
Dos vidas paralelas en la península de Yucatán recorren el camino de la asunción del liderazgo personal, la autodeterminación de sus comunidades y un nuevo modelo de bienestar colectivo.
En colaboración con la Fundación W.K. Kellogg
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Llegamos a Sanahcat, a poco más de 50 kilómetros de la capital yucateca. Un par de vacas, del lado izquierdo, nos miran. No hemos llegado a nuestro destino; nos damos cuenta porque a nuestra derecha hay una cancha, y hacia donde el automóvil se dirige, se acaba el camino. Nosotras lo que buscamos es un centro agroecológico.
Regresamos unos metros y tomamos una curva. Confiamos en que vamos por el camino correcto. Nos detenemos de nuevo, ahora unos borregos llaman nuestra atención con su balido. La fotoperiodista Lilia Balam ya se prepara para hacer su trabajo, y en ese instante, yo escucho un “hola” a mi espalda. A unos metros, dejando atrás la reja de una entrada amplia, aparece Sara Oliveros López, una mujer de pecas pringadas por su rostro, que lleva consigo una actitud jovial y que te invita a conversar con ella. A sus 40 años, en su mirada se lee la experiencia y en su sonrisa el gusto por vivir.
Sara es coordinadora general y representante legal del centro agroecológico U Yich Lu’um —frutos de la tierra, en maya—, un espacio que se ideó en 2009, y logró consolidarse en 2014.
A Sara la rodean siete hectáreas. Es el espacio que la ha visto crecer a lo largo de 12 años. Aunque no siempre estuvo aquí: su infancia transcurrió en Conhuás, Calakmul, en un contexto de migración. Con madre y padre veracruzanos, el desplazamiento le dejó una huella importante desde muy temprano. De alguna manera, eso la empujó de pequeña a participar en organizaciones sociales con su papá. “Desde muy chiquitita (estaba) ahí atrás (de su papá) en los talleres, en los intercambios, en todo”. Su papá fue comisario de la comunidad.
Entonces se despertó su interés por crear comunidad, por tejer alianzas para el bienestar común. Ella dice que es necesidad de “meterse en todo”. Pero basta con ver el espacio que han construido en U Yich Lu’um para entender mejor algunos atributos de ese “todo”: colectividad, justicia social, autonomía.

Precisamente en donde Sara creció, en el municipio de Calakmul, Campeche, en la comunidad de El Tesoro, nació Landy Edith Rafael Riveros. Ellas no se conocen; sin embargo, sus formas de entender el mundo tienen coincidencias, derivadas, en especial, de su reconocimiento como mujeres indígenas, y de su propósito de fortalecer lo que eso implica en el día a día. Landy es coordinadora de la Red Ko‘olel-Mujeres Unificando Fuerzas, conformada por mujeres de comunidades de su estado. Antes, esta red estaba integrada por mujeres jóvenes; ahora, Landy, entre risas, dice que ya crecieron, pero la esencia continúa: provienen de diversas comunidades.
Esta red se gestó en 2019 gracias a la participación de tres mujeres mayas: Nayeli y Suemy, de Hopelchén; y Adriana, de Campeche. Lo Público es Nuestro, un programa impulsado por el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, A.C. (ILSB), sembró una semilla en ellas, pues a partir del proceso de investigación que desarrollaba en la zona y los esfuerzos de incidencia en las comunidades —en lo concerniente a los derechos sexuales y reproductivos—, se decidieron a integrar la red que hasta hoy existe. Cuando todo esto estaba germinando, Landy llegó.
Hoy ella recuerda que “cuando las personas nos unimos, podemos hacer que las cosas sucedan de manera más potente”. Landy no conocía colectividades de este tipo (entre mujeres); antes de ese momento, en Campeche, no existían; en especial, de jóvenes hablando de sexualidad en zonas rurales.
Entre mujeres campechanas, de Calkiní, Hopelchén, y otros municipios, se encontraron con esta visión comunitaria y con la voluntad por formarse en derechos humanos y activismos. Su unión tenía el objetivo de aportar en sus comunidades, y desde ellas han continuado.
En la vida de Sara detenerse ha tenido un papel relevante. Habla sin prisa. Cuenta que la primera vez que tuvo que hacer una pausa, una importante, fue al terminar la secundaria. En Conhuás no había preparatoria; debía maquinar un plan para llegar a ella. “Ese año fue decisivo en mi vida”. No estudiaba formalmente, pero aprendía. Y mucho. Tomó talleres y cursos, entre ellos de repostería y corte y confección. Sin embargo, lo recuerda como el mejor año de su vida, sobre todo, por la cercana convivencia con sus padres.
En esa cercanía comenzaron a tener ganado y borregos, a trabajar la tierra. Un hilo conductor en su camino. A mitad de la pausa los animales le hicieron decidir con claridad: “Sí quiero seguir estudiando”. Y ya no solo pensaba en la prepa; tenía en mente la universidad. Quería estudiar agronomía en la Universidad Autónoma de Chapingo.
Al concluir la preparatoria volvió a detenerse. Tras pasar el examen de admisión para cumplir el sueño de estudiar en la escuela de agronomía más importante del país, se enfermó de bronconeumonía y no pudo presentarse en la escuela cuando le correspondía. Eso malogró su ingreso. Un año más. “Me di un año, un año de pensar”. Para pensar, llegó a Xpuhil, donde ya estaba en plena actividad el Consejo Regional Indígena y Popular de Xpuhil (CRIPX), que desarrollaba proyectos con jóvenes. No pudo llegar a estudiar agronomía, pero vivió experiencias invaluables. Conoció especialistas en biología y antropología. Así fue como finalmente llegó a su carrera: biología. “Y para mí la biología ha sido la apertura para encontrarme con otro mundo”. Ese mundo lo conoció en el Tecnológico de Conkal.
Aunque su plan de carrera cambió, sus intereses en conservación, agroecología, producción y conciencia ambiental se mantuvieron. Con un elemento extra: la apertura a la comunidad.
Sara nos cuenta que durante su vida universitaria mantuvo su nivel de conciencia social, enfocándose principalmente en temas relacionados con juventudes y mujeres. Incluso tomó capacitaciones con la organización feminista Católicas por el Derecho a Decidir, “y me parecía muy interesante tener estas visiones y cómo acompañar procesos con juventudes”.

La red Ko‘olel tomó forma en diciembre de 2019, con Landy integrada a ella, y apenas tres meses después llegó la pandemia por covid-19. Esto alteró todo lo que apenas comenzaba, implicó una pausa a la presencialidad. Ahora sus encuentros no se podían realizar tras siete horas de viaje para estar todas las compañeras cerca, sino que tomaba apenas unos minutos llegar a una reunión virtual. En el grupo hablaban sobre sus intereses, las problemáticas que observaban a su alrededor y el cuestionamiento que no cesaba: ¿cómo podemos aportar a la vida en comunidad? Así, a través de videollamadas, su trabajo siguió su curso.
En 2021 lograron organizar un foro acerca de derechos sexuales y reproductivos en Campeche. Identificaron también que era necesario integrar otras temáticas, como el fortalecimiento de la identidad indígena, la defensa del territorio; además, ampliaron su trabajo con infancias, para abordar también a jóvenes de preparatoria.
Landy aún tenía la inquietud por su capacitación, y así en 2022 logró tomar dos cursos con el ILSB: uno de alta formación para el liderazgo de mujeres jóvenes indígenas y afromexicanas (Cafolia), de 2022 a 2024, y Lo Público es Nuestro (LPEN), de 2022 a 2025. Este último fue el mismo que tomaron las fundadoras de la red antes de que Landy las conociera, y consistió en una contraloría social para la educación integral en sexualidad. Cuando tomaron esta formación sus compañeras Adriana y Nayeli, la red surgió como tal, y evolucionó a partir de 2022, al tomarla Suemy y Landy. Los procesos de investigación e incidencia se sofisticaron.
“Ahí la red también se fortalece con eso, porque ahora nosotras estábamos con más temas, más conocimiento, más herramientas (sobre) cómo diseñar talleres, cómo abordar ciertos temas en diferentes ejes”, detalla Landy.
La red siempre ha sido autogestiva, pero Landy observa que a través de los procesos formativos con el ILSB han adquirido muchas herramientas para hacerla funcionar: desde cómo hacer un presupuesto o un plan de trabajo, hasta cómo comunicar su labor mediante redes sociales y encontrar fuentes de financiamiento para continuar con el impacto en sus comunidades.
U Yich Lu’um se gestó en Sanahcat. No en Conahuás ni en Xpuhil, tampoco en Conkal. Fue en la primera localidad porque de ahí era la familia del esposo de Sara, Albert. Pero había otra razón: en las zonas donde Sara había estado antes había ya mucha organización, mientras que en Sanahcat no había ninguna. La ausencia era tal que el mismo espacio que hoy cuenta con milpa, huerto y sistemas productivos con especies nativas en riesgo antes era utilizado de forma intensiva para el monocultivo de chile habanero. Durante cerca de 15 años se mantuvo con un monocultivo tras otro. Hoy, además, hay un espacio para realizar talleres. En el 2015, si se escarbaba la tierra, recuerda Sara, necesitaba usar cubrebocas porque el olor a tóxicos era tan fuerte que era riesgoso.
El monocultivo daña la tierra, la lleva a perecer. Por eso el espacio tuvo que cambiar de cosechas en varias ocasiones. También daña a quien lo trabaja. El papá de Albert enfermó: los agrotóxicos y otros factores influyeron. El centro agroecológico que hoy existe fue una respuesta a todo esto. Sin embargo, tuvo que pasar mucho tiempo y atravesar varios procesos de aprendizaje para que el lugar encontrara su vocación. Una muestra: se pasó de nombrar “manejo de recursos naturales” a concebirse como un territorio de vida. “Esto es resistir también. Es sanar la tierra y también sanar toda esa ruptura familiar del sistema que estaba ahí instalado […]”, detalla Sara. La sanación es solo el primer paso, la estancia indispensable. A partir de ella se configura esa nueva visión del territorio que debe aportar soluciones a los problemas del presente y el futuro, desde la escasez de alimentos hasta la mitigación del cambio climático.
La organización que Sara lidera, más allá de un centro agroecológico, es un Centro Interdisciplinario de Investigación y Desarrollo Alternativo. Mientras presiones externas como granjas, inmobiliarias y otras muchas se presentan en un borrado de la memoria colectiva, U Yich Lu’um captura y revitaliza la memoria para que arroje conocimientos útiles en la realidad tangible, el aquí y ahora (de nuevo: en el territorio). Su objetivo es generar procesos de bienestar integral en las comunidades, lo que involucra diversos ámbitos: agroecología, territorios de vida, conservación comunitaria, derechos, justicia climática. La agroecología, que tiene un papel central en la organización, no la eligieron por tratarse de algo bonito, sino como una apuesta política de transformación, que inicia desde la forma de producir el alimento.
Hoy sus acciones tienen dos áreas de impacto principalmente: territorios de vida —movimiento que busca el reconocimiento y la conservación comunitaria— y aprendizajes comunitarios —reconocimiento de la identidad comunitaria: quiénes somos, revitalización lingüística, intercambio con abuelas y abuelos, cuidado cuerpo-territorio—.

Para que la incidencia con infancias y juventudes ocurra, Landy y sus compañeras, desde Ko‘olel, encuentran diversas vías. En Hopelchén, por ejemplo, trabajan en escuelas secundarias; pero también hay comunidades como Ich-Ek, Xcalot Akal en Hopelchén y El Tesoro, Los Tambores de Emiliano Zapata y El Sacrificio en Calakmul, en donde realizan los talleres en cocinas comunitarias y casas ejidales.
Sus acciones las realizan en maya; es esencial que estos espacios que se gestan fuera de la educación formal ocurran en su propio idioma. Por ello, incluso han brindado ciertos talleres en chol, ya que hay comunidades que lo hablan.
Landy no habla ni chol ni maya. Para ella, esto es una evidencia de la discriminación y violencias por parte del Estado, de la educación formal, que rompe con la preservación de estos idiomas ancestrales. Sus abuelos sí que hablaban maya.
“En Calakmul el movimiento social [...] que (provoca) que las personas podamos creer que sí podemos unirnos e incidir en la vida política y social de las comunidades es difícil, porque realmente no está tan difundido”, reflexiona la líder. En apariencia, en esa zona hay mucha organización social; sin embargo, Landy apunta que suele ser controlada por personas que se asientan allá. No es un tipo de activismo que nace de las personas que allí se criaron. Así lo percibe al menos en El Tesoro, donde nació. Por eso, para ella resulta tan importante aportar hacia y desde su propia comunidad.
Cuando las infancias y juventudes de hoy tengan 20 años, si ya tuvieron procesos para conocer sus derechos, podrán defenderlos. Se reconocerán dueñas de sí mismas y defenderán su libertad de vivir en su pueblo, harán valer su justicia territorial. Eso es lo que Landy espera.
Sara conoció los movimientos sociales desde pequeña con su papá, y aunque ahora no camina detrás de sus pasos, la guía que le brindó permanece. Desde entonces hasta ahora ha continuado formándose de manera constante y, entre tanto conocimiento y sensibilización, algo muy importante para ella fue reconocerse mujer indígena.
En este reconocimiento de ser mujer indígena habitando el territorio estuvo acompañada por el ILSB, primero como parte de una red de mujeres indígenas que propició encuentros con temas como derechos sexuales y reproductivos. “Nos ayudó mucho para entender los feminismos, que nuestros retos eran reales, reconocernos como mujeres indígenas y habitarnos desde esa parte”, recuerda. Su inquietud no dejar nunca de aprender también la llevó a querer entender cómo se carga en los cuerpos la violencia del sistema, y así participó en el espacio del ILSB Tejiendo raíces de sanación y cuidado colectivo: espacio de intercambio entre defensoras del territorio sobre saberes ancestrales y comunitarios para salvaguardar los cuerpos y territorios en disputa, en 2022. Y, finalmente, en 2025 formó parte del Encuentro Regional: apuestas feministas por la justicia climática.
Sara aprendió a vivir desde lo más sencillo, pero con un sentido vitalista muy fuerte. Desde niña tiene condiciones inmunológicas que no fueron detectadas a tiempo, y la debilitaron. Pero esto nunca la ha detenido, nunca ha apagado sus ganas. Por el contrario, ha profundizado su manera de mirar y vivir el territorio y su propio cuerpo. Su apuesta por sanar la tierra.

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