienda de la Constitución, denunciará que esa detención es ilegal, dirá que Renoj debería estar en la calle. Un juez agendará la audiencia de fianza: el 29 de enero. Dará igual. 

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Ahí queda el carpintero. De vuelta en Bay Ridge Parkway la suerte del pastor corre boca a boca, teléfono a teléfono. Para cuando la noticia alcanza el deli de M. y su padre, a un par de cuadras de donde se han llevado a Renoj, el ritmo de una mañana de jueves ha borrado su rastro.

—A él lo agarraron bien temprano. Ya a la hora que pues nosotros nos enteramos no había nada de policía, nada de ICE ni nada de nada. Ya era como que normal.

Hace tiempo que M. y su padre leen en los grupos de Facebook guatemaltecos que el ICE ha agarrado a este o aquel. Ya han empezado a creer que Donald Trump no va a cumplir su promesa de arrestar solo a criminales. Ya los vecinos se avisan por mensaje de avistamientos de posibles federales. Ya se teje una red subterránea — virtual — que vela cada carro sospechoso, cada tipo fornido con gorra y gafas de sol que pasea por el barrio.

Al padre de M. aquí le dicen ilegal. A M. no: ella nació en los Estados Unidos hace veinticuatro años, tiene un pasaporte con su cara y su nombre estampados que lo acreditan. Eso no la tranquiliza mucho. Se ha enseñado a evitar las estaciones de metro a primera hora. Se guía por un mapa mental de calles a evitar. Una ya vive mirando por encima del hombro.

—Los que nos parecemos latinos, específicamente latinos indígenas, como yo acá —o sea me veo indígena, pues— están agarrándonos a todos sin preguntar. ¿Sí ha visto en las redes sociales? ¿Sí ha visto en la noticia, que agarran a todos sin importar si son ciudadanos o no?

Hasta ahora los arrestos han sido fotografías en el celular, ideas sin cuerpo. Esta es la primera vez que entre los detenidos M. reconoce una cara; que la imagen en la pantalla tiene un nombre y un apellido que en casa significan algo.

Renoj es vecino; lo conocen de la iglesia. El cerco se estrecha. M. busca la manera de revolverse.

—Yo me quedo aquí porque este es mi país, es mi casa. Aquí nací, aquí crecí. Como ciudadana tengo la voz y ese poder, lo que otros inmigrantes ilegales no tienen, de defender si algo llegara a pasar por acá. Obviamente no me voy a meter para que luego ICE me agarre, o pasa lo que se ha visto en Minnesota, que mataron a ciudadanos, pero poder, no sé, grabar, documentarlo, tratar de sacar la información de la persona que se están arrestando, nombre, número de teléfono, cosas así. 

Los mayas evangélicos de Bensonhurst han aprendido de resignación antes que de queja. En los servicios del fin de semana, el reverendo Erick Salgado siempre recomienda: 

—No se metan en problemas con la ley; hagan las cosas bien; no guíen sin licencia; no guíen ebrio; obviamente, no roben; no hagan cosas malas; pórtense bien. 

Últimamente, añade: 

—Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás de todo el mundo. 

Esta vez, sin embargo, una línea se cruza, algo se rompe: sí están yendo detrás de todo el mundo. 

Detrás de ellos, que confiaron en Trump y su promesa de limpiar las calles de criminales — de las pandillas que tan mala fama les dan. Ellos, que cuando vieron a sus esposos, hijos, hermanas, sobrinas, subir un día a las vans del ICE, aún pensaron que la Iglesia sería el último santuario. Ellos, que se han enterado por las redes sociales de que ha caído Sebastián Renoj, diácono de la congregación, ese hombre bajito que en su tiempo libre arreglaba los rotos del templo, y en los servicios predicaba y cantaba las alabanzas, y durante la pandemia repartió comida a quien tenía hambre. 

Bensonhurst es un barrio de migrantes: generaciones tras generaciones que un día soñaron el sueño americano y cambiaron la tierra en que crecieron por un hueco en la periferia de otro lugar. En la misma avenida se suceden delis chapines, restaurantes takeout con rollitos de primavera y burritos norteños, sopas vietnamitas, sandwicherías italianas, sastrerías de huipiles, tacos la Lupita. 

Este es un Nueva York diferente en el que la concejala de distrito nació en Shanghái y los que en las últimas elecciones pudieron votar presidente, votaron presidente a Donald Trump a la contra del resto de la ciudad. La misma mano que trazó el todo plano neoyorquino diseñó estos bloques a escuadra y cartabón, pero aquí recortó presupuesto: menos ladrillo, más C-Joists, menos vidrio, más contrachapado. El Nueva York deslucido — el Nueva York obrero. 

Manhattan es una silueta ambigua en el horizonte, una quimera de lujo y exceso y rascacielos a 15 kilómetros de aquí: la última frontera, la que no logró sortear toda esta gente tan acostumbrada a saltarlas. 

Esta es la periferia del centro del mundo. 

Un día después del arresto de Sebastián, el reverendo Salgado organiza una rueda de prensa en el portal del edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Ante las cámaras dice: no es justo. La noticia nacerá y morirá ahí. Otros titulares urgentes reclaman atención. En Minneapolis la migra está a los tiros y todo el país siente las réplicas. Son tiempos acelerados y salvajes que no entienden del luto de un puñado de indígenas en un confín de Nueva York. Y el reverendo Salgado, aunque tan solo sea por dejar constancia a la posteridad, repetirá cuando se le pregunte:

—Están pescando, sí, están pescando en este barrio.

Dos: la paz lejana  

Una noche de julio del 96 cruzando el desierto de Altar, Sebastián Renoj ve cactus, serpientes, muchas estrellas y ninguna patrulla. Un coyote lo guía hasta al otro lado. Van en grupo, todos caminando, llevan comida, llevan bebida. Renoj trae en las suelas el polvo de los 3.000 kilómetros que lo separan de casa. Ha atravesado México por extravíos, carreteras secundarias — “porque si íbamos en los caminos principales de seguro la migra nos agarra” —, en combis que rodean pueblos pequeños y campos grandes hasta el DF, y de allá en adelante en un autobús que conduce rumbo noroeste, se adentra en el estado de Sonora y lo deja, por fin, por primera vez, a las puertas de la frontera. 

Esa madrugada se le ocurre que es un hombre con suerte.

—Ni un propio rico millonario va a pasar por un desierto que, ja, solamente tú como pobre lo puedes ver, esa maravilla de Dios.

En casa está a punto de terminar la guerra.

Casa: Aldea Chajabal, municipio de San Andrés Xecul, departamento de Totonicapán, altiplano occidental de Guatemala.

Esa Navidad se firmará la paz. Renoj no la ha conocido. Cuando nace, en enero de 1969, los tiros —en los periódicos le dirán el conflicto— truenan hace una década. Cuando se casa, en marzo de 1986, hace años que los militares arrasan la tierra. Él cree que ha tenido suerte: ha visto las armas más de lo que las ha escuchado. Los soldados desfilan por el pueblo sin detenerse mucho tiempo. Desde el Palacio Nacional ordenan que los campesinos patrullen las noches de la aldea a la caza de guerrilleros. A su padre le toca salir, qué remedio, en esas incrédulas rondas caseras armadas de machetes y escopetas de caza. 

—Era un susto.

Siempre regresa entero. Muchas noches solo fingen patrullar y, en realidad, se la pasan platicando en casa de alguno, haciendo tiempo hasta que los releva la mañana. 

—El mismo pueblo indígena se había organizado y los llamaban a ellos guerrilleros. A muchos acá los habían desaparecido. La mayor parte éramos de acuerdo con la guerrilla porque peleaban por los derechos de los pobres. No podemos combatir entre la misma gente sabiendo que están haciendo el bien. 

Renoj alcanzará Nueva York antes que la paz Guatemala. Como en la aldea no hay teléfono, compra una grabadora y cintas de casete de 90 minutos. Habla solo y la grabadora escucha durante hora y media. Luego manda la cinta a casa por correo. En tres días sus monólogos resuenan por las cumbres de la Aldea Chajabal. A las respuestas les toma dos semanas bajar del Altiplano y subir hasta Brooklyn. Así, y por la televisión, se entera de los acuerdos que el Gobierno y la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca firman en la capital. No significarán mucho para él.

—Ahora me doy cuenta que solo Dios da la paz. Ni porque ahora se firme la paz, es una paz del hombre, pero hay mucha delincuencia ahora por falta de trabajo, por falta de todo. Va siendo lo mismo.

En Guatemala tras el conflicto faltan 200.000 vidas. El Gobierno las llama el enemigo interno. La mayoría tenía sangre maya y se parecía más a Renoj que a Ríos Montt, un general ladino con el bigote poblado de los dictadores latinoamericanos al que la historia sentenciará por genocida. Ríos Montt nació en Huehuetenango, en el seno del Altiplano, se arrodilla también ante un Dios blanco y evangélico, y ha aprendido exterminio con los americanos. Dicen que una vez dijo: “Un cristiano debería llevar su Biblia y su ametralladora”. Si no lo dijo, lo aplicó: versículos para sanar la enfermedad del comunismo, plomo para ovejas negras. 

A Renoj, el general, le gusta. 

—Él tenía una misión de comandar y hacer bien al país. Ríos Montt tenía buenas intenciones e hizo cosas buenas, pero fue el ejército el que dio el golpe de Estado. La mayoría de los comandantes, ellos hacían daño al país. 

—Él daba las órdenes.

—Ajá, él daba las órdenes. Pero recuerde que cuando dan las órdenes no todos lo hacen cumplir. Todos le dan la culpa al presidente, pero realmente fueron los soldados.

En ese tiempo a mediados de los años noventa en que la guerra ya muere pero aún mata, muchos, miles tras miles, ya llevan una década poniendo rumbo al norte. El padre de Renoj se marcha primero, en el 94, y manda a casa recado. Desde mediados de los ochenta, Renoj ha conducido autobuses en Quetzaltenango, la segunda ciudad del país. En ese empleo se ha unido a un sindicato y ha temido las represalias. Los coyotes con conecte en el pueblo le prometen el boleto a Brooklyn por 1500 dólares. 

Dice que de Estados Unidos, antes de llegar, solo conocía el dólar. 

—Si nosotros estuviéramos informados, tuviéramos papeles ahora, porque antes del 98 había oportunidad de un asilo hacia nosotros. Yo estuve sindicalizado y mucho tiempo hubo persecución al sindicalista. Y si yo hubiera pedido refugio por eso, ahí sí, pero como no teníamos información… El pensamiento de nosotros de ir a Estados Unidos era, para que tú entiendas: ‘Ah, unos tres años, me hago mi casita y mi capital y me vengo’. Ese era el pensamiento. No era de quedarse.

Tiempo después en Nueva York un abogado le informará de que la única manera de conseguir los papeles es casarse con un ciudadano americano.

—Y sí es verdad y no pasa nada y todo eso, pero siempre he sido religioso: el matrimonio es sagrado. Prefiero lo que me está pasando que casarse solo por papeles. Aún el abogado me dijo que había oportunidad de hacer algo inventando que me están extorsionando, pero es que la Biblia me dice a mí que una mentira es pecado. Si fuera cierto pues no tengo miedo a denunciar, pero no quiero tener un papel por mentira. No está bien eso, no es bendición de Dios.

En Brooklyn encuentra trabajo e iglesia. En 1999 escucha rumores apocalípticos, extraños presagios sobre el milenio que se viene: un problema con los ordenadores, los ceros “y no sé qué”. Renoj razona: si se viene el fin del mundo, que le agarre en casa. Allí ha dejado a su esposa y a cinco hijos a los que quiere dar una educación universitaria; que sus manos nunca lleguen a conocer la astilla del algodón en fincas de otros. 

Vuela a Guatemala a tiempo para presenciar cómo el partido del general de la Biblia y la ametralladora aúpa al poder a Alfonso Portillo, un abogado al que los años y la corrupción arrastrarán al otro lado de la ley y la frontera, frente a un tribunal en Nueva York — pero eso vendrá luego: a finales de siglo, a Renoj le ilusiona el candidato. Vota por él, celebra la victoria. Se convertirá en su presidente guatemalteco favorito junto a Vinicio Cerezo (1986-1991), el hombre que puso rostro a la transición a la democracia tras las décadas armadas. 

En 2001, Renoj regresa al norte. Consigue una visa para cruzar a México legalmente. Por vez primera, contempla la inmensidad del Distrito Federal a vista de pájaro. Cuando el avión aterriza, salta a un autobús hasta la frontera. No se irá solo: ha comenzado un éxodo que drenará el país, una peregrinación que en pocos años doblará y triplicará en números a los muertos de la guerra, pasos casi siempre dirigidos a los mismos rumbos que llenarán Guatemala aún más de ausencias. 

Renoj cruza por Agua Prieta, Sonora. En Douglas, Arizona, le recoge un conecte del coyote. El precio es el doble que cinco años atrás.

En Nueva York saborea tiempos dulces. Libra sábado y domingo. 

—Siempre he tomado la vida fácil. Ha habido oportunidad de trabajar siete días, pero no he maltratado el cuerpo porque no quiero eso.

El trabajo es duro pero lo disfruta. Cada vez que compra una herramienta eléctrica piensa que apenas ahora le llegan los juguetes que no pudo tener de niño. Pasa mucho tiempo en la iglesia, cortafuegos contra el pecado, la nostalgia, el trago y esas enfermedades del alma que aquejan a sus compañeros.

—Por eso nuestra gente muchas veces pasan en estos sentidos tomando, porque no saben dónde poder desahogarse. 

Eso, la soledad, es el único mal que las herramientas eléctricas y la Biblia no palian. Solicita varias veces una visa para su esposa, pero Washington invariablemente la deniega. Ese año comienza a estudiar teología bajo la tutela del reverendo Salgado. Se titulará en salmos en 2004 y volará a Guatemala a celebrarlo. 

En su país, a Ríos Montt le ha sabido a poco el poder en la sombra de los años de Portillo y se presenta a unas elecciones que comienzan en 2003 y terminan en 2004. Renoj llega a tiempo para la segunda vuelta. Vota por su hermano evangélico. 

—Si hubiera ganado ya con la democracia, creo que sería un gobierno bueno.

Ríos Montt pierde en las urnas contra un candidato al que apodan El Conejo por la lotería genética de unas orejas picudas, Óscar Berger. Durante dos años, Renoj escuchará promesas de democracia, limpieza, desarmes. También habrá titulares que dicen “Detenido por narcotráfico el jefe de la lucha antidroga de Guatemala” o “La violencia se adueña de Guatemala”. 

En casa, Renoj recupera con la familia los dos años de tiempo perdido. En 2006 el bolsillo aprieta de nuevo. El camino llama. 

Al cruzar a México el coyote lo sube a un tráiler con otras 200 personas: doce horas hasta Puebla sofocado entre cuerpos desconocidos, sudor y sed, luego otras treinta y seis horas a la frontera, solo con galones de agua que, cuando se vacían, usan para orinar. La única ventilación son unos agujeros en la base del camión por los que, cuando rueda, entra el aire. Esa es la parte fácil. La difícil llega en los retenes, donde la migra los inmoviliza por horas. Entonces tienen que tapar los agujeros, macerarse, respirar flojito, guardar silencio, ni pestañear. 

—Eso sí que era un sufrimiento. 

Esa vez, de México verá poco más que el asfalto y las ruedas del tráiler bajo sus pies, “las carreteras que van pasando”. 

Una década después de la primera vez volverá a cruzar la noche del desierto de Altar. El coyote reclama 5.000 dólares por el viaje completo. Quizá por el mal cuerpo que le ha dejado el tráiler, quizá por pura inercia, Renoj cumplirá su etapa más larga en los Estados Unidos: diez años, uno detrás de otro, alejado de la Aldea Chajabal.

Tres: los chicos del Delaney

El predicador entona su alabanza en medio de la celda. La voz encuentra eco en los muros desnudos. Los únicos muebles, contra las paredes, son las literas. La habitación es lo suficientemente grande para acoger a treinta, cuarenta, cincuenta presos: los evangélicos. Como no tienen instrumentos, el pastor salmea a capella y decenas de gargantas reclusas le responden. Cada día, a las siete de la tarde, Sebastián Renoj canta en español sus canciones, sus himnos de esperanza y redención, para los chicos del Delaney Hall.

No pasó mucho tiempo desde que ICE arrojó a Renoj al Delaney hasta que los presos descubrieron que ese hombre conocía las escrituras. Los reclusos evangélicos ya acostumbraban a celebrar sus servicios. Ahora también tendrían un predicador como Dios manda, o mandado por Dios.

—Rápido me detectaron que sé mucho de la Biblia. Entonces me pusieron a predicar. Ya se reunían ahí, pero solo cantaban, no hay mucha gente que sabía de la Biblia.

Renoj cumple, incluso ahí dentro, su misión. Lee la Biblia por las mañanas para preparar las tardes, matar el tiempo, exorcizar malos pensamientos. Sus compañeros juegan a las cartas o ven la televisión en la sala común. Si tienes dinero, puedes comprar algo de libertad: hay teléfonos y tabletas, ventanas virtuales al exterior, disponibles a cambio de unas monedas. A las cinco de la mañana desayunan, a las once almuerzan, a las cuatro de la tarde cenan: una carne molida, como pasada, con frijoles templados y papas mal cocidas. Renoj pasa frío y hambre. Para el final habrá perdido siete libras, que no parece demasiado, pero de partida tampoco había mucho que perder. 

Cuando no conversa con los compañeros sobre sus vidas, de dónde vienes, cómo es que has acabado aquí, repasa las escrituras. A veces se le atraganta un salmo. Solo cuenta con una Biblia corriente. Su edición de estudio, con sus notas, las explicaciones garabateadas en los márgenes, quedó en Brooklyn. Cuando eso pasa, llama a su hijo ahí afuera, y él busca la respuesta. La fe parece la única certeza esos días. 

Un día le visita un viejo amigo, el reverendo de su iglesia, Erick Salgado, un puertorriqueño del Bronx que siguió los inescrutables caminos del Señor hasta el rebaño guatemalteco al final de Brooklyn. De tanto rodearse de chapines, ha asimilado los dejes del acento, las inflexiones, algunas palabras en K’iche’. Él le ha enseñado la Biblia a Renoj. Con él predicaba en el templo. Para poder ver a su discípulo los quince minutos de permiso, Salgado espera cuatro horas frente a la mole gris-patíbulo del Delaney. Una nieve embarrada cubre las calles. Los -11°C de un invierno envalentonado arañan la piel.

Renoj le cuenta que está cansado, que en Delaney le dan mal de comer, que pasa frío. Ha cumplido 57 años en la celda. Él, que le ha apostado la vida a saltar muros, no sabe funcionar entre rejas. Su abogado le dice que puede devolverle pronto a las calles. Renoj no confía en él. El 29 de enero, en su audiencia ante el juez, Renoj retira su petición de fianza. 

Estados Unidos le ofrece dos salidas: por las buenas o por las malas. Por las buenas te vas tú. Por las malas te echamos nosotros. Renoj elige la primera.

El resultado será el mismo. Le aseguran que así, si lo hace bien, puede regresar a Nueva York en el futuro, con papeles, todo en orden. Si le expulsan contra su voluntad, tendrá prohibido pisar el país en diez años.

Firma una deportación; su deportación. En la documentación oficial dice “voluntaria”.

—Me informé con abogados ahora: corren igual los diez años aunque salga uno voluntario. Hablé con un abogado ahora y me dijo: ‘Eso te dice ICE, pero es lo mismo’.

Salgado entiende la decisión. La de Renoj no es la única ausencia en los servicios. Los más jóvenes se alistan al ejército con la esperanza de canjear los años de permiso por papeles para sus familiares. Y rara es la semana que ICE no pesca algún fiel. 

Renoj pasa 40 días en el Delaney Hall y predica en su celda 35 tardes. Durante el tiempo que lo habita, el Delaney pasa más o menos desapercibido entre toda la red de centros de detención — argot burócrata para no decirle cárcel a la cárcel — que ICE extiende a lo largo y ancho del país. Unos meses después, los eufemismos ya no funcionarán, y el Delaney simbolizará la rabia nacional contra las mazmorras de la migra. Alrededor de 300 presos, cansados de sufrir lo que Renoj ha sufrido, declararán una huelga de hambre. Hablarán de gusanos en la comida, agresiones sexuales, citas judiciales que nunca llegan, presiones para firmar la autodeportación. Habrá protestas diarias frente a sus muros. GEO Group, la empresa privada a la que ICE paga miles de millones de dólares a cambio de gestionar por ellos decenas de sus calabozos, cancelará sin razón ni aviso las visitas familiares, prohibirá el paso a los periodistas y se lo negará a miembros del Congreso, pese a que la ley diga que eso es ilegal.  

El último martes de febrero, a Renoj un guarda le avisa: “Hoy toca transfer”. Del tercer piso lo bajan al primero. Los celadores comprueban que todo está en orden, le devuelven sus enseres, el dinero que llevaba encima cuando lo agarraron. 

—Yo pensaba que ya venía para Guatemala, porque ahí no te dicen nada. Los transportes son de otra compañía de seguros privados. Y ellos dicen: ‘Nosotros no sabemos nada’. Solo manda ICE. 

Lo esposan, le encadenan la cintura, le engrilletan los pies. 

—Apenas puede caminar uno.

En un cuarto frío transcurren así 24 horas; cada dos, pasan lista. El 25 de febrero, ICE lo vuelve a subir a un furgón. 

Cuatro: yo conocí a los Zetas

El paisaje es de mezquites, nopales y arbustos tan secos como un desafío al fuego. El suelo es árido; el viento, cuando sopla, denso y caliente como escape de carro viejo. Ya llegando a Nuevo Laredo, en una carretera secundaria, el tráiler topa el retén. Estos no son militares, piensa, pero lo parecen. No tienen camionetas con logos oficiales, pero la carrocería se ve blindada. Los hombres imponen: así tan fuertes, tan tatuados, con esos cuernos de chivo con los que les apuntan a modo de saludo. 

A esta tierra llamada Tamaulipas las malas lenguas le dicen Mataulipas por toda la matazón que ha albergado. 

El coyote ya avisó:

—Este viaje te va a salir bien carísimo porque nosotros tenemos que pagar a los Zetas, más el brinco en la frontera, pero vas a pasar seguro. 

Es 2018. Renoj ha pasado con su familia los dos años de siempre, los de rigor, el descanso del guerrero, hasta que las facturas se acumulan y la carretera vuelve a convocarlo. Despegó de Nueva York el mismo año que Donald Trump ganó por primera vez las elecciones y, en Guatemala, sus compatriotas eligieron también nuevo presidente: Jimmy Morales, un actor y cómico que recicla las mismas viejas promesas de democracia y justicia, y con los años enfrentará las mismas viejas acusaciones de corrupción.

Este boleto al norte ha costado 15.000 dólares. Los carteles se reparten a bala la plaza caliente de las rutas migratorias. La violencia se ha hecho industria y la última letra del abecedario aterroriza México: se dice que son desertores del Ejército, veteranos del terror que cobran impuesto revolucionario a los que como Renoj caminan desde el sur; se dice que si no pagas te levantan, te ponen la madriza de tu vida, ora acabas colgado de un puente, ora en un tambo de ácido, ora te desaparecen y nadie nunca te vuelve a ver, ora te aparecen con una bala en la nuca en un predio remoto, ora en pedacitos, ora vivo pero con déficit de extremidades porque, si no tienes dinero para el coyote y los zetones, siempre puedes probar tu suerte en un tren de mercancías al que apodan cariñosamente La Bestia, que cabalgan miles de sur a norte y, de tanto en tanto, te descabalga. 

El pastor ya ha escuchado hablar de todo eso antes. Un familiar intentó atravesar México sin pagar su tributo; los Zetas lo secuestraron hasta que la familia giró un rescate de 50.000 quetzales, ahí más o menos por los 6.500 dólares al cambio. Renoj sale de casa con una idea:

—Creo que los Zetas si no pagas definitivamente te matan.

El sur se navega fácil. En camiones pequeños va de Guatemala al sur de Chiapas, y luego allá por las montañas de San Cristóbal de las Casas conducen un día y una noche hasta Puebla, y luego un taxi a Tlaxcala, y un autobús al DF, y luego luego un tren al Estado de México, y ahí en el municipio de Zumpango tres días de espera, matando el rato entre parques y mercados, tranquilo porque se camufla entre la multitud —“nos parecíamos a los mexicanos, no nos reconocían que somos de Centroamérica”— y después un tráiler, como doce años atrás, pero esta vez solo viajan cuatro en la cabina, y tienen hasta una cama para tumbarse, “entonces es más divertido”. 

Lo cabrón es el norte. El coyote les ha dado instrucciones y una contraseña. En algún lugar a las afueras de Nuevo Laredo el retén de zetones los desvía hasta esa casa vieja a la orilla del camino, con un montón de carros, buenos carros, en el parqueadero polvoriento. Es la frontera antes de la frontera. 

Ahí los bajan del tráiler. Ahí dentro están los hombres tan musculosos, tan altos, tan bravos, “se ve que son adiestrados”, al hombro los cuernos de chivo, nada de chavos, no, treinta, cuarenta, cincuenta años. 

—Cuando ellos nos cuentan cuántos somos, ellos no cuentan con la mano, cuentan con la pistola puesta: ‘Uno, dos, tres, cuatro, cinco’, pero apuntando con la pistola, contando cuántas personas se reportaron y cuántas personas tenían que pasar, porque allá no pasa ni uno si no está reportado. 

Todo en orden. Ya están a punto de marchar cuando uno de los zetones repara en Renoj, que cansado de cargar con todo a cuestas, no lleva mochila, ni zurrón, ni tan siquiera una bolsa de plástico con algo de comida y bebida para la noche que tiene por delante. El zetón le mira, extrañado, e increpa:

—Oye tú, no llevas ni una mochila. Tú vas para el norte. ¿Cómo te vas a llevar el agua para pasar el desierto?

—Ah, yo compro allá en la frontera.

Y el zetón nomás se ríe. 

—Buena suerte. 

A poco de ahí corre el río Bravo, que desde que toca El Paso y Ciudad Juárez, al oeste, hasta su desembocadura en el golfo de México, al este, hace las veces de frontera. Renoj se pone un chaleco salvavidas, sube a una balsa hinchable y lo surca hasta la orilla estadounidense. 

—Pasamos el río tranquilito.

Pasará mucho tiempo sin que cuente esa historia. Cuando casi una década después la recuerde, se dirá:

—Yo conocí a los Zetas. 

Cinco: el hijo del migrante, la hija del pastor 

Poco antes de Navidad las camionetas aparecen por el pueblo. Las mandan los finqueros. En la costa es temporada de cosecha. Algunos, muchos, saltan a los carros y parten hacia el suroeste. Renoj tiene nueve años, quizá menos, la primera vez que su padre lo lleva con él. Son varias horas de camino. La finca se llama La Gomera Escuintla. Ahí es bien diferente a la aldea, bien caliente. 

Al llegar a los campos se instalan en galeras de lámina. Con los mismos costales que rellenarán de algodón — porque aquí se cobra por costal, al peso, por libra, por quintal trabaja uno — improvisan hamacas que cuelgan entre las columnas de madera, cuando no colchas sobre el puro piso. Cada uno su pedacito, dos o tres varas de espacio por jornalero, unos dos metros y medio. Luego salen para las fincas.

Renoj, que ha crecido descalzo, recuerda con los pies: la tierra ardiente en las plantas, los dedos abrasados, el polvo caliente en cada poro, la piel que se vería roja si no se viera embarrada. Llevan calcetines viejos, pero esos son para los brazos, “haces unos agujeros para ponerlo en la mano para que las conchas que tienen las algodoneras no lo lastimen a uno”. 

Saben que ha llegado el día de Navidad porque ven los cohetes en el cielo a lo lejos. Ellos no celebran. Como mucho, comparten unos paches, unos chuchitos.

—Yo crecí en una pobreza, extrema pobreza.

Pasan un mes y medio cada año en las fincas: las camionetas los recogen a principios de diciembre, los devuelven a mediados de enero.

—Ve que allá en Estados Unidos el hispano es muy señalado, pero aquí siempre somos el indígena, siempre hay una diferencia, siempre nos hacen bullying.

Más o menos por esos años —los siete, los ocho, los nueve, quién sabe ya— sus padres le compran su primer par de zapatos, pero solo para ir a la escuela. Está prohibido usarlos para nada más. Renoj se calza para ir a clase y se descalza según vuelve a casa. También se quita la ropa buena, la del colegio, antes de salir a jugar. 

—El resto del día, descalzo y ropa rota. 

En ese tiempo la Aldea Chajabal es un pueblo construido en adobe, asfaltado en polvo, cercado por bosque. Renoj llevará para siempre la terracería marcada en el cuerpo, el hueso del pulgar del pie derecho desviado de aquella vez que fue a rematar la pelota y remató el suelo. Ahí se erigen iglesias, muchas, distintos apellidos del mismo Dios. Ahí hay más fe que maíz, que papa, que frijol. Por eso los hombres se van. Hacia el oeste todo es caída hasta el Pacífico: ahí, en el calor y el llano, crece ese algodón que astilla las manos. Hacia el este todo es sierra: ahí es fértil la guerrilla, que es una respuesta al algodón que astilla las manos y a las iglesias, muchas. Hacia el norte hay fronteras: ahí está el futuro.

A los seis años Renoj conoce a Dios en una iglesia del pueblo fundada años atrás por unos misioneros blancos que hablan inglés y vienen de un lugar trabalenguas llamado Arkansas City, dentro del estado de Kansas, cerca del estado de Arkansas. En los servicios, aún así, la Biblia se traduce al K’iche’. A los ocho Renoj se convierte al evangelio. Tanto tiempo pasa allí que estrecha lazos con el predicador y su familia. Tanto le gusta el templo y su rebaño que va a enamorarse de la hija del pastor. 

El año en que Renoj cumple quince suceden dos cosas importantes. Una es que aparecen por el pueblo los misioneros de Arkansas, que han preparado un coro para ellos en español, y disfrutan cuando Renoj y los suyos les responden con un coro en K’iche’. La otra es que Renoj padre lo lleva con él, por primera vez, a cruzar una frontera. Abordan un autobús en Quetzaltenango que rueda por la costa hasta un lugar llamado Ciudad Tecún Umán, que en realidad es un pueblo, el último de Guatemala, poco más que un cruce de caminos bañado por el río Suchiate. Van a trabajar dos meses como albañiles bajo el bochorno tropical de Tapachula, la primera gran ciudad del mexicano estado de Chiapas, que ya acostumbra a recibir forasteros muchos años antes de que alguien la llame cárcel a cielo abierto de migrantes. Se alojan en la construcción que erigen, en las mismas galeras donde se almacenan los materiales de obra. 

—Dormíamos siempre en el piso, pero ya es en la ciudad, y como es calor no tanto se siente. 

Como no hay tierras que legar, de su padre hereda el espíritu aventurero. Así conoce Renoj México. Así aprende a irse y a volver. Así comprueba que fuera del mapa las fronteras son ríos vadeables.

—Mi papá nos ha enseñado mucho la inmigración.

Algún tiempo después de regresar, Renoj se casa con Luisa Ordóñez Cux, la hija del predicador. Ella ha heredado la vocación del padre y se ordenará líder de dama en la iglesia de los de Arkansas. Cada cierto tiempo, los misioneros estadounidenses los visitan. 

—Me acuerdo de ellos: de esos americanos que llegaban en Navidad. 

A los americanos siempre les ha gustado Guatemala. Primero mandaron a la United Fruit Company, que durante décadas plantó tantos bananos que a la joven república la decían bananera, y durante décadas extendió tanto sus tentáculos hasta los palacios del poder chapín que a la joven compañía la decían el pulpo. Luego, en los convulsos años cincuenta, los guatemaltecos votaron a un presidente, Jacobo Árbenz, que expropió algunas tierras de la empresa para dárselas a algunos campesinos, y eso a los de la bananera no les hizo gracia, así que movieron hilos, presionaron aquí, amenazaron allá, dijeron que venía el lobo del comunismo, y la CIA diseñó un golpe militar a medida para regresar a los tiempos del banano, derrocó a Árbenz y todavía lo vigiló durante dos décadas de exilio, hasta que un día de enero de 1971 apareció ahogado y con el cuerpo rostizado dentro de una tina del Distrito Federal. Después, como a Washington no se le curaba el miedo al comunismo, envió misioneros, muchos, a evangelizar contra la teología de la liberación que se propagaba entre los católicos, esos curas locos de los arrabales y las misas campesinas, y enseñó a los militares chapines a meter en cintura al país, a defenderse de sí mismo. Así aparecieron los de Arkansas y los Ríos Montt, al que Ronald Reagan, en plena Guerra Fría, definió como un hombre íntegro. La Biblia y la ametralladora. 

Seis: chao, Portillo, chao 

Renoj conduce su troca por la Interestatal 278, la autopista que nace en el Bronx, salta a Queens, bordea Brooklyn, cruza el puente Verrazano-Narrows hasta Staten Island y muere al tocar Nueva Jersey —todos los distritos neoyorquinos, salvo Manhattan. En Brooklyn, a la altura de Sunset Park, la carretera flota sobre las calles, elevada sobre antiguos almacenes portuarios, naves industriales, casas adosadas bajas. A un costado se despliega la bahía, los cargueros que navegan hacia o desde aguas del Atlántico, al fondo las grúas del Jersey industrial; al contrario, se extiende el cementerio de Green-Wood, que entierra la historia todavía joven de la ciudad. Más o menos por ahí, Renoj rebasa el Metropolitan Detention Center. En voz alta, como si le fuera a escuchar, saluda a un viejo amigo:

—Chao, chao, Portillo, chao. 

Es un ritual: siempre que pasa por el MDC saluda al expresidente Alfonso Portillo, extraditado a Nueva York en mayo de 2013, condenado en 2014 por lavar dinero sucio en bancos estadounidenses —un soborno de Taiwán de 2,5 millones de dólares para que Guatemala no retirara el reconocimiento diplomático a la isla. 

—Y yo sé que él estaba encarcelado ahí, y cada vez que yo pasaba: ‘Chao, Portillo’.

Portillo cumple apenas año y medio en cárceles estadounidenses y en 2015 volverá a Guatemala gracias al ingenio de sus abogados y algo de ingeniería legal. El expresidente ya sabe bailar con la justicia: una noche de parranda mexicana en los años ochenta, descargó un revólver contra dos hombres desarmados con los que había tenido una trifulca etílica. Él huyó, el crimen prescribió y el mismo Portillo, con el tiempo, lo recordaría públicamente como una hazaña de juventud. A Renoj la condena estadounidense no le importa demasiado: el expresidente sigue siendo su favorito. 

—Tomó algún dinero, pero no del pueblo, fue dinero de Estados Unidos. La gente de Guatemala todavía cree en él, hizo mucho a favor de los pobres. 

Así que, en nombre de los pobres de Guatemala, lo saluda. 

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Pasan once años: 25 de febrero, 2026. 

Renoj viaja otra vez por la Interestatal 278. El furgón de ICE conduce desde Nueva Jersey a Brooklyn. Renoj ha pasado las 24 horas previas al traslado con el cuerpo amarrado, inmovilizado en un cuarto frío. Ahora tampoco puede moverse. Cuando al fin baja del vehículo y puede ver donde lo han traído sus captores, piensa que la vida da muchas vueltas. 

—Nunca pensaba que llegara algún día que yo llegara ahí en esa cárcel. 

El MDC no es un centro del ICE: es una cárcel federal. Es el reservado para los enemigos íntimos del país, los prisioneros de primera división: Nicolás Maduro, Diddy, Luigi Mangione, El Mayo Zambada. Renoj no alcanzará a conocerlos. 

—Cuando llegamos a Brooklyn nos dicen: ‘Nosotros sabemos que ustedes son civiles, pero aquí los vamos a tratar como criminales’. Ahí nos quitaron toditita la ropa y nos revisan y a algunos les tienen que abrir el trasero para ver si no traen nada por dentro. Allá sí hablan bien fuerte los morenos.

Comparte con otro recluso una celda pequeña con el baño dentro. Le ofrecen trabajar cinco horas diarias por un dólar. No acepta. No quiere trabajar para esa gente.

—Algunos se anotaron y dicen, como tienen acceso a la cocina, que alguna vez vieron a Nicolás Maduro, pero yo no. 

La comida mejora. Le dan incluso manzanas. Ya no puede acoger a los evangélicos en su celda como en el Delaney, pero hay un espacio para el culto que comparten con presos de otros dioses. Ahí también predica. Una vez utiliza su historia con el MDC y Portillo para un sermón.

—Les decía yo: mira, hasta donde la vida nos da vuelta. 

No se quedará mucho. Al mes de llegar, ICE lo levanta: una noche en Elizabeth, Nueva Jersey; dos horas y media de avión a Luisiana; un autobús directo a Mississippi; “prediqué una vez, solo una vez tuve la oportunidad, porque hay varios predicando allá”; una semana de detención; y aún otra más en Florence, Arizona, nomás a un par de horas de la frontera, su desierto querido, México desplegado sur abajo como un mal presagio. 

El 7 de abril lo montan a un avión con plaza para 250 guatemaltecos, que todavía volverá a pasar por Luisiana porque el ICE no ha apresado suficientes chapines en Arizona como para rellenarlo. 

Un vuelo con destino a Ciudad de Guatemala; la cabeza, a la fuerza, gacha; las manos amarradas a la cintura. 

–Mire, encadenados casi 24 horas porque nos quitaron las esposas y las cadenas faltando quince minutos de llegar a mi país.

Siete: un profeta 

Él aprende: la muerte es parte del trabajo. 

Los albañiles construyen en madera, a mano, los scaffolding — los andamios. Luego los trepan. Luego se ponen a trabajar. Luego el compañero pierde el equilibrio. Luego cae. Luego se rompe la cabeza contra el piso. 

Con el tiempo mejorará, a veces. Hoy, a finales de los 90, da gracias si te dan casco. 

—Muchos han muerto allá. Me acuerdo de algunos amigos que se han caído del scaffolding de madera que nosotros construíamos y no pasa nada, a la ciudad no le importaba eso. Nosotros los indígenas que hemos estado allá en Estados Unidos… a veces yo me doy cuenta de lo que me pasó, lo que Estados Unidos me hizo. Ellos no saben cómo nosotros hemos dejado la juventud allá. Hemos hecho trabajos forzosos que nadie puede hacer.

Renoj ha llegado hace poco a Nueva York. El enlace del coyote en la ciudad le ha encontrado casa y trabajo, pero no solo de pan vive el hombre. Teniendo empleo, necesita iglesia. Durante sus primeros días en esa ciudad desmesurada, Renoj acude a un templo puertorriqueño, pero los caribeños se mueven a otro ritmo. El peso de los servicios evangélicos recae en la música: la alabanza y adoración. Una banda que toca y un predicador que guía a través de los compases. Renoj va a destiempo. 

—Es el mismo Dios, pero ellos cantaban… Te voy a cantar un pedazo como cantan ellos:

Renoj entona. El beat es acelerado:

Y era una escalera que Jacob veía / y era una escalera que Jacob veía / ángeles bajaban / ángeles subían.

—Y no era nuestro ritmo, no nos acoplábamos. Por eso tuvimos que organizarnos y levantar una nueva misión diferente. 

—¿Y cómo es su ritmo? ¿En qué se diferencia del de Puerto Rico?

Renoj canta ahora piano, pausado, alarga las sílabas, baladeando:  

El espíritu de Dios está en este lugar. El espíritu de Dios se mueve… en este lugar. 

—Hay partes que cantamos así corridos, pero es menos que la de Puerto Rico. 

No es solo la música. Es la extrañeza de rezar en un acento ajeno, las variaciones en la doctrina, los guisos que comparten en las convivencias y no saben a casa. 

Necesitan su propia iglesia, sus canciones, su comida. Uno de los pastores, un puertorriqueño del Bronx, presta el nombre para el registro legal. En 1997, oficialmente, la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos abre sus puertas para atender a esa generación de mayas recién llegados de Totonicapán, Sololá, Quetzaltenango y el Quiché a los que la guerra y el hambre ha escupido lejos de Guatemala. 

Erick Salgado será el reverendo, la cabeza. Junto a su esposa, también formará a las próximas generaciones de predicadores. Construyen su pequeña parcela de cielo con decenas de iglesias, algunas en Guatemala. Renoj asistirá a sus clases durante tres años. Se apuntará en 2001; se graduará en 2004. Salgado le propone que vuelva a su aldea investido como líder religioso y abra una sucursal del templo. Renoj lo piensa, pero decide que no: eso sería hacerle la competencia a los  presbiterianos, los de Arkansas, su mujer.

En la nueva iglesia, por fin, se acompasa. Los miércoles dirige el culto, canta el avivamiento y la adoración. Se acostumbra a vivir a medio camino entre sus dos casas. Como él, la familia está dividida: en Guatemala quedan su esposa y cuatro hijos; en Nueva York su padre, dos hermanos y su quinto retoño, que en 2008 suspende el examen de acceso a la universidad y sigue a su padre hasta Nueva York, encuentra trabajo de plomero, se casa y engendra dos niñas: dos estadounidenses hijas de un guatemalteco sin papeles, nietas de un guatemalteco sin papeles. 

Serán las primeras de la familia con pasaporte del país de Trump. La mayor ya ha cumplido once años; la menor, apenas uno. En 2025 visitarán, como turistas, la Aldea Chajabal. 

—Mis hijos siguen hablando K’iche’. Lo que me doy cuenta es que mis nietos ya solo español están hablando. 

Renoj le agarra la onda al norte. Le gusta la comida de los italianos y la de los turcos. No le gustan los demócratas, el libertinaje ni los hombres que se besan en las calles, ofendiendo a los niños, desafiando a Dios. En las escrituras dice que eso es pecado.

—Lo que estaba pasando en Estados Unidos, estaba pasando en Sodoma y Gomorra en aquel tiempo, y tuvo que venir fuego del cielo para quemar a todos.

La primera vez que escucha a Donald Trump no le disgusta lo que oye. En la Iglesia hay quien lo mira con recelo, pero Renoj y algunos hombres comentan que ese millonario que sale tanto en la televisión sabe de lo que habla.

—Cuando entró Donald Trump, pues dice que hombre con mujer y mujer con hombre, o sea, lo que dice la Biblia. 

Renoj piensa que, si su país de acogida le permitiera votar, votaría por Donald Trump. Que el magnate tiene razón: hay mucha gente mala viviendo de los cupones de gobierno, tomando en lugar de trabajar, orinando en las esquinas, colándose en el metro, dañando a los Estados Unidos. 

—Yo creo que la migración y todo eso son cosas terrenales, pero proféticamente hay muchas cosas que trae Donald Trump. Si hay gente que toma, vandaliza, mándenlo a su país. Nosotros solo trabajamos, sacamos adelante el país, hemos dejado nuestra juventud, pagamos impuesto al gobierno. Solo vamos a trabajar, a la iglesia, a la casa, al trabajo, a la iglesia. No estamos haciendo daño. Aun la Biblia dice que Jehová es la tierra en su plenitud y todos los que en él habitan. O sea: no dice Estados Unidos, no. Pero también la Biblia condena a gente malvada, y yo entiendo eso: violadores o vendedores de drogas, agarren y mándenla a sus países.

Epílogo: al este del Edén 

Un avión que carga en las tripas 250 hombres amordazados aterriza en Ciudad de Guatemala. Ha despegado en Arizona, ha recalado en Luisiana para recoger más pasajeros y desde allá ha surcado casi 2.000 kilómetros de cielo en línea recta a través del golfo de México hasta Centroamérica: el destierro. A los reos les han dado unos sándwiches y algo de agua. Como llevan las manos atadas a la cintura, para beber tienen que encorvarse en el asiento. 

Sebastián Renoj vuelve a pisar Guatemala un 7 de abril de 2026 con el hambre atrasada de cuatro meses cautivo. Lo primero que hace en libertad es atragantarse en el primer Pollo Campero que encuentra abierto. Desde que lo sacaron del Metropolitan Detention Center, dos semanas atrás, viste los mismos pants y sudadera grises.

—La ropa traía todo un olor…

No deja que su familia le reciba en el aeropuerto; no quiere que lo vean así. Estrena su recobrada libertad en un hotel de la capital. Toma una ducha larga, duerme en un colchón en condiciones, se rasura en el barbero, se deshace del uniforme gris que huele a encierro, compra ropa nueva. 

Al día siguiente toma un autobús al oeste. Justo antes de llegar a la aldea, lo recibe Quetzaltenango. Ahí es el reencuentro. Hay llantos y abrazos. Han pasado ocho años desde la última vez.

Cuando en casa intenta narrar los últimos meses, siente escalofríos. Le atiende un doctor que diagnostica malos nervios y receta pastillas contra la ansiedad. 

—La realidad es un trauma, de verdad, porque yo he sido fuerte, fuerte, fuerte en este sentido, pero ni aún a eso, me afecta un poco la salud ahora. 

El plan es no hacer nada, no pensar, disfrutar de la familia, bajar a la ciudad a comer con su esposa. 

—Si me hago planes ahorita como que me hace recordar lo que me está pasando, lo que me pasó. 

En casa estudia su arresto con vocación de detective: analiza al detalle cómo fue, establece una cronología, baraja las posibles causas. Por su cabeza pasa una y otra vez la escena: el carro parqueado en doble vía a medio bloque del portal, los hombres que le rodean, la sensación de que lo están esperando. Todo se vuelve sospecha: las veces que intentó mandar dinero a Guatemala y el banco bloqueó la transferencia, aquella ocasión en que un policía lo multó por exceso de velocidad regresando de Jersey, la procesión que encabezó en octubre por el barrio. 

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Una tarde de enero, en el edificio gris del 1770 de Bay Ridge Parkway, Renoj ve el futuro. 

ICE acaba de agarrar a otro vecino del barrio. Renoj se sienta con su hermano, con quien comparte apartamento.

—Creo que las cosas, Pedro, se están poniendo bien difíciles. 

Renoj le da a su hermano los pasos a seguir si la migra lo agarra. Pedro se burla de él. Trata de restarle importancia a la situación. Poco días antes, Estados Unidos ha secuestrado a Nicolás Maduro de madrugada en un complejo militar de Caracas. Desde entonces, la televisión ha repetido los desafíos que el presidente venezolano lanzaba antes de su captura, aquel “vengan por mí, aquí los espero en Miraflores, no se tarden en llegar, cobardes”, que ha envejecido pronto y mal. 

Pedro se ríe del derrocado presidente y de Sebastián. 

—Tranquilo, tú, Maduro. ‘Vengan por mí, cobardes, no tarden en llegar’. Ya te parecés a Maduro, de qué estás hablando. 

Renoj dice que fue la última conversación que tuvo con su hermano. Tres días después, ICE fue por él. 

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Sebastián llama a Pedro desde Guatemala. Su hermano le dice que cree que los federales siguieron vigilando su casa durante varias semanas, que se ha mudado, que ha cambiado de número de teléfono, que ha intentado borrar su rastro. La familia que queda en Nueva York vive escondida desde que se llevaron al pastor.

Renoj habla también con Salgado y con los jóvenes de la iglesia, que le mandan algo de dinero y le dicen que están tristes, que los arrestos han continuado, pero ha vuelto el silencio. Los otros detenidos se van de Estados Unidos como llegaron: anónimamente, sin generar titulares, sus nombres solo registrados en bases de datos gubernamentales opacas y publicaciones en redes sociales que se pierden en el infinito digital. Solo se recuerdan sus historias, brevemente, en el servicio del reverendo Salgado. 

Renoj aún confía en Donald Trump como confiaba en Ríos Montt: el problema, dice, está en la mano ejecutora.  

Pronto se da cuenta de que en Guatemala no tiene mucho que hacer. Con sus hijos ya ha cumplido. El dinero neoyorquino ha pagado sus estudios: una enfermera, un paramédico, un maestro, una maestra. 

—Ya son profesionales, ya la mayoría hemos llegado al nivel casi del ladino. Ese era el deseo mío: que mis hijos no pasaran esto que pasamos nosotros.

En casa está de paso. En la aldea es forastero. 

—Aquí nadie lo conoce a uno después de tanto tiempo, olvídate, solo a la familia. Sinceramente, es una historia muy muy muy difícil cuando uno ha salido del país y te vienes como extranjero. Nadie te conoce, nadie te habla.

El pastor extraña el mundo ahí fuera, los paisajes a conocer, cruzar fronteras. Antes de cumplir el primer mes en casa empieza a buscar nuevos destinos. Vuelve a mirar al norte. 

—Yo quería mudarme para Canadá. Siempre me ha gustado aventurar. No abandonar a mi familia, quiero estar un tiempo, pero en el tiempo que estoy acá quiero estar tramitando algún papel. 

Una agencia le dice que Canadá no recibe a los deportados por Washington. 

—O sea, completamente destrozado, ni por el norte ni por Canadá me puedo ir.

Entonces recuerda: en la obra siempre ha trabajado con italianos. Le gusta su comida, su forma de ser, cómo hablan de su país. Comprende el idioma — “yo hablo como el 25% y entiendo el 50% de italiano” — y, en la lista de cosas a cruzar, aún no ha tachado el Atlántico. Nunca ha surcado el océano. 

—Quiero ver qué tan diferente es Europa con Estados Unidos, cómo son los derechos humanos. Porque ve, Estados Unidos habla mucho que de derechos humanos, que todo eso, pero no es así. ¿Cómo tratan a la gente inmigrante allá cuando la detienen? Peor que animales.

Renoj ha partido la vida entre el hogar y el camino. En el hogar es un extraño al que nadie reconoce. En las últimas tres décadas, ha pasado veinticuatro años en Brooklyn, seis en la Aldea Chajabal. Ya lo reclama el camino.

Ahora el norte está amurallado. Así que mira al este.

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Edición: Pablo García y Roman Gressier

Esta historia fue producida como parte del M.A. en el Craig Newmark Graduate School of Journalism. 

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La plegaria gringa de un pastor maya 

La plegaria gringa de un pastor maya 

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Sebastián Renoj nació en el altiplano guatemalteco y la pobreza extrema. De niño, su padre le enseñó a creer en el evangelio y a saltar fronteras. Se hizo predicador y carpintero. Durante tres décadas, construyó una vida a medio camino entre la Aldea Chajabal y Nueva York. Nunca tuvo papeles, pero confió en Donald Trump. En una madrugada de Brooklyn, conoció a ICE.

Sebastián Renoj creció descalzo. “Pocas veces tuve estudio”. De niño cosechó algodón en fincas de otros, los brazos forrados de calcetines viejos que protegían la piel de la astilla. De adulto imaginó otra cosa para sus hijos. En esos tiempos de guerras y guerrillas en las sierras de Guatemala, él encontró al Señor: un Dios blanco y evangélico. Lo siguió hasta Estados Unidos. La noche de 1996 en que cruzó por primera vez el desierto de Altar pensó que ningún gringo rico contemplaría jamás aquel paisaje al que le había conducido el camino, y se pensó un pobre con suerte. En Brooklyn estudió la Biblia. Se hizo pastor por las necesidades del espíritu y carpintero por las del estómago. Pasaron treinta años: entre tanto, cuando Nueva York lo desgastaba, compraba un billete de avión, se presentaba en el JFK con el pasaporte en regla y volaba a su tierra en clase turista; permanecía un tiempo en casa con la familia que había dejado atrás y al rato volvía al norte a través de su desierto y los agujeros en la alambrada. 

Los años, la política, otras guerras, hicieron de cada salto una aventura cada vez más cara que la anterior, cada vez más exigente que la anterior, cada vez más arriesgada que la anterior. En cada uno de sus viajes Renoj encontraba los tres países que atravesaron su biografía cambiados. Para aquel día de 2018 en que el pastor vadeó por última vez el río Bravo, el mundo le recordaba a Sodoma y Gomorra. En Guatemala galopaban libres el crimen y la corrupción. En México, civiles musculosos con tatuajes y cuernos de chivo le cobraban peaje a los que como él caminaban desde el sur. En las calles de Estados Unidos, sin pudor, los hombres besaban a otros hombres. Él pensaba en la lluvia de fuego y azufre de la que hablaban las escrituras.

La primera vez que escuchó a Donald Trump, le pareció que aquel magnate rubio, bronceado y de lengua suelta tenía algo de profeta. 

Uno: la caza

15 de enero de 2026. El carpintero despierta antes que el sol. Se echa la capucha, se cuelga al hombro la mochila del trabajo. Sale del portal de ese edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Afuera lo recibe la helada, las seis de una mañana de invierno en Bensonhurst. En una hora lo esperan en Utica Avenue, ahí por donde termina el tren cinco. Como cada día colocará C-Joists, las estructuras de acero sobre las que se levanta el paisaje prefabricado del suburbio americano. 

Ese mes los compañeros y él erigen una casa de siete niveles. Renoj ya quiere terminar el exterior y trabajar dentro; a esas alturas de la temporada el frío sopla bravo para la calle. Eso va pensando. Pone rumbo al metro. No va a llegar. A medio bloque de casa, siente las linternas en la cara. De un carro en doble fila salen hombres armados y voces que reclaman papeles. Visten chalecos oscuros con acrónimos de mal augurio, siglas que preferiría no conocer, pero conoce. 

ICE, FBI.

Le ordenan que se identifique. Él obedece. No tiene antecedentes, nunca burló la ley, si acaso un par de multas de tráfico. Todo el tiempo libre lo ocupa en la iglesia. Lleva quince años pagando religiosamente sus impuestos. Se siente tranquilo cuando enseña la licencia de conducir. Los federales la escanean.

—Tú saliste del país en 2016.

Lo esposan, lo encadenan, lo suben a la furgoneta.

—Ahí fue que me di cuenta que Motores y Vehículos comparte información a ICE.

Antes de regresar a Manhattan, los federales conducen un rato más por el barrio. Buscan a otros como él: madrugadores, vestidos de albañil, rasgos de otros rumbos. Saben que esa zona de Bensonhurst es hogar de guatemaltecos evangélicos. Lo saben porque no es la primera vez que van. Esa gente es diana fácil: no se resiste, no habla con la prensa, no denuncia. Como la mayoría cruzó la frontera sin avisar a nadie en Washington, y como todos aquí tienen familias que hicieron lo mismo, y como son gente poco acostumbrada a la atención, se dejan deportar en silencio. La escena es rutina: patrullas de hombres anónimos en carros sin luces de emergencia ni sirenas, camuflados de civil, rondando las primeras horas del día, a la caza.

La furgoneta desemboca Bay Parkway abajo en unos grandes almacenes a orillas de la bahía de Gravesend. En el estacionamiento los federales se reagrupan con el resto de compañeros que esa mañana han peinado el barrio. Ha sido una jornada productiva. Vuelven al centro con Renoj y otros seis hombres como botín. Siete mayas menos en Brooklyn.

Ya están en Federal Plaza. La migra pretende que Renoj firme su deportación aquí y ahora, rápido y limpio, órdenes de arriba.

—Yo les dije que no debo nada, yo pago impuestos, yo tengo que hablar a un abogado, algo tengo que hacer.

A regañadientes aceptan. A las once de la mañana le permiten hacer una breve llamada. Renoj marca a su hijo. Le dice lo único que, en ese momento, sabe a ciencia cierta: que lo tienen retenido en Manhattan. 

Luego cruzan el Hudson. Ya es de noche. Conducen a través del paisaje sucio industrial de los polígonos de Nueva Jersey: hileras de postes eléctricos, vías de tren que ora cortan la carretera ora corren paralelo, naves de cemento, camiones que se incorporan y una furgoneta camuflada de civil que se desvía a la altura del 451 de la avenida Doremus, recién pasado el correccional del condado de Essex. Mercancías que salen y hombres que entran. 

Si frente al centro de detención de migrantes del Delaney Hall no estuviera ese solar de cemento, tanques de gasolina y óxido, desde la alambrada Renoj divisaría la bahía de Newark.

Al día siguiente, un abogado solicitará un Habeas Corpus, argumentará que los oficiales de ICE no contaban con orden de arresto ni atisbo de delito, que no le leyeron sus derechos, que tampoco respetaron las leyes migratorias ni la cuarta ni la quinta enmienda de la Constitución, denunciará que esa detención es ilegal, dirá que Renoj debería estar en la calle. Un juez agendará la audiencia de fianza: el 29 de enero. Dará igual. 

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Ahí queda el carpintero. De vuelta en Bay Ridge Parkway la suerte del pastor corre boca a boca, teléfono a teléfono. Para cuando la noticia alcanza el deli de M. y su padre, a un par de cuadras de donde se han llevado a Renoj, el ritmo de una mañana de jueves ha borrado su rastro.

—A él lo agarraron bien temprano. Ya a la hora que pues nosotros nos enteramos no había nada de policía, nada de ICE ni nada de nada. Ya era como que normal.

Hace tiempo que M. y su padre leen en los grupos de Facebook guatemaltecos que el ICE ha agarrado a este o aquel. Ya han empezado a creer que Donald Trump no va a cumplir su promesa de arrestar solo a criminales. Ya los vecinos se avisan por mensaje de avistamientos de posibles federales. Ya se teje una red subterránea — virtual — que vela cada carro sospechoso, cada tipo fornido con gorra y gafas de sol que pasea por el barrio.

Al padre de M. aquí le dicen ilegal. A M. no: ella nació en los Estados Unidos hace veinticuatro años, tiene un pasaporte con su cara y su nombre estampados que lo acreditan. Eso no la tranquiliza mucho. Se ha enseñado a evitar las estaciones de metro a primera hora. Se guía por un mapa mental de calles a evitar. Una ya vive mirando por encima del hombro.

—Los que nos parecemos latinos, específicamente latinos indígenas, como yo acá —o sea me veo indígena, pues— están agarrándonos a todos sin preguntar. ¿Sí ha visto en las redes sociales? ¿Sí ha visto en la noticia, que agarran a todos sin importar si son ciudadanos o no?

Hasta ahora los arrestos han sido fotografías en el celular, ideas sin cuerpo. Esta es la primera vez que entre los detenidos M. reconoce una cara; que la imagen en la pantalla tiene un nombre y un apellido que en casa significan algo.

Renoj es vecino; lo conocen de la iglesia. El cerco se estrecha. M. busca la manera de revolverse.

—Yo me quedo aquí porque este es mi país, es mi casa. Aquí nací, aquí crecí. Como ciudadana tengo la voz y ese poder, lo que otros inmigrantes ilegales no tienen, de defender si algo llegara a pasar por acá. Obviamente no me voy a meter para que luego ICE me agarre, o pasa lo que se ha visto en Minnesota, que mataron a ciudadanos, pero poder, no sé, grabar, documentarlo, tratar de sacar la información de la persona que se están arrestando, nombre, número de teléfono, cosas así. 

Los mayas evangélicos de Bensonhurst han aprendido de resignación antes que de queja. En los servicios del fin de semana, el reverendo Erick Salgado siempre recomienda: 

—No se metan en problemas con la ley; hagan las cosas bien; no guíen sin licencia; no guíen ebrio; obviamente, no roben; no hagan cosas malas; pórtense bien. 

Últimamente, añade: 

—Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás de todo el mundo. 

Esta vez, sin embargo, una línea se cruza, algo se rompe: sí están yendo detrás de todo el mundo. 

Detrás de ellos, que confiaron en Trump y su promesa de limpiar las calles de criminales — de las pandillas que tan mala fama les dan. Ellos, que cuando vieron a sus esposos, hijos, hermanas, sobrinas, subir un día a las vans del ICE, aún pensaron que la Iglesia sería el último santuario. Ellos, que se han enterado por las redes sociales de que ha caído Sebastián Renoj, diácono de la congregación, ese hombre bajito que en su tiempo libre arreglaba los rotos del templo, y en los servicios predicaba y cantaba las alabanzas, y durante la pandemia repartió comida a quien tenía hambre. 

Bensonhurst es un barrio de migrantes: generaciones tras generaciones que un día soñaron el sueño americano y cambiaron la tierra en que crecieron por un hueco en la periferia de otro lugar. En la misma avenida se suceden delis chapines, restaurantes takeout con rollitos de primavera y burritos norteños, sopas vietnamitas, sandwicherías italianas, sastrerías de huipiles, tacos la Lupita. 

Este es un Nueva York diferente en el que la concejala de distrito nació en Shanghái y los que en las últimas elecciones pudieron votar presidente, votaron presidente a Donald Trump a la contra del resto de la ciudad. La misma mano que trazó el todo plano neoyorquino diseñó estos bloques a escuadra y cartabón, pero aquí recortó presupuesto: menos ladrillo, más C-Joists, menos vidrio, más contrachapado. El Nueva York deslucido — el Nueva York obrero. 

Manhattan es una silueta ambigua en el horizonte, una quimera de lujo y exceso y rascacielos a 15 kilómetros de aquí: la última frontera, la que no logró sortear toda esta gente tan acostumbrada a saltarlas. 

Esta es la periferia del centro del mundo. 

Un día después del arresto de Sebastián, el reverendo Salgado organiza una rueda de prensa en el portal del edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Ante las cámaras dice: no es justo. La noticia nacerá y morirá ahí. Otros titulares urgentes reclaman atención. En Minneapolis la migra está a los tiros y todo el país siente las réplicas. Son tiempos acelerados y salvajes que no entienden del luto de un puñado de indígenas en un confín de Nueva York. Y el reverendo Salgado, aunque tan solo sea por dejar constancia a la posteridad, repetirá cuando se le pregunte:

—Están pescando, sí, están pescando en este barrio.

Dos: la paz lejana  

Una noche de julio del 96 cruzando el desierto de Altar, Sebastián Renoj ve cactus, serpientes, muchas estrellas y ninguna patrulla. Un coyote lo guía hasta al otro lado. Van en grupo, todos caminando, llevan comida, llevan bebida. Renoj trae en las suelas el polvo de los 3.000 kilómetros que lo separan de casa. Ha atravesado México por extravíos, carreteras secundarias — “porque si íbamos en los caminos principales de seguro la migra nos agarra” —, en combis que rodean pueblos pequeños y campos grandes hasta el DF, y de allá en adelante en un autobús que conduce rumbo noroeste, se adentra en el estado de Sonora y lo deja, por fin, por primera vez, a las puertas de la frontera. 

Esa madrugada se le ocurre que es un hombre con suerte.

—Ni un propio rico millonario va a pasar por un desierto que, ja, solamente tú como pobre lo puedes ver, esa maravilla de Dios.

En casa está a punto de terminar la guerra.

Casa: Aldea Chajabal, municipio de San Andrés Xecul, departamento de Totonicapán, altiplano occidental de Guatemala.

Esa Navidad se firmará la paz. Renoj no la ha conocido. Cuando nace, en enero de 1969, los tiros —en los periódicos le dirán el conflicto— truenan hace una década. Cuando se casa, en marzo de 1986, hace años que los militares arrasan la tierra. Él cree que ha tenido suerte: ha visto las armas más de lo que las ha escuchado. Los soldados desfilan por el pueblo sin detenerse mucho tiempo. Desde el Palacio Nacional ordenan que los campesinos patrullen las noches de la aldea a la caza de guerrilleros. A su padre le toca salir, qué remedio, en esas incrédulas rondas caseras armadas de machetes y escopetas de caza. 

—Era un susto.

Siempre regresa entero. Muchas noches solo fingen patrullar y, en realidad, se la pasan platicando en casa de alguno, haciendo tiempo hasta que los releva la mañana. 

—El mismo pueblo indígena se había organizado y los llamaban a ellos guerrilleros. A muchos acá los habían desaparecido. La mayor parte éramos de acuerdo con la guerrilla porque peleaban por los derechos de los pobres. No podemos combatir entre la misma gente sabiendo que están haciendo el bien. 

Renoj alcanzará Nueva York antes que la paz Guatemala. Como en la aldea no hay teléfono, compra una grabadora y cintas de casete de 90 minutos. Habla solo y la grabadora escucha durante hora y media. Luego manda la cinta a casa por correo. En tres días sus monólogos resuenan por las cumbres de la Aldea Chajabal. A las respuestas les toma dos semanas bajar del Altiplano y subir hasta Brooklyn. Así, y por la televisión, se entera de los acuerdos que el Gobierno y la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca firman en la capital. No significarán mucho para él.

—Ahora me doy cuenta que solo Dios da la paz. Ni porque ahora se firme la paz, es una paz del hombre, pero hay mucha delincuencia ahora por falta de trabajo, por falta de todo. Va siendo lo mismo.

En Guatemala tras el conflicto faltan 200.000 vidas. El Gobierno las llama el enemigo interno. La mayoría tenía sangre maya y se parecía más a Renoj que a Ríos Montt, un general ladino con el bigote poblado de los dictadores latinoamericanos al que la historia sentenciará por genocida. Ríos Montt nació en Huehuetenango, en el seno del Altiplano, se arrodilla también ante un Dios blanco y evangélico, y ha aprendido exterminio con los americanos. Dicen que una vez dijo: “Un cristiano debería llevar su Biblia y su ametralladora”. Si no lo dijo, lo aplicó: versículos para sanar la enfermedad del comunismo, plomo para ovejas negras. 

A Renoj, el general, le gusta. 

—Él tenía una misión de comandar y hacer bien al país. Ríos Montt tenía buenas intenciones e hizo cosas buenas, pero fue el ejército el que dio el golpe de Estado. La mayoría de los comandantes, ellos hacían daño al país. 

—Él daba las órdenes.

—Ajá, él daba las órdenes. Pero recuerde que cuando dan las órdenes no todos lo hacen cumplir. Todos le dan la culpa al presidente, pero realmente fueron los soldados.

En ese tiempo a mediados de los años noventa en que la guerra ya muere pero aún mata, muchos, miles tras miles, ya llevan una década poniendo rumbo al norte. El padre de Renoj se marcha primero, en el 94, y manda a casa recado. Desde mediados de los ochenta, Renoj ha conducido autobuses en Quetzaltenango, la segunda ciudad del país. En ese empleo se ha unido a un sindicato y ha temido las represalias. Los coyotes con conecte en el pueblo le prometen el boleto a Brooklyn por 1500 dólares. 

Dice que de Estados Unidos, antes de llegar, solo conocía el dólar. 

—Si nosotros estuviéramos informados, tuviéramos papeles ahora, porque antes del 98 había oportunidad de un asilo hacia nosotros. Yo estuve sindicalizado y mucho tiempo hubo persecución al sindicalista. Y si yo hubiera pedido refugio por eso, ahí sí, pero como no teníamos información… El pensamiento de nosotros de ir a Estados Unidos era, para que tú entiendas: ‘Ah, unos tres años, me hago mi casita y mi capital y me vengo’. Ese era el pensamiento. No era de quedarse.

Tiempo después en Nueva York un abogado le informará de que la única manera de conseguir los papeles es casarse con un ciudadano americano.

—Y sí es verdad y no pasa nada y todo eso, pero siempre he sido religioso: el matrimonio es sagrado. Prefiero lo que me está pasando que casarse solo por papeles. Aún el abogado me dijo que había oportunidad de hacer algo inventando que me están extorsionando, pero es que la Biblia me dice a mí que una mentira es pecado. Si fuera cierto pues no tengo miedo a denunciar, pero no quiero tener un papel por mentira. No está bien eso, no es bendición de Dios.

En Brooklyn encuentra trabajo e iglesia. En 1999 escucha rumores apocalípticos, extraños presagios sobre el milenio que se viene: un problema con los ordenadores, los ceros “y no sé qué”. Renoj razona: si se viene el fin del mundo, que le agarre en casa. Allí ha dejado a su esposa y a cinco hijos a los que quiere dar una educación universitaria; que sus manos nunca lleguen a conocer la astilla del algodón en fincas de otros. 

Vuela a Guatemala a tiempo para presenciar cómo el partido del general de la Biblia y la ametralladora aúpa al poder a Alfonso Portillo, un abogado al que los años y la corrupción arrastrarán al otro lado de la ley y la frontera, frente a un tribunal en Nueva York — pero eso vendrá luego: a finales de siglo, a Renoj le ilusiona el candidato. Vota por él, celebra la victoria. Se convertirá en su presidente guatemalteco favorito junto a Vinicio Cerezo (1986-1991), el hombre que puso rostro a la transición a la democracia tras las décadas armadas. 

En 2001, Renoj regresa al norte. Consigue una visa para cruzar a México legalmente. Por vez primera, contempla la inmensidad del Distrito Federal a vista de pájaro. Cuando el avión aterriza, salta a un autobús hasta la frontera. No se irá solo: ha comenzado un éxodo que drenará el país, una peregrinación que en pocos años doblará y triplicará en números a los muertos de la guerra, pasos casi siempre dirigidos a los mismos rumbos que llenarán Guatemala aún más de ausencias. 

Renoj cruza por Agua Prieta, Sonora. En Douglas, Arizona, le recoge un conecte del coyote. El precio es el doble que cinco años atrás.

En Nueva York saborea tiempos dulces. Libra sábado y domingo. 

—Siempre he tomado la vida fácil. Ha habido oportunidad de trabajar siete días, pero no he maltratado el cuerpo porque no quiero eso.

El trabajo es duro pero lo disfruta. Cada vez que compra una herramienta eléctrica piensa que apenas ahora le llegan los juguetes que no pudo tener de niño. Pasa mucho tiempo en la iglesia, cortafuegos contra el pecado, la nostalgia, el trago y esas enfermedades del alma que aquejan a sus compañeros.

—Por eso nuestra gente muchas veces pasan en estos sentidos tomando, porque no saben dónde poder desahogarse. 

Eso, la soledad, es el único mal que las herramientas eléctricas y la Biblia no palian. Solicita varias veces una visa para su esposa, pero Washington invariablemente la deniega. Ese año comienza a estudiar teología bajo la tutela del reverendo Salgado. Se titulará en salmos en 2004 y volará a Guatemala a celebrarlo. 

En su país, a Ríos Montt le ha sabido a poco el poder en la sombra de los años de Portillo y se presenta a unas elecciones que comienzan en 2003 y terminan en 2004. Renoj llega a tiempo para la segunda vuelta. Vota por su hermano evangélico. 

—Si hubiera ganado ya con la democracia, creo que sería un gobierno bueno.

Ríos Montt pierde en las urnas contra un candidato al que apodan El Conejo por la lotería genética de unas orejas picudas, Óscar Berger. Durante dos años, Renoj escuchará promesas de democracia, limpieza, desarmes. También habrá titulares que dicen “Detenido por narcotráfico el jefe de la lucha antidroga de Guatemala” o “La violencia se adueña de Guatemala”. 

En casa, Renoj recupera con la familia los dos años de tiempo perdido. En 2006 el bolsillo aprieta de nuevo. El camino llama. 

Al cruzar a México el coyote lo sube a un tráiler con otras 200 personas: doce horas hasta Puebla sofocado entre cuerpos desconocidos, sudor y sed, luego otras treinta y seis horas a la frontera, solo con galones de agua que, cuando se vacían, usan para orinar. La única ventilación son unos agujeros en la base del camión por los que, cuando rueda, entra el aire. Esa es la parte fácil. La difícil llega en los retenes, donde la migra los inmoviliza por horas. Entonces tienen que tapar los agujeros, macerarse, respirar flojito, guardar silencio, ni pestañear. 

—Eso sí que era un sufrimiento. 

Esa vez, de México verá poco más que el asfalto y las ruedas del tráiler bajo sus pies, “las carreteras que van pasando”. 

Una década después de la primera vez volverá a cruzar la noche del desierto de Altar. El coyote reclama 5.000 dólares por el viaje completo. Quizá por el mal cuerpo que le ha dejado el tráiler, quizá por pura inercia, Renoj cumplirá su etapa más larga en los Estados Unidos: diez años, uno detrás de otro, alejado de la Aldea Chajabal.

Tres: los chicos del Delaney

El predicador entona su alabanza en medio de la celda. La voz encuentra eco en los muros desnudos. Los únicos muebles, contra las paredes, son las literas. La habitación es lo suficientemente grande para acoger a treinta, cuarenta, cincuenta presos: los evangélicos. Como no tienen instrumentos, el pastor salmea a capella y decenas de gargantas reclusas le responden. Cada día, a las siete de la tarde, Sebastián Renoj canta en español sus canciones, sus himnos de esperanza y redención, para los chicos del Delaney Hall.

No pasó mucho tiempo desde que ICE arrojó a Renoj al Delaney hasta que los presos descubrieron que ese hombre conocía las escrituras. Los reclusos evangélicos ya acostumbraban a celebrar sus servicios. Ahora también tendrían un predicador como Dios manda, o mandado por Dios.

—Rápido me detectaron que sé mucho de la Biblia. Entonces me pusieron a predicar. Ya se reunían ahí, pero solo cantaban, no hay mucha gente que sabía de la Biblia.

Renoj cumple, incluso ahí dentro, su misión. Lee la Biblia por las mañanas para preparar las tardes, matar el tiempo, exorcizar malos pensamientos. Sus compañeros juegan a las cartas o ven la televisión en la sala común. Si tienes dinero, puedes comprar algo de libertad: hay teléfonos y tabletas, ventanas virtuales al exterior, disponibles a cambio de unas monedas. A las cinco de la mañana desayunan, a las once almuerzan, a las cuatro de la tarde cenan: una carne molida, como pasada, con frijoles templados y papas mal cocidas. Renoj pasa frío y hambre. Para el final habrá perdido siete libras, que no parece demasiado, pero de partida tampoco había mucho que perder. 

Cuando no conversa con los compañeros sobre sus vidas, de dónde vienes, cómo es que has acabado aquí, repasa las escrituras. A veces se le atraganta un salmo. Solo cuenta con una Biblia corriente. Su edición de estudio, con sus notas, las explicaciones garabateadas en los márgenes, quedó en Brooklyn. Cuando eso pasa, llama a su hijo ahí afuera, y él busca la respuesta. La fe parece la única certeza esos días. 

Un día le visita un viejo amigo, el reverendo de su iglesia, Erick Salgado, un puertorriqueño del Bronx que siguió los inescrutables caminos del Señor hasta el rebaño guatemalteco al final de Brooklyn. De tanto rodearse de chapines, ha asimilado los dejes del acento, las inflexiones, algunas palabras en K’iche’. Él le ha enseñado la Biblia a Renoj. Con él predicaba en el templo. Para poder ver a su discípulo los quince minutos de permiso, Salgado espera cuatro horas frente a la mole gris-patíbulo del Delaney. Una nieve embarrada cubre las calles. Los -11°C de un invierno envalentonado arañan la piel.

Renoj le cuenta que está cansado, que en Delaney le dan mal de comer, que pasa frío. Ha cumplido 57 años en la celda. Él, que le ha apostado la vida a saltar muros, no sabe funcionar entre rejas. Su abogado le dice que puede devolverle pronto a las calles. Renoj no confía en él. El 29 de enero, en su audiencia ante el juez, Renoj retira su petición de fianza. 

Estados Unidos le ofrece dos salidas: por las buenas o por las malas. Por las buenas te vas tú. Por las malas te echamos nosotros. Renoj elige la primera.

El resultado será el mismo. Le aseguran que así, si lo hace bien, puede regresar a Nueva York en el futuro, con papeles, todo en orden. Si le expulsan contra su voluntad, tendrá prohibido pisar el país en diez años.

Firma una deportación; su deportación. En la documentación oficial dice “voluntaria”.

—Me informé con abogados ahora: corren igual los diez años aunque salga uno voluntario. Hablé con un abogado ahora y me dijo: ‘Eso te dice ICE, pero es lo mismo’.

Salgado entiende la decisión. La de Renoj no es la única ausencia en los servicios. Los más jóvenes se alistan al ejército con la esperanza de canjear los años de permiso por papeles para sus familiares. Y rara es la semana que ICE no pesca algún fiel. 

Renoj pasa 40 días en el Delaney Hall y predica en su celda 35 tardes. Durante el tiempo que lo habita, el Delaney pasa más o menos desapercibido entre toda la red de centros de detención — argot burócrata para no decirle cárcel a la cárcel — que ICE extiende a lo largo y ancho del país. Unos meses después, los eufemismos ya no funcionarán, y el Delaney simbolizará la rabia nacional contra las mazmorras de la migra. Alrededor de 300 presos, cansados de sufrir lo que Renoj ha sufrido, declararán una huelga de hambre. Hablarán de gusanos en la comida, agresiones sexuales, citas judiciales que nunca llegan, presiones para firmar la autodeportación. Habrá protestas diarias frente a sus muros. GEO Group, la empresa privada a la que ICE paga miles de millones de dólares a cambio de gestionar por ellos decenas de sus calabozos, cancelará sin razón ni aviso las visitas familiares, prohibirá el paso a los periodistas y se lo negará a miembros del Congreso, pese a que la ley diga que eso es ilegal.  

El último martes de febrero, a Renoj un guarda le avisa: “Hoy toca transfer”. Del tercer piso lo bajan al primero. Los celadores comprueban que todo está en orden, le devuelven sus enseres, el dinero que llevaba encima cuando lo agarraron. 

—Yo pensaba que ya venía para Guatemala, porque ahí no te dicen nada. Los transportes son de otra compañía de seguros privados. Y ellos dicen: ‘Nosotros no sabemos nada’. Solo manda ICE. 

Lo esposan, le encadenan la cintura, le engrilletan los pies. 

—Apenas puede caminar uno.

En un cuarto frío transcurren así 24 horas; cada dos, pasan lista. El 25 de febrero, ICE lo vuelve a subir a un furgón. 

Cuatro: yo conocí a los Zetas

El paisaje es de mezquites, nopales y arbustos tan secos como un desafío al fuego. El suelo es árido; el viento, cuando sopla, denso y caliente como escape de carro viejo. Ya llegando a Nuevo Laredo, en una carretera secundaria, el tráiler topa el retén. Estos no son militares, piensa, pero lo parecen. No tienen camionetas con logos oficiales, pero la carrocería se ve blindada. Los hombres imponen: así tan fuertes, tan tatuados, con esos cuernos de chivo con los que les apuntan a modo de saludo. 

A esta tierra llamada Tamaulipas las malas lenguas le dicen Mataulipas por toda la matazón que ha albergado. 

El coyote ya avisó:

—Este viaje te va a salir bien carísimo porque nosotros tenemos que pagar a los Zetas, más el brinco en la frontera, pero vas a pasar seguro. 

Es 2018. Renoj ha pasado con su familia los dos años de siempre, los de rigor, el descanso del guerrero, hasta que las facturas se acumulan y la carretera vuelve a convocarlo. Despegó de Nueva York el mismo año que Donald Trump ganó por primera vez las elecciones y, en Guatemala, sus compatriotas eligieron también nuevo presidente: Jimmy Morales, un actor y cómico que recicla las mismas viejas promesas de democracia y justicia, y con los años enfrentará las mismas viejas acusaciones de corrupción.

Este boleto al norte ha costado 15.000 dólares. Los carteles se reparten a bala la plaza caliente de las rutas migratorias. La violencia se ha hecho industria y la última letra del abecedario aterroriza México: se dice que son desertores del Ejército, veteranos del terror que cobran impuesto revolucionario a los que como Renoj caminan desde el sur; se dice que si no pagas te levantan, te ponen la madriza de tu vida, ora acabas colgado de un puente, ora en un tambo de ácido, ora te desaparecen y nadie nunca te vuelve a ver, ora te aparecen con una bala en la nuca en un predio remoto, ora en pedacitos, ora vivo pero con déficit de extremidades porque, si no tienes dinero para el coyote y los zetones, siempre puedes probar tu suerte en un tren de mercancías al que apodan cariñosamente La Bestia, que cabalgan miles de sur a norte y, de tanto en tanto, te descabalga. 

El pastor ya ha escuchado hablar de todo eso antes. Un familiar intentó atravesar México sin pagar su tributo; los Zetas lo secuestraron hasta que la familia giró un rescate de 50.000 quetzales, ahí más o menos por los 6.500 dólares al cambio. Renoj sale de casa con una idea:

—Creo que los Zetas si no pagas definitivamente te matan.

El sur se navega fácil. En camiones pequeños va de Guatemala al sur de Chiapas, y luego allá por las montañas de San Cristóbal de las Casas conducen un día y una noche hasta Puebla, y luego un taxi a Tlaxcala, y un autobús al DF, y luego luego un tren al Estado de México, y ahí en el municipio de Zumpango tres días de espera, matando el rato entre parques y mercados, tranquilo porque se camufla entre la multitud —“nos parecíamos a los mexicanos, no nos reconocían que somos de Centroamérica”— y después un tráiler, como doce años atrás, pero esta vez solo viajan cuatro en la cabina, y tienen hasta una cama para tumbarse, “entonces es más divertido”. 

Lo cabrón es el norte. El coyote les ha dado instrucciones y una contraseña. En algún lugar a las afueras de Nuevo Laredo el retén de zetones los desvía hasta esa casa vieja a la orilla del camino, con un montón de carros, buenos carros, en el parqueadero polvoriento. Es la frontera antes de la frontera. 

Ahí los bajan del tráiler. Ahí dentro están los hombres tan musculosos, tan altos, tan bravos, “se ve que son adiestrados”, al hombro los cuernos de chivo, nada de chavos, no, treinta, cuarenta, cincuenta años. 

—Cuando ellos nos cuentan cuántos somos, ellos no cuentan con la mano, cuentan con la pistola puesta: ‘Uno, dos, tres, cuatro, cinco’, pero apuntando con la pistola, contando cuántas personas se reportaron y cuántas personas tenían que pasar, porque allá no pasa ni uno si no está reportado. 

Todo en orden. Ya están a punto de marchar cuando uno de los zetones repara en Renoj, que cansado de cargar con todo a cuestas, no lleva mochila, ni zurrón, ni tan siquiera una bolsa de plástico con algo de comida y bebida para la noche que tiene por delante. El zetón le mira, extrañado, e increpa:

—Oye tú, no llevas ni una mochila. Tú vas para el norte. ¿Cómo te vas a llevar el agua para pasar el desierto?

—Ah, yo compro allá en la frontera.

Y el zetón nomás se ríe. 

—Buena suerte. 

A poco de ahí corre el río Bravo, que desde que toca El Paso y Ciudad Juárez, al oeste, hasta su desembocadura en el golfo de México, al este, hace las veces de frontera. Renoj se pone un chaleco salvavidas, sube a una balsa hinchable y lo surca hasta la orilla estadounidense. 

—Pasamos el río tranquilito.

Pasará mucho tiempo sin que cuente esa historia. Cuando casi una década después la recuerde, se dirá:

—Yo conocí a los Zetas. 

Cinco: el hijo del migrante, la hija del pastor 

Poco antes de Navidad las camionetas aparecen por el pueblo. Las mandan los finqueros. En la costa es temporada de cosecha. Algunos, muchos, saltan a los carros y parten hacia el suroeste. Renoj tiene nueve años, quizá menos, la primera vez que su padre lo lleva con él. Son varias horas de camino. La finca se llama La Gomera Escuintla. Ahí es bien diferente a la aldea, bien caliente. 

Al llegar a los campos se instalan en galeras de lámina. Con los mismos costales que rellenarán de algodón — porque aquí se cobra por costal, al peso, por libra, por quintal trabaja uno — improvisan hamacas que cuelgan entre las columnas de madera, cuando no colchas sobre el puro piso. Cada uno su pedacito, dos o tres varas de espacio por jornalero, unos dos metros y medio. Luego salen para las fincas.

Renoj, que ha crecido descalzo, recuerda con los pies: la tierra ardiente en las plantas, los dedos abrasados, el polvo caliente en cada poro, la piel que se vería roja si no se viera embarrada. Llevan calcetines viejos, pero esos son para los brazos, “haces unos agujeros para ponerlo en la mano para que las conchas que tienen las algodoneras no lo lastimen a uno”. 

Saben que ha llegado el día de Navidad porque ven los cohetes en el cielo a lo lejos. Ellos no celebran. Como mucho, comparten unos paches, unos chuchitos.

—Yo crecí en una pobreza, extrema pobreza.

Pasan un mes y medio cada año en las fincas: las camionetas los recogen a principios de diciembre, los devuelven a mediados de enero.

—Ve que allá en Estados Unidos el hispano es muy señalado, pero aquí siempre somos el indígena, siempre hay una diferencia, siempre nos hacen bullying.

Más o menos por esos años —los siete, los ocho, los nueve, quién sabe ya— sus padres le compran su primer par de zapatos, pero solo para ir a la escuela. Está prohibido usarlos para nada más. Renoj se calza para ir a clase y se descalza según vuelve a casa. También se quita la ropa buena, la del colegio, antes de salir a jugar. 

—El resto del día, descalzo y ropa rota. 

En ese tiempo la Aldea Chajabal es un pueblo construido en adobe, asfaltado en polvo, cercado por bosque. Renoj llevará para siempre la terracería marcada en el cuerpo, el hueso del pulgar del pie derecho desviado de aquella vez que fue a rematar la pelota y remató el suelo. Ahí se erigen iglesias, muchas, distintos apellidos del mismo Dios. Ahí hay más fe que maíz, que papa, que frijol. Por eso los hombres se van. Hacia el oeste todo es caída hasta el Pacífico: ahí, en el calor y el llano, crece ese algodón que astilla las manos. Hacia el este todo es sierra: ahí es fértil la guerrilla, que es una respuesta al algodón que astilla las manos y a las iglesias, muchas. Hacia el norte hay fronteras: ahí está el futuro.

A los seis años Renoj conoce a Dios en una iglesia del pueblo fundada años atrás por unos misioneros blancos que hablan inglés y vienen de un lugar trabalenguas llamado Arkansas City, dentro del estado de Kansas, cerca del estado de Arkansas. En los servicios, aún así, la Biblia se traduce al K’iche’. A los ocho Renoj se convierte al evangelio. Tanto tiempo pasa allí que estrecha lazos con el predicador y su familia. Tanto le gusta el templo y su rebaño que va a enamorarse de la hija del pastor. 

El año en que Renoj cumple quince suceden dos cosas importantes. Una es que aparecen por el pueblo los misioneros de Arkansas, que han preparado un coro para ellos en español, y disfrutan cuando Renoj y los suyos les responden con un coro en K’iche’. La otra es que Renoj padre lo lleva con él, por primera vez, a cruzar una frontera. Abordan un autobús en Quetzaltenango que rueda por la costa hasta un lugar llamado Ciudad Tecún Umán, que en realidad es un pueblo, el último de Guatemala, poco más que un cruce de caminos bañado por el río Suchiate. Van a trabajar dos meses como albañiles bajo el bochorno tropical de Tapachula, la primera gran ciudad del mexicano estado de Chiapas, que ya acostumbra a recibir forasteros muchos años antes de que alguien la llame cárcel a cielo abierto de migrantes. Se alojan en la construcción que erigen, en las mismas galeras donde se almacenan los materiales de obra. 

—Dormíamos siempre en el piso, pero ya es en la ciudad, y como es calor no tanto se siente. 

Como no hay tierras que legar, de su padre hereda el espíritu aventurero. Así conoce Renoj México. Así aprende a irse y a volver. Así comprueba que fuera del mapa las fronteras son ríos vadeables.

—Mi papá nos ha enseñado mucho la inmigración.

Algún tiempo después de regresar, Renoj se casa con Luisa Ordóñez Cux, la hija del predicador. Ella ha heredado la vocación del padre y se ordenará líder de dama en la iglesia de los de Arkansas. Cada cierto tiempo, los misioneros estadounidenses los visitan. 

—Me acuerdo de ellos: de esos americanos que llegaban en Navidad. 

A los americanos siempre les ha gustado Guatemala. Primero mandaron a la United Fruit Company, que durante décadas plantó tantos bananos que a la joven república la decían bananera, y durante décadas extendió tanto sus tentáculos hasta los palacios del poder chapín que a la joven compañía la decían el pulpo. Luego, en los convulsos años cincuenta, los guatemaltecos votaron a un presidente, Jacobo Árbenz, que expropió algunas tierras de la empresa para dárselas a algunos campesinos, y eso a los de la bananera no les hizo gracia, así que movieron hilos, presionaron aquí, amenazaron allá, dijeron que venía el lobo del comunismo, y la CIA diseñó un golpe militar a medida para regresar a los tiempos del banano, derrocó a Árbenz y todavía lo vigiló durante dos décadas de exilio, hasta que un día de enero de 1971 apareció ahogado y con el cuerpo rostizado dentro de una tina del Distrito Federal. Después, como a Washington no se le curaba el miedo al comunismo, envió misioneros, muchos, a evangelizar contra la teología de la liberación que se propagaba entre los católicos, esos curas locos de los arrabales y las misas campesinas, y enseñó a los militares chapines a meter en cintura al país, a defenderse de sí mismo. Así aparecieron los de Arkansas y los Ríos Montt, al que Ronald Reagan, en plena Guerra Fría, definió como un hombre íntegro. La Biblia y la ametralladora. 

Seis: chao, Portillo, chao 

Renoj conduce su troca por la Interestatal 278, la autopista que nace en el Bronx, salta a Queens, bordea Brooklyn, cruza el puente Verrazano-Narrows hasta Staten Island y muere al tocar Nueva Jersey —todos los distritos neoyorquinos, salvo Manhattan. En Brooklyn, a la altura de Sunset Park, la carretera flota sobre las calles, elevada sobre antiguos almacenes portuarios, naves industriales, casas adosadas bajas. A un costado se despliega la bahía, los cargueros que navegan hacia o desde aguas del Atlántico, al fondo las grúas del Jersey industrial; al contrario, se extiende el cementerio de Green-Wood, que entierra la historia todavía joven de la ciudad. Más o menos por ahí, Renoj rebasa el Metropolitan Detention Center. En voz alta, como si le fuera a escuchar, saluda a un viejo amigo:

—Chao, chao, Portillo, chao. 

Es un ritual: siempre que pasa por el MDC saluda al expresidente Alfonso Portillo, extraditado a Nueva York en mayo de 2013, condenado en 2014 por lavar dinero sucio en bancos estadounidenses —un soborno de Taiwán de 2,5 millones de dólares para que Guatemala no retirara el reconocimiento diplomático a la isla. 

—Y yo sé que él estaba encarcelado ahí, y cada vez que yo pasaba: ‘Chao, Portillo’.

Portillo cumple apenas año y medio en cárceles estadounidenses y en 2015 volverá a Guatemala gracias al ingenio de sus abogados y algo de ingeniería legal. El expresidente ya sabe bailar con la justicia: una noche de parranda mexicana en los años ochenta, descargó un revólver contra dos hombres desarmados con los que había tenido una trifulca etílica. Él huyó, el crimen prescribió y el mismo Portillo, con el tiempo, lo recordaría públicamente como una hazaña de juventud. A Renoj la condena estadounidense no le importa demasiado: el expresidente sigue siendo su favorito. 

—Tomó algún dinero, pero no del pueblo, fue dinero de Estados Unidos. La gente de Guatemala todavía cree en él, hizo mucho a favor de los pobres. 

Así que, en nombre de los pobres de Guatemala, lo saluda. 

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Pasan once años: 25 de febrero, 2026. 

Renoj viaja otra vez por la Interestatal 278. El furgón de ICE conduce desde Nueva Jersey a Brooklyn. Renoj ha pasado las 24 horas previas al traslado con el cuerpo amarrado, inmovilizado en un cuarto frío. Ahora tampoco puede moverse. Cuando al fin baja del vehículo y puede ver donde lo han traído sus captores, piensa que la vida da muchas vueltas. 

—Nunca pensaba que llegara algún día que yo llegara ahí en esa cárcel. 

El MDC no es un centro del ICE: es una cárcel federal. Es el reservado para los enemigos íntimos del país, los prisioneros de primera división: Nicolás Maduro, Diddy, Luigi Mangione, El Mayo Zambada. Renoj no alcanzará a conocerlos. 

—Cuando llegamos a Brooklyn nos dicen: ‘Nosotros sabemos que ustedes son civiles, pero aquí los vamos a tratar como criminales’. Ahí nos quitaron toditita la ropa y nos revisan y a algunos les tienen que abrir el trasero para ver si no traen nada por dentro. Allá sí hablan bien fuerte los morenos.

Comparte con otro recluso una celda pequeña con el baño dentro. Le ofrecen trabajar cinco horas diarias por un dólar. No acepta. No quiere trabajar para esa gente.

—Algunos se anotaron y dicen, como tienen acceso a la cocina, que alguna vez vieron a Nicolás Maduro, pero yo no. 

La comida mejora. Le dan incluso manzanas. Ya no puede acoger a los evangélicos en su celda como en el Delaney, pero hay un espacio para el culto que comparten con presos de otros dioses. Ahí también predica. Una vez utiliza su historia con el MDC y Portillo para un sermón.

—Les decía yo: mira, hasta donde la vida nos da vuelta. 

No se quedará mucho. Al mes de llegar, ICE lo levanta: una noche en Elizabeth, Nueva Jersey; dos horas y media de avión a Luisiana; un autobús directo a Mississippi; “prediqué una vez, solo una vez tuve la oportunidad, porque hay varios predicando allá”; una semana de detención; y aún otra más en Florence, Arizona, nomás a un par de horas de la frontera, su desierto querido, México desplegado sur abajo como un mal presagio. 

El 7 de abril lo montan a un avión con plaza para 250 guatemaltecos, que todavía volverá a pasar por Luisiana porque el ICE no ha apresado suficientes chapines en Arizona como para rellenarlo. 

Un vuelo con destino a Ciudad de Guatemala; la cabeza, a la fuerza, gacha; las manos amarradas a la cintura. 

–Mire, encadenados casi 24 horas porque nos quitaron las esposas y las cadenas faltando quince minutos de llegar a mi país.

Siete: un profeta 

Él aprende: la muerte es parte del trabajo. 

Los albañiles construyen en madera, a mano, los scaffolding — los andamios. Luego los trepan. Luego se ponen a trabajar. Luego el compañero pierde el equilibrio. Luego cae. Luego se rompe la cabeza contra el piso. 

Con el tiempo mejorará, a veces. Hoy, a finales de los 90, da gracias si te dan casco. 

—Muchos han muerto allá. Me acuerdo de algunos amigos que se han caído del scaffolding de madera que nosotros construíamos y no pasa nada, a la ciudad no le importaba eso. Nosotros los indígenas que hemos estado allá en Estados Unidos… a veces yo me doy cuenta de lo que me pasó, lo que Estados Unidos me hizo. Ellos no saben cómo nosotros hemos dejado la juventud allá. Hemos hecho trabajos forzosos que nadie puede hacer.

Renoj ha llegado hace poco a Nueva York. El enlace del coyote en la ciudad le ha encontrado casa y trabajo, pero no solo de pan vive el hombre. Teniendo empleo, necesita iglesia. Durante sus primeros días en esa ciudad desmesurada, Renoj acude a un templo puertorriqueño, pero los caribeños se mueven a otro ritmo. El peso de los servicios evangélicos recae en la música: la alabanza y adoración. Una banda que toca y un predicador que guía a través de los compases. Renoj va a destiempo. 

—Es el mismo Dios, pero ellos cantaban… Te voy a cantar un pedazo como cantan ellos:

Renoj entona. El beat es acelerado:

Y era una escalera que Jacob veía / y era una escalera que Jacob veía / ángeles bajaban / ángeles subían.

—Y no era nuestro ritmo, no nos acoplábamos. Por eso tuvimos que organizarnos y levantar una nueva misión diferente. 

—¿Y cómo es su ritmo? ¿En qué se diferencia del de Puerto Rico?

Renoj canta ahora piano, pausado, alarga las sílabas, baladeando:  

El espíritu de Dios está en este lugar. El espíritu de Dios se mueve… en este lugar. 

—Hay partes que cantamos así corridos, pero es menos que la de Puerto Rico. 

No es solo la música. Es la extrañeza de rezar en un acento ajeno, las variaciones en la doctrina, los guisos que comparten en las convivencias y no saben a casa. 

Necesitan su propia iglesia, sus canciones, su comida. Uno de los pastores, un puertorriqueño del Bronx, presta el nombre para el registro legal. En 1997, oficialmente, la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos abre sus puertas para atender a esa generación de mayas recién llegados de Totonicapán, Sololá, Quetzaltenango y el Quiché a los que la guerra y el hambre ha escupido lejos de Guatemala. 

Erick Salgado será el reverendo, la cabeza. Junto a su esposa, también formará a las próximas generaciones de predicadores. Construyen su pequeña parcela de cielo con decenas de iglesias, algunas en Guatemala. Renoj asistirá a sus clases durante tres años. Se apuntará en 2001; se graduará en 2004. Salgado le propone que vuelva a su aldea investido como líder religioso y abra una sucursal del templo. Renoj lo piensa, pero decide que no: eso sería hacerle la competencia a los  presbiterianos, los de Arkansas, su mujer.

En la nueva iglesia, por fin, se acompasa. Los miércoles dirige el culto, canta el avivamiento y la adoración. Se acostumbra a vivir a medio camino entre sus dos casas. Como él, la familia está dividida: en Guatemala quedan su esposa y cuatro hijos; en Nueva York su padre, dos hermanos y su quinto retoño, que en 2008 suspende el examen de acceso a la universidad y sigue a su padre hasta Nueva York, encuentra trabajo de plomero, se casa y engendra dos niñas: dos estadounidenses hijas de un guatemalteco sin papeles, nietas de un guatemalteco sin papeles. 

Serán las primeras de la familia con pasaporte del país de Trump. La mayor ya ha cumplido once años; la menor, apenas uno. En 2025 visitarán, como turistas, la Aldea Chajabal. 

—Mis hijos siguen hablando K’iche’. Lo que me doy cuenta es que mis nietos ya solo español están hablando. 

Renoj le agarra la onda al norte. Le gusta la comida de los italianos y la de los turcos. No le gustan los demócratas, el libertinaje ni los hombres que se besan en las calles, ofendiendo a los niños, desafiando a Dios. En las escrituras dice que eso es pecado.

—Lo que estaba pasando en Estados Unidos, estaba pasando en Sodoma y Gomorra en aquel tiempo, y tuvo que venir fuego del cielo para quemar a todos.

La primera vez que escucha a Donald Trump no le disgusta lo que oye. En la Iglesia hay quien lo mira con recelo, pero Renoj y algunos hombres comentan que ese millonario que sale tanto en la televisión sabe de lo que habla.

—Cuando entró Donald Trump, pues dice que hombre con mujer y mujer con hombre, o sea, lo que dice la Biblia. 

Renoj piensa que, si su país de acogida le permitiera votar, votaría por Donald Trump. Que el magnate tiene razón: hay mucha gente mala viviendo de los cupones de gobierno, tomando en lugar de trabajar, orinando en las esquinas, colándose en el metro, dañando a los Estados Unidos. 

—Yo creo que la migración y todo eso son cosas terrenales, pero proféticamente hay muchas cosas que trae Donald Trump. Si hay gente que toma, vandaliza, mándenlo a su país. Nosotros solo trabajamos, sacamos adelante el país, hemos dejado nuestra juventud, pagamos impuesto al gobierno. Solo vamos a trabajar, a la iglesia, a la casa, al trabajo, a la iglesia. No estamos haciendo daño. Aun la Biblia dice que Jehová es la tierra en su plenitud y todos los que en él habitan. O sea: no dice Estados Unidos, no. Pero también la Biblia condena a gente malvada, y yo entiendo eso: violadores o vendedores de drogas, agarren y mándenla a sus países.

Epílogo: al este del Edén 

Un avión que carga en las tripas 250 hombres amordazados aterriza en Ciudad de Guatemala. Ha despegado en Arizona, ha recalado en Luisiana para recoger más pasajeros y desde allá ha surcado casi 2.000 kilómetros de cielo en línea recta a través del golfo de México hasta Centroamérica: el destierro. A los reos les han dado unos sándwiches y algo de agua. Como llevan las manos atadas a la cintura, para beber tienen que encorvarse en el asiento. 

Sebastián Renoj vuelve a pisar Guatemala un 7 de abril de 2026 con el hambre atrasada de cuatro meses cautivo. Lo primero que hace en libertad es atragantarse en el primer Pollo Campero que encuentra abierto. Desde que lo sacaron del Metropolitan Detention Center, dos semanas atrás, viste los mismos pants y sudadera grises.

—La ropa traía todo un olor…

No deja que su familia le reciba en el aeropuerto; no quiere que lo vean así. Estrena su recobrada libertad en un hotel de la capital. Toma una ducha larga, duerme en un colchón en condiciones, se rasura en el barbero, se deshace del uniforme gris que huele a encierro, compra ropa nueva. 

Al día siguiente toma un autobús al oeste. Justo antes de llegar a la aldea, lo recibe Quetzaltenango. Ahí es el reencuentro. Hay llantos y abrazos. Han pasado ocho años desde la última vez.

Cuando en casa intenta narrar los últimos meses, siente escalofríos. Le atiende un doctor que diagnostica malos nervios y receta pastillas contra la ansiedad. 

—La realidad es un trauma, de verdad, porque yo he sido fuerte, fuerte, fuerte en este sentido, pero ni aún a eso, me afecta un poco la salud ahora. 

El plan es no hacer nada, no pensar, disfrutar de la familia, bajar a la ciudad a comer con su esposa. 

—Si me hago planes ahorita como que me hace recordar lo que me está pasando, lo que me pasó. 

En casa estudia su arresto con vocación de detective: analiza al detalle cómo fue, establece una cronología, baraja las posibles causas. Por su cabeza pasa una y otra vez la escena: el carro parqueado en doble vía a medio bloque del portal, los hombres que le rodean, la sensación de que lo están esperando. Todo se vuelve sospecha: las veces que intentó mandar dinero a Guatemala y el banco bloqueó la transferencia, aquella ocasión en que un policía lo multó por exceso de velocidad regresando de Jersey, la procesión que encabezó en octubre por el barrio. 

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Una tarde de enero, en el edificio gris del 1770 de Bay Ridge Parkway, Renoj ve el futuro. 

ICE acaba de agarrar a otro vecino del barrio. Renoj se sienta con su hermano, con quien comparte apartamento.

—Creo que las cosas, Pedro, se están poniendo bien difíciles. 

Renoj le da a su hermano los pasos a seguir si la migra lo agarra. Pedro se burla de él. Trata de restarle importancia a la situación. Poco días antes, Estados Unidos ha secuestrado a Nicolás Maduro de madrugada en un complejo militar de Caracas. Desde entonces, la televisión ha repetido los desafíos que el presidente venezolano lanzaba antes de su captura, aquel “vengan por mí, aquí los espero en Miraflores, no se tarden en llegar, cobardes”, que ha envejecido pronto y mal. 

Pedro se ríe del derrocado presidente y de Sebastián. 

—Tranquilo, tú, Maduro. ‘Vengan por mí, cobardes, no tarden en llegar’. Ya te parecés a Maduro, de qué estás hablando. 

Renoj dice que fue la última conversación que tuvo con su hermano. Tres días después, ICE fue por él. 

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Sebastián llama a Pedro desde Guatemala. Su hermano le dice que cree que los federales siguieron vigilando su casa durante varias semanas, que se ha mudado, que ha cambiado de número de teléfono, que ha intentado borrar su rastro. La familia que queda en Nueva York vive escondida desde que se llevaron al pastor.

Renoj habla también con Salgado y con los jóvenes de la iglesia, que le mandan algo de dinero y le dicen que están tristes, que los arrestos han continuado, pero ha vuelto el silencio. Los otros detenidos se van de Estados Unidos como llegaron: anónimamente, sin generar titulares, sus nombres solo registrados en bases de datos gubernamentales opacas y publicaciones en redes sociales que se pierden en el infinito digital. Solo se recuerdan sus historias, brevemente, en el servicio del reverendo Salgado. 

Renoj aún confía en Donald Trump como confiaba en Ríos Montt: el problema, dice, está en la mano ejecutora.  

Pronto se da cuenta de que en Guatemala no tiene mucho que hacer. Con sus hijos ya ha cumplido. El dinero neoyorquino ha pagado sus estudios: una enfermera, un paramédico, un maestro, una maestra. 

—Ya son profesionales, ya la mayoría hemos llegado al nivel casi del ladino. Ese era el deseo mío: que mis hijos no pasaran esto que pasamos nosotros.

En casa está de paso. En la aldea es forastero. 

—Aquí nadie lo conoce a uno después de tanto tiempo, olvídate, solo a la familia. Sinceramente, es una historia muy muy muy difícil cuando uno ha salido del país y te vienes como extranjero. Nadie te conoce, nadie te habla.

El pastor extraña el mundo ahí fuera, los paisajes a conocer, cruzar fronteras. Antes de cumplir el primer mes en casa empieza a buscar nuevos destinos. Vuelve a mirar al norte. 

—Yo quería mudarme para Canadá. Siempre me ha gustado aventurar. No abandonar a mi familia, quiero estar un tiempo, pero en el tiempo que estoy acá quiero estar tramitando algún papel. 

Una agencia le dice que Canadá no recibe a los deportados por Washington. 

—O sea, completamente destrozado, ni por el norte ni por Canadá me puedo ir.

Entonces recuerda: en la obra siempre ha trabajado con italianos. Le gusta su comida, su forma de ser, cómo hablan de su país. Comprende el idioma — “yo hablo como el 25% y entiendo el 50% de italiano” — y, en la lista de cosas a cruzar, aún no ha tachado el Atlántico. Nunca ha surcado el océano. 

—Quiero ver qué tan diferente es Europa con Estados Unidos, cómo son los derechos humanos. Porque ve, Estados Unidos habla mucho que de derechos humanos, que todo eso, pero no es así. ¿Cómo tratan a la gente inmigrante allá cuando la detienen? Peor que animales.

Renoj ha partido la vida entre el hogar y el camino. En el hogar es un extraño al que nadie reconoce. En las últimas tres décadas, ha pasado veinticuatro años en Brooklyn, seis en la Aldea Chajabal. Ya lo reclama el camino.

Ahora el norte está amurallado. Así que mira al este.

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Edición: Pablo García y Roman Gressier

Esta historia fue producida como parte del M.A. en el Craig Newmark Graduate School of Journalism. 

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La plegaria gringa de un pastor maya 

La plegaria gringa de un pastor maya 

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Sebastián Renoj nació en el altiplano guatemalteco y la pobreza extrema. De niño, su padre le enseñó a creer en el evangelio y a saltar fronteras. Se hizo predicador y carpintero. Durante tres décadas, construyó una vida a medio camino entre la Aldea Chajabal y Nueva York. Nunca tuvo papeles, pero confió en Donald Trump. En una madrugada de Brooklyn, conoció a ICE.

Sebastián Renoj creció descalzo. “Pocas veces tuve estudio”. De niño cosechó algodón en fincas de otros, los brazos forrados de calcetines viejos que protegían la piel de la astilla. De adulto imaginó otra cosa para sus hijos. En esos tiempos de guerras y guerrillas en las sierras de Guatemala, él encontró al Señor: un Dios blanco y evangélico. Lo siguió hasta Estados Unidos. La noche de 1996 en que cruzó por primera vez el desierto de Altar pensó que ningún gringo rico contemplaría jamás aquel paisaje al que le había conducido el camino, y se pensó un pobre con suerte. En Brooklyn estudió la Biblia. Se hizo pastor por las necesidades del espíritu y carpintero por las del estómago. Pasaron treinta años: entre tanto, cuando Nueva York lo desgastaba, compraba un billete de avión, se presentaba en el JFK con el pasaporte en regla y volaba a su tierra en clase turista; permanecía un tiempo en casa con la familia que había dejado atrás y al rato volvía al norte a través de su desierto y los agujeros en la alambrada. 

Los años, la política, otras guerras, hicieron de cada salto una aventura cada vez más cara que la anterior, cada vez más exigente que la anterior, cada vez más arriesgada que la anterior. En cada uno de sus viajes Renoj encontraba los tres países que atravesaron su biografía cambiados. Para aquel día de 2018 en que el pastor vadeó por última vez el río Bravo, el mundo le recordaba a Sodoma y Gomorra. En Guatemala galopaban libres el crimen y la corrupción. En México, civiles musculosos con tatuajes y cuernos de chivo le cobraban peaje a los que como él caminaban desde el sur. En las calles de Estados Unidos, sin pudor, los hombres besaban a otros hombres. Él pensaba en la lluvia de fuego y azufre de la que hablaban las escrituras.

La primera vez que escuchó a Donald Trump, le pareció que aquel magnate rubio, bronceado y de lengua suelta tenía algo de profeta. 

Uno: la caza

15 de enero de 2026. El carpintero despierta antes que el sol. Se echa la capucha, se cuelga al hombro la mochila del trabajo. Sale del portal de ese edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Afuera lo recibe la helada, las seis de una mañana de invierno en Bensonhurst. En una hora lo esperan en Utica Avenue, ahí por donde termina el tren cinco. Como cada día colocará C-Joists, las estructuras de acero sobre las que se levanta el paisaje prefabricado del suburbio americano. 

Ese mes los compañeros y él erigen una casa de siete niveles. Renoj ya quiere terminar el exterior y trabajar dentro; a esas alturas de la temporada el frío sopla bravo para la calle. Eso va pensando. Pone rumbo al metro. No va a llegar. A medio bloque de casa, siente las linternas en la cara. De un carro en doble fila salen hombres armados y voces que reclaman papeles. Visten chalecos oscuros con acrónimos de mal augurio, siglas que preferiría no conocer, pero conoce. 

ICE, FBI.

Le ordenan que se identifique. Él obedece. No tiene antecedentes, nunca burló la ley, si acaso un par de multas de tráfico. Todo el tiempo libre lo ocupa en la iglesia. Lleva quince años pagando religiosamente sus impuestos. Se siente tranquilo cuando enseña la licencia de conducir. Los federales la escanean.

—Tú saliste del país en 2016.

Lo esposan, lo encadenan, lo suben a la furgoneta.

—Ahí fue que me di cuenta que Motores y Vehículos comparte información a ICE.

Antes de regresar a Manhattan, los federales conducen un rato más por el barrio. Buscan a otros como él: madrugadores, vestidos de albañil, rasgos de otros rumbos. Saben que esa zona de Bensonhurst es hogar de guatemaltecos evangélicos. Lo saben porque no es la primera vez que van. Esa gente es diana fácil: no se resiste, no habla con la prensa, no denuncia. Como la mayoría cruzó la frontera sin avisar a nadie en Washington, y como todos aquí tienen familias que hicieron lo mismo, y como son gente poco acostumbrada a la atención, se dejan deportar en silencio. La escena es rutina: patrullas de hombres anónimos en carros sin luces de emergencia ni sirenas, camuflados de civil, rondando las primeras horas del día, a la caza.

La furgoneta desemboca Bay Parkway abajo en unos grandes almacenes a orillas de la bahía de Gravesend. En el estacionamiento los federales se reagrupan con el resto de compañeros que esa mañana han peinado el barrio. Ha sido una jornada productiva. Vuelven al centro con Renoj y otros seis hombres como botín. Siete mayas menos en Brooklyn.

Ya están en Federal Plaza. La migra pretende que Renoj firme su deportación aquí y ahora, rápido y limpio, órdenes de arriba.

—Yo les dije que no debo nada, yo pago impuestos, yo tengo que hablar a un abogado, algo tengo que hacer.

A regañadientes aceptan. A las once de la mañana le permiten hacer una breve llamada. Renoj marca a su hijo. Le dice lo único que, en ese momento, sabe a ciencia cierta: que lo tienen retenido en Manhattan. 

Luego cruzan el Hudson. Ya es de noche. Conducen a través del paisaje sucio industrial de los polígonos de Nueva Jersey: hileras de postes eléctricos, vías de tren que ora cortan la carretera ora corren paralelo, naves de cemento, camiones que se incorporan y una furgoneta camuflada de civil que se desvía a la altura del 451 de la avenida Doremus, recién pasado el correccional del condado de Essex. Mercancías que salen y hombres que entran. 

Si frente al centro de detención de migrantes del Delaney Hall no estuviera ese solar de cemento, tanques de gasolina y óxido, desde la alambrada Renoj divisaría la bahía de Newark.

Al día siguiente, un abogado solicitará un Habeas Corpus, argumentará que los oficiales de ICE no contaban con orden de arresto ni atisbo de delito, que no le leyeron sus derechos, que tampoco respetaron las leyes migratorias ni la cuarta ni la quinta enmienda de la Constitución, denunciará que esa detención es ilegal, dirá que Renoj debería estar en la calle. Un juez agendará la audiencia de fianza: el 29 de enero. Dará igual. 

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Ahí queda el carpintero. De vuelta en Bay Ridge Parkway la suerte del pastor corre boca a boca, teléfono a teléfono. Para cuando la noticia alcanza el deli de M. y su padre, a un par de cuadras de donde se han llevado a Renoj, el ritmo de una mañana de jueves ha borrado su rastro.

—A él lo agarraron bien temprano. Ya a la hora que pues nosotros nos enteramos no había nada de policía, nada de ICE ni nada de nada. Ya era como que normal.

Hace tiempo que M. y su padre leen en los grupos de Facebook guatemaltecos que el ICE ha agarrado a este o aquel. Ya han empezado a creer que Donald Trump no va a cumplir su promesa de arrestar solo a criminales. Ya los vecinos se avisan por mensaje de avistamientos de posibles federales. Ya se teje una red subterránea — virtual — que vela cada carro sospechoso, cada tipo fornido con gorra y gafas de sol que pasea por el barrio.

Al padre de M. aquí le dicen ilegal. A M. no: ella nació en los Estados Unidos hace veinticuatro años, tiene un pasaporte con su cara y su nombre estampados que lo acreditan. Eso no la tranquiliza mucho. Se ha enseñado a evitar las estaciones de metro a primera hora. Se guía por un mapa mental de calles a evitar. Una ya vive mirando por encima del hombro.

—Los que nos parecemos latinos, específicamente latinos indígenas, como yo acá —o sea me veo indígena, pues— están agarrándonos a todos sin preguntar. ¿Sí ha visto en las redes sociales? ¿Sí ha visto en la noticia, que agarran a todos sin importar si son ciudadanos o no?

Hasta ahora los arrestos han sido fotografías en el celular, ideas sin cuerpo. Esta es la primera vez que entre los detenidos M. reconoce una cara; que la imagen en la pantalla tiene un nombre y un apellido que en casa significan algo.

Renoj es vecino; lo conocen de la iglesia. El cerco se estrecha. M. busca la manera de revolverse.

—Yo me quedo aquí porque este es mi país, es mi casa. Aquí nací, aquí crecí. Como ciudadana tengo la voz y ese poder, lo que otros inmigrantes ilegales no tienen, de defender si algo llegara a pasar por acá. Obviamente no me voy a meter para que luego ICE me agarre, o pasa lo que se ha visto en Minnesota, que mataron a ciudadanos, pero poder, no sé, grabar, documentarlo, tratar de sacar la información de la persona que se están arrestando, nombre, número de teléfono, cosas así. 

Los mayas evangélicos de Bensonhurst han aprendido de resignación antes que de queja. En los servicios del fin de semana, el reverendo Erick Salgado siempre recomienda: 

—No se metan en problemas con la ley; hagan las cosas bien; no guíen sin licencia; no guíen ebrio; obviamente, no roben; no hagan cosas malas; pórtense bien. 

Últimamente, añade: 

—Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás de todo el mundo. 

Esta vez, sin embargo, una línea se cruza, algo se rompe: sí están yendo detrás de todo el mundo. 

Detrás de ellos, que confiaron en Trump y su promesa de limpiar las calles de criminales — de las pandillas que tan mala fama les dan. Ellos, que cuando vieron a sus esposos, hijos, hermanas, sobrinas, subir un día a las vans del ICE, aún pensaron que la Iglesia sería el último santuario. Ellos, que se han enterado por las redes sociales de que ha caído Sebastián Renoj, diácono de la congregación, ese hombre bajito que en su tiempo libre arreglaba los rotos del templo, y en los servicios predicaba y cantaba las alabanzas, y durante la pandemia repartió comida a quien tenía hambre. 

Bensonhurst es un barrio de migrantes: generaciones tras generaciones que un día soñaron el sueño americano y cambiaron la tierra en que crecieron por un hueco en la periferia de otro lugar. En la misma avenida se suceden delis chapines, restaurantes takeout con rollitos de primavera y burritos norteños, sopas vietnamitas, sandwicherías italianas, sastrerías de huipiles, tacos la Lupita. 

Este es un Nueva York diferente en el que la concejala de distrito nació en Shanghái y los que en las últimas elecciones pudieron votar presidente, votaron presidente a Donald Trump a la contra del resto de la ciudad. La misma mano que trazó el todo plano neoyorquino diseñó estos bloques a escuadra y cartabón, pero aquí recortó presupuesto: menos ladrillo, más C-Joists, menos vidrio, más contrachapado. El Nueva York deslucido — el Nueva York obrero. 

Manhattan es una silueta ambigua en el horizonte, una quimera de lujo y exceso y rascacielos a 15 kilómetros de aquí: la última frontera, la que no logró sortear toda esta gente tan acostumbrada a saltarlas. 

Esta es la periferia del centro del mundo. 

Un día después del arresto de Sebastián, el reverendo Salgado organiza una rueda de prensa en el portal del edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Ante las cámaras dice: no es justo. La noticia nacerá y morirá ahí. Otros titulares urgentes reclaman atención. En Minneapolis la migra está a los tiros y todo el país siente las réplicas. Son tiempos acelerados y salvajes que no entienden del luto de un puñado de indígenas en un confín de Nueva York. Y el reverendo Salgado, aunque tan solo sea por dejar constancia a la posteridad, repetirá cuando se le pregunte:

—Están pescando, sí, están pescando en este barrio.

Dos: la paz lejana  

Una noche de julio del 96 cruzando el desierto de Altar, Sebastián Renoj ve cactus, serpientes, muchas estrellas y ninguna patrulla. Un coyote lo guía hasta al otro lado. Van en grupo, todos caminando, llevan comida, llevan bebida. Renoj trae en las suelas el polvo de los 3.000 kilómetros que lo separan de casa. Ha atravesado México por extravíos, carreteras secundarias — “porque si íbamos en los caminos principales de seguro la migra nos agarra” —, en combis que rodean pueblos pequeños y campos grandes hasta el DF, y de allá en adelante en un autobús que conduce rumbo noroeste, se adentra en el estado de Sonora y lo deja, por fin, por primera vez, a las puertas de la frontera. 

Esa madrugada se le ocurre que es un hombre con suerte.

—Ni un propio rico millonario va a pasar por un desierto que, ja, solamente tú como pobre lo puedes ver, esa maravilla de Dios.

En casa está a punto de terminar la guerra.

Casa: Aldea Chajabal, municipio de San Andrés Xecul, departamento de Totonicapán, altiplano occidental de Guatemala.

Esa Navidad se firmará la paz. Renoj no la ha conocido. Cuando nace, en enero de 1969, los tiros —en los periódicos le dirán el conflicto— truenan hace una década. Cuando se casa, en marzo de 1986, hace años que los militares arrasan la tierra. Él cree que ha tenido suerte: ha visto las armas más de lo que las ha escuchado. Los soldados desfilan por el pueblo sin detenerse mucho tiempo. Desde el Palacio Nacional ordenan que los campesinos patrullen las noches de la aldea a la caza de guerrilleros. A su padre le toca salir, qué remedio, en esas incrédulas rondas caseras armadas de machetes y escopetas de caza. 

—Era un susto.

Siempre regresa entero. Muchas noches solo fingen patrullar y, en realidad, se la pasan platicando en casa de alguno, haciendo tiempo hasta que los releva la mañana. 

—El mismo pueblo indígena se había organizado y los llamaban a ellos guerrilleros. A muchos acá los habían desaparecido. La mayor parte éramos de acuerdo con la guerrilla porque peleaban por los derechos de los pobres. No podemos combatir entre la misma gente sabiendo que están haciendo el bien. 

Renoj alcanzará Nueva York antes que la paz Guatemala. Como en la aldea no hay teléfono, compra una grabadora y cintas de casete de 90 minutos. Habla solo y la grabadora escucha durante hora y media. Luego manda la cinta a casa por correo. En tres días sus monólogos resuenan por las cumbres de la Aldea Chajabal. A las respuestas les toma dos semanas bajar del Altiplano y subir hasta Brooklyn. Así, y por la televisión, se entera de los acuerdos que el Gobierno y la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca firman en la capital. No significarán mucho para él.

—Ahora me doy cuenta que solo Dios da la paz. Ni porque ahora se firme la paz, es una paz del hombre, pero hay mucha delincuencia ahora por falta de trabajo, por falta de todo. Va siendo lo mismo.

En Guatemala tras el conflicto faltan 200.000 vidas. El Gobierno las llama el enemigo interno. La mayoría tenía sangre maya y se parecía más a Renoj que a Ríos Montt, un general ladino con el bigote poblado de los dictadores latinoamericanos al que la historia sentenciará por genocida. Ríos Montt nació en Huehuetenango, en el seno del Altiplano, se arrodilla también ante un Dios blanco y evangélico, y ha aprendido exterminio con los americanos. Dicen que una vez dijo: “Un cristiano debería llevar su Biblia y su ametralladora”. Si no lo dijo, lo aplicó: versículos para sanar la enfermedad del comunismo, plomo para ovejas negras. 

A Renoj, el general, le gusta. 

—Él tenía una misión de comandar y hacer bien al país. Ríos Montt tenía buenas intenciones e hizo cosas buenas, pero fue el ejército el que dio el golpe de Estado. La mayoría de los comandantes, ellos hacían daño al país. 

—Él daba las órdenes.

—Ajá, él daba las órdenes. Pero recuerde que cuando dan las órdenes no todos lo hacen cumplir. Todos le dan la culpa al presidente, pero realmente fueron los soldados.

En ese tiempo a mediados de los años noventa en que la guerra ya muere pero aún mata, muchos, miles tras miles, ya llevan una década poniendo rumbo al norte. El padre de Renoj se marcha primero, en el 94, y manda a casa recado. Desde mediados de los ochenta, Renoj ha conducido autobuses en Quetzaltenango, la segunda ciudad del país. En ese empleo se ha unido a un sindicato y ha temido las represalias. Los coyotes con conecte en el pueblo le prometen el boleto a Brooklyn por 1500 dólares. 

Dice que de Estados Unidos, antes de llegar, solo conocía el dólar. 

—Si nosotros estuviéramos informados, tuviéramos papeles ahora, porque antes del 98 había oportunidad de un asilo hacia nosotros. Yo estuve sindicalizado y mucho tiempo hubo persecución al sindicalista. Y si yo hubiera pedido refugio por eso, ahí sí, pero como no teníamos información… El pensamiento de nosotros de ir a Estados Unidos era, para que tú entiendas: ‘Ah, unos tres años, me hago mi casita y mi capital y me vengo’. Ese era el pensamiento. No era de quedarse.

Tiempo después en Nueva York un abogado le informará de que la única manera de conseguir los papeles es casarse con un ciudadano americano.

—Y sí es verdad y no pasa nada y todo eso, pero siempre he sido religioso: el matrimonio es sagrado. Prefiero lo que me está pasando que casarse solo por papeles. Aún el abogado me dijo que había oportunidad de hacer algo inventando que me están extorsionando, pero es que la Biblia me dice a mí que una mentira es pecado. Si fuera cierto pues no tengo miedo a denunciar, pero no quiero tener un papel por mentira. No está bien eso, no es bendición de Dios.

En Brooklyn encuentra trabajo e iglesia. En 1999 escucha rumores apocalípticos, extraños presagios sobre el milenio que se viene: un problema con los ordenadores, los ceros “y no sé qué”. Renoj razona: si se viene el fin del mundo, que le agarre en casa. Allí ha dejado a su esposa y a cinco hijos a los que quiere dar una educación universitaria; que sus manos nunca lleguen a conocer la astilla del algodón en fincas de otros. 

Vuela a Guatemala a tiempo para presenciar cómo el partido del general de la Biblia y la ametralladora aúpa al poder a Alfonso Portillo, un abogado al que los años y la corrupción arrastrarán al otro lado de la ley y la frontera, frente a un tribunal en Nueva York — pero eso vendrá luego: a finales de siglo, a Renoj le ilusiona el candidato. Vota por él, celebra la victoria. Se convertirá en su presidente guatemalteco favorito junto a Vinicio Cerezo (1986-1991), el hombre que puso rostro a la transición a la democracia tras las décadas armadas. 

En 2001, Renoj regresa al norte. Consigue una visa para cruzar a México legalmente. Por vez primera, contempla la inmensidad del Distrito Federal a vista de pájaro. Cuando el avión aterriza, salta a un autobús hasta la frontera. No se irá solo: ha comenzado un éxodo que drenará el país, una peregrinación que en pocos años doblará y triplicará en números a los muertos de la guerra, pasos casi siempre dirigidos a los mismos rumbos que llenarán Guatemala aún más de ausencias. 

Renoj cruza por Agua Prieta, Sonora. En Douglas, Arizona, le recoge un conecte del coyote. El precio es el doble que cinco años atrás.

En Nueva York saborea tiempos dulces. Libra sábado y domingo. 

—Siempre he tomado la vida fácil. Ha habido oportunidad de trabajar siete días, pero no he maltratado el cuerpo porque no quiero eso.

El trabajo es duro pero lo disfruta. Cada vez que compra una herramienta eléctrica piensa que apenas ahora le llegan los juguetes que no pudo tener de niño. Pasa mucho tiempo en la iglesia, cortafuegos contra el pecado, la nostalgia, el trago y esas enfermedades del alma que aquejan a sus compañeros.

—Por eso nuestra gente muchas veces pasan en estos sentidos tomando, porque no saben dónde poder desahogarse. 

Eso, la soledad, es el único mal que las herramientas eléctricas y la Biblia no palian. Solicita varias veces una visa para su esposa, pero Washington invariablemente la deniega. Ese año comienza a estudiar teología bajo la tutela del reverendo Salgado. Se titulará en salmos en 2004 y volará a Guatemala a celebrarlo. 

En su país, a Ríos Montt le ha sabido a poco el poder en la sombra de los años de Portillo y se presenta a unas elecciones que comienzan en 2003 y terminan en 2004. Renoj llega a tiempo para la segunda vuelta. Vota por su hermano evangélico. 

—Si hubiera ganado ya con la democracia, creo que sería un gobierno bueno.

Ríos Montt pierde en las urnas contra un candidato al que apodan El Conejo por la lotería genética de unas orejas picudas, Óscar Berger. Durante dos años, Renoj escuchará promesas de democracia, limpieza, desarmes. También habrá titulares que dicen “Detenido por narcotráfico el jefe de la lucha antidroga de Guatemala” o “La violencia se adueña de Guatemala”. 

En casa, Renoj recupera con la familia los dos años de tiempo perdido. En 2006 el bolsillo aprieta de nuevo. El camino llama. 

Al cruzar a México el coyote lo sube a un tráiler con otras 200 personas: doce horas hasta Puebla sofocado entre cuerpos desconocidos, sudor y sed, luego otras treinta y seis horas a la frontera, solo con galones de agua que, cuando se vacían, usan para orinar. La única ventilación son unos agujeros en la base del camión por los que, cuando rueda, entra el aire. Esa es la parte fácil. La difícil llega en los retenes, donde la migra los inmoviliza por horas. Entonces tienen que tapar los agujeros, macerarse, respirar flojito, guardar silencio, ni pestañear. 

—Eso sí que era un sufrimiento. 

Esa vez, de México verá poco más que el asfalto y las ruedas del tráiler bajo sus pies, “las carreteras que van pasando”. 

Una década después de la primera vez volverá a cruzar la noche del desierto de Altar. El coyote reclama 5.000 dólares por el viaje completo. Quizá por el mal cuerpo que le ha dejado el tráiler, quizá por pura inercia, Renoj cumplirá su etapa más larga en los Estados Unidos: diez años, uno detrás de otro, alejado de la Aldea Chajabal.

Tres: los chicos del Delaney

El predicador entona su alabanza en medio de la celda. La voz encuentra eco en los muros desnudos. Los únicos muebles, contra las paredes, son las literas. La habitación es lo suficientemente grande para acoger a treinta, cuarenta, cincuenta presos: los evangélicos. Como no tienen instrumentos, el pastor salmea a capella y decenas de gargantas reclusas le responden. Cada día, a las siete de la tarde, Sebastián Renoj canta en español sus canciones, sus himnos de esperanza y redención, para los chicos del Delaney Hall.

No pasó mucho tiempo desde que ICE arrojó a Renoj al Delaney hasta que los presos descubrieron que ese hombre conocía las escrituras. Los reclusos evangélicos ya acostumbraban a celebrar sus servicios. Ahora también tendrían un predicador como Dios manda, o mandado por Dios.

—Rápido me detectaron que sé mucho de la Biblia. Entonces me pusieron a predicar. Ya se reunían ahí, pero solo cantaban, no hay mucha gente que sabía de la Biblia.

Renoj cumple, incluso ahí dentro, su misión. Lee la Biblia por las mañanas para preparar las tardes, matar el tiempo, exorcizar malos pensamientos. Sus compañeros juegan a las cartas o ven la televisión en la sala común. Si tienes dinero, puedes comprar algo de libertad: hay teléfonos y tabletas, ventanas virtuales al exterior, disponibles a cambio de unas monedas. A las cinco de la mañana desayunan, a las once almuerzan, a las cuatro de la tarde cenan: una carne molida, como pasada, con frijoles templados y papas mal cocidas. Renoj pasa frío y hambre. Para el final habrá perdido siete libras, que no parece demasiado, pero de partida tampoco había mucho que perder. 

Cuando no conversa con los compañeros sobre sus vidas, de dónde vienes, cómo es que has acabado aquí, repasa las escrituras. A veces se le atraganta un salmo. Solo cuenta con una Biblia corriente. Su edición de estudio, con sus notas, las explicaciones garabateadas en los márgenes, quedó en Brooklyn. Cuando eso pasa, llama a su hijo ahí afuera, y él busca la respuesta. La fe parece la única certeza esos días. 

Un día le visita un viejo amigo, el reverendo de su iglesia, Erick Salgado, un puertorriqueño del Bronx que siguió los inescrutables caminos del Señor hasta el rebaño guatemalteco al final de Brooklyn. De tanto rodearse de chapines, ha asimilado los dejes del acento, las inflexiones, algunas palabras en K’iche’. Él le ha enseñado la Biblia a Renoj. Con él predicaba en el templo. Para poder ver a su discípulo los quince minutos de permiso, Salgado espera cuatro horas frente a la mole gris-patíbulo del Delaney. Una nieve embarrada cubre las calles. Los -11°C de un invierno envalentonado arañan la piel.

Renoj le cuenta que está cansado, que en Delaney le dan mal de comer, que pasa frío. Ha cumplido 57 años en la celda. Él, que le ha apostado la vida a saltar muros, no sabe funcionar entre rejas. Su abogado le dice que puede devolverle pronto a las calles. Renoj no confía en él. El 29 de enero, en su audiencia ante el juez, Renoj retira su petición de fianza. 

Estados Unidos le ofrece dos salidas: por las buenas o por las malas. Por las buenas te vas tú. Por las malas te echamos nosotros. Renoj elige la primera.

El resultado será el mismo. Le aseguran que así, si lo hace bien, puede regresar a Nueva York en el futuro, con papeles, todo en orden. Si le expulsan contra su voluntad, tendrá prohibido pisar el país en diez años.

Firma una deportación; su deportación. En la documentación oficial dice “voluntaria”.

—Me informé con abogados ahora: corren igual los diez años aunque salga uno voluntario. Hablé con un abogado ahora y me dijo: ‘Eso te dice ICE, pero es lo mismo’.

Salgado entiende la decisión. La de Renoj no es la única ausencia en los servicios. Los más jóvenes se alistan al ejército con la esperanza de canjear los años de permiso por papeles para sus familiares. Y rara es la semana que ICE no pesca algún fiel. 

Renoj pasa 40 días en el Delaney Hall y predica en su celda 35 tardes. Durante el tiempo que lo habita, el Delaney pasa más o menos desapercibido entre toda la red de centros de detención — argot burócrata para no decirle cárcel a la cárcel — que ICE extiende a lo largo y ancho del país. Unos meses después, los eufemismos ya no funcionarán, y el Delaney simbolizará la rabia nacional contra las mazmorras de la migra. Alrededor de 300 presos, cansados de sufrir lo que Renoj ha sufrido, declararán una huelga de hambre. Hablarán de gusanos en la comida, agresiones sexuales, citas judiciales que nunca llegan, presiones para firmar la autodeportación. Habrá protestas diarias frente a sus muros. GEO Group, la empresa privada a la que ICE paga miles de millones de dólares a cambio de gestionar por ellos decenas de sus calabozos, cancelará sin razón ni aviso las visitas familiares, prohibirá el paso a los periodistas y se lo negará a miembros del Congreso, pese a que la ley diga que eso es ilegal.  

El último martes de febrero, a Renoj un guarda le avisa: “Hoy toca transfer”. Del tercer piso lo bajan al primero. Los celadores comprueban que todo está en orden, le devuelven sus enseres, el dinero que llevaba encima cuando lo agarraron. 

—Yo pensaba que ya venía para Guatemala, porque ahí no te dicen nada. Los transportes son de otra compañía de seguros privados. Y ellos dicen: ‘Nosotros no sabemos nada’. Solo manda ICE. 

Lo esposan, le encadenan la cintura, le engrilletan los pies. 

—Apenas puede caminar uno.

En un cuarto frío transcurren así 24 horas; cada dos, pasan lista. El 25 de febrero, ICE lo vuelve a subir a un furgón. 

Cuatro: yo conocí a los Zetas

El paisaje es de mezquites, nopales y arbustos tan secos como un desafío al fuego. El suelo es árido; el viento, cuando sopla, denso y caliente como escape de carro viejo. Ya llegando a Nuevo Laredo, en una carretera secundaria, el tráiler topa el retén. Estos no son militares, piensa, pero lo parecen. No tienen camionetas con logos oficiales, pero la carrocería se ve blindada. Los hombres imponen: así tan fuertes, tan tatuados, con esos cuernos de chivo con los que les apuntan a modo de saludo. 

A esta tierra llamada Tamaulipas las malas lenguas le dicen Mataulipas por toda la matazón que ha albergado. 

El coyote ya avisó:

—Este viaje te va a salir bien carísimo porque nosotros tenemos que pagar a los Zetas, más el brinco en la frontera, pero vas a pasar seguro. 

Es 2018. Renoj ha pasado con su familia los dos años de siempre, los de rigor, el descanso del guerrero, hasta que las facturas se acumulan y la carretera vuelve a convocarlo. Despegó de Nueva York el mismo año que Donald Trump ganó por primera vez las elecciones y, en Guatemala, sus compatriotas eligieron también nuevo presidente: Jimmy Morales, un actor y cómico que recicla las mismas viejas promesas de democracia y justicia, y con los años enfrentará las mismas viejas acusaciones de corrupción.

Este boleto al norte ha costado 15.000 dólares. Los carteles se reparten a bala la plaza caliente de las rutas migratorias. La violencia se ha hecho industria y la última letra del abecedario aterroriza México: se dice que son desertores del Ejército, veteranos del terror que cobran impuesto revolucionario a los que como Renoj caminan desde el sur; se dice que si no pagas te levantan, te ponen la madriza de tu vida, ora acabas colgado de un puente, ora en un tambo de ácido, ora te desaparecen y nadie nunca te vuelve a ver, ora te aparecen con una bala en la nuca en un predio remoto, ora en pedacitos, ora vivo pero con déficit de extremidades porque, si no tienes dinero para el coyote y los zetones, siempre puedes probar tu suerte en un tren de mercancías al que apodan cariñosamente La Bestia, que cabalgan miles de sur a norte y, de tanto en tanto, te descabalga. 

El pastor ya ha escuchado hablar de todo eso antes. Un familiar intentó atravesar México sin pagar su tributo; los Zetas lo secuestraron hasta que la familia giró un rescate de 50.000 quetzales, ahí más o menos por los 6.500 dólares al cambio. Renoj sale de casa con una idea:

—Creo que los Zetas si no pagas definitivamente te matan.

El sur se navega fácil. En camiones pequeños va de Guatemala al sur de Chiapas, y luego allá por las montañas de San Cristóbal de las Casas conducen un día y una noche hasta Puebla, y luego un taxi a Tlaxcala, y un autobús al DF, y luego luego un tren al Estado de México, y ahí en el municipio de Zumpango tres días de espera, matando el rato entre parques y mercados, tranquilo porque se camufla entre la multitud —“nos parecíamos a los mexicanos, no nos reconocían que somos de Centroamérica”— y después un tráiler, como doce años atrás, pero esta vez solo viajan cuatro en la cabina, y tienen hasta una cama para tumbarse, “entonces es más divertido”. 

Lo cabrón es el norte. El coyote les ha dado instrucciones y una contraseña. En algún lugar a las afueras de Nuevo Laredo el retén de zetones los desvía hasta esa casa vieja a la orilla del camino, con un montón de carros, buenos carros, en el parqueadero polvoriento. Es la frontera antes de la frontera. 

Ahí los bajan del tráiler. Ahí dentro están los hombres tan musculosos, tan altos, tan bravos, “se ve que son adiestrados”, al hombro los cuernos de chivo, nada de chavos, no, treinta, cuarenta, cincuenta años. 

—Cuando ellos nos cuentan cuántos somos, ellos no cuentan con la mano, cuentan con la pistola puesta: ‘Uno, dos, tres, cuatro, cinco’, pero apuntando con la pistola, contando cuántas personas se reportaron y cuántas personas tenían que pasar, porque allá no pasa ni uno si no está reportado. 

Todo en orden. Ya están a punto de marchar cuando uno de los zetones repara en Renoj, que cansado de cargar con todo a cuestas, no lleva mochila, ni zurrón, ni tan siquiera una bolsa de plástico con algo de comida y bebida para la noche que tiene por delante. El zetón le mira, extrañado, e increpa:

—Oye tú, no llevas ni una mochila. Tú vas para el norte. ¿Cómo te vas a llevar el agua para pasar el desierto?

—Ah, yo compro allá en la frontera.

Y el zetón nomás se ríe. 

—Buena suerte. 

A poco de ahí corre el río Bravo, que desde que toca El Paso y Ciudad Juárez, al oeste, hasta su desembocadura en el golfo de México, al este, hace las veces de frontera. Renoj se pone un chaleco salvavidas, sube a una balsa hinchable y lo surca hasta la orilla estadounidense. 

—Pasamos el río tranquilito.

Pasará mucho tiempo sin que cuente esa historia. Cuando casi una década después la recuerde, se dirá:

—Yo conocí a los Zetas. 

Cinco: el hijo del migrante, la hija del pastor 

Poco antes de Navidad las camionetas aparecen por el pueblo. Las mandan los finqueros. En la costa es temporada de cosecha. Algunos, muchos, saltan a los carros y parten hacia el suroeste. Renoj tiene nueve años, quizá menos, la primera vez que su padre lo lleva con él. Son varias horas de camino. La finca se llama La Gomera Escuintla. Ahí es bien diferente a la aldea, bien caliente. 

Al llegar a los campos se instalan en galeras de lámina. Con los mismos costales que rellenarán de algodón — porque aquí se cobra por costal, al peso, por libra, por quintal trabaja uno — improvisan hamacas que cuelgan entre las columnas de madera, cuando no colchas sobre el puro piso. Cada uno su pedacito, dos o tres varas de espacio por jornalero, unos dos metros y medio. Luego salen para las fincas.

Renoj, que ha crecido descalzo, recuerda con los pies: la tierra ardiente en las plantas, los dedos abrasados, el polvo caliente en cada poro, la piel que se vería roja si no se viera embarrada. Llevan calcetines viejos, pero esos son para los brazos, “haces unos agujeros para ponerlo en la mano para que las conchas que tienen las algodoneras no lo lastimen a uno”. 

Saben que ha llegado el día de Navidad porque ven los cohetes en el cielo a lo lejos. Ellos no celebran. Como mucho, comparten unos paches, unos chuchitos.

—Yo crecí en una pobreza, extrema pobreza.

Pasan un mes y medio cada año en las fincas: las camionetas los recogen a principios de diciembre, los devuelven a mediados de enero.

—Ve que allá en Estados Unidos el hispano es muy señalado, pero aquí siempre somos el indígena, siempre hay una diferencia, siempre nos hacen bullying.

Más o menos por esos años —los siete, los ocho, los nueve, quién sabe ya— sus padres le compran su primer par de zapatos, pero solo para ir a la escuela. Está prohibido usarlos para nada más. Renoj se calza para ir a clase y se descalza según vuelve a casa. También se quita la ropa buena, la del colegio, antes de salir a jugar. 

—El resto del día, descalzo y ropa rota. 

En ese tiempo la Aldea Chajabal es un pueblo construido en adobe, asfaltado en polvo, cercado por bosque. Renoj llevará para siempre la terracería marcada en el cuerpo, el hueso del pulgar del pie derecho desviado de aquella vez que fue a rematar la pelota y remató el suelo. Ahí se erigen iglesias, muchas, distintos apellidos del mismo Dios. Ahí hay más fe que maíz, que papa, que frijol. Por eso los hombres se van. Hacia el oeste todo es caída hasta el Pacífico: ahí, en el calor y el llano, crece ese algodón que astilla las manos. Hacia el este todo es sierra: ahí es fértil la guerrilla, que es una respuesta al algodón que astilla las manos y a las iglesias, muchas. Hacia el norte hay fronteras: ahí está el futuro.

A los seis años Renoj conoce a Dios en una iglesia del pueblo fundada años atrás por unos misioneros blancos que hablan inglés y vienen de un lugar trabalenguas llamado Arkansas City, dentro del estado de Kansas, cerca del estado de Arkansas. En los servicios, aún así, la Biblia se traduce al K’iche’. A los ocho Renoj se convierte al evangelio. Tanto tiempo pasa allí que estrecha lazos con el predicador y su familia. Tanto le gusta el templo y su rebaño que va a enamorarse de la hija del pastor. 

El año en que Renoj cumple quince suceden dos cosas importantes. Una es que aparecen por el pueblo los misioneros de Arkansas, que han preparado un coro para ellos en español, y disfrutan cuando Renoj y los suyos les responden con un coro en K’iche’. La otra es que Renoj padre lo lleva con él, por primera vez, a cruzar una frontera. Abordan un autobús en Quetzaltenango que rueda por la costa hasta un lugar llamado Ciudad Tecún Umán, que en realidad es un pueblo, el último de Guatemala, poco más que un cruce de caminos bañado por el río Suchiate. Van a trabajar dos meses como albañiles bajo el bochorno tropical de Tapachula, la primera gran ciudad del mexicano estado de Chiapas, que ya acostumbra a recibir forasteros muchos años antes de que alguien la llame cárcel a cielo abierto de migrantes. Se alojan en la construcción que erigen, en las mismas galeras donde se almacenan los materiales de obra. 

—Dormíamos siempre en el piso, pero ya es en la ciudad, y como es calor no tanto se siente. 

Como no hay tierras que legar, de su padre hereda el espíritu aventurero. Así conoce Renoj México. Así aprende a irse y a volver. Así comprueba que fuera del mapa las fronteras son ríos vadeables.

—Mi papá nos ha enseñado mucho la inmigración.

Algún tiempo después de regresar, Renoj se casa con Luisa Ordóñez Cux, la hija del predicador. Ella ha heredado la vocación del padre y se ordenará líder de dama en la iglesia de los de Arkansas. Cada cierto tiempo, los misioneros estadounidenses los visitan. 

—Me acuerdo de ellos: de esos americanos que llegaban en Navidad. 

A los americanos siempre les ha gustado Guatemala. Primero mandaron a la United Fruit Company, que durante décadas plantó tantos bananos que a la joven república la decían bananera, y durante décadas extendió tanto sus tentáculos hasta los palacios del poder chapín que a la joven compañía la decían el pulpo. Luego, en los convulsos años cincuenta, los guatemaltecos votaron a un presidente, Jacobo Árbenz, que expropió algunas tierras de la empresa para dárselas a algunos campesinos, y eso a los de la bananera no les hizo gracia, así que movieron hilos, presionaron aquí, amenazaron allá, dijeron que venía el lobo del comunismo, y la CIA diseñó un golpe militar a medida para regresar a los tiempos del banano, derrocó a Árbenz y todavía lo vigiló durante dos décadas de exilio, hasta que un día de enero de 1971 apareció ahogado y con el cuerpo rostizado dentro de una tina del Distrito Federal. Después, como a Washington no se le curaba el miedo al comunismo, envió misioneros, muchos, a evangelizar contra la teología de la liberación que se propagaba entre los católicos, esos curas locos de los arrabales y las misas campesinas, y enseñó a los militares chapines a meter en cintura al país, a defenderse de sí mismo. Así aparecieron los de Arkansas y los Ríos Montt, al que Ronald Reagan, en plena Guerra Fría, definió como un hombre íntegro. La Biblia y la ametralladora. 

Seis: chao, Portillo, chao 

Renoj conduce su troca por la Interestatal 278, la autopista que nace en el Bronx, salta a Queens, bordea Brooklyn, cruza el puente Verrazano-Narrows hasta Staten Island y muere al tocar Nueva Jersey —todos los distritos neoyorquinos, salvo Manhattan. En Brooklyn, a la altura de Sunset Park, la carretera flota sobre las calles, elevada sobre antiguos almacenes portuarios, naves industriales, casas adosadas bajas. A un costado se despliega la bahía, los cargueros que navegan hacia o desde aguas del Atlántico, al fondo las grúas del Jersey industrial; al contrario, se extiende el cementerio de Green-Wood, que entierra la historia todavía joven de la ciudad. Más o menos por ahí, Renoj rebasa el Metropolitan Detention Center. En voz alta, como si le fuera a escuchar, saluda a un viejo amigo:

—Chao, chao, Portillo, chao. 

Es un ritual: siempre que pasa por el MDC saluda al expresidente Alfonso Portillo, extraditado a Nueva York en mayo de 2013, condenado en 2014 por lavar dinero sucio en bancos estadounidenses —un soborno de Taiwán de 2,5 millones de dólares para que Guatemala no retirara el reconocimiento diplomático a la isla. 

—Y yo sé que él estaba encarcelado ahí, y cada vez que yo pasaba: ‘Chao, Portillo’.

Portillo cumple apenas año y medio en cárceles estadounidenses y en 2015 volverá a Guatemala gracias al ingenio de sus abogados y algo de ingeniería legal. El expresidente ya sabe bailar con la justicia: una noche de parranda mexicana en los años ochenta, descargó un revólver contra dos hombres desarmados con los que había tenido una trifulca etílica. Él huyó, el crimen prescribió y el mismo Portillo, con el tiempo, lo recordaría públicamente como una hazaña de juventud. A Renoj la condena estadounidense no le importa demasiado: el expresidente sigue siendo su favorito. 

—Tomó algún dinero, pero no del pueblo, fue dinero de Estados Unidos. La gente de Guatemala todavía cree en él, hizo mucho a favor de los pobres. 

Así que, en nombre de los pobres de Guatemala, lo saluda. 

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Pasan once años: 25 de febrero, 2026. 

Renoj viaja otra vez por la Interestatal 278. El furgón de ICE conduce desde Nueva Jersey a Brooklyn. Renoj ha pasado las 24 horas previas al traslado con el cuerpo amarrado, inmovilizado en un cuarto frío. Ahora tampoco puede moverse. Cuando al fin baja del vehículo y puede ver donde lo han traído sus captores, piensa que la vida da muchas vueltas. 

—Nunca pensaba que llegara algún día que yo llegara ahí en esa cárcel. 

El MDC no es un centro del ICE: es una cárcel federal. Es el reservado para los enemigos íntimos del país, los prisioneros de primera división: Nicolás Maduro, Diddy, Luigi Mangione, El Mayo Zambada. Renoj no alcanzará a conocerlos. 

—Cuando llegamos a Brooklyn nos dicen: ‘Nosotros sabemos que ustedes son civiles, pero aquí los vamos a tratar como criminales’. Ahí nos quitaron toditita la ropa y nos revisan y a algunos les tienen que abrir el trasero para ver si no traen nada por dentro. Allá sí hablan bien fuerte los morenos.

Comparte con otro recluso una celda pequeña con el baño dentro. Le ofrecen trabajar cinco horas diarias por un dólar. No acepta. No quiere trabajar para esa gente.

—Algunos se anotaron y dicen, como tienen acceso a la cocina, que alguna vez vieron a Nicolás Maduro, pero yo no. 

La comida mejora. Le dan incluso manzanas. Ya no puede acoger a los evangélicos en su celda como en el Delaney, pero hay un espacio para el culto que comparten con presos de otros dioses. Ahí también predica. Una vez utiliza su historia con el MDC y Portillo para un sermón.

—Les decía yo: mira, hasta donde la vida nos da vuelta. 

No se quedará mucho. Al mes de llegar, ICE lo levanta: una noche en Elizabeth, Nueva Jersey; dos horas y media de avión a Luisiana; un autobús directo a Mississippi; “prediqué una vez, solo una vez tuve la oportunidad, porque hay varios predicando allá”; una semana de detención; y aún otra más en Florence, Arizona, nomás a un par de horas de la frontera, su desierto querido, México desplegado sur abajo como un mal presagio. 

El 7 de abril lo montan a un avión con plaza para 250 guatemaltecos, que todavía volverá a pasar por Luisiana porque el ICE no ha apresado suficientes chapines en Arizona como para rellenarlo. 

Un vuelo con destino a Ciudad de Guatemala; la cabeza, a la fuerza, gacha; las manos amarradas a la cintura. 

–Mire, encadenados casi 24 horas porque nos quitaron las esposas y las cadenas faltando quince minutos de llegar a mi país.

Siete: un profeta 

Él aprende: la muerte es parte del trabajo. 

Los albañiles construyen en madera, a mano, los scaffolding — los andamios. Luego los trepan. Luego se ponen a trabajar. Luego el compañero pierde el equilibrio. Luego cae. Luego se rompe la cabeza contra el piso. 

Con el tiempo mejorará, a veces. Hoy, a finales de los 90, da gracias si te dan casco. 

—Muchos han muerto allá. Me acuerdo de algunos amigos que se han caído del scaffolding de madera que nosotros construíamos y no pasa nada, a la ciudad no le importaba eso. Nosotros los indígenas que hemos estado allá en Estados Unidos… a veces yo me doy cuenta de lo que me pasó, lo que Estados Unidos me hizo. Ellos no saben cómo nosotros hemos dejado la juventud allá. Hemos hecho trabajos forzosos que nadie puede hacer.

Renoj ha llegado hace poco a Nueva York. El enlace del coyote en la ciudad le ha encontrado casa y trabajo, pero no solo de pan vive el hombre. Teniendo empleo, necesita iglesia. Durante sus primeros días en esa ciudad desmesurada, Renoj acude a un templo puertorriqueño, pero los caribeños se mueven a otro ritmo. El peso de los servicios evangélicos recae en la música: la alabanza y adoración. Una banda que toca y un predicador que guía a través de los compases. Renoj va a destiempo. 

—Es el mismo Dios, pero ellos cantaban… Te voy a cantar un pedazo como cantan ellos:

Renoj entona. El beat es acelerado:

Y era una escalera que Jacob veía / y era una escalera que Jacob veía / ángeles bajaban / ángeles subían.

—Y no era nuestro ritmo, no nos acoplábamos. Por eso tuvimos que organizarnos y levantar una nueva misión diferente. 

—¿Y cómo es su ritmo? ¿En qué se diferencia del de Puerto Rico?

Renoj canta ahora piano, pausado, alarga las sílabas, baladeando:  

El espíritu de Dios está en este lugar. El espíritu de Dios se mueve… en este lugar. 

—Hay partes que cantamos así corridos, pero es menos que la de Puerto Rico. 

No es solo la música. Es la extrañeza de rezar en un acento ajeno, las variaciones en la doctrina, los guisos que comparten en las convivencias y no saben a casa. 

Necesitan su propia iglesia, sus canciones, su comida. Uno de los pastores, un puertorriqueño del Bronx, presta el nombre para el registro legal. En 1997, oficialmente, la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos abre sus puertas para atender a esa generación de mayas recién llegados de Totonicapán, Sololá, Quetzaltenango y el Quiché a los que la guerra y el hambre ha escupido lejos de Guatemala. 

Erick Salgado será el reverendo, la cabeza. Junto a su esposa, también formará a las próximas generaciones de predicadores. Construyen su pequeña parcela de cielo con decenas de iglesias, algunas en Guatemala. Renoj asistirá a sus clases durante tres años. Se apuntará en 2001; se graduará en 2004. Salgado le propone que vuelva a su aldea investido como líder religioso y abra una sucursal del templo. Renoj lo piensa, pero decide que no: eso sería hacerle la competencia a los  presbiterianos, los de Arkansas, su mujer.

En la nueva iglesia, por fin, se acompasa. Los miércoles dirige el culto, canta el avivamiento y la adoración. Se acostumbra a vivir a medio camino entre sus dos casas. Como él, la familia está dividida: en Guatemala quedan su esposa y cuatro hijos; en Nueva York su padre, dos hermanos y su quinto retoño, que en 2008 suspende el examen de acceso a la universidad y sigue a su padre hasta Nueva York, encuentra trabajo de plomero, se casa y engendra dos niñas: dos estadounidenses hijas de un guatemalteco sin papeles, nietas de un guatemalteco sin papeles. 

Serán las primeras de la familia con pasaporte del país de Trump. La mayor ya ha cumplido once años; la menor, apenas uno. En 2025 visitarán, como turistas, la Aldea Chajabal. 

—Mis hijos siguen hablando K’iche’. Lo que me doy cuenta es que mis nietos ya solo español están hablando. 

Renoj le agarra la onda al norte. Le gusta la comida de los italianos y la de los turcos. No le gustan los demócratas, el libertinaje ni los hombres que se besan en las calles, ofendiendo a los niños, desafiando a Dios. En las escrituras dice que eso es pecado.

—Lo que estaba pasando en Estados Unidos, estaba pasando en Sodoma y Gomorra en aquel tiempo, y tuvo que venir fuego del cielo para quemar a todos.

La primera vez que escucha a Donald Trump no le disgusta lo que oye. En la Iglesia hay quien lo mira con recelo, pero Renoj y algunos hombres comentan que ese millonario que sale tanto en la televisión sabe de lo que habla.

—Cuando entró Donald Trump, pues dice que hombre con mujer y mujer con hombre, o sea, lo que dice la Biblia. 

Renoj piensa que, si su país de acogida le permitiera votar, votaría por Donald Trump. Que el magnate tiene razón: hay mucha gente mala viviendo de los cupones de gobierno, tomando en lugar de trabajar, orinando en las esquinas, colándose en el metro, dañando a los Estados Unidos. 

—Yo creo que la migración y todo eso son cosas terrenales, pero proféticamente hay muchas cosas que trae Donald Trump. Si hay gente que toma, vandaliza, mándenlo a su país. Nosotros solo trabajamos, sacamos adelante el país, hemos dejado nuestra juventud, pagamos impuesto al gobierno. Solo vamos a trabajar, a la iglesia, a la casa, al trabajo, a la iglesia. No estamos haciendo daño. Aun la Biblia dice que Jehová es la tierra en su plenitud y todos los que en él habitan. O sea: no dice Estados Unidos, no. Pero también la Biblia condena a gente malvada, y yo entiendo eso: violadores o vendedores de drogas, agarren y mándenla a sus países.

Epílogo: al este del Edén 

Un avión que carga en las tripas 250 hombres amordazados aterriza en Ciudad de Guatemala. Ha despegado en Arizona, ha recalado en Luisiana para recoger más pasajeros y desde allá ha surcado casi 2.000 kilómetros de cielo en línea recta a través del golfo de México hasta Centroamérica: el destierro. A los reos les han dado unos sándwiches y algo de agua. Como llevan las manos atadas a la cintura, para beber tienen que encorvarse en el asiento. 

Sebastián Renoj vuelve a pisar Guatemala un 7 de abril de 2026 con el hambre atrasada de cuatro meses cautivo. Lo primero que hace en libertad es atragantarse en el primer Pollo Campero que encuentra abierto. Desde que lo sacaron del Metropolitan Detention Center, dos semanas atrás, viste los mismos pants y sudadera grises.

—La ropa traía todo un olor…

No deja que su familia le reciba en el aeropuerto; no quiere que lo vean así. Estrena su recobrada libertad en un hotel de la capital. Toma una ducha larga, duerme en un colchón en condiciones, se rasura en el barbero, se deshace del uniforme gris que huele a encierro, compra ropa nueva. 

Al día siguiente toma un autobús al oeste. Justo antes de llegar a la aldea, lo recibe Quetzaltenango. Ahí es el reencuentro. Hay llantos y abrazos. Han pasado ocho años desde la última vez.

Cuando en casa intenta narrar los últimos meses, siente escalofríos. Le atiende un doctor que diagnostica malos nervios y receta pastillas contra la ansiedad. 

—La realidad es un trauma, de verdad, porque yo he sido fuerte, fuerte, fuerte en este sentido, pero ni aún a eso, me afecta un poco la salud ahora. 

El plan es no hacer nada, no pensar, disfrutar de la familia, bajar a la ciudad a comer con su esposa. 

—Si me hago planes ahorita como que me hace recordar lo que me está pasando, lo que me pasó. 

En casa estudia su arresto con vocación de detective: analiza al detalle cómo fue, establece una cronología, baraja las posibles causas. Por su cabeza pasa una y otra vez la escena: el carro parqueado en doble vía a medio bloque del portal, los hombres que le rodean, la sensación de que lo están esperando. Todo se vuelve sospecha: las veces que intentó mandar dinero a Guatemala y el banco bloqueó la transferencia, aquella ocasión en que un policía lo multó por exceso de velocidad regresando de Jersey, la procesión que encabezó en octubre por el barrio. 

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Una tarde de enero, en el edificio gris del 1770 de Bay Ridge Parkway, Renoj ve el futuro. 

ICE acaba de agarrar a otro vecino del barrio. Renoj se sienta con su hermano, con quien comparte apartamento.

—Creo que las cosas, Pedro, se están poniendo bien difíciles. 

Renoj le da a su hermano los pasos a seguir si la migra lo agarra. Pedro se burla de él. Trata de restarle importancia a la situación. Poco días antes, Estados Unidos ha secuestrado a Nicolás Maduro de madrugada en un complejo militar de Caracas. Desde entonces, la televisión ha repetido los desafíos que el presidente venezolano lanzaba antes de su captura, aquel “vengan por mí, aquí los espero en Miraflores, no se tarden en llegar, cobardes”, que ha envejecido pronto y mal. 

Pedro se ríe del derrocado presidente y de Sebastián. 

—Tranquilo, tú, Maduro. ‘Vengan por mí, cobardes, no tarden en llegar’. Ya te parecés a Maduro, de qué estás hablando. 

Renoj dice que fue la última conversación que tuvo con su hermano. Tres días después, ICE fue por él. 

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Sebastián llama a Pedro desde Guatemala. Su hermano le dice que cree que los federales siguieron vigilando su casa durante varias semanas, que se ha mudado, que ha cambiado de número de teléfono, que ha intentado borrar su rastro. La familia que queda en Nueva York vive escondida desde que se llevaron al pastor.

Renoj habla también con Salgado y con los jóvenes de la iglesia, que le mandan algo de dinero y le dicen que están tristes, que los arrestos han continuado, pero ha vuelto el silencio. Los otros detenidos se van de Estados Unidos como llegaron: anónimamente, sin generar titulares, sus nombres solo registrados en bases de datos gubernamentales opacas y publicaciones en redes sociales que se pierden en el infinito digital. Solo se recuerdan sus historias, brevemente, en el servicio del reverendo Salgado. 

Renoj aún confía en Donald Trump como confiaba en Ríos Montt: el problema, dice, está en la mano ejecutora.  

Pronto se da cuenta de que en Guatemala no tiene mucho que hacer. Con sus hijos ya ha cumplido. El dinero neoyorquino ha pagado sus estudios: una enfermera, un paramédico, un maestro, una maestra. 

—Ya son profesionales, ya la mayoría hemos llegado al nivel casi del ladino. Ese era el deseo mío: que mis hijos no pasaran esto que pasamos nosotros.

En casa está de paso. En la aldea es forastero. 

—Aquí nadie lo conoce a uno después de tanto tiempo, olvídate, solo a la familia. Sinceramente, es una historia muy muy muy difícil cuando uno ha salido del país y te vienes como extranjero. Nadie te conoce, nadie te habla.

El pastor extraña el mundo ahí fuera, los paisajes a conocer, cruzar fronteras. Antes de cumplir el primer mes en casa empieza a buscar nuevos destinos. Vuelve a mirar al norte. 

—Yo quería mudarme para Canadá. Siempre me ha gustado aventurar. No abandonar a mi familia, quiero estar un tiempo, pero en el tiempo que estoy acá quiero estar tramitando algún papel. 

Una agencia le dice que Canadá no recibe a los deportados por Washington. 

—O sea, completamente destrozado, ni por el norte ni por Canadá me puedo ir.

Entonces recuerda: en la obra siempre ha trabajado con italianos. Le gusta su comida, su forma de ser, cómo hablan de su país. Comprende el idioma — “yo hablo como el 25% y entiendo el 50% de italiano” — y, en la lista de cosas a cruzar, aún no ha tachado el Atlántico. Nunca ha surcado el océano. 

—Quiero ver qué tan diferente es Europa con Estados Unidos, cómo son los derechos humanos. Porque ve, Estados Unidos habla mucho que de derechos humanos, que todo eso, pero no es así. ¿Cómo tratan a la gente inmigrante allá cuando la detienen? Peor que animales.

Renoj ha partido la vida entre el hogar y el camino. En el hogar es un extraño al que nadie reconoce. En las últimas tres décadas, ha pasado veinticuatro años en Brooklyn, seis en la Aldea Chajabal. Ya lo reclama el camino.

Ahora el norte está amurallado. Así que mira al este.

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Edición: Pablo García y Roman Gressier

Esta historia fue producida como parte del M.A. en el Craig Newmark Graduate School of Journalism. 

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La plegaria gringa de un pastor maya 

La plegaria gringa de un pastor maya 

09
.
09
.
26
2026
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Sebastián Renoj nació en el altiplano guatemalteco y la pobreza extrema. De niño, su padre le enseñó a creer en el evangelio y a saltar fronteras. Se hizo predicador y carpintero. Durante tres décadas, construyó una vida a medio camino entre la Aldea Chajabal y Nueva York. Nunca tuvo papeles, pero confió en Donald Trump. En una madrugada de Brooklyn, conoció a ICE.

Sebastián Renoj creció descalzo. “Pocas veces tuve estudio”. De niño cosechó algodón en fincas de otros, los brazos forrados de calcetines viejos que protegían la piel de la astilla. De adulto imaginó otra cosa para sus hijos. En esos tiempos de guerras y guerrillas en las sierras de Guatemala, él encontró al Señor: un Dios blanco y evangélico. Lo siguió hasta Estados Unidos. La noche de 1996 en que cruzó por primera vez el desierto de Altar pensó que ningún gringo rico contemplaría jamás aquel paisaje al que le había conducido el camino, y se pensó un pobre con suerte. En Brooklyn estudió la Biblia. Se hizo pastor por las necesidades del espíritu y carpintero por las del estómago. Pasaron treinta años: entre tanto, cuando Nueva York lo desgastaba, compraba un billete de avión, se presentaba en el JFK con el pasaporte en regla y volaba a su tierra en clase turista; permanecía un tiempo en casa con la familia que había dejado atrás y al rato volvía al norte a través de su desierto y los agujeros en la alambrada. 

Los años, la política, otras guerras, hicieron de cada salto una aventura cada vez más cara que la anterior, cada vez más exigente que la anterior, cada vez más arriesgada que la anterior. En cada uno de sus viajes Renoj encontraba los tres países que atravesaron su biografía cambiados. Para aquel día de 2018 en que el pastor vadeó por última vez el río Bravo, el mundo le recordaba a Sodoma y Gomorra. En Guatemala galopaban libres el crimen y la corrupción. En México, civiles musculosos con tatuajes y cuernos de chivo le cobraban peaje a los que como él caminaban desde el sur. En las calles de Estados Unidos, sin pudor, los hombres besaban a otros hombres. Él pensaba en la lluvia de fuego y azufre de la que hablaban las escrituras.

La primera vez que escuchó a Donald Trump, le pareció que aquel magnate rubio, bronceado y de lengua suelta tenía algo de profeta. 

Uno: la caza

15 de enero de 2026. El carpintero despierta antes que el sol. Se echa la capucha, se cuelga al hombro la mochila del trabajo. Sale del portal de ese edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Afuera lo recibe la helada, las seis de una mañana de invierno en Bensonhurst. En una hora lo esperan en Utica Avenue, ahí por donde termina el tren cinco. Como cada día colocará C-Joists, las estructuras de acero sobre las que se levanta el paisaje prefabricado del suburbio americano. 

Ese mes los compañeros y él erigen una casa de siete niveles. Renoj ya quiere terminar el exterior y trabajar dentro; a esas alturas de la temporada el frío sopla bravo para la calle. Eso va pensando. Pone rumbo al metro. No va a llegar. A medio bloque de casa, siente las linternas en la cara. De un carro en doble fila salen hombres armados y voces que reclaman papeles. Visten chalecos oscuros con acrónimos de mal augurio, siglas que preferiría no conocer, pero conoce. 

ICE, FBI.

Le ordenan que se identifique. Él obedece. No tiene antecedentes, nunca burló la ley, si acaso un par de multas de tráfico. Todo el tiempo libre lo ocupa en la iglesia. Lleva quince años pagando religiosamente sus impuestos. Se siente tranquilo cuando enseña la licencia de conducir. Los federales la escanean.

—Tú saliste del país en 2016.

Lo esposan, lo encadenan, lo suben a la furgoneta.

—Ahí fue que me di cuenta que Motores y Vehículos comparte información a ICE.

Antes de regresar a Manhattan, los federales conducen un rato más por el barrio. Buscan a otros como él: madrugadores, vestidos de albañil, rasgos de otros rumbos. Saben que esa zona de Bensonhurst es hogar de guatemaltecos evangélicos. Lo saben porque no es la primera vez que van. Esa gente es diana fácil: no se resiste, no habla con la prensa, no denuncia. Como la mayoría cruzó la frontera sin avisar a nadie en Washington, y como todos aquí tienen familias que hicieron lo mismo, y como son gente poco acostumbrada a la atención, se dejan deportar en silencio. La escena es rutina: patrullas de hombres anónimos en carros sin luces de emergencia ni sirenas, camuflados de civil, rondando las primeras horas del día, a la caza.

La furgoneta desemboca Bay Parkway abajo en unos grandes almacenes a orillas de la bahía de Gravesend. En el estacionamiento los federales se reagrupan con el resto de compañeros que esa mañana han peinado el barrio. Ha sido una jornada productiva. Vuelven al centro con Renoj y otros seis hombres como botín. Siete mayas menos en Brooklyn.

Ya están en Federal Plaza. La migra pretende que Renoj firme su deportación aquí y ahora, rápido y limpio, órdenes de arriba.

—Yo les dije que no debo nada, yo pago impuestos, yo tengo que hablar a un abogado, algo tengo que hacer.

A regañadientes aceptan. A las once de la mañana le permiten hacer una breve llamada. Renoj marca a su hijo. Le dice lo único que, en ese momento, sabe a ciencia cierta: que lo tienen retenido en Manhattan. 

Luego cruzan el Hudson. Ya es de noche. Conducen a través del paisaje sucio industrial de los polígonos de Nueva Jersey: hileras de postes eléctricos, vías de tren que ora cortan la carretera ora corren paralelo, naves de cemento, camiones que se incorporan y una furgoneta camuflada de civil que se desvía a la altura del 451 de la avenida Doremus, recién pasado el correccional del condado de Essex. Mercancías que salen y hombres que entran. 

Si frente al centro de detención de migrantes del Delaney Hall no estuviera ese solar de cemento, tanques de gasolina y óxido, desde la alambrada Renoj divisaría la bahía de Newark.

Al día siguiente, un abogado solicitará un Habeas Corpus, argumentará que los oficiales de ICE no contaban con orden de arresto ni atisbo de delito, que no le leyeron sus derechos, que tampoco respetaron las leyes migratorias ni la cuarta ni la quinta enmienda de la Constitución, denunciará que esa detención es ilegal, dirá que Renoj debería estar en la calle. Un juez agendará la audiencia de fianza: el 29 de enero. Dará igual. 

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Ahí queda el carpintero. De vuelta en Bay Ridge Parkway la suerte del pastor corre boca a boca, teléfono a teléfono. Para cuando la noticia alcanza el deli de M. y su padre, a un par de cuadras de donde se han llevado a Renoj, el ritmo de una mañana de jueves ha borrado su rastro.

—A él lo agarraron bien temprano. Ya a la hora que pues nosotros nos enteramos no había nada de policía, nada de ICE ni nada de nada. Ya era como que normal.

Hace tiempo que M. y su padre leen en los grupos de Facebook guatemaltecos que el ICE ha agarrado a este o aquel. Ya han empezado a creer que Donald Trump no va a cumplir su promesa de arrestar solo a criminales. Ya los vecinos se avisan por mensaje de avistamientos de posibles federales. Ya se teje una red subterránea — virtual — que vela cada carro sospechoso, cada tipo fornido con gorra y gafas de sol que pasea por el barrio.

Al padre de M. aquí le dicen ilegal. A M. no: ella nació en los Estados Unidos hace veinticuatro años, tiene un pasaporte con su cara y su nombre estampados que lo acreditan. Eso no la tranquiliza mucho. Se ha enseñado a evitar las estaciones de metro a primera hora. Se guía por un mapa mental de calles a evitar. Una ya vive mirando por encima del hombro.

—Los que nos parecemos latinos, específicamente latinos indígenas, como yo acá —o sea me veo indígena, pues— están agarrándonos a todos sin preguntar. ¿Sí ha visto en las redes sociales? ¿Sí ha visto en la noticia, que agarran a todos sin importar si son ciudadanos o no?

Hasta ahora los arrestos han sido fotografías en el celular, ideas sin cuerpo. Esta es la primera vez que entre los detenidos M. reconoce una cara; que la imagen en la pantalla tiene un nombre y un apellido que en casa significan algo.

Renoj es vecino; lo conocen de la iglesia. El cerco se estrecha. M. busca la manera de revolverse.

—Yo me quedo aquí porque este es mi país, es mi casa. Aquí nací, aquí crecí. Como ciudadana tengo la voz y ese poder, lo que otros inmigrantes ilegales no tienen, de defender si algo llegara a pasar por acá. Obviamente no me voy a meter para que luego ICE me agarre, o pasa lo que se ha visto en Minnesota, que mataron a ciudadanos, pero poder, no sé, grabar, documentarlo, tratar de sacar la información de la persona que se están arrestando, nombre, número de teléfono, cosas así. 

Los mayas evangélicos de Bensonhurst han aprendido de resignación antes que de queja. En los servicios del fin de semana, el reverendo Erick Salgado siempre recomienda: 

—No se metan en problemas con la ley; hagan las cosas bien; no guíen sin licencia; no guíen ebrio; obviamente, no roben; no hagan cosas malas; pórtense bien. 

Últimamente, añade: 

—Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás de todo el mundo. 

Esta vez, sin embargo, una línea se cruza, algo se rompe: sí están yendo detrás de todo el mundo. 

Detrás de ellos, que confiaron en Trump y su promesa de limpiar las calles de criminales — de las pandillas que tan mala fama les dan. Ellos, que cuando vieron a sus esposos, hijos, hermanas, sobrinas, subir un día a las vans del ICE, aún pensaron que la Iglesia sería el último santuario. Ellos, que se han enterado por las redes sociales de que ha caído Sebastián Renoj, diácono de la congregación, ese hombre bajito que en su tiempo libre arreglaba los rotos del templo, y en los servicios predicaba y cantaba las alabanzas, y durante la pandemia repartió comida a quien tenía hambre. 

Bensonhurst es un barrio de migrantes: generaciones tras generaciones que un día soñaron el sueño americano y cambiaron la tierra en que crecieron por un hueco en la periferia de otro lugar. En la misma avenida se suceden delis chapines, restaurantes takeout con rollitos de primavera y burritos norteños, sopas vietnamitas, sandwicherías italianas, sastrerías de huipiles, tacos la Lupita. 

Este es un Nueva York diferente en el que la concejala de distrito nació en Shanghái y los que en las últimas elecciones pudieron votar presidente, votaron presidente a Donald Trump a la contra del resto de la ciudad. La misma mano que trazó el todo plano neoyorquino diseñó estos bloques a escuadra y cartabón, pero aquí recortó presupuesto: menos ladrillo, más C-Joists, menos vidrio, más contrachapado. El Nueva York deslucido — el Nueva York obrero. 

Manhattan es una silueta ambigua en el horizonte, una quimera de lujo y exceso y rascacielos a 15 kilómetros de aquí: la última frontera, la que no logró sortear toda esta gente tan acostumbrada a saltarlas. 

Esta es la periferia del centro del mundo. 

Un día después del arresto de Sebastián, el reverendo Salgado organiza una rueda de prensa en el portal del edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Ante las cámaras dice: no es justo. La noticia nacerá y morirá ahí. Otros titulares urgentes reclaman atención. En Minneapolis la migra está a los tiros y todo el país siente las réplicas. Son tiempos acelerados y salvajes que no entienden del luto de un puñado de indígenas en un confín de Nueva York. Y el reverendo Salgado, aunque tan solo sea por dejar constancia a la posteridad, repetirá cuando se le pregunte:

—Están pescando, sí, están pescando en este barrio.

Dos: la paz lejana  

Una noche de julio del 96 cruzando el desierto de Altar, Sebastián Renoj ve cactus, serpientes, muchas estrellas y ninguna patrulla. Un coyote lo guía hasta al otro lado. Van en grupo, todos caminando, llevan comida, llevan bebida. Renoj trae en las suelas el polvo de los 3.000 kilómetros que lo separan de casa. Ha atravesado México por extravíos, carreteras secundarias — “porque si íbamos en los caminos principales de seguro la migra nos agarra” —, en combis que rodean pueblos pequeños y campos grandes hasta el DF, y de allá en adelante en un autobús que conduce rumbo noroeste, se adentra en el estado de Sonora y lo deja, por fin, por primera vez, a las puertas de la frontera. 

Esa madrugada se le ocurre que es un hombre con suerte.

—Ni un propio rico millonario va a pasar por un desierto que, ja, solamente tú como pobre lo puedes ver, esa maravilla de Dios.

En casa está a punto de terminar la guerra.

Casa: Aldea Chajabal, municipio de San Andrés Xecul, departamento de Totonicapán, altiplano occidental de Guatemala.

Esa Navidad se firmará la paz. Renoj no la ha conocido. Cuando nace, en enero de 1969, los tiros —en los periódicos le dirán el conflicto— truenan hace una década. Cuando se casa, en marzo de 1986, hace años que los militares arrasan la tierra. Él cree que ha tenido suerte: ha visto las armas más de lo que las ha escuchado. Los soldados desfilan por el pueblo sin detenerse mucho tiempo. Desde el Palacio Nacional ordenan que los campesinos patrullen las noches de la aldea a la caza de guerrilleros. A su padre le toca salir, qué remedio, en esas incrédulas rondas caseras armadas de machetes y escopetas de caza. 

—Era un susto.

Siempre regresa entero. Muchas noches solo fingen patrullar y, en realidad, se la pasan platicando en casa de alguno, haciendo tiempo hasta que los releva la mañana. 

—El mismo pueblo indígena se había organizado y los llamaban a ellos guerrilleros. A muchos acá los habían desaparecido. La mayor parte éramos de acuerdo con la guerrilla porque peleaban por los derechos de los pobres. No podemos combatir entre la misma gente sabiendo que están haciendo el bien. 

Renoj alcanzará Nueva York antes que la paz Guatemala. Como en la aldea no hay teléfono, compra una grabadora y cintas de casete de 90 minutos. Habla solo y la grabadora escucha durante hora y media. Luego manda la cinta a casa por correo. En tres días sus monólogos resuenan por las cumbres de la Aldea Chajabal. A las respuestas les toma dos semanas bajar del Altiplano y subir hasta Brooklyn. Así, y por la televisión, se entera de los acuerdos que el Gobierno y la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca firman en la capital. No significarán mucho para él.

—Ahora me doy cuenta que solo Dios da la paz. Ni porque ahora se firme la paz, es una paz del hombre, pero hay mucha delincuencia ahora por falta de trabajo, por falta de todo. Va siendo lo mismo.

En Guatemala tras el conflicto faltan 200.000 vidas. El Gobierno las llama el enemigo interno. La mayoría tenía sangre maya y se parecía más a Renoj que a Ríos Montt, un general ladino con el bigote poblado de los dictadores latinoamericanos al que la historia sentenciará por genocida. Ríos Montt nació en Huehuetenango, en el seno del Altiplano, se arrodilla también ante un Dios blanco y evangélico, y ha aprendido exterminio con los americanos. Dicen que una vez dijo: “Un cristiano debería llevar su Biblia y su ametralladora”. Si no lo dijo, lo aplicó: versículos para sanar la enfermedad del comunismo, plomo para ovejas negras. 

A Renoj, el general, le gusta. 

—Él tenía una misión de comandar y hacer bien al país. Ríos Montt tenía buenas intenciones e hizo cosas buenas, pero fue el ejército el que dio el golpe de Estado. La mayoría de los comandantes, ellos hacían daño al país. 

—Él daba las órdenes.

—Ajá, él daba las órdenes. Pero recuerde que cuando dan las órdenes no todos lo hacen cumplir. Todos le dan la culpa al presidente, pero realmente fueron los soldados.

En ese tiempo a mediados de los años noventa en que la guerra ya muere pero aún mata, muchos, miles tras miles, ya llevan una década poniendo rumbo al norte. El padre de Renoj se marcha primero, en el 94, y manda a casa recado. Desde mediados de los ochenta, Renoj ha conducido autobuses en Quetzaltenango, la segunda ciudad del país. En ese empleo se ha unido a un sindicato y ha temido las represalias. Los coyotes con conecte en el pueblo le prometen el boleto a Brooklyn por 1500 dólares. 

Dice que de Estados Unidos, antes de llegar, solo conocía el dólar. 

—Si nosotros estuviéramos informados, tuviéramos papeles ahora, porque antes del 98 había oportunidad de un asilo hacia nosotros. Yo estuve sindicalizado y mucho tiempo hubo persecución al sindicalista. Y si yo hubiera pedido refugio por eso, ahí sí, pero como no teníamos información… El pensamiento de nosotros de ir a Estados Unidos era, para que tú entiendas: ‘Ah, unos tres años, me hago mi casita y mi capital y me vengo’. Ese era el pensamiento. No era de quedarse.

Tiempo después en Nueva York un abogado le informará de que la única manera de conseguir los papeles es casarse con un ciudadano americano.

—Y sí es verdad y no pasa nada y todo eso, pero siempre he sido religioso: el matrimonio es sagrado. Prefiero lo que me está pasando que casarse solo por papeles. Aún el abogado me dijo que había oportunidad de hacer algo inventando que me están extorsionando, pero es que la Biblia me dice a mí que una mentira es pecado. Si fuera cierto pues no tengo miedo a denunciar, pero no quiero tener un papel por mentira. No está bien eso, no es bendición de Dios.

En Brooklyn encuentra trabajo e iglesia. En 1999 escucha rumores apocalípticos, extraños presagios sobre el milenio que se viene: un problema con los ordenadores, los ceros “y no sé qué”. Renoj razona: si se viene el fin del mundo, que le agarre en casa. Allí ha dejado a su esposa y a cinco hijos a los que quiere dar una educación universitaria; que sus manos nunca lleguen a conocer la astilla del algodón en fincas de otros. 

Vuela a Guatemala a tiempo para presenciar cómo el partido del general de la Biblia y la ametralladora aúpa al poder a Alfonso Portillo, un abogado al que los años y la corrupción arrastrarán al otro lado de la ley y la frontera, frente a un tribunal en Nueva York — pero eso vendrá luego: a finales de siglo, a Renoj le ilusiona el candidato. Vota por él, celebra la victoria. Se convertirá en su presidente guatemalteco favorito junto a Vinicio Cerezo (1986-1991), el hombre que puso rostro a la transición a la democracia tras las décadas armadas. 

En 2001, Renoj regresa al norte. Consigue una visa para cruzar a México legalmente. Por vez primera, contempla la inmensidad del Distrito Federal a vista de pájaro. Cuando el avión aterriza, salta a un autobús hasta la frontera. No se irá solo: ha comenzado un éxodo que drenará el país, una peregrinación que en pocos años doblará y triplicará en números a los muertos de la guerra, pasos casi siempre dirigidos a los mismos rumbos que llenarán Guatemala aún más de ausencias. 

Renoj cruza por Agua Prieta, Sonora. En Douglas, Arizona, le recoge un conecte del coyote. El precio es el doble que cinco años atrás.

En Nueva York saborea tiempos dulces. Libra sábado y domingo. 

—Siempre he tomado la vida fácil. Ha habido oportunidad de trabajar siete días, pero no he maltratado el cuerpo porque no quiero eso.

El trabajo es duro pero lo disfruta. Cada vez que compra una herramienta eléctrica piensa que apenas ahora le llegan los juguetes que no pudo tener de niño. Pasa mucho tiempo en la iglesia, cortafuegos contra el pecado, la nostalgia, el trago y esas enfermedades del alma que aquejan a sus compañeros.

—Por eso nuestra gente muchas veces pasan en estos sentidos tomando, porque no saben dónde poder desahogarse. 

Eso, la soledad, es el único mal que las herramientas eléctricas y la Biblia no palian. Solicita varias veces una visa para su esposa, pero Washington invariablemente la deniega. Ese año comienza a estudiar teología bajo la tutela del reverendo Salgado. Se titulará en salmos en 2004 y volará a Guatemala a celebrarlo. 

En su país, a Ríos Montt le ha sabido a poco el poder en la sombra de los años de Portillo y se presenta a unas elecciones que comienzan en 2003 y terminan en 2004. Renoj llega a tiempo para la segunda vuelta. Vota por su hermano evangélico. 

—Si hubiera ganado ya con la democracia, creo que sería un gobierno bueno.

Ríos Montt pierde en las urnas contra un candidato al que apodan El Conejo por la lotería genética de unas orejas picudas, Óscar Berger. Durante dos años, Renoj escuchará promesas de democracia, limpieza, desarmes. También habrá titulares que dicen “Detenido por narcotráfico el jefe de la lucha antidroga de Guatemala” o “La violencia se adueña de Guatemala”. 

En casa, Renoj recupera con la familia los dos años de tiempo perdido. En 2006 el bolsillo aprieta de nuevo. El camino llama. 

Al cruzar a México el coyote lo sube a un tráiler con otras 200 personas: doce horas hasta Puebla sofocado entre cuerpos desconocidos, sudor y sed, luego otras treinta y seis horas a la frontera, solo con galones de agua que, cuando se vacían, usan para orinar. La única ventilación son unos agujeros en la base del camión por los que, cuando rueda, entra el aire. Esa es la parte fácil. La difícil llega en los retenes, donde la migra los inmoviliza por horas. Entonces tienen que tapar los agujeros, macerarse, respirar flojito, guardar silencio, ni pestañear. 

—Eso sí que era un sufrimiento. 

Esa vez, de México verá poco más que el asfalto y las ruedas del tráiler bajo sus pies, “las carreteras que van pasando”. 

Una década después de la primera vez volverá a cruzar la noche del desierto de Altar. El coyote reclama 5.000 dólares por el viaje completo. Quizá por el mal cuerpo que le ha dejado el tráiler, quizá por pura inercia, Renoj cumplirá su etapa más larga en los Estados Unidos: diez años, uno detrás de otro, alejado de la Aldea Chajabal.

Tres: los chicos del Delaney

El predicador entona su alabanza en medio de la celda. La voz encuentra eco en los muros desnudos. Los únicos muebles, contra las paredes, son las literas. La habitación es lo suficientemente grande para acoger a treinta, cuarenta, cincuenta presos: los evangélicos. Como no tienen instrumentos, el pastor salmea a capella y decenas de gargantas reclusas le responden. Cada día, a las siete de la tarde, Sebastián Renoj canta en español sus canciones, sus himnos de esperanza y redención, para los chicos del Delaney Hall.

No pasó mucho tiempo desde que ICE arrojó a Renoj al Delaney hasta que los presos descubrieron que ese hombre conocía las escrituras. Los reclusos evangélicos ya acostumbraban a celebrar sus servicios. Ahora también tendrían un predicador como Dios manda, o mandado por Dios.

—Rápido me detectaron que sé mucho de la Biblia. Entonces me pusieron a predicar. Ya se reunían ahí, pero solo cantaban, no hay mucha gente que sabía de la Biblia.

Renoj cumple, incluso ahí dentro, su misión. Lee la Biblia por las mañanas para preparar las tardes, matar el tiempo, exorcizar malos pensamientos. Sus compañeros juegan a las cartas o ven la televisión en la sala común. Si tienes dinero, puedes comprar algo de libertad: hay teléfonos y tabletas, ventanas virtuales al exterior, disponibles a cambio de unas monedas. A las cinco de la mañana desayunan, a las once almuerzan, a las cuatro de la tarde cenan: una carne molida, como pasada, con frijoles templados y papas mal cocidas. Renoj pasa frío y hambre. Para el final habrá perdido siete libras, que no parece demasiado, pero de partida tampoco había mucho que perder. 

Cuando no conversa con los compañeros sobre sus vidas, de dónde vienes, cómo es que has acabado aquí, repasa las escrituras. A veces se le atraganta un salmo. Solo cuenta con una Biblia corriente. Su edición de estudio, con sus notas, las explicaciones garabateadas en los márgenes, quedó en Brooklyn. Cuando eso pasa, llama a su hijo ahí afuera, y él busca la respuesta. La fe parece la única certeza esos días. 

Un día le visita un viejo amigo, el reverendo de su iglesia, Erick Salgado, un puertorriqueño del Bronx que siguió los inescrutables caminos del Señor hasta el rebaño guatemalteco al final de Brooklyn. De tanto rodearse de chapines, ha asimilado los dejes del acento, las inflexiones, algunas palabras en K’iche’. Él le ha enseñado la Biblia a Renoj. Con él predicaba en el templo. Para poder ver a su discípulo los quince minutos de permiso, Salgado espera cuatro horas frente a la mole gris-patíbulo del Delaney. Una nieve embarrada cubre las calles. Los -11°C de un invierno envalentonado arañan la piel.

Renoj le cuenta que está cansado, que en Delaney le dan mal de comer, que pasa frío. Ha cumplido 57 años en la celda. Él, que le ha apostado la vida a saltar muros, no sabe funcionar entre rejas. Su abogado le dice que puede devolverle pronto a las calles. Renoj no confía en él. El 29 de enero, en su audiencia ante el juez, Renoj retira su petición de fianza. 

Estados Unidos le ofrece dos salidas: por las buenas o por las malas. Por las buenas te vas tú. Por las malas te echamos nosotros. Renoj elige la primera.

El resultado será el mismo. Le aseguran que así, si lo hace bien, puede regresar a Nueva York en el futuro, con papeles, todo en orden. Si le expulsan contra su voluntad, tendrá prohibido pisar el país en diez años.

Firma una deportación; su deportación. En la documentación oficial dice “voluntaria”.

—Me informé con abogados ahora: corren igual los diez años aunque salga uno voluntario. Hablé con un abogado ahora y me dijo: ‘Eso te dice ICE, pero es lo mismo’.

Salgado entiende la decisión. La de Renoj no es la única ausencia en los servicios. Los más jóvenes se alistan al ejército con la esperanza de canjear los años de permiso por papeles para sus familiares. Y rara es la semana que ICE no pesca algún fiel. 

Renoj pasa 40 días en el Delaney Hall y predica en su celda 35 tardes. Durante el tiempo que lo habita, el Delaney pasa más o menos desapercibido entre toda la red de centros de detención — argot burócrata para no decirle cárcel a la cárcel — que ICE extiende a lo largo y ancho del país. Unos meses después, los eufemismos ya no funcionarán, y el Delaney simbolizará la rabia nacional contra las mazmorras de la migra. Alrededor de 300 presos, cansados de sufrir lo que Renoj ha sufrido, declararán una huelga de hambre. Hablarán de gusanos en la comida, agresiones sexuales, citas judiciales que nunca llegan, presiones para firmar la autodeportación. Habrá protestas diarias frente a sus muros. GEO Group, la empresa privada a la que ICE paga miles de millones de dólares a cambio de gestionar por ellos decenas de sus calabozos, cancelará sin razón ni aviso las visitas familiares, prohibirá el paso a los periodistas y se lo negará a miembros del Congreso, pese a que la ley diga que eso es ilegal.  

El último martes de febrero, a Renoj un guarda le avisa: “Hoy toca transfer”. Del tercer piso lo bajan al primero. Los celadores comprueban que todo está en orden, le devuelven sus enseres, el dinero que llevaba encima cuando lo agarraron. 

—Yo pensaba que ya venía para Guatemala, porque ahí no te dicen nada. Los transportes son de otra compañía de seguros privados. Y ellos dicen: ‘Nosotros no sabemos nada’. Solo manda ICE. 

Lo esposan, le encadenan la cintura, le engrilletan los pies. 

—Apenas puede caminar uno.

En un cuarto frío transcurren así 24 horas; cada dos, pasan lista. El 25 de febrero, ICE lo vuelve a subir a un furgón. 

Cuatro: yo conocí a los Zetas

El paisaje es de mezquites, nopales y arbustos tan secos como un desafío al fuego. El suelo es árido; el viento, cuando sopla, denso y caliente como escape de carro viejo. Ya llegando a Nuevo Laredo, en una carretera secundaria, el tráiler topa el retén. Estos no son militares, piensa, pero lo parecen. No tienen camionetas con logos oficiales, pero la carrocería se ve blindada. Los hombres imponen: así tan fuertes, tan tatuados, con esos cuernos de chivo con los que les apuntan a modo de saludo. 

A esta tierra llamada Tamaulipas las malas lenguas le dicen Mataulipas por toda la matazón que ha albergado. 

El coyote ya avisó:

—Este viaje te va a salir bien carísimo porque nosotros tenemos que pagar a los Zetas, más el brinco en la frontera, pero vas a pasar seguro. 

Es 2018. Renoj ha pasado con su familia los dos años de siempre, los de rigor, el descanso del guerrero, hasta que las facturas se acumulan y la carretera vuelve a convocarlo. Despegó de Nueva York el mismo año que Donald Trump ganó por primera vez las elecciones y, en Guatemala, sus compatriotas eligieron también nuevo presidente: Jimmy Morales, un actor y cómico que recicla las mismas viejas promesas de democracia y justicia, y con los años enfrentará las mismas viejas acusaciones de corrupción.

Este boleto al norte ha costado 15.000 dólares. Los carteles se reparten a bala la plaza caliente de las rutas migratorias. La violencia se ha hecho industria y la última letra del abecedario aterroriza México: se dice que son desertores del Ejército, veteranos del terror que cobran impuesto revolucionario a los que como Renoj caminan desde el sur; se dice que si no pagas te levantan, te ponen la madriza de tu vida, ora acabas colgado de un puente, ora en un tambo de ácido, ora te desaparecen y nadie nunca te vuelve a ver, ora te aparecen con una bala en la nuca en un predio remoto, ora en pedacitos, ora vivo pero con déficit de extremidades porque, si no tienes dinero para el coyote y los zetones, siempre puedes probar tu suerte en un tren de mercancías al que apodan cariñosamente La Bestia, que cabalgan miles de sur a norte y, de tanto en tanto, te descabalga. 

El pastor ya ha escuchado hablar de todo eso antes. Un familiar intentó atravesar México sin pagar su tributo; los Zetas lo secuestraron hasta que la familia giró un rescate de 50.000 quetzales, ahí más o menos por los 6.500 dólares al cambio. Renoj sale de casa con una idea:

—Creo que los Zetas si no pagas definitivamente te matan.

El sur se navega fácil. En camiones pequeños va de Guatemala al sur de Chiapas, y luego allá por las montañas de San Cristóbal de las Casas conducen un día y una noche hasta Puebla, y luego un taxi a Tlaxcala, y un autobús al DF, y luego luego un tren al Estado de México, y ahí en el municipio de Zumpango tres días de espera, matando el rato entre parques y mercados, tranquilo porque se camufla entre la multitud —“nos parecíamos a los mexicanos, no nos reconocían que somos de Centroamérica”— y después un tráiler, como doce años atrás, pero esta vez solo viajan cuatro en la cabina, y tienen hasta una cama para tumbarse, “entonces es más divertido”. 

Lo cabrón es el norte. El coyote les ha dado instrucciones y una contraseña. En algún lugar a las afueras de Nuevo Laredo el retén de zetones los desvía hasta esa casa vieja a la orilla del camino, con un montón de carros, buenos carros, en el parqueadero polvoriento. Es la frontera antes de la frontera. 

Ahí los bajan del tráiler. Ahí dentro están los hombres tan musculosos, tan altos, tan bravos, “se ve que son adiestrados”, al hombro los cuernos de chivo, nada de chavos, no, treinta, cuarenta, cincuenta años. 

—Cuando ellos nos cuentan cuántos somos, ellos no cuentan con la mano, cuentan con la pistola puesta: ‘Uno, dos, tres, cuatro, cinco’, pero apuntando con la pistola, contando cuántas personas se reportaron y cuántas personas tenían que pasar, porque allá no pasa ni uno si no está reportado. 

Todo en orden. Ya están a punto de marchar cuando uno de los zetones repara en Renoj, que cansado de cargar con todo a cuestas, no lleva mochila, ni zurrón, ni tan siquiera una bolsa de plástico con algo de comida y bebida para la noche que tiene por delante. El zetón le mira, extrañado, e increpa:

—Oye tú, no llevas ni una mochila. Tú vas para el norte. ¿Cómo te vas a llevar el agua para pasar el desierto?

—Ah, yo compro allá en la frontera.

Y el zetón nomás se ríe. 

—Buena suerte. 

A poco de ahí corre el río Bravo, que desde que toca El Paso y Ciudad Juárez, al oeste, hasta su desembocadura en el golfo de México, al este, hace las veces de frontera. Renoj se pone un chaleco salvavidas, sube a una balsa hinchable y lo surca hasta la orilla estadounidense. 

—Pasamos el río tranquilito.

Pasará mucho tiempo sin que cuente esa historia. Cuando casi una década después la recuerde, se dirá:

—Yo conocí a los Zetas. 

Cinco: el hijo del migrante, la hija del pastor 

Poco antes de Navidad las camionetas aparecen por el pueblo. Las mandan los finqueros. En la costa es temporada de cosecha. Algunos, muchos, saltan a los carros y parten hacia el suroeste. Renoj tiene nueve años, quizá menos, la primera vez que su padre lo lleva con él. Son varias horas de camino. La finca se llama La Gomera Escuintla. Ahí es bien diferente a la aldea, bien caliente. 

Al llegar a los campos se instalan en galeras de lámina. Con los mismos costales que rellenarán de algodón — porque aquí se cobra por costal, al peso, por libra, por quintal trabaja uno — improvisan hamacas que cuelgan entre las columnas de madera, cuando no colchas sobre el puro piso. Cada uno su pedacito, dos o tres varas de espacio por jornalero, unos dos metros y medio. Luego salen para las fincas.

Renoj, que ha crecido descalzo, recuerda con los pies: la tierra ardiente en las plantas, los dedos abrasados, el polvo caliente en cada poro, la piel que se vería roja si no se viera embarrada. Llevan calcetines viejos, pero esos son para los brazos, “haces unos agujeros para ponerlo en la mano para que las conchas que tienen las algodoneras no lo lastimen a uno”. 

Saben que ha llegado el día de Navidad porque ven los cohetes en el cielo a lo lejos. Ellos no celebran. Como mucho, comparten unos paches, unos chuchitos.

—Yo crecí en una pobreza, extrema pobreza.

Pasan un mes y medio cada año en las fincas: las camionetas los recogen a principios de diciembre, los devuelven a mediados de enero.

—Ve que allá en Estados Unidos el hispano es muy señalado, pero aquí siempre somos el indígena, siempre hay una diferencia, siempre nos hacen bullying.

Más o menos por esos años —los siete, los ocho, los nueve, quién sabe ya— sus padres le compran su primer par de zapatos, pero solo para ir a la escuela. Está prohibido usarlos para nada más. Renoj se calza para ir a clase y se descalza según vuelve a casa. También se quita la ropa buena, la del colegio, antes de salir a jugar. 

—El resto del día, descalzo y ropa rota. 

En ese tiempo la Aldea Chajabal es un pueblo construido en adobe, asfaltado en polvo, cercado por bosque. Renoj llevará para siempre la terracería marcada en el cuerpo, el hueso del pulgar del pie derecho desviado de aquella vez que fue a rematar la pelota y remató el suelo. Ahí se erigen iglesias, muchas, distintos apellidos del mismo Dios. Ahí hay más fe que maíz, que papa, que frijol. Por eso los hombres se van. Hacia el oeste todo es caída hasta el Pacífico: ahí, en el calor y el llano, crece ese algodón que astilla las manos. Hacia el este todo es sierra: ahí es fértil la guerrilla, que es una respuesta al algodón que astilla las manos y a las iglesias, muchas. Hacia el norte hay fronteras: ahí está el futuro.

A los seis años Renoj conoce a Dios en una iglesia del pueblo fundada años atrás por unos misioneros blancos que hablan inglés y vienen de un lugar trabalenguas llamado Arkansas City, dentro del estado de Kansas, cerca del estado de Arkansas. En los servicios, aún así, la Biblia se traduce al K’iche’. A los ocho Renoj se convierte al evangelio. Tanto tiempo pasa allí que estrecha lazos con el predicador y su familia. Tanto le gusta el templo y su rebaño que va a enamorarse de la hija del pastor. 

El año en que Renoj cumple quince suceden dos cosas importantes. Una es que aparecen por el pueblo los misioneros de Arkansas, que han preparado un coro para ellos en español, y disfrutan cuando Renoj y los suyos les responden con un coro en K’iche’. La otra es que Renoj padre lo lleva con él, por primera vez, a cruzar una frontera. Abordan un autobús en Quetzaltenango que rueda por la costa hasta un lugar llamado Ciudad Tecún Umán, que en realidad es un pueblo, el último de Guatemala, poco más que un cruce de caminos bañado por el río Suchiate. Van a trabajar dos meses como albañiles bajo el bochorno tropical de Tapachula, la primera gran ciudad del mexicano estado de Chiapas, que ya acostumbra a recibir forasteros muchos años antes de que alguien la llame cárcel a cielo abierto de migrantes. Se alojan en la construcción que erigen, en las mismas galeras donde se almacenan los materiales de obra. 

—Dormíamos siempre en el piso, pero ya es en la ciudad, y como es calor no tanto se siente. 

Como no hay tierras que legar, de su padre hereda el espíritu aventurero. Así conoce Renoj México. Así aprende a irse y a volver. Así comprueba que fuera del mapa las fronteras son ríos vadeables.

—Mi papá nos ha enseñado mucho la inmigración.

Algún tiempo después de regresar, Renoj se casa con Luisa Ordóñez Cux, la hija del predicador. Ella ha heredado la vocación del padre y se ordenará líder de dama en la iglesia de los de Arkansas. Cada cierto tiempo, los misioneros estadounidenses los visitan. 

—Me acuerdo de ellos: de esos americanos que llegaban en Navidad. 

A los americanos siempre les ha gustado Guatemala. Primero mandaron a la United Fruit Company, que durante décadas plantó tantos bananos que a la joven república la decían bananera, y durante décadas extendió tanto sus tentáculos hasta los palacios del poder chapín que a la joven compañía la decían el pulpo. Luego, en los convulsos años cincuenta, los guatemaltecos votaron a un presidente, Jacobo Árbenz, que expropió algunas tierras de la empresa para dárselas a algunos campesinos, y eso a los de la bananera no les hizo gracia, así que movieron hilos, presionaron aquí, amenazaron allá, dijeron que venía el lobo del comunismo, y la CIA diseñó un golpe militar a medida para regresar a los tiempos del banano, derrocó a Árbenz y todavía lo vigiló durante dos décadas de exilio, hasta que un día de enero de 1971 apareció ahogado y con el cuerpo rostizado dentro de una tina del Distrito Federal. Después, como a Washington no se le curaba el miedo al comunismo, envió misioneros, muchos, a evangelizar contra la teología de la liberación que se propagaba entre los católicos, esos curas locos de los arrabales y las misas campesinas, y enseñó a los militares chapines a meter en cintura al país, a defenderse de sí mismo. Así aparecieron los de Arkansas y los Ríos Montt, al que Ronald Reagan, en plena Guerra Fría, definió como un hombre íntegro. La Biblia y la ametralladora. 

Seis: chao, Portillo, chao 

Renoj conduce su troca por la Interestatal 278, la autopista que nace en el Bronx, salta a Queens, bordea Brooklyn, cruza el puente Verrazano-Narrows hasta Staten Island y muere al tocar Nueva Jersey —todos los distritos neoyorquinos, salvo Manhattan. En Brooklyn, a la altura de Sunset Park, la carretera flota sobre las calles, elevada sobre antiguos almacenes portuarios, naves industriales, casas adosadas bajas. A un costado se despliega la bahía, los cargueros que navegan hacia o desde aguas del Atlántico, al fondo las grúas del Jersey industrial; al contrario, se extiende el cementerio de Green-Wood, que entierra la historia todavía joven de la ciudad. Más o menos por ahí, Renoj rebasa el Metropolitan Detention Center. En voz alta, como si le fuera a escuchar, saluda a un viejo amigo:

—Chao, chao, Portillo, chao. 

Es un ritual: siempre que pasa por el MDC saluda al expresidente Alfonso Portillo, extraditado a Nueva York en mayo de 2013, condenado en 2014 por lavar dinero sucio en bancos estadounidenses —un soborno de Taiwán de 2,5 millones de dólares para que Guatemala no retirara el reconocimiento diplomático a la isla. 

—Y yo sé que él estaba encarcelado ahí, y cada vez que yo pasaba: ‘Chao, Portillo’.

Portillo cumple apenas año y medio en cárceles estadounidenses y en 2015 volverá a Guatemala gracias al ingenio de sus abogados y algo de ingeniería legal. El expresidente ya sabe bailar con la justicia: una noche de parranda mexicana en los años ochenta, descargó un revólver contra dos hombres desarmados con los que había tenido una trifulca etílica. Él huyó, el crimen prescribió y el mismo Portillo, con el tiempo, lo recordaría públicamente como una hazaña de juventud. A Renoj la condena estadounidense no le importa demasiado: el expresidente sigue siendo su favorito. 

—Tomó algún dinero, pero no del pueblo, fue dinero de Estados Unidos. La gente de Guatemala todavía cree en él, hizo mucho a favor de los pobres. 

Así que, en nombre de los pobres de Guatemala, lo saluda. 

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Pasan once años: 25 de febrero, 2026. 

Renoj viaja otra vez por la Interestatal 278. El furgón de ICE conduce desde Nueva Jersey a Brooklyn. Renoj ha pasado las 24 horas previas al traslado con el cuerpo amarrado, inmovilizado en un cuarto frío. Ahora tampoco puede moverse. Cuando al fin baja del vehículo y puede ver donde lo han traído sus captores, piensa que la vida da muchas vueltas. 

—Nunca pensaba que llegara algún día que yo llegara ahí en esa cárcel. 

El MDC no es un centro del ICE: es una cárcel federal. Es el reservado para los enemigos íntimos del país, los prisioneros de primera división: Nicolás Maduro, Diddy, Luigi Mangione, El Mayo Zambada. Renoj no alcanzará a conocerlos. 

—Cuando llegamos a Brooklyn nos dicen: ‘Nosotros sabemos que ustedes son civiles, pero aquí los vamos a tratar como criminales’. Ahí nos quitaron toditita la ropa y nos revisan y a algunos les tienen que abrir el trasero para ver si no traen nada por dentro. Allá sí hablan bien fuerte los morenos.

Comparte con otro recluso una celda pequeña con el baño dentro. Le ofrecen trabajar cinco horas diarias por un dólar. No acepta. No quiere trabajar para esa gente.

—Algunos se anotaron y dicen, como tienen acceso a la cocina, que alguna vez vieron a Nicolás Maduro, pero yo no. 

La comida mejora. Le dan incluso manzanas. Ya no puede acoger a los evangélicos en su celda como en el Delaney, pero hay un espacio para el culto que comparten con presos de otros dioses. Ahí también predica. Una vez utiliza su historia con el MDC y Portillo para un sermón.

—Les decía yo: mira, hasta donde la vida nos da vuelta. 

No se quedará mucho. Al mes de llegar, ICE lo levanta: una noche en Elizabeth, Nueva Jersey; dos horas y media de avión a Luisiana; un autobús directo a Mississippi; “prediqué una vez, solo una vez tuve la oportunidad, porque hay varios predicando allá”; una semana de detención; y aún otra más en Florence, Arizona, nomás a un par de horas de la frontera, su desierto querido, México desplegado sur abajo como un mal presagio. 

El 7 de abril lo montan a un avión con plaza para 250 guatemaltecos, que todavía volverá a pasar por Luisiana porque el ICE no ha apresado suficientes chapines en Arizona como para rellenarlo. 

Un vuelo con destino a Ciudad de Guatemala; la cabeza, a la fuerza, gacha; las manos amarradas a la cintura. 

–Mire, encadenados casi 24 horas porque nos quitaron las esposas y las cadenas faltando quince minutos de llegar a mi país.

Siete: un profeta 

Él aprende: la muerte es parte del trabajo. 

Los albañiles construyen en madera, a mano, los scaffolding — los andamios. Luego los trepan. Luego se ponen a trabajar. Luego el compañero pierde el equilibrio. Luego cae. Luego se rompe la cabeza contra el piso. 

Con el tiempo mejorará, a veces. Hoy, a finales de los 90, da gracias si te dan casco. 

—Muchos han muerto allá. Me acuerdo de algunos amigos que se han caído del scaffolding de madera que nosotros construíamos y no pasa nada, a la ciudad no le importaba eso. Nosotros los indígenas que hemos estado allá en Estados Unidos… a veces yo me doy cuenta de lo que me pasó, lo que Estados Unidos me hizo. Ellos no saben cómo nosotros hemos dejado la juventud allá. Hemos hecho trabajos forzosos que nadie puede hacer.

Renoj ha llegado hace poco a Nueva York. El enlace del coyote en la ciudad le ha encontrado casa y trabajo, pero no solo de pan vive el hombre. Teniendo empleo, necesita iglesia. Durante sus primeros días en esa ciudad desmesurada, Renoj acude a un templo puertorriqueño, pero los caribeños se mueven a otro ritmo. El peso de los servicios evangélicos recae en la música: la alabanza y adoración. Una banda que toca y un predicador que guía a través de los compases. Renoj va a destiempo. 

—Es el mismo Dios, pero ellos cantaban… Te voy a cantar un pedazo como cantan ellos:

Renoj entona. El beat es acelerado:

Y era una escalera que Jacob veía / y era una escalera que Jacob veía / ángeles bajaban / ángeles subían.

—Y no era nuestro ritmo, no nos acoplábamos. Por eso tuvimos que organizarnos y levantar una nueva misión diferente. 

—¿Y cómo es su ritmo? ¿En qué se diferencia del de Puerto Rico?

Renoj canta ahora piano, pausado, alarga las sílabas, baladeando:  

El espíritu de Dios está en este lugar. El espíritu de Dios se mueve… en este lugar. 

—Hay partes que cantamos así corridos, pero es menos que la de Puerto Rico. 

No es solo la música. Es la extrañeza de rezar en un acento ajeno, las variaciones en la doctrina, los guisos que comparten en las convivencias y no saben a casa. 

Necesitan su propia iglesia, sus canciones, su comida. Uno de los pastores, un puertorriqueño del Bronx, presta el nombre para el registro legal. En 1997, oficialmente, la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos abre sus puertas para atender a esa generación de mayas recién llegados de Totonicapán, Sololá, Quetzaltenango y el Quiché a los que la guerra y el hambre ha escupido lejos de Guatemala. 

Erick Salgado será el reverendo, la cabeza. Junto a su esposa, también formará a las próximas generaciones de predicadores. Construyen su pequeña parcela de cielo con decenas de iglesias, algunas en Guatemala. Renoj asistirá a sus clases durante tres años. Se apuntará en 2001; se graduará en 2004. Salgado le propone que vuelva a su aldea investido como líder religioso y abra una sucursal del templo. Renoj lo piensa, pero decide que no: eso sería hacerle la competencia a los  presbiterianos, los de Arkansas, su mujer.

En la nueva iglesia, por fin, se acompasa. Los miércoles dirige el culto, canta el avivamiento y la adoración. Se acostumbra a vivir a medio camino entre sus dos casas. Como él, la familia está dividida: en Guatemala quedan su esposa y cuatro hijos; en Nueva York su padre, dos hermanos y su quinto retoño, que en 2008 suspende el examen de acceso a la universidad y sigue a su padre hasta Nueva York, encuentra trabajo de plomero, se casa y engendra dos niñas: dos estadounidenses hijas de un guatemalteco sin papeles, nietas de un guatemalteco sin papeles. 

Serán las primeras de la familia con pasaporte del país de Trump. La mayor ya ha cumplido once años; la menor, apenas uno. En 2025 visitarán, como turistas, la Aldea Chajabal. 

—Mis hijos siguen hablando K’iche’. Lo que me doy cuenta es que mis nietos ya solo español están hablando. 

Renoj le agarra la onda al norte. Le gusta la comida de los italianos y la de los turcos. No le gustan los demócratas, el libertinaje ni los hombres que se besan en las calles, ofendiendo a los niños, desafiando a Dios. En las escrituras dice que eso es pecado.

—Lo que estaba pasando en Estados Unidos, estaba pasando en Sodoma y Gomorra en aquel tiempo, y tuvo que venir fuego del cielo para quemar a todos.

La primera vez que escucha a Donald Trump no le disgusta lo que oye. En la Iglesia hay quien lo mira con recelo, pero Renoj y algunos hombres comentan que ese millonario que sale tanto en la televisión sabe de lo que habla.

—Cuando entró Donald Trump, pues dice que hombre con mujer y mujer con hombre, o sea, lo que dice la Biblia. 

Renoj piensa que, si su país de acogida le permitiera votar, votaría por Donald Trump. Que el magnate tiene razón: hay mucha gente mala viviendo de los cupones de gobierno, tomando en lugar de trabajar, orinando en las esquinas, colándose en el metro, dañando a los Estados Unidos. 

—Yo creo que la migración y todo eso son cosas terrenales, pero proféticamente hay muchas cosas que trae Donald Trump. Si hay gente que toma, vandaliza, mándenlo a su país. Nosotros solo trabajamos, sacamos adelante el país, hemos dejado nuestra juventud, pagamos impuesto al gobierno. Solo vamos a trabajar, a la iglesia, a la casa, al trabajo, a la iglesia. No estamos haciendo daño. Aun la Biblia dice que Jehová es la tierra en su plenitud y todos los que en él habitan. O sea: no dice Estados Unidos, no. Pero también la Biblia condena a gente malvada, y yo entiendo eso: violadores o vendedores de drogas, agarren y mándenla a sus países.

Epílogo: al este del Edén 

Un avión que carga en las tripas 250 hombres amordazados aterriza en Ciudad de Guatemala. Ha despegado en Arizona, ha recalado en Luisiana para recoger más pasajeros y desde allá ha surcado casi 2.000 kilómetros de cielo en línea recta a través del golfo de México hasta Centroamérica: el destierro. A los reos les han dado unos sándwiches y algo de agua. Como llevan las manos atadas a la cintura, para beber tienen que encorvarse en el asiento. 

Sebastián Renoj vuelve a pisar Guatemala un 7 de abril de 2026 con el hambre atrasada de cuatro meses cautivo. Lo primero que hace en libertad es atragantarse en el primer Pollo Campero que encuentra abierto. Desde que lo sacaron del Metropolitan Detention Center, dos semanas atrás, viste los mismos pants y sudadera grises.

—La ropa traía todo un olor…

No deja que su familia le reciba en el aeropuerto; no quiere que lo vean así. Estrena su recobrada libertad en un hotel de la capital. Toma una ducha larga, duerme en un colchón en condiciones, se rasura en el barbero, se deshace del uniforme gris que huele a encierro, compra ropa nueva. 

Al día siguiente toma un autobús al oeste. Justo antes de llegar a la aldea, lo recibe Quetzaltenango. Ahí es el reencuentro. Hay llantos y abrazos. Han pasado ocho años desde la última vez.

Cuando en casa intenta narrar los últimos meses, siente escalofríos. Le atiende un doctor que diagnostica malos nervios y receta pastillas contra la ansiedad. 

—La realidad es un trauma, de verdad, porque yo he sido fuerte, fuerte, fuerte en este sentido, pero ni aún a eso, me afecta un poco la salud ahora. 

El plan es no hacer nada, no pensar, disfrutar de la familia, bajar a la ciudad a comer con su esposa. 

—Si me hago planes ahorita como que me hace recordar lo que me está pasando, lo que me pasó. 

En casa estudia su arresto con vocación de detective: analiza al detalle cómo fue, establece una cronología, baraja las posibles causas. Por su cabeza pasa una y otra vez la escena: el carro parqueado en doble vía a medio bloque del portal, los hombres que le rodean, la sensación de que lo están esperando. Todo se vuelve sospecha: las veces que intentó mandar dinero a Guatemala y el banco bloqueó la transferencia, aquella ocasión en que un policía lo multó por exceso de velocidad regresando de Jersey, la procesión que encabezó en octubre por el barrio. 

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Una tarde de enero, en el edificio gris del 1770 de Bay Ridge Parkway, Renoj ve el futuro. 

ICE acaba de agarrar a otro vecino del barrio. Renoj se sienta con su hermano, con quien comparte apartamento.

—Creo que las cosas, Pedro, se están poniendo bien difíciles. 

Renoj le da a su hermano los pasos a seguir si la migra lo agarra. Pedro se burla de él. Trata de restarle importancia a la situación. Poco días antes, Estados Unidos ha secuestrado a Nicolás Maduro de madrugada en un complejo militar de Caracas. Desde entonces, la televisión ha repetido los desafíos que el presidente venezolano lanzaba antes de su captura, aquel “vengan por mí, aquí los espero en Miraflores, no se tarden en llegar, cobardes”, que ha envejecido pronto y mal. 

Pedro se ríe del derrocado presidente y de Sebastián. 

—Tranquilo, tú, Maduro. ‘Vengan por mí, cobardes, no tarden en llegar’. Ya te parecés a Maduro, de qué estás hablando. 

Renoj dice que fue la última conversación que tuvo con su hermano. Tres días después, ICE fue por él. 

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Sebastián llama a Pedro desde Guatemala. Su hermano le dice que cree que los federales siguieron vigilando su casa durante varias semanas, que se ha mudado, que ha cambiado de número de teléfono, que ha intentado borrar su rastro. La familia que queda en Nueva York vive escondida desde que se llevaron al pastor.

Renoj habla también con Salgado y con los jóvenes de la iglesia, que le mandan algo de dinero y le dicen que están tristes, que los arrestos han continuado, pero ha vuelto el silencio. Los otros detenidos se van de Estados Unidos como llegaron: anónimamente, sin generar titulares, sus nombres solo registrados en bases de datos gubernamentales opacas y publicaciones en redes sociales que se pierden en el infinito digital. Solo se recuerdan sus historias, brevemente, en el servicio del reverendo Salgado. 

Renoj aún confía en Donald Trump como confiaba en Ríos Montt: el problema, dice, está en la mano ejecutora.  

Pronto se da cuenta de que en Guatemala no tiene mucho que hacer. Con sus hijos ya ha cumplido. El dinero neoyorquino ha pagado sus estudios: una enfermera, un paramédico, un maestro, una maestra. 

—Ya son profesionales, ya la mayoría hemos llegado al nivel casi del ladino. Ese era el deseo mío: que mis hijos no pasaran esto que pasamos nosotros.

En casa está de paso. En la aldea es forastero. 

—Aquí nadie lo conoce a uno después de tanto tiempo, olvídate, solo a la familia. Sinceramente, es una historia muy muy muy difícil cuando uno ha salido del país y te vienes como extranjero. Nadie te conoce, nadie te habla.

El pastor extraña el mundo ahí fuera, los paisajes a conocer, cruzar fronteras. Antes de cumplir el primer mes en casa empieza a buscar nuevos destinos. Vuelve a mirar al norte. 

—Yo quería mudarme para Canadá. Siempre me ha gustado aventurar. No abandonar a mi familia, quiero estar un tiempo, pero en el tiempo que estoy acá quiero estar tramitando algún papel. 

Una agencia le dice que Canadá no recibe a los deportados por Washington. 

—O sea, completamente destrozado, ni por el norte ni por Canadá me puedo ir.

Entonces recuerda: en la obra siempre ha trabajado con italianos. Le gusta su comida, su forma de ser, cómo hablan de su país. Comprende el idioma — “yo hablo como el 25% y entiendo el 50% de italiano” — y, en la lista de cosas a cruzar, aún no ha tachado el Atlántico. Nunca ha surcado el océano. 

—Quiero ver qué tan diferente es Europa con Estados Unidos, cómo son los derechos humanos. Porque ve, Estados Unidos habla mucho que de derechos humanos, que todo eso, pero no es así. ¿Cómo tratan a la gente inmigrante allá cuando la detienen? Peor que animales.

Renoj ha partido la vida entre el hogar y el camino. En el hogar es un extraño al que nadie reconoce. En las últimas tres décadas, ha pasado veinticuatro años en Brooklyn, seis en la Aldea Chajabal. Ya lo reclama el camino.

Ahora el norte está amurallado. Así que mira al este.

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Edición: Pablo García y Roman Gressier

Esta historia fue producida como parte del M.A. en el Craig Newmark Graduate School of Journalism. 

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La plegaria gringa de un pastor maya 

La plegaria gringa de un pastor maya 

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Tiempo de Lectura: 00 min

Sebastián Renoj nació en el altiplano guatemalteco y la pobreza extrema. De niño, su padre le enseñó a creer en el evangelio y a saltar fronteras. Se hizo predicador y carpintero. Durante tres décadas, construyó una vida a medio camino entre la Aldea Chajabal y Nueva York. Nunca tuvo papeles, pero confió en Donald Trump. En una madrugada de Brooklyn, conoció a ICE.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

Sebastián Renoj creció descalzo. “Pocas veces tuve estudio”. De niño cosechó algodón en fincas de otros, los brazos forrados de calcetines viejos que protegían la piel de la astilla. De adulto imaginó otra cosa para sus hijos. En esos tiempos de guerras y guerrillas en las sierras de Guatemala, él encontró al Señor: un Dios blanco y evangélico. Lo siguió hasta Estados Unidos. La noche de 1996 en que cruzó por primera vez el desierto de Altar pensó que ningún gringo rico contemplaría jamás aquel paisaje al que le había conducido el camino, y se pensó un pobre con suerte. En Brooklyn estudió la Biblia. Se hizo pastor por las necesidades del espíritu y carpintero por las del estómago. Pasaron treinta años: entre tanto, cuando Nueva York lo desgastaba, compraba un billete de avión, se presentaba en el JFK con el pasaporte en regla y volaba a su tierra en clase turista; permanecía un tiempo en casa con la familia que había dejado atrás y al rato volvía al norte a través de su desierto y los agujeros en la alambrada. 

Los años, la política, otras guerras, hicieron de cada salto una aventura cada vez más cara que la anterior, cada vez más exigente que la anterior, cada vez más arriesgada que la anterior. En cada uno de sus viajes Renoj encontraba los tres países que atravesaron su biografía cambiados. Para aquel día de 2018 en que el pastor vadeó por última vez el río Bravo, el mundo le recordaba a Sodoma y Gomorra. En Guatemala galopaban libres el crimen y la corrupción. En México, civiles musculosos con tatuajes y cuernos de chivo le cobraban peaje a los que como él caminaban desde el sur. En las calles de Estados Unidos, sin pudor, los hombres besaban a otros hombres. Él pensaba en la lluvia de fuego y azufre de la que hablaban las escrituras.

La primera vez que escuchó a Donald Trump, le pareció que aquel magnate rubio, bronceado y de lengua suelta tenía algo de profeta. 

Uno: la caza

15 de enero de 2026. El carpintero despierta antes que el sol. Se echa la capucha, se cuelga al hombro la mochila del trabajo. Sale del portal de ese edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Afuera lo recibe la helada, las seis de una mañana de invierno en Bensonhurst. En una hora lo esperan en Utica Avenue, ahí por donde termina el tren cinco. Como cada día colocará C-Joists, las estructuras de acero sobre las que se levanta el paisaje prefabricado del suburbio americano. 

Ese mes los compañeros y él erigen una casa de siete niveles. Renoj ya quiere terminar el exterior y trabajar dentro; a esas alturas de la temporada el frío sopla bravo para la calle. Eso va pensando. Pone rumbo al metro. No va a llegar. A medio bloque de casa, siente las linternas en la cara. De un carro en doble fila salen hombres armados y voces que reclaman papeles. Visten chalecos oscuros con acrónimos de mal augurio, siglas que preferiría no conocer, pero conoce. 

ICE, FBI.

Le ordenan que se identifique. Él obedece. No tiene antecedentes, nunca burló la ley, si acaso un par de multas de tráfico. Todo el tiempo libre lo ocupa en la iglesia. Lleva quince años pagando religiosamente sus impuestos. Se siente tranquilo cuando enseña la licencia de conducir. Los federales la escanean.

—Tú saliste del país en 2016.

Lo esposan, lo encadenan, lo suben a la furgoneta.

—Ahí fue que me di cuenta que Motores y Vehículos comparte información a ICE.

Antes de regresar a Manhattan, los federales conducen un rato más por el barrio. Buscan a otros como él: madrugadores, vestidos de albañil, rasgos de otros rumbos. Saben que esa zona de Bensonhurst es hogar de guatemaltecos evangélicos. Lo saben porque no es la primera vez que van. Esa gente es diana fácil: no se resiste, no habla con la prensa, no denuncia. Como la mayoría cruzó la frontera sin avisar a nadie en Washington, y como todos aquí tienen familias que hicieron lo mismo, y como son gente poco acostumbrada a la atención, se dejan deportar en silencio. La escena es rutina: patrullas de hombres anónimos en carros sin luces de emergencia ni sirenas, camuflados de civil, rondando las primeras horas del día, a la caza.

La furgoneta desemboca Bay Parkway abajo en unos grandes almacenes a orillas de la bahía de Gravesend. En el estacionamiento los federales se reagrupan con el resto de compañeros que esa mañana han peinado el barrio. Ha sido una jornada productiva. Vuelven al centro con Renoj y otros seis hombres como botín. Siete mayas menos en Brooklyn.

Ya están en Federal Plaza. La migra pretende que Renoj firme su deportación aquí y ahora, rápido y limpio, órdenes de arriba.

—Yo les dije que no debo nada, yo pago impuestos, yo tengo que hablar a un abogado, algo tengo que hacer.

A regañadientes aceptan. A las once de la mañana le permiten hacer una breve llamada. Renoj marca a su hijo. Le dice lo único que, en ese momento, sabe a ciencia cierta: que lo tienen retenido en Manhattan. 

Luego cruzan el Hudson. Ya es de noche. Conducen a través del paisaje sucio industrial de los polígonos de Nueva Jersey: hileras de postes eléctricos, vías de tren que ora cortan la carretera ora corren paralelo, naves de cemento, camiones que se incorporan y una furgoneta camuflada de civil que se desvía a la altura del 451 de la avenida Doremus, recién pasado el correccional del condado de Essex. Mercancías que salen y hombres que entran. 

Si frente al centro de detención de migrantes del Delaney Hall no estuviera ese solar de cemento, tanques de gasolina y óxido, desde la alambrada Renoj divisaría la bahía de Newark.

Al día siguiente, un abogado solicitará un Habeas Corpus, argumentará que los oficiales de ICE no contaban con orden de arresto ni atisbo de delito, que no le leyeron sus derechos, que tampoco respetaron las leyes migratorias ni la cuarta ni la quinta enmienda de la Constitución, denunciará que esa detención es ilegal, dirá que Renoj debería estar en la calle. Un juez agendará la audiencia de fianza: el 29 de enero. Dará igual. 

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Ahí queda el carpintero. De vuelta en Bay Ridge Parkway la suerte del pastor corre boca a boca, teléfono a teléfono. Para cuando la noticia alcanza el deli de M. y su padre, a un par de cuadras de donde se han llevado a Renoj, el ritmo de una mañana de jueves ha borrado su rastro.

—A él lo agarraron bien temprano. Ya a la hora que pues nosotros nos enteramos no había nada de policía, nada de ICE ni nada de nada. Ya era como que normal.

Hace tiempo que M. y su padre leen en los grupos de Facebook guatemaltecos que el ICE ha agarrado a este o aquel. Ya han empezado a creer que Donald Trump no va a cumplir su promesa de arrestar solo a criminales. Ya los vecinos se avisan por mensaje de avistamientos de posibles federales. Ya se teje una red subterránea — virtual — que vela cada carro sospechoso, cada tipo fornido con gorra y gafas de sol que pasea por el barrio.

Al padre de M. aquí le dicen ilegal. A M. no: ella nació en los Estados Unidos hace veinticuatro años, tiene un pasaporte con su cara y su nombre estampados que lo acreditan. Eso no la tranquiliza mucho. Se ha enseñado a evitar las estaciones de metro a primera hora. Se guía por un mapa mental de calles a evitar. Una ya vive mirando por encima del hombro.

—Los que nos parecemos latinos, específicamente latinos indígenas, como yo acá —o sea me veo indígena, pues— están agarrándonos a todos sin preguntar. ¿Sí ha visto en las redes sociales? ¿Sí ha visto en la noticia, que agarran a todos sin importar si son ciudadanos o no?

Hasta ahora los arrestos han sido fotografías en el celular, ideas sin cuerpo. Esta es la primera vez que entre los detenidos M. reconoce una cara; que la imagen en la pantalla tiene un nombre y un apellido que en casa significan algo.

Renoj es vecino; lo conocen de la iglesia. El cerco se estrecha. M. busca la manera de revolverse.

—Yo me quedo aquí porque este es mi país, es mi casa. Aquí nací, aquí crecí. Como ciudadana tengo la voz y ese poder, lo que otros inmigrantes ilegales no tienen, de defender si algo llegara a pasar por acá. Obviamente no me voy a meter para que luego ICE me agarre, o pasa lo que se ha visto en Minnesota, que mataron a ciudadanos, pero poder, no sé, grabar, documentarlo, tratar de sacar la información de la persona que se están arrestando, nombre, número de teléfono, cosas así. 

Los mayas evangélicos de Bensonhurst han aprendido de resignación antes que de queja. En los servicios del fin de semana, el reverendo Erick Salgado siempre recomienda: 

—No se metan en problemas con la ley; hagan las cosas bien; no guíen sin licencia; no guíen ebrio; obviamente, no roben; no hagan cosas malas; pórtense bien. 

Últimamente, añade: 

—Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás de todo el mundo. 

Esta vez, sin embargo, una línea se cruza, algo se rompe: sí están yendo detrás de todo el mundo. 

Detrás de ellos, que confiaron en Trump y su promesa de limpiar las calles de criminales — de las pandillas que tan mala fama les dan. Ellos, que cuando vieron a sus esposos, hijos, hermanas, sobrinas, subir un día a las vans del ICE, aún pensaron que la Iglesia sería el último santuario. Ellos, que se han enterado por las redes sociales de que ha caído Sebastián Renoj, diácono de la congregación, ese hombre bajito que en su tiempo libre arreglaba los rotos del templo, y en los servicios predicaba y cantaba las alabanzas, y durante la pandemia repartió comida a quien tenía hambre. 

Bensonhurst es un barrio de migrantes: generaciones tras generaciones que un día soñaron el sueño americano y cambiaron la tierra en que crecieron por un hueco en la periferia de otro lugar. En la misma avenida se suceden delis chapines, restaurantes takeout con rollitos de primavera y burritos norteños, sopas vietnamitas, sandwicherías italianas, sastrerías de huipiles, tacos la Lupita. 

Este es un Nueva York diferente en el que la concejala de distrito nació en Shanghái y los que en las últimas elecciones pudieron votar presidente, votaron presidente a Donald Trump a la contra del resto de la ciudad. La misma mano que trazó el todo plano neoyorquino diseñó estos bloques a escuadra y cartabón, pero aquí recortó presupuesto: menos ladrillo, más C-Joists, menos vidrio, más contrachapado. El Nueva York deslucido — el Nueva York obrero. 

Manhattan es una silueta ambigua en el horizonte, una quimera de lujo y exceso y rascacielos a 15 kilómetros de aquí: la última frontera, la que no logró sortear toda esta gente tan acostumbrada a saltarlas. 

Esta es la periferia del centro del mundo. 

Un día después del arresto de Sebastián, el reverendo Salgado organiza una rueda de prensa en el portal del edificio de apartamentos gris del 1770 de Bay Ridge Parkway. Ante las cámaras dice: no es justo. La noticia nacerá y morirá ahí. Otros titulares urgentes reclaman atención. En Minneapolis la migra está a los tiros y todo el país siente las réplicas. Son tiempos acelerados y salvajes que no entienden del luto de un puñado de indígenas en un confín de Nueva York. Y el reverendo Salgado, aunque tan solo sea por dejar constancia a la posteridad, repetirá cuando se le pregunte:

—Están pescando, sí, están pescando en este barrio.

Dos: la paz lejana  

Una noche de julio del 96 cruzando el desierto de Altar, Sebastián Renoj ve cactus, serpientes, muchas estrellas y ninguna patrulla. Un coyote lo guía hasta al otro lado. Van en grupo, todos caminando, llevan comida, llevan bebida. Renoj trae en las suelas el polvo de los 3.000 kilómetros que lo separan de casa. Ha atravesado México por extravíos, carreteras secundarias — “porque si íbamos en los caminos principales de seguro la migra nos agarra” —, en combis que rodean pueblos pequeños y campos grandes hasta el DF, y de allá en adelante en un autobús que conduce rumbo noroeste, se adentra en el estado de Sonora y lo deja, por fin, por primera vez, a las puertas de la frontera. 

Esa madrugada se le ocurre que es un hombre con suerte.

—Ni un propio rico millonario va a pasar por un desierto que, ja, solamente tú como pobre lo puedes ver, esa maravilla de Dios.

En casa está a punto de terminar la guerra.

Casa: Aldea Chajabal, municipio de San Andrés Xecul, departamento de Totonicapán, altiplano occidental de Guatemala.

Esa Navidad se firmará la paz. Renoj no la ha conocido. Cuando nace, en enero de 1969, los tiros —en los periódicos le dirán el conflicto— truenan hace una década. Cuando se casa, en marzo de 1986, hace años que los militares arrasan la tierra. Él cree que ha tenido suerte: ha visto las armas más de lo que las ha escuchado. Los soldados desfilan por el pueblo sin detenerse mucho tiempo. Desde el Palacio Nacional ordenan que los campesinos patrullen las noches de la aldea a la caza de guerrilleros. A su padre le toca salir, qué remedio, en esas incrédulas rondas caseras armadas de machetes y escopetas de caza. 

—Era un susto.

Siempre regresa entero. Muchas noches solo fingen patrullar y, en realidad, se la pasan platicando en casa de alguno, haciendo tiempo hasta que los releva la mañana. 

—El mismo pueblo indígena se había organizado y los llamaban a ellos guerrilleros. A muchos acá los habían desaparecido. La mayor parte éramos de acuerdo con la guerrilla porque peleaban por los derechos de los pobres. No podemos combatir entre la misma gente sabiendo que están haciendo el bien. 

Renoj alcanzará Nueva York antes que la paz Guatemala. Como en la aldea no hay teléfono, compra una grabadora y cintas de casete de 90 minutos. Habla solo y la grabadora escucha durante hora y media. Luego manda la cinta a casa por correo. En tres días sus monólogos resuenan por las cumbres de la Aldea Chajabal. A las respuestas les toma dos semanas bajar del Altiplano y subir hasta Brooklyn. Así, y por la televisión, se entera de los acuerdos que el Gobierno y la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca firman en la capital. No significarán mucho para él.

—Ahora me doy cuenta que solo Dios da la paz. Ni porque ahora se firme la paz, es una paz del hombre, pero hay mucha delincuencia ahora por falta de trabajo, por falta de todo. Va siendo lo mismo.

En Guatemala tras el conflicto faltan 200.000 vidas. El Gobierno las llama el enemigo interno. La mayoría tenía sangre maya y se parecía más a Renoj que a Ríos Montt, un general ladino con el bigote poblado de los dictadores latinoamericanos al que la historia sentenciará por genocida. Ríos Montt nació en Huehuetenango, en el seno del Altiplano, se arrodilla también ante un Dios blanco y evangélico, y ha aprendido exterminio con los americanos. Dicen que una vez dijo: “Un cristiano debería llevar su Biblia y su ametralladora”. Si no lo dijo, lo aplicó: versículos para sanar la enfermedad del comunismo, plomo para ovejas negras. 

A Renoj, el general, le gusta. 

—Él tenía una misión de comandar y hacer bien al país. Ríos Montt tenía buenas intenciones e hizo cosas buenas, pero fue el ejército el que dio el golpe de Estado. La mayoría de los comandantes, ellos hacían daño al país. 

—Él daba las órdenes.

—Ajá, él daba las órdenes. Pero recuerde que cuando dan las órdenes no todos lo hacen cumplir. Todos le dan la culpa al presidente, pero realmente fueron los soldados.

En ese tiempo a mediados de los años noventa en que la guerra ya muere pero aún mata, muchos, miles tras miles, ya llevan una década poniendo rumbo al norte. El padre de Renoj se marcha primero, en el 94, y manda a casa recado. Desde mediados de los ochenta, Renoj ha conducido autobuses en Quetzaltenango, la segunda ciudad del país. En ese empleo se ha unido a un sindicato y ha temido las represalias. Los coyotes con conecte en el pueblo le prometen el boleto a Brooklyn por 1500 dólares. 

Dice que de Estados Unidos, antes de llegar, solo conocía el dólar. 

—Si nosotros estuviéramos informados, tuviéramos papeles ahora, porque antes del 98 había oportunidad de un asilo hacia nosotros. Yo estuve sindicalizado y mucho tiempo hubo persecución al sindicalista. Y si yo hubiera pedido refugio por eso, ahí sí, pero como no teníamos información… El pensamiento de nosotros de ir a Estados Unidos era, para que tú entiendas: ‘Ah, unos tres años, me hago mi casita y mi capital y me vengo’. Ese era el pensamiento. No era de quedarse.

Tiempo después en Nueva York un abogado le informará de que la única manera de conseguir los papeles es casarse con un ciudadano americano.

—Y sí es verdad y no pasa nada y todo eso, pero siempre he sido religioso: el matrimonio es sagrado. Prefiero lo que me está pasando que casarse solo por papeles. Aún el abogado me dijo que había oportunidad de hacer algo inventando que me están extorsionando, pero es que la Biblia me dice a mí que una mentira es pecado. Si fuera cierto pues no tengo miedo a denunciar, pero no quiero tener un papel por mentira. No está bien eso, no es bendición de Dios.

En Brooklyn encuentra trabajo e iglesia. En 1999 escucha rumores apocalípticos, extraños presagios sobre el milenio que se viene: un problema con los ordenadores, los ceros “y no sé qué”. Renoj razona: si se viene el fin del mundo, que le agarre en casa. Allí ha dejado a su esposa y a cinco hijos a los que quiere dar una educación universitaria; que sus manos nunca lleguen a conocer la astilla del algodón en fincas de otros. 

Vuela a Guatemala a tiempo para presenciar cómo el partido del general de la Biblia y la ametralladora aúpa al poder a Alfonso Portillo, un abogado al que los años y la corrupción arrastrarán al otro lado de la ley y la frontera, frente a un tribunal en Nueva York — pero eso vendrá luego: a finales de siglo, a Renoj le ilusiona el candidato. Vota por él, celebra la victoria. Se convertirá en su presidente guatemalteco favorito junto a Vinicio Cerezo (1986-1991), el hombre que puso rostro a la transición a la democracia tras las décadas armadas. 

En 2001, Renoj regresa al norte. Consigue una visa para cruzar a México legalmente. Por vez primera, contempla la inmensidad del Distrito Federal a vista de pájaro. Cuando el avión aterriza, salta a un autobús hasta la frontera. No se irá solo: ha comenzado un éxodo que drenará el país, una peregrinación que en pocos años doblará y triplicará en números a los muertos de la guerra, pasos casi siempre dirigidos a los mismos rumbos que llenarán Guatemala aún más de ausencias. 

Renoj cruza por Agua Prieta, Sonora. En Douglas, Arizona, le recoge un conecte del coyote. El precio es el doble que cinco años atrás.

En Nueva York saborea tiempos dulces. Libra sábado y domingo. 

—Siempre he tomado la vida fácil. Ha habido oportunidad de trabajar siete días, pero no he maltratado el cuerpo porque no quiero eso.

El trabajo es duro pero lo disfruta. Cada vez que compra una herramienta eléctrica piensa que apenas ahora le llegan los juguetes que no pudo tener de niño. Pasa mucho tiempo en la iglesia, cortafuegos contra el pecado, la nostalgia, el trago y esas enfermedades del alma que aquejan a sus compañeros.

—Por eso nuestra gente muchas veces pasan en estos sentidos tomando, porque no saben dónde poder desahogarse. 

Eso, la soledad, es el único mal que las herramientas eléctricas y la Biblia no palian. Solicita varias veces una visa para su esposa, pero Washington invariablemente la deniega. Ese año comienza a estudiar teología bajo la tutela del reverendo Salgado. Se titulará en salmos en 2004 y volará a Guatemala a celebrarlo. 

En su país, a Ríos Montt le ha sabido a poco el poder en la sombra de los años de Portillo y se presenta a unas elecciones que comienzan en 2003 y terminan en 2004. Renoj llega a tiempo para la segunda vuelta. Vota por su hermano evangélico. 

—Si hubiera ganado ya con la democracia, creo que sería un gobierno bueno.

Ríos Montt pierde en las urnas contra un candidato al que apodan El Conejo por la lotería genética de unas orejas picudas, Óscar Berger. Durante dos años, Renoj escuchará promesas de democracia, limpieza, desarmes. También habrá titulares que dicen “Detenido por narcotráfico el jefe de la lucha antidroga de Guatemala” o “La violencia se adueña de Guatemala”. 

En casa, Renoj recupera con la familia los dos años de tiempo perdido. En 2006 el bolsillo aprieta de nuevo. El camino llama. 

Al cruzar a México el coyote lo sube a un tráiler con otras 200 personas: doce horas hasta Puebla sofocado entre cuerpos desconocidos, sudor y sed, luego otras treinta y seis horas a la frontera, solo con galones de agua que, cuando se vacían, usan para orinar. La única ventilación son unos agujeros en la base del camión por los que, cuando rueda, entra el aire. Esa es la parte fácil. La difícil llega en los retenes, donde la migra los inmoviliza por horas. Entonces tienen que tapar los agujeros, macerarse, respirar flojito, guardar silencio, ni pestañear. 

—Eso sí que era un sufrimiento. 

Esa vez, de México verá poco más que el asfalto y las ruedas del tráiler bajo sus pies, “las carreteras que van pasando”. 

Una década después de la primera vez volverá a cruzar la noche del desierto de Altar. El coyote reclama 5.000 dólares por el viaje completo. Quizá por el mal cuerpo que le ha dejado el tráiler, quizá por pura inercia, Renoj cumplirá su etapa más larga en los Estados Unidos: diez años, uno detrás de otro, alejado de la Aldea Chajabal.

Tres: los chicos del Delaney

El predicador entona su alabanza en medio de la celda. La voz encuentra eco en los muros desnudos. Los únicos muebles, contra las paredes, son las literas. La habitación es lo suficientemente grande para acoger a treinta, cuarenta, cincuenta presos: los evangélicos. Como no tienen instrumentos, el pastor salmea a capella y decenas de gargantas reclusas le responden. Cada día, a las siete de la tarde, Sebastián Renoj canta en español sus canciones, sus himnos de esperanza y redención, para los chicos del Delaney Hall.

No pasó mucho tiempo desde que ICE arrojó a Renoj al Delaney hasta que los presos descubrieron que ese hombre conocía las escrituras. Los reclusos evangélicos ya acostumbraban a celebrar sus servicios. Ahora también tendrían un predicador como Dios manda, o mandado por Dios.

—Rápido me detectaron que sé mucho de la Biblia. Entonces me pusieron a predicar. Ya se reunían ahí, pero solo cantaban, no hay mucha gente que sabía de la Biblia.

Renoj cumple, incluso ahí dentro, su misión. Lee la Biblia por las mañanas para preparar las tardes, matar el tiempo, exorcizar malos pensamientos. Sus compañeros juegan a las cartas o ven la televisión en la sala común. Si tienes dinero, puedes comprar algo de libertad: hay teléfonos y tabletas, ventanas virtuales al exterior, disponibles a cambio de unas monedas. A las cinco de la mañana desayunan, a las once almuerzan, a las cuatro de la tarde cenan: una carne molida, como pasada, con frijoles templados y papas mal cocidas. Renoj pasa frío y hambre. Para el final habrá perdido siete libras, que no parece demasiado, pero de partida tampoco había mucho que perder. 

Cuando no conversa con los compañeros sobre sus vidas, de dónde vienes, cómo es que has acabado aquí, repasa las escrituras. A veces se le atraganta un salmo. Solo cuenta con una Biblia corriente. Su edición de estudio, con sus notas, las explicaciones garabateadas en los márgenes, quedó en Brooklyn. Cuando eso pasa, llama a su hijo ahí afuera, y él busca la respuesta. La fe parece la única certeza esos días. 

Un día le visita un viejo amigo, el reverendo de su iglesia, Erick Salgado, un puertorriqueño del Bronx que siguió los inescrutables caminos del Señor hasta el rebaño guatemalteco al final de Brooklyn. De tanto rodearse de chapines, ha asimilado los dejes del acento, las inflexiones, algunas palabras en K’iche’. Él le ha enseñado la Biblia a Renoj. Con él predicaba en el templo. Para poder ver a su discípulo los quince minutos de permiso, Salgado espera cuatro horas frente a la mole gris-patíbulo del Delaney. Una nieve embarrada cubre las calles. Los -11°C de un invierno envalentonado arañan la piel.

Renoj le cuenta que está cansado, que en Delaney le dan mal de comer, que pasa frío. Ha cumplido 57 años en la celda. Él, que le ha apostado la vida a saltar muros, no sabe funcionar entre rejas. Su abogado le dice que puede devolverle pronto a las calles. Renoj no confía en él. El 29 de enero, en su audiencia ante el juez, Renoj retira su petición de fianza. 

Estados Unidos le ofrece dos salidas: por las buenas o por las malas. Por las buenas te vas tú. Por las malas te echamos nosotros. Renoj elige la primera.

El resultado será el mismo. Le aseguran que así, si lo hace bien, puede regresar a Nueva York en el futuro, con papeles, todo en orden. Si le expulsan contra su voluntad, tendrá prohibido pisar el país en diez años.

Firma una deportación; su deportación. En la documentación oficial dice “voluntaria”.

—Me informé con abogados ahora: corren igual los diez años aunque salga uno voluntario. Hablé con un abogado ahora y me dijo: ‘Eso te dice ICE, pero es lo mismo’.

Salgado entiende la decisión. La de Renoj no es la única ausencia en los servicios. Los más jóvenes se alistan al ejército con la esperanza de canjear los años de permiso por papeles para sus familiares. Y rara es la semana que ICE no pesca algún fiel. 

Renoj pasa 40 días en el Delaney Hall y predica en su celda 35 tardes. Durante el tiempo que lo habita, el Delaney pasa más o menos desapercibido entre toda la red de centros de detención — argot burócrata para no decirle cárcel a la cárcel — que ICE extiende a lo largo y ancho del país. Unos meses después, los eufemismos ya no funcionarán, y el Delaney simbolizará la rabia nacional contra las mazmorras de la migra. Alrededor de 300 presos, cansados de sufrir lo que Renoj ha sufrido, declararán una huelga de hambre. Hablarán de gusanos en la comida, agresiones sexuales, citas judiciales que nunca llegan, presiones para firmar la autodeportación. Habrá protestas diarias frente a sus muros. GEO Group, la empresa privada a la que ICE paga miles de millones de dólares a cambio de gestionar por ellos decenas de sus calabozos, cancelará sin razón ni aviso las visitas familiares, prohibirá el paso a los periodistas y se lo negará a miembros del Congreso, pese a que la ley diga que eso es ilegal.  

El último martes de febrero, a Renoj un guarda le avisa: “Hoy toca transfer”. Del tercer piso lo bajan al primero. Los celadores comprueban que todo está en orden, le devuelven sus enseres, el dinero que llevaba encima cuando lo agarraron. 

—Yo pensaba que ya venía para Guatemala, porque ahí no te dicen nada. Los transportes son de otra compañía de seguros privados. Y ellos dicen: ‘Nosotros no sabemos nada’. Solo manda ICE. 

Lo esposan, le encadenan la cintura, le engrilletan los pies. 

—Apenas puede caminar uno.

En un cuarto frío transcurren así 24 horas; cada dos, pasan lista. El 25 de febrero, ICE lo vuelve a subir a un furgón. 

Cuatro: yo conocí a los Zetas

El paisaje es de mezquites, nopales y arbustos tan secos como un desafío al fuego. El suelo es árido; el viento, cuando sopla, denso y caliente como escape de carro viejo. Ya llegando a Nuevo Laredo, en una carretera secundaria, el tráiler topa el retén. Estos no son militares, piensa, pero lo parecen. No tienen camionetas con logos oficiales, pero la carrocería se ve blindada. Los hombres imponen: así tan fuertes, tan tatuados, con esos cuernos de chivo con los que les apuntan a modo de saludo. 

A esta tierra llamada Tamaulipas las malas lenguas le dicen Mataulipas por toda la matazón que ha albergado. 

El coyote ya avisó:

—Este viaje te va a salir bien carísimo porque nosotros tenemos que pagar a los Zetas, más el brinco en la frontera, pero vas a pasar seguro. 

Es 2018. Renoj ha pasado con su familia los dos años de siempre, los de rigor, el descanso del guerrero, hasta que las facturas se acumulan y la carretera vuelve a convocarlo. Despegó de Nueva York el mismo año que Donald Trump ganó por primera vez las elecciones y, en Guatemala, sus compatriotas eligieron también nuevo presidente: Jimmy Morales, un actor y cómico que recicla las mismas viejas promesas de democracia y justicia, y con los años enfrentará las mismas viejas acusaciones de corrupción.

Este boleto al norte ha costado 15.000 dólares. Los carteles se reparten a bala la plaza caliente de las rutas migratorias. La violencia se ha hecho industria y la última letra del abecedario aterroriza México: se dice que son desertores del Ejército, veteranos del terror que cobran impuesto revolucionario a los que como Renoj caminan desde el sur; se dice que si no pagas te levantan, te ponen la madriza de tu vida, ora acabas colgado de un puente, ora en un tambo de ácido, ora te desaparecen y nadie nunca te vuelve a ver, ora te aparecen con una bala en la nuca en un predio remoto, ora en pedacitos, ora vivo pero con déficit de extremidades porque, si no tienes dinero para el coyote y los zetones, siempre puedes probar tu suerte en un tren de mercancías al que apodan cariñosamente La Bestia, que cabalgan miles de sur a norte y, de tanto en tanto, te descabalga. 

El pastor ya ha escuchado hablar de todo eso antes. Un familiar intentó atravesar México sin pagar su tributo; los Zetas lo secuestraron hasta que la familia giró un rescate de 50.000 quetzales, ahí más o menos por los 6.500 dólares al cambio. Renoj sale de casa con una idea:

—Creo que los Zetas si no pagas definitivamente te matan.

El sur se navega fácil. En camiones pequeños va de Guatemala al sur de Chiapas, y luego allá por las montañas de San Cristóbal de las Casas conducen un día y una noche hasta Puebla, y luego un taxi a Tlaxcala, y un autobús al DF, y luego luego un tren al Estado de México, y ahí en el municipio de Zumpango tres días de espera, matando el rato entre parques y mercados, tranquilo porque se camufla entre la multitud —“nos parecíamos a los mexicanos, no nos reconocían que somos de Centroamérica”— y después un tráiler, como doce años atrás, pero esta vez solo viajan cuatro en la cabina, y tienen hasta una cama para tumbarse, “entonces es más divertido”. 

Lo cabrón es el norte. El coyote les ha dado instrucciones y una contraseña. En algún lugar a las afueras de Nuevo Laredo el retén de zetones los desvía hasta esa casa vieja a la orilla del camino, con un montón de carros, buenos carros, en el parqueadero polvoriento. Es la frontera antes de la frontera. 

Ahí los bajan del tráiler. Ahí dentro están los hombres tan musculosos, tan altos, tan bravos, “se ve que son adiestrados”, al hombro los cuernos de chivo, nada de chavos, no, treinta, cuarenta, cincuenta años. 

—Cuando ellos nos cuentan cuántos somos, ellos no cuentan con la mano, cuentan con la pistola puesta: ‘Uno, dos, tres, cuatro, cinco’, pero apuntando con la pistola, contando cuántas personas se reportaron y cuántas personas tenían que pasar, porque allá no pasa ni uno si no está reportado. 

Todo en orden. Ya están a punto de marchar cuando uno de los zetones repara en Renoj, que cansado de cargar con todo a cuestas, no lleva mochila, ni zurrón, ni tan siquiera una bolsa de plástico con algo de comida y bebida para la noche que tiene por delante. El zetón le mira, extrañado, e increpa:

—Oye tú, no llevas ni una mochila. Tú vas para el norte. ¿Cómo te vas a llevar el agua para pasar el desierto?

—Ah, yo compro allá en la frontera.

Y el zetón nomás se ríe. 

—Buena suerte. 

A poco de ahí corre el río Bravo, que desde que toca El Paso y Ciudad Juárez, al oeste, hasta su desembocadura en el golfo de México, al este, hace las veces de frontera. Renoj se pone un chaleco salvavidas, sube a una balsa hinchable y lo surca hasta la orilla estadounidense. 

—Pasamos el río tranquilito.

Pasará mucho tiempo sin que cuente esa historia. Cuando casi una década después la recuerde, se dirá:

—Yo conocí a los Zetas. 

Cinco: el hijo del migrante, la hija del pastor 

Poco antes de Navidad las camionetas aparecen por el pueblo. Las mandan los finqueros. En la costa es temporada de cosecha. Algunos, muchos, saltan a los carros y parten hacia el suroeste. Renoj tiene nueve años, quizá menos, la primera vez que su padre lo lleva con él. Son varias horas de camino. La finca se llama La Gomera Escuintla. Ahí es bien diferente a la aldea, bien caliente. 

Al llegar a los campos se instalan en galeras de lámina. Con los mismos costales que rellenarán de algodón — porque aquí se cobra por costal, al peso, por libra, por quintal trabaja uno — improvisan hamacas que cuelgan entre las columnas de madera, cuando no colchas sobre el puro piso. Cada uno su pedacito, dos o tres varas de espacio por jornalero, unos dos metros y medio. Luego salen para las fincas.

Renoj, que ha crecido descalzo, recuerda con los pies: la tierra ardiente en las plantas, los dedos abrasados, el polvo caliente en cada poro, la piel que se vería roja si no se viera embarrada. Llevan calcetines viejos, pero esos son para los brazos, “haces unos agujeros para ponerlo en la mano para que las conchas que tienen las algodoneras no lo lastimen a uno”. 

Saben que ha llegado el día de Navidad porque ven los cohetes en el cielo a lo lejos. Ellos no celebran. Como mucho, comparten unos paches, unos chuchitos.

—Yo crecí en una pobreza, extrema pobreza.

Pasan un mes y medio cada año en las fincas: las camionetas los recogen a principios de diciembre, los devuelven a mediados de enero.

—Ve que allá en Estados Unidos el hispano es muy señalado, pero aquí siempre somos el indígena, siempre hay una diferencia, siempre nos hacen bullying.

Más o menos por esos años —los siete, los ocho, los nueve, quién sabe ya— sus padres le compran su primer par de zapatos, pero solo para ir a la escuela. Está prohibido usarlos para nada más. Renoj se calza para ir a clase y se descalza según vuelve a casa. También se quita la ropa buena, la del colegio, antes de salir a jugar. 

—El resto del día, descalzo y ropa rota. 

En ese tiempo la Aldea Chajabal es un pueblo construido en adobe, asfaltado en polvo, cercado por bosque. Renoj llevará para siempre la terracería marcada en el cuerpo, el hueso del pulgar del pie derecho desviado de aquella vez que fue a rematar la pelota y remató el suelo. Ahí se erigen iglesias, muchas, distintos apellidos del mismo Dios. Ahí hay más fe que maíz, que papa, que frijol. Por eso los hombres se van. Hacia el oeste todo es caída hasta el Pacífico: ahí, en el calor y el llano, crece ese algodón que astilla las manos. Hacia el este todo es sierra: ahí es fértil la guerrilla, que es una respuesta al algodón que astilla las manos y a las iglesias, muchas. Hacia el norte hay fronteras: ahí está el futuro.

A los seis años Renoj conoce a Dios en una iglesia del pueblo fundada años atrás por unos misioneros blancos que hablan inglés y vienen de un lugar trabalenguas llamado Arkansas City, dentro del estado de Kansas, cerca del estado de Arkansas. En los servicios, aún así, la Biblia se traduce al K’iche’. A los ocho Renoj se convierte al evangelio. Tanto tiempo pasa allí que estrecha lazos con el predicador y su familia. Tanto le gusta el templo y su rebaño que va a enamorarse de la hija del pastor. 

El año en que Renoj cumple quince suceden dos cosas importantes. Una es que aparecen por el pueblo los misioneros de Arkansas, que han preparado un coro para ellos en español, y disfrutan cuando Renoj y los suyos les responden con un coro en K’iche’. La otra es que Renoj padre lo lleva con él, por primera vez, a cruzar una frontera. Abordan un autobús en Quetzaltenango que rueda por la costa hasta un lugar llamado Ciudad Tecún Umán, que en realidad es un pueblo, el último de Guatemala, poco más que un cruce de caminos bañado por el río Suchiate. Van a trabajar dos meses como albañiles bajo el bochorno tropical de Tapachula, la primera gran ciudad del mexicano estado de Chiapas, que ya acostumbra a recibir forasteros muchos años antes de que alguien la llame cárcel a cielo abierto de migrantes. Se alojan en la construcción que erigen, en las mismas galeras donde se almacenan los materiales de obra. 

—Dormíamos siempre en el piso, pero ya es en la ciudad, y como es calor no tanto se siente. 

Como no hay tierras que legar, de su padre hereda el espíritu aventurero. Así conoce Renoj México. Así aprende a irse y a volver. Así comprueba que fuera del mapa las fronteras son ríos vadeables.

—Mi papá nos ha enseñado mucho la inmigración.

Algún tiempo después de regresar, Renoj se casa con Luisa Ordóñez Cux, la hija del predicador. Ella ha heredado la vocación del padre y se ordenará líder de dama en la iglesia de los de Arkansas. Cada cierto tiempo, los misioneros estadounidenses los visitan. 

—Me acuerdo de ellos: de esos americanos que llegaban en Navidad. 

A los americanos siempre les ha gustado Guatemala. Primero mandaron a la United Fruit Company, que durante décadas plantó tantos bananos que a la joven república la decían bananera, y durante décadas extendió tanto sus tentáculos hasta los palacios del poder chapín que a la joven compañía la decían el pulpo. Luego, en los convulsos años cincuenta, los guatemaltecos votaron a un presidente, Jacobo Árbenz, que expropió algunas tierras de la empresa para dárselas a algunos campesinos, y eso a los de la bananera no les hizo gracia, así que movieron hilos, presionaron aquí, amenazaron allá, dijeron que venía el lobo del comunismo, y la CIA diseñó un golpe militar a medida para regresar a los tiempos del banano, derrocó a Árbenz y todavía lo vigiló durante dos décadas de exilio, hasta que un día de enero de 1971 apareció ahogado y con el cuerpo rostizado dentro de una tina del Distrito Federal. Después, como a Washington no se le curaba el miedo al comunismo, envió misioneros, muchos, a evangelizar contra la teología de la liberación que se propagaba entre los católicos, esos curas locos de los arrabales y las misas campesinas, y enseñó a los militares chapines a meter en cintura al país, a defenderse de sí mismo. Así aparecieron los de Arkansas y los Ríos Montt, al que Ronald Reagan, en plena Guerra Fría, definió como un hombre íntegro. La Biblia y la ametralladora. 

Seis: chao, Portillo, chao 

Renoj conduce su troca por la Interestatal 278, la autopista que nace en el Bronx, salta a Queens, bordea Brooklyn, cruza el puente Verrazano-Narrows hasta Staten Island y muere al tocar Nueva Jersey —todos los distritos neoyorquinos, salvo Manhattan. En Brooklyn, a la altura de Sunset Park, la carretera flota sobre las calles, elevada sobre antiguos almacenes portuarios, naves industriales, casas adosadas bajas. A un costado se despliega la bahía, los cargueros que navegan hacia o desde aguas del Atlántico, al fondo las grúas del Jersey industrial; al contrario, se extiende el cementerio de Green-Wood, que entierra la historia todavía joven de la ciudad. Más o menos por ahí, Renoj rebasa el Metropolitan Detention Center. En voz alta, como si le fuera a escuchar, saluda a un viejo amigo:

—Chao, chao, Portillo, chao. 

Es un ritual: siempre que pasa por el MDC saluda al expresidente Alfonso Portillo, extraditado a Nueva York en mayo de 2013, condenado en 2014 por lavar dinero sucio en bancos estadounidenses —un soborno de Taiwán de 2,5 millones de dólares para que Guatemala no retirara el reconocimiento diplomático a la isla. 

—Y yo sé que él estaba encarcelado ahí, y cada vez que yo pasaba: ‘Chao, Portillo’.

Portillo cumple apenas año y medio en cárceles estadounidenses y en 2015 volverá a Guatemala gracias al ingenio de sus abogados y algo de ingeniería legal. El expresidente ya sabe bailar con la justicia: una noche de parranda mexicana en los años ochenta, descargó un revólver contra dos hombres desarmados con los que había tenido una trifulca etílica. Él huyó, el crimen prescribió y el mismo Portillo, con el tiempo, lo recordaría públicamente como una hazaña de juventud. A Renoj la condena estadounidense no le importa demasiado: el expresidente sigue siendo su favorito. 

—Tomó algún dinero, pero no del pueblo, fue dinero de Estados Unidos. La gente de Guatemala todavía cree en él, hizo mucho a favor de los pobres. 

Así que, en nombre de los pobres de Guatemala, lo saluda. 

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Pasan once años: 25 de febrero, 2026. 

Renoj viaja otra vez por la Interestatal 278. El furgón de ICE conduce desde Nueva Jersey a Brooklyn. Renoj ha pasado las 24 horas previas al traslado con el cuerpo amarrado, inmovilizado en un cuarto frío. Ahora tampoco puede moverse. Cuando al fin baja del vehículo y puede ver donde lo han traído sus captores, piensa que la vida da muchas vueltas. 

—Nunca pensaba que llegara algún día que yo llegara ahí en esa cárcel. 

El MDC no es un centro del ICE: es una cárcel federal. Es el reservado para los enemigos íntimos del país, los prisioneros de primera división: Nicolás Maduro, Diddy, Luigi Mangione, El Mayo Zambada. Renoj no alcanzará a conocerlos. 

—Cuando llegamos a Brooklyn nos dicen: ‘Nosotros sabemos que ustedes son civiles, pero aquí los vamos a tratar como criminales’. Ahí nos quitaron toditita la ropa y nos revisan y a algunos les tienen que abrir el trasero para ver si no traen nada por dentro. Allá sí hablan bien fuerte los morenos.

Comparte con otro recluso una celda pequeña con el baño dentro. Le ofrecen trabajar cinco horas diarias por un dólar. No acepta. No quiere trabajar para esa gente.

—Algunos se anotaron y dicen, como tienen acceso a la cocina, que alguna vez vieron a Nicolás Maduro, pero yo no. 

La comida mejora. Le dan incluso manzanas. Ya no puede acoger a los evangélicos en su celda como en el Delaney, pero hay un espacio para el culto que comparten con presos de otros dioses. Ahí también predica. Una vez utiliza su historia con el MDC y Portillo para un sermón.

—Les decía yo: mira, hasta donde la vida nos da vuelta. 

No se quedará mucho. Al mes de llegar, ICE lo levanta: una noche en Elizabeth, Nueva Jersey; dos horas y media de avión a Luisiana; un autobús directo a Mississippi; “prediqué una vez, solo una vez tuve la oportunidad, porque hay varios predicando allá”; una semana de detención; y aún otra más en Florence, Arizona, nomás a un par de horas de la frontera, su desierto querido, México desplegado sur abajo como un mal presagio. 

El 7 de abril lo montan a un avión con plaza para 250 guatemaltecos, que todavía volverá a pasar por Luisiana porque el ICE no ha apresado suficientes chapines en Arizona como para rellenarlo. 

Un vuelo con destino a Ciudad de Guatemala; la cabeza, a la fuerza, gacha; las manos amarradas a la cintura. 

–Mire, encadenados casi 24 horas porque nos quitaron las esposas y las cadenas faltando quince minutos de llegar a mi país.

Siete: un profeta 

Él aprende: la muerte es parte del trabajo. 

Los albañiles construyen en madera, a mano, los scaffolding — los andamios. Luego los trepan. Luego se ponen a trabajar. Luego el compañero pierde el equilibrio. Luego cae. Luego se rompe la cabeza contra el piso. 

Con el tiempo mejorará, a veces. Hoy, a finales de los 90, da gracias si te dan casco. 

—Muchos han muerto allá. Me acuerdo de algunos amigos que se han caído del scaffolding de madera que nosotros construíamos y no pasa nada, a la ciudad no le importaba eso. Nosotros los indígenas que hemos estado allá en Estados Unidos… a veces yo me doy cuenta de lo que me pasó, lo que Estados Unidos me hizo. Ellos no saben cómo nosotros hemos dejado la juventud allá. Hemos hecho trabajos forzosos que nadie puede hacer.

Renoj ha llegado hace poco a Nueva York. El enlace del coyote en la ciudad le ha encontrado casa y trabajo, pero no solo de pan vive el hombre. Teniendo empleo, necesita iglesia. Durante sus primeros días en esa ciudad desmesurada, Renoj acude a un templo puertorriqueño, pero los caribeños se mueven a otro ritmo. El peso de los servicios evangélicos recae en la música: la alabanza y adoración. Una banda que toca y un predicador que guía a través de los compases. Renoj va a destiempo. 

—Es el mismo Dios, pero ellos cantaban… Te voy a cantar un pedazo como cantan ellos:

Renoj entona. El beat es acelerado:

Y era una escalera que Jacob veía / y era una escalera que Jacob veía / ángeles bajaban / ángeles subían.

—Y no era nuestro ritmo, no nos acoplábamos. Por eso tuvimos que organizarnos y levantar una nueva misión diferente. 

—¿Y cómo es su ritmo? ¿En qué se diferencia del de Puerto Rico?

Renoj canta ahora piano, pausado, alarga las sílabas, baladeando:  

El espíritu de Dios está en este lugar. El espíritu de Dios se mueve… en este lugar. 

—Hay partes que cantamos así corridos, pero es menos que la de Puerto Rico. 

No es solo la música. Es la extrañeza de rezar en un acento ajeno, las variaciones en la doctrina, los guisos que comparten en las convivencias y no saben a casa. 

Necesitan su propia iglesia, sus canciones, su comida. Uno de los pastores, un puertorriqueño del Bronx, presta el nombre para el registro legal. En 1997, oficialmente, la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos abre sus puertas para atender a esa generación de mayas recién llegados de Totonicapán, Sololá, Quetzaltenango y el Quiché a los que la guerra y el hambre ha escupido lejos de Guatemala. 

Erick Salgado será el reverendo, la cabeza. Junto a su esposa, también formará a las próximas generaciones de predicadores. Construyen su pequeña parcela de cielo con decenas de iglesias, algunas en Guatemala. Renoj asistirá a sus clases durante tres años. Se apuntará en 2001; se graduará en 2004. Salgado le propone que vuelva a su aldea investido como líder religioso y abra una sucursal del templo. Renoj lo piensa, pero decide que no: eso sería hacerle la competencia a los  presbiterianos, los de Arkansas, su mujer.

En la nueva iglesia, por fin, se acompasa. Los miércoles dirige el culto, canta el avivamiento y la adoración. Se acostumbra a vivir a medio camino entre sus dos casas. Como él, la familia está dividida: en Guatemala quedan su esposa y cuatro hijos; en Nueva York su padre, dos hermanos y su quinto retoño, que en 2008 suspende el examen de acceso a la universidad y sigue a su padre hasta Nueva York, encuentra trabajo de plomero, se casa y engendra dos niñas: dos estadounidenses hijas de un guatemalteco sin papeles, nietas de un guatemalteco sin papeles. 

Serán las primeras de la familia con pasaporte del país de Trump. La mayor ya ha cumplido once años; la menor, apenas uno. En 2025 visitarán, como turistas, la Aldea Chajabal. 

—Mis hijos siguen hablando K’iche’. Lo que me doy cuenta es que mis nietos ya solo español están hablando. 

Renoj le agarra la onda al norte. Le gusta la comida de los italianos y la de los turcos. No le gustan los demócratas, el libertinaje ni los hombres que se besan en las calles, ofendiendo a los niños, desafiando a Dios. En las escrituras dice que eso es pecado.

—Lo que estaba pasando en Estados Unidos, estaba pasando en Sodoma y Gomorra en aquel tiempo, y tuvo que venir fuego del cielo para quemar a todos.

La primera vez que escucha a Donald Trump no le disgusta lo que oye. En la Iglesia hay quien lo mira con recelo, pero Renoj y algunos hombres comentan que ese millonario que sale tanto en la televisión sabe de lo que habla.

—Cuando entró Donald Trump, pues dice que hombre con mujer y mujer con hombre, o sea, lo que dice la Biblia. 

Renoj piensa que, si su país de acogida le permitiera votar, votaría por Donald Trump. Que el magnate tiene razón: hay mucha gente mala viviendo de los cupones de gobierno, tomando en lugar de trabajar, orinando en las esquinas, colándose en el metro, dañando a los Estados Unidos. 

—Yo creo que la migración y todo eso son cosas terrenales, pero proféticamente hay muchas cosas que trae Donald Trump. Si hay gente que toma, vandaliza, mándenlo a su país. Nosotros solo trabajamos, sacamos adelante el país, hemos dejado nuestra juventud, pagamos impuesto al gobierno. Solo vamos a trabajar, a la iglesia, a la casa, al trabajo, a la iglesia. No estamos haciendo daño. Aun la Biblia dice que Jehová es la tierra en su plenitud y todos los que en él habitan. O sea: no dice Estados Unidos, no. Pero también la Biblia condena a gente malvada, y yo entiendo eso: violadores o vendedores de drogas, agarren y mándenla a sus países.

Epílogo: al este del Edén 

Un avión que carga en las tripas 250 hombres amordazados aterriza en Ciudad de Guatemala. Ha despegado en Arizona, ha recalado en Luisiana para recoger más pasajeros y desde allá ha surcado casi 2.000 kilómetros de cielo en línea recta a través del golfo de México hasta Centroamérica: el destierro. A los reos les han dado unos sándwiches y algo de agua. Como llevan las manos atadas a la cintura, para beber tienen que encorvarse en el asiento. 

Sebastián Renoj vuelve a pisar Guatemala un 7 de abril de 2026 con el hambre atrasada de cuatro meses cautivo. Lo primero que hace en libertad es atragantarse en el primer Pollo Campero que encuentra abierto. Desde que lo sacaron del Metropolitan Detention Center, dos semanas atrás, viste los mismos pants y sudadera grises.

—La ropa traía todo un olor…

No deja que su familia le reciba en el aeropuerto; no quiere que lo vean así. Estrena su recobrada libertad en un hotel de la capital. Toma una ducha larga, duerme en un colchón en condiciones, se rasura en el barbero, se deshace del uniforme gris que huele a encierro, compra ropa nueva. 

Al día siguiente toma un autobús al oeste. Justo antes de llegar a la aldea, lo recibe Quetzaltenango. Ahí es el reencuentro. Hay llantos y abrazos. Han pasado ocho años desde la última vez.

Cuando en casa intenta narrar los últimos meses, siente escalofríos. Le atiende un doctor que diagnostica malos nervios y receta pastillas contra la ansiedad. 

—La realidad es un trauma, de verdad, porque yo he sido fuerte, fuerte, fuerte en este sentido, pero ni aún a eso, me afecta un poco la salud ahora. 

El plan es no hacer nada, no pensar, disfrutar de la familia, bajar a la ciudad a comer con su esposa. 

—Si me hago planes ahorita como que me hace recordar lo que me está pasando, lo que me pasó. 

En casa estudia su arresto con vocación de detective: analiza al detalle cómo fue, establece una cronología, baraja las posibles causas. Por su cabeza pasa una y otra vez la escena: el carro parqueado en doble vía a medio bloque del portal, los hombres que le rodean, la sensación de que lo están esperando. Todo se vuelve sospecha: las veces que intentó mandar dinero a Guatemala y el banco bloqueó la transferencia, aquella ocasión en que un policía lo multó por exceso de velocidad regresando de Jersey, la procesión que encabezó en octubre por el barrio. 

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Una tarde de enero, en el edificio gris del 1770 de Bay Ridge Parkway, Renoj ve el futuro. 

ICE acaba de agarrar a otro vecino del barrio. Renoj se sienta con su hermano, con quien comparte apartamento.

—Creo que las cosas, Pedro, se están poniendo bien difíciles. 

Renoj le da a su hermano los pasos a seguir si la migra lo agarra. Pedro se burla de él. Trata de restarle importancia a la situación. Poco días antes, Estados Unidos ha secuestrado a Nicolás Maduro de madrugada en un complejo militar de Caracas. Desde entonces, la televisión ha repetido los desafíos que el presidente venezolano lanzaba antes de su captura, aquel “vengan por mí, aquí los espero en Miraflores, no se tarden en llegar, cobardes”, que ha envejecido pronto y mal. 

Pedro se ríe del derrocado presidente y de Sebastián. 

—Tranquilo, tú, Maduro. ‘Vengan por mí, cobardes, no tarden en llegar’. Ya te parecés a Maduro, de qué estás hablando. 

Renoj dice que fue la última conversación que tuvo con su hermano. Tres días después, ICE fue por él. 

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Sebastián llama a Pedro desde Guatemala. Su hermano le dice que cree que los federales siguieron vigilando su casa durante varias semanas, que se ha mudado, que ha cambiado de número de teléfono, que ha intentado borrar su rastro. La familia que queda en Nueva York vive escondida desde que se llevaron al pastor.

Renoj habla también con Salgado y con los jóvenes de la iglesia, que le mandan algo de dinero y le dicen que están tristes, que los arrestos han continuado, pero ha vuelto el silencio. Los otros detenidos se van de Estados Unidos como llegaron: anónimamente, sin generar titulares, sus nombres solo registrados en bases de datos gubernamentales opacas y publicaciones en redes sociales que se pierden en el infinito digital. Solo se recuerdan sus historias, brevemente, en el servicio del reverendo Salgado. 

Renoj aún confía en Donald Trump como confiaba en Ríos Montt: el problema, dice, está en la mano ejecutora.  

Pronto se da cuenta de que en Guatemala no tiene mucho que hacer. Con sus hijos ya ha cumplido. El dinero neoyorquino ha pagado sus estudios: una enfermera, un paramédico, un maestro, una maestra. 

—Ya son profesionales, ya la mayoría hemos llegado al nivel casi del ladino. Ese era el deseo mío: que mis hijos no pasaran esto que pasamos nosotros.

En casa está de paso. En la aldea es forastero. 

—Aquí nadie lo conoce a uno después de tanto tiempo, olvídate, solo a la familia. Sinceramente, es una historia muy muy muy difícil cuando uno ha salido del país y te vienes como extranjero. Nadie te conoce, nadie te habla.

El pastor extraña el mundo ahí fuera, los paisajes a conocer, cruzar fronteras. Antes de cumplir el primer mes en casa empieza a buscar nuevos destinos. Vuelve a mirar al norte. 

—Yo quería mudarme para Canadá. Siempre me ha gustado aventurar. No abandonar a mi familia, quiero estar un tiempo, pero en el tiempo que estoy acá quiero estar tramitando algún papel. 

Una agencia le dice que Canadá no recibe a los deportados por Washington. 

—O sea, completamente destrozado, ni por el norte ni por Canadá me puedo ir.

Entonces recuerda: en la obra siempre ha trabajado con italianos. Le gusta su comida, su forma de ser, cómo hablan de su país. Comprende el idioma — “yo hablo como el 25% y entiendo el 50% de italiano” — y, en la lista de cosas a cruzar, aún no ha tachado el Atlántico. Nunca ha surcado el océano. 

—Quiero ver qué tan diferente es Europa con Estados Unidos, cómo son los derechos humanos. Porque ve, Estados Unidos habla mucho que de derechos humanos, que todo eso, pero no es así. ¿Cómo tratan a la gente inmigrante allá cuando la detienen? Peor que animales.

Renoj ha partido la vida entre el hogar y el camino. En el hogar es un extraño al que nadie reconoce. En las últimas tres décadas, ha pasado veinticuatro años en Brooklyn, seis en la Aldea Chajabal. Ya lo reclama el camino.

Ahora el norte está amurallado. Así que mira al este.

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Edición: Pablo García y Roman Gressier

Esta historia fue producida como parte del M.A. en el Craig Newmark Graduate School of Journalism. 

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