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Este Ohio no es como el de allá

Este Ohio no es como el de allá

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AAAA
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En el altiplano guatemalteco, convertirse en hombre significa viajar a los Estados Unidos, trabajar y levantar la casa familiar en su pueblo natal. Crecer es un deber de los adolescentes, una gesta urgente, una apuesta a cara o cruz. No habían cumplido los 15 años cuando Santos, Diego y Andrés decidieron armar una mochila y migrar solos. ¿Qué ocurre cuando los chicos son deportados, cuando el sueño americano les termina sabiendo a poco o no llegan ni a rozarlo? Esta es la forma en que una aspiración rota impacta en los mandatos de masculinidad y se convierte en un problema nacional.

A Ohio le hacen falta chicos y a Santos, amigos. Piensa en ellos cada vez que vuelve de trabajar y la bienvenida se la da un cartel azul a la orilla del camino, a unos cuantos kilómetros de su hogar. Welcome to Ohio Street. Sector 2 to Sector 4, se lee en una lámina de letras blancas atornilladas a un poste metálico incrustado en la tierra. Nadie sabe muy bien cómo llegó ahí. Algunos vecinos creen que es una señalización original que viajó miles de kilómetros dentro de la mochila de un hombre que cruzó fronteras, desiertos y ríos, y regresó para rebautizar varios pueblos de por acá. Otros, que alguien del norte lo mandó a hacer y le pidió a su familia que lo erigiera al lado de la casa que les construyó. También hay versiones que aseguran que el cartel fue fabricado (y más: ideado) por manos nativas de este lugar como un recordatorio no de dónde se viene, sino hacia dónde se quiere ir. Lo cierto es que su aparición coincide con el periodo en que los niños y adolescentes comenzaron a migrar y ese cartel es la pista de su paradero.  

Este Ohio no es el “verdadero Ohio”, o al menos no el que el mundo conoce: la tierra en la que Neil Armstrong dio sus primeros pasos antes de caminar sobre la Luna, o en la que Thomas Alva Edison soñó por primera vez con la luz. Su nombre oficial es aldea Pajuil Pais, una pequeña comunidad de no más de mil habitantes, en su mayoría indígenas mayas quichés, ubicada en el municipio de Aguacatán, en Huehuetenango, el altiplano guatemalteco. En este lugar la electricidad se conoció hace poco.

Para llegar hasta este pueblo, a menos de 110 kilómetros de la frontera con México, pero a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, es necesario tener buenas piernas, un carro 4x4, o quizás basta con una moto destartalada y, en ese último caso, ser un conductor experimentado. Hay que tener buenos pulmones para no perder el aliento en la montaña y destreza para esquivar a los hombres que yacen desparramados sobre el camino de tierra, con los párpados hinchados y las mejillas quemadas. Hay que estar también bastante familiarizados con el lugar para entender que solo están borrachos. Aquí nació Santos hace 17 años y de este lugar también quiso irse hace tres. 

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En Pajuil, como en muchos de los pueblos rurales de Guatemala, no es difícil saber quién se fue. Basta con mirar las casas: construcciones coloridas de varios pisos levantadas en cemento, techos de dos aguas, estrellas y banderas de Estados Unidos pintadas en las paredes. Obras imponentes que contrastan con la paleta de colores verde y marrón del paisaje. La antropóloga Lizbeth Gramajo —quien por más de una década ha investigado el fenómeno migratorio en el altiplano— lo llama el “efecto demostración”. La fiebre del block —dice— es una expresión del estatus social y del éxito de las personas migrantes. Un recordatorio de que el sueño americano es real, o que al menos lo fue, hasta hace algunos años. Porque en comunidades como esta hay pocas cosas que agradecerle al Estado y muchas a “los Estados”; a los migrantes que se fueron a trabajar al norte y que desde allá envían dinero a sus familias. 

Si es fácil descubrir quiénes se marcharon, también lo es identificar a los que se quedaron. La casa de Santos no se parece a la de sus vecinos, es más pequeña y no tiene águilas calvas fusionadas con quetzales pintadas en las columnas. Es una pequeña construcción de madera de unos 15 metros cuadrados con piso de tierra. Aunque en esta casa viven seis, hay una sola cosa de todo: una única habitación —que es dormitorio, sala y cocina—, una sola tabla de madera húmeda en la que duerme toda la familia, un póster de la Virgen del Pilar, un único foquito de luz que cuelga del techo de lámina, un solo tanque que recoge el agua de la lluvia, un fogón sobre el suelo y una silla de madera desvencijada. Esta casa es el recuerdo de que Santos no está en el otro Ohio. Y no porque no lo haya intentado.

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Santos tenía 14 cuando soñó por primera vez lo que sueñan casi todos los chicos de su edad en su comunidad.

—Estaba pensando todo el tiempo en que voy a trabajar allá y voy a construir una mi casa acá —dice pausado, mientras se acomoda su gorra estampada con la figura de San Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles. 

Santos es un chico reservado de pocas palabras. En parte porque no se siente tan cómodo hablando español. Su idioma materno es el quiché. Pero también porque su padre, don Pedro, un agricultor que roza los 60 años, se encarga de interrumpirlo cada vez que habla; ha pasado gran parte de la mañana bebiendo. A lo largo de la charla en la que Santos intentará reconstruir su partida, y su regreso, el padre repetirá una misma frase: “Quería levantar una su casa”. El hogar como el único norte de esta familia. 

Fue la hermana mayor, María, quien terminó de convencer a la familia de que Santos viajara a Estados Unidos. Allá, les dijo, Santos podía trabajar de rufero —como se les llama a quienes se encargan de construir techos— y ganar casi 10 veces más de lo que se gana como albañil en Guatemala. Ella se había ido dos años antes, después de ahorrar un poco y conseguir que un tío le pagara el coyote para cruzar. Creen que fue a finales de 2019. Aunque en esta comunidad la mayoría de migrantes son varones, desde hace una década algunas mujeres jóvenes han comenzado a hacerlo. 

Ni el padre ni el hijo recuerdan muy bien el nombre de la ciudad en Ohio a la que llegó María y a la que, si todo salía bien, llegaría también su hermano. No saben si allí hace frío o si nieva, o si lo saben, no quieren decirlo. Lo más probable es que sea Cincinnati, el destino de muchos de los habitantes de Pajuil. Pero eso a Santos le tiene sin cuidado. Lo importante es que, a juzgar por las fotos que le manda, allá “es más chingón que acá”.

Pero que María se haya ido no significó un gran cambio para la economía de sus padres, ni para los otros cuatro hermanos que se quedaron de este lado. ¿Qué pasó? Ninguna sorpresa: cuestión de dinámicas familiares. “Con lo difícil que se ha puesto allá, siendo mujer y con hija, es probable que las prioridades sean mantener a su núcleo y que haya menos plata para mandar”, dice Alexis Mendoza, uno de los trabajadores sociales del gobierno guatemalteco, quien, junto a su dupla, la psicóloga Liset Herrera, acompaña con asistencia social y psicológica a decenas de chicos retornados en este y otros municipios aledaños. 

María tuvo dos hijas y don Pedro ganó a dos nietas, pero perdió las remesas. 

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Cuando Santos piensa en qué es ser hombre, no vacila: viajar, trabajar y construir una casa. Muchas de las imágenes que sube a sus estados de WhatsApp pregonan el mismo mensaje: “Quédate con un hombre que trabaja”. “No tendré dinero, pero sí sueños y ganas de chambear”. Santos no deja de ser un adolescente que usa el teléfono para coquetear, para subir sus éxitos como arquero en su equipo local de fútbol y en su trabajo en la construcción; y para hablar con algunos de sus amigos que ya están allá, en Estados Unidos. Fueron las redes sociales las que, en gran parte, le alimentaron las ganas de irse. Y es que la urgencia por ser adulto y la necesidad de sacar adelante a su familia son, para él, dos deseos inseparables. Por eso dejó la escuela en el tercer año de secundaria, porque debía crecer. Cuando cumplió los 14, su papá le organizó el viaje. 

Huehuetenango es el gran epicentro de las ausencias. El Índice de Actividad Migratoria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo registra que, en un país donde una de cada 20 familias tienen un familiar en el extranjero, en su mayoría en Estados Unidos, en este departamento la proporción se cuadruplica.

No existe un registro exacto de cuántas de esas personas que se fueron eran vivían su infancia o adolescencia, ni de cuántos decidieron hacerlo solos. Las estimaciones salen, más bien, de las cifras de los que vuelven deportados. Un cálculo por proporción. En 2023, el año en que se fue Santos, según el Instituto Guatemalteco de Migración 3 571 niños, niñas y adolescentes no acompañados fueron retornados desde Estados Unidos y México. De ellos, una sexta parte provenía de Huehuetenango, y dos de cada tres eran varones. 

“La de Santos es la edad promedio en la que los chicos de aquí deciden migrar solos: entre los 13 y los 15 años”, confirma Mendoza. Es la edad en la que empiezan a ser considerados adultos y recaen en ellos las responsabilidades de la familia.

En la escuela secundaria los profesores están acostumbrados a registrar las bajas y ver, cada año, las aulas más vacías. El impacto de la migración modificó incluso las estadísticas del Ministerio de Educación. En Aguacatán, 18 de cada 100 niños que terminan la primaria abandonan el sistema escolar. Es casi un 10 por ciento más que lo que registró hace una década. 

Si para las chicas la quinceañera es su rito de iniciación a la vida adulta, para los varones del altiplano migrar es su equivalente. “Quienes logran llegar son vistos como héroes. No solo por la familia, sino también por toda la comunidad”, dice Herrera. Y ¿quién no quiere ser el héroe de su clan? ¿Quién no quiere dejarlo todo, que es casi nada, para intentarlo? Los años en que la antropóloga Gramajo pasó entrevistando a decenas de familias le demostraron que el sueño americano es una utopía que se construye desde que los niños son muy pequeños. 

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No recuerda bien el día, ni el mes, ni el año. Aunque basta hacer un par de cuentas para intuir que fue en los primeros meses de 2023 cuando Santos inició su viaje. Y aunque por entonces nada aseguraba que las cosas serían fáciles, durante esa época las políticas migratorias del presidente Joe Biden, que prometían facilidades para el asilo y la regularización, hicieron que en estas comunidades indígenas en lo alto de la cordillera guatemalteca se extendiera un rumor. “Los coyotes se encargaron de esparcir la idea, de alguna manera con un fundamento legal (porque en esa época era posible), de que si los niños migraban solos o en compañía de un adulto, el ingreso a Estados Unidos sería más fácil”, dice Gramajo. 

Un día antes de partir, la familia de Santos hizo una oración frente al fogón. Él llevaba en su espalda una mochila con una botella de agua, una camisa extra, 1 500 pesos mexicanos en el bolsillo y el peso de una deuda familiar. Para pagar el coyote que lo cruzaría, don Pedro había vendido una pequeña parcelita donde sembraba la milpa —papa, frijol y chilacayote— de la que comía su familia. Lo hizo, dice, por su varón: “Para que levantara una su casa”. 

Santos salió solo de Pajuil rumbo a Aguacatán, la cabecera municipal. Ya en la ciudad llegó a una pequeña casa donde lo esperaba el Coyote y las 10 personas, o así, con las que más tarde iba a viajar. “Dormimos encima de unos colchones que tiraron en el piso, comimos espaguetis y a las tres de la mañana salimos en un microbús para la frontera”, recuerda. 

Cree que llegaron a Gracias a Dios, uno de los pueblos fronterizos entre Guatemala y México, un par de horas más tarde. Para entonces ya eran casi 100 migrantes. Muchos de ellos chicos de su edad, o al menos eso es lo que le parecía. Hasta entonces Santos no había conversado con nadie, hasta que uno de los chicos se le acercó y le habló en quiché. Fue, del viaje, su primer amigo. 

Ya en la frontera corrieron como por 20 minutos. “Y yo estaba muy feliz, porque pensaba que ya iba a llegar”. Aunque sabía que para acercarse a Ohio aún le faltaban varias semanas, México se sentía como la mitad del camino. En Chiapas un par de buses los estaba esperando.

Pasaron varias horas de tranquilidad en la ruta hasta que los detuvo un retén, y dos agentes de la Guardia Nacional mexicana subieron a hacer una inspección. 

—¿De dónde son? —les preguntaron a los más de 20 migrantes que iban en ese bus. 

—De Chiapas y vamos a ir a trabajar a Tijuana —contestó uno de ellos. 

—Mentira, no son de acá.  

Antes de cruzar, el coyote le había entregado al chico una hoja con su foto y un logo extranjero. En ese papel, Santos —que ya no se llamaba Santos, sino tenía otro nombre que nunca llegó a aprenderse— era mexicano. Le habían dicho que esa identidad falsa era su salvoconducto. Por eso, cuando uno de los policías se le acercó, él, con la confianza que tiene cualquiera que piensa que la va a librar, sacó rápido la hoja de su mochila. El papel terminó en el suelo y Santos en una patrulla. “Fue la única vez que tuve miedo —dice—. Y solo pensaba: ¿cómo le voy a decir a mi familia que me agarraron?”.

Santos intenta disimular pestañeando varias veces, mirando para otro lado, asegurando que ya no le da tristeza. Pero mientras recuerda el momento en que le cambió la vida para siempre, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Y es que cómo se le explica a una familia que esperó todo de él que no pudo hacerlo, que ni siquiera alcanzó a cruzar México. Cómo lo verán sus tíos, los vecinos, sus propios amigos. Cómo estará su hermana María, que lo estaba esperando. Cómo será su sobrina. Cómo volver. 

Después de ser detenido, Santos deambuló alrededor de un mes en México, entre la Estación Migratoria de Acayucan, Veracruz, y un albergue para menores del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, más conocido como el DIF. Llamaba a su familia una vez por semana. Si antes soñaba con llegar, en ese momento, resignado, lo único que quería era volver. 

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En los últimos años varios migrantes han vuelto a Pajuil. Algunos voluntariamente; otros, en su gran mayoría, porque fueron deportados después de permanecer muchos años en Estados Unidos. Vuelven a las casas que desde allá ayudaron a armar. Vuelven más grandes, más maduros, con la sensación de haber hecho todo lo que pudieron, de haber llegado y cumplido un sueño. Sus familiares los reciben como se recibe a cualquier héroe que regresa de su odisea: matan un cerdo, alquilan un salón y preparan una fiesta. 

Para Santos, en cambio, la bienvenida fue quizás lo más triste de su vida. No hubo fiesta ni celebraciones. Volvió sin su mochila y sin los pesos que se había metido en el bolsillo antes de partir: se los robaron en México. Cuando sus padres fueron a buscarlo a Casa Nuestras Raíces, el hogar estatal por el que pasan cientos de niños retornados al occidente del país, en Quetzaltenango, se largó a llorar. Los abrazó y volvieron a la misma casa que había dejado un mes atrás. 

“En todos los niños y niñas retornados vemos un gran sentimiento de frustración. Pero en los varones, hay algo en el fracaso de no poder proveer que, además, les da mucha vergüenza”, dice la psicóloga Herrera. La culpa por haber endeudado a sus familias es también un fantasma difícil de quitarse de encima. Cuando los trabajadores sociales los visitan, que suelen ser dos o tres veces como máximo, la conclusión que se llevan es casi siempre la misma. “Son conscientes del peso que llevaban a sus espaldas y del fracaso que significa no poder sacar adelante a su familia”, dice Alexis. 

Desde que Santos regresó a Pajuil no quiso volver a estudiar. Aunque don Pedro guarda con orgullo el diploma de tercero básico de su hijo, sabe que en esta casa lo que falta es plata. Santos comenzó a trabajar en la construcción y gana unos 20 dólares que se evaporan entre los gastos de la familia y los suyos. De vez en cuando un amigo le consigue trabajo en un pueblo lejano y tiene chance de ganar un poco más. No puede ahorrar mucho, pero guardar un par de centavos es quizás lo único que necesita para mantener su sueño intacto. “Como dicen que está peligroso allá, voy a esperar unos tres años para volver a irme”, cuenta. 

Hasta entonces, cuando él haya cumplido los 20 y Trump haya terminado su mandato, Santos seguirá cosechando la paciencia. Hace poco, en una de las tres cuentas de TikTok que se creó y que usa de forma aleatoria, subió una foto de una pirámide de seis latas de cerveza.

“Aquí echándole porque el día ya llegando, nuestro destino va llegando”, le escribió encima. Le agregó una serie de emojis: la bandera de Guatemala, la de México y la de Estados Unidos; un corazón roto y una carita de llanto.

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A unos 30 kilómetros de Pajuil, también en lo alto de las montañas de Huehuetenango, está la aldea Xenaxicul. Aquí, a principios de los años ochenta, el Ejército cometió una masacre que acabó con casi todos los habitantes de la comunidad. Algunos años después, la aldea se volvió a poblar con los sobrevivientes y también con personas que habían huido de otros lugares. Entre ellos, la madre de Diego. Quizás por eso el éxodo transpira en la piel de este pueblo y de esta familia. 

A diferencia de sus padres, Diego habla un español rápido y fluido, y siempre que puede aprovecha esa ventaja para mentir sobre su edad. Dice que tiene 18. Pero su mamá, una mujer indígena quiché, lo corregirá en un impecable castellano las veces que sean necesarias: Diego tiene 17. La que parece ser una inocente confusión tiene muy poco de accidental. Desde hace apenas unos meses, cuando el chico volvió del shelter para menores en Texas donde estuvo detenido por cinco meses, se ha empeñado en decir que ya es más grande, que es mayor de edad. 

En esta familia migrar es lo que toca hacer cuando uno crece. El primero en irse fue el padre. A principios de los dos mil llegó a Pensilvania, donde un par de amigos le ofrecieron trabajo en la construcción; después se mudó a Carolina del Norte, donde estuvo un par de años más. La plata que mandaba le alcanzaba a la familia para comer, pero no era lo suficiente como para deshacerse de las láminas y construir la casa de block con la que habían soñado. El padre volvió algunos años después, pero de alguna manera trazó la ruta del destino de sus hijos.

En 2021 se fue el hijo mayor y poco tiempo después, su hermana. Se asentaron en las afueras de Florida, donde consiguieron trabajo en un restaurante de salvadoreños. Desde allá se comunicaban por videollamadas y les mostraban a sus padres y a Diego, el penúltimo de sus hermanos, algunas de sus proezas en la cocina: aprendieron a hacer pupusas, tacos y pizzas. De este lado de la frontera, Diego comenzó a guardar las fotos que le mandaban y a acumular en su galería otras que él mismo había tomado: una casa azul y estrellas de concreto que había visto en la entrada de su pueblo; y la imagen de un Toyota Hilux. “Era el único sueño que tenía: tener una casa, tener un carro y ganar dinero”, dice. Cuando cumpliera los 14, cuando se hiciera hombre, sus hermanos le pagarían el viaje. 

Al igual que lo hizo Santos, Diego salió de su pueblo rumbo a los Estados en 2023, justo después de su cumpleaños, pero al contrario del primero, él sí llegó. “El viaje la verdad fue facilito, todo muy facilito”, dice sin titubear. Aunque después el relato de su travesía revelará que fue todo lo contrario. 

Unos días después de cruzar la frontera entre Guatemala y México, el camión en el que iba Diego fue detenido por la policía de Puebla. Era una posibilidad que su familia y el coyote ya habían contemplado y, por eso, cuando lo agarraron, le marcó a sus hermanos. Arreglaron que un tío que vivía en México lograra sacarlo del albergue al que lo habían llevado y que, después de eso, otro coyote lo llevara hasta la frontera con Arizona. Ahí, el chico se entregaría a las autoridades. Era una época en la que todavía el gobierno estadounidense respetaba, en gran medida, la norma de no deportación inmediata de menores de edad, dándoles la oportunidad de continuar su proceso migratorio dentro del país. Desde Florida, sus hermanos se asesoraron con un abogado y pidieron la reunificación familiar. Un mes después, Diego estaba con ellos en una casa de alfombras y aire acondicionado.

 El viaje lo había hecho sentir más grande, más hombre, pero en Los Estados su cara de adolescente lo delataba. Para él, cuya obsesión siempre había sido crecer, la edad le jugaba en contra. “En el restaurante me decían: ¿qué tal te van a arrestar por tu culpa? ¿Qué tal si te llega a pasar algo?”. Por eso y porque sus papeles aún no se habían arreglado, comenzó a trabajar entre cuatro y cinco horas al día en la cocina; la mitad del tiempo que hacían sus hermanos. Su tiempo libre lo dedicó a aprender bien el español y a perfeccionar el Hello, how are you, I’m from Guatemala en inglés.  

Diego estuvo dos años viviendo en Florida y mandaba, al mes, unos 500 dólares a su familia. Había aprendido a cocinar y en TikTok llegaba casi a los dos millones de seguidores. Mostraba recetas, presumía sus outfits y subía videos de algunos de los platillos más exóticos que cocinaban en el restaurante. A veces contestaba algunos mensajes de chicos que desde Xenaxicul le preguntaban cómo era la vida allá. Un influencer del sueño americano. 

Pero la fama, como siempre, es efímera. A finales de 2025 agentes del ICE detuvieron a Diego cuando regresaba a su casa.  

—Vamos, nos acompañas un rato, y ahorita te vamos a regresar —le dijeron en español. 

Un par de horas más tarde, en el centro de detención, entendió que no iba a regresar. “Y ahí, no te miento, comencé a llorar”.

De Florida lo trasladaron a Texas donde pasó alrededor de 20 semanas. No vio a un juez ni tuvo chance de pelear su caso; fue uno de los 61 niños guatemaltecos que en diciembre de 2025 volvieron a su país deportados por vía aérea. 

Cuando sus padres lo fueron a recoger a Ciudad de Guatemala, Diego les pidió un celular. Probó loguearse en su cuenta de TikTok con la contraseña que había repetido tantas veces en su memoria. No existía el usuario. No sabe bien cómo y tampoco está muy claro por qué habrían de hacerlo, pero Diego jura que fueron los agentes que lo detuvieron en Estados Unidos los que le hackearon la cuenta y le robaron los seguidores. De la época en que estuvo allá y de su fugaz momento como celebridad le quedaron un par de capturas de pantalla y la receta del sushi que aprendió, que acá en su comunidad va a ser imposible replicar. 

Diego a veces se despierta por la noche llorando. Dice que sueña que está con sus hermanos. Su mamá lo consuela, y en ese momento deja de tener los 18 años que anhela, para volver a tener 10. Es una sensación extraña esta, la de crecer. “Yo pensé que para los 18 años iba a tener una casa, pero pues ni sentí el tiempo, sentí como que pasó todo volando. Pero algún día lo voy a lograr”. 

Diego ha rechazado los programas de acompañamiento que Herrera y Mendoza le han ofrecido. Le dijeron que hay becas para sacar carreras técnicas, para estudiar cocina o aprender a arreglar autos, pero eso implicaría mudarse a la cabecera departamental y renunciar a trabajar y aportar a la economía familiar. Diego los escucha, les sonríe, pero les dice que “no, muchas gracias”. Si se va de nuevo es para volver a los Estados, ese es su lugar, ningún otro.

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Cuando en 2025 Donald Trump asumió el segundo mandato y desplegó la batalla antimigrante, decenas de economistas salieron, en masa, a augurar el desastre: una posible caída de las remesas afectaría a una de cada 12 familias guatemaltecas. El golpe, decían, también sería en lo macroeconómico. Para un país como Guatemala, en el que el dinero enviado del extranjero representa el 20% del PIB, las consecuencias serían devastadoras.   

La antropóloga Lizbeth Gramajo estaba casi segura de que ocurriría lo contrario. Ella, que había monitoreado los cambios migratorios durante el primer mandato del republicano, confirmó que el endurecimiento de las políticas migratorias, en lugar de disminuir las remesas, provocaba que los migrantes en Estados Unidos aceleraran el envío de plata y priorizaran las construcción de casas en los pueblos de origen. Era una forma de tener a dónde volver y de mantener seguro el dinero en caso de que fueran deportados. El tiempo le dio la razón. En el primer semestre de este año, 15 447 millones de dólares entraron al país gracias a los migrantes. Casi un 6% más que en años anteriores. 

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A sus escasos 15 años, Andrés fue uno de esos que desde el norte “la vieron venir”. Quizás porque desde que era chico le tocó aprender a ser previsor.

Una mañana, cuando era pequeño, escuchó a su padre decir que se iba para Estados Unidos. Desde allá haría lo que hace todo buen hombre: trabajar y mandar dinero. Pero al poco tiempo de partir, en su familia dejaron de recibir remesas. No tardaron en enterarse por Facebook que se había casado de nuevo. Eso significaba que, de este lado de la frontera, al que le tocaba crecer era a él.

A los 12 Andrés dejó la primaria para meterse de lleno al negocio de la verdulería. Aprendió las técnicas de venta y distribución con algunos familiares en el mercado de la Ciudad de Huehuetenango, el más importante de esta región, y el más caótico también. Dejó de interesarle hacer amigos, jugar al fútbol y salir a la montaña. Lo único que quería era ganar plata y ahorrar.  

Fue uno de los chicos del mercado el que le contó que sus tíos, dos coyotes con un buen récord cruzando niños en la frontera, podrían ofrecerle un viaje seguro. El trato era que, con sus ahorros, Andrés pagara un pequeño adelanto del viaje. El resto, unos 13 mil dólares, podría pagarlo a cuotas desde Estados Unidos, donde le estaría esperando un trabajo como ganadero. Al principio esa cantidad le pareció descabellada, pero esta gente le aseguraba que, una vez estando allá, la plata se conseguía con unos pocos meses de trabajo duro. 

En una cena el chico le contó el plan a la mamá. A ninguna madre huehueteca una propuesta así le toma por sorpresa, así que lo único que hizo fue asegurarse de que su hijo lo hiciera por los buenos motivos, de si pesaba más la presión o el deseo, si irse era lo que en realidad el chico quería. La pregunta de su madre a Andrés le pareció un chiste. “¿Qué más iba a querer?”. 

Del viaje prefiere no hablar. Recuerda que cruzó sin problema las fronteras a pie, en carro y camiones, y que después, en Estados Unidos, caminó por el desierto. “No es algo que me haya afectado porque ya estaba acostumbrado a caminar”, dice, orgulloso de su travesía. 

Herrera, la psicóloga, apunta que es común que los chicos a esa edad minimicen los riesgos que pasaron a lo largo del viaje. Es su forma de lidiar con el trauma. “No es que no lo recuerden o que les parezca fácil, es que no quieren percibirse como víctimas”. Es también una forma de no preocupar a sus familias. “Nuestros cuerpos son los textos que llevan los recuerdos y por lo tanto recordar no es menos que la reencarnación”, dijo alguna vez la teóloga feminista Katie Cannon. A estos chicos les tomará años comprender este proceso. 

Andrés llegó a Michigan un mes después de salir. Lo recibió la gente con la que alguna vez se había topado en el mercado, manos que alguna vez había estrechado, chicos con los que había cruzado algunas palabras, todos estaban allá. Le dieron una cama en una casa donde vivían otras siete personas, y en nueve meses terminó de pagar su deuda con el coyote. Todo gracias a arrear vacas. Su vida transcurría en un mundo de adultos que le encantaba. Pero el último año la presencia de agentes migratorios en las calles empezaron sembrar el terror en su nuevo barrio. “Vivíamos con miedo, todo el tiempo con miedo”, recuerda. 

Fue la detención de un amigo de la finca lo que lo motivó a mandar todo el dinero que podía a Guatemala. Cambió su ruta habitual, empezó a salir menos. Casa, trabajo, casa, trabajo, casa trabajo; la receta era sencilla y efectiva. Durante ese tiempo reunió lo suficiente para que su madre comprara un terrenito en las afueras de Huehuetenango y empezara a levantar una casa de block de dos pisos. 

Estaba terminando de mandar instrucciones de construcción desde lejos, cuando en un día libre de septiembre de 2025, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas tocaron la puerta de su casa en Michigan. No había nadie más que él. “Me pidieron que saliera y ahí me agarraron”, dice. Estuvo un mes detenido en un centro para menores, hasta que alguien firmó unos papeles que sentenciaban su deportación. 

Hace un par de semanas, ya en Guatemala, a Andrés comenzaron a llegarle algunas cosas que había dejado en el norte y que sus amigos le hicieron el favor de enviar. Ropa, tenis, gorras. En esta casa sin armarios, las cajas aún permanecen cerradas, como si ellas también, al igual que su dueño, se resistieran a la mudanza.

Andrés pudo lo que Santos y Diego no pudieron, se compró una moto y alcanzó a “levantar una su casa”. Pero esta construcción en marcha no termina de convencerle. “Es que le falta el repello, las puertas y las ventanas”, se queja. Aunque la gente le dice que cumplió el sueño y su mamá se encarga de recordarle siempre lo orgullosa que está de él, hay algo de la sensación de “hacerlo a medias” que, de vez en cuando, le atormenta. 

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En el último año las cifras de menores de edad deportados cayeron drásticamente en el país: 905 niñas, niños y adolescentes no acompañados regresaron desde México y Estados Unidos. Es una cuarta parte de los que volvieron el año anterior. Y si regresan menos es porque también se están yendo menos. 

No es ninguna novedad. A la etapa en la que se encuentran Santos, Diego y Andrés, en la que navegan entre las aguas de la frustración y el deseo, entre las ganas de irse y la imposibilidad de hacerlo, los expertos la llaman “período de inmovilidad forzada”. Hoy, aquel rumor que corrió hace algunos años y que propició que miles de niños abandonaran sus casas para buscar un sueño, se pulveriza al tiempo que crecen las noticias de detenciones en el norte, la frontera con Estados Unidos se traza de facto en el río Suchiate, se hace más riesgoso viajar y las palabras de Kristi Noem, ex secretaria de Seguridad Nacional de Trump, se reproducen en la televisión, en YouTube y en las redes sociales de millones de jóvenes latinoamericanos: “Los vamos a cazar”. 

El mensaje caló, pero parece ser momentáneo. Los chicos lo tienen claro: no se trata de no migrar, sino de saber esperar.

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En el altiplano guatemalteco, convertirse en hombre significa viajar a los Estados Unidos, trabajar y levantar la casa familiar en su pueblo natal. Crecer es un deber de los adolescentes, una gesta urgente, una apuesta a cara o cruz. No habían cumplido los 15 años cuando Santos, Diego y Andrés decidieron armar una mochila y migrar solos. ¿Qué ocurre cuando los chicos son deportados, cuando el sueño americano les termina sabiendo a poco o no llegan ni a rozarlo? Esta es la forma en que una aspiración rota impacta en los mandatos de masculinidad y se convierte en un problema nacional.

A Ohio le hacen falta chicos y a Santos, amigos. Piensa en ellos cada vez que vuelve de trabajar y la bienvenida se la da un cartel azul a la orilla del camino, a unos cuantos kilómetros de su hogar. Welcome to Ohio Street. Sector 2 to Sector 4, se lee en una lámina de letras blancas atornilladas a un poste metálico incrustado en la tierra. Nadie sabe muy bien cómo llegó ahí. Algunos vecinos creen que es una señalización original que viajó miles de kilómetros dentro de la mochila de un hombre que cruzó fronteras, desiertos y ríos, y regresó para rebautizar varios pueblos de por acá. Otros, que alguien del norte lo mandó a hacer y le pidió a su familia que lo erigiera al lado de la casa que les construyó. También hay versiones que aseguran que el cartel fue fabricado (y más: ideado) por manos nativas de este lugar como un recordatorio no de dónde se viene, sino hacia dónde se quiere ir. Lo cierto es que su aparición coincide con el periodo en que los niños y adolescentes comenzaron a migrar y ese cartel es la pista de su paradero.  

Este Ohio no es el “verdadero Ohio”, o al menos no el que el mundo conoce: la tierra en la que Neil Armstrong dio sus primeros pasos antes de caminar sobre la Luna, o en la que Thomas Alva Edison soñó por primera vez con la luz. Su nombre oficial es aldea Pajuil Pais, una pequeña comunidad de no más de mil habitantes, en su mayoría indígenas mayas quichés, ubicada en el municipio de Aguacatán, en Huehuetenango, el altiplano guatemalteco. En este lugar la electricidad se conoció hace poco.

Para llegar hasta este pueblo, a menos de 110 kilómetros de la frontera con México, pero a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, es necesario tener buenas piernas, un carro 4x4, o quizás basta con una moto destartalada y, en ese último caso, ser un conductor experimentado. Hay que tener buenos pulmones para no perder el aliento en la montaña y destreza para esquivar a los hombres que yacen desparramados sobre el camino de tierra, con los párpados hinchados y las mejillas quemadas. Hay que estar también bastante familiarizados con el lugar para entender que solo están borrachos. Aquí nació Santos hace 17 años y de este lugar también quiso irse hace tres. 

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En Pajuil, como en muchos de los pueblos rurales de Guatemala, no es difícil saber quién se fue. Basta con mirar las casas: construcciones coloridas de varios pisos levantadas en cemento, techos de dos aguas, estrellas y banderas de Estados Unidos pintadas en las paredes. Obras imponentes que contrastan con la paleta de colores verde y marrón del paisaje. La antropóloga Lizbeth Gramajo —quien por más de una década ha investigado el fenómeno migratorio en el altiplano— lo llama el “efecto demostración”. La fiebre del block —dice— es una expresión del estatus social y del éxito de las personas migrantes. Un recordatorio de que el sueño americano es real, o que al menos lo fue, hasta hace algunos años. Porque en comunidades como esta hay pocas cosas que agradecerle al Estado y muchas a “los Estados”; a los migrantes que se fueron a trabajar al norte y que desde allá envían dinero a sus familias. 

Si es fácil descubrir quiénes se marcharon, también lo es identificar a los que se quedaron. La casa de Santos no se parece a la de sus vecinos, es más pequeña y no tiene águilas calvas fusionadas con quetzales pintadas en las columnas. Es una pequeña construcción de madera de unos 15 metros cuadrados con piso de tierra. Aunque en esta casa viven seis, hay una sola cosa de todo: una única habitación —que es dormitorio, sala y cocina—, una sola tabla de madera húmeda en la que duerme toda la familia, un póster de la Virgen del Pilar, un único foquito de luz que cuelga del techo de lámina, un solo tanque que recoge el agua de la lluvia, un fogón sobre el suelo y una silla de madera desvencijada. Esta casa es el recuerdo de que Santos no está en el otro Ohio. Y no porque no lo haya intentado.

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Santos tenía 14 cuando soñó por primera vez lo que sueñan casi todos los chicos de su edad en su comunidad.

—Estaba pensando todo el tiempo en que voy a trabajar allá y voy a construir una mi casa acá —dice pausado, mientras se acomoda su gorra estampada con la figura de San Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles. 

Santos es un chico reservado de pocas palabras. En parte porque no se siente tan cómodo hablando español. Su idioma materno es el quiché. Pero también porque su padre, don Pedro, un agricultor que roza los 60 años, se encarga de interrumpirlo cada vez que habla; ha pasado gran parte de la mañana bebiendo. A lo largo de la charla en la que Santos intentará reconstruir su partida, y su regreso, el padre repetirá una misma frase: “Quería levantar una su casa”. El hogar como el único norte de esta familia. 

Fue la hermana mayor, María, quien terminó de convencer a la familia de que Santos viajara a Estados Unidos. Allá, les dijo, Santos podía trabajar de rufero —como se les llama a quienes se encargan de construir techos— y ganar casi 10 veces más de lo que se gana como albañil en Guatemala. Ella se había ido dos años antes, después de ahorrar un poco y conseguir que un tío le pagara el coyote para cruzar. Creen que fue a finales de 2019. Aunque en esta comunidad la mayoría de migrantes son varones, desde hace una década algunas mujeres jóvenes han comenzado a hacerlo. 

Ni el padre ni el hijo recuerdan muy bien el nombre de la ciudad en Ohio a la que llegó María y a la que, si todo salía bien, llegaría también su hermano. No saben si allí hace frío o si nieva, o si lo saben, no quieren decirlo. Lo más probable es que sea Cincinnati, el destino de muchos de los habitantes de Pajuil. Pero eso a Santos le tiene sin cuidado. Lo importante es que, a juzgar por las fotos que le manda, allá “es más chingón que acá”.

Pero que María se haya ido no significó un gran cambio para la economía de sus padres, ni para los otros cuatro hermanos que se quedaron de este lado. ¿Qué pasó? Ninguna sorpresa: cuestión de dinámicas familiares. “Con lo difícil que se ha puesto allá, siendo mujer y con hija, es probable que las prioridades sean mantener a su núcleo y que haya menos plata para mandar”, dice Alexis Mendoza, uno de los trabajadores sociales del gobierno guatemalteco, quien, junto a su dupla, la psicóloga Liset Herrera, acompaña con asistencia social y psicológica a decenas de chicos retornados en este y otros municipios aledaños. 

María tuvo dos hijas y don Pedro ganó a dos nietas, pero perdió las remesas. 

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Cuando Santos piensa en qué es ser hombre, no vacila: viajar, trabajar y construir una casa. Muchas de las imágenes que sube a sus estados de WhatsApp pregonan el mismo mensaje: “Quédate con un hombre que trabaja”. “No tendré dinero, pero sí sueños y ganas de chambear”. Santos no deja de ser un adolescente que usa el teléfono para coquetear, para subir sus éxitos como arquero en su equipo local de fútbol y en su trabajo en la construcción; y para hablar con algunos de sus amigos que ya están allá, en Estados Unidos. Fueron las redes sociales las que, en gran parte, le alimentaron las ganas de irse. Y es que la urgencia por ser adulto y la necesidad de sacar adelante a su familia son, para él, dos deseos inseparables. Por eso dejó la escuela en el tercer año de secundaria, porque debía crecer. Cuando cumplió los 14, su papá le organizó el viaje. 

Huehuetenango es el gran epicentro de las ausencias. El Índice de Actividad Migratoria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo registra que, en un país donde una de cada 20 familias tienen un familiar en el extranjero, en su mayoría en Estados Unidos, en este departamento la proporción se cuadruplica.

No existe un registro exacto de cuántas de esas personas que se fueron eran vivían su infancia o adolescencia, ni de cuántos decidieron hacerlo solos. Las estimaciones salen, más bien, de las cifras de los que vuelven deportados. Un cálculo por proporción. En 2023, el año en que se fue Santos, según el Instituto Guatemalteco de Migración 3 571 niños, niñas y adolescentes no acompañados fueron retornados desde Estados Unidos y México. De ellos, una sexta parte provenía de Huehuetenango, y dos de cada tres eran varones. 

“La de Santos es la edad promedio en la que los chicos de aquí deciden migrar solos: entre los 13 y los 15 años”, confirma Mendoza. Es la edad en la que empiezan a ser considerados adultos y recaen en ellos las responsabilidades de la familia.

En la escuela secundaria los profesores están acostumbrados a registrar las bajas y ver, cada año, las aulas más vacías. El impacto de la migración modificó incluso las estadísticas del Ministerio de Educación. En Aguacatán, 18 de cada 100 niños que terminan la primaria abandonan el sistema escolar. Es casi un 10 por ciento más que lo que registró hace una década. 

Si para las chicas la quinceañera es su rito de iniciación a la vida adulta, para los varones del altiplano migrar es su equivalente. “Quienes logran llegar son vistos como héroes. No solo por la familia, sino también por toda la comunidad”, dice Herrera. Y ¿quién no quiere ser el héroe de su clan? ¿Quién no quiere dejarlo todo, que es casi nada, para intentarlo? Los años en que la antropóloga Gramajo pasó entrevistando a decenas de familias le demostraron que el sueño americano es una utopía que se construye desde que los niños son muy pequeños. 

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No recuerda bien el día, ni el mes, ni el año. Aunque basta hacer un par de cuentas para intuir que fue en los primeros meses de 2023 cuando Santos inició su viaje. Y aunque por entonces nada aseguraba que las cosas serían fáciles, durante esa época las políticas migratorias del presidente Joe Biden, que prometían facilidades para el asilo y la regularización, hicieron que en estas comunidades indígenas en lo alto de la cordillera guatemalteca se extendiera un rumor. “Los coyotes se encargaron de esparcir la idea, de alguna manera con un fundamento legal (porque en esa época era posible), de que si los niños migraban solos o en compañía de un adulto, el ingreso a Estados Unidos sería más fácil”, dice Gramajo. 

Un día antes de partir, la familia de Santos hizo una oración frente al fogón. Él llevaba en su espalda una mochila con una botella de agua, una camisa extra, 1 500 pesos mexicanos en el bolsillo y el peso de una deuda familiar. Para pagar el coyote que lo cruzaría, don Pedro había vendido una pequeña parcelita donde sembraba la milpa —papa, frijol y chilacayote— de la que comía su familia. Lo hizo, dice, por su varón: “Para que levantara una su casa”. 

Santos salió solo de Pajuil rumbo a Aguacatán, la cabecera municipal. Ya en la ciudad llegó a una pequeña casa donde lo esperaba el Coyote y las 10 personas, o así, con las que más tarde iba a viajar. “Dormimos encima de unos colchones que tiraron en el piso, comimos espaguetis y a las tres de la mañana salimos en un microbús para la frontera”, recuerda. 

Cree que llegaron a Gracias a Dios, uno de los pueblos fronterizos entre Guatemala y México, un par de horas más tarde. Para entonces ya eran casi 100 migrantes. Muchos de ellos chicos de su edad, o al menos eso es lo que le parecía. Hasta entonces Santos no había conversado con nadie, hasta que uno de los chicos se le acercó y le habló en quiché. Fue, del viaje, su primer amigo. 

Ya en la frontera corrieron como por 20 minutos. “Y yo estaba muy feliz, porque pensaba que ya iba a llegar”. Aunque sabía que para acercarse a Ohio aún le faltaban varias semanas, México se sentía como la mitad del camino. En Chiapas un par de buses los estaba esperando.

Pasaron varias horas de tranquilidad en la ruta hasta que los detuvo un retén, y dos agentes de la Guardia Nacional mexicana subieron a hacer una inspección. 

—¿De dónde son? —les preguntaron a los más de 20 migrantes que iban en ese bus. 

—De Chiapas y vamos a ir a trabajar a Tijuana —contestó uno de ellos. 

—Mentira, no son de acá.  

Antes de cruzar, el coyote le había entregado al chico una hoja con su foto y un logo extranjero. En ese papel, Santos —que ya no se llamaba Santos, sino tenía otro nombre que nunca llegó a aprenderse— era mexicano. Le habían dicho que esa identidad falsa era su salvoconducto. Por eso, cuando uno de los policías se le acercó, él, con la confianza que tiene cualquiera que piensa que la va a librar, sacó rápido la hoja de su mochila. El papel terminó en el suelo y Santos en una patrulla. “Fue la única vez que tuve miedo —dice—. Y solo pensaba: ¿cómo le voy a decir a mi familia que me agarraron?”.

Santos intenta disimular pestañeando varias veces, mirando para otro lado, asegurando que ya no le da tristeza. Pero mientras recuerda el momento en que le cambió la vida para siempre, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Y es que cómo se le explica a una familia que esperó todo de él que no pudo hacerlo, que ni siquiera alcanzó a cruzar México. Cómo lo verán sus tíos, los vecinos, sus propios amigos. Cómo estará su hermana María, que lo estaba esperando. Cómo será su sobrina. Cómo volver. 

Después de ser detenido, Santos deambuló alrededor de un mes en México, entre la Estación Migratoria de Acayucan, Veracruz, y un albergue para menores del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, más conocido como el DIF. Llamaba a su familia una vez por semana. Si antes soñaba con llegar, en ese momento, resignado, lo único que quería era volver. 

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En los últimos años varios migrantes han vuelto a Pajuil. Algunos voluntariamente; otros, en su gran mayoría, porque fueron deportados después de permanecer muchos años en Estados Unidos. Vuelven a las casas que desde allá ayudaron a armar. Vuelven más grandes, más maduros, con la sensación de haber hecho todo lo que pudieron, de haber llegado y cumplido un sueño. Sus familiares los reciben como se recibe a cualquier héroe que regresa de su odisea: matan un cerdo, alquilan un salón y preparan una fiesta. 

Para Santos, en cambio, la bienvenida fue quizás lo más triste de su vida. No hubo fiesta ni celebraciones. Volvió sin su mochila y sin los pesos que se había metido en el bolsillo antes de partir: se los robaron en México. Cuando sus padres fueron a buscarlo a Casa Nuestras Raíces, el hogar estatal por el que pasan cientos de niños retornados al occidente del país, en Quetzaltenango, se largó a llorar. Los abrazó y volvieron a la misma casa que había dejado un mes atrás. 

“En todos los niños y niñas retornados vemos un gran sentimiento de frustración. Pero en los varones, hay algo en el fracaso de no poder proveer que, además, les da mucha vergüenza”, dice la psicóloga Herrera. La culpa por haber endeudado a sus familias es también un fantasma difícil de quitarse de encima. Cuando los trabajadores sociales los visitan, que suelen ser dos o tres veces como máximo, la conclusión que se llevan es casi siempre la misma. “Son conscientes del peso que llevaban a sus espaldas y del fracaso que significa no poder sacar adelante a su familia”, dice Alexis. 

Desde que Santos regresó a Pajuil no quiso volver a estudiar. Aunque don Pedro guarda con orgullo el diploma de tercero básico de su hijo, sabe que en esta casa lo que falta es plata. Santos comenzó a trabajar en la construcción y gana unos 20 dólares que se evaporan entre los gastos de la familia y los suyos. De vez en cuando un amigo le consigue trabajo en un pueblo lejano y tiene chance de ganar un poco más. No puede ahorrar mucho, pero guardar un par de centavos es quizás lo único que necesita para mantener su sueño intacto. “Como dicen que está peligroso allá, voy a esperar unos tres años para volver a irme”, cuenta. 

Hasta entonces, cuando él haya cumplido los 20 y Trump haya terminado su mandato, Santos seguirá cosechando la paciencia. Hace poco, en una de las tres cuentas de TikTok que se creó y que usa de forma aleatoria, subió una foto de una pirámide de seis latas de cerveza.

“Aquí echándole porque el día ya llegando, nuestro destino va llegando”, le escribió encima. Le agregó una serie de emojis: la bandera de Guatemala, la de México y la de Estados Unidos; un corazón roto y una carita de llanto.

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A unos 30 kilómetros de Pajuil, también en lo alto de las montañas de Huehuetenango, está la aldea Xenaxicul. Aquí, a principios de los años ochenta, el Ejército cometió una masacre que acabó con casi todos los habitantes de la comunidad. Algunos años después, la aldea se volvió a poblar con los sobrevivientes y también con personas que habían huido de otros lugares. Entre ellos, la madre de Diego. Quizás por eso el éxodo transpira en la piel de este pueblo y de esta familia. 

A diferencia de sus padres, Diego habla un español rápido y fluido, y siempre que puede aprovecha esa ventaja para mentir sobre su edad. Dice que tiene 18. Pero su mamá, una mujer indígena quiché, lo corregirá en un impecable castellano las veces que sean necesarias: Diego tiene 17. La que parece ser una inocente confusión tiene muy poco de accidental. Desde hace apenas unos meses, cuando el chico volvió del shelter para menores en Texas donde estuvo detenido por cinco meses, se ha empeñado en decir que ya es más grande, que es mayor de edad. 

En esta familia migrar es lo que toca hacer cuando uno crece. El primero en irse fue el padre. A principios de los dos mil llegó a Pensilvania, donde un par de amigos le ofrecieron trabajo en la construcción; después se mudó a Carolina del Norte, donde estuvo un par de años más. La plata que mandaba le alcanzaba a la familia para comer, pero no era lo suficiente como para deshacerse de las láminas y construir la casa de block con la que habían soñado. El padre volvió algunos años después, pero de alguna manera trazó la ruta del destino de sus hijos.

En 2021 se fue el hijo mayor y poco tiempo después, su hermana. Se asentaron en las afueras de Florida, donde consiguieron trabajo en un restaurante de salvadoreños. Desde allá se comunicaban por videollamadas y les mostraban a sus padres y a Diego, el penúltimo de sus hermanos, algunas de sus proezas en la cocina: aprendieron a hacer pupusas, tacos y pizzas. De este lado de la frontera, Diego comenzó a guardar las fotos que le mandaban y a acumular en su galería otras que él mismo había tomado: una casa azul y estrellas de concreto que había visto en la entrada de su pueblo; y la imagen de un Toyota Hilux. “Era el único sueño que tenía: tener una casa, tener un carro y ganar dinero”, dice. Cuando cumpliera los 14, cuando se hiciera hombre, sus hermanos le pagarían el viaje. 

Al igual que lo hizo Santos, Diego salió de su pueblo rumbo a los Estados en 2023, justo después de su cumpleaños, pero al contrario del primero, él sí llegó. “El viaje la verdad fue facilito, todo muy facilito”, dice sin titubear. Aunque después el relato de su travesía revelará que fue todo lo contrario. 

Unos días después de cruzar la frontera entre Guatemala y México, el camión en el que iba Diego fue detenido por la policía de Puebla. Era una posibilidad que su familia y el coyote ya habían contemplado y, por eso, cuando lo agarraron, le marcó a sus hermanos. Arreglaron que un tío que vivía en México lograra sacarlo del albergue al que lo habían llevado y que, después de eso, otro coyote lo llevara hasta la frontera con Arizona. Ahí, el chico se entregaría a las autoridades. Era una época en la que todavía el gobierno estadounidense respetaba, en gran medida, la norma de no deportación inmediata de menores de edad, dándoles la oportunidad de continuar su proceso migratorio dentro del país. Desde Florida, sus hermanos se asesoraron con un abogado y pidieron la reunificación familiar. Un mes después, Diego estaba con ellos en una casa de alfombras y aire acondicionado.

 El viaje lo había hecho sentir más grande, más hombre, pero en Los Estados su cara de adolescente lo delataba. Para él, cuya obsesión siempre había sido crecer, la edad le jugaba en contra. “En el restaurante me decían: ¿qué tal te van a arrestar por tu culpa? ¿Qué tal si te llega a pasar algo?”. Por eso y porque sus papeles aún no se habían arreglado, comenzó a trabajar entre cuatro y cinco horas al día en la cocina; la mitad del tiempo que hacían sus hermanos. Su tiempo libre lo dedicó a aprender bien el español y a perfeccionar el Hello, how are you, I’m from Guatemala en inglés.  

Diego estuvo dos años viviendo en Florida y mandaba, al mes, unos 500 dólares a su familia. Había aprendido a cocinar y en TikTok llegaba casi a los dos millones de seguidores. Mostraba recetas, presumía sus outfits y subía videos de algunos de los platillos más exóticos que cocinaban en el restaurante. A veces contestaba algunos mensajes de chicos que desde Xenaxicul le preguntaban cómo era la vida allá. Un influencer del sueño americano. 

Pero la fama, como siempre, es efímera. A finales de 2025 agentes del ICE detuvieron a Diego cuando regresaba a su casa.  

—Vamos, nos acompañas un rato, y ahorita te vamos a regresar —le dijeron en español. 

Un par de horas más tarde, en el centro de detención, entendió que no iba a regresar. “Y ahí, no te miento, comencé a llorar”.

De Florida lo trasladaron a Texas donde pasó alrededor de 20 semanas. No vio a un juez ni tuvo chance de pelear su caso; fue uno de los 61 niños guatemaltecos que en diciembre de 2025 volvieron a su país deportados por vía aérea. 

Cuando sus padres lo fueron a recoger a Ciudad de Guatemala, Diego les pidió un celular. Probó loguearse en su cuenta de TikTok con la contraseña que había repetido tantas veces en su memoria. No existía el usuario. No sabe bien cómo y tampoco está muy claro por qué habrían de hacerlo, pero Diego jura que fueron los agentes que lo detuvieron en Estados Unidos los que le hackearon la cuenta y le robaron los seguidores. De la época en que estuvo allá y de su fugaz momento como celebridad le quedaron un par de capturas de pantalla y la receta del sushi que aprendió, que acá en su comunidad va a ser imposible replicar. 

Diego a veces se despierta por la noche llorando. Dice que sueña que está con sus hermanos. Su mamá lo consuela, y en ese momento deja de tener los 18 años que anhela, para volver a tener 10. Es una sensación extraña esta, la de crecer. “Yo pensé que para los 18 años iba a tener una casa, pero pues ni sentí el tiempo, sentí como que pasó todo volando. Pero algún día lo voy a lograr”. 

Diego ha rechazado los programas de acompañamiento que Herrera y Mendoza le han ofrecido. Le dijeron que hay becas para sacar carreras técnicas, para estudiar cocina o aprender a arreglar autos, pero eso implicaría mudarse a la cabecera departamental y renunciar a trabajar y aportar a la economía familiar. Diego los escucha, les sonríe, pero les dice que “no, muchas gracias”. Si se va de nuevo es para volver a los Estados, ese es su lugar, ningún otro.

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Cuando en 2025 Donald Trump asumió el segundo mandato y desplegó la batalla antimigrante, decenas de economistas salieron, en masa, a augurar el desastre: una posible caída de las remesas afectaría a una de cada 12 familias guatemaltecas. El golpe, decían, también sería en lo macroeconómico. Para un país como Guatemala, en el que el dinero enviado del extranjero representa el 20% del PIB, las consecuencias serían devastadoras.   

La antropóloga Lizbeth Gramajo estaba casi segura de que ocurriría lo contrario. Ella, que había monitoreado los cambios migratorios durante el primer mandato del republicano, confirmó que el endurecimiento de las políticas migratorias, en lugar de disminuir las remesas, provocaba que los migrantes en Estados Unidos aceleraran el envío de plata y priorizaran las construcción de casas en los pueblos de origen. Era una forma de tener a dónde volver y de mantener seguro el dinero en caso de que fueran deportados. El tiempo le dio la razón. En el primer semestre de este año, 15 447 millones de dólares entraron al país gracias a los migrantes. Casi un 6% más que en años anteriores. 

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A sus escasos 15 años, Andrés fue uno de esos que desde el norte “la vieron venir”. Quizás porque desde que era chico le tocó aprender a ser previsor.

Una mañana, cuando era pequeño, escuchó a su padre decir que se iba para Estados Unidos. Desde allá haría lo que hace todo buen hombre: trabajar y mandar dinero. Pero al poco tiempo de partir, en su familia dejaron de recibir remesas. No tardaron en enterarse por Facebook que se había casado de nuevo. Eso significaba que, de este lado de la frontera, al que le tocaba crecer era a él.

A los 12 Andrés dejó la primaria para meterse de lleno al negocio de la verdulería. Aprendió las técnicas de venta y distribución con algunos familiares en el mercado de la Ciudad de Huehuetenango, el más importante de esta región, y el más caótico también. Dejó de interesarle hacer amigos, jugar al fútbol y salir a la montaña. Lo único que quería era ganar plata y ahorrar.  

Fue uno de los chicos del mercado el que le contó que sus tíos, dos coyotes con un buen récord cruzando niños en la frontera, podrían ofrecerle un viaje seguro. El trato era que, con sus ahorros, Andrés pagara un pequeño adelanto del viaje. El resto, unos 13 mil dólares, podría pagarlo a cuotas desde Estados Unidos, donde le estaría esperando un trabajo como ganadero. Al principio esa cantidad le pareció descabellada, pero esta gente le aseguraba que, una vez estando allá, la plata se conseguía con unos pocos meses de trabajo duro. 

En una cena el chico le contó el plan a la mamá. A ninguna madre huehueteca una propuesta así le toma por sorpresa, así que lo único que hizo fue asegurarse de que su hijo lo hiciera por los buenos motivos, de si pesaba más la presión o el deseo, si irse era lo que en realidad el chico quería. La pregunta de su madre a Andrés le pareció un chiste. “¿Qué más iba a querer?”. 

Del viaje prefiere no hablar. Recuerda que cruzó sin problema las fronteras a pie, en carro y camiones, y que después, en Estados Unidos, caminó por el desierto. “No es algo que me haya afectado porque ya estaba acostumbrado a caminar”, dice, orgulloso de su travesía. 

Herrera, la psicóloga, apunta que es común que los chicos a esa edad minimicen los riesgos que pasaron a lo largo del viaje. Es su forma de lidiar con el trauma. “No es que no lo recuerden o que les parezca fácil, es que no quieren percibirse como víctimas”. Es también una forma de no preocupar a sus familias. “Nuestros cuerpos son los textos que llevan los recuerdos y por lo tanto recordar no es menos que la reencarnación”, dijo alguna vez la teóloga feminista Katie Cannon. A estos chicos les tomará años comprender este proceso. 

Andrés llegó a Michigan un mes después de salir. Lo recibió la gente con la que alguna vez se había topado en el mercado, manos que alguna vez había estrechado, chicos con los que había cruzado algunas palabras, todos estaban allá. Le dieron una cama en una casa donde vivían otras siete personas, y en nueve meses terminó de pagar su deuda con el coyote. Todo gracias a arrear vacas. Su vida transcurría en un mundo de adultos que le encantaba. Pero el último año la presencia de agentes migratorios en las calles empezaron sembrar el terror en su nuevo barrio. “Vivíamos con miedo, todo el tiempo con miedo”, recuerda. 

Fue la detención de un amigo de la finca lo que lo motivó a mandar todo el dinero que podía a Guatemala. Cambió su ruta habitual, empezó a salir menos. Casa, trabajo, casa, trabajo, casa trabajo; la receta era sencilla y efectiva. Durante ese tiempo reunió lo suficiente para que su madre comprara un terrenito en las afueras de Huehuetenango y empezara a levantar una casa de block de dos pisos. 

Estaba terminando de mandar instrucciones de construcción desde lejos, cuando en un día libre de septiembre de 2025, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas tocaron la puerta de su casa en Michigan. No había nadie más que él. “Me pidieron que saliera y ahí me agarraron”, dice. Estuvo un mes detenido en un centro para menores, hasta que alguien firmó unos papeles que sentenciaban su deportación. 

Hace un par de semanas, ya en Guatemala, a Andrés comenzaron a llegarle algunas cosas que había dejado en el norte y que sus amigos le hicieron el favor de enviar. Ropa, tenis, gorras. En esta casa sin armarios, las cajas aún permanecen cerradas, como si ellas también, al igual que su dueño, se resistieran a la mudanza.

Andrés pudo lo que Santos y Diego no pudieron, se compró una moto y alcanzó a “levantar una su casa”. Pero esta construcción en marcha no termina de convencerle. “Es que le falta el repello, las puertas y las ventanas”, se queja. Aunque la gente le dice que cumplió el sueño y su mamá se encarga de recordarle siempre lo orgullosa que está de él, hay algo de la sensación de “hacerlo a medias” que, de vez en cuando, le atormenta. 

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En el último año las cifras de menores de edad deportados cayeron drásticamente en el país: 905 niñas, niños y adolescentes no acompañados regresaron desde México y Estados Unidos. Es una cuarta parte de los que volvieron el año anterior. Y si regresan menos es porque también se están yendo menos. 

No es ninguna novedad. A la etapa en la que se encuentran Santos, Diego y Andrés, en la que navegan entre las aguas de la frustración y el deseo, entre las ganas de irse y la imposibilidad de hacerlo, los expertos la llaman “período de inmovilidad forzada”. Hoy, aquel rumor que corrió hace algunos años y que propició que miles de niños abandonaran sus casas para buscar un sueño, se pulveriza al tiempo que crecen las noticias de detenciones en el norte, la frontera con Estados Unidos se traza de facto en el río Suchiate, se hace más riesgoso viajar y las palabras de Kristi Noem, ex secretaria de Seguridad Nacional de Trump, se reproducen en la televisión, en YouTube y en las redes sociales de millones de jóvenes latinoamericanos: “Los vamos a cazar”. 

El mensaje caló, pero parece ser momentáneo. Los chicos lo tienen claro: no se trata de no migrar, sino de saber esperar.

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Este Ohio no es como el de allá

Este Ohio no es como el de allá

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En el altiplano guatemalteco, convertirse en hombre significa viajar a los Estados Unidos, trabajar y levantar la casa familiar en su pueblo natal. Crecer es un deber de los adolescentes, una gesta urgente, una apuesta a cara o cruz. No habían cumplido los 15 años cuando Santos, Diego y Andrés decidieron armar una mochila y migrar solos. ¿Qué ocurre cuando los chicos son deportados, cuando el sueño americano les termina sabiendo a poco o no llegan ni a rozarlo? Esta es la forma en que una aspiración rota impacta en los mandatos de masculinidad y se convierte en un problema nacional.

A Ohio le hacen falta chicos y a Santos, amigos. Piensa en ellos cada vez que vuelve de trabajar y la bienvenida se la da un cartel azul a la orilla del camino, a unos cuantos kilómetros de su hogar. Welcome to Ohio Street. Sector 2 to Sector 4, se lee en una lámina de letras blancas atornilladas a un poste metálico incrustado en la tierra. Nadie sabe muy bien cómo llegó ahí. Algunos vecinos creen que es una señalización original que viajó miles de kilómetros dentro de la mochila de un hombre que cruzó fronteras, desiertos y ríos, y regresó para rebautizar varios pueblos de por acá. Otros, que alguien del norte lo mandó a hacer y le pidió a su familia que lo erigiera al lado de la casa que les construyó. También hay versiones que aseguran que el cartel fue fabricado (y más: ideado) por manos nativas de este lugar como un recordatorio no de dónde se viene, sino hacia dónde se quiere ir. Lo cierto es que su aparición coincide con el periodo en que los niños y adolescentes comenzaron a migrar y ese cartel es la pista de su paradero.  

Este Ohio no es el “verdadero Ohio”, o al menos no el que el mundo conoce: la tierra en la que Neil Armstrong dio sus primeros pasos antes de caminar sobre la Luna, o en la que Thomas Alva Edison soñó por primera vez con la luz. Su nombre oficial es aldea Pajuil Pais, una pequeña comunidad de no más de mil habitantes, en su mayoría indígenas mayas quichés, ubicada en el municipio de Aguacatán, en Huehuetenango, el altiplano guatemalteco. En este lugar la electricidad se conoció hace poco.

Para llegar hasta este pueblo, a menos de 110 kilómetros de la frontera con México, pero a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, es necesario tener buenas piernas, un carro 4x4, o quizás basta con una moto destartalada y, en ese último caso, ser un conductor experimentado. Hay que tener buenos pulmones para no perder el aliento en la montaña y destreza para esquivar a los hombres que yacen desparramados sobre el camino de tierra, con los párpados hinchados y las mejillas quemadas. Hay que estar también bastante familiarizados con el lugar para entender que solo están borrachos. Aquí nació Santos hace 17 años y de este lugar también quiso irse hace tres. 

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En Pajuil, como en muchos de los pueblos rurales de Guatemala, no es difícil saber quién se fue. Basta con mirar las casas: construcciones coloridas de varios pisos levantadas en cemento, techos de dos aguas, estrellas y banderas de Estados Unidos pintadas en las paredes. Obras imponentes que contrastan con la paleta de colores verde y marrón del paisaje. La antropóloga Lizbeth Gramajo —quien por más de una década ha investigado el fenómeno migratorio en el altiplano— lo llama el “efecto demostración”. La fiebre del block —dice— es una expresión del estatus social y del éxito de las personas migrantes. Un recordatorio de que el sueño americano es real, o que al menos lo fue, hasta hace algunos años. Porque en comunidades como esta hay pocas cosas que agradecerle al Estado y muchas a “los Estados”; a los migrantes que se fueron a trabajar al norte y que desde allá envían dinero a sus familias. 

Si es fácil descubrir quiénes se marcharon, también lo es identificar a los que se quedaron. La casa de Santos no se parece a la de sus vecinos, es más pequeña y no tiene águilas calvas fusionadas con quetzales pintadas en las columnas. Es una pequeña construcción de madera de unos 15 metros cuadrados con piso de tierra. Aunque en esta casa viven seis, hay una sola cosa de todo: una única habitación —que es dormitorio, sala y cocina—, una sola tabla de madera húmeda en la que duerme toda la familia, un póster de la Virgen del Pilar, un único foquito de luz que cuelga del techo de lámina, un solo tanque que recoge el agua de la lluvia, un fogón sobre el suelo y una silla de madera desvencijada. Esta casa es el recuerdo de que Santos no está en el otro Ohio. Y no porque no lo haya intentado.

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Santos tenía 14 cuando soñó por primera vez lo que sueñan casi todos los chicos de su edad en su comunidad.

—Estaba pensando todo el tiempo en que voy a trabajar allá y voy a construir una mi casa acá —dice pausado, mientras se acomoda su gorra estampada con la figura de San Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles. 

Santos es un chico reservado de pocas palabras. En parte porque no se siente tan cómodo hablando español. Su idioma materno es el quiché. Pero también porque su padre, don Pedro, un agricultor que roza los 60 años, se encarga de interrumpirlo cada vez que habla; ha pasado gran parte de la mañana bebiendo. A lo largo de la charla en la que Santos intentará reconstruir su partida, y su regreso, el padre repetirá una misma frase: “Quería levantar una su casa”. El hogar como el único norte de esta familia. 

Fue la hermana mayor, María, quien terminó de convencer a la familia de que Santos viajara a Estados Unidos. Allá, les dijo, Santos podía trabajar de rufero —como se les llama a quienes se encargan de construir techos— y ganar casi 10 veces más de lo que se gana como albañil en Guatemala. Ella se había ido dos años antes, después de ahorrar un poco y conseguir que un tío le pagara el coyote para cruzar. Creen que fue a finales de 2019. Aunque en esta comunidad la mayoría de migrantes son varones, desde hace una década algunas mujeres jóvenes han comenzado a hacerlo. 

Ni el padre ni el hijo recuerdan muy bien el nombre de la ciudad en Ohio a la que llegó María y a la que, si todo salía bien, llegaría también su hermano. No saben si allí hace frío o si nieva, o si lo saben, no quieren decirlo. Lo más probable es que sea Cincinnati, el destino de muchos de los habitantes de Pajuil. Pero eso a Santos le tiene sin cuidado. Lo importante es que, a juzgar por las fotos que le manda, allá “es más chingón que acá”.

Pero que María se haya ido no significó un gran cambio para la economía de sus padres, ni para los otros cuatro hermanos que se quedaron de este lado. ¿Qué pasó? Ninguna sorpresa: cuestión de dinámicas familiares. “Con lo difícil que se ha puesto allá, siendo mujer y con hija, es probable que las prioridades sean mantener a su núcleo y que haya menos plata para mandar”, dice Alexis Mendoza, uno de los trabajadores sociales del gobierno guatemalteco, quien, junto a su dupla, la psicóloga Liset Herrera, acompaña con asistencia social y psicológica a decenas de chicos retornados en este y otros municipios aledaños. 

María tuvo dos hijas y don Pedro ganó a dos nietas, pero perdió las remesas. 

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Cuando Santos piensa en qué es ser hombre, no vacila: viajar, trabajar y construir una casa. Muchas de las imágenes que sube a sus estados de WhatsApp pregonan el mismo mensaje: “Quédate con un hombre que trabaja”. “No tendré dinero, pero sí sueños y ganas de chambear”. Santos no deja de ser un adolescente que usa el teléfono para coquetear, para subir sus éxitos como arquero en su equipo local de fútbol y en su trabajo en la construcción; y para hablar con algunos de sus amigos que ya están allá, en Estados Unidos. Fueron las redes sociales las que, en gran parte, le alimentaron las ganas de irse. Y es que la urgencia por ser adulto y la necesidad de sacar adelante a su familia son, para él, dos deseos inseparables. Por eso dejó la escuela en el tercer año de secundaria, porque debía crecer. Cuando cumplió los 14, su papá le organizó el viaje. 

Huehuetenango es el gran epicentro de las ausencias. El Índice de Actividad Migratoria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo registra que, en un país donde una de cada 20 familias tienen un familiar en el extranjero, en su mayoría en Estados Unidos, en este departamento la proporción se cuadruplica.

No existe un registro exacto de cuántas de esas personas que se fueron eran vivían su infancia o adolescencia, ni de cuántos decidieron hacerlo solos. Las estimaciones salen, más bien, de las cifras de los que vuelven deportados. Un cálculo por proporción. En 2023, el año en que se fue Santos, según el Instituto Guatemalteco de Migración 3 571 niños, niñas y adolescentes no acompañados fueron retornados desde Estados Unidos y México. De ellos, una sexta parte provenía de Huehuetenango, y dos de cada tres eran varones. 

“La de Santos es la edad promedio en la que los chicos de aquí deciden migrar solos: entre los 13 y los 15 años”, confirma Mendoza. Es la edad en la que empiezan a ser considerados adultos y recaen en ellos las responsabilidades de la familia.

En la escuela secundaria los profesores están acostumbrados a registrar las bajas y ver, cada año, las aulas más vacías. El impacto de la migración modificó incluso las estadísticas del Ministerio de Educación. En Aguacatán, 18 de cada 100 niños que terminan la primaria abandonan el sistema escolar. Es casi un 10 por ciento más que lo que registró hace una década. 

Si para las chicas la quinceañera es su rito de iniciación a la vida adulta, para los varones del altiplano migrar es su equivalente. “Quienes logran llegar son vistos como héroes. No solo por la familia, sino también por toda la comunidad”, dice Herrera. Y ¿quién no quiere ser el héroe de su clan? ¿Quién no quiere dejarlo todo, que es casi nada, para intentarlo? Los años en que la antropóloga Gramajo pasó entrevistando a decenas de familias le demostraron que el sueño americano es una utopía que se construye desde que los niños son muy pequeños. 

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No recuerda bien el día, ni el mes, ni el año. Aunque basta hacer un par de cuentas para intuir que fue en los primeros meses de 2023 cuando Santos inició su viaje. Y aunque por entonces nada aseguraba que las cosas serían fáciles, durante esa época las políticas migratorias del presidente Joe Biden, que prometían facilidades para el asilo y la regularización, hicieron que en estas comunidades indígenas en lo alto de la cordillera guatemalteca se extendiera un rumor. “Los coyotes se encargaron de esparcir la idea, de alguna manera con un fundamento legal (porque en esa época era posible), de que si los niños migraban solos o en compañía de un adulto, el ingreso a Estados Unidos sería más fácil”, dice Gramajo. 

Un día antes de partir, la familia de Santos hizo una oración frente al fogón. Él llevaba en su espalda una mochila con una botella de agua, una camisa extra, 1 500 pesos mexicanos en el bolsillo y el peso de una deuda familiar. Para pagar el coyote que lo cruzaría, don Pedro había vendido una pequeña parcelita donde sembraba la milpa —papa, frijol y chilacayote— de la que comía su familia. Lo hizo, dice, por su varón: “Para que levantara una su casa”. 

Santos salió solo de Pajuil rumbo a Aguacatán, la cabecera municipal. Ya en la ciudad llegó a una pequeña casa donde lo esperaba el Coyote y las 10 personas, o así, con las que más tarde iba a viajar. “Dormimos encima de unos colchones que tiraron en el piso, comimos espaguetis y a las tres de la mañana salimos en un microbús para la frontera”, recuerda. 

Cree que llegaron a Gracias a Dios, uno de los pueblos fronterizos entre Guatemala y México, un par de horas más tarde. Para entonces ya eran casi 100 migrantes. Muchos de ellos chicos de su edad, o al menos eso es lo que le parecía. Hasta entonces Santos no había conversado con nadie, hasta que uno de los chicos se le acercó y le habló en quiché. Fue, del viaje, su primer amigo. 

Ya en la frontera corrieron como por 20 minutos. “Y yo estaba muy feliz, porque pensaba que ya iba a llegar”. Aunque sabía que para acercarse a Ohio aún le faltaban varias semanas, México se sentía como la mitad del camino. En Chiapas un par de buses los estaba esperando.

Pasaron varias horas de tranquilidad en la ruta hasta que los detuvo un retén, y dos agentes de la Guardia Nacional mexicana subieron a hacer una inspección. 

—¿De dónde son? —les preguntaron a los más de 20 migrantes que iban en ese bus. 

—De Chiapas y vamos a ir a trabajar a Tijuana —contestó uno de ellos. 

—Mentira, no son de acá.  

Antes de cruzar, el coyote le había entregado al chico una hoja con su foto y un logo extranjero. En ese papel, Santos —que ya no se llamaba Santos, sino tenía otro nombre que nunca llegó a aprenderse— era mexicano. Le habían dicho que esa identidad falsa era su salvoconducto. Por eso, cuando uno de los policías se le acercó, él, con la confianza que tiene cualquiera que piensa que la va a librar, sacó rápido la hoja de su mochila. El papel terminó en el suelo y Santos en una patrulla. “Fue la única vez que tuve miedo —dice—. Y solo pensaba: ¿cómo le voy a decir a mi familia que me agarraron?”.

Santos intenta disimular pestañeando varias veces, mirando para otro lado, asegurando que ya no le da tristeza. Pero mientras recuerda el momento en que le cambió la vida para siempre, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Y es que cómo se le explica a una familia que esperó todo de él que no pudo hacerlo, que ni siquiera alcanzó a cruzar México. Cómo lo verán sus tíos, los vecinos, sus propios amigos. Cómo estará su hermana María, que lo estaba esperando. Cómo será su sobrina. Cómo volver. 

Después de ser detenido, Santos deambuló alrededor de un mes en México, entre la Estación Migratoria de Acayucan, Veracruz, y un albergue para menores del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, más conocido como el DIF. Llamaba a su familia una vez por semana. Si antes soñaba con llegar, en ese momento, resignado, lo único que quería era volver. 

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En los últimos años varios migrantes han vuelto a Pajuil. Algunos voluntariamente; otros, en su gran mayoría, porque fueron deportados después de permanecer muchos años en Estados Unidos. Vuelven a las casas que desde allá ayudaron a armar. Vuelven más grandes, más maduros, con la sensación de haber hecho todo lo que pudieron, de haber llegado y cumplido un sueño. Sus familiares los reciben como se recibe a cualquier héroe que regresa de su odisea: matan un cerdo, alquilan un salón y preparan una fiesta. 

Para Santos, en cambio, la bienvenida fue quizás lo más triste de su vida. No hubo fiesta ni celebraciones. Volvió sin su mochila y sin los pesos que se había metido en el bolsillo antes de partir: se los robaron en México. Cuando sus padres fueron a buscarlo a Casa Nuestras Raíces, el hogar estatal por el que pasan cientos de niños retornados al occidente del país, en Quetzaltenango, se largó a llorar. Los abrazó y volvieron a la misma casa que había dejado un mes atrás. 

“En todos los niños y niñas retornados vemos un gran sentimiento de frustración. Pero en los varones, hay algo en el fracaso de no poder proveer que, además, les da mucha vergüenza”, dice la psicóloga Herrera. La culpa por haber endeudado a sus familias es también un fantasma difícil de quitarse de encima. Cuando los trabajadores sociales los visitan, que suelen ser dos o tres veces como máximo, la conclusión que se llevan es casi siempre la misma. “Son conscientes del peso que llevaban a sus espaldas y del fracaso que significa no poder sacar adelante a su familia”, dice Alexis. 

Desde que Santos regresó a Pajuil no quiso volver a estudiar. Aunque don Pedro guarda con orgullo el diploma de tercero básico de su hijo, sabe que en esta casa lo que falta es plata. Santos comenzó a trabajar en la construcción y gana unos 20 dólares que se evaporan entre los gastos de la familia y los suyos. De vez en cuando un amigo le consigue trabajo en un pueblo lejano y tiene chance de ganar un poco más. No puede ahorrar mucho, pero guardar un par de centavos es quizás lo único que necesita para mantener su sueño intacto. “Como dicen que está peligroso allá, voy a esperar unos tres años para volver a irme”, cuenta. 

Hasta entonces, cuando él haya cumplido los 20 y Trump haya terminado su mandato, Santos seguirá cosechando la paciencia. Hace poco, en una de las tres cuentas de TikTok que se creó y que usa de forma aleatoria, subió una foto de una pirámide de seis latas de cerveza.

“Aquí echándole porque el día ya llegando, nuestro destino va llegando”, le escribió encima. Le agregó una serie de emojis: la bandera de Guatemala, la de México y la de Estados Unidos; un corazón roto y una carita de llanto.

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A unos 30 kilómetros de Pajuil, también en lo alto de las montañas de Huehuetenango, está la aldea Xenaxicul. Aquí, a principios de los años ochenta, el Ejército cometió una masacre que acabó con casi todos los habitantes de la comunidad. Algunos años después, la aldea se volvió a poblar con los sobrevivientes y también con personas que habían huido de otros lugares. Entre ellos, la madre de Diego. Quizás por eso el éxodo transpira en la piel de este pueblo y de esta familia. 

A diferencia de sus padres, Diego habla un español rápido y fluido, y siempre que puede aprovecha esa ventaja para mentir sobre su edad. Dice que tiene 18. Pero su mamá, una mujer indígena quiché, lo corregirá en un impecable castellano las veces que sean necesarias: Diego tiene 17. La que parece ser una inocente confusión tiene muy poco de accidental. Desde hace apenas unos meses, cuando el chico volvió del shelter para menores en Texas donde estuvo detenido por cinco meses, se ha empeñado en decir que ya es más grande, que es mayor de edad. 

En esta familia migrar es lo que toca hacer cuando uno crece. El primero en irse fue el padre. A principios de los dos mil llegó a Pensilvania, donde un par de amigos le ofrecieron trabajo en la construcción; después se mudó a Carolina del Norte, donde estuvo un par de años más. La plata que mandaba le alcanzaba a la familia para comer, pero no era lo suficiente como para deshacerse de las láminas y construir la casa de block con la que habían soñado. El padre volvió algunos años después, pero de alguna manera trazó la ruta del destino de sus hijos.

En 2021 se fue el hijo mayor y poco tiempo después, su hermana. Se asentaron en las afueras de Florida, donde consiguieron trabajo en un restaurante de salvadoreños. Desde allá se comunicaban por videollamadas y les mostraban a sus padres y a Diego, el penúltimo de sus hermanos, algunas de sus proezas en la cocina: aprendieron a hacer pupusas, tacos y pizzas. De este lado de la frontera, Diego comenzó a guardar las fotos que le mandaban y a acumular en su galería otras que él mismo había tomado: una casa azul y estrellas de concreto que había visto en la entrada de su pueblo; y la imagen de un Toyota Hilux. “Era el único sueño que tenía: tener una casa, tener un carro y ganar dinero”, dice. Cuando cumpliera los 14, cuando se hiciera hombre, sus hermanos le pagarían el viaje. 

Al igual que lo hizo Santos, Diego salió de su pueblo rumbo a los Estados en 2023, justo después de su cumpleaños, pero al contrario del primero, él sí llegó. “El viaje la verdad fue facilito, todo muy facilito”, dice sin titubear. Aunque después el relato de su travesía revelará que fue todo lo contrario. 

Unos días después de cruzar la frontera entre Guatemala y México, el camión en el que iba Diego fue detenido por la policía de Puebla. Era una posibilidad que su familia y el coyote ya habían contemplado y, por eso, cuando lo agarraron, le marcó a sus hermanos. Arreglaron que un tío que vivía en México lograra sacarlo del albergue al que lo habían llevado y que, después de eso, otro coyote lo llevara hasta la frontera con Arizona. Ahí, el chico se entregaría a las autoridades. Era una época en la que todavía el gobierno estadounidense respetaba, en gran medida, la norma de no deportación inmediata de menores de edad, dándoles la oportunidad de continuar su proceso migratorio dentro del país. Desde Florida, sus hermanos se asesoraron con un abogado y pidieron la reunificación familiar. Un mes después, Diego estaba con ellos en una casa de alfombras y aire acondicionado.

 El viaje lo había hecho sentir más grande, más hombre, pero en Los Estados su cara de adolescente lo delataba. Para él, cuya obsesión siempre había sido crecer, la edad le jugaba en contra. “En el restaurante me decían: ¿qué tal te van a arrestar por tu culpa? ¿Qué tal si te llega a pasar algo?”. Por eso y porque sus papeles aún no se habían arreglado, comenzó a trabajar entre cuatro y cinco horas al día en la cocina; la mitad del tiempo que hacían sus hermanos. Su tiempo libre lo dedicó a aprender bien el español y a perfeccionar el Hello, how are you, I’m from Guatemala en inglés.  

Diego estuvo dos años viviendo en Florida y mandaba, al mes, unos 500 dólares a su familia. Había aprendido a cocinar y en TikTok llegaba casi a los dos millones de seguidores. Mostraba recetas, presumía sus outfits y subía videos de algunos de los platillos más exóticos que cocinaban en el restaurante. A veces contestaba algunos mensajes de chicos que desde Xenaxicul le preguntaban cómo era la vida allá. Un influencer del sueño americano. 

Pero la fama, como siempre, es efímera. A finales de 2025 agentes del ICE detuvieron a Diego cuando regresaba a su casa.  

—Vamos, nos acompañas un rato, y ahorita te vamos a regresar —le dijeron en español. 

Un par de horas más tarde, en el centro de detención, entendió que no iba a regresar. “Y ahí, no te miento, comencé a llorar”.

De Florida lo trasladaron a Texas donde pasó alrededor de 20 semanas. No vio a un juez ni tuvo chance de pelear su caso; fue uno de los 61 niños guatemaltecos que en diciembre de 2025 volvieron a su país deportados por vía aérea. 

Cuando sus padres lo fueron a recoger a Ciudad de Guatemala, Diego les pidió un celular. Probó loguearse en su cuenta de TikTok con la contraseña que había repetido tantas veces en su memoria. No existía el usuario. No sabe bien cómo y tampoco está muy claro por qué habrían de hacerlo, pero Diego jura que fueron los agentes que lo detuvieron en Estados Unidos los que le hackearon la cuenta y le robaron los seguidores. De la época en que estuvo allá y de su fugaz momento como celebridad le quedaron un par de capturas de pantalla y la receta del sushi que aprendió, que acá en su comunidad va a ser imposible replicar. 

Diego a veces se despierta por la noche llorando. Dice que sueña que está con sus hermanos. Su mamá lo consuela, y en ese momento deja de tener los 18 años que anhela, para volver a tener 10. Es una sensación extraña esta, la de crecer. “Yo pensé que para los 18 años iba a tener una casa, pero pues ni sentí el tiempo, sentí como que pasó todo volando. Pero algún día lo voy a lograr”. 

Diego ha rechazado los programas de acompañamiento que Herrera y Mendoza le han ofrecido. Le dijeron que hay becas para sacar carreras técnicas, para estudiar cocina o aprender a arreglar autos, pero eso implicaría mudarse a la cabecera departamental y renunciar a trabajar y aportar a la economía familiar. Diego los escucha, les sonríe, pero les dice que “no, muchas gracias”. Si se va de nuevo es para volver a los Estados, ese es su lugar, ningún otro.

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Cuando en 2025 Donald Trump asumió el segundo mandato y desplegó la batalla antimigrante, decenas de economistas salieron, en masa, a augurar el desastre: una posible caída de las remesas afectaría a una de cada 12 familias guatemaltecas. El golpe, decían, también sería en lo macroeconómico. Para un país como Guatemala, en el que el dinero enviado del extranjero representa el 20% del PIB, las consecuencias serían devastadoras.   

La antropóloga Lizbeth Gramajo estaba casi segura de que ocurriría lo contrario. Ella, que había monitoreado los cambios migratorios durante el primer mandato del republicano, confirmó que el endurecimiento de las políticas migratorias, en lugar de disminuir las remesas, provocaba que los migrantes en Estados Unidos aceleraran el envío de plata y priorizaran las construcción de casas en los pueblos de origen. Era una forma de tener a dónde volver y de mantener seguro el dinero en caso de que fueran deportados. El tiempo le dio la razón. En el primer semestre de este año, 15 447 millones de dólares entraron al país gracias a los migrantes. Casi un 6% más que en años anteriores. 

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A sus escasos 15 años, Andrés fue uno de esos que desde el norte “la vieron venir”. Quizás porque desde que era chico le tocó aprender a ser previsor.

Una mañana, cuando era pequeño, escuchó a su padre decir que se iba para Estados Unidos. Desde allá haría lo que hace todo buen hombre: trabajar y mandar dinero. Pero al poco tiempo de partir, en su familia dejaron de recibir remesas. No tardaron en enterarse por Facebook que se había casado de nuevo. Eso significaba que, de este lado de la frontera, al que le tocaba crecer era a él.

A los 12 Andrés dejó la primaria para meterse de lleno al negocio de la verdulería. Aprendió las técnicas de venta y distribución con algunos familiares en el mercado de la Ciudad de Huehuetenango, el más importante de esta región, y el más caótico también. Dejó de interesarle hacer amigos, jugar al fútbol y salir a la montaña. Lo único que quería era ganar plata y ahorrar.  

Fue uno de los chicos del mercado el que le contó que sus tíos, dos coyotes con un buen récord cruzando niños en la frontera, podrían ofrecerle un viaje seguro. El trato era que, con sus ahorros, Andrés pagara un pequeño adelanto del viaje. El resto, unos 13 mil dólares, podría pagarlo a cuotas desde Estados Unidos, donde le estaría esperando un trabajo como ganadero. Al principio esa cantidad le pareció descabellada, pero esta gente le aseguraba que, una vez estando allá, la plata se conseguía con unos pocos meses de trabajo duro. 

En una cena el chico le contó el plan a la mamá. A ninguna madre huehueteca una propuesta así le toma por sorpresa, así que lo único que hizo fue asegurarse de que su hijo lo hiciera por los buenos motivos, de si pesaba más la presión o el deseo, si irse era lo que en realidad el chico quería. La pregunta de su madre a Andrés le pareció un chiste. “¿Qué más iba a querer?”. 

Del viaje prefiere no hablar. Recuerda que cruzó sin problema las fronteras a pie, en carro y camiones, y que después, en Estados Unidos, caminó por el desierto. “No es algo que me haya afectado porque ya estaba acostumbrado a caminar”, dice, orgulloso de su travesía. 

Herrera, la psicóloga, apunta que es común que los chicos a esa edad minimicen los riesgos que pasaron a lo largo del viaje. Es su forma de lidiar con el trauma. “No es que no lo recuerden o que les parezca fácil, es que no quieren percibirse como víctimas”. Es también una forma de no preocupar a sus familias. “Nuestros cuerpos son los textos que llevan los recuerdos y por lo tanto recordar no es menos que la reencarnación”, dijo alguna vez la teóloga feminista Katie Cannon. A estos chicos les tomará años comprender este proceso. 

Andrés llegó a Michigan un mes después de salir. Lo recibió la gente con la que alguna vez se había topado en el mercado, manos que alguna vez había estrechado, chicos con los que había cruzado algunas palabras, todos estaban allá. Le dieron una cama en una casa donde vivían otras siete personas, y en nueve meses terminó de pagar su deuda con el coyote. Todo gracias a arrear vacas. Su vida transcurría en un mundo de adultos que le encantaba. Pero el último año la presencia de agentes migratorios en las calles empezaron sembrar el terror en su nuevo barrio. “Vivíamos con miedo, todo el tiempo con miedo”, recuerda. 

Fue la detención de un amigo de la finca lo que lo motivó a mandar todo el dinero que podía a Guatemala. Cambió su ruta habitual, empezó a salir menos. Casa, trabajo, casa, trabajo, casa trabajo; la receta era sencilla y efectiva. Durante ese tiempo reunió lo suficiente para que su madre comprara un terrenito en las afueras de Huehuetenango y empezara a levantar una casa de block de dos pisos. 

Estaba terminando de mandar instrucciones de construcción desde lejos, cuando en un día libre de septiembre de 2025, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas tocaron la puerta de su casa en Michigan. No había nadie más que él. “Me pidieron que saliera y ahí me agarraron”, dice. Estuvo un mes detenido en un centro para menores, hasta que alguien firmó unos papeles que sentenciaban su deportación. 

Hace un par de semanas, ya en Guatemala, a Andrés comenzaron a llegarle algunas cosas que había dejado en el norte y que sus amigos le hicieron el favor de enviar. Ropa, tenis, gorras. En esta casa sin armarios, las cajas aún permanecen cerradas, como si ellas también, al igual que su dueño, se resistieran a la mudanza.

Andrés pudo lo que Santos y Diego no pudieron, se compró una moto y alcanzó a “levantar una su casa”. Pero esta construcción en marcha no termina de convencerle. “Es que le falta el repello, las puertas y las ventanas”, se queja. Aunque la gente le dice que cumplió el sueño y su mamá se encarga de recordarle siempre lo orgullosa que está de él, hay algo de la sensación de “hacerlo a medias” que, de vez en cuando, le atormenta. 

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En el último año las cifras de menores de edad deportados cayeron drásticamente en el país: 905 niñas, niños y adolescentes no acompañados regresaron desde México y Estados Unidos. Es una cuarta parte de los que volvieron el año anterior. Y si regresan menos es porque también se están yendo menos. 

No es ninguna novedad. A la etapa en la que se encuentran Santos, Diego y Andrés, en la que navegan entre las aguas de la frustración y el deseo, entre las ganas de irse y la imposibilidad de hacerlo, los expertos la llaman “período de inmovilidad forzada”. Hoy, aquel rumor que corrió hace algunos años y que propició que miles de niños abandonaran sus casas para buscar un sueño, se pulveriza al tiempo que crecen las noticias de detenciones en el norte, la frontera con Estados Unidos se traza de facto en el río Suchiate, se hace más riesgoso viajar y las palabras de Kristi Noem, ex secretaria de Seguridad Nacional de Trump, se reproducen en la televisión, en YouTube y en las redes sociales de millones de jóvenes latinoamericanos: “Los vamos a cazar”. 

El mensaje caló, pero parece ser momentáneo. Los chicos lo tienen claro: no se trata de no migrar, sino de saber esperar.

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Este Ohio no es como el de allá

Este Ohio no es como el de allá

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2026
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En el altiplano guatemalteco, convertirse en hombre significa viajar a los Estados Unidos, trabajar y levantar la casa familiar en su pueblo natal. Crecer es un deber de los adolescentes, una gesta urgente, una apuesta a cara o cruz. No habían cumplido los 15 años cuando Santos, Diego y Andrés decidieron armar una mochila y migrar solos. ¿Qué ocurre cuando los chicos son deportados, cuando el sueño americano les termina sabiendo a poco o no llegan ni a rozarlo? Esta es la forma en que una aspiración rota impacta en los mandatos de masculinidad y se convierte en un problema nacional.

A Ohio le hacen falta chicos y a Santos, amigos. Piensa en ellos cada vez que vuelve de trabajar y la bienvenida se la da un cartel azul a la orilla del camino, a unos cuantos kilómetros de su hogar. Welcome to Ohio Street. Sector 2 to Sector 4, se lee en una lámina de letras blancas atornilladas a un poste metálico incrustado en la tierra. Nadie sabe muy bien cómo llegó ahí. Algunos vecinos creen que es una señalización original que viajó miles de kilómetros dentro de la mochila de un hombre que cruzó fronteras, desiertos y ríos, y regresó para rebautizar varios pueblos de por acá. Otros, que alguien del norte lo mandó a hacer y le pidió a su familia que lo erigiera al lado de la casa que les construyó. También hay versiones que aseguran que el cartel fue fabricado (y más: ideado) por manos nativas de este lugar como un recordatorio no de dónde se viene, sino hacia dónde se quiere ir. Lo cierto es que su aparición coincide con el periodo en que los niños y adolescentes comenzaron a migrar y ese cartel es la pista de su paradero.  

Este Ohio no es el “verdadero Ohio”, o al menos no el que el mundo conoce: la tierra en la que Neil Armstrong dio sus primeros pasos antes de caminar sobre la Luna, o en la que Thomas Alva Edison soñó por primera vez con la luz. Su nombre oficial es aldea Pajuil Pais, una pequeña comunidad de no más de mil habitantes, en su mayoría indígenas mayas quichés, ubicada en el municipio de Aguacatán, en Huehuetenango, el altiplano guatemalteco. En este lugar la electricidad se conoció hace poco.

Para llegar hasta este pueblo, a menos de 110 kilómetros de la frontera con México, pero a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, es necesario tener buenas piernas, un carro 4x4, o quizás basta con una moto destartalada y, en ese último caso, ser un conductor experimentado. Hay que tener buenos pulmones para no perder el aliento en la montaña y destreza para esquivar a los hombres que yacen desparramados sobre el camino de tierra, con los párpados hinchados y las mejillas quemadas. Hay que estar también bastante familiarizados con el lugar para entender que solo están borrachos. Aquí nació Santos hace 17 años y de este lugar también quiso irse hace tres. 

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En Pajuil, como en muchos de los pueblos rurales de Guatemala, no es difícil saber quién se fue. Basta con mirar las casas: construcciones coloridas de varios pisos levantadas en cemento, techos de dos aguas, estrellas y banderas de Estados Unidos pintadas en las paredes. Obras imponentes que contrastan con la paleta de colores verde y marrón del paisaje. La antropóloga Lizbeth Gramajo —quien por más de una década ha investigado el fenómeno migratorio en el altiplano— lo llama el “efecto demostración”. La fiebre del block —dice— es una expresión del estatus social y del éxito de las personas migrantes. Un recordatorio de que el sueño americano es real, o que al menos lo fue, hasta hace algunos años. Porque en comunidades como esta hay pocas cosas que agradecerle al Estado y muchas a “los Estados”; a los migrantes que se fueron a trabajar al norte y que desde allá envían dinero a sus familias. 

Si es fácil descubrir quiénes se marcharon, también lo es identificar a los que se quedaron. La casa de Santos no se parece a la de sus vecinos, es más pequeña y no tiene águilas calvas fusionadas con quetzales pintadas en las columnas. Es una pequeña construcción de madera de unos 15 metros cuadrados con piso de tierra. Aunque en esta casa viven seis, hay una sola cosa de todo: una única habitación —que es dormitorio, sala y cocina—, una sola tabla de madera húmeda en la que duerme toda la familia, un póster de la Virgen del Pilar, un único foquito de luz que cuelga del techo de lámina, un solo tanque que recoge el agua de la lluvia, un fogón sobre el suelo y una silla de madera desvencijada. Esta casa es el recuerdo de que Santos no está en el otro Ohio. Y no porque no lo haya intentado.

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Santos tenía 14 cuando soñó por primera vez lo que sueñan casi todos los chicos de su edad en su comunidad.

—Estaba pensando todo el tiempo en que voy a trabajar allá y voy a construir una mi casa acá —dice pausado, mientras se acomoda su gorra estampada con la figura de San Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles. 

Santos es un chico reservado de pocas palabras. En parte porque no se siente tan cómodo hablando español. Su idioma materno es el quiché. Pero también porque su padre, don Pedro, un agricultor que roza los 60 años, se encarga de interrumpirlo cada vez que habla; ha pasado gran parte de la mañana bebiendo. A lo largo de la charla en la que Santos intentará reconstruir su partida, y su regreso, el padre repetirá una misma frase: “Quería levantar una su casa”. El hogar como el único norte de esta familia. 

Fue la hermana mayor, María, quien terminó de convencer a la familia de que Santos viajara a Estados Unidos. Allá, les dijo, Santos podía trabajar de rufero —como se les llama a quienes se encargan de construir techos— y ganar casi 10 veces más de lo que se gana como albañil en Guatemala. Ella se había ido dos años antes, después de ahorrar un poco y conseguir que un tío le pagara el coyote para cruzar. Creen que fue a finales de 2019. Aunque en esta comunidad la mayoría de migrantes son varones, desde hace una década algunas mujeres jóvenes han comenzado a hacerlo. 

Ni el padre ni el hijo recuerdan muy bien el nombre de la ciudad en Ohio a la que llegó María y a la que, si todo salía bien, llegaría también su hermano. No saben si allí hace frío o si nieva, o si lo saben, no quieren decirlo. Lo más probable es que sea Cincinnati, el destino de muchos de los habitantes de Pajuil. Pero eso a Santos le tiene sin cuidado. Lo importante es que, a juzgar por las fotos que le manda, allá “es más chingón que acá”.

Pero que María se haya ido no significó un gran cambio para la economía de sus padres, ni para los otros cuatro hermanos que se quedaron de este lado. ¿Qué pasó? Ninguna sorpresa: cuestión de dinámicas familiares. “Con lo difícil que se ha puesto allá, siendo mujer y con hija, es probable que las prioridades sean mantener a su núcleo y que haya menos plata para mandar”, dice Alexis Mendoza, uno de los trabajadores sociales del gobierno guatemalteco, quien, junto a su dupla, la psicóloga Liset Herrera, acompaña con asistencia social y psicológica a decenas de chicos retornados en este y otros municipios aledaños. 

María tuvo dos hijas y don Pedro ganó a dos nietas, pero perdió las remesas. 

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Cuando Santos piensa en qué es ser hombre, no vacila: viajar, trabajar y construir una casa. Muchas de las imágenes que sube a sus estados de WhatsApp pregonan el mismo mensaje: “Quédate con un hombre que trabaja”. “No tendré dinero, pero sí sueños y ganas de chambear”. Santos no deja de ser un adolescente que usa el teléfono para coquetear, para subir sus éxitos como arquero en su equipo local de fútbol y en su trabajo en la construcción; y para hablar con algunos de sus amigos que ya están allá, en Estados Unidos. Fueron las redes sociales las que, en gran parte, le alimentaron las ganas de irse. Y es que la urgencia por ser adulto y la necesidad de sacar adelante a su familia son, para él, dos deseos inseparables. Por eso dejó la escuela en el tercer año de secundaria, porque debía crecer. Cuando cumplió los 14, su papá le organizó el viaje. 

Huehuetenango es el gran epicentro de las ausencias. El Índice de Actividad Migratoria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo registra que, en un país donde una de cada 20 familias tienen un familiar en el extranjero, en su mayoría en Estados Unidos, en este departamento la proporción se cuadruplica.

No existe un registro exacto de cuántas de esas personas que se fueron eran vivían su infancia o adolescencia, ni de cuántos decidieron hacerlo solos. Las estimaciones salen, más bien, de las cifras de los que vuelven deportados. Un cálculo por proporción. En 2023, el año en que se fue Santos, según el Instituto Guatemalteco de Migración 3 571 niños, niñas y adolescentes no acompañados fueron retornados desde Estados Unidos y México. De ellos, una sexta parte provenía de Huehuetenango, y dos de cada tres eran varones. 

“La de Santos es la edad promedio en la que los chicos de aquí deciden migrar solos: entre los 13 y los 15 años”, confirma Mendoza. Es la edad en la que empiezan a ser considerados adultos y recaen en ellos las responsabilidades de la familia.

En la escuela secundaria los profesores están acostumbrados a registrar las bajas y ver, cada año, las aulas más vacías. El impacto de la migración modificó incluso las estadísticas del Ministerio de Educación. En Aguacatán, 18 de cada 100 niños que terminan la primaria abandonan el sistema escolar. Es casi un 10 por ciento más que lo que registró hace una década. 

Si para las chicas la quinceañera es su rito de iniciación a la vida adulta, para los varones del altiplano migrar es su equivalente. “Quienes logran llegar son vistos como héroes. No solo por la familia, sino también por toda la comunidad”, dice Herrera. Y ¿quién no quiere ser el héroe de su clan? ¿Quién no quiere dejarlo todo, que es casi nada, para intentarlo? Los años en que la antropóloga Gramajo pasó entrevistando a decenas de familias le demostraron que el sueño americano es una utopía que se construye desde que los niños son muy pequeños. 

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No recuerda bien el día, ni el mes, ni el año. Aunque basta hacer un par de cuentas para intuir que fue en los primeros meses de 2023 cuando Santos inició su viaje. Y aunque por entonces nada aseguraba que las cosas serían fáciles, durante esa época las políticas migratorias del presidente Joe Biden, que prometían facilidades para el asilo y la regularización, hicieron que en estas comunidades indígenas en lo alto de la cordillera guatemalteca se extendiera un rumor. “Los coyotes se encargaron de esparcir la idea, de alguna manera con un fundamento legal (porque en esa época era posible), de que si los niños migraban solos o en compañía de un adulto, el ingreso a Estados Unidos sería más fácil”, dice Gramajo. 

Un día antes de partir, la familia de Santos hizo una oración frente al fogón. Él llevaba en su espalda una mochila con una botella de agua, una camisa extra, 1 500 pesos mexicanos en el bolsillo y el peso de una deuda familiar. Para pagar el coyote que lo cruzaría, don Pedro había vendido una pequeña parcelita donde sembraba la milpa —papa, frijol y chilacayote— de la que comía su familia. Lo hizo, dice, por su varón: “Para que levantara una su casa”. 

Santos salió solo de Pajuil rumbo a Aguacatán, la cabecera municipal. Ya en la ciudad llegó a una pequeña casa donde lo esperaba el Coyote y las 10 personas, o así, con las que más tarde iba a viajar. “Dormimos encima de unos colchones que tiraron en el piso, comimos espaguetis y a las tres de la mañana salimos en un microbús para la frontera”, recuerda. 

Cree que llegaron a Gracias a Dios, uno de los pueblos fronterizos entre Guatemala y México, un par de horas más tarde. Para entonces ya eran casi 100 migrantes. Muchos de ellos chicos de su edad, o al menos eso es lo que le parecía. Hasta entonces Santos no había conversado con nadie, hasta que uno de los chicos se le acercó y le habló en quiché. Fue, del viaje, su primer amigo. 

Ya en la frontera corrieron como por 20 minutos. “Y yo estaba muy feliz, porque pensaba que ya iba a llegar”. Aunque sabía que para acercarse a Ohio aún le faltaban varias semanas, México se sentía como la mitad del camino. En Chiapas un par de buses los estaba esperando.

Pasaron varias horas de tranquilidad en la ruta hasta que los detuvo un retén, y dos agentes de la Guardia Nacional mexicana subieron a hacer una inspección. 

—¿De dónde son? —les preguntaron a los más de 20 migrantes que iban en ese bus. 

—De Chiapas y vamos a ir a trabajar a Tijuana —contestó uno de ellos. 

—Mentira, no son de acá.  

Antes de cruzar, el coyote le había entregado al chico una hoja con su foto y un logo extranjero. En ese papel, Santos —que ya no se llamaba Santos, sino tenía otro nombre que nunca llegó a aprenderse— era mexicano. Le habían dicho que esa identidad falsa era su salvoconducto. Por eso, cuando uno de los policías se le acercó, él, con la confianza que tiene cualquiera que piensa que la va a librar, sacó rápido la hoja de su mochila. El papel terminó en el suelo y Santos en una patrulla. “Fue la única vez que tuve miedo —dice—. Y solo pensaba: ¿cómo le voy a decir a mi familia que me agarraron?”.

Santos intenta disimular pestañeando varias veces, mirando para otro lado, asegurando que ya no le da tristeza. Pero mientras recuerda el momento en que le cambió la vida para siempre, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Y es que cómo se le explica a una familia que esperó todo de él que no pudo hacerlo, que ni siquiera alcanzó a cruzar México. Cómo lo verán sus tíos, los vecinos, sus propios amigos. Cómo estará su hermana María, que lo estaba esperando. Cómo será su sobrina. Cómo volver. 

Después de ser detenido, Santos deambuló alrededor de un mes en México, entre la Estación Migratoria de Acayucan, Veracruz, y un albergue para menores del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, más conocido como el DIF. Llamaba a su familia una vez por semana. Si antes soñaba con llegar, en ese momento, resignado, lo único que quería era volver. 

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En los últimos años varios migrantes han vuelto a Pajuil. Algunos voluntariamente; otros, en su gran mayoría, porque fueron deportados después de permanecer muchos años en Estados Unidos. Vuelven a las casas que desde allá ayudaron a armar. Vuelven más grandes, más maduros, con la sensación de haber hecho todo lo que pudieron, de haber llegado y cumplido un sueño. Sus familiares los reciben como se recibe a cualquier héroe que regresa de su odisea: matan un cerdo, alquilan un salón y preparan una fiesta. 

Para Santos, en cambio, la bienvenida fue quizás lo más triste de su vida. No hubo fiesta ni celebraciones. Volvió sin su mochila y sin los pesos que se había metido en el bolsillo antes de partir: se los robaron en México. Cuando sus padres fueron a buscarlo a Casa Nuestras Raíces, el hogar estatal por el que pasan cientos de niños retornados al occidente del país, en Quetzaltenango, se largó a llorar. Los abrazó y volvieron a la misma casa que había dejado un mes atrás. 

“En todos los niños y niñas retornados vemos un gran sentimiento de frustración. Pero en los varones, hay algo en el fracaso de no poder proveer que, además, les da mucha vergüenza”, dice la psicóloga Herrera. La culpa por haber endeudado a sus familias es también un fantasma difícil de quitarse de encima. Cuando los trabajadores sociales los visitan, que suelen ser dos o tres veces como máximo, la conclusión que se llevan es casi siempre la misma. “Son conscientes del peso que llevaban a sus espaldas y del fracaso que significa no poder sacar adelante a su familia”, dice Alexis. 

Desde que Santos regresó a Pajuil no quiso volver a estudiar. Aunque don Pedro guarda con orgullo el diploma de tercero básico de su hijo, sabe que en esta casa lo que falta es plata. Santos comenzó a trabajar en la construcción y gana unos 20 dólares que se evaporan entre los gastos de la familia y los suyos. De vez en cuando un amigo le consigue trabajo en un pueblo lejano y tiene chance de ganar un poco más. No puede ahorrar mucho, pero guardar un par de centavos es quizás lo único que necesita para mantener su sueño intacto. “Como dicen que está peligroso allá, voy a esperar unos tres años para volver a irme”, cuenta. 

Hasta entonces, cuando él haya cumplido los 20 y Trump haya terminado su mandato, Santos seguirá cosechando la paciencia. Hace poco, en una de las tres cuentas de TikTok que se creó y que usa de forma aleatoria, subió una foto de una pirámide de seis latas de cerveza.

“Aquí echándole porque el día ya llegando, nuestro destino va llegando”, le escribió encima. Le agregó una serie de emojis: la bandera de Guatemala, la de México y la de Estados Unidos; un corazón roto y una carita de llanto.

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A unos 30 kilómetros de Pajuil, también en lo alto de las montañas de Huehuetenango, está la aldea Xenaxicul. Aquí, a principios de los años ochenta, el Ejército cometió una masacre que acabó con casi todos los habitantes de la comunidad. Algunos años después, la aldea se volvió a poblar con los sobrevivientes y también con personas que habían huido de otros lugares. Entre ellos, la madre de Diego. Quizás por eso el éxodo transpira en la piel de este pueblo y de esta familia. 

A diferencia de sus padres, Diego habla un español rápido y fluido, y siempre que puede aprovecha esa ventaja para mentir sobre su edad. Dice que tiene 18. Pero su mamá, una mujer indígena quiché, lo corregirá en un impecable castellano las veces que sean necesarias: Diego tiene 17. La que parece ser una inocente confusión tiene muy poco de accidental. Desde hace apenas unos meses, cuando el chico volvió del shelter para menores en Texas donde estuvo detenido por cinco meses, se ha empeñado en decir que ya es más grande, que es mayor de edad. 

En esta familia migrar es lo que toca hacer cuando uno crece. El primero en irse fue el padre. A principios de los dos mil llegó a Pensilvania, donde un par de amigos le ofrecieron trabajo en la construcción; después se mudó a Carolina del Norte, donde estuvo un par de años más. La plata que mandaba le alcanzaba a la familia para comer, pero no era lo suficiente como para deshacerse de las láminas y construir la casa de block con la que habían soñado. El padre volvió algunos años después, pero de alguna manera trazó la ruta del destino de sus hijos.

En 2021 se fue el hijo mayor y poco tiempo después, su hermana. Se asentaron en las afueras de Florida, donde consiguieron trabajo en un restaurante de salvadoreños. Desde allá se comunicaban por videollamadas y les mostraban a sus padres y a Diego, el penúltimo de sus hermanos, algunas de sus proezas en la cocina: aprendieron a hacer pupusas, tacos y pizzas. De este lado de la frontera, Diego comenzó a guardar las fotos que le mandaban y a acumular en su galería otras que él mismo había tomado: una casa azul y estrellas de concreto que había visto en la entrada de su pueblo; y la imagen de un Toyota Hilux. “Era el único sueño que tenía: tener una casa, tener un carro y ganar dinero”, dice. Cuando cumpliera los 14, cuando se hiciera hombre, sus hermanos le pagarían el viaje. 

Al igual que lo hizo Santos, Diego salió de su pueblo rumbo a los Estados en 2023, justo después de su cumpleaños, pero al contrario del primero, él sí llegó. “El viaje la verdad fue facilito, todo muy facilito”, dice sin titubear. Aunque después el relato de su travesía revelará que fue todo lo contrario. 

Unos días después de cruzar la frontera entre Guatemala y México, el camión en el que iba Diego fue detenido por la policía de Puebla. Era una posibilidad que su familia y el coyote ya habían contemplado y, por eso, cuando lo agarraron, le marcó a sus hermanos. Arreglaron que un tío que vivía en México lograra sacarlo del albergue al que lo habían llevado y que, después de eso, otro coyote lo llevara hasta la frontera con Arizona. Ahí, el chico se entregaría a las autoridades. Era una época en la que todavía el gobierno estadounidense respetaba, en gran medida, la norma de no deportación inmediata de menores de edad, dándoles la oportunidad de continuar su proceso migratorio dentro del país. Desde Florida, sus hermanos se asesoraron con un abogado y pidieron la reunificación familiar. Un mes después, Diego estaba con ellos en una casa de alfombras y aire acondicionado.

 El viaje lo había hecho sentir más grande, más hombre, pero en Los Estados su cara de adolescente lo delataba. Para él, cuya obsesión siempre había sido crecer, la edad le jugaba en contra. “En el restaurante me decían: ¿qué tal te van a arrestar por tu culpa? ¿Qué tal si te llega a pasar algo?”. Por eso y porque sus papeles aún no se habían arreglado, comenzó a trabajar entre cuatro y cinco horas al día en la cocina; la mitad del tiempo que hacían sus hermanos. Su tiempo libre lo dedicó a aprender bien el español y a perfeccionar el Hello, how are you, I’m from Guatemala en inglés.  

Diego estuvo dos años viviendo en Florida y mandaba, al mes, unos 500 dólares a su familia. Había aprendido a cocinar y en TikTok llegaba casi a los dos millones de seguidores. Mostraba recetas, presumía sus outfits y subía videos de algunos de los platillos más exóticos que cocinaban en el restaurante. A veces contestaba algunos mensajes de chicos que desde Xenaxicul le preguntaban cómo era la vida allá. Un influencer del sueño americano. 

Pero la fama, como siempre, es efímera. A finales de 2025 agentes del ICE detuvieron a Diego cuando regresaba a su casa.  

—Vamos, nos acompañas un rato, y ahorita te vamos a regresar —le dijeron en español. 

Un par de horas más tarde, en el centro de detención, entendió que no iba a regresar. “Y ahí, no te miento, comencé a llorar”.

De Florida lo trasladaron a Texas donde pasó alrededor de 20 semanas. No vio a un juez ni tuvo chance de pelear su caso; fue uno de los 61 niños guatemaltecos que en diciembre de 2025 volvieron a su país deportados por vía aérea. 

Cuando sus padres lo fueron a recoger a Ciudad de Guatemala, Diego les pidió un celular. Probó loguearse en su cuenta de TikTok con la contraseña que había repetido tantas veces en su memoria. No existía el usuario. No sabe bien cómo y tampoco está muy claro por qué habrían de hacerlo, pero Diego jura que fueron los agentes que lo detuvieron en Estados Unidos los que le hackearon la cuenta y le robaron los seguidores. De la época en que estuvo allá y de su fugaz momento como celebridad le quedaron un par de capturas de pantalla y la receta del sushi que aprendió, que acá en su comunidad va a ser imposible replicar. 

Diego a veces se despierta por la noche llorando. Dice que sueña que está con sus hermanos. Su mamá lo consuela, y en ese momento deja de tener los 18 años que anhela, para volver a tener 10. Es una sensación extraña esta, la de crecer. “Yo pensé que para los 18 años iba a tener una casa, pero pues ni sentí el tiempo, sentí como que pasó todo volando. Pero algún día lo voy a lograr”. 

Diego ha rechazado los programas de acompañamiento que Herrera y Mendoza le han ofrecido. Le dijeron que hay becas para sacar carreras técnicas, para estudiar cocina o aprender a arreglar autos, pero eso implicaría mudarse a la cabecera departamental y renunciar a trabajar y aportar a la economía familiar. Diego los escucha, les sonríe, pero les dice que “no, muchas gracias”. Si se va de nuevo es para volver a los Estados, ese es su lugar, ningún otro.

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Cuando en 2025 Donald Trump asumió el segundo mandato y desplegó la batalla antimigrante, decenas de economistas salieron, en masa, a augurar el desastre: una posible caída de las remesas afectaría a una de cada 12 familias guatemaltecas. El golpe, decían, también sería en lo macroeconómico. Para un país como Guatemala, en el que el dinero enviado del extranjero representa el 20% del PIB, las consecuencias serían devastadoras.   

La antropóloga Lizbeth Gramajo estaba casi segura de que ocurriría lo contrario. Ella, que había monitoreado los cambios migratorios durante el primer mandato del republicano, confirmó que el endurecimiento de las políticas migratorias, en lugar de disminuir las remesas, provocaba que los migrantes en Estados Unidos aceleraran el envío de plata y priorizaran las construcción de casas en los pueblos de origen. Era una forma de tener a dónde volver y de mantener seguro el dinero en caso de que fueran deportados. El tiempo le dio la razón. En el primer semestre de este año, 15 447 millones de dólares entraron al país gracias a los migrantes. Casi un 6% más que en años anteriores. 

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A sus escasos 15 años, Andrés fue uno de esos que desde el norte “la vieron venir”. Quizás porque desde que era chico le tocó aprender a ser previsor.

Una mañana, cuando era pequeño, escuchó a su padre decir que se iba para Estados Unidos. Desde allá haría lo que hace todo buen hombre: trabajar y mandar dinero. Pero al poco tiempo de partir, en su familia dejaron de recibir remesas. No tardaron en enterarse por Facebook que se había casado de nuevo. Eso significaba que, de este lado de la frontera, al que le tocaba crecer era a él.

A los 12 Andrés dejó la primaria para meterse de lleno al negocio de la verdulería. Aprendió las técnicas de venta y distribución con algunos familiares en el mercado de la Ciudad de Huehuetenango, el más importante de esta región, y el más caótico también. Dejó de interesarle hacer amigos, jugar al fútbol y salir a la montaña. Lo único que quería era ganar plata y ahorrar.  

Fue uno de los chicos del mercado el que le contó que sus tíos, dos coyotes con un buen récord cruzando niños en la frontera, podrían ofrecerle un viaje seguro. El trato era que, con sus ahorros, Andrés pagara un pequeño adelanto del viaje. El resto, unos 13 mil dólares, podría pagarlo a cuotas desde Estados Unidos, donde le estaría esperando un trabajo como ganadero. Al principio esa cantidad le pareció descabellada, pero esta gente le aseguraba que, una vez estando allá, la plata se conseguía con unos pocos meses de trabajo duro. 

En una cena el chico le contó el plan a la mamá. A ninguna madre huehueteca una propuesta así le toma por sorpresa, así que lo único que hizo fue asegurarse de que su hijo lo hiciera por los buenos motivos, de si pesaba más la presión o el deseo, si irse era lo que en realidad el chico quería. La pregunta de su madre a Andrés le pareció un chiste. “¿Qué más iba a querer?”. 

Del viaje prefiere no hablar. Recuerda que cruzó sin problema las fronteras a pie, en carro y camiones, y que después, en Estados Unidos, caminó por el desierto. “No es algo que me haya afectado porque ya estaba acostumbrado a caminar”, dice, orgulloso de su travesía. 

Herrera, la psicóloga, apunta que es común que los chicos a esa edad minimicen los riesgos que pasaron a lo largo del viaje. Es su forma de lidiar con el trauma. “No es que no lo recuerden o que les parezca fácil, es que no quieren percibirse como víctimas”. Es también una forma de no preocupar a sus familias. “Nuestros cuerpos son los textos que llevan los recuerdos y por lo tanto recordar no es menos que la reencarnación”, dijo alguna vez la teóloga feminista Katie Cannon. A estos chicos les tomará años comprender este proceso. 

Andrés llegó a Michigan un mes después de salir. Lo recibió la gente con la que alguna vez se había topado en el mercado, manos que alguna vez había estrechado, chicos con los que había cruzado algunas palabras, todos estaban allá. Le dieron una cama en una casa donde vivían otras siete personas, y en nueve meses terminó de pagar su deuda con el coyote. Todo gracias a arrear vacas. Su vida transcurría en un mundo de adultos que le encantaba. Pero el último año la presencia de agentes migratorios en las calles empezaron sembrar el terror en su nuevo barrio. “Vivíamos con miedo, todo el tiempo con miedo”, recuerda. 

Fue la detención de un amigo de la finca lo que lo motivó a mandar todo el dinero que podía a Guatemala. Cambió su ruta habitual, empezó a salir menos. Casa, trabajo, casa, trabajo, casa trabajo; la receta era sencilla y efectiva. Durante ese tiempo reunió lo suficiente para que su madre comprara un terrenito en las afueras de Huehuetenango y empezara a levantar una casa de block de dos pisos. 

Estaba terminando de mandar instrucciones de construcción desde lejos, cuando en un día libre de septiembre de 2025, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas tocaron la puerta de su casa en Michigan. No había nadie más que él. “Me pidieron que saliera y ahí me agarraron”, dice. Estuvo un mes detenido en un centro para menores, hasta que alguien firmó unos papeles que sentenciaban su deportación. 

Hace un par de semanas, ya en Guatemala, a Andrés comenzaron a llegarle algunas cosas que había dejado en el norte y que sus amigos le hicieron el favor de enviar. Ropa, tenis, gorras. En esta casa sin armarios, las cajas aún permanecen cerradas, como si ellas también, al igual que su dueño, se resistieran a la mudanza.

Andrés pudo lo que Santos y Diego no pudieron, se compró una moto y alcanzó a “levantar una su casa”. Pero esta construcción en marcha no termina de convencerle. “Es que le falta el repello, las puertas y las ventanas”, se queja. Aunque la gente le dice que cumplió el sueño y su mamá se encarga de recordarle siempre lo orgullosa que está de él, hay algo de la sensación de “hacerlo a medias” que, de vez en cuando, le atormenta. 

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En el último año las cifras de menores de edad deportados cayeron drásticamente en el país: 905 niñas, niños y adolescentes no acompañados regresaron desde México y Estados Unidos. Es una cuarta parte de los que volvieron el año anterior. Y si regresan menos es porque también se están yendo menos. 

No es ninguna novedad. A la etapa en la que se encuentran Santos, Diego y Andrés, en la que navegan entre las aguas de la frustración y el deseo, entre las ganas de irse y la imposibilidad de hacerlo, los expertos la llaman “período de inmovilidad forzada”. Hoy, aquel rumor que corrió hace algunos años y que propició que miles de niños abandonaran sus casas para buscar un sueño, se pulveriza al tiempo que crecen las noticias de detenciones en el norte, la frontera con Estados Unidos se traza de facto en el río Suchiate, se hace más riesgoso viajar y las palabras de Kristi Noem, ex secretaria de Seguridad Nacional de Trump, se reproducen en la televisión, en YouTube y en las redes sociales de millones de jóvenes latinoamericanos: “Los vamos a cazar”. 

El mensaje caló, pero parece ser momentáneo. Los chicos lo tienen claro: no se trata de no migrar, sino de saber esperar.

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Este Ohio no es como el de allá

Este Ohio no es como el de allá

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En el altiplano guatemalteco, convertirse en hombre significa viajar a los Estados Unidos, trabajar y levantar la casa familiar en su pueblo natal. Crecer es un deber de los adolescentes, una gesta urgente, una apuesta a cara o cruz. No habían cumplido los 15 años cuando Santos, Diego y Andrés decidieron armar una mochila y migrar solos. ¿Qué ocurre cuando los chicos son deportados, cuando el sueño americano les termina sabiendo a poco o no llegan ni a rozarlo? Esta es la forma en que una aspiración rota impacta en los mandatos de masculinidad y se convierte en un problema nacional.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

A Ohio le hacen falta chicos y a Santos, amigos. Piensa en ellos cada vez que vuelve de trabajar y la bienvenida se la da un cartel azul a la orilla del camino, a unos cuantos kilómetros de su hogar. Welcome to Ohio Street. Sector 2 to Sector 4, se lee en una lámina de letras blancas atornilladas a un poste metálico incrustado en la tierra. Nadie sabe muy bien cómo llegó ahí. Algunos vecinos creen que es una señalización original que viajó miles de kilómetros dentro de la mochila de un hombre que cruzó fronteras, desiertos y ríos, y regresó para rebautizar varios pueblos de por acá. Otros, que alguien del norte lo mandó a hacer y le pidió a su familia que lo erigiera al lado de la casa que les construyó. También hay versiones que aseguran que el cartel fue fabricado (y más: ideado) por manos nativas de este lugar como un recordatorio no de dónde se viene, sino hacia dónde se quiere ir. Lo cierto es que su aparición coincide con el periodo en que los niños y adolescentes comenzaron a migrar y ese cartel es la pista de su paradero.  

Este Ohio no es el “verdadero Ohio”, o al menos no el que el mundo conoce: la tierra en la que Neil Armstrong dio sus primeros pasos antes de caminar sobre la Luna, o en la que Thomas Alva Edison soñó por primera vez con la luz. Su nombre oficial es aldea Pajuil Pais, una pequeña comunidad de no más de mil habitantes, en su mayoría indígenas mayas quichés, ubicada en el municipio de Aguacatán, en Huehuetenango, el altiplano guatemalteco. En este lugar la electricidad se conoció hace poco.

Para llegar hasta este pueblo, a menos de 110 kilómetros de la frontera con México, pero a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, es necesario tener buenas piernas, un carro 4x4, o quizás basta con una moto destartalada y, en ese último caso, ser un conductor experimentado. Hay que tener buenos pulmones para no perder el aliento en la montaña y destreza para esquivar a los hombres que yacen desparramados sobre el camino de tierra, con los párpados hinchados y las mejillas quemadas. Hay que estar también bastante familiarizados con el lugar para entender que solo están borrachos. Aquí nació Santos hace 17 años y de este lugar también quiso irse hace tres. 

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En Pajuil, como en muchos de los pueblos rurales de Guatemala, no es difícil saber quién se fue. Basta con mirar las casas: construcciones coloridas de varios pisos levantadas en cemento, techos de dos aguas, estrellas y banderas de Estados Unidos pintadas en las paredes. Obras imponentes que contrastan con la paleta de colores verde y marrón del paisaje. La antropóloga Lizbeth Gramajo —quien por más de una década ha investigado el fenómeno migratorio en el altiplano— lo llama el “efecto demostración”. La fiebre del block —dice— es una expresión del estatus social y del éxito de las personas migrantes. Un recordatorio de que el sueño americano es real, o que al menos lo fue, hasta hace algunos años. Porque en comunidades como esta hay pocas cosas que agradecerle al Estado y muchas a “los Estados”; a los migrantes que se fueron a trabajar al norte y que desde allá envían dinero a sus familias. 

Si es fácil descubrir quiénes se marcharon, también lo es identificar a los que se quedaron. La casa de Santos no se parece a la de sus vecinos, es más pequeña y no tiene águilas calvas fusionadas con quetzales pintadas en las columnas. Es una pequeña construcción de madera de unos 15 metros cuadrados con piso de tierra. Aunque en esta casa viven seis, hay una sola cosa de todo: una única habitación —que es dormitorio, sala y cocina—, una sola tabla de madera húmeda en la que duerme toda la familia, un póster de la Virgen del Pilar, un único foquito de luz que cuelga del techo de lámina, un solo tanque que recoge el agua de la lluvia, un fogón sobre el suelo y una silla de madera desvencijada. Esta casa es el recuerdo de que Santos no está en el otro Ohio. Y no porque no lo haya intentado.

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Santos tenía 14 cuando soñó por primera vez lo que sueñan casi todos los chicos de su edad en su comunidad.

—Estaba pensando todo el tiempo en que voy a trabajar allá y voy a construir una mi casa acá —dice pausado, mientras se acomoda su gorra estampada con la figura de San Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles. 

Santos es un chico reservado de pocas palabras. En parte porque no se siente tan cómodo hablando español. Su idioma materno es el quiché. Pero también porque su padre, don Pedro, un agricultor que roza los 60 años, se encarga de interrumpirlo cada vez que habla; ha pasado gran parte de la mañana bebiendo. A lo largo de la charla en la que Santos intentará reconstruir su partida, y su regreso, el padre repetirá una misma frase: “Quería levantar una su casa”. El hogar como el único norte de esta familia. 

Fue la hermana mayor, María, quien terminó de convencer a la familia de que Santos viajara a Estados Unidos. Allá, les dijo, Santos podía trabajar de rufero —como se les llama a quienes se encargan de construir techos— y ganar casi 10 veces más de lo que se gana como albañil en Guatemala. Ella se había ido dos años antes, después de ahorrar un poco y conseguir que un tío le pagara el coyote para cruzar. Creen que fue a finales de 2019. Aunque en esta comunidad la mayoría de migrantes son varones, desde hace una década algunas mujeres jóvenes han comenzado a hacerlo. 

Ni el padre ni el hijo recuerdan muy bien el nombre de la ciudad en Ohio a la que llegó María y a la que, si todo salía bien, llegaría también su hermano. No saben si allí hace frío o si nieva, o si lo saben, no quieren decirlo. Lo más probable es que sea Cincinnati, el destino de muchos de los habitantes de Pajuil. Pero eso a Santos le tiene sin cuidado. Lo importante es que, a juzgar por las fotos que le manda, allá “es más chingón que acá”.

Pero que María se haya ido no significó un gran cambio para la economía de sus padres, ni para los otros cuatro hermanos que se quedaron de este lado. ¿Qué pasó? Ninguna sorpresa: cuestión de dinámicas familiares. “Con lo difícil que se ha puesto allá, siendo mujer y con hija, es probable que las prioridades sean mantener a su núcleo y que haya menos plata para mandar”, dice Alexis Mendoza, uno de los trabajadores sociales del gobierno guatemalteco, quien, junto a su dupla, la psicóloga Liset Herrera, acompaña con asistencia social y psicológica a decenas de chicos retornados en este y otros municipios aledaños. 

María tuvo dos hijas y don Pedro ganó a dos nietas, pero perdió las remesas. 

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Cuando Santos piensa en qué es ser hombre, no vacila: viajar, trabajar y construir una casa. Muchas de las imágenes que sube a sus estados de WhatsApp pregonan el mismo mensaje: “Quédate con un hombre que trabaja”. “No tendré dinero, pero sí sueños y ganas de chambear”. Santos no deja de ser un adolescente que usa el teléfono para coquetear, para subir sus éxitos como arquero en su equipo local de fútbol y en su trabajo en la construcción; y para hablar con algunos de sus amigos que ya están allá, en Estados Unidos. Fueron las redes sociales las que, en gran parte, le alimentaron las ganas de irse. Y es que la urgencia por ser adulto y la necesidad de sacar adelante a su familia son, para él, dos deseos inseparables. Por eso dejó la escuela en el tercer año de secundaria, porque debía crecer. Cuando cumplió los 14, su papá le organizó el viaje. 

Huehuetenango es el gran epicentro de las ausencias. El Índice de Actividad Migratoria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo registra que, en un país donde una de cada 20 familias tienen un familiar en el extranjero, en su mayoría en Estados Unidos, en este departamento la proporción se cuadruplica.

No existe un registro exacto de cuántas de esas personas que se fueron eran vivían su infancia o adolescencia, ni de cuántos decidieron hacerlo solos. Las estimaciones salen, más bien, de las cifras de los que vuelven deportados. Un cálculo por proporción. En 2023, el año en que se fue Santos, según el Instituto Guatemalteco de Migración 3 571 niños, niñas y adolescentes no acompañados fueron retornados desde Estados Unidos y México. De ellos, una sexta parte provenía de Huehuetenango, y dos de cada tres eran varones. 

“La de Santos es la edad promedio en la que los chicos de aquí deciden migrar solos: entre los 13 y los 15 años”, confirma Mendoza. Es la edad en la que empiezan a ser considerados adultos y recaen en ellos las responsabilidades de la familia.

En la escuela secundaria los profesores están acostumbrados a registrar las bajas y ver, cada año, las aulas más vacías. El impacto de la migración modificó incluso las estadísticas del Ministerio de Educación. En Aguacatán, 18 de cada 100 niños que terminan la primaria abandonan el sistema escolar. Es casi un 10 por ciento más que lo que registró hace una década. 

Si para las chicas la quinceañera es su rito de iniciación a la vida adulta, para los varones del altiplano migrar es su equivalente. “Quienes logran llegar son vistos como héroes. No solo por la familia, sino también por toda la comunidad”, dice Herrera. Y ¿quién no quiere ser el héroe de su clan? ¿Quién no quiere dejarlo todo, que es casi nada, para intentarlo? Los años en que la antropóloga Gramajo pasó entrevistando a decenas de familias le demostraron que el sueño americano es una utopía que se construye desde que los niños son muy pequeños. 

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No recuerda bien el día, ni el mes, ni el año. Aunque basta hacer un par de cuentas para intuir que fue en los primeros meses de 2023 cuando Santos inició su viaje. Y aunque por entonces nada aseguraba que las cosas serían fáciles, durante esa época las políticas migratorias del presidente Joe Biden, que prometían facilidades para el asilo y la regularización, hicieron que en estas comunidades indígenas en lo alto de la cordillera guatemalteca se extendiera un rumor. “Los coyotes se encargaron de esparcir la idea, de alguna manera con un fundamento legal (porque en esa época era posible), de que si los niños migraban solos o en compañía de un adulto, el ingreso a Estados Unidos sería más fácil”, dice Gramajo. 

Un día antes de partir, la familia de Santos hizo una oración frente al fogón. Él llevaba en su espalda una mochila con una botella de agua, una camisa extra, 1 500 pesos mexicanos en el bolsillo y el peso de una deuda familiar. Para pagar el coyote que lo cruzaría, don Pedro había vendido una pequeña parcelita donde sembraba la milpa —papa, frijol y chilacayote— de la que comía su familia. Lo hizo, dice, por su varón: “Para que levantara una su casa”. 

Santos salió solo de Pajuil rumbo a Aguacatán, la cabecera municipal. Ya en la ciudad llegó a una pequeña casa donde lo esperaba el Coyote y las 10 personas, o así, con las que más tarde iba a viajar. “Dormimos encima de unos colchones que tiraron en el piso, comimos espaguetis y a las tres de la mañana salimos en un microbús para la frontera”, recuerda. 

Cree que llegaron a Gracias a Dios, uno de los pueblos fronterizos entre Guatemala y México, un par de horas más tarde. Para entonces ya eran casi 100 migrantes. Muchos de ellos chicos de su edad, o al menos eso es lo que le parecía. Hasta entonces Santos no había conversado con nadie, hasta que uno de los chicos se le acercó y le habló en quiché. Fue, del viaje, su primer amigo. 

Ya en la frontera corrieron como por 20 minutos. “Y yo estaba muy feliz, porque pensaba que ya iba a llegar”. Aunque sabía que para acercarse a Ohio aún le faltaban varias semanas, México se sentía como la mitad del camino. En Chiapas un par de buses los estaba esperando.

Pasaron varias horas de tranquilidad en la ruta hasta que los detuvo un retén, y dos agentes de la Guardia Nacional mexicana subieron a hacer una inspección. 

—¿De dónde son? —les preguntaron a los más de 20 migrantes que iban en ese bus. 

—De Chiapas y vamos a ir a trabajar a Tijuana —contestó uno de ellos. 

—Mentira, no son de acá.  

Antes de cruzar, el coyote le había entregado al chico una hoja con su foto y un logo extranjero. En ese papel, Santos —que ya no se llamaba Santos, sino tenía otro nombre que nunca llegó a aprenderse— era mexicano. Le habían dicho que esa identidad falsa era su salvoconducto. Por eso, cuando uno de los policías se le acercó, él, con la confianza que tiene cualquiera que piensa que la va a librar, sacó rápido la hoja de su mochila. El papel terminó en el suelo y Santos en una patrulla. “Fue la única vez que tuve miedo —dice—. Y solo pensaba: ¿cómo le voy a decir a mi familia que me agarraron?”.

Santos intenta disimular pestañeando varias veces, mirando para otro lado, asegurando que ya no le da tristeza. Pero mientras recuerda el momento en que le cambió la vida para siempre, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Y es que cómo se le explica a una familia que esperó todo de él que no pudo hacerlo, que ni siquiera alcanzó a cruzar México. Cómo lo verán sus tíos, los vecinos, sus propios amigos. Cómo estará su hermana María, que lo estaba esperando. Cómo será su sobrina. Cómo volver. 

Después de ser detenido, Santos deambuló alrededor de un mes en México, entre la Estación Migratoria de Acayucan, Veracruz, y un albergue para menores del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, más conocido como el DIF. Llamaba a su familia una vez por semana. Si antes soñaba con llegar, en ese momento, resignado, lo único que quería era volver. 

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En los últimos años varios migrantes han vuelto a Pajuil. Algunos voluntariamente; otros, en su gran mayoría, porque fueron deportados después de permanecer muchos años en Estados Unidos. Vuelven a las casas que desde allá ayudaron a armar. Vuelven más grandes, más maduros, con la sensación de haber hecho todo lo que pudieron, de haber llegado y cumplido un sueño. Sus familiares los reciben como se recibe a cualquier héroe que regresa de su odisea: matan un cerdo, alquilan un salón y preparan una fiesta. 

Para Santos, en cambio, la bienvenida fue quizás lo más triste de su vida. No hubo fiesta ni celebraciones. Volvió sin su mochila y sin los pesos que se había metido en el bolsillo antes de partir: se los robaron en México. Cuando sus padres fueron a buscarlo a Casa Nuestras Raíces, el hogar estatal por el que pasan cientos de niños retornados al occidente del país, en Quetzaltenango, se largó a llorar. Los abrazó y volvieron a la misma casa que había dejado un mes atrás. 

“En todos los niños y niñas retornados vemos un gran sentimiento de frustración. Pero en los varones, hay algo en el fracaso de no poder proveer que, además, les da mucha vergüenza”, dice la psicóloga Herrera. La culpa por haber endeudado a sus familias es también un fantasma difícil de quitarse de encima. Cuando los trabajadores sociales los visitan, que suelen ser dos o tres veces como máximo, la conclusión que se llevan es casi siempre la misma. “Son conscientes del peso que llevaban a sus espaldas y del fracaso que significa no poder sacar adelante a su familia”, dice Alexis. 

Desde que Santos regresó a Pajuil no quiso volver a estudiar. Aunque don Pedro guarda con orgullo el diploma de tercero básico de su hijo, sabe que en esta casa lo que falta es plata. Santos comenzó a trabajar en la construcción y gana unos 20 dólares que se evaporan entre los gastos de la familia y los suyos. De vez en cuando un amigo le consigue trabajo en un pueblo lejano y tiene chance de ganar un poco más. No puede ahorrar mucho, pero guardar un par de centavos es quizás lo único que necesita para mantener su sueño intacto. “Como dicen que está peligroso allá, voy a esperar unos tres años para volver a irme”, cuenta. 

Hasta entonces, cuando él haya cumplido los 20 y Trump haya terminado su mandato, Santos seguirá cosechando la paciencia. Hace poco, en una de las tres cuentas de TikTok que se creó y que usa de forma aleatoria, subió una foto de una pirámide de seis latas de cerveza.

“Aquí echándole porque el día ya llegando, nuestro destino va llegando”, le escribió encima. Le agregó una serie de emojis: la bandera de Guatemala, la de México y la de Estados Unidos; un corazón roto y una carita de llanto.

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A unos 30 kilómetros de Pajuil, también en lo alto de las montañas de Huehuetenango, está la aldea Xenaxicul. Aquí, a principios de los años ochenta, el Ejército cometió una masacre que acabó con casi todos los habitantes de la comunidad. Algunos años después, la aldea se volvió a poblar con los sobrevivientes y también con personas que habían huido de otros lugares. Entre ellos, la madre de Diego. Quizás por eso el éxodo transpira en la piel de este pueblo y de esta familia. 

A diferencia de sus padres, Diego habla un español rápido y fluido, y siempre que puede aprovecha esa ventaja para mentir sobre su edad. Dice que tiene 18. Pero su mamá, una mujer indígena quiché, lo corregirá en un impecable castellano las veces que sean necesarias: Diego tiene 17. La que parece ser una inocente confusión tiene muy poco de accidental. Desde hace apenas unos meses, cuando el chico volvió del shelter para menores en Texas donde estuvo detenido por cinco meses, se ha empeñado en decir que ya es más grande, que es mayor de edad. 

En esta familia migrar es lo que toca hacer cuando uno crece. El primero en irse fue el padre. A principios de los dos mil llegó a Pensilvania, donde un par de amigos le ofrecieron trabajo en la construcción; después se mudó a Carolina del Norte, donde estuvo un par de años más. La plata que mandaba le alcanzaba a la familia para comer, pero no era lo suficiente como para deshacerse de las láminas y construir la casa de block con la que habían soñado. El padre volvió algunos años después, pero de alguna manera trazó la ruta del destino de sus hijos.

En 2021 se fue el hijo mayor y poco tiempo después, su hermana. Se asentaron en las afueras de Florida, donde consiguieron trabajo en un restaurante de salvadoreños. Desde allá se comunicaban por videollamadas y les mostraban a sus padres y a Diego, el penúltimo de sus hermanos, algunas de sus proezas en la cocina: aprendieron a hacer pupusas, tacos y pizzas. De este lado de la frontera, Diego comenzó a guardar las fotos que le mandaban y a acumular en su galería otras que él mismo había tomado: una casa azul y estrellas de concreto que había visto en la entrada de su pueblo; y la imagen de un Toyota Hilux. “Era el único sueño que tenía: tener una casa, tener un carro y ganar dinero”, dice. Cuando cumpliera los 14, cuando se hiciera hombre, sus hermanos le pagarían el viaje. 

Al igual que lo hizo Santos, Diego salió de su pueblo rumbo a los Estados en 2023, justo después de su cumpleaños, pero al contrario del primero, él sí llegó. “El viaje la verdad fue facilito, todo muy facilito”, dice sin titubear. Aunque después el relato de su travesía revelará que fue todo lo contrario. 

Unos días después de cruzar la frontera entre Guatemala y México, el camión en el que iba Diego fue detenido por la policía de Puebla. Era una posibilidad que su familia y el coyote ya habían contemplado y, por eso, cuando lo agarraron, le marcó a sus hermanos. Arreglaron que un tío que vivía en México lograra sacarlo del albergue al que lo habían llevado y que, después de eso, otro coyote lo llevara hasta la frontera con Arizona. Ahí, el chico se entregaría a las autoridades. Era una época en la que todavía el gobierno estadounidense respetaba, en gran medida, la norma de no deportación inmediata de menores de edad, dándoles la oportunidad de continuar su proceso migratorio dentro del país. Desde Florida, sus hermanos se asesoraron con un abogado y pidieron la reunificación familiar. Un mes después, Diego estaba con ellos en una casa de alfombras y aire acondicionado.

 El viaje lo había hecho sentir más grande, más hombre, pero en Los Estados su cara de adolescente lo delataba. Para él, cuya obsesión siempre había sido crecer, la edad le jugaba en contra. “En el restaurante me decían: ¿qué tal te van a arrestar por tu culpa? ¿Qué tal si te llega a pasar algo?”. Por eso y porque sus papeles aún no se habían arreglado, comenzó a trabajar entre cuatro y cinco horas al día en la cocina; la mitad del tiempo que hacían sus hermanos. Su tiempo libre lo dedicó a aprender bien el español y a perfeccionar el Hello, how are you, I’m from Guatemala en inglés.  

Diego estuvo dos años viviendo en Florida y mandaba, al mes, unos 500 dólares a su familia. Había aprendido a cocinar y en TikTok llegaba casi a los dos millones de seguidores. Mostraba recetas, presumía sus outfits y subía videos de algunos de los platillos más exóticos que cocinaban en el restaurante. A veces contestaba algunos mensajes de chicos que desde Xenaxicul le preguntaban cómo era la vida allá. Un influencer del sueño americano. 

Pero la fama, como siempre, es efímera. A finales de 2025 agentes del ICE detuvieron a Diego cuando regresaba a su casa.  

—Vamos, nos acompañas un rato, y ahorita te vamos a regresar —le dijeron en español. 

Un par de horas más tarde, en el centro de detención, entendió que no iba a regresar. “Y ahí, no te miento, comencé a llorar”.

De Florida lo trasladaron a Texas donde pasó alrededor de 20 semanas. No vio a un juez ni tuvo chance de pelear su caso; fue uno de los 61 niños guatemaltecos que en diciembre de 2025 volvieron a su país deportados por vía aérea. 

Cuando sus padres lo fueron a recoger a Ciudad de Guatemala, Diego les pidió un celular. Probó loguearse en su cuenta de TikTok con la contraseña que había repetido tantas veces en su memoria. No existía el usuario. No sabe bien cómo y tampoco está muy claro por qué habrían de hacerlo, pero Diego jura que fueron los agentes que lo detuvieron en Estados Unidos los que le hackearon la cuenta y le robaron los seguidores. De la época en que estuvo allá y de su fugaz momento como celebridad le quedaron un par de capturas de pantalla y la receta del sushi que aprendió, que acá en su comunidad va a ser imposible replicar. 

Diego a veces se despierta por la noche llorando. Dice que sueña que está con sus hermanos. Su mamá lo consuela, y en ese momento deja de tener los 18 años que anhela, para volver a tener 10. Es una sensación extraña esta, la de crecer. “Yo pensé que para los 18 años iba a tener una casa, pero pues ni sentí el tiempo, sentí como que pasó todo volando. Pero algún día lo voy a lograr”. 

Diego ha rechazado los programas de acompañamiento que Herrera y Mendoza le han ofrecido. Le dijeron que hay becas para sacar carreras técnicas, para estudiar cocina o aprender a arreglar autos, pero eso implicaría mudarse a la cabecera departamental y renunciar a trabajar y aportar a la economía familiar. Diego los escucha, les sonríe, pero les dice que “no, muchas gracias”. Si se va de nuevo es para volver a los Estados, ese es su lugar, ningún otro.

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Cuando en 2025 Donald Trump asumió el segundo mandato y desplegó la batalla antimigrante, decenas de economistas salieron, en masa, a augurar el desastre: una posible caída de las remesas afectaría a una de cada 12 familias guatemaltecas. El golpe, decían, también sería en lo macroeconómico. Para un país como Guatemala, en el que el dinero enviado del extranjero representa el 20% del PIB, las consecuencias serían devastadoras.   

La antropóloga Lizbeth Gramajo estaba casi segura de que ocurriría lo contrario. Ella, que había monitoreado los cambios migratorios durante el primer mandato del republicano, confirmó que el endurecimiento de las políticas migratorias, en lugar de disminuir las remesas, provocaba que los migrantes en Estados Unidos aceleraran el envío de plata y priorizaran las construcción de casas en los pueblos de origen. Era una forma de tener a dónde volver y de mantener seguro el dinero en caso de que fueran deportados. El tiempo le dio la razón. En el primer semestre de este año, 15 447 millones de dólares entraron al país gracias a los migrantes. Casi un 6% más que en años anteriores. 

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A sus escasos 15 años, Andrés fue uno de esos que desde el norte “la vieron venir”. Quizás porque desde que era chico le tocó aprender a ser previsor.

Una mañana, cuando era pequeño, escuchó a su padre decir que se iba para Estados Unidos. Desde allá haría lo que hace todo buen hombre: trabajar y mandar dinero. Pero al poco tiempo de partir, en su familia dejaron de recibir remesas. No tardaron en enterarse por Facebook que se había casado de nuevo. Eso significaba que, de este lado de la frontera, al que le tocaba crecer era a él.

A los 12 Andrés dejó la primaria para meterse de lleno al negocio de la verdulería. Aprendió las técnicas de venta y distribución con algunos familiares en el mercado de la Ciudad de Huehuetenango, el más importante de esta región, y el más caótico también. Dejó de interesarle hacer amigos, jugar al fútbol y salir a la montaña. Lo único que quería era ganar plata y ahorrar.  

Fue uno de los chicos del mercado el que le contó que sus tíos, dos coyotes con un buen récord cruzando niños en la frontera, podrían ofrecerle un viaje seguro. El trato era que, con sus ahorros, Andrés pagara un pequeño adelanto del viaje. El resto, unos 13 mil dólares, podría pagarlo a cuotas desde Estados Unidos, donde le estaría esperando un trabajo como ganadero. Al principio esa cantidad le pareció descabellada, pero esta gente le aseguraba que, una vez estando allá, la plata se conseguía con unos pocos meses de trabajo duro. 

En una cena el chico le contó el plan a la mamá. A ninguna madre huehueteca una propuesta así le toma por sorpresa, así que lo único que hizo fue asegurarse de que su hijo lo hiciera por los buenos motivos, de si pesaba más la presión o el deseo, si irse era lo que en realidad el chico quería. La pregunta de su madre a Andrés le pareció un chiste. “¿Qué más iba a querer?”. 

Del viaje prefiere no hablar. Recuerda que cruzó sin problema las fronteras a pie, en carro y camiones, y que después, en Estados Unidos, caminó por el desierto. “No es algo que me haya afectado porque ya estaba acostumbrado a caminar”, dice, orgulloso de su travesía. 

Herrera, la psicóloga, apunta que es común que los chicos a esa edad minimicen los riesgos que pasaron a lo largo del viaje. Es su forma de lidiar con el trauma. “No es que no lo recuerden o que les parezca fácil, es que no quieren percibirse como víctimas”. Es también una forma de no preocupar a sus familias. “Nuestros cuerpos son los textos que llevan los recuerdos y por lo tanto recordar no es menos que la reencarnación”, dijo alguna vez la teóloga feminista Katie Cannon. A estos chicos les tomará años comprender este proceso. 

Andrés llegó a Michigan un mes después de salir. Lo recibió la gente con la que alguna vez se había topado en el mercado, manos que alguna vez había estrechado, chicos con los que había cruzado algunas palabras, todos estaban allá. Le dieron una cama en una casa donde vivían otras siete personas, y en nueve meses terminó de pagar su deuda con el coyote. Todo gracias a arrear vacas. Su vida transcurría en un mundo de adultos que le encantaba. Pero el último año la presencia de agentes migratorios en las calles empezaron sembrar el terror en su nuevo barrio. “Vivíamos con miedo, todo el tiempo con miedo”, recuerda. 

Fue la detención de un amigo de la finca lo que lo motivó a mandar todo el dinero que podía a Guatemala. Cambió su ruta habitual, empezó a salir menos. Casa, trabajo, casa, trabajo, casa trabajo; la receta era sencilla y efectiva. Durante ese tiempo reunió lo suficiente para que su madre comprara un terrenito en las afueras de Huehuetenango y empezara a levantar una casa de block de dos pisos. 

Estaba terminando de mandar instrucciones de construcción desde lejos, cuando en un día libre de septiembre de 2025, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas tocaron la puerta de su casa en Michigan. No había nadie más que él. “Me pidieron que saliera y ahí me agarraron”, dice. Estuvo un mes detenido en un centro para menores, hasta que alguien firmó unos papeles que sentenciaban su deportación. 

Hace un par de semanas, ya en Guatemala, a Andrés comenzaron a llegarle algunas cosas que había dejado en el norte y que sus amigos le hicieron el favor de enviar. Ropa, tenis, gorras. En esta casa sin armarios, las cajas aún permanecen cerradas, como si ellas también, al igual que su dueño, se resistieran a la mudanza.

Andrés pudo lo que Santos y Diego no pudieron, se compró una moto y alcanzó a “levantar una su casa”. Pero esta construcción en marcha no termina de convencerle. “Es que le falta el repello, las puertas y las ventanas”, se queja. Aunque la gente le dice que cumplió el sueño y su mamá se encarga de recordarle siempre lo orgullosa que está de él, hay algo de la sensación de “hacerlo a medias” que, de vez en cuando, le atormenta. 

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En el último año las cifras de menores de edad deportados cayeron drásticamente en el país: 905 niñas, niños y adolescentes no acompañados regresaron desde México y Estados Unidos. Es una cuarta parte de los que volvieron el año anterior. Y si regresan menos es porque también se están yendo menos. 

No es ninguna novedad. A la etapa en la que se encuentran Santos, Diego y Andrés, en la que navegan entre las aguas de la frustración y el deseo, entre las ganas de irse y la imposibilidad de hacerlo, los expertos la llaman “período de inmovilidad forzada”. Hoy, aquel rumor que corrió hace algunos años y que propició que miles de niños abandonaran sus casas para buscar un sueño, se pulveriza al tiempo que crecen las noticias de detenciones en el norte, la frontera con Estados Unidos se traza de facto en el río Suchiate, se hace más riesgoso viajar y las palabras de Kristi Noem, ex secretaria de Seguridad Nacional de Trump, se reproducen en la televisión, en YouTube y en las redes sociales de millones de jóvenes latinoamericanos: “Los vamos a cazar”. 

El mensaje caló, pero parece ser momentáneo. Los chicos lo tienen claro: no se trata de no migrar, sino de saber esperar.

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