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La última de las Madres

La última de las Madres

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Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Taty Almeida marchando con la bandera de los desaparecidos detrás, el 24 de marzo de 2018. A su lado, su compañera, la Madre Laura Conte y Pablo Iglesias, fundador del Partido Podemos, de España. Todas las fotos son de Guido Piotrkowski.
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Taty Almeida, mítica Madre de Plaza de Mayo, falleció el 14 de junio de 2026 en Buenos Aires. Su hijo Alejandro, quien continúa desaparecido desde 1975, fue el motor de su militancia por los derechos humanos y quien abrió los ojos de esta mujer nacida en el seno de una familia militar. Incansable en el camino de la búsqueda de su hijo, tuvo que sobreponerse no solo a su desaparición, sino a los propios mandatos familiares hasta volverse un ícono.

Ella toma el pañuelo blanco, lo estira sobre su regazo delicadamente, con sus manos largas y ajadas, que conservan una sólida belleza. Se lo coloca sobre la cabeza y lo anuda al cuello. Baja el parasol delantero del auto para mirarse en el espejito y con un movimiento fugaz se acomoda el pelo que asoma por delante. Bordado en azul, el pañuelo lleva el nombre de Alejandro Martín Almeida, desaparecido el 17 de junio de 1975. El hijo de Taty Almeida. La mujer del pañuelo.

Con pequeñas variaciones, esto es lo que ocurría cada vez que Taty Almeida, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, salía de su casa en el barrio de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires, rumbo a un acto. Una rutina, casi una ceremonia que desplegó hasta sus últimos días, como aquella tarde del 15 de mayo cuando fue a la Legislatura porteña, un mes antes de su muerte, a recibir un premio a su trayectoria por la lucha relacionada con los derechos humanos.

Alguien, que podía ser Fabiana, su hija; o Marcelo, militante y amigo; o Francisca, una de las cuidadoras, la ayudaba a bajar del auto y a sentarse en su silla de ruedas. En la vereda siempre había gente esperando, expectante. La aplaudían, le pedían fotos, se emocionaban, algunos hasta las lágrimas. Taty accedía a todos los pedidos, mientras sus acompañantes aguardaban con paciencia y permitían a todo el que se acercaba llevarse una instantánea con la Madre. Ella inclinaba su cabeza, la juntaba con el fotografiado y sonreía. A veces preguntaba su nombre. 

Muchos querían abrazarla. Las personas que la acompañaban advertían que fueran abrazos suaves, que no la apretaran. Taty estaba anticoagulada. A veces, cuando la tocaban de más, se enojaba, se quejaba de que le dolía, pero enseguida volvía a sonreír. Hay quienes se animaban a besarla, apoyando los labios suavemente sobre su cabeza. 

En La Casa de las Madres de Plaza de Mayo, en un colegio, una universidad o la Cámara de Diputados; en un sindicato, en Villa Fiorito —el barrio donde nació Maradona—, o en la Feria del Libro; sobre un escenario en la Plaza del Congreso, en la Marcha del Orgullo LGTQB+ o en la Plaza de Mayo, como cada 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia —en conmemoración del golpe de estado perpetrado en 1976, del cual se cumplieron 50 años en 2026—, en un acto que siempre cerraba ella al grito de “¡No nos han vencido!”. Sea donde fuere, al ingresar era ovacionada. Se abría paso entre la gente, saludaba, agradecía el cariño. Se movía con soltura frente a cámaras y grabadores. Acostumbrada a los flashes, se comportaba como una rock star. La Madre magnética que supo construir. 

“¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!”, coreaba la gente. “¡Taty te amoooo!”, gritaba alguien. Entonces, ella extendía sus brazos, sus manos abiertas, sus dedos largos. Agradecía el cariño con uno, dos, tres aplausos, y una leve reverencia. Entonces tomaba el micrófono y decía: “¡Buenas tardes a todos, todas y todes!”. Y abría sus ojos delineados, negros, enormes, hechizaba al público con esa gestualidad desbordante, con esa carcajada estrepitosa. 

Entonces recordaba a su hijo, Alejandro. Decía que lo habían desaparecido por “militante po-lí-ti-co”. Subrayaba que la dictadura había sido cívico-militar y “cleee-ri-caaal”. Aunque ella fuera católica. “Que le caiga el sayo a quien le caiga”. 

Taty decía que las Madres no eran viejas, que tenían años de juventud acumulada. Decía también que ya habían delegado el mando, ahora en manos de los jóvenes. Reivindicaba a sus compañeras, a las “locas”, de Plaza de Mayo, que daban vueltas en ese lugar icónico de la capital argentina, frente a la Casa de Gobierno, en plena dictadura y a modo de protesta. Y resaltaba que, a pesar de los bastones, las sillas de ruedas y el paso del tiempo, aquellas “locas” seguían de pie. Advertía que solo quedaban tres Madres y dos Abuelas de Plaza de Mayo, y que ninguna sabía dónde estaban los restos de sus hijos. Pedía que aquellos que aún callan dijeran dónde están.

Mencionaba al gobierno “negacionista” de Milei, a quien señalaba como un “payaso”. “Con perdón de los payasos”. Recalcaba que, muy a pesar suyo, ellas seguían “re-sis-tien-do”. Taty fue muy crítica de las políticas de extrema derecha del gobierno mileista. Se posicionaba cerca de Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, máximos representantes del peronismo. Reconocía en Néstor Kirchner al hombre que volvió a poner a los derechos humanos como política de Estado.

Repetía la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. “Justicia le-gal”, apuntaba. “Nuunnca por mano propia”. Decía que quería vivir hasta el día en que dejara de hablar de corrido. Y, al mismo tiempo, confesaba que no quería irse de este mundo sin tocar los huesos de su hijo. De Alejandro. Que la había parido a ella. Porque Alejandro Almeida parió a Taty. Porque la única lucha que se pierde, insistía, es la que se abandona.  

Sobre el final gritaba a voz en cuello por los 30 000 compañeros detenidos-desaparecidos. Entonces el público respondía: “¡Presentes! ¡Ahora y siempre!”, varias veces. 

—¡Porque no nos han vencido! —aúllaba ella.

No había apuro para Taty Almeida. Ni a los 95 años, cuando sabía que ya se quedaba sin tiempo.  

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—Dale, ¿se escucha bien, querido? —pregunta Taty Almeida cuando enciendo el grabador la tarde de un lunes primaveral del mes de noviembre de 2025—. Vos hablame alto porque estoy medio Beethoven.

Está sentada en un sillón de dos plazas del living de su casa, un departamento de dos ambientes discreto, ubicado en el barrio de Palermo de la capital argentina. Viste un sweater color ladrillo, un pantalón oscuro. Lleva un pin con la foto en blanco y negro de Alejandro y otro con el pañuelo blanco, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. A su lado tiene una agenda negra, repleta de actividades. Detrás suyo, sobre la pared, cuelgan varias fotos. Una con su hijo Jorge. Otra junto a Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, ambas de pie y con bastón. Arriba, una en la que abraza al ex presidente Néstor Kirchner, otra con Maradona y otra con el Papa Francisco, a quien fue a ver en dos oportunidades al Vaticano. 

En la sala de este mismo departamento donde vivía con Alejandro y Fabiana hay, además, una cama ubicada en el rincón donde dormía Alejandro, y un gran mueble atiborrado de portarretratos. En una de esas fotografías, Taty posa con sus tres hijos, Alejandro, Jorge y Fabiana, durante un asado en casa de su hermana. Nadie podía imaginar que aquella imagen sería la última en la que estarían juntos. 

A los 20 años, en 1975, Alejandro Almeida estudiaba medicina y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar. Antes, había sido cadete en la Agencia Nacional de Noticias Télam, donde entró recomendado por su tío y padrino, un coronel que estaba al mando. Por sus vínculos castrenses, había conseguido el puesto en el Instituto Geográfico. De todo eso sabía Taty. Lo que no sabía era de su militancia revolucionaria. De su pertenencia al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), de corte marxista. 

—Alejandro no me contaba nada. Él me cuidaba, me preservaba, porque toda mi familia era militar ¡Todos gorilas! (como se llama a los antiperonistas en la Argentina). Y yo era una gorilaaaa. ¡Los pelos me salían por todos lados! ¡Pero ya me afeité hace mucho!. 

Como buena parte de aquel invierno, la noche del martes 17 de junio de 1975 Buenos Aires estuvo cubierta por niebla y hacía frío. Dos días antes, Alejandro había discutido  fuerte con Jorge, su padre, ya separado de Taty. Alejandro era un militante de izquierdas y su padre tenía colgado en su comedor un cuadro de Frondizi, un ex presidente desarrollista. Solían tener diferencias, pero esa fue la última. 

Poco antes de cenar, Alejandro le dijo a Taty que al otro día tenía un examen y que no iría a trabajar. Que iba a comprar cigarrillos y enseguida volvía. El kiosko cerraba a las diez de la noche y eran alrededor de las nueve. La calle Ugarteche no era muy movida en aquel entonces. Era tranquila y oscura, a diferencia de hoy. Pasadas las 10, Alejandro no volvía. Qué raro, pensaron Fabiana y Taty. Esperaron un rato más, comieron y se fueron a dormir. 

Taty Almeida al salir de la Casa de las madres de Plaza de Mayo, rumbo a la Plaza de Mayo, durante la última marcha del 24 de marzo, a 50 años del golpe militar. A su lado, las Madres Clara Weinstein y Elia Espen.

El 18 de junio amaneció con lloviznas y una niebla persistente. Nada extraño para el invierno porteño. Lo extraño, en tal caso, era que Alejandro no estaba ahí, durmiendo en el living. Lo extraño era que no le había dejado ninguna nota a su madre, como solía hacerlo. 

—Me levanto y no lo veo. Y él, cuándo no volvía, me dejaba un papelito. Pero no había nada —rememora Taty, quien aún no imaginaba que aquel martes cambiaría su vida para siempre-. Yo reconozco, querido, que soy muy conocida. En cierta manera, soy famosa, pero ojalá no lo fuera si en cambio pudiera tener a mi hijo, Alejandro… Alejandro tenía 20 años en el año 75. Estaba cursando primer año de medicina y era un militante po-lí-ti-co. Aunque no lo creas, todavía hay algunos que dicen: “Por algo será que los desaparecieron”. ¡Claro que fue por algo! No fue ni por estúpidos ni por tontos. ¡Eran militantes políticos!

Dice que fue él, su hijo, Alejandro, quien la hizo despertar. Taty no sería Taty si Alejandro no hubiera desaparecido. 

—Alejandro, con su metro ochenta, me abrazaba y me decía: “Esta gorilita de mierrrrda…, sin embargo la quiero”. Te aseguro que ahora, querido, después de que me han entregado tantos honoris causa, tantos agradecimientos, lo veo a Alejandro, muerto de risa, que me dice: “¡Miren la gorilita de mierda en qué se convirtió!”. Yo sé que está muy orgulloso de su madre, del vuelco que di. Por eso repito que Alejando parió a Taty Almeida. 

Aquel mismo día encontraría, dentro de un cajón, en un mueble que aún hoy está en esa misma sala, una agenda telefónica. La hojeó. Y al llegar a las últimas páginas encontró 24 poesías. Las leyó. Estaba desconcertada. Por los poemas. Por su contenido. 

—Ahí empecé a conocer la otra faceta de Alejandro. Sus preocupaciones, su rechazo a la injusticia. Y hay una de las poesías que es una despedida. Él sabe que va a morir. 

Le pide a Charo —una de las tres cuidadoras que se turnan para asistirla— que le alcance uno de los cuadros que están sobre la pared. Allí está impreso el poema de Alejandro, junto a un retrato de él. La foto muestra a un joven al costado de una carretera. Tiene la boca abierta, parece bostezar. No mira a cámara. Lleva anteojos y barba candado. Taty toma el cuadro, lo apoya en su regazo, le quita el polvo y lee. 

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él/ Si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta (…) Si la muerte me sorprende, de esta forma tan amarga/ Si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento, el último aliento para decir te quiero…

—Mirá la tierra que tiene el cuadro. Charo, pasale una gamuza, querida.

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Los titulares de la prensa daban cuenta en aquellos días de un país convulsionado: el regreso del exilio del expresidente Juan Domingo Perón en 1973, su asunción al poder, el enfrentamiento interno entre la derecha y la izquierda peronista, su muerte en julio de 1974 y el traspaso a la presidencia a su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, hundieron a la Argentina en un período de enfrentamientos entre las agrupaciones guerrilleras y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina).  Esta organización paramilitar era comandada por José López Rega, un sombrío ex oficial de policía con inclinaciones al espiritismo, que a lo largo de los años treparía hábilmente hasta llegar a ser la mano derecha de Perón e Isabel, encarnando lo más rancio de la derecha peronista.

Mientras tanto, la cúpula militar esperaba el momento oportuno para asestar un golpe de Estado. A su vez, el gobierno de Isabelita se desmoronaba en medio de una crisis social, política y económica. La guerrilla, encarnada en movimientos como Montoneros, que eran peronistas, y el ERP, marxistas, horadaba al poder. Los jóvenes revolucionarios estaban convencidos de que era su momento. 

En Buenos Aires, la Triple A operaba ilegalmente secuestrando, torturando y matando militantes, y en la provincia de Tucumán, en el noroeste argentino, se le había dado vía libre al Ejército para combatir a los grupos armados. El Operativo Independencia, que comenzó en febrero de 1975, comandado por los militares en medio de la selva de montaña, base de operaciones del ERP, fue una suerte de globo de ensayo de la feroz represión estatal que vendría un año después, luego del golpe. Unos cinco mil hombres se habían concentrado en esa provincia para luchar contra una compañía reforzada de montaña del ERP, que contaba con unos ciento veinte integrantes. Así lo detalla el periodista e historiador Marcelo Larraquy en su libro Los 70, una historia violenta (Ed Aguilar, 2017). “Antes del golpe de Estado, el Operativo Independencia había producido el 37 por ciento de las ejecuciones y desapariciones que luego causaría la dictadura militar entre 1976 y 1983”. 

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—Para mí fue la Triple A, porque después no lo vieron en ningún lado. Nosotros pensábamos que se lo habían llevado a Campo de Mayo, pero los poquitos sobrevivientes de ahí nunca lo vieron-, dice Fabiana Almeida, la hermana menor de Alejandro, quien recuerda aquellos días durante una calurosa tarde de enero en su hogar, una casona ubicada en un pasaje silencioso del barrio de La Paternal, en Buenos Aires. 

Fabiana cree que aquel día Alejandro tenía una cita en la esquina, donde sus compañeros del ERP le darían un paquete. Que aquellos que lo secuestraron se deshicieron de su hermano porque sabían que provenía de una familia militar que movilizaría sus contactos para buscarlo. 

Y así fue que Taty buscó, incesante, hasta el día de su muerte. Incluso recurrió a un brujo, un vidente holandés que se llamaba Gerard Croiset, que había aportado datos a los familiares de los jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se había caído en la Cordillera de los Andes. El hombre le pidió ropa, una foto de Alejandro, y un mapa de Argentina. En su devolución decía haberlo visto vivo pero muy golpeado. Que se había subido a un tren, aunque no decía donde iba. Y que no veía nada mas.

—Luego recurrimos a otros brujos y nada —recuerda Fabiana, y menciona, además, que en esos primeros días alguien llamó a su casa para avisar que lo tenía la Policía. Los atendió Jorge y le dijeron que seguramente estaba en Coordinación Federal, que era donde llevaban a muchos de los detenidos.

Hay quienes dicen que el encargado de un edificio vecino vio algo. Se habló de una redada en una confitería de Palermo.

Jorge Almeida hace memoria por videollamada un sábado de febrero, en pleno invierno boreal, desde Alicante, el sur de España, donde se exilió en 1978 agobiado por la desaparición de su hermano. Hoy tiene 70 años, dos hijos catalanes, una nieta, el pelo largo estilo rocker y la voz ronca como su madre. Recuerda la infancia compartida con su hermano en las calles del barrio de Parque Chacabuco, las peleas callejeras con las otras bandas de jóvenes, los partidos de fútbol. Recuerda cómo celaban a su hermana menor y las andanzas, ya adolescentes, cuando iban a la cancha a ver a Racing. Recuerda los días felices. Aquellos en los que nada ni nadie podía detenerlos.  

—Yo no estaba en casa aquella noche, vivía con mi viejo. No sabíamos nada. No éramos conscientes de la represión que había. Nos asustamos, pero nunca imaginamos lo que realmente estaba pasando. No pensábamos que estaba desaparecido. Empezamos a averiguar, a tirar de nuestra familia, que eran todos militares. 

Dice que el llamado telefónico era de una persona que decía ser amigo de Alejandro. Lo convocaba a una reunión en un bar céntrico. 

—Así que fuimos con uno de mis tíos, milico. En el bar apareció un chaval joven que nos dijo que Alejandro estaba de-sa-pa-re-ci-do. Que lo tenían los militares. Que teníamos que empezar a buscarlo. Que no sé qué. Y ahí se nos cayó todo.

—Él me contaba de su militancia —reconoce Fabiana.

—¿Y tu mamá no sabía nada? 

—Algo sabía, porque había discusiones en la mesa durante los almuerzos de los domingos. Alejandro hablaba de política, contaba que iba a un barrio a alfabetizar… Todo antes de que se metiera en el ERP, que fue poco antes de desaparecer. Estaba muy contento porque lo habían ascendido. 

La bandera con los rostros de los 30 mil desaparecidos, el emblema de cada marcha por el El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el 24 de marzo.

Se dice que Alejandro, si bien sabía manipular armas porque sus tíos militares le enseñaron a usarlas de niño, no participó de la lucha armada. Era miope de un ojo y la función que tenía dentro de la organización era la de llevar y traer correspondencia, el “correo”. Fabiana sospecha que pudo haber sacado cartografía del Instituto Geográfico Militar para enviar a Tucumán, donde se ocultaba y operaba el ERP. Y que alguien pudo haberlo visto y denunciado. No hay certezas, solo dudas y sospechas. 

—Alejandro tenía la pastilla de cianuro en el bolsillo. Siempre me la mostraba el pelotudo. Qué pendejada.

Los militantes tenían por regla tácita que, si eran capturados, debían tomar esa pastilla, brindada por la propia organización para evitar los interrogatorios, las torturas, las potenciales delaciones.

—De su militancia última se ve que se los llevaron a todos, porque no quedó nadie. Nadie se acercó después. En cambio, de los otros compañeros, del grupo de amigos que militaban en otro lugar, no desapareció ninguno. Ellos le advirtieron, una semana antes, que la cosa estaba jodida, que se cuide. 

Carlos “Kale” Ramírez evoca a su amigo Alejandro desde España, donde se exilió durante la dictadura. Se conocían desde la infancia, cuando jugaban al fútbol en las calles del barrio donde crecieron, en Parque Chacabuco.

—A Alejandro lo recuerdo con mucho cariño, con rabia y con ilusión. Se la jugó, como muchos otros, con cierta inocencia. Lo vi una semana antes de su desaparición y le dije: “Ya mismo borrate”. Me contó que lo mandaban a Santa Fe, pero no llegó a tiempo. Y una noche lo secuestraron. 

Pascual Spinelli es una de las personas que estuvo más cerca de Taty en los últimos años. Es el editor —y quien la convenció de dar a conocer los poemas de Alejandro— del libro Alejandro, por siempre… amor (Editorial Baobab) que se publicó en 2008 y se reeditó en 2025, a 50 años de su desaparición. Es quien acompañó a Taty a presentarlo. 

—Así que lo que ella tiene es esto: “Mamá, voy a hacer tal cosa y vuelvo”. Y ya está. Eso es muy fuerte, muy trágico —opina Spinelli por teléfono, una tarde de sábado de abril—. Él trabajaba en el Instituto Geográfico, a cargo de Santiago Omar Riveros, un genocida de aquellos. Los tipos tenían una red de inteligencia y de infiltración muy profunda. A veces pienso que fue una vendetta de su familia militar, Taty creía que ellos la iban a ayudar. Pero la línea ideológica era tan profunda que no respetaba ni siquiera los vínculos familiares. 

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Taty Almeida nació el 28 de junio de 1930 en Buenos Aires. No vino al mundo ni como Taty ni como Almeida, sino bajo el nombre de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga. Su padre, Carlos Vidal Miy, era un oficial de caballería oriundo de la provincia de Mendoza. Su madre, Alicia Uranga, un ama de casa de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. 

Tuvieron cuatro hijos en total, tres mujeres y un varón. Primero llegó Alicia, luego Taty, más tarde Carlos y por último Marta. Taty cursó hasta quinto grado de la escuela primaria en Buenos Aires. Luego, a su padre lo trasladaron a la provincia de Mendoza, donde ella solía jugar con una niña que era la hija de unos amigos de sus padres a la que le decían Taty. Una de sus hermanas comenzó a decirle así a ella también. Tanto insistió con aquel sobrenombre que le quedó para siempre. 

Al terminar la primaria volvieron a Buenos Aires y cursó hasta tercer año de la escuela secundaria en el Normal 10, ubicado en el barrio de Belgrano, donde vivían por esa época. En cuarto año se cambió al Normal número 7, en el barrio de Almagro, donde se recibiría de maestra. Las vacaciones de verano las pasaban usualmente en Entre Ríos. Allí, Taty solía ir a los bailes en el Club Estudiantes, el lugar donde las jóvenes de la elite local iban a conocer a los cadetes de la escuela militar. 

Cuando terminó el secundario entró al magisterio y se recibió de docente. Poco después, a los 23 años, se casó con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Con el nacimiento del primero, y tal como indicaban los mandatos de época, dejó la docencia y se dedicó de lleno a criar a sus hijos. A los 40 años se divorció y no se le conoció ninguna otra pareja. 

Su hermano Carlos, emulando al padre, siguió la carrera militar y llegaría al grado de coronel. Sus hermanas, Alicia y Marta, contrajeron matrimonio con oficiales del Ejército. Los Miy Uranga, una clásica familia conservadora, de alta alcurnia. 

No reniega de su vida de mujer acomodada, ni de su familia. Pero al hablar de Alejandro sus ojos se empequeñecen, la mirada se pierde. Sus arrugas de mujer centenaria parecen agrietarse aún más. 

—Siempre digo y pido a Dios no irme sin poder tocar los huesos de Alejandro —me dijo Taty el martes 19 de mayo, la última vez que la visité en su casa. 

Aquella mañana otoñal y fresca la noté cansada. Comentó que tenía frío y que no había dormido bien. Pero, como siempre, estuvo dispuesta a la charla. A ser fotografiada, a compartir las actividades de su agenda infinita. Estaba maquillada, peinada, llevaba unos aros dorados y un suéter verde con cuello alto. Tenía una manta tejida de color marrón sobre el regazo y el pañuelo blanco bordado con el nombre de su hijo a un lado. Charo, una de las cuidadoras, preparaba costillas de cerdo con puré para el almuerzo. 

—Tenés esperanza de que van a encontrar los restos de Alejandro? 

—Sí, por los antropólogos forenses, que han encontrado tanto. Porque están encontrando incluso del año 75. No pierdo la esperanza. Estamos en contacto. Además, siempre les hago acordar el detalle del dedo. 

Cuando era chico, Alejandro tuvo un accidente doméstico. Estaba saltando sobre la cama y se le atascó el dedo anular de la mano izquierda. Taty se lo envolvió y salieron corriendo al hospital. Finalmente, dice, perdió una partecita de ese dedo. 

—¿Y qué harías en caso de encontrarlos? 

—Incinerarlos no, porque es como volverlo a desaparecer. Los chicos quieren enterrarlo en un campo familiar en Salta, donde también está enterrado Jorge, mi ex, su papá. 

Aquella mañana, Taty me contó que conservaba algunas pertenencias de Alejandro. Un traje de baño, una camisa, apuntes de la facultad. 

—¿Y las mirás cada tanto?

—No. Está todo bien guardado.

Taty Almeida durante una de las tantas presentaciones del libro de poemas de su hijo Alejandro, quien permance desaparecido desde el 17 de junio de 1975.
Taty Almeida ofrenda flores al Río de la Plata durante la ceremonia en la que se arrojaron las cenizas de las Madres de Plaza de Mayo Vera Jarach y Enriqueta Maroni en el Parque de la Memoria de Buenos Aires. Maroni y Jarach fallecieron en el año 2025.

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Había pasado un año del golpe y faltaba uno para el Mundial de 1978. La única respuesta que recibían las Madres que buscaban a sus hijos las culpabilizaba a ellas. Por no atender a lo que hacían. Con quién estaban y dónde dormían. Por sus lecturas y sus compañías. Y los culpaban a ellos, a sus hijos, por subversivos. Nunca nadie les daba una respuesta sobre sus paraderos. 

El sábado 30 de abril de 1977, hartas de reunirse en iglesias, tocar puertas en comisarías y ministerios, cansadas de no recibir respuestas sobre sus hijos, un grupo de madres de desaparecidos resolvió juntarse por la tarde en la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, desafiando así la prohibición del derecho de reunión promulgada por la Junta Militar. Quizá, pensaron, de esa manera llamarían la atención de la gente de a pie y del presidente de facto, Jorge Rafael Videla. 

“Circulen, circulen”, ordenaban los oficiales de policía a aquel puñado de mujeres, catorce para ser exactos. Azucena Villaflor, una de ellas, les pidió al resto que se pusieran en fila y se tomaran de los brazos para dar la impresión de que eran mayor cantidad. Y así comenzaron a caminar, a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo. Aún no llevaban puesto el emblemático pañuelo blanco. 

Mientras, Taty Almeida recurría una y otra vez a sus conocidos en el entorno militar. Estaba segura de que ellos, ahora en el poder, le darían una mano para encontrar a su hijo. Iba a preguntar por él a sus conocidos militares, acompañada por Carlos, uno de sus cuñados, oficial del Ejército. A muchos de los jerarcas los conocía personalmente, como a Albano Harguindeguy, jefe de policía en 1975 y ministro del Interior a partir del golpe de 1976, quien había sido oficial de su padre.

Taty recuerda con claridad todos y cada uno de esos encuentros. Por ejemplo, con Harguindeguy, el autor de una frase emblemática de la dictadura: “Los Argentinos somos derechos y humanos”.  

—Le digo: “Mirá, Harguindeguy, uno de mis chicos hace tiempo que no viene a casa, no sé nada de él. ¿Ustedes pueden hacer algo?”. Y me contesta: “Señora, no podemos hacer nada. Los culpables son los peronistas”. Y yo, gorila por supuesto, decía, claro, ¡Son los peronistas!

También recurrió a Ramón Camps, a quien conocía de los bailes de su adolescencia durante las vacaciones en Paraná, Entre Ríos. Camps fue uno de los más feroces represores que tuvo la dictadura argentina. Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1977, luego pasó a la jefatura de la Policía Federal hasta 1979 y, según Fabiana, le “arrastraba el ala” a Taty en aquellos bailes juveniles de Paraná. 

Taty no lo desmiente. Recuerda que lo llamó, que le dijo que necesitaba hablar con él, pero que no pensaba ir hasta la La Plata, la capital de la Provincia de Buenos Aires ubicada a sesenta kilómetros, donde estaba la jefatura de la Policía provincial. Camps respondió que iría a su casa. 

—Llegaron armados y cortaron toda la cuadra —dice Taty—. Subió solo y cuando entró le dijo a Jorge, mi hijo: “Pibe, yo podría haber sido tu padre”. ¡Pero haceme el favor!, le dije. Él era el jefe de policía ¡Pero a mí me importaba un carajo! 

Jorge Almeida se acuerda de aquel episodio. Ocurrió unos tres meses después del golpe de Estado, alrededor de un año después de la desaparición de Alejandro. Él vivía con su padre, pero aquel día estaba en casa de Taty.

—Yo ni sabía quién era, pero mamá lo llamaba “Chicho”. Camps nos dijo: “Mirá, tu hermano ha desaparecido, pero lo tienen ellos. Le habrán dado una orden y no la cumplió”. 

Jorge estaba sentado en la cama de Alejandro, junto a Taty. En el sofá, Camps tomaba el té sobre una mesita pequeña, dispuesta para la ocasión y preguntaba insistentemente por los amigos de Alejandro. 

—Nos pidió la agenda telefónica, pero no se la di. Toqué a mi vieja con la rodilla y no dije nada. Yo creo que el tipo no apretó tanto porque la quería mucho. Cuando se fue, le dije a mamá: “Son estos”. Ahí me di cuenta de que eran estos hijos de puta.

Aun así, Taty no podía ver con claridad y seguía insistiendo entre sus familiares y conocidos del ámbito militar. Entretanto, la situación de los desaparecidos era un secreto a voces. El reclamo de las Madres que ya se habían instalado todos los jueves en la Plaza de Mayo crecía y cada semana se sumaban algunas más. Durante el Mundial 78 aprovecharon la llegada de corresponsales extranjeros para difundir la situación, mientras Videla decía: “Frente al desaparecido no se puede hacer ninguna observación. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, declaró tiempo después, durante una conferencia de prensa en septiembre de 1979 en vísperas de la visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias contra el régimen militar. 

Ese mismo año, Taty hizo la fila, igual que otras 150 Madres, en la sede de la CIDH sobre la Avenida de Mayo para denunciar la desaparición de Alejandro. El informe estableció que “…por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron numerosas y graves violaciones a los Derechos Humanos”.

Por sus vínculos de corte militar, le costaba acercarse a las Madres. Hacia fines de la dictadura y principios de la democracia, viajó a España en diversas ocasiones a visitar a Jorge. En charlas con él pudo entender lo que estaba ocurriendo. Luego Caco, el compañero de Fabiana en aquellos tiempos, quien había sido militante, le comentó de las rondas que hacían las Madres de Plaza de Mayo todos los jueves. Se ofreció, e insistió, para acompañarla. Y allá fueron, él, Fabiana y Taty, un jueves del año 1984. 

—Yo la acompañaba, pero ella no se animaba a acercarse. Solo observaba —dice Fabiana—. Pero una vez se puso a charlar con alguien y después de aquel día me dijo: “Quiero ir a la Casa de las Madres porque me interesa estar ahí”. 

No recuerda la fecha exacta, pero cree que fue entre los años 85 u 86 cuando entraron por primera vez a la antigua sede ubicada en la calle Uruguay al 600. 

—Cuando entramos veo foto, foto, foto —cuenta Taty en referencia a las imágenes de los desaparecidos que colgaban de las paredes—. Ahí pensé, no soy la única. Me atendió la dama digna, con mayúsculas, María Adela Gard de Antokoletz, que buscaba a Daniel, su hijo, abogado. Y lo único que me preguntó, que era lo único que se preguntaba a una Madre que se acercaba por primera vez, fue: “¿Quién te falta a vos?”. No importaba la política, la religión, nada. Y ahí hice mi catarsis. Conté, lloré. Le dije: “¡María Adela, que estúpida que he sido!”. A partir de ahí es lo mejor que pude hacer. Hablar el mismo idioma de las Madres. 

Tiempo después, aquellas Madres dejarían de hablar el mismo idioma entre ellas. 

Taty Almeida sopla las velas durante el festejo de su cumpleaños 93 en Foetra, el Sindicato de Telecomunicaciones. Junto a su hija Fabiana, sus nietos y bisnietos, en el año 2023.

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Se habían constituido como Asociación el 22 de agosto de 1979 en La Plata y los cargos se eligieron por votación: Hebe de Bonafini resultó electa presidenta, Antokoletz vicepresidenta y Nora Cortiñas protesorera. 

Los matices iniciales pasaron a ser grandes diferencias con el correr de los años y la división, que llegó en 1986, fue inevitable. Un grupo, liderado por la enérgica Bonafini, se quedó con el sello de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El otro, en el que estaban Taty, Nora Cortiñas, Vera Jarach, Enriqueta Maroni, Maria Adela Gard de Antokoletz, Marta Vásquez, Laura Conte y tantas otras, pasó a denominarse Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, porque entre ellas estaban las primeras 14 que dieron la vuelta a la plaza aquel 30 de abril de 1977. Faltaba una de las primeras, Azucena Villaflor, desaparecida en diciembre de ese mismo año. 

A diferencia de las Fundadoras, la Asociación liderada por Bonafini no aceptaba la reparación económica, es decir, las indemnizaciones estatales por la desaparición forzada de sus hijos. También se oponían a la exhumación para reconocer los restos de los desaparecidos, y mantenían firme la consigna de “Aparición con vida”. A su vez, eran más confrontativas con el gobierno de turno. Fueron críticas del Juicio a las Juntas Militares que impulsó ya en democracia el presidente Raúl Alfonsín porque creían que juzgar solo a las cúpulas militares y dejar afuera a los subalternos y cómplices civiles era insuficiente. Asimismo, aseguraban que ese juicio abonaba a la Teoría de los Dos Demonios, que ponía en igualdad de condiciones la represión estatal con la de las organizaciones armadas, una idea apoyada en el primer prólogo —escrito por Ernesto Sabato— del libro Nunca Más en 1984. El libro es el resultado del informe de la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que se formó para reunir pruebas sobre el destino de los desaparecidos. En 2006, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, se le agregó un nuevo prólogo en el que se cuestionaba aquella teoría, poniendo de manifiesto la asimetría de poder entre el Estado y las organzaciones armadas.

Bonafini tenía un estilo de conducción verticalista, mientras las Fundadoras eran más dialoguistas, buscaban consensos y siempre sostuvieron la idea de que sus hijos debían inscribirse en la historia con sus nombres y no como NN. 

Algunas Madres, incluida Taty, se explayaron sobre la división y la conflictiva relación con Bonafini en Las Viejas (Editorial Marea, 2014), de Virginia y Ana Giannoni.

Nora Cortiñas recordaba en esa misma publicación: “La vez que íbamos a hacer las primeras elecciones (luego de las del 78), habíamos formado dos listas porque hubo una separación, pero no porque nos echara Hebe: nosotras llegamos con la crisis total a un momento en que no se podía seguir ni un día más. Y cuando se propusieron las elecciones fue todo muy sucio, muy feo, y decidimos que habíamos perdido, y nos fuimos, porque ahí no podía haber dos líneas, de ninguna manera”. 

Mónica Hassenberg es fotógrafa y hace más de 40 años que documenta a las Madres de Plaza de Mayo. Al principio registraba a ambos grupos, años después quedaría muy cerca de las Fundadoras. Dice que el conflicto venía arrastrándose desde un tiempo atrás, y que hay ciertas cosas que ellas no van a contar nunca, porque se trata de una decisión política.

—Era imposible que alguna de las Madres de Línea Fundadora no se opusiera a esta voluntad de Hebe de decidir absolutamente todo. Esto sin desmerecer lo que significó política y estratégicamente, porque era alguien que decía lo que queríamos decir todos sin tener miedo. Las Madres Línea Fundadora nunca han sido tan directas, pero ideológicamente han mostrado coherencia. Tenían una mayor profundidad en entender la política, mientras que las que se quedaron con Hebe aceptaban lo que ella decía. 

En “La Madre de la desmesura”, un perfil sobre Bonafini de Cintia Kemelmajer y Diego Fernández Romeral publicado en Gatopardo en marzo de 2019, Hebe se refirió también a la división y los temas que las llevaron a romper. “Un día vino a la Asociación un grupo de Madres con un escribano, a decirme que no estaban bien las cosas. “No te queremos traicionar”, me decían. Y yo les dije “no, a mí no me van a traicionar, están traicionando a sus hijos”. Tendrían que preguntarles a ellas por lo que hicieron, no a mí. Ellas hicieron varios libros hablando mal de mí, diciendo que soy una dictadora y una mandona. Cuando me lo preguntan digo que sí, que no mienten, soy dictadora y mandona”. Y sobre las indemnizaciones fue lapidaria: “La que cobra la reparación económica se prostituye, está vendiendo la sangre de los hijos, fue así y es así. No queremos saber quiénes son los asesinados, sino quiénes son los asesinos. 

Taty, a su vez, fue tajante en Las Viejas al dejar en claro la postura de la Línea Fundadora. Señaló que fue la OEA quien resolvió que el Estado era el responsable de la desaparición. “Ellos recomiendan, no obligan, que se pague un resarcimiento al desaparecido (...). Pero nadie dijo: ‘Cobran el resarcimiento, se callan la boca y no siguen’; si no, te imaginás que nadie lo hubiera aceptado (…). No por eso vendimos la sangre de nuestros hijos, como decía Bonafini, que realmente enfermó a muchas madres pobrecitas con la culpa”. 

En el mismo libro Vera Jarach amplió: “Me acuerdo el tema de las tumbas, cuando dijo: ‘No quiero huesos’. Fue una cosa que nos chocó, a mí me chocó muchísimo, porque nosotras queríamos saber (…). Así que justicia no. Homenaje no. Identificación de los huesos e identidad, no. Nosotros es al revés, identificación de los huesos sí, porque vos debés saber y tener los restos y poder hacer un luto y tener una tumba (…)”.

Hebe de Bonafini falleció en 2024. Más allá de las diferencias, metodologías de lucha y formas de ver el mundo, es un ícono. 

Taty se incomoda al hablar de ella. Sin embargo, muy seria, al borde del enojo, reflota una antigua disputa.  

—Me acuerdo que cuando empezaron a salir los ex detenidos, sobrevivientes de los centros de detención clandestinos y fueron a la plaza, Hebe les dijo: “¡Ja, por algo será que están vivos”. Era imposible, imposible. 

—La muerte a veces te reconcilia. ¿No le reconocés nada? 

—No. Ni yo ni ninguna —se ofusca—. Porque hay muchas cosas feas que nunca hemos comentado ni lo voy a hacer… ¿Sabés cómo es la historia del pañuelo?

El pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es un emblema que nació de la necesidad de identificarse colectivamente. Todos los años, en Argentina, se realiza una procesión religiosa en Homenaje a la Virgen de Luján. Es una caminata de setenta kilómetros desde la capital hasta la Catedral de Luján. Allí fue un grupo de Madres en octubre del 77 con la intención de abordar a la cúpula de la Iglesia. Pero se preguntaban cómo iban a hacer para reconocerse entre la multitud. A una de ellas se le ocurrió la idea de cubrir sus cabezas con un pañal, y los pañales devinieron en pañuelos.

—Toda la vida, cuando íbamos a la ronda, llegaba a la plaza, me ponía el pañuelo y decía: “Ahora sí, ahora soy una madre”, solía repetir Taty. 

Cuando se separaron, las Fundadoras se quedaron sin sede. Adolfo Pérez Esquivel -activista por los Derechos Humanos, ganador del premio Nobel de la Paz en 1980 por su resistencia no violenta frente a las dictaduras latinoamericanas- les ofreció un lugar en el Serpaj (Servicio de Paz y Justicia), que usaron durante muchos años hasta conseguir el propio. 

Taty encabezó esa búsqueda y trabajó codo a codo con la comisión Pro-Casa, un grupo de apoyo para adquirir la sede. Se acercaba la fecha por los 25 años del golpe de Estado, y se organizaron varios eventos para recaudar fondos. Pero hubo uno que se destacó por su masividad: fue el festival en el estadio del club Ferrocarril Oeste del 23 de septiembre de 2001 en el que tocaron Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Jaime Roos y León Gieco, entre otros. Las entradas se agotaron. Se vendieron 30 000. 

Finalmente, consiguieron un departamento en la calle Piedras 153, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, que mantienen hasta hoy. 

—La que se cargó al hombro el objetivo de que Madres tuviera una casa fue Taty. Esos impulsos vitales muy power siempre fueron de Taty —señala Paula Maroni, nieta de la Madre de Plaza de Mayo Enriqueta Maroni, quien tiene a su padre Juan Patricio Maroni, y a dos de sus tíos desaparecidos. 

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Carlos “Maco” Somigliana es integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una ONG formada en el año 1984 con el objetivo de trabajar en la búsqueda, recuperación, identificación y restitución de los restos de personas desaparecidas. Es el atardecer de un viernes de fines de mayo en Buenos Aires. El ritmo frenético del centro porteño sobre la Avenida de Mayo y a pocas cuadras de la Casa de Gobierno va menguando, cuando este hombre alto y de voz gruesa me recibe en una luminosa oficina del área de Derechos Humanos del Ministerio Público Fiscal. Conoce a Taty desde hace tantos años que ya no recuerda cuántos.

—Taty supo ser fiel a su desgracia, asumió la desgracia como desgracia, una terrible desgracia. Taty es la última de las mohicanas, una referencia ineludible, un mojón, un ícono. No creo que particularmente le interese serlo o lo disfrute, pero lo hace.

—¿Y cuándo te pregunta por Alejandro qué le decís?

—Tengo la misma respuesta para todos en esto. Porque si esbozara una teoría de la probabilidad en un caso en particular, sería un chanta. Entonces le digo a todo el mundo que no depende de mí, pero que la posibilidad siempre está. 

Somigliana trabaja en la Justicia desde los años convulsionados y fundacionales de la democracia argentina. A pesar de que no es antropólogo, sino abogado, integra el prestigioso equipo desde el principio y habla de los procesos de identificación con la misma solvencia que si lo fuera. Un proceso que puso al EAAF a la vanguardia del mundo. 

Según la página web del EAAF, hasta marzo de 2026 el organismo registra 1681 personas desaparecidas encontradas. Además, hay 804 personas desaparecidas encontradas, aún sin identificar, y sus restos permanecen en resguardo del EAAF. Los datos corresponden a hallazgos en Argentina, Uruguay y Paraguay.

Si bien las desapariciones habían comenzado en 1973, la gran mayoría de estos casos pertenece a personas desaparecidas durante la dictadura militar —1976 a 1983—. El caso de Alejandro Almeida, que está desaparecido desde junio de 1975, corresponde a un período en el que resulta más compleja la tarea de identificar y/o encontrar estos restos. Es uno de los inconvenientes que tiene la identificación de personas secuestradas antes del 24 de marzo del 76: no estaba tan extendida la posibilidad de tenerlas detenidas durante mucho tiempo.

—Cuando vos tenés un aparato represivo consolidado como después del 24 de marzo, tenés también líneas mucho más consolidadas —precisa Maco—. Porque tenés más casos, más identificados, más establecidos cuáles son los núcleos represivos. Identificar siempre es una tarea complicada. Y si tardó mucho tiempo, más complicada. Nosotros investigamos el año 75 y algunos se pudieron identificar. Pero no está incluido el de Alejandro, del que tenemos la muestra de Taty. También tenemos su huella digital, pero no apareció nadie hasta el momento con esa huella. 

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Además de vital e irreverente, brava y jocosa, Taty poseía el don natural de comunicadora. Con el correr de los años, su figura fue creciendo al calor de las marchas, los viajes, la multiplicidad de actividades. En los años noventa se volvió una de las caras más visibles y frontales de las Madres, junto a Nora Cortiñas, fallecida en 2024. Su llegada a los más jóvenes, su insistencia, acrecentaron su exposición pública. 

En Madres nunca tuvieron una persona que se encargara de la comunicación porque Taty nunca quiso ceder ese rol. Daba entrevistas, compartía información por WhatsApp, llamaba a quien hubiese que llamar. En su entorno reconocen que ese poder de convicción lo usaba también para dar una mano, y hasta para conseguir un trabajo a quien se lo pidiera o necesitara. 

Paula Maroni fue parte fundacional de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), una organización de Derechos Humanos formada por los hijos de los desaparecidos. Y ahora es la directora de la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza, la sede de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora en la ex-ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde funcionó un centro clandestino de detención. Cuenta que en sus tiempos dentro de H.I.J.O.S armó “Proyecto 30”, que consistía en talleres de salud, arte, danza, joyería, teatro. Empezó en la Villa 31 y luego se extendió a los institutos de menores de la Ciudad de Buenos Aires. Dice que le costaba mucho que las Madres se apropiaran de ese proyecto, y fue Taty, una vez más, quien le dio impulso.  

—Venía conmigo a todos lados, se cargaba la prensa al hombro. Había una agrupación de pibes que se llamaba GARRA, que hacían política a través del arte. Nacieron al lado de Madres, pero sobre todo de la mano de Taty. Porque la que les daba ese lugar era Taty, ninguna otra Madre.

Charly Pisoni lleva a Taty y a Estela de Carlotto tatuadas en su brazo izquierdo. Es miembro de la agrupación H.I.J.O.S., nieto de la Madre de Plaza de Mayo Aurora Bellocchio. Su madre Irene Inés Bellocchio, y su padre Rolando Víctor Pisoni, están desaparecidos. Conoció a Taty en los años noventa, durante la vigencia de las leyes de impunidad en favor de los genocidas, en tiempos de los “escraches”, manifestaciones en las que los militantes de H.I.J.O.S se movilizaban a los domicilios donde vivían ex militares y civiles que participaron en la represión clandestina y el robo de bebés en dictadura. Escrachar, en la jerga argentina, significa denunciar o exponer públicamente a una persona. En aquellos primeros tiempos de la agrupación, los jóvenes militantes, herederos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se reunían frente a la casa de los represores bajo la consigna “Si no hay justicia, hay escrache”. Señalaban y dejaban en claro a sus vecinos quién, o qué clase de persona, era la que vivía allí. Cantaban y marcaban el lugar con pintura roja. Taty Almeida fue una de las Madres que más los acompañó en aquellas acciones. 

Pisoni fue, también, el conductor de Qué me Contás, el programa de radio que hicieron con Taty, junto a Paula Maroni los sábados al mediodía en AM 750, al que fue hasta un mes antes de su muerte. Allí, Taty, si bien no tenía el papel de productora, descollaba como tal. Un llamado de ella bastaba para convencer a los invitados. Además, despuntaba su papel de entrevistadora, haciendo uso de su desparpajo, carisma y desfachatez. Entre otros, pasaron Charly García y Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, a quien le hizo mucha gracia cuando fue al programa y Taty se apareció lookeada con una campera de cuero negra con tachas. 

Un lunes de marzo de 2025, en una oficina desangelada de un organismo público donde trabaja en el centro porteño, Pisoni, a quien Taty quería como a un hijo, reivindicaba su militancia, aquella que ejerció hasta el día de su muerte.

—Creo que Taty hoy sigue viva porque tiene la capacidad de querer seguir haciendo cosas. Todo el tiempo está generando acciones políticas y ese es el motorcito de su vida. Desde que se levanta hasta que se acuesta está pensando en cómo lograr sus objetivos políticos. 

Miriam Lewin es periodista. Ex detenida-desaparecida, estuvo secuestrada en la ESMA y es una activa militante por los derechos humanos. Conoce a Taty de la militancia, pero también participó con ella de un programa en Radio Nacional, conducido por Roberto Caballero, quien la apodó “La Madre con patines”, por su incansable ir y venir. Es coautora, junto al fotógrafo italiano Gianfranco Ceraudo, del libro Sky-Van, Aviones, pilotos y archivos secretos (Ed Sudamericana, 2017), una investigación sobre los vuelos de la muerte, una serie de operaciones en las que las personas secuestradas por el aparato represivo eran arrojadas vivas al mar. Lewin y Ceraudo descubrieron el Sky Van —uno de los aviones utilizado en aquellas operaciones— en Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos, luego de una larga investigación. Asegura que Taty fue una de las primeras en apoyarlos desde que empezaron a buscar el avión y que, además, tuvo un rol fundamental y decisivo a la hora de repatriarlo. Cuando en diciembre de 2019 Alberto Fernández asumió la presidencia, Taty fue a hablar con él, pero en marzo llegó la pandemia y todo se enfrió. Unos meses después, con el Covid en baja, volvió a insistir. El presidente le indicó que hablara con Sergio Massa, su ministro de Economía. 

—Mientras están charlando con Massa, Taty nota que mira el teléfono sin parar, y piensa: ‘Qué maleducado este muchacho, no para de mirar el celular’ —recuerda Lewin durante una tarde tórrida de febrero de 2026 en un bar coqueto de la zona de Villa Crespo, en Buenos Aires—. Pero en realidad, Massa estaba haciendo cuentas. Y le dijo: ‘Lo vamos a traer’. Yo estuve con Taty cuando el avión aterrizó. Nos abrazamos y lloramos.

El Sky Van llegó a la Argentina el sábado 24 de junio de 2023. 

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—Mis nietos siempre dicen que van a pasar la gorra porque cuando voy algún lado se me vienen todos encima, me piden fotos —solía bromear Taty acerca de ellos. 

Tuvo seis nietos, tres en Argentina, mellizos en España, y uno en Italia. Además, solía contar, orgullosa, que le dieron cuatro bisnietos. 

—Eso es lo lindo. Que los disfruto. Son re-pegotes conmigo. Me dicen: “Taty, vos estás recogiendo lo que sembraste. Porque siempre fuiste una abuela presente”. Y es verdad, yo podía tener la marcha más importante, pero si alguno de los chicos decía algún versito en el colegio, chau, llegaba tarde a la marcha, pero yo estaba con ellos. Lo hice con mis hijos, con mis nietos y ahora con mis bisnietos.

—Se desenvuelve en el mundo como si todo le perteneciera, en el buen sentido. No hay frenos para ella. Es rápida, tiene mucha memoria, mucha labia —dice Alejandro, su nieto mayor, en enero de 2026 en el patio de su casa, que es también un centro cultural en la zona de la Plaza Irlanda, en Buenos Aires. Alejandro lleva el nombre de su tío desaparecido, tiene tatuado el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y el Diez de Maradona en el brazo derecho—. Para mí Taty es muchas Tatys. Por un lado era la abuela que nos llevaba de acá para allá, que nos generaba todos los planes. Ese impulso que hoy le ves en la militancia también lo tiene para lo cotidiano. Y después, la abuela Madre, la abuela personaje público. Uno fue descubriendo con el tiempo la magnitud de lo que ella representa. 

Es un sábado de marzo por la tarde en Italia y en la ciudad de Torino hay mucho viento. Manuel Almeida, hermano de Alejandro, se fue de Argentina a fines de 2025, harto de las políticas de extrema derecha del gobierno de Javier Milei. Ahora, mientras camina por las calles de su nuevo hogar, evoca a su abuela con ternura. 

—Es una re-abuela y ha ejercido su rol con muchísima conciencia. Estaba en todos los actos escolares, venía a leer cuentos al aula. En una época hizo un curso de manualidades y nos decoraba los cumpleaños con figuras de cartulina. De las Tortugas Ninjas, de los Piratas. A mí me gustaba Miguel Ángel y me hizo uno enorme para poner en la entrada. Y la torta, toda decorada. Cuando nosotros éramos chicos era la que nos llevaba a los museos, a las plazas. Siempre muy conectada con lo que pasa, con la cultura como parte de su vida. Es fuerte ser su nieto, uno tiene que poder administrar eso, ver cómo manejar ese legado. 

Es media mañana de un jueves de abril cuando Estela de Carlotto finalmente accede a una entrevista telefónica. Viene de semanas ajetreadas, luego de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado. Está cansada. Tiene 95 años y una gigantesca historia de lucha en la búsqueda de los nietos, hijos de los desaparecidos. Ella encontró al suyo, Ignacio Montoya Carlotto, hijo de su hija Laura -quien quiso llamarlo Guido- desaparecida y asesinada en noviembre del 77. Sigue al frente de las Abuelas de Plaza de Mayo, de la que es presidenta desde 1989. Aún les quedan por encontrar más de trescientos nietos. 

—Tenemos una relación de hermanas, en una lucha que no imaginamos durante nuestra juventud. Es una mujer muy agradable, muy sabia, muy compañera, muy activa y luchadora. Nuestra lucha, la de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, es muy reconocida por la serenidad que tuvimos, por el trabajo que hicimos, en el que corrimos riesgos. Hemos sido perseguidas a muerte. Yo la aprecio mucho y sería absurdo que no tuviéramos diferencias de criterio. Todos tenemos formas y maneras, ella lo hace a la suya y hoy dirige una institución como las Madres. Seguramente habremos tenido discusiones, siempre hemos discutido entre nosotras, las Madres y las Abuelas. Con algunas más que con otras. Pero Taty siempre fue una mujer muy respetuosa, muy agradable y educada. Y si teníamos diferencias, las hablábamos. 

Taty Almeida despliega su pañuelo blanco en el living de su hogar, el mismo donde vivi ía1 años atrás, cuando se llevaron a Alejandro, que permanece desaparecido.

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—Hola Guido, ¿qué tal querido? Estoy internada en el Italiano. No me escribas, no me contestes, pasá directamente si querés y nos damos un beso. Chau. 

Eso decía el audio que recibí en la tarde del viernes 5 de junio de 2026, dos semanas después de haber visitado a Taty en su casa. Pasaron siete días más hasta que pude visitarla. Eran las 11 de la mañana de un viernes soleado, bastante frío. Cuando llegué a la habitación del hospital Italiano, donde permanecía internada, estaba dormida, así que no entré a verla. Me quedé en el pasillo hablando con su hijo Jorge —a quien solo conocía por videollamada— como si fuéramos viejos amigos. Jorge, exiliado en España desde 1978, había viajado para estar al lado de su madre. Me dijo que Taty estaba mejor, que probablemente la darían de alta el martes. Un día después circuló una foto de ella por WhatsApp. Estaba recostada en la cama del hospital, con el celular en la mano. Tenía buen semblante y una sonrisa franca. Fabiana, su hija, contó en un audio que estaba leyendo y respondiendo la catarata de mensajes recibidos. 

Sin saberlo, la había visto por última vez una mañana otoñal, el martes 19 de mayo, cuando la visité en su casa.

Taty Almeida falleció el domingo 14 de junio, tres días antes del 51° aniversario de la desaparición de Alejandro. A trece días de cumplir los 96 años, que planeaba festejar en el Sindicato de Trabajadores Telefónicos (FOETRA) como siempre.

—Yo iba a estar con ella y a recibir instrucciones. Tener sus instrucciones te alivia. Porque si no: ¿quién toma una decisión? Fue un gesto de amor de su parte, nos facilitó mucho-, recuerda Natalia Bermejo, que trabaja como archivista de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y fue una de las personas de máxima confianza de Taty. Durante su internación, la visitó asiduamente y juntas delinearon las actividades por venir, la playlist y los invitados de la fiesta. Planearon, simultáneamente, un cumpleaños y un funeral. 

—Tengo cosas medio místicas, teníamos una conexión por ahí. Conversaciones espirituales, diálogos de la vida y la muerte. Hablábamos del tema con naturalidad. Los últimos cinco años me venía diciendo lo que quería hacer para su velatorio. Mientras estaba internada le dije: “No te puedo organizar una fiesta de velatorio, no me voy a estar matando de risa. Pero si querés que cantemos, cantamos”. 

—¿Cómo tomaba el tema de la muerte: con naturalidad o con temor? 

—Esta vez era “que sea lo que Dios quiera”. Con ánimo y lucidez para planificar cosas, pero tampoco re-aferrada. Hace once años (durante otra internación), cuando estaba fea la cosa, me dijo directamente: “Vos que hablás con Dios: me quiero morir”. Esta vez no. Toda la vida tuvo este tema de no querer morirse sin encontrar los huesos de Alejandro. Ahora estaba con la idea de reencontrarse con él en otro plano.

El velatorio comenzó el lunes 15 de junio de 2026 a las 14 horas. Desde media mañana, fuera de la sede de FOETRA, en el barrio de Balvanera, la prensa esperaba la llegada de dirigentes políticos y artistas ligados a los derechos humanos. Tomaban imágenes y testimonios. La fila de gente llegaría a tener tres cuadras de largo. La calle estaba cortada y todos esperaban su turno para despedirla. En la entrada del sindicato, una pantalla gigante proyectaba imágenes de la vida de Taty con sus amigos, familiares y compañeros de militancia.

Adentro, apostado al fondo y en el centro de un salón amplio y austero, estaba ubicado el féretro, cerrado. Sobre la tapa había unos pins, el pañuelo blanco de las Madres y algunas banderas de organismos de derechos humanos. A un lado, un retrato suyo. La fotografía fue elegida por la familia y es una de las tantas que le tomé durante este último año, mientras la seguí de actividad en actividad. 

Poco antes de abrir el velatorio al público, su círculo íntimo se reunió alrededor del ataúd. Uno de sus nietos, Nacho, tomó la guitarra y entonó “Esa estrella era mi lujo”, una canción de los Redonditos de Ricota. El estribillo, que fue coreado a capela, dice así: “…Fue mi único héroe en este lío/ la más linda del amor/ que un tonto ha visto soñar/…”. 

Hubo gente circulando hasta medianoche y desde la mañana siguiente al mediodía. Pasaron miles de personas que gritaban, lloraban, y pocas flores: Taty había pedido que no llevaran coronas ni arreglos fúnebres, que donaran el equivalente para las Madres.

Poco después llegó Estela de Carlotto. Apesadumbrada, se abrió paso entre la prensa y el público, que la vivaba. Se detuvo a un lado del féretro junto a Buscarita Roa, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Inclinó su cabeza y observó por unos segundos el ataúd donde yacía su amiga. Miró la foto, apoyó sus manos sobre esa madera fría, que ya estaba cubierta de insignias y dejó la suya: un pañuelo de las Abuelas. Luego, Fabiana tomó el micrófono, de pie junto al féretro.

—Mamá cada tanto hablaba de su muerte. Que venía el cumpleaños, que después la muerte. (…) Pero a mí y a mi hermano no nos contó nada, porque ella no hablaba de esas cosas con nosotros. Dijo que quería que fuera en FOETRA, en esta casa, que era su casa. Que quería cajón cerrado, porque ustedes saben que era muy coqueta la vieja. Y que quería una hermosa foto de ella. Ayer elegimos ésta, que es de no hace tanto. Esta vejez que se ve en sus manos era ella. Ésta es ella. Esa cara de felicidad, de militancia y joda, como decía siempre. Esa cara de hay que seguir compañeras y compañeros. 

La foto es un primer plano de su rostro, cerrado, que hice en diciembre de 2025. Tiene el mentón apoyado en una mano, mira de frente a cámara.

El martes al mediodía el cielo estaba despejado y un sol radiante ayudaba a templar el fresco. Desde temprano en la mañana continuaron su procesión por el velatorio figuras públicas, políticos y ciudadanos. Afuera, centenares de personas y la prensa aguardaban la partida del cortejo. Su hijo Jorge, sus nietos Julián y Alejandro, Fernando, la pareja de Fabiana, el diputado Horacio Pietragalla —nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo— y Charly Pisoni, cargaron el féretro hasta el coche fúnebre y lo cubrieron con un pañuelo de H.I.J.O.S

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El 30 de enero de 2026 nada de todo eso había pasado y hacía un calor espantoso. Poco antes de ir a verla a su casa, Taty me envió una foto por WhatsApp. Llevaba un sombrero playero, de paja y ala ancha, que le había traído Pascual Spinelli de un viaje. Le encantaban los souvenirs. Si algún amigo se iba de viaje, casi que estaba obligado a traerle uno de esos llaveros que tienen impreso el nombre del país visitado. Por eso, al entrar a su casa, uno se topaba con una pared repleta de llaveros. Ese día me contó un sueño.

—Tengo unos sueños… Son sueños serios. Hace poco se acercaba la fecha de Alejandro, y vos sabés que fue tremendo. Soñé que una de las chicas me decía: “Taty, mirá. Ahí llegó un muchacho y se sentó en el sillón. Dice que es tu hijo”. “¿Qué?”, le preguntaba yo. “Sí, dice que es tu hijo”, me respondía. Entonces lo veo a Alejandro con sus rulos, canoso. Lo tenía ahí. Alejandro… Era un seductor. Él no sabía tocar la guitarra, pero hay una foto de él tocando, con unas chicas. Y entonces le pregunto: “¿Sos Alejandro?”.Y me dice: “Sí mamá, dame la mano”. Y yo le dije: “Alejandro, ¿qué ha pasado?”. 

El cura Ricardo "Ricky" Carrizo, integrante del Grupo de Curas en Opción por los Pobres oficia la misa de despedida durante el último adiós a Taty Almeida en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, el 15 de junio de 2026. Taty falleció el 14 de junio de 2026.
El último 17 de abril, la UBA (Universidad e Buenos Aires) le entrego el Doctorado Honoris Causa a Taty Almeida, que lo recibió con mucho orgullo y visiblemente emocionada.

 

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La última de las Madres

La última de las Madres

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Taty Almeida, mítica Madre de Plaza de Mayo, falleció el 14 de junio de 2026 en Buenos Aires. Su hijo Alejandro, quien continúa desaparecido desde 1975, fue el motor de su militancia por los derechos humanos y quien abrió los ojos de esta mujer nacida en el seno de una familia militar. Incansable en el camino de la búsqueda de su hijo, tuvo que sobreponerse no solo a su desaparición, sino a los propios mandatos familiares hasta volverse un ícono.

Ella toma el pañuelo blanco, lo estira sobre su regazo delicadamente, con sus manos largas y ajadas, que conservan una sólida belleza. Se lo coloca sobre la cabeza y lo anuda al cuello. Baja el parasol delantero del auto para mirarse en el espejito y con un movimiento fugaz se acomoda el pelo que asoma por delante. Bordado en azul, el pañuelo lleva el nombre de Alejandro Martín Almeida, desaparecido el 17 de junio de 1975. El hijo de Taty Almeida. La mujer del pañuelo.

Con pequeñas variaciones, esto es lo que ocurría cada vez que Taty Almeida, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, salía de su casa en el barrio de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires, rumbo a un acto. Una rutina, casi una ceremonia que desplegó hasta sus últimos días, como aquella tarde del 15 de mayo cuando fue a la Legislatura porteña, un mes antes de su muerte, a recibir un premio a su trayectoria por la lucha relacionada con los derechos humanos.

Alguien, que podía ser Fabiana, su hija; o Marcelo, militante y amigo; o Francisca, una de las cuidadoras, la ayudaba a bajar del auto y a sentarse en su silla de ruedas. En la vereda siempre había gente esperando, expectante. La aplaudían, le pedían fotos, se emocionaban, algunos hasta las lágrimas. Taty accedía a todos los pedidos, mientras sus acompañantes aguardaban con paciencia y permitían a todo el que se acercaba llevarse una instantánea con la Madre. Ella inclinaba su cabeza, la juntaba con el fotografiado y sonreía. A veces preguntaba su nombre. 

Muchos querían abrazarla. Las personas que la acompañaban advertían que fueran abrazos suaves, que no la apretaran. Taty estaba anticoagulada. A veces, cuando la tocaban de más, se enojaba, se quejaba de que le dolía, pero enseguida volvía a sonreír. Hay quienes se animaban a besarla, apoyando los labios suavemente sobre su cabeza. 

En La Casa de las Madres de Plaza de Mayo, en un colegio, una universidad o la Cámara de Diputados; en un sindicato, en Villa Fiorito —el barrio donde nació Maradona—, o en la Feria del Libro; sobre un escenario en la Plaza del Congreso, en la Marcha del Orgullo LGTQB+ o en la Plaza de Mayo, como cada 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia —en conmemoración del golpe de estado perpetrado en 1976, del cual se cumplieron 50 años en 2026—, en un acto que siempre cerraba ella al grito de “¡No nos han vencido!”. Sea donde fuere, al ingresar era ovacionada. Se abría paso entre la gente, saludaba, agradecía el cariño. Se movía con soltura frente a cámaras y grabadores. Acostumbrada a los flashes, se comportaba como una rock star. La Madre magnética que supo construir. 

“¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!”, coreaba la gente. “¡Taty te amoooo!”, gritaba alguien. Entonces, ella extendía sus brazos, sus manos abiertas, sus dedos largos. Agradecía el cariño con uno, dos, tres aplausos, y una leve reverencia. Entonces tomaba el micrófono y decía: “¡Buenas tardes a todos, todas y todes!”. Y abría sus ojos delineados, negros, enormes, hechizaba al público con esa gestualidad desbordante, con esa carcajada estrepitosa. 

Entonces recordaba a su hijo, Alejandro. Decía que lo habían desaparecido por “militante po-lí-ti-co”. Subrayaba que la dictadura había sido cívico-militar y “cleee-ri-caaal”. Aunque ella fuera católica. “Que le caiga el sayo a quien le caiga”. 

Taty decía que las Madres no eran viejas, que tenían años de juventud acumulada. Decía también que ya habían delegado el mando, ahora en manos de los jóvenes. Reivindicaba a sus compañeras, a las “locas”, de Plaza de Mayo, que daban vueltas en ese lugar icónico de la capital argentina, frente a la Casa de Gobierno, en plena dictadura y a modo de protesta. Y resaltaba que, a pesar de los bastones, las sillas de ruedas y el paso del tiempo, aquellas “locas” seguían de pie. Advertía que solo quedaban tres Madres y dos Abuelas de Plaza de Mayo, y que ninguna sabía dónde estaban los restos de sus hijos. Pedía que aquellos que aún callan dijeran dónde están.

Mencionaba al gobierno “negacionista” de Milei, a quien señalaba como un “payaso”. “Con perdón de los payasos”. Recalcaba que, muy a pesar suyo, ellas seguían “re-sis-tien-do”. Taty fue muy crítica de las políticas de extrema derecha del gobierno mileista. Se posicionaba cerca de Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, máximos representantes del peronismo. Reconocía en Néstor Kirchner al hombre que volvió a poner a los derechos humanos como política de Estado.

Repetía la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. “Justicia le-gal”, apuntaba. “Nuunnca por mano propia”. Decía que quería vivir hasta el día en que dejara de hablar de corrido. Y, al mismo tiempo, confesaba que no quería irse de este mundo sin tocar los huesos de su hijo. De Alejandro. Que la había parido a ella. Porque Alejandro Almeida parió a Taty. Porque la única lucha que se pierde, insistía, es la que se abandona.  

Sobre el final gritaba a voz en cuello por los 30 000 compañeros detenidos-desaparecidos. Entonces el público respondía: “¡Presentes! ¡Ahora y siempre!”, varias veces. 

—¡Porque no nos han vencido! —aúllaba ella.

No había apuro para Taty Almeida. Ni a los 95 años, cuando sabía que ya se quedaba sin tiempo.  

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—Dale, ¿se escucha bien, querido? —pregunta Taty Almeida cuando enciendo el grabador la tarde de un lunes primaveral del mes de noviembre de 2025—. Vos hablame alto porque estoy medio Beethoven.

Está sentada en un sillón de dos plazas del living de su casa, un departamento de dos ambientes discreto, ubicado en el barrio de Palermo de la capital argentina. Viste un sweater color ladrillo, un pantalón oscuro. Lleva un pin con la foto en blanco y negro de Alejandro y otro con el pañuelo blanco, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. A su lado tiene una agenda negra, repleta de actividades. Detrás suyo, sobre la pared, cuelgan varias fotos. Una con su hijo Jorge. Otra junto a Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, ambas de pie y con bastón. Arriba, una en la que abraza al ex presidente Néstor Kirchner, otra con Maradona y otra con el Papa Francisco, a quien fue a ver en dos oportunidades al Vaticano. 

En la sala de este mismo departamento donde vivía con Alejandro y Fabiana hay, además, una cama ubicada en el rincón donde dormía Alejandro, y un gran mueble atiborrado de portarretratos. En una de esas fotografías, Taty posa con sus tres hijos, Alejandro, Jorge y Fabiana, durante un asado en casa de su hermana. Nadie podía imaginar que aquella imagen sería la última en la que estarían juntos. 

A los 20 años, en 1975, Alejandro Almeida estudiaba medicina y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar. Antes, había sido cadete en la Agencia Nacional de Noticias Télam, donde entró recomendado por su tío y padrino, un coronel que estaba al mando. Por sus vínculos castrenses, había conseguido el puesto en el Instituto Geográfico. De todo eso sabía Taty. Lo que no sabía era de su militancia revolucionaria. De su pertenencia al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), de corte marxista. 

—Alejandro no me contaba nada. Él me cuidaba, me preservaba, porque toda mi familia era militar ¡Todos gorilas! (como se llama a los antiperonistas en la Argentina). Y yo era una gorilaaaa. ¡Los pelos me salían por todos lados! ¡Pero ya me afeité hace mucho!. 

Como buena parte de aquel invierno, la noche del martes 17 de junio de 1975 Buenos Aires estuvo cubierta por niebla y hacía frío. Dos días antes, Alejandro había discutido  fuerte con Jorge, su padre, ya separado de Taty. Alejandro era un militante de izquierdas y su padre tenía colgado en su comedor un cuadro de Frondizi, un ex presidente desarrollista. Solían tener diferencias, pero esa fue la última. 

Poco antes de cenar, Alejandro le dijo a Taty que al otro día tenía un examen y que no iría a trabajar. Que iba a comprar cigarrillos y enseguida volvía. El kiosko cerraba a las diez de la noche y eran alrededor de las nueve. La calle Ugarteche no era muy movida en aquel entonces. Era tranquila y oscura, a diferencia de hoy. Pasadas las 10, Alejandro no volvía. Qué raro, pensaron Fabiana y Taty. Esperaron un rato más, comieron y se fueron a dormir. 

Taty Almeida al salir de la Casa de las madres de Plaza de Mayo, rumbo a la Plaza de Mayo, durante la última marcha del 24 de marzo, a 50 años del golpe militar. A su lado, las Madres Clara Weinstein y Elia Espen.

El 18 de junio amaneció con lloviznas y una niebla persistente. Nada extraño para el invierno porteño. Lo extraño, en tal caso, era que Alejandro no estaba ahí, durmiendo en el living. Lo extraño era que no le había dejado ninguna nota a su madre, como solía hacerlo. 

—Me levanto y no lo veo. Y él, cuándo no volvía, me dejaba un papelito. Pero no había nada —rememora Taty, quien aún no imaginaba que aquel martes cambiaría su vida para siempre-. Yo reconozco, querido, que soy muy conocida. En cierta manera, soy famosa, pero ojalá no lo fuera si en cambio pudiera tener a mi hijo, Alejandro… Alejandro tenía 20 años en el año 75. Estaba cursando primer año de medicina y era un militante po-lí-ti-co. Aunque no lo creas, todavía hay algunos que dicen: “Por algo será que los desaparecieron”. ¡Claro que fue por algo! No fue ni por estúpidos ni por tontos. ¡Eran militantes políticos!

Dice que fue él, su hijo, Alejandro, quien la hizo despertar. Taty no sería Taty si Alejandro no hubiera desaparecido. 

—Alejandro, con su metro ochenta, me abrazaba y me decía: “Esta gorilita de mierrrrda…, sin embargo la quiero”. Te aseguro que ahora, querido, después de que me han entregado tantos honoris causa, tantos agradecimientos, lo veo a Alejandro, muerto de risa, que me dice: “¡Miren la gorilita de mierda en qué se convirtió!”. Yo sé que está muy orgulloso de su madre, del vuelco que di. Por eso repito que Alejando parió a Taty Almeida. 

Aquel mismo día encontraría, dentro de un cajón, en un mueble que aún hoy está en esa misma sala, una agenda telefónica. La hojeó. Y al llegar a las últimas páginas encontró 24 poesías. Las leyó. Estaba desconcertada. Por los poemas. Por su contenido. 

—Ahí empecé a conocer la otra faceta de Alejandro. Sus preocupaciones, su rechazo a la injusticia. Y hay una de las poesías que es una despedida. Él sabe que va a morir. 

Le pide a Charo —una de las tres cuidadoras que se turnan para asistirla— que le alcance uno de los cuadros que están sobre la pared. Allí está impreso el poema de Alejandro, junto a un retrato de él. La foto muestra a un joven al costado de una carretera. Tiene la boca abierta, parece bostezar. No mira a cámara. Lleva anteojos y barba candado. Taty toma el cuadro, lo apoya en su regazo, le quita el polvo y lee. 

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él/ Si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta (…) Si la muerte me sorprende, de esta forma tan amarga/ Si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento, el último aliento para decir te quiero…

—Mirá la tierra que tiene el cuadro. Charo, pasale una gamuza, querida.

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Los titulares de la prensa daban cuenta en aquellos días de un país convulsionado: el regreso del exilio del expresidente Juan Domingo Perón en 1973, su asunción al poder, el enfrentamiento interno entre la derecha y la izquierda peronista, su muerte en julio de 1974 y el traspaso a la presidencia a su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, hundieron a la Argentina en un período de enfrentamientos entre las agrupaciones guerrilleras y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina).  Esta organización paramilitar era comandada por José López Rega, un sombrío ex oficial de policía con inclinaciones al espiritismo, que a lo largo de los años treparía hábilmente hasta llegar a ser la mano derecha de Perón e Isabel, encarnando lo más rancio de la derecha peronista.

Mientras tanto, la cúpula militar esperaba el momento oportuno para asestar un golpe de Estado. A su vez, el gobierno de Isabelita se desmoronaba en medio de una crisis social, política y económica. La guerrilla, encarnada en movimientos como Montoneros, que eran peronistas, y el ERP, marxistas, horadaba al poder. Los jóvenes revolucionarios estaban convencidos de que era su momento. 

En Buenos Aires, la Triple A operaba ilegalmente secuestrando, torturando y matando militantes, y en la provincia de Tucumán, en el noroeste argentino, se le había dado vía libre al Ejército para combatir a los grupos armados. El Operativo Independencia, que comenzó en febrero de 1975, comandado por los militares en medio de la selva de montaña, base de operaciones del ERP, fue una suerte de globo de ensayo de la feroz represión estatal que vendría un año después, luego del golpe. Unos cinco mil hombres se habían concentrado en esa provincia para luchar contra una compañía reforzada de montaña del ERP, que contaba con unos ciento veinte integrantes. Así lo detalla el periodista e historiador Marcelo Larraquy en su libro Los 70, una historia violenta (Ed Aguilar, 2017). “Antes del golpe de Estado, el Operativo Independencia había producido el 37 por ciento de las ejecuciones y desapariciones que luego causaría la dictadura militar entre 1976 y 1983”. 

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—Para mí fue la Triple A, porque después no lo vieron en ningún lado. Nosotros pensábamos que se lo habían llevado a Campo de Mayo, pero los poquitos sobrevivientes de ahí nunca lo vieron-, dice Fabiana Almeida, la hermana menor de Alejandro, quien recuerda aquellos días durante una calurosa tarde de enero en su hogar, una casona ubicada en un pasaje silencioso del barrio de La Paternal, en Buenos Aires. 

Fabiana cree que aquel día Alejandro tenía una cita en la esquina, donde sus compañeros del ERP le darían un paquete. Que aquellos que lo secuestraron se deshicieron de su hermano porque sabían que provenía de una familia militar que movilizaría sus contactos para buscarlo. 

Y así fue que Taty buscó, incesante, hasta el día de su muerte. Incluso recurrió a un brujo, un vidente holandés que se llamaba Gerard Croiset, que había aportado datos a los familiares de los jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se había caído en la Cordillera de los Andes. El hombre le pidió ropa, una foto de Alejandro, y un mapa de Argentina. En su devolución decía haberlo visto vivo pero muy golpeado. Que se había subido a un tren, aunque no decía donde iba. Y que no veía nada mas.

—Luego recurrimos a otros brujos y nada —recuerda Fabiana, y menciona, además, que en esos primeros días alguien llamó a su casa para avisar que lo tenía la Policía. Los atendió Jorge y le dijeron que seguramente estaba en Coordinación Federal, que era donde llevaban a muchos de los detenidos.

Hay quienes dicen que el encargado de un edificio vecino vio algo. Se habló de una redada en una confitería de Palermo.

Jorge Almeida hace memoria por videollamada un sábado de febrero, en pleno invierno boreal, desde Alicante, el sur de España, donde se exilió en 1978 agobiado por la desaparición de su hermano. Hoy tiene 70 años, dos hijos catalanes, una nieta, el pelo largo estilo rocker y la voz ronca como su madre. Recuerda la infancia compartida con su hermano en las calles del barrio de Parque Chacabuco, las peleas callejeras con las otras bandas de jóvenes, los partidos de fútbol. Recuerda cómo celaban a su hermana menor y las andanzas, ya adolescentes, cuando iban a la cancha a ver a Racing. Recuerda los días felices. Aquellos en los que nada ni nadie podía detenerlos.  

—Yo no estaba en casa aquella noche, vivía con mi viejo. No sabíamos nada. No éramos conscientes de la represión que había. Nos asustamos, pero nunca imaginamos lo que realmente estaba pasando. No pensábamos que estaba desaparecido. Empezamos a averiguar, a tirar de nuestra familia, que eran todos militares. 

Dice que el llamado telefónico era de una persona que decía ser amigo de Alejandro. Lo convocaba a una reunión en un bar céntrico. 

—Así que fuimos con uno de mis tíos, milico. En el bar apareció un chaval joven que nos dijo que Alejandro estaba de-sa-pa-re-ci-do. Que lo tenían los militares. Que teníamos que empezar a buscarlo. Que no sé qué. Y ahí se nos cayó todo.

—Él me contaba de su militancia —reconoce Fabiana.

—¿Y tu mamá no sabía nada? 

—Algo sabía, porque había discusiones en la mesa durante los almuerzos de los domingos. Alejandro hablaba de política, contaba que iba a un barrio a alfabetizar… Todo antes de que se metiera en el ERP, que fue poco antes de desaparecer. Estaba muy contento porque lo habían ascendido. 

La bandera con los rostros de los 30 mil desaparecidos, el emblema de cada marcha por el El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el 24 de marzo.

Se dice que Alejandro, si bien sabía manipular armas porque sus tíos militares le enseñaron a usarlas de niño, no participó de la lucha armada. Era miope de un ojo y la función que tenía dentro de la organización era la de llevar y traer correspondencia, el “correo”. Fabiana sospecha que pudo haber sacado cartografía del Instituto Geográfico Militar para enviar a Tucumán, donde se ocultaba y operaba el ERP. Y que alguien pudo haberlo visto y denunciado. No hay certezas, solo dudas y sospechas. 

—Alejandro tenía la pastilla de cianuro en el bolsillo. Siempre me la mostraba el pelotudo. Qué pendejada.

Los militantes tenían por regla tácita que, si eran capturados, debían tomar esa pastilla, brindada por la propia organización para evitar los interrogatorios, las torturas, las potenciales delaciones.

—De su militancia última se ve que se los llevaron a todos, porque no quedó nadie. Nadie se acercó después. En cambio, de los otros compañeros, del grupo de amigos que militaban en otro lugar, no desapareció ninguno. Ellos le advirtieron, una semana antes, que la cosa estaba jodida, que se cuide. 

Carlos “Kale” Ramírez evoca a su amigo Alejandro desde España, donde se exilió durante la dictadura. Se conocían desde la infancia, cuando jugaban al fútbol en las calles del barrio donde crecieron, en Parque Chacabuco.

—A Alejandro lo recuerdo con mucho cariño, con rabia y con ilusión. Se la jugó, como muchos otros, con cierta inocencia. Lo vi una semana antes de su desaparición y le dije: “Ya mismo borrate”. Me contó que lo mandaban a Santa Fe, pero no llegó a tiempo. Y una noche lo secuestraron. 

Pascual Spinelli es una de las personas que estuvo más cerca de Taty en los últimos años. Es el editor —y quien la convenció de dar a conocer los poemas de Alejandro— del libro Alejandro, por siempre… amor (Editorial Baobab) que se publicó en 2008 y se reeditó en 2025, a 50 años de su desaparición. Es quien acompañó a Taty a presentarlo. 

—Así que lo que ella tiene es esto: “Mamá, voy a hacer tal cosa y vuelvo”. Y ya está. Eso es muy fuerte, muy trágico —opina Spinelli por teléfono, una tarde de sábado de abril—. Él trabajaba en el Instituto Geográfico, a cargo de Santiago Omar Riveros, un genocida de aquellos. Los tipos tenían una red de inteligencia y de infiltración muy profunda. A veces pienso que fue una vendetta de su familia militar, Taty creía que ellos la iban a ayudar. Pero la línea ideológica era tan profunda que no respetaba ni siquiera los vínculos familiares. 

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Taty Almeida nació el 28 de junio de 1930 en Buenos Aires. No vino al mundo ni como Taty ni como Almeida, sino bajo el nombre de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga. Su padre, Carlos Vidal Miy, era un oficial de caballería oriundo de la provincia de Mendoza. Su madre, Alicia Uranga, un ama de casa de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. 

Tuvieron cuatro hijos en total, tres mujeres y un varón. Primero llegó Alicia, luego Taty, más tarde Carlos y por último Marta. Taty cursó hasta quinto grado de la escuela primaria en Buenos Aires. Luego, a su padre lo trasladaron a la provincia de Mendoza, donde ella solía jugar con una niña que era la hija de unos amigos de sus padres a la que le decían Taty. Una de sus hermanas comenzó a decirle así a ella también. Tanto insistió con aquel sobrenombre que le quedó para siempre. 

Al terminar la primaria volvieron a Buenos Aires y cursó hasta tercer año de la escuela secundaria en el Normal 10, ubicado en el barrio de Belgrano, donde vivían por esa época. En cuarto año se cambió al Normal número 7, en el barrio de Almagro, donde se recibiría de maestra. Las vacaciones de verano las pasaban usualmente en Entre Ríos. Allí, Taty solía ir a los bailes en el Club Estudiantes, el lugar donde las jóvenes de la elite local iban a conocer a los cadetes de la escuela militar. 

Cuando terminó el secundario entró al magisterio y se recibió de docente. Poco después, a los 23 años, se casó con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Con el nacimiento del primero, y tal como indicaban los mandatos de época, dejó la docencia y se dedicó de lleno a criar a sus hijos. A los 40 años se divorció y no se le conoció ninguna otra pareja. 

Su hermano Carlos, emulando al padre, siguió la carrera militar y llegaría al grado de coronel. Sus hermanas, Alicia y Marta, contrajeron matrimonio con oficiales del Ejército. Los Miy Uranga, una clásica familia conservadora, de alta alcurnia. 

No reniega de su vida de mujer acomodada, ni de su familia. Pero al hablar de Alejandro sus ojos se empequeñecen, la mirada se pierde. Sus arrugas de mujer centenaria parecen agrietarse aún más. 

—Siempre digo y pido a Dios no irme sin poder tocar los huesos de Alejandro —me dijo Taty el martes 19 de mayo, la última vez que la visité en su casa. 

Aquella mañana otoñal y fresca la noté cansada. Comentó que tenía frío y que no había dormido bien. Pero, como siempre, estuvo dispuesta a la charla. A ser fotografiada, a compartir las actividades de su agenda infinita. Estaba maquillada, peinada, llevaba unos aros dorados y un suéter verde con cuello alto. Tenía una manta tejida de color marrón sobre el regazo y el pañuelo blanco bordado con el nombre de su hijo a un lado. Charo, una de las cuidadoras, preparaba costillas de cerdo con puré para el almuerzo. 

—Tenés esperanza de que van a encontrar los restos de Alejandro? 

—Sí, por los antropólogos forenses, que han encontrado tanto. Porque están encontrando incluso del año 75. No pierdo la esperanza. Estamos en contacto. Además, siempre les hago acordar el detalle del dedo. 

Cuando era chico, Alejandro tuvo un accidente doméstico. Estaba saltando sobre la cama y se le atascó el dedo anular de la mano izquierda. Taty se lo envolvió y salieron corriendo al hospital. Finalmente, dice, perdió una partecita de ese dedo. 

—¿Y qué harías en caso de encontrarlos? 

—Incinerarlos no, porque es como volverlo a desaparecer. Los chicos quieren enterrarlo en un campo familiar en Salta, donde también está enterrado Jorge, mi ex, su papá. 

Aquella mañana, Taty me contó que conservaba algunas pertenencias de Alejandro. Un traje de baño, una camisa, apuntes de la facultad. 

—¿Y las mirás cada tanto?

—No. Está todo bien guardado.

Taty Almeida durante una de las tantas presentaciones del libro de poemas de su hijo Alejandro, quien permance desaparecido desde el 17 de junio de 1975.
Taty Almeida ofrenda flores al Río de la Plata durante la ceremonia en la que se arrojaron las cenizas de las Madres de Plaza de Mayo Vera Jarach y Enriqueta Maroni en el Parque de la Memoria de Buenos Aires. Maroni y Jarach fallecieron en el año 2025.

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Había pasado un año del golpe y faltaba uno para el Mundial de 1978. La única respuesta que recibían las Madres que buscaban a sus hijos las culpabilizaba a ellas. Por no atender a lo que hacían. Con quién estaban y dónde dormían. Por sus lecturas y sus compañías. Y los culpaban a ellos, a sus hijos, por subversivos. Nunca nadie les daba una respuesta sobre sus paraderos. 

El sábado 30 de abril de 1977, hartas de reunirse en iglesias, tocar puertas en comisarías y ministerios, cansadas de no recibir respuestas sobre sus hijos, un grupo de madres de desaparecidos resolvió juntarse por la tarde en la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, desafiando así la prohibición del derecho de reunión promulgada por la Junta Militar. Quizá, pensaron, de esa manera llamarían la atención de la gente de a pie y del presidente de facto, Jorge Rafael Videla. 

“Circulen, circulen”, ordenaban los oficiales de policía a aquel puñado de mujeres, catorce para ser exactos. Azucena Villaflor, una de ellas, les pidió al resto que se pusieran en fila y se tomaran de los brazos para dar la impresión de que eran mayor cantidad. Y así comenzaron a caminar, a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo. Aún no llevaban puesto el emblemático pañuelo blanco. 

Mientras, Taty Almeida recurría una y otra vez a sus conocidos en el entorno militar. Estaba segura de que ellos, ahora en el poder, le darían una mano para encontrar a su hijo. Iba a preguntar por él a sus conocidos militares, acompañada por Carlos, uno de sus cuñados, oficial del Ejército. A muchos de los jerarcas los conocía personalmente, como a Albano Harguindeguy, jefe de policía en 1975 y ministro del Interior a partir del golpe de 1976, quien había sido oficial de su padre.

Taty recuerda con claridad todos y cada uno de esos encuentros. Por ejemplo, con Harguindeguy, el autor de una frase emblemática de la dictadura: “Los Argentinos somos derechos y humanos”.  

—Le digo: “Mirá, Harguindeguy, uno de mis chicos hace tiempo que no viene a casa, no sé nada de él. ¿Ustedes pueden hacer algo?”. Y me contesta: “Señora, no podemos hacer nada. Los culpables son los peronistas”. Y yo, gorila por supuesto, decía, claro, ¡Son los peronistas!

También recurrió a Ramón Camps, a quien conocía de los bailes de su adolescencia durante las vacaciones en Paraná, Entre Ríos. Camps fue uno de los más feroces represores que tuvo la dictadura argentina. Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1977, luego pasó a la jefatura de la Policía Federal hasta 1979 y, según Fabiana, le “arrastraba el ala” a Taty en aquellos bailes juveniles de Paraná. 

Taty no lo desmiente. Recuerda que lo llamó, que le dijo que necesitaba hablar con él, pero que no pensaba ir hasta la La Plata, la capital de la Provincia de Buenos Aires ubicada a sesenta kilómetros, donde estaba la jefatura de la Policía provincial. Camps respondió que iría a su casa. 

—Llegaron armados y cortaron toda la cuadra —dice Taty—. Subió solo y cuando entró le dijo a Jorge, mi hijo: “Pibe, yo podría haber sido tu padre”. ¡Pero haceme el favor!, le dije. Él era el jefe de policía ¡Pero a mí me importaba un carajo! 

Jorge Almeida se acuerda de aquel episodio. Ocurrió unos tres meses después del golpe de Estado, alrededor de un año después de la desaparición de Alejandro. Él vivía con su padre, pero aquel día estaba en casa de Taty.

—Yo ni sabía quién era, pero mamá lo llamaba “Chicho”. Camps nos dijo: “Mirá, tu hermano ha desaparecido, pero lo tienen ellos. Le habrán dado una orden y no la cumplió”. 

Jorge estaba sentado en la cama de Alejandro, junto a Taty. En el sofá, Camps tomaba el té sobre una mesita pequeña, dispuesta para la ocasión y preguntaba insistentemente por los amigos de Alejandro. 

—Nos pidió la agenda telefónica, pero no se la di. Toqué a mi vieja con la rodilla y no dije nada. Yo creo que el tipo no apretó tanto porque la quería mucho. Cuando se fue, le dije a mamá: “Son estos”. Ahí me di cuenta de que eran estos hijos de puta.

Aun así, Taty no podía ver con claridad y seguía insistiendo entre sus familiares y conocidos del ámbito militar. Entretanto, la situación de los desaparecidos era un secreto a voces. El reclamo de las Madres que ya se habían instalado todos los jueves en la Plaza de Mayo crecía y cada semana se sumaban algunas más. Durante el Mundial 78 aprovecharon la llegada de corresponsales extranjeros para difundir la situación, mientras Videla decía: “Frente al desaparecido no se puede hacer ninguna observación. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, declaró tiempo después, durante una conferencia de prensa en septiembre de 1979 en vísperas de la visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias contra el régimen militar. 

Ese mismo año, Taty hizo la fila, igual que otras 150 Madres, en la sede de la CIDH sobre la Avenida de Mayo para denunciar la desaparición de Alejandro. El informe estableció que “…por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron numerosas y graves violaciones a los Derechos Humanos”.

Por sus vínculos de corte militar, le costaba acercarse a las Madres. Hacia fines de la dictadura y principios de la democracia, viajó a España en diversas ocasiones a visitar a Jorge. En charlas con él pudo entender lo que estaba ocurriendo. Luego Caco, el compañero de Fabiana en aquellos tiempos, quien había sido militante, le comentó de las rondas que hacían las Madres de Plaza de Mayo todos los jueves. Se ofreció, e insistió, para acompañarla. Y allá fueron, él, Fabiana y Taty, un jueves del año 1984. 

—Yo la acompañaba, pero ella no se animaba a acercarse. Solo observaba —dice Fabiana—. Pero una vez se puso a charlar con alguien y después de aquel día me dijo: “Quiero ir a la Casa de las Madres porque me interesa estar ahí”. 

No recuerda la fecha exacta, pero cree que fue entre los años 85 u 86 cuando entraron por primera vez a la antigua sede ubicada en la calle Uruguay al 600. 

—Cuando entramos veo foto, foto, foto —cuenta Taty en referencia a las imágenes de los desaparecidos que colgaban de las paredes—. Ahí pensé, no soy la única. Me atendió la dama digna, con mayúsculas, María Adela Gard de Antokoletz, que buscaba a Daniel, su hijo, abogado. Y lo único que me preguntó, que era lo único que se preguntaba a una Madre que se acercaba por primera vez, fue: “¿Quién te falta a vos?”. No importaba la política, la religión, nada. Y ahí hice mi catarsis. Conté, lloré. Le dije: “¡María Adela, que estúpida que he sido!”. A partir de ahí es lo mejor que pude hacer. Hablar el mismo idioma de las Madres. 

Tiempo después, aquellas Madres dejarían de hablar el mismo idioma entre ellas. 

Taty Almeida sopla las velas durante el festejo de su cumpleaños 93 en Foetra, el Sindicato de Telecomunicaciones. Junto a su hija Fabiana, sus nietos y bisnietos, en el año 2023.

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Se habían constituido como Asociación el 22 de agosto de 1979 en La Plata y los cargos se eligieron por votación: Hebe de Bonafini resultó electa presidenta, Antokoletz vicepresidenta y Nora Cortiñas protesorera. 

Los matices iniciales pasaron a ser grandes diferencias con el correr de los años y la división, que llegó en 1986, fue inevitable. Un grupo, liderado por la enérgica Bonafini, se quedó con el sello de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El otro, en el que estaban Taty, Nora Cortiñas, Vera Jarach, Enriqueta Maroni, Maria Adela Gard de Antokoletz, Marta Vásquez, Laura Conte y tantas otras, pasó a denominarse Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, porque entre ellas estaban las primeras 14 que dieron la vuelta a la plaza aquel 30 de abril de 1977. Faltaba una de las primeras, Azucena Villaflor, desaparecida en diciembre de ese mismo año. 

A diferencia de las Fundadoras, la Asociación liderada por Bonafini no aceptaba la reparación económica, es decir, las indemnizaciones estatales por la desaparición forzada de sus hijos. También se oponían a la exhumación para reconocer los restos de los desaparecidos, y mantenían firme la consigna de “Aparición con vida”. A su vez, eran más confrontativas con el gobierno de turno. Fueron críticas del Juicio a las Juntas Militares que impulsó ya en democracia el presidente Raúl Alfonsín porque creían que juzgar solo a las cúpulas militares y dejar afuera a los subalternos y cómplices civiles era insuficiente. Asimismo, aseguraban que ese juicio abonaba a la Teoría de los Dos Demonios, que ponía en igualdad de condiciones la represión estatal con la de las organizaciones armadas, una idea apoyada en el primer prólogo —escrito por Ernesto Sabato— del libro Nunca Más en 1984. El libro es el resultado del informe de la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que se formó para reunir pruebas sobre el destino de los desaparecidos. En 2006, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, se le agregó un nuevo prólogo en el que se cuestionaba aquella teoría, poniendo de manifiesto la asimetría de poder entre el Estado y las organzaciones armadas.

Bonafini tenía un estilo de conducción verticalista, mientras las Fundadoras eran más dialoguistas, buscaban consensos y siempre sostuvieron la idea de que sus hijos debían inscribirse en la historia con sus nombres y no como NN. 

Algunas Madres, incluida Taty, se explayaron sobre la división y la conflictiva relación con Bonafini en Las Viejas (Editorial Marea, 2014), de Virginia y Ana Giannoni.

Nora Cortiñas recordaba en esa misma publicación: “La vez que íbamos a hacer las primeras elecciones (luego de las del 78), habíamos formado dos listas porque hubo una separación, pero no porque nos echara Hebe: nosotras llegamos con la crisis total a un momento en que no se podía seguir ni un día más. Y cuando se propusieron las elecciones fue todo muy sucio, muy feo, y decidimos que habíamos perdido, y nos fuimos, porque ahí no podía haber dos líneas, de ninguna manera”. 

Mónica Hassenberg es fotógrafa y hace más de 40 años que documenta a las Madres de Plaza de Mayo. Al principio registraba a ambos grupos, años después quedaría muy cerca de las Fundadoras. Dice que el conflicto venía arrastrándose desde un tiempo atrás, y que hay ciertas cosas que ellas no van a contar nunca, porque se trata de una decisión política.

—Era imposible que alguna de las Madres de Línea Fundadora no se opusiera a esta voluntad de Hebe de decidir absolutamente todo. Esto sin desmerecer lo que significó política y estratégicamente, porque era alguien que decía lo que queríamos decir todos sin tener miedo. Las Madres Línea Fundadora nunca han sido tan directas, pero ideológicamente han mostrado coherencia. Tenían una mayor profundidad en entender la política, mientras que las que se quedaron con Hebe aceptaban lo que ella decía. 

En “La Madre de la desmesura”, un perfil sobre Bonafini de Cintia Kemelmajer y Diego Fernández Romeral publicado en Gatopardo en marzo de 2019, Hebe se refirió también a la división y los temas que las llevaron a romper. “Un día vino a la Asociación un grupo de Madres con un escribano, a decirme que no estaban bien las cosas. “No te queremos traicionar”, me decían. Y yo les dije “no, a mí no me van a traicionar, están traicionando a sus hijos”. Tendrían que preguntarles a ellas por lo que hicieron, no a mí. Ellas hicieron varios libros hablando mal de mí, diciendo que soy una dictadora y una mandona. Cuando me lo preguntan digo que sí, que no mienten, soy dictadora y mandona”. Y sobre las indemnizaciones fue lapidaria: “La que cobra la reparación económica se prostituye, está vendiendo la sangre de los hijos, fue así y es así. No queremos saber quiénes son los asesinados, sino quiénes son los asesinos. 

Taty, a su vez, fue tajante en Las Viejas al dejar en claro la postura de la Línea Fundadora. Señaló que fue la OEA quien resolvió que el Estado era el responsable de la desaparición. “Ellos recomiendan, no obligan, que se pague un resarcimiento al desaparecido (...). Pero nadie dijo: ‘Cobran el resarcimiento, se callan la boca y no siguen’; si no, te imaginás que nadie lo hubiera aceptado (…). No por eso vendimos la sangre de nuestros hijos, como decía Bonafini, que realmente enfermó a muchas madres pobrecitas con la culpa”. 

En el mismo libro Vera Jarach amplió: “Me acuerdo el tema de las tumbas, cuando dijo: ‘No quiero huesos’. Fue una cosa que nos chocó, a mí me chocó muchísimo, porque nosotras queríamos saber (…). Así que justicia no. Homenaje no. Identificación de los huesos e identidad, no. Nosotros es al revés, identificación de los huesos sí, porque vos debés saber y tener los restos y poder hacer un luto y tener una tumba (…)”.

Hebe de Bonafini falleció en 2024. Más allá de las diferencias, metodologías de lucha y formas de ver el mundo, es un ícono. 

Taty se incomoda al hablar de ella. Sin embargo, muy seria, al borde del enojo, reflota una antigua disputa.  

—Me acuerdo que cuando empezaron a salir los ex detenidos, sobrevivientes de los centros de detención clandestinos y fueron a la plaza, Hebe les dijo: “¡Ja, por algo será que están vivos”. Era imposible, imposible. 

—La muerte a veces te reconcilia. ¿No le reconocés nada? 

—No. Ni yo ni ninguna —se ofusca—. Porque hay muchas cosas feas que nunca hemos comentado ni lo voy a hacer… ¿Sabés cómo es la historia del pañuelo?

El pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es un emblema que nació de la necesidad de identificarse colectivamente. Todos los años, en Argentina, se realiza una procesión religiosa en Homenaje a la Virgen de Luján. Es una caminata de setenta kilómetros desde la capital hasta la Catedral de Luján. Allí fue un grupo de Madres en octubre del 77 con la intención de abordar a la cúpula de la Iglesia. Pero se preguntaban cómo iban a hacer para reconocerse entre la multitud. A una de ellas se le ocurrió la idea de cubrir sus cabezas con un pañal, y los pañales devinieron en pañuelos.

—Toda la vida, cuando íbamos a la ronda, llegaba a la plaza, me ponía el pañuelo y decía: “Ahora sí, ahora soy una madre”, solía repetir Taty. 

Cuando se separaron, las Fundadoras se quedaron sin sede. Adolfo Pérez Esquivel -activista por los Derechos Humanos, ganador del premio Nobel de la Paz en 1980 por su resistencia no violenta frente a las dictaduras latinoamericanas- les ofreció un lugar en el Serpaj (Servicio de Paz y Justicia), que usaron durante muchos años hasta conseguir el propio. 

Taty encabezó esa búsqueda y trabajó codo a codo con la comisión Pro-Casa, un grupo de apoyo para adquirir la sede. Se acercaba la fecha por los 25 años del golpe de Estado, y se organizaron varios eventos para recaudar fondos. Pero hubo uno que se destacó por su masividad: fue el festival en el estadio del club Ferrocarril Oeste del 23 de septiembre de 2001 en el que tocaron Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Jaime Roos y León Gieco, entre otros. Las entradas se agotaron. Se vendieron 30 000. 

Finalmente, consiguieron un departamento en la calle Piedras 153, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, que mantienen hasta hoy. 

—La que se cargó al hombro el objetivo de que Madres tuviera una casa fue Taty. Esos impulsos vitales muy power siempre fueron de Taty —señala Paula Maroni, nieta de la Madre de Plaza de Mayo Enriqueta Maroni, quien tiene a su padre Juan Patricio Maroni, y a dos de sus tíos desaparecidos. 

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Carlos “Maco” Somigliana es integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una ONG formada en el año 1984 con el objetivo de trabajar en la búsqueda, recuperación, identificación y restitución de los restos de personas desaparecidas. Es el atardecer de un viernes de fines de mayo en Buenos Aires. El ritmo frenético del centro porteño sobre la Avenida de Mayo y a pocas cuadras de la Casa de Gobierno va menguando, cuando este hombre alto y de voz gruesa me recibe en una luminosa oficina del área de Derechos Humanos del Ministerio Público Fiscal. Conoce a Taty desde hace tantos años que ya no recuerda cuántos.

—Taty supo ser fiel a su desgracia, asumió la desgracia como desgracia, una terrible desgracia. Taty es la última de las mohicanas, una referencia ineludible, un mojón, un ícono. No creo que particularmente le interese serlo o lo disfrute, pero lo hace.

—¿Y cuándo te pregunta por Alejandro qué le decís?

—Tengo la misma respuesta para todos en esto. Porque si esbozara una teoría de la probabilidad en un caso en particular, sería un chanta. Entonces le digo a todo el mundo que no depende de mí, pero que la posibilidad siempre está. 

Somigliana trabaja en la Justicia desde los años convulsionados y fundacionales de la democracia argentina. A pesar de que no es antropólogo, sino abogado, integra el prestigioso equipo desde el principio y habla de los procesos de identificación con la misma solvencia que si lo fuera. Un proceso que puso al EAAF a la vanguardia del mundo. 

Según la página web del EAAF, hasta marzo de 2026 el organismo registra 1681 personas desaparecidas encontradas. Además, hay 804 personas desaparecidas encontradas, aún sin identificar, y sus restos permanecen en resguardo del EAAF. Los datos corresponden a hallazgos en Argentina, Uruguay y Paraguay.

Si bien las desapariciones habían comenzado en 1973, la gran mayoría de estos casos pertenece a personas desaparecidas durante la dictadura militar —1976 a 1983—. El caso de Alejandro Almeida, que está desaparecido desde junio de 1975, corresponde a un período en el que resulta más compleja la tarea de identificar y/o encontrar estos restos. Es uno de los inconvenientes que tiene la identificación de personas secuestradas antes del 24 de marzo del 76: no estaba tan extendida la posibilidad de tenerlas detenidas durante mucho tiempo.

—Cuando vos tenés un aparato represivo consolidado como después del 24 de marzo, tenés también líneas mucho más consolidadas —precisa Maco—. Porque tenés más casos, más identificados, más establecidos cuáles son los núcleos represivos. Identificar siempre es una tarea complicada. Y si tardó mucho tiempo, más complicada. Nosotros investigamos el año 75 y algunos se pudieron identificar. Pero no está incluido el de Alejandro, del que tenemos la muestra de Taty. También tenemos su huella digital, pero no apareció nadie hasta el momento con esa huella. 

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Además de vital e irreverente, brava y jocosa, Taty poseía el don natural de comunicadora. Con el correr de los años, su figura fue creciendo al calor de las marchas, los viajes, la multiplicidad de actividades. En los años noventa se volvió una de las caras más visibles y frontales de las Madres, junto a Nora Cortiñas, fallecida en 2024. Su llegada a los más jóvenes, su insistencia, acrecentaron su exposición pública. 

En Madres nunca tuvieron una persona que se encargara de la comunicación porque Taty nunca quiso ceder ese rol. Daba entrevistas, compartía información por WhatsApp, llamaba a quien hubiese que llamar. En su entorno reconocen que ese poder de convicción lo usaba también para dar una mano, y hasta para conseguir un trabajo a quien se lo pidiera o necesitara. 

Paula Maroni fue parte fundacional de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), una organización de Derechos Humanos formada por los hijos de los desaparecidos. Y ahora es la directora de la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza, la sede de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora en la ex-ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde funcionó un centro clandestino de detención. Cuenta que en sus tiempos dentro de H.I.J.O.S armó “Proyecto 30”, que consistía en talleres de salud, arte, danza, joyería, teatro. Empezó en la Villa 31 y luego se extendió a los institutos de menores de la Ciudad de Buenos Aires. Dice que le costaba mucho que las Madres se apropiaran de ese proyecto, y fue Taty, una vez más, quien le dio impulso.  

—Venía conmigo a todos lados, se cargaba la prensa al hombro. Había una agrupación de pibes que se llamaba GARRA, que hacían política a través del arte. Nacieron al lado de Madres, pero sobre todo de la mano de Taty. Porque la que les daba ese lugar era Taty, ninguna otra Madre.

Charly Pisoni lleva a Taty y a Estela de Carlotto tatuadas en su brazo izquierdo. Es miembro de la agrupación H.I.J.O.S., nieto de la Madre de Plaza de Mayo Aurora Bellocchio. Su madre Irene Inés Bellocchio, y su padre Rolando Víctor Pisoni, están desaparecidos. Conoció a Taty en los años noventa, durante la vigencia de las leyes de impunidad en favor de los genocidas, en tiempos de los “escraches”, manifestaciones en las que los militantes de H.I.J.O.S se movilizaban a los domicilios donde vivían ex militares y civiles que participaron en la represión clandestina y el robo de bebés en dictadura. Escrachar, en la jerga argentina, significa denunciar o exponer públicamente a una persona. En aquellos primeros tiempos de la agrupación, los jóvenes militantes, herederos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se reunían frente a la casa de los represores bajo la consigna “Si no hay justicia, hay escrache”. Señalaban y dejaban en claro a sus vecinos quién, o qué clase de persona, era la que vivía allí. Cantaban y marcaban el lugar con pintura roja. Taty Almeida fue una de las Madres que más los acompañó en aquellas acciones. 

Pisoni fue, también, el conductor de Qué me Contás, el programa de radio que hicieron con Taty, junto a Paula Maroni los sábados al mediodía en AM 750, al que fue hasta un mes antes de su muerte. Allí, Taty, si bien no tenía el papel de productora, descollaba como tal. Un llamado de ella bastaba para convencer a los invitados. Además, despuntaba su papel de entrevistadora, haciendo uso de su desparpajo, carisma y desfachatez. Entre otros, pasaron Charly García y Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, a quien le hizo mucha gracia cuando fue al programa y Taty se apareció lookeada con una campera de cuero negra con tachas. 

Un lunes de marzo de 2025, en una oficina desangelada de un organismo público donde trabaja en el centro porteño, Pisoni, a quien Taty quería como a un hijo, reivindicaba su militancia, aquella que ejerció hasta el día de su muerte.

—Creo que Taty hoy sigue viva porque tiene la capacidad de querer seguir haciendo cosas. Todo el tiempo está generando acciones políticas y ese es el motorcito de su vida. Desde que se levanta hasta que se acuesta está pensando en cómo lograr sus objetivos políticos. 

Miriam Lewin es periodista. Ex detenida-desaparecida, estuvo secuestrada en la ESMA y es una activa militante por los derechos humanos. Conoce a Taty de la militancia, pero también participó con ella de un programa en Radio Nacional, conducido por Roberto Caballero, quien la apodó “La Madre con patines”, por su incansable ir y venir. Es coautora, junto al fotógrafo italiano Gianfranco Ceraudo, del libro Sky-Van, Aviones, pilotos y archivos secretos (Ed Sudamericana, 2017), una investigación sobre los vuelos de la muerte, una serie de operaciones en las que las personas secuestradas por el aparato represivo eran arrojadas vivas al mar. Lewin y Ceraudo descubrieron el Sky Van —uno de los aviones utilizado en aquellas operaciones— en Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos, luego de una larga investigación. Asegura que Taty fue una de las primeras en apoyarlos desde que empezaron a buscar el avión y que, además, tuvo un rol fundamental y decisivo a la hora de repatriarlo. Cuando en diciembre de 2019 Alberto Fernández asumió la presidencia, Taty fue a hablar con él, pero en marzo llegó la pandemia y todo se enfrió. Unos meses después, con el Covid en baja, volvió a insistir. El presidente le indicó que hablara con Sergio Massa, su ministro de Economía. 

—Mientras están charlando con Massa, Taty nota que mira el teléfono sin parar, y piensa: ‘Qué maleducado este muchacho, no para de mirar el celular’ —recuerda Lewin durante una tarde tórrida de febrero de 2026 en un bar coqueto de la zona de Villa Crespo, en Buenos Aires—. Pero en realidad, Massa estaba haciendo cuentas. Y le dijo: ‘Lo vamos a traer’. Yo estuve con Taty cuando el avión aterrizó. Nos abrazamos y lloramos.

El Sky Van llegó a la Argentina el sábado 24 de junio de 2023. 

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—Mis nietos siempre dicen que van a pasar la gorra porque cuando voy algún lado se me vienen todos encima, me piden fotos —solía bromear Taty acerca de ellos. 

Tuvo seis nietos, tres en Argentina, mellizos en España, y uno en Italia. Además, solía contar, orgullosa, que le dieron cuatro bisnietos. 

—Eso es lo lindo. Que los disfruto. Son re-pegotes conmigo. Me dicen: “Taty, vos estás recogiendo lo que sembraste. Porque siempre fuiste una abuela presente”. Y es verdad, yo podía tener la marcha más importante, pero si alguno de los chicos decía algún versito en el colegio, chau, llegaba tarde a la marcha, pero yo estaba con ellos. Lo hice con mis hijos, con mis nietos y ahora con mis bisnietos.

—Se desenvuelve en el mundo como si todo le perteneciera, en el buen sentido. No hay frenos para ella. Es rápida, tiene mucha memoria, mucha labia —dice Alejandro, su nieto mayor, en enero de 2026 en el patio de su casa, que es también un centro cultural en la zona de la Plaza Irlanda, en Buenos Aires. Alejandro lleva el nombre de su tío desaparecido, tiene tatuado el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y el Diez de Maradona en el brazo derecho—. Para mí Taty es muchas Tatys. Por un lado era la abuela que nos llevaba de acá para allá, que nos generaba todos los planes. Ese impulso que hoy le ves en la militancia también lo tiene para lo cotidiano. Y después, la abuela Madre, la abuela personaje público. Uno fue descubriendo con el tiempo la magnitud de lo que ella representa. 

Es un sábado de marzo por la tarde en Italia y en la ciudad de Torino hay mucho viento. Manuel Almeida, hermano de Alejandro, se fue de Argentina a fines de 2025, harto de las políticas de extrema derecha del gobierno de Javier Milei. Ahora, mientras camina por las calles de su nuevo hogar, evoca a su abuela con ternura. 

—Es una re-abuela y ha ejercido su rol con muchísima conciencia. Estaba en todos los actos escolares, venía a leer cuentos al aula. En una época hizo un curso de manualidades y nos decoraba los cumpleaños con figuras de cartulina. De las Tortugas Ninjas, de los Piratas. A mí me gustaba Miguel Ángel y me hizo uno enorme para poner en la entrada. Y la torta, toda decorada. Cuando nosotros éramos chicos era la que nos llevaba a los museos, a las plazas. Siempre muy conectada con lo que pasa, con la cultura como parte de su vida. Es fuerte ser su nieto, uno tiene que poder administrar eso, ver cómo manejar ese legado. 

Es media mañana de un jueves de abril cuando Estela de Carlotto finalmente accede a una entrevista telefónica. Viene de semanas ajetreadas, luego de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado. Está cansada. Tiene 95 años y una gigantesca historia de lucha en la búsqueda de los nietos, hijos de los desaparecidos. Ella encontró al suyo, Ignacio Montoya Carlotto, hijo de su hija Laura -quien quiso llamarlo Guido- desaparecida y asesinada en noviembre del 77. Sigue al frente de las Abuelas de Plaza de Mayo, de la que es presidenta desde 1989. Aún les quedan por encontrar más de trescientos nietos. 

—Tenemos una relación de hermanas, en una lucha que no imaginamos durante nuestra juventud. Es una mujer muy agradable, muy sabia, muy compañera, muy activa y luchadora. Nuestra lucha, la de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, es muy reconocida por la serenidad que tuvimos, por el trabajo que hicimos, en el que corrimos riesgos. Hemos sido perseguidas a muerte. Yo la aprecio mucho y sería absurdo que no tuviéramos diferencias de criterio. Todos tenemos formas y maneras, ella lo hace a la suya y hoy dirige una institución como las Madres. Seguramente habremos tenido discusiones, siempre hemos discutido entre nosotras, las Madres y las Abuelas. Con algunas más que con otras. Pero Taty siempre fue una mujer muy respetuosa, muy agradable y educada. Y si teníamos diferencias, las hablábamos. 

Taty Almeida despliega su pañuelo blanco en el living de su hogar, el mismo donde vivi ía1 años atrás, cuando se llevaron a Alejandro, que permanece desaparecido.

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—Hola Guido, ¿qué tal querido? Estoy internada en el Italiano. No me escribas, no me contestes, pasá directamente si querés y nos damos un beso. Chau. 

Eso decía el audio que recibí en la tarde del viernes 5 de junio de 2026, dos semanas después de haber visitado a Taty en su casa. Pasaron siete días más hasta que pude visitarla. Eran las 11 de la mañana de un viernes soleado, bastante frío. Cuando llegué a la habitación del hospital Italiano, donde permanecía internada, estaba dormida, así que no entré a verla. Me quedé en el pasillo hablando con su hijo Jorge —a quien solo conocía por videollamada— como si fuéramos viejos amigos. Jorge, exiliado en España desde 1978, había viajado para estar al lado de su madre. Me dijo que Taty estaba mejor, que probablemente la darían de alta el martes. Un día después circuló una foto de ella por WhatsApp. Estaba recostada en la cama del hospital, con el celular en la mano. Tenía buen semblante y una sonrisa franca. Fabiana, su hija, contó en un audio que estaba leyendo y respondiendo la catarata de mensajes recibidos. 

Sin saberlo, la había visto por última vez una mañana otoñal, el martes 19 de mayo, cuando la visité en su casa.

Taty Almeida falleció el domingo 14 de junio, tres días antes del 51° aniversario de la desaparición de Alejandro. A trece días de cumplir los 96 años, que planeaba festejar en el Sindicato de Trabajadores Telefónicos (FOETRA) como siempre.

—Yo iba a estar con ella y a recibir instrucciones. Tener sus instrucciones te alivia. Porque si no: ¿quién toma una decisión? Fue un gesto de amor de su parte, nos facilitó mucho-, recuerda Natalia Bermejo, que trabaja como archivista de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y fue una de las personas de máxima confianza de Taty. Durante su internación, la visitó asiduamente y juntas delinearon las actividades por venir, la playlist y los invitados de la fiesta. Planearon, simultáneamente, un cumpleaños y un funeral. 

—Tengo cosas medio místicas, teníamos una conexión por ahí. Conversaciones espirituales, diálogos de la vida y la muerte. Hablábamos del tema con naturalidad. Los últimos cinco años me venía diciendo lo que quería hacer para su velatorio. Mientras estaba internada le dije: “No te puedo organizar una fiesta de velatorio, no me voy a estar matando de risa. Pero si querés que cantemos, cantamos”. 

—¿Cómo tomaba el tema de la muerte: con naturalidad o con temor? 

—Esta vez era “que sea lo que Dios quiera”. Con ánimo y lucidez para planificar cosas, pero tampoco re-aferrada. Hace once años (durante otra internación), cuando estaba fea la cosa, me dijo directamente: “Vos que hablás con Dios: me quiero morir”. Esta vez no. Toda la vida tuvo este tema de no querer morirse sin encontrar los huesos de Alejandro. Ahora estaba con la idea de reencontrarse con él en otro plano.

El velatorio comenzó el lunes 15 de junio de 2026 a las 14 horas. Desde media mañana, fuera de la sede de FOETRA, en el barrio de Balvanera, la prensa esperaba la llegada de dirigentes políticos y artistas ligados a los derechos humanos. Tomaban imágenes y testimonios. La fila de gente llegaría a tener tres cuadras de largo. La calle estaba cortada y todos esperaban su turno para despedirla. En la entrada del sindicato, una pantalla gigante proyectaba imágenes de la vida de Taty con sus amigos, familiares y compañeros de militancia.

Adentro, apostado al fondo y en el centro de un salón amplio y austero, estaba ubicado el féretro, cerrado. Sobre la tapa había unos pins, el pañuelo blanco de las Madres y algunas banderas de organismos de derechos humanos. A un lado, un retrato suyo. La fotografía fue elegida por la familia y es una de las tantas que le tomé durante este último año, mientras la seguí de actividad en actividad. 

Poco antes de abrir el velatorio al público, su círculo íntimo se reunió alrededor del ataúd. Uno de sus nietos, Nacho, tomó la guitarra y entonó “Esa estrella era mi lujo”, una canción de los Redonditos de Ricota. El estribillo, que fue coreado a capela, dice así: “…Fue mi único héroe en este lío/ la más linda del amor/ que un tonto ha visto soñar/…”. 

Hubo gente circulando hasta medianoche y desde la mañana siguiente al mediodía. Pasaron miles de personas que gritaban, lloraban, y pocas flores: Taty había pedido que no llevaran coronas ni arreglos fúnebres, que donaran el equivalente para las Madres.

Poco después llegó Estela de Carlotto. Apesadumbrada, se abrió paso entre la prensa y el público, que la vivaba. Se detuvo a un lado del féretro junto a Buscarita Roa, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Inclinó su cabeza y observó por unos segundos el ataúd donde yacía su amiga. Miró la foto, apoyó sus manos sobre esa madera fría, que ya estaba cubierta de insignias y dejó la suya: un pañuelo de las Abuelas. Luego, Fabiana tomó el micrófono, de pie junto al féretro.

—Mamá cada tanto hablaba de su muerte. Que venía el cumpleaños, que después la muerte. (…) Pero a mí y a mi hermano no nos contó nada, porque ella no hablaba de esas cosas con nosotros. Dijo que quería que fuera en FOETRA, en esta casa, que era su casa. Que quería cajón cerrado, porque ustedes saben que era muy coqueta la vieja. Y que quería una hermosa foto de ella. Ayer elegimos ésta, que es de no hace tanto. Esta vejez que se ve en sus manos era ella. Ésta es ella. Esa cara de felicidad, de militancia y joda, como decía siempre. Esa cara de hay que seguir compañeras y compañeros. 

La foto es un primer plano de su rostro, cerrado, que hice en diciembre de 2025. Tiene el mentón apoyado en una mano, mira de frente a cámara.

El martes al mediodía el cielo estaba despejado y un sol radiante ayudaba a templar el fresco. Desde temprano en la mañana continuaron su procesión por el velatorio figuras públicas, políticos y ciudadanos. Afuera, centenares de personas y la prensa aguardaban la partida del cortejo. Su hijo Jorge, sus nietos Julián y Alejandro, Fernando, la pareja de Fabiana, el diputado Horacio Pietragalla —nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo— y Charly Pisoni, cargaron el féretro hasta el coche fúnebre y lo cubrieron con un pañuelo de H.I.J.O.S

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El 30 de enero de 2026 nada de todo eso había pasado y hacía un calor espantoso. Poco antes de ir a verla a su casa, Taty me envió una foto por WhatsApp. Llevaba un sombrero playero, de paja y ala ancha, que le había traído Pascual Spinelli de un viaje. Le encantaban los souvenirs. Si algún amigo se iba de viaje, casi que estaba obligado a traerle uno de esos llaveros que tienen impreso el nombre del país visitado. Por eso, al entrar a su casa, uno se topaba con una pared repleta de llaveros. Ese día me contó un sueño.

—Tengo unos sueños… Son sueños serios. Hace poco se acercaba la fecha de Alejandro, y vos sabés que fue tremendo. Soñé que una de las chicas me decía: “Taty, mirá. Ahí llegó un muchacho y se sentó en el sillón. Dice que es tu hijo”. “¿Qué?”, le preguntaba yo. “Sí, dice que es tu hijo”, me respondía. Entonces lo veo a Alejandro con sus rulos, canoso. Lo tenía ahí. Alejandro… Era un seductor. Él no sabía tocar la guitarra, pero hay una foto de él tocando, con unas chicas. Y entonces le pregunto: “¿Sos Alejandro?”.Y me dice: “Sí mamá, dame la mano”. Y yo le dije: “Alejandro, ¿qué ha pasado?”. 

El cura Ricardo "Ricky" Carrizo, integrante del Grupo de Curas en Opción por los Pobres oficia la misa de despedida durante el último adiós a Taty Almeida en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, el 15 de junio de 2026. Taty falleció el 14 de junio de 2026.
El último 17 de abril, la UBA (Universidad e Buenos Aires) le entrego el Doctorado Honoris Causa a Taty Almeida, que lo recibió con mucho orgullo y visiblemente emocionada.

 

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La última de las Madres

La última de las Madres

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Taty Almeida marchando con la bandera de los desaparecidos detrás, el 24 de marzo de 2018. A su lado, su compañera, la Madre Laura Conte y Pablo Iglesias, fundador del Partido Podemos, de España. Todas las fotos son de Guido Piotrkowski.
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Tiempo de Lectura: 00 min

Taty Almeida, mítica Madre de Plaza de Mayo, falleció el 14 de junio de 2026 en Buenos Aires. Su hijo Alejandro, quien continúa desaparecido desde 1975, fue el motor de su militancia por los derechos humanos y quien abrió los ojos de esta mujer nacida en el seno de una familia militar. Incansable en el camino de la búsqueda de su hijo, tuvo que sobreponerse no solo a su desaparición, sino a los propios mandatos familiares hasta volverse un ícono.

Ella toma el pañuelo blanco, lo estira sobre su regazo delicadamente, con sus manos largas y ajadas, que conservan una sólida belleza. Se lo coloca sobre la cabeza y lo anuda al cuello. Baja el parasol delantero del auto para mirarse en el espejito y con un movimiento fugaz se acomoda el pelo que asoma por delante. Bordado en azul, el pañuelo lleva el nombre de Alejandro Martín Almeida, desaparecido el 17 de junio de 1975. El hijo de Taty Almeida. La mujer del pañuelo.

Con pequeñas variaciones, esto es lo que ocurría cada vez que Taty Almeida, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, salía de su casa en el barrio de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires, rumbo a un acto. Una rutina, casi una ceremonia que desplegó hasta sus últimos días, como aquella tarde del 15 de mayo cuando fue a la Legislatura porteña, un mes antes de su muerte, a recibir un premio a su trayectoria por la lucha relacionada con los derechos humanos.

Alguien, que podía ser Fabiana, su hija; o Marcelo, militante y amigo; o Francisca, una de las cuidadoras, la ayudaba a bajar del auto y a sentarse en su silla de ruedas. En la vereda siempre había gente esperando, expectante. La aplaudían, le pedían fotos, se emocionaban, algunos hasta las lágrimas. Taty accedía a todos los pedidos, mientras sus acompañantes aguardaban con paciencia y permitían a todo el que se acercaba llevarse una instantánea con la Madre. Ella inclinaba su cabeza, la juntaba con el fotografiado y sonreía. A veces preguntaba su nombre. 

Muchos querían abrazarla. Las personas que la acompañaban advertían que fueran abrazos suaves, que no la apretaran. Taty estaba anticoagulada. A veces, cuando la tocaban de más, se enojaba, se quejaba de que le dolía, pero enseguida volvía a sonreír. Hay quienes se animaban a besarla, apoyando los labios suavemente sobre su cabeza. 

En La Casa de las Madres de Plaza de Mayo, en un colegio, una universidad o la Cámara de Diputados; en un sindicato, en Villa Fiorito —el barrio donde nació Maradona—, o en la Feria del Libro; sobre un escenario en la Plaza del Congreso, en la Marcha del Orgullo LGTQB+ o en la Plaza de Mayo, como cada 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia —en conmemoración del golpe de estado perpetrado en 1976, del cual se cumplieron 50 años en 2026—, en un acto que siempre cerraba ella al grito de “¡No nos han vencido!”. Sea donde fuere, al ingresar era ovacionada. Se abría paso entre la gente, saludaba, agradecía el cariño. Se movía con soltura frente a cámaras y grabadores. Acostumbrada a los flashes, se comportaba como una rock star. La Madre magnética que supo construir. 

“¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!”, coreaba la gente. “¡Taty te amoooo!”, gritaba alguien. Entonces, ella extendía sus brazos, sus manos abiertas, sus dedos largos. Agradecía el cariño con uno, dos, tres aplausos, y una leve reverencia. Entonces tomaba el micrófono y decía: “¡Buenas tardes a todos, todas y todes!”. Y abría sus ojos delineados, negros, enormes, hechizaba al público con esa gestualidad desbordante, con esa carcajada estrepitosa. 

Entonces recordaba a su hijo, Alejandro. Decía que lo habían desaparecido por “militante po-lí-ti-co”. Subrayaba que la dictadura había sido cívico-militar y “cleee-ri-caaal”. Aunque ella fuera católica. “Que le caiga el sayo a quien le caiga”. 

Taty decía que las Madres no eran viejas, que tenían años de juventud acumulada. Decía también que ya habían delegado el mando, ahora en manos de los jóvenes. Reivindicaba a sus compañeras, a las “locas”, de Plaza de Mayo, que daban vueltas en ese lugar icónico de la capital argentina, frente a la Casa de Gobierno, en plena dictadura y a modo de protesta. Y resaltaba que, a pesar de los bastones, las sillas de ruedas y el paso del tiempo, aquellas “locas” seguían de pie. Advertía que solo quedaban tres Madres y dos Abuelas de Plaza de Mayo, y que ninguna sabía dónde estaban los restos de sus hijos. Pedía que aquellos que aún callan dijeran dónde están.

Mencionaba al gobierno “negacionista” de Milei, a quien señalaba como un “payaso”. “Con perdón de los payasos”. Recalcaba que, muy a pesar suyo, ellas seguían “re-sis-tien-do”. Taty fue muy crítica de las políticas de extrema derecha del gobierno mileista. Se posicionaba cerca de Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, máximos representantes del peronismo. Reconocía en Néstor Kirchner al hombre que volvió a poner a los derechos humanos como política de Estado.

Repetía la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. “Justicia le-gal”, apuntaba. “Nuunnca por mano propia”. Decía que quería vivir hasta el día en que dejara de hablar de corrido. Y, al mismo tiempo, confesaba que no quería irse de este mundo sin tocar los huesos de su hijo. De Alejandro. Que la había parido a ella. Porque Alejandro Almeida parió a Taty. Porque la única lucha que se pierde, insistía, es la que se abandona.  

Sobre el final gritaba a voz en cuello por los 30 000 compañeros detenidos-desaparecidos. Entonces el público respondía: “¡Presentes! ¡Ahora y siempre!”, varias veces. 

—¡Porque no nos han vencido! —aúllaba ella.

No había apuro para Taty Almeida. Ni a los 95 años, cuando sabía que ya se quedaba sin tiempo.  

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—Dale, ¿se escucha bien, querido? —pregunta Taty Almeida cuando enciendo el grabador la tarde de un lunes primaveral del mes de noviembre de 2025—. Vos hablame alto porque estoy medio Beethoven.

Está sentada en un sillón de dos plazas del living de su casa, un departamento de dos ambientes discreto, ubicado en el barrio de Palermo de la capital argentina. Viste un sweater color ladrillo, un pantalón oscuro. Lleva un pin con la foto en blanco y negro de Alejandro y otro con el pañuelo blanco, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. A su lado tiene una agenda negra, repleta de actividades. Detrás suyo, sobre la pared, cuelgan varias fotos. Una con su hijo Jorge. Otra junto a Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, ambas de pie y con bastón. Arriba, una en la que abraza al ex presidente Néstor Kirchner, otra con Maradona y otra con el Papa Francisco, a quien fue a ver en dos oportunidades al Vaticano. 

En la sala de este mismo departamento donde vivía con Alejandro y Fabiana hay, además, una cama ubicada en el rincón donde dormía Alejandro, y un gran mueble atiborrado de portarretratos. En una de esas fotografías, Taty posa con sus tres hijos, Alejandro, Jorge y Fabiana, durante un asado en casa de su hermana. Nadie podía imaginar que aquella imagen sería la última en la que estarían juntos. 

A los 20 años, en 1975, Alejandro Almeida estudiaba medicina y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar. Antes, había sido cadete en la Agencia Nacional de Noticias Télam, donde entró recomendado por su tío y padrino, un coronel que estaba al mando. Por sus vínculos castrenses, había conseguido el puesto en el Instituto Geográfico. De todo eso sabía Taty. Lo que no sabía era de su militancia revolucionaria. De su pertenencia al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), de corte marxista. 

—Alejandro no me contaba nada. Él me cuidaba, me preservaba, porque toda mi familia era militar ¡Todos gorilas! (como se llama a los antiperonistas en la Argentina). Y yo era una gorilaaaa. ¡Los pelos me salían por todos lados! ¡Pero ya me afeité hace mucho!. 

Como buena parte de aquel invierno, la noche del martes 17 de junio de 1975 Buenos Aires estuvo cubierta por niebla y hacía frío. Dos días antes, Alejandro había discutido  fuerte con Jorge, su padre, ya separado de Taty. Alejandro era un militante de izquierdas y su padre tenía colgado en su comedor un cuadro de Frondizi, un ex presidente desarrollista. Solían tener diferencias, pero esa fue la última. 

Poco antes de cenar, Alejandro le dijo a Taty que al otro día tenía un examen y que no iría a trabajar. Que iba a comprar cigarrillos y enseguida volvía. El kiosko cerraba a las diez de la noche y eran alrededor de las nueve. La calle Ugarteche no era muy movida en aquel entonces. Era tranquila y oscura, a diferencia de hoy. Pasadas las 10, Alejandro no volvía. Qué raro, pensaron Fabiana y Taty. Esperaron un rato más, comieron y se fueron a dormir. 

Taty Almeida al salir de la Casa de las madres de Plaza de Mayo, rumbo a la Plaza de Mayo, durante la última marcha del 24 de marzo, a 50 años del golpe militar. A su lado, las Madres Clara Weinstein y Elia Espen.

El 18 de junio amaneció con lloviznas y una niebla persistente. Nada extraño para el invierno porteño. Lo extraño, en tal caso, era que Alejandro no estaba ahí, durmiendo en el living. Lo extraño era que no le había dejado ninguna nota a su madre, como solía hacerlo. 

—Me levanto y no lo veo. Y él, cuándo no volvía, me dejaba un papelito. Pero no había nada —rememora Taty, quien aún no imaginaba que aquel martes cambiaría su vida para siempre-. Yo reconozco, querido, que soy muy conocida. En cierta manera, soy famosa, pero ojalá no lo fuera si en cambio pudiera tener a mi hijo, Alejandro… Alejandro tenía 20 años en el año 75. Estaba cursando primer año de medicina y era un militante po-lí-ti-co. Aunque no lo creas, todavía hay algunos que dicen: “Por algo será que los desaparecieron”. ¡Claro que fue por algo! No fue ni por estúpidos ni por tontos. ¡Eran militantes políticos!

Dice que fue él, su hijo, Alejandro, quien la hizo despertar. Taty no sería Taty si Alejandro no hubiera desaparecido. 

—Alejandro, con su metro ochenta, me abrazaba y me decía: “Esta gorilita de mierrrrda…, sin embargo la quiero”. Te aseguro que ahora, querido, después de que me han entregado tantos honoris causa, tantos agradecimientos, lo veo a Alejandro, muerto de risa, que me dice: “¡Miren la gorilita de mierda en qué se convirtió!”. Yo sé que está muy orgulloso de su madre, del vuelco que di. Por eso repito que Alejando parió a Taty Almeida. 

Aquel mismo día encontraría, dentro de un cajón, en un mueble que aún hoy está en esa misma sala, una agenda telefónica. La hojeó. Y al llegar a las últimas páginas encontró 24 poesías. Las leyó. Estaba desconcertada. Por los poemas. Por su contenido. 

—Ahí empecé a conocer la otra faceta de Alejandro. Sus preocupaciones, su rechazo a la injusticia. Y hay una de las poesías que es una despedida. Él sabe que va a morir. 

Le pide a Charo —una de las tres cuidadoras que se turnan para asistirla— que le alcance uno de los cuadros que están sobre la pared. Allí está impreso el poema de Alejandro, junto a un retrato de él. La foto muestra a un joven al costado de una carretera. Tiene la boca abierta, parece bostezar. No mira a cámara. Lleva anteojos y barba candado. Taty toma el cuadro, lo apoya en su regazo, le quita el polvo y lee. 

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él/ Si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta (…) Si la muerte me sorprende, de esta forma tan amarga/ Si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento, el último aliento para decir te quiero…

—Mirá la tierra que tiene el cuadro. Charo, pasale una gamuza, querida.

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Los titulares de la prensa daban cuenta en aquellos días de un país convulsionado: el regreso del exilio del expresidente Juan Domingo Perón en 1973, su asunción al poder, el enfrentamiento interno entre la derecha y la izquierda peronista, su muerte en julio de 1974 y el traspaso a la presidencia a su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, hundieron a la Argentina en un período de enfrentamientos entre las agrupaciones guerrilleras y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina).  Esta organización paramilitar era comandada por José López Rega, un sombrío ex oficial de policía con inclinaciones al espiritismo, que a lo largo de los años treparía hábilmente hasta llegar a ser la mano derecha de Perón e Isabel, encarnando lo más rancio de la derecha peronista.

Mientras tanto, la cúpula militar esperaba el momento oportuno para asestar un golpe de Estado. A su vez, el gobierno de Isabelita se desmoronaba en medio de una crisis social, política y económica. La guerrilla, encarnada en movimientos como Montoneros, que eran peronistas, y el ERP, marxistas, horadaba al poder. Los jóvenes revolucionarios estaban convencidos de que era su momento. 

En Buenos Aires, la Triple A operaba ilegalmente secuestrando, torturando y matando militantes, y en la provincia de Tucumán, en el noroeste argentino, se le había dado vía libre al Ejército para combatir a los grupos armados. El Operativo Independencia, que comenzó en febrero de 1975, comandado por los militares en medio de la selva de montaña, base de operaciones del ERP, fue una suerte de globo de ensayo de la feroz represión estatal que vendría un año después, luego del golpe. Unos cinco mil hombres se habían concentrado en esa provincia para luchar contra una compañía reforzada de montaña del ERP, que contaba con unos ciento veinte integrantes. Así lo detalla el periodista e historiador Marcelo Larraquy en su libro Los 70, una historia violenta (Ed Aguilar, 2017). “Antes del golpe de Estado, el Operativo Independencia había producido el 37 por ciento de las ejecuciones y desapariciones que luego causaría la dictadura militar entre 1976 y 1983”. 

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—Para mí fue la Triple A, porque después no lo vieron en ningún lado. Nosotros pensábamos que se lo habían llevado a Campo de Mayo, pero los poquitos sobrevivientes de ahí nunca lo vieron-, dice Fabiana Almeida, la hermana menor de Alejandro, quien recuerda aquellos días durante una calurosa tarde de enero en su hogar, una casona ubicada en un pasaje silencioso del barrio de La Paternal, en Buenos Aires. 

Fabiana cree que aquel día Alejandro tenía una cita en la esquina, donde sus compañeros del ERP le darían un paquete. Que aquellos que lo secuestraron se deshicieron de su hermano porque sabían que provenía de una familia militar que movilizaría sus contactos para buscarlo. 

Y así fue que Taty buscó, incesante, hasta el día de su muerte. Incluso recurrió a un brujo, un vidente holandés que se llamaba Gerard Croiset, que había aportado datos a los familiares de los jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se había caído en la Cordillera de los Andes. El hombre le pidió ropa, una foto de Alejandro, y un mapa de Argentina. En su devolución decía haberlo visto vivo pero muy golpeado. Que se había subido a un tren, aunque no decía donde iba. Y que no veía nada mas.

—Luego recurrimos a otros brujos y nada —recuerda Fabiana, y menciona, además, que en esos primeros días alguien llamó a su casa para avisar que lo tenía la Policía. Los atendió Jorge y le dijeron que seguramente estaba en Coordinación Federal, que era donde llevaban a muchos de los detenidos.

Hay quienes dicen que el encargado de un edificio vecino vio algo. Se habló de una redada en una confitería de Palermo.

Jorge Almeida hace memoria por videollamada un sábado de febrero, en pleno invierno boreal, desde Alicante, el sur de España, donde se exilió en 1978 agobiado por la desaparición de su hermano. Hoy tiene 70 años, dos hijos catalanes, una nieta, el pelo largo estilo rocker y la voz ronca como su madre. Recuerda la infancia compartida con su hermano en las calles del barrio de Parque Chacabuco, las peleas callejeras con las otras bandas de jóvenes, los partidos de fútbol. Recuerda cómo celaban a su hermana menor y las andanzas, ya adolescentes, cuando iban a la cancha a ver a Racing. Recuerda los días felices. Aquellos en los que nada ni nadie podía detenerlos.  

—Yo no estaba en casa aquella noche, vivía con mi viejo. No sabíamos nada. No éramos conscientes de la represión que había. Nos asustamos, pero nunca imaginamos lo que realmente estaba pasando. No pensábamos que estaba desaparecido. Empezamos a averiguar, a tirar de nuestra familia, que eran todos militares. 

Dice que el llamado telefónico era de una persona que decía ser amigo de Alejandro. Lo convocaba a una reunión en un bar céntrico. 

—Así que fuimos con uno de mis tíos, milico. En el bar apareció un chaval joven que nos dijo que Alejandro estaba de-sa-pa-re-ci-do. Que lo tenían los militares. Que teníamos que empezar a buscarlo. Que no sé qué. Y ahí se nos cayó todo.

—Él me contaba de su militancia —reconoce Fabiana.

—¿Y tu mamá no sabía nada? 

—Algo sabía, porque había discusiones en la mesa durante los almuerzos de los domingos. Alejandro hablaba de política, contaba que iba a un barrio a alfabetizar… Todo antes de que se metiera en el ERP, que fue poco antes de desaparecer. Estaba muy contento porque lo habían ascendido. 

La bandera con los rostros de los 30 mil desaparecidos, el emblema de cada marcha por el El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el 24 de marzo.

Se dice que Alejandro, si bien sabía manipular armas porque sus tíos militares le enseñaron a usarlas de niño, no participó de la lucha armada. Era miope de un ojo y la función que tenía dentro de la organización era la de llevar y traer correspondencia, el “correo”. Fabiana sospecha que pudo haber sacado cartografía del Instituto Geográfico Militar para enviar a Tucumán, donde se ocultaba y operaba el ERP. Y que alguien pudo haberlo visto y denunciado. No hay certezas, solo dudas y sospechas. 

—Alejandro tenía la pastilla de cianuro en el bolsillo. Siempre me la mostraba el pelotudo. Qué pendejada.

Los militantes tenían por regla tácita que, si eran capturados, debían tomar esa pastilla, brindada por la propia organización para evitar los interrogatorios, las torturas, las potenciales delaciones.

—De su militancia última se ve que se los llevaron a todos, porque no quedó nadie. Nadie se acercó después. En cambio, de los otros compañeros, del grupo de amigos que militaban en otro lugar, no desapareció ninguno. Ellos le advirtieron, una semana antes, que la cosa estaba jodida, que se cuide. 

Carlos “Kale” Ramírez evoca a su amigo Alejandro desde España, donde se exilió durante la dictadura. Se conocían desde la infancia, cuando jugaban al fútbol en las calles del barrio donde crecieron, en Parque Chacabuco.

—A Alejandro lo recuerdo con mucho cariño, con rabia y con ilusión. Se la jugó, como muchos otros, con cierta inocencia. Lo vi una semana antes de su desaparición y le dije: “Ya mismo borrate”. Me contó que lo mandaban a Santa Fe, pero no llegó a tiempo. Y una noche lo secuestraron. 

Pascual Spinelli es una de las personas que estuvo más cerca de Taty en los últimos años. Es el editor —y quien la convenció de dar a conocer los poemas de Alejandro— del libro Alejandro, por siempre… amor (Editorial Baobab) que se publicó en 2008 y se reeditó en 2025, a 50 años de su desaparición. Es quien acompañó a Taty a presentarlo. 

—Así que lo que ella tiene es esto: “Mamá, voy a hacer tal cosa y vuelvo”. Y ya está. Eso es muy fuerte, muy trágico —opina Spinelli por teléfono, una tarde de sábado de abril—. Él trabajaba en el Instituto Geográfico, a cargo de Santiago Omar Riveros, un genocida de aquellos. Los tipos tenían una red de inteligencia y de infiltración muy profunda. A veces pienso que fue una vendetta de su familia militar, Taty creía que ellos la iban a ayudar. Pero la línea ideológica era tan profunda que no respetaba ni siquiera los vínculos familiares. 

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Taty Almeida nació el 28 de junio de 1930 en Buenos Aires. No vino al mundo ni como Taty ni como Almeida, sino bajo el nombre de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga. Su padre, Carlos Vidal Miy, era un oficial de caballería oriundo de la provincia de Mendoza. Su madre, Alicia Uranga, un ama de casa de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. 

Tuvieron cuatro hijos en total, tres mujeres y un varón. Primero llegó Alicia, luego Taty, más tarde Carlos y por último Marta. Taty cursó hasta quinto grado de la escuela primaria en Buenos Aires. Luego, a su padre lo trasladaron a la provincia de Mendoza, donde ella solía jugar con una niña que era la hija de unos amigos de sus padres a la que le decían Taty. Una de sus hermanas comenzó a decirle así a ella también. Tanto insistió con aquel sobrenombre que le quedó para siempre. 

Al terminar la primaria volvieron a Buenos Aires y cursó hasta tercer año de la escuela secundaria en el Normal 10, ubicado en el barrio de Belgrano, donde vivían por esa época. En cuarto año se cambió al Normal número 7, en el barrio de Almagro, donde se recibiría de maestra. Las vacaciones de verano las pasaban usualmente en Entre Ríos. Allí, Taty solía ir a los bailes en el Club Estudiantes, el lugar donde las jóvenes de la elite local iban a conocer a los cadetes de la escuela militar. 

Cuando terminó el secundario entró al magisterio y se recibió de docente. Poco después, a los 23 años, se casó con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Con el nacimiento del primero, y tal como indicaban los mandatos de época, dejó la docencia y se dedicó de lleno a criar a sus hijos. A los 40 años se divorció y no se le conoció ninguna otra pareja. 

Su hermano Carlos, emulando al padre, siguió la carrera militar y llegaría al grado de coronel. Sus hermanas, Alicia y Marta, contrajeron matrimonio con oficiales del Ejército. Los Miy Uranga, una clásica familia conservadora, de alta alcurnia. 

No reniega de su vida de mujer acomodada, ni de su familia. Pero al hablar de Alejandro sus ojos se empequeñecen, la mirada se pierde. Sus arrugas de mujer centenaria parecen agrietarse aún más. 

—Siempre digo y pido a Dios no irme sin poder tocar los huesos de Alejandro —me dijo Taty el martes 19 de mayo, la última vez que la visité en su casa. 

Aquella mañana otoñal y fresca la noté cansada. Comentó que tenía frío y que no había dormido bien. Pero, como siempre, estuvo dispuesta a la charla. A ser fotografiada, a compartir las actividades de su agenda infinita. Estaba maquillada, peinada, llevaba unos aros dorados y un suéter verde con cuello alto. Tenía una manta tejida de color marrón sobre el regazo y el pañuelo blanco bordado con el nombre de su hijo a un lado. Charo, una de las cuidadoras, preparaba costillas de cerdo con puré para el almuerzo. 

—Tenés esperanza de que van a encontrar los restos de Alejandro? 

—Sí, por los antropólogos forenses, que han encontrado tanto. Porque están encontrando incluso del año 75. No pierdo la esperanza. Estamos en contacto. Además, siempre les hago acordar el detalle del dedo. 

Cuando era chico, Alejandro tuvo un accidente doméstico. Estaba saltando sobre la cama y se le atascó el dedo anular de la mano izquierda. Taty se lo envolvió y salieron corriendo al hospital. Finalmente, dice, perdió una partecita de ese dedo. 

—¿Y qué harías en caso de encontrarlos? 

—Incinerarlos no, porque es como volverlo a desaparecer. Los chicos quieren enterrarlo en un campo familiar en Salta, donde también está enterrado Jorge, mi ex, su papá. 

Aquella mañana, Taty me contó que conservaba algunas pertenencias de Alejandro. Un traje de baño, una camisa, apuntes de la facultad. 

—¿Y las mirás cada tanto?

—No. Está todo bien guardado.

Taty Almeida durante una de las tantas presentaciones del libro de poemas de su hijo Alejandro, quien permance desaparecido desde el 17 de junio de 1975.
Taty Almeida ofrenda flores al Río de la Plata durante la ceremonia en la que se arrojaron las cenizas de las Madres de Plaza de Mayo Vera Jarach y Enriqueta Maroni en el Parque de la Memoria de Buenos Aires. Maroni y Jarach fallecieron en el año 2025.

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Había pasado un año del golpe y faltaba uno para el Mundial de 1978. La única respuesta que recibían las Madres que buscaban a sus hijos las culpabilizaba a ellas. Por no atender a lo que hacían. Con quién estaban y dónde dormían. Por sus lecturas y sus compañías. Y los culpaban a ellos, a sus hijos, por subversivos. Nunca nadie les daba una respuesta sobre sus paraderos. 

El sábado 30 de abril de 1977, hartas de reunirse en iglesias, tocar puertas en comisarías y ministerios, cansadas de no recibir respuestas sobre sus hijos, un grupo de madres de desaparecidos resolvió juntarse por la tarde en la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, desafiando así la prohibición del derecho de reunión promulgada por la Junta Militar. Quizá, pensaron, de esa manera llamarían la atención de la gente de a pie y del presidente de facto, Jorge Rafael Videla. 

“Circulen, circulen”, ordenaban los oficiales de policía a aquel puñado de mujeres, catorce para ser exactos. Azucena Villaflor, una de ellas, les pidió al resto que se pusieran en fila y se tomaran de los brazos para dar la impresión de que eran mayor cantidad. Y así comenzaron a caminar, a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo. Aún no llevaban puesto el emblemático pañuelo blanco. 

Mientras, Taty Almeida recurría una y otra vez a sus conocidos en el entorno militar. Estaba segura de que ellos, ahora en el poder, le darían una mano para encontrar a su hijo. Iba a preguntar por él a sus conocidos militares, acompañada por Carlos, uno de sus cuñados, oficial del Ejército. A muchos de los jerarcas los conocía personalmente, como a Albano Harguindeguy, jefe de policía en 1975 y ministro del Interior a partir del golpe de 1976, quien había sido oficial de su padre.

Taty recuerda con claridad todos y cada uno de esos encuentros. Por ejemplo, con Harguindeguy, el autor de una frase emblemática de la dictadura: “Los Argentinos somos derechos y humanos”.  

—Le digo: “Mirá, Harguindeguy, uno de mis chicos hace tiempo que no viene a casa, no sé nada de él. ¿Ustedes pueden hacer algo?”. Y me contesta: “Señora, no podemos hacer nada. Los culpables son los peronistas”. Y yo, gorila por supuesto, decía, claro, ¡Son los peronistas!

También recurrió a Ramón Camps, a quien conocía de los bailes de su adolescencia durante las vacaciones en Paraná, Entre Ríos. Camps fue uno de los más feroces represores que tuvo la dictadura argentina. Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1977, luego pasó a la jefatura de la Policía Federal hasta 1979 y, según Fabiana, le “arrastraba el ala” a Taty en aquellos bailes juveniles de Paraná. 

Taty no lo desmiente. Recuerda que lo llamó, que le dijo que necesitaba hablar con él, pero que no pensaba ir hasta la La Plata, la capital de la Provincia de Buenos Aires ubicada a sesenta kilómetros, donde estaba la jefatura de la Policía provincial. Camps respondió que iría a su casa. 

—Llegaron armados y cortaron toda la cuadra —dice Taty—. Subió solo y cuando entró le dijo a Jorge, mi hijo: “Pibe, yo podría haber sido tu padre”. ¡Pero haceme el favor!, le dije. Él era el jefe de policía ¡Pero a mí me importaba un carajo! 

Jorge Almeida se acuerda de aquel episodio. Ocurrió unos tres meses después del golpe de Estado, alrededor de un año después de la desaparición de Alejandro. Él vivía con su padre, pero aquel día estaba en casa de Taty.

—Yo ni sabía quién era, pero mamá lo llamaba “Chicho”. Camps nos dijo: “Mirá, tu hermano ha desaparecido, pero lo tienen ellos. Le habrán dado una orden y no la cumplió”. 

Jorge estaba sentado en la cama de Alejandro, junto a Taty. En el sofá, Camps tomaba el té sobre una mesita pequeña, dispuesta para la ocasión y preguntaba insistentemente por los amigos de Alejandro. 

—Nos pidió la agenda telefónica, pero no se la di. Toqué a mi vieja con la rodilla y no dije nada. Yo creo que el tipo no apretó tanto porque la quería mucho. Cuando se fue, le dije a mamá: “Son estos”. Ahí me di cuenta de que eran estos hijos de puta.

Aun así, Taty no podía ver con claridad y seguía insistiendo entre sus familiares y conocidos del ámbito militar. Entretanto, la situación de los desaparecidos era un secreto a voces. El reclamo de las Madres que ya se habían instalado todos los jueves en la Plaza de Mayo crecía y cada semana se sumaban algunas más. Durante el Mundial 78 aprovecharon la llegada de corresponsales extranjeros para difundir la situación, mientras Videla decía: “Frente al desaparecido no se puede hacer ninguna observación. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, declaró tiempo después, durante una conferencia de prensa en septiembre de 1979 en vísperas de la visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias contra el régimen militar. 

Ese mismo año, Taty hizo la fila, igual que otras 150 Madres, en la sede de la CIDH sobre la Avenida de Mayo para denunciar la desaparición de Alejandro. El informe estableció que “…por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron numerosas y graves violaciones a los Derechos Humanos”.

Por sus vínculos de corte militar, le costaba acercarse a las Madres. Hacia fines de la dictadura y principios de la democracia, viajó a España en diversas ocasiones a visitar a Jorge. En charlas con él pudo entender lo que estaba ocurriendo. Luego Caco, el compañero de Fabiana en aquellos tiempos, quien había sido militante, le comentó de las rondas que hacían las Madres de Plaza de Mayo todos los jueves. Se ofreció, e insistió, para acompañarla. Y allá fueron, él, Fabiana y Taty, un jueves del año 1984. 

—Yo la acompañaba, pero ella no se animaba a acercarse. Solo observaba —dice Fabiana—. Pero una vez se puso a charlar con alguien y después de aquel día me dijo: “Quiero ir a la Casa de las Madres porque me interesa estar ahí”. 

No recuerda la fecha exacta, pero cree que fue entre los años 85 u 86 cuando entraron por primera vez a la antigua sede ubicada en la calle Uruguay al 600. 

—Cuando entramos veo foto, foto, foto —cuenta Taty en referencia a las imágenes de los desaparecidos que colgaban de las paredes—. Ahí pensé, no soy la única. Me atendió la dama digna, con mayúsculas, María Adela Gard de Antokoletz, que buscaba a Daniel, su hijo, abogado. Y lo único que me preguntó, que era lo único que se preguntaba a una Madre que se acercaba por primera vez, fue: “¿Quién te falta a vos?”. No importaba la política, la religión, nada. Y ahí hice mi catarsis. Conté, lloré. Le dije: “¡María Adela, que estúpida que he sido!”. A partir de ahí es lo mejor que pude hacer. Hablar el mismo idioma de las Madres. 

Tiempo después, aquellas Madres dejarían de hablar el mismo idioma entre ellas. 

Taty Almeida sopla las velas durante el festejo de su cumpleaños 93 en Foetra, el Sindicato de Telecomunicaciones. Junto a su hija Fabiana, sus nietos y bisnietos, en el año 2023.

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Se habían constituido como Asociación el 22 de agosto de 1979 en La Plata y los cargos se eligieron por votación: Hebe de Bonafini resultó electa presidenta, Antokoletz vicepresidenta y Nora Cortiñas protesorera. 

Los matices iniciales pasaron a ser grandes diferencias con el correr de los años y la división, que llegó en 1986, fue inevitable. Un grupo, liderado por la enérgica Bonafini, se quedó con el sello de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El otro, en el que estaban Taty, Nora Cortiñas, Vera Jarach, Enriqueta Maroni, Maria Adela Gard de Antokoletz, Marta Vásquez, Laura Conte y tantas otras, pasó a denominarse Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, porque entre ellas estaban las primeras 14 que dieron la vuelta a la plaza aquel 30 de abril de 1977. Faltaba una de las primeras, Azucena Villaflor, desaparecida en diciembre de ese mismo año. 

A diferencia de las Fundadoras, la Asociación liderada por Bonafini no aceptaba la reparación económica, es decir, las indemnizaciones estatales por la desaparición forzada de sus hijos. También se oponían a la exhumación para reconocer los restos de los desaparecidos, y mantenían firme la consigna de “Aparición con vida”. A su vez, eran más confrontativas con el gobierno de turno. Fueron críticas del Juicio a las Juntas Militares que impulsó ya en democracia el presidente Raúl Alfonsín porque creían que juzgar solo a las cúpulas militares y dejar afuera a los subalternos y cómplices civiles era insuficiente. Asimismo, aseguraban que ese juicio abonaba a la Teoría de los Dos Demonios, que ponía en igualdad de condiciones la represión estatal con la de las organizaciones armadas, una idea apoyada en el primer prólogo —escrito por Ernesto Sabato— del libro Nunca Más en 1984. El libro es el resultado del informe de la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que se formó para reunir pruebas sobre el destino de los desaparecidos. En 2006, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, se le agregó un nuevo prólogo en el que se cuestionaba aquella teoría, poniendo de manifiesto la asimetría de poder entre el Estado y las organzaciones armadas.

Bonafini tenía un estilo de conducción verticalista, mientras las Fundadoras eran más dialoguistas, buscaban consensos y siempre sostuvieron la idea de que sus hijos debían inscribirse en la historia con sus nombres y no como NN. 

Algunas Madres, incluida Taty, se explayaron sobre la división y la conflictiva relación con Bonafini en Las Viejas (Editorial Marea, 2014), de Virginia y Ana Giannoni.

Nora Cortiñas recordaba en esa misma publicación: “La vez que íbamos a hacer las primeras elecciones (luego de las del 78), habíamos formado dos listas porque hubo una separación, pero no porque nos echara Hebe: nosotras llegamos con la crisis total a un momento en que no se podía seguir ni un día más. Y cuando se propusieron las elecciones fue todo muy sucio, muy feo, y decidimos que habíamos perdido, y nos fuimos, porque ahí no podía haber dos líneas, de ninguna manera”. 

Mónica Hassenberg es fotógrafa y hace más de 40 años que documenta a las Madres de Plaza de Mayo. Al principio registraba a ambos grupos, años después quedaría muy cerca de las Fundadoras. Dice que el conflicto venía arrastrándose desde un tiempo atrás, y que hay ciertas cosas que ellas no van a contar nunca, porque se trata de una decisión política.

—Era imposible que alguna de las Madres de Línea Fundadora no se opusiera a esta voluntad de Hebe de decidir absolutamente todo. Esto sin desmerecer lo que significó política y estratégicamente, porque era alguien que decía lo que queríamos decir todos sin tener miedo. Las Madres Línea Fundadora nunca han sido tan directas, pero ideológicamente han mostrado coherencia. Tenían una mayor profundidad en entender la política, mientras que las que se quedaron con Hebe aceptaban lo que ella decía. 

En “La Madre de la desmesura”, un perfil sobre Bonafini de Cintia Kemelmajer y Diego Fernández Romeral publicado en Gatopardo en marzo de 2019, Hebe se refirió también a la división y los temas que las llevaron a romper. “Un día vino a la Asociación un grupo de Madres con un escribano, a decirme que no estaban bien las cosas. “No te queremos traicionar”, me decían. Y yo les dije “no, a mí no me van a traicionar, están traicionando a sus hijos”. Tendrían que preguntarles a ellas por lo que hicieron, no a mí. Ellas hicieron varios libros hablando mal de mí, diciendo que soy una dictadora y una mandona. Cuando me lo preguntan digo que sí, que no mienten, soy dictadora y mandona”. Y sobre las indemnizaciones fue lapidaria: “La que cobra la reparación económica se prostituye, está vendiendo la sangre de los hijos, fue así y es así. No queremos saber quiénes son los asesinados, sino quiénes son los asesinos. 

Taty, a su vez, fue tajante en Las Viejas al dejar en claro la postura de la Línea Fundadora. Señaló que fue la OEA quien resolvió que el Estado era el responsable de la desaparición. “Ellos recomiendan, no obligan, que se pague un resarcimiento al desaparecido (...). Pero nadie dijo: ‘Cobran el resarcimiento, se callan la boca y no siguen’; si no, te imaginás que nadie lo hubiera aceptado (…). No por eso vendimos la sangre de nuestros hijos, como decía Bonafini, que realmente enfermó a muchas madres pobrecitas con la culpa”. 

En el mismo libro Vera Jarach amplió: “Me acuerdo el tema de las tumbas, cuando dijo: ‘No quiero huesos’. Fue una cosa que nos chocó, a mí me chocó muchísimo, porque nosotras queríamos saber (…). Así que justicia no. Homenaje no. Identificación de los huesos e identidad, no. Nosotros es al revés, identificación de los huesos sí, porque vos debés saber y tener los restos y poder hacer un luto y tener una tumba (…)”.

Hebe de Bonafini falleció en 2024. Más allá de las diferencias, metodologías de lucha y formas de ver el mundo, es un ícono. 

Taty se incomoda al hablar de ella. Sin embargo, muy seria, al borde del enojo, reflota una antigua disputa.  

—Me acuerdo que cuando empezaron a salir los ex detenidos, sobrevivientes de los centros de detención clandestinos y fueron a la plaza, Hebe les dijo: “¡Ja, por algo será que están vivos”. Era imposible, imposible. 

—La muerte a veces te reconcilia. ¿No le reconocés nada? 

—No. Ni yo ni ninguna —se ofusca—. Porque hay muchas cosas feas que nunca hemos comentado ni lo voy a hacer… ¿Sabés cómo es la historia del pañuelo?

El pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es un emblema que nació de la necesidad de identificarse colectivamente. Todos los años, en Argentina, se realiza una procesión religiosa en Homenaje a la Virgen de Luján. Es una caminata de setenta kilómetros desde la capital hasta la Catedral de Luján. Allí fue un grupo de Madres en octubre del 77 con la intención de abordar a la cúpula de la Iglesia. Pero se preguntaban cómo iban a hacer para reconocerse entre la multitud. A una de ellas se le ocurrió la idea de cubrir sus cabezas con un pañal, y los pañales devinieron en pañuelos.

—Toda la vida, cuando íbamos a la ronda, llegaba a la plaza, me ponía el pañuelo y decía: “Ahora sí, ahora soy una madre”, solía repetir Taty. 

Cuando se separaron, las Fundadoras se quedaron sin sede. Adolfo Pérez Esquivel -activista por los Derechos Humanos, ganador del premio Nobel de la Paz en 1980 por su resistencia no violenta frente a las dictaduras latinoamericanas- les ofreció un lugar en el Serpaj (Servicio de Paz y Justicia), que usaron durante muchos años hasta conseguir el propio. 

Taty encabezó esa búsqueda y trabajó codo a codo con la comisión Pro-Casa, un grupo de apoyo para adquirir la sede. Se acercaba la fecha por los 25 años del golpe de Estado, y se organizaron varios eventos para recaudar fondos. Pero hubo uno que se destacó por su masividad: fue el festival en el estadio del club Ferrocarril Oeste del 23 de septiembre de 2001 en el que tocaron Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Jaime Roos y León Gieco, entre otros. Las entradas se agotaron. Se vendieron 30 000. 

Finalmente, consiguieron un departamento en la calle Piedras 153, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, que mantienen hasta hoy. 

—La que se cargó al hombro el objetivo de que Madres tuviera una casa fue Taty. Esos impulsos vitales muy power siempre fueron de Taty —señala Paula Maroni, nieta de la Madre de Plaza de Mayo Enriqueta Maroni, quien tiene a su padre Juan Patricio Maroni, y a dos de sus tíos desaparecidos. 

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Carlos “Maco” Somigliana es integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una ONG formada en el año 1984 con el objetivo de trabajar en la búsqueda, recuperación, identificación y restitución de los restos de personas desaparecidas. Es el atardecer de un viernes de fines de mayo en Buenos Aires. El ritmo frenético del centro porteño sobre la Avenida de Mayo y a pocas cuadras de la Casa de Gobierno va menguando, cuando este hombre alto y de voz gruesa me recibe en una luminosa oficina del área de Derechos Humanos del Ministerio Público Fiscal. Conoce a Taty desde hace tantos años que ya no recuerda cuántos.

—Taty supo ser fiel a su desgracia, asumió la desgracia como desgracia, una terrible desgracia. Taty es la última de las mohicanas, una referencia ineludible, un mojón, un ícono. No creo que particularmente le interese serlo o lo disfrute, pero lo hace.

—¿Y cuándo te pregunta por Alejandro qué le decís?

—Tengo la misma respuesta para todos en esto. Porque si esbozara una teoría de la probabilidad en un caso en particular, sería un chanta. Entonces le digo a todo el mundo que no depende de mí, pero que la posibilidad siempre está. 

Somigliana trabaja en la Justicia desde los años convulsionados y fundacionales de la democracia argentina. A pesar de que no es antropólogo, sino abogado, integra el prestigioso equipo desde el principio y habla de los procesos de identificación con la misma solvencia que si lo fuera. Un proceso que puso al EAAF a la vanguardia del mundo. 

Según la página web del EAAF, hasta marzo de 2026 el organismo registra 1681 personas desaparecidas encontradas. Además, hay 804 personas desaparecidas encontradas, aún sin identificar, y sus restos permanecen en resguardo del EAAF. Los datos corresponden a hallazgos en Argentina, Uruguay y Paraguay.

Si bien las desapariciones habían comenzado en 1973, la gran mayoría de estos casos pertenece a personas desaparecidas durante la dictadura militar —1976 a 1983—. El caso de Alejandro Almeida, que está desaparecido desde junio de 1975, corresponde a un período en el que resulta más compleja la tarea de identificar y/o encontrar estos restos. Es uno de los inconvenientes que tiene la identificación de personas secuestradas antes del 24 de marzo del 76: no estaba tan extendida la posibilidad de tenerlas detenidas durante mucho tiempo.

—Cuando vos tenés un aparato represivo consolidado como después del 24 de marzo, tenés también líneas mucho más consolidadas —precisa Maco—. Porque tenés más casos, más identificados, más establecidos cuáles son los núcleos represivos. Identificar siempre es una tarea complicada. Y si tardó mucho tiempo, más complicada. Nosotros investigamos el año 75 y algunos se pudieron identificar. Pero no está incluido el de Alejandro, del que tenemos la muestra de Taty. También tenemos su huella digital, pero no apareció nadie hasta el momento con esa huella. 

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Además de vital e irreverente, brava y jocosa, Taty poseía el don natural de comunicadora. Con el correr de los años, su figura fue creciendo al calor de las marchas, los viajes, la multiplicidad de actividades. En los años noventa se volvió una de las caras más visibles y frontales de las Madres, junto a Nora Cortiñas, fallecida en 2024. Su llegada a los más jóvenes, su insistencia, acrecentaron su exposición pública. 

En Madres nunca tuvieron una persona que se encargara de la comunicación porque Taty nunca quiso ceder ese rol. Daba entrevistas, compartía información por WhatsApp, llamaba a quien hubiese que llamar. En su entorno reconocen que ese poder de convicción lo usaba también para dar una mano, y hasta para conseguir un trabajo a quien se lo pidiera o necesitara. 

Paula Maroni fue parte fundacional de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), una organización de Derechos Humanos formada por los hijos de los desaparecidos. Y ahora es la directora de la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza, la sede de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora en la ex-ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde funcionó un centro clandestino de detención. Cuenta que en sus tiempos dentro de H.I.J.O.S armó “Proyecto 30”, que consistía en talleres de salud, arte, danza, joyería, teatro. Empezó en la Villa 31 y luego se extendió a los institutos de menores de la Ciudad de Buenos Aires. Dice que le costaba mucho que las Madres se apropiaran de ese proyecto, y fue Taty, una vez más, quien le dio impulso.  

—Venía conmigo a todos lados, se cargaba la prensa al hombro. Había una agrupación de pibes que se llamaba GARRA, que hacían política a través del arte. Nacieron al lado de Madres, pero sobre todo de la mano de Taty. Porque la que les daba ese lugar era Taty, ninguna otra Madre.

Charly Pisoni lleva a Taty y a Estela de Carlotto tatuadas en su brazo izquierdo. Es miembro de la agrupación H.I.J.O.S., nieto de la Madre de Plaza de Mayo Aurora Bellocchio. Su madre Irene Inés Bellocchio, y su padre Rolando Víctor Pisoni, están desaparecidos. Conoció a Taty en los años noventa, durante la vigencia de las leyes de impunidad en favor de los genocidas, en tiempos de los “escraches”, manifestaciones en las que los militantes de H.I.J.O.S se movilizaban a los domicilios donde vivían ex militares y civiles que participaron en la represión clandestina y el robo de bebés en dictadura. Escrachar, en la jerga argentina, significa denunciar o exponer públicamente a una persona. En aquellos primeros tiempos de la agrupación, los jóvenes militantes, herederos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se reunían frente a la casa de los represores bajo la consigna “Si no hay justicia, hay escrache”. Señalaban y dejaban en claro a sus vecinos quién, o qué clase de persona, era la que vivía allí. Cantaban y marcaban el lugar con pintura roja. Taty Almeida fue una de las Madres que más los acompañó en aquellas acciones. 

Pisoni fue, también, el conductor de Qué me Contás, el programa de radio que hicieron con Taty, junto a Paula Maroni los sábados al mediodía en AM 750, al que fue hasta un mes antes de su muerte. Allí, Taty, si bien no tenía el papel de productora, descollaba como tal. Un llamado de ella bastaba para convencer a los invitados. Además, despuntaba su papel de entrevistadora, haciendo uso de su desparpajo, carisma y desfachatez. Entre otros, pasaron Charly García y Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, a quien le hizo mucha gracia cuando fue al programa y Taty se apareció lookeada con una campera de cuero negra con tachas. 

Un lunes de marzo de 2025, en una oficina desangelada de un organismo público donde trabaja en el centro porteño, Pisoni, a quien Taty quería como a un hijo, reivindicaba su militancia, aquella que ejerció hasta el día de su muerte.

—Creo que Taty hoy sigue viva porque tiene la capacidad de querer seguir haciendo cosas. Todo el tiempo está generando acciones políticas y ese es el motorcito de su vida. Desde que se levanta hasta que se acuesta está pensando en cómo lograr sus objetivos políticos. 

Miriam Lewin es periodista. Ex detenida-desaparecida, estuvo secuestrada en la ESMA y es una activa militante por los derechos humanos. Conoce a Taty de la militancia, pero también participó con ella de un programa en Radio Nacional, conducido por Roberto Caballero, quien la apodó “La Madre con patines”, por su incansable ir y venir. Es coautora, junto al fotógrafo italiano Gianfranco Ceraudo, del libro Sky-Van, Aviones, pilotos y archivos secretos (Ed Sudamericana, 2017), una investigación sobre los vuelos de la muerte, una serie de operaciones en las que las personas secuestradas por el aparato represivo eran arrojadas vivas al mar. Lewin y Ceraudo descubrieron el Sky Van —uno de los aviones utilizado en aquellas operaciones— en Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos, luego de una larga investigación. Asegura que Taty fue una de las primeras en apoyarlos desde que empezaron a buscar el avión y que, además, tuvo un rol fundamental y decisivo a la hora de repatriarlo. Cuando en diciembre de 2019 Alberto Fernández asumió la presidencia, Taty fue a hablar con él, pero en marzo llegó la pandemia y todo se enfrió. Unos meses después, con el Covid en baja, volvió a insistir. El presidente le indicó que hablara con Sergio Massa, su ministro de Economía. 

—Mientras están charlando con Massa, Taty nota que mira el teléfono sin parar, y piensa: ‘Qué maleducado este muchacho, no para de mirar el celular’ —recuerda Lewin durante una tarde tórrida de febrero de 2026 en un bar coqueto de la zona de Villa Crespo, en Buenos Aires—. Pero en realidad, Massa estaba haciendo cuentas. Y le dijo: ‘Lo vamos a traer’. Yo estuve con Taty cuando el avión aterrizó. Nos abrazamos y lloramos.

El Sky Van llegó a la Argentina el sábado 24 de junio de 2023. 

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—Mis nietos siempre dicen que van a pasar la gorra porque cuando voy algún lado se me vienen todos encima, me piden fotos —solía bromear Taty acerca de ellos. 

Tuvo seis nietos, tres en Argentina, mellizos en España, y uno en Italia. Además, solía contar, orgullosa, que le dieron cuatro bisnietos. 

—Eso es lo lindo. Que los disfruto. Son re-pegotes conmigo. Me dicen: “Taty, vos estás recogiendo lo que sembraste. Porque siempre fuiste una abuela presente”. Y es verdad, yo podía tener la marcha más importante, pero si alguno de los chicos decía algún versito en el colegio, chau, llegaba tarde a la marcha, pero yo estaba con ellos. Lo hice con mis hijos, con mis nietos y ahora con mis bisnietos.

—Se desenvuelve en el mundo como si todo le perteneciera, en el buen sentido. No hay frenos para ella. Es rápida, tiene mucha memoria, mucha labia —dice Alejandro, su nieto mayor, en enero de 2026 en el patio de su casa, que es también un centro cultural en la zona de la Plaza Irlanda, en Buenos Aires. Alejandro lleva el nombre de su tío desaparecido, tiene tatuado el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y el Diez de Maradona en el brazo derecho—. Para mí Taty es muchas Tatys. Por un lado era la abuela que nos llevaba de acá para allá, que nos generaba todos los planes. Ese impulso que hoy le ves en la militancia también lo tiene para lo cotidiano. Y después, la abuela Madre, la abuela personaje público. Uno fue descubriendo con el tiempo la magnitud de lo que ella representa. 

Es un sábado de marzo por la tarde en Italia y en la ciudad de Torino hay mucho viento. Manuel Almeida, hermano de Alejandro, se fue de Argentina a fines de 2025, harto de las políticas de extrema derecha del gobierno de Javier Milei. Ahora, mientras camina por las calles de su nuevo hogar, evoca a su abuela con ternura. 

—Es una re-abuela y ha ejercido su rol con muchísima conciencia. Estaba en todos los actos escolares, venía a leer cuentos al aula. En una época hizo un curso de manualidades y nos decoraba los cumpleaños con figuras de cartulina. De las Tortugas Ninjas, de los Piratas. A mí me gustaba Miguel Ángel y me hizo uno enorme para poner en la entrada. Y la torta, toda decorada. Cuando nosotros éramos chicos era la que nos llevaba a los museos, a las plazas. Siempre muy conectada con lo que pasa, con la cultura como parte de su vida. Es fuerte ser su nieto, uno tiene que poder administrar eso, ver cómo manejar ese legado. 

Es media mañana de un jueves de abril cuando Estela de Carlotto finalmente accede a una entrevista telefónica. Viene de semanas ajetreadas, luego de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado. Está cansada. Tiene 95 años y una gigantesca historia de lucha en la búsqueda de los nietos, hijos de los desaparecidos. Ella encontró al suyo, Ignacio Montoya Carlotto, hijo de su hija Laura -quien quiso llamarlo Guido- desaparecida y asesinada en noviembre del 77. Sigue al frente de las Abuelas de Plaza de Mayo, de la que es presidenta desde 1989. Aún les quedan por encontrar más de trescientos nietos. 

—Tenemos una relación de hermanas, en una lucha que no imaginamos durante nuestra juventud. Es una mujer muy agradable, muy sabia, muy compañera, muy activa y luchadora. Nuestra lucha, la de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, es muy reconocida por la serenidad que tuvimos, por el trabajo que hicimos, en el que corrimos riesgos. Hemos sido perseguidas a muerte. Yo la aprecio mucho y sería absurdo que no tuviéramos diferencias de criterio. Todos tenemos formas y maneras, ella lo hace a la suya y hoy dirige una institución como las Madres. Seguramente habremos tenido discusiones, siempre hemos discutido entre nosotras, las Madres y las Abuelas. Con algunas más que con otras. Pero Taty siempre fue una mujer muy respetuosa, muy agradable y educada. Y si teníamos diferencias, las hablábamos. 

Taty Almeida despliega su pañuelo blanco en el living de su hogar, el mismo donde vivi ía1 años atrás, cuando se llevaron a Alejandro, que permanece desaparecido.

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—Hola Guido, ¿qué tal querido? Estoy internada en el Italiano. No me escribas, no me contestes, pasá directamente si querés y nos damos un beso. Chau. 

Eso decía el audio que recibí en la tarde del viernes 5 de junio de 2026, dos semanas después de haber visitado a Taty en su casa. Pasaron siete días más hasta que pude visitarla. Eran las 11 de la mañana de un viernes soleado, bastante frío. Cuando llegué a la habitación del hospital Italiano, donde permanecía internada, estaba dormida, así que no entré a verla. Me quedé en el pasillo hablando con su hijo Jorge —a quien solo conocía por videollamada— como si fuéramos viejos amigos. Jorge, exiliado en España desde 1978, había viajado para estar al lado de su madre. Me dijo que Taty estaba mejor, que probablemente la darían de alta el martes. Un día después circuló una foto de ella por WhatsApp. Estaba recostada en la cama del hospital, con el celular en la mano. Tenía buen semblante y una sonrisa franca. Fabiana, su hija, contó en un audio que estaba leyendo y respondiendo la catarata de mensajes recibidos. 

Sin saberlo, la había visto por última vez una mañana otoñal, el martes 19 de mayo, cuando la visité en su casa.

Taty Almeida falleció el domingo 14 de junio, tres días antes del 51° aniversario de la desaparición de Alejandro. A trece días de cumplir los 96 años, que planeaba festejar en el Sindicato de Trabajadores Telefónicos (FOETRA) como siempre.

—Yo iba a estar con ella y a recibir instrucciones. Tener sus instrucciones te alivia. Porque si no: ¿quién toma una decisión? Fue un gesto de amor de su parte, nos facilitó mucho-, recuerda Natalia Bermejo, que trabaja como archivista de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y fue una de las personas de máxima confianza de Taty. Durante su internación, la visitó asiduamente y juntas delinearon las actividades por venir, la playlist y los invitados de la fiesta. Planearon, simultáneamente, un cumpleaños y un funeral. 

—Tengo cosas medio místicas, teníamos una conexión por ahí. Conversaciones espirituales, diálogos de la vida y la muerte. Hablábamos del tema con naturalidad. Los últimos cinco años me venía diciendo lo que quería hacer para su velatorio. Mientras estaba internada le dije: “No te puedo organizar una fiesta de velatorio, no me voy a estar matando de risa. Pero si querés que cantemos, cantamos”. 

—¿Cómo tomaba el tema de la muerte: con naturalidad o con temor? 

—Esta vez era “que sea lo que Dios quiera”. Con ánimo y lucidez para planificar cosas, pero tampoco re-aferrada. Hace once años (durante otra internación), cuando estaba fea la cosa, me dijo directamente: “Vos que hablás con Dios: me quiero morir”. Esta vez no. Toda la vida tuvo este tema de no querer morirse sin encontrar los huesos de Alejandro. Ahora estaba con la idea de reencontrarse con él en otro plano.

El velatorio comenzó el lunes 15 de junio de 2026 a las 14 horas. Desde media mañana, fuera de la sede de FOETRA, en el barrio de Balvanera, la prensa esperaba la llegada de dirigentes políticos y artistas ligados a los derechos humanos. Tomaban imágenes y testimonios. La fila de gente llegaría a tener tres cuadras de largo. La calle estaba cortada y todos esperaban su turno para despedirla. En la entrada del sindicato, una pantalla gigante proyectaba imágenes de la vida de Taty con sus amigos, familiares y compañeros de militancia.

Adentro, apostado al fondo y en el centro de un salón amplio y austero, estaba ubicado el féretro, cerrado. Sobre la tapa había unos pins, el pañuelo blanco de las Madres y algunas banderas de organismos de derechos humanos. A un lado, un retrato suyo. La fotografía fue elegida por la familia y es una de las tantas que le tomé durante este último año, mientras la seguí de actividad en actividad. 

Poco antes de abrir el velatorio al público, su círculo íntimo se reunió alrededor del ataúd. Uno de sus nietos, Nacho, tomó la guitarra y entonó “Esa estrella era mi lujo”, una canción de los Redonditos de Ricota. El estribillo, que fue coreado a capela, dice así: “…Fue mi único héroe en este lío/ la más linda del amor/ que un tonto ha visto soñar/…”. 

Hubo gente circulando hasta medianoche y desde la mañana siguiente al mediodía. Pasaron miles de personas que gritaban, lloraban, y pocas flores: Taty había pedido que no llevaran coronas ni arreglos fúnebres, que donaran el equivalente para las Madres.

Poco después llegó Estela de Carlotto. Apesadumbrada, se abrió paso entre la prensa y el público, que la vivaba. Se detuvo a un lado del féretro junto a Buscarita Roa, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Inclinó su cabeza y observó por unos segundos el ataúd donde yacía su amiga. Miró la foto, apoyó sus manos sobre esa madera fría, que ya estaba cubierta de insignias y dejó la suya: un pañuelo de las Abuelas. Luego, Fabiana tomó el micrófono, de pie junto al féretro.

—Mamá cada tanto hablaba de su muerte. Que venía el cumpleaños, que después la muerte. (…) Pero a mí y a mi hermano no nos contó nada, porque ella no hablaba de esas cosas con nosotros. Dijo que quería que fuera en FOETRA, en esta casa, que era su casa. Que quería cajón cerrado, porque ustedes saben que era muy coqueta la vieja. Y que quería una hermosa foto de ella. Ayer elegimos ésta, que es de no hace tanto. Esta vejez que se ve en sus manos era ella. Ésta es ella. Esa cara de felicidad, de militancia y joda, como decía siempre. Esa cara de hay que seguir compañeras y compañeros. 

La foto es un primer plano de su rostro, cerrado, que hice en diciembre de 2025. Tiene el mentón apoyado en una mano, mira de frente a cámara.

El martes al mediodía el cielo estaba despejado y un sol radiante ayudaba a templar el fresco. Desde temprano en la mañana continuaron su procesión por el velatorio figuras públicas, políticos y ciudadanos. Afuera, centenares de personas y la prensa aguardaban la partida del cortejo. Su hijo Jorge, sus nietos Julián y Alejandro, Fernando, la pareja de Fabiana, el diputado Horacio Pietragalla —nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo— y Charly Pisoni, cargaron el féretro hasta el coche fúnebre y lo cubrieron con un pañuelo de H.I.J.O.S

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El 30 de enero de 2026 nada de todo eso había pasado y hacía un calor espantoso. Poco antes de ir a verla a su casa, Taty me envió una foto por WhatsApp. Llevaba un sombrero playero, de paja y ala ancha, que le había traído Pascual Spinelli de un viaje. Le encantaban los souvenirs. Si algún amigo se iba de viaje, casi que estaba obligado a traerle uno de esos llaveros que tienen impreso el nombre del país visitado. Por eso, al entrar a su casa, uno se topaba con una pared repleta de llaveros. Ese día me contó un sueño.

—Tengo unos sueños… Son sueños serios. Hace poco se acercaba la fecha de Alejandro, y vos sabés que fue tremendo. Soñé que una de las chicas me decía: “Taty, mirá. Ahí llegó un muchacho y se sentó en el sillón. Dice que es tu hijo”. “¿Qué?”, le preguntaba yo. “Sí, dice que es tu hijo”, me respondía. Entonces lo veo a Alejandro con sus rulos, canoso. Lo tenía ahí. Alejandro… Era un seductor. Él no sabía tocar la guitarra, pero hay una foto de él tocando, con unas chicas. Y entonces le pregunto: “¿Sos Alejandro?”.Y me dice: “Sí mamá, dame la mano”. Y yo le dije: “Alejandro, ¿qué ha pasado?”. 

El cura Ricardo "Ricky" Carrizo, integrante del Grupo de Curas en Opción por los Pobres oficia la misa de despedida durante el último adiós a Taty Almeida en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, el 15 de junio de 2026. Taty falleció el 14 de junio de 2026.
El último 17 de abril, la UBA (Universidad e Buenos Aires) le entrego el Doctorado Honoris Causa a Taty Almeida, que lo recibió con mucho orgullo y visiblemente emocionada.

 

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La última de las Madres

La última de las Madres

07
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10
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26
2026
Texto de
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Ilustración de
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Taty Almeida, mítica Madre de Plaza de Mayo, falleció el 14 de junio de 2026 en Buenos Aires. Su hijo Alejandro, quien continúa desaparecido desde 1975, fue el motor de su militancia por los derechos humanos y quien abrió los ojos de esta mujer nacida en el seno de una familia militar. Incansable en el camino de la búsqueda de su hijo, tuvo que sobreponerse no solo a su desaparición, sino a los propios mandatos familiares hasta volverse un ícono.

Ella toma el pañuelo blanco, lo estira sobre su regazo delicadamente, con sus manos largas y ajadas, que conservan una sólida belleza. Se lo coloca sobre la cabeza y lo anuda al cuello. Baja el parasol delantero del auto para mirarse en el espejito y con un movimiento fugaz se acomoda el pelo que asoma por delante. Bordado en azul, el pañuelo lleva el nombre de Alejandro Martín Almeida, desaparecido el 17 de junio de 1975. El hijo de Taty Almeida. La mujer del pañuelo.

Con pequeñas variaciones, esto es lo que ocurría cada vez que Taty Almeida, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, salía de su casa en el barrio de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires, rumbo a un acto. Una rutina, casi una ceremonia que desplegó hasta sus últimos días, como aquella tarde del 15 de mayo cuando fue a la Legislatura porteña, un mes antes de su muerte, a recibir un premio a su trayectoria por la lucha relacionada con los derechos humanos.

Alguien, que podía ser Fabiana, su hija; o Marcelo, militante y amigo; o Francisca, una de las cuidadoras, la ayudaba a bajar del auto y a sentarse en su silla de ruedas. En la vereda siempre había gente esperando, expectante. La aplaudían, le pedían fotos, se emocionaban, algunos hasta las lágrimas. Taty accedía a todos los pedidos, mientras sus acompañantes aguardaban con paciencia y permitían a todo el que se acercaba llevarse una instantánea con la Madre. Ella inclinaba su cabeza, la juntaba con el fotografiado y sonreía. A veces preguntaba su nombre. 

Muchos querían abrazarla. Las personas que la acompañaban advertían que fueran abrazos suaves, que no la apretaran. Taty estaba anticoagulada. A veces, cuando la tocaban de más, se enojaba, se quejaba de que le dolía, pero enseguida volvía a sonreír. Hay quienes se animaban a besarla, apoyando los labios suavemente sobre su cabeza. 

En La Casa de las Madres de Plaza de Mayo, en un colegio, una universidad o la Cámara de Diputados; en un sindicato, en Villa Fiorito —el barrio donde nació Maradona—, o en la Feria del Libro; sobre un escenario en la Plaza del Congreso, en la Marcha del Orgullo LGTQB+ o en la Plaza de Mayo, como cada 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia —en conmemoración del golpe de estado perpetrado en 1976, del cual se cumplieron 50 años en 2026—, en un acto que siempre cerraba ella al grito de “¡No nos han vencido!”. Sea donde fuere, al ingresar era ovacionada. Se abría paso entre la gente, saludaba, agradecía el cariño. Se movía con soltura frente a cámaras y grabadores. Acostumbrada a los flashes, se comportaba como una rock star. La Madre magnética que supo construir. 

“¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!”, coreaba la gente. “¡Taty te amoooo!”, gritaba alguien. Entonces, ella extendía sus brazos, sus manos abiertas, sus dedos largos. Agradecía el cariño con uno, dos, tres aplausos, y una leve reverencia. Entonces tomaba el micrófono y decía: “¡Buenas tardes a todos, todas y todes!”. Y abría sus ojos delineados, negros, enormes, hechizaba al público con esa gestualidad desbordante, con esa carcajada estrepitosa. 

Entonces recordaba a su hijo, Alejandro. Decía que lo habían desaparecido por “militante po-lí-ti-co”. Subrayaba que la dictadura había sido cívico-militar y “cleee-ri-caaal”. Aunque ella fuera católica. “Que le caiga el sayo a quien le caiga”. 

Taty decía que las Madres no eran viejas, que tenían años de juventud acumulada. Decía también que ya habían delegado el mando, ahora en manos de los jóvenes. Reivindicaba a sus compañeras, a las “locas”, de Plaza de Mayo, que daban vueltas en ese lugar icónico de la capital argentina, frente a la Casa de Gobierno, en plena dictadura y a modo de protesta. Y resaltaba que, a pesar de los bastones, las sillas de ruedas y el paso del tiempo, aquellas “locas” seguían de pie. Advertía que solo quedaban tres Madres y dos Abuelas de Plaza de Mayo, y que ninguna sabía dónde estaban los restos de sus hijos. Pedía que aquellos que aún callan dijeran dónde están.

Mencionaba al gobierno “negacionista” de Milei, a quien señalaba como un “payaso”. “Con perdón de los payasos”. Recalcaba que, muy a pesar suyo, ellas seguían “re-sis-tien-do”. Taty fue muy crítica de las políticas de extrema derecha del gobierno mileista. Se posicionaba cerca de Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, máximos representantes del peronismo. Reconocía en Néstor Kirchner al hombre que volvió a poner a los derechos humanos como política de Estado.

Repetía la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. “Justicia le-gal”, apuntaba. “Nuunnca por mano propia”. Decía que quería vivir hasta el día en que dejara de hablar de corrido. Y, al mismo tiempo, confesaba que no quería irse de este mundo sin tocar los huesos de su hijo. De Alejandro. Que la había parido a ella. Porque Alejandro Almeida parió a Taty. Porque la única lucha que se pierde, insistía, es la que se abandona.  

Sobre el final gritaba a voz en cuello por los 30 000 compañeros detenidos-desaparecidos. Entonces el público respondía: “¡Presentes! ¡Ahora y siempre!”, varias veces. 

—¡Porque no nos han vencido! —aúllaba ella.

No había apuro para Taty Almeida. Ni a los 95 años, cuando sabía que ya se quedaba sin tiempo.  

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—Dale, ¿se escucha bien, querido? —pregunta Taty Almeida cuando enciendo el grabador la tarde de un lunes primaveral del mes de noviembre de 2025—. Vos hablame alto porque estoy medio Beethoven.

Está sentada en un sillón de dos plazas del living de su casa, un departamento de dos ambientes discreto, ubicado en el barrio de Palermo de la capital argentina. Viste un sweater color ladrillo, un pantalón oscuro. Lleva un pin con la foto en blanco y negro de Alejandro y otro con el pañuelo blanco, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. A su lado tiene una agenda negra, repleta de actividades. Detrás suyo, sobre la pared, cuelgan varias fotos. Una con su hijo Jorge. Otra junto a Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, ambas de pie y con bastón. Arriba, una en la que abraza al ex presidente Néstor Kirchner, otra con Maradona y otra con el Papa Francisco, a quien fue a ver en dos oportunidades al Vaticano. 

En la sala de este mismo departamento donde vivía con Alejandro y Fabiana hay, además, una cama ubicada en el rincón donde dormía Alejandro, y un gran mueble atiborrado de portarretratos. En una de esas fotografías, Taty posa con sus tres hijos, Alejandro, Jorge y Fabiana, durante un asado en casa de su hermana. Nadie podía imaginar que aquella imagen sería la última en la que estarían juntos. 

A los 20 años, en 1975, Alejandro Almeida estudiaba medicina y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar. Antes, había sido cadete en la Agencia Nacional de Noticias Télam, donde entró recomendado por su tío y padrino, un coronel que estaba al mando. Por sus vínculos castrenses, había conseguido el puesto en el Instituto Geográfico. De todo eso sabía Taty. Lo que no sabía era de su militancia revolucionaria. De su pertenencia al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), de corte marxista. 

—Alejandro no me contaba nada. Él me cuidaba, me preservaba, porque toda mi familia era militar ¡Todos gorilas! (como se llama a los antiperonistas en la Argentina). Y yo era una gorilaaaa. ¡Los pelos me salían por todos lados! ¡Pero ya me afeité hace mucho!. 

Como buena parte de aquel invierno, la noche del martes 17 de junio de 1975 Buenos Aires estuvo cubierta por niebla y hacía frío. Dos días antes, Alejandro había discutido  fuerte con Jorge, su padre, ya separado de Taty. Alejandro era un militante de izquierdas y su padre tenía colgado en su comedor un cuadro de Frondizi, un ex presidente desarrollista. Solían tener diferencias, pero esa fue la última. 

Poco antes de cenar, Alejandro le dijo a Taty que al otro día tenía un examen y que no iría a trabajar. Que iba a comprar cigarrillos y enseguida volvía. El kiosko cerraba a las diez de la noche y eran alrededor de las nueve. La calle Ugarteche no era muy movida en aquel entonces. Era tranquila y oscura, a diferencia de hoy. Pasadas las 10, Alejandro no volvía. Qué raro, pensaron Fabiana y Taty. Esperaron un rato más, comieron y se fueron a dormir. 

Taty Almeida al salir de la Casa de las madres de Plaza de Mayo, rumbo a la Plaza de Mayo, durante la última marcha del 24 de marzo, a 50 años del golpe militar. A su lado, las Madres Clara Weinstein y Elia Espen.

El 18 de junio amaneció con lloviznas y una niebla persistente. Nada extraño para el invierno porteño. Lo extraño, en tal caso, era que Alejandro no estaba ahí, durmiendo en el living. Lo extraño era que no le había dejado ninguna nota a su madre, como solía hacerlo. 

—Me levanto y no lo veo. Y él, cuándo no volvía, me dejaba un papelito. Pero no había nada —rememora Taty, quien aún no imaginaba que aquel martes cambiaría su vida para siempre-. Yo reconozco, querido, que soy muy conocida. En cierta manera, soy famosa, pero ojalá no lo fuera si en cambio pudiera tener a mi hijo, Alejandro… Alejandro tenía 20 años en el año 75. Estaba cursando primer año de medicina y era un militante po-lí-ti-co. Aunque no lo creas, todavía hay algunos que dicen: “Por algo será que los desaparecieron”. ¡Claro que fue por algo! No fue ni por estúpidos ni por tontos. ¡Eran militantes políticos!

Dice que fue él, su hijo, Alejandro, quien la hizo despertar. Taty no sería Taty si Alejandro no hubiera desaparecido. 

—Alejandro, con su metro ochenta, me abrazaba y me decía: “Esta gorilita de mierrrrda…, sin embargo la quiero”. Te aseguro que ahora, querido, después de que me han entregado tantos honoris causa, tantos agradecimientos, lo veo a Alejandro, muerto de risa, que me dice: “¡Miren la gorilita de mierda en qué se convirtió!”. Yo sé que está muy orgulloso de su madre, del vuelco que di. Por eso repito que Alejando parió a Taty Almeida. 

Aquel mismo día encontraría, dentro de un cajón, en un mueble que aún hoy está en esa misma sala, una agenda telefónica. La hojeó. Y al llegar a las últimas páginas encontró 24 poesías. Las leyó. Estaba desconcertada. Por los poemas. Por su contenido. 

—Ahí empecé a conocer la otra faceta de Alejandro. Sus preocupaciones, su rechazo a la injusticia. Y hay una de las poesías que es una despedida. Él sabe que va a morir. 

Le pide a Charo —una de las tres cuidadoras que se turnan para asistirla— que le alcance uno de los cuadros que están sobre la pared. Allí está impreso el poema de Alejandro, junto a un retrato de él. La foto muestra a un joven al costado de una carretera. Tiene la boca abierta, parece bostezar. No mira a cámara. Lleva anteojos y barba candado. Taty toma el cuadro, lo apoya en su regazo, le quita el polvo y lee. 

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él/ Si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta (…) Si la muerte me sorprende, de esta forma tan amarga/ Si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento, el último aliento para decir te quiero…

—Mirá la tierra que tiene el cuadro. Charo, pasale una gamuza, querida.

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Los titulares de la prensa daban cuenta en aquellos días de un país convulsionado: el regreso del exilio del expresidente Juan Domingo Perón en 1973, su asunción al poder, el enfrentamiento interno entre la derecha y la izquierda peronista, su muerte en julio de 1974 y el traspaso a la presidencia a su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, hundieron a la Argentina en un período de enfrentamientos entre las agrupaciones guerrilleras y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina).  Esta organización paramilitar era comandada por José López Rega, un sombrío ex oficial de policía con inclinaciones al espiritismo, que a lo largo de los años treparía hábilmente hasta llegar a ser la mano derecha de Perón e Isabel, encarnando lo más rancio de la derecha peronista.

Mientras tanto, la cúpula militar esperaba el momento oportuno para asestar un golpe de Estado. A su vez, el gobierno de Isabelita se desmoronaba en medio de una crisis social, política y económica. La guerrilla, encarnada en movimientos como Montoneros, que eran peronistas, y el ERP, marxistas, horadaba al poder. Los jóvenes revolucionarios estaban convencidos de que era su momento. 

En Buenos Aires, la Triple A operaba ilegalmente secuestrando, torturando y matando militantes, y en la provincia de Tucumán, en el noroeste argentino, se le había dado vía libre al Ejército para combatir a los grupos armados. El Operativo Independencia, que comenzó en febrero de 1975, comandado por los militares en medio de la selva de montaña, base de operaciones del ERP, fue una suerte de globo de ensayo de la feroz represión estatal que vendría un año después, luego del golpe. Unos cinco mil hombres se habían concentrado en esa provincia para luchar contra una compañía reforzada de montaña del ERP, que contaba con unos ciento veinte integrantes. Así lo detalla el periodista e historiador Marcelo Larraquy en su libro Los 70, una historia violenta (Ed Aguilar, 2017). “Antes del golpe de Estado, el Operativo Independencia había producido el 37 por ciento de las ejecuciones y desapariciones que luego causaría la dictadura militar entre 1976 y 1983”. 

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—Para mí fue la Triple A, porque después no lo vieron en ningún lado. Nosotros pensábamos que se lo habían llevado a Campo de Mayo, pero los poquitos sobrevivientes de ahí nunca lo vieron-, dice Fabiana Almeida, la hermana menor de Alejandro, quien recuerda aquellos días durante una calurosa tarde de enero en su hogar, una casona ubicada en un pasaje silencioso del barrio de La Paternal, en Buenos Aires. 

Fabiana cree que aquel día Alejandro tenía una cita en la esquina, donde sus compañeros del ERP le darían un paquete. Que aquellos que lo secuestraron se deshicieron de su hermano porque sabían que provenía de una familia militar que movilizaría sus contactos para buscarlo. 

Y así fue que Taty buscó, incesante, hasta el día de su muerte. Incluso recurrió a un brujo, un vidente holandés que se llamaba Gerard Croiset, que había aportado datos a los familiares de los jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se había caído en la Cordillera de los Andes. El hombre le pidió ropa, una foto de Alejandro, y un mapa de Argentina. En su devolución decía haberlo visto vivo pero muy golpeado. Que se había subido a un tren, aunque no decía donde iba. Y que no veía nada mas.

—Luego recurrimos a otros brujos y nada —recuerda Fabiana, y menciona, además, que en esos primeros días alguien llamó a su casa para avisar que lo tenía la Policía. Los atendió Jorge y le dijeron que seguramente estaba en Coordinación Federal, que era donde llevaban a muchos de los detenidos.

Hay quienes dicen que el encargado de un edificio vecino vio algo. Se habló de una redada en una confitería de Palermo.

Jorge Almeida hace memoria por videollamada un sábado de febrero, en pleno invierno boreal, desde Alicante, el sur de España, donde se exilió en 1978 agobiado por la desaparición de su hermano. Hoy tiene 70 años, dos hijos catalanes, una nieta, el pelo largo estilo rocker y la voz ronca como su madre. Recuerda la infancia compartida con su hermano en las calles del barrio de Parque Chacabuco, las peleas callejeras con las otras bandas de jóvenes, los partidos de fútbol. Recuerda cómo celaban a su hermana menor y las andanzas, ya adolescentes, cuando iban a la cancha a ver a Racing. Recuerda los días felices. Aquellos en los que nada ni nadie podía detenerlos.  

—Yo no estaba en casa aquella noche, vivía con mi viejo. No sabíamos nada. No éramos conscientes de la represión que había. Nos asustamos, pero nunca imaginamos lo que realmente estaba pasando. No pensábamos que estaba desaparecido. Empezamos a averiguar, a tirar de nuestra familia, que eran todos militares. 

Dice que el llamado telefónico era de una persona que decía ser amigo de Alejandro. Lo convocaba a una reunión en un bar céntrico. 

—Así que fuimos con uno de mis tíos, milico. En el bar apareció un chaval joven que nos dijo que Alejandro estaba de-sa-pa-re-ci-do. Que lo tenían los militares. Que teníamos que empezar a buscarlo. Que no sé qué. Y ahí se nos cayó todo.

—Él me contaba de su militancia —reconoce Fabiana.

—¿Y tu mamá no sabía nada? 

—Algo sabía, porque había discusiones en la mesa durante los almuerzos de los domingos. Alejandro hablaba de política, contaba que iba a un barrio a alfabetizar… Todo antes de que se metiera en el ERP, que fue poco antes de desaparecer. Estaba muy contento porque lo habían ascendido. 

La bandera con los rostros de los 30 mil desaparecidos, el emblema de cada marcha por el El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el 24 de marzo.

Se dice que Alejandro, si bien sabía manipular armas porque sus tíos militares le enseñaron a usarlas de niño, no participó de la lucha armada. Era miope de un ojo y la función que tenía dentro de la organización era la de llevar y traer correspondencia, el “correo”. Fabiana sospecha que pudo haber sacado cartografía del Instituto Geográfico Militar para enviar a Tucumán, donde se ocultaba y operaba el ERP. Y que alguien pudo haberlo visto y denunciado. No hay certezas, solo dudas y sospechas. 

—Alejandro tenía la pastilla de cianuro en el bolsillo. Siempre me la mostraba el pelotudo. Qué pendejada.

Los militantes tenían por regla tácita que, si eran capturados, debían tomar esa pastilla, brindada por la propia organización para evitar los interrogatorios, las torturas, las potenciales delaciones.

—De su militancia última se ve que se los llevaron a todos, porque no quedó nadie. Nadie se acercó después. En cambio, de los otros compañeros, del grupo de amigos que militaban en otro lugar, no desapareció ninguno. Ellos le advirtieron, una semana antes, que la cosa estaba jodida, que se cuide. 

Carlos “Kale” Ramírez evoca a su amigo Alejandro desde España, donde se exilió durante la dictadura. Se conocían desde la infancia, cuando jugaban al fútbol en las calles del barrio donde crecieron, en Parque Chacabuco.

—A Alejandro lo recuerdo con mucho cariño, con rabia y con ilusión. Se la jugó, como muchos otros, con cierta inocencia. Lo vi una semana antes de su desaparición y le dije: “Ya mismo borrate”. Me contó que lo mandaban a Santa Fe, pero no llegó a tiempo. Y una noche lo secuestraron. 

Pascual Spinelli es una de las personas que estuvo más cerca de Taty en los últimos años. Es el editor —y quien la convenció de dar a conocer los poemas de Alejandro— del libro Alejandro, por siempre… amor (Editorial Baobab) que se publicó en 2008 y se reeditó en 2025, a 50 años de su desaparición. Es quien acompañó a Taty a presentarlo. 

—Así que lo que ella tiene es esto: “Mamá, voy a hacer tal cosa y vuelvo”. Y ya está. Eso es muy fuerte, muy trágico —opina Spinelli por teléfono, una tarde de sábado de abril—. Él trabajaba en el Instituto Geográfico, a cargo de Santiago Omar Riveros, un genocida de aquellos. Los tipos tenían una red de inteligencia y de infiltración muy profunda. A veces pienso que fue una vendetta de su familia militar, Taty creía que ellos la iban a ayudar. Pero la línea ideológica era tan profunda que no respetaba ni siquiera los vínculos familiares. 

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Taty Almeida nació el 28 de junio de 1930 en Buenos Aires. No vino al mundo ni como Taty ni como Almeida, sino bajo el nombre de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga. Su padre, Carlos Vidal Miy, era un oficial de caballería oriundo de la provincia de Mendoza. Su madre, Alicia Uranga, un ama de casa de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. 

Tuvieron cuatro hijos en total, tres mujeres y un varón. Primero llegó Alicia, luego Taty, más tarde Carlos y por último Marta. Taty cursó hasta quinto grado de la escuela primaria en Buenos Aires. Luego, a su padre lo trasladaron a la provincia de Mendoza, donde ella solía jugar con una niña que era la hija de unos amigos de sus padres a la que le decían Taty. Una de sus hermanas comenzó a decirle así a ella también. Tanto insistió con aquel sobrenombre que le quedó para siempre. 

Al terminar la primaria volvieron a Buenos Aires y cursó hasta tercer año de la escuela secundaria en el Normal 10, ubicado en el barrio de Belgrano, donde vivían por esa época. En cuarto año se cambió al Normal número 7, en el barrio de Almagro, donde se recibiría de maestra. Las vacaciones de verano las pasaban usualmente en Entre Ríos. Allí, Taty solía ir a los bailes en el Club Estudiantes, el lugar donde las jóvenes de la elite local iban a conocer a los cadetes de la escuela militar. 

Cuando terminó el secundario entró al magisterio y se recibió de docente. Poco después, a los 23 años, se casó con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Con el nacimiento del primero, y tal como indicaban los mandatos de época, dejó la docencia y se dedicó de lleno a criar a sus hijos. A los 40 años se divorció y no se le conoció ninguna otra pareja. 

Su hermano Carlos, emulando al padre, siguió la carrera militar y llegaría al grado de coronel. Sus hermanas, Alicia y Marta, contrajeron matrimonio con oficiales del Ejército. Los Miy Uranga, una clásica familia conservadora, de alta alcurnia. 

No reniega de su vida de mujer acomodada, ni de su familia. Pero al hablar de Alejandro sus ojos se empequeñecen, la mirada se pierde. Sus arrugas de mujer centenaria parecen agrietarse aún más. 

—Siempre digo y pido a Dios no irme sin poder tocar los huesos de Alejandro —me dijo Taty el martes 19 de mayo, la última vez que la visité en su casa. 

Aquella mañana otoñal y fresca la noté cansada. Comentó que tenía frío y que no había dormido bien. Pero, como siempre, estuvo dispuesta a la charla. A ser fotografiada, a compartir las actividades de su agenda infinita. Estaba maquillada, peinada, llevaba unos aros dorados y un suéter verde con cuello alto. Tenía una manta tejida de color marrón sobre el regazo y el pañuelo blanco bordado con el nombre de su hijo a un lado. Charo, una de las cuidadoras, preparaba costillas de cerdo con puré para el almuerzo. 

—Tenés esperanza de que van a encontrar los restos de Alejandro? 

—Sí, por los antropólogos forenses, que han encontrado tanto. Porque están encontrando incluso del año 75. No pierdo la esperanza. Estamos en contacto. Además, siempre les hago acordar el detalle del dedo. 

Cuando era chico, Alejandro tuvo un accidente doméstico. Estaba saltando sobre la cama y se le atascó el dedo anular de la mano izquierda. Taty se lo envolvió y salieron corriendo al hospital. Finalmente, dice, perdió una partecita de ese dedo. 

—¿Y qué harías en caso de encontrarlos? 

—Incinerarlos no, porque es como volverlo a desaparecer. Los chicos quieren enterrarlo en un campo familiar en Salta, donde también está enterrado Jorge, mi ex, su papá. 

Aquella mañana, Taty me contó que conservaba algunas pertenencias de Alejandro. Un traje de baño, una camisa, apuntes de la facultad. 

—¿Y las mirás cada tanto?

—No. Está todo bien guardado.

Taty Almeida durante una de las tantas presentaciones del libro de poemas de su hijo Alejandro, quien permance desaparecido desde el 17 de junio de 1975.
Taty Almeida ofrenda flores al Río de la Plata durante la ceremonia en la que se arrojaron las cenizas de las Madres de Plaza de Mayo Vera Jarach y Enriqueta Maroni en el Parque de la Memoria de Buenos Aires. Maroni y Jarach fallecieron en el año 2025.

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Había pasado un año del golpe y faltaba uno para el Mundial de 1978. La única respuesta que recibían las Madres que buscaban a sus hijos las culpabilizaba a ellas. Por no atender a lo que hacían. Con quién estaban y dónde dormían. Por sus lecturas y sus compañías. Y los culpaban a ellos, a sus hijos, por subversivos. Nunca nadie les daba una respuesta sobre sus paraderos. 

El sábado 30 de abril de 1977, hartas de reunirse en iglesias, tocar puertas en comisarías y ministerios, cansadas de no recibir respuestas sobre sus hijos, un grupo de madres de desaparecidos resolvió juntarse por la tarde en la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, desafiando así la prohibición del derecho de reunión promulgada por la Junta Militar. Quizá, pensaron, de esa manera llamarían la atención de la gente de a pie y del presidente de facto, Jorge Rafael Videla. 

“Circulen, circulen”, ordenaban los oficiales de policía a aquel puñado de mujeres, catorce para ser exactos. Azucena Villaflor, una de ellas, les pidió al resto que se pusieran en fila y se tomaran de los brazos para dar la impresión de que eran mayor cantidad. Y así comenzaron a caminar, a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo. Aún no llevaban puesto el emblemático pañuelo blanco. 

Mientras, Taty Almeida recurría una y otra vez a sus conocidos en el entorno militar. Estaba segura de que ellos, ahora en el poder, le darían una mano para encontrar a su hijo. Iba a preguntar por él a sus conocidos militares, acompañada por Carlos, uno de sus cuñados, oficial del Ejército. A muchos de los jerarcas los conocía personalmente, como a Albano Harguindeguy, jefe de policía en 1975 y ministro del Interior a partir del golpe de 1976, quien había sido oficial de su padre.

Taty recuerda con claridad todos y cada uno de esos encuentros. Por ejemplo, con Harguindeguy, el autor de una frase emblemática de la dictadura: “Los Argentinos somos derechos y humanos”.  

—Le digo: “Mirá, Harguindeguy, uno de mis chicos hace tiempo que no viene a casa, no sé nada de él. ¿Ustedes pueden hacer algo?”. Y me contesta: “Señora, no podemos hacer nada. Los culpables son los peronistas”. Y yo, gorila por supuesto, decía, claro, ¡Son los peronistas!

También recurrió a Ramón Camps, a quien conocía de los bailes de su adolescencia durante las vacaciones en Paraná, Entre Ríos. Camps fue uno de los más feroces represores que tuvo la dictadura argentina. Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1977, luego pasó a la jefatura de la Policía Federal hasta 1979 y, según Fabiana, le “arrastraba el ala” a Taty en aquellos bailes juveniles de Paraná. 

Taty no lo desmiente. Recuerda que lo llamó, que le dijo que necesitaba hablar con él, pero que no pensaba ir hasta la La Plata, la capital de la Provincia de Buenos Aires ubicada a sesenta kilómetros, donde estaba la jefatura de la Policía provincial. Camps respondió que iría a su casa. 

—Llegaron armados y cortaron toda la cuadra —dice Taty—. Subió solo y cuando entró le dijo a Jorge, mi hijo: “Pibe, yo podría haber sido tu padre”. ¡Pero haceme el favor!, le dije. Él era el jefe de policía ¡Pero a mí me importaba un carajo! 

Jorge Almeida se acuerda de aquel episodio. Ocurrió unos tres meses después del golpe de Estado, alrededor de un año después de la desaparición de Alejandro. Él vivía con su padre, pero aquel día estaba en casa de Taty.

—Yo ni sabía quién era, pero mamá lo llamaba “Chicho”. Camps nos dijo: “Mirá, tu hermano ha desaparecido, pero lo tienen ellos. Le habrán dado una orden y no la cumplió”. 

Jorge estaba sentado en la cama de Alejandro, junto a Taty. En el sofá, Camps tomaba el té sobre una mesita pequeña, dispuesta para la ocasión y preguntaba insistentemente por los amigos de Alejandro. 

—Nos pidió la agenda telefónica, pero no se la di. Toqué a mi vieja con la rodilla y no dije nada. Yo creo que el tipo no apretó tanto porque la quería mucho. Cuando se fue, le dije a mamá: “Son estos”. Ahí me di cuenta de que eran estos hijos de puta.

Aun así, Taty no podía ver con claridad y seguía insistiendo entre sus familiares y conocidos del ámbito militar. Entretanto, la situación de los desaparecidos era un secreto a voces. El reclamo de las Madres que ya se habían instalado todos los jueves en la Plaza de Mayo crecía y cada semana se sumaban algunas más. Durante el Mundial 78 aprovecharon la llegada de corresponsales extranjeros para difundir la situación, mientras Videla decía: “Frente al desaparecido no se puede hacer ninguna observación. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, declaró tiempo después, durante una conferencia de prensa en septiembre de 1979 en vísperas de la visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias contra el régimen militar. 

Ese mismo año, Taty hizo la fila, igual que otras 150 Madres, en la sede de la CIDH sobre la Avenida de Mayo para denunciar la desaparición de Alejandro. El informe estableció que “…por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron numerosas y graves violaciones a los Derechos Humanos”.

Por sus vínculos de corte militar, le costaba acercarse a las Madres. Hacia fines de la dictadura y principios de la democracia, viajó a España en diversas ocasiones a visitar a Jorge. En charlas con él pudo entender lo que estaba ocurriendo. Luego Caco, el compañero de Fabiana en aquellos tiempos, quien había sido militante, le comentó de las rondas que hacían las Madres de Plaza de Mayo todos los jueves. Se ofreció, e insistió, para acompañarla. Y allá fueron, él, Fabiana y Taty, un jueves del año 1984. 

—Yo la acompañaba, pero ella no se animaba a acercarse. Solo observaba —dice Fabiana—. Pero una vez se puso a charlar con alguien y después de aquel día me dijo: “Quiero ir a la Casa de las Madres porque me interesa estar ahí”. 

No recuerda la fecha exacta, pero cree que fue entre los años 85 u 86 cuando entraron por primera vez a la antigua sede ubicada en la calle Uruguay al 600. 

—Cuando entramos veo foto, foto, foto —cuenta Taty en referencia a las imágenes de los desaparecidos que colgaban de las paredes—. Ahí pensé, no soy la única. Me atendió la dama digna, con mayúsculas, María Adela Gard de Antokoletz, que buscaba a Daniel, su hijo, abogado. Y lo único que me preguntó, que era lo único que se preguntaba a una Madre que se acercaba por primera vez, fue: “¿Quién te falta a vos?”. No importaba la política, la religión, nada. Y ahí hice mi catarsis. Conté, lloré. Le dije: “¡María Adela, que estúpida que he sido!”. A partir de ahí es lo mejor que pude hacer. Hablar el mismo idioma de las Madres. 

Tiempo después, aquellas Madres dejarían de hablar el mismo idioma entre ellas. 

Taty Almeida sopla las velas durante el festejo de su cumpleaños 93 en Foetra, el Sindicato de Telecomunicaciones. Junto a su hija Fabiana, sus nietos y bisnietos, en el año 2023.

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Se habían constituido como Asociación el 22 de agosto de 1979 en La Plata y los cargos se eligieron por votación: Hebe de Bonafini resultó electa presidenta, Antokoletz vicepresidenta y Nora Cortiñas protesorera. 

Los matices iniciales pasaron a ser grandes diferencias con el correr de los años y la división, que llegó en 1986, fue inevitable. Un grupo, liderado por la enérgica Bonafini, se quedó con el sello de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El otro, en el que estaban Taty, Nora Cortiñas, Vera Jarach, Enriqueta Maroni, Maria Adela Gard de Antokoletz, Marta Vásquez, Laura Conte y tantas otras, pasó a denominarse Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, porque entre ellas estaban las primeras 14 que dieron la vuelta a la plaza aquel 30 de abril de 1977. Faltaba una de las primeras, Azucena Villaflor, desaparecida en diciembre de ese mismo año. 

A diferencia de las Fundadoras, la Asociación liderada por Bonafini no aceptaba la reparación económica, es decir, las indemnizaciones estatales por la desaparición forzada de sus hijos. También se oponían a la exhumación para reconocer los restos de los desaparecidos, y mantenían firme la consigna de “Aparición con vida”. A su vez, eran más confrontativas con el gobierno de turno. Fueron críticas del Juicio a las Juntas Militares que impulsó ya en democracia el presidente Raúl Alfonsín porque creían que juzgar solo a las cúpulas militares y dejar afuera a los subalternos y cómplices civiles era insuficiente. Asimismo, aseguraban que ese juicio abonaba a la Teoría de los Dos Demonios, que ponía en igualdad de condiciones la represión estatal con la de las organizaciones armadas, una idea apoyada en el primer prólogo —escrito por Ernesto Sabato— del libro Nunca Más en 1984. El libro es el resultado del informe de la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que se formó para reunir pruebas sobre el destino de los desaparecidos. En 2006, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, se le agregó un nuevo prólogo en el que se cuestionaba aquella teoría, poniendo de manifiesto la asimetría de poder entre el Estado y las organzaciones armadas.

Bonafini tenía un estilo de conducción verticalista, mientras las Fundadoras eran más dialoguistas, buscaban consensos y siempre sostuvieron la idea de que sus hijos debían inscribirse en la historia con sus nombres y no como NN. 

Algunas Madres, incluida Taty, se explayaron sobre la división y la conflictiva relación con Bonafini en Las Viejas (Editorial Marea, 2014), de Virginia y Ana Giannoni.

Nora Cortiñas recordaba en esa misma publicación: “La vez que íbamos a hacer las primeras elecciones (luego de las del 78), habíamos formado dos listas porque hubo una separación, pero no porque nos echara Hebe: nosotras llegamos con la crisis total a un momento en que no se podía seguir ni un día más. Y cuando se propusieron las elecciones fue todo muy sucio, muy feo, y decidimos que habíamos perdido, y nos fuimos, porque ahí no podía haber dos líneas, de ninguna manera”. 

Mónica Hassenberg es fotógrafa y hace más de 40 años que documenta a las Madres de Plaza de Mayo. Al principio registraba a ambos grupos, años después quedaría muy cerca de las Fundadoras. Dice que el conflicto venía arrastrándose desde un tiempo atrás, y que hay ciertas cosas que ellas no van a contar nunca, porque se trata de una decisión política.

—Era imposible que alguna de las Madres de Línea Fundadora no se opusiera a esta voluntad de Hebe de decidir absolutamente todo. Esto sin desmerecer lo que significó política y estratégicamente, porque era alguien que decía lo que queríamos decir todos sin tener miedo. Las Madres Línea Fundadora nunca han sido tan directas, pero ideológicamente han mostrado coherencia. Tenían una mayor profundidad en entender la política, mientras que las que se quedaron con Hebe aceptaban lo que ella decía. 

En “La Madre de la desmesura”, un perfil sobre Bonafini de Cintia Kemelmajer y Diego Fernández Romeral publicado en Gatopardo en marzo de 2019, Hebe se refirió también a la división y los temas que las llevaron a romper. “Un día vino a la Asociación un grupo de Madres con un escribano, a decirme que no estaban bien las cosas. “No te queremos traicionar”, me decían. Y yo les dije “no, a mí no me van a traicionar, están traicionando a sus hijos”. Tendrían que preguntarles a ellas por lo que hicieron, no a mí. Ellas hicieron varios libros hablando mal de mí, diciendo que soy una dictadora y una mandona. Cuando me lo preguntan digo que sí, que no mienten, soy dictadora y mandona”. Y sobre las indemnizaciones fue lapidaria: “La que cobra la reparación económica se prostituye, está vendiendo la sangre de los hijos, fue así y es así. No queremos saber quiénes son los asesinados, sino quiénes son los asesinos. 

Taty, a su vez, fue tajante en Las Viejas al dejar en claro la postura de la Línea Fundadora. Señaló que fue la OEA quien resolvió que el Estado era el responsable de la desaparición. “Ellos recomiendan, no obligan, que se pague un resarcimiento al desaparecido (...). Pero nadie dijo: ‘Cobran el resarcimiento, se callan la boca y no siguen’; si no, te imaginás que nadie lo hubiera aceptado (…). No por eso vendimos la sangre de nuestros hijos, como decía Bonafini, que realmente enfermó a muchas madres pobrecitas con la culpa”. 

En el mismo libro Vera Jarach amplió: “Me acuerdo el tema de las tumbas, cuando dijo: ‘No quiero huesos’. Fue una cosa que nos chocó, a mí me chocó muchísimo, porque nosotras queríamos saber (…). Así que justicia no. Homenaje no. Identificación de los huesos e identidad, no. Nosotros es al revés, identificación de los huesos sí, porque vos debés saber y tener los restos y poder hacer un luto y tener una tumba (…)”.

Hebe de Bonafini falleció en 2024. Más allá de las diferencias, metodologías de lucha y formas de ver el mundo, es un ícono. 

Taty se incomoda al hablar de ella. Sin embargo, muy seria, al borde del enojo, reflota una antigua disputa.  

—Me acuerdo que cuando empezaron a salir los ex detenidos, sobrevivientes de los centros de detención clandestinos y fueron a la plaza, Hebe les dijo: “¡Ja, por algo será que están vivos”. Era imposible, imposible. 

—La muerte a veces te reconcilia. ¿No le reconocés nada? 

—No. Ni yo ni ninguna —se ofusca—. Porque hay muchas cosas feas que nunca hemos comentado ni lo voy a hacer… ¿Sabés cómo es la historia del pañuelo?

El pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es un emblema que nació de la necesidad de identificarse colectivamente. Todos los años, en Argentina, se realiza una procesión religiosa en Homenaje a la Virgen de Luján. Es una caminata de setenta kilómetros desde la capital hasta la Catedral de Luján. Allí fue un grupo de Madres en octubre del 77 con la intención de abordar a la cúpula de la Iglesia. Pero se preguntaban cómo iban a hacer para reconocerse entre la multitud. A una de ellas se le ocurrió la idea de cubrir sus cabezas con un pañal, y los pañales devinieron en pañuelos.

—Toda la vida, cuando íbamos a la ronda, llegaba a la plaza, me ponía el pañuelo y decía: “Ahora sí, ahora soy una madre”, solía repetir Taty. 

Cuando se separaron, las Fundadoras se quedaron sin sede. Adolfo Pérez Esquivel -activista por los Derechos Humanos, ganador del premio Nobel de la Paz en 1980 por su resistencia no violenta frente a las dictaduras latinoamericanas- les ofreció un lugar en el Serpaj (Servicio de Paz y Justicia), que usaron durante muchos años hasta conseguir el propio. 

Taty encabezó esa búsqueda y trabajó codo a codo con la comisión Pro-Casa, un grupo de apoyo para adquirir la sede. Se acercaba la fecha por los 25 años del golpe de Estado, y se organizaron varios eventos para recaudar fondos. Pero hubo uno que se destacó por su masividad: fue el festival en el estadio del club Ferrocarril Oeste del 23 de septiembre de 2001 en el que tocaron Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Jaime Roos y León Gieco, entre otros. Las entradas se agotaron. Se vendieron 30 000. 

Finalmente, consiguieron un departamento en la calle Piedras 153, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, que mantienen hasta hoy. 

—La que se cargó al hombro el objetivo de que Madres tuviera una casa fue Taty. Esos impulsos vitales muy power siempre fueron de Taty —señala Paula Maroni, nieta de la Madre de Plaza de Mayo Enriqueta Maroni, quien tiene a su padre Juan Patricio Maroni, y a dos de sus tíos desaparecidos. 

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Carlos “Maco” Somigliana es integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una ONG formada en el año 1984 con el objetivo de trabajar en la búsqueda, recuperación, identificación y restitución de los restos de personas desaparecidas. Es el atardecer de un viernes de fines de mayo en Buenos Aires. El ritmo frenético del centro porteño sobre la Avenida de Mayo y a pocas cuadras de la Casa de Gobierno va menguando, cuando este hombre alto y de voz gruesa me recibe en una luminosa oficina del área de Derechos Humanos del Ministerio Público Fiscal. Conoce a Taty desde hace tantos años que ya no recuerda cuántos.

—Taty supo ser fiel a su desgracia, asumió la desgracia como desgracia, una terrible desgracia. Taty es la última de las mohicanas, una referencia ineludible, un mojón, un ícono. No creo que particularmente le interese serlo o lo disfrute, pero lo hace.

—¿Y cuándo te pregunta por Alejandro qué le decís?

—Tengo la misma respuesta para todos en esto. Porque si esbozara una teoría de la probabilidad en un caso en particular, sería un chanta. Entonces le digo a todo el mundo que no depende de mí, pero que la posibilidad siempre está. 

Somigliana trabaja en la Justicia desde los años convulsionados y fundacionales de la democracia argentina. A pesar de que no es antropólogo, sino abogado, integra el prestigioso equipo desde el principio y habla de los procesos de identificación con la misma solvencia que si lo fuera. Un proceso que puso al EAAF a la vanguardia del mundo. 

Según la página web del EAAF, hasta marzo de 2026 el organismo registra 1681 personas desaparecidas encontradas. Además, hay 804 personas desaparecidas encontradas, aún sin identificar, y sus restos permanecen en resguardo del EAAF. Los datos corresponden a hallazgos en Argentina, Uruguay y Paraguay.

Si bien las desapariciones habían comenzado en 1973, la gran mayoría de estos casos pertenece a personas desaparecidas durante la dictadura militar —1976 a 1983—. El caso de Alejandro Almeida, que está desaparecido desde junio de 1975, corresponde a un período en el que resulta más compleja la tarea de identificar y/o encontrar estos restos. Es uno de los inconvenientes que tiene la identificación de personas secuestradas antes del 24 de marzo del 76: no estaba tan extendida la posibilidad de tenerlas detenidas durante mucho tiempo.

—Cuando vos tenés un aparato represivo consolidado como después del 24 de marzo, tenés también líneas mucho más consolidadas —precisa Maco—. Porque tenés más casos, más identificados, más establecidos cuáles son los núcleos represivos. Identificar siempre es una tarea complicada. Y si tardó mucho tiempo, más complicada. Nosotros investigamos el año 75 y algunos se pudieron identificar. Pero no está incluido el de Alejandro, del que tenemos la muestra de Taty. También tenemos su huella digital, pero no apareció nadie hasta el momento con esa huella. 

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Además de vital e irreverente, brava y jocosa, Taty poseía el don natural de comunicadora. Con el correr de los años, su figura fue creciendo al calor de las marchas, los viajes, la multiplicidad de actividades. En los años noventa se volvió una de las caras más visibles y frontales de las Madres, junto a Nora Cortiñas, fallecida en 2024. Su llegada a los más jóvenes, su insistencia, acrecentaron su exposición pública. 

En Madres nunca tuvieron una persona que se encargara de la comunicación porque Taty nunca quiso ceder ese rol. Daba entrevistas, compartía información por WhatsApp, llamaba a quien hubiese que llamar. En su entorno reconocen que ese poder de convicción lo usaba también para dar una mano, y hasta para conseguir un trabajo a quien se lo pidiera o necesitara. 

Paula Maroni fue parte fundacional de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), una organización de Derechos Humanos formada por los hijos de los desaparecidos. Y ahora es la directora de la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza, la sede de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora en la ex-ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde funcionó un centro clandestino de detención. Cuenta que en sus tiempos dentro de H.I.J.O.S armó “Proyecto 30”, que consistía en talleres de salud, arte, danza, joyería, teatro. Empezó en la Villa 31 y luego se extendió a los institutos de menores de la Ciudad de Buenos Aires. Dice que le costaba mucho que las Madres se apropiaran de ese proyecto, y fue Taty, una vez más, quien le dio impulso.  

—Venía conmigo a todos lados, se cargaba la prensa al hombro. Había una agrupación de pibes que se llamaba GARRA, que hacían política a través del arte. Nacieron al lado de Madres, pero sobre todo de la mano de Taty. Porque la que les daba ese lugar era Taty, ninguna otra Madre.

Charly Pisoni lleva a Taty y a Estela de Carlotto tatuadas en su brazo izquierdo. Es miembro de la agrupación H.I.J.O.S., nieto de la Madre de Plaza de Mayo Aurora Bellocchio. Su madre Irene Inés Bellocchio, y su padre Rolando Víctor Pisoni, están desaparecidos. Conoció a Taty en los años noventa, durante la vigencia de las leyes de impunidad en favor de los genocidas, en tiempos de los “escraches”, manifestaciones en las que los militantes de H.I.J.O.S se movilizaban a los domicilios donde vivían ex militares y civiles que participaron en la represión clandestina y el robo de bebés en dictadura. Escrachar, en la jerga argentina, significa denunciar o exponer públicamente a una persona. En aquellos primeros tiempos de la agrupación, los jóvenes militantes, herederos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se reunían frente a la casa de los represores bajo la consigna “Si no hay justicia, hay escrache”. Señalaban y dejaban en claro a sus vecinos quién, o qué clase de persona, era la que vivía allí. Cantaban y marcaban el lugar con pintura roja. Taty Almeida fue una de las Madres que más los acompañó en aquellas acciones. 

Pisoni fue, también, el conductor de Qué me Contás, el programa de radio que hicieron con Taty, junto a Paula Maroni los sábados al mediodía en AM 750, al que fue hasta un mes antes de su muerte. Allí, Taty, si bien no tenía el papel de productora, descollaba como tal. Un llamado de ella bastaba para convencer a los invitados. Además, despuntaba su papel de entrevistadora, haciendo uso de su desparpajo, carisma y desfachatez. Entre otros, pasaron Charly García y Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, a quien le hizo mucha gracia cuando fue al programa y Taty se apareció lookeada con una campera de cuero negra con tachas. 

Un lunes de marzo de 2025, en una oficina desangelada de un organismo público donde trabaja en el centro porteño, Pisoni, a quien Taty quería como a un hijo, reivindicaba su militancia, aquella que ejerció hasta el día de su muerte.

—Creo que Taty hoy sigue viva porque tiene la capacidad de querer seguir haciendo cosas. Todo el tiempo está generando acciones políticas y ese es el motorcito de su vida. Desde que se levanta hasta que se acuesta está pensando en cómo lograr sus objetivos políticos. 

Miriam Lewin es periodista. Ex detenida-desaparecida, estuvo secuestrada en la ESMA y es una activa militante por los derechos humanos. Conoce a Taty de la militancia, pero también participó con ella de un programa en Radio Nacional, conducido por Roberto Caballero, quien la apodó “La Madre con patines”, por su incansable ir y venir. Es coautora, junto al fotógrafo italiano Gianfranco Ceraudo, del libro Sky-Van, Aviones, pilotos y archivos secretos (Ed Sudamericana, 2017), una investigación sobre los vuelos de la muerte, una serie de operaciones en las que las personas secuestradas por el aparato represivo eran arrojadas vivas al mar. Lewin y Ceraudo descubrieron el Sky Van —uno de los aviones utilizado en aquellas operaciones— en Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos, luego de una larga investigación. Asegura que Taty fue una de las primeras en apoyarlos desde que empezaron a buscar el avión y que, además, tuvo un rol fundamental y decisivo a la hora de repatriarlo. Cuando en diciembre de 2019 Alberto Fernández asumió la presidencia, Taty fue a hablar con él, pero en marzo llegó la pandemia y todo se enfrió. Unos meses después, con el Covid en baja, volvió a insistir. El presidente le indicó que hablara con Sergio Massa, su ministro de Economía. 

—Mientras están charlando con Massa, Taty nota que mira el teléfono sin parar, y piensa: ‘Qué maleducado este muchacho, no para de mirar el celular’ —recuerda Lewin durante una tarde tórrida de febrero de 2026 en un bar coqueto de la zona de Villa Crespo, en Buenos Aires—. Pero en realidad, Massa estaba haciendo cuentas. Y le dijo: ‘Lo vamos a traer’. Yo estuve con Taty cuando el avión aterrizó. Nos abrazamos y lloramos.

El Sky Van llegó a la Argentina el sábado 24 de junio de 2023. 

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—Mis nietos siempre dicen que van a pasar la gorra porque cuando voy algún lado se me vienen todos encima, me piden fotos —solía bromear Taty acerca de ellos. 

Tuvo seis nietos, tres en Argentina, mellizos en España, y uno en Italia. Además, solía contar, orgullosa, que le dieron cuatro bisnietos. 

—Eso es lo lindo. Que los disfruto. Son re-pegotes conmigo. Me dicen: “Taty, vos estás recogiendo lo que sembraste. Porque siempre fuiste una abuela presente”. Y es verdad, yo podía tener la marcha más importante, pero si alguno de los chicos decía algún versito en el colegio, chau, llegaba tarde a la marcha, pero yo estaba con ellos. Lo hice con mis hijos, con mis nietos y ahora con mis bisnietos.

—Se desenvuelve en el mundo como si todo le perteneciera, en el buen sentido. No hay frenos para ella. Es rápida, tiene mucha memoria, mucha labia —dice Alejandro, su nieto mayor, en enero de 2026 en el patio de su casa, que es también un centro cultural en la zona de la Plaza Irlanda, en Buenos Aires. Alejandro lleva el nombre de su tío desaparecido, tiene tatuado el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y el Diez de Maradona en el brazo derecho—. Para mí Taty es muchas Tatys. Por un lado era la abuela que nos llevaba de acá para allá, que nos generaba todos los planes. Ese impulso que hoy le ves en la militancia también lo tiene para lo cotidiano. Y después, la abuela Madre, la abuela personaje público. Uno fue descubriendo con el tiempo la magnitud de lo que ella representa. 

Es un sábado de marzo por la tarde en Italia y en la ciudad de Torino hay mucho viento. Manuel Almeida, hermano de Alejandro, se fue de Argentina a fines de 2025, harto de las políticas de extrema derecha del gobierno de Javier Milei. Ahora, mientras camina por las calles de su nuevo hogar, evoca a su abuela con ternura. 

—Es una re-abuela y ha ejercido su rol con muchísima conciencia. Estaba en todos los actos escolares, venía a leer cuentos al aula. En una época hizo un curso de manualidades y nos decoraba los cumpleaños con figuras de cartulina. De las Tortugas Ninjas, de los Piratas. A mí me gustaba Miguel Ángel y me hizo uno enorme para poner en la entrada. Y la torta, toda decorada. Cuando nosotros éramos chicos era la que nos llevaba a los museos, a las plazas. Siempre muy conectada con lo que pasa, con la cultura como parte de su vida. Es fuerte ser su nieto, uno tiene que poder administrar eso, ver cómo manejar ese legado. 

Es media mañana de un jueves de abril cuando Estela de Carlotto finalmente accede a una entrevista telefónica. Viene de semanas ajetreadas, luego de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado. Está cansada. Tiene 95 años y una gigantesca historia de lucha en la búsqueda de los nietos, hijos de los desaparecidos. Ella encontró al suyo, Ignacio Montoya Carlotto, hijo de su hija Laura -quien quiso llamarlo Guido- desaparecida y asesinada en noviembre del 77. Sigue al frente de las Abuelas de Plaza de Mayo, de la que es presidenta desde 1989. Aún les quedan por encontrar más de trescientos nietos. 

—Tenemos una relación de hermanas, en una lucha que no imaginamos durante nuestra juventud. Es una mujer muy agradable, muy sabia, muy compañera, muy activa y luchadora. Nuestra lucha, la de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, es muy reconocida por la serenidad que tuvimos, por el trabajo que hicimos, en el que corrimos riesgos. Hemos sido perseguidas a muerte. Yo la aprecio mucho y sería absurdo que no tuviéramos diferencias de criterio. Todos tenemos formas y maneras, ella lo hace a la suya y hoy dirige una institución como las Madres. Seguramente habremos tenido discusiones, siempre hemos discutido entre nosotras, las Madres y las Abuelas. Con algunas más que con otras. Pero Taty siempre fue una mujer muy respetuosa, muy agradable y educada. Y si teníamos diferencias, las hablábamos. 

Taty Almeida despliega su pañuelo blanco en el living de su hogar, el mismo donde vivi ía1 años atrás, cuando se llevaron a Alejandro, que permanece desaparecido.

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—Hola Guido, ¿qué tal querido? Estoy internada en el Italiano. No me escribas, no me contestes, pasá directamente si querés y nos damos un beso. Chau. 

Eso decía el audio que recibí en la tarde del viernes 5 de junio de 2026, dos semanas después de haber visitado a Taty en su casa. Pasaron siete días más hasta que pude visitarla. Eran las 11 de la mañana de un viernes soleado, bastante frío. Cuando llegué a la habitación del hospital Italiano, donde permanecía internada, estaba dormida, así que no entré a verla. Me quedé en el pasillo hablando con su hijo Jorge —a quien solo conocía por videollamada— como si fuéramos viejos amigos. Jorge, exiliado en España desde 1978, había viajado para estar al lado de su madre. Me dijo que Taty estaba mejor, que probablemente la darían de alta el martes. Un día después circuló una foto de ella por WhatsApp. Estaba recostada en la cama del hospital, con el celular en la mano. Tenía buen semblante y una sonrisa franca. Fabiana, su hija, contó en un audio que estaba leyendo y respondiendo la catarata de mensajes recibidos. 

Sin saberlo, la había visto por última vez una mañana otoñal, el martes 19 de mayo, cuando la visité en su casa.

Taty Almeida falleció el domingo 14 de junio, tres días antes del 51° aniversario de la desaparición de Alejandro. A trece días de cumplir los 96 años, que planeaba festejar en el Sindicato de Trabajadores Telefónicos (FOETRA) como siempre.

—Yo iba a estar con ella y a recibir instrucciones. Tener sus instrucciones te alivia. Porque si no: ¿quién toma una decisión? Fue un gesto de amor de su parte, nos facilitó mucho-, recuerda Natalia Bermejo, que trabaja como archivista de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y fue una de las personas de máxima confianza de Taty. Durante su internación, la visitó asiduamente y juntas delinearon las actividades por venir, la playlist y los invitados de la fiesta. Planearon, simultáneamente, un cumpleaños y un funeral. 

—Tengo cosas medio místicas, teníamos una conexión por ahí. Conversaciones espirituales, diálogos de la vida y la muerte. Hablábamos del tema con naturalidad. Los últimos cinco años me venía diciendo lo que quería hacer para su velatorio. Mientras estaba internada le dije: “No te puedo organizar una fiesta de velatorio, no me voy a estar matando de risa. Pero si querés que cantemos, cantamos”. 

—¿Cómo tomaba el tema de la muerte: con naturalidad o con temor? 

—Esta vez era “que sea lo que Dios quiera”. Con ánimo y lucidez para planificar cosas, pero tampoco re-aferrada. Hace once años (durante otra internación), cuando estaba fea la cosa, me dijo directamente: “Vos que hablás con Dios: me quiero morir”. Esta vez no. Toda la vida tuvo este tema de no querer morirse sin encontrar los huesos de Alejandro. Ahora estaba con la idea de reencontrarse con él en otro plano.

El velatorio comenzó el lunes 15 de junio de 2026 a las 14 horas. Desde media mañana, fuera de la sede de FOETRA, en el barrio de Balvanera, la prensa esperaba la llegada de dirigentes políticos y artistas ligados a los derechos humanos. Tomaban imágenes y testimonios. La fila de gente llegaría a tener tres cuadras de largo. La calle estaba cortada y todos esperaban su turno para despedirla. En la entrada del sindicato, una pantalla gigante proyectaba imágenes de la vida de Taty con sus amigos, familiares y compañeros de militancia.

Adentro, apostado al fondo y en el centro de un salón amplio y austero, estaba ubicado el féretro, cerrado. Sobre la tapa había unos pins, el pañuelo blanco de las Madres y algunas banderas de organismos de derechos humanos. A un lado, un retrato suyo. La fotografía fue elegida por la familia y es una de las tantas que le tomé durante este último año, mientras la seguí de actividad en actividad. 

Poco antes de abrir el velatorio al público, su círculo íntimo se reunió alrededor del ataúd. Uno de sus nietos, Nacho, tomó la guitarra y entonó “Esa estrella era mi lujo”, una canción de los Redonditos de Ricota. El estribillo, que fue coreado a capela, dice así: “…Fue mi único héroe en este lío/ la más linda del amor/ que un tonto ha visto soñar/…”. 

Hubo gente circulando hasta medianoche y desde la mañana siguiente al mediodía. Pasaron miles de personas que gritaban, lloraban, y pocas flores: Taty había pedido que no llevaran coronas ni arreglos fúnebres, que donaran el equivalente para las Madres.

Poco después llegó Estela de Carlotto. Apesadumbrada, se abrió paso entre la prensa y el público, que la vivaba. Se detuvo a un lado del féretro junto a Buscarita Roa, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Inclinó su cabeza y observó por unos segundos el ataúd donde yacía su amiga. Miró la foto, apoyó sus manos sobre esa madera fría, que ya estaba cubierta de insignias y dejó la suya: un pañuelo de las Abuelas. Luego, Fabiana tomó el micrófono, de pie junto al féretro.

—Mamá cada tanto hablaba de su muerte. Que venía el cumpleaños, que después la muerte. (…) Pero a mí y a mi hermano no nos contó nada, porque ella no hablaba de esas cosas con nosotros. Dijo que quería que fuera en FOETRA, en esta casa, que era su casa. Que quería cajón cerrado, porque ustedes saben que era muy coqueta la vieja. Y que quería una hermosa foto de ella. Ayer elegimos ésta, que es de no hace tanto. Esta vejez que se ve en sus manos era ella. Ésta es ella. Esa cara de felicidad, de militancia y joda, como decía siempre. Esa cara de hay que seguir compañeras y compañeros. 

La foto es un primer plano de su rostro, cerrado, que hice en diciembre de 2025. Tiene el mentón apoyado en una mano, mira de frente a cámara.

El martes al mediodía el cielo estaba despejado y un sol radiante ayudaba a templar el fresco. Desde temprano en la mañana continuaron su procesión por el velatorio figuras públicas, políticos y ciudadanos. Afuera, centenares de personas y la prensa aguardaban la partida del cortejo. Su hijo Jorge, sus nietos Julián y Alejandro, Fernando, la pareja de Fabiana, el diputado Horacio Pietragalla —nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo— y Charly Pisoni, cargaron el féretro hasta el coche fúnebre y lo cubrieron con un pañuelo de H.I.J.O.S

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El 30 de enero de 2026 nada de todo eso había pasado y hacía un calor espantoso. Poco antes de ir a verla a su casa, Taty me envió una foto por WhatsApp. Llevaba un sombrero playero, de paja y ala ancha, que le había traído Pascual Spinelli de un viaje. Le encantaban los souvenirs. Si algún amigo se iba de viaje, casi que estaba obligado a traerle uno de esos llaveros que tienen impreso el nombre del país visitado. Por eso, al entrar a su casa, uno se topaba con una pared repleta de llaveros. Ese día me contó un sueño.

—Tengo unos sueños… Son sueños serios. Hace poco se acercaba la fecha de Alejandro, y vos sabés que fue tremendo. Soñé que una de las chicas me decía: “Taty, mirá. Ahí llegó un muchacho y se sentó en el sillón. Dice que es tu hijo”. “¿Qué?”, le preguntaba yo. “Sí, dice que es tu hijo”, me respondía. Entonces lo veo a Alejandro con sus rulos, canoso. Lo tenía ahí. Alejandro… Era un seductor. Él no sabía tocar la guitarra, pero hay una foto de él tocando, con unas chicas. Y entonces le pregunto: “¿Sos Alejandro?”.Y me dice: “Sí mamá, dame la mano”. Y yo le dije: “Alejandro, ¿qué ha pasado?”. 

El cura Ricardo "Ricky" Carrizo, integrante del Grupo de Curas en Opción por los Pobres oficia la misa de despedida durante el último adiós a Taty Almeida en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, el 15 de junio de 2026. Taty falleció el 14 de junio de 2026.
El último 17 de abril, la UBA (Universidad e Buenos Aires) le entrego el Doctorado Honoris Causa a Taty Almeida, que lo recibió con mucho orgullo y visiblemente emocionada.

 

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Taty Almeida marchando con la bandera de los desaparecidos detrás, el 24 de marzo de 2018. A su lado, su compañera, la Madre Laura Conte y Pablo Iglesias, fundador del Partido Podemos, de España. Todas las fotos son de Guido Piotrkowski.

La última de las Madres

La última de las Madres

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Tiempo de Lectura: 00 min

Taty Almeida, mítica Madre de Plaza de Mayo, falleció el 14 de junio de 2026 en Buenos Aires. Su hijo Alejandro, quien continúa desaparecido desde 1975, fue el motor de su militancia por los derechos humanos y quien abrió los ojos de esta mujer nacida en el seno de una familia militar. Incansable en el camino de la búsqueda de su hijo, tuvo que sobreponerse no solo a su desaparición, sino a los propios mandatos familiares hasta volverse un ícono.

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de

Ella toma el pañuelo blanco, lo estira sobre su regazo delicadamente, con sus manos largas y ajadas, que conservan una sólida belleza. Se lo coloca sobre la cabeza y lo anuda al cuello. Baja el parasol delantero del auto para mirarse en el espejito y con un movimiento fugaz se acomoda el pelo que asoma por delante. Bordado en azul, el pañuelo lleva el nombre de Alejandro Martín Almeida, desaparecido el 17 de junio de 1975. El hijo de Taty Almeida. La mujer del pañuelo.

Con pequeñas variaciones, esto es lo que ocurría cada vez que Taty Almeida, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, salía de su casa en el barrio de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires, rumbo a un acto. Una rutina, casi una ceremonia que desplegó hasta sus últimos días, como aquella tarde del 15 de mayo cuando fue a la Legislatura porteña, un mes antes de su muerte, a recibir un premio a su trayectoria por la lucha relacionada con los derechos humanos.

Alguien, que podía ser Fabiana, su hija; o Marcelo, militante y amigo; o Francisca, una de las cuidadoras, la ayudaba a bajar del auto y a sentarse en su silla de ruedas. En la vereda siempre había gente esperando, expectante. La aplaudían, le pedían fotos, se emocionaban, algunos hasta las lágrimas. Taty accedía a todos los pedidos, mientras sus acompañantes aguardaban con paciencia y permitían a todo el que se acercaba llevarse una instantánea con la Madre. Ella inclinaba su cabeza, la juntaba con el fotografiado y sonreía. A veces preguntaba su nombre. 

Muchos querían abrazarla. Las personas que la acompañaban advertían que fueran abrazos suaves, que no la apretaran. Taty estaba anticoagulada. A veces, cuando la tocaban de más, se enojaba, se quejaba de que le dolía, pero enseguida volvía a sonreír. Hay quienes se animaban a besarla, apoyando los labios suavemente sobre su cabeza. 

En La Casa de las Madres de Plaza de Mayo, en un colegio, una universidad o la Cámara de Diputados; en un sindicato, en Villa Fiorito —el barrio donde nació Maradona—, o en la Feria del Libro; sobre un escenario en la Plaza del Congreso, en la Marcha del Orgullo LGTQB+ o en la Plaza de Mayo, como cada 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia —en conmemoración del golpe de estado perpetrado en 1976, del cual se cumplieron 50 años en 2026—, en un acto que siempre cerraba ella al grito de “¡No nos han vencido!”. Sea donde fuere, al ingresar era ovacionada. Se abría paso entre la gente, saludaba, agradecía el cariño. Se movía con soltura frente a cámaras y grabadores. Acostumbrada a los flashes, se comportaba como una rock star. La Madre magnética que supo construir. 

“¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!”, coreaba la gente. “¡Taty te amoooo!”, gritaba alguien. Entonces, ella extendía sus brazos, sus manos abiertas, sus dedos largos. Agradecía el cariño con uno, dos, tres aplausos, y una leve reverencia. Entonces tomaba el micrófono y decía: “¡Buenas tardes a todos, todas y todes!”. Y abría sus ojos delineados, negros, enormes, hechizaba al público con esa gestualidad desbordante, con esa carcajada estrepitosa. 

Entonces recordaba a su hijo, Alejandro. Decía que lo habían desaparecido por “militante po-lí-ti-co”. Subrayaba que la dictadura había sido cívico-militar y “cleee-ri-caaal”. Aunque ella fuera católica. “Que le caiga el sayo a quien le caiga”. 

Taty decía que las Madres no eran viejas, que tenían años de juventud acumulada. Decía también que ya habían delegado el mando, ahora en manos de los jóvenes. Reivindicaba a sus compañeras, a las “locas”, de Plaza de Mayo, que daban vueltas en ese lugar icónico de la capital argentina, frente a la Casa de Gobierno, en plena dictadura y a modo de protesta. Y resaltaba que, a pesar de los bastones, las sillas de ruedas y el paso del tiempo, aquellas “locas” seguían de pie. Advertía que solo quedaban tres Madres y dos Abuelas de Plaza de Mayo, y que ninguna sabía dónde estaban los restos de sus hijos. Pedía que aquellos que aún callan dijeran dónde están.

Mencionaba al gobierno “negacionista” de Milei, a quien señalaba como un “payaso”. “Con perdón de los payasos”. Recalcaba que, muy a pesar suyo, ellas seguían “re-sis-tien-do”. Taty fue muy crítica de las políticas de extrema derecha del gobierno mileista. Se posicionaba cerca de Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, máximos representantes del peronismo. Reconocía en Néstor Kirchner al hombre que volvió a poner a los derechos humanos como política de Estado.

Repetía la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. “Justicia le-gal”, apuntaba. “Nuunnca por mano propia”. Decía que quería vivir hasta el día en que dejara de hablar de corrido. Y, al mismo tiempo, confesaba que no quería irse de este mundo sin tocar los huesos de su hijo. De Alejandro. Que la había parido a ella. Porque Alejandro Almeida parió a Taty. Porque la única lucha que se pierde, insistía, es la que se abandona.  

Sobre el final gritaba a voz en cuello por los 30 000 compañeros detenidos-desaparecidos. Entonces el público respondía: “¡Presentes! ¡Ahora y siempre!”, varias veces. 

—¡Porque no nos han vencido! —aúllaba ella.

No había apuro para Taty Almeida. Ni a los 95 años, cuando sabía que ya se quedaba sin tiempo.  

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—Dale, ¿se escucha bien, querido? —pregunta Taty Almeida cuando enciendo el grabador la tarde de un lunes primaveral del mes de noviembre de 2025—. Vos hablame alto porque estoy medio Beethoven.

Está sentada en un sillón de dos plazas del living de su casa, un departamento de dos ambientes discreto, ubicado en el barrio de Palermo de la capital argentina. Viste un sweater color ladrillo, un pantalón oscuro. Lleva un pin con la foto en blanco y negro de Alejandro y otro con el pañuelo blanco, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. A su lado tiene una agenda negra, repleta de actividades. Detrás suyo, sobre la pared, cuelgan varias fotos. Una con su hijo Jorge. Otra junto a Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, ambas de pie y con bastón. Arriba, una en la que abraza al ex presidente Néstor Kirchner, otra con Maradona y otra con el Papa Francisco, a quien fue a ver en dos oportunidades al Vaticano. 

En la sala de este mismo departamento donde vivía con Alejandro y Fabiana hay, además, una cama ubicada en el rincón donde dormía Alejandro, y un gran mueble atiborrado de portarretratos. En una de esas fotografías, Taty posa con sus tres hijos, Alejandro, Jorge y Fabiana, durante un asado en casa de su hermana. Nadie podía imaginar que aquella imagen sería la última en la que estarían juntos. 

A los 20 años, en 1975, Alejandro Almeida estudiaba medicina y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar. Antes, había sido cadete en la Agencia Nacional de Noticias Télam, donde entró recomendado por su tío y padrino, un coronel que estaba al mando. Por sus vínculos castrenses, había conseguido el puesto en el Instituto Geográfico. De todo eso sabía Taty. Lo que no sabía era de su militancia revolucionaria. De su pertenencia al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), de corte marxista. 

—Alejandro no me contaba nada. Él me cuidaba, me preservaba, porque toda mi familia era militar ¡Todos gorilas! (como se llama a los antiperonistas en la Argentina). Y yo era una gorilaaaa. ¡Los pelos me salían por todos lados! ¡Pero ya me afeité hace mucho!. 

Como buena parte de aquel invierno, la noche del martes 17 de junio de 1975 Buenos Aires estuvo cubierta por niebla y hacía frío. Dos días antes, Alejandro había discutido  fuerte con Jorge, su padre, ya separado de Taty. Alejandro era un militante de izquierdas y su padre tenía colgado en su comedor un cuadro de Frondizi, un ex presidente desarrollista. Solían tener diferencias, pero esa fue la última. 

Poco antes de cenar, Alejandro le dijo a Taty que al otro día tenía un examen y que no iría a trabajar. Que iba a comprar cigarrillos y enseguida volvía. El kiosko cerraba a las diez de la noche y eran alrededor de las nueve. La calle Ugarteche no era muy movida en aquel entonces. Era tranquila y oscura, a diferencia de hoy. Pasadas las 10, Alejandro no volvía. Qué raro, pensaron Fabiana y Taty. Esperaron un rato más, comieron y se fueron a dormir. 

Taty Almeida al salir de la Casa de las madres de Plaza de Mayo, rumbo a la Plaza de Mayo, durante la última marcha del 24 de marzo, a 50 años del golpe militar. A su lado, las Madres Clara Weinstein y Elia Espen.

El 18 de junio amaneció con lloviznas y una niebla persistente. Nada extraño para el invierno porteño. Lo extraño, en tal caso, era que Alejandro no estaba ahí, durmiendo en el living. Lo extraño era que no le había dejado ninguna nota a su madre, como solía hacerlo. 

—Me levanto y no lo veo. Y él, cuándo no volvía, me dejaba un papelito. Pero no había nada —rememora Taty, quien aún no imaginaba que aquel martes cambiaría su vida para siempre-. Yo reconozco, querido, que soy muy conocida. En cierta manera, soy famosa, pero ojalá no lo fuera si en cambio pudiera tener a mi hijo, Alejandro… Alejandro tenía 20 años en el año 75. Estaba cursando primer año de medicina y era un militante po-lí-ti-co. Aunque no lo creas, todavía hay algunos que dicen: “Por algo será que los desaparecieron”. ¡Claro que fue por algo! No fue ni por estúpidos ni por tontos. ¡Eran militantes políticos!

Dice que fue él, su hijo, Alejandro, quien la hizo despertar. Taty no sería Taty si Alejandro no hubiera desaparecido. 

—Alejandro, con su metro ochenta, me abrazaba y me decía: “Esta gorilita de mierrrrda…, sin embargo la quiero”. Te aseguro que ahora, querido, después de que me han entregado tantos honoris causa, tantos agradecimientos, lo veo a Alejandro, muerto de risa, que me dice: “¡Miren la gorilita de mierda en qué se convirtió!”. Yo sé que está muy orgulloso de su madre, del vuelco que di. Por eso repito que Alejando parió a Taty Almeida. 

Aquel mismo día encontraría, dentro de un cajón, en un mueble que aún hoy está en esa misma sala, una agenda telefónica. La hojeó. Y al llegar a las últimas páginas encontró 24 poesías. Las leyó. Estaba desconcertada. Por los poemas. Por su contenido. 

—Ahí empecé a conocer la otra faceta de Alejandro. Sus preocupaciones, su rechazo a la injusticia. Y hay una de las poesías que es una despedida. Él sabe que va a morir. 

Le pide a Charo —una de las tres cuidadoras que se turnan para asistirla— que le alcance uno de los cuadros que están sobre la pared. Allí está impreso el poema de Alejandro, junto a un retrato de él. La foto muestra a un joven al costado de una carretera. Tiene la boca abierta, parece bostezar. No mira a cámara. Lleva anteojos y barba candado. Taty toma el cuadro, lo apoya en su regazo, le quita el polvo y lee. 

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él/ Si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta (…) Si la muerte me sorprende, de esta forma tan amarga/ Si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento, el último aliento para decir te quiero…

—Mirá la tierra que tiene el cuadro. Charo, pasale una gamuza, querida.

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Los titulares de la prensa daban cuenta en aquellos días de un país convulsionado: el regreso del exilio del expresidente Juan Domingo Perón en 1973, su asunción al poder, el enfrentamiento interno entre la derecha y la izquierda peronista, su muerte en julio de 1974 y el traspaso a la presidencia a su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, hundieron a la Argentina en un período de enfrentamientos entre las agrupaciones guerrilleras y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina).  Esta organización paramilitar era comandada por José López Rega, un sombrío ex oficial de policía con inclinaciones al espiritismo, que a lo largo de los años treparía hábilmente hasta llegar a ser la mano derecha de Perón e Isabel, encarnando lo más rancio de la derecha peronista.

Mientras tanto, la cúpula militar esperaba el momento oportuno para asestar un golpe de Estado. A su vez, el gobierno de Isabelita se desmoronaba en medio de una crisis social, política y económica. La guerrilla, encarnada en movimientos como Montoneros, que eran peronistas, y el ERP, marxistas, horadaba al poder. Los jóvenes revolucionarios estaban convencidos de que era su momento. 

En Buenos Aires, la Triple A operaba ilegalmente secuestrando, torturando y matando militantes, y en la provincia de Tucumán, en el noroeste argentino, se le había dado vía libre al Ejército para combatir a los grupos armados. El Operativo Independencia, que comenzó en febrero de 1975, comandado por los militares en medio de la selva de montaña, base de operaciones del ERP, fue una suerte de globo de ensayo de la feroz represión estatal que vendría un año después, luego del golpe. Unos cinco mil hombres se habían concentrado en esa provincia para luchar contra una compañía reforzada de montaña del ERP, que contaba con unos ciento veinte integrantes. Así lo detalla el periodista e historiador Marcelo Larraquy en su libro Los 70, una historia violenta (Ed Aguilar, 2017). “Antes del golpe de Estado, el Operativo Independencia había producido el 37 por ciento de las ejecuciones y desapariciones que luego causaría la dictadura militar entre 1976 y 1983”. 

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—Para mí fue la Triple A, porque después no lo vieron en ningún lado. Nosotros pensábamos que se lo habían llevado a Campo de Mayo, pero los poquitos sobrevivientes de ahí nunca lo vieron-, dice Fabiana Almeida, la hermana menor de Alejandro, quien recuerda aquellos días durante una calurosa tarde de enero en su hogar, una casona ubicada en un pasaje silencioso del barrio de La Paternal, en Buenos Aires. 

Fabiana cree que aquel día Alejandro tenía una cita en la esquina, donde sus compañeros del ERP le darían un paquete. Que aquellos que lo secuestraron se deshicieron de su hermano porque sabían que provenía de una familia militar que movilizaría sus contactos para buscarlo. 

Y así fue que Taty buscó, incesante, hasta el día de su muerte. Incluso recurrió a un brujo, un vidente holandés que se llamaba Gerard Croiset, que había aportado datos a los familiares de los jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se había caído en la Cordillera de los Andes. El hombre le pidió ropa, una foto de Alejandro, y un mapa de Argentina. En su devolución decía haberlo visto vivo pero muy golpeado. Que se había subido a un tren, aunque no decía donde iba. Y que no veía nada mas.

—Luego recurrimos a otros brujos y nada —recuerda Fabiana, y menciona, además, que en esos primeros días alguien llamó a su casa para avisar que lo tenía la Policía. Los atendió Jorge y le dijeron que seguramente estaba en Coordinación Federal, que era donde llevaban a muchos de los detenidos.

Hay quienes dicen que el encargado de un edificio vecino vio algo. Se habló de una redada en una confitería de Palermo.

Jorge Almeida hace memoria por videollamada un sábado de febrero, en pleno invierno boreal, desde Alicante, el sur de España, donde se exilió en 1978 agobiado por la desaparición de su hermano. Hoy tiene 70 años, dos hijos catalanes, una nieta, el pelo largo estilo rocker y la voz ronca como su madre. Recuerda la infancia compartida con su hermano en las calles del barrio de Parque Chacabuco, las peleas callejeras con las otras bandas de jóvenes, los partidos de fútbol. Recuerda cómo celaban a su hermana menor y las andanzas, ya adolescentes, cuando iban a la cancha a ver a Racing. Recuerda los días felices. Aquellos en los que nada ni nadie podía detenerlos.  

—Yo no estaba en casa aquella noche, vivía con mi viejo. No sabíamos nada. No éramos conscientes de la represión que había. Nos asustamos, pero nunca imaginamos lo que realmente estaba pasando. No pensábamos que estaba desaparecido. Empezamos a averiguar, a tirar de nuestra familia, que eran todos militares. 

Dice que el llamado telefónico era de una persona que decía ser amigo de Alejandro. Lo convocaba a una reunión en un bar céntrico. 

—Así que fuimos con uno de mis tíos, milico. En el bar apareció un chaval joven que nos dijo que Alejandro estaba de-sa-pa-re-ci-do. Que lo tenían los militares. Que teníamos que empezar a buscarlo. Que no sé qué. Y ahí se nos cayó todo.

—Él me contaba de su militancia —reconoce Fabiana.

—¿Y tu mamá no sabía nada? 

—Algo sabía, porque había discusiones en la mesa durante los almuerzos de los domingos. Alejandro hablaba de política, contaba que iba a un barrio a alfabetizar… Todo antes de que se metiera en el ERP, que fue poco antes de desaparecer. Estaba muy contento porque lo habían ascendido. 

La bandera con los rostros de los 30 mil desaparecidos, el emblema de cada marcha por el El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el 24 de marzo.

Se dice que Alejandro, si bien sabía manipular armas porque sus tíos militares le enseñaron a usarlas de niño, no participó de la lucha armada. Era miope de un ojo y la función que tenía dentro de la organización era la de llevar y traer correspondencia, el “correo”. Fabiana sospecha que pudo haber sacado cartografía del Instituto Geográfico Militar para enviar a Tucumán, donde se ocultaba y operaba el ERP. Y que alguien pudo haberlo visto y denunciado. No hay certezas, solo dudas y sospechas. 

—Alejandro tenía la pastilla de cianuro en el bolsillo. Siempre me la mostraba el pelotudo. Qué pendejada.

Los militantes tenían por regla tácita que, si eran capturados, debían tomar esa pastilla, brindada por la propia organización para evitar los interrogatorios, las torturas, las potenciales delaciones.

—De su militancia última se ve que se los llevaron a todos, porque no quedó nadie. Nadie se acercó después. En cambio, de los otros compañeros, del grupo de amigos que militaban en otro lugar, no desapareció ninguno. Ellos le advirtieron, una semana antes, que la cosa estaba jodida, que se cuide. 

Carlos “Kale” Ramírez evoca a su amigo Alejandro desde España, donde se exilió durante la dictadura. Se conocían desde la infancia, cuando jugaban al fútbol en las calles del barrio donde crecieron, en Parque Chacabuco.

—A Alejandro lo recuerdo con mucho cariño, con rabia y con ilusión. Se la jugó, como muchos otros, con cierta inocencia. Lo vi una semana antes de su desaparición y le dije: “Ya mismo borrate”. Me contó que lo mandaban a Santa Fe, pero no llegó a tiempo. Y una noche lo secuestraron. 

Pascual Spinelli es una de las personas que estuvo más cerca de Taty en los últimos años. Es el editor —y quien la convenció de dar a conocer los poemas de Alejandro— del libro Alejandro, por siempre… amor (Editorial Baobab) que se publicó en 2008 y se reeditó en 2025, a 50 años de su desaparición. Es quien acompañó a Taty a presentarlo. 

—Así que lo que ella tiene es esto: “Mamá, voy a hacer tal cosa y vuelvo”. Y ya está. Eso es muy fuerte, muy trágico —opina Spinelli por teléfono, una tarde de sábado de abril—. Él trabajaba en el Instituto Geográfico, a cargo de Santiago Omar Riveros, un genocida de aquellos. Los tipos tenían una red de inteligencia y de infiltración muy profunda. A veces pienso que fue una vendetta de su familia militar, Taty creía que ellos la iban a ayudar. Pero la línea ideológica era tan profunda que no respetaba ni siquiera los vínculos familiares. 

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Taty Almeida nació el 28 de junio de 1930 en Buenos Aires. No vino al mundo ni como Taty ni como Almeida, sino bajo el nombre de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga. Su padre, Carlos Vidal Miy, era un oficial de caballería oriundo de la provincia de Mendoza. Su madre, Alicia Uranga, un ama de casa de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. 

Tuvieron cuatro hijos en total, tres mujeres y un varón. Primero llegó Alicia, luego Taty, más tarde Carlos y por último Marta. Taty cursó hasta quinto grado de la escuela primaria en Buenos Aires. Luego, a su padre lo trasladaron a la provincia de Mendoza, donde ella solía jugar con una niña que era la hija de unos amigos de sus padres a la que le decían Taty. Una de sus hermanas comenzó a decirle así a ella también. Tanto insistió con aquel sobrenombre que le quedó para siempre. 

Al terminar la primaria volvieron a Buenos Aires y cursó hasta tercer año de la escuela secundaria en el Normal 10, ubicado en el barrio de Belgrano, donde vivían por esa época. En cuarto año se cambió al Normal número 7, en el barrio de Almagro, donde se recibiría de maestra. Las vacaciones de verano las pasaban usualmente en Entre Ríos. Allí, Taty solía ir a los bailes en el Club Estudiantes, el lugar donde las jóvenes de la elite local iban a conocer a los cadetes de la escuela militar. 

Cuando terminó el secundario entró al magisterio y se recibió de docente. Poco después, a los 23 años, se casó con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Con el nacimiento del primero, y tal como indicaban los mandatos de época, dejó la docencia y se dedicó de lleno a criar a sus hijos. A los 40 años se divorció y no se le conoció ninguna otra pareja. 

Su hermano Carlos, emulando al padre, siguió la carrera militar y llegaría al grado de coronel. Sus hermanas, Alicia y Marta, contrajeron matrimonio con oficiales del Ejército. Los Miy Uranga, una clásica familia conservadora, de alta alcurnia. 

No reniega de su vida de mujer acomodada, ni de su familia. Pero al hablar de Alejandro sus ojos se empequeñecen, la mirada se pierde. Sus arrugas de mujer centenaria parecen agrietarse aún más. 

—Siempre digo y pido a Dios no irme sin poder tocar los huesos de Alejandro —me dijo Taty el martes 19 de mayo, la última vez que la visité en su casa. 

Aquella mañana otoñal y fresca la noté cansada. Comentó que tenía frío y que no había dormido bien. Pero, como siempre, estuvo dispuesta a la charla. A ser fotografiada, a compartir las actividades de su agenda infinita. Estaba maquillada, peinada, llevaba unos aros dorados y un suéter verde con cuello alto. Tenía una manta tejida de color marrón sobre el regazo y el pañuelo blanco bordado con el nombre de su hijo a un lado. Charo, una de las cuidadoras, preparaba costillas de cerdo con puré para el almuerzo. 

—Tenés esperanza de que van a encontrar los restos de Alejandro? 

—Sí, por los antropólogos forenses, que han encontrado tanto. Porque están encontrando incluso del año 75. No pierdo la esperanza. Estamos en contacto. Además, siempre les hago acordar el detalle del dedo. 

Cuando era chico, Alejandro tuvo un accidente doméstico. Estaba saltando sobre la cama y se le atascó el dedo anular de la mano izquierda. Taty se lo envolvió y salieron corriendo al hospital. Finalmente, dice, perdió una partecita de ese dedo. 

—¿Y qué harías en caso de encontrarlos? 

—Incinerarlos no, porque es como volverlo a desaparecer. Los chicos quieren enterrarlo en un campo familiar en Salta, donde también está enterrado Jorge, mi ex, su papá. 

Aquella mañana, Taty me contó que conservaba algunas pertenencias de Alejandro. Un traje de baño, una camisa, apuntes de la facultad. 

—¿Y las mirás cada tanto?

—No. Está todo bien guardado.

Taty Almeida durante una de las tantas presentaciones del libro de poemas de su hijo Alejandro, quien permance desaparecido desde el 17 de junio de 1975.
Taty Almeida ofrenda flores al Río de la Plata durante la ceremonia en la que se arrojaron las cenizas de las Madres de Plaza de Mayo Vera Jarach y Enriqueta Maroni en el Parque de la Memoria de Buenos Aires. Maroni y Jarach fallecieron en el año 2025.

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Había pasado un año del golpe y faltaba uno para el Mundial de 1978. La única respuesta que recibían las Madres que buscaban a sus hijos las culpabilizaba a ellas. Por no atender a lo que hacían. Con quién estaban y dónde dormían. Por sus lecturas y sus compañías. Y los culpaban a ellos, a sus hijos, por subversivos. Nunca nadie les daba una respuesta sobre sus paraderos. 

El sábado 30 de abril de 1977, hartas de reunirse en iglesias, tocar puertas en comisarías y ministerios, cansadas de no recibir respuestas sobre sus hijos, un grupo de madres de desaparecidos resolvió juntarse por la tarde en la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, desafiando así la prohibición del derecho de reunión promulgada por la Junta Militar. Quizá, pensaron, de esa manera llamarían la atención de la gente de a pie y del presidente de facto, Jorge Rafael Videla. 

“Circulen, circulen”, ordenaban los oficiales de policía a aquel puñado de mujeres, catorce para ser exactos. Azucena Villaflor, una de ellas, les pidió al resto que se pusieran en fila y se tomaran de los brazos para dar la impresión de que eran mayor cantidad. Y así comenzaron a caminar, a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo. Aún no llevaban puesto el emblemático pañuelo blanco. 

Mientras, Taty Almeida recurría una y otra vez a sus conocidos en el entorno militar. Estaba segura de que ellos, ahora en el poder, le darían una mano para encontrar a su hijo. Iba a preguntar por él a sus conocidos militares, acompañada por Carlos, uno de sus cuñados, oficial del Ejército. A muchos de los jerarcas los conocía personalmente, como a Albano Harguindeguy, jefe de policía en 1975 y ministro del Interior a partir del golpe de 1976, quien había sido oficial de su padre.

Taty recuerda con claridad todos y cada uno de esos encuentros. Por ejemplo, con Harguindeguy, el autor de una frase emblemática de la dictadura: “Los Argentinos somos derechos y humanos”.  

—Le digo: “Mirá, Harguindeguy, uno de mis chicos hace tiempo que no viene a casa, no sé nada de él. ¿Ustedes pueden hacer algo?”. Y me contesta: “Señora, no podemos hacer nada. Los culpables son los peronistas”. Y yo, gorila por supuesto, decía, claro, ¡Son los peronistas!

También recurrió a Ramón Camps, a quien conocía de los bailes de su adolescencia durante las vacaciones en Paraná, Entre Ríos. Camps fue uno de los más feroces represores que tuvo la dictadura argentina. Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1977, luego pasó a la jefatura de la Policía Federal hasta 1979 y, según Fabiana, le “arrastraba el ala” a Taty en aquellos bailes juveniles de Paraná. 

Taty no lo desmiente. Recuerda que lo llamó, que le dijo que necesitaba hablar con él, pero que no pensaba ir hasta la La Plata, la capital de la Provincia de Buenos Aires ubicada a sesenta kilómetros, donde estaba la jefatura de la Policía provincial. Camps respondió que iría a su casa. 

—Llegaron armados y cortaron toda la cuadra —dice Taty—. Subió solo y cuando entró le dijo a Jorge, mi hijo: “Pibe, yo podría haber sido tu padre”. ¡Pero haceme el favor!, le dije. Él era el jefe de policía ¡Pero a mí me importaba un carajo! 

Jorge Almeida se acuerda de aquel episodio. Ocurrió unos tres meses después del golpe de Estado, alrededor de un año después de la desaparición de Alejandro. Él vivía con su padre, pero aquel día estaba en casa de Taty.

—Yo ni sabía quién era, pero mamá lo llamaba “Chicho”. Camps nos dijo: “Mirá, tu hermano ha desaparecido, pero lo tienen ellos. Le habrán dado una orden y no la cumplió”. 

Jorge estaba sentado en la cama de Alejandro, junto a Taty. En el sofá, Camps tomaba el té sobre una mesita pequeña, dispuesta para la ocasión y preguntaba insistentemente por los amigos de Alejandro. 

—Nos pidió la agenda telefónica, pero no se la di. Toqué a mi vieja con la rodilla y no dije nada. Yo creo que el tipo no apretó tanto porque la quería mucho. Cuando se fue, le dije a mamá: “Son estos”. Ahí me di cuenta de que eran estos hijos de puta.

Aun así, Taty no podía ver con claridad y seguía insistiendo entre sus familiares y conocidos del ámbito militar. Entretanto, la situación de los desaparecidos era un secreto a voces. El reclamo de las Madres que ya se habían instalado todos los jueves en la Plaza de Mayo crecía y cada semana se sumaban algunas más. Durante el Mundial 78 aprovecharon la llegada de corresponsales extranjeros para difundir la situación, mientras Videla decía: “Frente al desaparecido no se puede hacer ninguna observación. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, declaró tiempo después, durante una conferencia de prensa en septiembre de 1979 en vísperas de la visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias contra el régimen militar. 

Ese mismo año, Taty hizo la fila, igual que otras 150 Madres, en la sede de la CIDH sobre la Avenida de Mayo para denunciar la desaparición de Alejandro. El informe estableció que “…por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron numerosas y graves violaciones a los Derechos Humanos”.

Por sus vínculos de corte militar, le costaba acercarse a las Madres. Hacia fines de la dictadura y principios de la democracia, viajó a España en diversas ocasiones a visitar a Jorge. En charlas con él pudo entender lo que estaba ocurriendo. Luego Caco, el compañero de Fabiana en aquellos tiempos, quien había sido militante, le comentó de las rondas que hacían las Madres de Plaza de Mayo todos los jueves. Se ofreció, e insistió, para acompañarla. Y allá fueron, él, Fabiana y Taty, un jueves del año 1984. 

—Yo la acompañaba, pero ella no se animaba a acercarse. Solo observaba —dice Fabiana—. Pero una vez se puso a charlar con alguien y después de aquel día me dijo: “Quiero ir a la Casa de las Madres porque me interesa estar ahí”. 

No recuerda la fecha exacta, pero cree que fue entre los años 85 u 86 cuando entraron por primera vez a la antigua sede ubicada en la calle Uruguay al 600. 

—Cuando entramos veo foto, foto, foto —cuenta Taty en referencia a las imágenes de los desaparecidos que colgaban de las paredes—. Ahí pensé, no soy la única. Me atendió la dama digna, con mayúsculas, María Adela Gard de Antokoletz, que buscaba a Daniel, su hijo, abogado. Y lo único que me preguntó, que era lo único que se preguntaba a una Madre que se acercaba por primera vez, fue: “¿Quién te falta a vos?”. No importaba la política, la religión, nada. Y ahí hice mi catarsis. Conté, lloré. Le dije: “¡María Adela, que estúpida que he sido!”. A partir de ahí es lo mejor que pude hacer. Hablar el mismo idioma de las Madres. 

Tiempo después, aquellas Madres dejarían de hablar el mismo idioma entre ellas. 

Taty Almeida sopla las velas durante el festejo de su cumpleaños 93 en Foetra, el Sindicato de Telecomunicaciones. Junto a su hija Fabiana, sus nietos y bisnietos, en el año 2023.

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Se habían constituido como Asociación el 22 de agosto de 1979 en La Plata y los cargos se eligieron por votación: Hebe de Bonafini resultó electa presidenta, Antokoletz vicepresidenta y Nora Cortiñas protesorera. 

Los matices iniciales pasaron a ser grandes diferencias con el correr de los años y la división, que llegó en 1986, fue inevitable. Un grupo, liderado por la enérgica Bonafini, se quedó con el sello de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El otro, en el que estaban Taty, Nora Cortiñas, Vera Jarach, Enriqueta Maroni, Maria Adela Gard de Antokoletz, Marta Vásquez, Laura Conte y tantas otras, pasó a denominarse Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, porque entre ellas estaban las primeras 14 que dieron la vuelta a la plaza aquel 30 de abril de 1977. Faltaba una de las primeras, Azucena Villaflor, desaparecida en diciembre de ese mismo año. 

A diferencia de las Fundadoras, la Asociación liderada por Bonafini no aceptaba la reparación económica, es decir, las indemnizaciones estatales por la desaparición forzada de sus hijos. También se oponían a la exhumación para reconocer los restos de los desaparecidos, y mantenían firme la consigna de “Aparición con vida”. A su vez, eran más confrontativas con el gobierno de turno. Fueron críticas del Juicio a las Juntas Militares que impulsó ya en democracia el presidente Raúl Alfonsín porque creían que juzgar solo a las cúpulas militares y dejar afuera a los subalternos y cómplices civiles era insuficiente. Asimismo, aseguraban que ese juicio abonaba a la Teoría de los Dos Demonios, que ponía en igualdad de condiciones la represión estatal con la de las organizaciones armadas, una idea apoyada en el primer prólogo —escrito por Ernesto Sabato— del libro Nunca Más en 1984. El libro es el resultado del informe de la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que se formó para reunir pruebas sobre el destino de los desaparecidos. En 2006, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, se le agregó un nuevo prólogo en el que se cuestionaba aquella teoría, poniendo de manifiesto la asimetría de poder entre el Estado y las organzaciones armadas.

Bonafini tenía un estilo de conducción verticalista, mientras las Fundadoras eran más dialoguistas, buscaban consensos y siempre sostuvieron la idea de que sus hijos debían inscribirse en la historia con sus nombres y no como NN. 

Algunas Madres, incluida Taty, se explayaron sobre la división y la conflictiva relación con Bonafini en Las Viejas (Editorial Marea, 2014), de Virginia y Ana Giannoni.

Nora Cortiñas recordaba en esa misma publicación: “La vez que íbamos a hacer las primeras elecciones (luego de las del 78), habíamos formado dos listas porque hubo una separación, pero no porque nos echara Hebe: nosotras llegamos con la crisis total a un momento en que no se podía seguir ni un día más. Y cuando se propusieron las elecciones fue todo muy sucio, muy feo, y decidimos que habíamos perdido, y nos fuimos, porque ahí no podía haber dos líneas, de ninguna manera”. 

Mónica Hassenberg es fotógrafa y hace más de 40 años que documenta a las Madres de Plaza de Mayo. Al principio registraba a ambos grupos, años después quedaría muy cerca de las Fundadoras. Dice que el conflicto venía arrastrándose desde un tiempo atrás, y que hay ciertas cosas que ellas no van a contar nunca, porque se trata de una decisión política.

—Era imposible que alguna de las Madres de Línea Fundadora no se opusiera a esta voluntad de Hebe de decidir absolutamente todo. Esto sin desmerecer lo que significó política y estratégicamente, porque era alguien que decía lo que queríamos decir todos sin tener miedo. Las Madres Línea Fundadora nunca han sido tan directas, pero ideológicamente han mostrado coherencia. Tenían una mayor profundidad en entender la política, mientras que las que se quedaron con Hebe aceptaban lo que ella decía. 

En “La Madre de la desmesura”, un perfil sobre Bonafini de Cintia Kemelmajer y Diego Fernández Romeral publicado en Gatopardo en marzo de 2019, Hebe se refirió también a la división y los temas que las llevaron a romper. “Un día vino a la Asociación un grupo de Madres con un escribano, a decirme que no estaban bien las cosas. “No te queremos traicionar”, me decían. Y yo les dije “no, a mí no me van a traicionar, están traicionando a sus hijos”. Tendrían que preguntarles a ellas por lo que hicieron, no a mí. Ellas hicieron varios libros hablando mal de mí, diciendo que soy una dictadora y una mandona. Cuando me lo preguntan digo que sí, que no mienten, soy dictadora y mandona”. Y sobre las indemnizaciones fue lapidaria: “La que cobra la reparación económica se prostituye, está vendiendo la sangre de los hijos, fue así y es así. No queremos saber quiénes son los asesinados, sino quiénes son los asesinos. 

Taty, a su vez, fue tajante en Las Viejas al dejar en claro la postura de la Línea Fundadora. Señaló que fue la OEA quien resolvió que el Estado era el responsable de la desaparición. “Ellos recomiendan, no obligan, que se pague un resarcimiento al desaparecido (...). Pero nadie dijo: ‘Cobran el resarcimiento, se callan la boca y no siguen’; si no, te imaginás que nadie lo hubiera aceptado (…). No por eso vendimos la sangre de nuestros hijos, como decía Bonafini, que realmente enfermó a muchas madres pobrecitas con la culpa”. 

En el mismo libro Vera Jarach amplió: “Me acuerdo el tema de las tumbas, cuando dijo: ‘No quiero huesos’. Fue una cosa que nos chocó, a mí me chocó muchísimo, porque nosotras queríamos saber (…). Así que justicia no. Homenaje no. Identificación de los huesos e identidad, no. Nosotros es al revés, identificación de los huesos sí, porque vos debés saber y tener los restos y poder hacer un luto y tener una tumba (…)”.

Hebe de Bonafini falleció en 2024. Más allá de las diferencias, metodologías de lucha y formas de ver el mundo, es un ícono. 

Taty se incomoda al hablar de ella. Sin embargo, muy seria, al borde del enojo, reflota una antigua disputa.  

—Me acuerdo que cuando empezaron a salir los ex detenidos, sobrevivientes de los centros de detención clandestinos y fueron a la plaza, Hebe les dijo: “¡Ja, por algo será que están vivos”. Era imposible, imposible. 

—La muerte a veces te reconcilia. ¿No le reconocés nada? 

—No. Ni yo ni ninguna —se ofusca—. Porque hay muchas cosas feas que nunca hemos comentado ni lo voy a hacer… ¿Sabés cómo es la historia del pañuelo?

El pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es un emblema que nació de la necesidad de identificarse colectivamente. Todos los años, en Argentina, se realiza una procesión religiosa en Homenaje a la Virgen de Luján. Es una caminata de setenta kilómetros desde la capital hasta la Catedral de Luján. Allí fue un grupo de Madres en octubre del 77 con la intención de abordar a la cúpula de la Iglesia. Pero se preguntaban cómo iban a hacer para reconocerse entre la multitud. A una de ellas se le ocurrió la idea de cubrir sus cabezas con un pañal, y los pañales devinieron en pañuelos.

—Toda la vida, cuando íbamos a la ronda, llegaba a la plaza, me ponía el pañuelo y decía: “Ahora sí, ahora soy una madre”, solía repetir Taty. 

Cuando se separaron, las Fundadoras se quedaron sin sede. Adolfo Pérez Esquivel -activista por los Derechos Humanos, ganador del premio Nobel de la Paz en 1980 por su resistencia no violenta frente a las dictaduras latinoamericanas- les ofreció un lugar en el Serpaj (Servicio de Paz y Justicia), que usaron durante muchos años hasta conseguir el propio. 

Taty encabezó esa búsqueda y trabajó codo a codo con la comisión Pro-Casa, un grupo de apoyo para adquirir la sede. Se acercaba la fecha por los 25 años del golpe de Estado, y se organizaron varios eventos para recaudar fondos. Pero hubo uno que se destacó por su masividad: fue el festival en el estadio del club Ferrocarril Oeste del 23 de septiembre de 2001 en el que tocaron Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Jaime Roos y León Gieco, entre otros. Las entradas se agotaron. Se vendieron 30 000. 

Finalmente, consiguieron un departamento en la calle Piedras 153, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, que mantienen hasta hoy. 

—La que se cargó al hombro el objetivo de que Madres tuviera una casa fue Taty. Esos impulsos vitales muy power siempre fueron de Taty —señala Paula Maroni, nieta de la Madre de Plaza de Mayo Enriqueta Maroni, quien tiene a su padre Juan Patricio Maroni, y a dos de sus tíos desaparecidos. 

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Carlos “Maco” Somigliana es integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una ONG formada en el año 1984 con el objetivo de trabajar en la búsqueda, recuperación, identificación y restitución de los restos de personas desaparecidas. Es el atardecer de un viernes de fines de mayo en Buenos Aires. El ritmo frenético del centro porteño sobre la Avenida de Mayo y a pocas cuadras de la Casa de Gobierno va menguando, cuando este hombre alto y de voz gruesa me recibe en una luminosa oficina del área de Derechos Humanos del Ministerio Público Fiscal. Conoce a Taty desde hace tantos años que ya no recuerda cuántos.

—Taty supo ser fiel a su desgracia, asumió la desgracia como desgracia, una terrible desgracia. Taty es la última de las mohicanas, una referencia ineludible, un mojón, un ícono. No creo que particularmente le interese serlo o lo disfrute, pero lo hace.

—¿Y cuándo te pregunta por Alejandro qué le decís?

—Tengo la misma respuesta para todos en esto. Porque si esbozara una teoría de la probabilidad en un caso en particular, sería un chanta. Entonces le digo a todo el mundo que no depende de mí, pero que la posibilidad siempre está. 

Somigliana trabaja en la Justicia desde los años convulsionados y fundacionales de la democracia argentina. A pesar de que no es antropólogo, sino abogado, integra el prestigioso equipo desde el principio y habla de los procesos de identificación con la misma solvencia que si lo fuera. Un proceso que puso al EAAF a la vanguardia del mundo. 

Según la página web del EAAF, hasta marzo de 2026 el organismo registra 1681 personas desaparecidas encontradas. Además, hay 804 personas desaparecidas encontradas, aún sin identificar, y sus restos permanecen en resguardo del EAAF. Los datos corresponden a hallazgos en Argentina, Uruguay y Paraguay.

Si bien las desapariciones habían comenzado en 1973, la gran mayoría de estos casos pertenece a personas desaparecidas durante la dictadura militar —1976 a 1983—. El caso de Alejandro Almeida, que está desaparecido desde junio de 1975, corresponde a un período en el que resulta más compleja la tarea de identificar y/o encontrar estos restos. Es uno de los inconvenientes que tiene la identificación de personas secuestradas antes del 24 de marzo del 76: no estaba tan extendida la posibilidad de tenerlas detenidas durante mucho tiempo.

—Cuando vos tenés un aparato represivo consolidado como después del 24 de marzo, tenés también líneas mucho más consolidadas —precisa Maco—. Porque tenés más casos, más identificados, más establecidos cuáles son los núcleos represivos. Identificar siempre es una tarea complicada. Y si tardó mucho tiempo, más complicada. Nosotros investigamos el año 75 y algunos se pudieron identificar. Pero no está incluido el de Alejandro, del que tenemos la muestra de Taty. También tenemos su huella digital, pero no apareció nadie hasta el momento con esa huella. 

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Además de vital e irreverente, brava y jocosa, Taty poseía el don natural de comunicadora. Con el correr de los años, su figura fue creciendo al calor de las marchas, los viajes, la multiplicidad de actividades. En los años noventa se volvió una de las caras más visibles y frontales de las Madres, junto a Nora Cortiñas, fallecida en 2024. Su llegada a los más jóvenes, su insistencia, acrecentaron su exposición pública. 

En Madres nunca tuvieron una persona que se encargara de la comunicación porque Taty nunca quiso ceder ese rol. Daba entrevistas, compartía información por WhatsApp, llamaba a quien hubiese que llamar. En su entorno reconocen que ese poder de convicción lo usaba también para dar una mano, y hasta para conseguir un trabajo a quien se lo pidiera o necesitara. 

Paula Maroni fue parte fundacional de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), una organización de Derechos Humanos formada por los hijos de los desaparecidos. Y ahora es la directora de la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza, la sede de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora en la ex-ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde funcionó un centro clandestino de detención. Cuenta que en sus tiempos dentro de H.I.J.O.S armó “Proyecto 30”, que consistía en talleres de salud, arte, danza, joyería, teatro. Empezó en la Villa 31 y luego se extendió a los institutos de menores de la Ciudad de Buenos Aires. Dice que le costaba mucho que las Madres se apropiaran de ese proyecto, y fue Taty, una vez más, quien le dio impulso.  

—Venía conmigo a todos lados, se cargaba la prensa al hombro. Había una agrupación de pibes que se llamaba GARRA, que hacían política a través del arte. Nacieron al lado de Madres, pero sobre todo de la mano de Taty. Porque la que les daba ese lugar era Taty, ninguna otra Madre.

Charly Pisoni lleva a Taty y a Estela de Carlotto tatuadas en su brazo izquierdo. Es miembro de la agrupación H.I.J.O.S., nieto de la Madre de Plaza de Mayo Aurora Bellocchio. Su madre Irene Inés Bellocchio, y su padre Rolando Víctor Pisoni, están desaparecidos. Conoció a Taty en los años noventa, durante la vigencia de las leyes de impunidad en favor de los genocidas, en tiempos de los “escraches”, manifestaciones en las que los militantes de H.I.J.O.S se movilizaban a los domicilios donde vivían ex militares y civiles que participaron en la represión clandestina y el robo de bebés en dictadura. Escrachar, en la jerga argentina, significa denunciar o exponer públicamente a una persona. En aquellos primeros tiempos de la agrupación, los jóvenes militantes, herederos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se reunían frente a la casa de los represores bajo la consigna “Si no hay justicia, hay escrache”. Señalaban y dejaban en claro a sus vecinos quién, o qué clase de persona, era la que vivía allí. Cantaban y marcaban el lugar con pintura roja. Taty Almeida fue una de las Madres que más los acompañó en aquellas acciones. 

Pisoni fue, también, el conductor de Qué me Contás, el programa de radio que hicieron con Taty, junto a Paula Maroni los sábados al mediodía en AM 750, al que fue hasta un mes antes de su muerte. Allí, Taty, si bien no tenía el papel de productora, descollaba como tal. Un llamado de ella bastaba para convencer a los invitados. Además, despuntaba su papel de entrevistadora, haciendo uso de su desparpajo, carisma y desfachatez. Entre otros, pasaron Charly García y Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, a quien le hizo mucha gracia cuando fue al programa y Taty se apareció lookeada con una campera de cuero negra con tachas. 

Un lunes de marzo de 2025, en una oficina desangelada de un organismo público donde trabaja en el centro porteño, Pisoni, a quien Taty quería como a un hijo, reivindicaba su militancia, aquella que ejerció hasta el día de su muerte.

—Creo que Taty hoy sigue viva porque tiene la capacidad de querer seguir haciendo cosas. Todo el tiempo está generando acciones políticas y ese es el motorcito de su vida. Desde que se levanta hasta que se acuesta está pensando en cómo lograr sus objetivos políticos. 

Miriam Lewin es periodista. Ex detenida-desaparecida, estuvo secuestrada en la ESMA y es una activa militante por los derechos humanos. Conoce a Taty de la militancia, pero también participó con ella de un programa en Radio Nacional, conducido por Roberto Caballero, quien la apodó “La Madre con patines”, por su incansable ir y venir. Es coautora, junto al fotógrafo italiano Gianfranco Ceraudo, del libro Sky-Van, Aviones, pilotos y archivos secretos (Ed Sudamericana, 2017), una investigación sobre los vuelos de la muerte, una serie de operaciones en las que las personas secuestradas por el aparato represivo eran arrojadas vivas al mar. Lewin y Ceraudo descubrieron el Sky Van —uno de los aviones utilizado en aquellas operaciones— en Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos, luego de una larga investigación. Asegura que Taty fue una de las primeras en apoyarlos desde que empezaron a buscar el avión y que, además, tuvo un rol fundamental y decisivo a la hora de repatriarlo. Cuando en diciembre de 2019 Alberto Fernández asumió la presidencia, Taty fue a hablar con él, pero en marzo llegó la pandemia y todo se enfrió. Unos meses después, con el Covid en baja, volvió a insistir. El presidente le indicó que hablara con Sergio Massa, su ministro de Economía. 

—Mientras están charlando con Massa, Taty nota que mira el teléfono sin parar, y piensa: ‘Qué maleducado este muchacho, no para de mirar el celular’ —recuerda Lewin durante una tarde tórrida de febrero de 2026 en un bar coqueto de la zona de Villa Crespo, en Buenos Aires—. Pero en realidad, Massa estaba haciendo cuentas. Y le dijo: ‘Lo vamos a traer’. Yo estuve con Taty cuando el avión aterrizó. Nos abrazamos y lloramos.

El Sky Van llegó a la Argentina el sábado 24 de junio de 2023. 

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—Mis nietos siempre dicen que van a pasar la gorra porque cuando voy algún lado se me vienen todos encima, me piden fotos —solía bromear Taty acerca de ellos. 

Tuvo seis nietos, tres en Argentina, mellizos en España, y uno en Italia. Además, solía contar, orgullosa, que le dieron cuatro bisnietos. 

—Eso es lo lindo. Que los disfruto. Son re-pegotes conmigo. Me dicen: “Taty, vos estás recogiendo lo que sembraste. Porque siempre fuiste una abuela presente”. Y es verdad, yo podía tener la marcha más importante, pero si alguno de los chicos decía algún versito en el colegio, chau, llegaba tarde a la marcha, pero yo estaba con ellos. Lo hice con mis hijos, con mis nietos y ahora con mis bisnietos.

—Se desenvuelve en el mundo como si todo le perteneciera, en el buen sentido. No hay frenos para ella. Es rápida, tiene mucha memoria, mucha labia —dice Alejandro, su nieto mayor, en enero de 2026 en el patio de su casa, que es también un centro cultural en la zona de la Plaza Irlanda, en Buenos Aires. Alejandro lleva el nombre de su tío desaparecido, tiene tatuado el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y el Diez de Maradona en el brazo derecho—. Para mí Taty es muchas Tatys. Por un lado era la abuela que nos llevaba de acá para allá, que nos generaba todos los planes. Ese impulso que hoy le ves en la militancia también lo tiene para lo cotidiano. Y después, la abuela Madre, la abuela personaje público. Uno fue descubriendo con el tiempo la magnitud de lo que ella representa. 

Es un sábado de marzo por la tarde en Italia y en la ciudad de Torino hay mucho viento. Manuel Almeida, hermano de Alejandro, se fue de Argentina a fines de 2025, harto de las políticas de extrema derecha del gobierno de Javier Milei. Ahora, mientras camina por las calles de su nuevo hogar, evoca a su abuela con ternura. 

—Es una re-abuela y ha ejercido su rol con muchísima conciencia. Estaba en todos los actos escolares, venía a leer cuentos al aula. En una época hizo un curso de manualidades y nos decoraba los cumpleaños con figuras de cartulina. De las Tortugas Ninjas, de los Piratas. A mí me gustaba Miguel Ángel y me hizo uno enorme para poner en la entrada. Y la torta, toda decorada. Cuando nosotros éramos chicos era la que nos llevaba a los museos, a las plazas. Siempre muy conectada con lo que pasa, con la cultura como parte de su vida. Es fuerte ser su nieto, uno tiene que poder administrar eso, ver cómo manejar ese legado. 

Es media mañana de un jueves de abril cuando Estela de Carlotto finalmente accede a una entrevista telefónica. Viene de semanas ajetreadas, luego de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado. Está cansada. Tiene 95 años y una gigantesca historia de lucha en la búsqueda de los nietos, hijos de los desaparecidos. Ella encontró al suyo, Ignacio Montoya Carlotto, hijo de su hija Laura -quien quiso llamarlo Guido- desaparecida y asesinada en noviembre del 77. Sigue al frente de las Abuelas de Plaza de Mayo, de la que es presidenta desde 1989. Aún les quedan por encontrar más de trescientos nietos. 

—Tenemos una relación de hermanas, en una lucha que no imaginamos durante nuestra juventud. Es una mujer muy agradable, muy sabia, muy compañera, muy activa y luchadora. Nuestra lucha, la de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, es muy reconocida por la serenidad que tuvimos, por el trabajo que hicimos, en el que corrimos riesgos. Hemos sido perseguidas a muerte. Yo la aprecio mucho y sería absurdo que no tuviéramos diferencias de criterio. Todos tenemos formas y maneras, ella lo hace a la suya y hoy dirige una institución como las Madres. Seguramente habremos tenido discusiones, siempre hemos discutido entre nosotras, las Madres y las Abuelas. Con algunas más que con otras. Pero Taty siempre fue una mujer muy respetuosa, muy agradable y educada. Y si teníamos diferencias, las hablábamos. 

Taty Almeida despliega su pañuelo blanco en el living de su hogar, el mismo donde vivi ía1 años atrás, cuando se llevaron a Alejandro, que permanece desaparecido.

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—Hola Guido, ¿qué tal querido? Estoy internada en el Italiano. No me escribas, no me contestes, pasá directamente si querés y nos damos un beso. Chau. 

Eso decía el audio que recibí en la tarde del viernes 5 de junio de 2026, dos semanas después de haber visitado a Taty en su casa. Pasaron siete días más hasta que pude visitarla. Eran las 11 de la mañana de un viernes soleado, bastante frío. Cuando llegué a la habitación del hospital Italiano, donde permanecía internada, estaba dormida, así que no entré a verla. Me quedé en el pasillo hablando con su hijo Jorge —a quien solo conocía por videollamada— como si fuéramos viejos amigos. Jorge, exiliado en España desde 1978, había viajado para estar al lado de su madre. Me dijo que Taty estaba mejor, que probablemente la darían de alta el martes. Un día después circuló una foto de ella por WhatsApp. Estaba recostada en la cama del hospital, con el celular en la mano. Tenía buen semblante y una sonrisa franca. Fabiana, su hija, contó en un audio que estaba leyendo y respondiendo la catarata de mensajes recibidos. 

Sin saberlo, la había visto por última vez una mañana otoñal, el martes 19 de mayo, cuando la visité en su casa.

Taty Almeida falleció el domingo 14 de junio, tres días antes del 51° aniversario de la desaparición de Alejandro. A trece días de cumplir los 96 años, que planeaba festejar en el Sindicato de Trabajadores Telefónicos (FOETRA) como siempre.

—Yo iba a estar con ella y a recibir instrucciones. Tener sus instrucciones te alivia. Porque si no: ¿quién toma una decisión? Fue un gesto de amor de su parte, nos facilitó mucho-, recuerda Natalia Bermejo, que trabaja como archivista de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y fue una de las personas de máxima confianza de Taty. Durante su internación, la visitó asiduamente y juntas delinearon las actividades por venir, la playlist y los invitados de la fiesta. Planearon, simultáneamente, un cumpleaños y un funeral. 

—Tengo cosas medio místicas, teníamos una conexión por ahí. Conversaciones espirituales, diálogos de la vida y la muerte. Hablábamos del tema con naturalidad. Los últimos cinco años me venía diciendo lo que quería hacer para su velatorio. Mientras estaba internada le dije: “No te puedo organizar una fiesta de velatorio, no me voy a estar matando de risa. Pero si querés que cantemos, cantamos”. 

—¿Cómo tomaba el tema de la muerte: con naturalidad o con temor? 

—Esta vez era “que sea lo que Dios quiera”. Con ánimo y lucidez para planificar cosas, pero tampoco re-aferrada. Hace once años (durante otra internación), cuando estaba fea la cosa, me dijo directamente: “Vos que hablás con Dios: me quiero morir”. Esta vez no. Toda la vida tuvo este tema de no querer morirse sin encontrar los huesos de Alejandro. Ahora estaba con la idea de reencontrarse con él en otro plano.

El velatorio comenzó el lunes 15 de junio de 2026 a las 14 horas. Desde media mañana, fuera de la sede de FOETRA, en el barrio de Balvanera, la prensa esperaba la llegada de dirigentes políticos y artistas ligados a los derechos humanos. Tomaban imágenes y testimonios. La fila de gente llegaría a tener tres cuadras de largo. La calle estaba cortada y todos esperaban su turno para despedirla. En la entrada del sindicato, una pantalla gigante proyectaba imágenes de la vida de Taty con sus amigos, familiares y compañeros de militancia.

Adentro, apostado al fondo y en el centro de un salón amplio y austero, estaba ubicado el féretro, cerrado. Sobre la tapa había unos pins, el pañuelo blanco de las Madres y algunas banderas de organismos de derechos humanos. A un lado, un retrato suyo. La fotografía fue elegida por la familia y es una de las tantas que le tomé durante este último año, mientras la seguí de actividad en actividad. 

Poco antes de abrir el velatorio al público, su círculo íntimo se reunió alrededor del ataúd. Uno de sus nietos, Nacho, tomó la guitarra y entonó “Esa estrella era mi lujo”, una canción de los Redonditos de Ricota. El estribillo, que fue coreado a capela, dice así: “…Fue mi único héroe en este lío/ la más linda del amor/ que un tonto ha visto soñar/…”. 

Hubo gente circulando hasta medianoche y desde la mañana siguiente al mediodía. Pasaron miles de personas que gritaban, lloraban, y pocas flores: Taty había pedido que no llevaran coronas ni arreglos fúnebres, que donaran el equivalente para las Madres.

Poco después llegó Estela de Carlotto. Apesadumbrada, se abrió paso entre la prensa y el público, que la vivaba. Se detuvo a un lado del féretro junto a Buscarita Roa, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Inclinó su cabeza y observó por unos segundos el ataúd donde yacía su amiga. Miró la foto, apoyó sus manos sobre esa madera fría, que ya estaba cubierta de insignias y dejó la suya: un pañuelo de las Abuelas. Luego, Fabiana tomó el micrófono, de pie junto al féretro.

—Mamá cada tanto hablaba de su muerte. Que venía el cumpleaños, que después la muerte. (…) Pero a mí y a mi hermano no nos contó nada, porque ella no hablaba de esas cosas con nosotros. Dijo que quería que fuera en FOETRA, en esta casa, que era su casa. Que quería cajón cerrado, porque ustedes saben que era muy coqueta la vieja. Y que quería una hermosa foto de ella. Ayer elegimos ésta, que es de no hace tanto. Esta vejez que se ve en sus manos era ella. Ésta es ella. Esa cara de felicidad, de militancia y joda, como decía siempre. Esa cara de hay que seguir compañeras y compañeros. 

La foto es un primer plano de su rostro, cerrado, que hice en diciembre de 2025. Tiene el mentón apoyado en una mano, mira de frente a cámara.

El martes al mediodía el cielo estaba despejado y un sol radiante ayudaba a templar el fresco. Desde temprano en la mañana continuaron su procesión por el velatorio figuras públicas, políticos y ciudadanos. Afuera, centenares de personas y la prensa aguardaban la partida del cortejo. Su hijo Jorge, sus nietos Julián y Alejandro, Fernando, la pareja de Fabiana, el diputado Horacio Pietragalla —nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo— y Charly Pisoni, cargaron el féretro hasta el coche fúnebre y lo cubrieron con un pañuelo de H.I.J.O.S

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El 30 de enero de 2026 nada de todo eso había pasado y hacía un calor espantoso. Poco antes de ir a verla a su casa, Taty me envió una foto por WhatsApp. Llevaba un sombrero playero, de paja y ala ancha, que le había traído Pascual Spinelli de un viaje. Le encantaban los souvenirs. Si algún amigo se iba de viaje, casi que estaba obligado a traerle uno de esos llaveros que tienen impreso el nombre del país visitado. Por eso, al entrar a su casa, uno se topaba con una pared repleta de llaveros. Ese día me contó un sueño.

—Tengo unos sueños… Son sueños serios. Hace poco se acercaba la fecha de Alejandro, y vos sabés que fue tremendo. Soñé que una de las chicas me decía: “Taty, mirá. Ahí llegó un muchacho y se sentó en el sillón. Dice que es tu hijo”. “¿Qué?”, le preguntaba yo. “Sí, dice que es tu hijo”, me respondía. Entonces lo veo a Alejandro con sus rulos, canoso. Lo tenía ahí. Alejandro… Era un seductor. Él no sabía tocar la guitarra, pero hay una foto de él tocando, con unas chicas. Y entonces le pregunto: “¿Sos Alejandro?”.Y me dice: “Sí mamá, dame la mano”. Y yo le dije: “Alejandro, ¿qué ha pasado?”. 

El cura Ricardo "Ricky" Carrizo, integrante del Grupo de Curas en Opción por los Pobres oficia la misa de despedida durante el último adiós a Taty Almeida en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, el 15 de junio de 2026. Taty falleció el 14 de junio de 2026.
El último 17 de abril, la UBA (Universidad e Buenos Aires) le entrego el Doctorado Honoris Causa a Taty Almeida, que lo recibió con mucho orgullo y visiblemente emocionada.

 

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