Llega la quinta edición del Festival Cultura UNAM. Bajo el lema <i>Pasados vivos, futuros posibles</i>, será el escaparate de varios de los mayores exponentes a nivel nacional y a escala mundial del mundo de la danza, el teatro, la literatura, la composición, las artes escénicas y el cine, entre tantas disciplinas. La gran confluencia conmemorativa que lo acompaña —los 475 años de la máxima casa de estudios; los 90 años de la OFUNAM; los 50 años de la Sala Nezahualcóyotl; los 40 años de la Coordinación de Difusión Cultural, entre otros— no oculta su peculiar carácter de resistencia ante el achatamiento del mundo.
.webp)
En un mundo donde la cultura y la creación artística se antojan cada vez más anacrónicas; un entorno que ve en la expresión individual un antagonista cuando no un guiño de sabotaje en contra de los intereses que lo rigen, donde el pensamiento abstracto y la independencia mental son diagnosticadas como una suerte de anomalía; donde el valor se mide únicamente por lo concreto, por aquello que puede reflejarse en un gráfico, en donde el mercado es rey y los consumistas sus lacayos, todos ellos bajo el yugo de la sutil tiranía del algoritmo y las cámaras de eco que impone, azotándonos cual centurión para acatar las tendencias que dictan los intereses macroeconómicos de la minoría dominante, empujándonos así hacia el ocaso de la cultura y del humanismo, bajo la falsa noción del libre albedrío y del supuesto individualismo implantado en los actores activos que alimentan a este gólem descomunal; en un mundo así, decimos, en este terreno oscuro e infértil donde los tuertos son reyes, los eventos culturales representan un pálido destello de esperanza, cuando no los últimos santuarios en donde tenemos la oportunidad de perdernos en las planicies multidimensionales que se desdoblan dentro del vasto e inasible reino de la abstracción.
Aunque para ser fieles a nuestro zeitgeist, quizás las trincheras sirvan como una alegoría más precisa y actual que los propios santuarios. Esta comparación no es gratuita, por el contrario: su empleo es sumamente ilustrativo y certero. Si nos remontamos a la Primera Guerra Mundial y a los testimonios de los soldados que se vieron obligados a luchar en la denominada Guerra de las trincheras, cada uno de ellos coincidía en que sus momentos más felices, valiosos y gratificantes, esos que daban sentido a sus vidas cuando no a la vida misma, sucedían durante las treguas, cuando ambos bandos, alemanes e ingleses, aprovechaban esos anhelados intervalos de frágil sosiego para poder jugar a las cartas, a tocar sus armónicas, a reír, llorar y a compartir sus vivencias y así reivindicar, aunque sea por un instante, su humanidad en ese contexto en el que reinaba el caos, la barbarie y todos los despropósitos de la vida inherentes a la guerra.
Esos fugaces asomos de esperanza les servían como un recordatorio del porqué y para qué estaban luchando. Ese mismo sentido bien puede ser llevado a las trincheras culturales donde viven agolpadas las obras y los creadores en sus zanjas conceptuales; a esos reductos espaciales y temporales donde pueden dar rienda suelta a la expresión artística; trincheras desde donde estos partisanos lanzan los últimos gritos de resistencia, con la absoluta certeza de que las melodías de sus armónicas son los instrumentos que dan sentido a la vida para así buscar restaurar y proyectar, aunque sea brevemente, alternativas para un mejor porvenir.
Si bien el origen de los festivales es tan antiguo como la propia civilización y no siempre tuvieron la intención ni el propósito de ofrecer esta suerte de tregua conceptual ni de reconstruir el tejido social, también es cierto que su esencia y connotación fueron cambiando y evolucionando con el transcurso del tiempo, para obedecer, como todo acontecimiento, a los factores y circunstancias de su propio contexto temporal; desde los concursos de poesía, música y las obras de teatro celebradas en la Grecia Antigua en honor a Dionisio, o los desfiles cortesanos durante de la Edad Media y el Renacimiento donde se buscaba exaltar la fuerza de la Iglesia y el poderío de la monarquía, tan solo por mencionar los pasajes más emblemáticos de la historia de los festivales.
Pero hubo un giro drástico en el enfoque de estos eventos a raíz de la Segunda Guerra Mundial. “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”, escribiría Stefan Zweig en su obra póstuma, El mundo de ayer, [Acantilado], refiriéndose, claramente, al declive de la cultura y el pensamiento europeas. Y efectivamente así fue, el nacionalismo exacerbado que había precedido e incitado la guerra, ocasionó un retroceso vital a la vida cultural europea. No obstante, en cuanto callaron los cañones, una de las lecciones que aprendieron las mentes visionarias del ocaso europeo del siglo XIX suponía un cambio drástico de visión. Habían entendido que los festivales culturales debían cambiar de rumbo y hacerlo de manera pronta.
Lejos de buscar enaltecer al Poder o al Dios en turno, a partir de ese momento se abocaron de lleno a la encomienda de democratizar la cultura como un remedio tanto urgente como crucial para lograr paliar la desolación y la destrucción que había borrado a gran parte de Europa en todas las acepciones dimensionales, tendiendo así un puente para poder afianzar los vínculos humanos y restaurar el raído tejido social; un puente en donde las diferencias nacionales se veían desdibujadas gracias al lenguaje universal de la música, a la literatura, a las artes escénicas y al cine, con el fin de fortalecer el diálogo constante y la reconciliación entre los pueblos. En otras palabras, los festivales culturales representaban el renacimiento cultural de Europa y figuraban como los cimientos sobre los cuales se edificaba la reconstrucción moral del viejo y abatido continente bajo la pálida pero visible esperanza promesa de la paz. Entre éstos, los más destacados y aquéllos que siguen resonando hasta nuestros días están el Festival de Cannes (cine), el Festival de Aviñón (artes escénicas y teatro) y el Festival de Edimburgo (originalmente inició como un espacio para la ópera, la música clásica, el teatro y la danza), por mencionar a los de mayor renombre.
Intentar hacer una comparación entre los hijos de la posguerra y nuestro contexto histórico actual sería un ejercicio a todas luces absurdo, pero los abismos no se comparan entre sí, sino conforme a sus propias profundidades. En contraste con la cruenta estridencia que experimentaron aquellos, la nuestra es una guerra endemoniadamente sigilosa y la apatía resulta ser un enemigo que no puede derrotarse sin sopesar algún tipo de suicidio metafórico.
En este panorama por demás adverso para la cultura y las artes que se extiende ante nosotros, estamos obligados a reevaluar, revalorar y celebrar la resiliencia que ha mostrado la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México con esta quinta edición del Festival Cultura UNAM que se celebrará del 25 de septiembre al 11 de octubre, como una muestra categórica de su tenacidad y empeño de remar a contracorriente con el firme objetivo de mostrar al arte y a la cultura, no solo como una manera de expresar y sublimar la condición humana, sino también con la clara intención de colocarlo en lo más alto de las agendas políticas y sociales como un derecho humano fundamental.
En esta quinta edición donde la precisión curatorial figura como una obra más, participarán los mayores exponentes a nivel nacional y a escala mundial del mundo de la danza, el teatro, la literatura, la composición, las artes escénicas y el cine, entre tantas disciplinas, y convergen muchas efemérides: los 475 años de nuestra máxima casa de estudios; los 90 años de la OFUNAM; los 50 años de la Sala Nezahualcóyotl; los 40 años de la Coordinación de Difusión Cultural y los 200 años de la relación bilateral entre México y Francia que, en conjunto con la embajada de ese país, se celebrará con espectáculos internacionales centrados en esta simbiosis armónica que ha perdurado de manera ininterrumpida entre ambas naciones. Además, se conmemora el centenario del natalicio del arquitecto Teodoro González de León y los cinco años de la muerte del compositor Mario Lavista Camacho. Esta vasta confluencia conmemorativa no es fruto de la casualidad; por el contrario, representa el leitmotiv de esta convocatoria. Tal como lo sugiere su nombre, Pasados vivos, futuros posibles, este año, el Festival Cultura UNAM busca perpetuar los ecos de siglos enteros de creación artística y cultural, para proyectarlos hacia un porvenir posible, donde el sonido de la armónica sonorice e iluminé todos los recovecos de nuestra trinchera, si no ha de ser para ganar la guerra, que al menos sirva como recordatorio constante de la razón por la cual luchamos.
{{ linea }}








